Mini-rol Edén [Pokémon Rol Championship]

Tema en 'Salas de rol' iniciado por Yugen, 31 Diciembre 2025.

  1.  
    Yugen

    Yugen D e p r e s s e d | m e s s

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    Un padre Ranger, una madre artista... no dudaba que sus padres habían tenido una gran influencia en sus sueños y aspiraciones.

    Azalea: símbolo de feminidad, pasión y elegancia. Me dibujaba en la mente la imagen de una mujer madura, críptica pero amorosa. Alguien con auténtica pasión por lo que hacía pero que prefería el anonimato y el recogimiento.

    Clematis expresó su desacuerdo a que su madre se negara a poner algunos de sus cuadros en venta. Después de todo, si su valor monetario era alto, podría solventar más de algún problema económico. Y aunque entendía su desasosiego, había algo que necesitaba saber.

    —Para el artista, su arte es un pedazo de su alma—le dije—. Algunos consideran que ponerlo a la venta es una forma de prostituirla. Especialmente si se trata de un arte muy íntimo o de las propias emociones o impresiones del artista.

    Como un músico que solo tocaba para sí mismo o un bailarín que solo danzaba en la soledad, frente a un espejo, lejos de miradas ajenas e indiscretas. Las razones podían ser variadas, pero en general, un artista consideraba su arte como una extensión más de sí mismo, una prueba de su sensibilidad.

    >>Puede ser extraño para otras personas—convine, calma—, pero es una postura tan respetable como cualquier otra. Tu madre se está expresando pero no quiere hacer un espectáculo de ello.

    Su cuerpo se relajó, sus músculos se destensaron y la conversación dio un nuevo giro cuando confesó lo mucho que me admiraba. La admiración y el respeto no eran reacciones que buscaba activamente, no buscaba agradar, y fue por eso que supe que eran honestas. Había algo parecido a la reverencia en ellas, respeto genuino, y como los pétalos de una flor abriéndose hacia el sol mi pecho se llenó de una calidez prístina.

    —Me honras, mi amor—le sonreí y extendí mi mano, cálida, tomando la que había apoyado sobre su pecho—. Pero yo solo soy una humilde florista. Mi trabajo no tiene más valor que cualquier otro. Y si de amor y cuidado a la flora y fauna se trata, tú no te quedas atrás como Ranger.

    >>Ahora... Parece que acerté, ¿eh?—se me escapó una ligera risa, casi triunfante, y dejé ir su mano para apoyarla en mi propia mejilla. La observé con atención por espacio de breves segundos. Mi mirada se deslizó por su rostro: desde su nariz recta y respingada a sus labios ligeramente húmedos —¿se los había lamido después de comer la galleta de mantequilla?—, y nuevamente a la profundidad del mar de sus ojos—. Mmm. ¿Estás lista para responderme con honestidad?

    Quería escucharla, quería saber.

    La siguiente pregunta podía decir mucho sobre cómo se percibía a sí misma. Si se describiría a sí misma según su propia autopercepción, la de los demás, de su esfuerzo, de sus logros o de su forma de ver la vida. Era una pregunta aparentemente simple pero tenía una profundidad que tal vez se pasaba por alto a simple vista.

    Después de todo, no era solo sinceridad conmigo, era sinceridad con ella misma.

    >>Dime: ¿Quién eres?
     
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    Me mordí el labio inferior cuando Ai me señaló la otra cara de la moneda. Me frustraba admitirlo, pero sonaba a un razonamiento lógico y plausible. Mi madre era un muro infranqueable en cuanto a emociones se trataba; no porque quisiera protegerse a sí misma, como resultaba en el caso de Mimi, si no porque no podía exteriorizarlas aunque quisiese. Era incapaz de ponerle voz a sus sentimientos, de expresar aquello que la aquejaba y por lo que tanto sufría, de modo que su única salida siempre había sido el arte. Era su salvación, su confidente... Su diario más profundo y desgarrador.

    Aquellas obras en las que dejaba entrever de sí misma más de lo que creía necesario jamás veían la luz fuera de nuestro hogar, protegidas celosamente de miradas indiscretas. Algunas, incluso, jamás abandonaban la seguridad de su estudio. Con el transcurrir de los años dejé de esforzarme por comprenderlas.

    La conversación, por suerte, siguió su cauce con liviandad. Tomó mi mano entre las suyas, cálida, y me aseguró con modestia que su trabajo no era más especial que el de los demás. Mi cumplido no había buscado destacarla por sobre el resto, si no mostrarle mi más sincero agradecimiento por el amor que ponía hacia su trabajo. En un mundo donde existían personas capaces de destruir aquello que nutría y daba sentido a nuestras vidas sin ningún tipo de remordimientos, su dedicación adquiría ante mis ojos un valor incalculable. Ahora que era Ranger y veía con mis propios ojos la clase de atrocidades que otros cometían, lo valoraba más que nunca.

    Apreté cariñosamente su mano, suavizando mis facciones al recibir su sonrisa amable, y asentí. Dejamos correr el tema así.

    El ansiado premio por su victoria no tardó en llegar. Me causaba curiosidad saber cómo iba a aprovechar ese comodín, esa única pregunta en la que tenía la obligación de responder con completa honestidad. Podía preguntar tantas cosas, algunas más comprometidas que otras... y yo no podía si no responder con la verdad y solo la verdad. La incertidumbre me cosquilleaba en el cuerpo, expectante por el devenir de los acontecimientos, y aguardé con total disposición a que formulase su pregunta.

    Mis ojos se abrieron ligeramente de la impresión cuando supe el matiz con el que Mamiya deseaba encauzar sus pensamientos.

    "Dime: ¿Quién eres?"

    Me tomó algo de tiempo encontrar mi voz.

    —Esa es... una pregunta demasiado profunda —solté el aire por la nariz al fin, rendida ante las circunstancias. Inari buscó mis ojos, notando cómo mi expresión mutaba y me invadía la sombra de la duda. Entonces alcé mi mirada, con renovadas fuerzas, y cuando encontré sus ojos tuve clara una única respuesta—. Tal vez aún no tenga la respuesta en su totalidad... pero lo que sí sé con seguridad es aquello que no soy.

    >>No soy la sombra de un hijo ausente. Tampoco la personificación de aquello que otras personas no lograron alcanzar en sus propias vidas. No soy una decepción, un fallo... —Mi voz disminuyó en intensidad, como si las palabras se me atorasen momentáneamente en la garganta—, ni mucho menos un error.

    Se suponía que no debíamos existir. Pero hacía mucho que habíamos dejado de ser experimentos para convertirnos en personas.

    —Quiero creer que con cada día que pasa estoy un paso más cerca de ser solo Liza. Pero, hasta ese entonces, quiero abrazar aquello que sí sé que forma parte de mí y no olvidarlo jamás —El Zorua se acurrucó en mi regazo, más relajado al percibir la determinación en mi voz, y comencé a acariciar su pelaje de manera distraída mientras hablaba—. Mi incapacidad para decir mentiras, mi energía inagotable o ese apetito insaciable que tengo por los dulces. Esa actitud temeraria e impetuosa, el comfort que siento al rodearme de naturaleza, o lo nefasta que soy hacia cualquier tipo de arte que no sea la fotografía.

    >>Durante mucho tiempo no supe quién era. Dónde terminaba la influencia de los demás y dónde comenzaba yo —Satisfecha con mi propia respuesta cerré mis ojos, con una sonrisa de dientes descubiertos iluminando mis facciones de genuino alivio y felicidad. Me sentía libre por primera vez en mucho tiempo, y no quería dejar de sentirme así nunca más—. Pero ahora puedo decir que tengo parte de las respuestas.
     
    Última edición: 7 Enero 2026
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    Había hecho esa pregunta muchas veces y también la había respondido por parte de otros. Mi respuesta no había cambiado con el tiempo, ni siquiera a medida que descubría más de mi misma.

    Mi respuesta era simple y concisa: "Soy lo que yo decido ser."

