Long-fic [Touhou] Relato de un híbrido - Eco de una vida.

Tema en 'Fanfics sobre Videojuegos y Visual Novels' iniciado por Geki, 5 Diciembre 2018.

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    Geki

    Geki Hanjuu

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    [Touhou] Relato de un híbrido - Eco de una vida.
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    10
     
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    554
    Tal vez no sea mucho, pero agradezco a quienes lean este fanfic. He tenido un largo viaje con él, de modo que en verdad aprecio el tiempo que inviertan en su lectura.

    - - - Notas
    » La historia se narra desde la perspectiva de un personaje original. Se narrará su vida e interacción con las mismas personajes de Touhou a lo largo de su vida.
    » Diseños: El arte original de la historia es de mi creación. No soy el ilustrador, mas diseñé la idea de cada uno.
    » Japonés: Es cierto que la cultura en la cual se desempeña todo Touhou viene de Japón, mas al tratarse de un fic en español, se hará uso mínimo de los honoríficos y palabras directas. A menos que sea necesario por medio textual u obligatorio, si el personaje así lo dicta.

    Editaré este pequeño apartado en el futuro de ser necesario.

    [​IMG]

    -- Relato de un híbrido: Eco de una vida --
    [Hanjuu no Monogatari - Jinsei no Hibiki]

    Soñé con la luna y el filo de su figura, con el olor de las flores y el sereno de las mañanas. Conocía el nombre de la oscuridad, la llamaba y ella acudía a mí. Su nombre era suave y misterioso, era terso y hermoso. Lo veía al adentrarme en las sombras, lo escuchaba en el claro del agua y en el viento de las temporadas. Lo encontraba en la noche al dormir y en las mañanas al despertar. Me cuidaba pese a que no lo quisiera. Sabía su nombre y ella el mío.

    Esta es mi historia.




    Prólogo. Música silenciosa

    El invierno regresó. Con el final del año, su suave abrazo se apreciaba aletargado, cubriendo el rededor de blanca inocencia de días que se fueron con la promesa de volver. Durante la quietud de la temporada, máxima en todo momento, resultaba ser escaso aquello que pudiera perturbar aquel sosiego. De haber aves ella hubieran volado por entre los campos como una sola, con su suave aleteo acariciando esa calma que yacía imperturbable. Si el sonido de las incesantes pisadas sobre la nieve, de juegos y canciones inviadera aquel lugar, a esa calma no le quedaría más que retroceder tímidamente hasta desaparecer.

    Pero nadie más habitaba ese sitio, en donde la paz reinaba absoluta. Nadie más que él.

    Le pertenecía a un hombre quien miraba hacia el cielo como si éste encerrara secretos. Agotado, maltrecho y sucio, descansaba botado. El silencio que le acompañaba era extenso y terrible, mas suave y gentil como el del viento susurrante. Como el fuego en su interior.

    El cansancio le evadía desde lo que aparentaban noches, siempre mirando hacia el mismo árbol, y aun si la luna fuese su luz, él admiraba su sombra.

    Allí nada ni nadie perturbaba aquello que era suyo. Excepto él, puesto que le pertenecía. En su semblante se refleja la espera que con el tiempo arde, una cuyo resultado se ha vuelto inevitable.
     
    Última edición: 5 Diciembre 2018
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    Geki

    Geki Hanjuu

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    Capítulo 0. Vidas taciturnas

    Si tuviera que optar por una introducción a quién soy, ésta se encontraría en el justo momento que llegué al templo Hakurei, sitio en donde una mujer de larga y negra cabellera cuidó de mí; aunque afirmar estas palabras sería un error, pues aunque pudiera estar bajo su disciplina y guía, ella no hizo tal cosa. Esa mujer cuyo temple ante las adversidades era como el del acero al rojo vivo, me hizo comprender que no era mi madre y que no tomaría ese papel bajo ninguna circunstancia. Así fuera que llegara herido, con raspones y ensangrentado por caer, no atendió mis heridas. Aun si aparecía enfermo bajo la incesante lluvia, ella no reparó en mi presencia. Sin importar si era un niño de apenas diez años, aterrado de lo que la vida le había brindado, eso no fue motivo para voltear en mi dirección.

    No le recuerdo con cariño mas sí con gran respeto, pues en ella recaía el poder de ejercer el orden con un fuerte puño el cual no daba lugar a la vacilación. Y eso en un mundo en donde lo extraordinario es norma, es de admirar.

    Pese a no ser recibido con los brazos abiertos me vi regresando constantemente a ese templo día tras día. Al principio fui tímido, luego ganando la confianza para atravesar el claro punto en donde hacerle frente se trataba de una clara muestra de delirio. Si hice todo eso fue por una pequeña presencia que siempre le hacía compañía como su diminuta sombra, o quizá, como una luz que ansiaba poder brillar iluminando un camino el cual pronto sería suyo.

    La pequeña niña Hakurei. No era ni remotamente parecida a su madre, aparentando ser frágil y de sonrisa fácil. Si una decía izquierda, la otra ya estaba mirando a la derecha. Si la figura más grande e imponente decidía ignorarme, la más pequeña le retaba, llevándole la contraria al acercarse a mí, abriéndome las puertas de su hogar. Por más insignificante que fuera la oportunidad, la pequeña que seguía el camino para convertirse en una sacerdotisa me otorgó su amistad. Me la dio sin miramientos, curando mis heridas, atendiéndome en la enfermedad y escuchándome cuando intentaba ocultar mi llanto entre la lluvia.

    Crecimos relativamente juntos, jugando cuando podíamos como los niños de nuestra edad y cuando la situación lo permitiera, perdiendo el tiempo en esa clase de cosas que durante esos años de nostalgia nos atraían tanto. Ya fuera la llegada de la primavera, refrescándonos en verano, asando patatas en otoño o corretear por la nieve durante el invierno. Por un par de años nos dejamos llevar por nuestra edad, olvidando nuestras propias vidas. Pero ella crecía hacia una dirección distinta a la mía. Cada uno tenía un futuro diferente delante suyo, y pese a que no lo viéramos, debíamos cumplirlo.

    Ocurrió de la nada cuando mi amiga debía asumir ser la cabecilla del templo, y yo, seguir con mi propio camino que aún me era incierto. Crecí apartándome de ella y del lugar que fue como casi un hogar para mí, mirando de lejos cómo es que con el tiempo se volvía más conocida entre todos. Ella era maravillosa, asombrosa y todo lo bueno que se puede ser. Mi amiga crecía para volverse en la sombra de aquella mujer.

    Para mí las cosas igual cambiaron. Aprendí más sobre mí mismo en kilómetros recorridos que siendo el niño perdido que una vez apareció a las puertas de ese templo. Lo que era y en lo que me convertí, fueron frutos de esos años.

    Soy un híbrido. Soy un hanjuu. Mi nombre es Kenro.
     
    Última edición: 5 Diciembre 2018
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  3. Threadmarks: Capítulo 1
     
    Geki

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    Ansiamos con correr antes de caminar. Un comienzo apresurado siempre es complicado, puesto que despoja de esa dulce espontaneidad que inocentemente arranca más de una tierna sonrisa a quienes gustan de perderse entre recuerdos del pasado. Hay más verdad de la que se conoce y yo estoy aquí para mostrarte la diferencia.

    Alba y ocaso

    Aquello que pude hallar en el templo Hakurei terminó por perderse con lentitud al pasar los días tras su repentina desaparición. La mujer de larga y negra cabellera no dejó rastro sobre su paradero, ni pista que dijera cuáles fueron sus decisiones y razón que aclararan los motivos para que, de la nada, se esfumara. Lo que sí dejó sin embargo fueron dudas, la impresión de que aún seguía allí, sentada viendo en la distancia, mientras la más pequeña descansaba en su sombra. Dejó una calma incómoda y un silencio que le hacía compañía de manera dolorosa.

    Mientras tanto yo me mantuve al lado de mi amiga por el tiempo que me permitió y el que me fue posible. Traté de traer de vuelta su ánimo, aunque sin ningún tipo de éxito. Y es que yo no lo entendía. Ambos habíamos crecido desde el día en que aparecí, de modo que a pesar de que los dos seguíamos siendo apenas un par de niños que no pasaban de los once, ella se vio obligada a no fijarse en su edad y continuar con la labor que al final siempre le perteneció. El momento solamente llegó antes y yo no estaba listo para semejante transición.

    Entonces pensé que si existía un momento en donde pudiera devolverle toda esa bondad que me entregó, entonces era ese. Es por eso que insistí en permanecer a su lado, porque creía que eso nos completaba de cierto modo. Pero claro, esas son sólo las ideas de un niño que desconoce el lugar en donde se encuentra.

    Los primeros días fue difícil entablar una conversación con ella. No iba más allá de limitarse a responder un sí o un no a secas. Reparaba en que yo estaba allí, sonreía con timidez si es que le obligaba a que nuestros rostros coincidieran y hasta solía darme un manotazo, apartándome si no le dejaba en paz. Pero ella sabía que yo estaba allí, por los años en donde me ayudó pese a que aquella mujer no moviera ni un dedo. Cuando por fin volvió a hablar, lo que decía eran partes de frases que murmuraba y las que aparentaban revolotear por su cabeza.

    «Debo encargarme» decía «continuar lo que quedó» repetía.

    Continuaba reconociendo mis intentos por sacarnos adelante, sea compartiendo una comida, golosinas o sólo un poco de té. Su sonrisa se hizo cada vez más evasiva, mas aún existente. Sea al verme llegar o al irme, me la mostraba como siempre recordé. Eso en ella no desapareció ni fue tomado por la fuerza de un arrebato. De ese mismo modo creí que sería sencillo continuar y mejorar para los dos, pero en cierto modo, sólo deseaba ignorar una realidad absoluta y que los dos conocíamos bien.

    Semanas pasaron hasta que empecé a ser testigo de cómo mi amiga daba comienzo a un gran cambio, empezando su transformación para convertirse en una verdadera sacerdotisa. Su temple, comportamiento y disposición continuaron en el mismo lugar, no obstante, una nueva resolución nacía dentro de su persona. Esa era su responsabilidad después de todo, una que aceptó a llevar por el bien de su causa. Que se perdiera lo que con seguridad encontraba en aquel templo, en ella, no significaba que dejara de existir. Aún estaba allí, yo sabía que así era. Pero tal y como creía fervientemente en mis palabras, era una realidad que Reimu dejó de ser la misma.

    Por el bien de nuestro recuerdo continué visitándola. El tiempo pasó, fugaz pero remarcable, así hasta que nuestros encuentros se volvieron inexistentes. Le rodeaban nuevos rostros, presencias distintas que le regresaron esa expresión animada de antes y que yo no pude hacer emerger. Veía en su semblante nuevas expresiones que no hicieron más que destruir la ilusión de un niño. Creí que para mí lo mejor sería partir, pues esa mujer ya me lo había dejado en claro. Ese templo no era mi hogar y no lo sería.

    Entonces mis días de deambular comenzaron, unos a los que no le tomé agrado. Yo no era más que un niño de apenas once, perdido y que sólo se contaba más días por la suerte.

    Es así como años antes del incidente de la niebla escarlata, justo cuando empecé a vivir en la aldea de los humanos, decidí volverme en un ladrón. Solía vagar por las calles del gran asentamiento de los humanos en busca de cualquier oportunidad para sobrevivir. Cuando llegué a tan enorme lugar no era nada más que un extraño. De hecho era menos, un despojo de la decencia, resultado de caminar hasta dar con la aldea. Como bien se debe imaginar, la aldea no se trataba de un pequeño lugar de paso, era un sitio que los humanos habían hecho suyo, levantando sus propias reglas y estableciendo el ritmo de ese lugar como el propio. Pronto la vida en dicho sitio fue mejorando hasta convertirse en el lugar por excelencia para aquellos que buscaran cobijo de las diferentes excentricidades que acechaban la tierra, y si eras lo bastante astuto, así como un youkai, podías pasar desapercibido bajo la seguridad de las distintas personalidades con las que cuenta la aldea. Aceptadas por la gente y referidas como sus guardianes.

    Como humano no existía mejor lugar para mí que una aldea con más gente como yo, o eso pensé. Como he mencionado, era un desconocido, alguien a quien jamás se le vio antes y a quien no se le entregaría una oportunidad tan fácilmente. Si era capaz de encontrar refugio fue por las calles y hogares que colisionaban formando callejones. Muchas veces traté de conseguir un trabajo, cualquier cosa que me asegurase un techo aunque fuese mugroso; pero aun con los humanos no hallé esa ayuda. La vida de ladrón fue mi última opción porque sencillamente no me había quedado otra.

    Y así viví por una larga temporada. Como ladrón fui hallado numerosas veces robando, mas sin embargo, el ser azotado se trataba de la menor de mis preocupaciones. No era parte de mi día a día que me hallaran infraganti, y claro, el dolor no me era ajeno, pero tal y como he dicho, al ser humano el castigo no ascendía a más que eso. Sólo porque era humano.

    Se me daba bien escapar, y en varias ocasiones hice gala y burla de ello. Sea colándome por lugares estrechos o trepándome en los techos en donde perdía vista de quienes me persiguieran. Contaba con zonas designadas para robar sea comida o dinero. No gastaba dinero en donde robaba comida y viceversa, lo cual me garantizó un disfraz entre el resto de ratas de la calle que como yo buscaban sobrevivir.

    Pero es un estilo de vida peligroso.

    En cierta ocasión llevaba días con el estómago dándome vueltas en el interior como un saco vacío. Había caído enfermo varios días antes, gastándome todo escaso suministro. Para cuando pude volver a la calle, no tuve éxito en nada por varios días. Trataba de llenarme el estómago con agua para evitar que esa terrible sensación se apartara, pero cada vez se volvía mucho más complicado de lidiar. Mi cuerpo gritaba por algo, así fuera frío o sucio, pero necesitaba ingerir algo rápido. Me encontré en un estado en el que robar o escapar, hubieran sido actos inútiles. Mis movimientos eran débiles y torpes, por lo que andaba más bien dando tumbos a los lados del camino. La visión me fallaba por el cansancio y con tan solo caminar un par de metros, ya me faltaban las fuerzas. Estando en la zona este, lugar en donde compraba, desesperé. Si la calle hubiera estado un poco más atiborrada, con gente yendo y viniendo, no como aquella vez en donde se podía inclusive contar a quienes andaban, robarme cualquier cosa hubiera sido cuestión de un simple floreo de manos.

    No pensaba con claridad, quedando a la orden de los instintos primitivos que con la compañía de otras personas se olvidan. Saqué fuerza y vitalidad de lugares que desconocía y de formas que nuca supe podía. Empecé a correr cerca de los puestos sin mirar, estirando una mano para tomar lo primero que mis manos pudieran asir con fuerza. Corrí de ese sitio sin mirar atrás. Corrí olvidando mi aliento, ignorando el hambre que hasta entonces no se limitó y tomó cada gramo de fuerza en mí. Apreté contra el pecho lo que robé, y en ese entonces, lo escuché. Venían tras de mí.

    Las pisadas veloces y con fuerza de las personas que gritaban enfurecidas por lo que les pertenecía. Noté que se acercaban con peligrosa rapidez. Desesperé más y me centré en sólo correr con la nueva fuerza que mi cuerpo me brindó en un capricho necesario. Aparté gente quienes ni siquiera sabían qué sucedía, que empezaban a acumularse con la distancia una vez recorrida para ver de dónde llegaban esos gritos. Las empujaba, halaba o tiraba para que interrumpiera a mis perseguidores. Pensé que estaría a salvo y cerca de escapar, y si me vieron el rostro, a eso ya no le di importancia. Planeé no visitar la zona hasta que el recuerdo de mi persona se desvaneciera como algo que nadie pudo evitar y que ni le prestaran importancia. Una noticia que no afectaría a nadie de un modo que mereciera ser contado.

    Desafortunadamente así no funcionan las historias. Parece que siempre debe haber un villano.

    Cuando la seguridad por haber escapado me abrazaba, en el justo instante que se me escapó una sonrisa, encontré un súbito alto. Delante de mí un hombre fornido y con el rostro curtido, de altura intimidante y con la complexión de un oso, me embistió. No sólo caí, sino que también rodé hasta golpearme la cabeza contra el suelo, botando mi preciado botín que hasta entonces vi se trataba de una jugosa rebanada de carne de res envuelta. Aturdido intenté recuperarla, hallando un pie pisándome la mano.

    —¡Ladrón! —gritó una voz en la distancia— Maldita sea, corre como poseído el desgraciado.
    —Cierra el pico —le dijo alguien más que se acercaba—. Pero de esta no se salva. Que sirva de ejemplo.

    Sabiendo lo que me esperaba no opuse resistencia, envolviéndome en un nudo para evitar la mayor cantidad de daño que pudiera. No significaba en realidad mucho para mí lo que estaría por ocurrir, de hecho me dolía más el pensar que me estaba muriendo de hambre. Ya no tenía fuerza, lo que en parte alivió un poco el dolor de la situación. Tan débil no sentiría tanto dolor por la paliza que recibiría. Como mucho al despertar me dolería el cuerpo de manera casi poética.

    Y ocurrió. Lo primero fue una patada que pude predecir directo en la boca del estómago. Quizá lo pudiera haber sentido, pero en vez de dolor sentí que de pronto me faltaba el aire. El segundo impacto lo recibí en la cadera, pero al igual que el anterior, el dolor apenas si ascendió a una leve molestia. Me costaría caminar, pero si no me resistía y me quedaba quieto, todo acabaría sin mayor inconveniente.

    Fueron tres los entusiasmados en darme una lección por mis actos. Tres quienes se turnaron para patearme, invitando a la gente que pasara para desquitarse conmigo. Fue una suerte que los ignoraran y apartaran la vista, pues un cuarto me hubiera matado. Agradezco el resto de las personas se llevaran a sus hijos o a otros que se empezaban a juntar para tener algo de que hablar esa misma noche. Entonces creí que dejarme hecho una pulpa en el suelo era el final, que ya con eso se cobraron lo que querían, mas sentí cómo me alzaron. Uno de ellos estiró un brazo para sostenerme del cuello de mi lastimosa ropa, zarandeándome para que le mirase. Lo hizo con fuerza, asegurándose estaba aún consciente.

    —Abre los ojos o te los abro, inútil.
    —Que los abras —repitió uno de los tres, tomándome de la barbilla.

    Estaba en una posición peligrosa mas conocía los riesgos y sus consecuencias. Sin darle más vueltas al asunto abrí los ojos que ya tenía hinchados por los golpes. Igual me pesaban por lo cansado y hambriento que estaba. Mi fuerza se terminó esfumando en el instante que caí. Cuando pude enfocar correctamente, sólo pude distinguir la ira estallando en sus miradas. Me observaron con asco. Les repugnaba verme e incluso me asustó, por lo que terminé abriendo los ojos aun más por la sorpresa.

    —Eres uno de esos —dijo el de rostro curtido como si escupiera esas palabras.
    —Y pensar que uno de estos es tan estúpido como para haber entrado y robarnos —agregó el que me sostenía—. ¿A qué has venido? Responde o acabamos de molerte a golpes.

    Quise reír. Irónicamente, no porque me divirtiera la situación, mucho menos porque quisiera burlarme de ellos. Me causó gracia que la respuesta fuera tan obvia, pero que aun así, demandaran por una. Si querían escucharme hablar, todo eso causó una gran risotada ahogándose en mí. No supe si era alguna clase de morbo para justificar lo que harían conmigo, pero por ello, unos tosidos sangrientos salieron con debilidad.

    —Quería comer —respondí, trémulo y débil.

    No les agradó mi respuesta, y usando los puños, el que me sostenía me golpeó en la mejilla, dejándome caer al suelo con la fuerza de su impacto. Resbalé al tratar de reincorporarme, quedando en el suelo mirando hacia la nada.

    El paquete de carne que había intentado robar me azotó la cabeza, consiguiendo de ese modo que plantara el rostro entero en el suelo lleno de tierra. Pude apoyar los brazos para alzar la mirada, observando cómo es que esos tres hombres se iban sin mirarme, dejándome a mi suerte, no tomando la decisión de cobrarse la justicia que muy probable otros creían que merecía. Lo vi como una pequeña victoria, pues probablemente la carne ya no se encontraba en un estado digno para usarse en el comercio, o que mi imagen como ladrón fuera tan repugnante que incluso de tal modo podía privar a un alimento de su valor. Como fuera, en ese momento celebré una pequeña victoria, tomando el trozo de carne para escabullirme de la vista de los presentes dentro de un callejón. Me dejé caer al final, hallando un espejo cuarteado con el cual tuve cuidado de no cortarme. Lo encontré entre un montón de basura en donde me boté.

    Tuve miedo, pero tenía que saber qué había causado mi encuentro con la justicia de los aldeanos. Los dientes me dolían y me aterraba que me hubieran botado algunos y que terminara lidiando, para colmo, con una infección futura. En el espejo mi apariencia lastimosa fue un golpe terrible. Llevaba el cabello, que antes negro como la tinta, ahora encontraba desordenado y polvoroso, hecho una maraña de nudos. El rostro sucio y lleno de mugre. Al abrir la boca frente a ese espejo, pude sentir algo romperse con esa imagen. Mis dientes dolían, mas no porque me faltara alguno, sino porque un par de colmillos sobresalían de mi boca, lo suficientemente largos como para no poder ocultarlos al abrir la boca. Mis ojos estallaron del susto y pude verme mejor. Esos ojos que alguna vez fueron como el color de las avellanas, ahora eran ambarinos y atigrados. Empecé a reír y luego a llorar. Las lágrimas que corrían por mi rostro no se detuvieron al igual que mi risa y el hambre.

