Historia larga ParalefikZland: Alter Ego

Tema en 'Novelas Terminadas' iniciado por Paralelo, 2 Febrero 2019.

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  1. Threadmarks: El Viajero se presenta
     
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

    Virgo
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    Título:
    ParalefikZland: Alter Ego
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    21
     
    Palabras:
    1761
    Obra registrada en Safe Creative. Código de registro: 1902029839144


    Primera parte


    1. El Viajero se presenta


    De entre todas las maneras que existen de convertirse en Viajero, una de las más simples y menos espectaculares, aunque no por eso menos inaudita, ocurrió a un ser de nombre Ánderwo, durante una tarde en la que caía una tormenta tan intensa que toda su ciudad se tornó inhóspita como un profundo lecho marino.

    Según cuenta la historia, Ánderwo había pasado todo el día acurrucado en su cama, bajo las sábanas, refugiándose de ese frío inesperado para el que no estaba preparado, ya que el calor habitual de la ciudad de Éntas lo había disuadido de comprar ropa abrigada. En algún momento sacó la cabeza y dirigió la mirada hacia la ventana que estaba sobre el escritorio; tal y como pensaba, las nubes no dejaban entrar el sol, y la única luz natural en toda la ciudad provenía de los esporádicos relámpagos, seguidos casi siempre por la soberbia respuesta del trueno. Convencido de que ese día no podría ni tendría ganas de hacer nada, refugió la cabeza de nuevo entre las sábanas. El frío pasaba a través del cristal de la ventana y el viento la aporreaba, sacándole un ruido tan molesto que no le dejaba dormir. Lo que pasó por su cabeza durante esas fastidiosas horas de frío son pura conjetura. Su estado emocional debía ser muy similar al de un prisionero al que se le tortura impidiéndole dormir mientras es forzado a recordar sin descanso sus crímenes pasados. Sentía la exasperación del lento paso del tiempo; su cabeza se encontraba estancada con un solo pensamiento que no se alejaba por más que intentaba dormirse; una sensación de que el cuerpo le apretaba y la cabeza le pesaba. No soportaba ver, no soportaba oír, y hasta el aire que lo mantenía vivo le hacía sentir ira; la sensación de no ser ahí, de no estar en ningún lugar y, sin embargo, estar atrapado en todos lados.

    Sea cual fuere su estado, algo muy interesante debió haberle encontrado el Viajero, porque en algún momento decidió romper su silencio y lo llamó con voz paternal:

    —Ánderwo.

    El joven detuvo toda actividad mental. Los músculos, agarrotados por el frío, se sintieron de repente cálidos de miedo. Su sentido del tacto se agudizó tanto que sus demás sentidos casi desaparecieron, y su columna adquirió la rigidez del mármol.

    —Ánderwo, no te asustes.

    La voz había adquirido un tono levemente irónico, quizá hasta burlesco, el Viajero intentaba no reírse de ese miedo exacerbado, y en consecuencia su inicial tono dulce casi se desvanece. Ese cambio no disminuyó el miedo de Ánderwo, aunque sí hizo brotar en él una curiosidad en la que su instinto de supervivencia no le permitió pensar mucho tiempo.

    —Vengo de otro universo paralelo —el Viajero volvió a su tono protector, como un dios comunicándose con su creación—. Pasaba por aquí, como parte de mis interminables paseos a través de las realidades, y he sentido el deseo que es el núcleo de tus pensamientos más profundos. —Y como Ánderwo no salía de su refugio abrigado, continuó—: Sé que has leído historias de nosotros los Viajeros, cuyas vivencias de tanto en tanto caen en las cabezas de los seres de este mundo a través de lo que llaman imaginación o sueños, y las confunden con productos de su propia inventiva. Sé que no quieres sentir que sólo recibes las experiencias de los otros seres, sino que la idea de vivir tú mismo todo lo imaginable te quema por dentro y te hace sentirte aprisionado en tu propio cuerpo; de hecho, el encierro físico al que te está condenando esta tormenta lo estás relacionando directamente con tu encierro abstracto, y la combinación de ambos al mismo tiempo te es insoportable. “Ahora mismo ni siquiera la muerte sería un alivio, porque la muerte, según se dice, no es más que una prolongación de este mismo estado de aislamiento en el que no estoy conmigo mismo, pero en el que tampoco puedo escapar de mí. Ojalá que no sea así, ojalá que la muerte sea una liberación”.

    Su primera reacción, después de escuchar de ese ser las palabras que en algún momento había llegado a concebir dentro de su cabeza, fue la de acentuar su miedo, pero pronto surgió en él un asombro por esa lectura mental que se combinó con una indignación por la misma, al sentirse invadido en lo más sagrado que tiene todo ser pensante. El resultado fue que, con un movimiento lento pero firme, removió la sábana de su cabeza y echó un vistazo: no había nadie; la habitación seguía habitada por todos sus muebles con sus libros y otros objetos de uso y decoración, pero ninguna fuente visible de la extraña voz.

    —He decidido permanecer invisible, si no te molesta. Me gusta estar así la mayor parte del tiempo —la voz del Viajero sonó condescendiente.

    Un nuevo miedo le hizo a Ánderwo olvidar su asombro e indignación anterior, pero no regresó a su refugio sino que abrió más los ojos como si con eso pudiera ver mejor, y un gran número de otros pensamientos se le apiñaron con poco orden en el cerebro.

    —No soy ninguna alucinación —dijo el Viajero, respondiendo a las hipótesis de Ánderwo—, tampoco soy malicioso ni busco con esto hacerte pasar ninguna desventura. He venido a proponerte la realización de tu deseo: tan sólo di a qué realidad quieres viajar, y yo de inmediato te llevaré a ella.

    Tuvo que pasar un rato de silencio para que la situación terminara de forjarse con calma en Ánderwo.

    —¿Un Viajero? —preguntó.

    —Un Viajero como de aquellos que alguna vez leíste en algunas ficciones de tu mundo; seres que tienen el poder de no estar limitados a una única realidad, sino que tienen virtualmente un número infinito de ellas en las cuales existir. Quiero hacerte parte de eso también, que te vuelvas un Viajero; yo te facilitaré el poder para viajar entre los universos como yo.

    Ánderwo se incorporó y se sentó en el borde de la cama, aún con recelo en los ojos.

    —¿Por qué quieres hacer eso? —preguntó mirando al techo, donde por un momento tuvo la impresión que se encontraba su invisible compañero.

    —Mis razones no son importantes —dijo el Viajero como burlándose de sí mismo—; ¿qué más da que sea porque tus intenciones han llamado mi atención, por aburrimiento, por el orgullo de convertir a alguien en viajero o sólo porque así me da la gana? No pongas esa cara, Ánderwo. Sé que piensas que si mis razones no son muy convincentes, o si hay en mí algún propósito malvado, eso obviamente va a afectar el resultado de esta experiencia que te propongo. Es verdad, no es imposible que todo esto no sea más que una treta para engañar a un pobre incauto con increíbles promesas; tienes razón al sospechar que quizás algún destino macabro te espere si aceptas, y cualquier cosa que haga para intentar demostrar mi pacifismo bien podría ser parte de esa treta. Ni siquiera puedes estar seguro de que me empeñaré en ser un guía fiel y confiable para ti. Tienes todas las de ganar y de perder, Ánderwo. La decisión es tuya al fin y al cabo; basta que me digas que no, y no tendré más que irme al universo en el que dijiste que sí. Pero debes saber unas condiciones en caso de que aceptes mi propuesta. En primer lugar, no te será permitido regresar a un universo anterior; una vez que decidas salir de un universo, no podrás volver a él. En segundo lugar, si bien te daré consejo durante tus viajes, las decisiones y consecuencias que por tu causa se generen en esos mundos serán tu responsabilidad; no te salvaré en caso de que así lo necesites, únicamente te garantizo que nunca tendrás una muerte auténtica, pues siempre mantendré tu existencia viva para que puedas continuar viajando. Por último, en caso de que quieras abandonar este proyecto, eres libre de hacerlo cuando me digas, y te regresaré a este preciso mundo y momento, como si toda tu partida no hubiera durado ni lo que tarda un parpadeo. Te dejo elegir entonces, puedes tardarte cuanto quieras.

    Muchas horas después, la tormenta seguía acompañando las violentas cavilaciones de Ánderwo, que apenas y cambió su posición sentado sobre la cama; cuatro o cinco veces fue al baño; otras tantas buscó algo de comer y beber; por un periodo de media hora caminó de un lado al otro de su habitación; por quince minutos hojeó algunos de sus libros y cuadernos de la universidad; diez minutos estuvo acostado mirando el techo casi sin pestañear; se durmió envuelto en su capullo de sábanas por aproximadamente una hora, y tuvo sueños que eran más bien sensaciones desagradables en el cuerpo. Pero por lo demás permaneció sentado al borde de la cama, a veces sujetando la cabeza con las manos; a veces echado hacia atrás; a veces encorvado hacia adelante; a veces golpeando el suelo con los pies.

    Dado que no es de interés para nuestra historia atestiguar el mundo en el que Ánderwo rechazó la propuesta del Viajero, atestigüemos mejor el mundo en el que la aceptó, por razones tan variables e insignificantes como las razones del Viajero para querer hacerle esa propuesta.

    Ánderwo sigue con un semblante desconfiado, similar al de un gato que acepta con cautela la comida que le ofrece un extraño; su excitación permanece oculta en el litoral de su conciencia, y da pocas señales de ella en su cara y lenguaje corporal.

    —¿A qué universo quieres ir ahora? —preguntó el Viajero, con la emoción que suponía debía estar sintiendo Ánderwo por dentro.

    Ánderwo aún tardó un rato antes de dar su respuesta, y casi sonó como si estuviera pidiendo un deseo humilde ante algún dios ya extinto del pasado:

    —Quisiera ir a un mundo como este pero de una magnitud inferior, para sentir cómo es ser como un dios.

    Imaginemos ahora que, al desaparecer Ánderwo de la habitación, el tiempo se detiene; se paralizan los truenos y los rayos, el frío se congela en el aire, el viento de la tormenta se vuelve una estatua. Así es como la realidad esperará a Ánderwo en caso de que decida regresar a ella. Para el resto de los seres de ese mundo que no sean Ánderwo, el tiempo seguirá su flujo normal, y el desaparecido para siempre será él, en caso de que elija nunca más volver.
     
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  2. Threadmarks: El que soñaba que viajaba
     
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    2. El que soñaba que viajaba

    ¿Estará despierto Altréu hoy? Siempre despierta todos los días, ya lo sabe Méyu; se corrige y se pregunta si estará despierto cuando ella llegue o si se despertará en algún momento de su visita, antes de que tenga que marcharse.

    Abre la puerta la señora Déla Néi, le sonríe con su regordeta boca del mismo modo que se les sonríe a las visitas que se han tomado la molestia de venir a darle el último adiós a un moribundo. Méyu la saluda (la señora Néi está hoy menos deprimida que ayer, y ayer lo estaba menos que anteayer; cada día que pasa parece más resignada) y caminan hacia la habitación de Altréu.

    Méyu: ¿Ha despertado hoy?

    La señora Néi (un poco optimista): Sí; hace rato fue al baño y luego bebió agua, también habló algo con Líru.

    Méyu: Al menos.

    Piensa qué le dirá a Altréu si lo encuentra despierto, o qué hará todo el rato en caso de que no se despierte, ¿mirarlo, leer algo, observar a la nada? Al abrir la puerta de la habitación y entrar en ella, piensa que ya hace tiempo que sus demás amigos se han aburrido de venir a visitarlo para encontrarlo siempre medio muerto, medio comatoso, perdido en otro mundo, siempre ignorándolos.

    Altréu está, como todos los días, echado en su cama, durmiendo con la profundidad que brindaría un fuerte sedante, y en combinación con lo oscuro de la estancia, la atmósfera llena de aire pesado que las ventanas abiertas no conseguían llevarse, y el absoluto silencio que hay, de verdad parece la habitación de alguien con los minutos contados, alguien que ya está más allá de lo que está acá.

    ¿Qué es lo que te ha sucedido, Altréu? Con lo que antes a esa hora estaba casi siempre con los demás, bajo los aires frescos de las tardes de vientos del sur, perdiendo el tiempo en el área para patinadores del parque de la esquina, y los demás: ¿hoy tampoco viene? ¿Y qué les va a decir, que sigue durmiendo? No, no duermes: viajas, como tú dices, ¿no es así? “No estaba durmiendo, estaba viajando”, y yo con mi cara de… Pero eso se repitió de nuevo, y otra vez, y una vez más, en la escuela; en medio de la exposición sobre los componentes de las células, tú hablabas de las mitocondrias y sus funciones y todos hacían silencio aunque sus ojos saltaban por todos lados menos hacia el proyector, y (nunca lo olvidaré) sonó el ¡paf! de tu cuerpo, y yo estaba atenta a tener que cambiar de diapositiva y no te vi caer pero sí lo oí, y todos exclamaron y hablaron y alguien gritó y a mí se me fue el cerebro al estómago. Sólo fueron dos minutos, pero volviste y te obligaron a volver a tu casa, aunque nunca te había visto tan feliz en mi vida, “todo es diferente ahora”, y así lo fue. Te caías dormido en la escuela, en la calle, en el parque, en mi casa, en la tuya; no podíamos dejarte sólo un momento o te desvanecías, fui (y sigo siendo) la que velaba por ti; tu sombra fiel, me debes tantas veces la vida y me la deberías más sino fuera porque ahora estás confinado en esta cama. ¿Pero por qué (amigo mío)? Y piensa disparates de maldiciones y males de ojo, pero se lo sacude todo de la cabeza al ver que las piernas de Altréu se han contraído. Es un tipo de narcolepsia muy extraña, habían dicho los médicos, una falsa catalepsia tan impredecible e intratable que tu vida ha sido condenada a ser un sueño.

    Se mueven los brazos; el cuello hace girar la cabeza, y tras una violenta inhalación, como si algún ser invisible le hubiera inflado los pulmones de un soplido en la boca y nariz, Altréu se despierta.

    Altréu: Hola, Méyu.

    Méyu (taciturna, casi indiferente): Buenas noches, Tréu.

    Y como casi todas las veces que va a visitarlo, no sabe ya qué decirle. Altréu respira igual a un pez fuera del agua; la vigilia lo sofoca.

    Méyu: ¿Qué soñabas?, digo, ¿adónde viajaste?

    Altréu (divertido por la corrección forzada de Méyu): Fui a un mundo increíble, o al menos lo fue por un rato. Yo era como un dios que convivía con otros dioses; nos divertíamos con las galaxias, jugando con ellas como si fueran juguetes. Pero entre esos dioses me sentía raro; estar entre dioses cuando eres un dios se siente igual a ser humano entre humanos.

    Méyu: Hoy la maestra Sentsa nos hizo leer sobre la vida en los países de habla inglesa; vamos a hacer un trabajo en equipo sobre aspectos de sus culturas…

    Altréu (con brusquedad): También fui a un mundo donde hablaban una lengua muy rara, gracias a mis poderes la aprendí en un instante. ¿Quieres oírla? (Con la lengua entre los dientes, moviendo poco los labios e intentando que el sonido salga por la nariz): Hlör u fang axaxaxas mlö[1]. Bueno, no suena tan bien cuando pronuncio con este cuerpo; necesitaba unos órganos fonadores diferentes para pronunciar bien. En todo caso, significa la luna surgió sobre el río.

    Méyu: Hoy me preguntaron por ti.

    Altréu: ¿Quiénes?

    Méyu: Yéman, Líe, Zúruk…

    Altréu: Hace ya que no vienen a verme…

    Méyu (secamente): Hoy me preguntaron por ti, querían que te preguntara si querías ir con nosotros al parque a mover un poco esos músculos.

    Altréu sonríe hacia el techo, su respiración sigue acelerada.

    Altréu: No tiene caso; volveré a irme en cualquier momento.

    Cierra plácidamente los ojos y sonríe despreocupadamente. Decepcionada, algo molesta, Méyu calla y lo observa.

    Y aumentó la frecuencia, y dormías cada vez más y más y más y era un milagro si te mantenías despierto dos horas seguidas. Y tú te veías siempre feliz como un niño en su cumpleaños, y te animábamos a salir, a moverte, a curarte, y tú No, gracias, tal vez en otro momento, pero ese otro momento nunca llega y tú sigues duerme y duerme. ¿No quieres curarte acaso? (nunca me había enojado tanto contigo) No respondiste; mencionaste tus sueños y con eso evitaste responder.

    ¿No quieres curarte?

    Los cielos por los que decías volar, en los que aprendiste a volar, te hicieron olvidar la tierra a la que tu cuerpo aún está pegada.

    ¿Quieres dormir así para siempre?

    Y apenas despertándote para mantener vivo el cuerpo. ¡Para eso sí que te levantas!

    ¡Vas a desperdiciar toda tu vida así!

    Te estás pudriendo en tu cama, tu cuerpo y tu mente, Altréu, y no importa cuánto quisiera que volvieras a levantarte y seguir con tu vida, con tu vida de verdad, no con esos sueños que te han hecho olvidarla… resignado, feliz de tu resignación, estorbo para el mundo, ladrón de aire, desperdicio de carne, inútil.

    ¿Qué tienen esos sueños que los prefieres a tu vida?

    Y nunca respondes.

    Altréu (abriendo contento los ojos): Un día podré mostrarte.

    Méyu: Mostrarme ¿qué?

    Altréu: Que lo que te digo es de verdad, que de verdad viajo a otros mundos y no es sólo un sueño, que todo esto no es un desperdicio de vida, como me decías.

    Méyu (casi entre dientes): Por favor, Tréu, por favor.

    Altréu: No necesito curarme porque no estoy enfermo; estoy trascendiendo.

    Méyu (más triste): ¿Y si te mueres así?

    Altréu (mirándola indolente): Méyu, entiende; no puedo desperdiciar esta oportunidad.

    Altréu vuelve a quedarse dormido tras una repentina inhalación como para sumergirse en el océano, en el cual permanecería sumergido por muchas horas.

    Méyu se levanta. La ira, la tristeza y la fatiga se disputan el dominio sobre ella. Es un imbécil, ojalá se muera de una vez. No, pobre, ha perdido las ganas de vivir, no podemos dejarlo morir. No, que haga ya lo que quiera; es su vida, no la nuestra.

    Sale de la habitación.



    [1] Lenguaje de Tlön, descrito por Borges en el cuento “Tlön, Uqbar, Orbis Tertius”.
     
    Última edición: 9 Febrero 2019
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  3. Threadmarks: Igual a un dios
     
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    3. Igual a un dios

    Los seres trascendentes, diría alguien al ver a Ánderwo de pie en la calle inundada, enfrentándose a la tormenta, poco tienen que ver con la obsoleta idea del elevamiento de la conciencia, de la unión con el universo o la integración con éste para lograr milagros; a veces sólo basta que un ser no trascendente viaje hasta un mundo con una magnitud lo suficientemente baja, y entonces, sin haber pasado por ningún proceso de enaltecimiento espiritual, será como uno de esos seres trascendentales que en un tiempo denominamos con el ambiguo y obsoleto nombre de dioses.

    Ánderwo empezó a caminar entre las calles que bordean el parque, luego se dirigió hacia el norte por el distrito de Yárin[1], después volteó hacia el oeste y comenzó a trotar. Veía la ciudad habitada por el agua y el viento, pero estos eran ahora muy débiles para provocarle el menor frío o el menor empuje, y en medio de aquella ciudad ahogada sus pies se sentían tan ligeros como si no tuvieran carne ni huesos, y a su nariz no entraba ni aire ni agua; su vida, así sentía, provenía de ninguna causa y no dependía de nada.

    Dijo el viajero: tu mundo original estaba a trillones de niveles de magnitud de este, pero es un poco intolerante, así que tomará un poco para que sientas los efectos reales de tu nuevo estado.

    Ánderwo ya corría en dirección a las afueras de la ciudad. Eran pocos los seres que, desde la seguridad de sus ventanas o que tuvieran el infortunio de no estar bajo refugio, veían a ese ser venido de otro mundo, sin camisa ni zapatos, corriendo sobre los charcos, abriéndose paso contra la furia de la tormenta, y desapareciendo tras la niebla de agua al alejarse demasiado. Llegó a las afueras; el sol se vislumbraba a unos kilómetros de distancia, y con más entusiasmo corrió hacia él, y en pocos instantes, debido a lo acelerado de su carrera, salió de la cortina que marcaba los confines de la tormenta y entró en los dominios de los prados de Xáv, a los que bañaba el sol y el aroma de las hierbas húmedas. Penetró en las profundidades de la pradera y se detuvo en seco. La ligereza de su cuerpo se sentía tanto que se espantó por un instante. Se repuso rápido, reanudó su carrera a través de los prados hasta llegar a Trún, donde sus pies dejaron de pertenecer poco a poco a la tierra y se adentraron en el reino del aire. Cuando llegó a la ciudad de Kórens[2], ya estaba volando a la altura de sus enormes rascacielos que profanaban la vista del cielo, y completamente inmerso en sí mismo no prestó atención de los testigos a los que su vuelo atraía. Cámaras y exclamaciones se dirigieron hacia él; retinas y discos duros guardaron memoria de su paso por la ciudad. Al salir de la ciudad, ya volaba tan alto que de un vistazo la ciudad de Kórens parecía una lenteja en una mesa, levantó la vista y sus ojos recibieron la luz del sol directamente. Apareció entonces un espectáculo de luces danzantes, que con sus formas modulantes lo llamaban a subir con ellas hasta el sol. Descendió un poco y continuó volando hasta la gran cadena montañosa del centro de Danzilmar, donde se detuvo en su pico más elevado[3] y contempló la nieve y las montañas grises a sus pies.

    —¿Estás contento? —preguntó el viajero.

    —Siento que aún podría hacer más —Ánderwo se sentó un instante en medio de la nieve.

    —¿Qué quieres hacer ahora?

    —Es extraño; siento que puedo hacer lo que quiera, pero una parte de mí siente un, no sé bien qué.

    —Este es el sueño de los seres que está confinados a una magnitud, ¿o no?

    —Sí, pero es como si al ganar todo esto, algo también se hubiera perdido.

    —¿Tu vulnerabilidad?

    —Sí, eso es. La vulnerabilidad, al perderla, ¿por qué se siente así? Espera…

    Interrumpió la respuesta porque comenzó a sentir algo más: un temblor surgió de las entrañas de la montaña, tan suave al principio que asemejó al temblor de las rodillas cuando se carga con un peso muy grande, y las rodillas de esa montaña estaban sacudiéndose y cediendo poco a poco a la pesada carga que soportaba su pico.

    —¿Por qué perder tu vulnerabilidad te hace sentir extraño? —preguntó el viajero.

    Ánderwo estaba pensando en su respuesta cuando la cima de la montaña colapsó. Diríase que un meteorito invisible impactó contra el cenit del pico más alto de la cadena, así lo percibieron los testigos de ese suceso a kilómetros de distancia. Ánderwo casi ni se dio cuenta de que ya se encontraba cayendo por el nuevo cráter en que se había convertido la montaña. Emprendió el vuelo apenas se hubo repuesto de la sorpresa.

    ***​


    El mundo está empezando a sucumbir ante ti, Ánder; tu trascendencia es tan grande que esta realidad de magnitud tan inferior no podrá soportarte para siempre.

    Aprenderé a controlar todo esto para que no suceda.

    Apréndelo rápido entonces.

    (Pero el mundo no resistirá por siempre; su sola presencia ahí arriba en el cielo danzilmarés está empezando a despedazar montañas, zarandeando ríos y mares, y pronto todo el mundo empezó a sufrir un calambre tortuoso en el que todos los átomos se aterraron y la luz se paralizaba)

    No tendrás tiempo.

    (Ánderwo salió el planeta, pero el terror no se detuvo; aún temblaban todos los átomos y se adormecían las moléculas)

    Aún estás muy cerca.

    (Ánderwo se alejó a gran velocidad de la tierra, tan asustado que no pudo disfrutar del espectáculo del universo, que a su vez empezó a retorcerse ante la presencia de su nuevo dios. En pocos segundos ya se había alejado unos cuantos billones de años luz de la tierra, pero aún a esa distancia la sentía en peligro)

    ¡Ayúdame, viajero! ¿Cómo detengo todo esto?

    Del mismo modo que el infante aprender a controlar la diferencia entre golpear y acariciar; la misma mano que destroza a los débiles puede protegerlos, si así logras que sea tu voluntad.

    (Los planetas del universo ya habían empezado a convertirse en masas llorosas de materia cuando Ánderwo logró frenar su influencia destructora; el esfuerzo fue similar al del recién nacido que es obligado a aprender a caminar pocas horas después de ingresar en su nuevo mundo. Regresó a toda prisa a dónde se encontraba la tierra. El planeta no se había destruido, pero, como muchos millares de otros, había perdido casi la totalidad de su superficie, por lo que ya no había más que un mar de lava y los gases del núcleo inundaban el espacio donde había estado la atmósfera; había vuelto a su primera infancia)

    Al menos no la destruiste.


    ***​


    —Hijo de puta —dijo Ánderwo—. ¿Por qué me trajiste a un mundo tan frágil?

    —Una de las posibles consecuencias de este tipo de trascendencia, es ésta —dijo el Viajero—. Si así lo quieres, puedo llevarte a otro mundo similar donde no seas tan trascendente que lo destruyas, o a uno que sea completamente inmune a la destrucción, o a uno donde te sea más fácil controlar tu trascendencia…

    —¿Y qué hay de todos los que hice morir aquí?

    —Si tanto te importan, intenta revivirlos. Recuerda que aquí eres el ser supremo.

    (Me tomaré la libertad de continuar esta historia en el universo en el que Ánderwo decidió no usar sus poderes para enmendar el daño que provocó. Más aún, iremos a una versión en la que ni siquiera se tomó la cortesía de explicar el por qué ni siquiera quiso intentarlo).

    La negativa de Ánderwo para continuar en ese universo se vio acompañada de un cambio en su semblante, como el que se supiera condenado a huir y nunca más regresar. El viajero le dijo, intentando animarlo:

    —Los universos son tan numerosos que es inevitable destruir alguno que otro por el camino.

    Ánderwo pidió entonces salir de ese mundo.




    [1] Apellido de un antiguo político de Éntas.

    [2] Llamada popularmente la segunda capital de Danzilmar.

    [3] Seguramente al llamado “dedo del cielo”, a 3326 metros sobre el nivel del mar.
     
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  4. Threadmarks: En una jaula
     
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    4. En una jaula

    El nombre era, ¿cómo? ¿La flor roja con la que se hace esa salsa? ¿O era una azul? ¿Séndara, kilánta, muanti[1]? No, no es que mis viajes me hagan perder la memoria; nunca tuve buena memoria para empezar. Pero tengo este saborcito en la lengua, esa salcita sí sobre los panes tostados delgaditos, una vez colé un poco en el cine para ver La pluma de hierro[2]. (La presión en la vejiga se acrecienta, pinchazos de líquido amargo quieren escapar). Justo ahora, tengo engarrotados los pies, sí igual que al salir de esa película, duraba casi tres horas, me estuve aguantando desde la segunda (camina hacia el baño), algo de seguro me perdí (abre la puerta y camina hacia el excusado), la necesidad de aliviarme me hizo perderme [un ruido de fina cascada], siento que hace ya tanto de la película como la última vez que me levanté [sensación del frío del cine y el calor del cuerpo]. Nunca beber nada al menos una hora antes de entrar al cine, fue mi lema y guía espiritual a partir de entonces. Estuvo Líru si mal no recuerdo, aburrida como yo, pero nunca nos perdíamos el cine los sábados ni siquiera cuando no había nada interesante que ver [la cascada se queda sin agua] (va hacia el lavabo) y ella casi siempre con cara de meh, lo que sea (abre el grifo y se lava las manos), ¿de eso hace cuánto? ¿Fue la última ida al cine que hicimos antes de que comenzaran mis viajes? No, fue la anterior, sí porque la última fuimos a ver La barrera. (Cierra el grifo) Ella aún va sola al cine [Líru, haciendo fila sola; Líru, sentada comiendo palomitas; Líru, con su carita aburrida; Líru, sin nadie a su lado] (Sale del baño). No hay que pensar ya en eso [un bramido vibrante en el estómago]. ¿Qué hora será? [El reloj marca las ocho de la mañana] A lo mejor aún no se han despertado (sale de la habitación), podré comer algo muy rápido y volver.

    El señor Délo Néi, siguiendo los mismos llamados que el estómago de su hijo, se encuentra con él en la cocina. Altréu paraliza el aire de sus pulmones, luego los suelta.

    —Hola, papá —dice y sigue buscando en el refrigerador.

    —Hola, hijo. ¿Tienes hambre? —el señor Délo se dirige hacia una despensa y saca un paquete de cacahuates sin cáscara.

    Aún me mira con esa cara como si yo fuera un extraño que hurga en su cocina (saca un tarro de mermelada y una manzana). No hay que comer mucho tampoco. (Corta la manzana con un cuchillo, coloca los pedazos en un platito y los come sumergiéndolos en la mermelada).

    —¿Sólo comes y vuelves a dormir? —pregunta el señor Délo.

    ¿Por qué lo pregunta así, tan despreocupado?

    —Yo no decido cuándo me vuelvo a dormir.

    Al principio se preocupaba de verdad cuando me veía despierto, tenía miedo de verdad a que nunca volviera despertar; luego con enojo, como mirando a un holgazán que usa su condición como excusa para ya no hacer nada.

    —Hoy después del trabajo tengo que rastrillar las hojas y quemarlas[3] —dice el señor Délo, dejando las cáscaras de los cacahuates en un plato—, podrías ayudarme un poco; hace ya semanas que no lo hago y ya se acumularon.

    —Sí —dijo Altréu, maquinalmente.

    Ya concéntrate. Estaba aún intentando lograr la atención de esos turistas, debí haberles inspirado más lástima [Las montañas de basura, su hogar, adornan su recuerdo]. Debo conseguir que se apiaden de mí y que me lleven con ellos, entonces lucharé desde el primer mundo.

    —¿En qué piensas? —preguntó el señor Délo.

    —No es nada.

    Alguna vez preguntó en qué soñaba, ahora ya no lo hace [sentado en un pupitre en un país del tercer mundo, esforzándose por sobresalir y, algún día, sacar a su país de la pobreza por la vía política]. Sí, eso haré en cuanto regrese.

    La señora Déla entra a la cocina junto con Líru.

    —Hoy se supone que hay prácticas de natación, quizás llegue tarde —dice Líru, que pasa junto a su hermano casi sin hacerle caso—. Ah, hola —y abre el refrigerador—, no te vayas a acabar la mermelada que ya no hay más.

    —Déjalo que se la acabe si quiere —dice la señora Déla—, no ha comido en un día entero —con una mano toma la barbilla de Altréu y le levanta la cara—. Mira cómo está tu pelo, hijito, péinate un poco y lávate la cara.

    Altréu de repente ya no siente hambre [intentarán matarlo los sicarios].

    —En un momento voy a bañarme —dice Altréu, apartando la mano de su madre—, me peinaré luego. [Lo matarán algunas veces, pero lo volverá a intentar].

    —Acuérdate de no ponerle cerrojo a la puerta —dice la señora Déla.

    —¿Por qué no se baña con trapitos en la cama? —pregunta Líru— Un día de estos te vas a romper la cabeza cuando te caigas en el baño.

    —Deberías hacer eso —dice el señor Délo.

    —Qué lo haga como quiera —dice la señora Déla—. A lo mejor intentar bañarse sin que le dé el ataque le servirá para curarse.

    —Entonces denle más cosas qué hacer —dice Líru, sirviéndose un vaso de jugo de naranja—, a ver si aguanta hacerlas.

    ¿Cuántas veces tendrán que matarme los sicarios hasta que logre sacar a mi país de la miseria?

    —Hoy me va a ayudar con las hojas, ¿verdad? —el señor Délo le lanza una mirada de complicidad que de inmediato pierde la fuerza.

    —Sí, sí —dice Altréu.

    Pero en el fondo todos saben que no se podrá. (Y pronto parte Líru, y Altréu ya no presta atención a lo que dice antes de cerrar la puerta. Termina de comer, se lava los dientes y se dirige al baño). Debo ya comer menos, (se desnuda), no es mala idea lo de los trapos, de verdad un día podría tener un viaje aquí mismo, podrían tomar otras medidas si eso ocurre. (Pese a todo, se baña) Quizá sea mi última ducha antes de cambiar a pañuelos húmedos.


    ***​


    Hay en la habitación de Altréu una jaula vacía sobre una repisa de madera, algunos meses atrás se encontraba colgando de un gancho en una de las paredes del patio, y en ella vivía un loro de plumas verdes y pico rojo, de esos cuyos chillidos estaban lejos de asemejar cualquier sonido agradable a los tímpanos. Por las noches, Atréu lo metía a la casa para resguardarlo del frío, y en ocasiones, motivado tal vez por la soledad de su vida, se ponía a lanzar un canto chirriante tan agudo que se necesitaba de un gran cansancio o fuerza de voluntad para alcanzar el sueño mientras duraba. La familia percibía cierta tristeza en esos chirridos; la manera en la que mantenía las notas disonantes por largos segundos tenía un aire de lamento tan conmovedor, que no se atrevían a tomar represalias contra él por la mañana. Esto sumado al hecho de que Altréu, gracias a su gran paciencia, comprensión, o tal vez sordera, cuidaba y defendía al loro de las críticas. Era él el que se encargaba de sacarlo por las mañanas y meterlo por las noches, lo alimentaba y pasaba largos ratos haciéndole compañía, a veces silenciosa, a veces intentando replicar su lenguaje de chillidos. Nunca dijo qué le encontraba de interesante a ese loro. Pese a haber sido comprado originalmente como regalo para Líru, ésta rápidamente se había hartado de él y Altréu se volvió su nuevo dueño.

    Méyu podría contar de todas las veces que Altréu llevó la jaula con el loro al parque, asentándolo a un lado de las rampas mientras los demás patinaban, el loro tan perdido en los razonamientos que su cerebro le permitiera tener, y Altréu siempre mirando de reojo de tiempo en tiempo para asegurarse de que nada le ocurriera.

    Cuando la condición de Altréu comenzó a tomar fuerza, el loro parecía sentir que una desgracia se aproximaba, pues, sin que ninguno de la familia se lo pudiera explicar, dejó de cantar por las noches y por el día apenas emitía sonido alguno. Este nuevo silencio volvió más tolerable el trato que la familia tenía con él, y durante un tiempo cuidaron de él cuando Altréu se encontraba indispuesto. Estos cuidados escondían en el fondo la impotencia que la familia sentía para resolver el problema del que sufría el hijo mayor; ellos, en especial la señora Déla, empezaron a ver al loro como un fragmento de la huella que su hijo había dejado en la tierra durante su periodo de salud, y al cuidar y alimentar al loro sentían que seguían siendo parte de la vida de su hijo, pues los momentos en los que tenían la oportunidad de hablar directamente con él se volvían cada vez más escasos.

    En los periodos de vigilia de Altréu, éste continuó cuidando de su loro el tiempo que su condición se lo permitía, pero conforme se fue obsesionando con sus sueños que, afirmaba, eran viajes a otros mundos, empezó a olvidarse del loro; muchas veces pasaba a su lado para buscar agua y ni siquiera volteaba a verlo; ya no se preocupaba de revisar si tenía semillas y agua suficiente, y no se molestaba en preguntar si lo habían estado metiendo por las noches y sacando en la mañana. Como si esta indiferencia de Altréu por el loro, así como la indiferencia que siempre mostraba para recuperarse de su condición, se hubiera vuelto una enfermedad contagiosa que drenaba las esperanzas de la familia, ésta empezó, a su vez, a dejar de lado al loro, pues éste pasó a convertirse en la representación de la enfermedad de Altréu y de su nulo deseo de recuperación. Cada vez que lo alimentaban, que lo sacaban y lo metían, les hacía recordar los tiempos en que Altréu se encargaba de eso, y al tomar su lugar en los cuidados del loro empezaron a escuchar en sus cabezas una voz que les decía: “Esto antes lo hacía Tréu, pero ya no puede ni quiere hacerlo porque ahora está inconsciente en su cama”. Y con el paso del tiempo, el loro empezó a sufrir los descuidos de una alimentación que sólo se le proveía cuando alguien por ventura se acordaba de él. Pasaba algunos días sin tomar aire fresco y expuesto algunas noches al frío hasta que alguien se tomara la molestia de cambiarlo de lugar. Tiempo después, dejaron de sacarlo definitivamente y quedó como un adorno viviente en la sala de estar.

