Historia larga ParalefikZland: Codex Buranus

Tema en 'Novelas' iniciado por Paralelo, 2 Enero 2021.

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  1. Threadmarks: O Fortuna
     
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

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    ParalefikZland: Codex Buranus
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Poesía
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    1038


    Creé una vez un mundo donde nada era sexo, licor ni suerte...”

    Gyéo Fúntuo




    O Fortuna



    ¡Afortunados! Así debían sentirse los estudiantes del último año del instituto Ítumi de Ákelos, esa fría mañana cuando entraban a la institución mezclados con los de primer y segundo año. Pero sabían que, al igual que la luna cambia cada noche, su suerte era variable e inquisidora.

    Los niños de toda Danzilmar cuya genialidad fue prontamente captada por padres y maestros, encontraban en Ítumi la extraña amalgama entre la libertad y el encierro. Ávidos de saber, o al menos ávidos de la vida prometedora que los esperaría al salir, pasaban las horas entre los libros, las clases y conferencias, los proyectos y las constantes carreras entre los diferentes edificios de la escuela, soportando las cadenas que prometían libertad a cambio de sucumbir durante tres años a sus redes. Todo porque la sonrisa de la fortuna los había hecho nacer con portentosa inteligencia.

    Pero esta suerte a veces crecía y desaparecía, pues lo que se les había dado en intelecto la fortuna se los habría de cobrar de algún otro modo.

    ¡Detestable vida! (bufaban todos en silencio), que dulcificas y luego endureces. Y entran en el auditorio en fila como monos amaestrados, y se sientan como perros amaestrados, y escuchan el discurso de bienvenida como serpientes amaestradas.

    Sólo un año más, sólo un año más.

    Pero sólo era un año más antes de pasar al siguiente escalón de la vida, y después vendrá otro, y otro hasta que caigan en la tumba. La suerte común de todos los mortales, sin piedad se apoderará de toda su riqueza, pobreza, poder y pasiones, y los derretirá como al hielo.

    Y todos se saben condenados así, como una mente única que se disfraza de diferentes rostros y pieles; algunos tienen la cara aburrida y cuentan los puntitos de las losas del suelo; otros observan hacia la nada pretendiendo mirar al director; otros con la cabeza baja entrecerrando los ojos. Todos resignados a saberse ultimadamente en manos de la suerte, contra la cual toda su disciplina e inteligencia nada pueden hacer. Es un destino monstruoso y vacío, que a los de afuera la fortuna les sonría en lo que a ellos les da la espalda, y al revés. En la rueda de la vida en la que todos están girando, estar ahí, en una prestigiosa escuela, es vano. Hasta la salud es vana; hasta al enfermo le sonríe la suerte de maneras que al sano no; hasta el más sano del mundo muere de un infarto repentino.

    En el juego de la vida, hasta el perezoso se gana la lotería, y al diligente se lo comen los avestruces.

    La maldad de la suerte les hacía sentirse desnudos, apenas protegidos de destinos peores por su frágil estatus de genios.

    Todas las horas de estudio, todas las horas de sol en la cara que nunca volverán a sentir, todas las brisas marinas que nunca respiraron, todos los goces banales que hacen dichosas a las almas inquietas, todos los parques en los que nunca jugaron, era de lo que estaban hechos. La suerte debía estar en su contra en salud y virtud; se cobraba de todo eso para equilibrar la suerte de su intelecto.

    Hace frío incluso dentro del auditorio; cuando el director finalmente se calla, anuncia que pueden pasar a ver la disposición de los grupos de ese año, que se muestra en las diferentes pizarras del área común de estudiantes. Y de nuevo la suerte separa o mantiene unidos a los que se estimaban o se odiaban, a los que se amaban o se ayudaban, y a los que no se importaban también.