    Hambre que fue saciada al devorar ese trozo de carne, crudo, rojo. Tan jugoso. En mucho lo más sabroso que probé jamás


     
    Última edición: 5 Diciembre 2018
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    Angelivi

    Angelivi Bruja ordinaria

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    Estoy sorprendido, tu narración es impecable. He disfrutado mucho leyendo todo lo que llevas de novela hasta ahora, es de muy buena calidad. La introducción tenía un aire poético que me ha encandilado y cuando has mencionado el Templo Hakurei ya estaba en mi cabeza haciendo mil suposiciones. Al principio pensaba que ibas a hablar de los orígenes de las Hakurei, pero esa teoría se disolvió en el momento en que nombraste el incidente de la niebla escarlata. Pero el hecho de que el protagonista y Reimu (o quiero creer que es ella) se conociesen de pequeños me hace querer leer el reencuentro, cosa que imagino llevará su tiempo.

    En el capítulo 1 he sentido mucha pena por Kenro, aunque haya otra ladrona con más suerte, la vida del delincuente no es fácil en Gensokyo y él está viviendo el lado más oscuro de la aldea. Tuve mucha curiosidad por el término hanyuu y busqué por internet, introducir nuevos términos del folclore japonés le da un plus a tu historia, amo su folclore y me encanta conocer nuevas especies de youkais, o semiyoukais mejor dicho. Rezo por que Keine saque al pobre Kenro de su situación, podrían llevarse bien dada la naturaleza de la profesora de la aldea.

    ¡Ah! Y una portada muy bella. Seguiré leyendo los próximos capítulos.
     
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    Geki

    Geki Hanjuu

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    Me alegra bastante que te agradara lo que va de esta historia. La pequeña niña en efecto es Reimu, aunque al momento de haberlo escrito y que fue puesto en un foro de Touhou, pues omití su nombre en base a lo que el contexto contaba de ella. Aprecio tus palabras, y espero que los próximos capítulos que suba los encuentras del mismo modo de tu gusto.
     
  6. Threadmarks: Capítulo 2
     
    Geki

    Geki Hanjuu

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    La lluvia repiqueteaba contra el tejado del pequeño callejón en donde las diferentes construcciones coincidían, brindándome un refugio improvisado a salvo de los improvistos del clima. El agua no me alcanzaba, hecho que, sumado al estado de mi cuerpo, me hiciera decidir no llevar a cabo esfuerzo alguno por moverme. Gota a gota el débil «drip-drip» que caía al frío y húmedo suelo desapareció en cuanto cerraba los ojos, tratando de olvidar el dolor que mi cuerpo sentía por la golpiza que me propinaron aquellos hombres.

    Mi mente se encontraba ausente, siendo poco lo que acudía a mí, lo que lograba mantenerme en un estado de alerta pasiva de manera involuntaria. De ese modo escuchaba la lluvia y a los aldeanos quienes con prisa buscaban refugiarse por temor a empaparse, el mismo miedo del cual los infantes prescindían. Llegaba a mí el sonido de sus risas y cantos, salpicando entre los charcos con tremenda enjundia pese a las advertencia de los adultos.

    Me encontré moviendo los labios al son de su canto y de la lluvia, melodías que mecían mis sentidos, llevándolos hacia un lugar lejano y distinto, que yacía casi olvidado. Más allá de los años en un templo, más allá de los primeros pasos inseguros de un niño perdido.

    Más allá de mis recuerdos.

    Lejos

    No parecía detenerse. La intensidad de la lluvia aumentaba conforme el tiempo transcurría, con gotas grandes y heladas que convirtieron una tarde de verano en una fría y húmeda. Abrigarme hubiera sido de gran ayuda para soportarlo, pues aunque seco, sentía el viento pasar, helándome las extremidades que aún conservaban sensibilidad. Intenté cubrirme los pies sucios con las manos, mas pronto descubrí lo inútil que sería, pues apenas si conseguía moverme sin que una ola de dolor brotara desde el torso y volara por el resto de mi cuerpo.

    Maltrecho, frío y con el hambre atacando una vez más, intenté a toda costa no caer dormido, llevado por los ruidos conformados por la llovizna y el viento. Los silbidos de aire al pasar por entre los hogares, torrentes de agua atravesando las calles; luchaba con todo lo que me era capaz para evitar cerrar los ojos, ya que en cuanto lo hacía, brotaban imágenes las cuales deseaba apartar con gran desesperación. Veía a un niño de ropas sucias y aspecto lastimoso. Herido, ese pequeño cojeaba entre la noche tratando de buscar de dónde apoyarse, siempre cayendo al intentar asir algo entre la oscuridad que pudiera soportar su cuerpo. Caminaba con ojos vacíos, lejos de tener convicción alguna reflejada en su mirada y más inundados de un instinto que le había mantenido con vida. Caminaba hacia la promesa de una oportunidad o un súbito fin a su corto recorrido. Lo hacía con cortos pasos hacia una puerta entreabierta de la cual la luz se escurría ahuyentando a la oscuridad.

    Tan pronto abría los ojos me sorprendía del paisaje gris en el que estaba, uno que pese a no mejorar mi situación, no se veía inundado por los dolorosos recuerdos que significaban el fin de un camino.

    No encontraría descanso alguno de tal forma, eso bien lo sabía. Aun si fuesen minutos durante los cuales me desvanecía, siempre despertaba más cansado. Concluí que dormir no me ayudaría, al menos no si me encontraba en ese lugar. No en el callejón o bajo la lluvia, sino que dentro de la aldea. De cualquier otro modo ocultarme hubiera sido sencillo, pero el hecho era que esa ya no era una opción. Antes, cuando los aldeanos estuvieron por cobrárselas todas, los mismos se refirieron a mí como «uno de esos». No supe con exactitud a qué se referían, pero de algo estaba seguro. Mis ojos ya no eran los mismos a como recordé alguna vez. Entonces siendo yo, un niño cualquiera, podía fundirme con mi aspecto entre la multitud, sea de adultos u otros pequeños de mi edad. En mí no encontrabas mucho más que huesos y un poco de envoltorio, cabello del mismo color que la mayoría de los aldeanos y unos ojos del mismo color que un centenar de gente. Encontrarme llevaría a una tarea infructuosa y frustrante; sin embargo, eso ya no era posible. Esa suerte me terminó abandonando cuando, al entrar al callejón, noté en el espejo un par de ojos ambarinos, de un increíble color entre amarillo y dorado bruñido. Mis colmillos que no dejaban de dolerme igual me delataban. Era un hecho que ellos se percataron y uno mayor que ya se hablaba de mi aspecto con los vecinos, amigos y curiosos casuales.

    Si no hallaba la manera de huir, andar por las calles se terminaría convirtiendo en una actividad peligrosa en la cual perdería mucho. Era el ladrón más fácil de identificar, y por eso quedarme no fue una opción.

    Tomé en consideración mis opciones, pero el frío y el hambre, así como el dolor y cansancio, no me dejaban pensar con claridad. Quise correr por las calles aprovechando la lluvia. Nadie me detendría. Pero claro, el inconveniente principal era que apenas si me podía levantar. Pensé en aprovechar el sigilo que la noche me daría, pero hasta así, la aldea se vigilaba constantemente. Con mis torpes movimientos no sería capaz de buscar una salida, sin mencionar el salir por ésta. Pues entonces, estaba atrapado. Sin respuestas o ideas, me puse a llorar, soltando gimoteos que intentaba ahogar entre los ruidos de la calle.

    No sé cuánto tiempo pasé de esa forma, pero cuando el rostro me ardía de tanto llorar, pude escuchar los sutiles pasos de alguien acercándose. Gritos en la cabeza me advirtieron de ello e intenté ocultarme tras los sacos de basura que detenían mi peso, para sólo caer al suelo en donde me quedé quieto mirando hacia la entrada.

    Lo primero que vi fue un paraguas asomarse y un rostro cubierto por una capucha. Su cuerpo entero iba escondido por un impermeable, mas distinguí el porte de un adulto en sus manos desnudas.

    —Supe que podría hallarte aquí —dijo e identifiqué se trataba de una mujer joven. No le respondí.

    Ella quiso dar un paso más y acercarse a mí, mas en respuesta mi cuerpo se movió por sí solo tratando de huir. Respiraba aterrado, temblando al desconocer sus intenciones. No supe si me haría algo, o por qué es que siquiera estaba allí para empezar. Apartó rápidamente la mano ante mi reacción, como si de pronto hubiera sentido el calor de acercarla al fuego. La pegó a su cuerpo y bajó el rostro que seguía en sombras.

    —Claro. No confías en mí —rio, aunque no pareció burlarse—. Debes estar aterrado y lleno de miedo.

    Nuevamente no respondí. Continuaba alerta ante cualquier movimiento que pudiera llevar a cabo. Lo único que podía hacer era gritar, y hasta eso sólo resultaría contraproducente dada mi situación. Miraba fijamente a la mujer, aguardando en silencio hasta que decidió moverse una vez más. Entonces esperó por cuál sería mi reacción, agitando una mano en ademán de tranquilizarme al verme apretándome como un nudo. Debajo de su impermeable sacó una pequeña caja negra que dejó en el suelo cerca de mí. No la apoyó, primero la puso frente de sí misma y luego la deslizó con mucho cuidado.

    —¿Creerías si te digo que he estado buscándote? —preguntó, aunque volví a callar—. No he venido a lastimarte. Quiero ofrecerte ayuda. Sé que la necesitas y estoy dispuesta a brindártela.

    La mujer se levantó con lentitud para no asustarme, tomando su paraguas, abriéndolo antes de salir del callejón. Miró fuera, esperando la ausencia de personas quienes, aunque con la llovizna, seguían recorriendo las calles. Volteó nuevamente hacia mí, hablando con gran gentileza. Un timbre de voz que me pareció extraño de un adulto.

    —Espera a la noche. Vendré por ti —y sin agregar otra palabra, salió a paso veloz del callejón.

    Quedé atónito del repentino encuentro con esa misteriosa mujer, quien alegaba haberme buscado. La primera impresión que tuve fue que mentía, que no era más que un engaño y que los aldeanos intentaban hacerme salir para mostrarme un verdadero escarmiento por osar robarles en los pasados meses. Me detuve a pensarlo mejor, pues carecía de sentido. De haberlo querido, esa mujer los podría haber llevado hacia mí y acabar todo en la oscuridad y anonimato de un callejón. Otras personas me vieron entrar momentos después de la golpiza que recibí, así que cualquier idea de que aquello fuera una trampa perdía sentido de inmediato.

    La amabilidad de esa mujer me intrigó. El porqué lo hizo me confundía. Yo era un paria nada más, un ladrón sin escrúpulos que en todo momento tras tomar esa vida ignoró quien fue su víctima, tomando dinero de enfermos o heridos sin pensarlo dos veces. Ese gentil tono de sus palabras, su suave voz y preocupación. Lo que le llevó a ser así, conmigo, lo que buscaba...

    Cada una de mis dudas fue acallada en cuanto el viento sopló, entrando al callejón y trayendo el exquisito aroma de la carne y el arroz. Resultó ser un golpe especialmente cruel. Aún podía sentir el estómago y sus rincones vacíos siendo atacados por esa insidiosa sensación de la que no me libraba desde hacía días. Intenté ignorarla lo mejor que pude, mas fue imposible, porque ese olor provenía de la caja que esa mujer dejó para mí. No podía creerlo, casi no quería hacerlo. Era imposible poder aceptar algo así, o al menos hubiera sido de tal modo tiempo atrás. La amabilidad en esos tiempos me resultaba ser hostil. Nunca recibí un trato similar si no provenía de mi amiga del templo. Pero el hambre podía mucho más. Abrí la caja, observando su contenido sin poder terminar de creerlo. No me molesté en usar los palillos, así que pasaron a ser algo sin importancia. Esa tarde desapareció el hambre, aunque no podría decir lo mismo de mi llanto.

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    —En verdad esperaste a que regresara. Temí no encontrarte de nuevo, pero sigues aquí.

    Su voz cándida calmó mi respiración. Encontrarle de nuevo fue, pese a su previo aviso, inesperado.

    El alimento que me otorgó fue lo más cercano a un milagro que pude experimentar en años. Cada bocado le devolvió a mi cuerpo energía y calor hasta puntos ilógicos. No sólo me vi poseído por una vitalidad y fuerza sorprendentes, sino que a la vez mis heridas sanaron. Aquellos cardenales ensangrentados que macharon mi ropa ya no se encontraban más.

    Ese nuevo aliento me tomó desprevenido, pero no lo gasté en vano. Nuevamente pensé en escapar corriendo entre la lluvia y las calles, huir de la aldea y perderme en los prados de su alrededor, mas me detuvo el mero impulso.

    «¿A dónde llegaría?»

    No existía lugar al que pudiera regresar. Si hasta el campamento improvisado que compuse con ayuda de mi amiga cerca del templo lo terminé desbaratando antes de partir. Verme nuevamente al espejo hizo que me percatara de que mis opciones no eran limitadas. Eran inexistentes. Me quedaba confiar en una extraña quien me mostró gentileza, apostándolo todo en su presencia y promesa de regresar.

    Aun si prometió volver en la noche, terminé asomándome por el borde del callejón por el resto de la tarde. Al oscurecer en mi escondrijo no pude ver nada, sólo escuchar. Fue hasta que vi una luz acercarse, proveniente de una lámpara de papel que usaban las personas habitualmente, que volví a tensar el cuerpo.

    —Lamento mucho haberte dejado en esta lluvia, pero nadie más podía verme ayudándote. Al menos no en estas condiciones.

    No esperó por mi respuesta, avanzando con mayor seguridad que esa misma tarde. Me entregó un impermeable como el suyo, uno casi de mi tamaño. En esa ocasión no intenté separarme, mas el instinto me hizo saltar un poco. Ella rio.

    —Si alguien llega a encontrarnos y pregunta por ti, respondes que te perdiste y yo te llevaba a mi hogar para resguardarte de la lluvia —explicó, colocándome la capucha que me iba grande, aprovechando su tamaño para cubrirme la cara—. No alces el rostro, no corras. No te separes de mí; a decir verdad, será mejor si me tomas de la mano.

    Eso hice y apenas alcancé su palma ella tomó la mía con fuerza. No me lastimó, pues lo hizo para asegurarse de que no la dejara ir.

    —Por los dioses, estás frío —dijo a la par que me frotaba las manos con las suyas—. Pégate a mí, el paraguas es lo suficientemente grande para cubrirnos de quien nos mire. Sostén la lámpara si puedes.

    Todavía con un poco de miedo lo hice. Su proximidad me asustó, pero igual permanecí a su lado.

    —¿Listo para irnos? Serán unos minutos hasta que lleguemos donde vivo —asentí con energía—. Muy bien, te sacaré de aquí.

    Y caminamos entre la lluvia.

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    Corrimos con suerte y sólo nos detuvieron un par de veces preguntando por quién era yo. De camino a su hogar, una mujer se preocupó al escuchar de parte de mi rescatadora sobre cómo me había encontrado perdido en medio de la aldea, buscando un lugar para ocultarme de la lluvia. Le dijo y le insistió que no tendría problemas, pues conocía a mis padres desde que yo era más pequeño, que ellos trabajaban cerca de la aldea, en donde se podía gozar de la protección de ésta. Entre otros, un rostro más detuvo a la señorita. Se trató del hombre que me había golpeado al final. No se había percatado de que estaba allí y procedió a explicarle a la joven que seguían buscando a «ese repugnante hanjuu». Ella insistió que detuvieran toda búsqueda, pues de seguro «él» ya habría escapado.

    Cuando por fin llegamos a su hogar soltó un resoplido de alivio. Dejó el impermeable colgado y me mostró que hiciera lo mismo. No le había visto con claridad antes, así que su cabello me asombró. Era blanco con mechones azules, lo cual le daba una tonalidad peculiar. Lo llevaba tan largo como para llegarle a la línea de la cintura, acomodado en una coleta. Su complexión la reveló como una joven de al menos dieciocho años. Ya al verme me volvió a sonreír, invitándome a pasar una vez que cerró la puerta.

    —Por lo regular no suele haber tanto jaleo en la aldea —empezó a decir, avanzando por un largo pasillo donde una puerta se ubicaba a la derecha—, aunque supongo que sabes por qué ahora lo hay.

    Agaché la cabeza, alargando mi silencio incómodo. Ella se acercó y posó su mano en mi cabeza, agachándose para quedar a mi altura.

    —Esta tarde te vi muy malherido, mas ahora te veo libre de todo daño. Eso en parte me alivia, pero también me angustia un poco.

    Desde que entré intentaba hablar, pero no pude contener más todo lo que brotaba al ver su sonrisa llena de amabilidad. No pudiendo más, reventé en llanto nuevamente. Traté de decir algo, mas sólo me salían gritos mezclados con balbuceos.

    —¡Gracias! —grité sorbiéndome la nariz en cuanto pude articular una palabra—. Usted... usted me ayudó y... la comida de antes... con su comida...

    Nada. Ni yo mismo comprendía lo que quería decir.

    —Ay niño —ella me tomó fuertemente, sobándome la espalda con lo que mi llanto se hizo más fuerte—. ¿Cómo te llamas?
    —Kenro —respondí entre gimoteos.
    —Así que Kenro —dijo para sí misma, apartándome de su pecho con suavidad—. Mucho gusto Kenro, mi nombre es Kamishirasawa Keine. Te he observado desde hace meses, aunque no pude hacer nada para ayudarte. Por mi posición en la aldea supe que te metería en mayores problemas si hacía algún movimiento inoportuno. Siempre le decía a la gente que mirase hacia a un lado cuando te encontraban y siempre encontraba la forma de cubrir a todos los pequeños que no puedo ayudar directamente; pero hoy ya no pude más. Tuve que actuar. Esos hombres que te golpearon dijeron que el niño ladrón al que desconocían, se trataba de un híbrido. Me advirtieron que no interviniera, dejándote a tu suerte, pues sabrían que no podrías huir con esas heridas que te causaron. Encontré mi momento y quizá haya sido que los dioses nos dieron esta lluvia. Supe que tenía que acudir a ti.

    Mis lágrimas seguían, pero mis gimoteos ya sólo se vieron reducidos a un pequeño hipo impertinente que no podía hacer parar. El tono de desesperación que se apoderaba de su hablar, la velocidad con la que expuso los hechos, a nada de eso pude tomarle el debido interés, al menos no tras escucharle decir algo que no entendí.

    —Señorita Keine—ella se sobresaltó, dándose cuenta de que no captaba ni la mitad de lo que decía. Sacudió la cabeza y ladeó en señal de que escuchaba —... ¿qué es un híbrido?

    Primero me vio con un poco de incredulidad y al percatarse de que mi pregunta era legítima, me tomó de la mano para guiarme al interior de su hogar. Dejó que tomara asiento en un sillón extenso, moviéndose con rapidez, tomando tazas y platos. Hablaba mientras realizaba cada acción. Hirviendo el agua, sacando comida de un recipiente y demás tareas. No perdió el tiempo y me adentró al mundo en el que yo vivía y desconocía.

    —Un híbrido. Bueno Kenro, es lo que eres tú; pero descuida, no debes temer. Ni pensar que es algo malo. Yo te explicaré y ayudaré, tienes mi palabra. De hecho, tengo una idea. ¿Te parece si tenemos una pequeña clase?
    —¿Clase? —pregunté asombrado— ¿Escuela?
    —Sí, eso mismo. Mira, para empezar, un híbrido es...

    Quisiera la suerte que ella me encontrase. Que bajo su cuidado aprendiera tanto sobre lo que desconocía, sobre mí y mi verdadera naturaleza. No obstante, esos días no durarían. Esa no era mi vida y pronto lo descubriría.
     
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    Geki

    Geki Hanjuu

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    [Touhou] Relato de un híbrido - Eco de una vida.
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    Fantasía
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    10
     
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    Ella jamás desesperó pese a mis incesantes dudas que brotaban cuando tratábamos el tema que tan ajeno me era, a pesar de tratarse de mi propia naturaleza. Le interrumpí un sinfín de veces, sin descanso, y como resultado, respondió de forma cándida a cada una de mis inoportunas dudas. La en ese entonces joven señorita Keine entendió que, si bien yo era un híbrido, también era sólo un niño que desconocía cuál era su lugar. Nunca me levantó la mano en señal de escarmiento, mostrándome en su lugar algo que ningún otro pensó siquiera enseñarme: comprensión.

    Nunca me mostró nada que no fuera bondad. Inclusive si su temple era bañado por las sombras de la noche, podía hallar gentileza en su semblante. Al igual que el dolor que la misma le causaba.

    Solución imprudente.

    —Como dijimos, se le llama híbrido a todo ser cuya existencia esté conformada por dos mitades —explicó—. Son conocidos por poseer las características de sus progenitores sea en menor o mayor medida. Hablamos del aspecto físico resaltante, así como aquello que se encuentre unido a la sangre, un lazo que vincula a ambas mitades y que no es sencillo de percibir por quienes no posean una naturaleza idéntica o en su defecto similar con la que el individuo fue dotado. El término 'hanjuu', que es como te llamaron, es un modo de referirse a los híbridos cuyas mitades correspondan siempre a las de un humano y una bestia.

