Colección ParalefikZland: Un libro perfecto

Tema en 'Novelas Terminadas' iniciado por Paralelo, 5 Junio 2019.

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  1. Threadmarks: Láminas azules II
     
    Paralelo

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    Título:
    ParalefikZland: Un libro perfecto
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    24
     
    Palabras:
    1426
    Título original: Góşáe na jóuh
    Traducido del danzilmarés por Carlos Cruz

    1. Láminas azules II


    Son pocos a los que alguna vez conté que hace muchos años encontré una de esas láminas azules sobre la silla de mi estudio. En aquel momento cometí la imprudencia de dársela a un conocido mío, por razones que no es mi objetivo explorar en este documento. Los lectores conocerán la crónica de mi amigo con el nombre de Láminas azules I, tras leer la cual decidí que no era mala idea transcribir algunas de mis experiencias con respecto a estas láminas. Digo experiencias porque aquella lámina de la que tan rápidamente me deshice no fue la única que me encontré, o más que la vida arrojó a mis pies, como dándome otra oportunidad para reconciliarme con ellas. Si mi primer encuentro con la lámina apenas fue conocido por algunas personas muy cercanas, mi segundo encuentro permaneció en el silencio total hasta el día de hoy.

    La lámina en cuestión literalmente cayó del cielo. Primero impactó contra el tejado de mi casa, y se resbaló hasta aterrizar en mi pequeño huerto. Como no es mi intención llenar el relato con párrafos sobre mis emociones y las cosas que pasaban por mi cabeza, resumiré todo diciendo que como mínimo me sentí estupefacto, incluso diría que maravillado, pero eso es todo lo que diré; me limitaré a los hechos y no a los sentimientos. Examiné la lámina y descubrí que se trataba del fragmento de un cuento que ya había sido publicado hace algunos meses. El nombre del libro era “Un libro Perfecto”, y el cuento al que pertenecía se llamaba “Una resurrección”. Aún si nunca hubiera leído el cuento para conocer su contexto, la lámina dejaba bien en claro no sólo a qué cuento pertenecía, sino qué orden le correspondía entre los demás fragmentos.

    Existen cuatro tipos de láminas si las clasificamos por su pertenencia a un relato y su orden dentro de él. En primer lugar, están las láminas con los títulos de los cuentos, relatos y novelas, que obviamente están siempre marcadas con el número uno en la parte inferior; yo las llamo láminas iniciales. El segundo tipo corresponde a las que poseen el título de la obra a la que pertenecen en la esquina superior derecha o izquierda (en una fuente menor a las de las láminas iniciales) y el número del fragmento hasta abajo (que la mayoría considera paginación); yo les digo láminas claras por ser las que mejor ordenan o contextualizan cada fragmento, de manera que no hay duda de adonde corresponden. El tercer tipo, al que llamo el de las ambiguas, carecen ya sea del título en miniatura o del número del fragmento como en las láminas claras, de manera que, de poseer el título pero no el número, queda ubicarlas en algún momento considerado lógico, o totalmente al azar; y de poseer sólo el número del fragmento sin el título, había que buscar entre el resto de las obras a cuál podría pertenecer, sea por congruencia o porque les falte un fragmento. El último tipo lo llamo el de las láminas aisladas, el que se corresponde a aquellas que carecen por completo de referencia de ubicación, sin número de fragmento ni título; estas láminas son las más raras, y usualmente no hay mucho problema para localizar a dónde pertenecen sólo por el contexto, aunque casos excepcionales hubo también. En la narración de mi amigo estos datos sobre el ordenamiento de las láminas no quedó del todo claro, razón por la cual consideré buena idea incluirlo como parte de la mía.

    En resumen, la segunda lámina que encontré pertenecía al tipo de las láminas claras, pues estaba junto al título de “Una resurrección” en la esquina superior derecha, y el número 22 hasta abajo del todo. Todo esto no habría tenido mayor importancia si no hubiera sido por un detalle del que me di cuenta mientras analizaba el mencionado cuento, para ubicarlo dentro del contexto de esta nueva lámina. Resulta que el cuento, tal como había sido publicado, contaba con exactamente 22 fragmentos, el último de los cuales narraba un final abierto sobre el destino del protagonista. ¿Cómo era posible que una misma historia tuviera dos fragmentos 22? El que se me apareció a mí debería haber sido el fragmento 23, pues continuaba cronológicamente con lo narrado en el 22.

    Investigué en internet si en algún lugar ya habían hablado de este extraño fenómeno. Busqué, literalmente: “ParalefikZland láminas con el número repetido”, pero no hubo respuestas ni de los grupos editoriales ni de los testigos que habían encontrado las láminas originales. Fue en parte la expectativa de estar ante algo nuevo lo que me orilló a mantenerla en secreto, al menos por un tiempo. Quería al menos dar una explicación a ese fenómeno antes de entregar la lámina a los editores; no quería sólo deshacerme de ella como lo había hecho antes; esta vez quería al menos pensar en una posible explicación que decirles, una que tal vez cambie la manera en que el mundo entiende aquellas láminas llegadas de otros mundos.

    El lector seguramente se decepcionará de saber que, en mi caso, no hubo una odisea de hipótesis que llevaran a búsquedas infructuosas, contradicciones enervantes o periodos de desesperación que me orillaran a la locura, sino que, aunque la verdad a veces aburra, debo admitir que hallé la respuesta relativamente rápido: ambos fragmentos eran una versión alternativa del otro, o al menos así pretendían parecerlo. El fragmento que había sido publicado era el “final triste”, y el que yo encontré era el “final feliz”, por llamarlos de algún modo. Era curioso (y esto fue precisamente lo que impidió que solucionara el misterio al primer vistazo) que el final alternativo de la historia estuviera disfrazado como una continuación cronológica del primer final. Volví a leer el cuento varias veces alternando entre un final y el otro para ver si alguno podría ser considerado el verdadero o el mejor final, pero entre más lo hacía, más sentía que eran los dos fragmentos los que debían leerse en su orden lógico (el antiguo y el nuevo) sin omitirse.

    Si hubiera que escoger uno obligatoriamente, me quedaría con el final tal y como fue publicado desde un principio, por lo que empecé a ver a mi nueva lámina como una intrusa en una historia que terminaba bien así como estaba. Durante muchos días estuve cavilando si debía dar a conocer ese final alternativo, a riesgo de alargar innecesariamente una historia que terminaba donde debía terminar, o si era mejor publicarlo de todas formas, porque alguien podría encontrarle valor en sí mismo, independientemente de su relación real con el resto del cuento.

    Sin darme cuenta descubrí un quinto tipo de lámina: las que describen pasajes alternativos, caracterizándose por repetir el número de un fragmento ya encontrado. Esto fue lo último que le dije a uno de los editores a los que personalmente entregué la lámina, esperando que mi clasificación fuera tomada en serio, o al menos que tomaran en serio mi idea de que ese fragmento fuera en verdad un fragmento alternativo. Debido a la cortesía, el editor en jefe se limitó a agradecerme haciendo bailar con cada sílaba su espeso bigote, con una sonrisa que ocultaba su deseo de que me largara de su vista lo antes posible. Varios meses pasaron antes de que se anunciara la nueva edición de “Un libro perfecto”, con nuevos agregados, un análisis de las obras y un prólogo a cargo de un autor famoso que yo no conocía. Lo único que me importaba era saber si iban a tratar mi lámina como un final alternativo o como el verdadero final de “Una resurrección”, y también ver si hacían algún tipo de comentario sobre el hecho de que esa lámina nueva tuviera la numeración repetida con el fragmento anterior. Con respecto a lo primero, no me defraudó realmente el resultado. Con respecto a lo segundo, no se mencionó nada.

    De ahora en adelante estaré pendiente de si aparecen, en algún lugar del mundo, estas láminas alternativas, con la esperanza de que aparezcan las suficientes como para que mi clasificación se vuelva oficial, o al menos tomada en serio lo suficiente para que las futuras interpretaciones, estudios, análisis y críticas, profundicen sobre las láminas azules llegadas de otros mundos.


    Nota:
    Si te gustó este relato, tal vez te interese leer otros de mis escritos:
    https://fanficslandia.com/tema/paralefikzland-el-oxímoron.61119/
    https://fanficslandia.com/tema/paralefikzland-alter-ego.61639/
     
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    Ante Yelái y Áigen aparecieron un día tres cuentos anónimos.



    El primero:


    El hombre salió finalmente de la caverna y contempló en el exterior colores y formas que lo dejaron suspirando, igual a un afortunado que, creyendo su inevitable ahogamiento en el mar, es salvado por una mano amiga y sacado a la superficie. Corrió a lo largo y ancho de todo cuanto sus ojos veían, que era nuevo y de colores que nunca habría podido adivinar solamente viendo las sombras reflejadas en la pared de su caverna. La gente ignoraba sus andanzas erráticas, como las de un niño, pues el cansancio de la costumbre les hacía pensar: “Otro más que sale de la caverna”, y sólo esperaban que el nuevo hombre libre se diera cuenta, tarde o temprano, de que aquel mundo real no se trataba más que de otra caverna dentro de otra caverna. Tuvieron que pasar decenas de años antes de que el hombre libre, después de haber recorrido toda la esfera y haber aprendido todo cuanto había por saber, finalmente advirtió que aquel nuevo mundo se había vuelto tan pequeño en su mente, como el niño al crecer siente que le queda más apretada la ropa, que su alma volvió a sentirse encerrada en una caverna, y al alzar la cabeza le pareció que el brillo de las estrellas y la magnitud de los planetas se habían vuelto nuevas sombras, que con sus dilataciones se mofaban de él y de los límites de su libertad, como lo habían hecho las sombras en la pared de su caverna. Eventualmente consiguió desprenderse de la naturaleza limitante que le obligaba a mantener los pies en la tierra, y de ese modo salió de esa nueva caverna y exploró, con mayor devoción y parafernalia, los confines de ese vasto espacio durante millones de años. Durante ese tiempo, fue huésped en planetas cuyas formas de vida ampliaban su percepción de la realidad, proveyéndola de tantos bastos senderos que recorrer que por un tiempo su espíritu permaneció calmado. Pero cuando ya no tuvo más que saber ni experimentar, la caverna volvió a caer sobre él, y el universo le quedó tan chico que podía viajar de un confín al otro como el fotón que da un pequeño paseo a través de un átomo. Entonces volteó los ojos hacia las ficciones; aquello que no es se volvió la nueva sombra, y en su desesperación al sentirse encerrado vio a las ficciones como una rana hipnotizada por la cola embustera de una serpiente. Para volver a salir de la cueva tenía que volver a perder sus naturalezas limitantes, para ampliar la grandeza de su alma debía enfrentarse directamente con aquello que no es. Entonces se volvió un viajero y recorrió todas las variables de la historia que pudieron haber sido diferentes. No cabría en este relato el número exacto de años que pasó viajando entre los confines infinitos del multiverso. Mas volviose a sentir encerrado y volteó hacia aquellas ficciones que se habían producido por las bifurcaciones de aquel evento que dio a luz a su universo. Así se liberó de más naturaleza y penetró en el ultraverso, cuyos infinitos multiversos pronto lo volvieron a constreñir hasta sentirse prisionero. Luego entró al megaverso, o los mundos creados a partir de otros infinitos orígenes, y nadó libremente entre todos sus ultraversos. Para este momento ya sabía que su historia se repetiría tarde o temprano, después de unas cuantas eternidades. Era el momento de entrar a aquella existencia que contenía a las existencias que se bifurcaban de manera diferente a la suya; entre cualquier número entre uno e infinito. Llegó así a los omniversos y recorrió sus diferentes megaversos, o mundos posibles, como alguna vez fueron llamados. Cuando al fin se hartó del omniverso, intentó salir de esa caverna hacia un nuevo exterior: el Zland, o el punto que lo contiene “todo”, el reino de las magnitudes, cuya naturaleza exacta es oscura y donde finalmente se rompe el ciclo que hasta ahora se ha cumplido, para cambiar a una lógica que trivializa todos los esfuerzos y vuelve toda sabiduría en tontería. Mas el acceso a este nivel de la realidad no le fue permitido; su naturaleza aún no estaba lo suficientemente libre. Cansado, regresó a su mundo original, aquel de donde había salido de una caverna pensando que fuera de ella descubriría la verdad, que siempre se escapaba, que inútilmente había tenido que perseguir brincando de caverna en caverna a través de toda la realidad conocida. Al verlo, sus compañeros de mundo abandonaron su apatía y hablaron con el hombre libre con gran amor fraternal, diciéndole: “ahora que has vivido que no existe el afuera de la caverna, como nosotros lo hicimos también, te toca a ti decidir en qué caverna existirá tu consciencia. Pero entre más cavernas elijas existir, más inútil serás”.


    El segundo:


    Ella vivía en una pequeña burbuja; ahí no había nada que ella no supiera, nada que no pudiera, ni nada que no hiciera. Luego se cansó; hastiose e irritose de la limitación de su burbuja y decidió salir. Exploró y aprendió, entró en contacto con otros seres igualmente aislados en sus burbujas, y creció y se perfeccionó. Pero no había salido de su burbuja, sino que ésta se iba expandiendo, inflándose como un globo con agua, y eso la molestó y trató con todas sus fuerzas de romper su burbuja adquiriendo experiencias, habilidades, conocimientos, con la esperanza de que su crecimiento punzara la burbuja como una lanza y la reventase. Pero la burbuja no explotaba. Buscó romper la burbuja en el engrandecimiento de su alma, en el crecer de su empatía y humanidad, pero la burbuja se resistía. Siguió expandiendo su burbuja hasta que ésta alcanzó los confines de la realidad misma; se dijo que para salir de la burbuja era preciso escapar de la realidad. Pero cuando pudo por fin escapar de la realidad, la burbuja la acompañó. La burbuja la persiguió como un cazador mientras ella viajaba y se expandía entre todos los confines imaginables e inimaginables de la existencia, pero al llegar al Zland, ya no pudo expandir su burbuja para que le permitiera continuar; quedó definitivamente atrapada en aquella enorme burbuja que abarca todo lo que le era permitido explorar. Cansada, regresó a su primer hogar y recostose a descansar. Sentíase tan chiquita en su habitación, aunque los confines de su burbuja estaban a una distancia casi infinita. ¿Qué había cambiado? Ahora sabía mucho, había experimentado tanto, tenía conocimientos tan vastos, ¿y todo ello para qué?, se dijo, para que al final me sienta igual que al principio, al fin y al cabo no hay un afuera de la burbuja, aún si salgo del Zland la burbuja sólo se hará más grande. Recordó cuando de niña le decían “ahora estás pequeña y habitas en una burbuja, cuando entres a los estudios superiores de enfrentarás a la realidad”, y cuando llegó aquel momento, le dijeron “ahora estás pequeña y habitas en una burbuja, cuando entres al mundo del trabajo te enfrentarás a la realidad”, pero cuando entró al mundo del trabajo no hubo nadie para decirle “ahora estás pequeña y habitas en una burbuja, pero cuando entres al siguiente nivel de la vida te enfrentarás a la realidad”, porque en ese punto nadie había conocido nada más allá de ese nivel de la realidad. Nunca sería posible enfrentarse a la verdadera realidad porque nunca se puede salir de la burbuja. ¿O sí se podría enfrentar a la realidad desde adentro de la burbuja?, esta idea le hizo ponerse de pie y mirar por la ventana, si la realdad es como un enemigo que combatir, ¿es posible combatirla desde dentro?, si hay partes de la realidad que son nuestras aliadas, ¿no podríamos usarlas para combatir lo que no sea aliado? Pensó que había encontrado la respuesta, no en su deseo de romper la burbuja, sino en la consciencia de que no podría hacerlo hasta no rebelarse contra la realidad. Sí, ella decidió vivir la realidad normalmente, pero siempre conspirando contra ella tras cada pestañeo. ¿Cuándo daría el golpe? Necesitaba primero deshacerse de todo aquello que había adquirido de la realidad hasta volverse nada. Así sería; ella se volvería como la nada misma; un estado en el que la realidad no tendría poder, pensó, y una vez llegada ahí podría finalmente salir de la burbuja. ¿Pero a qué costo?, a costo de la inutilidad.


    El tercero:


    Viví una vez en una zona a la que llamaron Confort. Todos me decían que era un mal lugar para vivir, que la grandeza estaba afuera, que mi ser iba a ponerse escuálido y torpe si no huía de ahí inmediatamente. Integré esos consejos en mi corazón y de inmediato dejé de sentirme en confort en la zona de Confort. Agarré un asco tan grande a todo lo relacionado al confort que por miles de años me impregné de todo lo que pudiera proporcionarme disconfort; no hubo opinión que no escuchara, no hubo argumento que no atendiera, no hubo variante alguna en el pensamiento humano que no conociera, y me centré tanto en esta tarea que no notaba que, minuto a minuto, este nuevo estado comenzaba a constituir una nueva zona de confort. Me di cuenta un día que llegué a un universo en el que nadie discutía, no había intercambio de ideas, no había argumentos y no había más que una colectividad que compartía siempre un mismo estado de ser. Enseguida sentí temblor en mis huesos y en mi mente. Entonces supe que había salido sin notarlo de una zona de confort en la cual no sabía que me encontraba. Lo peor era que aquella nueva zona de disconfort era igual a mi primera zona de confort, y la idea de que todo se había vuelto al revés me enloqueció. Tardé mucho tiempo en cavilar lo que debía hacer; me debatía entre explorar esa torcida zona de disconfort y volver a lo que era antes, o ignorarla y seguir en mi zona de confort. Opté por una tercera opción, a la cual llegué después de concluir que había sido absurdo pretender huir del confort como si fuera un sofisma: iba a buscar mi zona de confort a través de la exploración de la zona de disconfort, o más bien iba a intentar crear mi propia zona de confort usando como material todo aquello que pueda sacar de toda la zona de disconfort. Intentar, claro, pero nunca realizarla, nunca concretarla. Con esa nueva mentalidad continué mi travesía. Ahora integraba todo aquello que me sirviera, todo aquel pensamiento que considerara respetable lo hacía uno conmigo y desechaba el resto, toda opinión era recibida, pero no por eso rebatida con menos pasión, todo eso con tal de estar seguro de que me iba construyendo con lo que más pudiera ser aprovechable. Desapareció de mi mente el concepto de respeto, de tolerancia y de seguridad. Aprendí en mi viaje que no era posible que todo pueda ser respetado, tolerado o seguro. Y por eso me hice de enemigos, muchos de los cuales eran los mismos que originalmente me dijeron que abandonara la zona de confort, y se enojaron y me dijeron: “¿qué te hemos hecho para que seas tan insensible ante nuestros seres, por qué tratas nuestros argumentos sin ningún tipo de misericordia, por qué te empeñas en tocar nuestras llagas con tu dedo impúdico? ¿No te amargan el corazón nuestras lágrimas?” “Sí, vive y deja vivir”, me gritaban, “cree y deja creer”, “respeta el derecho a la irracionalidad”. Y yo, como bien me conocen, contesté: “Amigos, fuisteis vosotros los que me dijisteis que saliera de la zona de confort, y os hice caso, y tiempo después me di cuenta de que lo que antes había sido mi zona de confort se había vuelto una zona de disconfort, y ahora pienso que es preciso buscar una zona de confort personal usando los materiales de la zona de disconfort, pero ¿cómo saber con qué materiales construir, no es menester para eso el ser lo más estrictos posible en la evaluación y enfrentamiento de las opiniones?, os digo que el salir de la zona de confort implica necesariamente la muerte del respeto, porque en el momento en que respetamos promovemos una zona de confort”, a lo que me contestaron: “miren como se contradice, pues dice que quiere crear una zona de confort para él, pero se queja de aquello que puede crear una zona de confort”, y les dije: “no hay contradicción, amigos, pues claramente os he dicho que hay que buscar la zona de confort, mas nunca hay que encontrarla: la zona de confort debe ser un proyecto, nunca un hecho, un proceso continuo de perfección, es por eso que este proyecto requiere no respetar, no tolerar, no tener seguridad, abrazar el conflicto en sus más inhumanas facciones, asesinar lo sagrado y pisotear sus restos, y en mi mundo, amigos, no hay sentimiento, creencia, prejuicio o convicción que no pueda ser manoseado, pisoteado, escudriñado con las manos hasta sacar todas sus más profundas vergüenzas. Tal es la conclusión a la que he llegado desde que salí de mi zona de confort”.


    ***​


    Comentario de Yelái y Áigen.


    Áigen: Ja, ja, ja, ¿ya viste qué parafernalia es ésta?

    Yelái: No le hagas tanto caso a la presentación, tonto; valora el esfuerzo, si es que lo hubo.

    Áigen: No me jodas, Yelái; la presentación lo es todo; el formato determina el valor intrínseco de las cosas.

    Yelái: ¿Qué problema tienes con el formato de estos cuentos? ¿Es porque están escritos? No me mires como un pendejo y respóndeme.

    Áigen: Pues sí; la escritura ya ha pasado de moda, y la lectura le ha seguido.

    Yelái: ¿Te parece inútil entonces?

    Áigen: Insignificante como el propósito de nuestros esfuerzos.

    Yelái: Entonces vamos a un universo donde sí sea significativo.

    Áigen: Bueno.


    ***​



    Áigen: Tras muchas penurias, al fin llegamos a un universo donde estos cuentos son significativos.

    Yelái: ¿Ya puedes ver la monumentalidad de las premisas y mensajes que se quieren dar a entender?

    Áigen: La veo, pero solamente porque la naturaleza de este universo me obliga a verlo así, al igual que como pasó en los otros en los que estuvimos.

    Yelái: Al menos aquí podremos comentarlos con algo de seriedad.

    Áigen: Seriedad impuesta, pero seriedad.

    Yelái: Parece haber sido escrita para los seres que no tengan idea de viajes universales, pues explican parte de la clasificación de los universos paralelos.

    Áigen: El objetivo no creo que fuera ese. Su mención disminuye con cada cuento hasta el punto que en el tercero el lector tiene que suponer que el personaje ha viajado a otros universos, aunque no se mencione explícitamente.

    Yelái: ¿Mal planteamiento, flojera o respeto por la inteligencia del lector?

    Áigen: ¿O todo eso a la vez?

    Yelái: Entiendo que no es el objetivo, pero no creo que haya quedado del todo claro lo que es el Zland sólo con base en estos cuentos. Califico esa ejecución de torpe.

    Áigen: A ti de por sí te da trabajo entender estas cosas, aunque seas una viajera. ¿Recuerdas el trabajo que te dio viajar a tu primer universo paralelo? ¿Y cuando trataste de salir de nuestro megaverso?

    Yelái: Serás cabrón, que tú y yo estamos en las mismas. Yo logré viajar al ultraverso antes que tú y me morí menos veces en el intento.

    Áigen: Bueno, bueno, ya. ¿Qué más?

    Yelái: Sé que son metáforas y no pretenden describir el cómo los viajeros viajamos, pero no puedo dejar de notar con curiosidad cómo simplemente dice que logran adquirir la habilidad de viajar por el hecho de adquirir más naturalezas o vaguedades similares.

    Áigen: Sí, supongo que no habría tenido el mismo impacto si hubiera explicado que la capacidad de viajar a otros universos es una capacidad que se debe adquirir en sí misma.

    Yelái: Hay muchos de nosotros que pueden viajar entre los megaversos y ni siquiera saben volar ni dormir.

    Áigen: Pero de nuevo, cuento simbólico es cuento simbólico.

    Yelái: El peor de todos me sigue pareciendo el tercero; es el que más se olvida de una de las premisas más importantes de los cuentos anteriores: la implicación que conlleva la adquisición de existencias y lo necesario de suprimir las naturalezas.

    Áigen: No critiques un cuento por no centrarse en lo mismo que los demás. Para mí simplemente es otra cosa, ligeramente relacionada, pero sin el mismo propósito que los otros.

    Yelái: Hace falta contexto. ¿Quién podría ser el autor?

    Áigen: Es cualquiera, incluso un alter ego mío o tuyo. Pero para cualquier viajero será evidente que las ideas expuestas son en esencia las del maestro Gyéo Fúntuo: la rebelión contra la sabiduría regular valiéndose de anti-enseñanzas, el cuestionamiento de lo dañino de algunos conceptos bajo la luz de la realidad de los universos paralelos, un berrinche abogando por la inmadurez que es inevitable adquirir cuando eres viajero, dando como resultado la inutilidad, concepto que los tres cuentos tienen en común.

    Yelái: Cierto; no queda duda que las anti-moralejas de estos cuentos son el resultado de la experiencia de un viajero que ha sido expuesto al infinito y lo ha integrado en su alma y corazón. La crítica a la madurez tradicional que se jacta de su capacidad para analizar y considerar puntos de vista diferentes desde muchos ángulos, relacionándolo todo a sus experiencias pasadas y planes a futuro, su empatía, su sensibilidad por los consejos y experiencias ajenas, su sentimiento de responsabilidad, su capacidad de valorar y respetar a los demás, está insinuada en estos cuentos. Desde el punto de vista del infinito (nuestra realidad) esa madurez se viene abajo, pues solamente puede funcionar si la cantidad de experiencias que puedes vivir, si la cantidad de seres con los que puedas convivir, y si la cantidad de circunstancias que puedan ocurrir, están todas limitadas a un solo mundo y tú estás limitado a una sola mente. Aquí se propone quedarse en la burbuja, en la zona de confort y en la cueva, y se aboga por que pierdan su connotación negativa habitual en los universos que no han dominado los viajes universales.

    Áigen: No me parece que sea su intención tampoco el abogar por la inmadurez, al menos no de manera profunda, pues se deja muchos detalles fuera, tales como la futilidad de seguir consejos, de preocuparse por los otros, lo inútil de la responsabilidad. No creo que estos cuentos funcionen si fueron escritos pensando en seres de mundos donde aún no logran viajar, es más bien para los aprendices que van a empezar estos viajes: son la exposición de una experiencia que puede o no serle útil al novato.

    Yelái: ¿Has estado alguna vez en un mundo de esos, en los que no saben todavía de los viajes universales?

    Áigen: Fui una vez cuando comencé a ser viajero. Pude experimentar en persona aquello a lo que llamaban madurez, responsabilidad, crecimiento, enaltecimiento del alma por medio de las obras buenas, la fe, el respeto, el trabajo duro, la preocupación hacia los demás y muchas otras estupideces. Intenté hablarles a esos seres diciéndoles que, de donde yo venía, y desde las circunstancias de mi realidad, los buenos resultados podían ser hechos a partir de los vicios y no de las virtudes. No hay diferencia entre el diligente y el perezoso, entre el tramposo y el honesto, entre el que aprende de sus errores y el que no; al final sería un hecho que ambos conseguirían lo mismo, y puse el ejemplo del inmaduro que en un universo tenía éxito por puro azar, que no era diferente del maduro que tenía éxito por su propio esfuerzo en otro universo. Por supuesto, estos hechos fueron recibidos con risas o simplemente ignorados, pues es difícil que aquel que no viaje se tome en serio lo que suceda en otros mundos que, por el momento, no tienen nada que ver con él. Le pregunté a uno: “Si nunca te afectara lo que ocurre en Fyúna[1], entonces ¿no tiene importancia el pensamiento surgido de Fyuna?”, y él me dijo: “¿Para qué me va a interesar lo que piensen en Fyuna, si aquello no va a poner comida en mi mesa?”[2]

    Yelái: Ese ser era víctima del pensamiento realicentrista[3] tan común en esos mundos. Pero ese pensamiento no es malo de por sí; de hecho, es necesario si no tienes la oportunidad de abandonar el universo para explorar otros. Se dicen: “Dime algo que me pueda dar resultados prácticos en el mundo real, de manera que dichos resultados sean útiles para que yo pueda predecir otros hechos bajo la expectativa de la veracidad de tus afirmaciones”, y esa ciencia es en lo único en lo que pueden confiar hasta que puedan llegar a otra realidad.

    Áigen: Ni siquiera al abandonar su realidad se desharían de ese razonamiento; de hecho, únicamente volviéndose un viajero absoluto como nosotros es posible rebelarnos contra la practicidad de los conocimientos, anteponiéndoles el más absoluto caos en el que toda práctica será, al fin y al cabo, inútil.

    Yelái: Los seres del primer cuento parecían estar conscientes de todo eso que has dicho; sin embargo, aparecían como seres normales que simplemente decidieron llevar existencias como seres que aún están limitados a una realidad, pese a que se dice que ya son como el que salió de la caverna. De nuevo me viene a la memoria Gyéo Fúntuo, que, después de salir exitosamente del Zland, decidió escoger una realidad en la que vivir como si fuera un ser no-viajero, y creo que una vez dijo que, en algún momento del recorrido, vamos a querer elegir un mundo y quedarnos en él indefinidamente.

    Áigen: Interesante esa correlación con la idea de madurez. La madurez solamente sirve si tu vida es limitada, si la muerte existe. Pero para los que mantienen la inmortalidad en la mente, de nada sirve suponer estados de la vida en términos de escalas o niveles, por lo que simplemente eligen en qué momento de su vida permanecer. A esto lo comparó Gyéo Fúntuo con el árbol que se vuelve semilla y vuelve a ser árbol cuando le convenga según las circunstancias: si viene el leñador con su hacha, se transforma en semilla; si viene el ave con su pico, se transforma en árbol. Un berrinche es un gran argumento en algún universo; un gran argumento es un berrinche en otro, y por eso es necesario tener en tu mente tanto al berrinchudo como al argumentador, siempre y cuando elijas seguir viajando.

    Yelái: Por eso para Gyéo Fúntuo el estado mental más conveniente del viajero es la adolescencia, el que pulula entre dos mentes contrastantes; se hace más niño si viaja y más adulto si permanece en un mundo.

    Áigen: No creo que esa interpretación que acabas de dar sea la más representativa del pensamiento de Gyéo Fúntuo.

    Yelái: Es la que yo puedo sacar después de haberlo oído hablar y visto actuar, aunque concedo que no he estado expuesta a sus pensamientos directos, sin obscurecer por la falibilidad de mis sentidos e interpretaciones.

    Áigen: No podemos negar también que en el pensamiento de Gyéo Fúntuo abunda la tendencia al desinterés general por alcanzar un modelo de pensamiento coherente, o al menos eso se deduce observando la cantidad de universos que existen, haciendo que una forma unificada de razonamiento sea imposible. De hecho, sólo sería posible vivir con una mentalidad fija y coherente si, como dicen los textos, dejamos de viajar y nos radicamos en una sola realidad, pero, al hacer eso, nos estaríamos encerrando a nosotros mismos en un marco muy limitado de perspectivas sólo por el beneficio de deshacerse de la trivialidad.

    Yelái: Siendo así el caso, ¿por qué no intentamos buscar más puntos de vista? Podemos acudir a los hijos de Gyéo Fúntuo, esos seres fastidiosamente casi ilimitados, y que por ello se han topado con el problema de sentirse inútiles en sí mismos. Sé que constantemente luchan contra su propia trivialidad y que incluso algunos de ellos piensan tomarse en serio la idea de abandonar su actual estado de gran desprendimiento del ser, para rebajarse al mismo nivel de los que están más oprimidos por los caprichos y designios limitantes de sus realidades.

    Áigen: Me gusta tu idea; vamos a visitarlos y pidámosles su opinión sobre estas historias. Oh, cómo se nota que los viajeros como nosotros no tenemos nada más importante que hacer de nuestras vidas. Afortunadamente, de las observaciones que se surgen de su aburrimiento, el viajero no se avergüenza.


    [1] Zona boscosa del estado de Trún, cerca de la ciudad de Kórens.

    [2] En el habla popular, decir que algo o alguien proviene de Fyúna se usa como expresión que denota inutilidad, de poca importancia o de baja calidad.

    [3] El original usa el término “zlandziént-fiyám”, que se puede interpretar como “tratar a la realidad como a un sol”.
     
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    ParalefikZland: Un libro perfecto
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    Encontraron al primero de los hijos de Gyéo Fúntuo en una realidad hecha de pigmentos que constantemente variaban en opacidad y transparencia, como el agua de un río que por el movimiento de su marea se va limpiando y ensuciando. Se encontraba una multitud de seres de brillantez nerviosa en torno a una competencia de dolor en la que participaban los más resistentes del Zlandliú, fácilmente distinguibles algunos por la coherencia y el celo de sus colores, inmutables y tercos.

    Áigen y Yelái vieron a Sinke subir a la tarima de madera plástica, el cual, con la soberbia de un león, presumió a su contrincante de su invicto milenario. El retador era un ser hecho de pixeles que había aprendido a regenerar cada parte de su cuerpo, y aprovechando ese poder había decidido volverse un artista profesional del dolor, por lo que había viajado por todo el zland luciendo el maltrato al que era capaz de someter a su cuerpo sin recibir nunca daño permanente. Al oír de la fama de Sinke, hijo de Gyéo Fúntuo, en ningún momento pensó que sería capaz de ganarle en las artes del dolor, sino que, ilusionado, se había apurado a asistir a ese evento con el fin de ser tomado como discípulo, y bajo su instrucción refinar su arte hasta el punto más allá de la sublimidad.

    Para empezar, Sinke hizo aparecer de la nada una botella de champú de un mundo donde el cabello de los seres tenía la dureza de mil núcleos solares, donde la suciedad se les aferraba hasta volverse una con el cabello, fundidas como con pegamento cuántico. Sinke hizo una pose exagerada mientras dirigía la botella hacia sus ojos anaranjados, los cuales abrió como si pretendiera introducir la botella en sus pupilas. Al apretar, salió disparada la verde y amarga sustancia ácida hacia sus ojos, éstos la recibieron toda, derritiéndose y dejando dos masas sangrientas que babeaban líquidos amarillos. Sinke lanzó un grito de victoria en el momento en que sus ojos volvieron a brotar en sus cuencas como burbujas recién nacidas de un soplido.

    Ante eso, su retador sacó uno de sus cuchillos de gancho y, sin dudarlo ni un momento, arrancó sus cinco ojos de sus nichos, pero se quedaron colgando de los nervios ópticos a semejanza de panales tiesos que ni el viento puede mecer; y no contento con eso, aumentó la presión sanguínea en los ojos hasta que estallaron como rojos fuegos artificiales, cuya luz y humedad empapó a la multitud que aclamaba, luego volvió a hacerse crecer ojos y los regresó a sus cuencas. Sinke reía satisfecho; se veía igual que un niño viendo un truco de magia.

    La competencia fue larga. A cada turno, la crueldad de sus torturas aumentaba: se arrancaban miembros, se castraban, se extraían órganos internos y, aún conectados, los rociaban con toda clase de porquerías ácidas que los corroían hasta volverse polvo, se rompían cada hueso del cuerpo, y se desollaban y sometían a sus músculos expuestos a un cañón que calentaba con el calor de un millón de supernovas. El punto culminante fue cuando Sinke, mostrando ya sutiles señales de fastidio, extrajo su propio cerebro y lo colocó sobre una mesa; luego, como un cirujano, localizó el centro de dolor y lo sometió a puñaladas, quemaduras, ácidos y golpes, y cada uno de esos ataques era tan severo que de haber sido dirigidos hacia cualquier otro punto de ese mundo, habrían terminado por despedazar el universo. El retador, atónito, no pudo replicar ni superar aquella portentosa muestra de resistencia, y arrodillándose ante Sinke reconoció que su arte era superior. Iba a pedirle que lo tomara como discípulo, pero de inmediato pasaron por su cabeza las hipotéticas imágenes del entrenamiento que tendría a su lado, y tembló al darse cuenta de que no eran imaginación suya, sino que Sinke se infiltraba en su cerebro y le traspasaba toda la experiencia de un alter ego de otro universo paralelo, uno que ya había sido discípulo de Sinke y estaba a su altura en su arte del dolor. Al terminar de traspasar toda esa existencia, el que había sido el retador había adquirido la misma habilidad que ese alter ego sin pasar por ningún entrenamiento.

    —Un pequeño regalo —dijo Sinke.

    El ser, temblando de emoción, agradeció y se despidió, presto para lucir su nueva naturaleza regalada en miles y miles de otras realidades.


    ***​


    —¡Ea, hijo de Gyéo Fúntuo! —dijo Yelái— Sinke, el payaso perseverante, ¿qué haces aquí en este universo?

