Historia larga Saints

Tema en 'Novelas' iniciado por Fersaw, 4 Marzo 2018.

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  1. Threadmarks: T: III - Capítulo XXXVIII: La esclava vampira
     
    Fersaw

    Fersaw Hideo-sama

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    Temporada III – Capítulo XXXVIII: La esclava vampira

    “Por el mundo existen decenas y decenas de agrupaciones de magos que se dedican a crear objetos y artilugios que ofrezcan ventajas o ayudas para toda clase de labores. A estas agrupaciones se les llama compañías, pues suelen vender dichas tecnologías”

    01 de abril de 1750, 2da edad de Plea.

    La mañana inicia una vez más en el reino de Albores. Nos hallamos en uno de los grandes y empedrados caminos del reino. Esta larga e intrincada red de caminos conecta a todo el reino, de norte a sur y de este a oeste. El tramo en el que estamos atraviesa uno de los bosques menos peligrosos y más bello del reino, el bosque Burs.

    En medio del camino estaban todos los miembros de la Mano Blanca, exceptuando a Dyr y a Rufus.. Parecían tener ya un rato allí pues Vyll y Aikar se impacientaban caminando de un lado a otro.

    –Esto ya tardó demasiado. ¿Qué tan lejos pueden estar? –cuestionó el santo de la gran espada, Vyll.

    –Es verdad. Dyr y Rufus llevan casi una hora desde que se fueron –agregó Aikar mientras agitaba de un lado a otro a Oss en su forma de guadaña.

    –Hombres –suspiró Sira tranquila sentada en un tronco mientras afilaba su espada corta–. No sean impacientes, no se trata de solo ver dónde están y cuantos son. Debemos identificar qué clase de mercenarios son y prever todas sus reacciones –explicó ella.

    –No me hables como a un niño. Fácilmente puedo ser tu tatarabuelo, o mucha más –bufó Aikar.

    –Pues tengo un tatarabuelo bastante tonto –rio ella.

    El santo sonrió de lado ante lo que decía. En poco tiempo había logrado forjar amistad con esa chica. Sira era bastante amigable y siempre suele estar de buen humor, además que no es muy femenina, de manera que puede jugar y molestarse con los hombres sin problemas. Es una chica ruda y una buena guerrera.

    Aikar volvió la mirada a su otra, y más apreciada, compañera, la maga Diane. Ella parecía enfocada en leer su libro mágico mientras balbucea una especie de conjuro teniendo su varita en mano.

    –¿Diane? –llamó él extrañado al verla concentrada– ¿Todo bien?

    –S-sí, claro. Estoy lista –respondió, pero se notaba cierto nerviosismo en ella.

    –¿Segura? No parces lista –preguntó él en voz baja–. ¿Algo te pone nerviosa?

    –No, no es eso…bueno, si –suspiró y cerró su libro–. La verdad es que si estoy nerviosa –confesó, con vergüenza.

    –Entiendo. Mira, no tienes que ponerte nerviosa, esos sujetos no son tan rudos como aparentan, son solo una parada de bandidos bien vestidos. Cuando matemos a la mitad los demás escaparan corriendo como liebres –buscaba relajarla, pensando que eran los mercenarios los que preocupaban a la maga.

    –No es eso Aikar –sonrió, al escucharlo hablarle de esa forma. Aikar era quien sabía siempre como animarla. Pero en este momento era otra cosa el motivo de su nerviosismo–. Es que, creo que no estoy al nivel de todos aquí. Tal vez soy demasiado…débil –agachó la mirada.

    –Diane –dijo el santo sorprendido. Suavemente levantó la mirada de la chica–. Tú no eres débil. Por favor, solo recuerda lo que has hecho. Escapaste de una aldea invadida de demonios, luchaste en un asedio, y fuiste tú quien venció a uno de los más poderosos, y claro, también ya te has enfrentado a estos mercenarios antes –la miró a los ojos y le habló de forma muy suave–. No pienses que eres la más débil del grupo, piensa en como demostrarnos que estas a nuestro nivel –finalizó con una sincera sonrisa, una que solo le dedica a ella en ciertos momentos.

    –Aikar –musitó ella mirándolo a los ojos, sintiendo como sus palabras la convencían y la animaban más–. Gracias, santo tonto.

    –¿Es que no se dan cuenta? –sonrió Sira mirando la escena.

    –Son bastante ciegos –agregó Vyll mirándolos de reojo con su típica seriedad y cruzado de brazos.

    –¿Estas practicando algún hechizo? –preguntó Aikar para cambiar el tema.

    –Sí. Llevo un par de días practicando un par hechizos ofensivos. Quiero mejorar mis técnicas para luchar mejor. Este se llama Cuchillo mágico. Consiste en cubrir mi varita y mano de magia, solidificarla y crear una especie de cuchillo con ella –explicó ella.

    –Suena complicada –dijo Aikar.

    –No mucho. Es de nivel cuatro, creo que puedo lograrla si me concentro lo suficiente –aseguró con una sonrisa llena de confianza. Confianza infundida por el santo.

    En ese momento dos caballos llegaron hasta ellos rápidamente. Eran Dyr y Rufus que regresaban con la información acerca de la caravana objetivo.

    –¿Y bien? –preguntó Vyll con los brazos cruzados y frialdad en la mirada.

    –La caravana está a diez minutos de distancia. Avanzan a paso ligero, debemos hacerlos detenerse para poder atacar. Solo hay un par de jinetes. La carreta principal es tirada por dos caballos, todos los mercenarios caminan a sus lados. No son un grupo numeroso, pero tampoco son pocos –informó Rufus bajando de su equino y escondiéndolo en el bosque junto a los demás.

    –No será difícil. Acabaremos con ellos fácilmente –sonrió con seguridad Sira.

    –Hay algo mas –llamó Dyr bajando del caballo–. No sé por qué, pero parece que mejorar la seguridad de la caravana.

    Al escuchar eso Vyll desvió la mirada. Días atrás envió una carta a Mordecay, advirtiendo que atacarían una caravana, aunque no especificó cual, argumentando que era el líder del grupo es el único que tenía toda la información.

    –¿Trajeron magos? –cuestionó Aikar a Dyr.

    –No puedo asegurarlo. Vi cuatro sujetos vestidos con capuchas negras y portando arcabuces. Realmente dudo que sean simples arcabuceros. Tendremos que ser muy cuidadosos –ordenó el líder del grupo. A diferencia de los demás él no usa armas, como Rufus, lucha con sus puños–. Tomen posiciones, seguiremos la estrategia que habíamos planeado antes, pero debemos ser más certeros y mortíferos.

    –¿mortíferos? –cuestionaron extrañados.

    –No debemos dejar sobrevivientes, ¿de acuerdo? –les ordenó de forma seria.

    Los miembros del grupo se miraron entre sí para asentir y estar preparados. Entonces se separaron tomando diferentes posiciones escondidos entre la maleza y los árboles. Solamente Sira tomó una posición diferente. Ella se colocó justo en el centro del camino y se arrodilló, luego vertió sobre su ropa un poco de salsa roja para emular una herida.

