En uno de los callejones menos concurridos de Minato se encuentra Affinity, un bar de alterne que lleva abierto poco más de seis meses. La humildad de su puerta contrasta considerablemente con el interior del establecimiento, amplio y de aspecto elegante. La sala de entrada cuenta con la barra y numerosas mesas, y tras un pequeño pasillo está la zona de bailes, donde también se encuentran los accesos a diferentes salones privados. El ambiente es agradable e íntimo, ideal para disfrutar del tiempo en compañía de las damas que trabajan en el local. Barrio de Tokio: Minato
Era bastante curioso como había pasado de estar aburrido en casa, sin nada interesante que hacer con mi tiempo, a encontrarme con Kohaku en casa de Ali (lo que era un hecho digno de estudio en sí mismo) y acabar invitándolo a tomar algo. La noche habría sido mucho más prometedora si el muchachito no me hubiera dicho que debía volver temprano a su casa, pero ese pequeño detalle no iba a impedirme aprovechar la salida para pasármelo bien. Dejé salir un bostezo de nada mientras salíamos de la casa, llevándome las manos a la nuca en el proceso, y observé el cielo durante unos pocos segundos. La poca luz que todavía había cuando llegué a Minato había desaparecido casi por completo, lo que implicaba que la noche estaba a punto de caer sobre la ciudad y eso, para nosotros, significaba un buen número de posibles destinos abriendo sus puertas. —Ah, acabo de recordar que conozco un buen sitio por aquí. Está como a... quince minutos andando, diría —informé a Kohaku tras unos pocos segundos, echándole un brazo por encima de los hombros para poder hablarle cerca del oído con mayor facilidad—. ¿Confiarías en mi criterio~? Contenido oculto Gigi Blanche hehe
Si un mes atrás alguien me hubiera dicho que inauguraría las vacaciones en casa de Alisha probablemente me hubiera reído, pero la vida siempre encontraba formas de sorprender. Los mensajes de la chica habían caído uno detrás del otro mientras aplastaba los botones de la Switch intentando coordinar una serie de saltos que se negaban a dejarme en la plataforma más alta. Al morir por trillonésima vez, decidí tomarme un break y revisé el móvil. ¿Qué era mejor plan? ¿Seguir perdiendo en este condenado videojuego o tomarme el tren y ver a Alisha borracha? Recordé que tenía la dirección de su casa de los dulces que me había dejado hace un tiempo y acabó de convencerme la idea de caerle de sorpresa. Quizá no fuera prudente y definitivamente no estaba siendo considerado, pero vaya. La gente se equivocaba un rato cuando me creían un muchacho amable y bien comportado, y puede que en el último tiempo me interesara aún menos cumplir ese papel. Mi relación con esta chica, además, había sido peculiar desde un primer momento. No me pesaba la posibilidad de arruinarle la noche, todo lo contrario: me divertía. Así pues, me puse algo de ropa (que aún no le veía la gracia a pisar la calle en calzones) y avisé que saldría un rato, que estaría de regreso temprano. La aclaración cerró la boca de mi abuela, tan dispuesta a quejarse, y mamá me deseó que la pasara lindo. "Lindo" era una forma de expresarlo, pero claramente no entraría en detalles. Jamás lo hacía, de por sí. A veces me preguntaba si a mi familia no le importaba lo que hiciera fuera de casa o si habían decidido concederme una exagerada libertad por los motivos que fueran. De una u otra forma me beneficiaba, así que no planeaba quejarme. Con ayuda del móvil llegué frente a la puerta de la casa de Alisha en un rato, ya con el sol cayendo. Me recibió más borracha que una cuba, por supuesto; tanto, que siquiera recordaba haberme escrito. Su expresión adormilada me dio la pauta de que estaba sola y me pregunté si, por algún motivo extraño, en realidad sólo me había escrito a mí. Claro que no era el caso. A los pocos minutos el timbre volvió a sonar y mientras ella iba al recibidor yo me sonreí, divertido. No negaría que una de mis motivaciones había sido la pequeña posibilidad de volver a coincidir con él, y apenas oí su voz desde la puerta sentí una satisfacción absurda bañándome el cuerpo. Nada como un plan bien ejecutado. Me asomé desde una esquina con la sonrisa inocente y desentendida de siempre, y el resto de la secuencia fue desde bizarra hasta increíble. Mira que hasta yo tenía mis límites, y meterme en un repentino trío con estos dos los excedía con creces. Suponía que no debía darle demasiado crédito a las declaraciones