    Una noche comenzó a chillar de nuevo. La sorpresa fue tan grande como cuando había dejado de hacerlo hacía ya varias semanas, pero la reanudación de su molesto canto no movió a nadie de su cama. Aunque tanto el padre, la madre y la hija tuvieron la intención inicial de levantarse y arrojar al loro con todo y jaula afuera, un sentimiento de culpa, o quizá rencor, los mantuvo en sus camas. A medio dormir, con los pensamientos entumecidos y el cerebro funcionando a medias, soñaron semidespiertos que el que gritaba era Altréu, gritaba porque necesitaba su ayuda, estaba abandonado y pedía compasión por su estado, pero él los había abandonado y no tenía compasión por ellos, tan abandonado en sus mundos y sin voluntad para siquiera intentar aliviar el sufrimiento que ellos sentían. ¿Por qué van a tener compasión por un hijo y un hermano tan egoísta? Estos eran sus pensamientos a esa hora de la noche, donde gobiernan los pensamientos que luchamos por no tener durante las horas de consciencia, donde la suavidad de la almohada y la pesadez de la cabeza nos llenan de una cómoda sensación de que lo que estamos pensando en realidad no viene de nosotros, que sólo repetimos como ovejas aquellas ideas y pensamientos que, nos parece, algo más nos hace tener, y nos causa un delirio vívido que no es lo suficientemente fuerte para regresarnos a la consciencia y hacernos responsables por haberlos tenido. Dejaron al loro chillar toda la noche. Al día siguiente, lo encontraron muerto.



    [1] Especies de flores de color rojo, azul y amarilla, la última es altamente tóxica.

    [2] Ganadora del premio Tóihan a la mejor película danzilmaresa del 2011.

    [3] Algunas personas mezclan esas cenizas con vinagre para ahuyentar a las orugas de los jardines.
     
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  5. Threadmarks: Un mundo de símbolos
     
    Paralelo

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    5. Un mundo de símbolos

    Llevaba Ánderwo viviendo algún tiempo en el universo al que llamaban Nomots, el cual, al ser un universo no-cósmico, carecía de espacio exterior y el cielo era, como consecuencia, una barrera impenetrable detrás del cual quizá se hallaba un mundo paralelo. Muchas veces, al bajar de la colina donde había construido su casa, veía por los caminos a varios profetas que predicaban en medio de sus muchedumbres de seres que, embobados, escuchaban las revelaciones que los profetas arrojaban acerca de lo que habría del otro lado del firmamento. Una vez, movido por la curiosidad, se acercó, empujando su carreta llena de leña, a la muchedumbre que rodeaba a uno de esos profetas y escuchó, de una voz temblorosa adornada de unos ojos completamente blancos:

    —Arriba-frontera, arriba-frontera-luz-movimiento, detrás-fuera-ojo, campo-alegría-no-fin, virtuoso-ser-ahí-vida-siempre, ahí-desde-ojo-hacia-abajo, otros-bienestar-regalo…

    “Incluso en este mundo inventan paraísos ahí donde sólo hay misterio”, dijo el viajero.

    Aburrido, Ánderwo se alejó de ahí hacia el pueblo para vender los leños que había cortado y comprar algunos víveres. “¿Hoy también le darás el extra de leña a Méyu?”, preguntó el viajero, “¿No debería hacerlo?”, contestó Ánderwo, “Sólo digo que te complicas mucho con esta tradición de los obsequios”, “¿De qué otra manera podré darle a entender que me gusta? No soy muy versátil usando el lenguaje de este mundo”, “Y aun así te niegas a integrarte”, “¿Dónde está el reto si solamente me integro así como si nada?”, “No parecías alguien que buscara retos cuando te conocí”, “Yo tampoco lo sabía”.

    Entran en la calle de tierra a los lados de la cual habían construido el pueblito. Con el invierno cerca, el cargamento de leña que llevaba era bien apreciado, y recibió muchos saludos amistosos por parte de los lugareños.

    —Saludo-bonanza.

    —Paz-leñador.

    —Leña-necesidad, alegría-cargamento-leña.

    Y a todos esos saludos y buenos deseos, Ánderwo contestaba con sonrisas educadas y pequeñas reverencias, pero no pronunciaba palabra.

    En la tienda central del pueblo, Méyu atendía a los clientes que compraban y a los vendedores que le llevaban productos valiosos; un mercader vendía carbones y rocas saladas que él mismo había extraído de las entrañas de una montaña cerca del desierto, así parloteaba. Pronto fue turno de Ánderwo.

    —¡Llegada-tuya! —exclamó Méyu— ¿Carga-cantidad?

    —Leña-cargamento-40-cantidad —dijo Ánderwo con una pequeña pausa entre cada palabra, y sin esperar respuesta empezó a descargarla en la zona designada, una pequeña habitación cuadrada que quedaba en frente del mostrador—. Hoy-también-mayor-ofrecimiento.

    —Ánder, agradecimiento, oposición-recibimiento-rechazo, pena.

    —¿Razón? —Ánderwo no se detuvo, y siguió descargando toda la carreta con la intención de dejarla vacía.

    —Padre-enojo, creencia-absurdez, ideas-errores.

    —Exposición-ideas-errores —dijo con algo de trabajo, convencido de que no era una forma muy natural. Vio también que, al decir eso, Méyu hacía una mirada abriendo mucho los ojos, paralizando la boca en una línea, adquiriendo una tonalidad grisácea, señales evidentes de vergüenza.

    —Nada —dijo Méyu intentando concentrarse de nuevo en sus cuentas.

    Ánderwo terminó tranquilamente de descargar hasta el último leño de la carreta, luego se acercó al mostrador y miró a Méyu, que seguía con el mismo semblante haciendo sumas en su libreta.

    —¿Palabras-padre? —preguntó un poco menos inhibido.

    Méyu alzó los ojos y se encontró con los de Ánderwo, lo que hizo a su piel volverse más gris.

    —Palabras-padre, regalo-intenciones-fuera-ojo, intenciones-sospecha.

    Ánderwo se recargó más sobre el mostrador, Méyu bajó los ojos hacia su libreta, pero su mente no se apartaba de él.

    —¿Creencia-tuya?

    —¿Razón-cantidad-regalo-leña-existencia? —preguntó Méyu sin levantar la vista, tras dejar pasar unos segundos incómodos.

    Ánderwo se aseguró de que no hubiera nadie cerca.

    —Razón-quizás-presente-conocimiento-tuyo —dijo bajando la voz.

    El gris de Méyu se volvió amarillo, y luego gris y luego amarillo, intermitentemente. Levantó un poco el puño derecho y asintió despacio con él.

    —Razón-habla —dijo Ánderwo.

    Era tradición en ese mundo la figura del obsequio exclusivo para los sentimientos fuertes; sólo los que los buscan los ofrecen, y sólo los que los corresponden los aceptan. Desde el día de la primera carga extra de leña que llevó Ánderwo había quedado todo claro, sólo faltaba dar el salto del juego y la tradición a la realidad.

    —Obsequio-tuyo-aceptación-mía —dijo Méyu, colocando su puño cerrado sobre el antebrazo de Ánderwo—, tuyo-mío, ofrecimiento-aceptación, sentimiento-tuyo, sentimiento-mío, volición-amor, sí.



    ***​


    Fue en secreto los primeros meses, que ambos se veían para amarse. ¿Por qué en secreto? Pues porque las tradiciones y criterios para la unión sentimental que dominaban el pueblo no miraban con apruebo a Ánderwo y su escasa versatilidad usando el idioma de manera digna. ¿Era la lengua y su dominio un reflejo del espíritu, sin la cual el valor del pretendiente aminoraba? ¿Más importante era el uso de los signos que el de las manos, más loable la elocuencia que la acción? Sí, pues el verbo les era desconocido, el adjetivo les era invisible, y no había otra manera de ver a la gente en sí misma que a través de la domesticación de la palabra. Era un mundo de domadores de signos, se decían y se creían, y el que no es domador, poco es.

    Pero hagamos una pequeña prolepsis y caigamos en aquel instante en el que, ya descubiertos, dispuestos a perdurar en su unión, se encuentran ante Zíyi Prágt, el padre de Méyu, que sin tener tez ni humor intimidante, causa a los dos jóvenes sendas parálisis de espaldas cuando éste habla así:

    “Razón-desconocimiento, razón-Méyu-atracción-lengua-quietud-hombre, fuera-costumbres-circunstancia, alma-suya-imposibilidad-conocimiento-ineptitud-habla”.

    A lo que Méyu contestó:

    “Así-aire-movimiento-regalo-vida-afuera-ojos-existencia, así-valor-palabras-percepción-no-exclusividad-existencia”.

    Y como nuestro espectador no quiere aburrirse con un diálogo quizá muy predecible o con poco de innovador, me permitiré otra prolepsis hacia media hora en el futuro, cuando Zíyi Pragt, conmocionados los ojos por lo certero del razonamiento de su hija con respecto a la refutación de sus creencias, pero obligándose a permanecer como un cañón ante ellas para acudir en su defensa, se expresó en los siguientes términos:

    “Decisión, flaqueza-imposibilidad, prueba-luego-aceptación, fallo-no-consentimiento. Arriba-semana-concurso, demostración-habilidades-tuyas, condición-puntaje-entre-ganadores, aceptación-después”.

    Y así quedó decidido.


    ***​


    El Viajero: ¿Participarás entonces?

    Ánderwo: ¿Qué otra opción tengo?

    El Viajero: Muchas otras.

    Ánderwo: Me has enseñado a seguir mi voluntad, y mi voluntad es ésta.

    El Viajero: ¿Por qué?

    Ánderwo: Tengo ganas de superar algo.

    El Viajero: Amigo, las mortificaciones tienen poco lugar con nosotros los viajeros; si yo te contara todas las vivencias que me han mortificado y me han hecho querer expirar mis faltas poco a poco, aún seguiría haciéndome descuartizar en universos de torturadores.

    Ánderwo: Exageras, no es más que un pequeño reto que no pasará a mayores.

    El Viajero: A muchos viajeros nos pasa así cuando no integramos de inmediato todo lo que conlleva nuestro nuevo estado. Este remordimiento innecesario, producto de las acciones que son inevitables y que se producen incluso quedándonos quietos, llegará a ser una espina que acrecentará la culpa, y en algún momento llegarás a pedir el dolor para expirar el pecado de haberte vuelto un viajero. Todo esto que digo sucederá con tanta certeza como que no sucederá nunca.

    Ánderwo se fue a dormir y ya no habló con el Viajero.


    ***​


    Estaba yo en uno de los bares del Kurámbuy[1] con los muchachos cuando el cantinero le cambió de canal para ver Alter Ego. Tarde; ya había comenzado; estaban ya en la plataforma para el concurso del que hablaron el capítulo pasado.

    —No ¿Pa’ qué le cambia? —me preguntó Kányu, quedito.

    —A muchos aquí les gusta ese show —dije e hice como que no quería ver.

    [La voz del Viajero en off: No vas a poder ganarles así, pídemelo y te integraré a esta realidad y su lenguaje…]

    —Bueno —dijo Kányu—, decía que el viejo ese que ve lo del mantenimiento del equipo… ¿cómo se llamaba?

    [Un humanoide de colores opacos lanza un montón de sustantivos cuando el juez le indica su turno]

    —No sé —dije—, ¿Yáubu?

    [Camino-arriba-dentro-luz-dentro-corazón]

    Y había ruido de las pláticas con un eco sin idioma.

    —No; es Ernte —dijo Élmela, el lemurés[2].

    [Otro concursante: Círculos-ojos-velocidad-latido-viento-sobre-cabello-flote…]

    —Bueno, ese Ernte, el caso es que lo vi saliendo de la sala donde guardan las máquinas descompuestas y tenía las manos de color azul.

    Mierda, casi no oigo.

    —Ajá, ajá.

    Y las demás personas: Anda, quédate. Ya estuvo, no me queda nada. ¡Qué le den a ese hijo de puta! Okey, me avisas. Etcétera. Con los diálogos casi mudos de la tele.

    [El viajero: Te toca, Ánder. Dime ya y te integro]

    Lo hará, no puede ser tan imbécil.

    —No, pues el líquido ese no lo dejaría de ese color; algo más estará haciendo —dijo Élmela.

    [El juez indica el turno de Ánderwo. La cámara hace zoom a su rostro, él tiembla, mira a Méyu en el público y ésta se pone la mano en la boca. Silencio. Su cara deja escapar miedo y…]

    —¡No! —alguien gritó detrás de mí tras oírse un ruido de cristal rompiéndose— ¡Ah, mi celular, la puta madre!

    Se agacha para recogerlo, gime de rabia y maldice al aire.

    —¿Sabes qué deja ese color? La dírua[3] —dijo Kányu al pasar la conmoción.

    [Balbuceo de Ánderwo: vida-senda… ruido-furia…]

    Los sustantivos se pierden entre las voces.

    —Podría entrar mañana para ver si esconde eso en una de las máquinas —dijo Élmela, dejando escapar su rudo acento lemurés en la palabra “máquina” (suena como “makiína”).

    [Los espectadores sienten lástima de Ánderwo; Méyu baja la cabeza y mira a la nada. El viajero: No te está saliendo, dime y te hago dominar el idioma]

    ¡Acepta, idiota! ¿Por qué no lo hace? ¿Lo explican en el libro?

    [Ánderwo niega, sacude la cabeza, lanza sustantivos aleatoriamente, no recuerda ya el discurso original que tenía planeado]

    —Oye —me dijo Kányu con un codazo—, ¿qué haremos si siempre sí es dírua lo que esconde?

    —No sé, no nos metamos en lo que no nos importa.

    —¿Qué tanto estás viendo?

    Se volteó y miró las analépsis de Ánderwo ideando y repasando su discurso en su casa.

    [Vida-senda-viaje-carencia-destino, oposición-cambio-transformación-contrariedad-todo-permanencia-ruido-furia…]

    —¿Cómo estás viendo eso? —preguntó Élmela— Es para niños.

    —Bueno, bueno, ya —dije y añadí de inmediato—: Entonces ¿qué decían de Ernte?

    Salimos y me repitieron todo; estuve de acuerdo con la idea de inspeccionar las máquinas para buscar rastros de dírua.


    ***​


    La razón de rehusarse a ganar por la vía fácil, a costa de perderla, pero ¿qué lograré de verdad si recurro a tu plan de emergencia? Estás a tiempo; siempre te puedo dar tiempo. No. Mírala; se desmorona, te sabe perdido, ya llevas diez segundos sin hablar. ¿Partida-comienzo-lejanía-…final? El juez ya perdió el brillo que le habían dado las bellas demostraciones de los participantes anteriores. No, no, no, debo poder. Risas, murmullos de lástima de los seres que en otros momentos lo reciben alegres y con respeto.

    Causa del olvido, ¿cuál? El nervio de la presión y la presencia del juicio crítico obsesionado con el manejo de los símbolos. Una vez vi a un ser que vivía en un desierto; ahí construyó su casa sin más material que los signos y la tormenta de arena lo enterró vivo; otro intentó alimentarse de signos y murió de hambre; otro intentó comerciar con signos y lo mataron. Olvida tu orgullo; déjame ayudarte. No. “Entrada-vida-no-vía-salida”.

    Si supiera de mí, pensaría que la verdad es que no quieres ganar. La quiero de verdad. Tu voluntad no concuerda con tu acción. Porque en las caricias de sus brazos lo que sientes no es el tacto sólido de la existencia, sino que todo, su voz, sus ojos, sus toques; todo está frente a ti, pero es signo; ella y todo es más abstracción que concreción. Te enamoraste de un signo. Hay momentos para lo fácil y para lo difícil. No es más sabio ni más valioso el que camina por la vía espinosa; a veces el lecho de rosas es la solución más sabia. Sí, pero aun así, no.

    Suena la campana. Termina el turno de Ánderwo. Aplausos educados. Méyu ha desaparecido. Zíyi Pragt lo observa desde la muchedumbre, satisfecho; la alianza está rota. Ánderwo baja de la tarima, la cabeza hinchada de lamentos, arrepentimientos tardíos e insoportable vergüenza. Su intención: buscar a Méyu, explicar, proponer soluciones, sugerir que se escapen. Pero reflexiona: No, ya no hay caso. Intenta ignorar esto último.

    ¿No vas a buscarla? ¿Ya para qué? He vivido suficiente aquí. Sácame ya. Tengo más oportunidades para integrarme, pero no en este mundo.



    [1] Famoso edificio de Éntas que sirve como centro de diversas actividades recreativas y culturales.

    [2] Del continente de Lemuria.

    [3] Droga producida de las semillas de la fruta del árbol dírum.
     
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    Holas. Estoy siguiendo esta historia y las premisas hasta ahora me han gustado.

    He aquí mis apreciaciones subjetivas. Quiero aclarar antes, que no pretendo hacer que “corrijas” nada porque son solo opiniones propias que otros lectores (o el propio autor) no tienen porque compartir. Si las coloco acá es porque imagino que todos apreciamos opiniones si estas son sinceras xD.

    Como dije arriba me gusta la idea de la historia. También encuentro interesante el como está descrito el prota y su entorno; a veces pareciera como si fuera un enfermo terminal y me intrigan las reacciones de su circulo social ante su condición.

    El asunto del loro me mantuvo bastante atento; me gustó leer esa parte e imagino que hay algo detrás de ese pobre loro. En general ese capítulo es el que más me ha gustado (En una jaula).

    Ahora, también hay cosas que se me hacen bastante tediosas de leer y en general no me agradan.

    por ejemplo, en el cap El que soñaba que viajaba se adoptó otra forma de narrar que no me gusta; los diálogos identificados con el nombre de quien habla a la izquierda y también descripciones cortas entre paréntesis (¿creo que es como en guiones de obras de teatro? no tengo idea xD). El contenido del cap lo encontré genial; se muestra el sufrimiento de Méyu y me chocaba un poco la indiferencia del prota (en buen sentido, osea me choca la actitud del personaje, no el cómo fue creado). El tema para mi de ese capítulo es simplemente que no me gusta el formato en particular que se ha escogido para contarlo.

    En Igual a un dios pasa similar en la segunda parte del cap.

    El último capítulo hasta ahora, Un mundo de símbolos, también incurre en esas variaciones en la forma de narrar; ¿cuál es el fin de ello? Lo que más me ha extrañado sin embargo, es esta parte de aquí abajo:

    ¿Es que acaso la historia no es más que un show visto por otras personas?¿Es ese fragmento el reflejo de algo que tiene que ver con el asunto de los multiples universos? Puede que haya pasado algo por alto; no lo descarto xD.

    El último punto que me hace ruido son las aclaraciones finales que se colocan en algunos capítulos (esas guiadas por números ante términos desconocidos). ¿Por qué aclarar abajo algo que se puede aclarar en la narración (o quizás dejar sin aclarar)? Mi concepción sobre esas aclaraciones (puedo estar muy equivocado) es que se utilizan cuando un término, conocido en el contexto original de la obra (público original, lugar espacio-temporal donde se escribió, etc), resulta desconocido o poco habitual para el nuevo contexto en el que se quiere introducir la obra.

    Como sugerencia, podrias agregarle un índice a los caps para pillarlos más fácilmente en el celu.

    Seguiré atento a la historia, ¡saludos!
     
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  7. Threadmarks: Sobre las ruedas
     
    Paralelo

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    Virgo
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    6. Sobre las ruedas


    Habrá algo de hambre y sed. Líru mirará por largos segundos la pantalla de su laptop y se sentirá satisfecha de su trabajo, satisfacción forzada por el hambre, pues con el estómago lleno y la garganta fresca se es mejor crítico. Encontrará en la cocina a su hermano; un trapo escuálido de piel acartonada y ojos como de drogado, parpadeando como si se quedara dormido por instantes y se despertara de repente. Le saludará por instinto; no piensa que Tréu le contestará, pero lo hace. Sentirá que debe decirle algo más; no reducir toda su interacción a sólo saber que no está muerto. Sacará una ensalada del refrigerador y esperará a que su hermano continúe la conversación. Verá que Tréu da lentísimos sorbos a un vaso de agua. Sentirá la necesidad de preguntarle si ya comió. Tréu responde que no tiene hambre y que pronto se volverá a dormir. Pero no habían hablado por casi tres días, y al ver a su hermano en ese estado de ensimismamiento tan lamentable, no podrá retener sus instintos fraternales. Le pedirá que se quede a platicar con ella un rato, que le cuente qué ha estado soñando. El tono de falso interés hará dudar a Tréu, pues aunque ella siempre se ha expresado de ese modo con él desde la infancia, tendrá la impresión de que una pizca de auténtica preocupación se filtró por alguna grieta en su habitual apatía. Eso mantendrá quieto a Tréu en su silla, la mente en su cama, la nuca sintiendo la almohada fantasma, otros mundos llamándole; pero su hermana también lo llama aunque sea más por una obligación autoimpuesta, motivada por la lástima. Contará que soñó con un mundo en el que era muy sabio, pero en el que no tenía emociones; no hacía más que actuar para el bien de ese mundo sin sentir nunca satisfacción ni malestar; pero, pese a no sentir nada, “sentía” (hará comillas con los dedos) que ese estado no se “siente” mal, sino que le hacía “sentir” que estaba llegando a algo más grande que no sabía explicar, pero que pensaba explorar más profundamente cuando volviera a dormirse. Líru oirá todo, pero escuchará poco. Nada había más digno de vergüenza que un hermano que de verdad piensa que al dormir está haciendo algo trascendente, y con la boca recta asentirá como una máquina programada para ello. Para contrarrestar su sueño, le contará un poco sobre su tarea de historia que le dejaron para el fin de semana: Un proyecto escrito sobre la Gran Unificación de Danzilmar. Aumentará ligeramente su volumen y modificará la inflexión de su voz para hacerle creer que el proyecto es más interesante de lo que honestamente sentía: un poco interesante cliché histórico, con guerras y muertos que tanto le desagradaban; pero se esmerará por sonar interesada al contarle sobre la firma de la unión del imperio Dyánzil con el imperio Máryo en la región conocida hoy en día como Márü, específicamente donde un día construirían la futura capital del país. Instante a instante irá quedándose sin ganas de exagerar su discurso y adornará el contenido de las exigencias del proyecto, haciéndolo ver cada vez más difícil: que si tiene que ser de diez páginas más de lo que realmente le pidieron, que si debe contener mapas, diagramas, una línea de tiempo, pequeñas biografías de los involucrados en el tratado, que si debe usar más de treinta fuentes, y demás exageraciones y añadiduras. Luego se empezará a aburrir de eso y su voz bajará gradualmente de volumen. Estará a punto de callarse definitivamente cuando escuchan el timbre. Es Méyu, que viene a visitar a Tréu (¿a qué más?). La visitante se sorprenderá de verlo fuera de la cama, siendo esa la tercera vez en meses que lo encuentra así a su llegada. Después de las palabras para expresar su sorpresa, y tal vez un poco de alivio por pensar, en los primeros tres segundos, que aquello podría ser un síntoma de mejora, habrá un nuevo y fastidioso silencio. La esperanza de una recuperación se alejará rápido de su cabeza cuando Tréu sólo se quede viéndola con esos ojos más dormidos que despiertos y balancee la cabeza igual a un péndulo que, ebrio, se ha colocado al revés. Tréu se verá a sí mismo como una piedra abandonada en el desierto que los turistas contemplan con compasión porque la creen sin esperanza de abandonar su soledad. Algo le corroerá de la punta de los pies hasta el cuello; les apartará la mirada esperando que ellas rompan el silencio. Finalmente, Méyu comentará que van al parque de la esquina con los amigos de la escuela para patinar un rato. Como siempre, le propondrá ir con ella y que cuidarán bien de él entre todos en caso de que se quede dormido, y como siempre, Tréu rechazará la invitación, pero esta vez no con palabras, sino con silencio. Las venas de Líru hervirán contra su voluntad. Lanzará un suspiro lleno de tanto hastío y de instinto asesino, que Treú no podrá ignorarlo y cerrará los ojos como si oyera un severo regaño, tensará los músculos de la espalda como si sintiera un golpe de látigo acercándose a su carne, y se levantará con una energía proveniente del pequeño nicho de su espíritu que aún siente algún aprecio por la vigilia y el movimiento. Aceptará ir con Méyu, sin siquiera intentar sonar convencido, sino con tanta amargura que esperará que retire la propuesta por lo desagradable que es obligar a alguien a hacer algo contra su voluntad. Méyu ignorará a su conciencia, que, como lo había supuesto Tréu, le gritará que no debe forzarlo de esa manera cuando es tan obvio su desprecio por la idea; suprimirá esa voz y se obligará a mostrarse contenta, le dirá que vaya a ponerse unos zapatos y que se cambie de pantalones y camisa. Tréu regresará a su cuarto para cambiarse, el cuerpo tieso, la mente en blanco y los ojos no mirando nada; será solamente actuar, ausente la mente (que seguirá viajando por otros mundos) de su cuerpo. Regresará a la sala y se va con Méyu sin mirar a su hermana, que a su vez tampoco lo mira. Líru hará un gesto de disgusto cuando se quede sola, terminará de comer y volverá a su cuarto, revisará su trabajo y, al encontrarlo menos perfecto de cómo lo veía antes, borrará fragmentos mientras por dentro lanza improperios contra su hermano.


    ***​


    Para llegar al parque caminan hacia la izquierda al salir de la casa, Méyu muy cerca de Altréu para atraparlo si el sueño lo derriba. En las casas los vecinos contemplan con sorpresa al hijo de “la casa del jardín feo” caminando con el sol dándole en la cara, y ese recuerdo se quedará con ellos por un rato, luego se olvidará, pero regresará una hora después, cuando Altréu, caído de nuevo en la inconsciencia, sea llevado de nuevo a su casa en brazos de sus amigos, con los que está a punto de encontrarse en el parque.

    Cruzar la gran avenida era lo más peligroso; la señora Déla habría gritado si hubiera visto a su hijo atravesando el asfalto por donde un coche podría pasar imprudentemente irrespetando el límite de velocidad. Ignoremos, pues, la realidad en la que ocurre el peor escenario posible, pero mencionemos que en la mente de Altréu se materializó el mencionado auto, conducido por un ebrio, que acelera sin distinguir lo que tiene en frente. También imaginó que el sueño que usualmente lo deja postrado en su cama lo golpearía a medio camino, dejándolo bien servido para las ruedas del auto; Méyu, incluso con toda la desesperación y fuerza de flaqueza que surge en ese tipo de momentos, no tendría suficiente tiempo para levantarlo o arrastrarlo y ponerlo fuera de peligro; ella recibiría un violento impacto; las ruedas le aplastarían a Altréu la cabeza, explotando y dejando una pequeña senda roja en el asfalto al paso del carro. Ahí llega su fantasía y ésta se apaga al verse del otro lado del camino, en un parque común que es más una pequeña selva como todos los parques de las ciudades danzilmaresas. Caminos de concreto para los peatones y de tierra para los ciclistas desde el aire forman garabatos en una hoja verde. La sección para patinadores es la única que rompe el verdor; desde arriba parece que al parque le hubieran rapado la coronilla.

    Los observan llegar los antiguos camaradas de estudio de Altréu, ataviados de cascos, rodilleras y coderas, que de inmediato interrumpieron sus acrobacias para salir a su encuentro.

    —Miren quién salió de la cama al fin —dice Líe, la del largo cabello azul, que de tonta sólo tiene la cara y la voz—, ¿qué hiciste para sacarlo de ahí? —pregunta a Méyu.

    —Ni yo misma lo sé —Méyu mira a Altréu con complicidad y le anima a avanzar con un golpe en el omóplato.

    —Bienvenido, Tréu —dice Yéman, y pasándole un brazo musculoso por el hombro lo conduce hacia las patinetas, cualquiera diría que se trata de un maleante amenazándolo con una falsa alegría—. Vamos, hay mucho de qué hablar, tantas cosas te has perdido por andar de dormido.

    —No lo molestes tanto con eso —dice Zúruk, el de cara de bebé y cuerpo de soldado—, mejor dale una patineta para que desempolve esos músculos; estás en los huesos, Tréu.

    —Apuesto que aun así es mejor que tú para los kikflip —dice Yéman.

    —¿Lo van a poner a hacer trucos ahora? —dice Líe— El pobre ni trajo su casco.

    —Tréu nunca se ha caído —Yéman no deja de sonreír a Altréu con más ánimo del que puede soportar sin sentirse como un desertor—, siempre andaba diciendo que sólo había desperdiciado dinero en el casco y lo demás, ¿te acuerdas, Treu?

    —Sí, ya hace mucho de eso —dice Altréu con falsa nostalgia—. Pero ahora es peligroso; podría quedarme dormido en un salto.

    Por un rato Yéman continúa insistiendo que intente hacer al menos un kikflip, para rememorar viejos tiempos. Zúruk sugiere que no intente nada peligroso; sólo que ruede un poco de un lado al otro mientras ellos se mantienen junto a él. Líe se opone a que siquiera ponga un pie en una patineta, sugiriendo que mejor se sienten y conversen. Méyu no interviene; observa curiosa las reacciones de Altréu al estar entre sus compañeros; él está oscilando entre la ternura del reencuentro y las memorias de tiempos pasados, de cuando aún vivía con sus cinco sentidos funcionando plenamente, sin el deseo desesperado de regresar y caer sobre su cama. Al final, ganándole la nostalgia, Altréu accede a efectuar un kikflip. Líe de inmediato se quita su casco y se lo ofrece.

    —Ten, usa el mío —dice con una preocupación tan auténtica, que por un instante la idea de curarse entra en la consciencia de Altréu.

    El enfermo siente una calidez ya olvidada, rodeado de rostros que tras sus sonrisas superficiales están sintiendo una lástima viva por él y un odio contra su condición. Tantas memorias se le hacen tan nítidas en ese momento, que su rostro brilla con unos deseos de vivir que no siente desde hace mucho.

    —Vamos, pues —dice y se sube a la patineta.


    ***​


    Porque era verdad que Tréu no había perdido del todo el amor por la vida, pensaba Méyu para explicarse las risas de Altréu al hacer sus maromas en la tabla, felicitado, admirado por los que fielmente no se separaban de él. Estense siempre pendientes por si cae, pero no quiso pensar en eso; no, piensa que ya no le va a pasar otra vez, que ya se ha curado.

    Si ha accedido a esto y parece contento, tal vez acceda a otras cosas. Era un cinéfilo; no, es un cinéfilo, de los que casi ni respiran en el cine; estos son los peores, porque al salir sueltan todo el aire que habían estado reteniendo, infestado de observaciones, críticas, elogios. Como iban algunas veces los domingos (pues los sábados iba con Líru), iban a las funciones de la mañana, cuando suelen cambiar las carteleras. Y he ahí a los cinco. Zúruk marchando al lado de Líe, aprovechando para rozarle la mano cuando fuera posible, si ella se daba cuenta… sí, sí se daba cuenta, y lo permitía, sólo Méyu lo notaba. Será una bonita historia, pero esa vez, ¿qué película era? Se ha perdido en el tiempo y la memoria, en fin, estornudó Yéman tan estruendosamente que, a pesar de no ser una película de terror, alguien gritó adelante, una chica que del susto derramó su bebida…

    Vuelve al mundo real, siguen ahí divirtiéndose. Ahora Altréu iba a intentar un grind. Tomó vuelo; Líe temblando, también Zúruk pero con los ojos esperanzados, también Méyu con esperanza, pero no tiemblan Yéman ni tampoco Altréu. Otra imagen: el sueño que lo arrebata de este mundo cae sobre él a la mitad de la barra: cabeza rota.

    —¡No! —grita Líe.

    —¡Hazlo! —grita Yéman.

    Méyu se levanta de la escalera de un salto. Se levantan las ruedas en el aire. Recibe la barra metálica el cuerpo de la tabla, Altréu con su típica pose de brazos abiertos, “el ángel”, le decía. Pero al salir de la película, de esa y de todas, parloteaba. Era nuestro guía y mentor. Yéman se aburría rápido y pasaba el tiempo jugando con la pajilla del refresco; Zúruk miraba más a Líe que a la película; Líe, a causa de su apariencia, no se podía saber si comprendía lo que pasaba en la pantalla, a veces parecía aburrirse también. Méyu miraba atentamente, intentando imitar a Altréu para estar a su nivel durante la discusión que tendría lugar después.

    “Fue una buena película”, alguna vez dijo Altréu, “pero me temo que gran parte de su mérito es literario, ya que está basada en un libro”.

    “Sí, yo lo leí”, dijo Líe (aquí es donde se veía lo no tonta que era), “todo lo bueno de la película se debe a lo bueno que tuvo el libro; por sí misma, no es nada impresionante con respecto a la trama y personajes”.

    “Se veía bien la cinematografía”, dijo Zúruk.

    “Pero con la cinematografía no ganó lo suficiente como para compensar todo lo que se perdió del libro”, dijo Líe.

    “No se debe juzgar al libro por su película, pero ¿se puede verdaderamente juzgar a una película sin su libro?”, dijo Altréu.

    “Cada uno debe ser juzgado por separado”, dijo Zúruk.

    “Sólo si son lo bastante diferentes”, dijo Altréu y miró a Méyu como buscando apoyo. Al no ver de ella más que la falta de ganas por meterse en la discusión, continuó: “No importa lo buena que sea una película; si está basada en un libro, y este libro es bueno, todo lo bueno que tenga esa película debe ser considerado del libro, a menos que la película provea algo bueno en sí misma que nada que ver del libro. La película que mejor adapte su libro tendrá mucho menos mérito porque no creó ni la historia ni a los personajes ni los elaboró más. Tienen más mérito entre más tengan que modificar, pero al hacerlo es donde más hay riesgo de fracasar”.

    “Creo que no te sigo”, dijo Zúruk, “¿por qué es importante eso de si el mérito por la idea es del cine o de la literatura?”.

    “Estrictamente hablando no lo es, pero es un acto de simple decencia admitir que el mérito de la creación está en la primera obra. Si dependiera por mí, no se darían premios cinematográficos a las películas basadas en libros, al menos no en las categorías que no sean estrictamente cinematográficas”.

    “Ya estás exagerando”, dijo Líe.

    “Quizá. Pero ¿cómo vas a premiar la historia o los personajes de una película cuando ésta no los creó sino que sólo los sacó de otro lado? Puedes premiar las actuaciones, el diálogo adaptado, los efectos. Pero al fin de cuentas hay que reconocer que solamente estás adornando lo que apareció en un libro, y eso para mí son puntos menos”.

    “Por favor”, dijo Zúruk, “¿ahora te pones del lado de los libros? Si leyeras lo mismo que ves películas tal vez no me sorprendería tanto de ti”.

    “Sí, cierto. No me hagas mucho caso, sólo se me pasa por la mente. Pero siendo sincero, los premios Óscar deberían darle una estatuilla plateada a las películas que hayan sido adaptadas de otras fuentes, así al menos reconocerían que no todo el crédito de la película es cinematográfico”.

    Yéman nunca opinaba, pero cuando la plática se caldeaba, o cuando Altréu comenzaba a parlotear demasiado sin llegar a nada, de inmediato proponía ir a comer algo a la plaza de la esquina del cine.

    Pero ahora estaba aterrizando y no se había dormido. Algo casi hizo llorar a Méyu. Lo que daría por volverlo a oír parlotear, pelearse con Zúruk mientras Líe cambiaba de bando repetidamente, Yéman ocupado comiendo su hamburguesa, su pizza, su dínhlo[1] o sus pakánkiy[2]. “¿Qué hacía yo?”, se preguntó Méyu, porque una es muy buena para observar a los demás y muy mala para observarse a sí misma, ya no recuerda qué tanto hablaba, qué tanto sólo escuchaba, qué tanto comía.

    —¡Otra vez! —gritó Yéman.

    —¡No, ya estuvo bien! —gritó Líe, que se había puesto más blanca de lo que ya estaba.

    —Ya fue suficiente —dijo Altréu, el aire agitándose en su boca, la lengua de fuera, el esfuerzo iba a hacer el trabajo de su enfermedad si seguía.

    Lo llevaron a sentarse junto a Méyu. Al parecer no es buena idea hacer tanto esfuerzo después de estar tanto tiempo postrado en cama.


    ***​


    Pero después del éxtasis, toca normalizar las hormonas. El cansancio pega y llega el silencio y la reflexión posterior al juego. Al igual que el tiempo vuelve sobrio al ebrio, la relajación dio a Altréu la peligrosa oportunidad de cuestionarse por qué estaba realmente ahí, una vez pasado el placentero efecto de volver a pertenecer al mundo. Méyu, siempre pendiente de Altréu, vio con inquietud que sus ánimos se acercaban rápidamente a su estado inicial, por lo que se apresuró a romper el silencio incómodo para decir:

    —Sabes, también me preguntó por ti la maestra Sentsa.