    Adaptarme a la idea que otros tenían de mí nunca había estado entre mis planes. ¿Una hija única? Esa era la relación con mis padres. ¿Una amante complaciente? Ese era mi rol en una relación. ¿Una apasionada de la naturaleza y las novelas de época? Eso era lo que amaba hacer. No había respuesta una clara, no había algo que pudiera definirme en su totalidad.

    Por eso mi respuesta era esa. No hablaba de mis gustos, ni de la percepción de otros, ni de mi modo de ver la vida. Era una prueba de mi propia autonomía, de mi libertad como persona y del hecho de que jamás me permitiría cortar mis propias alas.

    Cuando Clematis respondió que no sabía quién era pero sí quién no era, me recordó quizás a mi propia respuesta. La escuché con atención, sin interrumpirla, apreciando cada una de sus palabras por el esfuerzo y el tiempo que parecía haberle costado descubrir la respuesta. Hablaba de no ser una decepción ni un error y me hizo preguntarme qué clase de experiencia podría haberla hecho pensar tal cosa.

    —Nadie es un error, solo una víctima de sus circunstancias—reflexioné en voz alta, aunque no era exactamente una reflexión cuando era un pensamiento que siempre había creído firmemente—. A veces, cometemos fallos porque no ha pasado el tiempo suficiente para aprender aquello que solo el tiempo puede enseñarnos. No eres una decepción, cariño, no importa que experiencia pasada te haya hecho pensar que lo eres.

    Su determinación, su sonrisa genuina, la forma en que poco a poco había iniciado un camino de autodescubrimiento y estaba percibiéndose a sí misma bajo sus propios parámetros... todo esto me hizo sentir genuinamente feliz por ella. Ver como los tímidos brotes florecían era un absoluto deleite para mí.

    —¿Sabes, mi amor?—convine sosteniendo su mirada sin titubear. Pero mi voz estaba teñida de un tono maternal, del cuidado y la paciencia que solo puede dar la experiencia—. Creo sinceramente que lo que somos no está escrito en piedra. Es algo que solo nosotros podemos decidir.

    >>No importa el tiempo que pases contigo, es probable que nunca termines de conocerte del todo a ti misma. Y eso está bien. Disfruta del proceso. No te fuerces a encajar en el molde porque no hay algo así como un molde. Lo que eres, solo puedes decidirlo tú.

    Esbocé una sonrisa ligera y mi expresión se suavizó, cómplice. Ahora que me había respondido, debía darle la oportunidad de preguntarme algo a mí. ¿Debería seguir el juego como hasta ahora o facilitarle la tarea? Me causaba mucha curiosidad saber qué me preguntaría.

    Cerré mis ojos brevemente buscando en mi mente dos afirmaciones, una cierta y una falsa. ¿Cómo de honesta debía ser?

    Tras un breve instante de cavilación, volví a buscar sus ojos.

    Soy una dom—afirmé sin medias tintas—. Esto implica que me gusta tomar un rol dominante en una relación BDSM. Se han referido a mí con muchos términos. Incluso me han llamado 'mami' en más de una ocasión.

    >>Toco el violín desde hace ocho años y medio. Lo considero un instrumento versátil y sumamente agradecido y melodioso. Si le pones esfuerzo, te recompensará con las melodías más hermosas.
     
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    La libertad era una sensación que siempre me había resultado esquiva. Ser consciente del camino que había recorrido hasta entonces, y de lo mucho que empezaba a conocerme a mí misma me dejó con una agradable sensación en el pecho. Me sentía ligera, libre de grilletes y ataduras. Casi como... como si me hubiesen crecido un par de alas y pudiese surcar al fin la ansiada bóveda celeste.

    Tal vez, de manera metafórica, sí que había empezado a hacerlo.

    Las palabras de Ai siempre estaban cargadas de la sabiduría y madurez que solo te otorgaba la experiencia. Me gustaba escucharla hablar, aún si lo hiciese de todo y nada. El tono de su voz, calmo y apacible, invitaba a hacerlo durante horas. Tal vez no apuntaría tan alto, pues mi hiperactividad me frenaría al poco tiempo, pero se entendía el punto.

    Me había llevado la taza a los labios, relajada, cuando Ai continuó con el juego con una afirmación para la que no me hubiese preparado lo suficiente en ningún universo paralelo posible. Comencé a toser, enrojeciendo por la vergüenza y el propio esfuerzo. ¿Dom? ¿BDSM? ¿Mami? Vale, eso último me había arrancado una carcajada por lo repentino del asunto, amortiguada parcialmente entre mis propios tosidos.

    Okay, that escalated quickly —bromeé cuando logré encontrar mi voz, si bien las mejillas me ardían todavía en cierta medida—. Tengo que reconocer que, sea o no cierto, tu apellido suena extrañamente conveniente dadas las circunstancias.

    Ya sabía que tocaba el violín, lo había mencionado en Arcadia Nova. La lógica decía que escogiese la única opción que al menos reconocía, pero de hacerlo, ¿dónde radicaría la dificultad en su elección? Podía ser una verdad a medias como la mía, y no llevar tocando el violín exactamente esos años. Tal vez más, tal vez menos...

    Repasé sus facciones con la mirada. Todo en ella reflejaba una actitud cálida y maternal... Pero esa era la razón por la que se apodaba a sí misma Dionaea. Su fachada aparentemente calma e inofensiva era la trampa perfecta para los insectos curiosos, confusos o temerarios que se aproximaban a sus fauces por su propia cuenta y riesgo.

    Justo como lo estaba haciendo yo desde hacía días.

    —A riesgo de estar eludiendo una afirmación regalada por tu parte, que espero que no, porque dañaría bastante a mi orgullo —Me llevé una mano al pecho con fingida crispación. Pronto recuperé la jocosidad en mi voz—, voy a decir que la primera es la verdadera. Sé que tocas el violín, pero por el bien de la trama diremos que esos no son los años correctos.

    ¿Tan interesada estaba por ver si se cumplía la primera afirmación? Vaya.
     
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    Yugen

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    Ai Mamiya

    Me preguntaba si la imagen que daba a los demás estaban tan alejada de la imagen usual de un dom como para que ese tipo de reacciones fuesen tan comunes. Nunca había pretendido ocultarme, pero era cuidadosa a la hora de sacar ciertos temas para no asustar a nadie. Algunas de mis flores tenían una idea extrema del BDSM y las dinámicas de poder que no tenían nada que ver conmigo. Otras, me habían pedido cosas que estaban fuera de mis propios límites.

    Era una amante complaciente pero hasta cierto punto. Por ejemplo, jamás dañaba físicamente a nadie. Ni látigos, ni fustas ni cera caliente. El dolor no era algo que me interesaba provocar. No, yo buscaba todo lo contrario.

    Su reacción y especialmente el rubor de su rostro ensanchó la sonrisa en mis propios labios. Me hizo cierta gracia que relacionara ese término con mi apellido. Eran parecidos, pero estaba bastante segura de que no se trataba de ningún acortamiento de este.

    "Tengo que reconocer que, sea o no cierto, tu apellido suena extrañamente conveniente dadas las circunstancias."

    Se me escapó una breve risa, casi un ronroneo como tal.

    —Vaya, ¿entonces me llamarías mami?

    Adoraba ese tipo de reacciones. Las curiosas, las intrigadas... las inocentes. Eran absolutamente adorables para mí. Ella era, de hecho, absolutamente adorable para mí.

    La dejé pensar sin interrumpirla, mano en la mejilla, simplemente mirándola y observando los breve cambios en su rostro. Mis afirmaciones eran una verdad y una verdad a medias, exactamente como lo habían sido las suyas. Tuve la impresión de que se dio cuenta al instante. Después de todo, ya sabía que tocaba el violín. Pero si la primera afirmación no la había tachado directamente como la falsa, eso implicaba que el hecho de que yo fuese una dom no le tomaba tan de sorpresa. Y eso me llevaba a cuestionarme si ese hecho le atraía o despertaba su curiosidad.

    Y era, de hecho, de lo más interesante para mí.