de alguien tan borracho y así fue, pues luego de unos pocos besos Alisha renunció y se fue a su habitación. Vaya, esto era... extraño. ¿Qué se suponía que hiciéramos? ¿Cerrar e irnos? ¿Ocuparle la sala y ver una peli? ¿Saquearle el refri? Opciones tentadoras, desde luego, pero apenas vi la oportunidad la tomé y acabé saliendo junto a Aiden tras esperarlo sentado al borde de un sofá, viéndolo ir y venir en actividades que preferí no cuestionar. Me estaba saliendo redondo, ¿no? Quizá demasiado. Corroboré disimuladamente que la puerta no pudiera abrirse desde afuera y miré al muchacho de soslayo al oírlo bostezar. No había pensado aún en quién de los dos elegiría el sitio, pero Aiden se me adelantó y lo recibí en mi espacio sin problema. Una corriente suave me cosquilleó por la espalda al sentir su voz contra mi oído y sonreí, girando el rostro para verlo de frente. Me daba bastante igual adonde quisiera llevarme, ya me había ganado un beso gracias a la intervención ebria de Alisha y, a la hora de la verdad, era un chico de lo más simple. —No —respondí, divertido—. Pero la noche está agradable, me apetece la caminata. Eché a andar a ritmo tranquilo, husmeando el barrio. Si él vivía en Chūō significaba que no debía andar muy lejos. ¿Era exagerado sopesar que se hubiera mudado cerca de su ex a propósito? Porque si así era, vaya... —No he andado por esta zona de Minato, casi siempre acabamos en Roppongi —comenté al aire, y lo miré de reojo—. ¿Tú sí, Carter-kun? Sonaba algo patético. Contenido oculto la ropita de Ko cuz why not
La negativa tan directa de Kohaku me rompió el corazón en mil pedazos, por supuesto, y no tuve reparo alguno en demostrar mi congoja al formar un puchero con los labios bajo su mirada. A pesar de ello, acabó por aceptar la propuesta, y mi semblante pasó a iluminarse con una sonrisa gracias a ello. Me erguí una vez la decisión quedó hecha y seguí caminando a su ritmo, pues en ningún momento quité el brazo que había mantenido sobre sus hombros; en su lugar llevé los nudillos a su cuello, donde me entretuve dejándole caricias distraídas. —¿Uhm? —murmuré a los pocos segundos, bajando la vista hacia él tras haberla paseado a nuestro alrededor con curiosidad—. Supongo... me pilla cerca de casa y del trabajo, por lo que me es bastante cómodo. También por aquí he conocido a más gente de otros países, lo que me ha hecho descubrir que mi japonés no es tan malo y me ha subido el ego. Una sensación bastante adictiva, debo admitir... Solté una risilla ligera tras aquella confesión, sin una pizca de vergüenza al respecto, y sopesé el resto de sus palabras mientras llevaba el dedo índice a su nuca. Me colé apenas dentro de la tela de su ropa e hice un camino ascendente por su piel, hasta poder dedicar el jugueteo de mis dedos a su cabello. >>Roppongi... también conozco un par de sitios por ahí. ¿Qué otros lugares frecuentas? No estaría más volver a cruzarnos fortuitamente de noche, ¿no crees~? Contenido oculto el día que no se me olvide poner la ropa en el primer post... anyways, here it is for this fucker uwu
Mi respuesta tuvo el efecto estimado, si ya se veía que este chico era un payaso de cuidado. El puchero desvió mi mirada a su boca y me sonreí, concediéndome un par de segundos para deleitarme con las vistas antes de dignarme a aceptar su propuesta. Sonrió como un crío y empezamos a caminar, aunque él no se molestó en quitarme el brazo de encima. Las caricias que fue dejando en mi cuello no me pasaron en absoluto desapercibidas, pero no reaccioné visiblemente ni demostré cuánto me gustaban. Sí que era touchy, ¿eh? Por mí mejor. —Suena a que es un problema subirte el ego —bromeé en voz baja, no echándole más que un vistazo rápido—. Pero sí tienes razón, tu japonés es bastante decente. Imagino que tienes buenos maestros. —Abrí los ojos un poco más grandes y lo miré—. Oh, ¿esto cuenta como subirte el ego? Sentí su tacto por debajo del cuello de la ropa y un sutil escalofrío, placentero, me recorrió la espalda. No tardó en desviarse a mi cabello y sonreí amplio, divertido. —Ah, cierto que tenías algo con mi pelo —comenté como quien no quiere la cosa, y le lancé un vistazo al recibir su pregunta—. Me limito a Chiyoda y Shinjuku, más que nada. Ahí tengo a mis amigos y nos podemos mover con cierta tranquilidad. Roppongi está bien para salir a divertirnos sin más, aunque ya aprendí a ir con cuidado. Es un lío todo esto de los barrios, ¿cierto? Se ponen tan sensibles...
