Colección ParalefikZland: Un libro perfecto

Tema en 'Novelas' iniciado por Paralelo, 5 Junio 2019.

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  1. Threadmarks: Láminas azules II
     
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

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    Título:
    ParalefikZland: Un libro perfecto
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    1426
    Título original: Góşáe na jóuh
    Traducido del danzilmarés por Carlos Cruz

    1. Láminas azules II


    Son pocos a los que alguna vez conté que hace muchos años encontré una de esas láminas azules sobre la silla de mi estudio. En aquel momento cometí la imprudencia de dársela a un conocido mío, por razones que no es mi objetivo explorar en este documento. Los lectores conocerán la crónica de mi amigo con el nombre de Láminas azules I, tras leer la cual decidí que no era mala idea transcribir algunas de mis experiencias con respecto a estas láminas. Digo experiencias porque aquella lámina de la que tan rápidamente me deshice no fue la única que me encontré, o más que la vida arrojó a mis pies, como dándome otra oportunidad para reconciliarme con ellas. Si mi primer encuentro con la lámina apenas fue conocido por algunas personas muy cercanas, mi segundo encuentro permaneció en el silencio total hasta el día de hoy.

    La lámina en cuestión literalmente cayó del cielo. Primero impactó contra el tejado de mi casa, y se resbaló hasta aterrizar en mi pequeño huerto. Como no es mi intención llenar el relato con párrafos sobre mis emociones y las cosas que pasaban por mi cabeza, resumiré todo diciendo que como mínimo me sentí estupefacto, incluso diría que maravillado, pero eso es todo lo que diré; me limitaré a los hechos y no a los sentimientos. Examiné la lámina y descubrí que se trataba del fragmento de un cuento que ya había sido publicado hace algunos meses. El nombre del libro era “Un libro Perfecto”, y el cuento al que pertenecía se llamaba “Una resurrección”. Aún si nunca hubiera leído el cuento para conocer su contexto, la lámina dejaba bien en claro no sólo a qué cuento pertenecía, sino qué orden le correspondía entre los demás fragmentos.

    Existen cuatro tipos de láminas si las clasificamos por su pertenencia a un relato y su orden dentro de él. En primer lugar, están las láminas con los títulos de los cuentos, relatos y novelas, que obviamente están siempre marcadas con el número uno en la parte inferior; yo las llamo láminas iniciales. El segundo tipo corresponde a las que poseen el título de la obra a la que pertenecen en la esquina superior derecha o izquierda (en una fuente menor a las de las láminas iniciales) y el número del fragmento hasta abajo (que la mayoría considera paginación); yo les digo láminas claras por ser las que mejor ordenan o contextualizan cada fragmento, de manera que no hay duda de adonde corresponden. El tercer tipo, al que llamo el de las ambiguas, carecen ya sea del título en miniatura o del número del fragmento como en las láminas claras, de manera que, de poseer el título pero no el número, queda ubicarlas en algún momento considerado lógico, o totalmente al azar; y de poseer sólo el número del fragmento sin el título, había que buscar entre el resto de las obras a cuál podría pertenecer, sea por congruencia o porque les falte un fragmento. El último tipo lo llamo el de las láminas aisladas, el que se corresponde a aquellas que carecen por completo de referencia de ubicación, sin número de fragmento ni título; estas láminas son las más raras, y usualmente no hay mucho problema para localizar a dónde pertenecen sólo por el contexto, aunque casos excepcionales hubo también. En la narración de mi amigo estos datos sobre el ordenamiento de las láminas no quedó del todo claro, razón por la cual consideré buena idea incluirlo como parte de la mía.

    En resumen, la segunda lámina que encontré pertenecía al tipo de las láminas claras, pues estaba junto al título de “Una resurrección” en la esquina superior derecha, y el número 22 hasta abajo del todo. Todo esto no habría tenido mayor importancia si no hubiera sido por un detalle del que me di cuenta mientras analizaba el mencionado cuento, para ubicarlo dentro del contexto de esta nueva lámina. Resulta que el cuento, tal como había sido publicado, contaba con exactamente 22 fragmentos, el último de los cuales narraba un final abierto sobre el destino del protagonista. ¿Cómo era posible que una misma historia tuviera dos fragmentos 22? El que se me apareció a mí debería haber sido el fragmento 23, pues continuaba cronológicamente con lo narrado en el 22.

    Investigué en internet si en algún lugar ya habían hablado de este extraño fenómeno. Busqué, literalmente: “ParalefikZland láminas con el número repetido”, pero no hubo respuestas ni de los grupos editoriales ni de los testigos que habían encontrado las láminas originales. Fue en parte la expectativa de estar ante algo nuevo lo que me orilló a mantenerla en secreto, al menos por un tiempo. Quería al menos dar una explicación a ese fenómeno antes de entregar la lámina a los editores; no quería sólo deshacerme de ella como lo había hecho antes; esta vez quería al menos pensar en una posible explicación que decirles, una que tal vez cambie la manera en que el mundo entiende aquellas láminas llegadas de otros mundos.

    El lector seguramente se decepcionará de saber que, en mi caso, no hubo una odisea de hipótesis que llevaran a búsquedas infructuosas, contradicciones enervantes o periodos de desesperación que me orillaran a la locura, sino que, aunque la verdad a veces aburra, debo admitir que hallé la respuesta relativamente rápido: ambos fragmentos eran una versión alternativa del otro, o al menos así pretendían parecerlo. El fragmento que había sido publicado era el “final triste”, y el que yo encontré era el “final feliz”, por llamarlos de algún modo. Era curioso (y esto fue precisamente lo que impidió que solucionara el misterio al primer vistazo) que el final alternativo de la historia estuviera disfrazado como una continuación cronológica del primer final. Volví a leer el cuento varias veces alternando entre un final y el otro para ver si alguno podría ser considerado el verdadero o el mejor final, pero entre más lo hacía, más sentía que eran los dos fragmentos los que debían leerse en su orden lógico (el antiguo y el nuevo) sin omitirse.

    Si hubiera que escoger uno obligatoriamente, me quedaría con el final tal y como fue publicado desde un principio, por lo que empecé a ver a mi nueva lámina como una intrusa en una historia que terminaba bien así como estaba. Durante muchos días estuve cavilando si debía dar a conocer ese final alternativo, a riesgo de alargar innecesariamente una historia que terminaba donde debía terminar, o si era mejor publicarlo de todas formas, porque alguien podría encontrarle valor en sí mismo, independientemente de su relación real con el resto del cuento.

    Sin darme cuenta descubrí un quinto tipo de lámina: las que describen pasajes alternativos, caracterizándose por repetir el número de un fragmento ya encontrado. Esto fue lo último que le dije a uno de los editores a los que personalmente entregué la lámina, esperando que mi clasificación fuera tomada en serio, o al menos que tomaran en serio mi idea de que ese fragmento fuera en verdad un fragmento alternativo. Debido a la cortesía, el editor en jefe se limitó a agradecerme haciendo bailar con cada sílaba su espeso bigote, con una sonrisa que ocultaba su deseo de que me largara de su vista lo antes posible. Varios meses pasaron antes de que se anunciara la nueva edición de “Un libro perfecto”, con nuevos agregados, un análisis de las obras y un prólogo a cargo de un autor famoso que yo no conocía. Lo único que me importaba era saber si iban a tratar mi lámina como un final alternativo o como el verdadero final de “Una resurrección”, y también ver si hacían algún tipo de comentario sobre el hecho de que esa lámina nueva tuviera la numeración repetida con el fragmento anterior. Con respecto a lo primero, no me defraudó realmente el resultado. Con respecto a lo segundo, no se mencionó nada.

