Fantasía Reina Madre [Concurso: "¿Recuerdas cuando...?"]

Tema en 'Relatos' iniciado por Nao Sharp, 1 Septiembre 2021.

  1.  
    Nao Sharp

    Nao Sharp Entusiasta AlgodónDeAzúcar

    Aries
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    Escritora
    Título:
    Reina Madre [Concurso: "¿Recuerdas cuando...?"]
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    1908

    Reina Madre


    La última bomba hizo el silencio en los oídos de la Reina Saiko, quien perdió la conexión con su cuerpo. El dolor de la enfermedad que la estaba matando se había calmado, por fin. Pudo intuir destellos, un tenue grito seguido de otro silencio que la guió hasta la total oscuridad. Se encontró en la nada, un lugar desconocido que, lejos de hacerla sentir intranquila, irradiaba calma. No dudó ni por un segundo que había muerto. Si a algo lo llamaban descansar en paz, debía ser eso.

    Perdió la noción del tiempo y de todo lo que había vivido, hasta que sintió como una niña la llamaba, una niña cuya voz no podía olvidar.
    —Mamá, ¡mamá!
    Saiko sintió de nuevo su cuerpo, a la par que su hija le tiraba del brazo.
    —Vamos, ¡levanta! —suplicaba la niña—. Hoy vendrá Sergio de visita.
    Abrió los ojos, muy confusa al sentir de nuevo la luz entrando en sus retinas. Sin decir nada miró a la niña. No pudo evitar sonreír con ternura al ver a su pequeña hija, Mei, de nuevo tan pequeña e inocente. Su último recuerdo de ella era el de una joven reina que nunca llegó a subir a su trono, luchando en primera línea de guerra, ensangrentada, contra un enemigo al que no podía superar.
    —Muy bien, ya voy —respondió Saiko con voz ronca, sorprendida al escucharse a si misma de nuevo.
    Se levantó y se pudo observar en el espejo, mucho más joven de lo que se había visto por última vez. Además estaba sana, un sentimiento que no recordaba tras tantos años de enfermedad.
    —Mamá, vamos a desayunar —dijo su hija sacándola de sus pensamientos.
    Asintió y la acompañó a través del palacio. Era un lugar luminoso, lleno de reflejos provocados por los cristales de colores que componían las paredes. Sin embargo, para Saiko era extraño verlo así, pues durante la guerra el palacio se había ido apagando a la par que se recrudecía el conflicto. En el comedor las esperaba su marido, el Rey Kazahaya, que jugaba alegremente con su pequeño hijo Botan.
    —Buenos días, cariño —le dijo el hombre con una sonrisa—. Estás preciosa hoy.
    Ella simplemente le respondió con una sonrisa antes de sentarse a la mesa. Saiko no podía evitar sonreír, pues podía ver de nuevo la alegría y la juventud en el rostro de su marido, quién se había visto asaltado por la guerra y la enfermedad que ella padecía. Estaba arrepentida de haberlo nombrado regente ante la minoría de edad de Mei, pues todo el peso que cargaba le había destruido la mente. Botan interrumpió sus dilemas al tirarle del fino yukata que usaba para dormir. Era un niño de a penas dos años, algo regordete y con unos grandes ojos grisáceos.
    —Mamá, ¡aúpa! —suplicaba con una expresión tristona.
    —Claro, amor mío.
    Saiko sentó al niño en su regazo mientras atrapaba con los palillos un pedazo de salmón. Botan se entretenía alegremente con una servilleta ante la atenta mirada de su madre, quién sintió encogerse su corazón al recordar todo el sufrimiento de su hijo pequeño durante la guerra. Se había convertido en una persona solitaria que a penas hablaba con nadie más que sus hermanas, las cuales pasaban más tiempo en el campo de batalla que en su hogar. Eso la hizo pensar en su otra hija, Sakura, la pequeña que había adoptado poco después de casarse.
    —Kaya —habló para llamar la atención de su marido—, ¿y nuestra hija mayor?
    —¿Sakura? —preguntó el rey, confuso—. Ha ido a buscar a nuestros invitados, como tú le pediste.
    —Ah, vale.
    —¿Estás bien? —Kazahaya la miró con el ceño fruncido—. Nunca olvidas ese tipo de cosas.
    —Sí, todo bien —respondió la reina aparentemente segura de si misma, aunque en verdad no sabía exactamente que día de su vida estaba viviendo ni que debía hacer o saber.

