"When there's no more room in hell, the dead will walk the earth" Día 10 D.Z Rachel Gardner Temer a la muerte no es si no la señal inequívoca del amor que se siente hacia una vida. Descubrí esa frase en uno de los libros de mi hermana a la corta edad de nueve años, contemplando el transcurrir de la tarde al otro lado del cristal, y comprendí entonces que quizás era cierto. Que allí, anclada a la camilla de un hospital, con el preciado tiempo de mi infancia escapándose entre mis dedos, no había nada que desease salvar. Nada por lo que quisiese realmente aferrarme a la vida. Tal vez por eso no la temía en realidad. Mi primer recorrido por las instalaciones del instituto Minegahara estuvieron tintadas por una permanente sensación de amargura. Para una joven como yo, que había nacido con un cuerpo enfermizo y débil, no había lugar para mí por mucha hospitalidad que me profesasen. Las mudanzas eran constantes, y la duración de mi papel como adolescente normal llegaba a su fin tan pronto como los síntomas reaparecían. El hospital era mi jaula, y yo un ave que había dejado de cantar hacía mucho. Fue irónico. Mi cuerpo pareció vaticinar lo que estaba por suceder, pues los síntomas remitieron durante tanto tiempo que pude permitirme regresar a la escuela durante mucho más de lo que jamás imaginé. Los médicos se mostraron perplejos con mi mejoría, y pude recuperar lentamente musculatura y energía. Hice nuevas amigas, decidí confiar en que tal vez este sí era el momento... Entonces el mundo llegó a su fin. Pero fue el comienzo de mi vida. Recorrí los pasillos a paso acelerado; los cristales crujieron bajo mi peso y recibí la brisa fresca de la tarde, a través de la hilera de ventanas resquebrajadas. Los rayos de luz teñían cada recoveco de ámbar y sentí un cosquilleo recorrerme el estómago por la expectativa. Afuera el mundo seguía su nuevo curso, pero dentro de aquellas instalaciones me sentía segura. Era imposible no hacerlo teniendo cuando teníamos tan buena guardaespaldas junto a nosotras. —Oi! —Tal y como imaginé, la castaña de orbes eléctricos me reprendió al sorprenderla subiendo las escaleras aledañas. Cargaba consigo un bate de púas ensangrentado; suponía que había terminado su barrido rutinario—. ¿...A dónde demonios vas tan deprisa? ¿No te he dicho que debes hacer menos ruido? ¡Gardner! —¡Prometo que luego escucharé todos tus sermones, Lennie...! —solté una risita al escucharla gruñir a lo lejos. Agité la mano mientras me alejaba—. ¡Pero hoy es un día súper importante! ¡Lo siento! —Tsk —Chasqueó su lengua con disgusto, recargándose durante breves segundos sobre la barandilla. Pese a su evidente descontento, no me detuvo. Tal vez porque era mucho más de lo que su hosco aspecto aparentaba—. ...Esta idiota nos va a costar la vida. Subí todas las plantas hasta la azotea. Tal y como imaginaba, Casey se encontraba allí, cuidando diligentemente del pequeño huerto de la escuela. Cerré la puerta tras de mí, entrelazando las manos tras la espalda, y caminé hacia ella mientras se encontraba cosechando alguna que otra verdura. Me incliné con dulzura hacia el costado, tras su espalda, dejando caer la cascada de sol al seguir mi movimiento. —Cas~ —murmuré, confidente—. Todo listo para la misión K. El obvio respingo de la pobre criatura me apenó al instante y me disculpé rápidamente, con una sonrisa culpable. La emoción que sentía al recordar que hoy era el cumpleaños de Kumiko disipó pronto cualquier clase de malestar. Era la primera vez que celebraba el cumpleaños de una amiga. La primera vez que celebraba una vida, que la atesoraba profundamente. Y entonces lo comprendí, allí en mitad del fin del mundo, con la población contagiada por un extraño virus que los resucitaba después de su muerte. Comprendí que me sentía viva. Que había mil y una cosas que deseaba cumplir, cientos de listas de pendientes que nunca habían encontrado su momento para aflorar. Y supe que al fin amaba mi vida, con la misma intensidad con la que temía a la muerte. Contenido oculto Rojo FireRed
Casey Anderson La vida podía tener sus maneras de sorprenderte, pero lo que había pasado era ya harina de otro costal. Y la verdad, me quedaba corta en la manera en cómo podía apreciar los acontecimientos. Todo había llegado a su fin, y la manera en lo que sucedió todo... Dios. Antes solía decir, temed a los vivos, que hacen daño... Pero ahora, los muertos también. Morir no garantizaba el descanso eterno. Y lo peor de ello, es que tienen sed de sangre, y como si fuera poco, toda la humanidad está contagiada con ese extraño virus a estas alturas, así que todas las personas que estábamos aquí, en el Instituto Minegahara, éramos una amenaza en caso de estirar la pata. Pensar en eso era aterrador, había conocido a otro grupo de supervivientes, era de ayuda manteniendo el huerto, así que, el escenario donde mi cuerpo era capaz de hacerles daño en ese estado de indignidad absoluta podía helar la sangre, por que era yo, pero a la vez no. Que el fin del mundo fuera así de macabro daba mucho para pensar, un castigo colectivo para la humanidad por sus pecados, que no eran pocos, pero incluso con eso debía decir que ni la persona más retorcida querría semejante suceso. Y por el otro lado, lo que imaginaba sería un intercambio escolar común y corriente se transformó en la peor de las pesadillas. Lejos de mi hogar australiano, sin tener noticias de mi familia, sin siquiera saber si seguían con vida, pero ya no podía hacer mucho, salvo un milagro que permitiera comunicarme con ellos. That's a shame. Aunque Minegahara era mi nuevo hogar, y era seguro por los momentos, sólo podía ver que incluso en la calamidad existía la belleza, y tras tender el huerto en la azotea, me dispuse a ver el atardecer mientras encendía un cigarrillo, los tonos dorados del cielo contrastando directamente con los edificios