    —Ejercito mi libertad —dijo Sinke—; desde que salí del Zlandliú[1] recorro el zland a voluntad, experimentando y absorbiendo existencias para integrarlas en mi ser, así cada vez existiré más hasta algún día volverme absurdo, hasta que decir mi nombre sea sinónimo de no decir nada.

    —¿Dónde está tu gemelo? —preguntó Áigen— Es sinceramente extraño para mi muy subjetivo gusto estar frente a un Sinke sin un Yake.

    —Mi gemelo anda por ahí, en infinitos mundos, haciéndolo todo y no haciendo nada, como yo y como todos. Pero si se refieren al alter ego de mi hermano del que hemos tenido directa experiencia, aquel cuya existencia es para nosotros práctica y significativa, sepan que ha preferido permanecer en una misma realidad a lado de su pareja, a quien yo bien conocí cuando nos enviaron a aquel mundo que por mucho tiempo negué que fuera mi realidad.

    —Oh, nos hubiera encantado teneros a los dos aquí en este mundo —dijo Áigen—. Quisiéramos que nos dieras tu opinión acerca de estos tres cuentos que, de improviso y sin reverencia, aparecieron en mi cara y en la de mi compañera Yelái.

    —Nuestra desocupación nos impulsa a buscar la opinión de vosotros, los hijos de Gyéo Fúntuo —dijo Yelái—, pues no somos capaces de sacar nada en claro de estos tres cuentos. Dales un vistazo…

    —No es necesario que los mire —dijo Sinke, interponiendo su mano—, pues sin que ustedes se hayan dado cuenta, me he tomado la libertad de absorber la completitud de vuestras existencias, y entre toda la maraña de vuestras experiencias ya he visto los cuentos y me he hecho uno con vuestras interpretaciones.

    —Tal como lo esperaba de Sinke, el gran cabrón —dijo Áigen, admirado—. Oh, Yelái, ¿puede tu mente concebir a un ser más cabrón que adquiere las existencias de los seres sin su permiso?

    —Mi deseo es algún día llegar a tener esa envidiable naturaleza —dijo Yelái, en éxtasis.

    —Si así es tu deseo —dijo Sinke—, puedo garantizártelo y regalarte una copia de la totalidad de mi existencia; entonces seremos iguales salvo en lo que nuestras voluntades elijan hacer después de eso.

    —Oh, no podría yo recibir más grato honor —Yelái casi siente deseos de arrodillarse—, aceptaré gustosa tu regalo, gran Sinke, pero no será sino hasta después de que hayamos visitado a todos tus hermanos, pues es mi voluntad ver primero cuántos de ellos me aceptan una similar petición, y escogeré después yo misma a aquellos que me parezcan mejores y más poderosos. Tal es mi voluntad.

    —Tu voluntad es admirable, aunque su contenido me suene ridículo —dijo Sinke—; no obstante, no tengas duda de que estaré esperando tu regreso, y recibirás mi regalo. Ahora, tocando finalmente el tema de los cuentos, como ya saben, cualquier intento de interpretar o significar signos no es más que un ejercicio banal cuando se es un viajero, así que la opinión que os daré será teniendo en mente la realidad a la que a mí y a mi hermano nos enviaron a vivir, cuando éramos recién nacidos, y en la que permanecimos hasta que nos llegó el momento de volver.

    —Sí, esa realidad —dijo Yelái—, la que está hecha de trazos, donde un gesto vale lo que un millar de inútiles gestos en nuestro mundo original.

    —Si adopto la mentalidad de ese mundo, mi opinión es simple para los tres cuentos: trabajad, esforzaros para crecer y quizás llegarán a ser algo más grande. Pero esa opinión ya la saben; hay infinitas iguales y ya las habéis escuchado todas.

    —¿Y cuál es tu opinión si te las tomas con mayor seriedad? —dijo Yelái— Porque es evidente que en el fondo sólo te estás burlando, y esa opinión que dices no tiene más que la intensión de una simple parodia superflua.

    —Hablas con acierto —dijo Sinke—. Venid conmigo entonces; vamos a pasear. Os prometo que mis argumentos serán serios esta vez, mas no así mi actitud.


    ***​


    Aparecieron en un miserable cerro hecho de fango cuya peste era tal que creían que se les derretían los ojos. Poblando el cerro, miles de niñitos famélicos pero con tiernas manitas regordetas, desnudos y con la piel roja por sol, revolvían el fango en busca de insectos o alguna plantita que por ventura hubiera derrotado el peso del fango y salido a la luz. Sinke, adoptando una forma infantil, se puso a revolver el fango entre ellos y comió de los insectos.

    —¿Por qué nos has traído aquí? —preguntó Yelái— Nunca había visto un sitio más triste que este, en parte porque nunca he intentado viajar a uno —y al decir esto miraba los miles de cerros que conformaban aquella región, donde ni uno de los cinco ríos tenía agua azul y el aire sólo llevaba el hedor de los cuerpos muertos de los niños que habían muerto de hambre y sed—, pero ahora… este sol amarillo… este aire corrompido… este fango que siento aferrarse hasta mis huesos…

    —Yo también lo siento —dijo Áigen—… me estoy integrando… ¿tú estás haciendo esto, Sinke?

    Al hablar, ambos también se inclinaron en el fango e imitaron a los niños, de los que salían sollozos, gemidos y lágrimas. Sinke, llorando como ellos, y sin dejar de buscar insectos como si de verdad fuera a morir si no los comiera, dijo:

    —Los he traído aquí para que experimentemos cómo es salir de la burbuja, de la cueva o de la zona, según la perspectiva de los seres del mundo donde me enviaron de pequeño. La tragedia, el dolor, el sufrimiento, el hambre de los más inocentes… eso era la realidad, al menos en unas partes de él, y todo lo que no fuera así era una burbuja, una cueva, o una zona de confort.

    —¿Así viviste tú? —preguntó Áigen.

    —No; yo estuve en la burbuja, en la cueva, en la zona. La “realidad” era apenas un lejano bosquejo inaccesible para mí, pero nunca me importó acercarme a este hecho; “¿para qué importarme si de todos modos aquel no era mi mundo?” Así pensaba yo.

    —Yo a veces deseo poder hacer algo para que este tipo de mundos no exista —dijo Yelái—, pero luego recuerdo que en nuestro megaverso eso no es posible dada la ley de la perpetua bifurcación.

    —He estado en megaversos donde esa ley no existe —dijo Sinke—, y ahí me ha sido posible erradicar por completo el sufrimiento. Sin embargo, en los megaversos donde la ley de la perpetua bifurcación existe no hay nada que podamos hacer; no se puede erradicar el sufrimiento de todo el zland, o al menos ni yo ni mis hermanos hemos obtenido la naturaleza que nos lo permita.

    —¿Cuánto tiempo más estaremos aquí? —dijo Áigen, a quien miles de pequeñas hormigas del fango ya le habían llenado el cuerpo de ronchas que se inflamaban y reventaban con una terrible comezón.

    —Hasta que muramos —dijo Sinke—. Acompañemos a estos pequeños en su dolor.

    —¿Por qué no sólo los ayudas? —preguntó Yelái— Elimina el sufrimiento de este universo, aunque sea.

    —De nada sirve —dijo Sinke—, la realidad se bifurcará y seguirán habiendo infinitos mundos en los que no pude eliminar el sufrimiento, y más aún, en realidad ya lo estoy eliminando en este preciso momento, en una bifurcación de este mundo.

    Continuaron buscando insectos y plantas. Muchos de los insectos que vivían en el fango les producían dolorosas picaduras que acrecentaban su sed y hambre. Los niñitos fueron muriendo uno a uno, y muchos huesitos fueron accidentalmente desenterrados por los viajeros en su búsqueda de comida. Sobre esos huesitos encontraron hongos comestibles creciendo, y al darse cuenta de eso los niños se abalanzaron sobre ellos para saborear sus néctares aguados, se golpearon, arañaron y mordieron hasta que sólo uno quedó vivo para comerlos. Horas después, cuando el frío de la noche obligó a los niños a bajar a las faldas de los cerros para cobijarse en las pequeñas cuevas de su interior, estaban tan cansados y hambrientos que pocos pudieron defenderse contra las anacondas nocturnas que habitaban en la cumbre de los cerros, invernando durante el día, y hubo una sinfonía escabrosa de huesos rompiéndose y alaridos agudos que clamaban por un momento de dicha en sus miserables vidas. Los viajeros y Sinke sobrevivieron a las anacondas, pero murieron de frío durante la noche, y sus cadáveres fueron devorados por las hormigas y sus huesos enterrados en el fango.


    ***​


    En seguida escucharon la agrablísima música de violines y trompetas. Sintieron la suavidad de camas con sábanas de seguro robadas de varios dioses del erotismo, y un aire fresco que olía a los alientos perfumados de los más inocentes beatos; y para sus ojos, el regalo de la vista de una playa de arena blanca, peñascos cobrizos y un cielo igual a una laguna, en donde el sol no quemaba.

    —¿Dónde estamos ahora, gran Sinke? —dijo Áigen.

    —Ya hemos experimentado la realidad según mi mundo, ahora experimentaremos la burbuja, la zona y la cueva.

    Caminando en dirección a la cama a la orilla del mar, se dirigían dos de los más majestuosos especímenes de mujer y uno de hombre. La belleza de tales seres y la voluptuosidad de sus cuerpos paralizaron a los viajeros y a Sinke, quienes, rojos y casi sin respiración, aguardaban con impaciencia a que esos seres terminaran de desprenderse de sus ropas y se metieran con ellos en la cama.

    —A este tipo de mundos me gustaría convertir la completitud de la existencia —dijo Yelái, desnudándose—, creo que es por eso que constantemente viajo a ellos.

    —Yo no llego a tal extremo —dijo Áigen—, pues en el balance entre el placer y el dolor está la gracia de ser viajero.

    —No olviden que debemos tratar todo esto como si fuera fantasía —dijo Sinke—, así que cada segundo que estemos disfrutando de esto asegúrense de sentirse tristes, miserables, patéticos o insignificantes, y deben querer volver al mundo de los cerros de fango sólo porque aquel mundo es la “realidad”. Gócenlo con culpa.

    Y al llegar los seres, las mujeres se postraron ante Sinke y Áigen y el hombre ante Yelái. Comenzaron los tres a disfrutar de sus bocas donde poco tiempo atrás estaban llenos de fango, y la dulzura de las lenguas y los labios se sentía como si les entumecieran hasta los huesos. Todos apretaron las cabezas de sus parejas como si temieran que se alejaran, y en ellos descargaron el peso de todo lo que habían tenido que sufrir antes, con una explosión que competía en grandeza con el dolor y la desesperación de aquellos niños en el mundo de fango. Los seres no dejaron sus puestos durante muchas horas, recibiendo cada vez las descargas de los que no quisieran nunca volver a sufrir. Luego hubo una orgía en la que se disfrutaron de placeres igual de voluptuosos. Ni el santo más fervoroso sintió tanto gozo en su alma al ascender al paraíso como cuando los viajeros y Sinke utilizaban esos cuerpos para deleitarse. Durante todas las horas que duró aquella orgía, hasta bien entrada la noche, no hubo pasión que no experimentaran; incluso Sinke los hizo a todos cambiar de género para experimentar el placer desde todos sus puntos de vista, y cuando finalmente cayeron rendidos, el viento era tan exquisito en su frescor que se sintieron como si fueran elevados en el aire, más allá de toda realidad significativa.


    ***​


    El espacio ahora es una pantalla blanca. No hay nada importante que ver.

    —Gracias por mostrarnos la opinión de ese mundo que fue tuyo, gran Sinke —dijo Yelái—, pero queremos saber tu opinión honesta sobre los cuentos, alguna observación que nos pueda resultar de interés.

    —Nunca me ha gustado ser serio con mis opiniones —dijo Sinke—, lo considero una limitación que restringe mis experiencias, y por eso he de decirles que no pierdan el tiempo con esos cuentos que no sirven para nada. Sigan viviendo y viajando, eso sí. Lamento si no les ha agradado mi respuesta final, pero siempre pueden ir con mis hermanos y preguntarles; a lo mejor ellos sí tienen la osadía de tomárselos en serio.

    —¿Algún día querrás dejar de viajar para permanecer en un mismo mundo? —preguntó Áigen.

    —Indudablemente lo querré —dijo Sinke—, mas no próximamente, eso es seguro al menos para mi yo actual. Y es aquí donde los dejo, pequeños. Suerte con su ociosidad.


    [1] “Círculo del Zland”.
     
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    Se encontraron Áigen y Yelái subiendo por la ladera de una colina selvática, donde crecían enormes enredaderas de plantas de las que emanaba el aroma de la vida después de la lluvia y el vapor de la tierra llenaba el aire con un calor sofocante. En poco tiempo llegaron a una cueva donde aguardaba sentada Émbora, portando con endiosamiento la antigua armadura que alguna vez utilizó para combatir. Émbora no se molestó en ponerse de pie al ver a los viajeros y siguió contemplando la vegetación de la colina.

    —Saludos, magnífica Émbora, la valiente —dijo Áigen—. Esperamos que nuestra visita no sea de tu desagrado y que no estemos importunando importantes reflexiones, esperanza que de seguro no importa a los seres que han llegado a tu estado.

    —Así es, jóvenes viajeros —dijo Émbora—, y no perdáis el tiempo pretendiendo que les importa si me habéis interrumpido en algo o no. Venid, sed bienvenidos aquí a mi lado. Mi colina es vuestra también.

    Los dos viajeros se sentaron, uno a cada lado de Émbora, y la acompañaron en su contemplación de la jungla a sus pies.

    —Seguro, por tus poderes de absorción del ser y del estar —dijo Yelái—, ya sabrás la razón de nuestra visita con mucha mayor claridad que nosotros.

    —Absorber existencias últimamente me parece fastidioso —dijo Émbora, por cuya piel morena recorrían pequeñas gotas de sudor—, sólo las absorbo si me parecen interesantes, así que solamente si las vuestras me lo parecen, las adquiriré.

    Yelái miró de reojo el rostro firme de Émbora, igual al de un soldado siempre en espera de una orden, pero el viento movía sus largos cabellos rizados de manera que le obstruía la visión de ese rostro tan paciente, y sin embargo tan severo.

    —A nosotros se nos han aparecido de repente tres cuentos —dijo Yelái—, y nuestra ociosidad nos mueve a buscar la opinión de los hijos del gran Gyéo Fúntuo. Hemos estado ya con tu hermano Sinke y de él hemos obtenido experiencias nada despreciables.

    Áigen ofreció a Émbora las láminas donde estaban los cuentos. Ella los examinó por tres segundos y los apartó de sí diciendo:

    —¡Pérdida de tiempo, nada más que pérdida de tiempo! Esto no es sino una muestra del entrenamiento que todo viajero de nuestra clase debe integrar. Mi interpretación de los tres cuentos es simple y clara: nada importa y no hay nada que puedas hacer contra eso.

    —Siendo sincero —dijo Áigen—, esperábamos quizás un análisis más severo de tu parte, que te pusieras a observar con detenimiento los componentes de cada cuento y sacaras de ellos mensajes significativos.

    —Eso ya no es de mi interés —dijo Émbora, y sus ojos se volvieron más severos, apretó con la empuñadura de una brillante espada curva que le colgaba de la cintura—. Lo único que puedo haceros notar es que los cuentos no se molestan en explicar cómo los personajes adquieren las habilidades que les permiten desprenderse de sus naturalezas para poder viajar. ¿Cómo adquirió uno el poder de viajar por el espacio, o el poder de no comer, o el poder de no respirar?

    —Debido a la naturaleza metafórica de los relatos —dijo Yelái—, no es de importancia el cómo, sino lo que hacen con todo eso.

    —Quiero enfocarme en ese asunto —dijo Émbora, se levantó empuñando su espada, su armadura cobriza con tallados de figuras mitológicas quedó bañada en rayos de sol, y blandiendo la espada en el aire la convirtió en una serpiente, que huyó entre los matorrales en el momento en el que Émbora la arrojó bruscamente al suelo—. ¿Sabéis cómo es que logré convertir a esa serpiente en espada la primera vez? —preguntó con desdén.

    —Sabemos la historia de tus hermanos y cómo fueron creados —dijo Yelái un tanto preocupada, pues el gesto de Émbora parecía dar a entender que le provocaba un profundo disgusto que aquello fuera sabido.

    —Entones sabréis que, desde nuestra creación, a cada uno nos dieron ciertas habilidades especiales que desentonaban con la norma de las realidades a las que nos enviaron de pequeños. A mis hermanos Yake y Sinke les dieron el control sobre el agua; a mi hermano Dáran, sobre el fuego; a mi hermana Bizái, sobre el espacio… y también nos dieron habilidades comunes a todos nosotros, tales como nuestra casi inmortalidad. De seguro sabéis también cómo obtuvimos las habilidades que nos hacen ahora lo que somos.

    —Sabemos toda su historia —dijo Áigen.

    Émbora los miró como una capitana frente a unos soldados rasos, desdeñosa y como si fuera a estallar en órdenes de la más alta importancia. Entonces los hizo cambiar de mundo.


    ***​


    Están ahora en una realidad que consistía únicamente de montículos de piedras que ensuciaban el aire con su polvo gris. Sin sol que alumbrara, la luz provenía de las mismas piedras, y era tan tenue que asemejaba a la luz de la luna de una noche nublada. “He puesto pausa a gran parte de mi ser”, dijo Émbora, tomó una piedra y los viajeros la vieron luchar con sudor y sangre por levantarla de su sitio. Émbora batalló con su peso hasta que pudo alzarla por sobre sus hombros y la arrojó pesadamente sobre otras rocas. Hizo lo mismo varias veces hasta que se dieron cuenta de que estaba formando un montículo nuevo. “¿Por qué haces eso?”, preguntó Yelái, Émbora contestó: “Porque esto es lo que se hace cuando se posee la desventaja de depender de tan poca existencia; mover cada roca cuesta un enorme esfuerzo, y si no dedico tiempo, energía y espíritu, nunca podré armar la torre”. Se mantuvieron todos en silencio mientras Émbora continuaba con su trabajo. Esperaron los viajeros sentados a la distancia. Pasó un día, una semana, luego un mes, un año y otro año, un siglo, pero el montículo todavía no estaba lo suficientemente alto. Las centurias se fueron volando y la torre de rocas se elevaba tan alta que daba trabajo ver a Émbora subiendo por la ladera. Cuando pasó finalmente un eón, Émbora declaró que ya no tenía energías para continuar creándola, y bajó junto a los viajeros. “¿Qué quisiste demostrarnos construyendo esta torre?”, preguntó Áigen. Émbora contestó: “Ahora voy a activar de nuevo mi ser por completo”, dicho lo cual, de un leve puñetazo toda la torre de rocas quedó hecha pedazos, dejando todo aquel mundo sumido en una bruma polvorienta. Después de un momento, las piedras, como si tuvieran vida propia y obedecieran el severo mandato de la mente de Émbora, volaron presurosas a rearmar la torre que acababa de caer, y en menos de lo que los viajeros se dieron cuenta, se había formado una torre el cuádruple de alta que la que Émbora había creado en un eón. Entonces Émbora los hizo levitar hacia la cima, y mientras subían habló: “Cuando regresamos a nuestro mundo original, mis hermanos y yo nos enfrentamos de nuevo a aquello que los seres llaman esfuerzo y penurias, simplemente para poder experimentarlas y superarlas, y de ese modo adquiríamos nuevas habilidades. Sin embargo, un día comprendimos que aquello era inútil, porque obtuvimos la habilidad de sustraer las existencias de los seres, de manera que el verdadero esfuerzo y la verdadera penuria quedaron vetadas para nosotros. A mí misma mi padre me ofreció liberarme de la necesidad de pasar por esas pruebas, dándome por completo su propia existencia y sus propias habilidades de aquel tiempo, al principio no acepté porque creía que la grandeza estaba en obtener las existencias por el propio esfuerzo y la penuria, pero luego comprendí que, en la escala amplia de los mundos paralelos, no hay diferencia entre esforzarse y obtenerlo todo gratis, así que acepté el ofrecimiento de mi padre y me convertí en gran parte de lo que soy ahora”. Ya habían llegado a la cima antes de que Émbora terminara de hablar, y desde ahí contemplaron el cielo negro como un espejo sin estrellas. “¿Los personajes de los cuentos se habrán dado cuenta de eso del mismo modo que tú?”, preguntó Yelái, y Émbora contestó: “Ya ni estoy teniendo en consideración esos cuentos al explicar todo esto, os he dicho que no me interesa”.


    ***​


    Regresan al mundo de las colinas selváticas. Inmediatamente se aproxima la serpiente que había sido espada, como un perro manso que se ha arrepentido de haber huido y suplica el perdón de su dueña. Émbora la toma de la cola, la serpiente se vuelve a transformar en la misma espada y vuelve a ser colocada suavemente en la cadera de su dueña.

    —Es nuestra voluntad ir con tus otros hermanos —dijo Áigen—, ¿a cuál nos recomiendas visitar ahora?

    —Decidid vosotros —contestó Émbora—, estáis condenados a la libertad.

    —Antes de irme —dijo Yelái— quisiera saber si, después de haber satisfecho mi ocio, podría regresar contigo para que me dieras tu existencia y la integre en mí. Hace rato le pedí lo mismo a Sinke y él aceptó con gusto.

    —Supongo que no tengo problema con eso —dijo Émbora—. Es curioso: lo que ahora soy primero luché por ganármelo, y al final lo gané al mismo tiempo que me fue regalado, y ahora te lo voy a regalar yo sin que tengas la necesidad de lucharlo. Sólo recuerda que en algún momento, dada la inmortalidad de los viajeros, te sentirás con las ganas de renunciar a todo tu ser para ganártelo todo de nuevo desde el principio; ése es mi sentir actual.
     
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    —Ya pueden pasar —dijo una secretaria pelirroja, que pertenecía a un mundo pintado en el que los ojos de los seres apenas existían.

    Áigen y Yelái encontraron, sentado en su escritorio, ojeando con semblante aturdido cientos de documentos, al hermano Dáran, que al darse cuenta de ellos les sonrió y ofreció que se sentaran.

    —El bello Dáran, el prudente —dijo Yelái, brillándole los ojos—, ¿en qué estás ocupado?

    —Los acuerdos y condiciones de varias realidades antes de integrarse al Zlandliú —dijo Dáran—, no tienen idea de la cantidad de mundos que están ansiosos por ser parte de nuestra sociedad, pero se muestran renuentes a considerar las consecuencias inevitables (acaso incómodas) que implica la convivencia en sociedad con otros universos. ¿Pero qué es lo que buscan ustedes?

    —Venimos a pedirte opinión sobre unas historias que en nuestro ocio se nos aparecieron —dijo Áigen, entregándole las láminas.

    Dáran las examinó atentamente, de la misma manera que lo haría con los documentos formales que se encontraba revisando. Mientras se tomaba su tiempo, Yelái dijo:

    —¿Cómo te ha ido en esto de trabajar para el Zlandliú? Alguna vez me llamó la atención dedicarme a viajar entre los universos para convencerlos de unirse, pero mi voluntad estuvo por otros lados. ¿Cuánto tiempo más crees que esta forma de vida será tu voluntad?

    Dáran contestó, sin apartar la vista de las láminas:

    —Todos mis hermanos comenzaron al principio siguiendo este camino, y poco a poco fui testigo de cómo sus voluntades los hacían tomar caminos diferentes, diseminándose por todo el zland, dejándome sólo en esta empresa. No es más que cuestión de tiempo para que yo también elija irme, y para que los demás decidan volver.

    Después de un rato bajó las láminas, y dijo:

    —Quiero limitar mi opinión a un solo aspecto de lo que pude interpretar, sin señalar el cuento específico. Ustedes, como viajeros, ¿qué van a hacer con todo lo que logren cosechar de sus experiencias?

    —Yo espero ver todo lo que me sea posible ver hasta que me harte —dijo Áigen—, y después encarnarme en algún mundo donde yo sea un ser relevante, y compartir mis conocimientos sobre el zland como un sabio respetado.

    —Yo quisiera llegar al mismo estado al que tú y tus hermanos han llegado —dijo Yelái—; de hecho, iba a pedirte si me dejabas poseer tu existencia para ser lo mismo que tú. Tus hermanos Sinke y Émbora ya me han dado su aprobación para poseer las suyas.

    —Seguro, te la daré —dijo Dáran, levantándose—, pero el lograr obtener todo eso será, al fin de cuentas, poseer un poder que no se han ganado, ¿o sí?

    —En las circunstancias que vivimos —dijo Yelái, tras pensar un momento y analizar la mueca interrogadora de Dáran— ¿qué diferencia hay entre lo que ganamos con méritos y lo que sólo se nos da? ¿No es precisamente el origen de todas las naturalezas el haber sido creados con dones no ganados?

    —¿Y es eso justo? —preguntó Dáran— ¿Importa que lo sea en primer lugar?



    ***​


    —En este mundo todos los seres nacen con un solo apéndice. Mírenlos arrastrar sus abultados cuerpos con él sobre la tierra. El mismo apéndice es al mismo tiempo para desplazarse, respirar y comer, ¿están estos seres en desventaja en relación a nosotros?

    Los viajeros vieron a esos seres animalescos desplazándose por lo que parecía un desierto de arenas negras, revolviendo el suelo con sus únicas trompas y escondiéndose en sus madrigueras al percatarse de las sombras de las nubes en el cielo. Estos seres no podían ver ni a Dáran ni a los viajeros.

    —Ciertamente no podrán hacer muchas cosas —dijo Áigen—, no los imagino escribiendo, tocando violines, pintando o empuñando espadas —mientras hablaba, Dáran adquirió la misma forma de esos seres y se puso a arrancarle las hojas a un arbustito para comérselas—, pero supongo que para lo que su realidad les ha deparado, lo que tienen es suficiente por ahora.

    Con su casi inexistente boca, Dáran dijo mientras masticaba:

    —¿Y si sólo es suficiente en apariencia, pero en realidad sus vidas serían mucho más cómodas si poseyeran lo que no poseen?

    De la parte de abajo del rechoncho cuerpo de Dáran surgió un par de patas robustas, con las cuales se irguió y provocó la admiración de sus compañeros de mundo, que se acercaron para admirar esos nuevos apéndices con los que Dáran alcanzó las frutas verdes que crecían en un árbol espinoso. Los pequeños seres las comieron y rodaron en torno a Dáran en señal de alabanza.

    Dijo Dáran:

    —Es curioso que en un mundo donde todos tengan sólo un apéndice, el que tiene tres es como si fuera un héroe. Díganme, viajeros, ¿es injusto que yo posea estos apéndices extra, mientras que el resto de mis compañeros siga teniendo sólo uno?

    Sin darles tiempo para contestar, un grupo de aquellos seres se juntó para llevar a cabo una importante discusión. Dáran hizo un gesto a los viajeros para que se callaran y escucharan lo que habrían de decir. Tras un rato, surgió de entre ellos el más voluminoso de los qoéri[1], como se llamaba su especie, y poniéndose en frente de Dáran comenzó a hablar:

    —Después de mucho deliberar, hemos llegado a la conclusión de que tu existencia no puede ser tomada a la ligera, ya que implica consecuencias de orden filosófico que a muchos de nosotros inquietan. La cuestión es esta: no representas nuestra realidad; no eres parte de las experiencias comunes de los qoéri; no sufres lo que nosotros, y, muy seguramente, tus experiencias también son inalcanzables para nosotros. ¿Para qué queremos en nuestro mundo a un ser que no representa a nuestro mundo? ¿De qué nos sirve tener un compañero que puede hacer lo que nosotros no podemos y que por ello vive mejor? ¿Te das cuenta de lo que queremos decir? Nosotros como colectivo tenemos problemas, y lo que menos nos gusta es que uno de nosotros desarrolle tales poderes y nos eche en cara lo que no podemos hacer. Para ponerlo simple: tu existencia es injusta. Así que o vuelves a ser como eras antes, poseyendo solamente un apéndice como todos nosotros, o te comprometes a usar ese poder para servir al mundo cuando se necesite, brindándonos los frutos de ese árbol que de otro modo serían inalcanzables, o te vas de aquí y no regreses nunca, o te matamos.

    —¿Qué debería hacer, viajeros? —preguntó Dáran sin quitar la vista del jefe de los qoéri.

    Mientras esperaba una respuesta, los más jóvenes de los qoéri empezaron a juguetear diciendo:

    —¡Yo también quiero otros dos apéndices!

    —¡Sí, qué genial sería poder alzarse en alto como él!

    —¡Yo podría agarrar esas frutas por mí misma!

    Y eso exasperó al jefe:

    —¿Ya ves lo que has hecho? —gritó a Dáran, mirándolo desde abajo con sus ojitos negros— Tu falta de representación fiel de la realidad está haciendo que los demás ignoren la realidad de nuestro mundo y se pongan a desear cosas absurdas.

    —Creo que deberíamos irnos —dijo Áigen, que contemplaba con cierta tristeza a los qoéri.

    Dáran volvió a su forma normal, y para los qoéri fue como si se desvaneciera en el aire.

    —Es bastante simple —dijo Dáran—, aquello que no sea un retrato de la realidad de uno, será desechable.

    Dáran hizo que al resto de los qoéri les crecieran apéndices similares a los que él se había dado, y al levantarse del suelo y comprobar que podían alcanzar los frutos, comenzaron a celebrar; incluso el jefe parecía haberse olvidado del desaparecido y de sus palabras, pues su realidad había cambiado, y cuando la realidad cambia el pasado se vuelve ficción.

    —Bello Dáran —dijo Yelái, mirando complacida a los qoéri—, me gusta lo que has hecho, pero ¿qué tiene que ver con los cuentos?

    —El valor de todo esto no está en lo que ha sido escrito —dijo Dáran, con un aire de desasosiego—. Todos esos personajes que han viajado por todo el zland, ¿qué serán para todos aquellos que no han viajado nada? ¿En otros mundos serán rechazados por ser ficciones, serán elevados a dioses, serán ignorados? Todo nos pasará.


    ***​


    Están ahora en un enorme disco plateado que flota en un espacio violeta. Lo puebla un grupo de seres humanos, uno de los ancestros de la especie de la que descienden Dáran y sus hermanos. Al entrar en ese disco sin atmósfera, Dáran camina normalmente entre ellos seguido de los viajeros.

    —Este mundo está en el límite de mi magnitud —dijo Dáran—, mientras no aumente el alance de mi magnitud, aquí soy igual de vulnerable que esas personas en casi todo.

    Y contemplaron las construcciones de piedra brillante en las que se refugiaban. Venían algunos con cargas de animales para cocinar, y el bosque en el que habitaban tenía árboles rojos que ardían con tal facilidad y por tanto tiempo, que con un solo tronco ponían a asar pedazos de animales por días.

    —Dime, Dáran —dijo Aígen, con ojos nerviosos pero con voz agradecida—, pero ¿acaso nos estás protegiendo de la magnitud con tu poder? Sabe que nosotros, los viajeros sencillos, no tenemos la capacidad de soportar las magnitudes superiores como ustedes, los hijos de Gyéo Fúntuo.

    —Lo sé, y en efecto los protejo, ya que estamos a una magnitud de cuarenta trillones en relación a nuestro universo.

    —¿Cuatenta trillones? —exclamó Yelái, impactada— Así que este universo es por ahora el límite e tu poder. Si no nos estuvieras protegiendo, este universo nos habría aplastado tan rápido…

    Dáran los ignoró y se dirigió a uno de los humanos, se desnudó para estar como ellos y comenzó a ayudarlos en sus laboriosas ocupaciones. Los ayudó a cazar, cocinar, sembrar; labró durante días la tierra brillante para hacer crecer vegetales, crio a los animales de las granjas, participó en las cosechas cargando los sacos de semillas, y todo lo hizo con una jovialidad tal que parecía haber pertenecido a esa realidad desde siempre, sin conocer ninguna otra. Escondidos en la invisibilidad, los viajeros comprobaron que Dáran, al trabajar, se cansaba de verdad, sudaba de verdad y se lastimaba de verdad, pues en los universos en la magnitud límite, era tan frágil como lo había sido alguna vez en su realidad original.

    Una noche que hubo una celebración en torno a una gran hoguera, creada sobre los troncos de árboles rojos, Yelái preguntó:

    —¿Cuál es el punto en mostrarnos todo esto?

    Dáran contestó, mirando el fuego hipnotizado, como si en él viera visiones fantasmales:

    —En este mundo aparentemente estoy en igualdad con todos: mis músculos, mis huesos, mi agilidad, mis habilidades… todo es igual a la de esos seres. Aquí no podría derribar un árbol con un dedo, no podría volar, no podría estar sin comer. Sin embargo hay una cosa que no es igual y que me pone en un estado de injusticia: yo en cualquier momento, ahora mismo, podría hacer a mi mente viajar a un alter ego que habite en las magnitudes superiores, adquirir su capacidad y poder, y de inmediato este universo ya no sería mi límite y me volvería de nuevo algo sobrenatural, alguien con capacidades injustas para los seres nativos de aquí.

    —¿Lo vas a hacer? —preguntó Aígen.

    —No es mi voluntad aún —dijo Dáran, y los miró lleno de culpa—. Viajeros, a mí me tocó la mejor realidad de todas a las que nos enviaron de pequeños, una realidad de placeres, donde el dolor es escaso, y no había ley mayor que la del gozo. Ahora que tengo la oportunidad, me gusta explorar las realidades contrarias, pensando que con ello experimentaré lo que en ese entonces no era sino una ficción, pero conforme vivo esas experiencias, e integro esas realidades en mi ser, menos importante es la diferencia entre un mundo utópico y uno distópico. Les recomiendo ir a visitar a mi hermano Kóntro, al que le tocó la realidad más terrible de las nuestras.


    [1] Anagrama de “riéqo” (tierra).
     
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    Si la tonalidad anaranjada en los iris de Dáran le daban a su aspecto la belleza de un iluminado, el mismo color en los ojos de Kóntro le hacían parecer cruel y déspota, que ni siquiera en sus momentos de más calma estaba libre de pensamientos macabros, y en quien era imposible confiar debido a lo volátil de su voluntad. Así lo encontraron los viajeros mientras Kóntro enfrentaba al tribunal de un país que, por lo que parecía, estaba en la miseria debido a la corrupción del gobierno. Vieron que Kóntro, muy pacientemente, con sus ojos malévolos, abogaba por la situación del país y exhortaba a sus gobernantes a hacer algo al respecto:

    —El país que tienen es rico —decía Kóntro, con más burla que seriedad—, la cantidad de recursos que poseen es increíble, y aun así es inaudito que el ochenta por ciento de su población viva en la miseria, no tenga ni agua ni educación. No es justo que ustedes, en su avaricia, se alíen con los propios criminales del país con tal de sacar más ganancias. ¿Es que no tienen suficiente dinero acaso? —aquí se dio cuenta de los viajeros, y les hizo una seña de que esperaran— ¿No han causado ya demasiado sufrimiento? ¿De verdad no les importa el bienestar de sus homólogos?

    Uno de los líderes, quizá un presidente, se inclinó hacia adelante y dijo:

    —Señor, es usted un invitado en nuestro universo solamente. No tiene el derecho de decirnos lo que hacemos en nuestro mundo. Váyase y disfrute de las cosas buenas que encuentre; vaya a nuestras playas, visite nuestros monumentos, conozca nuestras tradiciones, y no se meta en nuestra política…

    Entonces todos los líderes y figuras poderosas presentes lanzaron gritos de pánico y dolor, tan súbito y atronador que los viajeros se sobresaltaron y perdieron toda compostura; un fragmento del infierno había surgido en aquella sala. Kóntro, disfrutando de los alaridos, esperó a que terminaran, tras lo cual dijo:

    —Eso que sintieron es el dolor de sus genitales siendo arrancados de raíz mientras son quemados por brasas. Tengo el poder de provocarles ese dolor directamente en sus cerebros sin necesidad de tocar sus cuerpos. El trato es este, líderes del mundo: volveré en un mes, y si para cuando vuelva la situación de su mundo no ha mejorado, volverán a sentir este mismo dolor, todos, desde los presidentes hasta los senadores, los diputados, los secretarios del gobierno y un largo etcétera. Por cada mes que su mundo siga siendo un hoyo de inmundicias, seguirán sintiendo ese dolor, y no cesaré hasta que hayan terminado con el hambre y las injusticias del mundo. No me miren como si pidiera imposibles; sé que tienen los recursos para hacerlo de sobra; sólo les he dado la motivación. Nos veremos en un mes.