    —Ah —dijo de repente Zúruk, al que no le molestaba interrumpir cuando algo súbito le llegaba a la mente—, nos volvió a marcar un proyecto inútil de Inglés.

    —No es inútil —dijo Líe—, escuchar un fragmento de película y transcribirlo es bueno para el listening.

    —Sí, pero todos van simplemente a descargarse el guion de internet, y ella ni sabrá.

    —Cuando lo revise, sí —dijo Méyu—, si está todo perfecto, en seguida sabe que hiciste trampa.

    —Pues sólo le meto unos errores aquí y allá y ya está.

    Hasta a la avispada Líe le tomó unos cuantos segundos de titubeos contestar:

    —¡Pues a ver cómo te va en el examen!

    —Siempre saco de noventa para arriba.

    Era un momento histórico, y muy oportuno, ver a Zúruk ganar una discusión contra Líe, pues hasta para hacer trampa tiene mérito dejar al adversario sin palabras. Yéman lo disfrutaba y se reía de los dos; de Líe porque no respondía; de Zúruk, por su victoria moralmente dudosa. Pero como era un hombre de acciones, se levantó y dijo:

    —Vamos, Tréu, toca la segunda vuelta.

    En algún momento de la charla fracasaron las intenciones de Méyu, y observó descorazonada que Altréu ya había caído de nuevo en su delirio somnífero.

    —Ya estoy cansado —contestó.

    Hubo en esa repuesta un aire tan lleno de fatiga mental y física, que Yéman detuvo en seco sus ánimos y su sonrisa se apagó hasta parecer una mera cortesía. En el fondo sabía que ya lo habían perdido de nuevo.

    —Está bien —dijo levantando su patineta—. Bueno, ¿qué tal mañana, cuando ya estés más descansado?

    —No.

    Algo había entrado de repente en Altréu que lo había puesto incómodo. Todos callaron. Altréu se veía igual a un enfermo terminal al que están obligando a asistir a una indeseable reunión con gente que nunca ha visto en su vida.

    —Ya me quiero ir.

    Se levantó. Lo imitaron los demás.

    —Tréu —dijo Líe, contagiada parcialmente del desánimo de su amigo—, mañana vamos al cine, ¿nos acompañas?

    —Sí, ven con nosotros —dijo Zúruk—, vamos a ver la de Kiruánki, dicen que está muy tonta, a ver qué tal.

    Hubo en la petición de ambos ternura y tristeza conmovedoras, pero en Altréu no causaron ya ni un minúsculo sentimiento de calor en la espalda.

    —No —dijo Altréu, y al ver que todos sólo se le quedaban mirando desconcertados, intentó alejarse.

    —¿Por qué no? —preguntó Méyu, alcanzándolo; Altréu se detuvo— ¿Qué… qué más tienes que hacer mañana?

    Los demás le imploraban con la mirada: almas empáticas, humanas. Altréu hubiera tenido ganas de llorar ante esos rostros tan fraternales y tristes, que sin embargo infundían ánimos y esperanza, pero la humanidad de Altréu se había ido sin razón aparente.

    —Tengo mucho sueño —dijo y reanudó su marcha hacia la calle.

    La esperanza se desvaneció de Méyu con cada paso de Altréu. Su rostro, que había sido tan dichoso hasta hacía un rato, sufrió una metamorfosis devastadora: enrojeció de ira, se apretó su ceño, lagrimearon sus ojos.

    —¡Hijo de puta! —exclamó.

    Yéman, Zúruk y Líe retuvieron el aliento; Altréu se detuvo; otros paseantes ajenos a la historia la escucharon, se apresuraron a ignorarla y continuaron con su camino.

    —¡Méyu! —exclamó Líe.

    —¡Quieres volver a dormirte?, ¡entonces vete! —dijo Méyu mirándolo con tal severidad que Altréu sintió algo de miedo—, pero no me pidas que te acompañe yo. ¡Vete solo a ver si llegas!

    Volvió a dudar Altréu un instante; sus ojos volvieron a dejar escapar un poco de culpa, pero su voluntad fue mayor; le dio la espalda y siguió caminando.

    —¡Espera! —exclamó Líe yendo tras él, pasó junto a Méyu y le lanzó una mirada de reproche. Lo alcanzó instantes después— Yo te acompaño.

    Zúruk y Yéman no sabían hacia dónde mirar, ni si debían imitar a Líe o a Méyu. Tenía ganas de hacer ambas cosas, pues algo del enojo de Méyu se les había contagiado también, así como la piedad de Líe. Pero en su indecisión terminaron por tomar el lado de Méyu, sin ser esa su intención completa.

    Líe caminó al lado de Altréu, que estaba concentrado en el camino que tenía adelante. La tarde caía, el cielo estaba naranja y la calle aún lejos de dormirse. Líe la vio con horror; la gente salía de trabajar y el tráfico estaba en su punto más álgido.

    —Tréu, será mejor que llame a tus papás para que vengan a buscarte en coche.

    No había terminado de hablar cuando Altréu, aprovechando la luz roja del semáforo, se adentró en la calle por la línea peatonal. Horrorizada, Líe no se separaba de él. Las luces de los coches los iluminaban y provocaban un juego de sombras y luces al chocar con los débiles rayos naranja del sol que aún había.

    —Tréu, date prisa —murmuró Líe, impaciente.

    Altréu no apuró el paso ni movió en lo más mínimo su mirada robótica. Se tomó su tiempo para cruzar la calle como una persona normal, las que no viven amenazadas por el sueño. Al llegar al otro lado, Líe suspiró aliviada, volteó hacia atrás para ver el río de coches que volvían a fluir, como si atravesarlo hubiera sido una gran odisea. Al otro lado de la avenida vio a Méyu, Zúruk y Yéman, no distinguía bien sus rasgos, pero suponía que la culpa los había vencido y se habían arrepentido de no acompañarlos. Entonces notó un movimiento en ellos como un choque eléctrico, una parálisis de horror. Escuchó gritos y vio dedos que le apuntaban hacia algo en su dirección. Al voltearse, se dio finalmente cuenta de que el sueño había vuelto a reclamar a Altréu, que tanto tiempo había pasado separado de él, y que no tuvo más remedio que usar la acera como una cama temporal.




    [1] Tipo de draóhi con base de carne asada.

    [2] Panes de durazno.
     
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    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

    Virgo
    Miembro desde:
    16 Agosto 2012
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    314
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    ParalefikZland: Alter Ego
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
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    21
     
    Palabras:
    1559
    7. La libertad

    El concepto de la forma, una vez dijo el Viajero, no es más que un disfraz para que la mente tenga algo con qué entretenerse. Siendo ese el caso, Ánderwo le pidió llevarlo a un universo donde los seres no tuvieran forma, pero donde él pudiera conservar la suya. Apareció así en un mundo cuyos habitantes eran a la vez todas y ninguna forma; describirlos como masas flotantes que son al mismo tiempo círculos que cuadrados que cualquier otro diseño imaginable, es una aproximación inexacta, pero suficiente.

    Esos seres sin figura vivían flotando en un planeta plano en el que el sol siempre estaba en posición de atardecer, y vivían a la intemperie absorbiendo nutrientes de las rocas saladas que abundaban en el suelo. Cumpliendo con lo que había prometido, Ánderwo pidió al viajero permitirle integrarse con el conocimiento de ese mundo, y entre todo ello adquirió también el idioma de esos seres, que se comunicaban haciendo vibrar sus cuerpos aceitosos, y salió a su encuentro.

    Se encontraban en un valle lleno de césped y rocas, con árboles similares a los de su mundo en forma y colores. Al verlo, esos seres (a los que llamaré los vibrantes) retrocedieron espantados ante Ánderwo, que con su forma bien definida y delimitada, parecía a la percepción de los vibrantes un esperpento expulsado del lugar que ellos entendían como infierno. Algunos huyeron volando, otros se volvieron locos de horror y cayeron a tierra, gritando en incontrolables vibraciones. Bastantes se quedaron paralizados y sintiéndose desmayar.

    Ánderwo hizo vibrar su cuerpo diciéndoles:

    —No me moveré hacia ustedes, ya que les asusto. Sólo me quedaré aquí observándolos, si no les molesta.

    Y en respuesta, recibió un tumulto de vibraciones:

    —¡Pudo hablarnos!

    —¿Qué hacemos ahora?

    —¡Nos sigue mirando!

    —¡Huyamos!

    —No nos hace nada.

    —Podría ser peligroso

    Todos terminaron abandonando ese valle, con movimientos lentos para no alarmar al intruso y detonar sus instintos asesinos.


    ***​


    … pero entre todas las, decía Yúska, veces que me he sentido aterrada al borde de la muerte, la aparición de esa abominación de forma limitada llevó mi pánico hasta, riéndose, las lágrimas.

    Fui yo de la multitud que, habló Zúruk, acudió a toda prisa a las autoridades para apresarlo. Estuve ahí también cuando lo rodearon, y en sus espantosa limitación hubo un movimiento o cambio que me hizo sentir miserable; la manera en la que sus líneas, sus límites, el volumen y las torsiones de su cuerpo mutaban y se retorcían resistiéndose al arresto, algo fuera de mi capacidad para expresar me indicó que de ese debía ser su modo de expresar el terror, un terror tan profundo como el que a nosotros nos inspiró sólo al verlo.

    Se contaba que todo, respondía Yúska, contagiada de amargura, el mundo estaba aliviado cuando lo encerraron por fin; alguno que otro como mínimo estuvo de acuerdo con que el arresto fue exagerado, pero hasta yo, lo confieso, sentí mi alma volar libre cuando ya no lo tuve frente a mis ojos.

    De lo que se cuenta, todo se sabe; de lo que no se cuenta, se sabe aún más. Lo llevaron a los centros de la tierra, con los investigadores. Y seguía en mi consciencia la imagen de esas formas restringidas por esos límites incoherentes de su cuerpo, no dormía, no comía, no volaba; soñaba que mi cuerpo adquiría una forma limitada noche tras noche, como hechizos que condenaran a mi cuerpo a permanecer en el mismo estado, y luchaba por liberarme y zafarme de la angustia de tener una forma restringida. Y noche tras noche, empezó a surgir en mí la simpatía al comprender el horror al que ese ser debía estar sometido sólo por existir así. Es por eso que, al saber lo que fue de él, no pude evitar llorar por días, me quedé en el suelo y me cubrí de tierra, la sensación de mi propia libertad me llenó de una insoportable culpa.

    ¿Qué le hicieron en el centro de la tierra, si es que algo sabes?

    Se dice que los investigadores, asolados por la incógnita de lo limitado de su cuerpo, tuvieron la buena o mala intención de liberarlo de él. Dicen que sufrió mucho; dicen que gritaba y lloraba; dicen que se retorcía cuando por la fuerza le retorcieron el cuerpo para que cambiara de forma, para desparalizarlo de ese estado de inmutabilidad que tan cruel sería para nosotros.

    ¿Murió?

    Dicen que sí algunos; dicen que no otros. Yo creo que sí, pero no nos lo dirán oficialmente, pues es mejor que sólo se olvide y se deje fluir de nuestras conciencias. Su llegada algún día será parte de nuestras leyendas que contaremos a nuestras crías, y nos preguntarán a los que lo vimos cómo es que tal ser podría haber llegado de verdad a nuestro mundo, rompiendo todos los esquemas que habíamos dado por hecho para nuestro universo.

    Ahora me contagias la congoja, la culpa por poseer un estado superior por el cual un ser, tal vez inocente, sufrió de manera horrible. Tengo miedo de soñar que yo aparezco en un mundo dominado por monstruos de cuerpos limitados, y que, aprisionándome, me aprieten y constriñan hasta quedar atrapada en una única forma, rompiendo todo cuanto soy, despedazando aquello de lo cual mi mundo se sirvió para crearme.

    Hay que saber, Yúska, si más como nosotros han sido tocados por esta nueva inquietud, y tal vez por una culpa y pesadillas similares hayan sido tocados. Esos seres de forma limitada, de ser posible nos…


    ***​


    Tomó, pues, aquel Ánderwo su lugar en su nuevo trono de piedra en el centro del valle en el que había aparecido por primera vez, y allí permaneció sentado por cientos de años, rodeado de discípulos que sólo con contemplarlo, sin necesidad de oír palabra de su boca, se maravillaban y sacaban sabiduría sobre el concepto de la forma limitada, que del horror ya había sido liberada, y a una profunda fascinación llevó a aquellos de espíritu inquieto e impresionable. Rodeábanle por decenas, centenas o millares, las cuarenta horas del día, las tres horas de la noche y las setecientas horas que había entre el día y la noche. Y Ánderwo no se movió; fue estatua viva y muerta.

    —¿Aún no? —preguntó el Viajero.

    —¿Por qué la prisa? —Ánderwo seguía mirando sosegadamente hacia sus fieles— Sé que llevo años diciendo un minuto más, un minuto más, pero ya me aburrí de querer irme.

    —¿Qué crees que aprenden de ti?

    —Soy la personificación del finito, estado más allá de la comprensión y la lógica de ellos. Curioso; en mi mundo queríamos ver el infinito, suponiendo que nuestro estado de consciencia se elevaría hasta volvernos uno con el universo y más. Aquí el finito cumple el mismo papel; soy yo el estado de consciencia supremo para ellos, el que ha logrado domar al infinito y ha conseguido paralizarlo en un único estado inmóvil, ellos ven eso como alguno de los inagotables tipos de perfección.

    —Pero y tu otro yo, ese que tan nítidamente sientes en ese mundo donde sigues siendo un monstruo, aún existe y ahora mismo están vejando tu finitud en lugar de adorarla.

    —Me llega algo de ese dolor; no iré ahí, ¿para qué ir al infierno cuando estoy en el cielo?

    —El ser es variable, ligero. ¿Flotarás hasta esas alturas alguna vez?

    —Si sigues cumpliendo tu promesa de hacerme viajero, y esperamos el tiempo suficiente, lo haré en algún momento.


    ***​


    Fue una hora después, y apareció inmóvil en un espacio lleno de todos los colores y formas que conocía, una matriz que era tan iluminada como era oscura, constringente que resultaba dolorosamente liberadora. Su consciencia se tambaleó; pudo ver su propio raciocinio como si éste fuera un ser independiente, encadenado ahí junto a él y compartiendo el dolor que comenzaba a percibir. Sus brazos, vio primero, eran al mismo tiempo círculos, triángulos, cuadrados, pentágonos, hexágonos, y así hasta tener tantos lados que volvieron a ser círculos; luego vio el resto de su cuerpo y era lo mismo, poseía todos los lados desde el cero hasta el infinito al mismo tiempo, y el dolor que le producía esa mutación al estado de interminabilidad sacaba de su garganta los gritos y gemidos más secos, más huecos, más llenos de toses moribundas y arcadas que violentamente vomitaban aire. Apenas y le daba tiempo a respirar antes de volver a llenar ese espacio con el sonido de su alarido-tos-arcada.

    El Viajero se estremecía, queriendo no poder ver ni oír, y le preguntó:

    —¿Te saco ya?

    —¡No! —gritó-tosió-vomitó Ánderwo.

    —Sufres demasiado.

    Pero ya no le era posible a Ánderwo responder ni siquiera en pensamientos. Una minúscula parte de la consciencia de Ánderwo tuvo un pequeño resplandor de cordura, la cual fue usada para recordar que el Viajero había dicho que no le ayudaría en caso de meterse en apuros ni para sacarlo de las consecuencias de sus decisiones. Había intentado hacer lo mismo en el universo del lenguaje distorsionado, sin éxito. Tampoco lo permitiría en ese universo, donde estaba sufriendo la transformación de finito a infinito.

    Debió haber usado otras reglas, pensó el Viajero. Es inevitable que las terminarán rompiendo, pero será a decisión de su protegido. El Viajero observó y escuchó el suplicio de Ánderwo hasta que éste murió de dolor. Entonces pudo sacarlo de ahí.
     
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    8. Juegos

    De bebecito, con esas manitas, tan rosaditas, regordetas, manoteaba el aire, timbales invisibles con acompañamiento de risillas y gorgoteos salivosos.

    —¡Ahú!

    Qué misteriosos le habían de parecer sus propios bracitos, pensará ¿qué son estas cosas que se mueven a mis lados? La práctica, disciplina ineludible, le hizo tener consciencia de que su voluntad controlaba sus brazos, ese descubrimiento debe ser alucinante para un bebé. Después, asombrado y motivado por su curiosidad natural, el bebé se vuelve sediento de control; quiere comprobar qué más partes de su cuerpo puede controlar, y entrena, entrena, entrena sus bracitos, entrena su cabecita, entrena sus piernitas, entrena, entrena y entrena. Falla y se frustra; tiene éxito y se ríe, y persigue los propios límites de su cuerpecito hasta que aprende a caminar. Y cae y se levanta. Los bebés son los seres más orgullosos del universo; no se dejan derrotar, pelean contra sí mismos, quieren poder hacer más de lo que parece ser su límite. Empieza a imitar sonidos, ¡qué batalla tan épica la de un bebé que aprende a fonar! Ningún héroe se afana con más terquedad a la derrota de su villano que un bebé que lucha por dominar su boca, sus labios, su lengua, todo con tal de emitir el más mínimo sonido que se asemeje en algo a algún signo en la lengua de sus padres.

    —Mamá.

    Y ha vencido a medias; los fonemas se han rendido y se han establecido en su boca y cerebro, pero su mente aún no hace más que repetir; aún no desarrolla el pensamiento para darse cuenta de lo que dice o de su significancia.

    Habla y ve que mamá y papá se alegran. Busca de nuevo esa reacción que hace que lo llenen de abrazos y afectos.

    —Mamá.

    Y de nuevo la calidez de los brazos y labios paternales y maternales. Igual que al dominar las piernas, ya entendida la lógica de las rodillas y de los tobillos, fortalecida la espalda, se adentra en la aventura de caminar. Mamá y papá parecen lejanos, pero la recompensa de superarse a sí mismo, de hacerse igual a los otros, y de la calidez de papá y mamá, impulsa una piernita tras otra, y cae. Se levanta, se tambalea, se estabiliza, da un paso, cae, repite el mismo proceso. Después de la temible odisea llega a su destino, y se deja caer por última vez en abrazos y besos.

    Así fue también la odisea del pequeño Altréu.


    ***​


    Pero después de caminar, toca saltar, y luego correr. Luego de balbucear, toca hablar. Y el proceso debe continuar y continuar hasta la plenitud, pero el universo se interpone, sus leyes estorban, impiden el siguiente paso que sería volar, proyectar la mente, teletransportarse, atravesar sólidos, adentrarse en las entrañas del universo, y salir de él. Restringe el mundo las vidas de sus habitantes y les demanda su devoción: “Yo soy tu mundo, ser humano; más que yo nada tendrás”.

    Pero no para Altréu.


    ***​


    Recordó el señor Délo que su hijo un tiempo quiso ser astronauta, como todo niño de seis años, y que había hecho de uno de los rincones de su cuarto una base secreta de un planeta al que llamó Rurán[1].

    —¿Y qué haces ahí?

    —Voy a cazar a los Rurános —sujetando un rifle hecho de un viejo tubo de plástico.

    —Ah, ¿para qué?

    —En sus estómagos tienen una piedra que si la tocas te hace invisible.

    —¿Y para qué quieres ser invisible?

    —No es para mí, es para que haga con ella una medicina para que todos en la tierra nos podamos volver invisibles.

    —¿Y qué va a pasar cuando todos seamos invisibles?

    —Vamos a poder hablar con los fantasmas y decirles que nos dejen de asustar.

    Rio y se unió al juego.

    —¡Ahí hay uno!

    —¿Dónde?

    —¡Piú, piú! —del tubo salieron rayos verdes con un núcleo amarillo. El Ruráno cayó muerto junto a la zapatera— ¡Le di!

    —Espera, Tréu; no está muerto, sólo se está haciendo para atacarte cuando te acerques.

    Tréu abrió muy grandes los ojos y miró hostilmente al Ruráno impostor.

    —Me voy a acercar. Si se mueve, dispárale, papá.

    —Ve, hijo.

    Camina de puntillas, la punta de la lengua asomándose por la comisura izquierda de la boca. Llega a la zapatera y una fuerza invisible se apodera de él, lo tira al suelo y empieza a roerle las entrañas.

    —¡Me ataca, papá, dispara!

    —¡Piú! —sonó la escopeta invisible.

    Muerta ya la criatura, Tréu se levanta y le corta el estómago, saca una canica azul con puntitos cristalinos multicolores.

    —¡Ya tengo la piedra!

    —¡Oh! ¿Dónde estás, hijo? —porque tenía sujeta la piedra, y esa piedra vuelve invisible a quien la toca.

    —Estoy invisible.

    —A ver, acércate —tantea con las manos el espacio a su alrededor.

    Metido en el juego, Tréu regresa a su padre, y éste lo atrapa y estruja en un juego de cosquillas y apapachos.

    —¡Ya te encontré!

    —¡No…., papá….! —y se sofoca de la risa, quiere quitarse los dedos que punzan su estómago como patas de un ciempiés gigante. Cosquillas y dolorcito, pero más cosquillas y la risa lo deja sin aliento y…

    Ahora los hechos son que su hijo está dormido. Entra a ver que siga durmiendo, y así sigue, no sentado, no levantado, no caminando ni corriendo ni saltando, sino dormido.

    —Malagradecido —murmuró gruñendo de pesar.

    No lucha, no se levanta, no quiere curarse, piensa el señor Délo, con algunas manipulaciones mías para facilitar el mensaje, Nada de condición, nada de enfermedad, sólo eres un perezoso, duermes tranquilamente mientras los demás nos partimos el lomo. Regresa a su estudio, se sienta ante la computadora, pero no la prende. ¿Qué va a ser de ti? ¿De qué vas a vivir? No podrás dormir el resto de tu vida. Aun si yo aguanto hasta mis últimos días, tú seguirás viviendo. Tu hermana se cansará de ti, tus amigos también; te quedarás solo y morirás de hambre. “Despierta, hijo, despierta”, tenías el sueño pesado como todos los niños al empezar a ir a la escuela, y tus quejidos adormilados, tus ojitos sedados aún no acostumbrados a las exigencias del mundo, “hay que ir a la escuela”, y como con todos los niños, hubo que acostumbrarte a despertar cuando el mundo necesitaba que despertaras y a dormirte cuando el mundo necesitaba que te durmieras, a ir a donde el mundo necesitaba que fueras, a aprender lo que el mundo necesitaba que aprendieras, y un largo etcétera. “Hay que hacer la tarea, hay que limpiar el jardín, hay que ir aquí, hay que hacer esto así, hay que, hay que, hay que”, vivimos en el mundo del “Hay Que”. Hijo, tienes que volver al mundo del “Hay Que”. Lamento si estás cómodo en el mundo de tus sueños, pero tu lugar está en el mundo del “Hay Que”.


    ***​



    Había una construcción en el kínder al que iba Tréu, que fungía como banca, era cuadrada y en medio había un pedazo de tierra con plantas, muy pequeño para un adulto, pero todo un mundo para los niños. En esa diminuta selva jugaban que era una casa, una casa hecha de selva, y con sus compañeros se repartían roles de padres, hijos y hermanos. Tréu casi siempre hacía de padre, alguna vez fue hijo y una vez abuelo, y la inocencia de esos juegos se sentía como si perteneciera a un mundo separado, un mundo fuera de toda mirada reflexiva o maliciosa, ideal en cierto modo, pero del que siempre había que salir al final.

    Recuerda Déla:

    Un día, fui a buscar a Tréu al preescolar y estaba triste, al regresar a casa le pregunté qué le había sucedido y me dijo: “Mi esposa se divorció de mí”, y yo con cara de estatua, no me creía que tal cosa hubiera podido entrar en esa pequeña selva, “me dicen que le tengo que dar la mitad del dinero de mi mesada, me dijeron que así se hacía”. Y yo obviamente le dije que no tenía que hacerlo porque sólo era un juego. Se tranquilizó, pero al mismo tiempo se quedó pensativo; él siempre ha sido así desde pequeño, pero lo que me dijo rato después, cuando me ayudaba a servir la cena, me sorprendió de verdad: “Mamá, si no se hacen bien las cosas cuando son de juego, ¿Cómo sabré hacerlas bien cuando sean de veras?” Yo nunca tuve mucha paciencia para explicarles cosas complejas a los niños, le dije cariñosamente que no tenía que preocuparse por eso y que no tenía que darle la mitad de su dinero a esa niña.

    Pero el juego sólo empeoró. Días después, llegó de nuevo con la misma cara triste y dijo que, por no haber dado la mitad de su dinero, la esposa ahora le exigía la cantidad completa, y que otro niño que hacía de juez le había dicho que si no pagaba no podría ver a sus hijos. Se imaginarán cómo quedé al saber lo inmiscuidos que estaban los niños en ese juego, y no paraba de preguntarme a quién se le había ocurrido enseñarles tales cosas. Yo seguí diciéndole que no les diera nada porque todo era sólo un juego, pero días después empezaron a pedirle más y más cosas; cada uno de sus juguetes empezó a ser fichado por la esposa y el juez como propiedad que el esposo tenía que entregar. Una semana después, viendo que las demandas no mejoraban, decidí ir directamente adonde jugaban y hablé directamente con la esposa y los demás niños que hacían de hijos y el juez. Amablemente les dije que no podían pedirle a Tréu que les diera sus cosas de verdad, y la niña me contestó: “Pero así es como ocurre de verdad”. Días después, cuando hablé con la madre de la niña, me enteré que ella había pasado por un divorcio el año anterior, al parecer la niña había usado para ese juego algunos aspectos de lo que ocurre en un divorcio de verdad. No soy psicóloga infantil, pero si tuviera que decir algo sería que esa niña quiso desquitar su enojo o algo así por el divorcio de sus padres, según yo creo.

    Al día siguiente de hablar con la madre, fui a recoger a Tréu y ya no estaba triste. En casa le pregunté qué había pasado con el juego y él contestó muy contento: “Dejé de jugar”.

    En aquel momento me pareció la decisión más sensata y le dije que había hecho bien. Pero ahora pienso que debí haber hecho otra cosa, no sé qué. Ahora que Tréu tiene esta enfermedad, esto del “dejar de jugar” me hace sentir algo rara. De pequeño se dio cuenta de que la mejor manera de que los demás dejaran de hacerlo participar en sinsentidos era dejando de jugar. Un día también, poco después de eso, mi hermana que vino de visita le preguntó, como todas las tías que ven a sus sobrinos como sus propios hijos, si ya le gustaba alguna niña. Tréu, que aún tenía la experiencia del juego muy en la memoria, contestó: “no me casaré nunca”, lo que hizo reír a mi hermana. Me pregunto si al decir eso, Tréu estaba pensando que no sería apto para eso porque había abandonado el juego, y si algo no sale bien en un juego es poco probable que salga bien cuando sea de verdad; o tal vez sólo estaba diciendo que no quería vivir de verdad lo que había vivido de juego, y había decidido no intentarlo cuando fuera el momento, “no jugar” para no perder.

    Dudo que a su edad haya elaborado algo así, pero no puedo dejar de pensar en lo mucho que se parece su actitud con su enfermedad actual, como si hubiera decidido “dejar de jugar” a la vida. Pero hijo, ¿dónde ha sido mala tu vida para que ya no quieras pertenecer a ella? ¿Qué “divorcio” viviste para ya no querer “casarte” nunca más?

    Tal vez todo lo que pienso está mal, y soy sólo yo intentando darle sentido a la condición de Tréu. Pero ahora, viéndolo dormir de ese modo, tan divorciado de la realidad, a la cual a veces aún tiene que despertar para rendir cuentas, a la cual aún tiene que dar algo de su tiempo, pienso que, después de todo, nunca seré capaz de comprenderlo.


    ***​


    Beber, la garganta te demanda beber. Qué ardor tan vivo te hace incorporarte en la cama, tragar saliva amarga desesperado, lanzar tres toses con la boca cerrada y levantarte de tu comodidad (que la sed ha vuelto infierno). Buscas el alivio en la cocina; un vaso de cristal de la alacena será el recipiente, el agua que sale de la llave será la nueva sangre que te regresará plenamente a la vida, eliminando con su frescor el incendio de tu garganta.

    Y piensas y te ríes, Esto no hubiera pasado si aún fuera como en ese mundo en el que fui un dios, en ese horrible diluvio, en el que estaba yo tan cómodo, sólo tenía sed de curiosidad y, por qué no, de poder, pero (llena otro vaso de agua y al tragar suena el paso de ésta muy fuerte por la garganta) no lo controlé bien (alto, agua en la boca, riesgo de atraganto) [El universo desmoronándose, dolor, ardor de garganta, el agua no la calma] (Baja el vaso, mira el grifo que gotea unas últimas gotas antes de detenerse por completo). Si intento hacer eso aquí, ¿qué sucederá? [Reproducción imaginaria de la tierra haciéndose polvo, estrellas explotando, galaxias desmoronándose] ¿Podre controlarlo? No, no, aún es pronto (más agua recorre la garganta), debo mostrarles, probarles con evidencia la verdad de mis viajes, algo sencillo, sí, algo pequeño.

    Regresa a su cuarto y se acuesta. No se duerme; mira el vaso con agua que ha traído consigo y lo coloca en la mesa de al lado. Lo mira de reojo y el agua brilla a la luz del sol que suavemente se filtra por la ventana de enfrente. Mira el agua largo tiempo.



    [1] Versión mal pronunciada de rúran, monstruos del folklore danzilmarés de baja estatura que comen piedras.
     
    Última edición: 30 Marzo 2019
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  10. Threadmarks: El camino difícil
     
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    9. El camino difícil

    A diez kilómetros de la ciudad de Déspos, en la península oriental, se encontraba en ese mundo el vertedero de basura más grande de Danzilmar. Siendo un bebé, Ánderwo fue pronto abandonado en medio de una cama de desechos plásticos a la entrada del basurero, esperando los padres que en poco tiempo encontrara la muerte. Ánderwo permaneció dormido largo tiempo, afinando y discutiendo con el viajero los detalles de su plan para ese mundo.

    —Quiero lograr la grandeza desde lo más bajo —había dicho tras salir del universo anterior—, superar la miseria por el camino duro. Hazme nacer en las circunstancias más infrahumanas, que el sufrimiento sea mi principal experiencia, y poco a poco iré superándolas con la fuerza de mi voluntad y perseverancia hasta salir de ella, y luego luchar contra el mundo para acabar con esa miseria.

    —Dudo que puedas lograr todo eso en un solo intento —dijo el Viajero.

    —Es por eso que necesito que me hagas repetir esta vida una y otra vez en caso de que muera.

    Esperaba el bebé entre la basura, y su vida corría el peligro del hambre y de las quemaduras del sol.

    —Te mueres —dijo el Viajero.

    —Si muero, vuélvelo a intentar hasta que alguna circunstancia me haga vivir.

    Y tras varias horas, Ánderwo murió y los buitres rápidamente hicieron desaparecer el pequeño cadáver.


    ***​


    Otro intento:

    Una perra embarazada hambrienta se encuentra con el bebé indefenso. Lo devora para alimentar a sus cachorros.

    Otro intento:

    Un camión de basura que entra con su cargamento para el basurero, el conductor no repara en el bebé que está en una pila de plásticos justo donde va a soltar su carga. Ánderwo muere aplastado por electrodomésticos: lavadoras, refrigeradores, secadoras, hornos de microondas…

    Tras muchos intentos:

    Un hombre que habita el basurero se encuentra con el pequeño Ánderwo, lo acompañan muchos otros niños que también se ganan la vida en el basurero. Lo recoge y se lo lleva, pero el bebé muere días después de una infección intestinal.

    Más intentos después:

    Por pura estadística, consiguen un mundo en el que Ánderwo logra sobrevivir la primera infancia. Vive ahora en una gran comunidad de gente que vive del basurero, familias completas han creado sus viviendas de autos y lonas viejas. Viven todos del reciclaje; cada mañana, niños y adultos recorren el basurero recolectando plásticos y separando metales de la basura orgánica, y después los adultos, en sus frágiles carretas de madera, llevan lo que han salvado a la planta recicladora más cercana para venderla, la ganancia suele venir casi siempre en forma de agua embotellada, algunos alimentos, y un poco de dinero que rápidamente es gastado en más agua y comida.

    Había entre ellos un hombre llamado Kányu, que se había ganado el cariño y respeto de los niños debido a su simpatía y tacto para enseñarles a sobrevivir en ese ambiente miserable. A diferencia de los demás, Kányu tenía un aspecto más robusto, menos jodido de la piel y los dientes, y un cabello dorado que, se notaba, alguna vez no estuvo expuesto al sol ni al polvo del basurero; él había llegado de afuera para vivir voluntariamente entre esos desesperanzados. Los padres dejaban a sus hijos recorrer el basurero con Kányu a fin de aprender mejor a vivir en ese mundo. Mal nutridos pero optimistas, los niños siguen a su guía como corderos mansos.

    —Desplieguen esa lona entre las llantas de autos —decía Kányu y obedecían. Después de la lluvia, había bastante agua recopilada en las numerosas lonas de plástico repartidas por todo el basurero.

    Guardaban las botellas, las lavaban y almacenaban toda el agua que podía, llevándolas consigo como un pueblo nómada en busca de algún alimento en un desierto inmundo.

    —Estos tomates aún se pueden comer —y al hablar cortaba con su cuchillo los pedazos llenos de pelusa blanca y manchas negras, dejando sólo un triángulo todavía digerible—. Agarren todas las verduras y córtenles las partes malas.

    Un niño igual de flaco que todos, pero de rostro duro y ojos arrogantes salió de entre los niños y ayudó a Kányu a almacenar los tomates que iban cortando en una caja de cartón.

    —No pierdan el tiempo guardándolos, Yéman —dijo Kányu—, coman los que puedan de una vez mientras aún se puedan comer.

    Y bajo su guía, el desolado basurero no parecía un sitio tan terrible. Ánderwo creció ahí, sufriendo y riendo bajo la optimista esperanza de que crecería para sacar a toda esa comunidad de la miseria. Se paseaba entre los destartalados automóviles que servían de casas y miraba a los hombres y mujeres que no paraban un segundo de trabajar en el reciclaje, y sus rostros quemados añoraban y lloraban lágrimas secas que no les humedecían la seca piel llena de polvo. Pese a la malnutrición, esas piernas y brazos huesudos, y esas columnas encorvadas, sacaban una milagrosa fuerza nacida del miedo a la muerte, y al cargar las carretas con sus materiales reciclables se leía en ellos una angustia que les hacía pensar si no sería mejor esperar la muerte. Kányu se había tomado el trabajo de hacer esta realidad menos terrible para los niños, les enseñaba a leer con viejos periódicos y a escribir en cartones viejos, les ofrecía una educación rudimentaria en el conocimiento del mundo para intentar mantener viva su curiosidad y hacerlos conservar cuanto menos un poco de esa ceguera infantil que provoca una mínima alegría ante la vida, la cual ya era imposible tener para los adultos. En vano intentaba Kányu que los padres vieran el lado positivo de ese mundo.

    —Podríamos estar peor —decía casi siempre.

    —Si usté’ lo dice —le respondían sin creérselo de verdad, tan poco les alcanzaba la imaginación para visualizar una vida peor.

    Los días que los adultos regresaban con agua y comida fresca de la ciudad eran el único momento en que podían darse el lujo de un pequeño ocio, en la noche, después del ligerísimo aseo semanal para el que usaban trapos y cantidades minúsculas de agua. Llagas, costras, heridas y salpullidos tenían ahora la oportunidad de ser lavados y desinfectados con un poco del alcohol que también traían de la ciudad. Reunidos todos juntos, rodeados de pilas de metales, muy lejos de la sección de la basura orgánica para mayor comodidad, Kányu contaba historias a la luz de una fogata a los niños, donde era posible ver en sus débiles facciones el espíritu jovial e ingenuo que compartían todos los niños sin importar las situaciones de la vida.

    Una de esas noches, Ánderwo le preguntó a Kányu cómo había llegado al basurero.