    De ahora en adelante estaré pendiente de si aparecen, en algún lugar del mundo, estas láminas alternativas, con la esperanza de que aparezcan las suficientes como para que mi clasificación se vuelva oficial, o al menos tomada en serio lo suficiente para que las futuras interpretaciones, estudios, análisis y críticas, profundicen sobre las láminas azules llegadas de otros mundos.


    Nota:
    Si te gustó este relato, tal vez te interese leer otros de mis escritos:
    https://fanficslandia.com/tema/paralefikzland-el-oxímoron.61119/
    https://fanficslandia.com/tema/paralefikzland-alter-ego.61639/
     
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    Ante Yelái y Áigen aparecieron un día tres cuentos anónimos.



    El primero:


    El hombre salió finalmente de la caverna y contempló en el exterior colores y formas que lo dejaron suspirando, igual a un afortunado que, creyendo su inevitable ahogamiento en el mar, es salvado por una mano amiga y sacado a la superficie. Corrió a lo largo y ancho de todo cuanto sus ojos veían, que era nuevo y de colores que nunca habría podido adivinar solamente viendo las sombras reflejadas en la pared de su caverna. La gente ignoraba sus andanzas erráticas, como las de un niño, pues el cansancio de la costumbre les hacía pensar: “Otro más que sale de la caverna”, y sólo esperaban que el nuevo hombre libre se diera cuenta, tarde o temprano, de que aquel mundo real no se trataba más que de otra caverna dentro de otra caverna. Tuvieron que pasar decenas de años antes de que el hombre libre, después de haber recorrido toda la esfera y haber aprendido todo cuanto había por saber, finalmente advirtió que aquel nuevo mundo se había vuelto tan pequeño en su mente, como el niño al crecer siente que le queda más apretada la ropa, que su alma volvió a sentirse encerrada en una caverna, y al alzar la cabeza le pareció que el brillo de las estrellas y la magnitud de los planetas se habían vuelto nuevas sombras, que con sus dilataciones se mofaban de él y de los límites de su libertad, como lo habían hecho las sombras en la pared de su caverna. Eventualmente consiguió desprenderse de la naturaleza limitante que le obligaba a mantener los pies en la tierra, y de ese modo salió de esa nueva caverna y exploró, con mayor devoción y parafernalia, los confines de ese vasto espacio durante millones de años. Durante ese tiempo, fue huésped en planetas cuyas formas de vida ampliaban su percepción de la realidad, proveyéndola de tantos bastos senderos que recorrer que por un tiempo su espíritu permaneció calmado. Pero cuando ya no tuvo más que saber ni experimentar, la caverna volvió a caer sobre él, y el universo le quedó tan chico que podía viajar de un confín al otro como el fotón que da un pequeño paseo a través de un átomo. Entonces volteó los ojos hacia las ficciones; aquello que no es se volvió la nueva sombra, y en su desesperación al sentirse encerrado vio a las ficciones como una rana hipnotizada por la cola embustera de una serpiente. Para volver a salir de la cueva tenía que volver a perder sus naturalezas limitantes, para ampliar la grandeza de su alma debía enfrentarse directamente con aquello que no es. Entonces se volvió un viajero y recorrió todas las variables de la historia que pudieron haber sido diferentes. No cabría en este relato el número exacto de años que pasó viajando entre los confines infinitos del multiverso. Mas volviose a sentir encerrado y volteó hacia aquellas ficciones que se habían producido por las bifurcaciones de aquel evento que dio a luz a su universo. Así se liberó de más naturaleza y penetró en el ultraverso, cuyos infinitos multiversos pronto lo volvieron a constreñir hasta sentirse prisionero. Luego entró al megaverso, o los mundos creados a partir de otros infinitos orígenes, y nadó libremente entre todos sus ultraversos. Para este momento ya sabía que su historia se repetiría tarde o temprano, después de unas cuantas eternidades. Era el momento de entrar a aquella existencia que contenía a las existencias que se bifurcaban de manera diferente a la suya; entre cualquier número entre uno e infinito. Llegó así a los omniversos y recorrió sus diferentes megaversos, o mundos posibles, como alguna vez fueron llamados. Cuando al fin se hartó del omniverso, intentó salir de esa caverna hacia un nuevo exterior: el Zland, o el punto que lo contiene “todo”, el reino de las magnitudes, cuya naturaleza exacta es oscura y donde finalmente se rompe el ciclo que hasta ahora se ha cumplido, para cambiar a una lógica que trivializa todos los esfuerzos y vuelve toda sabiduría en tontería. Mas el acceso a este nivel de la realidad no le fue permitido; su naturaleza aún no estaba lo suficientemente libre. Cansado, regresó a su mundo original, aquel de donde había salido de una caverna pensando que fuera de ella descubriría la verdad, que siempre se escapaba, que inútilmente había tenido que perseguir brincando de caverna en caverna a través de toda la realidad conocida. Al verlo, sus compañeros de mundo abandonaron su apatía y hablaron con el hombre libre con gran amor fraternal, diciéndole: “ahora que has vivido que no existe el afuera de la caverna, como nosotros lo hicimos también, te toca a ti decidir en qué caverna existirá tu consciencia. Pero entre más cavernas elijas existir, más inútil serás”.


    El segundo:


    Ella vivía en una pequeña burbuja; ahí no había nada que ella no supiera, nada que no pudiera, ni nada que no hiciera. Luego se cansó; hastiose e irritose de la limitación de su burbuja y decidió salir. Exploró y aprendió, entró en contacto con otros seres igualmente aislados en sus burbujas, y creció y se perfeccionó. Pero no había salido de su burbuja, sino que ésta se iba expandiendo, inflándose como un globo con agua, y eso la molestó y trató con todas sus fuerzas de romper su burbuja adquiriendo experiencias, habilidades, conocimientos, con la esperanza de que su crecimiento punzara la burbuja como una lanza y la reventase. Pero la burbuja no explotaba. Buscó romper la burbuja en el engrandecimiento de su alma, en el crecer de su empatía y humanidad, pero la burbuja se resistía. Siguió expandiendo su burbuja hasta que ésta alcanzó los confines de la realidad misma; se dijo que para salir de la burbuja era preciso escapar de la realidad. Pero cuando pudo por fin escapar de la realidad, la burbuja la acompañó. La burbuja la persiguió como un cazador mientras ella viajaba y se expandía entre todos los confines imaginables e inimaginables de la existencia, pero al llegar al Zland, ya no pudo expandir su burbuja para que le permitiera continuar; quedó definitivamente atrapada en aquella enorme burbuja que abarca todo lo que le era permitido explorar. Cansada, regresó a su primer hogar y recostose a descansar. Sentíase tan chiquita en su habitación, aunque los confines de su burbuja estaban a una distancia casi infinita. ¿Qué había cambiado? Ahora sabía mucho, había experimentado tanto, tenía conocimientos tan vastos, ¿y todo ello para qué?, se dijo, para que al final me sienta igual que al principio, al fin y al cabo no hay un afuera de la burbuja, aún si salgo del Zland la burbuja sólo se hará más grande. Recordó cuando de niña le decían “ahora estás pequeña y habitas en una burbuja, cuando entres a los estudios superiores de enfrentarás a la realidad”, y cuando llegó aquel momento, le dijeron “ahora estás pequeña y habitas en una burbuja, cuando entres al mundo del trabajo te enfrentarás a la realidad”, pero cuando entró al mundo del trabajo no hubo nadie para decirle “ahora estás pequeña y habitas en una burbuja, pero cuando entres al siguiente nivel de la vida te enfrentarás a la realidad”, porque en ese punto nadie había conocido nada más allá de ese nivel de la realidad. Nunca sería posible enfrentarse a la verdadera realidad porque nunca se puede salir de la burbuja. ¿O sí se podría enfrentar a la realidad desde adentro de la burbuja?, esta idea le hizo ponerse de pie y mirar por la ventana, si la realdad es como un enemigo que combatir, ¿es posible combatirla desde dentro?, si hay partes de la realidad que son nuestras aliadas, ¿no podríamos usarlas para combatir lo que no sea aliado? Pensó que había encontrado la respuesta, no en su deseo de romper la burbuja, sino en la consciencia de que no podría hacerlo hasta no rebelarse contra la realidad. Sí, ella decidió vivir la realidad normalmente, pero siempre conspirando contra ella tras cada pestañeo. ¿Cuándo daría el golpe? Necesitaba primero deshacerse de todo aquello que había adquirido de la realidad hasta volverse nada. Así sería; ella se volvería como la nada misma; un estado en el que la realidad no tendría poder, pensó, y una vez llegada ahí podría finalmente salir de la burbuja. ¿Pero a qué costo?, a costo de la inutilidad.