    Minutos después apareció la dichosa caravana. Una carreta con una jaula cubierta por una tela blanca, de manera que no se nos permite ver que hay dentro. Un cochero que dirige a los dos caballos que tiran de la carreta. Luego tenemos a los lados de la misma a esas cuatro figuras encapuchadas con sus arcabuces. Y luego a quince mercenarios que resguardan la carreta, cinco en la derecha, cinco en la izquierda y cinco en la retaguardia. El frente era protegido por dos jinetes a caballo.

    –¡Ayuda, por favor! –gritó Sira fingiendo estar herida–. ¡Un bandido me asaltó, estoy herida!

    Al verla, unos de los jinetes ordenó a la caravana detenerse. Se bajó de su caballo y se acercó a Sira.

    –Idiota –susurró ella al verlo acercarse. Pero el mercenario la sorprendería.

    –¡Ataquen! –ordenó ese hombre sacando su espada y corriendo para agredir a Sira.

    –¡Qué diablos! –reaccionó ella al verse descubierta. Se levantó y sacó su espada–. Ice: flecha de hielo –enunció para luego levantar su mano y de ella brotar una flecha de hielo que se clavó en el estómago del mercenario. La mujer corrió hacia él y en un ágil movimiento le cortó el cuello.

    En ese mismo instante se escuchó una detonación de arcabuz. Lo siguiente que Sira pudo ver fue un destello moverse de forma errática por el aire durante algunos segundos. La santo no entendía que era eso. La centella dejo de moverse como loca y se dirigió a gran velocidad hacia Sira. Sin dudas le hubiera acertado, de no ser porque Vyll saltó sobre ella derribándola y salvándola del disparo.

    –¡Vyll! –lo miró sorprendida–. ¿Qué era esa cosa? –el santo la miró de reojo sin responder. Era esa extraña técnica que enfrentó días antes en el cementerio.

    –No hay tiempo para hablar –dijo tajante sacando su espada.

    Frente a ellos se formó un muro de lanzas compuesto por diez de los mercenarios. Se escucharon tres detonaciones más. Los tres destellos se movieron en diferentes direcciones.

    –No podremos esquivarlas todas –alegó Sira tratando de seguir las tres balas con la mirada. Esta vez no les dieron tanto tiempo para pensar. Las tres balas se precipitaron a ellos rápidamente, atacando en tres diferentes direcciones.

    Mercy: Escudo burbuja –se escuchó la voz de Diane. Justo a tiempo se acercó a ellos y creó la burbuja. Esta logró detener las tres balas, que estallaron al impactar en la defensa.

    –Es bueno tener una maga en el equipo –sonrió aliviada Sira. Mirado a Diane de reojo con una sonrisa.

    –Ataquen ahora. Tardaran en recargar los arcabuces –ordenó Vyll. Saliendo a toda velocidad de la protección.

    Los otros tres miembros del equipo salieron de sus escondites. Aikar atacó directamente a la carreta. Esta buscaba escapar mientras los mercenarios distraían a los guerreros. Aikar usó su Gran Hoja de Viento. Arrojando una hoja de aire directa a los ejes que unen a los caballos al vehículo. Los cortó y tan pronto como pudieron los equinos salieron corriendo a toda velocidad, dejando varada la carreta. Fue fácil para Aikar luego eliminar al cochero con un fugaz corte de su arma.

    Por otro lado el santo bestiary cargó a toda velocidad buscando embestir por un lado al muro de lanzas formado por los diez mercenarios.

    Mina: puño fuerte –su brazo derecho se recubrió por completo de roca. Luego propinó un mortal golpe al primer mercenario de la fila. Este murió, pero la fuerza lo hizo derribar a sus compañeros para desarticular la formación.

    Por la retaguardia avanzó tranquilamente el líder del grupo. Dyr “puños ardientes”. Cinco Capaz Blancas se formaron ante él para luego cagar con las lanzas en alto.

    –Ya estoy viejo para esto –suspiró. Esperó el momento correcto y dio un gran salto para esquivar sus ataques.

    Los mercenarios no pudieron creer como alguien, que aparenta ser un anciano, pudo moverse con esa agilidad. Se detuvieron tan rápido como pudieron, para tratar de regresar y atacarlo otra vez.

    –¡Dioses, mi espalda! maldición, no debí hacer eso –se quejó el viejo hombre sin prestar atención a los lanceros que se acercaban otra vez. Solo los miró y levantó su mano apuntándoles–. Vulcano: Cañón –articulo apaciblemente.

    Una poderosa explosión emergió de su mano. Bastó para destrozar parte del camino y arrojar por los aires a los mercenarios. Quienes cayeron al suelo ya muertos. Es aquí donde entendemos por qué lo llaman “puños ardientes” pues después de usar una de sus técnicas su mano queda envuelta en llamas por unos segundos. Llamas que no le provocan ni el más mínimo daño.

    De regreso al frente. Rufus se liaba a golpes contra cuatro capaz blancas que le rodearon. De poco les servía a esos desdichados cubrirse con sus escudos, los puños del santo los destrozaban. Vyll ni siquiera hacia uso de sus habilidades como santo, su fuerza y destreza con la espada eran más que suficientes.

    Los arcabuceros habían recargado sus armas y se preparaban para volver a disparar. Dos de ellos no tardaron en fijar a Sira como su blanco. El primero disparó, la bala se agitó un poco y luego se precipitó hacia ella.

    –Te tengo esta vez, tonto –dijo sonriendo. Vió venir la bala y pensó que podría bloquearla con su espada. Lo hizo, pero la bala estalló, terminando por aturdir a Sira y desarmarla– ¡No puede ser! –dijo sorprendida al ver su espada volar por la explosión.

    Entonces el segundo arcabucero sucedió a su compañero y disparó. Esta bala fue más directa, sin agitarse. El blanco estaba desarmado y listo para caer. No obstante una guadaña se interpuso en el camino bloqueando la bala, la cual no estalló pues era de otro tipo.

    –¿Qué pasa Sira? ¿No me digas que tendré que salvarte a cada rato? –sonrió Aikar mirándola de reojo.

    –Solo fue esta vez, no te luzcas, abuelo –sonrió aliviada y retomando su arma.

    Otro arcabucero corrió colocándose detrás de ambos santos y se preparó para disparar. Pero el conjuro de una maga llamó su atención.

    Archer: Lluvia de flechas –fue el conjuro usado por Diane. Este de mayor nivel, pues liberaba una andanada de flechas mágicas desde su varita.

    El arcabucero hizo gala de una gran habilidad y reflejos, pues logró esquivar la mayoría. Hasta que una hirió su pierna y detuvo sus esquives, luego otra le dio en el estómago haciéndolo soltar su arma y finalmente una última flecha verde voló por el aire clavándose certeramente en su cabeza, justo en la frente. El arcabucero cayó muerto en un instante. Los dos santos miraron a la autora de ese ataque con sorpresa.

    –¿Seré yo quien los salve? –sonrió Diane haciendo girar su varita, y guiñándoles el ojo.

    –La maga mejora rápidamente, me agrada. Tu novia es genial, abuelo –sonrió Sira dándole un golpe en el hombro a Aikar.

    –Lo es –sonrió mirando a la maga. Hasta que entendió–… ¡no es mi novia, Sira!

