Historia larga ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke

Tema en 'Novelas' iniciado por Paralelo, 16 Noviembre 2019.

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  1. Threadmarks: Capítulo 1. Jínnliù
     
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

    Virgo
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    Título:
    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    5929
    Nota:
    Este es en realidad el primer libro que escribí, y por lo tanto también es lo peor que he escrito. Fue concebido en un tiempo en que me obsesionaba la discrepancia entre las ficciones triviales (o vulgares) y las serias (o maduras), y me preguntaba si podría crear una que fuera una mezcla de ambos conceptos sin que uno de los dos fuera más protagonista que el otro. ¿Pero se puede crear una ficción seria que guste a los triviales y una ficción trivial que guste a los serios? ¿No puede tener una ficción vulgar características de madurez y una madura características de vulgaridad?



    “Los condenados a rebelarse contra la realidad no encontrarán consuelo en ningún universo paralelo”

    Gyéo Fúntuo


    Parte 1

    Experiencias


    Capítulo 1. Jínnliù

    1

    Fue mi decisión, como de costumbre, permanecer imperceptible para los sentidos de los seres de ese universo.

    El instituto Ítuyu estaba situado en el centro de la ciudad de Shórsta, y siendo ese día el primero del curso escolar, los salones de los primeros años se llenaron de estudiantes nuevos, atentos a la vez que reticentes, al principio poco interesados por el nuevo ambiente que habrían de compartir durante los próximos tres años, lo cual no impedía el surgimiento del diálogo entre ellos, sincero o sólo cortés, con verdadera intención o con apatía.

    En el aula 1.C encontré a los hermanos Yake y Sinke; el primero sentado en la parte de atrás, no haciendo caso a las charlas que lo rodeaban; el segundo al frente, atento a las voces de sus compañeros, acechándolos sin decidirse aún a interferir en sus conversaciones.

    Sinke había llegado primero, pero pronto se arrepintió de haberse apurado demasiado, y para pasar el rato se imaginó a sí mismo subiendo a zancadas por la escalera de caracol del edificio de los primeros años y precipitándose hacia el interior del aula en el momento en que el primer maestro o maestra estuviera presentándose ante su nueva clase. Visualizó la voz del docente apagándose de repente mientras volteaba hacia él, entonces habría dicho:

    —Lamento con toda mi inexistente alma el retraso en éste, nuestro primer día de actividad escolar —por la teatralidad de su voz y porte exagerado, la mayoría de los chicos habría llenado el aula con un murmullo de risas incómodas—, la senda eterna de la frívola realidad, a mi inquisitiva razón, con sus circunstancias desconcertantes, entretuvo… Aiyóu![1] —habría saludado, levantando exageradamente la mano.

    En cambio, Yake había sido el último en entrar, habiendo observado inquieto desde afuera a los demás tomar sus asientos, buscando cualquier pretexto para postergar la inevitable integración. Cuando finalmente se resignó a entrar, manteniéndose lo más inexpresivo que pudiera, fue inevitable para los demás darse cuenta de que ambos eran hermanos gemelos, y poco hicieron para evitar la comparación entre la mirada soberbia del que había llegado primero con la inmutable mirada del que había llegado de último.


    ***​


    El timbre sonó. A los pocos instantes entró una maestra de inglés de nombre Nin. Era tan joven de rostro que pasaría por estudiante, tan sonriente de boca que pasaría por niña, pero tan erguida de porte que nadie dudó que se tratara de una maestra. Esa sería la cuarta vez en su vida laboral que recibiría a un grupo nuevo. Su vista se desplazó de un lado al otro del aula, captando la mayor cantidad de rasgos que le diera una pista de la condición y la personalidad de sus nuevos estudiantes. Ni siquera cuando se presentó formalmente dejó de prestar atención a cada murmullo o gesto que fuera ocasionado por la influencia de sus palabras o imagen. Sinke le prestaba una atención excesiva; Yake la miraba sin observarla.


    ***​


    La maestra Nin anunció entonces que darían comienzo las presentaciones individuales de los alumnos[2], lo que se llevó a cabo sin levantar queja, pero lentamente y sin prisa, haciendo tiempo para que sonara la alarma del fin del módulo. Se presentaron jóvenes de carácter y personalidad olvidables, genéricos, sin apenas demostrar en sus palabras algo cercano a la verdadera descripción de sus personalidades salvo por los tópicos comunes: “me gusta la música, me gusta estudiar, quisiera ser maestro, quisiera ser ingeniera, los fines de semana salgo con mis amigas al cine, lo más importante es mi familia”. Los gemelos morían de tedio por dentro pese a que Sinke se mostraba exageradamente interesado; Yake continuaba sin cambiar la expresión con la que había entrado.

    Habiendo pasado casi todos los demás alumnos (faltando solamente unos cinco), la maestra Nin señaló a Yake para su presentación, pero los alumnos sugirieron colectivamente que se presentaran los dos hermanos al mismo tiempo, con lo que la maestra Nin estuvo de acuerdo. Sinke saltó velozmente al frente de la clase mientras que Yake avanzó con lentitud, los ojos puestos en el suelo que sus pies estaban a punto de pisar, evitando siempre el contacto visual con los jóvenes. Fue entonces cuando pudieron compararlos uno al lado del otro. Las reacciones todavía no se deshacían de su curiosidad y extrañeza. En apariencia física, como quizá ya se ha dicho, eran gemelos idénticos: el mismo cabello negro de mediana largura y muy lacio; la misma piel morena, ligeramente pálida, unos pocos la calificaron de metálica o plástica; la misma complexión atlética (aunque un poco delgada); estatura promedio de un metro ochenta. Pero el rasgo que más había llamado la atención de todos desde el primer momento en que los vieron entrar (como ya esperaba yo desde el principio) era el color de sus ojos. Eran ojos de color anaranjado fuerte, los cuales, para las percepciones de los demás, engrandecían la calidez y la frialdad de los rostros de sus portadores[3]. Los jóvenes no habían dejado de preguntarse entre sí si alguna vez habían visto a alguien más con aquel exacto color de ojos, similar al de la miel untada sobre una naranja recién bajada del árbol, pero sólo pudieron darse respuestas negativas. Debo aclarar que en aquel mundo tal color de ojos era imposible de obtener de manera natural, por lo que, al mirar esos coloridos iris que envolvían profundas pupilas negras, se sintió la exagerada sensación de estar ante interesantes fenómenos de la naturaleza, no muy diferente a hallarse ante dos personas con seis dedos en las manos.

    Yake permaneció cabizbajo, desprovisto completamente de emociones a diferencia de Sinke, el cual mantenía la frente en alto y se reía con una voz casi inaudible de las miradas morbosas.

    —¡Oigan! ¿Quién de ustedes es el mayor? —preguntó Yuska, una de las chicas que se había presentado hacía un rato. Al preguntar apoyó el puño en la barbilla y aproximó el cuerpo, adquiriendo una expresión suspicaz.

    —Ninguno de los dos es el mayor —contestó Sinke—; ambos salimos al mismo tiempo del útero de nuestra madre, e incluso nos alternábamos el cordón umbilical porque sólo teníamos uno.

    Unos pocos chicos se rieron; otros reaccionaron con vergüenza ajena por parecerles un mal chiste; la risa de algunos quedó restringida a sus gargantas, las de otros salieron como flechas, pero Yake siguió sin reaccionar.

    —Pero bueno, en esta vida he sido llamado Sinke Gramt—dijo como si estuviera representando una obra teatral—, tengo quince años, como la mayoría de vosotros. Me interesa todo lo que la realidad ofrecerme pueda, desde la gran ciencia y filosofía, prodigios de la mente humana sin las cuales nada seríamos, pasando por el arte, maravilloso portento salido del espíritu humano, y los deportes, porque también somos cuerpo. De planes a futuro carezco. No me gustan las trivialidades ni lo inverosímil, pero ya me acostumbraré.

    Yake se mostró renuente cuando fue su turno, pero tuvo que proseguir ante las insistencias de la maestra.

    —Me llamo Yake Gramt, tengo quince años, mis gustos, así como mis odios, son similares a los de mi hermano; no vale la pena explicarlos.

    Regresaron a sus asientos, acompañados de forzados aplausos por educación.


    2

    Después de una semana, Sinke presumía haber memorizado ya los nombres de todos los alumnos en el instituto Ítuyu. Se inmiscuía obsesivamente en los asuntos de cuantos le rodearan sin reparar en cuán incómodos se sintieran, dándoles consejos indeseados, críticas de intención dudosa y observaciones en general impertinentes acerca de sus personas. Por poner un ejemplo, en una ocasión interrumpió súbitamente a una pareja de novios que se besaban en un banco, junto al lago de la escuela:

    —Extasiado estoy de percibiros, estimados seres compañeros de mundo, yo soy Sinke Gramt de la clase 1-C —se sentó campantemente entre ellos, y luego los abrazó a cada uno con un brazo—, una turbadora cuestión, me temo, ha estado revoloteando en mi mente en el momento que os he visto en el acto de intercambio de fluidos bucales, ¿con quién tengo el placer de tratar?

    Los dos enamorados sonrieron nerviosos y le siguieron la corriente.

    —Yo soy Délo —dijo el chico—, y ella es mi novia Déla.

    —Hola —saludó la chica tímidamente.

    Entonces Sinke comenzó a reírse con la boca cerrada, sin razón aparente.

    —¡Jubilosa situación ésta es, estimados! —las palabras explotaron acompañadas de una risa exagerada— ¿Cuántas veces se ha de tener la dicha de poseer un ser amado que tal similitud con el propio nombre comparta?

    Y así mientras Sinke se ganaba cada vez más su reputación de chico escandaloso e incontrolable, su hermano Yake se alejaba de todo el mundo durante el descanso. Pese a querer pasar inadvertido, algunos lo llegaban a ver mientras se dirigía hacia las zonas menos pobladas de la escuela con un libro, y pasaba todo el tiempo leyendo hasta que la alarma sonaba de nuevo. Durante todo aquel tiempo de quietud, no despegaba los ojos de las páginas ni un momento. Los que lo veían solían voltear la vista y los pensamientos hacia otros lados, pues su sola presencia era desalentadora y aburrida.


    ***​


    Apenas había pasado una semana desde que habían comenzado las clases, pero de inmediato os habíais vuelto los alumnos más reconocidos entre estudiantes y profesores, no solamente por el raro color de vuestros ojos, sino también por vuestra rapidez y precisión para realizar correctamente los trabajos que se os exigía durante los cursos. Cosa increíble de pensar para alguien como tú, Sinke, cuya actitud tan llena de energía e insolencia, junto a tus pláticas tan ridículas y fuera de lugar, hacían creer que te tratabas de alguien no muy inteligente y hasta idiota; únicamente tu habla rebuscada era engañoso indicio de tu inteligencia, o al menos de tu deseo por sonar inteligente. También era curioso que tú, Yake, tan reservado y tranquilo, fueras tan bueno cuando se trataba de actividades físicas, incluidas las más demandantes, como habían constatado todos durante la primera clase de deportes, cuando, durante una carrera contra otros siete chicos, tu hermano y tú aventajasteis rápidamente al resto de los muchachos y quedasteis únicamente igualados por vosotros mismos, todo aquello a tal rapidez que los demás no hicieron más que miraros con asombro, admiración y desprecio. Y tú, Yake, durante la carrera Sinke te lanzaba miradas retadoras, pero permanecías tan indiferente y sordo a sus burlas. Llegasteis los dos al mismo tiempo a la meta, y al deteneros, Sinke te dio la espalda con aire de superioridad. Y tú, Sinke, dijiste:

    —Ésta será la última vez que empatemos, hermano, la próxima vez no arribaremos en igual conjunción.

    Y tú, Yake, en silencio lo miraste marcharse, insensible a sus palabras.


    ***​


    Con dos semanas cumplidas, los hermanos tienen una reputación construida en la escuela tanto por sus virtudes como por sus defectos. La actitud de los demás estudiantes hacia ellos, pasada la gran curiosidad que les habían generado al principio, es de indiferencia en su mayoría y quizás un pequeño repudio a causa de sus excentricidades para algunos. Pero eso no impide que durante los descansos una persona se quede pensando seriamente en ellos.


    3


    Con toda seguridad la historia se repetirá de nuevo interminablemente. Una semana después de haber comenzado el curso escolar, Yuska continuará viendo a los gemelos con ojos vigilantes, y pensará en ellos como si hubiera descubierto dos criaturas mitológicas. Será la hora del almuerzo, ella y los otros cuatro se habrán instalado en una zona de césped junto al gran lago de la escuela, resguardados de la luz del sol por unas enormes palmeras de un verde brillante. Sentsa observará que Yuska sorbe ruidosamente con una pajilla su jugo de manzana con los ojos atentos en la nada.

    —¿En qué estás pensando, Yuska? —preguntará Sentsa— Qué raro que hoy estés tan calmada, di ya qué te preocupa.

    Yuska se sacará la pajilla de la boca y volteará hacia ella, sonreirá como lo hace cuando se le ocurre una mala idea, y dirá, con una mezcla de ingenuidad, sinceridad y seguridad:

    —Hay que llevarnos con los gemelos Yake y Sinke.

    Esta idea alertará a Sentsa y a Ate, quienes de inmediato detendrán su comida y se mirarán nerviosos, aunque no muy sorprendidos, dado que, aunque no lo expresaran, ya estaban conscientes del interés que los gemelos podrían hacer surgir en Yuska. La sorpresa de Kanyu y Hinta será mayor, pues para ellos, a diferencia de Sentsa y Ate, ese creciente interés de Yuska por los gemelos había pasado más desapercibido.

    —Estás loca —dirá Ate con voz apagada—, y esos gemelos también están locos, el otro día vi a Sinke caminando hacia atrás mientras cantaba una canción extraña.

    —Bueno, ¿y qué tiene eso de malo? —contestará Kanyu, sacudiéndose unas migajas de pan que le habrán caído sobre el pantalón—, hasta es divertido verlo.

    —Pero son raros —dirá Ate, en voz un poco más alta—, yo no quiero nada con ellos.

    —¿Exactamente por qué quieres que nos juntemos con los gemelos? —preguntará Hinta, quien será la más intrigada por la idea de Yuska, pero también la más dispuesta a considerar sus razones.

    Por un momento Yuska se quedará pensando mientras sigue haciendo ruidos con su jugo.

    —Son interesantes —contestará al tragar.

    —¿Y es sólo por eso? —preguntará Sentsa, cuya irritabilidad aún estaba bajo control[4]— Yo estoy de acuerdo con Ate de que son excéntricos, y además no me parecen muy buenas influencias para tener cerca.

    —Son muy buenos estudiantes y buenos en los deportes —dirá Hinta, como si se pusiera servilmente del lado de Yuska—, creo que hay que darles algo de crédito.