Me encogí un poco de hombros tras oír su comentario, procurando quitarle importancia al asunto de mi ego, y apenas unos segundos después inflé el pecho con orgullo, tomándome su cumplido con toda la seriedad que merecía. Todo ello también sirvió para disimular el escalofrío que quiso recorrerme la espalda, pues la mención de los buenos maestros me recordó a Aria y lo estricta que podía llegar a ser conmigo; suponía que debía agradecerle, considerando que me había ganado aquellos halagos gracias a ella, pero... nope, qué va, daba demasiado miedo. —Pues sí, definitivamente —confirmé, dejando salir una carcajada ligera, y asentí un par de veces con la cabeza para afianzar el punto—. Subirme el ego es peligroso y muy fácil, me temo. Gracias por hacerlo, though~ Aquello último lo dije inclinándome sobre su oído una vez más, por supuesto. No perdí detalle de sus reacciones en ningún momento, sobre todo cuando colé el dedo dentro de su camiseta, y no tardé en recuperar la sonrisilla divertida al erguirme, pues sus gestos me indicaron todo lo que necesitaba saber. Su comentario inicial me estiró todavía más los labios, de hecho, y no tuve ninguna clase de reparo en hundir todavía más mis dedos en su cabello como respuesta. >>Ya te lo he dicho, ¿no? Está suavecito y huele muy bien~ —me justifiqué, solo por seguir con la gracia, y seguí escuchándolo mientras paseaba la vista por el lugar, hasta que sus palabras finales lograron captar mi atención y me giré a mirarlo con las cejas alzadas—. ¿A qué te refieres? No me digas. ¿Hay racismo entre barrios?
—El placer es todo mío —cedí, complaciente, decidiendo cerrar allí el asunto de su ego. No iba a ponerme demasiado crítico con alguien que me interesaba, ¿cierto? Sería como minarme el suelo. Además, el desgraciado me había respondido sobre la oreja y honestamente tampoco me quedaban ganas de andar de juez de carácter. Al recordarle la extraña afición con mi cabello, su respuesta fue hundir aún más los dedos y me quedé a gusto con la sensación. —¿Te dan ganas de hincarle el diente? —pregunté por la tontería, a sabiendas de que era una formulación bastante peculiar. Masticar pelo no tenía nada de agradable y aún así todos lo habíamos hecho de pequeños, ¿no? Al menos a mí siempre me había resultado curiosa esta idea de que jamás se quebrara sin importar el tiempo que te pasaras allí. Su pregunta sobre los barrios me hizo mirarlo de soslayo. ¿Realmente ignoraba el asunto o estaba haciéndose el tonto? Ah, no llegaba a darme cuenta. Qué pena. —Racismo como tal supongo que no, es más bien una cuestión de... ¿territorios? —sopesé mis palabras, ¿hasta dónde se suponía que hablara?—. Sabes que vendo hierba, el asunto es que no se puede vender hierba en cualquier parte. Si no tienes cuidado, tal vez intentas rascar unos yenes donde no debes o donde otra persona se supone que tiene exclusividad, y pues te echan a patadas en el culo. Lo aprendí por experiencia. Sostuve la liviandad usual a lo largo de todo el relato, sin permitirme filtrar ni una pizca de las verdaderas emociones que había sentido aquella noche. —Así que ya sabes, primera regla de supervivencia nocturna: ten cuidado con dónde pretendas mover dinero.