    —Yo solía trabajar ayudando a la gente —contó, dejando escapar en su voz tanto nostalgia como rencor—, e intentaba ayudar sobre todo a los niños de la calle. Me enteré un día de las comunidades que trabajan en los basureros, como esta, y me indigné tanto al saber la condición en que los niños tenían que vivir que intenté hacer algo al respecto. Pasé muchos años luchando para que pudieran recibir ayuda, se realizaron protestas y proyectos de calidad para sacar a los niños de aquí, se le presentó al gobernante una petición para brindarles ayuda social a los que vivían en los basureros, pero el tiempo pasaba y no recibíamos noticias de nada. “Su petición está en revisión”, nos decían, “hacemos lo que podemos para analizar su caso”, repetían año tras año. No estaba dispuesto a rendirme, como ya adivinarán, pero, desafortunadamente, mucha de la gente que en un principio colaboró conmigo empezó a cansarse, “no van a hacer nada”, decían, “perdemos el tiempo”. Estábamos atados por todos lados; los orfanatos se negaban a aceptar a niños de los basureros; hubo padres interesados en adoptar a alguno de ustedes, pero a última hora se hacían para atrás; los servicios de ayuda social se rehusaron a proporcionarles ayuda alegando falta de fondos. Fue desesperante ver como todo se estancaba y retrocedía. Me enteré después que había una razón para ignorar esta iniciativa, y es que para el gobierno es más barato que haya gente como ustedes y sus padres haciendo el reciclaje, un trabajo barato en comparación a lo que costaría pagarle a los empleados sanitarios. Sólo hacen arrojar toda la basura aquí y que los niños hagan el resto.

    Yéman levantó su delgado brazo, y preguntó con un ligero tic en el ojo:

    —¿Te molestó eso?

    —Claro que me molestó. Sabía que no me iba a ser posible cambiarlos a ellos, así que decidí cambiarme a mí mismo, por eso vine aquí, para no dejarlos solos.

    No era posible saber si Kányu lograba conmover a los niños o a los adultos. Por bien intencionado que Kányu fuera, la verdad seguía siendo que las enfermedades y las muertes seguían siendo el evento más natural en el basurero, y por más que se lo propusiera, el consuelo que pudiera dar era muy superficial al fin y al cabo.

    Tiempo después, Ánderwo murió aplastado cuando, al pasar por la sección de autos, la gravedad hizo a uno de estos balancearse de su delicado nicho en la cima de su torre.

    Otro intento:

    Ánderwo vuelve a morir en la infancia a causa de otra infección.

    Otro intento:

    Ánderwo muere en una pelea con Yéman a los cinco años. La razón: una caja de panes aún en buen estado que Ánderwo se negó a compartir.

    Más intentos después:

    Ánderwo llega a los ocho años. Kányu es asesinado por unos hombres que un día llegan al basurero. Estos toman el control de los niños.


    ***​


    Nunca supieron sus nombres ni de dónde venían, sólo que sus ropas estaban en una pieza, que no estaban tan sucios, que venían en camionetas y que tenían armas. Hombres altos, dos delgados y tres robustos, dos mujeres de cabello corto, todos siempre con un arma en la cintura. Cada semana venían para llevarse a uno de los niños y niñas. Una de las mujeres, la más morena, con amplias cortadas en el pómulo izquierdo y de pantalón vaquero, inspeccionaba de cerca a los niños y a las niñas que, paralizados, se dejaban tocar las caras y los cuerpos. De vez en cuando la mujer se incorporaba y decía a sus compañeros:

    —Este sirve.

    Inmediatamente uno de los hombres se llevaba al pequeño hasta la camioneta, si intentaba forcejear, le daba una bofetada, y a veces la mujer lo regañaba:

    —No le vayas a arruinar la cara, imbécil.

    A algunos niños y niñas los miraba con desapruebo, incluso asco. Al principio parecía que su criterio de selección era la belleza de los infantes, pero de vez en cuando seleccionaba a alguno que fuera particularmente feo o cuya vista causara gran piedad.

    —Este se va para el norte —decía a sus compañeros, y el pequeño era llevado a la camioneta.

    Nadie sabía a qué se refería con irse al norte, o al centro, o a los antros, y cada vez que se marchaban cundían las lágrimas de los padres y amigos de los ausentes.

    Las primeras veces los padres quisieron darles pelea, pero las armas de aquellos hombres pronto silenciaron para siempre toda protesta, para lo cual tuvieron que morir cinco adultos antes de que el miedo hiciera resignarse a los demás.

    Pasaron los meses y siempre volvían. Niños y niñas que originalmente habían sido rechazados comenzaron a ser seleccionados. A veces para las inspecciones eran obligados a desnudarse, otras veces les hacían levantar pesados ladrillos para que caminaran con ellos a cuestas.

    —¿Quieren salir del basurero? —una vez preguntó la otra mujer, casi una anciana, gorda y de falda larga— Nosotros les estamos dando trabajo a sus amiguitos en la ciudad. Si quieren volver a verlos, cooperen y no lloren.

    Un día, tras examinar a Ánderwo desnudo, la primera mujer parecía tener dudas sobre si aceptarlo o rechazarlo. Llamó a uno de sus colegas:

    —¿Crees que es lo que nos pidieron?

    Tras examinarlo también, el hombre calvo, cuyos párpados del ojo derecho parecían estar fusionados, dijo:

    —Nos pidieron uno circuncidado.

    —Eso lo arreglamos después, pero fíjate en sus dientes.

    —Aún tiene todos los dientes —a la fuerza levantó el labio superior de Ánderwo con el pulgar y el índice

    —Es el único que no los tiene todos amarillos, pero aun así no se notan blancos.

    —No esperarán que encontremos dientes perfectamente blancos en un lugar así.

    —¿Qué hacemos entonces?

    —Llevémoslo, total si no les gusta, siempre está el norte.

    Ánderwo observó de nuevo el basurero a través del cristal de la camioneta, y antes de perderlo completamente de vista, el hombre estaba preparando un cuchillo de cabeza pequeña y se había puesto guantes blancos.


    ***​


    —¡Ten cuidado! —gritó el hombre y dio un manotazo a la pared del coche.

    —No me grites, un idiota se me cruzó —reclamó la mujer.

    —Es peligroso hacer esto ahora, ¿no podemos esperar a llegar?

    —Ya tienes todo lo necesario aquí, ¿para qué esperar?

    —Si le corto mal, nos van a joder.

    —No seas cobarde, sólo hazlo.

    —Como no lo tienes que hacer tú…

    Las manos con el cuchillo, cubierto de alcohol, sujetan la delicada piel. Ánderwo, retorciéndose y llorando, está sujetado firmemente por el otro hombre, el obeso cuya mano sudorosa le cubre la boca y la nariz, el olor amargo del sudor le da náuseas.

    —Ahí voy, sujétalo bien —dijo el calvo.

    El gordo aprieta aún más los brazos; Ánderwo se siente desfallecer por la presión en su pecho y el horror. Afortunadamente, la mujer no encontró nuevo obstáculo o conductores idiotas que se interpusieran en su camino. Simplemente cerró la ventanilla que daba a la parte de atrás, para mitigar un poco los gritos de Ánderwo.


    ***​


    Ánderwo muere días después por la violenta herida.

    —¿Otro intento?

    —Sí.


    ***​


    —No sé cómo es que logré llegar a la edad que tengo ahora. Por todo lo que pasé de seguro habría muerto miles de veces, de manera horrible, antes de tener la oportunidad de llegar a los treinta años, es por eso que…

    Y el discurso siguió, con solemne silencio, mientras los miembros de las Naciones Unidas descansaban las barbillas en los nudillos, miraban con ojos atentos al hombre flacucho de piel acartonada que soltaba su discurso con toda la voz de sus débiles pulmones, tomaban notas, murmuraban entre ellos asintiendo con la cabeza y marcaban en sus celulares. El discurso finaliza. Todos aplauden. El presidente desde su asiento toma el micrófono y dice:

    —Gracias por sus palabras…

    Dice más cosas, pero Ánderwo casi no escucha nada. “Gracias por sus palabras”, como si todo esto fuera poesía.

    En la calle, periodistas quieren entrevistar al hombre que vivió en los basureros. Del tumulto salen flashes y micrófonos que se le pegan a la cara.

    —¿Qué cree que harán los representantes?

    —¿Cree que ha logrado algo?

    —¿Adónde irá ahora?

    —¿Volverá a Danzilmar?

    —¿Qué opina el gobierno de Danzilmar de su presencia aquí esta noche?

    Y entre esas y otras preguntas tontas, que Ánderwo no tiene intención o capacidad de responder, surge un estallido que hace lanzar a todos agudos gritos de pánico, el tumulto se conmocionó y todos se alejaron del cuerpo de Ánderwo, de cuya cabeza surge una fuente de sangre.


    ***​


    —¿Cuántas veces lo has intentado?

    —Tú has de llevar la cuenta mejor que yo.

    —¿Es necesario que lo intentes otra vez?

    —¡Sí!

    —¿Seguro que no quieres hacer algo nuevo?

    —¿Qué podría ser eso? ¿Vas a ayudarme como en el mundo de los adjetivos? Se supone que ni siquiera deberías intervenir.

    —Yo creé las reglas, puedo cambiarlas si quiero.

    —En el mundo de las rocas gigantes también me fue mal y no me ofreciste ayuda.

    —En aquel momento no era mi voluntad hacerlo.

    —Tampoco fue tu voluntad en el mundo de los seres blancos.

    —Así es.

    —¿Para qué me ofreciste volverme Viajero? Todo me ha salido mal, no me siento satisfecho con nada de esto.

    —Son tus propias decisiones las que te han llevado a donde estás ahora, no me quieras culpar por eso.

    —…

    —Ibas bien hasta que decidiste empezar a castigarte.

    —No me estoy castigando.

    —Te la pasas tomando decisiones que resultan en tu sufrimiento una y otra vez. Una realidad de los Viajeros es que para nosotros no existen las consecuencias, no tenemos que tomar la responsabilidad de nada de lo que hagamos; hay demasiados universos, si quieres ser un Viajero debes aprender que no vale la pena invertir emociones en ninguno de ellos.


    ***​


    —… Viajero, no creo lo que dices.

    —No me tienes que creer; tú solo lo descubrirás a su tiempo, así como yo lo hice.

    —Hazme volver a nacer, esta vez como un dios.

    —¿Qué pasó con lo de conseguirlo por la vía difícil?

    —Ya me cansé de intentarlo así; pero antes de continuar, quiero liberarlos del sufrimiento.
     
  11. Threadmarks: Protégenos de los milagros
     
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    10. Protégenos de los milagros

    (Altréu despierta. Méyu está sentada al lado de su cama)

    Méyu: ¿Dormiste bien?

    Altréu: ¿A qué hora llegaste?

    Méyu: Mientras dormías, todo pasa mientras duermes.

    Altréu (incorporándose): ¿Quieres que te cuente adónde viajé?


    ***​


    Hoy vi que me estaba mirando, pero no era como como siempre; era, ¿cómo decirlo?, diferente. ¿No exagerarás, Líe? Zúruk de por sí lo mira todo de manera distraída; no se da cuenta de que sus ojos están en un lugar mientras su mente está en otro. (Líe no levanta la cabeza) No era ese tipo de mirada, creo que era todo lo contrario, ¿Cómo?, Su mente estaba en mí, pero sus ojos estaban a través de mí. (Altréu acerca el cuerpo, curioso) ¿Cómo sabes? (Los ojos de Líe se encuentran con los de Altréu, la oscuridad mantiene las cuatro pupilas dilatadas) [Los ojos de Zúruk, al fijarse en cualquier otra cosa la reflejan como si la expeliera; cuando se encuentran con la figura de Líe, la absorben y no la dejan escapar], No lo sé. (Y Altréu vuelve a apoyarse sobre los codos, truena las vértebras de su espalda). Tréu, ¿crees que puede haber algo más entre amigos? (Tras formular la pregunta, se da cuenta de que Altréu ha adquirido un semblante dichoso, una alegría ajena se escapa por su boca cerrada, pocas veces lo ha visto con una mirada al mismo tiempo tan burlesca y amigable). Eso es algo nuevo para mí, ¿en qué momento empezaron a gustarse Zúruk y tú?


    ***​


    Méyu: Ahora no.

    Altréu (sin borrar la emoción de su rostro): Era un mundo donde todo flotaba en una atmósfera similar al agua, volar ahí era igual a nadar, incluso las estrellas y los planetas estaban sumergidos, imagina que cae un diluvio que inunda el universo por completo, un diluvio auténticamente universal.

    Méyu: Te dije que no me dijeras.

    Altréu (Borra su sonrisa, la boca recta de un regañado. Pasan unos segundos): ¿Por qué sigues viniendo a verme?

    (Méyu no responde. Siempre con un aire de profunda decepción, respira lentamente)

    Altréu: Es obvio que no soportas mi condición; odias en lo que me he convertido, hacia dónde me dirijo. Pero, Méyu, te equivocas tanto conmigo.

    Méyu (Súbitamente): Dijiste que ibas a mostrarme, ¿recuerdas?, decías que tienes pruebas de que lo que te ocurre es algo más que sólo sueños como los que los demás tenemos. Pues bien, muéstrame.


    ***​


    (Suenan los botonazos y los soniditos electrónicos de las consolas portátiles. Yéman muy concentrado, el cuerpo excitado y la mirada fija en la pantallita; Altréu, algo adormilado, relajado en la cama y la mirada volteando a ver a su amigo de tanto en tanto). ¿Te estás dejando ganar, Tréu?, No, Eras muy bueno antes, Tú te has vuelto muy bueno, yo además hace mucho que no practico. (Termina el combate. Yéman lanza un soplido de insatisfacción aunque ha ganado), ¿tienes sed? No, ¿por qué lo supones? Estar aquí encerrado todo el día durmiendo, digo, ¿cuántas veces al día tomas agua? No sé, cada vez que estoy despierto voy al menos una vez. ¿Y cuántas veces al día despiertas? No me he puesto a contarlas, a veces incluso me despierto, veo que hay sol, me vuelvo a dormir y vuelvo a despertar, y todavía hay sol, pero es el sol del día siguiente, veinticuatro horas y cinco minutos de sueño ininterrumpido, tengo la impresión de que sólo dormí esos cinco minutos de diferencia. (Altréu está alegre al hablar, eso preocupa a Yéman), ¿aún tienes tu colección de canicas? (husmea el tocador de atrás). Creo que en el cajón de abajo, no sé si aún existe, hace ya tanto que las saqué. (Mientras habla, Yéman abre el cajón y saca una caja de plástico amarillo empolvada, sacude un poco el polvo, a través del plástico se vislumbra las formas de las canicas, abre la tapa y saca una al azar, es una roja con una franja azul rodeando su ecuador), Oh, recuerdo esa (Altréu se incorpora) [Se alinea antes de lanzar, Yéman hace resoplidos para atraerle la mala suerte, la canica con cinturón azul se ve tan indefensa entre las otras dos cuya imagen se ha perdido con el tiempo, Altréu apunta con una canica igual de olvidada, sólo es nítido el recuerdo de su textura cristalina, un tanto rasposa por una minúscula abolladura que hay en su superficie, resultado de habérsele caído de las manos varias veces, dispara]. (Yéman sonríe nostálgico) Esta maldita canica. No te enojes con la canica, fui yo el que la ganó. [El que pierda —dijo Yéman— escribirá una grosería en la pizarra a la mitad de la clase. Ya vas —dijo Altréu]. (Altréu rio) ¿Cuántos días te dieron? (Yéman la guardó en la caja) Una semana entera.


    ***​


    Altréu (recostado muy quieto, con tono preocupado): Hasta hace unos días (o quizá ayer) estaba bien seguro de que sí podría mostrarte algo. Intenté una y otra vez, pero es más difícil de lo que parece.

    Méyu (sonriendo sospechosamente): Se te cayó el teatro.

    Altréu: Nada de teatro. ¿Acaso pudiste montar perfectamente en tu bicicleta al día siguiente de haber logrado estar en equilibrio en ella por diez segundos? Claro que no, lo sé, yo estuve ahí.

    Méyu : No es cierto; estuviste cuando aprendí a montar la patineta, ya sabía montar bicicleta antes de conocernos.

    Altréu: ¿Ah, sí? (mira el techo). Tenía la impresión de que yo te había ayudado a aprender a montarla.

    Méyu: Pues no.

    Altréu: ¿No fue ese día en el que derrapaste en el parque porque condujiste hacia la banqueta y tropezaste con ella?

    Méyu: Eso fue tiempo después, y me caí porque estaba resbalosa.

    Altréu: ¿No fue porque era tu primera vez?

    Méyu: ¡No! Y no cambies el tema. ¿Me vas a mostrar algo o no?


    ***​


    No sé, dime algo más (Altréu parpadea fuertemente; le arden los ojos). Pues no sé (Zúruk mira por todos lados, como si cualquier cosa le pudiera dar alguna idea para continuar con la conversación), en vacaciones fui con mi familia a Telmánt; aunque no lo creas, mi abuelo preguntó por ti. (Altréu levanta la ceja derecha, hace una mueca forzada con la boca), ¿alguna vez nos conocimos? Claro que sí, ¿ya no te acuerdas?, fue en primero de secundaria, en ese festival multicultural. Alguna imagen me viene, ¿fue donde nos disfrazamos de chinos, vietnamitas, nepalíes? No, no, no, acuérdate, cantamos himnos nacionales. Ah, sí, sí, me vienen algunos sonidos. ¿Te acuerdas de alguno? Fue hace tanto, cantamos tantos, a ver, había uno muy bonito (tararea una nota tras otra. Zúruk escucha, aún en la desafinación logra discernir la tonada que Altréu quiere decir y se emociona), ¡Sudáfrica! ¿Estaba en varios idiomas? Sí, ¿recuerdas algo? Morena…morena boloka… set… set… setjhaba sah eso… eso es todo. Bien, esa era una parte, y ¿qué más? Había una parte muy bella, melódica, la canté una y otra vez, creo que va justo después de lo que ya dije. ¿Cómo va? (Altréu tarareó una vez y luego lo intentó con la letra) O…o… o fedise…. (Zúruk cierra los ojos y toma aire) O fedise dintwa le matshwenyeho. (Los ojos de Altréu se iluminan, se despierta casi por completo, toma aire también y canta con energía) O se boloke… (Zúruk lo acompaña con el mismo ímpetu) O se boloke setshaba sa heso, setshaba sa, South Afrika, South Afrika.


    ***​


    Altréu: Vuelve otro día.

    (Silencio. Méyu se levanta de la silla y se arrodilla a un lado de la cama, se apoya en el colchón como si rezara por un moribundo, excepto que apoya la barbilla sobre los brazos y mira a Altréu a los ojos, como una inquisidora)

    Méyu: ¿Eres feliz en tus sueños?

    Altréu: ¿A qué viene esa pregunta?

    Méyu: Responde, ¿te hacen feliz?

    Altréu (aproxima el cuerpo retadoramente): Supongamos que te digo que no, ¿y eso qué?

    Méyu (desconfiada): Te diría que los dejes y regreses a éste.

    Altréu (riendo): Como si alguna vez dijeras algo diferente. ¿Y si te dijera que sí soy feliz?

    Méyu (muy seria): Te diría lo mismo.

    Altréu (sorprendido): Vaya una pregunta tonta si cualquier respuesta da lo mismo.

    Méyu: Tréu, tienes que entenderlo: Vives en este mundo, no tienes que amarlo, no tienes que venerarlo, pero debes vivirlo, ¿por qué?, porque es TU mundo. No te engañaría diciéndote que aquí estarás mejor, que aquí serás feliz, que aquí está la verdad; sería honesta y te diría que aquí te puede ir peor, que quizá seas más infeliz y que quizás aquí todo sea más mentiras que verdades. Aún si es verdad que dónde estás soñando alcanzarás la felicidad, la plenitud de tu alma y las verdades del universo, aun así tienes que desechar todo eso para unirte al mundo. La felicidad, la plenitud y la verdad no cuentan cuando las consigues fuera de este mundo, con ficciones de ensueño que no habitan aquí, con eventos que no suceden acá. Tréu, ven aquí a sentir lo real, lo que es tanto tuyo como mío.


    ***​


    La costumbre, siempre es la costumbre (Líe mira hacia la nada), pasa el tiempo y observas a alguien haciendo cosas y lo escuchas diciendo cosas, todo normal, uno se acostumbra y la presencia del otro se vuelve rutina, día tras día, uno se expone a cómo es el otro, y si en algún momento están lejos, sucede algún evento y te preguntas ¿qué diría él, qué pensaría, qué haría?, y todo normal, así se hace con todos los cercanos, pero luego notas algo, primero no sabes qué es, y muchas veces nunca lo entiendes, pero ves un algo, un gesto, un tono, la forma de decir una palabra, de moverse en la silla, de mirarte a los ojos, algo en su aspecto te parece que sobresale de entre los demás, te parece que tiene algo de diferente aunque siga viéndose exactamente igual, y te le acercas y se siente algo en la espalda, y te das la vuelta y permanece un rato más en tus ojos, y te dices que le has desarrollado estima, mucha estima, pero luego te empiezas a preguntar ¿qué estará sintiendo ahora?, muestra por un segundo una cara en la cual crees ver un poco de preocupación y sientes que tu mundo se sacude, te preguntas ¿qué le sucede?, luego se ríe y sientes alivio, ves su sonrisa y te parece que tú también sonríes, escuchas su voz y crees que en el fondo siempre te está hablando a ti indirectamente…., y así, y así, no hay mucho más que explicar. (Altréu sonríe para contrastar con la preocupación de Líe) Suena bien, amiga. ¿Tú alguna vez te has sentido así? (Altréu abre la boca; no dice nada; la cierra y ya no está sonriendo, mira hacia la nada), Sí, lo he sentido, en otro mundo.


    ***​


    (Pasan largos segundos de silencio

    Altréu (más serio que Méyu): Entonces es mejor morir.

    Méyu (con repentina alteración): ¿Qué?

    Altréu: Me pides que me cure de mi enfermedad, y a cambio me ofreces otra enfermedad.

    Méyu: ¿Otra enfermedad?

    Altréu (apoyado sobre los codos, casi gritando): La esclavitud.

    Méyu (levantando la voz a la intensidad de la de Altréu): ¿Qué esclavitud?

    Altréu: Resignarme a quedarme aquí en este mundo sólo porque la casualidad me hizo nacer aquí. ¿Le dirías a un danzilmarés que, haga lo que haga, sólo debe hacerlo en Danzilmar porque de casualidad nació aquí?

    Méyu: No seas idiota.

    Altréu: No es una idiotez.

    Méyu: Puedes salir de Danzilmar, hay mucho mundo allá afuera, pero de la realidad no puedes escapar.

    Altréu: ¡Yo sí puedo!

    (Se sostienen las miradas. Méyu poco a poco baja la cabeza, roja de ira).


    ***​


    Tenías otra muy parecida, ¿no? (Yéman busca entre las otras canicas de la caja), una que creo que era plateada con una franja dorada. (Altréu respira hondamente) No, esa tú me la ganaste, ¿recuerdas? (Yéman deja de buscar de repente, hace memoria rodando los ojos hacia arriba, frunce las cejas) Ah, sí, ya me acuerdo (vuelve a relajar la cara), pero no recuerdo haberla tenido en mi casa después de eso. (Altréu se incorporó) Creo que porque lo importante fue la apuesta; recuerdo que en cuanto ganaste la arrojaste entre las tuyas y ya no volviste a sacarla. Es extraño (Yéman se frotó la sien), desde que supe que la tenías siempre quise tenerla, pero después ya no la vi, debe de seguir en mi casa en algún lado. (Yéman mira a Altréu, éste tiene una cara rara, como si estuviera sentado en una silla muy incómoda, con los ojos arrepentidos y avergonzados. Entiende a qué se debe esa cara e inconscientemente trata de imitar su expresión) ¿Estás pensando en ese día? [—¿Vas a apostar la dorada? —Yéman sacude su bolsa de canicas. —No la voy a perder —sonríe Altréu. —¿Qué castigo tendrá el que pierda? —No, sé, yo elegí la otra vez, te toca. —Ya sé —Yéman sonríe con malicia—, el que pierda tendrá que confesársele de broma a Méyu. (Altréu levanta la cabeza con cara de tonto) —¿Eh?] Yo lo decía como broma (Yéman ríe dejando salir aire por la nariz), tú lo aceptaste. Sí, lo acepté (Altréu se recuesta), acepté.


    ***​


    Altréu (sonriendo maliciosamente): Es curioso que dijeras “no podemos escapar de la realidad”, como si reconocieras que somos esclavos de este mundo. Méyu, no quiero que pienses que estoy enojado contigo; nunca podría hacer eso, es sólo que, ahora que me está pasando todo esto, no puedo sólo permanecer en un mundo, no puedes exigirme que renuncie a mi libertad para ser un esclavo aquí.

    Méyu (muy seria): ¿Eres libre?

    Altréu (un poco contrariado): Ahora mismo no, porque estoy despierto.

    (Méyu se indigna)

    Altréu: Méyu, creo que me tienes un poco de envidia.

    Méyu (ríe con aire distante, ofendida): ¿Envidia de qué? ¿De que estas desperdiciando tu vida real en tus sueños?

    Altréu: Tienes envidia de que tengo la habilidad de escapar. Estás resignada a lo que entiendes del mundo, te has vuelto como el cangrejo que quiere evitar que otro cangrejo salga de la cubeta, diciéndole: “No existe el afuera de la cubeta, todo lo que existe está aquí dentro, y sólo lo que hay aquí dentro es importante y valioso, incluso si existiera algo más afuera”. ¡Pero yo soy la prueba!, Méyu, soy la prueba de que es absurdo pretender que la verdad se divide en realidad y ficción; no hay realidad, hay realidades, vastísimas e inabarcables, y quieres mantenerme en solo una de ellas porque soy el único cangrejo capaz de trepar por la cubeta; ¡no soportas eso, piensas que no es justo que sólo un cangrejo pueda darse el lujo de irse mientras que los demás deben seguir de rodillas con los pies clavados en la cubeta!

    (Méyu se levanta, mira hacia abajo al rostro de Altréu con una expresión que es al mismo tiempo enojo, tristeza y lástima, negando una y otra vez con la cabeza)


    ***​


    (Cantan los dos)… Aura pour devise immortelle: le Roi, la Loi, la Liberté! Le Roi, la Loi, la Liberté! Le Roi, la Loi, la Liberté! (Callan y ríen) ¿Alguna vez supiste lo que decía la letra? (Zúruk se encoje de hombros) Sólo nos la aprendíamos de memoria; si supe algo, ya lo olvidé. (Pasan unos segundos. El ambiente poco a poco vuelve a tornarse calmado, silencioso y sombrío) Oye, Zúruk, ¿cómo es que tu abuelo se acordó de mí, si solamente nos vimos una vez y muy como si nada? No lo sé; él tiene una gran memoria, si le extrajeran los genes, de seguro encontrarían la cura para el alzhéimer; lo recuerda todo, siempre nos sorprende cuando de repente se pone a hablar de cosas que sucedieron o existieron hace muchos años, recordaba incluso el nombre del pescado dorado que tuve a los seis años, que murió a las tres semanas, y él fue el único al que se le acordó; con todo y que dijo el nombre en vacaciones, yo ya lo he olvidado de nuevo. (Altréu se ha acostado de nuevo, sus párpados vuelven a verse pesados) Bueno, y ¿qué le dijiste de mí? (Zúruk se queda en silencio unos segundos, luego adquiere un tono conmovedor) Le dije que estabas enfermo, me preguntó de qué y le respondí que narcolepsia, un caso grave de narcolepsia, y que (se detiene un momento, prosigue esperando que Altréu no se moleste) al parecer has perdido la esperanza de curarte, que no intentas salir, que ya casi no nos ves, que estás cómodo en tu cama y que te vas alejando del mundo. (Altréu no se inmuta; mira a Zúruk tranquilamente, con una media sonrisa) Buena descripción de mí. Luego me dijo (Zúruk se siente menos inhibido al ver la tranquilidad de su amigo), más bien me pidió que te dijera algo en su lugar, no me preguntes por qué quiso hacerlo, sólo me dijo que te dijera que: hay un hermoso mundo allá afuera; dormido no se disfruta la vida. (Altréu sonrió complaciente) Gracias, amigo, mensaje recibido.


    ***​


    —Ya no volveré, Tréu —dijo Méyu.

    Altréu no respondió. Entrecerró los ojos retadoramente y luego adquirió un semblante indiferente y frío. Méyu guardó por siempre en la memoria ese nuevo rostro de Altréu, tan blanco, áspero y estático como una máscara de yeso; la boca congelada en una línea casi totalmente recta, los labios casi desaparecidos, tragados por la hendidura de la boca; los ojos paralizados en un punto a la distancia, apenas pestañeando, parecía que hubieran perdido lo blanco y que sus negras pupilas estuvieran rodeadas por materia acuosa de color gris. Méyu sintió un escalofrío en la espalda, y no sólo porque Altréu había adquirido la imagen de un muerto que mira a los vivos con lástima, sino porque algo se había movido detrás de ella, algo ligero, inestable, cuyo sonido al moverse hizo aparecer en su cabeza la imagen de algún insecto de canto viscoso y húmedo. Lentamente viró el cuerpo. Frente a sus ojos había una masa transparente que deformaba la luz de la ventana que tenía detrás, un orbe que se convulsionaba y se negaba a mantenerse esférico, haciendo esfuerzos por salir de sí mismo. Tembló, retrocedió, tropezó con el borde de la cama y cayó sobre el abdomen de Altréu, quien no se inmutó y continuó viendo aquel espectro líquido con la misma expresión de antes. Méyu rápidamente rodó los ojos hasta el vaso de agua que estaba en la mesa, delante de la cual se había sentado: ahora estaba vacío. No se puede saber cuánto tiempo contemplaron aquella burbuja en esa posición; Méyu derrumbada sobre Altréu, clavándole el codo en el abdomen, la otra mano tapándose la boca; Altréu congelado en su nueva expresión sin apenas vida. ¿Diez, treinta, cuarenta segundos? ¿Uno, tres, cuatro minutos? ¿Media hora? Cada uno lo sintió a su manera, y el reloj de la pared les dio la razón a los dos.

    Entonces también hubo un cambio repentino en Méyu; se levantó sin dejar de observar la masa de agua, pero no había terror en su cara; su capacidad de asombro se durmió, cayó en un sueño tan profundo como los de Altréu, miró el orbe como quien mira el picaporte de su puerta, su cepillo de dientes o las hojas de los árboles que hay que rastrillar. Se posicionó en frente de Altréu, a sus pies, y sus ojos también habían perdido su brillo y estaban congelados, parecía una ciega de enormes pupilas que puede verlo todo excepto lo que tiene en frente de su cara.

    —Voy a morir, Méyu —dijo Altréu, con una voz apagada, una firme resolución sin apenas energía—, moriré de una vez para librar a todos de mí y para librarme a mí mismo de todos. —Méyu no cambió la expresión de su rostro; se limitó a bajar un poco los ojos para ver a Altréu a la cara, pero su cabeza seguía en alto con soberbia; no parpadeaba—. Eso que tú llamas ficciones ha tenido un mayor impacto en mí que cualquier cosa que me haya sucedido en esto que llamas realidad. A partir de ahora, ya no haré nada que le impida a la muerte venir por mí. —Hubo un momento de silencio; ninguno movió ni un músculo ni cambió su expresión en lo más mínimo. Al final, Altréu sentenció—: Moriré.

    Méyu salió de esa habitación y de esa casa tan rápidamente que, para la conciencia de Altréu, que desvariaba y viajaba entre todo tipo de recuerdos y sensaciones, fue casi como si hubiera desaparecido. Ella estaba en frente de él, nítida y paralizada; luego, una imagen fantasmagórica de su espalda alejándose pausadamente, cada tres o cuatro pasos aparecía una foto de ella cada vez más lejos hasta llegar a la puerta; al final, un horrible portazo, lleno de todo el furor que Méyu no podía expresar por sí misma, le hizo sentir una violenta sacudida. El orbe de agua cayó muy lentamente sobre el escritorio, despedazándose y desperdigando pedazos de agua sobre los libros, los utensilios de escritura, la caja de las canicas y la lámpara. Al mismo tiempo, Altréu cayó dormido.
     
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  12. Threadmarks: Más grande que los dioses
     
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    11. Más grande que los dioses

    Abre la puerta y entra.

    (Comida, baño, cama. Sábana, sopa, jabón. Sueño, hambre, limpieza) ¿Cómo, duermo o me baño? (Poca energía para hacer las tres. Son sólo las diez) (Dolor de hombros, rodillas, espalda y cabeza).

    Ve hacia el baño.

    (Pegajosidad del sudor) Ya no la aguanto.

    Cierra y báñate.

    Termina, sal y ve a la cocina, detente a la mitad y mira hacia tu recámara.

    ¿Comer o dormir? (El estómago reclama comida, el cerebro reclama descanso) Si tan sólo pudiera dividirme (La cama y la cocina, dos planetas disputándoselo con su potente gravedad).

    Que gane la cocina. Abre el refrigerador y saca tus sobras de draohi de pasta con carne de hamburguesa.

    [—¿No te quedas a ver lo del dírua? —pregunta Kányu.

    —No, estoy cansado. Me avisan qué encontraron.

    —Bueno.]

    No dirán nada, se quedarán la droga para ellos. (Carne con pasta fría, pereza y hambre para calentarla, recibe la boca un bocado, una droga para el hambriento estómago. El sueño pierde gravedad).

    Ve a la sala, siéntate en el sofá, mira la hora.

    (Las diez y cuarto) Ya debe andar a la mitad.

    Prende la televisión.

    (Ánderwo flotando en el espacio con el mundo a sus pies, su enorme rostro aparece en todas las pantallas, en todos los titulares bajo el título: Dios se hace presente al fin. Un duplicado de él a escala humana se entrevista con el presidente de Danzilmar. Dice: pondremos todos de nuestra parte, ni yo les hago todo ni les dejo hacerlo todo; si funciona, todos salen ganando; si no colaboran, algunos saldrán muy mal) (Qué asustado se ven el presidente y su gabinete. Risa) Muy bien. (Cambia la escena; están en un pueblo miserable junto a uno de los basureros. Otro alter ego de Ánderwo habla a los pueblerinos: si todo sale bien, el gobierno comenzará brindarles ayuda de manera justa; repartirá las riquezas como debe ser, pero no deben pensar ni por un segundo que se trata de una limosna que viene sin precio; no tendrán dinero gratis; lo pagarán educándose, trabajando justamente, dejando de ser pobres de espíritu…)

    Mira el portafolio que arrojaste sobre el sofá mientras el capítulo continúa. Deja tu plato un momento y arrastra el portafolio hacia ti, ábrelo y saca el libro que acabas de comprar. Sostenlo frente a ti, siente su plástico y su ligereza. Mira alternativamente la pantalla y el libro (¿serán similares?).


    ***​


    —¿Entonces no es usted un dios? —pregunta el presentador.

    —Soy un viajero de otro universo paralelo que tiene los poderes de un dios, por llamarlo de algún modo —responde Ánderwo.

    —¿En su universo no tenía los poderes de un dios?

    —No. Era indistinguible de cualquier otro ser humano, igual que ustedes.

    —¿Y cómo adquirió los poderes de un dios?

    Ánderwo duda por un momento qué contestar. En el público ve rostros expectantes, temerosos y hasta angustiados, invadidos por una emoción negativa, alertas al peligro tanto físico como ideológico.

    —Es inevitable que suceda —dice Ánderwo con convicción—. Los teístas no suelen cuestionarse de dónde obtuvieron sus poderes los dioses en los que creen; dan por hecho que siempre existieron así y ya. Pero algunas veces se puede llegar a ese nivel de otras formas. En mi caso, otro viajero me ofreció modificar mi naturaleza para asemejarme a lo que muchos entienden como dios.

    El público empieza a murmurar hostilmente y negando con la cabeza, los brazos cruzados o de pie como si amenazaran con irse.

    —Tal parece que al público le gustaría hacerle algunas preguntas —dice el presentador, algo nervioso—, pasen por favor el micrófono.

    Casi todo el auditorio levanta la mano. El micrófono es llevado a una mujer de unos cuarenta años, muy delgada y que parece estar a punto de tener un colapso nervioso.

    —Señor Ánderwo, creo recordar que en otra ocasión ya ha dicho que usted no fue el creador de este universo, ¿no es verdad?

    —Es verdad —dice Ánderwo—, yo sólo estoy de paso, no tuve que ver con nada de este universo antes de mi llegada.

    —Entonces —continua la mujer—, ¿ha tenido usted contacto con el dios que creó nuestro universo? Y si lo ha hecho, ¿cuál es ese dios?

    —Yo no he percibido a ningún otro dios en este universo desde que llegué.

    Se produce una gran conmoción en el auditorio, muecas desaprobatorias sueltan risas nerviosas y se incrementan los ánimos por participar en las preguntas.

    —¿No siente al dios Áikan? —pregunta la mujer, titubeando.

    —No siento a ningún otro dios —sentencia Ánderwo.

    El micrófono es llevado hasta un joven algo gordo, de lentes y con aires de intelectual.