    —Pero eso no cambia que sean tan… bueno, ya viste el primer día —dirá Ate, incrédulo y hastiado—, ya tenemos suficiente con las cosas que se le ocurren a Yuska, ¿se imaginan lo que pasaría si nos juntáramos con Sinke?

    Sus mentes volvierán por un momento al primer día, más precisamente a la ridícula irrupción de Sinke al haber llegado tarde; sólo Yuska se había reído, más por la naturaleza azarosa de su discurso que por haber sido gracioso; los demás estuvieron callados con la cara caída de vergüenza ajena, salvo por Hinta, que fue la única que intentó vislumbrar un sentido más allá de la mera apariencia dramática de sus palabras, sin éxito.

    Continuarán hablando de ese modo durante un rato hasta que termine el descanso, sin llegar a nada.


    ***​


    A pocos metros de la alberca llena de jóvenes, Sinke, aún con su ropa puesta, no hizo más que echarle a la bulliciosa agua una mirada pendenciera, mientras que Yake ni siquiera se molestó en acercarse.

    —¿Por qué no te metes? —le preguntó un chico flacucho que se dirigía a la piscina tras cambiarse— El maestro ya va a llegar y ni te has cambiado.

    Pero Yake sólo continuó callado. Su boca casi nunca producía sonido alguno salvo en circunstancias muy precisas, como durante las clases cuando le preguntaban algo, o incluso cuando su hermano le hablaba, pero fuera de eso se limitaba a observar todo con ojos analíticos.

    Al llegar el robusto profesor de deportes, le extrañó que los hermanos estuvieran vestidos todavía. Les preguntó por la razón de ello.

    —No sé nadar —contestó Yake tajantemente.

    —La verdad, profesor —dijo Sinke alejándose aún más de la piscina—, le he de comunicar que, muy a mi pesar, de la gran virtud del prodigioso arte de la natación, virtud que tanto define a nuestra gran nación oceánica, me veo desprovisto.

    Para los estudiantes que oyeron aquello fue una ironía que, siendo los gemelos tan buenos en los demás deportes, no pudieran realizar el deporte más distintivo de los danzilmareses. En Danzilmar las piscinas de las escuelas eran siempre hondas y sin suelos elevados en los que poder posar los pies, y si hubiera sido de otra forma, tales palabras no habrían sido más que un tonto pretexto. Ate y Kanyu se dirigían hacia la alberca cuando escucharon esa noticia, y el contar todo eso a las chicas no hizo más que a aumentar la curiosidad de Yuska.


    ***​


    Fue el viernes de la segunda semana, después de que la maestra Nin hubo terminado su clase, y con ésta el día de clases. Sinke salió rápidamente de ahí, antes de que todos terminaran siquiera de recoger sus cosas. Luego, los demás comenzaron a irse tranquilamente, emocionados por tener un fin de semana adelante. Pero Yuska permaneció en su asiento observando a Yake con una inusual seriedad, conspirativa.

    —¿Y ahora qué sucede? —preguntó Sentsa, preocupada por aquella calma.

    Yuska le respondió con una mirada y una sonrisa decididas, se levantó de su asiento y se dirigió hacia el gemelo. Yake prefería que todos terminaran de salir antes que él, rasgo que Yuska ya había notado desde los primeros días.

    —¡Hola, Yake! —saludó jovial— Oye, ¿quieres venir con nosotros al centro? Pensamos ir al cine.

    —No, gracias —dijo Yake casi sin abrir la boca.

    Yuska insistió en su invitación sin perder los ánimos, fingiendo no haber oído su negativa, y pensó que señalando y nombrando a sus amigos lo convencería, pero Yake se levantó y caminó hacia la salida, ignorándola.

    —¡Ey! ¡Espera! —lo detuvo sujetándolo de la manga[5].

    Los otros chicos enmudecieron sus gestos y se preocuparon al ver que el semblante del gemelo se tornaba algo hastiado, pero Yuska mantuvo su posición.

    —¿Por qué nunca dices nada? —preguntó Yuska.

    —No tengo nada interesante que decir —dijo Yake, con una actitud relajada y desinteresada, alzando los hombros como si fuera una respuesta programada.

    —¿Por qué siempre estás tan serio? ¿Nunca sonríes?—Yuska se apresuró a preguntar, temiendo que el gemelo intentara irse.

    —No has dicho nada divertido —dijo Yake.

    Yuska retrocedió un paso y colocó su mano tras su cabeza; se esforzó por seguir sonriendo.

    —¿Por qué no vienes con nosotros al centro entonces?

    —No —Yake intentó retirarse de nuevo.

    —¿Por qué no? —preguntó Yuska con una falsa decepción y un tono que buscaba manipularlo a través del afecto, mientras evitaba de nuevo su huida.

    Cansada de su terquedad, Sentsa caminó hacia ellos, hizo a Yuska soltar a Yake y le dijo que lo dejara en paz, luego se dirigió a Yake y, forzando un tono arrepentido, se disculpó en lugar de Yuska. Yake respondió alejándose de ahí sin contestar, y dejó a una decepcionada Yuska oyendo sin escuchar los reproches de Sentsa.


    ***​


    Aun días después los amigos de Yuska todavía no entendían por qué estaba tan obsesionada con entablar amistad con los gemelos, especialmente con Yake, a quien estuvo acosando desde entonces. Lo seguía hasta los lugares donde se sentaba a leer, y ahí le arrebataba los libros preguntándole qué era lo que leía, pero muchas veces dichos libros estaban en otros idiomas o eran demasiado difíciles de leer aun en danzilmarés. Ante todo eso, Yake seguía rehusándose a hacerle caso sin demostrar emociones, salvo por una sutilísima expresión de resignación apenas evidente. A pesar de que Yuska alegaba que quería acercarse más a los gemelos, nunca intentó realmente hablar con Sinke.


    ***​


    —Yake me parece más interesante —responde cuando Hinta te interrogue. Sigan caminando hacia la salida.

    —No entiendo por qué —di, e intenta comprenderla—, él está metido en otras cosas, no veo cómo pudieran llevarse bien.

    —También pensaste eso mismo de nosotros cinco, ¿no? Además, creo que tú deberías intentar hablar con Sinke —sugiérele casualmente. Guíñale el ojo.

    Hinta, ten un leve sobresalto. Que tu rostro se ponga pálido.

    —¿Pero por qué?

    —Porque yo intento hacer que Yake se una a nosotros, entonces tú deberías ayudar un poco, ¿no crees?

    —Pero los demás no lo aceptarían. Bueno, Kanyu tal vez no tenga problema, pero Sentsa y Ate no van a querer.

    Y tú, Yuska, contesta, con la exagerada convicción de una heroína:

    —Yo me ocupo de los amargados, pero tenemos que hacer que se unan a nuestro jínnliù[6].


    4


    Esa determinación de Yuska de querer incluir a los gemelos en su jínnliù desconcertó a Hinta al punto en que su voz adquirió una agudeza nerviosa.

    —Pero, ¿por qué quieres que sean nuestros… jínnyi? —preguntó Hinta, atónita— Sentsa y Ate no lo aceptarán en absoluto.

    —Ya te dije que yo me encargo de ellos —contestó Yuska, con la mano en el esternón. Ya habían pasado las puertas del instituto, le quitó el candado a su bicicleta para liberarla del aparcamiento que había en la entrada—; tú busca a Sinke y dile que se una a nuestro jinnliù —dijo mientras montaba su bicicleta, instantes después comenzó a alejarse pedaleando, y gritó—: ¡Avísame de inmediato cuando te diga que sí!

    Hinta nunca antes había ido en contra de las decisiones de Yuska, pero esa era la primera vez que el motivo de una de sus repentinas ocurrencias quedaba fuera de su comprensión, o más bien se negaba a querer comprender. Por el momento no parecía ser más que una intensa curiosidad hacia dos personas extrañas, pero el querer admitirlos como jínnyi era demasiado.


    ***​


    Han pasado las clases. Sinke se encamina a la azotea del edificio de los primeros años. No hay nadie más en el lugar. Los dedos suavemente se entrelazan en los agujeros de la malla metálica que rodea el precipicio. Observa tranquilamente a los pocos jóvenes que todavía están dirigiéndose hacia la salida, esperando a que salgan todos. Hinta se acerca lentamente, confundida por ser esa la primera vez que lo ve con una actitud tan calmada.

    —¿Sinke? —lo llama manteniendo su distancia.

    El gemelo no voltea. Sigue mirando las luces del sol que ilumina los patios y los caminos blancos entre los edificios.

    —Hinta Semt, la chica cohibida de mirada calma y cabellos áureos, ¿a qué debo el incalculable, inconmensurable, colosal, exorbitante honor de ser de tu atención merecedor?

    —Eh... Alguien me dijo que te vio subir hasta aquí, y quería preguntarte algo…

    —¿Tiene que ver con la manera en que percibimos la realidad y las implicaciones que consigo a la mente humana acarrea?

    —Eh… no… verás, otros chicos y yo decidimos que…digo… quisiéramos que fueras parte de nuestro jínnliù.

    Lentamente la reja queda libre de las manos del gemelo. Hinta se encuentra observada por unos ojos anaranjados auténticamente sorprendidos.

    —A mi entender —dice Sinke como si hiciera memoria— la noción y práctica del jínnliù es, entre los danzilmareses contemporáneos, anticuada.

    —Pues así estamos nosotros. Me pidieron que te preguntara si querías unirte… somos Sentsa, Ate, Kanyu, Yuska y yo… Yuska le pedirá lo mismo a tu hermano.

    Sinke la mira inquisitivamente, como si las palabras de Hinta fueran una gran trampa.

    —¿Por qué quieren que mi hermano y yo formemos parte de su jínnliù? —El tono de su voz es más confiable, pero sólo un poco menos arrogante.

    —No lo sé, fue idea de Yuska —contesta Hinta bajando la cabeza.

    El gemelo se aleja de Hinta y vuelve a la reja, que recibe su peso sobre su suave metal. Se queda ahí meditando. Al verlo así, Hinta cree entender la curiosidad de Yuska. Observa ese cambio tan extraño en la actitud de Sinke sintiendo que ve a un ser salido de una pintura. Pese a que no puede verle el rostro, tiene el presentimiento de que no sonríe al contemplar el abismo, su lenguaje corporal le da la impresión de que su mente está sumida en una reflexión melancólica.

    —Por supuesto que acepto —contesta Sinke, con una abrupta felicidad.

    —¿En serio? —exclama Hinta, incrédula.

    —Así es, después de todo, he de suponer que, en el intrigante camino de la existencia, toda experiencia, por más banal que sea, digna de análisis es —dice con los ojos cerrados mientras se dirige hacia la puerta de la azotea—. Por cierto, Hinta, así como los acompañantes de Ulises en su odisea, como Sancho Panza con el Quijote, como la mujer del médico con los ciegos, como la bella vida simbiótica de la Cymothoa Exigua con cualquier otro pez, un especial y leal jínn para ti intentaré ser.

    Hinta aún pensaba que se lo estaba tomando todo como un juego, pero no dijo nada.

    —Aunque pensándolo bien —dice Sinke, fingiendo ingenuidad—, la Cymothoa Exigua suplanta totalmente la lengua del pez… así que creo que ese es un mal ejemplo —y desaparece tras la puerta, dejando a Hinta con muchas preguntas en la boca.


    ***​


    Al día siguiente Yuska contó a los demás su idea de unir a los gemelos al Jinnliù, y también dio la noticia de que Sinke ya había aceptado. Después de una acalorada discusión, en la que Sentsa intentó en vano disuadirla de tal tontería, Yuska logró convencerla de que la manera más justa de decidirlo sería con una votación. Los que se opusieron fueron, evidentemente, Sentsa y Ate, pero para sorpresa de esos dos, Hinta estuvo a favor. Se enteraron de que había sido ella la que se lo había pedido a Sinke. Perdieron un poco de tiempo preguntándole a Hinta por qué de repente apoyaba la idea de Yuska; Hinta respondió que tal idea le comenzaba a parecer interesante porque los gemelos podían ayudarlos con los estudios, aunque en el fondo lo decía para no admitir que sólo lo hizo para complacer a Yuska. No pudiendo convencerla de cambiar de idea, todo recayó en la decisión de Kanyu. Él no solía tomar ningún tipo de iniciativa ni decisiones importantes para su grupo; se limitaba únicamente a seguir lo que los demás hacían, y no se sintió para nada cómodo tomando esa decisión. Osciló durante el resto del día entre los argumentos que le daban ambas partes. Yuska y Hinta alegaban que resultaría interesante convivir con ellos, y reiteraron que podían resultar útiles si eran unos genios en los estudios, razón que le pareció un tanto egoísta y aprovechada, aunque sintió que también tenían el honesto propósito de conocerlos como personas. El lado de Sentsa y Ate no era más convincente ya que se limitaban a juzgar sus comportamientos antisociales y extravagantes, alegaron que iban a resultar más una molestia que algo positivo, cargas innecesarias que perjudicarían la vida de jínnliù que habían tenido desde hacía años. Sin embargo, al final del día Kanyu se decidió a favor de la posición de Yuska y Hinta.

    —Creo que todos deben tener una oportunidad de relacionarse mejor con la gente—fue la razón que dio, algo patética para los enojados Ate y Sentsa, pese a que pasó horas eligiendo las palabras exactas para intentar sonar al menos un poco convincente.

    De ese modo fue decidido que los gemelos iban a formar parte de ese grupo de jínnyi. La noticia de la aceptación fue anunciada a Sinke por medio de Yuska, la cual le dio los números telefónicos de todos y se propuso a empeñarse más duramente para convencer a Yake, pero Sinke, con una sonrisa malvada, sugirió que sería mejor que él lo hiciera.


    ***​


    Durante todo ese día (y el anterior también) Yake había estado eludiendo y soportando a Yuska. “¿Por qué no te unes a nuestro jinnliù? Será muy divertido”, era lo que ella más le insistía. Él ni siquiera se molestó en preguntar las razones de tan terca proposición.

    Yake no se sorprendió de ver a su hermano esperándolo muy campantemente a la salida de la escuela, recargado contra un poste de luz. Sinke, tras ser ignorado como si no estuviera ahí, caminó tras él.

    —¿Han llegado a tus oídos las buena nuevas, hermano? —preguntó con un fingido tono soñador— ¿Para qué pregunto? Bien sabes que las miradas de la siempre inquieta realidad en tu lúgubre figura se han posado. Pero, como siempre, la has rechazado sin explicación ni razón dar.

    —No me uniré a un jinnliù —dijo Yake, tan expresivo como el concreto que iba pisando.

    —Absurdo es, no te lo negaré, hermano, mas por eso he de decirte que como una nueva experiencia, o experimento, deberías verlo, para así, quizás, nuestros horizontes en esta realidad poder ampliar.

    —¿Tú planeas seguir aquí mucho tiempo más?

    —Sin importar cuánto tiempo sea, preciso es explorar sin prisa por terminar.

    —Entonces únete tú solo.

