Historia larga ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke

Tema en 'Novelas' iniciado por Paralelo, 16 Noviembre 2019.

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  1. Threadmarks: Capítulo 1. Jínnliù
     
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

    Virgo
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    16 Agosto 2012
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    Título:
    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    35
     
    Palabras:
    5929
    Nota:
    Este es en realidad el primer libro que escribí, y por lo tanto también es lo peor que he escrito. Fue concebido en un tiempo en que me obsesionaba la discrepancia entre las ficciones triviales (o vulgares) y las serias (o maduras), y me preguntaba si podría crear una que fuera una mezcla de ambos conceptos sin que uno de los dos fuera más protagonista que el otro. ¿Pero se puede crear una ficción seria que guste a los triviales y una ficción trivial que guste a los serios? ¿No puede tener una ficción vulgar características de madurez y una madura características de vulgaridad?



    “Los condenados a rebelarse contra la realidad no encontrarán consuelo en ningún universo paralelo”

    Gyéo Fúntuo


    Parte 1

    Experiencias


    Capítulo 1. Jínnliù

    1

    Fue mi decisión, como de costumbre, permanecer imperceptible para los sentidos de los seres de ese universo.

    El instituto Ítuyu estaba situado en el centro de la ciudad de Shórsta, y siendo ese día el primero del curso escolar, los salones de los primeros años se llenaron de estudiantes nuevos, atentos a la vez que reticentes, al principio poco interesados por el nuevo ambiente que habrían de compartir durante los próximos tres años, lo cual no impedía el surgimiento del diálogo entre ellos, sincero o sólo cortés, con verdadera intención o con apatía.

    En el aula 1.C encontré a los hermanos Yake y Sinke; el primero sentado en la parte de atrás, no haciendo caso a las charlas que lo rodeaban; el segundo al frente, atento a las voces de sus compañeros, acechándolos sin decidirse aún a interferir en sus conversaciones.

    Sinke había llegado primero, pero pronto se arrepintió de haberse apurado demasiado, y para pasar el rato se imaginó a sí mismo subiendo a zancadas por la escalera de caracol del edificio de los primeros años y precipitándose hacia el interior del aula en el momento en que el primer maestro o maestra estuviera presentándose ante su nueva clase. Visualizó la voz del docente apagándose de repente mientras volteaba hacia él, entonces habría dicho:

    —Lamento con toda mi inexistente alma el retraso en éste, nuestro primer día de actividad escolar —por la teatralidad de su voz y porte exagerado, la mayoría de los chicos habría llenado el aula con un murmullo de risas incómodas—, la senda eterna de la frívola realidad, a mi inquisitiva razón, con sus circunstancias desconcertantes, entretuvo… Aiyóu![1] —habría saludado, levantando exageradamente la mano.

    En cambio, Yake había sido el último en entrar, habiendo observado inquieto desde afuera a los demás tomar sus asientos, buscando cualquier pretexto para postergar la inevitable integración. Cuando finalmente se resignó a entrar, manteniéndose lo más inexpresivo que pudiera, fue inevitable para los demás darse cuenta de que ambos eran hermanos gemelos, y poco hicieron para evitar la comparación entre la mirada soberbia del que había llegado primero con la inmutable mirada del que había llegado de último.


    ***​


    El timbre sonó. A los pocos instantes entró una maestra de inglés de nombre Nin. Era tan joven de rostro que pasaría por estudiante, tan sonriente de boca que pasaría por niña, pero tan erguida de porte que nadie dudó que se tratara de una maestra. Esa sería la cuarta vez en su vida laboral que recibiría a un grupo nuevo. Su vista se desplazó de un lado al otro del aula, captando la mayor cantidad de rasgos que le diera una pista de la condición y la personalidad de sus nuevos estudiantes. Ni siquera cuando se presentó formalmente dejó de prestar atención a cada murmullo o gesto que fuera ocasionado por la influencia de sus palabras o imagen. Sinke le prestaba una atención excesiva; Yake la miraba sin observarla.


    ***​


    La maestra Nin anunció entonces que darían comienzo las presentaciones individuales de los alumnos[2], lo que se llevó a cabo sin levantar queja, pero lentamente y sin prisa, haciendo tiempo para que sonara la alarma del fin del módulo. Se presentaron jóvenes de carácter y personalidad olvidables, genéricos, sin apenas demostrar en sus palabras algo cercano a la verdadera descripción de sus personalidades salvo por los tópicos comunes: “me gusta la música, me gusta estudiar, quisiera ser maestro, quisiera ser ingeniera, los fines de semana salgo con mis amigas al cine, lo más importante es mi familia”. Los gemelos morían de tedio por dentro pese a que Sinke se mostraba exageradamente interesado; Yake continuaba sin cambiar la expresión con la que había entrado.

    Habiendo pasado casi todos los demás alumnos (faltando solamente unos cinco), la maestra Nin señaló a Yake para su presentación, pero los alumnos sugirieron colectivamente que se presentaran los dos hermanos al mismo tiempo, con lo que la maestra Nin estuvo de acuerdo. Sinke saltó velozmente al frente de la clase mientras que Yake avanzó con lentitud, los ojos puestos en el suelo que sus pies estaban a punto de pisar, evitando siempre el contacto visual con los jóvenes. Fue entonces cuando pudieron compararlos uno al lado del otro. Las reacciones todavía no se deshacían de su curiosidad y extrañeza. En apariencia física, como quizá ya se ha dicho, eran gemelos idénticos: el mismo cabello negro de mediana largura y muy lacio; la misma piel morena, ligeramente pálida, unos pocos la calificaron de metálica o plástica; la misma complexión atlética (aunque un poco delgada); estatura promedio de un metro ochenta. Pero el rasgo que más había llamado la atención de todos desde el primer momento en que los vieron entrar (como ya esperaba yo desde el principio) era el color de sus ojos. Eran ojos de color anaranjado fuerte, los cuales, para las percepciones de los demás, engrandecían la calidez y la frialdad de los rostros de sus portadores[3]. Los jóvenes no habían dejado de preguntarse entre sí si alguna vez habían visto a alguien más con aquel exacto color de ojos, similar al de la miel untada sobre una naranja recién bajada del árbol, pero sólo pudieron darse respuestas negativas. Debo aclarar que en aquel mundo tal color de ojos era imposible de obtener de manera natural, por lo que, al mirar esos coloridos iris que envolvían profundas pupilas negras, se sintió la exagerada sensación de estar ante interesantes fenómenos de la naturaleza, no muy diferente a hallarse ante dos personas con seis dedos en las manos.

    Yake permaneció cabizbajo, desprovisto completamente de emociones a diferencia de Sinke, el cual mantenía la frente en alto y se reía con una voz casi inaudible de las miradas morbosas.

    —¡Oigan! ¿Quién de ustedes es el mayor? —preguntó Yuska, una de las chicas que se había presentado hacía un rato. Al preguntar apoyó el puño en la barbilla y aproximó el cuerpo, adquiriendo una expresión suspicaz.

    —Ninguno de los dos es el mayor —contestó Sinke—; ambos salimos al mismo tiempo del útero de nuestra madre, e incluso nos alternábamos el cordón umbilical porque sólo teníamos uno.

    Unos pocos chicos se rieron; otros reaccionaron con vergüenza ajena por parecerles un mal chiste; la risa de algunos quedó restringida a sus gargantas, las de otros salieron como flechas, pero Yake siguió sin reaccionar.

    —Pero bueno, en esta vida he sido llamado Sinke Gramt—dijo como si estuviera representando una obra teatral—, tengo quince años, como la mayoría de vosotros. Me interesa todo lo que la realidad ofrecerme pueda, desde la gran ciencia y filosofía, prodigios de la mente humana sin las cuales nada seríamos, pasando por el arte, maravilloso portento salido del espíritu humano, y los deportes, porque también somos cuerpo. De planes a futuro carezco. No me gustan las trivialidades ni lo inverosímil, pero ya me acostumbraré.

    Yake se mostró renuente cuando fue su turno, pero tuvo que proseguir ante las insistencias de la maestra.

    —Me llamo Yake Gramt, tengo quince años, mis gustos, así como mis odios, son similares a los de mi hermano; no vale la pena explicarlos.

    Regresaron a sus asientos, acompañados de forzados aplausos por educación.


    2

    Después de una semana, Sinke presumía haber memorizado ya los nombres de todos los alumnos en el instituto Ítuyu. Se inmiscuía obsesivamente en los asuntos de cuantos le rodearan sin reparar en cuán incómodos se sintieran, dándoles consejos indeseados, críticas de intención dudosa y observaciones en general impertinentes acerca de sus personas. Por poner un ejemplo, en una ocasión interrumpió súbitamente a una pareja de novios que se besaban en un banco, junto al lago de la escuela:

    —Extasiado estoy de percibiros, estimados seres compañeros de mundo, yo soy Sinke Gramt de la clase 1-C —se sentó campantemente entre ellos, y luego los abrazó a cada uno con un brazo—, una turbadora cuestión, me temo, ha estado revoloteando en mi mente en el momento que os he visto en el acto de intercambio de fluidos bucales, ¿con quién tengo el placer de tratar?

    Los dos enamorados sonrieron nerviosos y le siguieron la corriente.

    —Yo soy Délo —dijo el chico—, y ella es mi novia Déla.

    —Hola —saludó la chica tímidamente.

    Entonces Sinke comenzó a reírse con la boca cerrada, sin razón aparente.

    —¡Jubilosa situación ésta es, estimados! —las palabras explotaron acompañadas de una risa exagerada— ¿Cuántas veces se ha de tener la dicha de poseer un ser amado que tal similitud con el propio nombre comparta?

    Y así mientras Sinke se ganaba cada vez más su reputación de chico escandaloso e incontrolable, su hermano Yake se alejaba de todo el mundo durante el descanso. Pese a querer pasar inadvertido, algunos lo llegaban a ver mientras se dirigía hacia las zonas menos pobladas de la escuela con un libro, y pasaba todo el tiempo leyendo hasta que la alarma sonaba de nuevo. Durante todo aquel tiempo de quietud, no despegaba los ojos de las páginas ni un momento. Los que lo veían solían voltear la vista y los pensamientos hacia otros lados, pues su sola presencia era desalentadora y aburrida.


    ***​


    Apenas había pasado una semana desde que habían comenzado las clases, pero de inmediato os habíais vuelto los alumnos más reconocidos entre estudiantes y profesores, no solamente por el raro color de vuestros ojos, sino también por vuestra rapidez y precisión para realizar correctamente los trabajos que se os exigía durante los cursos. Cosa increíble de pensar para alguien como tú, Sinke, cuya actitud tan llena de energía e insolencia, junto a tus pláticas tan ridículas y fuera de lugar, hacían creer que te tratabas de alguien no muy inteligente y hasta idiota; únicamente tu habla rebuscada era engañoso indicio de tu inteligencia, o al menos de tu deseo por sonar inteligente. También era curioso que tú, Yake, tan reservado y tranquilo, fueras tan bueno cuando se trataba de actividades físicas, incluidas las más demandantes, como habían constatado todos durante la primera clase de deportes, cuando, durante una carrera contra otros siete chicos, tu hermano y tú aventajasteis rápidamente al resto de los muchachos y quedasteis únicamente igualados por vosotros mismos, todo aquello a tal rapidez que los demás no hicieron más que miraros con asombro, admiración y desprecio. Y tú, Yake, durante la carrera Sinke te lanzaba miradas retadoras, pero permanecías tan indiferente y sordo a sus burlas. Llegasteis los dos al mismo tiempo a la meta, y al deteneros, Sinke te dio la espalda con aire de superioridad. Y tú, Sinke, dijiste:

    —Ésta será la última vez que empatemos, hermano, la próxima vez no arribaremos en igual conjunción.

    Y tú, Yake, en silencio lo miraste marcharse, insensible a sus palabras.


    ***​


    Con dos semanas cumplidas, los hermanos tienen una reputación construida en la escuela tanto por sus virtudes como por sus defectos. La actitud de los demás estudiantes hacia ellos, pasada la gran curiosidad que les habían generado al principio, es de indiferencia en su mayoría y quizás un pequeño repudio a causa de sus excentricidades para algunos. Pero eso no impide que durante los descansos una persona se quede pensando seriamente en ellos.


    3


    Con toda seguridad la historia se repetirá de nuevo interminablemente. Una semana después de haber comenzado el curso escolar, Yuska continuará viendo a los gemelos con ojos vigilantes, y pensará en ellos como si hubiera descubierto dos criaturas mitológicas. Será la hora del almuerzo, ella y los otros cuatro se habrán instalado en una zona de césped junto al gran lago de la escuela, resguardados de la luz del sol por unas enormes palmeras de un verde brillante. Sentsa observará que Yuska sorbe ruidosamente con una pajilla su jugo de manzana con los ojos atentos en la nada.

    —¿En qué estás pensando, Yuska? —preguntará Sentsa— Qué raro que hoy estés tan calmada, di ya qué te preocupa.

    Yuska se sacará la pajilla de la boca y volteará hacia ella, sonreirá como lo hace cuando se le ocurre una mala idea, y dirá, con una mezcla de ingenuidad, sinceridad y seguridad:

    —Hay que llevarnos con los gemelos Yake y Sinke.

    Esta idea alertará a Sentsa y a Ate, quienes de inmediato detendrán su comida y se mirarán nerviosos, aunque no muy sorprendidos, dado que, aunque no lo expresaran, ya estaban conscientes del interés que los gemelos podrían hacer surgir en Yuska. La sorpresa de Kanyu y Hinta será mayor, pues para ellos, a diferencia de Sentsa y Ate, ese creciente interés de Yuska por los gemelos había pasado más desapercibido.

    —Estás loca —dirá Ate con voz apagada—, y esos gemelos también están locos, el otro día vi a Sinke caminando hacia atrás mientras cantaba una canción extraña.

    —Bueno, ¿y qué tiene eso de malo? —contestará Kanyu, sacudiéndose unas migajas de pan que le habrán caído sobre el pantalón—, hasta es divertido verlo.

    —Pero son raros —dirá Ate, en voz un poco más alta—, yo no quiero nada con ellos.

    —¿Exactamente por qué quieres que nos juntemos con los gemelos? —preguntará Hinta, quien será la más intrigada por la idea de Yuska, pero también la más dispuesta a considerar sus razones.

    Por un momento Yuska se quedará pensando mientras sigue haciendo ruidos con su jugo.

    —Son interesantes —contestará al tragar.

    —¿Y es sólo por eso? —preguntará Sentsa, cuya irritabilidad aún estaba bajo control[4]— Yo estoy de acuerdo con Ate de que son excéntricos, y además no me parecen muy buenas influencias para tener cerca.

    —Son muy buenos estudiantes y buenos en los deportes —dirá Hinta, como si se pusiera servilmente del lado de Yuska—, creo que hay que darles algo de crédito.

    —Pero eso no cambia que sean tan… bueno, ya viste el primer día —dirá Ate, incrédulo y hastiado—, ya tenemos suficiente con las cosas que se le ocurren a Yuska, ¿se imaginan lo que pasaría si nos juntáramos con Sinke?

    Sus mentes volvierán por un momento al primer día, más precisamente a la ridícula irrupción de Sinke al haber llegado tarde; sólo Yuska se había reído, más por la naturaleza azarosa de su discurso que por haber sido gracioso; los demás estuvieron callados con la cara caída de vergüenza ajena, salvo por Hinta, que fue la única que intentó vislumbrar un sentido más allá de la mera apariencia dramática de sus palabras, sin éxito.

    Continuarán hablando de ese modo durante un rato hasta que termine el descanso, sin llegar a nada.


    ***​


    A pocos metros de la alberca llena de jóvenes, Sinke, aún con su ropa puesta, no hizo más que echarle a la bulliciosa agua una mirada pendenciera, mientras que Yake ni siquiera se molestó en acercarse.

    —¿Por qué no te metes? —le preguntó un chico flacucho que se dirigía a la piscina tras cambiarse— El maestro ya va a llegar y ni te has cambiado.

    Pero Yake sólo continuó callado. Su boca casi nunca producía sonido alguno salvo en circunstancias muy precisas, como durante las clases cuando le preguntaban algo, o incluso cuando su hermano le hablaba, pero fuera de eso se limitaba a observar todo con ojos analíticos.

    Al llegar el robusto profesor de deportes, le extrañó que los hermanos estuvieran vestidos todavía. Les preguntó por la razón de ello.

    —No sé nadar —contestó Yake tajantemente.

    —La verdad, profesor —dijo Sinke alejándose aún más de la piscina—, le he de comunicar que, muy a mi pesar, de la gran virtud del prodigioso arte de la natación, virtud que tanto define a nuestra gran nación oceánica, me veo desprovisto.

    Para los estudiantes que oyeron aquello fue una ironía que, siendo los gemelos tan buenos en los demás deportes, no pudieran realizar el deporte más distintivo de los danzilmareses. En Danzilmar las piscinas de las escuelas eran siempre hondas y sin suelos elevados en los que poder posar los pies, y si hubiera sido de otra forma, tales palabras no habrían sido más que un tonto pretexto. Ate y Kanyu se dirigían hacia la alberca cuando escucharon esa noticia, y el contar todo eso a las chicas no hizo más que a aumentar la curiosidad de Yuska.


    ***​


    Fue el viernes de la segunda semana, después de que la maestra Nin hubo terminado su clase, y con ésta el día de clases. Sinke salió rápidamente de ahí, antes de que todos terminaran siquiera de recoger sus cosas. Luego, los demás comenzaron a irse tranquilamente, emocionados por tener un fin de semana adelante. Pero Yuska permaneció en su asiento observando a Yake con una inusual seriedad, conspirativa.

    —¿Y ahora qué sucede? —preguntó Sentsa, preocupada por aquella calma.

    Yuska le respondió con una mirada y una sonrisa decididas, se levantó de su asiento y se dirigió hacia el gemelo. Yake prefería que todos terminaran de salir antes que él, rasgo que Yuska ya había notado desde los primeros días.

    —¡Hola, Yake! —saludó jovial— Oye, ¿quieres venir con nosotros al centro? Pensamos ir al cine.

    —No, gracias —dijo Yake casi sin abrir la boca.

    Yuska insistió en su invitación sin perder los ánimos, fingiendo no haber oído su negativa, y pensó que señalando y nombrando a sus amigos lo convencería, pero Yake se levantó y caminó hacia la salida, ignorándola.

    —¡Ey! ¡Espera! —lo detuvo sujetándolo de la manga[5].

    Los otros chicos enmudecieron sus gestos y se preocuparon al ver que el semblante del gemelo se tornaba algo hastiado, pero Yuska mantuvo su posición.

    —¿Por qué nunca dices nada? —preguntó Yuska.

    —No tengo nada interesante que decir —dijo Yake, con una actitud relajada y desinteresada, alzando los hombros como si fuera una respuesta programada.

    —¿Por qué siempre estás tan serio? ¿Nunca sonríes?—Yuska se apresuró a preguntar, temiendo que el gemelo intentara irse.

    —No has dicho nada divertido —dijo Yake.

    Yuska retrocedió un paso y colocó su mano tras su cabeza; se esforzó por seguir sonriendo.

    —¿Por qué no vienes con nosotros al centro entonces?

    —No —Yake intentó retirarse de nuevo.

    —¿Por qué no? —preguntó Yuska con una falsa decepción y un tono que buscaba manipularlo a través del afecto, mientras evitaba de nuevo su huida.

    Cansada de su terquedad, Sentsa caminó hacia ellos, hizo a Yuska soltar a Yake y le dijo que lo dejara en paz, luego se dirigió a Yake y, forzando un tono arrepentido, se disculpó en lugar de Yuska. Yake respondió alejándose de ahí sin contestar, y dejó a una decepcionada Yuska oyendo sin escuchar los reproches de Sentsa.


    ***​


    Aun días después los amigos de Yuska todavía no entendían por qué estaba tan obsesionada con entablar amistad con los gemelos, especialmente con Yake, a quien estuvo acosando desde entonces. Lo seguía hasta los lugares donde se sentaba a leer, y ahí le arrebataba los libros preguntándole qué era lo que leía, pero muchas veces dichos libros estaban en otros idiomas o eran demasiado difíciles de leer aun en danzilmarés. Ante todo eso, Yake seguía rehusándose a hacerle caso sin demostrar emociones, salvo por una sutilísima expresión de resignación apenas evidente. A pesar de que Yuska alegaba que quería acercarse más a los gemelos, nunca intentó realmente hablar con Sinke.


    ***​


    —Yake me parece más interesante —responde cuando Hinta te interrogue. Sigan caminando hacia la salida.

    —No entiendo por qué —di, e intenta comprenderla—, él está metido en otras cosas, no veo cómo pudieran llevarse bien.

    —También pensaste eso mismo de nosotros cinco, ¿no? Además, creo que tú deberías intentar hablar con Sinke —sugiérele casualmente. Guíñale el ojo.

    Hinta, ten un leve sobresalto. Que tu rostro se ponga pálido.

    —¿Pero por qué?

    —Porque yo intento hacer que Yake se una a nosotros, entonces tú deberías ayudar un poco, ¿no crees?

    —Pero los demás no lo aceptarían. Bueno, Kanyu tal vez no tenga problema, pero Sentsa y Ate no van a querer.

    Y tú, Yuska, contesta, con la exagerada convicción de una heroína:

    —Yo me ocupo de los amargados, pero tenemos que hacer que se unan a nuestro jínnliù[6].


    4


    Esa determinación de Yuska de querer incluir a los gemelos en su jínnliù desconcertó a Hinta al punto en que su voz adquirió una agudeza nerviosa.

    —Pero, ¿por qué quieres que sean nuestros… jínnyi? —preguntó Hinta, atónita— Sentsa y Ate no lo aceptarán en absoluto.

    —Ya te dije que yo me encargo de ellos —contestó Yuska, con la mano en el esternón. Ya habían pasado las puertas del instituto, le quitó el candado a su bicicleta para liberarla del aparcamiento que había en la entrada—; tú busca a Sinke y dile que se una a nuestro jinnliù —dijo mientras montaba su bicicleta, instantes después comenzó a alejarse pedaleando, y gritó—: ¡Avísame de inmediato cuando te diga que sí!

    Hinta nunca antes había ido en contra de las decisiones de Yuska, pero esa era la primera vez que el motivo de una de sus repentinas ocurrencias quedaba fuera de su comprensión, o más bien se negaba a querer comprender. Por el momento no parecía ser más que una intensa curiosidad hacia dos personas extrañas, pero el querer admitirlos como jínnyi era demasiado.


    ***​


    Han pasado las clases. Sinke se encamina a la azotea del edificio de los primeros años. No hay nadie más en el lugar. Los dedos suavemente se entrelazan en los agujeros de la malla metálica que rodea el precipicio. Observa tranquilamente a los pocos jóvenes que todavía están dirigiéndose hacia la salida, esperando a que salgan todos. Hinta se acerca lentamente, confundida por ser esa la primera vez que lo ve con una actitud tan calmada.

    —¿Sinke? —lo llama manteniendo su distancia.

    El gemelo no voltea. Sigue mirando las luces del sol que ilumina los patios y los caminos blancos entre los edificios.

    —Hinta Semt, la chica cohibida de mirada calma y cabellos áureos, ¿a qué debo el incalculable, inconmensurable, colosal, exorbitante honor de ser de tu atención merecedor?

    —Eh... Alguien me dijo que te vio subir hasta aquí, y quería preguntarte algo…

    —¿Tiene que ver con la manera en que percibimos la realidad y las implicaciones que consigo a la mente humana acarrea?

    —Eh… no… verás, otros chicos y yo decidimos que…digo… quisiéramos que fueras parte de nuestro jínnliù.

    Lentamente la reja queda libre de las manos del gemelo. Hinta se encuentra observada por unos ojos anaranjados auténticamente sorprendidos.

    —A mi entender —dice Sinke como si hiciera memoria— la noción y práctica del jínnliù es, entre los danzilmareses contemporáneos, anticuada.

    —Pues así estamos nosotros. Me pidieron que te preguntara si querías unirte… somos Sentsa, Ate, Kanyu, Yuska y yo… Yuska le pedirá lo mismo a tu hermano.

    Sinke la mira inquisitivamente, como si las palabras de Hinta fueran una gran trampa.

    —¿Por qué quieren que mi hermano y yo formemos parte de su jínnliù? —El tono de su voz es más confiable, pero sólo un poco menos arrogante.

    —No lo sé, fue idea de Yuska —contesta Hinta bajando la cabeza.

    El gemelo se aleja de Hinta y vuelve a la reja, que recibe su peso sobre su suave metal. Se queda ahí meditando. Al verlo así, Hinta cree entender la curiosidad de Yuska. Observa ese cambio tan extraño en la actitud de Sinke sintiendo que ve a un ser salido de una pintura. Pese a que no puede verle el rostro, tiene el presentimiento de que no sonríe al contemplar el abismo, su lenguaje corporal le da la impresión de que su mente está sumida en una reflexión melancólica.

    —Por supuesto que acepto —contesta Sinke, con una abrupta felicidad.

    —¿En serio? —exclama Hinta, incrédula.

    —Así es, después de todo, he de suponer que, en el intrigante camino de la existencia, toda experiencia, por más banal que sea, digna de análisis es —dice con los ojos cerrados mientras se dirige hacia la puerta de la azotea—. Por cierto, Hinta, así como los acompañantes de Ulises en su odisea, como Sancho Panza con el Quijote, como la mujer del médico con los ciegos, como la bella vida simbiótica de la Cymothoa Exigua con cualquier otro pez, un especial y leal jínn para ti intentaré ser.

    Hinta aún pensaba que se lo estaba tomando todo como un juego, pero no dijo nada.

    —Aunque pensándolo bien —dice Sinke, fingiendo ingenuidad—, la Cymothoa Exigua suplanta totalmente la lengua del pez… así que creo que ese es un mal ejemplo —y desaparece tras la puerta, dejando a Hinta con muchas preguntas en la boca.


    ***​


    Al día siguiente Yuska contó a los demás su idea de unir a los gemelos al Jinnliù, y también dio la noticia de que Sinke ya había aceptado. Después de una acalorada discusión, en la que Sentsa intentó en vano disuadirla de tal tontería, Yuska logró convencerla de que la manera más justa de decidirlo sería con una votación. Los que se opusieron fueron, evidentemente, Sentsa y Ate, pero para sorpresa de esos dos, Hinta estuvo a favor. Se enteraron de que había sido ella la que se lo había pedido a Sinke. Perdieron un poco de tiempo preguntándole a Hinta por qué de repente apoyaba la idea de Yuska; Hinta respondió que tal idea le comenzaba a parecer interesante porque los gemelos podían ayudarlos con los estudios, aunque en el fondo lo decía para no admitir que sólo lo hizo para complacer a Yuska. No pudiendo convencerla de cambiar de idea, todo recayó en la decisión de Kanyu. Él no solía tomar ningún tipo de iniciativa ni decisiones importantes para su grupo; se limitaba únicamente a seguir lo que los demás hacían, y no se sintió para nada cómodo tomando esa decisión. Osciló durante el resto del día entre los argumentos que le daban ambas partes. Yuska y Hinta alegaban que resultaría interesante convivir con ellos, y reiteraron que podían resultar útiles si eran unos genios en los estudios, razón que le pareció un tanto egoísta y aprovechada, aunque sintió que también tenían el honesto propósito de conocerlos como personas. El lado de Sentsa y Ate no era más convincente ya que se limitaban a juzgar sus comportamientos antisociales y extravagantes, alegaron que iban a resultar más una molestia que algo positivo, cargas innecesarias que perjudicarían la vida de jínnliù que habían tenido desde hacía años. Sin embargo, al final del día Kanyu se decidió a favor de la posición de Yuska y Hinta.

    —Creo que todos deben tener una oportunidad de relacionarse mejor con la gente—fue la razón que dio, algo patética para los enojados Ate y Sentsa, pese a que pasó horas eligiendo las palabras exactas para intentar sonar al menos un poco convincente.

    De ese modo fue decidido que los gemelos iban a formar parte de ese grupo de jínnyi. La noticia de la aceptación fue anunciada a Sinke por medio de Yuska, la cual le dio los números telefónicos de todos y se propuso a empeñarse más duramente para convencer a Yake, pero Sinke, con una sonrisa malvada, sugirió que sería mejor que él lo hiciera.


    ***​


    Durante todo ese día (y el anterior también) Yake había estado eludiendo y soportando a Yuska. “¿Por qué no te unes a nuestro jinnliù? Será muy divertido”, era lo que ella más le insistía. Él ni siquiera se molestó en preguntar las razones de tan terca proposición.

    Yake no se sorprendió de ver a su hermano esperándolo muy campantemente a la salida de la escuela, recargado contra un poste de luz. Sinke, tras ser ignorado como si no estuviera ahí, caminó tras él.

    —¿Han llegado a tus oídos las buena nuevas, hermano? —preguntó con un fingido tono soñador— ¿Para qué pregunto? Bien sabes que las miradas de la siempre inquieta realidad en tu lúgubre figura se han posado. Pero, como siempre, la has rechazado sin explicación ni razón dar.

    —No me uniré a un jinnliù —dijo Yake, tan expresivo como el concreto que iba pisando.

    —Absurdo es, no te lo negaré, hermano, mas por eso he de decirte que como una nueva experiencia, o experimento, deberías verlo, para así, quizás, nuestros horizontes en esta realidad poder ampliar.

    —¿Tú planeas seguir aquí mucho tiempo más?

    —Sin importar cuánto tiempo sea, preciso es explorar sin prisa por terminar.

    —Entonces únete tú solo.

    Sinke rio en voz baja mientras continuaba siguiéndolo. Durante un rato del tranquilo camino, observaron a la gente que a su alrededor desempeñaba las labores que la realidad les tenía deparadas. Los padres iban a buscar a sus pequeños hijos de la escuela, caminaban tiernamente tomados de la mano, mientras que, violando la extraña razón de los gemelos, caminaban tranquilamente con los ojos cerrados. Unos jóvenes adolescentes se estimulaban el interior de la boca con la lengua justo en medio de la acera, para un momento después despedirse la chica con un coqueto giño. Un gato de rostro ligeramente antropomorfo dormía a sus anchas sobre un muro.

    —Aunque a veces no lo parezca, hermano, soy perfectamente capaz de comprender lo que dices —dijo Sinke mientras esperaban que el semáforo cambiara para cruzar una calle—, sé que no hay manera de convencerte de esto usando argumentos, pues por más racional que quieras considerarte, la verdad es que eres un irracionalista como yo, así que mejor lo haré de otro modo: hagamos una apuesta.

    Yake lo miró de reojo.

    —¿De qué exactamente?

    —Te apuesto que, si logras permanecer un año en este jinnliù, en algún momento descubrirás que, sin importar lo irreal de este mundo, algo de profundo interés podrás sacar que te convenza de seguir siendo y estando aquí, tal y como es mi parecer.

    —¿Y si no es así?

    —Si en un año tu mente no ha encontrado algo que la apacigüe dentro de este grupo de jínnyi, algo que nos haga sentirnos menos extranjeros en este mundo, admitiré, pues, que esta realidad insignificante es, y que al querer alejarte de ella razón has tenido, al contrario del cómo ha sido mi actuar, y haré contigo todo lo posible para dejar de ser y estar aquí —sonrió humildemente; era una humildad honesta, sin pretenciones, auténticamente dispuesta a admitir una derrota.

    Yake observó el vacío en silencio. Analicé su expresión mientras él meditaba con la mirada baja; se murmuraba a sí mismo sin mover la boca, la tensión de su cuerpo era como la de aquellos que se sienten al borde de una decisión importante, pero al mismo tiempo avergonzándose por la indudable trivialidad de la misma. Esperando a que cambiara el semáforo, mientras Sinke esperaba la respuesta de su frío hermano, el cual alzó la vista melancólicamente al extraño cielo de color azul, supe que me hallaba en una encrucijada que dividiría de nuevo la realidad (una división mucho más importante que todas las que habían sucedido hasta ese momento). Desafortunadamente, mi condición no me permitía atestiguar más que uno de los infinitos caminos que en aquel instante se generaron. En mi caso, el inexpresivo muchacho sólo asintió una vez, como si tuviera la certeza de estar tomando una decisión de la que se arrepentiría. El semáforo les permitió pasar. De inmediato, Sinke lanzó una exclamación de victoria, y mientras cruzaban la calle marcó el teléfono de Yuska para comunicarle la noticia:

    —¡Ya somos parte del jinnliù, estimada!



    [1] Saludo danzilmarés muy formal; expresa humildad o vergüenza, no tiene traducción exacta.

    [2] Esta costumbre está muy extendida en Danzilmar. Se lleva a cabo incluso en los niveles de educación superior y en la mayoría de los empleos formales.

    [3] Para los danzilmareses, el color anaranjado representa tanto la vida como la muerte por ser el color del alba y del ocaso.

    [4] Esta parte también puede interpretarse del original como “cuya irritabilidad aún estaba escondida pero no era invisible”.

    [5] En Danzilmar, asirse a la ropa de alguien tiene connotaciones sexuales.

    [6] Me ahorraré la descripción del concepto de jínnliù dado que se explicará más adelante, en varios momentos de la novela.


    Si te gustó este relato, tal vez te interese leer otros de mis escritos:
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    Luix

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    Creo que realmente me tardé más de lo que tenía provisto, pero puedo asegurarte que me he divertido mucho.


    Me ha sido "nuevo" tu manera de relatar la historia de principio a fin, es interesante como cambia la perspectiva al leer cada párrafo. Aunque también debo admitir que en algunos momentos, no se si por falta de palabras o por el mismo hecho de mi falta de costumbre al tipo de escritura que tomaste, me perdí un poco teniendo que releer algunas palabras.

    Yuska me ha causado muchísimas risas, y es que no podía simplemente ignorar el asunto, su terquedad por convencerlo hasta la llevo a hacer tremendas "locuras" por poner una palabra. De ambos gemelos siento bastante curiosidad, no se si porque parece que no fueran del sitio, más allá de su apariencia peculiar.

    Fue entretenido también la manera de hablar de Sinke, me recordaba un poco a historias antiguas y a su vez me daba el aire de "novedad" en su habla. Creo que eso me da mas razones de pensar en el "porqué" Yuska estaba más interesando en el más serio y apartado de ambos muchachos, el que tenia un aire más a chico peculiar, mientras el otro con su vocabulario parecía haber salido de una pantalla.

    Por otra parte, su grupo o más bien el resto también han llamado mi atención, al estar entre el interés y su poca aceptación por ambos. Y, aunque haya sido muy retardada al leerte, me gustaría sin dudas saber de una continuación, la trama me es muy atrayente a vista.

    Saludos.
     
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  3. Threadmarks: Capítulo 11. Voca me cum benedictus
     
    Paralelo

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    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
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    Ciencia Ficción
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    35
     
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    Capítulo 11. Voca me cum benedictus


    33


    La canción extraña que cantaba Sinke decía:

    Confutatis maledictis

    Flammis acribus addictis…


    ***​


    Recuerdo muy bien la sorpresa que mis jínnyi expresaron en aquel momento. Sentados alrededor de la mesa en aquella aula, abandonada en los confines del edificio de clubes, mi hermano comenzó a explicar nuestras actividades como club. ¿Qué podía hacer yo? Oculto tras un libro finjo que no escucho, pero entiendo las extrañas ideas de mi hermano. Sentsa se enoja al oírlo decir que debemos representar cada vez una actividad diferente que critique los valores de la sociedad, las creencias, y en general todo lo que se tome como un hecho innegable del funcionamiento del mundo. “¡No puedes decir esas cosas a la gente de ese modo!” exclama ella; Kanyu la tranquiliza con la palma y palabras tranquilas que no terminan de apoyar ni una u otra idea. Finjo que no veo, pero percibo a la inquieta Hinta y escucho la nerviosa percusión de sus talones contra el suelo de loza. Ate está con la barbilla apoyada en la mano y el codo clavado en la mesa. ¿Qué hacía yo ahí? Me pregunto de nuevo, insignificante como el concepto del alma, rodeado de esos seres con los que había decidido intentar congeniar. Mis propios recuerdos y reflexiones me marean y fastidian, pero mi mente terca insiste en gritarme directamente hasta la parte más sensible de mi ser que nada ni nadie a mi alrededor es real, y hasta yo me canso de esos pensamientos, pero soy prisionero de ellos, prisionero de mi propias certezas. Intento leer pero mi mente no se calla; no tengo más opción que escuchar y opinar para mí mismo. Sinke deja de hablar por fin y decide que al día siguiente nos reuniremos después de la escuela para nuestra primera actividad como club. No dijo cuál sería y no me importaba.

    Vuelvo a casa a paso lento. Afortunadamente ese día Yuska fue a entrenar con su bicicleta, por lo que no tuve que soportarla acompañándome y sus pláticas triviales. Lo siento, intentaré omitir mis momentos quejumbrosos.

    Al día siguiente, Sinke nos condujo hasta una casa abandonada en un barrio pobre. Para llegar tomamos dos autobuses y un largo trayecto caminando. Durante todo el camino, Sentsa no paró de preguntarle a dónde nos llevaba, pero él, con su pose y habla teatral, dijo que iba a hacer un experimento muy importante para la mente humana. El padre de Hinta llama un par de veces; la primera vez al celular de su hija, quien nerviosamente le contesta que se encuentra en actividades del club sin dar muchos detalles; la segunda vez, al celular de Sentsa, quien previendo la inminente llamada había sacado el celular, el aparato sólo sonó una vez y Sentsa contestó para confirmarle al estricto hombre que su hija no mentía, y el idiota de su padre lo aceptó todo sin siquiera preguntar en qué lugar exacto nos encontrábamos. Hinta parecía afligida por la desconfianza de su padre, Kanyu le sonrió y le palmeó suavemente la cabeza para animarla.

    La sirena de una patrulla se escuchó a lo lejos. Sinke explicó que ese barrio había sido víctima de varios ladrones durante la última semana, Sentsa le reclamó que los había llevado a un lugar peligroso, pero él les aseguró que con nosotros dos nada malo les pasaría, me miró alzando la ceja y asentí. Yuska intentó tranquilizarla más recordándole de nuestra gran fuerza y habilidades combativas, incluso mencionó nuestro problema del agua; Sentsa reclamó que aquello no parecía muy importante en esa situación.

    Sinke se la pasó hablando sobre cómo la mente humana reacciona a las circunstancias y toma decisiones con base en sus emociones antes que en la lógica. Kanyu le da la razón como un niño que escucha a un adulto hablarle sobre cómo cruzar la calle. Ate bosteza pero también lo escucha, con oídos perezosos, como si Sinke hablara en español.

    La casa a la que nos condujo había sido abandonada desde hacía más de cinco años, me enteré después. No tenía puerta principal, de manera que cualquiera podía entrar. La maleza había penetrado las paredes y la escalera, las ventanas estaban opacas de polvo, las esquinas con telarañas, la pintura cayéndose, dándole a las paredes un aspecto leproso. Yuska dice con malicia que debía ser aterrador estar ahí de noche, y recorrió el interior de la casa con curiosidad infantil. La seguí a una habitación en el segundo piso porque Sentsa así me lo pidió; ella prefería vigilar a Sinke mientras éste seguía parloteando y hablándoles de la historia de la casa y el barrio como si fuera un guía.

    Llegamos a una habitación con una cama, el único mueble en la habitación, y Yuska reparó perpleja en una decena de teléfonos celulares de buena calidad yaciendo sobre ella; todos ellos de marcas costosas, también había un pequeño televisor blanco en el suelo pegado a la pared que encaraba a la puerta. Corrió rápidamente al piso inferior a relatar su descubrimiento como si fuera un tesoro, mas mi hermano les contó que había sido él quien había puesto todo en ese lugar. Preguntas, preguntas, preguntas, mejor seguí recorriendo la casa.

    Pasé la cocina polvorienta, el refiregador oxidado y los lavamanos llenos de suciedad y hojas, y llegué al patio trasero. La maleza fresca se combinaba con la marchita entre las grietas del suelo de ladrillo, unas cuantas sillas rotas pegadas a la cerca descolorada, e islas de tierra un un mar de césped seco. Esa escena no me interesaba mucho, pero era preferible a tener que regresar con mis jínnyi.

    Me siento ahora un rato y mi mente intenta volar lejos de ahí, pero las cadenas de esta realidad me sujetan; mi mente regresa hasta aquellos seres con los que comparto experiencias, y lucho por pensar mejor en cosas más serias conmigo mismo y dejar de quejarme tanto. Sin embargo, esa dicotomía de la seriedad y banalidad de la vida me vuelve a parecer cada vez más absurda; llego a cuestionarme si estoy mejor ahí, abandonándome, para no pensar en los cambios que mi mente y razonamiento han tenido a causa de las circunstancias que he estado viviendo. Mi propia seriedad vuelvo a sentirla tan trivial como el resto de la realidad. Sí, lo sé, hermana[1], volví a quejarme, lo siento. Pero afortunadamente no pierdo mucho tiempo pensando en eso, pues la adormilada voz de Ate vino a anunciarme que ya era hora de hacer lo que mi hermano había planeado. Me levanto sin preguntar.

    Mi hermano había colocado una serie de letreros y trípodes de madera que había dejado en un armario con antelación, las letras y las flechas que había en los letreros estaban hechas con pintura fosforescente. Amarró uno de ellos en un trípode que posicionó delante de la puerta de la habitación con los aparatos, hizo lo mismo con la escalera, luego delante de la puerta principal, y dos más en la acera adelante de la chirriante reja oxidada que permanecía siempre abierta.

    La noche estaba a punto de caer para entonces. Mi hermano nos hizo cruzar la calle, donde había un terreno baldío con mucha maleza y árboles, y nos hizo ocultarnos ahí. Desde nuestra posición podíamos ver perfectamente el letrero delante de la casa, los mensajes puestos dándose la espalda de manera que cualquiera que caminara por ahí los viera. Kanyu preguntó por qué todos los letreros decían “Entre a robar aquí gratis” sobre dibujos de flechas, mi hermano contestó que era para probar la mente humana, y todos, menos Yuska, lo dieron por loco.

    Estuvimos esperando bastante rato en la casi completa penumbra, los pocos postes de luz que había a lo largo de la calle fallaban, dejándonos breves momentos de parcial oscuridad. Al menos había un poco de luna que evitaba que mis jínnyi cayeran en la cegera. Mi hermano tarareaba suavemente un fragmento del Requiem en re menor de Mozart.

    Sentsa no dejaba de insistirle a mi hermano que ya debíamos de irnos, puesto que el padre de Hinta no paraba de llamarle para saber por qué no volvían, y siempre le contestaba que ya no faltaba mucho. Ate anunció entonces que alguien se acercaba. Era un hombre con ropa de motorista y pañuelo azul que caminaba con apuro y cojeando un poco del pie derecho; sus brazos se balanceaban paralelamente a su cuerpo, y sus puños se movía inconscientemente como accionando el acelerador de una motocicleta invisible. Mi hermano lo notó, lo anunció y dijo, sin tomárselo muy en serio, que quizás había perdido su motocicleta, o la había estrellado y no podía pagar sus reparaciones. Kanyu sugirió inocentemente que quizás se había cansado de la moto y había preferido una bicicleta; luego, miradas perplejas sobre él. Yo me reservé mis opiniones.

    El sujeto pasó frente al letrero y lo leyó, luego dio un vistazo a la oscura casa y su puerta abierta, dudó un momento, pero al final decidió seguir caminando, aunque volteó a mirar el letrero tres veces antes de doblar la esquina.

    No pasaron cosas interesantes en un rato. Otras personas también pasaron junto al letrero, pero casi todas pasaban de largo, una incluso se rio. Sentsa no dejaba de apurar a Sinke para terminar con esa locura de una vez, y él le prometió que si la siguiente persona no caía, iban a poder irse. No mucho después de que dijera esas palabras, Hinta anunció que el primer sujeto estaba volviendo en compañía de alguien; otro hombre de aspecto rudo y ropas similares, pero más alto y de cabello largo, muy enredado como las hierbas de una selva. Ambos hablaron algo en voz baja frente a la casa, el alto dudaba y se mostraba reacio, el primero insistía y lo animaba, quién sabe qué demonios pasaba por su mente, yo no podía especular nada que no diera a una respuesta sin sentido, era o muy tonto o muy ingenuo, si es que existe diferencia entre ambas definiciones que se pudiera aplicar en esas circunstancias.


    34


    —Nadie en su sano juicio entraría en una casa a robar sólo porque un letrero diga que puede hacerlo —murmuró Ate.

    —¿Crees que éste lo hará, Hinta? —preguntó Yuska, como si fuera una apuesta.

    —Bueno… hay mucha gente en el mundo, entonces puede haber alguien que sí.

    Los tipos se metieron entonces al patio delantero y sacaron una linterna antes de entrar en la casa. Sinke sonrió triunfal.

    —¿Ahora qué? —preguntó Ate.

    Sinke sacó de su mochila un pequeño aparato que parecía un control remoto con una pantalla, y en ella se vio el interior de la habitación. Explicó que había una cámara de visión nocturna escondida en el televisor para asegurarse de poder observarlos. Presumió y explicó brevemente que ese televisor era un nuevo prototipo de la empresa de sus padres, que podía controlarse incluso a gran distancia. Un momento después, la cámara mostró a los dos hombres abrir la puerta y sorprenderse al iluminar con la linterna tantos teléfonos móviles sobre la cama. El tipo alto todavía estaba receloso de agarrar todo eso, pero el otro parecía no poder creer su suerte. Sinke sacó otro aparato de su mochila, su forma era de un prisma rectangular con pantalla táctil.

    —¿Qué es esa cosa? —preguntó Sentsa.

    —Esta cosa es un nuevo aparato de la empresa de mis padres. En resumen, es como un control remoto universal, una de sus funciones de utilidad más discutible es la de localizar uno o varios teléfonos celulares como si estuvieran recibiendo una llamada en caso de perderse. Aunque habría que inventar algo que encuentre esta cosa en caso de que también se pierda.

    —¿Qué vas a hacer con eso? —preguntó Hinta, previendo que algo extraño iba a ocurrir.

    En vez de contestar, Sinke sólo presionó unos botones en la pantalla táctil. Inmediatamente, todos los teléfonos comenzaron a sonar fuertemente y a vibrar con tanta intensidad que cayeron de la cama y se arrastraron por el suelo de adelante a atrás como anfisbénidos, de ellos comenzaron a sonar desgarradores sonidos de gente gritando, niños y mujeres llorando, y mucho ruido, como si estuvieran golpeando grandes objetos de metal y cadenas chocando, el agudo grito de un bebé resonó con potencia. Fue tan repentino que los dos ladrones se quedaron sin aliento, pálidos y paralizados de miedo, sintiéndose llevar completamente por el ambiente aterrador, al cual sus mentes sucumbieron. Desde la pantalla se podía ver y oír todo lo que sucedía, incluso los jínnyi se asustaron por tales sonidos endemoniados. Sinke apretó otra opción en el aparato, y, acercándoselo a la boca, comenzó a imitar un ridículo tono fantasmal, y en el interior de la casa se escucharon sus palabras saliendo de varios micrófonos en el televisor, su voz teatralizada, distorsionada por el aparato para sonar grotesca y diabólica, se mezcló con los aterradores sonidos de los teléfonos.

    —¡Úuuúuu! ¡Uúuuúu! ¡Wajajajajá! Han caído en mi trampa juas jus jues juos juis[2], ahora serán llevados al infierno ¡skaparapaturiparaturipiraturipirataratoretaritó[3]!

    La pasó el aparato a Kanyu, y, exagerando sus ademanes, le indicó que hablara.

    —¿Eh? Esté… hola, señores ladrones —intentaba controlar el temblor de su voz, pero sólo conseguía sonar más nervioso, Sinke había modificado la distorsión para que se oyera aguda y penetrante como la de un niño torturado— eh…supongo que… estoy en el infierno…

    Yuska, emocionada por el juego, le arrebató el aparato y rio lo más malévolamente que pudo.

    —Son muy idiotas por hacerle caso a un letrero, ¿enserio creían que alguien iba a dejarlos robar tan fácilmente? No, ¡ahora vendrán al infierno! —rio de nuevo.

    Sinke tomó el primer control y activo el pequeño televisor blanco, que funcionaba con baterías, y en la pantalla sólo se mostró estática a volumen ensordecedor.

    Los dos hombres salieron corriendo de ahí, tropezando con todo y casi resbalándose en la acera, y se perdieron tras los parpadeos de la luz de la calle.


    ***​


    El autobús continuará con su camino al centro de la ciudad en cuanto los jínnyi suban en él; estará casi vacío (o muy lleno, según el universo), y se sentarán en la parte de atrás (o de adelante).

    Yuska se reirá de cómo aquellos hombres habían salido corriendo asustados, mientras que Hinta será más piadosa y le dirá a Sinke que aquello había sido cruel; para Ate, se lo tenían merecido por haber sido tan crédulos; Sentsa se reservará sus opiniones por no tenerlas claras; Kanyu estará más pálido de lo que era su tono natural de piel.

    —No te alarmes tanto, Hinta— dirá Sinke, sujetando el televisor blanco—, en realidad todo esto no fue una coincidencia. Verán, días antes estuve por esos lugares observando, a causa del aumento de robos que dieron en las noticias, y noté que ese tipo del pañuelo azul siempre pasaba por aquella casa, lo seguí discretamente hasta un lugar donde comenzó a hablar con el tipo alto acerca de planear un robo a una casa precisamente este día. Mientras los espiaba, una cosa que me llamó mucho la atención de este tipo era que parecía ser muy confiado en todo, si el otro temía que pudiera haber un perro, él decía que no, que no iba a haber nada, si decían que podía haber alguien armado decía que no, no iba a haber nadie armado, es decir, siempre rechazaba la idea de que pudiera pasar algo malo. Quise probar hasta qué nivel iba a llegar su confianza; por eso fue que planeé todo esto.

    —¿Hiciste todo eso solamente para asustarlos? —preguntará Sentsa, incrédula.

    —Bien sabes, estimada, lo mucho que me gusta lo innecesariamente elaborado.

    —En verdad fue mucho más que sólo ver si entraban o no —dirá Yake de repente. Todos lo mirarán en silencio, como cada vez que el gemelo se digna a hablar—, lo importante fueron las circunstancias posteriores. Cuando los celulares comenzaron a sonar, el sonido era el de la supuesta psicofonía de los sonidos del infierno que se popularizó en internet, y en ese ambiente fue suficiente para generar miedo en ellos, impidiéndoles pensar con claridad. Pero luego, lo más absurdo de todo, el tono tenebroso de la voz distorsionada de los micrófonos tuvo más efecto en ellos que las estupideces que decían todos. No importa que tan tenebrosa sea la voz; sólo dice tonterías. Pero ellos se dejaron llevar por su miedo en lugar de razonar que quizás había una explicación para todo. Si hubieran esperado un poco más, se habrían dado cuenta de que nada iba a suceder; todo seguiría haciendo alboroto, pero nada más.

    Ante eso, Yuska asentará la barbilla sobre su mano y dirá con una leve risa que ese va a ser un club divertido.

    Cuando llegue el momento de separarse, Sinke les prometerá que no todas las actividades del club serán de ese modo, sino que todos ellos se turnarán para elegirlas. Sentsa se aliviará al oír eso.

    Los aparatos que Sinke habrá llevado a aquella casa abandonada serán descubiertos al día siguiente por unos niños de bajos recursos que tendrán la costumbre de ir a jugar ahí. Sinke contará años después que, cuando los ladrones se hubieron ido, él volvió a la casa para recoger el televisor y borrar los sonidos del infierno de los teléfonos, los acomodó sobre la cama y se fue. Abandonó también los letreros.



    [1] Yake está hablando con alguna de sus hermanas que protagonizan otras novelas similares a ésta.

    [2] Estas risas tienen como núcleo el orden de las vocales en danzilmarés: a, u, e, o, i. Al combinarlas en una sola palabra (“auéoi”) se crea una interjección que expresa burla y desprecio.

    [3] El orden de las vocales “auí, áoe, aió” forman interjecciones para indicar diferentes grados de dolor. Las consonantes sólo están para disfrazarlas.
     
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    Me impresiona mucho tu manera de relatar, me encanta como débilmente juegas con las palabras y de hecho estas mostrando un dato interesante del ser humano incrustado entre la lectura. Es verdad que muchos antes de pensar en algo lógico, se alteran ante las emociones sentidas.

    Por sobre ello, aunque en la parte donde pones las expresiones para atemorizar a los "asaltantes" me llegue a sorprender por no comprender inmediatamente, fue una de las partes más importantes que llegó a causarme más risa.

    Bueno, hasta donde he llegado a ver, no he notado faltas y sin decirte que aún siento interés profundo en esta historia. Es un gusto seguirte leyendo.

    Saludos~
     
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  5. Threadmarks: Capítulo 2. Ônimat
     
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    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
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    Capítulo 2. Ônimat[1]


    5


    Al sujetar una manzana, más por curiosidad que por hambre, Yake la sostenía descuidadamente y observaba intrigado su profundo color azul verdoso como el agua de un arrecife. Cuando al caminar por la calle alguien le interrumpía para pedirle la hora o que le indicara una dirección, él siempre contestaba la pregunta de forma concisa y fría, y sin perder el tiempo se alejaba para no tener que seguir soportando la ridícula sonrisa de parábola y la pequeña protuberancia que tenían por nariz aquellos seres. Su habitación carecía de espejos para no tener que ver sus propias facciones y recordarse, sintiendo su espíritu vacilar, que él en apariencia era como ellos. Casi no sentía la necesidad de salir de su habitación al regresar de la escuela, únicamente haciéndolo por la tarde para ejercitarse un poco. Muchas noches salía a dar silenciosos paseos por las partes más tranquilas de la ciudad, sintiéndose siempre como un ser salido de una pintura viviendo en un mundo de caricatura, y se apartaba a algún lugar en el que contemplar el cielo del atardecer o el horizonte del mar. Todo aquello, pensaba, era un salvavidas que evitaba su integración en ese mundo.

    Al día siguiente de su unión al jínnliù, durante el receso, sentado bajo la sombra de una gran palmera en compañía de sus nuevos jínnyi, leía La metamorfosis de Kafka mientras pretendía ignorar a los demás, lo que no evitaba que Sentsa y Ate le lanzaran unas miradas de desconfianza.

    —Disculpen el retraso —exclamó Sinke cuando llegó—, la realidad mi atención de nuevo ha requerido en la forma de una abejilla que se ha posado sobre mi hombro… pero bueno, ¿qué fabulosa, productiva, y obviamente súper-relevante-para-nuestro-crecimiento-emocional actividad de jínnliù hoy hemos de hacer?

    —Pues por el momento sólo estamos almorzando —contestó Kanyu mientras, con algo de pena, jugueteaba con el tenedor el draóhi[2] que había traído de almuerzo.

    —¡Bah! Hasta el más primitivo de los vertebrados sabe comer —contestó Sinke—, ¿eso es lo mejor en lo que pueden pensar? ¿La ingesta de alimento?

    —¿Acaso ustedes no comen? —preguntó Ate, irritado por el tono teatral de Sinke.

    —De poco alimento nuestros cuerpos requieren, no sólo de draóhi vive el danzilmarés, sino de toda palabra que salga de los que críticamente vivan.

    —¿Eh?

    —Mejor háblenos un poco de ustedes —interrumpió Hinta, queriendo romper la incomodidad—, creo que es lógico que nos conozcamos un poco más ahora que son nuestros jínnyi, ¿o no?

    —¡Ah! La antigua tradición de la comunicación y exposición del propio temperamento, personalidad e historia para una mejor relación en la asociación que este tipo de amistad significa —dijo con un tono poético—, ¿qué es, pues, lo que saber de un humilde individuo como yo deseáis?

    —¿Por qué hablas con el antiguo estilo danzilmarés? —preguntó Ate— Suenas demasiado extraño, da vergüenza escucharte.

    Sinke rió suavemente.

    —Pues solamente, estimado e irritable Ate, que en el arte del refinado hablar de los antiguos marü, mi espíritu una ilimitada muestra de seria expresividad encontrado ha…

    Continuó hablando durante un rato sobre la belleza que encontraba en las partículas declinables del danzilmarés antiguo y la estética sobre la libertad de los componentes sintácticos cuando se hablaba en dicho estilo. Mientras que para la mayoría la situación era más bien incómoda, para Yuska era bastante entretenido. Sin embargo, observó cómo Yake, sumergido en la lectura, parecía completamente desligado de ellos, perdido en la soledad de la compañía indeseada.

    —Ya, ya párale —interrumpió Ate—, no tienes que dar toda una conferencia.

    —Bueno, mi estimado y poco culto jínn —contestó Sinke con arrogancia—… ¿por qué no nos hablan entonces sobre vosotros, ya que mi hablar afectaros y desorientaros parece? Sepan que dedicar una relación tan leal, como la que tengo con mi hermano, ante seres cuya naturaleza ignota me permanece, no pienso —dijo con tono bromista.

    —¿Qué quieres saber? —preguntó recelosa Sentsa.

    —Pues ¿cómo es que cinco chicos de tan divergentes temperamentos y características tan contradictorias se unieron en una sociedad tan profunda y de tanto valor social, moral y nacional como lo es el jinnliù?

    Escucharon los gemelos la breve historia de ese jínnliù, pero Sinke no estuvo satisfecho con las explicaciones que en ella se dieron. Exigió una razón más verosímil, pero no se la supieron explicar, si acaso la sabían.

    —Pues, es como tú con tu hermano —contestó Kanyu—, quitando lo de ser gemelos no se parecen en nada.

    Yake dio la vuelta a la página, indiferentemente.

    —Pero nosotros no decidimos compartir el útero en el que ser formados —contestó Sinke, su rostro se levantó con orgullo—, las circunstancias de nuestra enigmática concepción fueron totalmente contra nuestras opciones (¿Enigmática?). Pero ustedes, cinco chicos de sangre independiente, a voluntad han decidido asociarse de este modo tan peculiar. Por ejemplo, tenemos a Sentsa, la chica madura y anticuada que un ser con la responsabilidad de preservar la moral se cree, el holgazán de remolones ojos con la energía de un caracol, la alegre muchacha sinvergüenza de regocijante e infantil pero malicioso semblante, la linda chica silenciosa de nervioso mirar, y el risueño de lentes al que parece que la hija de los campos Elíseos le está estimulando con la boca.

    Sentsa y Hinta enmudecieron al oír eso; Yuska mostró una sonrisa roja. Ate soltó una risa ahogada con una pizca de vergüenza.

    —¿Qué? —preguntó Kanyu con una inocencia que filtraba vergüenza.

    —¡La alegría, estimado, la alegría! —exclamó Sinke— ¡La bella chispa divina en la cual, en tu embriaguez, parecieras penetrar ardientemente en su dulce y suave santuario![3]

    Sentsa hervía de indignación (de lo cual Yuska se burlaba con risas ahogadas), pero contuvo sus ganas de sermonearlo.

    —Eh… mejor no hablemos de eso —se apresuró a contestar Kanyu—, hablemos mejor de otras cosas.


    ***​


    “¿En qué piensa el danzilmarés al mirar su reflejo en el lago sino en ahogarse en su propia imagen?”

    Refrán danzilmarés[4].


    Ese sábado por la tarde, cuando Yuska se encontraba pasando en su bicicleta cerca del río Skér[5], que atravesaba la ciudad de Shorsta, se sorprendió mucho de ver a Yake apoyado en el barandal del puente, observando el agua. No lo pensó dos veces antes de acercársele lentamente y colocarse a su lado.

    —El agua se ve excelente como para nadar, ¿no crees? —preguntó tocádole las costillas con el codo, con tono de complicidad.

    Yake, sin sobresaltarse por la inesperada intromisión, continuó mirando el agua.

    —Si entro en esa agua —dijo— saldré más sucio de lo que estaba antes. ¿Qué quieres?

    —Nada en especial, sólo te vi mientras daba un pequeño paseo en mi bici.

    —Lamento habértelo interrumpido —dijo Yake y se dio la vuelta para irse.

    —¡No, espera! —lo detuvo Yuska agarrándolo por la manga— No tienes que irte, después de todo somos jínnyi, ¿o no?

    —De alguna forma —contestó Yake, resignado.

    Yuska caminó hacia él y le propuso que caminaran juntos por un rato. Él aceptó.


    ***​


    Caminan a lo largo del río. Algunos barcos se deslizan delicadamente en sus aguas ante el sol del ocaso. Yuska camina haciendo rodar su bicicleta a su lado y habla ahora de cosas cotidianas. Se da cuenta de que, a pesar de todo lo que habla, no le ponen la más mínima atención.

    —Oye… ¿Tienes algún problema conmigo? —pregunta obstruyéndole el paso, la voz dulce muy pretenciosa.

    —En absoluto —contesta Yake.

    —¿Entonces por qué no escuchas lo que digo? Se supone que somos jínnyi.

    —Porque sólo hablas de cosas pueriles —contesta Yake alzando la inflexión de su voz hasta sonar levemente quejumbroso, pero aún predominantemente tranquilo—, no me importan tus pensamientos sobre las confituras de las tiendas, ni sobre lo mucho que te incomoda que los libros de los aparadores se exhiban por las hojas en lugar de por la cubierta[6], o sobre lo aburrido que te pareció un programa de televisión que viste ayer. ¿Por qué debería prestarle atención a algo como eso?

    Pero ve que Yuska no está incómoda, o cualquier reacción que en esta realidad sería natural de ver en una persona ante tal respuesta, sino que la ve ponerse incluso más contenta; su rostro tiene una sonrisa de parábola y los ojos tiernamente cerrados, la cabeza levemente ladeada hacia la derecha.

    —¿Qué es lo que te parece bien? —pregunta Yake.

    Yuska se ríe en voz baja.

    —Es la primera vez que te escucho decir tantas palabras juntas; ni siquiera en tu presentación hablaste tanto… además ¡parecía que no me estabas escuchando cuando en realidad sí lo hacías!

    Yake se limita a observar el río como si con aquello se distanciara de esa nimiedad.


    ***​


    Sin embargo tal acercamiento fue considerado por Yuska como una ganancia, y, sintiéndose satisfecha, se despidió de él y se fue pedaleando rápidamente en su bici, quedándose Yake solo de nuevo.

    —Muy bien, hermano, muy bien —exclamó Sinke, quien salió detrás de unos árboles apenas Yuska se hubo marchado.

    —Si quieres espiarme, al menos no te descubras al final —dijo Yake.

    El cinismo del rostro de Sinke lo delataba.

    —Eso no importa. Ahora sólo tienes que llevarte mejor con los demás —continuó Sinke, como si se tratara de un sermón solemne—, después de todo, ahora son nuestros jínnyi, como hermanos. Por tanto debemos ser mucho más considerados con ellos.

    —¿Tanto como lo eres tú? —replicó Yake— Ya deberías darte cuenta de que nadie te soporta.

    —Quizás, pero al menos yo trato de acoplarme a la realidad.

    —No te acoplas; juegas con ellos. Ya llevamos varios días así y ni siquiera saben nada de nosotros, encima te burlas de su falta de coherencia. Además, para Yuska es obvio que no soy más que algo extraño, algo curioso que no le importa en verdad. Eventualmente se aburrirá de mí.

    —Te olvidas hermano, que la idea de esta incómoda situación mía no fue —se defendió Sinke—. Pero ya que estamos así, bueno sería intentar entenderla aunque sea un poco, ¿no crees? Además no te olvides de nuestra apuesta.

    Yake le dio la espalda, miró una última vez el río, cuyas aguas brillaban los últimos rayos del día.

    —Bien, pues entonces te veo en nuestra casa para luchar —dijo Sinke antes de irse—, esta vez no volveremos a empatar, te lo juro.


    6


    Durante varios días, vosotros y vuestros dos nuevos jínnyi continuasteis reuniéndoos en el mismo lugar. Para los demás no fuisteis más que un extravagante grupo que se limitaba a almorzar en conjunto. El locuaz de Sinke continuaba desconcertándoos con sus extrañas pláticas sobre diversos temas que no llevaban a ningún lado. Cada vez que alguno de vosotros intentaba sacar un tema de conversación más o menos normal para vuestro nivel, Sinke lo abordaba de una manera tan incómodamente florida y os conducía por caminos tan espinosos que preferíais cambiar a otro tema, el cual tampoco duraba mucho como tema de diálogo.

    Yake continuó cada día leyendo un libro diferente en lugar de prestar atención a las inútiles chácharas que vosotros sacabais, como siempre lo había hecho desde que os conoció. Pero al terminar la escuela tú, Yuska, siempre ibas acompañándolo en el camino de regreso a su casa mientras arrastrabas tu bicicleta, separándote de él en la esquina de la calle Hyú[7], frente a una panadería, y volvías a montar tu bici para regresar a tu casa. Ibas hablándole, como de costumbre, sobre los mismos temas sin utilidad, que no pasaban de ser simples tópicos juveniles sobre tu vida diaria, y de vez en cuando alguna mención sobre un tema serio, pero él siempre caminaba como si no te prestara atención, como si no fueras más que una molestia. No obstante (esto tú no lo viste claramente hasta tiempo después) en su interior la curiosidad crecía latente sobre tus verdaderos propósitos, pues continuabas sonriéndole con esa jovial parábola en tu rostro en respuesta a su frío mirar, ante el cual todos los demás preferían irse.

    —¿Por qué quisiste que me uniera a tu jinnliù? —te preguntó antes de llegar el momento de separarse— Entre tantas personas disponibles, muchas de ellas con una mentalidad e intereses más semejantes a los tuyos, te ha interesado ir tras alguien que es prácticamente tu opuesto en todo sentido.

    —Eh… si lo dices así suena un poco extraño —contestaste riendo.

    —Sabes a lo que me refiero. Deberías mejor juntarte con mi hermano y dejarme en paz a mí.

    Entonces el semblante se te tornó lo más calmado que pudiera volverse en tu personalidad, tu boca casi completamente recta.