    Para la mayoría de las personas el sexo era solo eso. No había presencia, no había rendición, no había conexión. Eran dos cuerpos tocándose, pero sus almas jamás se encontraban.

    El sexo no era simplemente algo mecánico para mí. Cada roce, cada caricia, cada mínimo instante tenía un propósito. Y el propósito no era la finalidad en sí misma, si no el disfrute de cada uno de esos instantes.

    Sostuve la taza de té por delante de mis labios y tomé un breve sorbo, antes de dejarla nuevamente en su plato, ya vacía. Estaba observando, siendo sutil y cautelosa, pero dejando caer pequeñas miguitas de pan por el camino.

    Adopté cierta actitud licenciosa y llevé mis dedos a la altura de mis labios delinándolos brevemente con el índice.

    —Me han llamado mami, ama, maestra, mistress—le confesé. La sumisión es un acto de entrega absoluta y no se trata tanto de una cuestión de poder como de confianza. Es cerrar los ojos y dejarse caer, dándole poder a otra persona para destruirte pero confiando en que no lo haga. Es un contrato no escrito y como tal, tiene unas reglas que deben seguirse y respetarse a rajatabla.

    Principalmente, el consentimiento en todo momento era crucial. Debía haber unos límites claros que se respetaban por encima de todo, incluso por encima de la propia dinámica de poderes. Aprovecharse de la situación cuando la otra persona había puesto su confianza y vulnerabilidad en tus manos era una violación y el BDSM no tenía nada que ver con eso.

    Había demasiada desinformación al respecto.

    >>En cuanto a la otra afirmación, el violín lo toco desde hace nueve años y medio. Estás en lo correcto, era una verdad a medias—reí brevemente, divertida. My bad~—. Todo lo demás sobre ese increíble instrumento es cierto.

    Había acertado, aun si no se lo había puesto particularmente fácil. De modo que ahora que había una nueva variable sobre la mesa, decidí tentar los límites nuevamente.

    >>Lo has hecho muy bien—alabé con sinceridad y acaricié el dorso de su mano con mi índice trazando patrones sin nombre sobre su piel—. Qué quieres primero: ¿Preguntarme o que te recite los primeros versos de Oda a la primavera? Ten en cuenta que solo tenía trece años cuando la escribí.
     
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    “Vaya, ¿entonces me llamarías mami?”


    —Si quieres respuestas, tendrás que gastar una de tus preguntas —Le guiñé uno de mis ojos, juguetona.

    Mistress, ama… No me veía usando esa clase de apodos en un momento tan íntimo, en realidad. En cualquier caso la información era la forma de poder que teníamos en esa charla tan particular; negarla o cederla dependía enteramente de nosotras y de nuestra dinámica particular.

    Me sorprendía lo mucho que me gustaba ejercer cierto poder de vez en cuando. No era algo que ansiase, pero no iba a negar que me satisfacía. Por eso había descubierto que, pese a ser versátil en la cama, había algo en los momentos en los que me tocaba encarnar un rol dominante que me atraían de alguna forma.

    Me explicó, tal y como había anticipado, que la segunda opción era una verdad a medias. Esbocé una media sonrisa, triunfante. Usar ese truco dos veces perdía su eficacia… ¿O tal vez lo había hecho para poder escuchar al fin mi propia pregunta? En cualquier caso su confesión no me tomó por sorpresa. Era una persona muy perceptiva, sabía captar las señales. Y por la forma en la que parecía medir sus palabras, era evidente que estaba buscando pisar terreno seguro conmigo antes de arriesgarse a dar otro paso.

    No había inocencia ni ingenuidad en mis ojos. Tal vez, para ese entonces y a juzgar por mi reacción, Ai lo tuviera más que claro. Tan solo existía dentro de mí un interés y curiosidad genuinas por descubrir más de ese mundo del que me había privado a mí misma durante tanto tiempo. Uno que ella conocía bastante bien, al parecer.

    La escuché explicarme las reglas de todo cuando sabía, intrigada, pero mi atención viró de inmediato hacia la forma en la que trazó el contorno de sus labios, como atraída por un imán. Al percatarme de esto parpadeé y desvíe la mirada, sin dejar de escuchar lo que me decía. Me había quedado con algunas palabras sueltas, en realidad, pero podía hacerme una idea a grandes rasgos.

    Era su culpa por distraerme de esa forma, pero estaba segura de que lo hacía completamente a propósito. Era difícil no hacerlo cuando la electricidad que nos rodeaba, velada, se volvía cada vez más y más evidente.

    —Tal vez podemos guardar la Oda a la Primavera para cuando el juego concluya —sugerí, sedosa, y acerqué mi mano hacia ella con naturalidad. El tacto de sus dedos me cosquilleaba sobre la piel y apoyé la mejilla sobre la palma, relajada. Solo me faltaba empezar a ronronear—. Déjame pensar qué puedo preguntarte.

    Había muchas cosas que quería saber de ella, pero tenía la seguridad de que la gran mayoría de las respuestas podía obtenerlas cuando quisiese. Ai no parecía una persona reservada, o, al menos, no me daba esa impresión por el momento.

    Decidí escoger la pregunta que más curiosidad me causaba en esos momentos.

    —¿Por qué Dionaea? —cuestioné entonces, sin medias tintas. Repasé sus facciones con un brillo osado en los ojos, sabiendo de sobra la respuesta a la pregunta. Pero quería ir más allá, quería saber cómo se veía y cómo me veía a mí y al resto de sus flores en consecuencia—. Si te ves a ti misma como una planta carnívora, ¿eso significa que solo soy un insecto incauto ante tus ojos?
     
    Última edición: 8 Enero 2026
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    Dejé escapar un pequeño murmullo, algo que sonó como un "Mmm" bajo mientras sentía la piel suave de su mano bajo el roce de mis dedos. No me interesaba si quería llamarme 'mami' o no, podía referirse a mí como quisiera hacerlo.

    Si era cierto que algunos dom preferían ser llamados de determinada manera por un sub, ese no era mi caso. El cómo se referían a mí durante esos momentos íntimos eran un reflejo de cómo ellas me veían. ¿Por qué debería imponerles como dirigirse a mí? Mami, ama, mistress, Dionaea, Ai... Era solo un reflejo.

    Clematis parecía genuinamente interesada en todo esto. Era como si haber sacado el tema hubiera despertado algo de sí, abierto una puerta largamente cerrada, y con pasos decididos estuviera ansiosa por descubrir hasta donde la llevaría el camino que acababa de descubrir. Era sumamente interesante para mí. Especialmente la forma es que flirteaba conmigo pretendiendo llevar el control de la situación cuando yo solo me estaba amoldando a sus pasos.

    Mi pequeño brote de primavera... Si de guiar se trataba, era experta en eso.

    —Oh, cielos... ¿así es como me ves?—dejé escapar una risa breve, francamente divertida con su impresión— ¿Crees que lo que pretendo es atraerte a mis fauces y devorarte sin dejar nada?

    Le sostuve la mirada de la misma forma que ella lo hacía entretenida con el cauce de los acontecimientos. Si pensaba que ese era mi objetivo y había venido aquí, sola y por su propio pie... ¿no implicaba eso que pretendía ser devorada? No era la primera que pensaba así. ¿Qué podía asumirse de una planta carnívora? ¿De una entidad que subsistía alimentándose de otros?

    Lamentablemente era una visión errada.

    >>¿Sabías que el descubridor de la planta carnívora la consideró una blasfemia?—inquirí deteniendo brevemente las etéreas caricias sobre su mano—. Se pensaba, por aquel entonces, que las plantas eran alimento y no al revés. Una planta no podía devorar, debía ser devorada. Ese era el orden divino y lo se que suponía que debía ser. La idea de que existiese una planta que no encajaba en los cánones establecidos era ajena, extraña y blasfema.

    Al igual que yo lo había sido para mis padres o incluso para gran parte de la sociedad con la que crecí.