aledaños, que empezaban a avistar un ligero deterioro, así como la falta de electricidad asomando su presencia. Dejé salir un poco de humo al dejar el cigarrillo entre mis dedos, mirando de reojo el huerto, con verduras de fácil cuidado y rápido crecimiento, y con especial énfasis en los tubérculos... Las patatas podían ser ejemplares guerreras, no doubt about it. Suspiré un poco viendo la hora en mi reloj, para llevarme de nuevo el cigarrillo a la boca y ponerme a cosechar algunas verduras ya maduras, cuando de repente, abrieron la puerta, no el di la importancia debida hasta que escuché una voz, que me hizo respingar un poco del susto. Eso si, quién me había asustado tenía el mismo factor miedo de un cachorro... Ni menos que Rachel. —Huh, missie Gardner! No me asustes así, I told ya. —al principio dispuse una expresión sombría para dejar caeruna ligera risa, escuchando algo sobre una... ¿Misión K? Ah, ya, había captado, teníamos una cumpleañera— Reportándome para el deber, ¿Cuál es mi objetivo? Debía de aceptar algo, y es que Rach, a mis ojos era una manifestación divina, angelical, su entusiasmo y energía contrastaba con la atmósfera deprimente y deplorable de nuestro nuevo mundo, así que apreciaba un montón eso. Entre tanta miseria, era una isla de esperanza, de que la inocencia y la pureza no estaban perdidas entre la carne putrefacta y los cadáveres deambulantes.
Rachel Gardner Los primeros meses en Minegahara fueron… difíciles, por decir algo. Había vivido toda mi vida bajo la sobreprotección de mis padres y la mirada atenta de los médicos, encerrada en una burbuja social y emocional tan aislante que, al liberarme de ella… simplemente no encajaba. Era tímida, introvertida, demasiado aniñada tal vez para lo adelantadas a su edad que estaban mis compañeras de clase. Para ellas todo era maquillaje, moda y chicos, y yo… bueno, ni siquiera había dado mi primer beso a mis dieciséis años de vida. En su lugar prefería pasar los recesos dibujando, pues el lienzo en blanco me sabía a hogar. Era todo cuanto me había acompañado en mi vida; también era mi desahogo, mi confidente. Podía sonar bastante triste catalogar a un objeto inanimado con un rol tan importante, pero era así como me sentía. Cuando la crisis estalló y la escuela se convirtió en una pesadilla, me aferré a mi bloc de dibujos, oculta bajo una de las mesas, sin poder dejar de llorar. Los alumnos se habían vuelto locos y habían empezado a agredir a otros… Había sangre por todas partes, y mi cuerpo se paralizó, preso del shock. Cerré los ojos fuertemente, sabiendo que aquel sería mi fin. Era débil y lenta, sería el blanco perfecto para cualquiera. No le temía a la muerte, pero si de algo me arrepentía era de no haber podido aprovechar mi libertad un poco más. Construir algo por lo que valiese la pena luchar. Recuerdo que, entonces, hubo un estruendo y alguien más cerró la puerta de mi aula. Me tapé los labios entre sollozos, completamente aterrada… Y entonces un par de intensos ojos verdes se asomaron bajo el escritorio. En sus duras facciones se asomó cierto alivio al ver que estaba intacta. Extendió su mano hacia mí. Su ropa estaba manchada con la sangre de otros. —Vamos, levanta —me instó, sin darme espacios a réplicas. —¿E-eh…? Las piernas me temblaban tanto al erguirme que creí que perdería la fuerza en cualquier momento, pero ella no me soltó. Era la primera vez que sentía que alguien me veía. Que alguien valoraba mi vida mucho más de lo que lo hacía yo misma. —No te han mordido, ¿verdad? —Me cuestionó, y yo negué con la cabeza, con los sentidos embotados por la situación. Sujetó la vara de metal que portaba con todas sus fuerzas, revisando los alrededores. Cuando sus ojos volvieron a buscarme di un respingo de la impresión—. Si quieres sobrevivir, será mejor que no te alejes de mí hasta que lleguemos a la azotea. Fue gracias a ella que seguía viva. También fue gracias a ella que empecé a valorar mi vida. Después de Lena llegaron más chicas: alumnas supervivientes del desastre, como yo. Tardé varios días en volver a hablar, producto del shock y del trauma, pero ellas intentaron alcanzarme. Se mantuvieron cerca, tratando de que me mantuviese hidratada y comiese mi respectiva porción del día. Comprendí que en el fin del mundo ya no existían diferencias absurdas, como la distinción o el rechazo por tus gustos o tu manera de ser. Todas estábamos en la misma situación, después se todo. Me sentí… irónicamente más cómoda con aquel grupo, que conocía de hacía días, de lo que había estado en semanas en la escuela. Tal vez por eso estaba organizando con tanto esmero el cumpleaños de mi senpai. Era mi forma silenciosa de darles las gracias. De darme un motivo más para vivir. Casey me reprendió por mi comportamiento y por un instante me creí la molestia que fingía. Mi expresión mostró notoria preocupación y culpabilidad y estaba por disculparme apresuradamente cuando pareció reir. Eso... ¿Significaba que estaba bromeando? S-Suponía que sí. —Necesito que vayas a buscar a Kumiko-senpai —le pedí, tomándola de las manos y recuperando la emoción en el proceso—. He preparado su aula con algunos dibujos y adornos y... Tomé algunos de los suministros que resguarda Shigure —Aparté la mirada por un instante, consciente de la expresión que debía estar poniendo—. ¡P-Pero hoy es un día especial! Estoy segura de que lo entenderán, ¿no lo crees, Casey-senpai? Liberé sus manos, encantada cuando aceptó mi petición, y di un breve paseo alrededor de los cultivos. Casey hacía un trabajo increíble con el huerto de la escuela. >>¿Necesitas ayuda con algo mientras estás en tu misión especial? —le pregunté, rozando con el índice una tímida hoja que se asomaba entre las hortalizas. Apoyé el codo en mi pierna, observando las diversas verduras con curiosidad—. Nunca he cuidado de un huerto. ¿Es muy difícil?