    Sinke rio en voz baja mientras continuaba siguiéndolo. Durante un rato del tranquilo camino, observaron a la gente que a su alrededor desempeñaba las labores que la realidad les tenía deparadas. Los padres iban a buscar a sus pequeños hijos de la escuela, caminaban tiernamente tomados de la mano, mientras que, violando la extraña razón de los gemelos, caminaban tranquilamente con los ojos cerrados. Unos jóvenes adolescentes se estimulaban el interior de la boca con la lengua justo en medio de la acera, para un momento después despedirse la chica con un coqueto giño. Un gato de rostro ligeramente antropomorfo dormía a sus anchas sobre un muro.

    —Aunque a veces no lo parezca, hermano, soy perfectamente capaz de comprender lo que dices —dijo Sinke mientras esperaban que el semáforo cambiara para cruzar una calle—, sé que no hay manera de convencerte de esto usando argumentos, pues por más racional que quieras considerarte, la verdad es que eres un irracionalista como yo, así que mejor lo haré de otro modo: hagamos una apuesta.

    Yake lo miró de reojo.

    —¿De qué exactamente?

    —Te apuesto que, si logras permanecer un año en este jinnliù, en algún momento descubrirás que, sin importar lo irreal de este mundo, algo de profundo interés podrás sacar que te convenza de seguir siendo y estando aquí, tal y como es mi parecer.

    —¿Y si no es así?

    —Si en un año tu mente no ha encontrado algo que la apacigüe dentro de este grupo de jínnyi, algo que nos haga sentirnos menos extranjeros en este mundo, admitiré, pues, que esta realidad insignificante es, y que al querer alejarte de ella razón has tenido, al contrario del cómo ha sido mi actuar, y haré contigo todo lo posible para dejar de ser y estar aquí —sonrió humildemente; era una humildad honesta, sin pretenciones, auténticamente dispuesta a admitir una derrota.

    Yake observó el vacío en silencio. Analicé su expresión mientras él meditaba con la mirada baja; se murmuraba a sí mismo sin mover la boca, la tensión de su cuerpo era como la de aquellos que se sienten al borde de una decisión importante, pero al mismo tiempo avergonzándose por la indudable trivialidad de la misma. Esperando a que cambiara el semáforo, mientras Sinke esperaba la respuesta de su frío hermano, el cual alzó la vista melancólicamente al extraño cielo de color azul, supe que me hallaba en una encrucijada que dividiría de nuevo la realidad (una división mucho más importante que todas las que habían sucedido hasta ese momento). Desafortunadamente, mi condición no me permitía atestiguar más que uno de los infinitos caminos que en aquel instante se generaron. En mi caso, el inexpresivo muchacho sólo asintió una vez, como si tuviera la certeza de estar tomando una decisión de la que se arrepentiría. El semáforo les permitió pasar. De inmediato, Sinke lanzó una exclamación de victoria, y mientras cruzaban la calle marcó el teléfono de Yuska para comunicarle la noticia:

    —¡Ya somos parte del jinnliù, estimada!



    [1] Saludo danzilmarés muy formal; expresa humildad o vergüenza, no tiene traducción exacta.

    [2] Esta costumbre está muy extendida en Danzilmar. Se lleva a cabo incluso en los niveles de educación superior y en la mayoría de los empleos formales.

    [3] Para los danzilmareses, el color anaranjado representa tanto la vida como la muerte por ser el color del alba y del ocaso.

    [4] Esta parte también puede interpretarse del original como “cuya irritabilidad aún estaba escondida pero no era invisible”.

    [5] En Danzilmar, asirse a la ropa de alguien tiene connotaciones sexuales.

    [6] Me ahorraré la descripción del concepto de jínnliù dado que se explicará más adelante, en varios momentos de la novela.


    Si te gustó este relato, tal vez te interese leer otros de mis escritos:
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    Luix

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    Creo que realmente me tardé más de lo que tenía provisto, pero puedo asegurarte que me he divertido mucho.


    Me ha sido "nuevo" tu manera de relatar la historia de principio a fin, es interesante como cambia la perspectiva al leer cada párrafo. Aunque también debo admitir que en algunos momentos, no se si por falta de palabras o por el mismo hecho de mi falta de costumbre al tipo de escritura que tomaste, me perdí un poco teniendo que releer algunas palabras.

    Yuska me ha causado muchísimas risas, y es que no podía simplemente ignorar el asunto, su terquedad por convencerlo hasta la llevo a hacer tremendas "locuras" por poner una palabra. De ambos gemelos siento bastante curiosidad, no se si porque parece que no fueran del sitio, más allá de su apariencia peculiar.

    Fue entretenido también la manera de hablar de Sinke, me recordaba un poco a historias antiguas y a su vez me daba el aire de "novedad" en su habla. Creo que eso me da mas razones de pensar en el "porqué" Yuska estaba más interesando en el más serio y apartado de ambos muchachos, el que tenia un aire más a chico peculiar, mientras el otro con su vocabulario parecía haber salido de una pantalla.

    Por otra parte, su grupo o más bien el resto también han llamado mi atención, al estar entre el interés y su poca aceptación por ambos. Y, aunque haya sido muy retardada al leerte, me gustaría sin dudas saber de una continuación, la trama me es muy atrayente a vista.

    Saludos.
     
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  3. Threadmarks: Capítulo 11. Voca me cum benedictus
     
    Paralelo

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    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
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    Capítulo 11. Voca me cum benedictus


    33


    La canción extraña que cantaba Sinke decía:

    Confutatis maledictis

    Flammis acribus addictis…


    ***​


    Recuerdo muy bien la sorpresa que mis jínnyi expresaron en aquel momento. Sentados alrededor de la mesa en aquella aula, abandonada en los confines del edificio de clubes, mi hermano comenzó a explicar nuestras actividades como club. ¿Qué podía hacer yo? Oculto tras un libro finjo que no escucho, pero entiendo las extrañas ideas de mi hermano. Sentsa se enoja al oírlo decir que debemos representar cada vez una actividad diferente que critique los valores de la sociedad, las creencias, y en general todo lo que se tome como un hecho innegable del funcionamiento del mundo. “¡No puedes decir esas cosas a la gente de ese modo!” exclama ella; Kanyu la tranquiliza con la palma y palabras tranquilas que no terminan de apoyar ni una u otra idea. Finjo que no veo, pero percibo a la inquieta Hinta y escucho la nerviosa percusión de sus talones contra el suelo de loza. Ate está con la barbilla apoyada en la mano y el codo clavado en la mesa. ¿Qué hacía yo ahí? Me pregunto de nuevo, insignificante como el concepto del alma, rodeado de esos seres con los que había decidido intentar congeniar. Mis propios recuerdos y reflexiones me marean y fastidian, pero mi mente terca insiste en gritarme directamente hasta la parte más sensible de mi ser que nada ni nadie a mi alrededor es real, y hasta yo me canso de esos pensamientos, pero soy prisionero de ellos, prisionero de mi propias certezas. Intento leer pero mi mente no se calla; no tengo más opción que escuchar y opinar para mí mismo. Sinke deja de hablar por fin y decide que al día siguiente nos reuniremos después de la escuela para nuestra primera actividad como club. No dijo cuál sería y no me importaba.

    Vuelvo a casa a paso lento. Afortunadamente ese día Yuska fue a entrenar con su bicicleta, por lo que no tuve que soportarla acompañándome y sus pláticas triviales. Lo siento, intentaré omitir mis momentos quejumbrosos.

    Al día siguiente, Sinke nos condujo hasta una casa abandonada en un barrio pobre. Para llegar tomamos dos autobuses y un largo trayecto caminando. Durante todo el camino, Sentsa no paró de preguntarle a dónde nos llevaba, pero él, con su pose y habla teatral, dijo que iba a hacer un experimento muy importante para la mente humana. El padre de Hinta llama un par de veces; la primera vez al celular de su hija, quien nerviosamente le contesta que se encuentra en actividades del club sin dar muchos detalles; la segunda vez, al celular de Sentsa, quien previendo la inminente llamada había sacado el celular, el aparato sólo sonó una vez y Sentsa contestó para confirmarle al estricto hombre que su hija no mentía, y el idiota de su padre lo aceptó todo sin siquiera preguntar en qué lugar exacto nos encontrábamos. Hinta parecía afligida por la desconfianza de su padre, Kanyu le sonrió y le palmeó suavemente la cabeza para animarla.

    La sirena de una patrulla se escuchó a lo lejos. Sinke explicó que ese barrio había sido víctima de varios ladrones durante la última semana, Sentsa le reclamó que los había llevado a un lugar peligroso, pero él les aseguró que con nosotros dos nada malo les pasaría, me miró alzando la ceja y asentí. Yuska intentó tranquilizarla más recordándole de nuestra gran fuerza y habilidades combativas, incluso mencionó nuestro problema del agua; Sentsa reclamó que aquello no parecía muy importante en esa situación.

    Sinke se la pasó hablando sobre cómo la mente humana reacciona a las circunstancias y toma decisiones con base en sus emociones antes que en la lógica. Kanyu le da la razón como un niño que escucha a un adulto hablarle sobre cómo cruzar la calle. Ate bosteza pero también lo escucha, con oídos perezosos, como si Sinke hablara en español.

    La casa a la que nos condujo había sido abandonada desde hacía más de cinco años, me enteré después. No tenía puerta principal, de manera que cualquiera podía entrar. La maleza había penetrado las paredes y la escalera, las ventanas estaban opacas de polvo, las esquinas con telarañas, la pintura cayéndose, dándole a las paredes un aspecto leproso. Yuska dice con malicia que debía ser aterrador estar ahí de noche, y recorrió el interior de la casa con curiosidad infantil. La seguí a una habitación en el segundo piso porque Sentsa así me lo pidió; ella prefería vigilar a Sinke mientras éste seguía parloteando y hablándoles de la historia de la casa y el barrio como si fuera un guía.

    Llegamos a una habitación con una cama, el único mueble en la habitación, y Yuska reparó perpleja en una decena de teléfonos celulares de buena calidad yaciendo sobre ella; todos ellos de marcas costosas, también había un pequeño televisor blanco en el suelo pegado a la pared que encaraba a la puerta. Corrió rápidamente al piso inferior a relatar su descubrimiento como si fuera un tesoro, mas mi hermano les contó que había sido él quien había puesto todo en ese lugar. Preguntas, preguntas, preguntas, mejor seguí recorriendo la casa.

    Pasé la cocina polvorienta, el refiregador oxidado y los lavamanos llenos de suciedad y hojas, y llegué al patio trasero. La maleza fresca se combinaba con la marchita entre las grietas del suelo de ladrillo, unas cuantas sillas rotas pegadas a la cerca descolorada, e islas de tierra un un mar de césped seco. Esa escena no me interesaba mucho, pero era preferible a tener que regresar con mis jínnyi.

    Me siento ahora un rato y mi mente intenta volar lejos de ahí, pero las cadenas de esta realidad me sujetan; mi mente regresa hasta aquellos seres con los que comparto experiencias, y lucho por pensar mejor en cosas más serias conmigo mismo y dejar de quejarme tanto. Sin embargo, esa dicotomía de la seriedad y banalidad de la vida me vuelve a parecer cada vez más absurda; llego a cuestionarme si estoy mejor ahí, abandonándome, para no pensar en los cambios que mi mente y razonamiento han tenido a causa de las circunstancias que he estado viviendo. Mi propia seriedad vuelvo a sentirla tan trivial como el resto de la realidad. Sí, lo sé, hermana[1], volví a quejarme, lo siento. Pero afortunadamente no pierdo mucho tiempo pensando en eso, pues la adormilada voz de Ate vino a anunciarme que ya era hora de hacer lo que mi hermano había planeado. Me levanto sin preguntar.

    Mi hermano había colocado una serie de letreros y trípodes de madera que había dejado en un armario con antelación, las letras y las flechas que había en los letreros estaban hechas con pintura fosforescente. Amarró uno de ellos en un trípode que posicionó delante de la puerta de la habitación con los aparatos, hizo lo mismo con la escalera, luego delante de la puerta principal, y dos más en la acera adelante de la chirriante reja oxidada que permanecía siempre abierta.

    La noche estaba a punto de caer para entonces. Mi hermano nos hizo cruzar la calle, donde había un terreno baldío con mucha maleza y árboles, y nos hizo ocultarnos ahí. Desde nuestra posición podíamos ver perfectamente el letrero delante de la casa, los mensajes puestos dándose la espalda de manera que cualquiera que caminara por ahí los viera. Kanyu preguntó por qué todos los letreros decían “Entre a robar aquí gratis” sobre dibujos de flechas, mi hermano contestó que era para probar la mente humana, y todos, menos Yuska, lo dieron por loco.

    Estuvimos esperando bastante rato en la casi completa penumbra, los pocos postes de luz que había a lo largo de la calle fallaban, dejándonos breves momentos de parcial oscuridad. Al menos había un poco de luna que evitaba que mis jínnyi cayeran en la cegera. Mi hermano tarareaba suavemente un fragmento del Requiem en re menor de Mozart.

    Sentsa no dejaba de insistirle a mi hermano que ya debíamos de irnos, puesto que el padre de Hinta no paraba de llamarle para saber por qué no volvían, y siempre le contestaba que ya no faltaba mucho. Ate anunció entonces que alguien se acercaba. Era un hombre con ropa de motorista y pañuelo azul que caminaba con apuro y cojeando un poco del pie derecho; sus brazos se balanceaban paralelamente a su cuerpo, y sus puños se movía inconscientemente como accionando el acelerador de una motocicleta invisible. Mi hermano lo notó, lo anunció y dijo, sin tomárselo muy en serio, que quizás había perdido su motocicleta, o la había estrellado y no podía pagar sus reparaciones. Kanyu sugirió inocentemente que quizás se había cansado de la moto y había preferido una bicicleta; luego, miradas perplejas sobre él. Yo me reservé mis opiniones.

    El sujeto pasó frente al letrero y lo leyó, luego dio un vistazo a la oscura casa y su puerta abierta, dudó un momento, pero al final decidió seguir caminando, aunque volteó a mirar el letrero tres veces antes de doblar la esquina.

    No pasaron cosas interesantes en un rato. Otras personas también pasaron junto al letrero, pero casi todas pasaban de largo, una incluso se rio. Sentsa no dejaba de apurar a Sinke para terminar con esa locura de una vez, y él le prometió que si la siguiente persona no caía, iban a poder irse. No mucho después de que dijera esas palabras, Hinta anunció que el primer sujeto estaba volviendo en compañía de alguien; otro hombre de aspecto rudo y ropas similares, pero más alto y de cabello largo, muy enredado como las hierbas de una selva. Ambos hablaron algo en voz baja frente a la casa, el alto dudaba y se mostraba reacio, el primero insistía y lo animaba, quién sabe qué demonios pasaba por su mente, yo no podía especular nada que no diera a una respuesta sin sentido, era o muy tonto o muy ingenuo, si es que existe diferencia entre ambas definiciones que se pudiera aplicar en esas circunstancias.