    —Tengo un tío entomólogo que ya no vive en Danzilmar, pero cuando era niña solía ir mucho a su casa a hacerle algo de compañía, ya que él nunca tuvo hijos y me llegó a considerar como a una hija, y yo a él como a un segundo padre —dijiste eso último con la cabeza baja—. Él tenía una gran bodega donde guardaba en frascos cientos y cientos de insectos que iba recolectando. Algunos de ellos eran de lugares lejanos del mundo a los que él había viajado cuando era más joven. Todos tenían etiquetas con unos nombres que no podía pronunciar y flotaban en un líquido extraño y viscoso. Recuerdo que algunos me daban mucho asco y hasta miedo; había gusanos con tantos pies que no podía contarlos, mientras que otros eran babosos y no tenían ninguno, y algunos tan peludos como un oso; otros insectos tenían varios ojos y alas de colores, con mandíbulas que asustaban; había un gusano tan largo que más bien parecía una serpiente blanca, apretada contra las paredes del frasco que la encerraba. Le preguntaba a mi tío ¿Qué son esas cosas? Y él me contestaba Ese es un ciempiés del desierto, hay que tener cuidado porque se te mete por la nariz mientras duermes… ese es un gusano de los páramos del centro de Danzilmar, si no te los quitas lo antes posible, se te empezará a meter por debajo de la piel… y ese es un escarabajo azul, su picadura te provocará comezón por una semana… Yo no podía comprender por qué había querido dedicar su vida a estar rodeado de esas cosas tan extrañas y repugnantes. Me pasaba algunas horas observando cada frasco intentando averiguar lo que le gustaba tanto a mi tío sobre ellos, esas criaturas espantan a la gente y prefieren no tener nada que ver con ellos, sólo pisarlos y seguir como si nada con sus vidas. Mi tío me decía Me gustan los insectos porque las diferencias entre ellos son lo que los hacen fascinantes, sería muy aburrido que todos los seres vivos del planeta fueran siempre iguales, y me parece tonto que por ser desagradables se les deje de prestar atención, o algo así.

    Yake escuchó todo eso apáticamente, pero cuando terminaste su rostro se volvió reflexivo y curioso. Extrañamente, el volumen de su voz aumentó con una entonación analítica y emocionada cuando dijo:

    —Así que yo soy para ti como un desagradable insecto que con fascinación observas desde afuera del frasco, intrigada por lo diferente que soy de ti.

    —¿Eh? ¡Espera, no quise decir eso! —exclamaste, temiendo haberlo ofendido, y moviendo los brazos rápidamente como las alas de un colibrí.

    Yake no hizo caso a ese gesto, pues lo que sea que pasara por su mente logró hacer que ignorara cualquier cosa que pudiera molestarle en ese momento.

    —No importa; no me siento ofendido, y al menos ahora he confirmado que no me equivocaba en la interpretación de mis percepciones.

    —¿En serio? —preguntaste sorprendida, aunque no entendiste bien todo.

    —Prefiero la verdad cruda a un eufemismo hipócrita —contestó—, si no soy para ti más que un objeto de rareza que curiosear, no me importa en lo absoluto. No fue para mí más que una simple curiosidad ante un hecho insignificante.

    Te sentiste aliviada.

    Llegaron a su punto de separación y Yake continuó su camino sin despedirse de ti, pero lo detuviste jalándolo de la manga.

    —¿Por qué no nos vemos en el puente mañana? Aprovechando que es sábado, podemos dar una vuelta en mi bicicleta. ¿Te parece bien a las dos?

    Yake normalmente rechazaría tal oferta sin pensarlo; pero accedió, recordándose que esa chica ahora era su jínne y que tenía una apuesta con su hermano.

    Te alejaste de ahí tarareando[8].


    ***​


    —¿Y qué hacía Sinke?

    —Él, con una sociabilidad extrema, hablaba de todo lo que le llamara la atención. Si alguien le hablaba o preguntaba algo, él solía contestar con cien palabras lo que cualquiera podría haber dicho con diez, todo con el simple propósito de observar las reacciones de sus compañeros de mundo, y a veces burlándose interiormente de ellos. Al mirarse del espejo tenía sentimientos contradictorios; por un lado se daba risa, se burlaba de sus colores, de sus facciones dibujadas y de sus formas trazadas en un modo que, por alguna razón, sentía anatómicamente incorrectas. Por otro lado, sentía también una intensa fascinación por su propia imagen; le parecía que aquella forma era tan irreal, tan inverosímil y extraña, que el sólo hecho de existir de ese modo era ya un hecho fantástico, digno de ser contemplado y estudiado. Sinke estaba convencido de que hasta en las cosas más cotidianas e insignificantes se encontraba escondida, latente como un pájaro en el huevo, una razón para sentir que valía la pena ser parte de ese mundo, o al menos eso era lo que expresaba a su hermano, pese a que su actitud diaria no pareciera reflejar ese propósito.


    ***​


    —… La idílica belleza de una partícula declinable danzilmaresa, portadoras orgullosas del agraciado estandarte del refinamiento sintáctico y de la libertad hiperbática, mis sensibles sentidos, buscadores de fascinación y embeleso, excitan como a los átomos de un cuerpo el calor. Un realizador indicado por un Ya deviene un directo receptor al mutar la partícula a un Yim, que también un recibidor al cambiar a un puede ser. En un solitario ser un Yèu te puede transformar mientras que un Yàon a la comunidad te regresa. Además, gracias a ti un Yôk te puede hacer merecedor. La magnífica y atrevidamente libre estructura, de la que nuestra amada lengua orgullosa sentirse debe, al servirse del alto estilo mi ser emociona tanto como…

    —Ya entendimos —interrumpirá Ate, irritado, imponiéndole una palma cual si fuera un escudo—, sólo di que te gusta hablar así y ya.

    A pesar de su actitud y su forma de hablar tan desesperante, Hinta será la que más curiosidad desarrolle hacia él; aunque se sienta incómoda cada vez que sus miradas se cruzaren, comenzará a desarrollar un intrigante deseo por conocerlo más.


    7


    —¿Qué pasó el sábado?

    —Mientras Yake esperaba a Yuska en medio del puente que cruzaba el río skér, su mente divagaba a través de diversos asuntos antes de que la chica escandalosa llegara. La noche anterior, su hermano había intentado convencerlo de que estaba comenzando sentir algún aprecio por la chica, y Yake respondía con silencio.

    Yuska llegó ruidosamente en su bicicleta y lo saludó repetidamente, como siempre, indicándole luego que se subiera al asiento adicional de la parte de atrás de su bicicleta. Procurando no hacer contacto visual, se subió y ella comenzó a pedalear como si se encontrara en una carrera, recorriendo así sin ninguna razón todo el tranquilo y blanco distrito de Frî[9], pasando luego a las demás colonias y parques sin ningún objetivo más que el de sólo pasear.

    “Quizás el sentir el viento golpearle en la cara le anime”, pensó Yuzka y aumentó la velocidad, pero no lo sintió sujetarse más a su cuerpo como lo habría hecho Hinta en sus paseos ya no tan habituales.

    Un rato después, decidió dirigirse hacia el centro de la ciudad, donde el número de vehículos y personas aumentó considerablemente. Se detuvieron para comer algo en un puesto de comida en la avenida Qío[10], pidiendo Yuska un keryô[11] y Yake un vaso de agua. El extraño color de ojos del chico llamaba la atención de algunos paseantes que lograban fijarse en ellos, murmuraban y se iban. Unos pocos lo miraban por un poco más de tiempo y se iban en cuanto esos ojos sin vida se daban cuenta de sus inspecciones indiscretas. Yuska comentaba lo sabrosa que le parecía su keryô, como si en ese momento no existiera alegría más intentsa.

    —Como digas —contestaba Yake de un modo casi robótico a todo lo que decía Yuska.

    Por la tarde se dirigieron al parque central de la ciudad, donde se sentaron a contemplar el enorme lago mientras una carrera de barcos a control remoto se realizaba en él. Yuska no paraba de sonreírle y hablarle de cualquier asunto que se le viniera a la mente; apostaba qué barco creía que iba a ganar, ora el azul, ora el morado, ora el rojo, y en casi todos acertaba. Yake hacía todo lo posible por no pensar tanto en esa situación.

    La noche comenzó a aparecer en el cielo y ellos seguían en el parque caminando sin rumbo fijo, hasta que llegaron a la cascada artificial, rodeada por sauces llorones y un camino de piedra roja iluminada por luces al ras de él. Yuska se emocionó con ternura ante la belleza del juego de luces de colores que adornaba la cascada, que cambiaban cada indeterminado tiempo. Se sentaron en uno de los bancos frente al agua.

    —Esta cascada es genial —dijo Yuska, estirándose en su asiento, tenía que hablar un poco más fuerte para superar el sonido de la cascada. Volteó la vista hacia Yake—. ¿No te parece?

    —Lo que digas —contestó Yake; la cascada opacó bastante su voz.

    Sólo se oyó el agua cayendo después de eso, y entre ellos surgió un silencio que se volvió incómodo para Yuska. La chica reparó en los ojos fríos de Yake sin que este le prestara atención, y con tono casi gritado repitió una pregunta que ya hacía tiempo le había hecho, pero de la que no había obtenido una respuesta satisfactoria.

    —¿Por qué nunca sonríes?

    —No has dicho nada divertido —volvió a contestar de manera automática, con un pequeño tono de autoparodia.

    Yuska intentó hacer que respondiera a más de sus preguntas de naturaleza similar, incluso volvió a agarrarlo de la manga y jalonearlo; pero al sólo recibir respuestas evasivas del gemelo, volteó la cabeza de nuevo hacia la cascada y apretó los labios.

    —¿Sabes una cosa, Yake? —dijo haciendo un puchero, sin mirarlo— Estoy tratando de entenderte, de verdad. Se supone que somos jínnyi; tenemos que hablar.

    Yake tuvo ganas decirle que dejara de usar el jinnliù como excusa para hacerlo hablar.

    —Los insectos conservados en frascos no hablan con los que les observan con curiosidad desde afuera —contestó secamente.

    —Bueno, tal vez no lo dije bien —dijo Yuska, y giró la cabeza hacia él—. En toda mi vida me he dado cuenta de que la gente suele temer y alejarse de las cosas extrañas; lo misterioso le aterra a mucha gente… pero hay otras personas como mi tío que prefieren sentirse fascinadas por lo raro del mundo, ¿no crees? —aquí volvió a sonreír— Digo ¿No es mucho mejor asombrarse que asustarse ante lo que es extraño? —adquirió una expresión más tranquila, casi apenada— Y no te voy a mentir, Yake, hay algo muy extraño en ti, algo en cómo te mueves, en cómo te expresas, en cómo hablas, en cómo miras… casi se siente como si no fueras de este mundo —añadió bromista, y tarareó una risa nasal.

    Yake continuó imperturbable pero asombrado por la perseverancia de Yuska, a quien miró por un instante con cierta calidez en los ojos. Entonces dijo:

    —Sí, es posible que yo no sea de este mundo.


    ***​


    Yake se callará de repente, sonreirá como si quisiera negar que acababa de decirlo por fin, su corazón se acelerará y sentirá calor en la columna.

    —¿Qué? —Yuska ladeará la cabeza.

    —El mundo que me rodea, el viento, las nubes, la gente y las actitudes que adoptan cuando hacen cosas. Cuando caminan con los ojos cerrados y sonriendo, cuando sus facciones se exageran, nuestros enormes ojos, la protuberancia que tenemos por nariz, y un largo etcétera. Nada de cómo es todo eso me parece real o creíble. Incluso tú, en frente de mí, observo tus facciones, tus colores, tus reacciones, y no me pareces real, ni tú ni tu mundo. Soy un apóstata de tu mundo…

    Yake hablará así por un rato, cada vez más calurosamente. Será la primera (y de las pocas veces) que sus facciones cambien enérgicamente, pareciéndose un poco a su hermano en el punto más violento de su discurso.


    ***​


    Contemplando la fuente, Yake espera que Yuska simplemente se lo tome como una exageración de su parte, algo de lo cual reírse o solamente olvidar. Está calmado y vuelve a su estado habitual de inexpresividad. Piensa que en su lugar él tampoco se lo creería. Sin embargo, Yuska toma su mano y, entrelazándole los dedos, la levanta a la altura de su cara.

    —¿Esto no lo sientes real? —pregunta con gran seriedad y los ojos brillantes, como si en ese momento hubiera encontrado el más grande enigma de la tierra y se dispusiera a resolverlo.

    —No —contestó Yake tajantemente.

    —¿Entonces qué es lo que sientes? —Yuska aprieta aún más los dedos.

    —Sólo trazos, ficciones[12].


    8


    Ese sábado, Hinta había salido al centro de la ciudad para hacer unas compras, y de regreso a su casa, al bajarse del autobús, una voz familiar la asaltó por detrás.

    —Hinta, mi estimada jínne, qué honor el encontrarte por coincidencia.

    Y antes de que se diera cuenta, Sinke había echado un vistazo a su bolsa llena de bombillas y tela de color negro y rojo.

    —Sinke, hola. Qué sorpresa —contestó Hinta.

    —Interesante, debo observar, que tu compra sugiere un contraste poco común.

    —Eh… sí, mi padre está remodelando nuestro dojo y me mandó a comprar bombillas nuevas y otras cosas.

    —¿Entrenas algún arte marcial? —preguntó Sinke con excesivo interés.

    —Sí, mi padre tiene una escuela, pero no soy muy buena en eso. Y es mi madre la que fabrica los cinturones; por eso la tela…

    —¿De casualidad no has visto a Yuska y a mi hermano por aquí? —miró alrededor.

    —Eh, creo que no, ¿por qué?

    —Ambos están teniendo una cita —respondió.

    Hinta se quedó rígida, un temblor le recorrió la columna.

    —¿Una… una cita?

    —Esa Yuska conduce como el viento del lago Dên—respondió Sinke—, no he durado ni cinco minutos y perdidos los he hallado.

    —Pero… ¿cómo que una cita? —insistió Hinta, levantando la voz.

    —¿No es así como le llaman en este mundo cuando un ser sale a solas con otro ser del género cuya su sexualidad acepte como un potencial compañero de cópula?

    La chica sintió que se le paralizaban los pulmones.

    —¿Có…cópula?

    Sinke entonces le dio la espalda con brusquedad y olfateó el ambiente con los ojos cerrados.

    —¿Quieres venir conmigo? —preguntó de repente.

    —¿I…ir a dónde?

    —Date la vuelta —Sinke sonrió malvadamente.

    El rostro de Hinta enrojeció y permaneció trémula, su mente divagó en pensamientos caóticos sin sentido. Viendo que no lo haría, Sinke la tomó de los hombros y la puso de espaldas contra él. De inmediato se agachó entre sus piernas y se levantó con ella sentada en sus hombros, Hinta dio un grito de sorpresa.

    —De este modo será más rápido —exclamó Sinke antes de salir corriendo.

    La gente observó confundida y curiosa cómo ese chico iba corriendo por las calles con una chica subida en sus hombros, la cual, con terror por la rapidez con la que iban, se aferraba fuertemente a su cabello y a su cuello y le gritaba que se detuviera. Aún con la chica subida en él, Sinke corría siguiendo aparentemente un rastro de olor.

    —No te preocupes, Hinta —habló Sinke sin detenerse—, no dejaré que te caigas, y si lo haces, te juro que me romperé una mano con un martillo[13].

    Sin soltarse ni un segundo de su cabeza, Hinta intentó superar su miedo y abrió los ojos, sólo para volver a cerrarlos por el vértigo. Se detuvieron en la esquina de la avenida Qío, y, diciéndole que no hiciera ruido, Sinke la bajó de sus hombros y fisgoneó escondiéndose tras el borde de la esquina.

    —Ahí están —dijo en voz baja, señalando un puesto de comida.

    Ahí estaba la jínne de Hinta comiendo alegremente junto al gemelo silencioso; la impresión le hizo olvidar el viaje en los hombros de Sinke. Pensó que la escena no podría ser más paradójica; mientras Yuska clamaba con voz tan entusiasta casi todo lo que se le venía a la cabeza, el otro miraba el tráfico como un robot, perdido en su intento por no prestar atención.

    —¿En verdad están en una cita? —preguntó Hinta.

    —Previa definición te he dado, de corregir mi poca precisión o de expresar tu disconfort en cuanto a la semántica empleada libre puedes sentirte.

    —¿Cómo es que los encontraste tan rápido?

    —En mi memoria la fragancia de los entes en torno a mí soy capaz de memorizar —contestó tocándose la cabeza con orgullo—, de sabueso mi bulbo olfatorio es, y a los rastros de olor mi cerebro sensible ha nacido.

    —¿Los oliste?

    —Mas mi rango todavía no es demasiado amplio, y como veo que se mueven, debemos seguir moviéndonos también.

    Volvió a subirla sobre sus hombros y, manteniendo su distancia, intentaron no perderlos de vista.

    Los siguieron largo tiempo hasta el parque, donde los vieron descansando en el césped cerca del lago donde había una carrera de barcos. Sinke y Hinta se situaron a más de cincuenta metros de ellos, resguardados por un gran árbol del pequeño bosque del parque. Hinta no terminaba de entender por qué estaban espiándolos de esa manera. Sin embargo, al ver el rostro de Sinke en ese momento, observó el mismo gesto arrogante, pero apacible, que había notado en la azotea de su edificio en el instituto Ítuyu.

    —Oye, Sinke, ¿por qué aceptaste unirte a nuestro jinnliù tan fácilmente?

    —Creo ya haberte dado una respuesta en su momento —contestó Sinke sin mirarla—: toda experiencia, por más banal que sea, su necesario análisis merece, ¿o su merecido análisis necesita? —sacudió la cabeza— Una mejor pregunta sería: ¿por qué apoyaste a Yuska con tan extraordinaria proposición?

    Hinta intentó pensar en una respuesta, pero las palabras no llegaron a ella. Bajó la cabeza.

    —No estoy segura; porque Yuska me lo pidió.

    —No te creo; estoy seguro de que tienes una razón más allá de la de sólo estar sometida a los deseos de los otros, ¿verdad?

    —Sólo hice lo que Yuska me pidió —fue su respuesta final.

    Rato después, Yake y Yuska se dirigieron hacia la cascada cuando la noche hubo caído; pero Sinke ya no se veía interesado en seguirlos sino que, con solemnidad y una sonrisa sospechosa, los observó marcharse y alegó a Hinta que ya era tiempo de que estuvieran a solas. Se dirigieron al sitio donde su hermano y la jinne habían estado, cerca del lago. Los niños que habían competido en la carrera de barcos comenzaron a desaparecer por los senderos del parque.

    —¿Y ahora qué va a pasar? —preguntó Hinta.

    —Esa es una buena pregunta —contestó Sinke—, ahora podría conjeturar sobre lo que acontecerá, pero las razones por las que lo pienso todavía no son muy claras.

    Hinta iba a decirle que sólo la confundía, pero se calmó y se tomó un segundo para pensar en una pregunta que le parecía más importante:

    —¿Para qué querías espiarlos durante su… cita?

    —Para ver hasta donde jugaba la realidad.

    La chica inhaló profundamente.

    —No tienes que hacerte el misterioso —respondió tratando de mantenerse seria, aunque se la notaba agitada—, me has tenido todo el día yendo de un lado al otro sin saber por qué. No tienes que andar hablando de manera tan misteriosa. No creo que solamente quisieras espiar a tu hermano sólo porque sí.

    Se apenó un poco por haber alzado la voz.

    —¿No es por eso por lo que no te opusiste a la propuesta de Yuska para unirnos al jinnliù? —preguntó Sinke con una repentina voz ligeramente seria, que le recordó a Hinta por un momento a la voz de Yake— La admiración por lo que es extraño que vi en tu mirada en ese momento, el placer de lo que nos desconcierta y no entendemos, tienes esa parte en tu ser, y Yuska también, sólo que se fueron por las partes que sus directos opuestos son… y eso me pareció más o menos casi un poco interesante, lo suficiente para mantener los pies clavados en la tierra.

    Hinta se sentía cansada, y bajando los ojos hacia el césped se quedó silenciosa. Sinke volteó a verla de reojo y sonrió.

    —¿Sabes una cosa? No somos parte de la realidad mi hermano y yo —habló alegremente—, siempre nos hemos sentido dentro de una caricaturización de la vida, o algo así. Qué raro, ¿verdad?

    Hinta levantó una mirada intrigada.

    —¿Qué?

    —¡Ah! Nada importante —continuó observando las luces de la ciudad, y su tono se volvió tan relajado como si tuviera sueño—, solamente que la intrigante forma de la existencia lo que mi inquisitiva alma agita es. Cuando el fresco levante danzilmarés nuestro cabello con delicadeza y dulzura atusa, y la sonrisa de la gente como parábolas verticales que confianza y bonanza absurda describen. Nada de eso real percibo, me temo. Narices como minúsculos alcores en el centro de la campiña que facciones cultiva, protuberancia que de la vista se desvanece según la caprichosa locura del reglamento que la naturaleza ha dado a los que ciertas expresiones declaran. Dos innecesariamente vastos ojos, achatados en el sur, como colorido mármol brillante a la distancia iluminan nuestra presencia; sus formas de aspecto mutan risiblemente o presentando exagerada estética encantadora. Las tiernas, delicadas, e inverosímiles facciones que la realidad dictaminado ha para ser nuestro medio con el cual con el mundo y congéneres comunicarnos. Irreal es, pues, para mí, todo eso… —se interrumpió un momento y, mirando el lago con melancolía, lanzó una carcajada.

    Hinta se sintió aún más curiosa tras su inicial perplejidad. El lenguaje utilizado le pareció rebuscado y confuso, pero no consiguió obstruir su entendimiento.

    —Y… ¿qué más?

    —Mas a todos mis semejantes tampoco los concibo como reales —continuó Sinke con un tono teatral, el cual poco a poco comenzó a volverse más serio y agresivo—. Así es cómo me he sentido desde que consciencia del mundo tuve, y ni siquiera a ti, Hinta, mi estimada jinne —dijo mientras la encaraba y suavemente le acariciaba una mejilla—, lamento decir que en ti la visión de un ser real imposible me parece. Así, de manera llana y sin temor: niego tu realidad. Me eres tan real como para ti lo sería un Ônimat, y la banalidad en tu persona es tal que no puedo hacer más que sorprenderme por en este mundo hallarme —le soltó la mejilla.

    Hinta escuchó todo eso sin saber qué pensar. Era un discurso increíble. A lo mejor sólo exageraba una broma, como a veces solía hacerlo sólo para intentar sonar interesante y profundo. Pero por otro lado, podría ser una declaración hecha con absoluta honestidad, sin la menor pretención de ser una burla. Esto la preocupó.

    —¿No soy real para ti, entonces? —preguntó un momento después, siguiéndole el juego.

    Sinke se apartó de ella lentamente y esbozó una sonrisa amistosa.

    —¿Qué dirías tú si un día te despertaras en un Ônimat? —preguntó Sinke.

    —Supongo que me sentiría muy incómoda —contestó Hinta luego de pensar unos segundos.

    —Pues yo me sentiría fascinado —contestó Sinke—, y querría averiguar y disfrutar todo cuanto me fuera posible de tal situación. Por eso acepté unirme, porque vivimos en uno.


    [1] Nombre con el que los danzilmareses llaman a la animación de su país.

    [2] Estilo de comida típico de danzilmar basado en la combinación libre de alimentos en un mismo plato.

    [3] Interpretación de Sinke de la “Oda a la alegría” de Schiller.

    [4] Este refrán no existe en nuestro mundo.

    [5] “Verde”.

    [6] Deben estarse refiriendo a la costumbre en Danzilmar de exhibir algunos libros abiertos a la mitad, de manera que puedan leerse dos páginas, y junto a ellos el mismo libro cerrado. Pero, a juzgar por lo que dice Yake, Yuska no se ha dado cuenta de que el mismo libro cerrado se encuentra a un lado del libro abierto, mostrando la cubierta, y dado que Yake no la corrige, suponemos que él tampoco lo sabe.

    [7] “Luna”.

    [8] Los danzilmareses tienen la costumbre de tararear mostrando los dientes.

    [9] Apellido del decimotercer presidente de Danzilmar.

    [10] “Blanco”

    [11] Tipo de draóhi que tiene base de carne de pollo con salsa dulce.

    [12] En el original Yake usa la palabra “Léfik”, que puede significar mentira, invención, artificio, ficción o sueño, y tiene connotación negativa.

    [13] Exresión idiomática para indicar el deseo de compensar un daño u ofensa producida inintencionadamente.
     
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    Sigo pensando que mientras más habla Sinke, cada vez me entretiene más, es bastante certero que suena a rebuscado, pero realmente es algo interesante. Al igual que escuchar a Yake, aunque también puede explayarse su habla es bastante concreta y de alguna forma, llega a escucharse bastante corto, contrariamente a su gemelo.

    Yuska es bastante peculiar al buscarlo, me sorprendió de hecho verlos juntos a solas, aún cuando Sinke lo estaba observando desde lejos, fue lo mas épico ver a ambos dúos. No obstante, me pregunto si ellas habrán tomado real lo que le explicaron de cómo ven las cosas.

    Me sigue entreteniendo lo "diferente" que encuentro el escrito a lo que suelo leer, la historia es atrayente, y la trama interesante, aunque ya lo haya dicho.
    ¡Saludos!
     
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  7. Threadmarks: Capítulo 12. El primer cambio
     
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

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    Título:
    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    35
     
    Palabras:
    4288
    Capítulo 12. El primer cambio


    35


    Desconcertante. Mantienen el rostro tenso; casi no respiran. No recuerdan nada las chicas, ni todas las horas que Yuska había pasado frente al lienzo con un pincel en la mano, ni todas las vueltas y pasos sobre el suelo que Hinta dio sobre el que alguna vez fuera un salón de baile; todo ello parece haberse esfumado de sus memorias.

    Las clases han terminado, las calificaciones han sido asentadas, la ceremonia de clausura ha concluido y las mentes de los estudiantes se ven finalmente libres de sus grifos oxidados. Pero los gemelos están ahora apresados por ese nuevo enigma.

    —Supongo que se acabaron las actividades del club —dice Yuska. Las manos tras la nuca y echada para atrás en la silla. Hace equilibrio.

    —Te vas a caer si haces eso —dice Sentsa. Miró a Sinke. Está muy silencioso, piensa que eso no es buena señal.

    El gemelo distraído medita mirándolas, escucha el sonido de Yuska al caer.

    —¡Ay! —grita y se soba.

    —Te lo dije —dice Sentsa.

    Se abre la puerta y entra Yake en silencio. Leve zumbido, rápido destello negro como una breve ceguera.

    —Llegan tarde —dice Yuska alegremente.

    Sinke retiene el aire. Ella está sobre la silla: nunca cayó. Kanyu y Yake entran al cuarto del club y se sientan. Yake no dice nada.

    —¿Va a haber alguna última actividad antes de terminar oficialmente? —pregunta Yuska.

    —Si es así creo que yo quiero proponer algo —dice Ate cruzando los brazos.

    —¿Desde cuándo te interesa tanto proponer una actividad? —pregunta Hinta, escéptica.

    Un soplido silencioso la interrumpe, la negrura como un parpadeo, la fugaz sensación de encogerse. Se escuchan cientos de voces alrededor. Charlas como olas de rumores en ningún idioma.

    —¡Apúrense, gemelos! —grita Yuska.

    Casi no ven a sus jínnyi en la multitud de jóvenes en tumulto frente a la salida. Ambos avanzan con inseguridad. Dos brazos suaves rodean el torso de Yake. Ima Lib se pega con gozo a la espalda del gemelo.

    —Hola, amor. ¿Nos vamos juntos?

    Y su voz era melosa, vergüenza esfumada, suave caricia con la nariz, sobándole los abdominales con las manos.


    ***​


    ¡Ah, hermano!, ¿recuerdas ese momento como yo lo hago? Seguro que sí. Tu rostro no tenía precedentes: tu frialdad se transformó en miedo, desconcierto aterrador, el horror de la realidad incierta, aunque supongo que mi rostro era parecido. Yuska se dio la vuelta rápidamente y apretó los puños. Casi sin pensar, seguí caminando. Me invade entonces una corazonada, un presentimiento en mis venas al sentir de nuevo la realidad. Me acerco a Hinta y le pregunto discretamente si nos veíamos ese sábado como siempre. Dijo que sí con la cara roja. Entonces todo negro, ¿lo recuerdas? También lo viviste, porque ambos cerramos los ojos al mismo tiempo por instinto. Si no lo hubiéramos hecho, de todas formas hubiéramos sentido una cegera por un nanosegundo, al mismo tiempo oímos ese agudo zumbido paseándose frente a nuestros tímpanos, y esa sensación de encogimiento, y ese breve letargo. Volteo a mirarte y los brazos de la voluptuosa chica de brillantes cabellos azules, por los que todos los chicos darían lo que fuera por tenerlos alrededor de sus torsos, habían desaparecido. Te sentiste libre y te volteaste confundido. Antes de que me dé cuenta, Yuska se acerca a ti y con insistencia toma tu mano y te arrastra diciéndote que eres muy lento y distraído, y su semblante era ahora enojádamente tímido, y su mano se estremece al tomar la tuya. ¿Acaso volvimos ya?, me pregunté.


    ***​


    El sábado llegó, y con él una tensión se ciñó sobre la mansión Gramt. El sol emanaba un calor frío como una fiebre, y unas nubes negras se movieron sobre la ciudad. Los gemelos salieron de sus habitaciones y caminaron hasta las escaleras, se miraron y no dijeron nada. El pato y la tortuga estaban en el piso de abajo, esperando como siempre a las chicas. Los gemelos regresaron a sus cuartos y cerraron las puertas.

    Sentado sobre la cama, Yake miró la puerta con recelo y entrelazó sus dedos. ¿Entraría Yuska por la puerta esta vez? Saludaría con su maliciosa voz alegre, estiraría los brazos hacia el techo haciendo un sonido suspirante con la boca cerrada, se pondría a hablar de lo primero que le pasara por la cabeza, tal vez acerca de lo extraño que se siente el tiempo, pero que le parece emocionante. Ella es así, busca lo extraño y exagera su importancia, lo hizo conmigo y por eso estamos aquí. ¿Pero y si no? ¿Si no viene ya no sería más algo importante para ella? Se levantó. No, mejor que no vuelva. El sonido de una reja a lo lejos, no se atreve a mirar por el balcón, se vuelve a sentar con un escalofrío. ¿Será real o sólo mi imaginación? Levanta la mirada a la puerta, escucha con su agudo oído lo que sucede en la planta baja: una ágil voz saluda al pato. Pasos en la escalera poco a poco se acercan, pasos en el pasillo, ansiosos, la presencia de alguien al otro lado de la puerta, la realidad se volvió insonora, no pudo escuchar ni su propio corazón. ¿Será más bien que lo que imagino se vuelve real? Gira la perilla.


    ***​


    —Hola, Yake.

    El gemelo apoyado en la palmera, bajando la cabeza, tecleando en el tronco con los dedos. Yuska se puso frente a él, sonriéndole, adelantó la parte superior de su cuerpo con los brazos cruzados por la espalda.

    —Hoy es mi turno de escoger la actividad —dijo—, no te puedes echar para atrás.

    —¿Qué puedo esperar de lo que tú propongas? —preguntó Yake.

    —¡No seas grosero!, planeo que salgamos a convivir con la gente al centro, algo que te hace mucha falta.


    ***​


    Al terminar la escuela, se reunieron en el centro de la ciudad. La gran avenida Géwn[1], una de las más grandes de la ciudad de Shórsta; no había hora del día o de la noche en la que no transitara por ella algún vehículo desesperado. Dos enormes túneles llorando carros y humo conectaban a otra sección de la avenida que conducía hasta las afueras de la ciudad; grandes tiendas a lo largo de todo ese distrito engullían el dinero de las gentes despreocupadas. Pequeños puestos de comida, muy higiénicos, atendían comensales en cada esquina. La actividad de ese día era simplemente hablar con la gente que encontraran.

    Se separaron: Sinke con Sentsa, Hinta con Yuska, Kanyu con Yake. Ate, en solitario, prefirió comprarse algo de comer cuando no hubo nadie viéndolo.


    ***​


    —Buen día tener os deseo, señor; dichoso soy por percibirlo —saludó Sinke, quitándose un sombrero invisible, a un hombre mayor sentado en una banca alimentando a las palomas—. Aquí mi estimada jínne y yo en actividad extracurricular nos hallamos esta maravillosa tarde, ¿os agrada el ambiente del parque junto al pasto recién regado, palomas a paso pomposo caminantes, acompañado del melodioso sonido de los si bemoles y fa sostenidos de los cláxones?

    Apenada, Sentsa se distanciaba centímetros de su jínn. El anciano de sombrero marrón, que únicamente se había fijado con extrañeza en los ojos anaranjados y en los movimientos exagerados del gemelo, encendió su aparato auditivo en cuanto Sinke hubo terminado.


    ***​


    Terminaron pasando por una tienda de ropa de la que salían dos chicas de cabello azul, y al verlas, Kanyu pensó en su novia y que querría comprarle algo bonito.

    —¿Crees que a Ima le guste una blusa nueva de color amarillo, como la de esa chica? —preguntó.

    —¿Te parece que soy el más indicado para aconsejarte sobre trivialidades? —preguntó Yake con una calma pesada, despreocupado de la situación como si caminara en un sueño.

    Kanyu sonrió nervioso, y mientras pensaba algo con qué responder, continuaron caminando.

    —Ya te lo he dicho muchas veces, jínn —dijo Kanyu cuidándose de no sonar reprochador—, pero te lo digo de nuevo: necesitas relajarte un poco, parar de pensar tanto, la vida a veces no es algo serio, sino sólo para eso: vivirla.

    —Para ti es fácil decirlo —a pesar de su apatía, Yake habló con una inflexión engañosamente alegre, algo burlesca—, lo único que sabes hacer es sonreírle a todo en la vida, nada te preocupa más que permanecer al margen de todo lo importante. No haces nada al fin y al cabo.

    —Bueno, admito que es en gran parte verdad, pero es en parte por eso que me voy a tomar en serio esta actividad del club y te voy a ayudar un poco, lo único que necesitas es hablar con alguien y sonreír, a la gente le gusta las sonrisas, son una parte del lenguaje corporal que indica que todo está muy bien.

    —Y la gente sólo quiere sentirse bien…

    —¡Correcto, jínn! Ahora sólo busca a alguien y dile algo agradable.

    Resignado, Yake volteó la vista hacia la izquierda y vio a un hombre de espeso bigote caminando. Lo dejó pasar frente a él, sin atreverse a hablarle, luego caminó tras él con las manos en los bolsillos.

    —Señor.

    El hombre lo escuchó, pero a causa de la pequeña muchedumbre en la que se hallaban, no se dio cuenta de que le hablaba a él. Nadie más se atribuyó tampoco la atención del gemelo. Yake repitió sus palabras dos veces más, pero el hombre no terminaba de darse cuenta de que se refería a él.

    —Usted, el señor cuyo bigote parece un murciélago—dijo Yake, subiendo la voz.

    El hombre se detuvo y lo miró con confusión. La gente siguió pasando, perdida en su mundo. Kanyu se llevó la mano a la boca, preocupado.

    —¿Eh? —dijo el hombre.

    Por un momento sólo se escuchó el sonido de la gente y sus charlas, sus planes y sus idilios, ignorantes del joven de ojos anaranjados que encaraba con frialdad al hombre de gran bigote. Yake tenía que decir algo, pero toda comunicación cotidiana le parecía tan pueril que no lograba hablar.

    —¿Qué opina del problema del asno de Buridán? —preguntó Yake, tomando aire, tras cerrar un instante los ojos y volver a abrirlos.

    —¿Qué?

    —Ante varias posiciones que parecen iguales, uno no es capaz de elegir una y acaba no haciendo nada, yo ahora mismo podría estar en mi casa encerrado, tocando el piano o leyendo un libro, pero estoy aquí hablando con un desconocido, y lo extraño es que, si bien antes la primera opción me parecía la más razonable, he llegado al punto de no poder diferenciar cuál es más patética, si mi yo encerrado lejos del mundo, o mi yo conviviendo con él. Ambos egos han adquirido igual valor, pero no puedo no elegir alguna opción porque la realidad demanda elegir algo.

    El hombre titubeó un momento.

    —Chico, yo soy empleado de oficina… no soy filósofo.

    —Yo tampoco —dijo Yake negando con la cabeza.

    El hombre del bigote extraño se alejó de ahí calmadamente.


    36


    Ella está en frente de mí, ¿es esto verdad? El gemelo arrogante tomó la mano de Hinta, quien se disculpó por haber llegado tarde. ¿Recuerdas cuando hace una semana te llamé? Dijiste que no podías bailar y que nunca lo habías practicado conmigo, y mírate ahora, yo tomando tu mano y poniendo la música con mi otra mano. Tu paso ha mejorado, tu rostro siempre se veía tímido al principio, pero eventualmente tus facciones se tranquilizaron con el transcurrir de los meses por la fuerza del hábito. Ahora esto parece algo normal para ti; no eres ya la misma tímida Hinta cuyas piernas temblaban por mi presencia. Dieron unas cuantas vueltas. Sin embargo, ¿Quién eres? O mejor dicho, ¿quién era la otra, la Hinta que había negado ser mi compañera de baile?

    —No arrastres tanto los pies.

    Sigo riéndome. Eres ahora la que baila conmigo este vals. Muévete con el crescendo, ¡ímpetu, eso es! Algo en el espacio-tiempo. ¿Qué?

    Se detuvo súbitamente. Sus brazos no sintieron el cuerpo de la chica. Miró alrededor: Nadie.

    —Estás y no estás, eres y no eres: contradicción cruel —le tembló la espina, la sonrisa tiritándole y la voz rasposa atrapada en la garganta.


    ***​


    —No entiendo, ni quisiera hacerlo, lo que pasa por sus cerebros cuando se sienten ofendidos.

    —No es agradable —dijo Kanyu—. No te puedo explicar si no lo has sentido, pero es mejor que no vuelvas a hacerlo. Además, pudiste simplemente acercártele y tocarlo en un brazo para llamar la atención.

    —Consideré que tal acción representaría la derrota de mi intención comunicativa por medio de las palabras. ¿Tanto poder le otorgan ustedes a los signos lingüísticos que someten sus mentes a la perturbación?

    —Bueno, es que las palabras significan cosas que a muchos no les gustan.

    —¿Ah, sí? ¿Y quién ha dado significado a las palabras, Kanyu?

    —Pues, la gente, la cultura.

    —Entonces es la gente y la cultura lo que determinan lo que ofende, ¿no? Al atribuir características negativas a esas combinaciones de sonidos que describen conceptos aceptados como negativos, arbitrariamente, y luego demonizar a los que las pronuncien.

    —Bueno, mira, no es lo que dices, es cómo lo dices.

    —Permíteme dudar de eso. ¿Serías capaz de ir frente a una persona, y, con voz sumamente amable y dulce y pose reverencial, decirle el más mal sonante insulto que se te ocurra?

    —¡No! Es un poco de las dos cosas. Mira, mejor vamos a buscar a los demás.


    ***​


    —No me enjuicies, estimada jínne, he de decirte que en nuestro deber de sociabilizar con nuestros congéneres, problema alguno no deberíamos tener para referirnos a ellos de manera directa y sin ambigüedades de que con ellos comunicarnos pretendemos.

    —Eso no te da derecho a haber llamado anciana a aquella mujer —dijo Sentsa. Se sentó en un banco y suspiró pensando que todo eso había sido una mala idea.

    —De tal pensamiento, me temo, que de argumentación justificadora preciso —dijo Sinke, sentándose a su lado y cerrando los ojos con soberbia.

    —¿No pensaste que quizás aquella mujer se pudo haber sentido mal por haberla llamado de ese modo? Y ya habla normal.

    —Bueno —inhaló profundamente—, su edad era su propiedad más destacable, debía referirme a ella de algún modo. A mí no me molestaría si alguien se refiriera a mí como chico de ojos raros.

    —No es lo mismo; llamar viejo a alguien es considerado ofensivo, sobre todo si no lo son tanto como aquella mujer. ¿No viste cómo se puso en el momento en que se dio cuenta de que te estabas refiriendo a ella? ¿No viste su cara cuando escuchó esa palabra?

    —En efecto, lo noté —dijo enderezándose en el asiento—, su expresión me decía: “¿A quién le dices vieja? ¡Chico insolente!”, y de seguro pensó improperios menos refinados aun —se rio—. Esa pequeña palabra jugó un efecto en su cerebro lo suficientemente fuerte como para no tomar en serio nada de lo que dijera después, casi como si la hubiera llamado puta.

    Miró sonriendo suspicazmente a Sentsa, la cual tuvo un pequeño retortijón.

    —¿Y no ves nada malo en eso?

    —No —contestó echándose hacia atrás muy cómodamente—, si la gente quiere seguir sintiéndose ofendida, es su problema, no echen la culpa a los demás por herir sus sentimientos.

    —¿Cómo puedes decir eso? —Sentsa alzó la voz— ¿Acaso no te importa cómo se pueda sentir la gente?

    —Irrelevante.

    —¿Qué sentirías si alguien te dijera algo ofensivo?

    —No existe ofensa ni para mi hermano ni para mí.

    —Algo les tiene que ofender.

    —¿Por qué?

    —Porque todo el mundo tiene algo que le ofende, no hay ser humano que no se sienta ofendido por algo.

    Sinke la miró como si hubiera oído una broma, luego rio en voz baja y se tornó un poco más serio.

    —¡Qué horror! Todo ser humano debe tener algo que le ofenda, ¡Aikàn mío, yo quiero ser un ser humano, estoy ofendido, no me ofendan!

    Sentsa exhaló al escuchar su tono sarcástico, luego Sinke regresó a su aire cínico.

    —Podría decir que lo único que me ofende es que la gente se ofenda, así que, para que no me ofendas, debes dejar de ofenderte —y rio por el colérico rostro que puso su jínne.


    ***​


    ¡Ah! Sentsa, cómo te molestaste por aquella respuesta mía, te ofendiste porque no me ofendí. Comenzaste a soltarme un montón de cosas con la intención de saber si me ofendía por ellas, primero fueron estúpidas y con una intención muy forzada de lograr tu punto, pero mi respuesta siempre fue la misma, y cada vez me veías más y más horrorizada, como si fuera un monstruo. Comenzaste a criticar mi esencia; mis propiedades físicas: mis ojos extraños, ojos de naranja aplastada; mi cabello enredado y despeinado, algo de caspa cae sobre mi ropa, mi ridículo caminar y exagerado expresar al comunicarme. A todo eso te di la razón y me reí; pero no me ofendí. Luego hablaste de las ideas contrarias a las mías, te respondí que no me ofenden, sino que me parecerían interesantes de analizar; podría considerarlas tontas y sin fundamento, pero no ofensivas. Pasaste entonces a mis reacciones ante las grandes acciones del mundo. Injusticias, gobiernos a los que no les importa nada que la gente se joda, corrupción que lleva a guerras que acaban afectando a la población, mala distribución de las riquezas, en resumen: que la gente del mundo viva jodiéndose la vida “por culpa de los gobiernos o por culpa del pueblo por su propia mediocridad”, en tus propias palabras. Todo eso me parece un problema grave, divertido o absurdo, pero no me ofende. Luego mencionaste ejemplos de sufrimiento más específicos. ¿Discriminación? No suele dar buenos resultados, aunque cada uno es libre de valorar; a vece divierte; pero no me ofende. ¿Violencia infantil? Lo mismo que mi respuesta anterior. ¿Violencia contra los animales? Lo mismo. Te pusiste más nerviosa y te empeñaste en ser mucho más específica con tal de ocasionarme algún sentimiento de horror. ¿Alguien grabando un video torturando y matando a un perrito, o golpeando y matando a un inocente niñito? Igual que todas las respuestas anteriores. Te desplomaste sobre la banca, desmoralizada por tu fracaso en encontrar en mí alguna escencia de humanidad, y unas grises palomitas salieron volando asustadas. No te asustes, querida jínne, después de todo no soy de esta realidad, es obvio que mi hermano y yo no vamos a compartir todo lo que ustedes tienen como verdades universales del ser humano. Me reí por última vez; hasta yo me aburro a veces de mis risas constantes y masivas. La luz del día cada vez se volvía más y más anaranjada como mis ojos de naranja aplastada. Tal vez sí somos monstruos.


    ***​


    —Ese punto de vista me parece muy simple —dijo Sentsa—, la gente puede hacer cosas buenas sin esperar nada a cambio, eso es el altruismo.

    —Eso me parece errado —dijo Yake—, uno nunca hace nada gratis. Incluso el acto de bondad más desinteresado acarrea algún tipo de recompensa para la mente, aun si se tiene conciencia de que el beneficiado nunca podrá devolverte el favor.

    —¿Qué es esa recompensa? —preguntó Hinta.

    —Satisfacción —contestó Sinke maliciosamente—, o más específicamente, la recompensa es la satisfacción de no sentirse mal, pues en realidad no se siente bien hacer el bien, sino que el no hacerlo te hace sentir mal, y eso es lo que detestamos: sentirnos mal, y haremos lo que sea por no sentirnos así. El odio es la base del bien; el odio a sentirnos mal a largo plazo, aunque para eso a veces debemos jodernos a corto plazo.

    —La felicidad es la recompensa —sentenció Yake—, ni siquiera ustedes pensarían que recibir felicidad sea recibir nada, pero cuando se trata de altruismo, actúan como si la felicidad propia fuera igual a la nada. Tramposamente disfrazan un algo de nada.


    ***​


    Entrada la tarde, los jínnyi se reunieron con Sentsa y Sinke en medio del parque. Yuska había estado entrando en muchas tiendas con Hinta para hablar con la gente comprante. Sin pena alguna, Yuska le interrogó a una señora con una canasta llena de tomates si pensaba preparar una salsa para la cena, le recomendó entonces que comprara perejil para complementarla y se alejó de la agradeciente mujer. Hizo cosas parecidas con los clientes de tiendas de ropa y comestibles mientras Hinta la seguía fielmente pero sin ser muy partícipe en nada.

    —¿Aprendieron algo de esta actividad? —preguntó Yuska, haciendo un especial énfasis en Yake.

    Sinke respondió:

    —Vimos mi estimadísima jínne Sentsa y yo a una persona acercarse a un puesto de hot-dogs y pedir uno. Mientras se lo preparaban, platicó con el dueño del carro sobre el escándalo de esa actriz que fue fotografiada saliendo de un bar ebria. Al terminar su pedido, el cliente pagó y se fue. Después de él llegó otro cliente; éste no habló de nada con el dueño del carro, ¿y sabes qué noté? La expresión del hombre de los hot-dogs se vio aliviada, ¿no se los dije? Mientras el cliente anterior le platicaba, noté cómo la mirada del vendedor se tornaba incómoda, y evitaba contacto visual con él esbozando una hipócrita sonrisa de cortesía mientras desparramaba mostaza sobre la salchicha. Su voz se escuchó apresurada al decirle el precio, pero sin dejar de sonreír. Nos quedamos a observar un rato más, y nos dimos cuenta de que con los clientes que intentaban platicar amistosamente con él, su actitud se mostraba más forzada, mientras que con los que no hablaban nada se sentía más a gusto.

    —Ajá —dijo Ate—. Sólo es un vendedor al que no le gusta hablar con la gente, ¿por qué tanto drama?

    —Después de ese, encontramos en otra manzana a otro vendedor de hot-dogs, pero ése era muy platicador, y a todos los clientes los recibía con una gran alegría y comenzaba a hablarles de lo primero que se le ocurría; no podía faltar, por supuesto, de nuevo la noticia de la actriz entre sus tópicos. Y aquí ocurrió el efecto contrario: eran los clientes los que se mostraban incómodos y sonreían con una forzada cordialidad mientras el parlanchín hombre de ojos cerrados esparcía mostaza sobre las salchichas, y sólo uno que otro se animaba a seguirle la conversación.

    —Todavía no veo cuál es el punto de todo eso —pensó Yuska en voz alta.

    —Eso —dijo Yake— quiere decir que nuestra actitud con los demás va a estar regida por lo que es conveniente para que funcione la sociedad en una especie de egoísmo deseable. El cliente quiere comida y el vendedor quiere vender, el primer cliente cree que intentando ser simpático hará sentir mejor al que vende porque le va a llenar el estómago, el segundo vendedor cree que intentando ser simpático hará sentir mejor al cliente porque le va a llenar la billetera, sean ambos conscientes de su actitud o no. Los dos se ven en necesidades que los fuerzan a convivir entre ellos por algo a cambio.

    [—Ese punto de vista me parece muy simple.]

    —No le veo lo malo a eso —dijo Kanyu—, no todos podemos estar a gusto con toda la gente del mundo…

    —No considero eso en términos de bueno o malo —dijo Yake—, simplemente es curioso que ese tipo de hipocresía sea considerada una virtud bajo el nombre de educación y amabilidad. Lo que mantiene unida a la sociedad es, paradójicamente, no una unión, sino un alejamiento en la que simplemente nos soportamos los unos a los otros cuando tenemos algo que nos interesa y que el otro nos aporta. De nuevo: un egoísmo deseable.

    —Vamos, Yake —dijo Kanyu—, en el mundo hay mucha gente que se comporta con toda una gama de actitudes, no puedes sacar conclusiones tan generales solamente por unos vendedores y compradores que actuaron de esa forma.

    —Tal vez —dijo Sinke, subiendo los hombros—, pero no me voy a poner a opinar de lo que pude o no haber visto, sino de lo que sí vi, como dice esta actividad de club. Cuando nos toquen otros casos podremos modificar nuestras conclusiones.


    ***​


    —En parte tengo que darles la razón —dijo Sentsa, que había estado pensando en eso con más seriedad que los demás—, ese egoísmo mal usado puede llevar a muchos males, pero es por eso que debemos generar conciencia de que necesitamos una sociedad más unida, con menos egoísmo, en la que todos nos tratemos como hermanos. Esa es la esencia del jínnliù.


    ***​


    Dijo Sinke:

    —Los humanos ya nos tratamos como hermanos. Tal vez no lo apreciemos tanto en nuestra circunstancia de existir en un país tan del primer mundo como lo es Danzilmar, pero de manera general ya nos tratamos los unos a los otros igual a cómo los hermanos lo hacen: nos envidiamos y nos arrebatamos los juguetes, agarramos sus libros y los leemos al aire libre para no arriesgar los nuestros y tocamos sus violines con nuestras manos llenas de tierra, sangre y otros fluidos.

    Dijo Yake:

    —¡Cabrón!

    Dijo Sinke:

    —¡Qué horror, estimados jínnyi, si todos los hombres y las mujeres nos volviésemos como hermanos gemelos! ¡Pero qué mundo sería!


    [1] Apellido de un general célebre de la guerra contra Japón.
     
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  8.  
    Luix

    Luix Fanático

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    A ver, a ver, hay algo que no entiendo, ¿Alguien está saliendo con alguien? ¿O esa fue mi impresión cuando empecé a leer. Ya luego me pareció algo bastante filósofo el tomar las "actitudes" de las personas en variedad de ocasiones como si fuese una clase de investigación, de hecho de algún modo todos tienen un poco de razón. Aunque de formas y a niveles diferentes.

    De una u otra manera me hizo pensar bastante ese hecho "filosófico" que planteás durante gran parte del escrito, o incluso cuando intentó Sentsa ofender a Sinke con mucho palabrerío, y sin embargo usando temáticas bastante debatidas en muchas escalas.

    Estos dos hermanos son un caso total, Yake hablando con el viejo del bigote, que interesante y tan cómico también, una bomba de información que el Señor no tuvo tiempo de reaccionar jajajajja

    Muy buen capítulo.
    Saludos~
     
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  9. Threadmarks: Capítulo 3. Gloriantur et letantur (1)
     
    Paralelo

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    Capítulo 3. Gloriantur et letantur


    9


    “Si desde la cima de la montaña puedes ver el mar, has escalado la montaña correcta”[1]


    Han pasado meses desde que ingresamos a ese instituto. Por voluntad propia me he mantenido alejado de todos y no hay manera de que mi hermano me haga convivir con esos seres. Me miran con lástima y temor a lo lejos, y voltean hacia otro lado cuando me doy cuenta; otros son más curiosos y tratan de hablarme, pero su curiosidad pronto es convertida en fastidio cuando solamente me alejo sin más. Planeaba sobrevivir así durante esa época.

    De improvisto llegó Kusat un día a nuestra casa. Mi hermano lo recibió con teatral y ridícula energía. Nos avisó que el maestro Gyéo le había sugerido venir a hacernos compañía en la preparatoria. Desde entonces vive con nosotros.

    Es la única persona de todo el instituto con el que acepté romper mis solitarios descansos para juntarnos los tres cómodamente a recordar y platicar. Nos veían todos como el grupo más raro, incluso más que el de esos otros chicos que tenían un jínnliù, de los que no quiero ni acordarme. Kusat, pese a ser de nuestra edad, era mucho más alto que nosotros, ancho de hombros y de brazos musculosos, su cabello cortado casi al ras de su cuero cabelludo también contrastaba con lo largo del nuestro; sus ojos eran simplemente negros. Él es el único nexo que enlaza mis actividades con las de mi hermano, y el único con el cual me siento cómodo. Mi hermano tenía la costumbre de llamarlo primo pese a no estar emparentados. Kusat se tomaba la molestia de persuadir a mi hermano en algunas de sus ocurrencias especialmente absurdas, como cuando se le ocurrió que jaqueáramos las calificaciones de los parciales solamente para ver cómo se reaccionaba. Lo convenció de abandonar tal idea proponiéndole pensar mejor en un experimento que no involucrara las calificaciones, que sería más divertido jugar con la psicología de los estudiantes. Lo que mi hermano hizo después tuvo tanto escándalo como si hubiera llevado a cabo su idea inicial, pero eso no importa.

    Un día Kusat apareció de un humor más animado que de costumbre. De manera muy casual nos propuso que subiéramos a la azotea, trepáramos la reja de seguridad, y nos lanzáramos al vacío como clavadistas directamente hacia el suelo. Le entusiasmó a mi hermano la idea, pero yo me negué, fuertemente expresé que era una imprudencia, no porque nos fuéramos a hacer daño, sino porque aquella acción podría ser vista por alguien. Era obvio cuál sería la reacción de cualquiera al ver a tres personas lanzándose de cabeza desde un edificio de más de veinte metros, incluyendo la alta reja, y salir ilesos. Sería mucho más escandaloso que si saliéramos heridos o muertos. Kusat prometió que lo harían después de clases, asegurándose de que no hubiera nadie que los viera. Seguí insistiendo que eso era confiar demasiado en la suerte, pero simplemente no les importó. Llegado el momento, cuando la escuela estaba casi vacía, se dirigieron hacia la azotea y encararon la zona trasera del edificio, donde había un enorme jardín de árboles en el cual sobresalía un enorme naranjo. Treparon la reja, se pararon sobre el tubo de metal, y acordaron caer directamente sobre el naranjo, asegurándose de golpearse con todas las ramas que pudieran. Mi hermano me retó a unirme a ellos; apeló a mi miedo, imitando los modos de los seres de esta realidad. Al final accedí, pues debo admitir que verlo dudar de mi resistencia fue como tener una aguja enterrada en el cráneo. Kusat estaba en medio de ambos, y a la cuenta de cuatro nos precipitamos de cabeza hacia el árbol. La sensación de caer afloró recuerdos de cuando el maestro Gyéo nos hacía saltar por acantilados mucho más elevados que ese edificio, y de nuestros huesos rotos cuyo número iba decreciendo con cada intento. “Huesos y carne, permanezcan unidos, fuertes, la gravedad no debe ser su enemiga, sino que sobre ella deben proclamar victoria”. Caímos sobre el árbol, los tres de cabeza. Se oyeron nuestros cuerpos chocando, ropas desgarrándose, ramas desquebrajándose, pájaros volando asustados por nuestra carrera entre el follaje hasta el suelo. Una de las ramas detuvo mi caída por unos segundos antes de romperse, por lo que fui el último en tocar el suelo. Reían mi hermano y Kusat; este último con una pequeña herida sangrante en la mejilla. Propuso mi hermano, como un niño, que lo hiciéramos otra vez. Pero entonces reparé en un ser que temblaba contemplándonos con ojos aterrados; su rostro era como el de un infante; sus titubeos, articulaciones guturales; y sus pupilas, platos de opaca blancura.


    ***​



    Ecce gratum, hermano,

    Ecce gratum,​
    et optatum
    ver reducit gaudia



    En corazón la mano, brazo levantado apuntando al sol. ¡Ah! Primavera. La época en la que todo renace, listo uno para aparearse, aunque sólo sea en consuelo por el fin del ¿agradable? invierno danzilmarés. “¡Continúa conmigo, primo!”


    purpuratum
    floret pratum,
    Sol serenat omnia.



    Gargantas afinadas entonaron con diferentes timbres; el uno alto, gritado y sinvergüenza; el otro bajo, profundo y solemne. “Alégrate, hermano, desecha la apatía de la fachada de tu cabeza”. En alegría por en falsa realidad existir todos los seres a nuestro alrededor desean. Caminaron entre los puestos del festival. ¡Uh, carne ahumada! ¡Ay, no! Es del estilo sureño; su salsa es dulce como un jugo de frutas; símbolo del renacer de la vida. Inútil es, ciertamente os digo, “¡Inútil es, os digo, estimados, cada vuelta de la tierra el resurgimiento de la vida celebrar!”, pues es como hacer fiesta por cada vez que tus pulmones de aire se llenan. Algunos ojos aterrizaron en el trío por escasos segundos antes de regresar a sus tareas en aquella entusiasta festividad de prmavera. “No importa. Hermano y primo, entonemos pues las bellezas de las lenguas antiguas”.


    Iam iam cedant tristia!
    Estas redit,
    nunc recedit
    Hyemis sevitia
    .​



    ***​


    Trazo a trazo las figuras en la tela fueron tomando forma a lo largo de varias semanas. Se encerraba Yake en su habitación desde comenzadas las vacaciones de invierno y alegaba inconvincentemente que la culpa era del frío. La montaña aún necesitaba mucho trabajo, mientras que el valle que se encontraba a sus pies lo convencía cada vez más de haber acertado en la elección de su tema. Con pulso inseguro trabajaba en la cima de la montaña.

    De un salto Kusat entró por el balcón e ingresó sin reverencia alguna.

    —¿Sigues trabajando en lo mismo, Yake?

    No obtuvo respuesta sino hasta que el pincel terminó de recorrer la ladera.

    —Todavía me quedan partes que arreglar.

    Kusat echó un vistazo desde el piano.

    —Curioso, Yake, que tanta atención prestes al valle mientras que la cumbre parece como si hubiera sido descuidada. ¿Tanto le temes a la cima?

    —Mi metáfora interna debe verse reflejada en mi creación: se empieza desde abajo teniendo en mente la cima, luego subes poco a poco, la cima se vislumbra a lo lejos, y cuando tus cimientos son sólidos, sólo queda subir más.

    —¿Ah, sí? ¿Y qué vas a hacer cuando llegues a la cumbre?

    —Ese es el punto —dijo Yake mientras su mano dudaba al pie de la montaña—, muchos se quedan en el valle al pie de la montaña pudiendo dirigirse hacia la cumbre, pero una vez ahí el camino se acabó y te das cuenta de que eras más feliz viviendo en el fondo del valle.

    —Has pintado una bonita villa en el valle, llena de personitas que parecen estar celebrando una alegre fiesta —se aproximó a la tela—, en la ladera se ve a unas pocas personas subiendo, cada vez en menor número y más dificultosamente conforme ascienden; pero en la cumbre está solamente el pequeño y descolorado esbozo de una persona pequeñita. ¿Quién se supone que es?

    —No pretendo ser yo, por si lo piensas. Es el hombre desdichado que ha alcanzado la cima y su camino ha terminado. Es desdichado porque se da cuenta de que la cima es un lugar solitario y frío, y es cuestión de tiempo para que se rinda y decida descender hasta la calidez del valle.

    —Tienes mucho trabajo si es que quieres que ese pequeño dibujito exprese tanto.

    —Sabes que eres de las pocas personas cuya compañía no me molesta, pero en verdad ahora quisiera terminar esto solo.

    —Como quieras —caminó hacia el balcón. Pasó los dedos suavemente por las teclas del piano sin hacerlas sonar, y luego preguntó—: ¿cómo se va a llamar tu pintura?

    —No lo tendrá —contestó Yake tras unos segundos.


    10


    La mañana del domingo, el molesto sonido del celular interrumpió a Sentsa mientras leía calmadamente un libro a la suave luz del sol en su balcón. Era Yuska, que pedía una reunión de emergencia con los demás de manera muy exagerada, pero que no le avisara a los gemelos. Ese extraño comportamiento por parte de Yuska la tomó por sorpresa, y acató inmediatamente a su petición tras cerrar con fuerza el libro.

    Entre las dos llamaron a los otros tres, pero Hinta había sido castigada por haber llegado tan tarde el día anterior y no se le permitía salir.

    —No importa —le contestó Yuska—, nosotros iremos a tu casa entonces.

    A pesar de su estricto temperamento, el padre de Hinta permitió la visita al tratarse de sus jínnyi, y les dejó que se reunieran en el dojo para conversar.

    Debido a lo inesperado del aviso, y a la seriedad exagerada con la que fue comunicado, se originó un sentimiento de curiosidad e inquietud que se contagió a todos los presentes. El rostro de Yuska estaba sumamente concentrado y sereno, con los ojos ceremoniosamente cerrados, como si fuera la primera vez en su vida que tuviera algo serio que decir y no sólo otra de sus ideas disparatadas provocadas por su sangre azucarada. Tuvieron la esperanza de que finalmente se hubiera dado cuenta de que el unir a los gemelos al jínnliù había sido una tontería.

    Yuska les compartió, citando con la exactitud de una grabación, las cosas que Yake le había contado la noche anterior junto a la cascada del parque, y mientras lo hacía, Hinta se daba cuenta de que sus palabras tenían semejanza con las que Sinke le había dicho junto al lago.

    —Sólo me suena a un chico con problemas emocionales —contestó Sentsa, cruzándose de brazos—, todos sabemos que es un antisocial, no me sorprende que tenga esas ideas.

    —Pero ¿no te parece demasiado extraño? —preguntó Yuska— Dice que no se siente como parte de este mundo o esta realidad.

    —Bueno, muchos jóvenes con problemas podrían sentirse así —interrumpió Kanyu—, yo digo que quizá sólo necesite un psicólogo.

    —Pero, ¿y si es verdad? —continuó Yuska— Él me dijo que no sentía que la gente fuera real, que se sentía como si viviera en un mundo irreal, que el mundo a su alrededor era como…

    —…una caricatura de la vida —le robó Hinta las palabras de la boca.

    Emocionada, Yuska se acercó a Hinta y le preguntó con entusiasmo cómo lo sabía.

    —Sinke me dijo casi lo mismo ayer —contestó zafándose nerviosamente, y refirió la aventura que había vivido con Sinke.

    Poco vale la pena recordar los cuestionamientos que siguieron a esa situación, salvo por la decepción y confusión de Sentsa y Ate, y la optimista y cobarde posición de Kanyu que no ayudó en nada.


    ***​


    Yake apretó el paso. ¿Por qué tuve que hacer todo eso? De nuevo ese maldito gato sobre el muro. Lo extravagante, lo poco común, la exageración por lo nuevo. No debí haberlo hecho. Se frotó la cara con la mano. ¿Por qué creí que hablarle iba a darle motivos para alejarla? ¿No es de ese modo como todos deberían actuar? Si escuchas a alguien hablar así no le crees y te quedas sorprendido. No es real, no es verosímil. ¡Vaya! ¿Desde cuándo la realidad ha sido verosímil como para quejarme por eso ahora? Esto no debería sorprenderme. Y no. No lo hace. Sólo me fastidia. ¿De qué me sirve quejarme? Elegí lo que elegí, ya no puedo dar marcha atrás. O sí podría, ¿pero por qué no lo haré? ¿Por qué tan rápido? ¿Por qué tan de repente? Cedí demasiado rápido. Debería dejarlo todo de una vez. No voy a darle la oportunidad. Ahí está ella. Me mira con esa sonrisa y esos enormes ojos y cabello azul que me hacen tener náuseas por lo irreales que son.

    —¡Qué tal, Yake! —exclamó Ima tiernamente al verlo; sus largos cabellos del color del mar profundo fueron soplados por el aire cuando ladeó la cabeza para sonreír.

    Yake respondió con el mismo saludo en voz baja, agachando la cabeza igual que un perro.


    ***​


    Comenzará otra semana normal en el instituto Ítuyu. Los días pasarán, se darán las clases, los jóvenes aprenderán, leerán, escribirán y se aburrirán. Ustedes, los ahora siete jínnyi, continuarán almorzando juntos bajo la sombra de las mismas palmeras como la semana anterior. Y casi todo seguirá igual con ustedes, gemelos. Yake, continuarás llevando un nuevo libro para leer todos los días y no hablarás excepto cuando te pregunten algo, y tus respuestas serán siempre vagas y desganadas.

    —Así que estás leyendo El Quijote —observarás, Sentsa, el jueves, intentando abrir comunicación con él.

    —Es la quinta vez que lo leo este año —contestarás, Yake, antes de volver a tu silencio.

    —Mi personaje favorito es Sancho Panza —dirás alegremente tú, Kanyu—, aunque siempre me pregunté cómo un campesino analfabeto era capaz de hablar con un estilo tan estético y ordenado… ¿o será que todos hablaban así en ese tiempo?[2] —te llevarás el índice a la barbilla y pensarás en eso profundamente.

    —No te rompas tanto la cabeza —bromearás, Yuska—, sólo es una obra de ficción, no tiene que representar fielmente la realidad… —te interrumpirás de repente y mirarás a Yake, intranquila —No quise decirlo de ese modo —dirás con un exagerado ademán con las manos.

    Yake, sólo pasarás la hoja silenciosamente, y Yuska, le sonreirás como pidiéndole disculpas.

    —Hablando de ficción —hablarás, Sinke, como si recitaras un poema melancólico—, ¿no os parecen, jínnyi, vívidas las flores y vívidos los árboles que el jardín adornan este día?


    ***​


    A lo largo de toda la semana, los gemelos notaron una actitud extrañamente más abierta hacia ellos por parte de sus jínnyi; aunque no por eso fue una semana muy diferente a la anterior. Intentaron llevarle la conversación a Sinke por más tiempo y se animaron a hablarle directamente a Yake, aunque fuera con mucho recelo y obvia desconfianza. Yuska seguía acompañando a Yake hasta la panadería de la calle hyú, arrastrando su bicicleta junto a ella y hablándole como siempre, como si no recordara nada de lo ocurrido el sábado.

    —Por cierto, Yake —dijo de repente al llegar a su punto de separación—, este sábado pensamos en ir todos a su casa —sonrió con entusiasmo.

    —Como quieran —contestó Yake y siguió su camino.


    ***​


    Sinke se empeñó desde el lunes en llevar a Hinta a su casa corriendo con ella sobre sus hombros, a manera de inusual transporte humano.

    —Vamos, no tienes que tener miedo —le dijo con confianza, mientras tranquilamente se inclinaba hasta el suelo ante ella para que se sentara en sus hombros—, parecías divertirte mucho el sábado, y ya te dije que si te caes me romperé una mano con un martillo.

    Con mucha cautela Hinta se subió sobre sus hombros, y el incansable gemelo, levantándose de un rápido salto, voló sobre las calles y esquinas a enormes zancadas.