    Terminó de desayunar en silencio y volvió a su habitación, donde las chicas del servicio la vistieron con un elegante kimono. Si algo le había quedado claro era que una familia real vecina iría a visitarlos ese mismo día. Caminó hacia la sala del trono, disfrutando de todos los recuerdos hermosos que había creído olvidar. La infancia de sus hijos, el amor de su marido, la salud y, especialmente, la paz. Ocupó su trono mientras dejaba que las luces de las inmensas cristaleras bañaran su rostro. Perdió la noción del tiempo allí sentada, como si el palacio se hubiera detenido para ella.

    Atardecía cuando se escuchó una fuerte llamada en la puerta, que se abrió un par de segundos después. Saiko pudo ver el hermoso rostro de Sakura, vestida con su uniforme militar. Se sintió algo asustada al verlo, pero recordó que desde los 14 años, su hija mayor no se había quitado jamás el uniforme. Caminaron una hacia la otra, como si no se hubieran visto en años. O eso era lo que sentía Saiko, pues Sakura simplemente hizo una pequeña reverencia cuando ambas estuvieron lo suficientemente cerca.
    —Madre, los invitados han llegado.
    La reina se detuvo cuando su hija lo hizo y la observó de arriba a abajo. La joven mujer no había sufrido aún ninguna de las amputaciones de las que fue víctima durante la guerra y que la habían dejado con la mitad del cuerpo de quita y pon. Para Saiko era ya una gran alegría verla sana y tranquila, a pesar de la seriedad natural de su hija.
    —Si me disculpan, iré a mis aposentos a descansar —añadió Sakura mientras hacía una reverencia a su madre y luego otra a los invitados.
    Cuando ella se fue, la reina pudo ver a las tres personas que se hallaban ante ella: la familia real de Brionia.
    —Bienvenidos —les dijo con una sonrisa—. Estáis en vuestra casa. Pediré al servicio que lleven el equipaje a vuestros aposentos.
    —No hará falta —la interrumpió Anaís, reina de Brionia.
    La mujer de dulce voz hizo un gesto con la mano tras el que se movieron el Rey Regio y Sergio, su hijo, llevando las maletas fuera de la habitación. Saiko observó extrañada la escena, para después mirar con confusión a su amiga.
    —Sentí tú presencia —le explico ella—. Supongo que te has dado cuenta de que estamos en la tierra de los espíritus, aquella que tú me prometiste antes de mi muerte.
    Saiko asintió, comprendiendo poco a poco la situación.
    —Se nota que eras una gran maga en vida, has creado una ilusión inmensa —la felicitó Anaís.
    —En verdad no era consciente —dijo Saiko mientras negaba con la cabeza—. Supuse que había muerto, pero pensé que esto era algo parecido a un sueño que me había hecho retroceder en el tiempo.
    —Pues ya ves que no es así.
    Un ruido interrumpió la conversación de las dos mujeres, seguido de un llanto. Al atravesar la puerta, pudieron ver que Botan se había caído por las escaleras. Saiko corrió a socorrer a su hijo, pero Kazahaya apareció poco después.
    —Cariño, yo me ocupo. Ve a hablar con tu amiga, ¿sí?
    El hombre le quitó al niño de entre sus brazos, casi sin darle tiempo a reaccionar. Ella lo miró sorprendida, pues el rey nunca había sido muy amigo de cuidar a sus hijos en ese tipo de situaciones. Iba a decir algo, pero Anaís la interrumpió.
    —Es sorprendente a forma que ha tomado el pequeño.
    Saiko estaba confundida, pues no entendía qué quería decir su amiga con eso.
    —¿No lo sientes? Botan también es el espíritu de un muerto, como nosotras.
    —¿Mi hijo pequeño falleció en el bombardeo…? —preguntó con los ojos muy abiertos. Esa noticia la había pillado con la guardia baja.
    —Así es, y parece que ha decidido volver a ser casi un bebé… —Anaís guardó silencio durante un momento y luego tragó saliva, antes de volver a hablar—. Y… tú marido también murió. Pero él… —la mujer dudó un momento.
    —¿Pero él qué? —preguntó su amiga bastante alterada y dolida por las duras noticias que acababa de recibir.
    —Él está cumpliendo un castigo impuesto por los dioses, el Kazahaya al que ves aquí, al igual que tu dos hijas, son simplemente una ilusión, al igual que mi familia.
    Saiko suspiró mientras miraba al techo, intentado asimilar todo lo que estaba pasando.
    —Deberíamos salir fuera —le aconsejó Anaís mientras la agarraba de un hombro—. Creo que entenderás todo mejor así.

