Historia larga ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke

Tema en 'Novelas' iniciado por Paralelo, 16 Noviembre 2019.

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  1. Threadmarks: Capítulo 1. Jínnliù
     
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

    Virgo
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    Título:
    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    10
     
    Palabras:
    5929
    Nota:
    Este es en realidad el primer libro que escribí, y por lo tanto también es lo peor que he escrito. Fue concebido en un tiempo en que me obsesionaba la discrepancia entre las ficciones triviales (o vulgares) y las serias (o maduras), y me preguntaba si podría crear una que fuera una mezcla de ambos conceptos sin que uno de los dos fuera más protagonista que el otro. ¿Pero se puede crear una ficción seria que guste a los triviales y una ficción trivial que guste a los serios? ¿No puede tener una ficción vulgar características de madurez y una madura características de vulgaridad?



    “Los condenados a rebelarse contra la realidad no encontrarán consuelo en ningún universo paralelo”

    Gyéo Fúntuo


    Parte 1

    Experiencias


    Capítulo 1. Jínnliù

    1

    Fue mi decisión, como de costumbre, permanecer imperceptible para los sentidos de los seres de ese universo.

    El instituto Ítuyu estaba situado en el centro de la ciudad de Shórsta, y siendo ese día el primero del curso escolar, los salones de los primeros años se llenaron de estudiantes nuevos, atentos a la vez que reticentes, al principio poco interesados por el nuevo ambiente que habrían de compartir durante los próximos tres años, lo cual no impedía el surgimiento del diálogo entre ellos, sincero o sólo cortés, con verdadera intención o con apatía.

    En el aula 1.C encontré a los hermanos Yake y Sinke; el primero sentado en la parte de atrás, no haciendo caso a las charlas que lo rodeaban; el segundo al frente, atento a las voces de sus compañeros, acechándolos sin decidirse aún a interferir en sus conversaciones.

    Sinke había llegado primero, pero pronto se arrepintió de haberse apurado demasiado, y para pasar el rato se imaginó a sí mismo subiendo a zancadas por la escalera de caracol del edificio de los primeros años y precipitándose hacia el interior del aula en el momento en que el primer maestro o maestra estuviera presentándose ante su nueva clase. Visualizó la voz del docente apagándose de repente mientras volteaba hacia él, entonces habría dicho:

    —Lamento con toda mi inexistente alma el retraso en éste, nuestro primer día de actividad escolar —por la teatralidad de su voz y porte exagerado, la mayoría de los chicos habría llenado el aula con un murmullo de risas incómodas—, la senda eterna de la frívola realidad, a mi inquisitiva razón, con sus circunstancias desconcertantes, entretuvo… Aiyóu![1] —habría saludado, levantando exageradamente la mano.

    En cambio, Yake había sido el último en entrar, habiendo observado inquieto desde afuera a los demás tomar sus asientos, buscando cualquier pretexto para postergar la inevitable integración. Cuando finalmente se resignó a entrar, manteniéndose lo más inexpresivo que pudiera, fue inevitable para los demás darse cuenta de que ambos eran hermanos gemelos, y poco hicieron para evitar la comparación entre la mirada soberbia del que había llegado primero con la inmutable mirada del que había llegado de último.


    ***​


    El timbre sonó. A los pocos instantes entró una maestra de inglés de nombre Nin. Era tan joven de rostro que pasaría por estudiante, tan sonriente de boca que pasaría por niña, pero tan erguida de porte que nadie dudó que se tratara de una maestra. Esa sería la cuarta vez en su vida laboral que recibiría a un grupo nuevo. Su vista se desplazó de un lado al otro del aula, captando la mayor cantidad de rasgos que le diera una pista de la condición y la personalidad de sus nuevos estudiantes. Ni siquera cuando se presentó formalmente dejó de prestar atención a cada murmullo o gesto que fuera ocasionado por la influencia de sus palabras o imagen. Sinke le prestaba una atención excesiva; Yake la miraba sin observarla.


    ***​


    La maestra Nin anunció entonces que darían comienzo las presentaciones individuales de los alumnos[2], lo que se llevó a cabo sin levantar queja, pero lentamente y sin prisa, haciendo tiempo para que sonara la alarma del fin del módulo. Se presentaron jóvenes de carácter y personalidad olvidables, genéricos, sin apenas demostrar en sus palabras algo cercano a la verdadera descripción de sus personalidades salvo por los tópicos comunes: “me gusta la música, me gusta estudiar, quisiera ser maestro, quisiera ser ingeniera, los fines de semana salgo con mis amigas al cine, lo más importante es mi familia”. Los gemelos morían de tedio por dentro pese a que Sinke se mostraba exageradamente interesado; Yake continuaba sin cambiar la expresión con la que había entrado.

    Habiendo pasado casi todos los demás alumnos (faltando solamente unos cinco), la maestra Nin señaló a Yake para su presentación, pero los alumnos sugirieron colectivamente que se presentaran los dos hermanos al mismo tiempo, con lo que la maestra Nin estuvo de acuerdo. Sinke saltó velozmente al frente de la clase mientras que Yake avanzó con lentitud, los ojos puestos en el suelo que sus pies estaban a punto de pisar, evitando siempre el contacto visual con los jóvenes. Fue entonces cuando pudieron compararlos uno al lado del otro. Las reacciones todavía no se deshacían de su curiosidad y extrañeza. En apariencia física, como quizá ya se ha dicho, eran gemelos idénticos: el mismo cabello negro de mediana largura y muy lacio; la misma piel morena, ligeramente pálida, unos pocos la calificaron de metálica o plástica; la misma complexión atlética (aunque un poco delgada); estatura promedio de un metro ochenta. Pero el rasgo que más había llamado la atención de todos desde el primer momento en que los vieron entrar (como ya esperaba yo desde el principio) era el color de sus ojos. Eran ojos de color anaranjado fuerte, los cuales, para las percepciones de los demás, engrandecían la calidez y la frialdad de los rostros de sus portadores[3]. Los jóvenes no habían dejado de preguntarse entre sí si alguna vez habían visto a alguien más con aquel exacto color de ojos, similar al de la miel untada sobre una naranja recién bajada del árbol, pero sólo pudieron darse respuestas negativas. Debo aclarar que en aquel mundo tal color de ojos era imposible de obtener de manera natural, por lo que, al mirar esos coloridos iris que envolvían profundas pupilas negras, se sintió la exagerada sensación de estar ante interesantes fenómenos de la naturaleza, no muy diferente a hallarse ante dos personas con seis dedos en las manos.

    Yake permaneció cabizbajo, desprovisto completamente de emociones a diferencia de Sinke, el cual mantenía la frente en alto y se reía con una voz casi inaudible de las miradas morbosas.

    —¡Oigan! ¿Quién de ustedes es el mayor? —preguntó Yuska, una de las chicas que se había presentado hacía un rato. Al preguntar apoyó el puño en la barbilla y aproximó el cuerpo, adquiriendo una expresión suspicaz.

    —Ninguno de los dos es el mayor —contestó Sinke—; ambos salimos al mismo tiempo del útero de nuestra madre, e incluso nos alternábamos el cordón umbilical porque sólo teníamos uno.

    Unos pocos chicos se rieron; otros reaccionaron con vergüenza ajena por parecerles un mal chiste; la risa de algunos quedó restringida a sus gargantas, las de otros salieron como flechas, pero Yake siguió sin reaccionar.

    —Pero bueno, en esta vida he sido llamado Sinke Gramt—dijo como si estuviera representando una obra teatral—, tengo quince años, como la mayoría de vosotros. Me interesa todo lo que la realidad ofrecerme pueda, desde la gran ciencia y filosofía, prodigios de la mente humana sin las cuales nada seríamos, pasando por el arte, maravilloso portento salido del espíritu humano, y los deportes, porque también somos cuerpo. De planes a futuro carezco. No me gustan las trivialidades ni lo inverosímil, pero ya me acostumbraré.

    Yake se mostró renuente cuando fue su turno, pero tuvo que proseguir ante las insistencias de la maestra.

    —Me llamo Yake Gramt, tengo quince años, mis gustos, así como mis odios, son similares a los de mi hermano; no vale la pena explicarlos.

    Regresaron a sus asientos, acompañados de forzados aplausos por educación.


    2

    Después de una semana, Sinke presumía haber memorizado ya los nombres de todos los alumnos en el instituto Ítuyu. Se inmiscuía obsesivamente en los asuntos de cuantos le rodearan sin reparar en cuán incómodos se sintieran, dándoles consejos indeseados, críticas de intención dudosa y observaciones en general impertinentes acerca de sus personas. Por poner un ejemplo, en una ocasión interrumpió súbitamente a una pareja de novios que se besaban en un banco, junto al lago de la escuela:

    —Extasiado estoy de percibiros, estimados seres compañeros de mundo, yo soy Sinke Gramt de la clase 1-C —se sentó campantemente entre ellos, y luego los abrazó a cada uno con un brazo—, una turbadora cuestión, me temo, ha estado revoloteando en mi mente en el momento que os he visto en el acto de intercambio de fluidos bucales, ¿con quién tengo el placer de tratar?

    Los dos enamorados sonrieron nerviosos y le siguieron la corriente.

    —Yo soy Délo —dijo el chico—, y ella es mi novia Déla.

    —Hola —saludó la chica tímidamente.

    Entonces Sinke comenzó a reírse con la boca cerrada, sin razón aparente.

    —¡Jubilosa situación ésta es, estimados! —las palabras explotaron acompañadas de una risa exagerada— ¿Cuántas veces se ha de tener la dicha de poseer un ser amado que tal similitud con el propio nombre comparta?

    Y así mientras Sinke se ganaba cada vez más su reputación de chico escandaloso e incontrolable, su hermano Yake se alejaba de todo el mundo durante el descanso. Pese a querer pasar inadvertido, algunos lo llegaban a ver mientras se dirigía hacia las zonas menos pobladas de la escuela con un libro, y pasaba todo el tiempo leyendo hasta que la alarma sonaba de nuevo. Durante todo aquel tiempo de quietud, no despegaba los ojos de las páginas ni un momento. Los que lo veían solían voltear la vista y los pensamientos hacia otros lados, pues su sola presencia era desalentadora y aburrida.


    ***​


    Apenas había pasado una semana desde que habían comenzado las clases, pero de inmediato os habíais vuelto los alumnos más reconocidos entre estudiantes y profesores, no solamente por el raro color de vuestros ojos, sino también por vuestra rapidez y precisión para realizar correctamente los trabajos que se os exigía durante los cursos. Cosa increíble de pensar para alguien como tú, Sinke, cuya actitud tan llena de energía e insolencia, junto a tus pláticas tan ridículas y fuera de lugar, hacían creer que te tratabas de alguien no muy inteligente y hasta idiota; únicamente tu habla rebuscada era engañoso indicio de tu inteligencia, o al menos de tu deseo por sonar inteligente. También era curioso que tú, Yake, tan reservado y tranquilo, fueras tan bueno cuando se trataba de actividades físicas, incluidas las más demandantes, como habían constatado todos durante la primera clase de deportes, cuando, durante una carrera contra otros siete chicos, tu hermano y tú aventajasteis rápidamente al resto de los muchachos y quedasteis únicamente igualados por vosotros mismos, todo aquello a tal rapidez que los demás no hicieron más que miraros con asombro, admiración y desprecio. Y tú, Yake, durante la carrera Sinke te lanzaba miradas retadoras, pero permanecías tan indiferente y sordo a sus burlas. Llegasteis los dos al mismo tiempo a la meta, y al deteneros, Sinke te dio la espalda con aire de superioridad. Y tú, Sinke, dijiste:

    —Ésta será la última vez que empatemos, hermano, la próxima vez no arribaremos en igual conjunción.

    Y tú, Yake, en silencio lo miraste marcharse, insensible a sus palabras.


    ***​


    Con dos semanas cumplidas, los hermanos tienen una reputación construida en la escuela tanto por sus virtudes como por sus defectos. La actitud de los demás estudiantes hacia ellos, pasada la gran curiosidad que les habían generado al principio, es de indiferencia en su mayoría y quizás un pequeño repudio a causa de sus excentricidades para algunos. Pero eso no impide que durante los descansos una persona se quede pensando seriamente en ellos.


    3


    Con toda seguridad la historia se repetirá de nuevo interminablemente. Una semana después de haber comenzado el curso escolar, Yuska continuará viendo a los gemelos con ojos vigilantes, y pensará en ellos como si hubiera descubierto dos criaturas mitológicas. Será la hora del almuerzo, ella y los otros cuatro se habrán instalado en una zona de césped junto al gran lago de la escuela, resguardados de la luz del sol por unas enormes palmeras de un verde brillante. Sentsa observará que Yuska sorbe ruidosamente con una pajilla su jugo de manzana con los ojos atentos en la nada.

    —¿En qué estás pensando, Yuska? —preguntará Sentsa— Qué raro que hoy estés tan calmada, di ya qué te preocupa.

    Yuska se sacará la pajilla de la boca y volteará hacia ella, sonreirá como lo hace cuando se le ocurre una mala idea, y dirá, con una mezcla de ingenuidad, sinceridad y seguridad:

    —Hay que llevarnos con los gemelos Yake y Sinke.

    Esta idea alertará a Sentsa y a Ate, quienes de inmediato detendrán su comida y se mirarán nerviosos, aunque no muy sorprendidos, dado que, aunque no lo expresaran, ya estaban conscientes del interés que los gemelos podrían hacer surgir en Yuska. La sorpresa de Kanyu y Hinta será mayor, pues para ellos, a diferencia de Sentsa y Ate, ese creciente interés de Yuska por los gemelos había pasado más desapercibido.

    —Estás loca —dirá Ate con voz apagada—, y esos gemelos también están locos, el otro día vi a Sinke caminando hacia atrás mientras cantaba una canción extraña.

    —Bueno, ¿y qué tiene eso de malo? —contestará Kanyu, sacudiéndose unas migajas de pan que le habrán caído sobre el pantalón—, hasta es divertido verlo.

    —Pero son raros —dirá Ate, en voz un poco más alta—, yo no quiero nada con ellos.

    —¿Exactamente por qué quieres que nos juntemos con los gemelos? —preguntará Hinta, quien será la más intrigada por la idea de Yuska, pero también la más dispuesta a considerar sus razones.

    Por un momento Yuska se quedará pensando mientras sigue haciendo ruidos con su jugo.

    —Son interesantes —contestará al tragar.

    —¿Y es sólo por eso? —preguntará Sentsa, cuya irritabilidad aún estaba bajo control[4]— Yo estoy de acuerdo con Ate de que son excéntricos, y además no me parecen muy buenas influencias para tener cerca.

    —Son muy buenos estudiantes y buenos en los deportes —dirá Hinta, como si se pusiera servilmente del lado de Yuska—, creo que hay que darles algo de crédito.

    —Pero eso no cambia que sean tan… bueno, ya viste el primer día —dirá Ate, incrédulo y hastiado—, ya tenemos suficiente con las cosas que se le ocurren a Yuska, ¿se imaginan lo que pasaría si nos juntáramos con Sinke?

    Sus mentes volvierán por un momento al primer día, más precisamente a la ridícula irrupción de Sinke al haber llegado tarde; sólo Yuska se había reído, más por la naturaleza azarosa de su discurso que por haber sido gracioso; los demás estuvieron callados con la cara caída de vergüenza ajena, salvo por Hinta, que fue la única que intentó vislumbrar un sentido más allá de la mera apariencia dramática de sus palabras, sin éxito.

    Continuarán hablando de ese modo durante un rato hasta que termine el descanso, sin llegar a nada.


    ***​


    A pocos metros de la alberca llena de jóvenes, Sinke, aún con su ropa puesta, no hizo más que echarle a la bulliciosa agua una mirada pendenciera, mientras que Yake ni siquiera se molestó en acercarse.

    —¿Por qué no te metes? —le preguntó un chico flacucho que se dirigía a la piscina tras cambiarse— El maestro ya va a llegar y ni te has cambiado.

    Pero Yake sólo continuó callado. Su boca casi nunca producía sonido alguno salvo en circunstancias muy precisas, como durante las clases cuando le preguntaban algo, o incluso cuando su hermano le hablaba, pero fuera de eso se limitaba a observar todo con ojos analíticos.

    Al llegar el robusto profesor de deportes, le extrañó que los hermanos estuvieran vestidos todavía. Les preguntó por la razón de ello.

    —No sé nadar —contestó Yake tajantemente.

    —La verdad, profesor —dijo Sinke alejándose aún más de la piscina—, le he de comunicar que, muy a mi pesar, de la gran virtud del prodigioso arte de la natación, virtud que tanto define a nuestra gran nación oceánica, me veo desprovisto.

    Para los estudiantes que oyeron aquello fue una ironía que, siendo los gemelos tan buenos en los demás deportes, no pudieran realizar el deporte más distintivo de los danzilmareses. En Danzilmar las piscinas de las escuelas eran siempre hondas y sin suelos elevados en los que poder posar los pies, y si hubiera sido de otra forma, tales palabras no habrían sido más que un tonto pretexto. Ate y Kanyu se dirigían hacia la alberca cuando escucharon esa noticia, y el contar todo eso a las chicas no hizo más que a aumentar la curiosidad de Yuska.


    ***​


    Fue el viernes de la segunda semana, después de que la maestra Nin hubo terminado su clase, y con ésta el día de clases. Sinke salió rápidamente de ahí, antes de que todos terminaran siquiera de recoger sus cosas. Luego, los demás comenzaron a irse tranquilamente, emocionados por tener un fin de semana adelante. Pero Yuska permaneció en su asiento observando a Yake con una inusual seriedad, conspirativa.

    —¿Y ahora qué sucede? —preguntó Sentsa, preocupada por aquella calma.

    Yuska le respondió con una mirada y una sonrisa decididas, se levantó de su asiento y se dirigió hacia el gemelo. Yake prefería que todos terminaran de salir antes que él, rasgo que Yuska ya había notado desde los primeros días.

    —¡Hola, Yake! —saludó jovial— Oye, ¿quieres venir con nosotros al centro? Pensamos ir al cine.

    —No, gracias —dijo Yake casi sin abrir la boca.

    Yuska insistió en su invitación sin perder los ánimos, fingiendo no haber oído su negativa, y pensó que señalando y nombrando a sus amigos lo convencería, pero Yake se levantó y caminó hacia la salida, ignorándola.

    —¡Ey! ¡Espera! —lo detuvo sujetándolo de la manga[5].

    Los otros chicos enmudecieron sus gestos y se preocuparon al ver que el semblante del gemelo se tornaba algo hastiado, pero Yuska mantuvo su posición.

    —¿Por qué nunca dices nada? —preguntó Yuska.

    —No tengo nada interesante que decir —dijo Yake, con una actitud relajada y desinteresada, alzando los hombros como si fuera una respuesta programada.

    —¿Por qué siempre estás tan serio? ¿Nunca sonríes?—Yuska se apresuró a preguntar, temiendo que el gemelo intentara irse.

    —No has dicho nada divertido —dijo Yake.

    Yuska retrocedió un paso y colocó su mano tras su cabeza; se esforzó por seguir sonriendo.

    —¿Por qué no vienes con nosotros al centro entonces?

    —No —Yake intentó retirarse de nuevo.

    —¿Por qué no? —preguntó Yuska con una falsa decepción y un tono que buscaba manipularlo a través del afecto, mientras evitaba de nuevo su huida.

    Cansada de su terquedad, Sentsa caminó hacia ellos, hizo a Yuska soltar a Yake y le dijo que lo dejara en paz, luego se dirigió a Yake y, forzando un tono arrepentido, se disculpó en lugar de Yuska. Yake respondió alejándose de ahí sin contestar, y dejó a una decepcionada Yuska oyendo sin escuchar los reproches de Sentsa.


    ***​


    Aun días después los amigos de Yuska todavía no entendían por qué estaba tan obsesionada con entablar amistad con los gemelos, especialmente con Yake, a quien estuvo acosando desde entonces. Lo seguía hasta los lugares donde se sentaba a leer, y ahí le arrebataba los libros preguntándole qué era lo que leía, pero muchas veces dichos libros estaban en otros idiomas o eran demasiado difíciles de leer aun en danzilmarés. Ante todo eso, Yake seguía rehusándose a hacerle caso sin demostrar emociones, salvo por una sutilísima expresión de resignación apenas evidente. A pesar de que Yuska alegaba que quería acercarse más a los gemelos, nunca intentó realmente hablar con Sinke.


    ***​


    —Yake me parece más interesante —responde cuando Hinta te interrogue. Sigan caminando hacia la salida.

    —No entiendo por qué —di, e intenta comprenderla—, él está metido en otras cosas, no veo cómo pudieran llevarse bien.

    —También pensaste eso mismo de nosotros cinco, ¿no? Además, creo que tú deberías intentar hablar con Sinke —sugiérele casualmente. Guíñale el ojo.

    Hinta, ten un leve sobresalto. Que tu rostro se ponga pálido.

    —¿Pero por qué?

    —Porque yo intento hacer que Yake se una a nosotros, entonces tú deberías ayudar un poco, ¿no crees?

    —Pero los demás no lo aceptarían. Bueno, Kanyu tal vez no tenga problema, pero Sentsa y Ate no van a querer.

    Y tú, Yuska, contesta, con la exagerada convicción de una heroína:

    —Yo me ocupo de los amargados, pero tenemos que hacer que se unan a nuestro jínnliù[6].


    4


    Esa determinación de Yuska de querer incluir a los gemelos en su jínnliù desconcertó a Hinta al punto en que su voz adquirió una agudeza nerviosa.

    —Pero, ¿por qué quieres que sean nuestros… jínnyi? —preguntó Hinta, atónita— Sentsa y Ate no lo aceptarán en absoluto.

    —Ya te dije que yo me encargo de ellos —contestó Yuska, con la mano en el esternón. Ya habían pasado las puertas del instituto, le quitó el candado a su bicicleta para liberarla del aparcamiento que había en la entrada—; tú busca a Sinke y dile que se una a nuestro jinnliù —dijo mientras montaba su bicicleta, instantes después comenzó a alejarse pedaleando, y gritó—: ¡Avísame de inmediato cuando te diga que sí!

    Hinta nunca antes había ido en contra de las decisiones de Yuska, pero esa era la primera vez que el motivo de una de sus repentinas ocurrencias quedaba fuera de su comprensión, o más bien se negaba a querer comprender. Por el momento no parecía ser más que una intensa curiosidad hacia dos personas extrañas, pero el querer admitirlos como jínnyi era demasiado.


    ***​


    Han pasado las clases. Sinke se encamina a la azotea del edificio de los primeros años. No hay nadie más en el lugar. Los dedos suavemente se entrelazan en los agujeros de la malla metálica que rodea el precipicio. Observa tranquilamente a los pocos jóvenes que todavía están dirigiéndose hacia la salida, esperando a que salgan todos. Hinta se acerca lentamente, confundida por ser esa la primera vez que lo ve con una actitud tan calmada.

    —¿Sinke? —lo llama manteniendo su distancia.

    El gemelo no voltea. Sigue mirando las luces del sol que ilumina los patios y los caminos blancos entre los edificios.

    —Hinta Semt, la chica cohibida de mirada calma y cabellos áureos, ¿a qué debo el incalculable, inconmensurable, colosal, exorbitante honor de ser de tu atención merecedor?

    —Eh... Alguien me dijo que te vio subir hasta aquí, y quería preguntarte algo…

    —¿Tiene que ver con la manera en que percibimos la realidad y las implicaciones que consigo a la mente humana acarrea?

    —Eh… no… verás, otros chicos y yo decidimos que…digo… quisiéramos que fueras parte de nuestro jínnliù.

    Lentamente la reja queda libre de las manos del gemelo. Hinta se encuentra observada por unos ojos anaranjados auténticamente sorprendidos.

    —A mi entender —dice Sinke como si hiciera memoria— la noción y práctica del jínnliù es, entre los danzilmareses contemporáneos, anticuada.

    —Pues así estamos nosotros. Me pidieron que te preguntara si querías unirte… somos Sentsa, Ate, Kanyu, Yuska y yo… Yuska le pedirá lo mismo a tu hermano.

    Sinke la mira inquisitivamente, como si las palabras de Hinta fueran una gran trampa.

    —¿Por qué quieren que mi hermano y yo formemos parte de su jínnliù? —El tono de su voz es más confiable, pero sólo un poco menos arrogante.

    —No lo sé, fue idea de Yuska —contesta Hinta bajando la cabeza.

    El gemelo se aleja de Hinta y vuelve a la reja, que recibe su peso sobre su suave metal. Se queda ahí meditando. Al verlo así, Hinta cree entender la curiosidad de Yuska. Observa ese cambio tan extraño en la actitud de Sinke sintiendo que ve a un ser salido de una pintura. Pese a que no puede verle el rostro, tiene el presentimiento de que no sonríe al contemplar el abismo, su lenguaje corporal le da la impresión de que su mente está sumida en una reflexión melancólica.

    —Por supuesto que acepto —contesta Sinke, con una abrupta felicidad.

    —¿En serio? —exclama Hinta, incrédula.

    —Así es, después de todo, he de suponer que, en el intrigante camino de la existencia, toda experiencia, por más banal que sea, digna de análisis es —dice con los ojos cerrados mientras se dirige hacia la puerta de la azotea—. Por cierto, Hinta, así como los acompañantes de Ulises en su odisea, como Sancho Panza con el Quijote, como la mujer del médico con los ciegos, como la bella vida simbiótica de la Cymothoa Exigua con cualquier otro pez, un especial y leal jínn para ti intentaré ser.

    Hinta aún pensaba que se lo estaba tomando todo como un juego, pero no dijo nada.

    —Aunque pensándolo bien —dice Sinke, fingiendo ingenuidad—, la Cymothoa Exigua suplanta totalmente la lengua del pez… así que creo que ese es un mal ejemplo —y desaparece tras la puerta, dejando a Hinta con muchas preguntas en la boca.


    ***​


    Al día siguiente Yuska contó a los demás su idea de unir a los gemelos al Jinnliù, y también dio la noticia de que Sinke ya había aceptado. Después de una acalorada discusión, en la que Sentsa intentó en vano disuadirla de tal tontería, Yuska logró convencerla de que la manera más justa de decidirlo sería con una votación. Los que se opusieron fueron, evidentemente, Sentsa y Ate, pero para sorpresa de esos dos, Hinta estuvo a favor. Se enteraron de que había sido ella la que se lo había pedido a Sinke. Perdieron un poco de tiempo preguntándole a Hinta por qué de repente apoyaba la idea de Yuska; Hinta respondió que tal idea le comenzaba a parecer interesante porque los gemelos podían ayudarlos con los estudios, aunque en el fondo lo decía para no admitir que sólo lo hizo para complacer a Yuska. No pudiendo convencerla de cambiar de idea, todo recayó en la decisión de Kanyu. Él no solía tomar ningún tipo de iniciativa ni decisiones importantes para su grupo; se limitaba únicamente a seguir lo que los demás hacían, y no se sintió para nada cómodo tomando esa decisión. Osciló durante el resto del día entre los argumentos que le daban ambas partes. Yuska y Hinta alegaban que resultaría interesante convivir con ellos, y reiteraron que podían resultar útiles si eran unos genios en los estudios, razón que le pareció un tanto egoísta y aprovechada, aunque sintió que también tenían el honesto propósito de conocerlos como personas. El lado de Sentsa y Ate no era más convincente ya que se limitaban a juzgar sus comportamientos antisociales y extravagantes, alegaron que iban a resultar más una molestia que algo positivo, cargas innecesarias que perjudicarían la vida de jínnliù que habían tenido desde hacía años. Sin embargo, al final del día Kanyu se decidió a favor de la posición de Yuska y Hinta.

    —Creo que todos deben tener una oportunidad de relacionarse mejor con la gente—fue la razón que dio, algo patética para los enojados Ate y Sentsa, pese a que pasó horas eligiendo las palabras exactas para intentar sonar al menos un poco convincente.

    De ese modo fue decidido que los gemelos iban a formar parte de ese grupo de jínnyi. La noticia de la aceptación fue anunciada a Sinke por medio de Yuska, la cual le dio los números telefónicos de todos y se propuso a empeñarse más duramente para convencer a Yake, pero Sinke, con una sonrisa malvada, sugirió que sería mejor que él lo hiciera.


    ***​


    Durante todo ese día (y el anterior también) Yake había estado eludiendo y soportando a Yuska. “¿Por qué no te unes a nuestro jinnliù? Será muy divertido”, era lo que ella más le insistía. Él ni siquiera se molestó en preguntar las razones de tan terca proposición.

    Yake no se sorprendió de ver a su hermano esperándolo muy campantemente a la salida de la escuela, recargado contra un poste de luz. Sinke, tras ser ignorado como si no estuviera ahí, caminó tras él.

    —¿Han llegado a tus oídos las buena nuevas, hermano? —preguntó con un fingido tono soñador— ¿Para qué pregunto? Bien sabes que las miradas de la siempre inquieta realidad en tu lúgubre figura se han posado. Pero, como siempre, la has rechazado sin explicación ni razón dar.

    —No me uniré a un jinnliù —dijo Yake, tan expresivo como el concreto que iba pisando.

    —Absurdo es, no te lo negaré, hermano, mas por eso he de decirte que como una nueva experiencia, o experimento, deberías verlo, para así, quizás, nuestros horizontes en esta realidad poder ampliar.

    —¿Tú planeas seguir aquí mucho tiempo más?

    —Sin importar cuánto tiempo sea, preciso es explorar sin prisa por terminar.

    —Entonces únete tú solo.

    Sinke rio en voz baja mientras continuaba siguiéndolo. Durante un rato del tranquilo camino, observaron a la gente que a su alrededor desempeñaba las labores que la realidad les tenía deparadas. Los padres iban a buscar a sus pequeños hijos de la escuela, caminaban tiernamente tomados de la mano, mientras que, violando la extraña razón de los gemelos, caminaban tranquilamente con los ojos cerrados. Unos jóvenes adolescentes se estimulaban el interior de la boca con la lengua justo en medio de la acera, para un momento después despedirse la chica con un coqueto giño. Un gato de rostro ligeramente antropomorfo dormía a sus anchas sobre un muro.

    —Aunque a veces no lo parezca, hermano, soy perfectamente capaz de comprender lo que dices —dijo Sinke mientras esperaban que el semáforo cambiara para cruzar una calle—, sé que no hay manera de convencerte de esto usando argumentos, pues por más racional que quieras considerarte, la verdad es que eres un irracionalista como yo, así que mejor lo haré de otro modo: hagamos una apuesta.

    Yake lo miró de reojo.

    —¿De qué exactamente?

    —Te apuesto que, si logras permanecer un año en este jinnliù, en algún momento descubrirás que, sin importar lo irreal de este mundo, algo de profundo interés podrás sacar que te convenza de seguir siendo y estando aquí, tal y como es mi parecer.

    —¿Y si no es así?

    —Si en un año tu mente no ha encontrado algo que la apacigüe dentro de este grupo de jínnyi, algo que nos haga sentirnos menos extranjeros en este mundo, admitiré, pues, que esta realidad insignificante es, y que al querer alejarte de ella razón has tenido, al contrario del cómo ha sido mi actuar, y haré contigo todo lo posible para dejar de ser y estar aquí —sonrió humildemente; era una humildad honesta, sin pretenciones, auténticamente dispuesta a admitir una derrota.

    Yake observó el vacío en silencio. Analicé su expresión mientras él meditaba con la mirada baja; se murmuraba a sí mismo sin mover la boca, la tensión de su cuerpo era como la de aquellos que se sienten al borde de una decisión importante, pero al mismo tiempo avergonzándose por la indudable trivialidad de la misma. Esperando a que cambiara el semáforo, mientras Sinke esperaba la respuesta de su frío hermano, el cual alzó la vista melancólicamente al extraño cielo de color azul, supe que me hallaba en una encrucijada que dividiría de nuevo la realidad (una división mucho más importante que todas las que habían sucedido hasta ese momento). Desafortunadamente, mi condición no me permitía atestiguar más que uno de los infinitos caminos que en aquel instante se generaron. En mi caso, el inexpresivo muchacho sólo asintió una vez, como si tuviera la certeza de estar tomando una decisión de la que se arrepentiría. El semáforo les permitió pasar. De inmediato, Sinke lanzó una exclamación de victoria, y mientras cruzaban la calle marcó el teléfono de Yuska para comunicarle la noticia:

    —¡Ya somos parte del jinnliù, estimada!



    [1] Saludo danzilmarés muy formal; expresa humildad o vergüenza, no tiene traducción exacta.

    [2] Esta costumbre está muy extendida en Danzilmar. Se lleva a cabo incluso en los niveles de educación superior y en la mayoría de los empleos formales.

    [3] Para los danzilmareses, el color anaranjado representa tanto la vida como la muerte por ser el color del alba y del ocaso.

    [4] Esta parte también puede interpretarse del original como “cuya irritabilidad aún estaba escondida pero no era invisible”.

    [5] En Danzilmar, asirse a la ropa de alguien tiene connotaciones sexuales.

    [6] Me ahorraré la descripción del concepto de jínnliù dado que se explicará más adelante, en varios momentos de la novela.


    Si te gustó este relato, tal vez te interese leer otros de mis escritos:
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    Luix

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    Creo que realmente me tardé más de lo que tenía provisto, pero puedo asegurarte que me he divertido mucho.


    Me ha sido "nuevo" tu manera de relatar la historia de principio a fin, es interesante como cambia la perspectiva al leer cada párrafo. Aunque también debo admitir que en algunos momentos, no se si por falta de palabras o por el mismo hecho de mi falta de costumbre al tipo de escritura que tomaste, me perdí un poco teniendo que releer algunas palabras.

    Yuska me ha causado muchísimas risas, y es que no podía simplemente ignorar el asunto, su terquedad por convencerlo hasta la llevo a hacer tremendas "locuras" por poner una palabra. De ambos gemelos siento bastante curiosidad, no se si porque parece que no fueran del sitio, más allá de su apariencia peculiar.

    Fue entretenido también la manera de hablar de Sinke, me recordaba un poco a historias antiguas y a su vez me daba el aire de "novedad" en su habla. Creo que eso me da mas razones de pensar en el "porqué" Yuska estaba más interesando en el más serio y apartado de ambos muchachos, el que tenia un aire más a chico peculiar, mientras el otro con su vocabulario parecía haber salido de una pantalla.

    Por otra parte, su grupo o más bien el resto también han llamado mi atención, al estar entre el interés y su poca aceptación por ambos. Y, aunque haya sido muy retardada al leerte, me gustaría sin dudas saber de una continuación, la trama me es muy atrayente a vista.

    Saludos.
     