    Cada día de esa semana Hinta llegaba a su casa con el corazón acelerado, la cara roja, el cabello despeinado y el espíritu agitado, pero en algún momento del salvaje paseo la adrenalina lograba invadir su sistema, haciéndole sentir un pequeño placer para ella misterioso, intensificado por el aire que chocaba contra su cara. El gemelo lanzaba gloriosos aspavientos al cruzar de un salto las calles, dando a veces alguna voltereta sobre los autos. Una tímida sonrisa divertida luchaba contra el miedo que había en el rostro de Hinta. Sinke se despedía de ella tan rápidamente como llegaban y se alejaba corriendo hasta desaparecer por la esquina. Hinta caía rendida sobre su cama.


    ***​


    Pares esse Paridis. Ah!


    [1] Dicho popular danzilmarés.

    [2] Algunos traductores danzilmareses han sido criticados por modificar sin razón el tono de algunas obras literarias.
     
  10. Threadmarks: Capítulo 3. Gloriantur et letantur (2)
     
    Paralelo

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    Título:
    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    35
     
    Palabras:
    5038
    Capítulo 3. Gloriantur et letantur (2)


    11


    —Cuéntame qué sucedió ese día.

    —El sábado por la tarde, los cinco jínnyi se reunieron en frente de la mansión de los gemelos. La vivienda en cuestión se encontraba en una tranquila colonia de ricos relativamente cerca del instituto Ítuyu, no muy lejos de donde solían separar sus caminos Yake y Yuska. Había una enorme reja semioxidada en el frente, y el terreno estaba todo rodeado por un muro de concreto un poco ruinoso. En un principio se sorprendieron de ver que la mansión no era tan grande como esperaban; era de esas mansiones cuyas áreas verdes circundantes, llenas de árboles, ocupaban mucho más terreno que la casa en sí, pareciendo ésta más una caja blanca en medio de un parque. Pese a su relativa pequeñez, la casa era todavía bastante grande y con el aspecto de ser la típica casa de ricos, de dos pisos, ancha y con dos grandes balcones visibles desde la reja, bastante separados entre ellos, y debajo de éstos, una entrada muy cuadrada con dos puertas de madera; parecía una cara boquiabierta con ojos pasmados. Para llegar a la mansión desde la reja había cruzar un pequeño bosque por un camino de piedritas.

    —Así que estos gemelos son ricos también—dijo Ate, con un resoplido.

    —Pero no es tan grande como la de Sentsa —Hinta rascó su sien.

    —Qué raro que no nos dijeran nada —dijo Yuska apoyando una mano en la cadera—, cuando conocí a Sentsa lo primero que hizo fue alardear sobre su situación social.

    —¡Eso no es verdad! —Sentsa le apartó la vista.

    La reja se abrió lentamente, chirriando de óxido. Desde el pequeño panel que había pegado al muro salió la voz de Sinke:

    —Sed bienvenidos, estimados jínnyi, a la humilde mansión de los Gramt.

    Los jínnyi caminaron entonces hacia la mansión, contemplando los árboles y jugando un poco con las piedritas del camino.

    Por dentro la mansión era más pequeña de lo que se veía por fuera. A los chicos les sorprendió que no hubiera alfombra, ni pinturas caras en las paredes, ni estanterías con objetos valiosos y frágiles, sino que se sentía como si la mansión hubiera sido comprada por gente que no tuviera nada que poner en ella. Incluso las sillas que había en algunos lugares eran de simple plástico. Encarando a la puerta había una gran escalera que se bifurcaba en dos caminos en el segundo piso, a la izquierda y a la derecha, y en la parte superior había una gran ventana sin cortinas que daba al enorme patio trasero, que también era un bosque, al fondo del cual se divisaba un dojo. Pero no había señal de los hermanos. Yuska gritó con voz potente que ya habían entrado, y su voz hizo eco por unos segundos en la casi vacía mansión. Entonces un pato apareció volando desde una sala que había la derecha, era un pato mandarín de colores brillantes, y con su sonriente pico se puso enfrente de los chicos exclamando un chillón “kué[1].

    —¡Qué bonito! —exclamó Yuska mientras se agachaba y lo acariciaba en la cabeza.

    Sentsa también se agachó para observarlo de cerca, con una mirada sospechosa y desaprobatoria.

    —No deberían dejar a los animales entrar en la casa —dijo—, van a ensuciarlo todo y a romper cosas…las pocas que haya.

    Sinke apareció un momento después por el pasillo derecho de la escalera, el pato voló hacia él y descendieron juntos. Luego de saludarlos, Yuska le preguntó por el nombre del pato.

    —No me gusta ponerles nombres tontos a los animales —contestó—, así que sólo lo llamo pato.

    —Muy original —murmuró Ate.

    Yake se unió a ellos en el comedor un rato después. Ahí no había más que una modesta mesa de moderada largura y unas sillas de plástico. Sinke les sirvió té, limonada y unos panecillos en unos vasos y platos de plástico de colores. Fue más evidente la extrañeza de los chicos por la austeridad que llenaba esa casa de ricos. Cuando le preguntaron a Sinke por qué no tenían vajillas, tazas de porcelana u otros utensilios que uno acostumbraría ver en tales mansiones de ricos, éste dejo caer un vaso de plástico vacío al suelo.

    —¡No se rompió! —exclamó como si de un importante descubrimiento científico se tratara.

    Sinke les enseñó el resto de la casa como si fuera un guía, con la misma actitud exagerada se siempre.

    —Aquí es la cocina —dijo como si les enseñara la última maravilla del mundo—, aquí se ejecuta la sagrada tradición de la preparación de alimentos, cuenta la leyenda que si los dejas mucho tiempo fuera del refrigerador, se pudren.

    En ese lugar no había más que un refrigerador de aspecto viejo, una meseta con un lavamanos, una astillada mesa de madera con un mantel rojo de plástico, una estufa y un horno de microondas, todo de segunda mano.

    —Esta es el sala —la cual estaba vacía salvo por una mesa japonesa tradicional, con las patas tan cortas que uno tiene que sentarse en el suelo, y un enorme sofá americano forrado en rojo y con espacio para ocho personas—, aquí se hace lo que sea posible hacer.

    En un momento del recorrido, una enorme tortuga Galápagos les salió al paso, paralizando a los invitados porque era tan grande que les llegaba al ombligo. El reptil los miró aburrido.

    —Esa es la tortuga de mi hermano —dijo Sinke acariciándola—, tranquilos, sólo muerde a veces.

    Kanyu se armó de valor y posó su mano sobre su cabeza, y de inmediato la tortuga se encariñó con él y se dejó acariciar.

    —Sólo dile tortuga —dijo Yake cuando Kanyu le preguntó por su nombre…


    ***​


    La visita se hizo larga y aburrida. La casa no tenía nada más importante que mostrar más que parecer una casa de ricos habitada por pobres, e incluso el segundo piso no mostró nada más de interés. Sinke les dijo que sus habitaciones eran lo único que no iban a mostrarles todavía, habló con la desconfianza e impetuosidad de alguien que oculta un tesoro valioso, lo que aumentó un poco la curiosidad de unos, y no importó en absoluto a otros.

    Terminada la excursión, fueron a la sala para sentarse alrededor de la mesa, junto a los dos animales que tomaron lugar como si fueran otras personas más, mientras el ambiente se volvía cada vez más incómodo.

    —¿Por qué nunca nos dijeron que eran ricos? —interrumpió el silencio Sentsa, aunque dudó un poco al pronunciar la última palabra.

    —Para nosotros no tiene mucha importancia —contestó Sinke,

    —Pero es muy extraño que siendo de padres ricos vivan en una mansión que tiene menos cosas que mi casa —dijo Yuska—, ¿qué hacen sus padres, por cierto?

    —La verdad es que no tenemos idea —contestó Sinke muy despreocupado—, nuestros primeros recuerdos son el haber estado en un orfanato en la ciudad de Kutuzá.

    Para mi fastidio, el silencio volvió a invadir el lugar. No quisiera describir el tipo de rostro que pusieron aquellos seres ante tal repentina revelación, pero si tuviera que definir yo las expresiones que pusieron, creo que las definiría de patéticas. Evitaron por un rato el contacto visual con los gemelos, siempre como si alguna palabra estuviera a punto de salir de sus bocas, pero la lástima y el desconcierto los mantuvieron callados. Yake no se inmutó en absoluto. Para él era como si simplemente le dijeran que el sol salía por el oeste como siempre.

    —¿Entonces son huérfanos? —se atrevió a preguntar Ate. (¿Por eso dijo que su concepción fue enigmática?)

    —En realidad, la palabra huérfano implica que los progenitores están muertos—dijo Sinke con tono impertinente—, y ya que no podemos estar seguros de esa posibilidad, no garantizo que la orfandad sea lo que defina nuestra situación. Pero si a lo que se refieren es a nuestros padres adoptivos, dirigen una gran compañía de artefactos tecnológicos. De seguro la conocen, se llama Mâre’kói

    Sentsa se sobresaltó al oír ese nombre.

    —¿Eh?, ¿esa no es la empresa rival de tu padre? —dijo Yuska, dándole un codazo a Sentsa.

    —Sí —dijo Sentsa desconcertada—. Esa la empresa rival de la Wrìo’Fonet.

    Sinke echó el cuerpo hacia atrás y rio con la boca cerrada.

    —¡Qué coincidencia! —dijo Yuska— Ahora eres jínne de los hijos del dueño de la compañía rival de tu familia.

    Después de algunas malas bromas por parte de Sinke, explicaron que sus padres adoptivos se encontraban en el extranjero por razones de trabajo. Su padre, Náo Gramt, se encontraba en los Estados Unidos, mientras que su madre, Kinábi Gramt, se encontraba en China, pero les mandaban dinero continuamente. Ate apoyó la barbilla sobre el puño.

    Esa situación de que sus padres los hubieran dejado solos confundió a Sentsa, quien tenía trabajadores y sirvientes como toda hija de empresarios ricos, pero a ellos les habían dejado estar totalmente por su cuenta, lo que no supo si envidiar o lamentar.

    Durante el resto de la tarde, comenzaron a indagar un poco más en la extraña vida que habían tenido los gemelos, enterándose, entre otras cosas, de que ellos no habían vivido en Shorsta hasta hacía menos de cuatro meses, justamente cuando comenzaron las vacaciones de verano, y esa modesta mansión había sido una vieja propiedad de su abuelo cuando visitaba la capital, pero después de su muerte, tras una corta enfermedad, ésta pasó a manos de su hijo, y permaneció inhabitada por haber preferido éste instalarse en Kutúza. (¿No habría sido más lógico venderla?; aunque qué bueno que no lo hicieron). Descubrieron además, no sin asombrarse de nuevo, como de costumbre, que los gemelos no habían visto a sus padres adoptivos en muchos años antes de mudarse a Shorsta. Yake lo había dicho sin voluntad, persuadido por su hermano para que contara algo de su historia. (No me convenzan de entristecerme por eso).

    —Entonces, ¿qué pasó con ustedes en todo ese tiempo? —preguntó Yuska, cada vez más entregada a su curiosidad.

    Los gemelos comenzaron a hablar entre ellos en otro idioma, lo que desconcertó a los demás jínnyi (¿Qué tanto más quieres que sepan?). Por cómo se escuchaba, parecía ser alemán (Son nuestros jínnyi, tienen el derecho a saberlo), aunque luego comprobaron que estaban hablando en varios idiomas alternativamente (¡Eso es demasiado!), entre los que Sentsa, Hinta y Kanyu reconocieron el francés y el mandarín (Es parte de nuestra naturaleza, no puedes negárselo a nuestros jínnyi). El tono de Yake de repente se volvió más apresurado y enojado (ya es bastante con lo ocurrido antes), su rostro encaró con imprudencia a su hermano y se tornó severo, el otro seguía tan contento e irreverente como siempre (Aunque sea sólo un poco debemos hacerles saber). Parecía como si discutieran, y Yake fuera el que se estuviera rehusando (No les dirás lo del agua), pero Sinke seguía intentando convencerlo (Está bien, pero al menos una parte sí debemos decirles). Una cosa que todos pudieron notar era que (¿cuál es tu urgencia por hacer esto?) regularmente Sinke decía la palabra jínnyi como si con eso fuera a ganar (Para que nuestros jínnyi estén más seguros de cómo somos nosotros). Finalmente, después de un rato, Yake (Pues hazlo) bajó la mirada resignado y dejó de hablar (gracias, hermano).


    ***​


    El pequeño reloj de la pared marca ahora las siete y media de la tarde y la reunión social termina poco a poco. Sentsa es la primera en retirarse, sigue algo pensativa por enterarse de que los gemelos son los hijos de la compañía competidora de su padre, y reflexiona en eso durante mucho rato, tal vez para intentar no pensar en las cosas que vio, que la llenaban de incomodidad y hasta temor. Kanyu y Ate se van un rato después, mostrando el primero una sonrisa un tanto forzada que dejaba ver su inquietud; el segundo estaba igual de sorprendido, aunque su turbación se veía disfrazada por el sueño.

    —Estos hermanos sí que son algo más, ¿no crees? —pregunta Ate, cuando ya están en la calle.

    —A mí me pareció… bastante interesante —contesta Kanyu, meditativo—. Perdona, pero debo irme. Mis tíos salen hoy y debo cuidar a mi primo. Ah, por cierto, me enteré por Sentsa de que tu hermana vuelve hoy. Me la saludas —su voz es nerviosa pero afable.


    12


    Yuska y Hinta permanecieron un rato más en el salón con ellos, pero no supieron qué decir, quedándose en un silencio lúgubre. (Levántate y vete) Yake se retiró de la mesa sin decir nada y se dirigió a las escaleras con la intención de subir a su habitación. (Síguelo) Yuska fue decididamente tras él, sin ser impedida por los dos jínnyi restantes. Yake no le impidió seguirlo, dobló hacia el largo pasillo de la izquierda hasta la puerta de su cuarto, pero una vez ahí se detuvo y le dijo que ya era suficiente. Yuska le mantuvo la mirada retadora por unos segundos, decidida a no dejarse intimidar.

    (Dile:)

    —Vamos, déjame entrar un rato.

    Yake volvió a ver en ella la misma mirada de esa noche junto a la fuente.

    —¿Qué debo hacer para que un ser como tú me deje en paz? —dijo Yake.

    (Entra) Sin esperar un segundo más, Yuska abrió la puerta y entró sin permiso.

    Sus ojos se abrieron muy grandes y, con la boca semisonriente, su mirada saltó por toda la habitación, y pensó que era sin duda una habitación bastante inusual para alguien como él: alta y espaciosa como una suite, había una cama con sábanas grises sin nada más notorio que su tamaño, donde fácilmente cabrían cinco personas sin estorbarse. Había una mesa con una computadora y un escritorio con una silla y algunos libros en ella. Había a lo largo de la pared del fondo tres grandes libreros repletos de libros; en un pequeño sofá descansaba un violín. También había un bello piano vertical negro apoyado contra una de las paredes, a un lado de la cual se encontraba uno de los balcones que habían visto desde afuera.

    —¡Vaya! Así que ésta es tu habitación —exclamó mientras juguetonamente se adentraba en ella y la observaba mejor.

    Yake no hizo más que entrar dejando la puerta semiabierta. Como si se tratara de su casa, Yuska se acostó en la cama y se estiró placenteramente sobre ella; se echó encima la sábana y fingió dormir unos segundos; luego ojeó algunos libros, sujetándolos sin mucho cuidado, y vio que muchos de ellos estaban en varios idiomas que no pudo reconocer, pero aún así fingió leerlos. Se dirigió al piano y se puso a juguetear con él como si fuera la primera vez que estuviera ante uno. Yake la vio revolotear y manosear las cosas de su habitación sin contemplaciones, y aunque sintió un poco de coraje por eso (coraje que, por cierto, no quedó reflejado en sus facciones), tomó la decisión de aguantarla por un rato más.

    —¿Por qué no tocas algo en el piano? —preguntó Yuska alegremente.

    —Mejor no.

    —Vamos, no seas tímido —continuó mientras continuamente apretaba la tecla del sol5—, Sinke ya nos ha dicho que son muy buenos tocando música, ¿o no? Como yo no sé nada, ni sabré si te equivocas.

    Tomando aire, Yake se sentó al piano y permaneció por un momento sin saber qué tocar. Observó cómo a su lado Yuska le sonreía emocionada, y por un momento, sólo por un momento, ignoró lo mucho que no soportaba las ridículas facciones de la gente de ese mundo. Apretando entonces los dedos, miró de nuevo el piano y colocó las manos sobre las teclas. Comenzó a tocar la sonata Claro de luna de Beethoven. El contraste entre la frialdad del rostro del gemelo con aquellas notas suaves hizo sonreír a Yuska, y su inquieta personalidad menguó conforme más notas salían de los dedos del frío pianista. Éste, conforme avanzaba la sonata, se desenfriaba cada vez más, hasta llegar a parecer casi humano.


    ***​


    —En silencio, Hinta y Sinke escucharon la pequeña discusión de Yake y Yuska en la escalera; Yake pidiéndole que la dejara de seguir, y Yuska insistiendo tercamente en ir con él. Cuando esos hubieron desaparecido tras la habitación de Yake, Sinke se incorporó con energía y se dirigió hacia las escaleras.

    Hinta no se atrevía a mirar a Sinke; todavía sentía su pulso acelerado, producto de la impresión por lo que había hecho el gemelo con el martillo y lo demás, no quiso ni mirar el mueble roto que yacía a unos metros de ella.

    —Ven un momento a mi habitación, Hinta —le propuso amablemente.

    (Hazle caso)

    Después de una pequeña duda ocasionada por la sorpresa, Hinta se puso de pie y dijo que era mejor que se fuera. Pero Sinke prometió que no iban a tardar mucho. Accedió entonces, sintiendo algo de ansiedad y el corazón pesado. Subieron las escaleras y fueron por el lado contrario al que los otros dos se habían ido. Se detuvieron entonces en la entrada de la habitación.

    —Dijiste que no podíamos entrar aquí —dijo Hinta, intentando mantenerse tranquila.

    —Eso sólo era para los demás —contestó Sinke y abrió la puerta.

    (Entra sin temor)

    La habitación era casi igual a la de su hermano: espaciosa, con muchos libreros, una salida a un balcón, una cama, un guardarropa de madera tallada y un piano, todo pegado a las paredes. La parte central de la habitación se mantenía despejada, y el piso relucía los dibujos romboidales de su loza.

    —Como ya notarás, ésta habitación antes fue un salón de baile, a algún genio se le ocurrió ponerla aquí en el segundo piso en la dirección contraria de donde mora mi hermano.

    —Así era el estilo danzilmarés durante la ocupación europea, ¿no? —dijo Hinta.

    —Sí, en algunos estilos, porque en aquel tiempo había la costumbre de ofrecer grandes fiestas con muchos bailarines. Ahora es algo poco solicitado…

    Se dirigió hacia su piano y jugueteó con unas teclas.

    —¿Qué era lo que me querías mostrar? —preguntó Hinta, deseando terminar lo antes posible.

    —No tengo idea.

    Y de inmediato, Sinke comenzó a tocar en el piano el Golliwog’s Cakewalk, de Claude Debussy. Las alegres y algo inquietantes notas comenzaron a salir de sus dedos mientras el cínico pianista tarareaba en voz baja la voz principal de lo que tocaba durante unos segundos hasta llegar a un estruendoso forte.

    —¡Tesol;fa me re do sol do re!... —solfeó con voz potente para continuar tarareando en la siguiente parte.

    (Quédate)

    Hinta lo dejó terminar sin interrumpirlo, sentándose en una silla junto a una mesa en la que se encontraba una grabadora de discos compactos, la cual tenía una pista en pausa. Cuando terminó de tocar, Hinta aplaudió.

    —Tocas muy bien —dijo con cierta admiración.

    Sinke se levantó e hizo una hipócrita reverencia. Hinta dijo entonces que ya tenía que irse, pero antes Sinke apretó un botón de la grabadora para despausar la música. El ambiente se sumergió en el forte de un alegre, suave pero enérgico vals. Sinke empezó entonces a bailar con una compañera invisible por toda el área de su habitación que estaba libre, ante la confusión de su jínne, quien no sabía si sentirse incómoda o sorprendida ante la falta de vergüenza del chico, el cual se movía tan naturalmente y con tanta facilidad y gracia, que lo único que le recordaba que aquel era en verdad Sinke era su soberbia sonrisa. El vals terminó rápido, y Sinke detuvo la grabadora antes de que sonara la siguiente pista.

    —Existen miles y miles de bailes alrededor del mundo —habló con tranquilidad—, y he logrado vivir muchas de las danzas de las más diversas culturas, desde el ballet hasta el bacchu-ber, pasando por el tango argentino y la jota española, así como por varios otros tipos de bailes de salón… —cambió de nuevo a un tono más animado— y para mí una desgracia es, que para de tal ejecución deleitarme pueda, de una pareja requerir obligado me veo.

    Diciendo eso, se acercó a Hinta y le ofreció la mano derecha caballerosamente…


    ***​


    Las notas de la sonata se difuminaron en el cuarto de Yake tras el ímpetu del cuarto movimiento, quedando todo en silencio otra vez hasta que el infantil aplauso de Yuska lo rompió.

    —¡Tocas muy bien! —lo felicitó revolviéndole los cabellos con rudeza.

    Yake iba a pedirle calmadamente que se fuera, cuando Yuska descubrió en un rincón una mesa con una paleta y pinceles, al lado de un soporte con un lienzo al que ya le habían dado algunas pinceladas. Rápidamente como lo vio, llegó hasta ellos con la curiosidad de una niñita.

    —¿También sabes pintar?

    —Así lo intento.

    —¿Qué es lo que estabas pintando aquí? —Yuska intentó ver más claramente los trazos y pinceladas, que no parecían formar nada específico sobre el lienzo blanco. De hecho, aquella combinación de colores balnquecinos y formas disparejas asejemaba, con mucha imaginación, una playa de arena rojiza y mar amarillo.

    —Es un proyecto fallido —contestó Yake fríamente—, una imagen que apareció en mi mente en algún momento, pero he fallado al intentar transportarla al lienzo.

    La chica tomó entonces uno de los pinceles y se volteó a él con una sonrisa brillante.

    —¡Enséñame a pintar! —exclamó.

    —¿Para qué? —preguntó Yake, inmutable.

    —Pues para aprender a pintar —jugueteó pintando el aire.

    Yake quiso rehusarse al principio, pero de inmediato pensó que tal vez una acuarela sería suficiente. Yuska se sentó frente al lienzo mientras Yake preparaba la paleta con la pintura y un pincel de pelo de marta. Yuska se extrañó de que no quisiera usar un lienzo nuevo, Yake le dijo que no importaba porque era una pintura fallida y no había problema en pintar sobre ella. La manera en que la chica tomaba el pincel y lo desplazaba era como una niña de primaria con el pulso torpe. Ella, tomándoselo más como un juego, le pidió que la ayudara un poco más sujetando el pincel.

    Yake tomó aliento, y sentándose en otro taburete tras ella, colocó la paleta de colores sobre el regazo de Yuska, tomó suavemente su mano con el pincel mojado en pintura azul y la dirigió hacia el lienzo pintado. Al sentir eso, Yuska sintió un leve escalofrío recorriendo su espalda, y la sonrisa pícara de su rostro dio paso a una mueca nerviosa.

    —La mano debe estar suave —comenzó a hablar Yake con menos frialdad que de costumbre—, no estás sujetando una espada o un hacha, pero también debe ser firme y conciso, porque ahora la realidad la estás creando tú.

    Diciendo eso, dibujaron suavemente un gran círculo azul que casi rozó los cuatro límites del lienzo. Aquella playa difícilmente reconocible fue encerrada en un marco circular de agua. Dirigía Yake los movimientos de Yuska con delicadeza. Yuska tragó saliva, pues la voz del gemelo soplaba un aliento que le calentaba la oreja, y no pudo evitar tensar más la mano.

    —Es difícil —tartamudeó Yuska al completar el círculo.

    —Lo será menos cuando no tengas miedo —contestó Yake.

    De inmediato remojó el pincel en agua, y luego lo untó en la pintura roja que se encontraba en la paleta sobre el regazo de Yuska, y haciéndoselo tomar nuevamente, dibujaron otro círculo adentro del primero, con mucha más suavidad. Yake se sentía desconcertado por esa situación, que en parte le avergonzaba e irritaba; pero por otra parte también sintió una tensión en el ambiente mientras conducía a su jínne por la tela. Le pareció percibir que se hallaban encerrados por membranas frías que contraían el espacio entorno a ellos. Pensó Yake: “La mano que sujeto no me es real, las circunstancias que nos llevaron a esto tampoco son creíbles…” Observó luego temblor en la mano de Yuska, lo que hizo que una parte del círculo se desviara. Yake se puso de pie y, con el rostro pálido, retrocedió varios pasos como alejándose de un fuego imaginario, pero cuyo calor lo quemaba aún. Yuska, al sentirse libre, volteó a mirarlo con la cara roja. El espacio se destensó forzosamente, como una banda elástica que regresa a su forma original luego de estirarla hasta su límite, y volvió todo a una incómoda calma.


    ***​


    Los ojos de Hinta tintinearon de miedo al ver la mano de Sinke extendiéndose como una ofrenda hacia ella, no porque tuviera miedo de él, sino porque la acción que le pedía realizar con él era para ella un desafío impensable.

    —Yo… no sé bailar.

    —No te preocupes, yo te enseño —dijo Sinke. Tomó su mano suavemente y la llevó al centro de la habitación.

    Apretó el botón de pausa y comenzó a sonar una hermosa y dulce melodía tocada por cuerdas y un clarinete.

    —¡Ah! ¡Ésta me encanta! —exclamó Sinke, y procedió a tararear con los ojos cerrados unos breves segundos de la melodía que comenzaba a sonar— Este es el Länder que usaron en una parte de la película The sound of music, ¿te es familiar?

    —Eh… sí, ya he visto esa película, pero no recuerdo la música —contestó Hinta.

    Sinke alargó su brazo y detuvo la música. Luego, juntó su cuerpo con el de su jínne y la hizo colocarse en la posición clásica para bailar vals, con él sujetándola suavemente por la cintura, y poniendo la mano de ella en su hombro. Hinta se quedó sin aire al sentirlo tan cerca por la vergüenza de estar tan pegada a otro chico, le pidió que la soltara, pero Sinke, con una sonrisa que radiaba confianza, le dijo que no temiera.

    —Yo voy a guiarte —le murmuró.

    Con la mano que tenía libre apretó el botón de nuevo y la música sonó desde el principio. Al comenzar, dieron unos pasos a la derecha para tener más espacio mientras Sinke la movía rítmicamente y con delicadeza, y entonces comenzó una extraña escena en la que Hinta seguía con torpeza los rítmicos movimientos de Sinke al son de la música mientras daban vueltas tranquilas.

    —No puedo, Sinke —se quejó en el momento en que la música hacía una pequeña pausa, y continuaba con unos fuertes acordes.

    —Te mueves bien —murmuró Sinke.

    La melodía principal de la obra, interpretada por los violines, comenzó a tocar entonces sus plácidas notas acompañadas de los pizzicati de los bajos y las notas de los oboes. Mientras, los chicos comenzaron a moverse siguiendo el ritmo. Sinke siempre con los ojos cerrados, como sumido en una profunda meditación. Juntos dieron vueltas al son de los violines, y continuaron así hasta el final de la frase musical. Cuando el clarinete hubo sonado, indicando el inicio de la siguiente frase, interpretada por una dulce conversación entre los violines con los alientos, Sinke abrió los ojos y, levantándole la mano, suavemente hizo a Hinta dar una vuelta algo torpe antes volver a sus brazos, y lo hizo tres veces más hasta que las notas de los chelos los condujeron de vuelta a la frase anterior. Entonces, moviéndose hacia atrás, Sinke la hizo girar suavemente varias veces, tratando ella de no desviarse, luego hicieron lo mismo avanzando hacia adelante, toscamente. La música continuó con la encantadora melodía de la flauta, los oboes y los clarinetes, y los dos bailarines se juntaron de nuevo bailando con los cuerpos pegados.

    —Lo estás haciendo bien, Hinta —dijo Sinke—, sigue mis pasos así.

    —Ya no puedo más, Sinke —temblaba ella—, ¿podemos parar?

    Sinke, deteniéndose por un momento, le sonrió con esa mirada amistosa e impaciente que la ponía roja.

    —Ya viene la mejor parte —respondió emocionado.

    Y al terminar de hablar, el fortissimo sonó, llenando la habitación de la jovial melodía tocada por toda la orquesta. Con movimientos rápidos, pero delicados, recorrieron la mitad de la habitación dando unas cuantas vueltas, y cuando los violines sostuvieron sus agudas notas, Sinke la sostuvo de una mano y la hizo girar sobre su propio eje, y la regresó a sus brazos cuando la melodía continuó. Regresaron por el camino que habían recorrido dando la misma cantidad de vueltas, y terminaron la frase con un último giro de ella. La última parte la bailaron abrazados, casi sin moverse de su lugar, mientras la orquesta continuaba. Entonces sentí la tensión de la realidad, las membranas invisibles que de repente se volvieron perceptibles para Sinke. El espacio entorno a ellos se contrajo con calidez, apretujándolos suavemente uno contra el otro.

    “Ésta es la realidad otra vez”, pensó Sinke.

    Cuando la melodía comenzó a menguar, tocando el tema principal de nuevo, esa mística fuerza también lo hizo. Se separaron lentamente y se miraron a cierta distancia con la respiración acelerada. Conforme lo hacían, el ambiente entre ellos volvía a la normalidad. Toda aquella sensación de forzado confort volvió a la nada de donde había salido. Al tocar las últimas notas, Sinke se inclinó para hacerle la debida reverencia a su pareja de baile, y se quedó así hasta que el sonido de las notas se perdió en las paredes.


    ***​


    —También sentiste eso cuando estabas con Yuska, ¿verdad?

    —Era como en esas ocasiones de hace mucho tiempo, cuando mi escepticismo de la realidad tenía la costumbre de apagarse ante lo que llegaba a impresionarme.

    —¿Eso te significa algo o es insignificante?

    —Absurdo.

    Risas saltaron de la garganta de Sinke.

    —Yo también lo sentí así.

    —Esto todavía no significa tu victoria.

    —Incluso si ahora declararas tu rendición, no la aceptaría. Todavía hay mucho que experimentar.



    [1] De acuerdo a una vieja tradición, el graznido de los patos libera de los sentimientos de angustia, por eso el kué se utilizaba entre algunas personas como expresión para calmar a alguien enojado.
     
  11. Threadmarks: Capítulo 13. Cour d’amours
     
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    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
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    Ciencia Ficción
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    35
     
    Palabras:
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    Capítulo 13. Cour d’amours


    37


    La vio en el umbral de la puerta, ella sonreía con la tediosa alegría y malicia de siempre. Yake, el cual había mantenido inconscientemente la respiración al escuchar girar la perilla, dejó salir el aire por la boca ruidosamente, pero esta vez no con el fastidio que habitualmente su jínne le producía, sino con un contradictorio sentimiento de alivio e intranquilidad. Examinó la imagen de Yuska, que entró como si fuera su propia casa y se sentó junto a él con una mirada coqueta, le jaló los cabellos con algo de fuerza y los agitó como un gato jugando con hilo.

    —¿Qué pasa, Yake? ¿Algo te pone nervioso? —preguntó, le peinó el cabello hacia atrás para descubrirle los ojos de color naranja, pero los mechones se rebelaban de su control y volvían a su posición inicial.

    Todo el tiempo que había estado yendo a su casa a pintar Yake había estado más interesado en sentir cambiar a la realidad como la primera vez. Únicamente habían hecho algunas figuras simples sobre los lienzos: círculos dentro de círculos, cuadrados dentro de cuadrados, triángulos dentro de triángulos, y hasta estrellas dentro de estrellas. La realidad los juntaba cada vez, y su razón comenzaba a ser dominada por las emociones que el misterioso aire dulce les generaba. Cuando terminaban, el encanto de aquel momento se rompía. Esa sensación, que en más de una ocasión llegó Yake a catalogar de placentera, fue la razón de que continuara aceptándola ahí cada semana, solamente para poder revivir ese misterio que se daba por el solo contacto con ella y que no se generaba nunca fuera de esa habitación.

    —Mejor no hacemos nada hoy —dijo Yake, deteniendo la mano que jugaba incesante con sus cabellos.

    —¿Eh? ¿Por qué?

    —Estoy cansado.

    Yuska hizo un puchero y se echó sobre la cama.

    —Idiota, ya que vengo hasta acá me dices que no quieres. Además, ¿tú, cansarte?

    —¿Por qué te ha interesado tanto pintar? —preguntó Yake, con una voz inusualmente temblorosa— Siempre me dices que sólo te parece divertido, pero sé que no es eso. Te he estado viendo todo este tiempo y no me puedes engañar. Es la realidad, la misma que mi hermano y yo hemos sentido, esa cosa que no sabemos llamar de otra forma, también la sentiste desde la primera vez.

    Yuska le apartó la mirada.

    —¿Desde cuándo te han importado mis razones? Tú te la pasas todo el tiempo con la realidad esto, la realidad aquello, la realidad es absurda, no me importan los seres de la realidad. Eres cansino.

    —No eludas mi pregunta —Yake alzó la voz. Al no recibir respuesta de Yuska, se levantó y se dirigió hacia su piano—. Como quieras, no necesito preguntarte nada para saber lo que piensas, eres demasiado fácil de leer. A partir de ahora ya no vendrás.

    Yuska se incorporó sobre la cama, sobresaltada.

    —¿Eh? ¡Qué te pasa!

    —Lo sabes —dijo Yake con un rostro sombrío—, esta tontería ya ha durado demasiado tiempo, y no pienso tampoco seguir permaneciendo en este absurdo jínnliù.

    Sintió entonces un repentino mareo, como si su mente se encogiera y su cerebro se quedara sin sangre. Su visión se volvió negra por unos breves instantes y tuvo la sensación de desmayarse. Desconcertado, volteó a mirar a Yuska, y ella estaba parada frente a él, con las manos en las caderas, apretando los labios, con unos ojos tan severos que parecía a punto de estallar en un regaño o una súplica. Él vio al mismo tiempo varias Yuskas ocupando el mismo espacio: cientos de rostros que mostraban todas las facciones posibles entre la tristeza y el furor superpuestos en la misma cabeza.


    38


    El penúltimo mes antes los exámenes finales en el instituto Ítuyu era siempre el más pesado para todos los grados. Era un mes dedicado a un extenuante maratón de estudios de repaso de todo lo estudiado durante el año antes de pasar al mes de preparación para los exámenes finales, cada día había un pequeño examen, y los agobiantes trabajos de repaso se incrementaban; los maestros no dejaban de marcárselos como si dieran por hecho que nadie tenía vida más allá de estudiar la materia que impartían. Más largas y pesadas parecían las clases, y la presión se podía sentir en cada alumno que abandonaba el instituto. La gente, al verlos pasar, podían notar en sus rostros los estragos de las noches en vela estudiando para el examen del día siguiente, los padres les compraban pastillas para la energía a sus hijos, quienes las tomaban junto a los alimentos mientras que con la otra mano sostenían un libro o escribían en una libreta. Las grandes zonas verdes y el aire limpio por los árboles ya no parecían ser un lugar tranquilo cuando un grupo de amigos repasaban en voz alta o se hacían preguntas para que el otro las contestara, y si alguien perdía una libreta o algún apunte importante se volvía loco y los buscaba hasta en los estanques, donde muchas veces iban a parar papeles arrastrados por el viento, y eran recogidos mojados y apenas legibles. La zona común de alumnos (el área más despejada después de las zonas deportivas y el llano para los bailes tradicionales) también se llenaba durante los descansos de jóvenes que no habían tenido tiempo de terminar todos los trabajos que les habían marcado, y con prisa y desesperación algunos garabateaban lo más rápido que les daban sus manos, resultando muchas veces en trazos incomprensibles hasta para sus propios autores. Había rumores de suicidios de alumnos de tal o tal aula, pero incluso en el caso de ser reales, se habrían mantenido invisibles en las consciencias de todos. Esa situación fue la razón principal por la que la presidenta Altra decidiera anular la iniciativa de los clubes de Ale y Ela, puesto que tal era el ritmo de estudios que se esperaba durante todo el mes de mayo que no había tiempo para los clubes.

    Los jínnyi obviamente también estaban ahogados en trabajos, y dicha agitación se vio reflejada en sus encuentros junto al lago durante los descansos; era de las pocas ocasiones en las que era posible ver a Yuska y a Ate con un libro en la mano, y con la misma velocidad con la que se alimentaban pasaban las páginas de sus libros de historia y filosofía, entre otros.

    —Esto de la historia es un serio problema —dijo Sinke en un momento—, ¿qué pasará cuando sea el año un millón? ¿Les harán aprendernos un millón de años de historia a los estudiantes?

    —No se quejen —dijo Ate—, a diferencia de ustedes, nosotros sí estamos sufriendo.

    —Estimado Ate, me haces sentir tan culpable de nuestro prodigio memorístico e intelectual. Sé que mi hermano y yo deberíamos estar padeciendo los mismos tormentos académicos que los demás alumnos de la realidad sufren, pero la realidad dulces dones para nosotros ha deparado, privándonos de ser partícipes en verdades más amargas. Me avergüenzo de mí.

    En ese momento llegó Ima, se detuvo a poca distancia de ellos y los saludó con una pequeña reverencia. Especialmente sonrió a Sentsa, como si la perdonara por algún daño que ella le hubiera hecho, pero Sentsa continuó leyendo, tensa y pegando la nariz a las páginas como ocultándose. Ima le sonrió a Kanyu con dulzura.

    —Amor, ¿nos vamos juntos hoy también?

    La pálida piel de Kanyu se llenó de sangre hasta las orejas.

    —Claro, te veo en la entrada después de clases—dijo bajando su libro.

    Ima cerró los ojos y lanzo una única risa con la boca cerrada. Se fue de ahí contenta.

    —Deberías concentrarte más en tus estudios y menos por una chica —dijo Sentsa, sin alejar la cara del libro.

    Ate dejó de leer por un momento y la miró con fastidio.

    —No actúes como su madre, si quiere perder su tiempo con una novia, déjalo. Además, después de lo de tu comité, no tienes derecho a criticarlo.

    Sentsa quiso golpearlo, pero una reminicencia de pesar se lo impidió. Se limitó a salir de su escondite y adoptar un aire de orgullo.

    —Sentsa tiene razón —dijo Hinta—, podría ser una distracción durante este tiempo tan difícil.

    —Vamos, no exageren —dijo Kanyu, apenado. Pasó por su cabeza la imagen de su novia también esforzándose duramente por estudiar, a veces sola, a veces con sus amigos, y a veces con él mismo— puedo con las dos cosas, y ella también.

    —Sea como sea, no creo que duren mucho de todos modos —continuó Sentsa, cada vez más concentrada en su lectura.

    Yuska trató de cuestionar a Sentsa sobre sus opiniones con respecto a la relación entre Kanyu e Ima, y eso llevó a otras discusiones de temática similar mientras Sinke lo veía todo entretenido. Yake tuvo que recordarles que no era momento de perder el tiempo en esas pláticas; lo decía más bien porque le incomodaba la evidente pretención de Yuska por querer dirigir esa conversación hacia él de manera indirecta.

    Kanyu, por su parte, se sentía inquieto; le parecía que a sus jínnyi no les gustaba que saliera con alguien independientemente de que fuera una distracción para los estudios; incluso pensó que Ate en realidad tenía celos de él por tener novia. No dijo nada durante todo el periodo que duró la preparación para los exámenes, pero estuvo concibiendo una nueva actividad para cuando el club volviera a funcionar.

    El mes pasó lento. Los jínnyi casi no tuvieron tiempo de verse fuera de la escuela. Yuska era de mente muy distraída, y por eso constantemente acudía a casa de Hinta para ayudarla, y alguna que otra vez también acudió con Yake. Ate se juntaba con Kanyu para el mismo propósito, y cuando ninguno de los dos entendía algo, acudían con Hinta, y cuando ésta tampoco podía, iban con Sentsa, y en la única ocasión en la que ninguno logró aclarar sus ideas, todos terminaron acudiendo a Yake, quien les ponía ejercicios del tema que no entendían.

    Se volvió aún más incómodo para los gemelos el ambiente de la escuela. Los demás alumnos los miraban con recelo porque nunca los veían estudiar o hacer esfuerzo alguno a la vista como todos los demás. Algunos, menos severos con ellos, también pedían la ayuda de Yake, entre ellos se encontraban constantemente Délo y Déla, por lo que Yake tenía que soportar sus constantes arrumacos y sus tiernas maneras de ayudarse entre ellos. Nadie le pedía ayuda a Sinke porque su actitud y forma de expresarse iban a confundirlos y atrasarlos más que a ayudarlos; de ahí que Yake sintiera envidia de su hermano durante ese periodo.

    Finalmente el agotador mes de repaso concluyó, y un suspiro ahogado de tranquilidad sacudió el instituto Ítuyu. Durante el último mes no había más pruebas y los maestros no marcaban trabajos, por lo que las clases se hacían mucho más relajadas hasta el punto de llegar a ser una pérdida de tiempo. Las clases consistían en repasar individualmente sus temas, sentados tranquilamente en sus asientos, y resolver dudas con el maestro, una y otra vez durante toda la jornada. Bastaba que sólo un alumno tuviera alguna pequeña duda para que el maestro tuviera que explicar el tema nuevamente, aunque los demás soltaran exclamaciones de fastidio, y mientras el maestro explicaba a ese único alumno los demás tenían que aguantar el repaso por enésima vez.

    —Ahora es el momento para hacer preguntas —dijo la profesora Nin, quién desde que había empezado su hora no había dejado de revisar todos los temas y preguntando si había dudas—, tienen un mes prácticamente sin nada de trabajo, sólo para repasar, así que no quiero que el día del examen me digan que no habían entendido algo.

    Los alumnos juraban y perjuraban que toda duda ya había sido aclarada. Con tal de salir antes, incluso los que sí tenían dudas confiaban en que aún faltaba mucho para los exámenes y tendrían tiempo para estudiar más calmadamente en sus casas. A causa de todo eso, la escuela dejaba de ser la prisión agobiante y torturante del mes anterior, y se convirtió en algo más parecido a un parque tranquilo en el que los estudiantes practicaban deportes o se relajaban en las áreas verdes, socializando con sus amigos. Las pláticas triviales volvían a ser comunes; chismes sobre los que no les caían bien, las quejas acerca de sus familias y parejas, y los cuchicheos que se levantaban cuando una chica se acercaba sonrojada a un chico. Todo eso remplazó a las desesperadas peticiones de ayuda para recordar lo que un filósofo había dicho hacía más de cien años, una fórmula matemática, o lo que un poeta había querido decir con una metáfora rebuscada. Sin embargo, sabían que para compensar ese lapso de tranquilidad debían mantener una disciplina personal para no olvidar lo aprendido, como si fuera un trato especial entre la escuela y los alumnos en el que les daban ocio a cambio de disciplina.



    39



    “Te regalo tiempo, crea un mundo con él”

    Ráu Shorsta, El danzilmarés y sus demonios

    Dentro del cuarto del club Fíkcionò, Yuska se mantenía relajada balanceándose sobre dos patas de la silla, con los pies sobre la mesa. Sentsa le decía que no lo hiciera porque podría caerse, entre otras cosas. Hinta tomó de la estantería uno de los libros que Sinke había llevado al club, un ejemplar de obras de Shakespeare, y comenzó a leer para matar el aburrimiento. Rato después, cuando Sinke entró, y los saludó una y otra vez como si no los hubiera visto desde hacía días, Hinta le preguntó por qué había escogido esos libros para el club, él respondió que era para tener ideas para sus actividades y darle un aspecto más serio al aula, y luego cambió de tema diciendo que era el turno de Kanyu de proponer una actividad. Kanyu, levantándose con un porte caballeresco, se acercó al pizarrón y escribió los nombres de sus jínnyi en pares de hombre y mujer, luego los miró y sonrió ansiosamente, jugueteando con el marcador.

    —Propongo que, por una semana, finjamos que todos ustedes están emparejados como si fueran novios, Yake con Hinta, Sinke con Yuska, y Ate con Sentsa —dijo mientras usaba el marcador para unir los nombres de las parejas.

    La perplejidad los golpeó a todos, las violentas objeciones no se hicieron esperar; ni siquiera Yake pudo evitar que la sorpresa se apoderara notoriamente de su boca y cejas. La justificación que dio Kanyu era que, de ese modo, pudieran saber lo que se siente estar en una relación amorosa, y añadió que así quizás podrían encontrar el amor o al menos algo parecido entre ellos. Me disculpará el lector si simplemente me salto hasta la parte en que finalmente aceptaron Ate y Sentsa, no sin antes expresar un enfado hacia Kanyu sin precedentes en la historia del jinnliù. Lograron éstos últimos que la única condición fuera sin besos en la boca o cosas de naturaleza similar. Entonces Yuska preguntó, algo atribulada, la razón por la que los había juntado en esas parejas específicamente.

    —A ti y a Hinta los junté con Sinke y Yake porque son bastante parecidos, y a Ate y Sentsa porque… bueno, ya no había nadie más para escoger.

    Fue esa la primera vez que Ate y Sentsa miraron a su jínn con tanto furor, y éste no hizo sino disculparse con una sonrisa patética.

    —Parece que hasta Kanyu tiene un lado macabro después de todo —dijo Sinke, con la cabeza apoyada en la mano y el rostro malpensado.


    ***​


    Los brazos de Yuska lo rodearon inmediatamente. Todos los rostros de las Yuskas que habían aparecido al mismo tiempo desaparecieron menos uno, el más equilibrado entre la furia y el llanto. En su aturdimiento, para la mente de Yake había sido como si su jínne hubiera doblado el espacio-tiempo para llegar hasta él, y por la fuerza del empuje cayó hacia atrás y apoyó sus manos sobre las teclas del piano; salieron disonantes acordes que se desvanecieron hasta ser silencios, pero la agitada respiración de la chica continuó tras ellos, hundiendo la cara en el pecho del gemelo, cuya espina comenzó a sentirse entumida de repente.

    —¿Qué te pasa?

    —No renuncies a esto ahora, por favor.

    La voz de Yuska sonaba apagada, con un pequeño gimoteo, sin decidirse a ser afligida o iracunda. Lo miró entonces con unos enormes ojos brillantes, que tampoco se decidían por la tristeza o el enojo, y Yake tuvo de nuevo la misma sensación, el mismo espacio que se contraía, el mismo aire que se condensaba y los apretaba el uno al otro cuando, sentados frente al lienzo, intentaban lograr trazar aunque fuera unas líneas. Pero en esa ocasión veía su rostro, tenía esos ojos relumbrantes en los que casi podía ver su reflejo. Intentó apartar la mirada; pero era como si paredes invisibles a ambos lados de su cabeza se lo impidieran. La figura de Yuska dejó de ser simples trazos en el mundo para volverse un ser con existencia. Los recuerdos regresaron a todas las veces que se habían encontrado, desde el instante en el que, rendido por el asombro, había aceptado que fuera a su casa todos los sábados, y todas las veces en las que las decisiones que habían tomado los habían hecho juntarse, platicar, vivir experiencias: la visita a su casa, la fiesta de navidad, su reacción cuando fue la confesión de Ima Lib, la campaña presidencial de Sentsa, el festival deportivo, la creación del club. Habían pasado el tiempo y las experiencias suficientes como para que ocurriera lo que el gemelo tanto temía afrontar.

    —Yuska, ¿qué hice para que te sintieras así?

    Ella no dijo nada, se limitó a cerrar los ojos y levantar la cabeza, exponiendo los labios. Eso era todo.

    Infeliz Yake. En vano intentaba convencerse de que aquella Yuska, de algún modo, no era la misma que la que había entrado en su habitación. El frío de la realidad lo empujó hasta los labios de Yuska, sólo una rápida reflexión luchó intensamente en su consciencia. “¿Y si ahora la realidad volviera a cambiar? Lejos de aquí, que evite mi vergonzosa caída”.


    ***​


    Como si de una pareja de espectros se tratasen, los estudiantes del instituto Ítuyu veían incrédulos a Sentsa y Ate caminando tomados de la mano, manos que se apretaban no con el cariño de un par de seres en una relación sentimental, sino con enojo y vergüenza, como queriendo traspasar la culpa al otro por hallarse en esa situación. Fueron Délo y Déla los primeros en verlos con ojos alegres, y con la mejor de las intenciones se acercaron a ellos, tomados de la mano, y al ver aquello, Sentsa y Ate sintieron algo de asco por la cursilería.

    —¡Mira nada más! Finalmente lo han decidido —dijo Déla, aferrándose al brazo de su novio.

    A los jínnyi les alarmó que se lo tomaran con tan poca sorpresa.

    —E… Esto es sólo una actividad de nuestro club —dijo Sentsa.

    —¿Ah? ¿Qué actividad es esa? —preguntó Délo.

    —Se supone que debemos actuar una semana como si fuéramos… una pareja —dijo Ate, encogiendo la cabeza.

    Lejos de desilusionarse, los novios de verdad les mostraron su apoyo, diciendo que quizás al final podrían encontrar que querían ser algo más que jínnyi. Se fueron de ahí no sin antes ofrecer su ayuda en caso de que quisieran saber más sobre el noviazgo.


    ***​


    En el área común de estudiantes se encontraban Yake y Hinta, comiendo sentados en una de las mesas de metal cerca de la cafetería, su mutua cercanía y solitaria compañía les pareció a todos los que los conocían un acontecimiento tan extraordinario como haber sacado un promedio de cien. La chica de cabello dorado tomó tranquilamente con el tenedor un pedazo de carne y lo acercó a la boca del gemelo, el cual lo recibió y comenzó a masticar con desgana, pues no tenía hambre, luego fue él quien la alimentó tomando un poco de arroz con una cuchara.

    —Pasé años cargando enormes piedras en mi espalda, practicando el violín por más de doce horas al día, y leyendo tantas obras maestras en un día, y ahora me encuentro en esta situación.

    Su semblante, más que enojado o irritado, era de incredulidad. Hinta no se sorprendió por eso.

    —Todavía no puedo creer que vivieran así desde los cinco años —dijo tras limpiarse la boca con una servilleta—, ¿su maestro era en verdad tan bueno?

    —Era el mejor —dijo Yake antes de recibir otro bocado, tragó y continuó—, por alguna razón no se asombraba con la idea de que nos sintiéramos así, de otro mundo. No quisiera apresurarme a decir que en algún momento en verdad se lo creyera, pese a que fue él mismo el que nos lo sugirió en primer lugar.

    —¿Y qué les dijo?

    —Decía que no importaba lo que él creyera, porque todas las posibilidades eran un hecho multiplicado por infinito.

    —¿Y eso qué significa?

    —Él cree que existe un número infinito de universos paralelos, por lo que no solamente todo lo imaginable es un hecho, sino que nosotros mismos seríamos una ficción desde el punto de vista de otros seres.

    —Esa idea es algo incómoda. ¿Tú le crees?

    —No tengo razones para hacerlo. A lo mejor no es más que una interpretación alegórica, como el eterno retorno de Nietzche, o una fantasía absurda a lo peor.

    [—Perdona que pregunte, pero ¿ni siquiera su problema del agua o lo del horizonte les hacen pensar que esa idea tenga algo de verdad?

    —Debe haber otras explicaciones dentro de este mismo mundo.]

    Hinta miró el reloj de su celular y vio que aún tenían un cuarto de hora antes de volver al aula.

    —Aún tenemos tiempo, ¿de qué quieres hablar ahora? —preguntó.

    —De lo que se suponga que deban hablar los novios —dijo Yake.

    —¿No incluye eso cosas demasiado triviales? —preguntó Hinta, intrigada.

    —Así es la actividad, me guste o no tengo que hacerlo. Aunque quizás tú prefieras estar con mi hermano.

    La voz se le trabó a Hinta en la garganta por un momento.

    —Me siento más cómoda contigo —dijo—, la verdad me alegra que Kanyu nos haya juntado; eres alguien interesante con quien hablar.

    Una leve agitación había aparecido en su semblante. Yake notó cómo ella apretaba levemente su cuchara, y cómo su cabeza se había inclinado cuando mencionó a su hermano.

    —Me intrigas, jínne, ¿qué ha hecho mi hermano para que te enamores de él?

    La columna de Hinta sintió una parálisis amarga, y retuvo el aliento.

    —No te espantes tanto —continuó Yake—, he usado la palabra enamoramiento, sería muy tonto si hubiera dicho amor.

    —No… en realidad… no es eso.

    —No tienes de qué avergonzarte, en vista de la realidad de la que te tocó ser partícipe, tu género, tu edad, tu orientación sexual, y tu propio e inevitable gusto por lo que te es diferente, supongo que es algo natural.

    —¿De dónde sacas que me gusta lo que es diferente a mí?

    —Del hecho de que tu mejor amiga sea Yuska, hasta el punto de aceptar ser jínnyi.

    —¿Dices que Sinke me gusta porque se parece a Yuska?

    Se llevó las manos a la boca, arrepentida de su elección de palabras. Yake ignoró su reacción.

    —No, te gusta Sinke por la misma razón por la que aceptaste tener una relación de amistad con Yuska; una razón en común; la fascinación por las actitudes diferentes a las tuyas, las cuales complementan carencias en tu propia personalidad. —Luego añadió como si hablara consigo mismo: —Evitar, huir de la homogeneidad, ser testigo de lo que te es contrario, hasta lo que nunca quisieras o pudieras imaginarte siendo.

    Hinta bajó la mirada y escondió el rostro tras sus manos.

    —Sin embargo —Yake volvió a dirigirse a ella—, la atracción y el enamoramiento en ustedes, los seres de esta realidad, si bien el segundo es consecuencia del primero, no son lo mismo. Lo que he dicho hace un momento es insuficiente para que en ti surja ese estado que catalogan como enamoramiento a partir de la simple atracción; por eso dije que me intrigaba. Dime, ¿qué fue, en todo el tiempo que llevamos como jínnyi, lo que hizo que tu cerebro te hiciera tener esa reacción de bienestar y placer cada vez que mi hermano está cerca o es mencionado? Quizá la constante convivencia poco a poco te fue condicionando…

    —Yake —dijo Hinta, con voz discreta pero firme—, no creo que hablar de otros chicos sea una plática de novios, mucho menos si es de tu hermano.


    ***​


    Al intentar retener Sinke y Yuska la risa, ésta salió intermitentemente de sus narices. Un compañero de complexión flacucha de su mismo grupo se había detenido a preguntarles si ahora estaban saliendo. No había ido a preguntar por su propia voluntad, sino que había sido enviado de su propio grupo de amigos cuando éstos no pudieron seguir aguandanto la curiosidad. La respuesta fue un “sí” exageradamente dichoso, tanto que no pudieron hacerlo sonar más falso. Sinke tomó la mano de Yuska y la besó juguetonamente mientras ella le acariciaba el cabello con algo de rudeza.

    —Así es, ahora somos novios —dijo Sinke apenas conteniendose.

    Cuando estuvieron solos, habiéndose ido el flacucho sin decidir si estaban bromeando o no, caminaron hasta el puente rojo y se apoyaron sobre el barandal, con la vista hacia los lirios verdes con flores del lago.

    —Va a ser una semana divertida —dijo Yuska.

    —¿Por qué piensas eso, jínne?

    —Todos se creen de verdad esto de que de repente el único grupo de jínnyi de la ciudad está saliendo entre ellos, es divertido ver toda la atención que nos prestan.

    Sinke notó un esbozo de inconformidad en la última frase de Yuska.

    —Sin embargo, estimada, supongo que haberte unido con mi hermano hubiera sido de tu preferencia.

    Yuska lo miró acorralada, pero luego sonrió nerviosa.

    —¡No!, qué cosas dices, contigo hay más cosas divertidas para hacer. Yake es frío, demasiado serio; no es divertido.

    Volvió a observar el agua, y Sinke vio en ella una pequeña y sonriente mirada melancólica en su rostro mientras un pez negro pasaba bajo su reflejo.

    —Entonces ¿no quieres hablar de mi hermano?

    —Hablar del hermano de tu novio en un momento como éste no es lo que haría una pareja normal.

    —Bueno, ¿qué quieres hacer ahora?

    —Pues ya recorrimos toda la escuela y sorprendimos a muchos… ¿por qué no sólo nos quedamos aquí un rato?

    Esa mirada ensoñadora no había desaparecido de su rostro mientras hablaba; Sinke creyó que haber mencionado a su hermano de algún modo le había puesto un freno a su actitud normal.

    —Pues hablemos de lo que sea.

    Yuska permaneció en silencio un rato, luego dijo:

    —¿Viste a Hinta y Yake en el área común? Creo que se veían bien juntos, ¿no crees?

    —¿No dijiste que no hay que hablar del hermano de tu novio?

    —Hablar del hermano no —Yuska levantó el índice autoritariamente—, pero hablar de otras parejas sí que es algo común entre los novios.

    —Si tú lo dices.

    Yuska tecleó suavemente sobre el barandal.

    —Ambos son callados y poco divertidos, supongo que es normal que se entiendan mejor —dijo Sinke.

    —Sí, ya lo sé. Mira, los peces se ven normales hoy, como casi todo el tiempo, aunque a veces he logrado ver que los que tienen pocos colores prefieren estar más cerca de los peces con muchos colores, me pregunto si les llaman más la atención por eso.

    —Es posible.

    —Se siente tan bien no tener tantas presiones en la escuela en estas fechas —estiró placenteramente los brazos—, podemos estar más tiempo aquí afuera… ¡Mira!

    Un pequeño gusano medidor había llegado hasta el barandal, Yuska acercó su mano para que se subiera y jugó con él con cuidado para no lastimarlo; su rostro mostraba una alegría exagerada.

    —¿Un pequeño gusano te hace tan feliz? —preguntó Sinke.

    —Es muy bonito, ¿no te parece? —dijo mientras el gusano recorría su brazo con largas zancadas.

    —Puede ser, pero también es algo extraño, ¿no crees? Es de color negro, sombrío, mira la forma en que se desplaza, se levanta sobre sus patitas traseras y medita en donde debe poner las delanteras antes de arrastrar el resto de su cuerpo. Es un insecto analítico; tiene que pensar su siguiente paso dos o tres veces, y por eso a veces tarda en decidirse. Curioso es que sus pasos tan fríamente calculados lo hayan conducido hasta tus manos.

    —Sí, lo sé, pero aun así me parece adorable.

    —¿Qué hizo el gusano para que te pareciera de ese modo?

    —No hay razón, sólo porque sí.

    El gusano se dirigió entonces a la punta de su dedo índice, Yuska lo colocó en frente de la hoja de un árbol, cuyo ramaje caía a un lado del puente, y lo dejó seguir su camino hasta perderse en el follaje. El rostro de Yuska expresó algo de tristeza cuando se hubo ido.

    —Qué extraña es la reacción que puede generar en ti un ser tan extraño.

    —¿Qué?

    —Nada, sólo digo, te sientes tan contenta cuando llega a ti, te hace sentir un placer especial pese a ser tan repelente, pero él sólo parece tratar de escapar de tus garras; no le importa lo que puedas hacer por él; para él no serás más que un ser sin relevancia en su incesante avanzar por la vida.

    —Yo… no creo que Yake en verdad piense así.

    —¿Quién está hablando de mi hermano? —Sinke sonrió con malicia— Yo hablaba de ese gusano.

    Yuska se puso roja, y trató de mostrarse más relajada.

    —Cierto, cierto… yo también hablaba del gusano.

    —Vaya, ¿qué dirá mi hermano cuando sepa que lo comparaste con un gusano?

    —Seguro no le tomará importancia, soltará un suspiro y hará otra cosa… ¡Espera, No lo comparé!

    —Bueno, como digas.
     
  12. Threadmarks: Capítulo 4. Qwáo-grüm
     
    Paralelo

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    Título:
    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    35
     
    Palabras:
    5934
    Capítulo 4. Qwáo-grüm


    13


    Los exámenes parciales habían terminado. Faltaba una semana para el Qwáo-ǧüm, la fiesta tradicional en la que los danzilmareses rendían honor y homenaje a sus difuntos, y era obligación de todas las escuelas organizar los preparativos pertinentes para tal celebración.

    Los mejores promedios de cada grupo eran exhibidos siempre en un tablero de la zona de alumnos una semana antes de la fiesta, y ese día había cierto ajetreo alrededor de él para saber quiénes habían sido los mejores promedios del primer parcial.

    —No hay nada que motive más la competencia que exponer a los mejores para que los demás se sientan inferiores —rio Sinke.

    —De ese modo quizás se animen a estudiar más —dijo Kanyu—, aunque es verdad que la mayoría sólo acaban estresándose más.

    —Es necesario hacer este tipo de competencias —dijo Sentsa contundentemente—, ¿cómo quieren que el país progrese si no tuviéramos alumnos sobresalientes?

    Al abrirse paso entre la muchedumbre, Sentsa vio que su nombre estaba en el de los décimos lugares con un promedio de noventa, mientras que los gemelos compartían el primer lugar con un promedio de cien, los únicos en toda la escuela en lograrlo. Hinta iba entre los quintos lugares con noventaicinco, y Kanyu arriba de Sentsa con noventaiuno. Sólo Ate y Yuska no se sorprendieron por no aparecer. Sentsa felicitó a los que la habían superado, aunque el tono en que lo hizo reveló un poco de envidia.

    Una conmoción invadió al enorme grupo de alumnos reunidos alrededor del tablero.

    —¡La presidenta Altra! —se escuchó exclamar.

    Como si se tratara de una reina, comenzaron a abrirle paso a una chica de mirada serena y tranquila, que caminó hacia el tablero con los ojos cerrados. Su belleza cautivaba a la hormonada juventud de la edad. Casi todos los chicos y chicas le brindaban homenajes de suspiros y alabanzas, y murmuraban sobre las incontables virtudes que rodeaban su aura portentosa, como si en ese momento se hubiera convertido una heroína que despedazaba la autoestima de los demás con su presencia. A pesar de su mirada apacible y venerable, una sonrisa soberbia luchaba por permanecer oculta.


    ***​


    —¿Quién era ella?

    —Un año antes, nadie se podría haber imaginado que Altra Fén, una chica de apariencia frágil, fuera la poseedora de uno de los cerebros más privilegiados que el instituto Ítuyu hubiera tenido el honor tener, y rápidamente sus grandes habilidades para los estudios, deportes y artes se hicieron famosos por toda la escuela, así como una belleza que muchos admiraban. Un cabello negro y brillante, que se volvía levemente café hacia sus delicadas puntas, coronaba su cabeza; su piel era predominantemente clara, barnizada con un tenue tono oscuro. Decenas tuvieron que rendirse ante la dolorosa negativa de ella en cada confesión, siempre con una inocente sonrisa de adorable sosiego y beatífico porte que hacía imposible enojarse con ella; incluso durante el rechazo producía el efecto de un encantamiento sobrecogedor. Ante tal chica no era de extrañarse que lograra en poco tiempo en ganarse la simpatía de todo el alumnado, lo suficiente como para volverla presidenta del consejo estudiantil cuando ella cursaba el segundo año…


    ***​


    Llega al tablero. Todo a su alrededor permanece silencioso, como si fuera la coronación de una emperatriz que acaba de recibir todo un imperio, y sonríe al ver que, de nuevo, encabeza su grupo con un total de noventa y nueve. Luego de eso, se pasea a lo largo de todo el largo tablero para observar los nombres de todos los primeros lugares, y aunque su porte es el de la presidenta dedicada que se interesa por sus humildes plebeyos, en el fondo ríe porque ningún otro ha obtenido un puntaje más alto que ella. Llega a las calificaciones de la clase 1-C, repara en los nombres de los gemelos al lado de los cuales los dos números cien escupen en su orgullo. Su sobresalto emocional pasa inadvertido, su temperamento radiaba la integridad de una sacerdotiza consagrada a los dioses. Con esa misma dulzura, se voltea hacia sus humildes compañeros y pregunta:

    —¿Dónde están los gemelos Yake y Sinke Gramt?

    Un sonido como una estática de voces sale de las bocas de los jóvenes, miran a la derecha, a la izquierda, a lo lejos y detrás.

    —¡Aquí están! —exclama Yuska, levantando la mano con frenesí.

    Como si alguna fuerza invisible los empujara, el resto de los alumnos se aparta de los gemelos y los dejan expuestos a la vista de todo el mundo. La presidenta Altra se dirige solemnemente hacia ellos, más flotando que caminando (parece que nunca va a llegar), y les dice:

    —Ya había escuchado mucho de ustedes, pero ésta es la primera vez que tengo el gusto de verlos en persona. Mi sinceras felicitaciones por su logro, uno que ni siquiera yo he tenido el honor de alcanzar, espero que tengan muchos más.

    Les hace entonces una modesta reverencia de cabeza, sonrisa y porte de ángel que resplandecía como el reflejo del sol en la arena.

    —Inconmensurables tus celos han de ser —dice Sinke teatralizando la voz—. ¡Qué desdicha es pues detrás de nosotros estar por algo tan insignificante como un mísero punto! Más tiempo deberías dedicar a tu mente desarrollar en vez de tu cabello con champú de flores rojas lavar.

    Todos sus fieles revientan en exclamaciones, espetan al gemelo grosero alzando la voz: ¿cómo osa dejar salir así su irreverencia? Altra permanece impasible.

    —Veo que no se equivocaban los que hablaban de ustedes, dos gemelos como dos gotas, uno de agua y otro de aceite. Díganme, ¿quiénes son sus amistades?

    —¡Somos nosotros! —exclama Yuska antes de que el silencio le ganara— Nosotros cinco somos un jinnliù.

    Yuska casi a la fuerza saca a los demás de entre la muchedumbre, y quedan ahora expuestos para su vergüenza como animales de circo, entorno a los cuales los demás murmuran.

    —Así que un jinnliù —dice la presidenta, más complacida que sorprendida—, no son muchos los jóvenes que hoy en día mantengan viva tal tradición danzilmaresa. Lamentablemente es algo de lo que incluso yo carezco, así que les aconsejo que lo aprecien mucho —procede a retirarse del mismo modo ceremonioso con el que llegó. Se detiene, voltea a mirarlos una vez más y habla dulcemente—: Por cierto, el Qwáo-ǧüm es en una semana, así que esfuércense mucho.

    Se va de ahí y todo vuelve a la normalidad. El tema de conversación general entre los alumnos es la presidenta. Ni siquiera recuerdan a los gemelos ni a su grupo de jínnyi.