    Dos de los arcabuceros restantes estaban preparando sus armas una vez más. Mientras que el tercero miraba el campo de batalla con miedo, se notaba pues sus manos y arma temblaban, además que no se molestaba en recargar.

    –Caballeros –llamó Dyr acercándose lentamente a los dos que recargaban tan rápido como podían–. Vulcano: Águila de fuego –levantó sus manos y en cada una apareció una pequeña águila de fuego. Los arcabuceros se sorprendieron por eso. Ambas águilas se proyectaron velozmente hacia los enemigos, prendiéndolos en fuego al instante. En pocos segundos estaban muertos y sus cuerpos ardiendo.

    –¡El jinete! –alertó Rufus.

    Uno de los jinetes aún seguía vivo y a lomos de su caballo. No consideró la idea de luchar, pues sería un suicidio, así que se dio a la fuga, hostigando con desesperación a su caballo. Sira arrojó varias flechas de hielo, pero fallaron.

    –¡Lo tengo! –dijo Diane–. Captura: cadena de anclaje –tardó un poco, quizás hasta hacer dudar a la maga. Pero luego de unos instantes una cadena de magia salió desde su varita hasta atrapar la pierna del caballo, obligándolo a caer al suelo.

    El jinete se levantó tan rápido como pudo, insistiendo en el escape ahora corriendo.

    Wind: Corriente cortante –dijo Vyll tranquilamente. Agitó su espada y la arrojó con todas sus fuerzas. El arma comenzó a girar cual si fuera un disco, ayudada por una corriente de viento creada por el santo. En pocos segundos alcanzó al mercenario decapitándolo, para luego dar un giro y regresar a las manos del santo como un fiel búmeran.

    –¡Eso fue genial! Apenas fueron rivales para nosotros –comentó Sira guardando su espada.

    –Juraría que eran cuatro arcabuceros –alegó Rufus mirando los cadáveres.

    –¡Mierda, está escapando! –alertó Dyr señalando al bosque. Por allí apenas lograron ver al cuarto arcabucero corriendo tanto como podía.

    –No se preocupen, nosotros nos encargamos –dijo Aikar yendo tras de él–. Aseguren la carreta, no tardamos –se refería a él y a Oss en su forma de guadaña.

    Corría a toda velocidad para alcanzar al último miembro con vida de la caravana. Era extraño, pero ese sujeto sí que corría, además de tener una gran agilidad, pues esquivaba todos los árboles, arbustos y raíces.

    Diablos, como corre ese hijo de puta –dijo Oss.

    –Lo sé. No puede ser un simple arcabucero. ¿Será un santo o un mago? –dudó Aikar al ver que no le estaba siendo fácil alcanzarlo.

    No estaría huyendo si lo fuera –contradijo Oss.

    –Cierto. Como sea, no voy a seguirlo por este lugar para siempre –agitó su guadaña y arrojó una cuchilla de viento.

    La cuchilla viajó rápidamente hasta dar justo en una de las piernas del arcabucero. No pudo seguir corriendo y cayó rodando por el suelo. Entonces la capucha descubrió su rostro y se pudo oír su voz. Era una joven mujer.

    –Sí que corres hijo de puta, pero bueno, es hora de acabar con…esto… –Aikar se acercó y pudo verla, ahora ahora notaba que era una mujer.

    Una chica un poco alta y bastante delgada, a simple vista parece de constitución débil, enfocada más en la agilidad. Su larga y lacia cabellera se liberó también al rodar por el suelo, es de color morado. Sus ojos, los cuales miran llenos de miedo al santo, son también morados. Y entre sus lindos labios rosas se ven un par de colmillos. Esta preciosa chica es una vampira, de eso no hay duda.

    –Eres una mujer –dijo el santo sorprendido–. Oye, aquí estoy.

    Aikar dijo eso al notar que ella miraba con dificultad, como si no fuera capaz de distinguir al santo que está frente a ella. Estaba solo en el suelo, tirada sin intenciones de levantarse pues sus piernas y manos temblaban, además que su rostro reflejaba el miedo que la inundaba.

    –No me mate, p-por favor –pidió con una voz quebrada y temblorosa–. N-no quiero morir –cerró los ojos mientras un par de lágrimas escapaban de sus ojos.

    –¿Qué te pasa? Menuda guerrera eres. Le pides perdón a la persona que estabas apunto de matar –arqueo la ceja. Entonces divisó algo a sus pies. Un par de anteojos. Los tomó y luego la miró a ella – ¿estos anteojos son tuyos?

    –S-sí, señor. Sin ellos n-no puedo ver bien –confesó aun temblando.

    –¿Quién diablos contrata a una arcabucera miope para defender algo importante? –entonces le dio sus anteojos.

    –Yo no fui contratada –los tomó y se los puso. Entonces pudo apreciar bien al santo frente a ella–. S-soy una esclava, señor –confesó con un gran pesar.

    –¿Esclava? –dijo con seriedad. Pero luego se tornó más dubitativo, mientras pasaba su guadaña por el cuello de ella haciéndola suspirar de miedo–. No sé si creerte.

    –P-por favor, por favor –suplicó cerrando los ojos tratando de contener el miedo y las lágrimas.

    Aikar –llamó Oss–Dejémosla ir, yo le creo –susurró Oss en la mente de su Aikar.

    –Yo también –suspiró el santo bajando su arma–. Vampira, tienes unos lindos ojos –sonrió mirándola a los ojos. A decir verdad eran unos ojos preciosos–. Solo por esta vez no les quitaré la vida.

    –¿L-lo dice en serio, señor? –preguntó sorprendida, sintiendo el más grande alivio de su vida, al tiempo que un leve rubor cubría sus mejillas. Mas al detallar lo apuesto que era ese hombre.

    –Sí, ahora vete antes que cambie de opinión –dijo con seriedad. Ella asintió y salió corriendo de allí. No sin antes agradecer con una reverencia a Aikar–. Es una esclava. Solo un esclavo olvidaría su arma –miró que ella dejó su arcabuz.

    Durante la Guerra Santa matamos a muchos esclavos. Era muy triste verlos suplicar por una vida que les fue arrebatada y les fue obligada a entregar por sus inhumanos amos –dijo Oss al recordar esos momentos.

    –Siempre me he compadecido de los esclavos. Hombres y mujeres obligados a luchar por personas que los tratan como animales. La esclavitud es una mierda, es una pena que solo este reino la haya prohibido. Como sea, volvamos con los demás, les diremos que la matamos y ya –tomó el arcabuz y se retiraron.

    Regresó con los miembros de su grupo. Rufus se encargaba de asir sus caballos para tirar de la carreta y poder llevársela

    –Debemos averiguar que hay en esa cosa –Ordenó Dyr. Él, Vyll y Diane fueron a la parte de atrás para ver que había allí

    –Solo transportan una caja. Debe ser algún artefacto o una pieza de arte –sugirió Vyll.

    –Esta cosa ha cruzado muchas fronteras –informó Diane mirando los documentos que había junto a la misma–. Sea lo que sea viene desde el Imperio Zarrahines.