    >>Pero eso no impidió a la Dionaea seguir creciendo y desarrollándose. Hasta que finalmente, el padre de la teoría de la evolución la consideró una maravilla viviente.

    >>Dionaea no es un término que tiene que ver con mi relación con los demás. Ni siquiera con mis amadas flores. La Dionaea es cómo me percibo a mí misma: una parte de lo que he elegido ser.

    Tal vez no era la respuesta que esperaba. Pero si honestidad era lo que quería, no era algo que pensaba negarle. No pensaba negarle nada si sabía cómo pedirlo.

    —Así que no, no te considero un insecto incauto—resolví. Bajé mi voz un par de tonos hasta que se asemejó más a un ronroneo licencioso o al murmullo de la brisa entre las hojas—. En realidad, creo que sabes muy bien lo que haces.

    Aparté mi mano de su dorso al darme cuenta de algo.

    >>Osada, descarada. Quizás demasiado curiosa para tu propio bien. ¿Pero ingenua?—limpié restos de mantequilla de la comisura de sus labios y sin apartar la mi mirada de la suya, como si quiera comprobar algo, llevé mi pulgar a los propios para saborearlo con la punta de mi lengua—. No mi amor. No hay nada de eso en tus ojos.
     
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    Soltó una risa fresca, divertida con mis ocurrencias, y alcé las cejas con aparente desconcierto. ¿Acaso… no se autodenominaba así por eso? No iba a juzgarla, me parecía una trampa brillante. Podía lograr que la subestimasen por su personalidad suavecita y maternal, su actitud sosegada y servicial… ¡y bam! Toda una dom por sorpresa.

    Pero Ai parecía proyectarse en ese nombre de manera diferente. Habló de la deplorable reputación de la Venus Atrapamoscas en sus orígenes, de cómo era incapaz de encasillarse en ningún molde, considerada como una blasfemia. La planta creció sana y fuerte a pesar de los obstáculos, resiliente e incansable, y entonces llegó alguien que logró apreciar su verdadero valor.

    —Me alegra que alguien llegase a hacerle justicia a la Dionaea —aporté en voz baja. Fue más un pensamiento lanzado al aire que una respuesta como tal.

    No era el rumbo que imaginaba que tomaría, pero me había resultado una comparativa esclarecedora. Si Dionaea era tal y como ella se veía a sí misma, le dotaba de una mayor profundidad a todo cuanto sabía de ella hasta entonces. Fue como alcanzar otra capa de sí misma y descubrir lo que yacía debajo, oculto de la superficie.

    Mi cuerpo se tensó ligeramente cuando, mostrándose más atrevida que antes, aseguró con un ronroneo bajo y satisfecho que no veía ingenuidad alguna en mis gestos. Animada tal vez por las circunstancias y por lo receptiva que me mostraba, aproximó su pulgar hacia la comisura de mis labios, limpiando una mancha de mantequilla. En ningún momento apartó la mirada de mis ojos, consciente de lo que hacía y de las reacciones que causaba en los demás, y yo tampoco lo hice… O sería más apropiado decir que fui incapaz de hacerlo.

    Había algo en la seguridad y ligereza con la que se movía, en la soltura que mostraba hacía sí misma y hacia todo lo que hacía que llamaba poderosamente mi atención. Esa era la libertad que tanto ansiaba y que tan fuerte resonaba dentro de mí.

    —...No tenías que tomarte esas molestias —musité, alcanzando una servilleta para agitarla entre mis dedos. Las mejillas me ardían de nuevo y por mucho que buscase fingir que no era la gran cosa, no sabía mentir… ¡y sí que era la gran cosa!—. P-Podía haber usado una de estas, ¿ves? Pero gracias.

    Buscando distraerme con otro tema para evitar seguir perdiendo en este aparente intercambio de flirteos, decidí poner en movimiento los engranajes de mi raciocinio en busca de dos nuevas afirmaciones que ofrecerle. Ai había hecho los honores abriendo esa puerta que se había mantenido cerrada hasta entonces… y de repente me sentía en el mood de aportar un poco a la causa.

    >>Ejem. Vayamos con la siguiente ronda de afirmaciones: Siento tanta naturalidad y confianza con mi propio cuerpo que, en ocasiones, podría confundirse esta actitud con el exhibicionismo. Es una broma interna y recurrente entre mis amigos, pero considero que en el fondo hay cierta veracidad escondida en ella.

    >>He tenido varias parejas a lo largo de mi vida, pero aún no he tenido ninguna experiencia sexual completa como tal. Esto es influencia de mis padres y de su creencia de llegar virgen al matrimonio. Ahora que ellos poseen menos influencia sobre mi vida y tengo claras mis creencias, no veo la necesidad de hacer algo como tal.
     
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    Ai Mamiya

    Era adorable.

    Ese rubor en sus mejillas era absolutamente adorable y su reacción, tímida pero esquiva: un completo deleite para mis sentidos.

    Apreciaba esos momentos en los que la máscara se quebraba y las pequeñas grietas en su superficie dejaban ver parte de lo que había debajo: Una inocencia que no estaba en la superficie, algo de timidez y vulnerabilidad, una sin falsos convencionalismos ni mentiras. Las reacciones a mi compartimiento y a mi atrevimiento en según que situaciones me resultaban fascinantes, por eso hacía en gran parte las cosas que hacía.

    Podría haber usado una servilleta, por supuesto... ¿pero cuál sería la diversión en hacerlo cuando se mostraba tan receptiva a un acercamiento más directo?

    Algo en mí interior se estremecía, henchido de deseo y poder. Me gustaba dominar y poseer, me gustaba sentir la vulnerabilidad ajena, pero no buscaba aprovecharme de ella. Jamás tomaba más de lo que se me permitía, y cuidaba, era especialista en eso. Cuando depositaban esa confianza y vulnerabilidad en mis manos podían olvidarse de todo lo demás porque yo me ocuparía del resto.

    —No es ninguna molesta—le respondí. Cerré los ojos, como si degustara el remanente de la mantequilla en mi paladar—. ¿Ves? Es delicioso.

    Algo abrumada quizás y tratando de cambiar el tema de la conversación, decidió añadir dos nuevas afirmaciones.

    No pude evitar enarcar una de mis cejas, curiosa. Principalmente porque el contenido de estas afirmaciones ya no era inocente como antes, tenía un fuerte componente sexual. Pero también por las propias afirmaciones en sí mismas.

    ¿Exhibicionismo? Oh, pero si era una caja de sorpresas. Le había preguntado con anterioridad con qué más me sorprendería y lo estaba haciendo tan bien que casi había alcanzado una nueva forma de arte.

    En un mundo donde la inseguridad era reforzada cada día resultaba reconfortante saber de alguien que no solo se sentía cómoda en su propia piel, si no que tenía la suficiente confianza en sí misma como para demostrarlo.

    No veía ningún motivo para pensar que aquella fuese una afirmación falsa. Era osada y atrevida, ya lo había mostrado: por eso era una clemátide a mis ojos. Una planta trepadora capaz de imponerse y sobrepasar mis propias expectativas, enredándose alrededor de la Dionaea con tal maestría que no podría apartar mi mirada ni queriéndolo. Podía ser otra verdad a medias; tal vez sí existía tal confianza pero no había la necesidad por exhibirla. Después de todo, había distintos grados de exhibicionismo.

    —Dices que no has tenido relaciones sexuales completas como tal cuando has tenido varias parejas—repetí sus palabras llevándome una mano al mentón, reflexiva—, lo que me hace preguntarme: ¿Consideras que se trata de una experiencia sexual completa solo cuando hay penetración?

    Si era cierto, era un acercamiento demasiado patriarcal y heteronormativo. Por no mencionar que la virginidad era un constructo social como tal y se apoyaba en la idea de la pureza y la castidad para coaccionar la libertad sexual femenina.

    Hmm. No parecía el tipo de persona que tendría pensamientos tan arcaicos. Sin embargo, si su visión de la vida había estado hasta entonces influenciada por sus padres, podría ser cierta. Los míos tenían una idea similar. Lamentablemente para ellos, mi primera experiencia sexual había sido completa y profundamente satisfactoria sin necesidad alguna de un hombre entre mis piernas.