    Ahora caminan hacia sus edificios y salones. Desde el aire se los ve hormiguear entre la blancura de la nieve, sobre los caminos que en otra estación resaltarían su gris entre el verdor de los árboles y el césped. Los edificios son gigantes cilindros carmesí, blanquecinos por la nieve. Un edificio para cada año, uno para el auditorio, uno para los deportes, uno para la biblioteca, uno para la dirección, y uno pequeño para la bodega. Y la masa de alumnos que sale del auditorio, y que leen de las pizarras en la zona común, se hace más pequeña; se bifurcan en ríos cuyas aguas son absorbidas por sus edificios correspondientes hasta que no queda nadie más afuera.

    El frío del invierno da paso al calor del látigo oculto cuando toman asiento en sus aulas. Pilas de libros sobre las mesas de los maestros esperan ser ordenadamente repartidos entre los estudiantes; libros grandes y pesados, con portadas coloridas y hasta absurdas, llegan tan alto que muchos alumnos tienen problemas para alcanzar los de hasta arriba cuando les llega el turno de pasar por ellos. Ahora tienen todos sus libros, sus propias torres de información que a lo largo de todo el año deberá emigrar a sus cabezas.



    ¡Ya es la hora! Así que no pretendan retrasar más lo inevitable. Saquen fuerza de su corazón, pues incluso los más fuertes son débiles ante los golpes del destino. Y agradezcan, deben agradecer esta suerte que la vida les ha dado y que tendrán que retribuirla a costa de su trabajo, esfuerzo, disciplina, valores. ¿Preferirían estarse partiendo la espalda en los campos, muriendo de hambre en los desiertos, hacerse mutilar en otras culturas, ser analfabetas, tener que limpiar porquerías o arriesgarse a morir de una caída, electrocutados, asfixiados o quemados, o estar siendo comidos vivos por las fieras o sacrificados para lucrar con sus cuerpos? ¡Háganse dignos de su suerte! Sienten alegría, ¿no es así? Sí, estén alegres; la alegría también se materializa en sus lágrimas que sólo fluyen por dentro; pero no se apenen, que el que llora aceptando su suerte heredará la paz.

    ¡Lloren todos conmigo!




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  2. Threadmarks: Fortune Plango Vulnera
     
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    415
    Fortune Plango Vulnera



    Ojitos rebosantes de líquido salino cuando, sentados en sus escritorios, se les niega el permiso del descanso.

    “Qué suerte tienes, no descuides tu genialidad, debes cultivarla desde ahora”,

    “La fortuna te ha tocado, no la desperdicies con los que no la tienen”.

    Otros se emocionan, pues diferentes y elevados se sienten.

    “Puedes adelantar la siguiente lección”.

    A los que con ardor aprenden, pronto en su propio sueño creen hallarse, pues de movimiento sus voluntades no están provistas.

    “¿Sigues estudiando hasta esta hora?”

    Si no, ¿cómo seguiría sabiendo? Debo aprovechar el regalo que la suerte perversamente me dio a mí, quitándoselo a alguien más.

    “No tendrás problemas para pasar el examen de Ítumi”.

    “¡Si no sigues, no podrás pasar el examen de Ítumi!”

    “¿Estás seguro de que pasarás el examen de Ítumi?”

    Pero tras dos años de intensa fortuna, hasta el mayor amante del conocimiento siente que se harta de ella.

    Está escrito que el que ama el conocimiento estudiará.

    Pero en ocasiones la cabeza se queda sin cabello.


    Avanza el frío de enero y febrero. Parciales y proyectos van y vuelan. Mantienen sus caras serenas ante los libros, profesores y padres.

    Los que de pequeños se sentían con su fortuna en el trono del mundo, acostumbrados a saberse prósperos y coronados de felicidad en el futuro, desde hace tiempo se sienten ya desplomados, y privados del deseo de una gloria futura.

    Más aun así se compite; eso nunca morirá, aunque en el fondo lo mismo les dé el primero y el último lugar.

    Y a la vez se confabula: los grupos se pasan información, que al llegar la primavera se organizarán las tertulias de los terceros años, contrapuntos para la vida que muestran al resto del mundo.

    Pero por ahora pretenden.

    Hacen creer al mundo que están en un campo de batalla.

    “Sacaste el primer lugar”.

    “¡No sacaste el primer lugar!”

    “¿Por qué no sacaste el primer lugar?”