    34


    —Nadie en su sano juicio entraría en una casa a robar sólo porque un letrero diga que puede hacerlo —murmuró Ate.

    —¿Crees que éste lo hará, Hinta? —preguntó Yuska, como si fuera una apuesta.

    —Bueno… hay mucha gente en el mundo, entonces puede haber alguien que sí.

    Los tipos se metieron entonces al patio delantero y sacaron una linterna antes de entrar en la casa. Sinke sonrió triunfal.

    —¿Ahora qué? —preguntó Ate.

    Sinke sacó de su mochila un pequeño aparato que parecía un control remoto con una pantalla, y en ella se vio el interior de la habitación. Explicó que había una cámara de visión nocturna escondida en el televisor para asegurarse de poder observarlos. Presumió y explicó brevemente que ese televisor era un nuevo prototipo de la empresa de sus padres, que podía controlarse incluso a gran distancia. Un momento después, la cámara mostró a los dos hombres abrir la puerta y sorprenderse al iluminar con la linterna tantos teléfonos móviles sobre la cama. El tipo alto todavía estaba receloso de agarrar todo eso, pero el otro parecía no poder creer su suerte. Sinke sacó otro aparato de su mochila, su forma era de un prisma rectangular con pantalla táctil.

    —¿Qué es esa cosa? —preguntó Sentsa.

    —Esta cosa es un nuevo aparato de la empresa de mis padres. En resumen, es como un control remoto universal, una de sus funciones de utilidad más discutible es la de localizar uno o varios teléfonos celulares como si estuvieran recibiendo una llamada en caso de perderse. Aunque habría que inventar algo que encuentre esta cosa en caso de que también se pierda.

    —¿Qué vas a hacer con eso? —preguntó Hinta, previendo que algo extraño iba a ocurrir.

    En vez de contestar, Sinke sólo presionó unos botones en la pantalla táctil. Inmediatamente, todos los teléfonos comenzaron a sonar fuertemente y a vibrar con tanta intensidad que cayeron de la cama y se arrastraron por el suelo de adelante a atrás como anfisbénidos, de ellos comenzaron a sonar desgarradores sonidos de gente gritando, niños y mujeres llorando, y mucho ruido, como si estuvieran golpeando grandes objetos de metal y cadenas chocando, el agudo grito de un bebé resonó con potencia. Fue tan repentino que los dos ladrones se quedaron sin aliento, pálidos y paralizados de miedo, sintiéndose llevar completamente por el ambiente aterrador, al cual sus mentes sucumbieron. Desde la pantalla se podía ver y oír todo lo que sucedía, incluso los jínnyi se asustaron por tales sonidos endemoniados. Sinke apretó otra opción en el aparato, y, acercándoselo a la boca, comenzó a imitar un ridículo tono fantasmal, y en el interior de la casa se escucharon sus palabras saliendo de varios micrófonos en el televisor, su voz teatralizada, distorsionada por el aparato para sonar grotesca y diabólica, se mezcló con los aterradores sonidos de los teléfonos.

    —¡Úuuúuu! ¡Uúuuúu! ¡Wajajajajá! Han caído en mi trampa juas jus jues juos juis[2], ahora serán llevados al infierno ¡skaparapaturiparaturipiraturipirataratoretaritó[3]!

    La pasó el aparato a Kanyu, y, exagerando sus ademanes, le indicó que hablara.

    —¿Eh? Esté… hola, señores ladrones —intentaba controlar el temblor de su voz, pero sólo conseguía sonar más nervioso, Sinke había modificado la distorsión para que se oyera aguda y penetrante como la de un niño torturado— eh…supongo que… estoy en el infierno…

    Yuska, emocionada por el juego, le arrebató el aparato y rio lo más malévolamente que pudo.

    —Son muy idiotas por hacerle caso a un letrero, ¿enserio creían que alguien iba a dejarlos robar tan fácilmente? No, ¡ahora vendrán al infierno! —rio de nuevo.

    Sinke tomó el primer control y activo el pequeño televisor blanco, que funcionaba con baterías, y en la pantalla sólo se mostró estática a volumen ensordecedor.

    Los dos hombres salieron corriendo de ahí, tropezando con todo y casi resbalándose en la acera, y se perdieron tras los parpadeos de la luz de la calle.


    ***​


    El autobús continuará con su camino al centro de la ciudad en cuanto los jínnyi suban en él; estará casi vacío (o muy lleno, según el universo), y se sentarán en la parte de atrás (o de adelante).

    Yuska se reirá de cómo aquellos hombres habían salido corriendo asustados, mientras que Hinta será más piadosa y le dirá a Sinke que aquello había sido cruel; para Ate, se lo tenían merecido por haber sido tan crédulos; Sentsa se reservará sus opiniones por no tenerlas claras; Kanyu estará más pálido de lo que era su tono natural de piel.

    —No te alarmes tanto, Hinta— dirá Sinke, sujetando el televisor blanco—, en realidad todo esto no fue una coincidencia. Verán, días antes estuve por esos lugares observando, a causa del aumento de robos que dieron en las noticias, y noté que ese tipo del pañuelo azul siempre pasaba por aquella casa, lo seguí discretamente hasta un lugar donde comenzó a hablar con el tipo alto acerca de planear un robo a una casa precisamente este día. Mientras los espiaba, una cosa que me llamó mucho la atención de este tipo era que parecía ser muy confiado en todo, si el otro temía que pudiera haber un perro, él decía que no, que no iba a haber nada, si decían que podía haber alguien armado decía que no, no iba a haber nadie armado, es decir, siempre rechazaba la idea de que pudiera pasar algo malo. Quise probar hasta qué nivel iba a llegar su confianza; por eso fue que planeé todo esto.

    —¿Hiciste todo eso solamente para asustarlos? —preguntará Sentsa, incrédula.

    —Bien sabes, estimada, lo mucho que me gusta lo innecesariamente elaborado.

    —En verdad fue mucho más que sólo ver si entraban o no —dirá Yake de repente. Todos lo mirarán en silencio, como cada vez que el gemelo se digna a hablar—, lo importante fueron las circunstancias posteriores. Cuando los celulares comenzaron a sonar, el sonido era el de la supuesta psicofonía de los sonidos del infierno que se popularizó en internet, y en ese ambiente fue suficiente para generar miedo en ellos, impidiéndoles pensar con claridad. Pero luego, lo más absurdo de todo, el tono tenebroso de la voz distorsionada de los micrófonos tuvo más efecto en ellos que las estupideces que decían todos. No importa que tan tenebrosa sea la voz; sólo dice tonterías. Pero ellos se dejaron llevar por su miedo en lugar de razonar que quizás había una explicación para todo. Si hubieran esperado un poco más, se habrían dado cuenta de que nada iba a suceder; todo seguiría haciendo alboroto, pero nada más.

    Ante eso, Yuska asentará la barbilla sobre su mano y dirá con una leve risa que ese va a ser un club divertido.

    Cuando llegue el momento de separarse, Sinke les prometerá que no todas las actividades del club serán de ese modo, sino que todos ellos se turnarán para elegirlas. Sentsa se aliviará al oír eso.

    Los aparatos que Sinke habrá llevado a aquella casa abandonada serán descubiertos al día siguiente por unos niños de bajos recursos que tendrán la costumbre de ir a jugar ahí. Sinke contará años después que, cuando los ladrones se hubieron ido, él volvió a la casa para recoger el televisor y borrar los sonidos del infierno de los teléfonos, los acomodó sobre la cama y se fue. Abandonó también los letreros.



    [1] Yake está hablando con alguna de sus hermanas que protagonizan otras novelas similares a ésta.

    [2] Estas risas tienen como núcleo el orden de las vocales en danzilmarés: a, u, e, o, i. Al combinarlas en una sola palabra (“auéoi”) se crea una interjección que expresa burla y desprecio.

    [3] El orden de las vocales “auí, áoe, aió” forman interjecciones para indicar diferentes grados de dolor. Las consonantes sólo están para disfrazarlas.
     
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    Me impresiona mucho tu manera de relatar, me encanta como débilmente juegas con las palabras y de hecho estas mostrando un dato interesante del ser humano incrustado entre la lectura. Es verdad que muchos antes de pensar en algo lógico, se alteran ante las emociones sentidas.

    Por sobre ello, aunque en la parte donde pones las expresiones para atemorizar a los "asaltantes" me llegue a sorprender por no comprender inmediatamente, fue una de las partes más importantes que llegó a causarme más risa.

    Bueno, hasta donde he llegado a ver, no he notado faltas y sin decirte que aún siento interés profundo en esta historia. Es un gusto seguirte leyendo.

    Saludos~
     
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  5. Threadmarks: Capítulo 2. Ônimat
     
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    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
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    Capítulo 2. Ônimat[1]


    5


    Al sujetar una manzana, más por curiosidad que por hambre, Yake la sostenía descuidadamente y observaba intrigado su profundo color azul verdoso como el agua de un arrecife. Cuando al caminar por la calle alguien le interrumpía para pedirle la hora o que le indicara una dirección, él siempre contestaba la pregunta de forma concisa y fría, y sin perder el tiempo se alejaba para no tener que seguir soportando la ridícula sonrisa de parábola y la pequeña protuberancia que tenían por nariz aquellos seres. Su habitación carecía de espejos para no tener que ver sus propias facciones y recordarse, sintiendo su espíritu vacilar, que él en apariencia era como ellos. Casi no sentía la necesidad de salir de su habitación al regresar de la escuela, únicamente haciéndolo por la tarde para ejercitarse un poco. Muchas noches salía a dar silenciosos paseos por las partes más tranquilas de la ciudad, sintiéndose siempre como un ser salido de una pintura viviendo en un mundo de caricatura, y se apartaba a algún lugar en el que contemplar el cielo del atardecer o el horizonte del mar. Todo aquello, pensaba, era un salvavidas que evitaba su integración en ese mundo.

    Al día siguiente de su unión al jínnliù, durante el receso, sentado bajo la sombra de una gran palmera en compañía de sus nuevos jínnyi, leía La metamorfosis de Kafka mientras pretendía ignorar a los demás, lo que no evitaba que Sentsa y Ate le lanzaran unas miradas de desconfianza.

    —Disculpen el retraso —exclamó Sinke cuando llegó—, la realidad mi atención de nuevo ha requerido en la forma de una abejilla que se ha posado sobre mi hombro… pero bueno, ¿qué fabulosa, productiva, y obviamente súper-relevante-para-nuestro-crecimiento-emocional actividad de jínnliù hoy hemos de hacer?

    —Pues por el momento sólo estamos almorzando —contestó Kanyu mientras, con algo de pena, jugueteaba con el tenedor el draóhi[2] que había traído de almuerzo.

    —¡Bah! Hasta el más primitivo de los vertebrados sabe comer —contestó Sinke—, ¿eso es lo mejor en lo que pueden pensar? ¿La ingesta de alimento?

    —¿Acaso ustedes no comen? —preguntó Ate, irritado por el tono teatral de Sinke.

    —De poco alimento nuestros cuerpos requieren, no sólo de draóhi vive el danzilmarés, sino de toda palabra que salga de los que críticamente vivan.

    —¿Eh?

    —Mejor háblenos un poco de ustedes —interrumpió Hinta, queriendo romper la incomodidad—, creo que es lógico que nos conozcamos un poco más ahora que son nuestros jínnyi, ¿o no?

    —¡Ah! La antigua tradición de la comunicación y exposición del propio temperamento, personalidad e historia para una mejor relación en la asociación que este tipo de amistad significa —dijo con un tono poético—, ¿qué es, pues, lo que saber de un humilde individuo como yo deseáis?

    —¿Por qué hablas con el antiguo estilo danzilmarés? —preguntó Ate— Suenas demasiado extraño, da vergüenza escucharte.

    Sinke rió suavemente.

    —Pues solamente, estimado e irritable Ate, que en el arte del refinado hablar de los antiguos marü, mi espíritu una ilimitada muestra de seria expresividad encontrado ha…

    Continuó hablando durante un rato sobre la belleza que encontraba en las partículas declinables del danzilmarés antiguo y la estética sobre la libertad de los componentes sintácticos cuando se hablaba en dicho estilo. Mientras que para la mayoría la situación era más bien incómoda, para Yuska era bastante entretenido. Sin embargo, observó cómo Yake, sumergido en la lectura, parecía completamente desligado de ellos, perdido en la soledad de la compañía indeseada.

    —Ya, ya párale —interrumpió Ate—, no tienes que dar toda una conferencia.

    —Bueno, mi estimado y poco culto jínn —contestó Sinke con arrogancia—… ¿por qué no nos hablan entonces sobre vosotros, ya que mi hablar afectaros y desorientaros parece? Sepan que dedicar una relación tan leal, como la que tengo con mi hermano, ante seres cuya naturaleza ignota me permanece, no pienso —dijo con tono bromista.

    —¿Qué quieres saber? —preguntó recelosa Sentsa.

    —Pues ¿cómo es que cinco chicos de tan divergentes temperamentos y características tan contradictorias se unieron en una sociedad tan profunda y de tanto valor social, moral y nacional como lo es el jinnliù?

    Escucharon los gemelos la breve historia de ese jínnliù, pero Sinke no estuvo satisfecho con las explicaciones que en ella se dieron. Exigió una razón más verosímil, pero no se la supieron explicar, si acaso la sabían.

    —Pues, es como tú con tu hermano —contestó Kanyu—, quitando lo de ser gemelos no se parecen en nada.

    Yake dio la vuelta a la página, indiferentemente.

    —Pero nosotros no decidimos compartir el útero en el que ser formados —contestó Sinke, su rostro se levantó con orgullo—, las circunstancias de nuestra enigmática concepción fueron totalmente contra nuestras opciones (¿Enigmática?). Pero ustedes, cinco chicos de sangre independiente, a voluntad han decidido asociarse de este modo tan peculiar. Por ejemplo, tenemos a Sentsa, la chica madura y anticuada que un ser con la responsabilidad de preservar la moral se cree, el holgazán de remolones ojos con la energía de un caracol, la alegre muchacha sinvergüenza de regocijante e infantil pero malicioso semblante, la linda chica silenciosa de nervioso mirar, y el risueño de lentes al que parece que la hija de los campos Elíseos le está estimulando con la boca.

    Sentsa y Hinta enmudecieron al oír eso; Yuska mostró una sonrisa roja. Ate soltó una risa ahogada con una pizca de vergüenza.

    —¿Qué? —preguntó Kanyu con una inocencia que filtraba vergüenza.

    —¡La alegría, estimado, la alegría! —exclamó Sinke— ¡La bella chispa divina en la cual, en tu embriaguez, parecieras penetrar ardientemente en su dulce y suave santuario![3]

    Sentsa hervía de indignación (de lo cual Yuska se burlaba con risas ahogadas), pero contuvo sus ganas de sermonearlo.

