Prisión Rostiz

Tema en 'Lost Future: The Last Chance' iniciado por MrJake, 2 Abril 2026 a las 2:35 PM.

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    MrJake

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    Prisión Rostiz

    Prisión Rostiz.jpg

    "Encerrar a los que molesten al régimen en el lugar más recóndito e inaccesible posible, para que nadie pueda rescatarlos, para que sus voces no lleguen a ninguna parte, para que nadie pueda visitarlos, para que lo que ahí dentro pase no se sepa en el exterior. Eso debió ser lo que pensó el Imperio cuando crearon la Prisión Rostiz debajo del desierto, horadando aquel enorme agujero en las arenas. Y desde luego, Chance será muchas cosas, pero si algo no es, es un mal constructor: la infraestructura estuvo completa en un tiempo récord, tanto que parecía mentira. Antes de que parpadeásemos, el hueco que la División de Limpieza hizo en mitad del desierto fue transformado en... eso.

    Al fin y al cabo, a eso se dedicaba Chance antes, ¿no? A construir edificios. Ahora, supongo que esos "edificios" han pasado a ser prisiones claustrofóbicas subterráneas y torres enigmáticas gigantescas. Un avance natural para alguien megalomaníaco como él, claro.

    ¿Cómo es por dentro, dices? No lo sé. Por suerte para mí, nunca he estado; pero conozco a alguien que sí. Con todo, nunca le he preguntado qué ha visto ahí abajo. A decir verdad, no quiero saberlo".



    Pronto daré pie a que quienes vayan terminando sus tramas y lleguen aquí puedan postear.
     
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    Yugen

    Cuando despertaste, te encontraste en aquella celda. La celda que se iba a convertir en tu casa por los próximos días. Era complicado determinar dónde te encontrabas: lo único que parecía claro es que era una prisión, por supuesto, pero no recordabas nada ni del trayecto ni de ningún evento desde que Watcher os "atacó" con esos drones suyos hasta que despertaste. No sabías si estabas en un gran edificio, en una gran caverna, en en el fondo del mar, quién sabía. Y no tenías forma, desde luego, de determinar si fuera era de día o de noche, o si habían pasado horas, días o semanas. La única luz que entraba en la sala parecía artificial: tristemente artificial.

    Llevabas una camisa blanca y unos pantalones del mismo color: casi parecías una interna en un manicomio, más que en una prisión. Unas rejas, barrotes gruesos y quizá demasiado rudimentarios para estar en la era del Imperio eran lo que te separaba del exterior. Pero fuera, todo lo que podías ver eran pasillos vacíos y oscuros, por los que a veces pasaba algún robot. Concretamente, viste a algunos en específico en alguna ocasión, pululando como si patrullasen, similares a Hariyama robóticos...

    [​IMG]

    Por un tiempo, no viste a más humanos. Uno podría preguntarse si realmente había humanos allí, o si todos eran robots.

    Pasaste lo que probablemente sentiste como horas allí, hasta que una persona, enfundada en uniforme hasta las cejas, con guantes y una especie de pasamontañas incluido, se acercó a la jaula en la que estabas y pasó comida por debajo de la puerta. No te dijo nada, ni una palabra. Ni siquiera te miró.

    Al día siguiente, pasó lo mismo. Solo tenías una cama, un compartimento con lavabo, ducha y baño, una mesa y una silla, y con esos muebles pasabas el tiempo. Ni disponías de tu dinero, ni de tus pertenencias... ni de Yuu. No tenías idea de qué fue de todo eso, ni tenías, aparentemente, manera de saberlo. Solo sabías que venían a traerte de comer tres veces al día; lo cierto es que te cuidaban bien. Y la estancia, para ser una celda, era relativamente grande, individual, ofreciendo cierta privacidad. Todo un detalle, ¿no?

    Dos días. Tres.


    Tercer día de encarcelamiento.


    Ese fue el día. Fue al tercero cuando esa... cosa se acercó. Imponente, caminó hasta tu celda con pasos estilosos, poniendo un pie delante del otro, casi contoneándose. Los "Hariyama" que había cerca se apartaron al instante nada más ver pasar a ese otro robot: claramente, su rango era superior.

    TSAREENA.png

    Se detuvo frente a ti, y con el extraño "bastón" que llevaba en la mano, te apuntó. Su punta roja parpadeó mientras parecía escanearte, un puntero láser surgiendo en tu frente. Luego apoyó el bastón en el suelo, y te habló. Lo hizo con un tono... sorprendentemente natural. Casi parecía una voz humana, femenina, potente y autoritaria. Solo la reverberación metálica delataba que se trataba de uno de esos robots.