    La idea de ser penetrada me erotizaba, pero la idea de serlo por un pene de verdad me causaba genuino rechazo.

    —Creo que ambas pueden tener cierta parte de verdad—finalicé tras sopesar atentamente las opciones disponibles. Regresé mi mirada a sus ojos y solté una risa liviana—. De ser la segunda cierta, me alegro de que te hayas librado del pensamiento arcaico que te impusieron tus padres. Pero... tengo la impresión de que la primera es la correcta.
     
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    El hecho de que se aprovechase tanto de la timidez que me generaban ciertas acciones no me molestaba particularmente, pero no sabía bien qué hacer ante el desastre al que era reducida con tanta facilidad. Acostumbrada a ver la vida como una competición (y al tener siempre a mi lado una idiota con la que competir por cualquier cosa), mi respuesta instintiva era cambiar de tema y evitar un enfrentamiento directo por el momento. Bien para recuperarme, bien para adaptarme a su actitud licenciosa con el tiempo. Al menos, lo suficiente como para poder encararla sin aparentar ser un Darumaka con fiebre a los dos minutos de reloj.

    Ai se mostró interesada ante mis dos afirmaciones, probablemente sorprendida por la vertiente en la que había derivado todo de repente. No me causaba pudor hablar de esos temas, de modo que no dudé en seguir sus pasos cuando inició compartiendo un poco de sus prácticas y preferencias. Me preguntó si consideraba la penetración como única forma de alcanzar la plenitud sexual, pero no respondí. En su lugar simulé sellar mis labios con una cremallera y arrojar la llave lejos, donde ninguna de las dos alcanzase. Saciaría su curiosidad más tarde, pero hacerlo ahora tan solo resolvería la encrucijada con demasiada antelación para mi gusto.

    Le dejé pensar con calma, picoteando algún dulce aquí y allá con ojillos brillantes (¡Tenía magdalenas de calabaza! ¿Podía casarme ya con ella?), y solo cuando finalizó escogiendo la primera opción me permití tragar y volver a posar todos mis sentidos en mi interlocutora.

    Me incliné ligeramente hacia delante, apoyando los codos sobre la mesa y el mentón sobre el dorso de mis manos.

    —Dos respuestas correctas seguidas —informé, repasando sus facciones con interés. Inari hacía rato que había abandonado la comodidad de mi regazo para explorar los alrededores del invernadero, tal vez dejándonos algo de intimidad. Quizás solo era un cachorro, pero no había que subestimar el carácter observador de los más pequeños—. Estás en racha por lo que veo. Sí: la primera es la correcta.

    >>La segunda me la he inventado sobre la marcha —solté una risa baja que me vibró en el pecho—. Mi padre sí que es muy intenso con esos temas, por temor a un embarazo no deseado tal vez. Pero siempre he sido una chiquilla rebelde —Le guiñé uno de mis ojos, en señal de complicidad—. Lo cierto es que, en realidad, mi primera experiencia la tuve hace menos de medio año. Las parejas que tuve las tuve muy joven y no se dio el caso, y el resto del tiempo estuve esperando a cierta persona con la que tener esa idílica "primera vez".

    >>Con el tiempo comprendí que eso no es más que un constructo social. Que, con la persona adecuada, todas las veces serán tu propia "primera vez".

    Parte por la que sentía tanto interés en ella era por lo experimentada que se mostraba en general ante todo. Yo no era más que un pokémon recién nacido del huevo en ese aspecto; había tenido algún que otro encuentro, sí, pero habían sido fugaces y genéricos en comparación tal vez a los suyos. Luego estaba Mimi, con quien había sentido una comodidad y naturalidad sin precedentes. Lo achacaba a la química que nos envolvía y al vínculo que teníamos, pero lo cierto es que trataba de no darle demasiadas vueltas.

    —Ahora, respondiendo a tu pregunta: no, no considero que la penetración sea necesaria para tener una "experiencia completa" —Hice comillas con los dedos mientras hablaba—. No creo que exista una forma en específico de completar un acto así. Para mí es algo subjetivo, completamente vinculado a la experiencia de cada persona.
     
    Última edición: 9 Enero 2026
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    Parecía que dejarme guiar por mi instinto en lugar de la lógica estaba dando sus frutos. Había acertado una segunda vez. Por mucho que intentase, no hubiera podido usar la razón cuando no tenía forma alguna de indagar más en las afirmaciones propuestas. Incluso ella misma había fingido cerrar sus labios con una llave y arrojarla lejos, arrancándome una risa divertida de los labios. Supuse que esa era una respuesta demasiado reveladora y que no iba a contarme nada hasta que no me decidiera por una de ellas.

    Clematis se inclinó hacia delante en la mesa apoyando su mentón sobre el dorso de sus manos para acercarse a mí. Aparentemente la formalidad o la distancia casi tentativa que habíamos mantenido en un inicio no era ya suficiente. Había un sentimiento de electricidad, una tensión latente en el aire.

    Así que la segunda la había inventado sobre la marcha... ¿ya no eran medias verdades?

    Ahora era ella quien estaba tentándome, podía verlo de forma tan clara como el agua del Lago Veraz. Si había tenido dudas sobre cuáles eran sus intenciones o qué era lo que sentía por mí con exactitud, en ese momento habían sido reducidas drásticamente.

    Mi pequeño y atrevido brote de verano.

    —Opino lo mismo—dije por toda respuesta.

    No me parecía extraño que su padre temiera un embarazo no deseado, aunque había formas de evitarlos. Algunas mucho más efectivas que otras.

    Y cuanto más sabía de ella y más jugábamos el juego de la seducción, deslizándonos sobre un salón de baile improvisado, más crecía mi curiosidad por saber qué era lo que buscaba exactamente. Le había dicho que era una dom, pero eso no la hizo retroceder. No parecía contrariada, confundida, o asustada... todo lo opuesto. Intrigada quizás, tal vez había cierta cuota de expectación.

    >>Entonces exhibicionismo...—repetí entretenida—. Vaya. Debo reconocer que estoy sorprendida. No es algo común.

    Extendí mi mano lo suficiente para rozar sus mejilla. Su piel aún estaba caliente y la temperatura solo se incrementó cuando la toqué. Deslicé mi índice a lo largo de la línea de su mandíbula hasta que pude elevar su mentón con las punta de mis dedos.

    >>Pero no veo ningún motivo por el que tuvieras que esconderte.
     
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    "Entonces exhibicionismo... Vaya. Debo reconocer que estoy sorprendida. No es algo común."

    —En su justa medida y siempre consensuado. Y si alguna vez sucedió con desconocidos, no fue más que un inocente accidente —puntualicé, con una risita—. En los espacios naturales no hay ninguna norma que indique que debas bañarte con alguna prenda encima.

    Era una práctica que me gustaba hacer a menudo: en mis días libres me internaba en los frondosos bosques de Almia, alejada de la civilización y allí, en profunda comunión con la naturaleza, me sumergía en las aguas prístinas de cualquier masa de agua dulce cercana para aclarar mis pensamientos, de la misma forma con la que vine al mundo. Una nunca se esperaba encontrar a otros individuos en un lugar así, perdida de la mano de Arceus. Pero, tal vez, era el ínfimo riesgo a que sucediese lo que me atraía en realidad.

    No era algo que fuese a admitir en voz alta.

    Repentinamente sentí el tacto suave de su mano sobre su mejilla, y le sostuve la mirada desde mi lugar, conteniendo apenas el aliento. Seguí sus movimientos de cerca con extrema atención; la forma en la que delineó mi mandíbula y sostuvo con sus dedos mi mentón hizo que mi corazón se acelerase, preso de la expectativa y la vulnerabilidad a la que me exponía.

