Long-fic Tsunade. Camino a la corona (TsuJir)

Tema en 'Fanfics de Naruto' iniciado por HokageLaura, 13 Noviembre 2017.

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  1. Threadmarks: I. La princesa Tsunade
     
    HokageLaura

    HokageLaura Shaaaaaaaaaaannaro

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    Título:
    Tsunade. Camino a la corona (TsuJir)
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    16
     
    Palabras:
    2401
    El capítulo es largo y he pensado en cortarlo, por si llega a aburrir, pero he preferido dejarlo así. Espero no equivocarme.
    La portada la ha hecho Yáahl. Muchas gracias.

    Autor: HokageLaura
    Título: Tsunade. Camino a la corona
    Tipo: Long Fic
    Género: Medieval, romántico, drama, M
    Palabras: 2304 (sin contar las anotaciones)
    Advertencias:Los personajes pertenecen a Masashi Kisimoto. Yo los he cogido y los he adaptado a la serie de televisión Isabel (realizando algunos cambios).


    Tsunade. Camino a la corona
    Tsunade.png


    Capítulo I: La princesa Tsunade​

    Tensó el arco. La pequeña liebre se movía con soltura, pero ella era más lista. Con arrojo y tesón disparó y consiguió darle al animal. La joven de cabellos rubios se dirigió a recoger su premio.

    —¡Tsunade!

    La aludida se quedó quieta. Su madre, la reina madre Mito, acababa de sorprenderla haciendo lo que se supone que una joven princesa no debería hacer.

    La princesa se serenó y guardó a la presa cazada en su bolsa. Llevaba puesto un abrigo de pieles que disimulaban su cuerpo bien formado, ya de por sí delineado por la ropa de cazador que había cogido “prestado” de su tío.

    Mito suspiró. No sabía qué hacer con ella. No es que estuviera disgustada pues su hija destacaba en todas las artes como la ciencia, la literatura, la pintura y medicina, pero desaprobaba sus actitudes poco femeninas, pero el tiempo le había demostrado que su hija era un espíritu libre, como lo fue su querido Hashirama.

    Las dos volvieron andando al castillo. El silencio entre las dos se podía cortar con un cuchillo. Desde que recibieron la carta de la visita de los enviados del rey, se produjo una tensión en la familia. Nawaki se emocionó, pero Tobirama vio con recelo la misiva. Arrancó a sus sobrinos y cuñada casi a la fuerza para ponerlos a salvo en el País de las Olas. Mito, simplemente, prefirió no dar su opinión: estaba feliz de la noticia del alumbramiento del tan esperado heredero de Itama, pero sabía que la corte y la repentina llamada en forma de carta no podía ser buenos.

    Tsunade vio la reacción de los tres y no mostró la suya. Se prometió que no demostraría ningún indicio de debilidad y así lo hizo.

    —¡Señora!—una mujer entrada en años se acercó corriendo a la reina madre y la princesa.

    —¿Qué ocurre?—preguntó Mito.

    —Mi hija está de parto y no encontramos a la partera. Necesitamos ayuda.

    —Yo lo haré—dijo Tsunade. Mito intentó pararla pero sabía que la medicina era la pasión de su hija y no era la primera vez que atendía partos ante el estupor de su madre. Las dos siguieron a la mujer y llegaron a la aldea donde estaba la futura madre.

    —Necesito toallas y agua—Tsunade dejó sus utensilios de caza y su chaqueta de terciopelo al costado de la puerta. Mito ayudó a la joven a incorporarse y la anciana salió corriendo para buscar lo demandado. Poco a poco se había formado un corrillo con curiosos de la aldea y viajeros—. ¡Empuja!

    La chica hizo acopio de todas las fuerzas que tenía. El bebé asomó la cabeza y Tsunade lo atrajo hasta sí.

    —Es un niño—dijo sonriendo. Mito y la ahora madre sonrieron. La mujer llegó con lo encargado y recubrió al pequeño. Tsunade cortó el cordón umbilical y el niño fue entregado a la madre. Los habitantes de la aldea aplaudieron a la joven. No era la primera vez que la veían atendiendo un parto, pero aun así se sentían orgullosos de tener una princesa que se ocupara por el pueblo llano.

    Tsunade y Mito se despidieron y salieron directas al castillo. La princesa tenía sus ropajes cubiertos de sangre, pero le importó muy poco. Justo cuando divisaron el edificio, Mito se paró:

    —Están aquí.

    Tsunade no entendió a qué se refería hasta que vio a una persona con hábitos religiosos rodeado de dos caballos en el portón. Sabía que los enviados de la corte estaban a días de llegar, pero no imaginó que hubieran llegado ya.

    —Tsunade, cámbiate y ve al salón. Entra por las caballerizas.

    Obedeció a la orden su madre y anduvo por otro camino.

    No reconoció al hombre que estaba en la puerta del castillo. Salió de Konoha siendo muy pequeña para recordar a la gente con la que una vez convivió.

    Estuvo cavilando en sus pensamientos hasta que tropezó con algo o más bien alguien.

    —¡Auch!—cayó al suelo del choque.

    —¡Ten más cuidado, muchacho!—le dijo el hombre contra el que había chocado. Cuando Tsunade lo vio, se quedó parada. Ese hombre tenía media cara tapada por vendas y en la barbilla tenía una cicatriz en forma de X.

    Sabía que le sonaba de algo, pero no terminó de ubicarlo.

    —Lo siento. No miraba por donde iba—se puso de pie dispuesta a seguir su camino, pero ese hombre la paró por el hombre.

    —Los muchachos pobres como tú no tenéis modales—Tsunade se asustó al ver la expresión de enfado en el hombre—. Además me has manchado de sangre. Mereces un castigo—levantó la mano dispuesto a abofetearla pero un grito lo paró.

    —¡Danzo!—gritó Tobirama.

    Antes de estamparle la mano a Tsunade, vio a lo lejos a la reina madre, a Tobirama y al obispo Homura Mitokado, observando la escena.

    —Es mi hija Tsunade.

    El consejero del rey se echó hacia atrás y observó mejor a la chica. A pesar del abrigo, pudo hallar las formas curvilíneas de una mujer junto a un generoso busto debajo del cuello. Las ropas de hombre y el arco lo habían confundido.

    —Lo siento, princesa—Danzo se arrodilló.

    —“Ahora lo recuerdo”—pensó Tsunade, pero no se quedó para ver la situación. Entró corriendo al castillo y se internó en su alcoba. Aunque llevaban una vida austera, la joven tenía de todo para su educación.

    Se quitó los ropajes y ella misma preparó su baño. Su niñera Chiyo entró unos segundos después y la ayudó.

    —¿Qué ha ocurrido fuera?

    Tsunade no imaginó que la servidumbre había observado ese pequeño percance y que para colmo el chisme ya había volado por todo el castillo.

    —¿Te acuerdas que te conté que vendrían unos hombres de la corte de Konoha?—Chiyo asintió—. Pues cuando hemos llegado, me he tropezado con Danzo Shimura y me ha tomado por un chico y ha intentado pegarme.

    Chiyo sintió un sudor frío. No por saber que su pequeña niña había salido con ropajes de cazador (cosa que todo el mundo sabía), sino por saber que el temible Danzo estaba en el castillo. Nunca le cayó bien, ni cuando ella era la matrona de la reina Mito ni cuando Hashirama murió, moviendo a Itama como heredero.

    —Pero a mí no me molesta, Chiyo. Eso no va a perturbar lo que he hecho hoy. ¡He ayudado a traer un niño a este mundo! ¡Otra vez!—dijo mientras la anciana le ayudaba a salir de la bañera.

    Chiyo se alegró de la buena fe de su pequeña. Cuando vio en Tsunade una inteligencia e ingenio especial no dudó en enseñarle a atender a futuras madres. Mientras se secaba, Chiyo extrajo un vestido verde del baúl. Era sencillo, sin adornos pomposos lujos, y ayudaba a Tsunade a resaltar su belleza y atributos femeninos. Le colocó el colgante con el pequeño cristal que su padre le regaló al cumplir los 5 años y le recogió el pelo en un moño, dejando car algunos rezos por los lados.

    Se dirigió al salón principal y analizó la situación: Tobirama y el obispo hablaban frente a la ventana, mientras que Nawaki y Mito reían para distraerse. Cuando los cuatro percibieron la entrada de Tsunade, se dirigieron a ella.

    —Tsunade, no sé si recordarás al obispo Homura Mitokado.

    La princesa negó con la cabeza.

    —Su alteza era muy pequeña cuando se fue—el obispo sonrió. La primera apariencia le dijo a Tsunade que el obispo era un hombre afable y alegre. Pero no se fio.

    —¿Y el señor Shimura?—preguntó.

    —Marqués Danzo Shimura—la voz tenebrosa y áspera de ese hombre la asustó. Estaba detrás de ella. Tsunade lo dejó pasar y percibió la mirada lasciva que ese hombre le había echado. Pero eso no la iba a asustar.

    Tobirama mandó al servicio que hiciera entrar la cena y los allí presentes se sentaron. Al fondo, en la cabeza estaba Tobirama. A su derecha habían tomado asiento el obispo y el marqués y a su izquierda, estaban Tsunade, Mito y Nawaki.

    —¿Cómo se encuentra mi nieto Yukimaru?—Mito fue la primera en hablar.

    —Es un niño sano y fuerte, majestad. Es un orgullo para el país tener ya un heredero—dijo Danzo. A Tsunade no se le escapó ese comentario como al resto de la mesa.

    Homura intentó desviar la conversación:

    —¿Y sus altezas, la princesa Tsunade y el príncipe Nawaki? ¿En qué estáis versados?

    —Sé montar a caballo y lanzar flechas. Y últimamente he aprendido mucho de historia y de estrategias de guerra—se apresuró a decir Nawaki. Su ternura demostró a los invitados la inocencia que había en ese niño.

    —¿Y vos?—quiso saber Danzo. Tobirama y Mito sonrieron porque sabían cuál sería la respuesta.

    —Sé leer y escribir; domino la ciencia, la literatura, las matemáticas; toco cuatro instrumentos y me manejo con la espada y el arco.

    La retahíla de actividades asombraron a los invitados. El obispo se sintió maravillado ante las virtudes de la princesa, pero Shimura no se dejó embelesar por las palabras de la joven.

    —Le he dado a mi sobrina una educación exquisita digna de su rango. Hashirama estaría muy contento al ver de lo que es capaz de hacer su hija—dijo Tobirama, disfrutando de la reacción del marqués. Nunca le había caído bien y sabía de sus ideas anticuadas y tradicionalistas.

    —¿Y hoy por qué estabais manchada de sangre?—dijo mientras cortaba el filete de buey.

    —He ayudado a una mujer a parir—dijo con dignidad.

    —Las labores de una partera no pertenecen a una princesa.

    —Soy una princesa, pero considero a las gentes de las aldeas como iguales.

    Danzo cogió un trozo de carne y lo acompañó de un vaso de vino.

    —“Hay demasiado de Hashirama en ella pero eso va a cambiar”—pensó y aclaró sus ideas para reconducir la situación—. Me imagino que os habréis imaginado porque hemos adelantado nuestra visita—Tobirama se puso en alerta—. Los reyes están felices por el nacimiento de su heredero, pero eso los ha puesto en alerta ante posibles peligros. Por eso, su majestad el rey Itama quiere que su madre y hermanos vuelvan a la corte.

    La noticia cayó como un jarro de agua fría. El obispo suspiró, prefería haberlo contado con más tacto y en un ambiente más tranquilo, pero Danzo siempre iba por libre.

    —¿Por qué ahora y no antes?—Tobirama entró en acción—. Él sabe perfectamente que nos vinimos al sur por que el ambiente que se vivía ahí no era el más adecuado para que mis sobrinos crecieran. Aún, en estos ochos años, él no se ha acordado de ellos.

    —La situación es distinta, señor—interrumpió Homura—. Como ha dicho el marqués, hay un heredero a la corona y el rey quiere tener a su familia al completo—el obispo se notaba inquieto y empezó a sudar.

    Mito percibió la situación del religioso y tomó la palabra:

    —Creo que han sido demasiadas emociones por una noche. Ruego que descansemos todos. Mañana será otro día.

    Tobirama secundó la idea de su cuñada e indicó al servicio que recogiera la comida. Tsunade se llevó a su hermano y a su madre de ahí. No quería que respirarán la maldad que emanaba Danzo. Chiyo la ayudó desvestirse y se puso su camisón.

    En la cama, se tocó el colgante de cristal azul que una vez le regaló su padre. Lo echaba mucho de menos. Ahora era ella la que tenía que llevar las riendas de su familia y protegerla.

    —T—​

    Chiyo la despertó con los primeros rayos del alba. Le trajo un suculento desayuno y le preparó la ropa, pero apenas comió. Aunque mostrara una actitud fuerte y decidida, tenía miedo por dentro. Y Chiyo captó las emociones de la princesa.

    —La reina madre me ha contado lo que pasó en la cena—se sentó al lado de Tsunade y la abrazó—. Estoy muy contenta de la templanza que mostraste frente a esa rata del marqués. Recuerda esto, mi niña: Nadie puede contigo.

    Tsunade quiso llorar pero las lágrimas no le salieron.

    —T—​

    Salió de su alcoba y paseó por el castillo. Desde los 10 años, ese había sido su hogar, su refugio. Se sentó en el quicio de una ventana y observó el mar.

    —Tsunade—Nawaki apareció adormilado. Lo acogió entre sus brazos—. ¿Debemos irnos de aquí? Yo no quiero.

    —Ni yo, pero es una orden de Itama y él es el rey.

    Eso no tranquilizó a su hermano ni mucho menos.

    —¿Pero estaremos juntos pase lo que pase?—preguntó Nawaki.

    Tsunade asintió. Su hermano recobró la compostura y fue directo a la alcoba de su madre.

    La princesa vio cuánto había crecido su hermano: solamente tenía dos años cuando abandonaron Konoha y ahora se había convertido en un hombre, pero en el fondo seguía siendo ese niño pequeño y regordete que lloraba en brazos de su madre cuando se fueron de Konoha.

    —T—​

    La noticia de que la familia real se marchaba corrió como la pólvora por el lugar. La servidumbre preparó los baúles y los enseres de la familia. El barco que los iba a llevar al continente estaba a punto de zarpar. La gente de la aldea se acercó para despedirse de los príncipes.

    La joven que acababa de ser madre se acercó a Tsunade y le agradeció su labor como matrona. La princesa la abrazó y le hizo carantoñas al recién nacido.

    Sus años en ese rincón aislado del mundo shinobi vivirían en su corazón para siempre.

    —T—​

    El viaje fue fácil, sin problemas. Tsunade no quitaba los ojos de su hermano, quien se había hecho, por desgracia, muy amigo de Danzo Shimura. Mito y Tobirama observaban esa relación con miedo. Danzo no daba un paso si no fuera para obtener algo a cambio.

    Continuará en el capítulo II: Konoha​
     
    Última edición: 17 Octubre 2018 a las 12:22 PM
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    InunoTaisho

    InunoTaisho とうが 犬の大将 Comentarista destacado ¡ 面倒く せい! ¡Amo a los humanos, los amo, los amo a todos!

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    A mí me ha parecido bien que quedara de ese largo... yo he escrito capítulos de 5000 palabras así que esto en realidad no fue mucho, apenas una introducción a la trama principal... :kuku:

    Por lo demás no soy seguidora de Naruto así que hay varias cosas que tal vez no conozca y se me hagan difíciles, pero creo que hasta ahorita has manejado bien la personalidad de Tsunade y los demás personajes mencionados; tal vez pueda seguir leyendo un poco más dado que tu ortografía y presentación también son buenas sin motivo de queja... :eyebrow:. Sigue adelante que desde ya has ganado lectores, un saludo.
     
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    Haku Uchiha

    Haku Uchiha Iniciado

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    combinas dos ideas que me parecen muy interesantes q deseaba ver en naruto me gusta como va la trama espero que cpntinues y lo lleges a terminarlo sin mas que decir te deseo mucha suerte
     
    Última edición: 17 Noviembre 2017
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    HokageLaura

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    Gracias por tu comentario. Tengo planeado 16 capítulos de los que llevo 11 ya escritos.
     
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  6. Threadmarks: II. Konoha
     
    HokageLaura

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    Tsunade. Camino a la corona (TsuJir)
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    Drama
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    Autor: HokageLaura
    Título: Tsunade. Camino a la corona
    Tipo: Long Fic
    Género: Medieval, romántico, drama, M
    Palabras: 2943 (sin contar las anotaciones)
    Advertencias:Los personajes pertenecen a Masashi Kisimoto. Yo los he cogido y los he adaptado a la serie de televisión Isabel (realizando algunos cambios).​


    Capítulo II: Konoha​

    El viaje transcurrió sin incidentes, pero algo había alarmado a la reina madre. El País del Fuego había cambiado. Notó algo distinto en las aldeas y en las gentes. No es que estuvieran tristes, pero la paz de los tiempos de Hashirama ya no estaba.

    Tsunade miró a su madre y le agarró la mano para confortarla. Estando con ella, se olvidaba de los ojos inquisidores de Danzo Shimura que no hacían más que seguirla desde que salieron del País de las Olas. Claro que ella tampoco había dejado de observarlos, manteniendo los dos una lucha en el más absoluto silencio.

    En las paradas que realizaban para descansar, se invitó mil excusas para que Nawaki estuviera a su lado. Incluso cuando quería bañarse, lo obligó a estar con ella. A medida que se acercaban a Konoha, el camino se hacía más plano y sin tanta dificultades.

    Tobirama se adelantó con su caballo y Tsunade con Nawaki detrás de ella en la montura le siguieron. Tsunade pudo notar un brillo de melancolía en sus ojos. Entonces fue ella quien miró a la capital del reino:

    —“Aquí estoy”—se dijo así misma.

    En las grandes puertas de la ciudad, los esperaban caballeros del rey. Cuando entraron, los aldeanos y notables los saludaron con efusividad y lanzándoles flores. Mito se enterneció al ver tales muestras de cariño:

    —¡Es la reina madre!—vitoreaban algunos.

    Con respecto a Nawaki y Tsunade, muchos intuían quiénes eran, pero otros no y acabaron murmurando. Nawaki no se dio cuenta, pero Tsunade sí y mantuvo la compostura. El paseo a lomos del caballo duró la distancia de la entrada a los jardines del palacio. Allí descendieron de sus caballos y el mayordomo real los recibió:

    —Soy Yosuke Maruboshi—el anciano hizo una reverencia ante la familia del rey—. Seguidme.

    Mito y Tobirama fueron delante, mientras que los jóvenes príncipes cerraron la marcha. Cuando entraron, descubrieron cuánto había cambiado Konoha. Por dentro, los notables y burgueses del reino hablaban acaloradamente; los estudiosos y eruditos entraban y salían con pergaminos a medio leer o perseguían algún animal exótico que se había escapado de su jaula; las doncellas chismorreaban a espaldas de los nobles…

    Todos ellos se pararon cuando la familia del rey pasaba por su lado. Nawaki se maravillaba con cada cosa que veía. Tsunade también, ¿por qué no admitirlo? Las doncellas la miraban con envidia. Su piel blanca, su hermoso cabello rubio, su bien formado cuerpo y su generoso busto era algo que ninguna de ellas podría alcanzar.

    Finalmente, llegaron a la sala del trono. Los cuatro se colocaron delante de los reyes. El obispo se puso con el clero y Danzo marchó hacía el grupo de los nobles.

    —Estáis aquí—dijo el rey.

    Itama se levantó del trono y se lanzó a los brazos de su madre. Llevaba una capa dorada con dibujos representativos de los Senju. Tras ocho años, estaba más fuerte y tenía un cuerpo bien formado. Pero Mito vio tras esa fachada al niño que siempre estaba tras sus faldas escondido de todo el mundo. La reina madre lo abrazó y dejó que sus brazos envolvieran a su primogénito. Tenían mucho que contarse.

    A continuación miró a su tío Tobirama. Su tío le sonrió y lo abrazó. El abrazo no fue tan efusivo como el de su madre pero a Tobirama le bastó. Ya hablarían después.

    Después pasó a Nawaki, quien lo miraba con una sonrisa de oreja a oreja.

    —Has crecido muchísimo, Nawaki—dijo Itama. El pequeño asintió y se lanzó a los brazos de su hermano. Itama quiso llorar pero su puesto de rey se lo impedía. Había contado los días para ese abrazo.

    Finalmente, pasó a Tsunade. La miró desde la cabeza a los pies. Tsunade mantuvo la mirada.

    —Os habéis convertido en toda una mujer. Y muy hermosa—y la abrazó.

    Tsunade cerró los ojos. Rememoró, en aquel momento, aquellos recuerdos en los que ellos dos correteaban por el patio de armas o gastaban bromas a su padre.

    Sin embargo, algo enturbió ese momento o más bien alguien. Tsunade había notado a la entrada que una persona la taladraba con los ojos: la reina Guren. Itama le hizo señas y la reina se acercó. Portaba un moño que recogía su melena morada a juego con su larga capa. Saludó a la familia del rey hasta que llegó a Tsunade. Guardando las apariencias, la abrazó:

    —A partir de ahora somos hermanas.

    Tsunade no supo cómo tomarse esa afirmación, pero simplemente se dejó llevar por la conversación.

    —Espero que el viaje os haya ido bien. El rey y yo hemos velado por vuestra seguridad y hemos mandado preparar para esta noche una recepción en vuestro honor.

    —Hemos tenido un buen camino. Gracias por vuestras oraciones—dijo Mito. Era evidente que no sintonizaba con Guren, pero debía aguantar.

    Itama ignoró la situación y le hizo señas a la ama de cría quien trajo a un bebe con tres meses de vida.

    —Éste es mi hijo, Yukimaru.

    Mito miró al pequeño y se acordó de Hashirama y lo mucho que le habría gustado estar ahí ahora. Mito lo cargó y el bebé comenzó a reír. Se lo enseñó a Tobirama y Nawaki quien le hacía carantoñas. Tsunade lo observó y se acordó del bebé que había ayudado a traer al mundo y sintió una punzada de melancolía por el pasado.

    —Mi rey, es tarde y deben descansar— indicó la reina quien se acercó a su suegra para tomar al niño. Éste seguía sonriendo y su madre comenzó a acunarlo.

