Colección ParalefikZland: El Oxímoron

Tema en 'Novelas' iniciado por Paralelo, 25 Noviembre 2018.

  1.  
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

    Virgo
    Miembro desde:
    16 Agosto 2012
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    265
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    Escritor
    Título:
    ParalefikZland: El Oxímoron
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    12
     
    Palabras:
    1894
    © Obra registrada en Safe Creative. Código de registro: 1811259141678

    Título original: Oksimoɿó

    Traducido del danzilmarés por Carlos Cruz


    Láminas azules I

    Aquella lámina azul que una vez poseí decía lo siguiente:


    A partir de ahora presentamos una recopilación de relatos de cuyo contenido hemos sido testigos mis compañeros viajeros y yo mismo, junto con mis alter egos. A esta antología hemos acordado darle por nombre ParalefikZland.

    Para compartir estos sucesos con los seres de otras realidades, hemos optado por transcribirlas lo más fielmente posible a como han sido atestiguadas o percibidas. Usaremos, como medio, unas láminas azules hechas con un material de nuestra propia invención, el cual ha sido creado para ser imperecedero en el mayor tipo de realidades que nos sea posible. Cada uno de mis alter egos y compañeros viajeros decidirá de qué manera expondrá su juego de láminas a los seres de las infinitas realidades; sé de algunos que las harán aparecer repentinamente en la cara de alguna figura importante o de gran poder e influencia en su mundo; otros lo harán poco a poco siguiendo un orden previamente planificado o completamente aleatorio; otros las esconderán muy bien en algún lugar de aquellos vastos universos, esperando a que alguien las encuentre. En lo que respecta a mí, las haré aparecer en diferentes regiones de un pequeño planeta, sin muchas especificaciones sobre el orden en que dichas láminas deberían ser leídas (y aunque hubiera algún orden, como algunos compañeros pretenden, lo mismo daría si comenzaran a leer desde este prólogo o desde la última de las crónicas). Debo aclarar que, pese a que todos mis compañeros y alter egos han decidido que la forma de hacer conocer estas crónicas sería a través de estas láminas, nunca será posible confiar plenamente en ellos, por lo que no ha de sorprenderme si alguno decide transmitir estas experiencias de otra manera, sea por medio de señales en el cielo y la tierra, sea hablándoles directamente a sus oídos, sea a través de sueños.


    Poco antes, la noticia de las láminas azules había llamado atención internacional. Los reportes de personas que se habían topado con alguna de ellas se multiplicaron a lo largo y ancho de todos los continentes, y los lugares donde aparecían eras siempre tan azarosos, tan insospechados e imposibles, que era como si las hubieran escondido fantasmas. Por ejemplo, la lámina que acabo de transcribir fue hallada en la silla del estudio de un conocido mío, el cual había tenido que interrumpir su trabajo por un instante, y al regresar, ahí la encontró, brillando con un azul opaco, un pedazo de océano congelado (sólo mirarlas produce una sensación de sosiego). Sobre ella, las palabras en perfecto danzilmarés lucían un grabado tan fino y detallado como la escritura de un dios. Otras láminas fueron encontradas en entradas de casas, bajo las camas y almohadas, sobre los tejados, dentro de cajas nuevas y selladas, dentro de armarios, en brazos de muertos en sus tumbas, a la mitad de una carretera abandonada. Entre los casos más extraños, se encuentran una que fue hallada dentro de la barriga de una ballena encallada, las que fueron encontradas en la Fosa de las Marianas y en la cima del Everest, la que tuvieron que sacar de un casquete polar, la que desenterraron accidentalmente un par de asesinos cuando querían esconder un cuerpo, y la que suplantó repentinamente una hostia consagrada en las manos de un sacerdote. Además de esto, no todas las láminas eran del mismo tamaño; se descubrieron algunas tan pequeñas que sólo contenían un párrafo corto, y las había tan largas que parecían tablas de surf, en cuyo caso las letras tenían el tamaño en que un escarabajo las escribiría. El idioma también cambiaba según el lugar en el que fueran encontradas; creo que no hubo algún sistema de escritura en el que las láminas no estuvieran escritas, ni siquiera las lenguas artificiales, los dialectos o las lenguas en peligro de extinción escapaban de las láminas.

    Mi amigo dispuso la suya a mi cuidado alegando que tener esa cosa cerca de él le producía un sentimiento extraño, como si algo que emanara de esa lámina le provocara una somnolencia de la cual temía no despertarse si sucumbiera a ella.

    Tras tenerla conmigo algunos días, decidí que sería mejor entregarla a un grupo de voluntarios que se habían propuesto buscar todas las láminas a nivel mundial, para posteriormente entregarlas a científicos que las someterían a estudios. En Shórsta habían dispuesto un pequeño centro donde los dueños de las láminas podían ir a donarlas. Estos centros se habían creado con mucha rapidez por todo el mundo, y sus miembros muchas veces solían ir de casa en casa preguntando si alguien había encontrado una lámina. Cada una era celosamente empaquetada y enviada a alguno de los diferentes centros del mundo, donde cientos de investigadores se habían conjurado para intentar resolver el misterio de las láminas.

    No faltaron aquellos que se negaron a entregar sus láminas sin recibir a cambio alguna recompensa; los voluntarios muchas veces tenían que suplicar que se las dieran; argumentaban que esas láminas podrían ser la primera prueba de que alguna fuerza superior (algunos decían que provenía de dioses) estaba intentando comunicarse con ellos de un modo que no deja dudas de su divinidad. Tuvo que pasar algún tiempo antes de que, a causa de la negativa masiva de muchos ciudadanos avariciosos, algunos gobiernos accedieran a otorgar una recompensa monetaria por las láminas, llegando a valorar algunas especialmente largas hasta por treinta mil yaos danzilmareses.

    De ese modo, las láminas pudieron llegar a los centros donde tenían previsto ser estudiadas. Ciudades como Nueva York York, Tokyo, París, Viena, Moscú, México, Helsinki, Dyánz, entre muchas otras, habían creado un acuerdo para investigar y traducir las láminas y dar a conocer el contenido a todo el mundo. La parte de la investigación, debo reconocerlo, fue la que menos me llamó la atención; sólo confirmaron lo que todos ya habíamos supuesto: no estaban hechas de material conocido; más aún, una investigación más profunda comprobó que ni siquiera estaban constituidas por átomos, y ni con todos los experimentos que les hicieron pudieron sacar de ellas más propiedades de las que se pudieran haber conseguido en un laboratorio de aficionado. Lo único que sorprendió a todos en este apartado (o más bien, lo único que no resultó tan poco interesante) fue que eran aparentemente inmunes a todo intento de destrucción, pero estas tentativas de evaluar su durabilidad fueron rápidamente criticadas y se detuvieron casi de inmediato.

    Todo el mundo estaba al pendiente del momento en el que finalmente se diera a conocer el contenido de las láminas. Aquellos que las habían poseído eran constantemente entrevistados para hacerse una idea de los escritos en general; sin embargo, aun cuando las láminas encontradas tuvieran mucho texto, casi siempre estaba descontextualizado y no tenía mucho sentido, como si cada lámina no fuera más que el fragmento de un relato cuyas partes hubieran sido desperdigadas por el mundo. Los antiguos dueños revelaron muchos nombres de personajes y lugares, a veces también atisbaban alguna trama que no terminaba de ser clara, pero era suficiente para mantener altas las expectativas.

    El proceso de traducción y determinación de la secuencia de las láminas también tuvo una amplia cobertura. Los traductores y editores tuvieron que afrontarse (y aún hoy lo hacen) a la tarea de armar un enorme rompecabezas en el que los fragmentos se revolvían en un caótico conjunto de idiomas. Incluso si no hubiera habido el problema de los idiomas, pronto descubrieron que las láminas no formaban un solo documento, sino toda una serie de relatos, cortos y largos, cuya correcta ordenación era muy difícil de conseguir, dada la falta de consistencia narrativa que permitiera identificar a muchos de los fragmentos con alguno u otro relato.

    Tras cinco años de trabajo con las láminas, se anunció que el contenido podría finalmente comenzar a ser publicado bajo el nombre general de ParalefikZland, aunque cada libro tendría un título propio. El orden de las publicaciones no necesariamente se correspondería a ningún orden cronológico que pudiera haber en las láminas. De hecho, en el mismo mensaje anunciaron que no era posible definir con exactitud cuál de todos los relatos debía ser considerado el primero o el último, y también anunciaron, para el orgullo de mis compatriotas, que, por alguna extraña razón (así lo dijeron) la totalidad de las historias, al menos hasta donde habían terminado de armar, tomaban lugar en Danzilmar o al menos hacían referencia a él. Esas palabras fueron suficiente para que muchos se apresuraran a exigir que las láminas, junto con la totalidad de su contenido, fueran consideradas parte del patrimonio danzilmarés[1]; a mí eso nunca me importó e inmediatamente dejé de prestarles atención. Otro de los anuncios que causó emociones diversas (sobre todo confusión) fue que los investigadores habían descubierto que los números con que estaban paginadas las láminas no necesariamente se correspondían al orden lógico de los relatos que contenían, al menos para los relatos más largos. Ésta había sido una de las razones por las que había resultado tan difícil decidir el orden en el que iban a estar organizados los libros, y al final se decidió respetar la paginación más que sus propios juicios sobre la coherencia narrativa. Así pues, advirtieron que parte de las obras podrían resultar incoherentes para los acostumbrados a la linealidad literaria. Con respecto a esto mismo, aclararon que habían decidido respetar la naturaleza fragmentaria de las láminas, es decir, los relatos estarían formados por fragmentos separados entre sí por tres asteriscos, a los que llamaron “Cambios”. Cada “Cambio” indicaría que el siguiente fragmento pertenecía a otra lámina, por lo que éste iba a ser diferente del fragmento anterior en escena, tiempo, espacio, estilo o perspectiva, a veces tan súbitamente que parecían desviarse del relato. Luego de eso se pusieron a parlotear sobre el valor que ese contenido representaba para la raza humana, pues seríamos testigos de un conjunto de historias abandonadas en nuestro mundo por algún ser desconocido que, por alguna razón (de nuevo lo dijeron así), quería que nosotros nos enteráramos de ellas. Aquí fue cuando apagué el televisor; no me interesaban las exageraciones y patrañas que todos se esforzaban por hacer sobre la importancia de esas historias sobre nuestro mundo. Decidí que, aunque hubieran llegado a este mundo puestas por algún dios de otro universo, iba a tratarlas igual que cualquier otro libro.

    En este momento tengo el primero de los libros conmigo; lo ordené por internet apenas salió a la venta y se agotó en pocas horas. Es un pequeño libro de relatos que han llamado El Oxímoron. Me siento enormemente complacido de que la introducción a este libro sea la misma que os he puesto al principio de este escrito, como si toda esta futura serie de libros hubiera pasado por mis manos primero.



    [1] Al día de hoy, todos los escritos bajo el nombre de ParalefikZland tienen oficialmente a Danzilmar como su país de origen.
     
  2.  
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

    Virgo
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    16 Agosto 2012
    Mensajes:
    265
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    ParalefikZland: El Oxímoron
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    12
     
    Palabras:
    2329
    La caída del Viajero



    Le habían dicho al Viajero que visitara esa realidad compuesta de enormes caminos bordeados por un océano de riscos. Sin sol ni luna ni estrellas, el negro del cielo se mezclaba con la negrura del fondo de los acantilados por los cuales algunos seres se arrojaban. Muchos de ellos venían de ver al Sabio, y al dejarse caer tenían rostros tristes, impresionados, alegres o iracundos. El Sabio nunca repetía el mismo diálogo dos veces, había oído el Viajero, y cada uno de esos rostros que se despeñaban era un reflejo exacto de las palabras del Sabio, que acababa de revelarles la última realidad de sus existencias. Así aceptaban, gustosa o renuentemente, su caída por los abismos, con esperanza y desesperanza, pero siempre seguros de que el fondo sólo sería la siguiente etapa de su historia.

    El Viajero recorrió esos riscos preguntando por la casa del Sabio, y aquellos que sabían de su ubicación muchas veces se arrojaban a la negrura inmediatamente después de señalar el camino al Viajero. “El Sabio los ha de haber impresionado”, pensó el viajero, “y después del sabio no hay más camino que adelante, aunque para seguir adelante primero deban caer. ¿Será así conmigo? ¿Sentiré también esa necesidad de caer después de conocer la verdad última de mi existencia, y me despeñaré por esos abismos? Habrá de suceder, me temo, todo aquello que mi limitada imaginación pueda pensar; una pérdida de tiempo es preocuparme”.

    La casa del Sabio estaba esculpida en la roca del interior de una cueva, la iluminaban antorchas en la entrada, que estaba bloqueada por una cortina gris; de ahí salió un ente que se debatía entre llorar y reír, por lo que al pasar junto al Viajero iba haciendo ambas acciones separadas por un tic nervioso, y el Viajero observó cómo éste se precipitaba hacia la caída más cercana.

    El Sabio estaba sentado del otro lado de una pequeña mesa redonda de piedra. La habitación era de paredes de granito, polvorienta e iluminada por apenas cuatro antorchas cuyos fuegos morían poco a poco. El Sabio no recibía más visitas cuando las antorchas se apagaban, le habían dicho al Viajero. El Sabio le dio la bienvenida y lo invitó a sentarse en una silla de piedra que estaba frente a la mesa. El Viajero se acomodó. El Sabio estaba completamente cubierto de tela negra, incluida la cabeza; no se le veía ni los ojos ni la boca. El Viajero tuvo la impresión de que debajo de aquella tela de forma humana en realidad no se hallaba un cuerpo tangible, como si el Sabio no fuera más que una sombra viviente.


    “¿De dónde vienes y a dónde vas, Viajero?”


    Su voz tenía la reminiscencia del timbre de una garganta humana, pero insonora, pura y cristalina como un diapasón.


    “De dónde venimos y a dónde vamos todos los viajeros: de todos lados y a todos lados”.

    “¿Has viajado mucho?”

    “Es absurdo decidir si he viajado mucho o poco. Otros como yo viajan durante eternidades; otros se aburren después de visitar mil o dos mil realidades. Para algunos he viajado demasiado; para otros no he viajado nada”.

    “¿Y ya te has vuelto un dios?”

    “Era un dios desde antes de adquirir mi naturaleza de viajero. Todos somos dioses en algún mundo. He viajado a mundos en los que soy el ser supremo; controlo las galaxias, destruyo universos de un golpe, los vuelvo a crear y modifico a mi capricho, y a veces se destruyen con sólo mi presencia. Sin embargo, también he estado en otros mundos en los que soy menos que una mota de polvo; me han matado miles de veces dándome el más inocente de los abrazos, la más leve gravedad me ha hecho pedazos, el ruido más inaudible me ha dejado sordo, y mi cuerpo se ha desintegrado por el simple hecho de permanecer un instante en uno de esos mundos. Es en las Magnitudes que mi existencia adquiere equilibrio y balance”.

    “Si tu vida está ya en balance, ¿qué es lo que esperas de mí? ¿Qué puedo decirle yo que le sirva a un Viajero como tú?”


    En este punto el Viajero miró con desconfianza al Sabio.


    “Tú eres el Sabio que conoce la verdad última de la existencia, me han dicho. Quiero saber hasta cuándo, hasta dónde, continuará este proceso de viajes que no tienen más propósito que hacer más y más grande la burbuja en la que existo, que llenarme de sentimientos y conocimientos de mis infinitos alter egos, y aumentar mis poderes hasta convertirme en dios en las magnitudes superiores”.


    El Sabio rio. Su risa se sentía como un aire marino.


    “Quien te haya dicho que es mi don el conocer la verdad última de la existencia de todos te ha mentido, o eres tú quizá el que se ha equivocado de universo y estás ante el Sabio equivocado”.

    “Fueron homólogos míos los que me han dicho de ti, en este preciso universo y tiempo. No puede haber error alguno”.

    “Deben haber sido ellos los que han interpretado su entrevista conmigo como la “verdad última de la existencia”, lo que eso signifique. Vienen muchos seres conmigo, muchos viajeros como tú también. Mi objetivo nunca ha sido más que el de escuchar y contestar. Pienso en mí más como un platicador que como un Sabio. A veces, cuando las mentes de los que me visitan son muy débiles, les platico diciendo lo que quieren oír, y esos no siempre se preocupan por aquello que llamas “verdad última de la existencia”. Mi diálogo lo modifico de acuerdo a ellos, pero al final siempre acabo diciéndoles la misma cosa a todos y cada uno de ellos”.


    El Viajero se emocionó.


    “¿Qué?”

    “¿Ya tan rápido quieres terminar nuestra plática? Te acabo de decir que eso sólo lo menciono al final. Y es generalmente en ese momento cuando sus rostros cambian: se aterran o se emocionan, salen de aquí locos o iluminados, pero en todo caso acaban arrojándose por los precipicios. No tengo idea de por qué lo hacen ni qué hay del otro lado”.

    “Un compañero mío, que se arrojó luego de hablar contigo, me dijo que al final del precipicio simplemente volvió a su realidad original, y continuó viajando como si no hubiera pasado nada”.

    “Este compañero tuyo, ¿no te contó lo que yo digo al final de mis pláticas?”

    “Nadie habla nunca de los detalles de lo que se dice aquí; se han negado a todas mis peticiones. Pensé que se debía a que era algo diferente e irrepetible para cada quién, por lo que sería inútil explicar a los demás qué ha sido aquello que les ha hecho arrojarse al vacío”.

    “¿Hay alguna razón por la cual te urja saber hasta cuándo durará tu estatúo de Viajero? ¿Ya estás cansado de visitar las infinitas realidades, de ser un dios al mismo tiempo que eres menos que una mota de polvo, y de seguir expandiendo tus experiencias a lo largo y ancho de la existencia?”


    El Viajero dudó un poco si contestar esa pregunta directamente o si debía dejar en claro su respuesta por medio de alguna metáfora o relato que ejemplificara su inquietud, pero viendo que las antorchas estaban restringiendo su tiempo, se limitó a responder:


    “Sí, ya estoy harto”.


    El tono metálico del sabio se tornó más relajado; los restos de su antigua voz humana cobraron más fuerza. Ese cambio estremeció un poco al Viajero.


    “Cuando yo era anciano en mi primer mundo, también estaba harto. Recuerdo aquellos lejanos tiempos en los que sólo conocía una realidad, cuando creía que los hechos del mundo eran especiales, únicos y sin comparación. Intenté acabar con mi vida por estar harto de vivir. Pero no morí. Por más que lo intentaba era imposible acabar con mi vida. En ese momento no lo entendía, pero mucho después supe que en realidad era mi mente la que continuaba con vida cambiando de universo cada vez que intentaba matarme, y de ese modo viví cientos de años. Los seres de mi mundo se asombraron de mi aparente inmortalidad; me llamaron el más grande milagro del mundo. Me estudiaron y me dedicaron una rigurosa investigación, intentaron matarme y nunca moría; siempre había algo que favorecía que mi muerte fallara. Mucho después aprendí que sí iba muriendo, pero mi mente, sin darme cuenta, viajaba a los mundos en los que aún vivía. Finalmente me harté también de ese estado (que en ese tiempo consideraba único en mí), y tiempo después apareció ante mí un Viajero como tú. Tu rostro es muy similar, a lo mejor en verdad fuiste tú el que me sacó finalmente de esa vida y me convirtió en un Viajero”.