    14


    El Qwáo-ǧüm comenzó una semana después. Ese día, Sinke llegó al instituto portando su dêiro azul marino con gran sonrisa cínica y caminando con falsa solemnidad. Ese sombrero piramidal era uno de los sellos característicos más representativos de danzilmar en el resto del mundo, volviéndolo una identidad nacional a pesar de ser de muy poco uso. No eran pocos los extranjeros que, al escuchar el gentilicio “danzilmarés”, se imaginaran a los habitantes de la isla en sus ropas azules y con sus sombreros piramidales.

    —No se supone que te lo pongas todavía —dijo Kanyu al verlo—, todavía falta mucho para el baile.

    —Pero me hace sentir muy danzilmarés —contestó Sinke jactancioso—, y después de todo, ¿no son las fiestas y tradiciones folklóricas precisamente para eso? ¿Para recordarnos todo el tiempo el orgullo que debemos sentir por haber nacido en este país?

    —Así debería ser —dijo Hinta—, pero la mayoría prefiere celebrar cosas de otros países.

    —Está bien que lo hagan —dijo Kanyu—, no es como si se fueran a olvidar del Qwáo-ǧüm por eso.

    En el instituto Ítuyu había varias actividades programadas, entre ellas se incluían no sólo los ritos tradicionales del país, sino también, por elección de los jóvenes, actividades divertidas de otros países, especialmente elementos del Halloween estadounidense. Esa mezcla de alumnos disfrazados de diversos monstruos y cosas de otros países, y alumnos portando el tradicional tàig azul cielo de su país, irritaba mucho a Sentsa, la cual, ante cada alumno disfrazado que pasara junto a ella, movía la cabeza con desapruebo.

    En cuanto Yuska llegó disfrazada de zombi, Sentsa no pudo evitar reprenderla por no respetar la festividad como se debía.

    —La escuela no ha prohibido nada de esto —se defendió Yuska cínicamente—, además, esto es mucho más cómodo en comparación al tàig.

    —Eso no es lo importante —continuó Sentsa—, pienso que debemos siempre preferir nuestras tradiciones a las de otros países. ¿A dónde iremos si permitimos que nuestra cultura se contamine de este modo?

    —Por supuesto —contestó fríamente Yake—, es estúpido disfrazarse de cualquier tontería que se ha visto en películas o la televisión sólo para divertirse. Por suerte aún hay muchos que tienen algo de cordura y se visten con una incómoda túnica rígida, y se ponen un ridículo sombrero piramidal, porque creemos que con eso apaciguaremos a los muertos para ayudarlos a descansar en paz y que nos den suerte el resto del año. Definitivamente nuestras tradiciones tienen mucho más sentido.

    Entonces Yuska se lanzó hacia él intentando “comerse” su cerebro para así poder aparecer en el cuadro de honor alguna vez, de lo cual el gemelo hizo poco para defenderse más que mantenerse firme sobre el suelo.

    Aunque a Sentsa no le gustó lo que Yake había dicho, no le respondió y salió para cumplir con otros deberes del festival.

    Ate llegó al empezar la tarde, justamente cuando la quema de los catorce inciensos azules había comenzado en la gran explanada de la escuela, y se unió a sus compañeros alrededor del enorme círculo humano, en el centro del cual el “sacerdote” designado encendía uno a uno los inciensos ceremoniosamente a lado de unos enormes trípodes apagados, al mismo tiempo recitaba unos versos sagrados en danzilmarés antiguo, luego arrojó dentro de los trípodes los polvos que coloraban las flamas de un intenso azul. Un penetrante aroma amargo se expandió por toda la explanada. A su alrededor, los alumnos y profesores observaban todo con respetuoso silencio, y no eran pocos los que de verdad intentaban poder sentir a algún ser querido aferrando fuertemente una foto contra sus corazones. Ate fue de los pocos que no resistieron la tentación de taparse la nariz, y no dejó de hacerlo hasta que Sentsa lo regresó a la comunidad por medio de un pellizco en el brazo.

    Al terminar la ceremonia, los once fuegos azules fueron apagados. No serían encendidos nuevamente hasta la noche, durante la danza.


    ***​


    —Llegas tarde —dijo Sinke cuando Hinta llegó a su lado—, habría sido una verdadera pena que te perdieras este delicioso incienso con aroma a caracol quemado.

    —Un perro mordió mi tàig mientras venía y tuve que regresar a costurarlo —contestó Hinta, mostrando la marca de la costura improvisada en el pantalón.

    —Bueno, pero aunque te hubiera mordido la pierna, no creas que te hubieras librado del baile —dijo Sinke.

    Seguía Hinta nerviosa pensando en el momento en que pasarían a bailar.

    —Saldrá bien —continuó Sinke, sin importarle la solemnidad del ambiente—, después de tanta práctica todo saldrá bien. Además, te ves óptima en con tu dèiro.

    Hinta no pudo decir nada ya que Sentsa, con una irritada expresión, les hizo señas con el dedo para que se callaran.


    ***​


    Sentsa se dio cuenta de que Ate se tapaba la nariz, por lo que le dio un pellizco en un brazo para que dejara de hacerlo; aplacó sus miradas de protesta con otra mirada de reproche hasta que se calmó. Pasado un rato, mientras la procesión continuaba, discretamente sacó una fotografía de su madre, y aferrándola contra sí con fuerza, cerró los ojos.

    Durante la semana que había durado la planificación se había decidido lo que cada uno haría. Sentsa, la representante del grupo, fue designada para ser parte de los jueces para premiar al aula que hubiera hecho la mejor actividad de la escuela, por lo que estaría ocupada todo el día. Sinke arrastró a Hinta para ser los que representaran al grupo en la danza de los once fuegos azules. Kanyu y Ate estarían atendiendo un pequeño puesto de panes de ánimas y otros dulces que Kanyu preparía con sus propias manos. Y Yuska acosó a Yake hasta que accedió a ayudarla para organizar el altar que iba a representar a su grupo.


    ***​


    “Termina la ceremonia de los inciensos. Inician las actividades. El dinero que se junte en la venta de comida y artesanías se donará para pagar las excursiones de los segundos y terceros años a otras partes del país”.

    Kanyu y Ate se instalaron en el puesto que les designaron cerca de su edificio, ahí Kanyu instaló un horno eléctrico portátil.


    “Se construyen los altares”.

    Más extraña era la escena de una zombi dirigiendo la construcción de un altar a sus compañeros dentro de su aula.

    —El gris no me parece un color muy aterrador —comandaba a sus ayudantes—, mejor usemos una manta roja.

    —No se supone que dé miedo, se supone que sea triste y tradicional —respondió el chico flacucho que traía las mantas.

    —Vamos, compañeritos. Los muertos están muertos, no les molestará algo tan tonto como el color —argumentó Yuska.

    Yake simplemente hacía lo que Yuska le decía sin cuestionar palabra alguna.


    “Los jueces se preparan”.

    Sentsa estaba ocupada yendo de un aula a otra en compañía de un grupo de chicos de los tres años. Habían sido designados para ser los jueces del concurso de altares, por lo que supervisaban constantemente los progresos de sus compañeros. Algunas veces intimidaban con su presencia a los estudiantes que, en su nerviosismo, no podía ocultar su desesperación de agradarles.

    Durante un momento en que los jueces se tomaron un descanso para disfrutar un poco del resto del Qwáo-ǧüm, y se reunieron con los jueces de las demás actividades, se le dijo a Sentsa que la representación de Plôuliù de su aula era hasta ese momento una de las favoritas, con grandes probabilidades de ganar, por lo que ella se sintió orgullosa. No obstante, se preocupó por el altar cuya creación Yuska dirigía, e imploró al aire que no fuera el peor de toda la escuela.

    Llegó entonces Déla al grupo, que estaba reunido alrededor de una de las mesas circulares de la zona común de alumnos, y se disculpó por haberse ido sin avisarles, pero Sentsa la vio con ojos sospechosos al notarle la respiración acelerada y la sonrisa satisfecha, y se acercó a ella como una madre al sorprender a su hija rompiendo las reglas de la decencia.

    —¿Estuviste con tu novio otra vez? —preguntó enojada, casi colérica.

    —¡No… no es verdad! —contestó Dela sin poder evitar que su rostro y lenguaje corporal, indicado por un contorneo de su cuerpo con las manos protegiéndole la cara, la delataran.

    —Es por eso que deberían prohibir las relaciones entre alumnos —dijo Sentsa—, ahora estás fungiendo como una de los jueces de la escuela, y como tal, deberías ser un ejemplo para todos. No puedes irte así como así para besuquearte con tu novio. ¿Cómo vamos a quedar los jueces?

    Los jóvenes jueces trataron de calmarla, intimidados por aquella reacción exagerada diciéndole:

    —Déjala, no hizo nada malo.

    —Qué exagerada.

    —Tu actitud es peor ejemplo para los jueces.

    Sentsa no hizo caso.

    —Sostengo lo que digo —contestó serenándose—, la escuela no es lugar para romances. Mucho menos durante este día tan sagrado.

    Rato después, cuando los ánimos se hubieron enfriado, llegó hasta su mesa la presidenta Altra. Todos se pusieron de pie y le hicieron una reverencia, la cual ella les regresó.

    —Estimados jueces, ¿les molestaría si me llevo a Sentsa por un momento?

    Sentsa contuvo el aire, sintió espinas en las palmas.

    —¿Quiere hablar conmigo, presidenta?


    “Sin clientela”.

    Sentado en su puesto, Ate esperaba a que alguien más se acercara a comprar algo mientras Kanyu seguía preparando los panes. Las manos de Kanyu, pegajosas de masa y levadura, ensuciaban involuntriamente su barbilla cuando reflexionaba sobre algo. Ate se entretenía con el olor del pan recién hecho.

    —Oye, Kanyu, ¿por qué hacemos esto?

    —¿Los panes, o a qué te refieres?

    —Digo para qué hay que hacer este tipo de celebraciones cada año. No sólo el Qwáo-ǧüm, sino cualquier otra fiesta.

    —Sentsa dice que estas fiestas mantienen unido al país. La gente necesita sentirse unida para recordar que son una comunidad. O algo así, la verdad no le presté mucha atención.

    —¿Estás de acuerdo en todo eso?

    Kanyu estuvo un momento en silencio.

    —Para Sentsa, esto es algo absolutamente necesario para que las tradiciones danzilmaresas prevalezcan y no nos olvidemos de nuestra identidad en el mundo.

    —Pero yo me pregunto si vale la pena seguir haciendo lo mismo cada año, no le veo sentido —dijo Ate.

    —Quizás ambos puntos de vista estén correctos.

    —Qué difícil es para ti tener una opinión propia, ¿por qué no me dices lo que piensas de veradad en vez de tratar de darle gusto a todos?

    Kanyu iba a abrir la boca, pero no encontraba las palabras adecuadas para expresar su contrariedad. Finalmente preguntó:

    —¿Por qué quieres hablar de eso tan de repente?

    —No sé, estoy aburrido.

    Ate hubiera seguido reflexionando, pero esas inquietudes fueron interrumpidas por su pereza.


    15


    —¿Qué opinas, Sentsa? ¿Te interesa esa idea?

    —La verdad es que me ilusionaba mucho, presidenta, y ahora me siento tan nerviosa, pero no entiendo por qué alguien como yo debería.

    —Porque eres la primera que veo en mucho tiempo que se interesa tanto en preservar la moral danzilmaresa. Ya viste a Déla, por ejemplo, la mayoría de los estudiantes, me temo, se acercan más a su actitud que a la tuya.

    Pasaron junto a un puesto de amuletos hechos a mano. Una pareja compraba uno para la buena suerte en el amor. Sentsa los miró con recelo.

    —Siendo la presidenta de un departamento de moral, podrías ayudar a mejorar un poco el instituto —vio la presidenta su mirada de desapruebo hacia esos chicos.

    —Siempre me pareció que esta escuela era demasiado libre, ni siquiera es obligatorio el uniforme escolar, como si fuéramos americanos.

    —Pero si hubiera un departamento de moral, se podrían implementar, además de muchas otras cosas.

    Sentsa sentía gran emoción por aquel proyecto que le proponía la presidenta, pero le extrañó que se viera tan interesada en motivarla para que creara su propio departamento en lugar de hacerlo ella misma.

    —Yo sólo soy la presidenta del consejo estudiantil —dijo Altra con humildad—, puede parecer un gran cargo, pero no tengo tanto poder como imaginan todos. Sí, es verdad que puedo decidir sobre algunas cosas que serían mejores para los compañeros en el sentido académico, los presupuestos para los viajes y los clubes, ayudo a decidir el material didáctico, y mi opinión es tomada en cuenta por el director y los administrativos para decidir las evaluaciones a ser aplicadas a lo largo del año. Pero si hablamos de sus comportamientos y actitudes, su necesidad de sentirse libres y gozar su espíritu juvenil, estoy muy limitada. No puedo ordenarles cómo vestir, cómo comportarse ni qué modales usar; las tendencias liberalistas de los últimos tiempos quieren dejar ese tipo de educación fuera de las escuelas, esperando que las influencias cotidianas del resto de la sociedad sean suficientes para mantenerlos por el buen camino. Sin embargo, he hablado con el director y está dispuesto a abrir un comité para la preservación de la moral de manera independiente al consejo estudiantil, claro, en caso de que alguien se anime a dirigirlo.

    —Eso no me suena muy lógico, ¿por qué abrir un departamento que se encargue de los estudiantes sin estar vinculado al consejo estudiantil?

    —No sería buena idea mezclar los asuntos relacionados a los estudios con los asuntos relacionados a su conducta y moralidad, es de las pocas cosas con las que estoy de acuerdo con la tendencia moderna, pero no estoy de acuerdo con que las instituciones no deban tener cierto control, y ahí entrarías tú. No estarías a cargo de los estudios como yo, sino a cargo de que mantengan una imagen de moralidad y decencia. Son cosas diferentes y hay que mantenerlas separadas lo máximo posible. Seríamos ambas como dos presidentas especializadas en diferentes aspectos de la vida estudiantil. De esa manera podrás implementar de nuevo los valores danzilmareses entre los estudiantes, ¿no es algo que te gustaría hacer? Si aceptas, podría hablar con el director.

    Sentsa todavía no estaba convencida de que la relación entre la virtud académica y la moralidad estuvieran tan desvinculadas como la presidenta parecía sugerir. Sin embargo recordó a los gemelos y sus promedios, que eran perfectos a pesar de que sus actitudes fueran tan opuestas a lo que ella siempre había dado por hecho para las personas de capacidades virtuosas. Sintió un hueco en la cabeza al pensar en eso.

    —Lo haré —contestó por fin, resueltamente.

    La presidenta sonrió con jovialidad.

    —¡Maravilloso! En ese caso, ya nos veremos luego para arreglar detalles y decirte cómo debes presentar la propuesta al director —se reverenciaron una vez más y Altra se dispuso a marcharse—, ¡y salúdame a tus magníficos jínnyi! —dijo antes de irse.


    ***​


    A las cuatro de la tarde, los altares estuvieron listos para que los jueces eligieran al grupo ganador. El grupo 1-C, liderado por Yuska, había arreglado el suyo de una manera muy poco ortodoxa y muy extravagante en comparación con los de los otros grupos. Cuando los estudiantes que habían sido elegidos como jueces llegaron al aula, inspeccionaron detenidamente la extraña cosa que habían construido. Sobre la mesa principal habían colocado una mesa más pequeña, y al colocar los manteles de color rojo vivo sobre ambas mesas daba la impresión de ser una única mesa de dos pisos. En la mesa superior habían puesto una enorme cruz de madera acompañado de un cráneo de utilería a la izquierda y una cabeza encogida de juguete a la derecha, así como varias fotos y dibujos de gente fallecida. En la mesa inferior, además de la comida típica tradicional, habían tenido la osadía de colocar otras cosas que rompían el esquema del festival, como hamburguesas, perros calientes, ensaladas, dulces y panes no tradicionales, e incluso unas extrañas calaveras hechas de azúcar que Yuska le había pedido a Kanyu que preparara especialmente para eso. En el suelo, justo enfrente de la mesa, se encontraban decenas de velas colocadas como si formaran un camino que conducía hacia la mesa, sobre el cual habían puesto pétalos de rosas y otras flores. Todo el altar estaba ante una pared en la cual habían colocado un enorme poster de una nube negra que contrastaba con lo rojo de los manteles, y a las cabezas anteriormente mencionadas les habían puesto pedazos de pan de ánimas en la boca. Varios juguetes acompañaban a los comestibles en la mesa grande.

    Tras una larga deliberación, el altar del grupo 1-C salió ganador porque, según el anuncio de los jueces: “Era una nueva y original perspectiva del alcance al que podía llegar la mezcla de las tradiciones danzilmaresas con elementos de la vida moderna”. Obviamente Sentsa votó en contra y se enojó con Yuska por poner tantos elementos ajenos a la tradición.

    —La cruz de madera la puse por recomendación de Yake —se justificó Yuska—. Dijo que no hay nada más triste que gente venerando a un dios que se envió a sí mismo en una misión suicida para perdonar a todos por pecados que él mismo permitió que… o algo así, no recuerdo bien pero me gustó la idea. Además no quise que fuera todo tan triste, así que puse esas cabezas y juguetes, después de todo algunas de las ánimas que vendrían de seguro son de niños, ¿o no? El camino de velas es para que las ánimas pasen en fila hasta la comida para que no se peleen por ella y causen un poltergeist. Y hablando de eso, la comida es variada porque estoy segura de que, después de hacer todo el viaje desde el más allá, no van a estar satisfechos sólo con pan de almas o búr[1], así que añadí otros tipos de comida para que no tuvieran que comer siempre lo mismo cada año. Yo estaría harta si fuera una fantasma y cada año me ofrecieran la misma comida, ¿no crees?

    Sentsa no quiso perder el tiempo argumentando contra eso.


    ***​


    —¿En verdad crees que existen los espíritus, y que se interesan en venir hasta aquí en esta fecha? —preguntó Yake mientras acomodaba el enorme mantel rojo sobre la mesa.

    —La verdad sólo me dejo llevar por la fiesta —contestó Yuska.

    —Yo no creo en el alma, pero aún si lo hiciera, los espíritus me parecerían verdaderamente tontos por seguir preocupándose de que los recordemos cada año.

    —¿Si tú fueras un fantasma, no te gustaría que te hicieran una fiesta cada año?

    —No sería tan arrogante como para creer que soy especial por estar muerto. Lo importante ocurre en la vida, no en la muerte.

    —Pero tú no crees tener alma, ¿entonces qué más da?

    —Claro, cuando mi consciencia muera, ¿qué más me importará si alguien se acuerda o no de mí? No es como si me la fuera a pasar llorando toda la eternidad porque nadie reza por mí o no me dejan un pan de almas en la mesa.

    —Qué feo —dijo Yuska, pensativa.

    Siguieron trabajando.


    ***​


    Las actividades llegaron a su fin cuando el sol comenzó a ocultarse unas horas después. La gran explanada del instituto fue entonces circundada por los alumnos de todos los años y visitantes que querían ver el baile de los once fuegos azules. Los trípodes de acero fueron de nuevo rociados en abundancia con los polvos de color azul, y al ser prendidos una vez más, cuando el sol se hubo ocultado tras los edificios distantes de la ciudad, las llamas azules iluminaron la explanada con un fulgor solemne y fantasmagórico ante las exclamaciones de asombro de la gente. Una pequeña orquesta compuesta por varios alumnos comenzó a tocar con instrumentos folklóricos. Dos tocaban sus dâryöyi, vibrando suavemente sus cuerdas metálicas con gruesas barritas de hierro; otros dos soplaban en sus pláoyi y sacaban de ellos, con sonidos huecos de madera, una profunda y melancólica melodía; uno marcaba el ritmo con el nláy, golpeando la placa de aluminio a través del cuero del gran tambor, lo que daba una sensación de profundidad y misticismo; el último golpeaba las placas metálicas de su lòim, sacando de él un sonido misterioso y exótico que estremecía las espaldas de los oyentes con cada golpe.

    En ese momento sacro, las once parejas vestidas con sus dêiroyi se dirigieron hacia la llama que les había sido asignada, se tomaron de la mano antes de ofrecer una educada reverencia danzilmaresa hacia el público, y luego otra más hacia el fuego alrededor del cual iban a danzar.

    Toda la semana anterior las once parejas habían estado ensayando en ese mismo lugar con los trípodes apagados. Sinke estuvo todo el tiempo pendiente de ayudar a Hinta para que no olvidara los pasos o se pusiera muy nerviosa cuando tuviera que hacerlo ante todos. “Esto será más fácil que el vals”, le había dicho el día del primer ensayo para darle más confianza.

    Pero en ese momento, vestidos con sus túnicas azules con bordados zigzagueantes y sombreros piramidales, escuchando la profunda música de sus instrumentos exóticos, iluminados por las hipnóticas llamas azules de los once fuegos, mareados por el ambiente perfumado con el áspero olor del incienso, parecían estar todos en un enigmático ensueño en el que la realidad y la fantasía se mezclaban en un espacio inquietante pero sagrado, y evocaba una lejana época en la que los danzilmareses creían en verdad que las almas observaban con benevolencia a los vivos desde las profundidades de los fuegos, como ventanas que conectaban con el Lérenh, para llenarlos de bendiciones durante un año si quedaban complacidos.

    Los pláoyi comenzaron a tocar con más intensidad, y en ese momento el baile comenzó. Los bailarines se movían con pasos lentos pero firmes alrededor de los fulgores como majestuosos espectros, siguiendo el ritmo del profundo tambor que resonaba como un enorme corazón. Los chicos sujetaban a las chicas de la cabeza, se movían hacia atrás mientras ellas los tomaban del torax, luego esas mismas manos se sujetaban simbolizando la unión del corazón con la cabeza, y tomados de las manos rodearon el fuego dando vueltas. Repetían el mismo paso cada tres vueltas que dieran a su trípode, y al completarse el mismo juego nueve veces, se movían al fuego contiguo tomados de la mano para repetir el mismo proceso hasta que hubieran recorrido los once fuegos.

    Entre los bailarines se encontraban los siempre románticos Délo y Déla, los cuales aprovechaban algunos momentos para darse una que otra caricia retozona ante la mirada desaprobatoria de Sentsa. Sinke y Hinta seguían haciéndolo todo normalmente sin que ella se olvidara de los pasos.

    —Es extraño todo esto, ¿no te parece? —murmuró Sinke de repente.

    —¿Qué? —Hinta ya parecía esperar que Sinke hiciera un comentario.

    —Mira a tu alrededor, jínne, la gente observa con orgullo como una preciada tradición se desenvuelve frente a sus ojos, e incluso puedo ver que hay algunos extranjeros que nos observan como una curiosidad que poder contar cuando regresen a sus países; de esa manera quedarán como cultos, o al menos como conocedores de una parte del mundo para los patéticos que no hayan viajado jamás. Si supieran que todo esto es en realidad más insignificante de lo que parece…

    —¿No te parece que esto es importante?

    —Es importante si para sentirte bien requieres una comunidad, compartiendo una tradición común, aunque tal tradición sea en realidad tonta y supersticiosa.

    Se movieron hacia el siguiente fuego con el mismo movimiento danzante.

    —Creo que con tal que la gente permanezca unida en comunidad, no importa que sea por medio de tradiciones que no tengan sentido —dijo Hinta después de un rato.

    —Sabias palabras —contestó Sinke, divertido discretamente.

    La gente continuó observando a los jóvenes danzantes por un rato más. Y tal como lo había dicho Hinta, estar ante ese ritual unía en espíritu al pueblo danzilmarés, haciéndolos sentir como uno sólo y motivándolos a sentirse orgullosos de su cultura.

    “Masturbación cultural”, pensó Sinke.


    ***​


    “Delirante”.

    Terminado el baile de los once fuegos azules, las ceremonias tradicionales llegaron a su fin por ese año. Sin embargo todavía quedaban algunas actividades para la diversión de los jóvenes, las cuales habían sido votadas en la semana previa al festival. Entre esas actividades sin valor cultural había una competencia de disfraces que se llevaría a cabo en el auditorio. Los jóvenes pasaban uno a uno a exhibir sus disfraces hechos en casa y hacer una pequeña representación teatral con el tema de sus disfraces para diversión de los demás, y los que tuvieran los mejores trajes e hicieran la mejor representación recibirían un premio por medio de una votación general. Yake se paseaba, reteniendo con todas sus fuerzas sus ganas de largarse de ahí, entre los jóvenes que portaban los disfraces más extravagantes. Alguno que otro era muy realista, como si hubiera trabajado muy duramente en él. Había desde disfraces de personajes de la historia o de la mitología danzilmaresa, tanto como de figuras famosas de ficción como superhéroes, gente real importante para la historia, cosas cotidianas como automóviles o ventiladores, e incluso algunos diseñaron complejos disfraces que pretendían representar cosas abstractas como la eternidad (con un disfraz del símbolo del infinito). En ese ambiente tan increíble y psicodélico, en el que un improvisado Albert Einstein ayudaba a disfrazarse a una enorme rata amarilla; un Superhéroe discutía con un lavamanos y un Sherlock Holmes sobre el ridículo que un político había hecho la noche anterior en la televisión; un enorme alfil de ajedrez acompañaba a un caballero de la edad media y una hada mágica, en el que un Sócrates se batía en un juego de damas contra un Quijote, y un Gregor Samsa, transformado en un insecto gigante, abrazaba a una cosplayer de una serie animada japonesa, la realidad parecía haberse vuelto loca, y Yake se sentía en un delirio en el cual ya no tenía idea de nada, pues la seriedad se había mezclado con la banalidad en una orgía que no distinguía la línea entre lo verosímil y lo inverosímil, exactamente igual a como había sido el baile hacía sólo un rato.

    —¿Ya has visto, hermano, lo que acontece? —preguntó Sinke asaltándole de repente— A nuestra limitada comprensión de la realidad el mindfuck circunda, como las abejas siervas de la colmena comandada por la realidad, para pincharnos con sus aguijones llenos del veneno de la aceptación.

    —¿Por qué te has cambiado a esa ropa?

    —Voy a participar en el concurso.


    ***​


    “Ha llegado”

    —¡Espera! ¿No es ese Sinke entre los concursantes?

    “A olvidar”.

    —¡Mira! ¿No es ese Sinke en el escenario?

    “Dentro de poco”.

    Decenas de chicos con diversos disfraces se habían agrupado sobre la tarima del auditorio, y uno a uno fueron pasando al escenario, pues habían de hacer una pequeña representación con personaje del cual habían decidido disfrazarse. Saltaron las risas del auditorio ante los buenos chistes y burlescas parodias, también salieron burlas hacia los malos chistes y actuaciones inconvincentes.

    —¿De qué está vestido ese chico? —se preguntaban algunos en la concurrencia— No entiendo lo que es.

    —¿No es ese Sinke?

    —Sí, lo es. ¿Qué es lo que tiene pintado en la camisa?

    “Ego, ego”.

    Sinke encaró entonces a la concurrencia, con la misma mirada imborrable de soberbia que nacía de la comisura derecha de su boca, y los ojos arrogantes de fuego azafrán, con el cabello totalmente peinado hacia atrás de manera que sus exageradas facciones de irreverencia fungieran en apariencia como el faro de su personalidad.

    Yake sintió un escalofrío recorriéndole la espalda y con temor observó a su alrededor. La realidad se había tornado tensa de nuevo sin razón alguna, pero con un aire hostil y amargo que lo hacía sentir al borde de un mar de cuchillas. La gente miraba a su hermano en espera de que efectuara su acto. Sus sentidos sufrieron un misterioso cambio, y un aire denso y vívido excitó los corpúsculos que surcaban su piel; sus oídos escucharon con suma nitidez la respiración de los seres vivientes. Un murmullo que reconocí inmediatamente llegó hasta mí, proveniente de la parte más recóndita de la existencia que estaba a punto de partirse en dos. Los jóvenes se veían normales; sus jínnyi no parecían darse cuenta de ese extraño cambio en la realidad. Y mirando sorprendido a su sonriente hermano en el escenario, Yake se preguntó honestamente si a continuación iba a acontecer algo importante, o no sería más que una falsa alarma que terminaría en nada digno de recordar.




    [1] Bebida fermentada de varias frutas con sal. En algunos lugares se mezcla con otras especias aromáticas.
     
  13. Threadmarks: Capítulo 14. El mundo de la gente sin rostro
     
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    Título:
    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    35
     
    Palabras:
    4391
    Capítulo 14. El mundo de la gente sin rostro


    40


    Ese día, al despertarse, Kanyu sintió deseos de tomarse un jugo de naranja. El día anterior en la playa lo había dejado exhausto pero contento, aunque no podía negar que se sentía un poco inquieto por alguna razón que no supo ordenar en pensamientos precisos. Mientras se preparaba para salir a la tienda, no podía dejar de pensar en los universos paralelos que Sinke había estado mencionando ya por algún tiempo, como si le quisiera ir metiendo esa idea en la cabeza día a día. Desde el principio fue él el que se había mostrado más escéptico con respecto a los gemelos, al menos hasta el día que fueron a visitarlos por primera vez a su casa, en que lo dejaron sin palabras. A diferencia de Sentsa, él se negaba a considerar que fuera una circunstancia del todo negativa. ¿Qué tendría de malo que en verdad vinieran de otra realidad? Sería un gran acontecimiento para la historia, aunque de seguro si todos lo supieran, los científicos se los llevarían para estudiarlos e interrogarlos, quizás les conectarían aparatos y someterían a pruebas psicológicas y todo tipo de cosas que no le parecieron nada agradables. Sus tíos y su primo todavía no se despertaban, y mientras les dejaba un ligero desayuno de plátanos cortados con mermelada en la mesa, pensó en cómo habría sido el universo paralelo en que no lo hubieran adoptado cuando su padre fue arrestado; pero en seguida se dijo que estaba exagerando, como si fuera uno de los gemelos. Las circunstancias entorno a su mundo inmediato eran excelentes, se decía, no había tomado ninguna decisión de la que arrepentirse, ni aspecto de su vida que hubiera necesidad de cambiar.

    Al salir a la calle, el viento fresco le sentó bien. Caminando tranquilamente hacia la tienda pensaba si debía comprar algo más para su familia. Estaba a punto de doblar la esquina cuando una bicicleta pasó muy rápidamente frente a él. El conductor pasó tranquilamente, pero Kanyu se quedó paralizado, sintiendo la sangre palpitándole en la cabeza y con un temblor recorriéndole las piernas, tuvo un escalofrío al reflexionar lo que acababa de ver e intentó convencerse de que solamente había sido su imaginación, pero estaba completamente seguro de que el que venía conduciendo la bicicleta no era una persona, o al menos no una persona completa. Por un instante, su memoria mostró la imagen de algo que parecía tener forma humana, pero solamente la forma, pues carecía totalmente de rostro, facciones, color de piel, ni siquiera tenía ropa alguna, era como si un pedazo de papel hubiera adoptado forma y tamaño humanos y hubiera cobrado vida. Una vez más intentó convencerse de que había sido su imaginación cansada por el sueño, pero poco después de haberse sobrepuesto de la sorpresa, otra de esas figuras pasó del otro lado de la acera. Kanyu ya no pudo convencerse de que fuera su imaginación; la figura caminaba como una persona, pero era blanca como el papel, sin seña característica alguna: una persona vacía. Aterrado, su primer impulso fue el de regresar corriendo a su casa, pero entonces intentó convencerse de que se hallaba en un sueño, un sueño vívido como el que ya había tenido varias veces a lo largo de su vida, y de esa autosigestión encontró valor para seguir. Pese a que se repetía interiormente que soñaba, no abandonó el propósito con el que había salido cuando se creía despierto. Continuó caminando hacia la tienda, y conforme se acercaba, decenas de las mismas figuras seguían apareciendo por todos lados; todas las personas habían sido sustituidas por ellos. Los vio conduciendo automóviles, comprando el periódico, abriendo tiendas y platicando entre ellos, pero él parecía ser el único humano real. Entró a la tienda; había algunos de esos seres comprando, pasaron justo a un lado de él al salir, se asustó al escuchar, por un breve momento, que sus voces no parecían humanas, sino el tipo de voz que hubiera asociado con alguna especie de máquina programada para hablar lo que alguien escribía en una pantalla, carente de emociones y muy precisa en su pronunciación. Tomó un envase de jugo de naranja, se acercó a la caja y miró a la figura que atendía.

    —¿Algo más? —preguntó con voz robótica.

    En ese momento, Kanyu se dio cuenta de que la ropa de aquel ser se había vuelto visible, y era la misma ropa de rayas y pantalón café que el tendero de siempre solía usar.

    —No, gracias —dijo con voz temblorosa.

    Al dirigirle la palabra, la blanca superficie de la figura se tornó de un color más oscuro, luego, mientras el tendero buscaba cambio en su caja registradora, ésta se tornó completamente de color piel. Al final, en su cabeza comenzó a crecer un poco de cabello canoso.

    —Ten un buen día —dijo al darle el cambio.

    Su voz entonces se escuchó con un tono alegre, como si hubiera sido pronunciado por una garganta humana.

    Antes de salir por la puerta, Kanyu volvió a observarlo, y vio que había vuelto a ser tan blanco y carente de rasgos humanos como antes de entrar, y mientras atendía a otra persona escuchó que su voz había vuelto a ser la misma voz robótica y sin alma.

    Se detuvo frente a la tienda y miró pasmado a las figuras alrededor; su visión intentaba volverse negra; sus piernas se entumecieron y apenas podían sostenerlo. Sonó su teléfono celular: era Sinke.


    ***​


    Cuando salga de su habitación, Sentsa tendrá la desagradable sorpresa de encontrarse a uno de los sirvientes de la mansión convertido en una figura blanca, y del susto no podrá evitar dar un grito y encerrarse de nuevo. No saldrá pese a las insistencias del ser que la llama del otro lado. Instantes después recibirá la llamada de Kanyu, quien le explicará la situación de la ciudad habitada por esos seres blancos, y le dirá que debe ir a casa de los gemelos. Sentsa saldrá de su casa lo más rápido que pudiere. Entonces una figura le preguntará si necesita que la lleve a algún lado. Verá a la figura en un traje de mayordomo; la blanca piel se volverá más oscura y nítida, el cabello canoso, y un rostro con sólo boca y piel levemente arrugada, en la que podrá distinguir una preocupada facción que le resultará muy familiar. Reconocerá la parcial esencia del viejo mayordomo que había conocido desde que era niña, pero pese a eso no aflorará en ella simpatía ni cariño, tanta era su repulsión por aquella figura.

    —No, gracias, Azt, sólo voy con mis jínnyi —balbuceará antes de salir.


    ***​


    —Ate llega corriendo hasta la mansión Gramt; la reja está abierta, corre hasta la casa. Cuando se hubo dado cuenta de lo que había pasado, al ver a sus padres y a su hermana en el comedor, su primer pensamiento fue si él también se veía igual a ellos, regresó a su cuarto y se miró en el espejo; se veía igual, con la diferencia de que su rostro y cabellos estaban cubiertos por una finísima película blancuzca.

    Lo reciben dos figuras blancas, una con forma de tortuga y otra con forma de pato, ésta última vuela hacia el gran salón y él la sigue, ahí encuentra al resto de sus jínnyi, sentados alrededor de la mesa casi al ras del suelo.

    Puedes mirar cuánto es el estupor de todos los presentes ante tal momento; todos fuera de sí mismos, sintiéndose parte de un mundo de fantasmas. Entre ellos son capaces de verse casi completamente normales, aunque todos dicen no poder ver algunos pequeños rasgos de los demás: las pieles algo opacas, los ojos borrosos, el cabello sin forma. En Sinke se muestra una mirada emocionada, fíjate que no parece aterrado como el resto.

    —Ya, tranquilos, jínnyi, gritar de ese modo no solucionará nada.

    —¿Por qué no viene Yake? —pregunta Yuska.

    —Él se fue desde que se dio cuenta de lo que pasaba, no creo que vuelva.

    —Debemos ir a buscarlo…

    —Eso no es lo importante —dice Sentsa—, ¿qué vamos a hacer ahora?

    —El resto de las personas está como si nada —dice Hinta—, ¿qué les vamos a decir?

    —Pero si no es un sueño o algo así, ¿entonces qué es? —pregunta Ate, con voz entrecortada.

    Sinke rie levemente, con malicia.

    —Díganmelo ustedes mismos, de repente nos hemos despertado y toda la gente había sido cambiada por muñecos blancos, y solamente nosotros tenemos consciencia de esto, sólo nosotros lo vemos todo como algo extraño y no como algo normal.

    Hay un frío en la sala, ¿lo sientes también?, los jóvenes no quieren reconocer lo que todos están pensando.

    —¿Dices que éste es otro mundo? —pregunta Kanyu.

    —Es una posibilidad —dice Sinke—, o tal vez sólo estamos en una muy extraña alucinación. Debe haber, de hecho, muchas más opciones antes que un universo paralelo, ¿con qué se quedan?

    Sigue un largo silencio, se miran esperando a que alguien diga algo, pero nadie propone alguna otra explicación.

    —Bueno —dice finalmente Hinta—, ¿cómo es que estamos en otro mundo?

    —Esa es la gran pregunta —dice Sinke con seriedad—, ¿cómo es posible que unos seres que son de una realidad puedan aparecer en otra?

    —Pero eso no es lo importante —dice Sentsa—, sino saber cómo vamos a regresar.

    —¿Qué vamos a hacer pues? —dice Ate— Si es verdad esto de los universos o lo que sea, quizá sólo tengamos que esperar hasta mañana y todo será normal.

    —Puede ser que Ate tenga razón —dice Sinke—. Y ya que estamos aquí, lo menos que podemos hacer es explorar un poco.

    —¿Qué significa eso? —pregunta Sentsa, contrariada— Todo el mundo es un montón de figuras blancas, ¿qué vamos a hacer entre ellos?

    —Tienes razón, mejor vuelve a tu casa y duérmete hasta que la realidad vuelva a cambiar sola. Yo sí que tengo curiosidad por explorar las posibilidades de esta situación.

    Su teléfono celular suena en ese momento y ve el número de su hermano, contesta y Yake se apresura a decirle que vaya de inmediato al instituto Ítuyu, Sinke está a punto de preguntar por qué, pero su hermano cuelga antes.


    41


    En aquel mundo, el instituto Ítuyu permanecía abierto a todo público durante las vacaciones, como un parque gigante en el cual se organizaban actividades culturales. Había talleres de artes plásticas, pintura, escultura, música, actividades deportivas como la natación y el atletismo, y otras actividades que servían de pretexto a los padres para deshacerse un rato de sus hijos y aprovecharan un poco el tiempo al aire libre. Las figuras blancas iban y venían sobre los caminos entre los árboles, parejas paseaban cerca del estanque y los amigos se reunían a platicar en la zona común, donde también vendían comida. Yake vagaba por todo el instituto, debía verse tan blanco y carente de facciones como todos los demás lo eran para él, pero por las pláticas que lograba escuchar de aquellos seres deducía que eran capaces de percibirse de manera diferente según las circunstancias en que se relacionaban entre ellos. A los niños de la clase de karate únicamente se les podía ver como seres blancos con uniformes de karate, al igual que el instructor, éste le dijo al grupo que se separaran en niños y niñas; pero para Yake ambos bandos se veían exactamente igual a esa distancia. Entre los ruidosos grupos de adolescentes fueron comunes las pláticas sobre chicas, y en un momento logró escuchar que uno le preguntaba a otro si lograba verle el color de los ojos a alguna de ellas, cuando éste contestó que sí, los demás lo acosaron con risas. Un balón de soccer llegó hasta sus pies, hacia él fue corriendo una figura alrededor de la cual se hacía visible el uniforme del equipo, y al pedirle el balón, su piel adquirió un débil color y se le generó una boca que hablaba sin mover los labios. Cuando Yake pateó el balón suavemente hacia él, ese ser se despidió diciendo gracias, y su boca adquirió una forma mucho más completa sólo por unos segundos antes de alejarse. Su uniforme volvió a desaparecer, dejándolo de nuevo como el mismo ser genérico blanco.


    ***​


    Los jínnyi llegaron al instituto Ítuyu poco después del mediodía, y tuvieron que pasar, inquietos, entre los seres que se ocupaban de sus actividades. Se les aproximaron dos seres que venían tomados de la mano, y sus texturas y voces se tornaron en algo que ya les resultaba familiar: eran los novios Délo y Déla, pero para los jínnyi eran esbozos poco más distinguibles de lo que eran sus compañeros en su realidad. Hubo un rápido saludo forzado entre ellos.

    —Oigan —reaccionó Sentsa—, estamos buscando a Yake, ¿lo han visto?

    Se detuvo bruscamente al pensar que, en esa realidad, “ver” a alguien no tendría el mismo sentido que para ellos. Dela subió el índice a su boca apenas dibujada, y luego dijo:

    —No estoy segura de si lo vi, ¿y tú? —dijo a su novio.

    —Recuerdo haber visto a alguien con un cabello parecido —dijo Delo—, pero no estoy seguro, nunca lo he conocido tanto como para lograr ver ni su boca.

    Antes de continuar su camino, Sinke miró a los novios una vez más, se acercó a ellos y les habló a solas.

    —De casualidad, ¿alguno de ustedes puede ver el color de mis ojos?

    —La verdad es que apenas y podemos ver la forma de tus ojos —dijo Délo confundido, como si fuera una pregunta tonta.

    —Entiendo —y miró a la novia—. Déla, ¿de qué color son los ojos de Délo?

    —Marrones —contestó de inmediato.

    —¿Puedes ver el color de ojos de alguien más aquí?

    —¡No! —dijo con una risa incómoda— ¿Por qué preguntas algo tan raro?

    —Ah, claro. Lo siento.

    ***​


    El agua opaca con peces de colores, bajo la palmera donde tantas veces se habían reunido. Yake permanece preocupado y reflexionando con temor. Escucha a Yuska gritar su nombre.

    El gemelo les da la espalda.

    —¡No se acerquen!

    Hinta, dándose cuenta del semblante de Yake, impide a Yuska acercarse. Sospechando, Sinke caminó hacia él e indicó a los demás que no se acercaran mucho.

    —Pensamos que te encontrarías por aquí, hermano. ¿Qué has descubierto?

    Se puso frente a él y lo miró. Percibió el naranja levemente descolorido de sus ojos, como con una ligera capa blanquecina. Se rio al verlos.

    —¿Ya lo has descubierto tú? —preguntó Yake.

    —¿Qué cosa?

    —El modo en que opera esta realidad…

    —¡Oigan! —interrumpió Sentsa. Se acercó enojada y añadió—: ¿De qué están hablando?

    —¡Sí! —enfatizó Ate—, no es momento de que se hagan los misteriosos.

    —No te dije que trajeras a todos —dijo Yake.

    Sinke se acercó a su oído, y dijo maliciosamente:

    —¿A quién tienes miedo de mirar a los ojos?

    Yake bajó la cabeza y no dijo nada.

    —No eres el único que se siente así, hermano —dijo Sinke bajando incluso más la voz—, yo también he estado reteniendo mi ansiedad… puedo ver el color de los ojos de Hinta.

    Yake cerró fuertemente los ojos:

    —¿Eso no te preocupa?

    Sinke inhaló, y luego exhaló con fuerza:

    —Incomesurablemente.

    —¡Ya dejen de ignorarnos! —exclamó Sentsa— Yake, ¿por qué no nos dices nada? ¿Sabes por qué todo el mundo cambió?

    —Tranquila —dijo Kanyu—, ¿cómo va a saberlo él?

    —¿Crees que no tienen nada que ver los gemelos, siempre hablando de la realidad y esas cosas, además de lo del agua y todas esas cosas raras que pueden hacer? No sé cómo, pero estoy segura de que algo tienen que ver.

    —¿De verdad crees que sólo desearon que la realidad cambiara, y cambió por arte de magia? —dijo Hinta agarrándole el brazo— Estoy segura de que Yake está tan confundido como nosotros, ¿verdad, Yake?

    El gemelo volteó ligeramente la cabeza, pero en seguida volvió a su posición original, dudando si hablar o callar. Al fin dijo:

    —Tal vez sí tenemos algo que ver con todo esto, pero no estamos seguros de cómo sucedió. Sólo tenemos una conjetura mucho más inverosímil.

    —Dinos —Ate cruzó los brazos impaciente.

    Yake miró a su hermano, y sin necesidad de hablar se pusieron de acuerdo. Sinke encaró a sus jínnyi, y dijo:

    —¿Qué nos dirían si les dijéramos que, desde hace poco tiempo, hemos estado viajando entre universos paralelos mi hermano y yo?

    Se oyeron las voces alegres de otro grupo de jóvenes que se dirigían a jugar fútbol.

    —No es la realidad la que ha cambiado; somos nosotros los que hemos cambiado de realidad —dijo Yake—. Poco antes de salir de vacaciones, ocurrió una serie de circunstancias que no podemos explicar con nuestro entendimiento del mundo. Todo comenzó a cambiar de repente; nuestros recuerdos y experiencias se contradecían con los hechos en torno a nosotros, pero sólo mi hermano y yo lo notábamos.

    Explicaron brevemente las experiencias que habían tenido antes. La gente pasaba por el puente rojo, platicando con sus congéneres sin ver nada extraño en su manera de existir.


    ***​


    Una semana tuvieron que pasar los jínnyi en aquella realidad de seres blancos. Poco a poco se fueron acostumbrando a la gente sin rostro y a ver a sus familiares como si una fina capa de tela obstruyera sus facciones, e intentaron llevar una vida normal todo el tiempo que fuera necesario. Después de salir juntos una y otra vez, y tener ese sentimiento de sentirse ajenos en una realidad que se comportaba tan normal al margen de ellos, por primera vez pudieron entender lo que quizás sentían los gemelos en su mundo. Yake fue el único que no se unió a ellos durante ese tiempo; permanecía en su habitación acompañado de su tortuga, leyendo libros y esperando que al día siguiente la realidad cambiara; sin embargo, no deseaba precisamente volver a la realidad de antes, pues la única diferencia entre ambos universos paralelos era que simplemente estaba más acostumbrado al anterior, pero eso no significaba que le tuviera más aprecio. Los demás, por otro lado, permanecían más juntos que antes, liderados por Sinke, el cual no dejaba de llevarlos de un lado a otro por la ciudad para observar todo lo que les pareciera curioso. De ese modo averiguaron que, en ese mundo, los seres tenía una costumbre extraña: cuando uno había ofendido o lastimado a alguien, se disculpaban juntando sus frentes y quedándose así un rato. Sinke dijo que ese contacto tan cercano les permitía expresar una sensación de arrepentimiento, dado que era muy difícil que alguien lograra ver el rostro sinceramente arrepentido de alguien. Del mismo modo la gente solía usar mucho más la mímica; no podían apreciarse completamente sus expresiones de felicidad o tristeza, así que exageraban sus ademanes con las manos en una especie de lenguaje de señas, por ejemplo, para expresar tristeza frotaban su mano contra su cara como si se estuvieran secando una lágrima inexistente, cuando querían expresar una gran felicidad colocaban una mano sobre la cabeza como si fuera una oreja de conejo, y para expresar aburrimiento se golpeaban la cara con el puño suavemente. Muchas de esas expresiones eran atenuadas, o incluso omitidas, en presencia de familiares y gente cercana, cuyos rasgos podían distinguir con más claridad. A pesar de que no se les podían ver los ojos, Ate se dio cuenta de que algunos de ellos los miraban tocándose la cabeza con los nudillos.

    “Quizás es así como expresan su extrañeza” dijo Hinta, “sobre todo porque ven que ninguno de nosotros hace lo que ellos hacen”.

    “¿Por qué no intentan ustedes imitar sus modos y actitudes?”, sugirió Sinke con malicia.

    “Me sentiría rara si tuviera que frotarme en la barbilla cada vez que quiero dar a entender que me siento irritada”, dijo Sentsa.

    “Entonces te rebelas contra los estándares que esta realidad ha determinado para sus habitantes”.

    “Eh, no… solamente no me gustan”.

    “Sin embargo, Sentsa, no pareces tener nada en contra de mostrarle respeto a alguien inclinándote y semitapándote la boca con la mano en nuestro mundo”.

    Se quedaron en silencio observando el atardecer en la playa, mientras las figuras blancas salían del agua golpeándose en el hombro en señal de satisfacción.


    42


    —¿Recuerdas al maestro Gyeo, hermano, y sus fantasías de realidades infinitas?

    —¿Pero cómo y por qué? Despertarse de repente en otra realidad, obligándote a enfrentarte con lo que eres ahí. Encontrarte con un diferente En sí.

    —La existencia precede a la esencia, hermano, las decisiones que hemos tomado en el pasado nos construyen, incluso desde antes de empezar a existir.

    —Nosotros no teníamos una idea de cómo debía ser nuestra realidad, sólo de cómo no debía ser. Si he venido tomando decisiones toda mi vida, quiere decir que también he tomado las decisiones opuestas; en otra realidad elegí no unirme al jínnliù.

    —Las opciones son infinitas, hermano, cada decisión es un número infinito de mundos, según el maestro Gyéo.

    —Infinito son demasiadas realidades.

    —¡Todo lo imaginable, hermano! La ficción ha muerto, y se ha llevado a la realidad consigo.


    ***​


    Tu perro dio un fuerte ladrido, y desde tu habitación reconociste que el que había llegado a tu casa era Yake. Bajaste corriendo rápidamente, ignoraste a tu paliducho padre y abriste la puerta. El gemelo, al verte salir, inmediatamente se dio la vuelta. Te detuviste a unos pasos de él.

    —Si ya te tomaste la molestia de venir, al menos podrías mirarme a la cara.

    Yake no hizo caso.

    —Respóndeme una cosa, cuando te dije por primera vez que no me sentía parte de la realidad, ¿qué tanto me creíste en serio, y qué tanto te lo tomaste como mera exageración?

    Intrigada, te acercaste y apoyaste los codos sobre la reja que los dividía.

    —Tal vez todo fue sólo por curiosidad al principio, no lo sé ni yo misma; ya sabes que no sé por qué pienso muchas cosas. Pero luego, cuando pintamos y sentí lo mismo que tú. Digamos que de ahí comencé a creerlo en serio. Tenías cierta influencia para controlar la realidad.

    —¿Crees que yo hacía todo eso adrede?

    —Bueno… tal vez era la realidad la que nos controlaba —lanzaste una risa burlona—… Míranos, Yake, hablamos de la realidad como si fuera una villana.

    —Eso es pueril.

    Reíste de nuevo.

    [¿Qué te hizo venir? —pregunta Yuska.

    —Me cansé de quejarme de lo mismo todo el tiempo —dice Yake, taciturno—. Después de que me llamaste hoy, me di cuenta de que ya no veía el color de mis propios ojos en el espejo —y como si se tratara de un milagroso e irrepetible suceso, Yake rie en voz baja. Yuska reacciona tensando el rostro como ante un extraño peligro, pero de inmediato percibe la paz en el corazón del gemelo a través de esa risa, y sonríe satisfecha. Yake continua—: Qué mal me debería sentir. Hay tantos problemas en esta y todas las realidades, problemas de verdad, seres que tienen justificación real para sentirse miserables, y mi hermano y yo sufriendo por algo tan estúpido.

    —No es estúpido —dice Yuska—, quizás exageraron un poco, pero no es estúpido.

    —Como sea —dice Yake, con voz resuelta—. Si fue mi propio pensamiento lo que provocó este cambio, debe haber alguna manera de volver a detonarlo para regresar —se voltea y mira a Yuska a los ojos.]

    —Así es; pero —pusiste la mano en su hombro—, ¿vamos sólo a ignorarla o a enfrentarla?

    Yake sintió por primera vez en mucho tiempo un contacto humano que no se sentía irreal como en un sueño; era igual que todas aquellas veces que había pintado contigo.

    Veías muy nítidamente su largo cabello, y con suavidad comenzaste a tocarlo, peinándolo con tus manos.

    —¿Esto lo sientes real? —preguntaste.

    Lentamente, Yake se dio la vuelta con los ojos fuertemente cerrados, reíste de nuevo al verlo con la piel arrugada alrededor de los ojos, y dijiste:

    —Deberías estar ocupado filosofando sobre las grandes preguntas de la humanidad, pero estás frente a una simple chica sin atreverte a mirarla.

    —¿Qué catástrofe ocurrirá si resulta que podemos ver los colores de nuestros ojos?

    Manteniendo la respiración, ambos acercaron sus rostros, y tú suavemente apretaste tu frente contra la de Yake. En el momento en que sus frentes se tocaron, un increíble número de imágenes surgieron en sus cerebros, acompañadas de sonidos, olores, sensaciones, todo entremezclado en un bloque de recuerdos donde se apretaban todas sus experiencias al mismo tiempo. Se vieron desde niños, vieron a los mismos seres blancos que los cargaban, y poco a poco comenzaron a notar sus formas y facciones según se encariñaban con ellos: sus propios padres. Vieron una versión alterna de su vida, la vida que llevaron en aquella realidad, acostumbrándose a ella, conociendo sus leyes y normas. En la mente de Yake resonó su propia voz criticando y analizando esa realidad mientras crecía, y a su hermano compartiendo su opinión pero con otros puntos de vista. Vio cómo te conocía a ti y a los jínnyi, de una manera muy diferente a como lo recordaba en la otra realidad, en una fiesta de cumpleaños de Kanyu. Tú también visualizaste todas las memorias de tu vida, te dolió que el abandono de tu madre siguiera siendo una realidad ahí, y llegaste al día en que conociste a tus jínnyi y cómo sus rasgos poco a poco habían quedado visibles para ti. Ambos vieron las imágenes de cómo habían convivido en ese mundo, de una manera muy parecida a como lo recordaban, y poco a poco dejaron de verse blancos y planos, para poder verse más completos, con sus rasgos cada vez más y más nítidos. Se acercaron mucho más, temblando.

    —Yake… ¿qué es esto? —preguntaste maravillada.

    El silencio de Yake, acompañado de sus propios suspiros maravillados, la hizo sentirse tan unida a él que no necesitó respuesta. Se entregaron por completo a las regresiones de ese pasado en el momento en que sus mentes empezaban a abandonar ese universo.


    ***​


    Revivieron todas las veces que sus cabezas se habían juntado de ese modo, siguiendo los planes de esa realidad, y sintieron una gran nostalgia, como si todo eso hubiera ocurrido hacía demasiado tiempo. Finalmente se visualizaron abrazados y con los labios unidos, sin saber si aquello era otro recuerdo o un hecho presente.
     
    Última edición: 11 Enero 2020
  14. Threadmarks: Capítulo 5. Una visita
     
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    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
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    Ciencia Ficción
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    Palabras:
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    Capítulo 5. Una visita


    16


    Desde aquel sábado en que los jínnyi se reunieron en la mansión de los gemelos por primera vez, Yuska y Hinta habían mantenido costumbre de ir los sábados para aprender pintura y danza respectivamente. Éste fue un acuerdo secreto; nadie hablaba de ello fuera de la mansión, simplemente las dos jínne iban con los gemelos y las actividades artísticas se desarrollaban recelosamente dentro de las estancias. Entre ellas charlaban con normalidad mientras se dirigían hacia esa actividad semanal. La reja de la entrada se abría ante ellas, las puertas de la casa permanecían sin llave para que pudieran entrar. Eran recibidas a veces por el pato y la tortuga, deteniéndose a veces a acariciarlos. Luego, subían las escaleras hasta la gran ventana y bifurcaban sus caminos hacia las habitaciones de los respectivos hermanos. Una vez adentro, a veces los encontraban tocando el piano, el violín o algún otro instrumento, en cuyo caso los dejaban terminar. Yuska se acostaba campantemente en la cama como si fuera suya, y con una picaresca actitud buscaba discretamente cosas debajo del colchón sólo para molestar a Yake en caso de encontrar algo interesante que le avergonzara, pero nunca encontró nada. Algunas veces, cuando Yake salía de la habitación por algún motivo, aprovechaba para revisar sus cajones y el armario, buscando para ver si encontraba alguna revista pornográfica sólo para divertirse con su expresión si se la mostraba; alguna ocasión ella misma plantó dicha revista entre sus libros, y al volver el gemelo hacía como que la encontraba de casualidad y lo confrontaba. Con Hinta era todo lo contrario: ella se sentaba pacientemente a esperar, al principio apenada, pero conforme pasaban las semanas comenzó a acostumbrarse a tal rutina, y la inquietud del principio pronto cedió lugar a la comodidad, entonces se animó a pasearse por el cuarto, viendo sus libros y jugando con el piano, se acostaba en la cama y disfrutaba con el viento salado que llegaba desde el mar, se quedaba platicando con Sinke durante horas, cada vez más y más próximos.

    Al terminar, los cuatro jínnyi volvían a actuar como si nada, encerrando dentro de sus subconscientes las sensaciones vividas con gran confusión, pero con el deseo de repetirlas la semana siguiente.


    ***​


    Ahora estás en tu momento, Sentsa.

    Estás a punto de tomar el cargo como presidenta del departamento de moral ahora que han terminado las vacaciones de diciembre, en un evento al cual todos los alumnos tienen que asistir al auditorio. La presidenta Altra se planta ante ellos como una sacerdotisa para presentarte a ti, la nueva encargada de reprimir sus libertades. Tu fiel compañero Yíban está a tu lado, con el porte de un general acompañando a un superior, y sonríe con la misma seguridad de los que se enorgullecen con el uniforme de la virtud. El público te recibe desconfiado y tu mirada es cortante. Inquietos, te escuchan hablar a través del frío sonido del micrófono:

    —Éstas son algunas de las nuevas implementaciones que se han de cumplir de ahora en adelante: será obligatorio un uniforme escolar, que representará al instituto Ítuyu mientras estén dentro de las instalaciones de la escuela y fuera de ella.

    El proyector muestra las imágenes en la pantalla de los uniformes escolares de los chicos y las chicas, los cuales consisten en camisas y blusas blancas con botones azul cielo, pantalones largos y faldas hasta la rodilla del café de la tierra, como una referencia al escudo de la bandera de su propio país. Las exclamaciones de asombro se mezclan con las de enojo e indignación. Gritan que son más como trajes de prisión que vestimentas de orgullo para su escuela y nación. Pero continúas sin hacerles caso:

    —Los artículos personales estarán prohibidos también; antes de clases habrá una revisión de mochilas para asegurarnos de que no traigan nada que pueda afectar los estudios, pues se viene a la escuela a aprender, no a jugar.

    Todas aquellas limitantes son pequeñeces para los jóvenes tomando en cuenta lo que vas a decir ahora, tras una pausa para acumular severidad:

    —Desde ahora las relaciones sentimentales entre estudiantes estarán completamente prohibidas, y si alguna de las patrullas los encuentra en situaciones inmorales, la penalización será desde días de suspensión hasta la expulsión definitiva, según la gravedad de la acción.

    Anuncias, además, que un estudiante que tenga el uniforme aunque sea un poco desarreglado, o si una chica decide arremangarse un poco la falda, podría ser llevado a detención y suspendido por el resto del día. Algo tan tonto como tener en la boca una goma de mascar, no ir bien peinados o llevar un celular hacían a uno merecedor del mismo castigo. Muchas otras cosas que no valen la pena detallar son anunciadas por ti, pero todas ocasionan una disconformidad general que te hace ganarte miradas furiosas.

    No es necesario describir el escándalo que ocurre en estos momentos por toda el área de la preparatoria.

    Luego, comienzas a formar varios grupos asignados para andar vigilando cada lugar de la escuela a todas horas, para ello obteniendo un permiso para faltar a clases que luego tendrán que reponer. Asignas a un grupo para revisar diligentemente las mochilas y confiscar todo aquello cuyo propósito no tenga nada que ver con la finalidad de este recinto del saber.

    Ante el repentino golpe de poder que has conseguido, apenas y te queda tiempo para convivir con tus jínnyi durante el descanso; durante mucho tiempo, aquella reunión de jóvenes bajo esas palmeras junto al lago se ve privada de uno de sus elementos más célebres. El único contacto que tienen contigo durante este periodo es una emisaria que pasa a vigilarlos cada cierto tiempo para reportarte lo que hacen, y en general siempre es lo mismo: tus jínnyi sentados bajo la palmera, vistiendo sus nuevos uniformes, hablando de todo y de nada.


    ***​


    —¡Vengan a mi casa un día de estos! —propuso Yuska pocos días después del Qwáo-ǧüm— Como nosotros ya conocimos su casa, es justo que ustedes también conozcan las nuestras.

    Ese día era libre a causa de la festividad que conmemoraba una pequeña batalla que los danzilmareses habían tenido en el pasado contra los japoneses, en la cual habían salido victoriosos los primeros. En aquella versión de Danzilmar, los danzilmareses parecían tener una especie de falta de autoestima tal que les era necesario tener un día festivo por cada batalla victoriosa que hubieran tenido, bajo la excusa del orgullo nacional.

    La casa de Yuska se encontraba en una colonia de clase media-baja bastante alejada del instituto. Ésta estaba conformada por zonas residenciales con manzanas en las que había de cuatro a seis casas, todas ellas rodeadas de cercas de madera o concreto, y los espacios entre ellas conformaban pequeños caminos de tierra muy tranquilos para caminar. Después de serpentear un rato por esas callejuelas, los jínnyi llegaron a una modesta casa que se veía exactamente igual a las circundantes; no tenía nada de especial salvo por un enorme perro de ojos negros y mirada perdida, tan grande que, como si fuera un caballo, en su espalda hubiera podido llevar a un niño, pero su actitud era mansa, torpe y hasta algo patética. Miró a los chicos del otro lado de la cerca como dándoles la bienvenida, puesto que ya conocía a cuatro de ellos. Lanzó entonces una serie de toscos ladridos, y casi de inmediato Yuska apareció por la rústica puerta con mosquitero. Alegremente, como siempre, fue a abrirles la reja y les dio la bienvenida. Tras ella salió un hombre de hombros anchos y vello cubriéndole los fuertes brazos, que les sonrió con la misma jovialidad y la misma expresión de picardía que la chica, y en el momento en que divisó a los gemelos lanzó la misma risa que era característica de la Yuska que todos conocían.

    —¡Qué divertido, nunca había visto gemelos en persona! —exclamó sin dejar de mostrar los dientes, mientras su hija lo abrazaba con energía— Mucho gusto en conocerlos.


    ***​


    —Entonces ¿cómo es el padre de Yuska? —preguntó Yake.

    —Digamos que cuando lo veas no te quedará duda de que es su padre —contestó Kanyu.

    —A propósito, he sido informado de que cuando era pequeña su madre los abandonó, ¿es eso verdad?

    El grupo se detuvo por un momento con bastante incomodidad en sus miradas, excepto Sinke, quien los observó con sospecha.

    —¿Ocurre algo malo? —preguntó.

    —No mencionen nunca a su madre —dijo Hinta preocupada, casi gritando—, se pone muy mal cuando alguien lo hace…

    —¿Por qué? —interrumpió Yake— Ella misma me lo contó todo hace tiempo, y no estaba perturbada por nada.

    —Imposible —dijo Sentsa—, incluso a nosotros tardó tiempo en contarnos, y aun cuando lo hizo, luego no pudo evitar llorar. Si no se puso así cuando te lo dijo, seguro se puso a llorar después.


    ***​



    La casa de Yuska, a pesar de no ser muy espaciosa, estaba llena cientos de adornos, muebles y baratijas de cristal, porcelana, plástico y metal, que poblaban la casa sin más propósito que el de acumular polvo y robar espacio. Esos adornos y muebles, explicó Yuska, habían sido parte de la herencia que les había dejado su abuela antes de morir, y por eso les tenían un especial aprecio. Algunas de las fotografías que se alzaban sin orden en los diversos muebles evidenciaban que el señor Sint había sido obeso durante los primeros años de vida de Yuska, y su proceso de adelgazamiento había quedado parcialmente registrado en las imágenes.

    Como habían sido invitados a almorzar, se sentaron alrededor de la mesa del comedor, el único lugar lo suficientemente despoblado como para poder estirarse libremente. El padre de Yuska había preparado un platillo draóhi, el cual consistía en una mezcla de sopa de lentejas con elotes desgranados, carne de pollo y una salsa especial de ese platillo, que le daba un sabor agridulce característico.

    —Le salió muy bien, señor Sint —dijo Kanyu al probar la comida.

    —Vamos, vamos Kanyu, ¿cuántas veces te he dicho que no me llames señor? Llámenme por mi nombre —le reprochó amistosamente—, aquí estamos todos como una familia.

    —Pues… como quieras, Ábant…

    La comida fue grata en compañía de ese hombre tan simpático y alegre. Trataba a los chicos casi como si fueran sus propios hijos, y ellos tampoco se sentían incómodos con él. Ni siquiera el perezoso Ate tuvo que presionarse para hablarle de sus padres y de la cotidianidad de la vida, así como la festividad que se estaba llevando a cabo en el país.

    Los gemelos se sirvieron una porción insignificante de comida, comían despacio, saboreándola con una expresión de extrañeza y asombro; parecía que nunca en sus vidas hubieran probado dicho plato, a pesar de ser un platillo tan típico de Danzilmar como lo sería la pasta para los italianos o el sushi para los japoneses. Ábant se percató de su manera tan recelosa de acercar el tenedor a sus bocas como si se tratara de un platillo africano de insectos.

    —¿Qué les pasa, gemelos? ¿No tienen apetito?

    —Ellos casi no comen —contestó Ate en su lugar—, de hecho únicamente comen una vez por semana.

    Y por su reacción de asombro, que denostaba absoluta credulidad, a todos dio la impresión de que se lo estaba tomando más en serio que su propia hija.


    ***​


    Pregunta asombrado si es verdad. Me rio por dentro. La jovial chica ríe por fuera. Mi silencioso hermano se retrae ante esa mirada de curiosidad, te has arrepentido, ¿eh? Al carajo cómo estén los demás, yo sólo cambio de tema. Ha funcionado, todo parece estar olvidado. Anímate, hermano, habla un poco. ¿Qué? ¿Siempre sí va a ser? Bueno. Hablan uno y otros y mi hermano. Queda todo en silencio, odio que todo quede en silencio. Rio de nuevo, con buen humor. Así es, del conocimiento de nuestra naturaleza de otra realidad pertenecer apropiado es ser consciente, sobre todo si, en cercano o lejano futuro, mi hermano y vuestra hija unidos yacieren in cellula. La última parte queda en mis pensamientos. ¡Maldito silencio que lo invades todo y clavas miradas en mí! No me veas así, hermano, la realidad es absurda, no te sorprendas de que sucedan situaciones absurdas.


    ***​


    —Dinos, estimado Ábant, ¿a qué dedica su vida? —preguntó Sinke en un momento —¿A un hombre con su irreal humor, cándido y vivaracho, discrepando con una acoquinante presencia y tapete por cuerpo, qué peculiar menester en la vida le ha de deparar?

