Cavernas Rostiz

Tema en 'Lost Future: The Last Chance' iniciado por MrJake, 11 Abril 2026.

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    MrJake

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    Cavernas del Desierto

    Patio prisión.jpg


    "De alguna manera, Chance y su séquito de robots, con la División de Limpieza. ¿Cómo lo hicieron, decís? Ni idea, pero sin duda, es poco menos que impresionante. Aunque nunca lo he visto, he oído que lo que antes era el Desierto Rostiz, ahora es un complejo de cavernas subterráneas con estructuras que parecen ruinas antiguas, pero que tienen poco de tales.

    Es una pena, todo. Que se haya maltratado así el medioambiente, por un lado, y que se haga solo para crear una inmensa prisión inaccesible, por otro lado. Es un poco la filosofía de Chance, ¿no? Moldear todo a su antojo, para crear más infraestructura que sirva para mantenernos controlados, atados y sumisos. Incluso lo que podría ser una obra de arte, una maravilla arquitectónica, queda reducido a un edificio corporativo más.

    Ojalá nunca acabéis ahí metidos".
     
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    MrJake

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    El infierno en el que se convirtió la aldea cesó, por fin. A cambio, sin embargo, te encontraste en un infierno distinto.

    Encina, o Ethan, como aparentemente se llamaba, se esfumó, habiéndose ofrecido para quién sabe qué a cambio de evitar más destrucción de la necesaria, si es que la que ya hubo no fue suficiente. A Pawniard lo perdiste de vista, pues cuando os llevaron, lo hicieron dejándoos antes inconscientes, y no viste qué fue de él. Y a Nikolah, Aleck, Givan y la otra chica los perdiste pronto, también, de vista. Te arrojaron en aquella celda, en soledad.

    Cada día se convirtió en un desfile. Un desfile de aquellos Ferropokémon con aspecto de Hariyama y, de cuando en cuando, del intimidante pokémon con forma de Machamp que se paseaba arriba y abajo por la zona. No entendías del todo cuál era la función que desempeñaba cada uno, pero era casi el único entretenimiento del que disponías: los presos a tu alrededor, en celdas contiguas, no eran especialmente habladores, desde luego. Solo un hombre a tu derecha, y otro en frente, en diagonal a ti, estaban dentro de tu campo de visión, habiendo otras celdas vacías. Te preguntabas dónde estarían los demás.

    Por fortuna, tenías comida diaria, dos veces al día, y bastante completa; y la posibilidad de asearte en privado en tu propia celda. Eso era un logro, casi, viendo cómo se las gastaba el imperio. Pero el mayor problema era la soledad infinita.

    Pero algo, una única cosa, te llamó la atención.

    Tenías el colgante al cuello.

    Recordabas el momento en el que Penance se dio cuenta de que lo llevabas y se asustó enormemente. Era extraño: te dejaron desprovisto de todas las demás pertenencias que llevabas, de tu dinero, incluso de tu ropa (ahora llevabas un horriblemente monocromo blanco cubriéndote de cuello a tobillos); pero dejaron ahí ese colgante. Precisamente ese colgante.

    Con todo, seguía como siempre, desde que llegaste a Paldea. Sin rastro de Astel. Sin rastro de nadie.

    Bueno: en honor a la verdad, sí tenías otra compañía humana, aunque no lo parecieran. Quienes te traían la comida y recogían luego la bandeja eran tipos (o tipas, distinguir el sexo era complicado, pues iban enfundados hasta arriba en telas negras) que, desde luego, eran humanos. No mediaban palabra alguna, eso sí, pero con el tiempo, el aburrimiento y el pasar de los días, aprendiste a fijarte en ellos con detalle, en el único rasgo que podías distinguir: y creíste llegar a una conclusión.

    Autocheck de percepción superado.

    No era una conclusión muy clara, que digamos, pero... te daba la impresión de que siempre eran los mismos dos tipos. Uno de ojos verdes, otro de ojos marrones. Tal vez eran distintos ojos verdes y marrones, pero no tenías mucho más que hacer allí además de pensar mucho y fijarte en lo que te rodeaba; así que cuando venían, te fijabas bien en los ojos, junto a la complexión, altura, etcétera, y parecía que no había mucha variedad. Era siempre o uno, u otro. O el de iris marrones, o el de iris verdes. ¿Quizá se encargaban solo ellos de tu sección? ¿Quizá...?

    ¿... Quizá era que estabas demasiado aburrido, simplemente?

    Los únicos eventos que se salían de la norma y que tenían algo especial pasaron al segundo y quinto día. En ambos, esos mismos tipos pasaron a recoger el almuerzo de los internos a tu alrededor, y procedieron a abrir las celdas tanto del reo que tenías a un lado como del que estaba enfrente. Y viste a una hilera de presos, en ambos días, pasar frente a ti. Sin embargo, las rejas frente a ti parecían cerradas.

    El de los ojos marrones, en el quinto día, se dignó a darte alguna explicación. Te sorprendió escucharle hablar. Era un hombre, definitivamente, a juzgar por su tono de voz algo más áspero. Pero... casi parecía mentira que pudiesen hablarte. Que tuviesen esa capacidad, siquiera.

    —Lo siento, amigo —dijo, encogiéndose de hombros—. Tus rutinas de salida empezarán pronto. De momento, te toca esperar; cosas de los de arriba.

    "Los de arriba". Uno ya se preguntaba: ¿eran esos "de arriba" personas, o más robots? ¿Era esto cosa de Penance, acaso? ¿Quería prohibirte incluso la posibilidad de estirar las piernas fuera de la celda?

    Octavo día de encarcelamiento.

    Al llegar el octavo día allí metido, esperaste uno más. Sin explicaciones sobre tu situación, sin nada. Esperaste que fuese un día aburrido más, en el que tu mayor novedad sería ver qué comida traían esta vez, probablemente. Te llegó a extrañar, de hecho, que nadie vino a interrogarte ni a llevarte a una sala de torturas, o algo así: al fin y al cabo, eras Cayden Dunn, la cara visible del Proyecto Paradoja, y la idea de exponerte públicamente era, precisamente, asustar a Chance y a Valthyria. Quizá eso no funcionó, pero no podías sino preguntarte... ¿sabían quién eras? ¿Eran siquiera conscientes del ataque que la Coalición planeaba? Si era el caso, desde luego, no parecían interesarse en ti.

    Hasta que, de repente, el de los ojos verdes abrió la puerta de tu celda, para tu asombro. Y pudiste llegar a pensar que, ahora sí, se venía un duro interrogatorio, pero... no. Nada de eso.

    —Hora de la salida. Vamos, muévete. Aprovecha tu día de suerte.

    ¿La salida...? ¿Esta vez sí podrías...?

    —¡Venga! No es opcional, amigo. Sigue al Ferropalmas, y con cuidadito.

    Quizá paralizado por la sorpresa al inicio, al final sí que seguiste sus indicaciones (¿qué otra cosa podías hacer?), y caminaste por un largo pasillo en una fila que cada vez se hacía más, y más grande, los presos uniéndose poco a poco conforme el guardia abría las puertas de las celdas. Al final del camino, en fin, viste una apertura en paredes de piedra, como un arco que parecía conducir al exterior. Pensaste que la luz del sol te aguardaba, y, cuando cruzaste al otro lado...

    La inmensidad de un complejo subterráneo te recibió.

    Te diste cuenta entonces. No solo tú y el grupo de unos treinta prisioneros estabais saliendo por allí; junto a la salida por la que pasaste, había otras tantas, y otras hileras de prisioneros se acumulaban. Todos se dispersaron por la zona, empezaron a hacer pequeños grupos, caminaron... parecían acostumbrados a aquello. Sin duda, aquello parecía una rutina, algo que se seguiría repitiendo a cada pocos días. Pero ¿dejaban salir a todos los prisioneros a la vez? ¿Solo a unos tantos? Y ¿por qué tú no pudiste salir hasta ese mismo día?

    La respuesta a esas preguntas era algo que no tenías, desde luego. Pero sí tenías algo que te llevaba faltando por varios días, ahora que aquel lugar que parecía hacer las veces de "patio" de la prisión se abría ante ti: algo que hacer más allá de darle vueltas a la cabeza y torturarte a ti mismo una y otra vez más. Un sitio completamente nuevo en esos ocho días de monotonía.


    ***

    Rider

    Todo acabó de forma horrible. Aquella mujer fue brutalmente asesinada delante de vuestros ojos, y Armarouge y Ceruledge dieron su vida, también, intentando un último ataque más. Tú fuiste el último en rendirte, junto a Nikolah; los dos lo intentasteis hasta el final, cuando ni la chica que te acompañaba ni nadie más allí parecía tener fuerzas, esperanzas o energías para seguir luchando. Penance era el único que parecía que iba a ganar, fuese cual fuese el resultado, ¿no? Disfrutaba del conflicto, del combate, y más aún de la carnicería que provocó luego. Disfrutaba de hacer arder la aldea.

    Las llamas que te rodeaban... el fuego, la destrucción... estaban grabadas en tu memoria. Erais tercos, eso dijiste. ¿Hasta qué punto todo estaba decidido desde el principio, y hasta qué punto fue esa terquedad lo que lo empeoró todo? ¿Lograste evitar algo de daño y de destrucción con tu oposición, o fue todo para nada? ¿Hubo algo más que pudieses hacer? Quizá era mejor no pensarlo, en todo caso. La sensación de poder haber evitado todo aquello era una difícil de tragar.

    Ahora estabas apresado. Vestido de blanco de arriba abajo. Y encerrado tras unos preciosos barrotes claramente inexpugnables. Tu pulsera terastal había desaparecido, junto a todo lo demás que llevabas.

    Incluido Cetoddle.

    Solo estabas tú, tú mismo, y...

    —Nuevo chico en la oficina, ¿eh?

    El señor que te habló lo hizo desde otra celda, una que estaba al otro lado del pasillo tras los barrotes (por suerte o por desgracia, tu celda, como parecían ser todas las demás, era individual). Era un hombre mayor, quizá incluso estaba en el punto en el que podías decirle "viejo", y se aferraba a los barrotes con sus manos casi como si no pudiese mantenerse en pie por sí mismo. Te fijaste entonces en que, de hecho, no podía: solo tenía una pierna. Le faltaba la otra, un nudo hecho con su pantalón bajo lo que sería el muñón de su pierna izquierda.

    —Bienvenido a la Prisión Rostiz, amigo. No nos permiten hablar mucho... el Ferrocentinela de nuestro módulo se encargaría personalmente de nosotros si nos oye decir cosas que no debemos, jo, jo, jo... y hay muchas cosas que no debemos decir, me temo.

    >> Te acostumbrarás. Tampoco se está tan mal. Cuando lleves un tiempo, a veces hasta te dan algo para entretenerte. Poca cosa, libros, sobre todo. Yo no solía leer, pero mira tú por dónde, ahora me he acostumbrado. Aunque hace tiempo que no leo, yo-

    En ese momento, se calló, como lo hicieron todos los demás internos, muchos de ellos murmurando antes. Y es que un robot con aspecto de Machamp pasó frente a vosotros, patrullando con sus seis brazos, como las manos de Penance, desconectadas del cuerpo y flotando a su alrededor. Exudaba una energía abrumadora, desde luego; no parecía ser algo a lo que tomarse de guasa. Y el señor mayor parecía tener más que claro que no convenía hacer nada delante de él, desde luego. Se retiró hacia el fondo de su celda en ese momento... y no volvió a salir ese día.

    Al segundo día, pasó algo: los humanos que, cubiertos de negro de pies a cabeza, venían a traer y llevar bandejas de comida, pasaron por allí y, esta vez, no solo hicieron ese trabajo: también abrieron las celdas.

    Pero solo la del viejito, y las de otros presos. Tú te quedaste allí, esperando. Sin... sin suerte. No abrieron tu celda. El hombre, al que le dieron una especie de muleta al abrirle la puerta, se alejó dedicándote una mirada de desconcierto, y luego se perdió en la distancia junto a todos los demás.

    Volvió a la noche, y casi se fue directo a la cama. Al tercer día, sin embargo... volvió a hablarte.