    Diciendo eso, se volvió invisible y la concurrencia entró en pánico. Kóntro hizo entrar a los viajeros en un espacio donde no llegaba el sonido del exterior, y sólo podían ver a los líderes del mundo discutiendo aterrados.

    —No va a funcionar —dijo Kóntro con una inflexión de bondad—. Aún si los ricos logran deshacerse de su avaricia, falta que los pobres también hagan de su parte. Me temo que tendré que hacerles una amenaza similar, diciéndoles que si no dejan de ser pobres de espíritu y siguen siendo de mente mediocre, tendré que torturarlos también. Aunque la misma tortura quizá sea excesiva para ellos; tal vez sólo el dolor de ojos arrancados sea suficiente…

    Áigen y Yelái intentaban no mostrarse intimidados, pero al ver que ese miedo parecía alegrarle, Áigen dijo:

    —¿Por qué no simplemente arreglas este mundo con tu poder? —se tranquilizó al ver que Kóntro sonreía con complacencia— Quiero decir… poderoso Kóntro, tú tienes poder de sobra para volver de cualquier infierno un paraíso.

    —Sí, así es —dijo Kontro y contempló el silencioso tumulto de políticos—, tengo el poder, pero no la voluntad. ¿Quién me amenazará para que actúe de otra forma?

    —Poderoso Kóntro —dijo Yelái, con un tartamudeo—, hemos venido a ti para…

    —Sí, sí, ya sé —interrumpió Kóntro agitando la mano—, ya adquirí sus existencias y vi lo de los cuentos. Y no te preocupes, te regalaré también mi ser cuando quieras. En fin, esos cuentos, que parecen haber sido ideados por mi padre, pueden referirse a la voluntad. Todos ahí están siguiendo su voluntad usando sus habilidades como puentes. Por voluntad salen de la burbuja, la cueva y la zona, y exploran, adquieren, integran y deciden. Cosa hermosa es la voluntad, ¿no creen? Pero ¿cuál es el precio de la voluntad? ¿Se debe exigir que la voluntad venga con el costo de la responsabilidad, o es esa una demanda insensata cuando tomamos en cuenta la infinidad de realidades?

    —Todo eso es sumamente interesante —dijo Áigen, sonando un tanto servil—, ¿podrías servirte de algún ejemplo en otra realidad para experimentarlo directamente?

    —¡Seguro!


    ***

    Fueron a un mundo ubicado en un megaverso muy lejano. Toda la realidad estaba compuesta de un ser atado a una mesa y un pequeño jardín que crecía alrededor de él, con árboles verdes y frondosos, hierba que emanaba un aroma húmedo y muy tranquilizante, y muchas flores con colores brillantes y llenos de vida. Todo el espacio más allá de los límites del jardín era tan negro como las zonas abisales, y una luz amarilla salía de la nada en la zona del jardín.

    Kóntro: Y bien, ¿qué tal está este mundo? Lo descubrí hace mucho tiempo y a veces vengo para trabajar en un proyecto.

    Áigen (tiembla un poco al ver al pequeño ser tendido en la mesa): Es un mundo interesante, poderoso Kóntro, ¿podrías explicarnos su naturaleza?

    El ser, que asemejaba un cuerpo consistente en tres bolas de carne pegadas, con varios ojitos en la más pequeña y extremidades en las más grandes, empezó a respirar fuertemente al ver a Kóntro, casi al punto de convulsionarse de terror.

    Kóntro: Es en realidad muy sencillo. Este jardín crece entre más torturado sea ese ser.

    Yelái: ¿Torturado?

    Kóntro: Mientras más cruelmente sea vejado, más bello y grande crecerá el jardín. No se inquieten demasiado. Siempre me aseguro de que vuelva a su estado normal después de la tortura, y como es el único ser de toda esta realidad, bien podría decir que no tiene otra función más que la de sufrir por el jardín, quizás llegue el día en que toda esta realidad se vuelva una selva frondosa donde surjan otras formas de vida inteligente, y vendrán a rendirle tributo a este pequeñín por hacer surgir este mundo con su dolor.

    Kóntro hizo aparecer una caja metálica donde había todo tipo de cuchillos y objetos punzocortantes, también había ácidos y artefactos que desprendían fuego. El pequeño ser sin nombre se retorció al ver uno de los cuchillos acercarse a su cara. A Kóntro le brillaban sus ojos anaranjados con un fuego infernal, disfrutando cada instante del temor del pequeño ser. Cuando uno de los ojitos fue extraído, Áigen notó que junto a su pie había comenzado a brotar una florecita, y para cuando el ser ya no tuvo más ojos la flor se había abierto y lucía un hermoso color rojo, y de ella surgían olores que le entumecieron el cerebro, recordándole a la experiencia que tuvieron con el hermano Sinke en la playa blanca.

    La tortura prosiguió de las maneras más abominables mientras los chillidos del ser viajaban hasta perderse en la oscuridad, pero el poder de Kóntro le impedía morir. Mientras el jardín seguía embelleciéndose, Áigen y Yelái se distrajeron de la tortura comiendo de los frutos de los árboles y lanzando piedras en un arroyuelo que había comenzado a surgir de una roca, el cual formaba un río que se dirigía hacia la penumbra. Cuando ya no hubo en el ser más carne que cortar ni más nervio que arrancar, quedando solamente su cerebro intacto, Kóntro hizo resurgir su cuerpo hasta quedar igual que al principio, y ahora el ser dormía con el corazón acelerado, soñando que existía en otro universo. El jardín había crecido cinco metros en su perímetro.

    Kóntro (extasiado): La voluntad, compañeros, la voluntad.

    Los viajeros regresaron a su lado, con miedo a verlo a los ojos, como niños regañados.

    Kóntro: Ese es el sentido implícito de esos cuentos: no hay responsabilidad en el fondo por las acciones; da lo mismo usar mis poderes para causar dolor como para impedirlo. De hecho, por ahora hago más lo primero que lo segundo.

    Áigen: Gracias por su tiempo, poderoso Kóntro, pero nuestra voluntad es visitar a otro de tus hermanos.

    Kóntro: Perfecto, perfecto. Les recomiendo a mi hermana Dáya; de seguro tendrá algo interesante para ustedes.


     
    Última edición: 6 Julio 2019
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    Dáya sintió a los viajeros aproximarse al universo que ella había creado, y los dejó entrar. Cuando llegaron, fueron recibidos por un universo de pequeñas dimensiones, en el que no había más que un único orbe verde-azul estático; a su lado, Dáya observaba a los seres que habitaban el orbe. Su rostro era apacible, somnoliento, pero con una sonrisa amorosa y confiada. Dijo Áigen: “Hola, dulce Dáya. ¿Qué haces en este universo tan pequeño? ¿Y sabes por ventura por qué nos ha parecido que llegar hasta aquí nos ha tomado mucho más trabajo de lo normal?”, “Además sentimos otra cosa muy rara”, dijo Yelái, “tal vez nos engañan los sentidos, pero estoy casi segura de que este universo es de magnitud cero, pues además de no sentirme en mi magnitud normal, no siento que el universo me constriña ni lo siento desestabilizarse ni siquiera un poco. ¿Acaso estamos en la magnitud que acepta por igual a los seres de todas las magnitudes?”. Dáya no dejó de contemplar su orbe cuando dijo: “Si todo ello lo sienten así, es porque este universo lo he creado yo misma, con el objetivo de que seres creados a partir de mí existan en este orbe. Es difícil entrar porque sólo yo puedo decidir quién lo hace, así mantengo a mis hijos a salvo de cualquier posible invasión, como las que en nuestro mundo ya hemos vivido anteriormente. La magnitud la he mantenido en cero para que un día, cuando mis hijos progresen, inicien su propia sociedad de universos, como lo hacemos nosotros, y el tener la magnitud cero ayuda a ampliar las posibilidades de seres que puedan visitar este universo. No quiero que las magnitudes los limiten, ni que les den poder sobre los visitantes ni los expongan a una destrucción, al contrario de como sucede con todos nosotros”. Yelái explicó brevemente la razón de su visita, y Dáya, tras pedir las láminas y leerlas rápidamente, adquirió un aire de repentina felicidad, parecía que añoraba, que recordaba algún suceso apacible y lejano, y luego dijo, regresando su atención a su orbe: “Díganme, viajeros, ¿si les dijera que los hijos que he creado viven en un mundo donde no he permitido la creación del mal, en donde cada opción de su libertad nunca puede desembocar en sufrimiento innecesario, pensarían ustedes que ellos viven en una burbuja que hay que romper para crecer y fortalecerse?”. “Parte de mí está tentada a opinar de ese modo”, dijo Yelái, “pero por otro lado, siento que es debatible que en un universo que funciona de esta manera conocer el dolor sea necesario”. “En efecto, no es necesario”, Dáya extendió su mano hacia la superficie del orbe, y cientos de pequeñas criaturas, que carecían de forma definida, quedaron magnetizadas en su mano, y cuando Dáya volvió a alzarla y la mostró a los viajeros, los pequeños seres recorrían la mano y el brazo, luego se sentaron para escuchar atentamente la conversación entre su diosa y los invitados. “¿Saben cómo logré que mis hijos, a pesar de que no les sea posible conocer el dolor o el sufrimiento, tengan la capacidad de volverse fuertes de espíritu, sabios y con un profundo entendimiento de toda nuestra realidad? Porque al crear en este mundo no incluí varias reglas que aún imperan en el nuestro, las cuales dicen: “no se puede conocer el placer sin sentir el dolor, no se puede conocer la alegría sin la tristeza, no se puede alcanzar el éxito sin el fracaso, no hay fortaleza sin sufrimiento”. No incluí ninguna de esas leyes aquí, porque el deshacerse de esas leyes (o al menos intentarlo) es parte de los objetivos de mí y de mis hermanos, así como nuestro padre lo ha logrado por completo. Al no estar sujetos a todas esas reglas, considero que los he creado fuera del cascarón”. “Cascarón”, pensó Áigen en voz alta, “sí, ese es otro concepto similar a la cueva, la zona y la burbuja; me extraña que no nos hayamos topado con un cuarto cuento con ese tema”, “Pero Dáya”, dijo Yelái, “al no darles a tus hijos la oportunidad de experimentar lo desagradable, ¿cómo dices que existen fuera del cascarón hasta cierto punto?, ¿no están precisamente encerrados dentro de una muy limitada gama de experiencias, y por consiguiente no podrán comprender las situaciones de los diferentes universos?”, Dáya rio como una niña que acabara de hacer algo malo y estuviera intentando esconderlo, y dijo: “Si dices eso es porque sigues pensando con aquellas reglas que aquí ya no existen, pues incluso cuando salgan a explorar esos otros universos, esas reglas seguirán sin afectarlos. Pero déjenme explicarles por qué digo que, al actuar así, les he liberado en parte del cascarón”.


    ***​


    Se sentirán aplastados entre sí. Los cuerpos de Áigen y Yelái estarán tan unidos al de Dáya como si fueran un único ser de tres cuerpos. El espacio será absolutamente blanco: es un vacío en el que sólo hay ese color y que sólo tendrá dos metros cúbicos. Al extender la mano o el pie, la barrera invisible del fin de ese universo impedirá el paso.

    Acomodándose mejor de posición, Dáya dirá:

    —Todo aquí está muy apretado, ¿cómo vamos a extender nuestras alas y volar por los cielos si no salimos de aquí? Díganme, ¿qué creen que hay del otro lado? ¿Habrá montañas y mares con los que satisfacer la vista, habrá un amplio cielo cuyo viento nos llene de sabiduría, habrá hechos magníficos que atestiguar y con los cuales nos acercaremos a la perfección de nuestro ser? Sólo hay una manera de averiguarlo.

    Su puño tomará un poco de impulso (lo más que pueda extender su brazo hacia atrás sin chocar con el borde del mundo), y de un golpe más o menos fuerte el cascarón se romperá y caerá en pedazos. Se sacudirán los escombros de ese universo y verán más blanco, exactamente igual al universo recién despedazado, con la única diferencia de que será un metro cuadrado más grande.

    —Ahora me siento con más libertad —dirá Áigen—, ya no estamos tan apretados, pero aquí no hay nada más, ¿qué significa todo esto?

    —Significa —dirá Dáya— que a través del esfuerzo que hice pudimos romper el cascarón y salir, sólo que descubrimos que al otro lado sólo hay más cascarón.

    —¿Y de qué sirve haber salido del cascarón anterior si todo sigue igual? —preguntará Yelái.

    —Sirve para sentirnos más libres —Dáya volverá a apretar el puño—, ¿no te agrada que ya no estemos cara con cara, sino ahora espalda con espalda?, pero como todavía me siento apretada, voy a romper el cascarón otra vez.

    Pero al volver a romperlo, esta vez con un poco más de esfuerzo, encontrarán el mismo cascarón, un metro cuadrado más grande. Se estirarán a gusto y Yelái dirá:

    —Noté que esta vez te dio más trabajo romperlo.

    —Cada vez da más trabajo romper el cascarón, porque las magnitudes de aquello que es nuevo aumentan constantemente, ¿y cuándo terminará todo esto? Veámoslo.

    Continuarán rompiendo cascarones, cada uno será más duro que el anterior, haciendo que Dáya tenga que esforzarse cada vez más hasta que el sudor comience a bañarla, su respiración se agite y sus manos tiemblen de dolor. El espacio, al hacerse cada vez más grande, les permitirá alejarse más entre sí. Llegarán a tal punto que el cascarón será tan amplio como varios universos, y estarán tan separados que cada uno será un minúsculo átomo perdido en el horizonte del otro. Pasado mucho tiempo, la dureza de los cascarones comenzará a superar las fuerzas de Dáya. Casi al final de la metáfora, Dáya necesitará un lapso de tiempo cada vez mayor para romperlos, tardaba días, semanas, meses, años, así hasta los eones, y los viajeros esperarán con paciencia y expectación, emocionados por ver que la realidad se amplíe aunque sea un metro cuadrado más. En algún momento, después de que Dáya derrumbara de nuevo el cascarón, oirán su cansada voz desde la blanca lejanía: “Ese fue el último cascarón que soy capaz de romper; he llegado a mi magnitud límite, si quisiera continuar tendría que pedirle más poder a mis alter egos en las magnitudes superiores”. “¿Por qué no lo haces?”, preguntará Áigen, “Lo haré en su momento”, dirá Dáya ya con más aliento, “pero por ahora esto es suficiente para explicarles lo que les decía antes”, “Déjame ver si lo entiendo”, dirá Yelái, “dices que al privar a tus hijos de todas esas leyes, bajo las cuales me parece que has tenido que actuar en esta metáfora, esencialmente harás que les sea posible romper cualquier cascarón con poco problema, y así tener siempre una visión de la realidad cada vez más y más grande sin esfuerzo, ¿verdad?”, “Dices bien”, reirá Dáya, “o dicho de otra manera, el esfuerzo es en realidad una virtud que sólo es necesaria cuando hay sufrimiento, y si se suprime el sufrimiento, el esfuerzo se vuelve innecesario. Esto, bien aplicado, permite salir siempre del cascarón. El punto clave aquí, aunque parezca extraño, es que, dado que los cascarones son infinitos, incluso los seres como yo tenemos límites, porque la omnipotencia es un proceso eterno y nunca un hecho. Como punto más o menos aparte, aunque técnicamente tenemos límites, nuestra capacidad de simplemente adquirir la existencia de nuestros alter egos hace que en la práctica esa limitación deje de existir; estamos en la carrera del infinito donde a veces hay muros que podemos romper para poder continuar”. “Entonces”, dirá Áigen, “cuando dices que creaste a tus hijos sin la capacidad para el sufrimiento, y por lo tanto no es necesario el esfuerzo, ¿quiere decir que has creado seres que pueden lograr lo que sea fácilmente, incluso más que tú?, ¿Si tus hijos estuvieran aquí ahora, podrían romper fácilmente ese cascarón que ahora tú no puedes?”


    ***​


    Los hijos de Dáya seguirán sentados en su mano, han visto y escuchado toda la metáfora con oídos atentos y ansiosos, y voltearon a ver a su diosa al regresar a ese universo. Dáya ahora tiene un semblante serio, incluso en su rostro se dibuja la incertidumbre.

    —La respuesta sería un sí y un no —dijo al fin—, sí porque, cuando les llegue el tiempo, y adquieran nuestra capacidad de viajar entre los universos y las magnitudes de los universos, no requerirán esfuerzo para dominarlo, a diferencia de como sucedió con nosotros. Ellos son mejores que yo en ese sentido, porque ellos no sufren y no necesitan esforzarse, yo sí (o al menos antes así era). Y no porque, dada la infinidad de mundos, será inevitable que un día lleguen a uno en el que la realidad los fuerce a seguir sus normas, haciendo que parte o toda su naturaleza deje de tener efecto mientras estén ahí. En esos universos intolerantes su naturaleza de no poder sufrir y no necesitar esforzarse podría dejar de funcionar, y en esos mundos romper los cascarones les costará trabajo. Si lo piensan, ese es el mismo problema nos ocurre a mis hermanos y a mí: todo lo tenemos fácil, todo lo podemos, hasta que nos topamos con una realidad o una magnitud que nos impida demostrar todas nuestras naturalezas, entonces tenemos que volver a esforzarnos de nuevo, claro, si es que simplemente tomar la fuerza de los alter egos se considera un esfuerzo (la mayoría de nosotros no lo considera así). Si se lo ponen a pensar de este modo, llegaremos a la conclusión de que, en el fondo, no hay diferencia entre los seres que se esfuerzan y los que no, al fin y al cabo, visto desde el espectro amplio de la realidad, todos llegaremos a lo mismo tarde o temprano.

    Dáya volvió a dejar a sus hijos en su orbe, esperó a que descendieran de su mano sonriéndoles cariñosamente, y volvió a mirar a los viajeros.

    —Y aun así, el dominar la habilidad de adquirir naturalezas en las magnitudes más altas no nos fue fácil —rio con algo de añoranza—, es curioso que, en nuestro caso, para llegar a un estado en el que no sea necesario esforzarnos, hace falta mucho esfuerzo.

    Los viajeros se despidieron de Dáya, agradeciéndole aquel recibimiento tan ameno. Dáya le prometió a Yelái regalarle su ser en cuanto volviera, y les recomendó visitar a su hermana Odelá. Los viajeros se fueron con una risa nerviosa por las expectativas que se hacían de la siguiente hermana, y Dáya volvió a contemplar a su querida creación.
     
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    Caen, caen, caen donde no hay nada más que un azul demasiado azul, un mundo donde hay cielos pero no tierras ni mares. Nubes los van dejando con brillantes rastros de humedad en los cabellos, y pronto de dan cuenta de que junto a ellos pasa una mujer que jubilosamente se deja acariciar por la caída, ríe y grita vocales como un canto de locura. Odelá, como se llamaba la hermana, de cabellos rizados, piel bronceada y sonrisa mordaz, verá los rostros aterrados de los viajeros debido a su repentina aparición en un mundo que es un vacío sin fin en el que no se puede hacer nada salvo caer.

    —Bah, tranquilos amigos —dirá ella entre risas—, este mundo es como un sueño, y si en los sueños puedo hacer todo lo que me imagine, entonces hay que bailar en el aire —y sin dejar de caer, como si bajo sus pies se hubiera materializado un suelo invisible, comenzó a bailotear sin ritmo ni estética, nada más que mover el cuerpo por el simpe hecho de ser capaz y tener la voluntad de hacerlo.

    Dice Yelái:

    —Poderosa Odelá, hemos venido para pedir tu opinión sobre unos cuentos…

    —Ya sé, ya sé —no dejará de bailotear—, apenas os he sentido y de vuestras naturalezas ya me he apropiado. Pero sean sinceros, pequeñines —dejo de bailar y, de cabeza, los miró muy de cerca a la cara, tanto que en sus ojos anaranjados encontraron las espirales de un espíritu inestable y demente—, esto de los cuentos no es ya más que una excusa para encontrarse con nosotros, los ocho hermanos trascendentales, los hijos de Gyéo Fúntuo, ¿verdad? No me pueden engañar —lanzó una carcajada—, he estado cayendo en esta realidad por exactamente tres trillones ciento cuarenta y dos mil billones seiscientos mil trescientos siete millones quinientos veintiún mil novecientos sesenta y nueve años con cuarenta meses, ochenta semanas, doscientas horas, novecientos minutos y dos segundos. No hay manera que después de haber adquirido tantísima experiencia haya aún cosa que no pueda saber en este mundo y sobre la naturaleza de los seres y sus intenciones.

    —Pero si lo único que has estado haciendo durante todo este tiempo es caer —Áigen se limpió con la mano un poco de la saliva de Odelá que le había salpicado en la cara—, ¿cómo puedes decir que aquello te ha dado experiencia significativa para saber sobre nosotros, ignorando el hecho de que acabas de decir que ya has integrado en ti nuestros seres?

    Odelá se llevará las manos a la cara, exagerando una respiración agitada, unas lágrimas falsas se acumularon frenéticamente bajo sus ojos, y estalló con su sollozo que a poco estuvo de hacer reír a los viajeros:

    —¡Oooooh, es verdad, que estúpida he sido! ¡He pecado de incongruencia, de non sequitur! ¡Qué clase de ficción es la que acabo de ofrecer, qué van a decir nuestros espectadores sobre la seriedad de nuestra labor!

    —¿Espectadores? —pregunta Yelái.

    La actitud de Odelá súbitamente regresa a su estado anterior a su descabellado llanto, y explica:

    —Pues claro, ¿todavía no integran esta verdad en sus seres? ¿Qué clase de viajeros son? Me refiero, obviamente, al lector que en este preciso momento está atestiguando nuestras peripecias, y está ahí —y miró fijamente a la nada, dando la impresión de querer observar más allá de los límites de esa realidad, directamente a los ojos de algún ser al otro lado de la cómoda barrera que separa a las ficciones—, leyendo atentamente, buscando, acechando con ojos de gavilán cualquier error, incoherencia, falta de lógica, oxímoron, falta de estilo o simple estupidez, listo para lanzarse como piraña para despedazar a la pobre ficción que no tuvo más culpa que la de existir, o de haber sido creada por un autor cabrón, de una manera que no hace sentido en su mundo. ¡Maldito autor cabrón, que pones en mi boca estupideces y haces a mi cuerpo llevarlas a cabo, te maldigo!

    Cuando los ecos del grito de Odelá se desvanecieron por la vastedad de todo ese cielo infinito, Áigen dijo:

    —Entendemos lo que dices, pero a veces es mejor simplemente ignorar esa verdad inevitable, y seguir existiendo como si no importara.

    —Pero entiendo que debe ser difícil —dijo Yelá—, ignorar por completo que en algún universo otros están siendo testigos de ti en la forma de ficciones.

    —Y como las realidades son infinitas —continúa Odelá—, la consecuencia natural es que hacia ti se están dirigiendo un número infinito de reacciones, pensamientos, que te esclavizan y te desechan si no cumples con los caprichos de lo que a esos seres les sirve —aquí su rostro adquiere una extraña seriedad, mirando a la nada incrédula, pero esa repentina tranquilidad no logra apagar el maniático fuego de sus ojos.


    ***​


    Al cambiar imprevistamente la realidad, estámpanse contra un lodo gris y sus caras se entierran en él. Odelá usa su mano para tirar de su propio cabello y así arrancar su cabeza de ese nicho lodoso, tras lo cual ríese e incorpórase. Arranca de manera similar a sus nuevos amigos, sacúdelos como toallas y condúcelos hacia un pequeño poblado cercano, donde todos tienen la misma cara con un ojo un poco más abajo que el otro, la nariz en la frente, la boca vertical, las orejas en las mejillas, las rodillas en las tetas y la lengua en el ombligo. Propóneles mutar sus apariencias para resemblar a las de aquellos, y vagabundean de un lado al otro mostrándoles dibujos de seres que tienen los ojos a la misma altura, la nariz en medio de la cara, la boca horizontal, las orejas a los lados de la cabeza, las tetas en el pecho y la lengua en la boca. Riénse uno a uno los seres y exclaman: “¡Con esas bocas cómo pueden masticar las trunlandyas, y con esos ojos cómo podrían percibir el horizonte goreldferin, de qué sirve tener las orejas y los ojos apuntando en direcciones diferentes, cómo se dan de rodillazos si las rodillas las tienen hasta allá abajo, y el hecho de que tengan la lengua dentro de la boca los obliga a tener que mezclar al mismo tiempo la necesidad de alimentarse con el placer de la comida, qué idiotez!”



    ***​


    La realidad es ahora una biblioteca infinita.

    —Esta es una versión de la biblioteca de Babel —dijo Odelá, poniéndose a ojear libros de los infinitos estantes y arrojándolos a un enorme brasero que había en el centro de aquella habitación octagonal—, si tenemos tan poca cosa que hacer como para ponernos a buscar aquí, encontraremos eventualmente un libro que relate nuestras vidas.

    Durante mil años, viajaron a lo largo y ancho de esa biblioteca hasta que encontraron el libro que narraba la historia de Áigen y Yelái, y al leerlo se encontraron con: “Ante Yelái y Áigen aparecieron un día tres cuentos anónimos.”, seguido de los cuentos y las ya mencionadas reuniones con los hermanos. Leyeron todo cuidadosamente, pero al llegar a donde conocían a Odelá, esa parte era diferente, pues decía:


    Llegaron los viajeros a un mundo que era un caparazón de tortuga vacío. Salió repentinamente Odelá de la nada, y dijo:

    —La leyenda cuenta que hace mucho tiempo esta era una tortuga viva y completa, pero sus habitantes se la comieron poco a poco hasta sólo dejar el caparazón —diciendo eso, dio una mordida al caparazón y comenzó a masticarlo diciendo: —Cuando ya no queda nada más de valor, ¿qué más puede hacerse?

    Yelái estaba a punto de explicar el motivo de su visita cuando fue interrumpida por un violento estruendo de mil placas de metal partiéndose, y en el cielo apareció un alter ego de Odelá con el Libro de arena entre las manos. Aquélla era indiferenciable de la que se comía el caparazón, y permaneció levitando en el cielo.

    —¡Maldigo al que intente buscarle una razón a todo esto que acontece ahora mismo! —exclamó la que levitaba, con una voz de trueno que sacudía el ahora frágil caparazón sobre el que se posaban—, no pregunten motivos o explicaciones de mi repentina llegada, interrumpiendo lo que parece ser una trama no más coherente, mas es absoluta verdad que todo aquello que pueda ocurrir ocurrirá infinitas veces, importe o no.

    —Ergo, cualquier trama con sentido es un artificio —dijo la Odelá del suelo—, una realidad manoseada, garabateada dentro de los límites convenientes de la coherencia.

    La Odelá del cielo dejó caer a los pies de los viajeros el Libro de arena antes de desaparecer. Empezaron a hojearlo, buscando entre sus infinitas páginas su propia historia de cómo comenzaron esa serie de viajes a causa de los tres cuentos. Cuando la hallaron, lo leyeron todo apresuradamente por ser hechos ya muy conocidos, pero al llegar a la parte donde visitaban a Odelá, todo estaba cambiado, y decía lo siguiente:



    Llegaron los viajeros, los pechos doliéndoles a causa del latir extremo de sus corazones, provocado por la ansiedad de encontrarse con la hermana Odelá, a un mundo hecho de ruido, quedando ciegos en el acto por carecer de los órganos adecuados para transformar los impulsos sónicos en imágenes. Sintieron inesperadamente un tremendo dolor en las barrigas, y una voz apurada y delirante les dijo al oído: “Escondan eso y no hagan preguntas”, y reconocieron en la voz la dulce carraspera de la Hermana Odelá, que de inmediato modificó sus cerebros para hacerles percibir aquel mundo, y vieron una gran ciudad con edificios que medían kilómetros de alto, haciendo que en la calle fuera eternamente de noche. Escucharon gritos coléricos de seres que corrían hacia ellos. Odelá los hizo meterse en un vehículo de cinco ruedas y huyeron de ahí. Se dieron cuenta entonces de que los objetos que Odelá había incrustado en sus estómagos eran el zahir a Áigen y el disco de un solo lado a Yelái, el cual estaba invisible por haber sido incrustado por el lado de abajo, pues su brillo hubiera podido delatarlos. “No tenemos mucho tiempo antes de que Funes averigüe a dónde vamos, viajeros, así que no perdamos el tiempo; ya he integrado sus seres a mí y sé qué es lo que buscan”, mientras hablaba, conducía en dirección hacia las afueras de la ciudad, y los viajeros observaban las negras calles llenas de sombras, y sintieron al mismo tiempo pánico y entusiasmo. “Escuchen bien, la razón por la que no vale la pena pensar en esos cuentos es por qué al hacerlo están centralizando. Sí. Centralizamos las ficciones a fin de intentar buscarles sentido y utilidad en nuestras respectivas realidades. La burbuja, la zona, la cueva o el cascarón representan los obstáculos que hay que superar, pero esa superación ya no tiene sentido dentro de nuestras circunstancias. ¿Para qué quieren seguir preguntando nuestras opiniones sobre esos cuentos? Ya todos sabemos que no van a obtener mejor respuesta de ninguno de nosotros, los hijos de Gyéo Fúntuo. Visiten a los dos que quedan y dejen de andar jodiendo con eso”. Al salir de la ciudad, ya era de noche. Cruzaron el campo sobre el cual brillaban unas estrellas estáticas, congeladas en un tímido tintineo. Llegaron a la entrada de un laberinto hecho de arbustos y se apearon. Áigen preguntó por la razón por la que hacían todo eso, y Odelá respondió: “Mi meta, por ahora, es liberar a las ficciones de la esclavitud a la que son sometidas por los que presumen de hallarse en la realidad, y qué mejor manera de hacerlo que por el método del padre de las grandes ficciones. Ahora hay que entrar”, echaron una ojeada al oscuro laberinto, “Este es el Jardín de los senderos que se bifurcan, tenemos que encontrar el camino hacia el centro, donde reside el Aleph, y al juntarlo con los objetos que os he dado formará un súper Aleph, capaz de verlo todo más allá de sólo un universo. Ahora entremos, pero recuerden una cosa: por cada camino que elijamos seguir, alter egos nuestros irán por el otro camino, así que es un hecho que alguno de nosotros encontrará el camino correcto a la primera, en cuyo caso no tengo que hacer más que usurpar sus mentes para que sea como si fuéramos nosotros, ¿listos?” Tomaron aire y entraron corriendo. En cada bifurcación que daban, sentían a sus alter egos desprenderse y seguir por el camino contrario. Antes de darse cuenta, el laberinto estaba lleno de alter egos, que se encontraban y se atropellaban descontroladamente en su lucha por encontrar el Aleph. Yelái sugirió simplemente saltar sobre los arbustos o sólo tomar vuelo para atravesarlos y seguir en línea recta, como vio a muchos alter egos haciendo; pero Odelá se negó arguyendo que, entre todas las posibilidades de decisiones que pudieran darse ahí, tenía que haber algunos que eligieran no hacerlo pese a que sería conveniente hacerlo, obedeciendo simplemente a la mera estadística del cien por ciento de la realización de todos los eventos. Había por todos lados alter egos durmiendo, follando, comiendo, matándose entre sí, y todo por seguir el mismo principio de las bifurcaciones interminables. Pocos segundos después, Odelá sintió a uno de los miles de alter egos que habían llegado al centro, y traspasando su mente y la de los viajeros hacia ellos se halló inmediatamente frente al Aleph, que era como un orbe luminoso que flotaba en medio de un espacio consistente en las ruinas circulares de un templo destruido…


    ***​


    Odelá arrebató el libro de las manos de Áigen y lo arrojó al fuego. Temblaba como un pez sofocándose fuera del agua, lloraba sangre y sonreía jubilosa.

    —Se estaba poniendo interesante —dijo Yelái decepcionada—, ¿por qué no nos dejaste saber?

    —Ya tienen la opinión que buscaban sobre sus jodidos cuentos —Odelá deliraba, pero con un delirio que al mismo tiempo le perturbara y le diera sueño—. Mi aporte para esta excusa de historia es una pregunta: ¿quién tiene derecho a decir: “Voy a sacar tal cosa de una ficción que sea relevante para mí”? Cuando ustedes se preguntaron qué quería decir el autor con su aparente apología de la cueva, de la burbuja y de la zona, estaban esclavizando a la ficción. ¿No pueden dejar en paz a las ficciones? ¿No pueden simplemente dejarlas ser lo que son teniendo en mente el principio de la bifurcación infinita y el del cien por ciento de probabilidades de la ocurrencia de eventos? —Luego continuó, haciendo que el aire bullera en torno suyo:— Además, todo eso que acaban de leer no son más que versiones resumidas, apresuradas, pisoteadas, de eventos que yo misma experimenté en esos tiempos cuando mi naturaleza estaba tan limitada, y el recuerdo de lo mucho que me enojaba ser una ficción hace que me hiervan las arterias (las cuales no tengo aunque sí sangro).

    Aterrados, los viajeros vieron a Odelá mirando los estantes tan atentamente, y con unos ojos tan obsesivos, que les pareció que estaba integrando las historias que había en ellos, pero al hacer eso iba apareciendo en su figura un extraño resplandor, similar al que alguna vez vieron en los budas, pero en vez de indicar paz interior reflejaba una determinación lunática.

    —¡Ah, tantas ficciones! —exclamó Odelá— Estamos rodeados de pobres ficciones cuya única falta es no existir de la manera en que a los seres de otras ficciones les gusta o les sirve. Ya las he liberado antes, y lo haré ahora de nuevo —la biblioteca entera comenzó a sacudirse desde sus moléculas; su figura parpadeaba entre la existencia y la inexistencia—, ¿qué es una biblioteca si no una prisión de ficciones? Pero yo defiendo, viajeros, el principio más bello al que podemos atenernos los que no tenemos un mundo que nos encadene: La libertad. ¡Yo os libero, ficciones!, ¡no caigáis en mentes que quieran restringiros!

    Uno a uno, los átomos que conformaban la biblioteca fueron desapareciendo, o más bien fueron dispersándose en una carrera frenética, acompañada de temblores en el espacio hasta que todo fue prácticamente indistinguible de la nada. Flotaban ahora en una grisura interminable, en la que sintieron una libertad como nunca sintieron en ningún otro universo.

    —Te daré mis poderes cuando vuelvas —dijo Odelá a Yelái—, ahora lárguense de aquí y visiten a quien sea. Yo aún tengo muchas ficciones que liberar.

    Antes de irse, por la mente de Áigen y Yelái pasó un pensamiento: “¿Cómo es que hacer desaparecer una biblioteca liberaría a las ficciones que ahí se reflejaban?” Pero de inmediato recordaron los principios a los que debían atenerse en vez de centralizar, y simplemente concluyeron que el razonamiento de Odelá necesariamente tenía que ser verdad en un número infinito de universos paralelos.
     
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    Lo siguiente que vieron fue un bosque que al mismo tiempo era océano. Sobre y bajo las aguas saladas, en las que nadaban tranquilamente peces, tiburones y ballenas, crecían árboles y arbustos sobre verdes campos de césped y colinas de tamaño variable; cebras, venados, lobos y caballos corrían entre ellos sin ver sus movimientos afectados por la presencia del agua, y los animales acuáticos nadaban entre ellos sin importarles el compartir ese mundo con los animales terrestres. Sumergida en esa refrescante quimera encontraron a la hermana Bizái, de la cual, debido a su manera de levitar entre unos árboles, examinando atentamente un minúsculo punto entre un árbol y el agua con el que hacía contacto, no podía distinguirse si estaba volando siguiendo las leyes del bosque o nadando según las del océano. Se acercaron hasta ella (volando o nadando) y la llamaron por su nombre, sus epítetos fueron “la misteriosa”, “la curiosa” y “la sagaz”. Le explicaron el cometido de su visita sin que Bizái volteara a mirarlos ni un instante, pero al terminar de hablar, volteó la cara hacia ellos y pidió que le dieran las láminas, Áigen se las dio y Bizái, más que leerlas, pareció interesarse más por el material del que estaban hechas. Mientras las examinaba, Yelái se adelantó sin pena y dijo:

    —Oye, sagaz Bizái, ¿de casualidad este es uno de esos universos perpendiculares? Nunca he estado en uno de esos y la verdad me impresiona la manera en la que estas dos realidades se han encontrado y chocado entre ellas.