    —Eh… mejor no hablemos de eso —se apresuró a contestar Kanyu—, hablemos mejor de otras cosas.


    ***​


    “¿En qué piensa el danzilmarés al mirar su reflejo en el lago sino en ahogarse en su propia imagen?”

    Refrán danzilmarés[4].


    Ese sábado por la tarde, cuando Yuska se encontraba pasando en su bicicleta cerca del río Skér[5], que atravesaba la ciudad de Shorsta, se sorprendió mucho de ver a Yake apoyado en el barandal del puente, observando el agua. No lo pensó dos veces antes de acercársele lentamente y colocarse a su lado.

    —El agua se ve excelente como para nadar, ¿no crees? —preguntó tocádole las costillas con el codo, con tono de complicidad.

    Yake, sin sobresaltarse por la inesperada intromisión, continuó mirando el agua.

    —Si entro en esa agua —dijo— saldré más sucio de lo que estaba antes. ¿Qué quieres?

    —Nada en especial, sólo te vi mientras daba un pequeño paseo en mi bici.

    —Lamento habértelo interrumpido —dijo Yake y se dio la vuelta para irse.

    —¡No, espera! —lo detuvo Yuska agarrándolo por la manga— No tienes que irte, después de todo somos jínnyi, ¿o no?

    —De alguna forma —contestó Yake, resignado.

    Yuska caminó hacia él y le propuso que caminaran juntos por un rato. Él aceptó.


    ***​


    Caminan a lo largo del río. Algunos barcos se deslizan delicadamente en sus aguas ante el sol del ocaso. Yuska camina haciendo rodar su bicicleta a su lado y habla ahora de cosas cotidianas. Se da cuenta de que, a pesar de todo lo que habla, no le ponen la más mínima atención.

    —Oye… ¿Tienes algún problema conmigo? —pregunta obstruyéndole el paso, la voz dulce muy pretenciosa.

    —En absoluto —contesta Yake.

    —¿Entonces por qué no escuchas lo que digo? Se supone que somos jínnyi.

    —Porque sólo hablas de cosas pueriles —contesta Yake alzando la inflexión de su voz hasta sonar levemente quejumbroso, pero aún predominantemente tranquilo—, no me importan tus pensamientos sobre las confituras de las tiendas, ni sobre lo mucho que te incomoda que los libros de los aparadores se exhiban por las hojas en lugar de por la cubierta[6], o sobre lo aburrido que te pareció un programa de televisión que viste ayer. ¿Por qué debería prestarle atención a algo como eso?

    Pero ve que Yuska no está incómoda, o cualquier reacción que en esta realidad sería natural de ver en una persona ante tal respuesta, sino que la ve ponerse incluso más contenta; su rostro tiene una sonrisa de parábola y los ojos tiernamente cerrados, la cabeza levemente ladeada hacia la derecha.

    —¿Qué es lo que te parece bien? —pregunta Yake.

    Yuska se ríe en voz baja.

    —Es la primera vez que te escucho decir tantas palabras juntas; ni siquiera en tu presentación hablaste tanto… además ¡parecía que no me estabas escuchando cuando en realidad sí lo hacías!

    Yake se limita a observar el río como si con aquello se distanciara de esa nimiedad.


    ***​


    Sin embargo tal acercamiento fue considerado por Yuska como una ganancia, y, sintiéndose satisfecha, se despidió de él y se fue pedaleando rápidamente en su bici, quedándose Yake solo de nuevo.

    —Muy bien, hermano, muy bien —exclamó Sinke, quien salió detrás de unos árboles apenas Yuska se hubo marchado.

    —Si quieres espiarme, al menos no te descubras al final —dijo Yake.

    El cinismo del rostro de Sinke lo delataba.

    —Eso no importa. Ahora sólo tienes que llevarte mejor con los demás —continuó Sinke, como si se tratara de un sermón solemne—, después de todo, ahora son nuestros jínnyi, como hermanos. Por tanto debemos ser mucho más considerados con ellos.

    —¿Tanto como lo eres tú? —replicó Yake— Ya deberías darte cuenta de que nadie te soporta.

    —Quizás, pero al menos yo trato de acoplarme a la realidad.

    —No te acoplas; juegas con ellos. Ya llevamos varios días así y ni siquiera saben nada de nosotros, encima te burlas de su falta de coherencia. Además, para Yuska es obvio que no soy más que algo extraño, algo curioso que no le importa en verdad. Eventualmente se aburrirá de mí.

    —Te olvidas hermano, que la idea de esta incómoda situación mía no fue —se defendió Sinke—. Pero ya que estamos así, bueno sería intentar entenderla aunque sea un poco, ¿no crees? Además no te olvides de nuestra apuesta.

    Yake le dio la espalda, miró una última vez el río, cuyas aguas brillaban los últimos rayos del día.

    —Bien, pues entonces te veo en nuestra casa para luchar —dijo Sinke antes de irse—, esta vez no volveremos a empatar, te lo juro.


    6


    Durante varios días, vosotros y vuestros dos nuevos jínnyi continuasteis reuniéndoos en el mismo lugar. Para los demás no fuisteis más que un extravagante grupo que se limitaba a almorzar en conjunto. El locuaz de Sinke continuaba desconcertándoos con sus extrañas pláticas sobre diversos temas que no llevaban a ningún lado. Cada vez que alguno de vosotros intentaba sacar un tema de conversación más o menos normal para vuestro nivel, Sinke lo abordaba de una manera tan incómodamente florida y os conducía por caminos tan espinosos que preferíais cambiar a otro tema, el cual tampoco duraba mucho como tema de diálogo.

    Yake continuó cada día leyendo un libro diferente en lugar de prestar atención a las inútiles chácharas que vosotros sacabais, como siempre lo había hecho desde que os conoció. Pero al terminar la escuela tú, Yuska, siempre ibas acompañándolo en el camino de regreso a su casa mientras arrastrabas tu bicicleta, separándote de él en la esquina de la calle Hyú[7], frente a una panadería, y volvías a montar tu bici para regresar a tu casa. Ibas hablándole, como de costumbre, sobre los mismos temas sin utilidad, que no pasaban de ser simples tópicos juveniles sobre tu vida diaria, y de vez en cuando alguna mención sobre un tema serio, pero él siempre caminaba como si no te prestara atención, como si no fueras más que una molestia. No obstante (esto tú no lo viste claramente hasta tiempo después) en su interior la curiosidad crecía latente sobre tus verdaderos propósitos, pues continuabas sonriéndole con esa jovial parábola en tu rostro en respuesta a su frío mirar, ante el cual todos los demás preferían irse.

    —¿Por qué quisiste que me uniera a tu jinnliù? —te preguntó antes de llegar el momento de separarse— Entre tantas personas disponibles, muchas de ellas con una mentalidad e intereses más semejantes a los tuyos, te ha interesado ir tras alguien que es prácticamente tu opuesto en todo sentido.

    —Eh… si lo dices así suena un poco extraño —contestaste riendo.

    —Sabes a lo que me refiero. Deberías mejor juntarte con mi hermano y dejarme en paz a mí.

    Entonces el semblante se te tornó lo más calmado que pudiera volverse en tu personalidad, tu boca casi completamente recta.

    —Tengo un tío entomólogo que ya no vive en Danzilmar, pero cuando era niña solía ir mucho a su casa a hacerle algo de compañía, ya que él nunca tuvo hijos y me llegó a considerar como a una hija, y yo a él como a un segundo padre —dijiste eso último con la cabeza baja—. Él tenía una gran bodega donde guardaba en frascos cientos y cientos de insectos que iba recolectando. Algunos de ellos eran de lugares lejanos del mundo a los que él había viajado cuando era más joven. Todos tenían etiquetas con unos nombres que no podía pronunciar y flotaban en un líquido extraño y viscoso. Recuerdo que algunos me daban mucho asco y hasta miedo; había gusanos con tantos pies que no podía contarlos, mientras que otros eran babosos y no tenían ninguno, y algunos tan peludos como un oso; otros insectos tenían varios ojos y alas de colores, con mandíbulas que asustaban; había un gusano tan largo que más bien parecía una serpiente blanca, apretada contra las paredes del frasco que la encerraba. Le preguntaba a mi tío ¿Qué son esas cosas? Y él me contestaba Ese es un ciempiés del desierto, hay que tener cuidado porque se te mete por la nariz mientras duermes… ese es un gusano de los páramos del centro de Danzilmar, si no te los quitas lo antes posible, se te empezará a meter por debajo de la piel… y ese es un escarabajo azul, su picadura te provocará comezón por una semana… Yo no podía comprender por qué había querido dedicar su vida a estar rodeado de esas cosas tan extrañas y repugnantes. Me pasaba algunas horas observando cada frasco intentando averiguar lo que le gustaba tanto a mi tío sobre ellos, esas criaturas espantan a la gente y prefieren no tener nada que ver con ellos, sólo pisarlos y seguir como si nada con sus vidas. Mi tío me decía Me gustan los insectos porque las diferencias entre ellos son lo que los hacen fascinantes, sería muy aburrido que todos los seres vivos del planeta fueran siempre iguales, y me parece tonto que por ser desagradables se les deje de prestar atención, o algo así.

    Yake escuchó todo eso apáticamente, pero cuando terminaste su rostro se volvió reflexivo y curioso. Extrañamente, el volumen de su voz aumentó con una entonación analítica y emocionada cuando dijo:

    —Así que yo soy para ti como un desagradable insecto que con fascinación observas desde afuera del frasco, intrigada por lo diferente que soy de ti.

    —¿Eh? ¡Espera, no quise decir eso! —exclamaste, temiendo haberlo ofendido, y moviendo los brazos rápidamente como las alas de un colibrí.

    Yake no hizo caso a ese gesto, pues lo que sea que pasara por su mente logró hacer que ignorara cualquier cosa que pudiera molestarle en ese momento.

    —No importa; no me siento ofendido, y al menos ahora he confirmado que no me equivocaba en la interpretación de mis percepciones.

    —¿En serio? —preguntaste sorprendida, aunque no entendiste bien todo.

    —Prefiero la verdad cruda a un eufemismo hipócrita —contestó—, si no soy para ti más que un objeto de rareza que curiosear, no me importa en lo absoluto. No fue para mí más que una simple curiosidad ante un hecho insignificante.

    Te sentiste aliviada.

    Llegaron a su punto de separación y Yake continuó su camino sin despedirse de ti, pero lo detuviste jalándolo de la manga.

    —¿Por qué no nos vemos en el puente mañana? Aprovechando que es sábado, podemos dar una vuelta en mi bicicleta. ¿Te parece bien a las dos?

    Yake normalmente rechazaría tal oferta sin pensarlo; pero accedió, recordándose que esa chica ahora era su jínne y que tenía una apuesta con su hermano.

    Te alejaste de ahí tarareando[8].


    ***​


    —¿Y qué hacía Sinke?

    —Él, con una sociabilidad extrema, hablaba de todo lo que le llamara la atención. Si alguien le hablaba o preguntaba algo, él solía contestar con cien palabras lo que cualquiera podría haber dicho con diez, todo con el simple propósito de observar las reacciones de sus compañeros de mundo, y a veces burlándose interiormente de ellos. Al mirarse del espejo tenía sentimientos contradictorios; por un lado se daba risa, se burlaba de sus colores, de sus facciones dibujadas y de sus formas trazadas en un modo que, por alguna razón, sentía anatómicamente incorrectas. Por otro lado, sentía también una intensa fascinación por su propia imagen; le parecía que aquella forma era tan irreal, tan inverosímil y extraña, que el sólo hecho de existir de ese modo era ya un hecho fantástico, digno de ser contemplado y estudiado. Sinke estaba convencido de que hasta en las cosas más cotidianas e insignificantes se encontraba escondida, latente como un pájaro en el huevo, una razón para sentir que valía la pena ser parte de ese mundo, o al menos eso era lo que expresaba a su hermano, pese a que su actitud diaria no pareciera reflejar ese propósito.


    ***​


    —… La idílica belleza de una partícula declinable danzilmaresa, portadoras orgullosas del agraciado estandarte del refinamiento sintáctico y de la libertad hiperbática, mis sensibles sentidos, buscadores de fascinación y embeleso, excitan como a los átomos de un cuerpo el calor. Un realizador indicado por un Ya deviene un directo receptor al mutar la partícula a un Yim, que también un recibidor al cambiar a un puede ser. En un solitario ser un Yèu te puede transformar mientras que un Yàon a la comunidad te regresa. Además, gracias a ti un Yôk te puede hacer merecedor. La magnífica y atrevidamente libre estructura, de la que nuestra amada lengua orgullosa sentirse debe, al servirse del alto estilo mi ser emociona tanto como…

    —Ya entendimos —interrumpirá Ate, irritado, imponiéndole una palma cual si fuera un escudo—, sólo di que te gusta hablar así y ya.

    A pesar de su actitud y su forma de hablar tan desesperante, Hinta será la que más curiosidad desarrolle hacia él; aunque se sienta incómoda cada vez que sus miradas se cruzaren, comenzará a desarrollar un intrigante deseo por conocerlo más.


    7


    —¿Qué pasó el sábado?

    —Mientras Yake esperaba a Yuska en medio del puente que cruzaba el río skér, su mente divagaba a través de diversos asuntos antes de que la chica escandalosa llegara. La noche anterior, su hermano había intentado convencerlo de que estaba comenzando sentir algún aprecio por la chica, y Yake respondía con silencio.

    Yuska llegó ruidosamente en su bicicleta y lo saludó repetidamente, como siempre, indicándole luego que se subiera al asiento adicional de la parte de atrás de su bicicleta. Procurando no hacer contacto visual, se subió y ella comenzó a pedalear como si se encontrara en una carrera, recorriendo así sin ninguna razón todo el tranquilo y blanco distrito de Frî[9], pasando luego a las demás colonias y parques sin ningún objetivo más que el de sólo pasear.

    “Quizás el sentir el viento golpearle en la cara le anime”, pensó Yuzka y aumentó la velocidad, pero no lo sintió sujetarse más a su cuerpo como lo habría hecho Hinta en sus paseos ya no tan habituales.

    Un rato después, decidió dirigirse hacia el centro de la ciudad, donde el número de vehículos y personas aumentó considerablemente. Se detuvieron para comer algo en un puesto de comida en la avenida Qío[10], pidiendo Yuska un keryô[11] y Yake un vaso de agua. El extraño color de ojos del chico llamaba la atención de algunos paseantes que lograban fijarse en ellos, murmuraban y se iban. Unos pocos lo miraban por un poco más de tiempo y se iban en cuanto esos ojos sin vida se daban cuenta de sus inspecciones indiscretas. Yuska comentaba lo sabrosa que le parecía su keryô, como si en ese momento no existiera alegría más intentsa.

    —Como digas —contestaba Yake de un modo casi robótico a todo lo que decía Yuska.