    El mayordomo real les pidió a los ahora inquilinos del castillo que los siguieran. Tsunade pudo ver cómo Itama y Guren jugaban con el bebé ante la atenta mirada de la corte, en especial de cierto caballero alto y cabello gris que no apartaba la mirada.

    —T—​

    La familia real fue alojada en los aposentos que una vez fueron suyos. Los reyes actuales se trasladaron al ala este del palacio mientras que Mito, Tobirama, Tsunade y Nawaki se quedaron en el ala este. Mito se internó en los aposentos que una vez compartió con Hashirama. La habían mantenido limpia y adecentada en esos ochos años, dejando la mayoría de los muebles en su sitio. Nada más poner un pie ahí, ordenó que no la molestaran hasta el día siguiente pues sus lágrimas amenazaban con caer y no parar.

    Tobirama se acomodó en su alcoba, que estaba más próxima a la biblioteca. Cuando Hashirama hizo de Konoha la capital, Tobirama hizo de esos aposentos su santuario del estudio y la meditación.

    A Nawaki le dieron la alcoba más próxima a la reina Mito. Él era un niño de dos años que aun dormía en los aposentos de sus padres, por lo que el niño no tenía recuerdos nuevos y enseguida se hizo con su habitación decorándola tal y como la había tenido en el País de las Olas.

    Tsunade entró en su alcoba y pudo comprobar que sus cosas estaban tal cual a cuando ella estuvo ahí. Su cama frente al gran balcón, su tocador, su baúl y las muñecas con las que una vez jugó. Sonrió al verlas y recordó cuando su padre se las regaló. Pero ahora ella no tenía tiempo para esas cosas. Las guardaría y daría paso a sus libros. El servicio había dejado sus enormes baúles y petates al lado de su cama y se habían encargado de dejar su ropa en los armarios.

    Entonces se dio cuenta de que encima de la cama había un vestido rojo. Lo agarró y lo observó con más detenimiento: la parte de las caderas estaba ajustada y dejaba que una de las piernas, al menos una parte, se vieran mientras que la parte del escote era demasiado vistosa. En cierto modo, el vestido era hermoso pero no eran de su estilo. Al lado había un papel que indicaba su pertenencia: Guren. Se lo imaginó.

    Pero ella aún no había dicho la última palabra.

    —T—​

    Los nobles mayores del reino se vistieron de sus mejores galas. No querían perderse a la familia real que, según los mentideros y los cuchicheos, había vuelto del “exilio”. Otros afirmaban que marcharon porque Danzo envenenó el oído del recién estrenado rey para que los echara. Tobirama ya se encargaría de dejar las cosas bien claras.

    Tsunade entró en la sala y todos los hombres la miraron. Llevaba puesto el vestido que “gentilmente” le había regalado la reina, pero desde el momento en que puso un pie en el salón mandó una indirecta a todo el mundo: “Si os pensáis que soy una puta, es que no me conocéis”.

    Itama se acercó a ella y se la presentó a la nobleza. Nawaki había optado por quedarse en su alcoba y Mito había dado orden de que no la molestaran. Solo estaban Tsunade y Tobirama.

    La princesa asimiló todos los nombres que su hermano le decía. Finalmente, fue con su tío y suspiró:

    —Respira, sobrina. La noche no ha hecho más que empezar.

    —Lo sé, tío. Lo sé.

    —T—​

    Los manjares destinados a la cena fueron del paladar de sus excelencias y el vino hizo el resto. Con el paso de la noche, algún noble ya estaba embriagado y empezó a vociferar. Tsunade agradeció que su hermano y madre no estuvieran ahí para ver eso.

    Una mano la tocó por la espalda:

    —¿Me permitís este baile?—dijo el marqués Shimura.

    Tsunade buscó la mirada de su tío y él le apoyó. Él siempre la vigilaría y protegería. Danzo la guio al centro y puso la mano derecha de la princesa sobre su hombro y la izquierda sobre su cadera. Él hizo lo mismo con ella y comenzaron a moverse.

    —Creo que hemos empezado con mal pie, princesa.

    —Fue un malentendido, marqués—mintió Tsunade.

    —Espero que podamos llevarnos bien a partir de ahora.

    —Por mí no habrá ningún problema—volvió a mentir.

    Su tío no la perdía de vista.

    —¿Ha sido de agrado el castillo?—dijo el marqués.

    —Lo he recordado en algunos aspectos, pero en otros me ha sorprendido—aseguró la princesa—. Hay mucha vida.

    —El rey ha mejorado las relaciones con el resto de países y ha mejorado los tratados que en su día estableció vuestro padre.

    —Seguro que vos lo habéis ayudado mucho—dijo Tsunade con una sonrisa falsa.

    —Soy el marqués y consejero del rey. Me guía mi lealtad a los Senju y al reino.

    —“Eso ya lo veremos”—sentenció Tsunade.

    Itama se acercó a Tsunade y los dos pararon de bailar.

    —Os quiero presentar a alguien—la agarró del brazo y la guio hasta un caballeros que destacaba en altura y belleza—. Os presento a Hidan, el caballero más fuerte de mis ejércitos.

    El aludido se inclinó, causando sonrojo de ciertas damas que no le quitaban la vista de encima. Tsunade tuvo que levantar mucho la cabeza para alcanzar a verlo.

    —Me otorgáis cualidades que no me corresponden.

    —Os llaman “La Guadaña” (1) por algo, Hidan.

    —Yo solo sigo las oraciones a mi dios Jashin antes de entrar en una batalla—señaló su colgante con el símbolo de su religión.

    A Tsunade le recorrió un escalofrío por su cuerpo. El Jashinismo era una de las pequeñas religiones del País del Fuego con unos ideales bastante terroríficos. Tobirama se acercó a ellos e intentó tranquilizar a su sobrina. La mujer de Hidan, Yugito Nii, apareció y contribuyó a apaciguar el ambiente.

    La velada continuó hasta Tsunade decidió poner fin y marchar a sus aposentos.

    Cuando entró y cerró las puertas con llave, se quitó ese vestido y lo lanzó a la otra punta de la alcoba. No quería verlo pues notaba la maldad de la reina en él. Se colocó su camisón e intentó asimilar la información procesada: el rey era influenciable por cualquiera; la reina ejercía cierto control sobre él; Danzo era un misterio por resolver; la rectitud y principios de la Voluntad del Fuego eran papel mojado para los nobles quien no le habían quitado el ojo de encima a ella con intenciones poco honestas y que Hidan era la persona que había estado mirando a los reyes antes de salir de la sala del trono sin entender el porqué.

    —T—​

    A la mañana siguiente y con la ayuda de Chiyo, ordenó su alcoba con sus preciados libros y bajó a desayunar con un vestido de corte más simple. Los reyes estaban con Mito en los jardines desayunando. Nawaki estaba en la hierba jugando con Yukimaru.

    Tobirama se acercó a ella con una joven dama.

    —Te presento a Yakumo Kurama. Es la nieta del mayordomo real. A partir de ahora será tu doncella personal junto con Chiyo.

    La doncella hizo una reverencia elegante y Tsunade la analizó. Era más baja que ella y aún mostraba una inocencia y ternura. Le calculó quince años.

    —Encantada de conoceros, princesa.

    En el momento en que la saludó, Tsunade supo que tendría una amiga hasta el final. Tobirama se marchó con la excusa de revisar algunos asuntos y Tsunade y Yakumo hicieron un saludo fugaz a los reyes y su madre.

    Ya había desayunado en su habitación, por lo que se excusó de ellos y caminó por los pasillos de la mano de Yakumo. La joven muy pronto le demostró lo despierta que era y la sorprendió al hacerle ver que tenían la misma edad. Sin embargo, sus aficiones eran muy distintas:

    —Aunque sé leer y escribir, a lo máximo que una mujer puede aspirar es a tejer, bordar y leer poesía para los hombres y si te acercas a la biblioteca, te miran mal. Muy pocas mujeres han tenido el valor de ampliar sus conocimientos.

    Tsunade se entristeció ante tales palabras. Su tío Tobirama no había hecho distinciones con ella por ser mujer y le había puesto el conocimiento del que disponía a su disposición. Entonces, la llevó a su habitación y le enseñó sus libros:

    —Mi biblioteca estará abierta para ti siempre.

    Yakumo sonrió y comenzó a llorar. Tsunade se prometió así mismas que las cosas debían cambiar.

    —T—​

    Tras pasar algunos días de ese recibimiento, las aguas se tranquilizaron. Tsunade salió de su alcoba pero para su sorpresa, la reina Guren estaba fuera esperándola. Tsunade le hizo una reverencia:

    —No hemos tenido mucho para conversar. Venid conmigo al jardín. Quiero desayunar con vos.

    Para cuando Tsunade quiso responder, la reina ya la había arrastrado a los jardines del castillo. Unos guardias hacían la ronda en parejas de dos. Una criada les sirvió el suculento desayuno preparado para el momento. Tsunade al principio dudó pero su estómago comenzó a reclamarle y al final la princesa comió. Delante de ellas estaba el príncipe Yukimaru jugando con su ama de cría.

    La reina observaba a su primogénito con orgullo. Tsunade también lo miró. El pequeño vivía en un mundo de ternura que ojalá fuese para siempre:

    —¿Os gustó el traje que os regalé?

    —Agradezco vuestra gratitud, mi reina, pero soy de gustos más sencillos—concluyó Tsunade. La reina sonrió.

    —Se me había olvidado que te habías criado como una pueblerina. Lo siento—hizo una inclinación con la cabeza para sonar convincente. Nada más lejos de la realidad.

    —La vida en el País de las Olas es sencilla, tranquila y me ha hecho ver la vida de otra manera—dijo Tsunade con solemnidad.

    —En cierto modo me recuerdas a mí—Tsunade miró a su cuñada sorprendida por esa revelación—. La vida en el País de los Ríos también es tranquila y relajada. Sin embargo, cuando llegué a Konoha me di cuenta de que no sirven las buenas palabras y las buenas intenciones. Siempre te observan, pero también debes observar y analizar. Estar siempre varios pasos por delante.

    —Os agradezco el conse-

    —Por eso le pedí a Itama que os trajera a ti, a la reina madre y a vuestro hermano. He dado un heredero a la corona y consideré que la familia debía estar reunida por lo que pudiera pasar.

    Sin embargo, Tsunade vio mucho más en esas palabras. Mucho más:

    —Estáis aquí—el rey Itama se acercó a ellas sonriendo. Besó a la reina en la frente y se acercó a Yukimaru para hacerle algunos arrumacos—Hermanita, quiero que salgamos a cabalgar y a recuperar el tiempo perdido. Nawaki nos espera en las caballerizas.

    —Pero, mi señor, habíamos pensado en salir con Yukimaru a la ciudad—protestó la reina. Acto seguido se levantó y puso a su hijo entre sus brazos.

    —Puede esperar esa salida, Guren. Ahora quiero estar con mis hermanos—pasó su brazo por el cuello de Tsunade y se fueron directos a las caballerizas.

    La princesa quiso decirle a su hermano que podrían salir en otro momento, pero el rey ni siquiera la dejó hablar.

    La reina se quedó observando a la princesa y cómo captaba la atención del rey. Sonrió.

    —T—​

    Pasaron los días y Tsunade vio en Yakumo una hermana con la que contar. Chiyo se alegró al ver como la princesa había hecho una amiga.

    Ese día volvieron del bosque con algunas plantas medicinales. Tsunade le había prometido enseñarle la elaboración de algunas medicinas. Cuando entraron en el palacio, las dos notaron cómo las criadas murmuraban en los rincones. En cierta manera, lo veía normal desde que llegó pero ese día ambas notaron cierta crispación y tensión en el ambiente.

    Tsunade y Yakumo llegaron a la alcoba y las recibió Chiyo agitada:

    —¿Ha ocurrido algo, Chiyo?

    La anciana tragó saliva y habló:

    —Princesa, tengo malas noticias sobre usted.

    —¿Qué ocurre?—preguntó Yakumo.

    —Que el rey ha concertado vuestro matrimonio con el hermano de la reina Guren, el rey Zabuza Momochi del País de los Ríos.

    Continuará en el capítulo III: La reina Guren
    (1) Le he puesto ese apelativo porque usa una guadaña en la serie como arma.
     
    Última edición: 17 Octubre 2018 a las 12:23 PM
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    Título:
    Tsunade. Camino a la corona (TsuJir)
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    16
     
    Palabras:
    1983
    Autor: HokageLaura
    Título: Tsunade. Camino a la corona
    Tipo: Long Fic
    Género: Medieval, romántico, drama, M
    Palabras: 1916 (sin contar las anotaciones)
    Advertencias:Los personajes pertenecen a Masashi Kisimoto. Yo los he cogido y los he adaptado a la serie de televisión Isabel (realizando algunos cambios).​

    Capítulo III: La reina Guren​


    Tsunade se desmayó al oír esa noticia. Yakumo la sujetó por los brazos y Chiyo salió a pedir ayuda. La anciana regresó con Tobirama quien la cargó entre sus brazos hasta su alcoba. No preguntó el motivo del percance pues ya se lo imaginaba.

    Mito apareció tras enterarse del desmayo y corrió al lecho de su hija. Tsunade recobró el conocimiento a la tarde, pero la reina madre no se terminó de fiarse y se dedicó a cuidarla hasta el día siguiente. Nawaki no se separaba de su hermana en ningún momento. Con los rayos del alba, la princesa había recuperado ya el color de su piel y se animó a comer una sopa elaborada por la propia Chiyo. Mito prohibió a los demás mencionar el tema del matrimonio frente a Tsunade.

    Cuando Tsunade se quedó dormida, dejó a su hija al cuidado de la anciana, Nawaki y Yakumo y fue con Tobirama a ver al rey. Las insistencias de los guardias de que estaba en una reunión de consejo no pararon a la reina madre quien los empujó y entró en la sala. Los allí reunidos vieron a la mujer de Hashirama matando con los ojos al rey, quien ya se imaginaba porque estaba su madre de esa forma:

    —Podéis marcharos. Seguiremos en otro momento—los nobles se levantaron y tras una reverencia, salieron de la sala por otro puerta.

    Tobirama también entró y se puso a la altura de Mito:

    —¿Se puede saber por qué has decidido casar a Tsunade con Zabuza?

    —Está en edad de desposarse. Creo que tú tenías dos años menos cuando te casaron con padre—dijo Itama. El tono empleado le resultó a su madre y tío molesto.

    —Eran otros tiempos y bendigo cada día para que vosotros no los viváis—Mito se acercó y miró inquisitivamente a su hijo.

    —Y creo que salió bien vuestro matrimonio concertado. ¿Me equivoco?—Tobirama se sorprendió al ver la actitud fría de su sobrino.

    —No te equivocas. Tu padre y yo nos amamos hasta el final de sus días. Pero esa no es la cuestión. El ahora no es el pasado y el matrimonio de Tsunade no toca ahora. ¿Acaso has contado con su opinión?

    —No, he pensado en su bienestar. La reina y yo creemos que…

    —¿Guren ha tenido algo que ver con esto?—preguntó Mito.

    Itama no contestó. No hacía falta. La reina madre dio media vuelta y salió por donde había venido. Tobirama fue detrás de ella por miedo a que se encarara con la reina, pero no fue así. Se dirigió a la alcoba de Tsunade y se quedó velando a su hija hasta que la princesa pudo ponerse de pie.

    A la noche, más por remordimientos, Itama visitó a su hermana, pero sus obligaciones como rey no le permitieron estar tanto tiempo. Tsunade estaba enfadada. En cierto modo era una princesa y el tema del casamiento llegaría más pronto que tarde y se había prometido ser ella misma quien lo eligiera.

    Aunque Mito y Tobirama no dijeran nada, Tsunade sabía que la mano de la reina estaba detrás de todo, pero la sangre de la familia Uzumaki fluía por sus venas y demostraría a la corte y a la reina quién era ella.

    —T—​

    Yakumo ayudaba a la princesa a pasear por los jardines. Nawaki se había prometido ser el guardaespaldas de las dos y las seguía como si fuera una sombra. Sin embargo, esas escapadas finalizaron pues el rey del País de los Ríos quería viajar expresamente al País del Fuego a concretar los términos del matrimonio con Tsunade y de paso conocerla.

    Llegado el día de la reunión, Yakumo ayudó a Tsunade a vestirse. Chiyo se quedó en la alcoba llorando, pero nunca se imaginó la idea que tenía en mente su preciada princesa.

    Tsunade y su doncella fueron a la sala del trono, donde ya había llegado el hermano de la reina. Estaba vestido con ropajes normales, nada de atuendos normales, lo que le permitió analizarlo mejor: Zabuza era alto, más que su tío Tobirama, y poseía un cuerpo bien formado, contorneado por unos brazos bien desarrollados. Era atractivo, sin duda.

    —Debéis de ser Tsunade—le besó su mano en una reverencia—. Sois más hermosa de lo que me imaginaba.

    Guren sonrió ante las tácticas de su hermano.

    —Me halaga vuestros cumplidos—puso su mano sobre su pecho en un gesto coqueta—, pero no voy a casarme con vos.

    Todos en la sala del trono se callaron y Mito y Tobirama tuvieron que parpadear para creer que no estaban en un sueño. Algunos creían haber oído mal, pero no. La princesa rechazaba la mano de un rey sin miramientos. El semblante de Guren cambió por completo. Se levantó y pegó a Tsunade en la mejilla, enfadada. Zabuza paró a su hermana y se río:

    —No te preocupes, hermana. Es el calor del momento. Seguro que cuando nos conoz-

    —No, majestad. Me reafirmo en lo que he dicho y no me casaré con vos.

    Guren se adelantó pero Zabuza la paró:

    —Niña consentida, ¿cómo te atreves a tratarlo así?

    Tsunade se deleitó con el arranque de odio de la reina.

    —Tsunade, ya basta—Itama se levantó y se acercó a su hermana—. Os casaréis con Zabuza. Es mi deseo como rey.

    Miró descaradamente a su hermano y puso sus manos en las caderas:

    —Entonces, mi pretendiente deberá ganarse mi mano. Lo reto a duelo: quien consiga de los dos lanzar una flecha en el centro de la diana tras tres intentos, impondrá su voluntad. Si gano yo, no me casaré con el rey, pero si gana él, será vuestra esposa—hizo una reverencia con los bajos de su vestido y dedicó la mejor de sus sonrisas.

    Zabuza miró maravillado el encanto y la altanería de Tsunade y estalló a carcajadas:

    —Acepto. Que sea pues.

    —T—​

    La noticia de que el rey del País de los Ríos debía ganarle a la princesa con el arco y la flecha se extendió por toda Konoha. Los nobles se mofaban del capricho de la princesa y se imaginaban su derrota:

    —¡Una mujer con un arco!

    —Debería callar y obedecer.

    —Si fuera yo, le enseñaría mi umbría todas las noches para que aprendiera a no quejarse.

    Los comentarios volaron por el castillo y la ciudad, pero no perturbó a la princesa. Estaba sentada sobre su lecho con los ojos cerrados. Era consciente de lo que se jugaba con esa apuesta. Yakumo entró con agilidad felina a su alcoba:

    —¿Lo has hecho?—preguntó Tsunade.

    Yakumo asintió y la princesa sonrió.

    Las dos salieron y llegaron a los jardines reales. Las tres dianas habían dispuestas en el centro y Zabuza esperaba a su contrincante, ansioso. Ya estaba oliendo la victoria incluso antes de empezar. Los reyes y Mito estaban sentados en primera fila y Tobirama estaba junto con el obispo y Danzo. Sabía de la destreza de su sobrina, pero no podía perder de vista al rey de un país que dominaba cualquier tipo de arma y que se había curtido en mil batallas:

    Tsunade fue la primera. Con destreza colocó el arco entre sus brazos y enganchó la flecha. No titubeó en ningún momento y disparó. El tiro fue magnifico pero la puntería no tanta, pues se había quedado cerca del centro. Aun así el público se sorprendió de que la princesa entendiera de arcos y flechas y algunos aplaudieron, incluido Zabuza.

    La hermana de la reina realizó los mismos pasos que Tsunade. Al tensar la flecha sus músculos se marcaron, lo que causó el sonrojo de muchas doncellas y damas. Disparó y Tsunade se asustó. Había dado en el blanco. Guren quiso gritar de júbilo, pero se contuvo. Aun así pudo ver cómo la reina madre o Tobirama hicieron una mueca de disgusto.

    Tsunade recuperó la compostura. Se había mentalizado de ese contratiempo.

    Se acercó y agarró la siguiente flecha. Contó hasta diez; el mundo se paró para ella y tras esos segundos que fueron una eternidad, disparó y ganó. La flecha había dado en el centro mismo de la diana. La sonrisa de triunfo no se hizo esperar y Yakumo mostró su júbilo delante de todo el mundo. Ahora más gente se había sumado a aplaudirla. Mito le devolvió la mirada de triunfo a su nuera.

    Zabuza agarró su flecha y le guiñó el ojo a Tsunade y disparó. Volvió a ganar. El hermano del rey ganaba por un punto a la princesa y la última diana valía dos puntos.

    Tsunade se la jugaba a esa. Tensó la flecha y pensó en su padre. Si estuviera ahí con ella, primero no habría permitido ese matrimonio, y segundo, le habría dado un consejo: mirada al frente y gana.

    Tsunade disparó y volvió a ganar. Sin embargo, Zabuza sonrió. Si ganaba la siguiente él, habría ganado la apuesta. Tsunade vio cómo cogía la flecha y el rey la tensó. Lo que nadie se imaginaba era lo que ocurría después.

    Al soltar la parte de atrás, las plumas de las partes traseras pasaron por el ojo derecho del rey, provocando que este sangrara. El accidente hizo que Zabuza no calibrara bien el lanzamiento y la flecha acabó debajo de la diana. Todo ocurrió en unos segundos.

    El rey cayó al suelo con su ojo derecho sangrando. La reina se levantó y ordenó un médico. Todos los nobles se acercaron al rey que apenas entendía qué había pasado.

    Zabuza fue atendido por los médicos reales y ante la gravedad de la herida, acabaron por extraerle el ojo. Los gritos se oyeron en toda Konoha.