    Pese a que mis mejillas delataron la reacción de mi cuerpo casi al instante, poco a poco comenzaba a acostumbrarme a su modus operandi. Ai buscaba amagar, tentativa, interesada en arrancarme reacciones variopintas tal vez. Y a pesar de que su cercanía y la profundidad de su mirada me abstraían como ninguna, el orgullo que se revolvía dentro de mí buscaba evitar por todos los medios caer con semejante facilidad.

    La mesa no era demasiado grande. Si me inclinaba lo suficiente podría... Tragué saliva, y en su lugar dibujé una sonrisa desafiante pero ligeramente temblorosa en mis labios. No, eso sería demasiado aburrido para ambas. Mi mirada en su lugar no dio espacio a réplicas: reconocía la influencia que tenía sobre mí, no iba a tapar el sol con un dedo, pero era evidente que no buscaba dejarme doblegar tan fácilmente.

    Había resultado ser una clemátide demasiado obstinada.

    —Eso me halaga —resolví con sencillez... O al menos eso buscaba aparentar. Pese a que mantenía el tipo, estoica en la medida de lo posible, allí con sus dedos inclinando mi rostro a su antojo, mi cuerpo era honesto y mis expresiones también. Eso sí, había que darme méritos por el esfuerzo, desde luego—. Me pregunto... si después de esta charla tan esclarecedora aún tendrás algo que preguntarme.
     
    Última edición: 10 Enero 2026
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    No perdí detalle alguno de sus gestos, atenta a su más mínima reacción. Del rubor que asoló sus mejillas, intenso y traidor, y de cómo su cuerpo se tensó tomado por la sorpresa. Quizás no esperaba el atrevimiento... o tal vez no esperaba el cómo su cuerpo reaccionó a él.

    Primero la mancha de mantequilla y ahora esto. Ya debía haberse dado cuenta de que ciertamente estaba probando sus límites. Estaba pisando el hielo bajo mis pies para comprobar que tan seguro era caminar sobre él. Cuanto más interés despertaba en ella y más Clematis me seguía el ritmo, más crecía mi propio deseo por presionar un poco más. ¿Qué encontraría bajo la máscara? Ya había visto un retazo, había echado un vistazo furtivo... pero no era suficiente.

    La seducción era un arte en sí mismo. Y a mí me gustaba tentar, por supuesto. Pero también sabía ceder cuando la ocasión era precisa. No tenía ninguna necesidad por fingir resistencia ni por imponer el orgullo cuando sabía exactamente lo que quería y no tenía reparos en reconocerlo. Si ya habíamos llegado hasta aquí, ¿cual era el interés en seguir jugando un juego perdido?

    —Apenas te he tocado y estás tan tensa como una rama a punto de partirte en dos—comenté a media voz, sedosa, ignorando deliberadamente todos sus intentos por fingir estoicismo.

    El orgullo no servía conmigo.


    No quería máscaras, quería verdad. La más pura y vulnerable.

    Tenía varias asuntos que cuestionarle, de hecho. Quería saber mucho más de ella. Estaba segura de que tenía mil cosas para contar y de que todas las encontraría interesantes. Pero en ese preciso momento, en el novedoso silencio del invernadero, semiocultas entre enredaderas y flores de begonia, solo pude traer a mi mente una única pregunta.

    —Mi amor, voy a ser honesta contigo—mi voz descendió unos tonos y sonó como un ronroneo ligero y contemplativo. Tracé su labio inferior con el pulgar presionando lo suficiente para separarlos ligeramente—. Me gustaría besarte. ¿Te incomodaría si lo hago?
     
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    "Apenas te he tocado y estás tan tensa como una rama a punto de partirte en dos"

    —Ya te dije que no tengo mucha experiencia en esto —murmuré, cerrando uno de mis ojos, a merced de las circunstancias. Solté una risa nasal y escueta—. Tenme algo de piedad, ¿quieres?

    Eran los detalles como esos los que me recordaban que no era más que una cría inexperta en comparación con Ai. Cuando el orgullo se revolvió dentro de mí y buscó hacer las cosas difíciles, ella atajó la situación con contundencia, cortándola de raíz. No tenía ninguna necesidad de montar un numerito porque sabía lo que quería y no tenía reparos en extender su mano y simplemente alcanzarlo. ¿Por qué esperar, cuando nos habíamos dicho ya todo con la mirada?

    Abochornada, dejé de forcejear y destensé los hombros al fin, en señal de rendición. Aunque era algo que yo misma había buscado, no podía evitar sentirme así ahora que estaba cosechando lo sembrado. Los hombres no me generaban este tipo de reacciones, tal vez porque eran terreno de sobra conocido para mí. Pero cuando se trataba de una mujer, y una tan bonita como Ai, bueno... ¿Podían culparme, acaso?

    Delineó mi labio inferior con el pulgar, confesándome lo evidente, pero escucharlo directamente de sus labios me desarmó. En mitad de un chispazo de lucidez pude coordinar mis labios y mis pensamientos, encontrando así mi voz. Todo lo que mi cuerpo me pedía a gritos era reducir yo misma las distancias, incapaz de sostener durante mucho más tiempo la palpable tensión y la electricidad que nos rodeaba.

    —¿Esa... es tu pregunta? —musité, la voz ligeramente contenida. El espacio a nuestro alrededor se desdibujó, fue como si el invernadero entero contuviese el aliento en señal de expectación. Mi mirada se desvío hacia sus labios, carnosos y ligeramente entreabiertos. Después volví a sus ojos, buscando sumergirme en la profundidad de los suyos una vez más—. Pero ya tienes clara la respuesta... ¿Me equivoco?

    Apenas estaba terminando la oración cuando mi cuerpo se inclinó solo. La mesa, como había observado hacía unos instantes, era lo suficientemente pequeña para alcanzar lo que quería. Apoyé los codos sobre la mesa, ignorando normas sociales que no venían al caso, y reducí las distancias hasta presionar mis labios con los suyos.

    Por supuesto que no me incomodaba.
     
    Última edición: 11 Enero 2026
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    —No me estoy burlando—le respondí con honestidad incluso cuando se me escapó una pequeña risa—. Al contrario, me parece adorable.

    Por la forma en que respondió, Clematis no esperaba la pregunta, no esperaba aquella honestidad. Me pregunté entonces si estaba acostumbrada a otro tipo de reacción, si lo usual en sus relaciones eran luchas por poder, o si lo común para ella era negarse a sí misma lo que deseaba para no parecer vulnerable.

    Pero la vulnerabilidad era... algo hermoso. Era honestidad sin máscaras y eso era precisamente lo que yo estaba buscando. Era uno de los motivos principales por los que era una dom.

    ¿Ya sabía la respuesta? Probablemente. Pero por una parte no quería hacer suposiciones y por la otra quería que fuera ella quien me lo dijese. No había nada de malo en ser honesta, ya lo había sido durante toda esa agradable velada. Me había ofrecido pedazos de sí misma sin titubear, exponiéndose y permitiéndome echar un vistazo furtivo a sus deseos.

    Por supuesto que podía retroceder pero... ¿era realmente eso lo que quería?

    El primer contacto no fue tentativo. Se inclinó aún más hacia delante y presionó sus labios contra los míos. En el momento en que esto ocurrió, una corriente de deseo me estremeció desde dentro.

    Oh, cielos.

    Era todo lo que necesitaba.


    Deslicé mi mano hasta su mejilla, sentí su piel caliente bajo mis dedos, y mis propios labios respondieron con fervor a la insistencia de los suyos.

    El mar de sus ojos seguía teniendo misterios, me resultaba fascinante y quería indagar en ellos al menos un poco más.

    —Mmm...—ronroneé con deleite contra su boca. No profundicé el beso ni le permití a ella hacerlo, pero mordí suavemente su labio inferior y tiré de él lo suficiente para arrancarle un pequeño gemido de la garganta.

    Con la respiración pesada, apoyé suavemente mi índice sobre sus labios y me forcé a mí misma a separarme.

    —Aquí no.

