Rima y Lunn.

Tema en 'Historias Abandonadas Originales' iniciado por Sephiroty, 12 Julio 2007.

  1.  
    Sephiroty

    Sephiroty Guest

    Título:
    Rima y Lunn.
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    1388
    Rima y Lunn.

    Les dejo la siguiente historia, que se me ocurrió ayer en la laguna, mientras leía documentación, para el libro que algún día escribiré. Es una pequeña dosis, para ese vicio mío llamado escribir.

    Está en fase de borrador, toda crítica es bienvenida. Ya veré si continúo con el segundo capítulo. Gracias.

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    <!--coloro:#A0522D--><!--/coloro-->Rima y Lunn.
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    <!--sizeo:5--><!--/sizeo-->Primer Momento.<!--sizec--><!--/sizec-->
    “Un ser le dijo a otro.”


    <!--coloro:#333333--><!--/coloro-->En el finito universo, digno de los más excéntricos pasatiempos, plagado de otros comunes, y lleno de vanidad, la suerte y casualidad van de la mano en muy contadas ocasiones. El siguiente relato, es un ejemplo de lo antes mencionado. La señorita Rima, corría entusiasmada en las enormes colinas de arena, luciendo su magnifico vestido de mil colores, ya manchado por el lugar, con algunas partes limpias que profanaban el momento. La construcción abandonada de la antigua catedral, que jamás llegó a ver la luz del día, era de sus pocos lugares especiales, ya que contaba con todo lo necesario, para que una chica de diecisiete años como ella, pudiera transformar su triste rostro, en otro nuevo con felicidad plena. Le encantaba tomar grandes cantidades de arena, más de las que sus pequeñas manos a simple vista, eran capaces de contener, y vaciarlas a través de su hermoso cabello morado, y llenar su cara de ella, de adelante hacia atrás, hasta llegar a su maravilloso cuerno. Lo mejor de todo es que podía hacerlo tantas veces como quisiera, recibiendo de esa manera su ración diaria de alegría.
    Cuando hubo llegado a las paredes demolidas, encontró entre los escombros, lo que parecía ser una vieja lámpara de aceite, y la señorita Rima pensó que probablemente sus poderes irían más allá que los de cualquier linterna común, pudiendo desprender fuera de si, un enorme genio azul, el cual estaría encantado de concederle todos sus deseos. La curiosidad no pudo soportar, y enseguida la frotó, como los cuentos de su librería indicaban.
    —¡Con que te has hecho de mi lámpara! —Se escuchó muy cerca Lunn el albino, rompiendo con la armonía del silencio.
    La señorita Rima pegó un grito estrepitoso, pero más que de susto, lucía de emoción, y giró su cabeza hacia el sitio en donde provenía la fantástica voz de Lunn. Al verlo, se dio cuenta que el famoso dicho «El león no es como lo pintan» era verdadero.
    —¡Tú eres mi genio, no puedo creer que me haya sucedido! —Exclamó la señorita Rima, llevándose sus manos a la boca.
    —¿Qué si yo soy tu genio? —Miró a todas partes, como esperando encontrar a alguien más— ¿te estás burlando de mí, porqué soy un idiota?
    Lunn tan sólo tenía el título de miserable vagabundo, y hasta ese día en su corta vida, jamás tuvo la oportunidad de escuchar lo que son esos fabulosos seres llamados genios, que intervienen en los cuentos infantiles.
    La señorita Rima, desconcertada ante la pregunta del singular genio, respondió.
    —¿Se trata de un chiste? Lo siento, siempre he sido muy tonta para entenderlos ¡pero seguro que fue muy bueno!
    Se miraron uno al otro sin hacer uso de la palabra. La señorita Rima no dejaba de observar el cabello blanco de Lunn, estaba maravillada de algo, donde los demás encontraban terror.
    —Mi nombre es Lunn, ¿y el tuyo?
    Tras dudarlo, respondió.
    —Tampoco, el mío es diferente, me llamo Rima Duney, aunque todos me dicen señorita Rima.
    —¡Grandioso! Pero señorita Rima es muy largo, si nos volvemos a ver, creo que te llamaré tan sólo señorita.