    Cuando la puerta que daba al exterior se abrió una gran luminosidad inundó los ojos de Saiko. Pudo ver grandes extensiones de campos y bosques, acompañadas de pequeños ríos. En ellos, había niños jugando entre unas nubes que parecían haberse convertido en grandes cojines. Vio a hombres y mujeres hablando tranquilamente, cultivando hermosos jardines de flores sagradas, arreglando hogares coloridos o haciendo aquello que creían oportuno. A veces, algunos transformaban sus cuerpos en espíritus, como si de dioses se tratara, y se disponían a viajar a algún lugar demasiado lejano como para verlo. La escena conmovió a Saiko, quién comprendió perfectamente su situación y la de su hijo. Eran libres, libres de la guerra y de la enfermedad. Libres de ese mundo corrupto por la avaricia de los mortales. Saiko supo por qué los espíritus familiares de los habitantes de su reino descendían a ayudar a sus familias, para acercarlos a la felicidad del mundo espiritual. Anaís, que estaba su lado, la agarró de las manos mientras sonreía.
    —Gracias por haberme bendecido antes de morir para poder llegar aquí, sé que los de mi especie no tienen derecho a descansar en estos parajes, pues están reservados para aquellos que portáis la palabra de los dioses —la mujer estaba profundamente emocionada.
    —Nunca mereciste menos —respondió Saiko—. Veo que sin embargo mi marido no lo mereció, en sus últimos años llevó a la ruina a Mori, nuestro reino, y a la muerte de miles de inocentes. Por mucho que me duela, sé que los dioses no pueden estar contentos con él —añadió algo afectada.
    —Tus hijas lo arreglarán antes de reunirse por fin con nosotras —intentó animarla Anaís—. Ellas son la esperanza de los que aún viven, pues a nosotros no nos está permitido interferir en la guerra.
    Saiko asintió, recordando la determinación de ambas. Le aliviaba saber que ellas aún seguían vivas.

    Las dos mujeres de dispusieron a dar un paseo por los extensos campos. Cuanto más tranquila estaba Saiko, más en sintonía se encontraba con aquel lugar, pudiendo sentir al fin la enorme cantidad de energía divina que la rodeaba y que estaba dentro de ella. Su mente estaba hallando de nuevo la paz que había sentido en el vacío, purgándose de preocupaciones y de molestias. El tiempo se detuvo de nuevo mientras ellas avanzaban por el lugar. Saludó a conocidos, a amigos y a antiguos habitantes de su reino. Cada paso a hacía sentir más liviana. Jugó en las nubes con los niños y ayudó a un hombre a recoger frutos de sus árboles. Cuando se quiso dar cuenta, su mente le pedía liberarse de su cuerpo y volar. Se detuvo al lado del espíritu incorpóreo de una niña que trenzaba flores para hacerse una corona.
    —Oye, ¿como has hecho eso?
    —¿Flotar? —preguntó ella—. Solo sopla a tu voz interior fuera.
    Saiko pareció entender lo que ella le dijo y, tras cerrar los ojos y suspirar profundamente, sintió como su cuerpo se desprendía de ella, desapareciendo. Podía volar, por fin sin ataduras. Podía ser completamente libre y volar.
     
    Última edición: 9 Septiembre 2021
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    Este es otro de los escritos que me ha generado una sensación agridulce, pero más es lo dulce que lo otro, y pues comenzaré con el tema que veo más recurrente del relato, y es el cómo la muerte puede ser una bendición y una maldición a la vez, y todo para la misma persona, la Reina.

    Una bendición, que le ha permitido dejar atrás el sufrimiento intenso que puede suponer una enfermedad, en este caso posiblemente terminal, y el dolor emocional de un conflicto bélico que pues se ve ha ocasionado graves daños y buena cantidad de bajas, la Reina es libre de todo dolor.

    Pero no significa que sea color de rosa, como siempre se suele pintar el más allá, y es cuando llega la muerte como maldición, lamentablemente el fallecimiento de su hijo menor en un bombardeo, apenas empezando su vida y le es arrebatada de manera injusta, así también como su esposo, a pesar de haber fallecido, no compartiría el mismo destino que ella de encontrar la paz del mundo espiritual.

    Un escrito bastante interesante y con mucho potencial para expandir, me gustó mucho el ritmo de la narración y el cómo se lleva la sensación de nostalgia, rememorar momentos felices luego de sufrimiento desmedido es como un chute de adrenalina.

    Mis felicitaciones y muchísimas gracias por tu participación.
     
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  1. Danaser
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