    El hombre rio con satisfacción.

    —En verdad hablas como los antiguos, tal y como Yuska me había dicho, eso me gusta. Pero bueno, trabajo en una prisión como carcelero, pero hoy me dieron el día, así que lo aprovecho para conocer a los nuevos jínnyi de mi hija.

    Su inverosímil modo infantil de hablar, incluso más que el de Yuska, entretuvo a Sinke tanto como a su hermano le aburría, y cuando el ameno carcelero lo vio tan callado y frío, le dio una palmada amistosa en la espalda.

    —¿Qué pasa, hijo? Aquí no hay por qué no estar a gusto, hombre.

    —Él así es —dijo Yuska—, pero en cuanto salga un tema que le interese, hablará, puede que mucho.

    —Es verdad, hermano —dijo Sinke mientras le daba un pequeño codazo al silencioso gemelo—, únete a la conversación con el padre de tu jínne.

    —¡Ah! Ya sé cómo podríamos avivarte, muchacho, explícame qué es eso de que ustedes dos son de otra realidad o algo así.

    Unos instantes de silencio azotaron el comedor, luego Sinke suspiró cínicamente, y encaró a Yake.

    —Vamos, hermano. Dile a nuestro nuevo amigo qué es eso de que somos de otra realidad.

    —Yuska, no tenías que contarle eso —dijo Sentsa, avergonzada.

    —¿Por qué no le habría de contar eso a mi propio padre? —preguntó Yuska— ¿Acaso ustedes no les han contado a sus padres que sus nuevos jínnyi son de otra realidad?

    —¿Aún sigues con eso? —exclamó Ate— Yo aún digo que sólo quieren llamar la atención.

    —De hecho no es así —interrumpió Yake, alzando la voz—. Es tal y como Yuska le ha dicho —y pese a no sonar enojado, los jínnyi se sintieron intimidados.


    ***​


    A las tres de la tarde los jínnyi se fueron a sus casas, siendo despedidos por el mismo perro que les había dado la bienvenida.

    —Tienes una mascota muy peculiar —observó Sinke—, casi como las nuestras.

    —¿Quieren saber algo? —preguntó emocionada— Soy capaz de saber quién de mis jínnyi es el que viene a visitarme por sus ladridos.

    —¿Es verdad eso? —preguntó Sinke.

    —Así fue como nos arruinó una visita sorpresa cuando se rompió una pierna hace años —contestó Kanyu.

    Antes de que se fueran, Yuska recordó algo de repente y detuvo a Yake.

    —Espera, tengo que mostrarte una cosa en mi habitación —le dijo.

    Alarmada, Sentsa la encaró como una madre sospechante.

    —¿Qué se supone que quieres mostrarle? —preguntó.

    —Eso es un secreto entre nosotros dos —contestó con un guiño, con la intención de molestarla.

    Después de desembarazarse de ella, con decenas promesas de que sólo estaba bromeando, Yuska arrastró a Yake de nuevo a su casa, emocionada. Sentsa intentó evitarlo, pero Kanyu la tranquilizó recordándole que su padre todavía estaba adentro, por lo que no tendría de qué preocuparse, aunque incluso él lo dudó de todos modos.


    17


    El dormitorio de Yuska no estaba tan poblado de cosas como el resto de su casa, aunque sí bastante desorganizado. Una cosa que llamó la atención de Yake fue la cama de pared empotrada a un nicho en el muro, la cual Yuska bajó a falta sillas en la habitación.

    —Siéntete como en tu cuarto —dijo.

    La realidad entonces comenzó a cambiar para los sentidos de Yake. Ella ahora estaba extrañamente sonrojada.

    —¿Para qué me trajiste? —preguntó.

    La chica no alzó la vista, y con ternura contorneó su cuerpo como un acto reflejo.

    —¿Puedes sentarte en la cama? —pidió con voz conqueta.

    Los sentidos de Yake fueron entumecidos contra su voluntad al decir ella eso, y, sintiéndose curioso por el cambio en la realidad a su alrededor, obedeció.

    —¿Podrías cerrar los ojos? —pidió con una inflexión de timidez fingida, mientras hacía a sus pulgares juguetear entre sí.

    Yake observó y escuchó la acelerada respiración que salía de su boca, y como sus pechos subían al compás de su respiración mientras la realidad seguía modificándose. Cerró los ojos con fuerza. Las vibraciones en el aire de Yuska desabrochando poco a poco los botones que aprisionaban su feminidad llegaron directamente hasta su rostro, para después retirar por completo la prenda, y su olfato detectó el inconfundible aroma de las hormonas surgiendo desde adentro de su cuerpo, combinándose con un dulce sudor que le llegó al cerebro como un alcohol. A sus oídos llegaron los leves gemidos de una voz excitada y tímida de muerte al mismo tiempo que el sonido del cierre de su pantalón abriéndose, la sintió entonces agacharse para quitárselo completamente, y luego repitió el proceso con su ropa interior. Los latidos del corazón de la chica aporreaban sus tímpanos con fuerza; el olor tenía ahora toda la potencia de las hormonas húmedas del celo humano, y se sintió perder el sentido del equilibrio. La sintió aproximarse a él con suavidad, sintió su piel detenerse a escasos centímetros de su cuerpo. La sensación de sus miembros, labios y rostro llegaba a su piel con tal nitidez que era como si tuviera los ojos bien abiertos y estuviera contemplando su viva desnudez, salvo por la ausencia de color. Una mano se posó suavemente sobre su muslo. Sintió a la chica subirse a la cama sobre él, y la piel de los muslos desnudos a través de la tela de su pantalón. Una humedad mareante brotó de la boca de Yuska cuando posó la mano sobre su hombro.

    —Ya puedes abrir los ojos —murmuró la chica con una voz tierna y amorosa, soltando su cálido aliento junto a la oreja de Yake.

    Escuchó la voz en el momento en que toda la existencia enmudecía de nuevo, desde el sonido de su corazón hasta el de su respiración: todo desapareció. Su propio cuerpo dejó de ocupar espacio, y en su mente dejó de transcurrir el tiempo.


    ***​


    Acomodándose con trabajo el cuello de su nuevo uniforme, Ate subió a la azotea del piso de los primeros años caminando con pereza la escalera de caracol hasta encontrarse de nuevo con la luz del sol al final. No había otros alumnos en aquel lugar a esa hora; todos se habían ido a sus casas hacía un rato. Se sentó en una de las bancas y se desabrochó algunos de sus botones para estar más cómodo, aprovechando que no había nadie del comité de moral de Sentsa que pudiera verlo. Se sorprendió un poco al oír pasos acercándosele por la puerta por la que había entrado, pero se calmó en cuanto vio a Kanyu sonriendo con dos latas de refresco en las manos, el cual amablemente le entregó una.

    —Esto del comité de moral es todo un lío, ¿no crees? —preguntó Ate mientras ambos bebían tranquilamente— Ayer las chicas de su comité atraparon a una pareja besándose en la escalera, los suspendieron por una semana.

    —Sentsa está haciendo lo que considera mejor —contestó Kanyu.

    —A veces pienso que ese es el problema.

    —¿Por qué?

    —Sinke me dijo una vez que el problema es que la gente rara vez se cuestiona lo que cree.

    —¿De nuevo estás hablando así? —dijo Kanyu—, siempre eres apático con respecto a todo, ¿por qué de repente ese interés por analizar esas cosas?

    —Sólo estoy aburrido.

    —Siempre dices eso en estos casos, pero la verdad yo comienzo a dudarlo.

    —¿No puedo sólo hablar de algo sin que nadie piense que sólo es porque sí?

    —No te creo que sea sólo porque sí. Di la verdad, los gemelos te han puesto a pensar un poco, ¿o no?

    Ate calló de nuevo, con la mirada decepcionada del que se encuentra ante un libro que nadie se anima a intentar leer.

    —El Nóînye será interesante este año —dijo Kanyu con algo de emoción—, ¿no hay alguna chica que te guste por casualidad?

    Ate lo miró con desgana.

    —Es un día tonto —contestó.

    —Bueno, pero para los demás es una fecha importante para expresar los sentimientos que a nuestra edad no pueden ni deben ocultarse, de querer amar y sentirse amado por alguien. Soné como Sinke, ¿verdad?

    —Me siento raro hablando de eso contigo.

    Kanyu rio por la nariz.

    —Lo que pasa es que me voy a declarar a una chica —contestó acomodándose en el asiento.

    Ate ladeó la cabeza hacia él; sus cejas nunca se habían fruncido tanto.


    ***​


    Aquel lunes, Yuska fue a visitar a Hinta para que la ayudara con una tarea que no había entendido. Sentadas en la mesa estilo japonés que había en la sala principal, Hinta le ayudó con su duda acerca de los acontecimientos de la guerra sino-danzilmaresa, en la cual intentaron obligar al gobierno danzilmarés a ceder miles de kilómetros de la zona oriental de la isla al país del sol naciente a causa de la negación de los danzilmareses a ser sus aliados durante la segunda guerra mundial, y el temor por parte de los nipones de que sucumbieran a una inevitable asociación con los Estados Unidos. A pesar de lo interesante del tema que estudiaban, una cuestión invadió la mente de Hinta en ese momento, y el estudio de ese hecho histórico, en el que las vidas de tanta gente se habían perdido, salió de sus pensamientos, y quedó relegado a un segundo plano ante el surgimiento de un problema de mayor interés práctico para sus vidas.

    —Oye, ¿es verdad que el sábado tuviste una cita con Yake? —preguntó con los ojos adormilados y la boca recta, temblándole un poco la voz.

    Yuska levantó los ojos de su libreta, mordisqueando sus dientes el lápiz.

    —¡Pero qué tonterías! —exclamó con una risa— ¿Qué te hace pensar esas cosas?

    —Sinke me lo dijo. No quería decírtelo ayer, pero el sábado me hizo seguirlos mientras salían juntos. Los vimos en un puesto de comida y luego en el parque.

    Yuska no se alteró por eso.

    —Ya veo, así que por eso pensaron que teníamos una cita —rio con un poco de malicia—, pues no, sólo lo había invitado porque quería conocerlo mejor.

    El viento hizo sonar el espantaespíritus que colgaba en el marco de la entrada, que llenó la sala con su metálico y agudo sonido, al que le siguió otro silencio solemne[1].

    —¿Sabes? Es raro todo esto —dijo Hinta, momentos después—. La manera en que los hicimos entrar en nuestro jinnliù, y esas extrañas confesiones de no sentirse en la realidad. ¿Estás segura de que, si hasta este punto sigues interesada… no será acaso porque Yake te gusta?

    Yuska se echó para atrás apoyándose sobre sus manos, observando el techo de madera de la estancia y al abanico girar hipnóticamente sobre ella.

    —Sabes lo mucho que me gustan las cosas interesantes y fuera de lo común —contestó con calma—, ¿recuerdas cuando en el sexto año de primaria me obsesioné porque creí haber visto un gato con dos colas?

    —Nos tuviste a todos buscándolo por todos lados durante todo el día.

    —Pero al final resultó que me equivoqué; era al final un gato común y corriente, y dejó de ser interesante… lo quise sólo mientras era algo nuevo, misterioso, extraordinario. Y lo que dijo Yake en el parque, por poco que pueda comprender, disparó mi curiosidad enormemente. ¿No sería genial que en verdad ambos hermanos no pertenecieran a este universo? Sé que eso es imposible, pero todavía no acabo de buscar por todos lados…

    —Entonces, ¿es un sí, o es un no? —preguntó Hinta confundida.

    —De la curiosidad a la atracción hay un paso —contestó, cerrando los ojos y sonriendo—, por ahora es sólo un tal vez.


    [1] Según una antigua superstición, es de mala suerte hablar cuando suenan los espantaespíritus.
     
    Última edición: 25 Enero 2020
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    Título:
    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    35
     
    Palabras:
    7679
    Capítulo 15. Zoológico


    43


    La semana de la actividad de Kanyu estaba a punto de terminar y la calma volvería al club. Durante todo ese tiempo habían desempeñado muchas de sus actividades en compañía de Ima, en una serie de citas cuádruples en las que solamente una era de verdad. Caminaron por las calles del centro y en los centros comerciales tomados de las manos, compartiendo sus bebidas, viendo películas juntos y entrando a tiendas. También fueron a la costa a contemplar las puestas de sol. Los chicos acompañaban a las chicas a sus casas al terminar. A su paso, la gente murmuraba el curioso espectáculo; los más viejos suspiraban recordando su juventud y añoraron sus pasados momentos románticos; los chicos de su edad que los conocían cuchicheaban y murmuraban que, aun en el romance, el jínnliù parecía indestructible. Algo irritante era que los únicos realmente enamorados pretendían guiarlos en los comportamientos que debían llevar, como si les quisieran dar lecciones de cómo ser novios, pero lo peor era que, conforme más tiempo estaban con ellos, su relación más comenzaba a asemejarse a la de Délo y Déla, sin llegar a ser tan cursis como ellos, pero con una manera de tratarse casi rayando en lo infantil; si ambos caminaban tomados de la mano, incitaban a los demás a hacerlo, si Ima caminaba abrazada del brazo de Kanyu, incitaba a las otras a hacer lo mismo, y si se daban de comer el uno al otro, los demás también tenían que hacerlo, soportando la vergüenza pública que todo eso les provocara. Entre tantas experiencias vergonzosas y triviales, que hicieron dudar a todos si debían volver a permitirle a Kanyu proponer una actividad, es interesante notar que los dos novios en ningún momento se besaron en la boca. Al preguntar por la razón, contestaron, de manera no muy convincente, que era para que los demás no se sintieran raros, ya que era lo único que habían acordado no hacer durante esa actividad. Sinke, siempre queriendo probar algo, comenzó de repente a discutir con Yuska.

    —¿Cuándo fue la última vez que me preguntaste la razón de mi existencia? —dijo con una exagerada voz acusadora— Me molesta que siempre que estamos juntos lo único de lo que nos ocupemos sean de cosas triviales. ¿Cuándo fue la última vez que te interesaste en mi En sí y en mi Para sí?

    —¿Eh?

    —Cada vez que te interrogo acerca de a qué posición filosófica tu razón es partidaria, cambias el tema. ¿Por qué no me tienes confianza para revelarme lo más profundo de tus problemas existenciales? —se llevó la mano a la cara, con una pose dramática— ¡Oh, Aikân mío! ¿Por qué tuve que haberme fijado en ti? Nunca te importa el Dasein.

    Yuska comprendió lo que intentaba hacer.

    —¿Tú crees que eres el novio perfecto? —enojó la voz— Todo el día estás con lo mismo, que la realidad es ridícula, que tal filósofo dijo esto, que no existe la moral objetiva, que la sociedad está sesgada, que todos hemos sido condicionados. Pareces un disco rayado.

    Kanyu e Ima, aparentemente sin captar el tono sarcástico de la situación, intentaron calmarlos alegando que molestaban a la gente. Sinke y Yuska continuaron todo ese día eludiéndose las miradas con los labios apretados, como una pareja peleada que no quería reconciliarse, pero siempre murmuraban risas cuando los novios de verdad no se daban cuenta.

    Más tarde, cuando estuvieron en casa, Yake habló con su hermano del porqué de esa actitud, aunque creía ya saber la respuesta.

    —Obviamente —dijo Sinke— te habrás dado cuenta de que su relación con Ima todavía no estaba consolidada, hermano, sino que siguen en la fase crepuscular y melosa de los primeros meses del noviazgo, siguen en una etapa platónica de sexo de formación. Lo que hice fue ver sus reacciones ante una pelea tonta, aprovechándome de su ingenuidad, para mostrarle, tal vez infructuosamente, que con el tiempo dejará de ver a Ima como una chica perfecta y viceversa.

    —¿Tan interesante te parece el mecanismo del cortejo de este mundo?

    —¿A ti no, hermano?

    Yake pensó un momento, y luego dijo:

    —Interesante, y quizás también un poco inquietante, cerebros segregando drogas de placer ante un estímulo sensorial que afectan el razonamiento; un adicto ve a su droga como algo divino, y en el momento del éxtasis más intenso no va a percibirla como algo que le estorba la razón, y los seres de la realidad no parecen listos para renunciar a la droga del amor.


    ***​


    Hubo una disputa sobre si el club estaba cumpliendo algún propósito real o solamente era un pretexto para no hacer nada pensando que sí se hacía algo. Mientras que los clubes deportivos tenían partidos, los culturales hacían exposiciones, los clubes científicos fabricaban pequeños robots y mezclaban sustancias en sus laboratorios, el club Fíkcionò, cuyo objetivo, según Sinke, era investigar la realidad, apenas pasaba de actividades extrañas en casas abandonadas, molestar gente por la calle, y fingir que eran novios entre ellos mismos. Cada vez que alguien preguntaba a uno de los jínnyi qué era lo que hacían en su club, ya fuera por curiosidad o por el deseo de unirse, no sabían qué decir, y acababan haciendo creer a todos que en el fondo no hacían nada.

    Fue el turno de Sentsa de escoger la siguiente actividad. Sintiéndose la menos convencida del objetivo del club, había decidido desde la actividad de Kanyu que no iba a esforzarse mucho. Sinke hizo la observación de que nadie había utilizado ninguno de los libros que se había molestado en llevar, y tomándoselo como una indirecta, Sentsa se acercó a ellos y sacó el primero que su mano encontró: un ejemplar de El zoo humano, y sin dejar a su mente pensar más allá del simple título, decidió cuál sería su actividad.


    ***​


    Al volverse para mirar a su hermana, Hinta se sorprendió de verla completa, con ojos, boca y facciones tal como siempre las había visto. Se dio cuenta de que ambas estaban en el dojo y llevaban su ropa de entrenamiento. Hinta sintió un repentino y agudo cansancio, como si hubiera estado entrenando durante horas, que la hizo caer de rodillas al suelo.

    —¿Y ahora qué te pasa? —preguntó Huba, molesta y jadeante.

    Hinta salió corriendo a la calle, aún con su ropa de entrenamiento, y al ver a la gente caminando y conduciendo en sus carros, comprendió que al fin habían vuelto.


    ***​


    Todos los jínnyi se dieron cuenta del repentino cambio de la realidad. Yake ya no estuvo frente a Yuska cuando abrió los ojos, sino a la mitad de una calle frente a un semáforo peatonal en rojo, y apenas tuvo tiempo para evitar que un camión lo atropellara. Los demás jínnyi también se encontraron en lugares diferentes a los que habían estado sólo un segundo antes de que la realidad cambiara, y, como si no fuera necesario ponerse de acuerdo, se reunieron lo más rápido que pudieron en casa de los gemelos.


    ***​


    Alivio, era lo que más se sentía, pero también miedo. Cuando estuvieron todos reunidos, fue como si el mundo fuera de la mansión se hubiera silenciado.

    —Menos mal que ya regresamos —dijo Sentsa cruzándose de brazos.

    —El hecho de que vinieras tan rápidamente indica que aún algo te preocupa —dijo Sinke.

    —Sólo no entiendo por qué aparecí en un lugar diferente.

    —¿Dónde estabas?

    —Estaba platicando con ella —cerró los ojos.

    —¿Quién?

    —Ihra —dijo con voz pesada—, llegó de repente a mi habitación y se puso a hablar conmigo. Solamente podía ver sus ojos como el boceto de un dibujo, y su voz la escuchaba muy articulada… Pero eso no importa, el punto es que un segundo después estaba en el comedor con Azt, él estaba hablando como si lleváramos así un rato, obviamente me asusté.

    Cada uno contó su versión de dónde se habían encontrado, pero Ate parecía más concentrado observando la palma de su mano derecha, con una extraña confusión.

    —¿Cuál es tu versión, Ate? —preguntó Kanyu, con interés.

    —¿Qué importa seguir recordando eso? —dijo guardandose la mano en el bolsillo— Lo importante es que volvimos, y ya.

    —Si en verdad pensaras así no habrías venido tan rápido a nuestra casa —dijo Yake.

    Ate refunfuñó.

    —Sólo es algo sin importancia.

    —Todo en la realidad es sin importancia —dijo Sinke—, si tiene que ver con lo que sucedió, dínoslo de todas formas, sin tanto drama.

    Ate se puso de pie, y miró a través de la ventana de la sala, viendo el jardín delantero de la mansión.

    —Unos minutos antes de volver, estaba en la cocina ayudando a mi hermana. Estaba observando de reojo su apariencia blanca y sin emoción, y… por un momento pensé que no me sentía muy diferente con ella en ese momento, mejor que antes, en esta realidad…

    —¿Qué sucedió? —preguntó Kanyu.

    —Estaba lavando un cuchillo y me distraje; estaba escuchándola hablar cuando me corté y comencé a sangrar —observó su mano, completamente ilesa—, me dolió mucho y la mojé en el chorro de agua, entonces ella me trajo unas vendas y alcohol, me dijo que no era grave y con un algodón comenzó a desinfectarme, y mientras lo hacía, y veía cómo mi sangre la manchaba un poco en los dedos…

    Se detuvo por un momento, no encontrando palabras para continuar.

    —¿Qué? —dijo Hinta.

    —Se van a reír de mí —dijo con una leve sonrisa de vergüenza—, pero en ese momento la miré, y me di cuenta de que el color de sus ojos comenzó a aparecer, de un color azul muy opaco… supongo que era el nivel de color que uno podía alcanzar a ver entre familiares en aquella realidad… pero entonces pensé… que no recordaba cuál era el color de ojos de mi hermana en esta realidad. Esa era la primera vez que me fijaba en ese detalle, y me sentí, digamos, como un idiota… unos segundos después aparecí de repente en un parque cercano a mi casa, no sentía más dolor, miré mi mano y ya no estaba herida.

    No dijo nada más, Sinke se puso de pie y se aclaró la garganta.

    —Bueno, basta de cursilerías. La situación es ésta: de alguna manera estuvimos en otra realidad, y cuando volvimos aparecimos en lugares diferentes, con ropa diferente, y la herida que nuestro jínn se hizo en la mano desapareció. Este evento extraordinario exige una explicación extraordinaria.

    —¿Acaso alguien de sus familias les preguntó dónde habían estado? —preguntó Yake.

    Todos lo negaron.

    —Si para el resto del mundo ninguno de nosotros desapareció por una semana, eso quiere decir que de algún modo estuvimos aquí todo este tiempo.

    —¿Pero entonces cómo es que estuvimos una semana en otra realidad? —preguntó Hinta.

    Sinke comenzó a caminar de un lado a otro.

    —Quizás, solamente quizás, nos ayude una fábula que nos contó una vez el maestro Gyeo. Se trataba de una persona que una vez viajó a otro universo paralelo, bueno, no viajó físicamente, sino que fue sólo su mente la que viajó…

    —¿Sólo su mente? —preguntó Kanyu.

    —Su mente viajó a un alter ego suyo que tenía una vida muy diferente. El tipo en su mundo originalidad era un barrendero que ganaba una miseria, pero aterrizó en un alter ego que era un prodigioso violonchelista. Sólo estuvo ahí por un pequeño rato, pero al volver, su mente había adquirido el talento de su alter ego para tocar el violoncelo, por lo que, tras juntar suficiente dinero para comprar uno, hizo una audición en una sinfónica y lo contrataron, y con el tiempo ganó fama en todo el mundo por su virtuosismo.


    ***​


    Las impresiones que habían vivido los han agotado, pero el hecho de estar ante tal descubrimiento les resulta tanto impresionante como inconveniente, después de todo, solamente faltan dos semanas antes del siguiente ciclo escolar, no van a tener tiempo para más universos paralelos.


    44


    El zoológico de la ciudad de Shorsta recibía cada día cientos de visitantes, era uno de los atractivos turísticos más famosos después del antiguo templo de Brîuh y la Costa de Platino. Albergaba más de quinientas especies de animales de todas partes del mundo, los cuales, encerrados en sus jaulas, veían sus vidas pasar frente a los visitantes que los observaban con asombro, indiferencia y risas desde las barreras. Pero para los jínnyi, aquellos seres inconscientes de su propia existencia eran lo menos importante, pues el objetivo de la actividad era observar al ser humano, los cuales, sintiéndose importantes por estar libres de las limitantes de una jaula, ignoraban el hecho de que eran ellos los seres en exhibición.

    Sinke no dejaba de alabar la idea de Sentsa, a pesar de que ella admitía que solamente era una actividad que no les causaría tantas molestias, tanto a ellos como a los demás, y la única condición era que no podían hablar con nadie, sino solamente observar a la gente como en un safari donde se observaran seres humanos, aunque Sinke era el único que parecía tomarse esa idea de manera seria.

    —Presten especial atención a los ejemplares con crías —susurró—, esos son los más difíciles de observar sin que se alarmen.

    Kanyu inmediatamente señaló a un hombre que cargaba un bebé en una cangurera, el cual se detuvo frente a la jaula de los avestruces.

    —Entonces te toca observarlo —dijo Sinke—, pero ten cuidado, estos seres son muy protectores con sus crías… los demás, continuemos.

    Dejaron al perplejo Kanyu solo, y, tomándoselo más a juego, se apoyó en la baranda, mirando a los avestruces, pero manteniéndose a distancia del hombre con el bebé. No pudo evitar mirar demasiado al bebé, y cuando el hombre se dio cuenta, Kanyu le mostró una cara nerviosa y volteó la cabeza rápidamente.


    ***​


    —¿Y en dónde aparecieron?

    —Sintió Sentsa un gran dolor en la cabeza, mareo y náuseas. Todo estaba oscuro, pero lejanos sonidos le llegaban como murmullos. Una mano sobre su cara suavemente removió el cabello que la cruzaba.

    —¡Sentsa!

    Sintió la palma en sus mejillas entumidas, sacó leves y rasposos sonidos de garganta. Hinta la humedeció con un poco de agua, y la visión de Sentsa comenzó a aclararse poco a poco. Los sonidos se hicieron cada vez más intensos. Finalmente se movió, y observó a su jínne, que sonreía aliviada de verla con vida.

    —Te dije que iba a estar bien —dijo Sinke, sentado sobre la rama de un árbol.

    —¿Quieres un poco de agua? —dijo una chica que era la misma imagen de la presidenta Altra, y con la cual compartía el mismo nombre. Le ofreció un vaso lleno de agua del lavabo que había junto a unas mesas con frutas.

    Sentsa se sentó, lo bebió con ánsias y miró a su alrededor intrigada. Una gran reja los limitaba por todos lados, un prodigioso árbol de especie desconocida, con hojas rojas y aterciopeladas, se alzaba desde el centro de la jaula más de diez metros, y un alto techo transparente dejaba pasar una luz suave, como un día seminublado. Para este punto ya todos la estaban rodeando, Yuska, Ate y Kanyu, todos salvo por Yake y Sinke.

    —¿Dónde estamos?

    Yuska colocó suavemente la mano sobre el hombro de Sentsa, y dijo como dándole un pésame:

    —Volvió a suceder.

    La gran jaula circular encerraba a los jóvenes como animales, sus ropas cambiadas por vestimentas grises de textura áspera, y símbolos curvilíneos tatuados en los antebrazos.

    Yake, apoyado contra la reja, ignoraba los gritos de desesperación de Sentsa al descubrir su realidad, y veía hacia el exterior los suaves movimientos de seres hechos de color y humo, que parecían observarlos a gran distancia.

    Kanyu trató de calmar a Sentsa, pero ésta, agarrando los barrotes de la jaula, demandaba que los dejaran salir.

    —No nos escuchan —dijo Ate, sujetándola—, ya lo intentamos antes.

    Altra permanecía sentada sobre una silla; las manos en la cabeza, mirada resignada y triste. Sentsa se fijó en ella.

    —¿Qué está haciendo la presidenta aquí también? —preguntó en voz baja.

    Hinta le explicó que ella ya estaba cuando todos despertaron y que no parecía muy sorprendida de hallarse ahí. Sentsa vio a Yake, y, aproximándosele, le exigió que explicara lo que había sucedido.

    —Un zoológico humano, jínne —dijo con voz sombría, sin despegar la mirada de los seres de humo—, esta es ahora nuestra realidad.

    Sinke se dejó caer al suelo desde lo alto de la rama, y dijo:

    —Más que un zoológico humano, estimados, un zoológico universal. Como el maestro Gyéo una vez nos dijo en otra de sus metáforas: imagínense unos seres tan avanzados que son capaces de capturar seres de otras realidades para exhibirlas disecadas en un museo, pero en nuestro caso, es como un zoológico…

    —¿Acaso su maestro tenía una fábula para todo lo que nos está sucediendo? —preguntó Ate, molesto.

    —No tenéis que preocuparos, jínnyi, recuerden lo que hemos hablado apenas hace unos días.

    —¿Lo de que estos cuerpos son alter egos? —preguntó Kanyu, viendo con intriga sus propias manos.

    Sinke asintió con confianza; pero Sentsa todavía estaba insegura.

    —¿Cómo podemos saber si tienes razón? —preguntó escéptica.

    Sinke se mojó las manos en el lavabo. El agua se deslizó de sus manos y cayó hacia la cañería.

    —Por alguna razón ya no nos sucede lo del agua, pero en el mundo de las figuras blancas sí seguía sucediendo. Al menos yo sí estoy convencido de que éste no es el cuerpo que siempre he tenido.

    —Bueno, entonces tenemos que esperar nuevamente a que nuestras mentes regresen a nuestra realidad —dijo Yuska, queriendo verse despreocupada.

    —Pero… ¿qué va a pasar con ella? —preguntó Hinta en voz baja.

    Miraron entonces a Altra, que los había escuchado con un poco de temor.

    Kanyu se le acercó, y preguntó:

    —¿Recuerdas cómo llegaste aquí?

    —Estaba caminando de noche y vi una luz intensa —contestó con tristeza—, luego desperté aquí con ustedes.

    Sinke la miró sospechosamente.

    —¿Sabes quiénes somos nosotros? —preguntó.

    Altra negó con la cabeza.

    —Es la primera vez que los veo, ¿también son de Danzilmar?


    ***​


    Cada uno de los jínnyi fue asignado a un área del zoológico para observar a la gente. Sentsa se quedó en la zona de los felinos, queriendo distanciarse lo máximo posible de la inútil actividad; Yuska en la de las aves; Yake en la de los reptiles; y Ate había prometido quedarse en el área de los peces, pero apenas se fueron comenzó a vagar sin rumbo por todo el lugar. Sinke y Hinta estaban discutiendo a dónde ir, pero entonces vieron a un grupo de gente congregada en el área de los primates. Al acercarse, vieron que lo que llamaba tanto la atención era que una pareja de gorilas se encontraba en pleno acto de apareamiento. La gente soltaba risas al ver al gorila macho intentando seducir a la hembra, la cual juguetonamente se alejaba y se detenía para esperar a que se acercara; luego se juntaron y comenzaron a juguetearse los genitales el uno al otro. Entre la gente se podían oír repentinas risas de alegre vergüenza.

    A Hinta no le hizo mucha gracia esa escena, le iba a decir a Sinke que se fueran, pero lo vio tan concentrado observando a la gente con una sonrisa tan exageradamente analítica y maliciosa, que le dio curiosidad saber qué pensaba. Un rato después, ambos se apartaron hacia una zona de la jaula con menos gente, pero aún se podía ver el espectáculo de la cópula que desempeñaban los dos grandes primates.

    —¿Por qué crees, jínne, que la gente se ríe de ver a dos animales manteniendo relaciones sexuales? —preguntó con tranquilidad.

    Hinta se ruborizó, pero permaneció fría.

    —Supongo que es porque a algunos les parece divertido, algo risible… Pero también hay muchos a los que les da vergüenza.

    —Entonces la otra pregunta es: ¿por qué a la gente le da vergüenza observar dicho acto?

    —Porque en los humanos es algo que se considera privado.

    —Y en todo caso, el criterio para decidir lo uno o lo otro va en relación a lo que el humano entienda como su realidad.

    Siguieron observando hasta que los gorilas se separaron, la gente fue perdiendo el interés y empezó a irse.

    —¿A ti el sexo te da risa, vergüenza, o te hace reír de vergüenza? —preguntó Sinke de repente.

    El rostro tenso de la chica contestaba por ella.

    —Claro —dijo Sinke al verla así—, es indispensable que una de esas reacciones se genere en ti si quieres quedar bien.

    —¿Qué?

    —Es el Ello contra el Súper Yo. Ver un acto sexual provoca una de esas reacciones porque los asociamos con actividades del ser humano, una actividad natural y que todos tienen deseos de practicar, pero no pueden expresarlo, o serían todos unos pervertidos, por eso la arbitraria moralidad que ve al sexo como algo impuro hace su aparición, nadie quiere ser considerado impuro o sucio, así que se ríen o se asquean, y al reírse o asquearse de otros seres copulando, se ríen y asquean de su propia naturaleza. ¿Qué tanta gente lograste observar desde aquí?

    —No mucha.

    —Yo sí, incluso podía oírlos pese al bullicio. Había gente casada, que de tanto en tanto se daba codazos discretos y miradas acusantes y bocas con sonrisas cínicamente avergonzadas; adolescentes que de seguro pensaban que hasta los gorilas follaban y ellos no; niños que se acercaban con su curiosidad infantil, pero eran alejados de ahí por sus madres diciéndoles que estaban muy pequeños para ver eso; alguna que otra melancólica también observaba en silencio, de seguro analizando su propia vida sexual y experimentando algún dilema interior… Y así muchas otras características entre toda la gente que se paraba a contemplar el espectáculo aunque sólo fuera por un segundo.

    —¿Qué tiene todo eso de malo?

    —Ya te he dicho que no catalogamos nada como malo o bueno, sino simplemente como algo que puede ser absurdo o no.

    —¿Y te parece absurdo todo eso?

    Sinke pensó un momento, luego dijo:

    —Podríamos crear un ejemplo en el que, en lugar de ver animales apareándose, fueran seres humanos haciéndolo. ¿Habría alguna diferencia?

    —Sí, de seguro los llamarían indecentes, y para muchos sería algo más emocionante.

    —Exacto, porque al tratarse de sus iguales, los tratan de la misma manera en que serían tratados ellos. Ahora, para responderte, ¿esa reacción que tendrías tú de ver a dos seres humanos teniendo sexo no la hallarías absurda?

    Hinta pensó un momento, con la mano apoyada en la barda protectora.

    —Nuestra sociedad no enseña desde que somos niños que…

    —No me importa lo que diga la sociedad, ni siquiera tus padres. Respóndeme, ¿es intrínsecamente risible el sexo?, y, de ser así, ¿por qué?

    La situación se volvió incómoda para Hinta.

    —Nos estamos desviando del tema —dijo.

    —No, el tema no cambió, evolucionó en algo más serio. Contéstame, ¿cómo puede ser dicho acto digno de pudor?, ¿porque así se te ha dicho desde que eras niña? Si el pudor y la vergüenza fueran algo intrínseco en la definición de lo que es ser humano, entonces no existirían tribus en el mundo que viven casi completamente desnudos, pero existen.

    Hinta no supo qué responder a eso, Sinke suspiró contento, y dijo:

    —¿Te das cuenta de cómo de algo tan tonto como monos apareándose llegamos a cuestionarnos el pudor humano? Seriedad a partir de lo banal, este tonto club funciona un poco.


    ***​


    En silencio total. Sombras sin voz ni aliento permanecieron en la jaula. De un lado para el otro, como un tigre, Ate, observando la copa del árbol aburridamente. Detrás del árbol había una pequeña habitación de concreto: un baño, como lo recordaban de su realidad; también mesas y sillas, una bandeja con varias frutas y también un lavabo saliendo del suelo, del que constantemente bebían.

    —¿Cuánto tiempo vamos a esperar? —se quejó Ate.

    Nadie dijo nada. El silencio e inactividad comenzó a desesperarlo. Yake no se había movido de su lugar, mirando hacia el exterior con tanta atención como si fuera su razón de vivir. Yuska sentada en el suelo, los ojos clavados en las hojas rojas y ramas con cierto tinte plástico, perdida en pensamientos. ¿Qué universo debería ser ese para ver a Yuska tan quieta? Y Ate no lo soportaba. Partió con dificultad una de las ramas que caían hasta el suelo, y comenzó a golpear los barrotes de un lado a otro, haciendo resonar toda la jaula con su ruido metálico; todos se taparon los oídos menos los gemelos.

    —¿Qué te pasa? —gritó Sentsa.

    —Déjalo —dijo Sinke, contento—, hay tanta quietud que siente la necesidad de hacer algo.

    —Así es —dijo Ate, sin dejar de golpear cada vez más furioso—, si no podemos hacer nada para regresar a nuestra realidad antes, al menos debemos hacer cualquier cosa, por más tonta que sea, pero algo…

    Los sonidos provenientes de la jaula parecieron tener un efecto en los silenciosos observadores del exterior, Yake los vio un poco más cerca, condensados como una bruma gris.

    Cansado de golpear el metal, Ate se detuvo, respiró agitadamente y se sentó.

    —¿Qué te ocurre? —dijo Kanyu, acercándose a él.

    —Me siento extraño —contestó Ate; Sinke lo miró de reojo—, tengo extrañas sensaciones en mi cabeza… me siento muy desesperado.

    —Supongo que es normal teniendo en cuenta dónde estamos —dijo Kanyu, sonriendo—, cualquiera estaría así si despertara dentro de una jaula.

    —¿Tú te sientes así acaso?

    Kanyu levantó la mirada, meditativo.

    —No, pero ahora que lo pienso esta situación no me desagrada, podría decir que me siento contento.

    —¿Por qué dices eso? —preguntó Hinta.

    —No sé, pero una parte de mí se siente a gusto en esta jaula.

    —¿Estás loco? —exclamó Sentsa haciendo estallar la última palabra de sus labios.

    —¿Cómo se sienten todos ustedes? —preguntó Sinke, con una voz inusualmente seria— En una situación como la nuestra lo natural sería sentir ¿qué? Cada uno se conoce a sí mismo, o al menos así debería ser.

    —No empieces ahora —dijo Sentsa, poniendo un gran enojo y tristeza en cada sílaba.

    —¿Por qué Ate tuvo el deseo de hacer ruido? Porque el silencio le desesperaba, ¿les suena ese al Ate que conocemos en nuestro mundo?

    Hinta se levantó, se aceró a Sinke y dijo:

    —Creo que sé a qué te refieres, no he olvidado lo de las mentes y que sólo estamos ocupando el cuerpo de nuestros alter egos. Eso quiere decir que… ¿A dónde se fueron las mentes de nuestros alter egos, las que normalmente ocupan estos cuerpos?

    —¿Qué tiene que ver todo eso? —preguntó Sentsa, hastiada casi al punto del llanto.

    Hinta continuó:

    —Solamente digo que, tal vez, la mente de nuestros alter ego todavía esté en estos cuerpos y por eso estamos sintiendo cosas que eran parte de ellos.

    —¿Como recuerdos? —dijo Yuska, sin quitar la mirada perdida del techo.

    Sinke la miró sospechando. Se incó ante ella, quedando a la altura de su cara, y preguntó:

    —¿Qué recuerdos, Yuska?

    —Son como leves sensaciones, sonidos y ruidos de voces que me resultan familiares; caras también, un sentimiento de calor, conformidad, miedos, tristezas que no entiendo; los he venido sintiendo desde hace rato.

    Un sonido grave, piano y tembloroso provino del suelo. Todos perdieron el aliento, y se quedaron atentos a cualquier otro cambio. El miedo y la inquietud por estar ante un nuevo peligro fueron desvaneciéndose entre más pasaban los segundos de silencio. Tras un rato de calma, Sinke dijo:

    —Podría ser verdad, tiene sentido que los recuerdos y sentimientos de nuestros alter egos todavía estén en nuestras cabezas. Quizás la acción de Ate, el sentimiento de Kanyu y los recuerdos de Yuska sean rasgos de esas personalidades que intentan salir.

    —¿Por qué no sentimos nada de eso antes? —preguntó Kanyu, aún pendiente del suelo.

    La sonrisa de Sinke era una curva algo deformada, trazada por una mano insegura.

    —No lo sé, quizás nuestros alter egos de la realidad de la gente blanca eran tan parecidos a nosotros que no notamos grandes diferencias…

    —Eso no es del todo verdad —dijo Yake, sin moverse de su lugar, con una voz distante y fría—, sí hubo diferencias importantes; pero no todos pudimos percibirlas por completo, al parecer.

    Sinke se le acercó mirándolo con recelo.

    —¿Nos has estado ocultando algo, hermano? —preguntó apoyándose a su lado en la reja.

    —He estado mucho tiempo observándolos, del mismo modo que ellos nos observan, somos un espectáculo para ellos, pero ellos también lo son para mí —miraba a los brumosos seres alrededor de la jaula; los ojos de los chicos adentro de la jaula no podían captar en ellos formas que les resultasen lógicas. La luz del techo comenzó a atenuarse, como si anocheciera—. Miran con morbo; pequeños sonidos salen de ellos; murmullos, soplidos sordos sin orden, se interesan más en ustedes, aquellos que hacen algo interesante. Puesto que somos los representantes de otra realidad para ellos, nuestra psicología les divierte.

    —¿Por qué no es del todo verdad lo que dije? —preguntó Sinke.

    —Porque Yuska y yo ya lo vivimos una vez, como si fuera un despertar, una epifanía, vimos una vida con sucesos diferentes en los que los resultados fueron otros.

    —¿Crees que aquello haya causado nuestra salida?

    Yake se levantó de la reja y caminó hasta el centro de la jaula, una vez ahí, dijo:

    —Sé algo que podríamos intentar para salir de esta realidad.

    Las miradas de todos se clavaron en él, con algo de esperanza.

    —¿Qué es? —preguntó Sentsa, desesperada.

    —Debemos recordar toda la vida de nuestros alter egos, de ese modo será como si la mente de nuestro cuerpo anfitrión nos expulsara, eso nos enviará a nuestro universo, creo que esa es la clave.

    —Espera —dijo Ate, levantando la mano escépticamente—, aún si eso fuera verdad ¿cómo piensas que va a suceder?

    El gemelo miró a Yuska, la cual se había incorporado y lo observaba distante. Se aproximó a ella y tomó su mano.

    —De verdad creo que fue por eso que logramos salir del universo de la gente blanca —dijo mirándola fijamente a los ojos—. Y si Yuska dice que sus recuerdos vuelven a ella, creo que hay una manera de activarlos.

    La chica vio como Yake se acercaba a su rostro, abrió mucho los ojos cuando sintió los labios del gemelo haciendo presión contra su boca, la cual se destensó y se abrió por instinto. Los seres fuera de la jaula hicieron un sonoro alboroto de sonidos cristalinos, interesados por ese acto inexistente en su mundo.


    ***​


    Qué bebé tan bonito. Sube y baja los piecitos y las manitas como si condujera una moto. El avestruz lo observa como una serpiente a punto de atacar a un ratón, pero el bebé sonríe ante su presencia, sintiéndose seguro en la cangurera con su padre. Pero el ave se acerca cada vez más, y el bebé comienza a inquietarse. El animal hace un ruido agudo y vibrante con la boca, y el bebé llora. Su padre lo aleja y se van a otro lugar.

    Pobre avestruz, encerrado sin mucho espacio para correr, su naturaleza se ve reprimida por el espacio; pero, al fin y al cabo, tiene comida gratis, y no tiene que huir de los leones que se lo quieran comer, al menos en algo sale ganando.

    Pobre bebé, ahora que lo pienso; habiendo nacido humano supuestamente tendrá libertad, la cual se la reprimirá su propia especie, es una lástima. Mírenlo, todavía tan inconsciente de la vida, observa a otros animales sin saber qué son o su papel en el mundo. Pero, a diferencia del avestruz, toda su vida no va a estar dictaminada por su instinto. Los animales tienen suerte en cierto modo, nacen con instrucciones, con un instinto que tienen que seguir y no pueden cuestionárselo, no tienen que preocuparse sobre cuestiones como quiénes son y para qué viven, y ese bebé tendrá que hacerlo algún día, cuando tenga mayor consciencia, claro, si tiene buenas influencias.

    ¿Desde cuándo me volvía tan filósofo? Supongo que los gemelos me han influido un poco; pero esa manera de ver la vida de un modo tan oscuro me desagrada. Quisiera pensar que ese bebé algún día encontrará un sentido a su vida más allá de ser parte de un zoológico humano, el cual, a diferencia del avestruz, no lo tiene nada gratis ni fácil. Mira ahora a los osos; su imagen es más amenazante, pero debido a la distancia no siente miedo. Juguetean con un cubo de hielo con pescados muertos para que laman y coman, se refrescan en el agua y juegan entre ellos, y no piensan mucho en los visitantes que los observan, salvo uno que otro tímido que se refugia en la calidez de su cueva, quizás aburrido o intimidado por los visitantes; pero nadie le presta atención al oso que sólo duerme, son los que juegan con el cubo de hielo los que roban las miradas. ¿Qué clase de oso será ese bebé algún día? ¿Será el que ignoran, o el que llama la atención? Pero, a diferencia de los osos, que independientemente de lo que hagan reciben comida y protección, el bebé tendrá que sobresalir entre todos para darse el lujo de vivir como un animal de zoológico… ¿Vivir como animal de zoológico? Dicen que están muy estresados, pero a mí me parece que se estresarían aún más en la vida salvaje, llena de peligros, donde no hay muerte sin dolor y todo es constante lucha, como he visto en los documentales, no lo sé. Pero una vida de ocio, comida segura y sin peligros, sin duda es el sueño de muchos. ¿Pero y los demás qué? Ate estaría feliz de ese tipo de vida, ¿pero lo estaría así Yuska? ¿Una vida completamente segura a cambio de no tener más cosas que hacer que sentarte y comer?

    —Perdone señor, no lo vi.


    ***​


    No sucedió nada. Ni un recuerdo profundo llegó a Yuska ni a Yake. Una adormecedora luz bañaba la jaula mientras los seres en exhibición yacían en camas que habían surgido del suelo, por algún tipo de sistema subterráneo que era lo que habían escuchado hacía rato, y, al mismo tiempo, la jaula fue rodeada por unas placas opacas que parecían de plástico, quedando aislados del exterior. El ambiente se sintió a una temperatura fresca y relajante, como si quisieran incentivarlos a todos a dormir, lo cual estaba dando resultado.

    La nueva Altra, confundida y con miedo, movió su cama lejos de los demás, pensando que quizás estaban locos por las cosas que decían sobre mentes y alter egos. Los gemelos se separaron un poco del resto también.

    —¿Por qué no duermes con Yake? —preguntó Sentsa, regañante— Ya se divirtieron hace un rato, ve con él.

    Yuska la miró avergonzada, y preguntó:

    —¿No decías que eso era algo inmoral?

    —Estamos en otra realidad, ¿qué importa para nosotros la moral aquí?

    Se calló bruscamente al darse cuenta de la manera en que había pensado, y se acostó de lado, lloriqueando y tapándose con las sábanas.

    Ni Yake ni Sinke durmieron fácilmente esa noche, sino que se quedaron acostados platicando con murmullos, mientras la luz menguaba hasta desaparecer por completo.


    ***​


    El sueño de todos fue profundo, casi como en un estado de coma; pero apenas las placas volvieron a liberar la jaula, y la luz del techo volvió a simular el sol, el efecto adormecedor los abandonó. Pasaron así varios días en la jaula. Encontraban siempre comida y agua sobre la mesa, consistiendo principalmente de frutas y carne, aunque algunos días también aparecieron algunos platillos que les resultaban completamente desconocidos e incomestibles, de colores y olores desagradables, como pastas de hierbas y restos de cosas que no identificaban lo que eran, pero el hambre les hacía darles pequeños bocados de tanto en tanto. Hinta rápidamente sugirió que estaban estudiándolos como ratones de laboratorio, y esas sospechas fueron en aumento cuando un día apareció una cama menos, de manera que Yake durmió en el piso, y cada noche el número de camas fue disminuyendo hasta sólo quedar una. Para empeorar las cosas, sentían que la comida debía tener algo, porque fuertes dolores de cabeza los asaltaban durante todo el día, y se dieron cuenta de que únicamente durmiendo en las camas encontraban alivio. Aquellos que poco a poco se quedaban sin camas notaron que les era imposible dormir fuera de ellas, y varias noches permanecieron en vela, hablando de cosas sin coherencia y quejándose sobre cuándo regresarían a su realidad. Los seres que los retenían también les proveyeron de varios objetos que conocían, los cuales salían del suelo del mismo modo que las camas, desde libros, juguetes para niños, e incluso apareció una vez una bicicleta que Yuska montó felizmente por toda la jaula, también una televisión que mostraba el oleaje del mar.


    ***​


    Inesperadamente el suelo se abrió, y de él emergió una enorme cápsula de base metálica y cubierta de un cristal transparente. Hinta se sintió arrastrada por una fuerza invisible hacia aquella cápsula, y, desesperada, clamó por ayuda. La mano de Sinke fue la primera en darle alivio, y pronto las manos de todos los demás la sujetaron también; sin embargo, los demás fueron jalados violentamente hacia los barrotes de la jaula. La fuerza invisible arrastró a Hinta y a Sinke hacia el interior del círculo, el gemelo intentó agarrarse a algo sin éxito, sus cuerpos atravesaron la barrera transparente como si fuera aire, y una vez adentro una capa luminosa de color verde coloreó el cristal y los encerró. Hinta gritó, pero el sonido no podía salir de la cápsula. Sinke intentó romper la cápsula a patadas, pero sólo retumbó un sonido sordo. Yuska agarró una de las sillas y comenzó a golpearla furiosamente contra la cápsula, pero instantes después el suelo se los tragó tan rápido que más parecía que hubieran desaparecido.


    ***​


    En su aburrido vagar por el zoológico, Ate vislumbró la figura de Sentsa apoyada sobre un barandal, bajo el cual los tigres se alimentaban ignorando a los visitantes. ¿Qué haces? Preguntó, Sentsa soltó un profundo suspiro, este club es una tontería, dijo sin levantar la mirada, no hacemos nada más que cosas extrañas, sería mejor renunciar a todo esto e ir a clubes normales. La verdad, me da lo mismo, dijo Ate alzando los hombros, ¿Acaso no hay nada que te importe en la vida? Preguntó Sentsa lanzando aire por la boca. Ojos fijos en los tigres, arañazo al aire por el aburrimiento. No vale la pena nada de esto, dijo Ate, quizás el problema no es la idea del club, sino los miembros que hay en él, estoy seguro de que te has preguntado muchas veces por qué somos jínnyi, pero dudo que te hayas dado una buena respuesta en todos estos años. Tenemos una buena amistad, dijo Sentsa, ¿te parece? Preguntó Ate, tal vez los gemelos tengan razón, quizá todo esto haya sido inútil desde el principio, sin importar cuánto tiempo hayamos estado en esto, mira a los animales del zoológico, ¿crees que quieren estar aquí por su propia voluntad? No tienen más opción que resignarse, probablemente ni siquiera estén cómodos con los otros, pero las barreras a los lados les impiden irse a otro lugar de su agrado. Sentsa lo miró preocupada, ¿quieres dejar el jínnliù? Preguntó con una inflexión que no pareció de pregunta, como si más que preguntar estuviera contestando la respuesta de una adivinanza. Ate tardó un rato en contestar. No, todavía no. ¿Por qué no, si tanto te molesta? Preguntó Sentsa, con las cejas fruncidas. Por la misma razón por la que los gemelos no se suicidan, contestó Ate con un tono de inquietud, pero también maravillado.


    ***​


    Suave sábana de lino, sintió su piel; suave sonido del viento a través de las hojas de los árboles escucharon sus tímpanos; penetrante olor; hechizante, excitante, mareante, aroma de la feromona femenina. Miró a su alrededor su propia habitación; el piano, su escritorio, sus libros, su violín sobre el sillón, las puertas del balcón abiertas de par en par y el cielo tras ella, todo como lo recordaba. Pensó que al fin habían regresado; pero el aroma continuó extrañándole, y se dio cuenta entonces del bulto que se formaba bajo sus sábanas, a un lado de él. Era Hinta, durmiendo plácidamente, con lenta respiración. Y vio sus labios entreabiertos, sordos murmullos que parecían llamarlo, y el aroma se intensificó en su ya de por sí sensible nariz, y acercó a ella su rostro, con la mirada hechizada. El cálido aire de sus pulmones la despertó del letargo, y miró sorprendida al gemelo; pero a ella el efecto del aroma rápidamente la embaucó; su corazón se aceleró y en su espina un frío se sintió. El gemelo la tomó de un brazo y ella no se resistió; mas sus manos lo tomaron de las costillas y bajaron al abdomen, y no pensaba, no razonaba, el aroma la embriagaba, aroma de feromonas masculinas.

    ¿Sucumbir o no sucumbir? Analiza las cosas. De seguro nos drogaron, conocen el aroma de lo que doblega el corazón del ser humano, somos sus conejillos. No nos han regresado; es una casa construida de recuerdos. Las manos de él se clavaron en el colchón y le besó suavemente la frente. Lo saben, por eso me aceptaron a mí y no a los demás. Lo sé, siento tus manos recorrerme, pero veo tu rostro temeroso y que poco a poco sucumben a esta dopamina. Quieres, ¿verdad? Pero no sólo por este experimento, quizás porque soy yo, porque soy yo tus brazos me aceptan, tus piernas se abren, tu boca parece querer recibirme. Pero no pienso con claridad; pierdo la batalla, pero aun así debo resistir, al menos un poco más; que mi razonamiento no caiga de este modo.

    Se detuvo. Todavía sobre Hinta, tomó su mano y la puso sobre su corazón, y luego dijo:

    —Siente el latir de mi corazón como un timbal, ¿lo sientes? ¿Qué es? No es un lento o un adagio, es más bien un allegro, allegro por ti. Tu respiración es mi metrónomo, y entre más te siento soplar, con tu boca flauta-soplante, mi corazón se hace un presto, ¿lo sientes? Mira, ahora es un prestissimo. Oh, estimada jínne, las cuerdas ya no pueden más; las cerdas de los arcos están a punto de romperse; los alientos lo pierden poco a poco; el timbal está a punto de rasgar sus membranas, ¿cuánto tiempo más tendrá que soportar mi cuerpo tan trepidante sinfonía? Anhelo llegar a la coda del finale, y en sus grandes acordes perderme y explotar contigo; mas si no puedes soportar el stringendo de esta sinfonía; si el acelerando y el crescendo de miedo tu ser llena, dime, dime ahora, querida jínne, y del podio me bajaré y la batuta descenderé. Dime un no, sólo eso, ahora mientras la droga mi mente aún controle, y si los dolores del final interrumpido me hirieren, me lanzaré por la ventana aunque de un mayor mal me haga víctima, y la ira de los que nos hacen esto desencadene contra mí, porque no es mi deseo de una sinfonía indeseada hacerte partícipe, en despreciable cadencia acabar, porque piensa que al terminar a nuestro estado anterior de seguro hemos de volver, y no quiero que tus ojos me desprecien por haberte ultrajado. ¿Aceptas, pues, que el jínn con la jínne yazca, sin que posteriormente su mente de culpa se llene?

    Excitada, como la había dejado el aire, apenas titubeó inteligibles sonidos; pero su rostro, de ojos brillantes y algo llorosos, se acercaron a él y apretó sus labios con la boca, que permaneció cerrada por un momento para después abrirse y sentir de lleno los labios del gemelo. Una mano bajó hacia su pecho con suavidad; lo sintió conectado con su corazón, bombeo amortiguado por la suave piel. Se movió para desabrocharle la blusa; ella le sostuvo la mano con suavidad mientras lo hacía. Quedó al descubierto el sostén blanco; el torso subiendo y bajando con el aire, y vio un lunar donde nacía el seno derecho.

    Sonidos, risas, sus manos sintiéndose mutuamente sin tocarse. Vio Hinta al gemelo como un niño, sonriéndole y hablando animadamente, practicando artes marciales a la tenue luz de la madrugada. Largos paseos a la orilla del mar de Shórsta, la cargaba mientras corría con los pies mojándose por el oleaje. Lloró después, frente a su padre que le gritaba palabras que había olvidado, y Sinke encarándolo desafiante, siendo todavía un niño, Bái Semt le propinó un golpe que lo dejó muy lastimado. A escondidas se veían, año tras año, suceso tras suceso, experiencia tras experiencia, y pronto crecieron, se tocaron, besaron, abrazaron, y desvistieron; vio luego el lunar que escondía su blusa, y sintió en ese lugar labios húmedos. Una rápida luz cegadora le hizo verse encerrada en la jaula junto a él y otros amigos, y recuperaron ambos el control de sus mentes, quedándose abrazados sobre la cama, atónitos tras la visión que fue la vida de los alter egos cuyos cuerpos sus mentes habían invadido. Silencios en sus tímpanos, y luego una larga oscuridad.


    ***​


    —¿Todo bien, señorita Sentsa? —preguntó Azt, el mayordomo, sentado junto a la estudiante en la espaciosa limusina.

    Mirada confundida, como despertada de un profundo sueño, la enorme jaula se había convertido en su limusina, y la ropa gris era ahora un uniforme escolar. En su confusión se apresuró a abrir su portafolio, que sujetaba balanceándolo en sus rodillas, y de él sacó libros de segundo año.

    —¿Qué le ocurre?

    La vio llevarse las manos a la cabeza. La elección presidencial, sus jínnyi, el término del verano y el cambio al edificio de los segundos años, honor y orgullo; pero celos ante las mejores calificaciones de los gemelos, un nuevo Qwáo-grüm, otra navidad y otro año nuevo. Imágenes que no había visto, sonidos que no había escuchado, sensaciones que no había sentido, vida que no había vivido.
     
  16. Threadmarks: Capítulo 6. Nóînye
     
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    Título:
    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    35
     
    Palabras:
    4511
    Capítulo 6. Nóînye


    18


    Ese día en que se celebraba el Nóînye, apoyado en el barandal del puente rojo que se extendía sobre el lago, Délo miró tristemente el agua diáfana y a los peces exóticos que nadaban en ella, ignorantes de los problemas más allá de los confines de su estanque, y recordó cuando había conocido a su novia hacía más de cinco años.

    A veces las historias de amor comienzan con un conflicto entre familias; otras, a partir de una tragedia, y otras por un flechazo de un aparente y engañoso amor a primera vista, pero la razón por la que el Délo de diez años se aproximó a su nueva compañera de clase fue porque durante su presentación dijera ser poseedora de un nombre muy similar al suyo. De inmediato fueron amigos a causa de eso, y fueron el dúo más curioso del salón durante aquella época en que la inocencia era poco a poco llevada por el viento. Déla era enamoradiza incluso desde esa edad, una vez se ganó las risas de sus compañeros cuando se le confesó a su maestro en frente de todos, e incluso Délo se rio convenciéndose de que era un juego. Él no era bueno para tener amigos, pero con Déla se sentía cómodo y tranquilo, pues de algún modo la consideraba un alma gemela por el simple hecho de compartir la raíz del nombre que les habían puesto sus padres, como si eso fuera una señal de la realidad que les indicara que estaban destinados a algo más. En el primer año de secundaria Déla consiguió su primer novio, por lo que comenzó a dejar de lado a su amigo, sin embargo esa relación de púberes no duró casi nada, y durante bastante tiempo la chica no quiso volver a saber de otros chicos, y de nuevo solamente en su eterno Délo pudo encontrar a alguien en quien confiar. Pero conforme pasaban los meses, y seguían viviendo juntos su vida de estudiantes como un dúo inquebrantable, los sentimientos comenzaron a surgir también en ella poco a poco. Se dio cuenta de que de repente buscaba excusas para estar sola con él o para ir a su casa, incluso cuando no había motivo para hacerlo. Aunque de por sí en la escuela estaban juntos en casi todo momento, sintieron ambos como si sus vidas comenzaran a girar en torno al otro, y se sintieron solos y con una gran pesadumbre cuando no estaban cerca. Mucho tiempo negaron esos sentimientos, dada la inseguridad que sentían con respecto a lo que el otro pensaba, prisioneros de la incertidumbre, pero eventualmente el frenesí emocional que la realidad hizo crecer en ellos les hizo confesarse el uno al otro al mismo tiempo. Ambos levantaron entonces la vista y se miraron con la boca abierta y el corazón apenas palpitando. Y luego, no siendo necesarias más palabras, se besaron por primera vez.


    ***​


    —¡Ah! Estimado amigo Délo, ¿por qué has de tener el infortunio de estar durante este día sumido en la melancolía y la ensoñación del que de pareja que abrazar carece? ¿No debería estar hoy tu enamorada perdida en tus cálidos brazos, y en el tormentoso remolino del segundo círculo del infierno dejarse llevar?

    Acostumbrado a su manera de expresarse, Délo se lo tomó con normalidad.

    —Ya sabes que Déla está en el comité de moral de Sentsa —contestó desanimado. En el fondo estaba conmovido por el interés del gemelo—, desde entonces tenemos poco tiempo para vernos en la escuela, y hoy los chicos y las chicas les estarán dando algo de problemas, supongo.

    —Extraño es, estimado, que siendo ustedes dos una pareja tan apasionada, ella haya decidido unirse a ese comité a sabiendas de que eso la alejaría de ti.

    —En realidad lo hizo por unas compañeras que la animaron. Sabes, desde que salimos no ha tenido muchas amigas, por preferir sólo estar conmigo, pero desde que comenzó el año ya varias chicas se han empeñado en invitarla a salir, ya sabes, y a ella eso le ha puesto muy feliz.

    —Aun así intrigante es que desde el primer día se notaba el gran amor que de ella tenías la suerte de gozar, y en ella no percibí nada más que el mismo gozo correspondido en su mirar.

    —Sí, pero hasta nosotros sabemos que el amor no lo es todo. Es importante convivir con otros también, tener amigos y amigas, no sólo enamorados.

    —¿Qué clase de amigas la obligarían a formar parte de algo que contra de sus más característicos sentimientos promueva, en especial en una festividad como la de hoy, que debería ser cuando su naturaleza amante más fuerte se mostrare?

    —Lo sé, pero pienso que sería mejor no decirle nada, no quisiera que tuviera problemas con el comité.

    —Hablando de cosas más extravagantes, ¿recuerdas a mi hermano Yake? ¿Qué opinión tienes de él?

    —No he hablado mucho con él —dijo después de una pausa—, pero todos dicen que es un antisocial. No creo poder dar una opinión aún, ¿por qué?

    —Acompáñame si quieres ver un estrafalario espectáculo.


    ***​


    Había amor por todo el instituto Ítuyu. El periodo del año en que los seres de esa realidad habían sido acostumbrados a percibir como el ícono de un tiempo dedicado a satisfacer aquella primitiva necesidad conocida como afecto, cariño, pasión hacia otros de esos seres que les correspondieran el sentimiento, y a ellos estuvieran dispuestos a regresar el mismo afecto, cariño, y pasión. En Danzilmar se le llamaba Nóînye, y siendo Danzilmar un país fuertemente romántico, los jóvenes se daban tiernos y llamativos regalos, dulces costosos, se escribieron tarjetas, y algunos más cursis plagiaron poemas para las chicas; el corazón de éstas se aceleraba ante la emoción de encontrar la carta de un chico en sus mochilas al regresar a sus asientos, y cuando eso se cumplía y observaban el objeto de papel, sentían su corazón detenerse mientras el frío de la realidad recorría sus espinas, sintiendo el posterior calor que les subía por el cuerpo y nublaba su mente, haciéndolas sentir una especie de felicidad sólo por el hecho de sentirse especiales y deseadas, y los chicos esperaban sudando ansiedad la respuesta de las chicas, las cuales podría proporcionarles la mayor felicidad y júbilo, o la mayor tristeza y desdicha.

    Amor volat undique; captus est libidine. Iuvenes, iuvencule coniunguntur merito —cantó Sinke en el camino hacia el instituto Ítuyu—. Hermano, las hormonas de los zagales llegan hasta mis sentidos aun a la distancia, con mis dientes del aire logro arrancarlas como si fueran viscosos vapores amorosos, y por vez primera ante el vivo acto del cortejo humano nos encontraremos cara a cara.

    Mas para el frío gemelo aquella era la festividad que menos lo entusiasmaba de todas, mala suerte para él vivir en un país que rendía tanto culto y aprecio a los amores[1]. Mientras caminaban, observó las muestras de afecto que se daba la gente por seguir una tradición en fecha foránea, que se había incrustado en su sociedad y cultura como una astilla dolorosa de remover[2].

    —Creo que regresaré a casa —dijo Yake, pero en seguida fue detenido por su hermano.

    —No te acobardes ahora, hermano —contestó Sinke con picardía—, podría ser que este día una linda doncella virgen de esta realidad, de sonrisa parábola, ojos grandes reflejantes con inverosímiles colores, y actitud tan dulce que caries con sólo mirarla te saque, decida hacerte con todo el cariño de su espíritu el poseedor de su corazón.

    —Sería una gran novedad —dijo Yake fijándose excesivamente en el camino que tenía adelante—, pero ¿por qué arriesgarme?

    —Porque tenemos una apuesta, hermano. No vale si no te sumerges al igual que yo en los asuntos triviales de la vida.

    Y diciendo eso, salió corriendo.


    ***​


    Yake se encontró con Yuska en la entrada, y juntos caminaron hacia su edificio mientras el gemelo pretendía ignorar todo.

    —¿No te parece romántica esta época del año? —preguntó Yuska, pero la fría, casi adormilada cara del gemelo contestaba por sí misma— La verdad a mí también me parece algo tonta, pero hay muchos chicos y chicas que pierden la cabeza.

    —Yo creo que es algo innecesario —dijo Yake—. Si te das cuenta, el amor no es más que un contrato que la gente hace sin darse cuenta, y dice: hazme sentir bien, hazme sentir especial, hazme sentir que soy importante para ti, alimenta mi autoestima con tus palabras y haz que mi espíritu goce con tu presencia; condiciona a mi cerebro para que libere endorfinas cuando estoy a tu lado, lucha conmigo y sé mi aliado para ayudarme en mis problemas, tanto físicos como emocionales; haz que mi felicidad, mi estabilidad emocional, sean compartidos y mejorados por tu ser, bríndame el máximo bien que nadie más es capaz de darme; apórtame felicidad, aporta dicha en mi vida, aporta consuelo cuando esté triste, y nunca te olvides de mí. Amándome hazme amarme más a mí mismo. Y a cambio, yo haré lo mismo contigo; te daré felicidad, consuelo, haré que tu cerebro segregue drogas de placer cuando estés junto a mí, haré que tu felicidad incremente conmigo, y amándote te haré amarte más a ti mismo. Ese es el contrato del amor que los seres de esta realidad hacen.

    —Eso se escuchó extrañamente romántico —exclamó Yuska con un fingido aire soñador—, ¿no será que te me estabas confesando indirectamente? —preguntó mirándolo con retadora coquetería.