    —Mimiko Honda: bienvenida a la prisión Rostiz. Hemos estado ajustando parámetros y preparando papeleo en estos días, lamentamos la espera. Ahora: soy la Ferrorregente TS4-097, encargada de este módulo. Te ubicas en el nuevo módulo de alta seguridad, destinado a internos selectos. El número actual de internos en tu módulo es de: cinco personas. Permanecerás aquí por un periodo indefinido de tiempo, por orden del Imperio. Tu instrucción es acompañarme para tu primer chequeo.

    Hizo girar rápidamente su batuta, y con ella pareció pulsar algo en tu celda. En ese instante, los barrotes se deslizaron a ambos lados, abriéndose la puerta al instante.

    —Por favor: sígueme.


    ***

    Módulo C
    Nekita

    Por tu parte, tú despertaste en la prisión de forma similar, pero en un lugar distinto. El silencio del que disfrutaba, o más bien que torturaba a Mimi, para ti no era sino un bullicio ligero, pero constante. Tu celda era mucho más modesta: apenas una cama, una silla, mudas colgadas de un par de perchas (todas blancas e impersonales) y utilidades básicas de baño tras un biombo. Lo que tenía en común tu celda con la de ella era que, como en la suya, tú también estabas solo.

    Pero había gente. Personas. Esas eran las voces que oías. Al asomarte por los barrotes, veías frente a ti otra celda al otro lado, y otras a cada lado de esa. Y otras a tu lado, izquierda y derecha, y otras más allá, y otras, y otras. El pasillo entero estaba lleno de celdas. No todas llenas, eso sí; pero lo suficiente como para que hubiese conversaciones a través de barrotes. Suponías, claro, que muchos internos debían conocerse entre ellos.

    Inevitablemente, cuando el primer día allí pasó, te preguntaste qué fue de Mimi, de Steve, de Talía... y de Effy. No sabías nada de ellos, y no los veías cerca, a ninguno de ellos, ni distinguías su voz. Todo cuanto podías hacer allí, en esa celda, era esperar.

    De ese modo, solo eras visitado dos veces al día para traerte comida, y siempre venía una persona que pasaba en silencio, celda a celda, dejando una bandeja con alimentos. Cubierta hasta las cejas, solo dejando ver sus ojos. Era difícil deducir siquiera si eran la misma persona, el mismo hombre o mujer, o distintos. Solo podías deducir que no siempre era el mismo por la diferencia de alturas, nada más.

    Un día pasó. Y, por la noche, de repente, abruptamente, se hizo absoluto silencio. Nadie abrió la boca. Y entendiste por qué cuando las pisadas pesadas se hicieron cada vez más notorias, advirtiendo que alguien (o algo) se acercaba. Cuando pasó frente a tu celda, lo entendiste: era... un robot. Otro más, como aquellos Combees, como Watcher. La sala casi pareció hacerse más fría cuando ese robot entró y pasó frente a ti, con la mirada clavada al frente. Como un vigía que, con su sola presencia, imponía respeto, grande e intimidante.

    Machamp paradoja.jpg

    Al final, la noche pasó. Y la siguiente.


    Tercer día de encarcelamiento.

    Como en el primer día y segundo día, a la hora del almuerzo, un hombre cubierto hasta arriba pasó por tu celda, se agachó frente a ti y te dejó la comida. Pero, esta vez, se quedó mirándote. En sus ojos oscuros viste... un destello de algo extraño. El hombre, en un inicio, no dijo nada, solo quedó allí, quieto, mirándote. Y golpeó con discreción la base de la bandeja con dos dedos.

    ¿Qué quería decir? La bandeja fue deslizada hacia el interior. El tipo te miró de nuevo.

    Jurarías... que te guiñó un ojo.

    Y luego, sin más, se fue en silencio. Siguiendo su rutina. Una que quién sabe cuánto duraría.


    ***


    Para ambas, esto ya sí arranca todo lo nuevo que planteé en cambios: desde posibles tiradas de lógica a partir de ahora, hasta los árboles de habilidades de vuestros pokémon y la posibilidad de que vuestros personajes también "suban de nivel" (mecánica que será invisible para vosotros, pero de la que yo llevaré tracking desde ahora en adelante). Además, ya dejáis de estar guionizados: yo tengo eventos preparados y un escenario específico diseñado, pero vuestras decisiones, como debería ser, serán lo que mueva la trama en esencia, hasta el punto de que hay trozos de trama que ni siquiera están construidos: los haréis vosotras.