Casey Anderson El final de la civilización según la conocíamos hasta hacía poco, había dejado patente en mí la fragilidad de la vida y del ser humano, éramos insignificantes en el esquema macro del universo, una forma de vida más de miles de millones, o tal vez la única que aún existía y se encontraba en la cuerda floja actualmente. Por lejos la peor parte consistía en estar aislada en otro país, con gente a la que apenas conocía de unos días, sin tener noticia alguna de mis seres queridos, y sin poder confiar al pleno en mi nuevo entorno. Tal vez era la parte más jodida del asunto, los muertos estaban en cada esquina para joderte la existencia y hacer que te unas a sus filas, pero también andaban los vivos, que usarían toda clase de artimañas y bajezas para hacerse con el control de la situación en la medida de lo posible, si ya de por si la civilización humana antes del colapso podía ser mezquina, ahora simple y llanamente era brutal. Sin embargo, ese cinismo inicial había mermado en buena medida al encontrarme en Minegahara, un grupo variopinto de supervivientes que me tendieron la mano y me acogieron en una situación particularmente delicada, sin tener a donde ir, completamente abandonada a mi suerte, las supervivientes del instituto hicieron un espacio, salvaron mi pellejo, y les estaría agradecida durante lo que me quedaba de existencia. Una de las cosas que marcaron esa diferencia fue la presencia de Missie Gardner, en condiciones normales como sobrevivientes que éramos ahora, sería un estorbo absoluto para cualquier otro grupo con su fragilidad física así como su salud inestable, ¿Pero eso importaba? No para nosotras, lejos de ello y al contrario, nos daba una razón de ser y existir, proteger a la señorita de cabellos áureos con la vida y más allá, a pesar del mierdero que estaba hecho el mundo, ella sonreía, mantenía un espíritu alegre y la sensación de cercanía con ella no tenía igual. Su seguridad era una prioridad absoluta, y si por mi fuera, bajaría a las profundidades del infierno y regresaría si me lo pidiera. Como muestra de ello, se le subió la preocupación al rostro al "regañarla" e incluso estaba a punto de disculparse con su típica manera presurosa cuando hacía sus travesuras, por ello dejaba salir una risa genuina, amable para que no se sintiera nerviosa. La cuestión había funcionado de maravilla, la chavala recuperó los ánimos, e incluso me tomó las manos, por lo que entablé contacto visual con ella prestando atención a sus peticiones. ¿Buscar a Kumiko-san, no? Birthday girl's in for a surprise. Conociendo a Rach, se había tomado su tiempo para hacer algo significativo, cuestión que quedó confirmada al escuchar la elaboración, su aula estaría decorada a cabalidad con sus pinturas. He de admitir, era un gesto muy bonito, significativo considerando las circunstancias actuales. Eso si, había "tomado prestado" algunos de los suministros de Ichinose-san, no pude evitar reírme un poco más al escuchar, asentí con la cabeza, para cruzarme de brazos. —Shigure es un pan de Dios, pero aún así debiste decirle, eso sí, puedo asegurar de que no se molestará cuando se entere —mi sonrisa se amplió casi de oreja a oreja, para transmitirle esa seguridad a la jovencita— Pero si, debe estar rompiéndose el coco buscando si los necesita. Con respecto a su afirmación sobre un día especial, asentí de nuevo con la cabeza, un poco meditativa al respecto, ¿Cómo se podía celebrar en medio de este desastre? No había pastel, dulces o fiesta que yo supiese. Ver el cómo celebraríamos esto me tenía nostálgica y curiosa a palmos iguales, sinceramente, quería saber lo que ricitos de oro tenía en mente, pero esa sorpresa esperaría. Mi misión sería traer a la cumpleañera en cuestión, no sonaba complicado, así que me encargaría de esa tarea. Y como era típico de Rachel, empezó a darse una vuelta por el huerto, apreciando los cultivos con su curiosidad casi que infantil, entendía de eso, considerando su poca experiencia con el mundo real, me aclaré la garganta y me acerqué a ella al ver que empezó a tocar una de las hojas. >>Depende muchísimo del cultivo en cuestión, los tubérculos como la papa y el rábano son resistentes y pueden crecer con poca agua en cualquier tierra, mientras que otras cosas como la piña tardan mucho en crecer y los tomates son un imán para insectos, infecciones y hongos —concedí con una explicación amena, detallando los pormenores del cuidado agrícola— Mientras estoy buscando a Kumiko-san, podrías tomar el bote de insecticida y rociar un poco en los tomates, son lo más delicado del huerto actualmente así que hay que protegerlos de todo tipo de bichos que andan rondando actualmente.