    ***​


    Entonces aparecerás.

    —Los chicos y las chicas no pueden caminar juntos a menos de un metro de distancia uno del otro —irrumpirá tu voz con una actitud forzadamente seria.

    —¡Déla! —exclamará Yuska—¿No deberías estar con Délo este día?

    Bajarás la cabeza tristemente.

    —No puedo, soy parte del comité de moral, y hoy precisamente es un día muy ocupado. Todos se andan regalando y escribiendo cosas por todos lado y se hablan más que de costumbre. Y sea como sea, Sentsa ha permitido dichas actitudes siempre y cuando no avancen a muestras de afecto más reprochables. Estamos monitoreando lo que se escribe en las tarjetas y las reacciones de todos al leerlas. Ya hemos suspendido a dos alumnos hoy: una pareja que se abrazó por más de diez segundos; creí que era exagerado pero me dijeron que se veía que querían algo más. Y el día de clases ni siquiera ha comenzado.

    —¿Por qué te has unido a dicho comité si se ve que estás a favor de la idea contraria? —se forzará a preguntar Yake— Si es porque Sentsa y las demás te han convencido de que tu proceder es inadecuado, su razonamiento me parece carente de justificación.

    —Bueno, mis amigas me lo propusieron y no quisiera defraudarlas, ya sabes, muchas son adeptas a la ideología de Sentsa. Siempre les molestó que estuviera tan apegada a Délo y me decían que debía tener más control sobre mí misma, más amor propio.

    —¿Y lo necesitas —preguntará Yake.

    —No estoy segura —contestarás, bajando la cabeza—, tal vez sí.

    —¿Por qué te dejas manipular por las demás? —dirá Yake con algo de mofa en la voz—, En especial por Sentsa, cuyas razones para su actuar siempre me han parecido altamente cuestionables.

    —Hasta cierto punto creo que tiene razón —dirás resignada—, si los jóvenes actúan como quieren, y se dejan llevar por sus emociones, eso pudiera llevarlos a cometer errores; tal vez lo mejor sea reprimirlos para evitar que sucedan. Si las distracciones por esos motivos resultaran en un descenso en sus calificaciones o si alguna chica resultara embarazada, eso no repercutiría bien en la imagen del instituto. Es mejor prevenir que lamentar.

    Yake se llevará la mano a la cara con fastidio.

    —Creo que hablaré con Sentsa terminando las clases —dirá mientras sigue su camino.

    Yuska irá tras él y durante un rato no dejará de acosarlo con preguntas entusiastas.

    No verás a tu querido Délo hasta mucho rato después.


    ***​


    —¿Qué opinan de esos Délo y Déla? —preguntó Sinke mientras se recostaba contra el tronco de la palmera— Se ve que tienen una relación muy crepuscular y azucarada.

    —Todas las escuelas tienen a una pareja así —dijo Kanyu.

    —A mí me dan asco —dijo Ate—, mírenlos, besándose a la vista de todos, está bien que se quieran y todo eso, pero exageran.

    —Y ustedes, gemelos, ¿son capaces de sentir amor? —preguntó Sentsa— Ya saben, con eso de que no se sienten parte de la realidad...

    Sinke rio cínicamente.

    —“Amor” sólo es el término agradable para una relación de dependencia donde lo que se aporta es la felicidad, es en esencia un tipo de egoísmo del que se han convencido de que es necesario para ser considerado un ser humano.

    —Yo creo que todos necesitamos amor en nuestra vida —dijo Sentsa, recuperando su postura firme—, el amor de familia es lo que sostiene a la sociedad, y sin ella nada hace que una sociedad funcione.

    —Lamento discrepar contigo, estimada jínne, mas el amor no debe ser visto como algo inherentemente indispensable; pero nos hemos dejado convencer de que es tan importante, que no nos hemos dado cuenta de que en realidad no tiene por qué serlo.

    —Pero no han respondido a la pregunta de Sentsa —dijo Hinta jugueteando con su tenedor—, ¿pueden ustedes amar o no?

    —Amar, no creo que sea de la incumbencia de nadie —respondió Yake con apatía.

    Yuska llegó corriendo repentinamente y propuso a los gemelos que la fueran a visitar a su casa, y de paso les recomendó a los demás que también deberían dejarlos conocer a sus familias.


    19


    Cuando los dos chicos llegaron a su aula, los demás alumnos estaban presas de una extraña expectación. Sinke se encontraba en su lugar sentado campantemente con una sonrisa atónita.

    —Alégrate, hermano —le dijo—. La realidad otra sorpresa nos ha querido dar.

    Y al llegar a su asiento, Yake observó que sobre el pupitre una carta yacía con un corazón dibujado sobre ella. La tomó y la observó con una espantada incredulidad mientras los jóvenes murmuraban.

    —¿Alguien se le confesó a Yake?

    —¡No jodas!

    —Avísenle a todos.

    Con un rápido movimiento, Yuska le arrebató la carta de las manos, la miró apretando las cejas, y la abrió.

    —¿Qué es lo que dice? —preguntó una chica de largas trenzas, muriéndose de curiosidad con las manos juntas a la altura del pecho.

    Con un gesto de desconfianza, Yuska leyó en voz alta el mensaje. Se trataba de una carta de amor anónima que había escrito una chica, la cual se identificó como admiradora secreta del gemelo. Me pareció curiosa esa costumbre de que alguien pudiera declararse admirador de alguien de aquella manera, pero las palabras con las que describía lo que sentía por él, sin rayar en lo absolutamente cursi, eran como mínimo causa de una gran vergüenza ajena para el gemelo, que indiferentemente escuchaba mientras leía Lolita en su silla. Conforme leía, Yuska acercaba el rostro a la carta, sus dedos la arrugaban levemente y su tono adoptaba una inflexión interrogativa y sorpresiva en las partes en que describía sus sentimientos con gran detalle; hubo una gran conmoción cuando leyó que iba a estar esperándolo durante el descanso bajo un naranjo que se encontraba en la parte de atrás del mismo edificio. Algunos se sentían envidiosos del gemelo, otros lo motivaban a corresponderle a esa chica misteriosa independientemente de quién fuera, y unos pocos sólo lo dieron todo por broma. Yake se lo tomó como si no fuera nada, y las clases comenzaron sin que pareciera perturbado en absoluto.


    ***​


    Hinta también recibió una carta de confesión por parte de un chico de otro grupo. Le llegó por parte de una compañera alta y regordeta que a veces le pedía ayuda para las tareas, ya que el muchacho en cuestión era demasiado tímido para entregarla personalmente, y con algo de vergüenza se fue a encontrar con él en cuanto la alarma del descanso sonó. El joven se llamaba Súruk, uno de los mejores promedios del primer grado; de aspecto saludable, fisonomía algo infantil, lo cual resultaba atractivo para algunas hembras de ese mundo. Hinta había hablado con él en varias ocasiones desde hacía algunos meses, le constaba que su carácter era bastante similar al de ella: tímido, callado, y en general bastante sumiso y pacifista. Pero a pesar de todo eso, al joven Súruk le tocó aquel día degustar el rechazo de la chica de cabello áureo.

    —Lo siento mucho —se disculpó Hinta.

    Súruk retuvo una lágrima que quiso escurrirse por su mejilla, y sintió un ardor quemante recorriéndole la espalda.

    —No te preocupes —contestó manteniéndose sonriente—, supongo que alguien tan linda como tú ya tiene a alguien más.

    La sangre tiñó las mejillas de Hinta.

    —No… te equivocas…

    Un ajetreo se escuchó entonces, y el siempre acelerado Sinke se detuvo bruscamente junto a ellos, jalando a Délo de uno de los brazos.

    —Hinta, buscándote he estado —dijo apresuradamente—, si no nos apuramos, nos perderemos el espectáculo.

    —¿Qué espectáculo? —preguntó Hinta.

    —Mi hermano irá a ver a la chica que le dejó la carta de amor… y trae a tu trémulo amigo, entre más gente esté ahí, mejor.


    ***​


    Sentado bajo el naranjo, Yake sintió a la realidad estremecerse alrededor. Desde que sonó la alarma del descanso, Sinke voló por toda la escuela dando la noticia del singular evento que se llevaría a cabo detrás del edificio de los primeros años frente al árbol de naranja, y a donde fuera que lo anunciaba las exclamaciones de sorpresa abrumaban a los jóvenes que los conocían, incluso algunos profesores fueron víctimas de esos cotilleos.

    Decenas de alumnos comenzaron a apostar entre ellos si el muchacho sin emociones aceptaría o rechazaría a la chica. Algunos optimistas optaron por que aceptaría, pero la gran mayoría daba por hecho que no lo haría, y sólo esperaban que la chica que fuera no se entristeciera mucho ante la inminente negativa. Algunos mantenían la idea de que todo era una broma y sólo quisieron ir a verlo caer. Fuera como fuera, el hecho es que el gemelo que prefería permanecer en las sombras se convirtió de repente en la figura central de la escuela en una situación romántica, y a la distancia decenas de chicos y chicas lo observaban de manera completamente evidente: algunos resguardándose tras las decenas de árboles que conformaban el enorme huerto, fingiendo que hacían otras cosas por ahí, pero siempre pendientes de lo que sucediera bajo aquel naranjo. Los minutos del descanso pasaban, y la expectación entre todos los fisgones aumentaba. Los jínnyi y su hermano también lo observaban a la distancia mientras el gemelo permanecía con la mirada sosegada y los brazos cruzados, ignorando a todos los que descaradamente ni siquiera intentaban pasar inadvertidos.

    —¿Por qué tardará tanto la chica? —preguntó Sentsa, quién miraba con impaciencia junto a los demás a la distancia.

    —¿Qué pasa, Sentsa? —preguntó Ate— Creí que habías dicho que las relaciones entre estudiantes estaban prohibidas.

    —Sólo… sólo es curiosidad, si las cosas se vuelven extrañas, da por hecho que intervendré, que para eso es el departamento de moral…

    Yake lanzó una mirada robótica a un grupo de chicos que lo observaban fijamente desde las sombras de los árboles, y estos de inmediato hacían como que almorzaban sin tener nada que ver con él.

    —Sinke, ¿por qué Yake aceptó aparecerse si tanto odia estas cosas? —preguntó Délo.

    —Digamos que, a pesar de que mi hermano es tan como es, hasta él tiene su lado curioso; tiene que obligarse a sí mismo a hacer cosas que en el fondo le llaman fuertemente la atención —contestó indicándole con la mano que no hablara tan fuerte.

    Momentos después, una figura femenina apareció del otro lado del edificio y caminó hacia el árbol de naranja. Todo enmudeció, desde los atentos observadores hasta el viento entre las hojas de los árboles. Sinke tuvo de nuevo una extraña sensación en su ser, miró al cielo por un momento, y le pareció que la realidad se contraía de manera casi imperceptible. Yake también sintió al espacio tensarse. El aire adquirió una densidad diferente mientras se sentían los ecos silenciosos de la respiración de todas las criaturas vivientes en el huerto. Inconsciente de todo eso, Ate miró un momento a Yuska, cuyos ojos preocupados estaban sobre la chica que caminaba hacia el gemelo, y pensó que nunca antes la había visto tan tensa, tan rígida como el árbol sobre el que apoyaba la mano como una garra.


    ***​


    —Hola, Yake —dijo la tierna voz que aterrizó con suavidad en sus tímpanos.

    Al voltear la mirada, Yake se encontró con su pesadilla.

    —¿Es Ima Lib? —exclamaron con sorpresa muchos de los estudiantes, con voz discreta.

    Las exclamaciones de los jóvenes, como el tenue murmullo previo a un concierto, se extendieron rápidamente hasta el punto en que resultaba innecesario tratar de seguir fingiendo. Ima no se daba cuenta o no le importaba.

    —¡Vaya, hermano! —dijo Sinke sonriendo malévolamente— Te has llevado el premio mayor, o quizás el mayor castigo, las circunstancias lo dirán.


    ***​


    Ima Lib se había ganado rápidamente la reputación de la chica más bella del instituto desde el primer día, levantando a su paso suspiros y admiración en todos los chicos que agradecían el no haber nacido ciegos, y también era envidiada por muchas chicas por la voluptuosidad de su cuerpo y rostro. Llamarla hermosa era poco, su esplendoroso ser era algo casi divino para todo ser humano de esa realidad. Con una carita infantil de ángel, en apariencia totalmente inocente y una sonrisa que radiaba una tímida alegría, reconfortaba incluso a los humores más entristecidos. Pero su apariencia no era lo único que ponía de cabeza a la gente, sino que también estaba dotada de una personalidad que hacía sentir a los que la veían como si un rayo les hubiera alcanzado, con la actitud y comportamiento de la más tierna pureza, que hacía surgir en todos la inevitable necesidad de protegerla, y una sonrisa de tal timidez que la hacían verse mucho más encantadora, unos ojos verdes diáfanos que derretían incluso al más tosco cuando lo miraban con vergüenza por haber chocado por accidente; el cabello largo de cascada y de un profundo azul marino, el cual cuando era mecido por el viento de ese mundo la hacían verse como la encarnación de una antigua hánla[3], mientras pensaba con el dedo índice en la comisura de su labio y la mirada perdida en el infinito.

    Todo el mundo creyó que los dioses se habían vuelto locos al ver que ésa era la chica que se le había declarado al gemelo, y entre algunos chicos se sintió el increíble deseo de matarlo por considerarlo indigno de esos portentos.

    —Espero no haberte hecho esperar mucho —dijo Ima contoneando su cuerpo con timidez, la cara levemente roja—, pero es que estaba tan nerviosa.

    El gemelo se levantó del asiento y la observó con una mirada fría, pero en su mente el desconcierto irrumpió con fuerza al examinar sus rasgos, que serían un sueño paradisiaco para los demás.

    —¿Por qué yo? —preguntó fríamente— ¿Por qué entre tantos otros seres entre los que pudiste haber elegido para dar esa carta, tenías que escogerme a mí? Para mí todo esto no es más que una trivialidad inútil, algo de lo que no quiero ser parte.

    Ima se acercó a él lentamente, la sonrisa se le había desdibujado, y luchó por no mostrarse afligida.

    —Cuando tu hermano estuvo dando la noticia de que ibas a presentarte, lo escuché y me sentí muy feliz porque había dado por hecho que me correspondías —dijo con una tierna voz temblorosa—, dime ¿no es verdad acaso? —lo miró a los ojos suplicante— ¿Pero por qué?... estaba tan feliz que superé mi vergüenza, y no me importa si incluso toda la escuela nos está mirando… si al final sabía que todo iba a salir bien… —se acercó hasta invadir su espacio personal, y lo miró con unos reflejantes ojos cristalinos, pequeñas lágrimas brillantes asomaron en sus ojos, sin vergüenza alguna se aferró a una de sus manos hasta inconscientemente acercarla a su prodigioso pecho—. Después de lo mucho que esperé esto, y con lo contenta que vine… —sollozó con una voz conmovedora, voz que habría impedido que los más horribles crímenes y las más sangrientas guerras se hubieran llevado a cabo si hubiera sido escuchada.

    El gemelo sintió sus extremidades congeladas de calor. La sensación de su cuerpo contra el de ella, al principio la sintió irreal y caricaturesca como todo lo demás en el mundo, pero luego sus sentidos comenzaron a cederle paso a una sensación familiar. Se tambaleó al sentir que se llenaba de la misma sensación banal que hechizaba a todos sus compañeros, y se opuso a eso desesperadamente, aunque su semblante siguiera siempre tan serio e insensible como siempre a la vista de todos los demás, los cuales se quedaron mudos al ver cómo la adorable chica pegaba desesperada su rostro contra el pecho del gemelo, suplicándole y derramando lágrimas en el uniforme de Yake.

    Sentsa estaba a punto de hacer cumplir su deber como la presidenta del comité de moral, cuando el desastre se desató.


    [1] Se suele decir que Danzilmar es todo lo romático que el resto del mundo considera erróneamente para Francia.

    [2] El Nóînye, o fiesta de la lluvia, solía celebrarse durante el verano, pero se cambió la fecha a febrero para coincidirla con el San Valentín. Originalmente celebraba, además del amor de pareja, el amor de familia, a la vida y a la naturaleza, aunque éstos últimos perdieron mucha notoriedad por influencia de la festividad extranjera.

    [3] Ninfa de la mitología danzilmaresa que habitaba en lagos, tomaban la forma de las mujeres que los hombres amaban para tener hijos con ellos.
     
  17. Threadmarks: Capítulo 16. Sexo y drogas
     
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    Título:
    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    35
     
    Palabras:
    8073
    Capítulo 16. Sexo y drogas


    45


    La semana de los exámenes finales está a punto de comenzar. Pueden verse a los estudiantes que, habiéndose confiado mucho durante el mes previo, repasan una y otra vez los apuntes de las materias que habían descuidado más. Vuelve a ellos la agobiante presión del mes anterior. Para intentar calmar los ánimos de todos, la presidenta Altra les había repartido pastillas para el estrés con la aprobación del director. Los clubes fueron oficialmente cerrados y no abrirían hasta terminada la semana de exámenes.

    Preocupadas por las calificaciones de Yuska y Ate, Sentsa y Hinta deciden ayudarlos a estudiar en sus casas respectivamente, separados para tener menos distracciones.

    Le cuesta algo de trabajo a Hinta hacer que Ate recuerde los símbolos de la tabla periódica, las identidades trigonométricas y la diferencia entre un verbo transitivo y uno intransitivo; pero sin quejarse nunca de todas las veces que se ve obligada a repetir lo mismo, ni de todas las veces que Ate se equivoca; una buena maestra y jínne comprensiva con la poca energía y voluntad de su jínn. La mayor parte del tiempo permanece seria y casi inexpresiva, con mucha seguridad para explicar y responder todas las dudas, pero sus progresos, por lentos que fueran, le hacían reflejar una grata satisfacción en el tono dulcificado de su voz y la parábola de su boca. La ayuda de Hinta da buenos resultados a Ate durante los exámenes, pasándolos uno a uno con números aceptables, pero al menos Hinta está segura de que no iban a tener un jínn atrasado un año.

    El jueves se preparan para los exámenes de literatura, historia y filosofía, que tendrán lugar el viernes. Habiendo pasado horas repasando lo que tantas otras personas habían pensado, vivido y escrito hacía cientos de años, deciden tomar un descanso bebiendo un té de bambú en el patio, sobre unas bancas estilo lówk[1] que Kuesta, la hermana de Ate, había regalado a sus padres.

    —Sólo un día más y todo habrá terminado —dice Hinta, intentando animarlo al ver su fatigado rostro.

    —Sí, pero sé que apenas lo voy a lograr —dice Ate, echándose para atrás en la banca.

    —No te atormentes por eso, lo importante es que apruebes.

    —Tal vez eso te parezca, pero yo no lo veo así. Si lo piensas todo bien, esto de la escuela ha dejado de tratarse de pasar o no un examen; eso es de cajón, lo importante es con qué calificación lo haces. Un diez es siempre más importante que un nueve o un ocho.

    Hinta mira las manos de Ate, que no han soltado el lápiz con el que había respondido el cuestionario de práctica, y luego dice:

    —Creo que es la primera vez que te veo estudiar en serio; me alegra que te preocupe tu futuro, pero no te desesperes, todavía estás a tiempo de hacer un cambio.

    —Sí, claro. Esta realidad es la que dicta y soy yo el que debe cambiar.

    —¿La realidad? —pregunta Hinta extrañada.

    Ate ríe con la nariz.

    —Los gemelos hablan tanto de la realidad, como si se tratara de una persona, que creo que se me está pegando —dice y vacía la taza en su garganta —. ¿Tú qué opinas de la realidad, jínne?

    Hinta baja su taza sin saber qué pensar.

    —Te daré un ejemplo práctico —dice Ate al ver que ella no va a decir nada—, ¿por qué somos los únicos adolescentes de todo Danzilmar que conformamos un jínnliù?

    Hinta nunca lo había oído hablar de esa manera tan seria. Se queda perpleja por un momento, pero pronto responde:

    —Simplemente la oportunidad se dio. Nos llevábamos muy bien, no veíamos razón alguna por la que no hacerlo.

    —¿Y a ti te parece que en verdad somos jínnyi, o solamente es una mera palabra con la que nos gusta nombrarnos? —adelanta el cuerpo hacia ella, su mirada se vuelve mucho más seria— Nuestra realidad es esta, pero es una realidad que nosotros mismos hemos creado, y si nosotros mismos la hemos creado sin razón lógica, podemos cambiarla si queremos, ¿no crees?

    —Eso suena como algo que dirían Yake y Sinke —dice Hinta, algo nerviosa.

    Ate vuelve a reír.

    —Tienes razón. Qué idiotez, ¿no te parece? Cambiar la realidad.


    ***​


    Si algo hubiera sido diferente, si la chica de cabello áureo no se hubiera desvanecido frente a sus ojos mientras sostenía su mano con suavidad, si no hubiera salido de su habitación, si no hubiera corrido rápidamente hacia la de su hermano, y si no hubiera encontrado a Yuska frente a la escalera, con la cara roja, sonrisa gozosa, radiando la felicidad de una chica enamorada, quizás el confundido gemelo no habría apurado tanto el paso en el momento en que la chica se despidió de él con un tono cantarín y satisfecho, no habría irrumpido en el cuarto de su gemelo idéntico, y no se habría llevado la mano a la boca, intentando contener la risa, al verlo sobre la cama, cubriendo su desnudez con la sábana, mirando la nada que había sobre él.

    —¿Qué carajo te ocurrió? —no habría preguntado, con dificultad por la risa— Parece que el frío corazoncito de mi hermano, y otras partes de su cuerpecito, ya han conocido el calor del contacto con las drogas mielescas del goce carnal —no se habría sentado sobre la cama. —Por eso Yuska se fue tan sonriente, ¿verdad? ¿Qué se sintió? Te ruego que me ilumines, ¿es en verdad un viaje a otra realidad, el sentir a otro ser dándole placer a tu cerebro? ¿Qué pasaba por tu mente? ¿Acaso todo tu intelecto, todos tus conocimientos, toda tu filosofía y todo el mísero valor que le has dado a tu vida se volvieron pueriles, vanos, triviales, estúpidos e inútiles en el momento del éxtasis químico?

    En ese mundo, Yake habría hablado sin articular mucho los labios, sin cambiar la posición de su cuerpo ni la expresión inquieta de su rostro:

    —Era como si no fuera yo, como si mi mente se alejara, pero como si intentara retenerla. La sentía a ella, pero no la sentía ficticia; como si se tratara de un ser real, un ser al que mis nervios podían reconocer como algo de verdad y no como trazos en el mundo.

    —Eso suena maravilloso.

    —No, no lo es —pero no se vería triste o serio, sino que se escucharía como si quisiera reír—. Eso quiere decir que esta realidad me atrapó, me volvió parte de ella por un momento, me hizo sentir que pertenecía al mundo, y eso es horrible —se incorporaría sobre la cama sonriendo—. Ganaste, hermano —Sinke lo miraría interrogante—, la apuesta la has ganado, hemos vivido experiencias que han resultado en algo más grande, algo que impulsará nuestra definición de lo que somos y nuestro lugar en la existencia. Te lo digo, de ahora en adelante intentaré amar a Yuska con todas mis fuerzas.

    Todo eso habría escuchado de la boca Yake; pero el Sinke que yo atestigué, el que irrumpió en la habitación de su hermano, el que se encontró con Yuska en las escaleras, el que vio desaparecer frente a sus ojos a Hinta en su habitación, no tuvo la suerte de experimentar en esa realidad.


    ***​


    Inaudito para algunos, extraordinario para otros e irrelevante para miles de millones. Inesperadamente Yuska comenzó a caminar tomando a Yake del brazo, mirándolo con ternura maliciosa y hablándole en un tono sólo un poco más dulce que de costumbre, sin perder su picardía, su tono altivo y dominante, y sus ojos indiscretos. El gemelo iba con su semblante normal, silencioso y frío, casi robótico e indiferente; a veces intentaba apartar la vista de su enamorada paralizando sus facciones, como si se distanciara.

    Veíanlos sus jínnyi con ojos indiscretos, cotillantes, reunidos en la mansión de Sentsa, mientras incómodamente pretendían beber un poco de té. Conforme las interrogantes eran contestadas por la alegre voz de la nueva novia, ésta se le encimaba tiernamente a su serio enamorado, quien no dejaba de tocar un piano invisible con la mano que su novia no sujetaba. En los semblantes de todos se notaba la insoportable curiosidad por saber qué tenía que decir Yake con respecto a todo eso, y al darse cuenta éste, levantó la cabeza como si se despertara de un letargo.

    —¿No puede alguien enamorarse de otra persona sólo porque sí? —habló como si se lo preguntara más a sí mismo que a los demás— Llevamos ya algún tiempo conviviendo juntos. Es entendible que, dada nuestra condición humana, el sentimiento de afecto surja entre dos personas que vivan las experiencias adecuadas que la realidad les imponga por delante, por el tiempo suficiente…

    Y no teniendo ninguno el valor para querer hacer o decir nada más, la visita terminó abruptamente y todos se fueron menos la anfitriona, quedándose ésta meditando con inquietud si al jínnliù le esperaban más cambios en el futuro.

    Hizo ver Yake a su hermano que la primera semana del noviazgo era la más difícil. Dada la actitud natural de Yuska, ella venía a visitarlo todos los días, y, conociendo el gusto de su amado por la pintura, cada día le traía uno de esos folletos que regalaban en el museo, los cuales explicaban la historia de las pinturas que se exhibían e incluían un pequeño análisis de algún crítico de arte. Traía además palomitas y una película para ver juntos en su habitación. Luego salían a pasear al parque o a observar la puesta del sol en la costa o iban al cine. Sin embargo, las pláticas triviales que se llevaban a cabo durante todas esas actividades era lo único que no parecía muy diferente de antes de comenzar a salir, con la excepción de que se veía que Yake hacía un esfuerzo por seguir el juego de la comunicación.

    Poco después, Yuska fue a su casa para pedirle que la acompañara al supermercado a comprar un frasco de mayonesa, y todo el camino lo recorrieron hablando sobre la comida en la cual les gustaba poner mayonesa y en la que no, y puesto que Yake casi no tenía la necesidad de comer, dijo que no había tenido la oportunidad de probar mucha comida con mayonesa, a lo cual su novia le propuso, con un giño coqueto, que al volver cocinarían algo juntos, y cuando reparó Yake en sus ojos emocionados, y su dedo índice levantado en señal de extrema convicción, se percató con una leve náusea de que aquella imagen le pareció un poco divertida.

    No sabiendo cuál de todos los frascos de mayonesa escoger, Yuska comenzó a tomarlos uno por uno.

    —¿Qué te parece éste? —preguntó mirando uno con la atención de un científico ante un microscopio— Me he dado cuenta de que los frascos con tapa verde tienen mayonesa un poco más amarga que los de tapa roja.

    —¿Y qué hay de los que tienen tapa amarilla?

    —Esos son más empalagosos —tomó otro frasco—; pero suelen ser más baratos, creo que por el color de la tapa.

    —Eso sería por la marca y el tamaño más que por el color de la tapa.

    —Nunca he visto un frasco de mayonesa de tapa roja más barato de trece yaos; y tampoco he visto frascos de tapa blanca que sobrepasen los seis, sin importar su marca.

    —Sería muy ridículo si el precio de la mayonesa fuera en función del color de la tapa del frasco.

    —Vamos, vamos Yake —le dio suaves codazos en el abdomen—, ya deberías estar acostumbrado a lo ridículo de la realidad, y si no mira a tu alrededor, como tú dirías, gente intercambiando papelitos y metalitos por cosas para llevarse a la boca. Y las todopoderosas ofertas que nos rodean… Mira, 50 por ciento de descuento en cosas que de otro modo se venderían mucho menos y que no necesitamos, todo para generar más y más dinero. De hecho, puedes escuchar desde aquí el sonido de las cajas registradoras; cada bip bip bip es un porcentaje de dinero que se acumula y cae como las gotitas de una gotera que al final resulta en un enorme océano del cual sólo unos pocos podrán disfrutar. Menos mal que nosotros solamente vinimos por un frasco de mayonesa.

    Yake por un momento dudó que, a partir de un tema tan trivial, Yuska hubiera llegado a hacer el intento de sonar inteligente o profunda, sin conseguirlo. Y al mismo tiempo que sentía otra ligera náusea, dijo:

    —Si quieres que cocinemos algo, tendremos que comprar algo más; no tenemos muchos alimentos en mi casa.

    Durante el resto de la semana, cada vez que tenían una convivencia de pareja normal, un nuevo malestar invadía el cuerpo de Yake cuando en su mente la sensación de felicidad o bienestar comenzaba a surgir.


    ***​


    Los exámenes terminaron al fin. Un suspiro de alivio clamó del norte al sur del verde instituto Ítuyu, solamente quedaba esperar una semana para publicar los resultados y otra para los exámenes extraordinarios, por lo cual el suspiro de alivio estuvo acompañado de sonrisas inquietas y pies golpeteando el suelo por parte de los alumnos que se creían en peligro de reprobar.

    Yake y Sinke, como ya era común para ese entonces, pasaron todas las materias con sendas calificaciones perfectas, lo que les valía más miradas de desprecio que de admiración por parte de sus compañeros. Hinta, Sentsa y Kanyu también se habían desempeñado bastante bien; Yuska y Ate tuvieron que conformarse con pasar a duras penas con calificaciones aceptables. Yuska dio un brinco de alegría al ver que todos los jínnyi estarían juntos en el siguiente año, cuando los promedios finales fueron expuestos en el tablero de anuncios de la zona común de estudiantes.

    Habiendo abierto nuevamente los clubes, el club Fícktiono volvió a albergar a los chicos; pero después de que Sinke diera un extravagante discurso de reapertura, Sentsa pidió la palabra y se levantó con el semblante de un medico a punto de dar malas noticias.

    —Voy a renunciar al club —dijo.

    Ate y Yake fueron los únicos que no se quedaron pasmados ni le reclamaron nada, sólo escucharon las voces sorprendidas de los demás demandando razones.

    —No hemos hecho más que perder el tiempo en actividades extrañas, y hasta peligrosas y sin sentido —argumentó sin perder su terminante postura—, quisiera hacer actividades normales que no involucren hacerme pasar vergüenza o que hagan que la gente me vea raro, y que realmente puedan considerarse una verdadera actividad productiva.

    Sinke aproximó la cabeza, con ojos suspicaces.

    —¿En serio todas las actividades que hemos hecho te han parecido una absoluta pérdida de tiempo? —preguntó.

    —Yo no las definiría de otra manera —contestó Sentsa de inmediato.

    Salió entonces por la puerta, ignorando las peticiones de Yuska, luego Ate se levantó.

    —Si se va Sentsa, entonces también me voy yo —dijo con voz aburrida.

    Salió sin dudar ni mirar atrás.

    —¿Alguien más quiere irse? —preguntó Sinke cuando la puerta se hubo cerrado. Ya no se veía arrogante, sino que su voz se tornó firme como la de un general.

    Hinta se debatía por dentro, mirando en silencio la puerta por la que habían salido Sentsa y Ate.

    —¿En serio lo estás pensando? —preguntó Yuska, asustada.

    —La verdad es que tampoco le veo mucho sentido a este club —contestó Hinta como si se disculpara—, admito que ha sido algo interesante lo que se proponía, pero en la práctica solamente resultaba extraño.

    Miró a Sinke tristemente, éste no pudo sino asentir decepcionado. Salió Hinta, y Yuska tras ella, intentando hacerla cambiar de opinión. Kanyu no tardó mucho en retirarse también, y les dio una última sonrisa como si quisiera atenuar una culpa. Se iba no porque le desagradara el club, sino porque todos los demás se habían marchado también.

    Sinke se dejó caer pesadamente sobre la silla y vio sorprendido que en su hermano había una sonrisa suspicaz.

    —¿Qué te parece tan gracioso, hermano, que tu rostro no ha sabido controlar la expresión? —preguntó despectivo.

    —Simplemente que ocurrió lo inevitable, hermano. Tu intento por recrear una realidad sin sentido en la que surgiera la seriedad ha fallado.

    Refunfuñando, Sinke se levantó y comenzó a sacar los libros de los estantes, que no habían tenido la oportunidad de brillar en ningún momento.

    —Reconozco —continuó Yake— que en el fondo tus intenciones llegaron a capturar mi interés después de algunas actividades, el hecho de hacerles sentir a todos al menos una parte de lo que nosotros sentimos con la realidad, a manera de pequeños ejemplos con experiencias poco habituales. ¿Pero en serio esperabas que todos los demás lo vieran de ese modo?

    —Yuska y Kanyu parecían hacerlo —contestó Sinke sin mirarlo.

    —Yuska hace cualquier cosa extravagante y es feliz, y Kanyu hace cualquier cosa que los demás hagan y parece feliz; Hinta, bueno, ella siempre se da la oportunidad de ser convencida y lo intenta de verdad, pero siempre decide reprimir su entendimiento. Tu principal problema era entonces con Sentsa y Ate —se dio cuenta de que su hermano apretó los labios al mencionar a Ate—… ¿En serio tenías esperanzas de que Ate quisiera quedarse?

    —Supongo que no debo culparlo por haber tomado otra dirección; pero en verdad tenía la impresión de que podría llegar a seguir esa alternativa.

    —Pues lástima, hermano. Me temo que el final del club es también el comienzo del fin del jinnliù.

    Sinke colocó pesadamente el último libro sobre la mesa.

    —¿Qué te hace pensar eso? —preguntó con incredulidad y pesadez en la voz.

    Yake se encogió de hombros, como si la respuesta le pareciera lo más obvio del mundo.

    —Si se dieron cuenta, al menos algunos, de que el club no tenía sentido, tarde o temprano podrían comenzar a pensar seriamente que el jínnliù tampoco lo tiene. ¿Quieres recordarme, hermano, lo que se hace cuando las cosas no tienen sentido? Renegamos de ellas y las dejamos.

    Non sequitur, hermano, ¡non sequitur! —contestó Sinke, alzando la voz nervioso—, no van a abandonar el jínnliù por ver al club como un absurdo inútil.

    —El club falló porque la relación entre sus miembros durante sus actividades era poco coherente y armónica para los estándares que un verdadero jínnliù exige. Después de todo, se supone que una familia permanezca siempre unida, sin importar las circunstancias, ¿no? Casi me atrevo a intentar deducir, conociéndolos, cuáles serán sus razonamientos con respecto a esta ironía, la de separarse por la misma razón por la que se unieron: quién sabe.

    Los papeles se habían invertido: Era Yake el que ahora se mostraba jactancioso, levantando orgulloso la cabeza, su boca robando la sonrisa que usualmente pertenecería a su hermano, y era Sinke el que se había tornado inexpresivo y cabizbajo, con la mirada sosegada de su hermano, como si se hubiera dado cuenta de que había cometido un error que no quisiera admitir.


    46


    Teclean los dedos de Yake el sillón en el que está sentado, y piensa ¿qué va a pasar ahora? Kanyu tiembla sentado en el suelo, el codo apoyado en una silla, su sonrisa tintinea a punto de desaparecer, posa la vista, sin poder evitarlo, sobre Ate, y cuando éste se da cuenta, Kanyu vuelve a mirar el fondo de la silla y retiene las ganas de llorar. Ate hace lo mismo con Sinke; la boca arrogante del gemelo desprovista de rencor no lo tranquiliza; pero no siente ganas de llorar, sino de desaparecer. Yuska está sentada a los pies del sofá, las piernas de Yake a su derecha; se acerca a ellas y roza con el hombro la pierna izquierda, piensa lo siento, Yake, y se le escapa una lágrima. Hinta la observa desde su silla y el remordimiento la ahoga, siente como si su cerebro liberara ácido a sus venas. Sentsa repara en su mirada decaída y cubre la mano de su jínne con un suavidad, ambas manos están rígidas, sin calor, ya no transmiten el afecto que antes solían aportarse mutuamente. ¿Qué aprendimos de toda esta experiencia? Pregunta Sinke, su optimismo le parece ofensivo a Sentsa; Ate piensa ¿cómo puedes seguir tan normal? Todos ya han recordado plenamente la vida que habían perdido mientras deambulaban en las mentes de sus alter egos, y un agudo sentimiento de desamparo les impide hablar por bastante rato. La ceremonia de fin de curso estuvo… bien, dice Hinta con voz tenue. Sí, estuvimos todos juntos, dice Yuska. Kanyu se esfuerza para sonreír y asentir. Dice Sinke es increíble lo que experimentamos en esos mundos, me pregunto qué está sucediendo en ellos en estos instantes. Sentsa dice no pienses en eso, tenemos ya una vida aquí con problemas reales, no nos debe importar lo que le ocurra en otra realidad. Yake pregunta ¿qué va a pasar con el jínnliù? Yuska levanta los ojos para verlo, su boca se abre pero no le salen palabras.


    ***​


    Cuando Sentsa hubo salido por la puerta de la sala de maestros, se encontró vistiendo ropa apretada y muy reveladora; una falda tan corta que su ropa interior casi quedaba a la vista y una blusa a través de la cual le eran visibles los pezones. El shock que sintió la hizo ahogar un grito, y al volver a encerrarse en la sala de la que había salido, por temor a que alguien la viera, vio al viejo director tendido en la mesa, respirando agitadamente, despertando lentamente del éxtasis, con los pantalones bajados y sudando. Al verlo incorporarse con lentitud, Sentsa sintió sus piernas paralizadas por el miedo y el asco.

    —¿Ya tan pronto quieres hacerlo otra vez? —dijo el centenario director poniéndose los lentes— Vas a tener que esperar un poco para que me recupere…

    Un cuchillo muy frío se clavo en el abdomen de Sentsa, todos sus músculos quemaban, su cabeza se había llenado de vapor que le quemaba los ojos por dentro, haciéndolos derretirse en lágrimas. Salió corriendo de ahí, gritando desesperada, cubriéndose la cabeza con los brazos. Conforme corría hacia la salida, los demás estudiantes no dejaban de mirarla; los chicos le sonreían con naturalidad y picardía; las chicas cuchicheaban con miradas desaprobadoras, flechas directamente a su alma, cerraba con fuerza los ojos y se arriesgaba a chocar contra la gente y los árboles. Corrió hasta el edificio de los segundos años y buscó a sus amigos; pero solamente encontró a Kanyu, que la vio como a una quimera. Desesperada, Sentsa preguntó por los gemelos, y cuando Kanyu le dijo, no sin sorprenderse por saberlo, que se habían marchado hacía rato, le exigió que llamara a Yuska para que la llevara a casa de los gemelos en su bicicleta. El teléfono de Kanyu no registrado el número de Yuska; por lo que marcó de memoria y, para su suerte, el número resultó ser el mismo. Yuska estaba en la entrada del instituto cuando recibió la llamada, y esperó ahí hasta que Sentsa llegó. Poco tiempo tuvo para sorprenderse, horrorizarse o preguntarle nada, pues Sentsa montó de inmediato en el asiento trasero de la bicicleta y le exigió que condujera lo más rápido posible, dejando atrás Kanyu en su camino a la casa de los gemelos.

    Percibió Sinke un cambio repentino en el momento en que hubo llegado a su casa, el pato había llegado volando hasta él y lo había acariciado en la cabeza. Al sentir el cambio miró a su alrededor, y al no apreciar cambios notorios se dirigió a su habitación, siempre alerta.

    Yuska y Sentsa llegaron en el momento en que Yake estaba a punto de entrar por la reja, y al ver a Sentsa, la mirada preocupada que éste había tenido desde que había sentido el cambio se tranquilizó.

    —Así que esto es lo que cambió.

    Sentsa se bajó rápidamente de la bicicleta y lo tomó de los hombros con violencia.

    —¡Hazme regresar! —gritó desesperada.

    —Te encontraste en una situación que no podías soportar, ¿verdad? —dijo Yake, indiferente.

    —¡Creo que me acosté con el director! —gritó. Yuska se llevó las manos a la boca.

    —Ya veo, ¿y te gustó? —preguntó Yake, despectivamente.

    Sentsa iba a golpearlo con todas sus fuerzas, pero esa pregunta le hizo reaccionar. Recordó entonces la vida tan diferente que tenía, tan vívida como si en verdad hubiera estado ahí. Su padre había muerto y su madre la había abandonado, viviendo ahora con una familia adoptiva cuya repugnancia la enfermaba. Revivió todas las veces que la indecencia la había llevado a situaciones que nunca hubiera pensado que haría. Su alter ego estaba desprovista de moralidad y vergüenza; era lasciva y temeraria, rebelde contra todos y manipuladora. Recordó un momento en el que había tenido un momento de placer en la azotea de su edificio con el gemelo que sujetaba tan enojada, y gritando de vergüenza lo soltó y se alejó unos pasos.

    —Así que ya recordaste todo —dijo Yake.

    Ella no se atrevió a mirarlo, se dio vuelta y abrazó a Yuska, empapándola de lágrimas.

    Decidieron que no le avisarían a ninguno de los otros, y al decirles ella que no quería regresar a la casa de la familia que la había adoptado cuando su madre la dejó, los gemelos la dejaron quedarse con ellos.

    Sin embargo, en poco tiempo llegaron a la casa los demás, pues Hinta se había dado cuenta de que había dejado de existir una foto que tenía en su habitación, en la cual aparecían todos los que habían sido jínnyi, en la fiesta de navidad. Habló con Kanyu, cuyo número aún tenía; éste le contó sobre lo que había sucedido en la escuela, y luego avisó a Ate. En menos de una hora, estaban todos reunidos en la mansión de los gemelos muy a pesar de Sentsa.

    —Entonces, ¿lo único que ha cambiado de toda la realidad es que Sentsa es una puta? —preguntó Ate.

    —¡No le digas así! —gritó Yuska—. Debe ser horrible encontrarse siendo alguien que no eres.

    —¿Siendo alguien que no es? —dijo Sinke, reteniendo la risa— Claro, antes era la moralista amante de las tradiciones y la decencia <presidenta del comité de moral del instituto Ítuyu, temida por todos, alguien a quien nadie podía ver sin temblar> y ahora es una chica que tiene que acostarse con el director para aprobar.

    —¡Sinke! —exclamó Hinta furiosa, pero luego dijo entristecida—: No digas esas cosas.

    —Estoy poniéndolo todo en perspectiva —se defendió el gemelo—: ahora mismo hay dos Sentsas compartiendo el mismo cuerpo, y esto se aplica a todos nosotros. Entonces la pregunta es, Sentsa —se agachó hasta estar a su nivel y la miro a los ojos—: ¿quién eres tú ahora mismo? —hizo mucho énfasis en la palabra “eres”.

    Sintió Sentsa puñaladas en su interior; la personalidad de su alter ego intentaba expulsar a la chica puritana que ella siempre había sido en su realidad. Se agarró fuertemente la cabeza y lloró.

    Yake le apartó a su hermano de la cara y le dijo que ya era suficiente.

    Le dieron la ropa que su madre había dejado en su última visita, y la instalaron en la habitación que ocupaban sus padres cuando regresaban. Durante la noche no durmió; no pudo dejar de recordar una y otra vez esa vida tan horrible, reviviendo cada sensación como si las hubiera experimentado ella misma, y su desesperación crecía entre más se sentía como su alter ego. Sabían lo gemelos que la única manera de regresar a su realidad era recordando las vidas de sus alter egos; pero las diferencias entre ambas realidades eran tan pocas, que no era suficiente el saber que en aquel mundo nunca se había formado el jínnliù. Debía haber alguna situación más específica que activara sus memorias más profundas y contrastantes.

    Debido a la vergüenza que aún sentía, Sentsa no fue a la escuela al día siguiente, y se negó a hablarles de cualquier cosa relacionada con ella, quedándose como si estuviera sonámbula y frente a sus ojos sus peores pesadillas la atormentaran. Hinta pensó que las demás personas de la escuela podrían contarles algo importante relacionado con Sentsa. Preguntaron a mucha gente, pero nadie parecía saber nada de ella más que de lo que ellos ya se habían dado cuenta. Tampoco los maestros pudieron decirles nada nuevo o muy relevante salvo la maestra Nin, quien les contó que tenía entendido que sus padrastros parecían no preocuparse nunca por ella. Yuska averiguó la dirección de la casa de los padrastros y se dirigieron ahí saliendo de la escuela. Los encontraron en un departamento desordenado y sucio de un barrio pobre en el este de la ciudad de Shórsta, los gemelos tuvieron que golpear a algunos pandilleros para evitar ser asaltados. Al llegar, les atendió un hombre alto que olía a alcohol, cuya ropa apenas ocultaba su repulsiva gordura. Se presentaron y dijeron que tenían que hablar de su hija.

    —¿Ahora dónde está esa puta? —preguntó el hombre a punto de reír.

    —Su hija ahora se encuentra en casa de estos gemelos —se impuso Yuska, sin intimidarse.

    —Ya era hora de que se fuera de una vez —dijo la madre, una gruesa mujer que batallaba por planchar un vestido que parecía de cartón—, esa niña era una buena para nada.

    —De por sí ya iba a echarla cuando volviera —dijo el padre.

    —¿Alguna vez ella les habló sobre sus amigos, o quizás romances o algún problema que tuviera en la escuela? —preguntó Yake.

    —¡Ja!, esa chica todo lo resolvía con la boca, si me entienden —contestó el padre—. Y no, cuando no tenía la boca ocupada solamente se quejaba por todo. Nadie la soportaba si no era para follársela.

    —¡Cabrones! —exclamó Yuska, furiosa como nunca la habían visto— Sentsa es una buena chica, una gran amiga y gran persona.

    Ambas personas, entre risas, continuaron ultrajándola con comentarios sobre su reconocida promiscuidad y malicia. Yuska estaba a punto de abalanzarse sobre ellos con la intención de matarlos con sus propios dientes, y lo hubiera intentado de verdad sino fuera porque Kanyu la sujetaba del brazo.

    —A ver, gemelitos, si yo fuera ustedes no la dejaría sola en mi casa —dijo la mujer—, lo más probable es que ya les haya agarrado todo el dinero y se haya largado a comprar cigarros y drogas.

    El hombre continuó contando sobre la vida desenfrenada de Sentsa, con un tono tan impertinente que Yuska no lo pudo soportar, se soltó de Kanyu y le propinó al padrastro un golpe en la cara, luego retrocedió con miedo al verlo encararla con cólera. El hombre quiso sujetarla, pero Sinke atrapó su brazo y le dio una fuerte patada en el estómago. Se fueron rápidamente de ahí, tristes y enojados pensando en que no habían descubierto nada útil.

    Cuando regresaron a la mansión de los gemelos, encontraron a Sentsa llorando arrodillada frente a la entrada, y alrededor de ella cientos de billetes se encontraban desperdigados. La levantaron y sentaron en un sofá, y preguntaron lo que había sucedido.

    —Tuve una incontrolable necesidad de fumar —contestó, y sus manos temblaban sin control.

    —Tu padre dijo que consumías drogas —dijo Yake—, quizás estés comenzando a sufrir el síndrome de abstinencia.

    —Sí —dijo Sentsa temblando, los recuerdos parecían causarle epilepsia a su voz—… Cocaína… Desde hace un meses… Tengo un proveedor que me las da.

    —Tranquila, Sentsa —dijo Yuska, tomando su mano y abrazando su cabeza—, sh, sh, sh.

    Les contó entonces, no sin odiarse a sí misma, que la razón por la que se había detenido para ir a comprar cigarrillos fue porque comenzaron los temblores.

    —No importa ya. Tenemos que llevarte a un hospital para que te desintoxiquen —dijo Ate.

    Sentsa no se opuso; pero antes pidió que la dejaran cambiarse en su habitación, ya que la ropa que tenía no le parecía la adecuada.

    —Vamos a ir al hospital —dijo Hinta—, de todas formas te van a quitar la ropa y a poner una bata, ¿para qué vestirte mejor?

    —Porque quiero salir, al menos una vez, como alguien que se vea como yo lo haría… Tal vez su madre tenga algo más que pueda usar—dijo respirando agitadamente, y subió acompañada por Yuska hasta su habitación, pasando junto a la tortuga de Yake.

    Una vez adentro, Sentsa puso el cerrojo y se acercó a la mochila que había traído de la escuela, de ella sacó unas bolsitas con cocaína, una navaja de afeitar y una pajilla. Debido a la sorpresa, no recordó que tenía todo eso ahí; pero en cuanto el gemelo hubo mencionado lo de las drogas, ese recuerdo se activó en su mente.

    Puso el polvo sobre una silla, con la navaja lo acomodó en líneas delgadas y acercó la pajilla para aspirarla por la nariz.

    Entonces reaccionó, miró con horror la barbaridad que estaba a punto de cometer y se apartó de ahí. Pero volvió a mirar los polvos blancos que aún estaban sobre la silla, y el dolor que comenzaba a sentir recorriendo su cuerpo le gritaba que los aspirara. No había nadie que la detuviera, sólo el alter ego de su interior que no dejaba de retorcerle los sesos para que lo hiciera. Maldiciéndose cientos de veces, se acercó de nuevo y acercó la pajilla al polvo blanco.

    —Yo no soy así —dijo con los ojos lagrimeando—, esto es por culpa de mi alter ego…no soy yo la que hace esto.

    Cerró con fuerza los ojos e inhaló profundamente.


    ***

    Se dio cuenta Yuska de que tardaba demasiado, y llamó su nombre tocando la puerta, pero no oyó respuesta. Golpeó cada vez más fuerte, y al escuchar sólo silencio intentó abrir la puerta, pero estaba cerrada. Llamó a sus jínnyi, aterrada de que algo malo le hubiera sucedido. Unos momentos después, el pie de Yake había derribado la puerta. Sentsa se encontraba sonriendo con la mente ebria, acostada sobre la cama, la mirada perdida en éxtasis.

    Hinta clamó asustada su nombre, corriendo hacia ella.

    —Hola, Hinta —dijo Sentsa de gran humor, con las pupilas sumamente dilatadas—, te ves muy bien… Muy colorida…

    Hinta retrocedió con horror. Sinke vio la pajilla sobre la silla, y acercándose vio unos leves rastros del polvo blanco que todavía quedaba.

    —Está completamente idiota —dijo Ate como si viera un fantasma.

    —Hermano, ¿por qué no pudimos oler esta droga cuando llegó? —preguntó Yake.

    —Estos alter egos al parecer no tienen tan buen olfato —respondió Sinke.

    —¡Dejen de perder el tiempo! —exclamó Yuska— Hay que llevarla a que la desintoxiquen…

    Sentsa se levantó y caminó animosamente hasta ella.

    —Tranquila, jínne, ya me siento muy bien… —la abrazó con un brazo— Todo se siente tan diferente, tan extraño, tan real... ¿Me oyeron? Todo se siente muy real —rio con fuerza.

    Yuska se zafó y la miró enojada.

    —¡Tú no eres Sentsa! —exclamó.

    —Los vicios de tu alter ego te han controlado —dijo Hinta, igualmente molesta—. Pero no importa, porque te llevaremos a que te desintoxiques, luego te ayudaremos para que tu vida mejore y ya no tengas que ser infeliz.

    Sentsa se rio de nuevo, burlándose despiadadamente de las palabras de Hinta.

    —¿Qué ganaríamos con eso, si algún día vamos a regresar a nuestra realidad? A ver, díganme —dijo con retadora alegría—, supongamos que arreglo la vida de mi alter ego, cuando regresemos tal vez no recuerde nada, y se preguntará qué demonios sucedió, y vuelva a ser la puta drogadicta que es ahora… ¡la puta drogadicta que soy ahora! ¿De qué sirve intentar cambiarla? Su vida ya está arruinada por completo.

    —No digas eso —dijo Kanyu—, aunque sean de dos realidades diferentes, sigue siendo tú…

    —Ella tiene razón —interrumpió Yake.

    Yuska lo miró incrédula.

    —¿Qué estás diciendo?

    —Las circunstancias de su vida han sido totalmente diferentes; las decisiones que ha tomado han moldeado su realidad. Cuando regresemos, su conciencia volverá a tomar el control de su cuerpo y volverá a lo mismo de antes. Nuestros alter egos tampoco recordarán el haber intentado ayudarla, ya que en esta realidad nunca fuimos un jínnliù.

    —Aún si lográramos hacer de ella la más casta sacerdotisa —dijo Sinke—, esa sería una realidad que crearían las decisiones según la personalidad de la Sentsa que conocemos, por lo que, al irnos, la Sentsa de este mundo dejaría de serlo.

    Y aunque Yuska y Hinta intentaron convencerlos de lo contrario, no fue posible hacerlos cambiar de opinión.

    —Sin embargo hay un problema —dijo Kanyu después—, si no podemos hacer que los gemelos recuerden nada, entonces estaremos atascados en esta realidad por siempre.

    A Sentsa se le iluminaron los ojos, se acercó a Yake con una gran sonrisa.

    —Ah, jejeje, creo que sé cómo hacerte recordar —dijo con una mirada lasciva que impactó a todos—, dices que debes recordar algo muy increíble de tu vida para regresar, pues entonces sólo hay que hacer una cosa.

    Yake la miró suspicaz.

    —Así que mi alter ego hizo eso…

    —¿Hizo qué? —preguntó Yuska.

    Sinke puso la mano en el hombro de Yuska.

    —Según deduzco, parece que el alter ego de Yake llegó a conocer muy bien el cuerpo de la alter ego de Sentsa.

    Justo en ese momento, Sentsa se levantó muy alegremente la camisa y le enseñó los pechos a Yake. El gemelo miró y escuchó murmullos en su cabeza, luego sensaciones como entumecimientos sobre su piel y debajo de ella. Imágenes de rostros, calles y objetos se moldearon ante sus ojos.

    —Empiezo a recordar algo —dijo manteniéndose frío.

    —Si te sirve más, puedes tocar —dijo Sentsa con ojos seductores.

    Todos contuvieron el aliento al ver al gemelo alzar la mano. Yake dudó durante varios segundos, mirando la idiota felicidad de Sentsa, luego suspiró, cerró los ojos e hizo a su mano sentir uno de los pechos. Todos se quedaron quietos, esperando a que el gemelo dijera algo, Yuska escondió la cara tras las manos, Hinta sintió que le faltaba la sangre en las piernas y en la cabeza. Un momento después, Yake abrió los ojos y dijo:

    —Recuerdo ya.

    Revivió aquella experiencia que asqueó a la Sentsa de su realidad. De ese recuerdo se derivaron las memorias de toda su vida en aquel universo paralelo, en la que predominaba su búsqueda constante de impresiones sensoriales desenfrenadas. Sinke percibió también su realidad como un horizonte lejano.


    ***​


    Ambos se quedarán ciegos de nuevo. Casi de inmediato se hallarán sentados en el sofá de la sala de su mansión, la mano de Yake acariciando la cabeza de su tortuga; Sinke sintiendo a su pato sobre la cabeza.


    ***​


    Se levantaron rápidamente del sofá, el gemelo impetuoso todavía recordando la sensación de la droga misteriosa que le había calentado el cuerpo. Corrió Yake a la entrada y vio a la tortuga bajando por las escaleras. Consultaron ambos los calendarios de sus teléfonos y comprobaron que era el ocho de noviembre, el Qwáo-grüm ya había pasado y ya habían cumplido los diecisiete años. Empezó a llegar a ellos el recuerdo de toda la vida que habían tenido mientras sus mentes estaban en otro universo paralelo. Sus teléfonos sonaron casi al mismo tiempo: eran Yuska y Hinta. Dijeron que se encontraban de camino a su mansión junto con los demás, Yake estaba a punto de decirle a Yuska que no lo hicieran cuando Sinke le arrebató el teléfono y colgó.

    —Hermano, recordaste lo mismo que yo —dijo Yake, sorprendido—, sabes que no pueden venir así como así.

    —Después de lo que sucedió en la jaula, ¿aún te importa? A mí ya no.

    Subió Sinke a su habitación, se duchó y se vistió con la camisa con el violín estampado que Hinta le había comprado en su primera semana de noviazgo.


    47


    —Cambiando de tema, hay grandes probabilidades de que mañana Sinke te haga elegir la siguiente actividad.

    El búmeran de tres aspas realizó una enorme curva sobre el campo verde, y volvió a manos de su somnoliento dueño.

    —Sí, qué fastidio.

    —¿Ya has elegido que será?

    El búmeran volvió a salir disparado, cortando el aire con un agudo silvido.

    —¿Con esos súper poderes de inteligencia que tienes no puedes adivinarlo?

    —Puedo hacer algunas suposiciones. Quizás decidas que no se haga nada y nos quedemos mirándonos como idiotas, quizá propongas que durante una semana entera no nos hablemos en absoluto…

    —Pues sigue suponiendo.

    Se preparó para atraparlo.


    ***

    Ese día Ate se dirigió a la estantería llena de libros; eligió un libro de arte que explicaba la historia de grandes obras maestras de la pintura.

    —Propongo que para la próxima actividad vayamos a una galería de arte y critiquemos las pinturas.

    No dejándole de interrogar, fueron saliendo de clases. Llevaba todavía el libro de la estantería y lo leía mientras caminaba.

    —Bien, empezaré yendo a la sección del renacimiento europeo —dijo llegados al gran vestíbulo principal, donde una enorme lámpara dorada colgaba sobre sus cabezas en el techo cupular, y en donde se unían varios pasillos que conducían a diferentes áreas del museo.

    Kanyu lo acompañó por sugerencia de Sentsa, la más impresionada ante la iniciativa de Ate.

    Fue entonces Yuska a pergársele a Yake en su camino a la sala de arte contemporáneo, una de las salas más grandes y con más gente, las cuales deambulaban en un eterno contemplar y frotes de barbilla ante las vanguardias que les exigían encontrar razón para su creación. Ahí está el cubismo, ahí el dadaísmo, ahí el expresionismo, todas orgullosas representantes del pensamiento de su época y autores, en las que se pretenden escondidas algunas verdades del espíritu humano o simplemente nada, representantes del arte por el arte en sí mismo. Pero Yake observa y piensa, la gente contempla intentando entender, entender qué hay en tan repugnante y extravagante mezcla de colores y trazos que lo hace valer tanto dinero y esfuerzo por parte del pintor. La belleza es escasa, las figuras asustan, hacen desear irse a alguna otra sala cuyas pinturas al menos les deleiten la vista. ¿Ese es el objetivo del arte? ¿El placer? No. Cuando uno quiere placer no quiere pensar, y esta sala está poco hecha para el placer.

    —Oye Yake, ¿qué es eso?

    Señaló Yuska un enorme cuadro, imágenes deformadas y con proporciones monstruosas, emoción por la extravagancia y escaso sentido que podría encontrar.

    —Es Guernica —dijo Yake—, una de las pinturas más famosas de Picasso.

    Confusa, cabeza ladeada, boca a medio abrir, ojos inspeccionantes desde otro ángulo sobre gente y animales caricaturescos en una orgía de caos.

    —¿Qué significa?

    —Es una representación de un bombardeo que ocurrió durante la guerra civil española —se aproximó—, representa dolor, miedo, desesperación y sufrimiento a causa de la guerra.

    —A mí me parece gracioso —dijo Yuska, y adelantó el cuerpo para ver una parte de cerca—, esas formas como de caricatura, esos trazos que parecen hechos por un niño o por alguien que ha estado fumando mucho… ¿te imaginas si la gente en la vida real se viera así? Sería divertido.

    —No se supone que sea divertido, debes ver el trasfondo de todo y no solamente el formato con la que ha sido representado. Esos rostros deformados, como caricaturas, que se mezclan con aparente desorden de manera que no sabes dónde empieza uno y termina el otro, olvida todo eso y concéntrate en el fondo, en el subtexto.

    La cabeza ladeada hacia el otro lado, tierno sonidito pensativo de la boca.

    —No me parece ver lo que dices… ¡Ya sé! Haré lo que tú haces —mano a la barbilla, mirada escéptica—… Es una realidad, absurda, la gente no es así, mejor me iré de aquí.

    —¿No escuchaste lo que te acabo de decir?

    —Eres un poco hipócrita, jínn —sonrió, picó la cabeza del gemelo con el dedo—, quejándote de lo poco real que se ve el mundo para ti y contemplando con entusiasmo una pintura que parece sacada de un mundo aun más absurdo.

    —A la pintura se lo concedo porque es algo serio, es cultura y hecha con gran técnica aunque no lo parezca, sólo por eso le concedo sus violaciones de formato.

    —¿Y nosotros qué? Nos has dicho que para ustedes la realidad es como una obra de ficción, ¿por qué la desprecias tanto?

    —Yo me tomo la molestia de ser menos tolerante con lo absurdo de la vida real.

    Yuska se cruzó de brazos, los labios apretados y la mirada insatisfecha, volteó la cabeza hacia otros cuadros, con malicia.

    —¿Qué es eso?

    —Madonna, de Edvard Munch.

    —¿Y ese de ahí?

    —La vaca amarilla, de Franz Marc.

    —¿Y aquella?

    —El restaurante de la machine en Bougival, de Maurice de Vlaminick.

    —¿Y ése?

    —¡Sólo lee los nombres!

    Yuska lanzó una risa y ya no volvió a preguntar.


    ***​


    Delante de la pintura de La Gioconda vio Kanyu leer a Ate información sobre el autor, conociendo así sobre su vida, inspiraciones y método para pintarla. Es la primera vez que te veo tan interesado en algo, dijo Kanyu, Para ser sincero, me sorprende mucho, y más aun siendo pintura. Bajó el libro y volvió a ver a la mujer sonriente. En realidad no me interesa mucho, solamente escogí algo que no fuera tan molesto… Me habría gustado más que no estuviera sonriendo. ¿Esa es toda tu crítica? Preguntó Kanyu, y rio un poco. No lo decía tan en serio, es solamente por observar algo. ¿Y eso te interesa? Ya te dije que no, pero es lo que me sonó menos tonto. ¿Pensé que te aburriría? Sí me aburre; pero no importa, sólo debo seguir así hasta que todo termine. ¿Propusiste una actividad en la que viéramos otras realidades pintadas sólo porque es más tranquila? Ate no dijo nada por un rato, sólo siguió contemplando la pintura como si todas las demás fueran insignificantes. ¿Te digo algo curioso? Durante las vacaciones de abril, mi hermana nos envió una postal desde China, ¿sabes de qué era la imagen? Hubiera sido lógico que fuera de la gran muralla o de la ciudad perdida o yo que sé, de algún paisaje chino; pero en lugar de eso la imagen era La Mona Lisa, ¿qué tiene que ver Mona Lisa con China? Pues sí que es algo curioso, dijo Kanyu. Al no decir nada más, lo dejó meditando frente al cuadro, pensando que querría estar solo. Llegó Kanyu al cuadro de Saturno devorando a su hijo, y se quedó observándolo en inquieto trance hasta que fue hora de irse.


    ***​


    —Espero que Sinke no haga nada escandaloso.

    —Podrá ser alocado; pero cuando se trata del arte se vuelve muy sereno y tranquilo, si lo vieras a los ojos en ese momento, no lo reconocerías.

    —¿Hablas por experiencia?

    —Este… Bueno… Ya sabes.

    —No me digas que siguen yendo los sábados, ¿por qué de repente parece gustarte tanto aprender a bailar?

    —Mira, ahí está Las meninas. Según el folleto es una de las pinturas más enigmáticas de todas. ¿A quién están mirando todos y por qué? Casi parece que el pintor nos observa directamente para pintarnos.

    —La niña del centro se parece un poco a ti. ¿Sabes? En aquellos tiempos era común que las niñas de familias ricas aprendieran algún tipo de danza, como el ballet, supongo que a muchas niñas en algún momento les parecerá llamativo; pero si no se tiene el talento o no te gusta, lo normal es no continuar.

    —… Pero tal vez haya otra razón para que siguieran practicándolo a pesar de no ser muy buenas.

    —¿Cómo cuál?

    —… Bueno… Para hacer quedar bien a sus padres…

    —¿Y si sus padres prefirieran que sus hijas se involucraran en actividades menos artísticas y más deportivas…?

    —… No creo que eso fuera algo común en el siglo XVII.

    —Sí, claro. Pero como dicen los gemelos, la realidad es inverosímil, la gente no quiere pensar, los gobiernos mienten, los precios suben, y las chicas engañan a sus padres para aprender sin razón algo en lo que son torpes.

    —…Oye, mejor vamos a otra sala; ésta es algo aburrida ahora que lo pienso.


    [1] Bancas en forma de “u”.
     
  18. Threadmarks: Capítulo 7. Decisiones difíciles
     
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    Título:
    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
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    Ciencia Ficción
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    Capítulo 7. Decisiones difíciles


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    El invierno poco a poco estaba llegando a su fin en Danzilmar. La promesa de una primavera brillante y regocijante se percibía conforme la temperatura comenzaba a subir. Los brotes de las flores de los árboles se mostraban dispuestos a exhibirse ante el mundo de nuevo. Sin embargo, el ambiente entre los estudiantes era tenso, ya que igualmente se acercaba la época de las campañas para las elecciones a la presidencia del consejo estudiantil. Dados los últimos acontecimientos desde el asunto del comité de moral de Sentsa, había constantes disputas y debates acerca de si era posible o no otorgar al que saliera ganador poderes sobre el departamento de moral.

    Se formó un comité de deliberación conformado por los representantes de aula de cada grupo, entre los cuales se encontraba Hinta representando al aula 1-C. Sentsa estaba en compañía de cinco miembros de su comité, entre los que se encontraban Déla y un chico de nombre Yíban, quien había sido el más grande defensor de la causa de Sentsa desde que había escuchado la idea del comité de moral. Esa mañana templada, que dejaba pasar entre sus nubes densas una modesta cantidad de reconfortantes rayos del sol, se discutía el rumbo que iba a tomar la escuela a partir del siguiente periodo de elecciones.

    —Antes de comenzar, ¿se puede saber dónde se encuentra la vicepresidenta Tárka? —preguntó un representante, pretendiendo una imagen de excesiva seriedad.

    —Me temo que no nos puede acompañar debido a una enfermedad —contestó la Presidenta Altra—. Pero por favor, no dejemos que eso arruine la reunión.

    Todos tomaron asiento y la tertulia comenzó.

    —Según los reportes de los representantes de cada salón —dijo la secretaria de la presidenta—, los jóvenes no están conformes con las medidas que ha llevado a cabo el departamento de moral en las últimas semanas.

    La presidenta revisó los folios que le habían entregado.

    —Saltémonos eso por ahora —dijo—, el asunto a tratar es qué cosas hay que cambiar antes de las elecciones a la presidencia.

    —A eso es a lo que iba, Presidenta —tosió una vez—, una de las sugerencias más solicitadas, y que no podemos ignorar, ha sido el de otorgar más poder al ganador para ponerle un freno al departamento de Sentsa.