    Y en las pizarras de la zona común se exhiben los promedios mensuales de todos los alumnos, divididos por grupos y grados.

    Y se hacen los orgullosos y los heridos frente a los profesores y padres.

    Que crean que son humillados por sus caídas.

    Que crean que el primer lugar se eleva a las alturas.

    Que crean que están exaltados por el rey que se alza en la cima.

    Que crean que lucha por evitar la ruina.

    Que crean que será una desgracia cuando encima se lea que otro reina.
     
  3. Threadmarks: Veris Leta Facies
     
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    1213
    Veris Leta Facies


    La primavera se abre paso jovial por entre la nieve que se aparta ante su rostro, cuyo signo son las flores y los árboles que rodean los caminos del instituto Ítumi. Andando lento, con gran sosiego, los estudiantes quedan expuestos al nuevo verdor que de los árboles comienza a brotar. Vemos a uno que, deteniéndose un momento, observa junto al camino la primera flor cuyo capullo ha quedado descubierto. Se llama Dézen, y va hacia su edificio con la bufanda descubriéndole el cuello por el nuevo calor.

    “Todos se calman; la despedida del frio hace que ya no haga falta mover tanto el cuerpo. Todos caminan tranquilos, casi durmiendo, sin hacer ruido. Pero sólo yo me quedo, aunque nadie me vea, contemplando un pequeño capullo de flor”.

    Sigue su camino.

    “Flor que ha de abrirse, una flor abritura, nacetura, vivitura, que hay en todos nosotros. Mas nuestro invierno seguirá por el resto del año, y por varios años más, y quizás hasta nuestra muerte, pues los dioses han dispuesto que, para los hombres, la flor no se abra sino hasta el fin, cuando se confunde con su propia muerte”.

    Otro día pasa por el mismo camino. La nieve ha retrocedido, pero el capullo aún no se abre. Se expresa de este modo:

    “Aún nadie me ve; a nadie le importan ya los contempladores, sino a los que actúan, y contemplar no es ninguna acción”.

    Le habían dicho que saliera a caminar más seguido, que el encierro le impediría la correcta salud de su cuerpo, mas ese era todo su ejercicio, al menos en lo que terminaba el invierno. Se encontraba con sus compañeros Ínwei, Óira y Yíran en las bancas de afuera de su edificio, y en una ocasión se les pudo escuchar teniendo la siguiente conversación:

    Ínwei: Ayer en la noche me dieron la llamada.

    Yíran: ¿De verdad?

    Dézen: No se supone que llegue hasta que haya acabado el invierno.

    Ínwei: Me dijeron que no lo diga a nadie; unos pocos hemos sido elegidos para planear dónde será y en qué circunstancias.

    Óira: ¿Y por qué a ti en concreto?

    Ínwei: Algún criterio habré cumplido, no sabría explicar un porqué razonable.

    Lo que ahora desencadena los celos de Dézen, y escucha a Óira suplicar que le adelante un poco cuáles serán sus designios para el encuentro, a los que Ínwei se niega por falta de respuesta.

    Días después, habló Óira con Dézen de este modo por teléfono:

    Óira: ¡Me han dado la llamada! Quieren que organice a las chicas como Ínwei lo hará con los chicos.

    Dézen: ¿Habrá más llamadas adelantadas, para cubrir algún otro puesto?

    Óira: Decirte no sabría, estimado. Pero te suplico que en secreto guardes mi noticia, pues mi emoción no podía quedar congelada en mi pecho, y entre todos no hay otro en quién tanto confíe.

    Dézen: Mas si en algo pudieres, sería grato si por mí intercedieras.

    Oira: No entres en dudas.

    Y vuelve a las caminatas para ver el capullo de la flor que aún se niega a despertar, y nada oye a sus espaldas, nadie lo ve de reojo, nadie cuchichea con la palma en la mano. Poco falta para que la flora reine en ese pequeño bosque escolar, lo que será alabado con los cantos del coro que ahora mismo se encuentra ensayando en el edificio de artes.

    “Primero a Ínwei y luego a Óira, pero nada han hecho para darles el lujo de florecer, al menos que en secreto una acción notable efectuaran. Movilizarse es la respuesta a mi mente de estatua”.