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  3. Threadmarks: Capítulo 11. Voca me cum benedictus
     
    Paralelo

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    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
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    Capítulo 11. Voca me cum benedictus


    33


    La canción extraña que cantaba Sinke decía:

    Confutatis maledictis

    Flammis acribus addictis…


    ***​


    Recuerdo muy bien la sorpresa que mis jínnyi expresaron en aquel momento. Sentados alrededor de la mesa en aquella aula, abandonada en los confines del edificio de clubes, mi hermano comenzó a explicar nuestras actividades como club. ¿Qué podía hacer yo? Oculto tras un libro finjo que no escucho, pero entiendo las extrañas ideas de mi hermano. Sentsa se enoja al oírlo decir que debemos representar cada vez una actividad diferente que critique los valores de la sociedad, las creencias, y en general todo lo que se tome como un hecho innegable del funcionamiento del mundo. “¡No puedes decir esas cosas a la gente de ese modo!” exclama ella; Kanyu la tranquiliza con la palma y palabras tranquilas que no terminan de apoyar ni una u otra idea. Finjo que no veo, pero percibo a la inquieta Hinta y escucho la nerviosa percusión de sus talones contra el suelo de loza. Ate está con la barbilla apoyada en la mano y el codo clavado en la mesa. ¿Qué hacía yo ahí? Me pregunto de nuevo, insignificante como el concepto del alma, rodeado de esos seres con los que había decidido intentar congeniar. Mis propios recuerdos y reflexiones me marean y fastidian, pero mi mente terca insiste en gritarme directamente hasta la parte más sensible de mi ser que nada ni nadie a mi alrededor es real, y hasta yo me canso de esos pensamientos, pero soy prisionero de ellos, prisionero de mi propias certezas. Intento leer pero mi mente no se calla; no tengo más opción que escuchar y opinar para mí mismo. Sinke deja de hablar por fin y decide que al día siguiente nos reuniremos después de la escuela para nuestra primera actividad como club. No dijo cuál sería y no me importaba.

    Vuelvo a casa a paso lento. Afortunadamente ese día Yuska fue a entrenar con su bicicleta, por lo que no tuve que soportarla acompañándome y sus pláticas triviales. Lo siento, intentaré omitir mis momentos quejumbrosos.

    Al día siguiente, Sinke nos condujo hasta una casa abandonada en un barrio pobre. Para llegar tomamos dos autobuses y un largo trayecto caminando. Durante todo el camino, Sentsa no paró de preguntarle a dónde nos llevaba, pero él, con su pose y habla teatral, dijo que iba a hacer un experimento muy importante para la mente humana. El padre de Hinta llama un par de veces; la primera vez al celular de su hija, quien nerviosamente le contesta que se encuentra en actividades del club sin dar muchos detalles; la segunda vez, al celular de Sentsa, quien previendo la inminente llamada había sacado el celular, el aparato sólo sonó una vez y Sentsa contestó para confirmarle al estricto hombre que su hija no mentía, y el idiota de su padre lo aceptó todo sin siquiera preguntar en qué lugar exacto nos encontrábamos. Hinta parecía afligida por la desconfianza de su padre, Kanyu le sonrió y le palmeó suavemente la cabeza para animarla.

    La sirena de una patrulla se escuchó a lo lejos. Sinke explicó que ese barrio había sido víctima de varios ladrones durante la última semana, Sentsa le reclamó que los había llevado a un lugar peligroso, pero él les aseguró que con nosotros dos nada malo les pasaría, me miró alzando la ceja y asentí. Yuska intentó tranquilizarla más recordándole de nuestra gran fuerza y habilidades combativas, incluso mencionó nuestro problema del agua; Sentsa reclamó que aquello no parecía muy importante en esa situación.

    Sinke se la pasó hablando sobre cómo la mente humana reacciona a las circunstancias y toma decisiones con base en sus emociones antes que en la lógica. Kanyu le da la razón como un niño que escucha a un adulto hablarle sobre cómo cruzar la calle. Ate bosteza pero también lo escucha, con oídos perezosos, como si Sinke hablara en español.

    La casa a la que nos condujo había sido abandonada desde hacía más de cinco años, me enteré después. No tenía puerta principal, de manera que cualquiera podía entrar. La maleza había penetrado las paredes y la escalera, las ventanas estaban opacas de polvo, las esquinas con telarañas, la pintura cayéndose, dándole a las paredes un aspecto leproso. Yuska dice con malicia que debía ser aterrador estar ahí de noche, y recorrió el interior de la casa con curiosidad infantil. La seguí a una habitación en el segundo piso porque Sentsa así me lo pidió; ella prefería vigilar a Sinke mientras éste seguía parloteando y hablándoles de la historia de la casa y el barrio como si fuera un guía.

    Llegamos a una habitación con una cama, el único mueble en la habitación, y Yuska reparó perpleja en una decena de teléfonos celulares de buena calidad yaciendo sobre ella; todos ellos de marcas costosas, también había un pequeño televisor blanco en el suelo pegado a la pared que encaraba a la puerta. Corrió rápidamente al piso inferior a relatar su descubrimiento como si fuera un tesoro, mas mi hermano les contó que había sido él quien había puesto todo en ese lugar. Preguntas, preguntas, preguntas, mejor seguí recorriendo la casa.

    Pasé la cocina polvorienta, el refiregador oxidado y los lavamanos llenos de suciedad y hojas, y llegué al patio trasero. La maleza fresca se combinaba con la marchita entre las grietas del suelo de ladrillo, unas cuantas sillas rotas pegadas a la cerca descolorada, e islas de tierra un un mar de césped seco. Esa escena no me interesaba mucho, pero era preferible a tener que regresar con mis jínnyi.

    Me siento ahora un rato y mi mente intenta volar lejos de ahí, pero las cadenas de esta realidad me sujetan; mi mente regresa hasta aquellos seres con los que comparto experiencias, y lucho por pensar mejor en cosas más serias conmigo mismo y dejar de quejarme tanto. Sin embargo, esa dicotomía de la seriedad y banalidad de la vida me vuelve a parecer cada vez más absurda; llego a cuestionarme si estoy mejor ahí, abandonándome, para no pensar en los cambios que mi mente y razonamiento han tenido a causa de las circunstancias que he estado viviendo. Mi propia seriedad vuelvo a sentirla tan trivial como el resto de la realidad. Sí, lo sé, hermana[1], volví a quejarme, lo siento. Pero afortunadamente no pierdo mucho tiempo pensando en eso, pues la adormilada voz de Ate vino a anunciarme que ya era hora de hacer lo que mi hermano había planeado. Me levanto sin preguntar.

    Mi hermano había colocado una serie de letreros y trípodes de madera que había dejado en un armario con antelación, las letras y las flechas que había en los letreros estaban hechas con pintura fosforescente. Amarró uno de ellos en un trípode que posicionó delante de la puerta de la habitación con los aparatos, hizo lo mismo con la escalera, luego delante de la puerta principal, y dos más en la acera adelante de la chirriante reja oxidada que permanecía siempre abierta.

    La noche estaba a punto de caer para entonces. Mi hermano nos hizo cruzar la calle, donde había un terreno baldío con mucha maleza y árboles, y nos hizo ocultarnos ahí. Desde nuestra posición podíamos ver perfectamente el letrero delante de la casa, los mensajes puestos dándose la espalda de manera que cualquiera que caminara por ahí los viera. Kanyu preguntó por qué todos los letreros decían “Entre a robar aquí gratis” sobre dibujos de flechas, mi hermano contestó que era para probar la mente humana, y todos, menos Yuska, lo dieron por loco.

    Estuvimos esperando bastante rato en la casi completa penumbra, los pocos postes de luz que había a lo largo de la calle fallaban, dejándonos breves momentos de parcial oscuridad. Al menos había un poco de luna que evitaba que mis jínnyi cayeran en la cegera. Mi hermano tarareaba suavemente un fragmento del Requiem en re menor de Mozart.

    Sentsa no dejaba de insistirle a mi hermano que ya debíamos de irnos, puesto que el padre de Hinta no paraba de llamarle para saber por qué no volvían, y siempre le contestaba que ya no faltaba mucho. Ate anunció entonces que alguien se acercaba. Era un hombre con ropa de motorista y pañuelo azul que caminaba con apuro y cojeando un poco del pie derecho; sus brazos se balanceaban paralelamente a su cuerpo, y sus puños se movía inconscientemente como accionando el acelerador de una motocicleta invisible. Mi hermano lo notó, lo anunció y dijo, sin tomárselo muy en serio, que quizás había perdido su motocicleta, o la había estrellado y no podía pagar sus reparaciones. Kanyu sugirió inocentemente que quizás se había cansado de la moto y había preferido una bicicleta; luego, miradas perplejas sobre él. Yo me reservé mis opiniones.

    El sujeto pasó frente al letrero y lo leyó, luego dio un vistazo a la oscura casa y su puerta abierta, dudó un momento, pero al final decidió seguir caminando, aunque volteó a mirar el letrero tres veces antes de doblar la esquina.

    No pasaron cosas interesantes en un rato. Otras personas también pasaron junto al letrero, pero casi todas pasaban de largo, una incluso se rio. Sentsa no dejaba de apurar a Sinke para terminar con esa locura de una vez, y él le prometió que si la siguiente persona no caía, iban a poder irse. No mucho después de que dijera esas palabras, Hinta anunció que el primer sujeto estaba volviendo en compañía de alguien; otro hombre de aspecto rudo y ropas similares, pero más alto y de cabello largo, muy enredado como las hierbas de una selva. Ambos hablaron algo en voz baja frente a la casa, el alto dudaba y se mostraba reacio, el primero insistía y lo animaba, quién sabe qué demonios pasaba por su mente, yo no podía especular nada que no diera a una respuesta sin sentido, era o muy tonto o muy ingenuo, si es que existe diferencia entre ambas definiciones que se pudiera aplicar en esas circunstancias.


    34


    —Nadie en su sano juicio entraría en una casa a robar sólo porque un letrero diga que puede hacerlo —murmuró Ate.

    —¿Crees que éste lo hará, Hinta? —preguntó Yuska, como si fuera una apuesta.

    —Bueno… hay mucha gente en el mundo, entonces puede haber alguien que sí.

    Los tipos se metieron entonces al patio delantero y sacaron una linterna antes de entrar en la casa. Sinke sonrió triunfal.

    —¿Ahora qué? —preguntó Ate.

    Sinke sacó de su mochila un pequeño aparato que parecía un control remoto con una pantalla, y en ella se vio el interior de la habitación. Explicó que había una cámara de visión nocturna escondida en el televisor para asegurarse de poder observarlos. Presumió y explicó brevemente que ese televisor era un nuevo prototipo de la empresa de sus padres, que podía controlarse incluso a gran distancia. Un momento después, la cámara mostró a los dos hombres abrir la puerta y sorprenderse al iluminar con la linterna tantos teléfonos móviles sobre la cama. El tipo alto todavía estaba receloso de agarrar todo eso, pero el otro parecía no poder creer su suerte. Sinke sacó otro aparato de su mochila, su forma era de un prisma rectangular con pantalla táctil.

    —¿Qué es esa cosa? —preguntó Sentsa.

    —Esta cosa es un nuevo aparato de la empresa de mis padres. En resumen, es como un control remoto universal, una de sus funciones de utilidad más discutible es la de localizar uno o varios teléfonos celulares como si estuvieran recibiendo una llamada en caso de perderse. Aunque habría que inventar algo que encuentre esta cosa en caso de que también se pierda.

    —¿Qué vas a hacer con eso? —preguntó Hinta, previendo que algo extraño iba a ocurrir.

    En vez de contestar, Sinke sólo presionó unos botones en la pantalla táctil. Inmediatamente, todos los teléfonos comenzaron a sonar fuertemente y a vibrar con tanta intensidad que cayeron de la cama y se arrastraron por el suelo de adelante a atrás como anfisbénidos, de ellos comenzaron a sonar desgarradores sonidos de gente gritando, niños y mujeres llorando, y mucho ruido, como si estuvieran golpeando grandes objetos de metal y cadenas chocando, el agudo grito de un bebé resonó con potencia. Fue tan repentino que los dos ladrones se quedaron sin aliento, pálidos y paralizados de miedo, sintiéndose llevar completamente por el ambiente aterrador, al cual sus mentes sucumbieron. Desde la pantalla se podía ver y oír todo lo que sucedía, incluso los jínnyi se asustaron por tales sonidos endemoniados. Sinke apretó otra opción en el aparato, y, acercándoselo a la boca, comenzó a imitar un ridículo tono fantasmal, y en el interior de la casa se escucharon sus palabras saliendo de varios micrófonos en el televisor, su voz teatralizada, distorsionada por el aparato para sonar grotesca y diabólica, se mezcló con los aterradores sonidos de los teléfonos.

    —¡Úuuúuu! ¡Uúuuúu! ¡Wajajajajá! Han caído en mi trampa juas jus jues juos juis[2], ahora serán llevados al infierno ¡skaparapaturiparaturipiraturipirataratoretaritó[3]!

    La pasó el aparato a Kanyu, y, exagerando sus ademanes, le indicó que hablara.

    —¿Eh? Esté… hola, señores ladrones —intentaba controlar el temblor de su voz, pero sólo conseguía sonar más nervioso, Sinke había modificado la distorsión para que se oyera aguda y penetrante como la de un niño torturado— eh…supongo que… estoy en el infierno…

    Yuska, emocionada por el juego, le arrebató el aparato y rio lo más malévolamente que pudo.

    —Son muy idiotas por hacerle caso a un letrero, ¿enserio creían que alguien iba a dejarlos robar tan fácilmente? No, ¡ahora vendrán al infierno! —rio de nuevo.

    Sinke tomó el primer control y activo el pequeño televisor blanco, que funcionaba con baterías, y en la pantalla sólo se mostró estática a volumen ensordecedor.

    Los dos hombres salieron corriendo de ahí, tropezando con todo y casi resbalándose en la acera, y se perdieron tras los parpadeos de la luz de la calle.


    ***​


    El autobús continuará con su camino al centro de la ciudad en cuanto los jínnyi suban en él; estará casi vacío (o muy lleno, según el universo), y se sentarán en la parte de atrás (o de adelante).

    Yuska se reirá de cómo aquellos hombres habían salido corriendo asustados, mientras que Hinta será más piadosa y le dirá a Sinke que aquello había sido cruel; para Ate, se lo tenían merecido por haber sido tan crédulos; Sentsa se reservará sus opiniones por no tenerlas claras; Kanyu estará más pálido de lo que era su tono natural de piel.

    —No te alarmes tanto, Hinta— dirá Sinke, sujetando el televisor blanco—, en realidad todo esto no fue una coincidencia. Verán, días antes estuve por esos lugares observando, a causa del aumento de robos que dieron en las noticias, y noté que ese tipo del pañuelo azul siempre pasaba por aquella casa, lo seguí discretamente hasta un lugar donde comenzó a hablar con el tipo alto acerca de planear un robo a una casa precisamente este día. Mientras los espiaba, una cosa que me llamó mucho la atención de este tipo era que parecía ser muy confiado en todo, si el otro temía que pudiera haber un perro, él decía que no, que no iba a haber nada, si decían que podía haber alguien armado decía que no, no iba a haber nadie armado, es decir, siempre rechazaba la idea de que pudiera pasar algo malo. Quise probar hasta qué nivel iba a llegar su confianza; por eso fue que planeé todo esto.

    —¿Hiciste todo eso solamente para asustarlos? —preguntará Sentsa, incrédula.

    —Bien sabes, estimada, lo mucho que me gusta lo innecesariamente elaborado.

    —En verdad fue mucho más que sólo ver si entraban o no —dirá Yake de repente. Todos lo mirarán en silencio, como cada vez que el gemelo se digna a hablar—, lo importante fueron las circunstancias posteriores. Cuando los celulares comenzaron a sonar, el sonido era el de la supuesta psicofonía de los sonidos del infierno que se popularizó en internet, y en ese ambiente fue suficiente para generar miedo en ellos, impidiéndoles pensar con claridad. Pero luego, lo más absurdo de todo, el tono tenebroso de la voz distorsionada de los micrófonos tuvo más efecto en ellos que las estupideces que decían todos. No importa que tan tenebrosa sea la voz; sólo dice tonterías. Pero ellos se dejaron llevar por su miedo en lugar de razonar que quizás había una explicación para todo. Si hubieran esperado un poco más, se habrían dado cuenta de que nada iba a suceder; todo seguiría haciendo alboroto, pero nada más.

    Ante eso, Yuska asentará la barbilla sobre su mano y dirá con una leve risa que ese va a ser un club divertido.

    Cuando llegue el momento de separarse, Sinke les prometerá que no todas las actividades del club serán de ese modo, sino que todos ellos se turnarán para elegirlas. Sentsa se aliviará al oír eso.

    Los aparatos que Sinke habrá llevado a aquella casa abandonada serán descubiertos al día siguiente por unos niños de bajos recursos que tendrán la costumbre de ir a jugar ahí. Sinke contará años después que, cuando los ladrones se hubieron ido, él volvió a la casa para recoger el televisor y borrar los sonidos del infierno de los teléfonos, los acomodó sobre la cama y se fue. Abandonó también los letreros.



    [1] Yake está hablando con alguna de sus hermanas que protagonizan otras novelas similares a ésta.

    [2] Estas risas tienen como núcleo el orden de las vocales en danzilmarés: a, u, e, o, i. Al combinarlas en una sola palabra (“auéoi”) se crea una interjección que expresa burla y desprecio.

    [3] El orden de las vocales “auí, áoe, aió” forman interjecciones para indicar diferentes grados de dolor. Las consonantes sólo están para disfrazarlas.
     
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    Luix

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    Me impresiona mucho tu manera de relatar, me encanta como débilmente juegas con las palabras y de hecho estas mostrando un dato interesante del ser humano incrustado entre la lectura. Es verdad que muchos antes de pensar en algo lógico, se alteran ante las emociones sentidas.

    Por sobre ello, aunque en la parte donde pones las expresiones para atemorizar a los "asaltantes" me llegue a sorprender por no comprender inmediatamente, fue una de las partes más importantes que llegó a causarme más risa.

    Bueno, hasta donde he llegado a ver, no he notado faltas y sin decirte que aún siento interés profundo en esta historia. Es un gusto seguirte leyendo.

    Saludos~
     
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  5. Threadmarks: Capítulo 2. Ônimat
     
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    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
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    Capítulo 2. Ônimat[1]


    5


    Al sujetar una manzana, más por curiosidad que por hambre, Yake la sostenía descuidadamente y observaba intrigado su profundo color azul verdoso como el agua de un arrecife. Cuando al caminar por la calle alguien le interrumpía para pedirle la hora o que le indicara una dirección, él siempre contestaba la pregunta de forma concisa y fría, y sin perder el tiempo se alejaba para no tener que seguir soportando la ridícula sonrisa de parábola y la pequeña protuberancia que tenían por nariz aquellos seres. Su habitación carecía de espejos para no tener que ver sus propias facciones y recordarse, sintiendo su espíritu vacilar, que él en apariencia era como ellos. Casi no sentía la necesidad de salir de su habitación al regresar de la escuela, únicamente haciéndolo por la tarde para ejercitarse un poco. Muchas noches salía a dar silenciosos paseos por las partes más tranquilas de la ciudad, sintiéndose siempre como un ser salido de una pintura viviendo en un mundo de caricatura, y se apartaba a algún lugar en el que contemplar el cielo del atardecer o el horizonte del mar. Todo aquello, pensaba, era un salvavidas que evitaba su integración en ese mundo.

    Al día siguiente de su unión al jínnliù, durante el receso, sentado bajo la sombra de una gran palmera en compañía de sus nuevos jínnyi, leía La metamorfosis de Kafka mientras pretendía ignorar a los demás, lo que no evitaba que Sentsa y Ate le lanzaran unas miradas de desconfianza.

    —Disculpen el retraso —exclamó Sinke cuando llegó—, la realidad mi atención de nuevo ha requerido en la forma de una abejilla que se ha posado sobre mi hombro… pero bueno, ¿qué fabulosa, productiva, y obviamente súper-relevante-para-nuestro-crecimiento-emocional actividad de jínnliù hoy hemos de hacer?

    —Pues por el momento sólo estamos almorzando —contestó Kanyu mientras, con algo de pena, jugueteaba con el tenedor el draóhi[2] que había traído de almuerzo.

    —¡Bah! Hasta el más primitivo de los vertebrados sabe comer —contestó Sinke—, ¿eso es lo mejor en lo que pueden pensar? ¿La ingesta de alimento?

    —¿Acaso ustedes no comen? —preguntó Ate, irritado por el tono teatral de Sinke.

    —De poco alimento nuestros cuerpos requieren, no sólo de draóhi vive el danzilmarés, sino de toda palabra que salga de los que críticamente vivan.

    —¿Eh?

    —Mejor háblenos un poco de ustedes —interrumpió Hinta, queriendo romper la incomodidad—, creo que es lógico que nos conozcamos un poco más ahora que son nuestros jínnyi, ¿o no?

    —¡Ah! La antigua tradición de la comunicación y exposición del propio temperamento, personalidad e historia para una mejor relación en la asociación que este tipo de amistad significa —dijo con un tono poético—, ¿qué es, pues, lo que saber de un humilde individuo como yo deseáis?

    —¿Por qué hablas con el antiguo estilo danzilmarés? —preguntó Ate— Suenas demasiado extraño, da vergüenza escucharte.

    Sinke rió suavemente.

    —Pues solamente, estimado e irritable Ate, que en el arte del refinado hablar de los antiguos marü, mi espíritu una ilimitada muestra de seria expresividad encontrado ha…

    Continuó hablando durante un rato sobre la belleza que encontraba en las partículas declinables del danzilmarés antiguo y la estética sobre la libertad de los componentes sintácticos cuando se hablaba en dicho estilo. Mientras que para la mayoría la situación era más bien incómoda, para Yuska era bastante entretenido. Sin embargo, observó cómo Yake, sumergido en la lectura, parecía completamente desligado de ellos, perdido en la soledad de la compañía indeseada.

    —Ya, ya párale —interrumpió Ate—, no tienes que dar toda una conferencia.

    —Bueno, mi estimado y poco culto jínn —contestó Sinke con arrogancia—… ¿por qué no nos hablan entonces sobre vosotros, ya que mi hablar afectaros y desorientaros parece? Sepan que dedicar una relación tan leal, como la que tengo con mi hermano, ante seres cuya naturaleza ignota me permanece, no pienso —dijo con tono bromista.

    —¿Qué quieres saber? —preguntó recelosa Sentsa.

    —Pues ¿cómo es que cinco chicos de tan divergentes temperamentos y características tan contradictorias se unieron en una sociedad tan profunda y de tanto valor social, moral y nacional como lo es el jinnliù?

    Escucharon los gemelos la breve historia de ese jínnliù, pero Sinke no estuvo satisfecho con las explicaciones que en ella se dieron. Exigió una razón más verosímil, pero no se la supieron explicar, si acaso la sabían.

    —Pues, es como tú con tu hermano —contestó Kanyu—, quitando lo de ser gemelos no se parecen en nada.

    Yake dio la vuelta a la página, indiferentemente.

    —Pero nosotros no decidimos compartir el útero en el que ser formados —contestó Sinke, su rostro se levantó con orgullo—, las circunstancias de nuestra enigmática concepción fueron totalmente contra nuestras opciones (¿Enigmática?). Pero ustedes, cinco chicos de sangre independiente, a voluntad han decidido asociarse de este modo tan peculiar. Por ejemplo, tenemos a Sentsa, la chica madura y anticuada que un ser con la responsabilidad de preservar la moral se cree, el holgazán de remolones ojos con la energía de un caracol, la alegre muchacha sinvergüenza de regocijante e infantil pero malicioso semblante, la linda chica silenciosa de nervioso mirar, y el risueño de lentes al que parece que la hija de los campos Elíseos le está estimulando con la boca.

    Sentsa y Hinta enmudecieron al oír eso; Yuska mostró una sonrisa roja. Ate soltó una risa ahogada con una pizca de vergüenza.

    —¿Qué? —preguntó Kanyu con una inocencia que filtraba vergüenza.

    —¡La alegría, estimado, la alegría! —exclamó Sinke— ¡La bella chispa divina en la cual, en tu embriaguez, parecieras penetrar ardientemente en su dulce y suave santuario![3]

    Sentsa hervía de indignación (de lo cual Yuska se burlaba con risas ahogadas), pero contuvo sus ganas de sermonearlo.

    —Eh… mejor no hablemos de eso —se apresuró a contestar Kanyu—, hablemos mejor de otras cosas.


    ***​


    “¿En qué piensa el danzilmarés al mirar su reflejo en el lago sino en ahogarse en su propia imagen?”

    Refrán danzilmarés[4].


    Ese sábado por la tarde, cuando Yuska se encontraba pasando en su bicicleta cerca del río Skér[5], que atravesaba la ciudad de Shorsta, se sorprendió mucho de ver a Yake apoyado en el barandal del puente, observando el agua. No lo pensó dos veces antes de acercársele lentamente y colocarse a su lado.

    —El agua se ve excelente como para nadar, ¿no crees? —preguntó tocádole las costillas con el codo, con tono de complicidad.

    Yake, sin sobresaltarse por la inesperada intromisión, continuó mirando el agua.

    —Si entro en esa agua —dijo— saldré más sucio de lo que estaba antes. ¿Qué quieres?

    —Nada en especial, sólo te vi mientras daba un pequeño paseo en mi bici.

    —Lamento habértelo interrumpido —dijo Yake y se dio la vuelta para irse.

    —¡No, espera! —lo detuvo Yuska agarrándolo por la manga— No tienes que irte, después de todo somos jínnyi, ¿o no?

    —De alguna forma —contestó Yake, resignado.

    Yuska caminó hacia él y le propuso que caminaran juntos por un rato. Él aceptó.


    ***​


    Caminan a lo largo del río. Algunos barcos se deslizan delicadamente en sus aguas ante el sol del ocaso. Yuska camina haciendo rodar su bicicleta a su lado y habla ahora de cosas cotidianas. Se da cuenta de que, a pesar de todo lo que habla, no le ponen la más mínima atención.

    —Oye… ¿Tienes algún problema conmigo? —pregunta obstruyéndole el paso, la voz dulce muy pretenciosa.

    —En absoluto —contesta Yake.

    —¿Entonces por qué no escuchas lo que digo? Se supone que somos jínnyi.

    —Porque sólo hablas de cosas pueriles —contesta Yake alzando la inflexión de su voz hasta sonar levemente quejumbroso, pero aún predominantemente tranquilo—, no me importan tus pensamientos sobre las confituras de las tiendas, ni sobre lo mucho que te incomoda que los libros de los aparadores se exhiban por las hojas en lugar de por la cubierta[6], o sobre lo aburrido que te pareció un programa de televisión que viste ayer. ¿Por qué debería prestarle atención a algo como eso?

    Pero ve que Yuska no está incómoda, o cualquier reacción que en esta realidad sería natural de ver en una persona ante tal respuesta, sino que la ve ponerse incluso más contenta; su rostro tiene una sonrisa de parábola y los ojos tiernamente cerrados, la cabeza levemente ladeada hacia la derecha.

    —¿Qué es lo que te parece bien? —pregunta Yake.

    Yuska se ríe en voz baja.

    —Es la primera vez que te escucho decir tantas palabras juntas; ni siquiera en tu presentación hablaste tanto… además ¡parecía que no me estabas escuchando cuando en realidad sí lo hacías!

    Yake se limita a observar el río como si con aquello se distanciara de esa nimiedad.


    ***​


    Sin embargo tal acercamiento fue considerado por Yuska como una ganancia, y, sintiéndose satisfecha, se despidió de él y se fue pedaleando rápidamente en su bici, quedándose Yake solo de nuevo.

    —Muy bien, hermano, muy bien —exclamó Sinke, quien salió detrás de unos árboles apenas Yuska se hubo marchado.

    —Si quieres espiarme, al menos no te descubras al final —dijo Yake.

    El cinismo del rostro de Sinke lo delataba.

    —Eso no importa. Ahora sólo tienes que llevarte mejor con los demás —continuó Sinke, como si se tratara de un sermón solemne—, después de todo, ahora son nuestros jínnyi, como hermanos. Por tanto debemos ser mucho más considerados con ellos.

    —¿Tanto como lo eres tú? —replicó Yake— Ya deberías darte cuenta de que nadie te soporta.

    —Quizás, pero al menos yo trato de acoplarme a la realidad.

    —No te acoplas; juegas con ellos. Ya llevamos varios días así y ni siquiera saben nada de nosotros, encima te burlas de su falta de coherencia. Además, para Yuska es obvio que no soy más que algo extraño, algo curioso que no le importa en verdad. Eventualmente se aburrirá de mí.

    —Te olvidas hermano, que la idea de esta incómoda situación mía no fue —se defendió Sinke—. Pero ya que estamos así, bueno sería intentar entenderla aunque sea un poco, ¿no crees? Además no te olvides de nuestra apuesta.

    Yake le dio la espalda, miró una última vez el río, cuyas aguas brillaban los últimos rayos del día.

    —Bien, pues entonces te veo en nuestra casa para luchar —dijo Sinke antes de irse—, esta vez no volveremos a empatar, te lo juro.


    6


    Durante varios días, vosotros y vuestros dos nuevos jínnyi continuasteis reuniéndoos en el mismo lugar. Para los demás no fuisteis más que un extravagante grupo que se limitaba a almorzar en conjunto. El locuaz de Sinke continuaba desconcertándoos con sus extrañas pláticas sobre diversos temas que no llevaban a ningún lado. Cada vez que alguno de vosotros intentaba sacar un tema de conversación más o menos normal para vuestro nivel, Sinke lo abordaba de una manera tan incómodamente florida y os conducía por caminos tan espinosos que preferíais cambiar a otro tema, el cual tampoco duraba mucho como tema de diálogo.

    Yake continuó cada día leyendo un libro diferente en lugar de prestar atención a las inútiles chácharas que vosotros sacabais, como siempre lo había hecho desde que os conoció. Pero al terminar la escuela tú, Yuska, siempre ibas acompañándolo en el camino de regreso a su casa mientras arrastrabas tu bicicleta, separándote de él en la esquina de la calle Hyú[7], frente a una panadería, y volvías a montar tu bici para regresar a tu casa. Ibas hablándole, como de costumbre, sobre los mismos temas sin utilidad, que no pasaban de ser simples tópicos juveniles sobre tu vida diaria, y de vez en cuando alguna mención sobre un tema serio, pero él siempre caminaba como si no te prestara atención, como si no fueras más que una molestia. No obstante (esto tú no lo viste claramente hasta tiempo después) en su interior la curiosidad crecía latente sobre tus verdaderos propósitos, pues continuabas sonriéndole con esa jovial parábola en tu rostro en respuesta a su frío mirar, ante el cual todos los demás preferían irse.

    —¿Por qué quisiste que me uniera a tu jinnliù? —te preguntó antes de llegar el momento de separarse— Entre tantas personas disponibles, muchas de ellas con una mentalidad e intereses más semejantes a los tuyos, te ha interesado ir tras alguien que es prácticamente tu opuesto en todo sentido.

    —Eh… si lo dices así suena un poco extraño —contestaste riendo.

    —Sabes a lo que me refiero. Deberías mejor juntarte con mi hermano y dejarme en paz a mí.

    Entonces el semblante se te tornó lo más calmado que pudiera volverse en tu personalidad, tu boca casi completamente recta.

    —Tengo un tío entomólogo que ya no vive en Danzilmar, pero cuando era niña solía ir mucho a su casa a hacerle algo de compañía, ya que él nunca tuvo hijos y me llegó a considerar como a una hija, y yo a él como a un segundo padre —dijiste eso último con la cabeza baja—. Él tenía una gran bodega donde guardaba en frascos cientos y cientos de insectos que iba recolectando. Algunos de ellos eran de lugares lejanos del mundo a los que él había viajado cuando era más joven. Todos tenían etiquetas con unos nombres que no podía pronunciar y flotaban en un líquido extraño y viscoso. Recuerdo que algunos me daban mucho asco y hasta miedo; había gusanos con tantos pies que no podía contarlos, mientras que otros eran babosos y no tenían ninguno, y algunos tan peludos como un oso; otros insectos tenían varios ojos y alas de colores, con mandíbulas que asustaban; había un gusano tan largo que más bien parecía una serpiente blanca, apretada contra las paredes del frasco que la encerraba. Le preguntaba a mi tío ¿Qué son esas cosas? Y él me contestaba Ese es un ciempiés del desierto, hay que tener cuidado porque se te mete por la nariz mientras duermes… ese es un gusano de los páramos del centro de Danzilmar, si no te los quitas lo antes posible, se te empezará a meter por debajo de la piel… y ese es un escarabajo azul, su picadura te provocará comezón por una semana… Yo no podía comprender por qué había querido dedicar su vida a estar rodeado de esas cosas tan extrañas y repugnantes. Me pasaba algunas horas observando cada frasco intentando averiguar lo que le gustaba tanto a mi tío sobre ellos, esas criaturas espantan a la gente y prefieren no tener nada que ver con ellos, sólo pisarlos y seguir como si nada con sus vidas. Mi tío me decía Me gustan los insectos porque las diferencias entre ellos son lo que los hacen fascinantes, sería muy aburrido que todos los seres vivos del planeta fueran siempre iguales, y me parece tonto que por ser desagradables se les deje de prestar atención, o algo así.

    Yake escuchó todo eso apáticamente, pero cuando terminaste su rostro se volvió reflexivo y curioso. Extrañamente, el volumen de su voz aumentó con una entonación analítica y emocionada cuando dijo:

    —Así que yo soy para ti como un desagradable insecto que con fascinación observas desde afuera del frasco, intrigada por lo diferente que soy de ti.

    —¿Eh? ¡Espera, no quise decir eso! —exclamaste, temiendo haberlo ofendido, y moviendo los brazos rápidamente como las alas de un colibrí.

    Yake no hizo caso a ese gesto, pues lo que sea que pasara por su mente logró hacer que ignorara cualquier cosa que pudiera molestarle en ese momento.

    —No importa; no me siento ofendido, y al menos ahora he confirmado que no me equivocaba en la interpretación de mis percepciones.

    —¿En serio? —preguntaste sorprendida, aunque no entendiste bien todo.

    —Prefiero la verdad cruda a un eufemismo hipócrita —contestó—, si no soy para ti más que un objeto de rareza que curiosear, no me importa en lo absoluto. No fue para mí más que una simple curiosidad ante un hecho insignificante.

    Te sentiste aliviada.

    Llegaron a su punto de separación y Yake continuó su camino sin despedirse de ti, pero lo detuviste jalándolo de la manga.

    —¿Por qué no nos vemos en el puente mañana? Aprovechando que es sábado, podemos dar una vuelta en mi bicicleta. ¿Te parece bien a las dos?

    Yake normalmente rechazaría tal oferta sin pensarlo; pero accedió, recordándose que esa chica ahora era su jínne y que tenía una apuesta con su hermano.

    Te alejaste de ahí tarareando[8].


    ***​


    —¿Y qué hacía Sinke?