    —Probablemente no lo ha sentido porque estrictamente hablando usted no es un dios; el dios Áikan es inmaterial, omnisciente, omnipresente, fuera del espacio-tiempo, por eso ni siquiera usted puede sentirlo.

    —No creo que lo que implicas sea correcto —dice Ánderwo—, todas esas características que le ha atribuido a ese dios Áikan las poseo yo mismo. De hecho, son características muy raras, sobre todo la de estar fuera del espacio-tiempo, ¿qué significa eso? No hay un solo “espacio-tiempo”, hay infinitos, siempre se está dentro de uno.

    —¿Está usted ahora mismo en todos lados? —pregunta el de lentes, a la defensiva.

    —Sí, ahora mismo estoy en cada rincón de este universo; estoy en el centro de la galaxia, en la estrella más lejana, y dentro del cajón de plástico con el mango verde donde guardas tus libros.

    El gordo respira intentando calmarse.

    —¿Es usted omnipotente?

    —Depende de cómo definas la omnipotencia.

    —¿Puede usted crear vida?

    Ánderwo levanta la mano con la palma hacia arriba, en ella aparece un caballo en miniatura que coloca en el suelo, el caballito se queda caminando frente a los pies del mudo presentador. La audiencia forma un extraño contraste entre los que han perdido el habla y los que no dejan de lanzar exclamaciones de asombro y terror. El intelectual se queda paralizado de pie.

    —Pero esto prueba poca cosa —continua Ánderwo—, si me pides que realice una contradicción lógica, no podría hacerlo; aún no llego a ese grado de poder.

    Un joven de muy brillante cabello negro le arrebata el micrófono al gordo.

    —¿Usted, con su omnisciencia, está absolutamente seguro de que en este universo no hay ningún dios Áikan? —pregunta haciendo pausas entre frase y frase.

    —Ahora mismo lo sé todo en este universo —contesta Ánderwo—, conozco cada secreto, cada detalle y cada misterio en sus aspectos más específicos, y en ningún lugar veo a ningún otro dios.

    La conmoción continúa. El mismo joven vuelve a preguntar:

    —Es posible que el dios Áikan sea tan poderoso que ni usted lo pueda detectar.

    —Es una posibilidad, pero ¿qué clase de dios sería este que, incluso habiendo un invitado en su universo, no sale a darme la bienvenida?

    Una mujer al borde de la histeria le pide el micrófono al joven.

    —¿No tiene miedo de que nuestro dios se enoje de su presencia en el universo que él creó?

    —Pues, como no parece existir, no me asusta. Pero incluso si resulta que salió de vacaciones y está a punto de volver, no me preocupa. Podría defenderme de él; he matado dioses antes.

    Esta vez el alboroto es tal que el presentador se queda congelado en su asiento, y aunque intenta calmar a su audiencia, no logra que dejen de parecer sedientos de sangre.

    —Siendo honesto —dice Ánderwo, ya harto—, no creo que me sea difícil matar al dios que haya creado este universo. Mírenlo, quien lo haya creado es un completo incompetente, parece un universo creado por un mal estudiante de una mala escuela de dioses, yo podría crear algo mucho mejor.

    Las emociones están tan altas por esos comentarios que deciden cortar la transmisión.


    ***​


    Desde el espacio Ánderwo contempla el planeta, a plena vista de todos sus habitantes.

    “Los dioses que invaden universos ajenos no siempre son bienvenidos”, dice el Viajero.

    “¿Qué has hecho tú en estos casos?”, pregunta Ánderwo.

    “Lo que mi voluntad me dicte; a veces me voy, otras veces modifico el universo a mi capricho, otras veces lo destruyo. Si hay otro dios, a veces lo mato en frente de sus creaciones, o me hago su amigo. Escoge lo que harás”.

    “Dime, viajero, al principio no podía soportar tener la responsabilidad por el bienestar de un universo, pero ahora que estoy aquí, siento que me está dejando de importar”.

    “Sí, es normal. El mundo que nos produce tanta simpatía o lástima cuando somos mortales, muchas veces, nos empieza a parecer tan ajeno y distante cuando somos dioses. Muchos escogen vivir un tiempo entre ellos para recordar por qué los quieren, o por qué deberían hacer algo de ellos; pero cuando regresan a ser dioses les han perdido todo afecto. Es decir, nosotros estamos acá, ellos están ahí, prefiero quedarme en este estado para no sentirme encadenado a ningún ser de naturaleza más limitada”.

    “No hay deber implícito entonces; no hay responsabilidad”.

    “No la hay”.

    Ánderwo permaneció unos cuantos milenios custodiando la tierra desde su posición, mirando cada rotación como si ocurriera en unos pocos segundos. El mundo no mejoraba en manos de sus habitantes, ni siquiera bajo su estricta vigilancia. Los seres que lo habitaban parecían haberse obstinado en no hacerle caso a un dios invitado de otro universo, y si tenían miedo de su eterna presencia en el firmamento, actuaban como si no les importara. Una noche, el universo entero perdió su negrura y se volvió todo blanco, desapareció el sol, la luna y las estrellas como borradas de la hoja de un dibujante. Ánderwo no se había movido lo más mínimo, pero todos sabían que el borrado del universo era obra suya. Intentaron continuar con sus vidas normalmente, pero descubrieron que ya no podían morir, que ya no sentían hambre ni sed ni sueño, ya no sufrían y se encontraban en un estado de excitación emocional que, paradójicamente, les producía un estado de relajamiento como nunca lo habían sentido. Se miraron todos con otros ojos, una nueva conciencia que aún no sabían explicar se había instalado en sus mentes, y fueron capaces de comprenderse los unos a los otros, de mente a mente, como si compartieran un solo cerebro, pero al mismo tiempo no existía nadie más que uno mismo; todos estaban encerrados en su propio yo, pero con la capacidad de conocer los yos de los demás. Ya no se hablaron, ya no convivieron, no festejaron, no se ayudaron ni se perjudicaron. No eran felices; ya no necesitaban serlo. Salían a caminar, miraban la blancura del cielo y murmuraban, y todos sabían lo que los demás pensaban, pero lo sabían manteniéndose ajenos, comentando y criticando sin provocar reacciones emocionales. Las emociones en ellos fluían, pero era como si fuera un flujo que pudieran controlar a voluntad, deteniéndola por completo o dejándola correr en cascada, todos siempre ocupados de las suyas sin que las de los demás interfirieran. Ese estado del mundo duró unos cuantos años. Luego, Ánderwo volvió a dejar el universo como estaba, regresando los seres de ese planeta a su estado anterior. Sentían como si se hubieran vuelto a dormir después de una muy larga vigilia. Cuando levantaron la vista, el dios Ánderwo ya no estaba, y contemplaron de nuevo las estrellas sin que nadie los estuviera vigilando.


    ***​


    (La cima de un acantilado gris. Debajo está el mar, donde fuertes olas golpean las rocas)


    Abraxas

    Escucha, Ánder. Cuando mi padre creó el bien y el mal en mi universo creyó que le hacía un favor a sus habitantes. Se dio cuenta de que elegir era una tarea muy difícil para ellos, crear su propio sistema de moral provocaba más violencia y conflictos que paz. Unos pueblos decidieron que determinadas reglas eran necesarias para lograr un equilibrio social que les permitiera prosperar; otros pensaban que esos mismos mandamientos no sólo no eran beneficiosos, sino absolutamente perjudiciales. Proliferaron las moralidades más diversas, sin más estándar que lo que provocara resultados satisfactorios para cada sociedad. Ahora, ¿qué entendían por satisfactorio? Nadie podía definirlo con exactitud y de manera satisfactoria para todos, jajaja. Para muchos, el objetivo era la eliminación del sufrimiento innecesario; todo aquello que ocasionara sufrimiento innecesario era considerado perjudicial y, por lo tanto, inmoral. Otros decían que el enfoque de la moralidad debería estar enraizada en el servicio al prójimo, a costa de negarse a sí mismo, y vivir esencialmente para el resto, para el prójimo, para el país, para el mundo; y todo lo que se centrara en sí mismo era inmoral. Otros pensaron que lo satisfactorio era tan subjetivo que no era posible crear un sistema moral universal, pero admitían que vivir en un mundo donde cada quién considerara bueno o malo lo que quisiera no podría sostenerse. Muchos decían que era necesario encontrar un criterio objetivo para la moralidad, uno que no tuviera como epicentro la condición humana sino que la superara, una moralidad que los trascendiera como si estuviera escrita en las entrañas del universo. Pero dicha moralidad objetiva no fue encontrada. Fue entonces cuando mi padre intervino. Vio la lucha espiritual de los seres de nuestro universo y decidió crear una moralidad objetiva basándose en su propia palabra y autoridad. De un día para otro, separó lo bueno de lo malo y puso una barrera infranqueable en el centro, dio a conocer esta moralidad a los seres y la integró en sus mentes. A partir de entonces se acabaron las discusiones; todos estaban contentos por tener una moralidad objetiva que sólo debían escuchar y obedecer. Ante cualquier duda no tenían que hacer más que mirar en la moralidad objetiva que tenían implantada en su interior para decidir si se trataba de algo bueno o malo. No había espacios grises; malo o bueno, eso era todo.


    Ánderwo

    Suena a un mundo sencillo. Pero supongo que no estuviste satisfecho con eso. Yo no lo habría estado.


    Abraxas

    Claro que no lo estuve. Pocos de esos seres se dieron cuenta de la estafa que había ocurrido, que en un intento por deshacerse de una moralidad subjetiva creada por ellos, optaron por una moralidad subjetiva creada por mi padre, y él no tuvo reparo en presentársela como objetiva. Debemos aclararlo, él no tenía ninguna razón para decidir que, por ejemplo, matar a alguien sea objetivamente malo; el asesinato tiene nula consecuencia para nosotros dado nuestro estado, lo mismo con cualquier cosa que resulte en sufrimiento, por lo tanto dictaminar que matar o hacer sufrir a los demás es objetivamente malo fue completamente arbitrario, lo que hizo fue tomar algunos de los postulados de los que defendían la moralidad en torno al sufrimiento innecesario y le hizo unos cambios para hacerla menos flexible.


    Ánderwo

    ¿Abogabas porque crearan una moralidad subjetiva?


    Abraxas

    ¿Por qué otra cosa iba a abogar si hasta la moralidad objetiva de mi padre era claramente subjetiva?


    Ánderwo

    Claro. En nuestro estado de trascendencia, donde el sufrimiento es inocuo, no podemos usarlo como medida para distinguir lo bueno de lo malo. La empatía es también algo que hemos superado, por lo que incluso el sufrimiento ajeno ha dejado de ser fuente de motivación.


    Abraxas

    Cuando casi destruyes el primer universo al que viajaste, te sentiste muy culpable porque no supiste hacerte responsable de tu nuevo estado, ¿no es cierto?


    Ánderwo

    Tal vez. Pensaba que era injusto aprovechar esta oportunidad que se me dio para ponerme por encima de los seres que no podían hacerlo. Aún ahora una parte de mí quiere hacerse responsable, pero otra quiere alejarse de esta responsabilidad.


    Abraxas

    La responsabilidad es fuente de miserias. Cuando mi padre quiso abandonar su universo, yo tuve que elegir entre irme también o quedarme para seguir manteniendo la moralidad objetiva de mi padre. Decidí quedarme, pero cambié su idea de moralidad objetiva e hice evidente a todos los seres su naturaleza innegablemente subjetiva.


    Ánderwo

    ¿Volvieron a la subjetividad?


    Abraxas

    En su mayor parte sí. Les dejé una única regla antes de abandonar mi universo, una regla que, pese a ser estrictamente subjetiva, la hice pasar como objetiva a medias; más que una regla, una idea fija sobre la cual ellos deberían debatir para comprenderla bien y cumplirla, lo cual les llevaría de nuevo a luchas ideológicas, pero que sería necesaria para que encontraran por sí mismos su camino en la vida, sin necesidad de que haya dioses cuidándolos.


    Ánderwo

    ¿Qué regla fue esa?


    Abraxas

    “Luchen, en la medida de lo posible, contra todo aquello que les impida algún día volverse dioses”.


    Ánderwo

    Suena a que van a estar discutiendo sobre eso por un largo tiempo.


    Abraxas

    Ese era mi objetivo. Hay por ahí muchos dioses que quieren la sumisión de sus criaturas, hasta el punto de demandar de ellos dependencia absoluta, mantenerlos por siempre en un estado de niñez en el que no puedan hacer nada si así no lo ha determinado su voluntad. Pero a mí no me gusta eso; preferí que mis criaturas fueran independientes de mí, que su felicidad y el curso de sus vidas no tuviera que ver con lo que yo quisiera, que se hicieran dioses por su propia mano.


    Ánderwo

    En el mundo del que te hablé, que intenté cambiar desde la más grande miseria, hay muchos a los que les gustaría que un dios simplemente llegara para acabar con su sufrimiento, un deus ex machina.


    Abraxas

    Cuando eres un viajero que gusta de ser como un dios de vez en cuando, es inevitable provocar deus ex machina por el camino.


    Ánderwo

    Si elimino el sufrimiento de ese mundo, haré un gran bien desde su punto de vista; pero en mi caso, que soy un Viajero, no puedo seguir pensando en términos de bien y mal, sino que haga lo que haga será en términos de mi voluntad.


    Abraxas

    ¿Por qué es tu voluntad terminar con el sufrimiento de ese mundo?


    Ánderwo

    Temo que aún posea dentro de mí sentimientos de empatía, lástima y tristeza por aquellos que sufren.


    Abraxas

    Si es tu voluntad poseer empatía, lástima y tristeza, entonces no hay problema alguno. Hagas lo que hagas, procura que sea de tu honesta libertad y voluntad, y no porque esos sentimientos te posean y te esclavicen. O no me hagas caso, ¿quién soy yo para decirte las razones para hacer tus cosas?


    Ánderwo

    El orgullo también es una buena razón para querer eliminar el mal. Puedo decidir ser orgulloso, y con eso hacer que ellos mismos eliminen su propio sufrimiento, con ayuda mía, que será poca en comparación.


    Abraxas

    Eso se vale, desde luego. Pero, obviamente, la voluntad es maleable; la táctica que te hayas propuesto puede aburrirte de un momento para el otro. Aún si adelantas el tiempo para ver de inmediato los frutos de tu obra, puedes encontrarte con que ya no te satisface y quieras volver a hacerlo todo del modo difícil, ahora sólo para entretenerte.


    Ánderwo

    Inevitablemente.


    Abraxas

    ¿Qué harás entonces?


    Ánderwo

    Me revelaré ante ellos, les seré de guía durante un tiempo y esperaré. Si poca cosa sucede, improvisaré.


    ***​


    Te vencerá el sueño cuando inicien los créditos finales. Tumbado en tu sofá, con el libro en tu mano y el pulgar marcando la hoja del primer capítulo. Sólo alcanzaste a leer la primera línea: “De entre todas las maneras que existen de convertirse en Viajero…”.
     
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  13. Threadmarks: Preparativos para un viaje
     
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

    Virgo
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    16 Agosto 2012
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    Escritor
    Título:
    ParalefikZland: Alter Ego
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    21
     
    Palabras:
    5540
    Segunda parte

    12. Preparativos para un viaje


    —¡Aléjala, aléjala!

    —Calma, Méyu. Es sólo una babosa.

    El cuerpo gelatinoso, gris brillante como un tren membranoso, muy cerca de la cara de Méyu.

    —¡Me da asco!

    —Ah, está bien —Altréu aleja la mano, la babosa deja su lenta huella húmeda—. Eres una cobarde.

    —¿A ti no te da cosa agarrar una babosa con las manos? —Méyu se destapa la cara.

    —Qué va, es divertido. Creo que me la llevaré y la pondré en un frasco.

    Caminan saliendo del parque, la babosa pegada a su mano. Méyu la mira temerosa y asqueada. Altréu se da cuenta.

    —Ya sé —dice jovial—, te voy a regalar esta babosa en tu fiesta de mañana.

    —¿Eh? ¡No lo hagas!

    —Si la mantienes encerrada en su frasco y la contemplas todos los días, quizás te acostumbres a ella y le pierdas el miedo, sólo recuerda ponerle hojas frescas de vez en cuando.

    —Si me la das, lo primero que haré será matarla con sal.

    —No lo harás.

    —¡Sí lo haré!

    —No eres tan cruel.

    —Es asquerosa.

    —Si te acostumbras a ella, verás que no lo es tanto. Además, mira su color y dime si no tiene cierta belleza.

    Méyu mira un momento pero aparta la mirada, siente una babosidad en la boca y hace un gesto de asco.

    —Ya lo decidí, esta babosa será mi regalo de cumpleaños para ti. Sólo prométeme que la mantendrás viva una semana, y si al cabo de ese tiempo aún te parece repugnante, yo mismo te ayudaré a matarla.

    —¡Que no la quiero!

    —Sólo una semana.

    Llegan a la calle, esperan que cambie el semáforo.

    —¡Que no!

    —Vas a cumplir doce años y aún no superas este miedo tan tonto, ¿cómo esperas enfrentarte a cosas más feas en la vida si no puedes ni ver una babosa por una semana?

    Méyu reiteró mil veces que no la quería, y Altréu por fin dejó de insistir cuando el semáforo cambió de luz.


    ***​


    —Gracias por venir, chicos —dijo la señora Déla.

    —¿Sigue en su cuarto? —preguntó Líe.

    —Hace días que no lo he visto salir —solloza—, no quiero entrar y ver que todavía está dormido, no puedo seguir viéndolo así. Por favor, intenten hacer algo, que salga.

    —Lo haremos, señora —dijo Zúruk.

    —¿Méyu no vino?

    —No nos contestaba —dijo Líe—, luego le avisaremos.

    —Ojalá pudieran venir los cuatro juntos.

    Los tres entraron en la habitación de Altréu. El aire estaba más pesado que de costumbre, la oscuridad densa, como si la luz que entraba por la ventana estuviera aplastada por ella. En la cama, el cuerpo pálido y delgado de Altréu estaba como en un trance entre el sueño y la vigilia; los ojos cerrados, la respiración acelerada, movimientos laterales de cabeza como sacudiéndose algún insecto que le rondara la cara, la piel de la cabeza parecía ceñirse a la forma del cráneo. Aquella imagen asustó a los tres amigos.

    —Tréu —dijo Yéman acercándose, con un tono de triste sorpresa.

    Altréu abrió de repente los ojos, exaltado por oír su nombre, y los miró a los tres como un campista extraviado que escucha a lo lejos la voz de sus rescatistas, y sonrió, auténticamente agradecido, por un pequeño instante, pero de inmediato apretó los ojos y la boca y dejó caer la cabeza hacia un lado, su expresión volvió de nuevo a su letargo inexpresivo. Yéman se colocó delante de la cama, Zúruk a la derecha y Líe a la izquierda.

    —Tréu, ¿qué te has hecho? —dijo Líe, afligida.

    Altréu no contestó. Si no hubiera sido por su respiración, habrían jurado que había muerto con los ojos abiertos.

    —Te mueres, amigo —dijo Yéman.

    No hubo respuesta.

    —¿Por qué no nos hablas? Tréu, ¡Tréu!

    Nada. Empezaron a preocuparse seriamente.

    —No tiene caso —dijo Zúruk—, está muy débil para hablar. En lugar de llamarnos a nosotros debieron llamar una ambulancia.

    La cabeza de Altréu, que encaraba hacia Líe, dio unos pequeños saltos negativos. Líe primero se sorprendió, luego se sintió colérica

    —Tréu, ¿te quieres morir? —exclamó.

    Sin respuesta.

    —Contéstame, tonto. ¿Te quieres morir de hambre y sed, después de todo el tiempo que tuvimos que mantenerte vivo?

    —Líe, no grites —dijo Zúruk, trémulo.

    Resoplando, Líe se arremangó la pierna derecha, la apoyó sobre la cama y dejó a la vista de Altréu una cicatriz desde la rodilla hasta la mitad de la tibia, adornada aún por vestigios de puntadas.

    —¿Recuerdas esto?, ¿eh? Al día siguiente de cuando te desmayaste por primera vez, te volvió a pasar cuando bajábamos la escalera. Yo iba delante de ti; tu cuerpo cayó sobre el mío. A duras penas logré sacar fuerzas para no perder el equilibrio por tu peso, pero luego no pude y tu cuerpo me hizo caer bruscamente de rodillas sobre el borde del escalón. ¿Recuerdas? Lloré como una bebé, pero estaba contenta de que al menos había evitado que te rompieras la cabeza.

    No hubo reacción.

    —¡Di algo!

    —Líe, ¡no grites! —gritó Zúruk.

    —Iré a decirles que llamen a una ambulancia —dijo Yéman antes de desaparecer de la habitación.

    Altréu movió los ojos y aterrizaron en la herida de Líe, se quedó ahí unos segundos antes de volver al letargo.

    —Tréu, no podemos dejarte en este estado —dijo Zúruk—. Volveremos a hablar cuando te hayan curado, ¿verdad, Líe?

    Ella miró a Altréu por unos segundos. Luego respiró profundamente, se tapó la pierna y la bajó de la cama.

    —Sí, que se encarguen de ti primero. Te conectarán una sonda o algo para evitar que te mueras. Pero vivirás.

    Yéman regresó, pero se encontró con Líe caminando en dirección contraria.

    —¿A dónde vas?

    —Él se rehúsa a hablar con nosotros, ya gastamos mucho tiempo en él como para que nos quiera hacer esto.

    —Zúruk —Yéman volteó a verlo buscando apoyo, pero en él también había cansancio y un aire de rendición.

    —No me gusta nada, Yéman, pero en parte estoy de acuerdo con Líe.

    Yéman miró a los dos con desaprobación, atónito y decepcionado.

    —¿Van a irse así nada más?

    —Llamaron a una ambulancia, ¿verdad? —preguntó Zúruk.

    —Sí, la señora Déla está en eso.

    —No hay nada qué hacer —dijo Líe—, se lo van a llevar y no quiero estar aquí cuando lo hagan.

    —Yo tampoco —dijo Zúruk.

    —¿Qué les pasa, amigos? ¿Tanto es pedir apoyarlo en un momento como éste?

    —Él no quiere nuestro apoyo —dijo Líe, al borde del sollozo, contemplando la triste figura de Altréu sobre la cama—. Méyu tenía razón: no tiene esperanza.

    Inquieto, Yéman miró a Zúruk con un gesto de incredulidad. Tras un segundo, Zúruk dijo con voz triste:

    —Volveremos cuando su vida ya no esté en peligro, Yéman. Lo prometemos.

    Tras esas palabras, Líe salió de la habitación. Zúruk la siguió lentamente, y cuando pasó junto a Yéman, éste dijo:

    —Me quedaré un rato, hasta que se lo lleven.

    —Como quieras.

    Y la habitación se quedó con sólo dos pobres amigos. Uno contemplando al otro intentando no dejarse convencer por las palabras de los que se habían marchado, firme en que dejarlo solo sería una deshonra. El otro, desparramado sobre la cama, con la cabeza de lado y los ojos inexpresivos, cerró los ojos para evitar que alguna lágrima delatora se escabullera por su mejilla.


    ***​


    Méyu (sentada a su lado) nada piensa. (Ojos vacíos sobre el durmiente) Respiración, sube y baja del pecho delgado. Un esqueleto, en eso se convierte. Había dicho que no volvería, pero aquí estoy. [El limonero de atrás de la primaria, de donde caían los limones con los que jugaban a darse de limonazos con los compañeros. Le dan a Altréu cerca de un ojo, le escoció mucho y le dejó una marca roja en la nariz] ¿Dónde estará, en qué mundo andará? Lejos de aquí, a la distancia de una apertura de ojos. No, no pienses en eso, no debes pensarlo, no debe ser verdad. [Méyu se enoja con ese niño castaño que se ríe, tal vez subestimando el dolor que ha causado a Altréu. Aprieta un limón (casi lo vuelve limonada agria) y se lo lanza justo en el mismo lugar en el que había golpeado a Altréu (qué increíble puntería)] Movimiento, ¿otro despertar? No. No hay ningún vaso detrás de ella esa vez. Imposible, imposible [¡Imposible!, Altréu exclama ante la idea de enfrentarse ellos dos solos contra los más de ocho amigos del chico castaño que vinieron a ayudarlo, (nada de imposible)] ¿A qué hora te vas a morir? [Le dan en la cabeza, en el estómago, en la garganta, en el pecho (¡Corre!), huyen y van tras ellos. (Hacia la casa abandonada) se adentran lo más posible] La vista fría, expectante, contando el número de inhalaciones y exhalaciones que aún surgen de esos pulmones. [No entren, no entren. Miedo, retroceso. (Miedosos, jajaja) A salvo en la casa embrujada, se sientan recostándose contra una pared que llora pintura, miran la extrañamente tranquila soledad de ese recinto habitado por recuerdos. (¿Cómo habrán vivido los de aquí?) Nadie se acuerda. Puertas caídas, mesas y sillas tiradas, polvo por el suelo, maleza invadiendo las salas y los pasillos; pequeñas junglas formadas de arbustos a ras del suelo. Una sección sin techo hace entrar los rayos del sol. (Nuestro pequeño santuario). Jugo de limón secándose en sus ropas y pieles]. En la soledad donde el silencio grita, un aspirante a muerto abre los ojos para ver, quizás por última vez, el mundo que tanto desea abandonar.

    Ninguno dice nada; las expresiones no cambian. Se observan como si compitieran por ver quién puede permanecer más frío por más tiempo, por ver a quién le importa menos la situación. Méyu está por orgullo, para que no digan que dejó abandonado a su amigo. Altréu insiste en su indiferencia para demostrar que sigue firme en sus deseos y que no ha vivido todas esas experiencias en otros mundos en vano. Si ambos quisieron en algún momento romper el silencio para llorar, disculparse o gritarse, no lo hicieron pronto.

    [(Tréu, cierra los ojos un momento), y él lo hizo, (voy a poner algo en tu mano y tú adivina qué es). Altréu olía el polvo y las plantas de la casa vieja, extendió la mano y recibió en ella un objeto. ¿Es un dado? (Sí, un dado. No abras los ojos, hay algo raro en ese dado. Dime qué es) Altréu lo examina con las manos, tocando cada cara. ¡No tiene el cuatro! (Sí, ya puedes mirar). Y comprobó con los ojos que la cara donde debía estar el número cuatro estaba lisa. (Te lo regalo) ¿Por qué? (Pensaba que me iba a dar buena suerte en los limonazos, pero como no es verdad, ya no lo quiero) ¿Y qué voy a hacer yo con él? (Es tu problema) ¿Segura que no lo quieres? Aunque no sirva para nada, un dado con una cara vacía es muy raro. (Lo raro te lo dejo a ti)]


    ***​


    Tréu me dio la señal y salí de la escuela. Caminé hacia las bicicletas, donde Treú ya había empezado a hacer nosequé al manubrio de la bicicleta de Tárka. Miré para todos lados y había alumnos rezagados, tuve miedo de que nos vieran, Tréu estaba tan concentrado con el destornillador que no tenía tiempo de tener miedo de que lo vieran. A lo lejos, se escuchaba el chapoteo y chismorreo de las chicas del equipo de natación que se habían quedado a practicar después de clases. Tárka en esos momentos debía estar entre ellas.

    —¿Y los demás? —me preguntó.

    —…

    —¿Qué te pasa?

    —Nos van a ver, nos van a ver.

    —No me falta mucho, pero necesito a los demás.

    —No deben tardar. Nos van a ver.

    Lo que sea que Treú estuviera haciendo funcionó, el manubrio se desprendió y rio de alegría. En eso llegó Yéman, asustándome por detrás diciendo:

    —Aquí está —y mostró una lata de pintura en spray—, me dio algo de trabajo sacarla de la sala de las cosas decomisadas —Tréu se la arrebató—, aun cuando Zúruk estaba distrayendo al conserje, por poco no lo logro.

    Tréu se había puesto a pintar el resto de la bicicleta con la pintura verde. Todo: el cuerpo, las cadenas, las ruedas, los rayos. Extendió la lata hacia mí.

    —Te toca lo último.

    Tomé la lata y esparcí la pintura sobre el asiento, con miedo de mirar a los lados y encontrar a algún maestro o a algún amigo de Tarka.

    —Nos van a ver, nos van a ver.

    Zúruk y Líe llegaron en ese momento, formando entre todos una pared humana que cubría la vista de la bicicleta arruinada. Líe sacó de su mochila una pinza de electricista y se la dio a Yéman. Éste empezó a cortarle los rayos a las ruedas uno por uno. Mi miedo comenzó a disiparse y me sentí malévolamente alegre.

    —Eso le enseñará —dijo Zúruk.

    Yéman terminó y corrimos a escondernos detrás de unos arbustos cercanos que nos llegaban hasta el pecho. Momentos después sonó la alarma y la práctica de natación terminó; era cuestión de tiempo para que Tárka saliera y viera su bicicleta en ese estado. Emocionado, con el manubrio aún en la mano, Tréu visualizó en voz alta cómo esa perra debería ahora estar secándose y vistiéndose, conversando con sus igualmente perras amigas sin tener la más mínima sospecha, saldría después muy campante y vería, a lo lejos, una cosa verde deformada en el lugar donde debería estar su bicicleta, correría hacia el aparcadero y gritaría, se quedaría sin aliento o se desmayaría, y nosotros nos reiríamos mucho hasta el punto en que delataríamos nuestro escondite.

    —Ahí viene —dijo Líe, con una mirada y risa tan maliciosa como nunca la vi en toda mi vida.

    Pero algo muy extraño sucedió: no escuchamos ningún grito ni la vimos apresurarse a correr hacia el aparcadero. En su lugar, caminó pomposamente en compañía de las demás, formando su usual masa de voces agudas y chismosas. El tono del enjambre cambió al llegar al aparcadero, riéndose, haciendo preguntas, pero nadie se alteró. Tomaron sus bicicletas y se fueron, incluso Tárka, quedándose sola aquella chatarra verde. Quedamos mudos de confusión, observando desde los agujeros entre los arbustos, toda nuestra emoción se convirtió en un repentino temblor. Tréu lanzó una risa nerviosa. Líe había escondido la cara entre las manos.

    —Estaba seguro de que esa era su bicicleta —dijo Tréu de repente, sentándose en la tierra—. ¡Mierda!

    —Yo también estaba seguro —dijo Yéman—, siempre la había visto venir con esa bicicleta.

    Salió entonces otra chica de la escuela, una rezagada del equipo de natación, no la conocíamos. Entonces escuchamos el grito, vimos las piernas corriendo hacia el aparcadero, y la mudez por la sorpresa que había previsto Tréu. Esa chica morena, alta y de piel tostada miró hacia todos lados; parecía estar a punto de llorar. Nosotros estábamos a salvo, pues nadie se rio.


    ***​


    Ya llegaron. La ambulancia se estaciona en frente de la casa. El señor Délo también va llegando, mira la ambulancia y se apresura a estacionarse. La señora Déla recibe a los paramédicos y los acompaña al interior. El señor Délo baja del auto y los sigue.

    —¿Qué sucede? —grita.

    La señora Déla se detiene y mira preocupada a su marido.

    —Tréu está muy grave, tiene que ir al hospital.

    —¿Cómo que está muy grave?

    —¡Lleva casi cuatro días sin comer ni beber nada!

    El señor Délo no dice nada, se queda consternado, preguntándose cómo no se habían dado cuenta antes. Entran corriendo.


    ***​


    Yéman está sentado al lado de Altréu cuando los paramédicos llegan junto con los padres. Los paramédicos se acercan a la cama y lo examinan, la piel, los ojos, el cabello, el pulso.

    —¿Dice que cuatro días no ha comido ni bebido nada? —preguntó uno de los paramédicos, el de más edad, de rostro experimentado.

    —Aproximadamente.

    —Es raro, este nivel de inanición generalmente ocurre tras una semana o más.

    —Traigan agua —ordenó el paramédico joven.

    El señor Délo se apresuró a traer un vaso de agua, el paramédico joven se lo pasó a su compañero y éste intentó hacerlo beber. Treú movió la cabeza con la boca cerrada.

    —Tienes que beber un poco, amigo —dijo el paramédico joven.

    —Anda, Tréu, bebe —dijo Yéman.

    Altréu sacó fuerzas y con un golpe con el dorso de la mano apartó el vaso, que cayó de la mano del paramédico y se hizo pedazos en el suelo.

    —No —masculló Altréu con una voz apenas audible.

    El paramédico de porte experta se levantó del lado de Altréu, estaba inquieto por esa violenta negativa, pero mantuvo la calma. Ya había visto casos de anorexia y bulimia antes, y supuso que sería algo similar.

    —No se preocupen —dijo a los padres—, en el hospital lo atenderán.

    —Voy por la camilla —dijo el paramédico joven, y salió.

    —No —masculló Altréu. Nadie pareció oírlo más que Yéman.

    —¿Cómo no nos dimos cuenta? —preguntó la señora Déla, llorando— Si hubiera tenido el valor de entrar —su esposo la abrazó.

    El paramédico joven llegó un momento después. Altréu levantó un momento la cabeza.

    —No —masculló enojado, cerró fuertemente los ojos un instante y luego su cabeza cayó sobre la almohada. Dormido una vez más.

    Los dos paramédicos se acercaron a la cama por un lado para colocar a Altréu en la camilla. Sin embargo, en el momento de acercarse, chocaron contra algo invisible que les impidió llegar hasta él. No hubo sonido de impacto, sólo la dura sensación de no poder seguir avanzando. Atónitos, lo intentaron otra vez, pero no lo consiguieron. El paramédico experimentado extendió lentamente una mano hacia Altréu, y una vez más ésta tocó la pared invisible, cuyo tacto recordaba a un metal helado. Los paramédicos bordearon el campo invisible como si hicieran pantomima, y comprobaron que toda la cama era ahora inaccesible.

    —¿Qué ocurre? —preguntó el señor Délo.

    Los paramédicos no supieron qué contestar, miraron a los padres con cara de tontos, como niños que no se sabían la lección en la escuela y esperaran un castigo. Yéman se puso de pie y también extendió la mano, la apartó en cuanto sintió la barrera como si fuera fuego, luego la volvió a tocar y dejó su mano un momento sobre ella, luego la golpeó suavemente con la palma, después un poco más fuerte, y no había ruido, sólo una dureza impenetrable.

    —Señores Néi —dijo Yéman, impactado—, vengan.

    Los paramédicos se apartaron de la cama, sin saber qué hacer ni hacia dónde mirar. Los padres se acercaron a la cama y extendieron las manos como Yéman lo hacía. Ahí estaba Altréu, sobre la cama, protegido por una pared inexplicable de cualquiera que en ese momento quisiera salvar su vida.