    Por días le pedía repitiera la misma lección, puesto que no lo podía creer. Era un humano, estaba tercamente convencido de que esa se trataba de una realidad innegable, que me pertenecía sin ningún tipo de discusión. Mi mundo constaba de la sencilla división que con un par de años pude definir como lo ordinario y lo extraordinario. Yo, por supuesto, formaba parte del primero. Y algunos habrán dicho que inclusive más que eso. El hecho de saber que en mí existía una parte de semejante magnitud resultó inconcebible y eso en parte porque nunca escuché hablar de un hanjuu, alguien como yo; sin embargo, era verdad que existían más, pero al ser un niño esas cosas no te preocupan. Pocos días atrás moría de hambre y entonces con ella hasta ropa nueva llevaba.

    Regresando a Keine, ella debió encontrar mi sorpresa como algo divertido y en parte conmovedor. Ya se había levantado para observarme mejor, retrocediendo sin quitarme los ojos de encima hasta alcanzar un librero de donde tomó un libro polvoriento. No hizo amago de verlo, volviendo a tomar asiento a un lado de mí para sacudirlo con un trapo. Me lo entregó para que lo hojeara a mi gusto.

    —¿Sabes leer algo como esto Kenro? —preguntó con ternura.
    —Sí —respondí entusiasmado—. Siempre me gustaron los libros.
    —¿En serio? —entonces no lo noté, pero mis palabras le parecieron extrañas. No indagó más en éstas, apuntando sin distraerse al libro que me dio— Bueno, quiero que consideres este libro tuyo. Consérvalo.

    La sonrisa que se me escapó reveló lo grandioso que esa noticia me pareció. Sentado allí incluso empecé a tamborilear con los pies al aire, sacudiéndolos de la enorme felicidad que fue recibir algo que consideraba un gran regalo. Claro, era un libro algo viejo y un poco gastado, pero entonces el gesto me pareció la cosa más linda del mundo. Ese libro se fue volviendo en una muy preciada posesión de la cual no me separaría; aunque desvarío. Miré la portada al sostener el grueso libro con ambas manos, repasando con mis dedos las letras de la portada.

    —Me gustaría tener conmigo más que sólo libros de carácter académico y aunque ese no lo sea, ni siquiera tiene dibujos. Es probable que te cueste en un principio el leer los...
    —'Obras, relatos y colecciones de cuentos cortos, volumen dos' —dije leyendo el título—. Me encanta. Es usted muy amable señorita Keine.
    —...O puede que no te cueste.

    Ella empezaba a llevar una vida como profesora de la aldea, siendo por esa la razón por la cual creí fue en mi auxilio, debido a su posición como educadora y guardiana del mismo lugar que los humanos llamaban hogar, sin embargo, su guía, comprensión y cariño no derivaban gracias a ello. La razón estaba más cercana a su propia sangre.

    Con el tiempo aprendí más sobre Keine, sobre su vida y el camino que optó tomar por el bien de los pequeños. Cada mañana le ayudaba a preparar el desayuno, alistar papeles y documentos e incluso limpiar el aula que se encontraba dentro del mismo edificio. Veía todos los días cómo otros jóvenes alrededor de mi edad llegaban entrando por la puerta, tomando lugar en cada asiento de manera natural, dando a entender que ese proceso lo repetían de manera continua.

    Mientras tanto yo permanecía oculto. Al menos a la vista de otros. Tomaba mi lugar del otro lado de la puerta del salón, apuntando en un cuadernillo cada lección que ella les enseñara a los jóvenes y a mí también. Siempre llevaba a cabo un esfuerzo extra para que su voz llegara del otro lado de la puerta, nunca gritando, pero potenciando su timbre para que cada palabra fuera clara. Allí sentado encontré un lugar para mí, con mis hojas y lápiz en mano, el cual se llenaba velozmente de palabras las cuales formaban lecciones, además de mi preciado libro a un lado mío, siempre a salvo al alcance de mi vista.

    Descansábamos siempre dos días de la rutina. En esos días en donde el aula se desocupaba, ella me daba su tiempo. Pronto me percaté de que recibía un trato especial, asunto que me llenó de gratitud hacia su persona.

    —¿Por qué los humanos odian a los hanjuu? —pregunté durante un descanso. Se trataba de una duda furtiva que siempre me acechaba desde que conocí mi naturaleza—. Entendería si me odiaran por haberles robado, pero yo...
    —Te robaste las galletas que pensaba darle a la clase —dijo y esperó, severa. Entonces soltó una risilla con dulzura—. Pero yo no te odio. De hecho me sorprende que lo hicieras.
    —Tenía mucha hambre —intenté replicar, compungido, pero el temple me falló. Reí.
    —Sabes que puedas preparar lo que quieras, la cocina está a tu disposición.

    Cabe mencionar que así como era con la cocina, Keine me dio su permiso para tomar lo que fuera de su hogar, siempre y cuando me quedara dentro. Libros, ropa, comida por ejemplo. De todo. Y era una condición sencilla de cumplir, pues aunque las semanas se convirtieron en meses, como híbrido tenía la incapacidad de andarme a mis anchas por un sitio donde se respiraba un agrio desdén hacia mi clase. El tiempo ciertamente mejora muchas cosas, mas no las sana. Los aldeanos adoptaron una actitud reacia al saber que su tan preciada aldea pudiera tratarse de un cubil de híbridos y youkai, de modo que no sería bienvenido.

    En mis incursiones entre páginas pronto hallé textos que trataban temas los cuales hablaban sobre los híbridos como si no fueran una raza diferente del todo. Se les consideraba un mismo tipo de raza que se había separado de quienes le dieron una razón de ser, alejándose por ese mismo odio. Allí mismo y en compañía de Keine descubrimos el indicio que nos revelaría lo que yo era: un hanjuu quien poseía una parte de tigre youkai. Sólo contaba con mis ojos y colmillos que nos guiaron entre textos y volúmenes, pero bastaron para que con la mano indicada, lo descubriéramos. Aunque hicieron falta referencias de terceros, nunca revelando nuestra situación y más tratándolo como un caso hipotético. El día en que ella apareció con la noticia fue como redescubrir mi propia identidad.

    —¿Entonces? —pregunté tras su silencio— ¿Qué hace que odien y les teman a los hanjuu?
    —Son temas peligrosos —contestó conservando su perfil tan sereno.
    —Pero yo quiero saberlo —insistí—. Si esto es lo que soy debo saberlo. Creo que merezco saberlo.

    No quedó otro remedio más que la verdad. Eso fue lo que mostró al sonreír.

    —Kenro, ¿sabes cuál es el fruto de la unión entre un hombre y una mujer?
    —Sí —dije avergonzado—... un... bebé.
    —Muy bien. Un bebé es el fruto de la unión entre ambos géneros, una prueba que tras consumar el... —se detuvo carraspeando—; el cruzar los genes de un humano y los de un youkai no garantiza que nazca un híbrido. Esos son cuentos que los ancianos les dicen a los niños para que se anden con cuidado. No obstante, es una realidad que esa unión, sea amor o capricho, pueda dar lugar a un híbrido. Pero no se trata de la única forma conocida, existen lo que llamamos tabú.
    —¿Tabú?
    —Para que un hombre sea más que un hombre, y una bestia más que una bestia, se han realizado actos deplorables y de imprudencia total. Un hombre de gentil y puro corazón no va por allí cometiendo esta clase de actos. Una bestia tampoco, pues su instinto es el de la supervivencia, no el de suplantar un lugar que no le pertenece.
    —¿Matan?
    —Hacen lo necesario por su cometido; aunque no es la única razón por la que los híbridos son vistos con ojos de odio. Se saben de casos en donde quienes poseyeron ambas mitades, han llevado todo tipo de tareas para pertenecer a una de las dos, sea bestia o humano.
    —Yo no haría nada de eso —dije casi en protesta, hecho que le hizo levantarse y apoyar su mano en mi cabeza, acariciándome para tranquilizarme.
    —Lo sé muy bien Kenro. Lo sé.

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    El tiempo desde entonces transcurrió de manera apacible. Llevábamos nuestros días siempre de la misma forma, a veces con pequeñas variaciones. Yo le ayudaba a prepararse para las clases, prestaba atención a cada una de ellas y terminaba el día para pasarlo juntos. Fue un tiempo de sencillez absoluta, donde también encontré tranquilidad similar a la que una vez perdí.

    Pero bien, ese ritmo debía cambiar. Un día en particular durante un examen a la clase me hallaba en el pasillo leyendo en calma mientras esperaba, cuando de la puerta principal se escuchó giraban la perilla. Primero fue suave para luego dar unos tirones con esmero. Me alarmé al pensar que quizás alguien hubiera tomado la decisión de allanar el hogar de Keine cuando su tiempo estaba centrado en dar clases, pues todos conocían su horario. Los aldeanos sabían que durante ese periodo de tiempo la puerta principal quedaba desatendida y cerrada. No había nadie más que yo allí, sentado con la espalda sobre la pared, temblando al ver la perilla sacudirse con más fuerza con cada intento fallido por abrirla. Mi primera reacción fue la de asomarme por la puerta del aula, llamar la atención de Keine y que se encargara de quien estaba del otro lado, pero eso era ponernos en gran peligro y posiciones irreversibles. Al menos una veintena de niños se hallaban del otro lado, lo que me expondría y me haría perder todo lo que obtuve en ese plazo de tiempo. Podía esconderme y dejar que aquella persona hiciera lo que le plazca, o bien, hacer todo lo posible para evitar que se percatara de quién era yo. Si lograba ahuyentarle, esa sería una victoria para Keine y para mí.

    Centré mi fuerza en la puerta, observando cómo ésta se venció ante los jaloneos de quien insistía entrar. Esperé a que el seguro se venciera y al ver la primera franja de luz del exterior, eché a correr hacia la puerta, golpeándola con todo el peso centrado en mi hombro. Se cerró de un fuerte golpe, mas ya no había seguro que me protegiera. El intruso insistió y tomó la perilla, girándola y empujando con su peso. Me contuve a gritar por ayuda.

    El forcejeo se volvió cada vez más violento o al menos lo vi de ese modo. Cada vez me resultaba más complicado mantener la puerta cerrada, viendo que mi peso ya no era suficiente para contrarrestar la fuerza del otro lado. Mis pies ya no sostenían nada, y al cabo de casi un minuto, resbalé y caí al abrirse la puerta. Me gustaría pensar que entonces di algo que pueda ser reconocido como pelea, pero en realidad no lo fue. La puerta se abrió azotándose, lo cual me lanzó hacia el pasillo donde quedé recostado, cubriéndome el rostro entero con los brazos. Quien entró cerró la entrada tras de sí, andando con paso ligero, deteniéndose al quedarse frente a mí.

    —Así que uno que se salta las clases —dijo la voz burlona de una chica—. Los niños malos merecen un castigo.

    Quien entró me tomó sin problema por el cuello de la ropa, alzándome y tomándome como peso muerto. Forcejé como pude, lanzando golpes al aire sin siquiera uno que atinase. También di patadas y cabezazos, pero nunca atiné.

    —Hombre, que eres una fiera en ciernes —dijo con una risotada—. Ay, cuidado, no me vayas a morder que te lo devuelvo, cacho canijo.
    —Suéltame —dije conteniendo un grito—, suéltame o de verdad te muerdo.
    —Esa es una posición bastante arrogante para un pequeñajo al que sostengo como si fuera un gato —nuevamente rio.

    Aparté el único brazo que me cubría, trincando los ojos con fuerza y mirando hacia abajo. Traté de zafarme al tomarle las mangas y hacerle daño, mas eso sólo hizo que me zarandeara en respuesta. Entre sus risas de diversión que tomé como burla y señal de humillarme, abrí los ojos. Su imagen era como la de nadie que hubiera visto antes. Incluso sobresalía en comparación a Keine. Llevaba una larga cabellera que le escurría por todos lados, blanca y adornada con decenas de moños los cuales no identifiqué como lo que eran: talismanes. De toda su persona su cabello era lo más intrincado, pues su aspecto no iba más allá de una blusa blanca abotonada y unos pantalones que le iban enormes, de color beige con unas botas bastante toscas. La chica quien poseía unos ojos rojos intensos se me quedó viendo curiosa, sonriendo como el cómplice que apoya un crimen, pícara.

    —Dichosos son los ojos —empezó diciendo, retrocediendo— que hoy miran a alguien tan especial. Dichosos son los ojos que hoy te ven.

    Traté de calmarme, mirándole fijamente, casi de manera retadora. La chica se dio la vuelta de nuevo a la puerta, apoyándose sobre la misma para asegurarse de que estuviera cerrada. Volvió hacia mí con una mano en un bolsillo, dándome la otra. Llevaba una paleta.

    —Disculpa lo anterior —dijo, mas por su tono no supe si lo sentía—. Me han entrado las ganas de meterme contigo al creer que eras un alumno de Keine.
    —¿Quién eres?
    —Anda, me ofende que no te haya contado sobre mí. Acepta mis disculpas y pasemos a la sala, quizá me dé por contarte una que otra cosa sobre ella.

    --

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    —Para dejar las cosas claras: llegaste con la intención de informarme lo que se habla por los caminos, mas en su lugar, arruinas mi puerta y atemorizas a Kenro.
    —Si he de ser justa, él y yo la arruinamos; y no tiene miedo, sólo vele la cara. El chico está pasándola de lo lindo. ¿Hace cuánto que no sale?

    La chica de cabellos intrincados resultó ser amiga de Keine. Quien respondía por el nombre de 'Mokou', mantenía al tanto de los eventos del exterior de la aldea, de modo que ambas siempre se encontraban para informarse de lo más pertinente de cualquier lado de la civilización humana.

    Por otro lado ella terminó congeniando de maravilla conmigo. Aclaró que no tenía las intenciones de manchar el buen nombre de Keine, y que de hacerlo ella me podía contar un par de historias embarazosas. Como fuera, lo más divertido fue encontrar un rostro nuevo y con aliento para platicar y escuchar.

    —Es complicado —dijo Keine—. Él...
    —Es el híbrido ladrón, lo sé —respondió Mokou sin tono en particular. Quisiera decir que me asustó escuchar que sabía quién era, pero en realidad es como me temía. Mi descripción me delataba con una gran facilidad—; aunque descuida, no he venido a entregarlo a él ni a delatarte a ti. Algo me decía en estos huesos que tú... —estiró ambas manos, una apuntando a la puerta, la otra a mí, y luego a la habitación entera— bueno, esto.
    —Si sabes quién es él significa que los aldeanos...
    —Efectivamente —me miró—. La búsqueda por su cabeza lleva meses.

    Transcurrieron meses desde que Keine me brindó su ayuda, así como las oportunidades que conllevaba vivir con ella en la escuela. La comodidad, pero sobre todo seguridad que conferían ese espacio, me cegaron de las consecuencias y casualidades de mis actos con mi nueva naturaleza de híbrido. Ni las voces y pisadas del exterior pudieron ocultar el silencio entre los tres con tales palabras siendo pronunciadas.

    —Kenro ha cambiado —dijo avanzando con rapidez a mi lado—. Que haya permanecido todo este tiempo aquí fue con ese fin, para que los aldeanos olvidaran los errores que cometió.
    —Errores que no pueden ser olvidados y que continúan apilándose —ambos le vimos con incredulidad—. Que tú te hayas abstenido de continuar con esa vida no significa que otros lo hagan. En los exteriores de la aldea los robos no paran, e incluso se ha presentado el caso de una muerte que muestra signos de pelea, heridas de garras y colmillos le cubren los brazos y el rostro. No saben qué clase de youkai pudo causarlo, pero conocen a un híbrido que se les escapó. Saben que tiene colmillos prominentes y que casualmente, es mitad bestia.
    —¿Cómo sabes todo eso? —preguntó Keine aterrada.
    —Me han pedido ayudar.
    —¿Y les dijiste que sí?
    —Dije que lo pensaría —la tranquilizó.

    El silencio se terminó por acoplar con su respuesta. Pese a que se tratara sobre mí de quien hablaban, no podía pensar en decir algo. Llevaba tan revuelto el estómago que cualquier palabra me garantizaba vomitar del nerviosismo.

    Mokou nos miró y soltó un suspiro cansado.

    —¿Qué piensan hacer?
    —Para empezar evitar que encuentren a Kenro. Él no es el causante de esos incidentes.
    —¿Y?
    —¿Cómo que 'y'? Yo...
    —Le preguntaba a él —dijo apuntándome con la barbilla—. Dime, ¿qué piensas hacer?

    Ni porque lo pensara por horas mi respuesta iba a cambiar. Las tripas se me retorcieron aun más, pero tuve que responder.

    —No tengo opciones.
    —Lo sé, no las tienes —agregó.
    —¡Mokou!
    —Pero —volvió a tomar la palabra, no reparando en Keine—, esa es sólo una forma de ver las cosas. Cuando no te quedan opciones, te creas las tuyas. Cuando ya no sabes qué camino tomar, es ese momento cuando debes actuar. Así que dime, ¿qué piensas hacer?

    Pensé con todo lo que mi propia existencia y mi corta edad me enseñaron. Miré alrededor, repasando la mirada de Keine, quien miraba con dolor la escena que se formó. Pensé en aquel momento donde mi cuerpo adolorido pudo llevarme hacia un callejón solitario. Recordé el olor de mis manos con la carne, de la basura, la lluvia y el suelo mojado. En el canto de los niños. Eso me brindó la misma respuesta que antes concebí pero que no me atreví a tomar.

    —Debo huir —respondí. Mokou asentó lentamente.
    —No es la mejor respuesta, pero es tu solución.
    —Pero —Keine me acercó a su pecho—, es sólo un niño.
    —Ante todo es un híbrido —atajó Mokou, suavizando su expresión—. En cualquier otro momento te daría refugio, pese a no conocerte, que Keine te haya extendido la mano me es suficiente para pensar bien de ti. Pero conoces los riesgos y sabes que el tiempo es sólo un factor para que el olvido llegue.

    Me doliera o no era cierto. Debí aceptar que mi mejor jugada era que todos olvidaran un poco.

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    A partir de ese momento fuimos testigos de cómo las palabras de Mokou mostraban una verdad cruel. Se hizo usual que vieras caminando a grupos de humanos quienes iluminaban el camino con grandes lámparas, alegando su trabajo recaía en hacer sentir más seguros a todos quienes tomasen las rutas nocturnas, alejando todo peligro del área. Iban armados y no precisamente de manera insignificante. Veías colgar de sus cintos espadas, mazos y otros más que se armaban con arcos y flechas. Era claro que buscaban a alguien. A mí.

    Huir se volvió en una labor de alto riesgo, en especial si pensaba hacerlo solo. La posición que sosteníamos los tres no era menos a precaria. Apostábamos mucho y de fracasar, perderíamos a lo grande. Contábamos con la constante presencia de Mokou, quien siempre nos revelaba cada movimiento que los aldeanos decidieran en sus guardias, de día y de noche. Sumándole la posición de Keine, logramos armar un calendario preciso, además de un mapa con las rutas que tomaba cada uno de los diferentes grupos que se dispersaban por todo el largo del territorio. El aprender los horarios y rutas fue casi una bendición, pero no podíamos dejar que el tiempo avanzara. Conforme los días transcurrían, corríamos el riesgo de que los humanos sumaran más a su causa.

    Entre todo, contaba con la forma de cómo escapar. Lo repasábamos todos los días, tomando el lugar de las clases; sin embargo, pese a nuestros esfuerzos, algo faltaba. Un lugar en donde pudiera resguardarme. Pues entonces, nos quedó una solución.

    El defecto de nuestro plan recaía en la muerte que tomó lugar en las afueras de la aldea. La gente pedía justicia a gritos y el hecho de conectarme con la causa de ésta, volvía impredecible a la masa de personas que se forma con el miedo. Si de pronto decidían tomar métodos menos ortodoxos y, por ejemplo, catear de casa en casa, entonces no hubiésemos podido actuar.

    Y es por eso que decidimos la fecha desde el primer día.

    Aquel día no se diferenciaba mucho de otros, quizá salvo el hecho de que las clases fueron suspendidas y que por eso veías a una inusual cantidad de niños jugando fuera. Nuestro plan no ocurriría sino hasta el anochecer, lo cual hizo sentir cada hora entre nosotros tres. La pasamos cocinando, preparando mis provisiones y cada sencilla pieza de recuerdo que recolecté estando allá, así como mi llave, aquella pieza que me aseguraba una oportunidad fuera. Un cuaderno sencillo el cual Mokou muy específicamente dijo me aseguraba la supervivencia. Si algo le pasara al cuaderno, se rasgase o manchase, mi llave acabaría siendo mi segura perdición. Recibí más consejos de los que podría recordar entonces, pero que igual acepté y agradecí.

    El adiós se acercaba, teniendo de por medio a la dura espera para que fuera definitivo.

    —Supongo que yo me debo empezar a adelanta —dijo Mokou. Keine y yo estábamos en el suelo, sentados. Ella me abrazaba poniéndome entre sus piernas. Sólo nos la quedamos viendo—. Cuídate Kenro.
    —Tú también Mokou —agregué.

    Hizo un ademán de despreocupado y se marchó.

    Ya sólo quedamos Keine y yo. Ahí sentados conversamos y vimos el día desvanecerse. Sabíamos que quedaba poco tiempo y que no teníamos la opción de retroceder a las decisiones que tomamos. Quisimos decirnos más cosas, reír aunque fuera un poco más, pero resultaba complicado. Recuerdo su mentón en mi cabeza, sus brazos cubriéndome y sus manos en mis ojos si parecía que iba a llorar.