La joven Gardner escuchó con atención sus instrucciones. Parecía una niña descubriendo el mundo, pero tal vez era ese su encanto. Posó su mirada sobre los cultivos, regresó a Casey y volvió la vista de nuevo a ellos, mientras le explicaba de forma resumida las dificultades detrás de la agricultura. —El bote de insecticida —repitió, diligente, poniéndose en pie. Sus orbes brillaban bajo la luz del atardecer, ilusionada ante la perspectiva de ser de utilidad—. Lo tengo. Puedes contar conmigo, senpai. No te defraudaré. La jardinera se marchó así de la azotea, echando un último vistazo atrás antes de cerrar la puerta. Encontró a Rachel hurgando torpemente en el armario de enseres... Pero quería creer que lo tenía controlado. Escuchó algunos botes caer en la distancia. Sí, completamente controlado. Sus pasos resonaron en el silencio al que se había sumido la institución. Las barricadas en las plantas más bajas mantenían el lugar protegido, y eran Lena y compañía las encargadas de hacer limpieza y rondas de vigilancia alternadas. Por la hora que marcaba su reloj, Sakuya debería estar encargándose de la ronda en esos instantes. Encontrar a Kumiko no le resultó una tarea árdua. Había hecho de la biblioteca su santuario y pasaba los días encerrada allí, estudiando el perímetro y la cartografía de la ciudad. Era la cabeza pensante, aquella que organizaba las incursiones y realizaba los planes de contingencia. Si habían adquirido un sistema de reparto de trabajo útil y accesible había sido gracias a ella, pero a veces olvidaba lo que significaba descansar. La luz cálida que se filtraba a través de la puerta le indicaba que seguía allí, tal vez estudiando y planificando futuras incursiones que aún desconocía. Al abrir la puerta, la joven detuvo su lectura y dejó sus gafas sobre la mesa, volviéndose hacia la recién llegada. Casey adivinó en sus ojos la pesadez del cansancio acumulado, pero a pesar de esto lucía tan compuesta y templada como de costumbre. Contenido oculto —Es poco común verte por aquí a estas horas, Casey-san —observó, captando ligeramente su atención. Reclinó su espalda contra el asiento, irguiéndose para poder recibir más apropiadamente a la recién llegada—. Las frutas que recolectaste el día anterior tenían una calidad excepcional. Me pregunto si esa cajetilla que tanto adoráis tendrá algo que ver. Kumiko recargó su mejilla sobre su mano, observándola con una expresión sosegada, repleta de una intención velada que no se esforzó en ocultar. Era evidente que estaba analizando su lenguaje corporal, y que en cierta manera, muy en el fondo, le divertia. Lena y ella no tenían remedio; se había rendido con su afición al tabaco en horarios de trabajo, pero en tanto funcionasen bien en sus labores, podría hacer la vista gorda. >>¿Necesitas algo? —cuestionó finalmente, recuperando su sobriedad habitual—. Shigure renovó las semillas del armario de enseres esta mediodía, si es lo que estás buscando.
Casey Anderson Terminé por dejar a Missie Gardner a cargo del huerto... Y esperaba encarecidamente que no hiciera un papelón, por algo le había pedido echar insecticida, ya que en realidad no era algo complicado de hacer y era un buen primer paso para que la jovencita pudiera familiarizarse con el cuidado de los cultivos, después de todo, además de su importancia capital para mantenernos alimentadas en la medida de lo posible, en su manera también era un oficio particularmente relajante (Al menos para mí, que venía de una granja). Eso sí, mientras bajaba las escaleras escuché unos cuantos botes caerse y dejé salir una risa nasal, pero a la vez esperando encarecidamente que Rach estuviera bien, ciertamente nadie es inmune a hacer un papelón de vez en cuando, después de todo, lo que más había eran bolsas de semillas, de tierra, envases plásticos y baldes, así que lo peor que podía pasarle era estar toda manchada de tierra o llevarse una piña con uno de los baldes, las herramientas puntiagudas estaban en su respectivo cobertizo con llave por que bueno, son elementos de vital importancia y no quería que fueran a parar a sus manos especialmente, que conociéndola, se la pasaría corriendo con las tijeras de podar. Mientras iba caminando saqué la cajita de cigarrillos para sacar uno de reemplazo para el que se había acabado, eso si, notando que el silencio era sepulcral, solo podía escuchar mis propios pasos en la creciente oscuridad, los tonos dorados del cielo dando paso poco a poco al azabache nocturno. Y sin poder encender lámparas o luces ya que eso atraería a visitas no deseadas, tanto de los vivos como de los muertos, menos mal que en labores de vigilancia teníamos a Lena y a Sakuya-san, que del grupo eran las chicas por lejos más aptas para entrarse a piñas, de vez en cuando me tocaba a mí, pero esas dos eran peleadoras de pura cepa, decidí echar un ojo al reloj en mi muñeca, que esperaba durara en funcionamiento lo suficiente en este nuevo mundo. >>Uh, se está haciendo un tanto tarde. Eso si, llegar a la biblioteca del instituto no era complicado, y de paso, era básicamente la morada de la cumpleañera, y su presencia quedó confirmada al ver una luz tenue emanar de las rendijas de las puertas, así que me acerqué para entrar con cuidado de no hacer más ruido de la cuenta. Su rostro dejaba notar el cansancio, pero aún con ello, lucía como si nada, tranquila, serena y con temple de acero, como siempre lo ha sido. Y si, se dio cuenta de mi presencia mientras curioseaba las estanterías, con su voz serena, así que me volteé a prestarle atención como era debido. —Oh Miko-san, buenas noches, ciertamente no son las horas que más frecuento para andar por estos lugares. —concedí, rascándome una mejilla ligeramente apenada, así para apagar el cigarrillo por cuestiones de cortesía— ¿Las frutas? Puede que si, pero también requieren de un cuidado extensivo y meticuloso... Y es mi fuerte, debo decir. Así mismo, mis labios se curvaron en una sonrisa, aunque ligeramente nerviosa al sentir sus orbes en mi presencia, me estaba analizando sin ningún tipo de tapujo, y la verdad me podía acojonar bastante, pero sabía que no era de malas intenciones, Kumiko podía tener maneras muy peculiares de divertirse. Eso si, no podía delatarme con mis intenciones, así que mantener el misterio era obligatorio. >>Oh bueno, aprecio el buen gesto de Shigure, siempre atenta la señorita, pero no vengo por ello, digamos que requerimos de su presencia en otro lugar del instituto.