    —Él, con una sociabilidad extrema, hablaba de todo lo que le llamara la atención. Si alguien le hablaba o preguntaba algo, él solía contestar con cien palabras lo que cualquiera podría haber dicho con diez, todo con el simple propósito de observar las reacciones de sus compañeros de mundo, y a veces burlándose interiormente de ellos. Al mirarse del espejo tenía sentimientos contradictorios; por un lado se daba risa, se burlaba de sus colores, de sus facciones dibujadas y de sus formas trazadas en un modo que, por alguna razón, sentía anatómicamente incorrectas. Por otro lado, sentía también una intensa fascinación por su propia imagen; le parecía que aquella forma era tan irreal, tan inverosímil y extraña, que el sólo hecho de existir de ese modo era ya un hecho fantástico, digno de ser contemplado y estudiado. Sinke estaba convencido de que hasta en las cosas más cotidianas e insignificantes se encontraba escondida, latente como un pájaro en el huevo, una razón para sentir que valía la pena ser parte de ese mundo, o al menos eso era lo que expresaba a su hermano, pese a que su actitud diaria no pareciera reflejar ese propósito.


    ***​


    —… La idílica belleza de una partícula declinable danzilmaresa, portadoras orgullosas del agraciado estandarte del refinamiento sintáctico y de la libertad hiperbática, mis sensibles sentidos, buscadores de fascinación y embeleso, excitan como a los átomos de un cuerpo el calor. Un realizador indicado por un Ya deviene un directo receptor al mutar la partícula a un Yim, que también un recibidor al cambiar a un puede ser. En un solitario ser un Yèu te puede transformar mientras que un Yàon a la comunidad te regresa. Además, gracias a ti un Yôk te puede hacer merecedor. La magnífica y atrevidamente libre estructura, de la que nuestra amada lengua orgullosa sentirse debe, al servirse del alto estilo mi ser emociona tanto como…

    —Ya entendimos —interrumpirá Ate, irritado, imponiéndole una palma cual si fuera un escudo—, sólo di que te gusta hablar así y ya.

    A pesar de su actitud y su forma de hablar tan desesperante, Hinta será la que más curiosidad desarrolle hacia él; aunque se sienta incómoda cada vez que sus miradas se cruzaren, comenzará a desarrollar un intrigante deseo por conocerlo más.


    7


    —¿Qué pasó el sábado?

    —Mientras Yake esperaba a Yuska en medio del puente que cruzaba el río skér, su mente divagaba a través de diversos asuntos antes de que la chica escandalosa llegara. La noche anterior, su hermano había intentado convencerlo de que estaba comenzando sentir algún aprecio por la chica, y Yake respondía con silencio.

    Yuska llegó ruidosamente en su bicicleta y lo saludó repetidamente, como siempre, indicándole luego que se subiera al asiento adicional de la parte de atrás de su bicicleta. Procurando no hacer contacto visual, se subió y ella comenzó a pedalear como si se encontrara en una carrera, recorriendo así sin ninguna razón todo el tranquilo y blanco distrito de Frî[9], pasando luego a las demás colonias y parques sin ningún objetivo más que el de sólo pasear.

    “Quizás el sentir el viento golpearle en la cara le anime”, pensó Yuzka y aumentó la velocidad, pero no lo sintió sujetarse más a su cuerpo como lo habría hecho Hinta en sus paseos ya no tan habituales.

    Un rato después, decidió dirigirse hacia el centro de la ciudad, donde el número de vehículos y personas aumentó considerablemente. Se detuvieron para comer algo en un puesto de comida en la avenida Qío[10], pidiendo Yuska un keryô[11] y Yake un vaso de agua. El extraño color de ojos del chico llamaba la atención de algunos paseantes que lograban fijarse en ellos, murmuraban y se iban. Unos pocos lo miraban por un poco más de tiempo y se iban en cuanto esos ojos sin vida se daban cuenta de sus inspecciones indiscretas. Yuska comentaba lo sabrosa que le parecía su keryô, como si en ese momento no existiera alegría más intentsa.

    —Como digas —contestaba Yake de un modo casi robótico a todo lo que decía Yuska.

    Por la tarde se dirigieron al parque central de la ciudad, donde se sentaron a contemplar el enorme lago mientras una carrera de barcos a control remoto se realizaba en él. Yuska no paraba de sonreírle y hablarle de cualquier asunto que se le viniera a la mente; apostaba qué barco creía que iba a ganar, ora el azul, ora el morado, ora el rojo, y en casi todos acertaba. Yake hacía todo lo posible por no pensar tanto en esa situación.

    La noche comenzó a aparecer en el cielo y ellos seguían en el parque caminando sin rumbo fijo, hasta que llegaron a la cascada artificial, rodeada por sauces llorones y un camino de piedra roja iluminada por luces al ras de él. Yuska se emocionó con ternura ante la belleza del juego de luces de colores que adornaba la cascada, que cambiaban cada indeterminado tiempo. Se sentaron en uno de los bancos frente al agua.

    —Esta cascada es genial —dijo Yuska, estirándose en su asiento, tenía que hablar un poco más fuerte para superar el sonido de la cascada. Volteó la vista hacia Yake—. ¿No te parece?

    —Lo que digas —contestó Yake; la cascada opacó bastante su voz.

    Sólo se oyó el agua cayendo después de eso, y entre ellos surgió un silencio que se volvió incómodo para Yuska. La chica reparó en los ojos fríos de Yake sin que este le prestara atención, y con tono casi gritado repitió una pregunta que ya hacía tiempo le había hecho, pero de la que no había obtenido una respuesta satisfactoria.

    —¿Por qué nunca sonríes?

    —No has dicho nada divertido —volvió a contestar de manera automática, con un pequeño tono de autoparodia.

    Yuska intentó hacer que respondiera a más de sus preguntas de naturaleza similar, incluso volvió a agarrarlo de la manga y jalonearlo; pero al sólo recibir respuestas evasivas del gemelo, volteó la cabeza de nuevo hacia la cascada y apretó los labios.

    —¿Sabes una cosa, Yake? —dijo haciendo un puchero, sin mirarlo— Estoy tratando de entenderte, de verdad. Se supone que somos jínnyi; tenemos que hablar.

    Yake tuvo ganas decirle que dejara de usar el jinnliù como excusa para hacerlo hablar.

    —Los insectos conservados en frascos no hablan con los que les observan con curiosidad desde afuera —contestó secamente.

    —Bueno, tal vez no lo dije bien —dijo Yuska, y giró la cabeza hacia él—. En toda mi vida me he dado cuenta de que la gente suele temer y alejarse de las cosas extrañas; lo misterioso le aterra a mucha gente… pero hay otras personas como mi tío que prefieren sentirse fascinadas por lo raro del mundo, ¿no crees? —aquí volvió a sonreír— Digo ¿No es mucho mejor asombrarse que asustarse ante lo que es extraño? —adquirió una expresión más tranquila, casi apenada— Y no te voy a mentir, Yake, hay algo muy extraño en ti, algo en cómo te mueves, en cómo te expresas, en cómo hablas, en cómo miras… casi se siente como si no fueras de este mundo —añadió bromista, y tarareó una risa nasal.

    Yake continuó imperturbable pero asombrado por la perseverancia de Yuska, a quien miró por un instante con cierta calidez en los ojos. Entonces dijo:

    —Sí, es posible que yo no sea de este mundo.


    ***​


    Yake se callará de repente, sonreirá como si quisiera negar que acababa de decirlo por fin, su corazón se acelerará y sentirá calor en la columna.

    —¿Qué? —Yuska ladeará la cabeza.

    —El mundo que me rodea, el viento, las nubes, la gente y las actitudes que adoptan cuando hacen cosas. Cuando caminan con los ojos cerrados y sonriendo, cuando sus facciones se exageran, nuestros enormes ojos, la protuberancia que tenemos por nariz, y un largo etcétera. Nada de cómo es todo eso me parece real o creíble. Incluso tú, en frente de mí, observo tus facciones, tus colores, tus reacciones, y no me pareces real, ni tú ni tu mundo. Soy un apóstata de tu mundo…

    Yake hablará así por un rato, cada vez más calurosamente. Será la primera (y de las pocas veces) que sus facciones cambien enérgicamente, pareciéndose un poco a su hermano en el punto más violento de su discurso.


    ***​


    Contemplando la fuente, Yake espera que Yuska simplemente se lo tome como una exageración de su parte, algo de lo cual reírse o solamente olvidar. Está calmado y vuelve a su estado habitual de inexpresividad. Piensa que en su lugar él tampoco se lo creería. Sin embargo, Yuska toma su mano y, entrelazándole los dedos, la levanta a la altura de su cara.

    —¿Esto no lo sientes real? —pregunta con gran seriedad y los ojos brillantes, como si en ese momento hubiera encontrado el más grande enigma de la tierra y se dispusiera a resolverlo.

    —No —contestó Yake tajantemente.

    —¿Entonces qué es lo que sientes? —Yuska aprieta aún más los dedos.

    —Sólo trazos, ficciones[12].


    8


    Ese sábado, Hinta había salido al centro de la ciudad para hacer unas compras, y de regreso a su casa, al bajarse del autobús, una voz familiar la asaltó por detrás.

    —Hinta, mi estimada jínne, qué honor el encontrarte por coincidencia.

    Y antes de que se diera cuenta, Sinke había echado un vistazo a su bolsa llena de bombillas y tela de color negro y rojo.

    —Sinke, hola. Qué sorpresa —contestó Hinta.

    —Interesante, debo observar, que tu compra sugiere un contraste poco común.

    —Eh… sí, mi padre está remodelando nuestro dojo y me mandó a comprar bombillas nuevas y otras cosas.

    —¿Entrenas algún arte marcial? —preguntó Sinke con excesivo interés.

    —Sí, mi padre tiene una escuela, pero no soy muy buena en eso. Y es mi madre la que fabrica los cinturones; por eso la tela…

    —¿De casualidad no has visto a Yuska y a mi hermano por aquí? —miró alrededor.

    —Eh, creo que no, ¿por qué?

    —Ambos están teniendo una cita —respondió.

    Hinta se quedó rígida, un temblor le recorrió la columna.

    —¿Una… una cita?

    —Esa Yuska conduce como el viento del lago Dên—respondió Sinke—, no he durado ni cinco minutos y perdidos los he hallado.

    —Pero… ¿cómo que una cita? —insistió Hinta, levantando la voz.

    —¿No es así como le llaman en este mundo cuando un ser sale a solas con otro ser del género cuya su sexualidad acepte como un potencial compañero de cópula?

    La chica sintió que se le paralizaban los pulmones.

    —¿Có…cópula?

    Sinke entonces le dio la espalda con brusquedad y olfateó el ambiente con los ojos cerrados.

    —¿Quieres venir conmigo? —preguntó de repente.

    —¿I…ir a dónde?

    —Date la vuelta —Sinke sonrió malvadamente.

    El rostro de Hinta enrojeció y permaneció trémula, su mente divagó en pensamientos caóticos sin sentido. Viendo que no lo haría, Sinke la tomó de los hombros y la puso de espaldas contra él. De inmediato se agachó entre sus piernas y se levantó con ella sentada en sus hombros, Hinta dio un grito de sorpresa.

    —De este modo será más rápido —exclamó Sinke antes de salir corriendo.

    La gente observó confundida y curiosa cómo ese chico iba corriendo por las calles con una chica subida en sus hombros, la cual, con terror por la rapidez con la que iban, se aferraba fuertemente a su cabello y a su cuello y le gritaba que se detuviera. Aún con la chica subida en él, Sinke corría siguiendo aparentemente un rastro de olor.

    —No te preocupes, Hinta —habló Sinke sin detenerse—, no dejaré que te caigas, y si lo haces, te juro que me romperé una mano con un martillo[13].

    Sin soltarse ni un segundo de su cabeza, Hinta intentó superar su miedo y abrió los ojos, sólo para volver a cerrarlos por el vértigo. Se detuvieron en la esquina de la avenida Qío, y, diciéndole que no hiciera ruido, Sinke la bajó de sus hombros y fisgoneó escondiéndose tras el borde de la esquina.

    —Ahí están —dijo en voz baja, señalando un puesto de comida.

    Ahí estaba la jínne de Hinta comiendo alegremente junto al gemelo silencioso; la impresión le hizo olvidar el viaje en los hombros de Sinke. Pensó que la escena no podría ser más paradójica; mientras Yuska clamaba con voz tan entusiasta casi todo lo que se le venía a la cabeza, el otro miraba el tráfico como un robot, perdido en su intento por no prestar atención.

    —¿En verdad están en una cita? —preguntó Hinta.

    —Previa definición te he dado, de corregir mi poca precisión o de expresar tu disconfort en cuanto a la semántica empleada libre puedes sentirte.

    —¿Cómo es que los encontraste tan rápido?

    —En mi memoria la fragancia de los entes en torno a mí soy capaz de memorizar —contestó tocándose la cabeza con orgullo—, de sabueso mi bulbo olfatorio es, y a los rastros de olor mi cerebro sensible ha nacido.

    —¿Los oliste?

    —Mas mi rango todavía no es demasiado amplio, y como veo que se mueven, debemos seguir moviéndonos también.

    Volvió a subirla sobre sus hombros y, manteniendo su distancia, intentaron no perderlos de vista.

    Los siguieron largo tiempo hasta el parque, donde los vieron descansando en el césped cerca del lago donde había una carrera de barcos. Sinke y Hinta se situaron a más de cincuenta metros de ellos, resguardados por un gran árbol del pequeño bosque del parque. Hinta no terminaba de entender por qué estaban espiándolos de esa manera. Sin embargo, al ver el rostro de Sinke en ese momento, observó el mismo gesto arrogante, pero apacible, que había notado en la azotea de su edificio en el instituto Ítuyu.

    —Oye, Sinke, ¿por qué aceptaste unirte a nuestro jinnliù tan fácilmente?

    —Creo ya haberte dado una respuesta en su momento —contestó Sinke sin mirarla—: toda experiencia, por más banal que sea, su necesario análisis merece, ¿o su merecido análisis necesita? —sacudió la cabeza— Una mejor pregunta sería: ¿por qué apoyaste a Yuska con tan extraordinaria proposición?

    Hinta intentó pensar en una respuesta, pero las palabras no llegaron a ella. Bajó la cabeza.

    —No estoy segura; porque Yuska me lo pidió.

    —No te creo; estoy seguro de que tienes una razón más allá de la de sólo estar sometida a los deseos de los otros, ¿verdad?

    —Sólo hice lo que Yuska me pidió —fue su respuesta final.

    Rato después, Yake y Yuska se dirigieron hacia la cascada cuando la noche hubo caído; pero Sinke ya no se veía interesado en seguirlos sino que, con solemnidad y una sonrisa sospechosa, los observó marcharse y alegó a Hinta que ya era tiempo de que estuvieran a solas. Se dirigieron al sitio donde su hermano y la jinne habían estado, cerca del lago. Los niños que habían competido en la carrera de barcos comenzaron a desaparecer por los senderos del parque.

    —¿Y ahora qué va a pasar? —preguntó Hinta.

    —Esa es una buena pregunta —contestó Sinke—, ahora podría conjeturar sobre lo que acontecerá, pero las razones por las que lo pienso todavía no son muy claras.

    Hinta iba a decirle que sólo la confundía, pero se calmó y se tomó un segundo para pensar en una pregunta que le parecía más importante:

    —¿Para qué querías espiarlos durante su… cita?

    —Para ver hasta donde jugaba la realidad.

    La chica inhaló profundamente.

    —No tienes que hacerte el misterioso —respondió tratando de mantenerse seria, aunque se la notaba agitada—, me has tenido todo el día yendo de un lado al otro sin saber por qué. No tienes que andar hablando de manera tan misteriosa. No creo que solamente quisieras espiar a tu hermano sólo porque sí.

    Se apenó un poco por haber alzado la voz.

    —¿No es por eso por lo que no te opusiste a la propuesta de Yuska para unirnos al jinnliù? —preguntó Sinke con una repentina voz ligeramente seria, que le recordó a Hinta por un momento a la voz de Yake— La admiración por lo que es extraño que vi en tu mirada en ese momento, el placer de lo que nos desconcierta y no entendemos, tienes esa parte en tu ser, y Yuska también, sólo que se fueron por las partes que sus directos opuestos son… y eso me pareció más o menos casi un poco interesante, lo suficiente para mantener los pies clavados en la tierra.

    Hinta se sentía cansada, y bajando los ojos hacia el césped se quedó silenciosa. Sinke volteó a verla de reojo y sonrió.

    —¿Sabes una cosa? No somos parte de la realidad mi hermano y yo —habló alegremente—, siempre nos hemos sentido dentro de una caricaturización de la vida, o algo así. Qué raro, ¿verdad?

    Hinta levantó una mirada intrigada.

    —¿Qué?

    —¡Ah! Nada importante —continuó observando las luces de la ciudad, y su tono se volvió tan relajado como si tuviera sueño—, solamente que la intrigante forma de la existencia lo que mi inquisitiva alma agita es. Cuando el fresco levante danzilmarés nuestro cabello con delicadeza y dulzura atusa, y la sonrisa de la gente como parábolas verticales que confianza y bonanza absurda describen. Nada de eso real percibo, me temo. Narices como minúsculos alcores en el centro de la campiña que facciones cultiva, protuberancia que de la vista se desvanece según la caprichosa locura del reglamento que la naturaleza ha dado a los que ciertas expresiones declaran. Dos innecesariamente vastos ojos, achatados en el sur, como colorido mármol brillante a la distancia iluminan nuestra presencia; sus formas de aspecto mutan risiblemente o presentando exagerada estética encantadora. Las tiernas, delicadas, e inverosímiles facciones que la realidad dictaminado ha para ser nuestro medio con el cual con el mundo y congéneres comunicarnos. Irreal es, pues, para mí, todo eso… —se interrumpió un momento y, mirando el lago con melancolía, lanzó una carcajada.

    Hinta se sintió aún más curiosa tras su inicial perplejidad. El lenguaje utilizado le pareció rebuscado y confuso, pero no consiguió obstruir su entendimiento.

    —Y… ¿qué más?

    —Mas a todos mis semejantes tampoco los concibo como reales —continuó Sinke con un tono teatral, el cual poco a poco comenzó a volverse más serio y agresivo—. Así es cómo me he sentido desde que consciencia del mundo tuve, y ni siquiera a ti, Hinta, mi estimada jinne —dijo mientras la encaraba y suavemente le acariciaba una mejilla—, lamento decir que en ti la visión de un ser real imposible me parece. Así, de manera llana y sin temor: niego tu realidad. Me eres tan real como para ti lo sería un Ônimat, y la banalidad en tu persona es tal que no puedo hacer más que sorprenderme por en este mundo hallarme —le soltó la mejilla.

    Hinta escuchó todo eso sin saber qué pensar. Era un discurso increíble. A lo mejor sólo exageraba una broma, como a veces solía hacerlo sólo para intentar sonar interesante y profundo. Pero por otro lado, podría ser una declaración hecha con absoluta honestidad, sin la menor pretención de ser una burla. Esto la preocupó.

    —¿No soy real para ti, entonces? —preguntó un momento después, siguiéndole el juego.

    Sinke se apartó de ella lentamente y esbozó una sonrisa amistosa.

    —¿Qué dirías tú si un día te despertaras en un Ônimat? —preguntó Sinke.

    —Supongo que me sentiría muy incómoda —contestó Hinta luego de pensar unos segundos.

    —Pues yo me sentiría fascinado —contestó Sinke—, y querría averiguar y disfrutar todo cuanto me fuera posible de tal situación. Por eso acepté unirme, porque vivimos en uno.


    [1] Nombre con el que los danzilmareses llaman a la animación de su país.

    [2] Estilo de comida típico de danzilmar basado en la combinación libre de alimentos en un mismo plato.

    [3] Interpretación de Sinke de la “Oda a la alegría” de Schiller.

    [4] Este refrán no existe en nuestro mundo.

    [5] “Verde”.

    [6] Deben estarse refiriendo a la costumbre en Danzilmar de exhibir algunos libros abiertos a la mitad, de manera que puedan leerse dos páginas, y junto a ellos el mismo libro cerrado. Pero, a juzgar por lo que dice Yake, Yuska no se ha dado cuenta de que el mismo libro cerrado se encuentra a un lado del libro abierto, mostrando la cubierta, y dado que Yake no la corrige, suponemos que él tampoco lo sabe.

    [7] “Luna”.

    [8] Los danzilmareses tienen la costumbre de tararear mostrando los dientes.

    [9] Apellido del decimotercer presidente de Danzilmar.

    [10] “Blanco”

    [11] Tipo de draóhi que tiene base de carne de pollo con salsa dulce.

    [12] En el original Yake usa la palabra “Léfik”, que puede significar mentira, invención, artificio, ficción o sueño, y tiene connotación negativa.

    [13] Exresión idiomática para indicar el deseo de compensar un daño u ofensa producida inintencionadamente.
     
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  6.  
    Luix

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    Sigo pensando que mientras más habla Sinke, cada vez me entretiene más, es bastante certero que suena a rebuscado, pero realmente es algo interesante. Al igual que escuchar a Yake, aunque también puede explayarse su habla es bastante concreta y de alguna forma, llega a escucharse bastante corto, contrariamente a su gemelo.

    Yuska es bastante peculiar al buscarlo, me sorprendió de hecho verlos juntos a solas, aún cuando Sinke lo estaba observando desde lejos, fue lo mas épico ver a ambos dúos. No obstante, me pregunto si ellas habrán tomado real lo que le explicaron de cómo ven las cosas.

    Me sigue entreteniendo lo "diferente" que encuentro el escrito a lo que suelo leer, la historia es atrayente, y la trama interesante, aunque ya lo haya dicho.
    ¡Saludos!
     
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    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
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    Ciencia Ficción
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    Capítulo 12. El primer cambio


    35


    Desconcertante. Mantienen el rostro tenso; casi no respiran. No recuerdan nada las chicas, ni todas las horas que Yuska había pasado frente al lienzo con un pincel en la mano, ni todas las vueltas y pasos sobre el suelo que Hinta dio sobre el que alguna vez fuera un salón de baile; todo ello parece haberse esfumado de sus memorias.

    Las clases han terminado, las calificaciones han sido asentadas, la ceremonia de clausura ha concluido y las mentes de los estudiantes se ven finalmente libres de sus grifos oxidados. Pero los gemelos están ahora apresados por ese nuevo enigma.

    —Supongo que se acabaron las actividades del club —dice Yuska. Las manos tras la nuca y echada para atrás en la silla. Hace equilibrio.

    —Te vas a caer si haces eso —dice Sentsa. Miró a Sinke. Está muy silencioso, piensa que eso no es buena señal.

    El gemelo distraído medita mirándolas, escucha el sonido de Yuska al caer.

    —¡Ay! —grita y se soba.

    —Te lo dije —dice Sentsa.

    Se abre la puerta y entra Yake en silencio. Leve zumbido, rápido destello negro como una breve ceguera.

    —Llegan tarde —dice Yuska alegremente.

    Sinke retiene el aire. Ella está sobre la silla: nunca cayó. Kanyu y Yake entran al cuarto del club y se sientan. Yake no dice nada.

    —¿Va a haber alguna última actividad antes de terminar oficialmente? —pregunta Yuska.

    —Si es así creo que yo quiero proponer algo —dice Ate cruzando los brazos.

    —¿Desde cuándo te interesa tanto proponer una actividad? —pregunta Hinta, escéptica.

    Un soplido silencioso la interrumpe, la negrura como un parpadeo, la fugaz sensación de encogerse. Se escuchan cientos de voces alrededor. Charlas como olas de rumores en ningún idioma.

    —¡Apúrense, gemelos! —grita Yuska.

    Casi no ven a sus jínnyi en la multitud de jóvenes en tumulto frente a la salida. Ambos avanzan con inseguridad. Dos brazos suaves rodean el torso de Yake. Ima Lib se pega con gozo a la espalda del gemelo.

    —Hola, amor. ¿Nos vamos juntos?

    Y su voz era melosa, vergüenza esfumada, suave caricia con la nariz, sobándole los abdominales con las manos.


    ***​


    ¡Ah, hermano!, ¿recuerdas ese momento como yo lo hago? Seguro que sí. Tu rostro no tenía precedentes: tu frialdad se transformó en miedo, desconcierto aterrador, el horror de la realidad incierta, aunque supongo que mi rostro era parecido. Yuska se dio la vuelta rápidamente y apretó los puños. Casi sin pensar, seguí caminando. Me invade entonces una corazonada, un presentimiento en mis venas al sentir de nuevo la realidad. Me acerco a Hinta y le pregunto discretamente si nos veíamos ese sábado como siempre. Dijo que sí con la cara roja. Entonces todo negro, ¿lo recuerdas? También lo viviste, porque ambos cerramos los ojos al mismo tiempo por instinto. Si no lo hubiéramos hecho, de todas formas hubiéramos sentido una cegera por un nanosegundo, al mismo tiempo oímos ese agudo zumbido paseándose frente a nuestros tímpanos, y esa sensación de encogimiento, y ese breve letargo. Volteo a mirarte y los brazos de la voluptuosa chica de brillantes cabellos azules, por los que todos los chicos darían lo que fuera por tenerlos alrededor de sus torsos, habían desaparecido. Te sentiste libre y te volteaste confundido. Antes de que me dé cuenta, Yuska se acerca a ti y con insistencia toma tu mano y te arrastra diciéndote que eres muy lento y distraído, y su semblante era ahora enojádamente tímido, y su mano se estremece al tomar la tuya. ¿Acaso volvimos ya?, me pregunté.


    ***​


    El sábado llegó, y con él una tensión se ciñó sobre la mansión Gramt. El sol emanaba un calor frío como una fiebre, y unas nubes negras se movieron sobre la ciudad. Los gemelos salieron de sus habitaciones y caminaron hasta las escaleras, se miraron y no dijeron nada. El pato y la tortuga estaban en el piso de abajo, esperando como siempre a las chicas. Los gemelos regresaron a sus cuartos y cerraron las puertas.

    Sentado sobre la cama, Yake miró la puerta con recelo y entrelazó sus dedos. ¿Entraría Yuska por la puerta esta vez? Saludaría con su maliciosa voz alegre, estiraría los brazos hacia el techo haciendo un sonido suspirante con la boca cerrada, se pondría a hablar de lo primero que le pasara por la cabeza, tal vez acerca de lo extraño que se siente el tiempo, pero que le parece emocionante. Ella es así, busca lo extraño y exagera su importancia, lo hizo conmigo y por eso estamos aquí. ¿Pero y si no? ¿Si no viene ya no sería más algo importante para ella? Se levantó. No, mejor que no vuelva. El sonido de una reja a lo lejos, no se atreve a mirar por el balcón, se vuelve a sentar con un escalofrío. ¿Será real o sólo mi imaginación? Levanta la mirada a la puerta, escucha con su agudo oído lo que sucede en la planta baja: una ágil voz saluda al pato. Pasos en la escalera poco a poco se acercan, pasos en el pasillo, ansiosos, la presencia de alguien al otro lado de la puerta, la realidad se volvió insonora, no pudo escuchar ni su propio corazón. ¿Será más bien que lo que imagino se vuelve real? Gira la perilla.


    ***​


    —Hola, Yake.

    El gemelo apoyado en la palmera, bajando la cabeza, tecleando en el tronco con los dedos. Yuska se puso frente a él, sonriéndole, adelantó la parte superior de su cuerpo con los brazos cruzados por la espalda.

    —Hoy es mi turno de escoger la actividad —dijo—, no te puedes echar para atrás.

    —¿Qué puedo esperar de lo que tú propongas? —preguntó Yake.

    —¡No seas grosero!, planeo que salgamos a convivir con la gente al centro, algo que te hace mucha falta.


    ***​


    Al terminar la escuela, se reunieron en el centro de la ciudad. La gran avenida Géwn[1], una de las más grandes de la ciudad de Shórsta; no había hora del día o de la noche en la que no transitara por ella algún vehículo desesperado. Dos enormes túneles llorando carros y humo conectaban a otra sección de la avenida que conducía hasta las afueras de la ciudad; grandes tiendas a lo largo de todo ese distrito engullían el dinero de las gentes despreocupadas. Pequeños puestos de comida, muy higiénicos, atendían comensales en cada esquina. La actividad de ese día era simplemente hablar con la gente que encontraran.

    Se separaron: Sinke con Sentsa, Hinta con Yuska, Kanyu con Yake. Ate, en solitario, prefirió comprarse algo de comer cuando no hubo nadie viéndolo.


    ***​


    —Buen día tener os deseo, señor; dichoso soy por percibirlo —saludó Sinke, quitándose un sombrero invisible, a un hombre mayor sentado en una banca alimentando a las palomas—. Aquí mi estimada jínne y yo en actividad extracurricular nos hallamos esta maravillosa tarde, ¿os agrada el ambiente del parque junto al pasto recién regado, palomas a paso pomposo caminantes, acompañado del melodioso sonido de los si bemoles y fa sostenidos de los cláxones?

    Apenada, Sentsa se distanciaba centímetros de su jínn. El anciano de sombrero marrón, que únicamente se había fijado con extrañeza en los ojos anaranjados y en los movimientos exagerados del gemelo, encendió su aparato auditivo en cuanto Sinke hubo terminado.


    ***​


    Terminaron pasando por una tienda de ropa de la que salían dos chicas de cabello azul, y al verlas, Kanyu pensó en su novia y que querría comprarle algo bonito.

    —¿Crees que a Ima le guste una blusa nueva de color amarillo, como la de esa chica? —preguntó.

    —¿Te parece que soy el más indicado para aconsejarte sobre trivialidades? —preguntó Yake con una calma pesada, despreocupado de la situación como si caminara en un sueño.

    Kanyu sonrió nervioso, y mientras pensaba algo con qué responder, continuaron caminando.

    —Ya te lo he dicho muchas veces, jínn —dijo Kanyu cuidándose de no sonar reprochador—, pero te lo digo de nuevo: necesitas relajarte un poco, parar de pensar tanto, la vida a veces no es algo serio, sino sólo para eso: vivirla.

    —Para ti es fácil decirlo —a pesar de su apatía, Yake habló con una inflexión engañosamente alegre, algo burlesca—, lo único que sabes hacer es sonreírle a todo en la vida, nada te preocupa más que permanecer al margen de todo lo importante. No haces nada al fin y al cabo.

    —Bueno, admito que es en gran parte verdad, pero es en parte por eso que me voy a tomar en serio esta actividad del club y te voy a ayudar un poco, lo único que necesitas es hablar con alguien y sonreír, a la gente le gusta las sonrisas, son una parte del lenguaje corporal que indica que todo está muy bien.

    —Y la gente sólo quiere sentirse bien…

    —¡Correcto, jínn! Ahora sólo busca a alguien y dile algo agradable.

    Resignado, Yake volteó la vista hacia la izquierda y vio a un hombre de espeso bigote caminando. Lo dejó pasar frente a él, sin atreverse a hablarle, luego caminó tras él con las manos en los bolsillos.

    —Señor.

    El hombre lo escuchó, pero a causa de la pequeña muchedumbre en la que se hallaban, no se dio cuenta de que le hablaba a él. Nadie más se atribuyó tampoco la atención del gemelo. Yake repitió sus palabras dos veces más, pero el hombre no terminaba de darse cuenta de que se refería a él.

    —Usted, el señor cuyo bigote parece un murciélago—dijo Yake, subiendo la voz.

    El hombre se detuvo y lo miró con confusión. La gente siguió pasando, perdida en su mundo. Kanyu se llevó la mano a la boca, preocupado.

    —¿Eh? —dijo el hombre.

    Por un momento sólo se escuchó el sonido de la gente y sus charlas, sus planes y sus idilios, ignorantes del joven de ojos anaranjados que encaraba con frialdad al hombre de gran bigote. Yake tenía que decir algo, pero toda comunicación cotidiana le parecía tan pueril que no lograba hablar.

    —¿Qué opina del problema del asno de Buridán? —preguntó Yake, tomando aire, tras cerrar un instante los ojos y volver a abrirlos.

    —¿Qué?

    —Ante varias posiciones que parecen iguales, uno no es capaz de elegir una y acaba no haciendo nada, yo ahora mismo podría estar en mi casa encerrado, tocando el piano o leyendo un libro, pero estoy aquí hablando con un desconocido, y lo extraño es que, si bien antes la primera opción me parecía la más razonable, he llegado al punto de no poder diferenciar cuál es más patética, si mi yo encerrado lejos del mundo, o mi yo conviviendo con él. Ambos egos han adquirido igual valor, pero no puedo no elegir alguna opción porque la realidad demanda elegir algo.

    El hombre titubeó un momento.

    —Chico, yo soy empleado de oficina… no soy filósofo.

    —Yo tampoco —dijo Yake negando con la cabeza.

    El hombre del bigote extraño se alejó de ahí calmadamente.


    36


    Ella está en frente de mí, ¿es esto verdad? El gemelo arrogante tomó la mano de Hinta, quien se disculpó por haber llegado tarde. ¿Recuerdas cuando hace una semana te llamé? Dijiste que no podías bailar y que nunca lo habías practicado conmigo, y mírate ahora, yo tomando tu mano y poniendo la música con mi otra mano. Tu paso ha mejorado, tu rostro siempre se veía tímido al principio, pero eventualmente tus facciones se tranquilizaron con el transcurrir de los meses por la fuerza del hábito. Ahora esto parece algo normal para ti; no eres ya la misma tímida Hinta cuyas piernas temblaban por mi presencia. Dieron unas cuantas vueltas. Sin embargo, ¿Quién eres? O mejor dicho, ¿quién era la otra, la Hinta que había negado ser mi compañera de baile?

    —No arrastres tanto los pies.

    Sigo riéndome. Eres ahora la que baila conmigo este vals. Muévete con el crescendo, ¡ímpetu, eso es! Algo en el espacio-tiempo. ¿Qué?

    Se detuvo súbitamente. Sus brazos no sintieron el cuerpo de la chica. Miró alrededor: Nadie.

    —Estás y no estás, eres y no eres: contradicción cruel —le tembló la espina, la sonrisa tiritándole y la voz rasposa atrapada en la garganta.


    ***​


    —No entiendo, ni quisiera hacerlo, lo que pasa por sus cerebros cuando se sienten ofendidos.

    —No es agradable —dijo Kanyu—. No te puedo explicar si no lo has sentido, pero es mejor que no vuelvas a hacerlo. Además, pudiste simplemente acercártele y tocarlo en un brazo para llamar la atención.

    —Consideré que tal acción representaría la derrota de mi intención comunicativa por medio de las palabras. ¿Tanto poder le otorgan ustedes a los signos lingüísticos que someten sus mentes a la perturbación?

    —Bueno, es que las palabras significan cosas que a muchos no les gustan.

    —¿Ah, sí? ¿Y quién ha dado significado a las palabras, Kanyu?

    —Pues, la gente, la cultura.