    “No he hecho nada como eso”.

    “Ahí es a donde va mi relato. Fui un viajero por cientos de eternidades, así como tú, y adquirí poderes, conocimientos y viví como un ser inmaterial, hasta que finalmente un día me harté, como tú, de ser el más poderoso y el más débil de la existencia, y de viajar por el simple hecho de que podía hacerlo, sin un objetivo en particular”.

    “¿Qué hiciste?”

    “Elegí volver a vivir una vida común, naciendo en un mundo distinto a mi mundo original, esperando que, si volvía a empezar de nuevo y borraba las memorias de mi naturaleza, mi existencia volvería a ser interesante. Así reencarné en un mundo nuevo, sin saber que era en realidad un Viajero que se hartó de viajar y decidió olvidarlo todo para empezar de nuevo. ¿Sabes qué pasó después? El mismo ciclo continuó casi exactamente igual que la primera ocasión: la inmortalidad cuántica mantuvo viva mi mente hasta la llegada de otro viajero, y volví a viajar entre los universos por varias eternidades. No tenía el más mínimo recuerdo de haber sido ya un viajero, pues en mi estado de gran poder pude suprimir todas esas memorias. Eventualmente volví a hartarme y volví a decidir empezar de nuevo, luego volví a ser un viajero y me volví a hartar. ¿Cuántas veces crees que he hecho este mismo ciclo?”

    “Dime”.

    “Es el número más cerca del infinito que puedas pensar. Tantas veces he vivido, tantas veces he viajado, y cada vez era un ser diferente. He sido monstruos, humanos, criaturas de todos los formatos, seres de todos los tipos, de todos los tamaños, de todas las complexiones y formas. Lo hice tantas veces que eventualmente empecé a darme cuenta de que había algo raro en mí mientras vivía todas esas vidas: tenía recuerdos raros, imaginaciones extrañas, sabía cosas que nunca había vivido y en mi mente se formaban ficciones a partir de ellas. Surgían como ideas creativas que en un principio atribuí a un gran genio imaginativo, escribí muchos libros y obras, y todos también pensaban que sólo se debía a mi maestría en el arte de la ficción. Pero sólo eran recuerdos y visiones que mi mente había adquirido de otros universos paralelos en los que había vivido ya. Pasé por ese ciclo tantas veces que mi naturaleza se fue haciendo más difícil de ocultar. Llegó un punto en el que mi naturaleza se manifestaba en todas mis vidas y me llamaban divino o sobrenatural, me ofrecieron cultos y ofrendas, me proclamaron salvador, el hombre tocado por los dioses. Al irme de esos mundos ya no era un viajero común. Decidí volverme lo que soy ahora: una inútil sombra casi omnipotente, al menos en los mundos de magnitud inferior a mí. No importa cuánto me diga que no volveré repetir ese ciclo que me llevó a lo que soy ahora, inevitablemente lo haré y quizá mantenga mis memorias, o quizá no. Pero dime, Viajero, si este ciclo continúa indefinidamente, ¿cuál será la consecuencia lógica? ¿Cuál es el resultado de poder vivir infinitas vidas por toda la eternidad, en toda la vastedad de los infinitos universos paralelos?”


    El Viajero sentía una increíble emoción en la cabeza, una extraordinaria fuerza gobernaba su espíritu y lo dejaba al borde de la euforia, pero al mismo tiempo sentía un sobrecogimiento que el temblor de sus brazos delataba. No dijo nada. El Sabio continuó:


    “Soy todos, Viajero, en todos los espacios y tiempos existentes, según dónde y cómo elija reencarnar en ellos. Infinitamente decidiré reencarnar en todas las versiones de lo que he sido ya y en otros seres nuevos que nunca he sido, y en todas las versiones de estos también”.

    “Entonces también eres yo”.

    “Todos los seres somos un único ser, un único viajero que se harta y viaja sin fin por siempre y para siempre, y nunca dejará de hacerlo porque los seres no tienen fin. Quizá tú mismo ya has sido yo, probablemente hayas vivido muchos más ciclos que yo y aún no te das cuenta. Todo esto también puede aplicarse a cada ser que exista, incluidos aquellos que acaban de lanzarse por los acantilados”.


    Las antorchas se habían apagado tanto que la figura del Sabio apenas se distinguía de la oscuridad de la cueva.


    “¿Eso es todo?”

    “Eso es lo último que le digo a todos los que me visitan. Recuerdo haber sido muchos de ellos y por eso les he hablado íntimamente. Han venido otros que me han resultado interesantes, me han dejado deseando repetir el ciclo una vez más para ser ellos. Quizá no recuerdes haber sido yo, quizá no recuerdes quién eres ahora cuando seas yo. En cuanto a mí, espero poder acordarme de ti cuando sea tú.”


    El Viajero permaneció un rato sentado en aquella oscuridad total. No sentía ya ninguna presencia del otro lado de la mesa de piedra. Salió de la cueva y caminó lejos de ahí, volviendo sobre sus pasos con el espíritu agitado y la mente dividiéndosele en infinitas decisiones. Su camino se bifurcó sin fin y fue hacia todas esas direcciones. Uno de ellos se detuvo a la orilla de uno de los negros abismos y contempló la nada que había entre ellos y el cielo.
     
  3.  
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

    Virgo
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    16 Agosto 2012
    Mensajes:
    265
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    ParalefikZland: El Oxímoron
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    12
     
    Palabras:
    2970
    La descentralización

    Ánkora por poco olvida las llaves de su casa cuando, tras un momento de intensa cavilación, había decidido que ese día renunciaría a su empleo. Habiendo tantos mundos en los que aprovecharía mejor mi potencial, ¿por qué quedarme en esa compañía donde no hago más que sentarme atender a los que quieren ver al jefe? Sí, de vez en cuando es verdad que me llaman y puedo estirar las piernas un rato, el ambiente honestamente podría ser peor… ¿irá hoy Néing o seguirá enfermo? Me dijo que en su mundo no existen las mismas enfermedades que en el mundo donde está la compañía, me preocupa que se haga el resistente y termine con los hogls amputados de nuevo. Meditando sobre cómo llegaría hasta la oficina de su jefe y le entregaría su renuncia, llega a la estación de viajes. Se interna en aquel laberinto cúbico como siempre lo había hecho desde que era niña, y camina hacia la sección que contiene los cubículos de octava dimensión, dado que el mundo donde trabajaba se encuentra fuera de su megaverso. La estación es lo bastante grande para que casi nunca se tuviera que esperar por un cubículo vacío; Ánkora sólo una vez en su vida tuvo que tener paciencia para viajar a otro universo: tenía diez años, la habían invitado a la fiesta de cumpleaños de una amiga que vivía en un multiverso un poco lejano, lo que sabían ella y otras dos amigas que la acompañaban era que la festejada había alquilado un cubículo para que los invitados se transportaran directamente a su casa, pero había cometido el error de invitar a media realidad a su fiesta, y los invitados que saturaban ese único cubículo fueron tantos que Ánkora y sus amigas tuvieron que esperar más de una hora hasta que las coordenadas del cubículo finalmente se marcaran como disponibles. Ella había sugerido que simplemente pusieran las coordenadas de la estación de viajes más cercana a la residencia de la cumpleañera y ellas caminarían el resto, las razones por las que no habían hecho eso ya no le quedan muy claras ahora. Cuando al fin entra a uno de los cubículos de octava dimensión (desde la infancia no había podido evitar compararlos con gordos refrigeradores cilíndricos, cuyo color gris daba sueño al mirarlos), recuerda borrosamente que le habían dicho algo de que no habría sido educado llegar a la fiesta de otro modo, cuando habían dispuesto tan gentilmente de un cubículo personal. Fuera como fuera, sus memorias durante esa hora de espera son de aburrimiento, pasándosela percutiendo ruidosamente con el pie contra el suelo gris, cuya consistencia recordaba un poco a la arena mojada.



    ***​


    “Le damos la bienvenida”

    Ánkora pone en el suelo su portafolio y se dirige hacia el panel, pegado a la pared curva.

    “Le recordamos que este cubículo sólo transporta hacia megaversos. Por favor, verifique que las coordenadas hacia las que desea viajar se correspondan con las de un megaverso; de lo contrario, haga el favor de salir…”

    Ánkora había sacado su tarjeta de viajes y la había metido en la ranura del panel. Al ser detectada, tecleó su contraseña en la pantalla táctil y apretó el botón silenciador de la derecha; ya está harta de escuchar la misma voz todos los días, como si fuera siempre la primera vez que viajaba. En la pantalla aparece la listas de “coordenadas guardadas, nueva coordenada, añadir y eliminar coordenadas”, selecciona su lista de coordenadas guardadas: Mamá-Universo, Sorenkiu-Multiverso, Zúruk-Ultraverso, Sol verde-Multiverso, Tía Vénua-Universo, Parque de las flechas-Megaverso, Papá-Ultraverso… Bajó por la lista con el dedo hasta que llegó a Trabajo-Megaverso. Lo selecciona y aprieta en viajar, pasan unos segundos, la pantalla pregunta Confirmar viaje a Trabajo-Megaverso-MegEx*2245*4653708*0078, ella confirma y la pantalla muestra viajando. Cuentan algunos que la primera vez que utilizaron los cubículos pudieron sentir, por una fracción de segundo, cómo el cubículo traspasaba la brana del universo; una ligera y sutil sensación de algo viscoso fuera del cubículo viajaba a través de sus pies, pero había que estar muy atento para percibirla. Ánkora intentó sentir aquello muchas veces cuando era niña, nunca llegó a estar segura de si alguna vez lo sintió de verdad, o si lo poco que llegó a sentir no había sido más que su percepción engañada por la expectativa. Ahora el viaje era casi instantáneo; tardaba más tiempo elegir el universo al que se quería ir que el viaje en sí. La pantalla ahora muestra el mensaje: Viaje realizado. Ánkora abre su portafolio y saca su huónt[1], que luego, como un collar para perros, se pone alrededor del cuello, aunque la forma del artefacto recuerda más a una diadema para el cabello que le deja la garganta descubierta. Entonces sale del cubículo.


    ***​


    Si no fuera por el huónt, los sentidos de Ánkora no habrían percibido más que densas nubes opacas que chocaban unas contra otras, desprendiendo luces azules y amarillas al arremolinarse ascendiendo y rebotando en una turbulenta danza de aire vacío y pedazos de niebla. Pero el huónt registraba el mundo a su alrededor y se lo traducía a sus sentidos de un modo que su mente pudiera comprender más o menos: ella percibió rectángulos similares a calles y cuadrados como edificios, la primera vez en ese mundo tuvo problemas para orientarse porque todo parecía estar en segunda dimensión; le costó algo de trabajo caminar con la misma naturalidad que como lo haría en su mundo, pero la costumbre, día a día de viajar hasta ahí para ir a trabajar, habían vuelto esa experiencia pura monotonía. Caminando por esas “calles”, el huónt percibía seres y los interpretaba como vagas figuras humanoides o monstruosas que se movían de un lado a otro. Sus voces, que normalmente no podría escuchar, eran interpretadas en los oídos de Ánkora como un danzilmarés sumamente estándar, con tonos que sonaban falsos y casi sin emociones. Recordó que días atrás había visto cerca de su casa un anuncio que promocionaba la nueva versión de los huónt: Verás cómo en tu realidad, escucharás como en tu realidad. Ánkora ya quería comprar esa nueva versión, pues estaba cansada de las formas abstractas de la versión actual. Otra función esencial del huónt es hacer que el usuario adquiera una estructura similar a la de los seres nativos de otros universos. Desde el punto de vista de los seres a su alrededor, Ánkora se veía como un intento bastante pasable de niebla colorida, al que aún se le notaba una consistencia bastante opaca que delataba su procedencia de otro mundo. Ánkora también había visto a seres de ese mundo en su realidad, como turistas, y ellos también portaban su propia versión del huónt que también parecía hecho de niebla, y los percibía como monigotes con disfraces y máscara humanas.


    ***​


    Hoy renunciaré, sí (esquinas puntiagudas de las “calles”) visita un poco más antes, ¿no? ¿A este mundo? Se siente bien (el aire) fresco, (yo) sé qué hacer, iré (a trabajar al mundo donde vive Zúruk, que me propuso ayudarlo con el negocio de las tecnologías para universos de pintura) (pero) volver quizá después, no quiero (irme para siempre) [Seres hablan: —Oye no, pues, eh, a rato, ¿sí?, deja primero avisar a los demás y vemos], bastante (son como nosotros), (espero volver a ver a) Néing (los higtds que salen de su “cabeza”) son interesantes, (intento de sonrisa) (él dice que) en su mundo no pueden (sonreír), no es natural. (Sonrisa) le gusta cuando lo hago (yo) (se me queda mirando): hazlo otra vez (pide) [Al doblar una esquina, un grupo de pájaros turistas, que Ánkora percibe grandes y azules, nítidos porque son originalmente de un universo primo del suyo, cantan: Ecce gratum] ¿Siguen (aquí)? ¿Aún no se van? Bueno, es agradable (escuchar aquí un canto que yo pueda oír como en mi mundo). [Seres se reúnen para escuchar admirados a los pájaros. Ánkora los pasa y se aleja]. Alguna vez quise (ser cantante), pero no tenía una buena (voz), (y tuve que) trabajar. (Estrés y cansancio de días de estudio y trabajo. (Buscaba la) independencia, (nunca me sentí) independiente. (Esto es)… la independencia es una ilusión (un bebé bebiendo del biberón); sólo cambiamos de biberón a lo largo de la vida. El trabajo (papi, mami, biberón, teta, falda y brazos maternos). (El jefe) depende de sus empleados; (el rey) depende de sus súbditos; (el dios) depende de sus creaciones. No hay independencia mientras sigamos comiendo, durmiendo, bebiendo, necesitando este huónt. (Incluso si voy a trabajar con Zúruk) no seré independiente, (incluso si inicio mi propio negocio) seré dependiente, (incluso si tomo mis propias decisiones y lucho por mi libertad) no tengo independencia. (Un cuerpo con atributos limitantes) (siempre) dependiente de este cuerpo y este ser.


    ***​


    Percibió el edificio de la compañía y entró por una “puerta” hecha de una “membrana”. Al principio solía saludar a los trabajadores que se encontrara en su camino mientras estos avanzaban hacia sus respectivos puestos, pero pronto se dio cuenta de que un nivel de diferencia tan enorme como lo eran sus dos mundos hacía prácticamente imposible una convivencia cercana y con canales de comunicación abiertos para todos los seres, lo cual no era un problema debido al sistema que la compañía tenía para acoplar a los seres de diferentes mundos; un ambiente en el que sus limitantes no supusieran una desventaja. Esto lo habían logrado adaptando los espacios de trabajo a las necesidades de cada ser. En el caso de Ánkora, su cubículo, que se encontraba fuera de la oficina del jefe, estaba hecho con materiales de su mundo: madera y plástico, la pantalla holográfica estaba diseñada para poder ser usada con el huónt de manera telepática. Cada vez que algún ser llegaba con la intención de ver al jefe, ella guardaba en el archivo la información del solicitante y la base de datos revelaba información sobre él. Tenía una serie de requisitos mínimos que se debían cumplir para conceder la consulta con el jefe, y constantemente tenía que explicarlos una y otra vez porque al ser a veces le habían dado los requisitos equivocados o en la proporción insuficiente. No faltaban los que ni siquiera tenían conocimiento de los requisitos y pedían una lista detallada de todos. Esto era lo que más frustraba a Ánkora: los requisitos andaban cambiando todo el tiempo; había días en los que podían ser centenares de requisitos diferentes, todos tan específicos y minuciosos que mientras estuvieran vigentes no había ser que pudiera entrar, pero al día siguiente podría ser un solo requisito, por lo que se formaban enormes filas de seres que esperaban, con impaciencia, su turno para ver al jefe. En el primer caso, siempre terminaba explicando y dictando los requisitos durante todo el día; y en el segundo, tenía que controlar a decenas de seres que tenían prisa por ver al jefe antes de que los requisitos cambiaran. Esto podía ocurrir de repente; Ánkora recibía en su pantalla transparente la información de los nuevos requisitos con tanta frecuencia que el resto de su trabajo consistía en leer listas y listas de requisitos durante todo el día. Eran relativamente tranquilos los días en los que los requisitos no cambiaban; sólo tenía que explicarlos a cada solicitante, sacaba las citas o las negaba, y a veces pasaba el resto del día sin hacer nada, pero debido a la naturaleza errática de los cambios de requisitos, sus momentos de ocio estaban contaminados por constantes vistazos a la pantalla. Tenía la impresión que a cada rato algo había cambiado, y no dejaba de revisar la lista una y otra vez en busca de algún pequeño cambio que hubiera escapado a sus sentidos. En resumen, si no estaba ocupada atendiendo a los solicitantes, explicándoles los requisitos y manteniendo la calma cuando había filas, tenía que estar el resto del tiempo comprobando el estado de los requisitos. Sus descansos tampoco tenían consistencia; estos le eran señalados por medio de un aviso que aparecía en su pantalla. La reanudación de su trabajo era anunciada del mismo modo, y el momento de este aviso también era diferente cada día, por lo que durante todos sus descansos tenía que estar atenta al aviso de reanudación. Había ocasiones donde el aviso del descanso nunca llegaba y terminaba trabajando más de ocho horas sin parar; otras veces era el aviso de reanudación el que nunca llegaba y se pasaba todo el día sin hacer nada más que tener que estar pendiente de él. La última particularidad que podemos mencionar de su trabajo es que, en algún momento igualmente azaroso de su turno, aparecía en su pantalla un aviso del jefe en persona, el cual era siempre para hacerla entrar en la oficina para que le encendiera un cigarrillo (razón por la cual Ánkora siempre llevaba un encendedor en su portafolio), y este aviso podía aparecer ya sea mientras Ánkora se encontraba a mitad de la conversación con un visitante o durante sus descansos. En el primer caso, solía contestar al enojo del solicitante que si entraba, podría intentar convencer al jefe de dejarlo entrar inmediatamente, lo cual era siempre bien recibido por el solicitante, pero nunca se lo permitían, absolutamente nunca, ni siquiera cuando Ánkora, en un lapsus de generosidad, o como una manera de intentar quitarse de encima al solicitante, lo intentaba de verdad.


    ***​


    Te preocuparás porque en todo el día no has visto a Néing, recordarás cómo con su sola presencia, que percibes como un manojo de figuras sin sentido, te hace sentir un pequeño alivio que nunca te has sabido explicar. El simple hecho de que de repente pase por tu escritorio y mueva a la distancia sus múltiples apéndices en tu dirección, en un gesto que, para tus sentidos, asemeja torpemente a lo que en tu mundo se conoce como saludo, te hace sonreír y calma tus nervios, como si el apreciar ese inocente intento de un ser de otra realidad por imitar tus modos, por reconocer tu existencia, pese a que nunca llegará a comprender ni un cinco por ciento de lo que eres, te hiciera regresar a aquellos lejanos tiempos, antes de los viajes universales, en los que tu realidad era el centro de todo cuanto existiera, cuando los seres como los que te rodean estaban catalogados en una obsoleta categoría llamada ficción, cuando los seres de otros mundos, atrapados en la abstracción, eran los que tenían que reflejar los modos y necesidades de tu realidad para ser considerados valiosos, significativos y admirables. También recordarás cómo, al terminar tu turno de trabajo, te encuentras con él en la salida y te pide que sonrías, pues ha escuchado que para los de tu mundo el sonreír es una parte importante de sus costumbres, y a él le da tanta curiosidad ese acto que no puede evitar pedírtelo cada vez, y eso te gusta y accedes a sonreírle, con tal de volver a sentir que un ser de otro mundo se rinde a los modos de tu realidad. Pero luego tu amorfo compañero de trabajo continúa siempre su camino, y así todo homenaje y centralización que ofrece a tu mundo se esfuma, y te vuelves a sentir como lo hizo la tierra al enterarse de que nunca fue el centro del universo.