    Por supuesto, realmente poco podéis avanzar de momento; necesitaréis ambas que el resto de personajes esté aquí para que os permita avanzar, pero os habilito desde ya la opción de ir roleando un poco, aunque por trama estéis separados.

    Also, como decía, los árboles de movimientos ya están disponibles en vuestras fichas, por favor miradlos cuando podáis; como vuestros pokés están al nivel 2, eso significa que podéis desbloquear dos movimientos del árbol, siguiendo las instrucciones que indiqué en el tema de discusión y comentarios. He reseteado y renombrado vuestros movimientos de forma acorde, y tenéis bajo el árbol todo el desglose de movimientos para ver en qué consiste cada uno. Podéis indicarme por la vía que queráis qué dos movimientos adquirís (que ahora os servirán de poco al no tener a Livy ni a Yuu, pero bueno (?)). Ante cualquier duda, decidme.

    También matizar: los PS de vuestros pokés y sus usos, estén donde estén, se consideran curados a tope. Sin embargo, ni vuestro cuerpo ni vuestra mente se cura, permanece exactamente como estaba hasta ahora.
     
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    Yugen D e p r e s s e d | m e s s

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    Mi cabeza se sentía como si la hubiesen aplastado con un mazo y los ojos me pesaban al abrirlos. Tuve que parpadear un par de veces, como salida de un sueño, cuando finalmente volví al mundo consciente.

    Nghh...—gemí.

    Oh, por todos los legendarios de Sinnoh. Me sentía como si estuviera teniendo la peor resaca de mi vida.

    Recordaba a Watcher, a aquellos drones que nos vigilaban... recordaba haber accedido a colaborar aunque estaba ardiendo de frustración por dentro porque tenían a Emily. Recordaba un destello de luz, como el flash de una cámara... y después todo se volvió negro.

    El resto del tiempo entre las Grutas y esto estaba en blanco, era una página vacía en el guion. Sin sueños, sin memorias... nada. Ni siquiera recordaba cuando me habían cambiado de ropa.

    Me miré mí misma observando la indumentaria que llevaba puesta con profundo desagrado. Blanca, lisa, sin ningún detalle aparente y absolutamente nada que la hiciera destacar. Parecía más una camisa de fuerza que la ropa de un preso. Al menos, esos monos naranjas que había llevado cuando interpretaba este mismo papel en mis películas tenían cierto encanto. Orange is the new black solían decir.

    Teniendo en cuenta todo lo que había visto hasta ahora y la robotocracia que era Valthyria, esperaba una prisión de máxima seguridad al uso. Aquel lugar... parecía un escenario sacado de Dragones y Mazmorras. Oscuro, rudimentario... tal vez lo único que lo diferenciaba de un zulo, que definitivamente tendría más clase que esto, era su limpieza. Todo resultaba... extrañamente aséptico.

    ¿Estaba en un módulo de aislamiento? ¿Por qué no había nadie más?

    No se oía nada. El silencio era tan penetrante que si hubiera caído un alfiler en esos pasillos oscuros la hubiera escuchado impactar contra el suelo. Me preguntaba si lo hacían a propósito, si era una especie de tortura psicológica. Después de años como autocracia seguro habían perfeccionado el arte de la extorsión.

    Yuu no estaba, no tenía idea de donde se habían llevado a Dante, a Effy ni a los demás. Por no tener idea, ni siquiera sabía si era de día o de noche.

    Había comprobado los barrotes pero eran firmes, rígidos y lo suficientememte gruesos y juntos para que no me pasase ni siquiera la mano entre ellos. No tenía mucha fuerza y cualquier mínimo intento de forzarlos se escucharía en kilómetros a la redonda... por no hablar de los robots que patrullaban frecuentemente y de las cámaras que, aunque no podía ver, estaba segura que me seguían en todo momento. El único lugar en el que me había asegurado que no hubiera era el baño... al menos tenían cierto sentido de la decencia humana básica.

    Cuando comprobé que el agua de la ducha era limpia y caliente lo primero que hice fue tomar una y quitarme la tierra de encima después de horas caminando entre Grutas. Cerré los ojos, un suspiro me estremeció el pecho y dejé que el agua se llevara tanto la suciedad como la pesadez en mis músculos.