    —Psst. Psst. Oye, oye. Qué raro eso, ¿no? No viniste a la salida... es extraño. Siempre nos sacan cada tres días, ¿sabes? Es el pequeño caramelito por portarnos bien. A veces te pueden castigar con uno, dos, o muchos más días sin salir, pero tú acabas de llegar. ¡No has tenido tiempo de cagarla! Me pregunto qué pasará. Qué curioso, qué curioso...

    Y la historia se repitió. El Machamp, o Ferrocentinela, pasó, el viejito se replegó, y no volvió a salir. El cuarto día, luego, no se movió de su cama, ni te dijo nada; ni siquiera comió. Temiste lo peor, pero al quinto, tan enérgico como nunca, volvió a salir cuando las rejas fueron abiertas, una vez más, tan campante. Quizá debía recargar su batería social, ya que parecía disfrutar de hablar en los huecos que encontraba, sin duda.

    Y era verdad lo que te dijo: pasó al segundo día, quizá porque ya faltaban solo dos cuando entraste, pero la segunda salida fue al quinto, tres días después. Si era cada tres días, al octavo sería la tercera salida. De momento, llevabas dos sin poder salir, y empezaba a pesar el pequeño habitáculo en el que te encontrabas, el pequeño trozo de "habitación" por el que podías moverte.

    Octavo día.

    Más días pasaron. El viejito, que no decía su nombre, te dijo que a veces os daban libros, pero no parecieron ofrecerte nada. Los tipos que hacían las veces de guardias ni siquiera hablaban, de hecho; parecían todos mudos.

    O eso pensaste, hasta que uno, al recoger tu bandeja del almuerzo, se detuvo y habló frente a tu celda, mientras la abría.

    —Es tu día de suerte. Por fin puedes salir. Venga, andando. Detrás del Ferropalmas, y sin movimientos raros.

    Al pasar, tu mirada buscó al viejito, pero... lo viste tirado en la cama, sin moverse. Los guardias parecían ni siquiera haberle abierto la celda, de hecho. ¿Era porque estaba enfermo? ¿Quizá había hecho algo que le ganó un castigo? No te miró al pasar por allí, no hizo nada: parecía dormir, desde luego, viendo lo poco que se movía. Y no era la primera ni la segunda vez que hacía algo parecido: cada pocos días pasaba uno entero, religiosamente, tirado allí. Si algo bueno tenía no tener nada que hacer, era que tenías tiempo para observar esas pequeñas cosas.

    Pero ahora, por fin, podías salir. Y al hacerlo, descubriste que no habías "salido", no. Habías cambiado el tipo de habitación. De una pequeña y claustrofóbica... a una especie de acantilado en una enorme cueva subterránea. Todos los presos se replegaron por allí, dispersándose, y formando claros grupos nada más salir. Y tú, de momento, estabas solo, pero te preguntabas... ¿corrieron la misma suerte el resto de los que estabais en la Provincia frente a Penance? ¿Estarían allí, o en otro lugar?

    De momento, tus opciones y cursos de acción habían aumentado por mucho, al verte allí, pudiendo moverte con libertad dentro de una zona que casi se sentía fresca y nueva comparada con tu celda. Claro está, cuando partías de cero, cualquier mejora era bastante notoria, ¿no?


    ***

    Gigavehl Reual Nathan Onyrian

    Nikolah

    No era la primera vez que experimentabas una sensación como esa, no. Ni era la primera vez en la que veías con tus propios ojos los horrores que Valthyria podía llegar a acometer.

    Pero esta vez tuvo algo peor. Y es que viste en primera persona lo que le sucedía a Tancy, y lo que luego pasaba con Ceruledge y Armarouge, que intentaron a la desesperada lanzarse contra Penance por vosotros. Viste cómo eran aplastados como insectos, como pequeños Caterpie indefensos. Viste cómo aquella mujer que tan amable fue contigo apenas pudo cumplir su promesa de gritar, gritar de dolor como si eso fuese un premio para ese robot psicótico.

    Y viste la cara de Charcadet, desesperado. A la vez que oíste su petición, las últimas palabras de Tancy, que ni siquiera pudo terminar.

    Te pidió que lo cuidaras.

    Ni siquiera eso pudiste hacer, sin embargo. Rápidamente os llevaron y os dejaron inconscientes, y, cuando despertaste, Charcadet no estaba allí. Ni Aleck, ni nadie más. Estabas solo, en una prisión, en una celda. Vestido de blanco, privado de la pulsera terastal y de todas tus pertenencias. Y nadie, por supuesto, te explicó dónde estabas o por qué estabas ahí. Solo... te soltaron como a un cachorro al que abandonan en el bosque.

    Al Imperio no le importabas, desde luego. No lo suficiente como para tratarte con un mínimo de dignidad, al menos.

    Tardaste un tiempo, sin embargo, en darte cuenta de algo. La celda frente a ti, justo la que estaba frente a ti al otro lado del pasillo, albergaba también a alguien, alguien que no lo estaba pasando precisamente bien, tampoco. Detectaste en seguida cierta ansiedad en él, cosa que era comprensible, claro; y es que él era uno de los que estaba allí presentes en la Provincia. Otro de los apresados. De hecho, aquel al que aparentemente detectaron, aquel que Penance agarró en primer lugar y quien, según el robot, había despertado las alarmas que lo llevaron hasta allí.

    Givan Velren.


    Givan.

    Quaxly no estaba. Nada... nada de lo que llevabas estaba.

    Tu cabeza daba mil vueltas, iba a mil revoluciones por segundo. Lo que había sucedido en la Provincia... ¿fue tu culpa? Penance dijo que te detectaron, y no mentía: un Ferropolilla te vio cuando fuiste junto a la chica que te era vagamente familiar a aquel avión, y te escaneó. Ahí debió tomar tus datos y, tal y como dijo Penance, se te marcó como un objetivo a perseguir. Por eso Penance arrasó la aldea, y de paso, encontró a muchos otros sujetos "de prioridad".

    Quizá culparse era una tontería. La culpa, al final, era del Imperio en última instancia: tú no hiciste nada, solo estar en el lugar equivocado en el momento equivocado. Todo fue casualidad, y un acto de maldad por parte de Penance y de Chance. Quizá hubiese acabado arrasando esa aldea de todas formas, de haber tenido ocasión, por cualquier otro motivo estúpido.

    Todos esos "quizá" estaban presentes. Seguramente tú mismo lo sabías. Pero ¿eran suficientes para aliviar la culpa?

    Al final no solo cargabas con eso, sino que, de nuevo... te encontraste apresado. La familiaridad de las ropas uniformadas y sin ornamentos, del pequeño espacio, la cama rígida, los barrotes... todos los recuerdos volvieron a tu mente como un Testarazo de un Rampardos. Otra vez volvías a estar encerrado, encarcelado. Aquello que juraste que no sucedería nunca más, sucedió.

    Pero esta vez, estabas solo. Al menos, en tu celda no había nadie. Al otro lado de los barrotes, sin embargo... identificaste un rostro familiar. El de aquel hombre grande y alto, rubio, que estaba en la Provincia. Había estado ahí, justo delante de ti, todo ese tiempo, pero tardaste en darte cuenta.

    Otro que quedó apresado. Eso te hacía pensar que, quizá, todos los demás también fueron apresados. Quizá eso era mejor que pensar que los habían matado, desde luego; si Penance los quería, si el Imperio los quería, era por algo.

    ¿Pensarían el chico rubio que fue culpa tuya? ¿Pensarían los demás que fue culpa tuya? ¿Pensarías tú mismo que fue culpa tuya, quizá?


    Ambos

    Los días pasaron. Sin mucho que hacer, sin mayor compañía que la del otro, al otro lado del pasillo, y el ocasional Hariyama o Machamp robótico que hacían guardia de cuando el cuando. A eso le sumabas al humano que, claro, venía a traer comida enfundado en negro de arriba abajo; un humano que nunca os decía nada, ni al uno ni al otro, y del que era difícil, sino imposible, conocer nada, pues solo sus ojos eran visibles tras tanta ropa.

    Al segundo día, ambos visteis a todo un pelotón de reos caminar detrás de unos guardias y uno de esos Ferropalmas. Os sorprendió ver que parecían ir libres, caminando ordenadamente tras sus captores, y se perdieron en la distancia. Pero a vosotros nadie os liberó, ni os explicó nada.

    Tres días después, la historia se repitió. Y, una vez más, solo pudisteis observar el desfile, sin tener la ocasión de participar de él.

    No fue hasta tres días después cuando algo cambió.


    Octavo día de encarcelamiento


    Ese día, el grupo de presos se acercaba. Era el único evento algo distinto al resto de días, rutinarios, aburridos y de completa desesperación y soledad, por lo que siempre os llamaba la atención cuando sucedía. Pero, tras dos veces, las esperanzas de que esta vez abriesen vuestra celda y os dejasen uniros donde quisiera que se dirigían empezaban a escasear.

    Con todo, pasó. Los dos guardias, uno a cada lado, abrieron vuestras respectivas celdas.

    —Andando, te toca por fin salir. Disfruta de tus horas de "libertad". Sigue al Ferropalmas, y sin hacer movimientos bruscos, ¿sí? —espetó uno.

    —Venga, levántate, grandullón. Toca salir, por fin. No tienes autorización para quedarte aquí, así que ya puedes ir andando. Detrás del Ferropalmas, ordenadito y obediente, ¿vale? —dijo el otro.

    Los dos, así, caminasteis detrás de aquel robot, hasta que descubristeis lo que los demás presos habían estado visitando cada vez, aparentemente. Salisteis de la zona, y, de repente, os encontrasteis en un lugar que parecía sacado de una película de civilizaciones antiguas y fantasía: entendisteis que estabais en un subterráneo, en una especie de cuevas. Un lugar perfecto para encerrar de por vida a alguien, claro. Y más perfecto aún para evitar cualquier tipo de entrada o salida no autorizada.

    Visteis cómo los presos se movían con libertad por la zona, y casi se hizo raro ver cómo no había robots persiguiéndolos, amedrentándoles o marcando qué podían y qué no hacer. Había guardias, cierto, pero... parecíais tener cierta libertad.

    Al menos, toda la libertad que un preso de guerra podía tener en ese contexto.


    ¡Bienvenid@s por fin! Aquí estáis, con vosotros cuatro voy a empezar aquí directamente, y Kris y Dante podrán unirse muy pronto; de esta manera, tendremos a seis jugadores en este tema, por lo pronto, y otros cuatro en el tema de la Prisión también (soon-to-be six (?)).

    Como veis, son ocho días que lleváis aquí, por lo que por supuesto no puedo estar narrando toooodos los días con detalle; he intentado rellenar todo lo posible los mismos y daros contenido para que, si queréis, a la hora de postear no lo hagáis solo sobre el tiempo presente, sino también refiriéndoos un poco a lo que ha pasado en estos días. Que no puede ser mucho a nivel de actividades (?), pero bueno, sí a nivel psicológico y así.

    Con Givan y Nikolah he "rellenado" menos espacio porque, al tener el uno la celda al lado del otro, no sé qué tipo de interacción decidirán tener, así que lo he dejado ambiguo por lo mismo. Me figuro conociendo las backstories de ambos que esta situación no los va a hacer muy conversadores que digamos, pero hey (?

    Importante, en todo caso: debéis indicarme quienes no lo habéis hecho aún cómo asigno los puntos al stat de lógica. Para más información, revisad el tema de "Cambios y mecánicas".

    También os informo de que ya están vuestros árboles de habilidades para cada poké en vuestras fichas, con sus respectivos desgloses: recordad, podéis escoger un movimiento a aprender del árbol si estáis al lvl. 1, y dos movimientos si estáis al lvl. 2. Todo lo relativo al árbol está explicado en el tema "Discusión y comentarios", aunque lo moveré pronto también a "Cambios".

    ***
     
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  3.  
    Zireael

    Zireael kingslayer Comentarista empedernido

    Leo
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    27 Agosto 2011
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    Cay LF.png

    Mente: 27/30

    El crujido del cuerpo de la mujer, como una simple vara de madera, y el ahogo entre las manos de Penance. La espada que cortó la mano robótica y la forma en que sujetó a su atacante, otro crujido. La luz verde, la voz de Ethan Encina. Todo era un desastre. Nada de esto tendría que haber pasado.

    Estás roto, le dijo.

    Fragmentado.