    —La aldea cambiará —dijo—. No se quedará así, te lo prometo.
    —Señorita Keine, todo esto es mi culpa, ¿verdad? —pregunté tratando de mirarle directamente. No pude.
    —No lo es —me sostuvo—. No lo es.

    Siempre me pregunté qué es lo que ella vio en mí para cuidarme, guiarme y enseñarme como lo hizo. Es por ella que tomé las decisiones futuras, siempre recordando que si algo debía de hacer, tendría que ser lo correcto.

    El resto del tiempo que nos quedó lo hubiera deseado ocupar en nosotros, o hacerle más preguntas sobre el exterior, hacia el lugar al que me dirigiría. Pero no lo hice. Todo en lo que fui capaz de pensar es en que deseaba con todo mi corazón que ella no llorara.

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    —Puedes regresar aquí. Así pase el tiempo, te recibiré con las puertas abiertas —rio—. Incluso puede que deje galletas para que robes.

    Traté de que la risa brotara en mí tal y como en ella, con esa facilidad pese al dolor que cubría mi semblante entero. Supe que en cuanto cruzara esa puerta, pasarían años hasta que pudiera verla de nuevo. Estaba deseando desde entonces que me recordara, que me viera llegar de lejos y que me llamara por mi nombre. Era una vaga esperanza que tenía y avivaba conforme la noche terminaba de caer.

    Aun así, mi sonrisa junto a mis palabras se negaron a salir. Estando de pie, viendo su figura hacia la puerta, tuve el vago anhelo de que nada de lo planeado continuara. Pero era demasiado tarde, pues una fuerte explosión se escuchó a lo lejos.

    —Tienes que prometerme que te cuidarás, es todo lo que necesito escucharte decir —quise hacerlo, pero no pude pronunciar ruido alguno. La miré a los ojos—. Por favor Kenro, sólo eso.

    El corazón se me estrujó. Una ráfaga de personas salieron corriendo en dirección a la salida del este. Iluminaron su rostro con el fuego que cargaban.

    —... me cuidaré. Lo haré.

    Ella cruzó la puerta con una sonrisa bañada en lágrimas. Nunca creí que, incluso sabiéndolo, aquello causara tanto dolor.

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    Tras las primeras dos explosiones se presentaron otras dos con la misma fuerza, mas en intervalos distintos. Mokou nos aclaró que éstas marcarían el momento en el que cada uno debía tomar su lugar y moverse sin importar qué. La primera fue una señal, mientras que la segunda, la marca.

    Nuestros movimientos se apoyaban del sigilo de la noche y mi mitad youkai para moverme por entre el silencio sin perturbarlo. Se trataban de una serie de decisiones peligrosas que perjudicarían a un gran número de otros youkai, con tal de brindarme una salida. Y es que el movimiento que empezaron los humanos formó un tipo de guardia para conservar la seguridad, lo cual provocó que las entradas y salidas de la aldea estuvieran documentadas en listas. Al cuerpo de seguridad se le otorgó un propósito a cumplir, así como la labor de no dejar su cargo salvo a, por ejemplo, un ataque. Y de eso se había encargado Mokou, de mover a un gran número de seres hostiles a quienes no les dejaría otra opción más que pasar por la aldea. Al encontrarse cerca y entrar, Keine los interceptaría. Como guardiana del lugar los humanos no tendrían otra opción más que la de obedecer sus órdenes respecto adónde ir y cómo moverse, mientras ella se encargaba del asunto.

    Mientras las calles principales se ocupaban para llevar la lucha, yo recorría las más alejadas. Aunque no evitaba que pudiera escuchar los rugidos y gritos de la gente, así como las luces provenir desde lejos.

    Aun así, eso no significó que nuestro plan de escape fuera perfecto. Ciertas personas me vieron andar por esa calle casi abandonada, llamándome aterradas para que regresara, pues me vieron dirigirme hacia la dirección contraria. La gente gritaba por mí, llamándome, diciéndome que buscara refugio. Me obligue a no mirar atrás, aun si me persiguieron, tratando de salvar al niño que no sabían era a quien querían colgar. Ignoré los gritos de pavor, así como todo lo que aprendí en sólo una noche. Mi hogar, mi salvadora. Corrí apartando todo lo demás, aferrándome a lo que sucedería desde esa noche.

    Y corrí. Corrí, corrí y corrí.

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    —Lograste salir —decía Mokou quien esperaba bajo un árbol con mis cosas—. ¿Tuviste que eludir a algún aldeano o youkai?

    No respondí. Ella vio mi rostro y se disculpó por lo bajo.

    —No sé lo que pasará ahora —comenté tras recolectar mi mochila.
    —Te puedo decir que como tú, ella será joven, pero no es una persona débil. Por algo es la guardiana de ese lugar.
    —Pero yo...
    —Es porque ella no es una persona débil —me interrumpió—, que espera lo mismo de ti.

    Pensé en esas palabras y en lo que significarían si vinieran de Keine. No sonaba algo que ella dijera, o al menos no de esa forma. Me colgué la mochila y un hondo suspiro se me escapó al ver el camino de atrás.

    —Puede que en unos años las cosas mejoren, de eso se encargará ella. Tiene voz en la aldea, no dudes de eso.

    Nos quedamos de pie en una colina pequeña, mirando cada una de las luces encenderse al final del sendero. Las lámparas de las calles iluminaban una pequeña sección del interior, una que ya quedaba oculta de la vista.

    —Kenro —dijo Mokou—, la respuesta es sí.
    —¿Sí? ¿A qué? —pregunté confundido.
    —Lo vas a entender. Por ahora deja de mirar embobado, te acompañaré hasta que estemos cerca y luego, estarás por tu cuenta.
    —Gracias Mokou.
    —Ni lo menciones, cacho canijo.

    La noche sólo empezó, pero eso no nos detuvo de ir a la siguiente fase de mi vida. A la Montaña Youkai.
     
  8. Threadmarks: Capítulo 4
     
    Geki

    Geki Hanjuu

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    [Touhou] Relato de un híbrido - Eco de una vida.
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    Fantasía
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    Desconocía todo respecto al lugar al que nos dirigíamos, puesto que más allá de su nombre, aquello que pudiera ocultar me era por completo un misterio. Aquel sitio del cual se contaban historias por las noches se avistaba desde la aldea, y aunque la cima fuera algo inalcanzable a la vista, se contaba que ésta se alzaba desafiando a los cielos. Esas fueron la clase de historias que durante mis días en las calles escuché, formando una imagen por demás abstracta sobre La Montaña Youkai. Se contaba sobre gente adentrándose para no regresar, de seres cuya presencia es de temer y demás fruslerías que con el miedo y lo desconocido se arraigan. Entre todo, la montaña no se trataba de un sitio apto para los humanos; lo cual en parte me intrigaba, después de todo, yo no lo era.

    El Bastión de los Vientos.

    La seguridad que encontraba con la compañía de Mokou aligeró mi paso, permitiéndome andar pese a lo que se dejó atrás. Aunque no quisiera miraba detrás de mí, sin encontrar la silueta de la aldea o sus luces. Y cómo iba a ser, si llevábamos horas caminando sin detenernos salvo para confirmar que sí, nos dirigíamos rumbo al norte.

    Ella me hablaba mientras tanto. Quizá no fuera adepta en la enseñanza de la historia como Keine, pero hizo un notable esfuerzo para detallarme los aspectos de la montaña. Dijo que ésta fue habitada originalmente por los oni, quienes mantuvieron como sus subordinados a los kappa y los tengu, quienes al encontrar que los oni se desplazaban hacia otro territorio, tomaron la montaña como suya. Por lo mismo ésta jamás fue habitada por humanos. Aseguró y me advirtió que quienes visitaran ésta, es porque deseaban un fin o terminaron perdiendo la cordura.

    En ningún momento lidiamos con nada de lo que nos advirtió Keine momentos antes, teniendo en nuestras manos un viaje nocturno en donde pequeñas hadas volaban a lo lejos. Si nos vieron o no les dimos curiosidad, igual y no le di importancia. Decidí que lo prefería de ese modo.

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    —Hasta aquí llego yo —mencionó Mokou.

    Habíamos llegado al territorio indicado dentro de la montaña. El terreno cambiaba desde ese punto, encontrando hileras de árboles de una especie en específico. Lo que aparentaban tratarse de una zona de crecimiento o una granja de árboles, era una señal. Si prestabas atención notabas que estos se plantaron en posiciones exactas, entrelazando sus ramas unas con otras, formando una red gigantesca entre sus copas. La luz que se filtraba apenas si dejaba ver el suelo con excepción de ciertos claros dentro del mismo bosque.

    —Desde este punto empieza otra zona —dijo y miró hacia lo alto—. No puedo acompañarte por este tramo aunque quisiera, te terminaría perjudicando. Lo lamento.

    Ella me miró. No pidió una respuesta de mi parte.

    —Sabes lo que debes esperar cuando te encuentren—agregó mientras se agachaba, explicando cuidadosamente—: no te atacarán si tú no les das una razón para hacerlo. No se fijarán en tu edad, en especial cuando descubran que eres un híbrido. Eso los pondrá alerta y dependiendo del número, es que tu situación podría variar; si son muchos te harán preguntas e inclusive se repetirán. Son tercos, orgullosos y no querrás fastidiarlos en tu posición, de modo que ni se te ocurra corregirlos. Si es uno, es posible que te lleven a un grupo o intente intimidarte.
    —Si la encuentro...
    —Cuando la encuentres —me interrumpió— te irá mejor. Y supongo que es todo, yo debería volver o los aldeanos empezarán a sospechar —rio—. Ya estoy deseando ver cómo nos volverás a visitar. Ella te esperará, tigre.

    Agitó un puño convencida, dándome un pequeño empujón. Sin palabras de más, se dio la vuelta y me miró una última vez con aliento. Se marchó. Lo último que vi de ella fue su cabello blanco perdiéndose en la distancia y sea necedad o tristeza, por impotencia o el hecho de que todavía era un niño, es que me quedé mirando en su dirección con la vaga esperanza de verle volver. No sé qué es lo que hubiera hecho de haber sido el caso, pero recuerdo que lo deseé con hasta el último gramo de mi cuerpo. A mi espalda me esperaba un camino de pesadilla el cual no tenía otra opción sino el de recorrer.

    Conforme avanzaba los árboles se empezaban a verse todos iguales, comprendiendo que la razón de ser de estos es que se dispusieron para confundir a quien osara allanar ese territorio. En mi caso usé el viento como referencia, moviéndome hacia donde iba durante esa noche, siempre hacia adelante. Aunque no ayudó a calmarme, pues quizás uno de mis mayores miedos en ese instante fue que por más que miraras, no había sitio en dónde ocultarse de cualquier animal o youkai que pudiera salir para darme caza. Era la presa perfecta, pues incluso con tanto árbol rodeándome, me veía en la incapacidad de trepar alguno debido a mis carentes habilidades físicas que no se tratasen de robar o moverme por entre las calles. De lo poco con lo que contaba, nada me servía.

    Por si fuera poco los sentidos empezaban a traicionarme. No es que me fallaran, sino que en plena noche estos se agudizaban de un modo que jamás pude experimentar. El manto de la noche no resultó un inconveniente cuando la sangre bombeaba por mi cuerpo con brío. Además de la visión que me permitía ver con claridad en la oscuridad, cada pequeño ruido en la distancia lo captaba retumbando en la tranquilidad.

    Quise creer que la ansiedad y el terror producían esos golpeteos a lo lejos, mas pronto se volvieron imposibles de ignorar. Un débil «tap-tap» resonaba en la tierra y los árboles. El silencio dominaba indiscutiblemente y por eso tras dar un paso, lograba escucharlos. Retrocediera o avanzara estos marcaban el ritmo de mis pisadas con las suyas. El escuchar cómo predecía mis movimientos, sea en carrera o en quietud, conseguió nublar mi juicio. Mi agitada cordura apenas lo soportaba, llevándome a un punto de quiebre cuando estos paraban, como si quien los produjera estuviese delante de mí.

    Perdí toda pizca de sentido y eché a correr dominado por el temor. Deseé poder escapar, pues siempre lo quise hacer. Regresar a la aldea y encontrar a Keine, despertar de un absurdo sueño y saber que todo no era nada más que una ridícula pesadilla. Si tan sólo no hubiera huido de ese campamento, el que la niña de cabellos oscuros me ayudó a levantar cerca de su hogar, si tan sólo no hubiera tenido que caminar ese tramo de oscuridad, herido y perdido. Si tan sólo aquello hubiese sido el fin.

    Corrí como poseído escuchando detrás de mí ese golpeteo de pies que con celeridad seguía mi paso. No tuve control sobre mis movimientos y al intentar descubrir al artífice de esos pasos, miré atrás, tropezando y cayendo con brusquedad. Di una vuelta y me golpeé la espalda, callando toda duda al momento, tomando mi mochila entre los brazos para arrastrarme hasta el árbol más cercano con la espalda sobre su tronco.

    Ya sólo escuchaba mi propia respiración y el galope de mi corazón estallando. Si las pisadas que me seguían fueron terribles, el silencio que le siguió a mi caída, esos largos minutos de silencio, fueron dolorosos. Ni siquiera supe por qué, pero traté de ponerme de pie. Fui detenido.

    —Querrás quedarte quieto, forastero.

    No le vi aparecer, sintiendo apenas si una brisa soplar y detenerse a mi lado. Y ahí la tenía. Una tengu con el aspecto de una muchacha de cabello blanco a media melena, ostentando un aspecto inusual. Vestía con un sombrero rojo, uno muy pequeño que ocupaba su sitio perfecto en el centro de su cabeza, con dos largos cordeles en cada lado. Una falda oscura y prendas blancas tradicionales. Un par de orejas blancas de can sobresalían por encima de su cabeza. Plantó un pie frente al mío, deteniéndome con una espada a medio desenvainar. Verla a la altura del cuello me hizo sudar enormes gotas heladas.

    —Responde —unos colmillos largos y muy blancos se asomaron de su boca—: ¿Qué haces tan cerca del dominio de los tengu?

    No pude contestarle, pues su enorme espada, cuyo peso hubiese sido suficiente para aplastarme por sí sola, me seguía dejando mudo. Ella la cargaba como si nada. Dejó ver su filo un poco más, acercándomela.

    — No fue una sugerencia. ¡Habla!
    —Vi-vine bu-buscando a-a alguien —respondí aterrado. Ella no lo tomó bien.
    —A solas, un ser imberbe como tú y que apenas si puede hablar —desenvainó por completo su espada, apuntando con el final a mi pecho—, ya me lo creo. Darás media vuelta y te sentirás afortunado de haberte marchado con una advertencia. Andando.

    Y así de simple terminó, componiendo su postura, tomando aire exasperada, guardando su espada con un ligero floreo. Ni se molestó en mirar si me marchaba, pues dio por hecho que esa advertencia bastaba y sobraba para alguien como yo. De pronto olvidé cuál fue el plan ideado por Keine y Mokou, de cómo tratar con los tengu en caso de que determinadas situaciones se presentaran. La desesperación, furia y el temor que me produjo no tener otro lugar derivaba del mismo que sentí al estar tan cerca de aquella muchacha. Si no encontraba el lugar y a la persona que me dijeron, igual y ya estaba muerto.

    —Necesito encontrar a alguien —repetí.

    Las palabras que pronuncié dieron la impresión de quitarle el sonido al ambiente, causando que ella se detuviera en un instante. Me miró por encima del hombro con un par de ojos rojos ardiendo de ira, amenazadores y que brillaban con peligro. Se terminó de dar la vuelta, agachando la cabeza y haciendo sonar los nudillos de su mano dominante.

    —Eres un chiquillo estúpido —murmuró. Una vez más tomó su arma, acometiendo contra mí, atascándola en el mismo árbol. De nueva cuenta no pude verle y sólo hasta tenerle al lado y escuchar la madera crujir, con la espada clavada a la misma altura que la mantuvo antes es que lo noté—. Si estás aquí es por dos razones: O eres demasiado imbécil como para ver por tu propia cuenta el peligro en el que estás metido, o tienes un deseo suicida. Hazme un favor y escoge una. Hazme la noche, pequeño...

    Se detuvo. Sus ojos los tenía fijados en mí con la misma intensidad. Observaba mi boca y mis ojos. Puesto que no pude respirar por el impacto, mi boca se abrió, buscando aire con desesperación. Su brazo perdió fuerza y dejó de sostener la espada que un ataque decisivo no dudó en usar contra mí. Su temple rápidamente también perdió la dureza con la que me observaba, mostrando en su lugar incertidumbre. Tiró de la espada clavándola en la tierra, mostrándome una expresión diferente mas no amigable.

    —Eres un hanjuu —dijo recolectando sus pensamientos, halando mi mejilla y tirándome del cabello. De esa misma manera me quitó la mochila—. ¿Qué hace uno de tu clase aquí?
    —Necesito encontrar a alguien —repetí con decisión, aun temblando.
    —Eso ya lo dijiste —dijo casi gritando—. Explícate o me veré en la necesidad de...

    Terminó sacudiendo la cabeza y poniendo los ojos en blanco, callándose y vaciando la mochila con unas buenas sacudidas.

    Cada una de mis pertenencias cayeron al suelo en una maraña, golpeando unas contra otras. La ropa fue lo primero que cayó, quedando desdoblada para detener la caída de mis provisiones y el libro que Keine me regaló. Al verlo caer no pude reaccionar de otro modo más que abalanzándome sobre éste para protegerlo, sin embargo, fui detenido por la tengu en cuanto me vio lanzarme al suelo. Le dio una patada a su espada, haciendo que delineara un semicírculo en el aire para clavarse justo frente a mi rostro. Me miró con severidad, demostrando que ella es quien controlaba la situación. Nadie más.

    La muchacha tengu continuó ondeando la mochila aún vacía y al ver que lo último no salía, introdujo una mano decisiva para tomarlo. Terminó arrancando un parche que mantenía oculto a simple vista el objeto más importante de mi equipaje. Era un cuadernillo, aquel que llamaron 'mi llave'. Ella lo miró asombrada, pasando de la confusión a la furia, enseñando sus colmillos afilados.

    —¿Qué haces con esto en tu posesión? —preguntó, mas no respondí. Hacerlo hubiera sido un error, pues como demostró, no quería escuchar una respuesta.

    Frunciendo el ceño abrió con cuidado el cuadernillo para cerciorarse que le pertenecía a quien creía. No tardó en mostrarse asombrada cuando, en la primera página, encontró palabras escritas que no coincidían con las del dueño de tan peculiar objeto.

    A quien corresponda: Este joven híbrido lleva consigo el cuaderno de notas perteneciente a Shameimaru Aya, tengu reportera y cabecilla de «El Bastión de los Vientos», zona cuya jurisdicción recae enteramente en su presencia. El híbrido mitad humano, mitad tigre, quien responde por el nombre de 'Kenro', portador de este cuaderno, se ha visto en la necesidad de huir de la aldea humana para hallar a la tengu antes mencionada, misma que le brindará el apoyo y ayuda necesarios para adaptarse a su nueva vida.
    — Espero que recuerdes nuestra promesa, Aya.
    Firma, Kamishirasawa Keine.


    Debajo del texto sobresalía un sello con tinta roja, uno conformado por los caracteres del nombre de Keine y el símbolo que se usaban en las puertas de la aldea. Aprendí por mi tiempo asistiendo en la escuela, que dicho sello se usaba en documentos escritos y validados por ella misma, haciéndolos oficiales bajo su nombre y posición de guardiana. Verlo plasmado en ese cuaderno, un documento extraoficial, significaba que aquello no podía ser falso, pues sólo un tonto se atrevería a usar algo así y esperar salirse con la suya. La ira de la tengu se vio aplacaba al leer y releer el texto, pasando los dedos por el sello el cual trazaba con cuidado. Hasta entonces pude respirar normalmente. Casi.

    —Levanta tus cosas —dijo—. Sígueme, te escoltaré hasta El Bastión de los Vientos.

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    «Tu plan consiste en entregarlo a los tengu» decía Mokou en protesta.

    «Mi plan es darle una oportunidad de aprender con un mejor maestro que yo» respondía Keine, volviendo a escribir sobre el cuaderno de la tengu.
    «Conoces a otro híbrido, tú misma lo dijiste. La gente de la aldea lo reconoce. A él deberías recurrir. Él debería ser tu primera opción»
    «Kenro necesita descubrir lo que ser un hanjuu conlleva, y para ello hace falta otro hanjuu»
    sentenció, golpeando la hoja con su sello.

    Terminé echando todas mis pertenencias sin orden dentro de la mochila, colgándomela nuevamente para alcanzar a la chica. Seguí con paso veloz a la tengu, quien mostrando indiferencia, me guio con frialdad por el camino de árboles que se elevaban como agujas. No me miró y claramente no iniciaría una conversación, mas me advirtió un par de veces en dónde pisar.

    No supe qué tan lejos estábamos del lugar mencionado, por lo que me esmeré en no perderle la pista hasta cuando empezó a acelerar su caminar. Dejamos atrás los árboles y entramos a un terreno pedregoso bastante complicado de recorrer. Le siguió un puente y un sendero de rocas por el cual no parecía habitar ni un alma. Al cabo de un par de horas de llevar el mismo ritmo, llegamos hasta un amplio terreno verde en donde una cabaña yacía sin ser habitada. No era más grande que el salón de clases, pero daba igual, estaba completa.