    ¿Qué sabía hasta ahora? Effy nos había traicionado, el Imperio la estaba coaccionado para que colaborara con ellos. Chance nos buscaba a los diez. Si bien parecía querer tener a todos los holders atados con correa y bien cerca, su prioridad éramos las diez creaciones de Tau. No importaba el tiempo que hubiera pasado, nunca olvidé aquel momento en que descubrimos la verdad sobre nuestra propia existencia. La confusión, el terror... la desesperación. No era plato de buen gusto descubrir que no eras un humano al uso, si no un avatar creado con la energía vital. Éramos creaciones artificiales de una megalómana con complejo de dios.

    Al igual que estos robots.

    El primer día se pasó en un silencio espectral. Tuve tiempo de reflexionar de todo y de nada a la vez, rehusando la comida que me traían como una criatura salvaje en una jaula. Mi estómago se quejaba, gruñendo como un Pyroar... pero lo ignoraba sistemáticamente. No me fíaba de nada y no iba a llevarme nada a la boca que hubiera pasado antes por las manos del Imperio. El hecho de que el tipo que me traía la comida estuviese vestido como un verdugo, con pasamontañas incluido, no me inspiraba confianza precisamente.

    Me traían comida tras veces al día: pude intuir que el desayuno, el almuerzo y la cena. Gracias a este detalle pude hacerme una idea de la hora y del pasar del tiempo. Entre cada comida había un transcurso de aproximadamente unas cinco o seis horas. La luz aséptica y fría que se colaba a través de la ventana no daba pistas de nada. No era el sol ni la luna. Era... otra cosa. Así que tuve que usar lo que tenía a mano para ubicarme en el tiempo. El silencio que me rodeaba ya era suficiente tortura.

    Pasaba las horas en un silencio hosco, tumbada sobre la cama de cara a la pared, sin más compañía que la de mis propios pensamientos. Nunca intenté comunicarme con el tipo que me alimentaba; ni siquiera lo miraba cuando le escuchaba deslizar la bandeja por el compartimento de la puerta. Llegaba, se llevaba la otra bandeja intacta de la comida anterior y deslizaba una nueva.

    Al segundo día el estómago me punzó dolorosamente y tuve que encogerme sobre mí misma para ignorarlo. No sabía hasta cuando podría aguantar así. En un primer momento no había querido comer porque el estómago lo tenía cerrado y el pensamiento de llevarme algo a la boca me causaba naúseas, pero con el tiempo eso pasó y la necesidad tomó su lugar sin pedir permiso.

    No quería absolutamente nada que tuviera que ver con Chance. Ni siquiera si era alimento seguro y comestible. Aceptar su comida era aceptar que tenían poder sobre mí y no estaba dispuesta a hacer concesiones. Ya no era solo la desconfianza, que por otro lado, estaba bastante segura de que no pretendían envenenarme.

    Si querían acabar conmigo no lo harían en las sombras y de forma sutil. Era el amado líder de quién hablábamos, por favor. Si éramos un objetivo tan suculento para el Imperio, en el caso de querer deshacerse de nosotros nos ejecutarían en algún lugar público, a la vista de todos. Cuanta más difusión y más sangre, mejor. Era un mensaje disuasorio bastante claro y a Chance le gustaba alardear frente a las masas sometidas de su poder y control.

    Me daban ganas de reír.

    Puto cerdo narcisista.

    Pero ese no era el objetivo, ¿verdad? No iban a ejecutarnos, al menos no mientras el Imperio pudiese obtener algo de nosotros. Lo que no descartaba, sin embargo, era que nos torturasen. Y no precisamente como ya lo estaban haciendo con su trato de silencio.

    Al tercer día algo cambió. La tentación y el hambre empezaban a ganar la batalla a mi obstinación y el plato de sopa caliente que me habían traído ya podía ser solo agua con arroz cocido blanco... pero se veía jodidamente apetecible. Estaba por levantarme y acercarme cuando lo vi. O la vi, más bien. A esa... cosa.

    Parecía una especie de Gardevoir, al menos compartía el esquema de colores. Era otro robot y a juzgar por la actitud de los Hariyama robóticos, una de mayor rango. Una Ferroagente "serie que no iba a repetir", como ella misma se denominó.

    De su introducción pude sacar que estaba en la prisión Rostiz, en un módulo de aislamiento y de que había cinco personas más. ¿Podían ser Effy o Talía? ¿Quizás Dante o Steve? Si estaban en el mismo módulo, definitivamente no estaban cerca. No había más celdas alrededor.

    —¿No me vas a decir eso de "Tienes derecho a permanecer en silencio, cualquier cosa que diga puede ser usada en tu contra ante un tribunal"? Ah, claro, perdón. —repentinamente abrí mucho los ojos y me cubrí los labios con la mano con fingido estupor—. Pensaba que aún había tribunales en Valthyria.