    —No lo escuches —murmuré, pero la voz apenas me salió, jamás llegaría a él.

    ¿Cómo van arreglarte quiénes te rompieron?

    Sin embargo, Ethan aceptó con tal de salvaguardar más vidas. Todo pasó a una velocidad estrepitosa y sentí mis pensamientos derrapar de la misma forma, de una manera en que no lo hacían hace mucho. Las emociones que sentí fueron intensas, caóticas y el miedo abrumador, asfixiante e inutilizante. Sujetaron a todos y en un impulso empujé a Pawniard que había elegido permanecer junto a mí, incapaz de abandonarme. Lo alejé y en mi cuerpo colisionaron todas las ideas y reacciones posibles. La huida, la lucha, la parálisis. El miedo, la impotencia y la ira. Todo a la vez. Todo me arrolló.

    No lo toques.

    No toques a los míos.

    El pensamiento me alcanzó cuando Penance rozó el collar y la saliva dentro de la boca me supo amarga o ácida más bien. Otra emoción olvidada, sepultada y noqueada. Con tal de poder vivir mi vida, de hacer las cosas a mi manera y de centrarme en hacer uso de mi resentimiento me había desentendido de muchas cosas. La distancia que establecía con las personas era irreconciliable, pero en el fondo de mí mismo yo lo sabía, ¿verdad? Sí, claro. Era demasiado posesivo para el bien de cualquiera, ¿pero acaso se me podía pedir algo distinto justo ahora? Chance había volado Galar, nuestros aviones habían caído, mis armas no funcionaban y mi compañero no estaba. Me lo habían arrebatado todo una y otra y otra vez. Ahora aparecía este maldito torturador y tocaba el refugio de Astel. Estaba… estaba furioso, como al principio de esta pesadilla. Mi maldito armamento lo habría dejado inutilizado, al hijo de perra, pero aquí estábamos. Aquí estaba yo. Con gente muerta y doblando la espalda con tal de que, si era posible, al menos esta aldea pudiera disponer de sus heridos y sus muertos con algo de dignidad.

    ¿Vas a huir?

    Eso era lo que había preguntado la voz de mi padre cuando logré contactarlo aquella vez, luego del incidente. Lo preguntó con una indiferencia repulsiva, casi como si estuviese decepcionado, como si no fuese él quien huía todo el tiempo, de su familia, de ser padre o de simplemente existir. Era yo el que no dejaba de ver la sangre en mis manos y las vidas que no había podido salvar y al que se juzgaba por querer escapar de Gérie. Había luchado junto a la gente de Galar, había intentado protegerlos, había dado hasta la última de mis fuerzas. Casi todo mi equipo se había sacrificado y mi sueño adolescente parecía tan distante como el sol en el cielo.

    Sácame de aquí.

    Sácame de aquí, haré lo que sea. Eres mi padre, sálvame.

    Esa voz no era mía.

    Ayúdame, por favor, papá.

    No quiero morir, no quiero que otros mueran en mis brazos otra vez.

    Ya no puedo más.
    Y ese llanto desgarrador tampoco.

    Ayúdame, papá.

    Mi cuerpo estaba quemado y las cicatrices no se desvanecían. Las heridas abiertas en mi cabeza no cerraban y mi propia sangre lo había empapado todo por más de diez años. Penance me había sujetado, mis recuerdos se desperdigaron y mi cuerpo y mi mente pidieron auxilio una vez más. Por un instante antes de caer inconsciente en el agarre de aquella criatura, no fui más que un niño aterrado, pero mi familia no podía salvarme ya porque los había mantenido lejos con tal de protegerlos, yo no había podido salvar a nadie y el hombre en el que pensé… Siquiera debía estar interesado en si vivía o moría.

    Pues había huido.




    Cuando recuperé la conciencia ya estaba encerrado y el tiempo se había licuado. Desconocía el destino de Encina y pensé en que le había fallado al hombre no una, sino dos veces. Tampoco sabía qué había sido de Emily, Niko, Givan y el idiota que había bautizado como Aleck sin permiso de nadie. No sabía qué había pasado con Pawniard, no sabía nada. Mi vida se había reducido al confinamiento y a una soledad que era muy diferente a la que habitaba en Hoenn, una que elegía a voluntad y que rellenaba a conveniencia cuando se me antojaba. Abandonaba la cueva y regresaba a ella, pero esto. Esto era distinto.

    Comía porque sabía que de no hacerlo posiblemente me forzarían a ello y no tenía muchas ganas de vivir la experiencia. Tan siquiera podía asearme en privado en la celda. Eso era casi un lujo, si debíamos ser honestos. No me apetecía mucho saber que tenía que lavarme el culo con, mínimo, otros veinte hijos de puta igual de desgraciados que yo ni averiguar las jerarquías de la prisión en ese espacio justamente. El hecho de que tuviese mi espacio no quitaba que pasara buena parte del tiempo mirando la vida pasar, el desfile de robots y pensando de manera tortuosa. Mi cabeza no me dejaba en paz un instante.

    Día.

    Tarde.

    Y noche.

    Las noches eran una mierda. Las pesadillas me despertaban, pesadillas de hace más de diez años revueltas con el presente. Veía las escuadras que formábamos, mi casa en Gérie a reventar de refugiados y mis manos llenas de sangre. Veía a mis pokémon muertos y hasta veía morir a los que habían sobrevivido. El fuego de Cinis volvía a consumirme el cuerpo en su intento por salvarme y mis manos volvían a empaparse de sangre ajena. Los aviones volvían a caer, las armas no funcionaban, Pawniard no se salvaba, los cuerpos crujían, la sangre salpicaba y Penance me arrebataba el collar; veía al imperio torturar a Astel. Escuchaba el llanto de Emily y la rendición de Ethan. La realidad se desdibujaba y se mezclaba con mis miedos y angustia.

    Una y otra y otra vez.

    Para consolarme a mí mismo me había descubierto cantando en voz baja, canciones que recordaba de mi madre, música que escuchaba con mis amigos antes de elegir sumarme al torneo, cualquier cosa. Era un hábito viejo, casi infantil, y aunque físicamente me regulaba, mentalmente me había desesperado cuando me callaba al darme cuenta de lo que hacía. Era una señal de que estaba retrocediendo. Había cantado y cantado para frenar las imágenes luego del último fiasco en Gérie, había cantado y cantado por más de un año, como si buscar una canción de cuna que pudiese reconfortarme. Era eso o volverme loco, pero ya lo estaba, ¿no? Era un loco funcional, nada más, entre muchas comillas.

    Estaba roto yo también.

    Por otro lado, todavía tenía el collar conmigo, aunque me habían quitado todo lo demás y eso era… No creía que fuese bueno. Lo agradecía, sí, pero no debía ser bueno. La reacción de Penance no apuntaba a nada bueno. Tampoco sabía por qué, si tan importantes éramos, nadie había venido a sacarme para interrogarme, torturarme o la mierda que fuese. No que lo quisiera, pero era… algo no cuadraba.

    En este maldito encierro, a pesar de todo, sí habían personas más allá de los prisioneros. El sueño entrecortado, el tiempo licuado y la falta de algo más que hacer me habían regresado la paranoia que había dejado atrás también y creí percibir que mis sentidos, a falta de algo mejor que hacer, se habían enfocado nuevamente en notar detalles que habría pasado por alto en otro momento. Quienes traían la comida eran siempre dos personas. Ojos verdes, ojos marrones. Siempre ojos verdes u ojos marrones. Por altura, complexión y demás… no tenía pinta de que fueran diferentes personas con el mismo tono en el iris, no. ¿Igual estaba cayendo todavía más en la locura? No tenía ni puta idea. Cada día me sentía más cansado, cada día mi propia voz dentro de mi cabeza aumentaba de volumen.

    Ni siquiera pude sentir frustración al ver salir a un grupo de presos mientras que mis rejas seguían cerradas, pero el tipo de ojos marrones rompió su silencio en el quinto día. Me dijo que mis rutinas de salida empezarían pronto y que me tocaba esperar, por cosas de los de arriba. No contesté, ya de por sí no es que hablara mucho de no ser que tuviese que hacerlo, pero no le vi propósito alguno. Callé, parpadeé y me arrinconé en la cama una vez se fue.

    En el octavo día fue donde las cosas cambiaron y la espera que Marrón había mencionado acabó. Ojos Verdes apareció, abrió la puerta de la celda y pensé que se me había agotado la suerte y que la salida sería para arrancarme los dientes de uno a uno hasta que soltara toda la sopa de la Coalición, pero no. Era hora del paseo, al parecer.

    Me quedé estático, receloso, hasta que Ojos Verdes me puso prisa y di un respingo antes de seguir su orden. Me volví parte de una fila de presos y, ansioso, comencé a trenzarme un mechón de cabello y luego otro. Una abertura en las paredes nos llevó al exterior donde esperé ver la luz del sol, pero estábamos… bajo tierra. La idea me aceleró el corazón, pues la prisión entonces se me pareció demasiado a una fosa común. Más presos se fueron sumando, la gente se desperdigó o formó grupos, acostumbrados a esta vida, y traté de encontrarle sentido a esto. ¿Dejaban salir a todos? No lo creía o al menos habría disposiciones para cierta gente, como yo, que no podía salir con el resto hasta que alguien lo aprobara o sólo Arceus sabría qué.

    Por anormal que fuese, al menos esto era distinto. No estaba en el mejor espacio mental, aunque debía reconocer que la ruptura del confinamiento quebraba la insistencia de mis pensamientos y bajaba el volumen de mi propia voz, pero incluso más importante que eso: ahora tenía qué hacer. Sin embargo, la repentina amplitud del espacio, los sonidos y demás era abrumador luego de una semana de encierro, así que tampoco tenía muy claro por dónde comenzar.

    Me quedé de pie allí un rato y al final comencé a andar sin objetivo claro o al menos fingí que era así. ¿Mi idea? Intentar escuchar qué decían los demás presos. Entre tanta gente, alguien tenía que decir algo que sirviera. Entre tantas voces nuevas, tenía que dejar de oír la mía al menos cinco minutos.
     
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    Gigavehl

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    Ver el resto del combate seguía siendo aplastante, era ya hasta redundante decirlo... Pero escuchar la respuesta de Penance acerca de mi negativa a ceder a su petición, más que nada porque un discurso no iba a cambiar nada de ellos, me hizo de nueva cuenta tensar el cuerpo... era abrumador pensar que genuinamente estaba lidiando más con una niña de verdad antes que con una máquina, ya que si la idea era verdad... entonces...

    —Ah... Así que ahora somos amigos, ¿eh?—. Murmuré entre tenso como aturdido, no me lo creía, aquello debía ser solo una forma de decir; pero la sola idea me provocaba una incomodidad terrible, de hecho... ni siquiera supe porqué dije eso, pero de todos modos solo quedó seguir viendo el combate y rezar porque todo fuese a mejor.

    Pero por supuesto... aquello no iba a poder ser.

    Quería en verdad decir algo, hacer lo que fuese, al menos... intentar quitarle un mínimo de peso a Tancy pero... ¿cómo iba a hacerlo exactamente? "¿Perdón? ¿Es que me asusté que una de esas cosas me escaneó y quise ocultarme?", la sola intención de decirlo me hacía detenerme con sobrada fuerza, porque no sabía ya no solo la reacción, si no hasta lo estúpido que debía resultar el intentar decirlo.

    Y así fué como me quedé completamente mudo, inútil, sin ser capaz de hacer nada mas que rezar porque al menos Quaxly estuviese bien...

    Menuda forma de intentar mantener el simbolismo de la Losa que llevaba...

    Lo peor ocurrió, hasta el mismo Aleck se rindió pese que se mostraba terriblemente firme, y aún así, aún con todo... no lo culpé, no podía, tampoco me sentía con derecho a hacerlo.

    ¿Cómo podría yo culpar el rendirse si la batalla claramente era insalvable? Era cuestión de principios básicos en las batallas Pokémon, no se podían ganar todos los combates, y... por mucho que lo odiásemos, este era uno de esos días.

    Aunque ser derrotados implicaba mucho más que solo ser aprisionados.

    Lo peor, es que Penance hizo justicia a la petición de Tancy, temblé, temblé como si de pronto hiciera un frío terrible, por supuesto la máquina que me sujetaba no cedía, pero por mucho que intenté hacer algo, hablar... era inútil.