    Tsunade por su parte se quedó en su habitación, meditando. En ese momento, Yakumo entró, pero a los pocos segundos también entró Guren:

    —¿Habéis tenido algo que ver con esto?

    —No entiendo qué decís.

    —Las flechas fueron traídas de la armería real. Nunca han causado ningún daño y mi hermano tiene más experiencia que tú en el tiro con el arco. Te lo repito: ¿has tenido algo que ver con ello?

    —No—concluyó Tsunade.

    Guren se irguió y miró unos segundos a su cuñada hasta que salió. Yakumo permaneció unos segundos en las sombras de la alcoba hasta que se aseguró que nadie las oía:

    —¿Lo has traído?—preguntó Tsunade.

    Yakumo sacó de entre los bolsillos de su vestido la flecha ensangrentada que había dejado inútil un ojo al rey. Yakumo, por orden d Tsunade, había cambiado la flecha de la tercera ronda por una cuyo plumaje en la parte de atrás fuera afilado y tras el desgarro del ojo, cambió la flecha por otra con sangre falsa para que nadie sospechara.

    Tsunade no podía fiarse de la suerte ni de su agilidad con el arco cuando estaba en juego tanto. La idea que había tenido y el hecho de que Yakumo fuera la nieta del mayordomo real hicieron el resto.

    —T—​

    El resultado del duelo y el “accidente” del rey del país vecino corrieron por todo el País del Fuego. Zabuza Momochi había perdido frente a la hermana del rey. Su poder y respeto habían desaparecido. El rey por su parte renunció al compromiso con Tsunade pues había reconocido su derrota y lo único que quería era volver a su castillo y no pisar ese reino nunca más.

    A la semana, Tsunade sintió que sus fuerzas estaban plenamente recuperadas y salió con Yakumo y Nawaki a pasear con los caballos para disfrutar de su recuperada libertad. Poco se imaginaba ella que esos días idílicos estaba contados.

    Continuará en el capítulo IV: Danzo Shimura
     
    Última edición: 17 Octubre 2018 a las 12:21 PM
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    InunoTaisho

    InunoTaisho とうが 犬の大将 Comentarista destacado ¡ 面倒く せい! ¡Amo a los humanos, los amo, los amo a todos!

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    Pobre Tsunade... imagino que eso del duelo con arco lo sacaste de la película de Disney sobre la princesa Merida y su madre osa (desconozco como le hayan puesto en tu país, sorry) , fue épico. Pero esa fue la vida de las mujeres en la realeza de época medieval, así que no podía decidir realmente por su cuenta.

    Ya veremos lo que sigue, continúa con ánimo.
     
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    HokageLaura

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    Síi, en la serie Isabel, la princesa se libra del matrimonio con el rey de Portugal, pero no me daba juego para el fic, asi que lo cambié y se me vino a la cabeza la película Brave y la escena de Merida :P

     
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    InunoTaisho

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    Lo supuse... :D. Tú muy bien, sigue adelante
     
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    debo ser sincera y reafirmar q me encanto
     
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    Autor: HokageLaura
    Título: Tsunade. Camino a la corona
    Tipo: Long Fic
    Género: Medieval, romántico, drama, M
    Palabras: 3014 (sin contar las anotaciones)
    Advertencias:Los personajes pertenecen a Masashi Kisimoto. Yo los he cogido y los he adaptado a la serie de televisión Isabel (realizando algunos cambios).

    Capítulo IV: Danzo Shimura


    Nawaki practicaba con su tío Tobirama en el patio de armas. Los dos luchaban con espadas de madera bajo la atenta mirada de Mito. Sin embargo, un siervo apareció e interrumpió el entrenamiento:

    —Señor, el rey os reclama para una reunión del consejo.

    Tobirama asintió y dejó su espada de madera en el armero. El rey Itama le había devuelto a su tío el puesto de consejero en la corte unos días atrás y ese día era reclamado por sorpresa, aunque Tobirama presintió que esas reuniones serían constantes a partir de ahora. Mientras Nawaki continuó practicando con la espada de madera, siendo observado por su madre, que deseaba que su hijo no tuviera que usar una de verdad.

    —T—​

    Tobirama entró en el consejo y el resto de nobles lo miró con indiferencia y suspicacia. El último en entrar fue el rey. Todos se levantaron de la mesa en señal de bienvenida e Itama dio por comenzado el consejo.

    —He estado leyendo vuestras exigencias.

    Desenrolló un pergamino y echó un vistazo rápido a las demandas de sus nobles. Tobirama había leído esos documentos y entendió que su vuelta al consejo para apoyar a su sobrino iba a ser muy necesaria:

    —Y no puedo cumplirlas.

    Los consejeros, encabezados por el marqués Danzo Shimura, se sobresaltaron. El marqués levantó la mano para hablar:

    —¿Podemos saber por qué?

    —Pedís ciertas cosas que exceden en vuestro cometido como nobles y altos cargos del reino—concluyó Itama.

    Shimura respiró profundamente y dijo:

    —Hasta el momento no ha habido ningún problema y siempre hemos tenido en cuenta la autoridad real.

    —Nuestros ejércitos os son leales, majestad—dijo el cabeza de familia de los Yamanaka.

    —Mantenemos un control férreo sobre el cumplimiento de los impuestos—añadió el cabeza de familia de los Nara.

    —Vuestra labor para con el reino es de sobre bien conocida, pero como rey debo saber dónde termina vuestra labor y empieza la mía. No puedo concederos más prebendas de las que tenéis ya.

    Los consejeros se sobresaltaron al oír esas palabras. Hasta el momento había sido fácil influenciar al rey, pero ahora demostraba una actitud poco conocida para ellos. Shimura se percató de cómo el tío del rey aprobaba cada cosa que decía:

    —Señor, ¿tenéis algo que decir al respecto?

    —Coincido con mi sobrino en que los nobles están realizando un trabajo muy importante, pero parece ser que no es perfecta.

    Los líderes de los clanes se miraron entre sí. Aunque Tobirama fuera también noble y poderoso, no podía tratarlos a ellos de esa manera:

    —Creo que su alteza ha pasado muchos años fuera de este país y no sabe cómo funcionan las cosas—dijo Gensui Amagiri. El noble se irguió en la silla y miró con firmeza a Tobirama. Su familia provenía de Yumegakure y gracias a su labor de protección en las fronteras del oeste del reino, Amagiri había ganado respeto, poder y un título para su familia.

    —Os equivocáis. Nunca he dejado de pensar en el País del Fuego y a mi vuelta he investigado y estudiado la situación del reino y parece ser que ha habido pequeñas revueltas civiles promovidas por un cacique llamado Hanzo la Salamandra. ¿Acaso no sabíais esto?—preguntó Tobirama, en señal de triunfo. Su pequeña red de espías e informantes lo mantenía informado de todo lo que ocurría en el país.

    —No es la primera vez que oímos de él—dijo Shimura—, pero necesitamos que el rey nos dé más poder para que elementos como Hanzo no surjan. Según mis informantes, se trata de un guerrero exiliado de Amegakure, del País de la Lluvia.

    —Os veo muy seguro, marqués. Curiosamente, este cacique reclama que se impondrá frente a los abusos de la nobleza del País del Fuego. ¿Sabéis a qué se refiere?

    Los nobles volvieron a murmurar. Tobirama percibió cómo habían cambiado las cosas en su retiro en el País de las Olas.

    —Es evidente que habéis abusado de mi buena voluntad y eso no volverá a ocurrir—dijo Itama.

    Shimura deseó lanzarse al cuello del rey pero se contuvo. La tensión en el ambiente se podía cortar con una espada.

    Itama se levantó y dio por concluida la reunión. Algunos de los nobles siguieron a Shimura y oyeron las maldiciones que soltaba sobre el rey:

    —¡He apoyado a ese mocoso que no tiene altura de rey y así nos lo paga!—de un empujón abrió las puertas del jardín. Los líderes que lo seguían le dieron la razón. Habían hecho demasiado por el rey y hasta ahora él les había recompensado sin miramientos. Sin embargo, todos eran conscientes que la situación había cambiado desde la llegada de la familia real.

    —Propongo pactar con el rey—dijo uno de los nobles. Muchos se quejaron pues no querían ceder ninguno de sus privilegios, pero todos acordaron que quizá estaban en una situacion ventajosa que debía ser aprovechada.

    Shimura se quedó meditando hasta que descubrió a la princesa Tsunade por las ventanas de la gran biblioteca. La joven se deslizaba por la gran biblioteca con delicadeza y agilidad y recordó el intercambio de palabras que tuvieron en aquella cena el día que llegaron al País de los Ríos. Entonces, la idea del pacto no le pareció tan mala.

    —T—​

    Tsunade salió de la biblioteca con dos tomos sobre medicina bastante gordos. Desde el episodio con el rey del País de los Ríos había distraído su mente en otros asuntos, deseando no encontrarse con la reina en ningún momento. Uno de los tomos se le resbaló y cayó al suelo. Cuando iba a cogerlo, Shimura apareció y se le adelantó:

    —No deberíais cargar con tanto peso, princesa.

    Tsunade se sobresaltó ante el marqués pero recuperó la compostura. Shimura la acompañó hasta su alcoba y le ofreció una sonrisa. Cuando la puerta de la alcoba se cerró se dirigió a los aposentos reales dispuesto a ofrecerle un pacto al rey.

    La princesa dejó sus preciados tomos en el lecho y Yakumo se dispuso a buscar la información que necesitaba. Olvidó enseguida el encontronazo con el marqués.

    —T—​

    El rey no volvió a convocar al consejo y eso inquietó a algunos nobles. Tobirama revisaba en sus aposentos algunos documentos monetarios sobre la situación de las arcas facilitado por el tesorero real, Kakuzu y había cifras que no encajaba. En el momento en que Itama se convirtió en rey, se produjeron partidas sin justificar, dinero que desaparecía por arte de magia o préstamos que eran pedido por personas cuyos nombres nunca había oído, siendo posiblemente falsos. Se levantó y fue directamente a los aposentos reales, dispuesto a tener audiencia con el rey.

    Sin embargo, cuando llegó a la puerta vio a Itama hablar con Danzo. Ambos sonreían y eso no le gustó a Tobirama. La razón de tan tranquilo reencuentro muy pronto le fue revelada:

    —Señor, muy pronto seremos familia—dijo Danzo Shimura.

    —¿Perdón?—preguntó Tobirama.

    —Tío, casaré a Tsunade con el sobrino de Danzo Shimura, Orochimaru.

    Tobirama se sujetó en la pared ante las palabras de su sobrino. Si Zabuza fue un mal un sueño, Orochimaru se convirtió en una pesadilla grotesca.

    —Vamos a comentárselo a Tsunade ahora mismo—dijo Itama.

    El rey y su futuro familiar se encaminaron a la alcoba de Tsunade. Tobirama aún estaba intentando asimilar la nueva información. Gracias a su red de espías, tenía controlados a los familiares de la noble de Konoha y la sola mención de Orochimaru provocaba en la gente un miedo y un pánico muy difíciles de curar. Unos minutos después, los lloros de la princesa fueron oídos por todo el palacio.

    —T—​

    La reina Guren mostró una extraña felicidad ante la noticia del nuevo casamiento de Tsunade. Incluso encargó a su modista personal que diseñara el vestido de novia de su cuñada. Justo en ese momento estaba la reina observando a la futura novia cómo le tomaban las medidas del traje. Tsunade estaba ida, medio muerta ante la nueva de que debería casarse de nuevo. Si la primera vez era para desaparecer de la vista de la reina, ahora era usada para negociar con la nobleza. De nada sirvió sus llantos o los gritos de Mito Uzumaki con su hijo o los intentos de Tobirama de buscar otra solución. Nunca se había sentido tan miserable como en ese lugar frente al espejo.

    Guren se levantó y observó a la princesa, sonriendo.

    —Seréis la novia más hermosa. Me ocuparé yo misma de que vuestro marido os desee en el momento en que os vea en el altar—la voz susurrante de la reina asustó a Tsunade. Guren se acercó más y puso su cara a la altura de la de Tsunade—. Aunque no será la primera vez que el pase por un matrimonio.

    —¿No os entiendo?

    —Te creía más lista, pero veo que nadie te ha contado nada de tu futuro marido. No es la primera vez que Danzo intenta casarlo. La primera mujer con la que se casó apareció desmembrada en el bosque de Konoha. Aunque no encontraron al culpable, muchos conocían el gusto de Orochimaru por los rituales sangrientos—Tsunade quiso no creerla—. Y a la segunda esposa la encontraron ahogada en un río con moratones por todo el cuerpo. Las malas lenguas decían que Orochimaru la hacía sufrir todas las noches y que sus gritos se oían por todo el castillo.

    Guren se alejó de Tsunade y volvió a su asiento:

    —Sin olvidar, claro está, los innumerables bastardos que pululan por los suburbios de Konoha y que guardan un gran parecido con Orochimaru.

    Tsunade observó a las doncellas que le tomaban las medidas. Todas rehuían mirarla. Tsunade vio el miedo en sus caras.

    —Te ofrecí un rey, Tsunade, y lo rechazaste. Mi hermano te habría hecho feliz, pero tú quisiste ser más lista que todos con ese jueguecito del arco y la flecha. Mi querida Tsunade, si alguna vez no has sentido el miedo, ahora lo tendrás.

    —T—​

    Danzo llegó a su castillo y dejó el caballo a su mayordomo. Se quitó la capa y le entregó su espada a uno de sus siervos. Se internó en los grandes pasillos de su palacio hasta llegar al ala sur, la parte en la que ningún miembro del servicio quería estar. Abrió la puerta y halló el cuerpo de una mujer rubia sobre el lecho. Respiraba con dificultad y algunos lametones por el cuello, sin contar los cardenales del cuerpo.

    Su sobrino estaba en el escritorio tomando algunas anotaciones:

    —Orochimaru, muy pronto te casarás con la princesa Tsunade, la hermana del rey. Así que vete olvidando de tus jueguecitos sangrientos, porque este enlace nos beneficiará a todos.

    Orochimaru estalló a carcajadas.

    —Haré lo que me ordenes, tío.

    Danzo Shimura salió de la alcoba de su sobrino. No le gustaba estar en ella y respirar el mismo aire que él. El joven dejó la pluma en la mesa y se levantó. Observó a la pobre desgraciada que estaba sobre su lecho con la luz de la vela. Se quitó la capa que recubría y alto y blanco cuerpo y dejó la vela a un lado. No se había divertido aún lo suficiente.

    —T—​

    Tsunade estaba en los brazos de su madre. En su salida del País de las Olas se había prometido no llorar pero ante la noticia que le había dado su hermano, rompió a llorar hasta que los ojos se le habían secado. Mito había hecho lo imposible por evitar el casamiento, pero Itama fue firme en ello. Con el matrimonio, parte de la nobleza que apoyaba a Danzo se calmaría.

    Yakumo entró en la alcoba de Mito y abrazó a su amiga. Ella había oído historias sobre Orochimaru, cada cual más horrible que la anterior, y no quería ver a su amiga cortada en trozos o en el lecho de un río. Sacó de entre sus faldas una daga. La sacó de su funda y miró a la princesa:

    —Os juro que mataré a ese monstruo, Tsunade.

    —T—

    Los días para el enlace iban pasando. A solo dos días de la boda, Orochimaru salió con algunos soldados a las tabernas y tugurios donde el famoso sobrino del marqués era conocido. Quería brindar por todo lo alto por su real matrimonio con la princesa Tsunade, de quien se decía que era la joven más hermosa de los cinco reinos y que poseía unos atributos femeninos que hacían de la envidia de muchas jóvenes.

    Orochimaru se relamió los labios de solo pensar en su futura presa. Le había prometido a su tío ser un niño bueno, por lo que sus obsesiones y jueguecitos debían desaparecer con Tsunade o pasar desapercibidos.

    El sobrino de Danzo y los soldados observaron con lujuria a las prostitutas que enseñaban sus encantos sin pudor. Justo en ese momento, apareció ante ellos una mujer de mirada angelical y ojos verdes. Llevaba un vestido de seda roja que le permitía enseñar sus virtudes como mujer, dejando poco a la imaginación. Miró a Orochimaru y salió de la taberna.

    El joven dejó a los soldados y la siguió. La encontró en una esquina y la chica comenzó a correr, dejando que Orochimaru la siguiera.

    —“Te gusta jugar, zorra”—pensó Orochimaru—. “A mí también”.

    La mujer se deslizó entre los árboles del bosque de Konoha. Orochimaru hizo lo mismo y se guio por las risas que emitía la chica para que no se perdiera. Encontró una pequeña cabaña de aspecto ruinoso y entró.

    —No hace falta este jueguecito del gato y el ratón.

    —Yo creía que tú eras más de la serpiente y el conejo—la mujer apareció detrás de él apoyada en la puerta de la entrada.

    Le sonrió de manera coqueta y se acercó a Orochimaru.

    —¿Y cuál de los dos sería la serpiente?—preguntó él.

    La mujer se acercó y lo besó. Orochimaru no pudo reprimir sus ganas y la respondió con violencia quitándole la parte de arriba del vestido.

    —Yo—la mujer desconocida le cercenó la garganta de un corte perfecto. Orochimaru cayó al suelo entre gritos de dolor y sangre.

    La mujer se acomodó el vestido y se acercó a Orochimaru. Pasó un dedo por la sangre del cuchillo y la chupó:

    —Hace dos días encontramos el cuerpo de mi hermana en el lodazal. Si la hubiéramos encontrado más tarde, los cerdos se la habrían comido. No hacía falta ser un genio para saber que fuiste tú quien se la llevó, hijo del diablo—le clavó el cuchillo varias veces en el estómago hasta que Orochimaru dejó de moverse.

    La mujer envolvió el cuchillo y salió de la cabaña. Fuera le esperaba uno de los soldados que había salido con Orochimaru y que no había dudado en vengarse de ese monstruo que tenía por señor. Muchos años callando las atrocidades de esa bestia.

    Al ver a Orochimaru salir de la taberna, se había deslizado sigilosamente y lo había seguido, a la espera de que la mujer lo matara. Le entregó un caballo y la mujer huyó de la cabaña.

    El soldado encendió una tea y la lanzó a la cabaña. Comprobó que Orochimaru estuviera muerto en el suelo e incendió el lugar. Nadie vio nada y nadie sabría nada.

    —T—

    Yakumo y Tsunade estaban rezando a los dioses de la Voluntad del Fuego cuando Mito entró por sorpresa en la habitación de su hija. La expresión de su cara confundió a las dos jóvenes.

    —¿Qué ocurre, madre?

    —No os podéis imaginar lo que ha pasado.

    La reina madre reveló que habían encontrado el cuerpo de Orochimaru quemado en unas ruinas a las fueras de Konoha. Tsunade respiró profundamente. Sintió que su corazón se le salía del pecho ante la noticia. Yakumo lloró y agradeció a los dioses que no permitieran esa boda.

    Sin embargo, quien no estaba tan feliz era Danzo Shimura. Al descubrir el cuerpo de su sobrino mandó a todos sus soldados a que peinaran Konoha, pero nadie descubrió nada.

    Danzo montó en cólera ante la falta de pistas sobre quien podría haber hecho:

    —Descubriremos quién ha hecho esto, marqués—dijo el rey, pero tras una semana de investigación nadie consiguió dar algún indicio.

    Tsunade intentó asimilar el golpe de suerte que había tenido. Le informaron que el cuerpo tenía una herida profunda en el cuello y varias puñaladas en el estómago. La princesa agradeció a la persona anónima que había matado a ese monstruo. Posiblemente sería una víctima o familiar de las crueldades de esa persona.

    Con la muerte de Orochimaru, el matrimonio fue cancelado. Shimura empezó a pensar en que alguien de la familia real podría haber movido los hilos para asesinar a su sobrino. Su pérdida lo dejaba en un lugar vulnerable. Había jugado todo a la carta del matrimonio para atar al rey al pacto, pero ahora sin pretendiente, no había nada que pactar.

    Lanzó la copa de vino a la pared. Dio orden de que nadie lo molestara en sus aposentos. Tenía que pensar en alguna forma de minar el poder del rey, de dejarla en entredicho de una vez por todas.

    Reflexionó y dejó que su mente fluyera. Habría alguna manera de ganarle al rey.

    —T—

    Tras una semana de la muerte de Orochimaru, nadie lloró por él, Tsunade decidió retomar su rutina. Había escapado dos veces de un matrimonio concertado, la primera de ellas mediante un ardid y la segunda mediante la venganza de un ángel justiciero anónimo. Eso le dio fuerzas para luchar ante cualquier eventualidad, la cual llegó demasiado pronto.

    Una tarde mientras volvía con Yakumo con algunas plantas medicinales, notó en los jardines del palacio algo raro. Los soldados, guardias y siervos murmuraban. Las dos jóvenes se dieron cuenta de ello y se extrañaron.

    Cuando cruzaron la puerta de la alcoba, vieron a Chiyo sentada en la cama de Tsunade con la mirada perdida. La anciana reaccionó al verlas y se aseguró de que la puerta de la alcoba estuviera bien cerrada:

    —¿Qué ocurre, Chiyo?—preguntó Tsunade.

    —Se ha extendido un rumor por toda la corte, princesa.

    —¿Qué dice ese rumor?

    —Que Yukimaru no es hijo del rey sino del caballero Hidan.

    Continuará en el capítulo V: Yukimaru​
     
    Última edición: 17 Octubre 2018 a las 12:28 PM
  13. Threadmarks: V. Yukimaru
     
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    Título:
    Tsunade. Camino a la corona (TsuJir)
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    16
     
    Palabras:
    1855
    Autor: HokageLaura
    Título: Tsunade. Camino a la corona
    Tipo: Long Fic
    Género: Medieval, romántico, drama, M
    Palabras: 1777 (sin contar las anotaciones)
    Advertencias:Los personajes pertenecen a Masashi Kisimoto. Yo los he cogido y los he adaptado a la serie de televisión Isabel (realizando algunos cambios). A partir de aquí la historia puede contener algunas escenas fuertes y hay una explicación un poco asquerosilla sobre una cuestión.

    Capítulo V: Yukimaru

    Yakumo y Tsunade oyeron sorprendidas ese rumor. Recordé entonces cómo Hidan había mirado a mi hermano, Guren y Yukimaru. ¿Había una historia oculta entre ellos?