    >>Eso de juicios justos es de democracias, no de dictaduras autocráticas. Qué tonta.

    Abrió la puerta. Bueno, realmente no la abrió como tal. Los propios barrotes lo hicieron, deslizándose a ambos lados con un sonido profundamente desagradable. Después de tanto tiempo en un silencio absoluto, el ruido me tensó todos los músculos del cuerpo.

    >>¿Hay cinco personas más?—inquirí sin dar muestras de incorporarme de la cama, sentada en el borde de la misma con una pierna sobre la otra. En el momento en que hice la pregunta, alcé la mirada con frío desdén y la fijé en los ojos del robot—. ¿Dónde está el pokémon que venía conmigo?
     
    Última edición: 4 Abril 2026 a las 2:53 AM
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    La Ferroregente te miró, inclinando lentamente su cabeza hacia un lado. El movimiento de la cabeza fue progresivo, lento; con cada palabra que decías se deslizaba más y más. Parecía como si estuviese impaciente, como si ese gesto fuese una muestra robótica y rígida de hartazgo, de alguna manera. Solo cuando paraste de preguntar cosas, habló de nuevo.

    Lo hizo mientras caminaba, dando un par de pasos que resonaron como tacones golpeando piedra.

    —Hay cinco internos en este módulo, dije: eso te incluye a ti, Mimiko Honda. Cinco, incluyéndote a ti. Salvando eso: no se te dio indicaciones de que pudieses hacer preguntas. Se te negará toda respuesta a cualquier cuestión futura.

    Miró a la bandeja de comida, y luego te miró a ti.

    —Debes alimentarte. Si te rehúsas a no seguir comiendo, serás obligada a ello. No será agradable.

    >> Reitero la orden.

    Su batuta, entonces, desplegó algo: un látigo, como una cuerda que se dejó caer bajo la herramienta. Con severidad y de forma sonora y contundente, golpeó bruscamente con él justo junto a ti, en un chasquido repentino que te sobresaltó brevemente.

    —Considera eso un aviso. Ahora: sígueme, por favor. Esa es la orden. Se requiere la realización del chequeo protocolario.
     
    Última edición: 4 Abril 2026 a las 8:50 AM
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    Si éramos cinco contándome a mí... ¿entonces estábamos todos? ¿Dante, Effy, Talía, Steve y yo? La duda me carcomía la consciencia, pero no iba a sacar nada en claro preguntando. No sabría el paradero de Yuu, siquiera. El pedazo de hojalata no iba a responder preguntas de una rea.

    Qué lástima. En ese sentido me gustaba más la Observadora.

    La seguí con la mirada cuando ingresó a la celda, atenta, pero no me moví del lugar. Permanecí con una pierna cruzada sobre la otra en actitud ciertamente irreverente, el dorso de mi mano apoyado bajo el mentón. Ya que aquella celda se había convertido en mi casa y lo sería por Arceus sabía cuanto tiempo, que menos que actuar en consecuencia.

    Si su presencia me intimidaba, no di muestras de ello. No me era indiferente, por supuesto que no. Aquella cosa podría hacerme lo que quisiera y yo no tendría forma alguna de defenderme. Pero empujé ese miedo tan profundo como pude y me rehusé a mostrar el más mínimo atisbo de él.

    Cuando descubrió el plato lleno, intacto en la bandeja, no tardó en amenazarme de forma nada sutil.

    Solté una risa mordaz por la nariz.

    —Oh, ¿así es cómo tratais a los presos selectos? ¿Me vais a poner una sonda de alimentación forzada por la nariz?

    >>Mi estómago funciona perfectamente, gracias. Dile a mamá Watcher que no me gusta el arroz blanco.

    El látigo chasqueó justo a la altura de mi pie. Mi cuerpo se tensó instintivamente, todos mis músculos parecieron congelarse de súbito. Pero no por la amenaza de un golpe.

    No me preocupaban tanto los latigazos que pudiera recibir como el chasquido en sí. Esa forma brusca de cortar el aire y el sonido posterior podía paralizarme muy fácilmente si tenía la fuerza suficiente. Podía aguantar unos golpes... pero no el peso de los recuerdos. No estaba preparada para eso, joder. Tanto el ruido como el silencio ya eran tortura suficiente.

    Ni siquiera necesitaban golpearme físicamente para disuadirme, un estruendo fuerte contra una superficie plana sería bastante para que ni siquiera me pudiera mover.