    —Entonces es la gente y la cultura lo que determinan lo que ofende, ¿no? Al atribuir características negativas a esas combinaciones de sonidos que describen conceptos aceptados como negativos, arbitrariamente, y luego demonizar a los que las pronuncien.

    —Bueno, mira, no es lo que dices, es cómo lo dices.

    —Permíteme dudar de eso. ¿Serías capaz de ir frente a una persona, y, con voz sumamente amable y dulce y pose reverencial, decirle el más mal sonante insulto que se te ocurra?

    —¡No! Es un poco de las dos cosas. Mira, mejor vamos a buscar a los demás.


    ***​


    —No me enjuicies, estimada jínne, he de decirte que en nuestro deber de sociabilizar con nuestros congéneres, problema alguno no deberíamos tener para referirnos a ellos de manera directa y sin ambigüedades de que con ellos comunicarnos pretendemos.

    —Eso no te da derecho a haber llamado anciana a aquella mujer —dijo Sentsa. Se sentó en un banco y suspiró pensando que todo eso había sido una mala idea.

    —De tal pensamiento, me temo, que de argumentación justificadora preciso —dijo Sinke, sentándose a su lado y cerrando los ojos con soberbia.

    —¿No pensaste que quizás aquella mujer se pudo haber sentido mal por haberla llamado de ese modo? Y ya habla normal.

    —Bueno —inhaló profundamente—, su edad era su propiedad más destacable, debía referirme a ella de algún modo. A mí no me molestaría si alguien se refiriera a mí como chico de ojos raros.

    —No es lo mismo; llamar viejo a alguien es considerado ofensivo, sobre todo si no lo son tanto como aquella mujer. ¿No viste cómo se puso en el momento en que se dio cuenta de que te estabas refiriendo a ella? ¿No viste su cara cuando escuchó esa palabra?

    —En efecto, lo noté —dijo enderezándose en el asiento—, su expresión me decía: “¿A quién le dices vieja? ¡Chico insolente!”, y de seguro pensó improperios menos refinados aun —se rio—. Esa pequeña palabra jugó un efecto en su cerebro lo suficientemente fuerte como para no tomar en serio nada de lo que dijera después, casi como si la hubiera llamado puta.

    Miró sonriendo suspicazmente a Sentsa, la cual tuvo un pequeño retortijón.

    —¿Y no ves nada malo en eso?

    —No —contestó echándose hacia atrás muy cómodamente—, si la gente quiere seguir sintiéndose ofendida, es su problema, no echen la culpa a los demás por herir sus sentimientos.

    —¿Cómo puedes decir eso? —Sentsa alzó la voz— ¿Acaso no te importa cómo se pueda sentir la gente?

    —Irrelevante.

    —¿Qué sentirías si alguien te dijera algo ofensivo?

    —No existe ofensa ni para mi hermano ni para mí.

    —Algo les tiene que ofender.

    —¿Por qué?

    —Porque todo el mundo tiene algo que le ofende, no hay ser humano que no se sienta ofendido por algo.

    Sinke la miró como si hubiera oído una broma, luego rio en voz baja y se tornó un poco más serio.

    —¡Qué horror! Todo ser humano debe tener algo que le ofenda, ¡Aikàn mío, yo quiero ser un ser humano, estoy ofendido, no me ofendan!

    Sentsa exhaló al escuchar su tono sarcástico, luego Sinke regresó a su aire cínico.

    —Podría decir que lo único que me ofende es que la gente se ofenda, así que, para que no me ofendas, debes dejar de ofenderte —y rio por el colérico rostro que puso su jínne.


    ***​


    ¡Ah! Sentsa, cómo te molestaste por aquella respuesta mía, te ofendiste porque no me ofendí. Comenzaste a soltarme un montón de cosas con la intención de saber si me ofendía por ellas, primero fueron estúpidas y con una intención muy forzada de lograr tu punto, pero mi respuesta siempre fue la misma, y cada vez me veías más y más horrorizada, como si fuera un monstruo. Comenzaste a criticar mi esencia; mis propiedades físicas: mis ojos extraños, ojos de naranja aplastada; mi cabello enredado y despeinado, algo de caspa cae sobre mi ropa, mi ridículo caminar y exagerado expresar al comunicarme. A todo eso te di la razón y me reí; pero no me ofendí. Luego hablaste de las ideas contrarias a las mías, te respondí que no me ofenden, sino que me parecerían interesantes de analizar; podría considerarlas tontas y sin fundamento, pero no ofensivas. Pasaste entonces a mis reacciones ante las grandes acciones del mundo. Injusticias, gobiernos a los que no les importa nada que la gente se joda, corrupción que lleva a guerras que acaban afectando a la población, mala distribución de las riquezas, en resumen: que la gente del mundo viva jodiéndose la vida “por culpa de los gobiernos o por culpa del pueblo por su propia mediocridad”, en tus propias palabras. Todo eso me parece un problema grave, divertido o absurdo, pero no me ofende. Luego mencionaste ejemplos de sufrimiento más específicos. ¿Discriminación? No suele dar buenos resultados, aunque cada uno es libre de valorar; a vece divierte; pero no me ofende. ¿Violencia infantil? Lo mismo que mi respuesta anterior. ¿Violencia contra los animales? Lo mismo. Te pusiste más nerviosa y te empeñaste en ser mucho más específica con tal de ocasionarme algún sentimiento de horror. ¿Alguien grabando un video torturando y matando a un perrito, o golpeando y matando a un inocente niñito? Igual que todas las respuestas anteriores. Te desplomaste sobre la banca, desmoralizada por tu fracaso en encontrar en mí alguna escencia de humanidad, y unas grises palomitas salieron volando asustadas. No te asustes, querida jínne, después de todo no soy de esta realidad, es obvio que mi hermano y yo no vamos a compartir todo lo que ustedes tienen como verdades universales del ser humano. Me reí por última vez; hasta yo me aburro a veces de mis risas constantes y masivas. La luz del día cada vez se volvía más y más anaranjada como mis ojos de naranja aplastada. Tal vez sí somos monstruos.


    ***​


    —Ese punto de vista me parece muy simple —dijo Sentsa—, la gente puede hacer cosas buenas sin esperar nada a cambio, eso es el altruismo.

    —Eso me parece errado —dijo Yake—, uno nunca hace nada gratis. Incluso el acto de bondad más desinteresado acarrea algún tipo de recompensa para la mente, aun si se tiene conciencia de que el beneficiado nunca podrá devolverte el favor.

    —¿Qué es esa recompensa? —preguntó Hinta.

    —Satisfacción —contestó Sinke maliciosamente—, o más específicamente, la recompensa es la satisfacción de no sentirse mal, pues en realidad no se siente bien hacer el bien, sino que el no hacerlo te hace sentir mal, y eso es lo que detestamos: sentirnos mal, y haremos lo que sea por no sentirnos así. El odio es la base del bien; el odio a sentirnos mal a largo plazo, aunque para eso a veces debemos jodernos a corto plazo.

    —La felicidad es la recompensa —sentenció Yake—, ni siquiera ustedes pensarían que recibir felicidad sea recibir nada, pero cuando se trata de altruismo, actúan como si la felicidad propia fuera igual a la nada. Tramposamente disfrazan un algo de nada.


    ***​


    Entrada la tarde, los jínnyi se reunieron con Sentsa y Sinke en medio del parque. Yuska había estado entrando en muchas tiendas con Hinta para hablar con la gente comprante. Sin pena alguna, Yuska le interrogó a una señora con una canasta llena de tomates si pensaba preparar una salsa para la cena, le recomendó entonces que comprara perejil para complementarla y se alejó de la agradeciente mujer. Hizo cosas parecidas con los clientes de tiendas de ropa y comestibles mientras Hinta la seguía fielmente pero sin ser muy partícipe en nada.

    —¿Aprendieron algo de esta actividad? —preguntó Yuska, haciendo un especial énfasis en Yake.

    Sinke respondió:

    —Vimos mi estimadísima jínne Sentsa y yo a una persona acercarse a un puesto de hot-dogs y pedir uno. Mientras se lo preparaban, platicó con el dueño del carro sobre el escándalo de esa actriz que fue fotografiada saliendo de un bar ebria. Al terminar su pedido, el cliente pagó y se fue. Después de él llegó otro cliente; éste no habló de nada con el dueño del carro, ¿y sabes qué noté? La expresión del hombre de los hot-dogs se vio aliviada, ¿no se los dije? Mientras el cliente anterior le platicaba, noté cómo la mirada del vendedor se tornaba incómoda, y evitaba contacto visual con él esbozando una hipócrita sonrisa de cortesía mientras desparramaba mostaza sobre la salchicha. Su voz se escuchó apresurada al decirle el precio, pero sin dejar de sonreír. Nos quedamos a observar un rato más, y nos dimos cuenta de que con los clientes que intentaban platicar amistosamente con él, su actitud se mostraba más forzada, mientras que con los que no hablaban nada se sentía más a gusto.

    —Ajá —dijo Ate—. Sólo es un vendedor al que no le gusta hablar con la gente, ¿por qué tanto drama?

    —Después de ese, encontramos en otra manzana a otro vendedor de hot-dogs, pero ése era muy platicador, y a todos los clientes los recibía con una gran alegría y comenzaba a hablarles de lo primero que se le ocurría; no podía faltar, por supuesto, de nuevo la noticia de la actriz entre sus tópicos. Y aquí ocurrió el efecto contrario: eran los clientes los que se mostraban incómodos y sonreían con una forzada cordialidad mientras el parlanchín hombre de ojos cerrados esparcía mostaza sobre las salchichas, y sólo uno que otro se animaba a seguirle la conversación.

    —Todavía no veo cuál es el punto de todo eso —pensó Yuska en voz alta.

    —Eso —dijo Yake— quiere decir que nuestra actitud con los demás va a estar regida por lo que es conveniente para que funcione la sociedad en una especie de egoísmo deseable. El cliente quiere comida y el vendedor quiere vender, el primer cliente cree que intentando ser simpático hará sentir mejor al que vende porque le va a llenar el estómago, el segundo vendedor cree que intentando ser simpático hará sentir mejor al cliente porque le va a llenar la billetera, sean ambos conscientes de su actitud o no. Los dos se ven en necesidades que los fuerzan a convivir entre ellos por algo a cambio.

    [—Ese punto de vista me parece muy simple.]

    —No le veo lo malo a eso —dijo Kanyu—, no todos podemos estar a gusto con toda la gente del mundo…

    —No considero eso en términos de bueno o malo —dijo Yake—, simplemente es curioso que ese tipo de hipocresía sea considerada una virtud bajo el nombre de educación y amabilidad. Lo que mantiene unida a la sociedad es, paradójicamente, no una unión, sino un alejamiento en la que simplemente nos soportamos los unos a los otros cuando tenemos algo que nos interesa y que el otro nos aporta. De nuevo: un egoísmo deseable.

    —Vamos, Yake —dijo Kanyu—, en el mundo hay mucha gente que se comporta con toda una gama de actitudes, no puedes sacar conclusiones tan generales solamente por unos vendedores y compradores que actuaron de esa forma.

    —Tal vez —dijo Sinke, subiendo los hombros—, pero no me voy a poner a opinar de lo que pude o no haber visto, sino de lo que sí vi, como dice esta actividad de club. Cuando nos toquen otros casos podremos modificar nuestras conclusiones.


    ***​


    —En parte tengo que darles la razón —dijo Sentsa, que había estado pensando en eso con más seriedad que los demás—, ese egoísmo mal usado puede llevar a muchos males, pero es por eso que debemos generar conciencia de que necesitamos una sociedad más unida, con menos egoísmo, en la que todos nos tratemos como hermanos. Esa es la esencia del jínnliù.


    ***​


    Dijo Sinke:

    —Los humanos ya nos tratamos como hermanos. Tal vez no lo apreciemos tanto en nuestra circunstancia de existir en un país tan del primer mundo como lo es Danzilmar, pero de manera general ya nos tratamos los unos a los otros igual a cómo los hermanos lo hacen: nos envidiamos y nos arrebatamos los juguetes, agarramos sus libros y los leemos al aire libre para no arriesgar los nuestros y tocamos sus violines con nuestras manos llenas de tierra, sangre y otros fluidos.

    Dijo Yake:

    —¡Cabrón!

    Dijo Sinke:

    —¡Qué horror, estimados jínnyi, si todos los hombres y las mujeres nos volviésemos como hermanos gemelos! ¡Pero qué mundo sería!


    [1] Apellido de un general célebre de la guerra contra Japón.
     
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    Luix

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    A ver, a ver, hay algo que no entiendo, ¿Alguien está saliendo con alguien? ¿O esa fue mi impresión cuando empecé a leer. Ya luego me pareció algo bastante filósofo el tomar las "actitudes" de las personas en variedad de ocasiones como si fuese una clase de investigación, de hecho de algún modo todos tienen un poco de razón. Aunque de formas y a niveles diferentes.

    De una u otra manera me hizo pensar bastante ese hecho "filosófico" que planteás durante gran parte del escrito, o incluso cuando intentó Sentsa ofender a Sinke con mucho palabrerío, y sin embargo usando temáticas bastante debatidas en muchas escalas.

    Estos dos hermanos son un caso total, Yake hablando con el viejo del bigote, que interesante y tan cómico también, una bomba de información que el Señor no tuvo tiempo de reaccionar jajajajja

    Muy buen capítulo.
    Saludos~
     
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  9. Threadmarks: Capítulo 3. Gloriantur et letantur (1)
     
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    Capítulo 3. Gloriantur et letantur


    9


    “Si desde la cima de la montaña puedes ver el mar, has escalado la montaña correcta”[1]


    Han pasado meses desde que ingresamos a ese instituto. Por voluntad propia me he mantenido alejado de todos y no hay manera de que mi hermano me haga convivir con esos seres. Me miran con lástima y temor a lo lejos, y voltean hacia otro lado cuando me doy cuenta; otros son más curiosos y tratan de hablarme, pero su curiosidad pronto es convertida en fastidio cuando solamente me alejo sin más. Planeaba sobrevivir así durante esa época.

    De improvisto llegó Kusat un día a nuestra casa. Mi hermano lo recibió con teatral y ridícula energía. Nos avisó que el maestro Gyéo le había sugerido venir a hacernos compañía en la preparatoria. Desde entonces vive con nosotros.

    Es la única persona de todo el instituto con el que acepté romper mis solitarios descansos para juntarnos los tres cómodamente a recordar y platicar. Nos veían todos como el grupo más raro, incluso más que el de esos otros chicos que tenían un jínnliù, de los que no quiero ni acordarme. Kusat, pese a ser de nuestra edad, era mucho más alto que nosotros, ancho de hombros y de brazos musculosos, su cabello cortado casi al ras de su cuero cabelludo también contrastaba con lo largo del nuestro; sus ojos eran simplemente negros. Él es el único nexo que enlaza mis actividades con las de mi hermano, y el único con el cual me siento cómodo. Mi hermano tenía la costumbre de llamarlo primo pese a no estar emparentados. Kusat se tomaba la molestia de persuadir a mi hermano en algunas de sus ocurrencias especialmente absurdas, como cuando se le ocurrió que jaqueáramos las calificaciones de los parciales solamente para ver cómo se reaccionaba. Lo convenció de abandonar tal idea proponiéndole pensar mejor en un experimento que no involucrara las calificaciones, que sería más divertido jugar con la psicología de los estudiantes. Lo que mi hermano hizo después tuvo tanto escándalo como si hubiera llevado a cabo su idea inicial, pero eso no importa.

    Un día Kusat apareció de un humor más animado que de costumbre. De manera muy casual nos propuso que subiéramos a la azotea, trepáramos la reja de seguridad, y nos lanzáramos al vacío como clavadistas directamente hacia el suelo. Le entusiasmó a mi hermano la idea, pero yo me negué, fuertemente expresé que era una imprudencia, no porque nos fuéramos a hacer daño, sino porque aquella acción podría ser vista por alguien. Era obvio cuál sería la reacción de cualquiera al ver a tres personas lanzándose de cabeza desde un edificio de más de veinte metros, incluyendo la alta reja, y salir ilesos. Sería mucho más escandaloso que si saliéramos heridos o muertos. Kusat prometió que lo harían después de clases, asegurándose de que no hubiera nadie que los viera. Seguí insistiendo que eso era confiar demasiado en la suerte, pero simplemente no les importó. Llegado el momento, cuando la escuela estaba casi vacía, se dirigieron hacia la azotea y encararon la zona trasera del edificio, donde había un enorme jardín de árboles en el cual sobresalía un enorme naranjo. Treparon la reja, se pararon sobre el tubo de metal, y acordaron caer directamente sobre el naranjo, asegurándose de golpearse con todas las ramas que pudieran. Mi hermano me retó a unirme a ellos; apeló a mi miedo, imitando los modos de los seres de esta realidad. Al final accedí, pues debo admitir que verlo dudar de mi resistencia fue como tener una aguja enterrada en el cráneo. Kusat estaba en medio de ambos, y a la cuenta de cuatro nos precipitamos de cabeza hacia el árbol. La sensación de caer afloró recuerdos de cuando el maestro Gyéo nos hacía saltar por acantilados mucho más elevados que ese edificio, y de nuestros huesos rotos cuyo número iba decreciendo con cada intento. “Huesos y carne, permanezcan unidos, fuertes, la gravedad no debe ser su enemiga, sino que sobre ella deben proclamar victoria”. Caímos sobre el árbol, los tres de cabeza. Se oyeron nuestros cuerpos chocando, ropas desgarrándose, ramas desquebrajándose, pájaros volando asustados por nuestra carrera entre el follaje hasta el suelo. Una de las ramas detuvo mi caída por unos segundos antes de romperse, por lo que fui el último en tocar el suelo. Reían mi hermano y Kusat; este último con una pequeña herida sangrante en la mejilla. Propuso mi hermano, como un niño, que lo hiciéramos otra vez. Pero entonces reparé en un ser que temblaba contemplándonos con ojos aterrados; su rostro era como el de un infante; sus titubeos, articulaciones guturales; y sus pupilas, platos de opaca blancura.


    ***​



    Ecce gratum, hermano,

    Ecce gratum,​
    et optatum
    ver reducit gaudia



    En corazón la mano, brazo levantado apuntando al sol. ¡Ah! Primavera. La época en la que todo renace, listo uno para aparearse, aunque sólo sea en consuelo por el fin del ¿agradable? invierno danzilmarés. “¡Continúa conmigo, primo!”


    purpuratum
    floret pratum,
    Sol serenat omnia.



    Gargantas afinadas entonaron con diferentes timbres; el uno alto, gritado y sinvergüenza; el otro bajo, profundo y solemne. “Alégrate, hermano, desecha la apatía de la fachada de tu cabeza”. En alegría por en falsa realidad existir todos los seres a nuestro alrededor desean. Caminaron entre los puestos del festival. ¡Uh, carne ahumada! ¡Ay, no! Es del estilo sureño; su salsa es dulce como un jugo de frutas; símbolo del renacer de la vida. Inútil es, ciertamente os digo, “¡Inútil es, os digo, estimados, cada vuelta de la tierra el resurgimiento de la vida celebrar!”, pues es como hacer fiesta por cada vez que tus pulmones de aire se llenan. Algunos ojos aterrizaron en el trío por escasos segundos antes de regresar a sus tareas en aquella entusiasta festividad de prmavera. “No importa. Hermano y primo, entonemos pues las bellezas de las lenguas antiguas”.


    Iam iam cedant tristia!
    Estas redit,
    nunc recedit
    Hyemis sevitia
    .​



    ***​


    Trazo a trazo las figuras en la tela fueron tomando forma a lo largo de varias semanas. Se encerraba Yake en su habitación desde comenzadas las vacaciones de invierno y alegaba inconvincentemente que la culpa era del frío. La montaña aún necesitaba mucho trabajo, mientras que el valle que se encontraba a sus pies lo convencía cada vez más de haber acertado en la elección de su tema. Con pulso inseguro trabajaba en la cima de la montaña.

    De un salto Kusat entró por el balcón e ingresó sin reverencia alguna.

    —¿Sigues trabajando en lo mismo, Yake?

    No obtuvo respuesta sino hasta que el pincel terminó de recorrer la ladera.

    —Todavía me quedan partes que arreglar.

    Kusat echó un vistazo desde el piano.

    —Curioso, Yake, que tanta atención prestes al valle mientras que la cumbre parece como si hubiera sido descuidada. ¿Tanto le temes a la cima?

    —Mi metáfora interna debe verse reflejada en mi creación: se empieza desde abajo teniendo en mente la cima, luego subes poco a poco, la cima se vislumbra a lo lejos, y cuando tus cimientos son sólidos, sólo queda subir más.

    —¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer cuando llegues a la cumbre?

    —Ese es el punto —dijo Yake mientras su mano dudaba al pie de la montaña—, muchos se quedan en el valle al pie de la montaña pudiendo dirigirse hacia la cumbre, pero una vez ahí el camino se acabó y te das cuenta de que eras más feliz viviendo en el fondo del valle.

    —Has pintado una bonita villa en el valle, llena de personitas que parecen estar celebrando una alegre fiesta —se aproximó a la tela—, en la ladera se ve a unas pocas personas subiendo, cada vez en menor número y más dificultosamente conforme ascienden; pero en la cumbre está solamente el pequeño y descolorado esbozo de una persona pequeñita. ¿Quién se supone que es?

    —No pretendo ser yo, por si lo piensas. Es el hombre desdichado que ha alcanzado la cima y su camino ha terminado. Es desdichado porque se da cuenta de que la cima es un lugar solitario y frío, y es cuestión de tiempo para que se rinda y decida descender hasta la calidez del valle.

    —Tienes mucho trabajo si es que quieres que ese pequeño dibujito exprese tanto.

    —Sabes que eres de las pocas personas cuya compañía no me molesta, pero en verdad ahora quisiera terminar esto solo.

    —Como quieras —caminó hacia el balcón. Pasó los dedos suavemente por las teclas del piano sin hacerlas sonar, y luego preguntó—: ¿cómo se va a llamar tu pintura?

    —No lo tendrá —contestó Yake tras unos segundos.


    10


    La mañana del domingo, el molesto sonido del celular interrumpió a Sentsa mientras leía calmadamente un libro a la suave luz del sol en su balcón. Era Yuska, que pedía una reunión de emergencia con los demás de manera muy exagerada, pero que no le avisara a los gemelos. Ese extraño comportamiento por parte de Yuska la tomó por sorpresa, y acató inmediatamente a su petición tras cerrar con fuerza el libro.

    Entre las dos llamaron a los otros tres, pero Hinta había sido castigada por haber llegado tan tarde el día anterior y no se le permitía salir.

    —No importa —le contestó Yuska—, nosotros iremos a tu casa entonces.

    A pesar de su estricto temperamento, el padre de Hinta permitió la visita al tratarse de sus jínnyi, y les dejó que se reunieran en el dojo para conversar.

    Debido a lo inesperado del aviso, y a la seriedad exagerada con la que fue comunicado, se originó un sentimiento de curiosidad e inquietud que se contagió a todos los presentes. El rostro de Yuska estaba sumamente concentrado y sereno, con los ojos ceremoniosamente cerrados, como si fuera la primera vez en su vida que tuviera algo serio que decir y no sólo otra de sus ideas disparatadas provocadas por su sangre azucarada. Tuvieron la esperanza de que finalmente se hubiera dado cuenta de que el unir a los gemelos al jínnliù había sido una tontería.

    Yuska les compartió, citando con la exactitud de una grabación, las cosas que Yake le había contado la noche anterior junto a la cascada del parque, y mientras lo hacía, Hinta se daba cuenta de que sus palabras tenían semejanza con las que Sinke le había dicho junto al lago.

    —Sólo me suena a un chico con problemas emocionales —contestó Sentsa, cruzándose de brazos—, todos sabemos que es un antisocial, no me sorprende que tenga esas ideas.

    —Pero ¿no te parece demasiado extraño? —preguntó Yuska— Dice que no se siente como parte de este mundo o esta realidad.

    —Bueno, muchos jóvenes con problemas podrían sentirse así —interrumpió Kanyu—, yo digo que quizá sólo necesite un psicólogo.

    —Pero, ¿y si es verdad? —continuó Yuska— Él me dijo que no sentía que la gente fuera real, que se sentía como si viviera en un mundo irreal, que el mundo a su alrededor era como…

    —…una caricatura de la vida —le robó Hinta las palabras de la boca.

    Emocionada, Yuska se acercó a Hinta y le preguntó con entusiasmo cómo lo sabía.

    —Sinke me dijo casi lo mismo ayer —contestó zafándose nerviosamente, y refirió la aventura que había vivido con Sinke.

    Poco vale la pena recordar los cuestionamientos que siguieron a esa situación, salvo por la decepción y confusión de Sentsa y Ate, y la optimista y cobarde posición de Kanyu que no ayudó en nada.


    ***​


    Yake apretó el paso. ¿Por qué tuve que hacer todo eso? De nuevo ese maldito gato sobre el muro. Lo extravagante, lo poco común, la exageración por lo nuevo. No debí haberlo hecho. Se frotó la cara con la mano. ¿Por qué creí que hablarle iba a darle motivos para alejarla? ¿No es de ese modo como todos deberían actuar? Si escuchas a alguien hablar así no le crees y te quedas sorprendido. No es real, no es verosímil. ¡Vaya! ¿Desde cuándo la realidad ha sido verosímil como para quejarme por eso ahora? Esto no debería sorprenderme. Y no. No lo hace. Sólo me fastidia. ¿De qué me sirve quejarme? Elegí lo que elegí, ya no puedo dar marcha atrás. O sí podría, ¿pero por qué no lo haré? ¿Por qué tan rápido? ¿Por qué tan de repente? Cedí demasiado rápido. Debería dejarlo todo de una vez. No voy a darle la oportunidad. Ahí está ella. Me mira con esa sonrisa y esos enormes ojos y cabello azul que me hacen tener náuseas por lo irreales que son.

    —¡Qué tal, Yake! —exclamó Ima tiernamente al verlo; sus largos cabellos del color del mar profundo fueron soplados por el aire cuando ladeó la cabeza para sonreír.

    Yake respondió con el mismo saludo en voz baja, agachando la cabeza igual que un perro.


    ***​


    Comenzará otra semana normal en el instituto Ítuyu. Los días pasarán, se darán las clases, los jóvenes aprenderán, leerán, escribirán y se aburrirán. Ustedes, los ahora siete jínnyi, continuarán almorzando juntos bajo la sombra de las mismas palmeras como la semana anterior. Y casi todo seguirá igual con ustedes, gemelos. Yake, continuarás llevando un nuevo libro para leer todos los días y no hablarás excepto cuando te pregunten algo, y tus respuestas serán siempre vagas y desganadas.

    —Así que estás leyendo El Quijote —observarás, Sentsa, el jueves, intentando abrir comunicación con él.

    —Es la quinta vez que lo leo este año —contestarás, Yake, antes de volver a tu silencio.

    —Mi personaje favorito es Sancho Panza —dirás alegremente tú, Kanyu—, aunque siempre me pregunté cómo un campesino analfabeto era capaz de hablar con un estilo tan estético y ordenado… ¿o será que todos hablaban así en ese tiempo?[2] —te llevarás el índice a la barbilla y pensarás en eso profundamente.

    —No te rompas tanto la cabeza —bromearás, Yuska—, sólo es una obra de ficción, no tiene que representar fielmente la realidad… —te interrumpirás de repente y mirarás a Yake, intranquila —No quise decirlo de ese modo —dirás con un exagerado ademán con las manos.

    Yake, sólo pasarás la hoja silenciosamente, y Yuska, le sonreirás como pidiéndole disculpas.

    —Hablando de ficción —hablarás, Sinke, como si recitaras un poema melancólico—, ¿no os parecen, jínnyi, vívidas las flores y vívidos los árboles que el jardín adornan este día?


    ***​


    A lo largo de toda la semana, los gemelos notaron una actitud extrañamente más abierta hacia ellos por parte de sus jínnyi; aunque no por eso fue una semana muy diferente a la anterior. Intentaron llevarle la conversación a Sinke por más tiempo y se animaron a hablarle directamente a Yake, aunque fuera con mucho recelo y obvia desconfianza. Yuska seguía acompañando a Yake hasta la panadería de la calle hyú, arrastrando su bicicleta junto a ella y hablándole como siempre, como si no recordara nada de lo ocurrido el sábado.

    —Por cierto, Yake —dijo de repente al llegar a su punto de separación—, este sábado pensamos en ir todos a su casa —sonrió con entusiasmo.

    —Como quieran —contestó Yake y siguió su camino.


    ***​


    Sinke se empeñó desde el lunes en llevar a Hinta a su casa corriendo con ella sobre sus hombros, a manera de inusual transporte humano.

    —Vamos, no tienes que tener miedo —le dijo con confianza, mientras tranquilamente se inclinaba hasta el suelo ante ella para que se sentara en sus hombros—, parecías divertirte mucho el sábado, y ya te dije que si te caes me romperé una mano con un martillo.

    Con mucha cautela Hinta se subió sobre sus hombros, y el incansable gemelo, levantándose de un rápido salto, voló sobre las calles y esquinas a enormes zancadas.

    Cada día de esa semana Hinta llegaba a su casa con el corazón acelerado, la cara roja, el cabello despeinado y el espíritu agitado, pero en algún momento del salvaje paseo la adrenalina lograba invadir su sistema, haciéndole sentir un pequeño placer para ella misterioso, intensificado por el aire que chocaba contra su cara. El gemelo lanzaba gloriosos aspavientos al cruzar de un salto las calles, dando a veces alguna voltereta sobre los autos. Una tímida sonrisa divertida luchaba contra el miedo que había en el rostro de Hinta. Sinke se despedía de ella tan rápidamente como llegaban y se alejaba corriendo hasta desaparecer por la esquina. Hinta caía rendida sobre su cama.


    ***​


    Pares esse Paridis. Ah!


    [1] Dicho popular danzilmarés.

    [2] Algunos traductores danzilmareses han sido criticados por modificar sin razón el tono de algunas obras literarias.
     
  10. Threadmarks: Capítulo 3. Gloriantur et letantur (2)
     
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    Título:
    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    10
     
    Palabras:
    5038
    Capítulo 3. Gloriantur et letantur (2)


    11


    —Cuéntame qué sucedió ese día.

    —El sábado por la tarde, los cinco jínnyi se reunieron en frente de la mansión de los gemelos. La vivienda en cuestión se encontraba en una tranquila colonia de ricos relativamente cerca del instituto Ítuyu, no muy lejos de donde solían separar sus caminos Yake y Yuska. Había una enorme reja semioxidada en el frente, y el terreno estaba todo rodeado por un muro de concreto un poco ruinoso. En un principio se sorprendieron de ver que la mansión no era tan grande como esperaban; era de esas mansiones cuyas áreas verdes circundantes, llenas de árboles, ocupaban mucho más terreno que la casa en sí, pareciendo ésta más una caja blanca en medio de un parque. Pese a su relativa pequeñez, la casa era todavía bastante grande y con el aspecto de ser la típica casa de ricos, de dos pisos, ancha y con dos grandes balcones visibles desde la reja, bastante separados entre ellos, y debajo de éstos, una entrada muy cuadrada con dos puertas de madera; parecía una cara boquiabierta con ojos pasmados. Para llegar a la mansión desde la reja había cruzar un pequeño bosque por un camino de piedritas.

    —Así que estos gemelos son ricos también—dijo Ate, con un resoplido.

    —Pero no es tan grande como la de Sentsa —Hinta rascó su sien.

    —Qué raro que no nos dijeran nada —dijo Yuska apoyando una mano en la cadera—, cuando conocí a Sentsa lo primero que hizo fue alardear sobre su situación social.

    —¡Eso no es verdad! —Sentsa le apartó la vista.

    La reja se abrió lentamente, chirriando de óxido. Desde el pequeño panel que había pegado al muro salió la voz de Sinke:

    —Sed bienvenidos, estimados jínnyi, a la humilde mansión de los Gramt.

    Los jínnyi caminaron entonces hacia la mansión, contemplando los árboles y jugando un poco con las piedritas del camino.

    Por dentro la mansión era más pequeña de lo que se veía por fuera. A los chicos les sorprendió que no hubiera alfombra, ni pinturas caras en las paredes, ni estanterías con objetos valiosos y frágiles, sino que se sentía como si la mansión hubiera sido comprada por gente que no tuviera nada que poner en ella. Incluso las sillas que había en algunos lugares eran de simple plástico. Encarando a la puerta había una gran escalera que se bifurcaba en dos caminos en el segundo piso, a la izquierda y a la derecha, y en la parte superior había una gran ventana sin cortinas que daba al enorme patio trasero, que también era un bosque, al fondo del cual se divisaba un dojo. Pero no había señal de los hermanos. Yuska gritó con voz potente que ya habían entrado, y su voz hizo eco por unos segundos en la casi vacía mansión. Entonces un pato apareció volando desde una sala que había la derecha, era un pato mandarín de colores brillantes, y con su sonriente pico se puso enfrente de los chicos exclamando un chillón “kué[1].

    —¡Qué bonito! —exclamó Yuska mientras se agachaba y lo acariciaba en la cabeza.

    Sentsa también se agachó para observarlo de cerca, con una mirada sospechosa y desaprobatoria.

    —No deberían dejar a los animales entrar en la casa —dijo—, van a ensuciarlo todo y a romper cosas…las pocas que haya.

    Sinke apareció un momento después por el pasillo derecho de la escalera, el pato voló hacia él y descendieron juntos. Luego de saludarlos, Yuska le preguntó por el nombre del pato.

    —No me gusta ponerles nombres tontos a los animales —contestó—, así que sólo lo llamo pato.

    —Muy original —murmuró Ate.

    Yake se unió a ellos en el comedor un rato después. Ahí no había más que una modesta mesa de moderada largura y unas sillas de plástico. Sinke les sirvió té, limonada y unos panecillos en unos vasos y platos de plástico de colores. Fue más evidente la extrañeza de los chicos por la austeridad que llenaba esa casa de ricos. Cuando le preguntaron a Sinke por qué no tenían vajillas, tazas de porcelana u otros utensilios que uno acostumbraría ver en tales mansiones de ricos, éste dejo caer un vaso de plástico vacío al suelo.

    —¡No se rompió! —exclamó como si de un importante descubrimiento científico se tratara.

    Sinke les enseñó el resto de la casa como si fuera un guía, con la misma actitud exagerada se siempre.

    —Aquí es la cocina —dijo como si les enseñara la última maravilla del mundo—, aquí se ejecuta la sagrada tradición de la preparación de alimentos, cuenta la leyenda que si los dejas mucho tiempo fuera del refrigerador, se pudren.

    En ese lugar no había más que un refrigerador de aspecto viejo, una meseta con un lavamanos, una astillada mesa de madera con un mantel rojo de plástico, una estufa y un horno de microondas, todo de segunda mano.