    El tercero:


    Viví una vez en una zona a la que llamaron Confort. Todos me decían que era un mal lugar para vivir, que la grandeza estaba afuera, que mi ser iba a ponerse escuálido y torpe si no huía de ahí inmediatamente. Integré esos consejos en mi corazón y de inmediato dejé de sentirme en confort en la zona de Confort. Agarré un asco tan grande a todo lo relacionado al confort que por miles de años me impregné de todo lo que pudiera proporcionarme disconfort; no hubo opinión que no escuchara, no hubo argumento que no atendiera, no hubo variante alguna en el pensamiento humano que no conociera, y me centré tanto en esta tarea que no notaba que, minuto a minuto, este nuevo estado comenzaba a constituir una nueva zona de confort. Me di cuenta un día que llegué a un universo en el que nadie discutía, no había intercambio de ideas, no había argumentos y no había más que una colectividad que compartía siempre un mismo estado de ser. Enseguida sentí temblor en mis huesos y en mi mente. Entonces supe que había salido sin notarlo de una zona de confort en la cual no sabía que me encontraba. Lo peor era que aquella nueva zona de disconfort era igual a mi primera zona de confort, y la idea de que todo se había vuelto al revés me enloqueció. Tardé mucho tiempo en cavilar lo que debía hacer; me debatía entre explorar esa torcida zona de disconfort y volver a lo que era antes, o ignorarla y seguir en mi zona de confort. Opté por una tercera opción, a la cual llegué después de concluir que había sido absurdo pretender huir del confort como si fuera un sofisma: iba a buscar mi zona de confort a través de la exploración de la zona de disconfort, o más bien iba a intentar crear mi propia zona de confort usando como material todo aquello que pueda sacar de toda la zona de disconfort. Intentar, claro, pero nunca realizarla, nunca concretarla. Con esa nueva mentalidad continué mi travesía. Ahora integraba todo aquello que me sirviera, todo aquel pensamiento que considerara respetable lo hacía uno conmigo y desechaba el resto, toda opinión era recibida, pero no por eso rebatida con menos pasión, todo eso con tal de estar seguro de que me iba construyendo con lo que más pudiera ser aprovechable. Desapareció de mi mente el concepto de respeto, de tolerancia y de seguridad. Aprendí en mi viaje que no era posible que todo pueda ser respetado, tolerado o seguro. Y por eso me hice de enemigos, muchos de los cuales eran los mismos que originalmente me dijeron que abandonara la zona de confort, y se enojaron y me dijeron: “¿qué te hemos hecho para que seas tan insensible ante nuestros seres, por qué tratas nuestros argumentos sin ningún tipo de misericordia, por qué te empeñas en tocar nuestras llagas con tu dedo impúdico? ¿No te amargan el corazón nuestras lágrimas?” “Sí, vive y deja vivir”, me gritaban, “cree y deja creer”, “respeta el derecho a la irracionalidad”. Y yo, como bien me conocen, contesté: “Amigos, fuisteis vosotros los que me dijisteis que saliera de la zona de confort, y os hice caso, y tiempo después me di cuenta de que lo que antes había sido mi zona de confort se había vuelto una zona de disconfort, y ahora pienso que es preciso buscar una zona de confort personal usando los materiales de la zona de disconfort, pero ¿cómo saber con qué materiales construir, no es menester para eso el ser lo más estrictos posible en la evaluación y enfrentamiento de las opiniones?, os digo que el salir de la zona de confort implica necesariamente la muerte del respeto, porque en el momento en que respetamos promovemos una zona de confort”, a lo que me contestaron: “miren como se contradice, pues dice que quiere crear una zona de confort para él, pero se queja de aquello que puede crear una zona de confort”, y les dije: “no hay contradicción, amigos, pues claramente os he dicho que hay que buscar la zona de confort, mas nunca hay que encontrarla: la zona de confort debe ser un proyecto, nunca un hecho, un proceso continuo de perfección, es por eso que este proyecto requiere no respetar, no tolerar, no tener seguridad, abrazar el conflicto en sus más inhumanas facciones, asesinar lo sagrado y pisotear sus restos, y en mi mundo, amigos, no hay sentimiento, creencia, prejuicio o convicción que no pueda ser manoseado, pisoteado, escudriñado con las manos hasta sacar todas sus más profundas vergüenzas. Tal es la conclusión a la que he llegado desde que salí de mi zona de confort”.


    ***​


    Comentario de Yelái y Áigen.


    Áigen: Ja, ja, ja, ¿ya viste qué parafernalia es ésta?

    Yelái: No le hagas tanto caso a la presentación, tonto; valora el esfuerzo, si es que lo hubo.

    Áigen: No me jodas, Yelái; la presentación lo es todo; el formato determina el valor intrínseco de las cosas.

    Yelái: ¿Qué problema tienes con el formato de estos cuentos? ¿Es porque están escritos? No me mires como un pendejo y respóndeme.

    Áigen: Pues sí; la escritura ya ha pasado de moda, y la lectura le ha seguido.

    Yelái: ¿Te parece inútil entonces?

    Áigen: Insignificante como el propósito de nuestros esfuerzos.

    Yelái: Entonces vamos a un universo donde sí sea significativo.

    Áigen: Bueno.


    ***​



    Áigen: Tras muchas penurias, al fin llegamos a un universo donde estos cuentos son significativos.

    Yelái: ¿Ya puedes ver la monumentalidad de las premisas y mensajes que se quieren dar a entender?

    Áigen: La veo, pero solamente porque la naturaleza de este universo me obliga a verlo así, al igual que como pasó en los otros en los que estuvimos.

    Yelái: Al menos aquí podremos comentarlos con algo de seriedad.

    Áigen: Seriedad impuesta, pero seriedad.

    Yelái: Parece haber sido escrita para los seres que no tengan idea de viajes universales, pues explican parte de la clasificación de los universos paralelos.