    ***​


    Méyu no regresó a casa inmediatamente después de salir de la casa de Altréu. Fue el mismo día que Altréu había anunciado sus planes de dejarse morir. Caminó hacia el parque, se detuvo frente a la avenida esperando el semáforo y vio el lugar en el que Altréu había caído el día en que por fin lo habían hecho salir de su cama, y ella había tenido la falsa esperanza de una recuperación. Veía un fantasma tirado, patético como un borracho, profundamente dormido. Cruzó. Se adentró en el parque, evitando la zona de patinaje. Caminó hacia la cascada artificial, donde vio ranas nadando; se imaginó aplastando una de ellas con el pie. Salió del parque y caminó hacia el norte, alejándose de la avenida y adentrándose hacia la colonia Míryi, donde no prestó atención a los múltiples comercios que la infestaban; reparación de automóviles, comida china, alquiler de trajes, lavandería abierta las 24 horas, licorería (sólo licores nacionales), artículos para vehículos, ebanistería, tapicería. Estaba todo vacío para los ojos de Méyu, caminaba por un distrito fantasma insonoro. No se detuvo hasta llegar al lago de Éntas, alrededor del cual habían construido la ciudad homónima[1]. Se sentó cerca de la orilla, sobre el pasto y arrojó piedras al agua, una tras otra hasta que ya no tuvo más a la mano. Pasó así unos veinte minutos mirando cómo la superficie del agua se movía al arrojar las piedras, pero las ondas le parecieron demasiado simétricas, se movían de manera tan estética que se sintió furiosa; no quería que cada onda fuera igual, quería que una resultara cuadrada; otra, triangular; otra que se transformara en una ola que la empapara, o que como mínimo surgiera una burbuja amorfa y flotara en el aire, igual que aquella en el cuarto de su gran amigo Altréu. Se levantó y enfiló hacia su casa. Su paso era lento, la ciudad ya no estaba fantasma, pero todos sus habitantes y las tiendas sólo existían a medias, y los detestó a todos porque no existían lo suficiente. Quiso detenerse en una de las tiendas que vendían ropa, preguntaría: “¿tienen ropa abrigada?”, y le dirían que no, dado que están en pleno verano, y se enojaría porque no tendrían ropa para invierno, se iría y entraría al restaurante de comida china, ahí preguntaría: “¿tienen pénkak draóhi?”, y le dirían que no porque sirven comida china y no danzilmaresa, y se enojaría porque ella quería un pénkak draóhi y no podría comerlo porque había entrado en un restaurante de comida china. Luego pasó junto a una farmacia, y de nuevo se imaginó entrando para comprar una botella de agua, la cual bebería en el camino, pero esa agua no flotaría; caería directamente en su boca, donde sería retenida por un momento antes de caer en su estómago, y se enojaría porque el agua no flotaría. Y súbitamente dejó de sentirse tan enojada. Sintió como si la Méyu de hacía sólo unos minutos, la que se había imaginado un montón de tonterías, perteneciera a una Méyu que sólo existía en el mundo de los sueños más borrosos, en el sueño de un ebrio perdido a punto de entrar en un coma. Pero ahora toda el agua la veía flotar; los pequeños charcos que quedaban de la lluvia de anoche se levantaron hacia las nubes; las botellas abiertas de los transeúntes derramaban su contenido hacia el cielo; el agua de las fuentes se habían vuelto géiseres que se elevaban hasta perderse de vista. La levitación del agua se volvió un fenómeno natural, parte de la vida como la conocía al igual que una puesta de sol. Pero ¿no estaban ellos mismos hechos de agua? ¿Cuánto era el porcentaje de agua del cuerpo humano?, ¿sesenta por ciento?, ¿por qué no flotaban? ¿Por qué ella no flotaba? Contuvo el aliento, le pareció escuchar el líquido de su cerebro como si fuera un río que intentaba escapar de su cráneo por los ojos, la nariz, los oídos, los poros. Tenía que convencerse nuevamente, reafirmar la realidad de que el agua en realidad no flotaba. Se detuvo, vio a un hombre en edad madura esperando en la parada del autobús. Como si nada, se le acercó e hizo como si esperara también. Lo examinó; seguramente trabajaba en una oficina, se veía muy sereno, muy decidido; sus ojos eran firmes y severos, su porte era duro, preparado para cualquier ataque; estaba suficientemente avanzando por la vida tal cual la ha entendido desde que se acostumbró a ella en algún momento de su infancia, o quizás de su adolescencia; como sea, era la cara de un hombre con experiencia en la vida, alguien que la conoce y no duda de ella, de los que podrían decirte la situación del yáo danzilmarés frente al dólar americano y dar toda una conferencia sobre la economía de ambos países. Si existe alguien que podría sacarla de su duda y volverle a poner los pies en la tierra a Méyu, era ese hombre.

    —Disculpe —dijo Méyu.

    El hombre la miró sin cambiar su expresión, lo que reafirmó los ánimos de Méyu.

    —¿El agua flota en el aire?

    Primero fue como si no la hubiera oído, luego su duro rostro se suavizó; la sorpresa lo debilitó; tan acostumbrado estaba al mundo tal cual lo conocía que una pregunta de tal naturaleza le hacía bajar la guardia, acordarse de su vulnerabilidad ante la contradicción de lo grabado con fuego en su entendimiento. Abrió un poco la boca; no dijo nada; su serenidad se tambaleó. Méyu imaginó que si en ese momento aquél hubiera intentado caminar, se habría caído de bruces. Pero al instante, el hombre volvió a cerrar la boca; en su mente alguna explicación se estaba maquinando, alguna razón para justificar la existencia de dicha pregunta que nadie que haya vivido más de tres años en ese mundo se debería preguntar, nunca. Si pensó o no en alguna razón, Méyu nunca lo supo, sólo lo vio volviendo a adquirir su porte serio y seguro que tenía al principio, como un luchador que se repone de un ataque sorpresa y se prepara para pelear en serio.

    —No —dijo el hombre moviendo la cabeza de lado a lado, en movimientos muy pequeños pero poderosos, buscando dar un mayor impacto en esa respuesta al dársela tanto oral como visualmente.

    —Gracias —dijo Méyu, y se alejó de ahí sin mirar atrás, aunque se imaginó que el hombre tendría sus ojos severos sobre ella hasta que desapareciera de su campo visual o el autobús llegara, y sería quizás pronto olvidada, o recordada para siempre. Ahora podría existir una versión de una Méyu loca en la mente de ese hombre, que tal vez sea pronto compartida a sus compañeros de trabajo o a su familia como mera peripecia inesperada de la vida, igual a las interminables peripecias que le ocurren a todos los humanos a lo largo del globo. Sea como sea, una versión de ella ahora existía en potencia en la mente de otra persona, pero no era realmente Méyu, no, porque Méyu no cree que el agua flote, no cree que los sueños sean viajes a otros universos, no, esa no sería Méyu, esa sería otra Méyu.


    ***​



    -¿A qué hora llegó a casa?

    -A las 6:24 pm.


    -Define, de manera general, los sentimientos de Méyu mientras se dirigía a su habitación.

    -Tranquila; la respuesta del hombre en la parada del autobús había tenido en ella el efecto de un calmante poderoso. Hasta los detalles de su visita a Altréu eran ambiguos. ¿Había ocurrido algo que desafiara las reglas de la realidad como la entendía? No.


    -¿Qué consecuencias se imaginaba el subconsciente de Méyu de haber verdaderamente ocurrido tal fenómeno?

    -El replanteamiento de todas las tesis que propugnan que Altréu no está viajando a otros mundos. Tendría que afrontar el miedo de admitir su error y retractarse, y lo peor, probablemente apoyar la propuesta de Altréu con respecto a su planeada muerte. De resultar cierto todo eso, habría que replantear las tesis que defienden la inescapabilidad de la realidad; habría muchos mundos aparte de ése y habría al menos una persona en el planeta capaz de acceder a ellos, y todos querrían seguir sus pasos para escapar igual que él; descuidarían su realidad anhelando llegar a otra y no habría manera de convencerlos de no tener ese anhelo y de no intentarlo. El mundo se iría al carajo; habría suicidios en masa. Se imaginaba ya a todos los que calificaran su vida de miserable saltando por todos los riscos del mundo gritando con estrépito: “¡hay aún otros mundos!”, y no habría ya nadie que pudiera decir: “no es cierto, sólo hay uno”. ¡No! Sería necesario enterrar esa verdad; todos los que la supieran deberían ignorarla, olvidarla tan pronto la conocieran, fingir que no existía, y Méyu estaba haciendo de su parte por proteger a su realidad del colapso inevitable que traería la consciencia de que se puede escapar de ella.


    -¿Qué hizo al llegar a su habitación?

    -Se cambió a ropa más cómoda y se sentó en la cama por un largo rato. Su mente inconsciente seguía maquinando todos los planteamientos ya expuestos en la pregunta anterior. Pensaba en la tarea de matemáticas para el día siguiente; tuvo la impresión de que no la había terminado, de que le faltaba un ejercicio al final, extendiendo la mano tomó su libreta del escritorio y comprobó que sí lo había terminado todo. Pensó qué otra tarea le faltaba, pero todo ya estaba hecho; no tenía ya ningún deber escolar que la hiciera distraerse. Pensó en su madre, sí, que la llame para hacer algo, algún recado, limpiar algo, sacar la basura, sólo platicar, ¡no!, podrían terminar platicando de Altréu, mejor que no la llame. Leer algo, sí. Vio su libero: 1984, Un mundo feliz, Farenheit 451, cuentos de Ráu Shorsta, Leyendas danzilmaresas, Orgullo y prejuicio, Un libro perfecto aún en su envoltorio. No, mejor no; la lectura estimula la mente; hace pensar sobre las cosas, y si su mente se estimulaba y se ponía a pensar podría acabar regresando a los planteamientos ya presentados anteriormente.


    -¿Qué hizo entonces?

    -Caminó de un lado al otro, se sentó sobre la cama, se acostó en ella, se tapó con las sábanas, cerró los ojos, los abrió, se quitó la sábana, miró el techo y contó una y otra vez los cuatro lados de la teja que tenía justamente encima: uno dos tres cuatro, uno dos tres cuatro, uno dos tres cuatro. Se incorporó, se vio reflejada en el espejo de su tocador, tiene el cabello revuelto; tendrá que cepillárselo. Miró la ventana: cielo y copas de árboles, también cables eléctricos y nubes (está en el segundo piso), azul verde gris blanco, azul verde gris blanco, azul verde gris blanco. Se levantó, contempló su cuerpo en el espejo, recordó la suciedad del exterior: sudor, humo y polvo de corteza de árbol. Se metió en el baño y se desnudó. Se miró al espejo; qué hermosa se sentía, un hombre tenía que ser gay para no masturbarse pensando en ella, rio orgullosa, modelando entró en la regadera. Se duchó, debió haberlo hecho antes, antes de cambiarse y llenar de sudor, humo y polvo de corteza de árbol su ropa de casa. En bata regresó a su cuarto y se vistió. Se sentó en la cama.


    -¿Cómo mantuvo su mente distraída?

    -Se secó y cepilló el cabello, navegó un rato por internet, jugó juegos, escuchó música, vio una película, se masturbó, bailó un rato poniendo música a medio volumen, se cortó las uñas, bajó a cenar, vio otra película, se durmió.


    -Es sabido que a la mañana siguiente, al bajar a desayunar, sus ojos vieron algo que habían ignorado la noche anterior, ¿qué era y cómo reaccionó?

    -Sobre el marco de la ventana del lavabo que daba al jardín, vio el frasco con la babosa que Altréu le había regalado hacía cinco años. Su primera reacción fue de sorpresa, como si no pudiera recordar que durante cinco años estuvo al cuidado de ella aunque sólo había prometido una semana. ¿Por qué la había mantenido con vida? En aquel momento ya no supo la respuesta; conjeturó que por orgullo, para superar las expectativas de Altréu y demostrarle que no tenía miedo, y al pensar en eso empezó a sentir ira. Otra parte de su consciencia pensó que las babosas eran casi cien por ciento agua y la imaginó levitando, pasaría en frente de las narices del hombre de la parada del autobús y éste se lanzaría de un precipicio. No aguantó más. Agarró el frasco con fuerza y abrió la tapa agujereada. La babosa seguía ahí reptando en medio de las hojas verdes que le había puesto el día anterior, antes de ir a ver a Altréu. Tomó el salero y lo dejó suspendido sobre el frasco abierto, ordenó a su mano que iniciara la rotación necesaria para que la sal empezara a caer, pero la mano no le obedeció; se reveló. Pensó en el popular mito de arrojar sal por encima del hombro para ahuyentar a la mala suerte. ¿Qué iba a ahuyentar esa sal? ¿Haría acaso que el agua deje de flotar, que Altréu deje de viajar, digo, de dormir? No, era sólo por la babosa, sí, esa jodida babosa que aún es parte de lo que alguna vez fue Altréu. Sí, Altréu quiere morir, ¿no? La babosa es aún un vestigio de su existencia en la vida de Méyu, pero él quería dejar de existir, no sólo en el mundo, sino también en su conciencia, en sus recuerdos, ¿verdad? Sí, tenía que dejar ir a Altréu del mismo modo que él había dejado ir a su familia, a sus amigos, a su mundo, todo por existir en otro universo paralelo. Pero no pudo hacer rotar su muñeca. La otra mano, confabulada con la otra, apartó el frasco de un golpe con el dorso y lo hizo caer al suelo, haciéndose pedazos, desperdigando las hojas y dejando a la confundida babosa arrastrándose sobre la loza de la cocina. Méyu cayó vencida al suelo, sentada contra la pared, y lloró por largos minutos.


    -¿Qué hizo la babosa?

    -Contra toda probabilidad, se arrastró lentamente hacia Méyu.



    [1] Según la mitología danzilmaresa, el héroe Éntas nació de ese mismo lago, razón por la cual lleva su nombre.
     
  14. Threadmarks: Con los pies en el cielo
     
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    13. Con los pies en el cielo

    ¿Recuerdas cuando después fuiste a esa realidad donde la gravedad dominaba caprichosamente? Te refrescaré la memoria.

    Era otro universo no-cósmico; un cubo inconmensurable segmentado en miles de pequeños cubos cuyas paredes estaban hechas de un material verde similares a las branas, que cualquiera podía atravesar a voluntad en ciertas secciones. La luz surgía de las vibraciones del aire e iluminaba como lo harían los rayos de los soles, aumentando y disminuyendo hasta ser oscuridad cada cierto tiempo para crear los días y las noches. En cada cubo la gravedad cambiaba hacia alguna de las seis direcciones posibles, y no se encontraban dos cubos seguidos con la misma gravedad. Los seres sólo eran afectados por la gravedad del cubo en el que habían nacido, por lo que, al viajar a los otros cubos, quedaban siempre en una perspectiva diferente de los habitantes nativos. Para facilitar la convivencia entre los habitantes de todas las distintas gravedades, en medio de cada cubo se había levantado una enorme ciudad conformada por plataformas que se elevaban hasta el centro del cubo; al construir los habitantes de cada gravedad sus propias plataformas desde cada cara del cubo, se formaba una estructura en el centro hecha de plataformas en todas las seis direcciones entremezcladas, donde habían construido casas y edificios. Todas las plataformas estaba unidas por amplios caminos, escaleras e incluso plataformas que flotaban como ascensores, planificado todo de manera que ninguna construcción chocaba con las de las otras gravedades. Así vivían esas comunidades multigravitacionales, diseñando sus ciudades a conveniencia para que todos tuvieran igual acceso a cada sección, e incluso para facilitar que se pudiera llegar de una cara a la otra. En cada cara también existían poblaciones construidas por los nativos y por los emigrantes, que sólo podían tratarse entre sí si vivían junto a los vértices o en los rincones. La distribución de las plataformas de las ciudades y de las poblaciones de las caras se veía tan uniforme y perfecta, que no era posible adivinar cuál dirección era la gravedad natural del cubo; la integración entre todos sus habitantes era también tan perfecta que, si no fuera por la dirección en que la gravedad afectaba a los recién nacidos, nadie recordaría que en cada cubo había una gravedad principal y que los demás eran sólo invitados.

    Te quedaste largo tiempo explorando ese mundo, flotando invisible entre ellos, cubo tras cubo, ciudad tras ciudad y cara tras cara.

    Poco después de que llegaste, se firmó una ley que prohibía tener bebés a los que habitaban las caras alternativas a la de la gravedad natural de algún cubo, dado que existía el peligro de que éste se les cayera hacia la cara dominante. A causa de eso, muchos habitantes de esas caras “subían” hacia la ciudad central, donde todo estaba acondicionado para que ninguno tuviera problemas de movilidad. Observaste el progreso de muchas de esas familias que tenían que lidiar con hijos afectados por otra gravedad, el simple hecho de abrazar a los hijos podía requerir de posiciones incómodas y el rediseño de las casas, pero fuera de eso las quejas eran pocas. Se mandaban construir puertas especiales para que los hijos pudieran integrarse a la circulación normal de la ciudad, sin peligro de caer a la cara dominante del cubo. Viste un día, saliendo de la casa de una familia extranjera, salir a la hija Méyu para ir a la escuela. Sus padres habían llegado de un cubo donde la gravedad se dirigía hacia el cubo de arriba, por lo que compartían en casa una vida al revés la hija y los padres. Observaste cómo la mitad del tiempo tuvieron que recurrir a una niñera originaria de ese cubo para brindarles cuidados difíciles de realizar de cabeza, como en la época en que aprendió a gatear, caminar y correr. Viste la remodelación de su cuarto, de manera que su cuna y posterior cama quedaran en el techo, además de otros muebles creados en ese mundo. Normalmente no habría sido diferente a todos los demás infantes de familias similares cuyas vidas atestiguaste sólo por aburrimiento, pero ese día, al salir, la pequeña Méyu tenía algo diferente: corría por el camino con un frasco que tenía una babosa azul adentro. No sabes por qué, pero eso te hizo querer seguirla un poco más. En su camino saludó a varios otros tanto de su gravedad como de las otras, y se dirigió a una pequeña sección de la ciudad donde había una sección de parques para cada gravedad. Cuando llegó junto al primer árbol del parque, abrió la tapa y dejó ir a la babosa sobre una hoja. Luego volvió a casa como si nada. Después de eso fue que quisiste manifestarte entre ellos, ¿recuerdas?


    ***​


    Era de nuevo como un dios, y no le hizo falta más que demostrar que tenía la libertad de moverse en las seis direcciones que las gravedades permitían. Primero fue como un fantasma: videos tomados por aficionados mostraron lo que parecía ser una persona que de repente empezó a caminar en otra gravedad; lo que era pared para él se volvió suelo, y luego lo que había sido como un techo fue también suelo. Corrieron los rumores y los videos, los avistamientos fueron cada vez más frecuentes y la noticia comenzó a expandirse por los demás cubos:

    “Hombre se mueve en varias gravedades”.

    Y los videos demostraban la hazaña inaudita del primer ser de su universo que no era esclavo de una sola gravedad. Fue visto en todos los cubos, tanto en las ciudades centrales como en las caras y en las esquinas. Parecía también estar viajando entre los cubos sin pasar por las secciones reguladas, ya que en ninguna terminal afirmaban haberlo visto. Fue haciéndose más presente, y más y más, hasta llegar al punto en el que los habitantes de ese universo simplemente se acostumbraron a su presencia y dejaron de temerle para empezar a admirarlo. En algún momento empezó a hablar con ellos de manera ocasional, sin prisas, sin revelar mucho, sólo su nombre y aspectos básicos de su historia.

    “Revelado el nombre del que camina en varias gravedades: Ánderwo, un viajero de otro universo paralelo”.

    Surgió una repentina fama, gente que buscaba conocerlo un poco más, pero él rehuía de aquellos que le preguntaran demasiado, y simplemente desaparecía ante sus ojos sin que pudieran saber en dónde sería visto de nuevo. Las autoridades al principio temían de él y no fueron pocos los intentos que hicieron por detenerlo, pero ni todos sus esfuerzos coordinados con agentes de todas las gravedades servían cuando él podía simplemente desaparecer. Pasado algún tiempo, esta hostilidad comenzó a cesar, dado que nunca se le había reportado ninguna conducta ilegal o que pusiera en peligro a nadie, aparte de las protestas ciudadanas que hubo para dejar de perseguirlo, pues no era un criminal. Lo dejaron continuar sus andanzas mientras siguiera siendo inofensivo.

    Diez años después de haber decidido manifestarse en ese universo, era ya considerado un ser más del mundo, uno que levantaba admiración cada vez que se le veía caminar en cualquier dirección que quisiera. También se había ganado unos cuantos enemigos que sentían envidia de su condición, pero eran fácilmente ignorados. Lo único que parecía similar era su falta de interés en comunicarse de manera más significativa con los habitantes de ese universo, excepto por uno, esa niña llamada Méyu, que para entonces ya tendría diecisiete años.



    ***​


    —¿Por qué viniste a nuestro mundo? —preguntó Méyu alguna vez— ¿Qué hay acá de interesante?

    —Tuve curiosidad, eso es todo —dijo Ánderwo—. Es un tipo de universo nuevo para mí. Allá afuera hay mundos en los cuales la gravedad es diferente; a veces sigue una única dirección para todos; a veces existe por todas partes al mismo tiempo, pero sólo afecta a los seres si se manifiesta en forma de cuerpos enormes llamados planetas, donde todos los seres habitan, y la dirección en cada planeta es única; a veces no existe en absoluto.

    —Tienes suerte de poder viajar a tantos universos y ver tantas cosas, ¿por qué no se te nota más animado entonces?, tu cara se parece a la mía cuando estoy en una clase aburrida y sólo pretendo que presto atención.

    —No sé qué dirán otros viajeros, pero yo me aburro fácil; tanto viajar a tantos otros mundos ha mermado en parte mi capacidad para asombrarme.

    —No entiendo cómo.

    —Si tú te pusieras a viajar por todos los miles de cubos que conforman tu universo, llegaría un momento en el que dejarías de sentir esa misma emoción por viajar y expandir tus horizontes, sin importar cuántos cubos visites; simplemente empezarás a ver que todos los cubos son lo mismo con pequeñas variaciones entre sí, pero en el fondo no tienen tanta diferencia como para emocionarte durante cientos, miles o millones de viajes.

    —Pero dijiste que este era un mundo nuevo para ti, y curioso, con lo de la gravedad.

    —Nuevo no siempre quiere decir interesante, y curiosidad no siempre quiere decir asombro.

    —Ah, cierto. Como esos niños en el parque de allá arriba nuestro que matan hormigas; las hormigas les producen curiosidad lo suficiente para entretenerlos un rato, pero no se ven asombrados por lo que son o cómo viven.

    —Esa comparación es inquietantemente acertada.

    —¿Y por qué te interesa esta hormiguita? —dijo Méyu señalándose con vanidad.

    Ánderwo respondió, tras unos segundos:

    —Así como es difícil que algo me interese verdaderamente, también a veces es fácil que algo me llame la atención sin motivo claro.

    Se quedaron en silencio un pequeño rato, mirando a los lejanos transeúntes de enfrente que caminaban en un camino que para ellos sería una pared. Luego, Méyu dijo:

    —Cuéntame de algún otro mundo en el que hayas estado.

    Ánderwo le contó, omitiendo detalles innecesarios, su visita al mundo donde había vivido entre la basura y cómo se había hartado de intentar no usar habilidades trascendentales. Siguió un nuevo silencio, y Méyu dijo:

    —Dijiste que te aburres fácil, ¿por qué has estado aquí por tanto tiempo entonces?

    —En el estado en el que me encuentro, mi tiempo interno es diferente; no siento haber estado aquí ni por una hora.

    Tras otro silencio contemplativo, Méyu dijo:

    —Quisiera ser como tú, viajar a otros mundos a voluntad.

    —Si quieres, un día volveré y te daré el poder de viajar.

    —¿Por qué no me lo das ahora?

    —Que mi naturaleza similar a la de un dios no te engañe; aún hay mucho que no puedo hacer, y no me siento capaz de convertir a alguien en viajero todavía.

    —¿Algún día podrás?

    —Sin duda. Pero de todos modos, ¿no crees que aún tienes mucho que vivir y experimentar de tu propio universo antes de querer visitar otros? Al menos aprende y abúrrete bien de tu mundo antes de volverte viajera.

    —¿Tú hiciste eso con tu mundo?

    —No —dijo Ánderwo con cinismo.

    —¿No? —preguntó intrigada, y lo miró inquisitivamente.

    —Tomé la primera oportunidad que se me presentó de convertirme en viajero, y realmente no había vivido nada en mi universo.

    —Ajá, ¿y por qué debería hacerte caso entonces?

    —Para que hagas algo que yo no hice, algo que tal vez habría sido mejor.

    —¿Lamentas no haber vivido lo suficiente en tu mundo antes de empezar a viajar a otros?

    —A veces sí, a veces no.

    —¿Por qué no regresas entonces, al menos cuando sientas ese “a veces sí”?

    Ánderwo pensó en una respuesta.

    —No le tengo aprecio a mi universo original como para regresar a él de tanto en tanto.

    —Yo tampoco siento mucho aprecio por el mío —dijo Méyu imitando su tono cínico—, ¿podría entonces convertirme en viajera si pudieras?

    Ánderwo no contestó. Méyu se sintió orgullosa por haber vencido a un ser que el resto de su universo consideraba un dios, pero entonces Ánderwo dijo:

    —La diferencia entre tú y yo es que, antes de volverme viajero, ya había concebido la idea de suicidarme.

    La sonrisa de Méyu se borró.

    —¿Por qué?

    —Había leído muchas historias, cuentos y novelas sobre seres que viajan entre los universos paralelos y pensé que, si es verdad que los universos son infinitos y que todos nos bifurcamos infinitamente, entonces matándome podría volverme viajero.

    —¿Tan mala era tu vida?

    —No; era una buena vida. Pero el deseo de salir de mi universo sobrepasaba mi amor por la vida. Supongo que tú no has pensado todavía en llegar al punto de matarte para salir de tu universo, ¿verdad?

    —No. ¿Por qué? ¿Funcionaría?

    —Ahora sé que sí. ¿Lo harías entonces?

    —No, no lo sé, no creo, no.

    —¿Por qué no?

    —…

    —Si no estás lo suficientemente desligada de tu mundo como para matarte para salir de él, todavía no estás lista para ser una viajera de verdad.

    —Eso no tiene nada que ver. Uno puede ser un viajero y seguir sintiendo aprecio por su mundo, aunque sólo sea un poco.

    —No serías una viajera verdaderamente libre si guardas aprecio por el mundo en el que comenzaste a existir y los mundos que visites.

    —¿No puedes apreciar ningún universo?

    —Sentir apego es esclavizarse, restringir tu libertad. Al menos yo creo que no se puede ser un viajero verdaderamente pleno mientras sientas el más mínimo apego por algún mundo, por eso pensaba esperar a que te desapegaras de este mundo lo máximo posible para que puedas viajar sin estarte preocupando tanto por este universo. No basta sentir poco aprecio, no hay que sentir nada de aprecio.

    Méyu guardó silencio, algo turbada por las implicaciones de lo que acababa de oír. El tiempo pasó y los ánimos se calmaron, entonces Méyu dijo:

    —No importa, quiero que me hagas viajera en cuanto puedas. Intentaré perderle todo el aprecio que le tenga a este universo para entonces.

    —Está bien, prometido.

    Poco rato después, cuando la luz que emanaba del aire comenzaba a disminuir para dar lugar a la noche, Méyu dijo:

    —Cuéntame de tu vida en tu mundo antes de dejarlo.


    Tiempo después, Ánderwo finalmente anunció que se había aburrido de ese universo y se despidió de Méyu, prometiéndole volver para convertirla en viajera y recorrer la vastedad de la existencia los dos juntos.


    ***​


    “¿Te crees todo lo que le dijiste a Méyu?”

    “A veces sí, a veces no”.
     
  15. Threadmarks: Lo que quedó atrás
     
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    14. Lo que quedó atrás

    Por puro honor a una amistad que probablemente ya no existía, Zúruk fue ese día a hacer su turno al lado de la cama de Altréu.

    —Por favor, no lo dejen —había implorado la señora Déla.

    Existía aún la esperanza de que la mera presencia de sus amigos pudiera, de algún modo, hacer a Altréu entrar en razón. Su madre no tenía la fuerza mental para estar ahí sin sentirse morir junto con él, y muy fácilmente sucumbió a la idea de que su propia presencia lo empeoraría todo, eso y su silencioso miedo de volver a sentir esa pared invisible que los separaba de su hijo, que la llenaba de tanta desesperación que se hubiera desmayado de solo recordarla. Fueran o no justificadas sus razones, el hecho es que no quiso volver a entrar a su cuarto. Su padre había quedado en un estado extraño tras el suceso con la pared invisible; parecía haber quedado hipnotizado y actuaba maquinalmente, desde que despertaba por las mañanas hasta que se volvía a acostar, mantenía los ojos en perpetuo estado de sorpresa, un engañoso estado de alerta en el que en realidad no podía fijar su atención sobre nada por mucho tiempo, como si temiera que en cualquier momento algún animal salvaje le fuera a saltar encima. Como es natural, no volvió a entrar al cuarto de su hijo; ese lugar hechizado había dejado de existir.

    Zúruk miraba constantemente la hora en su reloj, pensando en que su compañía sería inútil si Altréu permanecía dormido todo el tiempo. Extendió la mano como un bebé recibe por primera vez un juguete: sin saber nada, sin entender qué es lo que va a sentir, enfocando la vista con los labios apretados, con una falsa expresión escéptica. Quiso sentir la barrera, pero al instante apartó la mano como si le quemara.

    —Pasó algo muy raro —había anunciado Yéman por teléfono, y contó sus impresiones de lo que había visto y sentido.

    Y vio Zúruk a Altréu ahí encerrado sin parecerlo, en los huesos, la boca estancada en un gesto amargo, y estuvo a punto de ponerse de pie para irse. Llegó en ese momento Líru, que abrió la puerta sin cuidado, olvidando que ahí había un moribundo, se acercó con la misma desconsideración a la cama, y lanzó una mirada hastiada a su hermano.

    —¿Todavía no? —preguntó.

    —Todavía no ¿qué? —preguntó Zúruk.

    Líru también tocó la barrera, se quedó con la mano apoyada en el soporte invisible fingiendo no sentir nada.

    —Míralo ahí, dormidote, haciéndose la victima de nada, matándose por su fantasía —y como se dio cuenta de que Zúruk la miraba confundido y algo inquieto, agregó sin vergüenza—: no voy a darle el gusto de que su deseo de morir me moleste. Júzgame si quieres, pero no sabes lo que es haberlo visto día tras día saliendo a la cocina para comer y beber un poco, para luego regresar a su cama con cara de que hace algo importante. Me cansé de invitarlo a ir al cine y escuchar “no, gracias” una y otra vez. Y cuando tenía que estar pendiente cada vez que entraba al baño por si se caía. Y también a mi mamá diciendo “ve a ver si tu hermano está bien” porque tenía la paranoia de que pudiera dejar de respirar, pero era muy sensible para hacerlo ella misma, y yo entraba y me acercaba así como estoy ahora, y veía su pecho subir y bajar y sabía que estaba con vida, y que mientras no se curara así sería todo por siempre —se calló un momento para tomar aire, y continuó—: Y me imaginaba a veces qué sucedería en el futuro, cuando mis papás estén muy viejos para cuidar de él, y ellos me mirarían a mí, una adulta con una vida lejos de aquí, diciéndome: “debes cuidar también de tu hermano”, y él seguiría durmiendo y yo tendría que procurar que hubiera comida para él cuando se le antojara despertarse. Y él se volvería también parte de la vida de mi propia familia, de mi esposo e hijos, y también tendrían que hacer de su parte para cuidar al “tío Tréu” hasta nuestra vejez. Y no quiero eso, no quiero verlo pudrirse por toda su vida y arrastrándonos a los demás mientras lo hace. Querer acabar con esto desde ahora es su único acto no egoísta desde que le dio esta enfermedad. No me mires así. Ni siquiera tú quieres estar aquí. Sólo porque fuiste su amigo unos años y sientes que tienes que invertir tu tiempo y emociones en él no significa nada. Haz lo que quieras; yo ya invertí mucho. Pero ya no.

    Volvió a callarse. Se mostró algo incómoda al darse cuenta de todo lo que había hablado y de los diversos tonos en los que su discurso fluctuó, desde la frialdad absoluta hasta la exaltación que por poco salía acompañada de lágrimas. Se sintió tonta por pensar que tenía que darle explicaciones a Zúruk, con quien apenas había hablado en toda su vida, para justificar su actitud hacia la inevitable muerte de su hermano.

    Líru había retirado la mano de la barrera a la mitad del discurso, y poco después de terminar, se encaminó hacia la puerta, se detuvo antes de abrirla porque había adivinado que Zúruk tenía algo que decirle, éste al principio no dijo nada, pero luego tomó coraje y dijo:

    —Qué barrera tan extraña, ¿no crees? ¿De dónde habrá salido?

    Y recordando Líru las implicaciones de ponerse a pensar mucho en esa barrera, salió dando un portazo.

    —Toda tu familia te ha abandonado, Tréu —dijo Zúruk en voz alta, con voz lastimera pero tranquila como un monje reconfortando a una alma perdida—. Yo no me iré. Incluso si mueres, no te librarás de mí.

    Sin embargo, se quedó el resto de su turno pensando si Altréu había hecho algo por él en el pasado, algo que pudiera justificar aún más el hecho de que no quisiera abandonarlo.


    ***​


    Al día siguiente, Méyu anunció que tomaría el lugar de Yéman para hacerle compañía a Altréu después de la escuela. Los tres amigos se sorprendieron de que quisiera volver a su rutina pese a las constantes decepciones; habían dado por hecho que ya no quería nada que ver con él desde el día que Altréu decidió dejar de intentar vivir, el día que Méyu vio el vaso levitar, hecho que, por cierto, mantuvo en secreto para ella.

    Con mucha naturalidad tocaba Méyu la barrera que lo separaba de Altréu, su cara se mantenía desecha e inexpresiva, pero sus toques tenían un sentimiento de negación: entre más tocaba la barrera, más se convencía de que no existía realmente, y que lo que tocaba correspondía a alguna otra artimaña que la realidad, en su infinito misterio, ponía ante ella. No quería tener que volver a preguntarle a algún desconocido si el aire se podía solidificar creando una barrera invisible cuyo tacto recuerda al acero. “No admitir nunca que un fenómeno de otro mundo ha surgido en éste”, razonaba y se tranquilizaba.

    Entonces se despertó Altréu. Durante las visitas de Méyu, Altréu siempre se despertaba rato después de sentir su presencia a un lado de su cama.


    ***​


    Zúruk quizá no recordó inmediatamente algún momento memorable que justificara su apego a Altréu.

    Al mismo tiempo, al terminar de hacer su tarea, Líe también pensó en una razón que justificara su aprecio por Altréu después de lo traicionada que se había sentido. Pero, a diferencia de Zúruk, que se empeñaba en resumir toda su amistad en un solo recuerdo, Líe sabía que su lealtad estaba fundamentada en incontables pequeñas anécdotas que en conjunto la mortificarían si también traicionara a Altréu.

    Por propósitos de desarrollo de la relación entre Altréu y Líe, expondré ahora algunos de esos recuerdos. Siéntase libre el lector de pasar a la siguiente lámina si tal información no es de su interés.


    Una vez, en primer año de secundaria, Líe se dio cuenta de que Altréu también prefería tomar apuntes con lápiz en vez de bolígrafo, como lo hacían casi todos los demás. Después de esa observación, Altréu dijo:

    —Es que me equivoco mucho.

    —Ah, yo creo que no me equivoco tanto.

    —¿Y por qué no usas bolígrafo?

    Ella pensó un momento, y dijo:

    —Creo que por temor a equivocarme.

    Y permaneció bastante rato pensando en la diferencia entre equivocarse mucho y sólo tener el temor de equivocarse, y no recordó si llegó a alguna conclusión o pensamiento final.


    Una vez ambos llegaron tarde a clase, y al entrar bruscamente por la puerta se lastimaron con el marco, Líe el brazo derecho y Altréu el izquierdo. Días después, ambos exhibieron sus marcas rosáceas y los demás dijeron que lucían extrañamente iguales.


    Una navidad, Altréu le regaló a todos boletos de cine para ir a ver una película que sólo le interesaba a ella. Los demás no pudieron sino resignarse para no desperdiciar las entradas. Cuando salieron, dijeron que no había estado tan mal como pensaban.


    Cuando tuvieron que cantar varios himnos nacionales para el festival cultural, Líe pasó horas luchando para ayudar a Altréu a pronunciar bien los himnos de Francia y Bélgica. Ella no sabía francés tampoco, pero era la que mejor había aprendido a pronunciarlo durante los ensayos.


    En algún cumpleaños, Líe le regaló un peluche de Deadpool. Altréu estuvo encantado como un niñito. Lo llevó una vez a una piyamada en casa de Yéman y sintió un poco avergonzada de lo apegado que se veía Altréu a ese peluche. Tiempo después, decidió pensar que exageraba para mostrarle aprecio por el regalo.


    Un día se le cayó el lápiz a Altréu y ella se lo regresó. Antes de hacerlo, observó que tenía rastros de mordidas, pero ella nunca lo había visto mordisquear sus lápices.


    En algún momento surgió una plática sobre animales y Méyu acabó preguntando cuál les gustaría de mascota. Casi todos se quedaron entre perros, gatos, peces o tortugas, sólo Altréu dijo:

    —Una rata topo desnuda.

    Se rieron. Pero como ella no sabía qué animal era ese, ese mismo día lo buscó en Wikipedia y también quiso una.


    ***​


    —Hola, Méyu —dijo finalmente Altréu con voz empolvada—, ¿qué cuenta el mundo?

    —¿Aún te interesa lo que suceda fuera de ti? —respondió Méyu, desdeñosa.

    Altréu puso una mueca que parecía una sonrisa.

    —¿No habías dicho que ya no volverías?

    Sintiéndose humillada, Méyu adquirió un porte retador y dijo:

    —Mírate, estás hecho un esqueleto, apestas y te ves espantoso. ¿Así es como quieres que todo termine?

    Altréu le regresó la mirada retadora, y contestó:

    —No hay muerte indigna si es por propia voluntad.

    Se callaron. Tras unos segundos, Méyu dijo:

    —¿No te importa tu familia? ¿No te sientes mal por lo que les estás haciendo pasar?

    —¿Acaso yo les importo a ellos? ¿Por qué no están aquí mi madre, mi padre o mi hermana? ¿Por qué han decidido dejarle a mis amigos el peso de hacerme compañía, de preocuparse por mí?