    —Esta es el sala —la cual estaba vacía salvo por una mesa japonesa tradicional, con las patas tan cortas que uno tiene que sentarse en el suelo, y un enorme sofá americano forrado en rojo y con espacio para ocho personas—, aquí se hace lo que sea posible hacer.

    En un momento del recorrido, una enorme tortuga Galápagos les salió al paso, paralizando a los invitados porque era tan grande que les llegaba al ombligo. El reptil los miró aburrido.

    —Esa es la tortuga de mi hermano —dijo Sinke acariciándola—, tranquilos, sólo muerde a veces.

    Kanyu se armó de valor y posó su mano sobre su cabeza, y de inmediato la tortuga se encariñó con él y se dejó acariciar.

    —Sólo dile tortuga —dijo Yake cuando Kanyu le preguntó por su nombre…


    ***​


    La visita se hizo larga y aburrida. La casa no tenía nada más importante que mostrar más que parecer una casa de ricos habitada por pobres, e incluso el segundo piso no mostró nada más de interés. Sinke les dijo que sus habitaciones eran lo único que no iban a mostrarles todavía, habló con la desconfianza e impetuosidad de alguien que oculta un tesoro valioso, lo que aumentó un poco la curiosidad de unos, y no importó en absoluto a otros.

    Terminada la excursión, fueron a la sala para sentarse alrededor de la mesa, junto a los dos animales que tomaron lugar como si fueran otras personas más, mientras el ambiente se volvía cada vez más incómodo.

    —¿Por qué nunca nos dijeron que eran ricos? —interrumpió el silencio Sentsa, aunque dudó un poco al pronunciar la última palabra.

    —Para nosotros no tiene mucha importancia —contestó Sinke,

    —Pero es muy extraño que siendo de padres ricos vivan en una mansión que tiene menos cosas que mi casa —dijo Yuska—, ¿qué hacen sus padres, por cierto?

    —La verdad es que no tenemos idea —contestó Sinke muy despreocupado—, nuestros primeros recuerdos son el haber estado en un orfanato en la ciudad de Kutuzá.

    Para mi fastidio, el silencio volvió a invadir el lugar. No quisiera describir el tipo de rostro que pusieron aquellos seres ante tal repentina revelación, pero si tuviera que definir yo las expresiones que pusieron, creo que las definiría de patéticas. Evitaron por un rato el contacto visual con los gemelos, siempre como si alguna palabra estuviera a punto de salir de sus bocas, pero la lástima y el desconcierto los mantuvieron callados. Yake no se inmutó en absoluto. Para él era como si simplemente le dijeran que el sol salía por el oeste como siempre.

    —¿Entonces son huérfanos? —se atrevió a preguntar Ate. (¿Por eso dijo que su concepción fue enigmática?)

    —En realidad, la palabra huérfano implica que los progenitores están muertos—dijo Sinke con tono impertinente—, y ya que no podemos estar seguros de esa posibilidad, no garantizo que la orfandad sea lo que defina nuestra situación. Pero si a lo que se refieren es a nuestros padres adoptivos, dirigen una gran compañía de artefactos tecnológicos. De seguro la conocen, se llama Mâre’kói

    Sentsa se sobresaltó al oír ese nombre.

    —¿Eh?, ¿esa no es la empresa rival de tu padre? —dijo Yuska, dándole un codazo a Sentsa.

    —Sí —dijo Sentsa desconcertada—. Esa la empresa rival de la Wrìo’Fonet.

    Sinke echó el cuerpo hacia atrás y rio con la boca cerrada.

    —¡Qué coincidencia! —dijo Yuska— Ahora eres jínne de los hijos del dueño de la compañía rival de tu familia.

    Después de algunas malas bromas por parte de Sinke, explicaron que sus padres adoptivos se encontraban en el extranjero por razones de trabajo. Su padre, Náo Gramt, se encontraba en los Estados Unidos, mientras que su madre, Kinábi Gramt, se encontraba en China, pero les mandaban dinero continuamente. Ate apoyó la barbilla sobre el puño.

    Esa situación de que sus padres los hubieran dejado solos confundió a Sentsa, quien tenía trabajadores y sirvientes como toda hija de empresarios ricos, pero a ellos les habían dejado estar totalmente por su cuenta, lo que no supo si envidiar o lamentar.

    Durante el resto de la tarde, comenzaron a indagar un poco más en la extraña vida que habían tenido los gemelos, enterándose, entre otras cosas, de que ellos no habían vivido en Shorsta hasta hacía menos de cuatro meses, justamente cuando comenzaron las vacaciones de verano, y esa modesta mansión había sido una vieja propiedad de su abuelo cuando visitaba la capital, pero después de su muerte, tras una corta enfermedad, ésta pasó a manos de su hijo, y permaneció inhabitada por haber preferido éste instalarse en Kutúza. (¿No habría sido más lógico venderla?; aunque qué bueno que no lo hicieron). Descubrieron además, no sin asombrarse de nuevo, como de costumbre, que los gemelos no habían visto a sus padres adoptivos en muchos años antes de mudarse a Shorsta. Yake lo había dicho sin voluntad, persuadido por su hermano para que contara algo de su historia. (No me convenzan de entristecerme por eso).

    —Entonces, ¿qué pasó con ustedes en todo ese tiempo? —preguntó Yuska, cada vez más entregada a su curiosidad.

    Los gemelos comenzaron a hablar entre ellos en otro idioma, lo que desconcertó a los demás jínnyi (¿Qué tanto más quieres que sepan?). Por cómo se escuchaba, parecía ser alemán (Son nuestros jínnyi, tienen el derecho a saberlo), aunque luego comprobaron que estaban hablando en varios idiomas alternativamente (¡Eso es demasiado!), entre los que Sentsa, Hinta y Kanyu reconocieron el francés y el mandarín (Es parte de nuestra naturaleza, no puedes negárselo a nuestros jínnyi). El tono de Yake de repente se volvió más apresurado y enojado (ya es bastante con lo ocurrido antes), su rostro encaró con imprudencia a su hermano y se tornó severo, el otro seguía tan contento e irreverente como siempre (Aunque sea sólo un poco debemos hacerles saber). Parecía como si discutieran, y Yake fuera el que se estuviera rehusando (No les dirás lo del agua), pero Sinke seguía intentando convencerlo (Está bien, pero al menos una parte sí debemos decirles). Una cosa que todos pudieron notar era que (¿cuál es tu urgencia por hacer esto?) regularmente Sinke decía la palabra jínnyi como si con eso fuera a ganar (Para que nuestros jínnyi estén más seguros de cómo somos nosotros). Finalmente, después de un rato, Yake (Pues hazlo) bajó la mirada resignado y dejó de hablar (gracias, hermano).


    ***​


    El pequeño reloj de la pared marca ahora las siete y media de la tarde y la reunión social termina poco a poco. Sentsa es la primera en retirarse, sigue algo pensativa por enterarse de que los gemelos son los hijos de la compañía competidora de su padre, y reflexiona en eso durante mucho rato, tal vez para intentar no pensar en las cosas que vio, que la llenaban de incomodidad y hasta temor. Kanyu y Ate se van un rato después, mostrando el primero una sonrisa un tanto forzada que dejaba ver su inquietud; el segundo estaba igual de sorprendido, aunque su turbación se veía disfrazada por el sueño.

    —Estos hermanos sí que son algo más, ¿no crees? —pregunta Ate, cuando ya están en la calle.

    —A mí me pareció… bastante interesante —contesta Kanyu, meditativo—. Perdona, pero debo irme. Mis tíos salen hoy y debo cuidar a mi primo. Ah, por cierto, me enteré por Sentsa de que tu hermana vuelve hoy. Me la saludas —su voz es nerviosa pero afable.


    12


    Yuska y Hinta permanecieron un rato más en el salón con ellos, pero no supieron qué decir, quedándose en un silencio lúgubre. (Levántate y vete) Yake se retiró de la mesa sin decir nada y se dirigió a las escaleras con la intención de subir a su habitación. (Síguelo) Yuska fue decididamente tras él, sin ser impedida por los dos jínnyi restantes. Yake no le impidió seguirlo, dobló hacia el largo pasillo de la izquierda hasta la puerta de su cuarto, pero una vez ahí se detuvo y le dijo que ya era suficiente. Yuska le mantuvo la mirada retadora por unos segundos, decidida a no dejarse intimidar.

    (Dile:)

    —Vamos, déjame entrar un rato.

    Yake volvió a ver en ella la misma mirada de esa noche junto a la fuente.

    —¿Qué debo hacer para que un ser como tú me deje en paz? —dijo Yake.

    (Entra) Sin esperar un segundo más, Yuska abrió la puerta y entró sin permiso.

    Sus ojos se abrieron muy grandes y, con la boca semisonriente, su mirada saltó por toda la habitación, y pensó que era sin duda una habitación bastante inusual para alguien como él: alta y espaciosa como una suite, había una cama con sábanas grises sin nada más notorio que su tamaño, donde fácilmente cabrían cinco personas sin estorbarse. Había una mesa con una computadora y un escritorio con una silla y algunos libros en ella. Había a lo largo de la pared del fondo tres grandes libreros repletos de libros; en un pequeño sofá descansaba un violín. También había un bello piano vertical negro apoyado contra una de las paredes, a un lado de la cual se encontraba uno de los balcones que habían visto desde afuera.

    —¡Vaya! Así que ésta es tu habitación —exclamó mientras juguetonamente se adentraba en ella y la observaba mejor.

    Yake no hizo más que entrar dejando la puerta semiabierta. Como si se tratara de su casa, Yuska se acostó en la cama y se estiró placenteramente sobre ella; se echó encima la sábana y fingió dormir unos segundos; luego ojeó algunos libros, sujetándolos sin mucho cuidado, y vio que muchos de ellos estaban en varios idiomas que no pudo reconocer, pero aún así fingió leerlos. Se dirigió al piano y se puso a juguetear con él como si fuera la primera vez que estuviera ante uno. Yake la vio revolotear y manosear las cosas de su habitación sin contemplaciones, y aunque sintió un poco de coraje por eso (coraje que, por cierto, no quedó reflejado en sus facciones), tomó la decisión de aguantarla por un rato más.

    —¿Por qué no tocas algo en el piano? —preguntó Yuska alegremente.

    —Mejor no.

    —Vamos, no seas tímido —continuó mientras continuamente apretaba la tecla del sol5—, Sinke ya nos ha dicho que son muy buenos tocando música, ¿o no? Como yo no sé nada, ni sabré si te equivocas.

    Tomando aire, Yake se sentó al piano y permaneció por un momento sin saber qué tocar. Observó cómo a su lado Yuska le sonreía emocionada, y por un momento, sólo por un momento, ignoró lo mucho que no soportaba las ridículas facciones de la gente de ese mundo. Apretando entonces los dedos, miró de nuevo el piano y colocó las manos sobre las teclas. Comenzó a tocar la sonata Claro de luna de Beethoven. El contraste entre la frialdad del rostro del gemelo con aquellas notas suaves hizo sonreír a Yuska, y su inquieta personalidad menguó conforme más notas salían de los dedos del frío pianista. Éste, conforme avanzaba la sonata, se desenfriaba cada vez más, hasta llegar a parecer casi humano.


    ***​


    —En silencio, Hinta y Sinke escucharon la pequeña discusión de Yake y Yuska en la escalera; Yake pidiéndole que la dejara de seguir, y Yuska insistiendo tercamente en ir con él. Cuando esos hubieron desaparecido tras la habitación de Yake, Sinke se incorporó con energía y se dirigió hacia las escaleras.

    Hinta no se atrevía a mirar a Sinke; todavía sentía su pulso acelerado, producto de la impresión por lo que había hecho el gemelo con el martillo y lo demás, no quiso ni mirar el mueble roto que yacía a unos metros de ella.

    —Ven un momento a mi habitación, Hinta —le propuso amablemente.

    (Hazle caso)

    Después de una pequeña duda ocasionada por la sorpresa, Hinta se puso de pie y dijo que era mejor que se fuera. Pero Sinke prometió que no iban a tardar mucho. Accedió entonces, sintiendo algo de ansiedad y el corazón pesado. Subieron las escaleras y fueron por el lado contrario al que los otros dos se habían ido. Se detuvieron entonces en la entrada de la habitación.

    —Dijiste que no podíamos entrar aquí —dijo Hinta, intentando mantenerse tranquila.

    —Eso sólo era para los demás —contestó Sinke y abrió la puerta.

    (Entra sin temor)

    La habitación era casi igual a la de su hermano: espaciosa, con muchos libreros, una salida a un balcón, una cama, un guardarropa de madera tallada y un piano, todo pegado a las paredes. La parte central de la habitación se mantenía despejada, y el piso relucía los dibujos romboidales de su loza.

    —Como ya notarás, ésta habitación antes fue un salón de baile, a algún genio se le ocurrió ponerla aquí en el segundo piso en la dirección contraria de donde mora mi hermano.

    —Así era el estilo danzilmarés durante la ocupación europea, ¿no? —dijo Hinta.

    —Sí, en algunos estilos, porque en aquel tiempo había la costumbre de ofrecer grandes fiestas con muchos bailarines. Ahora es algo poco solicitado…

    Se dirigió hacia su piano y jugueteó con unas teclas.

    —¿Qué era lo que me querías mostrar? —preguntó Hinta, deseando terminar lo antes posible.

    —No tengo idea.

    Y de inmediato, Sinke comenzó a tocar en el piano el Golliwog’s Cakewalk, de Claude Debussy. Las alegres y algo inquietantes notas comenzaron a salir de sus dedos mientras el cínico pianista tarareaba en voz baja la voz principal de lo que tocaba durante unos segundos hasta llegar a un estruendoso forte.

    —¡Tesol;fa me re do sol do re!... —solfeó con voz potente para continuar tarareando en la siguiente parte.

    (Quédate)

    Hinta lo dejó terminar sin interrumpirlo, sentándose en una silla junto a una mesa en la que se encontraba una grabadora de discos compactos, la cual tenía una pista en pausa. Cuando terminó de tocar, Hinta aplaudió.

    —Tocas muy bien —dijo con cierta admiración.

    Sinke se levantó e hizo una hipócrita reverencia. Hinta dijo entonces que ya tenía que irse, pero antes Sinke apretó un botón de la grabadora para despausar la música. El ambiente se sumergió en el forte de un alegre, suave pero enérgico vals. Sinke empezó entonces a bailar con una compañera invisible por toda el área de su habitación que estaba libre, ante la confusión de su jínne, quien no sabía si sentirse incómoda o sorprendida ante la falta de vergüenza del chico, el cual se movía tan naturalmente y con tanta facilidad y gracia, que lo único que le recordaba que aquel era en verdad Sinke era su soberbia sonrisa. El vals terminó rápido, y Sinke detuvo la grabadora antes de que sonara la siguiente pista.

    —Existen miles y miles de bailes alrededor del mundo —habló con tranquilidad—, y he logrado vivir muchas de las danzas de las más diversas culturas, desde el ballet hasta el bacchu-ber, pasando por el tango argentino y la jota española, así como por varios otros tipos de bailes de salón… —cambió de nuevo a un tono más animado— y para mí una desgracia es, que para de tal ejecución deleitarme pueda, de una pareja requerir obligado me veo.

    Diciendo eso, se acercó a Hinta y le ofreció la mano derecha caballerosamente…


    ***​


    Las notas de la sonata se difuminaron en el cuarto de Yake tras el ímpetu del cuarto movimiento, quedando todo en silencio otra vez hasta que el infantil aplauso de Yuska lo rompió.

    —¡Tocas muy bien! —lo felicitó revolviéndole los cabellos con rudeza.

    Yake iba a pedirle calmadamente que se fuera, cuando Yuska descubrió en un rincón una mesa con una paleta y pinceles, al lado de un soporte con un lienzo al que ya le habían dado algunas pinceladas. Rápidamente como lo vio, llegó hasta ellos con la curiosidad de una niñita.

    —¿También sabes pintar?

    —Así lo intento.

    —¿Qué es lo que estabas pintando aquí? —Yuska intentó ver más claramente los trazos y pinceladas, que no parecían formar nada específico sobre el lienzo blanco. De hecho, aquella combinación de colores balnquecinos y formas disparejas asejemaba, con mucha imaginación, una playa de arena rojiza y mar amarillo.

    —Es un proyecto fallido —contestó Yake fríamente—, una imagen que apareció en mi mente en algún momento, pero he fallado al intentar transportarla al lienzo.

    La chica tomó entonces uno de los pinceles y se volteó a él con una sonrisa brillante.

    —¡Enséñame a pintar! —exclamó.

    —¿Para qué? —preguntó Yake, inmutable.

    —Pues para aprender a pintar —jugueteó pintando el aire.

    Yake quiso rehusarse al principio, pero de inmediato pensó que tal vez una acuarela sería suficiente. Yuska se sentó frente al lienzo mientras Yake preparaba la paleta con la pintura y un pincel de pelo de marta. Yuska se extrañó de que no quisiera usar un lienzo nuevo, Yake le dijo que no importaba porque era una pintura fallida y no había problema en pintar sobre ella. La manera en que la chica tomaba el pincel y lo desplazaba era como una niña de primaria con el pulso torpe. Ella, tomándoselo más como un juego, le pidió que la ayudara un poco más sujetando el pincel.

    Yake tomó aliento, y sentándose en otro taburete tras ella, colocó la paleta de colores sobre el regazo de Yuska, tomó suavemente su mano con el pincel mojado en pintura azul y la dirigió hacia el lienzo pintado. Al sentir eso, Yuska sintió un leve escalofrío recorriendo su espalda, y la sonrisa pícara de su rostro dio paso a una mueca nerviosa.

    —La mano debe estar suave —comenzó a hablar Yake con menos frialdad que de costumbre—, no estás sujetando una espada o un hacha, pero también debe ser firme y conciso, porque ahora la realidad la estás creando tú.

    Diciendo eso, dibujaron suavemente un gran círculo azul que casi rozó los cuatro límites del lienzo. Aquella playa difícilmente reconocible fue encerrada en un marco circular de agua. Dirigía Yake los movimientos de Yuska con delicadeza. Yuska tragó saliva, pues la voz del gemelo soplaba un aliento que le calentaba la oreja, y no pudo evitar tensar más la mano.

    —Es difícil —tartamudeó Yuska al completar el círculo.

    —Lo será menos cuando no tengas miedo —contestó Yake.

    De inmediato remojó el pincel en agua, y luego lo untó en la pintura roja que se encontraba en la paleta sobre el regazo de Yuska, y haciéndoselo tomar nuevamente, dibujaron otro círculo adentro del primero, con mucha más suavidad. Yake se sentía desconcertado por esa situación, que en parte le avergonzaba e irritaba; pero por otra parte también sintió una tensión en el ambiente mientras conducía a su jínne por la tela. Le pareció percibir que se hallaban encerrados por membranas frías que contraían el espacio entorno a ellos. Pensó Yake: “La mano que sujeto no me es real, las circunstancias que nos llevaron a esto tampoco son creíbles…” Observó luego temblor en la mano de Yuska, lo que hizo que una parte del círculo se desviara. Yake se puso de pie y, con el rostro pálido, retrocedió varios pasos como alejándose de un fuego imaginario, pero cuyo calor lo quemaba aún. Yuska, al sentirse libre, volteó a mirarlo con la cara roja. El espacio se destensó forzosamente, como una banda elástica que regresa a su forma original luego de estirarla hasta su límite, y volvió todo a una incómoda calma.


    ***​


    Los ojos de Hinta tintinearon de miedo al ver la mano de Sinke extendiéndose como una ofrenda hacia ella, no porque tuviera miedo de él, sino porque la acción que le pedía realizar con él era para ella un desafío impensable.

    —Yo… no sé bailar.

    —No te preocupes, yo te enseño —dijo Sinke. Tomó su mano suavemente y la llevó al centro de la habitación.

    Apretó el botón de pausa y comenzó a sonar una hermosa y dulce melodía tocada por cuerdas y un clarinete.

    —¡Ah! ¡Ésta me encanta! —exclamó Sinke, y procedió a tararear con los ojos cerrados unos breves segundos de la melodía que comenzaba a sonar— Este es el Länder que usaron en una parte de la película The sound of music, ¿te es familiar?

    —Eh… sí, ya he visto esa película, pero no recuerdo la música —contestó Hinta.

    Sinke alargó su brazo y detuvo la música. Luego, juntó su cuerpo con el de su jínne y la hizo colocarse en la posición clásica para bailar vals, con él sujetándola suavemente por la cintura, y poniendo la mano de ella en su hombro. Hinta se quedó sin aire al sentirlo tan cerca por la vergüenza de estar tan pegada a otro chico, le pidió que la soltara, pero Sinke, con una sonrisa que radiaba confianza, le dijo que no temiera.

    —Yo voy a guiarte —le murmuró.

    Con la mano que tenía libre apretó el botón de nuevo y la música sonó desde el principio. Al comenzar, dieron unos pasos a la derecha para tener más espacio mientras Sinke la movía rítmicamente y con delicadeza, y entonces comenzó una extraña escena en la que Hinta seguía con torpeza los rítmicos movimientos de Sinke al son de la música mientras daban vueltas tranquilas.

    —No puedo, Sinke —se quejó en el momento en que la música hacía una pequeña pausa, y continuaba con unos fuertes acordes.

    —Te mueves bien —murmuró Sinke.

    La melodía principal de la obra, interpretada por los violines, comenzó a tocar entonces sus plácidas notas acompañadas de los pizzicati de los bajos y las notas de los oboes. Mientras, los chicos comenzaron a moverse siguiendo el ritmo. Sinke siempre con los ojos cerrados, como sumido en una profunda meditación. Juntos dieron vueltas al son de los violines, y continuaron así hasta el final de la frase musical. Cuando el clarinete hubo sonado, indicando el inicio de la siguiente frase, interpretada por una dulce conversación entre los violines con los alientos, Sinke abrió los ojos y, levantándole la mano, suavemente hizo a Hinta dar una vuelta algo torpe antes volver a sus brazos, y lo hizo tres veces más hasta que las notas de los chelos los condujeron de vuelta a la frase anterior. Entonces, moviéndose hacia atrás, Sinke la hizo girar suavemente varias veces, tratando ella de no desviarse, luego hicieron lo mismo avanzando hacia adelante, toscamente. La música continuó con la encantadora melodía de la flauta, los oboes y los clarinetes, y los dos bailarines se juntaron de nuevo bailando con los cuerpos pegados.

    —Lo estás haciendo bien, Hinta —dijo Sinke—, sigue mis pasos así.

    —Ya no puedo más, Sinke —temblaba ella—, ¿podemos parar?

    Sinke, deteniéndose por un momento, le sonrió con esa mirada amistosa e impaciente que la ponía roja.

    —Ya viene la mejor parte —respondió emocionado.

    Y al terminar de hablar, el fortissimo sonó, llenando la habitación de la jovial melodía tocada por toda la orquesta. Con movimientos rápidos, pero delicados, recorrieron la mitad de la habitación dando unas cuantas vueltas, y cuando los violines sostuvieron sus agudas notas, Sinke la sostuvo de una mano y la hizo girar sobre su propio eje, y la regresó a sus brazos cuando la melodía continuó. Regresaron por el camino que habían recorrido dando la misma cantidad de vueltas, y terminaron la frase con un último giro de ella. La última parte la bailaron abrazados, casi sin moverse de su lugar, mientras la orquesta continuaba. Entonces sentí la tensión de la realidad, las membranas invisibles que de repente se volvieron perceptibles para Sinke. El espacio entorno a ellos se contrajo con calidez, apretujándolos suavemente uno contra el otro.

    “Ésta es la realidad otra vez”, pensó Sinke.

    Cuando la melodía comenzó a menguar, tocando el tema principal de nuevo, esa mística fuerza también lo hizo. Se separaron lentamente y se miraron a cierta distancia con la respiración acelerada. Conforme lo hacían, el ambiente entre ellos volvía a la normalidad. Toda aquella sensación de forzado confort volvió a la nada de donde había salido. Al tocar las últimas notas, Sinke se inclinó para hacerle la debida reverencia a su pareja de baile, y se quedó así hasta que el sonido de las notas se perdió en las paredes.


    ***​


    —También sentiste eso cuando estabas con Yuska, ¿verdad?

    —Era como en esas ocasiones de hace mucho tiempo, cuando mi escepticismo de la realidad tenía la costumbre de apagarse ante lo que llegaba a impresionarme.

    —¿Eso te significa algo o es insignificante?

    —Absurdo.

    Risas saltaron de la garganta de Sinke.

    —Yo también lo sentí así.

    —Esto todavía no significa tu victoria.

    —Incluso si ahora declararas tu rendición, no la aceptaría. Todavía hay mucho que experimentar.



    [1] De acuerdo a una vieja tradición, el graznido de los patos libera de los sentimientos de angustia, por eso el kué se utilizaba entre algunas personas como expresión para calmar a alguien enojado.
     
  11. Threadmarks: Capítulo 13. Cour d’amours
     
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    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
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    Ciencia Ficción
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    10
     
    Palabras:
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    Capítulo 13. Cour d’amours


    37


    La vio en el umbral de la puerta, ella sonreía con la tediosa alegría y malicia de siempre. Yake, el cual había mantenido inconscientemente la respiración al escuchar girar la perilla, dejó salir el aire por la boca ruidosamente, pero esta vez no con el fastidio que habitualmente su jínne le producía, sino con un contradictorio sentimiento de alivio e intranquilidad. Examinó la imagen de Yuska, que entró como si fuera su propia casa y se sentó junto a él con una mirada coqueta, le jaló los cabellos con algo de fuerza y los agitó como un gato jugando con hilo.

    —¿Qué pasa, Yake? ¿Algo te pone nervioso? —preguntó, le peinó el cabello hacia atrás para descubrirle los ojos de color naranja, pero los mechones se rebelaban de su control y volvían a su posición inicial.

    Todo el tiempo que había estado yendo a su casa a pintar Yake había estado más interesado en sentir cambiar a la realidad como la primera vez. Únicamente habían hecho algunas figuras simples sobre los lienzos: círculos dentro de círculos, cuadrados dentro de cuadrados, triángulos dentro de triángulos, y hasta estrellas dentro de estrellas. La realidad los juntaba cada vez, y su razón comenzaba a ser dominada por las emociones que el misterioso aire dulce les generaba. Cuando terminaban, el encanto de aquel momento se rompía. Esa sensación, que en más de una ocasión llegó Yake a catalogar de placentera, fue la razón de que continuara aceptándola ahí cada semana, solamente para poder revivir ese misterio que se daba por el solo contacto con ella y que no se generaba nunca fuera de esa habitación.

    —Mejor no hacemos nada hoy —dijo Yake, deteniendo la mano que jugaba incesante con sus cabellos.

    —¿Eh? ¿Por qué?

    —Estoy cansado.

    Yuska hizo un puchero y se echó sobre la cama.

    —Idiota, ya que vengo hasta acá me dices que no quieres. Además, ¿tú, cansarte?

    —¿Por qué te ha interesado tanto pintar? —preguntó Yake, con una voz inusualmente temblorosa— Siempre me dices que sólo te parece divertido, pero sé que no es eso. Te he estado viendo todo este tiempo y no me puedes engañar. Es la realidad, la misma que mi hermano y yo hemos sentido, esa cosa que no sabemos llamar de otra forma, también la sentiste desde la primera vez.

    Yuska le apartó la mirada.

    —¿Desde cuándo te han importado mis razones? Tú te la pasas todo el tiempo con la realidad esto, la realidad aquello, la realidad es absurda, no me importan los seres de la realidad. Eres cansino.

    —No eludas mi pregunta —Yake alzó la voz. Al no recibir respuesta de Yuska, se levantó y se dirigió hacia su piano—. Como quieras, no necesito preguntarte nada para saber lo que piensas, eres demasiado fácil de leer. A partir de ahora ya no vendrás.

    Yuska se incorporó sobre la cama, sobresaltada.

    —¿Eh? ¡Qué te pasa!

    —Lo sabes —dijo Yake con un rostro sombrío—, esta tontería ya ha durado demasiado tiempo, y no pienso tampoco seguir permaneciendo en este absurdo jínnliù.

    Sintió entonces un repentino mareo, como si su mente se encogiera y su cerebro se quedara sin sangre. Su visión se volvió negra por unos breves instantes y tuvo la sensación de desmayarse. Desconcertado, volteó a mirar a Yuska, y ella estaba parada frente a él, con las manos en las caderas, apretando los labios, con unos ojos tan severos que parecía a punto de estallar en un regaño o una súplica. Él vio al mismo tiempo varias Yuskas ocupando el mismo espacio: cientos de rostros que mostraban todas las facciones posibles entre la tristeza y el furor superpuestos en la misma cabeza.


    38


    El penúltimo mes antes los exámenes finales en el instituto Ítuyu era siempre el más pesado para todos los grados. Era un mes dedicado a un extenuante maratón de estudios de repaso de todo lo estudiado durante el año antes de pasar al mes de preparación para los exámenes finales, cada día había un pequeño examen, y los agobiantes trabajos de repaso se incrementaban; los maestros no dejaban de marcárselos como si dieran por hecho que nadie tenía vida más allá de estudiar la materia que impartían. Más largas y pesadas parecían las clases, y la presión se podía sentir en cada alumno que abandonaba el instituto. La gente, al verlos pasar, podían notar en sus rostros los estragos de las noches en vela estudiando para el examen del día siguiente, los padres les compraban pastillas para la energía a sus hijos, quienes las tomaban junto a los alimentos mientras que con la otra mano sostenían un libro o escribían en una libreta. Las grandes zonas verdes y el aire limpio por los árboles ya no parecían ser un lugar tranquilo cuando un grupo de amigos repasaban en voz alta o se hacían preguntas para que el otro las contestara, y si alguien perdía una libreta o algún apunte importante se volvía loco y los buscaba hasta en los estanques, donde muchas veces iban a parar papeles arrastrados por el viento, y eran recogidos mojados y apenas legibles. La zona común de alumnos (el área más despejada después de las zonas deportivas y el llano para los bailes tradicionales) también se llenaba durante los descansos de jóvenes que no habían tenido tiempo de terminar todos los trabajos que les habían marcado, y con prisa y desesperación algunos garabateaban lo más rápido que les daban sus manos, resultando muchas veces en trazos incomprensibles hasta para sus propios autores. Había rumores de suicidios de alumnos de tal o tal aula, pero incluso en el caso de ser reales, se habrían mantenido invisibles en las consciencias de todos. Esa situación fue la razón principal por la que la presidenta Altra decidiera anular la iniciativa de los clubes de Ale y Ela, puesto que tal era el ritmo de estudios que se esperaba durante todo el mes de mayo que no había tiempo para los clubes.

    Los jínnyi obviamente también estaban ahogados en trabajos, y dicha agitación se vio reflejada en sus encuentros junto al lago durante los descansos; era de las pocas ocasiones en las que era posible ver a Yuska y a Ate con un libro en la mano, y con la misma velocidad con la que se alimentaban pasaban las páginas de sus libros de historia y filosofía, entre otros.

    —Esto de la historia es un serio problema —dijo Sinke en un momento—, ¿qué pasará cuando sea el año un millón? ¿Les harán aprendernos un millón de años de historia a los estudiantes?

    —No se quejen —dijo Ate—, a diferencia de ustedes, nosotros sí estamos sufriendo.

    —Estimado Ate, me haces sentir tan culpable de nuestro prodigio memorístico e intelectual. Sé que mi hermano y yo deberíamos estar padeciendo los mismos tormentos académicos que los demás alumnos de la realidad sufren, pero la realidad dulces dones para nosotros ha deparado, privándonos de ser partícipes en verdades más amargas. Me avergüenzo de mí.

    En ese momento llegó Ima, se detuvo a poca distancia de ellos y los saludó con una pequeña reverencia. Especialmente sonrió a Sentsa, como si la perdonara por algún daño que ella le hubiera hecho, pero Sentsa continuó leyendo, tensa y pegando la nariz a las páginas como ocultándose. Ima le sonrió a Kanyu con dulzura.

    —Amor, ¿nos vamos juntos hoy también?

    La pálida piel de Kanyu se llenó de sangre hasta las orejas.

    —Claro, te veo en la entrada después de clases—dijo bajando su libro.

    Ima cerró los ojos y lanzo una única risa con la boca cerrada. Se fue de ahí contenta.

    —Deberías concentrarte más en tus estudios y menos por una chica —dijo Sentsa, sin alejar la cara del libro.

    Ate dejó de leer por un momento y la miró con fastidio.

    —No actúes como su madre, si quiere perder su tiempo con una novia, déjalo. Además, después de lo de tu comité, no tienes derecho a criticarlo.

    Sentsa quiso golpearlo, pero una reminicencia de pesar se lo impidió. Se limitó a salir de su escondite y adoptar un aire de orgullo.

    —Sentsa tiene razón —dijo Hinta—, podría ser una distracción durante este tiempo tan difícil.

    —Vamos, no exageren —dijo Kanyu, apenado. Pasó por su cabeza la imagen de su novia también esforzándose duramente por estudiar, a veces sola, a veces con sus amigos, y a veces con él mismo— puedo con las dos cosas, y ella también.

    —Sea como sea, no creo que duren mucho de todos modos —continuó Sentsa, cada vez más concentrada en su lectura.

    Yuska trató de cuestionar a Sentsa sobre sus opiniones con respecto a la relación entre Kanyu e Ima, y eso llevó a otras discusiones de temática similar mientras Sinke lo veía todo entretenido. Yake tuvo que recordarles que no era momento de perder el tiempo en esas pláticas; lo decía más bien porque le incomodaba la evidente pretención de Yuska por querer dirigir esa conversación hacia él de manera indirecta.

    Kanyu, por su parte, se sentía inquieto; le parecía que a sus jínnyi no les gustaba que saliera con alguien independientemente de que fuera una distracción para los estudios; incluso pensó que Ate en realidad tenía celos de él por tener novia. No dijo nada durante todo el periodo que duró la preparación para los exámenes, pero estuvo concibiendo una nueva actividad para cuando el club volviera a funcionar.

    El mes pasó lento. Los jínnyi casi no tuvieron tiempo de verse fuera de la escuela. Yuska era de mente muy distraída, y por eso constantemente acudía a casa de Hinta para ayudarla, y alguna que otra vez también acudió con Yake. Ate se juntaba con Kanyu para el mismo propósito, y cuando ninguno de los dos entendía algo, acudían con Hinta, y cuando ésta tampoco podía, iban con Sentsa, y en la única ocasión en la que ninguno logró aclarar sus ideas, todos terminaron acudiendo a Yake, quien les ponía ejercicios del tema que no entendían.

    Se volvió aún más incómodo para los gemelos el ambiente de la escuela. Los demás alumnos los miraban con recelo porque nunca los veían estudiar o hacer esfuerzo alguno a la vista como todos los demás. Algunos, menos severos con ellos, también pedían la ayuda de Yake, entre ellos se encontraban constantemente Délo y Déla, por lo que Yake tenía que soportar sus constantes arrumacos y sus tiernas maneras de ayudarse entre ellos. Nadie le pedía ayuda a Sinke porque su actitud y forma de expresarse iban a confundirlos y atrasarlos más que a ayudarlos; de ahí que Yake sintiera envidia de su hermano durante ese periodo.