    ***​


    Siéntete triste, te lo ordeno, pues en tu último día de trabajo en esa empresa no verás de nuevo a Néing, que él siga enfermo, que le amputen los hogls con tal de que no pueda ir a saludarte ni pedirte que le sonrías. Pero también siéntete esperanzada, pues renunciarás e irás a un trabajo en un mundo donde no necesitarás el huónt. No te sientas fuerte, pues como tu bien has razonado: en ningún universo serás completamente independiente hasta que no elimines toda tu naturaleza. Date cuenta de los seres de ese universo, ellos ya eliminaron de sí mismos muchas definiciones que a ti aún te aquejan; envídialos, desea ser como ellos, olvida por unos momentos tu mundo original, aquel que antes llamaban real, y anhela ser más que lo que ese mundo te puede ofrecer, ten la idea de que puedes ser más de lo que eres si no te limitas a los universos de tu formato y estructura, siente las ganas de huir del centro y acercarte a los bordes peligrosos, ahora siente que en el fondo no quieres trabajar con Zúruk sino que quieres encontrar tu libertad en un mundo similar a aquel en el que todo es bruma, luz y ruido. Sueña con eso sólo por unos segundos; no lo pienses tanto que te lo tomes en serio; piénsalo como una idea fugaz, inmadura e irrealizable porque, al fin de cuentas, perteneces a una realidad y no querrás dejarla; en el fondo no estás lista para apartarte del centro.

    Que el mensaje del jefe aparezca en tu pantalla. Entra a la oficina. Aprovecha para renunciar, o no lo hagas: ¡te doy la libertad, te condeno a la libertad, Ánkora! Tu jefe, que es una inmensa presencia brumosa que cubre toda la “oficina”, te pedirá que enciendas el cigarrillo que está sobre la “mesa”, pues no domina el fuego. Él ama ese invento de tu mundo; se centraliza en torno a él durante esos momentos. Se había vuelto adicto al cigarrillo un día en que había viajado a una realidad similar a la tuya.





    [1] Literalmente significa “cadena”.
     
  4.  
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

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    ParalefikZland: El Oxímoron
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    Avestruz[1]

    Abrí los ojos y vi a mamá gaviota tras el agujero que mi pequeño pico había hecho a través del cascarón. Ya había visto las sombras casi amorfas, y escuchado los apagados sonidos del mundo exterior desde que todo mi cuerpo estaba cubierto por la yema. ¿Habría fuera del huevo un mundo similar o sería por completo diferente? Ambas posibilidades me parecían igual de aterradoras, pero era un hecho que tenía que salir de aquí. Siendo sinceros, nunca estuve muy cómodo ahí dentro; no había nada que hacer, no había propósito, no había confort, decidí que al salir iba a intentar buscar en el mundo exterior aquello que sentía que me faltaba dentro del huevo.

    Mamá gaviota salió volando y chillé, mis hermanos y hermanas también chillaron y alzaban sus cabecitas, empezaron a salir de sus huevos y ninguno me vio ni me lanzó un graznido. Se atropellaron torpemente en el nido y yo me quedé un poco más en mi huevo hasta que mamá gaviota llegó, por instinto alzamos los picos, suplicando ser alimentados, me sentí desesperado; mis hermanos y hermanas se atropellaban aún más a los pies de mamá gaviota y abrían los picos chillando, nos dolía algo adentro y sólo sabíamos que mamá gaviota podría calmar nuestra desesperación. Mamá gaviota empezó a regurgitar una sabrosa masa rojiza en nuestras boquitas, a cada uno le tocaba menos y menos, temí que no quedara nada para mí, y fue verdad: no me tocó, pero mamá gaviota volvió a volar y yo chillé y lloré de hambre, y mis hermanos y hermanas satisfechos se habían puesto a picotearse entre ellos y a explorar los confines del nido. Mamá gaviota volvió y le supliqué “mamá, me muero, qué desesperación tan insufrible, algo me mata por dentro, por favor mamá”, y mamá gaviota alivió mi tormento con la delicia rojiza que salió de su boca que cariñosamente vertió en la mía.

    Así comencé a existir en la sociedad de las gaviotas. Por mucho tiempo no tuve contacto con mis compañeros de especie salvo por mi madre y mis hermanos y hermanas. Nunca logré comprenderlos, nunca me dirigían ni un sonido que compartiera sus pensamientos, únicamente se me acercaban para reconocerme picoteándome las plumitas y apoyándose en mí durante las siestas. Éramos seis en el nido. Uno murió por alguna razón una mañana, nunca supe por qué, simplemente amaneció muerto, un día antes había estado muy agotado, tirado en un rincón del nido y respirando con dificultad; sus plumitas se levantaban como el mar en un día de mucho viento. Mamá gaviota lo tomó con el pico por la cabeza y lo arrojó del nido. Una de mis hermanas también murió cuando, movida por su curiosidad y o imprudencia, se encaramó al borde del nido y resbaló, sus alitas, con apenas plumas, se agitaron desesperadamente en su intento por lograr apoyarse en un poco de aire para mantener el equilibrio, un instante ahí estaba, al siguiente no. El único contacto que tuve con los demás de mi especie fue a través de los chillidos que nos llegaban a lo lejos, eso y las visiones lejanas que teníamos de ellos cuando sobrevolaban el mar y se veían tan pequeños, nada parecido a lo que éramos nosotros en el nido y tampoco se parecían a mamá gaviota. Me preguntaba si algún día cambiaría así como ellos y saldría del nido así como había salido del huevo.

    Esa oportunidad llegó el día en que aprendí a volar. Mis hermanos y hermanas tuvieron miedo, pero yo estaba emocionado, pues iba a abandonar otro sitio en el que ya no me sentía cómodo e iba a poder habitar en el resto del mundo como los demás. Cuando llegó el momento me paré en la orilla del nido y miré al suelo, luego al mar, luego al cielo, luego al suelo otra vez y me arrojé. Mis alas ya desarrolladas se desplegaron y sentí el aire como un muro sólido debajo de ellas, me nivelé y luego alcé mi vuelo hacia el cielo. Entonces algo me incomodó terriblemente: había sentido la emoción de la experiencia nueva y necesaria para mi vida, pero por alguna razón ese acto tan natural en mi especie no logró alegrarme, no me sentí más vivo ni importante, sentí el aprender a volar como algo tan natural que no podía tener nada de especial, lo que me deprimió por completo y que no me liberó de las inquietudes que había desarrollado en el nido, a los pocos minutos de estar volando ya me sentía angustiado de nuevo.

    No volví al nido de mamá gaviota. Me mezclé entre los míos y aprendí a pescar zambulléndome en el agua. Después de un tiempo me volví todo un experto; salía a pescar al alba y comía unos cuantos pescados, luego tenía algunas horas para vagar por ahí sobre la playa, el mar o el pueblo humanos cerca del cual vivíamos. Mis compañeros no eran interesantes, cada vez que intentaba platicar con ellos acerca de mis experiencias volteaban la cabeza y me daban un pequeño picotazo como saludo, luego seguían chillando y se movían en los cables y se iban volando a pescar. Una vez vi a uno de los míos que igualmente se apartaba de los demás, permanecía horas observando el mar y volando muy cerca de los humanos. Quise decirle acerca de una idea que se me había ocurrido mientras observaba yo también a los humanos: “date cuenta de que ellos no se comen el pez tal y como nosotros, de algún modo les cambian el color, les quitan las escamas, pican la carne con pequeños dientes que tienen en las manos y desechan el esqueleto, ¿por qué nosotros no podemos ser así? ¿Tienen ellos algo que nosotros no sabemos aún? ¿No quisieras aprender sus secretos de cómo comer pescado de maneras tan diferentes? ¿No estás harto de tragarte el pescado completo?”, mas él solo volvió a chillar y a volar. Sólo era una gaviota vieja que poco a poco se iba quedando sin energía, por eso contemplaba el mar y volaba poco. La observé durante días y vi que ya casi no volaba, y apareció muerta una tarde. Me dio un miedo atroz, al ver su cadáver tirado en la playa, devorado por los gatos, de terminar de esa manera: muerto en el suelo, rendido ante el paso del tiempo, la vida que se le escapaba poco a poco hasta privarla del vuelo. Yo quise, desde entonces, que si había de morir, fuera volando.

    Como pasaba mucho de mi tiempo volando sobre las cabezas de los humanos, eventualmente logré escuchar detalles interesantes, aunque con poca importancia desde el punto de vista de una gaviota, como por ejemplo que la playa en la que nos encontrábamos la llamaban la Costa de Platino, ubicada en un lugar llamado Nió, al este de otro lugar aún más grande llamado Danzilmar. Me causó verdadera gracia que algún lugar pudiera estar dentro de otro lugar, y este dentro de otro lugar, así como yo había estado dentro del huevo y el huevo dentro del nido. Después me puso a pensar si tal vez, de ese mismo modo, todo aquello que podían contemplar mis ojos en realidad sólo se encontraba dentro de algo más grande, y miré al cielo y pensé que quizás ahí estaba el límite de ese lugar más grande, pero también ese lugar podría estar dentro de otro lugar más grande, y así y así hasta el infinito, pero ¿a quién le importaría, a quién le serviría de algo saber de la existencia de esos otros lugares tan grandes y lejanos a los que no podemos ir?

    Otro día vi un enorme pez en el agua, era tan grande que pensé que en su boca podrían caber varias gaviotas de una vez, pero para mi sorpresa lo vi comiéndose otros peces. Quise acercarme para preguntarle por qué, siendo él un pez, comía a otros peces como él. ¿No sería más correcto que, si hay gaviotas que comen peces, haya peces que comen gaviotas? Pero por más que le hablé no me hacía caso, será que sólo los peces se entendían entre ellos, será que mis palabras no le llegaban a través del agua, y entonces me sentí de nuevo irritado porque me di cuenta de que no había diferencia entre hablar con los peces, algunos de los cuales yo comía, y hablar con mis compañeros, con los cuales no hacíamos nada más que picarnos y descansar al sol. Me sentí más a gusto con los peces, pues ellos al menos me podían dar su vida a cambio. Un día vi a ese mismo pez enorme dar un enorme salto en el agua hacia mí, vi sus enormes dientes, cada uno más severo que el pico de una gaviota, y el pánico se apoderó de mí, me alejé de él primero, pero luego pensé en aprovechar uno de sus saltos para hablarle, y con suerte me escucharía y saltaría de nuevo para responderme. El plan no funcionó; al siguiente salto le pregunté: “¿qué criatura eres?”, pero al siguiente salto no me contestó, sino que dio otra dentellada en el aire. Estuve meditando la razón por la que saltaba de esa manera fuera del agua, no le veía ninguna razón lógica, y luego se me ocurrió pensar que quizás era un pez que se había cansado de la vida de pez y había querido experimentar como se sentía volar en el aire. Esa idea me llenó de entusiasmo y me animó a volver a intentar hablarle. Me acerqué cada vez más a él, cuidándome de que sus dientes filosos no me atraparan, pues creía que la razón por la que se empeñaba en saltar hacia mí era para poder comunicarse conmigo, y como no entendíamos nuestros lenguajes, aquella era la única manera que él sabía para hacerlo; llegué a creer que se había dado cuenta de que yo era como él y estaba tan ilusionado por compartir sus experiencias como yo.

    Mi desilusión llegó días después, cuando, al volar de nuevo hacia él para volver a intentar hablarle, uno de los míos fue por la misma dirección, dispuesto a zambullirse para atrapar un pescado pequeño. Yo había asumido que el gran pez no comía gaviotas porque sólo lo había visto comer peces, pero en ese instante saltó del agua y atrapó a mi compañero entre sus dientes, luego desaparecieron bajo el agua. Por un lado me felicité por acertar en mi idea de que un pez así comiera gaviotas del mismo modo que nosotras comíamos peces, pero de inmediato me sentí tan triste, tan traicionado, porque el único ser al que estaba empezando a considerar un posible semejante no tenía más intención que la de comerme, y esa tristeza se volvió un miedo obsesivo por esos peces enormes que comen peces pequeños y saltan para comer gaviotas.

    El tiempo pasó y traté de olvidar el asunto. Me apareé con una hembra que había visto muchas veces pescando por la zona donde yo lo hacía; había nacido cerca de mi nido y fue de las primeras gaviotas con las que intenté platicar, pero hasta el día en que nuestros instintos nos movieron a juntarnos para procrear, nunca había notado nada interesante en ella; tan genérica como el resto, no concebía concepto más allá del que le dictaba su naturaleza. Medité por qué había aceptado aparearme con ella, quizás tenía la esperanza de que de mi descendencia surgiera otra gaviota similar a mí, o que quería intentar integrarme de una vez con el resto de mi especie, cumpliendo al menos con esa actividad a la que nuestros genes nos atrapan para perpetuar su infinita reproducción, sin más propósito que la búsqueda de la vida, evitando la muerte de la especie tanto como fuera posible.

    La acompañé mientras empollaba nuestros huevos; le llevé comida todos los días hasta su boca mientras ella se dedicaba a brindarles calor, pero en su abrazo corporal no notaba más que el obligatorio cumplimiento de un instinto inviolable, una conducta maquinal que bien hubiera podido ser llevada a cabo por algunas mantas. Cuando nacieron mis pequeños tuve sentimientos encontrados; en ninguno de ellos vi parte mía; todos tenían la mente de su madre, la gestación había ignorado mis genes más importantes, los que me hacían darme cuenta del mundo como ninguna otra gaviota lo veía, y en su lugar se había centrado en los genes de mis picos y mis alas. Pese a eso, continué cuidando de ellos hasta el día en que aprendieron a volar, entonces se me ocurrió una idea y les sugerí que en vez de que cada uno volara lejos y se fuera del nido, sería mejor que todos permaneciéramos en el mismo hogar e hiciéramos un nido más grande, todos aportaríamos comida y materiales para el perfeccionamiento del hogar, pero todo cayó en oídos confusos; les parecía que lo natural, lo obvio, era volar del nido para conseguir el suyo en lugar de quedarse a fortalecer el que ya tenían.

    Mucho tiempo seguí viendo a mis hijos volando por ahí. Mi hembra pronto volvió a poner huevos de otro macho, y yo decidí no volver a intentar reproducirme, tal vez porque el trabajo durante mi tiempo como padre me había cansado, o porque ya no quería darle a la naturaleza la satisfacción de volver a propagar mis genes.

    Continué con mis solitarias observaciones el resto de mi vida. Cerca del final, cuando ya era una gaviota vieja y sentía cómo la energía abandonaba mis alas, hice una pequeña reflexión: así como nosotras las gaviotas somos de una manera, quizás exista otro tipo de pájaro que sea nuestro opuesto exacto. No hablaba de pelícanos o de las demás aves que siempre veía por ahí, sino otras que, si alguien las viera, diría: “esa es una gaviota con todas sus propiedades invertidas”. Nosotros tenemos alas grandes, patas pequeñas, picos largos y finos, cuellos cortos, plumas que nos cubren la cabeza, colores claros, y este pájaro hipotético tendría piernas grandes y fuertes, alas pequeñas, incapaces de volar, colores oscuros, cuellos largos y cabezas calvas, deberían habitar además en un lugar diferente al mar; tener patas así de grandes serían más apropiadas para correr por grandes distancias, así que de esa imaginación saqué también la existencia de un lugar en el que haya mucho espacio para correr.

    Estas meditaciones fueron hechas con la superficialidad de un sueño. No volví a pensar en ellas hasta el último día de mi vida, en el que, encontrándome pescando de mañana, como era mi rutina, de repente mi pico atrapó un pez que nunca en mi vida había visto; rojo como un litro de sangre, con ojos tan negros como el mar a medianoche, de su espalda salían dos espinas que se movían al mismo tiempo que sus aletitas casi transparentes, y su cola era como cuando la luna está haciéndose grande o chica. Iba a tragármelo cuando este pez habló de repente:

    “Si me comes, tu mayor deseo se volverá realidad, pero también tu mayor pesadilla”

    Sin saber qué pensar ante esas palabras, me quedé volando con el pez en el pico, sintiendo en mí un contradictorio sentimiento de miedo y emoción. Intenté hacer que volviera a hablar, impresionado de encontrar a un pez capaz de comunicarse conmigo, pero fue como si, después de haber dicho esas palabras, su mente con conciencia hubiera vuelto a ser como la de los peces normales. Volé más alto porque sentir el aire fresco de las alturas usualmente me ayudaba a pensar mejor. ¿Sería verdad lo que este pez había dicho? ¿Por qué no decir algo con más sentido, como: “déjame ir y tu mayor deseo se volverá realidad”[2]? No me lo habría creído tampoco, pero habría tenido sentido poniéndome en el lugar del pez. Estos pensamientos me aturdieron tanto que caí tarde en la cuenta de que, habiendo pasado demasiado tiempo fuera del agua, ya estaba muerto.

    Ya siendo inútil lamentarme, y sintiendo la necesidad de saciar mi hambre, lo engullí de un bocado. Y entonces, mientras aún seguía volando hacia el sol, volvió a aparecer frente a mis ojos esa mítica ave que había aparecido resultado de mis juegos invirtiendo las características de mi especie. Lo vi imponente frente a las pequeñas gaviotas; no podía volar, pero podía reflexionar. Claro, la habilidad de reflexionar, aquello de lo que carecen las gaviotas. Esta ave, al ser nuestro opuesto, tendría que tener la capacidad natural de observar su mundo con otros lentes que no fueran los del instinto. Ni el deseo de encontrar otra gaviota como yo, ni el de tener hijos que compartieran en algo mi pensamiento fueron tan fuertes en ese momento como mi deseo de convertirme en esa ave. Y sucedió.

    Me sentí caer. Mis pequeñas alas ya no atrapaban el aire, mis poderosas patas pataleaban y sentían el viento y la humedad de las nubes, mi cuello largo y mi cabecita sin plumas sentían el calor del sol. Ese pez había dicho la verdad: me había convertido en lo opuesto a lo que siempre había sido. Pero ¿y mi mayor pesadilla? Claro, imbécil de mí, tenía que comérmelo estando justo encima del mar, justamente en donde ya había razonado que el ave en el que ahora me encontraba convertido no podría vivir, me había transformado en el momento y lugar equivocado, y eso costaría que no pudiera disfrutar de mi deseo por mucho tiempo.


    ***​


    Veo a ese pez enorme que come peces y gaviotas, cada vez se hace más grande. Alegremente salta del agua, ansioso por recibirme con su eterna sonrisa hipócrita.