    Me preguntaba si la perra esta sabía eso.

    En un silencio significativo, de forma algo mecánica y como si mis músculos estuviesen herrumbrados, me incorporé de la cama y la seguí. ¿Tenía acaso otra alternativa? Huir no era una opción, no era tan imprudente. Hasta mi propia insolencia tenía sus límites.

    ¿Chequeo protocolario? ¿Qué cojones era eso? Lo desconocía, pero suponía que cualquier cosa era mejor que quedarse allí dentro. Si podía obtener más información, no lo haría encarrada en una jaula.

    Antes de salir de la celda, empujé la bandeja hasta un rincón con un lado del pie. Se deslizó hasta la pared y allí quedó; el caldo turbio enfriándose.
     
    Última edición: 4 Abril 2026 a las 10:28 AM
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    MrJake

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    La Ferroregente hizo caso omiso a todas y cada una de tus palabras. Se limitó a mirarte, esperando a que te levantases, y, cuando por fin lo hiciste y diste indicios de colaborar y de estar dispuesta a seguirla, comenzó a moverse fuera de la celda.

    Tus pasos fueron débiles y lentos, fruto de la falta de alimento, pero te moviste como pudiste detrás de ella, y saliste, al fin, de la celda. Habían sido solo tres días (al menos, estando consciente), pero ya se hacía algo raro poder salir de aquel habitáculo y ver qué había fuera. Lo que encontraste, sin embargo, fue un pasillo sorprendentemente circular, que se curvaba conforme avanzabas. Desde tu perspectiva en la celda no te había parecido que la zona fuese circular, pero era un efecto óptico, sin duda: el tono y el color lúgubre de todo no acompañaba, claro, pero el pasillo, además, resultaba ser muy largo, creando un circunferencia muy gruesa. Hasta que no veías el horizonte estando dentro del pasillo no percibías que, realmente, aquello parecía ser un camino en círculos que empezaba y terminaba en el mismo punto.

    En una celda.

    Te fijaste al caminar detrás de la Ferrorgente en que había varias celdas más, bastante separadas cada una del resto, lo suficiente como para que no oyeses nada salvo que alguien gritase, y muy fuerte. Pero es que, para más inri, la primera celda frente a la que pasaste estaba vacía.

    Y la segunda. Y la tercera.

    La cuarta no, sin embargo. Esa estaba ocupada, por alguien que, al mirar de reojo, no parecía estar pasándolo muy mal... casi parecía incluso acostumbrado. Leía un libro, apoyado en su cama con una pierna sobre la rodilla de la otra. Se le veía decentemente aseado, afeitado; de mirada incisiva. Sería un hombre unos veintitantos...

    F.jpg

    Al pasar frente a él, levantó la vista del libro, y te miró en silencio. Observándote con calma, sin decir nada.

    Pasaste de largo, y, tras pasar una celda vacía más (con la tuya, contabas ya seis), la Ferroregente se dirigió a la pared opuesta a las celdas, donde había una puerta. Parecía ser un ascensor: pulsó algo usando su "batuta multiusos", y la puerta metálica, rudimentaria pese a ser un aparato tecnológico, se abrió.

    —Pasa —te espetó, dándote un leve empujón. Pese a que era más bajita que tú, y tenía poco "cuerpo", su fuerza al empujarte fue considerable. No fue un empujón brusco, tampoco, pero podías entrever que, si quisiera, seguramente podría medirse bien en una pelea cuerpo a cuerpo con un humano.

    Eso sin contar los trucos que se guardase, hablando solo de fuerza, claro.

    Montaste, y la Ferroregente quedó fuera. Se dirigió a ti directamente, antes de cerrarse la puerta.

    —Te indicaré brevemente las instrucciones del chequeo. Bajarás y te recibirá un Ferropalmas. Síguele hasta la sala que te indicará; no hablan mucho, pero limítate a ir donde señale. No desobedezcas ni intentes alguna tontería, o habrá consecuencias, por supuesto.

    >> En la sala te recibirá un humano. Él te explicará todo lo demás.

    Las puertas, entonces, se cerraron, y empezaste a moverte dentro del ascensor. Era difícil determinar si ibais arriba o abajo. Aquel ascensor era totalmente cerrado, sí, pero sus paredes, suelo y techo parecían hechos de rejilla; casi parecía que fuese una jaula encadenada a un cable y moviéndose de arriba abajo. Irónicamente conveniente, estando en una prisión, claro.