    —Nuestro departamento no ha hecho nada malo —interrumpió Déla, a lado de una silenciosa y seria Sentsa—, las acciones y medidas que hemos implantado para el alumnado no son diferentes a las que hacen en otros países…

    —Y no pueden decir que los resultados en general han sido negativos para los asuntos relacionados al estudio —continuó Yíban, quien observaba a la oposición con aire de superioridad, pero también con cierta desesperación. Sacó un ejemplar del periódico escolar sobre la mesa, brilló en sus ojos una mirada triunfal—, las estadísticas muestras que desde que el departamento de moral existe, la imagen del instituto ha mejorado en la opinión pública, el instituto Ítuyu fue elegido como uno de los más disciplinados del país, y todo eso en menos de dos meses…

    —Ese reportaje es una tontería —interrumpió el representante del aula 2-D, con un tono irreverente—, el instituto Ítuyu era de los mejores académicamente hablando mucho antes del departamento de moral, no hacen ninguna diferencia en las calificaciones de los estudiantes.

    —Si nos dejaran implementar medidas más eficaces, estamos seguros de que en un futuro cercano el promedio general de la escuela aumentará —objetó Yíban con ferocidad.

    —¿Cómo va a hacernos mejores estudiantes el tener que cortarnos el cabello?

    —¿Cortarse el cabello? —preguntó la presidenta, tras un momento de silencio provocado por la sorpresa.

    El representante miró a Sentsa y a Yíban como un cazador que ha herido de muerte a sus presas.

    —¿No lo sabe, presidenta? Ahora Sentsa quiere implementar una longitud máxima de cabello para los hombres.

    —Y también un único peinado para las mujeres —interrumpió abruptamente la representante del aula 1-A.

    El triunfo ya no estaba en el rostro de Yíban, vio que sus colegas estaban tan preocupados como él.

    —Tranquilos, por favor —interrumpió la secretaria—, volvamos al asunto principal.

    —Antes quiero preguntar una cosa, queridos representantes —dijo la presidenta Altra—, ¿por qué los jóvenes han sugerido otorgarle dicho poder al futuro presidente del departamento estudiantil? La constitución del instituto expresa claramente el no mezclar los asuntos relacionados al estudio con la privacidad y autonomía de los estudiantes.

    Dégo, el encargado de las relaciones con el cuerpo estudiantil, se puso de pie y le entregó un folio a la presidenta.

    —Esa es la encuesta que se llevó a cabo la semana pasada —dijo tras un suspiro—, más del setenta por ciento de los alumnos desean que usted sea reelegida este año.

    Grandes exclamaciones sacudieron el recinto, por parte de ambos bandos, dominando la desaprovación.

    —No podemos aceptar que un presidente sea reelegido —dijo Yíban, subiendo medio cuerpo sobre la mesa—, eso es algo que nunca se ha hecho en la historia del instituto Ítuyu.

    —No es nuestra culpa —se defendió Dégo—, son los mismos estudiantes los que quieren reelegirla, y es ese mismo pensamiento el que les dio coraje para creer que pueden modificar la constitución del instituto.

    —Vamos, no sean tan dramáticos —dijo la representante del aula 2-B—, ¿no se dan cuenta de que esto es algo bueno? Si la presidenta Altra es reelegida, y la constitución cambiada, ella será la que tenga control sobre el departamento de Sentsa, ¿quién mejor que ella para frenar a esa loca anticuada…?

    —Por favor, representantes —dijo la Presidenta Altra, alzando una voz dulce pero autoritaria al mismo tiempo—, por favor, no traten así a Sentsa, ella ha hecho lo que ha considerado mejor para la escuela, y sólo por eso merece respeto.

    —Lo siento, Presidenta —la joven agachó sumisa la cabeza.

    —¿Entonces piensa volver a postularse? —preguntó el representante del aula 3-A.

    —Eso lo decidiremos más adelante, por ahora centrémonos en el tema principal. Ustedes saben que yo he sido de la creencia de que los alumnos deben tener individualidad y una libertad para vivir su vida sin estar estas vinculadas a las presiones de los estudios, como lo manda la constitución; es por eso que desde el comienzo de mi mandato nunca quise interferir en lo que hicieran además de estudiar dentro de la escuela… pero si mis queridos jóvenes consideran que eso sería lo mejor para el instituto Ítuyu, entonces deberíamos escuchar su voz, después de todo, si queremos dar la imagen de una escuela moderna, debemos estar todos abiertos al cambio.

    Sentsa se levantó con rapidez.

    —Presidenta Altra —su voz se turbó—, no me diga que piensa tomarse eso en serio, ¿recuerda cuando me motivó para abrir este departamento? Me dijo que ambas cosas se mantendrían separadas, que usted se encargaría de lo académico y yo de la moral…

    —Es verdad, Sentsa —contestó sin inmutarse—, te dije que ésa era mi idea. Sin embargo, ésta es una democracia donde los estudiantes eligen libremente lo que consideran que es mejor para la escuela. Me temo que, si el sentir de todos es cambiar la constitución, no puedo ignorarlos; sin embargo, debemos seguir el protocolo sin apresurarnos, es por eso que propongo que se lleve a cabo la próxima semana una votación general entre los estudiantes, para que ellos mismos decidan si quieren cambiar la tercera sección de la constitución, para que el departamento de moral continúe siendo autónomo del consejo estudiantil, o si, por el contrario, consideran que lo mejor es que el presidente mismo lo regule y controle.

    Hinta se apresuró a pedir la palabra, había cierta valentía en sus ojos.

    —¿Cree que sea correcto hacer la votación ahora, Presidenta? Quiero decir… a riesgo de precipitarme, estoy segura de que ya sabemos cuáles serán los resultados.

    —Lo dices porque sabes que Sentsa va a perder si la hacen ahora —dijo la representante del aula 1-A, cruzándose de brazos.

    —Silencio, por favor —dijo la Presidenta—. Hinta, si te parece que Sentsa ahora se encuentra en una gran desventaja, ¿qué es lo que sugieres?

    —Propongo… que se le dé al departamento de moral una oportunidad para tener una mejor impresión entre los alumnos.

    —¿Qué quieres decir con eso? —preguntó Sentsa, que nunca se había dirigido de una manera tan inquisitiva hacia su jínne.

    Hinta tragó saliva. Yíban parecía saber lo que iba a decir, y la miraba con desapruebo de antemano.

    —Tal vez si fueras menos severa, si revirtieras algunas cosas, los alumnos verían con mejores ojos tu departamento. Debo admitir, hay cosas que son en verdad innecesarias, pero el incumplirlas es castigado como si fueran delitos, pero creo que hablo por todos los representantes y los miembros del comité estudiantil, cuando digo que todos merecemos una oportunidad para mejorar nuestra imagen con los estudiantes, ¿o no?

    La Presidenta sonrió complacida.

    —Vaya, Sentsa, se ve que tienes una jínne muy buena que se preocupa por ti. Yo voto por que escuchemos a nuestra compañera Hinta. Le daremos a Sentsa dos semanas para ponerse en orden con los estudiantes antes de hacer la votación, quizás así puedan conservar la autonomía de su departamento.

    Los demás miembros aceptaron la propuesta, aunque salieron de ahí con la convicción de que en realidad nada cambiaría en el departamento de Sentsa.


    ***​


    Ese día, al terminar las clases, Yake le saldrá al paso a Sentsa cuando salga del edificio central, y le dirá que quiere hablar con ella. Caminarán hacia la salida lentamente. Sentsa creerá que tiene algo que ver con lo que había pasado un rato antes con el asunto de Ima Lib, pero Yake dirá que eso no tiene nada que ver.

    —Es sobre ese departamento de moral.

    Sentsa lo mirará desdeñosa.

    —¿Cuál es tu problema?

    —No estoy en absoluto defendiendo a los de esta escuela, pero creo que deberías desistir con tu departamento de moral.

    Sentsa no se sorprenderá por oír eso, le apartará la mirada y sonreirá con la convicción del que cree estar a punto de educar a alguien.

    —¿Quieres acaso que no haya ley y orden en la escuela? ¿Quieres acaso que todos puedan hacer lo que quieran sin que haya consecuencias? Tú vives fuera de la realidad, jínn —le sonreirá con malicia—. La realidad es que la juventud se corrompe fácilmente, hemos tenido suerte de que todavía no afecte a la escuela, pero eventualmente una escuela sin este tipo de reglas no podrá funcionar…

    —Ahórrate los hombres de paja —contestará Yake—, debe haber reglas, no lo niego, y encima de todo sí hay reglas en la escuela, a ti lo que te molesta es que este sistema secular no funciona acorde a tu visión de cómo debería ser la vida correcta en sociedad, eso es lo que cuestiono. Normalmente no me gusta meterme en los asuntos de la gente de este mundo, pero es ridículo que vayas por ahí respaldando tu ideología y tus acciones de manera autocrática.

    —¿Autocrática?

    —Piensas que reprimir los sentimientos y emociones bajo un escudo moral es la mejor manera para que no cometan actos de los que se arrepientan. Eso es lo que hace la religión. Les haces creer que lo que hacen está mal y luego les impones la solución… —hará énfasis en la palabra “solución”.

    —Se ha comprobado que las escuelas disciplinadas son las que más destacan en el mundo…

    —Pero no tiene que ser así. En lugar de obligarles a ser disciplinados, amenazándolos con castigos por acciones tontas, enséñales a ser racionales. Enseñales la razón, no a obedecer rituales. Y así tal vez algún día podamos deshacernos de todas las ideas morales del mundo.

    —¿Quieres quitar la moral de la escuela entonces?

    Yake se quedará callado un momento, parecerá haberse arrepentido de haber dicho eso, pero luego meterá las manos en los bolsillos y respirará profundamente.

    —Sí, al menos algunos tipos de moral deben desaparecer, y en su lugar debemos poner al pensamiento crítico y al análisis de las circunstancias.

    —No puedes estar hablando en serio —dirá Sentsa, plantándose imponente frente a él—, si no paramos a los jóvenes, estos podrían acabar arruinándose, si se embarazan…

    —Pues repárteles condones —dirá Yake.

    —¿Qué? ¡Eso les motivaría a tener relaciones!

    —A parte de lo intelectualmente inútil que tal acto representa, ¿qué tendría de malo?

    —¡Que podrían embarazarse!

    —Pero para eso les das condones.

    —Uno no es suficientemente efectivo.

    —Dales dos.

    —Sigue sin ser suficiente.

    —Promueve entonces más métodos anticonceptivos.

    —¡Eso promovería la promiscuidad!

    —¿Tiene eso algo de malo?

    —¡Que eso es inmoral!

    —¿Por qué?

    —Porque por andar viciados en esas cosas van a descuidar los estudios.

    —Enséñales entonces a que puedan hacer las dos cosas al mismo tiempo, sin que la primera les produzca una consecuencia negativa en su vida práctica.

    —¿Qué? ¡Eso es imposible!

    —Es por eso que esta realidad es absurda —contestará con ojos nostálgicos, la vista sobre un grupo de jóvenes que se alejan—. En lugar de fortalcerse para que los vicios se vuelvan inócuos, prefieren sólo demonizarlos y evitarlos. Pero no, Sentsa, así la humanidad se estanca en su mediocridad. Debemos deshacernos de nuestras limitantes físicas y psicológicas antes de acostumbrarnos más a ellas y prohibir lo que ocasiona problemas. No hay ni bien ni mal, solo consecuencias. Si una acción ocasiona una consecuencia negativa, intenta que esa consecuencia no suceda, soluciona el problema, mata la consecuencia, no sólo prohíbas, rebélense contra sus realidades humanas en la medida de lo posible. Pero si piensas que eso es imposible, si no tienes el valor para dar siquiera un minúsculo paso hacia ese cambio, o si simplemente no te importa porque prefieres conservar tus posturas tradicionales, no es eso para mí una mentalidad respetable. Pero claro, ¿qué importa lo que un ser de otro mundo como yo piense del tuyo?

    Sentsa sentirá sus venas hervir al escucharlo hablar, pero mantendrá la compostura y volverá a adoptar su habitual decoro ético, sonriendo con severidad.

    —Me alegra que no estés herido, chico suertudo.

    Proseguirá su camino hacia afuera de la escuela.


    21


    —¿Qué sucede ahora con Yuska?

    —En esta bifurcación, regresa a su casa rápidamente. Es el día de la confesión de Ima Lib. Su perro le sale al paso, como siempre lo hace al volver su dueña, pero ésta no lo acaricia, sino que pasa de largo y entra en la casa con la mirada baja y las cejas tristes. Su padre está trabajando y va a llegar hasta la noche; por lo que va a permanecer sola todo el día. En esos casos, ella suele llamar a sus jínnyi para planear alguna salida, pero en ese momento ni siquiera se acerca al teléfono, sino que se mete en su habitación, deja su mochila en la mesa donde está la jaula con el ratón blanco que le había regalado Yake en su cumpleaños, y baja su cama de su nicho de la pared. Antes de acostarse sobre ella, centra su visión en su armario por unos momentos, y recuerda el día en que Yake estuvo por primera vez en su habitación…


    ***​


    Mientras el gemelo permanecía con los ojos cerrados frente a ella, una sonrisa tierna se dibujó en el rostro de Yuska, y pensó que el chico se veía adorable con esa mirada tan seria, pero con un perceptible temblor en los labios como si la incertidumbre creciera en él. Intentando hacer el menor ruido posible se acercó a su armario y sacó de ahí un lienzo que tenía dibujada una enorme manzana. Era evidente que el cuadro era de una aficionada que carecía de buen pulso para manejar el pincel; el trazo de la circunferencia era nervioso durante las curvas y tosco en el tallo, todo dibujado con una concentración excesiva que mantenía los músculos de la mano tensos y desprovistos de habilidad para sujetar el pincel con suavidad, pero era lo mejor que ella había podido hacer.

    Con una gran sonrisa que mostraba todos sus dientes, puso aquel cuadro en frente de los ojos cerrados de su jínn.

    —Ya puedes mirar —dijo con una risa.

    Yake abrió sus ojos con rapidez. Observó respirando agitadamente, con un pequeño temblor en el cuerpo, y la boca ligeramente abierta el dibujo del orbe azul que irrumpió ante sus ojos. Su cabeza volteó para mirar sus alrededores, y comprobó que todo se sentía tan irreal como antes de cerrar los ojos.

    —¿Qué opinas? —preguntó Yuska sin esconder los dientes tras los labios— Aunque no lo creas, hacer sólo esta manzana me tomó más de tres días.

    El gemelo se frotó la cara.

    —Bien, está bien —dijo apresuradamente—, ya tengo que irme.

    Apartó el cuadro de su cara y se levantó con prisa.

    —¿Eh? Espera, ¿eso es todo lo que tienes que decir? —lo detuvo Yuska de la manga— Quiero decir… dame algún consejo para mejorar, después de todo me estás enseñando…

    Yake la miró de nuevo con frialdad. Yuska vio la agitación de sus ojos, y sintió la necesidad de preguntarle si se sentía bien.

    —No pasa nada —dijo Yake anticipándose a su pregunta—, sólo necesito irme.

    Yuska no pudo detener el rápido descenso del gemelo por las escaleras. Por instinto clamó con angustia el nombre de éste antes de desaparecer.


    ***​


    “Quizás el cuadro era tan malo que mejor decidió irse”.

    La jínne está mirando ahora el movimiento de las hipnóticas aspas del ventilador del techo, y se está preguntando qué había estado sucediendo en aquel momento en la cabeza de Yake.

    Los subsecuentes días a aquel extraño incidente fueron como si nunca hubiera sucedido. Cada vez que Yuska intentaba tocar el tema, Yake hablaba de otra cosa, y la conversación se desviaba hasta que finalmente dejó de intentar recordárselo. Por un tiempo, el asunto fue olvidado hasta que ocurrió la confesión de Ima Lib, y mientras lo recuerda se está acostando de lado. Está apretando fuertemente su almohada contra su cuerpo.

    El cuadro con la manzana azul había sido encerrado desde aquel día dentro del armario, y permanecerá ahí durante mucho tiempo más, acumulando polvo.


    ***​


    Aproximadamente a las seis de la tarde, los gemelos se preguntaban por qué Yuska y Hinta no habían llegado. Sinke se asomó por el balcón de la habitación de su hermano con el pato sobre su cabeza, miró hacia la entrada, apoyó su mentón contra su puño y esperó mientras su hermano sonaba unas notas en el piano.

    —Tal vez se dieron cuenta de que este asunto no valía la pena —dijo Yake—, y quieren terminarlo ahora que termina el curso.

    —Estuvieron viniendo sin falta y sin quejarse durante todos estos meses, no creo que de repente hayan decidido dejar de venir así como así.

    —Es mejor de ese modo —continuó Yake—, a decir verdad, durante todo ese tiempo sólo hacíamos algunos trazos básicos y algún que otro dibujo simple, aunque mayormente sólo se ponía a hablar trivialidades. Nunca logró hacer nada bien.

    —Eso no era lo importante, pero para que lo sepas, Hinta sí ha mostrado mejoría.

    Sinke sacó su celular y marcó el número de su alumna. Ésta acababa de terminar de ducharse después del entrenamiento con su hermana cuando escuchó la llamada.

    —¿Qué ocurrió, Hinta? —habló casualemente, con tono despreocupado y bromista— Ya se te hizo tarde para la clase de baile, al menos hubiera avisado, soy una persona ocupada y por estarte esperando no puedo salir a perder el tiempo por ahí.

    —¿Eh?… ¿clases de baile? —preguntó Hinta— Pero yo no soy buena para eso…

    Sinke retuvo la respiración un momento.

    —Buena broma, jínne —continuó tras reírse—, pero no me vas a engañar. Ya has estado viniendo por nueve meses a bailar conmigo, y no tienes nada de qué avergonzarte, te lo digo todo el tiempo.

    —¿De qué estás hablando? Sólo bailé contigo esa primera vez que fuimos a su casa.

    La sonrisa de Sinke comenzó a aplanarse, como si algo pesado la aplastara por debajo.

    —Estás bromeando, ¿verdad? —preguntó. El nerviosismo de su voz fue muy evidente.

    —¿No recuerdas que me propusiste ser tu compañera de baile, pero yo dije que no? —contestó Hinta.

    Al gemelo le pareció sentir un frío en la espalda.

    —Sí, es verdad. Perdón por interrumpirte —dijo antes de colgar.

    —¿Qué ocurrió, hermano? —preguntó Yake.

    En vez de contestar, Sinke bajó al pato de su cabeza y se apresuró a marcarle a Yuska. Ésta contestó. En el fondo se podían escuchar los sonidos de la televisión a gran volumen.

    —Qué pasó, Sinke, ¿qué cuentas?

    —Yuska… ¿no vienes hoy con mi hermano para pintar? —preguntó intentando ocultar un creciente nerviosismo.

    —Yo, ¿pintar? —contestó riendo— Sólo pinté una vez con tu hermano hace tiempo, cuando fuimos a su casa la primera vez, pero no, la pintura no es para mí… ¿qué ocurre?

    Sinke cortó la llamada sin responder. Observó la reja de entrada desde el balcón, le pareció que su mente le estaba jugando algún truco cuando a sus oídos llegó el sonido de la reja abriéndose sin que ésta se moviera.

    —¿Qué te sucede? —preguntó Yake sin dejar de teclear.

    Sinke mantenía el cinismo en su rostro. Se volteó hacia su hermano, pero no encontró las palabras adecuadas para expresar el sobrecogimiento que sintió.


    ***​


    —¿Qué estuvieron haciendo en casa de los gemelos el sábado, después de que nos fuimos? —preguntó Sentsa como una inquisidora.

    Yuska le sonrió con culpa nerviosa; Hinta se protegió detrás del cuerpo de ella como el de una presa ante un predador.

    —No tienes por qué preocuparte, abuela —la abanicó con las manos—, a mí Yake sólo me enseñó su habitación, tocó algo de piano, y me mostró un poco como pintar… y a Hinta, Sinke le mostró un poco cómo bailar… ¿verdad?

    La chica tímida asintió, y Sentsa, quien sabía distinguir perfectamente cuando uno de sus jínnyi mentía, se calmó al ver que decían la verdad, pero siguió adoptando una postura de madre protectora.

    —Bueno, pero recuerden: no es correcto que se queden a solas en una habitación cerrada con un hombre, aunque sea un jínnyi.


    22


    Mientras Yake observaba a ese pobre chico flacucho retener el llanto, cabizbajo y emitiendo suspiros desconsolados, recordó una pequeña metáfora que su maestro les había contado una vez.

    “Imagínense una realidad en la que de repente todos los jóvenes ansían ser pintores famosos; todos ellos tienen el talento y la perseverancia para llevar a cabo sus sueños. Esto provoca que las escuelas de arte se llenen y los estudiantes compitan entre ellos para lograr ser los pintores más innovadores. Pero entonces todas las demás escuelas se quedan sin ningún estudiante; por lo que dentro de poco no habrá más doctores, científicos, o trabajadores profesionales tan importantes para el funcionamiento de la sociedad. Los gobiernos deciden entonces obligar a millones de jóvenes a estudiar a la fuerza esas otras carreras tan vitales para el mundo, y sólo a unos pocos se les permite continuar con su sueño de ser pintores”.

    Al joven sollozante ese día le habían dado la noticia de que iba a ser dado de baja permanente en aquella escuela; había perdido todo el año a causa de no haber aprobado una sola materia en su última oportunidad, y sus pómulos esqueléticos se quería manifestar un llanto rabioso, maldiciendo en su interior a la escuela, pero sobre todo a sí mismo, pues todo el esfuerzo que había puesto estudiando no había rendido frutos, y vociferaba con voz ronca contra los estudiantes que habían estado en su misma situación y habían aprobado a pesar de haber estudiado aún menos. Sin embargo, era toda su culpa; su humildad le obligaba a tener que creer eso, que su éxito o fracaso eran exclusivamente su responsabilidad.

    Días después, durante la fiesta de fin de curso, el teatro de la escuela daba su actuación rutinaria por parte del club de teatro, antes de pasar a las demás: El dios Áikan (representado como una alta figura humanoide gris) entregaba a un mortal (que era un chico vestido de café) un orbe metálico (una bola de papel envuelta en aluminio), y éste tenía que llevarlo hasta la cima de una montaña haciendo como si pesara una tonelada mientras soltaba frases motivacionales sobre el esfuerzo y la recompensa posterior. Cuando al fin llegaba a su destino, terminaba la obra con el mortal elevando el orbe gloriosamente hacia la concurrencia, rompiendo la cuarta pared, diciéndoles que era su turno de hacer lo mismo, y luego fue ascendido a las nubes (con cables) donde se supone que vivirá por toda la eternidad como siervo de los dioses. “Ahora, mortal, merecedor eres, de nosotros siervo ser”, dijo la profunda voz del dios antes de que el actor desapareciera por la parte de arriba y el telón se echara. El auditorio se llenó de aplausos, muchos sólo por educación.


    ***​


    Todo quedó en silencio cuando Sinke y Kusat entraron en escena. El gemelo de mirada malévola, portando ropa como la de un profesor, apretaba conta su cuerpo varias partituras y de su cuello colgaba un diapasón. Tras él iba el risueño y robusto primo, con un uniforme de estudiante imitando al de un internado bastante famoso de la ciudad, que se había visto en un escándalo debido a la supuesta violencia con que se trataba a sus habitantes.

    Kusat (extremadamente contento): ¡Profesor, profesor! He venido dichoso a decirle que, después de tanto tiempo, una vocación he encontrado; una que a mi alma y cuerpo emociona como si cupido con su mortal flecha me hubiera herido, y a la que estoy dispuesto a dedicarle mi vida con toda mi pasión.

    Sinke (mirándolo con escepticismo): ¡Oh, querido alumno!, a quien le he enseñado con tanta devoción. Hazme pues, conocedor de la emocionante meta a la que tu vida piensas dedicar.

    Kusat (alzando el brazo eufórico): ¡Quiero ser físico cuántico!

    Risas reventaron el teatro a causa del gesto exagerado de Kusat. Yake observaba de pie desde la parte de atrás, con los brazos cruzados.

    Sinke (levantándose aplaudiendo sarcásticamente, y dando vueltas lentamente alrededor de Kusat): Bien, estimado alumno, he de felicitar tu valiente elección. Grande suerte te deseo en la odisea que te espera para un lugar en tan importante comunidad ganar. Sin embargo, hay un pequeño problemita.

    Kusat (desconcertado): ¿Y cuál es, profesor?

    Sinke (lo hace caer violentamente al suelo de una fuerte barrida y le da de pisotones en la barriga): ¡Que todavía no apruebas mi materia, vago! ¡Es la tercera vez que la repruebas!

    (Kusat se queja de dolor)

    Sinke (se agacha, lo jala de la camisa y lo mantiene sentado): ¿Cuándo te vas a dar cuenta de que a menos que apruebes mi materia, no vas a entrar en ninguna universidad del mundo? (le da fuertes bofetadas) ¡Aprueba mi materia de una vez!

    Kusat (adolorido): …Pero, profesor… yo quiero estudiar física… y lo que usted enseña es música…

    Sinke (dándole un fuerte golpe en la barriga, y acercándole a la cara una partitura): Así es. Pero el sistema no se equivoca, querido alumno, ¿cómo esperas descifrar los insoldables misterios del mundo subatómico, cómo esperas comprender las maravillas de los elementos químicos, los átomos, los protones, la materia oscura, la teoría de cuerdas, si no puedes solfear esta clave de fa perfectamente, si no te sabes las trece armaduras y las tonalidades que indican, si no sabes la diferencia entre una apoyatura y una acciaccatura, si no diferencias a Wagner de Stravinsky, si no sabes lo que es una fuga o si no conoces la forma en que se crea una sonata, o si no sabes todos los instrumentos musicales más populares de la edad media y el renacimiento o en qué país y en qué año se compuso la primera ópera? ¡Imposible, inverosímil, absurda utopía irrealizable! (De un puñetazo deja inconsciente a Kusat en el suelo. Se levanta con lentitud, temblando como si se fuera a caer; mira el cuerpo de Kusat con una sonrisa enfermiza, acariciando el diapasón que le cuelga como una reliquia): Sí, nada vales, oh, estimado alumno, así no eres alguien. Un seis en mi curso es tu boleto de salida hacia tus sueños. Y hasta que no sea así me temo que nada eres, nada vales, no serás ni valdrás nada en la vida si al final del año en un papelito verde[1] no hay un numerito que diga: “aprobé la materia de Música”.

    Durante la representación, fueron los golpes que Sinke daba tan fuertes y reales, que muchos temieron que le hubiera hecho un daño real a Kusat. Por unos segundos nadie lanzó ni un suspiro hasta que el telón bajó, e incluso entonces, fueron pocos los que se atrevieron a aplaudir con fuerza.

    Yake no aplaudió.


    23


    “Clak”, sonó la puerta al abrirse. ¿Dónde está el interruptor?... Ah, aquí. Se iluminó la bodega llena de cajas. Entró Ale y tomó una.

    —Vamos, tenemos que ponerlas todas antes de las ocho.

    Los chicos que la acompañaban obedecieron la enérgica orden. Esto es un lío, estar cargando estas boletas toda la mañana nos va a hacer sudar a todos, además del hecho de organizar a todos para que no haya problemas. Ale tomó una de las cajas y se incorpora con ella.

    —Llévenlas afuera, ahí Ela les dará indicaciones de dónde deben ir las urnas.

    Luego los representantes del comité se quejarán de que no estamos presentables para recibir a los candidatos, ¿qué se creen que es? ¿Que vamos a elegir al presidente del país?

    —Oye tú, aún puedo aguantar otra caja.

    El flaco muchacho dudó con la mirada.

    —¿Crees que no soy suficientemente fuerte?

    Cedió intimidado. La chica castaña recibió otra caja. El peso extra la hizo flexionar las rodillas, avanzó a paso lento pero decidido. Sí es que es duro tener que dar el ejemplo, debería pedir otra caja, pero apenas puedo caminar. Ahora las escaleras, carajo.

    —¿Necesita ayuda? —preguntó un chico grande y robusto, bajando con tres cajas sin dificultad.

    —Claro que no, tú sigue moviéndote.

    Es que no puede una mostrar debilidad. ¿Qué diría la Presidenta? Aunque la verdad preferiría que su mandato continúe. Agh, ¡cómo pesan estas boletas! Si las hicieran de papel, sería fácil. ¡Pero no!, tienen que ser de esa madera como tapas de libros de autores que ganaron el Nobel. ¿Es necesario tanto simbolismo para una simple votación? Y para colmo las cajas por sí mismas son de las gruesas…

    A la salida del edificio, donde se encontraba Ela, se amontonaban las cajas con poco cuidado sobre el suelo. La madrugada cedía el paso a la mañana; las estrellas eran devoradas por la luz del sol, pero nadie tenía tiempo para darse cuenta de eso.

    —Ese grupo de cajas llévenlas a la sección de la secundaria —ordenó Ela a un grupo de jóvenes que por un momento se habían puesto a descansar—, ¡no holgazaneen!

    Por la puerta salió su amiga. Ela casi recibe con la cabeza las cajas que vacilaban en los brazos de Ale. Paf. Resbaló.

    —¡Lo siento, Ela! —dijo Ale.

    —¡Vuelvan a trabajar! —reclamó Ela a los curiosos que atestiguaron el desliz de la caja.


    ***​


    Todavía faltan decenas de cajas y ya estamos cansados. ¿No pueden tener los de la primaria y la secundaria sus propias boletas? ¿Por qué se las tenemos que cuidar nosotros y luego llevárselas? Bueno, es verdad que vinieron algunos de ellos a echar una mano, pero no, se supone que la carga recaiga sobre los de preparatoria. Luego vendrá esa zorra de la vicepresidenta a quejarse de que aceptamos recibir ayuda de los niñitos.

    —¡Esas cajas son para la secundaria, idiota! No las lleves hacia el tercer año de la prepa.

    ¿Qué más da? Todas se ven igual. Todas tienen las opciones candidato 1, 2 y 3, se supone que cada uno escriba el nombre del candidato. Solamente son diferentes por esa tonta etiqueta que tienen pegadas las cajas diciendo a qué nivel y grado corresponden.

    —Por cierto, Ale, ¿quién crees que va a ganar esta vez?

    —Sin lugar a dudas la presidenta Altra será reelegida. Todos la quieren.

    —Pues sólo espero que se tome la molestia de hacer más fácil el proceso electoral, como, por ejemplo, usar boletas normales.

    —Según me dijeron, estas boletas tan gruesas son más difíciles de perder y falsificar, pues esos casos se han dado en años anteriores.

    Sí, claro. Recuerdo que algo así sucedió en la votación anterior. El rumor de que la vicepresidenta Tarka había usado boletas falsas para darse ventaja. Pero ahora son difíciles de reproducir y con un sello grabado a máquina. ¡Ah, mi espalda! Las chicas no deberíamos hacer estos trabajos pesados, mucho menos Ale y yo; nosotras somos figuras públicas de la escuela, controlamos los clubes y actividades de los alumnos, procuramos darles lo mejor promoviendo ideas y planificándolas, no estamos hechas para esto. Pero bueno, todo por la imagen, porque, después de todo, nadie tomará en serio a alguien con buenas ideas pero que no levanta el culo de una silla.

    Daban las siete. Los ánimos se calentaban cada vez más con el sol que reclamaba terreno en la escuela. Fue Ela a supervisar las urnas a cada edificio.


    ***​


    El sonido de una escalera cayendo alarmó momentáneamente a todos en el área de los primeros años. El viento que traía consigo los arrullos del mar se deslizaba por las cabelleras de los estudiantes que luchaban para poder armar las enormes urnas de madera. No dejaban de moverse las pesadas tablas; batallando contra todo aquel que quisiera colocarlas en su lugar para atornillarlas. Se necesitaban más de diez chicos para controlar su caprichoso bamboleo, las caras se les embadurnaban de astillas. Los tornillos rodaban en cuanto alguna mano se les acercara con un destornillador; los destornilladores se escurrían de las manos en cuanto se sentían en presencia de un tornillo. Tenían además que ser armadas las urnas para cada edificio de aulas, incluyendo la primaria y la secundaria. Solamente contaban con treinta jóvenes voluntarios para armarlo todo, por lo que los alumnos que iban llegando casi inmediatamente se veían obligados a ayudar a controlar todo ese caos. Las pesadas boletas flotaban llevadas por el viento, indeseosas de ser utilizadas, haciendo que los alumnos tuvieran que correr tras ellas, perdiendo más el tiempo. Dégo había caído de la escalera en el momento en que, creyéndose finalmente en control de la terca tabla del techo, comenzó a atornillarla a su compañera que servía de pared. El violento movimiento de ésta al rebelarse lo golpeó en el pecho, en un acto reflejo intentó aferrarse a la escalera metálica con sus manos y pies, y se la llevó al suelo consigo.

    —No te preocupes, amigo —dijo un compañero arrebatándole el desarmador—, yo lo hago por ti.

    Y lo dejaron en el suelo sobándose la espalda y las costillas.

    —Si te duele mucho, ve a ayudar en otro lado —dijo un robusto joven que, junto con los otros, pretendía restringir el movimiento de la tabla con sus grandes brazos.

    Se alejó Dégo doliéndose. Sí, porque qué tal si me he roto alguna costilla; pero no importa mientras esa urna sea armada. Rodaron tornillos a sus pies. ¿Es necesario construir esas urnas si la madera se está negando de ese modo? ¿Que por imagen? Que se joda la imagen. Trabajo inútil que luego habrá que desarmar.

    Se dirigió hacia donde estaba Ate, quien forcejeaba con las cuerdas de terciopelo negro que se le enredaban como suaves anacondas, intentando limpiarlas del polvo acumulado durante un año de abandono en las bodegas.

    —¿Necesitas una mano? —preguntó Dégo.

    —Necesito mil.

    Porque las filas de los votantes deben estar contenidas entre esas cuerdas aterciopeladas, como si estuvieran a punto de entrar a un cine de lujo. El sonido de toda la urna desmoronándose les hizo cubrirse por instinto. Una pila de chicos yacía derrotada por las maderas que, conscientes de su victoria, ahora yacían inmóviles a unos metros de ellos. Mis manos de virtuoso corren peligro aquí.

    —¿Vas a ayudarme o no?

    Las cuerdas habían cesado el movimiento cuando Ate dejó de luchar, enredado como un pez un una red de terciopelo.

    —Iré a ver si alguien más puede ayudarnos. Será inútil que seamos sólo tú y yo.

    Caminó por la vía gris brillante que conducía hacia el edificio de los segundos años. Los árboles con sus ramas señalaban su camino mecidas por el viento, como recordándole siempre la dirección que debía seguir. ¿Qué se ganará realmente haciéndolo todo tan difícil? ¿El club de música mejorará? Ni siquiera la presidenta Altra supervisaba los clubes, para eso están esas Ale y Ela. Mejores instrumentos para aquellos que no puedan tener el suyo, comprar un mejor equipo de sonido. Pero no, ¿cuál es el objetivo de una orquesta? ¡Pues tocar, carajo, tocar, a como dé lugar!

    Ima venía caminando en dirección opuesta. Los árboles dejaron de señalar.

    —Oye, iba al edificio de los segundos a pedir que nos vengan a ayudar un poco… ¿sabes si están progresando?

    —Esté… —voz nerviosa, temerosa de decepcionar—, yo fui a ayudar pero todas las cosas se niegan a estar quietas… me enviaron a pedir ayuda a los chicos de nuestro edificio.

    —¿Por qué no llamas a tu novio? Dicen que es extraordinariamente fuerte.

    Sonrojo y sin palabras por un momento. ¿No puede estar esta chica cinco minutos sin apenarse por todo?

    —Él dice que este sistema para votar es demasiado tonto, y por eso no quiere formar parte de él… aunque… tal vez su hermano lo convenza de venir de todas formas.


    ***​


    Con mirada tierna y temerosa la vieron todos regresar. El cielo ya se había tornado de verde, haciendo que la vegetación se tiñera de café rojizo.

    —¿No trajiste a nadie? —preguntó una chica de largo cabello rosa, con ojos exasperados y voz regañona. Un gafete en su pecho decía: “Míe. Representante 1.C”.

    Negó Ima tristemente; moviéronsele los azules cabellos con el viento de olor a azúcar.

    —Encontré a una chica en el camino que me dijo que necesitan ayuda.

    Al fondo, la tabla que de piso habría de servir luchaba por levitar con cinco chicos en ella montados.

    —Esto es inútil —las coletas rosadas de Míe flotaban con el viento—, ve y dile a la presidenta que no podremos hacer nada hoy hasta que las cosas se calmen.

    Antes de terminar de hablar, comenzaron a caer del cielo cúbicas gotas de agua, tan suaves que se posaron sobre las flores más delicadas sin que éstas se movieran, y caían en los ojos abiertos de los seres sin que estos sintieran la necesidad de parpadear.

    Partió en camino hacia la oficina de la presidenta. Encontró jóvenes que venían de un lado al otro persiguiendo las cajas de las urnas, que parecían haberse aliado con el viento para evitar ser cautivas. “¿Qué va a pasar si no se puede hacer la votación hoy?”, pensó tocándose el tembloroso labio inferior con el dedo índice, “aunque sea probable que Altra sea reelegida si se lleva a cabo, no hay manera de hacer que las cosas cooperen. ¿Qué haría Yake si estuviera aquí ahora?... No, se burlaría de nuestros intentos por llevar a cabo todo esto… quizás tiene razón, quizás no debamos obligar a las cosas… ¡No!”, sacudió la cabeza, “Altra es una buena presidenta, se merece su reelección, yo debo ayudarla, voy a darle la noticia de las dificultades; pero también le propondré alguna solución… ¿qué será?”

    Hinta le salió al paso por detrás. Su gafete también la señalaba como representante de su grupo.

    —¿También vas a ver a la presidenta? —dijo Hinta— Tal vez haya que retrasar las votaciones. De las doce urnas que había que construir solamente hemos podido armar una, la del tercer año de secundaria, y eso porque tuvimos que usar a más de treinta chicos, incluyendo a Sinke.

    —¿Crees que con él podamos lograrlo?

    —Sinke será muy fuerte, pero sólo tiene dos manos. Asegura que Yake no piensa venir por nada del mundo.

    Dedo en el labio.

    —Quizás… simplemente podríamos hacerlo todo en una urna… tal vez de un material simple que no sea tan violento.

    No terminó de hablar cuando sonó el celular de Hinta. Apenas escuchó la voz de Kanyu cuando agradeció y colgó.

    —Me temo que no podré acompañarte —dijo deteniéndose—, ha surgido un asunto que tengo que ir a ver.

    Su aspecto seguro de repente se volvió inquieto. Se exigió sonreír.

    —Bueno… —dijo Ima.

    Se fue y el sol poco a poco cambió su forma hasta ser oval. Dentro de poco serían las ocho y todo seguía siendo un desastre. Entró en el edificio principal de la escuela y subió las escaleras hasta el tercer piso. “Cuando todo esto termine quiero que él me abrace”, pensó mientras las comisuras de sus labios se arqueaban, como si ya se imaginara en ese escenario, “haré que vea que puedo lograr hacer algo importante, convenceré a la presidenta y a la vicepresidenta de que las votaciones pueden hacerse hoy”.

    Llegó frente a la puerta, se plantó con seguridad y el semblante tiernamente severo. Tocó la puerta.


    ***​


    —Adelante.

    Su suave boca pronunció rodeada ella de pilas de papeles. El viento silencioso le hacía llegar las voces de los antiguos presidentes que habían reinado antes que ella. Rumores atrapados en esas paredes.

    Entraron unos cabellos verdes seguidos de una mirada imprudente.

    —¿Qué hace, presidenta? —preguntó Tarka y entró— Hoy son las votaciones, debería estar ahí afuera con los estudiantes.

    —Vamos, Tarka, aunque sea tiempo de elecciones todavía tengo cosas de las que ocuparme.

    El reloj dio las ocho con el sonido de un águila, y todos los árboles de la escuela se desprendieron de la tierra para levitar a más de diez metros de altura hasta que entrara la tarde.

    —¿Estás nerviosa, Tarka?

    La peliverde se tensó.

    —¿Por qué habría de estarlo?

    —Sé lo mucho que te gustaría ganar estas elecciones, sería tu última oportunidad antes de graduarte.

    —Yo digo que las elecciones deberían de hacerse al final de cada curso y no a mediados de febrembre; sólo digo, para que el periodo presidencial coincida con el comienzo y el final de las clases.

    —Te prometo que si gano, haré algo al respecto —dijo mientras minúsculos remolinos de luces adornaban su figura—, de ese modo tendrás otra oportunidad en poco tiempo.

    No pudiendo aguantar tanto brillo de bondad, Tarka salió de ahí avergonzada.


    ***​


    ¡Ah! Miren todo esto. Todo está listo. Ummm, mi cabello se ve bien. Falta algo de maquillaje. Quizás incluso un poco de relleno en el sostén…

    —Vicepresidenta, los estudiantes están ya listos para votar.

    —Ya voy.

    Cuando salga de este cuarto debo visualizar lo que sucederá. Será lo mejor. Los árboles adornando el cielo, el viento llenándonos de aromas de canela, pájaros en sus madrigueras y topos aferrados a las raíces de los árboles que flotan. Ese es el ambiente. Pero ahora las circunstancias. Los chicos lanzando semillas de la flor roja de la manzana a los candidatos en señal de respeto, aplaudiendo fuertemente, golpeándose las mejillas con las manos, y la mayoría de ellos van a votar por mí. Seré presidenta… Debo apurarme. ¡Ah!, el espejo ya se apagó; se puso naranja, como los ojos de esos gemelos… ¿vendrán ellos a votar? Bueno, ¿qué importan dos votos? Aunque últimamente los alumnos han estado haciendo lo que ellos hacen… tal vez debí tomarlos más en serio, hubieran sido una buena manera de llegar a más gente… no es momento de hablar de lo que pude o no haber hecho durante la campaña… aunque ese Sinke, tan acrobático… salta hacia las raíces de los árboles y se deja llevar por los tornados de agua del cielo… haciendo siempre lo que quiere. Vaya, tengo ideas extrañas ahora. Sal ahora mismo y saluda a todos…


    ***​


    Sudando estaban los chicos que habían estado cargando las cajas e instalando las urnas de plástico. No estaban ciertamente muy presentables; pero eso, más que una vergüenza para ellos, fue un símbolo de que el pueblo danzilmarés daba todo por cumplir con su deber, pese a terminar sucios o con las costillas rotas. Pasaron a votar uno por uno.


    [1] Nombre popular con el que se conoce a las boletas de calificaciones.
     
  19. Threadmarks: Capítulo 17. Deine Zauber
     
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

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    Título:
    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    35
     
    Palabras:
    9352
    Capítulo 17. Deine Zauber


    48


    —Y entrando ella en la estancia, se acercó dando saltitos y dio un beso en los labios a Yake, para inmediatamente después sorprenderse ella misma de su movimiento tan repentino, intuitivo como abrir los ojos al despertarse. Estaban ahí Kanyu y Ate. Sentsa llegó tras ella, sintiendo, al ver a su jínne besar al gemelo, un insoportable fastidio, como si lo ya hubiera presenciado miles de veces.

    Se encontraron una vez más en la sala, alrededor de la mesa al ras del suelo. Míralos, mira lo inquietos que están.

    —¿Qué vamos a hacer ahora? —preguntó Sentsa— ¿Por qué fue como si esos recuerdos aparecieran delante de nuestros ojos?

    —¿Todos ustedes lo tuvieron? —preguntó Sinke.

    —Fueron como imágenes muy veloces —dijo Kanyu—; pero al mismo tiempo muy detalladas, como si lo hubiera vivido en verdad.

    —Entonces —dijo Yake— debe ser lo que nuestros cuerpos vivieron mientras estábamos en la jaula. ¿Pero por qué esto no sucedió la primera vez, cuando fuimos al universo de la gente blanca?

    —Quizás —observó Sinke—, en esa ocasión, no ocurrió nada de gran importancia, nada que valiera la pena recordar, mientras que esta vez regresamos en un punto de tiempo mucho más adelantado.

    —Oigan, esto comienza a dar miedo —dijo Ate—, si ya nos pasó dos veces, ¿podría pasar de nuevo?

    Entró Hinta por la puerta, vestida con la blusa con la flauta estampada que le había regalado Sinke, y no pudo mirarlo a los ojos.

    —Ya todos recordamos, Hinta —dijo Ate.

    Su rostro nunca se había puesto tan rojo ni su boca tan tensa. Se sentó lejos de Sinke.

    —Tenemos que buscar ayuda —dijo Sentsa con voz firme.

    —Por supuesto, Sentsa —dijo Ate cruzándose de brazos—, vamos buscar a un experto en viajes a otros universos, a ver qué nos enseña.

    —No podemos quedarnos sin hacer nada.

    —De hecho ésta puede ser una gran oportunidad —dijo Sinke, adquiriendo el naranja de sus ojos un brillo repentino—, viendo los tipos de realidades a los que hemos ido, me pregunto qué tanto podremos controlar las opciones a nivel consciente.

    —¿Qué? —exclamó Sentsa, y su expresión se volvió temblorosa al prever la respuesta de Sinke.

    —Imagínense, por un momento, si pudiéramos ir a una realidad con las características que decidiéramos, podría imaginarme algo y viajaríamos esa realidad.

    Ate se levantó como si el suelo quemara:

    —Nos estás jodiendo, ¿verdad?

    Sinke se sentía estar a punto de hacer la acción más importante del universo, lo que hizo a Sentsa preocuparse tanto que deseó salir corriendo de ahí, pero no hizo más que apartar la mirada e implorar porque no ocurriera lo peor. Exagera demasiado, ¿verdad?, pero bueno, Sinke cerró los ojos.

    Yuska primero miró preocupada a Sentsa, luego se fijó con un escalofrío en la profunda concentración en la cara de Sinke:

    —¿Qué estás haciendo?

    Yake lo observaba con cautela.

    —Voy a pensar en otra realidad —contestó Sinke sin abrir los ojos, y los apretó cada vez más.

    Pasaron unos minutos sin ocurrir nada. Los jínnyi no sabían si sentirse aterrados por lo que podría suceder, o aliviados, porque lo que pretendía el gemelo parecía no funcionar. Hinta se le acercó lentamente, dudando a cada paso, y quiso poner la mano en su hombro.

    —Sinke…

    Al siguiente segundo, solamente Yake continuó sentado en el sofá de la sala, mira cómo su expresión se descompone por la sorpresa…

    —Espera, cuenta desde otra perspectiva.


    ***​


    Verend subirá las escaleras de la casa, mirará por un momento por la ventana oval que da hacia el prado verde, delante de la casa; doblará en el siguiente pasillo para ir a la habitación donde habían encerrado a su víctima.

    —Pronto será la hora —le dirá a su hijo.

    El chico de lentes contemplará confundido la casa en la que está, y al escuchar la voz y ver el rostro de su padre quedará pasmado, inmóvil por la repentina sorpresa. Escuchará voces, su cabeza le dolerá por un instante, y luego contestará:

    —Lo sé, ya quiero ver muerto a ese hijo de puta.

    —Así será, hijo —dirá Verend, golpeando suavemente su hombro—, pronto llegará.

    Kanyu intentará deshacerse de la sensación eufórica que le producirá escuchar esas palabras, y al hacerlo no podrá evitar lanzar un gemido de dolor.

    —¿Qué pasa, hijo? —preguntará Verend, como hablándole a un niñito que se ha lastimado.

    —No es nada —responderá, manteniendo sus lágrmias al borde de sus ojos.

    Se escuchará un ruido dentro de la habitación, su padre reirá con voz rasposa y emocionada.

    —Parece que ya despertó, ¿por qué no le das la bienvenida? Seguro le sorprende verte.

    Kanyu asentirá. Al abrir la puerta encontrará a una persona con una gruesa bolsa de tela en la cabeza.

    —Háblale de todo —dirá Verend—, dile lo que quieras. ¡Que tenga miedo!

    Kanyu cerrará la puerta tras de sí, no podrá evitar temblar ante esa persona amarrada que se mueve desesperadamente con gemidos desesperados. Su cuerpo no le obedecerá cuando le den ganas de salir corriendo; intentará luchar contra el impulso de su mano de liberar la cabeza del pobre que grita cada vez más. Su mano le arrancará la bolsa y casi caerá hacia atrás al ver a Ate, quien tendrá los ojos húmedos de terror. Le quitará la mordaza de la boca, pidiendo perdón repetidamente.

    —No te preocupes, te voy a sacar de aquí —hablará en voz baja.

    —Comencé a recordar algo —dirá Ate, respirando entrecordatamente—, me golpearon cuando salía de mi casa… Tenemos que encontrar rápido a los gemelos…

    Mientras lo desata, las manos de Kanyu se abalanzarán sobre el cuello de Ate, y apretarán con furia por unos instantes antes de que Kanyu las retire aterrorizado, tras recuperar el control.

    —¡Perdón!... Yo no quise.

    —Es como lo que le pasó a Sentsa —Ate se sobará la garganta—, debemos irnos antes de que te domine…

    —¡Hijo, ya es la hora! —exclamará Verend, triunfal— Ese idiota ha llegado, baja a tu amigo al patio en cinco minutos, yo iré a darle la bienvenida.

    Bajará rápidamente, escondiendo una pistola en su bolsillo.

    El señor Zíyi Pragt se encontrará caminando despacio hacia la casa a través del campo, donde la hierba crece a diferente altura, desde estar al ras del suelo hasta llegar a la rodilla. Su cuerpo, delgado y débil, será eclipsado por la valentía y decisión de sus ojos. Mirará hacia los árboles que bordean al pastizal por los dos lados. Aunque sólo escuchará silencio, se sentirá tranquilo.

    Lo esperará Verend en el chalet, quien le estará apuntando con la pistola.

    —No puedo creer que hayas tenido el valor de venir, cabrón.

    —¿Dónde está mi hijo? —preguntará Zíyi fríamente.

    —Mi hijo lo bajará en un momento, no hay prisa.

    —Recuerda que es un trato, mi vida por la suya.

    Kanyu y Ate verán la escena desde la ventana oval del pasillo. Kanyu dirá que es momento de escapar por la puerta trasera. Ate se quedará mirando un segundo a su padre, y cómo el padre de Kanyu le apunta, le sobrevendrá un dolor de cabeza acompañado de imágenes azarosas de su vida con él, breves momentos de alegrías familiares y escolares, sentimientos de amargura por su madre muerta al dar a luz y su padre en prisión por matar a una mujer al conducir ebrio.

    —Ate, apúrate —dirá Kanyu.

    Reaccionará y bajarán las escaleras; pero al pasar por la cocina, Kanyu verá sobre la mesa una ranita de juguete, pequeña y sucia, despintada y maltratada por la soledad. Aturdido, se acercará a ella y la contemplará con más detenimiento; en sus manos sintió su plástico y su nariz percibió el olor fantasma de cuando aún era nueva. Habrá calor recorriéndole el cuerpo; unos brazos invisibles lo rodearán, unos labios invisibles le darán un tierno beso en la frente, y escuchará la voz dulce de una mujer; una voz maternal, devota, libre de toda humanidad salvo por las virtudes, que lo llenará de paz. De manos de esa mujer recibió aquel juguete, compañero en sus ratos de ocio, siempre presente a su lado cuando la mujer lo adormecía y lo sacaba a pasear. Se sentirá despidiéndose de esa mujer en la entrada de una escuela; la mujer de la cual provenían palabras que, viruosas y llenas de bondad, lo harán derramar lágrimas de alegría.

    —¿Kanyu? —dirá Ate, viéndolo llevarse las manos a la frente.

    Un impulso lo obligará a tomar esa rana y continuará llorando. Recordará toda su vida; la vida que tuvo a lado de su madre, Nída, que en ese mundo había estado plenamente a su lado durante su infancia. Llorará de felicidad al vivir en sus recuerdos sus abrazos, sus besos, sus caricias y sus sonrisas; y sus piernas no podrán seguir sosteniéndolo. La rana será aplastada por la fuerza del puño cerrándose alrededor de ella. Ate querrá levantarlo desesperado; pero será como si no pudiera escucharlo. Recordará Kanyu el día en que ella fue a buscarlo a la escuela, llevándole la rana de juguete, cuando un conductor ebrio se subió sobre la banqueta y terminó con su vida en frente de él. La rana salió volando, inadvertida entre los gritos de la gente. El conductor era Zíyi Pragt, el padre de Ate. Sin embargo fue sentenciado a solamente diez años de prisión. Verend había enloquecido de dolor, y con él, Kanyu, quien se volvió un chico violento que nunca logró superar su muerte, situación que empeoró a causa del deseo de venganza que su padre le inculcó en los años siguientes. Cuando entró en la preparatoria, de casualidad se encontró con el hijo del hombre que había matado a su madre, y junto con su padre comenzaron a planear la manera de vengarse. Se hizo amigo de Ate durante todo ese tiempo, ganándose su confianza, saboreando lentamente el día en que por fin le haría pagar matándolo a él en frente de su padre cuando saliera de prisión, y cuando al fin ese día llegó, esperaron a que se reunieran por primera vez en años, para que su separación cuando lo secuestraran fuera más dolorosa. Entonces irrumpieron en su casa y lo raptaron, dejándole una nota a Zíyi diciéndole que, si lo quería vivo, lo encontraran en aquella casa abandonada, y si llamaba a la policía, lo matarían. Entonces sentirá toda esa ira amarga en sus músculos; su alter ego reclamaba el control de su cuerpo para continuar con su propósito.

    Sujetará al sorprendido Ate violentamente por la espalda, lo someterá contra el suelo y lo atará de manos con una cuerda que había sobre una silla.

    —¡Kanyu!

    Le pasará un brazo por el cuello como una anaconda a un cocodrilo, y con furia lo encaminará hacia la salida trasera, pese a las súplicas y luchas de Ate por escapar. Kanyu parecerá tener una fuerza increíble, producto de la ira y el rencor. Antes de salir, recordará que hay una pistola guardada en el cajón de la mesa junto a la puerta, y con sangre fría la tomará, dirigiendo el cañón a la sien del que antes había sido su jínn.


    ***​


    Clamó Zíyi el nombre de su hijo al verlo salir. Alarmado, quiso acercarse pero se lo impidió Vérend con su arma. Durante todos esos minutos, Vérend no había dejado de hablarle acerca de lo mucho que dañó su vida con su descuido, y lo injusto que había sido el sistema por darle una condena tan corta para un crimen tan horroroso. A cada instante sentía que no iba a controlar las ganas de disparar, y agradeció por dentro la interrupción de su hijo.

    —No pudiste esperar, ¿verdad, hijo? Te comprendo, quieres hacerlo ya.

    Kanyu tenía el cuerpo rígido, los ojos rojos de lágrimas y apretando los dientes. Sujetó con más vigor a Ate cuando éste intentó darle codazos para zafarse; pero al sentir de nuevo el arma tocar su cabeza se detuvo, y suplicó sin aire que no disparara. Kanyu parecía no escucharlo. Su dedo temblaba sobre el gatillo mientras tensaba todo su cuerpo, impidiéndose a sí mismo caer en la tentación.

    —Ya estoy aquí —dijo Zíyi—, ahora déjalo ir.

    —Verás —dijo Verend—, tú mataste a la madre de mi hijo, y mereces un castigo. Sin embargo, ¿qué castigo tendrás si te matamos a ti?

    La sangre y el aire desaparecieron del cuerpo de Zíyi.

    —¡Juro que fue un accidente!

    —Mi hijo vio morir a su madre, lo justo es entonces que tú veas morir a tu hijo, y será a manos de su mejor amigo…

    Sintió Vérend un enorme peso cayéndole encima, y lo último que oyó antes de quedar inconsciente por un golpe en la cabeza fueron los instantes iniciales del disparo de una pistola, sonido cuyo final no alcanzó a oír.


    ***​


    Kanyu escuchó unos rumores a su izquierda, volteó pero sólo vio los árboles. Desconfiando por una intuición que no comprendió muy bien, se puso alerta y se apretó contra la pared de la casa. Ate seguía diciéndole que lamentaba lo que fuera que hubiera hecho; pero a cada palabra suya Kanyu se enojaba más. Miró entonces la esquina de la casa, escuchando atentamente. Vio también, no sin extrañeza, que el señor Pragt no se veía tan alterado como lo había imaginado, y un par de veces le vio mover los ojos hacia arriba por un instante, algo que Vérend parecía no notar dada su emoción.

    Inesperadamente, Sinke saltó del techo de la casa y cayó sobre Vérend, lo aturdió de un golpe en la cabeza con el dorso de la mano. Reaccionó Kanyu instintivamente disparando en su dirección, y lo hirió de gravedad en el abdomen. El gemelo cayó al suelo. De nuevo su cuerpo tomó voluntad propia, y disparó hacia la esquina de la casa, de donde Yake había salido corriendo con la intención de quitarle el arma, y lo hirió en el estómago.

    —¡Por dios! —exclamó Kanyu, dándose cuenta de lo que había hecho. Su cuerpo apretó aún más a Ate. Apuntó temblando alternativamente a sus tres amigos y al padre de Ate, temiendo del que más se moviera—. ¡Yake, Sinke, lo siento!

    Yake intentó incorporarse; pero el dolor de su herida se lo impedía.

    —Deja ir a Ate —dijo sacando sangre por la boca.

    —¡No! —exclamó llorando— ¿Cómo llegaron ustedes hasta aquí? ¿Dónde está Sentsa, dónde están Hinta y Yuska?

    —Solamente hemos recordado ver a Sentsa y Yuska —dijo Sinke, arrastrándose lentamente hasta él—, a Hinta tal parece que no la conocemos.

    —¡No te muevas! —le apunto directamente, arrinconándose. Quiso entrar en la casa; pero su cuerpo se empeñaba en permanecer ahí; como si ver a los gemelos arrastrarse le provocara un placer sádico—. ¿Qué hago, gemelos? ¡Voy a matar a Ate! —antes de terminar de hablar, su mano disparó directamente hacia Zíyi, que se desplomó sobre el pasto.

    Ate lanzó un grito silencioso. Su inicial indiferencia por no tratarse del padre que conocía pronto fue controlada por su alter ego, llenándolo de temblores y arrebatándole el aire. Pensó que se desmayaría al ver la cabeza de su padre sumergiéndose poco a poco en un charco de su propia sangre. Su cara se cubrió de lágrimas, y su pasividad se transformó en un violento forcejeo mientras gemía apenas con aire:

    —¡Hijo de puta, cabrón, te voy a matar!

    —¡Ya! —gritó Yake, con la mano en la herida, apretándose para no desangrarse—. Kanyu, intenta dominar a tu alter ego.

    —Sáquenos de aquí —suplicó Kanyu conteniendo a Ate con toda su fuerza—, recuerden rápido, por favor —su mano temblaba en el gatillo—. Quítenme esta arma, lleguen hasta mí y arrebátenmela, por favor.

    —Nuestros cuerpos no son tan resistentes en esta realidad —dijo Sinke casi sin aire, apretándose la herida—, tú tienes que soltar el arma.

    —Acabas de saltar del techo sin lastimarte —dijo Kanyu—, si puedes hacer eso, también puedes resistir un disparo.

    —¡No es así, idiota! —dijo Yake

    Kanyu se sentía desfallecer por el deseo de disparar, apretaba los dientes y lanzaba exclamaciones.

    —¿Qué les importa si vive o muere? —dijo con los ojos fuertemente cerrados— No es el verdadero Ate; es sólo un alter ego.

    —¡Tengo una vida aquí, cabrón, una familia aquí! —Ate siguió intentando liberarse, pero el dolor y la confusión comenzaron a cansarlo y le faltó sangre en la cabeza a causa del brazo de Kanyu, que lo estrangulaba.

    —Pero tú no eres tú, ni yo soy yo, ni los gemelos son los gemelos… Podría matarlos a todos ahora y no pasaría nada —la voz de Kanyu lentamente pasó de aterrada a indiferente, y de la indiferencia a la emoción.

    —¡No seas imbécil! —dijo Sinke—, si nos matas, nuestras mentes también morirán; nos matarías de verdad.

    —O quizás solamente mueran los alter egos —dijo Kanyu cada vez más decidido. Su mano ya no temblaba—, pues la mente y el cerebro no son la misma cosa.

    Ate sintió dolor en el pecho al oír aquello. Viendo a Kanyu sonriendo como si se hubiera librado de un peso de encima, los gemelos se arrastraron lentamente hacia él, ordenándole que no disparara. Kanyu caminó hacia el pastizal, alejándose de los gemelos, asegurando a Ate con increíble fuerza. Estaba apacible.

    Freude, tochter aus Elysium. Freude, tochter aus Elysium —canturreó al momento de detenerse, y aplicándole a Ate una fuerte llave en el cuello volvió a cantar, mientras el rostro de Ate se tornaba rojo—: Deine zauber, deine zauber binden —el sonido del arma alertó a los pájaros de los árboles cercanos—: wieder, deine zauber binden wieder —se incorporó y avanzó hasta los gemelos—: Was die monde strengt getheilt, deine zauber, deine zauber…

    Vieron Yake y Sinke el charco de sangre que salía de Ate; se habrían dejado llevar por los deseos de vengarlo de no estar heridos. Algo se acercaba a la lejanía, un horizonte que los llamaba con voces conocidas. La misma sensación que experimentaban cuando recordaban la vida de sus alter egos había surgido de la muerte de Ate.

    Kanyu apuntó entonces a la cabeza de Yake. Reía al verlo en el suelo, y siguió cantando—: Alle Menschen werden Brüder, Wo Dein sanfter Flügel weilt.

    Los gemelos cerraron los ojos y bajaron las cabezas. Durante mucho rato no se atrevieron a abrirlos hasta que oyeron el tono de un teléfono.


    49


    No pasó ni un segundo cuando escuchó a su hermano bajando rápidamente por la escalera.

    —¿Funcionó? —preguntó Sinke en voz alta.

    Llegó Yake hasta él. Vio su mirada emocionada como la de un niño.

    —¿Qué clase de realidad imaginaste?

    Una risa eufórica, cínica. Abrió la puerta de la casa y se volvió a su hermano.

    —Fútiles las palabras son, hermano, tanto como lo son los hechos. Esa es la nueva realidad, espero.


    ***​


    Se encontró Sentsa caminando en dirección a la casa de Hinta. Los hombres al caminar se saludaban quitándose sombreros invisibles, y las mujeres abrían la palma sin moverla. Diferencias mínimas, considerando que a un universo más caótico el gemelo los podría haber llevado, y se sintió parcialmente tranquila, pero atenta ante cualquier cosa demasiado extraña. No vio a una niñita de coletas y uniforme de primaria que dobló la esquina, su cuerpo la derribó haciéndola caer al suelo. Se sobó con un tierno quejidito de voz aguda.

    —¡Oh, dios! —la ayudó a levantarse.

    La niña la miró ingenuamente, algo aturdida, y dijo:

    —Oye, más cuidado.

    Recibió una humilde reverencia por parte de Sentsa, y retrocedió horrorizada.

    —No fue mi intención, por favor perdóname —dijo Sentsa, la voz seriamente arrepentida.

    La garganta trémula de la chiquilla, los labios como una línea quebrada.

    —¡¿Qué dijiste?!

    —Por favor, perdóname —repitió Sentsa, extrañándose.

    Se alejó varios pasos, como si fuera un animal salvaje.

    —¿Pero qué te pasa? ¿Por qué eres tan grosera después de que me hiciste caer?

    —¿Qué es lo que sucede? —dijo un policía de uniforme verde, de mirada inocentona y boba, que salió detrás de la niña.

    Un dedo acusador, frío y certero como una lanza, apuntó a Sentsa.

    —¡Ella me ha insultado! —exclamó la niña lloriqueando con ternura— Me ha dicho lo siento, y también dijo otra palabra fea.

    —¿Qué palabra fea? —dijo el oficial.

    —La palabra con P.

    —¿Quieres decir Por favor? —preguntó Sentsa, estupefacta.

    El policía y varias personas que la habían escuchado enmudecieron, señalándola con la mirada. Sintió Sentsa la mano del oficial sujetándola, la esposó y comenzó a llevársela mientras le decía:

    —No puedo creer que una puta como tú sea capaz de utilizar un lenguaje tan soez, debería darte vergüenza.

    —¿Pero cuál es el problema? —se defendió Sentsa— Sólo dije Por favor.

    Lo cual sólo aceleró que fuera subida a una patrulla.

    —Quedas detenida por lenguaje ofensivo, puta —dijo el oficial al cerrar la puerta.

    —¿Cómo se atreve a llamar así a alguien? ¿Qué clase de policía es?

    Ignorándola, el policía tomó su radio y dijo:

    —Aquí la patrulla número 67 a la central, llevo a una puta sorprendida en el acto de usar lenguaje vulgar, más especialmente la palabra con P.

    Y mientras se alejaban de ahí, Sentsa maldecía a Sinke.


    ***​


    —Hoy sí que es un jodido día, ¿no lo crees, gordo? —saludó amablemente Sinke a un hombre de traje y espeso bigote que caminaba leyendo el periódico.

    —Hablas con verdad, pendejo —contestó riendo—, la mierda de todos los días le deja a uno secos los cojones.

    —Hasta luego, barrigudo, que te folle un pez muerto.

    —Adiós, gilipollas.


    ***​


    Recibieron los jínnyi una llamada urgente de Yake diciéndoles que no usen palabras educadas bajo ningún contexto, sino que más bien fueran lo más groseros e irreverentes para dirigirse a las personas.

    Hinta había reaccionado cuando se encontró almorzando en su casa con su familia, sentados alrededor de la mesa, comiendo silenciosamente como era la costumbre. Diose cuenta de que la realidad había cambiado; pero se sintió incapaz de abandonar la mesa para ir con los gemelos. Estaba a punto de pedirle a su madre que le pasara la sal, usando la palabra con P, cuando la llamada de Yake la salvó de provocar la ira de su padre. Colgó temblorosa y se sentó de nuevo.

    —¿Qué cojones te sucede? —preguntó Huba suspicazmente— ¿Por qué tiemblas como una pinche gallina violada?

    Bái Semt permaneció tranquilo, y Hinta tragó saliva, recordando lo que le había dicho Yake.

    —Nada —contestó en voz baja.

    Huba probó otro bocado del guiso.

    —Ma, a esto le falta sal.

    —Coño, Huba tiene razón —dijo el señor Semt—, pásame la puta sal.

    La señora Semt con una sonrisa se la pasó, y luego dijo mirando a Hinta:

    —Me pregunto por qué no ha llegado tu amiga Sentsa, la madre que la parió, una se parte el culo cocinando una ración extra y ni siquiera viene la pendeja.

    —Se habrá quedado a putear por ahí —dijo el señor Semt—, con lo pendeja que es.