    Y pasa los días por entre los clubes, codeándose con los que se sospecha están tras el futuro encuentro. Pero todo es secreto, y todos nada saben, o no pueden o no quieren decir, quién está detrás de las llamadas que reclutan a los que serán los jefes de su gozo futuro.

    Estando un día Dézen, recostado en el regazo de Óira, en un banco en medio de la selva, siente el sol que calienta su mejilla, y la risa de Óira, por su semblante embobado, parece que viene del sol, para burlarse de Dézen y su envidia malsana. Tiene Óira una flor en el canalillo, arrancada de su propio jardín, que se ha adelantado a la selva escolar; Dézen gira la cabeza y la mira con la visión periférica, y se expresa de esta manera:

    Dézen: ¿Sabes lo que yo decidiría, de haber sido o de ser elegido? Sería aquí mismo, en nuestro auditorio, todas las ventanas cubiertas de negro, todo iluminado por velas, colchones con sábanas anaranjadas.

    Óira: Suena algo tétrico y más parece de secta.

    Dézen: ¿No contamos como una, al menos en parte? ¿No actuaremos por encima de las normas, y no cometeremos sacrificios hacia nuestra propia integridad, como los demás del mundo creerían?

    Óira: Es imposible que tu plan se realice, aun si la suerte te hiciera elegido. Pero no te preocupes, estimado, cuando el día llegare, haré que no haya goce que no pruebes.

    Dézen incorpora su cuerpo, mirando a los ojos a Óira desde abajo:

    Dézen: Poco me importa con cuántas me toque, pero si incluso entonces soy del montón, ¿para qué querría pues siquiera asistir?

    Y Óira ríe entre dientes, sin pena y con gracia, perfumando a Dézen con su dulce aliento que le mueve los cabellos, y se torna llorosa y feliz a la vez.

    Óira: Cómo me entristece, amigo mío, que lo que a tu corazón perturba sea siempre la atención, y cuenta no te das de la que yo te he querido ofrecer desde hace dos años. Te diré que desde entonces busqué medios para lograr lo que ahora te da envidia, porque pensaba, llegado el momento, aprovechar mi lugar para ganar por premio tus amores.

    Fue largo y dedicado cómo llegó a enterarse de quién organizaba los encuentros de los primeros dos años, pues se decía: “Dézen se encelará, y si se encela de mi puesto, cuando llegue el momento podré sorprenderlo mejor, y veré cómo sus celos se transforman en sorpresa y luego en éxtasis, pues qué difícil es amar a aquel por el que a la vez tienes celos, pero qué satisfactorio cuando lo segundo sólo es una estratagema para lo primero”.

    Y ahora la sorpresa ha tomado el lugar de los celos en Dézen, que se incorpora con la piel como la nieve que se derrite. Óira sostiene la contradictoria tristeza y alegría en su rostro rojo como la flor de su pecho.

    De ahí se va Dézen a grandes zancadas; nunca se había movido tan rápido, nunca había querido poder moverse a la velocidad de un caballo, nunca había sentido tanto calor en sus piernas.

    Y tras varios días hay más pájaros cantando; la primavera al fin se ha abierto, ya con la nieve apenas con vida entre el césped. Platican Dézen y Yíran sobre las llamadas que pronto habrán de llegar, y éste último, feliz de ver revolotear a los pájaros, menciona a todas las doncellas que espera ver en el encuentro, a las cuales dará felicidad por millón, y Dézen se ríe al imaginarse al coro que hace su último ensayo, pues pronto cantará un coro más placentero y liberador.

    La flor finalmente se ha abierto.
     