    La chica avanzó a la puerta, abriéndola y quedándose de pie a un lado de la entrada.

    —Entra —ordenó—. Permanecerás aquí y no saldrás sin importar las circunstancias. ¿Entendido?
    —Lo entiendo —me limité a decir.
    —Te queda explícitamente prohibido dejar esta área —mencionó. A la vez se guardó el cuaderno en una bolsa que llevaba en su espalda, oculta por su espada. Por supuesto, nadie me creería al verme que estaba allí con el fin de encontrar a alguien sin esa prueba—. Si lo haces, no me haré responsable de lo que te ocurra.
    —Lo entiendo.
    —Volveré cuando el sol esté por salir.

    Y dicho eso, se fue.

    La cabaña era diminuta, suficiente para albergar a una sola persona cuyas exigencias no ascendieran a más de tener una estufa de leña sencilla, un balde de madera y una ventana. En un principio, llamarlo un hogar sería una equivocación, pero con el tiempo se nos obliga a cambiar en más de un aspecto.

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    Creí que no dormiría dadas las condiciones por las que cursaba, pero estaba agotado por el viaje hasta aquella cabaña. Desperté antes de la hora acordada, esperando unos cuantos minutos al amanecer y que la luz empezara a asomarse por las colinas a lo lejos. Poco después de que la luz se colara por la desalineada puerta, tocaron llamaron a ésta.

    —Soy yo —era la muchacha—. Abre, han venido a verte.

    Le obedecí sin retraso, siendo cegado por un destello que me estalló en la cara cuando abrí. Los ojos me escocieron tanto que me los tuve que restregar para mitigar esa sensación.

    —Lástima —dijo una voz diferente, otra chica—, tiene el potencial para convertirse en una gran foto, aunque me temo que no me sirve para el periódico. Un encabezado perdido. ¿Qué dices Momiji?
    —Digo que debería centrarse en el problema que ha surgido —respondió a quien reconocía. A Momiji. Suspiró.
    —No veo ningún problema aquí —agregó la primera voz, jugueteando con algo entre sus manos—. ¿Qué opinas Takeno?
    —Opino lo mismo que tú, Aya.

    Esa tercera voz pertenecía a un joven. Cuando mis ojos por fin dejaron de arder, miré a quienes se encontraban de pie en la entrada. Además de Momiji, la otra tengu, Aya, poseía un atuendo similar, como si se tratara de un uniforme. Su cabello era negro y mantenía una expresión de jovialidad que no parecía fuera a quitársele, algo así como una sonrisa pensando en la siguiente travesura. A diferencia de Momiji ella no poseía un par de orejas, siendo que en su lugar un par de alas de plumas oscuras le salían de la espalda. El tercero, el joven tengu, era el más alto de las dos. Ostentaba un cabello oscuro como el de Aya y unas orejas como las de Momiji. Vestía sencillo, nada ostentoso ni muy simple. Los tres tenían ojos rojos, lo cual puede atribuí como un rasgo en común para los tengu.

    —Así que Kenro —dijo Aya. Miraba su cuaderno, leyendo la nota de Keine—. Un híbrido mitad humano y mitad tigre. De serte honesta, esto pega para un notición. Como pocos que ha visto Gensokyo.
    —¡Aya-sama! —irrumpió Momiji, entrando a la cabaña—. Se le confió a este niño. Si la señorita Keine se enterase que lo usa para sus periódicos...
    —¿No que era un problema? —atajó Aya, pasando tras Momiji, acercándose a mí—; además iba en broma. Aunque quisiera no tengo con qué negarme, se lo debo a ella.

    Detrás de ella Takeno también entro, apoyándose delante de la puerta. Con ellos tres y conmigo de pie ya se limitaba el espacio, para que alguien más entrara hubiera tenido que echarse por encima de los demás.

    —Aun así necesito saber qué le llevó recurrir a mí como para confiarme a un hanjuu. Así que Kenro, dime lo que sabes. Familiarízate, habla un poco —miró a sus compañeros—... Cuéntame un cuento.

    Lo conté todo. Tras presentarnos debidamente hablé de todo detalle necesario para explicar mi situación tras vivir en la aldea humana. Supieron todo lo referente al incidente del hanjuu ladrón, de la búsqueda que se le dio, así como la confusión que varias inoportunas coincidencias crearon. Los tres escucharon.

    —Creo que hiciste lo correcto —dijo Aya—. Los humanos suelen ser bastante sensibles cuando se convencen de que sus actos son para asegurar la seguridad y protección de los suyos. Por el bien mayor.
    —Para ser tan joven —continuó Momiji—, que llegaras a esa conclusión es un tanto difícil de creer.
    —Fue la elección que tuve que tomar.
    —Eso en alguien de tu edad es inusual, por decir poco, pero no me disgusta —dijo Aya—. Es difícil porque te viste obligado a separarte de ese estilo de vida, pero fue para remediar algo mayor; además, por lo que nuestra querida amiga Keine describe, existe otro motivo.

    Entonces ambas miraron a Takeno quien no participó en la conversación. Me observaba con algo más profundo que curiosidad.

    —'...misma que le brindará apoyo y ayuda necesarios para adaptarse a su vida' —citó Aya—. El resguardarte como el fugitivo que eres es una clara ventaja, pero en realidad ella se refiere a tu naturaleza como un hanjuu.

    No supe exactamente a qué se refería, lo cual se me notó en la cara. Las dos apuntaron a Takeno de pie frente a la puerta.

    —Kenro, Keine te envió al territorio tengu para dar conmigo. Después de todo, somos muy parecidos. Yo también soy un hanjuu, mitad humano y mitad lobo tengu. Una parte de mí esperaba que lo notaras, pero el hecho de que no lo hicieras me hace comprender el motivo de por qué te ha enviado con nosotros. Se remonta a unos cuantos años atrás, cuando ella aun no asumía su cargo como educadora y como guardiana. Permíteme hablarte un poco sobre cómo es que llegué a este lugar. El Bastión de los Vientos.

    Has sido testigo de la forma de vida de los humanos, de cómo suelen verse en conflicto al interactuar con los diferentes ideales y naturalezas que amenazan en alterar eso que conocen como la norma. Lo ordinario. Los humanos muestran una aversión natural hacia lo extraordinario, sea en menor o mayor medida. Hay quienes pueden soportar una existencia como ésta por determinadas condiciones. Los híbridos somos vistos como parte de un fragmento discordante entre ambos mundos, y más que ser un punto neutral, se nos ve con desdén por alterar el balance que consideran como absoluto.

    Mi vida en la aldea humana fue interesante, pues pese a que viví básicamente apartado de su gente, pude convivir con ellos al saber cómo integrarme. Llevaba una vida que se podría llamar despreocupada, pues mi ésta era como la de los demás; hasta donde tenía idea, claro. No obstante, eran tiempos de conflictos. Los youkai se volvieron una gran amenaza y solían revelarse en contra del gran asentamiento de los humanos, volviéndolos en el enemigo público de las personas. Mi propia sangre, misma que aprendí a aceptar, se volvió en mi contra con cada día que vivía allí. Mi madre y yo nos vimos obligados a movernos. Trabajábamos la tierra, lo que nos favoreció en escala social.

    Conforme crecía más de lo que vez en mí se presentaba. Los dientes me crecieron de pronto y aún puedo recordar el dolor que me provocaba en las encías el masticar durante ese proceso. Mis ojos se tornaron rojos sin que lo notara, lo cual agitaba los nervios de quien los viera. Como si las orejas no bastaran.

    Y aun así, esa chiquilla quiso acercarse a mí desde el primer día que la conocí. Si fuimos vecinos, amigos de escuela durante el poco tiempo que asistí, o si sólo coincidimos por allí, no lo sé. Pero recuerdo haber estado junto a ella desde muy pequeño.

    Pero no importa cuánto tiempo pasáramos juntos.

    Mi estilo de vida como humano terminó de un modo injusto, si se me permite decirlo. Ocurrió una noche en especial, momento en el cual cierta presencia allanó la tranquilidad de la aldea. Un grito como ningún otro nos despertó, desquebrajando el silencio de la oscuridad. Yo lo vi. Una criatura desconocida, de apariencia humana pero con los movimientos de una pesadilla. Nada podría describirlo más que un cuerpo ennegrecido como la tinta, cubierto de heridas. Por mis años de dificultades en ese sitio es que decidí actuar, después de todo, con esfuerzo y llanto fui aceptado como uno de los suyos.

    Los dioses saben que fue una noche terrible, donde el olor a la piel quemada y a la sangre se notaban en el aire. Los cuerpos regados ofrecían una vista clara para quien viera tal escena. Un solo culpable yacía en medio de todo, mirando al cielo nocturno encontrando su fin, con una mujer sin vida entre sus brazos.

    La Keine de entonces, sólo una muchacha, la chiquilla que creyó en mí, me brindó su ayuda desinteresada. Pero su voz no tenía peso de ningún tipo, siendo su única solución una que sería absoluta. Me olvidarían, y yo, encontraría un comienzo con ese recuerdo. Una nueva vida.

    Takeno se removió en su lugar, entrecerrando los ojos al contarme esa etapa de su vida. Él, quien al final fue repudiado por los humanos, encontró una bienvenida con los tengu. Una raza que vio su naturaleza como un cambio distinto.

    Para un bien mayor.

     
  9. Threadmarks: Capítulo 5
     
    Geki

    Geki Hanjuu

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    Para comprender la forma en que mi vida cambiaría, primero debía comprender que el ritmo que una vez conocí desapareció y no regresaría. Pese a que lo ansiara con cada latido de mi corazón, no sería posible. Y eso es porque aquello que encontraría en El Bastión de los Vientos se trataba de una oportunidad para vivir. Para empezar. Para aprender. Y lo hice, por supuesto. Que relate estas memorias de esta manera, con melancolía y alegría en partes iguales, significa que esos años fueron provechosos de un modo que desconocí entonces tan joven. El transcurso de los años me mostró más dolor del que creí, pero a la vez, otros caminos que me brindaron una mejor y más brillante perspectiva de lo que se formaba en mi interior. Eso que con el tiempo podemos enorgullecernos de llamar una vida. Sí, aprendí a verlo como tal.

    Liberosis. Primera parte.

    Responder el porqué Takeno fue aceptado en el territorio tengu tras su fracaso por proteger la aldea humana iba más allá de mi entendimiento. Conocía a los tengu solamente de nombre, por menciones de que se trataban de una raza orgullosa y con una historia llena de celosos secretos los cuales no podían pasar de boca en boca hacia alguien como yo, quien no compartía parentesco con ellos; pero era una realidad que estaba allí, sentado, compartiendo mis palabras y ellos las suyas.

    Imaginar que callé, trémulo y compungido ante lo que escuchaba quizá fuera una imagen por demás adecuada debido a mi origen, pero lo cierto es que no fue así. No del todo por lo menos. Takeno se recostó sobre la puerta, cerrando los ojos y tomando aire con tranquilidad. Aya mientras tanto tomó la oportunidad para hablar, explicándome la razón de que me hallara en aquella área.

    Me contó con gran enjundia cómo el mismísimo regente de su comunidad le otorgó dicha zona para así disponer de ella de la forma que quisiera. La montaña se hallaba lejos de pertenecerle a alguien en específico, mas ciertamente el líder indiscutible de los tengu poseía voz en cada una de las decisiones del momento en ese entonces. Aya no habló de méritos ni nada parecido, y en su lugar se regodeó de la importancia de semejante labor. Momiji y Takeno le dieron la razón, afirmando que donde nos encontrábamos se trataba del área con mayor extensión de suelo, sin contar por supuesto aquella donde su líder se hallaba. Sin embargo, esa información no se me podía revelar tan fácilmente. Lo anterior se me dijo por simplemente encontrarme allí. Nada más, nada menos.

    Imaginé que había mucho más por saber, de por qué estábamos todos allí. Exactamente ellos tres. No se hizo tardar para que Momiji ahora más amable, preguntara sobre cómo es que acabé de la manera que ellos apenas si atisbaban por mis palabras. No les reproché el repentino interés, pues apenas si les dejé saber los sucesos de la aldea. No antes. Recordar el desenlace de todo aquello seguía siendo doloroso, confuso y frustrante. Aun con los años rebotaba causando daño cada vez que lo intentara hacer lúcido y por consecuencia mío. Pues sin más, silencio fue lo que pude entregarles junto a una sonrisa forzada.

    Gentilmente los tres captaron se trataba de algo que no quise compartir, aceptando mi silencio como la respuesta más sensata. Vi reflejarse en la mirada del trío eso que quise callar y que me consumía desde hacía tanto, que era cruel para un niño, pero a la vez necesario para crecer.

    Expresarles mi agradecimiento no fue más allá de mostrarles una débil cabezada, tratando de ocultar con la misma aquellas lágrimas que me estuve negando a mostrar. Trinqué los ojos con fuerza, tratando que, de ese modo, pudiera apartar cada recuerdo sin alzar las manos y tallarme el rostro.

    No lloré.

    Ingenuo. Creí que podría ganar un tipo de fortaleza haciéndome el fuerte, consiguiendo sobrellevar los anteriores y más días en mi haber, sin darme cuenta de que apuntaba a lo contrario. Me arrebataba todo y al mismo tiempo, me hacía alguien frágil ante las adversidades que aún tenía por delante.

    Oportunamente no necesité más para sobrellevar el llanto formándose. Los ojos pronto se me abrieron al sentir una mano en la cabeza llamándome.

    —Pronto superarás todo ese miedo, Kenro —dijo Takeno, retirando lentamente su mano en la cual pude notar cicatrices.
    —Debo preguntar respecto a eso —intervino Aya—. Eso que dices. ¿Es cierto que los perros pueden oler el miedo? Porque me parece dramático.

    Aquel comentario no pasó por alto, lo que la volvió la acreedora de una mirada de desdén por parte de Momiji y el silencio de Takeno. No hubo risas, pero sí un encogimiento de hombros por parte de la tengu de cabello negro, soltando aire por la nariz como si ese fuera el resultado de una broma exitosa. Los otros dos se reincorporaron, decidiendo que sería mejor no argumentarle nada.

    —Vamos, pregunta eso que quieres. Nadie se molestará.

    Escucharle me hizo tensar el cuerpo. El tiempo en que lo dijo, además, fue acertado. Tomé la oportunidad.

    —¿Por qué los tengu te aceptaron?

    Hasta que esas palabras salieron de mí no me parecieron tan insolentes. Quise corregir y volver a formular la duda, pero ya estaba siendo detenido con un lento ademán.

    —Decir que fui aceptado es implicar, en parte, que yo busqué mi camino hacia la comunidad. No fue así. No fue muy distinto a como tú fuiste traído —suspiró—. Cuando mis días en la aldea acabaron, la niña que creció junto a mí me ofreció su mano y el tiempo para entender ambos lados de la situación. Intentó darme refugio, un lugar donde todo pudiera solucionarse. Pero resultó ser demasiado para ella. Creo que no necesito explicártelo.
    —Te salvó el pellejo conocerla —comentó Aya.
    —No lo discuto —contestó—. Y con más razón, Kenro fue afortunado de conocerla a ella también. Es pedir mucho que los humanos cambiaran en tan poco tiempo, aunque una parte de mí quiso creer que podría ocurrir; y por lo mismo, Kenro, debo decirte que no debes odiar a los humanos.

    Eso me descolocó. La sorpresa de que dijera algo que ni se me ocurrió. Negué con fuertes sacudidas de que ese no sería el caso.

    —No es su culpa que las antiguas generaciones les hayan crecidos miedosos y timoratos hacia nosotros, a pesar de que vivan en un mundo como lo es Gensokyo. Eso es algo que en todos lados existe, inclusive aquí.
    —Yo sólo hago mi trabajo —dijo Momiji tras el comentario, cruzándose de brazos al mismo tiempo que se encorvaba.
    —No usaba como ejemplo su pequeño encuentro contigo —rio—. Pero es algo que aprenderás, aunque no es el punto que vinimos a tratar. Aun no sabes por qué estoy aquí, pese a que vinieras buscando a la señorita Aya en primer lugar. Y es que, cuando yo aún descubría mi propia naturaleza surgir, los tengu ya tenían los ojos puestos en mí. Un híbrido más allá de ser una aberración a los ojos de los ignorantes, se trata de una existencia formada de dos partes diferentes. Somos un completo, no un rompecabezas a medias. Para los tengu...
    —Para nosotros —atajó Aya— Takeno es alguien con una excepcional oportunidad de causar un cambio en los humanos y en otras razas. Es una visión radical que nuestro líder aceptó y en la cual no iba a aceptarse otra opinión.
    —Ciertamente —le dio la razón—. Nuestro líder expresó sus ideales y por lo mismo, me invitó a formar parte de ellos.

    Eso cubría cómo es que Takeno llegó al territorio tengu, no obstante, las repercusiones de cómo es que fue así, continuaban en blanco para mí. Necesitaba saber qué fue eso que acabó con su vida.

    —Eso que atacó la aldea...
    —No creo que sea buena idea hablar de ello —dijo Momiji, mirándome fijamente.
    —No lo sé, ha pasado el tiempo suficiente. Además que no es como si el artículo fuera a colarse por allá. Es información privilegiada, sí... pero estamos en ésta área que yo rijo.
    —Hable con la posición que se le ha confiado.

    La tengu le miró directamente, apretando los labios y dando cortas cabezadas de afirmación.

    —Claro, tienes la razón —se llevó la mano dentro de su blusa y dentro de ésta sacó un cuaderno. Me lo aventó—. Ahí tienes Kenro.

    Momiji se quedó muda por unos segundos.

    —¿Qué cree que hace?
    —Haciendo lo que me plazca —se encogió de hombros—. No nos hará daño dejarle saber.

    Ambas continuaron discutiendo sobre el dejarme ese cuaderno, uno bastante diferente al que originalmente cargaba conmigo. El que sostenía estaba desgastado, con páginas saliéndole y que fueron anexadas en algún momento de otro material. Estaba separado por un cordel casi al final, lugar de donde lo abrí. En ese apartado estaba escrito el nombre 'Anzen'.

    —¿Aún conservabas eso, Aya? —preguntó Takeno.
    —No debería y mucho menos debería divulgarlo como cotilleo —agregó Momiji, molesta.
    —Se me ordenó no escribir al respecto. En ningún artículo de ningún periódico. Me hicieron jurarlo por todos los medios; sin embargo, no dijeron nada sobre mostrar el material en crudo— me guiñó—. La noticia en sí. Adelante, lee.

    » ¿Incidente? Territorio tengu. Primera entrada.

    Tal y como ha informado el alto mando, nuestro señor Tenma ha detectado la presencia inusual de un tengu empezar a emanar desde los últimos años. Como una vela, afirma que su luz se extingue y enciende constantemente, atrapando el interés de lo que pudiera tratarse. ¿Los humanos se han hecho con alguno de los nuestros? Los tengu temen que se trate de un infante quien haya sido capturado con fines desconocidos, mismos que sólo los humanos conocen y que nuestra comunidad prefiere no especular. La sensatez en el caso es vital. Las decisiones no se deberán tomar a base de capricho o sentimientos personales. Es solamente que con el permiso se podrá tomar acción. Observar y aprender. Observar y aprender.


    » Incidente Hanjuu, aldea humana. Segunda entrada.

    Andarse por la aldea de los humanos no es complicado con las medidas correctas, mas no convierte la labor en algo ameno. El alto mando ha revelado a los rangos superiores la noticia sobre un hanjuu en Gensokyo, uno cuyas mitades corresponden a la tengu y humana. Se han esparcido rumores respecto a los deseos de nuestro regente, sobre que ha tomado interés en este híbrido; aunque no con qué fin o cuáles son las medidas que se deberán tomar para conseguirlo de ser cierto. Se respira duda en el territorio tengu; y sobre ello, en la comunidad de los humanos parece ser que el viento siempre cambia su dirección. Podría afirmar que es un caos, pero los humanos no muestran prestarle atención a ello.


    » Incidente Hanjuu, aldea humana. Tercera entrada.

    Hoy se ha hablado sobre una extraña presencia que merodea en los alrededores de la aldea. Desconocen su naturaleza, aunque se afirma que es común de hallarle rondando por las noches, especialmente en las de luna nueva. En las próximas semanas tomaré el riesgo y cubriré las oportunidades. Una noche sin luna se acerca y creo que podré hallar al híbrido.


    » Incidente Hanjuu, aldea humana. Cuarta entrada.

    Los humanos más importantes y de mayor presencia en la aldea se han reunido a deliberar sobre las decisiones que giran alrededor de los casos donde han sido avistadas diferentes entidades no-humanas en las calles. Quienes discutían sobre el tema también demostraron su gran disgusto hacia la asamblea, alegando que se deberían tratar los casos como uno solo. Aparentemente, el híbrido y aquello que se ha avistado en las noches, no tienen vínculo alguno.


    » Incidente Hanjuu, montaña youkai. Quinta entrada.

    Que arda el cielo. Un día sin progreso. La sacerdotisa Hakurei ha tomado cartas en el asunto, afirmando que todo acabará en la misma noche de luna nueva. He decidido que esa será mi noche y así mismo, la de los demás tengu.


    » Incidente hanjuu, montaña youkai. Última entrada.