    –Carajo, eso es casi al otro lado del mundo –el viejo se subió para verla mejor. Entonces vió las instrucciones y advertencias escritas en la caja–. “No sacar de la caja hasta su uso. Una vez activada por primera vez El cubo Hípercomprimido se volverá estable. Las instalaciones cuentan con: cuatro habitaciones, un baño, una sala y una cocina, así como dos habitaciones que pueden ser usadas para diferentes actividades. Este objetó fue creado por la compañía Ek-barak. Investigación y desarrollo mágico de vanguardia” –leyó Dyr en la caja–. ¿Alguien entendió algo? –miró a los dos que estaban con ellos.

    –Ni un carajo –respondió Vyll.

    –¡Es increíble! –exclamó Diane sorprendida–. Ek-bark es la compañía de investigación y desarrollo mágico más grande e importante del mundo. Ellos se encargan de desarrollar tecnologías y artilugios mágicos. Son los mejores y más avanzados. Mi tío tenía una varita hecha por ellos, era muy resistente y…

    –Vale ya entendimos –interrumpió Vyll–. ¿Sabes lo que es un Cubo Hipercomprimido?

    –Cierto…me temo que no lo sé. Debe ser una tecnología nueva –respondió ella.

    –Sea lo que sea, ahora es nuestra –sonrió Dyr–. Esta cosa dice que debe ser usado en un lugar estable y llano, sin nada que lo estorbe. Vamos a probarlo. A un par de kilómetros hay unos grandes pastizales, seguro que allí la podremos usar –bajó de la carreta.

    Minutos más tarde llegaron a ese terreno. Bajaron la caja y la abrieron. Dentro había una especie de cubo de metal y cristal, era grande, exactamente un metro cubico. A pesar de eso era bastante ligero se notaba resistente y sólido. Rufus lo colocó en el suelo.

    –Aquí dice que hay que activarlo con una cantidad de magia pequeña inyectada mediante una varita –leyó Dyr una especia de instructivo. Todos volvieron la mirada a la única maga del grupo.

    Diane se acercó y colocó su varita justo en el centro de la cara superior dejó salir un poco de su energía magica. El cubo comenzó a brillar un poco y una voz emanó de él.

    Por favor, aléjese a una distancia prudente. El cubo está calculando las dimensiones para la instalación –parecía la voz de una mujer. Los miembros del grupo se alejaron un poco. Cabe mencionar que un par de ellos parecían algo nerviosos pues bien podría ser un arma.

    El cubo comenzó a crear una silueta a su alrededor con varias luces que salían de todas sus caras. Hubo un gran destello verde el cual deslumbró a los guerreros.

    –Mierda. Esta cosa nos dejará ciegos –alegó Oss frotándose los ojos.

    –Quizás es un arma para cegar a los enemigos. Es muy efectiva –bufó Sira.

    –Oigan, miren eso –llamó Dyr, notándose impactado en su tono de voz.

    Frente a ellos había aparecido una casa de tres plantas, hecha completamente de madera. No era muy grande pero se notaba bastante linda y cálida por dentro. Eso es un Cubo Hipercomprimido, tiene la habilidad de absorber cosas muy grandes y guardarlas dentro de sí para luego desplegarlas una y otra vez en cualquier lugar y en cualquier momento.

    Maravillados por tal tecnología los siete entraron en la casa para asombrarse con su interior. Completamente amueblado y adornado, cualquiera diría que es una casa cualquiera habitada por una familia, pues lo tiene todo, podrían residir y pasar varias noches allí, de no ser porque la despensa está vacía.

    –¿Podemos pasar la noche aquí? –preguntaron todos, exceptuando a Vyll, al líder del grupo. No era que se quejaran, pero dormir en el suelo frio del bosque no era tan cómodo, y ahora tienen una casa para ellos.

    –…Vale. Pero la habitación grande es mía –respondió sonriendo.
     
  2.  
    Reydelaperdicion

    Reydelaperdicion Equipo administrativo Comentarista empedernido

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    Hola, paso a comentar el capitulo. De entrada digo que estoy desde el celular y no puedo usar el pc, asi que sera algo breve.

    Tengo que admitir que me parece curiosa la aparicion de la esclava vampira. El hecho de que Aikar la haya dejado ir me hace creer que ella regresará en un futuro y que ayudaria al santo al sentirse en deuda con el. Aunque solo el tiempo lo dira.

    Se ve que el grupo de la mano blanca es bueno para dominar combates, pero se enfrentaron a un grupo algo debil, incluso ellos mismos lo reconocieron. Imagino que a finales de temporada lucharan contra un grupo muy importante o incluso contra demonios de la horda.

    Me parece raro que el rey les haya mandado a asaltar esa carreta con el dispositivo. Es decir, mas alla de ser una casa que el grupo puede usar como base o refugio, no le veo mas utilidad para la mision de la mano blanca o el reino. Tal vez el rey haya querido que el grupo tuviera un lugar en el que vivir sin quedarse en posadas o hoteles donde podrian ser vistos por espias. Es eso o bien esa carreta solamente era un señuelo para tapar algo mas importante. Queda esperar y ver.

    Parece que todos se dan cuenta de lo de Aikar y Diane exceptuando a ellos dos XD. La tipica. Me pregunto cuanto tardaran en darse cuenta, aunque yo creo que para el final de temporada ya habran al menos reconocido los sentimientos de unosnñ con otros.

    Desde el celular no puedo marcar errores, pero he notado que en una parte pusiste "capaz" en lugar de "capas". Ademas de haber algunos errores con las tildes.

    Por ahora es todo, saludos.
     
  3.  
    Fersaw

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    Gracias por el comentario.

    No puedo adelantar nada acerca de la vampira, para no hacer spoiler. No obstane hay un detalle que no has considerado. Dyr ordenó que no hubiera sobrevivientes, y Aikar dejó ir a una.
    Si, en este cap solo se toparon con un grupo que no era rival, incluso, no era necesaria la participacion de todos los miembros de la mano. Pero tarde o temprano se enfrentaran contra enemigos de su nivel, veremos como les va entonces.
    Pronto veremos la reaccion del duque cuando se enteré que le fue robada esa carreta. ademas, has acertado en los motivos por los cuales era imperativo tener una base, si es movil, pues mucho mejor. Recordemos que el duque tiene espias por todos lados.
    La relacion entre Aikar y Diane lleva gestandose, basicamente, desde que inició la historia, su desarrollo será un misterio.
    Nos vemos en el siguiente cap.
     
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  4. Threadmarks: T: III - Capítulo XXXIX: La historia de un tiranus
     
    Fersaw

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    Temporada III – Capítulo XXXIX: La historia de un tiranus

    “Los monjes rojos tienen el permiso de los reyes y emperador para usar esclavos y con ellos experimentar. Su objetivo es desarrollar nuevas técnicas, artefactos y tecnologías que ayuden a los estados”

    05 de abril de 1750, 2da edad de Plea.

    Los días han pasado rápidamente en Plea. Nos encontramos en la nueva base de la horda bajo el mando de Grimor. Con el incesante trabajo de los tiranus, quienes siguen llegando al mundo a través del portal, este lugar ha cambiado completamente. Se han erigido empalizadas con adarves, puertas, pequeñas y modestas cabañas, así como se ha escavado la roca para crear almacenes y otro tipo de áreas. Los materiales, así como parte de la comida, son llevados hasta la cima de la montaña por los soldados que bajan a los bosques a cazar, recolectar y talar árboles. Por órdenes del general todos los recolectores deben cubrirse completamente para que no los identifiquen, y si ven humanos demasiado cerca, tienen órdenes estrictas de matarlos.