    —Yakumo, conoces a la reina mejor que yo. ¿Tú crees que puede ser verdad?

    —No lo sé, princesa. La relación entre los reyes siempre ha sido extraña y mucha gente se sorprendió al ver que la reina quedaba encinta tras ocho años de matrimonio. Además, está aquello que ocurrió durante la noche de bodas.

    —¿Qué ocurrió?—preguntó Chiyo.

    —Mi abuelo me contó que cuando terminó el banquete los reyes fueron a su alcoba a consumar el matrimonio. Ese acto es de vital importancia para comprobar si la reina había llegado virgen al matrimonio. Como muestra de su pureza, tras la consumación las doncellas deben sacar de la alcoba las mantas manchadas con sangre que indican que la reina ya no es virgen. La cuestión es que Itama dejó bien claro que no quería que lo molestaran ni a él ni a la reina tras la noche de bodas. Por lo tanto, los nobles no pudieron confirmar nada y desde aquello, la nobleza analizó cada acto del rey y de la reina. Incluso se llegó a decir que los reyes pasaban semanas e incluso meses sin compartir lecho.

    Tsunade se sentó ante tales descubrimientos. Ella sabía de esa antigua costumbre de comprobar si el virgo de la mujer había sido roto y su madre una vez le habló de él cuando fue su noche de bodas con Hashirama. Ante tales sospechas, la tardanza de la reina en quedarse embarazada y la cercanía de Hidan a los reyes, era cuestión de tiempo que el rumor surgiera. Pero ahora quedaba una cuestión, ¿quién lo había creado?

    —T—​

    Tsunade enseñó a Yakumo las medicinas prometidas y la mandó a descansar. Recostada en la cama analizó la situación. Por la posición de su hermano, muchos deseaban aprovecharse de su buena voluntad y ante la negativa, cualquier podría haberse vengado de Itama. Sin embargo, eran demasiadas las pruebas que apoyaban el chisme.

    —Princesa—Chiyo entró precipitadamente en la alcoba—. Vuestro hermano ha convocado a la corte en la sala del trono.

    Se levantó corriendo y fue hasta el lugar indicado. Cuando llegó, los nobles estaban en corrillos murmurando. Entre ellos estaba Danzo Shimura. Mito observaba la situación desde su sillón cercano al trono con el gesto serio.

    Tsunade se puso al lado de Tobirama, quien observaba con los brazos cruzados a la gente intentando comprender cómo se había llegado hasta esa situación:

    —Tío, ¿creéis de verdad ese rumor?

    —No, pero poco importa lo que yo crea sino lo que piensen ellos—con su dedo señaló a la nobleza.

    Los reyes llegaron y los murmullos cesaron. La reina se sentó en su trono. El maquillaje que llevaba puesto no pudo tapar los ojos llorosos que tenía. Itama se puso en medio del salón y tomó aire:

    —Han circulado ciertos rumores sobre la paternidad de mi hijo y me siento consternado. Creía que vivía entre amigos y ahora me doy cuenta de que vivo entre buitres. Yukimaru es mi hijo. Yo me encamé con la reina y como resultado fuimos padres. Es cierto que tardamos ocho años en poder dar un heredero, pero posiblemente esa fuera la voluntad de los dioses, no la nuestra. Por lo tanto—en este momento alzó la voz—, tacharé de traidor a cualquier persona que insulte a la reina o al caballero Hidan. ¿Está claro?

    Los nobles asintieron y fueron marchándose uno a uno. La reina se levantó y salió del salón, directa, a la alcoba real, mientras que Itama le pidió a la reina madre que la acompañara a los jardines. Tsunade sintió pena por la reina. Quizá la habría juzgado mal y necesitaba el apoyo de alguien.

    —“Esto no ha hecho más que empezar”—pensó Tobirama.

    —T—​

    Tsunade salió del salón y deambuló por los pasillos del castillo hasta que se decidió ir a la alcoba real. Al llegar tocó la puerta pero nadie la respondió. Abrió la puerta y descubrió que Guren no estaba ahí. Solamente estaba la ama de cría y Yukimaru. Se acercó a su sobrino y lo examinó buscando parecidos con su hermano: el niño tenía los ojos de color violeta como su madre y el pelo de un color verdoso. Examinó los rasgos faciales detenidamente creyendo ver quizá algo de su hermano en ellos pero Yukimaru era aún muy pequeño para que su rostro se desarrollara.

    —¿Qué hacéis aquí?—Guren estaba en la puerta con el maquillaje descorrido.

    —Venía a consolaros, majestad, yo creo que-que…

    —No me interesa lo que pienses, Tsunade. No te acerques a mi hijo—agarró su brazo y la empujó fuera de la estancia. Cerró la puerta delante de sus narices.

    Cuando la princesa giró la cabeza, vio al caballero Hidan al fondo del pasillo, lugar del que posiblemente habría venido la reina. Hidan observó a la princesa con su rostro tranquilo y serio y Tsunade no supo que interpretar qué pasaba en ese momento.

    La princesa buscó a Yakumo y la encontró hablando animadamente con su tío Tobirama. Los espió desde la esquina y vio cómo los dos intercambiaban palabras con plena confianza. Incluso observó a su tío susurrándole algo a Yakumo que hizo que se sonrojara.

    Tsunade salió de su escondite y llamó a su doncella:

    —Debo atender unos asuntos. Tened un buen día—Tobirama se despidió y Tsunade intuyó mucho más de lo que los dos querían aparentar. Yakumo se sonrojó pero no dijo nada más. Las dos salieron del castillo y pasearon por el bosque sobre unos caballos.

    Tsunade le comentó qué había ocurrido con Guren cuando quería consolarla y de cómo la había echado, sin olvidar el encontronazo con Hidan.

    —Mi hermano ha querido dejar claro su paternidad sobre Yukimaru, pero hay algo que me escama en todo esto—confesó Tsunade.

    —El rey desde siempre ha confiado en Hidan. Lo ve como un hermano y quizá no puede concebir que la reina le haya sido infiel con él.

    Intentó sacar algo de todo ello pero solamente veía sombras.

    —T—​

    Mito tenía la cabeza de su hijo sobre su regazo. Acababa de escuchar a su hijo y él no podía aguantar más sus lágrimas. Se maldijo por no haber visto en su momento el nido de cucarachas que era la corte en los últimos años de vida de Hashirama y ahora su hijo le acababa de confesar muchas cosas que debía él soportar.

    —T—​

    Tsunade intentó coincidir lo justo con Guren y si Nawaki quería acercarse a Yukimaru, siempre era bajo su supervisión o la de su madre. Ante ellos Guren no perdería la calma como con ella.

    Tsunade se puso a preparar algunos brebajes mientras Yakumo se sentó al caer de la cama de la princesa a leer. La princesa dio orden a Chiyo para que le subiera la cena de las dos a la alcoba. Justo cuando se pusieron a degustar la comida, Tobirama entró en la habitación. Yakumo se puso como un tomate y Tsunade tuvo una idea:

    —Tío, quedaros a cenar con nosotras—Tobirama se sobresaltó ante el ofrecimiento de su sobrina, pero accedió. Se sentó al lado de Yakumo y los dos por la proximidad se rozaron. Tsunade disfrutó de la situación. Poco a poco los ánimos se tranquilizaron y los tres disfrutaron de una amena cena.

    Sin embargo, esa aparente calma desapareció un mes después cuando Tsunade, Yakumo y Tobirama salieron de caza. Tsunade les ayudaba a los dos a que tuvieran momentos de intimidad y relación. Sabía que su tío siempre se había dedicado al estudio y el bienestar del reino en tiempos de su pare y que se dedicó en cuerpo y alma a cuidarla a ella y a su hermano en el País de las Olas. Jamás tuvo tiempo para sí mismo y para desposar a una mujer y si con Yakumo había llegado el momento (Tobirama, aunque fuera mayor, no había perdido su atractivo), ella iba a ayudarles.

    Tras dar cazas a algunos conejos, Yakumo y la princesa descansaron en al lado de un pequeño lago mientras Tobirama fue a recoger las presas. En ese momento, un ruido las sorprendió. Tobirama se acercó corriendo y los tres vieron a Danzo Shimura y a otro caballero acercarse a ellos. El gesto que llevaban les delató que había problemas:

    —¿Qué ocurre?—dijo Tobirama.

    —Algunas familias y parte del ejército se han sublevado contra el rey y no lo reconocen como tal—dijo Shimura.

    —¿¡Qué!?—preguntó Tobirama.

    —No puedo daros más detalles, pero debemos irnos a las afueras donde mis ejércitos nos esperan. La reina madre Mito y Nawaki están allí protegidos—dijo Shimura.

    Esas palabras no me reconfortaron. Había algo que no me cuadraba.

    —¿Y mi abuelo?—preguntó Yakumo.

    —Cuando se produjo la sublevación, Itama con ayuda de los soldados y nobles que aún le son fieles cerró las puertas del castillo y la ciudad. El samurái Mifune—señaló al otro caballero quien levantó la mano al verse aludido— y yo conseguimos sacar a la reina Madre y al príncipe Nawaki junto con Chiyo y algunos más, pero tu abuelo no estaba entre ellos.

    Yakumo palideció y se desmayó. Tobirama la sujetó ente sus brazos y subió al otro caballo que habían traído el marqués y Mifune. Tsunade de un salto se puso detrás del samurái y a una velocidad sobrehumana, los caballos los sacaron de los bosques reales hasta las afueras.

    Llegaron a un campamento muy rudimentario custodiado por los soldados más fieles de Shimura. Nada más ver a Chiyo, Tobirama fue con ella para que tratara a Yakumo. Sin embargo, Tsunade siguió al marqués y a Mifune hasta la tienda del centro del campamento.

    —¡Tsunade!—su madre la abrazó con fuerza y lloró.

    —¿Qué ha ocurrido, madre? ¿Cómo es que se han revelado frente a Itama?

    —Porque no lo reconocemos como nuestro rey—dijo Shimura.

    En ese momento Tsunade cayó en la cuenta de que Shimura en un momento no se incluyó entre los sublevados en la explicación posiblemente para no alterarla.

    —Itama es un rey débil que no controla ni a su propia esposa ni con quien folla. No podemos estar obedeciendo a un hombre que no se hace respetar entre los muros de su alcoba ni tiene altura de miras para dirigir un reino.

    —Por eso, hemos decidido encumbrar a Nawaki como nuestro verdadero rey.

    Los nobles presentes sacaron sus espadas y se la ofrecieron mediante una reverencia a Nawaki, quién no entendía nada de lo que pasaba.

    En ese momento, la reina madre estalló a llorar.

    Continuará en el capítulo VI: El heredero Nawaki
     
    Última edición: 17 Octubre 2018 a las 12:33 PM
  14. Threadmarks: VI. El heredero Nawaki
     
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    Autor: HokageLaura
    Título: Tsunade. Camino a la corona
    Tipo: Long Fic
    Género: Medieval, romántico, drama, M
    Palabras: 1781 (sin contar las anotaciones)
    Advertencias:Los personajes pertenecen a Masashi Kisimoto. Yo los he cogido y los he adaptado a la serie de televisión Isabel (realizando algunos cambios). AVISO: ESCENA FUERTE AL FINAL

    Edades de los protagonistas:

    Mito Uzumaki: 40 años.

    Itama Senju: 24 años.

    Tsunade: 18 años.

    Nawaki: 12 años.

    Tobirama: 42 años.

    Yakumo: 18 años.



    Capítulo VI: El heredero Nawaki

    Desde que Tsunade había dejado el País de las Olas hasta la rebelión habían pasados dos meses. En ese tiempo, ella había descubierto que la corte era un nido de víboras cada cual esperando su momento oportuno: Guren, Danzo… y ella había crecido en sabiduría e ingenio. El problema era que Nawaki seguía siendo un niño y los nobles favorecedores de la insurrección querían hacerlo un rey.

    Bajo la tutela de Danzo Shimura, Nawaki se entrenó en combate a marchas forzadas. Los ejércitos rebeldes que no reconocían a Itama estaban al sur del país, mientras que los aliados del rey se concentraban en el norte y este, mientras que el oeste era azotado por el cacique de Hanzo la Salamandra. El rey necesitaba un equilibrio de fuerzas para acabar con ese hombre y conservar la corona.

    Tsunade y Mito sentían que Nawaki se les escapaba de las manos. Habían intentado convencer a Danzo de que pactara una paz con Itama, pero nadie cejaba en su intento. Aunque Mito fuera la reina madre y tuviera el respeto de la nobleza, su posición solamente era espiritual para las fuerzas guerreras. En las primeras escaramuzas, la victoria fue para los sublevados, lo que hizo que Nawaki se dejara llevar por la victoria y entrara en un mundo que debería estar vedado para él por ser tan joven.

    Tsunade lo encontró ebrio una noche en uno de los campamentos. Yakumo se había convertido en la sombra de Mito, por orden de Tsunade, y la propia princesa intentaba que el ahora convertido en rey no se perdiera del camino correcto. Shimura había reclamado la ayuda de Tobirama como general del ejército, hecho que tuvo que aceptar a regañadientes por su sobrino Nawaki.

    Por lo tanto, estaba Tsunade sola con Nawaki. Esa noche intentó llevárselo a un lugar apartado para que vomitara todo lo ingerido.

    —Nawaki, no vuelvas a beber con ellos.

    —Hermana, soy-soy el re-rey del País-País del Fuego. Debo brindar con mis sol-soldados.

    —¿Tú te has visto? Solamente eres un niño.

    —Danzo dice que soy un hombre, hermanita—Nawaki cayó encima de Tsunade confundido por su estado.

    Como pudo lo arrastró a su tienda y Chiyo le ayudó. Velaron su sueño hasta que llegó el alba. Con los primeros rayos de luz, el campamento fue levantado y por órdenes de Shimura, se dirigieron al templo de Fuego.

    —Tsunade, ¿puedo hablar contigo?—dijo Yakumo.

    Las dos montaban sus caballos e iban a la altura de las provisiones del ejército. Estaban alejadas de los soldados y Tobirama iba con Nawaki y Shimura a la cabeza. Chiyo estaba con la reina madre Mito custodiada por los samuráis de Mifune un poco más adelante.

    —¿Qué ocurre?

    Yakumo se cercioró de que nadie las escuchaba y habló:

    —No sangro.

    Tsunade paró su caballo de golpe y miró a Yakumo quien intentaba rehuirle de la mirada.

    —¿Desde cuándo?

    —Desde hace un mes.

    La princesa miró a su amiga quien ocultaba su barriga con los brazos.

    —No puede ser—dijo Tsunade, quien enseguida miró a Tobirama que estaba lejos—. ¿Vosotros dos lo habéis…

    Yakumo le tapó la boca para que no terminar la pregunta. Simplemente, asintió con la cabeza.

    —En los primeros días, yo estaba triste ante la falta de noticias de sobre la gente que no pudo salir de Konoha. Tobirama me apoyó y me consoló. No es la primera vez que él y yo estábamos a solas. Siempre que podía venía a mi tienda a cuidarme hasta que hace un mes y medio me encontró llorando en el lecho de un río y me abrazó. Ahí fue donde lo hicimos por primera vez.

    Tsunade no podía asimilar todo lo que decía su amiga. Con la situación de caos y guerra y ella no había percibido nada.

    —Espera un momento, Yakumo. ¿Él te hizo daño?

    —No. Tobirama es un caballero. Ojalá los hombres de la corte le llegaran a la suela de los zapatos. Cuando me abrazó, nos dejamos llevar. No podíamos aguantar más. Desde entonces, nos hemos estado viendo a escondida para poder estar juntos, pero de verdad.

    —¿Él lo sabe?

    Yakumo lo negó.

    —Estamos en guerra, no sé nada de mi abuelo. Cuando esto se sepa, me acusarán de haberlo seducido y me tacharán de bruja. Ni siquiera estamos casados—empezó a llorar.

    Tsunade respiró y tomó el mando de la situación:

    —Cuando lleguemos al Templo del Fuego, le pediremos a Chiyo que te examines para estar seguras. Entonces se lo diremos a Tobirama.

    —Tsunade, si resulta que no es un retraso y estoy encinta, yo quiero tenerlo, aunque el mundo se ponga en mi contra.

    —Y yo te ayudaré, amiga. Las dos estaremos juntas hasta el final.

    —T—​

    Llegaron al Templo del Fuego al atardecer. Los monjes ofrecieron agua, comida y alojamiento, pero el tamaño de los ejércitos obligó a levantar campamentos alrededor del santuario. La reina madre, Nawaki, Shimura, Tsunade y Tobirama llevaron flores a la tumba de Hashirama Senju, quien fue enterrado en aquel templo. Tsunade quiso quedarse más tiempo, pero fue con Yakumo a consultar a Chiyo. Tras un breve examen, la anciana le confirmó la noticia: estaba encinta.

    Yakumo rompió a llorar. Estaba feliz por la noticia pero estaba en un mundo de hombres que no iban a entenderla. Las tres salieron del Templo y pasearon por el campamento hasta que llegaron al bosque. Quedaba poco para que oscureciera, pero necesitaban que les diera aire.

    —¿Y si Tobirama no lo quiere?—dijo Yakumo.

    —Mi tío me ha criado como si fuera la hija que nunca pudo tener. Él quiere tener ese bebe y tú debes cuidarte.

    —Tsunade, ¿has visto cómo nos miran a las dos? Incluso a Mito, la madre de Nawaki. Sé lo que dicen y lo que harían con nosotras si no estuviéramos tan protegidas por Tobirama. Créeme, no te gustaría saberlo.

    Claro que Tsunade sabía que las dos y su madre eran objeto de los comentarios más lujuriosos del campamento. Si no fuera por la férrea disciplina de Shimura y la protección de Shimura, algo podría haber pasado. Como iba a ocurrir en ese momento.

    Cuando quisieron darse cuenta, se habían perdido en el bosque. El destello de las teas del campamento había desaparecido. Oyeron un ruido y descubrieron a dos soldados sin la armadura puesta y con varias copas demás.

    —Nos han seguido—dijo Tsunade, poniéndose delante de las dos.

    —Encima de zorras, listas—dijo uno de los soldados.

    —Hemos escuchado vuestra conversación—dijo el otro.

    Yakumo palideció, pero Tsunade no se asustó.

    —Si nos hacéis algo, seréis castigados—amenazó Tsunade.

    —La princesita tiene agallas. Me gustas. Creo que me divertiré contigo—dijo de nuevo uno de los dos.

    —Ni muerta—dijo Tsunade.

    Los dos soldados se rieron y un tercero que estaba escondido golpeó a Chiyo. Del susto, el otro soldado agarró de los pelos a Yakumo y la arrastró hasta el árbol. Tsunade quiso separarlos pero el otro soldado la agarró del brazo y la tiró al suelo. Yakumo gritó y golpeó a su secuestrador, quien apenas se inmutó. Le dio un puñetazo y esta cayó aturdida.

    Tsunade quiso levantarse pero su atacador le metió una patada en el vientre y se abalanzó sobre ella. Pudo notar el aliento en su cuello, momento que aprovechó para agarrar una piedra y golpear al soldador. El golpe lo enfureció más y la pegó. Tsunade volvió a caer al suelo y vio que parte de su vestido había sido desgarrado por el cuello, dejando parte de sus pechos a la vista. El soldado los lamió y empezó a subirle la mano por las piernas,

    Justo antes de llegar a la zona íntima de Tsunade, un golpe lo lanzó al suelo con fuerza. Tobirama había llegado en el momento justo. Un soldado libró a Chiyo de su atacante. Cuando Tobirama vio que Yakumo estaba a punto de correr la misma suerte, se lanzó al soldado y le destrozó completamente la cara. Yakumo paró a Tobirama abrazándole por detrás.

    Danzo y Nawaki llegaron poco después. Tsunade se recubrió con la capa de Nawaki y entre ella y Yakumo ayudaron a Chiyo.

    —En los ejércitos del rey Nawaki no hay lugar para la escoria como vosotros—dijo Danzo. Un grupo de leales soldados llegó y se llevaron apresados a los tres soldados que las habían atacado.

    Sin embargo, Yakumo sintió que sus fuerzas se iban de su cuerpo y se desmayó. Tobirama la sujetó y vio como sangraba por abajo. Fue llevada en el caballo de Tobirama hasta la tienda de Chiyo y ahí fue atendida.

    Mito entró corriendo y abrazó a su hija, quien tenía la cara masacrada por golpes. Nadie de ellos durmió en la noche, salvo Yakumo. Entonces Tobirama descubrió que esperaba un hijo suyo y se maldijo por haberse despistado un momento en la noche anterior. Estaba tan centrado en Danzo y las alianzas que planeaba que no vio nada más. si hubiera llegado a más ese soldado, posiblemente habría perdido el bebé y el hombre sí que habría muerto a manos suyas.

    Muy pronto, todo el campamento se enteró de lo que había sucedido. Mito no se separó de su hija ni de la doncella. Incluyo Chiyo, que tenía algunos rasguños, las vigilaba.

    —Creo que deberíais ver esto. Vuestros captores van a ser castigados—dijo Shimura desde la entrada de la tienda.

    Yakumo quiso levantarse pero Tobirama se lo impidió. El bebé estaba fuera de peligro, pero no quería arriesgarse por lo que Tsunade y Mito salieron y acompañaron a Shimura. En el centro del campamento, estaban los tres soldados atados por la espalda. La princesa supo quién era el atacante de Yakumo por el estado de su cara, cortesía de Tobirama.

    —Estos hombres atacaron a la princesa y sus doncellas ayer. Todos sabéis que exigimos disciplinas y buen comportamiento y ellos han infligido las normas. Deben ser castigados—dijo Shimura frente a los soldados quien jalaron al marqués.

    Los tres soldados, que estaban con la boca tapada, se asustaron y negaron con la cabeza. Tsunade vio en sus rostros algo más. Había algo en sus miradas que le daba mala espina. Los tres suplicaban con lágrimas al marqués quien sonrió:

    —Majestad—le dijo a Nawaki quien miraba con odio a los soldados—. ¿Qué opináis?

    Tsunade observó a su hermano. Se dio cuenta de lo crecido que estaba.