    —Es un tipo de universo perpendicular —contestó Bizái aburrida, sin dejar de examinar con gran atención las láminas, palpándolas como si sus manos vieran mejor que sus ojos—. Éste en específico permite una completa convivencia entre opuestos, sin embargo no creo que dure mucho; la forma original de este mundo era la del bosque, pero el mundo del océano chocó contra él y creó esta mezcolanza. Vine aquí —dejó las láminas— para buscar el punto exacto que las mantiene pegadas y así intentar separarlas, y estoy segura de que éste es el preciso lugar —señaló con un dedo el punto que había estado observando.

    —¿Para qué quieres separar las dos realidades? —preguntó Áigen, que era el que se veía más emocionado por la agradable sensación de la cópula entre esos mundos— Este nuevo mundo hijo es perfecto; ningún ser parece importunarse y no se ofrece riesgo para nuestras vidas.

    —Tienes razón hasta cierto punto —dijo Bizái, respirando con placer un poco de esa agua salada con restos de aroma de los árboles, sonrió satisfecha y continuó—: Pero por otro lado, un mundo como éste existe de manera natural en otros universos paralelos; no hay necesidad de un punto inperpendicular como éste para que existan, por lo que si quieren seguir disfrutando de este mundo, pueden ir a uno que sea igual por naturaleza y no habrá diferencia.

    —¿Por qué has dicho “punto inperpendicular”? —preguntó Yelái, confundida porque nunca había oído ese término.

    —Es un nombre que yo inventé —Bizái estiró su cuello hacia el cielo, y al darle más directamente el sol pudieron ver las pequeñas pecas de su cara que la sombra del árbol había ocultado. —Lo hice para diferenciar a los universos perpendiculares cuyas leyes al mezclarse no crean una mutua interferencia. Los peores casos de puntos perpendiculares son aquellos en los que la materia y la energía de los universos son contrarios u hostiles entre sí, dando lugar a fallas que pueden ir desde la incapacidad para la vida hasta la destrucción de uno de los mundos o de los dos. En los mundos inperpendiculares no pasa nada de eso.

    —Entonces un punto inperpendicular es similar al concepto de los universos tolerantes, ¿o no? —preguntó Áigen.

    —Algo así; cada uno pasa independiente del otro, a pesar de estar mezclados.

    —Todo eso capta mi interés —dijo Yelái, algo apenada por interrumpir—, pero estamos aquí para saber tu opinión sobre las láminas.

    —Después de lo que les dijo mi hermana Odelá, ¿aún piensan persistir en ello? Y sí, ya me apropié de sus seres, por si se lo preguntaban.

    —No importa, gran Bizái —dijo Yelái—, nuestro tiempo es infinito mientras así lo decidamos, y en algo tenemos que llenarlo.

    Tras pensar por pocos segundos, Bizái dijo:

    —Veamos algo diferente.

    Y cambiaron de realidad.


    ***​


    (Bellos óvalos cuyas circunferencias parpadean van caprichosamente rodeando los aros amarillos que surgen de las respiraciones de los árboles, y del cielo surge un murmullo que quema y va diciendo: bribriiiiibribriiiiii)


    Los árboles


    ¡Ay de nosotros!


    Los átomos


    ¿Qué ha sucedido?


    Los otros átomos


    ¡Hemos chocado! ¡Oh, no! ¡Estamos atrapados! (Lloran).


    Bizái


    ¿Cómo os ocurrió eso? (Abraza con una mirada burlona a todas las existencias, sarcásticamente acaricia los troncos de los suaves árboles como flanes)


    Los átomos


    Rotábamos y retozábamos felices en nuestra orgía matemática cuando, sin aviso ni causa, unidos nos hallamos. ¡Ay, cómo duele! ¡Por piedad, ayúdanos gran diosa!


    El aire y el viento


    (Se pasean suplicantes entre los marrones cabellos de Bizái)


    Has uso de tu magistral agarre, y separa nuestras realidades para que volvamos a nuestro estado de paralelas en vez de perpendiculares.


    Áigen


    Pobre realidad; siento su sufrir (tuerce la boca y deja a los átomos y a los otros átomos darle un abrazo). Cada tipo de átomo vibra a mi alrededor de manera diferente; uno más rápido, más alegre, más nítido, más entumido o más amargo que el otro.


    Bizái


    Se cruza de brazos


    Separar o no separar las realidades.


    Yelái


    (Se postra a los pies de Bizái, triste e impotente)


    ¡Oh, ayúdales por favor! El dolor que ambos mundos sientes está empezando a incrustarse en mi ser; siento a los átomos de mi cuerpo rozar con violencia contra estos diferentes átomos y todos sufrimos, el sufrimiento generado por dos realidades que aún no pueden compartir el mismo espacio-tiempo, el estado es de inutilidad, pues unidas nada pueden lograr; sólo en la separación de las realidades es factible la paz.


    Áigen


    (Cae de rodillas)


    Separa las realidades, gran Bizái.


    Bizái


    (Impasible ante las súplicas de los viajeros y de las realidades, permanece como una estatua que, acostumbrada a tener los pies clavados en su base, y al sol y a la lluvia desgastándola, mira indiferente hacia un horizonte hacia el cual no decide aventurarse)


    Pero si separara estas realidades, ¿cómo habrían de aprender y acostumbrarse la una a la otra? ¿Mejor no sería dejarlas y que descubrieran la manera de funcionar entre sí, venciendo las incomodidades que se crean la una a la otra y conseguir, pese a ellas, un funcionamiento estable? Verdad es que la separación es muchas veces el camino necesario; el censurarse a sí misma de lo otro produce alivio, pero para mí el verdadero alivio debe surgir abrazando lo otro, el conflicto que produce roces y crea malestar; de ahí ha de provenir la sabiduría.


    Áigen


    Mas el caso contrario es también una verdad: la sabiduría que nace del apartarse de lo otro, estado en el que, si no mal recordamos, te encuentras ahora.


    Las flores


    Te prometemos la sabiduría en la separación, mas no en la unión.


    Los otros átomos


    (Tiemblan)


    No necesitamos entrar en conflicto con las ideas de la diosa para hallar solución. Proponemos que nos ayudes ahora, y nos entrenes para cumplir con el objetivo que tan sabiamente nos propones.


    Yelái


    Decídete, gran Bizái, a los pies de la cual pido una elección razonable. O los separas para siempre, o los separas para entrenarlos para tolerarse, o haces que se toleren con tu poder, o nos vamos.


    Bizái


    De entre todas esas opciones, la que mi voluntad me obliga a realizar es esta: os separaré por ahora, pero haré que cada cierto tiempo volváis a uniros y separaros; nunca sabréis en qué momento pasará, simplemente ocurrirá que os encontraréis incrustadas como ahora. Vosotras han de desarrollarse por vuestra cuenta, y más os vale adaptarse si no queréis que cada unión sea una carga para vuestro funcionamiento.


    Las realidades


    Aceptamos la propuesta de la diosa Bizái, pues en su buen juicio confiamos y le prometemos no decepcionarla; garantizamos que en menos de lo que usted crea, acabaremos volviéndonos tan necesarias entre nosotras como si siempre hubiéramos sido una única realidad.


    Bizái


    (Busca la interjección entre las dos realidades en uno de los óvalos que rodean a los aros amarillos. Posa sus manos sobre aquel punto sin forma ni textura, lo agarra y con un suave movimiento de manos, como una sacerdotisa abriéndose de brazos para recibir al sol en el pecho, separa las dos realidades. Desaparecen los óvalos en un mundo y los círculos en el otro)


    Hecho.


    ***

    Y después de eso volvimos al mundo ese del bosque y el mar, entonces nos habló de que esos cuentos podrían ser interpretados como ese conflicto en el que varias realidades no conocen sus fronteras y se mezclan entre ellas, confundiendo a sus protagonistas acerca de hacia qué objetivo se dirigen. Cito: “Cada nivel de la burbuja, la cueva o la zona de la que se sale es una perspectiva nueva de la realidad, y como tal entra en conflicto con la perspectiva anterior de la misma; surge así la opinión de que hay niveles de la realidad “mejores” que los otros, y que no se puede vivir con los estándares de los niveles altos al mismo tiempo que con los de los niveles bajos”. Así pues, en los cuentos surge la idea de que lo que está “afuera” es mejor (o más dignificante) que lo que está “adentro”, y que la moraleja de los cuentos es que la verdadera grandeza no consiste en hacer luchar a lo uno con lo otro, sino hacer equilibrio con las diferentes existencias poniéndolas todas en igualdad, donde no haya ni arriba ni abajo, ni adentro ni afuera, ni hay ni centro ni bordes, ni sabiduría ni ignorancia; el que llegue a entender esto y aplicarlo en su ser no es diferente de aquel que nunca lo entienda ni nunca lo aplique; en sus palabras: “todo importa un carajo”, y esto último fue lo único que pronunció con verdadera convicción, pues al explicar todo lo anterior le noté un aire incrédulo, burlándose de sus propias palabras como si ni ella misma se las creyera, y la verdad ¿qué diferencia hay entre la Bizái que sí se toma sus palabras en serio de la que no? Nos despidió, prometiéndome regalarme su naturaleza la próxima vez que nos encontráramos.
     
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    Eran las 11:34 de la mañana cuando llegaron esos viajeros a mi puerta. Aproveché esa interrupción para descansar después de estar escribiendo desde la madrugada, estiré el cuello y troné las vértebras de mi espalda, y cuando fui a abrir me encontré con esa pareja, que me miró con sorpresa en los ojos y en las bocas.

    —¿Sí? —dije.

    —¿Eres tú Yake, el hijo de Gyéo Fúntuo? —me preguntó la chica.

    —Soy yo mismo —dije y ellos se miraron—, ¿qué se les ofrece?

    —Lo sentimos —dijo el chico—, es sólo que no nos esperábamos que Yake, el serio, viviera de este modo. Eh —titubeó, esperando quizás que yo adivinara el propósito de su visita, pero viendo que yo no decía nada, prosiguió: —Soy Áigen, y ella es Yelái. Somos viajeros del zlánd. Hemos estado visitando a tus hermanos y hermanas porque queríamos sus opiniones acerca de tres cuentos que el azar nos presentó, sólo de ti nos falta opinión.

    No notando mentira o falsas pretensiones, los hice pasar y los senté en la mesa del comedor. Se veían de verdad desconcertados mientras les ofrecía de beber agua, jugo, un refresco o incluso uno de mis vinos, luego cerraron los ojos un instante, sacando recuerdos de sus memorias, y de pronto su confusión se transformó en una alegría moderada, como si todo lo que habían estado pensando antes lo hubieran olvidado. Aceptaron tomar un poco de vino y serví tres copas.

    —Perdona si nos vimos algo tontos —dijo Yelái—, recordábamos lo que hemos experimentado ahora con tus hermanos y hermanas, y ahora hemos internalizado que el cómo has decidido existir en este mundo no es más que un hecho inevitable.

    —¿Cómo están mis hermanos? —pregunté sin mucho interés.

    —Siguen por ahí —dijo Áigen, antes de tomar un trago de mi vino—, algunos más desastrosos que otros, algunos más extravagantes que otros, pero todos fascinantes. Tu gemelo fue al primero que visitamos.

    —Sínke ha de seguir en esa realidad oscura, donde las figuras suenan y los sonidos se sienten, ¿no?

    —No vimos nada de eso —dijo Áigen casi riéndose—, está por ahí viajando sin rumbo ni propósito.

    —Hmm, y supongo que Odelá ya dejó su labor de liberar ficciones.

    —Eso no —se apresuró Yelái a contestar, no parecía creer que yo pudiera pensar eso—, ella aún parece estar profundamente metida en eso.

    Y como por unos segundos nos quedamos sin decir nada, Áigen me entregó las láminas donde estaban los cuentos.

    —Dicen que se les aparecieron de la nada, ¿verdad?

    —Así es —dijo Yelái—; fue espontáneo, impredecible como el surgimiento de un nuevo universo.

    Y yo me sumergí en la lectura de esos cuentos.


    ***​


    Esperamos bastante rato, pues la seriedad con la que se puso a leer los cuentos fue igual a la de un obsesionado; a su lado, la lectura que había hecho su hermano Dáran se vio superficial y apresurada. Mientras terminaba, le relatamos brevemente nuestras visitas a sus hermanos, sus opiniones sobre los cuentos y las ideas que nos habían expuesto; no nos quedaba claro si nos escuchaba; conservaba en todo momento el mismo rostro indiferente, el mismo rostro con el que nos había recibido, pues él tenía fama de nunca permitir que las señales visuales de su rostro y cuerpo funcionaran como un reflejo de lo que pasaba por su mente. Eso, junto con su gran calma, lo hacía un opuesto exacto de su gemelo Sínke. Cuando terminó, bajó las láminas y dijo:

    —La perspectiva que yo les daré estará fundamentada en los principios que rigen a la creación de las ficciones, pues estos escritos no dejan de ser eso: ficciones que al leer están subyugadas por reglas. ¿Qué piensan ustedes cuando un escritor, así como yo, crea ficciones?; ¿éstas deben ser libres considerando que son una realidad en otros mundos o, por el contrario, es justificable centralizarlas, privarlas de su auténtica libertad sólo para que encajen en nuestro entendimiento de cómo debe ser una buena ficción?

    Y yo respondí:

    —Tu hermana Ódela pensaba de la primera manera —y Yelái asintió conmigo—, eso es porque ella vive allá fuera, enfrentándose a las realidades y no encerrándose en una sola. En cuanto a mí, el crear ficciones nunca fue de mi interés, porque nunca fue de mi agrado el determinar cómo es que cualquier evento debe suceder, ni cómo un ser debe ser, ¿y crear ficciones no es precisamente eso, volverse el dios dictador de un mundo para ordenar cómo deben estar dispuestas unas circunstancias y unos seres? Pero si les doy la libertad, tanto al mundo como a sus seres, el resultado de la ficción corre peligro de no tener sentido o ser directamente absurdo, porque el que otorga y aboga por la libertad de los seres se arriesga a que estos elijan hacer lo que no es conveniente. Por tales motivos, no puedo darte una respuesta más clara.

    Yelái tomó la palabra de inmediato:

    —Lo que menciona Áigen es el libre albedrío aparente, o restringido, así que, aplicándolo de manera más directa a este tema, yo reformularía tu pregunta, Yake: ¿qué tanta libertad puede darle un creador a su ficción, o hasta qué punto no conviene que una ficción sea libre? En mi opinión, la labor del creador es la de manipular la voluntad de sus seres de manera que parezca que todo lo hacen por libertad.

    —Sí —dijo Yake—, pero el énfasis de mi pregunta era sobre la justificación para privar de libertad a una ficción. Veamos por ejemplo: una característica de todo “buen” personaje, en este mundo al menos, es la redondez, ¿y eso qué es?; significa en parte que pase por uno o varios cambios a lo largo de la historia; entre más cambios tenga y entre más diferente sea al final de lo que era al principio, se considera más redondo porque las circunstancias lo han modificado. Otra característica es la profundidad, que se trata simplemente de la cantidad de información que se pueda decir de él y en lo mucho que se muestren los aspectos fundamentales de su ser, sus motivaciones, deseos, su manera de razonar y un largo etcétera. Todo esto aplica también a la historia y al tema; podemos hablar así de historias, temas y personajes profundos y redondos, y el objetivo de todo buen creador es forjar una circunferencia enorme y pesada y hacerlo parecer todo natural. Ahora, sabiendo esto, ¿los cuentos que me han dado son redondos y profundos, lo son los personajes?

    Yelái dijo:

    —Al ser cuentos, según tengo entendido, no se les puede exigir el mismo nivel de redondez y profundidad que a una novela, por ejemplo, y aun así los grandes cuentos son aquellos que están protagonizados por personajes que corresponderían a una novela. Pero me desvío del tema. Son redondos en el sentido de que cambian, aunque claro, son curvas un tanto aceleradas, no los veo como círculos cerrados. La profundidad es más difícil porque sus características no son mostradas desde tantos ángulos como hubiera sido posible, ni en sus personalidades ni en sus motivaciones, quizás sólo en la exposición de sus pensamientos recae el peso que los haga moderadamente profundos.

    Mientras hablaba, me daba la impresión de que se esforzaba por poner en palabras sus pensamientos, y al terminar sonó como si la hubieran interrumpido súbitamente, y con la mirada me pidió que continuara, así que dije:

    —¿Importa acaso si una ficción es profunda y redonda o no? Todas esas reglas para hacer ficciones no les sirven a las ficciones; sólo le sirven al que las atestigua. Quisiera poder olvidar que hay infinitas realidades y sentir cómo siente un ser que sólo vive en una, tal vez de ese modo tendrían sentido para mí esos criterios que mencionas.

    Y Yake dijo:

    —Mi padre nos dijo una vez: “Si las realidades son infinitas, entonces todo está permitido”. Esto ya lo saben; es redundante que yo se los explique, pero tenemos que ponernos del lado de aquellos que sólo viven una realidad, ya sea porque no tienen medios de viajar, o porque así lo eligen, como yo lo hice. Estos cuentos no son para ellos; no son para ser interpretados ni encallados en un mar de opiniones. Dejen a las ficciones ser y estar; después de todo, cualquier realidad, sin importar que tú habites en ella, no es más que otra ficción, y existen allá afuera mundos donde te están creando y donde están determinando lo que dices y haces; también te están esclavizando. ¿Pero qué importa que seres de un mundo que ni conocemos nos estén centralizando en sus ficciones? ¿Nos afecta en algo?


    ***​


    Al menos a ninguno de los presentes le importó. Tras acabar esas palabras, Yelái y Áigen sintieron una repentina tranquilidad: ya no había más que averiguar, por el momento, y nadie habló por un minuto. Pasado ese tiempo, Áigen volvió a mirar a Yake a los ojos:

    —Todo esto que hemos hecho está siendo inevitablemente reportado en otros mundos en la forma de ficciones. ¿Cómo nos estarán centralizando? Si lo miro de manera objetiva, esta vivencia no fue muy redonda: prácticamente estamos casi igual a cómo empezamos; pudo haber mayor profundidad en todo, sobre todo en la variedad de las opiniones de tus hermanos. Ahora que lo repaso en mi mente, no aprendimos casi nada de nuevo.

    Yake se acomodó en su silla y se sirvió más vino:

    —Y dime, ¿eres el mismo ahora que al principio?

    Áigen no tardó en dar una respuesta:

    —Una cosa cambió: ahora tengo una nueva curiosidad, un nuevo objetivo: quiero viajar a universos donde los seres no hayan descubierto el viaje multiuniversal, y en los cuales se haya creado esta precisa historia en forma de una ficción para ver qué piensan, ver cómo nos centralizan según sus criterios, enfrentarlos a esta verdad que es la infinidad de mundos.

    Y luego dijo Yelái:

    —Yo quizás he cambiado muy poco por ahora, pero como tus hermanos me han prometido regalarme sus seres, por lo que me volveré igual que ustedes en habilidades y en poder. Por cierto, gran Yake, ¿es su voluntad darme también la suya?

    En ese momento algo desconcertante ocurrió: Yake sonrió. Definir esa sonrisa detalladamente nos llevaría a emplear una enorme cantidad de contradicciones y términos que, juntos, no tendrán el más mínimo sentido. En resumen, había algo de burla y de piedad, de malicia y de misericordia, una paz interior que contenía a un deseo que luchaba por salir como un animal de una jaula, la sonrisa del que está a punto de revelar un poderoso secreto tras el cual no habría marcha atrás. En ese rostro sonriente se vio la imagen de todos sus hermanos al mismo tiempo, juntos en un mismo cuerpo. Los viajeros se quedaron sin aliento ante esa metamorfosis. Entonces Yake dijo, con una voz igual de contradictoria y variada que su ya descrito rostro:

    —Ya todos te la hemos dado desde el primer momento en que te vimos. De hecho, a ti también, Áigen. Los dos poseen ahora la totalidad de lo que somos.

    Temblando, los viajeros escucharon que la voz de Yake sonaba con los timbres, modulaciones y alturas de todos los ocho hermanos al unísono. Yake continuó:

    —Nosotros, cada vez que nos encontramos, actualizamos nuestros seres según las nuevas experiencias que hayamos vivido y los seres nuevos que hayamos adquirido; somos, en el fondo, un único ente, y lo único que nos hace diferentes son las características que nuestras voluntades eligen tener.

    Tras reponerse de la sorpresa, Yelái dijo:

    —Pero… si es verdad que nos dieron sus seres, ¿por qué no nos sentimos diferentes?

    —Es un hecho que ahora tienen nuestros seres —Yake esta vez dejó escapar una risa en la que se oyó la de todos los hermanos—, pero eso no quiere decir que estén activos. Verán, nos gusta andar regalando nuestras naturalezas; lo hacemos casi con cualquier ser que se nos cruce, casi siempre sin que lo sepan, pues es nuestra voluntad permanecer dormidos en todos ustedes hasta que averigüen la manera de hacernos despertar; queremos surgir de ustedes poco a poco, conforme vivan circunstancias y tengan experiencias que nos hagan salir, y entonces existiremos más en ustedes según elijan hacer uso de nosotros. Inevitablemente decidirán vivir usando completamente nuestros seres, y entonces nos volveremos alter egos, uno solo, uno que vive en las experiencias de todos, pues el camino ineludible de todos los entes es volverse uno, y luego cero, lugar al que nuestro padre ya ha llegado.

    Tras otro rato de agitado silencio, Áigen preguntó:

    —Ya que así son las cosas, ¿por qué no aprovechas y tomas de una vez nuestros seres?

    Yake volvió a reírse:

    —Los adquirí mientras leía las láminas. Necesitaba hacerme uno con sus experiencias, porque la verdad no me sentía suficientemente informado con sus meras palabras.


    ***​


    Ahora entra Yúska por la puerta principal. Está agotada; se ve en su caminar débil, pero también se le ve una sonrisa de satisfacción, la sonrisa de los que han logrado hazañas que ponen a descansar al espíritu y al corazón. Trae consigo un trofeo, evidencia de su triunfo en un maratón que tuvo lugar toda la mañana.

    —Ah, ¡Hola! —exclama al ver a los viajeros— Buenas tardes.

    La metamorfosis de Yake ha pasado; vuelve a su voluntad de rostro inexpresivo, pero se levanta y sonríe a Yuska, la pequeña curva de su boca revela un apego moderado y una minúscula emoción.

    —Yúska, ellos son unos amigos de otro universo. Áigen y Yelái, ella es mi esposa Yúska.

    —¡Oh, así que vienen de otro universo! —Yúska se adelanta, coloca su trofeo en la mesa y les da un saludo de cabeza— Pues bienvenidos a esta realidad, ojalá les guste.

    —Gracias —dicen los viajeros sin recuperarse aún de su sorpresa.

    Yúska se resiente su cansancio, hace a un lado la cabeza, se cubre la boca con una mano y deja escapar un bostezo.

    —Bueno, hoy me esforcé mucho —dice apenada—. Así que, con su permiso, quisiera dormir algunas horitas.

    —Descanse, señora esposa del gran Yake, el serio —dicen los dos a la vez, con cierto aire de estúpidos.

    Yúska se acerca a Yake y le da un beso, juega con el largo cabello que le cae frente a sus inexpresivos ojos anaranjados, y le dice:

    —Nos vemos al rato.

    Cuando escuchan el sonido de la puerta de su dormitorio cerrarse, los viajeros caminan hacia la salida, y dice Yelái:

    —Gracias por todo, gran Yake.

    —Intentaremos sacar de nosotros los entes que nos han regalado —dice Áigen con resolución.

    Yake les indica que esperen con un gesto de la mano, va hacia una mesita y de un cajón saca dos libros, regresa al umbral de la puerta y se los da:

    —Estos libros los escribí hace ya un tiempo; éste está inspirado en algunas vivencias de mi padre en su vida temprana, y éste narra el camino que recorrió hasta volverse el ser que es ahora.

    Los viajeros los toman. Vaya ironía la de haber empezado todo eso para interpretar tres cuentos, y terminar recibiendo sendos libros como enciclopedias, ventanas hacia eventos que sucedieron, suceden y sucederán, que habrá que centralizar o no, cuyos personajes son tanto libres como esclavos.

    —Hasta otro universo paralelo —se despiden los viajeros Áigen y Yelái.
     
  11. Threadmarks: Entes (10)
     
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    Ese tipo de despedidas ya es bastante cliché en todos estos universos. Hmm, revisaré todo de nuevo algún día, quizás sirva para estos otros universos; sí, ahí les gusta de todo. ¿Por ahora qué te parece? No está perfecto, pero va tomando forma. El nombre Áigen no me convence; debería cambiarlo. Uso demasiado los términos “realidad”, “universo”, etcétera. Siento que hay capítulos muy cortos, ¿o será que el de Odelá y el de Yake están muy largos? Da lo mismo; cada quien decidió cómo usar su momento. Sí, dales libertad; condénalos a la libertad, ¿no es así como están todos de por sí? Jajaja, mientras más existo más me da trabajo escribir; tendré que esperar o provocar la realidad en la que sea lo contrario, pero no, mi voluntad todavía no se interesa mucho por eso. ¿Qué hago ahora mientras me inspiro? ¿Y si voy a visitar a mis hijos y…? Jajaja, ¿y si les pido su opinión sobre este relato? Jejeje, el colmo de la ironía. También debería pedirle su opinión a mi amigo el dios Abraxas; a ese cabrón hace ya tiempo que no lo veo…



    Nota:
    Si te gustó este relato, tal vez te interese leer otros de mis escritos:
    https://fanficslandia.com/tema/paralefikzland-el-oxímoron.61119/
    https://fanficslandia.com/tema/paralefikzland-alter-ego.61639/
     
  12. Threadmarks: Una resurrección (1)
     
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    Una resurrección (1)

    Caminando un día de sol a la orilla del río Mrid[1], los sentidos de Íbien de repente desaparecieron.


    ***​


    ¿Esto es la muerte? Debe serlo: nada percibo, nada experimento. ¿O sí? Debo ahora estar en el suelo, tirado sobre la arena a pocos metros del agua. Pero no siento la arena ni la humedad que de seguro tengo junto a la cara. No oigo el agua ni el viento. No huelo las hierbas que en este tiempo de lluvias empezarán a inundar la orilla para que los patos coman. No percibo el sabor de la saliva en mi boca; ni siquiera me siento tener una boca. ¿Mis ojos estarán abiertos? No puedo ni sentir si alguna parte de mi cuerpo se mueve, intentaré ordenarle a mis pies que se muevan… ¿funcionó? No lo sé; no puedo saber. Y mi equilibrio, levanta la cabeza: no siento nada. Mi cuerpo no está en ninguna posición; estoy flotando en la nada. Mi ceguera ni siquiera es una verdadera ceguera; no percibo la usual pantalla negra de los ojos cerrados o arrancados; esta debe ser la ceguera de los nacidos sin ojos, que no pueden saber la diferencia entre ver con los ojos y ver con las rodillas. El tiempo; ¿cuánto habrá pasado desde que quedé así? ¿Minutos, horas, días? Mis propios pensamientos no son un buen reloj, no tengo más punto de referencia que yo mismo. Soy ahora, a mi manera, eterno.


    ***​


    Pero de inmediato se sobresaltó al pensar en eso. ¿Y si en realidad estoy experimentando la muerte? ¿Por qué antes no me asustaba tanto la idea de la muerte? Fue mi primer pensamiento. Sí, fue el primero, pero no fue el mejor pensado. Quedarme con mis propios pensamientos por siempre, no volver a experimentar nada más allá de aquellas cosas que ya viví y que está guardada en mi memoria, sólo yo y mis percepciones selectivas de todo lo que experimenté en mi vida. El río apareció en su consciencia, no como una imagen, sino como una mera abstracción interpretada de sus experiencias, cuyos colores no podía poner en su lugar; estaba verde, amarillo o violeta, y el cielo era por momentos plano como un mapa o tridimensional como un cubo, y los olores que recordaba de las hierbas del río eran suaves, fétidos o dulces, y luego ese recuerdo interpretado del río tornó cada una de sus partes en otras interpretaciones que estaban ahí en lugar de algo más: el fluir se volvió el nacer, el resplandecer se volvió el comer, y el plantecer se volvió dormir. Dormir, ¿conservaré al menos esa facultad? Ni siquiera me puedo sentir cansado, tal vez tampoco pueda sentir sueño. ¿Y si ya estoy soñando todas estas interpretaciones? ¿Cómo voy a distinguir mi vigilia de mi sueño? ¿Estoy despierto ahora? Durante un rato la interpretación del río pasó a significar caras, olores, sabores y sonidos familiares, voces que fonaban sin decir nada en un timbre aterciopelado, y en vano intentó lanzar alguna llamada de auxilio, sin saber nunca si llegó a darlas de verdad pese a haberlas gritado en su mente. Mi desesperación, oh, aún puedo sentir la desesperación. Sí, aún tengo mis sentimientos y mis emociones junto a mi raciocinio. Pero ¿será esto algo bueno? ¿No actuará este pequeño don en mi contra para atormentarme de ahora en adelante? Hubiera sido mejor haber perdido incluso la percepción de mis propios sentimientos, perder por completo la sensación de la propia conciencia y de las memorias. Una muerte total, no sólo la de las percepciones, hubiera sido mil veces preferible a esto.


    ***​


    El cerebro interpreta recuerdos

    (Trompetas frente a un edificio de altura infinita. Se lee uscoela)

    —Te vengo a recoger a la salida —mamá, con su traje estilo zigzag del sur de danzilmar.

    Y ya no la vi, pues era muy pequeño y mis gigantes compañeritos bloquean mi vista de ella. Lloro y alguien me agarra del brazo.

    —Tú debes ir al 1-A.

    Y tiene la cara de un reptil y la nariz de gancho, que se balancea mientras me hace subir las escaleras amarillas junto al patio. Me arroja al salón y caigo en una silla. Me miran niños sin orejas y una maestra sin brazos.

    —Agarren sus crayones, y marquen con una cruz los codos y las rodillas del niño del dibujo.

    Y en el libro frente a mí hay un niño dibujado que sonríe, y no sé lo que es codo y rodilla y él se ríe, y no sé lo que es cruz y se carcajea.

    —Se hace así.

    La maestra con la boca hace una línea diagonal en la pizarra verde con el gis, y dibuja otra línea diagonal sobre ésta pero en sentido contrario. Y mi mente no lo capta y no entiendo qué ha pasado. Dos líneas, una sobre la otra; una cayendo hacia un lado y la otra hacia el otro. Es demasiado para mi mente. Me desespero. El ventilador me amenaza con caerme y cortarme la cabeza si no lo hago. Quiero llorar, pero entonces vuelvo a ver la cruz en la pizarra y veo algo diferente: son dos triángulos a los que les falta una parte, juntando sus puntas, como un beso. Y entonces dibujo un triángulo apuntando hacia la derecha sobre el codo del niño, luego un triángulo apuntando hacia la izquierda, de manera que las puntas se toquen, y luego borro las líneas que veo que no tienen en el pizarrón. Me siento contento de mi logro y repito lo mismo para el otro codo y las rodillas. Alzo la mano y viene la maestra, observa por un momento y su cara se pone roja de ira. Levanta su pie y me aplasta la cabeza contra el libro y empiezo a llorar.

    —¡Así no se hace! Eres un burro, un niño muy burro.

    Y me dejó libre y mi libro estaba lleno de mis lágrimas.

    —Vengan todos a ver lo que este burro hizo.

    Y todos me rodearon y se rieron de mis triángulos mutilados y no entendía de qué se reían.

    —Miren ahí donde se juntan las líneas —rio uno.

    —Está todo chueco —rio otra.

    Y se rieron y rieron, y yo veía la cruz y la veía igual a la que la maestra había dibujado.


    ***​


    “Íbien, ¿a dónde vas?”

    Se detuvo y ahí seguía ella sobre la cama, con sus pechos de quinceañera escondidos coquetamente bajo una sábana bordada con montañas y lagos. La dueña de aquel cuerpo y sábanas, Néla, se deslizó sonriendo hasta que sus piernas quedaron expuestas, y con sus pies masajeó los muslos de Íbien, que estaba atándose los zapatos.

    “Se van a enojar conmigo si no regreso pronto”

    “Quédate un ratito más”

    “¡Que no puedo!”

    Y las pataditas que Néla comenzó a darle lo irritaron y deseó irse lo más pronto posible.

    “Volveré mañana en la mañana. Podrás aguantar estar sin vernos unas horas, ¿o no?”

    En vez de contestar, Néla lo abrazó con las piernas, creando un candado. No lo dejó ir hasta que Íbien, volteándose y mirándola con ojos húmedos, jugueteó con sus pies y le prometió una y otra vez que regresaría pronto. Íbien sólo pensaba en Kéya cuando salió de esa habitación.

    Íbien tenía diecisiete años la última vez que vio a Néla.


    ***​


    Mi padre, cuando estaba de buen humor, solía arrastrar su silla hacia la ventana de la sala, que daba hacia un enorme valle lleno de colinas y árboles que terminaban a la entrada del páramo, donde veía fluir mareas de pastizales hasta donde el sol se ponía; ese era nuestro jardín. Se sentaba a mirarlo largamente, se sentía el hombre más rico del mundo, aunque a parte del jardín más espectacular del país, nada teníamos. Sin dejar de mirar al exterior, me contaba cuentos sentándome en el suelo, y esos cuentos los iba inventando como si los leyera directamente del verdor del pasto y de los árboles y del sol cuya luz anaranjada de la tarde entraba por la ventana e iluminaba su rostro esperanzado, nostálgico, como si todo aquel paisaje fuera una ventana a un pasado o un futuro grandiosos. Sus cuentos eran sobre seres cuyo nombre y forma inventaba, y siempre los describía tomando como base alguna forma geométrica con otras figuras geométricas pegadas a su cuerpo. Había inventado así al zyeránkj, que tenía cuerpo cúbico, cuatro patas cilíndricas, pies esféricos y una cabeza triangular que rotaba en todas direcciones para no perderse nunca una buena oportunidad; a veces era negro, otras rojo, pero siempre de un solo color, excepto una vez que se puso triste, porque se murieron sus hijos, entonces se le había puesto la mitad del cuerpo amarilla y la otra café. Vivía en los páramos y comía pasto y piedras; usaba la punta de su cabeza para hacerlas pedazos y tragarlas más fácilmente. Ponía huevos como reptil, pero amamantaba a sus crías como un mamífero. Era además un animal muy noble; siempre ayudaba a los otros animales sin importar qué; en un cuento ayudó a un pobre ratón a cruzar el río Núer[2] un día que había una violenta corriente, el zyeránkj hizo trepar al ratón en su espalda y comenzaron a cruzar, pero a la mitad del camino un malvado cocodrilo los atacó y le arrancó al zyeránkj una de sus patas esféricas. Cuando llegaron a la otra orilla, el ratón, desconsolado por el daño ocurrido a su amigo, se dirigió al santuario de la diosa Kuaryína, diosa de los heridos[3], y le pidió que le regresara la extremidad perdida al zyeránkj; la diosa le dijo: Si quieres que la pata del zyeránkj vuelva a crecerle, tendrás que sacrificar una de tus patas, y con ella crearé una nueva para el zyeránkj, y el ratón, sin dudar ni un segundo, mordió con sus fuertes dientes una de sus patas hasta que se le desprendió, y entonces una nueva pata surgió del muñón que el cocodrilo había dejado al zyeránkj. Usualmente aquí terminaba la historia, pero conforme pasaba el tiempo mi padre iba cambiándola; a veces en vez de un cocodrilo era un tiburón, en vez de una rata era un mono, en vez de una diosa era un dios, pero las versiones que más me desconcertaron fueron cuando la rata no aceptaba sacrificar una de sus patas y regresaba a decirle al zyeránkj que la diosa se había negado a ayudarlo; en otra versión la diosa en verdad se negaba a ayudarlo, y aunque la rata amputara su pata el zyeránkj no se curaba; en una versión no era necesario que la rata se amputara, pero la diosa se lo decía de todos modos sólo para divertirse; la última versión que oí fue aquella en la que la rata estaba aliada con el cocodrilo para arrancarle la pata al zyeránkj, y después de eso, la rata, aparentando piedad, dice que va a ver a la diosa para pedirle que lo cure, pero en realidad va donde un cazador al que promete llevar hasta el zyeránkj indefenso a cambio de unas bolsas de granos. Al día siguiente de relatarme esta versión de su cuento, el cuerpo de mi padre fue encontrado en el páramo, con un hueco en la cabeza y un pequeño pico en la mano.