    El invernadero era un lugar de descanso, un pequeño oasis inalterable y prefería que se mantuviese como tal. Miré atrás brevemente para asegurarme de que el pequeño Zorua estaba bien—en ese momento varios Floette y Cottonee se habían acercado a él, curiosas— y me permití una sonrisa antes de desaparecer con su entrenadora del invernadero.

    Volteé el cartel de la puerta de la floristería para indicar que estaba cerrado y en algún momento, en medio de aquella electricidad volátil, la espalda de Clematis encontró la pared de mi habitación.

    —Oh, cariño—murmuré con mis labios a la altura de su garganta—. Eres casi un lienzo en blanco. Puedo enseñarte tantas cosas... Pero necesito que me digas qué quieres aprender. Y sobre todo, necesito que estés segura.
     
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    Lo único que ocupó mi mente, en el momento exacto en el que me tomé el atrevimiento de reducir yo misma las distancias, fue descubrir qué tan bien besaba. Sus labios me aceptaron en su espacio, sin esconder su deleite, pero justo cuando comenzaba a abandonarme a las sensaciones Ai detuvo los movimientos de ambas. La miré sin comprender, frunciendo apenas la nariz, pero cuando quise separar los labios y cuestionar su interrupción lo comprendí.

    El invernadero era su santuario. Interrumpir la paz que lo envolvía sería desconsiderado con las criaturas que habían hecho de este refugio su hogar.

    Tras asegurarme de que Inari estuviera bien, cálidamente arropado por los pokémon del invernadero compartimos una risa baja, cargada de complicidad, y me dejé arrastrar por ella hacia el destino que tuviese en mente. Me sorprendió saber que ese destino incierto era su hogar, situado convenientemente sobre su propia floristería.

    En el momento en el que la puerta de su habitación se cerró con un chasquido y mi espalda encontró la pared, mi cuerpo se vio sacudido por una oleada de deseo y anticipación. Ladeé el rostro, apretando ligeramente los ojos cuando su aliento cálido me cosquilleó el cuello, y tragué saliva con esfuerzo.

    ¿El cuello? ¿Acaso me había pintado a mí misma una diana allí o algo?

    —¿Si estoy segura, dices...? —Sus palabras captaron mi atención y abrí uno de mis ojos—. Ai... Sé que soy una chica de impulsos. Y puede que aparente tener un nulo instinto de preservación —Mi mano se hundió en su cabello mientras hablaba, deslizando los mechones como oro líquido entre mis dedos. Me incliné ligeramente para susurrarle, como si se tratase de un secreto inconfesable entre nosotras—. ...Pero créeme cuando te digo que estoy muy segura de lo que estoy haciendo ahora mismo.

    Decía que era casi un lienzo en blanco, y tal vez así lo fuera. Lo que conocía acerca del sexo no era más que la punta del iceberg. Por lo que veía en sus ojos y en el tinte de advertencia en su voz había mucho, mucho más escondido bajo la superficie.

    Y yo era una chica demasiado curiosa y temeraria para mi propio bien.

    >>Si lo que buscas es mi consentimiento —Tomé su rostro entre mis manos, para poder mirarla apropiadamente a los ojos. En los míos, tal y como había sucedido en nuestra agradable velada, encontró absoluta honestidad. No tenía problemas en dársela; si mi orgullo se asomaba no era más que por mera costumbre o propiciada como reacción ante mi propia vergüenza—, puedes estar tranquila. Tienes... completo permiso para actuar sobre este lienzo en blanco como quieras.

    Le guiñé uno de mis ojos.

    >>Te aseguro que soy buena alumna cuando me lo propongo.

    Ilustracion19-1.png
     
    Última edición: 12 Enero 2026
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    No le había permitido profundizar el beso y mientras estaba allí, con su cuerpo presionado contra la pared de mi habitación y mis labios sobre su piel, tampoco estaba besando su cuello. Lo estaba rozando con los labios, respirando sobre él y adorando la forma en que su piel se erizaba ante el más leve contacto.

    Había dicho que la relacionaba con una clemátide pero en ese momento, mientras me mostraba esa fragilidad tan dulce, solo podía relacionarla con una Mimosa pudica. Una planta extremadamente sensitiva que recogía sus hojas al tacto.

    La Dionaea y la Mimosa eran dos de las pocas plantas capaces de producir movimientos perceptibles por sí mismas.

    Cerré los ojos brevemente cuando sus dedos se enredaron en mi cabello, dócil, adorando el tacto ajeno entre las hebras doradas. Me encendía la piel y despertaba mi parte más hambrienta, esa que ronroneaba con deleite en lo más profundo de mi ser.

    Tomó mi rostro entre sus manos y sus ojos volvieron a encontrar los míos, permeados por la libido. Me guiñó uno de los suyos en un ademán juguetón.

    Y sonreí.

    —¿Sí? ¿Cómo de buena alumna?—cuestioné en un murmullo sedoso mientras tomaba sus manos por las muñecas y las presionaba gentilmente contra la pared. Rocé mis labios bajo su mandíbula—. Decirme algo así es peligroso, mi amor. Deberías saberlo.

    Decía que tenía completo permiso para hacer lo que quiera pero quería hacer demasiadas cosas. Cosas que se salían de lo común, cosas que probablemente jamás hubiera probado y permanecían escondidas en algún lugar, reducidas a curiosidades y fantasías prohibidas.

    Era especialista en traer esos deseos a la superficie, pero no podía hacer nada si no me los decía.

    Podía contarme sus fantasías. Aquello que le causa curiosidad o lo que quería hacer. Si no entraba en conflicto con mis propios límites, me aseguraría de ayudarle a cumplir cada una de ellas.

    —No te pregunté antes—le dije a media voz—, pero creo que es el momento adecuado: ¿Qué opinas del BDSM? ¿Sabes cómo funciona?

    Dejé ir sus manos y mis dedos subieron por su cintura para colarse furtivamente bajo su ropa. Su piel se sentía caliente al tacto, estaba ardiendo como un fuego vivo bajo el roce de mis dedos.

    >>¿Te interesaría probar algo así?
     
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    Había algo verdaderamente estimulante en tentar a la Dionaea. Incluso allí, acorralada contra su cuerpo y a merced de las circunstancias, con su aliento cálido cosquilleándome la sensible piel de mi cuello, no podía simplemente cerrar el pico y ya. Se deslizaba como una cazadora furtiva, acechando a su presa sin prisa, recreándose tal vez en las sensaciones. En la tensión, el anhelo y la anticipación que provocaba en los demás con el mero hecho de prolongar lo inevitable.

    Tal vez esa fue la razón por la que solté la estupidez de la alumna aplicada. Porque, en mitad de mi actitud juguetona y desvergonzada de siempre, quería transmitirle un poco de mi propia impaciencia. Por supuesto que conocía los riesgos a los que me exponía, me estaba sirviendo precisamente de ellos.

    Su mirada adquirió pronto un brillo predatorio y me sonreí con cierta satisfacción. Una descarga apremiante me recorrió la columna cuando presionó mis muñecas contra la pared, y suspiré con cierta pesadez cuando sus labios rozaron mi piel expuesta.

    Era... extraño estar en una posición tan sumamente desventajosa. Pero no me desagradaba realmente.

    Para alguien que recién estaba explorando aquel mundo de cerca, me resultaba complicado ponerle nombre a mis propias fantasias. Yacían ocultas, latentes, esperando el momento oportuno para poder aflorar sin contenciones. Quería que Ai me mostrase pedazos de todo cuanto quisiese, explorar de su mano todo cuanto sabía y deseaba compartir conmigo. Solo así completaría más piezas del puzzle de mi propio autodescubrimiento.

    "No te pregunté antes, pero creo que es el momento adecuado: ¿Qué opinas del BDSM? ¿Sabes cómo funciona?"

    —Me hago una idea a grandes rasgos —Le respondí en el mismo tono, rodeando sus hombros mientras sus manos se deslizaban bajo mi ropa. Acaricié su nuca con la punta de mis dedos, realizando círculos concéntricos de manera distraída mientras me estremecía bajo su tacto—. Bondage, Dominación, Sumisión... No creo encontrar placer en hacer daño o recibirlo, eso sí —Otro suspiro. Sus manos no parecían querer darme tregua—. Por todo lo demás... No me importaría probar algo así.