    —Muerte—decretó Nawaki.

    Shimura le dio la orden al verdugo y cortó la cabeza a los tres soldados. El resto de los ejércitos jalaron a Nawaki. Sin embargo, Tsunade y Mito se quedaron estupefactas ante la frialdad que habían percibido en Nawaki.
    Cuando el verdugo terminó, todos animaron a su joven rey. Ya no lo veían como un niño.

    Continuará en el capítulo VII: El capitán Dan Kato​

    La escena del ataque a Tsunade, Yakumo y Chiyo es muy cliché pero necesitaba esta escena como pretexto para presentar al personaje que aparece en el título del siguiente capítulo. Y para una cosita más que no puedo decir ahora. :P
     
    Última edición: 17 Octubre 2018 a las 12:37 PM
  15. Threadmarks: VII. El capitán Dan Kato
     
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    Título:
    Tsunade. Camino a la corona (TsuJir)
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    16
     
    Palabras:
    1830
    Autor: HokageLaura
    Título: Tsunade. Camino a la corona
    Tipo: Long Fic
    Género: Medieval, romántico, drama, M
    Palabras: 1732 (sin contar las anotaciones)
    Advertencias:Los personajes pertenecen a Masashi Kisimoto. Yo los he cogido y los he adaptado a la serie de televisión Isabel (realizando algunos cambios).

    Edades de los protagonistas:

    Mito Uzumaki: 40 años.

    Itama Senju: 24 años.

    Tsunade: 18 años.

    Nawaki: 12 años.

    Tobirama: 42 años.

    Yakumo: 18 años.


    Capítulo 7. El capitán Dan Kato


    Los monjes del Templo del Fuego se mostraron neutrales. No querían tomar partido por ninguno de los bandos en la guerra. Pero tenían bien clara una cosa: las sagradas puertas del templo darían comida y cama a cualquiera que lo pidiera.

    Tras el castigo público de los tres soldados, Tobirama tomó una decisión: no podía dejarlas solas en ningún momento. El escarmiento público había levantado una barrera entre los soldados y la princesa y Yakumo, pero no quería arriesgarse. Sabía lo que tenía que hacer.

    Por orden de Mito, Tsunade y Yakumo dormirían en su tienda, que siempre estaba custodiada por samuráis.

    —Los samuráis son mercenarios, guerreros sin amo. ¿Por qué iban a defendernos? O mejor aún, ¿por qué participan en esta guerra?—preguntó Tsunade.

    Justo en ese momento entró Mifune, el jefe de los samuráis.

    —Porqué Itama no es un buen rey, princesa. Reconocemos que tiene valía, pero en estos años ha sido un rey blando, indiferente a los problemas de un pueblo que ha llegado hasta nuestras fronteras huyendo de los problemas que vuestro hermano no ha querido resolver.

    Eso dejó perpleja a Tsunade.

    —Mi hermano puede ser muchas cosas, pero él ama a su pueblo.

    —Habéis estado muchos años fuera del País del Fuego, excelencia. Las decisiones que ha tomado el rey en su mayoría no han ayudado al pueblo.

    —He estado fuera diez años, pero no soy tonta. Sé que mi hermano ha estado rodeado de buitres y carroñeros que se han aprovechado de él.

    —Basta—dijo Mito. Los dos se separaron y miraron a Mito que había escuchado toda la conversación desde su silla.

    —Lo siento, madre.

    —Mis disculpas, alteza.

    Mifune se inclinó y salió de la tienda. Al poco entró Tobirama con una persona cubierta por una capa:

    —Yakumo, Tsunade, os presento al capitán Dan Kato.

    El aludido se retiró la capucha y las jóvenes pudieron adivinar cómo era. De rasgos faciales hermosos, era alto, casi tanto como Tobirama, y tenía el cabello de color azul como el cielo. Se inclinó ante las dos.

    —Será vuestra guardia personal.

    —Para mí será un honor protegeros a las dos.

    —No necesitamos niñera, tío—dijo Tsunade.

    —La guerra saca lo peor de las personas, Tsunade. Quiero que estéis protegidas hasta que acabe esto—concluyó Tobirama y fue hasta Yakumo para consultar su estado.

    Tsunade miró a Dan y lo examinó. Era atractivo y desprendía un aura de confianza y bondad. Aun así, Tsunade se mosqueó. Nunca había necesitado a nadie que la protegiera. Suspiró y salió de la tienda para traer agua. Cuando quiso darse cuenta, Dan estaba suya.

    —No tienes que ser mi sombra.

    —Discrepo. Las órdenes de vuestro tío son seguiros y guardar vuestras espaldas.

    —Sé luchar—dijo Tsunade encarándosele.

    —Nadie lo duda. Había oído historias sobre la princesa Tsunade y su apuesta con el rey del País de los Ríos y cómo “ganó”—lo último lo dijo entre comillas.

    Tsunade se sonrojó al recordarle aquel episodio. Sin embargo, se percató del último comentario que le había hecho.

    —Fue una victoria limpia. Si él no sabe tensar un arco y tener cuidado, no es mi culpa

    Llenó la el barreño de agua y se dirigió a la tienda. Dan Kato sintió curiosidad ante la fuerza de la princesa. Nunca había visto a alguien que desafiara a un rey o se encarara con un soldado. La ayudó con el barreño a lo que ella se negó. Al intentar demostrar que podía cargar con él, se tropezó y el agua cayó, manchándolos a los dos. A los pocos segundos, los dos comenzaron a reír a carcajada limpia.

    Con el paso de los días, Tsunade fue haciéndose a la compañía de Kato y Yakumo era consciente de cómo el capitán la miraba. Solo le quedaba saber si ese sentimiento era recíproco. Sin embargo, la aparente felicidad duró poco. Los ejércitos del rey habían avanzado y estaban cerca de su posición. Itama estaba a la cabeza de las guarniciones y había reforzado el número de soldados. Dan, aunque fuera el guardaespaldas de las dos, tenía que pelear y se dirigió a la tienda de Nawaki. Sin embargo, el joven no estaba preparado para la batalla.

    —Alteza, debéis prepararos.

    —No, puedo Dan.

    El capitán lo observó. La actitud fría de días pasados había desaparecido; tenía miedo y se notaba.

    —No puedo luchar contra Itama. Es mi hermano.

    —Majestad, muchos esperan de vos fuerza, no debilidad.

    Nawaki negó con la cabeza y empezó a llorar. Sin pensárselo dos veces, cogió la armadura y el yelmo de Nawaki y se los puso.

    —No salgáis de la tienda hasta que volvamos, alteza.

    Dan Kato, vestido con el traje de Nawaki y ocultando su cara, salió de la tienda y ocupó el puesto del joven. Ante ese gesto, Nawaki se sintió el ser más miserable y cobarde de todos.

    —T—​

    La pelea fue encarnizada. No hubo un claro vencedor, pero los soldados observaron como el rey Nawaki había luchado con fuerza y valentía. Hasta Shimura y Tobirama se habían quedado sorprendidos. A la noche, cuando llegaron los ejércitos con los heridos, Dan prácticamente voló hasta la tienda de Nawaki y se cambió rápidamente. Desaliñó la apariencia de Nawaki y lo vistió con la armadura.

    —Si preguntan, yo contestaré.

    Nawaki asintió y los dos salieron de la tienda. Tal y como había dicho Dan, solamente él respondía a las preguntas y felicitaciones dirigidas Nawaki bajo el pretexto de que había estado con él y lo había visto todo.

    Mientras Tsunade, Yakumo, Mito y Chiyo ayudaban a los heridos. Tras terminar de cambiar las vendas a un soldados, vio a Nawaki y Dan y salió corriendo hacia donde estaban. Se lanzó a los brazos de su hermano, llorando.

    —He pasado mucho miedo, Nawaki.

    Sin embargo, Dan no respondió. A ella no podía mentirle.

    —No ha sido nada, hermana—dijo Nawaki. Después abrazó a Dan.

    —Gracias por haber estado con mi hermano, Dan.

    Le dio un beso en la mejilla y volvió con su madre y Yakumo a curar a los heridos.

    El capitán sintió un cosquilleo en su estómago ante el gesto de la princesa. Se tocó donde ella lo había besado y se sonrojó. Dio gracias a los dioses de que nadie se hubiera dado cuenta de ellos.

    —T—​

    En Konoha, los ánimos eran muy distintos. Eran superiores en número, pero las proezas de Nawaki habían calado en el ejército real y para colmo, habían sido repartidos de manera furtiva por todo el reino libelos (1) que declaraban la ilegitimidad del hijo del rey Itama. Esa pérdida de “virilidad”, caló en los soldados y sabía que debía tomar una decisión al respecto, por mucho que le doliera.

    —T—​

    —El rey ha exiliado a la reina Guren—dijo Shimura.

    En la mesa de reuniones, estaban Nawaki, Tobirama, Mifune, algunos líderes de clanes, Dan Kato, Tsunade y Shimura. La treta de dispersar el rumor había sido idea de Shimura y había surtido efecto.

    —He de suponer que el rumor en Konoha lo esparcisteis vos, ¿marqués?

    Shimura sonrió:

    —El rumor ya estaba de antes, princesa. Yo me limité a poner las palabras exactas. Ahora, el rey ha visto en entredicho su posición y ha tomado una decisión. Eso nos beneficia pues indica que está nervioso.

    —Eso es jugar sucio—dijo Tsunade.

    —Es política, princesa, y vuestro hermano, nuestro verdadero rey, estuvo de acuerdo.

    Tsunade miró a Nawaki quien le rehuía la mirada.

    —Yo-yo creía que era lo mejor, Tsunade.

    Tsunade se maldijo. Debía haber tomado partido en las decisiones mucho antes.

    —Nawaki ha luchado valientemente en esta guerra. Muy pronto, ceñirá la corona del País del Fuego—concluyó Shimura.

    La reunión dio por concluida y Danzo se llevó a Nawaki de allí para tratar asuntos relacionados con las alianzas formadas.

    Ahí sintió Tsunade que cuánto más se acercaba a Nawaki, éste era alejado cada vez más.

    Salió de la tienda y se escondió entre las murallas del Templo para que no la vieran flaquear. Dan la observó a lo lejos y quiso ir a abrazarla, darle su consuelo, pero él era un soldado y ella una princesa.

    —T—​

    Al día siguiente, todos amanecieron con multitud de refugiados de la guerra a las puertas del campamento. Por orden de los religiosos, todos los refugiados fueron ayudados pero eran demasiados y las provisiones escasas. Tsunade, Mito, Chiyo y Yakumo, a pesar de Tobirama, ayudaron a curar a los enfermos, pero no era suficiente.

    Tsunade fue directa a la tienda de Nawaki, pero unos gritos la pararon. Dentro de la tienda estaban Danzo y Nawaki hablando entre gritos y voces. Nawaki quería ayudar a los heridos y Shimura quería echarlos, pues no podían atender a tantos.

    El joven salió de la tienda, sin ver a Tsunade, quien intentó pararlo, pero no tuvo suerte. Quiso seguirlo, pero la reclamaron para ayudar a los heridos y no tuvo más remedio que quedarse.

    Mucho tiempo después, se preguntaría si las cosas habrían sido distintas de haberlo seguido.

    Al caer la noche, Mito se dio cuenta de que Nawaki no estaba y se alarmó. Avisó a Tobirama quien salió a buscarlo con algunos hombres de confianza, entre los que estaba Dan Kato y Tsunade. Con ayuda de teas encendidas se internaron en el bosque hasta que alguien gritó.

    Tsunade llegó hacia el origen de la llamada y lo que vio la dejó paralizada. Su hermano estaba desangrándose en el lecho de un río. Entre algunos soldados lo cogieron y lo llevaron al campamento. Mito se desmayó al ver a su hijo en tal estado. Los doctores le aplicaron los mejores cuidados pero era tarde.

    Tsunade entre lágrima agarró la mano de su hermano, quien le pedía que se acercara:

    —No confíes en nadie, solo en Dan Kato, Tobirama y Mifune.

    Con los primeros rayos del alba, Nawaki murió por la profundidad de sus heridas. Según los médicos, esas heridas solamente se las podía haber hecho él mismo con su espada, información que no saldría de las cuatro paredes de la tienda donde fue atendido.

    Para los ejércitos, Nawaki había muerto de una enfermedad producida por unas fiebres.

    Mito se lanzó al cuerpo de su hijo y Tobirama, entre lágrimas, y Dan Kato la separaron a la fuerza del cuerpo de su hijo.

    Por su parte, Tsunade no lloró. Quiso hacerlo pero no pudo. Su hermano estaba sin vida delante suya y lo único que sentía era impotencia.

    Continuará en el capítulo VIII: Punto de inflexión​

    (1). Según la RAE, es un escrito que difama a una persona.
     
    Última edición: 17 Octubre 2018 a las 12:39 PM
  16. Threadmarks: VIII. Punto de inflexión
     
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    Drama
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    16
     
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    1907
    Autor: HokageLaura
    Título: Tsunade. Camino a la corona
    Tipo: Long Fic
    Género: Medieval, romántico, drama, M
    Palabras: 1782 (sin contar las anotaciones)
    Advertencias:Los personajes pertenecen a Masashi Kisimoto. Yo los he cogido y los he adaptado a la serie de televisión Isabel (realizando algunos cambios).

    Edades de los protagonistas:

    Mito Uzumaki: 40 años.

    Itama Senju: 24 años.

    Tsunade: 18 años.

    Nawaki: 12 años.

    Tobirama: 42 años.

    Yakumo: 18 años.


    Capítulo 8. Punto de inflexión


    POV Tsunade


    Nadie dijo nada. Solamente se oían los sollozos de mi madre que era sujetada por mi tío para que no se cayera. Enseguida la noticia recorrió todo el campamento y llegó a los aliados del ejército rebelde. Los nobles aliados cabalgaron sin descanso hasta la tienda donde el cuerpo de Nawaki era velado. Mi madre no se separaba de mi hermano y Chiyo no se separaba de ella, por miedo a que hiciera alguna locura.

    Por mi parte, miraba sin mirar. Tenía la vista perdida, como si en realidad no estuviera allí sino en aquellos tiempos en los que vivíamos apartados del mundo. No recuerdo cuánto tiempo pasé en aquel estado. Fue Shimura quien me devolvió a la realidad de la manera menos esperada:

    —No podemos dejar que la tristeza nos aflija—dijo Danzo.

    —Es fácil decirlo para ti—le dije con apenas voz.

    —Perdí a un sobrino, princesa. No lo olvidéis—el recuerdo de aquel fantasma a quien nunca conocí vino tan rápido como se fue—. Esto no nos puede hacer perder el rumbo—puso delante de mí unos papeles y me dijo unas palabras que nunca olvidé—. Ahora sois vos quien tiene que tomar las riendas como heredera al trono.

    En el palacio…

    Itama leyó la carta. La releyó cinco veces más hasta que al final se creyó el contenido. Los nobles y generales que comandaban su ejército esperaban respuesta:

    —Iros todos. Ha muerto mi hermano. Debo rezar por su alma.

    Los allí presentes quisieron replicar, pero Itama fue inflexible:

    —¡FUERA!

    Todos se fueron y el rey se quedó a solas con sus recuerdos.


    En el campamento…

    —No puedo hacer eso, marqués. El cuerpo de mi hermano está ahí.

    —Tsunade—Tobirama se acercó—, creo que él tiene razón.

    Abrí los ojos incrédula ante eso.

    —¿Cómo me podéis decir eso los dos? Tío, no tengo fuerzas para nada.

    —Vuestro dolor es el de todos, princesa. Pero por encima de esto, está el País del Fuego y su bienestar y habéis visto lo inestable que es Itama gobernando.

    En estos tiempos de guerra, había comprobado por mí misma que la mayoría de los que se levantaban contra mi hermano era por su poca capacidad de gestión del reino. Pero también sabía que la nobleza se levantaba porque mi hermano mayor no les servía.

    Llena de rabia firmé los documentos y salí corriendo. No quería ver a nadie.

    Corrí, me caí, me volví a levantar y así hasta que llegué al lecho donde habíamos encontrado a Nawaki. Dan Kato me siguió hasta el lugar y se quedó detrás de mí. Yo por mi parte caí al suelo por las pocas fuerzas que tenía.

    —No puedo. No puedo hacerlo, Dan. ¿Cómo puedo ponerme al mando de los ejércitos yo? No soy nadie.

    —Os equivocáis, princesa.

    Se sentó a mi lado y me cogió la mano.

    —Creo que si Nawaki viviera, os habría dejado la tarea a vos por vuestra fuerza y entereza.

    —No soy tan valiente como él. Nawaki vino de su última batalla, victorioso, casi irreconocible. Yo no tengo ese valor—evité su mirada.

    Kato miró hacia otro lado, quizá recordando aquella batalla. Presentí que me quiso decir algo hasta que su cara se relajó:

    —Vuestro hermano fue muy valiente. Yo lo ví—dijo—. Pero él ya no está y hay que asumirlo, como también debéis asumir vuestro deber como reina del País del Fuego.

    Sus palabras, ¿cómo decirlo? Había bondad en ellas. Me reconfortaron. Mi corazón estaba hecho pedazos por la muerte de mi hermano, pero Dan me estaba dando fuerzas. ¿Y si él tenía razón?

    —Pensad que se pueden cambiar las cosas estando vos en el trono. He visto muchas injusticias, muchas de ellas el rey les ha dado la espalda. Esta guerra no es algo que solamente haya surgido por la insurrección de la nobleza y vuestro tío Tobirama lo sabe muy bien—lo miré fijamente. Había datos, hechos que yo no conocía de esa guerra—. Creo que vos seréis una gran reina.

    No sé qué le llevó a hacerlo, pero me acarició la cara y lentamente se acercó. Sin embargo, antes de que el pudiera hacer algo me aparté de su cara.

    —Tsunade—Tobirama nos había sorprendido.

    Dan se levantó y adoptó su pose de soldado. Yo me levanté y me quité las hojas que se habían colado en los bajos de mi vestido. Tobirama nos miró a los dos imaginándose algo que nunca llegaría.

    —Dan, me gustaría hablar con mi sobrina.

    —Dan se queda aquí, tío. Es mi amigo y confío en él.

    No miré a Dan pero supe que esas palabras le hirieron por lo que implicaban.

    —Hay muchas cosas que no me han sido informadas en esta guerra, tío.

    Tobirama dirigió sus ojos a Dan quien mantuvo su mirada fría. No se arrepentía de habérmelo confesado.

    —Y eso va a cambiar a partir de ahora.

    Los dos intuyeron por donde iban mis palabras.

    —Seré la heredera de Itama y seré la reina del País del Fuego.

    —T—​

    Mi hermano fue enterrado junto a mi padre en el Templo del Fuego. Su ataúd fue trasladado al panteón y mi madre y yo vimos cómo lo metían en la tierra. Yo sujetaba la mano de mi madre con fuerza. Ahora solamente estábamos las dos. Cuando volvimos a nuestra tienda, respiré profundamente y hablé:

    —Madre, lucharé por la corona. Me enfrentaré a Itama.

    —Lo sé—su respuesta me dejó sin habla.

    —¿No os molesta mi decisión?

    Ella negó con la cabeza.

    —En el momento en que pusimos un pie en el País del Fuego en nuestra vuelta, fui descubriendo cosas que me preocuparon. Itama lo ha intentado a su manera, pero no lo ha hecho bien, Tsunade. Sé que los nobles lo han influenciado en cierto modo, pero él debería haberse hecho respetar, como hizo tu padre en su momento.

    Más y más secretos que yo no conocía.

    —Itama me ha confesado en la intimidad muchas cosas, hija mía, y me culpo por ello. Si no nos hubiéramos ido hace diez años de la corte, quizá podría haberlo encaminado hacia el buen gobierno, pero me tocó escoger: mi hijo que se convertía en rey o mis otros dos hijos indefensos que acababan de perder a su padre.

    La entereza de mi madre me sobrecogió:

    —No sé si hice bien, pero no hay vuelta atrás. Ahora eres tú la que debe recoger el testigo y te juro, hija mía, que estaré ahí para lo que haga falta.

    La abracé y ella correspondió al gesto.

    —T—​

    Mi pretensión al trono fue entendido de manera desigual en los dos ejércitos. Y ser mujer no ayudaba las cosas. Recorrí con mi tío y Dan las villas más cercanas y comprobé de primera mano lo que habían sufrido por la guerra. Entendí cuál debería ser mi siguiente jugada y también la última. El primero en reaccionar y no entender fue Danzo Shimura.

    —¿La paz? ¿Os estáis riendo de mí?

    —Nunca he estado más cuerda, marqués—le enseñé una carta escrita y firmada por mí—. En esta carta, le pido a mi hermano un encuentro en el Templo del Fuego para acabar con esta guerra. Lo que no se ha conseguido con la espada, se conseguirá con las palabras. Esto se decidirá por mayoría.

    En la mesa de la tienda principal estaban los cabezas visibles del ejército. Todos murmuraron e intercambiaron miradas conmigo. Entonces, se produjo el milagro. Todos fueron levantando la mano, uno a uno. Tobirama y Dan hicieron lo mismo. Incluso, Mifune. Solamente quedaba Shimura, pero no levantó la mano. Todo menos humillarse. Escupió al suelo y salió vociferando.

    Nunca entendí a ese hombre, pero me hacía una idea de cómo estaba hecha su cabeza cuando me informaron que se había pasado al bando de Itama.

    —T—​

    La misiva con la respuesta no tardó en llegar. Los ejércitos se replegaron a las colinas como condición previa al pacto.

    Tobirama, mi madre y yo estábamos en las puertas del Templo del Fuego con algunos soldados a nuestras espaldas. Itama hizo lo mismo. Apareció con Hiddan, algunos nobles y un pequeño grupo de soldados.

    Nada más bajar fue dirigido a la tumba de mi hermano donde rezó por él.

    Todos nos sentamos en un lugar alejado del tempo. Sin embargo, nos costó avanzar debido a ciertos asuntos:

    —No podemos seguir así—dijo Tobirama.

    —Eso es porque sois tan tercos como mulas—masculló Shimura.

    —Lo dice quien cambia de bando cada dos por tres—murmuró Tobirama.

    —Basta—decretó Itama. Estaba ansioso y nervioso. Estaba más delgado y tenía unas ojeras muy profundas.