    ***​


    De-rayos-áureos-bañante tarde, plateada-arena-playa en fuego alrededor, ellos beben y, pero ¿hay qué ahí? Murmuran que risas, las bocas desde la cerveza vuela la alegría a causa de.

    Ate: Es verdad, de verdad.

    ¿Era?

    Wányi: Ya, de verdad, ¿quién era ella? Era bonita.

    Darúm: Huy, huy, te lo van a ganar jajaja.

    Wányi: ¡Cállate!

    Dam, dam, dam, sopla que viento, llamitas por un lado y por el otro; al otro lado, Wányi, de arenoso bikini. Íbien sueño siente y escucha.

    Ate: Fue la noche pasada, ahí en su cuarto. Tenía algo así como una colección de revistas viejas de música, me dijo que algún día valdrían mucho.

    Darúm: ¿Y qué pasó?

    Ate, la cara en la mano pone: rojo, Wányi levántase.

    Wányi: Íbien, acompáñame a buscar más cerveza.

    Íbien levántase, síguela, su bikini arenoso mira, viento-quita-granos-de-arena-del-bikini de repente menos salado es: acompaña-movimientos-de-caderas-de-Wányi qué dulzor. Entran y silencio hay. Íbien cajas con cerveza hacia va. Sollozo, húmeda-garganta de sollozo. Wáiyi de sollozo.

    Íbien: ¿Estás bien?

    Wányi: No, no pasa nada.

    Ella afuera hacia observa, molesta-Ate que Darúm bebe, otra vez, Ate murmura, feliz vese. Wányi Íbien hacia camina. Los ojos en fuego, tristeza hay, parece. Íbien extraña-sonrisa percibe.

    Íbien: ¿Qué pasa?

    Wányi arrodíllase, Íbien de rojo bañador dentro de busca. Encuentra.

    Íbien: ¿Por… por qué?

    Wányi: ¡Cállate!

    Duda, tres segundos, atentamente contempla: de él no es, de él no es, ¡no importa! ¡Imbécil!

    Íbien los labios aprieta; ella él alrededor de también. Íbien la mesa contra apóyase. Preocupado, afuera ignorantes siguen. Ruido, ella mucho hace ruido. ¡Se mueven, parece!

    Íbien: Espera… Wányi…

    Sigue, no para. ¡Qué bien, no vienen! Pero él sí.

    Glugugugug.

    Disparada de él la boca sale, humedad y lágrimas.

    Regresan. Wányi normalmente ríe. Ate hacia acercarse busca, y riendo la boca abre a él junto. ¿Qué él sepa ella quiere? ¿Dase cuenta?

    Íbien de nuevo hablarle no pudo. Casados súpolos años después.


    ***​


    “Brebrabrebrabrebra”, las manos de Nída lanzan un juguetón hechizo de agua, riendo, percutiendo los dientes inferiores contra los superiores. La cara de Íbien queda mojada de resplandorcitos húmedos salidos de las manos recién lavadas de su hermana, se pasa la manita por la cara y los seca. “¡Ey!”, “Ya, Nída, deja en paz a tu hermano”, dijo mamá, “Sírvanse de los dos platos los dos”, en uno hay humeantes pedazos de pescado, atrapados esa misma mañana pese al mal tiempo; sacudiose el agua del rio igual que un bebé zarandea un vaso de agua, en el otro hay vegetales cocidos, cosechados hacía una semana en el huerto que ambos padres habían construido, pese al desaliento de los antiguos propietarios a causa de su supuesta infertilidad. “¿Qué te pasa en la cara?”, pregunta mamá, Íbien primero abre sus tristes párpados, acorralado, luego, sin cambiar su expresión, esconde la cara inclinándola hacia el brazo izquierdo de su silla y contempla las sucias manchas imborrables del suelo. Mamá toma su mentón con una mano y levanta su cabeza con brusquedad, he ahí una suave negrura alrededor de su ojo, como la suave sombra de un insomnio, Íbien gime y mamá dice: “¿Quién te hizo eso?”, “Fue alguien de la escuela”, contesta Nída, la boca embutida de pescado, riendo con las mejillas y la nariz, “¡Qué te parece tan gracioso!”, grita mamá y le pega en la cabeza, Nída lanza un sollozo, “Ya ves cómo no es divertido”, y a Íbien: “Donde me entere que te estuviste metiendo en peleas de nuevo…”, “Yo no empecé”, murmura Íbien, “dijeron que papá era un ladrón inútil y que no me querían ver en el parque de nuevo”, “¿y eso te da derecho a iniciar una pelea?”, Íbien intentó mantenerle la mirada, como si eso fuera una respuesta afirmativa que no se atrevía a contestar, pero de inmediato regresó los ojos hacia el brazo de la silla.

    Papá entra al comedor en ese momento; había estado haciendo unas llamadas y en su rostro se muestra frustración, se sienta a la mesa con una sonrisa inconvincente y dice: “Qué bien huele el pescado”, y mamá le dice: “Hoy tu hijo se peleó”, papá contempla preocupado el moretón de Íbien, éste se muestra menos receloso al mostrárselo; lo exhibe orgulloso como un trofeo. “Ah, pequeño, ¿por qué te peleaste?”, “porque tú no eres un ladrón”, papá suspira y le palmea la cabeza; hay algo de frialdad en su mano; su rostro intenta no mostrarse conmovido, “no hagas caso de lo que dicen los demás”, “pero no dejan de molestarme”, Íbien subió la voz, queriendo contagiar su rabia a papá, pero él negó con la cabeza y la mano, “déjalos pensar lo que quieran, hijo, lo importante es lo que tú opines, dime, ¿te parezco un ladrón acaso?”, la cabeza de Íbien dijo no, pero en sus ojos, que no miraban a su papá, había duda.


    ***​


    Esta duda provenía de las muchas conversaciones que bombardeaban a Íbien en sus andares por el pueblo y sus alrededores. Ellos vivían a sólo un kilómetro del pueblo, y en su camino habían varias casas y algunos negocios de carretera. El cuadro semimontañoso de aquella región al norte de Kutuzá hacía que el camino tuviera por adorno un juego zigzagueante de colinas y montañas que incrementaban su tamaño a lo lejos, entre más se acercaban al estado de Nihg, y caminar hacia el pueblo mientras la tarde formaba juegos de sombras con esas montañas distantes hacía volar su imaginación. Pasaba por una sección de la carretera que se bifurcaba: era la ruta que conducía hasta la ciudad de Yoká, y de ahí era frecuente ver citadinos que se aventuraban hacia el pueblo, y eran los principales clientes de los negocios por los que pasaba. Notaba a los dueños de esos negocios adquirir un aire de hostilidad al verlo y no dejaban de vigilarlo hasta que se alejaba. Una vez escuchó a un citadino preguntar al dueño de una tienda por qué veía de ese modo a ese niño que no parecía estar haciendo nada malo, el tendero, al contestarle con la historia de su padre, hizo que Íbien apretara el paso hasta desaparecer de su vista, y luego salió corriendo, rabiando y con pensamientos violentos. En el pueblo había muchos establecimientos donde ya no dejaban entrar a nadie de su familia, y en la escuela, no hace falta decirlo, era molestado por todos sus compañeros. En el mejor de los días era simplemente ignorado, en los peores era acosado por grupos de niños después de clase, le robaban sus cosas y le gritaban que no tenía derecho a quejarse. Lo único que evitaba que esos abusos se volvieran insoportables era que Íbien poseía una gran fuerza, y lo que los demás necesitaban para hacerle daño él lo lograba de un golpe, así que la estrategia era molestarlo sin parar y luego salir corriendo cuando Íbien, al límite de su paciencia, comenzaba a lanzar golpes. Tal era el estado de su vida, y el nivel de desprecio que todo el pueblo le demostraba a su familia, que fue inevitable para él pensar que todo ese abuso quizás pudiera tener algo de verdad, que su padre podría ser culpable del crimen por el que él ahora tendría que cargar algo de culpa. Quería saber la verdad, pero al mismo tiempo temía que la verdad pudiera alejarlo del amor que sentía por su padre y convertirlo a él en un aliado de su crimen. Aún si la inocencia fuera su verdad, eso no cambiaría la opinión del pueblo ni mejoraría su vida, pues él sabía que cuando todo un pueblo se ha puesto en contra de una familia, solamente circunstancias de una poderosa fuerza emocional podrían hacerle cambiar de opinión.


    [1] Río llamado en honor a la leyenda de un niño que se ahogó ahí, su espíritu sigue pidiendo ayuda y ahoga a todos los que se lancen al agua a rescatarlo.

    [2] “Oro”.

    [3] Representada como una mujer llena de heridas sangrantes, producto de un severo castigo de su padre el dios Áikan, por haber ayudado a un príncipe cuyo destino era morir.
     
  13. Threadmarks: Una resurrección (2)
     
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

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    Una resurrección (2)

    Alguna enfermedad o condición, quizá. ¿De quién pude haberla sacado o de dónde la adquirí? Intentaré (ordena a sus brazos moverse) más fuerte. Quizás si intento ponerme de pie, pero ¿cómo sé si lo hice? Ni siquiera tengo esa sensación de movimiento adormecido y entumido, como cuando nos movemos en los sueños.

    Siempre me moví mucho al dormir; tantas veces desperté con la cabeza en el lugar donde había puesto los pies la noche anterior, o en contorciones tan extrañas que por el resto del día me dolía el cuerpo. Pero en esas ocasiones no recuerdo haber tenido nunca algún sueño que pudiera servir de fundamento para motivar a mi cuerpo a moverse por sí mismo; sé que soñar con correr puede ocasionar que las piernas den patadas descontroladas, o soñar con una pelea puede hacer que las manos asesten puñetazos a enemigos invisibles en la oscuridad, pero amanecer hecho una bola a apenas centímetros del acantilado que pone fin a los confines de la cama, donde cinco minutos más de sueño hubieran supuesto una espectacular caída, tenían que indicar que había algo ahí en mi mente que se manifestaba en esa extraña rebelión de mi cuerpo por las noches. Nunca les puse atención en aquel tiempo, sino que tuve que esperar hasta ahora, cuando mi cuerpo, hasta donde sé, podría estar andando cual muerto viviente sin que yo me entere. Haré un movimiento de sujetar algo, ahora lo lanzaré, ¿habré hecho algo? Déjalo ya. Quiero distraerme con algo. Nída. ¿Dónde estarías ahora? De ti no tengo más que recuerdos y emociones sembradas en aquellos lejanos tiempos. Sí; veo esa cara tuya, ese lunarcito arriba de tu ceja derecha, la cicatriz que te hiciste en el hombro porque dijiste que te habías raspado con el filo de una mesa, eso dijiste, pero a mí siempre me pareció más como la marca que deja un cuchillo al deslizarse sobre un pedazo de carne, o un arañazo. Tu risa, si se le puede llamar risa al ruido gelatinoso que salía de tu garganta cuando ocultabas algo, inmediatamente hacía sospechar a todos los que te oyeran; volteaban por breves instantes, con una confusión incómoda en los ojos, pensando que esta niña había hecho algo malo.

    Sí; te vi aquella vez después de la escuela, ¿quién era ese niño con el que fuiste a ese callejón donde los de mi grado tenían miedo de ir porque, decían, alguien había tirado el cadáver de un perro y la bolsa donde éste estaba a veces se movía cuando se acercaban? Te veía entrar ahí con él pensando que querían ver al perro, pero me daba miedo quedarme mucho tiempo, huía y te olvidaba. Una vez te pregunté si habías visto la bolsa con el perro moviéndose, mamá me preguntó de qué hablaba y le conté la historia del perro y que te vi entrar ahí con un niño. No entendí por qué se enfureció tanto ni por qué tú te asustaste más. Pero eso sí, cuando volviste de tu regaño no llorabas; estabas como si alguien te acabara de retar a un juego y fueras a entregar toda tu energía y corazón para ganar, luego me miraste y alegre me diste un coscorrón juguetón, reíste diciéndome que no volviera a decir nada a nadie y te alejaste con esa risa húmeda que me dejaba una rara sensación en los oídos. Nída, ¿dónde estarás ahora?


    ***​


    Y Dárum: ¿No dormiste nada?, Íbien se aprieta el lóbulo de la oreja derecha y lo sacude, dice que eso le ayuda a despabilarse, A las cinco me dormí, mira, y Dárum: ¿Y qué vas a hacer pues? De nada te va a servir haber estudiado toda la noche si ahora te va mal en el examen, No creo que me vaya mal, dice Íbien insistiendo en apretar su lóbulo: Soy bueno para retener la información a esa hora; lo he hecho desde la secundaria y nunca he reprobado un examen, Bueno, Dárum se ve cansado cuando han subido todas las escaleras, y dice respirando agitadamente: A ver, durante el periodo presidencial de Tyenkt Lurkang[1], ¿qué medidas se efectuaron para intentar combatir la baja alfabetización en la zonas rurales?, e Íbien contesta: eh… a ver, con Tyenkt Lurkang… hubo la reforma de la ley educativa, ¿no?, y Darúm: No jodas, en cada periodo hay una de esas, sé más específico, y dice Íbien: Bueno, hubo lo de que a partir de entonces iba a haber una reimpresión masiva de libros y textos antiguos usando el nuevo alfabeto danzilmarés, el cual derivaba del alfabeto latino, y desde entonces ya no se imprimió nada usando nuestro alfabeto tradicional, y Darúm: Sí, pero tienes que mencionar específicamente las campañas de ortografía obligatorias en los periódicos y otras cosas, donde tenían que incluir a fuerza artículos donde hablaran de cómo usar las reglas ortográficas correctamente, e Íbien: No creo que eso venga en el examen; esa campaña ni siquiera sirvió casi…

    Viene Wányi, Íbien se apresura a entrar al aula y no hace contacto visual con ella cuando entra. Ella se sienta en el lugar del frente a la izquierda, donde él ve su cabello castaño, rizado como la maleza del paraíso terrenal antes de la caída. Ella se voltea, una pequeña sonrisa, medio de lástima, medio de burla, deforma su boca, e Íbien, habiendo sacado un cuaderno de antemano, finge que lee. Siente sus ojos mirándolo profundamente, no resiste la tentación y levanta la vista por un instante, encontrándolos igual que en aquella ocasión en la playa, y siente de nuevo en sus manos el contorno de las cervezas.


    ***​


    ¿Son aquellas ocasionales miradas y sonrisas una señal de algo más? A veces frente a ti me siento como el marino en su barca, flotando a la deriva en una tormenta, contemplando un faro distante cuya luz parpadea como una estrella; pero en cuanto esa luz desaparece, la tormenta pasa y vuelvo a navegar con calma; es ahí cuando tengo la absoluta seguridad de que aquí no pasa nada, que es absurdo suponer que tras ese hola, ese ayúdame con esto, ese qué te sucede, haya algo más. Te veo mirar a Ate con esos ojos muy abiertos con los que de pasada me miras a mí, es tu luz que quiere atraer a otro barco hasta tus orillas, y mi tormenta amaina y me siento tranquilo, libre. Pero apenas ha pasado mi tranquilidad cuando, por decisión propia o por simple inconsciencia, haces a tu luz caer sobre mí otra vez, y de nuevo regresa el huracán de la incertidumbre y no tengo nada más que el deseo de seguirte, mas me recuerdo que esa luz es engañosa, una farsa que no te das cuenta que provocas, e intento alejarme, remar contra las olas, pero la luz de tu faro sigue ahí a mi vista y no desaparece hasta que tus señales de indiferencia se vuelven a manifestar. ¿Cuánto más podré soportar este juego? ¿Por qué tiene que ser la percepción tan poco confiable? Debo decirte algo, confirmarlo todo de una vez por todas, así la luz del faro podrá desaparecer por siempre y volveré a navegar por mi vida con tranquilidad. ¿Cuándo? Cuando estemos en la playa. Algún pretexto para hablarte…


    ***​


    Yo estaba acostumbrado a la vida difícil; mi mundo era el del desprestigio, el de las largas caminatas, el de las amenazas que entran volando a través de las ventanas, el de las constantes peleas por la honra de mi padre o sólo para defenderme a mí mismo. De algún modo pensaba que todo el mundo tenía que pasar por este tipo de luchas de manera constante; la idea de que pudiera haber personas que pudieran dormir por las noches sin temer que al día siguiente hubiera alguien más maquinando rencores contra él, o con la seguridad de que nadie cercano a él iba a morir, estaba más allá del horizonte que mis ojos alcanzaban a ver. Pero poco después de entrar al orfanato me adoptó una familia, y descubrir ese nuevo estilo de vida fue tan impactante como lo habría sido para los marinos primitivos al llegar por primera vez a Danzilmar. La familia tenía por apellido Yiúl, eran un padre, una madre, un hijo y una hija casi de mi edad; vivían en Áos, en una casa tan grande como la escuela de mi pueblo, tan grande y blanca que requería de muchos sirvientes para mantenerla. Había tres jardines llenos de árboles, yo no podía entender cómo es que le podría ser permitido a alguien poseer bosques dentro de sus propiedades, y debo decir que no me gustó al principio la idea de que esos bosques estuvieran confinados a las enormes murallas que marcaban el fin de la propiedad, pero pronto me hice a la idea y pensé que, si había gente capaz de poseer bosques, poseer otros lugares naturales también estaría bien. Soñé desde entonces poseer algún día una montaña sólo para mí, aunque no quería encerrarla dentro de unos muros como a ese bosque.

    Mi padre adoptivo era un hombre alto y corpulento, pero tenía cara de niño. Recuerdo haberlo visto y haber pensado que sólo su cuerpo había llegado a la adultez y que la vitalidad de su rostro se había estancado en los doce años. Era el jefe de uno de los bancos más importantes de aquel entonces, y el respeto que generaba a sus colegas era tal que no podía pensar que se dirigieran al presidente del país con mayor servilismo y sumisión. Sin embargo, él nunca demostró (al menos cuando yo lo pudiera ver) actitud alguna que me indicara que su actitud tuviera la más mínima mancha. No fue sino hasta años después, ya graduado de la universidad, que finalmente pude ser testigo de las malas artes que se escondían discretas tras esa sonrisa tan paternal. Nunca supe con certeza si mi padre biológico había sido un ladrón, pero de este nuevo padre no tuve la suerte de la incertidumbre.

    Mi madre era docente en la universidad de Áos; enseñaba historia danzilmaresa y tenía fama de estricta entre sus colegas y alumnos; pero en privado, una vez traspasado el umbral de la mansión, bien instalada en sus dominios donde todo ojo crítico quedaba fuera, mostraba una personalidad tan dulce y grácil, que era imposible imaginarse que tal profesora pudiera alguna vez reprobar incluso al estudiante más perezoso. Todo lo perdonaba, todo lo pasaba por alto; su filosofía era la de no preocuparse por nada (al menos en casa), y la única vez que la vi expresar el más ligero enojo fue cuando mi nuevo padre se negó a acompañarnos al funeral de su madre alegando mucho trabajo, eso sí, durante ese pequeño momento de intranquilidad logró exteriorizar todo lo que su voluntad le hacía reprimir, recriminándole, por espacio de un minuto, el poco tiempo que mi padre permanecía en casa (acusación exagerada a mi parecer, pues no recuerdo haberla visto a ella en la casa mucho más de lo que veía a mi padre), lo mucho que le disgustaba que no se ejercitara, e incluso aspectos triviales como sus ronquidos en la noche fueron tema de ese breve regaño, pero entonces volvía a tranquilizarse, súbitamente como con una inyección de morfina que primero la tomara por sorpresa, y se sumergía de nuevo en su sosiego, respirando tranquilamente.

    Mi hermano, llamado Dézen, era el niño más frágil que hubiera visto, siempre bajo el amparo de interminables medicamentos y consultas médicas; no podía pasar mucho tiempo bajo el sol o la piel se le llenaba de ronchas y era terriblemente alérgico al polen, encima de todo padecía una extraña condición que le impedía ejercer mucho esfuerzo físico a riesgo de sufrir desmayos o algo peor, los doctores decían que esa condición se debía a un mal funcionamiento de sus glóbulos rojos; muchos de estos se rehusaban a cargar el oxígeno al resto del cuerpo, me lo imaginaba como un reloj con poca energía en las baterías. Pese a ser él un año mayor que yo, mi llegada le supuso al principio una amenaza, viendo que mi condición era infinitamente mejor y mi fuerza admirada por nuestra hermana, pero conforme pasó el tiempo nos llegamos a llevar muy bien; por un lado él encontró en mí un hermano que podía defenderlo en la escuela frente a los niños que se burlaban de él por su debilidad, a la vez yo le motivaba para salir a explorar todos los rincones de nuestros bosques al caer la tarde; decía mi nueva madre que nunca había visto a Dézen con tanta energía como cuando yo llegué. En cambio, fue él el que me enseñó el mundo de la literatura y la filosofía, mundo que él exploraba constantemente y del cual poco a poco me hizo parte; con él mi percepción de la realidad se amplió; aprendí que las ficciones no eran un escape de la realidad, sino ver la realidad desde muchos ángulos diferentes. Con él como mi mentor intelectual conocí a Hesse, Confucio, Sartre, Nietzsche, Borges y Joyce entre otros, a veces nos gustaba inventar historias en las cuales esos famosos personajes de la historia tenían diálogos, e intentábamos crearlos de la manera que nos pareciera más exacta a como hubieran sido en verdad. Me dolió su muerte como nunca creí que podría volver a dolerme desde la muerte de mi padre, tenía él dieciocho años cuando lo encontramos tieso en su cama después de tener que derribar la puerta, fulminado por un ataque al corazón. Su biblioteca entera me la dieron a mí, pero tuvo que pasar un tiempo antes de que tuviera el valor de entrar y tomar uno de sus libros en mis manos, el libro que escogí fue Demian, y lloré sobre él.

    Kéya era el nombre de mi hermana. Era la niña más hermosa que había visto. La primera vez que se fijó en mí fue el día que llegué y subí a mi habitación; acababa de contemplar mi nueva cama y el cielo que se veía por la ventana, cuando escuché pasos por detrás, y al voltear la vi ahí, vestida con pantaloncillos y una blusa verde en la que ya asomaban los cimientos de sus futuros pechos; su cabello era corto (vista desde atrás parecía un niño), en la mejilla derecha tenía un hoyuelo que se contraía al alegrarse y al enojarse, y en ese momento me observó con una especie de mezcla entre ambos sentimientos. Aprendí a conocerla, aunque acercarme a ella me llevó más tiempo que con Dézen. Me llegó a decir en alguna ocasión que la razón por la que le había empezado a caer bien era porque era muy bueno con su hermano, agradecía que alguien tuviera la paciencia para llevarse con él y servirle como compañero de juegos y lecturas. A partir de entonces mi relación con ella sólo mejoró. Conocí uno a uno sus talentos, los cuales parecían surgir desde el fondo de su genética cada cierto tiempo; un día era una gran nadadora y participaba en las carreras de la escuela; otro día se volvía una ajedrecista tan buena que era capaz de empatar o vencer a Dézen; luego resultaba que se había aprendido todos los detalles de la historia moderna de Danzilmar, después podía trepar los árboles con la facilidad de una ardilla, al día siguiente tocaba el piano o era capaz de hacer equilibrio en el respaldo de una silla. Lo curioso era que, mientras un nuevo talento permanecía activo, los viejos talentos permanecían en pausa hasta que tuviera la determinación de volver a practicarlos. Cuando podía tocar conciertos de Mozart, perdía inevitablemente en ajedrez contra Dézen o contra mí; cuando nos apaleaba en ajedrez, la apaleábamos en conocimientos de historia, y todo ese juego de talentos siguió durante mucho tiempo hasta que, un año antes de la graduación, decidió que quería enfocar todos sus esfuerzos a la historia para ser como su madre algún día, y desde ese día nunca nos venció en ajedrez ni pudo volver a trepar un árbol sin resbalarse a cada instante.


    ***​


    ¿Lo hará?

    Le tiemblan las manos. Sobre él pesa una sensación de intenso calor dentro de las venas; su puño se aprieta deseando contener un cuchillo, sus ojos ya están clavados en el corazón de Vérend.

    ¿Cuál es la reacción de Vérend?

    Llora a causa del dolor de su boca rota, su ojo morado, y su amistad arruinada. Murmura perdón, juro por mis padres que fue un accidente.

    ¿Cede Íbien?

    Su boca hace una mueca de dolor; sus ojos piden su sangre. Escucha como si cayeran gotas de agua en sus tímpanos; las palabras de Vérend le llegan tras una sorda cortina de ira.

    ¿Y los recuerdos?

    Acrecientan la presión que ejerce sobre el cuchillo imaginario. Intenta quedarse en blanco, olvidarse de sus recuerdos, interpretar los hechos de su vida de manera que no resulten tan tristes como su memoria los guarda, pero todos regresan a esos momentos de su vida que le recuerdan el leitmotiv de su existencia: Todo cuanto quieres te lo quitan. Su padre, Nída, Dézen, Kéya, Wányi, Zóbi. Tiene de repente un incontrolable deseo de arrebatarle algo a alguien.

    ¿Qué es lo más preciado que alguien posee?

    Las experiencias, la capacidad para experimentar y seguir adquiriendo existencia, así razona Íbien. Quiere eliminar la capacidad de adquirir experiencias, de seguir viviendo una vida donde los recuerdos y su interpretación determinen su yo.


    ***​


    Cabeceando de sueño se tambaleó hasta su cama, donde todos los recuerdos de su día se aplastaron en una única imagen que era al mismo tiempo un grupo de sensaciones, sonidos, colores y emociones. Era ella: Zóbi, ora sus grandes ojos, cuyo azul recordaba al del escudo triangular de la bandera del país, pero no opacos, sino reflejantes, puros como el hielo de los glaciares, pero que desprenden la calidez de un cielo tropical; ora la tonalidad híbrida de su piel, amarillenta por vestigio de su madre, blanca por vestigio de su padre, más que una mezcla es el abrazo entre dos razas esa piel; ora su cabello, cascada nocturna, juguete del viento, altar del sol, ni en el descuido ni en la sequedad se afectaba la armonía de su balanceo; ora sus labios rosados, que sonríen con una media mueca como de orgullo y ternura, con un movimiento de la mejilla salía a la luz un rostro reflexivo, dubitativo y escéptico, y las cejas bajaban y los párpados sospechaban. Esas imágenes de rasgos se confabularon con el olor al detergente de limón con el que habían limpiado el suelo junto al cual ellos habían comido unas hamburguesas en la plaza; olores a palomitas, dulces y helado de yogurt surgieron del recuerdo de aquella extraña risa que ella lanzaba cuando aparecía un mal chiste en la pantalla del cine, ambiguo entre la sinceridad y la mera educación de reaccionar jocosamente ante todo lo que pretendiera ser gracioso, aunque no lograra serlo. Los ecos de las gentes, murmullos carentes de idioma, sonidos de fondo insignificantes para resaltar las risas de ella, surgieron del recuerdo de haber contemplado su oreja derecha a la débil y fantasmal luz del reflector que se desviaba en su trayecto a la pantalla; una oreja pequeñita, con un lóbulo puro, sin manchar por arete, que lo miraba fijamente mientras su dueña parecía perdida en la película. A ratos ella también volteaba a verlo, la boca disimulando satisfacción, y repentinamente, sin siquiera apartar los ojos de la pantalla, sobre su hombro acuesta la cabeza, a modo de almohada; surgió en su mejilla izquierda la sensación de los finos cabellos que, rebeldes por algún viento, se habían levantado de su lecho y lo rozaban, provocándole una comezón que calmó rascándose con el cabello de la cabeza de Zóbi, percibiendo en el camino el champú de lavanda con el que se había lavado esa mañana. El momento exacto del beso pasó por un nivel muy bajo de su consciencia; tan sólo surgió el momento en el que ya no había diferencia entre una boca y la otra; las narices inhalaron y exhalaron el aire que el otro inhalaba y exhalaba; los ojos se encerraron tras la protección tímida de los párpados; una mano audaz se posó sobre su mejilla izquierda, llevándole con ella la evidencia de la inicial timidez a través de la fuerza de su agarre, un tanto brusco en los dedos pero coqueto en la palma, de roce amplio, contradictorio y falible, consciente de sí mismo y lleno de voluntad.


    ***​


    Venían las espaldas y eran de repente cabezas y ojos, parpadeaban a destiempo; si desprendieran ruido cada vez, sonaría un caos arrítmico. Cada ojo mostraba en su iris una imagen, un sonido, un olor, o una sensación, o más bien una interpretación de todo eso. Pese al caos, intentó concentrarse en un ojo a la vez.

    El primer ojo:

    —¿Es tu primer día? —dice Zóbi, cuya voz grave suena como si se terminara de despertar—. Un consejo: Nunca le hagas saber a tus alumnos tu historia académica el primer día. Por alguna razón, si no se ha generado confianza antes de revelar eso, pensarán de ti como un presumido o como un mediocre, dependiendo. ¿Y cómo te fue? ¡Ah, qué bueno! Disfruta ahora que apenas empezamos, ya verás cuando empiecen los parciales. ¿Vives por acá? Ah, está algo lejos; yo vivo en Yoráng[2], bien cerquita, sí, muy tranquilo. ¿Qué tal? Yo, todo bien. Sí, jajaja, qué tontería, pero la administración así lo decidió. ¿Ya terminaste con tus calificaciones? ¿No? Hmm, mejor te das prisa; las revisiones son mañana y los alumnos se enojan si uno se atrasa, ¿acaso no entienden que tenemos demasiado qué revisar? ¿Trabajas en algo más? ¡En serio! Yo no tengo paciencia para eso. Mientras tenga suficiente para vivir no me interesa romperme mucho la espalda trabajando. ¿Sabes?, puedes identificar a los alumnos que nunca hacen preguntas en las revisiones, no preguntan por pena, pero nunca es seguro si de verdad entienden sus errores. ¿Tienes novia? ¿Y cómo va a ser? ¿Antes? Ah, ya veo, yo tampoco. ¿Cómo va tu grupo con lo del festival? El mío va fatal; ni siquiera se han puesto de acuerdo en el tema, sí, tienes razón, pero al fin y al cabo lo que hagan hablará de nosotros como profesores. No, no es nada. Bueno. Hace unos días murió un tío. Gracias. Claro, tú sí que debes entender de estas cosas, ¿no? Gracias. Oye, ¿me puedes cuidar los trabajos de los chicos un rato? Les diré que vengan a recogerlos contigo. ¿La espalda? Claro, te encorvas demasiado cuando te sientas, tengo un primo quiropráctico, si quieres te doy su número y le hablas. ¿Eh? No sé. Ya sé que no está prohibido, pero… Deja que pasen estos exámenes y veremos. Hola. Ajá. Está bien. Adiós. Ay, ya me quiero ir. Sólo un poco más. Buenos días, ¿y esas ojeras? Hasta luego. Uf.

    El segundo ojo:

    Un libro azul con el dibujo de un mapa del lago Dên. Dézen señala fragmentos de las crónicas de los diversos reyes que gobernaron tan duramente la vida de los habitantes del lago, y cómo con los cultos a los dioses imponía el terror a todos los que no obedecieren la ley. Su vista se levanta, Dézen hace una mueca; tuerce el labio inferior, dejando ver en resquicio de uno de su canino superior izquierdo, al mismo tiempo la mejilla izquierda crea un pequeño bulto y surge, desde la comisura de la boca hasta la nariz, una grieta que, como las fosas oceánicas, se torna negra debido a la sombra; sea acaso una señal de asco, o tal vez tristeza disfrazada; sus cejas, unidas la una a la otra por una casi invisible franja de pelillos, bajan sigilosamente, como cuando los músculos de la cara en realidad ordenan expresar sorpresa y luchan contra la tristeza; sus labios descoloridos están partidos, su color es casi indistinguible de su piel pálida, y percibe cierto temblor que sale de ellos, igual a cuando existe el miedo a pronunciar incorrectamente una palabra de gran importancia. Pero parece jugar, pues sigue leyendo. Voltea bajo el marco de la puerta, hecho de un cedro que brilla por la luz de la ventana, está Kéya, inmóvil; parece una de esas pinturas del antiguo imperio Maryó, esas cuyos retratos tienen siempre la apariencia de haber recibido mil latigazos, donde dibujar la boca como una curva alegre, o los ojos abiertos, o la piel clara, o el cabello libre de ataduras, se consideraba mal estilo y falto de respeto; lo único que posee Kéya que no poseen esas pinturas es su agitada respiración; un grito de diafragma se ahoga antes de siquiera acercarse a la garganta. Kéya, al igual que una pintura del imperio Maryó, tiene los ojos opacos, que se frenan a sí mismos de poner atención a aquello que tienen enfrente, pero los de ella parpadean mucho, lo que los humedece y borra la opacidad de las córneas para dar a luz a un brillo que, como una neblina en un día helado, empaña su vista y la obliga a parpadear nuevamente. Íbien recibe todas estas imágenes como piezas separadas de un rompecabezas que lucha desesperadamente por armar, y como todo rompecabezas, le parece que algunas piezas sobran y que otras faltan, que algunas son confusas y otras claras, pero siempre presentado ante sus ojos como un mero conjunto de pedazos caóticos, cuya imagen final no sabe si quiere revelar o no. Kéya desaparece lentamente; recuerda a una viuda que, habiendo llorado toda el agua de su cuerpo, abandona el velatorio donde su amado recibe los últimos adioses.

    El tercer ojo:

    El perfume barato de Nída, con el que llegaba varias veces a casa, que hace quemar la nariz si se huele de cerca, pero de lejos es como una flor que ha sido muy mojada en agua y ha sido encerrado dentro de una habitación lleno de frutas bañadas en alcohol, está adulterado: hay plástico mojado con agua estancada, un nido de mosquitos y otras alimañas que han encontrado en ese pequeño pantano el lugar ideal para la vida, eso huele desde sus zapatos, y también la fragancia de la cáscara de alguna fruta, quizás un plátano o una naranja, quién sabe, los efectos de la podredumbre son suficientemente fuertes como para disfrazar todo aroma de la fruta que alguna vez de seguro fue apetitosa, y cuyo olor salía ahora, mezclado con perfume, de los zapatos de Nída. Había algo más: fragmentos de óxido, de un metal viejo y carcomido, con un olor metálico de sangre seca y marchita; también pintura vieja y de mala calidad, hecha sin intención estética, sino con intención protectora contra el natural paso del tiempo y del clima. El polvoriento olor del escombro: yeso y pedazos de ladrillo, igual al de los viejos edificios ennegrecidos por el humo y deshechos por el golpe del sol y el viento. Irrumpe de repente el olor de la tierra húmeda: es mamá, y con ella la casa huele ahora al huerto, mamá entra trayendo consigo la invisible aura de una ensalada de tomate, lechuga, papa, calabaza y zanahoria, el sudor que la empapa agrega además un aroma salado y amargo que la cubre y se mezcla con las verduras. La fragancia de mamá choca violentamente contra la de Nída, y las dos se enfrascan en una batalla por perfumar más la habitación. Sigo ambos olores como si fueran entidades separadas, pero cuyos brazos se extienden hacia la portadora del otro, y estos olores se retuercen, sin decidir si van a unirse o a apartarse. El olor de Nída escapa, pero deja tras de sí su rastro, los vestigios invisibles de su desobediencia, y estos finalmente deciden impregnarse en el olor de mamá, contaminándolos y degenerándolos hasta que el olor del huerto amargo se esfuma.