    —Si te dejaron es porque has rechazado toda su ayuda, todos sus sentimientos. Se cansaron de ti, Tréu, incluso la familia puede hartarse o asustarse y abandonar. No es de extrañarse; ellos han estado junto a ti todo este tiempo y saben lo que es tratar contigo. ¿Quieres alejar a tus amigos del mismo modo? Porque no creo que vayamos a aguantar mucho tiempo antes de sentirnos igual que tu familia.

    Ante esas palabras, Altréu tuvo un ápice de duda en los ojos, como si fuera un regaño que le diera miedo, pero luego dijo:

    —¿Qué más da si me abandonan? Sólo harían las cosas más fáciles para todos. Si les dejo de importar, mi muerte les afectará menos; me verán como el estúpido amigo, hijo y hermano que en su egoísmo decidió mandar a todos al carajo, y no sentirían tristeza por mi partida, sino alivio.

    —¿Así que eso es lo que quieres?, ¿que te odiemos para que no nos entristezca tu muerte? Qué imbécil eres.

    —Di lo que quieras; yo creo que funciona, al menos para mi familia.

    —¿Crees que te odian?

    —Como mínimo ya no les importa tanto; me ven como una carga; mi muerte les regresará la libertad, seguirán en paz sin mí.

    —¡Idiota! Sólo se portan de esa manera porque ya no saben qué hacer. Quisieron traerte ayuda, y tú haces aparecer esta… —se detuvo al darse cuenta de que iba a ser consciente de la barrera, lo que haría tambalear gran parte de sus razones para objetar a Altréu, recobró la compostura y continuó—: Se rindieron porque no los dejaste ayudarte. Si quisieras curarte, si mostraras deseos de seguir viviendo, estarían a tu entera disposición, tu hermana incluso, te apuesto mi vida a que, si ahora mismo gritas que quieres vivir, que quieres volver a salir y tener una vida normal, hasta ella vendría llorando para ayudarte a levantarte y comer, y te diría: “vamos al cine cuando te recuperes”.

    Altréu dejó escapar una risa hueca.

    —Y dices que el de las fantasías soy yo.

    —¡Así sería!

    A pesar de la frialdad con que Altréu la escuchó, no pudo evitar imaginarse esa hipótesis de Méyu y sintió una incomodidad en el estómago, que no era lo que normalmente le producía la agonía de estar muriendo. Para no pensar mucho en eso, dijo de repente:

    —No quisiste mencionar lo de esta barrera invisible, ¿por qué?

    Ahora que la barrera estaba de nuevo en su consciencia, Méyu cerró con fuerza los ojos y apartó la cabeza bruscamente.

    —Ahora que lo pienso, tampoco me has dicho lo que piensas de lo que viste del agua. Y bien, ¿es todo esto suficiente prueba de que lo que digo tiene algo de verdad?

    Méyu abrió los ojos.

    —Y ahora con lo de la barrera, creo que todos los demás también lo están considerando, ¿no crees? —Altréu volvió a reír, complacido— Ya me los imagino, por eso mi familia me ha abandonado, porque en el fondo estarán pensando que todas mis fantasías son más verdad de lo que están dispuestos a admitir. ¡Oh, qué maravilla! ¡Que los que se burlaban de mis viajes llamándolos sueños se traguen sus palabras! Fíjate, admitir que el que vive en fantasías ha tenido razón todo el tiempo. ¡No pueden aceptarlo y por eso me abandonan! Y los chicos, Yéman y Zúruk ya tocaron la barrera y deben estarse rompiendo en pedazos por no saber qué pensar, y mañana, cuando venga Líe, le pasará lo mismo. Que me odien, Méyu, ¡Que me odien todos por haber tenido razón!

    El esfuerzo lo dejó agotado, respirando pesadamente y con una apariencia aún más moribunda, pero no paraba de sonreír con ese arrogante aire triunfal, la sonrisa de los que han logrado su más anhelada venganza.

    Méyu lo escuchó todo deseando haber nacido sorda, porque por un lado era una estupidez, y por el otro era verdad, era una verdad absurda. Se sentía hundir, ignorar ya no funcionaba, su indignación y su frustración se volvieron un dolor real en su cuerpo. Se sintió tan derrotada que, para no morirse de coraje, no tuvo más remedio que ser honesta con lo que verdaderamente sentía, y lo expresó con una fuerza tan súbita que Altréu no pudo evitar espantarse:

    —¡No importa que hayas tenido razón, no importa que de verdad puedas escapar de esta realidad para visitar otras, no importa que no sea una fantasía! Tienes que ignorarlo, Tréu, ¡ignóralo! Elige este mundo, nos harás sufrir a todos si mueres, ¡no quiero que mueras, Tréu, por favor no te mueras!

    Apoyó las manos sobre la barrera invisible y ahí lloró igual que como lo había hecho en el suelo de su cocina. Unas lágrimas se derramaron sobre la barrera y se escurrieron por ella como gotas de lluvia en un parabrisas.

    Altréu estaba conmocionado viendo a Méyu llorar así, tan preocupado por él, tan triste de pensar en un mundo en el que él ya no existiera. Aún seguía siendo demasiado importante para alguien como para irse de ese mundo. Más que nunca sintió que una pesada cadena le impedía emprender vuelo, pero sintió tanta compasión, tanta piedad y tanta ternura, que ese sentimiento de estar encadenado adquirió un calor extrañamente placentero, tan nostálgico y triste que consistía una especie de felicidad en peligro de perderse. Por un instante quiso llorar con ella y olvidar sus planes, quiso vivir en la jaula, felizmente encadenado junto a los demás en una hermosa realidad que tenía ahí a la mano, en lugar de ser infeliz en las ficciones a las que viajaría si se liberaba. Estuvo a punto de pedir perdón, de gritar que quería vivir, que quería volver a salir y que ya no le importaba viajar a otros mundos, pero se contuvo, igual que uno desesperadamente intentaría contener la respiración en lo más profundo del océano, como una bomba que se niega a estallar. Y lo logró; esta vez el que se empeñaba por ignorar era él; vio a Méyu llorar y se convenció de que eso no estaba sucediendo, recordó lo que había dicho y creyó verdaderamente que no lo había dicho. Méyu ya se había calmado un poco cuando escuchó decir a Altréu, con una voz muerta y seca:

    —En tres días todo terminará.

    Abrió los ojos sin secarse las lágrimas, y espantada vio que se veía igual que cuando había anunciado su plan de morir; no había logrado conmoverlo, había expresado el contenido de sus emociones reprimidas por nada, la muerte de Altréu seguía en marcha.

    —Diles eso a los demás, todos están invitados a venir a ver.

    Méyu salió corriendo de esa casa. Su velocidad fue decreciendo al mismo tiempo que sus sollozos. Llegó a su casa tambaleándose y sin lágrimas.


    ***​


    (Reunidos bajo un árbol delante de la cancha de futbol. Es la hora del descanso)

    Aún están mortificados por haberse equivocado de bicicleta.

    Yéman: Alguna diferencia tuvo que haber habido; no puede ser que hayan sido exactamente iguales.

    Zúruk: ¿Quién sería esa chica?

    Méyu: Se llama Zósla, lo sé porque todos lo andan contando: “destrozaron la bici de Zósla de segundo año”.

    Zúruk: Si me la llego a encontrar, no sé si pueda quedarme callado.

    Méyu: Nadie debe decir nada.

    Líe: Eso no sería correcto, debemos confesarlo y explicar que fue un accidente.

    Méyu: ¿Y si decide acusarnos?

    Todos callan. Altréu llega minutos después, con unos papeles en las manos.

    Altréu: ¿Qué ocurre con ustedes? ¿Aún piensan en lo de la bicicleta de esa tal Zósla? En vez de perder el tiempo sintiéndome mal, llevé las cosas a la acción.

    Les entrega un catálogo de bicicletas, una de las cuales está encerrada en un círculo con un marcador amarillo.

    Méyu: Es la misma bicicleta.

    Zúruk: Pero es cara, doscientos yaos.

    Altréu: Es por eso que tenemos que juntar dinero (les entrega otro papel, donde se puede leer “Tirdánh[1] más algunas fotos de pertenencias suyas con precios debajo), así que empiecen a sacar cualquier cosa que ya no les sirva a ustedes o a sus familiares, las reuniremos y decidiremos precios, luego las iremos vendiendo poco a poco hasta recaudar el dinero.

    Lo repentino de la idea los dejó atontados, pero cuando hubieron asimilado todo el plan, el remordimiento dio paso al entusiasmo y felicitaron a Altréu.



    [1] Tipo de venta por catálogo, similar a una venta de jardín móvil.
     
  16. Threadmarks: Frente al espejo
     
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

    Virgo
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    Título:
    ParalefikZland: Alter Ego
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    21
     
    Palabras:
    2346
    15. Frente al espejo

    El siguiente universo era un típico cosmos con estrellas y planetas. Ánderwo apareció justo al lado de un planeta habitado por seres similares a su especie, pero cuyos ojos eran espejos, sin metáfora, sino en toda su posible literalidad. No podía uno mirar al otro sin terminar por verse así mismo reflejado en los ojos del otro, y se veían infinitamente en un bucle interminable de reflejos. Sus parpadeos se veían como un repentino oscurecimiento de los espejos antes de volver a aparecer el mundo reflejado en su interior; era al parpadear el único momento en el que las imágenes infinitas desaparecían y volvían a saberse en singular.

    Entre ellos se materializó Ánderwo adquiriendo aquellos extraños ojos, y vagabundeó en ese mundo durante unas cuantas décadas.


    ***​


    Era un hecho en ese mundo que uno no se reflejaba del mismo modo en los ojos de los demás; cada reflejo podía ser tan único que el que se viera alto y fornido en los ojos de uno, podría verse pequeño y débil en los de otro. Gracias a eso, cada ser tenía la capacidad de conocerse desde múltiples ángulos dependiendo de los ojos en que se reflejara. La consecuencia lógica es que no siempre iban a sentirse satisfechos con todos los reflejos con los que se cruzaran, pues como es natural, uno siempre tiene una autoimagen que se considera el pilar básico de su naturaleza, y los demás reflejos no son más que meras variaciones y perspectivas de esa imagen personal. Por eso, cuando un ser se encontraba con que la mayoría de los reflejos que veía en los ojos de los demás no coincidía con la imagen que veía a solas en su propio espejo, entraba en un estado de inquietud. En una ocasión, Ánderwo, mientras caminaba a un lado de una carretera rumbo hacia una ciudad, encontró a un hombre cuyo vehículo se había descompuesto a medio camino y estaba sentado en el parachoques esperando una grúa. Al cruzarse las miradas, Ánderwo se vio con una expresión de cobarde y con la mirada atontada, falto de voluntad y de dirección en la vida, perdido y enflaquecido. Quiso pasar de largo, pero aquel ser le gritó de repente:

    —¡Oye, ven acá!

    Ánderwo se detuvo y volteó la cabeza.

    —¿Sí?

    —¡Qué es esa manera de reflejarme en tus ojos! No me conoces en nada y ya me estás viendo de esa forma tan grosera. Me vi como un ser caricaturesco, de ojos y cabeza grande hasta el punto del ridículo, y tenía una expresión de idiota, de un bebé que apenas ve sus primeras imágenes a través de los barrotes de la cuna, que no presta atención más allá de lo que tiene en frente de los ojos.

    —Lamento que el reflejo que haya visto en mis ojos no le haya gustado, y que mi opinión de usted reflejada en ellos no haya sido de su agrado tampoco, pero ¿qué se le va a hacer?, la imagen de mí que yo vi en sus ojos tampoco me ha agradado mucho.

    —Pero es diferente. Tú eres un vagabundo andrajoso que sólo habrá de servir para pedir limosna; yo soy un hombre que ha viajado por el mundo, que ha visto cara a cara las culturas y las costumbres del mundo, que tiene en la cabeza tanto conocimiento que si la mayoría de los libros desaparecieran, yo solo sería capaz de reconstruirlos de memoria. Mi imagen de ti es mucho más acertada que la imagen que tienes tú de mí.

    Y Ánderwo, que no tenía ganas de hacerle ver las razones por las que lo veía como un ser de tan poca trascendencia, simplemente respondió:

    —Me disculpo, señor; no era mi intención que mi perspectiva de usted lo ofendiera. Por cierto, he escuchado rumores de que varios servicios del estado se encuentran en huelga. Se lo digo para que no se sorprenda si la grúa no llega, he oído también que les gusta contestar las llamadas como si todo fuera normal, pero luego no hacen nada. Buena suerte.

    Y se alejó de ahí, dejando preocupado y confundido al viajero de ese mundo que no le había gustado verse en los ojos de Ánderwo.

    Al llegar a la ciudad, se encontró con cientos de manifestantes que bloqueaban una de las avenidas más importantes. El escándalo de los protestantes y de los cláxones era tan insoportable que decidió dar un largo rodeo hasta una zona relativamente tranquila, a partir de la cual enfiló hacia el centro de la ciudad. Cuando llegó cerca de una zona de puentes que cruzaban el río, a pocas manzanas del centro de la ciudad, vio a un grupo de vagabundos como él alrededor de un fogón, donde cada uno podía calentar algún alimento que llevara encima. Se acercó a ellos, les saludó y sacó una carne seca que le habían regalado en el camino, para ponerla a calentar cerca del fuego antes de comérsela. En eso, cruzó miradas con uno de los vagabundos, y se vio a sí mismo con un rostro casi heroico, los ojos blancos de un sabio que ha vivido durante siglos con el porte majestuoso de largos años de experiencia, y con la piel endurecida por los embistes de la vida. El vagabundo, en cambio, se vio a sí mismo en los ojos de Ánderwo de manera similar a como se había visto el viajero en la carretera, y, enojado, le amonestó de la siguiente manera:

    —¿Por qué me ves así si yo te he visto tan bien? ¿Me ves como un bebé? No sé mucho y no soy como esos que se pasan entre libros, pero tengo jodida experiencia y eso me da sabiduría que los que estudian no saben. Me sé el mundo de memoria, peque, te lo podría contar todo de memoria.

    Y asintiendo con falsa complacencia, Ánderwo se apartó del fogón y contestó apacible:

    —Perdón, me retiro. La manifestación se acerca y va a jodernos cuando llegue, lárguense todos se aquí o los aplastan.

    Cruzó el centro de la ciudad y se dirigió hacia las afueras, huyendo de la masiva manifestación que comenzaba a escucharse a lo lejos al dejar a los vagabundos. Caminó por más de una hora, el ruido de la manifestación ya no se escuchaba, pero sabía que en cualquier momento volvería a hacerse presente por entre los edificios del ya lejano centro de la ciudad. Se detuvo a descansar en un parque, donde muchos jóvenes y algunos viejos aún podían disfrutar de la temporal tranquilidad haciendo ejercicio. Se sentó en un banco para comerse su carne seca que apenas había podido ahumar, y miró a los corredores. Sus ojos se cruzaron con los de una joven muy delgada que pasaba corriendo haciendo vibrar los guijarros con sus zapatillas. Se vio en sus ojos como un tierno padre, o tal vez un joven abuelo, de mirada serena, despreocupada, pero también tenía una ligera sonrisa sospechosa, inquietante hasta tener reminiscencias diabólicas, la mirada de un embustero en piel de piadoso. Repitiéndose la historia, la corredora se detuvo y lo encaró diciendo:

    —¿Pero por qué me ve usted así, como si fuera yo una tonta?

    —¿Acaso la imagen que tiene usted de mí está justificada?

    —Soy una persona prudente, y los prudentes no se fían de las apariencias, suponen que toda la gente es sospechosa. Pero yo soy una mujer instruida, lucho en la vida y sé enfrentarme al mundo. Su imagen de mí es injusta.

    Y una vez más, Ánderwo dijo:

    —Esta es la tercera vez en el día que defraudo a alguien con mi percepción, y por tercera y última vez me disculparé. Me marcharé ahora. Si quiere correr, corra hacia su casa. Se acerca la manifestación.

    Una vez atravesada la ciudad, se encontró de nuevo en una carretera, y caminó a un lado de ella sin mirar hacia atrás a la ciudad que finalmente había sufrido en su totalidad los estragos de los manifestantes. Nunca volverá a disculparse.


    ***​


    Estuvo presente el día en que, habiendo escuchado las demandas de los manifestantes, se hizo oficial la ley de la No Ofensa Perceptiva, en la cual se estipulaba que: “…dado cualquier incidente de impropia percepción y o expresión de las impresiones personales, que en su contenido o forma alteren o incomoden las sensibilidades individuales, se dictaminará sentencia de acuerdo al daño emocional que la víctima manifieste haber tenido…”

    Y entre la multitud, al terminar el presidente su comunicado, vio gente temblando y celebrando, aterrada y gozosa, temiendo por la repentina restricción impuesta sobre su subjetividad y riendo por la repentina protección que garantizaban a la misma. Habían creado entre todos un mundo en el que había muerto la ofensa a costa de su libertad.

    Se dispersaron, pero era ya imposible incorporarse a una vida normal. Pronto empezaron los arrestos. Los que se habían levantado tarde, y exhibían síntomas de modorra en su cara y cabello, acusaron a aquellos que los percibieron como holgazanes; los que tenían la costumbre de comer comida rápida y tenían sobre peso, acusaron a los que los percibían como faltos de salud y mal ejemplo de hábitos alimenticios; estudiantes de carreras demandantes acusaron a los que no demostraban en sus reflejos un merecido aprecio por su esfuerzo y contribución futura al mundo; hombres feos fueron acusados por mujeres hermosas por percibirlas atractivas, cuando ellas no querían ser percibidas de ese modo por ellos; los feos, a su vez, acusaron a los que no se esforzaran por percibir la belleza de sus almas; y así atestiguó Ánderwo cientos de casos durante las décadas posteriores a la promulgación de la ley.

    Para evitar problemas, los seres de ese mundo empezaron a usar unas gafas oscuras que impedían observar el espejo que eran sus ojos, las cuales fueron producidas en masa con el propósito de evitar a todos ofenderse con la percepción de los demás, ya que todos los esfuerzos por generalizar la costumbre de los pensamientos positivos y corteses había fracasado. Las gafas oscuras habían llevado al mundo a una época de paz, donde nadie volvió a sentirse ofendido.

    Fue también en esa época cuando Ánderwo sintió que ya había estado demasiado tiempo infiltrado en esa realidad como simple observador, y en él surgió un aburrimiento que sólo podría eliminarse yéndose o haciendo algo más. Se decidió por hacerse invisible y, en ese estado, vagabundear de un lado al otro eliminando la “ofensividad” de la naturaleza de todos los seres con los que se encontraba. Ahí donde su voluntad se posaba, el ser automáticamente dejaba de sentirse ofendido, no sabiendo si había perdido la capacidad de ofenderse, o si de algún modo se había fortalecido y las ofensas sólo habían dejado de importar. Al principio mantenían en secreto ese repentino cambio, nerviosos de que alguien más descubriera esa metamorfosis inenarrable de sus mentes. Conforme pasaba el tiempo, y Ánderwo continuaba con su silenciosa transformación de ese mundo, los seres que ya no se ofendían se multiplicaron, y en algún momento su existencia se volvió evidente; se quitaban las gafas oscuras y se miraban en los espejos, pero las imágenes, por más que en el pasado hubieran resultado inaguantables, habían perdido todo su efecto ofensivo; ya no les importaba. Al reconocerse, se reunieron y hablaron de ese nuevo despertar en el que las ofensas habían muerto sin necesidad de exterminarlas, solamente dejando de darles importancia.

    Tras varios años, Ánderwo había eliminado el concepto de daño por ofensa de todas las mentes de ese planeta, y aunque para ese entonces los efectos de esa nueva mentalidad ya habían vuelto a modelar al mundo, decidió que ya era momento de marcharse, sin tener suficiente curiosidad por saber hasta dónde llegarían en ese nuevo mundo.

    Lo único que mantenía su curiosidad viva durante su misión silenciosa, fue observar las reacciones de los seres que aún se ofendían ante el hecho inevitable de que todos se dejaban de ofender, percibiéndolos al principio como una amenaza, como los nuevos destructores de la civilización, exhortándolos a que ese pensamiento libre del efecto de las ofensas era antinatural, imposible e indigno. Pero era cuestión de tiempo para que la voluntad de Ánderwo los fortaleciera y pasaran a formar parte de ellos.

    Cuando se hubo ido, el Viajero le habló de la siguiente forma:


    ***​


    Esa frialdad que mostraste mientras viviste en ese mundo es bien conocida por mí. Tan fácil es cambiar de realidad, de simplemente abandonar a los demás seres con sus condiciones limitadas, que el estado de Viajero es terreno fértil para la indiferencia. Eres como yo; la facilidad de las cosas te hace difícil desarrollar gran aprecio por ellas, y tu aburrimiento se vuelve variable y caprichoso. Hasta ahora te has mantenido en un temperamento controlado, cuando no favoreces a los seres por lo menos no los perjudicas. Pero pronto, presiento, volverá a cambiar tu voluntad, y ya superado tu remordimiento por causar perjuicios, querrás experimentarlos saliendo de tu propia mano. Lo entiendo, yo también lo hice. Pensabas que nunca querrías usar tu nuevo estado para abusar de él, sino que serías el héroe o, cuanto menos, el observador invisible. Pero eso ya te aburrió.

    Hay más cosas, podrías hacerle caso a esa niña Méyu, y asentarte en una realidad para al menos tener una que apreciar. Tómate un descanso de los viajes, vive en un mundo plenamente y luego continúa. Es común incluso para mí hacerlo; también me aburro de viajar. Tengo tantas realidades que he hecho mis hogares como realidades que me causan indiferencia total. Puedes, si quieres volver a un mundo en el que ya hayas estado; mis reglas ya no me importan y no es mi voluntad seguirlas. Pero si aún no es tu voluntad tener algún hogar al cual regresar de tiempo en tiempo, donde sientas que puedas tener un momento de reposo para tanta trascendencia, eso también es válido y admirable. Considera al menos que, aunque no haya garantía, tener una realidad a la que puedas llamar tuya vuelva menos vacíos tus viajes.
     
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  17. Threadmarks: El camino con retorno
     
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    16. El camino con retorno

    Nadie hoy. Viaje, no, no, agua, no, sobre la repisa, ahí, sí, ya no está, ¿dónde está? [Áspera oscuridad, fresco] Noche, ¿hora? [No se ve] [Fantasma de la imagen de Zúruk] Agua, dame agua, amigo. [Desaparece]. (Se ha) ido ya, la noche (se lo llevó). Yo también (pronto me iré), ¿adónde (iré cuando muera?) ¿Qué haré? (¿Mi madre, mi padre, Líru, Zúruk, Líe, Yéman, Méyu) me llorarán? (Sobre mi) ataúd (reunidos, llorando), no, (felices, contentos), pues ya no estaré. [¡No mueras, no mueras, Tréu, no quiero que mueras!] Méyu, (sólo) olvídame, déjame (ir). ¿Quedarme?, quedarme, ¡quedarme!, (no). [“Vive plenamente primero”] [Sobresalto] (¿eh?), (¿vivir) plenamente?


    ***​


    ¿Quién ha logrado definir lo que significa vivir plenamente? ¿Qué significa afrontar la maravilla de la vida en toda su plenitud y salvajismo? Si la vida abunda, ¿sigue siendo un milagro? ¿Quién ha definido que escapar es de cobardes o de desconsiderados? Alguien que nunca ha logrado salir. Cangrejos que arrastran a los demás cangrejos al fondo de la cubeta. Pues ¿no fue acaso mi vida plena como para que se me permita salirme de ella? Plena según mis criterios, ¿qué criterios? Mentí, tampoco tengo criterios, todo criterio para la plenitud es desconfiable. Pero: “¡No te mueras, no te mueras, no te mueras”!, interminable, sólo lo dijo Méyu, pero todas las voces del mundo me lo dicen. No, no son ustedes los que han de determinar si ya he vivido lo suficiente. Sigan con sus vidas y déjenme, sigan y…


    ***​


    ¿Una lágrima? Sí; la poca agua de su cuerpo desperdiciada en llorar. En la oscuridad había movimiento: sombras que festejaban con voces de familiares y amigos que aún tenían ganas de vivir.

    —¡Es mejor trascender! —gritó Altréu en su mente, grito que él escuchó con su antigua voz, de cuando aún no era moribundo—. El que tenga la oportunidad de viajar, debe hacerlo.

    Las sombras lo ignoran, aumenta su alegre fiesta y se hacen más nítidas.

    —No lo entienden porque no están en mi posición, pero ustedes también se volverían egoístas si sintieran lo mismo.

    Las sombras lo ignoran.

    Tal vez está dormido, porque se levanta de la cama y camina hacia la oscuridad, que un cuchillo de luz rasga de arriba abajo, y la luz del otro lado queda expuesta en toda plenitud.


    ***​


    En el mar de luz hay algo, o quizá alguien, pero nada se ve. Luego todo gris, y al final de ningún color. Algo comienza a hablarle, sin usar ninguna voz; sólo mera información que se impregna en la conciencia de Altréu:

    “El miedo a la muerte es en realidad el miedo al no volver, al no retorno. Nunca nos iríamos de ningún lugar amado si supiéramos que nunca más podríamos regresar. Por eso no quieren que mueras, no por tu propio bien, sino por su propio egoísmo de no perderte, pues eres parte de su vida y no puedes sólo amputarte de ella. Pero sufren porque no comprenden, y al parecer tú tampoco lo has asimilado del todo, que el fin de la vida en un universo no necesariamente significa el fin de la conciencia en otros lados, mucho menos la tuya, que ha viajado y adquirido trascendencia. Creen que no te verán de nuevo si te dejan ir, y tú también crees que no volverás a ellos cuando te hayas ido, pero ya no hay razón para conservar tal creencia. Muere y luego regresa, hazte un Viajero completo, busca la trascendencia si quieres, viaja a muchos mundos, pero regresa alguna vez, hazte de nuevo parte de su vida en tu nuevo estado. En algún lugar, en otro universo paralelo, seguramente habrá seres existiendo del mismo modo; padres que no se entristecen de la muerte de sus hijos porque éstos sólo tienen que regresar del mundo en el que cayeron sus mentes al morir, o que simplemente van a recorrer galaxias y universos como si fuera un paseo, y para los demás sería como si hubieran muerto, porque ya no estarían existiendo en la misma realidad en el que aún tienen encerradas sus conciencias. Sí, sufrirán por ti, pero harás que no sea por mucho; regresarás y les mostrarás tu nuevo estado, comprenderán que es inútil entristecerse por los muertos cuando te vean de vuelta, y podrás seguir existiendo en esta realidad tanto como quieras al mismo tiempo que viajas y aumentas tu trascendencia, y tus momentos de viaje serán tan breves para los demás que podrás vivir billones de años en otros universos, y al regresar, todos percibirán como si no te hubieras ido más de unos instantes. Muere sin pena, pero regresa. No los hagas sufrir demasiado”.


    ***​


    Despierta a tiempo para ver el perfil de Zúruk desapareciendo por la puerta. Sonríe conmovido por su lealtad y lamenta que se sienta obligado a no dejarlo solo. Instantes después aparece Méyu, nuevamente incapaz de no ir a verlo pese a todo lo que le hacía sufrir. Hay un frasco en sus manos. Se sienta a su lado y no reacciona al encontrarlo con los ojos abiertos. Hace que al frasco le de la luz de la ventana y le muestra la babosa, aún viva después de todos esos años. Méyu ya no intenta reprenderlo; se presenta a sí misma como una visita más a un anciano cuya vida ya es imposible de salvar; su sonrisa es consoladora, un poco triste pero esperanzada, como para quitarle el miedo al moribundo.

    —La mantuviste viva —dice Altréu, con todo el asombro que aún podía sacar.

    —Más bien mi mamá lo hizo —dice Méyu—. Yo sólo la cuidé algunas veces.

    Méyu siguió hablando, a veces contaba de asuntos de la escuela, a veces de asuntos de su familia, reía con algunas de sus anécdotas y se enojaba con otras; sonaba arrogante cuando algo la enorgullecía, y humilde cuando no comprendía algo. Altréu se preguntó si esa actitud tan casual, tan libre de miedo o enojo, era una señal de que finalmente había aceptado que él moriría, y por lo tanto no había caso en permanecer con rencor hacia él, sino todo lo contrario, tener tantos buenos recuerdos como se pueda antes de tener que despedirse.


    ***​


    El Tirdánh funcionaba. Habían reunido tantas cosas para vender que bromearon diciendo que sobraría suficiente dinero para comprarse una bicicleta nueva cada uno. Entre los artículos que habían reunido entre las familias de todos se incluían: un triciclo rojo que le habían regalado a Líe a los cuatro años, una alcancía con forma de globo terráqueo que Zúruk encontró en la bodega de la casa de sus abuelos, una flauta de madera que había sido del hermano de Yéman antes de que éste se fuera a estudiar al extranjero y que se la había regalado como recuerdo, una televisión portátil en blanco y negro que Méyu había comprado de otro Tírdanh, y que resultó nunca tener la ocasión ni la voluntad de utilizar. Una vez elaborados los folletos con fotografías de los artículos a la venta, pasaron días yendo de un lado al otro de la escuela promocionándolos entre los demás estudiantes y, algunas veces, entre los profesores. Una vez fueron a un templo cercano un día en que se celebraba el dios al que estaba dedicado, y aprovecharon para ofrecer los artículos a los participantes de la fiesta. Del mismo modo intentaron ir a otras escuelas y a otros templos, con mayor o menor resultado. El que más se esforzaba era Altréu; verlo acercarse a los posibles compradores con el folleto a la mano, hablarles efusivamente de los productos y hacer bromas para generar simpatía, y adoptar un porte servil y reverente hacia aquellos que, convencidos por su actitud, anotaban sus nombres en la lista de compradores al lado de la lista de artículos, hizo nacer en los demás dudas curiosas que, en gran medida, suavizaban el sentimiento de exagerado respeto y admiración que les provocaba. Era verdad que quería redimirse del daño que le habían hecho a la chica de la bicicleta, como todos, pero de tanto en tanto tenían la impresión de que Altréu lo hacía con algún tipo de desesperación o malestar que no lo abandonaría hasta haberle retribuido adecuadamente lo que le habían quitado. Cuando tuvieron suficiente dinero para apartar una bicicleta (urgidos por Altréu dado su temor exagerado de que, confabulándose todos los dioses en su contra, todos los ejemplares de la bicicleta fueran ya vendidos antes de haber conseguido todo el dinero necesario), los esfuerzos se redoblaron. Altréu estaba seguro de poder reunir todo el dinero en una semana, pero el tiempo total de las ventas se extendió hasta casi dos semanas y media. Reunido todo el resto del dinero, fueron los cinco a comprar finalmente la bicicleta.
     
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  18. Threadmarks: Un dios degradado
     
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    17. Un dios degradado

    Recordará el lector que, en el primer capítulo de este escrito, se ha optado por escoger la versión de Ánderwo que acabó aceptando la propuesta del Viajero, por consiguiente dándonos algo moderadamente interesante que atestiguar. Aunque no sea necesario aclararlo, el Ánderwo que dejamos atrás eventualmente salió al pasar la tormenta y contempló los sucios mares citadinos que había dejado atrás. En unos mundos se arrepintió de no haber aceptado la propuesta; en otros, no sintió ni tristeza. En algunos siguió su vida con total normalidad; se graduó, envejeció, se adentró en las demandas de su realidad. Aunque nunca olvidó su rápido encuentro con el Viajero invisible, con el paso del tiempo, y el incremento de su resignación, dicho recuerdo adquirió la categoría de ensoñación provocada por su mal humor causado por aquella tormenta, y cuando lo recordaba volvía a sentir el mismo frío y la misma humedad de ese día que se había vuelto noche.

    Nunca se casó ni formó relación sentimental alguna. Vivió en una apacible soledad. Romper su rutina o intentar salir de su retraimiento le producía malestar, tal vez causado por su inconsciente relación de cambiar de vida con viajes a otros mundos, una oportunidad que había rechazado y que había internalizado para todo aspecto de su vida que implicara realizar un cambio. El simple hecho de salir de su casa e ir al trabajo ya le parecía algún tipo de viaje a otro universo, y por eso no le entusiasmaba en lo más mínimo.

    Fue entonces un día que, cambiando aburrido los canales en la televisión, se topó con el anuncio de una próxima serie de televisión: “Alter Ego, inspirada en la novela del autor danzilmarés Írgend Bán. Estreno nacional el 24 de abril…


    ***​


    El dios que Ánderwo acababa de matar se llamaba Nózam[1]. Había aparecido por puro capricho de la realidad y creía que había existido desde siempre. Había creado un multiverso que se diversificó infinitamente, y pensaba que él se encontraba en la cima de toda existencia y que nada había más allá de él. Se decía perfecto, infinito y todopoderoso, lo cual no era errado dentro de las circunstancias en las que habitaba. Por eso, cuando llegó Ánderwo y éste le contó acerca de la infinidad de seres similares y más poderosos que él, que podían crear y destruir megaversos con su mera presencia, y que la infinidad de sus poderes no era más que una comodidad insignificante, Nózam entró en estado de negación, terror, melancolía y, finalmente, violencia. En aquel tiempo, Ánderwo le había pedido al Viajero que le diera el suficiente poder para moverse con total libertad dentro de los límites del Zland, y la infinidad y perfección en la que se encontraba era muy superior a la infinidad y perfección de Nózam.

    —Eres infinito —le había dicho antes de matarlo—, pero cuando puedes viajar tanto e integrar contigo tantas realidades, y explorar regiones tan remotas y magnitudes tan elevadas de la existencia, te das cuenta de que incluso el infinito es un concepto limitado, que puede superarse y agrandarse, que hay infinitos tipos y niveles de infinitos, que hay infinitos que pueden aplastar otros infinitos.

    Las razones por las que decidió matar a ese ser trascendental no son muy claras. Simplemente podemos suponer, basados en nuestras observaciones anteriores, que Ánderwo había hecho suya la voluntad de bajar de su pedestal a todos los seres que se denominaran a sí mismos como dioses, demostrándoles que incluso los seres perfectos e infalibles puedes sucumbir y fallar ante alguien que se halle un poco más arriba de ellos.

    Durante eones viajó matando dioses. Sin importar que estos fueran omniscientes u omnipotentes, Ánderwo había pedido integrar para su naturaleza la manera de superar y cancelar esas características, todo con tal de inculcarles un poco de humildad a los seres perfectos.

    Una vez quiso crear un universo, el evento inmediatamente se bifurcó en todas sus posibilidades creando un ultraverso, y cada posibilidad creó un universo que se bifurcó en multiversos. Hizo ocurrir otro evento creador, y volvió a surgir un ultraverso que contenía multiversos que contenían universos. Creó así un pequeño megaverso de sólo dos orígenes. Siguió creando orígenes para engrosar su megaverso hasta que estuvo satisfecho. Luego, a sugerencia del Viajero, creó, siguiendo el mismo proceso, otro megaverso, que se diferenciaba del primero porque había limitado el número posible de bifurcaciones de sus universos a sólo un millón en vez de infinitas. Había creado un pequeño omniverso. Una vez más, expandió el número de los megaversos para engrandecer su omniverso; megaversos con bifurcaciones que iban desde el cero hasta lo más próximo posible al infinito; algunos donde sus bifurcaciones variaban sólo entre sus ultraversos, sólo entre sus universos, o que no se bifurcaban en absoluto. Cuando se aburrió de añadir megaversos a su omniverso, el Viajero le sugirió que incluyera magnitudes. Entonces el omniverso se bifurcó en dos; uno con una magnitud ligeramente mayor al otro; estos dos se volvieron a bifurcar para crear cuatro magnitudes. Repitió el proceso, bifurcando los omniversos hasta que cada uno tuvo una magnitud diferente, y a petición del Viajero hizo copias infinitas de todos esos omniversos y los encerró en un solo punto que cabía en la palma de su mano.

    —Haz creado una réplica de nuestro zland —dijo el Viajero—. Todo cuanto has visitado y visitarás, lo has creado tú ahora, y es tuyo; puedes hacer lo que quieras con él.

    En vez de emocionarse, Ánderwo tuvo al mismo tiempo una sed insaciable por saber más y un horror profundo por su propia obra.

    —Del mismo modo que ahora sostengo un zland, estando yo fuera de él, e infinitos seres dentro de él, yo estoy dentro de un zland, y fuera de él hay aún más existencia.

    Ánderwo se sentía aturdido, como si lo fantasioso de ese hecho sobrepasara todos los límites de los hechos que ya había vivido y atestiguado. Tuvo un repentino cansancio, fue víctima de un adormecimiento de ambición y dominó su sed de quietud. Pero para aparentar, preguntó:

    —¿No podrías hacerme salir de mi zland?