    No pudiéndolo aguantar más, Hinta se levantó y habló con timidez:

    —Ya me… quiero ir de este… puto lugar —cerró los ojos con miedo.

    —Claro, lárgate de una puta vez —contestó su padre, tranquila y ceremoniosamente.


    ***​


    ¿Por qué no ha llegado Sentsa? Preguntó Yuska mirando preocupada la enorme reja de la entrada. Hinta intenta marcar a su celular de nuevo, sin respuesta. Imbécil, dijo Ate, sentado en el sofá, ¿Por qué se imaginó una realidad así? ¿Qué estaba pensando? Porque las palabras son fútiles, respondió Yake, el influjo que crean en nuestra mente es decisivo, y él quiso rebelarse contra eso, ¿No deberíamos ir a buscarla? Preguntó Kanyu. El teléfono celular de Yake sonó, y al contestar escuchó la voz emocionada y levemente agitada de su hermano, Lamento tener que invocar un molesto cliché, pero es necesario que prendan la televisión; al parecer Sentsa va a ser juzgada por hablar con lenguaje educado en público, ¿En dónde estás? Yake puso el altavoz, Pasaba por el centro, saludando groseramente a la gente a mi paso, y recibiendo las palabras y frases más bajas, obscenas y vulgares como respuesta junto con los rostros más amistosos que haya visto, cuando en la tienda de artefactos domésticos vi en la televisión encendida la figura de nuestra jínne esposada, siendo conducida a un tribunal. Encendió Yake la televisión de la sala, ¿Qué canal? El veinte. Apareció luego una toma del palacio de justicia de Shórsta, y un reportero, con un grupo de gente curiosa de fondo, hablaba sobre el proceso que iba a realizarse dentro de unos minutos contra Sentsa Fonet, la chica que había mencionado la palabra con P. Apenas mencionaron su nombre y enfocaron el temor e incredulidad de su rostro, los jínnyi voltearon consternados hacia Yake. ¿Qué significa eso de la palabra P? Preguntó Kanyu, Según deduzco, puede ser Por favor, Sinke habló en voz baja, cubriéndose con la otra mano, ¿La arrestaron sólo por decir Por favor? Dijo Hinta, con una voz tan fuerte y sorprendida que Sinke temió que la gente que pasaba tras él la hubiera escuchado a través de la bocina, No tan fuerte… me temo que las reglas de esta sociedad son así, ¿Por qué imaginaste una realidad en la que pueden arrestarte por decir esa palabra? Preguntó Ate, Yo solamente pensé en una realidad en la que el lenguaje grosero y el educado estuvieran invertidos, fue sólo una opción, una variación de todo lo que pudo haber sido diferente; pero me temo que no puedo controlar cada aspecto, cada opción y cada variante para la realidad, y por eso hemos caído en una en la que por coincidencia esta otra alternativa se dio, Entonces tenemos que avisar a su padre, dijo Yuska, Supongo que la policía se encargará de eso, dijo Yake, Lo mejor que podemos hacer ahora es intentar salir de esta realidad, ¿Cuál es la prisa, hermano? Preguntó Sinke, Todavía tenemos mucho que explorar de este mundo, No puedes decirlo en serio, dijo Kanyu. El reportero anunció: Nos llega la noticia de que la acusada de haber dicho la palabra con P, ahora también está acusada de haber dicho la palabra con G. Escuchó Sinke los comentarios indignados de la gente cerca de él, que veía la misma noticia en los otros televisores de la tienda, Bien, haremos una cosa, dijo alejándose de ahí corriendo, Me dirigiré hacia el palacio de justicia y veré qué puedo hacer, colgó. Yuska también se mostró dispuesta a ayudarla, y demandó a los demás que fueran con ella también. ¿Qué se supone que vamos a decir? Dijo Ate, ¿Qué venimos de una realidad en la que el lenguaje grosero y educado están invertidos, y que por eso no tienen derecho a enjuiciarla? Molesta, Yuska se acercó a Yake y buscó apoyo en él, mirándolo suplicante. Recordó Yake las realidades en las que habían estado, las realidades cuyos recuerdos y experiencias se habían quedado en su memoria, y se sintió débil ante esas súplicas. Creo que deberíamos ir, dijo al fin, Ya veremos qué hacer.


    ***​


    Riverrun. Cruzó la calle de un salto. Ojos atónitos muy abiertos vieron sus suelas en el cielo, exclamaciones de sorpresa y horror entorno suyo. Past Eve and Adam’s… fatuo lenguaje, que quemas como el hielo. Sintió los pies de nuevo en la acera y corrió. Yo nunca me acuesto temprano, las raras veces que lo hago. Imágenes llegaban a él, su vida, sus palabras. Voy tocando mi violín a lo largo de una orilla; y esta es un reguero de negras bocas sucias. La figura del padre que su sermón daba, saludando a todos llamándoles putas ovejas folladas, como un relámpago en su cabeza. No quiero recordar todavía, mejor paso corriendo, llego lo más rápido posible, vöruber wie ein Pfeil.


    ***​


    —Hola, hijos de puta —el presentador de cabello melenudo, alegre junto a la imagen en vivo del tribunal—, como de seguro ya saben, si no son unos pendejos, dentro de unos minutos se llevará a cabo el primer juicio en años contra una persona por haber violado la ley de No ofensividad, que fue promulgada por el gobierno danzilmarés hace más de diez años. La última vez que estuvimos en una situación semejante una persona fue acusada de decir, en un estallido de ira, la palabra con B, la cual fue condenada a quince años de prisión. Y dado que ahora la acusada se enfrenta a los cargos de haber proferido las palabras con P y G, las expectativas de a cuantos años podría ser condenada son tan grandes como mi verga.

    Banquisentada en medio de un círculo de altos asientos de madera, encerrada en una jaula plástica; bizcomirantes ojos de juez viejo con larga peluca dorada, el jurado circundándola con relamientes labios fugaces. Reporteros y cámaras llenaban de espinosas luces la sala. Desde las altas mesas las personas que la iban a condenar tecleaban la madera.

    —La puta Sentsa Fonet, póngase de pie para el juramento —vociferó el juez.

    —Disculpe, señor —dijo con la mano semilevantada. Caras de indignación la rodearon—, la jaula es muy pequeña, no me puedo mantener en pie aquí adentro, ¿serían tan amables de sacarme?

    Exclamaciones indignadas y flashes punzantes al terminarse sus palabras.

    —¡Cállense, pendejos! —gritó el juez, aporreando la mesa con un mazo de pato de hule que chillaba al impactar, las voces se detuvieron como si se apagara repentinamente el sonido de un televisor—. Dada a la gravedad del asunto, saltémonos el proceso normal que reservamos para crímenes menos inhumanos. Escucha, puta, ¿es verdad que con ese hocico pronunciaste las dos palabras prohibidas?

    Sintió leves ganas de reír de nerviosismo, pues le había apuntado con el mazo de cabeza de pato chillante.

    —No entiendo, ¿qué tiene de malo haber dicho Por… —apretando un botón el juez, la palabra fue censurada por el sonido de una pistola disparante— y Grac… —sonido orgásmico de mujer.

    Volvió a chillar el martillopato y destellaron las cámaras. Advirtiósele que si pronunciare de nuevo aquellas palabras, sería condenada en el acto. Hicieron entonces entrar como testigo a la niñita con la que infortunadamente había chocado, y sentáronla en un cubículo a lado de la acusada, y estaba la niña llorando con ternura, con lágrimas semimocosas y pañuelo morado[1] en mano.

    —Dinos, putita —habló calmadamente el juez—, ¿qué fue exactamente lo que te pasó?

    Reteniéndose las lágrimas, y alzando la angelimirada a los ojos desviados que no la miraban, contestó:

    —Estaba yendo por la calle, ocupándome de mis pendejadas, sin joder a nadie, cuando de repente una puta que parecía muy desmadrosa, me hizo caer al suelo, y luego de eso… lo dijo… me dijo que la perdonara… Por…

    —Es suficiente —interrumpió el juez—, no necesitamos más testimonio. Ya lárgate putita a que te den por culo.

    Salió la niña caminando a lado de su madre, murmurando que esperaba que la condenaran a cincuenta años.

    —¿Pero qué es lo que les pasa a todos en esta realidad? —preguntó Sentsa indignada— No pueden en verdad estar haciendo esto… ¡imbéciles!

    Altar de silencio.

    —No trates de reformarte ahora —dijo el juez, un poco más tranquilo; pero siempre intimidante—, por más que trates de cambiar tu lenguaje, aún estás acusada.

    Hicieron pasar entonces al policía que la había detenido, presentándolo como el testigo que la había escuchado pronunciar la palabra con G, y lo sentaron en el mismo cubículo.

    —Pues verán, bola de subnormales —dijo mirando a los jueces servilmente—, cuando en función de mi deber arresté a la puta aquí acusada, la llevé de inmediato a la central para procesarla, cuando llegué, ya habían informado a los medios, como lo manda nuestra jodida ley, y mientras la llevaba esposada para tomarle las fotos previa a traerla a juicio, se quejó de que las esposas le apretaban, y dijo la palabra con P de nuevo cuando pidió que se las aflojara, sin embargo, y me avergüenzo de ello, me apiadé un poco y se las aflojé, y fue entonces que de su boca inesperadamente pronunció… la palabra con G.

    —Pero ¿qué hay de malo con eso? —exclamó Sentsa, aferrándose con rabia a los suaves barrotes.

    Un abogado sin orejas, joven y con linda cara de niña, que había permanecido apoyado a los pies de la alta mesa del juez, avanzó hacia adelante y dijo:

    —La puta parece no arrepentirse de sus actos, recomiendo que sea encerrada de una vez por el resto de su vida, pues me temo que si vuelve a salir al público podría corromper a la gente subnormal con su lenguaje tan vulgar.

    —¿Quién es usted? —exclamó Sentsa, saliéndole lágrimas de rabia— ¿Y por qué no hay nadie defendiéndome a mí?

    El pato chilló contra la mesa.

    —Entonces, déjame entender esto, puta, en tus propias palabras, ¿pronunciaste o no pronunciaste esas palabras?

    Se retortijoneó en su asiento, bajó la cabeza, y contestó, fiel a sus principios de honradez:

    —Sí, dije esas palabras.

    La sala violentaconmocionante, el patichillón no las pudo callar.

    —Ha admitido su sucio crimen —dijo el abogado, rascándose su delgada barriga—, no hay nada más que decir.

    —Los miembros del jurado que la encuentren culpable, saquen sus putas lenguas.

    Veinte lenguas rosadas puntiagudas salivosas le apuntaron unánimemente, y los guardias la sacaron de la jaula con rudeza. Entonces dijo el juez:

    —La puta Sentsa Fonet es condenada a cadena perpetua, por el crimen de lenguaje vulgar, ofensividad, y falta de reconocimiento a los inescrutables valores morales de nuestra sociedad.

    Chilló el pato.


    ***​


    —¡Deteneos ahí mismo, hijos de la gran puta que los re mil parió! —exclamó valientemente la voz de Sinke, quien saltó por sobre los reporteros y aterrizó junto al estrado, con pose teatral melodramática, levantando en alto el dedo medio[2]—. He llegado yo, pues, a defender a mi jínne, que aunque es la puta verdad que no hace más que joder, de tal castigo desproporcionado no es merecedora.

    —¡Ya era hora de que llegaras, imbécil! —exclamó Sentsa, con gran enojo pero también con un repentino rayo de esperanza.

    —Bueno, pendeja… en realidad estoy aquí desde el principio, escondido entre los demás subnormales, atestiguando los modos misteriosos de esta realidad.

    —¡Idiota! —su esperanza comenzó a menguar.

    —Dinos entonces, gilipollas, ¿has venido en defensa de esta criminal? —preguntó el abogado.

    —He venido más bien en acusación de la puta debilidad mental humana que os aqueja y de pendejas inverosimilitudes os llena.

    Las piernas de Sentsa perdieron fuerza, creyéndose ya perdida.


    ***​


    Los jínnyi encontraron un mar de gente en el interior del palacio de justicia. Se abrieron paso entre los reporteros con cámaras y los morbosos que sólo observaban entre los enormes espacios que había entre cada mesa alta. Llegaron a tiempo para ver a Sinke robarse la escena. Había Sinke terminado de decir su última frase cuando Yuska apretó el puño y salió corriendo a juntarse con él.

    “Y no se encuentra solo”, dijo encarando al juez pelucón. “Aquí me presento yo y el resto de mis jodidos jínnyi a defender a Sentsa, nuestra jínne putona”.

    Volteó a ver a los demás que se escondían entre la multitud. Todos a su alrededor les abrieron paso. Hinta avanzó, seguido de Ate y Kanyu, quienes bajaban la cabeza sintiéndose derretir.

    “¿Dónde se encuentra mi hermano?” Preguntó Sinke.

    “Dijo algo de que el irrumpir a mitad de un juicio es algo muy cliché y que no quería formar parte de eso”, dijo Yuska, alzando los hombros.

    “Así que todos ustedes están aquí para defender a esa criminal, ¿qué tienen que decir entonces en su defensa?” Gruñó el juez, hastiado de tener que seguir con el juicio.

    Sinke se acercó impertinentemente, y lo señaló con el índice con aire triunfal.

    “He ahora mismo de cuestionar la puta debilidad mental de esta pinche realidad de subnormales, los haré llorar, partiré en pedazos las concepciones de lo que ustedes siempre han considerado de cómo debe ser este mundo de mierda…” un dolor de cabeza repentino le interrumpió, y destellos de momentos de su vida llegaron a él, impidiéndole hablar por unos segundos. “¡No, espera, todavía no!” Exclamó aferrándose la cabeza.


    ***​


    Ni aunque me lo supliquen voy a entrar ahí. Sus espaldas desaparecen entre el público. Joder, ahora siento culpa, cuando en el camino, Kanyu preocupado, no aportando nada, diciendo que había que confiar en la justicia de esta realidad, y Ate recriminándole su ingenuidad, decía que sería una pérdida de tiempo y me forzaba a recordar para volver lo antes posible. De hecho recordé algo, al entrar en el autobús me sentí subiendo con otra persona, esa chica de largo cabello azul, esa chica dulce, de apariencia inocente como una niña, el reflejo de la más asquerosa bondad. Sentí labios en mi cuerpo al bajar del autobús, escuché voces y sentí piel suave, al acercarnos al edificio por alguna razón se intensificó esa sensación de familiaridad. ¡Oh, no! Ahí está, ¿qué hace aquí? ¡Carajo, Ima Lib! No hay Yuska mía en esta realidad, sino ella. Infancia, el maestro Gyéo, el instituto Ítuyu, pero el mundo, el lenguaje, todo igual. ¿Pero por qué? ¿Por qué ella?... Se acerca, sonriéndome, me dice hola idiota pendejo, ¿Que si he venido a ver el juicio que su padre está llevando a cabo en esos momentos? Dice que escuchó la noticia en la televisión, le apena mucho que condenen a una de mis jínne, pero no puede hacer nada. Debo de estar turbado, pues me mira preocupada, sonríe y me besa repentinamente. Ahora tengo ganas de abrazarla, y casi lo hago pero retiro mi mano, quiero volver con ella a subirme en los botes que recorren el río, decir palabras malsonantes camino de la corte tras ver un juicio, de ayudarla a seguir reparando una pared de su casa que se había estropeado por un accidente de coche. Algo entonces me agarra y me levanta en el aire sin moverme físicamente; me echan de aquí junto a los demás, que me parecen las únicas almas que existieran en el universo. Me dejo arrojar.


    50


    Nadó Yuska hasta el borde de la piscina, con brazada amplia estirada como si intentara tocar el cielo. Sentsa sentada en la orilla remojándose hasta las pantorrillas; el cabello rojo recogido en una trenza. Su jínne Yuska llegó hasta ella, y al apoyarse su cuerpo parecía sudar agua.

    —Mas querida Sentsa, ¿por qué tengo la desdicha de contemplarte en tal melancólico semblante cual alma que ha perdido la razón de vivir? —y se escuchó su voz pesada, lastimera, tocando suavemente la rodilla, que se movía en bisagra, de su jínne.

    A decir verdad, la había visto así desde el día en que había anunciado su dimisión del club, y habiendo corrido tras ella para intentar hacerla cambiar de opinión, le dijo con gran optimismo que, si no le gustaba lo que hacían, lo correcto del jínnliù no era huir cuando las situaciones se volvieren confusas y carentes de sentido, sino el sentarse y arreglar lo que a la mente de cada uno insatisficiera. Sentsa no había dicho más que simplemente no valía la pena seguir con un club sin sentido y con situaciones forzadas, de las cuales supuestamente sacar algo de provecho, algo que valiera la pena como un club y no sólo un pretexto para pasar el tiempo. Pero en ese momento, en la piscina, sin apartar la mirada del horizonte, pataleó en el agua.

    —Yuska estimada, he sentido desde hace varios días, de profunda reflexión y hasta momentos de insondable inquietud, la necesidad de interrogarte sobre la razón por la que de formar un jínnliù en la primaria te interesaste.

    Flotó Yuska frente a ella en el agua, y dijo:

    —No hay más respuesta que la ya sabida por todos nosotros: de gran bienestar nos hemos sentido al juntarnos todos, como si hubiéramos encontrado un lugar al que pertenecer en nuestra hermandad voluntaria.

    A lo que Sentsa contestó, con el semblante perdido y una inquietante seriedad:

    —¿En serio crees que somos un buen jínnliù?

    Algo malo había para que Sentsa usara un lenguaje tan simple, con ese tono y actitud tan poco usuales en ella. Yuska levantó la cara hacia Sentsa, ojos preocupados y la boca semiabierta.

    —¿Qué te ha hecho sentir la necesidad de tal interrogante expresar?

    —Nada, olvídalo.

    Presintió algo malo Yuska los últimos días de clases del año, habiendo pasado los exámenes. Parecióle que de repente sus jínnyi actuaban de manera extraña: Sentsa alegaba agotamiento para no salir más con ellos; Hinta seguía acompañándola pero había dejado por completo de hablar; Kanyu intentó ser más impulsivo con respecto a las cosas que harían como jínnliù, aunque rápidamente se retractaba de sus ideas y regresaba a su estado de pasividad; Ate miraba largo tiempo el horizonte y casi no escuchaba a nadie hablar; pero no eran miradas de aburrimiento por la carencia de interés, sino un sorprendente deseo por contemplar y permanecer tranquilo.

    Fue un día en que, debido a la época del año, comenzaba a llover la lluvia naranja[3]. Yuska entró en la habitación de Yake, como a veces acostumbraba hacerlo. Al día siguiente sería la ceremonia de clausura del ciclo escolar, y los gemelos, así como otros estudiantes que habían sacado excelentes promedios, pasarían al frente a recibir un reconocimiento, mas Yake permaneció distante cuando Yuska le preguntó si estaba contento.

    —Debo, pues, deducir que para tal cuestión no ha sido tu intención irrumpir en mi santuario, ¿verdad?

    Le explicó, exaltada, que algo andaba mal con el jínnliù y lo preocupada que eso la tenía, después añadió:

    —Soy víctima del temor profundo de que puedan elegir desintegrar el jínnliù.

    Pese a que se habría sentido orgulloso de eso, Yake sintió empatía de su mirada triste, que le suplicaba como si en él esperara una ayuda milagrosa, pero una vez más su lado frío tomó el control.

    —No soy capaz de apreciar el dilema emocional que tal evento te produce, o más bien sí puedo; pero me parece de nula importancia.

    No había más Yuska alegre y jovial, sino una chica muy desilusionada que se le aproximó como con intenciones de asesinato.

    —¿Cómo eres capaz de llenarte la cabeza con esa opinión después de todo lo que hemos podido experimentar juntos? ¿En serio todavía te parece algo de importancia nula el jínnliù, aun cuando tan bellos recuerdos nos ha generado para siempre?

    —Exagerada tu reacción me parece, Yuska; mi hermano y yo no hemos pertenecido ni un año a este liù.

    —De asunto de tiempo un jínnliù no se trata, Yake, sino de la capacidad de nosotros de poder crearnos una familia fuera de la sangre, una familia que sin importar lo que suceda unida deberá permanecer, y a todo esto el repentino alejamiento de todos no encuentro lógica.

    —La clave tú misma la has dicho, Yuska —dijo Yake tomándola suavemente por los hombros—, no hay lógica, según la realidad en que hemos nacido, pues las cosas solamente ocurren bajo los aburridos caprichos de los seres con alegado razonamiento; de la nada nos juntamos y de la nada nos separaremos, y el jínnliù desde el principio sueño ideal absurdo era, pues nadie verdaderamente ansias de seguir un ideal tenía. Ni siquiera Sentsa, con toda su lealtad a los principios danzilmareses, aceptaba sinceramente que tales lazos hubiéramos de formar, y se han dado cuenta todos de que lo mejor es romper este insensato vínculo, este irreal e insignificante contrato social llamado jínnliù, y que sea enterrado para siempre en lo más profundo de las concepciones humanas más vergonzosas que se hayan inventado jamás.

    Lágrimas le hicieron brillar el rostro cuando apartó las manos del gemelo, le dio la espalda y caminó hasta la puerta, y una vez ahí, volvió a mirarlo con el rostro sombrío, un rostro desalentador, oculto tras una cortina de oscuridad.

    Cuando salió de la mansión, la lluvia naranja había cesado; los charcos de agua le recordaban dolorosamente a los ojos del chico que en algún momento llegó a considerar más que un jínn.

    Me fijo entonces en la gente que a ella rodea, llenos de paz: figuras humanas ajenas a su desilusión. Dejo de prestarle atención a Yuska y me pongo a contemplar el hermoso cielo anaranjado del cual la lluvia había surgido, llenando toda la ciudad de una frescura con la cual la gente se sentía reconfortada, y donde los rostros desconsolados no encajaban.


    ***​


    —Que pase el siguiente —ordenó Altra, chocando la punta de su báculo verde en el suelo.

    Dos guardias ataviados de ropas blancas arrastraron por la alfombra roja del palacio un bulto cubierto por una bolsa de tela negra, iluminados por las miles de velas de las paredes. La maltrecha figura estaba inconsciente. Se detuvieron ante la presencia de la princesa Yuska, acomodada sobre un trono elevado, con finas ropas brillantes ornamentadas de joyas. Altra se adelantó hasta encarar al desgraciado que habían postrado a los pies de la escalera.

    —¡Despiértenlo! —ordenó con firmeza. Los adornos de su largo sombrero blanco se balancearon, haciendo ruido al chocar entre ellos.

    Apoyándose sobre una mano, la princesa Yuska observó con malicia cómo le quitaban la capucha al pobre que habrían de enjuiciar. Yake salió del otro lado de la tela, con los ojos cerrados, completamente inmovilizado por gruesas cadenas. Unas fuertes palmas resonaron sobre su rostro enrojecido, y volvió a la vida con quejidos guturales. Altra leyó un rollo que un sirviente con antifaz le había entregado, el cual habló:

    —Princesa, este plebeyo ha sido sorprendido en el acto de robo a una familia de clase alta. El hurto consistió de doce piârk de oro y cinco zièf de esmeralda.

    —Ya veo —aproximo la princesa el cuerpo con curiosidad—, supongo que tendrás una buena excusa, ¿no es así, plebeyo?

    Yake levantó la mirada sin dejarse intimidar, apretando los dientes, y contestó:

    —No sería necesario robar de no quitarnos tanto...

    —¡Oh, es nuestra culpa entonces! —exclamó Yuska fingiendo sorpresa— Ya saben lo que tienen que hacer —abanicó con la palma a los guardias.

    Sintió Yake que le aflojaban y estiraban una pierna mientras otro guardia le apretaba el cuello con sus brazos, y el horrendo filo de un hacha se dejó caer sobre su muslo. Tuvieron que darle más de cinco golpes para que finalmente se desprendiera, la sangre manchó el suelo de marfil ante la satisfecha sonrisa de la princesa Yuska y la indiferente mirada de Altra. Los gritos de Yake fueron amortiguados por la mano del guardia que lo asfixiaba, y al final se dejó caer aturdido por el dolor.

    Iba Altra a ordenar que aquel miserable fuera llevado a la guillotina cuando la princesa Yuska descendió a toda prisa de su trono, bajó las escaleras llorando, y abrazó al ladrón que tiritaba de dolor. Al verla bajar, los guardias se apartaron de ella con reverencias, y no le impidieron acercarse.

    —¡Yake! ¡Oh, dios mío! —exclamó sin aliento, de rodillas— ¡Lo siento, en verdad lo siento!

    El llanto que escucharon salir de ella petrificó a Altra y los demás sirvientes; era la primera vez que veían a la Princesa mostrar tal arrepentimiento por los castigos que impartía, y ese no había sido especialmente horrible en comparación a otros.

    —¡Rápido, cúrenlo inmediatamente! —demandó con lágrimas de rabia.

    Fue llevado Yake ante los médicos del palacio, quienes le detuvieron la hemorragia y cauterizaron la herida con fuego, pudiendo la princesa Yuska escuchar con angustia los gritos, al otro lado de la puerta, del que en otra realidad pudiera soportar un dolor intenso sin quejarse. La vio Altra llorar ahogada en culpa, se preguntó incesantemente por su repentina piedad, y cuando el joven recién amputado fue sacado del consultorio de los médicos, la princesa Yuska ordenó que lo llevaran a descansar a una buena habitación y que lo trataran como a un príncipe, sin que nadie opusiera objeción alguna. Fue introducido en una gran habitación de suelo de marfil, con una cama de ricas sábanas rodeada de pilares blancos, fue acostado en la suavidad del colchón y la princesa Yuska se encerró con él, prohibiéndole a cualquiera la entrada bajo pena de muerte.


    ***​


    Mírame, por favor, mírame. Siento tanto todo esto, intentaré arreglarlo todo; pero siento mi vida, recuerdo poco a poco, ¡Ordené muertes y castigos crueles! No quise que termináramos así, todo por el jínnliù, ¿dónde estarán los demás? No tengo recuerdo de ellos todavía. No me mires así, Yake, no me mires con tristeza. Una mano siento, tu mano la siento en la mía. No veas mi rostro, no me veas llorar. No, Yake, no quiero regresar todavía, quiero quedarme un poco más y aliviar un poco el dolor que he causado a todos. Gracias, quiero tu ayuda, acepto tu ayuda, estoy tan agradecida… pero miro el lugar donde estaba tu pierna, con la que antes podías correr más rápido que mi bicicleta y los automóviles. Te causé un gran dolor, voy a abrazarte ahora y pediré tu perdón una y otra vez en tu oído. Respiras y siento tu aire, gracias por no odiarme, Yake, querido Yake.


    ***

    Se ha abierto de par en par la puerta. Los brazos de los sirvientes la han abierto. La Kêny de Danzilmar entra ataviada en ropas más brillantes que las de la princesa. Altra también entra, con el rostro quieto y consternación en los ojos.

    Se aparta la princesa del herido. Tiene una semilla de alegría enterrada bajo un mar de pánico.

    —¡Madre!

    Camina la Kêny hasta ella, con una mirada furiosa.

    —Así que es verdad, mi hija ha dado aposento a un simple plebeyo acusado de robo.

    La princesa la mira como si fuera la primera vez que estuviera ante ella, titubeando como la culpable de un crimen imperdonable.

    —No creí esta actitud de ti, ¡llévenselo! Lo ejecutaremos de inmediato.

    Van los guardias a levantar a Yake.

    —¡No, madre! No lo mates, por favor…

    Una sonora bofetada casi la tira al suelo.

    —Yo no crié a una hija débil que muestra piedad a los plebeyos, que cumplen su castigo por los abominables pecados de sus vidas pasadas.

    Salen llevándose a Yake con rudeza. La princesa Yuska corre tras ellos desesperada, implorando a su madre que lo dejen ir.

    —Te lo ruego, madre, haré cualquier cosa, pero no lo maten, por favor, por el amor de los dioses, del mar y el cielo…

    —¡Sujétenla!

    Los guardias que hacía un rato la obedecían actúan como si nunca hubieran estado a su servicio, y la mantienen inmóvil mientras las enormes puertas se abren, dejando ver al otro lado el área de ejecuciones, donde una brillante guillotina espera a Yake.

    Implora Yuska aún más desesperada que antes, llorando forcejea inútilmente mientras los ve aproximarse al mortal aparato. La Kêny, cruzándose de brazos, espera a lo lejos para ver la cabeza rodar.

    —Así es cómo debe ser, hija, el que se rebele contra lo que hemos creado debe morir de inmediato.

    Su hija aprieta los dientes, con las mejillas brillosas por las lágrimas. Baja la cabeza respirando como si se asfixiara.

    —Te odio —murmura. Colocan a Yake sobre el nicho mortal. Cierra los ojos para no ver la decapitación, exclama—: ¡Te odio, mamá!

    La cabeza de Yake mira la hoja brillando sobre él. Yuska se resigna respirando agitadamente, pero entonces lo escucha gritar:

    —¡Yuska, ya recuerdo!

    Al oírlo, Yuska abre los ojos incrédula y sonríe con triste alivio, le salen unas últimas lágrimas espesas.

    La princesa se tambalea como si fuera a caer desmayada. Altra corre hacia ella.

    —¿Princesa?

    La princesa se despierta y recobra su postura. La Kêny ni se ha dado cuenta de su repentino desmayo.

    —Ah, ¿ya lo van a ejecutar?

    Su sadismo ha vuelto, y demanda con rudeza que los guardias la suelten.

    —Esperen, quiero ver la última mirada que tendrá en esta vida.

    Se acerca riéndose hasta pararse junto al reo. Altra mira confundida a la reina, ésta se ve tan confundida como ella, pero satisfecha al fin y al cabo por la reaparición de su crueldad.

    Una sádica sonrisa al revés es lo último que el ladrón de ojos anaranjados ve con horror.

    La hoja tiene que ser soltada tres veces antes de poder escucharla encajar en su nicho.


    ***​


    —“Toco tu boca, con un dedo toco el borde de tu boca —, el dedo índice en la comisura derecha de la boca de Yuska, ella lo mira con pupilas opacas; no deja de mover sus caderas—, voy dibujándola como si saliera de mi mano…”, dibujando… nunca se ha usado un verbo de manera más exacta que en ese capítulo de Rayuela[4], Yuska, pues tu boca y todo tu cuerpo son puro dibujo para mí —mayor agresión que desencadena gemidos como actos reflejos; el gemelo no gimió, pero cerró fuerte los ojos—… “una boca elegida entre todas, con soberana libertad elegida por mí para dibujarla con mi mano en tu cara, y que por un azar que no busco comprender coincide exactamente con tu boca que sonríe por debajo de la que mi mano te dibuja…”

    Ambos volvieron a sentir el toque de sus labios, ahora es de su conciencia que no se trata de los labios de los que, en la otra realidad, se encuentran desnudos sobre la cama, sino de los labios de ellos mismos, ahí acostados en el pasto frente al riachuelo.


    ***​


    Pasado ese desconcertante éxtasis, sintieron un sueño de muerte. Los brazos de Yake, sobre la espalda de Yuska, la apretaron. Él respiraba como un pez en la tierra. Ella con una sonrisa sucumbía al sueño.

    —¿Cómo va a cambiar esto nuestra realidad?

    Brillaba todavía el sol; no parecía que en ese mundo se moviera de su lugar, ni que el viento dejara de soplar.

    —No hables ahora, je, je, sólo abrázame.

    —Pero sí lo hará; nada será lo mismo, y estamos condenados a sucumbir sin poder evitarlo.

    —Tal vez todo salga bien: nos quedaremos juntos por siempre en este campo tan bonito, sin nada que nos moleste, sin volver a preocuparnos por nada.

    El cuerpo dormido sobre él respiraba cada vez más tranquilo, hasta ser soplidos, sin querer escuchar respuesta de Yake. Acarició los cabellos cuyas puntas aun entonces se alzaban hacia arriba. Nunca pensó que en su vida llegaría a sentir tanto sueño. Cerró los ojos y durmió.




    [1] Una leyenda cuenta de una antigua noble, la cual llevaba un pañuelo morado, que fingió haber sido agredida para poder acusar a un enemigo. Desde entonces el pañuelo morado es símbolo del engaño y la mentira.

    [2] Simbolo de victoria.

    [3] Señal de los dioses para indicar un nuevo comienzo en la vida de alguien.

    [4] Novela de Julio Cortázar.
     
  20. Threadmarks: Capítulo 8. Otra visita
     
    Paralelo

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    Título:
    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
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    Género:
    Ciencia Ficción
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    Capítulo 8. Otra visita


    24


    El frío ya comenzaba a cobrar fuerza a finales de octubre, advirtiendo un invierno que sería poco placentero para los acostumbrados al templado clima de la región de Marü.

    El domingo por la mañana, Ate se dirigió a un enorme parque conocido como el Parque de Las Flechas, el cual se encontraba en las afueras de la ciudad, algo lejos de su casa. Pero a pesar de su perezoso andar y sus ojos aún demandantes de sueño, no quería detenerse, puesto que era ese el momento perfecto para practicar la única actividad capaz de arrancarlo de su letargo de indolencia ante la vida, y brindarle si acaso unos momentos de ánimo y pasión: el lanzamiento de búmeran.

    El parque estaba diseñado para ser un gran alivio verde cerca de la contaminada ciudad, y era el lugar favorito para los amantes del deporte, donde podían correr respirando un pedazo de campo entre los árboles y la hierba. Pero Ate estaba más interesado en el llano cubierto de césped, de aproximadamente un cuarto de kilómetro de largo, que se encontraba en el centro del parque. Ahí muchas veces se podían ver personas almorzando sobre mantas en primavera y verano, y algunos jóvenes jugando al fútbol u otro deporte.

    Ate había llevado sus tres bumeranes. El más viejo de ellos tenía tres aspas y vivos colores rojos, había sido un regalo de su abuelo cuando cumplió diez años, y desde entonces comenzó a sentir fascinación por esos juguetes alados, resultando en su único pasatiempo fuera de no hacer nada. Cuando éste hubo regresado de su circuito por el aire, tomó el siguiente: un desgastado búmeran del mismo color del césped, de manera que, si se quedaba en el camino, a lo lejos se camuflaba entre el verdor; ese búmeran se lo habían regalado sus padres cuando cumplió doce, no tenía más historia salvo que era considerado como su favorito. El último búmeran, de cuatro aspas y color amarillo, le había sido regalado por su hermana Kuesta hacía solo unos días como un regalo de cumpleaños adelantado. Kuesta había llegado de visita desde la ciudad de Krîm, al otro lado de la isla, para pasar un tiempo en familia antes de tener que hacer un viaje de estudios a china; por lo que no podría estar durante el cumpleaños de su hermano. Sabiendo lo mucho que le gustaba esos artefactos que regresaban en el aire, le obsequió el que consideró más bonito cuando lo vio en una tienda en la ciudad sureña de Láf.

    La mañana era un buen momento debido a la poca gente en la extensa explanada de pasto, y mientras los corredores se divertían y chismorreaban como lejanos rumores entre los árboles, Ate lanzaba sus bumeranes como si en ese momento fuera el gobernante del llano verde, y cada uno de ellos regresaba ceremoniosamente a él, como los fieles sirvientes a su amo.

    Mientras veía a esos objetos curvos realizar su parábola en la lejanía, la mente de Ate divagaba sobre diversos asuntos de mayor o menor importancia. Viajaba de vuelta a la escuela y con sus jínnyi, recordando las excentricidades de los gemelos y las cosas extrañas de las que solían hablar y no podía entender o le daban pereza. Pero en cuanto el búmeran estaba a punto de regresar, su atención se fijaba sólo en él; todo pensamiento anterior quedaba en pausa de su consciente, y su pulso se aceleraba en el momento en que los recibía de vuelta con sus manos. El ciclo de lanzar el búmeran, pensar un poco en su vida y atraparlo de vuelta, se repetía una y otra vez. Únicamente cuando lanzaba el búmeran amarillo lo hacía con más fuerza que a los demás, haciendo que éste sobrevolara un pequeño pedazo de la zona llena de árboles que marcaban el fin de ese campo abierto, pero siempre pasaba por encima de los árboles y regresaba con normalidad, y mientras esperaba su retorno, el chico pensaba en su familia casi sin darse cuenta; pero se sacudía los pensamientos en el momento en que lo veía regresar.


    ***​


    Te habrás vuelto tan bueno con el búmeran que casi nunca fallarás al lanzarlos y atraparlos; fruto de la constante rutina que tendrás desde el momento que recibas tu primer búmeran. Recordarás todas las cientos de veces que tuviste que caminar todo el trayecto para recogerlo del suelo e intentarlo de nuevo hasta que lograste hacerlo regresar, y también todas las veces que se te había resbalado de las manos al atraparlo, o cuando accidentalmente te golpeaban en la cabeza o alguna otra parte del cuerpo, y caía al suelo húmedo por la llovizna o seco por el calor una y otra vez, hasta que te volviste tan hábil que podías atraparlos con una sola mano. En un momento te darás cuenta de que una mujer correrá a través del campo a bastante distancia de ti, y detendrás tu siguiente lanzamiento al percibir que tiene cierto parecido físico con tu hermana Kuesta, pero entonces sabrás que sólo es otra corredora que toma un atajo para llegar a la zona arboleada del otro lado. Continuarás lanzando tus bumeranes como si nada hubiera pasado, y luego tomarás el búmeran amarillo y lo arrojarás tan rápido y con tanta fuerza, que saldrá disparado cortando el viento con un agudo silbido hasta atorarse en la copa de un árbol lejano. Lanzando un suspiro de fastidio, agarrarás tus otros bumeranes y caminarás hasta la zona arboleada, sintiéndote como un tonto por haber cometido un error tan estúpido. Al llegar, verás el búmeran atrapado entre las ramas más altas, iluminado por la luz del sol que se filtra entre las hojas, y, refunfuñando, intentarás trepar. Desafortunadamente no conseguirás llegar a suficiente altura; tus movimientos serán tan torpes que casi te harán resbalar. La rama de la que habías logrado asirte se romperá y caerás al suelo, te dolerá la espalda y te quejarás.

    —¿Ate? —escucharás decir a una voz fría.

    Al alzar los ojos verás a Yake mirándote, vestido con ropa deportiva; esa combinación de ropa roja con líneas amarillas, con su rostro tan insensible y ojos anaranjados, te parecerá incómodamente contradictoria. Mientras te levantas le preguntarás qué hace en ese lugar, y Yake contestará que desde hace tiempo va a correr ahí los sábados y domingos.


    ***​


    —¿Qué haces aquí? —preguntó más bien como si estuviera obligado a hacerlo más que por verdadero interés.

    Con algo de vergüenza, Ate le contó que él también iba ahí para practicar el lanzamiento de búmeran, y de su infructuoso intento por recuperar el que se había atorado en el árbol. Sin decir nada, Yake dio un gran saltó hasta la rama más cercana, y de ahí subió saltando hasta la copa del árbol, de donde tomó el búmeran amarillo y se dejó caer desde la cima hasta el suelo. Le ofreció el búmeran a su dueño.

    —Olvidaba que podían hacer eso —dijo arrebatándoselo con rudeza.

    —Te gustan los bumeranes —dijo Yake—, es bueno saber que algo te interesa.

    —Eso no te concierne —dijo Ate mientras regresaba al campo abierto.

    Se puso entonces en la orilla del pequeño bosque; el viento ahora era favorable desde esa posición. Estaba a punto de lanzar el búmeran cuando se dio cuenta de que Yake lo observaba. Le preguntó, alzando la voz, si no tenía que seguir corriendo. Yake le contestó que ya había terminado y que quería ver cómo lanzaba el búmeran.

    —¿Desde cuándo te interesa lo que los demás hagan? —dijo Ate con voz irritada y ojos recelosos— ¿No decías tú que todo lo que hiciera la gente te parecía ridículo?

    —Ésta es de las pocas cosas que no —respondió Yake.

    Dándole la espalda desdeñosamente, apuntó con el búmeran rojo hacia el cielo. Sintió la atenta mirada del gemelo, con una curiosidad que forzaba a salir de su ser. Concentrándose una vez más, lanzó el búmeran con fuerza. Recorrió toda la extensión del campo abierto y regresó hasta sus manos sin problema.

    Continuó durante un rato más mientras el gemelo observaba en silencio a los esclavos voladores desaparecer en el cielo para regresar a las manos de su amo. Bastante rato después, Ate sintió que su brazo perdía fuerzas y le demandaba un descanso. Se sentó sobre el césped, sudando y sobándose el brazo levemente. Yake se sentó junto a él y le ofreció una botella de agua. Pensó en rechazarla, pero la aceptó porque en verdad tenía seca la garganta.

    —Lanzas demasiado lejos los bumeranes —dijo Yake—, supongo que te has autoimpuesto una distancia para superar, o quizá sólo disfrutas ver cómo lo que se aleja de ti regresa.

    El chico somnoliento lo miró cómo si fuera un extraño.

    —¿Desde cuándo hablas tanto sin que nadie te pregunte?

    —Desde hace una semana, cuando fueron a nuestra casa, pero aún necesito mucha práctica.

    Ate arrancó un pedazo de hierba y comenzó a juguetear con ella. A pesar de que el gemelo le seguía pareciendo un chico extraño, y hasta cierto punto inquietante, no podía negar que tenía algo de curiosidad por él.

    —Oye, no acabé de entender bien lo que dijeron de sentir la realidad —dijo concentrándose en romper en pedazos la hoja de césped.

    —¿Ahora resulta que te interesa lo que nos sucede a mi hermano y a mí?

    Ate terminó de romper la hoja.

    —Son los demás los que están todo el tiempo con eso de tener que conocerlos mejor —dijo arrancando otra hojita—, no sé si te lo dijeron, pero yo voté en contra.

    —Eso fue evidente.

    —Pero ya que están aquí, creo que tengo que intentarlo.

    Un fuerte viento azotó entonces todo ese campo, y a lo lejos se podían ver unas amenazantes nubes negras.

    —No creo que seas capaz de saber lo que se siente; eso es algo que sólo mi hermano y yo podemos sentir.

    —¿Qué cosa?

    —Lo de la realidad. No es el hecho de que nuestros iris sean de un color que nadie más en el mundo tiene, o el hecho de que nuestra complexión física sea mucho más fuerte y nuestra mente más desarrollada, lo que nos hace estar convencidos de que pertenecemos a otra realidad, pues todo eso puede tener una causa sin tener que salir de este universo.

    —No seas tan presumido, yo supuse que no eran de este mundo sólo por sus ojos.

    —No importa. Lo que sucede es que, por alguna razón, desde que tenemos consciencia del mundo en el que estamos, nunca nos ha parecido el mundo real.

    —Eso es lo que no entendí —dijo Ate dejando que varias hojas despedazadas fueran llevadas por el viento frío—, si ésta no te parece la vida real, ¿entonces cuál es la vida real para ustedes?

    —Esa es la cuestión que nos inquieta. No hemos experimentado otra realidad más que ésta, por lo que nos extraña el porqué lo sentimos todo irreal. No sabríamos decirte lo que sería real para nosotros, pero sí lo que no nos lo parece.

    —Me estoy haciendo un lío. Sólo dime, si ésta no es la realidad, ¿entonces qué es?

    —Me temo que no me he explicado bien si preguntas eso. No es que ésta no sea una realidad, sino que no es la realidad que mi hermano y yo percibimos como verdadera, aunque el resto del mundo sí lo haga. Para nosotros es como si estuviéramos metidos en una caricatura de la realidad. Por ejemplo, sus rostros, ni a mí ni a mi hermano nos parecen rostros reales, podríamos hacer una lista de todos los detalles que nos parecen irreales en sus expresiones y miradas, pero no seríamos capaces de describirles cómo sería un rostro real para nosotros.

    Ate siguió rompiendo hojas para que el viento se las llevara, sin lograr hacer que su confusión también se fuera volando.

    —Aunque a veces sentimos que ésta realidad se comunica con nosotros —prosiguió Yake con un tono más íntimo—, en contadas ocasiones hemos experimentado que la realidad nos fuerza a vivir situaciones que muchos de ustedes viven normalmente, y que son ajenas a nuestra percepción de lo verosímil, sobre todo cuando nos pone en situaciones propicias.

    —¿Por ejemplo?

    Yake se quedó callado un momento, como si se hubiera arrepentido de repente de haber dicho eso.

    —Cuando vuelvan a ocurrir y estés presente, te lo haré saber. Sin embargo, todo el tiempo podemos sentir lo que mi hermano y yo suponemos que es nuestra realidad original, si tal cosa existe.

    —¿Cómo es eso? —preguntó Ate, honestamente extrañado.

    Yake se levantó del suelo y observó a la gran extensión de campo que se abría ante él, mientras las nubes poco a poco comenzaban a cubrir los rayos del sol.

    —La realidad a la que probablemente pertenecemos, aquella que nunca hemos conocido y que, sin embargo, sentimos como si fuera nuestro hogar, nos llama a lo lejos desde un horizonte que se pierde en el infinito, y por más que caminemos nunca llegaremos a ella. Pero al mismo tiempo esta realidad en la que estamos nos sujeta, nos quiere mantener cautivos en ella. Es en general en los momentos en los que más nos tratamos de resistir a ella cuando más nos quiere dominar con su influjo.

    El viento comenzó a aumentar su intensidad, y el creciente frío comenzó a alejar a los deportistas del parque para regresar a sus casas, o resguardarse de la inminente lluvia. Ate se puso de pie y estiró los brazos.

    —Sigo creyendo que sólo están locos —dijo intentando sonar ofensivo.

    —Tal vez esa idea sea la más cercana a la verdad.

    Ate miró con cierta simpatía a su jínn antes de despedirse; sus ojos anaranjados estaban parcialmente ocultos tras los delgados flecos de cabello que le caían en la cara.

    —Deberías peinarte de otro modo —dijo tomando sus bumeranes del suelo—, con ese cabello se te cubre un poco la cara.

    —El viento lo volverá a poner así de todos modos —contestó Yake.

    A partir de entonces, ambos jínnyi se encontraron algunos fines de semana en el mismo lugar, y algunas veces se sentaban a platicar sobre cosas cotidianas que la vida les iba deparando.


    25


    El turno de conocer el hogar de Hinta fue ese día. Al llegar los jínnyi a la entrada de la enorme casa estilo japonés, en seguida la tensión en el aire se sintió en sus cuerpos. La casa era una reliquia de los tiempos de la ocupación japonesa en Danzilmar, y había servido como el hogar de uno de los generales japoneses más temidos mientras la ciudad de Shorsta estuvo subyugada bajo su control. La familia de Hinta por ninguna rama era descendiente de japoneses por sangre; su bisabuelo había sido adoptado por el dueño de la casa para demostrarle al pueblo de danzilmar que un danzilmarés podía crecer con lealtad al país del ocupador antes que a su país original, cuando la ocupación terminó la casa pasó a manos de su bisabuelo, y desde entonces todos sus ocupantes mantuvieron vivas las tradiciones orientalistas. Todo eso a menudo ocasionaba unos leves roces de su familia con la de Sentsa, ya que aquellos eran danzilmaristas; aunque no llegaba a ser un gran problema dado su estatus de jínne de su hija.

    —Sólo para asegurarnos… ¿son ustedes de casualidad occidentalistas? —Preguntó Sentsa ante la puerta, con una seriedad incluso mayor que la habitual para este tipo de asuntos ideológicos— Si lo son, será mejor que ni siquiera lo mencionen, mientan si es necesario.

    La manera con la que se había amarrado el cabello, imitando el estilo del peinado tradicional japonés para las mujeres, le hizo a los gemelos entender que estaba hablando en serio y no era una exageración.

    —No te preocupes, jínne —dijo Sinke—. Nosotros somos existencialistas, aunque a veces también coqueteamos con otras corrientes…

    —No sé qué es eso; pero si viene de occidente, no le agradará al padre de Hinta —dijo Ate, el cual también había adquirido un semblante algo tembloroso, y se esforzaba por mantener su espalda lo más derecha posible.

    Incluso la jovial Yuska permanecía silenciosa sin borrar su sonrisa; aunque de tanto en tanto con el pie percutía rápidamente el suelo.

    —¿Qué se supone que estamos esperando? —preguntó Yake.

    —A que vengan a recibirnos —dijo Kanyu—, la reunión fue acordada para las cuatro en punto, y todavía faltan cinco minutos.

    —No será para tanto —dijo Sinke—, ¿por qué no sólo entramos?

    —¡Espera! —Yuska lo detuvo de la ropa— Aquí entrar antes de que te den la bienvenida es como si cometieras allanamiento.

    —Cada vez que alguien programa una visita, es una costumbre casi sagrada que alguien de la casa lo reciba con una puntualidad exacta —dijo Sentsa acomodándose la ropa—. Cuando da la hora señalada, una persona de la casa acostumbra quedarse en la entrada de la puerta para esperar a los invitados. La dedicación y el tiempo que le ofrecen a esa espera debe ser recompensado por una llegada puntual, y en caso de que los invitados lleguen antes, deben permanecer esperando en la entrada sin osar entrar antes de que el anfitrión salga.

    —¿Podemos aunque sea avisar que ya estamos aquí? —Sinke preguntó fingiendo cansancio.

    —No. Es considerado grosero apurar al anfitrión si uno es el que llegó antes.

    —Esto es bastante común entre este tipo de familias —dijo Kanyu—, pero son pocos los que la siguen tan a rajatabla como la familia de Hinta.

    Pasados unos aburridos minutos, la enorme puerta principal de la casa se abrió, y los jínnyi tomaron aliento. Habían anticipado que, tratándose de la visita para presentar a los nuevos jínnyi de su hija, toda la familia del otro lado de la puerta estaría para recibirlos. Y no se equivocaron. La familia de Hinta apareció como si estuvieran posando para una foto; la ropa tradicional impresionante, mezcla de los estilos chino y japonés. El serio e imponente padre estaba a lado de su sonriente esposa de los ojos cerrados, y delante de ellos Hinta estaba con su nervioso mirar, y su hermana Húba con ojos ladinos que examinaban indiscretamente a los invitados.

    Al ver semejante cuadro, los gemelos comprendieron por qué los jínnyi se habían empeñado tanto en vestir ropas de estilo semejante, y por qué los habían hecho vestir también de ese modo. Los jínnyi entonces le ofrecieron al padre una formal reverencia, diciendo con voces firmes:

    Aeiyoú, familia Semt.

    La familia Semt les devolvió el saludo, y entonces el padre con una mirada severa y recelosa observó a los nuevos integrantes del jinnliù, pero no se sintió alterado por la cínica sonrisa de Sinke o la inexpresividad facial de Yake, sino que educadamente la bienvenida les dio con una voz severa que inspiraba temor.

    Aeiyoú, yo soy el padre de Hinta, Bái Semt, y ella es mi esposa Ténza.

    Los gemelos se forzaron para darle otra reverencia, ofreciéndole sumisamente la cabeza sobre las palmas como bandejas.

    —Qué gemelos tan simpáticos —la madre de Hinta dijo llevándose la mano al mentón dulcemente.

    —Gusto en conocerlos, señor y señora Semt. Yo soy Sinke Gramt, y él es mi hermano Yake… si me lo permite —se incorporó y adoptó su pose teatral—, desde mis más profundas y sinceras convicciones, de decir he, que del honor de por fin tratar con sus respetables personas poder bienaventurado siéntome. Tanto vuestra hija como de unos sabios reyes nos ha hablado de vuestras mercedes.

    Los jínnyi al oírle hablar de ese modo tan ampuloso apretaron todos los músculos, sin embargo, aquel hombre de severo aspecto dejó esbozar una ligerísima sonrisa, y se dirigió entonces a su hija mayor.

    —Hinta, ¿por qué no me habías dicho que uno de tus nuevos jínnyi, en el arte arcáico del hipérbaton de los honorables poetas mareses como Váo kyôuk[1] instruido estaba?

    Hinta apenas abrió la boca para contestar sin haber pensado, cuando Sinke se le adelantó.

    —¡Oh! Por el amor de Áikan, de enojarse con mi estimada jínne no caiga en la tentación, os suplico. He, pues, de confesar para mi pesadumbre, que del pecado de mis maresas habilidades de lenguaje haber restringidas mantenido en su mayoría de mis jínnyi culpable soy. ¡Pero qué gratificante satisfacción! Al fin ante vos estar, hallarme ante la oportunidad de con alguien de vuesa dimensión compartir palabra poder.

    Los chicos relajaron el aire de sus pulmones al ver que Bái parecía encantado con arcaico hablar de Sinke, que difícilmente podía ser imitado por ellos a causa de la vergüenza que les daría.


    ***​


    Recuerdo de nuevo el momento en que fueron conducidos hacia el interior de la casa, y pudieron contemplar cómo el estilo danzilmarés antiguo se mezclaba con características orientales. En la entrada de la casa había un pequeño espacio con forma de triángulo y piso de loza, en el cual todos se quitaron los zapatos de manera instintiva antes de entrar, y los colocaron de manera perfectamente ordenada adornando los tres lados del triángulo. Las puertas eran corredizas y las ventanas de papel, sobre las paredes colgaban cientos de diseños de antigua pintura maresa. Los pasillos de madera, con algunos muebles de bambú, relucían de limpios, y en el comedor principal se extendía ocupando casi todo el espacio sobre el tatami una enorme mesa japonesa, como aquella que tenían los gemelos en su pequeña mansión, pero más grande y majestuosamente decorada con un mantel azul y flores de azahar que se alzaban sobre unos pequeños platos en trípodes en el centro. Las flores llenaban la estancia con una fragancia dulce, tal vez algo polvorienta, pero relajante y acorde a lo tranquilo y blanco de las paredes. Curioso me pareció que, con el paso de los años y las generaciones, esa casa originalmente de tradición asiática se había mezclado con elementos de la tradición danzilmaresa, al menos aquellos que fueran aprobados por sus dueños.

    Los invitados se sentaron alrededor de la mesa, de manera que el jefe de la casa quedó en la posición central, junto con su esposa e hijas a sus costados, y los gemelos de manera que quedaran en frente de su campo de visión.

    En frente de cada uno se había colocado de antemano una taza de té rojo, y en el momento en que todos estuvieron propiamente instalados el padre de Hinta fue el primero en sujetar su taza y elevarla ante sus ojos, su familia hizo lo mismo, y al final los jínnyi también lo imitaron.

    Déu[2]! —dijo el padre.

    Déu! —lo imitaron su esposa e hijas.

    Déu! —dijeron finalmente los jínnyi antes de beber.


    ***​


    —¿Qué sucedió en aquella morada?

    —La visita en la casa de Hinta fue por un buen camino; aunque también fue calificada por los jínnyi de extraña, ya que el temperamento intimidante que el señor Semt tenía de habitual se volvió laxo durante la mayor parte del tiempo, casi exageradamente complacido, y la causa, por más ridícula que le pudiera parecer a todos menos a Yuska y Kanyu, era lo bien que se entendía con Sinke y su lenguaje artificioso; tuvieron que soportar durante bastante rato sus divagaciones sobre los antiguos poemas danzilmareses de la época de la ocupación asiática.

    “Qué aburrida conversación, ¿ya puedo irme a mi cuarto?”, preguntó la hermana, mientras groseramente apoyaba los codos sobre la mesa con una mirada adormecida.

    “Húba, ten más respeto por los nuevos jínnyi de tu hermana”, la amonestó su madre sin perder su compostura fina y abnegada, “perdonen a nuestra hija, pueden continuar”.

    “No se moleste, loable kînya[3], puesto que es verdad, que para conocernos mejor el motivo de tal reunión es, justo sería que toda la familia parte del convivio fuera parte. Si la agraciada hermana de mi jínne alguna cuestión para nosotros aqueja, de su sentir expresar libre es”.

    Húba dejó caer la cabeza para levantarla de nuevo con pesadez, y observó entonces al silencioso hermano que parecía estar ausente en otra realidad.

    “Oye tú, ¿Por qué no dices nada?”

    “Húba, no hables así a los jínnyi de tu hermana”, dijo el señor Semt con voz severa.

    “No me digas que no te da curiosidad por qué uno habla demasiado y de un modo tan complicado y el otro parece mudo, papá”, contestó con una actitud relajada e impertinente.

    “Verdad es, señor Semt, que enojarse por el temer de una actitud impertinente ser no debe; mi hermano y yo de la necia capacidad de ofendidos sentirnos, desprovistos en esta vida hemos nacido”.

    Yuska le dio un pequeño codazo a Yake, lo que lo obligó a poner atención, y subió los ojos hasta encontrarse con los de Húba, que apoyaba su cabeza sobre su brazo como si esperara una respuesta aburrida.

    “Sólo hablo cuando es importante, y sólo digo lo que deba ser dicho”, contestó sin la más mínima expresión ni es su rostro ni en su voz.


    ***​


    Pasado un rato, se pusieron a hablar acerca de todo lo que deben saber los padres de los nuevos amigos de sus hijos, y como en ese caso se trataban de jínnyi, la seriedad del asunto fue mayor. Sinke logró mantener contento a Bái Semt con su elevado estilo de habla, tanto así que, para sorpresa de la mayoría de los ahí presentes, el severo hombre pasaba por alto una que otra frase que tuviera la mínima probabilidad de ofender su ideología.

    Y, pues, es así que ante lo que nuestra vida nos ha instruido, a la conclusión de que de sentido la existencia desprovista es hemos llegado, y las morales y tradiciones y religiones del mundo no han sido más que una abyecta manera de a los pobres seres de la realidad una esperanza vana otorgar.

    Al decir frases como esa, los jínnyi tomaban aliento y miraban con un nerviosismo servil al anfitrión de cejas enojadas. Cabe destacar que todos ellos se mantenía pasivos en la conversación, aunque de vez en cuando el señor Semt le pedía a Sentsa una opinión sobre si lo que decían era verdad, y con eso todos volvían a callar.

    Está diciendo la verdad, señor Semt. Ambos son, en efecto, de una familia rica, pero pese a eso su vida es austera y sin más lujos de los necesarios.

    Llegados a un punto en que la familia de Hinta se hubo enterado de casi todo, de sus excelentes calificaciones en el instituto Ítuyu, de sus grandes habilidades para los deportes y de su gran afición por la cultura general, un último asunto vino a ganarse casi por completo el respeto del señor Semt, y éste comenzó de la boca de Yake, que fue una vez más obligado por su hermano y Yuska a conversar, y habló sin hacer el esfuerzo por sonar interesado.

    Somos además muy buenos para las artes marciales.

    El señor Semt lanzó un leve murmullo, sonrió con escepticismo, y su interés también se contagió a Húba, que de inmediato abrió los ojos y esbozó una sonrisa emocionada.

    Vaya, hasta que al fin dicen algo interesante, dijo apoyando las manos sobre la mesa, ¿y qué es lo que hacen? ¿Karate, algún estilo de kung fu, tae-kwon-do, muay-thai…?

    Sinke rio con orgullo.

    Para nosotros, el aludir bajo categorizante título a nuestro arte marcial, nimia tarea es. Sin embargo, si debiéramos elegir un término, sería el del antiguo arte marcial danzilmarés: el yúndáo[4], el cual, como de su conocimiento ya debe ser, consiste en la perfecta combinación de las mejores artes marciales del mundo perfeccionadas por el inigualable estilo de los más severos mareses.

    La chica se mostró entusiasmada por oír eso, pero el padre todavía no estaba del todo convencido.

    ¿Y quién les ha enseñado el difícil arte del yúndáo?, preguntó el señor Semt.

    Yake se arrepintió de haber mencionado el tema.

    Tuvimos un gran maestro.

    El señor Semt no escuchó el tono resignado de la respuesta, y adelantó su cuerpo hacia ellos, víctima de una gran curiosidad, puesto que él era el maestro de un dojo que se dedicaba enseñar artes marciales de procedencia asiática, y, como la mayoría de los maestros orientalistas, sentía cierta rivalidad hacia las artes marciales danzilmaresas.

    ¿Quién fue su maestro?

    Los gemelos se quedaron en silencio por un momento, sabiendo que si mentían, Sentsa los delataría. Yake fue el que contestó, con orgullo.

    Su nombre es Gyéo Fúntuo.

    El señor Semt pensó unos momentos.

    No recuerdo a ningún maestro de artes marciales con ese nombre, y conozco a todos los maestros de la ciudad.

    Él en Shorsta ahora no se halla, de nuestro conocimiento, su estancia en Danzilmar ignota permanece.

    Por la manera en que el señor Semt meditaba sobre ello, los gemelos creyeron que iba a querer seguir preguntando sobre él. Húba fue la que vino a interrumpir el momento, levantandose de su lugar y hablando con emoción.

    Si en verdad les gusta luchar, entonces me gustaría retarlos a un combate.


    26


    Aquella helada mañana en el instituto Ítuyu, Sentsa había sido llamada a la oficina de la presidenta Altra. El frío la hacía temblar a pesar de estar abrigada con un têng[5], por lo que constantemente se frotaba y soplaba en sus manos para calentarse las orejas como se lo había enseñado su madre cuando era pequeña. Al entrar, encontró a la presidenta en su modesta oficina con algunos documentos en su escritorio (folios con pruebas de exámenes, comparación de promedios y presupuestos para eventos escolares), y su tierno temperamento y juvenil figura no parecía encajar en ese ambiente tan burocrático. Tras saludarse, Sentsa tomó asiento y preguntó para qué la buscaba, aunque en el fondo sentía que ya sabía la respuesta, e inconscientemente movió los pies emocionada.

    —El director ha aceptado tu propuesta para abrir el departamento de moral —dijo Altra, y le entregó la carta de aprobación—, el departamento se hará oficial al regresar de vacaciones.

    Sentsa sintió un fuerte golpe de alegría, controlándose para no demostrar demasiada emoción, y con suma reverencia le agradeció a la presidenta por haberla ayudado a tener esa oportunidad.

    —Prometo que haré un buen trabajo.

    —No lo dudo ni por un instante, y de seguro el director tampoco, dada tu fama desde lo del Qwáo-grüm… perdona que haya tardado tanto, el director también ha estado ocupado en otras cosas…

    Sentsa miró una vez más la firma del director sobre el papel que le iba a dar la oportunidad de hacer de la escuela un lugar mejor, pero su mirada entonces se fijó en la presidenta y su sonrisa amable, sus ansias se calmaron un poco al imaginarse que estaría en una posición similar a la de ella cuando fuera el momento.

    —Disculpe, presidenta. Debe ser muy difícil tener tal puesto y al mismo tiempo cuidar sus calificaciones, ¿no es cierto?

    —Hasta cierto punto es verdad; aunque sea la presidenta tengo que tomar clases como todos los demás, pero eso es lo que se espera de los que sacan adelante una escuela, ¿no crees? Debemos ser un ejemplo de temple y responsabilidad para no decepcionar a todos.

    Poco pudo hacer Sentsa para ocultar su alegría más que exagerar un porte de nobleza, como si se tratara de un reto que estaba dispuesta a afrontar sin miedo. Tras agradecerle de nuevo un millón de veces más, salió por la puerta justo en el momento en que una chica de largo cabello azul se disponía a entrar. Casi sin prestarle atención, la saludó cortésmente y se alejó con el júbilo bien guardado en su interior.


    ***​


    A pesar del enorme tamaño de la mansión, esta era lo suficientemente silenciosa como para que hasta los sonidos más débiles destacaran, vibrando a través de las paredes. Sentsa solía sentarse en su escritorio a hacer sus tereas o leer libros con calma. De tanto en tanto un cabello se le interponía y lo apartaba, pero esa vez llevaba puesta la banda roja para el cabello que le había dado Ihra, y lo único que podía apenas distraerla era el sonido de alguien subiendo por las escaleras, o pasando por el corredor fuera de su habitación. Reconocía el sonido de los pies de su padre contra el marfil y la alfombra de la escalera, y cómo ralentizaba su paso al acercarse a su cuarto y tocar la puerta con suavidad. Llamaba su nombre y ella le decía que entrara. Mas esa ocasión Mirt Fonet creyó que estaba demasiado concentrada leyendo, pues no escuchó respuesta después de llamar tres veces. Abrió la puerta despacio, con la cabeza baja igual que si entrara a un templo. Vio a su hija sentada en la silla, y se sintió aliviado al ver la banda roja que sujetaba su cabello.

    —Hija —dijo un poco más fuerte.

    —Buenas tardes, padre —contestó Sentsa sin voltearse.

    El señor Fonet entró. El sonido de la puerta al cerrarse se perdió hasta el alto techo de la habitación. Se sentó en el borde de la cama y adquirió un aire aún más servil.

    —Mi avión sale en una hora —dijo—, volveremos hasta después de año nuevo.

    —Lo sé —dijo Sentsa sin dejar de escribir.

    El señor Fonet puso una mano en el escritorio, a centímetros de la libreta.

    —Cuando volvamos, Ihra y yo nos casaremos.

    Sentsa no se detuvo, pero la rigidez de su mano hizo que apretara más el bolígrafo.

    —El servicio de la boda ya fue programado. Tu tío Féichan se encargará de que todo esté listo para cuando volvamos.

    El bolígrafo se resbaló de su tensa mano y rodó sobre la mesa hasta caer al suelo. Sentsa pensó una maldición y se agachó para recogerla, pero la mano de su padre se le adelantó y se la ofreció. Regresó a su posición con un movimiento un poco brusco y continuó escribiendo.

    El señor Fonet, afligido, se levantó y le dio un beso en la cabeza.

    —Adiós, hija. Te quiero.

    Antes de que su mano abriera la puerta, Sentsa se volvió hacia él. Iba a preguntarle si de verdad amaba a la mujer con la que iba a desposarse más de lo que había amado a su madre. En su lugar, volvió a encarar su libreta, pero no siguió escribiendo.

    Al verla así, el señor Fonet quiso regresar a su lado, pero una repentina llamada de su prometida le recordó que debía apurarse para ir al aeropuerto.

    Días después, junto a sus jínnyi, observaron a la conocida pareja empalagosa de la escuela, Délo y Déla, y se pusieron a hablar de ellos. En un momento, Sentsa sintió la necesidad de preguntarle a los gemelos si eran capaces de amar.

    La víspera de año nuevo fue personalmente a casa de sus jínnyi a entregarles las invitaciones para la boda, y a pesar de que eran recibidas con miradas de lástima y empatía, nunca abandonó su firme porte, lleno de la más alta nobleza y orgullo.



    [1] Poeta del imperio Máryo, del siglo VII d.c.

    [2] Expresión tradicional para beber té, se puede interpretar como “beber lento”.

    [3] Vocablo antiguo para designar a la señora propietaria de una casa de familia noble.

    [4] Arte marcial danzilmarés, puede interpretarse como “el camino cercano y lejano”.

    [5] Tipo de capucha que cubre la cabeza, la garganta y los hombros, usualmente como complemento para otras prendas de abrigo.
     
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