    Cuando vi cómo Penance aplastaba a Tancy, por mero acto de reflejo cerré los ojos con fuerza, ni siquiera podía taparme el puto rostro como mínimo, solo... cerrar los ojos, como si los párpados fuesen el único medio seguro que tenía al alcance, y es que más allá de la horrenda visión, era también por mera precaución de que Penance no la hubiese partido por la mitad en el proceso, la sola idea, apenas asomada, la tuve que aplacar rápidamente antes de que me volviera más loco todavía.

    Un sollozo fué todo lo que alcancé a soltar cuando escuché un peso muerto caer, solo hasta entonces, de alguna manera, decidí abrir los ojos para mirar a Penance, ya que la misma me miró y me habló, dedicándome un maldito consuelo como si yo necesitara que me consolaran en no ser encerrado en maldito solitario.

    Quería hablar... no supe qué quería decir realmente, para entonces mis emociones y mi mente estaban desconectadas entre sí, algo quería decir por reflejo pero no pude hacer nada. Una mirada derrotada, rota y desolada era todo lo que le pude dedicar, pues hasta las lágrimas ya se me escapaban producto de ello, apenas había conocido a aquella mujer, le había prometido devolverle a su Pokémon y ahora... Ahora esto...

    Todo lo que pude hacer fue bajar la mirada y escuchar de fondo la muy... extraña conversación entre el sujeto que acompañaba a Cayden y Penance, el tinte de la conversación y lo dicho... no lo entendía, todo estaba siendo tan repentino y bizarro que apenas era capaz de entender lo que estaba sucediendo. ¿Repararlo? ¿Darle? ¿Un trato por él?

    Ideas se vinieron a mi mente a una velocidad que era criminal y con una invasión propia de una plaga parasitaria, un horror; diferente y nuevo, me asoló, pero de nuevo... por mucho que quisiera hacer algo, era inútil.

    Aún así, lo próximo que vino resultó más bizarro, puesto que parecía que Penance vió algo en Cayden que hasta la alteró, inclusive le gritó que, qué hacía él ahí.

    ... Simplemente no podía entenderlo.

    Todo lo que quedó, fue asumir lo sucedido, y que todo fuese a negro en algún momento.


    Despertar...

    Al despertar de nuevo, lo primero que pude hacer fue arrepentirme de haberlo hecho, como si encima fuese algo que yo controlara y hubiese pedido. Genuinamente, si hubo un momento para ya no despertar de nuevo y acabar muerto, era ahora.

    Pero claro... aquello habría sido demasiado piadoso, ¿no? Encima, Chance estaba interesado en mí, seguía sin saber exactamente porqué, pero lo estaba...

    Recordé lo que vi en la Cueva... al Pokémon que estaba ahí y desapareció tal como apareció, recordé la lucha que creía que al fin podía dar gracias al destino, y ahora... Ahora esto.

    De vuelta a la realidad, y ver ese maldito techo. Solo me hizo llorar en silencio, incapaz de moverme.

    Lloraba por todo lo que provoqué, por todo lo que cargaba, pero luego aunque tuve una ligera idea de "tal vez... si no era yo, habría sido otra cosa", con respecto a la masacre a la aldea. En un inicio pensé que solo me estaba justificando para dejarme de sentir tan mal y patético como culpable, pero la realidad es que intentando ser críticos y considerando el ambiente... tenía lógica al final.

    Aquello genuinamente me consoló un poco, pero era apenas tapar el sol con un dedo, todo lo demás sucedió, el tal Ethan estaba ahora en otro lado haciendo quien sabe qué, y lo que conversaron esos dos no dejaba de darme vueltas, una y otra vez.

    En algún momento pensé en Quaxly, no me quería imaginar su estado... primero perdió a su Entrenador, y ahora a mí, le había fallado tanto a él como a mis propios Pokémon originalmente, y aquello solo me hizo llorar de nuevo.

    De nuevo estaba así... como en un inicio, llorando, desolado, solo... Temiendo que lo peor llegase en cualquier momento, como si fuese lo único que me quedase y pudiera hacer.

    En esos momentos me di cuenta que yo era siempre así... me bloqueaba y ya no era capaz de concretar ni conectar nada en mí, me perdía en un laberinto autoimpuesto de dolor y tortura en el que me era imposible pensar en nada por mucho que lo intentara, y es que al darme cuenta... haber fracasado a mis propios amigos, haber carecido de verdadera guía, y... haber sufrido todo esto, solo me hicieron terriblemente débil.

    Momentos como estos... me hicieron preguntarme severamente porqué estaba aquí yo, sin poder hacer nada... si tan solo... pudiera ser más fuerte, debería ser capaz ya no solo de lograr más cosas, si no de ayudar verídicamente a los demás.
    Si pudiese ser más fuerte física y mentalmente... Podría yo al fin dejar de ser tan patético.

    Aquella idea se me arraigó peligrosamente, al menos... por el momento, ya que tampoco es como que solo por pensarlo mágicamente yo pudiera escapar, pues por mucho que intentase buscar cualquier cosa para mantener algo de fuerzas, no quitaba el hecho que de nuevo... estaba aprisionado.

    Me pregunté qué había sido del resto, me pregunté qué hacía Cayden aquí... me pregunté muchas cosas, pero ninguna respuesta llegaría, porque estar aquí, no había modo de hallar solución alguna...

    Al primer día no pasó mucho realmente, me mantuve acostado todo el tiempo, apenas moviéndome, sin animarme a hacer nada, fué apenas al segundo que por fin me "animé" a levantarme, pero más porque mi cuerpo no soportaba seguir acostado y porque tenía que comer, fue a partir del tercero que solo me la pasaba dando vueltas en el reducido espacio, terriblemente ansioso, como si llevase más que tres días, llevase en realidad meses aquí encerrado, y es que no era para menos, había sido así... me habían encerrado, y culpa de ello es que desarrollé la fobia que tenía ahora.

    Estaba esperando que las visiones se dispararan en cualquier momento, y muy, pero que muy tarde me di cuenta que en la celda de enfrente estaba un rostro conocido... Era Nikolah, ¿de verdad nos pusieron juntos? Cualquiera diría que nos separarían para no dejarnos vernos ni de broma, verlo aquí era una verdadera sorpresa.
    Además... si él estaba aquí... ¿los demás también? ¿Aún... seguirían con vida?

    Aún así, no le dirigí la palabra, la culpa era aplastante y solo pude seguir encerrado en mi mundo, uno en el que por mi cuenta no saldría a menos que me hablasen directamente.

    El resto de días ya era una rutina, la ansiedad era más que evidente, hasta temía que la comida tuviese algo, por supuesto, ver pasar a esas máquinas ayudaban mucho menos, pero lo que me intrigaba era ver que de pronto muchos de los presos salían escoltados hacia alguna parte... aquello... era nuevo.

    De cualquier modo, no me fié, si algo había aprendido es que fiarse era lo peor que podías hacer, así que realmente todo el tiempo, prácticamente, me quedé en silencio, solo caminando por mero entretenimiento y desahogo, no me aliviaba nada, pero... era lo mejor que podía hacer.

    Ya no contaba con mi amigo de aquella vez para al menos intentar sobrellevar mejor el asunto.

    Todo continuó de la misma manera hasta el octavo día, aunque como tal yo ni contaba los días, solo fué que escuché el ajetreo por la salida de los reos que para entonces estaba acostado, ni me molesté en verlos, al final de cuentas, solo caminaban hacia alguna parte hasta perderlos de vista, grande fué la sorpresa cuando escuché que abrían mi celda y uno de esos guardias, cubiertos totalmente, me hablaba en el proceso, me mostré terriblemente temeroso, creyendo que igual y ya había llegado la hora que tanto estaba temiendo, pero... ver todavía a los demás me dejó muy confundido.

    ¿Horas de... Libertad? ¿Era siquiera tangible escuchar esas dos palabras en una misma oración?

    No importaba que en esencia siguiera yo aprisionado, lo importante era lo que me estaban diciendo... Inclusive creí que había algo siniestro por detrás, porque siempre fué así. ¿Porqué era diferente? ¿Era porque genuinamente Chance me tenía en la mira? ¿O era por intentar hacer otra treta?

    Tampoco me negué, la forma de hablar del guardia me hizo entender que iba muy en serio, por lo que solo alcé las manos a la altura del rostro y afirmé, a modo de decir que obedecería y que me diese un momento a asimilarlo, así, acabé saliendo de la celda por fin; al menos por un rato, y tal como lo prometieron, fuimos escoltados por el robot hasta dar a otro lado...

    La zona... no solo no era lo que esperaba, de hecho, era mucho mejor de lo que originalmente estaba pensando. Parecía que nos encontrábamos en una enorme cueva, y al avanzar hasta cierto punto, solo pude ver al resto de presos actuando con total libertad y calma, sin guardias o máquinas diciéndoles qué hacer, lo único es que el perímetro estaba asegurado, claro, pero dentro todo parecía... solo calma.

    Lo único que pude hacer fue pestañear, aturdido, pasando saliva y mirando a Nikolah de perfil, mi rostro lo debía decir todo, esto era inconcebible, pero aún con todo, no le dirigí la palabra, en realidad dudaba hacerlo con nadie, solo asumí que... quisiera o no, estaba aquí y lo mejor que podía hacer era al menos poder intentar... yo que sé, distraerme con este lugar.

    Seguía aún bastante desconectado y decaído, la sorpresa era genuina pero también la cautela, y solo me quedó mirar alrededor, en busca de... no sé, algo que llamase mi atención. Si no al final solo me sentaría por ahí, a una buena vista del sitio, mayormente sin querer molestar a nadie.

    No sabía qué hacer ni qué decir, dudaba que siquiera hubiese margen en primer lugar, pero genuinamente no entendía nada de esto.
     
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    MrJake

    MrJake Game Master

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    Caminar por allí era como estar en un instituto y ser el chico nuevo.

    En cuanto los grupos se formaron y la gente se reunió con quienes no podías sino asumir que eran ya los "habituales" de cada panda, las miraditas y cuchicheos empezaban. Si solo podían juntarse cada ciertos días, era entendible que se reuniesen nada más quedar libres, y más entendible aún era que usasen lo "nuevo" como distracción. Como hablar sobre ti, por ejemplo.

    No les prestaste mucha atención, sin embargo, centrado más en tu entorno que en la gente. Probablemente, era mejor no escucharles.

    Así, observaste tus alrededores, escaneando un poco la zona, y las opciones que tenías. En general, la zona en la que te encontrabas era extremadamente amplia, y, por lo general, bastante vacía. Te diste cuenta rápidamente de que creaba un contorno circular alrededor de la prisión en sí, en el centro; y de ese círculo, que asumías que sería cerrado, grandes paredes con rejas bloqueaban el acceso a más secciones. Aproximadamente, la zona cubriría un tercio de un círculo completo, más o menos. O esa era tu estimación, claro.

    Era un embudo. Un embudo en el que estabais atrapados. Un embudo cuyo extremo pequeño era la prisión, y cuyo extremo grande era...

    El vacío. Una caída a metros, y metros, y metros, tantos, que no sabrías decir dónde estaba el fondo. Estabas bajo tierra, sí, pero había un "debajo" mucho más profundo, aparentemente. Y, en principio, nada te impediría saltar. A diferencia de en el resto de bordes de la zona delimitada para vosotros, no había barreras, solo precipicio. La única barrera existente era una triste valla que te llegaba ligeramente por debajo del pecho, y que con un mínimo de esfuerzo podrías saltar si quisieras, probablemente.

    Ya podías imaginarlo, casi: seguramente, más de uno se arrojó al vacío como escapatoria a todo aquello. Quizá alguien arrojó a otro a propósito, por alguna rencilla carcelaria (las pocas que podía haber en un lugar que premiaba tan poco la comunicación, al menos).

    Lo único que parecía hacer las veces de detrimento para saltar al vacío eran los guardias y esos pokémon robóticos parecidos a Hariyama, los Ferropalmas. La mayoría se apostaban de espaldas al vacío, mirando al frente, inmóviles, como si estuviesen vigilantes a que algo pasase. Y... especial era la vigilancia alrededor de la única superficie de tierra que se conectaba con algo desde ese lado: una especie de "puente" rocoso con una puerta de acero bien gruesa impidiendo la entrada a cualquier curioso.