    Por la tarde se dirigieron al parque central de la ciudad, donde se sentaron a contemplar el enorme lago mientras una carrera de barcos a control remoto se realizaba en él. Yuska no paraba de sonreírle y hablarle de cualquier asunto que se le viniera a la mente; apostaba qué barco creía que iba a ganar, ora el azul, ora el morado, ora el rojo, y en casi todos acertaba. Yake hacía todo lo posible por no pensar tanto en esa situación.

    La noche comenzó a aparecer en el cielo y ellos seguían en el parque caminando sin rumbo fijo, hasta que llegaron a la cascada artificial, rodeada por sauces llorones y un camino de piedra roja iluminada por luces al ras de él. Yuska se emocionó con ternura ante la belleza del juego de luces de colores que adornaba la cascada, que cambiaban cada indeterminado tiempo. Se sentaron en uno de los bancos frente al agua.

    —Esta cascada es genial —dijo Yuska, estirándose en su asiento, tenía que hablar un poco más fuerte para superar el sonido de la cascada. Volteó la vista hacia Yake—. ¿No te parece?

    —Lo que digas —contestó Yake; la cascada opacó bastante su voz.

    Sólo se oyó el agua cayendo después de eso, y entre ellos surgió un silencio que se volvió incómodo para Yuska. La chica reparó en los ojos fríos de Yake sin que este le prestara atención, y con tono casi gritado repitió una pregunta que ya hacía tiempo le había hecho, pero de la que no había obtenido una respuesta satisfactoria.

    —¿Por qué nunca sonríes?

    —No has dicho nada divertido —volvió a contestar de manera automática, con un pequeño tono de autoparodia.

    Yuska intentó hacer que respondiera a más de sus preguntas de naturaleza similar, incluso volvió a agarrarlo de la manga y jalonearlo; pero al sólo recibir respuestas evasivas del gemelo, volteó la cabeza de nuevo hacia la cascada y apretó los labios.

    —¿Sabes una cosa, Yake? —dijo haciendo un puchero, sin mirarlo— Estoy tratando de entenderte, de verdad. Se supone que somos jínnyi; tenemos que hablar.

    Yake tuvo ganas decirle que dejara de usar el jinnliù como excusa para hacerlo hablar.

    —Los insectos conservados en frascos no hablan con los que les observan con curiosidad desde afuera —contestó secamente.

    —Bueno, tal vez no lo dije bien —dijo Yuska, y giró la cabeza hacia él—. En toda mi vida me he dado cuenta de que la gente suele temer y alejarse de las cosas extrañas; lo misterioso le aterra a mucha gente… pero hay otras personas como mi tío que prefieren sentirse fascinadas por lo raro del mundo, ¿no crees? —aquí volvió a sonreír— Digo ¿No es mucho mejor asombrarse que asustarse ante lo que es extraño? —adquirió una expresión más tranquila, casi apenada— Y no te voy a mentir, Yake, hay algo muy extraño en ti, algo en cómo te mueves, en cómo te expresas, en cómo hablas, en cómo miras… casi se siente como si no fueras de este mundo —añadió bromista, y tarareó una risa nasal.

    Yake continuó imperturbable pero asombrado por la perseverancia de Yuska, a quien miró por un instante con cierta calidez en los ojos. Entonces dijo:

    —Sí, es posible que yo no sea de este mundo.


    ***​


    Yake se callará de repente, sonreirá como si quisiera negar que acababa de decirlo por fin, su corazón se acelerará y sentirá calor en la columna.

    —¿Qué? —Yuska ladeará la cabeza.

    —El mundo que me rodea, el viento, las nubes, la gente y las actitudes que adoptan cuando hacen cosas. Cuando caminan con los ojos cerrados y sonriendo, cuando sus facciones se exageran, nuestros enormes ojos, la protuberancia que tenemos por nariz, y un largo etcétera. Nada de cómo es todo eso me parece real o creíble. Incluso tú, en frente de mí, observo tus facciones, tus colores, tus reacciones, y no me pareces real, ni tú ni tu mundo. Soy un apóstata de tu mundo…

    Yake hablará así por un rato, cada vez más calurosamente. Será la primera (y de las pocas veces) que sus facciones cambien enérgicamente, pareciéndose un poco a su hermano en el punto más violento de su discurso.


    ***​


    Contemplando la fuente, Yake espera que Yuska simplemente se lo tome como una exageración de su parte, algo de lo cual reírse o solamente olvidar. Está calmado y vuelve a su estado habitual de inexpresividad. Piensa que en su lugar él tampoco se lo creería. Sin embargo, Yuska toma su mano y, entrelazándole los dedos, la levanta a la altura de su cara.

    —¿Esto no lo sientes real? —pregunta con gran seriedad y los ojos brillantes, como si en ese momento hubiera encontrado el más grande enigma de la tierra y se dispusiera a resolverlo.

    —No —contestó Yake tajantemente.

    —¿Entonces qué es lo que sientes? —Yuska aprieta aún más los dedos.

    —Sólo trazos, ficciones[12].


    8


    Ese sábado, Hinta había salido al centro de la ciudad para hacer unas compras, y de regreso a su casa, al bajarse del autobús, una voz familiar la asaltó por detrás.

    —Hinta, mi estimada jínne, qué honor el encontrarte por coincidencia.

    Y antes de que se diera cuenta, Sinke había echado un vistazo a su bolsa llena de bombillas y tela de color negro y rojo.

    —Sinke, hola. Qué sorpresa —contestó Hinta.

    —Interesante, debo observar, que tu compra sugiere un contraste poco común.

    —Eh… sí, mi padre está remodelando nuestro dojo y me mandó a comprar bombillas nuevas y otras cosas.

    —¿Entrenas algún arte marcial? —preguntó Sinke con excesivo interés.

    —Sí, mi padre tiene una escuela, pero no soy muy buena en eso. Y es mi madre la que fabrica los cinturones; por eso la tela…

    —¿De casualidad no has visto a Yuska y a mi hermano por aquí? —miró alrededor.

    —Eh, creo que no, ¿por qué?

    —Ambos están teniendo una cita —respondió.

    Hinta se quedó rígida, un temblor le recorrió la columna.

    —¿Una… una cita?

    —Esa Yuska conduce como el viento del lago Dên—respondió Sinke—, no he durado ni cinco minutos y perdidos los he hallado.

    —Pero… ¿cómo que una cita? —insistió Hinta, levantando la voz.

    —¿No es así como le llaman en este mundo cuando un ser sale a solas con otro ser del género cuya su sexualidad acepte como un potencial compañero de cópula?

    La chica sintió que se le paralizaban los pulmones.

    —¿Có…cópula?

    Sinke entonces le dio la espalda con brusquedad y olfateó el ambiente con los ojos cerrados.

    —¿Quieres venir conmigo? —preguntó de repente.

    —¿I…ir a dónde?

    —Date la vuelta —Sinke sonrió malvadamente.

    El rostro de Hinta enrojeció y permaneció trémula, su mente divagó en pensamientos caóticos sin sentido. Viendo que no lo haría, Sinke la tomó de los hombros y la puso de espaldas contra él. De inmediato se agachó entre sus piernas y se levantó con ella sentada en sus hombros, Hinta dio un grito de sorpresa.

    —De este modo será más rápido —exclamó Sinke antes de salir corriendo.

    La gente observó confundida y curiosa cómo ese chico iba corriendo por las calles con una chica subida en sus hombros, la cual, con terror por la rapidez con la que iban, se aferraba fuertemente a su cabello y a su cuello y le gritaba que se detuviera. Aún con la chica subida en él, Sinke corría siguiendo aparentemente un rastro de olor.

    —No te preocupes, Hinta —habló Sinke sin detenerse—, no dejaré que te caigas, y si lo haces, te juro que me romperé una mano con un martillo[13].

    Sin soltarse ni un segundo de su cabeza, Hinta intentó superar su miedo y abrió los ojos, sólo para volver a cerrarlos por el vértigo. Se detuvieron en la esquina de la avenida Qío, y, diciéndole que no hiciera ruido, Sinke la bajó de sus hombros y fisgoneó escondiéndose tras el borde de la esquina.

    —Ahí están —dijo en voz baja, señalando un puesto de comida.

    Ahí estaba la jínne de Hinta comiendo alegremente junto al gemelo silencioso; la impresión le hizo olvidar el viaje en los hombros de Sinke. Pensó que la escena no podría ser más paradójica; mientras Yuska clamaba con voz tan entusiasta casi todo lo que se le venía a la cabeza, el otro miraba el tráfico como un robot, perdido en su intento por no prestar atención.

    —¿En verdad están en una cita? —preguntó Hinta.

    —Previa definición te he dado, de corregir mi poca precisión o de expresar tu disconfort en cuanto a la semántica empleada libre puedes sentirte.

    —¿Cómo es que los encontraste tan rápido?

    —En mi memoria la fragancia de los entes en torno a mí soy capaz de memorizar —contestó tocándose la cabeza con orgullo—, de sabueso mi bulbo olfatorio es, y a los rastros de olor mi cerebro sensible ha nacido.

    —¿Los oliste?

    —Mas mi rango todavía no es demasiado amplio, y como veo que se mueven, debemos seguir moviéndonos también.

    Volvió a subirla sobre sus hombros y, manteniendo su distancia, intentaron no perderlos de vista.

    Los siguieron largo tiempo hasta el parque, donde los vieron descansando en el césped cerca del lago donde había una carrera de barcos. Sinke y Hinta se situaron a más de cincuenta metros de ellos, resguardados por un gran árbol del pequeño bosque del parque. Hinta no terminaba de entender por qué estaban espiándolos de esa manera. Sin embargo, al ver el rostro de Sinke en ese momento, observó el mismo gesto arrogante, pero apacible, que había notado en la azotea de su edificio en el instituto Ítuyu.

    —Oye, Sinke, ¿por qué aceptaste unirte a nuestro jinnliù tan fácilmente?

    —Creo ya haberte dado una respuesta en su momento —contestó Sinke sin mirarla—: toda experiencia, por más banal que sea, su necesario análisis merece, ¿o su merecido análisis necesita? —sacudió la cabeza— Una mejor pregunta sería: ¿por qué apoyaste a Yuska con tan extraordinaria proposición?

    Hinta intentó pensar en una respuesta, pero las palabras no llegaron a ella. Bajó la cabeza.

    —No estoy segura; porque Yuska me lo pidió.

    —No te creo; estoy seguro de que tienes una razón más allá de la de sólo estar sometida a los deseos de los otros, ¿verdad?

    —Sólo hice lo que Yuska me pidió —fue su respuesta final.

    Rato después, Yake y Yuska se dirigieron hacia la cascada cuando la noche hubo caído; pero Sinke ya no se veía interesado en seguirlos sino que, con solemnidad y una sonrisa sospechosa, los observó marcharse y alegó a Hinta que ya era tiempo de que estuvieran a solas. Se dirigieron al sitio donde su hermano y la jinne habían estado, cerca del lago. Los niños que habían competido en la carrera de barcos comenzaron a desaparecer por los senderos del parque.

    —¿Y ahora qué va a pasar? —preguntó Hinta.

    —Esa es una buena pregunta —contestó Sinke—, ahora podría conjeturar sobre lo que acontecerá, pero las razones por las que lo pienso todavía no son muy claras.

    Hinta iba a decirle que sólo la confundía, pero se calmó y se tomó un segundo para pensar en una pregunta que le parecía más importante:

    —¿Para qué querías espiarlos durante su… cita?

    —Para ver hasta donde jugaba la realidad.

    La chica inhaló profundamente.

    —No tienes que hacerte el misterioso —respondió tratando de mantenerse seria, aunque se la notaba agitada—, me has tenido todo el día yendo de un lado al otro sin saber por qué. No tienes que andar hablando de manera tan misteriosa. No creo que solamente quisieras espiar a tu hermano sólo porque sí.

    Se apenó un poco por haber alzado la voz.

    —¿No es por eso por lo que no te opusiste a la propuesta de Yuska para unirnos al jinnliù? —preguntó Sinke con una repentina voz ligeramente seria, que le recordó a Hinta por un momento a la voz de Yake— La admiración por lo que es extraño que vi en tu mirada en ese momento, el placer de lo que nos desconcierta y no entendemos, tienes esa parte en tu ser, y Yuska también, sólo que se fueron por las partes que sus directos opuestos son… y eso me pareció más o menos casi un poco interesante, lo suficiente para mantener los pies clavados en la tierra.

    Hinta se sentía cansada, y bajando los ojos hacia el césped se quedó silenciosa. Sinke volteó a verla de reojo y sonrió.

    —¿Sabes una cosa? No somos parte de la realidad mi hermano y yo —habló alegremente—, siempre nos hemos sentido dentro de una caricaturización de la vida, o algo así. Qué raro, ¿verdad?

    Hinta levantó una mirada intrigada.

    —¿Qué?

    —¡Ah! Nada importante —continuó observando las luces de la ciudad, y su tono se volvió tan relajado como si tuviera sueño—, solamente que la intrigante forma de la existencia lo que mi inquisitiva alma agita es. Cuando el fresco levante danzilmarés nuestro cabello con delicadeza y dulzura atusa, y la sonrisa de la gente como parábolas verticales que confianza y bonanza absurda describen. Nada de eso real percibo, me temo. Narices como minúsculos alcores en el centro de la campiña que facciones cultiva, protuberancia que de la vista se desvanece según la caprichosa locura del reglamento que la naturaleza ha dado a los que ciertas expresiones declaran. Dos innecesariamente vastos ojos, achatados en el sur, como colorido mármol brillante a la distancia iluminan nuestra presencia; sus formas de aspecto mutan risiblemente o presentando exagerada estética encantadora. Las tiernas, delicadas, e inverosímiles facciones que la realidad dictaminado ha para ser nuestro medio con el cual con el mundo y congéneres comunicarnos. Irreal es, pues, para mí, todo eso… —se interrumpió un momento y, mirando el lago con melancolía, lanzó una carcajada.

    Hinta se sintió aún más curiosa tras su inicial perplejidad. El lenguaje utilizado le pareció rebuscado y confuso, pero no consiguió obstruir su entendimiento.

    —Y… ¿qué más?

    —Mas a todos mis semejantes tampoco los concibo como reales —continuó Sinke con un tono teatral, el cual poco a poco comenzó a volverse más serio y agresivo—. Así es cómo me he sentido desde que consciencia del mundo tuve, y ni siquiera a ti, Hinta, mi estimada jinne —dijo mientras la encaraba y suavemente le acariciaba una mejilla—, lamento decir que en ti la visión de un ser real imposible me parece. Así, de manera llana y sin temor: niego tu realidad. Me eres tan real como para ti lo sería un Ônimat, y la banalidad en tu persona es tal que no puedo hacer más que sorprenderme por en este mundo hallarme —le soltó la mejilla.