    Áigen: El objetivo no creo que fuera ese. Su mención disminuye con cada cuento hasta el punto que en el tercero el lector tiene que suponer que el personaje ha viajado a otros universos, aunque no se mencione explícitamente.

    Yelái: ¿Mal planteamiento, flojera o respeto por la inteligencia del lector?

    Áigen: ¿O todo eso a la vez?

    Yelái: Entiendo que no es el objetivo, pero no creo que haya quedado del todo claro lo que es el Zland sólo con base en estos cuentos. Califico esa ejecución de torpe.

    Áigen: A ti de por sí te da trabajo entender estas cosas, aunque seas una viajera. ¿Recuerdas el trabajo que te dio viajar a tu primer universo paralelo? ¿Y cuando trataste de salir de nuestro megaverso?

    Yelái: Serás cabrón, que tú y yo estamos en las mismas. Yo logré viajar al ultraverso antes que tú y me morí menos veces en el intento.

    Áigen: Bueno, bueno, ya. ¿Qué más?

    Yelái: Sé que son metáforas y no pretenden describir el cómo los viajeros viajamos, pero no puedo dejar de notar con curiosidad cómo simplemente dice que logran adquirir la habilidad de viajar por el hecho de adquirir más naturalezas o vaguedades similares.

    Áigen: Sí, supongo que no habría tenido el mismo impacto si hubiera explicado que la capacidad de viajar a otros universos es una capacidad que se debe adquirir en sí misma.

    Yelái: Hay muchos de nosotros que pueden viajar entre los megaversos y ni siquiera saben volar ni dormir.

    Áigen: Pero de nuevo, cuento simbólico es cuento simbólico.

    Yelái: El peor de todos me sigue pareciendo el tercero; es el que más se olvida de una de las premisas más importantes de los cuentos anteriores: la implicación que conlleva la adquisición de existencias y lo necesario de suprimir las naturalezas.

    Áigen: No critiques un cuento por no centrarse en lo mismo que los demás. Para mí simplemente es otra cosa, ligeramente relacionada, pero sin el mismo propósito que los otros.

    Yelái: Hace falta contexto. ¿Quién podría ser el autor?

    Áigen: Es cualquiera, incluso un alter ego mío o tuyo. Pero para cualquier viajero será evidente que las ideas expuestas son en esencia las del maestro Gyéo Fúntuo: la rebelión contra la sabiduría regular valiéndose de anti-enseñanzas, el cuestionamiento de lo dañino de algunos conceptos bajo la luz de la realidad de los universos paralelos, un berrinche abogando por la inmadurez que es inevitable adquirir cuando eres viajero, dando como resultado la inutilidad, concepto que los tres cuentos tienen en común.

    Yelái: Cierto; no queda duda que las anti-moralejas de estos cuentos son el resultado de la experiencia de un viajero que ha sido expuesto al infinito y lo ha integrado en su alma y corazón. La crítica a la madurez tradicional que se jacta de su capacidad para analizar y considerar puntos de vista diferentes desde muchos ángulos, relacionándolo todo a sus experiencias pasadas y planes a futuro, su empatía, su sensibilidad por los consejos y experiencias ajenas, su sentimiento de responsabilidad, su capacidad de valorar y respetar a los demás, está insinuada en estos cuentos. Desde el punto de vista del infinito (nuestra realidad) esa madurez se viene abajo, pues solamente puede funcionar si la cantidad de experiencias que puedes vivir, si la cantidad de seres con los que puedas convivir, y si la cantidad de circunstancias que puedan ocurrir, están todas limitadas a un solo mundo y tú estás limitado a una sola mente. Aquí se propone quedarse en la burbuja, en la zona de confort y en la cueva, y se aboga por que pierdan su connotación negativa habitual en los universos que no han dominado los viajes universales.

    Áigen: No me parece que sea su intención tampoco el abogar por la inmadurez, al menos no de manera profunda, pues se deja muchos detalles fuera, tales como la futilidad de seguir consejos, de preocuparse por los otros, lo inútil de la responsabilidad. No creo que estos cuentos funcionen si fueron escritos pensando en seres de mundos donde aún no logran viajar, es más bien para los aprendices que van a empezar estos viajes: son la exposición de una experiencia que puede o no serle útil al novato.

    Yelái: ¿Has estado alguna vez en un mundo de esos, en los que no saben todavía de los viajes universales?

    Áigen: Fui una vez cuando comencé a ser viajero. Pude experimentar en persona aquello a lo que llamaban madurez, responsabilidad, crecimiento, enaltecimiento del alma por medio de las obras buenas, la fe, el respeto, el trabajo duro, la preocupación hacia los demás y muchas otras estupideces. Intenté hablarles a esos seres diciéndoles que, de donde yo venía, y desde las circunstancias de mi realidad, los buenos resultados podían ser hechos a partir de los vicios y no de las virtudes. No hay diferencia entre el diligente y el perezoso, entre el tramposo y el honesto, entre el que aprende de sus errores y el que no; al final sería un hecho que ambos conseguirían lo mismo, y puse el ejemplo del inmaduro que en un universo tenía éxito por puro azar, que no era diferente del maduro que tenía éxito por su propio esfuerzo en otro universo. Por supuesto, estos hechos fueron recibidos con risas o simplemente ignorados, pues es difícil que aquel que no viaje se tome en serio lo que suceda en otros mundos que, por el momento, no tienen nada que ver con él. Le pregunté a uno: “Si nunca te afectara lo que ocurre en Fyúna[1], entonces ¿no tiene importancia el pensamiento surgido de Fyuna?”, y él me dijo: “¿Para qué me va a interesar lo que piensen en Fyuna, si aquello no va a poner comida en mi mesa?”[2]

    Yelái: Ese ser era víctima del pensamiento realicentrista[3] tan común en esos mundos. Pero ese pensamiento no es malo de por sí; de hecho, es necesario si no tienes la oportunidad de abandonar el universo para explorar otros. Se dicen: “Dime algo que me pueda dar resultados prácticos en el mundo real, de manera que dichos resultados sean útiles para que yo pueda predecir otros hechos bajo la expectativa de la veracidad de tus afirmaciones”, y esa ciencia es en lo único en lo que pueden confiar hasta que puedan llegar a otra realidad.

    Áigen: Ni siquiera al abandonar su realidad se desharían de ese razonamiento; de hecho, únicamente volviéndose un viajero absoluto como nosotros es posible rebelarnos contra la practicidad de los conocimientos, anteponiéndoles el más absoluto caos en el que toda práctica será, al fin y al cabo, inútil.

    Yelái: Los seres del primer cuento parecían estar conscientes de todo eso que has dicho; sin embargo, aparecían como seres normales que simplemente decidieron llevar existencias como seres que aún están limitados a una realidad, pese a que se dice que ya son como el que salió de la caverna. De nuevo me viene a la memoria Gyéo Fúntuo, que, después de salir exitosamente del Zland, decidió escoger una realidad en la que vivir como si fuera un ser no-viajero, y creo que una vez dijo que, en algún momento del recorrido, vamos a querer elegir un mundo y quedarnos en él indefinidamente.

    Áigen: Interesante esa correlación con la idea de madurez. La madurez solamente sirve si tu vida es limitada, si la muerte existe. Pero para los que mantienen la inmortalidad en la mente, de nada sirve suponer estados de la vida en términos de escalas o niveles, por lo que simplemente eligen en qué momento de su vida permanecer. A esto lo comparó Gyéo Fúntuo con el árbol que se vuelve semilla y vuelve a ser árbol cuando le convenga según las circunstancias: si viene el leñador con su hacha, se transforma en semilla; si viene el ave con su pico, se transforma en árbol. Un berrinche es un gran argumento en algún universo; un gran argumento es un berrinche en otro, y por eso es necesario tener en tu mente tanto al berrinchudo como al argumentador, siempre y cuando elijas seguir viajando.

