de Inuyasha - Negocios sobre la mesa

Tema en 'Inuyasha, Ranma y Rinne' iniciado por mirosanfan, 30 Septiembre 2010.

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    Título:
    Negocios sobre la mesa
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    Palabras:
    2988
    Negocios sobre la mesa

    Capítulo 1
    Era casi medianoche. Faltaban dos semanas para Navidad y, por primera vez en meses, estaban solos. Como si estuviera anticipando lo que estaba a punto de ocurrir, Miroku sonrió, desafiándola en silencio. Alto y de una ruda belleza, con espeso cabello negro y penetrantes ojos azules, Miroku Karasawa era la clase de hombre que estaba acostumbrado a conseguir lo que deseaba. Como un pirata moderno, recorría el mundo adueñándose de hoteles ruinosos, diamantes en bruto, y convirtiéndolos en lujosos complejos hoteleros.
    Había llegado el momento, Sango respiró profundamente para armarse de valor. Estaba decidida a pronunciar las tres palabras que llevaba años queriendo decir. Estaba tan cerca, que podía oler el carísimo aftershave que él utilizaba y el frescor a menta de su aliento.
    —Estás despedido, Miroku.
    Los músculos de la mandíbula de Miroku se tensaron, y los ojos se le oscurecieron cuando comprendió el impacto de aquellas palabras.
    —No voy a permitir que me arrebates esta empresa —le dijo.
    Una cierta aprensión recorrió a Sango de la cabeza a los pies. Después de todo, aquél era el hombre que había orquestado un motín en la empresa, llegando incluso a traicionar a su propio mentor. Desde entonces, el dominante estilo de dirección de Miroku había convertido Sakamoto Enterprises en una empresa puntera, reportándole a su indómito líder fama y admiración. Sango no pudo evitar preguntarse qué sería capaz de hacerle a ella.
    Sin embargo, si pensaba que una amenaza le iba a ayudar a conservar su trabajo, estaba muy equivocado. Sango le había prometido a su padre en el lecho de muerte que se vengaría del hombre que le había arrebatado su empresa. Que un día, ella conseguiría despedir a Miroku Karasawa.
    Desde que ella regresó al negocio hacía seis meses. la actitud de Miroku la había empecinado más en su decisión. El había hecho lo imposible por ponerle las cosas difYciles, tratándola más como una irritante colegiala que como una dotada mujer de negocios. Se enfrentaba a ella en todos y cada uno de los aspectos de la agenda de Sango, desde el color del nuevo logotipo al rumbo que debía tomar la empresa. Era como si siguiera considerándola la misma chica que se había enamorado tan perdidamente de él, cuando sólo una mirada de Karasawa le ponía alas en el corazón. Debería hal)erse dacio cuenta de que había perdido el poder sobre Sango hacía mucho tiempo.
    —No puedes hacer nada —replicó Sango—. Yo soy la presidenta del consejo.
    —Una situación que tiene que ver más con el número de acciones que con la pericia empresarial.
    —Mi padre siempre deseó que yo tomara las riendas de esta empresa. Llevo mucho tiempo trabajando muy duro para llegar a este momento, Miroku. Tengo la mayoría de las acciones y estoy preparada.
    —Tal vez tu padre fundara esta empresa, pero he sido yo el que la ha convertido en lo que es. Esta empresa me necesita.
    —No. Esta empresa no te necesita. Ni yo tampoco.
    —¿Y el consejo está de acuerdo? —preguntó él, cruzándose de hombros.
    En realidad, a Sango le había costado mucho conseguir la aprobación del consejo para despedir a Miroku. Al final, no les había quedado más remedio que estar de acuerdo con ella. Después de todo, tal y como Miroku acababa de decir ella era la dueña de dos tercios de las acciones.
    —Sí —respondió.
    El reflejo de la ira en los ojos de Miroku resultó inconfundible. Se levantó y le dio la espalda para dingirse a la ventana. Desde el último piso de uno de los rascacielos de Nueva York, podía contemplar la ciudad, iluminada para las inminentes fiestas navideñas, a vista de pájaro.
    —No quiero hacerte daño, Sango —dijo, refiniéndose a ella por su nombre completo, que casi nunca utilizaba.
    —¿Hacerme daño? —replicó Sango. Había sido ella la que acababa de despedirlo.