Mi sonrisa se ensanchó apenas al oír la resolución que dio con respecto a mi ego, sin ninguna intención de ocultar lo contento que me ponía aquella disposición por su parte. ¿Era sensato creer en sus palabras cuando era evidente que estaba aprovechándome de sus puntos débiles? Bueno, no era algo que me preocupase especialmente en esos momentos; creía que había algo de verdad en lo que decía sin importar el contexto, de todos modos. Sea como fuere, su posterior pregunta me suavizó la sonrisa y aproveché para repasarlo con la mirada, mientras mi pulgar le acariciaba detrás de la oreja en movimientos circulares. —¿Al pelo? Quizás. ¿A su dueño? Definitivamente —sentencié tras volver a sus ojos, sin una pizca de pudor. Después le pregunté por el comentario que había soltado sobre los barrios, haciendo que me mirara de soslayo y que yo, en consecuencia, alzara las cejas en una gesto de inocente curiosidad. Aun así, me respondió con bastante detalle, por lo que le presté toda mi atención mientras hablaba; todo fue bastante predecible hasta que admitió haber sufrido las consecuencias de esa territorialidad, haciéndome fruncir el ceño con cierta molestia. >>¿A ti? ¿En serio? Ya no se respetan ni las caritas bonitas, qué decepción... —murmuré, negando un par de veces con la cabeza, y dejé salir un suspiro liviano antes de recuperar la expresión relajada—. Pues muchas gracias por la lección... uhm, ¿cómo era? ¿Sensei? ¿O senpai? Well, whatever! ¿Y tus amigos? ¿También venden hierba o solo te gusta meterte en problemas a ti~?
La osadía de su respuesta me arrancó una risa nasal bastante pronunciada. ¿Cómo habíamos pasado tan abruptamente de tener que interpretar sus señales con radar a tenerlo aquí diciendo que quería hincarme el diente? Era un giro bastante brusco, incluso para cualquier gay awakening rollo epifanía. Pero vaya, entre ir pisando cáscaras de huevo y tenerlo comiéndome la oreja, claramente prefería la segunda opción. Nos habíamos detenido brevemente en un semáforo rojo y aproveché el instante para inclinarme a su oreja. —Pues cuando quieras. Retomamos la caminata y empecé a preguntarme cuál sería nuestro destino. No debíamos estar muy lejos, ¿verdad? Su primera reacción a mi pequeña clase de supervivencia me estiró la sonrisa y me encogí de hombros, indiferente. —Siempre me dijeron que alguna vez la suerte se me agotaría, sólo espero que se haya reseteado después de esa paliza. —Lo miré de soslayo, esbozando una sonrisilla—. Y te conocí a ti, así que yo creo que sí~ Exagerado con creces, pero si él me comía la oreja yo podía hacer lo mismo, ¿cierto? —Sensei, Haku-sensei —lo corregí, impostándome cierta solemnidad, y luego relajé los hombros—. Nah, sólo yo. En realidad yo soy el angelito del grupo, ellos se han metido en problemas más gordos, pero ahora ya están retirados. La mayoría, al menos. Tenía idea de que Kakeru andaba trabajando con Frank, el compañero de piso de Haru, lo cual era hilarante y curioso por decir poco. Por fuera de eso, los chicos habían más o menos enderezado sus vidas. Subaru había conseguido plaza en la universidad y Rei trabajaba con mi tío en la tienda. Pero nada de eso le interesaba a este chico. Lo miré, aprovechando en repasar sus facciones. No me cansaba de su carita, la verdad. —¿Tú cómo te ganas la vida en estas tierras, Carter-kun? Me había contado que lo andaban esclavizando y que trabajaba (o podía trabajar) de noche, incluso los domingos. Eso también sonaba un poco curioso.
—Is that so? —cuestioné, arrastrando apenas las palabras en lo que bajaba la vista a su rostro—. Y sin embargo, me has dicho que no esta noche. ¿Será que me estás mintiendo? ¿Acaso te gusta jugar conmigo, Haku~? —le acusé, alzando una ceja inquisitiva a pesar de mi sonrisa divertida. Sonrisa que por supuesto ensanché al recibir su halago, sin pretender esconder la satisfacción que el mismo me provocaban. No sabría definir cuánto de verdad habría en sus palabras o en las mías, a decir verdad, ¿pero acaso importaba? Sabía que me gustaba ver la sorpresa plasmada en su carita y que me demostrara su disposición a dejarse comer; el resto de detalles se volvían bastante irrelevantes. >>¿Así que el ángel del grupo está continuando el legado? —cuestioné con tono ligero, compartiendo una mirada fugaz con él antes de volver a centrarme en la calle—. Técnicamente soy el chófer de alguien, aunque acabo haciendo recados aquí y allá cuando los necesita... Ah, esta parte del trayecto es un poco tricky, hold up. No consideré necesario entrar en demasiadas explicaciones, de por sí tampoco le veía mucho sentido a mencionar a Frank o los fantasmas, y el hecho de que nos estuviéramos acercando a nuestro destino ayudó de manera considerable con la vaguedad de mi respuesta. Quería decir, ¿por qué no aprovechar para darme cierto aire de misterio? Estaba convencido de que así conseguiría puntos extra de hotness. De todos modos, sí que era cierto que las últimas callejuelas para acceder al local eran una poco liosas y necesitaba concentrarme para no perdernos; por ello, cuando finalmente lo encontré, no tuve más remedio que presentar la puerta con una sonrisa orgullosa. >>¡Ya estamos! ¿Listo? Huh, qué curioso... nunca me había dado cuenta de lo sospechosa que parecía la entrada de buenas a primera. Oh, well!