    Yelái: Por eso para Gyéo Fúntuo el estado mental más conveniente del viajero es la adolescencia, el que pulula entre dos mentes contrastantes; se hace más niño si viaja y más adulto si permanece en un mundo.

    Áigen: No creo que esa interpretación que acabas de dar sea la más representativa del pensamiento de Gyéo Fúntuo.

    Yelái: Es la que yo puedo sacar después de haberlo oído hablar y visto actuar, aunque concedo que no he estado expuesta a sus pensamientos directos, sin obscurecer por la falibilidad de mis sentidos e interpretaciones.

    Áigen: No podemos negar también que en el pensamiento de Gyéo Fúntuo abunda la tendencia al desinterés general por alcanzar un modelo de pensamiento coherente, o al menos eso se deduce observando la cantidad de universos que existen, haciendo que una forma unificada de razonamiento sea imposible. De hecho, sólo sería posible vivir con una mentalidad fija y coherente si, como dicen los textos, dejamos de viajar y nos radicamos en una sola realidad, pero, al hacer eso, nos estaríamos encerrando a nosotros mismos en un marco muy limitado de perspectivas sólo por el beneficio de deshacerse de la trivialidad.

    Yelái: Siendo así el caso, ¿por qué no intentamos buscar más puntos de vista? Podemos acudir a los hijos de Gyéo Fúntuo, esos seres fastidiosamente casi ilimitados, y que por ello se han topado con el problema de sentirse inútiles en sí mismos. Sé que constantemente luchan contra su propia trivialidad y que incluso algunos de ellos piensan tomarse en serio la idea de abandonar su actual estado de gran desprendimiento del ser, para rebajarse al mismo nivel de los que están más oprimidos por los caprichos y designios limitantes de sus realidades.

    Áigen: Me gusta tu idea; vamos a visitarlos y pidámosles su opinión sobre estas historias. Oh, cómo se nota que los viajeros como nosotros no tenemos nada más importante que hacer de nuestras vidas. Afortunadamente, de las observaciones que se surgen de su aburrimiento, el viajero no se avergüenza.


    [1] Zona boscosa del estado de Trún, cerca de la ciudad de Kórens.

    [2] En el habla popular, decir que algo o alguien proviene de Fyúna se usa como expresión que denota inutilidad, de poca importancia o de baja calidad.

    [3] El original usa el término “zlandziént-fiyám”, que se puede interpretar como “tratar a la realidad como a un sol”.
     
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    Título:
    ParalefikZland: Un libro perfecto
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    2865
    Entes (2)


    Encontraron al primero de los hijos de Gyéo Fúntuo en una realidad hecha de pigmentos que constantemente variaban en opacidad y transparencia, como el agua de un río que por el movimiento de su marea se va limpiando y ensuciando. Se encontraba una multitud de seres de brillantez nerviosa en torno a una competencia de dolor en la que participaban los más resistentes del Zlandliú, fácilmente distinguibles algunos por la coherencia y el celo de sus colores, inmutables y tercos.

    Áigen y Yelái vieron a Sinke subir a la tarima de madera plástica, el cual, con la soberbia de un león, presumió a su contrincante de su invicto milenario. El retador era un ser hecho de pixeles que había aprendido a regenerar cada parte de su cuerpo, y aprovechando ese poder había decidido volverse un artista profesional del dolor, por lo que había viajado por todo el zland luciendo el maltrato al que era capaz de someter a su cuerpo sin recibir nunca daño permanente. Al oír de la fama de Sinke, hijo de Gyéo Fúntuo, en ningún momento pensó que sería capaz de ganarle en las artes del dolor, sino que, ilusionado, se había apurado a asistir a ese evento con el fin de ser tomado como discípulo, y bajo su instrucción refinar su arte hasta el punto más allá de la sublimidad.

    Para empezar, Sinke hizo aparecer de la nada una botella de champú de un mundo donde el cabello de los seres tenía la dureza de mil núcleos solares, donde la suciedad se les aferraba hasta volverse una con el cabello, fundidas como con pegamento cuántico. Sinke hizo una pose exagerada mientras dirigía la botella hacia sus ojos anaranjados, los cuales abrió como si pretendiera introducir la botella en sus pupilas. Al apretar, salió disparada la verde y amarga sustancia ácida hacia sus ojos, éstos la recibieron toda, derritiéndose y dejando dos masas sangrientas que babeaban líquidos amarillos. Sinke lanzó un grito de victoria en el momento en que sus ojos volvieron a brotar en sus cuencas como burbujas recién nacidas de un soplido.

    Ante eso, su retador sacó uno de sus cuchillos de gancho y, sin dudarlo ni un momento, arrancó sus cinco ojos de sus nichos, pero se quedaron colgando de los nervios ópticos a semejanza de panales tiesos que ni el viento puede mecer; y no contento con eso, aumentó la presión sanguínea en los ojos hasta que estallaron como rojos fuegos artificiales, cuya luz y humedad empapó a la multitud que aclamaba, luego volvió a hacerse crecer ojos y los regresó a sus cuencas. Sinke reía satisfecho; se veía igual que un niño viendo un truco de magia.

    La competencia fue larga. A cada turno, la crueldad de sus torturas aumentaba: se arrancaban miembros, se castraban, se extraían órganos internos y, aún conectados, los rociaban con toda clase de porquerías ácidas que los corroían hasta volverse polvo, se rompían cada hueso del cuerpo, y se desollaban y sometían a sus músculos expuestos a un cañón que calentaba con el calor de un millón de supernovas. El punto culminante fue cuando Sinke, mostrando ya sutiles señales de fastidio, extrajo su propio cerebro y lo colocó sobre una mesa; luego, como un cirujano, localizó el centro de dolor y lo sometió a puñaladas, quemaduras, ácidos y golpes, y cada uno de esos ataques era tan severo que de haber sido dirigidos hacia cualquier otro punto de ese mundo, habrían terminado por despedazar el universo. El retador, atónito, no pudo replicar ni superar aquella portentosa muestra de resistencia, y arrodillándose ante Sinke reconoció que su arte era superior. Iba a pedirle que lo tomara como discípulo, pero de inmediato pasaron por su cabeza las hipotéticas imágenes del entrenamiento que tendría a su lado, y tembló al darse cuenta de que no eran imaginación suya, sino que Sinke se infiltraba en su cerebro y le traspasaba toda la experiencia de un alter ego de otro universo paralelo, uno que ya había sido discípulo de Sinke y estaba a su altura en su arte del dolor. Al terminar de traspasar toda esa existencia, el que había sido el retador había adquirido la misma habilidad que ese alter ego sin pasar por ningún entrenamiento.

    —Un pequeño regalo —dijo Sinke.

    El ser, temblando de emoción, agradeció y se despidió, presto para lucir su nueva naturaleza regalada en miles y miles de otras realidades.


    ***​


    —¡Ea, hijo de Gyéo Fúntuo! —dijo Yelái— Sinke, el payaso perseverante, ¿qué haces aquí en este universo?