    Anduviste algo más, observando la zona. Y te fijaste en unos cuantos detalles más. Lo primero, no había que ser ningún lince para fijarse en que solo había hombres. En toda tu sección del patio, donde las cuentas de internos seguramente se te iban a los cientos, no viste ni a una sola persona que identificases como mujer.

    Lo segundo, que había varias salidas desde la prisión: cinco puertas, concretamente; tú saliste por la que estaba más a la derecha, y viste a más presos salir por otras. Seguramente, el módulo tenía varios pasillos conectados.

    Lo tercero, que había otras dos puertas distintas, una a cada extremo... y cada una con un par de guardias humanos apostados delante. Esas, a diferencia de las otras, estaban cerradas a cal y canto. Pero viste a un preso acercarse a una de las dos, la que estaba más a la derecha, y luego aparentemente hablar con uno de los guardias, y... perderse luego dentro de la sala junto al otro. ¿Qué era exactamente eso? ¿Qué pasó ahí? Era difícil de saber desde lejos.

    En fin... viste poco más por la zona, la verdad. Los presos... no parecían disponer de mucho entretenimiento, más allá que su propia compañía. No veías lo que podría esperarse de otras prisiones más al uso, no veías nada que sirviese para hacer ejercicio, ni siquiera una pelota para entretenerse de alguna forma, nada. Todo cuanto veías era a gente. Gente, robots, guardias que casi no parecían personas con esas ropas, y... una liberación aparente en un vacío cercano.


    ***

    Por tu parte, tú caminaste por la zona más centrado en las voces que te rodeaban, en los sonidos, que en lo que veías. Después de todo, las imágenes eran, quizá, menos crueles que las palabras y sonidos en tu cabeza.

    Naturalmente, apreciaste cómo había ciertos grupos ya formados, y también te diste cuenta de cómo te miraban con curiosidad, e incluso percibiste algún dedo señalándote con bastante descaro. Quizá fijarte en grupos muy grandes era mala idea, eso sí: los había del orden de veinte y treinta presos, capitaneados por un líder claro que se ubicaba en medio del corrito, y no podías sino asumir que serían dominantes y, en cierto modo, peligrosos. Del estilo de clan tipo "o estás conmigo o contra mí".

    En su lugar, intentaste captar conversaciones de presos que se unían en parejas o grupitos más pequeños y modestos. Eso no excluía lo peligroso que fuese acercarse a ellos, claro, pero intimidaba menos poner la oreja a sus palabras que a las de una marabunta de tíos encerrados, aburridos y seguramente con ganas de bronca.

    Empezaste a oír, así, decenas de frases cruzadas, de distintas conversaciones, conforme caminabas medio en círculos, vagando sin mucha dirección. Una, tras otra... frases de todo tipo.

    —La comida de hoy ha sido una mierda. Cada vez ese lo curran menos, ¿a quién coño habrán metido en las cocinas?

    —Echo de menos a mi Fidough, ¿crees que estará bien? Después de tanto tiempo sin verlo...

    —Mira ese tipo, el nuevo, el pelirrojo... Le vi antes con un collar, ¿por qué llevará un collar? ¿Acaso va de "especial"? ¿Es que él tiene privilegios o algo, eh?

    —Eh, ¿tienes algo de pasta? Me quedé sin nada la última vez.

    —No lo hagas, Berto, por favor... si intentas saltar y no lo consigues, te dejarán vivo, pero sin un solo hueso sin romper. ¿Eso es lo que quieres?

    —Mira, tío, al final te doy una hostia, deja de hablar así de mi madre...

    —Me estoy meando, ¿estará ocupado el baño?

    —Deberían dejar a las tías salir también a la vez, joder. Podríamos verlas por lo menos a través de estas putas rejas...

    —¿Crees que alguno de estos guardias estará en el ajo de lo del Gallinero? Me apetece un poco de gresca, ya podrían llevarme...

    —No hacen falta tías: a mí el chavalito nuevo, el de los pelos largos, me vale...

    —¿Qué coño mira el pelirrojo de los cojones?

    —¿Te hace un poco de footing? ¡Estaba hasta el nabo de no poder salir de la celda, hay que aprovechar estas horitas!

    —Tú, culo de hojalata, ¡cómeme los huevos!

    Cuando ese último habló, toda tu atención se vio de repente absorbida por la escena. Dijo aquello conforme se acercaba con intención aparentemente violenta a uno de los Ferropalmas, y en cuanto alzó el puño para golpearle, el robot le asestó un empujón con una de sus manos que le hizo retroceder un par de metros y caer al suelo. En seguida tuvo a un guardia encima, que le agarró de un brazo.

    —... te estás ganando a pulso una ejecución, Jérome.

    —Heh —dijo el tipo, de cabeza rapada y mirada sibilina, levantándose con esfuerzo. Te fijaste rápidamente en que su cuerpo estaba lleno de moratones que se entreveían incluso bajo su camisa ligeramente desabrochada—. ¿Por qué invertir energía y esfuerzo en un gilipollas como yo? ¿Es, o no es, ojitos verdes?

    —... tira. Hay que dar parte. Creo que ya te sabes la historia.

    —Eso es, ¡tú da parte, da parte!

    Y lo arrastró hacia el edificio de la prisión, entrando en la puerta custodiada más a la izquierda.

    Eso fue... algo, desde luego.

    Habías escuchado muchas cosas, en fin. Aquella suerte de patio de recreo era una auténtica cacofonía, un maridaje de conversaciones, insultos y gentío en general que podía llegar a marear a cualquiera. Entre todo lo que oíste... ¿escuchaste algo interesante? Era probable. Pero, quizá, difícil de decir a simple vista.


    PD: He sido muy deliberado en usar jerga y modismos españoles esta vez, para algo esto es Paldea (???) Y si en algún sitio se va a hablar de manera más coloquial (y vulgar también (?)), es en una prisión. Lo siento si necesitáis traductor unu

    Anyways, como con los demás en la prisión, os avanzo la trama más poquito a poco en lo que los otros que faltan postean por aquí, no os cortéis en seguir respondiendo si queréis btw. Hay npcs para aburrir en este lugar, so, siempre se podrá rolear algo.
     
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    Kcalbdelaperdicion

    Kcalbdelaperdicion MFL Refugee XIII

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    Esperar un ayuda de un guardia en esta pútrida prisión fue mi segundo error, el primero probablemente fue ayudar a aquel pequeño Wooper en Isla Armadura. El efecto dominó que había causado un acto de buena fé era otra lección más sobre la compasion siendo la raiz de todos mis males. Pfff.

    Irónicamente era lo que cruzaba por mi cabeza mientras me sostenía del hombro de aquel muchacho que se ofreció a ayudarme de forma completamente desinteresada...

    O al menos eso esperaba.

    Mis pasos eran lentos pero firmes, intentanba en lo posible reducir la presión en mi pie herido, pero una punzada cruzaba mi pierna cada vez que tocaba el suelo. Genial, no tenía opción. Lo más tortuoso era no saber que tan lejos nos estarían llevando,

    — Gracias — murmure hacia el chico que me ayudó una vez llegamos, decidí sentarme lo antes posible.

    El lugar esa grande y lleno de gente, los ferropokemon nos vigilaban pero no intervenían en las pequeñas riñas que había. Me movi un poco en mi asiento dejandole espacio al pelinegro, aunque no lo invité a sentarse, pero no se lo impedí.

    — Qué infierno, eh? ¿Que te trajo hasta acá? — Valía la pena recolectar un poco de información ya que estábamos.

     
    Última edición: 25 Abril 2026
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    Zireael

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    Mente: 27/30

    En el mundo había todo tipo de miradas y lo sabía muy bien teniendo en cuenta que mi estupidez de sumarme al torneo había surgido de un sueño infantil deformado. Y luego, en mi adultez y con la vida convertida en un rompecabezas de emociones con las que no sabía cómo lidiar, me había colocado en el centro del huracán. Había ojos en todas partes. El fondo de la cueva, no de esta caverna quería decir, sino de mi propia mente, estaba llena de orbes vigilantes.

    Juzgadores.

    Y torturadores.

    Las miradas se convirtieron en dedos que me señalaban sin disimulo y descubrí pronto que entre más grande el grupo, peor era el posible resultado. La dinámica, aunque terriblemente acentuada, era como la recordaba en mi propio grupito de malas influencias previo al torneo. Se rodeaba a un eje central y meterse con ellos o con él en específico era una sentencia.

    Descarté los grandes clanes con rapidez y centré el oído en grupos más reducidos. Había de todo, quejas de la comida, anhelo y preocupación, preguntas descartables, insultos… Traté de ubicar con el rabillo del ojo al que le decían que no saltara y también al que apuntó a lo de mi collar. Ambas fueron una dosis de realidad relativamente necesaria y cuando creí me había alejado de los que lo habían mencionado, pretendí rascarme el pecho y zambullí el objeto dentro del uniforme de la prisión disimuladamente, por el cuello de la prenda.

    Quejas de que deberían dejar salir a las mujeres, sí sí. ¿Qué era eso de lo del Gallinero, de todas formas? Igual con lo de la gresca, la verdad mejor no enterarme. Una queja de qué coño miraba, que el footing y que no hacían falta tías. El comentario me quiso chasquear porque que yo le valiera no significaba que a mí me valiera él, pero pasé del asunto con tal de no acabar metido en problemas. Una cosa había que reconocerle a las mujeres cuando se quejaban de nosotros y es que los hombres éramos asnos… y los reos peor todavía. No recordaba la última vez que un hombre había valido algo la pena más que para el revolcón, la verdad, yo incluido. En fin, que mejor tenía cuidado. Ya estaba mentalizado de por sí.

    Igual mi atención acabó absorbida por, bueno, por una gresca. El tipo se fue contra uno de aquellos Ferropalmas, el armatoste lo empujó haciéndolo caer y no tardó en tener un guardia encima. Tuve que ahogar el impulso de meterme. Jérome se llamaba y estaba cubierto de moratones, pude verlo. Su contestación y la forma en que llamó al guardia, no muy diferente a mi manera de referirme mentalmente a la persona que acostumbraba a ver, me hicieron deslizar la vista al guardia. El punto fue que se lo llevaron de todas maneras y me quedé mirando la puerta por la que Jérome había sido arrastrado. Que se estaba buscando la ejecución había dicho.

    Esto era un jolgorio de cosas sin importancia revueltas con algunas que quizás tuvieran algo de relevancia, sinceramente. No podía sacar mucho en limpio, así que tenía que cambiar de estrategia o intentarlo al menos. Recorrí el espacio con la vista lo más disimuladamente posible y traté de ubicar a alguien que, así como yo, luciera algo más separado de la dinámica o al menos a algún dúo que no luciera particularmente peligroso. Pretendía preguntar por el show que acababa de presenciar y qué tan común era, en vistas del estado de Jérome.
     
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    Nekita

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    Asintió a las palabras del guarida mientras ayudaba al chico siendo un apoyo extra al caminar para que no se le dificultara tanto el andar y no quedar muy rezagados para que el Hariyama no los empujara, reflexionando lo que podía significar ese código una y otra vez sin darle mucha tregua al intuir que se trataba de algo probablemente personal, algo del pasado que quizás no podía o no quería ver por la situación, por temer quizás en darse más esperanzas de las necesarias cuando todavía no estaba muy seguro de lo que iba a pasar allí o como se encontraban sus amigos.

    Salieron y tampoco le sorprendió en lo absoluto ver rostros desconocidos, por mucho que hubiera deseado salir y ver el rostro de Mimi, Steve o Talía ya intuía que las personas más... comunes y de menor interés probablemente no tendrían acceso a ellos.

    Ayudó al chico a sentarse, manteniéndose a su lado por si llegaba a necesitar otra cosa mientras observaba a sus alrededores para tratar de intuir qué clase de gente era la que tenían allí, no deseaba llamar mucho la atención y tampoco quería llevarse una sorpresa indeseada por no cuidar sus alrededores.

    —¡Qué me trajo hasta acá? —Preguntó con un tono reflexivo, antes de dibujar una pequeña sonrisa triste en su rostro por unos instantes —Querer ayudar, supongo. Lo cierto es que creo que nunca he tenido mucha suerte, así que, aunque vi venir algo de esto no creí que estaría en una situación así tan pronto.