    Un salón fue construido recientemente, este alberga al mismo líder del ejército y a sus fieles escoltas y amantes. Grimor había decidido tomar una cálida ducha en su baño privado junto a sus tres hermosas escoltas.

    Gilda limpiaba la espalda de Zarina, quien estaba sentada en un banco y se mojaba con un cuenco. Grimor permanecía dentro de una enorme tina de agua junto a Kaira, quien se acurrucaba en el pecho de ese hombre mientras él le acariciaba el cabello y disfrutaba de la erótica vista de las otras dos.

    –¿Cuándo llegaran tus compañeros? –preguntó Zarina con curiosidad.

    –Deben estar cerca, quizás hoy o mañana, aunque uno de ellos demorará un poco más –respondió apaciblemente.

    –Deben ser muy poderosos para haber pertenecido a los preceptos del emperador ¿Qué tan fuertes son? –preguntó Gilda.

    –Mucho, sin embargo uno de ellos era más poderoso que yo y los otros dos. Es una pena que tuviera un terrible destino, es probable que ahora se haya debilitado. Aun así, es alguien muy inteligente y con gran experiencia, además de un gran amigo –explicó, mientras una nostálgica sonrisa aparecía en sus labios.

    –¿Podrías contarnos cómo fue que te volviste precepto? –solicitó Zarina con una gran sonrisa.

    –-No, mejor cuéntanos porque los destituyeron y los separaron –alegó Gilda.

    –Mejor háblanos de tu vida como esclavo –agregó Karina. Tal solicitud desconcertó a los demás–. Y-yo sé que no te gusta hablar de eso, pero, no pude evitar escuchar todo lo que le dijiste a Zero y, pues, quería conocer mejor tú pasado –dijo un poco apenada.

    –No suelo hablar de mi niñez –sonrió él acercándola más a él–. Pero creo que ustedes merecen saberlo, después de todo serán mis esposas. Bien, resumiré mi historia para ustedes.

    No desaprovecharían esa oportunidad de saber los secretos del pasado de su amado amo. Gilda y Zarina entraron a la tina con ellos y a se acercaron a su amante para escuchar con gran atención.

    –¿Por dónde empiezo? –sonrió mirándolas con amor.

    Relato de Grimor (pvd Grimor)

    Yo nací hace muchos años en el Estado de la Lujuria. Era el menor de cuatro hermanos. Mi padre era un miembro del sequito del rey y mi madre administraba una granja. Recuerdo que desde que mis padres siempre se opusieron a las guerras que periódicamente se suscitaban entre los reinos, incluso crearon grupos civiles y asociaciones que se manifestaban en contra del rey y las guerras. En algún momento yo y mis hermanos salíamos a la calles a repartir afiches y esas cosas, no las recuerdo bien, en aquel entonces poco podía entender de política y guerra.

    Mi infancia fue alegre, tenía a mis padres y hermanos, vivíamos en una linda granja a las afueras de la capital. Todo se destruyó en un día. Los guardias del rey llegaron a nuestro hogar y armaron un terrible desastre buscando a mi padre. Al parecer había ofendido al rey días atrás. El rey no estaba dispuesto a soportarlos constantes agravios y contradicciones de mi padre.

    Mientras los guardias destrozaban toda la granja, mi padre salió de la casa para detenerlos. Los guardias lo golpearon brutalmente hasta matarlo, luego entraron en la casa. Mi madre nos escondió a mí y a mis hermanos. Yo y mi hermana mayor nos escondimos en la despensa de la cocina, mis otros dos hermanos en una habitación.

    Mi madre trató de hablar con esos hombres y pedirles que no nos hicieran daño. De nada sirvió. Era una mujer hermosa, esos sujetos no se contuvieron y la tomaron por la fuerza. La tiraron sobre la mesa de nuestra cocina y, frente a mis ojos, la violaron una y otra vez con salvajismo. Llena de dolor y desesperación intentó atacarlos con un cuchillo. Al final la mataron también.

    Cuando todo quedó en silencio, los guardias comenzaron a buscar por toda la casa, sabían que estábamos allí. Yo estaba llorando aterrado, pero mi hermana me tapaba la boca y me abrazaba con todas sus fuerzas para que no nos oyeran. Tampoco sirvió de nada, nos encontraron y nos sacaron por la fuerza, me golpearon y a ella también. Aun con la forma en la que la trataban ella solo se preocupaba por mí, suplicando que no me lastimaran.

    Un hombre con una elegante armadura entró y les ordenó que nos capturaran, en ese momento nos declararon esclavos por ser familia de un traidor. Nos metieron a una jaula y mientras nos llevaban volví a mirar mi hogar, estaba ardiendo en llamas. Y mis hermanos aún estaban dentro. Jamás los volví a ver o a saber de ellos. Las cosas solo empeorarían a partir de ese día.

    Fuimos llevados a un gran castillo para servir como esclavos. Éramos propiedad del hermano del rey, quien era un general. Vivíamos como animales, todas las noches las pasábamos encerrados en un calabozo, y por las mañanas salíamos a trabajar todo el día, apenas nos daban de comer y beber. Teníamos que bañarnos en uno de los patios del castillo, frente a todo el mundo. Como animales.

    Mi hermosa hermana, Grimla, quien era doce años mayor que yo, y por aquel entonces tenía dieciocho años, heredó la belleza de mi madre. Todos los días debía soportar los insultos, maltratos y manoseos de los hombres. Nunca se quejó, nunca se desesperó, siempre tenía la frente en alto.

    Por las noches yo lloraba de miedo y dolor por el maltrato. No dejaba de llamar a mi madre, después de todo solo era un niño de seis años. Grimla, con un amor sin igual, me abrazaba y me recostaba sobre su regazo para consolarme, acariciaba mi cabello mientras me decía que todo estaría bien, que pronto seriamos libres y volveríamos a casa. Me dormía en sus amorosos brazos, para despertar y ver su bello rostro sonreírme y besar mi frente.

    Pocos meses después el general se fijó en Grimla de otra forma. Una noche los guardias llegaron a nuestra celda y la sacaron por la fuerza. Yo traté de detenerlos e impedirlo, solo me llevé golpes por eso. Mi hermana me dijo que todo estaría bien, que debía hacer unas labores que se había olvidado, que durmiera y que por la mañana estaría conmigo otra vez. No pude dormir esa noche sin ella.

    Cuando regresó sus brazos tenía moratones y arañazos, sus ojos estaba llenos de lágrimas, su ropa desgarrada y sus piernas temblaban, así como había sangre entre ellas. Traté de preguntarle que le habían hecho, ella solo se acercó a mí y me abrazo temblando, me dijo que yo era todo lo que tenía ahora y que por mi haría lo que fuera. Yo no entendía que pasó ni de que hablaba. Era más que obvio, el general la había violado, arrebatándole su castidad de forma violenta, la había amenazado con venderme si no accedía.

