Shingeki no Kyojin Un amor para toda la eternidad

Tema en 'Fanfics Anime y Manga' iniciado por HokageLaura, 13 Septiembre 2018.

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    HokageLaura

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    Escritora
    Título:
    Un amor para toda la eternidad
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    2358
    Ataque a los titanes pertenece a Hajime Isajama.

    Érase una vez un aldeano que vivía con su madre en el gran reino de Mare. Éste era limítrofe con el reino de Paradis y los gobernantes de ambos estados siempre habían sido buenos amigos. Por eso, no era raro ver al rey de Paradis en Mare de visita con su gran familia.

    Ese aldeano, un joven de buena planta, rubio y fuerte, tenía dos amigos: un chico alto y tranquilo y una chica fuerte pero de pocas palabras. Los tres estaban jugando en el río cuando vieron un caballo pasar veloz. Se notaba que estaba descontrolado y quien lo llevaba no conseguía llevar bien las riendas. El chico rubio se acercó corriendo y consiguió apaciguar al animal. La persona que llevaba al animal estaba encapuchada y al ver que la situación se había estabilizado, se retiró la capucha y el chico vio a la mujer más hermosa del mundo.

    —Muchas gracias—su voz era tan dulce como la miel y su rostro tan blanco como la leche.

    Sin embargo, algo la atemorizaba. A lo lejos se podía ver dos caballos corriendo hacia su posición.

    —Por favor, escondedme. Os lo suplico. Viene a por mí.

    El chico llevó al caballo y ella al lago y sus amigos se quedaron al lado para vigilarla mientras que el chico salió al paso de los caballos.

    —¿Habéis visto a una chica rubia en un caballo?

    El chico asintió.

    —Creo que se ha ido por allí—los jinetes siguieron el camino contrario al que había tomado la joven.

    Cuando ya no se les veía, el chico rubio volvió al lago y la mujer les dio las gracias. No les dio los detalles de porque la seguían y cuando le preguntaron su nombre, ella les dijo que se llamaba Khrista. Pero en realidad ese no era su verdadero nombre. La chica no podía arriesgarse ni siquiera con sus rescatadores.


    Khrista pasó el día con los chicos y la chica. Jamás olvidaría aquel día en el que se sintió libre por una vez. Y tampoco olvidaría ese día porque se sintió prendada de aquel gallardo chico rubio que la había salvado, sentimiento que también era correspondido por él. Cuando calló la noche, la chica sabía que debía regresar pues su padre estaría muy preocupado. Se despidió de sus nuevos amigos y tomó el camino por el que había aparecido. El chico rubio se quedó embobado hasta que se dio cuenta de que a su amada se la había caído un pañuelo.

    .
    .


    —¿Por qué siempre a la chica se le tiene que caer un pañuelo?—preguntó una niña pequeña rubia y de ojos almendrados.

    —Shhhh…Calla que quiero saber cómo sigue—le contestó su hermana mayor.


    El padre sonrió y continuó la historia
    .
    .

    El chico rubio lo tomó y lo olió. Tenía su fragancia y se lo guardó como un preciado recuerdo. Al día siguiente, fue con sus amigos a la plaza puesto que el rey de Paradis y sus hijos estaban de visita. Los tres se pusieron en primera fila y vieron a la familia real. El rey, una persona mayor de ojos azules, saludaba a la multitud. Detrás estaba su numerosa prole: su hija mayor, una chica hermosa de cabello negro y sus hermanos pequeños. En concreto, uno de ellos llamó la atención de los tres chicos. ¡Era Khrista!

    Ella los vio y los saludó, pero no pudo acercarse más, si no debería dar muchas explicaciones de porqué conocía a tres aldeanos de clase baja. La comitiva pasó por delante de ellos hasta que llegó al palacio. El chico rubio sintió que debía volver a verla solo una vez más. Conocía muy bien los pasillos del palacio y sus entradas secretas pues había jugado en ellas con otros niños. Un amigo suyo, soldado de la familia real consiguió meterlo en el palacio y entró en la alcoba de la princesa. Ésta se sorprendió. Cerró todas las ventanas y se aseguró que nadie entrara. Lo abrazó y le agradeció que la hubiera salvado el día anterior. En realidad, huía de los escoltas de su padre pues no la dejaban sola en ningún momento. Incluso, le reveló su verdadero nombre: Historia.