Kumiko Saeki Siempre había relacionado la muerte con la ausencia del pensamiento. Si existíamos, pues teníamos la capacidad de razonar, dejar de hacerlo debía conllevar una ausencia absoluta de raciocinio. La hipótesis era fehaciente hasta que se demostrase lo contrario, y el día que todo cambió comprendí lo equivocada que estaba. En el nuevo mundo, la muerte se paseaba entre los vivos, y los vivos no eran más que una sombra de lo que alguna vez fueron. Las numerosas y desgarradoras pérdidas nos vaciaban, fragmento a fragmento, hasta que ya no quedaba nada más que arrebatar. Poseía la claridad mental suficiente para afirmar que estaba viva, pero no me sentía así en realidad. Los libros, aún en mitad del fin del mundo, seguían siendo mi refugio. Había acudido a ellos cuando la vida me sobrepasaba, y lo hacía ahora que la muerte acechaba en cada esquina. Devoraba sus páginas, uno tras otros, buscando explicaciones. Razones, tal vez, que explicasen lo que había sucedido. Que arrojasen luz sobre los hechos y me brindase un nombre, una entidad a quién culpar. El ser humano se reducía a algo tan simple, por mucho que quisiera desvincularse de su naturaleza en su totalidad. Me encontraba leyendo un tomo sobre enfermedades neurológicas como el Sindrome de Cotard cuando la puerta se abrió a mis espaldas. El sonido de sus pasos me reveló a mi invitada antes siquiera de girarme y seguí sus movimientos con calma, sintiendo que aquella visita era algo fuera de lo común. —¿Mi presencia? —repetí, repasando sus facciones con detenimiento. Las discordancias seguían apareciendo, pero quise permanecer en sus ojos un poco más. Tal vez allí encontrase las respuesta que buscaba—. ¿A dónde, exactamente? Debía ser importante si había pisado la biblioteca por primera vez en días.
Casey Anderson Encontrarme en la biblioteca del instituto resultaba una experiencia atípica para mí, podía apreciar e incluso admitir el por qué Miko-san vivía encerrada en estas cuatro paredes, era un lugar solemne, tranquilo y aislado de todo el desastre en el que se había convertido el mundo recientemente. Estaría allí rodeada de todo el conocimiento recogido en los libros que quedaban, y en efecto, ella estaba leyendo uno de medicina, lo que parecía ser relacionado a enfermedades neurológicas. Su calma parecía etérea además, empeñada en sacar más información de mí, y la verdad era entendible, rara vez pisaba el lugar, podría contar con la mitad de los dedos de una mano las veces que había ido a verla in situ, por lo que su intento de escudriñar mi presencia a la caza de cualquier detalle que revelara mis intenciones se había intensificado... Tough luck! No podía darme el lujo de que adivinara con facilidad, así que mantuve el carácter tranquilo, templado, a pesar de que su mirada se posara en mi de pies a cabeza, escaneando cualquier mínimo movimiento de mi lenguaje corporal, not gonna lie, me aterraba por dentro, era pésima mentirosa, pero era una ocasión especial y debía jugar el rol a la perfección, y no soy alguien que se deja vencer por las adversidades. Me recogí un poco las coletas al estar estorbando un poco (Debí cortarme el cabello, pero la verdad no me podía quejar, me gustaba mi peinado actual) para analizar su respuesta, ella no era la única que iba a intentar eso. —No puedo revelarlo por el momento, pero es una cuestión de importancia, así que... ¿Puede acompañarme, Saeki-san? —comenté, con un tono formal un poco sobreactuado para acrecentar la sensación de misterio— Esperaba que funcionara, sabía que podía sonar tonto o de plano muy explotado, pero si algo era cierto es que cualquier persona por muy cauta que fuera, siempre serían víctimas de la curiosidad y la necesidad imperiosa de chismear, así que tenía eso a mi favor (O eso era lo que creía)
Kumiko Saeki Así que un destino misterioso... Eso solo volvía la situación más intrigante si cabía. Extendí el silencio en el tiempo, tratando tal vez de discernir vacilación o duda en sus gestos. Pero fuera lo que fuera que estaba ocultando, debía darle créditos por su esfuerzo. No encontré nada. Suspiré, abandonando mi tarea a medio camino, y me erguí con movimientos cuidados, dejando la silla en el lugar donde fue encontrada. Podría continuar con la lectura más tarde, la noche era joven y mis energías permanecían inalterables. —Muy bien —concedí, indulgente. Deslicé un mechón de cabello tras mi oreja, aguardando a que la joven se pusiese en marcha—. Lidera el camino, Anderson-san. Desconocía hacia dónde nos dirigíamos, pero podía intuir que, si involucraba a las demás, debía haber sido organizado por Rachel. Solo ella tenía la capacidad de unir al grupo como si se tratase del nexo que nos relacionaba entre sí. Me preguntaba qué estaría tramando esta vez.