Murmuré un sonido afirmativo, aún sabiendo lo que probablemente replicaría, y la idea de estar provocándolo me arrancó una risa en voz baja. ¿No era más bien al revés? ¿O habíamos acabado jugando el mismo juego sin pretenderlo? La idea era atractiva. —Dije que no puedo quedarme hasta tarde —corregí—. Si necesitas mucho tiempo para dejarme una impresión, ese es tu problema, Romeo. ¿Continuar el legado de los chicos? No, en absoluto. A lo largo de mi corta vida había confirmado dos verdades sencillas: que me iban los tíos y que no servía para trabajar en manada. Mi antigua incorporación a los chacales había sido más circunstancial que otra cosa, y si de casualidad hubiera asistido a la preparatoria de Shinjuku con Rei y los demás, mi rol con las serpientes no habría distado de ello. Me gustaba mi libertad, administrar mis tiempos y mi clientela. Me gustaba moverme a mi ritmo y no depender de nadie. —Me pregunto si estarán orgullosos~ —bromeé aún así, pues no me apetecía entrar en detalles—. Hmm, chofer... Ya veo. De algún hombre forrado en dinero o similar, probablemente. ¿Cómo habría pillado un trabajo así siendo un recién llegado? Preferí no indagar y me limité a seguir el camino que él trazó, sin preocuparme en memorizar los giros que hacíamos o la chance de que estuviera llevándome a... a un centro de tráfico humano, o algo así. Al final, nos detuvimos frente a una puerta que tristemente tenía mucho aspecto de lo segundo. El orgullo con el cual la presentó contrastaba con su aspecto y lo miré, sin disimular mi incredulidad. —¿Aquí? —Solté una risa nasal, entretenido con la situación tan cuestionable—. Carter-kun, ¿estás seguro que no planeas venderme a algún traficante? Giré el cuerpo hacia él. —Tendrás que convencerme, de no ser el caso.
—No es mi culpa tener tantos encantos, really —repliqué con liviandad, sin mostrar ni un poquito de ofensa ante su reclamo—. Podría hacer un resumen para impresionarte en poco tiempo, ¿pero qué gracia tendría eso? No, vas a tener que reservarme una noche entera para ello y no se hable más. Aunque el tono demandante con el que hablé debió ser bastante innecesario, considerando que el chico en ningún momento me había rechazado directamente y, puestos a ello, dudaba que fuera a denegarse a aquella imposición. No tuve mucho más que añadir respecto al legado de sus amigos y la respuesta que le di sobre mi trabajo tuvo que dejarlo en una posición similar, lo que nos permitió realizar la parte final del recorrido en silencio. Así pues, pude dedicar mi completa concentración al camino y llegamos a nuestro destino sin perdernos ni una sola vez; un detalle que sin duda había contribuido al orgullo con el que presenté la entrada. Sin embargo, dicho orgullo no tardó en desaparecer de mi semblante, pues la reacción de Kohaku fue... predecible, aunque por el bien de mi teatro diré que había sido inesperada. Fruncí un poco el ceño al escuchar su resolución, asintiendo apenas con la cabeza ante la pregunta tan disparatada que había formulado, y repasé con la mirada una vez más la dichosa puerta, antes de acortar la distancia que había puesto entre nosotros. >>¿Por qué querría hacer eso? ¿Acaso no ha quedado claro que lo que quiero es pasar más tiempo contigo? —murmuré, inclinando la cabeza hacia un lado, y levanté una mano para acariciarle la mejilla con el dorso de la misma—. ¿No decías que ibas a confiar en mí...?