    Finalmente el agotador mes de repaso concluyó, y un suspiro ahogado de tranquilidad sacudió el instituto Ítuyu. Durante el último mes no había más pruebas y los maestros no marcaban trabajos, por lo que las clases se hacían mucho más relajadas hasta el punto de llegar a ser una pérdida de tiempo. Las clases consistían en repasar individualmente sus temas, sentados tranquilamente en sus asientos, y resolver dudas con el maestro, una y otra vez durante toda la jornada. Bastaba que sólo un alumno tuviera alguna pequeña duda para que el maestro tuviera que explicar el tema nuevamente, aunque los demás soltaran exclamaciones de fastidio, y mientras el maestro explicaba a ese único alumno los demás tenían que aguantar el repaso por enésima vez.

    —Ahora es el momento para hacer preguntas —dijo la profesora Nin, quién desde que había empezado su hora no había dejado de revisar todos los temas y preguntando si había dudas—, tienen un mes prácticamente sin nada de trabajo, sólo para repasar, así que no quiero que el día del examen me digan que no habían entendido algo.

    Los alumnos juraban y perjuraban que toda duda ya había sido aclarada. Con tal de salir antes, incluso los que sí tenían dudas confiaban en que aún faltaba mucho para los exámenes y tendrían tiempo para estudiar más calmadamente en sus casas. A causa de todo eso, la escuela dejaba de ser la prisión agobiante y torturante del mes anterior, y se convirtió en algo más parecido a un parque tranquilo en el que los estudiantes practicaban deportes o se relajaban en las áreas verdes, socializando con sus amigos. Las pláticas triviales volvían a ser comunes; chismes sobre los que no les caían bien, las quejas acerca de sus familias y parejas, y los cuchicheos que se levantaban cuando una chica se acercaba sonrojada a un chico. Todo eso remplazó a las desesperadas peticiones de ayuda para recordar lo que un filósofo había dicho hacía más de cien años, una fórmula matemática, o lo que un poeta había querido decir con una metáfora rebuscada. Sin embargo, sabían que para compensar ese lapso de tranquilidad debían mantener una disciplina personal para no olvidar lo aprendido, como si fuera un trato especial entre la escuela y los alumnos en el que les daban ocio a cambio de disciplina.



    39



    “Te regalo tiempo, crea un mundo con él”

    Ráu Shorsta, El danzilmarés y sus demonios

    Dentro del cuarto del club Fíkcionò, Yuska se mantenía relajada balanceándose sobre dos patas de la silla, con los pies sobre la mesa. Sentsa le decía que no lo hiciera porque podría caerse, entre otras cosas. Hinta tomó de la estantería uno de los libros que Sinke había llevado al club, un ejemplar de obras de Shakespeare, y comenzó a leer para matar el aburrimiento. Rato después, cuando Sinke entró, y los saludó una y otra vez como si no los hubiera visto desde hacía días, Hinta le preguntó por qué había escogido esos libros para el club, él respondió que era para tener ideas para sus actividades y darle un aspecto más serio al aula, y luego cambió de tema diciendo que era el turno de Kanyu de proponer una actividad. Kanyu, levantándose con un porte caballeresco, se acercó al pizarrón y escribió los nombres de sus jínnyi en pares de hombre y mujer, luego los miró y sonrió ansiosamente, jugueteando con el marcador.

    —Propongo que, por una semana, finjamos que todos ustedes están emparejados como si fueran novios, Yake con Hinta, Sinke con Yuska, y Ate con Sentsa —dijo mientras usaba el marcador para unir los nombres de las parejas.

    La perplejidad los golpeó a todos, las violentas objeciones no se hicieron esperar; ni siquiera Yake pudo evitar que la sorpresa se apoderara notoriamente de su boca y cejas. La justificación que dio Kanyu era que, de ese modo, pudieran saber lo que se siente estar en una relación amorosa, y añadió que así quizás podrían encontrar el amor o al menos algo parecido entre ellos. Me disculpará el lector si simplemente me salto hasta la parte en que finalmente aceptaron Ate y Sentsa, no sin antes expresar un enfado hacia Kanyu sin precedentes en la historia del jinnliù. Lograron éstos últimos que la única condición fuera sin besos en la boca o cosas de naturaleza similar. Entonces Yuska preguntó, algo atribulada, la razón por la que los había juntado en esas parejas específicamente.

    —A ti y a Hinta los junté con Sinke y Yake porque son bastante parecidos, y a Ate y Sentsa porque… bueno, ya no había nadie más para escoger.

    Fue esa la primera vez que Ate y Sentsa miraron a su jínn con tanto furor, y éste no hizo sino disculparse con una sonrisa patética.

    —Parece que hasta Kanyu tiene un lado macabro después de todo —dijo Sinke, con la cabeza apoyada en la mano y el rostro malpensado.


    ***​


    Los brazos de Yuska lo rodearon inmediatamente. Todos los rostros de las Yuskas que habían aparecido al mismo tiempo desaparecieron menos uno, el más equilibrado entre la furia y el llanto. En su aturdimiento, para la mente de Yake había sido como si su jínne hubiera doblado el espacio-tiempo para llegar hasta él, y por la fuerza del empuje cayó hacia atrás y apoyó sus manos sobre las teclas del piano; salieron disonantes acordes que se desvanecieron hasta ser silencios, pero la agitada respiración de la chica continuó tras ellos, hundiendo la cara en el pecho del gemelo, cuya espina comenzó a sentirse entumida de repente.

    —¿Qué te pasa?

    —No renuncies a esto ahora, por favor.

    La voz de Yuska sonaba apagada, con un pequeño gimoteo, sin decidirse a ser afligida o iracunda. Lo miró entonces con unos enormes ojos brillantes, que tampoco se decidían por la tristeza o el enojo, y Yake tuvo de nuevo la misma sensación, el mismo espacio que se contraía, el mismo aire que se condensaba y los apretaba el uno al otro cuando, sentados frente al lienzo, intentaban lograr trazar aunque fuera unas líneas. Pero en esa ocasión veía su rostro, tenía esos ojos relumbrantes en los que casi podía ver su reflejo. Intentó apartar la mirada; pero era como si paredes invisibles a ambos lados de su cabeza se lo impidieran. La figura de Yuska dejó de ser simples trazos en el mundo para volverse un ser con existencia. Los recuerdos regresaron a todas las veces que se habían encontrado, desde el instante en el que, rendido por el asombro, había aceptado que fuera a su casa todos los sábados, y todas las veces en las que las decisiones que habían tomado los habían hecho juntarse, platicar, vivir experiencias: la visita a su casa, la fiesta de navidad, su reacción cuando fue la confesión de Ima Lib, la campaña presidencial de Sentsa, el festival deportivo, la creación del club. Habían pasado el tiempo y las experiencias suficientes como para que ocurriera lo que el gemelo tanto temía afrontar.

    —Yuska, ¿qué hice para que te sintieras así?

    Ella no dijo nada, se limitó a cerrar los ojos y levantar la cabeza, exponiendo los labios. Eso era todo.

    Infeliz Yake. En vano intentaba convencerse de que aquella Yuska, de algún modo, no era la misma que la que había entrado en su habitación. El frío de la realidad lo empujó hasta los labios de Yuska, sólo una rápida reflexión luchó intensamente en su consciencia. “¿Y si ahora la realidad volviera a cambiar? Lejos de aquí, que evite mi vergonzosa caída”.


    ***​


    Como si de una pareja de espectros se tratasen, los estudiantes del instituto Ítuyu veían incrédulos a Sentsa y Ate caminando tomados de la mano, manos que se apretaban no con el cariño de un par de seres en una relación sentimental, sino con enojo y vergüenza, como queriendo traspasar la culpa al otro por hallarse en esa situación. Fueron Délo y Déla los primeros en verlos con ojos alegres, y con la mejor de las intenciones se acercaron a ellos, tomados de la mano, y al ver aquello, Sentsa y Ate sintieron algo de asco por la cursilería.

    —¡Mira nada más! Finalmente lo han decidido —dijo Déla, aferrándose al brazo de su novio.

    A los jínnyi les alarmó que se lo tomaran con tan poca sorpresa.

    —E… Esto es sólo una actividad de nuestro club —dijo Sentsa.

    —¿Ah? ¿Qué actividad es esa? —preguntó Délo.

    —Se supone que debemos actuar una semana como si fuéramos… una pareja —dijo Ate, encogiendo la cabeza.

    Lejos de desilusionarse, los novios de verdad les mostraron su apoyo, diciendo que quizás al final podrían encontrar que querían ser algo más que jínnyi. Se fueron de ahí no sin antes ofrecer su ayuda en caso de que quisieran saber más sobre el noviazgo.


    ***​


    En el área común de estudiantes se encontraban Yake y Hinta, comiendo sentados en una de las mesas de metal cerca de la cafetería, su mutua cercanía y solitaria compañía les pareció a todos los que los conocían un acontecimiento tan extraordinario como haber sacado un promedio de cien. La chica de cabello dorado tomó tranquilamente con el tenedor un pedazo de carne y lo acercó a la boca del gemelo, el cual lo recibió y comenzó a masticar con desgana, pues no tenía hambre, luego fue él quien la alimentó tomando un poco de arroz con una cuchara.

    —Pasé años cargando enormes piedras en mi espalda, practicando el violín por más de doce horas al día, y leyendo tantas obras maestras en un día, y ahora me encuentro en esta situación.

    Su semblante, más que enojado o irritado, era de incredulidad. Hinta no se sorprendió por eso.

    —Todavía no puedo creer que vivieran así desde los cinco años —dijo tras limpiarse la boca con una servilleta—, ¿su maestro era en verdad tan bueno?

    —Era el mejor —dijo Yake antes de recibir otro bocado, tragó y continuó—, por alguna razón no se asombraba con la idea de que nos sintiéramos así, de otro mundo. No quisiera apresurarme a decir que en algún momento en verdad se lo creyera, pese a que fue él mismo el que nos lo sugirió en primer lugar.

    —¿Y qué les dijo?

    —Decía que no importaba lo que él creyera, porque todas las posibilidades eran un hecho multiplicado por infinito.

    —¿Y eso qué significa?

    —Él cree que existe un número infinito de universos paralelos, por lo que no solamente todo lo imaginable es un hecho, sino que nosotros mismos seríamos una ficción desde el punto de vista de otros seres.

    —Esa idea es algo incómoda. ¿Tú le crees?

    —No tengo razones para hacerlo. A lo mejor no es más que una interpretación alegórica, como el eterno retorno de Nietzche, o una fantasía absurda a lo peor.

    [—Perdona que pregunte, pero ¿ni siquiera su problema del agua o lo del horizonte les hacen pensar que esa idea tenga algo de verdad?

    —Debe haber otras explicaciones dentro de este mismo mundo.]

    Hinta miró el reloj de su celular y vio que aún tenían un cuarto de hora antes de volver al aula.

    —Aún tenemos tiempo, ¿de qué quieres hablar ahora? —preguntó.

    —De lo que se suponga que deban hablar los novios —dijo Yake.

    —¿No incluye eso cosas demasiado triviales? —preguntó Hinta, intrigada.

    —Así es la actividad, me guste o no tengo que hacerlo. Aunque quizás tú prefieras estar con mi hermano.

    La voz se le trabó a Hinta en la garganta por un momento.

    —Me siento más cómoda contigo —dijo—, la verdad me alegra que Kanyu nos haya juntado; eres alguien interesante con quien hablar.

    Una leve agitación había aparecido en su semblante. Yake notó cómo ella apretaba levemente su cuchara, y cómo su cabeza se había inclinado cuando mencionó a su hermano.

    —Me intrigas, jínne, ¿qué ha hecho mi hermano para que te enamores de él?

    La columna de Hinta sintió una parálisis amarga, y retuvo el aliento.

    —No te espantes tanto —continuó Yake—, he usado la palabra enamoramiento, sería muy tonto si hubiera dicho amor.

    —No… en realidad… no es eso.

    —No tienes de qué avergonzarte, en vista de la realidad de la que te tocó ser partícipe, tu género, tu edad, tu orientación sexual, y tu propio e inevitable gusto por lo que te es diferente, supongo que es algo natural.

    —¿De dónde sacas que me gusta lo que es diferente a mí?

    —Del hecho de que tu mejor amiga sea Yuska, hasta el punto de aceptar ser jínnyi.

    —¿Dices que Sinke me gusta porque se parece a Yuska?

    Se llevó las manos a la boca, arrepentida de su elección de palabras. Yake ignoró su reacción.

    —No, te gusta Sinke por la misma razón por la que aceptaste tener una relación de amistad con Yuska; una razón en común; la fascinación por las actitudes diferentes a las tuyas, las cuales complementan carencias en tu propia personalidad. —Luego añadió como si hablara consigo mismo: —Evitar, huir de la homogeneidad, ser testigo de lo que te es contrario, hasta lo que nunca quisieras o pudieras imaginarte siendo.

    Hinta bajó la mirada y escondió el rostro tras sus manos.

    —Sin embargo —Yake volvió a dirigirse a ella—, la atracción y el enamoramiento en ustedes, los seres de esta realidad, si bien el segundo es consecuencia del primero, no son lo mismo. Lo que he dicho hace un momento es insuficiente para que en ti surja ese estado que catalogan como enamoramiento a partir de la simple atracción; por eso dije que me intrigaba. Dime, ¿qué fue, en todo el tiempo que llevamos como jínnyi, lo que hizo que tu cerebro te hiciera tener esa reacción de bienestar y placer cada vez que mi hermano está cerca o es mencionado? Quizá la constante convivencia poco a poco te fue condicionando…

    —Yake —dijo Hinta, con voz discreta pero firme—, no creo que hablar de otros chicos sea una plática de novios, mucho menos si es de tu hermano.


    ***​


    Al intentar retener Sinke y Yuska la risa, ésta salió intermitentemente de sus narices. Un compañero de complexión flacucha de su mismo grupo se había detenido a preguntarles si ahora estaban saliendo. No había ido a preguntar por su propia voluntad, sino que había sido enviado de su propio grupo de amigos cuando éstos no pudieron seguir aguandanto la curiosidad. La respuesta fue un “sí” exageradamente dichoso, tanto que no pudieron hacerlo sonar más falso. Sinke tomó la mano de Yuska y la besó juguetonamente mientras ella le acariciaba el cabello con algo de rudeza.

    —Así es, ahora somos novios —dijo Sinke apenas conteniendose.

    Cuando estuvieron solos, habiéndose ido el flacucho sin decidir si estaban bromeando o no, caminaron hasta el puente rojo y se apoyaron sobre el barandal, con la vista hacia los lirios verdes con flores del lago.

    —Va a ser una semana divertida —dijo Yuska.

    —¿Por qué piensas eso, jínne?

    —Todos se creen de verdad esto de que de repente el único grupo de jínnyi de la ciudad está saliendo entre ellos, es divertido ver toda la atención que nos prestan.

    Sinke notó un esbozo de inconformidad en la última frase de Yuska.

    —Sin embargo, estimada, supongo que haberte unido con mi hermano hubiera sido de tu preferencia.

    Yuska lo miró acorralada, pero luego sonrió nerviosa.

    —¡No!, qué cosas dices, contigo hay más cosas divertidas para hacer. Yake es frío, demasiado serio; no es divertido.

    Volvió a observar el agua, y Sinke vio en ella una pequeña y sonriente mirada melancólica en su rostro mientras un pez negro pasaba bajo su reflejo.

    —Entonces ¿no quieres hablar de mi hermano?

    —Hablar del hermano de tu novio en un momento como éste no es lo que haría una pareja normal.

    —Bueno, ¿qué quieres hacer ahora?

    —Pues ya recorrimos toda la escuela y sorprendimos a muchos… ¿por qué no sólo nos quedamos aquí un rato?

    Esa mirada ensoñadora no había desaparecido de su rostro mientras hablaba; Sinke creyó que haber mencionado a su hermano de algún modo le había puesto un freno a su actitud normal.

    —Pues hablemos de lo que sea.

    Yuska permaneció en silencio un rato, luego dijo:

    —¿Viste a Hinta y Yake en el área común? Creo que se veían bien juntos, ¿no crees?

    —¿No dijiste que no hay que hablar del hermano de tu novio?

    —Hablar del hermano no —Yuska levantó el índice autoritariamente—, pero hablar de otras parejas sí que es algo común entre los novios.

    —Si tú lo dices.

    Yuska tecleó suavemente sobre el barandal.

    —Ambos son callados y poco divertidos, supongo que es normal que se entiendan mejor —dijo Sinke.

    —Sí, ya lo sé. Mira, los peces se ven normales hoy, como casi todo el tiempo, aunque a veces he logrado ver que los que tienen pocos colores prefieren estar más cerca de los peces con muchos colores, me pregunto si les llaman más la atención por eso.

    —Es posible.

    —Se siente tan bien no tener tantas presiones en la escuela en estas fechas —estiró placenteramente los brazos—, podemos estar más tiempo aquí afuera… ¡Mira!

    Un pequeño gusano medidor había llegado hasta el barandal, Yuska acercó su mano para que se subiera y jugó con él con cuidado para no lastimarlo; su rostro mostraba una alegría exagerada.

    —¿Un pequeño gusano te hace tan feliz? —preguntó Sinke.

    —Es muy bonito, ¿no te parece? —dijo mientras el gusano recorría su brazo con largas zancadas.

    —Puede ser, pero también es algo extraño, ¿no crees? Es de color negro, sombrío, mira la forma en que se desplaza, se levanta sobre sus patitas traseras y medita en donde debe poner las delanteras antes de arrastrar el resto de su cuerpo. Es un insecto analítico; tiene que pensar su siguiente paso dos o tres veces, y por eso a veces tarda en decidirse. Curioso es que sus pasos tan fríamente calculados lo hayan conducido hasta tus manos.

    —Sí, lo sé, pero aun así me parece adorable.

    —¿Qué hizo el gusano para que te pareciera de ese modo?

    —No hay razón, sólo porque sí.

    El gusano se dirigió entonces a la punta de su dedo índice, Yuska lo colocó en frente de la hoja de un árbol, cuyo ramaje caía a un lado del puente, y lo dejó seguir su camino hasta perderse en el follaje. El rostro de Yuska expresó algo de tristeza cuando se hubo ido.

    —Qué extraña es la reacción que puede generar en ti un ser tan extraño.

    —¿Qué?

    —Nada, sólo digo, te sientes tan contenta cuando llega a ti, te hace sentir un placer especial pese a ser tan repelente, pero él sólo parece tratar de escapar de tus garras; no le importa lo que puedas hacer por él; para él no serás más que un ser sin relevancia en su incesante avanzar por la vida.

    —Yo… no creo que Yake en verdad piense así.

    —¿Quién está hablando de mi hermano? —Sinke sonrió con malicia— Yo hablaba de ese gusano.

    Yuska se puso roja, y trató de mostrarse más relajada.

    —Cierto, cierto… yo también hablaba del gusano.

    —Vaya, ¿qué dirá mi hermano cuando sepa que lo comparaste con un gusano?

    —Seguro no le tomará importancia, soltará un suspiro y hará otra cosa… ¡Espera, No lo comparé!

    —Bueno, como digas.
     
  12. Threadmarks: Capítulo 4. Qwáo-grüm
     
    Paralelo

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    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
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    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    10
     
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    Capítulo 4. Qwáo-grüm


    13


    Los exámenes parciales habían terminado. Faltaba una semana para el Qwáo-ǧüm, la fiesta tradicional en la que los danzilmareses rendían honor y homenaje a sus difuntos, y era obligación de todas las escuelas organizar los preparativos pertinentes para tal celebración.

    Los mejores promedios de cada grupo eran exhibidos siempre en un tablero de la zona de alumnos una semana antes de la fiesta, y ese día había cierto ajetreo alrededor de él para saber quiénes habían sido los mejores promedios del primer parcial.

    —No hay nada que motive más la competencia que exponer a los mejores para que los demás se sientan inferiores —rio Sinke.

    —De ese modo quizás se animen a estudiar más —dijo Kanyu—, aunque es verdad que la mayoría sólo acaban estresándose más.

    —Es necesario hacer este tipo de competencias —dijo Sentsa contundentemente—, ¿cómo quieren que el país progrese si no tuviéramos alumnos sobresalientes?

    Al abrirse paso entre la muchedumbre, Sentsa vio que su nombre estaba en el de los décimos lugares con un promedio de noventa, mientras que los gemelos compartían el primer lugar con un promedio de cien, los únicos en toda la escuela en lograrlo. Hinta iba entre los quintos lugares con noventaicinco, y Kanyu arriba de Sentsa con noventaiuno. Sólo Ate y Yuska no se sorprendieron por no aparecer. Sentsa felicitó a los que la habían superado, aunque el tono en que lo hizo reveló un poco de envidia.

    Una conmoción invadió al enorme grupo de alumnos reunidos alrededor del tablero.

    —¡La presidenta Altra! —se escuchó exclamar.

    Como si se tratara de una reina, comenzaron a abrirle paso a una chica de mirada serena y tranquila, que caminó hacia el tablero con los ojos cerrados. Su belleza cautivaba a la hormonada juventud de la edad. Casi todos los chicos y chicas le brindaban homenajes de suspiros y alabanzas, y murmuraban sobre las incontables virtudes que rodeaban su aura portentosa, como si en ese momento se hubiera convertido una heroína que despedazaba la autoestima de los demás con su presencia. A pesar de su mirada apacible y venerable, una sonrisa soberbia luchaba por permanecer oculta.


    ***​


    —¿Quién era ella?

    —Un año antes, nadie se podría haber imaginado que Altra Fén, una chica de apariencia frágil, fuera la poseedora de uno de los cerebros más privilegiados que el instituto Ítuyu hubiera tenido el honor tener, y rápidamente sus grandes habilidades para los estudios, deportes y artes se hicieron famosos por toda la escuela, así como una belleza que muchos admiraban. Un cabello negro y brillante, que se volvía levemente café hacia sus delicadas puntas, coronaba su cabeza; su piel era predominantemente clara, barnizada con un tenue tono oscuro. Decenas tuvieron que rendirse ante la dolorosa negativa de ella en cada confesión, siempre con una inocente sonrisa de adorable sosiego y beatífico porte que hacía imposible enojarse con ella; incluso durante el rechazo producía el efecto de un encantamiento sobrecogedor. Ante tal chica no era de extrañarse que lograra en poco tiempo en ganarse la simpatía de todo el alumnado, lo suficiente como para volverla presidenta del consejo estudiantil cuando ella cursaba el segundo año…


    ***​


    Llega al tablero. Todo a su alrededor permanece silencioso, como si fuera la coronación de una emperatriz que acaba de recibir todo un imperio, y sonríe al ver que, de nuevo, encabeza su grupo con un total de noventa y nueve. Luego de eso, se pasea a lo largo de todo el largo tablero para observar los nombres de todos los primeros lugares, y aunque su porte es el de la presidenta dedicada que se interesa por sus humildes plebeyos, en el fondo ríe porque ningún otro ha obtenido un puntaje más alto que ella. Llega a las calificaciones de la clase 1-C, repara en los nombres de los gemelos al lado de los cuales los dos números cien escupen en su orgullo. Su sobresalto emocional pasa inadvertido, su temperamento radiaba la integridad de una sacerdotiza consagrada a los dioses. Con esa misma dulzura, se voltea hacia sus humildes compañeros y pregunta:

    —¿Dónde están los gemelos Yake y Sinke Gramt?

    Un sonido como una estática de voces sale de las bocas de los jóvenes, miran a la derecha, a la izquierda, a lo lejos y detrás.

    —¡Aquí están! —exclama Yuska, levantando la mano con frenesí.

    Como si alguna fuerza invisible los empujara, el resto de los alumnos se aparta de los gemelos y los dejan expuestos a la vista de todo el mundo. La presidenta Altra se dirige solemnemente hacia ellos, más flotando que caminando (parece que nunca va a llegar), y les dice:

    —Ya había escuchado mucho de ustedes, pero ésta es la primera vez que tengo el gusto de verlos en persona. Mi sinceras felicitaciones por su logro, uno que ni siquiera yo he tenido el honor de alcanzar, espero que tengan muchos más.

    Les hace entonces una modesta reverencia de cabeza, sonrisa y porte de ángel que resplandecía como el reflejo del sol en la arena.

    —Inconmensurables tus celos han de ser —dice Sinke teatralizando la voz—. ¡Qué desdicha es pues detrás de nosotros estar por algo tan insignificante como un mísero punto! Más tiempo deberías dedicar a tu mente desarrollar en vez de tu cabello con champú de flores rojas lavar.

    Todos sus fieles revientan en exclamaciones, espetan al gemelo grosero alzando la voz: ¿cómo osa dejar salir así su irreverencia? Altra permanece impasible.

    —Veo que no se equivocaban los que hablaban de ustedes, dos gemelos como dos gotas, uno de agua y otro de aceite. Díganme, ¿quiénes son sus amistades?

    —¡Somos nosotros! —exclama Yuska antes de que el silencio le ganara— Nosotros cinco somos un jinnliù.

    Yuska casi a la fuerza saca a los demás de entre la muchedumbre, y quedan ahora expuestos para su vergüenza como animales de circo, entorno a los cuales los demás murmuran.

    —Así que un jinnliù —dice la presidenta, más complacida que sorprendida—, no son muchos los jóvenes que hoy en día mantengan viva tal tradición danzilmaresa. Lamentablemente es algo de lo que incluso yo carezco, así que les aconsejo que lo aprecien mucho —procede a retirarse del mismo modo ceremonioso con el que llegó. Se detiene, voltea a mirarlos una vez más y habla dulcemente—: Por cierto, el Qwáo-ǧüm es en una semana, así que esfuércense mucho.

    Se va de ahí y todo vuelve a la normalidad. El tema de conversación general entre los alumnos es la presidenta. Ni siquiera recuerdan a los gemelos ni a su grupo de jínnyi.


    14


    El Qwáo-ǧüm comenzó una semana después. Ese día, Sinke llegó al instituto portando su dêiro azul marino con gran sonrisa cínica y caminando con falsa solemnidad. Ese sombrero piramidal era uno de los sellos característicos más representativos de danzilmar en el resto del mundo, volviéndolo una identidad nacional a pesar de ser de muy poco uso. No eran pocos los extranjeros que, al escuchar el gentilicio “danzilmarés”, se imaginaran a los habitantes de la isla en sus ropas azules y con sus sombreros piramidales.

    —No se supone que te lo pongas todavía —dijo Kanyu al verlo—, todavía falta mucho para el baile.

    —Pero me hace sentir muy danzilmarés —contestó Sinke jactancioso—, y después de todo, ¿no son las fiestas y tradiciones folklóricas precisamente para eso? ¿Para recordarnos todo el tiempo el orgullo que debemos sentir por haber nacido en este país?

    —Así debería ser —dijo Hinta—, pero la mayoría prefiere celebrar cosas de otros países.

    —Está bien que lo hagan —dijo Kanyu—, no es como si se fueran a olvidar del Qwáo-ǧüm por eso.

    En el instituto Ítuyu había varias actividades programadas, entre ellas se incluían no sólo los ritos tradicionales del país, sino también, por elección de los jóvenes, actividades divertidas de otros países, especialmente elementos del Halloween estadounidense. Esa mezcla de alumnos disfrazados de diversos monstruos y cosas de otros países, y alumnos portando el tradicional tàig azul cielo de su país, irritaba mucho a Sentsa, la cual, ante cada alumno disfrazado que pasara junto a ella, movía la cabeza con desapruebo.

    En cuanto Yuska llegó disfrazada de zombi, Sentsa no pudo evitar reprenderla por no respetar la festividad como se debía.

    —La escuela no ha prohibido nada de esto —se defendió Yuska cínicamente—, además, esto es mucho más cómodo en comparación al tàig.

    —Eso no es lo importante —continuó Sentsa—, pienso que debemos siempre preferir nuestras tradiciones a las de otros países. ¿A dónde iremos si permitimos que nuestra cultura se contamine de este modo?

    —Por supuesto —contestó fríamente Yake—, es estúpido disfrazarse de cualquier tontería que se ha visto en películas o la televisión sólo para divertirse. Por suerte aún hay muchos que tienen algo de cordura y se visten con una incómoda túnica rígida, y se ponen un ridículo sombrero piramidal, porque creemos que con eso apaciguaremos a los muertos para ayudarlos a descansar en paz y que nos den suerte el resto del año. Definitivamente nuestras tradiciones tienen mucho más sentido.

    Entonces Yuska se lanzó hacia él intentando “comerse” su cerebro para así poder aparecer en el cuadro de honor alguna vez, de lo cual el gemelo hizo poco para defenderse más que mantenerse firme sobre el suelo.

    Aunque a Sentsa no le gustó lo que Yake había dicho, no le respondió y salió para cumplir con otros deberes del festival.

    Ate llegó al empezar la tarde, justamente cuando la quema de los catorce inciensos azules había comenzado en la gran explanada de la escuela, y se unió a sus compañeros alrededor del enorme círculo humano, en el centro del cual el “sacerdote” designado encendía uno a uno los inciensos ceremoniosamente a lado de unos enormes trípodes apagados, al mismo tiempo recitaba unos versos sagrados en danzilmarés antiguo, luego arrojó dentro de los trípodes los polvos que coloraban las flamas de un intenso azul. Un penetrante aroma amargo se expandió por toda la explanada. A su alrededor, los alumnos y profesores observaban todo con respetuoso silencio, y no eran pocos los que de verdad intentaban poder sentir a algún ser querido aferrando fuertemente una foto contra sus corazones. Ate fue de los pocos que no resistieron la tentación de taparse la nariz, y no dejó de hacerlo hasta que Sentsa lo regresó a la comunidad por medio de un pellizco en el brazo.

    Al terminar la ceremonia, los once fuegos azules fueron apagados. No serían encendidos nuevamente hasta la noche, durante la danza.


    ***​


    —Llegas tarde —dijo Sinke cuando Hinta llegó a su lado—, habría sido una verdadera pena que te perdieras este delicioso incienso con aroma a caracol quemado.

    —Un perro mordió mi tàig mientras venía y tuve que regresar a costurarlo —contestó Hinta, mostrando la marca de la costura improvisada en el pantalón.

    —Bueno, pero aunque te hubiera mordido la pierna, no creas que te hubieras librado del baile —dijo Sinke.

    Seguía Hinta nerviosa pensando en el momento en que pasarían a bailar.

    —Saldrá bien —continuó Sinke, sin importarle la solemnidad del ambiente—, después de tanta práctica todo saldrá bien. Además, te ves óptima en con tu dèiro.

    Hinta no pudo decir nada ya que Sentsa, con una irritada expresión, les hizo señas con el dedo para que se callaran.


    ***​


    Sentsa se dio cuenta de que Ate se tapaba la nariz, por lo que le dio un pellizco en un brazo para que dejara de hacerlo; aplacó sus miradas de protesta con otra mirada de reproche hasta que se calmó. Pasado un rato, mientras la procesión continuaba, discretamente sacó una fotografía de su madre, y aferrándola contra sí con fuerza, cerró los ojos.

    Durante la semana que había durado la planificación se había decidido lo que cada uno haría. Sentsa, la representante del grupo, fue designada para ser parte de los jueces para premiar al aula que hubiera hecho la mejor actividad de la escuela, por lo que estaría ocupada todo el día. Sinke arrastró a Hinta para ser los que representaran al grupo en la danza de los once fuegos azules. Kanyu y Ate estarían atendiendo un pequeño puesto de panes de ánimas y otros dulces que Kanyu preparía con sus propias manos. Y Yuska acosó a Yake hasta que accedió a ayudarla para organizar el altar que iba a representar a su grupo.


    ***​


    “Termina la ceremonia de los inciensos. Inician las actividades. El dinero que se junte en la venta de comida y artesanías se donará para pagar las excursiones de los segundos y terceros años a otras partes del país”.

    Kanyu y Ate se instalaron en el puesto que les designaron cerca de su edificio, ahí Kanyu instaló un horno eléctrico portátil.


    “Se construyen los altares”.

    Más extraña era la escena de una zombi dirigiendo la construcción de un altar a sus compañeros dentro de su aula.

    —El gris no me parece un color muy aterrador —comandaba a sus ayudantes—, mejor usemos una manta roja.

    —No se supone que dé miedo, se supone que sea triste y tradicional —respondió el chico flacucho que traía las mantas.

    —Vamos, compañeritos. Los muertos están muertos, no les molestará algo tan tonto como el color —argumentó Yuska.

    Yake simplemente hacía lo que Yuska le decía sin cuestionar palabra alguna.


    “Los jueces se preparan”.

    Sentsa estaba ocupada yendo de un aula a otra en compañía de un grupo de chicos de los tres años. Habían sido designados para ser los jueces del concurso de altares, por lo que supervisaban constantemente los progresos de sus compañeros. Algunas veces intimidaban con su presencia a los estudiantes que, en su nerviosismo, no podía ocultar su desesperación de agradarles.

    Durante un momento en que los jueces se tomaron un descanso para disfrutar un poco del resto del Qwáo-ǧüm, y se reunieron con los jueces de las demás actividades, se le dijo a Sentsa que la representación de Plôuliù de su aula era hasta ese momento una de las favoritas, con grandes probabilidades de ganar, por lo que ella se sintió orgullosa. No obstante, se preocupó por el altar cuya creación Yuska dirigía, e imploró al aire que no fuera el peor de toda la escuela.

    Llegó entonces Déla al grupo, que estaba reunido alrededor de una de las mesas circulares de la zona común de alumnos, y se disculpó por haberse ido sin avisarles, pero Sentsa la vio con ojos sospechosos al notarle la respiración acelerada y la sonrisa satisfecha, y se acercó a ella como una madre al sorprender a su hija rompiendo las reglas de la decencia.

    —¿Estuviste con tu novio otra vez? —preguntó enojada, casi colérica.

    —¡No… no es verdad! —contestó Dela sin poder evitar que su rostro y lenguaje corporal, indicado por un contorneo de su cuerpo con las manos protegiéndole la cara, la delataran.

    —Es por eso que deberían prohibir las relaciones entre alumnos —dijo Sentsa—, ahora estás fungiendo como una de los jueces de la escuela, y como tal, deberías ser un ejemplo para todos. No puedes irte así como así para besuquearte con tu novio. ¿Cómo vamos a quedar los jueces?

    Los jóvenes jueces trataron de calmarla, intimidados por aquella reacción exagerada diciéndole:

    —Déjala, no hizo nada malo.

    —Qué exagerada.

    —Tu actitud es peor ejemplo para los jueces.

    Sentsa no hizo caso.

    —Sostengo lo que digo —contestó serenándose—, la escuela no es lugar para romances. Mucho menos durante este día tan sagrado.