    Solo fue el comienzo de cuatro largos años de infierno para ella y para mí. Hasta que una noche, como ya se había vuelto costumbre, ella fue llevada a los aposentos de ese sujeto. Esa noche fue diferente, yo lo presentía, traté de dormir pensando que ella estaría conmigo al despertar como había sido hasta entonces. Sin embargo, sentía un agudo dolor en mi pecho que no me dejó dormir hasta que llegó el amanecer y esperar verla regresar. Jamás volví a ver a Grimla. Ese mismo día me vendieron y me sacaron del castillo entre gritos llamando a mi hermana.

    Años después descubriría lo que pasó esa noche. El general, quien era un alcohólico sin remedio, había abusado de ella como de costumbre, pero al final intentó marcarla en la espalda con su espada al rojo vivo. Ella, aterrada, se defendió arañando la cara del general, quien en un estallido de ira la ahorco hasta matarla.

    A los diez años fui vendido a un grupo de monjes rojos en el Estado Imperial. Llegue a pensar que por fin podría dejar atrás ese infierno y que podría comenzar a tener una mejor vida al volverme monje. Me equivoque terriblemente. No llegué a ese templo como un aprendiz, llegué como un esclavo, o lo que es igual para ellos, un conejillo de indias.

    Los monjes rojos llevan a cabo investigaciones y experimentación mágica para el desarrollo de técnicas y tecnologías. Todas las noches en ese lugar eran aterradoras. Nos encerraban en habitaciones con una cama y una pequeña ventana, era un poco mejor que el calabozo donde residía antes. Pero dormir se volvía imposible. Los demás esclavos gritaban y gritaban suplicando que los liberaran, o que los mataran, otros lloraban desgarradoramente, y otros simplemente caían en los brazos de la locura golpeándose a sí mismos contra las puertas y las paredes, se reían o solo decían cosas incoherentes. Una sola noche en ese lugar te marcaba para toda la vida.

    Recuerdo que a veces teníamos que limpiar las instalaciones, allí conocí a dos personas, un hombre algo mayor que no tenía ojos y una niña de mi edad, esclavos también con quien hicimos amistad, diría que esa niña fue mi mejor amiga. Aquel hombre nos narraba todas las aberraciones y monstruosidades que allí hacían. Pero yo y ella nos negábamos a crecerlo. Hasta que lo vimos.

    Estábamos limpiando una habitación un día. Esta tenía una ventana que nos permitía ver la habitación contigua. Un grupo de monjes entraron arrastrando a un hombre que se removía y gritaba con desesperación. Lo recostaron en una cama y lo ataron de pies y manos, además de amordazarlo. Comenzaron a cortarle los brazos con una sierra y luego cauterizaron los muñones. Jamás temblé con tanto miedo como ese día, la niña estaba tan asustada que se orinó encima, y estoy seguro que yo también lo hice, pero si hacíamos el menor ruido sabrían que estábamos mirando y eso no les gustaría. Luego que le amputaron los miembros comenzaron a inyectarle muchas cosas y dibujar sellos en su piel. Los huesos comenzaron a crecer desgarrando los muñones y haciendo la sangre manchar las túnicas rojas de los monjes quienes permanecían tranquilos y apacibles, una frialdad sin igual. Querían encontrar un tratamiento que sirviera para regenerar miembros perdidos. Pero ese no fue más que un grotesco fracaso, solo regeneraron los huesos, sin carne, sin piel y creando heridas que no dejaban de sangrar. Aquel sujeto murió en un par de minutos.

    Entendí que había bajado a un lugar peor que el infierno. Todos los días vivíamos con un temor pensando que en cualquier momento nos llevarían a una de esas habitaciones para hacernos alguna brutalidad. Tuve una gran suerte, pues me eligieron para un proyecto diferente, y los primeros pasos eran fortalecer mi cuerpo y mejorar mi resistencia, de manera que me salvé de las torturas por un par de años. El viejo hombre que no tenía ojos, porque se los habían quitado, murió durante ese tiempo, se suicidó en su habitación cortándose las venas con un cristal roto. La pobre niña tuvo un destino peor, fue víctima de varios experimentos que destrozaron su pequeño cuerpo, además de abusos, ella misma terminaría con su vida arrojándose de la torre más alta.

    A los doce años era mi turno para sufrir. Mi fuerza física y mi resistencia habían mejorado debido a entrenamiento y una dieta apropiada. El proyecto para el que prepararon a mí y a otros nueve candidatos era muy visionario. Querían desarrollar un ritual que permitiera quitar una habilidad a una persona y dársela a otro. Así es, yo nací sin habilidades mágicas, Intangible y Ojo del vórtice, no nací con ellas como es lo normal.

    Era un ritual complejo. Y los primeros intentos tuvieron terribles resultados. Los primero tres se prendieron en fuego durante el ritual, los siguientes tres sus huesos se destrozaron hasta morir por múltiples laceraciones, los siguientes dos sobrevivieron al ritual, pero murieron a los pocos días por enfermedades en la sangre. Entonces llegó mi turno. A decir verdad ya me había resignado a morir, así que solo rogaba por no sufrir tanto. El ritual se hizo conmigo. Lo primero que sentí fueron miles de agujas ardiendo se me clavaron mi piel. Algunos de mis huesos se rompieron, vomité y defeque sangre por una semana. Sin embargo, al octavo día todo el dolor y la debilidad desaparecieron. Mi cuerpo volvió a la normalidad y había adquirido una habilidad mágica, intangible. El ritual había sido un excito. Me entrenaron solo un poco para asegurarse que funcionaba.

    A los catorce años volvieron a usarme para el mismo ritual, esta vez querían implantarme la habilidad única de soldado que había muerto hace poco. Esa habilidad era El ojo del vórtice. Esa habilidad era única, de manera que solo ese soldado la tenía y si moría, al no tener hijos, la habilidad se perdería. Así que me usaron como recipiente para guardarla, y a la vez, probar que era posible que una sola persona tuviera dos habilidades. Una vez más fue un éxito y esta vez con menos daños en mi cuerpo pues habían perfeccionado el ritual.

    Una guerrera muy influyente, quien también formó parte de los cuatro preceptos se fijó en mí y mis habilidades. Me compró y luego me liberó del estatus de esclavo, bajo la condición que fuera su discípulo. Esa mujer era una sever y se llamaba Zynia, la abuela materna de Zila. En ella encontré consuelo, paciencia, cariño, felicidad y compresión que no conocía desde que perdí a mi hermana. Escuchó mi historia y todo lo que había sufrido, se apiadó de mí, me cuidó, me ayudó a superar mis traumas. Muchas noches lloré en sus brazos, ella nunca se quejó y tuvo la paciencia para ayudarme. Me entrenó por años y formamos un vínculo especial. Sin saberlo, me enamoré de esa mujer.

    Era la primera vez que tenía ese sentimiento de amar a alguien de esa forma. Pero jamás estaría conmigo, era mayor que yo. Sabía que no tenía oportunidad de estar a su lado como amenté, igual me conformaba por poder estar a su lado como amigo y aprender todo lo que me ofrecía. Un día ella dejó a los preceptos para casarse con un noble del Estado de la Ira. Yo me quedé en la capital como miembro de la guardia imperial, un puesto que ella me había conseguido.