    El desenlace de esta noche falta por ser revelado, pero al menos puedo afirmar que el caos se encontró a poco de tomar las riendas. La aldea se encontraba bañada en sombras, con cuerpos inertes y quemados en los alrededores. El olor de la sangre y el silencio ante tal escena sólo pueden ser referidos como una matanza. En medio de esta escena yacía el híbrido quien aún no ha revelado su nombre. Las sombras de lo ocurrido inundan su rostro. El joven, quien fue tomado por una chica sobreviviente, se negó a entablar una conversación. Más tarde acordaré el tratado con la joven quien responde por el nombre de Kamishirasawa Keine.


    » Incidente Luna Nueva. El Bastión de los Vientos. Primera entrada.

    Tras días de reuniones con el resto de los tengu de alto rango se llegó a la conclusión de que el sujeto, Anzen Takeno, mitad humano y mitad tengu, vivirá en el territorio tengu, más específicamente en El Bastión de los Vientos, sitio cuya responsabilidad se me fue entregada. Gozará de todos los beneficios de cualquiera otro tengu sin excepciones. Takeno, a quien entrevisté horas más tarde, habló un poco sobre lo ocurrido. Todo apunta a que un youkai de naturaleza desconocida atacó sin miramientos el asentamiento de los humanos. No se le ha asignado una raza a este misterioso ser, pues se le describió como una entidad compuesta de negrura pura, sin rostro o alguna otra facción resaltante; aunque discrepe, pues esa característica en sí le hace resaltar. Tras el incidente se reportó la desaparición de la cabecilla del templo Hakurei, dejando a la niña que tenía a su cargo como la sucesora a su causa. No se sabe nada más al respecto. Al final, en este día de recados y labores, visité a la muchacha llamada Keine quien le brindó refugio a Takeno. La joven dijo que ella misma se ha hecho cargo de todo lo que tomó lugar en esa noche, y personalmente, le creo. Los humanos niegan hayan ocurrido los desastres por la mano de un ser desconocido, atribuyendo el incendio y las muertes a una catástrofe causada por un descuido o acto de la naturaleza. La joven Keine afirma que no es necesario saber más y que es perfectamente capaz de cargar el peso del incidente Luna Nueva por sí sola.

    Me pregunto qué será cierto aquí.


    » Incidente Luna Nueva. Templo Hakurei...

    --

    —Keine supo que traería a Takeno al territorio tengu —dijo Aya en cuanto levanté el rostro—. Comprendió que tomaría un mejor rumbo y recibiría un mejor juicio en su vida.
    —¿Por qué los humanos olvidaron lo que ese youkai causó?
    —Ella es capaz de grandes cosas —dijo Takeno—. Si es lo correcto para ella, puedes tener por seguro que lo hará. Es Keine después de todo.

    El cuaderno terminó con una última entrada tachada, dejándome sólo más preguntas de las que tenía al haber llegado a El Bastión de los Vientos. Al cerrarlo pronto empezó a arder el nombre Hakurei en mí, no dejando de pensar que todo eso había ocurrido mientras yo no tenía la menor idea, pasando mis días con mi amiga. Me estrujó el corazón recordarla, pero pronto pude hacer a un lado parte de ella.

    Ese fue mi primer día en el territorio de los tengu. El primero de muchos años. Pero me estoy apresurando, pues aún hace falta contar un poco más de lo que pocos conocen.

     
  10. Threadmarks: Capítulo 6
     
    Geki

    Geki Hanjuu

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    Vi su silueta moverse en la oscuridad, acercándose hacia la cabaña, guiado por el instinto más que por decisión propia. Era esa criatura de pesadilla, con el rostro en donde ninguna facción se distinguía, ni siquiera el vestigio de lo que pudo ser. Sólo negrura. Mostraba un cuerpo maltrecho mismo que, si bien aparentaba ser humano, carecía de las características de uno. Un par de brazos huesudos y larguiruchos se aferraban en su camino al andar, incrustando unos dedos retorcidos por el suelo. Sus piernas, aunque frágiles de aspecto, le impulsaban con fuerza, haciéndole dar zancadas como un animal. Y allí estaba yo, viéndole acercarse a prisa con movimientos de una naturaleza indescriptible. Terribles alaridos se le escapaban con una voz desgarradora y recuerdo la aflicción que causaban escucharle. Un centenar de agujas heladas clavándose en mi pecho. Y entonces... desperté.

    Liberosis. Segunda parte.

    Pasé la noche en vela, convenciéndome de que aquellas imágenes no fueron más que una pesadilla. La realización de que me encontraba en una solitaria cabaña en medio de la montaña, con mis insidiosos temores e inseguridades haciéndome compañía no ayudó mucho. Entonces allí no supe qué podría devolverme un poco de la seguridad que un sueño pudo arrebatarme. En mi pequeño espacio, lo poco a lo que pude recurrir, era reemplazarla de alguna manera. Con tan pocos métodos a mi alcance me quedó el exterior, por más extraño o contraproducente que pareciera. Mirar hacia la montaña y el bosque de cerca, ese prado y las colinas a lo lejos, su calma sorpresivamente me tranquilizó gratamente, logrando serenar mi acelerado corazón al percatarme de que allí solamente estaba yo.

    Volviendo al día con mi introducción al territorio tengu se habló respecto a lo que sería de mí y mis días como miembro honorario de su comunidad. Se acordó no celebrar ninguna clase de bienvenida compleja u ostentosa, pues para empezar, no recibiría ni la más simple. Aun si lo di por hecho, lo repitieron; sin embargo, se pasaría la voz respecto a que yo, un hanjuu de mi naturaleza, viviría en sus tierras por tiempo indefinido. Mis días de permanecer confinado dentro de esa pequeña cabaña estaban contados. Como fuera, contaba con Aya y Takeno para hacer correr la noticia de mi estadía y con ello, poder empezar una vida diferente sin que mi cuello fuera el que peligrara.

    Lo que quedó de la tarde tuvimos una comida improvisada tras escuchar mi estómago chillar en protesta. Fui el único que no lo encontró chistoso, mas los tres me calmaron y me alentaron a comer. Me cargaron de suministros y cuando el último saco se asentó, el trío se empezó a retirar.

    —Supongo que nos estaremos viendo seguido —mencionó Aya, tomándome otra foto sin permiso. Sonrió—. Para la suerte.
    —Yo te veré mañana —dijo Momiji—. Ya que vivirás en estos dominios, deberá parecer que en verdad lo haces. Hay mucho que necesitas aprender.
    —Yo también estaré aquí mañana —agregó Takeno. Retirándose sin otra palabra de por medio.

    La noche resultó pesada, mas sólo por mis particularidades. Y para qué intentar ocultarlo si ya lo dije. No pude dormir.

    --

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    --

    —¿Cuántas horas dormiste? —preguntaba Takeno.
    —Mírale el rostro. Está claro que no pudo pegar los ojos ni cinco minutos.

    Ambos rieron.

    —Por supuesto. No es sencillo una transición como la que pasas ahora, Kenro. Tenga la edad que tengas.

    No me encontraba con mucha motivación para hablar, siendo que sólo me separé de la puerta murmurando lo que en principio debió de ser un saludo. Cuando volví al lugar donde intenté dormir, lo hice aplastado unas bolsas que Momiji dejó. Resultó ser tan cómodo que no pude evitar cerrar los ojos de manera inconsciente.

    —Deberías levantarte —dijo ella—. Las arrugarás.
    —O podrías dormir encima de ellas, lo que te parezca más cómodo.

    Me costó quitarme lo espeso. Takeno tomó la iniciativa y empezó a buscar entre los fardos que dejaron para mí el día anterior, poniendo a hervir agua con la cual preparó una bebida que confundí con café. El color, aroma y sabor eran similares, aunque aquella bebida dejaba un regusto complejo de detallar. Al final me terminó despertando el sabor por el cual no pude darle un segundo trago.

    —Ya que despertaste deberías probártelas. Estoy segura de que di con tu talla.
    —¿Probármelas?
    —Oficialmente vives aquí —dijo Momiji sacando el contenido de las bolsas—, lo que significa que si piensas andarte por nuestras zonas, deberás lucir como un tengu pese a que no lo seas. Aya-sama aún está acordando todos los detalles con los rangos superiores, pero mientras podemos iniciar con esto.
    —Esto trae recuerdos —comentó Takeno a mis espaldas.

    No recuerdo haberme emocionado por aquel momento, mas es seguro que sonreía mientras mis manos desdoblaban las prendas que Momiji me llevó en esa ocasión. Ella me ayudó a disponer de cada pieza, doblándolas para hacerlas a un lado con el resto. Me enseñó cómo usarlas y cómo guardarlas, en qué sitios de la cabaña y hasta consejos sobre cómo lavarlas. Todo me lo repitió un par de veces, asegurándose de que lo recordara.

    Es posible que por la primera imagen que ella me dio, es que esa acción desinteresada me fuera difícil de creer. No me quería hacer de una imagen mental de ella tan pronto, pero debo admitir que ésta iba encaminada a ser una intimidante.

    Me tardé un poco más por pedirle permiso para probarme la ropa. El atuendo era muy similar al que ella misma usaba, salvo que en vez de una falda, yo llevaba unos pantalones hakama. Entre las prendas además dispuso de una capa de viajero y un par de getas. Salí en cuanto pude pararme sin caerme, sosteniéndome de las paredes.

    —Míralo —apuntó Takeno—. Pasando por alto que es mitad tigre los demás se convencerían de que es tu hermano pequeño.
    —Hace falta más que un poco de ropa para poder buscarle parentesco a alguien —respondió con una sonrisa—. De este modo será más fácil explicarle al resto que lo vea el motivo de su estadía con nosotros.
    —Así que planeabas llevártelo a él también con tu escuadra.
    —Sí, eso pensaba hacer. ¿Nostálgico?
    —Quizá un poco. Sin embargo, no te lo llevarás. Pienso que es más prudente esperar por las noticias de Aya o las mías, saber que es seguro llevarlo más allá de este punto.

    Hubo silencio entre los dos. No comprendía de qué hablaban, o al menos el tema que buscaba tratar Momiji, pero resultó ser simple. Que viviera allí desde ese día era una cosa, pero el hacerlo despreocupadamente era algo totalmente diferente. En algo debía ser útil, y si no era así, caía en ellos, quienes estaban a cargo de mí que fuese lo contrario.

    —Se pierde de una oportunidad quedándose aquí —dijo ella.
    —Y gana una mayor al hacerlo —contestó él—. Lo verás con el tiempo, Momiji. Yo no tuve quien pudiera enseñarme, mas él no debe pasar por lo mismo —me miró—. Como híbrido lo comprenderás. Vamos, se acabaron las visitas.

    Podría decir que fue entonces que mi vida empezaba.

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    Takeno sabía que para que Momiji pudiera ir a dejarme todas esas prendas, tuvo que darse el lujo de faltar momentáneamente a su labor como guardiana de la montaña. Al estar al mando del grupo conocido como los Hoja Roja se pudo permitir apartar la vista. Es por eso que al ver que no iría con ella, terminó retirándose, prometiendo que regresaría de visita a la pequeña cabaña. Según ella, como la líder se lo podía permitir.

    —No te creerías su edad —dijo en cuanto ella se alejó—. Pero más importante, ¿cuál es la tuya?
    —Doce —respondí—. No me vayas a decir pequeño.

    No esperó mi comentario, lo cual le hizo soltar una carcajada exagerada. Comencé a enfadarme.

    —No era mi intención usar tu edad como algo para echarte en cara —se detuvo y pensó—. Tampoco tu estatura.

    La cara se me puso roja de lo molesto. Era consciente de mi estatura, pero traía una fijación por ésta. Me causaba tremendo fastidio el hecho que, de todos los otros niños que conocí, en situación de calle o jóvenes con un hogar, yo fuera el más bajo de todos. Incluso la pequeña Reimu me superaba por una mano entera, y en la aldea si me podía ocultar con facilidad, era por mi estatura.

    —Lo que quiero decir es que tienes tiempo por delante para aprender lo que te define como un híbrido.
    —Sé lo que soy —agregué de inmediato—. Keine me dijo todo lo que ella sabe sobre los híbridos.
    —Por supuesto. Te introdujo a parte de sus conocimientos sobre lo que eres, como humano y como bestia. Pero tómalo como lo que es, una introducción, pues lo que yo te enseñaré irá más allá de eso. Un tipo de conocimiento que pocos como tú o como yo, pueden tener a su alcance.

    No entendí qué tan complicado sería de aceptar. Desde el momento que mi lado youkai surgió siempre me sentí como el de todos los días. Los meses pasaron, con los únicos cambios que pude notar en mí siendo el oído agudizándose más allá de los límites humanos, así como la visión en la noche, donde era capaz de ver las cosas tan claras como en el día, aunque sólo si me concentraba en ello. Ya que se trataban de aspectos mínimos jamás les presté la debida atención como un verdadero cambio y por eso, no comprendía cuál era la insistencia y el extremo de haberme dado caza.

    —Ante todo debo decirte que nunca escuché de un tigre youkai, sin mencionar ver a uno. Como mitad tengu conozco mis límite y posibilidades. Como lobo, como humano. Pero un tigre...
    —Sé que soy raro —dije.
    —Yo no pensé eso, y si lo hubiera hecho no lo diría —suspiró—. Kenro, muchos youkai tienen una gran cantidad de similitudes con los humanos, pudiendo una de estas ser su aspecto físico. Sin diferencias resaltantes. Pero bien, son totalmente diferentes. Comparándolo con una bestia, el humano es inteligente y astuto. Una bestia sigue su instinto y es fuerte. Estas fortalezas marcan una gran diferencia entre los humanos comunes y las bestias comunes.
    —No entiendo.
    —En esencia, imagina juntar las virtudes y defectos de ambas partes. No como mitades, sino que como completos.
    —Sigo sin entenderlo.

    Soltó aire por la nariz, mas no desesperó.

    —Lo que es un humano con ese instinto perdido, con esa fuerza en sus manos, es lo mismo que una bestia con esa inteligencia y astucia de su lado. Pero el humano es débil, así como la bestia es tonta.
    —Suenas como Keine —comenté, dejando en evidencia que no le prestaba del todo atención.
    —Puede ser. Es posible que se me pegara un poco de ella, de cuando me relataba cómo se encargaría de los pequeños de la aldea —se detuvo por lo que dura un suspiro y volvió en sí—; Pero Kenro ¿entiendes a lo que me refiero?
    —Entiendo tus palabras pero no lo que quieres decirme.
    —Ya, figuré que eso pasaría.

    Se quedó pensativo por unos minutos, tomándome de la cabeza y haciéndome andar para otro lado. Al final chasqueó los dedos.

    —De acuerdo, en dicho caso tu primera lección se basará en comprender.
    —¿El qué?
    —Comprender cada parte de ti, ambas partes de tu esencia. Cómo es que éstas se afectan la una a la otra, y al mismo tiempo, superar esa separación para volverte en un ser entero. Un híbrido.

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    Pudiera llamarlo un punto sin retorno, pues desde entonces empezaron días por completo diferentes a los que alguna vez conocí. Cada mañana Takeno llegaba a primera hora, llevando consigo algo para comer. A veces sólo llevaba verduras, otras veces hongos, mas nunca carne. Esto no lo hacía con la intención de que comiéramos en sí, sino de enseñarme sobre lo que podía tomar de la montaña para así abastecerme cuando lo necesitase. Lo primero que aprendí fue a diferenciar todo aquello que pudiera tomar del suelo y literalmente llevármelo a la boca, sin acabar intoxicado o peor. Sus principales enseñanzas fueron adiestrarme en la localización de alimento, dejándome a veces sin pizca alguna para comer, esperando a que sobreviviera por mi cuenta. Mencionó que varios tengu de mi edad solían cazar por sí mismos e incluso compitiendo entre ellos. Pero bien, por mi complexión y costumbres, hasta un conejo silvestre se hubiera vuelto una presa demasiado dura para lidiar. Tiernos y adorables, sí, pero a veces la gente ignora que esas bolas de pelo muerden. El cazar a un animal más grande no lo vimos posible.

    Y quizás él no le diera mérito o lo quiso reconocer, pero yo encontré orgullo cuando al hallar un lago recurrí a pescar. Jamás en mi vida pesqué, pero pronto descubrí que no se me daba del todo mal. El primer pez se me escapó y lo mismo con el seguro, tercero y cuarto. La frustración que causó cada uno se liberara de la línea ayudó a que me hiciera de uno tarde o temprano. Fue sólo uno, pero bastó para alimentarme por un día entero y parte del segundo. Odiaba el caldo de pescado, pero entonces fue una delicia poder comerlo con arroz por las noches. Fue gratificante pensar que podría encontrar un ritmo pasadas unas semanas del inicio. Y aun si Takeno no lo vio como una victoria, me felicitó con un saco entero de papas, pero a la vez me incitó a seguir adelante. A mejorar. Me alentó a seguir recolectando y cazando, que siguiera con el ritmo para que, con mis avances, recibiera mejores recompensas que solamente papas.

    Mientras tanto Aya apareció un día sin anunciarse, esparciendo la noticia de que formaría parte del territorio tengu, lo cual me daba la posibilidad de expandir mis zonas de caza y recolecta. Gané acceso a la comunidad, aunque realmente no me asomara más allá del interior del Bastión. Los muros, o el vestigio de estos, delimitaban hasta dónde llegaba y me atrevía a cruzar. Decidí dejar que ellos se acostumbraran a mí.

    Los días fueron difíciles, pero he de decir que siempre buscaba algo que me ocupara. Así que al menos nunca estuve aburrido. Contaba con las visitas esporádicas de Momiji y Aya, lo que me hizo notar que podía dar un paso inicial a cazar tal y como Takeno me seguía alentando. Pescar me abastecía con el alimento suficiente, aunque ya estaba un poco hastiado del pescado. Y el caldo. No supe si era mi lado youkai, pero un extraño instinto me gritaba buscara carne roja.

    No me lance a la intemperie esperando tener suerte. Vaya historia de haber sido de ese modo; pero no, no fue así.

    Takeno me instruyó en diferentes conocimientos además de la recolecta, enseñándome cómo elaborar trampas sencillas. Las repetía en mis ratos libre, desarmándolas y volviéndolas a montar cuantas veces fueran necesarias. Con el tiempo gané la facilidad para armarlas y desarmarlas tan rápido como para irlas dejando en mi camino de ser necesario. Y lo haría.

    Una mañana salí de la cabaña y me encaminé al bosque cercano con un cuchillo y una soga en mis hombros, lo demás me lo daría la naturaleza.

    Desconozco cuántas horas pasé montándolas, o cuántas más esperando, pues terminé durmiéndome entre las ramas de un árbol en el que me trepé para no perder de vista una trampa en específico. Cuando la luz empezaba a desaparecer, fue el chillido de un animal lo que me despertó.

    Funcionó, pude atrapar una presa. Bajé a prisa al suelo, entusiasmado de ver eso que cayó. Vaya sorpresa me dio ver un pequeño ciervo atrapado por una de sus patas traseras. El pobre animal saltaba como loco tan pronto me vio, zarandeándose y bramando al intentar correr, cayendo al suelo del cansancio, mirándome con esos ojos de derrota, sabiendo que ese era su final.

    No alargaré innecesariamente esta pequeña derrota. Lo dejé ir al contemplar que, sin importar cuánto lo intentase, no sería capaz de matar a ese ciervo. Me rompió el corazón verlo aceptando su destino. A él y a su madre a lo lejos, esperando por mi decisión. Fue terrible. Corté la soga que le ataba, asustándolo para que huyera de allí. El pequeño corrió con su madre y sin ver hacia atrás, ambos huyeron.

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    —Repítelo. ¿Por qué lo dejaste escapar? —decía Takeno, furioso.
    —No pude —respondí con miedo.

    Tan pronto llegué a la cabaña él me esperaba con una expresión de severa decepción e ira. No esperó ni un segundo para casi saltarme encima, cambiando su amable tono de voz por uno intimidante.

    Por supuesto que lo vio.

    —¿Y por qué no pudiste hacerlo?
    —No sé —contesté nuevamente, evitando su mirada.
    —Así que es difícil matar —me espetó. Temblé encogiéndome en llanto—. Pero adivina, niño. Antes mataste peces sin miramientos. ¿Es que para ti ellos poseen una existencia menor?
    —No... no es lo mismo.
    —Claro, no lo es. El pez no te podía ver a la cara mientras le cortabas la cabeza o lo azotabas contra una roca. Eso es. Esa es una gran diferencia.

    La expresión austera que recibía de su parte fue más que merecida, pero no había nada que pudiera hacer para resolver mi error. Y es que lo reconocía. Supe que haber dejado que ambos huyeran era un paso más para sentir los contornos de mi estómago. Ese día no hubo recolecta, y lo único de lo que disponía era el fondo de un saco de arroz. Me duró semanas, mas no iba a ser así para siempre.

    —Discúlpame, es sólo que...
    —Es nada —replicó—. He soportado ver cómo te contienes durante meses, pero he tenido suficiente. Si no quieres aprender yo no te enseñaré. Vaya pérdida de mi tiempo.

    En plena noche se retiró de la cabaña. No pensé que verlo marcharse con esa expresión me aterrara tanto, pero sorpresivamente lo hizo. Él estaba en lo cierto y como todo, la verdad duele. Esa noche la empecé terrible. Comí un puño de arroz, lo cual no fue siquiera una porción adecuada teniendo en cuenta el tamaño de mis manos. Esperé a que el agua hirviera para echar los granos en la olla con la esperanza de apaciguar el hambre que ya empezaba a apoderarse de mí. Conforme el agua burbujeaba me percaté de que ese puñado de arroz no me serviría en lo mínimo. El hambre me gritaba por algo más. Lo hacía desde semanas. Empecé a temblar de la incompetencia cuando, sin poder soportarlo, saqué el arroz a medio cocer, masticándolo aun si faltaba para estar listo. Hasta dónde dejaría al hambre avanzar, para empezar a tomar decisiones irracionales. Como aquella vez al robar ese trozo de carne cuando mi parte youkai emergió.