    —Dejemos a un lado cuestiones que ya no vienen al caso—decretó el obispo Homura—. ¿Por dónde estamos?

    —En que Tsunade se casará con alguien de su misma condición real, que tenga una edad parecida a la suya y que no saldrá del País del Fuego si ella no lo quiere así.

    —Menos mal que es solo eso—dijo Shimura casi con sarcasmo—. Tsunade, vuestra boda es una cuestión de estado. No se puede tomar a la ligera esa decisión.

    —Con quien me acueste yo, es cosa mía, marqués—la acidez que salió de mi boca sorprendió a mi hermano y a Shimura.

    Yo también había cambiado con el transcurso de la guerra. Y también por haber sobrevivido a dos propuestas de matrimonio.

    Itama tenía su cabeza apoyada en su mano. Juré que murmuró algo contra mí, pero lo ignoré. En ese momento, entraron dos siervos de mi hermano. Sus caras de preocupación alcanzaron a todos y mi hermano dio por finalizada la reunión.

    En nuestra habitación, Tobirama dio voz a lo que pensábamos todos:

    —Hay algo que no me gusta. Presiento que Itama tiene un problema que le nubla el juicio y eso puede perjudicarnos.

    —¿Será algo relacionado con Hanzo la Salamandra?—dije.

    —Hasta ahora Itama ha estado luchando contra los dos frentes y ha podido solo. Esto es mucho más delicado. Tenemos que saber qué es, pero sin que se entere él.

    —Yo lo haré—Dan se presentó voluntario—. Sé moverme bien sin que nadie me descubra.

    Tobirama le dio permiso y salió de la tienda. Las reuniones no se reanudaron hasta dos días después, tiempo que tardó Dan en descubrir la verdad.

    Nos hallábamos en la sala con las negociaciones cuando Dan entró. Se arrodilló ante todos nosotros y nos susurró lo que había descubierto.

    —Quiero continuar esta reunión, pero a solas con mi hermano.

    —¿Por qué?—quiso saber Shimura.

    —Porque lo que tengo que hablar con mi hermano es personal.

    Me levanté de la silla y salí de la habitación. Al poco mi hermano salió y lo llevé a un pequeño jardín auxiliar del templo:

    —Vais a nombrarme a mí como heredera.

    —¿Así? ¿Tan fácil?—Itama hizo además de burla pero no me molestó.

    —Sí. Porque vuestra posición está en entredicho al haber tenido la reina Guren dos hijos bastardos con un noble en su exilio.

    Continuará en el capítulo IX: La heredera Tsunade​
     
    Última edición: 17 Octubre 2018 a las 12:41 PM
  17. Threadmarks: IX. La heredera Tsunade
     
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    Total de capítulos:
    16
     
    Palabras:
    1764
    Autor: HokageLaura
    Título: Tsunade. Camino a la corona
    Tipo: Long Fic
    Género: Medieval, romántico, drama, M
    Palabras: 1640 (sin contar las anotaciones)
    Advertencias:Los personajes pertenecen a Masashi Kisimoto. Yo los he cogido y los he adaptado a la serie de televisión Isabel (realizando algunos cambios).


    Edades de los protagonistas:

    Mito Uzumaki: 40 años.

    Itama Senju: 24 años.

    Tsunade: 18 años.

    Tobirama: 42 años.

    Yakumo: 18 años.

    A partir de este capítulo, continuo con el narrador en tercera persona.

    Capítulo 9. La heredera Tsunade​

    —Sí. Porque vuestra posición está en entredicho al haber tenido la reina Guren dos hijos bastardos con un noble en su exilio.

    Las palabras de Tsunade cayeron como un jarro de agua fría sobre el rey que del nerviosismo pasó al llanto:

    —No podéis defender vuestra honorabilidad y la legitimidad de Yukimaru sabiendo lo que ha hecho la reina, Itama.

    —¿Y qué puedo hacer para solucionarlo?—Itama cogió las manos de Tsunade y la miró aun con las lágrimas cayendo. Su hermana esperó unos segundos y habló:

    —Declarad que vuestro compromiso fue nulo. Los antepasados de nuestro padre están en el País de los Remolinos. Eso hace que tengamos lazos de consanguineidad con Guren y Zabuza. Declarad que conocíais eso, pero que aun así os casasteis sin el documento que os permitía el enlace.

    Itama soltó las manos de Tsunade y se sentó. Estaba al borde de la desesperación:

    —Quiero a Yukimaru, pero hay un hecho que no se puede obviar. Proclamadme como vuestra heredera y yo me encargaré de darle un buen futuro a Yukimaru.

    —¿Y yo? ¿Dónde quedo yo?

    —En los documentos que firmemos, no se mencionará nada de Yukimaru. También quedará reflejado que si decido entrar en guerra, quedaré desposeída de mi condición de heredera.

    Itama la miró y trató de ser convincente con sus palabras. La situación ya no podía dar marcha atrás:

    —De acuerdo.

    El pacto fue redactado y firmado por Tsunade, Itama y dos testigos por cada parte más la rúbrica del Templo del Fuego. Tsunade y su grupo de fieles se transportaron al castillo de una vieja conocida de Tobirama, Koharu Utatane, condesa amiga de los Senju desde los tiempos de la guerra contra los Otsutsuki, que había cedido su castillo a la heredera al trono.

    Konoha abrió sus puertas y las familias que una vez fueron separadas se reencontraron de nuevo. Tobirama regresó al castillo dos días después con el abuelo de Yakumo, quien al verlo se lanzó a su cuello llena de alegría. Tras muchas lágrimas y abrazos, Yakumo le confesó su estado a su abuelo, quien para su sorpresa no estaba enfadado sino feliz de que ella hubiera encontrado a un buen hombre.

    En su lejano exilio, Guren leyó la carta en la que se comunicaba la nueva situación del reino:

    —Maldita, niña.

    Lanzó la carta al fuego y su amante, Rinji *1, intentó consolarla.

    Los ejércitos se dispersaron con la creencia de que la división y el horror habían terminado. Sin embargo, la situación estaba lejos de terminarse.

    —T—​

    Tobirama se casó con Yakumo en una ceremonia sencilla, con escasos invitados y unos meses después llegó el momento del alumbramiento. Chiyo y Tsunade asintieron el parto que se prolongó hasta la madrugada hasta que la princesa salió de la habitación para dar la noticia:

    —Es una niña preciosa.

    Tobirama entró y vio a una cansada Yakumo meciendo a una niña de ojos azules a la que llamaron Kaede *2, pero nadie tuvo tiempo de festejar nada. Dan Kato llegó a la semana con las noticias de que los señoríos cedidos a Tsunade por el pacto no recaudaban el dinero estipulado y que los recaudadores eran “casualmente” apaleados por hombres con máscara.

    —Maldita sea, no ha cumplido nada de lo que prometió y no ha convocado las cortes para que me proclamen como su heredera, ¿a qué juega?—preguntó una indignada Tsunade.

    —T—​

    La firma del pacto alegró a una parte de la nobleza, pero no a la importante. Gensui Amagiri, uno de los nobles más importantes, no estaba a favor de hincar la rodilla ante una niña que no sabía nada del País del Fuego y que había jugado con todos desde que llegó a la corte.

    Itama estaba sentado delante de una mesa con numerosas viandas *3:

    —No habéis probado nada, majestad—señaló su fiel Hidan.

    —¡¿Qué manía con decidir lo que debo comer?!—lanzó la comida al suelo enojado.

    —La victoria no os ha sentado bien, por lo que veo—dijo Amagiri, quien estaba de pie con actitud regia—. Aunque no sé si llamar a eso victoria. La reina Guren os controlaba y ahora es Tsunade la que decide por vos. ¿Desde cuándo las mujeres disponen tanto?

    Itama se tragó las palabras del noble y se contuvo.

    —Mi hermana no es un dolor de cabeza. Podemos manejarla si jugamos bien nuestras cartas—dijo el rey.

    Danzo, como la mano derecha de Itama, intervino:

    —Tsunade es un cáncer y debemos echarla. Tengo un plan para ello, pero requiere discreción. Los que estamos aquí somos los únicos que sabremos de ello.

    —Juro que así será—dijo Hidan.

    —Y yo me encargaré de que así sea—le contestó Danzo.

    —Hablad, pues—dijo el rey.

    —Casar a Tsunade, pero esta vez con garantías por las dos partes. Será un matrimonio que atienda a las reclamaciones que hizo en los pactos.

    —Esa niña se ha librado dos veces de pasar por el altar—recordó Amagiri.

    —Cuando tengamos las garantías plenas de la boda, reuniremos las cortes quienes votarán a favor del matrimonio. Tsunade no puede negarse a ello.

    —¿Y quién será el agraciado?—preguntó el rey.

    Hidan sonrió al oír el nombre del “afortunado” pero enseguida volvió a su rostro serio.

    —T—​

    La carta de la convocatoria de las cortes sonó a gloria en el castillo. Tobirama, Tsunade, Kato y Koharu partieron hacia a Konoha. Todos los nobles se dispusieron en sus asientos y Tsunade y los suyos ocuparon la última fila. Sin embargo, los temas de la reunión no fueron los esperados al principio.

    —Por gracia del rey, bajarán los impuestos—dijo Shimura.

    Los nobles asintieron satisfechos. La guerra había mermado sus arcas.

    Tsunade miró a su tío, preocupada.

    —Los está comprando y esto no me gusta—dijo Tobirama.

    —Nuestro último asunto a tratar está relacionado con mi hermana, la princesa—Itama señaló a Tsunade y todas las caras se giraron a ella para después volver al rey—. Quiero vuestro consentimiento para casar a mi hermana con el príncipe del País del Rayo, Killer Bee.

    La sucesión de manos levantadas hizo temblar a Tsunade, quien miró a su hermano victorioso.

    —¡Era todo una maldita trampa!—Tsunade entró en el castillo fue directa a la sala principal—. Intenté que Itama saliera indemne de la guerra con el pacto y esto es lo que me da. Desobedeceré el mandato de las cortes.

    —No es tan fácil, Tsunade—dijo Koharu—. Las primeras dos veces desobedecisteis al rey, pero ahora es a las cortes que representan al pueblo, donde está nuestra fuerza. Hay muchas cosas a tener en cuenta. Si te niegas, parecerás una niña caprichosa.

    Tsunade sintió unos sofocos que la llevaron al desmayo. Tobirama la cargó hasta sus aposentos y Chiyo y Mito la vigilaron toda la noche.

    Tobirama entró en su alcoba donde estaba Yakumo mirando a la hija de ambos en la cuna:

    —Rezo porque sea Tsunade la reina de nuestra hija—Yakumo cogió la mano de la pequeña.

    —Y yo. Itama mantiene el poder gracias a una línea muy fina y el pueblo se está cansando. No podemos valernos de la suerte o de las buenas palabras—Tobirama se quitó sus vestimentas y se acostó solamente con el pantalón, dejando su torso trabajado pero marcado por las cicatrices de las guerras.

    Yakumo se acercó y lo besó en los labios.

    —El siguiente paso que debemos dar debe fortalecer a Tsunade, no debilitarla.

    —¿Y qué se le ha ocurrido a mi inteligente esposo?—Yakumo se incorporó esperando la respuesta.

    —“¿Esposo?”—el tío de Tsunade besó a Yakumo hasta el punto de que la dejó sin aire. Cuando se despegaron, saltó al escritorio y sacó papel y tinta. Tenía que preparar muchas cartas.

    A la mañana siguiente, reunió a todos en la sala:

    —No hace falta ser un genio para saber que Danzo Shimura está detrás del plan de casar a Tsunade con Killer Bee. Por ello, debemos adelantarnos a los acontecimientos. Parto esta mañana hacia el País de las Aguas Termales.

    —¿Vas a dejarme sola?—preguntó Tsunade.

    Yakumo le tocó el hombro y le pidió que esperara.

    —Volveré en dos días. Nadie debe saber que estoy fuera y para no levantar sospechas, fingirás que acatarás el mandato de las cortes.

    —Confiad en Tobirama, Tsunade—dijo Yakumo. La tranquilidad de su amiga la convenció, pero aun así no entendía la ausencia de su tío.

    —T—​

    Tobirama fue conducido por los salones del palacio del rey de las Aguas Termales. Desde hacía tiempo se escribía con el rey y tenía buena relación.

    La mano derecha del rey, Yahiko, le indicó que entrara a la sala del trono. Tobirama entregó su capa y su espada al mayordomo real y tomó un vaso de vino:

    —Me sorprende que estéis aquí, Tobirama. Si hubierais avisado con tiempo, os habríamos preparado un digno recibimiento—dijo el consejero.

    —Lo que tengo que deciros requiere discreción y rapidez. No me fiaba de mensajeros. Prefiero ser yo quien entregue las cartas.

    Yahiko, quien tenía la misma edad de Tsunade, le dio la razón. Justo en ese momento, entró por una puerta anexa un joven de largos cabellos blancos y de plante atractivo. Llevaba en una mano dos conejos muertos y en la otra el arco con los que los había cazado.

    —“Igual que Tsunade”—pensó Tobirama.

    —Majestad, Tobirama Senju ha llegado ahora mismo desde el País del Fuego.

    El rey se dio cuenta del invitado y se sorprendió. Dejó sus capas y su espada al lado del trono y saludó al repentino invitado con un abrazo.

    —¿Qué os trae por mis tierras?—preguntó el rey mientras cogía un vaso de vino.

    —Vengo a ofreceros algo, majestad.

    —Hablad, pues.

    El rey, que tenía la misma edad de Tsunade, invitó a todos a sentarse:

    —Os propongo un matrimonio entre mi sobrina, la princesa Tsunade, y vos, Jiraiya Sannin.

    Continuará en el capítulo X: El pretendiente Jiraiya
    *1. Rinji: aparece en el capítulo 91 de Naruto Shippuden.

    *2. Kaede: aparece en el OVA En busca del trébol carmesí de 4 hojas.

    *3. Viandas: comida. En la edad media, se llamaban así.
     
    Última edición: 17 Octubre 2018 a las 12:44 PM
  18. Threadmarks: X. El pretendiente Jiraiya
     
    HokageLaura

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    Tsunade. Camino a la corona (TsuJir)
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    Drama
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    Autor: HokageLaura
    Título: Tsunade. Camino a la corona
    Tipo: Long Fic
    Género: Medieval, romántico, drama, M
    Palabras: 2549 (sin contar las anotaciones)
    Advertencias:Los personajes pertenecen a Masashi Kisimoto. Yo los he cogido y los he adaptado a la serie de televisión Isabel (realizando algunos cambios).


    Edades de los protagonistas:

    Mito Uzumaki: 40 años.

    Itama Senju: 24 años.

    Tsunade: 18 años.

    Tobirama: 42 años.

    Yakumo: 18 años.

    Jiraiya: 18 años.


    Capítulo X : El pretendiente Jiraiya​


    —Os propongo un matrimonio entre mi sobrina, la princesa Tsunade, y vos, Jiraiya Sannin.

    Yahiko entornó los ojos ante la propuesta de Tobirama. Jiraiya no supo qué decir. Propuestas de ofrecimiento de manos no le escaseaban, pero ninguna de ellas era tan directa como esa:

    —¿A qué se debe la propuesta?—preguntó el rey.

    —No sé si estáis al tanto de la situación del País del Fuego, pero Itama ve en Tsunade una molestia y, a pesar de lo firmado en un acuerdo de paz, quiere enviarla fuera del país y para ello decidirá casarla con el hermano del rey del País del Rayo, Killer Bee.

    Esa noticia hizo que Jiraiya se tensara.

    —Yahiko, ¿cómo no sabíamos esto antes?

    —Lo siento, majestad.

    —El marqués Danzo Shimura es quien lleva los contactos. No quiere que esto se sepa hasta que las negociaciones lleguen a buen término. ¿Sabéis eso lo que puede significar, verdad?

    —Desde los tiempos de mi padre, este país y el país del Rayo están en conflictos. Si Tsunade se casa con Bee, me rodearán y me aplastarán como ya hicieron con el País del Hielo. Eso sin olvidar los problemas que tenemos con la gran Alianza del oeste. ¡Maldita sea!—pegó un puñetazo en la mesa que hizo las copas de vino se derramaran—. Acepto la propuesta.

    Tobirama sonrió.

    —¿Cómo es vuestra sobrina?—preguntó Jiraiya.

    —Inteligente, decidida, amazona 1*, arquera…

    —Me gusta. Prefiero las guerreras a las calladas.

    —Pero también es terca; no deja que otros la influyan; protege a los suyos y es de convicciones muy firmes.

    —Con esas credenciales, ¿cómo vais a convencerla del matrimonio? He oído que rechazó dos propuestas de matrimonio antes—recordó el barón Yahiko.

    —De eso me encargaré yo. Mientras las conversaciones para preparar el matrimonio deben ser discretas. Esto no debe salir de esta sala por nuestro bien.

    —T—​

    —¿El rey Jiraiya Sannin?—Tsunade oyó atónita la propuesta de su tío. Recién llegado en la madrugada, había levantado a todo el mundo para contar el misterio de su viaje.

    —A sí es, Tsunade.

    —Mi hermano quiere casarme con el príncipe del país del Rayo y tú me ofreces como solución casarme con otro hombre de otro país. Creía que los casamenteros estaban en la corte de Konoha, no en este castillo.

    —Parad un momento, Tsunade—Koharu tomó la palabra—. Pensad en la propuesta de Tobirama. A este país no le une nada al País del Rayo, sin embargo, la historia del País del Fuego y de las Aguas Termales se entrelazan desde mucho tiempos atrás, incluso en los tiempos de los Otsutsuki. El pueblo verá con buenos ojos ese enlace.

    —No solo eso. Jiraiya es de tu misma edad y tiene sangre regia. Es de valores fuertes y un luchador. Él también le disputó el trono a su hermano mayor cuando el padre de ambos falleció y ganó. Ahora el País de las Aguas Termales es una nación próspera—señaló Tobirama.

    —Tengo entendido que el País del Rayo también lo es—señaló Tsunade.

    Su tío suspiró. Esto no iba a ser fácil.

    —T—​

    Jiraiya miró por la ventana de la sala del trono. No había conciliado el sueño tras aceptar la propuesta de Tobirama. En el momento en que accedió al trono del reino de las Aguas Termales, había dejado a un lado el tema del casamiento hasta que la situación fronteriza del país se estabilizara, pero Tobirama había llegado con malas noticias y eso lo había empujado a precipitar sus planes. El barón Yahiko observó a su señor suspirar. No había dicho nada desde que Tobirama se había marchado y tenía miedo de hacerlo:

    —¿Crees que hago bien en casarme?—preguntó el rey.

    —La situación lo requiere. Una alianza matrimonial con la princesa Tsunade puede ayudar al reino.

    —¿Y qué me dices de Tsunade? No la conozco.

    —A mí me han llegado noticias de que la princesa es una joven con agallas que no deja indiferente a nadie. Lo que me recuerda otra cosa.

    —Hablad.

    Justo en ese momento, una doncella de la corte entró. Tenía el pelo moreno y llevaba puesto un vestido de tela fina de color rojo, marcando sus curvas. La mujer sonrió a Jiraiya y éste le devolvió el gesto.

    —Recordad que debéis estar a la altura cuando llegue el momento—Yahiko se despidió del rey y dejó a solas a Jiraiya con una de sus tantas “amigas”.

    —T—​

    —Hasta ahora, has rechazado los matrimonios que se te han impuesto, pero en este momento eres tú la heredera de Itama, situación que el propio rey quiere cambiar a toda costa—recordó Tobirama—. El pacto que firmasteis acabo con la guerra, pero ha hecho que una parte de la nobleza desconfíe y, por ello, Itama debe actuar mostrando que él es quien sigue mandando.

    Tsunade no respondió. Se quedó pensativa.

    —Debemos actuar antes y celebrar esa boda como sea. Como esposa del rey Jiraiya, podréis defender vuestra posición como heredera—dijo Koharu.

    La princesa se levantó y se encaminó a su alcoba. Los allí presentes reaccionaron perplejos ante ese gesto:

    —Es tarde y son demasiadas emociones—concluyó Tobirama.

    Tsunade se hundió en su lecho y poco a poco se fue quedando dormida. Cuando los primeros rayos rompieron el alba, descubrió a su madre sentada en la silla de su escritorio, observándola:

    —Tobirama me lo ha contado todo.

    La princesa se incorporó en su cama y le respondió a su madre:

    —¿Qué debo hacer? Siempre he tenido el deseo de casarme con quien yo quisiera y tener una vida plena y feliz como vos y padre.

    —Lo nuestro en un principio no fue por amor.

    —Pero acabó siéndolo.

    —¿Y no crees que con Jiraiya puede ser así también?

    —Hasta el momento he salido victoriosa de dos propuestas de matrimonio. Si rechazo ésta, todo lo conseguido se puede venir abajo, pero también me doy cuenta de lo que Itama quiere.

    —Si vas a tomar una decisión, te apoyaré, hija mía.

    —Lo sé, madre. Solamente quiero hacerlo bien. Me gustaría al menos saber algo más de Killer Bee y de Jiraiya—dijo Tsunade.

    —Creo que sé lo que podemos hacer—contestó Mito.

    Todos en el castillo fueron reunidos en la sala principal. La reina madre los había convocado con celeridad para comunicarles una cosa:

    —Antes de tomar cualquier decisión, Tsunade quiere comprobar una cosa.

    —Quiero saber cómo son Killer Bee y Jiraiya. Uno de vosotros viajará a los dos países y se entrevistará con los dos pretendientes—continuó Tsunade—. Quiero saberlo todo: costumbres, carácter, aficiones. En resumen, todo. Creo que no pido un imposible.

    Los convocados se miraron sin saber qué decir. No era una tarea difícil en el fondo.

    —¿Os ha comido la lengua el gato?

    —No. Simplemente, no lo esperábamos, alteza—señaló Koharu—. Debemos elegir a alguien rápido, que se mueva con facilidad.

    —Lo haré yo—Dan Kato levantó la mano.

    Tsunade asintió y se fue con su madre y Chiyo de la sala. Dan también iba a hacerlo, pero Tobirama y Koharu se acercaron rápidamente a Dan:

    —¿Eres consciente de la tarea que tienes en manos, verdad?—preguntó Koharu.