    Se casó y al poco tiempo tuvo a una hija que nombró Lizna. Se mudó al Estado de la Ira, muy lejos del estado imperial, un par de veces al año podía visitarla, pero a su marido eso no le gustaba. No vi a Zynia en mucho tiempo, tiempo en el cual me ascendieron a precepto del rencor. Título que me dio el emperador mismo pues dictaminó que mi rencor guiaría mis acciones futuras, para bien o para mal.

    Volví a ver a Zynia Hasta el día de su muerte. Sucumbió ante una de las plagas que golpeó con fuerza los estados del sur de Hollgom, la fiebre roja me arrebató a mí amada mentora. Allí conocí a Lizna, una hermosa sever que heredó la belleza de su madre. Ella tenía dieciséis años, y yo me enamoré perdidamente. Aun siendo un precepto del emperador la visitaba ocasionalmente, también conocí en ese tiempo a Zero quien me veía como un ejemplo a seguir.

    Los preceptos éramos las armas más poderosas del emperador, allí a donde fuéramos teníamos la única misión de acabar con todos nuestros enemigos, lo cual casi siempre era intervenir en guerras civiles y levamientos armados. Algunos años más tarde hubo una gran guerra en el estado de la lujuria, el lugar donde nací, una guerra civil que se salió de control.

    Yo y los otros preceptos fuimos enviados para controlar las cosas. Tardamos algunos meses en entender que ocurría. Era el rey y su hermano quienes estaban causando todo, habían abusado demasiado de la clase trabajadora y comenzaron a matarlos sin piedad en la calles de las ciudades. El mismo rey que asesinó a mis padres, y su hermano era el general quien asesino a mi hermana. No pude evitarlo, tenía que vengarme, aun cuando habían pasado treinta años. Usando mi habilidad con las palabras logré convencer a mis compañeros de seguirme, explicándoles lo que me hicieron a mí y a mi familia. Los tres, incluido el líder, amigo y mentor, aceptaron.

    En una tarde ellos me dejaron entrar solo al castillo donde se escondían el rey y toda su familia. Sobre ellos volqué todo mi rencor acumulado. Masacre al rey y a sus hijos, a su esposa la violé frente a él. Luego torturé toda la noche a ese general, a su hijo y a su esposa también. Todo el rencor de una vida de sufrimiento fue liberado esa noche sobre los causantes de mi sufrimiento. Al amanecer destruí el castillo y asesiné a todos los guardias. El precepto del caos me miraba con devoción y asombro, La precepto de la venganza, me miraba con temor, pero también con deseo, y el líder, El precepto del orgullo, me miraba con una enorme sonrisa propia del orgullo.

    Cuando dimos el reporte al emperador manipulamos toda la información para culpar al rey, argumentando que fue una trampa para matarnos a nosotros y poder invadir el estado imperial. Al emperador no se le puede engañar. Nos acusó de traidores, y estuvimos a punto de ser ejecutado. Pero fue el líder quien logró convencer al emperador de perdonarnos. Lo logró, pero teníamos que pagar. El castigo fue destituirnos y prohibirnos volver a vernos jamás. Yo fui enviado como general al Estado de la Ira, La Precepto de la Venganza fue enviada como miembro del sequito del rey del Estado de la Gula, El Precepto del Caos fue enviado como general al estado de la Pereza. Finalmente nuestro líder fue condenado a veinte años en la Prisión Volcán Negro, la peor prisión de todo Hollgom.

    La última noche que nos vimos yo les hice saber que estaba en desacuerdo con la forma de gobernar de todos los reyes e incluso del emperador, y, que si me fuera posible, yo crearía mi propio reino donde todos los tiranus pudieran vivir tranquilamente y donde no existiría la esclavitud. Dos de ellos me dijeron que si lo hacía no dudara en llamarlos para unirse, aunque era obvio que lo dijeron a manera de broma. No obstante nuestro líder solo me miró y me dijo “Si alguien es capaz de hacer algo así, ese eres tú, Grimor del Rencor” Desde aquel día no los he vuelto a ver. Pero pronto estarán aquí.

    Al llegar al estado de la Ira, pensé que tendría la fortuna de volver a ver a Lizna. Lo primero que me enteré es que se había casado con mi nuevo discípulo, Zero, un capitán en aquel entonces. Mi rencor se volvió amargura, no tenía nada, no tenía a nadie. Me encerré en mi nuevo castillo asqueado de la vida, de los reyes y el emperador. Como general fui testigo de cientos y cientos de injusticias, viendo a más familias ser destruidas por los abusos del gobierno, y vi a muchos jóvenes prometedores morir en guerras innecesarias, además de la crueldad y la impunidad con la que los esclavos eran tratados.

    Mi vida no ha sido nada agradable, la poca felicidad que he conseguido desaparece rápidamente. Pero aquí estoy a mis sesenta y ocho años de edad listo para cumplir mi sueño y forjar el reino perfecto, donde todos puedan vivir en paz y tranquilidad disfrutando de la prosperidad, sin guerras, sin opresión y sobre todo, sin esclavitud para los tiranus y quizás, con el tiempo, la prohibiré para todas las razas inferiores también.

    Fin del relato de Grimor

    Al terminar de hablar sus tres amantes estaban aferradas a él sollozando, mientras él con una muy nostálgica sonrisa les había resumido la historia trágica y dura de su vida.

    –Es horrible, e-es horrible todo lo que tuviste que soportar –sollozaba Zarina abrazándolo y recostada en su pecho.

    –Debes de ser la persona más fuerte que existe. ¿Nunca intentaste suicidarte? –preguntó Gilda con la voz quebrada mientras secaba sus lágrimas.

    –Cuando estuve cautivo por los monjes rojos, lo pensé muchas veces, e incluso estuve a punto de hacerlo. Pensaba en cortarme las venas y terminar con todo. Pero no sabía que había ocurrido con mi hermana, aún tenía el sueño de volver a verla, eso me mantuvo con vida –respondió con un leve sonrisa que ocultaba el dolor aun existente. Al tiempo que acariciaba el cabello de Gilda.

    –¿Eso nos hubiera pasado a nosotras? –Musitó Kaira aferrada al brazo de su amante–. Nos salvaste de ese horrible infierno. Jamás podríamos agradecerte lo que hiciste por nosotras.

    –Aun siendo esclavas, nunca sufrimos tanto como tú –agregó Zarina acariciando el pecho de Grimor–. Dudo que alguien conozca mejor el sufrimiento que tú.

    –Aun así, puedo contar también que no desconozco la felicidad –sonrió con amor abrazándolas a las tres–. Recuerdo una mañana de verano en el mercado de la capital de la Ira hace unos veintidós años. Ese día conocí a tres pequeñas niñas y las salvé de un monje rojo. Atesoro ese día como el principio de mi mayor felicidad, la cual ha estado conmigo hasta el día de hoy.

    Flash back (22 años atrás. Capital del Estado de la Ira)

    Era una fresca mañana en la ciudad. Aquel día Grimor, general de una de las legiones, decidió ir al mercado de la ciudad para comprar libros. Como era costumbre deambulaba solo, aun siendo un alto miembro del ejército nunca había usado guardaespaldas o asistentes. Miraba a todos con una seriedad que intimidaba.