    —Te garantizo que si sigues adelante con esto, lo lamentarás —le espetó, al tiempo que se daba la vuelta para mirarla.
    —No lo creo —repuso ella. ¿Quién se creía que era? Se puso de pie y se estiró la chaqueta—. Debido al gran trabajo que has realizado y a la contribución que has hecho a esta empresa, te permitiré marcharte con una dignidad que jamás tuviste con mi padre. Tienes todo el día de mañana para vaciar tu despacho.
    —Así que ésta es tu venganza, ¿verdad? Deberías saber que yo no tuve nada que ver con el modo en el que tu padre fue despedido.
    —Tal vez tú no fuiste el que apretó el gatillo, pero sí el que cargó el arma.
    Bravo. Había trabajado mucho en aquella frase, a pesar de que jamás había creído que llegara a pronunciarla. Realizó una breve y firme inclinación de cabeza.
    —Adiós, Miroku.
    Sintió que los ojos de Karasawa no la abandonaban mientras salía del despacho. Cerró la puerta y, con un suspiro de alivio, se apoyó contra la puerta del despacho de Miroku. Lo había conseguido. Había despedido a Miroku Karasawa y había sobrevivido. Había esperado un largo y sangriento enfrentamiento, pero, en un instante, todo había terminado. Todos sus años de estudio y trabajo le habían dado su recompensa. Miroku Karasawa ya no volvería a ser parte de su vida ni de la empresa de su padre.
    La secretaria de Miroku salió del ascensor y sonrió a Sango. Kaede llevaba años trabajando en Sakamoto y había sido la secretaria de Miroku desde la llegada de éste a la empresa.
    —Hola, Sango —dijo alegremente.
    Sango sintió el aguijonazo de la culpabilidad. Al contrario que su jefe, Kaede era buena y amable. Por alguna razón que Sango no era capaz de entender, Kaede sentía devoción por su jefe. Sango sabía que Kaede se disgustaría mucho cuando se enterara de la noticia.
    —¿Qué estás haciendo aquí tan tarde? —le preguntó Sango.
    —Miroku quería unos datos tan pronto como fuera posible —respondió Kaede, haciendo un gesto de desaprobación con los ojos—. Algunas personas no tienen respeto por las navidades. Sólo he hecho la mitad de mis compras. ¿Has empezado ya tú?
    Sango había terminado porque sólo tenía una persona en su lista: Izayoi. Con casi ochenta años, Izayoi era su tía abuela, el único pariente que le quedaba con vida y su mejor amiga. Sango siempre se había sentido muy unida a ella, sentimiento que se había acrecentado aún más a la muerte de su padre. Izayoi se había quedado con su custodia, por lo que Sango se había mudado al pequeño apartamento de la mujer. Años más tarde, Sango le había pagado el favor llevándosela a su apartamento de Nueva York para poder cuidar de ella. Aunque su tía gozaba de buena salud y habría podido vivir sola en su apartamento, le gustaba estar con Sango, y ésta también lo prefería. Después de años de vivir sola, resultaba agradable contar con un poco de compañía.
    —Yo ya he terminado con mis compras —dijo.
    —¡Qué suerte! ¿Cómo tienes tiempo? Estás aquí todo el día.
    —Por Internet.
    —Ah. A mí me gusta hacer las compras a la manera tradicional. Me encanta ir de tiendas en Navidad. Hay una gran emoción en el ambiente, ¿no te parece?
    —Sí —contestó Sango, dándose cuenta de que aún seguía apoyada contra la puerta del despacho de Miroku, como si estuviera bloqueándole el paso a Kaede. Se apartó y tomó la mano de la secretaria—. Sólo quiero que sepas que, a pesar de lo ocurrido con Miroku, tú no tienes nada de lo que preocuparte.
    Entonces, tras dejar a una Kaede completamente confundida, se dirigió rápidamente al ascensor. Se metió dentro justo cuando Kaede entraba en el despacho de su jefe. Mientras las puertas del ascensor se cerraban, Sango vio a Miroku durante un instante. La estaba mirando directamente a ella. Sin embargo, no lo hacía como un hombre que acabara de perder su trabajo. Su mirada era de pena. De lamento.
    ¿Por qué se sentía apenado por ella?
    —Qué raro —comentó Kaede, mientras entraba en el despacho—. Me pregunto lo que ha querido decir con eso.