    [1] Aparentemente este cuento está inspirado en una vieja leyenda danzilmaresa que narra el nacimiento de los moas.

    [2] El pez decía esto en la leyenda original.
     
  5.  
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

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    2739
    Déla y el meteoro

    Entre todas las infinitas observaciones que mis alter egos decidieron diseminar entre todas las realidades en forma de láminas azules, encontré una que hablaba de una niña, de nombre Déla, que había nacido con la capacidad de detener el tiempo. En dicha crónica contaban que durante su primera infancia hubo momentos en los que su poder se activaba mientras dormía, y cuando despertaba, el tiempo volvía a su curso normal, daba así la impresión de que nunca dormía. Al avanzar en el escrito comprobé que, conforme fue creciendo, adquirió consciencia de su poder y empezó a utilizarlo en cuanto tuvo conocimiento del bien y el mal. Le habían inculcado (desde la lámina 4, cuando apenas había aprendido a gatear) acerca del valor del tiempo, descrito por sus padres y maestros como el mejor regalo que la vida puede ofrecer, y que su uso y cuidado debe ser tan importante y sagrado como lo sería el agua o el aire. Tan conmovida quedó Déla por estas enseñanzas que decidió que, si la naturaleza le había brindado con el poder de tener tiempo ilimitado, lo menos que ella podría hacer sería regalar un poco de ese poder a sus prójimos (lámina 6). Así empezó, desde la edad de siete años, a ayudar a cuánta persona necesitara un poco de tiempo. Solía salir a caminar buscando gente con problemas que pudiera solucionar, así ayudó a encontrar llaves, relojes, celulares, e incluso una vez, a los diez años, a un niño de tres años que había perdido a su madre (lámina 11); apenas hubo escuchado de la noticia del niño perdido por el periódico, detuvo el tiempo y salió a buscarlo, temiendo que algo malo le hubiera sucedido antes de haber detenido el tiempo, pero no descansó hasta encontrarlo, y al hacerlo estaba llorando en un callejón protegiéndose con pedazos de cajas de cartón de un enjambre de mosquitos, luego volvió a dejar andar el tiempo y llamó a la policía, y rato después contempló complacida al pequeño reuniéndose con su madre en la estación. Una vez salvó la vida de un joven que se había resbalado mientras limpiaba una ventana en el décimo piso de un edificio (lámina 21), logró darse cuenta del joven, escuchando su desesperado grito, cuando solo faltaban cinco metros para que tocara el suelo. Pese a que tenía tiempo ilimitado, Déla se apuró desesperada a una tienda de colchones, y uno a uno fue arrastrándolos hacia el lugar en el que el joven iba a caer, al final puso algunos colchones sobre los otros, creando una pequeña torre, y cubrió un perímetro de ocho metros cuadrados con más colchones solo para estar segura. Terminó arrastrando más de quince colchones. Al sentirse satisfecha de su trabajo, dejó correr el tiempo y el joven de cayó de inmediato sobre la torre de colchones, rebotó un poco y cayó hacia los colchones que rodeaban la torre, logró salvar la vida aunque resultó con huesos rotos. Aquel día reportaron que unos colchones que aparecieron de la nada habían salvado a aquel joven.

    La extensa crónica contiene vivencias similares que no valen la pena relatar a detalle (es probable que existan esas láminas en el universo en el que me lee y solo tenga que buscarlas), yo solo me limitaré a transcribir, tal cual fue escrito por mi alter ego, el contenido de las láminas finales (40-43):


    ***​



    En aquellos últimos días de su cordura y de su vida, Déla había empezado sus estudios universitarios con gran alegría y llena de esperanzas para su futuro, glorificándose internamente de todas sus buenas acciones que tan generoso servicio había brindado a sus compañeros de mundo. Su cabeza estaba llena de planes, y encabezando todos se encontraba su gran prioridad: regalar tiempo a los que lo necesiten. Días después, el Centro Espacial de Danzilmar provocó una alarma mundial al detectar con sus telescopios un meteoro del tamaño de la luna, cuya trayectoria profetizaba una catástrofe tan devastadora que sería imposible que quedara en la tierra mota de polvo pegada a otra mota de polvo. Tristemente, la consciencia de Dela se hallaba lejos del caos que se desató por toda la tierra, pues horas antes del funesto anuncio había tomado unas pastillas para el dolor de cabeza que contenían una substancia que le provocó una reacción alérgica que la mantuvo en coma durante varios meses, tiempo en el cual fue mantenida con vida en un hospital mientras afuera el pánico poco a poco consumía las corduras de la gente. Muchas veces los doctores y enfermeros estuvieron a punto de abandonarla a su suerte para buscar salvarse a sí mismos, pero manteniéndose firmes a su profesión, y razonando que sería absurdo albergar la esperanza de escapar del desastre, se mantuvieron con sus pacientes hasta el final. Dos días antes del impacto, Déla despertó, pero en seguida volvió a dormirse, lentamente se recuperó durante todo el día siguiente, cuando volvió a abrir los ojos y se sintió capaz de hablar, todo estaba cubierto por una inmensa sobra y se sentía un estremecimiento en el aire, una de las enfermeras llegó a su cuarto, tan deprimida que no mostró alegría alguna por verla recobrada. En ese momento la tierra comenzó a temblar mientras el meteoro se abría paso por su órbita, la tierra entera gritó (incluso aquellos al otro lado del mundo sentían el horror de la inminente muerte, como si esta estuviera a punto de saltarles por la espalda en lugar de por enfrente), la enfermera se echó a llorar y no logró articular ningún signo. Déla salió del hospital mientras el mundo se tornaba de un rojo brillante. A punto de desfallecer de la impresión, Déla detuvo el tiempo.

    ¿Qué habría de hacer ahora? El meteoro seguía ahí, detenido a menos de un metro del mar. Déla veía la gigantesca roca grisácea desde Danzilmar, pero el meteoro iba a caer al sur de las islas de Hawai. “Oh, ¿qué hago ahora?”, temblaba, veía a las calles vacías; el mundo entero estaba prácticamente desierto, ni una esperanza quedaba en la consciencia humana, nada más que el terror puro y resignación. Pensó, vagabundeó por la ciudad sin prestar atención a donde iba. Lloraba y pensaba en sus padres, muertos desde su pre adolescencia, y sintió unas insoportables ganas de volver a verlos. Paseó entre los parques, las escuelas, las casas; entró a observar a las familias abrazándose. Los bebés, todavía sin mente, dormían indiferentes; no tendrían ya más futuro, no habría mundo para que crecieran; algunos niños pequeños eran consolados en brazos de sus padres, y apenas comprendían lo que estaba sucediendo en realidad. ¿Qué significa para un niño de cuatro años que ya no habrá más mundo, si el mundo en sí mismo todavía no significa nada relevante para él? ¿Eran esos los afortunados, los que todavía no saben del mundo no sufren por su inminente destrucción? Había parejas haciendo el amor por última vez, matrimonios mirando fotos de sus momentos felices, comiendo dulces con sus familias para intentar al menos irse de ese mundo con una sonrisa. Otros se habían puesto a beber y drogarse, habiendo decidido que en un mundo condenado el desenfreno era la última acción razonable. Estos eran los que habían superado la inicial desesperación, habían sido más fuertes, se habían abierto de brazos y le habían gritado a la muerte que no los agarraría sufriendo. Luego caminó hacia uno de los tantos pequeños museos que había en esa ciudad de Gènd, contempló aquellas obras maestras y vestigios culturales que toda la humanidad había legado para un futuro que ya no existiría. Esas pinceladas, esas piedras esculpidas, esos rostros inmortalizados en los lienzos, esas magníficas construcciones que han existido por milenios, ¿todo eso se irá? Se fue corriendo de ahí, con náuseas, dolor de cabeza y llorando. Entró a una biblioteca, y ahí estaban todos esos papeles garabateados con mensajes, el interior de los miles de pequeños mundos en las cabezas de sus autores ya no valdrían nada, menos que polvo serán en menos de un instante, tanto conocimiento reducido al olvido, a la mismísima nada. Todo es nada en el fondo, meditaba contemplándolos, todo lo que existe, lo tengo todo en mis manos, inútiles manos, ¡poder inútil!, y quiso arrojar el libro, pero sin tiempo no hay en dónde caer. Caminó hasta llegar a una tienda de electrónicos, saqueada, por alguna razón (en la desesperación, es mejor morir teniendo algo, aunque no pueda salvarte la vida). No se podían encender las computadoras, y aunque se pudiera no habría internet. Aquel gran cerebro cuyas neuronas enlazan la consciencia de los humanos, ese mundo virtual que ni siquiera se consideraba real, donde el conocimiento había alcanzado la inmortalidad, a punto de ser despedazado también. Ningún logro, ningún cable ni antena, no habrá botón o palanca que reviva al planeta, sin códigos ni contraseñas, sin respaldos ni copias de seguridad, al mundo le había llegado la hora antes de poder lograr los avances necesarios para salvarse a sí mismo. Salió y sobre la calle se acostó y lloró por horas.

    ¡No! En algún momento pensó (no había tiempo para saber cuánto había permanecido en ese estado de lamento), ha de haber alguna solución, siempre hay soluciones, ¿verdad? Tengo toda la eternidad para hacer algo, no tiene que terminar todo, no, ¿pero cómo, pero cómo, pero cómo?

    Para mí fue un pesar insoportable verla devanándose el cerebro pensando cómo, con sus muy limitados recursos, podría salvar al planeta del desastre. ¿Podría dinamitar el meteoro poco a poco? Imposible; se requiere tiempo para que haya explosiones, además de llevar todos los explosivos necesarios hasta el sur de Hawai, y todo eso sin saber manejar los explosivos, y no tenía manera de aprender. ¿Qué más? ¿Empujarlo, con qué cosa tan fuerte? No sería como mover un colchón, ¿cómo mover un meteoro?, tal vez no habría en la tierra máquina tan poderosa, y aunque existiera no hay tiempo para hacerla funcionar. Podría ir hasta ahí y picarlo con un pico hasta que quede hecho pedazos. Jajaja, su mente cada vez deliraba más, la falta de soluciones es veneno para las mentes prácticas y con ansias de ayudar, pero ¿qué más podría hacer? Durante mucho tiempo (metafóricamente hablando) permaneció ahí sentada y vagando por toda la ciudad, luego por todo el país, recorriéndolo de una península a la otra una y otra vez, erráticamente, cargando un pico en el hombro, titubeando y murmurando incoherencias azarosas, nombrando a sus padres, rememorando sus éxitos de cuando había ayudado eficazmente a sus prójimos. Ya había recorrido el país por enésima vez cuando comenzó a escuchar voces, veía caras por el rabillo del ojo, luego sombras que desaparecían. Escuchó música de la nada, los patrones de las rocas del desierto le parecían pinturas, las plantas eran teléfonos y su piel dejó de percibir el calor y el frío. En ese estado comenzó a hablar con las cosas, llevó a plantas y piedras a visitar museos, entraron en cines y le parecía que en la pantalla blanca se proyectaba una película que le hacía llorar de la risa. El mundo era de ella ahora. Lo recorrió de un rincón al otro, caminando en el agua (no había tiempo para hundirse) o viajando en bicicleta sobre ella, una lástima que no hubiera viento, le hubiera encantado sentirlo mientras cruzaba el pacífico. Comenzó a tratar a la gente congelada como si fueran juguetes, los colocaba en posiciones graciosas, les pintaba el cuerpo y los llevaba a otros lugares para formar una congregación con la que hablar. Afloraron sus instintos primitivos, se deshacía de su ropa e intentaba tener sexo con hombres, pero como no había tiempo para hacer erecciones, buscó aquellos que ya se encontraran en el acto de la cópula con sus parejas; se los arrebataba riéndose y los tomaba ahí mismo, frente a la amante congelada. De ese modo vivió, llevó su mensaje de locura a todos los rincones del mundo, y su cuerpo nunca se deterioraba ni se cansaba, y cada día olvidaba y recordaba espontáneamente destellos de la vida con tiempo, ya no recordaba lo que era el movimiento, ni siquiera el de ella misma, ni de cómo sonaba una voz o sonido, pues sus propia voz ya no la escuchaba.

    En algún momento alzó la vista y vio a lo lejos el meteoro, ese monumento natural responsable de su locura, el que bajó del cielo para ponerle fin a la moralidad, al arte, a la ciencia, a la lógica, a las voces, a los rostros, al calor y al frío, al color y al olor, a la sensación y la percepción, al arriba y el abajo, al adentro y el afuera, al aquí y al ahí, al siempre y al nunca, al antes y al después, a los dioses y a los demonios, a la alegría y a la tristeza, al orgasmo y al dolor, al yo, al tú, al él, al ella, al nosotros, al ustedes, al ellos, al ellas…

    Corrió hasta el meteoro, llevando al hombro un pico. Cuando llegó ahí donde estaba a punto de tocar el mar, se sumergió por completo bajo su inmensa sombra y por un momento se quedó temblando paralizada. Pese a que el meteoro estaba quieto, a ella le parecía que seguía moviéndose sin apartarse de su lugar, se movía a una velocidad vertiginosa y siempre permanecía ahí, se reía de ella porque nada más se movía, nada más existía, no había en su mente nada más que la figura del meteoro y el pico. Déla se acercó todavía más, extendió la mano hacia arriba y tocó el meteoro, no sintió ninguna textura, ninguna temperatura. Tuvo un repentino momento de calma, cerró los ojos sin quitar la mano, se quedó dormida por un instante y soñó con una nada gris, y permaneció en ese trance casi tanto “tiempo” como el que había pasado desde que se había despertado del coma. Luego abrió los ojos, unas ardientes ganas de despedazar ese bastardo gris la dominaron, como si fuera un dolor intolerable que no podría calmarse hasta que el meteoro hubiera muerto. Alzó el pico y frenéticamente comenzó a aporrearlo contra el meteoro. El daño que le ocasionaba era comparable al de un tenedor punzando el monte Everest. Golpeó hasta que el pico se hizo pedazos que se quedaron suspendidos en el aire. Entonces sintió que su corazón daba un latido (con el tiempo congelado ¿podría latir?), y se dobló como si le hubieran dado una apuñalada. ¿El aire se movió? Se sintió esperanzada, inhaló y sintió el aire entrar en su garganta, rio y se arrastró por debajo del meteoro, luego se acostó boca arriba; el meteoro estaba a la distancia de su brazo, y sintió humedad en la espalda. Entonces se dio cuenta de una cosa: era absurdo que su poder de detener el tiempo le permitiera caminar sobre el agua, pues ella era capaz de mover otros objetos con solo agregarles peso y sin dificultades, por lo que no encontraba razón para que el agua fuera una excepción, y pensando en eso se dio cuenta de que tampoco tenía sentido que pudiera ver algo, ya que con el tiempo detenido los fotones no podrían viajar y, en consecuencia, todo lo vería oscuro. Sí, era un poder estúpido. También encontró bastante curiosa la idea de que un poder que le permite detener el tiempo tenga al parecer límite de tiempo. Intentó consolarse pensando que en realidad el tiempo nunca se había detenido para ella; su mente necesitaba tiempo para percibir y para volverse loca, es el estado de eternidad el que hace que todo deje de importar, y la búsqueda de un propósito se vuelve risible; así debían sentirse los dioses; el tiempo solo existía en su mente. Déla había probado el amargo sabor de existir en su propio plano temporal, más allá del tiempo de los simples mortales. Cerró los ojos. Entonces su poder de detener el tiempo cesó de funcionar.


    Nota del viajero:

    Al hacer una introspección, después de ir a atestiguar personalmente esta crónica, volvió a mí el recuerdo de una de mis vidas anteriores y de la curiosa muerte que tuve: estaba un día almorzando tranquilamente en mi casa, y al instante siguiente me encontré desnudo, cayendo hacia las profundidades de un barranco, al fondo del cual había enormes piedras puntiagudas.
     
  6.  
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    Parpadeos


    Durante el largo transcurso de mi vida un día me encontré de repente en una distinta realidad. Caminaba a través de una extensa región que sin explicación comenzó a cambiar levemente con cada parpadeo de mis ojos; primero desértica, llena de arena y sin rastros de vida, con un ardiente sol y viento árido. Luego la tierra comenzó a sustituir la arena bajo mis pies. Pequeñas plantas salieron del suelo. Luego árboles. Y unos cuantos parpadeos después me hallaba en un frondoso bosque oscuro, habitado de enormes secuoyas que tapaban la luz del sol salvo por unos pocos rayos que se colaban entre las hojas. Las flores adornaban el lugar con sus vivos colores que brillaban en la penumbra. Árboles frutales también se hallaban desperdigados por todo el lugar, ofreciendo sus frutos a la tentación de la mano y de la boca.

    A unos metros de mí entonces hallé un bebé recostado en lo que parecía un nido hecho de flores que recién habían brotado[1]. Ese pequeño ser humano me sonreía con ternura, sin tener el más mínimo miedo; todo lo contrario, me esperaba y su felicidad por verme me conmovió. Antes de poder pensar claramente qué era lo que sucedía tuve que volver a pestañear, y ante mis ojos aquel bebé se había convertido en un niño, el cual aún tenía la misma mirada tierna que su anterior forma. Sin poder evitarlo, volví a parpadear y el infante se convirtió entonces en un adolescente. No habló, sólo me sonrió igual que siempre. Me aparté unos pasos. Intenté no seguir pestañeando, pero mientras más lo intentaba, mayor era el ardor de mis ojos. El adolescente se convirtió en un adulto joven. El espíritu de esta nueva forma seguía siendo tan jovial como la primera, e igual de mudo. Al siguiente parpadeo se volvió un adulto maduro. Comenzó a incomodarme mucho que siguiera mirándome con una actitud infantil, pero no hacía nada más. Un parpadeo después, se había convertido en un decrépito anciano de larga barba canosa, cuerpo casi en los huesos, sin dientes, pero de nuevo con esa ya incómoda mirada infantil.

    Entonces miré a mi alrededor y noté que el frondoso bosque en el que había estado ahora era un bosque marchito; las hojas secas eran llevadas por un viento frío de un lado al otro, la tierra se había cuarteado por la falta de agua, y los árboles estaban tan débiles y secos que un simple viento hacía que se les cayeran las ramas. Todo el lugar se volvió desolador y triste, completamente diferente del frondoso bosque de hacía sólo un rato. Estaba tan desconcertado desde el momento en el que vi al bebé que no noté que el mundo a mi alrededor también cambiaba con mis parpadeos. No pude evitarlo y volví a pestañear. Volví la mirada hacia el anciano, pero en su lugar sólo vi una pila de osamentas humanas con aún algo de carne pegada a ellas. Un parpadeo después, la pila de huesos se había convertido en un pequeño campo de flores que comenzaban a despertar. Intenté no pestañear con toda la fuerza de mi ya precaria voluntad, temiendo lo que pasaría si lo hacía. Luego, una pequeña oruga trepó hasta la cima de una de esas flores y me miró esperando a que pestañeara de nuevo, quizás ansiosa por convertirse finalmente en una mariposa[2].

    Cerré los ojos, y desde entonces ya no he querido abrirlos.


    [1] Una leyenda danzilmaresa habla de humanos que nacen en cunas de flores y pasan ahí toda su vida.