Casey Anderson Solo podía decir... ¡Wow! Había logrado convencer a Miko-san de primeras, debo decir que... O estaba mejorando mis niveles de persuasión, o era perfecta en ello... O qué sabía yo los poderes a mi disposición. Al ver que accedió a mi proposición de guiarla, mi sonrisa se amplió a una de oreja a oreja, viendo como la normalmente estoica Miko-chan tomaba la decisión de acompañarme. >>Con gusto, permíteme guiarte a donde se le requiere, señorita. No podía evitar usar un tono respetuoso, pero cargado de jocosidad para mantener liviano el ambiente, una vez que se levantó y se acomodó ligeramente el cabello, tomé la linterna que llevaba conmigo para caminar hacia el aula, donde nos aguardaba lo que Missie Gardner había preparado para todas nosotras. Confesaría que también estaba a la expectativa, y el ambiente ciertamente acentuaba esas sensaciones, la charla en el camino, corta al igual que el trayecto, tuvo un ligero final cuando arribamos a la puertas del aula, donde abrí con cuidado y le dejé pasar. >>¡Las damas primero!~ Al pasar, la decoración del sitio, obra de Rach, se hizo sentir, la pizarra estaba adornada con un dibujo elaborado de nuestras siluetas en plan caricatura, o cómo le decían aquí en Japón, chibi, o algo así era la cuestión, lo cierto era que estaba monísimo, y la sensación de ternura se acrecentaba al ver que esa representación nos tenía tomadas de las manos, y es que bueno, en este período de tiempo nos habíamos vuelto muy unidas. Del mismo modo, habían decoraciones de cartulina, hechas con delicadeza y atención al detalle pegadas en algunas paredes, el papel y la cartulina cuidadas de tal manera que se veían prístinas, culminando con la mesa, teniendo encima algunas bolsas de snacks, Rach había mencionado algo de tomar algunas cositas prestadas de Shigure-san sin su permiso explícito, así que allí estaban. Enternecida con la decoración, me volteé a ver directamente a la señorita en cuestión, manteniendo una sonrisa cordial, entablando contacto directo, mi expresión se había suavizado al completo, reemplazando lo jocoso y trivial, pasando a la ternura. —Pues... Quisiera decirle algo, y eso es, feliz cumpleaños, Saeki-san. —concedí, manteniendo esa sonrisa tersa y cálida, dirigiéndome a ella de manera más formal, denotando el respeto que sentía por ella en una ocasión tan especial— Gracias por ser parte de nuestras vidas, significas mucho para nosotros más allá de estas aciagas circunstancias.
Kumiko Saeki La actitud distendida de Casey tenía la capacidad de aliviar en cierta medida la atmósfera opresiva que nos envolvía sin descanso. En ese sentido tenía un gran parecido con su kohai. La observé con detenimiento mientras recogía su linterna, sumergida en mis propias cavilaciones. Le devolví una sonrisa de cortesía cuando pasé por su lado, accediendo a su caballeroso ofrecimiento sin mayores reservas. El trayecto fue breve, y Casey se encargó de llenar el silencio con conversaciones esporádicas a las que respondía en automático, con mi mente muy lejos de allí. Mi mirada se desviaba más allá de las ventanas, allí donde el crepúsculo daba paso a una noche sin luna. Las criaturas que recorrían las calles en busca del descanso eterno se volvían especialmente inquietas a aquellas horas del día. Como si la serenidad y la quietud de la noche calmasen los remanentes de humanidad que se negaban a abandonar su cuerpo físico. Tensé los labios de manera inconsciente, posando una mano sobre mi pecho al vislumbrar una cabellera rosada entre los alumnos que merodeaban el exterior de la escuela. Mis piernas se congelaron en el lugar, su figura solapándose con el fantasma de un recuerdo. Entonces giró sobre sus pasos, y cuando reparé en su rostro pude volver a respirar de nuevo. Me había equivocado. Una vez más. "¡Las damas primero!~" Al escuchar su voz me giré hacia Casey con la contrariedad tiñendo mi semblante. Su sonrisa desapareció, preocupada por mi estado, pero no le di paso a mis emociones a tomar más de lo que deseaba ofrecerles. Me adecenté el cabello sobre el hombro, recuperando la sobriedad y el temple, y me abrí paso hacia el interior del aula, dejando el pasillo y a los estudiantes del exterior atrás. —¡Sorpresa~! No tuve tiempo a procesarlo. Cuando me encaminé hacia el centro de la clase, con Casey siguiendo mis pasos, una cabellera rubia se asomó de detrás de una de las mesas, haciendo estallar confetis de colores a su alrededor con la emoción de una niña. Parpadeé, sobresaltada, con el susto aún en el cuerpo. Mi mente ralentizada tardó unos segundos en distinguir la