    Rato después, cuando los ánimos se hubieron enfriado, llegó hasta su mesa la presidenta Altra. Todos se pusieron de pie y le hicieron una reverencia, la cual ella les regresó.

    —Estimados jueces, ¿les molestaría si me llevo a Sentsa por un momento?

    Sentsa contuvo el aire, sintió espinas en las palmas.

    —¿Quiere hablar conmigo, presidenta?


    “Sin clientela”.

    Sentado en su puesto, Ate esperaba a que alguien más se acercara a comprar algo mientras Kanyu seguía preparando los panes. Las manos de Kanyu, pegajosas de masa y levadura, ensuciaban involuntriamente su barbilla cuando reflexionaba sobre algo. Ate se entretenía con el olor del pan recién hecho.

    —Oye, Kanyu, ¿por qué hacemos esto?

    —¿Los panes, o a qué te refieres?

    —Digo para qué hay que hacer este tipo de celebraciones cada año. No sólo el Qwáo-ǧüm, sino cualquier otra fiesta.

    —Sentsa dice que estas fiestas mantienen unido al país. La gente necesita sentirse unida para recordar que son una comunidad. O algo así, la verdad no le presté mucha atención.

    —¿Estás de acuerdo en todo eso?

    Kanyu estuvo un momento en silencio.

    —Para Sentsa, esto es algo absolutamente necesario para que las tradiciones danzilmaresas prevalezcan y no nos olvidemos de nuestra identidad en el mundo.

    —Pero yo me pregunto si vale la pena seguir haciendo lo mismo cada año, no le veo sentido —dijo Ate.

    —Quizás ambos puntos de vista estén correctos.

    —Qué difícil es para ti tener una opinión propia, ¿por qué no me dices lo que piensas de veradad en vez de tratar de darle gusto a todos?

    Kanyu iba a abrir la boca, pero no encontraba las palabras adecuadas para expresar su contrariedad. Finalmente preguntó:

    —¿Por qué quieres hablar de eso tan de repente?

    —No sé, estoy aburrido.

    Ate hubiera seguido reflexionando, pero esas inquietudes fueron interrumpidas por su pereza.


    15


    —¿Qué opinas, Sentsa? ¿Te interesa esa idea?

    —La verdad es que me ilusionaba mucho, presidenta, y ahora me siento tan nerviosa, pero no entiendo por qué alguien como yo debería.

    —Porque eres la primera que veo en mucho tiempo que se interesa tanto en preservar la moral danzilmaresa. Ya viste a Déla, por ejemplo, la mayoría de los estudiantes, me temo, se acercan más a su actitud que a la tuya.

    Pasaron junto a un puesto de amuletos hechos a mano. Una pareja compraba uno para la buena suerte en el amor. Sentsa los miró con recelo.

    —Siendo la presidenta de un departamento de moral, podrías ayudar a mejorar un poco el instituto —vio la presidenta su mirada de desapruebo hacia esos chicos.

    —Siempre me pareció que esta escuela era demasiado libre, ni siquiera es obligatorio el uniforme escolar, como si fuéramos americanos.

    —Pero si hubiera un departamento de moral, se podrían implementar, además de muchas otras cosas.

    Sentsa sentía gran emoción por aquel proyecto que le proponía la presidenta, pero le extrañó que se viera tan interesada en motivarla para que creara su propio departamento en lugar de hacerlo ella misma.

    —Yo sólo soy la presidenta del consejo estudiantil —dijo Altra con humildad—, puede parecer un gran cargo, pero no tengo tanto poder como imaginan todos. Sí, es verdad que puedo decidir sobre algunas cosas que serían mejores para los compañeros en el sentido académico, los presupuestos para los viajes y los clubes, ayudo a decidir el material didáctico, y mi opinión es tomada en cuenta por el director y los administrativos para decidir las evaluaciones a ser aplicadas a lo largo del año. Pero si hablamos de sus comportamientos y actitudes, su necesidad de sentirse libres y gozar su espíritu juvenil, estoy muy limitada. No puedo ordenarles cómo vestir, cómo comportarse ni qué modales usar; las tendencias liberalistas de los últimos tiempos quieren dejar ese tipo de educación fuera de las escuelas, esperando que las influencias cotidianas del resto de la sociedad sean suficientes para mantenerlos por el buen camino. Sin embargo, he hablado con el director y está dispuesto a abrir un comité para la preservación de la moral de manera independiente al consejo estudiantil, claro, en caso de que alguien se anime a dirigirlo.

    —Eso no me suena muy lógico, ¿por qué abrir un departamento que se encargue de los estudiantes sin estar vinculado al consejo estudiantil?

    —No sería buena idea mezclar los asuntos relacionados a los estudios con los asuntos relacionados a su conducta y moralidad, es de las pocas cosas con las que estoy de acuerdo con la tendencia moderna, pero no estoy de acuerdo con que las instituciones no deban tener cierto control, y ahí entrarías tú. No estarías a cargo de los estudios como yo, sino a cargo de que mantengan una imagen de moralidad y decencia. Son cosas diferentes y hay que mantenerlas separadas lo máximo posible. Seríamos ambas como dos presidentas especializadas en diferentes aspectos de la vida estudiantil. De esa manera podrás implementar de nuevo los valores danzilmareses entre los estudiantes, ¿no es algo que te gustaría hacer? Si aceptas, podría hablar con el director.

    Sentsa todavía no estaba convencida de que la relación entre la virtud académica y la moralidad estuvieran tan desvinculadas como la presidenta parecía sugerir. Sin embargo recordó a los gemelos y sus promedios, que eran perfectos a pesar de que sus actitudes fueran tan opuestas a lo que ella siempre había dado por hecho para las personas de capacidades virtuosas. Sintió un hueco en la cabeza al pensar en eso.

    —Lo haré —contestó por fin, resueltamente.

    La presidenta sonrió con jovialidad.

    —¡Maravilloso! En ese caso, ya nos veremos luego para arreglar detalles y decirte cómo debes presentar la propuesta al director —se reverenciaron una vez más y Altra se dispuso a marcharse—, ¡y salúdame a tus magníficos jínnyi! —dijo antes de irse.


    ***​


    A las cuatro de la tarde, los altares estuvieron listos para que los jueces eligieran al grupo ganador. El grupo 1-C, liderado por Yuska, había arreglado el suyo de una manera muy poco ortodoxa y muy extravagante en comparación con los de los otros grupos. Cuando los estudiantes que habían sido elegidos como jueces llegaron al aula, inspeccionaron detenidamente la extraña cosa que habían construido. Sobre la mesa principal habían colocado una mesa más pequeña, y al colocar los manteles de color rojo vivo sobre ambas mesas daba la impresión de ser una única mesa de dos pisos. En la mesa superior habían puesto una enorme cruz de madera acompañado de un cráneo de utilería a la izquierda y una cabeza encogida de juguete a la derecha, así como varias fotos y dibujos de gente fallecida. En la mesa inferior, además de la comida típica tradicional, habían tenido la osadía de colocar otras cosas que rompían el esquema del festival, como hamburguesas, perros calientes, ensaladas, dulces y panes no tradicionales, e incluso unas extrañas calaveras hechas de azúcar que Yuska le había pedido a Kanyu que preparara especialmente para eso. En el suelo, justo enfrente de la mesa, se encontraban decenas de velas colocadas como si formaran un camino que conducía hacia la mesa, sobre el cual habían puesto pétalos de rosas y otras flores. Todo el altar estaba ante una pared en la cual habían colocado un enorme poster de una nube negra que contrastaba con lo rojo de los manteles, y a las cabezas anteriormente mencionadas les habían puesto pedazos de pan de ánimas en la boca. Varios juguetes acompañaban a los comestibles en la mesa grande.

    Tras una larga deliberación, el altar del grupo 1-C salió ganador porque, según el anuncio de los jueces: “Era una nueva y original perspectiva del alcance al que podía llegar la mezcla de las tradiciones danzilmaresas con elementos de la vida moderna”. Obviamente Sentsa votó en contra y se enojó con Yuska por poner tantos elementos ajenos a la tradición.

    —La cruz de madera la puse por recomendación de Yake —se justificó Yuska—. Dijo que no hay nada más triste que gente venerando a un dios que se envió a sí mismo en una misión suicida para perdonar a todos por pecados que él mismo permitió que… o algo así, no recuerdo bien pero me gustó la idea. Además no quise que fuera todo tan triste, así que puse esas cabezas y juguetes, después de todo algunas de las ánimas que vendrían de seguro son de niños, ¿o no? El camino de velas es para que las ánimas pasen en fila hasta la comida para que no se peleen por ella y causen un poltergeist. Y hablando de eso, la comida es variada porque estoy segura de que, después de hacer todo el viaje desde el más allá, no van a estar satisfechos sólo con pan de almas o búr[1], así que añadí otros tipos de comida para que no tuvieran que comer siempre lo mismo cada año. Yo estaría harta si fuera una fantasma y cada año me ofrecieran la misma comida, ¿no crees?

    Sentsa no quiso perder el tiempo argumentando contra eso.


    ***​


    —¿En verdad crees que existen los espíritus, y que se interesan en venir hasta aquí en esta fecha? —preguntó Yake mientras acomodaba el enorme mantel rojo sobre la mesa.

    —La verdad sólo me dejo llevar por la fiesta —contestó Yuska.

    —Yo no creo en el alma, pero aún si lo hiciera, los espíritus me parecerían verdaderamente tontos por seguir preocupándose de que los recordemos cada año.

    —¿Si tú fueras un fantasma, no te gustaría que te hicieran una fiesta cada año?

    —No sería tan arrogante como para creer que soy especial por estar muerto. Lo importante ocurre en la vida, no en la muerte.

    —Pero tú no crees tener alma, ¿entonces qué más da?

    —Claro, cuando mi consciencia muera, ¿qué más me importará si alguien se acuerda o no de mí? No es como si me la fuera a pasar llorando toda la eternidad porque nadie reza por mí o no me dejan un pan de almas en la mesa.

    —Qué feo —dijo Yuska, pensativa.

    Siguieron trabajando.


    ***​


    Las actividades llegaron a su fin cuando el sol comenzó a ocultarse unas horas después. La gran explanada del instituto fue entonces circundada por los alumnos de todos los años y visitantes que querían ver el baile de los once fuegos azules. Los trípodes de acero fueron de nuevo rociados en abundancia con los polvos de color azul, y al ser prendidos una vez más, cuando el sol se hubo ocultado tras los edificios distantes de la ciudad, las llamas azules iluminaron la explanada con un fulgor solemne y fantasmagórico ante las exclamaciones de asombro de la gente. Una pequeña orquesta compuesta por varios alumnos comenzó a tocar con instrumentos folklóricos. Dos tocaban sus dâryöyi, vibrando suavemente sus cuerdas metálicas con gruesas barritas de hierro; otros dos soplaban en sus pláoyi y sacaban de ellos, con sonidos huecos de madera, una profunda y melancólica melodía; uno marcaba el ritmo con el nláy, golpeando la placa de aluminio a través del cuero del gran tambor, lo que daba una sensación de profundidad y misticismo; el último golpeaba las placas metálicas de su lòim, sacando de él un sonido misterioso y exótico que estremecía las espaldas de los oyentes con cada golpe.

    En ese momento sacro, las once parejas vestidas con sus dêiroyi se dirigieron hacia la llama que les había sido asignada, se tomaron de la mano antes de ofrecer una educada reverencia danzilmaresa hacia el público, y luego otra más hacia el fuego alrededor del cual iban a danzar.

    Toda la semana anterior las once parejas habían estado ensayando en ese mismo lugar con los trípodes apagados. Sinke estuvo todo el tiempo pendiente de ayudar a Hinta para que no olvidara los pasos o se pusiera muy nerviosa cuando tuviera que hacerlo ante todos. “Esto será más fácil que el vals”, le había dicho el día del primer ensayo para darle más confianza.

    Pero en ese momento, vestidos con sus túnicas azules con bordados zigzagueantes y sombreros piramidales, escuchando la profunda música de sus instrumentos exóticos, iluminados por las hipnóticas llamas azules de los once fuegos, mareados por el ambiente perfumado con el áspero olor del incienso, parecían estar todos en un enigmático ensueño en el que la realidad y la fantasía se mezclaban en un espacio inquietante pero sagrado, y evocaba una lejana época en la que los danzilmareses creían en verdad que las almas observaban con benevolencia a los vivos desde las profundidades de los fuegos, como ventanas que conectaban con el Lérenh, para llenarlos de bendiciones durante un año si quedaban complacidos.

    Los pláoyi comenzaron a tocar con más intensidad, y en ese momento el baile comenzó. Los bailarines se movían con pasos lentos pero firmes alrededor de los fulgores como majestuosos espectros, siguiendo el ritmo del profundo tambor que resonaba como un enorme corazón. Los chicos sujetaban a las chicas de la cabeza, se movían hacia atrás mientras ellas los tomaban del torax, luego esas mismas manos se sujetaban simbolizando la unión del corazón con la cabeza, y tomados de las manos rodearon el fuego dando vueltas. Repetían el mismo paso cada tres vueltas que dieran a su trípode, y al completarse el mismo juego nueve veces, se movían al fuego contiguo tomados de la mano para repetir el mismo proceso hasta que hubieran recorrido los once fuegos.

    Entre los bailarines se encontraban los siempre románticos Délo y Déla, los cuales aprovechaban algunos momentos para darse una que otra caricia retozona ante la mirada desaprobatoria de Sentsa. Sinke y Hinta seguían haciéndolo todo normalmente sin que ella se olvidara de los pasos.

    —Es extraño todo esto, ¿no te parece? —murmuró Sinke de repente.

    —¿Qué? —Hinta ya parecía esperar que Sinke hiciera un comentario.

    —Mira a tu alrededor, jínne, la gente observa con orgullo como una preciada tradición se desenvuelve frente a sus ojos, e incluso puedo ver que hay algunos extranjeros que nos observan como una curiosidad que poder contar cuando regresen a sus países; de esa manera quedarán como cultos, o al menos como conocedores de una parte del mundo para los patéticos que no hayan viajado jamás. Si supieran que todo esto es en realidad más insignificante de lo que parece…

    —¿No te parece que esto es importante?

    —Es importante si para sentirte bien requieres una comunidad, compartiendo una tradición común, aunque tal tradición sea en realidad tonta y supersticiosa.

    Se movieron hacia el siguiente fuego con el mismo movimiento danzante.

    —Creo que con tal que la gente permanezca unida en comunidad, no importa que sea por medio de tradiciones que no tengan sentido —dijo Hinta después de un rato.

    —Sabias palabras —contestó Sinke, divertido discretamente.

    La gente continuó observando a los jóvenes danzantes por un rato más. Y tal como lo había dicho Hinta, estar ante ese ritual unía en espíritu al pueblo danzilmarés, haciéndolos sentir como uno sólo y motivándolos a sentirse orgullosos de su cultura.

    “Masturbación cultural”, pensó Sinke.


    ***​


    “Delirante”.

    Terminado el baile de los once fuegos azules, las ceremonias tradicionales llegaron a su fin por ese año. Sin embargo todavía quedaban algunas actividades para la diversión de los jóvenes, las cuales habían sido votadas en la semana previa al festival. Entre esas actividades sin valor cultural había una competencia de disfraces que se llevaría a cabo en el auditorio. Los jóvenes pasaban uno a uno a exhibir sus disfraces hechos en casa y hacer una pequeña representación teatral con el tema de sus disfraces para diversión de los demás, y los que tuvieran los mejores trajes e hicieran la mejor representación recibirían un premio por medio de una votación general. Yake se paseaba, reteniendo con todas sus fuerzas sus ganas de largarse de ahí, entre los jóvenes que portaban los disfraces más extravagantes. Alguno que otro era muy realista, como si hubiera trabajado muy duramente en él. Había desde disfraces de personajes de la historia o de la mitología danzilmaresa, tanto como de figuras famosas de ficción como superhéroes, gente real importante para la historia, cosas cotidianas como automóviles o ventiladores, e incluso algunos diseñaron complejos disfraces que pretendían representar cosas abstractas como la eternidad (con un disfraz del símbolo del infinito). En ese ambiente tan increíble y psicodélico, en el que un improvisado Albert Einstein ayudaba a disfrazarse a una enorme rata amarilla; un Superhéroe discutía con un lavamanos y un Sherlock Holmes sobre el ridículo que un político había hecho la noche anterior en la televisión; un enorme alfil de ajedrez acompañaba a un caballero de la edad media y una hada mágica, en el que un Sócrates se batía en un juego de damas contra un Quijote, y un Gregor Samsa, transformado en un insecto gigante, abrazaba a una cosplayer de una serie animada japonesa, la realidad parecía haberse vuelto loca, y Yake se sentía en un delirio en el cual ya no tenía idea de nada, pues la seriedad se había mezclado con la banalidad en una orgía que no distinguía la línea entre lo verosímil y lo inverosímil, exactamente igual a como había sido el baile hacía sólo un rato.

    —¿Ya has visto, hermano, lo que acontece? —preguntó Sinke asaltándole de repente— A nuestra limitada comprensión de la realidad el mindfuck circunda, como las abejas siervas de la colmena comandada por la realidad, para pincharnos con sus aguijones llenos del veneno de la aceptación.

    —¿Por qué te has cambiado a esa ropa?

    —Voy a participar en el concurso.


    ***​


    “Ha llegado”

    —¡Espera! ¿No es ese Sinke entre los concursantes?

    “A olvidar”.

    —¡Mira! ¿No es ese Sinke en el escenario?

    “Dentro de poco”.

    Decenas de chicos con diversos disfraces se habían agrupado sobre la tarima del auditorio, y uno a uno fueron pasando al escenario, pues habían de hacer una pequeña representación con personaje del cual habían decidido disfrazarse. Saltaron las risas del auditorio ante los buenos chistes y burlescas parodias, también salieron burlas hacia los malos chistes y actuaciones inconvincentes.

    —¿De qué está vestido ese chico? —se preguntaban algunos en la concurrencia— No entiendo lo que es.

    —¿No es ese Sinke?

    —Sí, lo es. ¿Qué es lo que tiene pintado en la camisa?

    “Ego, ego”.

    Sinke encaró entonces a la concurrencia, con la misma mirada imborrable de soberbia que nacía de la comisura derecha de su boca, y los ojos arrogantes de fuego azafrán, con el cabello totalmente peinado hacia atrás de manera que sus exageradas facciones de irreverencia fungieran en apariencia como el faro de su personalidad.

    Yake sintió un escalofrío recorriéndole la espalda y con temor observó a su alrededor. La realidad se había tornado tensa de nuevo sin razón alguna, pero con un aire hostil y amargo que lo hacía sentir al borde de un mar de cuchillas. La gente miraba a su hermano en espera de que efectuara su acto. Sus sentidos sufrieron un misterioso cambio, y un aire denso y vívido excitó los corpúsculos que surcaban su piel; sus oídos escucharon con suma nitidez la respiración de los seres vivientes. Un murmullo que reconocí inmediatamente llegó hasta mí, proveniente de la parte más recóndita de la existencia que estaba a punto de partirse en dos. Los jóvenes se veían normales; sus jínnyi no parecían darse cuenta de ese extraño cambio en la realidad. Y mirando sorprendido a su sonriente hermano en el escenario, Yake se preguntó honestamente si a continuación iba a acontecer algo importante, o no sería más que una falsa alarma que terminaría en nada digno de recordar.




    [1] Bebida fermentada de varias frutas con sal. En algunos lugares se mezcla con otras especias aromáticas.
     
  13. Threadmarks: Capítulo 14. El mundo de la gente sin rostro
     
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    Título:
    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    10
     
    Palabras:
    4391
    Capítulo 14. El mundo de la gente sin rostro


    40


    Ese día, al despertarse, Kanyu sintió deseos de tomarse un jugo de naranja. El día anterior en la playa lo había dejado exhausto pero contento, aunque no podía negar que se sentía un poco inquieto por alguna razón que no supo ordenar en pensamientos precisos. Mientras se preparaba para salir a la tienda, no podía dejar de pensar en los universos paralelos que Sinke había estado mencionando ya por algún tiempo, como si le quisiera ir metiendo esa idea en la cabeza día a día. Desde el principio fue él el que se había mostrado más escéptico con respecto a los gemelos, al menos hasta el día que fueron a visitarlos por primera vez a su casa, en que lo dejaron sin palabras. A diferencia de Sentsa, él se negaba a considerar que fuera una circunstancia del todo negativa. ¿Qué tendría de malo que en verdad vinieran de otra realidad? Sería un gran acontecimiento para la historia, aunque de seguro si todos lo supieran, los científicos se los llevarían para estudiarlos e interrogarlos, quizás les conectarían aparatos y someterían a pruebas psicológicas y todo tipo de cosas que no le parecieron nada agradables. Sus tíos y su primo todavía no se despertaban, y mientras les dejaba un ligero desayuno de plátanos cortados con mermelada en la mesa, pensó en cómo habría sido el universo paralelo en que no lo hubieran adoptado cuando su padre fue arrestado; pero en seguida se dijo que estaba exagerando, como si fuera uno de los gemelos. Las circunstancias entorno a su mundo inmediato eran excelentes, se decía, no había tomado ninguna decisión de la que arrepentirse, ni aspecto de su vida que hubiera necesidad de cambiar.

    Al salir a la calle, el viento fresco le sentó bien. Caminando tranquilamente hacia la tienda pensaba si debía comprar algo más para su familia. Estaba a punto de doblar la esquina cuando una bicicleta pasó muy rápidamente frente a él. El conductor pasó tranquilamente, pero Kanyu se quedó paralizado, sintiendo la sangre palpitándole en la cabeza y con un temblor recorriéndole las piernas, tuvo un escalofrío al reflexionar lo que acababa de ver e intentó convencerse de que solamente había sido su imaginación, pero estaba completamente seguro de que el que venía conduciendo la bicicleta no era una persona, o al menos no una persona completa. Por un instante, su memoria mostró la imagen de algo que parecía tener forma humana, pero solamente la forma, pues carecía totalmente de rostro, facciones, color de piel, ni siquiera tenía ropa alguna, era como si un pedazo de papel hubiera adoptado forma y tamaño humanos y hubiera cobrado vida. Una vez más intentó convencerse de que había sido su imaginación cansada por el sueño, pero poco después de haberse sobrepuesto de la sorpresa, otra de esas figuras pasó del otro lado de la acera. Kanyu ya no pudo convencerse de que fuera su imaginación; la figura caminaba como una persona, pero era blanca como el papel, sin seña característica alguna: una persona vacía. Aterrado, su primer impulso fue el de regresar corriendo a su casa, pero entonces intentó convencerse de que se hallaba en un sueño, un sueño vívido como el que ya había tenido varias veces a lo largo de su vida, y de esa autosigestión encontró valor para seguir. Pese a que se repetía interiormente que soñaba, no abandonó el propósito con el que había salido cuando se creía despierto. Continuó caminando hacia la tienda, y conforme se acercaba, decenas de las mismas figuras seguían apareciendo por todos lados; todas las personas habían sido sustituidas por ellos. Los vio conduciendo automóviles, comprando el periódico, abriendo tiendas y platicando entre ellos, pero él parecía ser el único humano real. Entró a la tienda; había algunos de esos seres comprando, pasaron justo a un lado de él al salir, se asustó al escuchar, por un breve momento, que sus voces no parecían humanas, sino el tipo de voz que hubiera asociado con alguna especie de máquina programada para hablar lo que alguien escribía en una pantalla, carente de emociones y muy precisa en su pronunciación. Tomó un envase de jugo de naranja, se acercó a la caja y miró a la figura que atendía.

    —¿Algo más? —preguntó con voz robótica.

    En ese momento, Kanyu se dio cuenta de que la ropa de aquel ser se había vuelto visible, y era la misma ropa de rayas y pantalón café que el tendero de siempre solía usar.

    —No, gracias —dijo con voz temblorosa.

    Al dirigirle la palabra, la blanca superficie de la figura se tornó de un color más oscuro, luego, mientras el tendero buscaba cambio en su caja registradora, ésta se tornó completamente de color piel. Al final, en su cabeza comenzó a crecer un poco de cabello canoso.

    —Ten un buen día —dijo al darle el cambio.

    Su voz entonces se escuchó con un tono alegre, como si hubiera sido pronunciado por una garganta humana.

    Antes de salir por la puerta, Kanyu volvió a observarlo, y vio que había vuelto a ser tan blanco y carente de rasgos humanos como antes de entrar, y mientras atendía a otra persona escuchó que su voz había vuelto a ser la misma voz robótica y sin alma.

    Se detuvo frente a la tienda y miró pasmado a las figuras alrededor; su visión intentaba volverse negra; sus piernas se entumecieron y apenas podían sostenerlo. Sonó su teléfono celular: era Sinke.


    ***​


    Cuando salga de su habitación, Sentsa tendrá la desagradable sorpresa de encontrarse a uno de los sirvientes de la mansión convertido en una figura blanca, y del susto no podrá evitar dar un grito y encerrarse de nuevo. No saldrá pese a las insistencias del ser que la llama del otro lado. Instantes después recibirá la llamada de Kanyu, quien le explicará la situación de la ciudad habitada por esos seres blancos, y le dirá que debe ir a casa de los gemelos. Sentsa saldrá de su casa lo más rápido que pudiere. Entonces una figura le preguntará si necesita que la lleve a algún lado. Verá a la figura en un traje de mayordomo; la blanca piel se volverá más oscura y nítida, el cabello canoso, y un rostro con sólo boca y piel levemente arrugada, en la que podrá distinguir una preocupada facción que le resultará muy familiar. Reconocerá la parcial esencia del viejo mayordomo que había conocido desde que era niña, pero pese a eso no aflorará en ella simpatía ni cariño, tanta era su repulsión por aquella figura.

    —No, gracias, Azt, sólo voy con mis jínnyi —balbuceará antes de salir.


    ***​


    —Ate llega corriendo hasta la mansión Gramt; la reja está abierta, corre hasta la casa. Cuando se hubo dado cuenta de lo que había pasado, al ver a sus padres y a su hermana en el comedor, su primer pensamiento fue si él también se veía igual a ellos, regresó a su cuarto y se miró en el espejo; se veía igual, con la diferencia de que su rostro y cabellos estaban cubiertos por una finísima película blancuzca.

    Lo reciben dos figuras blancas, una con forma de tortuga y otra con forma de pato, ésta última vuela hacia el gran salón y él la sigue, ahí encuentra al resto de sus jínnyi, sentados alrededor de la mesa casi al ras del suelo.

    Puedes mirar cuánto es el estupor de todos los presentes ante tal momento; todos fuera de sí mismos, sintiéndose parte de un mundo de fantasmas. Entre ellos son capaces de verse casi completamente normales, aunque todos dicen no poder ver algunos pequeños rasgos de los demás: las pieles algo opacas, los ojos borrosos, el cabello sin forma. En Sinke se muestra una mirada emocionada, fíjate que no parece aterrado como el resto.

    —Ya, tranquilos, jínnyi, gritar de ese modo no solucionará nada.

    —¿Por qué no viene Yake? —pregunta Yuska.

    —Él se fue desde que se dio cuenta de lo que pasaba, no creo que vuelva.

    —Debemos ir a buscarlo…

    —Eso no es lo importante —dice Sentsa—, ¿qué vamos a hacer ahora?

    —El resto de las personas está como si nada —dice Hinta—, ¿qué les vamos a decir?

    —Pero si no es un sueño o algo así, ¿entonces qué es? —pregunta Ate, con voz entrecortada.

    Sinke rie levemente, con malicia.

    —Díganmelo ustedes mismos, de repente nos hemos despertado y toda la gente había sido cambiada por muñecos blancos, y solamente nosotros tenemos consciencia de esto, sólo nosotros lo vemos todo como algo extraño y no como algo normal.

    Hay un frío en la sala, ¿lo sientes también?, los jóvenes no quieren reconocer lo que todos están pensando.

    —¿Dices que éste es otro mundo? —pregunta Kanyu.

    —Es una posibilidad —dice Sinke—, o tal vez sólo estamos en una muy extraña alucinación. Debe haber, de hecho, muchas más opciones antes que un universo paralelo, ¿con qué se quedan?

    Sigue un largo silencio, se miran esperando a que alguien diga algo, pero nadie propone alguna otra explicación.

    —Bueno —dice finalmente Hinta—, ¿cómo es que estamos en otro mundo?

    —Esa es la gran pregunta —dice Sinke con seriedad—, ¿cómo es posible que unos seres que son de una realidad puedan aparecer en otra?

    —Pero eso no es lo importante —dice Sentsa—, sino saber cómo vamos a regresar.

    —¿Qué vamos a hacer pues? —dice Ate— Si es verdad esto de los universos o lo que sea, quizá sólo tengamos que esperar hasta mañana y todo será normal.

    —Puede ser que Ate tenga razón —dice Sinke—. Y ya que estamos aquí, lo menos que podemos hacer es explorar un poco.

    —¿Qué significa eso? —pregunta Sentsa, contrariada— Todo el mundo es un montón de figuras blancas, ¿qué vamos a hacer entre ellos?

    —Tienes razón, mejor vuelve a tu casa y duérmete hasta que la realidad vuelva a cambiar sola. Yo sí que tengo curiosidad por explorar las posibilidades de esta situación.

    Su teléfono celular suena en ese momento y ve el número de su hermano, contesta y Yake se apresura a decirle que vaya de inmediato al instituto Ítuyu, Sinke está a punto de preguntar por qué, pero su hermano cuelga antes.


    41


    En aquel mundo, el instituto Ítuyu permanecía abierto a todo público durante las vacaciones, como un parque gigante en el cual se organizaban actividades culturales. Había talleres de artes plásticas, pintura, escultura, música, actividades deportivas como la natación y el atletismo, y otras actividades que servían de pretexto a los padres para deshacerse un rato de sus hijos y aprovecharan un poco el tiempo al aire libre. Las figuras blancas iban y venían sobre los caminos entre los árboles, parejas paseaban cerca del estanque y los amigos se reunían a platicar en la zona común, donde también vendían comida. Yake vagaba por todo el instituto, debía verse tan blanco y carente de facciones como todos los demás lo eran para él, pero por las pláticas que lograba escuchar de aquellos seres deducía que eran capaces de percibirse de manera diferente según las circunstancias en que se relacionaban entre ellos. A los niños de la clase de karate únicamente se les podía ver como seres blancos con uniformes de karate, al igual que el instructor, éste le dijo al grupo que se separaran en niños y niñas; pero para Yake ambos bandos se veían exactamente igual a esa distancia. Entre los ruidosos grupos de adolescentes fueron comunes las pláticas sobre chicas, y en un momento logró escuchar que uno le preguntaba a otro si lograba verle el color de los ojos a alguna de ellas, cuando éste contestó que sí, los demás lo acosaron con risas. Un balón de soccer llegó hasta sus pies, hacia él fue corriendo una figura alrededor de la cual se hacía visible el uniforme del equipo, y al pedirle el balón, su piel adquirió un débil color y se le generó una boca que hablaba sin mover los labios. Cuando Yake pateó el balón suavemente hacia él, ese ser se despidió diciendo gracias, y su boca adquirió una forma mucho más completa sólo por unos segundos antes de alejarse. Su uniforme volvió a desaparecer, dejándolo de nuevo como el mismo ser genérico blanco.


    ***​


    Los jínnyi llegaron al instituto Ítuyu poco después del mediodía, y tuvieron que pasar, inquietos, entre los seres que se ocupaban de sus actividades. Se les aproximaron dos seres que venían tomados de la mano, y sus texturas y voces se tornaron en algo que ya les resultaba familiar: eran los novios Délo y Déla, pero para los jínnyi eran esbozos poco más distinguibles de lo que eran sus compañeros en su realidad. Hubo un rápido saludo forzado entre ellos.

    —Oigan —reaccionó Sentsa—, estamos buscando a Yake, ¿lo han visto?

    Se detuvo bruscamente al pensar que, en esa realidad, “ver” a alguien no tendría el mismo sentido que para ellos. Dela subió el índice a su boca apenas dibujada, y luego dijo:

    —No estoy segura de si lo vi, ¿y tú? —dijo a su novio.

    —Recuerdo haber visto a alguien con un cabello parecido —dijo Delo—, pero no estoy seguro, nunca lo he conocido tanto como para lograr ver ni su boca.

    Antes de continuar su camino, Sinke miró a los novios una vez más, se acercó a ellos y les habló a solas.

    —De casualidad, ¿alguno de ustedes puede ver el color de mis ojos?

    —La verdad es que apenas y podemos ver la forma de tus ojos —dijo Délo confundido, como si fuera una pregunta tonta.

    —Entiendo —y miró a la novia—. Déla, ¿de qué color son los ojos de Délo?

    —Marrones —contestó de inmediato.

    —¿Puedes ver el color de ojos de alguien más aquí?

    —¡No! —dijo con una risa incómoda— ¿Por qué preguntas algo tan raro?

    —Ah, claro. Lo siento.

    ***​


    El agua opaca con peces de colores, bajo la palmera donde tantas veces se habían reunido. Yake permanece preocupado y reflexionando con temor. Escucha a Yuska gritar su nombre.

    El gemelo les da la espalda.

    —¡No se acerquen!

    Hinta, dándose cuenta del semblante de Yake, impide a Yuska acercarse. Sospechando, Sinke caminó hacia él e indicó a los demás que no se acercaran mucho.

    —Pensamos que te encontrarías por aquí, hermano. ¿Qué has descubierto?

    Se puso frente a él y lo miró. Percibió el naranja levemente descolorido de sus ojos, como con una ligera capa blanquecina. Se rio al verlos.

    —¿Ya lo has descubierto tú? —preguntó Yake.

    —¿Qué cosa?

    —El modo en que opera esta realidad…

    —¡Oigan! —interrumpió Sentsa. Se acercó enojada y añadió—: ¿De qué están hablando?

    —¡Sí! —enfatizó Ate—, no es momento de que se hagan los misteriosos.

    —No te dije que trajeras a todos —dijo Yake.

    Sinke se acercó a su oído, y dijo maliciosamente:

    —¿A quién tienes miedo de mirar a los ojos?

    Yake bajó la cabeza y no dijo nada.

    —No eres el único que se siente así, hermano —dijo Sinke bajando incluso más la voz—, yo también he estado reteniendo mi ansiedad… puedo ver el color de los ojos de Hinta.

    Yake cerró fuertemente los ojos:

    —¿Eso no te preocupa?

    Sinke inhaló, y luego exhaló con fuerza:

    —Incomesurablemente.

    —¡Ya dejen de ignorarnos! —exclamó Sentsa— Yake, ¿por qué no nos dices nada? ¿Sabes por qué todo el mundo cambió?

    —Tranquila —dijo Kanyu—, ¿cómo va a saberlo él?

    —¿Crees que no tienen nada que ver los gemelos, siempre hablando de la realidad y esas cosas, además de lo del agua y todas esas cosas raras que pueden hacer? No sé cómo, pero estoy segura de que algo tienen que ver.