    —¡Por su puesto que nos volveremos a ver, tienes una obligación conmigo! No olvides que fui yo la que te encontró bajo las piedras.
    —¡Fue a mi lámpara, no a mí! —Exclamó, haciendo un extraño ademán.
    —¿Qué no es lo mismo?
    Lunn se dio cuenta, que la señorita Rima, era una verdadera genio, en lo que a intelecto se refiere, por lo que no quería entrar en debate con ella, aún de no serlo, él no disponía de algo que agregar, y prefirió darle la razón. Por su parte, la señorita Rima, seguía entusiasmada, por su gran hallazgo.
    —Vamos, no seas genio malo ¿verdad que me concederás, aunque sea la mitad de medio deseo? —Suplicó— no quiero ser caprichosa, pero la alegría me gana.
    Lunn imaginó que la palabra deseo, vendría siendo sinónimo de ayuda, y acepto encantado.
    —¡Haré lo que pueda por ayudarte! Eres la primera que confía en mis capacidades.
    —¡Muchas gracias genio! Por ahora no sé qué pedir, supongo que esto no se repite dos veces en la vida, así que me toca meditarlo muy bien, antes de cometer mis acostumbradas bobadas. Mejor vuelve a la lámpara, en lo que se me ocurre algo.
    La señorita Rima, extendió su brazo invitando a Lunn a entrar en la lámpara. Él no precisaba en absoluto, lo que ella trataba de hacerle entender y temía hacer el ridículo, después de todo, era la única persona que no sólo no lo había discriminado por su aspecto, sino que también le consideraba un genio. Y elevando la voz, para cambiar el tema, dijo.
    —A mí me gusta esconder objetos a lo largo de Yuminaria.
    —¡Eso debe ser muy divertido! —Bajó el brazo apenada, y continuó— fui muy descortés al pedirte lo anterior, puedes quedarte fuera todo el tiempo que quieras.
    Lunn asintió con la cabeza.
    —Estás limpia de allí, —dijo Lunn señalando el hombro izquierdo de la señorita Rima— ¿Puedo?
    —¡Adelante! Sería muy curioso que alguien lo hiciera por mí — contestó.
    Y Lunn cubrió de tierra el hombro de la señorita Rima, para completar a la perfección la figura de arena de aquella chica, donde exclusivamente sobresalía el brillante cuerno.
    —¡Fantástico, ahora si soy una muñeca de nieve!
    —¿De nieve?
    —Sí.
    —Bueno… no me has dicho que te gusta, sin embargo yo si.
    —¡Que llueva, y eso hago! —Se le iluminaron los ojos después de escuchar sus propias palabras, para completar la más bella de las expresiones.
    —¡No sabía que podías hacer semejante cosa! —Dijo Lunn, sonriendo y mirando al cielo.
    —En realidad no puedo, y me da mucho coraje, aunque a veces siento como si cada gota de lluvia descendiera por anhelo mío.
    Con el sol sobre el horizonte, ya sea por la fuerza impetuosa de la señorita Rima o no, caía la llovizna blandamente a partir de su deseo vehemente, al ritmo de los impulsos. La estatua de arena antes formada, se desvanecía con sutileza, creando alrededor de sí, abundante mezcla de agua y tierra.
    —¡Llueve, llueve, llueve! —Exclamó la señorita Rima, dejando que el agua la acariciara.
    —¿Lo has hecho tú verdad? —Preguntó Lunn sorprendido.
    —Ojalá.
    —El siguiente dicho de mi boca jamás ha salido ¡pero la gente común suele decirlo! La diferencia más notable, es que yo lo digo sin hipocresía; fue todo un placer conocerte, de verdad, pero creo que será mejor que me marche —se despidió Lunn, con la mirada caída.
    Y la señorita Rima enseguida lo miró.
    —¿Con irte te refieres a volver dentro de la lámpara?
    —Con irme me refiero a evitar enfermarme a causa de la tormenta —Y dio media vuelta.
    Cerciorándose de seguir conservando la linterna, la señorita Rima se lanzó a Lunn, sujetándolo de su vieja camisa para que no se fuera.
    —¡No puedes marcharte, no me hagas odiar la lluvia! Si a tu lámpara no quieres entrar, puedes venir conmigo a mi casa.
    Bajo la delicada lluvia, la sonrisa de Lunn sólo podía significar un sí.
     

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