Solté una risa nasal bastante incrédula. ¿Era consciente de las implicancias en pedirme "una noche entera"? No creía que tuviera experiencia previa con hombres, así que el cuadro era desde gracioso hasta adorable. —Si quieres pasar una noche entera conmigo sólo tienes que pedirlo, Carter-kun —resolví, tranquilo. La puerta se veía cuestionable pero peores puertas había atravesado, sólo buscaba molestarlo... y quizá rascar algún premio, por pequeño que fuera. Él recortó la distancia, una estática leve me lamió el cuerpo y le sostuve la mirada. Sus palabras fueron música para mis oídos y esbocé una sonrisa tan satisfecha como encantada. La caricia en mi mejilla, sutil, delicada, me hizo cerrar los ojos un instante; pero al terminar de escucharlo se me escapó una risa espontánea. —Literalmente dije lo opuesto a eso —aclaré, volviendo a verlo. Dios santo, el descaro. Sabía que mi respuesta no era necesaria, así como sus afirmaciones eran humo al viento, pero aquí no buscaba solidez ni estabilidad. Podíamos exagerar las sensaciones y decir tonterías que realmente no sintiéramos, sin complicaciones, sin dramas, sin tener que pensar nada demasiado. Fluir con la corriente, con el calor del momento, y no mucho más. —Hmm —murmuré en voz baja, parpadeando con lentitud, y mis manos buscaron los costados de su cintura—, me gustaría que me sigas tocando así. Le sonreí como si nada y consumí un poquito más de distancia por puro capricho, echándole un vistazo breve a su boca. Ya lo había besado en casa de Alisha, pero... —¿Entramos? Una vez no era suficiente.
—But what's the fun in that? —bromeé con tono liviano, revolviéndole el pelo sin fuerza alguna, y le dediqué una sonrisa ligera tras todo el asunto de la puerta, sin poder evitar la misma tras escuchar su carcajada traicionera—. ¿Ah, sí? No te habré escuchado bien, my bad... —murmuré, fingiendo inocencia de la manera más descarada posible. Así como había podido imaginarme su rechazo inicial a cruzar aquella puerta tan sospechosa, algo dentro de mí supo que no iba a necesitar demasiado esfuerzo para hacerle ceder. Aun así, me fue imposible disimular la cuota de satisfacción que sentí tras ver su reacción a mi caricia, y la misma se hizo todavía más presente cuando sentí sus manos en mi cintura. Mi sonrisa se ensanchó al oír su petición, fue inevitable, y aunque poco después asentí algo distraído con la cabeza, lo cierto es que no hice ni siquiera el amago de moverme. En su lugar, le acuné la mejilla con cuidado, inclinándome para besarle; quizás más tiempo del que debía, quizás más profundo de lo que debía. >>Let's go, then —murmuré al separarme, sonriendo con una ligera chispa de ilusión. Así pues, rodeé una de sus muñecas con mis dedos, queriendo asegurarme de que no se me escapara en el último segundo, y finalmente nos adentramos en el local. A pesar del aspecto de su entrada, el bar era amplio y su interior se veía bonito; por supuesto, su atractivo principal no era lo bien decorado que estuviese. Sonreí en dirección a la barra, donde la mayoría de las camareras estaban reunidas, y paneé el espacio sin perder el gesto animado. >>Creo que acaban de abrir, así que todavía no hay casi nadie. Eso significa que podemos secuestrarnos una mesa con sofá, si te apetece estar más cómodo... —le propuse como si nada, volviendo a centrar mi vista en él.
No estaba seguro de haber entendido su réplica del todo bien, pero tampoco lo vi suficientemente importante para preguntar al respecto. Una vez me dejó el cabello en paz alcé el rostro y sacudí la cabeza un par de veces, regresando todo a su lugar. No creía que hubiera nada que hacer frente a la desfachatez de sus respuestas. —Tendrás cera en las orejas. Le sugerí entrar, Aiden no se movió de su lugar y me olí sus intenciones. Mi sonrisa se ensanchó mientras acunaba mi rostro y me incliné despacio, recibiendo su boca con toda la calma del mundo. Inhalé todo el aire que pude por la nariz y lo fui liberando poco a poco, vaciándome el pecho en algo que se pareció a un suspiro. Mis manos se afirmaron en su cintura, arrimándolo a mí, y me limité a disfrutar del beso con todo el gusto del mundo. Esta vez fui yo quien asintió, habiendo abierto los ojos y enfocado su rostro tan bonito. Lo seguí al interior del local sin una sola queja, broma o indicio de resistencia, sintiendo el cuerpo bastante blandito después del beso. Recorrí el espacio con la vista, un poco aliviado de que luciera bastante mejor que su fachada, y afirmé una vez más. —Sí, vamos. Ubiqué un sofá e intercambié su agarre por el mío, guiándolo sin prisa. Al pasar junto a un pasillo husmeé su profundidad, notando que era bastante largo y parecía conectar con otra zona del local. —¿Qué hay al fondo? —pregunté, tomando asiento.