    Hinta escuchó todo eso sin saber qué pensar. Era un discurso increíble. A lo mejor sólo exageraba una broma, como a veces solía hacerlo sólo para intentar sonar interesante y profundo. Pero por otro lado, podría ser una declaración hecha con absoluta honestidad, sin la menor pretención de ser una burla. Esto la preocupó.

    —¿No soy real para ti, entonces? —preguntó un momento después, siguiéndole el juego.

    Sinke se apartó de ella lentamente y esbozó una sonrisa amistosa.

    —¿Qué dirías tú si un día te despertaras en un Ônimat? —preguntó Sinke.

    —Supongo que me sentiría muy incómoda —contestó Hinta luego de pensar unos segundos.

    —Pues yo me sentiría fascinado —contestó Sinke—, y querría averiguar y disfrutar todo cuanto me fuera posible de tal situación. Por eso acepté unirme, porque vivimos en uno.


    [1] Nombre con el que los danzilmareses llaman a la animación de su país.

    [2] Estilo de comida típico de danzilmar basado en la combinación libre de alimentos en un mismo plato.

    [3] Interpretación de Sinke de la “Oda a la alegría” de Schiller.

    [4] Este refrán no existe en nuestro mundo.

    [5] “Verde”.

    [6] Deben estarse refiriendo a la costumbre en Danzilmar de exhibir algunos libros abiertos a la mitad, de manera que puedan leerse dos páginas, y junto a ellos el mismo libro cerrado. Pero, a juzgar por lo que dice Yake, Yuska no se ha dado cuenta de que el mismo libro cerrado se encuentra a un lado del libro abierto, mostrando la cubierta, y dado que Yake no la corrige, suponemos que él tampoco lo sabe.

    [7] “Luna”.

    [8] Los danzilmareses tienen la costumbre de tararear mostrando los dientes.

    [9] Apellido del decimotercer presidente de Danzilmar.

    [10] “Blanco”

    [11] Tipo de draóhi que tiene base de carne de pollo con salsa dulce.

    [12] En el original Yake usa la palabra “Léfik”, que puede significar mentira, invención, artificio, ficción o sueño, y tiene connotación negativa.

    [13] Exresión idiomática para indicar el deseo de compensar un daño u ofensa producida inintencionadamente.
     
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    Luix

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    Al fin termine >u<

    Sigo pensando que mientras más habla Sinke, cada vez me entretiene más, es bastante certero que suena a rebuscado, pero realmente es algo interesante. Al igual que escuchar a Yake, aunque también puede explayarse su habla es bastante concreta y de alguna forma, llega a escucharse bastante corto, contrariamente a su gemelo.

    Yuska es bastante peculiar al buscarlo, me sorprendió de hecho verlos juntos a solas, aún cuando Sinke lo estaba observando desde lejos, fue lo mas épico ver a ambos dúos. No obstante, me pregunto si ellas habrán tomado real lo que le explicaron de cómo ven las cosas.

    Me sigue entreteniendo lo "diferente" que encuentro el escrito a lo que suelo leer, la historia es atrayente, y la trama interesante, aunque ya lo haya dicho.
    ¡Saludos!
     
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  7. Threadmarks: Capítulo 12. El primer cambio
     
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

    Virgo
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    Título:
    ParalefikZland: La realidad de Yake y Sinke
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
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    Capítulo 12. El primer cambio


    35


    Desconcertante. Mantienen el rostro tenso; casi no respiran. No recuerdan nada las chicas, ni todas las horas que Yuska había pasado frente al lienzo con un pincel en la mano, ni todas las vueltas y pasos sobre el suelo que Hinta dio sobre el que alguna vez fuera un salón de baile; todo ello parece haberse esfumado de sus memorias.

    Las clases han terminado, las calificaciones han sido asentadas, la ceremonia de clausura ha concluido y las mentes de los estudiantes se ven finalmente libres de sus grifos oxidados. Pero los gemelos están ahora apresados por ese nuevo enigma.

    —Supongo que se acabaron las actividades del club —dice Yuska. Las manos tras la nuca y echada para atrás en la silla. Hace equilibrio.

    —Te vas a caer si haces eso —dice Sentsa. Miró a Sinke. Está muy silencioso, piensa que eso no es buena señal.

    El gemelo distraído medita mirándolas, escucha el sonido de Yuska al caer.

    —¡Ay! —grita y se soba.

    —Te lo dije —dice Sentsa.

    Se abre la puerta y entra Yake en silencio. Leve zumbido, rápido destello negro como una breve ceguera.

    —Llegan tarde —dice Yuska alegremente.

    Sinke retiene el aire. Ella está sobre la silla: nunca cayó. Kanyu y Yake entran al cuarto del club y se sientan. Yake no dice nada.

    —¿Va a haber alguna última actividad antes de terminar oficialmente? —pregunta Yuska.

    —Si es así creo que yo quiero proponer algo —dice Ate cruzando los brazos.

    —¿Desde cuándo te interesa tanto proponer una actividad? —pregunta Hinta, escéptica.

    Un soplido silencioso la interrumpe, la negrura como un parpadeo, la fugaz sensación de encogerse. Se escuchan cientos de voces alrededor. Charlas como olas de rumores en ningún idioma.

    —¡Apúrense, gemelos! —grita Yuska.

    Casi no ven a sus jínnyi en la multitud de jóvenes en tumulto frente a la salida. Ambos avanzan con inseguridad. Dos brazos suaves rodean el torso de Yake. Ima Lib se pega con gozo a la espalda del gemelo.

    —Hola, amor. ¿Nos vamos juntos?

    Y su voz era melosa, vergüenza esfumada, suave caricia con la nariz, sobándole los abdominales con las manos.


    ***​


    ¡Ah, hermano!, ¿recuerdas ese momento como yo lo hago? Seguro que sí. Tu rostro no tenía precedentes: tu frialdad se transformó en miedo, desconcierto aterrador, el horror de la realidad incierta, aunque supongo que mi rostro era parecido. Yuska se dio la vuelta rápidamente y apretó los puños. Casi sin pensar, seguí caminando. Me invade entonces una corazonada, un presentimiento en mis venas al sentir de nuevo la realidad. Me acerco a Hinta y le pregunto discretamente si nos veíamos ese sábado como siempre. Dijo que sí con la cara roja. Entonces todo negro, ¿lo recuerdas? También lo viviste, porque ambos cerramos los ojos al mismo tiempo por instinto. Si no lo hubiéramos hecho, de todas formas hubiéramos sentido una cegera por un nanosegundo, al mismo tiempo oímos ese agudo zumbido paseándose frente a nuestros tímpanos, y esa sensación de encogimiento, y ese breve letargo. Volteo a mirarte y los brazos de la voluptuosa chica de brillantes cabellos azules, por los que todos los chicos darían lo que fuera por tenerlos alrededor de sus torsos, habían desaparecido. Te sentiste libre y te volteaste confundido. Antes de que me dé cuenta, Yuska se acerca a ti y con insistencia toma tu mano y te arrastra diciéndote que eres muy lento y distraído, y su semblante era ahora enojádamente tímido, y su mano se estremece al tomar la tuya. ¿Acaso volvimos ya?, me pregunté.


    ***​


    El sábado llegó, y con él una tensión se ciñó sobre la mansión Gramt. El sol emanaba un calor frío como una fiebre, y unas nubes negras se movieron sobre la ciudad. Los gemelos salieron de sus habitaciones y caminaron hasta las escaleras, se miraron y no dijeron nada. El pato y la tortuga estaban en el piso de abajo, esperando como siempre a las chicas. Los gemelos regresaron a sus cuartos y cerraron las puertas.

    Sentado sobre la cama, Yake miró la puerta con recelo y entrelazó sus dedos. ¿Entraría Yuska por la puerta esta vez? Saludaría con su maliciosa voz alegre, estiraría los brazos hacia el techo haciendo un sonido suspirante con la boca cerrada, se pondría a hablar de lo primero que le pasara por la cabeza, tal vez acerca de lo extraño que se siente el tiempo, pero que le parece emocionante. Ella es así, busca lo extraño y exagera su importancia, lo hizo conmigo y por eso estamos aquí. ¿Pero y si no? ¿Si no viene ya no sería más algo importante para ella? Se levantó. No, mejor que no vuelva. El sonido de una reja a lo lejos, no se atreve a mirar por el balcón, se vuelve a sentar con un escalofrío. ¿Será real o sólo mi imaginación? Levanta la mirada a la puerta, escucha con su agudo oído lo que sucede en la planta baja: una ágil voz saluda al pato. Pasos en la escalera poco a poco se acercan, pasos en el pasillo, ansiosos, la presencia de alguien al otro lado de la puerta, la realidad se volvió insonora, no pudo escuchar ni su propio corazón. ¿Será más bien que lo que imagino se vuelve real? Gira la perilla.


    ***​


    —Hola, Yake.

    El gemelo apoyado en la palmera, bajando la cabeza, tecleando en el tronco con los dedos. Yuska se puso frente a él, sonriéndole, adelantó la parte superior de su cuerpo con los brazos cruzados por la espalda.

    —Hoy es mi turno de escoger la actividad —dijo—, no te puedes echar para atrás.

    —¿Qué puedo esperar de lo que tú propongas? —preguntó Yake.

    —¡No seas grosero!, planeo que salgamos a convivir con la gente al centro, algo que te hace mucha falta.


    ***​


    Al terminar la escuela, se reunieron en el centro de la ciudad. La gran avenida Géwn[1], una de las más grandes de la ciudad de Shórsta; no había hora del día o de la noche en la que no transitara por ella algún vehículo desesperado. Dos enormes túneles llorando carros y humo conectaban a otra sección de la avenida que conducía hasta las afueras de la ciudad; grandes tiendas a lo largo de todo ese distrito engullían el dinero de las gentes despreocupadas. Pequeños puestos de comida, muy higiénicos, atendían comensales en cada esquina. La actividad de ese día era simplemente hablar con la gente que encontraran.

    Se separaron: Sinke con Sentsa, Hinta con Yuska, Kanyu con Yake. Ate, en solitario, prefirió comprarse algo de comer cuando no hubo nadie viéndolo.


    ***​


    —Buen día tener os deseo, señor; dichoso soy por percibirlo —saludó Sinke, quitándose un sombrero invisible, a un hombre mayor sentado en una banca alimentando a las palomas—. Aquí mi estimada jínne y yo en actividad extracurricular nos hallamos esta maravillosa tarde, ¿os agrada el ambiente del parque junto al pasto recién regado, palomas a paso pomposo caminantes, acompañado del melodioso sonido de los si bemoles y fa sostenidos de los cláxones?

    Apenada, Sentsa se distanciaba centímetros de su jínn. El anciano de sombrero marrón, que únicamente se había fijado con extrañeza en los ojos anaranjados y en los movimientos exagerados del gemelo, encendió su aparato auditivo en cuanto Sinke hubo terminado.


    ***​


    Terminaron pasando por una tienda de ropa de la que salían dos chicas de cabello azul, y al verlas, Kanyu pensó en su novia y que querría comprarle algo bonito.

    —¿Crees que a Ima le guste una blusa nueva de color amarillo, como la de esa chica? —preguntó.

    —¿Te parece que soy el más indicado para aconsejarte sobre trivialidades? —preguntó Yake con una calma pesada, despreocupado de la situación como si caminara en un sueño.

    Kanyu sonrió nervioso, y mientras pensaba algo con qué responder, continuaron caminando.

    —Ya te lo he dicho muchas veces, jínn —dijo Kanyu cuidándose de no sonar reprochador—, pero te lo digo de nuevo: necesitas relajarte un poco, parar de pensar tanto, la vida a veces no es algo serio, sino sólo para eso: vivirla.

    —Para ti es fácil decirlo —a pesar de su apatía, Yake habló con una inflexión engañosamente alegre, algo burlesca—, lo único que sabes hacer es sonreírle a todo en la vida, nada te preocupa más que permanecer al margen de todo lo importante. No haces nada al fin y al cabo.

    —Bueno, admito que es en gran parte verdad, pero es en parte por eso que me voy a tomar en serio esta actividad del club y te voy a ayudar un poco, lo único que necesitas es hablar con alguien y sonreír, a la gente le gusta las sonrisas, son una parte del lenguaje corporal que indica que todo está muy bien.

    —Y la gente sólo quiere sentirse bien…

    —¡Correcto, jínn! Ahora sólo busca a alguien y dile algo agradable.

    Resignado, Yake volteó la vista hacia la izquierda y vio a un hombre de espeso bigote caminando. Lo dejó pasar frente a él, sin atreverse a hablarle, luego caminó tras él con las manos en los bolsillos.

    —Señor.

    El hombre lo escuchó, pero a causa de la pequeña muchedumbre en la que se hallaban, no se dio cuenta de que le hablaba a él. Nadie más se atribuyó tampoco la atención del gemelo. Yake repitió sus palabras dos veces más, pero el hombre no terminaba de darse cuenta de que se refería a él.

    —Usted, el señor cuyo bigote parece un murciélago—dijo Yake, subiendo la voz.

    El hombre se detuvo y lo miró con confusión. La gente siguió pasando, perdida en su mundo. Kanyu se llevó la mano a la boca, preocupado.

    —¿Eh? —dijo el hombre.

    Por un momento sólo se escuchó el sonido de la gente y sus charlas, sus planes y sus idilios, ignorantes del joven de ojos anaranjados que encaraba con frialdad al hombre de gran bigote. Yake tenía que decir algo, pero toda comunicación cotidiana le parecía tan pueril que no lograba hablar.

    —¿Qué opina del problema del asno de Buridán? —preguntó Yake, tomando aire, tras cerrar un instante los ojos y volver a abrirlos.

    —¿Qué?

    —Ante varias posiciones que parecen iguales, uno no es capaz de elegir una y acaba no haciendo nada, yo ahora mismo podría estar en mi casa encerrado, tocando el piano o leyendo un libro, pero estoy aquí hablando con un desconocido, y lo extraño es que, si bien antes la primera opción me parecía la más razonable, he llegado al punto de no poder diferenciar cuál es más patética, si mi yo encerrado lejos del mundo, o mi yo conviviendo con él. Ambos egos han adquirido igual valor, pero no puedo no elegir alguna opción porque la realidad demanda elegir algo.

    El hombre titubeó un momento.

    —Chico, yo soy empleado de oficina… no soy filósofo.

    —Yo tampoco —dijo Yake negando con la cabeza.

    El hombre del bigote extraño se alejó de ahí calmadamente.


    36


    Ella está en frente de mí, ¿es esto verdad? El gemelo arrogante tomó la mano de Hinta, quien se disculpó por haber llegado tarde. ¿Recuerdas cuando hace una semana te llamé? Dijiste que no podías bailar y que nunca lo habías practicado conmigo, y mírate ahora, yo tomando tu mano y poniendo la música con mi otra mano. Tu paso ha mejorado, tu rostro siempre se veía tímido al principio, pero eventualmente tus facciones se tranquilizaron con el transcurrir de los meses por la fuerza del hábito. Ahora esto parece algo normal para ti; no eres ya la misma tímida Hinta cuyas piernas temblaban por mi presencia. Dieron unas cuantas vueltas. Sin embargo, ¿Quién eres? O mejor dicho, ¿quién era la otra, la Hinta que había negado ser mi compañera de baile?