    El Sadismo y el Masoquismo tal vez eran realidades que sí tenía claras aún sin haberlas probado de primera mano. En cualquier caso repasé su habitación con la mirada, con los ojos entrecerrados de tanto en tanto por las sensaciones, y me permití soltar el aire por la nariz, con cierto tinte distendido en la voz.

    >>Déjame adivinarlo. ¿En cual de esos elegantes armarios escondes tus herramientas de tortura? —Por supuesto que no hablaba en serio; el tono en mi voz no reflejaba otra cosa. Aparté un mechón de cabello y me incliné para susurrarle al oído, sedosa—. Me pregunto... ¿Vas a atarme a la cama, tal vez?
     
    Última edición: 14 Enero 2026
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    —Bondage, Disciplina, Dominación, Sumisión, Sadismo y Masoquismo—corregí a media voz, pausada, con mis labios aún en la línea de su mandíbula. Deslicé mis dedos en sentido ascendente por sus costados elevando con movimientos lentos la prenda y volviendo a descender después.

    —¿Recuerdas lo que dije antes? La sumisión es un acto de entrega absoluta y no se trata tan solo de una cuestión de poder como de confianza. Es cerrar los ojos y dejarse caer, dándole poder a otra persona para destruirte pero confiando en que no lo haga. Es un contrato no escrito y como tal, tiene unas reglas que deben seguirse y respetarse a rajatabla.

    Estaba acariciando su piel bajo la ropa pero mis movimientos no tenían ningún destino particular. Subían por su vientre, se deslizaban al bajo de su espalda y cambiaban de dirección. Estaba jugando con sus sentidos, impacientándola, pero también estaba siendo consecuente y considerada.

    Aquel era un mundo inexplorado para ella, con sus luces y sus sombras, y quería asegurarme de que tuviera las condiciones claras y fuese plenamente consciente de dónde se estaba metiendo antes de adentrarse más.

    >>Principalmente, el consentimiento en todo momento es crucial—añadí dejando un beso casto bajo su lóbulo—. Debe haber unos límites claros que deben respetarse por encima de todo, incluso por encima de la propia dinámica de poderes.

    >>No importa lo poderoso que se considere un dom, jamás debe hacer algo que su sub no desee. Por la propia naturaleza de una sesión de BDSM, es común que el sub muestre negación, se queje, proteste o llore. Para estos casos existe una palabra de seguridad. Es inconfundible y jamás, bajo ninguna circunstancia debe ignorarse.

    >>Cuando el sub usa la palabra de seguridad, el dom debe detener todo lo que le esté haciendo. Sin peros ni preguntas. No es negociable.

    Di un paso a atrás para asegurarme de que había entendido lo que acababa de decirle. En sus ojos solo encontré la misma necesidad que antes, esa chispa de audacia e interés.

    —Oh, cielos...—me reí, francamente divertida con la comparación—¿Herramienta de tortura? Cariño, son todo lo opuesto... Pero solo si eres una buena chica para mí. Si no, quizás tenga que usarlas para disciplinarte.

    Si esa insinuación era o no verdad, era algo que dejaría a su criterio.

    >>Me pregunto... ¿Vas a atarme a la cama, tal vez?<<

    Oh.


    Se me escapó una risa baja, casi un ronroneo satisfecho, un "mmm" bajo y licencioso. Por su pregunta, sospeché que era la parte del Bondage la que más le interesaba de todo esto. Mi parte favorita, sin embargo, era la Dominación y la Sumisión.

    Era para mí algo casi artístico.

    —¿Eso te gustaría?—insinué en voz baja sobre su oído, sedosa—. Puedo hacer tantas cosas... Puedo atar tus manos como dices, inmovilizarte, y vendar tus ojos. Puedo amordazarte, usar juguetes y estimular tus sentidos una y otra vez hasta que no puedas soportarlo más.

    >>Ya que has mencionado las ataduras... ¿qué tal si empezamos por ahí? Ven conmigo.

    Tomé su mano y la llevé hasta la cama en el centro de la habitación. Había estado en esa situación cientos de veces... pero algo se sentía diferente esta vez. Y no era la inexperiencia de Clematis, no. Cuidar de los tímidos brotes en su autodescubrimiento era algo común para mí.

    Su parecido con Lillium quizás fuese la respuesta más acertada.

    Con algo que se asemejó a un gruñido bajo en el fondo de la garganta mis labios se presionaron contra los suyos y esta vez, ahí tumbada sobre mi cama, sí le permití profundizar el beso. Con una necesidad latente mi lengua se deslizó entre sus labios y se enredó con la suya. Sostuve su mejilla con mis dedos controlando en todo momento el ritmo y la intensidad, asegurándome de que no amagara por tomar más de lo que le ofrecía estrictamente.

    Y cuando me separé, mi mirada se tomó un breve momento en conectar con la suya. Aquellos chispeantes mares azules ahora eran turbulentas tormentas oceánicas.

    >>Levanta los brazos.
     
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  20.  
    Andysaster

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    Pese a la notable necesidad que nos recorría el cuerpo, apremiante e ineludible, Ai se aseguró de aclarar todos y cada uno de los conceptos del BDSM antes de avanzar un paso más allá. La escuché con atención, con mis sentidos oscilando de tanto en tanto entre sus palabras y las caricias de sus dedos bajo mi ropa. Cuando algo me interesaba de verdad, podía llegar a absorber todo con la facilidad de una esponja. Era una lástima que hubiese desperdiciado mi potencial en la escuela de esa forma.

    Darle a otro el poder para destruirte pero confiando en que eso jamás sucediese... Si eso era lo que buscaba, no tenía inconvenientes en depositar mi entera confianza en sus manos. Tal vez Mimi me juzgaría por comportarme como un cachorro confianzudo, moviendo la cola ante las caricias gentiles de manos de desconocidos, pero Mamiya ya no era una desconocida para mí.

    Había visto una parte de mí que yacía enterrada en lo más profundo de mi ser. Lejos de juzgarme, me había contenido y protegido de mis demonios, atrapadas en el ascensor de un parque de atracciones, ganándose desde entonces mi más sincero respeto y gratitud. Cuando sus ojos buscaron los míos, indagando por cualquier señal que la instase a retroceder a tiempo, todo cuando encontró en los míos fue seguridad y concesión.

    —Esa palabra de seguridad de la que hablas... —repetí a media voz, buceando en las profundidades de sus orbes oscurecidos por el deseo—. ¿Debo escogerla yo? ¿Una que tenga más poder incluso que tú? —Dejé escapar una breve risa, encantada con la idea—. Vaya. Qué tentador.

    Le pedí que la palabra de seguridad fuese Clematis. No había una razón de peso más allá de un pequeño acto de rebeldía.

    En determinado momento mi espalda encontró la suavidad de su colchón y suspiré contra su boca, deleitándome con el roce ardiente de su lengua. Me gustaba el poder y tener la capacidad de ejercerlo de tanto en tanto, pero también encontraba cierto atractivo en dejarme dominar. A veces, sin embargo, mi carácter indómito afloraba en los momentos en los que restringía mi libertad. Era ella quien dictaba el ritmo, no yo... Pero eso no iba a evitar que protestase mordiendo su labio ligeramente cuando me prohibió ir más allá.

    "Levanta los brazos"

    Abrí los ojos, enfocando los suyos con lentitud. Los engranajes de mi raciocinio comenzaban a ralentizarse y me costó unos segundos entender lo que me pedía, sintiendo aún el fantasma de su tacto sobre mí.

    —Aún no he podido ver tu adorable hogar de cerca —comenté mientras obedecía, tentativa y un tanto descarada, distrayéndome con el sonido de mi propia voz evitando así darle paso a la vergüenza—. ¿Es algo que haces con todas tus citas? ¿Empezar mostrándoles tu habitación?
     
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