  4. Threadmarks: Omnia Sol Temperat
     
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    Omnia Sol Temperat


    Todo calienta el sol sobre las cabezas recién salidas del invierno. Sobre el cenit del cielo, mira el sol hacia la cabeza de Éla, que se oculta tras los árboles del camino que pasa detrás del edificio de los segundos años, y desde ahí contempla, parcialmente refugiada por arbustos que le llegan al torso, a los radiantes cuerpos jóvenes que se revelan ante el rostro de abril. Los oye sin asimilar sus palabras, de las cuales sólo retiene los tonos graves y vigorosos, o entusiastas y enérgicos. Su cuerpo es adecuado para el de ellos, razona evaluando sus propias formas, no muy desarrolladas a causa del descuido de su físico, sin ser por ello despreciables o inadecuadas para hacer fluir la sangre por dentro de las venas.

    “Todos están en la primavera de su juventud. Seguro que también sienten las urgencias del cuerpo”.

    Y era verdad que en todos reinaba el dios de la juventud.

    “También es para mí correcto unirme a este éxtasis, ¿no?”


    Se había dicho que los organizadores de la primera reunión iban a atrasarla hasta el comienzo del verano, y no fue sino hasta ese día que todos confirmaron, decepcionados, que no eran rumores falsos. A cambio, se prometía compensarlos con una localidad más adecuada, en circunstancias más voluptuosas, más apropiadas para dejar fluir su juventud dentro de las limitaciones que la primera reunión exigía, en preparación para las siguientes.

    De eso conversaban los cinco muchachos que observaba Éla desde los árboles. Eran cinco de los cuerpos más apetecibles, de los que más se ansiaba que asistieran a las reuniones.

    —No podré ir si es una semana después de terminar las clases —comentó uno llamado Yéyan, el de brazos fuertes por la natación—; me iré a Kutuzá a pasar las vacaciones.

    —Yo me quedaré todo el tiempo que haga falta —dijo al que llamaban Ánke, el de las piernas fuertes por alguna razón aún no sabida.

    Y entre pequeños golpecitos en los hombros y torsos, se lanzaban alguna que otra frase opinando y comentando sobre la reunión y sobre otras cosas que eran de poco interés para Éla.

    Despabilada y contenta por la alegría que el calor del sol ordenaba ante tanta carne nueva, Éla salió de su escondite y caminó hacia ellos con la intención de seguir de largo hacia algún lugar no importante, pero en su acción se dejaría contemplar por ellos, accionándoles quizá el mecanismo que la naturaleza les ha instalado para brindarles sensaciones ya conocidas ante un ejemplar del sexo opuesto.

    “Que al ser vista de este modo, se sienta lo correcto y natural que es poseer lo que es tuyo, o que podría ser tuyo”.

    Ni el pavorreal con su abanico podría sentirse más orgulloso y arrogante que Éla con el simple hecho de caminar a un lado de aquellos cinco. Pero no hizo nada para intentar ver u oír sus reacciones. Se imaginó que los que habían planeado no asistir a la reunión habrían cambiado de idea al ver el espécimen que habrían de perderse, y los que habían decidido ir lo harían con más bríos, cargados de energías más violentas.


    El sol seguía radiando este nuevo calor en los cuerpos jóvenes, apenas enfriados por las clases, los libros, los profesores y los padres.

    Un rojo suave tiñe las mejillas de Éla, dándole un tono de manzana que va madurando día por día, y razona con hartazgo que todos ellos son ahí como frutas que la educación tendrá que hacer madurar.

    “¿Para qué le sirve a la fruta madurar sino para que se la coman?, ¿Para qué le sirve a la semilla volverse árbol sino para que la talen?”

    Pero concluía que no era posible madurar para la libertad sino para la realidad, y que el que quiera vivir en paz con la realidad, deberá sacrificar un poco de su libertad. Por eso alzaba los hombros y justificaba su actitud actual: que la fruta siguiera disfrutando de su verdor hasta que le llegue el turno de ser bajada por una mano y boca hambrientas.

    “Ámame fielmente, juventud, mientras te tenga; yo también te seré fiel mientras la diosa realidad me lo permita. Incluso cuando esté ya muy lejos de ti, y sientas que te haya traicionado, parte de mí estará contigo, oculta de las miradas del mundo”.

    Quien amare a su juventud tanto como Éla, que se sabe perecedera y olvidable, con la misma fuerza con la que el sol de la primavera los calienta, seguirá girando sobre la rueda y no debajo de ella.
     
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