    Existía una diferencia.

    Salí esa noche tal como en la mañana, acompañado de sólo mi cuchillo. Fui armado de un poco de ingenio y hambre. Me adentré al bosque nuevamente y con una nueva resolución, no salí hasta que vi otro color.

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    —Dicen que cuando es controlado por el hambre, hasta el instinto de la bestia más mansa despertará. He escuchado que es lo mismo con algunos humanos, que de seguir sus instintos, consiguen algo que sólo los animales pueden lograr. No lo sé, les gusta adornar las palabras, en realidad no es nada extraordinario.
    —¿Estás aquí para regañarme otra vez?

    Observaba a Takeno desde la rama más baja de un árbol.

    La noche fue como pocas. Al adentrarme al bosque volví a montar trampas por doquier. Corrí con suerte y pude atrapar a un ciervo diferente, quizá. Todos se veían iguales, mas éste iba por allá solo. No fue más sencillo ni me produjo menor remordimiento, pero no me contuve. Tomé el cuchillo y puede que todo el bosque me escuchara cuando agradecí a la tierra en nombre del animal por su sacrificio, de lo que su vida significaba para mí. Me sentí afortunado de sólo necesitar un tajo.

    Me lastimé los brazos bajando del árbol y me saqué ampollas al intentar encender un fuego para cocinar la carne, pero al final pude llevarme la carne a lo alto para comer despreocupado. Probé comerme ésta cruda, pero le encontré un sabor tan desagradable, que no supe cómo lo pude haber hecho antes. No quise desperdiciar la carne y supe que no la podría llevar de vuelta, así que cociné toda la que pude.

    —¿Te lo comiste todo? —preguntó entre sorprendido y divertido.
    —Te guardé un poco —respondí arrojándole un trozo. Aproveché para bajar también.
    —No es exactamente un cena gourmet —dijo, ayudándome a dar el último paso al suelo—. Y dime, ¿fue fácil?
    —Para nada.
    —Excelente. Entonces ya podemos regresar.

    En el camino de regreso me comentó sobre la lección que en un principio no lograba comprender. La mencionó ya no como algo serio, y en vez, lo dijo como algo más casual. En ese último día me percaté de que era más sencillo. Me sentí un poco inútil, como si todo ese proceso no hubiera sido relevante o necesario.

    «Un híbrido es tan fuerte y tan débil como sus mitades lo sean. Hallar la fortaleza de una no significa tener que privar ni callar a la otra, pues esa es la verdadera separación de una existencia»

    Resultó que lo que aprendí en ese tiempo se trataba de una verdad que correspondía a mis dos mitades. Mis respuestas alegraban a Takeno, pues al fin empezaba a ver las cosas de un modo distinto. Lo primero que experimenté fue mi lado youkai volver a emerger cuando mi mitad humana falló. Un humano es capaz de sobrevivir en la intemperie, pero según las condiciones, esto puede volverse en una tarea complicada. Yo nunca corrí peligro inminente, aunque en varias ocasiones sentí que sí lo hacía. Tenía control de mis alimentos y de casi todo aspecto que me confería seguridad.

    Aquello que obligó a mi mitad youkai surgir con mayor fuerza que antes fue la necesidad y la debilidad de mi parte humana. Durante las noches debía hacer uso de todo lo que tenía, afinando mis sentidos a los de la montaña. La noche necesitaba volverse en algo que pudiera producirme seguridad, y tras meses, lo conseguiría. No obstante, una de mis mitades pedía algo más y eso era claro: la carne. Por instantes juraba que me dominaban las ansias por su sabor, mas rápidamente cedía de todo impulso. Inevitablemente pasó lo que debía ocurrir.

    Eso es todo.

    Mi desarrollo iba por el buen camino, aunque mi transición a un híbrido completo aún estaba lejos de ver su fin.

    Takeno decidió que tras mi éxito en la primera lección, sería buena idea si descansaba y me acostumbraba a cazar, continuando conmigo consiguiendo mi propio alimento. Claro, al menos hasta un punto el cual no debía cruzar. Ya que vivía en el territorio de los tengu, a pesar de no haberme aventurado a las otras zonas, corría el riesgo de invadir otras zonas de caza del resto de la comunidad. Casi todos eran cazadores natos y como en la aldea que conocí, los mismos contaban con sus propios mercaderes y negocios. Eventualmente algún tengu bajaría de la montaña para entablar comercio con los humanos, pero de eso yo sólo sabía unas cuantas palabras e historias. No se trataba de algo que le contabas a un niño o un extraño. O a ambos. Durante ese periodo fui capaz de ver a los otros tengu en su día a día, pese a que al principio no fue del todo placentero. Algunos eran huraños en su trato, mirándome por encima del hombro o ignorándome deliberadamente. Era muy común que me apuntaran, no tomándose la molestia de siquiera ocultarlo. Pero se trataba de un ambiente totalmente distinto a la aldea humana. Todo lo que decían a mis espaldas no era ni remotamente diferente a lo que me decían de frente, y así como había quienes me miraban con cierto aire de inconformidad, los había otros que expresaban su curiosidad abiertamente por mí. Concluí que los tengu sólo eran un poco más amistosos hacia mí siendo un híbrido de lo que pudo ser un humano.

    No me hice de ningún amigo, pero tampoco de ningún enemigo. Y con eso me di por bien servido. Pronto pasó el tiempo y el otoño perezoso que teníamos encima se convirtió en invierno. En algún momento u otro cumplí trece años, pero fue algo que decidí ocultar ante los demás.

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    Una noche nevó más de la cuenta. Me mantuvo ocupado desde que salió el sol hasta que se ocultó. Ese día Takeno decidió visitarme, muy oportunamente, puesto que no solía verlo por las noches. Iba cargado con sacos de sal, fruta seca y otros más de alimento. Se le caían de los brazos. Le ayudé a bajar todo y acomodarlo. Ese sería un invierno terrible y de no estar listo acabaría siendo peligroso.

    Puesto que nos demoramos casi una hora abriendo la puerta, él tomó la decisión de esperar a que pasara la nevada. De no hacerlo pasaría la noche allí. Cada uno tomó su lado en el pequeño interior, respetando el espacio del otro al extremo opuesto del fuego y la olla que nos apartaba. Abrí el libro que Keine me regaló, leyéndolo contento. No me cansaba de hojearlo como si fuera la primera vez que lo sostenía. Takeno me vio cambiar las páginas.

    —Siempre te veo con ese libro —mencionó por encima de la olla, abriéndola para picar lo que había dentro.
    —Me gustan los libros —respondí—. Y las buenas historias.
    —Y yo pensaba que era sólo cariño que le tenías. ¿Es entretenido?
    —Son un conjunto de historias —dije—. Algunas felices, otras trágicas. Refranes, poemas. Ella me lo dio porque una trata sobre un híbrido.
    —¿Y es trágica? —preguntó con interés—. Si lo escribió un humano creo saber la respuesta.
    —Es... —me quedé en silencio. Hojeé el libro y lo cerré—. Es una historia. Deja muchas interpretaciones sobre lo que pudo o pueda ocurrirle al protagonista.
    —Ah. Ese tipo de historias que dependen del lector más que del escritor.
    —Así es. Te lo puedo prestar, pero sólo si prometes cuidarlo.
    —Vale, vale —asentó y tomó el libro—. Me parece justo que a cambio yo te dé una historia.
    —¿Tienes libros contigo? —pregunté con ligera sorpresa irónica.
    —No conmigo —miró la portada del mío—. No aquí.
    —Puedo esperar, si eso te parece.
    —No hace falta —dijo con un ademán despreocupado—. Me sé una historia como la que dices de ese híbrido. Tú la puedes interpretar como gustes.
    —¿En serio? —reí para mis adentros, un tanto burlón—. De acuerdo, escucho.
    —Sé que te agradará:

    Tanto se especula del comienzo. Se cuentan leyendas del final, de lo que nos espera tras el marchitar de nuestras vidas, pero no se cantan mentiras sobre lo que una vez fue y se convirtió en el ahora. Pese a que las historias que envuelven a este hecho sean tantas como astros en el cielo nocturno, sólo una atisba su verdad.

    Podemos ver el principio como una forma de vida, algo que siempre estuvo presente y de lo cual nadie se percató hasta que no pudo permanecer oculto. Podría ser humano, pero sería ordinario y su existencia un corto ciclo. Podría ser un youkai, pero sería enigmático, y su existencia, por ende, ambigua. Podría ser un árbol, uno cuyo tronco fuera fuerte y orgulloso, con tantas ramas como caminos pueda tomar la vida o hasta más, con un follaje siempre verde, radiante de vitalidad y energía. Sí, un árbol es perfecto, soportando el paso del tiempo, viviendo sólo para bien. Un árbol es el dueño de esta historia, un camino y un final.

    Irradiaba vida, energía y nada existía que le contradijera esa verdad. Nuestro árbol vivía cada uno de sus infinitos días como una entidad que observa y espera, paciente. En su entorno no existía nada más que prados verdes. Nadie le hacía compañía más que su sombra, una imagen oscura que siempre le cuidaba sin importar el momento.

    Entonces no existía nada más, salvo mencionado, ese prado, verdeante e interminable. La noche no existía, y en su luz, el día no era sino la eternidad misma. No existía el tiempo o el concepto de éste, pues todo era perfecto. El flujo de la eternidad era si acaso vagamente algo, pues como fue mencionado, todo era perfecto. El árbol sabía cuando las cosas empezaban y cuándo es que terminaban. Todas con un ritmo único. Lo sabía y eso también era perfecto.

    «Mi sombra» decía el árbol en su infinidad. «Yo que siempre te miro, yo que siempre te admiro, no necesito nada. Tú que siempre me ves, tú que me proteges, no necesitas nada»

    Y su vida era perfecta, admirando a su sombra, enamorado de ésta la cual, aunque incapaz de devolverle la palabra, siempre estaba allí. Esperando al igual que él, imperturbable.

    Pero no todo es bello y perfecto, no podía ser así. No por siempre. El árbol de pronto pudo sentir el flujo de eso que llamamos tiempo, y mientras admiraba su sombra, notó su silueta empezar a menguar.

    «Mi sombra» dijo consternado «Mi sombra, ¿por qué desapareces? ¿Por qué te ocultas? ¿Por qué no te muestras más?»

    No lo podía comprender. Pese a tener el infinito para sí mismo, no era capaz de entender el cambio que ocurría en su vida. La luz que una vez brilló en su prado, ahora cesó de iluminar todas las cosas, escapándose sin permiso hasta dejar la oscuridad que se apoderó sin más de la eternidad. La noche surgió y temeroso, el árbol no pudo hacer más que aguardar destrozado en las tinieblas por lo que parecía un castigo. A él, a quien le pertenecía la eternidad misma.

    Roto por dentro por primera vez pudo percibir el tiempo en su interior, siendo una carga que le sumió en la desesperación de ya no ver eso que estaba perdido.

    Y esperó, esperó y esperó por lo que creyó sería imposible. Esperó en la noche mirando al cielo y al lugar que alguna vez le perteneció a su amor, y al hacerlo, vio surgir a lo que creyó perdido. La luz se alzaba apartando a las tinieblas de su prado. Una vez más el árbol podía apreciar a su tesoro, a su amor y su esencia. La sombra se dibujó nuevamente y una vez más, todo volvió a ser perfecto.

    Pero no lo sabía, no poseía ese entendimiento en sí mismo. El día y la noche. El ciclo interminable se repetiría, y como fue una vez, éstas le arrebatarían a su sombra.

    Fue cuando la oscuridad empezó a actuar, invadiendo el prado, llevándose consigo a su sombra, que pensó y concibió una solución. Una solución para resistir la llegada de la noche.

    Ella debía quedarse a su lado. Así fuera el día o la noche, lo soportaría sin temor con ésta como su compañera una vez más.

    Y así fue.

    Cuando ella estuvo por fundirse con la noche, cuando en ese instante de decir adiós se presentó, él hizo que su sombra se moviera como si cobrara vida. Su figura alzándose no desapareció y en su lugar, dio forma a algo más. De sus ramas, las lianas, hojas y el tronco, éste formó cuatro figuras. Cuatro nuevos tesoros que le harían compañía en cada noche eterna.

    ...

    Me removí en mi lugar, extrañado de lo que Takeno contó. Al relatarme esa historia la noche parecía haberse detenido. Poseía su encanto, a su manera y de un modo curioso. Acabé intrigado pues no parecía contar un final. Tampoco simulaba tener un comienzo, o al amenos no uno claro. A pesar de que relataba algo no poseía ni pies ni cabeza.

    —Dime qué te pareció —comentó
    —¿Quién te contó esa historia?
    —No me creerías si te lo dijera —dijo con tono de complicidad.

    Takeno sólo se quedó un poco más, pues la nevada paró una hora después. Desde ese punto sólo aumentó. Fue por un poco de leña y me dejó más consejos de los que quise escuchar. Se fue tras despedirse con la promesa de que volvería al día siguiente, dejándome pensando sobre si había dejado mi libro en buenas manos.
     
  11. Threadmarks: Capítulo 7
     
    Geki

    Geki Hanjuu

    Sagitario
    Miembro desde:
    4 Diciembre 2018
    Mensajes:
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    Pluma de
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    Título:
    [Touhou] Relato de un híbrido - Eco de una vida.
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    10
     
    Palabras:
    4726
    El peso de mis actos acabó esfumándose cuando, pensando en la aldea humana, me percaté de los terribles errores que una vez realizados empezaron a trazar el camino que recorría con decisión a tan temprana edad. Conforme los días transcurrían estos dieron lugar a que el pasado se convirtiera en un severo maestro. Me encontraba dispuesto en aprender del mismo.

    Una nueva resolución se formó en mí con el tiempo, una que aún no ardería, pues apenas si se trataba de una débil llama a la que le faltaba vida para iluminar ese camino. Y yo estaba allí para hacerle crecer.

    Liberosis. Tercera parte.

    Las nevadas continuaron esporádicamente por el resto de la temporada. Las horas de aquella noche avanzaron lento y en silencio, mientras me encontraba sentado con un fuego ya apagado de hacía horas. Me gustase o no estaba acostumbrado a lo compacto de la cabaña que terminó convirtiéndose en mi hogar. En todo para mí. Mis pertenencias que iban en aumento ocupaban su respectivo puesto alrededor del suelo, transformando aquel sitio en algo distinto de lo que fue. Triste, oscuro y solitario. Así lo recordaba, mas en esa noche al mirar las herramientas y otros cachivaches, hallé lo contrario.

    Trasnochaba leyendo libros que en mi estadía logré juntar con los tengu, así como otros que me eran llevados por Aya. Ella solía repetir lo aburrido y asfixiante que le resultaba pensar respecto a que había días en los que tomaba la decisión de quedarme encerrado, y que en respuesta, eso le impulsaba a entregarme libros y periódicos; aunque sólo los últimos eran escritos por ella. Fue gracias a ese peculiar gesto desinteresado y la singular manera de expresarse en sus artículos que pude mantenerme al tanto de lo que ocurría fuera y dentro de la montaña.

    Fue tarde cuando leyendo sus periódicos decidí arrojar un último leño a las brasas ya casi extintas, dejando que el calor se intensificara y el interior se iluminara con las ascuas del trozo de madera seca. Su chisporroteo hizo oscilar en mí un engañoso recuerdo, llevándome a pasos de caer en sueños y hacia los matices de aquella memoria. Recuerdo perfectamente lo tarde que fue cuando ocurrió, con el calor de la pequeña hoguera abrazando mi cuerpo, consolándome en una noche olvidada. En ese instante leí con la poca luz que aún me brindaba el fuego, atrapando en la hoja que sostenía el nombre 'Hakurei'. No supe qué pensar con certeza, pues sentí un extraño calor ajeno a las brasas que se apagaban. Es posible que debido a eso no me haya causado remordimiento arrojar el papel al vestigio del fuego y luego caer dormido.

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    —Sigues siendo humano —decía Takeno—. Eres débil, conformista, y si has podido sobrevivir hasta la fecha, es sólo por esas trampas que conseguiste armar y esparcir por tus zonas de caza.

    La mañana llegó dejando el área cubierta de una gruesa capa de nieve. La puerta se mantuvo bloqueada por un muro el cual, sin ayuda, no hubiera podido quitar solo. Estuve más que tentado a ignorar a Takeno quien gritaba desde fuera con lo que parecían débiles murmullos. Aunque no significa que pudiese ignorar los golpeteos y dejarle fuera; aunque por otro lado es adecuado decir que le dejé hacer la mayor parte del trabajo. No me apetecía helarme tan temprano.

    Lo menos que hice sin embargo fue recibirlo con una bebida caliente una vez que entró cubierto de nieve hasta las orejas. Se sacudió sin reparar en dónde cayó ésta, avanzando para tomar la taza de té y extender las manos hacia el fuego. En cuanto se hubo calentado empezó a tratar el tema que seguía siendo mi transición de humano a hanjuu. Luego de todos los meses transcurridos sus palabras me causaron fastidio. Él no demoró en notarlo, como era usual.

    —Puedes molestarte todo lo que quieras. Sabes de lo que estoy hablando —sentenció. Si lo sabía no lo tuve en cuenta.
    —¿Y por qué no decírmelo de forma directa?

    Takeno era un tutor excelente, pero a esa edad tendía a verlo de un modo hostil. Nunca me enseñó ni entregó nada del modo sencillo. Sus lecciones las debía descubrir por mi cuenta, sin ayuda de nadie. A veces él estaba conmigo y en ocasiones pasaban días y hasta semanas en donde no tenía ni la menor idea de adónde se terminaba metiendo. Borraba su rastro y me dejaba a mi suerte; o eso aparentaba hacer. Estuvo siempre pendiente de todas mis acciones, vigilando y listo para intervenir si ameritaba hacerlo. Nuevamente debo repetir que nunca corrí peligro con él de por medio, mas fue necesario creyera lo contrario. Se repetían las veces en que si no cazaba y pasaba hambre, maldecía su nombre hasta que me asqueara de repetirlo. Pero en general Takeno resultó ser más que un buen amigo. Cuando él estaba cerca pude encontrar un poco de seguridad y calma, e incluso sentía era prudente bajar la guardia. Casi como tener a un hermano.

    Aun así, tantas incógnitas y sorpresas dejaba de soportarlas. Una vez descubierto aquello que hacía, me empezó a parecer ridículo actuar tan reservado. Aya y Momiji estaban en lo suyo y en consecuencia desesperaba con lentitud.

    —Supongo que será necesario decirlo.
    —Pues estoy listo para escuchar.
    —Más te vale —dijo apuntándome de manera retadora, suspirando—: Sigues siendo humano, tanto como en la noche que llegaste. Claro, aprendiste a valerte por ti mismo, lograste desprenderte de lo que fue de ti en la aldea, superar esa etapa y avanzar por el bien del recuerdo que armaste con Keine. Quizá ya no serás ese niñito llorón que se cansaba de chillar hasta que la noche caía, durmiendo entre sollozos. Pero eso es todo. Para lo que importa, no eres diferente a un gatito destetado.

    Y mientras tanto ahí estaba yo, quieto, escuchándole mancillar mi orgullo con palabras que llevaban una verdad detrás de otra. Me fue imposible refutarlas, decir que no eran más que sólo inventos suyos, que desde entonces logré más de lo que aparentaba escupirme a la cara como si fueran meros hechos casuales. La furia empezó a brotar en mí al irle escuchando, y conforme más déspota era, más burbujeaba en mí la ira.

    Todo se tornó blanco y faltó poco para que terminara abalanzándome sobre él en un torbellino de golpes, patadas y arañazos. Pude verle alzar la mano, deteniéndome a la par que sonreía. De no haberlo hecho hubiera seguido y muy seguramente no lo hubiera escuchado. No me hubiera escuchado.

    —Eso es lo que buscamos —dijo.

    Un rugido. De mí salió el estallido de un rugido que rebotó dentro de la cabaña y se escapó hacia la montaña, dejándome confundido como nunca. Me cubrí la boca apresurado, mirando hacia todas las direcciones con los ojos bien abiertos, descolocado, tratando de hallar una explicación para que tan feroz vozarrón saliera de mí. Takeno rio por lo bajo.

    —Desconoces tu propia naturaleza. Te es terriblemente ajena pese a que sepas cómo tomar los pequeños aspectos de ésta —meneó la cabeza—. Lo es todo o nada. Ahora vamos, empezaremos hoy mismo.

    Demoré en salir. Las partes de mi cabeza que se desmoronaron continuaron tratando de comprender lo que acababa de ocurrir.

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    —Aun si quisieras repetir el mismo rugido, no serías capaz de volver a producirlo y eso está bien.
    —No entiendo. ¿Es lo que buscamos? —repliqué.
    —En base sí, lo es. Hasta ahora el único motivo por el cual has conseguido mostrar los aspectos de tu lado youkai, que corresponde a un tigre, es porque te has visto sometido a fuertes experiencias. Has experimentado emociones intensas que en respuesta invaden a tu otra mitad. Es como si una se vaciara y la otra tratara de compensarlo, porque no existe un balance.