    [2] Posible referencia a la diosa del tiempo Zítya, que sostiene una oruga en una mano y una mariposa en la otra.
     
  7.  
    Paralelo

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    El escorpión Yoptá[1]

    En una madriguera en el ácido desierto de Kyél vivía un escorpión llamado Yoptá. Era un escorpión divinamente orgulloso de su veneno. Bastaba una pequeña pinchada para que su amarga ponzoña arrebatara la vida a cualquier ser vivo que tuviera el infortunio de cruzarse en su camino. Había matado de ese modo a cientos de humanos, ipolotames, lobos azules y leones desérticos[2] cuyos pies y patas los habían conducido inocentemente hacia aquella aguja, cuyo tóxico aceite babeaba en antelación por detener para siempre los pulmones de sus víctimas. Por las mañanas, salía de su cueva para que el rocío de la madrugada lavara su brillante lanza. Con esmero y atención mezclaba hierbas marchitas del desierto con pedazos de hígados y páncreas de sus víctimas para perfeccionar su veneno. Tal llegó a ser la fama del escorpión Yoptá que los humanos y animales de todo Danzilmar se hicieron eco de su poder. Ahí donde fuera el escorpión Yoptá todos se detenían, le presentaban sus respetos y retrocedían lentamente (en caso, por supuesto, de que lograran darse cuenta de él antes de que fuera demasiado tarde). De ese modo sentíase el escorpión Yoptá el amo y cacique de todas las tierras que visitara. Sin embargo, y para fortuna de los humanos y animales, el escorpión Yoptá prefería pasar la mayor parte del día encerrado en el frescor de su escondrijo, dormitando y soñando que con su veneno sería capaz de matar a todos los seres vivos del mundo con tan sólo una de sus melosas gotas. No fueron pocos los valientes que se encomendaron a la tarea de terminar con la vida del escorpión Yoptá arrojándole pesadas rocas desde una distancia segura, mas éste siempre conseguía burlar todos esos intentos por darle muerte con su gran agilidad de relámpago, y se acercaba a sus retadores furtivo como el viento de un huracán para luego inyectar en sus tobillos el jugo mortal, después contemplaba, regocijándose, la dolorosa agonía del desdichado que seguía inmediatamente al piquete. Sentíase en el paraíso cuando los escuchaba luchar desesperadamente para que sus pulmones (que se marchitaban como si tuvieran agua hirviendo) pudieran absorber aunque sea una molécula de aire. Los veía convulsionarse y aporrear la arena con el cuerpo mientras horribles gritos salían de sus bocas hasta que dejaban de moverse, tras sacar de sus gargantas un último quejido seco y sin aire.

    Un día, un terrible terremoto sacudió toda la región de Kyél. La tierra zarandeó sus entrañas hasta que sobre su piel surgieron enormes cuarteaduras que acabaron con la vida de miles de seres. El escorpión Yoptá, resistiendo soberbiamente los zarandeos bajo sus puntiagudas patitas, salió de su cavidad y pensó: “Mi veneno es tan fuerte que estoy seguro de que si me pongo a apuñalar la tierra y le inyecto mis jugos, podré paralizarla y así detendré este terremoto”. Y entonces el escorpión Yoptá comenzó a picar y a inyectar con veneno la arena. Era tal la arrogancia del escorpión Yoptá que no le importó que la tierra no reaccionara ante las minúsculas partículas de veneno que vertía sobre su superficie, sino que, con admirable perseverancia, prosiguió su movimiento mecánico de picar-envenenar decenas, cientos y miles de veces mientras que el terremoto continuaba expandiendo el caos y la destrucción. Al ver la terca insistencia del escorpión Yoptá, Rénkya, la diosa de la tierra[3], decidió aparecerse ante él. El escorpión Yoptá no se inmutó ni dejó de picar la tierra por la presencia de la diosa.

    —Escorpión Yoptá —dijo la diosa—, ¿por qué te empeñas inútilmente en detener el movimiento natural de mi querida tierra si tu pequeña aguja y tus gotas ponzoñosas nada son en comparación a mi vastedad? ¿No sabes acaso que de tal esfuerzo no conseguirás más que la muerte de tu orgullo y quizás de tu vida? Porque has de saber, pequeño escorpión Yoptá, que entre nuestras magnitudes hay una infranqueable barrera, imposible de penetrar sin importar lo agudo de la lanza con la que nuestro amo el dios Áikan[4] te ha bendecido.

    —Déjame en paz, diosa Rénkya —dijo el escorpión Yoptá—, no te he pedido que vengas a joderme con tus chácharas pendejas, métetelas en tu etéreo culo, quédate quieta y observa cómo mi poder doblega al tuyo. No será mucho tiempo antes de que me estés rogando, suplicando y chillando como una perra que me detenga, pues sentirás tu cuerpo paralizarse al mismo tiempo que tu vida te abandona, te asaltará el pánico cuando la esencia de tu vida escape de tu cuerpo y entonces reconocerás mi grandeza, y cuando eso suceda, me transformaré en una leyenda que vivirá mientras el espacio se siga expandiendo, y habré ganado lugar entre las deidades y me reconocerá el mismísimo dios Áikan.

    Y la diosa Rénkya no hizo más que mirar al escorpión Yoptá, compadeciéndolo por su obstinación y falta de entendimiento.

    Conforme el terremoto se hacía más fuerte, y el veneno empezaba a consumir la energía de su cuerpo, el escorpión Yoptá comenzó a cansarse y a temblar. En su engreimiento no se daba cuenta de que con cada picotazo que daba sobre la arena se le escapaba poco a poco la vida. Deliró sobre las victorias de su pasado, se regocijó con el recuerdo de todos los que se habían sometido a su veneno, que en ese momento ya formaba un gran charco azafranado bajo sus pies, y ese frenesí de arrogancia le dio fuerzas para continuar picando el suelo hasta sus últimas consecuencias. Poco rato después, se desplomó sobre su propio charco venenoso, pero su cola seguía entrando y saliendo de la arena y expulsando su ponzoña mecánicamente. Cuando apenas le quedaban fuerzas para mover su cola, ésta se convulsionó, perdió el tino durante su calambre, y el aguijón fue a incrustarse en la espalda de su propio dueño. El escorpión Yoptá se retorció, gritó con sus últimos alientos, cayó boca arriba y sus patitas se retorcieron grotescamente. Antes de morir, el terremoto se detuvo. El escorpión Yoptá alcanzó a ver que la tierra volvía a la tranquilidad de antes, a la calma eterna que reinaba en el desierto de Kyél. Con sus últimas fuerzas sacadas de su soberbia, exclamó:

    —¡Lo logré!

    Instantes después, el escorpión Yoptá murió.



    ***​


    Aquí, estimado lector, acabaría la historia del soberbio escorpión Yoptá. Pero usted, que conoce tan íntimamente la gran verdad de nuestra existencia, sabe que en el testimonio de nuestras ficciones ya no me es posible mirar un árbol sin ver el polvo en el que se convertirá, como comúnmente hemos de hacer en pos de perpetuar actitudes o valores que aporten algún uso práctico a las limitaciones de nuestros universos. Sabe usted muy bien que los días en los que una moneda tenía sólo dos caras han terminado. Por tanto he de advertirle que, si ahí donde estos escritos caigan los seres conscientes aún están necesitados de moralejas, enseñanzas y valores, sin los cuales hagan a su realidad caer en vez de progresar, evite continuar con la lectura, pues su valor como medio de enseñanza y su seriedad argumental ya han terminado (si es que las tuvo). Lo que sigue no sería para ustedes más que un desecho literario. Si por el contrario ahí en donde usted me lee ya han logrado hacerse uno con la innegable realidad del Zland[5], entonces disfrutará con lo que aún queda de lectura.


    ***​


    Pero no murió (porque cuando existe el infinito no existe la muerte) sino que su mente salió disparada hacia la existencia a la deriva, y azarosamente cayó en un alter ego cuyo veneno era un poco más fuerte y donde la tierra era un poco más frágil. Escuchó de nuevo las palabras de la diosa de la tierra y del mismo modo volvía a ignorarlas. Al perder su ponzoña volvió a morir, esta vez de agotamiento, pero el veneno logró penetrar un poco más la tierra y ésta sintió un pequeño escozor. Volvió a caer en un alter ego de ponzoña más poderosa que vivía en una tierra más delicada. Volvió a morir sin detener el terremoto, pero la tierra sintió como cuando a uno le pica un mosquito. Cayó en otro alter ego más poderoso, en una tierra más quebradiza. La tierra lo sintió como una aguja caliente; se estremeció y chilló. El escorpión Yoptá murió rato después de que el terremoto amainara. Y así siguió muriendo y viajando el escorpión Yoptá, y cada vez su veneno era más poderoso y lograba hacer que el planeta entero se alarmara. Con cada viaje nuevo el planeta de turno sucumbía un poco más que el anterior, haciendo que la diosa de la tierra mirara atónita al escorpión Yoptá, y llegó a un punto en el que su ponzoña hacía sufrir tanto las entrañas de la tierra que la diosa comenzó a suplicarle y llorarle que se detuviera porque sentía que con cada aguijonazo le arrebataba la vida, y el escorpión Yoptá reía y se burlaba y continuaba picando más y más, y volvía a morir y volvía a viajar, y volvía a morir y volvía a viajar. Cada vez más poderoso, y más poderoso, y más poderoso. Y la tierra cada vez sufría y se retorcía más, y más y más. Hasta que por fin, tras haber caído en más de un millón de alter egos, eran tan poderoso que, sin mostrar el menor síntoma de cansancio, fue capaz de desintegrar el núcleo del planeta de un solo piquete. De no haber sido por la intervención del dios Áikan, la leyenda del escorpión Yoptá se hubiera perdido en ese universo. El escorpión Yoptá encaró al dios Áikan y le dijo:

    —Ahora que has visto el poder de mi veneno, demando pues un sitio en tu zodiaco, y al volverme temido y venerado entre los habitantes de tu creación encontraré la satisfacción, y ya no volveré a atentar contra ellos, pues demasiado insignificantes son para mí en mi estado actual de poder.

    A lo que el dios Áikan respondió:

    —Escorpión Yoptá, he sido testigo de tu poder y he de admitir que al haberte creado no hubiera podido pensar en la magnitud a la que has elevado tu veneno. Mas aún debo decirte que tus palabras son muy grandes para ser alzadas contra un ser como yo, pues si te he creado con mi palabra, puedo destruirte con la misma sin importar el poder de tu aguijón. Sin embargo, a pesar de tu arrogancia y la inocultable dureza de tu corazón, he decidido conceder tu deseo y volverte uno de mis animales sagrados; tu forma pasará a ser venerada entre mi creación y en sus tradiciones te guardarán por siempre mientras yo mantenga la tierra girando. La razón es muy simple y te la diré: yo tampoco nací siendo un dios; no nací creando tierras ni haciendo aparecer la vida a voluntad; fui primero pequeño e insignificante, no muy diferente a los seres que he puesto en este mundo de creación mía, pero mi naturaleza fuese modificando gracias a las potencias de los alter egos en los que caía cuando mi vida llegaba a su fin, y aún ahora soy insignificante en comparación con aquellos en planos más elevados que el mío. Eventualmente también he de ir hacia ellos, y así el camino de perfección ha de avanzar en mí siempre hacia adelante, y nunca en círculos. Tú también, escorpión Yoptá, no pienses que has alcanzado el pináculo de tu poder; aún eres pequeño, pero también volverás a viajar. De nada serviría negarme a tu petición, pues es absurdo ignorar el hecho de que no eres el estado en el que te encuentras, sino que estás en un nivel de existencia, el cual, visto desde el panorama general del zland, es indistinguible del mío.

    Y así, sin haber entendido ni haberse interesado por la explicación del dios, el escorpión Yoptá ascendió junto a las demás divinidades, que a su vez no eran sino sombras o esbozos de existencias que también habrían de viajar tarde o temprano.




    [1] Posiblemente es una versión deformada de la interjección “Yúpta”, que se usa como expresión altamente malsonante.

    [2] Estos tres animales aparecen en el escudo del palacio de justicia de Shórsta para representar la verdad, el honor y la libertad respectivamente.

    [3] Más exactamente, la diosa que mantiene unida a la tierra para que ésta no se desmorone en pedazos, según la mitología danzilmaresa. Se la representa como una adolescente de cuatro brazos con los que abraza al mundo.

    [4] Dios supremo de la motología danzilmaresa, representado como una silueta humana dentro de la cual se haya todo el universo.

    [5] Término usado en danzilmarés moderno como “realidad”, “existencia” o “universo”, pero en el contexto de estos escritos parece abarcar mucho más de lo que estos tres conceptos pueden expresar.
     
  8.  
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    El club

    Alrededor del club había una fortaleza impenetrable de muros que brillaban con el sol. El portento de su color dorado hacía que todos los que pasaran por la carretera no pudieran evitar echarle un profundo y rápido vistazo, pero era suficiente para que la imagen de la cúpula que constituía el techo, como el cofre de un tesoro, se quedara impregnada en sus ojos, haciéndolos preguntarse qué clase de gran destino deparará a los que tengan la fortuna de ser aceptados como miembros.

    Yo fui de los que se dejó capturar por esa curiosidad. Tras algunas cuantas investigaciones me enteré de los propósitos y requisitos para entrar al club, y viendo que podría ser yo un buen candidato, saqué una cita, envié mi expediente y, tras unos días, me dirigí ahí contento, seguro de ser aceptado. Al entrar me mandaron a una sala de espera, ahí sólo había otra persona, un joven en sus treintas como yo; tenía la mirada impaciente, se paseaba de un lado al otro y de tanto en tanto volvía la cabeza hacia las pinturas europeas y nacionales que adornaban la sala y lanzaba suspiros de impaciencia. Sus ropas desentonaban con la elegancia que emanaba del club. Yo iba vestido con uno de mis mejores trajes, que era lo suficientemente elegante para que mi nivel académico y situación económica salieran a relucir por sí solas, pero lo suficientemente humilde para no mostrarme muy pretencioso. Aquel tipo parecía haberse puesto el primer juego de ropa más o menos limpio y elegante que había encontrado; su camisa arrugada, el chaleco viejo, un gorro con pequeñas hojas prendidas a él, los zapatos tenían rastros de tierra, quizás estuvo caminando ayer en la tarde por las inmediaciones, ya que había llovido y se notaba que la tierra de sus zapatos empezaba a secarse como una costra. A parte de todo, el sujeto simplemente no tenía el semblante que un club como ése solicitaría; se veía apático en extremo, bostezaba ruidosamente y no dudaba en pasar insensiblemente el dedo por las pinturas como si quisiera ver si podía despintarlas. A su favor debo decir que, si ignoraba su comportamiento y la tosquedad de su vestimenta y rostro, era apuesto y de ojos carismáticos, a veces en verdad parecía mirar las pinturas con un pequeño interés, y en esos momentos no parecía diferente a cualquier otro caballero amante del arte, respetuoso del talento de los grandes maestros y con sensibilidad artística; bien me lo hubiera imaginado en una sala de conciertos o en un museo. Debía haber sin duda más virtudes en aquel sujeto, sin embargo, pese a lo virtuoso que pudiera llegar a ser en el fondo, por el momento no eran evidentes en él muchas de las características necesarias para ser aceptado por el club, aunque quién sabe, durante la entrevista podría resultar que me había equivocado y en realidad era un buen aspirante, quizás hasta mejor que yo mismo, y mis ropas de repente me parecieron de una formalidad exagerada.

    Después de un rato, la secretaria entró y nos pidió que pasemos a la oficina del dueño del club. Debido a que sólo éramos dos, el dueño había decidido entrevistarnos a la vez. Cuando entramos, el dueño, un centenario cuyo rostro había conservado la jovialidad de la infancia intermedia, estaba sentado en una modesta silla justo delante de su escritorio.

    —Bienvenidos, caballeros —dijo con una voz dulce y paternal—, por favor, tomen asiento, soy Támen Ferd, el propietario y director de este club.

    Nos sentamos en dos sillones que había delante del escritorio, estaban acomodados en un ángulo tal que el dueño no tenía más que girar un poco la cabeza a la derecha o a la izquierda para poder mirarnos a la cara. Yo me senté en la silla de la derecha y recibí la sonrisa de bienvenida del dueño; el otro sujeto también se sentó y cruzó las piernas.

    —Muy bien, señores, supongo que habrán leído el folleto con los requisitos para poder ingresar a nuestro club tan exclusivo, ¿no es así?

    Inmediatamente saqué el folleto de mi bolsillo.

    —Así es, señor Támen —me apresuré a decir, tal vez demasiado servil—, lo he leído detenidamente y estoy seguro de cumplir con todos los requisitos.

    Permítanme hacer una pausa en mi historia para hablarles un poco acerca de los requerimientos del club. En el folleto que conseguí el día que vine buscando información, se enlistaban los requisitos bajo el título de “Requisitos explícitos”, me desconcertó un poco leer la palabra “explícitos”, pero me imaginé que no era más que para dar un mayor énfasis, hasta cierto punto entendible para el nivel del club. El primero de los requisitos estaba en letras grandes y doradas, se lo presentaba no sólo como el más indispensable, sino que se insistía en que si no se cumplía ese requisito, ni siquiera nos molestáramos en revisar si cumplíamos los demás. Decía:

    Sólo podrán ser miembros del club los ciudadanos honestos, respetuosos de la ley y con virtudes propias de la decencia humana.

    Me pareció un poco innecesario un requisito tan general que abarcaba a tanta gente; tenía sentido en cierto modo que un club tan prestigioso quisiera asegurarse de que sus miembros fueran buenos ciudadanos, pero aun así en mi cerebro sonó casi como si un niño pidiera una bicicleta que tuviera dos ruedas y manubrio.

    Prosigo.

    Entonces el dueño me miró pacíficamente, tomó del escritorio el expediente que le había enviado con antelación al sacar la cita, y, abriéndolo, dijo:

    —No lo dudo que sí, señor Mirt Fónet, los datos que nos proporcionó nos han complacido mucho. Según veo aquí, fue de los primeros en su generación en la universidad de Shórsta; hablamos con varios de sus profesores y hasta con algunos de sus condiscípulos. También investigamos los datos que nos proporcionó acerca de su vida y trabajo, déjeme decirle que nos honra que el hijo del dueño de una empresa tan importante como la Wrìo’Fonet[1] se interese en nuestro club, incluso nos pusimos en contacto con su padre. Permítame la pregunta, pero ¿es verdad que usted entró a trabajar en la empresa de su padre como un simple secretario, aun después de que le ofrecieran un puesto de subgerente?

    Intenté verme lo más modesto posible; a juzgar por la imperturbabilidad del dueño, tal vez se lo creyó.

    —No quiero darme aires de virtud —dije, y me arrepentí de haberlo expresado—, pero me pareció injusto empezar a trabajar en un puesto elevado cuando la mayoría de mis compañeros estaban empezando desde el fondo, sólo porque mi padre era el dueño. Me tomó algunos años ir escalando poco a poco en la empresa, tuve que esforzarme igual que los demás para abrirme camino hasta el puesto de gerente de ventas en el que estoy ahora. Dada mi posición, incluso si, los dioses no quieran, mi padre muriera o quedara indispuesto para manejar la empresa, ésta no pasaría a mis manos aunque sea su hijo, porque aún no tengo el mérito de tomarla.