    Suspiró.

    —¿A ti qué te ha traído aquí? ¿Cómo te lastimaste?
     
    Nekita ha tirado dados de 20 caras para Percepción Total: 3 $dice
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    Kcalbdelaperdicion

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    La prisión era árida, había poco más que polvo y desolación, los grupos de reos estaban bastante marcados, con sus líderes siempre en medio observando al resto como si estuviesen encima de ellos.

    Qué desagradable, la necesidad de ser "superior" estaba ligado a nuestro adn, no importaba si eras el mismísimo Chance o el eslabón más bajo de la cadena alimenticia. El poder era una droga adictiva y codiciada.

    Identificar a este tipo de lideres me vendría bien para saber con quien no cruzarme.

    El chico parecía estar estudiando el gentío también, era astuto. No debería subestimarlo.

    Hah. Una sonrisa amarga apareció en mi rostro antes de poderla disimular. Qué irónico.

    — Se podría decir que estoy acá por lo mismo... el camino al infierno esta pavimentado de buenas intenciones — el sarcamo era palpable. Observé aquel precipicio al límite de la prisión. — No sabía que era literal.

    Los recuerdos de el barco, la rebelión y Valiant salieron a flote sin previo aviso. Todo fue un maldito circo... ¿Qué habrá sido de Anna, Alpha y Marcoh?

    Mi subconsciente también esperaba que Vince estuviese en el fondo del océano. Heh.

    — Un Wooper se me cruzó en el camino, me llevo a un barco lleno de pacificadores, hubo motín, hackers y un choque contra un acantilado, sabes, un martes cualquiera. — resoplé y sacudí la cabeza — Por suerte el pie fue daño colateral...

    ...

    >> Soy Kris

    Mire sus ojos verdes por unos segundos antes de volver al vacío.
    Era raro pronunciar mi nombre después de fingir ser otra persona por tanto tiempo.
     
    Última edición: 25 Abril 2026
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    MrJake

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    Mientras observabas la escena de Jérome y le viste ser llevado a quién sabe dónde, te quedaste luego por la zona, dando pasos muy lentos, muy discretos... casi buscando con ellos lo que, precisamente, sucedió: que alguien viese la incertidumbre en tu caminar y acudiese a ti. Con fortuna, alguien que no fuese un tipo violento, o algo peor.

    Y juzgando por las apariencias, diste en el clavo.

    —Estará bien. Lo hace a propósito.

    Te saludó un recluso que te habló desde atrás, haciéndote girarte hacia él. Iba vestido, por supuesto, con el mismo uniforme blanquecino de siempre, pero sus cabellos rosáceos, ojos grises, complexión muy delgada y piel muy pálida le hacían parecer más un enfermo de hospital que un interno. Desde luego, no lucía ni la mitad de la mitad de peligroso o inestable que muchos otros reos.

    Oriol.jpg

    Y, sin embargo...

    Autocheck de percepción conseguido.

    ... algo en su sonrisa se sentía raro. Ese tipo tenía una doble cara, podías intuirlo. No había tanta genuinidad en su expresión como aparentaba, más bien parecía una máscara que ocultaba algo. Lo notaste por la forma en la que sonreía y cómo caminaba con las manos en los bolsillos. No era tan inocente como parecía, desde luego. Ello no significaba necesariamente que tuviese intenciones oscuras, pero fijarte en esos detalles te mantuvo más alerta de lo que alguien sin buen ojo habría estado.

    —Esto es muy habitual, cada tres días hace algo parecido —siguió explicando, clavando la vista en la puerta por la que se fue el tal Jérome—. Te acostumbrarás a ello rápidamente. Porque eres nuevo, ¿no es verdad?

    Te miró de nuevo, y extendió su mano. Te fijaste en sus dedos: huesudos, muy largos. Señal de alguien que, o bien comía muy poco, o bien tenía algún otro problema físico, desde luego.

    —Soy Oriol, encantado. Soy de Hozkailu; o, bueno, lo "era", supongo, antes de que convirtieran toda la sierra en "Niveópolis".

    >> Este patio parece una selva salvaje, lo sé, pero la selva es lo único que tenemos fuera de los barrotes. Aprovéchala todo lo que puedas, créeme. La echarás de menos.


    Not her proyectando
    di que sí, los onvres somos lo peor (?)


    ***


    Cuando tú y el otro chico, que se presentó como Kris, salisteis a aquel gran patio, rápidamente te fijaste en cómo el guardia que os escoltaba (el mismo que te dejó el mensaje en la lasaña) se dirigía directamente a una esquina, frente a una puerta que estaba al lado de la puerta por la que salisteis. Se acercó a uno de los otros dos guardias que custodiaban aquella otra puerta, intercambió algunas palabras con él... y pronto le relevó, tomando su lugar en la tarea de vigilancia de esa puerta. Y quedó allí, inmóvil, mientras el otro parecía disfrutar de su merecido descanso.

    Lanza un dado de percepción para ver si sacas algo concreto de tu observación de los alrededores.
     
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    Zireael

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    La suerte de bait surtió su efecto, una voz me alcanzó desde atrás y me giré para buscar su origen. Di con un recluso de cabello rosado, ojos grises y palidez algo enfermiza, que en verdad quizás estuviese acentuada por este uniforme blanquecino que parecía más de psiquiátrico de que prisión. Era terriblemente delgado, pero no era algo por lo que yo pudiese juzgarlo demasiado, había sido flaco toda mi vida. Mis ojos los analizaron, no lucía peligroso ni particularmente inestable, pero algo en su sonrisa me hizo ruido.

    Era falsa, ¿cierto?

    Había otra cara.

    Era la sonrisa, las manos en los bolsillos y la aparente inocencia. Conocía esta carta bien, yo podía usarla hasta cierto punto, así que digamos que caer en ella era un poco complicado... pero no teníamos por qué hacérselo saber, ¿verdad? La idea quiso hacerme gracia de una forma extraña y pensé que este encierro, que esta voz necia dentro de mi cabeza, ya estaba haciendo estragos. Las paredes se agrietaban y yo me volvía más cínico, más ácido y burlista. Como fuese, mantuve la calma y permanecí atento a cualquier cambio.

    Explicó que el show de Jérome era habitual, que sucedía cada tres días al menos y que me acostumbraría. Buscó confirmar si era nuevo y, en silencio, asentí con la cabeza pues había cosas que era inútil ocultar. Me extendió la mano y reparé en ella, el chico o comía aire o tenía alguna otra condición subyacente. Tampoco es que pudiese pedirle salud encerrado aquí, bajo tierra. Dudé unos segundos, pero acepté el gesto y estreché su mano, dedicándole una sonrisa ligera.

    Eres de Hozkailu —corregí sin brusquedad alguna, regresando la mano a mi espacio, fue una simple opinión.

    Chance podía cambiarle los nombres a lo que quisiera y volar una región entera si le salía de las pelotas, pero eso no cambiaba el pasado de las personas. Al menos yo quería pensar eso. Habría compartido que yo también provenía de un lugar con nieve, pero tampoco iba uno a soltar fun facts por las risas aquí ni nada. De cualquier forma, el asunto era que se había presentado y también que había seguido hablando.

    —Yo soy Cayden —acoté, pues por permitirle ponerle un nombre a la cara—. Y sí, imagino que cualquier cosa puede llegar a echarse de menos en estas condiciones. Me tocará aprovechar el paseo. ¿Cuánto llevas aquí?

    did I he lie?
     
    Última edición: 26 Abril 2026
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    Nekita

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    Ladeó ligeramente su cabeza cuando vio aquel guardia con el que se había comunicado hacer un relevo para custodiar la salida, ¿debía ser casualidad? Probablemente no, pero sabía que tampoco debía simplemente tentar a la suerte y acercarse o pretender que estaba allí de paso para tratar siquiera de obtener información, así que tan solo hizo una nota mental de donde se encontraba.

    Sonrió cuando escucho el sarcasmo de su frase porque muy en el fondo si le hizo bastante gracia, porque tampoco estaba tan lejos de la realidad, el camino al infierno sí estaba hecho de puras buenas intenciones. —No sé si saber que eso era tan literal hubiera tenido una diferencia en la acción, ¿sabes?

    —¿Qué es un... pacificador? ¿Un soldado? —Preguntó un poco perdido, imaginaba que sí porque era la opción más obvia pero no perdía nada con preguntar, más cuando era claro que él había tenido una aventura mucho más intensa —Y vaya, si no esta roto quizás algunos masajes y estiramientos ayuden, ¿no? No soy médico pero... no creo que te quieran llevar a ver a algún doctor si no es tan grave.

    Extendió su mano hacia él.

    —Miles... un placer, Kris.
     
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    MrJake

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    Nekita

    Oteaste con la mirada como pudiste la zona... pero había tanta gente que resultaba un poco abrumador. Todo lo que pudiste identificar fueron a varios grupos crecientes, con la gente de tu "tanda" de presos uniéndose a otros que ya estaban allí, creando una marea de personas, todos hombres, que se apelotonaban en la zona de forma aparentemente aleatoria. Notaste, eso sí, costumbre en la mayoría. Uno podía plantearse cuánto tiempo llevaban allí, y... y si las condenas en Valthyria tenían algún tipo de límite.

    Aunque casi era una pregunta tonta. ¿Por qué habrían de tenerlo?

    Por lo demás, no fuiste capaz de identificar nada especial... era complicado, no a simple vista, no desde allí, no en plano general.


    ***


    La ligera vehemencia con la que afirmaste que era de Hozkailu hizo que Oriol sacase una leve sonrisa, que se sintió mucho más genuina de lo que habías visto previamente. Ese comentario sí logró sacarle algo de genuinidad, aunque fuese por un instante.

    —Cayden. Intentaré recordarlo; soy algo malo para los nombres —confesó. Luego llevó las manos a sus bolsillos otra vez, y suspiró de forma pesada—. Llevo aquí un año y medio, casi. Parece relativamente poco tiempo, pero teniendo en cuenta que esta cárcel solo tiene algo más de tres años de antigüedad, empiezo a ser de los veteranos, ¿no?

    La broma se sintió amarga, pero no la dijo con ningún tono triste o abatido. Se le veía bastante conforme con su situación; no era de los que mostraba esa rebeldía o esa rabia. Quizá "conforme" no era la palabra, sino... adaptado. Estaba más que adaptado a aquello.

    —Me detuvieron por "delitos digitales". Algo hay que reconocer, cosa que muchos no pueden decir: y es que mi condena fue justa. Sí lo hice, sí. Y lo volvería a hacer.

    Te miró de frente, inclinando levemente la cabeza a un lado. Con clara curiosidad... pero también con algo más detrás de sus ojos. Como si te analizase por alguna otra razón, una que no quería revelar tan a la ligera. O esa era tu impresión, claro.

    —¿Y tú? ¿Por qué te detuvieron? El tiempo no hace falta ni que me lo confirmes, eres nuevo. Con los nombres no me quedaré, pero con las caras sí.

    >> Si necesitas una visita guiada, bueno. No hay mucho que enseñar, pero podría echarte un cable.
     
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  14.  
    Kcalbdelaperdicion

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    Mi vista siguió a la del chico, el guardia acaba de ser sustituido y este se quedó analizando al nuevo sujeto unos segundos más de los que esperaría. Huh.

    — ¿Lo conoces? — murmuré señalando con la cabeza, no sabía cuanto tiempo llevaba este chico aquí, pero no sería raro tener algún contacto entre los que supervisaban. La rutina te hacía familiar aunque su trabajo fuese solo traer comida y evitar que escapemos.

    Apreté su mano extendida sin ser excesivamente acertivo. Era la primera persona no hostil que me encontraba desde que llegué, no estaba mal... Espero.

    — No... Sabes lo que es un pacificador? ¿En qué mundo ideal estuviste viviendo? — la pregunta me agarró por sorpresa, era lo primero que te encontrabas en cualquier lugar de Valthiria, abusando de su poder y lamiendole las botas al gobierno. Nada nuevo — Se podrían decir que son soldados si, lo mas bajo en la pirámide que sostiene la dictadura actual.