    —Sí, excelencia. Informaré de todo lo que vea a Tsunade. No me dejaré nada en el tintero.

    —Nos jugamos mucho con la elección que haga. Esperemos que tu relato vaya en el buen camino—aconsejó Tobirama.

    —Así se hará.

    —T—​

    —¡Maldita sea!—Itama lanzó la carta al fuego. La Salamandra estaba dándole demasiados problemas al oeste del país—. Mañana partimos al oeste, Danzo. Necesito ver lo que está pasando allí.

    —Puedo encargarme de la cuestión yo mismo, excelencia.

    —Dos personas ven más que una.

    En ese momento, Gensui Amagiri entró en la sala del trono con una carta:

    —Buenas noticias, majestad. La corte de Kumogakure ha enviado un mensaje. Dentro de unos días estarán aquí para hablar sobre la boda.

    Itama cogió la carta y leyó el contenido.

    —Para la vuelta estaremos aquí, pero antes tengo que hacer una cosa.

    —T—​


    Dan usó caminos secundarios y poco concurridos para su misión. Si hubiera usado los oficiales habría llegado en un días, pero se demoró casi tres en llegar al país de las Aguas Termales. Un siervo guardó su caballo y otro lo guio a los jardines reales.

    Al poco, llegó Jiraiya. Dan lo examinó: alto, complexión robusta, brazos trabajos y un curioso pelo blanco atado en una coleta baja:

    —Tsunade me envía para haceros una entrevista. Quiere saberlo todo sobre uno de sus pretendientes.

    —¿Cómo? ¿No la habéis convencido aún?

    —Es tan dura como un roble. Simplemente quiere saber las cualidades que tienen sus pretendientes.

    Ambos caminaron por los jardines reales. En un cruce dos doncellas le sonrieron al rey quien correspondió al gesto. Dan percibió lo sucedido pero actuó como si nada.

    —Lamento si mi visita os ha importunado, majestad.

    —No, para nada. Preguntadme lo que queráis.

    —En realidad, ya había oído de vuestra gestas en batalla y de cómo habéis solventado los problemas del reino con diplomacia y buena mano. Casi que no puedo saber más.

    —Entonces, seré yo quien pregunte. ¿Cómo es?

    —Rubia, ojos almendrados. Tiene carácter y sabe cómo reafirmar sus ideas en una disputa. En el momento en que su padre falleció fue llevada por su tío junto con su hermano y su madre al país de las Olas donde se crió. Ese ambiente rural y mundano han hecho de ella una mujer cercana al pueblo, humilde y cálida.

    —Por vuestras palabras deduzco que la conocéis muy bien—llegaron a un gran balcón del jardín con vista al valle que bordeaba el castillo. Dan apoyó su brazo en la balaustrada y habló con franqueza:

    —No puedo decir de ella nada que no sea cierto.

    —Agradezco vuestra sinceridad.

    Dan se convirtió en la sombra de Jiraiya y analizó todos los gestos, decisiones, actitudes del rey en asuntos de gobierno y estado. Antes de partir al país del Rayo, Jiraiya le dijo unas palabras sobre el hermano del rey:

    —No podréis olvidaros del príncipe una vez que lo conozcáis.

    Dan no entendió ese comentario, pero dos días después, tras haber ido en barco hasta llegar a Kumogakure, ciudad donde se hallaba la corte, descubrió el porqué de esas palabras.

    —T—​

    —Me habían contado que el hermano del rey era peculiar y muy espontáneo, pero no tanto como eso—comentó Koharu.

    A la vuelta del viaje, Dan había relato sus experiencias con los dos pretendientes de Tsunade. La respuesta fue de los más esperanzadora para Tobirama y Koharu, pero lo relatado por Dan sobre Killer Bee sobrepasaba a todo lo rumoreado sobre él.

    —La música que él dice que canta se llama enka rap y lo presenta como un estilo propio. Me cantó unos versos que no se me van ni en mis pesadillas—Dan bebió del vaso de vino por cuarta vez.

    —Ha llegado la hora de la verdad—Tobirama vio llegar por el pasillo izquierdo a Tsunade con Mito y Yakumo.

    Dan contó de nuevo lo vivido a la princesa, incluso exageró el comportamiento de Killer Bee para que pareciera más esperpéntico.

    —Eso no puede ser verdad. Mentís—dijo Tsunade—. Nadie puede ir vestido de esa forma, ni mucho menos un príncipe.

    —Ojalá pudiera decir que lo visto ha sido un mal sueño, pero no es así. No niego que el príncipe Bee no tenga actitudes, pero entre los dos, es el rey Jiraiya quien tiene más galones para ser vuestro esposo.

    —Qué curioso que sea él el pretendiente que deba aceptar y no el propuesto por mi hermano—señaló Tsunade.

    El resto reaccionó ante la directa de la princesa. Dan suspiró y prosiguió:

    —De los dos países, el Rayo es el que está más lejos del Fuego. Es la excusa perfecta para alejaros de la corte y perderos de vista, sin olvidar que el pretendiente de ese país es simplemente un príncipe, sin aspiraciones a la corona pues el rey ya tiene herederos. En cambia, Jiraiya Sannin es rey de una nación próxima al país del Fuego y tiene unas dotes de gobierno de estado que jamás he visto en mi corta vida. Sin duda, es él el candidato perfecto para vos.

    Tobirama y Koharu se quedaron sin habla. Ese discurso resumía a la perfección la situación en la que se hallaba Tsunade.

    —Madre, ¿vos qué decís?—Mito se acercó y agarró la mano de su hija.

    —Tal y como están las cosas creo que Jiraiya es una buena opción, hija.

    Se hizo un breve silencio en el que la mirada de la princesa se perdió en el fuego hasta que dio su respuesta:

    —Me casaré con Jiraiya.

    Todos los allí presentes sonrieron y llamaron a un escribano para redactar las cláusulas del matrimonio. Dan cogió su capa y se marchó de la sala con sigilo. Antes de cruzar el marco de la entrada miró por el rabillo a Tsunade como hablaba animadamente con su tío. Suspiró y se marchó a sus aposentos para que nadie lo viera triste.

    Al poco llegó el escribano y tomó nota de lo dictado por Tsunae:

    —Nuestros hijos se criarán en el país del Fuego y solamente saldrán de él bajo mi consentimiento. La reina seré yo, mientras él será el rey consorte.

    Koharu levantó la cabeza:

    —¿No creéis que vais demasiado rápido?

    —Si vamos a desobedecer a las cortes de Konoha, que sea por la puerta grande, ¿no?—comentó Tobirama—. Además, el país de las Aguas Termales necesita un aliado fuerte para sus fronteras.

    Sin embargo, Chiyo entró en la sala portadora de malas noticias:

    —Disculpa la interrupción, pero el rey ha enviado mensaje de que se presentará aquí en unas horas.

    El anuncio de la llegada del rey sobresaltó a todo el mundo en el castillo de Koharu. Las cartas con las cláusulas fueron guardadas y dispusieron todo para el recibimiento de Itama:

    —Actúa con normalidad. Di que sí a todo lo que te diga Itama—le recomendó Tobirama.

    En la sala principal, había dispuestas dos sillas, una enfrente de la otra para el rey y la princesa:

    —Debo marchar al oeste por una serie de cuestiones.

    Antes de marchar al norte, necesito tener claras algunas cosas.

    —Adelante.

    —Los emisarios del rey del país del Rayo llegarán en unos días para pactar las condiciones de la boda.

    Tsunade asintió con una sonrisa, actitud que preocupó a Danzo.

    —Me parece justo.

    —Dejaré a un representante para que controle todo—de las sombras emergió un hombre bien formado, de cabello castaño y grandes ojos negros—. Es el capitán Yamato.

    Tsunade le respondió con una sonrisa y cuando quiso darse cuenta, ya tenía al rey delante suya de pie mirándola fríamente:

    —Miradme a la cara y juradme que haréis lo que se os diga.

    Tsunade calló unos segundos hasta que le contestó:

    —Lo juro.

    Itama salió de la sala con su séquito. Cuando se cercioraron de que ya no había nadie, Tsunade sintió que le daba un infarto cuando llegó a su alcoba seguida de sus aliados:

    —He mentido a la cara a mi hermano.

    —Tranquila, princesa. Todo saldrá bien—dijo Yakumo.

    —Esto adelanta nuestros planes. Lo que hagamos, debemos hacerlo ya sin dudar. Haremos lo siguiente—Tobirama relató a todos el plan que tenía en mente. Con la aparición del capitán Yamato, todos debían actuar con presteza.

    Continuará en el capítulo XI: El bosque de la muerte​

    1* Amazona: mujer que monta a caballos
     
    Última edición: 17 Octubre 2018 a las 12:45 PM
  19. Threadmarks: XI. El bosque de la muerte
     
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    Edades de los protagonistas:

    Mito Uzumaki: 40 años.

    Itama Senju: 24 años.

    Tsunade: 18 años.

    Tobirama: 42 años.

    Yakumo: 18 años.

    Jiraiya: 18 años.


    Capítulo XI: El bosque de la muerte


    —Tengo familia en este punto del País y es leal a la causa de Tsunade. Ahí podremos celebrar la ceremonia—señaló Koharu. Tobirama, Dan y Mito y ella estaban sobre el mapa del mundo shinobi.

    Los preparativos se realizaban en secreto, ante la posibilidad de que Yamato descubriera algo, quien por otro lado, se había convertido en la sombra de Tsunade y, por extensión, de Yakumo. Las órdenes de Tsunade eran claras: hacer que Jiraiya aceptar las cláusulas del matrimonio y ultimar los preparativos mientras ella despistaba a Yamato.

    Aunque el tema del acuerdo matrimonial y lo que se imponía no gustó al rey de las Aguas Termales, como bien pudieron comprobar dos días más tarde Tobirama y Dan:

    —Se darán señoríos de las Aguas Termales, al igual que soldados a Tsunade. La corona y los asuntos administrativos del País del Fuego caerán en manos casi en su totalidad en Tsunade y el príncipe tendrá sus labores como rey consorte, siempre con la autorización de la reina—el barón Yahiko leyó todas las cláusulas expuestas por los enviados de Tsunade. El rey estaba mirando por la ventana sin realizar ningún gesto. Simplemente escuchaba a su mano derecha. Antes de terminar de leer el documento el rey bufó y salió de la sala del trono. El barón salió tras su rey y lo encontró en el gran balcón del castillo:

    —¿Qué se cree esa mujer? Solamente es una princesa.

    —Mirad a largo plazo las implicaciones de este pacto. Nadie en el largo continente ha conseguido unir dos reinos y ahora vos y Tsunade estáis a un paso de lograrlo.

    —Me he criado desde los cinco años con una espada entre mis manos para luchar por lo que es mío y ahora con el matrimonio, esa niña quiere imponerme unas condiciones imposibles.

    —Vos ganáis con ella, pero ella también gana con vuestra presencia en el país del Fuego. Volved al salón y haceros oír ante los enviados de Tsunade.

    Las palabras de Yahiko calaron hondo en su rey quien volvió a la sala del trono. Expuso sus objeciones y sus demandas quedaron reflejadas por el escribano real:

    —Un pacto lo firman dos personas. Es de justicia ceder para llegar a un consenso—indicó Tobirama.

    —Solamente queda saber dónde se realizará el enlace—dijo Yahiko.

    —Será en una villa limítrofe con este país. La dirigen nobles afines a esta causa—contestó Tobirama—. Pero hay una cosa con la que no debemos fallar. Como bien sabéis, Itama dejó vigilancia en el castillo de la noble Koharu por Tsunade. En los días previos, sabemos cómo salir nosotros, pero mi sobrina lo tendrá difícil—Jiraiya, Yahiko y Dan suspiraron.

    —Partid con 100 de mis mejores hombres hacia la villa. Que sean la sombra de Tsunade cuando ella salga del castillo de Koharu.

    El rey en persona eligió a la guarnición que partió con Dan y Tobirama. Caía la noche el país de las Aguas Termales cuando Jiraiya vio a sus hombres desaparecer en el horizonte. Yahiko se acercó y le comentó a su rey una cuestión primordial que no debían saber los enviados de Tsunade:

    —Alteza, os vais a casar. Os recomiendo que solucionéis vuestros asuntos privados antes del enlace.

    —T—

    Tsunade contaba los días para el enlace. Debía aparentar sumisión frente a Yamato, pero eran demasiadas cosas a tener en cuenta. La situación empeoró cuando llegó al castillo el marqués Omoi, el enviado del rey del país del Rayo para hablar de la boda. Tsunade y su madre recibieron a los enviados con viandas y agasajos. Debía haberlo recibido también Tobirama, pero se hallaba con Dan en la frontera con los soldados. Sin embargo, ante el resto del mundo estaba en el sur solucionando unas cuestiones relacionadas con los Senju, excusa que tuvieron que idear frente a Yamato.

    Tsunade se comportó como la princesa ideal ante Omoi, quien tras tres días de estancia viajó a la corte de Konoha para hablar con el rey, recién llegado del Oeste. No obstante, el relato de la displicencia de Tsunade y la curiosa ausencia de Tobirama y el soldado Dan hicieron levantar las sospechas a Shimura. Ante la poca confianza, dejó gente de la suya espiando a Tsunade y su familia disfrazada de trabajadores del castillo y reforzó las fronteras entre los dos países.

    Y justo en el momento en el que se celebraba la audiencia con el marqués Omoi, un caballero de Shimura se acercó y reveló a Shimura lo ocurrido.

    —Creo que Tsunade no ha sido del todo honesta con nosotros. ¡Maldita sea!

    —¿Qué ocurre, marqués?—preguntó el rey.

    —Ante la duda, me encargué que se vigilará a Tsunade, a parte de la custodia de Yamato por si acaso. Resulta que Tobirama no fue al sur sino al este, al país de las Aguas Termales a visitar al rey.

    —¿Qué tiene que ver el país de las Aguas Termales con esto?—Omoi sintió curiosidad sobre la mención del eterno rival de su rey.

    Itama pensó en lo revelado por el marqués y ató cabos:

    —¡Puta!—Itama se levantó del trono enfadado—. Tsunade y Jiraiya. Esa era la idea desde el principio.

    —¿Cómo?—Omoi se levantó de su asiento enfadado—. Majestad, le disteis la palabra a mi rey de que la princesa estaba dispuesta a casarse con Killer Bee.

    —Así fue.

    En el salón del trono entró el noble Gensui Amagiri con cara de pocos amigos:

    —Me informan los vigías de las fronteras que Tobirama ha entrado con cien soldados que portaban el estandarte de las Aguas Termales.

    —Esto trastoca nuestros planes. No dudo de vuestra buena fe, alteza, pero es evidente que no habéis controlao la situación como se necesitaba.

    Omoi hizo una reverencia y salió de la sala del trono con sus dos soldados de confianza. No esperó al día siguiente; dio orden a la servidumbre traída consigo para recoger y marchar al país del Rayo.

    —T—

    En el momento en que Omoi salió del castillo de Koharu rumbo a Konoha, Tsunade se dio cuenta de que debía partir hacia la villa fronteriza para el matrimonio. Chiyo y el abuelo de Yakumo salieron con la excusa de que debían realizar algunas gestiones, mientras que Mito, Koharu, Yakumo y la pequeña Kaede escondida en el regazo de su madre, salieron con la excusa de que debían atender una urgencia en la aldea cercana. Solamente quedaba Tsunade por salir. Habían conseguido despistar a Yamato. La servidumbre sabía lo que tenía que hacer en el momento en que Tsunade saliera.

    Mientras en la frontera, en un campamento improvisado Tobirama observaba el horizonte con Dan Kato. Las horas pasaban y todo el mundo había conseguido huir hacia la villa. Cuando vio a Yakumo y a su hija Kaede corrió a ellas como si llevara décadas sin verlas. Todos descansaron del viaje, pero aún quedaba una persona por llegar.

    —El enviado del rey del país del Rayo salió ayer con rumbo a Konoha. A estas alturas quizá Itama haya descubierto el engaño, por lo tanto, Tsunade debe salir ya—indicó Koharu.

    —Necesitamos a alguien rápido para que llegue al castillo—indicó Mito.

    Justo en ese momento, el candidato que todos tenían en mente dio el paso al frente y subió en su montura directo al castillo.

    —T—

    Tsunade estaba sentada delante del huerto del castillo con Yamato. El capitán leía en voz alta las normas de conducta de toda una dama en la corte. Tsunade ocultó su aburrimiento lo mejor que pudo hasta que llegó él. Se levantó de su asiento y dio unos pasos al frente. No quería que fuera su imaginación.

    Su fiel Dan Kato surcó el huerto con su corcel y se paró delante de Tsunade. La princesa saltó a la montura sonriendo y le dedicó las siguientes palabras a Yamato:

    —Decidle a mi hermano que soy quien elige mi camino y no él.

    Dan y Tsunade salieron cabalgando del castillo ante un confuso Yamato, que no entendía lo que acaba de ocurrir.

    —T—

    Itama no lo pensó ni un momento. Cogió su caballo y salió enfadado del castillo a lomos de su caballo. Shimura y un grupo de soldados salieron tras él y en un tiempo record llegaron al castillo de Koharu:

    —¡¿DÓNDE ESTÁ?!—gritó Itama.

    —Un soldado se la ha llevado—dijo Yamato quien no se libró de recibir un golpe del rey que lo dejó sangrando en el suelo.

    Itama removió el castillo cimiento a cimiento, pero nadie “curiosamente” sabía nada.

    Por su parte, Tsunade seguía cabalgando a lomos del caballo con Dan sintiendo el aire sobre su cabello rubio. Nunca sintió tanta libertad como ésa en ese momento. El recibimiento en la villa no se hizo esperar. Mito abrazó a Tsunade ante el miedo que había tenido de que la pillaran. En ese lugar y con los soldados de Jiraiya, Tsunade estaría bien protegida. Solamente quedaba una cosa por concretar.

    Al día siguiente, Tsunade, Mito, Tobirama, Yakumo, Koharu y Dan estaban alrededor de un gran mapa de los países del mundo shinobi. Los aires de júbilos por el rescate de Tsunade se habían desvanecido. Itama y Shimura habían fortalecido las fronteras entre los dos países.

    —En Shukuba, nadie puede pedir una jarra de cerveza sin que Shimura se entere—dijo Tobirama.

    —Sacar a Tsunade de mi castillo ya nos costó mucho. Intentar cambiar el lugar de la boda es difícil. Lo único que veo en esto es que Jiraiya entre en el país del Fuego—señaló Koharu.

    —Pero debe estar al tanto de los peligros que puede correr—intervino Mito.

    —Alteza, viajaré a las Aguas Termales para hacérselo saber al rey—indicó Dan.

    —Dan, por favor, ten cuidado. Te enfrentas a demasiados peligros por mí—le dijo Tsunade.

    El capitán fue incapaz de girarse y mirar a Tsunade. Simplemente le dijo:

    —Descuidad, sé moverme con sigilo.

    —T—

    Shimura se acercó con una sonrisa en los labios al rey, quien escribía en sus aposentos privados:

    —¿Por qué sonreís?—preguntó el rey.

    —El capitán Dan Kato ha viajado a las Aguas Termales para verse con el rey Jiraiya.

    —¿Eso es motivo para estar feliz?

    —El rey Jiraiya tiene problemas en la frontera con el país del Rayo desde la visita de Omoi. Kato ha viajado para nada.

    Itama dejó su pluma en su sitio y suspiró.

    —¿Cómo sabéis eso?

    —Tengo ojos y oídos en la corte de las Aguas Termales. Recemos para que Jiraiya regrese herido o mejor, muerto.

    —T—

    Ataviado con lo básico y un buen caballo, el capitán Dan consiguió entrar en el país de las Aguas Termales. Cuando entró en el palacio, el barón Yahiko le respondió de manera tosca:

    —La frontera con el país del Rayo está inestable desde que se descubrió la boda y mi rey ha tenido que viajar.

    —Barón, entiendo vuestras palabras, pero necesito que hagáis llegarle un mensaje mío.

    —No teníamos suficiente con las imposiciones de Tsunade y ahora sois vos quien nos exige—Yahiko sacó una carta de su pantalón y se la tendió—. Más bien sois vos quien debéis enviarle un mensaje a Tsunade de parte de mi rey. Podéis leerla si os place ahora. Es más os lo recomiendo.

    Con esto, el barón salió de la sala del trono y dejó a un Dan que no entendía nada. Abrió la carta y leyó para sí mismos:

    Viajad al templo que hay en la entrada sur de la corte.

    Kato siguió las instrucciones y camuflado en su capa entró en el templo, asegurándose de miradas indiscretas. Al entrar, hizo las oraciones pertinentes y se sentó en una de las bancadas más cercanas al altar. Al poco, un hombre ataviado de monje se acercó y se sentó a su lado:

    —Os hacía en la frontera, alteza.

    —He tenido que modificar mi agenda. No me siento seguro ni en mi propio reino.

    —Esa inseguridad la ha creado Danzo.

    —Maldito buitre. Son ciertos los rumores de ese hombre. Cuando caiga en mis manos pagará por todo lo que ha hecho.

    —Vamos por partes. Primero tenéis que llegar al País del Fuego. Tsunade lo tiene muy difícil para salir de él.

    —Me lo imaginaba. Volved al reino. Fingid que no me habéis visto y mostrad enfado. Yo intentaré llegar por mis propios medios. Saludad a la princesa de mi parte.

    —Así se hará.

    Jiraiya se levantó y se internó por donde había vuelto. Kato rezó y esperó unos segundos hasta marcharse.

    —T—

    Tsunade tenía un libro sobre sus manos, pero sus pensamientos estaban en el País de las Aguas Termales. Cómo había cambiado su vida en tan poco tiempo que ahora su futuro esposo se iba a jugar la vida para llegar a ella.

    Yakumo estaba a su lado. Su hija yacía entre sus brazos durmiendo. Tobirama se acercó en silencio y besó la frente de su hija.

    —Debeís relajaros, Tsunade.

    La aludida cerró el libro y los ojos.

    —Sabéis que no puedo. Dan Kato se está jugando la vida por mí. No merezco tanto.

    —Todos sabemos a qué nos exponíamos antes de participar en esta lucha, sobrina.