    —¡Admirable, señor Mirt Fónet, admirable! —dijo el dueño—, más aún porque todo eso que me ha dicho pude comprobarlo hablando con su padre y otros jefes de su empresa. Ya no quedan hombres con ese tipo de valores, señor Mirt, desde ahora le digo que me ha impresionado. Del resto no hay gran cosa que decir; no tiene antecedentes penales, no tiene deudas ni problemas con nadie más. Aunque tendría que hacerle notar el hecho de que tiene algunas cosillas sin importancia, como que es algo dado a la bebida —aquí me miró con algo de suspicacia—, tuvo, además, un amorío con el que quiso comprometerse pero al final acabó cancelándolo, también es de notar, según la investigación que hicimos a muchos de sus amigos, que en algunos aspectos usted es una persona difícil de tratar; dicen que suele exasperarse en exceso cuando alguien le rebate un argumento y ha llegado al punto de comenzar a lanzar insultos a diestra y siniestra.

    —Bueno, señor Támen —el dueño sonrió dulcemente a mis intentos de no verme tan avergonzado—, todos tenemos manchas negras en nuestra vida. Es más, ahora mismo le podría decir, para que vea que mi compromiso con el club es real y que, por lo tanto, no tengo por qué esconderle nada, y aunque reduzca mis posibilidades de ser aceptado, debo decir que otra de mis fallas como persona es mi celo excesivo.

    —¿Cómo es eso, señor Mirt?

    —A veces soy tan minucioso y tan perfeccionista en lo que hago, que muchas veces termino desesperándome. En ese estado ignoro todo lo que sucede a mi alrededor y eso ha llevado a rencillas y desacuerdo con mis colegas, mi familia e incluso aquella mujer con la que me comprometí. Cuando algo llama mi interés y despierta mi pasión me aíslo tanto del mundo y me olvido tanto de aquellos que me rodean, que me vuelvo una persona apenas soportable, sólo aquellos que me han apreciado mucho han podido aguantarme en ese estado a largo plazo, y se pueden contar con los dedos de las dos manos.

    El dueño guardó silencio por un momento, luego volvió a su estado inicial y dijo:

    —Siéndole sincero, señor Mirt, pese a que admiro y le agradezco su sinceridad, ese defecto humano es algo que no podemos darnos el lujo de ignorar.

    —Sí, lo sé, señor Támen.

    —Sin embargo, tampoco es algo con lo que no podríamos aprender a vivir, dependiendo de su disposición a arreglar sus defectos.

    —Sí, por supuesto.

    Entonces el dueño tomó otro expediente y se dirigió al otro candidato, que hasta entonces había escuchado todo como si estuviera a punto de caer dormido.

    —Bien, señor Vérend Morf, je, je, tal parece que lo estamos aburriendo, así que por qué no continuamos con usted. ¿También está tan ansioso por ser aceptado en nuestro club?

    —Sí, más o menos; se ve bonito y todo, me gusta ir a varios clubes por aquí y por allá, y me dije que este no se veía nada mal.

    —Sí, en efecto, nos hemos esforzado mucho en la imagen que proyectan nuestras instalaciones, se aprecia que reconozca nuestro esfuerzo.

    —Pienso que se veía mejor si en vez de tantas plantas y árboles en el jardín, pusieran… no sé, esculturas, sí, de esas como el arte moderno que ni importa si alguien las rompe porque se verían igual o mejor.

    —Ja ja ja, gracias por la recomendación, lo tomaremos en cuenta.

    —Sí, es que ya me cansé de esas reliquias como las de los museos que se rompen cuando las tocan y te echan una bronca después; ya me vetaron de muchos museos a causa de eso.

    —Qué interesante, señor Vérend. Pues bien, leí su expediente y la verdad hay algunos detallitos sobre los que me gustaría hablar.

    —Bueno, pero por favor no se explaye tanto como con el señor Mirt; no me haga darle explicaciones que duren dos horas de contar.

    —No, por supuesto que no, señor Vérend. Sólo quiero señalarle que, después de hacer mis averiguaciones, resulta que usted estuvo preso por estropear levemente un pedazo de una escultura del gran Zyóran Klém, en el Museo de arte de Híns.

    —No fue mi culpa —dijo apenas reteniendo su enojo—. Tenía una parte chueca en uno de los lados donde estaba la luna, ¿qué quería que hiciera, quedarme mirándola? Claro que no —dio un golpe al brazo de la silla—, intenté arreglarla con un martillo, pero el mármol no aguantó ni dos golpes y se desprendió. Hubiera visto la cara del guardia cuando el pedacito cayó al suelo como una canica, una cara así como —abrió grandemente los ojos y la boca, en una mueca que me pareció de mal gusto, y lanzó una fuerte carcajada. Perplejo me di cuenta de que el señor Támen estaba a punto de reírse con él.

    —Sí, seguro que ha de haber sido muy gracioso, señor Vérend. Pero en fin, hablemos de su trabajo, usted trabaja para la firma Maré´koi[2], en el área de contabilidad. Averiguamos que usted entró ahí a causa de que un tío suyo que habló de usted con un gerente.

    —Así es, me ofrecieron el puesto de supervisor, pero lo rechacé porque me parecía demasiado trabajo, así que opté por un puesto más sencillo en contabilidad, la verdad ni estaba preparado para ninguno de los dos puestos, pero no iba a desaprovechar la oportunidad de un trabajo fácil.

    —Ya veo. También nos enteramos de que tiene usted contactos con mucha gente, ¿no es así? Nos sorprendió la cantidad de personas que lo conocían, y la verdad no hablaron muy bien de usted.

    —Ja ja ja. En mi juventud tuve a prudencia de hacerme con muchos amigos en mejor situación que la mía. Ya sabe; la vida es dura, hay que tomar cualquier oportunidad de conseguir gente que te pueda dar una mano en cualquier momento. Se puede decir que durante muchos años viví de mis amistades; no moví un solo músculo todo ese tiempo porque en cuanto alguno de ellos se daba cuenta de que no me interesaba trabajar de verdad, no tenía que hacer más que ir a casa de otro. Lo único que daba trabajo era mantener tantas amistades, así que en cierto sentido mi trabajo consistió en mantener su amistad lo suficiente para que no tuvieran objeción con albergarme.

    —Qué modo tan peculiar de llevar la vida, señor Vérend —el dueño se veía sorprendido, pero no enojado—. No se pude decir que lograr ese modo de vida no requiere determinación y un gran carisma.

    —Sí, ya lo sé; cuando me lo propongo de verdad, no hay ser humano al que no le parezca agradable. Y más aún, a veces incluso lograba que ellos me sacaran de la cárcel pagando mi fianza.

    —También nos enteramos de que estuvo a punto de casarse, pero, al igual que el señor Mirt, la boda se canceló.

    —No me lo recuerde; fue el más grande fiasco de mi vida. Conocí a esta señora, cuyo nombre y rostro no quiero ni recordar. Estaba casi tan vieja como usted. La seduje con miras en su fortuna, ya sabe, una de esas mujeres solteronas millonarias que lamentan su soledad y dan lo que sea por un poco de compañía juvenil. Me dan arcadas los recuerdos que tuvimos juntos y que no contaré para no ofender a su estómago y al del señor Mirt, pero le juro que eran vomitivos. En fin, no me costó mucho trabajo convencer a esta vieja de que la amaba, pero un día, el cual maldigo con toda mi alma, un amigo con el que ya había vivido, al que también maldigo, contactó a esta vieja y le contó de mi pasado y de que sólo la quería por su fortuna. Si hay un defecto del que me avergüenzo es de mi incapacidad para mantener la calma cuando me siento acorralado, y en el momento en que la vieja me enfrentó con la acusación de ese imbécil me quedé como estatua, en un silencio que confirmaba todavía más sus acusaciones. Total que la vieja terminó por anular la boda y dejarme en la calle. Con alegría me enteré meses después de que murió, ojalá se la esté mamando a los karáhi[3] en el Lerénh[4].

    En ese momento me convencí de que no había manera de que ese sujeto pudiera ser admitido en el club, pero no podía entender por qué el señor Támen sonreía tanto mientras lo escuchaba; lo miraba con tal interés como si fuera una plática sobre la vida de Ráu Shorsta, apoyaba la cabeza en sus manos con los dedos entrelazados y percutía animadamente el suelo con los pies.


    ***​


    En vano sería relatar en detalle cómo continuó la entrevista. Para el propósito de nuestro relato, me basta explicar que entre más progresaban las preguntas y observaciones del señor Támen, era más evidente que Mirt tenía una personalidad más apropiada para el club que Vérend. Sólo por poner un ejemplo, cuando el señor Támen mencionó uno de los requisitos explícitos que decía: Sólo serán admitidos en el club aquellos que se comprometan a las actividades del club, donde se hizo énfasis que en que si se descubría que los miembros formaban parte de otro club o no se tomaban las actividades en serio, serían expulsados de inmediato. Mirt se comprometió completamente, casi de una manera demasiado servil; se dio cuenta de su exageración e intentó compensarla diciendo que, ante todo, sus responsabilidades hacia su trabajo estaban primero, y que si era necesario, lamentablemente, tendría que faltar a sus compromisos con el club, ante lo cual el señor Támen respondió con la complacencia de siempre. En cambio, Vérend se limitó a decir: “Bueno, tal vez, a menos que tenga algo mejor que hacer”, pero su tono petulante no dejaba de tener algo de respetable, como si el simple hecho de ser agresivamente sincero fuera una actitud tan digna que hiciera que el señor Támen estuviera a punto de mirarlo con una especie de devoción similar al de un discípulo que se hiciera el ciego ante cualquier falla de su maestro. Al final de la entrevista, el señor Támen les dijo que recibirían por teléfono la decisión final, y tras las despedidas ambos aspirantes salieron. Mirt y Vérend caminaron juntos sólo hasta el estacionamiento, Mirt adelante, con la sensación de que el otro evitaba mirarlo a toda costa, al llegar a su auto lo miró de reojo y lo vio contemplando el paisaje selvático que se veía tras la reja que rodeaba el estacionamiento; su mandíbula se apretaba y relajaba, las cejas hacían contorciones y la mano rascaba una comezón imaginaria en la barbilla. Mirt entró en su auto y en seguida pensó un instante en ese modo tan peculiar y reservado que tenía Vérend para contemplar; era muy difícil no mirarlo, no pensar que intentaba verdaderamente sacar sabiduría de todo aquello en lo que se posaban sus ojos. Si sólo se limitara a contemplar sin hablar ni tocar nada, sería alguien con el que Mirt encontraría agradable pasar un rato en una sala de espera.


    ***​


    No obstante, será rechazado.

    Tras haber estado unos cuantos días como enfermo, regresará al club. De refinado e ilustrado como se había visto el primer día, aparecerá con los ojos demacrados por el insomnio y el cabello despeinado y alborotado, pues los pensamientos que formaban torbellinos adentro de su cráneo le habían impedido preocuparse por lo que ocurriera en la superficie de su piel. La secretaria lo hará pasar. Dentro de la oficina respirará como alguien que acabara de cometer un crimen y estuviera a punto de caer de rodillas para confesar con lágrimas, pero en presencia del señor Támen contendrá la respiración por escasos segundos, hasta que la falta de oxígeno lo adormezca y tranquilice.

    “Tal parece que no se ha tomado del todo bien nuestro rechazo, señor Mirt. De antemano le digo que no tenemos nada personal contra usted. En otras circunstancias sin duda lo habríamos aceptado. Tome asiento, por favor”.

    Mirt se sentará, le temblarán los pies.

    “He empleado toda mi racionalidad para comprender este misterio, señor Támen. Déjeme decirle también de antemano que no les guardo rencor, pues tengo que aceptar el hecho de que es usted el que decide quién entra y quién no; es su derecho como dueño. Sería necio de mi parte presentarme para exigir mi admisión en lugar de la del señor Vérend”.

    El señor Támen servirá dos vasos de yióuj[5].

    “Beba un poco, señor Mirt”.

    Mirt tomará el vaso y degustará como extasiado el fuerte licor de naranja, y al terminar sentirá que ha despertado de un delirio, su voz dejará de temblar definitivamente.

    “Sólo he venido para saber, señor Támen. No me motiva más que la simple y pura información, y le prometo que aunque la respuesta no me agrade, no intentaré convencerle de cambiar de opinión. Dígame, ¿por qué él y no yo? Dígame, se lo ruego, qué grandes virtudes invisibles para mis ojos vio usted en él. ¿Era su presencia alentadora, su semblante confiable que podría inspirar poemas y grandes relatos? Quiero saber contra qué características he perdido, qué prejuicios me han cegado y privado de poder contemplar un alma más digna de este magnífico club que la mía”.

    “Lamento que se encuentre tan desconcertado, señor Mirt, con indeseables consecuencias para su sueño y quizás para su cordura. Se lo diré, no sin antes expresarle mi perdón por haberlo hecho sufrir sin haber sido esa mi voluntad. Tomando como base nuestra entrevista y comparándola con nuestros “Requisitos explícitos”, se habrá usted de dar cuenta que el señor Vérend apenas y logra cumplir con ellos, por no decir que la mayoría no los cubre en absoluto, y esta contradicción entre lo que estipulan los requisitos y su admisión le ha quitado el sueño y lo ha sumido en meditaciones desmoralizantes”.

    “Eso mismo ha sido”.

    “Ahora le diré lo que ha sucedido. En primer lugar, sepa que aparte de los “Requisitos explícitos”, que usted tan bien conoce y cumple, existen también los “Requisitos internos” o “Requisitos ocultos”, que no aparecen en ningún documento oficial del club y que son controlados exclusivamente por mí. Son muy pocos los que saben cuáles son estos “Requisitos ocultos”, generalmente amigos míos de toda la vida, muchos de los cuales también poseen otros clubes. Pues bien, estos “Requisitos ocultos” son tan importantes, tan poderosos, que su cumplimiento es suficiente para hacerme ignorar la totalidad de los “Requisitos explícitos”, inclusive el primero y más importante, aunque supongan una contradicción casi total con la imagen del club”.

    Confundido, Mirt apoyará el vaso aún con licor en la mesa.

    “¿Qué son esos Requisitos ocultos?”

    “Me temo que no puedo decírselos”.

    “¿Por qué no?”

    “Querrá usted ver si los cumple y hacerme dudar de mi decisión”.

    “No; le di mi palabra de que no lo haría, sólo quiero saber si hubiera podido tener alguna esperanza de haber sido aceptado, aunque sólo se quede en mi consciencia y no intente manifestársela”.

    “Me temo que aun si confiara en su palabra, no puedo decírselos, puesto que no son requisitos que se puedan expresar con palabras; su conceptualización trasladada al mundo de los signos será siempre ineficaz, quizá también absurda, ridícula, una niñería o simplemente ilógica, a veces incluso yo tengo consciencia de que son una locura”.

    “Sus palabras me están dejando todavía más inquieto. ¿No tendría alguna manera de explicarme más o menos de qué se tratan? Por favor, no me haga irme sin haber comprendido al menos un poco”.

    “Los “Requisitos ocultos” son tan subjetivos e inestables, que lo más que puedo ofrecerle son vagas imágenes que los ejemplifiquen borrosamente. Por ejemplo, con el señor Vérend sentí que el club iba a adquirir un nuevo matiz que hasta su llegada no sabía que me podría interesar; ese tono de irreverencia que glorifica a los que se hallen a su lado me hizo sentir un profundo deseo de conocerlo más, de estudiar aquel comportamiento y recorrer todos los vericuetos de su alma; aunque nunca logre hallar nada más allá de lo que sentí el primer día, quiero llevarlo a museos, planear con él actividades culturales en nuestro club en la que invitaremos a las más importantes figuras de Danzilmar, ponerlo a hablar hasta que su flujo de consciencia desnude su alma. No tengo nada más que decir, simplemente vi algo en él que despertó mi espíritu investigador de la conducta humana; él tenía lo que necesitaba, aunque haya ido contra las expectativas de los requisitos que tan fervientemente me atrevo a defender en público”.

    “Pero ¿y acaso no recuerda la entrevista? No entiendo cómo piensa usted que todo esto terminará. ¿No le da la impresión que, con el señor Vérend en su club, se arriesga usted a tener problemas si acaso su lado perverso y egocentrista se escapan de su control? ¿No afectará su admisión la imagen de su club hasta el punto de clausurarlo o demandarlo, acaso el señor Vérend no incurra en una falta grave para la sociedad, tal y como él mismo ha aceptado que es capaz de hacer?”

    “Señor Mirt, habla usted con tanta razón. Es verdad, tener al señor Vérend a largo plazo será un riesgo para la integridad del club y para mí mismo. Sin embargo, esta sensación interna aquí en mi cabeza, que me quema de curiosidad por atestiguarlo a mi lado, supera por mucho a la razón y al análisis de las consecuencias; mi mente no puede alejarse de ellas y me dice constantemente que ninguno de los perjuicios en potencia importa. Sí, sé que no es una opinión muy respetable; soy el primero en decir que es un razonamiento insensato y que no merece más que burlas, pero es así y no hay nada que pueda hacer”.

    “Entonces, sin importar lo bien que cumpla yo con los “Requisitos explícitos”, simplemente no soy lo que usted necesita”

    “Para su consuelo, lo que uno necesita va cambiando a lo largo de la vida. Quizás algún día me arrepienta de esta decisión cuando viva las consecuencias de haber elegido al señor Vérend. Sí, cambiaré, y tal vez lo que necesite sea a alguien como usted”.

    “No puedo dejar de pensar que es algo cruel jugar con los “Requisitos explícitos” y los “Requisitos ocultos” con los interesados en unirse al club”.

    “Es por eso que no me quejo de que usted venga a pedir explicaciones, pues estoy consciente de que para el rechazado puede llegar a ser un misterio tan grande que, a falta de respuestas coherentes con la información que se les ha dado explícitamente, caigan en la desesperación y empiecen a querer manchar el nombre del club; me han contado que algunos rechazados se han enojado tanto por la falta de coherencia a la hora de escoger miembros que se pasan años vociferando contra los clubes, acosando a sus integrantes y amenazándolos, pero todo eso es por falta de comunicación que es en parte nuestra culpa, por no saber explicarnos o por la vergüenza de confesar las verdaderas razones. Sería terriblemente absurdo de mi parte esperar que, después de dar a conocer los “Requisitos explícitos”, los solicitantes no se hagan expectativas de ser admitidos si sienten que cumplen con todo, no puedo dar por hecho que ellos pensarán en la existencia de estos “Requisitos ocultos” y que razonarán en consecuencia, pero al menos espero que entiendan la situación una vez explicada y sean lo suficientemente comprensivos para al menos tolerarla”.

    “¿Se supone que los interesados tienen que entender que el cumplir con todos los “Requisitos explícitos” no es suficiente para ser admitido, y que, en su lugar, los dueños tienen el derecho a elegir basados en los caprichos de los “Requisitos ocultos”?”

    “En mi defensa, repetiré que los “Requisitos ocultos” están ocultos sólo porque no es posible expresarlos de forma clara y evidente; si pudiera hacerlo, créame que estarían entre los “Requisitos explícitos”, y de ese modo ya nadie se sorprendería de haber sido rechazado”.