    No pasó mucho tiempo hasta que el ascensor frenó. Cuando se abrieron las puertas, dicho y hecho, una de esas moles de metal con aspecto de Hariyama (un Ferropalmas, dijo que se llamaban) estaba justo frente a ti. Sin mediar palabra, se hizo a un lado, esperando a que salieses, y caminó a tu vera, sin colocarse ni detrás, ni delante.

    Caminaste ahora por un pasillo ancho, esta vez recto. A los lados había salas cerradas con puertas al uso; no parecían ser celdas, desde luego. Cuál fue tu sorpresa, sin embargo, cuando otro Ferropalmas caminó junto a otra persona en dirección opuesta, de frente a ti. Como si regresase al punto del que tú venías.

    El chico te reconoció. Tú a él también, claro. Lo viste esposado, con grilletes de apariencia pesados en sus muñecas. Claramente, no se estaba comportando, algo que también se dejó entrever por el moratón que lucía en su cuello. Y no tardó en demostrar que, en efecto, no era el preso modelo.

    —¡Mimi! —gritó Steve nada más verte. El Ferropalmas colocó su mano "flotante" en su hombro, agarrándole con fuerza, nada más verlo reaccionar—. ¡Mimi, eres tú! ¿Y Talía? ¿Y Dante? ¿Y... Effy?

    Pero el Ferropalmas le empujó. Por mucho que él quería aprovechar el cruce de personas, Steve no tuvo ocasión. Cuando le arrastraron por la fuerza, a base de empujones, y pasó de largo, te gritó:

    —¡¡No les digas nada!! ¡Son escoria imperial, no les digas absolutamente nada!
     
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    [​IMG]

    Esa sensación de despertarte desorientado, siendo una presión extraña en la cabeza y pesadez de los párpados era extrañamente familiar, por un momento creyó que escucharía las máquinas del hospital y vería alguna silueta borrosa de alguna enfermera corriendo del cuarto donde se encontraba pero no, cuando finalmente aclaró su visión estaba completamente solo y no tardó demasiado en reconocer que se trataba de una celda de contención.

    Se levantó ayudándose de las paredes para analizar con mayor cuidado la habitación y sintió su corazón acelerarse cuando notó que Livy no estaba allí, con Watcher ya se había mentalizado a que los iban a separar y por eso aprovechó por última vez en sostener la mano de Mimi, pero que le quitaran a su pokémon lo asustaba, ¿quién le aseguraba que iba a estar a salvo?

    Las voces a su alrededor le sonaban totalmente difusas mientras su mente solo se podía preocupar con todas las variables que podía estar sufriendo su pokémon y las posibles investigaciones que tendría Mimi, ¿en qué consistirían? ¿Estaría bien?

    Y cuando la primera persona se acercó a entregarle algo de comida no pudo evitar pegarse a la reja y preguntar —¿Dónde está mi amiga y mi pokémon? ¿Dónde están Mimi y Livy?

    Nada.

    El apetito ante la preocupación era nulo.

    Trató de prestar más atención a las voces con la esperanza de escuchar alguna queja de Mimi, Steve o Talía pero nada, ninguna de esas voces pertenecían a sus amigos.

    La segunda vez que vino alguien volvió a preguntar lo mismo, el segundo día también pasó lo mismo y tan solo probó bocado en su segunda comida al recordarse que genuinamente necesitaba mantenerse lo mejor posible en caso de que existiera la mínima posibilidad de escapar, por mucho que las nauseas por la preocupación lo mantuvieran sin apetito.

    El tercer día ya esperaba sentado con su cabello húmedo cerca de la reja, esperando a que pasara nuevamente una nueva persona a dejarle de comer, jugando con su collar para distraerse de todo lo que lo preocupaba. Como siempre esperó a que se agachara para poder preguntarle algo pero se quedó callado al notar una mirada diferente por el ¿interés? que mostraba, notó el gesto que hizo con la bandeja y ese guiño que le dedicó y cuando notó que se iba fue que finalmente reaccionó.

    No podía perder rutina, ¿no?

    —¿¡Dónde están mis amigos?! —Preguntó nuevamente asomándose lo que podía por los barrotes, suspirando con frustración apoyado allí en los barrotes hasta que se separó, tomando la bandeja para adentrarla más a su celda, dándole la espalda para estar ligeramente más escondido y comenzar a revisar a qué cosa podía referirse aquel extraño.
     