    Sonreí, conocer a alguien que nunca se cruzó con un pacificador era... Entretenido por lo menos.

    — Y mi pie estará bien eventualmente, necesito darle unos días de reposo para que reduzca la inflamación, los esguinces se curan solos si no los empeoras... Estaría bastante bien conseguirme un vendaje si eso.

    Estudie mis alrededores en busca de plantas, varillas o trozos de tela. Podría ser optimista pero la basura de unos eran los tesoros de otros.
     
    Última edición: 28 Abril 2026
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    Nekita

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    —No realmente, supongo que solo me parece curioso lo mucho que lo he visto hoy...—Dijo en voz baja para protegerse incluso, no sabía qué tanto podían estar escuchando, incluso aunque no estuviera diciendo nada precisamente malo o incriminatorio. Suspiró y luego sonrió con el comentario de los pacificadores, era algo muy obvio, lo sabía pero al mismo tiempo tampoco recordaba si los llegó a conocer con ese nombre antes de que tuviera que huir a Sinnoh y todo... empeorara.

    —En un gran y pequeño rincón del mundo hecho a mi gusto, tuve la fortuna de estar lejos de todo... esto —Y señaló a su alrededor antes de tomar asiento a su lado y estar algo más cómodo, porque quizás tendría que ya empezar a acostumbrarse a todo eso como lo notaba en todos los demas—. ¿Tuviste muchos encuentros con ellos?

    —En el peor de los casos podrías tratar de romper parte del uniforme y usarlo, no se si les importe mucho que se dañe...
     
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  16.  
    Zireael

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    La sonrisa en su rostro se sintió más genuina que la inicial, puede que fuese efímero, pero me servía. No iría a averiguar hoy dónde estaban los límites de la máscara de este muchacho, pero conseguir una que otra pista no venía mal. Lo que me extrañó fue que me dijera que llevaba casi año y medio aquí y estuviera solo, contrario a la suerte de pandillas o mini grupos que había detectado antes y ubicado adrede. La pregunta que se alzaba entonces era cómo sobrevivía aquí Mr. Soy-Malo-Para-Los-Nombres.

    Tres años de existencia y él casi con la mitad del tiempo aquí. Sí, contaba como veterano y por eso me quedaba la duda rebotando. En cualquier caso, asentí con la cabeza para darle razón a pesar de lo amargo de la broma. Así eran las cosas, ni modo. Esta resignación o... adaptación, ¿sería mi destino? Luego de tanto, de noches en vela, de bosquejos descartados e intentos fallidos... Era risible y casi doloroso. La corriente contra la que avanzábamos era demasiado fuerte y yo había insistido en nadar en contra.

    Me reí por lo bajo al oírlo decir que su condena había sido justa y que lo volvería a hacer. Delitos digitales, ya de paso. De alguna forma calzaba con su aspecto algo indescifrable y su delgadez. ¿Era otro que a falta de fuerza física, había volcado su energía en otras maneras de resistencia o de criminalidad a secas? No iría a preguntarle, era sencillamente mi lectura.

    Su mirada me analizó, lo sentí, pero así como yo no iría a decirme por qué. Puede que ambos nos estuviéramos leyendo el uno al otro y por eso, también, éramos cautelosos en medio de la aparente amabilidad.

    —Supongo que lo que se ve no se pregunta —apañé a lo de ser nuevo junto a una risa sin gracia—. Yo... Digamos que intenté hacerle frente a una sesión de limpieza afuera. Habían volado una aldea y no pude solo ignorarlo. Así que sí lo hice, sí, y lo volvería a hacer.

    Repetí sus palabras y en el fondo de la mente tuve que barrer los recuerdos que me habían perseguido los días de encierro y los años anteriores. Mi respuesta fue una suerte de verdad a medias, porque estaba claro que de haberme resistido y ya estaría muerto, no encerrado.

    Me permití un suspiro pesado y atendí al resto de sus palabras, lo de la visita guiada, y aparté los ojos de él un momento. Recorrí aquella especie de patio con la mirada una vez más antes de volver a Oriol.

    —Podría aceptar el cable —dije entonces—. En tu registro de rostros, ¿hubo más nuevos en los últimos días? Tengo la sensación de que me dejaron salir de último.

    Era una certeza en realidad.
     
    Última edición: 30 Abril 2026
  17.  
    Gigavehl

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    Givan Velren

    El panorama era... bastante singular, por decir menos.

    No sabría si decir que todo este lugar genuinamente tenía estrategia en cuanto a su ubicación y acomodo se refiere, o mas bien era algo con los detalles suficientes para asegurar que nadie hiciese una locura pero a la vez se confiaban que nadie, en primer lugar, podría hacerlo porque, en teoría, nadie sería lo suficientemente estúpido de buenas a primeras.

    Estaba terriblemente intrigado, cada vez más y más conforme veía y exploraba por encima el sitio, ya no solo era por el detalle de estar a lado de un vacío que se antojaba infinito, si no porque los días que transcurrieron han sido, verídicamente, muy pacíficos.

    No había tensión, no habían agresiones, no habían torturas, solo... estábamos aquí.

    ¿Para qué nos querría Chance aquí; a los de su interés, que no fuese solo dando vueltas y perder el tiempo? No tenía sentido... algo se nos escapaba, algo absurdamente importante.

    De cualquier modo, pasar de los comentarios de las personas me pareció lo más adecuado por ahora, no estaba de humor para escuchar a nadie, el pesar por Tancy y su gente seguía calando, aunque, de cierto modo, estar por aquí dando vueltas y distrayéndome me ayudaba a no pensar demasiado en eso por ahora.

    El sitio como tal era enorme, apenas la instalación abarcaba una parte de toda el área; había un vacío gigantesco, guardias parados estratégicamente junto a esos... Ferropalmas observando y sin hacer mas nada en absoluto y en frío silencio.

    Rejas enormes que impedían el paso a las otras secciones de la instalación, diversos accesos en primera instancia a otras celdas, supuse, pero otras dos llevaban a otros lugares, guardias apostados donde inclusive un preso podía pasar aunque acompañado por uno de ellos.

    Me terminé sobando el hombro izquierdo por mero reflejo de nerviosismo como incomodidad, ¿qué se supone que podría hacer con todo esto? En primer lugar todo era demasiado vago como para pensar nada, en segundo lugar, quería suponer que intentar hacer algo era inútil estando ya preso, pero... ¿es que en verdad solo debía asumirlo y ya?

    En el pasado pude escapar gracias a la ayuda de mi amigo y de otros... ¿en serio sería todo?

    No quería salir por mera rebeldía, quería salir porque prefería verme ahí fuera; buscando sobrevivir a solo quedarme en un sitio donde en cualquier momento podrían hacerme algo, mejor si no había nadie conmigo para no exponerlos.

    Era tan difícil saber qué hacer ahora. Y viendo todo esto y pensándolo mejor, igual y no convendría estar sentado, ya demasiado tiempo a estar reposando era en la celda como para desaprovechar la ocasión, por lo que solo me dispuse a caminar, percatándome de a poco que solo veía... hombres, hombres y más hombres, no parecía haber ninguna mujer por aquí.

    Me llevé una mano a la frente mientras caminaba con la mirada gacha, genuinamente quería pensar en cualquier otra tontería, pero era inútil, saber que estaba en este sitio me devolvía constantemente a la angustia, por lo que, muy a mi pesar, suspiré ampliamente y decidí al final de cuentas que mientras caminaba por los pasos libres que dejaban el grupo de personas, también me disponía a escuchar a detalle lo que dijesen. No me detendría con nadie en particular, no me entretenía demasiado tampoco, cualquier dato; por aleatorio y suelto que fuese, o inclusive incompleto, podría irme dando una idea.

    Quise incluso intentar acercarme a una de esas dos puertas donde estaban los guardias, simplemente para soltar una duda tonta a ver si colaba, pero preferí mejor hacer de chismoso por ahora, capaz y algo interesante podría percibir por ahí, con la suficiente suerte... antes de tener que hacer algo a ciegas que igual y me restringía mucho más de lo poco que me estaban ofreciendo.
     
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    MrJake

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    Oriol alzó las cejas.

    —Esa es nueva. ¿Limpieza? ¿Te pilló la División de Limpieza? Amigo, si ese fue el caso, da gracias que estás vivo. Ni los ferropokémon militares dan tanto miedo...

    Luego tensó los hombros, y mientras hablabas, parecía estar distraído mirando a su alrededor, como si escanease todo con celo, buscando ubicar a algo o alguien, o, quizá, tratando de detectar posibles amenazas, o cualquiera sabía qué. Pero no estaba tan distraído como parecía, porque captó tu pregunta al vuelo, y respondió con brazos cruzados.

    —Pues... es pronto para decirlo. En la última salida no creo haber visto a nadie novato. Las hacen cada tres días; las salidas, digo. Y salvo que tenga a alguien en la celda de enfrente, solo así puedo ver a los nuevos. Tú eres el primero que me ha saltado a la vista, pero...

    Señaló con un dedo en una dirección. Apuntó a un chico de pelo largo y oscuro que caminaba por la zona con mirada atenta, también solo. Lo reconociste... era Givan. También estaba ahí. Eso podía significar que todos los demás también. Quizá ese destino era mejor que la muerte.

    Quizá no. Quién sabía.

    —Ese es nuevo, también. Primera vez que lo veo —afirmó. Estabais bastante lejos, y había mucha gente, pero era un tipo alto y destacable, en general. No era difícil ubicarle—. Tampoco hay que ser muy observador para pensarlo, está un poco como estabas tú: dando vueltas solo, sin un lugar fijo en el que pararse. Es comportamiento típico de gente nueva.

    >> ¿Acaso viniste con alguien más? ¿Preguntabas por eso?



    ***


    Lánzame percepción; voy a asumir que estás rondando la zona donde los guardias, por el último párrafo que cito.
     
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    Zireael

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    Asentí luego de permitirme un suspiro, no pensaba dar más detalles al respecto. El hecho de que estábamos vivos porque teníamos prioridad de búsqueda en la División de Limpieza era, de momento, algo que solo nos interesaba a los involucrados. Eso y que mencionarlo acabaría llevándonos casi sin escalas al hecho de que estábamos aquí porque había toda una movilización militar para ello.

    O la hubo.

    Ya no quedaba nada.

    Vi la tensión en sus hombros y la forma en que miraba los alrededores. Vete a saber si era un hábito o buscaba algo en específico, tampoco iría a preguntárselo. Creía que un espacio como este solo acentuaba ciertas manías, y con razón, y si la sonrisa de Oriol ocultaba tanto como había detectado en un principio, asumía también que tenía cierta tendencia natural por la observación. Existía mucha información suelta en el mundo, ¿o no?

    Por ello a pesar de su aparente distracción, no me extrañó que fuese capa de atender a mi pregunta. Me dijo que era pronto para decirlo y que las salidas ocurrían cada tres días, único momento en que podía ver a algún nuevo reo de no ser que estuviera frente a su celda. Yo había sido el primero en saltar a la vista y suponía que más allá de mi evidente inexperiencia en el espacio, también había tenido que ver mi intención de dar con alguien, lo había forzado. Por ahora podíamos seguir fingiendo que no nos dábamos cuenta de las jugadas del otro.

    Seguí la dirección que Oriol señaló y se me congeló una respiración al reconocer a Givan, pues eso significaba que el resto estaba en esta fosa. Niko, el castaño y Emily, mientras que Ethan Encina... Me forcé a permitir que mi semblante cambiara en ninguna dirección. Que nada de lo que sentía se colara. Ni siquiera sabía si para nosotros, cualquiera, era mejor esto o haber sido limpiados por Penance.

    Como fuese, Givan estaba lejos y no tenía mucha lógica ser tan evidente por ahora, por eso seguí atendiendo a la voz de Oriol. Lo que señaló del comportamiento de los nuevos era una obviedad, claro, pero era ese el motivo por el que había preguntado por su registro de rostros. Él mismo lo dijo, se quedaba con los rostros, no los nombres, lo creía capaz de recordar las caras aunque las salidas fueran cada tres días.

    —Pocas veces se limpia una sola cosa a la vez, ¿no te parece? Si vas a poner la aspiradora, más te vale pasarla por varias habitaciones —dije en una especie de respuesta-pregunta algo rara y regresé la mirada a él—. No importa por ahora.