decoración en el aula. —Te dije que ibas a asustarla con eso. —¡No la he asustado! Solo no sabe qué decir, es lo normal. Me sorprendió ver que Lena también estaba allí. Ambas discutían de fondo, como venía siendo común entre ambas, y mis ojos ubicaron a Shigure y a Sakuya también en la sala. El corazón me dio un vuelco en el pecho cuando noté el dibujo en la pizarra. En la superficie, un dibujo en miniatura nos representaba a las seis, todas tomadas de la mano con expresiones de cariño y camaradería. Era... infantil hasta decir basta. ¿Por qué me había dibujado tan seria? Yo no me veía así. —Pfft. Todas se giraron a mirarme entonces. Las palabras de Casey, la pequeña sorpresa y el ambiente distendido y cálido que las rodeaba... Me llevé el puño a los labios, amortiguando contra este una risa ligera. —¿Kumiko-senpai? —cuestionó Rachel al acercarse, cautelosa—. ¿No te... ha gustado o algo así? —Sallow-san se ve idéntica a la real. —Oi —gruñó la castaña, recargada en la pared de brazos cruzados. Cuando relajé los músculos de mi cuerpo, serenando la risa, me giré hacia la anfitriona de tan entrañable fiesta. —Es una sorpresa encantadora —Le respondí a la menor con sinceridad, deslizándole un mechón dorado tras la oreja. Rachel ensanchó su sonrisa, satisfecha de ver una sonrisa asomarse en mis labios—. ¿En qué momento habéis preparado todo esto? Creí que Izayoi-san estaría ocupada con la vigilancia a estas horas.
Casey Anderson Saeki-san había pasado con una actitud más sobria y serena, propia de ella, y apreciaba eso luego de un trayecto donde la conversación iba en piloto automático, pero bueno, así era ella y tampoco podía exigirle mucho más, era alguien que prefería el refugio de los libros a la cruel realidad fuera de nuestros muros, y después de notar el breve pico de tensión en su actitud, no la juzgaría, habría pasado su dosis de horror con todo el desastre que habíamos experimentado en el transcurso de los últimos meses. Eso sí, ya una vez que entramos en su aula, pasó por delante mío luego de acomodarse un poco la cabellera, para ver a posteriori la presencia de la amenaza rubia, colándose a sus espaldas con un tubo de confeti lista para accionarlo, cuestión que hizo sin problema alguno, logrando sobresaltar a la cumpleañera. No pude evitar reírme un poco ante su reacción, pero era lo esperado dadas las circunstancias, que pues no eran las más positivas para empezar, eso sí, era un buen bálsamo para el alma, tener al menos un pequeño semblante de normalidad y permitirnos celebrar su cumpleaños, así sea con cualquier pequeño gesto, además de ser un símbolo de nuestra unión, que a pesar de ser de corto recorrido, nos habíamos convertido en un grupo unido, sólido y con mucha confianza. Eso si, nos giramos a verla tras el intercambio entre Rachel y Sallow-san, que nos acompañaba de primeras ahora con su característica personalidad gruñona, debía decir que a veces podía caerme un tanto pesada, pero no era para nada una mala persona, y junto con Izayoi-san, era quién se encargaba de lidiar con la presencia de las almas en pena de cuerpos podridos, así que tampoco tenía margen para reprocharle algo, además de ello, me parecía ligeramente simpática en ese apartado, todos teníamos una manera de lidiar con el mierdero que estaba hecho el mundo en la actualidad. Por un inicio, estaba nerviosa de que ciertamente no le gustara lo elaborado a la cumpleañera, pero la tensión se rompió rápidamente con un poco de su sarcasmo, apuntado a la castaña y el dibujo, aguanté la risa, por que la verdad, no deseaba buscarme un marrón con Lena, de entre todas las personas, así que me hice la tonta, al pendiente de la decoración mientras veía el dibujo. Eso si, terminaron mencionando a la chica de cabellos plateados, que se acercó con una ligera risa tras el comentario de Saeki-san. —Bueno, la noche está tranquila y no hay moros en la costa, así que puedo permitirme escaquearme un poco y ayudar con algo que es importante. —concedió la chica de espectacular estatura, con su tono tranquilo y familiar que la caracterizaba, siempre comentaba que esa chica tenía un don de gentes— Es su cumple, Saeki-san, no es un día cualquiera. Era algo con lo que podía estar de acuerdo a plenitud, por que para mí, y tal vez el resto de todas las presentes, este pequeño cumpleaños, hecho con algo de hastío, estirando los pocos recursos que teníamos, y con un poco de renuencia, significaba muchísimo, un pequeño rayo de luz y esperanza entre tanta desolación. Y era algo que atesoraría por lo que me quedara de existencia en el plano terrenal.