    Miroku miró el montón de documentos que su secretaria llevaba en la mano.
    —¿Son ésos los datos que te he pedido?
    La secretaria asintió y le entregó los papeles.
    —Ella me ha dicho que no tengo que preocuparme a pesar de lo que te ha ocurrido. ¿Sabes a qué se refiere?
    —Me acaba de despedir —respondió Miroku, hojeando los documentos como si no hubiera ocurrido nada.
    —¿Cómo? —preguntó Kaede, muy sorprendida—. Eso es imposible.
    —Sango ha decidido que está lista para hacerse cargo de Sakamoto Enterprises.
    —Eso es ridículo. Es demasiado joven.
    —Tiene la misma edad que su padre cuando fundó esta empresa.
    —Pero si la empresa eres tú. Si no fuera por ti, las acciones no valdrían nada.
    —Creo que ella no se da cuenta de eso. Siente que esta empresa es suya por derecho. Era la empresa de su padre y, por lo tanto, le pertenece.
    Kaede se sentó, completamente atónita. Miroku aprovechó el silencio para hojear rápidamente los documentos. Era un listado de todas las empresas que habían adquirido acciones de Sakamoto Enterprises a lo largo de las dos últimas semanas. La mala gestión de Sango había debilitado a la empresa y, por lo tanto, el valor de las acciones. Todo esto se unía a los rumores de las tensiones existentes entre Miroku y la presidenta de Sakamoto Enterprises. Los expertos del mundo empresarial sabían que la marcha de Miroku convertiría a la empresa en un objetivo prioritario para una absorción y, por los datos que tenía ante él, ya había varios buitres ambiciosos engullendo ávidamente acciones.
    Al repasar las empresas, le llamaron la atención los nombres de algunas de ellas. Todas eran empresas propiedad de una mujer con la que Miroku había salido en una ocasión; Koharu Kishimoto. Koharu era dueña de varias empresas, todas las cuales tenían nombres diferentes. Sólo podía haber una razón para que estuviera comprando tantas acciones bajo nombres diferentes; no quería que nadie supiera lo que estaba tramando. Por lo que se podía deducir de aquellos datos, Koharu estaba preparando una OPA hostil de Sakamoto Enterprises.
    No le cabía la menor duda de que Sango había examinado aquellos mismos datos, buscando exactamente lo mismo que él. Sin embargo, no creía que ella se hubiera dado cuenta aún de lo que estaba ocurriendo.
    —¿Voy a ser yo la siguiente? —preguntó Kaede, muy angustiada.
    —Creía que te acababa de decir que no te preocuparas —replicó Miroku.
    —¿Que no me preocupe? Tengo dos hijos en la universidad. Llevo más de treinta años trabajando aquí. Ni siquiera me imagino encontrando otro trabajo. Faltan dos semanas para la Navidad, y ella se pone a despedir a la gente. Eso no está bien. Vas a plantarle cara en esto, ¿verdad, Miroku?
    —Sango Sakamoto no va a despedir a nadie más. Créeme si te digo que le ha costado mucho despedirme a mí.
    Miroku era un experto en leer los pensamientos de sus oponentes. Había notado la duda que había en la voz de Sango y había visto la ansiedad que se reflejaba en sus ojos. Al menos, tenía el suficiente sentido común como para tener miedo.
    —Miroku, ¿qué vas a hacer?
    —Nada —replicó él tranquilamente—. Si la señorita Sakamoto quiere esta empresa, que se la quede.
    —Creía que me habías dicho que no tenía nada de lo que preocupame. Todos sabemos lo que va a ocurrir si ella se queda al mando. Las acciones no han dejado de caer en picado desde que ella es la presidenta de la compañía.
    —Supongo que cree que todo volverá a su cauce cuando haya podido demostrar su valía.
    —Para cuando se dé cuenta de lo que está haciendo, ya no quedará empresa. Pensar que la conozco desde que era una niña... Recuerdo que venía con su padre. El estaba muy orgulloso de ella. Sango era una magnífica jugadora de tenis, ¿te acuerdas?
    —No.
    —Ganó bastantes competiciones. Algunos de los partidos en los que jugó fueron retransmitidos por televisión. Todos creíamos que se iba a hacer profesional. Era una niña muy agradable, siempre muy educada y cortés. Tú le gustabas tanto por aquel entonces... No hacía más que merodear por la puerta de tu despacho. Seguro que te acuerdas de eso, ¿verdad?