    —Ejercito mi libertad —dijo Sinke—; desde que salí del Zlandliú[1] recorro el zland a voluntad, experimentando y absorbiendo existencias para integrarlas en mi ser, así cada vez existiré más hasta algún día volverme absurdo, hasta que decir mi nombre sea sinónimo de no decir nada.

    —¿Dónde está tu gemelo? —preguntó Áigen— Es sinceramente extraño para mi muy subjetivo gusto estar frente a un Sinke sin un Yake.

    —Mi gemelo anda por ahí, en infinitos mundos, haciéndolo todo y no haciendo nada, como yo y como todos. Pero si se refieren al alter ego de mi hermano del que hemos tenido directa experiencia, aquel cuya existencia es para nosotros práctica y significativa, sepan que ha preferido permanecer en una misma realidad a lado de su pareja, a quien yo bien conocí cuando nos enviaron a aquel mundo que por mucho tiempo negué que fuera mi realidad.

    —Oh, nos hubiera encantado teneros a los dos aquí en este mundo —dijo Áigen—. Quisiéramos que nos dieras tu opinión acerca de estos tres cuentos que, de improviso y sin reverencia, aparecieron en mi cara y en la de mi compañera Yelái.

    —Nuestra desocupación nos impulsa a buscar la opinión de vosotros, los hijos de Gyéo Fúntuo —dijo Yelái—, pues no somos capaces de sacar nada en claro de estos tres cuentos. Dales un vistazo…

    —No es necesario que los mire —dijo Sinke, interponiendo su mano—, pues sin que ustedes se hayan dado cuenta, me he tomado la libertad de absorber la completitud de vuestras existencias, y entre toda la maraña de vuestras experiencias ya he visto los cuentos y me he hecho uno con vuestras interpretaciones.

    —Tal como lo esperaba de Sinke, el gran cabrón —dijo Áigen, admirado—. Oh, Yelái, ¿puede tu mente concebir a un ser más cabrón que adquiere las existencias de los seres sin su permiso?

    —Mi deseo es algún día llegar a tener esa envidiable naturaleza —dijo Yelái, en éxtasis.

    —Si así es tu deseo —dijo Sinke—, puedo garantizártelo y regalarte una copia de la totalidad de mi existencia; entonces seremos iguales salvo en lo que nuestras voluntades elijan hacer después de eso.

    —Oh, no podría yo recibir más grato honor —Yelái casi siente deseos de arrodillarse—, aceptaré gustosa tu regalo, gran Sinke, pero no será sino hasta después de que hayamos visitado a todos tus hermanos, pues es mi voluntad ver primero cuántos de ellos me aceptan una similar petición, y escogeré después yo misma a aquellos que me parezcan mejores y más poderosos. Tal es mi voluntad.

    —Tu voluntad es admirable, aunque su contenido me suene ridículo —dijo Sinke—; no obstante, no tengas duda de que estaré esperando tu regreso, y recibirás mi regalo. Ahora, tocando finalmente el tema de los cuentos, como ya saben, cualquier intento de interpretar o significar signos no es más que un ejercicio banal cuando se es un viajero, así que la opinión que os daré será teniendo en mente la realidad a la que a mí y a mi hermano nos enviaron a vivir, cuando éramos recién nacidos, y en la que permanecimos hasta que nos llegó el momento de volver.

    —Sí, esa realidad —dijo Yelái—, la que está hecha de trazos, donde un gesto vale lo que un millar de inútiles gestos en nuestro mundo original.

    —Si adopto la mentalidad de ese mundo, mi opinión es simple para los tres cuentos: trabajad, esforzaros para crecer y quizás llegarán a ser algo más grande. Pero esa opinión ya la saben; hay infinitas iguales y ya las habéis escuchado todas.

    —¿Y cuál es tu opinión si te las tomas con mayor seriedad? —dijo Yelái— Porque es evidente que en el fondo sólo te estás burlando, y esa opinión que dices no tiene más que la intensión de una simple parodia superflua.

    —Hablas con acierto —dijo Sinke—. Venid conmigo entonces; vamos a pasear. Os prometo que mis argumentos serán serios esta vez, mas no así mi actitud.


    ***​


    Aparecieron en un miserable cerro hecho de fango cuya peste era tal que creían que se les derretían los ojos. Poblando el cerro, miles de niñitos famélicos pero con tiernas manitas regordetas, desnudos y con la piel roja por sol, revolvían el fango en busca de insectos o alguna plantita que por ventura hubiera derrotado el peso del fango y salido a la luz. Sinke, adoptando una forma infantil, se puso a revolver el fango entre ellos y comió de los insectos.

    —¿Por qué nos has traído aquí? —preguntó Yelái— Nunca había visto un sitio más triste que este, en parte porque nunca he intentado viajar a uno —y al decir esto miraba los miles de cerros que conformaban aquella región, donde ni uno de los cinco ríos tenía agua azul y el aire sólo llevaba el hedor de los cuerpos muertos de los niños que habían muerto de hambre y sed—, pero ahora… este sol amarillo… este aire corrompido… este fango que siento aferrarse hasta mis huesos…

    —Yo también lo siento —dijo Áigen—… me estoy integrando… ¿tú estás haciendo esto, Sinke?

    Al hablar, ambos también se inclinaron en el fango e imitaron a los niños, de los que salían sollozos, gemidos y lágrimas. Sinke, llorando como ellos, y sin dejar de buscar insectos como si de verdad fuera a morir si no los comiera, dijo:

    —Los he traído aquí para que experimentemos cómo es salir de la burbuja, de la cueva o de la zona, según la perspectiva de los seres del mundo donde me enviaron de pequeño. La tragedia, el dolor, el sufrimiento, el hambre de los más inocentes… eso era la realidad, al menos en unas partes de él, y todo lo que no fuera así era una burbuja, una cueva, o una zona de confort.

    —¿Así viviste tú? —preguntó Áigen.

    —No; yo estuve en la burbuja, en la cueva, en la zona. La “realidad” era apenas un lejano bosquejo inaccesible para mí, pero nunca me importó acercarme a este hecho; “¿para qué importarme si de todos modos aquel no era mi mundo?” Así pensaba yo.

    —Yo a veces deseo poder hacer algo para que este tipo de mundos no exista —dijo Yelái—, pero luego recuerdo que en nuestro megaverso eso no es posible dada la ley de la perpetua bifurcación.

    —He estado en megaversos donde esa ley no existe —dijo Sinke—, y ahí me ha sido posible erradicar por completo el sufrimiento. Sin embargo, en los megaversos donde la ley de la perpetua bifurcación existe no hay nada que podamos hacer; no se puede erradicar el sufrimiento de todo el zland, o al menos ni yo ni mis hermanos hemos obtenido la naturaleza que nos lo permita.

    —¿Cuánto tiempo más estaremos aquí? —dijo Áigen, a quien miles de pequeñas hormigas del fango ya le habían llenado el cuerpo de ronchas que se inflamaban y reventaban con una terrible comezón.

    —Hasta que muramos —dijo Sinke—. Acompañemos a estos pequeños en su dolor.

    —¿Por qué no sólo los ayudas? —preguntó Yelái— Elimina el sufrimiento de este universo, aunque sea.

    —De nada sirve —dijo Sinke—, la realidad se bifurcará y seguirán habiendo infinitos mundos en los que no pude eliminar el sufrimiento, y más aún, en realidad ya lo estoy eliminando en este preciso momento, en una bifurcación de este mundo.