    —He decidido que los límites de este zland serán también mi límite para otorgarte. Te he convertido en un ser que trasciende todo menos tu zland; dentro de él eres el ser supremo, solamente igualado o superado por otros seres trascendentales similares o más poderosos que tú; pero si quieres ir más allá del zland y explorar el paralefik, a tu suerte te dejaré. Pero importa poco, pues veo que no tienes realmente la intención de abandonar el zland. Siendo sincero, en realidad tu infinitud aún está incompleta; eres lo suficientemente libre y tienes suficiente control para ser trascendental en todo el zland, excepto porque aún hay un universo que no dominas del todo: tú mismo. No serás un ser trascendental completo a menos que domines todos los rincones de tu vastísimo ser del mismo modo que puedes dominar todos los rincones del zland que creaste.

    Ánderwo lo escuchó mirando tristemente su zland, y se vio a sí mismo como un niño jugando con algo para lo que no está listo para jugar, pese a que lo entienda bien.

    —A pesar de que he creado e integrado en mí millones realidades, no he hecho ninguna auténticamente mía; sólo han sido para mí como memorizar el léxico de una lengua nueva, y aunque la domine y conozca todos sus secretos la sigo considerando como algo ajeno.

    Tras decir eso, Ánderwo apretó el zland que flotaba en su palma, y éste quedó reducido a nada.

    —¿No es irresponsable andar obsequiando a cualquiera este nivel de poder? ¿No peligrará todo el zland si seres más maliciosos llegan a este nivel de trascendencia?

    —Aunque yo no haga nada, todo el tiempo infinitos seres alcanzan este estado y ponen en peligro al zland, pero de nada sirve preocuparse; a veces yo lo protejo; a veces son otros seres de voluntad menos destructiva los que lo defienden; a veces en efecto este zland es destruido, pero simplemente se bifurca y se crea un zland en el que no se dio tal destrucción. Desde que comenzaste tu viaje, este zland ha sido reducido a nada un número infinito de veces, y un número infinito de veces se ha bifurcado para seguir existiendo. O más aún, existen infinitas copias de este mismo zland, y al ser destruido éste, nuestras mentes viajan automáticamente a otro que todavía exista más allá, en algún lugar del paralefik. El zland que acabas de destruir aún sigue existiendo, y existía antes de que lo crearas, y existe incluso si tú no lo creabas, en infinitos lugares de este zland y del paralefik.

    Ánderwo volvió a crear el mismo zland en la palma de su mano, y con la misma facilidad lo volvió a destruir, y lo volvió a crear, y lo destruyó de nuevo. Al destruirlo por última vez, preguntó:

    —¿Qué he de hacer ahora?

    —Lo que quieras. Llegados a este punto, ha llegado el fin de mi compañía.

    —¿Me dejas?

    —Tengo más voluntades; aún no soy el alter ego cuya voluntad es permanecer eternamente contigo.

    —Tengo miedo, no quiero que me dejes.

    —Yo en realidad no hice nada muy importante; no fui ni siquiera un guía, sólo te obedecía, pero ahora puedes lograr lo mismo sin mí. Ya podrías volver a la realidad de esa niña Méyu y hacer con ella lo mismo que yo hice contigo.

    —Aún no quiero volver a ese mundo.

    —¿Qué quieres entonces?

    —Vivir plenamente en algún mundo; hacerlo mío no con una rápida integración, sino con el paso de las lentas experiencias.

    —¿Volverás a tu primer universo?

    —No; quiero otro. Uno nuevo pero similar. Escógeme tú uno, Viajero. Te pido, como último acto de nuestra aventura, que me encuentres un mundo a tu propio criterio y me hagas existir en él.

    —¿Lo que yo decida? ¿Estás seguro?

    —Sí, porque quiero nacer de nuevo, y yo no elegí mi mundo cuando nací.


    ***​


    Me has confiado tu nueva vida, y escogeré a conciencia una para ti, Ánder. Vive mucho y vive bien, antes de que vuelva a ser tu voluntad emprender de nuevo los viajes. Esperaré con ansias encontrarte un día recorriendo el paralefik. Ya no importará qué tan lejos en la existencia vayas, a cuántos niveles de magnitud de encuentres, o si llegas a salir del paralefik, ¡qué bello es tener al menos una realidad en la que todos se alegren cuando te vean regresar después de recorrer toda la existencia! ¿De cuántas realidades harás hogar, donde puedas olvidar tu trascendencia y simplemente regocijarte con la bella condena de vivir?

    Ahora que te sumiré en un profundo sueño, al término del cual aparecerás en una nueva realidad. No me queda más que agradecerte por las experiencias que me permitiste atestiguar a través de ti, pues sabe que no eres el único que en algo se ha enriquecido con tus experiencias; incluso los seres de mi nivel de trascendencia podemos ser los torpes alumnos de seres como tú, que nos recuerdan, nos hacen reflexionar, nos hacen cuestionarnos o nos reafirman el por qué decidimos convertirnos en Viajeros en primer lugar.

    Hasta otro universo paralelo.



    [1] Un dios menor que, según los mitos, fue condenado a vivir como humano y olvidar que un tiempo había sido un dios.
     
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  19. Threadmarks: El gran nacimiento
     
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    18. El gran nacimiento

    Llegó el día de la muerte de Altréu.

    Se pueden ver a los tres familiares y a los cinco amigos reunidos en su cuarto en torno a la cama del moribundo.

    La escena sería una buena inspiración para una pintura fúnebre, donde el cadáver tiene aún un pie en la vida.

    Pese a ser el hambre la que lo mata, está menos esquelético de lo que se esperaría para esas alturas; su principal causa de muerte es la voluntad de morir.



    ***​


    Hay pequeños fantasmas jugueteando por la habitación. Sus risitas y el ruido de sus pasos se oyen también desde la sala y el patio. Délo y Déla Néi, sin necesidad de ver, pueden visualizar las imágenes de su hijo, que ha dejado rastros de pasado impregnados en la memoria de la casa; su hijo estaba viviendo de nuevo de forma invisible; su yo que apenas levantaba la cabeza, el que apenas gateaba, el que aprendía a caminar, el que empezó a correr, el que leyó por primera vez, y los cientos que ahí fueron creciendo hasta llegar a donde estaba invadía la casa como plagas. ¿Cómo es que el pequeño que un día batallaba para aprender a amarrarse las agujetas, el que no dejaba de silbar cuando se dio cuenta de que tenía la capacidad para hacerlo, el que hacía dibujos de extraterrestres y el que veía películas en la tele hasta dormirse, se había convertido en ese moribundo? ¿Cómo y por qué quería morirse ahora en medio de su vida?

    Déla:

    Esos piecitos que me patearon desde adentro. Todo ese cuerpo, ¿alguna vez estuvo todo dentro de mí? Se creó en mí, pero se va a morir afuera. Si pudiera volver a mi vientre, lo haría volver a estar ansioso de venir a la vida; nació muy rápido, estaba tan ansioso de vivir que se adelantó un mes, era un bebé hecho para la vida, no para alejarse de ella. Hijito, perdona que tu madre no haya sabido mantener en ti el amor por la vida con el que naciste. Te pariría mil veces más hasta que tu amor por la vida regresara.

    Délo:

    Si no estuviera ahí esa cosa que nos impide acercarnos a ti, si pudiera hacerla pedazos de un golpe, si pudiera atravesarla, ahora mismo correría hacia ti y te tomaría en mis brazos; no importaría tu resistencia ni tu angustia, no te dejaría morir de esa manera; al menos hazlo de camino al hospital, que al menos parezca que intentaste vivir y que yo intenté salvarte.


    ***​


    Para los propósitos literarios de esta crónica, explique de manera coherente y verosímil el cambio en la actitud de Méyu, que, como ya hemos visto, pasó de la tristeza e indignación a la resignación y la aceptación aparentes.


    ¿Coherente y verosímil de acuerdo a los criterios de lo coherente y lo verosímil de qué universo? ¿No es mejor acaso detenerse un momento y examinar el presente y conjeturar por uno mismo? Observe a Méyu de pie frente a la cama, ralentice el tiempo si es necesario, pero distinga bien que su boca recta, más que una débil curva contenta, es un disfraz en espejo de una curva triste, la inversión de la parábola no implica la inversión de las emociones, sólo el enfoque con el que éstas son razonadas. Mire en sus ojos la barrera luminosa de las lágrimas que los párpados contienen con su sonrisa. Y esas cejas, pelos confabulados para mantenerse en alto, hacen una contorción en sus centros, pues tiemblan los músculos. La nariz se pretende tranquila, mas inhala y exhala con ritmo de lamentos, y se oye el aire hacer eco en su interior húmedo con un sonido atropellado. La piel está llena de sangre por debajo, dándole un aspecto rosado, un antídoto contra la palidez que delataría su propio desasosiego. Entonces, ¿qué ha sucedido con ella? ¿Ha realmente superado las preocupaciones que la dejaron al borde de la locura cuando vio el agua levitar o solamente finge por cortesía a un moribundo? Sabemos además que el miedo a la muerte del otro suele facilitar la reconciliación, acelerándola hasta que parezca que no hubo disputas, que no se hirieron en ningún momento; todo eso deja de importar y sólo queda un muy precario olvido que evita que todo se desmorone.

    Si la respuesta es satisfactoria o no, poco importa. Volvamos de una vez a la narración.


    ***​


    El último día de Altréu, éste había soñado de verdad, sin ser un viaje a otro universo. Se remontó al día en que finalmente habían comprado la bicicleta de Zósla, en compensación por la bicicleta que le habían arruinado. Estaba él arrastrando la bicicleta hacia el aparcadero de la escuela, mirando de reojo el moñito rojo que Yéman le había colocado en el manubrio. Los demás venían detrás de él, muy lentos para él, y él muy rápido para ellos. La colocó y la aseguró con su candado; estaba como para una foto de catálogo.

    “Vamos”, dijo y entraron a la escuela.

    Preguntaron por Zósla de segundo año. Entonces el sueño comenzó a cambiar los rostros de todos los alumnos que se encontraban, adquiriendo unos ojos exageradamente tristes, muy húmedos, negros hasta el punto de parecer de moas, los párpados congelados en una expresión acusatoria y recelosa; apuntaban hacia ellos sin mover los dedos. Se le hicieron pesados los pies conforme seguía preguntando por el paradero de Zósla sin recibir respuesta. El tiempo se congeló; la alarma nunca sonó; todos los estudiantes parecían estatuas apenas vivas, rencorosas. Los cinco estaban pálidos y mudos. Se escuchó el impacto de una bestia metálica y varios gritos. Sus pies se despegaron del suelo y antes de darse cuenta estaban afuera, donde vieron un autobús destrozado en la calle, y el cuerpo de Zósla tirado en frente de su bicicleta nueva, sobre un charco de su propia sangre. El cadáver se levantó y miró la bici.

    “¿Es para mí?”, preguntó con una voz que su propia mente se había inventado, ya que nunca la había escuchado hablar de cerca. Sonaba como una combinación de las voces de Méyu y Líe.

    Altréu asintió y el cadáver ensangrentado caminó hacia ellos, Altréu le dio la llave del candado sin temblar, pero con una sensación gélida en el cuerpo.

    “Gracias”, dijo el cadáver con acento cantado al tomar la llave. Abrió el candado de la bicicleta, la montó y se alejó de ahí, o más bien desapareció en cuanto abandonó los terrenos de la escuela.

    Entonces dejó de soñar, pero no despertó. Lo que lo hizo abrir sus ojos fue la certeza de que en su cuarto se encontraban todos los demás, un rato después.


    ***​


    ¿Cuál fue la fuerza que te hizo, aquel extraño día de la muerte de tu hermano, salir de tu cuarto y unirte a los demás en su silenciosa procesión fúnebre estática? ¿Qué mecanismos en tu mente hicieron que, al escuchar de tu madre que Atréu había anunciado su muerte para ese día y que todos sus amigos estarían presentes, te resultara incómoda tu posición sentada frente a la computadora, sufriendo tus muslos y tu cadera un agarrotamiento a causa de una repentina falta de sangre que te demandaba movimiento o al menos cambiar de posición? ¿Fue acaso un eco de las profundidades de tu conciencia que resonó como un gong, recordándote tu posición con respecto a su futura e inevitable muerte, la cual habías calificado de necesaria y piadosa de su parte? ¿No fueron también los ojos de Zúruk, que te habían mirado ese día igual que Julio César al ser traicionado por Bruto, lo que te sumió en una repentina sordera y ceguera de todo lo que no fuera el cadáver viviente de tu hermano? ¿No es verdad que te lo imaginaste mirándote con ojos del pasado, como en sus días de ocio en el cine? ¿No llegó a tus sentidos el frío del cine y el olor a palomitas y el sabor de las bebidas? ¿No tuviste la impresión de que estabas ahí mirando la pantalla con él a tu lado, masticando las palomitas como vaca moliendo pasto, gesto que ya no viste con fastidio sino que, al contrario, un sentimiento de unidad y apego te hizo sonreír? ¿Fue eso lo que finalmente te hizo levantarte y caminar hacia la puerta de tu habitación, abrirla, asomar la cabeza y ver a Líe y a Yéman que llegaban y se dirigían hacia la habitación de tu hermano? ¿No te detuviste para reflexionar que debías seguir firme en tus ideas y que dejarte llevar ahora por tus sentimientos expondría debilidad? ¿No es mejor simplemente desvincularte de tu hermano que arriesgarte a sufrir mucho por su muerte? ¿Cuánto segundos debatiste contigo misma sobre las razones por las que deberías darle gusto a ese malagradecido egoísta? ¿Cuántas veces pensaste que debías ir aunque sea para no quedar como una mala hermana? ¿Por qué tus racionalizaciones para ir y para no ir no te satisficieron? ¿Dejaste de pensar? ¿Comenzaste a sentir? ¿Te dijiste que, pese a su egoísmo, había sido buen hermano contigo y que no merecía que lo abandonaras? ¿Fue por esa razón que finalmente entraste a su cuarto y te quedaste mirando a la distancia junto con tus padres? ¿Qué recuerdos al ver a tu hermano al borde de la muerte hicieron que derramaras unas pocas lágrimas?


    ***​


    Vigoroso, respetuoso, Yéman se sentía en movimiento continuo hacia ningún lugar mientras sus pies estaban clavados en el suelo con estacas de hierro. Suelo de tumba, tañidos de campanas fúnebres, el viento que hermosamente hace tiritar los árboles del bosque. Será el segundo muerto en su vida, y el segundo cuya muerte actúe frente a sus ojos. La abuela y el mejor amigo; de cáncer y de hambre, en su ancianidad y en su juventud, inevitable y evitable, por enfermedad y por capricho, pero los dos para siempre. ¡No, hay una tercera! No, Sózla no cuenta. ¿Por qué no? ¿Por qué no era cercana? ¿Pero no nos impactó igual? Y en el verde y floreciente campo bañado por el viento había tres tumbas; dos ya llenas, una esperando. Que no cuenta. Y por alguna razón (que alguien más la descubra y transmita) volteó hacia el cajón donde guardaba las canicas. Estaba semiabierto, o semicerrado. Se lo imaginó levantando su cuerpo esquelético en algún momento en que no había nadie. ¡Esa maldita canica! ¡No! ¡Ese maldito Altréu que me hizo perder! ¿Perdí yo en realidad? ¿Quién es el que se va a morir? “Pues yo”. La ensoñación se rompe, o más bien nació una nueva. La abuela que es descendida a su fosa final se despide sin dar la cara. A la derecha: Altréu, ¿hace cuánto tiempo? ¿Tres años? Ahora la escena del funeral de su abuela sólo posee dos imágenes: el ataúd descendiendo, y Altréu a su lado. Ni sus padres ni el resto de sus familiares poseen existencia más que ambiental; incluso el cementerio ha sido reemplazado por el campo verde bañado en viento marino. Y así cómo está él, en el presente, contemplando como un tonto la nada que hay sobre el lecho de Altréu, así mismo recuerda haber contemplado con la misma expresión idiota la nada sobre la tumba de su abuela. ¿Recuerdo o invención? Nunca lo supo.

    El olor era similar; su cerebro le hacía creer que ese cuarto lúgubre olía a mar y árboles frescos. La tumba y la cama ocupaban el mismo espacio sobre el césped y dentro del cuarto, sin sobreponerse, sin turnarse, simplemente eran lo mismo. Una mano amistosa se posa sobre su hombro macizo de delincuente. No hay tiempo, o si lo hay no se percibe. El contacto lo despierta a una nueva etapa de su fantasía, pero ahora irrumpe Sózla, con movimientos muertos, montando la bicicleta que nunca llegó a montar estando viva. Pero ella no contaba. Se paseó en círculos alrededor de la cama de Altréu. Pero ella no contaba. La mano se levantó de su hombro; el sano y fuerte Altréu de sus recuerdos caminó hacia la cama-tumba que Sózla circulaba. Pero ella no contaba. El Altréu sano se fusionó con el Altréu moribundo. Sózla se había alejado por entre los árboles. ¡Qué más da si ella no contaba!

    Pero ella no se había ido; sólo había tomado su correspondiente lugar en la tercera tumba, a la derecha de su abuela, la tumba que no contaba. Tres muertos. No, sólo dos; uno no cuenta. Tres muertos. Sólo dos. Tres muertos que algún día serán cuatro, y luego cinco y luego seis. Vivirás mucho tiempo y verás todo este campo llenarse de tumbas hasta que sea tu turno de ocupar una. Delicada es la barrera entre una, dos, tres, cuatro tumbas y tú. ¿Barrera?

    Movimiento en el mundo tangible; una irreverente mano osó posarse sobre la barrera invisible que aún permanecía ahí y que, por común acuerdo sin palabras, se habían prometido ignorar para no recordar los eventos sobrenaturales que rodeaban a esa caprichosa muerte, para darle aunque sea una despedida dentro de los confines de la normalidad. Ese movimiento de Yéman no causó reacciones visibles entre los demás. Yéman la dejó ahí unos instantes y las tumbas perdieron su color y textura; desaparecían a causa de otra fantasía que le vino a la mente al volver a tocar la barrera: un evento sobrenatural es muchas veces el precedente de varios otros eventos sobrenaturales. ¿Habrá una gran distancia entre una barrera invisible y la resurrección de los muertos?

    Entonces, como lo suelen hacer los seres en sus momentos de mayor necesidad de certidumbre y sentido, se dejó convencer por su poco probable conjetura. Calmo, derecho y adormilado por el sueño de los infantes que se abandonan a la vigilia de los padres, retiró la mano y contempló a Altréu despertar por última vez.


    ***​


    Qué horror sentí cuando se despertó. Pocas cosas hay más horribles que un moribundo con ojos de vivo, y así estaba Tréu: muy vivo de ojos, muy muerto de todo lo demás. Esos ojos brillaban contentos, se veían enormes en comparación a su cabeza arrugada y cadavérica por la deshidratación. Pero luego sentí una extraña alegría porque, en esos ojos pude reconocer al Altréu de antes de la enfermedad del sueño, el que vivió entre nosotros sin oponerse nunca a la vida. Zúruk murmuró que se veía mucho mejor, Tréu sonrió débilmente.

    —¡Vinieron todos a mi muerte! —dijo con voz seca.

    Méyu sonreía de una manera extraña: con la boca casi totalmente horizontal, los ojos húmedos y las cejas temblorosas. Yéman parecía drogado de sueño, como alucinando. Zúruk tenía una gran sonrisa sin una sola pizca de tristeza. En cuanto a mí, no tuve idea de cómo me veía.

    La señora Déla se apresuró hacia la cama, con los brazos hacia adelante como si quisiera atrapar a su hijo, pero las manos tocaron la barrera y se quedó mirándolo, desgarrada.

    —Aunque sea una última vez, Tréu —dijo llorando tan conmovedoramente que casi lloro yo también.

    La barrera debió desaparecer (o la señora Déla quizá adquirió algún poder mágico) porque en un instante estaba abrazando a su hijo, mojándolo de lágrimas y gimoteando. El olor de las lágrimas saló el cuarto, al menos para mi nariz. Sentí algo raro en la herida de mi pierna: ardor como el que me quedó días después del accidente en las escaleras. Si ya no hay barrera, eso quiere decir que podemos hacer algo. Miré a todos, pero nadie se movió, ni siquiera el señor Délo, ni siquiera yo. ¿Resignados? No, todos sentíamos que de intentar cualquier cosa por forzar la vida de Tréu resultaría en alguna otra magia que no queríamos (o más bien temíamos) ver.

    La señora Déla no soltaba a su hijo, el cual tomó aire y habló:

    —Pero voy a regresar, voy a regresar muy pronto, ni siquiera lo notarán.

    Empezó a decir más cosas sobre muchos mundos y que no es posible la muerte, cosas que en nuestra tristeza no tuvimos ganas ni energía para atender.

    Mientras hablaba sentí todo raro; el ambiente dejó de sentirse como el cuarto de Tréu aunque indudablemente seguíamos ahí; se sentía un aire más fresco, las paredes desprendían unos sonidos muy queditos de voces, y al voltear a ver a Zúruk algo debió haberse comido mis impresiones de los últimos años, pues de repente no sentí atracción por él; los recuerdos de cuando empezaron a haber miradas entre nosotros, los tontos pretextos para vernos a solas sin los demás, esas pequeñas discusiones que no tenían más propósito que evaluar nuestras personalidades para saber si perduraba la atracción, todos esos recuerdos permanecían en mi memoria, pero lo que me habían hecho sentir, los cambios en mi mente y corazón, se habían todos esfumado. Miré a los demás y me di cuenta de que este retroceso de emociones se había producido hacia todos. Entonces, al ver a Tréu que aún abrazaba a su madre, comprendí que todos estos sentimientos correspondían a una época pasada, unos pocos años en el pasado, durante la secundaria, y todos ahí dejaron de ser los que eran en el presente (al menos en sentimiento) y se volvieron lo que habían sido alguna vez pocos años atrás. Habíamos retrocedido emocionalmente en el tiempo, precisamente a aquel día en que tuvimos el festival multicultural en la escuela, en primero de secundaria.


    ***​


    Seguidamente a esa extraña regresión emocional, Zúruk de inmediato reconoció lo que Altréu trataba de hacer, sin cuestionárselo, dado que había asumido que aquellos sucesos extraños eran inofensivos y no perdió el tiempo intentando explicárselos o ignorándolos. Rio con alegría mientras los demás parecían también dejarse llevar por aquel milagro. Con el sonido de la música que no salía de ningún lugar, los colores del mundo comenzaron a alterarse; lo que era azul se volvió amarillo, café y negro, etcétera. Los colores parpadeaban e incluso la oscuridad de la habitación se volvió una oscuridad roja, violeta y blanca.

    La señora Déla no se enteraba de nada, tan desconsolada estaba sobre su hijo; el señor Délo perdió la respiración, de pie, mirando con espanto a su alrededor, pero sin energías para nada más; Líru, con los ojos cerrados, mantenía la cabeza agachada con el mentón apuntando hacia su hombro derecho, pero los abrió porque incluso la oscuridad de sus ojos cerrados se veía afectada por el nuevo milagro, miró a su hermano pesadamente, como diciendo “ya volvió a hacer sus cosas raras”, pero pronto se calmó, puso en pausa su racionalidad y se dejó llevar por el espectáculo del momento, entonces sonrió con una feliz resignación que luego se transformó en un honesto gesto de ánimo.

    Aún en su estado de regresión y ensoñación, Zúruk se atrevió a conjeturar que Altréu había hecho cambiar los colores como una manera de comunicar algo. El estado de aletargamiento nostálgico impidió que intentara descifrar qué podría haber sido ese supuesto mensaje.


    ***​


    —Verán —respondió Míe—, desde lo de su bici empezó a tomar el autobús, y hace unos días, el autobús en el que viajaba chocó.


    ***​


    (Suena la música del himno nacional de Sudáfrica. Todos siguen físicamente en la habitación de Altréu, pero los cinco se sienten en el escenario el día del festival cultural)


    Altréu

    Nkosi sikelel' iAfrika
    Maluphakanyisw' uphondo lwayo



    (Los otros cuatro se integran a la fantasía; olvidan la situación del moribundo y se integran plenamente en el recuerdo)


    Los cinco

    Yizwa imithandazo yethu,
    Nkosi sikelela, thina lusapho lwayo



    (La señora Déla levanta la cabeza al oírlos cantar, confusa y todavía triste. El señor Délo sigue aturdido. Líru acentúa su sonrisa y cabecea con la música. En la fantasía de los cinco se ve una figura anacrónica: Sózla los observa cantar entre una multitud de gente genérica)


    Los cinco

    Morena boloka setshaba sa heso,
    O fedise dintwa le matshwenyeho



    Altréu

    O se boloke


    Los otros cuatro


    O se boloke


    Los cinco

    setshaba sa heso,
    Setshaba sa, South Afrika, South Afrika



    (La música se detiene. Altréu está inerte con los ojos hacia el techo, pero aún respira. Se reanuda la música, pero ya ninguno de ellos canta)


    Voces

    Uit die blou van onse hemel,
    Uit die diepte van ons see,
    Oor ons ewige gebergtes,
    Waar die kranse antwoord gee



    ***​


    Aún suena el himno cuando los cinco se ven sentados juntos en un salón vacío de la secundaria. Se han liberado de la regresión emocional. Altréu está en el centro de ellos, con porte vigoroso, lleno de vida y con rostro arrepentido.

    —Los traje aquí para despedirme.

    Méyu adelanta el cuerpo.

    —Dijiste que ibas a regresar pronto, que ni lo notaríamos. ¿Por qué tanto drama si ese es el caso?

    —Pura formalidad, amigos.

    —¿Tú, formal? —ríe Yéman.

    —Es la primera vez que haré esto —dice Altréu—, tal vez entre más lo haga será más fácil.

    —¿Entre más hagas qué? —pregunta Méyu.

    —Dejar un mundo por completo, sin que mi cuerpo me ate a él.

    —No nos digas que harás esto de nuevo —dice Líe.

    —Sí lo haré, allá a dónde vaya, estaré en otros mundos que luego volveré a dejar.

    —¿Qué importa si vas a regresar pronto, como dices? —pregunta Yéman.

    —Será pronto para ustedes; tal vez unos segundos. Pero para mí podrían ser cientos, miles o millones de años antes de que los vuelva a ver.

    —¿Cómo harías eso? —pregunta Méyu.

    —Recuerden la paradoja de los gemelos sobre la relatividad: uno se queda en la tierra; el otro recorre el universo a la velocidad de la luz; para el que se queda en la tierra ha pasado mucho tiempo cuando el otro regresa, y para el que viaja ha pasado poco. Pero en este caso es a la inversa: yo me iré por mucho tiempo, pero eventualmente querré volver, y lo haré a mi yo de pocos segundos después de mi muerte en este mundo; mucho tiempo para mí, poco para ustedes. Les parecerá como si hubiera resucitado, y cuando eso suceda ya habré recorrido muchos universos.

    Todos escuchan esa explicación en silencio, y al terminar nadie quiere decir nada, y no pueden pensar nada más que, después de todo lo que han visto, no tienen motivos para dudar de Altréu. Ya no le siguen el juego; ahora saben de su realidad. Méyu no se deshace de cierta irritación por su derrota filosófica, pero no quiere arruinar el momento haciendo observaciones sobre las consecuencias que Altréu ocasionaría de realizar su plan.

    —Eso de los colores —dice Zúruk—, ¿para qué fue eso?

    Todos de repente recuerdan lo de los cambios en el color de hace rato, y miran a Altréu con curiosidad.

    —Eso —dice Altréu confiado— fue sólo para presumir que podía hacerlo.

    Se oyen exclamaciones de decepción, en especial de Zúruk, que esperaba una razón más impactante. Pero algo en la confianza de Altréu le parecía sospechosa, pues al mencionar lo de los colores Altréu reaccionó con un rápido gesto de confusión, como si no supiera de qué hablaba. El himno ya ha terminado desde hace un rato.

    —Bueno, si no hay más preguntas, supongo que ya podemos terminar esta alucinación.


    ***​


    —¿Te la vas a llevar? —preguntó Méyu.

    Altréu se detuvo. Tenía la bicicleta a su lado y la había estado arrastrando con pesadez.

    —¿La quieres tú? —preguntó Altréu, sombrío.

    Méyu sólo pudo decir, afligida:

    —No la necesito.

    Altréu continuó su camino, diciendo:

    —Si alguno de los demás la quiere, la puede ir a buscar a mi casa.

    Méyu se quedó en el umbral de la escuela mientras los demás estudiantes salían. Estaba preocupada por cómo la noticia de la muerte e Zósla parecía haberlo afectado, y aunque comprendía por qué, no pudo dejar de pensar que Altréu podía llegar a exagerar su parte de responsabilidad. Ella misma y los demás se afligieron por unas pocas semanas, sintiendo una extraña conexión con esa chica a la que apenas habían conocido y por la que, no obstante, habían invertido esfuerzo y emociones. Pero tiempo después, la relación entre su acto vandálico y la muerte de la chica empezó a perder peso, después de todo, bien podría haber tenido la necesidad de tomar el autobús aun teniendo su bicicleta si el lugar al que iba se encontraba lo suficientemente lejos, pero a la vez sabían de gente tan amante de las bicicletas que no le importaba recorrer grandes distancias en la ciudad en ellas; de Zósla sabían que era una buena nadadora, por lo que no era imposible que sintiera atracción por otros deportes o al menos otras actividades de activación física como la bicicleta, y siendo ese el caso bien podría ser una de esas personas que no tienen problemas con usar la bicicleta cuando hubiera sido más sencillo usar el autobús. Nadie quiso averiguar, preguntando a sus demás compañeros, cuál opción era la más posible. Pero aún si ese fuera el caso, no había nada que les asegurara que yendo en bicicleta hubiera evitado ese accidente o algún otro. En todo caso, la cuestión de hasta qué punto se habría podido evitar su muerte de haber usado su bicicleta en vez del autobús se debilitó para todos, aunque tal vez, como notó Méyu durante ese tiempo, no tanto para Altréu.

    Al regresar a su casa, Altréu guardó la bicicleta en la cochera con la solemnidad de un entierro, lamentándose no haber podido asistir al funeral de Zósla y pedirle perdón por haber participado, al menos muy remotamente, en las circunstancias de su muerte. Notó entonces el brillo que venía del reflector de la bicicleta, alimentado por la luz que se filtraba por la ventana de la oscura cochera. No se había dado cuenta de que tenía la curiosa propiedad de reflejar la luz en diversos colores según el ángulo en el que ésta la bañara. Agarró el volante e hizo que el reflector se moviera hacia la izquierda, cuidándose de que le diera suficiente luz, y los colores comenzaron a cambiar hasta ser otros totalmente; movió el volante hacia la derecha y la luz reflejada volvió a cambiar de color, y siguió cambiando mientras se mantuvo en ese juego del que parecía no aburrirse. Días después, Zúruk pidió la bicicleta pensando que se la podrían dar a una prima suya que iba a cumplir años, a lo que Altréu no se negó.

    Una semana después, Altréu sufrió su primer ataque de sueño durante una exposición.


    ***​


    Ya no habrá música. Los colores habrán regresado a la normalidad. Altréu seguirá en brazos de su madre, pero ésta se habrá apartado un poco. Extrañamente, la apariencia de Altréu estará mucho menos esquelética; parecerá estar muriendo de cualquier otra cosa menos de hambre. La sorpresa por ese nuevo milagro hará que la señora Déla se levante asustada, y al mismo tiempo sea presa de una nueva esperanza, al igual que el señor Délo y Líru, aunque ninguno de ellos se acercará a la cama. Pero lejos de estar volviendo a la vida, la mirada de Altréu estará mucho más debilitada, seca y con apenas sangre bajo la piel. No tendrán mucho tiempo para reflexionar en el extraño giro que esa de por sí extraña muerte habrá tomando, pues escucharán a Altréu decir:

    —Iré y regreso, iré y regreso. Puedo irme en paz porque puedo decir que viví plenamente, aunque fuera por poco tiempo. Tengo un lugar al cual volver, donde descansaré, donde podré recuperar una vida…

    Y a la mitad de su discurso, un temblor suave y placentero sacudirá todos los rincones de la realidad contenidos en esa habitación, más como un masaje que como un terremoto. Nadie reaccionará a él. Altréu abrirá la mano derecha y revelará a Yéman la canica que le hizo perder; abrirá la mano izquierda y revelará a Méyu el dado al que le faltaba el número cuatro. Los mencionados amigos sonreirán al mismo tiempo.

    El temblor de la realidad llenará a todos de una fuerte expectación, como si en vez de una muerte acudieran a un nacimiento. El cuerpo de Altréu perderá por completo el color y respirará más lento, su mirada se volverá plácida y cerrará los ojos. Todos se quedarán quietos; ninguna emoción positiva o negativa podrá salir de ellos.

    El temblor desaparecerá poco a poco, con la lentitud del viento de un huracán al alejarse. Al detenerse, el cuerpo de Altréu estará sin vida. La canica y el dado habrán desaparecido de sus manos.
     
  20. Threadmarks: El retorno de un viajero
     
    Paralelo

    Paralelo Viajero dimensional

    Virgo
    Miembro desde:
    16 Agosto 2012
    Mensajes:
    314
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    ParalefikZland: Alter Ego
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Ciencia Ficción
    Total de capítulos:
    21
     
    Palabras:
    546
    19. El retorno de un viajero

    ¿Estará ya despierto Ánderwo? Se preguntó el Viajero para recordarse lo que era la incertidumbre.

    Pero sabía que ya estaba despierto, que ya se sabía dentro de una habitación oscura, sobre una cama, rodeado de seres que lo miraban sin apenas expresión, como congelados esperando que se realizara una ilusión imposible.

    Sintiéndose plenamente nacido, Ánderwo se integró con su nuevo cuerpo, y ante él apareció, no como imágenes, sino como verdaderos sucesos y verdaderos seres, cada aspecto de su historia, esencia y personajes de aquella realidad, y se dio cuenta de que el Viajero lo había hecho nacer a la mitad de una vida que había pertenecido a otro ser ya ausente. ¿Por qué?, se preguntó, ¿por qué no darme mi propia vida en vez de darme lo que otro dejó? Pero su consternación duró poco, pues la integración con el ser al que ese cuerpo había pertenecido lo dejó en un estado de emoción que lo hizo incorporarse de un salto y sonreír tontamente. La integración lo hacía sentirse en el mismo estado que el ser que había muerto antes con respecto a ese mundo, y la línea que separaba sus naturalezas desapareció. No, me equivoco terriblemente, pensó, al vivir en el infinito ya no hay proyecto “mío”, sino que todo proyecto soy yo. Esto último no supo si era una conclusión propia de él, o si desde alguna parte eran las últimas palabras que el Viajero le regalaba.

    —¿Tréu? —dijo Méyu, iluminándosele el rostro.

    Ánderwo la miró y en ella reconoció a aquella niña del universo de las gravedades, le devolvió la sonrisa y, consciente de los hechos del ser del que había sido ese cuerpo, se levantó lentamente de la cama, exponiendo su cuerpo lleno de vida y su rostro brillante y ansioso por vivirla, encaró dulcemente a aquellos seres que a partir de entonces serían suyos. Todos se le acercaron; su nueva madre lloraba de alegría; lo abrazó y no lo soltó; su nuevo padre no tenía palabras; parpadeaba como si pensara que iba a despertarse de un sueño, pero al final, convencido de ese milagroso suceso, corrió para abrazarlo también; su nueva hermana tardó un poco en acercarse, lo miró con extrañeza, sospechando, pero al encontrar los ojos de su hermano tan lívidos y su sonrisa tan llena de gozo por verla, se abalanzó sobre él y lo abrazó llorando. Los cuatro amigos habían retrocedido un poco para darle lugar a la familia, pero tras un rato el nuevo Altréu se liberó suavemente de ellos y caminó hacia sus amigos. A sus ojos aún era una aparición fantasmagórica, pero que en vez de sólo miedo les causaba todas la emociones posibles al mismo tiempo; enojo por haberse dejado morir, tristeza por no saber qué le sucedía, alegría por verlo regresar, dicha por verlo curado, envidia por considerarlo ahora un ser iluminado. Tras unos instantes, dejándose todos dominar por el éxtasis del momento, lo rodearon y lo abrazaron al mismo tiempo. Ninguno lloraba sino que reían con los ojos cerrados, excepto Méyu; ella lo miraba directamente a los ojos con una antigua expresión de alegría ruda, casi violenta, apretando mucho los dientes. El nuevo Altréu se dejó abrazar y acarició las cabezas de todos.
     
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