    —Creo que te equivocas, Kaede.
    Los recuerdos que tenía de la hija de Howard Sakamoto cuando era sólo una niña resultaban algo vagos. La mujer en la que se había convertido era muy hermosa, con cabello castaño largo y rizado y unos brillantes ojos castaños. Recordaba perfectamente el momento en el que volvió a verla después de tantos años. No sabía quién era, no pudo evitar sentir una inmediata atracción. Ella iba vestida con un conservador traje de color verde que le sentaba como un guante. La atracción se había evaporado cuando descubrió que aquella hermosa mujer no era otra que Sango Sakamoto. Aunque no fuera la mujer más insufrible que hubiera conocido en toda su vida, jamás empezaría una relación con ella. No tenía intención alguna de tener una aventura con la accionista mayoritaria.
    —¿Quién se iba a imaginar que volvería para destruirnos a todos? —comentó Kaede, sacudiendo la cabeza.
    —No nos dejemos llevar. La lucha no ha terminado. De hecho, está empezando —dijo Miroku con una sonrisa—. Ahora, ve a por tu maletín. Vamos a trasladar el centro de operaciones a mi apartamento durante un tiempo.
    Cuando Kaede se marchó, Miroku empezó a recoger carpetas. Llevaba esperando aquel momento desde hacía bastante. Aunque había esperado que Sango, por su bien, cambiara de opinión, no le sorprendía lo que acababa de ocurrir. Desde el primer día, ella había dejado muy claro que regresaba en busca de venganza. En aquella ocasión, Miroku le había prestado poca atención. Sabía que Sango tenía intención de tratar de alcanzar el consejo de dirección, pero jamás pensó que sus miembros la votarían a ella y mucho menos que le entregarían la presidencia en bandeja de plata.
    Después de todo, ¿cuáles eran sus méritos? Un título y un par de años de experiencia en una empresa rival. Sin embargo, a los miembros del consejo les había enternecido su causa. Sango quería dirigir la empresa que sus difuntos padres habían fundado.

    Desgraciadamente, todo el mundo pasaba por alto que hacía mucho tiempo que la empresa no le pertenecía a Howard Sakamoto. La sangre y el sudor de Miroku la habían convertido en lo que era. Cuando empezó a trabajar por primera vez en Sakamoto, ésta era una pequeña empresa que necesitaba un cambio. La mujer que amaba y con la que había pensado casarse acababa de morir, y Sakamoto Enterprises le ofrecía la posibilidad de viajar por todo el mundo. Durante los primeros meses, se había limitado a trabajar como un autómata para escapar de su dolor. Cada vez que regresaba a Nueva York, se moría de ganas por volverse a marchar. Trabajaba veinticuatro horas al día. Un mes estaba en América del Sur, y al otro, en Asia.
    Sin embargo, aquella paz recién encontrada le duró muy poco. Howard Sakamoto pronto hizo que la empresa cotizara en bolsa, y el nuevo consejo empezó a tener serias dudas de que no pudiera llevarla al siguiente nivel. Cuando se dirigieron a Miroku para plantearle que se hiciera cargo, él mostró sus dudas. Sabía lo mucho que aquella empresa significaba para su jefe, pero, tal y como los miembros del consejo le recordaron, ellos ya habían tomado su decisión. Howard Sakamoto estaba fuera. Miroku asumió la presidencia y todos los problemas que vinieron a continuación. Pagó un precio muy alto al tener que dedicar el cien por cien de su tiempo y sus energías en conseguir que la empresa fuera un éxito.
    No le había importado. Desde Karen, no había conocido a nadie que le hiciera desear cancelar una reunión en Singapur o la inauguración de un hotel en Río. Su familia se había acostumbrado a su ausencia. Sin embargo, si Sango se salía con la suya, todo aquello cambiaría muy pronto.
    A pesar de todo, no sentía enojo, sino pena. No le quedaba más remedio que enseñarle una lección que ella jamás había aprendido en la universidad.
    Iba a destruirla al estilo de Miroku Karasawa.




    Dedicado a Sango y Miroku que casi no tienen fics y a una gran amiga que me dio las bases para escribirlo.
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