    Continuaron buscando insectos y plantas. Muchos de los insectos que vivían en el fango les producían dolorosas picaduras que acrecentaban su sed y hambre. Los niñitos fueron muriendo uno a uno, y muchos huesitos fueron accidentalmente desenterrados por los viajeros en su búsqueda de comida. Sobre esos huesitos encontraron hongos comestibles creciendo, y al darse cuenta de eso los niños se abalanzaron sobre ellos para saborear sus néctares aguados, se golpearon, arañaron y mordieron hasta que sólo uno quedó vivo para comerlos. Horas después, cuando el frío de la noche obligó a los niños a bajar a las faldas de los cerros para cobijarse en las pequeñas cuevas de su interior, estaban tan cansados y hambrientos que pocos pudieron defenderse contra las anacondas nocturnas que habitaban en la cumbre de los cerros, invernando durante el día, y hubo una sinfonía escabrosa de huesos rompiéndose y alaridos agudos que clamaban por un momento de dicha en sus miserables vidas. Los viajeros y Sinke sobrevivieron a las anacondas, pero murieron de frío durante la noche, y sus cadáveres fueron devorados por las hormigas y sus huesos enterrados en el fango.


    ***​


    En seguida escucharon la agrablísima música de violines y trompetas. Sintieron la suavidad de camas con sábanas de seguro robadas de varios dioses del erotismo, y un aire fresco que olía a los alientos perfumados de los más inocentes beatos; y para sus ojos, el regalo de la vista de una playa de arena blanca, peñascos cobrizos y un cielo igual a una laguna, en donde el sol no quemaba.

    —¿Dónde estamos ahora, gran Sinke? —dijo Áigen.

    —Ya hemos experimentado la realidad según mi mundo, ahora experimentaremos la burbuja, la zona y la cueva.

    Caminando en dirección a la cama a la orilla del mar, se dirigían dos de los más majestuosos especímenes de mujer y uno de hombre. La belleza de tales seres y la voluptuosidad de sus cuerpos paralizaron a los viajeros y a Sinke, quienes, rojos y casi sin respiración, aguardaban con impaciencia a que esos seres terminaran de desprenderse de sus ropas y se metieran con ellos en la cama.

    —A este tipo de mundos me gustaría convertir la completitud de la existencia —dijo Yelái, desnudándose—, creo que es por eso que constantemente viajo a ellos.

    —Yo no llego a tal extremo —dijo Áigen—, pues en el balance entre el placer y el dolor está la gracia de ser viajero.

    —No olviden que debemos tratar todo esto como si fuera fantasía —dijo Sinke—, así que cada segundo que estemos disfrutando de esto asegúrense de sentirse tristes, miserables, patéticos o insignificantes, y deben querer volver al mundo de los cerros de fango sólo porque aquel mundo es la “realidad”. Gócenlo con culpa.

    Y al llegar los seres, las mujeres se postraron ante Sinke y Áigen y el hombre ante Yelái. Comenzaron los tres a disfrutar de sus bocas donde poco tiempo atrás estaban llenos de fango, y la dulzura de las lenguas y los labios se sentía como si les entumecieran hasta los huesos. Todos apretaron las cabezas de sus parejas como si temieran que se alejaran, y en ellos descargaron el peso de todo lo que habían tenido que sufrir antes, con una explosión que competía en grandeza con el dolor y la desesperación de aquellos niños en el mundo de fango. Los seres no dejaron sus puestos durante muchas horas, recibiendo cada vez las descargas de los que no quisieran nunca volver a sufrir. Luego hubo una orgía en la que se disfrutaron de placeres igual de voluptuosos. Ni el santo más fervoroso sintió tanto gozo en su alma al ascender al paraíso como cuando los viajeros y Sinke utilizaban esos cuerpos para deleitarse. Durante todas las horas que duró aquella orgía, hasta bien entrada la noche, no hubo pasión que no experimentaran; incluso Sinke los hizo a todos cambiar de género para experimentar el placer desde todos sus puntos de vista, y cuando finalmente cayeron rendidos, el viento era tan exquisito en su frescor que se sintieron como si fueran elevados en el aire, más allá de toda realidad significativa.


    ***​


    El espacio ahora es una pantalla blanca. No hay nada importante que ver.

    —Gracias por mostrarnos la opinión de ese mundo que fue tuyo, gran Sinke —dijo Yelái—, pero queremos saber tu opinión honesta sobre los cuentos, alguna observación que nos pueda resultar de interés.

    —Nunca me ha gustado ser serio con mis opiniones —dijo Sinke—, lo considero una limitación que restringe mis experiencias, y por eso he de decirles que no pierdan el tiempo con esos cuentos que no sirven para nada. Sigan viviendo y viajando, eso sí. Lamento si no les ha agradado mi respuesta final, pero siempre pueden ir con mis hermanos y preguntarles; a lo mejor ellos sí tienen la osadía de tomárselos en serio.

    —¿Algún día querrás dejar de viajar para permanecer en un mismo mundo? —preguntó Áigen.

    —Indudablemente lo querré —dijo Sinke—, mas no próximamente, eso es seguro al menos para mi yo actual. Y es aquí donde los dejo, pequeños. Suerte con su ociosidad.


    [1] “Círculo del Zland”.
     
  4.  
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

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    ParalefikZland: Un libro perfecto
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    Ciencia Ficción
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    4
     
    Palabras:
    1573
    Entes (3)


    Se encontraron Áigen y Yelái subiendo por la ladera de una colina selvática, donde crecían enormes enredaderas de plantas de las que emanaba el aroma de la vida después de la lluvia y el vapor de la tierra llenaba el aire con un calor sofocante. En poco tiempo llegaron a una cueva donde aguardaba sentada Émbora, portando con endiosamiento la antigua armadura que alguna vez utilizó para combatir. Émbora no se molestó en ponerse de pie al ver a los viajeros y siguió contemplando la vegetación de la colina.

    —Saludos, magnífica Émbora, la valiente —dijo Áigen—. Esperamos que nuestra visita no sea de tu desagrado y que no estemos importunando importantes reflexiones, esperanza que de seguro no importa a los seres que han llegado a tu estado.

    —Así es, jóvenes viajeros —dijo Émbora—, y no perdáis el tiempo pretendiendo que les importa si me habéis interrumpido en algo o no. Venid, sed bienvenidos aquí a mi lado. Mi colina es vuestra también.

    Los dos viajeros se sentaron, uno a cada lado de Émbora, y la acompañaron en su contemplación de la jungla a sus pies.

    —Seguro, por tus poderes de absorción del ser y del estar —dijo Yelái—, ya sabrás la razón de nuestra visita con mucha mayor claridad que nosotros.

    —Absorber existencias últimamente me parece fastidioso —dijo Émbora, por cuya piel morena recorrían pequeñas gotas de sudor—, sólo las absorbo si me parecen interesantes, así que solamente si las vuestras me lo parecen, las adquiriré.

    Yelái miró de reojo el rostro firme de Émbora, igual al de un soldado siempre en espera de una orden, pero el viento movía sus largos cabellos rizados de manera que le obstruía la visión de ese rostro tan paciente, y sin embargo tan severo.

    —A nosotros se nos han aparecido de repente tres cuentos —dijo Yelái—, y nuestra ociosidad nos mueve a buscar la opinión de los hijos del gran Gyéo Fúntuo. Hemos estado ya con tu hermano Sinke y de él hemos obtenido experiencias nada despreciables.