    El chico rubio pasó con ella toda la noche. Se habían enamorado. Eso estaba claro. Entre caricias y susurros, él le reveló su mayor aspiración: ser un guerrero. Y ella le reveló a él su mayor miedo: estar sola. Su hermana mayor era la heredera y de Historia no se esperaba mucho por haber nacido la segunda. O quizá se esperaba algo de ella que jamás le gustaría y que la separaría de su familia. Al amanecer, su amante salió por la ventana bajo la promesa de que volverían a verse y le devolvió su pañuelo, pero la chica no lo aceptó. Prefería que se le guardara como una prenda de su amor.

    La familia real de Paradis abandonó Mare y el chico rubio se sintió como en una nube. Sin embargo, llegaron noticias horribles del país vecino: la familia real había sido atacada por terroristas y solamente se había salvado una persona: Historia, lo que la convertía en heredera directa al trono de Paradis.


    Eso la convirtió en mujer antes de tiempo. Las defensas de Paradis se reforzaron y los terroristas fueron perseguidos y abatidos. Se reforzó la seguridad del reino con tres cuerpos especiales de lucha. Mientras, Mare por la gran amistad que tenían con el anterior rey, decidió ayudar al reino vecino, enviando a tres soldados, los más fuertes de su ejército que serían sometidos a un experimento para que fueran los más poderosos. Ahí, el chico rubio vio su oportunidad para volver a estar con Historia. Se presentó con sus dos amigos y tras tres años de entrenamiento, fueron seleccionados y se convirtieron en titanes: a él le dieron el poder del titán acorazado, a su amigo el poder del titán colosal y a su amiga el poder del titán hembra. Los tres se embarcaron y fueron llevados a Paradis, el reino de las tres murallas.

    .
    .

    El padre de las dos niñas cerró el libro:

    —Es tarde y mañana tenéis colegio.

    Las dos niñas se quejaron, pero su padre tenía razón. Debían descansar.

    —Mañana os contaré el resto de la historia.

    Las niñas asintieron y se fueron a sus habitaciones, mientras que el padre se dirigió a la habitación principal, donde le esperaba su esposa ya dormida.


    Las dos niñas ya estaban preparadas en el comedor con el pijama puesto. El padre cogió el cuento y se aclaró la garganta. Prosiguió la historia.

    La guardia real recibió a los tres soldados de élite de Mare y fueron conducidos a la capital. Allí fueron recibidos por el comandante en jefe de las tres fuerzas de Mare y los guio por el palacio hasta la sala del trono. Y volvió a ocurrir. Aquella sensación dulce y diáfana que sintió el portador del titán acorazado volvió a su corazón cuando la vio de nuevo. Historia estaba en el trono con la corona sobre su cabeza. Su cabello había crecido y su cuerpo de adolescente ya había madurado. Se sintió feliz al volver a ver a sus amigos, pero su regio estatus no le permitía saltar a los brazos de ellos, ni mucho menos al del chico rubio.

    Pero esa distancia, aunque corta, pero muy grande entre los dos no sería un impedimento. Si no podían estar juntos lo que quisieran, deberían recurrir a otros métodos para comunicarse. Y así empezaron a escribirse cartas. Con ayuda de una de las sirvientas de confianza de la reina entre los dos comenzaron a escribirse.

    La única persona que conocía ese intercambio era la sirvienta de confianza que llevaba las cartas a los dos amantes. Y así pasó un año. Tanto él como ella guardaban las cartas como oro en paño. Disfrutaban de ese juego. En las recepciones de otros países o en los consejos, los dos intercambiaban miradas de afecto y de amor hasta que llegó el acontecimiento que marcaría sus vidas para siempre.

    Una misteriosa enfermedad convertía a los aldeanos de Paradis en titanes sin raciocinio ni control. La legión de reconocimiento estudio el misterio de este hecho y nadie sabía darle un motivo, pero había algo que sí sabían. Estaría relacionado con las muertes de la familia real de Paradis. Eso convertía a Historia en un blanco fácil. La legión de reconocimiento movió a todos sus efectivos hacia el pueblo donde las personas se habían convertido en titanes: Ragako. Consiguieron capturar a una titán, que era la madre de uno de los soldados de la legión de reconocimiento. Una de las investigadoras consiguió encontrar la fórmula que los convertía en gigantes, pero no sabían cómo devolverlos a su estado. Pero aun así había una sospecha latente en la situación: el único país que tenía esa tecnología era Mare. Los tres soldados de Mare estaban fuera de toda sospecha pues habían entregado sus corazones a la humanidad de Paradis y a la corona. Tales sospechas fueron trasladadas al rey de Mare, Grisha Jaeger. El rey decidió no responder a las acusaciones del reino vecino, pero en realidad él tenía sospechas de quien podría ser el que estaba detrás de esas mutaciones.