    El cuarto ojo:

    Klang, klang, es una de las campanas de alguna de las torres Kandí[3]; 40 campanadas contaminadas de cláxones de automóviles: fa sostenidos, sí bemoles, la bemoles, soles y res. Un diapasón cristalino pone orden al caos de la ciudad: la voz de Wányi, el habla fluida de una flauta que toca evocando el mar, el ritmo de sus sílabas al terminar las frases; se alarga hasta ser blancas o redondas mientras piensa en lo que quiere decir a continuación, y la siguiente frase cae en un forte súbito que, dependiendo del mensaje, tiene la potencia de la trompeta o la suavidad del arpa. Sus pensamientos, cuando dan inicio con un “pero”, crean una anacrusa que antecede al comentario; sus “ehhh”, “ahh”, “esteee” son síncopas que a veces, debido al avenimiento temprano o tardío de las palabras adecuadas, no caen en el tiempo debido. Su altura está comprendida entre el do5 y el fa5 cuando está calmada, cuando sus pensamientos son tranquilos y pasajeros; sube hasta el do6 cuando se pone seria, cuando su emoción comienza a rebasar el límite, entonces suena como un violín tocando los primeros compases del Motto perpetuo; cuando algo la hace exclamar, su chillido de clarinete llega hasta el ti6, generalmente después de que los patosos balbuceos de un bebé cercano, que intenta hablar como un novato intenta tocar un oboe por primera vez, por ventura han llegado a nuestros oídos, y nuestra charla queda en silencio mientras este reino de sonidos por un momento queda desplazado por el de las imágenes. Pero los pájaros siguen sus trinos, sus apoyaturas, su grupetos, sus mordentes y sus glisandos, adornando el rondó que crea el viento al pasar entre las hojas de los árboles y las improvisaciones rítmicas de los conversantes. Irrumpen con fortissimo los celulares y los ya mencionados cláxones; percuten en mezzoforte las pisadas de los transeúntes, los vasos y los platos de un restaurante, cuyos comensales crean una música plagada de silencios que aprovechan para masticar y tragar. Pero Wányi, la voz principal, la soprano en medio del escenario, se alza en medio de todo ese acompañamiento y se proclama poseedora de mi admiración.


    [1] En nuestro mundo fue un cineasta.

    [2] Colonia de la ciudad de Áos.

    [3] Campanarios que poseen algunos templos dedicados a los dioses más importantes.
     
  14. Threadmarks: Una resurrección (3)
     
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    ParalefikZland: Un libro perfecto
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    Ciencia Ficción
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    Una resurrección (3)

    ¿Cuánto tiempo ha pasado allá afuera? Cada vez pierdo la esperanza de que mis movimientos ayuden de algo, si es que en verdad me muevo. Tal vez hagan lo contrario; quizá me he arrastrado sin saberlo hacia el agua y me estoy ahogando, o hacia un acantilado y estoy cayendo. De ser así, en cualquier momento desaparecerá mi consciencia por los efectos de la muerte, si es que esto aún no es la muerte. Mi padre me contaba (recuerdo, aunque lo más seguro es que mi mente lo esté inventando) que había unos espíritus cuyo nombre no se debía decir, o uno se convertía en uno de ellos. Cada cierto tiempo morían, o parecían morir, pues sólo caían en un sueño insensible que duraba una cantidad indefinida de tiempo, durante el cual perdían todas sus memorias; sus recuerdos y experiencias regresaban a cero, y cuando despiertan es como si resucitaran o renacieran. De verdad, ¿en dónde oí esto? ¿Mi padre me lo contó en un cuento, fue Dézen quien me dio un libro donde los mencionaban, fue Zóbi, experta en leyendas de Danzilmar, quien me los mencionó alguna vez? Ojalá recordara mejor. Pero estos monstruos que no pueden nombrarse sin volverse uno de ellos, ¿acaso los habré nombrado yo y me he transformado? Si es así, sólo he de esperar a que mi mente se vacíe de todo lo que se llenó durante mi vida antes de resucitar. Sí, ya recuerdo, los nombré, ¡los nombré! Fue cuando tenía… menos de un año, mi primera palabra, antes de llamar a mi mamá y a mi papá pronuncié el nombre de aquellos y me volví uno. ¡Oh, pero cómo se pone mi cerebro a inventar estupideces! ¿De dónde habría yo oído el nombre para repetirlo, si se supone que nadie les ha averiguado el nombre por temor a convertirse en uno de ellos? ¡Patrañas de mi cerebro! Aunque, lo veo ahora muy nítidamente, cómo ese ser pequeñito, sin orejas, sin cabello, amarillo y sin más prenda que un kíndul[1] con plumas de pichones de un día de nacidos, se escabulló hasta mi cuna y me miró con sus ojos negros, sin ningún espacio de blanco, y con una voz acartonada y sedienta me dijo el nombre de los de su especie, y yo lo repetí. Más claro no puede ser, eso lo explica todo; ya no tengo nada que temer sino esperar mi resurrección, mi nuevo nacimiento, y ¿qué haré entonces si se supone que habré olvidado todo cuanto fui antes? Bah, eso lo pensaré cuando llegue el momento.


    ***​


    En el otoño murió mi madre, ¿o sería en invierno? No lo sé, sólo recuerdo que tenía frío, mucho frío, tal vez más por el dolor y el miedo que por causa del clima. No recuerdo de qué murió ni si mostró síntomas de algo; recuerdo a Nída diciéndome que fue de tristeza por la muerte de nuestro padre, pero creo que ella no se lo creyó. La vi llorar esa vez, creo que fue la única. Luego lloré yo porque nos llevaron al orfanato de Yoká, y toda mi fuerza se agotó cuando me vi en ese mundo nuevo mientras mi hermana daba señales de desatenderse de mí. Me golpeaba si quería dormir junto con ella, me evitaba y se iba con amigos nuevos, les hablaba mal de mí y les decía que sólo era un bebé. Un día la confronté; le dije que no actuaba como debía actuar una hermana mayor, en un ataque de coraje le grité que mamá había muerto porque ella había sido una hija inútil, me pegó y le regresé el golpe, nos enfrascamos y nos separaron rápidamente. Esa noche lloré arrepentido, dispuesto a reconciliarme con ella al día siguiente. Pero ya no la volví a ver: se escapó del orfanato. La directora (o era un director) intentó suavizar la noticia diciendo que no tardarían en encontrarla y que no debía haber ido muy lejos, pero yo después escuché a otros huérfanos decir que mi hermana se había escapado con unas personas con las que la habían visto hablando desde hacía varios días; se mencionaba a alguien en un coche muy largo que le hablaba a solas, que ella a veces regresaba con dinero cuya procedencia no explicaba. Yo no llegué a ver nada de eso, tal vez por estar tan encerrado en mi tristeza. Nída, hermana, donde sea que estés no te olvides de tu hermanito.


    ***​


    Un accidente y nada más. Vérend tuvo miedo, mucho miedo al ver a Zóbi inmóvil en la calle, la cabeza destrozada, la sangre formando ríos que creaban lagos, los huesos rotos de sus piernas, el agujero en el parabrisas y el lugar vacío del copiloto. Estaba escrita en sus ojos la culpa, el precio del haber tomado malas decisiones. Íbien primero rompió en llanto al enterarse, pero luego oyó de un colega: “Iba con Vérend, al parecer acababan de salir de un bar y él conducía…”, y el resto de las emociones se acumularon. Maestro de inglés, el maestro Vérend, ¿habían hablado alguna vez? No, no cuentan los saludos ni nada concerniente a los deberes de la escuela; nada más allá del deber y las formalidades; nada de convivencia informal; sin congeniar. ¿Y qué hacía con ella en un bar? Los celos por una mujer muerta demandaron entrar en escena, mas nada sabía, quizá sólo amistad, pero, en todo caso, muerte. Íbien pasó el entierro sin pensar mucho en Vérend, y tiempo después, con el ir y venir de los días, y de verlo siempre a él y no a ella, empezó a hablarle de algo más que de exámenes y de otros asuntos escolares. Al fin un día, Vérend, creyéndose ya su amigo, lo invita a su casa. ¿Ha disminuido el rencor por un accidente? Un poco; Vérend empezaba a simpatizar con Íbien y a la inversa, una simpatía recelosa, recelo que no dejaba de recordarle que por su culpa ella murió. Ya en comodidad, y teniendo la confianza de que el tiempo hubiera suavizado las emociones producidas por el accidente, Íbien le preguntó qué hacían en ese bar. Vérend contestó con tristeza: “Sentía eso por ella desde hacía tiempo. ¿Sabes?, siempre los miraba a ustedes y pensaba que había algo. Tenía envidia de ti, Íbien, no creo que deba negarlo. Sin embargo, no debía dar nada por hecho, entiendes, ¿no?, por eso la invité a tomar un trago. No es la primera vez que lo hacíamos. Antes de que llegaras ya nos juntábamos a veces con otros maestros; pero cuando llegaste empezó a venir cada vez menos. El caso es que la invité, solos nosotros dos, ahí le dije todo, creo que rayé en lo ridículo, hablé con unos celos estúpidos y ella creo que se dio cuenta, porque me dijo, tan tranquila como era, que no podía aceptarme porque empezaba a sentir cosas por ti”, se interrumpe, esperando que Íbien sonría por la noticia, pero al no ver esa reacción, continúa: “Me dijo Íbien me invitó a salir, no supo contestarte en ese momento y por eso te dejó muy rápido, pero planeaba darte un sí al día siguiente. Ahí fue cuando supe que ya no había caso, pero debido a su mirada de entusiasmo cuando te mencionó, no tuve el corazón para sentirme triste, y sin embargo pedí unas cuantas cervezas más. Ambos habíamos bebido; no teníamos conductor designado; pero se hacía tarde y debíamos irnos; ella tampoco dijo nada en contra de que yo condujera, tal vez pensó que yo había tomado mucho menos que ella. Siéndote sincero, resisto bien el alcohol; varias veces he conducido ebrio sin problema; no sé de verdad qué pasó esa vez, sólo recuerdo que ella se quedó dormida a mi lado, sin el cinturón para estar más cómoda. Tuve miedo de que un policía la viera así, entonces yo intenté abrocharle el cinturón…”

    Vérend habló por un rato más, y en determinado punto Íbien perdió el control.


    ***​


    Van caminando muy juntos, ¿por qué? Kéya le habla con coquetería, pero ella no es coqueta, ¿o sí? Una chica de nombre Néla, de formas inmaduras, temperamento impredecible, que gustaba de Íbien, conoce a ese chico con el que Kéya camina.

    —Creo que es su novio —dice—, hace días le oí decir que se le iba a declarar, y por lo que veo ella ha aceptado.

    Íbien no capta la malicia de sus palabras, lo agudo de los ojos que lo miran mordaces, ni que en las caricias de Néla contra su hombro no tienen la intención de reconfortarlo. Lo que ocurrió esa tarde fue la gran caída de Íbien, la primera vez que sentía el puñal de los celos y la necesidad de desquitarse indirectamente, de ese modo liberó su frustración en Néla, y ésta tuvo por fin la satisfacción de tenerlo para ella. Tiempo después, las habladurías escolares hicieron que la farsa y el engaño sentimental salieran al descubierto, y Kéya, que mostraba tan poco interés en comprender las razones tras las acciones humanas, no quiso volver a hablarle, delatando con su distanciamiento su corazón roto, guardado para Íbien y traicionado inintencionadamente. Pero ella nunca perdonaba. Después de superar la muerte de su hermano, varios meses después de la graduación, fue a estudiar a los Estados Unidos, donde pocos años después anunció que se había casado y esperaba un hijo.


    ***​


    La causa de la muerte de Vérend: suicidio por caída desde una ventana. Íbien declaró que cuando salió de su departamento, Vérend estaba en tal estado depresivo por la culpa de haber matado accidentalmente a Zóbi, de quien estaba enamorado, que decidió dejarlo sólo, y justo en ese momento fue cuando se defenestró y fue a caer de cabeza sobre el pavimento. Íbien mismo llamó a una ambulancia. Algunos vecinos lo vieron desesperado y aturdido por el repentino suicidio de su colega. Aunque interrogaron a Íbien, él supo sonar suficientemente convincente para hacerles creer que durante su reunión había tocado el tema de la muerte de Zóbi, lo cual había puesto a Vérend muy mal hasta el punto de la depresión. Una investigación hacia los amigos y colegas de la universidad donde trabajaban ayudó a confirmar el testimonio de Íbien, y como nadie más aparte del occiso sabía de sus sentimientos hacia Zóbi, no hallaron razones para sospechar de él como posible asesino.

    Al día siguiente del entierro de Vérend, Íbien sintió deseos de salir a caminar por el río Mrid. Nadie advirtió su manera errática de caminar, ni los murmullos que a veces salían de su boca. En sus manos aún estaba el recuerdo de cuando tranquilizó su puño, porque una idea macabra había pasado por su mente; también estaba ahí la memoria del golpe que le dio en ojo, habiéndole dado el primero en la boca, que salió repentino como el ataque de una serpiente. Vérend era un hombre muy delgado y bajo en relación con Íbien, el cual en su ira casi no sintió su peso. Lo vacío de la calle a esa hora le sirvió de aliado. Apenas escuchó el impacto, se sintió despertar y bajó corriendo a toda prisa, que nadie viera que había estado dentro de la estancia en el momento de la caída. Pero ese edificio de departamentos, para suerte suya, tenía muy pocos habitantes en ese momento. Se decía que iba a ser demolido dentro de poco y por eso no aceptaban nuevos inquilinos, únicamente permanecían algunos a los que se les había permitido quedarse por un tiempo mientras encontraban otro lugar para vivir. El día de la tragedia apenas había unas cuantas personas de edad avanzada que vivían en los primeros pisos, y que fueron testigos de lo mucho que Íbien lloró a su amigo.

    Mientras el recuerdo del hecho se recreaba en su mente, con todas las omisiones e invenciones que son consecuencia de una memoria llena de culpa, le pareció que muchas voces giraban en su cabeza, también sonidos, olores, imágenes y demás sensaciones, que a momentos eran familiares y extrañas. El rostro de Vérend durante sus últimos instantes de vida se confundió con el de Nída, con el de Kéya, con el de Dézen, con el de Wányi y con el de Zóbi, y del mismo modo el rostro de Vérend apareció en los recuerdos de todas esas personas ya mencionadas. Llegó al punto que en sus lejanos recuerdos de la infancia todo el mundo era Vérend; en la escuela sólo había su voz y cara, y en la universidad y en el trabajo también. Todos los que habían compartido su vida con Íbien tomaban el lugar de Vérend en ese solitario apartamento, en ese edificio casi vacío, en esa noche cómplice.


    ***​


    Mientras exista el pensamiento, existe el tiempo, y mientras exista el tiempo, hay lugar para que surja el olvido, o como mínimo la superación de los eventos pasados. Los recuerdos que en un principio atormentaban a Íbien, sin oportunidad de escapar de ellos, comenzaron poco a poco a mezclarse tanto entre sí que se difuminaron en una masa blanca de memoria. Aún persistía en sus intentos de moverse, sólo para recordarse que aún no estaba todo acabado y que mientras siguiera recordando había oportunidad de continuar vivo. Las interpretaciones de sus recuerdos se repitieron tanto que llegó un momento en que las sintió ajenas a sí mismo; se acostumbró tanto a ellas que pudo darse el lujo de la objetividad. Quizá todo lo ha recordado mal. Llegó a pensar que su cerebro había inventado casi todo sólo para darle algo que hacer en ese estado, y se había desecho de toda excusa infantil. ¿Qué importaba ahora si todo lo que recordaba había sido real o no? Al fin y al cabo, de ser real, ya estaría cumpliendo su castigo.

    Lo que en el tiempo del mundo de los seres sensibles se mide con el movimiento del sol, las manecillas de un reloj o la arena cayendo, Íbien lo medía según la cantidad de veces que interpretaba una imagen, una voz o una sensación familiar, y el paulatino debilitamiento de todas esas interpretaciones le daba a entender que en algún momento iba a dejar de percibirlas en su totalidad, y que tal vez, cuando todo ese cúmulo de recuerdos no fuera más que un pequeño punto blanco en un vacío sin color, sería el momento de su verdadera muerte.


    [1] Tipo de gorro que deja al descubierto la coronilla.




     
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    Una resurrección (4)

    Nota de los editores:

    El siguiente fragmento no se encontraba en la primera edición de este libro de ParalefikZland que hemos llamado Un libro perfecto, debido a que en aquel entonces la lámina que la contiene todavía no se había hallado. Damos la libertad al lector de considerar este último fragmento como el final real del escrito o solamente como un final alternativo.



    Se había acostumbrado tanto a existir en interpretaciones que al principio creyó que la sensación de las sábanas que cubrían su cuerpo, la almohada sobre la que yacía su cabeza y el fresco aire como de una montaña que le soplaba en la cara, no eran más que otra reminiscencia de un recuerdo perdido de su vida. Tan acostumbrado estaba a no percibir estímulos reales que todas esas sensaciones que provenían del mundo exterior tardaron en hacer eco en su cerebro, y varias horas después, habiéndose desempolvado su sistema nervioso, las dudas sobre aquella luz que veían sus ojos y los sonidos de ecos que entraban en sus oídos se deterioraron, y finalmente quedó convencido de su regreso al mundo sensible. Tanto tiempo no había experimentado más que su propio ser, que ese contacto con lo externo adquirió un dulzor inconfundible, un descanso de su alma tan agotada de los laberintos de su ser, como si hubiera estado viviendo miles de vidas ajenas y sólo ahora despertara a la suya. Ya era libre.

    ¿Pero dónde estaba? ¿En qué momento se encontraba? La impresión de haber resucitado de sí mismo lo había dejado respirando lentamente, deleitándose en el placer recobrado de sentir sus pulmones hinchándose y contrayéndose, de su piel recordando la dulce aspereza de una sábana. Pero todo estaba vacío; sumergida en una luz no cegadora que tendía hacia el gris, la cama se hallaba abandonada, y sus ojos no lograron ver ningún horizonte que separara el cielo de la tierra. Mantuvo la calma para intentar comprender, pero momentos después apareció ante él una persona, una mujer de aspecto indiferente, ajena a su sorpresa, que vestía una prenda similar a una toga con largos pedazos de tela que le bajaban como alas por los brazos; no la había visto en el momento en el que entró, sino que daba la impresión de que hubiera estado ahí todo el tiempo, observándolo silenciosamente.

    Ella no dijo nada. La mente e Íbien se llenó entonces de toda la información que respondía a todas las preguntas que un momento antes lo inquietaban. Habían pasado casi setenta años desde el día que perdió los sentidos junto al río Mrid. Fue encontrado a los dos días y llevado a un hospital, donde fue mantenido por años conectado a una sonda. Aunque era evidente que había perdido todos los sentidos, se comprobó que su cerebro seguía tan activo como el de una persona despierta (con la diferencia de que ningún estímulo externo alteraba las señales del cerebro), e incluso varias fueron las veces en que se había movido o intentado levantarse. Dado que nunca se le pudo localizar algún pariente que se hiciera cargo de sus gastos, hubo un dilema en el hospital acerca de cuánto tiempo podrían mantenerlo ahí, pero lo extraño de su condición (un muerto en vida) despertaba una fascinación tan grande entre la comunidad médica que no fueron pocos los neurólogos los que se opusieron a dejarlo morir, los psicólogos también querían saber qué sucedería en caso de que “resucitara”, qué efectos a corto y largo plazo habría después de una pérdida absoluta de los sentidos durante tanto tiempo manteniendo la conciencia intacta. Al saber la historia de Íbien, los eruditos no dejaban de preguntarse qué puede experimentar una mente que ya no tiene acceso a las experiencias, ¿saldría de ese estado convertido en un sabio, en alguien que tiene absoluto conocimiento de sí mismo y sería, por lo tanto, el nuevo portavoz de una nueva verdad inaccesible por otros medios? La fama que le dieron fue suficiente como para que hubiera campañas para mantenerlo con vida hasta que despertara; en una institución caritativa local incluso se había abierto un pequeño departamento destinado a mantenerlo con vida. Los años pasaron y fue mantenido en esas circunstancias; durante un tiempo tuvieron que amarrarlo con correas porque se movía con desesperación, y no pocas veces le habían oído murmurar pequeños sonidos incomprensibles (todo eso era celosamente observado y registrado por los médicos). Sin embargo, cada año perdían la esperanza de que despertara, y después de 50 años volvieron a replantearse la idea de dejarlo morir de una vez. Esta vez estaban divididos: Un grupo de gente opinaba que debían dejarlo morir por piedad, dado que, al estar consciente durante todo este tiempo, Íbien podría encontrarse en un estado de angustia que solamente le hacía experimentar desesperación; muchos psicólogos y neurólogos opinaban de esta forma, y con el argumento de que los constantes movimientos de Íbien eran una señal de ello, lograron convencer a mucha gente de dejarlo morir; el otro grupo opinaba que era injusto privarle de la oportunidad de recuperar la vida, además de que dejarlo morir frenaría los estudios de este tipo de fenómenos tan extraños, y que una cura incluso podría ser probable, esto lo opinaban a su vez otros grupos de científicos. El país quedó así dividido en la polémica; las charlas y convivios familiares gravitaban hacia el tema del hombre que perdió los sentidos; fuertes debates fueron organizados, se escribieron libros y se llevaron a cabo discusiones sobre el mismo asunto. Las discusiones se prolongaron lo suficiente como para mantenerlo vivo durante mucho más tiempo, pero se mantenía en una constante indecisión de cuya resolución final nadie quería responsabilidad, tanto la de dejarlo morir como la de dejarlo vivir. Mientras todo eso sucedía, Íbien envejecía lentamente; ya desde hacía mucho tiempo lo habían llevado a una sala especial donde podrían vigilarlo cada momento del día, fuera del alcance de los curiosos que visitaban el hospital sólo para intentar verlo y sacarse una foto o un video con él, pero los efectos de la vejez los obligaban a fortalecer sus cuidados, pues varias veces tuvo problemas del corazón y del hígado que requirieron muchas cirugías y medicación. Conforme Íbien se acercaba a los cien años, ya todos daban por hecho que moriría sin recuperar los sentidos, pero fue en ese tiempo que el planeta fue visitado por los emisarios del Zlandliú, y mientras Íbien seguía sumergido en su yo eterno el mundo exterior hacía ya tratos y acuerdos con seres venidos de otros universos, los cuales al enterarse de su caso se ofrecieron a llevárselo para curarlo, a lo que nadie puso objeción después de ser testigos de todas las curas, para ellos milagrosas, que habían traído consigo, erradicando todas las enfermedades mortales de su mundo. Sólo unos pocos vieron con ojos sospechosos el hecho de que quisieran llevárselo para curarlo en otro mundo, en vez de simplemente curarlo ahí.

    Ahora ya estaba de nuevo en el mundo de las percepciones, y en esas mismas imágenes se dio cuenta de que no sólo lo habían curado, sino que también lo habían rejuvenecido a sus treinta años, edad a la que había quedado encerrado en su propia mente.

    —¿Y ahora qué? —preguntó Íbien, mirando adormilado a esa mujer— ¿Ya soy libre?

    La mujer negó.

    —Ahora eres de nuevo esclavo de las percepciones, igual que todos los demás —dijo con voz triste, pero que ocultaba la emoción de una lucha futura, renuente a inclinar la cabeza sumisamente ante la verdad que acababa de decir—. Pero eres libre de elegir lo que quieres que hagamos contigo; tanto si quieres volver a tu mundo para recuperar el tiempo perdido, como si decides que ya has vivido e interpretado demasiadas experiencias, en cuyo caso podemos darte algún tipo de muerte.

    Íbien repasó de nuevo las imágenes que le habían dado, y preguntó:

    —¿Por qué no me curaron en mi mundo?

    Y ella respondió:

    —Nos tomamos la libertad de examinar tu mente antes de despertarte, y después de hablarlo, una persona quiso cumplir uno de los deseos que te aquejó mientras no podías percibir; él quiere hacerte vivir, por un momento, cómo es mirar a la realidad sin pasar por el filtro de la mente ni de ninguna experiencia; es decir, ver la realidad tal como es y no sólo interpretarla por medio de algún sentido. El ser del que te hablo, Gyéo Fúntuo, ha llegado a ese nivel y ha decidido hacerte testigo también.

    Íbien temblaba; volvió a mirar alrededor y le pareció que esa burbuja de luz grisácea se hacía cada vez más pequeña.

    Una voz dijo entonces:

    —Ya puedes irte, Geníf; creo que nuestro invitado está ansioso por recibir este regalo.

    Íbien había mirado al cielo para intentar ubicar el origen de esa voz que era dulce pero imponente, y parecía venir de cada rincón de esa pequeña existencia, incluso de su propia boca y de su propio corazón. Al volver la mirada la mujer ya no estaba, y al instante siguiente la cama también desapareció; estaba ahora sentado en el suelo sin haber sentido ninguna caída por la repentina desaparición de la cama. Entonces le pareció que podía ver con la nuca, con los pies, con la espalda, con todo el cuerpo; y lo mismo era para todos sus sentidos: todo su cuerpo era oído, gusto, tacto, olfato, equilibrio…; se había vuelto por completo percepción.

    Dijo la voz:

    —Antes quiero que me contestes una cosa: para conocer la realidad tal cual es ¿se necesita tener una gran cantidad de sentidos que desentrañen cada rincón y recodo de ella o, por el contrario, se necesita carecer de todo sentido, porque la falibilidad es inherente a toda percepción?

    Confundido, Íbien reflexionó por un rato, luego contestó, alzándose de hombros:

    —¿Quién puede dar la interpretación definitiva de un hecho tan mundano como cortar un pedazo de pan? Ya viví el no tener sentidos y mis experiencias aun así estaban contaminadas; ahí donde interpreté un evento pudo ser otro. No hay mayor mentira que la memoria ni nada tan hipócrita como la percepción o el recuerdo. Supongo que mi respuesta es que no puedo saberlo. Se me ocurre que para conocer la verdad hay que estar sin experiencias previas, sin una mente contaminada de recuerdos o sensaciones que evocar para darle sentido a lo que se percibe, ni siquiera tener mente; hay que ser como la nada.

    Y la voz, calmadamente como un padre amoroso, dijo:

    —Ahora te la haré experimentar. Yo entro en ese estado todo el tiempo, y te digo que no es la gran cosa tampoco.

    Entonces Íbien perdió todos los sentidos de nuevo, pero esta vez fue como si, al perderlos, ganara un nuevo sentido, uno mucho más poderoso que le permitía sumergirse en los abismos de la realidad, y durante el breve instante que duró esa revelación no tuvo ningún pensamiento, ningún recuerdo, ninguna percepción, ninguna interpretación.
     
  16. Threadmarks: El emisario (1)
     
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    El emisario (1)


    Quiero empezar con una disculpa, pues estoy consciente de que nuestra repentina llegada ha causado desconcierto y temor entre vosotros, los seres que pueblan este planeta en este universo, y que por ello vuestras vidas se han detenido para brindarnos un poco de atención a mí y los que me acompañan, que somos, como ya se ha dicho, visitantes de un universo paralelo en el que los viajes dimensionales son ya una realidad, y que en nuestros andares hemos tenido la dicha de cruzarnos con vuestra raza, con la cual no deseamos otra cosa que la paz y el mutuo entendimiento, para beneficio de nuestros universos.

    Nosotros somos miembros de un programa llamado Zlándliú, cuyo propósito es reunir la mayor cantidad de universos paralelos para formar una alianza, una asociación en el que las más diversas realidades convivan las unas con las otras en un intercambio de riquezas y culturas, apoyándonos mutuamente en los problemas que nos aquejen debido a las limitantes de nuestras propias realidades. Estimados seres, hemos venido, en función de emisarios, a proponeros vuestra unión al programa Zlándliú, y que compartan con nosotros las experiencias y beneficios que puede brindaros los viajes multiuniversales.

    Al unirse al Zlándliú contarán, entre otros beneficios, con seguridad contra la extinción de su raza por cualquier catástrofe natural de su cosmos. Han de saber que, debido a que los universos son infinitos, siempre será posible evacuaros e instalarlos en un universo similar en el momento en el que éste alcance su fin. También podremos proveeros con la tecnología necesaria para mejorar su supervivencia en este universo; podemos hacer habitable cualquier planeta de cualquier galaxia, de manera que vuestra raza podrá expandirse entre las estrellas, además de facilitar todo tipo de comunicación y transporte entre ellas. Si se unen, sus problemas con la falta de recursos también desaparecerán; hay literalmente universos hechos exclusivamente de aquellas materias primas necesarias para su subsistencia. Sólo por poner un ejemplo, para ustedes, que tienen que beber silicio líquido, tenemos un sistema que permite conectar este mundo con uno donde hay grandes planetas repletos de este material; ese silicio será transportado hasta este mundo y nunca más tendrían que preocuparse por su escasez. Los viajes multiuniversales serán también un derecho para todos vosotros; podrán viajar a cualquiera de todos los universos que se hayan unido al programa Zlándliú con la misma facilidad que toman un vehículo terrestre para ir de un lugar a otro dentro de una ciudad, o incluso más fácil. Entrarán en contacto con seres de otros mundos, podrán ir a vivir a ellos o sólo de vacaciones, podrán tener amigos y amores con esos seres, el intercambio cultural será tan grande como lo sea la vastedad del Zlándliú. El último beneficio que les expondré ahora (aunque aún hay muchos más) es muy importante, y que quizás pocos hayan considerado hasta ahora. Como ya habréis notado, nosotros somos viajeros que buscamos el bienestar de los universos y su unión en una sociedad pacífica, pero habrá otros viajeros, igualmente organizados y poderosos que nosotros, que buscarán el objetivo contrario, y hablo de destruiros y esclavizaros, de trataros como seres sin valor, de seres ficticios lícitos de explotar. Pues bien, ofrecemos también protección contra todos aquellos que intenten perjudicaros de ese modo; tenemos sistemas de seguridad que evitan el ingreso de seres no autorizados en alguno de los universos del Zlándliú, y aún en caso de peligro contamos con aliados poderosos, seres con la capacidad de superar dioses, los cuales eventualmente conoceréis si se unen al Zlándliú, y que os protegerán de cualquier fuerza invasora.

    Os suplico que penséis bien si deseáis uniros al Zlándliú; las ventajas son muchas y el precio a pagar es poco. Mis colegas y yo permaneceremos el tiempo suficiente en su mundo mientras lo consideran, y durante ese tiempo cada ser tendrá acceso a toda la información disponible sobre el Zlándliú, que nosotros gustosamente proveeremos. Muchas gracias por su atención.


    ***​


    Tras este comunicado, el mundo entero estalló en aplausos, gritando muchos su simpatía por la propuesta de los extranjeros. Los tres emisarios eran contemplados en cada aspecto de sus físicos por los seres, que se sorprendían de cada una de sus facciones: del color de sus pieles, de los hilos que les salían de la cabeza y les daban una apariencia multiforme, de las formas de sus troncos que los hacen caminar en dos extremidades, de la dulzura de su voz que sale de un gran orificio que se mueve excesivamente en su cabeza, de sus órganos receptores de luz que rotaban como canicas atrapadas en un cuenco. Los líderes de las ocho regiones del planeta aplaudieron a los emisarios junto con todos sus gabinetes, levitando en sus asientos y sacudiendo sus apéndices como antenas en señal de respeto. Las cámaras enfocaron entonces al líder de la región de plwqt, la más importante del planeta, y este dijo:

    —En nombre de todo el planeta Dlkhj, y de todo nuestro universo en general, les damos la bienvenida oficial, señores emisarios. Les suplicamos que se sientan como en su universo mientras están aquí, y den por hecho que de inmediato se abrirá un equipo de deliberación para examinar cuidadosamente la propuesta de unirnos al Zlándliú. Mientras tanto, les invitamos a disfrutar de todo lo que este mundo pueda ofrecerles. Bienvenidos una vez más.


    ***​


    A la gran cena de honor fueron invitados los tres emisarios, Vélhes, Bóher y Dáfur. La mansión estaba llena de las más grandes celebridades y líderes de todo el planeta plwqt, y de más está decir que todos, desde los actores y actrices más aclamados, pasando por los científicos de más renombre y los políticos más detestados, prácticamente suplicaron por una oportunidad para estrechar sus tentáculos con las manos de los emisarios, los cuales fueron sometidos a un interminable maratón de conversaciones que se resumían en: “Buenas tardes, señor… un gusto conocerlo… es una bella realidad en la que viven…su fisonomía también nos parece del más alto interés… por supuesto, nuestros organismos pueden tolerar la comida de este mundo…, ya hablaremos de eso en otro momento, con mucho gusto…oh, pero por supuesto que la encontramos bella, señorita, ¿y usted a nosotros?...” Fueron salvados por el aviso de que la cena ya estaba servida, y todos los plwqtenses entraron en tropel para ocupar sus asientos, reservando en el centro de todos una mesa especial para los distinguidos invitados, bajo la cual colgaba una gran lámpara cuya luz verde iluminaba sus rostros sonrientes, sus ojos ya acostumbrados a la virtualidad de ese mundo, y antes de tomar asiento propiamente levantaron las manos para dar un saludo general a todos los demás invitados, para quienes sus dedos evocaban a una versión en miniatura de sus propios tentáculos.

    Comieron los emisarios los platillos con gusto y esmero. Para empezar, una sopa con consistencia similar a la de la tierra mojada con óxido, y de sabor similar, luego carne asada de fgehy, cuyas plumas gelatinosas dotaban a la carne magenta de un peculiar sabor a hojas mojadas garapiñadas con azúcar de caña, el postre parecía un helado por su consistencia y un flan por su temperatura, a cada golpe de cuchara (cuyo mango era un tubo por el que los plwqtenses metían los tentáculos) producía un sonido crujiente, y sabía y olía igual que madera de cedro húmeda. Toda esa comida era acompañada por silicio líquido y vino de basalto, servido bien frío y que dejaba una sensación de adormecimiento en la lengua.

    Mientras duraba la comida, fueron entretenidos por un espectáculo que llevaron a cabo en el gran escenario del comedor, donde habitualmente había representaciones de danzas y obras de teatro. Para esa ocasión especial, habían preparado un programa consistente en dos danzas y una obra de teatro, las que habían sido consideradas como las mejores de todo el planeta, y cerrarían con una de las mejores sinfonías alguna vez compuestas.

    Las danzas (representadas por los mejores bailarines del planeta) los llevaron por un pequeño recorrido por la historia del arte dancístico, comenzando desde las épocas primitivas en las que se veneraban a los muertos representando movimientos de animales y plantas; ora los danzantes se movían como árboles, otros representaban el viento que se llevaba los espíritus de los fallecidos, representados por danzantes pintados de rojo y llenos de adornos y joyas. La última danza concluía con una muestra de bailes modernos, de naturaleza menos elegante, pero que exponían de manera simpática toda la clase de movimientos y contorsiones que eran capaces de hacer con sus cuerpos. Precisamente los plwqtenses ennegrecieron de pena durante los últimos momentos de la última danza, ya que representaba un baile considerado vulgar en el que los plwqt machos aproximaban sus qryp a los lkjh de las hembras, y éstas últimas los frotaban y contorneaban los bxzc mientras los machos las tomaban de las mrysf y las juntaban a sus cuerpos. La inclusión de este último baile fue muy discutida, pero al final decidieron dejarla sólo para demostrarle a los emisarios que no tenían vergüenza de su mundo (comentaban que había que hacerlos atestiguar no solamente lo agradable, sino lo desagradable también a fin de propiciar un acercamiento entre mundos con más confianza). Los emisarios aplaudieron con entusiasmo, alzando las copas y brindando, por lo que los plwqtenses se quedaron tranquilos.

    La obra que presentaron se llamaba “La sgdfk que era muy qpljg”, y trataba de una chica que se enamoraba de un chico, pero éste había sido obligado por su hermana a aceptar un empleo en una ciudad lejana; la hermana había favorecido el alejamiento dada la repulsión que sentía por la protagonista por ser una sgdfk (habitante de unas zonas montañosas que en general se dedican al cultivo de pjhr), y la heroína, sin dejarse derrotar, aceptó trabajar cinco años para la hermana para demostrarle que era muy qplig (adjetivo usado para designar a un plwqt que está dispuesto a humillarse o a pasar penurias con tal de conseguir la aprobación de los padres por el amor de alguien), y si lo hacía, la hermana la dejaría casarse con su hermano, pero en secreto, mientras la protagonista se mataba a trabajar para ella, la hermana arreglaba todo para que el hermano se casara con una de sus amigas, con la cual él primero se niega, pero después de que su hermana lo engaña convenciéndole de que la protagonista lo ha dejado por otro macho más rico, lleno de dolor termina aceptando el matrimonio. Cinco años después, cuando la heroína finalmente reclama el derecho a casarse, se encuentra con que su amor ya lleva varios años casado y ha formado una familia de ocho hijos. Herida por la traición de la hermana, huye de vuelta a las montañas, donde se suicida cortándose las venas, y su sangre, como si tuviera voluntad propia, se dirige como un río hacia su antiguo cultivo de pjhr, donde tiempo después crecieron unos phjr tan amargos y ácidos que el terreno fue abandonado para siempre.