    —Sí, pero no quiero que alguien tan querido para mí muera—Tsunade salió de la sala y Yakumo intentó seguirla, pero Tobirama la paró.

    Acarició a su hija y la dejó en la cuna.

    —Está nerviosa. Posiblemente yo en su lugar estaría igual.

    —Sí, pero hay algo que me preocupa más. ¿Crees que hay algo entre Tsunade y Dan?

    Yakumo negó con la cabeza:

    —Que él bebe los vientos por ella, eso lo ve cualquiera, pero Tsunade solamente siente un cariño fraternal por él—rozó las manitas de su hija—. Dan ha sido un apoyo moral para Tsunade, pero ya está. No hay nada más.

    Tobirama miró por la ventana. Su esposa decía la verdad, eso sin duda, pero había que atar cabos sueltos ante posibles errores futuros.

    —T—

    El rey Itama observaba el mapa del País del Fuego y del País de las Aguas Termales.

    —Dadme noticias y espero que sean buenas.

    —Depende de la perspectiva con que las veáis—dijo Amagiri amargamente.

    —Mis espías me han confirmado que Dan Kato ha pasado la frontera entre los dos reinos solo y enfadado—dijo Shimura.

    —¿Esos son buenas noticias, no?

    —El problema está en que no se ha visto a Jiraiya en la frontera con el país del Rayo y él no se pierde ningún combate—remató el marqués.

    —¿Dónde está entonces?—quiso saber Itama.

    —No lo sé majestad, pero estamos a tiempo de enviar a tropas al castillo.

    —Eso es imposible. Las escaramuzas del oeste me impiden llevarme parte del ejército al este—miró fijamente a sus hombres de mayor confianza—. Solamente tenéis que vigilar que no pase un hombre las fronteras.

    —T—

    El jolgorio de la taberna era asfixiante. Sin embargo, era una circunstancia que venía perfecta para los cuatro hombres que entraron. Tres de ellos llevaban ropas distinguidas, posiblemente de nobles, mientras el cuarto estaba tapado por una capa con capucha.

    —Recordad que soy vuestro criado—Jiraiya, el cuarto hombre encapuchado había optado por la solución más fácil, pero también la más peligrosa. El barón Yahiko y dos nobles de la absoluta confianza del rey lo acompañaban. Para evitar murmuraciones, Yahiko dio órdenes en un tono soez y despiadado a Jiraiya, quien obedeció sin rechistar. Nadie en el bar se inmutó ante las malas formas del noble.

    Un mozo se acercó a ellos y se sentó en la mesa.

    —Veo a vuestro mozo muy displicente— Yahiko no se esperaba aquella visita. Una de las amantes del rey los había seguido.

    —¿Qué hacéis aquí? ¿Sabéis lo que nos jugamos?—una de los nobles la encaró.

    —Eso mismo me pregunto yo—Jiraiya apareció por detrás y la sacó del brazo de la taberna. Se internó en el bosque y la puso contra el árbol. Estaba muy enfadado.

    Los nobles en la taberna no se imaginaban esa visita.

    —Tenemos a los espías de Itama y Shimura buscándonos y aparece ella de la nada—replicó uno de los nobles.

    —Esperemos que el rey sepa cómo actuar—Yahiko cruzó las mano y apoyó su mentón en ellas. Pasaron las horas y Jiraiya apareció, desaliñado y con algunas hojas sobre sus pantalones.

    —La he mandado al reino. No nos seguirá

    El barón se imaginó qué había pasado en el encuentro, pero apartó esas imágenes de su cabeza había mucho en lo que pensar.

    —T—

    Tsunade y Yakumo tejían en la alcoba de la princesa. La pequeña Kaede yacía dormida y Tsunade se había dispuesto a tejerle un vestido. El problema era que Yakumo observaba cómo su amiga estaba tejiendo algo muy lejano a un vestido. Mientras se movía nerviosa y murmuraba cosas sin sentido:

    —A este paso, el vestido de mi hija será un disfraz de bufón—Yakumo señaló con su aguja de tejer al engendro que estaba tejiendo Tsunade.

    La princesa reaccionó y vio lo que había hecho.

    —Lo siento mucho—tiró las telas a la cama y suspiró.

    —¿Pensáis en Dan Kato?

    Tsunade asintió, pero sus pensamientos estaban en otra cosa.

    —También pienso en Jiraiya y en el momento en que nos toque yacer juntos.

    Yakumo paró su trabajo y acercó su silla a la de Tsunade.

    —No nos conocemos. Solamente he oído de él las cualidades del perfecto caballero y todo me asusta.

    —Al principio puede ser algo confuso, pero también es emocionante y estimulante a la vez. Cuando yo estoy con vuestro tío, el tiempo se para a mí alrededor y solamente estamos él y yo. Algo me dice que también viviréis lo mismo con Jiraiya.

    Yakumo la abrazó e intentó calmar a su amiga. Eran muchas emociones para ella. En ese instante, entró Mito en la alcoba:

    —Dan, ha llegado.

    Las dos se miraron y Tsunade salió corriendo. Mito se acercó a Yakumo y se aseguró que nadie las oyera:

    —¿Cómo veis a mi hija?

    —Con los nervios de una futura esposa que va a compartir el resto de sus días con el rey Jiraiya.

    Mito intuyó por donde iban esas palabras y suspiró.

    —T—

    El bosque de la muerte era un paraje que a nadie gustaba. Rondaban historias sobre bandidos y asesinos que habitaban ese lugar, pero Jiraiya y el resto decidieron adentrase por él. el problema es que esas historias eran hasta cierto punto verdaderas y sufrieron el asedio de asaltantes. Nada que los nobles y el rey no pudieran solucionar.

    Cuando vieron el fin del bosque respiraron aliviados. Desde la montura de sus caballos observaron las tierras del País del Fuego. Sin embargo, un nuevo problema les salió en el camino. Unos soldados estaban en mitad del camino. Jiraiya y los nobles no podían marcha atrás. Yahiko se adelantó y Jiraiya se mantuvo cerca de la espada oculta en el carro.

    —¿A dónde os dirigís y con qué motivo?

    —Tenemos negocios en Amegakure—respondió Yahiko.

    —Es un lugar muy lejano para ir a caballo.

    —Planeamos hacer un tramo por tierra y otro por mar.

    Los soldados no se tragaron esas excusas y el que mandaba se acercó al carro de Jiraiya.

    —Tú no tienes pinta de ser un mozo. Tus manos no tienen asperezas ni desperfectos—Jiraiya se acercó sigilosamente a su espada.

    Pero el soldado se adelantó.

    —No tenéis que coger vuestra espada. Somos hombres de Tobirama y estáis en territorio seguro.

    Jiraiya pudo ver en la cara del soldado que no mentía. Dio la señal a sus nobles y él se quitó la capucha. Los soldados le hicieron una reverencia y los nobles estallaron en júbilo. El rey siguió con su disfraz de mozo para no levantar sospechas y los soldados les guiaron hasta el castillo.

    La noticia de que Jiraiya había pasado la frontera de los reinos llegó a oídos de Itama. El rey del País de las Aguas Termales estaba reposando en una villa del camino y ante la noticia de Tobirama de que sus hombres los habían escoltado, Tsunade decidió escribirle a su hermano.

    Itama leyó la carta y su furia estalló.

    —Solamente os pedí que un hombre no pasara la frontera y ahora va camino del enlace con mi hermana.

    —¡Os dije que enviarais tropas al castillo donde están escondidos!

    —¡Y yos os dije que no! No necesito mover montañas ante un problema que se podía solucionar siendo más listos que mi tío.

    Itama salió de la sala de trono no sin antes dejar las cosas claras:

    —Han ganado esta batalla, pero no han ganado la guerra.

    Los allí presentes sintieron que algo en el rey había cambiado. La mansedumbre del rey se había esfumado y eso era bueno para los intereses de todos los allí presentes.

    Continuará en el capítulo XII: Conociéndonos​
     
    Última edición: 17 Octubre 2018 a las 12:47 PM
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    HokageLaura Shaaaaaaaaaaannaro

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    Título:
    Tsunade. Camino a la corona (TsuJir)
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    16
     
    Palabras:
    2303
    Autor: HokageLaura
    Título: Tsunade. Camino a la corona
    Tipo: Long Fic
    Género: Medieval, romántico, drama, M
    Palabras: 2244(sin contar las anotaciones)
    Advertencias:Los personajes pertenecen a Masashi Kisimoto. Yo los he cogido y los he adaptado a la serie de televisión Isabel (realizando algunos cambios).


    Capítulo XII. Conociéndonos

    .

    Era de noche en el castillo. Todos estaban degustando las viandas preparadas por el gran acontecimiento que estaba a punto de acontecer: la princesa Tsunade y el rey Jiraiya se iban a conocer. Los nervios, de los que habían preparado esa alianza y que habían sorteado todos los obstáculos inimaginables, estaban a flor de piel. El mayordomo real dio el aviso:

    —Su majestad, el rey Jiraiya Sannin, soberano de las Aguas Termales.

    Tobirama, Dan y Koharu levantaron la mirada de sus copas. Cuando el mayordomo se apartó, las expectativas bien altas que habían tenido todos se cumplieron. Jiraiya apareció vestido con un pantalón negro a juego con unas botas, mientras que en la parte de arriba portaba una camisa de la tela más exquisita. Llevaba un turbante de color verde abiertop y a su izquierda portaba colgada su espada. Por su frente caían algunas trenzas blancas mientras que su largo cabello blanco caí por su espalda como una cascada. Su escolta iba tras él guardando celosamente sus espaldas. El barón Yahiko se adelantó y se acercó al trío más importante:

    —Excelencias, esperemos que sea una velada de lo más satisfactoria para todos.

    —Alteza, os presento a la condesa Koharu, una de las valedoras de nuestra causa—dijo Tobirama. Jiraiya le besó la mano, gesto que agradeció con un gesto.

    —¿Y la princesa?—preguntó Yahiko.

    —Está en su alcoba. Llegará en breves instantes—dijo Koharu. El rey asintió y cogió una copa de vino. Estaba nervioso. Había luchado, pactado, negociado sin pudor alguno como rey y, sin embargo, estaba nervioso pues iba a conocer a su futura prometida.

    —T—​

    Tsunade estaba delante de su espejo. Había optado por un vestuario simple: un vestido blanco con corpiño amarillo. En cuanto a su tocado, había optado por dejar su hermoso pelo suelto. No quería parecer artificial delante de su futuro marido. Había oído que otras princesas habían derrochado su fortuna en vestidos con los que impresionar y aparentar, pero ella no era así. Se había criado en un ambiente humilde, a pesar de su condición de princesa y quería que Jiraiya la viera como era. Aun así, estaba muy hermosa. Mito le puso las manos sobre el hombre y apoyó su barbilla en el hombro de su hija.

    —Estás radiante, hija.

    —Madre, estoy nerviosa.

    Mito sonrió al ver la inocencia de su hija. Yakumo estaba al lado meciendo a su hija. Ella no iba a participar en la fiesta, pero quería darle ánimos.

    —Sois valiente, Tsunade.

    La princesa se acercó a su amiga y acarició la cabecita de la hija de su amiga, que en el fondo era su prima.

    —Tú tienes a mi tío que te ama. Yo no sé si recibiré ese amor.

    —Cuando conocí a tu padre—Mito se sentó a su lado—, había oído cosas de él que me parecían inimaginables. Pensé que su ego y su fama habrían hecho de él una persona arisca y egoísta, pero me di cuenta de que no.

    Tsunade conocía la historia de sus padres. Suspiraba para que su historia con Jiraiya fuera así.

    Ella asintió y se acomodó el vestido. Salió de la alcoba acompañada con su madre y amiga. Yakumo fue en la dirección contraria. Mito fue tras Tsunade, directas al salón principal. En el fondo, sabía que todos exigían mucho a Tsunade, pero esta salida era la menos mala para el bien de todos. Tsunade respiró hondo y entró. Observó a todos en el salón, en especial al grupo de su tío, Dan y Koharu. Junto a ellos había un grupo de hombres y en seguida supo quién era él. Se quedó en el marco de la entrada con los ojos muy abiertos. El resto de invitados pararon de hablar y miraron a la princesa.

    Su madre, que estaba detrás, entendió perfectamente qué estaba ocurriendo. Precisamente, ella pasó por lo mismo cuando conoció a Hashirama. Su hija había quedado maravillada con su prometido. Tsunade sintió que le faltaba el aire. Su prometido era todo lo que una mujer como ella podría desear: alto, elegante, atractivo, con semblante duro, guerrero… Faltarían adjetivos para poder describir la primera impresión de la princesa.

    Pero si ella se había quedado sin palabras, el rey Jiraiya también se había quedado sin palabras. Las leyendas y rumores sobre la hija de Hashirama se quedaban cortas ante el ángel que tenía delante. De piel blanca y cabellos dorados, Tsunade era el ser más bello y perfecto que había visto. Su vestido simple le hacía resaltar sus encantos femeninos, lo que la hacía irresistible, pero él sabía que ella era más que una cara y cuerpo bonitos. Tsunade no era como las demás chicas con las que él se había cruzado: era inteligente, dulce, valiente, amazona y capaz de luchar por su camino en el mundo.

    Tobirama había notado que entre los dos se había formado algo. Se aclaró la garganta y dio el primer paso:

    —Jiraiya, te presento a mi sobrina Tsunade Senju.

    El rey del país de las Aguas Termales avanzó y le besó la mano.

    —Espero que hayáis tenido un buen viaje, alteza—dijo Tsunade.

    —No ha sido fácil, pero ha valido la pena. Y, por favor, llamadme Jiraiya.

    La princesa asintió.

    —¿La cena es de vuestro agrado?

    —No he hecho un viaje tan largo para acudir a una fiesta.

    —¿Y qué queréis entonces?

    —Estar con vos.

    El corazón de Tsunade dio un vuelvo. Nadie había sido tan directo con ella.

    —Podemos salir al jardín.

    —Refresca. Prefiero un lugar más abrigado y libre de miradas.

    —Mi alcoba.

    Jiraiya asintió y agarró la mano de Tsunade. Debido a la cercanía, Jiraiya olió la fragancia a jazmín y lavanda de su futura prometida y se enloqueció. Los futuros reyes salieron del gran comedor y el resto respiró con cautela.

    Tsunade lo guio por los pasillos hasta su alcoba. Cerró la puerta y Jiraiya observó el estilo de su vida de su prometida: una cama con sábanas de colores diáfanos, un armario, un baúl, un escritorio y una pila llena de libros. Agarró uno y lo ojeó por encima. —

    —¿Qué me queríais decir?

    —Que estoy encantado de comprobar vuestra belleza.

    Tsunade sintió como cómo los ojos de Jiraiya la miraban de forma penetrante. No era lujuria, si no deseo de conocerla.

    —Sin duda ha merecido la pena el viaje.

    —Gracias por el esfuerzo de venir—los dos estaban muy juntos. Casi podían notar el aliento del contrario. Jiraiya apoyó su brazo sobre uno de los postes de la cama, dejándolo por encima de la cara de Tsunade. Le recogió algunos mechones y se los colocó en la oreja.

    —En cierto modo, os imaginaba de otra forma habiendo rechazado dos propuestas de matrimonio y habiendo puesto tantas cláusulas en el pacto.

    —Lamento haber causado esa impresión—Tsunade no tenía fuerzas ni para mirarlo. Hasta el momento había demostrado ser fuerte y valiente pero con ese hombre delante de ella, tan imponente y atractivo, sentía desfallecer.

    Jiraiya sonrió y echó un vistazo a la alcoba.

    —¿Dormiremos aquí, supongo?

    —Sí, espero que sea de vuestro agrado, majestad.

    Jiraiya cogió el mentón de Tsunade.

    —No me gustan las mujeres que muestran sumisión ante los hombres. Mi madre me crió bajo la idea de que soy igual a una mujer y quiero que mi futura esposa no agache la cabeza cada vez que le hablo. Y, por favor, llamadme Jiraiya.

    Tsunade pudo ver cómo Jiraiya le miraba de forma sincera. Hasta ese momento, Zabuza y Orochimaru habían sido dos quebraderos de cabeza para ella, pero él… con él no podía ella sufrir. El rey le cogió la mano y le susurró:

    —Volvamos a la fiesta.

    Ella asintió sonriente y los dos salieron de la alcoba.

    —¿Qué estará pasando ahí dentro?—dijo Koharu—. Más nos vale que Tsunade no rete a un duelo a Jiraiya.

    —Nos jugamos mucho con este enlace. Mi sobrina sabe qué debe hacer—Tobirama observó a los dos entrar agarrados de la mano. Los nobles hicieron una reverencia a los futuros reyes. Tobirama, Koharu, Mito y Dan también la hicieron, pero el capitán sintió que al hacer ese gesto, estaba dando por perdida a Tsunade. Aunque en realidad, sabía que nunca había tenido una oportunidad con ella.

    —T—​

    El día del enlace se acercaba. Los criados y ayudantes no hacían más que moverse por todo el palacio. Koharu había contratado los servicios del mejor modista del país del viento para elaborar el traje de Tsunade. La futura esposa se hallaba muy nerviosa y confundida. No solo por la bosa, sino por sus sentimientos por Jiraiya. Su tío, su madre y la condesa realizaban los preparativos y dejaban a los novios a solas para que se conocieran.

    Tsunade iba cogida de la mano de Jiraiya cuando llegaron a la muralla del castillo. El viento ondeaba la larga cabellera de los dos. Ahí ella observó con detenimiento a su futuro esposo y se sintió la mujer más feliz del mundo. Cuando estaba con él, todo lo demás le dejaba de importar y aunque fuera agradable, también le daba miedo puesto que era la primera vez que sentía tales sentimientos por alguien. La reina madre los observó desde la ventana y sonrió. Ella era consciente de que su hija se había enamorado hasta el tuétano de Jiraiya y él no era menos tampoco.

    El rey del país de las Aguas Termales era consciente de que Tsunade estaba por encima de cualquier mujer que hubiera pasado por su lecho. Era pura, angelical, inteligente, decidida… rasgos que jamás creyó que iba a encontrar en una mujer y, sin embargo, ahí estaba a punto de casarse con ella.

    —Ojalá mi padre estuviera aquí—dijo la princesa.

    —Cualquier príncipe de cualquier país sabe quién fue Hashirama Senju y sus increíbles gestas. Cualquier que hagamos será pequeña en comparación con las que hizo él.

    Tsunade recordó cosas de su padre como cuando la subió a su primer caballo y le dio su primer paseo, los cuentos que le leía por la noche o cuando ella le rodeaba a todas horas para saber noticias relacionadas con el reino.

    —No sabéis cuánto le echo de menos. Pero también extraño el País de las Olas. Allí me instalé con mi madre, Nawaki y mi tío. Una parte de mí se quedó en aquella tierra tan tranquila y hermosa. ¿Vos también echáis de menos las Aguas Termales?

    Jiraiya se apoyó en la piedra de la muralla y asintió.

    —Os juro que algún día volveremos a las Olas y cuando eso suceda—se dirigió hacia ella—, quiero que me enseñéis cada rincón de aquel lugar.

    Ella asintió con una sonrisa.

    —Por fin una sonrisa sale de vuestros labios.

    Jiraiya se acercó a ella y le acarició los labios. Sin poder resistirse, la besó. Tsunade se quedó estática. Al principio le costó, pero continuó el beso de Jiraiya y fue… hermoso.

    —Disculpad.

    Dan Kato apareció por la esquina e interrumpió a la pareja. Cuando los vio besarse, quería que la tierra se lo tragara, pero su deber era más fuerte que cualquier sentimiento. Los dos se separaron y ocultaron el sonrojo de sus miradas.

    —Princesa, Tobirama desea que vayáis al salón. Hay algunos aspectos que debéis tratar.

    Tsunade asintió y se despidió de los dos.

    Cuando la perdieron de vista, Jiraiya aprovechó el momento:

    —Es la mujer más hermosa que he visto en mi vida.

    —Sí—respondió el capitán.

    Jiraiya pasó por al lado de Kato y le dijo:

    —Vos también debéis tener una mujer que os quite vuestros desvelos.

    —Os equivocáis, alteza—Kato mintió. De nada le serviría decir la verdad y optó por la solución que debía, por su propio bien.

    —a mí no me engañáis, Kato—Jiraiya caminó por la muralla e invitó a Dan a que lo siguiera—. Antes de rey, soy hombre y soldado como vos y tanto uno como otro necesita de una mujer que cuide de sus desvelos.

    Dan no había contado con que Jiraiya le calara tan pronto. Solo esperaba que sus sentimientos por Tsunade se fueran con él a la tumba.

    —Venga, decidme, quién es.

    —Es… inalcanzable para mí. Es del pueblo en que nací y llevo sin verla dos… años—intentó que sonara lo más convincente posible.

    —Os daré un consejo. No viváis de amores así. Olvidadla con otra mujer.

    Salieron del castillo y deambularon por la gran puerta del castillo.

    —Salvo si es vuestra esposa y la madre de vuestros hijos, como lo será Tsunade para mí—su voz se tiñó de dulzura y amor—. Una mujer así es sagrada para cualquier hombre. Así lo fue mi madre con mi padre y así quiero tratar a Tsunade, pero… tengo la sensación de que me esquiva. El beso que no hemos dado ha sido nuestro primer acercamiento desde que estoy aquí. ¿Qué debo hacer?

    Dan habría preferido no haber visto ese beso, pero había ocurrido y no podía dar marcha atrás. Sobre la pregunta, sintió la obligación de ser sincero. Si ese hombre iba a tener todo lo que él jamás tendría, debía ayudarlo para hacer feliz a Tsunade.

    —Sed sincero con ella. Nunca demostréis debilidad ante ella y, sobre todo, respetadla como mujer. Su hermano Nawaki se convirtió en algo que a ella jamás le gustó ver en los hombres e intentó enderezarlo por el buen camino.

    Jiraiya sonrió. Le dio unas palmadas en la espalda y volvió al palacio. Dan no pudo hacer otra cosa que seguirlo. No le quedaba otra.


    Continuará en el siguiente capítulo XIII: Sí, quiero.​
     
    Última edición: 17 Octubre 2018 a las 12:49 PM
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