Rachel Gardner ¡La sorpresa había salido bien, estaba muy feliz! Había tenido... ciertos problemillas en la azotea, pero había conseguido corretear en tiempo récord hacia el aula antes de que Kumiko y Casey llegasen. Me sorprendió que Lennie obedeciese a mi comando de "ser extremadamente puntual en la fiesta de Kumiko-senpai", porque solía ir siempre por libre y las normas no eran lo que se decía lo suyo. Sakuya y Shigure por su parte no habían tenido problema en asistir, y todas (o casi) recibimos a la cumpleañera con una gran sonrisa. "¿En qué momento habéis preparado todo esto?" —¡Un mago nunca revela sus trucos, senpai! —Negué con el índice, cerrando uno de mis ojos sin dar espacio a réplicas. Pronto solté una risita, desenfadada y dulce—. Tuvimos tiempo para idearlo durante las guardias. El dibujo no me tomó mucho tiempo, pero para los adornos sí tuve que secuestrar a Izayoi-senpai y a Casey-senpai un ratito. ¿Acaso no quedaron monísimos? —No lo dudo —convino con una sonrisa serena, acariciando una guirnalda de cartulina con la yema de sus dedos. Kumiko-senpai siempre se movía con elegancia y compostura. ¡Era tan linda como una de esas modelos de revista!—. Les agradezco por su esfuerzo y por este detalle —Me dirigió una mirada significativa de soslayo, casi maliciosa, posando sus ojos en las dos senpais poco después—. Y me disculpo en nombre de Gardner-san si se les ha retenido contra su voluntad por más tiempo del estimado. —Confirmo. Tuve que hacer el turno de Izayoi demasiadas veces para mi gusto —Lena soltó un bufido, despegándose de la pared para tomar tan solo un pequeño aperitivo. Comenzó a confiscar dos tercios de lo que había colocado para la fiesta, considerándolo tal vez un desperdicio de comida, pero por más que me quejé ni siquiera se dignó a mirarme. Inflé mis mejillas en un mohín infantil. ¡Qué amargada!—. Esto será suficiente. Quien quiera más, se lo descontaré de su ración semanal. —¿¡Eeeeeeh!? —Está bien, Gardner-san —Kumiko me acarició el cabello al pasar por mi lado; fue un gesto repentino y fugaz que me relajó las facciones ligeramente, encendiendo así mis mejillas—. Esto es más que suficiente. Les estoy verdaderamente agradecida. Fulminé a Lena con la mirada, berrinchuda, y esta se limitó a rodar los ojos en una mirada de circunstancias, siguiendo a lo suyo. Entonces recordé una sorpresa más, y dejé la molestia de lado para volverme hacia el aperitivo que había escondido en el armario: una pequeña magdalena con una vela y un mechero. Miré a Izayoi-senpai con ojos brillantes. —¡Izayoi-senpai, es el momento! —¿Oh? —Un tanto entretenida, Kumiko paseó la mirada entre las presentes, permitiéndose tomar uno de los pequeños aperitivos con delicadeza—. ¿Acaso hay algo más?
Casey Anderson Debía sincerarme y decir que la sorpresa había salido según lo planeado por Rach, Miko-chan parecía a gusto con lo que se terminó planeando para ella... A pesar de las circunstancias que nos rodeaban, y de los variopintos temperamentos de las chicas en el lugar, todas pusieron un granito de arena y contribuyeron a hacer su parte, a través de la decoración, con las botanas, o con su presencia... Eso no importaba, estábamos todas allí, y eso me daba un ligero respiro, por primera vez en mucho tiempo sentía una sonrisa formarse de manera genuina en mis labios, gracias a un acto que, antes de todo el desastre, podría ser considerado rutinario o dado por sentado. Me dispuse a observar el intercambio variado entre las chicas, entre la gran energía de Rachel con las preguntas, a la explicación de que la decoración terminó relegada ente Sakuya-san y mi persona, y la verdad fue una experiencia muy entretenida, para su apariencia fría y su tamaño imponente, Sakuya-san era una persona muy cálida y amable, más de lo que se veía a primera vista. Luego de ello, Miko-chan empezó a disculparse en lugar de la jovencita rubia, la verdad no pude evitar reírme un poco por ello, y negué con la cabeza. >>No hacen falta las disculpas, Saeki-san... Son cosas que volvería a hacer sin pensarlo dos veces, se te aprecia mucho, y se nota, ¿No? Eso sí, lo que parecía ser un momento entrañable dio un ligero giro a lo inesperado (Y tal vez necesario) por parte de miss Sallow, bueno, alguien debía de hacerla de voz de la razón... Aunque a veces fuera fuerte... Tough love! Y ella tenía un punto muy válido, no me había percatado de que missie Gardner había pellizcado más de la cuenta con las raciones, y que unas ligeramente menores no harían daño. La verdad entendía el punto, sabiendo que la comida y los ingredientes podían ser escasos de conseguir y en buen estado de conservación. Eso si, suspiré ligeramente con las maneras... C'mon, hay maneras... Eso si, la mirada de la jovencita, lejos de dejarse batir por el exceso de adultez de miss Sallow, dio paso a Sakuya-san, la cual se puso ligeramente nerviosa por el súbito cambio en el foco hacia ella. Poor girl! La pobre empezó a trastabillar un poco tratando de recordar qué vendría a continuación, e incluso se la veía perdida en el pensamiento. Incluso su voz dejaba notar lo dubitativa que estaba luego de ser tomada por sorpresa. Se rascó una mejilla, dejando escapar una risa incómoda y una sonrisa que delataba sus dudas. >>Eh... Necesitaré recordar con exactitud... Contenido oculto Te debo una súper disculpa por la ausencia baby, gomen aaaaaaaa x.x