    Cuando mis ojos se mostraron por primera vez con ese color ambarino me vi atrapado por los aldeanos a quienes robé. Fui invadido por el miedo y la frustración de haber fallado. Meses más tarde, cuando me vi en la necesidad de huir, envuelto en miedo y tristeza, mis ojos mostraron acostumbrarse a la oscuridad de las calles. Fui capaz de ver como si fuera de día. En esa misma noche en la montaña al estar al filo de mis emociones, mi audición se agudizó, siendo capaz de captar una frecuencia imposible para un humano. Inclusive al poner las trampas alrededor del bosque, la determinación que corría por mí hizo que una vez más mi lado youkai se mostrara.

    Por último quedaba el rugido de la cabaña. En mí sólo corría furia descarriada, no pensando en nada más que en el resultado que quise ver realizado por mis manos. La fuerza que le faltaba a mi lado humano, de la que sentía carecía para afrontar lo que tenía frente a mí, fue reemplazada por la del tigre. Ese rugido brotó por la furia y el odio del orgullo herido.

    —Viene siendo hora de que hagas algo al respecto y despiertes tu mitad.

    Escucharle de pronto me hizo volver del ligero ensimismamiento por el que pasaba. Reí.

    —Claro, es algo que no se me pudo ocurrir —dije mordaz—. ¿Por qué no empezamos de una buena vez? Si sólo falta despertar a mi lado youkai, hagámoslo maldita sea; Pero, ¿qué deberíamos de hacer? Si cazar por mi cuenta no es suficiente, si buscar mi propia comida cada día de esta vida tampoco lo es y si la supervivencia no es más que una distracción, entonces no es como si tuviera tantas opciones —le sostuve la mirada y arrugué el entrecejo—. Aunque pensándolo bien, hay una posible solución: Luchemos. Entre dos híbridos, aquí y ahora. Eso debe bastar. Enséñame lo que se necesita para entender lo que es ser un hanjuu.

    Terminé hablando claramente exasperado y mirándole con desdén. Conocía lo básico del combate cuerpo a cuerpo, pero nada realmente brillante. Takeno en todo momento me observó sin añadir algún comentario y aunque en un principio pareciera entrecerrar los ojos, sin convencerse por el tono de mi voz, al final los abrió con rapidez.

    —Así que lo entiendes después de todo. Debo admitir que por los más breves instantes creí que estabas siendo sarcástico, pero no fue así. «Luchar» —repitió, asumiendo pose de combate—. Si no vienes tú, iré yo.
    —Espera, Takeno... —le miré incrédulo.
    —Vamos Kenro. Luchemos.

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    Existen híbridos cuyas mitades se encuentran tan entrelazadas, que los mismos no demuestran ser una entidad distinta. En los humanos, por ejemplo, existen casos donde los padres, ambos de distinta naturaleza, tienen hijos que demuestran razas contrarias. Hablamos de un padre tengu y una madre humana. El hijo mayor es un humano, mientras que el menor, un tengu en todo su esplendor. Sus hijos pueden no mostrar signos de poseer un lado youkai, o humano para lo que importa. Así pues, un híbrido es una existencia de lo más singular, incluso se podría afirmar que se tratan de seres únicos.

    Concebir a uno es incluso algo complicado. Aquellos que nacen siendo híbridos pueden que no lleguen a vivir muchos años; hablamos de una apuesta, pero no le decimos de ese modo.

    Los humanos con descendencia youkai directa son un caso similar. Han aceptado su propia humanidad y saben que les pertenece, sin embargo, cuando es enteramente necesario, cuando la supervivencia se encuentra por encima de todo lo demás, es entonces cuando la mitad dormida puede surgir y adaptarse lentamente al cuerpo.

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    Yacía botado en la nieve, adolorido y con la visión borrosa, apoyando la cabeza sobre un montículo que me hacía mirar al cielo en donde todo era gris. Recordaba lo que Takeno me contó alguna vez, cerrando los ojos cada que comprendía lo que ocurría.

    No, en ningún momento me asestó un golpe, pues aseguró que en mi estado, siendo tan humano, eso hubiera bastado para que no me volviera a levantar. Sólo uno de sus golpes. En todo combate interceptó cada una de mis acometidas, mandándome al suelo en donde me levantaba para continuar. Eventualmente acababa agotado, herido y sin la motivación para moverme. Aunque de todo me dolía más el orgullo, perder de tal modo era humillante.

    Takeno no ocupó más tiempo, retirándose sin muchas palabras. Le escuché decir que volvería al día siguiente y que mientras tanto pensara en lo que aprendí de nuestro encuentro. Está de más decirlo, pero el resto del día no hice más que dormir.

    Poco a poco el tiempo avanzó y mi desarrollo también. Pese a que esa fuera una lección para aprender sobre mi naturaleza, también me vi instruido en el combate del estilo de los tengu. Takeno nuevamente mostró ser un excelente tutor, mostrándome las posibilidades y el entendimiento de un arte marcial que hablaba por sí solo. Aún no representaba una amenaza para él, pero es cierto que improvisaba al ir creciendo.

    Tratando esta transición de este modo, me parece correcto ir por adelantado al momento en el cual ese rugido se repitió:

    —Lucha como si en verdad significase algo —decía él, tomándome de la muñeca, halando de mí para luego tomarme del cuello, aplicando su peso contra mí—. No luches como un humano, lucha como una bestia. Domina ese instinto, hazlo tuyo y dirígelo hacia tu presa. Ahora de pie, una vez más.

    Soporté ese último impacto. Tras medio año seguimos combatiendo de ese modo y aunque no demostrara un cambio extraordinario, él se convenció a luchar con mayor eficacia. Sus golpes aunque no fueran certeros causaban cardenales en donde impactaran. A veces me los debía curar y otras veces ni podía dormir por el dolor de estos al rosar con la ropa. Después de seis meses de continuar, pude capturar el ritmo de un combate, pese a que continuara siendo humano.

    Nuestros encuentros siempre terminaban del mismo modo: si ya no podía acometer contra él, eso era una clara señal de que no podía continuar. De inmediato desistía en sus ataques, parándose en seco y tendiéndome una mano en señal amistosa. Minutos más tarde nos encontrábamos conversando en la cabaña, descansando para continuar al día siguiente.

    Pero esa vez no seguimos ese patrón.

    En el preciso momento que me mostró su mano abierta, se la aparté de un manotazo, avanzando nuevamente hacia él, atacando cada una de las aperturas que dejó por abandonar la posición de combate. Atacaba sin ceder, golpeando directo a sus muñecas para deshacer sus ataques, apuntando también a sus rodillas para quitarle la oportunidad de tomar una nueva pose. Conforme aumentaba la velocidad mi vigor regresaba, brindándome el aliento para cambiar el curso de la lucha. Takeno se mantuvo imperturbable a la par que proseguía, pero fue evidente que ese curso de movimientos le había quitado el balance. Retrocedía. Ya no fue capaz de romper mi defensa, porque en primer lugar no recurría a ésta. Continué, me exigí más del límite. Mi cuerpo ya no se podía detener. No quería y no planeaba hacerlo; sin embargo, como se me dijo, seguía siendo humano.

    En una fracción de segundo una ola de intenso dolor invadió mi cuerpo, dándole un súbito alto a cada uno de mis movimientos mientras se esparcía por cada fibra. Empezó desde la boca del estómago y como un temblor del cual no se puede escapar, lo sentí con mayor intensidad en el brazo izquierdo y la pierna derecha. Fue un dolor indescriptible, dejándome sin otra opción más que la de caer rendido, con el cuerpo ardiendo en carne viva.

    Lo más que recuerdo es que grité hasta desmayarme.

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    «Sí, fue él. Fue en verdad violento»

    Pausa. Una pregunta. Un breve instante de silencio. Un carraspeo, otra pregunta.

    «Los animales regresarán, de eso no se preocupen. Por ahora es muy pronto, no puede dejar este lugar hasta haber aprendido a controlarlo. Hasta entonces seguirá siendo su decisión»

    Nueva pregunta. Silencio. Alguien entra y se acomoda, se mantiene callado.

    «Su cuerpo entero, sí. El brazo y su pierna son los más dañados, pero no corre peligro»

    Exaltación, enfado. Muchas preguntas. Ninguna se atiende salvo la última. Un suspiro se escapa.

    «Estará bien. Después de todo, Kenro es un hanjuu»

    El silencio se prolonga. Las voces se desvanecen.

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    Durante dos días me mantuve botado sobre el futón, reposando mientras despertaba y caía dormido de forma inconsciente a causa de las medicinas que se me administraron. En esos cortos periodos de tiempo donde apenas si lograba captar la mitad de lo que me rodeaba, aprovechaba para beber agua y llevar a cabo otras necesidades. Alguien se mantuvo a mi lado en todo momento, aunque no pude dar con quién fue. A Takeno no le iba el papel de niñera y Momiji y Aya no figuraban mucho en ello según mi punto de vista. Aunque a veces me parecía una figura femenina, delicada y de hombros desnudos, muy pequeña, lo que era una imagen extraña para los tengu que conocía. Si quien se mantuvo a mi lado fue alguna de las dos, nunca se lo agradecí, aunque tampoco mencionaron haberlo hecho.

    Cuando desperté me sorprendió no verme abrumado por el mismo dolor que pude experimentar a tan sólo dos días. El cuerpo lo sentía ausente, y con eso quiero decir que no me era posible moverme del todo. En vez de acelerarme, decidí observar el brazo y la pierna que se hallaban entablillados. Supe que sufrí fracturas, aunque mis pensamientos estaban tan espesos, que no supe si trataba de mirar por el espejo de la cabaña o recordar qué había comido la mañana pasada. Me relajé y esperé a que me encontrase más atento. Cuando eso empezaba a ocurrir, Takeno apareció junto a Momiji. Ambos entraron sin tocar.

    —¿Cómo te encuentras? —preguntó ella, haciendo a un lado una bolsa llena de ungüentos que cargaba.
    —Espeso —respondí—, cansado. Con mucha sed.
    —¿Alguna molestia? ¿Dolor? —dijo mientras ayudaba a que melevantara para darme agua.
    —Trata de cerrar la mano —le interrumpió Takeno. Le miré e intenté hacerlo con expresión irónica, algo que no supe si conseguí—. Inténtalo.

    Primero bebí el agua con ayuda de Momiji, tratando de no atragantarme con ésta. Cuando me la acabé, ella sostuvo la taza, dando una cabezada para mostrarme que todo estaba bien. Alcé el brazo entablillado con temor, estirándolo para formar un puño mientras cerraba los ojos.

    No me dolió.

    —¿Qué sucedió?

    Estaba asombrado. La mano la sentía entumecida, pero no me dolía en lo más mínimo.

    —Tu lado youkai —respondió—. Al fin conseguiste que tu mitad despertara por completo y lo que ahora sucede es que ésta se encuentra en el proceso de acoplarse a ti.
    —Me pudiste advertir de esto —aun agotado pude ejercerle el nivel de enfado necesario a mi voz. Momiji me recostó al ver que me levantaba—. Estoy harto de tener que soportar tus secretos. Si esto tenía que suceder...
    —No debía —atajó—. Y no lo sabía. No del modo que ocurrió.
    —Habla.
    —Admitiré mi error de mantenerte en secreto varios aspectos de tus lecciones para ser un hanjuu verdadero —cuando lo dijo le mostré mi dedo cordial de el brazo que se había roto y la expresión más rígida que pude mostrar—... de acuerdo, lo acepto. Te pediré disculpas, aunque no esperaré que las aceptes tan fácilmente. Ya tenía previsto que sucediera algo similar, mas nuevamente no a tal grado. Cuando mi mitad youkai despertó, resultó ser normal que mi cuerpo el cual continuaba siendo humano terminara herido, molido y en general agotado. Mi propia existencia humana debía unirse con la tengu, pero para que eso ocurriera mi mitad más débil tenía que fortalecerse.
    —Los tengu somos una raza fuerte —agregó Momiji—. Poner a un humano en nuestro lugar es, en principio, ridículo. Hablando de nuestras aptitudes físicas en comparación de un humano común, nosotros somos claramente superiores.
    —Y por eso mismo usar tu lado youkai resultó en esto. Aunque mis heridas no fueron ni remotamente cercanas a las tuyas. Es ahora que entiendo por qué.
    —La fuerza de un tigre es mayor a la de un lobo —dijo ella—. La diferencia entre los dos es indiscutible, y si fueras a usar esa fuerza, la de un tigre youkai en un cuerpo humano...
    —Consigues este resultado —contesté, marcando el principio de un extenso silencio.

    Miré mi brazo y la mano que formaba en un puño. La pierna y el lugar donde descansaba también. Intenté levantarme, pero las cosas no iban por ese camino. No podía hacer nada más que descansar hasta que mi maltrecho cuerpo se recuperase.

    Debo aclarar que la razón por la cual no me explayo más de lo necesario en lo que sigue, es porque no veo dicha necesidad. Desde el día de mis primeras fracturas mi verdadera transición de humano a hanjuu comenzó. Este hecho me abrió nuevos puntos de vista en lo que a mi existencia se refiere, pues incluso la regeneración ante las heridas aumentó de un modo increíble. Las fractures que sufrí fueron descritas como múltiples, lo que causó que mis huesos se rompieran en diferentes secciones y en varias maneras. Por lo regular, para un humano, eso sería encontrarse discapacitado por meses o semanas, en el mejor de los casos. Para mí sólo bastaron cinco días. Al término de estos no sólo mis extremidades que se encontraban dañadas sanaron, pero todo mi cuerpo comenzó a responder de un modo diferente. Aún era débil, pero daba la impresión de que avanzaría de la manera adecuada. De la que yo buscaba.

    Con el tiempo Takeno me enseñó la manera en que debía hacer a mi cuerpo actuar. Si quería que éste fuera el contenedor de ambas esencias, debía ser fuerte y resistente. Para ello los entrenamientos se convirtieron en parte habitual de nuestra rutina. A veces luchábamos para poner a prueba mi propio poder y vigor, sea hacia ataques recibidos o los que yo ejecutaba. Eso causó diferentes heridas en diferentes momentos. Me rompí todos los dedos, mas ninguno más de dos veces. El otro brazo sufrió un desgarre, pero su recuperación fue de apenas un día. De este modo las fracturas dieron lugar a los desgarres, a los esguinces y dolores musculares menores.

    De a poco mi cuerpo se transformaba en el adecuado, moldeándose para darle la bienvenida a una nueva forma de vida. Al final, el momento de decir que era un hanjuu pleno llegó. Había crecido por tres años en el territorio tengu, ellos me crecieron y yo aprendí en su comunidad más que sólo la manera de aceptar mi naturaleza, también aprendí los distintos artes bajo la tutela de más que sólo Takeno. Él me enseñó el combate desarmado hasta que lo dominé, a valerme por mi cuenta y a aceptar lo que en verdad era; pero en toda esta historia hay alguien que también juega un papel importante.

    Hablo de Momiji. En los últimos días de mi entrenamiento como hanjuu, ella me ofreció una nueva oportunidad: el arte de la espada.

    Aprender con ella fue una experiencia feroz, aunque increíble y sin remordimientos, con grandes recompensas además. Para empezar, Momiji nuca me entregó una espada con la intención de que la blandiera. Alegó que primero debía mostrar ser digno de portar una, y esa manera fue cursar y aprobar todos sus retos los cuales acepté.

    El primer día me invitó a ser parte de su escuadra. Me envió a buscar una rama, una que fuera lo suficientemente resistente para que soportara dar y recibir golpes, así como al menos tan larga como la extensión de mi brazo. Esa labor me tomó unos cuantos minutos. Me colgué de los árboles y busqué por el suelo de los bosques hasta que al fin me hice de una rama recta y firme. La puse a prueba contra las rocas hasta cerciorarme que no se desbarataría. De regreso me alegré incluso de haberla encontrado. Casi parecía un mazo el cual podía mover con total libertad. Ya pensaba en qué utilidad darle después, pues cuando volví con ella, se lo di sin saber de qué constaba su tarea. Ella lo revisó, cambiando su expresión al portarlo.

    «Desde este momento empieza tu entrenamiento con la espada. No te dejaré usar ni una sola arma hasta que me quites la rama que tú mismo me entregaste, lo que una vez conseguido, representará que te encuentras listo para avanzar. Usa cualquier método que creas necesario para quitármela. No te limites»

    Fue un mes el que demoré. Acercarme a ella se trataba de una cosa, pero querer despojarle de la rama, ese era un tema por completo diferente y muy frustrante. Ella atacaba, lo que hacía tres veces más complicado completar mi cometido, siguiéndole por entre los árboles y el terreno desigual de la montaña. Fue sólo con el tiempo que aprendí a luchar contra alguien armado a través de un terreno como el de la montaña, siendo que al fin, durante la llegada del verano que pude hacerme de la rama.

    —Felicidades —decía ella—. Me parece excepcional que lograras quitármela, y más aun que me siguieras el paso. Ahora podemos seguir al siguiente nivel. En este ahora tú portarás el arma que lograste arrebatarme, y yo, una espada de entrenamiento. El principio es el mismo: tendrás que desarmarme con tu arma.
    —¿Lo dices en serio?
    —Sí. Ahora ven, esto no es un juego.

    De la misma forma tuve que aprender los movimientos básicos e intuitivos que se lograban al portar un arma, así como el lidiar contra alguien que la tuviera. Primero tuve que analizar las aperturas de Momiji en su combate, aprovechando cada una y atacándolas para hacerle ceder. La diferencia entre la rama y la espada representó un mundo de conocimiento, pues los movimientos con una y otra cambiaban enormemente.

    Lograría superar la prueba que se me puso, por supuesto. Pero a tan sólo haber empezado el verano, durante mis dieciséis años, las cosas en Gensokyo empezarían como una nueva historia. Ese día el clima cambió para ser frío. En la distancia vimos extenderse lo que Momiji afirmó era niebla de color escarlata, cubriendo el cielo y la tierra para mantener todo en la oscuridad. Regresamos lo más rápido que pudimos al territorio principal con el resto de la comunidad, mas no se sabía nada de lo que ocurría. Buscamos a Takeno quien nos entregó las mismas palabras, sin conclusiones o especulaciones. También buscamos a Aya pero a ella no la encontramos por ningún lado.

    Tras ese incidente la vida diaria dio la impresión de haber vuelto a su normalidad, pero no podíamos saberlo. Incidente tras incidente fueron llegando distintas y nuevas personalidades. Desde el invierno eterno hasta el avistamiento de objetos extraños en el cielo.

    Fueron cuatro años desde la niebla, con noticias yendo y viniendo por todas partes. Se decían tantos nombres de quienes formaban parte de estos acontecimientos. Culpables y quienes les detenían. Escuché repetidas veces el nombre de la sacerdotisa Hakurei. Hakurei Reimu. De cómo ella lograba ponerle un alto a la mayoría de estos.

    A mis veinte años eso formaba parte de un pasado que aparentaba ser distinto. A esa edad mucho daría un giro drástico, y lo que empezó como una débil llama años atrás, pronto iluminaría un camino por completo distinto.

    — Fin del arco: Infancia —

     
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    Geki

    Geki Hanjuu

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    [Touhou] Relato de un híbrido - Eco de una vida.
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
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    10
     
    Palabras:
    395
    Remembranza


    ...Y se detuvo. Su silencio marcó el comienzo de una larga y profunda pausa, en donde sus palabras se acoplaron una sobre la otra, formando un espacio de quien era en realidad. Sintió su peso, aferrándose a ellas con la fuerza de un último aliento, pues éstas componían su vida, aquello que tanto apreciaba. El calor que hizo provenir de ellas, la luz que traían ante aquel escenario ofuscado que era su realidad, que aparentaba ser un sueño difuminándose, le terminó brindando un sutil momento de retrospectiva. Alcanzaron el centro de su existencia.

    Daba la impresión de que nadie le acompañaba en dicho lugar, uno en donde la calma, pese a ser falsa, era suya. Su silencio se alargó con lentitud, dando lugar a uno más grande. Hueco. Nada lo formaba, y si bien no se trataba del precursor de las discusiones y el llanto, tampoco lo era de las risas y juegos. Tantas cosas las recordaba.

    Pues así, sentado y en su soledad, el día transcurrió. Vio salir el sol, sintió su calor reavivar su cuerpo, aunque la nieve se acercara a lo lejos, imperturbable y hermosa. Derrochó la tarde mirando hacia el mismo lugar y eventualmente la noche llegó.

    Miró a su cielo con melancolía, haciéndose tantas preguntas hasta desagradarse a sí mismo. Y rio. Su risa brotó como la tos, dolida y oxidada, y por la forma en que emanó desde su interior le recordó lo olvidada que esperaba. Su eco se escuchó hasta lo lejos, despertando a la tierra con su son.

    Una pequeña esfera de luz acompañada de tantas otras despertaron para acompañarle. Todas y cada una de ellas le rodearon, con excepción de una que se posó a su lado.

    «Al fin apareces» dijo con el vestigio de una sonrisa.

    La tomó con su palma, guiándola al levantarse. Caminó con ésta entre sus manos, con la pequeña esfera y el resto siguiéndoles. Cruzaron un rio, un puente roto y una pequeña arboleda. Caminó pese a lo cansado que estaba, hasta que la noche los dejó atrás. No dio la impresión de pensar en detenerse pronto.

    «No he terminado» comentó. Su rostro mostró una sonrisa abatida. «Sigamos. Pronto llegaremos»

    Y continuó. Tan sólo había comenzado.
     
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