    Importaba demasiado en realidad.

    —¿Tienes idea de en qué se basan para permitirnos las salidas? Estando encerrado lucía algo arbitrario.
     
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    Rider

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    Uno podría siempre culpar la vida, a Arceus, al karma cósmico o cualquier otra estupidez, cualquier cosa a quien culpar por las malas cartas que habíamos tenido en esa mano, pero la realidad era mucho más simple y cruel que eso: No había sido una seguidilla de malas decisiones ni una mala suerte de una tamaño astronómico, lo cierto era que el juego estaba arreglado desde el principio. Yo lo sabía, me lo repetía en mi cabeza cientos de veces sin parar y aun así, todo en mí hizo silencio al ver lo que le hizo a la aldeana. No podía escuchar ese particular zumbido que siempre me atormentaba en momentos de estrés o el recuerdo de la voz del abuelo tratando de levantar mi moral. Solo silencio. Silencio y tres dolores punzantes, uno en mi cabeza, otro en mi estomago y otro aun más fuerte en mi pecho, cómo clavos perforándome mientras era incapaz de apartar la mirada.

    El sonido de los huesos partiéndose como si fuesen ramas secas de un árbol, sus gritos ahogados de dolor mientras la sangre brotaba de la boca de esa pobre mujer. En ese momento mi cuerpo quería responder, una voz me demandaba que interviniese, ¡qué no me podía quedar mirando! Mientras que otra me imploraba que no lo hiciera, que ya no había nada que hacer, que había que vivir si queríamos la oportunidad luchar otro día, ¡qué había que huir y sacar de ahí a cuantos pudiésemos! Poco importaba, la verdad, no iba a hacer nada, estaba asustado. No, asustado no. Aterrado.

    Miré a mi alrededor. Los escombros, los cuerpos, el fuego y a esa pobre aldeana entre los brazos de Penance, quien ya había dejado de moverse y hacer ruido. Habíamos hecho cuando podíamos, no había sido suficiente, pero las criaturas que nos habían dado no estaban dispuestas a tirar la toalla, pues aun con lo que le quedaba de energía Ceruledge se levantó a toda prisa de los escombros y arremetió contra la maquina con poco éxito. Me llevé las manos a la boca ante el horror de ver cómo acababa con la criatura, y para mayor pavor, las polillas mecánicas se habían acercado, causando interferencia con los esféricos, forzando al pobre Armarouge a salir de su Pokeball y contemplar la desgracia.

    — ¡No,espera! —grité con desesperación, buscando apresurado la ball de la que había salido ¿acaso esta maquinas tenían la habilidad de alterar las Pokéball?¡¿Cómo?!— ¡Vive y lucha otro día más! ¡Vive y lucha otro día más!

    Repetí sin mayor éxito mientras el dolor en mi pecho crecía, recordando aquel ultimo día con ellos: Liberty y Prime. La criatura de fuego lanzó un ultimo cañonazo, pero de poco sirvió, pues tras que le arrojaran lo que quedaba del Pokémon de Niko ambos fueros desintegrados por aquellas maquinas hasta no dejar nada. Habíamos fallado. Les había fallado. Algunos nos rendimos por convicción, creyendo que era nuestra mejor alternativa, otros simplemente por que nos les quedaba más opción, pero los motivos importaban poco, solo nos quedaban las consecuencias.

    Todo se volvió negro, no sabía si me había desmayado, me habían noqueado o si simplemente estaba perdiendo mi conexión con la realidad, pero al despertar nos habían separado a todos, incluidos a nuestros Pokémon, los que no habían erradicado, claro. ahora estábamos en una especie de sistema de túneles y cavernas, reacondicionados para servir como calabozos colosales. Mis ropas habían sido cambiadas y se habían llevado la pulsera que nos dio la rebelión. ¡Que bien! Encima de que me robar probablemente ya me vieron desnudo. Ni siquiera yo sabía como es que estaba de animo para bromear conmigo mismo.

    —Mamá y papá tenían razón —solté para mi mismo al contemplar mi celda y me sentaba sobre la cama—, era cuestión de tiempo para que acabara en prisión.

    Justo antes de tumbarme en la cama rezando porqué esto fuese un mal sueño una voz aguardentosa y algo cansada me llamó, provenía de lo que se podía intuir era un hombre bastante mayor, yo casi por puro instinto decidí solo mirarle de reojo y no intercambiar palabra con él. Parecía amable, pero tampoco estaba en la labor de fiarme, de igual manera no dijo mucho, se limitó a darme la bienvenida y explicar un par de cosas básicas: El sitio era conocido cómo la prisión Rostiz y que lo más recomendable era no hablar mucho enfrente de los guardias ni las maquinas, y que con el tiempo me acostumbraría al lugar. Yo levanté la mirada del suelo, dándole nuevamente un vistazo a las 3 paredes y barrotes que ahora serán mi rutina.

    —Ni en un millón de años.

    Musité por lo bajo para poco después notar que los murmuros de las otras celdas se acallaron. Si lo que decía el anciano era verdad, eso significaba que se aceraban los guardias. Todo se volvió silencio por el resto de ese día, así que intenté aprovechar aquella para descansar en vano. Trataba de cantar en mi mente las salomas que solía cantar el abuelo o recordar los poemas que escribía mamá en su club de señoras frustradas, pero nada servía; al cerrar los ojos siempre veía lo mismo, a esa pobre mujer siendo partida por la mitad, a todos de rodilla derrotados, a los pobres Armarouge y Cetoddle. Los gritos y llantos, las suplicas, los huesos rotos...

    Aquella noche apenas pude dormir algo, entre estar encerrado en un sitio desconocido y esperando una posible ejecución era lo esperable, supongo, pero si tenía que ser sincero, realmente lo que me mantenía despierto era la culpa; bien dicen que no le puedes ganar al sistema, era solo que no me podía sacar de la cabeza que sino hubiese tirado la toalla quizás nuestra derrota no habría sido tan catastrófica. Quizás ellos seguirían aquí.

    La mañana siguiente llegó, o al menos creía que lo era, dentro de una celda subterránea era difícil calcular la hora. Aquellas figuras extrañas vestidas de negro vinieron a dejar la comida para mí y el resto de reclusos; no se veía muy apetecible a decir verdad, peores cosas había probado, eso erar verdad y aunque no me sentía en la labor de darles el gusto de morirme de hambre, la realidad era que mi apetito se había ido desde que había llegado a aquel lugar. Aun más curioso que la vestimenta de los "guardias" fue el hecho de que escuché varias celdas abrirse. Me puse de pie acercándome a los barrotes, sacando mis brazos entre los espacios. Estaban sacando a varios reclusos incluido al anciano de ayer, este ultimo se volteó a mirarme, extrañado de ver como no abrían mi celda. Al poco tiempo todo quedo nuevamente en silencio y yo solté un suspiro resignado para después volver a la cama y buscar cualquier cosa me ayudase a olvidar todo aunque sea por unos simples instantes.

    "I thought I heard the Old Man say:
    "Leave her, Johnny, leave her."

    Tomorrow yee will get your pay.
    And it's time for us to leave her."

    No era el mejor cantante del mundo, eso era seguro, pero cantar sólo en mi cabeza no estaba ayudando lo suficiente y realmente me importaba poco si venía algún guardia o algo, de todas formas parecían que la mayoría se habían marchado junto con los demás presos. Y así pase las siguientes horas, cantando cuantas canciones pudiese recordar, hasta que acabé por quedarme dormido sin darme cuenta, ni siquiera escuché cuando regresaron aquellas personas con el anciano, pero daba gracias a Arceus por haber podido dormir algo.

    No hablé con el anciano, después de todo, aunque había descansado algo socializar tampoco estaba entre mis prioridades, además de que tenía un poco clara de que porqué no se me había permitido salir con el resto. No obstante él si que se cuestionó porque se me impidió salir, insinuando que aun no tenían razones de peso para considerarme no apto para salir con los demás.

    —Descuidé, deles algo de tiempo —contesté por lo bajo, sin devolverle la mirada al octogenario—, ya encontraré la manera de cagarles la existencia para que tengan motivos reales de encerrarme.

    No intercambiamos más palabras, tampoco es que hubiese mucho que decir. El resto de reclusos apenas hablaban entre ellos, pero ese anciano era el único que parecía levantar la voz para hablarme directamente a mí. Supongo que cuando estas una prisión cualquier cosa medianamente nueva ayuda a aliviar la monotonía. Vete tú a saber cuanto tiempo llevaba aquí.



    Los días pasaban terriblemente lentos, mantenía mi mente ocupada como buenamente podía, a veces recordando sucesos cómicos del bar, canciones del abuelo y hasta viejas anécdotas en Gérie, pero aun con todo mi esfuerzo aquellas imágenes en la villa seguían colándose de vez en cuando, en aquellas ocasiones era cuando más difícil era conciliar el sueño, y aunque a diario dedicaba un par de horas para tratar de buscar cualquier punto debil en aquella celda aquello probó ser totalmente inútil. Esta no era un cárcel cualquiera, definitivamente le habían invertido un buen presupuesto para asegurarse de minimizar los fallos.

    Dinero de impuestos bien gastado.

    Una nueva mañana había llegado, o al menos eso parecía, era casi imposible seguir el tiempo en un sitio cómo ese, pero en esta semana había logrado aprender un poco de la rutina: nos daban la comida, probaba un par de bocados esperando que no estuviese envenenada, y dependiendo del día veía como sacaban al resto de sus lugares o les ofrecían un par de libros, pero justo como a aquel anciano le ocurría, ahora yo era incapaz de obviar los cambios en la rutina.

    Uno de los guardias me habló y aunque no quería ni mirarlo, el ruido casi alienígena de la celda abriéndose me hizo girarme con rapidez. La sorpresa era grande, sin duda, pero eso no me impidió mostrar mi desdén.

    — ¡Yipeee! ¿Por fin puedo salir? Caray, ¡que benevolentes son mis captores! —espeté con sarcasmo mientras me levantaba de mi cama para estirarme y me acercaba a la celda,colocándome detrás de la maquina que fungía como carcelero—. Y yo que pensaba usar mi rutina de baile para distraerlos lo suficiente y sacar el arma que convenientemente llevo escondiendo en mi culo desde que llegué aquí. Ni hablar, ya será para la próxima~.

    Le dediqué una ultima sonrisa cínica al guardia quien no parecía muy contento con mi ingenio. Publico difícil. Al avanzar di un ultimo vistazo a la celda de enfrente donde se encontraba el abuelito renco, pero no abrieron su celda, de hecho, ni siquiera parecía estar despierto. No era la primera vez que sucedía, pero aun así no dejaba de resultar un poco turbio verlo tirado ahí, cómo si estuviese...muerto. En ese momento un pequeño sudor frío recorrió mi espalda, ahora que salía de detrás de esos barrotes y podía enfocarme en otra cosa mi mente comenzó a repetir una palabras casi como si fueran un mantra, un recordatorio nada sutil de mi situación y hasta una motivación.

    "No pienso morir aquí."

    Llegamos a algo que parecía ser una especie de patio en el precipicio de esa caverna colosal. Me sentía abrumado tras por fin ver algo más que aquellos barrotes y la celda de enfrente. Mientras todos se desplegaban rápido con sus grupos sociales predilectos yo apoyé mis manos sobre mis rodillas tomando fuertes bocanadas de aire. Me hacía el duro, pero el pasar tanto tiempo en una celda sin salir no puede ser bueno para nadie, más allá de lo mucho que me recordaba cuando mis padres me encerraban en mi habitación durante las vacaciones, ahí al menos tenía un televisor.

    —Concentrado Graham, no sabemos cuanto tiempo tenemos así que hay que aprovecharlo —Musité mientras miraba alrededor con ahínco—. Lo primero es saber a quien más mandaron a este lugar. Si todos eramos objetivos de interés entonces no deberían habernos puesto muy separados.

    Y con eso me acerqué a los grupos ya formados, preguntando si alguien había visto en estos días a un pelirrojo volátil, un rubio de dos metros de altura, una chica de ojos purpuras y habilidades de enfermería o un chico de cabello moreno de mirada triste, o cualquier persona rara realmente. Por Arceus, eramos todos un desastre, seguro que no íbamos a pasar desapercibidos.
     
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