    Terminado este diálogo, Mirt se despedirá tranquilamente del señor Támen y saldrá del club. El mareo se le habrá pasado casi por completo al sentir el aire libre, y sentirá el olor de las hojas recién mojadas por la llovizna de la tarde naranja. A sus espaldas, el enorme cubo dorado alzará una cúpula que brillará de lluvia.


    ***​


    En el periódico que Mirt compró una semana después apareció, en un artículo dedicado al club del que había sido rechazado, una pequeña entrevista hecha al dueño, el señor Támen Ferd. En la pregunta de qué requisitos son necesarios para ingresar al club, el señor Támen contestó citando su lista de “Requisitos explícitos”, pero al final añadió:

    “Sin embargo, el ser un buen candidato (es decir, cumplir con los “Requisitos explícitos”), no les da derecho a exigir ser admitidos en nuestro club, pues al fin y al cabo, debo admitirlo ahora, yo acepto a quién yo quiera, aunque parezca contrario a lo que pedimos”.



    [1] Empresa dedicada al desarrollo tecnológico con sede en Shórsta.

    [2] Otra empresa dedicada a la tecnología de Shórsta, competencia de la Wrìo’Fonet.

    [3] Guardianes del Lerénh que pueden ser tanto bondadosos como perversos con las almas bajo su cuidado; son serviles y complacientes con los virtuosos y crueles y sádicos con los desgraciados.

    [4] Lugar adonde van las almas al morir el cuerpo terrenal. Puede ser un infierno o un paraíso de acuerdo a los méritos de cada alma.

    [5] Licor de naranja danzilmarés.
     
  9.  
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

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    ParalefikZland: El Oxímoron
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    Ciencia Ficción
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    El visitante


    El vaso lleno de yióuj lo esperaba ya en la barra del bar. Ahí Gégen estaba sentado, perdida su mirada en el fondo de la mesa. Zái se sentó sin siquiera decirle hola y comenzó a beber mientras los ventiladores interpretaban una piana sinfonía de aire cortado, acompañada del silencio del casi vacío bar. Gégen llevaba bastante rato bebiendo, y todos los que lo conocían sabían que era inútil hablarle en ese estado, ya que ignoraría incluso una alarma de tsunami, si uno alguna vez azotara aquel puerto llamado Láf.

    —¿Viste alguno mientras venías, Zái? —preguntó Gégen un rato después. Su voz era muy articulada; tan reflexiva y profunda, que nadie que no lo conociera creería que el montón de botellas de licor a su lado inundaban sus arterias.

    —Unos cuantos —dijo Zái—, nada muy especial, solamente caminaban por el parque, admirando los colores de nuestro mundo, como dicen algunos… por cierto, gracias por guardarme un vaso…

    —¿Sabes cómo se llaman a sí mismos? —preguntó Gégen, adquiriendo de repente un semblante fastidiado, algo violento, y dio un trago lentamente— Los seres reales, amigo, seres reales es como se denominan.

    —Estoy seguro de que no lo dicen con mala intención.

    —¿Hace cuánto tiempo que llegaron? ¿Diez años? ¿Más? Y desde entonces son lo único de lo que el mundo habla, los seres que vinieron de otro universo paralelo.

    —Deberías superar de una vez ese complejo de inferioridad —dijo Zái, apartándole el vaso lleno de licor—. Fue una sorpresa para todos. Ya te lo digo, yo estaba en la universidad cuando sucedió todo, cada televisor del mundo los mostró y el mundo literalmente se detuvo. El dinero, el tránsito, las olas, los suspiros y los pensamientos, todo se detuvo cuando apareció ese ser en las pantallas, y recuerdo que exclamé, o casi grité, de la sorpresa; un compañero se desmayó del susto y otros más quedaron histéricos al ver esos colores, esa textura en su humanidad que sólo habríamos visto en sueños inquietos. Pero luego supimos que no eran una amenaza, ya sabes; sólo venían a invitarnos a formar parte de una sociedad mucho más grande, una sociedad que iba más allá de toda raza, lengua o nacionalidad; una sociedad en la cual ni siquiera las diferencias entre nuestras realidades fueran un obstáculo. Lo más sabio era no mostrarnos como seres primitivos que se dejan perturbar ante las verdades impresionantes. ¿Qué verdad hay más impresionante que la de sabernos acompañados de un número infinito de realidades, y que los habitantes de una de ellas nos ofrezcan su ayuda? Si te perturbas es porque no has comprendido todo lo que esto implica: gracias a su tecnología que permite el viaje entre universos han salvado a su especie; la muerte de la estrella que les daba la vida dejó de ser un gran problema cuando lograron habitar otro sistema regido por otra estrella; pero aún les quedaba el problema de que su universo iba a desaparecer tarde o temprano, y ahora, con esta maravillosa tecnología, prácticamente son como inmortales, capaces tener experiencias que nosotros no podríamos ni soñar…

    —¿Alguna vez fuiste a otro universo? —preguntó Gégen, achicando los ojos.

    Creyendo que su amigo se había enojado con él, Zái asintió nerviosamente.

    —Un par de veces he tenido ese privilegio. La primera vez fui a la realidad de ellos, y en verdad era tan igual, pero tan diferente. Ahí los colores no son tan brillantes, pareciera todo recubierto de una vista áspera, no tengo palabras para describirlo todo. Sin embargo, ellos clasifican su tipo de mundo como universo R.

    —Sí, R de real[1] —rio Gégen.

    —Si nosotros hubiéramos descubierto esa tecnología antes, nuestro universo también sería nuestro estándar para clasificar a los demás, ¿no crees?

    —¿Y sabes cómo se clasifica el nuestro? —contuvo la risa—, le llaman universo del tipo NiÔ[2].

    Zái por un momento no tuvo palabras.

    —Sí, lo sé.

    —¿Podrías decirme lo que eso significa? —preguntó como si lo retara.

    Zái suspiró como si sintiera vergüenza de contestar.

    —Sé que tiene algo que ver con un tipo de formato de realidad que ellos conocían desde hace milenios. Esencialmente, ellos ya tenían una noción de lo que era nuestra realidad cientos de años antes de venir. Es por eso que para ellos nuestra fisonomía o la estructura de nuestro mundo no fue una gran sorpresa.

    —Y por ello se creen superiores —dijo Gégen—, como de algún modo ellos ya nos “creaban”, siguen sintiendo que en el fondo nosotros somos irreales, seres ficticios salidos de su imaginación, diseñados por sus manos sobre pedazos de papel. Nos llaman dibujados. Pero nosotros nunca pudimos imaginarnos seres como ellos; nunca pudimos darles un rostro, un mundo, unas actitudes y unas historias como ellos sí lo hicieron con nosotros —para ese punto, la voz de Gegen comenzaba a sonar fuertemente ronca, ahogada en coraje; algo dentro de él se iba rompiendo poco a poco—. ¿Qué somos entonces, Zái? ¿Sólo una curiosidad para ellos? ¿Nada más que algo interesante que ver, algo divertido con lo que interactuar? Ellos deslumbraron al mundo con sus habilidades, nos dieron su tecnología, su ayuda, como si desde siempre hubieran pertenecido a esta realidad. Sin embargo, también trajeron un mensaje desgarrador, una idea de consecuencias devastadoras —y luego añadió riendo en voz alta—: ¡Existen un número infinito de realidades! ¿No lo entiendes, amigo? ¿No entiendes las consecuencias de una verdad de tal magnitud? Y ellos mismos lo explican tomándoselo a la ligera, como si no fuera importante. En ningún momento se avergonzaron ni intentaron suavizar nada. Los universos son infinitos, todo es real, al mismo tiempo que nada es real, ¡La ficción ha muerto! Así como todo sentido que la vida pudiera tener en sí misma. Se acabaron los dioses omnipresentes, eternos y todopoderosos; se acabaron los cielos y los infiernos; ¡se acabaron las filosofías!, pues no importa que alguien lance la más grande estupidez filosófica alguna vez planteada, puesto que siempre habrá alguna realidad en la que dicha estupidez se ajuste perfectamente a su verdad, y el idiota que la vomitara recibiría honores y la admiración de los habitantes de esa realidad por su “genio” de haber descubierto la estructura de su vida.

    Se tambaleó en su silla sin poder controlar su risa, y su borrachera ya escapaba del gran control de su mente. Rio hasta que cayó en el silencio, hundiendo la cabeza tristemente sobre la barra.

    Luego, Zái terminó su vaso, y dijo:

    —Comprendo que es un duro golpe para ti, amigo, fiel defensor del más despiadado chovinismo de la realidad. Recuerdo cuando participabas en acalorados debates defendiendo la tesis de que cualquier cambio en las leyes iniciales del big-bang daría como resultado un universo sin vida inteligente, puesto que no podías imaginar que pudiera existir otra manera en que la realidad pudiera desarrollarse hasta el punto de ser coherente. Creías que el nuestro era el único modelo posible de un universo ordenado, y todo lo demás simples ficciones de ateos. ¿Pero sabes qué? No comparto tu opinión, amigo, de que por eso todo ha dejado de tener sentido. Sí, es verdad, todo no sólo es posible, sino que es un hecho; pero no podemos saber exactamente en qué clase de realidad nos encontramos. Para nosotros sigue siendo válido debatir sobre la metafísica, puesto que no sabemos si nos hallamos en un mundo donde todavía se pueda tener esperanza de sobrevivir, o si por el contrario, estamos en una realidad donde la metafísica sea menos que una superstición. Y no han muerto los dioses, solamente no sabemos si nos encontramos en una realidad en la que ellos existen. En la realidad de ellos tal vez no existan; pero en la nuestra nada ha sido dicho, y así es con todas. Todo es posible, sí; pero lo emocionante es averiguar qué es lo posible en cada una, porque no todo es posible en todas las realidades… —le palpó el hombro, pero Gégen no respondió— ¿no te gustaría viajar a una realidad en la que el materialismo fuera la verdad, o el idealismo, o donde habiten seres empiristas o racionalistas? ¡Vayamos de vacaciones a una utopía! No hay límite, amigo, sólo tienes que dejar de lado tus ideas de querer que haya verdades absolutas y trascendentales, pues la única verdad absoluta es, ¡vaya!, que todas las verdades son absolutas en alguna realidad… ¡Gégen!

    Lo sacudió, pero Gégen no reaccionó; su cuerpo parecía magnetizado a la barra.

    Zái suspiró irritado por no poder terminar de hablar; pero pensó que eso era algo común de suceder en la realidad en la que le había tocado nacer.

    Entonces entró uno de ellos por la puerta del bar. Había estado esperando a que Zái le dijera que lo hiciera, y al ver que su amigo no se movía de su asiento, se aproximó a ellos. Las pocas personas que había en aquel lugar callaron ante su presencia, pero rápidamente le sonrieron con auténtica amabilidad, no como a un dios o un rey de otro mundo, sino como a un amigo al que admiraban en secreto.

    —¿Todo está bien? —preguntó. Y su voz no se oía como la de los demás seres de esa realidad; una voz poco articulada, sin preocuparse de su estética, que parecía venir de su propia garganta en lugar de materializarse del ambiente.

    —Lo siento, Áigen —dijo Zái, avergonzado—, esperaba que se calmara un poco antes de presentártelo, pero nos pusimos a hablar y ya no pude parar.

    —No pasa nada. No he estado en realidad donde tal cosa no suceda; aunque me gustaría ir a una así alguna una vez. Vamos, te ayudo a llevarlo a su casa.




    [1] En el original es S de Sárl (verdadero, real).

    [2] En otros escritos se explica que este término proviene de Nimájon (dibujo o animación) y Ônimat (estilo de animación danzilmarés).
     
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    Un chelista

    Tal vez no me creas, pero hasta hace un año yo no era más que un barrendero. Con mucha razón pones tu cara escéptica y tu boca se contrae en una mueca tensa, como si las reglas de la educación te amenazaran con indecibles castigos si tu risa llegare a escapar. Pero adelante, ríete, yo mismo lo haré y verás que no pasa nada. Ahora piensas que yo, el gran chelista Íben Fû[1], se ha vuelto loco y se ha puesto a inventar disparates en cuanto me preguntaste cuál era el secreto de mi prodigio, a qué clase de titánico entrenamiento he sometido a mis manos para volverlas infalibles ante este bello instrumento que es el violonchelo, a qué demonio he vendido mi alma, cuántos callos reventados tuve que crearme durante años, cuántas horas al día me he encerrado en mi habitación para absorberme en las profundidades misteriosas de la práctica y la disciplina que tal instrumento exige. Me pediste que fuera sincero (lo hiciste con los ojos brillándote de la emoción, como si de alguna manera mi respuesta fuera a hallar en ti un hogar, que podrías explotar para tu propio engrandecimiento) y ahora la verdad resulta que es inverosímil. Y sí, lo es, pero analízalo un poco, hasta hace un año nadie sabía de mí; llegué un día a hacer una audición para la orquesta sinfónica de Kutuzá y los evaluadores casi se vinieron en sus pantalones al oírme tocar. Pero salí de la nada; no había registro alguno de que comprobara que yo hubiera tomado cursos de música, ni siquiera había terminado la preparatoria, ni siquiera mis propios amigos cercanos pudieron dar explicación a mi repentino virtuosismo, pues hasta entonces, como dije al principio, no era más que un barrendero al que conocían por abusar de la cerveza barata y los juegos de cartas. Lo más cercano que alguna vez llegué a poner las manos sobre un instrumento, fue con una armónica vieja que encontré en la basura y que tiré diez segundos después. No era más que un tipejo que no era bueno para nada más que para maniobrar la escoba contra las hojas de los parques, y al que constantemente lo sorprendían holgazaneando o contemplando a las muchachas y los autos de los ricos. Así pues, en resumidas cuentas, la respuesta exacta a todas tus preguntas es que nunca he practicado nada; la disciplina es algo desconocido por mí y mi paciencia es tan poca que, si tuviera que ponerme a estar practicando un instrumento encerrado por más de una hora, me explotaría la cabeza.

    Pero como veo que esto sólo te confunde más, permítame que te narre los hechos que esclarecen este misterio tal y como yo los entendí. Ven, siéntate, toma un poco de yiouj, la sangre con algo de alcohol está más dispuesta a darle una oportunidad a aquello en lo que habitualmente no creería.


    ***​


    Estaba a punto de caerse de borracho al llegar a su casa, con la escoba aún en mano y la ropa mugrienta, en una bota una hoja pegada a la suela con fango, en la barba pedazos de hojitas despedazadas y ramitas, la cara y las manos con pequeñas huellas rojas que dejaron a su paso las espinas de un arbusto. Imprevistamente los ojos dejaron de captar luz, los oídos le zumbaron y advirtió un mareo similar al del que en sueños se siente caer, y su mente se encogió hasta que se halló en la nada. Todo eso apenas duró lo que tarda una bala en llegar al cerebro cuando es disparada desde la sien. En su mano izquierda un chelo reemplazó a la escoba; sus manos rozaron las finas cuerdas que sonaron suavemente con su temblor; en la mano derecha, donde antes había una botella de cerveza, había un arco que estuvo a punto de caérsele. Luego, lo deslumbró la repentina luz de la sala de conciertos y lo ensordeció el estruendo de un aplauso entusiasta. Entonces perdió el control de su cuerpo y sólo pudo ser testigo de cómo él mismo se sentaba en el banquillo, encarando un atril con una partitura, y los aplausos murieron súbitamente para dar lugar a miradas encantadas y expectantes; miles de ojos y oídos atentos de él, esperando impacientes a que saliera la primera nota del grueso instrumento, como el disparo que da inicio a una carrera. Íben tocó, o más bien su cuerpo tocó contra su voluntad. Él se volvió otro espectador más que observaba, desde sus propios ojos como desde un palco, cómo su mano derecha deslizaba el arco entre las cuerdas mientras la izquierda pirueteaba de un lado al otro por toda la extensión del brazo; la mano apretaba y hacía movimientos masturbatorios que daban orgasmos auditivos; los dedos saltaban, avanzaban y regresaban con una agilidad comparable a la de las aspas de un abanico, y el público estaba encantado como serpientes sin querer perderse ni una de las notas que brotaban como oro de ese violonchelo y esas manos virtuosas. Al fin terminó y la sala estalló en aplausos y gritos.

    Largos años vivió en esa realidad, siempre como un testigo de su propia vida, pues ni siquiera las palabras que pronunciaban venían de su volición; el dueño original de ese cuerpo seguía con su vida normal, sin darse nunca cuenta de que tenía un intruso en su mente que, poco a poco, le iba robando accidentalmente todo lo que había conseguido a base de esfuerzo. El Íben que había sido un barrendero tampoco se daba cuenta de que mientras más tiempo permanecía en el cuerpo de ese alter ego, su propia existencia se iba enriqueciendo hasta el punto de integrar el virtuosismo en su naturaleza. De ese modo, vivió, por así decirlo, entre la fama y la riqueza que el chelista había construido en ese mundo, llegando a sentirse dichoso de su destino, y a razonar que ese estado en el que no hace nada más que atestiguarse a sí mismo, era el mejor de los regalos que pudiera tener un perezoso como él.

    Varios años después, Íben regresó a su cuerpo tan repentinamente que cómo se había ido. Aún estaba tirado en su cama, con la botella de cerveza y la escoba en las manos, en ese viejo cuartucho empolvado en el barrio más pobre de Kutuzá. Al principio rabió por haber vuelto, pero casi inmediatamente se dio cuenta de que el virtuosismo de su alter ego se había instalado definitivamente en él, pues incluso sin poseer un violonchelo fue capaz de digitar sobre la escoba todas las piezas que había interpretado alguna vez. Pensando en sacar provecho de su recién adquirido virtuosismo, pocos días después se presentó en un auditorio donde solicitaban nuevos músicos para la orquesta sinfónica de Kutuzá. Los músicos que lo iban a evaluar lo miraron incómodos a causa de sus ropas de pobre y su mirada inculta, estuvieron a punto de tomarlo por loco y sacarlo a la fuerza, pero Íben les insistió tanto que debían prestarle un chelo para probarles que era un virtuoso, que uno de los músicos, motivado por la malicia, se hizo responsable y pidió que le trajeran un chelo para principiantes. Íben lo afinó muy rápidamente para sorpresa de todos, y al momento de tocar la primera nota ya los tenía hechizados. Para cuando apenas iba por los diez segundos, todos sin excepción habían decidido que sería aceptado sin discusión.


    ***​


    Terminó así esa anti-fábula que el gran maestro Íben Fû me contó cuando yo todavía era un estudiante. Le había suplicado que fuera mi maestro para que me ayudara a perfeccionar mi arte, y ante él había prometido someterme a la más dura y cruel disciplina a la que pudiera someter a mis dedos y a mi cerebro, pero después de escuchar su relato desistí de ese deseo, puesto que esa historia, que di por hecho inventada, me pareció un pretexto para dejar en claro que no tenía intención de convertirse en maestro, ni en el mío ni en el de nadie más. Pero lo que me inquietaba era que el misterio de su virtuosismo era real; los músicos que lo atestiguaron por primera vez dieron por hecho que en era un músico educado en toda regla como todos ellos, y que esa historia del barrendero sólo era producto de su excentricidad. Pero pronto todos tuvimos que aceptar que sus registros y los testimonios de sus conocidos no dejaban la menor duda que, en efecto, no había sido más que un barrendero, y la leyenda en torno al chelista Íben Fû continuó creciendo con un efecto similar a la del mismísimo Paganini, cuyo espíritu, decían los supersticiosos, había reencarnado en ese chelista.