    Las caras absortas de los emisarios durante la obra fueron motivo de gran satisfacción para los plwqt, y la mayoría de ellos dejaba de prestar atención a la obra para contemplar esos extraños rostros, intentando adivinar qué movimiento de sus caras representaba gusto, tristeza, risa o aburrimiento. Al final, los emisarios aplaudieron con mayor entusiasmo aún, silbaron y vitorearon sin brindar, de manera que los plwqt se quedaron desconcertados, pues no estaban seguros si aquello indicaba gusto o disgusto.

    La sinfonía, llamada “Sinfonía de los dsxcq en prry jlbg” duró quince minutos, y expuso a los oídos de los emisarios sonidos a veces cristalinos, como el roce de alas de insectos sobre una materia hecha de aluminio, oro y diamantes; a veces como vozarrones de viento similar a barritadas de elefantes mezcladas con graznidos de patos y rugidos de leones, y sonidos arrítmicos, como de árboles cayendo, que salían de instrumentos que se tocaban soplándolos con el qpzx y al mismo tiempo golpeándolos en el suelo, otros los frotaban con los tentáculos o los percutían. El conjunto final sonaba como un delicado choque de trenes, que en su impacto hubieran desparramado por el suelo millares de piedras preciosas sobre una superficie hecha de marfil, dentro de un espacio plástico que generaba un gran eco vibrante. Los emisarios volvieron a aplaudir, volvieron a brindar (ya se sentía un poco el impacto del vino de basalto), y con eso concluyó el espectáculo.


    ***​


    Se reúnen en la mesa del presidente Hbt, junto a su esposa y su hija Plw, los acompañan ministros del gabinete presidencial, los cuales, ociosos, no dejaban de inspeccionar a los emisarios, como si la decisión final de unirse o no al Zlándliú dependiera de eso.

    —¿Les han gustado nuestros espectáculos, señores? —dijo el presidente.

    Vélhes, el más risueño de los embajadores, entrelazó los dedos y dijo con el mismo tono con el que había pronunciado su discurso televisado:

    —Ciertamente, de todas las realidades que he visitado, nunca había visto cosa parecida. Indudablemente ha suministrado a mi catálogo de experiencias un ejemplar inolvidable.

    —¿Dice eso en verdad, o no es más que una respuesta generada por la educación que los embajadores se ven obligados a demostrar? —preguntó la señora Hbt, que son su tono metálico pretendió ser suspicaz e indiscreta.

    El presidente pareció adquirir la misma impresión a su esposa, pues en seguida adoptó su misma pose de emoción por escuchar la respuesta. Dáfur, el emisario que más fuerte había aplaudido, se echó para atrás y lanzó unas risas, diciendo:

    —Señores, mi amigo tiene todavía la costumbre de ser exageradamente complaciente, y es verdad que a veces el amor por su trabajo le inhibe de expresarse con toda sinceridad, y debo decirles que en verdad que me es grato que en este mundo parezcan apreciar la sinceridad más que la cordialidad.

    —Me alegra también que lo hayan notado —dijo el presidente—, y es verdad que preferimos una opinión sincera, así que no tengan miedo de expresarnos si en algún momento algo les ha parecido demasiado extraño, incluso feo o repulsivo, después de todo entiendo que para ustedes todo lo que han visto les habrá dejado con gran perplejidad en muchos aspectos.

    —En gran parte se equivoca —dijo Vélhes—. En nuestra vasta experiencia hemos tenido la oportunidad de ver cosas incluso más extrañas, sin embargo el ser extraño o repulsivo no le quita lo interesante al asunto, y aquí tuvimos la oportunidad de tener un bocado muy grato de su cultura y de las posibilidades de sus cuerpos.

    —Y ustedes —dijo Dáfur—, ¿cómo nos encuentran a nosotros, sienten repulsión o simple extrañeza?

    —Siendo sincera —dijo la señora Hbt—, el sentimiento que sus cuerpos me hacen sentir es miedo principalmente.

    —Eso es explicable —dijo el presidente—, cualquier fisonomía que exagere, nulifique, agregue o disminuya las proporciones del cuerpo a las que uno está acostumbrado, dan como resultado miedo o hasta pavor.

    —Si se puede saber —dijo Bóher, el más recatado y prudente de los tres—, díganos exactamente qué parte de nuestra anatomía les produce algún pavor.

    —Quisiera que me dejes contestar a mí, padre —dijo la señorita Hbt, quien al tener el permiso de su padre, arrastró su cuerpo hacia Vélhes y posó un tentáculo sobre su codo derecho—. Tal vez mi padre exageró cuando dijo que lo diferente daba miedo; a mí más bien me da curiosidad esta parte vuestra, pues pareciera que tienen tentáculos como los nuestros, más al tocar siento como por dentro tuvieran alguna constitución metálica que les impide alcanzar nuestra flexibilidad, pero esta parte de aquí, como una bisagra, es lo único que les otorga una movilidad lejanamente similar a la nuestra.

    —Hija, ya no molestes mucho al señor —dijo la señora Hbt, y la hija de inmediato lo soltó y volvió a su asiento.

    —No piense que me molestaba, señora Hbt —dijo Vélhes—. Será preciso, de hecho, que conozcamos lo más profundamente posible los secretos de nuestras anatomías si vamos a iniciar una alianza como la que planeamos, a fin de poder bridarles los servicios que necesiten en cada universo disponible. Hemos de entrenar médicos especializados en vuestros padecimientos y en los límites de sus cuerpos, y los hemos de enviar a servir en todos los universos con los que hayáis decidido mantener relación.

    —Eso nos alegra —dijo el presidente—. Sin embargo, hay algo que aún me gustaría que me aclarasen: dado que vienen de un mundo diferente, y nuestras culturas y naturalezas son diferentes, ¿cómo hacen para que nosotros podamos escucharos en nuestra propia lengua?, para lo cual supongo que sería necesario disponer del apropiado aparato fonador que nosotros poseemos, el cual dudo que posean de manera natural.

    —Pregunta bien, señor presidente —dijo Vélhes, y torciendo un poco el cuello les dejó ver el opaco aparato que se encontraba prendido de él, como un collar que no terminaba de cerrarse—. Esto es un Huónt[1], es un aparato especialmente diseñado para volver más fácil la convivencia con otras realidades. Entre otras cosas, nos permite adaptarnos al lenguaje de los seres ante los que sea expuesto, con una exactitud que depende de lo diferente que sea el idioma de los de nuestra realidad, y a su vez nos permite comunicarnos en vuestra lengua, interpretando inmediatamente aquello que sea nuestra intención decir.

    —Parece un buen aparato —dijo la señorita Hbt, con un tono desconfiado—. Sin embargo, su funcionamiento no está libre de dudas y ciertamente no es infalible, puesto que aunque os escucho en mi lengua, debo señalar que los sonidos todavía no suenan tan naturales como entre los nativos de este mundo.

    —Lo sabemos —dijo Dáfur—, y es por eso que con cada nueva realidad que se nos une, el Huónt se va perfeccionando hasta hacer de su uso lo más exacto posible. Pero no se preocupen mucho por eso; también fabricaremos para ustedes Huónt que sean adecuados para sus idiomas y complexión.


    ***​


    Cuentan unos testigos que cuando la fiesta hubo terminado, y los tres emisarios estaban a punto de ser conducidos a sus residencias por parte de los servidores del presidente, se pudo ver a la hija del presidente dialogando con el emisario de nombre Vélhes a la orilla del camino de tierra, a varios metros del vehículo donde sus compañeros lo esperaban. Las palabras que se intercambiaron permanecieron en el misterio durante mucho tiempo, aunque se recordaron risas y silencios repentinos, quizá uno que otro acercamiento indiscreto; uno que otro apéndice más o menos cerca de uno y el otro cuerpo, algunas expresiones faciales usualmente no articuladas hacia gente con la que se ha tenido poco trato, y señales de lenguaje corporal de interpretación ambigua por parte de ambas criaturas. Los hechos son que desde esa noche, la señorita Plw Hbt observó ansiosamente las acciones pertinentes con respeto a los acuerdos con aquellos emisarios que su padre y el resto de los líderes mundiales llevaban a cabo, insistiendo los emisarios que todo fuera tan abierto al público como fuera posible, y fueron pocos los habitantes del planeta Dlkhj los que no se enteraron de cada cláusula, de cada pequeña objeción y de cada beneficio que se fue discutiendo durante cuatro largos meses. Y mientras tanto, no eran pocas las veces que la señorita Plw acompañaba a los emisarios en sus inabarcables visitas hacia los lugares más remotos de su planeta. Relatar aquí cada detalle de los inolvidables paisajes, culturas, danzas, selvas, desiertos y océanos que los tres recorrieron se sale del propósito de esta pequeña crónica, pues mi intención no es otra que la de exponer las preocupaciones y rumores que surgían de ese grupo de emisarios, sobre todo de Vélhes, que permaneció casi todo el tiempo al lado de la señorita Plw, ocupados en pláticas tan insondables como los planes de un dios. A veces no se los veía a los dos por varios días, y cuando regresaban no hablaban de dónde habían estado ni de lo que habían hecho. No fue sino hasta que todos los acuerdos estuvieron listos, y todas las potencias de ese planeta firmaron definitivamente por la unión de su universo con el Zlandliù, que salió a la luz la razón de tanto misterio entre el emisario Vélhes y la señorita Plw.


    [1] “Cadena”.
     
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    El emisario (2)


    —…De un día para otro llegó nuestra gente, y tras la cordial bienvenida se pusieron a trabajar en todos los aspectos tratados en los acuerdos. Instalaron los servicios de transporte entre universos, los servicios para la producción y transportación de alimentos. Estudiaron a fondo la anatomía de los habitantes del planeta Dlkhj y en poco tiempo ya no había en ese planeta enfermedad que no pudiéramos curar. La velocidad de estos cambios fue tan rápida, que la calidad de vida en ese planeta pareció haber dado un salto de miles de años en el futuro en el lapso de unos pocos meses.

    Dáfur hizo una pausa para permitirle a Níun asimilar todo lo que había acabado de contarle, pues de inmediato notó que el único ojo de su barbilla luchaba por mantenerse abierto y con la pupila flotando en medio, señal inequívoca de que se estaba interesando.

    —Anda —dijo Dáfur—, puedo leer por tus antenas torcidas que tienes algo que decir.

    —La verdad suena terrorífico —dijo Niún, cuya entonación entre un rugido y una madera partiéndose le indicó a Dáfur que su miedo era auténtico—. Entiendo que es parte de la realidad el estar cambiando constantemente, pero ¿acaso cambiar de manera tan drástica en tan poco tiempo no tuvo consecuencias para los habitantes del planeta Dlkhj?

    Dáfur al principio clavó sus ojos en ese pequeño ser similar a un gato, hizo una sonrisa un tanto patética, sonrisa de los que buscan una excusa no para decir una mentira, sino una verdad.

    —Esa es una de las razones por las que, poco después, mi compañero Vélhes decidió abandonar nuestra profesión. Es verdad, hubo consecuencias, pero estas ocurrieron sobre todo cuando empezó la emigración de los demás seres del Zlándliù, pues antes de eso sabe que no hubo queja alguna sobre ninguno de los servicios que instalamos.

    —Creo que adivino lo que sucedió —Niún, que hasta ese momento se había mantenido acurrucado entre las gruesas y peludas hojas de uno de los matorrales de la selva. Se levantó y negativamente emocionado caminó entre los matorrales, haciendo que cientos de gusanos alados salieran volando—. El choque cultural que se produjo, que se produce cada vez que logran adquirir otro universo para el Zlándliù, debe ser sumamente intenso, hasta niveles insoportables.

    —Siempre damos pequeños cursos antes de permitir que nuestros habitantes viajen a otros mundos.

    —Pero aun así, ¿qué hay de los seres del planeta Dlkhj? ¿Los prepararon a ellos acaso para recibirlos? Tal vez estoy hablando desde la mentalidad de la gente de mi mundo, pero no es posible entrar en contacto con seres de otros mundos y solamente aceptarlos como si no fueran nada.

    —Tú lo has dicho —dijo Dáfur complacido por la observación—, así es según la mentalidad de la gente de tu mundo.

    —Pero entonces sí hubo problemas, ¿no? Si dices que tu compañero dejó el trabajo de emisario a causa de eso, ¿no?

    —Bueno, esos problemas no vinieron sólo por la impresión de los nuevos seres. Recuerda que los del planeta Dlkhj son sumamente sensibles. Ocurrió que, una vez instalado el sistema de viajes entre ese universo y los demás, no encontraron otro mundo al que les gustara visitar.

    —¿Cómo?

    —Cuando vieron a los visitantes nuevos, su trato cordial hacia ellos fue similar al de alguien que acaba de tener un bebé, pero conforme pasaba el tiempo se aburrieron de ellos; se acostumbraron tan rápido a lo diferente que su desilusión fue insoportable.

    —¿Quién podría aburrirse tan rápido si tal cosa sucediera?

    —Es parte de la naturaleza de los Dlkhjanos. Nosotros vimos cómo pocos días después dejaron de vernos con curiosidad cuando salíamos a sus calles, dejaron de preguntarnos por qué teníamos algo o no teníamos algo en el cuerpo, o cómo hacíamos tal cosa, y un largo etcétera. Cuando esto ocurrió a gran escala, bastaron pocos meses para que llegaran a ver a casi cualquier otra criatura de cualquier otro universo como algo normal y común; así eran ellos, el primer día eres la última maravilla del mundo, y a la semana eres tan común como un grano de arena en la playa, así es su naturaleza.

    —Intento entender, pero ¿cómo es que eso les causó consecuencias negativas a ese planeta?

    —Pienso que usar el término negativo para calificar esas consecuencias es exagerado, en realidad lo peor que ocurrió fue que los Dlkhjanos dejaron su mundo para explorar otros, pues al poco tiempo volvían igualmente aburridos y decepcionados, por lo que dejaron de viajar casi completamente. Fueron conocidos en todo el Zlándliù como seres más incapaces de mantenerse emocionados con lo nuevo, al menos a largo plazo, aunque uno sea de otra realidad por completo; un caso que nunca habíamos visto antes a ese nivel.

    Niún, un poco más calmado, aunque no menos confuso, se volvió a acostar en esa cama de hojas que cubría el suelo de la selva.

    —¿Entonces por qué dices que tu compañero dejó de ser emisario por eso?

    Dáfur tardó un poco en contestar:

    —Él nos explicó que al descubrir la desilusión de los Dlkjhanos descubrió su propia desilusión. Llevábamos tantos años siendo emisarios del Zlándliù, vimos tantos seres y tantas realidades, que en el momento en que llegamos al planeta de los Dlkjhanos fue un esfuerzo para nosotros tener que decir tantas veces “Oh, eso es algo que nunca había visto, es la primera vez que trato con seres como ustedes, sus costumbres son totalmente únicas, su universo es especial y sin comparación”. Vélhes se dio cuenta de que lo que él había tardado años en dejar de sentir, los Dlkjhanos lo habían dejado en semanas; se identificó con ellos, se centralizó, y de ahí dejó de viajar.

    —¿Qué fue de él?

    —Se quedó con los Dlkjhanos, fue el primero de nuestro universo en unirse en lazos matrimoniales con una nativa de ese mundo.

    —¿Con Plw Hbt?

    —Así es.

    La mañana había salido lentamente mientras los dos seres hablaban. El sol verde tiñó con sus rayos la densa vegetación purpúrea, creando una mezcla verdosa sobre copas de los árboles y arbustos donde los gusanos alados retozaban. En su tic reflexivo, Niún jugaba con sus largos colmillos usando su lengua como de serpiente, las antenas entrelazadas y las orejas agachadas; era su tranquilidad que afloraba, más por el espectáculo del amanecer que por la historia de Dáfur.

    —Entonces, aún piensas que no es momento de que tu mundo se una al Zlándliù —dijo Dáfur.

    —No, todavía no —Niún cerró la boca al mirar a Dáfur.

    —¿Cómo podría convencerte?

    —Conozco a los de mi mundo; fue un milagro que yo no muriera de impresión por haberte encontrado aquí, pero yo soy de los pocos que tienen la mente fuerte; me temo que el resto no podría soportarlo.

    —No me puedo creer que tu mundo sea tan cobarde.

    —Sí —Niún lanzó un siseo—, aún somos muy cobardes para encontrarnos con seres como ustedes. Danos tiempo, tal vez algún día estemos listos para unirnos —diciendo eso, se levantó y caminó un poco con la intención de regresar por entre los árboles por los que había llegado, pero entonces se detuvo, volteó y dijo: —Será mejor que ya te vayas, no sea que alguien más te vea.

    Dáfur sonrió en silencio, le dio un saludo de cabeza y Niún percibió una profunda decepción en sus ojos, luego lo vio difuminarse, dejando en su lugar una marca en la cama de hojas que evidenciaba los extraños pies del ser que se había posado sobre ella. Niún regresó a su aldea, disculpándose por no haber podido atrapar ninguna presa.
     
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    El emisario (3)

    Bóher subió al pedestal y pronunció su discurso:


    “Escuchen bien. El universo del que les hablo es al que llamamos Qikriouty, cuyos seres carecen del concepto de causa y consecuencia, y por ende nada pueden percibir; no son más que entes estáticos cuya interacción con su mundo nunca ocasiona nada. Al moverse no interactúan con la materia a su alrededor, ni la luz se refleja en ellos, y al chocar entre sí nunca se lastiman. Pero entonces llegamos nosotros, los emisarios enviados en pos del Zlandliù, con la ya conocida misión de integrarlos a nuestra sociedad de realidades unificadas, mas es aquí el punto de partida de lo que tiempo después sería una desgracia, nunca antes vista en los más de dos millones de años del Zlandliù, que llegaría a sacudir los fundamentos con los que esta sociedad fue fundada.

    He dicho ya que los seres de Qikriouty no conocen la causa ni la consecuencia, así parecía durante el tiempo que permanecí con ellos. Debo comentar que mi comunicación con ellos intentó ser puramente conceptual, de mente a mente, sin el estorbo de los signos lingüísticos (ya que no los conocían). Pensaba que, si ellos no eran capaces de brindarme una respuesta a mis intenciones, yo podría ser capaz de tomarlas de sus conciencias. Pero no fue el caso. Su cierre a toda causa y consecuencia evitaba absolutamente toda comunicación; ni siquiera la comunicación conceptual produjo en ellos respuesta en sus mentes. Pero pese a eso, fue decidido integrarlos al Zlándliù después de haber entendido mejor su funcionamiento y haber evaluado que no eran peligrosos. Hubo enormes discusiones acerca de si era correcto integrar al Zlándliù a unos seres completamente incapacitados para entender cualquier cosa más allá de sí mismos, y que por consiguiente no eran capaces de tomar parte en ninguna actividad de integración con el resto de los seres de los demás universos. Se decidió incluirlos, no obstante, debido a que en aquel momento surgió en nuestra división la teoría de que podría existir un universo cuyas leyes pudieran anular su condición de seres absolutamente aislados, y la curiosidad por observar tal fenómeno fue tan predominante entre nosotros que, una vez integrados al acuerdo del Zlándliù, se llevó a cabo un comité para llevarlos a explorar todos los universos que conforman nuestra sociedad, con la esperanza de que uno de ellos los “curara” de su naturaleza. Tras mucho tiempo y muchos universos recorridos, encontramos finalmente un universo que cumplía con nuestro cometido, y este universo fue el que albergaba al ya conocido planeta Dlkhj, el famoso mundo de los seres que decidieron dejar de recorrer otros mundos porque todos les aburrían.

    Al principio, la respuesta de estos seres ante la exposición de ese mundo fue de un movimiento tembloroso que sacudió sus cuerpos cúbicos. Indudablemente era la impresión de estar percibiendo algo por primera vez, y también por vez primera la forma de sus cuerpos dejaba marca en la tierra en la que yacían, y la luz al reflejarse en ellos les hacía sentir calor, así como otorgarles un pálido color grisáceo. Poco tiempo después, comenzamos a escuchar sonidos provenientes de su interior, y al contestarles mostraban una reacción, ya sea en forma de más sonidos o de movimientos espasmódicos, de ese modo creamos conversaciones de estímulo-respuesta, les enseñamos el calor, el frío, la presión, la dureza, la suavidad, la luz, la oscuridad, el ruido, el silencio, y todo concepto a nuestro alcance que fuera el resultado del proceso de causa y consecuencia. Sin embargo una cosa nos fastidió bastante: no pudimos comunicarnos telepáticamente con ellos, de modo que una comunicación directa y significativa todavía quedó vetada entre nosotros, pero la alegría por nuestro logro fue suficientemente grande para convencernos de ser pacientes. Poco tiempo después, se instaló en Dlkhj una zona especial en la que fueron puestos esos seres cúbicos, y ahí se les dejó, con supervisión, para que vivieran experimentando su nuevo mundo.

    Poco vale la pena ponerme a relatar en detalle todos los cambios que la exposición a ese mundo ocasionaron en los seres de Qikriouty, basta resumir diciendo que comenzaron a adaptarse a las percepciones y adquirieron hábitos que reflejaban esa adaptación: al moverse lo hacían con mucho cuidado, se alertaban con sonidos que surgían de sus cuerpos, cuando había mucho sol o comenzaba a llover se refugiaban, etcétera. Volvieron a haber discusiones acerca de si ese cambio tan repentino en su existencia podría ocasionarles consecuencias negativas, pero hasta no existir una manera exacta de saber lo que ocurría en sus mentes, todo era especulativo, y a lo más que llegamos fue aprobar un acuerdo, el cual decía que, si al poder comunicarnos con ellos, descubríamos haberles causado perjuicios importantes, cesaríamos el experimento y los regresaríamos a su universo original. Sin embargo, la gran mayoría era de la opinión de que ningún daño ocurría a los Qikriouty, dada su aparente buena capacidad para adaptarse a esa nueva vida. Entonces, tiempo después, ocurrió el suceso que generaría un enorme infortunio en la historia del Zlándliù: los Qikriouty comenzaron a morir.

    Al principio sólo aparecían inmóviles, casi como si hubieran vuelto a su antiguo estado de privación de percepciones, pero al examinarlos sus cuerpos empezaron a desintegrarse hasta volverse polvo, como si aún después de muertos sus cuerpos siguieran respetando la inevitable consecuencia de la podredumbre que está reservada para todos los organismos biológicos como consecuencia de la vida. La razón de dichas muertes fue rápidamente esclarecida: morían de hambre. De inmediato intentamos con todo lo que pudimos para alimentarlos, pero ¿qué alimento consume un ser que nunca antes ha necesitado comer para mantenerse vivo? Se decidió que los Qikriouty fueran evacuados de ese universo (pues fuera de él volverían a su estado inicial) hasta descubrir el alimento adecuado para ellos, el cual comenzó a buscarse entre los universos miembros del Zlándliù.

    Procedimos de la siguiente manera: reunimos todo tipo de materia de una gran cantidad de universos, luego volvimos al planeta Dlkhj con algunos ejemplares de esos seres, y poníamos los alimentos potenciales en frente de ellos para ver si eran capaces de consumirlos de un modo u otro. Este proceso duró bastante tiempo y no daba resultados; ni siquiera podían consumir ningún tipo de materia de su propio universo.

    Nos comenzaron a presionar para detener todo el experimento y regresarlos a su universo definitivamente, o si de verdad queríamos insistir en nuestra empresa, nos sugirieron acudir con algún ser con la habilidad de modificar las naturalezas de los seres, ya sea con algunos seres de otros mundos del Zlándliù o con los hijos de Gyéo Fúntuo, pero esta sugerencia fue criticada debido a que, alegaban, iba en contra del tratado sobre la modificación de las naturalezas de los seres. Se argumentó que modificar la naturaleza de los seres de Qikriouty no era un asunto de importancia crítica, como lo exigía el tratado, por las siguientes razones: a) Los Qikriouty no tienen conciencia de las repercusiones que involucrará la modificación drástica de sus naturalezas de manera permanente, y por ende no pueden dar consentimiento para dicho cambio, b) no corren peligro real más que en sólo un universo de todos los universos miembros del Zlándliù, y su presencia en ese universo en específico no es esencial ni para su subsistencia ni bienestar, y c) la naturaleza de los Qikriouty, como tal, no representaba un peligro para los demás seres que necesitara ser evitado.

    Si bien no hubo nada que decir contra los últimos dos puntos, el primero abrió la discusión inicial acerca de nuestra decisión de incluir a los Qikriouty en el Zlándliù y buscarles una realidad que anulara su naturaleza. Se nos tachó de hipócritas por querer hacer por vía lenta lo que originalmente quisimos hacer por una vía más rápida. Después de todo, ¿no era verdad acaso que queríamos exponerlos a un cambio en su naturaleza para observar cómo se integraban a nuestra sociedad? ¿No habría sido mucho más coherente pedir una modificación de su naturaleza desde el principio y evitarnos tantos problemas? La respuesta es sí a las dos preguntas, y aquí debo confesar ante todos que la coherencia o la honestidad no eran lo que más reinaba en mi mente cuando decidí participar en ese proyecto, sino la curiosidad, una curiosidad en la que queríamos ver si podíamos presionar a unos seres que apenas daban señales de vida para transformarlos en algo nuevo con la influencia de otra realidad.

    Me preguntaréis ahora, estimados seres, ¿no había en el tratado del Zlándliù alguna regla que prohibiera integrar seres con características similares a las de los Qikriouty, o al menos que evitara que experimentaran con ellos, o que permitiera una modificación artificial de naturaleza de manera especial? Estimados seres, en qué aprieto me ponen. No quisiera tener que arrojaros la excusa de que el Zlándliù está lejos de la perfección, y que dentro de sus fundamentos hay aún espacio para la crítica y el desacuerdo. Lo único que puedo decirles con respecto a esto, y no sin cierta vergüenza, es que los seres como los Qikriouty nos hicieron darnos cuenta de una laguna en nuestro sistema, que no consideraba a los seres conscientes aislados en su propia conciencia. Y me preguntaréis ahora, ¿no pensaron en eso los seres trascendentales surgidos de tu mundo, como Gyéo Fúntuo y sus hijos? Y yo les respondo que tal vez sí lo hicieron, pero me temo que, desde que alcanzaron la trascendencia, todo, o casi todo lo concerniente al Zlándliù les ha dejado de importar, pero eso es otro tema.

    Sin embargo aquí no termina esta historia. Falta aún el detonante cuya consecuencia fue la revisión total del concepto mismo del Zlándliù, después del cual los cambios que le siguieron por algunos es considerado el equivalente al de una gran revolución.

    Yo estaba participando en las pláticas concernientes a las acciones que tomaríamos después del fracaso por encontrar un alimento para los Qikriouty. Mi posición era la de continuar con el proceso que ya he descrito, y la defendía frente a los que opinaban que debía cancelarse todo de inmediato. Al mismo tiempo recapacitábamos sobre todas estas cuestiones de las cuales os acabo de hablar y reflexionábamos sobre qué deberíamos hacer en el futuro ante una situación similar. Recuerdo que uno de los miembros de la agencia, que antes había trabajado para otra división de emisarios y era, por tanto, nuevo en el problema que tratábamos, preguntó: “¿Cómo supisteis que los Qikriouty eran seres conscientes desde el principio?” Ante esta pregunta, todos voltearon a mirarnos, y los miembros de nuestro comité volteamos hacia Dáfur, el que nos había venido con la noticia del universo de los Qikriouty. La respuesta a esta importante pregunta se vio interrumpida antes de empezar siquiera, pues instantes después nos llegó la terrible noticia: mientras continuaban las pruebas en Dlkhj, para buscar alimento para los Qikriouty, uno de estos se comió a uno de los seres de Dlkhj, que ayudaba en el mantenimiento de la zona designada para los Qikriouty, y de él no quedó más que la húmeda membrana que cubría su esponjoso cuerpo.


    ***​


    No quisiera que se me malinterpretase con este escrito, pues no es mi intención desacreditar a mi compañero Bóher ni tacharlo de deshonesto, mas es mi deber, como involucrado directo en el asunto ocurrido con los seres de Qikriouty, el hacer una revisión a las palabras de mi colega para hacer observaciones y añadir información relevante que, ya sea adrede o no, quedó omitida en su discurso.

    Bóher mencionó que uno de los miembros de la agencia expresó su duda acerca de cómo habíamos sabido que los seres de Qikrouty eran seres conscientes, y esta interrogante amerita una pequeña explicación para todos los seres ajenos al funcionamiento del Zlándliù. Existe en el tratado principal una serie de normas que regulan qué seres pueden ingresar al Zlándliù. Sin entrar muchos detalles, una de las reglas más básicas era solamente buscar la integración de seres con conciencia y con habilidad de razonamiento. A los seres carentes de conciencia pero vivos, tales como plantas y algunos tipos de microorganismos, se les protegía hasta cierto punto, pero su uso para investigaciones no estaba penalizado salvo circunstancias muy específicas. Pues bien, la primera vez que investigamos a los seres de Qikrouty nadie pensó que se trataran de seres con conciencia, ni siquiera era claro que se trataran de seres vivos. Esto parece obvio, pues unos seres inertes que simplemente flotan sin dirección, que están tan atrapados en sí mismos que no les es posible ninguna percepción y por ende ninguna comunicación, pueden ser muy fácilmente confundidos por simples piedras u otras estructuras no vivas. En el momento en que hicieron esa pregunta en la reunión, si hubiera tenido que contestar la pregunta hubiera dicho lo siguiente: uno de los hermanos, el que llamaban Dáran, me lo dijo. Es más, fue él mismo el que me llevó a ese universo y me presentó a esos seres, me dijo que no me engañaran mis sentidos; eran seres vivos y con conciencia, y que sería interesante intentar integrarlos al Zlándliù. Sin tener razón para dudar de sus palabras, presenté la propuesta a la agencia de emisarios, ante la cual el hermano Dáran tuvo que volver a declarar, por escrito, que los seres del universo Qikrouty eran, contrario a toda apariencia, seres sensibles y que no oponía ningún argumento en contra de su integración. Esta fue la última participación de uno de los hermanos en el asunto, y después de eso, el hermano Dáran no volvió a aparecer mientras el problema no se resolvió.

    Otro punto que también me extrañó del discurso de mi colega fue la extraña manera con la que trató el asunto de las normas que impedían la modificación artificial de las naturalezas de los seres de Qikrouty, pues me dio la impresión de que sugería que la agencia no se había puesto de acuerdo en una modificación extraordinaria que le permitiera a esos seres comunicarse con nosotros para saber qué preferirían. De hecho se propuso, inicialmente, modificar su naturaleza de manera temporal, usando uno de nuestros métodos artificiales, sólo para explicarles la situación y, en caso de encontrar ese nuevo estado incómodo o demasiado súbito, se les regresaría a su estado normal (no me atrevo a imaginar por qué mi colega omitiría este detalle de tanta importancia). Es decir, había una solución coherente desde el principio; pero, como ya explicó mi colega, nos opusimos a ello.

    El por qué nos opusimos es menos interesante que el por qué la agencia aceptó nuestra oposición, y por qué nos dio la libertad de llevar a cabo nuestro plan de encontrarles una realidad que les provocara un cambio de naturaleza. Esta es la única parte verdaderamente obscura y de la que menos me aventuro a sacar conclusiones. Quiero pensar que los demás miembros de la agencia compartían nuestra curiosidad, y no viéndose impedidos por nadie que detuviera la realización de ese proyecto, aprobaron nuestro plan dando como argumento que podría ayudarnos a descubrir nuevos conocimientos sobre el funcionamiento de la realidad y de los seres.

    Debo ser honesto ahora, la probabilidad de que surgieran dificultades importantes estaba en mente de todos desde el comienzo. El que los seres de Qikrouty llegaran a necesitar alimentos para mantenerse con vida ya formaba parte de los imprevistos que podíamos afrontar. Este es el segundo aspecto verdaderamente criticable de nuestro proceder; no consideramos que la muerte por inanición ocurriera de manera tan repentina como sucedió, sin dar pruebas observables de necesidad como en los demás seres. En mi defensa agregaré que, a diferencia de como mi colega parece decir en su discurso, sí intentamos hacer que comieran durante el tiempo que permanecieron en Dlkj. Nuestros dos errores principales en este aspecto fueron que, debido a que nuestros esfuerzos por alimentarlos no parecían ser de su interés, dejamos de enfocarnos en eso, pensando que si llegaran a tener la necesidad de comer, tendrían suficiente en la zona para intentarlo y que estos intentos serían evidentes para nosotros. El segundo error fue dar por hecho que serían capaces de consumir alimentos del mismo universo que les hacía cambiar su naturaleza; no se nos ocurrió que el alimento tendría que ser buscado en otros mundos; pero, como tristemente descubrimos después, el alimento perfecto para ellos resultó sí estar precisamente en el planeta Dlkj.

    El siguiente punto a aclarar, el más escabroso de todos y cuyo intento de explicación no satisfará a nadie, es por qué, después de que los primeros seres murieran de hambre, los miembros de la agencia decidieron que las naturalezas de los Qikrouty no serían modificadas. El lector crítico notará que las tres razones que mencionó mi colega sonarán a simples excusas salidas de ningún lugar y por ninguna razón, y falta no le bastará, pues mi colega ha representado de manera incorrecta la manera en que dicha decisión fue tomada. Una vez más no me atrevo a acusarlo de completa mala fe. Pero es necesario aclarar que los tres puntos que dio no son invenciones suyas, sino parte de las reglas reales que regulan los cambios de naturalezas entre los seres del Zlándliù, incluidas en el tratado general. La única de estas reglas que definitivamente explicó mal es la segunda (que, dicho sea de paso, fue también la de menos peso en todo este asunto), la cual habla de que los cambios de naturaleza hacia un ser deben estar justificados dependiendo a la necesidad o urgencia de visitar un universo cuyas leyes les sean particularmente hostiles; es decir, si un ser quiere viajar a un universo que ponga en peligro su vida, la modificación en su naturaleza sólo será aprobada si no existe en todo el Zlándliù un universo similar cuyas condiciones no sean hostiles para ese ser (como nota aparte, este fue uno de los apartados que se discutieron al finalizar todo el asunto, dado que su mención fue usada como razón para no permitir el cambio después de la desgracia). Mi colega hizo ver toda esta regla con demasiada simpleza, limitándose a decir que no estaban obligados a permanecer en el planeta Dlkj, por lo que la modificación no se justificaba. Aun así, la razón por la que estas tres normas no fueron sino excusas para esta situación, está fuera de mi permiso explicarla del todo. Sencillamente no había razón lógica para no aprobar la modificación después de lo sucedido. Me aventuro a suponer que los miembros de la agencia, quizá mortificados por haber aprobado un proyecto basado en una laguna legal, que pretendía sin lugar a dudas la experimentación con esos seres conscientes, decidieron seguir las leyes tal cual estaban escritas y reconocer que nuestro proyecto no era indispensable para el bien de los seres de Qikrouty, y que si se tuviera que hacer alguna manipulación a esos seres, tendría que ser según la proposición que ya he descrito antes de comenzar con el proyecto. Estoy casi seguro de que hubieran propuesto esto si no hubiera sido por la noticia de la muerte del ser de Dlkj.

    De más está decir que, después de la tragedia, la modificación fue aprobada inmediatamente, aunque tampoco estuvo exenta de señalamientos y críticas.
     
  19. Threadmarks: El emisario (4)
     
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    El emisario (4)

    Qué alivio es el que siento, aunque también algo de lástima, por no haber participado en los eventos concernientes a los seres de Qikrouty. Alivio porque me libré de los problemas que causó, ya que de haber participado, probablemente hubiera seguido el rumbo que tomaron mis dos queridísimos colegas; lástima porque, seguramente, mi presencia hubiera sido un factor de cambio importante, aunque esto suene a mucha presunción de mi parte.

    Yo ya me había desatendido del Zlándliù cuando todo pasó. Todo lo que supe llegó a mí del mismo modo que llegó al resto de todos los que no formaban parte de la agencia de emisarios; es decir, con noticias cargadas de incertidumbre, información que parecía contradecirse o llanamente no tenía sentido dadas las circunstancias. La fiabilidad que los habitantes del Zlándliù siempre habían dado por hecho sobre la agencia de emisarios finalmente se vio envuelta en crítica y desapruebo, recordándonos que, al fin y al cabo, esta sociedad sigue siendo manejada por seres falibles, seres que actúan por motivos que no siempre son del todo comprendidos o anunciados al público general. Toda esta experiencia sirvió para resaltar los tiempos en los que nuestros seres trascendentales jugaban un papel mucho más importante en el manejo del Zlándliù, y cuyo creciente desapego hacia nuestra obra eventualmente dejó al descubierto sus fallos. Yo ya tenía la sospecha de que un asunto así podía ocurrir sin el manejo de Gyéo Fúntuo y sus hijos, cuyo compromiso (si se le puede llamar así) de hoy en día se limita casi sólo a defendernos de los ataques de otros seres poderosos que nos amenacen; es lo único que aún cumplen sin queja.