    Fue pues que llegó a la plaza central, donde cierto mercader estaba ofreciendo sus mejores productos, esclavos. Pasó por allí mirando con gran despreció a ese horrible Malaquí que vendía a personas como animales.

    –Asqueroso esclavista. –musitó gruñendo. No le prestó más atención y pretendía seguir su camino. Al fin y al cabo, por perverso que parezca, aquel hombre no estaba haciendo nada ilegal, era un comercio fidedigno en todos los estados.

    –¡Vamos, vamos acérquense, es la hora de vender los más exóticos y únicos productos que tengo! –entonces quitó una tela que cubría una de las jaulas–. ¡Miren esto y ofrezcan todo lo que tienen!

    Tres niñas había allí. Dos de ellas tenía ocho años, mientras que la tercera siete, tres pequeñas tiranus. Una de ellas tenía un lindo y corto cabello azul, otra tenía el cabello oscuro y largo, mientras que la tercera tenía el cabello carmesí y corto. Eran Gilda, Zarina y Kaira respectivamente. La menor, que es Gilda, se aferraba a Kaira mientras lloraba, mientras que ella solo trataba de consolarla, sin siquiera poder esconder su propio miedo. Zarina miraba a esa gente con lágrimas en los ojos tratando de no llorar.

    –¡Estas tres linduras nacieron en el Estado de la Envidia. Hijas de esclavos, fueron vendidas al nacer y han pasado por varios mercaderes hasta llegar aquí, os aseguro que las tres aún son puras! –anunció con una sonrisa asquerosa y perversa.

    –H-hermanita, ¿Qué significa eso de que somos puras? –preguntó la pequeña Gilda aterrada aferrándose a ella aún más–. Tengo mucho miedo, no quiero estar aquí.

    –Tranquila, Gilda. N-no te preocupes, todo estará bien, quizás nuestro nuevo amo sea, sea un buen hombre –trató de consolarla, pero no podía ocultar su propio temor–. ¿Verdad, Zarina?

    Ella no respondió, trataba con todas sus fuerzas de no mostrar su miedo, pero sus ojos húmedos y el temblor de sus piernas la delataban.

    Desde la distancia Grimor miró impactado a las tres pequeñas. Trajo a su mente tantos recuerdos de su vida como esclavo, sintió un gran nudo en la garganta al escuchar llorar a Gilda. La forma en la que Kaira la abrazaba recordaba tanto a su amada hermana mayor, y la apariencia de Zarina le recordaba a su amiga que se suicidó en el templo de los monjes rojos.

    –S-son solo niñas –musitó apretando los dientes–. Son solo unas niñas. ¿Cómo pueden hablar así de unas niñas? ¿Qué clase de monstruo se interesaría en su pureza?

    En eso los ojos del general se fijaron en un monje rojo que se acercaba al mercader. No permitiría algo así.

    –Le ofrezco 90 piezas de plata, por las tres –ofreció el monje tranquilamente, mirando con perversidad a las chiquillas. Zarina se asustó tanto que se acercó a las otras dos abrazándolas también.

    –¡90 piezas de plata, otra oferta! –preguntaba el mercader cual si fuera una subasta.

    La gente comenzó a ofrecer cantidades más y más altas cada vez. El monje no se daría por vencido tan fácil así que lanzó su mejor oferta.

    –300 piezas de plata por las tres –ofreció seguro de que nadie lo igualaría. Nadie más habló, y al final el mercader estuvo a punto de finalizar la subasta–. Son mías –aseguro sonriendo el monje.

    Pero la gente se había callado por que vieron al temido general Grimor acercarse. Para que este pasara todos se hicieron a un lado. Grimor llegó al frente y con su amenazadora presencia miró al mercader.

    –100 piezas –dijo con seriedad–. De oro.

    Todos se impactaron ante algo así, una sola pieza de oro equivale a cincuenta de plata. Nadie de los allí presentes podía competir con esa oferta y el mercader encantado aceptó. Minutos después las tres niñas fueron sacadas de la jaula y entregadas al general. Las pequeñas se acercaron a ese norme e intimidante hombre mientras el mercader contaba el dinero pagado por Grimor.

    Las niñas miraban el general, quien apenas les prestaba atención, hasta que Gilda jalo su capa para que las mirara.

    –¿U-usted es nuestro amo? –preguntó con una tierna e infantil voz que titubeaba.

    –Obviamente –arqueo la ceja. Con su serio semblante. El cual solo intimidó a Gilda, quien se escondió detrás de Kaira.

    –U-usted es un bueno ¿verdad? –preguntó Kaira temblando y con un nudo en la garganta. Grimor no les prestó importancia.

    –Fue un gran placer hacer negocios con usted, señor –dijo el mercader más que contento por su venta–. ¿Desea que les ponga collares o que las marque con sus iniciales? –al escuchar tal barbaridad las niñas se escondieron detrás de Grimor.

    Grimor miró con furia a ese sujeto, estaba a nada de matarlo. Pero no debía, igual no se quedaría de brazos cruzados.

    –Usted hace eso, y yo le rompo el cuello. Es más, creo que sería bueno para su salud que no regrese a esta ciudad nunca más. Ahora lárguese.

    El mercader cohibido salió rápidamente de ese lugar. Grimor suspiró para relajarse un poco. Volvió la mirada a las niñas que se escondían detrás de su capa. Vaya que eran muy tiernas y lindas, sus cabellos de diferentes colores como sus grandes y brillantes ojos conmovieron el frio corazón de Grimor casi al instante.

    –Supongo que las llevaré a casa –se rascó la cabeza pensando para que las querría. Ralamente las había comprado solo para joder al monje rojo–. Síganme –ordenó y las guió hasta su hogar.

    –D-disculpe, amo. Pero es que estamos cansadas, no hemos comido desde ayer –dijo con vergüenza Zarina.

    –Mi castillo está muy lejos, ¿cómo pretenden llegar? –dijo, tratando lo más posible de suavizar su voz.

    Las tres agacharon sus miradas con vergüenza y pena. Grimor rodó los ojos, en parte porque no entendía porque había vuelto tan suave de la nada. Se acercó a ellas y se arrodilló frente a ellas.

    –Tu, y tú, suban a mis hombros y agárrense de mis cuernos –les ordenó a Kaira y a Zarina.

    Las niñas se extrañaron por eso, pero igual lo hicieron. Se sentaron en los hombros de Grimor aferrándose de sus cuernos. Luego tomó a Gilda, quien era más pequeña de tamaño, cargándola con delicadeza bajo su brazo. Y fue así como las llevaría hasta su castillo.

    –¡Vaya, u-usted es muy fuerte! –dijo Gilda sonriendo y riendo un poco.

    –Y muy alto, también –rio Kaira–. Por cierto mi nombre es Kaira, ella es Zarina y ella es Gilda. No somos hermanas realmente, pero no conocemos desde siempre.

    –¿Usted cómo se llama, amo? –preguntó Zarina.

    –Me llamo Grimor –respondió. Entonces no pudo evitar sonreír un poco por sus tiernas risas.

    Solo el tiempo revelaría lo mucho que esas niñas le cambiaron la vida al amargado y solitario general.

    Fin del Flash back
     
    Última edición: 18 Enero 2019 a las 8:33 AM
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