    Áigen ofreció a Émbora las láminas donde estaban los cuentos. Ella los examinó por tres segundos y los apartó de sí diciendo:

    —¡Pérdida de tiempo, nada más que pérdida de tiempo! Esto no es sino una muestra del entrenamiento que todo viajero de nuestra clase debe integrar. Mi interpretación de los tres cuentos es simple y clara: nada importa y no hay nada que puedas hacer contra eso.

    —Siendo sincero —dijo Áigen—, esperábamos quizás un análisis más severo de tu parte, que te pusieras a observar con detenimiento los componentes de cada cuento y sacaras de ellos mensajes significativos.

    —Eso ya no es de mi interés —dijo Émbora, y sus ojos se volvieron más severos, apretó con la empuñadura de una brillante espada curva que le colgaba de la cintura—. Lo único que puedo haceros notar es que los cuentos no se molestan en explicar cómo los personajes adquieren las habilidades que les permiten desprenderse de sus naturalezas para poder viajar. ¿Cómo adquirió uno el poder de viajar por el espacio, o el poder de no comer, o el poder de no respirar?

    —Debido a la naturaleza metafórica de los relatos —dijo Yelái—, no es de importancia el cómo, sino lo que hacen con todo eso.

    —Quiero enfocarme en ese asunto —dijo Émbora, se levantó empuñando su espada, su armadura cobriza con tallados de figuras mitológicas quedó bañada en rayos de sol, y blandiendo la espada en el aire la convirtió en una serpiente, que huyó entre los matorrales en el momento en el que Émbora la arrojó bruscamente al suelo—. ¿Sabéis cómo es que logré convertir a esa serpiente en espada la primera vez? —preguntó con desdén.

    —Sabemos la historia de tus hermanos y cómo fueron creados —dijo Yelái un tanto preocupada, pues el gesto de Émbora parecía dar a entender que le provocaba un profundo disgusto que aquello fuera sabido.

    —Entones sabréis que, desde nuestra creación, a cada uno nos dieron ciertas habilidades especiales que desentonaban con la norma de las realidades a las que nos enviaron de pequeños. A mis hermanos Yake y Sinke les dieron el control sobre el agua; a mi hermano Dáran, sobre el fuego; a mi hermana Bizái, sobre el espacio… y también nos dieron habilidades comunes a todos nosotros, tales como nuestra casi inmortalidad. De seguro sabéis también cómo obtuvimos las habilidades que nos hacen ahora lo que somos.

    —Sabemos toda su historia —dijo Áigen.

    Émbora los miró como una capitana frente a unos soldados rasos, desdeñosa y como si fuera a estallar en órdenes de la más alta importancia. Entonces los hizo cambiar de mundo.


    ***​


    Están ahora en una realidad que consistía únicamente de montículos de piedras que ensuciaban el aire con su polvo gris. Sin sol que alumbrara, la luz provenía de las mismas piedras, y era tan tenue que asemejaba a la luz de la luna de una noche nublada. “He puesto pausa a gran parte de mi ser”, dijo Émbora, tomó una piedra y los viajeros la vieron luchar con sudor y sangre por levantarla de su sitio. Émbora batalló con su peso hasta que pudo alzarla por sobre sus hombros y la arrojó pesadamente sobre otras rocas. Hizo lo mismo varias veces hasta que se dieron cuenta de que estaba formando un montículo nuevo. “¿Por qué haces eso?”, preguntó Yelái, Émbora contestó: “Porque esto es lo que se hace cuando se posee la desventaja de depender de tan poca existencia; mover cada roca cuesta un enorme esfuerzo, y si no dedico tiempo, energía y espíritu, nunca podré armar la torre”. Se mantuvieron todos en silencio mientras Émbora continuaba con su trabajo. Esperaron los viajeros sentados a la distancia. Pasó un día, una semana, luego un mes, un año y otro año, un siglo, pero el montículo todavía no estaba lo suficientemente alto. Las centurias se fueron volando y la torre de rocas se elevaba tan alta que daba trabajo ver a Émbora subiendo por la ladera. Cuando pasó finalmente un eón, Émbora declaró que ya no tenía energías para continuar creándola, y bajó junto a los viajeros. “¿Qué quisiste demostrarnos construyendo esta torre?”, preguntó Áigen. Émbora contestó: “Ahora voy a activar de nuevo mi ser por completo”, dicho lo cual, de un leve puñetazo toda la torre de rocas quedó hecha pedazos, dejando todo aquel mundo sumido en una bruma polvorienta. Después de un momento, las piedras, como si tuvieran vida propia y obedecieran el severo mandato de la mente de Émbora, volaron presurosas a rearmar la torre que acababa de caer, y en menos de lo que los viajeros se dieron cuenta, se había formado una torre el cuádruple de alta que la que Émbora había creado en un eón. Entonces Émbora los hizo levitar hacia la cima, y mientras subían habló: “Cuando regresamos a nuestro mundo original, mis hermanos y yo nos enfrentamos de nuevo a aquello que los seres llaman esfuerzo y penurias, simplemente para poder experimentarlas y superarlas, y de ese modo adquiríamos nuevas habilidades. Sin embargo, un día comprendimos que aquello era inútil, porque obtuvimos la habilidad de sustraer las existencias de los seres, de manera que el verdadero esfuerzo y la verdadera penuria quedaron vetadas para nosotros. A mí misma mi padre me ofreció liberarme de la necesidad de pasar por esas pruebas, dándome por completo su propia existencia y sus propias habilidades de aquel tiempo, al principio no acepté porque creía que la grandeza estaba en obtener las existencias por el propio esfuerzo y la penuria, pero luego comprendí que, en la escala amplia de los mundos paralelos, no hay diferencia entre esforzarse y obtenerlo todo gratis, así que acepté el ofrecimiento de mi padre y me convertí en gran parte de lo que soy ahora”. Ya habían llegado a la cima antes de que Émbora terminara de hablar, y desde ahí contemplaron el cielo negro como un espejo sin estrellas. “¿Los personajes de los cuentos se habrán dado cuenta de eso del mismo modo que tú?”, preguntó Yelái, y Émbora contestó: “Ya ni estoy teniendo en consideración esos cuentos al explicar todo esto, os he dicho que no me interesa”.


    ***​


    Regresan al mundo de las colinas selváticas. Inmediatamente se aproxima la serpiente que había sido espada, como un perro manso que se ha arrepentido de haber huido y suplica el perdón de su dueña. Émbora la toma de la cola, la serpiente se vuelve a transformar en la misma espada y vuelve a ser colocada suavemente en la cadera de su dueña.

    —Es nuestra voluntad ir con tus otros hermanos —dijo Áigen—, ¿a cuál nos recomiendas visitar ahora?

    —Decidid vosotros —contestó Émbora—, estáis condenados a la libertad.

    —Antes de irme —dijo Yelái— quisiera saber si, después de haber satisfecho mi ocio, podría regresar contigo para que me dieras tu existencia y la integre en mí. Hace rato le pedí lo mismo a Sinke y él aceptó con gusto.

    —Supongo que no tengo problema con eso —dijo Émbora—. Es curioso: lo que ahora soy primero luché por ganármelo, y al final lo gané al mismo tiempo que me fue regalado, y ahora te lo voy a regalar yo sin que tengas la necesidad de lucharlo. Sólo recuerda que en algún momento, dada la inmortalidad de los viajeros, te sentirás con las ganas de renunciar a todo tu ser para ganártelo todo de nuevo desde el principio; ése es mi sentir actual.
     
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