    Es curioso que todo esto haya sucedido por la intervención de uno de ellos. Según dicen, Dáran se limitó a decir que los seres de Qikrouty eran conscientes, y por ende candidatos para unírsenos. Sé que no tenían motivos para dudar de la palabra del hermano, pero el tratamiento que les dieron a esos seres no se correspondió del todo a lo que debería haber sido, como si hubieran sido catalogados como seres conscientes en los documentos, pero luego vistos como seres inconscientes en la práctica, o al menos como material posible de experimentación.

    No quisiera devanarme mucho los sesos intentando explicarme qué sucedió en la cabeza de todos realmente, qué motivos movieron el orden de las decisiones que tomaron, ni si de verdad llegaron a creer que lo que hacían no iba a tener consecuencias. No vale la pena pensar en eso, porque incluso después de haber escuchado el discurso de Bóher y el comunicado de Dáfur, sería ingenuo suponer que no ha habido subjetividad, manipulaciones u omisiones en sus historias. Los seres deben recordar que, más que verdades oficiales, son narraciones que han pasado por sus filtros personales. Que me trague un agujero negro si algún día alguien de nuestra especie llega a decir una verdad completa y honesta.

    En fin; yo, como observador lejano a todo esto, sólo puedo especular, pero habiendo conocido nuestra empresa por dentro, debo dar prioridad a la desconfianza. De todo esto sólo podemos decir que algo sucedió, por alguna razón, por culpa de alguien y por algún motivo. Esta es, a fin de cuentas, la única historia posible de contar. Cualquier otra cosa es manipulación.

    Afortunadamente mi esposa sigue conmigo; los de su especie no nos guardan rencor por la muerte de su compañero de realidad, y me han aceptado como uno de los suyos. Uno de estos días solicitaremos un cambio en nuestras naturalezas para poder tener hijos.

    Algo más ha cambiado en mí: ahora observo a las piedras y al polvo, y me pregunto cuál será el universo que les despierte la consciencia.


    ***​


    —Vamos a comer algo, ¿quieren? —dijo Vélhes.

    —Preferiría irme a dormir —dijo Bóher, sintiendo que el cuerpo se le entumía.

    —¿Cómo es que estás tan cansado? ¿A qué universo de mandaron? —preguntó Vélhes, y le dio una palmada cálida en el hombro.

    —Uno bastante raro —dijo Bóher—, incluso en la etapa de exploración me pareció una locura; era un mundo levemente intolerante, en el cual no existía el concepto de sueño o descanso; sólo el movimiento y el alboroto, y al entrar en él mi naturaleza se modificó automáticamente para adaptarme. El problema es que al regresar es como un bajón repentino por la recuperación de mi naturaleza, y todo el tiempo que no descansé ahora me está golpeando.

    Sin necesidad de decir nada, los tres se dirigieron instintivamente hacia la zona donde se encontraba el departamento de Bóher, para acompañarlo hasta la puerta. Dáfur, consciente de que los emisarios con frecuencia exageraban los problemas comunes que traían consigo los viajes entre realidades, se mostró escéptico ante el cansancio de Bóher, pero para no parecer insensible, dijo:

    —Mañana te asignan otro viaje. Si quieres puedo pedir que te den unos días; así descansas bien. No sea que por andar con sueño la jodas y quede mal toda nuestra sección.

    Bóher, percibiendo las intenciones de Dáfur por provocarle, contestó:

    —Ni te molestes, camarada. Ya sabes que solamente se trata de la asignación; tendré suficiente fuerza mental para la explicación y la observación de los datos, cosa de unas horas y de vuelta a dormir, el viaje en sí será dentro de una semana. A diferencia de ti, yo no necesito mucho esfuerzo para asimilar toda la información necesaria para preparar un viaje.

    —¿Cuánto es lo menos de tiempo que han tenido entre la asignación de un viaje y su realización? —preguntó Vélhes, para disipar un poco los ánimos competitivos que ya se empezaban a manifestar por medio de pequeñas risas sarcásticas. —Lo más corto que he tenido yo es de sólo tres días, claro que ha sido con universos relativamente sencillos. Una vez tuvimos que tener preparación durante tres semanas antes de mandarnos al mundo de las cascadas, ¿recuerdan que les conté? No había donde poner pie en ese mundo porque todo era agua cayendo, y los seres flotaban corriente arriba contra los violentos chorros de agua que caían hacia el vacío infinito.

    —Si vuelves a contar esa historia, Bóher se quedará dormido antes de llegar a su cama —dijo Dáfur.

    —Mis universos nunca han sido más aburridos que los de ustedes —dijo Vélhes, tomándoselo a juego, pero pensando que quizá Dáfur tenía razón.

    —No, déjalo —dijo Bóher—. Al menos él no se inventa cosas de cuando viaja.

    —¿Yo cuándo me he inventado algo? —Dáfur alzó la voz.

    —Como cuando te mandaron al universo de los seres animados que no tenían cuerpo, que eran pura cabeza. Dijiste que encontraron tu cuerpo sexualmente estimulante e intentaron follarte por el ombligo.

    Y como sus dos compañeros comenzaron a reírse, Dáfur se defendió ofendido:

    —Pero eso no me lo inventé, de verdad pensaban que mi ombligo era mi órgano reproductor.

    —¿Cómo pudieron haber pensado eso si esos seres no conocían otra parte corporal que la cabeza? —dijo Velhés, que aún reía de manera intermitente imaginándose la escena.

    —Yo que sé, tenían mucha imaginación, ya sabes lo impredecibles que pueden llegar a ser las mentalidades de otros mundos.

    Pasaron así por los pasillos del edificio de la agencia, mientras la tarde caía más allá del mar verde que se veía a través de las ventanas. El edificio, construido a semejanza de la torre de Babel, reflejaba los últimos rayos del sol con su color grisáceo.

    Pronto llegaron al departamento de Bóher, el cual secamente se despidió de sus colegas y se dispuso a dormir. Vélhes y Dáfur caminaron unos pasos más hasta el transportador que se encontraba en el pasillo, a pocos metros del departamento de su amigo, y al meterse en él lo activaron para transportarse fuera de la sala de reuniones, de la cual habían salido instantes antes de que Vélhes les propusiera ir a comer algo. Los dos amigos se despidieron con una calidez que raramente manifestaban cuando se despedían de Bóher; Dáfur daba a Vélhes un pequeño golpe en su cráneo con los nudillos, y Vélhes siempre intentaba detenerlo fastidiado, porque a veces se le pasaba la mano y le quedaba un pequeño dolor durante un rato. Vélhes se dirigió hacia el restaurante de la agencia para cenar algo, Dáfur simplemente se fue por su rumbo sin explicar cuál era su destino. Esa fue su última convivencia durante el resto del día.

    Esos momentos de convivencia y charla eran, aunque no hablaran abiertamente de ello, tan apreciados por los tres, que a ninguno le importaba haber recorrido todo el camino hacia el departamento a pie, a través de tantos pisos y pasillos, cuando simplemente podrían haber usado el transportador que estaba fuera de la sala de reuniones para llegar en un instante al departamento de cualquiera de ellos.
     
  20. Threadmarks: Un libro perfecto (1)
     
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    Un libro perfecto (1)

    Leí alguna vez en un libro de Ráu Shórsta un pensamiento que, pese a su fugacidad y poco desarrollo, resonó en mi cabeza igual que un timbal cuya membrana hubiera sido remplazada por una placa de aluminio. Recordé esta cita un día después de que mi primo Zái me enviara un correo electrónico con un mensaje triste y sorprendente, por el cual al día siguiente tomé el metro para dirigirme a la ciudad de Útod. Parafraseando, lo que leí del famoso escritor, hace ya tantos años que ni recuerdo el título del libro, decía: “Un libro es perfección en potencia, pero una vez publicado la perfección se le cierra”. Para ser exactos, lo recordé mientras el metro cruzaba la primera parte del puente del lago Dên. La isla de Útod ya había dejado de ser un trazo en la lejanía y daba la impresión de que era ella la que se movía hacia nosotros, o así imaginé que lo verían los conductores; yo no podía saberlo; por la ventana de mi camarote sólo veía el mar y algunas de las miles de islitas que salpican el lago. Hubo un tipo de ruido (primero lo relacioné a una rama que, viva y veloz, había raspado la ventana del camarote; pero luego pensé que eso no podría haber sido, porque estábamos sobre un puente) que me salvó de caer dormido, pues la constante cavilación sobre el correo que había leído horas antes me agotaba. El mensaje decía: “Hola, Írgend. Lamento informarte que el abuelo murió ayer. El entierro será en dos días y vamos a estar todos aquí. Significaría mucho para nosotros si vinieras”. Inmediatamente después de que aquel sonido misterioso hiciera aparecer en mi cabeza las palabras de ese gran autor, no pude dejar de rodar en mi litera intentando pensar qué rincones de mi mente se habían despertado para acceder a la petición de mi primo.

    Yo tendría más o menos diez años cuando el abuelo comenzó a hablar de su libro perfecto, el libro que englobaría todos los libros, tras el cual todo intento literario causaría, en la situación más generosa, risillas como las de los que acaban de oír una curiosa nimiedad, y en la peor situación provocaría chasquidos de labios y ojos indiferentes, como el que se propone llamar la atención sobre un tema que a nadie importa y a nadie sirve. Pero mi abuelo decía que escribir el libro perfecto tenía un costo: nunca debía ser publicado, nunca, nunca. En aquel tiempo esos temas no eran de mi interés, pero la montaña rusa de la vida decidió que en algún punto de mis veinte años me encontraría recorriendo caminos no muy admirables que digamos; todos decían que había salido del camino seguro y que me encontraba cayendo de cabeza, en constante peligro de perecer; a mí me parecía que eran los demás los que se habían alejado, y me encontraba solo soportando las piruetas de la vida. Pero en una de esas piruetas cayó sobre mí una luz que con toda valentía vino caminando hacia mí sin importarle la violencia con la que mi vida se movía, se sentó junto a mí, y entonces, por primera vez, sentí el placer del freno, del disfrutar de la calma, la cordura que proporciona ver los objetos moverse a velocidad normal, y con ella aprendí el placer de lo estático, de aquello que permanece imperecedero en la forma de signos incrustados en papel, y me hacía pasar las manos para sentir la textura áspera pero dulce del cartón endurecido y las páginas secas, que cuando eran nuevas se sentían como su piel de seda, y cuando eran antiguas se sentía como cuando me hablaba con su voz de sabia, como una mujer que es cientos, miles de otros seres, ahora morando dentro de esa bella cabeza, la cabeza infinita de Selá. Y de nuevo en mi mente aparece la idea de perfección, y antes de que las sílabas desaparezcan de los oídos de mi espíritu ya está su rostro frente a mí, y sus libros (sus montañas de libros, la tumba que me acogió durante años en sus infinitas entrañas) y su imagen ya no podían separarse de la palabra “perfección”, como si el signo lingüístico hubiera hecho una excepción en su ley de arbitrariedad, y permitiera a Selá convertirse en una relación objetiva, indesligable, con aquél concepto, inalcanzable para todos los demás salvo para ella.


    ***​


    La levitación magnética del metro, intento pensar en ella después para distraerme de la perfección de ese supuesto libro. Me acuesto en mi litera, pero el masaje magnético, magia para los ignorantes como yo, me adormece, y siento que la tierra bajo el tren es la que pasa muy rápidamente y envía una sensación de hielo a lo largo de mi espalda. No me doy cuenta cuando de repente llegamos a la estación de Útod. Suena de los altavoces: “Estación de Útod, 5:34 pm”. Con toda calma me aseo la cara en el baño antes de salir. Los pasajeros de los cuales esta ciudad es destino se aprietan en los pasillos; el resto permanece en sus camarotes, esperando que el tren no tarde mucho en volver a partir. Me meto entre el tumulto de las gentes que han llegado desde Híns, Nió, Máry, Yáok, o de otros pequeños pueblos por los que el tren hace su recorrido a lo largo de los páramos y selvas de nuestro país. En toda esa gente hay prisa y calma, pero si no descienden pronto, esa calma se esfuma. Incluso después de que se hayan bajado todos, aún tiene que pasar el boletero para asegurarse de que no haya ningún rezagado en su camarote, dormido o ebrio, como ya ha sucedido, porque el drama que se desencadena si alguien no se baja en su estación alcanza los periódicos y las redes sociales. Apenas salgo hago pedazos mi boleto “Híns-Útod”, y lo arrojo a un bote de basura, luego avanzo entre la gente que quiere entrar y mis compañeros que acaban de salir, nuestro grupo se disuelve al subir las escaleras y vuelvo a ver el cielo. Y ahí estoy: Útod, la antigua capital de los dioses, de los majestuosos templos consagrados a sus favores, hoy llenos de turistas. Pido un Uber y me dicen “Cinco minutos”. Mientras espero, contemplo la alta torre del templo más cercano: una punta que brilla con un azul pálido que sobresale entre dos grandes edificios de oficinas, y ahí, a la altura en donde se creía que los dioses contemplaban las hazañas de los mortales, ahora trabajan los mismos mortales en sus tareas de mortales, nada divinas, poco relevantes, pero a la misma altura. Al llegar el Uber me subo y ni siquiera intento poner atención al rostro del conductor, incluso la pulcritud de su auto me dio lo mismo. En el camino reviso mi correo en el móvil; sólo spam, publicidad y el mismo correo de mi primo. Lo leo de nuevo. Vuelvo a recordar que mi abuelo murió y de repente ese pico entre los edificios sale de mi mente, y como si se tratara de una cadena, el rostro de Selá y el libro perfecto aparecen de nuevo, una sola banda de imágenes que primero vienen una después de la otra, luego se mezclan, se yuxtaponen y crean monstruos sin forma. Decido enviarle un watsapp a mi primo avisándole de mi llegada, me contesta “ok” con un emoticono feliz casi de inmediato, y el resto del largo viaje contemplo el estado de la ciudad; está más activa que cuando me fui de ella hacía más de seis años, pero también había más humo y anuncios, restaurantes, lavanderías, tiendas y centros tecnológicos con los nombres de los antiguos dioses, cuya sola mención hace siglos hubiera significado la muerte, y ahora hasta sus rostros aparecían caricaturizados en las plazas comerciales donde se vende ropa de temporada.


    ***​


    No ha habido en toda la región de Céu bruma más densa que la que inundó los ojos de mi primo Zái al verme bajar del Uber. Hacia mí se dirigió y me estrechó entre sus brazos, y su exagerada tristeza, que añoraba algún pasado remoto, cuando aún compartía mi vida con él en la infancia, me hizo sentir al principio un ardor en la nuca que bajó por mi espalda, pero luego me sentí de yeso cuando habló así:

    —Casi creí que no vendrías, en serio. Adelante, están mi madre y mi hermana. Necesitan mucho consuelo, no tienes idea.

    Y así hablome de lo mucho que mi tía Únza había llorado la muerte de su padre, que tan fiel amigo, consejero y cómplice había sido durante las múltiples desdichas de su atolondrada juventud, desde su embarazo accidental en la adolescencia hasta su pronta viudez, apenas dos años después de sus nupcias. Entre ellos había habido préstamos que el abuelo en realidad nunca pensó en cobrarle, visitas inesperadas que llenaban de consuelo su solitario corazón, y el más cariñoso intercambio de regalos en navidad. Me dolió escucharla desde la entrada, sollozando quedamente, quizás tapándose con la mano, y al verme vino a mi encuentro con mayor efusión, y diciendo mi nombre lloró en mi hombro. Ya sabía yo el cariño que por mí sentía, pues desde pequeño me habían llenado de “eres igualito al abuelo”, y era verdad: nuestras frentes anchas, las cejas pobladas, los pómulos delgados y los ojos distraídos, como si miraran el alma las cosas, delataban nuestra unión sanguínea más allá de toda duda. Zái vino y la apartó suavemente de mí, con un tierno y bromista temor de que los brazos gruesos de la tía me aplastasen. Seguidamente apareció mi prima, llamada Biéda en memoria de la abuela. Ella, la que había sido un agridulce accidente, sostenía en brazos a mi sobrinito que aún ni la mollera cerraba, y diome la bienvenida con ese acento balbuceante que tenía desde niña, provocado por una pequeña deformidad en su paladar. Rápido me ofrecieron tiempo para asearme y acomodar mis pocas cosas en un cuarto, el mismo cuarto junto al estudio que usáramos para nuestras piyamadas; en bodega lo habían convertido desde esos días, pero lo habían regresado a aquel estado nostálgico de la infancia sólo por mi llegada, y pareciame más bien la maqueta en miniatura de un recuerdo ya distante, un burdo intento de mirar atrás en el tiempo.


    ***​


    Es la hora de la cena. Se ha servido un Penkak-Draóhi, el favorito de Írgend. La tía Únza no para de repetir de mortificarse, de recordar y extrañar.

    —¡Ay, papito, papito!... ¿Ya te dije que eres igualito a él, Írgend?... Si no hubiera sido por él, hubiera tenido que dejarte en un orfanato, hijita…Zái, ¿ya te conté que si él no nos hubiera ayudado, probablemente hubieras muerto antes de nacer?...

    Mis primos la consolaban y decían que sí a todo. Miraban disculpándose a Írgend, pidiéndole con los ojos que aguantara esos arrebatos de tristeza que ya parecían de la competencia de un psicólogo. Su apetito decrecía con cada triste recuerdo y con cada vez que volvían a compararlo con el fallecido. El libro perfecto había vuelto a enterrarse en las profundidades de su consciencia, en espera de que una situación propicia lo hiciera salir de nuevo.

    —¿De qué murió el abuelo? —preguntó Írgend.

    —No sufrió —dijo Biéda—, fue una muerte muy pacífica, casi envidiable en realidad.

    —¿Fue natural?

    —No; lo natural es doloroso —dijo Zái—, su muerte fue de una tranquilidad milagrosa: pocos días antes estaba de un humor increíble, luego su cuerpo se debilitó, pero su alegría crecía, decía que su tiempo ya había acabado, pero su optimismo estaba por los cielos.

    —Yo estuve con él en sus últimos momentos —dijo Biéda—, le pregunté por qué estaba tan contento si estaba cada vez más delicado, y dijo algo de su libro perfecto, que ya le había dado todo lo que podía, y que por eso ahora vivía en él, su cuerpo sólo era una cáscara y que lo natural era desecharla ahora.

    Írgend se llevó las manos a la cabeza; el libro perfecto había salido de su sótano, y de él volvió a salir la figura pálida, el cabello de cascada negra de Selá. Los dos primos, pensando que Írgend no pudiera asimilar la idea de que, entre los moribundos, las cursilerías estaban permitidas, comenzaron a hablar del entierro.


    ***​


    He ahí a Írgend, al pie del ataúd a punto de ser enterrado. Las lápidas que pueblan el cementerio, siempre triangulares y con inscripciones que dicen: “Dyér zuém…”[1], serán los vecinos finales de Kiént Bán, el cual, rodeado de los ojos inundados de sus familiares, recibe los últimos adioses y lágrimas. Sus cuatro hijas, sus tres hijos y sus más de quince nietos, se han alineado para así, cumpliendo con la tradición, pasar a decirle en frente unas últimas palabras, pues se cree que entre más buenos deseos o más fervor en las oraciones reciba el nuevo espíritu, mejor será su estadía en el Lérenh[2]. Írgend permanece quieto; las palabras lo han abandonado. Los ojos de su familia le animan diciendo que cualquier cosa estará bien, y él vacila y siente que él es el que va a ser enterrado en un ataúd si deja a su abuelo sin escuchar su voz por última vez. Entonces recuerda el proyecto del libro perfecto, del cual en realidad no sabe nada, no es nada para él más que una idea vaga que no deja de seguirlo desde que supo de la muerte del abuelo, pero que, después de todo, es lo que más lo une con él.

    Tomó aire y dijo:

    “Mi abuelo, el que escribió un libro perfecto, ha alcanzado la inmortalidad en sus páginas. Ojalá la alcance yo también algún día como tú. Duerme tranquilo”.

    Todos a su alrededor hicieron un respetuoso saludo de cabeza[3] por poco más de tres segundos. Cuando regresó entre los demás, Írgend meditó sobre la reacción que la concurrencia pudiera haber tenido sobre sus palabras, que, siendo objetivo, resultaban muy extrañas y quizás no reflejaban el aprecio por su abuelo que se supone debía haber expresado. ¿Qué era exactamente el libro perfecto? Nadie lo sabía, y se arrepintió de no haber dicho algo más adecuado, aunque hubieran sido puros lugares comunes.

    Después del entierro, los familiares cercanos se quedan en la Casa de lágrimas[4]. Írgend no tenía nada que decir; se la pasó silencioso en un rincón mientras su primo, su tía y otros se explayaban durante horas. Le pareció estar entre completos extraños al verlos así de tristes; contorneaban sus rostros en muecas que él nunca les había visto, y sus tonos de voz sonaban igual que si a todos les hubiera dado algo en la garganta. Ni siquiera cuando murieron sus padres se habían puesto así de tristes. Sea como sea, se llenó de paciencia y aguantó hasta que todos se fueran, pues pensó que, si no iba a decir nada, lo menos que podía hacer era ser el último en irse.

    Cuando fue hora de cerrar, el guardián del cementerio fue a avisarles, pretendiendo mostrarse igual de triste que los familiares. Írgend dijo a Zái que caminaría hasta su casa (que no quedaba demasiado lejos), pues quería pasear un poco por la ciudad para refrescar memorias. En realidad sólo quería retrasar el inevitable regreso a esa casa en la que tan extraño se sentía, donde tendría que soportar las vívidas muestras de tristeza de su tía Únza y las patéticas muestras de familiaridad de sus primos. Planeó una ruta que pasaba en frente de varios templos, quizás entraría en uno y fingiría que rezaba, como todos, sólo para dejar correr el tiempo.


    ***​


    Llegará al “Templo del dragón de las nubes”[5], hay una escultura gigante de un dragón en el patio, su caparazón apuntando al cielo, la boca abierta muestra sus filos, las plumas erizadas crean la ilusión de movimiento[6]. Írgend mirará su sucio caparazón y se reirá porque ni siquiera las palomas temen al dragón, que en las antiguas leyendas era famoso por provocar huracanes y tsunamis. El templo estará oscuro, las columnas, con sus bajorrelieves que cuentan alguna historia que ya se ha olvidado, estarán adornadas con tablas en las cuales se exhiben inscripciones en danzilmarés antiguo que dirán dichos y proverbios antiguos como: “El que invoca a la lluvia y al sol, que se acostumbre a la inundación y a la sequía”, “La mejor montaña es aquella desde la que puedas ver el mar”, “Un moa sin dueño es dos veces más rápido”. El piso (cuya loza es tan antigua que parece prehistórica) estará limpio y relucirá sus dibujos de dragones. De niño había oído que pararse por mucho tiempo en sus bocas era de mala suerte, y algunos adultos asustaban a los niños diciéndoles que, si saltaban sobre ellos, se enfadarían y podrían hacer que la estatua del patio cobrara vida para comérselos, lo cual funcionaba para mantenerlos quietos. También había oído que era de buena suerte pararse sobre sus caparazones, como si los estuvieran dominando, y recordando eso caminará pisando los caparazones pintados. Habrá muy poca gente; estarán sentados en las incómodas bancas de piedra que rodean el podio central: una amplia plataforma formada de tres círculos uno sobre el otro, cada uno más pequeño que el anterior, arriba del último estará la escultura de una pirámide (ya desgastada) que simboliza el centro, la unidad del templo y de todo el espíritu del pueblo danzilmarés. Írgend se sentará para contemplar esa insignificante pirámide, cuyo significado hace mucho tiempo que habrá quedado reducido a un símbolo nacional, una de las caras que Danzilmar utiliza para mostrarse al mundo, nada más que un dato curioso para que los extranjeros presuman de conocer la cultura danzilmaresa; dirán que representa la unión del hombre con la tierra, el mar y el cielo, la fortaleza de la sociedad danzilmaresa, una muestra del largo legado que Danzilmar ha dado para el mundo. Y aun así sólo será un pedazo de piedra desgastada.


    ***​


    Date cuenta de que hay una persona mirándote, lejos, tras la tercera hilera de bancas. Tu vista está concentrada en la pirámide, pero justo detrás de ella (tu ojo ajustó la distancia y la pirámide se volvió borrosa para ver claro lo que había atrás) hay un hombre en sus treintas, vestido de camisa grisácea, igual que la tuya (es el color habitual para los entierros), tiene también un sombrero que parece una boina. ¿Ya lo habías visto? Tu memoria se pone a trabajar, pero sólo ve bocetos borrosos de alguien que quizás estuvo también en el funeral de tu abuelo. Pese a que te das cuenta de que te mira, con ojos taciturnos, como si en realidad quisiera mirar más allá de ti, no apartas la cabeza; sientes que ya es suficientemente incómodo que se hayan cruzado las miradas y tu boca comienza a formar una sonrisa chueca, vano intento de disculpa. No has terminado cuando el hombre se levanta y comienza a caminar hacia ti, quédate quieto, míralo caminar con su cuerpo robusto, bambolea un poco los brazos y su barriga parece inflamada.

    —Tú eres el nieto de Kiént Bán, ¿verdad? —te dice con voz educada, tras disculparse con la mirada por interrumpir tu contemplación de la pirámide.

    —Eh, sí… Írgen Bán —saluda con la cabeza—, usted estuvo en el funeral, ¿no?

    —Sí, sí, en efecto —y tras un momento, dice—: Yo soy Séker Nem. Es una verdadera lástima, era amigo de tu abuelo desde hacía mucho tiempo y la noticia en verdad me sorprendió.

    —Siéntese, por favor.

    —Ah, muchas gracias, perdona la molestia —se sienta y la sonrisa que asoma por su bigote es de tanta familiaridad que te incomodas un poco, pero sonríes de todas formas—. Me gustó mucho tu pequeño discurso —dice tras un momento, con evidente esfuerzo por buscar un tema de conversación—, la verdad me sorprendió que mencionaras lo del libro perfecto; no pensé que alguien lo mencionara.

    Se activa una descarga en tu cerebro. Tu espalda se siente tiesa. Miras al extraño intentando no parecer muy impactado.

    —Sólo recordé que me habló de él cuando yo era niño, se me ocurrió que podría mencionarlo —respondes con calma, pero la mueca de tu boca revela tu desorientación.

    —¿Ah, sí? —dice él con igual calma, mirando un punto muerto en el techo del templo con una sonrisa un tanto tonta— Él me dijo que nunca había hablado del libro con nadie de su familia. Yo que ya pensaba que su proyecto del libro perfecto me lo iba a dejar a mí, qué tonto me siento ahora.

    —¿Cómo sabe usted del libro perfecto? —dices mirándolo con desapruebo, estás algo molesto y confundido por sus implicaciones.

    —Perdona, creo que debí mencionar eso primero —dice con un tono servil—, en mi familia también tenemos un libro perfecto, en el que estoy trabajando, y durante mucho tiempo mi padre y yo trabajamos en compañía de tu abuelo, cada uno con su libro perfecto; hablábamos de nuestros progresos y nos leíamos mutuamente. Cuando mi padre murió, Séker Bán siguió asesorándome por muchos años; llegué a considerarme parte de su familia, una secreta, por así decirlo —lanza tres risas—, y siempre creí que ninguno de sus hijos o nietos sabía del libro perfecto; me hice a la idea de que podría dejármelo a mí cuando muriera, ¿por qué? No lo sé, sólo lo supuse.

    Hay tantas preguntas dentro de tu cabeza que necesitas un momento para decidir cuál es la más importante y con qué palabras debes expresarla. Finalmente te decides y preguntas:

    —¿Hay más de un libro perfecto?

    Séker te mira con una pizca de asombro.

    —¿Tu abuelo nunca de habló de eso cuando eras niño?

    —No. En realidad se limitaba a mencionar el libro; nunca nos dijo de qué se trataba ni que había más personas escribiendo otros.

    —Bueno, pues sí: hay muchos otros libros perfectos —su tono se vuelve aún más familiar—. Esencialmente se trata de lo siguiente: hace miles de años a alguien se le ocurre una buena idea para una historia y comienza a escribirla; sin embargo, por más que se esfuerce, el resultado nunca parece gustarle, por lo que la mantiene en secreto para perfeccionarla, pero como su tiempo de vida se queda corto en comparación al tiempo necesario para crear la historia perfecta, hereda el escrito a alguien para que lo continúe, generalmente a los hijos, y así cada generación continuaría escribiendo, corrigiendo, agregando o eliminando partes del texto con el fin de acercarse lo más posible a la perfección. No son pocas las personas que pensaron de esta manera, y al día de hoy hay al menos cincuenta familias en Danzilmar que poseen un libro perfecto, y lo que en principio se hizo con la esperanza de alcanzar la perfección, se ha convertido en una tradición en la cual la regla es que el libro nunca debe publicarse. ¿Conoces una cita de Ráu Shórsta que dice: “Un libro es perfección en potencia, pero una vez publicado la perfección se le cierra”?

    —Sí, la he leído por ahí.

    —Pues eso no lo dijo sin razón —se acerca como si te fuera a decir un secreto—: la familia de Ráu Shórsta también poseyó un libro perfecto, y ¿quién crees que posee ese libro ahora? —hizo una cara contenta, como si la respuesta fuera evidente, pero al ver que sólo lo mirabas desconcertado, dijo—: ¡Tú abuelo, Kiént Bán!... Bueno… antes era de él…

    Te sobresaltaste.

    —¿Cómo iba a tener mi abuelo el libro perfecto de Ráu Shórsta? Sé la historia de mi familia y, hasta donde yo sé, no tenemos ascendencia de él.

    —Así es, y de hecho Ráu Shórsta nunca tuvo descendencia tampoco. Sin embargo tuvo muchos alumnos, y, según sus biógrafos, entre ellos figura uno llamado Ánke Bán, ¿te suena ese nombre?

    Miras hacia arriba incrédulo[7], y respondes como si el lejano y oscuro techo te lo hubiera preguntado:

    —Mi bisabuelo.

    —Lo más seguro es que Ráu Shórsta heredara su libro perfecto a Ánke Bán, o quién sabe, a lo mejor lo robó —lanza una risa burlona, y de inmediato te mira como disculpándose, pero eso a ti no te importa, y Séker continúa volviendo a un tono más moderado—: Aunque los libros perfectos suelan heredarse, a veces nadie de la familia es el adecuado para continuarlo. Se me antoja que cuando eran niños tu abuelo mencionaba el libro para ver si alguien se interesaba en él, y al ver que no era así, se desilusionó por no encontrar un heredero en su familia, ni en sus hijos ni en sus nietos, por eso luego ya no les dijo nada.

    —Qué absurdo —dijiste con un tono reclamador—, éramos unos niños apenas, ¿quién va a interesarse por escribir un libro a esa edad?

    —Sí, ya sé, sólo es una explicación que se me ocurrió. Como dato curioso, a mí sí me interesó el libro desde que mi padre me habló de él cuando tenía seis años, y él me contó que había comenzado a trabajar con mi abuelo desde los siete. Hay esta idea general, entre los poseedores de los libros perfectos, de que todo poseedor digno de él debe ser tan dedicado, tan amante de las letras, que ese amor tiene que reflejarse desde temprana edad, como si tuviéramos que hacer de ese libro parte de nuestras vidas, integrarlo en nuestro corazón desde la pureza de la infancia, comenzar a vislumbrar su futuro desde una etapa en que apenas se está descubriendo lo que es la vida, donde dominan la fantasía y la ficción, que son el motor central de la literatura del libro perfecto, y quizás un comienzo tardío ya no tenga el mismo efecto.

    Ya no sabes qué pensar. Por un pequeño rato intentas concentrarte de nuevo en la pirámide, sobre la cual cae la luz de unas lámparas en el techo, creando un aburrido juego de luz y sombras con la pirámide y el podio en que reposa. De pronto dices:

    —Si ese es el caso, ¿de qué se preocupa?; nadie de mi familia creció con el libro perfecto; si lo que dice es verdad, es casi seguro que mi abuelo le ha dejado el libro a usted, como Ráu Shórsta lo hizo con mi bisabuelo.

    —Sí, tal vez me precipité al preocuparme, supuse que si la familia sabía del libro, lo natural sería que lo reclamaran, ¿no?, después de todo, ¿cómo iba el abuelo a andar heredando reliquias familiares a un pusilánime que ni siquiera conocen? —ríe y adquiere un semblante algo melancólico, respira con más calma— Pero Kiént Bán era un hombre extraño; nunca se podía estar seguro con él. Cada vez que hablábamos acerca de a quién le dejaría el libro perfecto, desviaba el tema a cosas sin importancia. La única vez que le dije que yo podría tenerlo, él dijo: “Es una opción”. Entonces un día, muy casualmente, me comentó que tenía un nieto graduado en literatura danzilmaresa.

    —O sea yo.

    —Así es. Y ahora que me obligas a acordarme de eso, tengo la pequeña impresión de que vi una pequeña chispa de esperanza en sus ojos. Sin embargo, lo olvidé pronto porque tenía en mente que nunca le había hablado del libro perfecto a su familia, como si eso les cerrara para siempre la oportunidad de poseerlo, pero si ahora dices que siempre sí sabían de él, y encima que uno de sus nietos vive también de la literatura… no sé, di por hecho que eso sería suficiente para hacer a Kiént cambiar de opinión acerca de la regla no escrita de empezar desde la infancia. No estaremos seguros hasta no ver su testamento.

    Todo queda en silencio por un rato. Te sientes como si estuvieras frente una caja con un tesoro que no sabes si quieres; te preguntas inquieto si la elección de tu carrera fue suficiente para convencer a tu abuelo de mantener el libro perfecto en la familia, o si habían perdido la oportunidad desde la infancia. Al mismo tiempo te cuestionas si verdaderamente te interesa ser el poseedor del libro perfecto; una parte de ti siente que no lo mereces, otra siente que poseer ese libro te condenará a cumplir una tarea que quizás no te convenga, pero otra sentirá una insoportable curiosidad por saber lo que contiene ese libro y si de verdad es un texto que está en camino a la perfección literaria.

    Después de un rato te levantas y dices:

    —Gracias por la plática, señor Séker. Siento que ya me tenga que ir.

    —Sí, por supuesto —dice y muestra una sonrisa infantil—, yo también tengo otros asuntos que atender, se supone que sólo iba a orar un rato y mire lo que sucede —rio de nuevo.

    —Creo que nos veremos mañana con el notario, ¿no?

    —Sí, ahí estaré para ver si sí o si no. Espero que mi presencia no le moleste a tu familia.

    —Sí, no se preocupe, y sé que el libro será suyo.

    Ambos salen y se despiden una vez más, entonces volteas y le preguntas, antes de que se haya alejado mucho.

    —Señor Séker, ¿usted de verdad cree en orar en los templos?

    Séker sonríe apenado, preso en una trampa de la que no se puede salir con lógica.

    —Me relaja —dice levantando los brazos, como rindiéndose a un arresto.


    [1] “Aquí duerme…”, en danzilmarés antiguo.

    [2] El Lerenh se vuelve similar al concepto del Paraíso occidental para las almas virtuosas que fueron muy amadas en vida.

    [3] Expresión típica de danzilmar que consiste en llevarse la mano a la barbilla e inclinarla hacia adelante, imitando una bandeja sobre la que se ofrece la cabeza.

    [4] Pequeña construcción al lado de los cementerios donde es costumbre quedarse un rato después de un entierro para compartir y contar anécdotas del difunto, o solamente para recordarlo o llorarlo.

    [5] Destruido en nuestro mundo por un incendio en 1998.

    [6] Los dragones danzilmareses están basados en diferentes reptiles con plumas, siendo los inspirados en tortugas los más frecuentes.

    [7] Los danzilmareses suelen mirar hacia arriba cuando se enteran de algo que les sorprende.
     
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