    Murió el año pasado, víctima de un ataque al corazón [2].





    [1] Nombre de un chelista real del siglo XIX, llamado el Paganini del violonchelo.

    [2] El Íben Fû real murió en un accidente de auto a los 67 años, al salir de su último concierto.
     
  11.  
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    Un lugar cerca de Híns[1]

    —¿Irás a aquella realidad. Aquella realidad teñida en pigmentos, en la que una mañana adornada de espesas nubes la gente pobre del pueblito de Plur será invadida por los destartalados camiones oxidados, que se detendrán en las desquebrajadas aceras llenas de maleza muerta, y uno a uno, los hombres subirán en silencio, como si supieran que aquel día era inevitable, apretujándose entre ellos e intentando no cortarse los pies descalzos con los agujeros de óxido del suelo de los camiones. Esa realidad en la que sus mujeres e hijos llorarán al verlos desaparecer por los caminos de tierra con charcos de agua de la lluvia de la noche anterior, y sabrán que, pese a todas las promesas que les hicieron antes de que arrancaran los motores, no volverán a verlos de nuevo. La realidad en la que la pequeña Líe contemplará a su padre partir, se subirá a una colina de tierra resbalosa, extenderá su mano y su mente intentará evitar que el camión que se lo lleva avance; pero sólo podrá detenerlo durante unos segundos, y luego el confundido conductor acelerará y escapará del influjo de la niña, la cual caerá sobre la tierra y sus ojos morados no harán más que contemplar el cielo brumoso mientras sus lágrimas fertilizan la tierra?

    —Sí.


    [1] Probablemente era más largo, pero no se han encontrado otras láminas que pudieran pertenecerle.
     
  12.  
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    Nota: Cuento dividido en partes por la longitud.

    La promesa (1)



    —¿Me lo prometes?— y los ojos de Yóla parecían los de un antiguo monje reprendiendo solemnemente a un aprendiz. Un tope sacudió la unidad y sus pendientes rojos con forma de calaveras doradas saltaron y cayeron tintineando.

    —Sí, lo prometo —dijo Yóno, aunque pensaba que sería muy tormentoso para su espíritu cumplir esa promesa—. De verdad.

    Yóno volvió la vista hacia la ciudad en movimiento e intentó perderse en la contemplación de las tiendas y los árboles. Yóla seguía hablando. Yóno sabía que ella, a pesar de que le sonreía, dudaba tanto como él de que tuviera el valor de hacerlo. Yola se preparó para bajarse al llegar a una calle donde había un antiguo templo Máryo[1]; unos pocos monjes con sus Traig[2] barrían la terraza.

    —Entonces nos vemos mañana —dijo Yóla—. No olvides tu promesa—. Su sonrisa no terminaba de salir, masculló un murmullo para sí misma.

    —Sí, no te preocupes. Hasta mañana —Yóno sintió la garganta seca al decir esto.

    Yola descendió del camión. Yóno la miró desde la ventana sucia. Ella se perdió rápidamente por el avance del camión, como si hubiera sido absorbida hacia los confines de la visión periférica de Yóno. “¡Carajo!, ¿por qué se lo prometí?”, pensó.


    ***​


    En vano intentó Yóno distraerse de la promesa. Apenas llegó a su parada lo asaltó la fría sensación de que había algo observándolo, los ojos del deber lo acosaban y lo obligaban a desechar las razones que podría haber para no cumplir la promesa. La tranquilidad de la calle le llamó la atención; era raro que a esa hora hubiera tan poca gente en aquel distrito lleno de almacenes y plazas. Las puertas de las tiendas le recordaron a enormes bocas desde las cuales surgía un silbido distante. Tal vez caminaba de manera extraña, pues de inmediato notó que uno de los tenderos lo miró y frunció la boca. Apretó el paso. No prestó atención al resto de las casas grisáceas y silbantes de su vecindario, ni a las estatuas de figuras mitológicas que adornaban algunos de esos jardines[3]; tenía la sensación de que volteaban hacia él sus rígidos cuellos cuando lo veían pasar. El viento lo empujaba por la espalda hacia adelante al mismo tiempo que otro viento le despejaba el cabello de los ojos. Al llegar a su departamento, en un pequeño edificio sucio de humo y de pintura desquebrajada, sacó su llave y la metió en la cerradura, ésta hizo un sonido nítido y cristalino, un chillido de pato estrangulado, al accionar el mecanismo de la cerradura. Escuchó caer algo en el barandal de metal a su espalda, pero no volteó a ver qué había sido. Entró.


    ***​


    Yóla le había dicho que le iba a dejar un mensaje por Whatsapp explicándole lo que tenía que hacer para poder cumplir su promesa. El mensaje llegó cuando Yóno estaba a punto de dormirse. Había tenido la esperanza de que se le hubiera olvidado a Yóla, así tendría pretexto para no haber cumplido, pero en el momento en el que estaba a punto de llegar a un estado de calma, sonó el pajarito. El mensaje era una lista de direcciones y nombres de lugares de la ciudad, junto a ellos había el nombre de una persona con la que tenía que hablar, y al final estaba la palabra clave que tendría que decir ante ellos: “Dyére[4].


    ***​


    ¿Qué está desayunando?

    Un plátano con todo y cáscara; los sumerge en mermelada de limón y lo acompaña con pan de champiñones del desierto. Bebe un vaso de jugo de cactus con una pizca de canela. Puede estar todo el día sin volver a comer después de eso.

    ¿Qué dijo el plátano embadurnado de mermelada?

    Primero le había dicho, con voz enternecedora: “¡Cómeme, cómeme!”, pero antes de caer al esófago, gritó con voz chillona: “¡Ay, me masticó!”

    ¿Qué hizo Yóno al terminar de sorber su jugo de cactus, después de haber estado haciendo buches con él?

    Se lavó los dientes, tomó su billetera y su celular. La llave se atoró en el clavo en el que estaba colgada. “No me moverás, pendejo”, rio la llave. Yóno forcejeó con ella, la jalo y la golpeó con un martillo, pero nunca cedió, pegada para siempre con una terquedad magnética, no tuvo más remedio que salir sin ella.

    ¿Qué hizo mientras se dirigía a la primera parada de la lista, ubicada a unas cinco manzanas, cerca de una hamburguesería de la cual salían vapores de carne quemada?

    Pensaba en que en una semana sería su cumpleaños y que quizás se iba a comprar una tortuguita bebé; la pondría en una vieja cubeta cortada por la mitad, previamente llenada de tierra y con un trastecito que le serviría de piscinita. Al pasar frente a un perro recientemente muerto, al que le faltaba la mandíbula superior, pudo ver su lengua rosada rodeada de dientes inferiores, lo que le recordó a un tipo de pastel muy sabroso que vendían en una pastelería muy cerca de su escuela. Iba a comprar uno para su cumpleaños.

    ¿A dónde miró en cuanto llegó a la hamburguesería?

    Hacia el techo de la casa de al lado, la cual era del color exacto de una naranja que está empezando a pudrirse, y sintió unas horribles náuseas.

    ¿Intentó vomitar?

    Intentó aliviarse en un basurero que había en el callejón justo al lado de la hamburguesería, pero de su boca sólo salió el bramido de un vómito invisible.


    ***​


    Dyére —una cajita metálica pegada a la entrada de la casa naranja recibió esta palabra y la transmitió hacia unos oídos incógnitos.

    —Adelante —respondió la caja.

    Yóno avanzó por un amplio jardín cuando la puerta se abrió. La náusea que aquel lugar le provocaba le impedía fijarse en los detalles de ese jardín, sólo su subconsciente percibió la estatua blanca de una antigua espada girán[5], cuya punta recién pulida por los sirvientes señalaba la enorme puerta de madera hacia la cual caminaba. Una persona abrió la puerta antes de que Yóno alzara la mano para tocarla. Era un ser altísimo; entre él y Yóno habría mínimo un metro de altura de distancia. Era una quimera entre hombre, mujer y un dios de amor violento, cuya boca se curveaba maternalmente y sus ojos negros, sin ningún centímetro de blanco, brillaban entusiasmados[6]. Este ser le hizo pasar y se encontró en una sala con muebles tan brillantes como sus ojos, el techo y las paredes adornados con cientos de armas antiguas de todas partes del mundo, especialmente de Danzilmar.

    —Toma asiento, por favor —dijo este ser. Su voz, pensó Yóno al sentarse en un enorme sofá azul, era similar a la de esos predicadores cristianos tan molestos, tan pretendidamente dulce que acrecentó sus náuseas. Este ser ordenó a uno de sus sirvientes que fuera a buscar el paquete para el señor Yóno; el sirviente, sin camisa, de pantalones blancos y con zyúm[7], salió por otra puerta tras hacer un saludo que Yóno nunca había visto en su vida. Luego, el ser miró a Yóno y continuó: —Es en verdad increíble lo que vas a hacer por Yóla. Significa mucho para ella, no creo que tengas idea de cuánto.

    —¿Usted conoce a Yóla?

    —Conocer a alguien… ¿quién hace eso estos días? —el ser intentó reír, pero no pudo—, yo sólo sé de cosas; no las conozco. De Yóla supe tantas cosas, muchas se contradecían de manera tan irreconciliable que pensaba que no era posible que tal persona existiera.

    —Yo no tengo esa impresión de ella —dijo Yóno con añoranza—, conmigo siempre era clara y sincera, nunca tenía secretos y no dudaba en decir exactamente lo que se proponía.

    —Hasta la promesa, ¿verdad?

    —Sí, hasta la promesa —dijo Yóno tras un momento de estupefacción.

    El ser se sentó en una silla de bambú. Su rica vestimenta roja, una túnica estampada con imágenes de las montañas de la Cordillera Central de Danzilmar, de repente le llamó la atención a Yóno, y la miró largamente.

    —¿Sabes algo acerca de estas armas? —el ser levantó la cabeza y contempló con orgullo su colección.

    —No más de lo que alguna vez leí o vi en películas —dijo Yóno.

    —¿No es increíble cómo desde lo más recóndito de la creatividad humana, los más variados instrumentos, obras de arte del ingenio humano, han sido diseñados con el único fin de arrancarle la vida a los otros? Mira, por ejemplo, esa arma de ahí, la que es como un gancho atado a una cuerda. Muy simple, ¿verdad? Lo usaban los antiguos pueblos del lago Dên para castigar a los blasfemos. Ataban al condenado a un poste, exponiendo bien su garganta. Luego, el verdugo hacía girar la cuerda con el gancho como para lazar a un moa, con cada círculo la punta mortal se acercaba lentamente al condenado hasta que finalmente le arrancaba la laringe y la tráquea. A veces fallaba y la punta le descarnaba el pecho o la cabeza, le despedazaba los dientes o le sacaba los ojos.

    “Prosperidad perpetua a la isla del lago Dên, sagrado santuario de los Kêreny”[8] —dijo Yóno como en un trance.

    —Hum. Esa espada de allá arriba, justo encima de nosotros, ¿la ves? Fíjate en la sensual curva de su filo, en la firmeza de su empuñadura, la ansiedad de su punta. Desde aquí no se ve, pero a lo largo de su curva filosa hay dientes pequeñísimos. Era un arma de guerra, pero también para los rituales más sangrientos del lago Dên. Serruchaban los dedos de los blasfemos con aquellos dientes y les reventaban las rodillas haciendo presión con la punta…

    El sirviente del zyúm apareció con una cajita de cartón. Avanzó hasta ellos y se la ofreció a Yóno.

    —¿Qué hay adentro?

    —Una de las cosas que necesitas llevarle a Yóla para cumplir tu promesa —dijo el ser, se levantó rápidamente y trajo de uno de los cajones una mochila de tela negra. —Te darán más paquetes donde vas, estarás más cómodo con esto.

    Yóno tomó el paquetito y la mochila.

    —¿Sabes a dónde ir ahora? —preguntó el ser acompañándolo hacia la puerta.

    —Sí, Yóla me informó bien.

    —Por favor, no vayas a decepcionar a Yóla —dijo el ser con una repentina preocupación—. Se pondría muy mal si no pudieras cumplir tu promesa.

    —La cumpliré —dijo Yóno.


    ***​


    Suena a pedacitos metálicos (se aleja de la hamburguesería), o pajaritos con picos metálicos picando tierra metálica. En tierra metálica sólo descansaría en paz una máquina vieja, tierra de su propio óxido que cae rojamente y cubre su suelo marchito. Un deshuesadero, precisamente, un cementerio (mira la dirección en su celular, se da cuenta de que no está muy lejos; basta un corto viaje en autobús) de metal, no voy a uno desde que era niño, hoy en día debe estar más lleno de autos, electrodomésticos y consolas de videojuegos inservibles, qué curioso que algo no tenga que estar vivo para poder morir (pide la parada a un camión y sube), lo que antes funcionaba y ahora no, se considera muerto, como los dioses, que funcionaban hace cientos de años para mantener a nuestra mente tranquila y capaz de tener algo a lo que aferrarse, pero el consuelo último de las deidades ha dejado de funcionar: han muerto. También ahí, la tecnología es nuestro nuevo Dios, pero su muerte no se ve a la distancia todavía. La naturaleza también es nuestro Dios, su muerte tampoco se avecina pero todos la esperamos con ansias. Visitar el deshuesadero de lo cósmico, de lo inmaterial, de lo intangible, de lo abstracto… veríamos ahí máquinas aplastando dioses, naturalezas, leyes de la física, mentes, ideas, conceptos, esperanzas, consuelos, virtudes y vicios hasta convertirlos en cubos de basura listos para ser quemados (un tope sacudió la unidad). Hasta este camión morirá, todo lo que nos conduzca hasta nuestro destino morirá también, incluso nuestros propios pies…


    ***​


    Y el auto Clak, clak, pruuuuuuuum plang plang plang.

    —¿Qué pasó? —grita el jefe

    —Se cayó otro —grita un trabajador.

    —¿Cuántos murieron?

    —Nomás uno esta vez.

    Y la grúa triiiink triiiink triiiiink puuuuufffff.

    —Ya ni modos, saquen el cuerpo y sigan.

    Y al rato.

    —Jefe, lo busca un joven.

    —¿Qué busca?

    —No sé, nomás dijo Dyére y me insistió que debía darle un paquete o algo.

    —Hazlo pasar inmediatamente… y una cosa más, este chico va a hacer algo de gran importancia, así que pásalo por un camino seguro, no sea que le caiga un auto en la cabeza y muera antes de tiempo.

    —Ta’ güeno.

    Y al rato.

    —Pásale, joven.

    —Disculpe por interrumpir. Sólo vengo por el paquete de Yóla.

    —Claro, claro, un momento lo busco. Esa chica fue muy específica al elegir esos trastos, tuvo suerte de que aún hubieran, ¿dónde lo puse?

    —¿De dónde conoce a usted a Yóla?

    —Su padre fue mi compañero en la primaria. La primera vez que la vi fue cuando sólo era una beba, ya se le veía ese aire del que todos hablan ahora, no me sorprende que te haya pedido que le hicieras este favor. ¿Dónde está el paquete, coño? ¡Ate, ven acá!

    —¿Qué pasó, jefe?

    —¿Onde pusistes el paquetito ese pa’ la Yóla, aquí ta’ el joven esperando y aún hay mucho por hacé’ y se me anda perdiendo esa cosa.

    —Ah, creo que estáen el montacargas.

    —¿Qué coño hace ahí?

    —Se lo quise mostrar al Elmela antes de tener que entregarlo, pero tons ocurrió l’accidente y se nos olvidó garrarlo.

    —¡Pues pícale por él, rata metiche!

    —Sí, patrón.

    Y viendo cómo iba a por el paquete.

    —Esas torres de autos aplastados se ven muy peligrosas —dice Yóno.

    —Sí, los accidentes ocurren, pero meh, todos aquí sabemos a lo que nos enfrentamos. Un vato quedó hecho salsa antes de que llegaras, pero ya nos acostumbramos, tos los días muere alguien. Lo pior es cuando también se daña alguna de las máquinas por el accidente, esas pendejadas son caras, sabías.

    Y la torre de autos junto al montacargas priin priiiiiiin, prum prum prum prum plaaaaaam plaaam krin kran krin kran kooooon.

    —A que la… ¿ya viste, joven?

    Y afuera de la oficina.

    —Pobre Ate, ojalá no lo haya sentido.

    —¿Cómo lo va a haber sentido, jefe, si el primer auto cayó derechito en su cabezota?

    —Bueno, no pierdan tiempo, despejen todos esos autos y busquen el paquetito, esperemos que el montacargas no se haya jodido mucho.

    Y al rato.

    —Aquí está, patrón.

    —Dáselo al joven.

    —Al fin, ¿sabe usted lo que hay dentro? —Yóno lo agita.

    —No es importante saber qué es mientras sólo sean las partes, lo importante es cuando los juntes todos. Ahora vete antes de que te caiga uno de esos chismes. Cuídate bien, y prohibido accidentarte antes de cumplir tu promesa.

    —Tendré cuidado.


    ***​


    Se dirigió entonces hacia el asilo, qué lindo se ve con su carita apretando los labios, reteniendo sus pensamientos con una mueca de sueño y terror, siente los paquetitos masajeándole la espalda dentro de la mochila, ya, ya, Yóno, tranquilo, estás a salvo de esas torres de autos tan feas. Se compró un helado de mango para enfriar sus nervios. Me encanta verlo masticar con esa boca fuerte a la que le falta una muela, recuerdo que se la sacaron porque de niño accidentalmente mordió una piedra en la sopa, pobrecito. Tú sigue caminando, querido, yo estaré contigo. Qué mal que aún no tengo permiso de tomarte; aún tienes que cumplir tu promesa, pero seré paciente, así lo soy con todos. A veces sólo tengo que esperar un día, a veces más de cien años, pero siempre yazco con todos. Ya quiero yacer contigo, Yóno, tu vitalidad que poco a poco va siendo consumida me está excitando, ya quiero ver tu cara azul, tus músculos rígidos, tus ojos vidriosos, tu corazón detenido… ¡con qué dicha te haré mío entonces!


    [1] Antigua civilización que gobernó el este de Danzilmar antes de su unificación con la civilización Dyánzil. Sus templos son abundantes en el actual estado homónimo.

    [2] Tipo de vestimenta tradicional danzilmaresa con multitud de variaciones según el tipo de ceremonia y el nivel de los monjes.

    [3] Algunas de estas estatuas suelen ser representaciones de dioses montando algún animal, bustos de cabezas sin boca, o animales sentados o de pie a semejanza humana.

    [4] Adverbio negativo del danzilmarés antiguo, significa literalmente “Aquí no”.

    [5] Tipo de espada similar a un florete más corto y grueso, usada como medio de tortura o sacrificio por los sacerdotes del lago Dên.

    [6] Personaje probablemente inspirado en los Kêreny; espíritus venerados por el pueblo del lago Dên.

    [7] Especie de pañuelo de seda que cubre la boca, usado por los antiguos sirvientes de los sacerdotes del lago Dên.

    [8] Lema grabado en el dintel de piedra del Gran Templo de Útod.
     

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