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  8.  
    Yugen

    Yugen D e p r e s s e d | m e s s

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    No fui plenamente consciente de la debilidad de mi cuerpo hasta que no puse un pie fuera de la celda y comencé a caminar detrás del robot. De hecho había sentido un pequeño mareo al incorporarme, pero lo ignoré, en gran parte porque no quería volver a escuchar el chasquido del látigo. Al menos sí estaba hidratada, porque bebía agua llenando mis manos en el lavabo. El agua era limpia, clara y aunque sabía un poco a metal, hacía el trabajo. Definitivamente podría aguantar mucho más sin comer que sin beber.

    Aunque seguía el paso de aquello cosa, mi mirada no podía evitar desviarse alrededor, de reojo, fijándose en todas y cada una de las celdas que encontrábamos por el camino. En mi pecho palpitaba la inquietud y la ansiedad, pero también un pequeño rayo de esperanza de encontrar a mis compañeros en alguna de ellas. Al menos sabría que estaban bien, o... a salvo, en realidad. ¿Quién demonios estaría bien encerrado en este sitio?

    Todas parecían estar vacías. Exactamente iguales las unas a las otras, jaulas humanas fabricadas en masa. Entonces pensé, que si Effy estaba colaborando con ellos... muy probablemente no la encontraría en una celda.

    En la cuarta había un tipo. Uno que no conocía de nada y verlo a él en lugar de alguien que esperaba me hizo chasquear la lengua en voz baja. Bueno, ese definitivamente sí estaba bien. Se había adaptado sin problemas a su nueva normalidad. Al menos tenía un libro. A mí no me habían dejado ni un cepillo para el pelo.

    La siguiente "casita" también estaba vacía. Si alguno de ellos estaba aquí, en este módulo, en este momento habían salido. Quizás al mismo lugar que yo, a realizar el chequeo protocolario de las narices. La pregunta me picaba en la lengua, pero lo único que lograría buscando explicaciones sería gastar saliva y prefería guardar las energías que me quedaban para algo verdaderamente necesario.

    Era un camino cerrado, circular, que acababa en el mismo punto... sin ninguna salida visible ni otros pasillos. Todo tenía esa aura lúgubre, rudimentaria pero aséptica. La oscuridad generalizada de todo me hacía pensar que estaba en alguna especie de... bunker subterráneo. La única iluminación era artificial, luces blancas, pero débiles y muy separadas, no parecían tener la fuerza suficiente para iluminar toda una sala. Al menos no eran antorchas. Sentía que quedarían bien en un lugar así.

    La única salida parecía ser un ascensor. Perrabot la abrió con la batuta y me pregunté si el mecanismo solo reaccionaba al comando de un Ferroagente o si yo misma podría accionarlo. Si el ascensor solo funcionaba con los robots, la idea de escapar de este lugar era aún más jodida.

    Me empujó dentro del ascensor y tuve que morderme la lengua para no replicar. Después de una serie de instrucciones—ante las que rodé los ojos—, al menos tuve un poco más claro todo esto. Y si iba a poder hablar con un humano, aún mejor. Jamás pensé que el "quiero hablar con un agente" terminaría en esto. Que irónica era la vida a veces.

    Cuando las puertas se abrieron, el Ferropalmas ya estaba allí. Esa mole de metal gigante. Si no iba a poder defenderme de Perrabot, de esa cosa mucho menos.

    El resto del camino aparentaba ser tan silencioso como todo el recorrido hasta aquí... pero entonces sucedió algo. Por el pasillo recto, en dirección opuesta a la nuestra, venía de regreso otra de esas moles, sí, pero reconocí inmediatamente a la persona que escoltaba.

    Y él también me reconoció a mí.

    Steve. Estaba esposado, con grilletes de acero en las muñecas detrás de la espalda, reducido y controlado. Lo que más me impactó, sin embargo, fue aquella marca morada en la piel de su cuello. Le habían golpeado. Definitivamente si las palabras no servían, estos hijos de puta no se lo pensarían dos veces en pasar a la violencia física.

    Miserables.

    No pudimos hablar y yo ni siquiera lo intenté. Me limité a escucharle y ver como lo empujaban, arrastrándolo de regreso al ascensor mientras seguía vociferando y su voz hacía eco entre aquellas paredes oscuras.

    ¿Qué no les dijera nada? ¡Ni siquiera estaba comiendo porque ellos me la estaban dando! No colaborar no era el problema. Pero, ¿hasta que punto estaba dispuesta a poner en riesgo mi integridad física?

    Apreté los labios, tensa, consciente de esa realidad. Ensombrecida mi expresión, me dirigí al escolta.

    —¿A dónde tengo que ir ahora?
     
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