    —No arrastres tanto los pies.

    Sigo riéndome. Eres ahora la que baila conmigo este vals. Muévete con el crescendo, ¡ímpetu, eso es! Algo en el espacio-tiempo. ¿Qué?

    Se detuvo súbitamente. Sus brazos no sintieron el cuerpo de la chica. Miró alrededor: Nadie.

    —Estás y no estás, eres y no eres: contradicción cruel —le tembló la espina, la sonrisa tiritándole y la voz rasposa atrapada en la garganta.


    ***​


    —No entiendo, ni quisiera hacerlo, lo que pasa por sus cerebros cuando se sienten ofendidos.

    —No es agradable —dijo Kanyu—. No te puedo explicar si no lo has sentido, pero es mejor que no vuelvas a hacerlo. Además, pudiste simplemente acercártele y tocarlo en un brazo para llamar la atención.

    —Consideré que tal acción representaría la derrota de mi intención comunicativa por medio de las palabras. ¿Tanto poder le otorgan ustedes a los signos lingüísticos que someten sus mentes a la perturbación?

    —Bueno, es que las palabras significan cosas que a muchos no les gustan.

    —¿Ah, sí? ¿Y quién ha dado significado a las palabras, Kanyu?

    —Pues, la gente, la cultura.

    —Entonces es la gente y la cultura lo que determinan lo que ofende, ¿no? Al atribuir características negativas a esas combinaciones de sonidos que describen conceptos aceptados como negativos, arbitrariamente, y luego demonizar a los que las pronuncien.

    —Bueno, mira, no es lo que dices, es cómo lo dices.

    —Permíteme dudar de eso. ¿Serías capaz de ir frente a una persona, y, con voz sumamente amable y dulce y pose reverencial, decirle el más mal sonante insulto que se te ocurra?

    —¡No! Es un poco de las dos cosas. Mira, mejor vamos a buscar a los demás.


    ***​


    —No me enjuicies, estimada jínne, he de decirte que en nuestro deber de sociabilizar con nuestros congéneres, problema alguno no deberíamos tener para referirnos a ellos de manera directa y sin ambigüedades de que con ellos comunicarnos pretendemos.

    —Eso no te da derecho a haber llamado anciana a aquella mujer —dijo Sentsa. Se sentó en un banco y suspiró pensando que todo eso había sido una mala idea.

    —De tal pensamiento, me temo, que de argumentación justificadora preciso —dijo Sinke, sentándose a su lado y cerrando los ojos con soberbia.

    —¿No pensaste que quizás aquella mujer se pudo haber sentido mal por haberla llamado de ese modo? Y ya habla normal.

    —Bueno —inhaló profundamente—, su edad era su propiedad más destacable, debía referirme a ella de algún modo. A mí no me molestaría si alguien se refiriera a mí como chico de ojos raros.

    —No es lo mismo; llamar viejo a alguien es considerado ofensivo, sobre todo si no lo son tanto como aquella mujer. ¿No viste cómo se puso en el momento en que se dio cuenta de que te estabas refiriendo a ella? ¿No viste su cara cuando escuchó esa palabra?

    —En efecto, lo noté —dijo enderezándose en el asiento—, su expresión me decía: “¿A quién le dices vieja? ¡Chico insolente!”, y de seguro pensó improperios menos refinados aun —se rio—. Esa pequeña palabra jugó un efecto en su cerebro lo suficientemente fuerte como para no tomar en serio nada de lo que dijera después, casi como si la hubiera llamado puta.

    Miró sonriendo suspicazmente a Sentsa, la cual tuvo un pequeño retortijón.

    —¿Y no ves nada malo en eso?

    —No —contestó echándose hacia atrás muy cómodamente—, si la gente quiere seguir sintiéndose ofendida, es su problema, no echen la culpa a los demás por herir sus sentimientos.

    —¿Cómo puedes decir eso? —Sentsa alzó la voz— ¿Acaso no te importa cómo se pueda sentir la gente?

    —Irrelevante.

    —¿Qué sentirías si alguien te dijera algo ofensivo?

    —No existe ofensa ni para mi hermano ni para mí.

    —Algo les tiene que ofender.

    —¿Por qué?

    —Porque todo el mundo tiene algo que le ofende, no hay ser humano que no se sienta ofendido por algo.

    Sinke la miró como si hubiera oído una broma, luego rio en voz baja y se tornó un poco más serio.

    —¡Qué horror! Todo ser humano debe tener algo que le ofenda, ¡Aikàn mío, yo quiero ser un ser humano, estoy ofendido, no me ofendan!

    Sentsa exhaló al escuchar su tono sarcástico, luego Sinke regresó a su aire cínico.

    —Podría decir que lo único que me ofende es que la gente se ofenda, así que, para que no me ofendas, debes dejar de ofenderte —y rio por el colérico rostro que puso su jínne.


    ***​


    ¡Ah! Sentsa, cómo te molestaste por aquella respuesta mía, te ofendiste porque no me ofendí. Comenzaste a soltarme un montón de cosas con la intención de saber si me ofendía por ellas, primero fueron estúpidas y con una intención muy forzada de lograr tu punto, pero mi respuesta siempre fue la misma, y cada vez me veías más y más horrorizada, como si fuera un monstruo. Comenzaste a criticar mi esencia; mis propiedades físicas: mis ojos extraños, ojos de naranja aplastada; mi cabello enredado y despeinado, algo de caspa cae sobre mi ropa, mi ridículo caminar y exagerado expresar al comunicarme. A todo eso te di la razón y me reí; pero no me ofendí. Luego hablaste de las ideas contrarias a las mías, te respondí que no me ofenden, sino que me parecerían interesantes de analizar; podría considerarlas tontas y sin fundamento, pero no ofensivas. Pasaste entonces a mis reacciones ante las grandes acciones del mundo. Injusticias, gobiernos a los que no les importa nada que la gente se joda, corrupción que lleva a guerras que acaban afectando a la población, mala distribución de las riquezas, en resumen: que la gente del mundo viva jodiéndose la vida “por culpa de los gobiernos o por culpa del pueblo por su propia mediocridad”, en tus propias palabras. Todo eso me parece un problema grave, divertido o absurdo, pero no me ofende. Luego mencionaste ejemplos de sufrimiento más específicos. ¿Discriminación? No suele dar buenos resultados, aunque cada uno es libre de valorar; a vece divierte; pero no me ofende. ¿Violencia infantil? Lo mismo que mi respuesta anterior. ¿Violencia contra los animales? Lo mismo. Te pusiste más nerviosa y te empeñaste en ser mucho más específica con tal de ocasionarme algún sentimiento de horror. ¿Alguien grabando un video torturando y matando a un perrito, o golpeando y matando a un inocente niñito? Igual que todas las respuestas anteriores. Te desplomaste sobre la banca, desmoralizada por tu fracaso en encontrar en mí alguna escencia de humanidad, y unas grises palomitas salieron volando asustadas. No te asustes, querida jínne, después de todo no soy de esta realidad, es obvio que mi hermano y yo no vamos a compartir todo lo que ustedes tienen como verdades universales del ser humano. Me reí por última vez; hasta yo me aburro a veces de mis risas constantes y masivas. La luz del día cada vez se volvía más y más anaranjada como mis ojos de naranja aplastada. Tal vez sí somos monstruos.


    ***​


    —Ese punto de vista me parece muy simple —dijo Sentsa—, la gente puede hacer cosas buenas sin esperar nada a cambio, eso es el altruismo.

    —Eso me parece errado —dijo Yake—, uno nunca hace nada gratis. Incluso el acto de bondad más desinteresado acarrea algún tipo de recompensa para la mente, aun si se tiene conciencia de que el beneficiado nunca podrá devolverte el favor.

    —¿Qué es esa recompensa? —preguntó Hinta.

    —Satisfacción —contestó Sinke maliciosamente—, o más específicamente, la recompensa es la satisfacción de no sentirse mal, pues en realidad no se siente bien hacer el bien, sino que el no hacerlo te hace sentir mal, y eso es lo que detestamos: sentirnos mal, y haremos lo que sea por no sentirnos así. El odio es la base del bien; el odio a sentirnos mal a largo plazo, aunque para eso a veces debemos jodernos a corto plazo.

    —La felicidad es la recompensa —sentenció Yake—, ni siquiera ustedes pensarían que recibir felicidad sea recibir nada, pero cuando se trata de altruismo, actúan como si la felicidad propia fuera igual a la nada. Tramposamente disfrazan un algo de nada.


    ***​


    Entrada la tarde, los jínnyi se reunieron con Sentsa y Sinke en medio del parque. Yuska había estado entrando en muchas tiendas con Hinta para hablar con la gente comprante. Sin pena alguna, Yuska le interrogó a una señora con una canasta llena de tomates si pensaba preparar una salsa para la cena, le recomendó entonces que comprara perejil para complementarla y se alejó de la agradeciente mujer. Hizo cosas parecidas con los clientes de tiendas de ropa y comestibles mientras Hinta la seguía fielmente pero sin ser muy partícipe en nada.

    —¿Aprendieron algo de esta actividad? —preguntó Yuska, haciendo un especial énfasis en Yake.

    Sinke respondió:

    —Vimos mi estimadísima jínne Sentsa y yo a una persona acercarse a un puesto de hot-dogs y pedir uno. Mientras se lo preparaban, platicó con el dueño del carro sobre el escándalo de esa actriz que fue fotografiada saliendo de un bar ebria. Al terminar su pedido, el cliente pagó y se fue. Después de él llegó otro cliente; éste no habló de nada con el dueño del carro, ¿y sabes qué noté? La expresión del hombre de los hot-dogs se vio aliviada, ¿no se los dije? Mientras el cliente anterior le platicaba, noté cómo la mirada del vendedor se tornaba incómoda, y evitaba contacto visual con él esbozando una hipócrita sonrisa de cortesía mientras desparramaba mostaza sobre la salchicha. Su voz se escuchó apresurada al decirle el precio, pero sin dejar de sonreír. Nos quedamos a observar un rato más, y nos dimos cuenta de que con los clientes que intentaban platicar amistosamente con él, su actitud se mostraba más forzada, mientras que con los que no hablaban nada se sentía más a gusto.

    —Ajá —dijo Ate—. Sólo es un vendedor al que no le gusta hablar con la gente, ¿por qué tanto drama?

    —Después de ese, encontramos en otra manzana a otro vendedor de hot-dogs, pero ése era muy platicador, y a todos los clientes los recibía con una gran alegría y comenzaba a hablarles de lo primero que se le ocurría; no podía faltar, por supuesto, de nuevo la noticia de la actriz entre sus tópicos. Y aquí ocurrió el efecto contrario: eran los clientes los que se mostraban incómodos y sonreían con una forzada cordialidad mientras el parlanchín hombre de ojos cerrados esparcía mostaza sobre las salchichas, y sólo uno que otro se animaba a seguirle la conversación.

    —Todavía no veo cuál es el punto de todo eso —pensó Yuska en voz alta.

    —Eso —dijo Yake— quiere decir que nuestra actitud con los demás va a estar regida por lo que es conveniente para que funcione la sociedad en una especie de egoísmo deseable. El cliente quiere comida y el vendedor quiere vender, el primer cliente cree que intentando ser simpático hará sentir mejor al que vende porque le va a llenar el estómago, el segundo vendedor cree que intentando ser simpático hará sentir mejor al cliente porque le va a llenar la billetera, sean ambos conscientes de su actitud o no. Los dos se ven en necesidades que los fuerzan a convivir entre ellos por algo a cambio.

    [—Ese punto de vista me parece muy simple.]

    —No le veo lo malo a eso —dijo Kanyu—, no todos podemos estar a gusto con toda la gente del mundo…

    —No considero eso en términos de bueno o malo —dijo Yake—, simplemente es curioso que ese tipo de hipocresía sea considerada una virtud bajo el nombre de educación y amabilidad. Lo que mantiene unida a la sociedad es, paradójicamente, no una unión, sino un alejamiento en la que simplemente nos soportamos los unos a los otros cuando tenemos algo que nos interesa y que el otro nos aporta. De nuevo: un egoísmo deseable.

    —Vamos, Yake —dijo Kanyu—, en el mundo hay mucha gente que se comporta con toda una gama de actitudes, no puedes sacar conclusiones tan generales solamente por unos vendedores y compradores que actuaron de esa forma.

    —Tal vez —dijo Sinke, subiendo los hombros—, pero no me voy a poner a opinar de lo que pude o no haber visto, sino de lo que sí vi, como dice esta actividad de club. Cuando nos toquen otros casos podremos modificar nuestras conclusiones.


    ***​


    —En parte tengo que darles la razón —dijo Sentsa, que había estado pensando en eso con más seriedad que los demás—, ese egoísmo mal usado puede llevar a muchos males, pero es por eso que debemos generar conciencia de que necesitamos una sociedad más unida, con menos egoísmo, en la que todos nos tratemos como hermanos. Esa es la esencia del jínnliù.


    ***​


    Dijo Sinke:

    —Los humanos ya nos tratamos como hermanos. Tal vez no lo apreciemos tanto en nuestra circunstancia de existir en un país tan del primer mundo como lo es Danzilmar, pero de manera general ya nos tratamos los unos a los otros igual a cómo los hermanos lo hacen: nos envidiamos y nos arrebatamos los juguetes, agarramos sus libros y los leemos al aire libre para no arriesgar los nuestros y tocamos sus violines con nuestras manos llenas de tierra, sangre y otros fluidos.

    Dijo Yake:

    —¡Cabrón!

    Dijo Sinke:

    —¡Qué horror, estimados jínnyi, si todos los hombres y las mujeres nos volviésemos como hermanos gemelos! ¡Pero qué mundo sería!


    [1] Apellido de un general célebre de la guerra contra Japón.
     
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    A ver, a ver, hay algo que no entiendo, ¿Alguien está saliendo con alguien? ¿O esa fue mi impresión cuando empecé a leer. Ya luego me pareció algo bastante filósofo el tomar las "actitudes" de las personas en variedad de ocasiones como si fuese una clase de investigación, de hecho de algún modo todos tienen un poco de razón. Aunque de formas y a niveles diferentes.

    De una u otra manera me hizo pensar bastante ese hecho "filosófico" que planteás durante gran parte del escrito, o incluso cuando intentó Sentsa ofender a Sinke con mucho palabrerío, y sin embargo usando temáticas bastante debatidas en muchas escalas.

    Estos dos hermanos son un caso total, Yake hablando con el viejo del bigote, que interesante y tan cómico también, una bomba de información que el Señor no tuvo tiempo de reaccionar jajajajja

    Muy buen capítulo.
    Saludos~
     
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