    —¿De verdad crees que sólo desearon que la realidad cambiara, y cambió por arte de magia? —dijo Hinta agarrándole el brazo— Estoy segura de que Yake está tan confundido como nosotros, ¿verdad, Yake?

    El gemelo volteó ligeramente la cabeza, pero en seguida volvió a su posición original, dudando si hablar o callar. Al fin dijo:

    —Tal vez sí tenemos algo que ver con todo esto, pero no estamos seguros de cómo sucedió. Sólo tenemos una conjetura mucho más inverosímil.

    —Dinos —Ate cruzó los brazos impaciente.

    Yake miró a su hermano, y sin necesidad de hablar se pusieron de acuerdo. Sinke encaró a sus jínnyi, y dijo:

    —¿Qué nos dirían si les dijéramos que, desde hace poco tiempo, hemos estado viajando entre universos paralelos mi hermano y yo?

    Se oyeron las voces alegres de otro grupo de jóvenes que se dirigían a jugar fútbol.

    —No es la realidad la que ha cambiado; somos nosotros los que hemos cambiado de realidad —dijo Yake—. Poco antes de salir de vacaciones, ocurrió una serie de circunstancias que no podemos explicar con nuestro entendimiento del mundo. Todo comenzó a cambiar de repente; nuestros recuerdos y experiencias se contradecían con los hechos en torno a nosotros, pero sólo mi hermano y yo lo notábamos.

    Explicaron brevemente las experiencias que habían tenido antes. La gente pasaba por el puente rojo, platicando con sus congéneres sin ver nada extraño en su manera de existir.


    ***​


    Una semana tuvieron que pasar los jínnyi en aquella realidad de seres blancos. Poco a poco se fueron acostumbrando a la gente sin rostro y a ver a sus familiares como si una fina capa de tela obstruyera sus facciones, e intentaron llevar una vida normal todo el tiempo que fuera necesario. Después de salir juntos una y otra vez, y tener ese sentimiento de sentirse ajenos en una realidad que se comportaba tan normal al margen de ellos, por primera vez pudieron entender lo que quizás sentían los gemelos en su mundo. Yake fue el único que no se unió a ellos durante ese tiempo; permanecía en su habitación acompañado de su tortuga, leyendo libros y esperando que al día siguiente la realidad cambiara; sin embargo, no deseaba precisamente volver a la realidad de antes, pues la única diferencia entre ambos universos paralelos era que simplemente estaba más acostumbrado al anterior, pero eso no significaba que le tuviera más aprecio. Los demás, por otro lado, permanecían más juntos que antes, liderados por Sinke, el cual no dejaba de llevarlos de un lado a otro por la ciudad para observar todo lo que les pareciera curioso. De ese modo averiguaron que, en ese mundo, los seres tenía una costumbre extraña: cuando uno había ofendido o lastimado a alguien, se disculpaban juntando sus frentes y quedándose así un rato. Sinke dijo que ese contacto tan cercano les permitía expresar una sensación de arrepentimiento, dado que era muy difícil que alguien lograra ver el rostro sinceramente arrepentido de alguien. Del mismo modo la gente solía usar mucho más la mímica; no podían apreciarse completamente sus expresiones de felicidad o tristeza, así que exageraban sus ademanes con las manos en una especie de lenguaje de señas, por ejemplo, para expresar tristeza frotaban su mano contra su cara como si se estuvieran secando una lágrima inexistente, cuando querían expresar una gran felicidad colocaban una mano sobre la cabeza como si fuera una oreja de conejo, y para expresar aburrimiento se golpeaban la cara con el puño suavemente. Muchas de esas expresiones eran atenuadas, o incluso omitidas, en presencia de familiares y gente cercana, cuyos rasgos podían distinguir con más claridad. A pesar de que no se les podían ver los ojos, Ate se dio cuenta de que algunos de ellos los miraban tocándose la cabeza con los nudillos.

    “Quizás es así como expresan su extrañeza” dijo Hinta, “sobre todo porque ven que ninguno de nosotros hace lo que ellos hacen”.

    “¿Por qué no intentan ustedes imitar sus modos y actitudes?”, sugirió Sinke con malicia.

    “Me sentiría rara si tuviera que frotarme en la barbilla cada vez que quiero dar a entender que me siento irritada”, dijo Sentsa.

    “Entonces te rebelas contra los estándares que esta realidad ha determinado para sus habitantes”.

    “Eh, no… solamente no me gustan”.

    “Sin embargo, Sentsa, no pareces tener nada en contra de mostrarle respeto a alguien inclinándote y semitapándote la boca con la mano en nuestro mundo”.

    Se quedaron en silencio observando el atardecer en la playa, mientras las figuras blancas salían del agua golpeándose en el hombro en señal de satisfacción.


    42


    —¿Recuerdas al maestro Gyeo, hermano, y sus fantasías de realidades infinitas?

    —¿Pero cómo y por qué? Despertarse de repente en otra realidad, obligándote a enfrentarte con lo que eres ahí. Encontrarte con un diferente En sí.

    —La existencia precede a la esencia, hermano, las decisiones que hemos tomado en el pasado nos construyen, incluso desde antes de empezar a existir.

    —Nosotros no teníamos una idea de cómo debía ser nuestra realidad, sólo de cómo no debía ser. Si he venido tomando decisiones toda mi vida, quiere decir que también he tomado las decisiones opuestas; en otra realidad elegí no unirme al jínnliù.

    —Las opciones son infinitas, hermano, cada decisión es un número infinito de mundos, según el maestro Gyéo.

    —Infinito son demasiadas realidades.

    —¡Todo lo imaginable, hermano! La ficción ha muerto, y se ha llevado a la realidad consigo.


    ***​


    Tu perro dio un fuerte ladrido, y desde tu habitación reconociste que el que había llegado a tu casa era Yake. Bajaste corriendo rápidamente, ignoraste a tu paliducho padre y abriste la puerta. El gemelo, al verte salir, inmediatamente se dio la vuelta. Te detuviste a unos pasos de él.

    —Si ya te tomaste la molestia de venir, al menos podrías mirarme a la cara.

    Yake no hizo caso.

    —Respóndeme una cosa, cuando te dije por primera vez que no me sentía parte de la realidad, ¿qué tanto me creíste en serio, y qué tanto te lo tomaste como mera exageración?

    Intrigada, te acercaste y apoyaste los codos sobre la reja que los dividía.

    —Tal vez todo fue sólo por curiosidad al principio, no lo sé ni yo misma; ya sabes que no sé por qué pienso muchas cosas. Pero luego, cuando pintamos y sentí lo mismo que tú. Digamos que de ahí comencé a creerlo en serio. Tenías cierta influencia para controlar la realidad.

    —¿Crees que yo hacía todo eso adrede?

    —Bueno… tal vez era la realidad la que nos controlaba —lanzaste una risa burlona—… Míranos, Yake, hablamos de la realidad como si fuera una villana.

    —Eso es pueril.

    Reíste de nuevo.

    [¿Qué te hizo venir? —pregunta Yuska.

    —Me cansé de quejarme de lo mismo todo el tiempo —dice Yake, taciturno—. Después de que me llamaste hoy, me di cuenta de que ya no veía el color de mis propios ojos en el espejo —y como si se tratara de un milagroso e irrepetible suceso, Yake rie en voz baja. Yuska reacciona tensando el rostro como ante un extraño peligro, pero de inmediato percibe la paz en el corazón del gemelo a través de esa risa, y sonríe satisfecha. Yake continua—: Qué mal me debería sentir. Hay tantos problemas en esta y todas las realidades, problemas de verdad, seres que tienen justificación real para sentirse miserables, y mi hermano y yo sufriendo por algo tan estúpido.

    —No es estúpido —dice Yuska—, quizás exageraron un poco, pero no es estúpido.

    —Como sea —dice Yake, con voz resuelta—. Si fue mi propio pensamiento lo que provocó este cambio, debe haber alguna manera de volver a detonarlo para regresar —se voltea y mira a Yuska a los ojos.]

    —Así es; pero —pusiste la mano en su hombro—, ¿vamos sólo a ignorarla o a enfrentarla?

    Yake sintió por primera vez en mucho tiempo un contacto humano que no se sentía irreal como en un sueño; era igual que todas aquellas veces que había pintado contigo.

    Veías muy nítidamente su largo cabello, y con suavidad comenzaste a tocarlo, peinándolo con tus manos.

    —¿Esto lo sientes real? —preguntaste.

    Lentamente, Yake se dio la vuelta con los ojos fuertemente cerrados, reíste de nuevo al verlo con la piel arrugada alrededor de los ojos, y dijiste:

    —Deberías estar ocupado filosofando sobre las grandes preguntas de la humanidad, pero estás frente a una simple chica sin atreverte a mirarla.

    —¿Qué catástrofe ocurrirá si resulta que podemos ver los colores de nuestros ojos?

    Manteniendo la respiración, ambos acercaron sus rostros, y tú suavemente apretaste tu frente contra la de Yake. En el momento en que sus frentes se tocaron, un increíble número de imágenes surgieron en sus cerebros, acompañadas de sonidos, olores, sensaciones, todo entremezclado en un bloque de recuerdos donde se apretaban todas sus experiencias al mismo tiempo. Se vieron desde niños, vieron a los mismos seres blancos que los cargaban, y poco a poco comenzaron a notar sus formas y facciones según se encariñaban con ellos: sus propios padres. Vieron una versión alterna de su vida, la vida que llevaron en aquella realidad, acostumbrándose a ella, conociendo sus leyes y normas. En la mente de Yake resonó su propia voz criticando y analizando esa realidad mientras crecía, y a su hermano compartiendo su opinión pero con otros puntos de vista. Vio cómo te conocía a ti y a los jínnyi, de una manera muy diferente a como lo recordaba en la otra realidad, en una fiesta de cumpleaños de Kanyu. Tú también visualizaste todas las memorias de tu vida, te dolió que el abandono de tu madre siguiera siendo una realidad ahí, y llegaste al día en que conociste a tus jínnyi y cómo sus rasgos poco a poco habían quedado visibles para ti. Ambos vieron las imágenes de cómo habían convivido en ese mundo, de una manera muy parecida a como lo recordaban, y poco a poco dejaron de verse blancos y planos, para poder verse más completos, con sus rasgos cada vez más y más nítidos. Se acercaron mucho más, temblando.

    —Yake… ¿qué es esto? —preguntaste maravillada.

    El silencio de Yake, acompañado de sus propios suspiros maravillados, la hizo sentirse tan unida a él que no necesitó respuesta. Se entregaron por completo a las regresiones de ese pasado en el momento en que sus mentes empezaban a abandonar ese universo.


    ***​


    Revivieron todas las veces que sus cabezas se habían juntado de ese modo, siguiendo los planes de esa realidad, y sintieron una gran nostalgia, como si todo eso hubiera ocurrido hacía demasiado tiempo. Finalmente se visualizaron abrazados y con los labios unidos, sin saber si aquello era otro recuerdo o un hecho presente.
     
    Última edición: 11 Enero 2020
  14. Threadmarks: Capítulo 5. Una visita
     
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    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
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    Ciencia Ficción
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    Palabras:
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    Capítulo 5. Una visita


    16


    Desde aquel sábado en que los jínnyi se reunieron en la mansión de los gemelos por primera vez, Yuska y Hinta habían mantenido costumbre de ir los sábados para aprender pintura y danza respectivamente. Éste fue un acuerdo secreto; nadie hablaba de ello fuera de la mansión, simplemente las dos jínne iban con los gemelos y las actividades artísticas se desarrollaban recelosamente dentro de las estancias. Entre ellas charlaban con normalidad mientras se dirigían hacia esa actividad semanal. La reja de la entrada se abría ante ellas, las puertas de la casa permanecían sin llave para que pudieran entrar. Eran recibidas a veces por el pato y la tortuga, deteniéndose a veces a acariciarlos. Luego, subían las escaleras hasta la gran ventana y bifurcaban sus caminos hacia las habitaciones de los respectivos hermanos. Una vez adentro, a veces los encontraban tocando el piano, el violín o algún otro instrumento, en cuyo caso los dejaban terminar. Yuska se acostaba campantemente en la cama como si fuera suya, y con una picaresca actitud buscaba discretamente cosas debajo del colchón sólo para molestar a Yake en caso de encontrar algo interesante que le avergonzara, pero nunca encontró nada. Algunas veces, cuando Yake salía de la habitación por algún motivo, aprovechaba para revisar sus cajones y el armario, buscando para ver si encontraba alguna revista pornográfica sólo para divertirse con su expresión si se la mostraba; alguna ocasión ella misma plantó dicha revista entre sus libros, y al volver el gemelo hacía como que la encontraba de casualidad y lo confrontaba. Con Hinta era todo lo contrario: ella se sentaba pacientemente a esperar, al principio apenada, pero conforme pasaban las semanas comenzó a acostumbrarse a tal rutina, y la inquietud del principio pronto cedió lugar a la comodidad, entonces se animó a pasearse por el cuarto, viendo sus libros y jugando con el piano, se acostaba en la cama y disfrutaba con el viento salado que llegaba desde el mar, se quedaba platicando con Sinke durante horas, cada vez más y más próximos.

    Al terminar, los cuatro jínnyi volvían a actuar como si nada, encerrando dentro de sus subconscientes las sensaciones vividas con gran confusión, pero con el deseo de repetirlas la semana siguiente.


    ***​


    Ahora estás en tu momento, Sentsa.

    Estás a punto de tomar el cargo como presidenta del departamento de moral ahora que han terminado las vacaciones de diciembre, en un evento al cual todos los alumnos tienen que asistir al auditorio. La presidenta Altra se planta ante ellos como una sacerdotisa para presentarte a ti, la nueva encargada de reprimir sus libertades. Tu fiel compañero Yíban está a tu lado, con el porte de un general acompañando a un superior, y sonríe con la misma seguridad de los que se enorgullecen con el uniforme de la virtud. El público te recibe desconfiado y tu mirada es cortante. Inquietos, te escuchan hablar a través del frío sonido del micrófono:

    —Éstas son algunas de las nuevas implementaciones que se han de cumplir de ahora en adelante: será obligatorio un uniforme escolar, que representará al instituto Ítuyu mientras estén dentro de las instalaciones de la escuela y fuera de ella.

    El proyector muestra las imágenes en la pantalla de los uniformes escolares de los chicos y las chicas, los cuales consisten en camisas y blusas blancas con botones azul cielo, pantalones largos y faldas hasta la rodilla del café de la tierra, como una referencia al escudo de la bandera de su propio país. Las exclamaciones de asombro se mezclan con las de enojo e indignación. Gritan que son más como trajes de prisión que vestimentas de orgullo para su escuela y nación. Pero continúas sin hacerles caso:

    —Los artículos personales estarán prohibidos también; antes de clases habrá una revisión de mochilas para asegurarnos de que no traigan nada que pueda afectar los estudios, pues se viene a la escuela a aprender, no a jugar.

    Todas aquellas limitantes son pequeñeces para los jóvenes tomando en cuenta lo que vas a decir ahora, tras una pausa para acumular severidad:

    —Desde ahora las relaciones sentimentales entre estudiantes estarán completamente prohibidas, y si alguna de las patrullas los encuentra en situaciones inmorales, la penalización será desde días de suspensión hasta la expulsión definitiva, según la gravedad de la acción.

    Anuncias, además, que un estudiante que tenga el uniforme aunque sea un poco desarreglado, o si una chica decide arremangarse un poco la falda, podría ser llevado a detención y suspendido por el resto del día. Algo tan tonto como tener en la boca una goma de mascar, no ir bien peinados o llevar un celular hacían a uno merecedor del mismo castigo. Muchas otras cosas que no valen la pena detallar son anunciadas por ti, pero todas ocasionan una disconformidad general que te hace ganarte miradas furiosas.

    No es necesario describir el escándalo que ocurre en estos momentos por toda el área de la preparatoria.

    Luego, comienzas a formar varios grupos asignados para andar vigilando cada lugar de la escuela a todas horas, para ello obteniendo un permiso para faltar a clases que luego tendrán que reponer. Asignas a un grupo para revisar diligentemente las mochilas y confiscar todo aquello cuyo propósito no tenga nada que ver con la finalidad de este recinto del saber.

    Ante el repentino golpe de poder que has conseguido, apenas y te queda tiempo para convivir con tus jínnyi durante el descanso; durante mucho tiempo, aquella reunión de jóvenes bajo esas palmeras junto al lago se ve privada de uno de sus elementos más célebres. El único contacto que tienen contigo durante este periodo es una emisaria que pasa a vigilarlos cada cierto tiempo para reportarte lo que hacen, y en general siempre es lo mismo: tus jínnyi sentados bajo la palmera, vistiendo sus nuevos uniformes, hablando de todo y de nada.


    ***​


    —¡Vengan a mi casa un día de estos! —propuso Yuska pocos días después del Qwáo-ǧüm— Como nosotros ya conocimos su casa, es justo que ustedes también conozcan las nuestras.

    Ese día era libre a causa de la festividad que conmemoraba una pequeña batalla que los danzilmareses habían tenido en el pasado contra los japoneses, en la cual habían salido victoriosos los primeros. En aquella versión de Danzilmar, los danzilmareses parecían tener una especie de falta de autoestima tal que les era necesario tener un día festivo por cada batalla victoriosa que hubieran tenido, bajo la excusa del orgullo nacional.

    La casa de Yuska se encontraba en una colonia de clase media-baja bastante alejada del instituto. Ésta estaba conformada por zonas residenciales con manzanas en las que había de cuatro a seis casas, todas ellas rodeadas de cercas de madera o concreto, y los espacios entre ellas conformaban pequeños caminos de tierra muy tranquilos para caminar. Después de serpentear un rato por esas callejuelas, los jínnyi llegaron a una modesta casa que se veía exactamente igual a las circundantes; no tenía nada de especial salvo por un enorme perro de ojos negros y mirada perdida, tan grande que, como si fuera un caballo, en su espalda hubiera podido llevar a un niño, pero su actitud era mansa, torpe y hasta algo patética. Miró a los chicos del otro lado de la cerca como dándoles la bienvenida, puesto que ya conocía a cuatro de ellos. Lanzó entonces una serie de toscos ladridos, y casi de inmediato Yuska apareció por la rústica puerta con mosquitero. Alegremente, como siempre, fue a abrirles la reja y les dio la bienvenida. Tras ella salió un hombre de hombros anchos y vello cubriéndole los fuertes brazos, que les sonrió con la misma jovialidad y la misma expresión de picardía que la chica, y en el momento en que divisó a los gemelos lanzó la misma risa que era característica de la Yuska que todos conocían.

    —¡Qué divertido, nunca había visto gemelos en persona! —exclamó sin dejar de mostrar los dientes, mientras su hija lo abrazaba con energía— Mucho gusto en conocerlos.


    ***​


    —Entonces ¿cómo es el padre de Yuska? —preguntó Yake.

    —Digamos que cuando lo veas no te quedará duda de que es su padre —contestó Kanyu.

    —A propósito, he sido informado de que cuando era pequeña su madre los abandonó, ¿es eso verdad?

    El grupo se detuvo por un momento con bastante incomodidad en sus miradas, excepto Sinke, quien los observó con sospecha.

    —¿Ocurre algo malo? —preguntó.

    —No mencionen nunca a su madre —dijo Hinta preocupada, casi gritando—, se pone muy mal cuando alguien lo hace…

    —¿Por qué? —interrumpió Yake— Ella misma me lo contó todo hace tiempo, y no estaba perturbada por nada.

    —Imposible —dijo Sentsa—, incluso a nosotros tardó tiempo en contarnos, y aun cuando lo hizo, luego no pudo evitar llorar. Si no se puso así cuando te lo dijo, seguro se puso a llorar después.


    ***​



    La casa de Yuska, a pesar de no ser muy espaciosa, estaba llena cientos de adornos, muebles y baratijas de cristal, porcelana, plástico y metal, que poblaban la casa sin más propósito que el de acumular polvo y robar espacio. Esos adornos y muebles, explicó Yuska, habían sido parte de la herencia que les había dejado su abuela antes de morir, y por eso les tenían un especial aprecio. Algunas de las fotografías que se alzaban sin orden en los diversos muebles evidenciaban que el señor Sint había sido obeso durante los primeros años de vida de Yuska, y su proceso de adelgazamiento había quedado parcialmente registrado en las imágenes.

    Como habían sido invitados a almorzar, se sentaron alrededor de la mesa del comedor, el único lugar lo suficientemente despoblado como para poder estirarse libremente. El padre de Yuska había preparado un platillo draóhi, el cual consistía en una mezcla de sopa de lentejas con elotes desgranados, carne de pollo y una salsa especial de ese platillo, que le daba un sabor agridulce característico.

    —Le salió muy bien, señor Sint —dijo Kanyu al probar la comida.

    —Vamos, vamos Kanyu, ¿cuántas veces te he dicho que no me llames señor? Llámenme por mi nombre —le reprochó amistosamente—, aquí estamos todos como una familia.

    —Pues… como quieras, Ábant…

    La comida fue grata en compañía de ese hombre tan simpático y alegre. Trataba a los chicos casi como si fueran sus propios hijos, y ellos tampoco se sentían incómodos con él. Ni siquiera el perezoso Ate tuvo que presionarse para hablarle de sus padres y de la cotidianidad de la vida, así como la festividad que se estaba llevando a cabo en el país.

    Los gemelos se sirvieron una porción insignificante de comida, comían despacio, saboreándola con una expresión de extrañeza y asombro; parecía que nunca en sus vidas hubieran probado dicho plato, a pesar de ser un platillo tan típico de Danzilmar como lo sería la pasta para los italianos o el sushi para los japoneses. Ábant se percató de su manera tan recelosa de acercar el tenedor a sus bocas como si se tratara de un platillo africano de insectos.

    —¿Qué les pasa, gemelos? ¿No tienen apetito?

    —Ellos casi no comen —contestó Ate en su lugar—, de hecho únicamente comen una vez por semana.

    Y por su reacción de asombro, que denostaba absoluta credulidad, a todos dio la impresión de que se lo estaba tomando más en serio que su propia hija.


    ***​


    Pregunta asombrado si es verdad. Me rio por dentro. La jovial chica ríe por fuera. Mi silencioso hermano se retrae ante esa mirada de curiosidad, te has arrepentido, ¿eh? Al carajo cómo estén los demás, yo sólo cambio de tema. Ha funcionado, todo parece estar olvidado. Anímate, hermano, habla un poco. ¿Qué? ¿Siempre sí va a ser? Bueno. Hablan uno y otros y mi hermano. Queda todo en silencio, odio que todo quede en silencio. Rio de nuevo, con buen humor. Así es, del conocimiento de nuestra naturaleza de otra realidad pertenecer apropiado es ser consciente, sobre todo si, en cercano o lejano futuro, mi hermano y vuestra hija unidos yacieren in cellula. La última parte queda en mis pensamientos. ¡Maldito silencio que lo invades todo y clavas miradas en mí! No me veas así, hermano, la realidad es absurda, no te sorprendas de que sucedan situaciones absurdas.


    ***​


    —Dinos, estimado Ábant, ¿a qué dedica su vida? —preguntó Sinke en un momento —¿A un hombre con su irreal humor, cándido y vivaracho, discrepando con una acoquinante presencia y tapete por cuerpo, qué peculiar menester en la vida le ha de deparar?

    El hombre rio con satisfacción.

    —En verdad hablas como los antiguos, tal y como Yuska me había dicho, eso me gusta. Pero bueno, trabajo en una prisión como carcelero, pero hoy me dieron el día, así que lo aprovecho para conocer a los nuevos jínnyi de mi hija.

    Su inverosímil modo infantil de hablar, incluso más que el de Yuska, entretuvo a Sinke tanto como a su hermano le aburría, y cuando el ameno carcelero lo vio tan callado y frío, le dio una palmada amistosa en la espalda.

    —¿Qué pasa, hijo? Aquí no hay por qué no estar a gusto, hombre.

    —Él así es —dijo Yuska—, pero en cuanto salga un tema que le interese, hablará, puede que mucho.

    —Es verdad, hermano —dijo Sinke mientras le daba un pequeño codazo al silencioso gemelo—, únete a la conversación con el padre de tu jínne.

    —¡Ah! Ya sé cómo podríamos avivarte, muchacho, explícame qué es eso de que ustedes dos son de otra realidad o algo así.

    Unos instantes de silencio azotaron el comedor, luego Sinke suspiró cínicamente, y encaró a Yake.

    —Vamos, hermano. Dile a nuestro nuevo amigo qué es eso de que somos de otra realidad.

    —Yuska, no tenías que contarle eso —dijo Sentsa, avergonzada.

    —¿Por qué no le habría de contar eso a mi propio padre? —preguntó Yuska— ¿Acaso ustedes no les han contado a sus padres que sus nuevos jínnyi son de otra realidad?

    —¿Aún sigues con eso? —exclamó Ate— Yo aún digo que sólo quieren llamar la atención.

    —De hecho no es así —interrumpió Yake, alzando la voz—. Es tal y como Yuska le ha dicho —y pese a no sonar enojado, los jínnyi se sintieron intimidados.


    ***​


    A las tres de la tarde los jínnyi se fueron a sus casas, siendo despedidos por el mismo perro que les había dado la bienvenida.

    —Tienes una mascota muy peculiar —observó Sinke—, casi como las nuestras.

    —¿Quieren saber algo? —preguntó emocionada— Soy capaz de saber quién de mis jínnyi es el que viene a visitarme por sus ladridos.

    —¿Es verdad eso? —preguntó Sinke.

    —Así fue como nos arruinó una visita sorpresa cuando se rompió una pierna hace años —contestó Kanyu.

    Antes de que se fueran, Yuska recordó algo de repente y detuvo a Yake.

    —Espera, tengo que mostrarte una cosa en mi habitación —le dijo.

    Alarmada, Sentsa la encaró como una madre sospechante.

    —¿Qué se supone que quieres mostrarle? —preguntó.

    —Eso es un secreto entre nosotros dos —contestó con un guiño, con la intención de molestarla.

    Después de desembarazarse de ella, con decenas promesas de que sólo estaba bromeando, Yuska arrastró a Yake de nuevo a su casa, emocionada. Sentsa intentó evitarlo, pero Kanyu la tranquilizó recordándole que su padre todavía estaba adentro, por lo que no tendría de qué preocuparse, aunque incluso él lo dudó de todos modos.


    17


    El dormitorio de Yuska no estaba tan poblado de cosas como el resto de su casa, aunque sí bastante desorganizado. Una cosa que llamó la atención de Yake fue la cama de pared empotrada a un nicho en el muro, la cual Yuska bajó a falta sillas en la habitación.

    —Siéntete como en tu cuarto —dijo.

    La realidad entonces comenzó a cambiar para los sentidos de Yake. Ella ahora estaba extrañamente sonrojada.

    —¿Para qué me trajiste? —preguntó.

    La chica no alzó la vista, y con ternura contorneó su cuerpo como un acto reflejo.

    —¿Puedes sentarte en la cama? —pidió con voz conqueta.

    Los sentidos de Yake fueron entumecidos contra su voluntad al decir ella eso, y, sintiéndose curioso por el cambio en la realidad a su alrededor, obedeció.

    —¿Podrías cerrar los ojos? —pidió con una inflexión de timidez fingida, mientras hacía a sus pulgares juguetear entre sí.

    Yake observó y escuchó la acelerada respiración que salía de su boca, y como sus pechos subían al compás de su respiración mientras la realidad seguía modificándose. Cerró los ojos con fuerza. Las vibraciones en el aire de Yuska desabrochando poco a poco los botones que aprisionaban su feminidad llegaron directamente hasta su rostro, para después retirar por completo la prenda, y su olfato detectó el inconfundible aroma de las hormonas surgiendo desde adentro de su cuerpo, combinándose con un dulce sudor que le llegó al cerebro como un alcohol. A sus oídos llegaron los leves gemidos de una voz excitada y tímida de muerte al mismo tiempo que el sonido del cierre de su pantalón abriéndose, la sintió entonces agacharse para quitárselo completamente, y luego repitió el proceso con su ropa interior. Los latidos del corazón de la chica aporreaban sus tímpanos con fuerza; el olor tenía ahora toda la potencia de las hormonas húmedas del celo humano, y se sintió perder el sentido del equilibrio. La sintió aproximarse a él con suavidad, sintió su piel detenerse a escasos centímetros de su cuerpo. La sensación de sus miembros, labios y rostro llegaba a su piel con tal nitidez que era como si tuviera los ojos bien abiertos y estuviera contemplando su viva desnudez, salvo por la ausencia de color. Una mano se posó suavemente sobre su muslo. Sintió a la chica subirse a la cama sobre él, y la piel de los muslos desnudos a través de la tela de su pantalón. Una humedad mareante brotó de la boca de Yuska cuando posó la mano sobre su hombro.

    —Ya puedes abrir los ojos —murmuró la chica con una voz tierna y amorosa, soltando su cálido aliento junto a la oreja de Yake.

    Escuchó la voz en el momento en que toda la existencia enmudecía de nuevo, desde el sonido de su corazón hasta el de su respiración: todo desapareció. Su propio cuerpo dejó de ocupar espacio, y en su mente dejó de transcurrir el tiempo.


    ***​


    Acomodándose con trabajo el cuello de su nuevo uniforme, Ate subió a la azotea del piso de los primeros años caminando con pereza la escalera de caracol hasta encontrarse de nuevo con la luz del sol al final. No había otros alumnos en aquel lugar a esa hora; todos se habían ido a sus casas hacía un rato. Se sentó en una de las bancas y se desabrochó algunos de sus botones para estar más cómodo, aprovechando que no había nadie del comité de moral de Sentsa que pudiera verlo. Se sorprendió un poco al oír pasos acercándosele por la puerta por la que había entrado, pero se calmó en cuanto vio a Kanyu sonriendo con dos latas de refresco en las manos, el cual amablemente le entregó una.

    —Esto del comité de moral es todo un lío, ¿no crees? —preguntó Ate mientras ambos bebían tranquilamente— Ayer las chicas de su comité atraparon a una pareja besándose en la escalera, los suspendieron por una semana.

    —Sentsa está haciendo lo que considera mejor —contestó Kanyu.

    —A veces pienso que ese es el problema.

    —¿Por qué?

    —Sinke me dijo una vez que el problema es que la gente rara vez se cuestiona lo que cree.

    —¿De nuevo estás hablando así? —dijo Kanyu—, siempre eres apático con respecto a todo, ¿por qué de repente ese interés por analizar esas cosas?

    —Sólo estoy aburrido.

    —Siempre dices eso en estos casos, pero la verdad yo comienzo a dudarlo.

    —¿No puedo sólo hablar de algo sin que nadie piense que sólo es porque sí?

    —No te creo que sea sólo porque sí. Di la verdad, los gemelos te han puesto a pensar un poco, ¿o no?

    Ate calló de nuevo, con la mirada decepcionada del que se encuentra ante un libro que nadie se anima a intentar leer.

    —El Nóînye será interesante este año —dijo Kanyu con algo de emoción—, ¿no hay alguna chica que te guste por casualidad?

    Ate lo miró con desgana.

    —Es un día tonto —contestó.

    —Bueno, pero para los demás es una fecha importante para expresar los sentimientos que a nuestra edad no pueden ni deben ocultarse, de querer amar y sentirse amado por alguien. Soné como Sinke, ¿verdad?

    —Me siento raro hablando de eso contigo.

    Kanyu rio por la nariz.

    —Lo que pasa es que me voy a declarar a una chica —contestó acomodándose en el asiento.

    Ate ladeó la cabeza hacia él; sus cejas nunca se habían fruncido tanto.


    ***​


    Aquel lunes, Yuska fue a visitar a Hinta para que la ayudara con una tarea que no había entendido. Sentadas en la mesa estilo japonés que había en la sala principal, Hinta le ayudó con su duda acerca de los acontecimientos de la guerra sino-danzilmaresa, en la cual intentaron obligar al gobierno danzilmarés a ceder miles de kilómetros de la zona oriental de la isla al país del sol naciente a causa de la negación de los danzilmareses a ser sus aliados durante la segunda guerra mundial, y el temor por parte de los nipones de que sucumbieran a una inevitable asociación con los Estados Unidos. A pesar de lo interesante del tema que estudiaban, una cuestión invadió la mente de Hinta en ese momento, y el estudio de ese hecho histórico, en el que las vidas de tanta gente se habían perdido, salió de sus pensamientos, y quedó relegado a un segundo plano ante el surgimiento de un problema de mayor interés práctico para sus vidas.

    —Oye, ¿es verdad que el sábado tuviste una cita con Yake? —preguntó con los ojos adormilados y la boca recta, temblándole un poco la voz.

    Yuska levantó los ojos de su libreta, mordisqueando sus dientes el lápiz.

    —¡Pero qué tonterías

    ! —exclamó con una risa— ¿Qué te hace pensar esas cosas?

    —Sinke me lo dijo. No quería decírtelo ayer, pero el sábado me hizo seguirlos mientras salían juntos. Los vimos en un puesto de comida y luego en el parque.

    Yuska no se alteró por eso.

    —Ya veo, así que por eso pensaron que teníamos una cita —rio con un poco de malicia—, pues no, sólo lo había invitado porque quería conocerlo mejor.

    El viento hizo sonar el espantaespíritus que colgaba en el marco de la entrada, que llenó la sala con su metálico y agudo sonido, al que le siguió otro silencio solemne[1].

    —¿Sabes? Es raro todo esto —dijo Hinta, momentos después—. La manera en que los hicimos entrar en nuestro jinnliù, y esas extrañas confesiones de no sentirse en la realidad. ¿Estás segura de que, si hasta este punto sigues interesada… no será acaso porque Yake te gusta?

    Yuska se echó para atrás apoyándose sobre sus manos, observando el techo de madera de la estancia y al abanico girar hipnóticamente sobre ella.

    —Sabes lo mucho que me gustan las cosas interesantes y fuera de lo común —contestó con calma—, ¿recuerdas cuando en el sexto año de primaria me obsesioné porque creí haber visto un gato con dos colas?

    —Nos tuviste a todos buscándolo por todos lados durante todo el día.

    —Pero al final resultó que me equivoqué; era al final un gato común y corriente, y dejó de ser interesante… lo quise sólo mientras era algo nuevo, misterioso, extraordinario. Y lo que dijo Yake en el parque, por poco que pueda comprender, disparó mi curiosidad enormemente. ¿No sería genial que en verdad ambos hermanos no pertenecieran a este universo? Sé que eso es imposible, pero todavía no acabo de buscar por todos lados…

    —Entonces, ¿es un sí, o es un no? —preguntó Hinta confundida.

    —De la curiosidad a la atracción hay un paso —contestó, cerrando los ojos y sonriendo—, por ahora es sólo un tal vez.


    [1] Según una antigua superstición, es de mala suerte hablar cuando suenan los espantaespíritus.
     
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