    —Qué asco. Esos seres me dan miedo—interrumpió la niña pequeña como la noche anterior.

    —Hermanita, esas cosas no existen—dijo la mayor—. Y no vuelvas a interrumpir.

    El padre observó a las dos. Tan iguales en apariencias pero tan distintas en espíritu. Prosiguió la narración.


    El problema se agravó cuando la muralla María fue asaltada por esos titanes. Eso fue el colmo de la desesperación para Paradis. Muchas vidas se perdieron en esa batalla y la reina se sumió en estado de depresión. No sabía cómo defender a su pueblo. Solamente tenía sus fieles soldados y a su amado. Una noche se desmayó y fue llevada por el chico rubio a sus aposentos. En realidad, fue una excusa que se sacó para estar a solas con él. lo abrazó como si no hubiera un mañana y en la soledad de esa alcoba los dos se entregaron. Era un acto prohibido, pero se necesitaban.

    A la mañana siguiente, llegaron informes de que un titán peludo, al que apodaron titán bestia, apareció en el muro Rose. La reina se movió hacia allá con la legión de reconocimiento y sus tres soldados guardaespaldas y lo vieron. Lucharon contra él, pero fue imposible. Entonces, el chico rubio recurrió a su poder de titán. Sus dos amigos estaban heridos y no podían recurrir a su poder.

    Jamás habían recurrido a su poder, pero el chico rubio debía hacerlo por el bien de su amada.

    La lucha fue encarnizada. Aquellos valientes no olvidarían lo que vieron. Aquella gesta heroica sería recordada en canciones e historias. En un momento de éxtasis de la batalla, el titán acorazado consiguió aprisionarlo y el soldado más fuerte de la humanidad le dio el golpe final. Sacaron al portador del titán bestia y descubrieron quien era el causante de todo: Zeke Jaeger, el hijo heredero de Mare. Cuando lo llevaron ante su padre el rey, éste rompió a llorar de impotencia por todo. Era un secreto a voces que el príncipe heredero había perdido la cordura cuando su madre, la anterior reina, había fallecido de una enfermedad grave. Éste ya terminó de perder el juicio cuando su padre se volvió a casar de nuevo con una bella mujer de Paradis. Contrató a unos sicarios para que atentaran contra la familia real y después robó los secretos del suero transformador para maldecir al reino. Grisha se había imaginado algunas cosas, pero su culpabilidad y fracaso como padre le habían prohibido actuar.

    Los médicos de ambos reinos habían hallado una cura para las gentes de Ragako. Pero aún había una cuestión que tratar. El héroe de esa guerra se estaba muriendo. El chico rubio no regeneraba su cuerpo a causa de las heridas, pues durante el combate su medula espinal había sido dañado y esa era la parte del cuerpo más sagrada para un portador del poder de los titanes.

    La reina no se separó de él en ningún momento hasta que un día, con la salida del sol ese guerrero valiente falleció. Cuenta los rumores que tras aquello, la reina hizo traer a la madre de aquel valiente guerrero y la protegió y cuidó cómo habría querido su hijo. Sin embargo, un hecho confundió a la corte de Paradis. La panza de la reina comenzó a crecer hasta que al cabo de nuevo meses, nacieron dos niños, ambos rubios.

    Dicen que cuando la reina, ya anciana, murió fue mandada enterrar en el panteón familiar con dos misteriosos cofres que no podían ser abiertos bajo ninguna circunstancia.

    Las habladurías comenzaron, pero el secreto del padre de esos niños y dueño de esos cofres solo lo sabían dos personas: la reina y la sirvienta fiel que había sido la celestina de los dos amantes hasta el final.



    Las niñas se habían quedado dormidas en el sofá. Reiner las llevó a sus habitaciones, primero a la pequeña y después a la mayor y las tapó. Ese cuento había salido de su imaginación muchos años atrás, cuando su mujer, Historia, lo animó a perseguir su sueño de escritor, cosa que hizo y ahora era uno de los novelistas más famosos de Japón.

    Entró en la habitación de matrimonio y vio a Historia casi dormida con su libro en su regazo. Reiner se cambió de ropa y se puso solamente el pantalón del pijama. En la mesita de noche de ambos, en una caja de madera tallada, estaban las cartas de amor que los dos se enviaban en sus años universitarios.

    Abrazó a su mujer por la espalda y ésta se despertó.

    —¿Se han dormido las niñas?

    —Como un tronco.

    Ella asintió y volvió a dormirse en esos brazos que tanto conocía. Reiner sonrío.

    FIN
     
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