Historia larga Moon Sons Reborn

Tema en 'Historias Abandonadas Originales' iniciado por Hada Negra, 16 Junio 2017.

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  3. Hay mal uso de los signos de puntuación

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    Zurel

    Zurel Camino a la Supremacía

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    Hola.

    Si que ha pasado bastante tiempo desde que publicaste el último capítulo, y ahora nos llegaste con uno nuevo. Que a mí parecer está excelente, no sé si has tardado en publicar debido al desarollo del capítulo, o quizás por falta de tiempo.

    Pero la verdad, sin importar cuáles sean las razones. El capítulo está perfecto en todo los sentidos posibles, al menos, yo no llegué a notar alguna falta.

    Es bueno mantenerse ocupado con la historia que estemos desarrollando, eso evita que la inspiración se vaya. Y también ayuda a pensar en muchas ideas que puedan darle un giro inesperado a la historia, giros que hasta nosotros mismos nos sorprenden. ^.^

    Referente al capítulo en sí, has mostrado algo interesante. Por lo visto, la imagen de la diosa Selene fue hecha en base a la imagen de Saeth. Sin duda, Arubino no deja de pensar en la joven a la que cree muerta. Se llevará una terrible sorpresa cuando llegue a saber que sigue viva.

    Por otro lado, Selenia va aumentado en poder numérico, pero como dice Athalwolf, la guerra no es numérica sino estratégica. Lo que nos recuerda que un buen ataque se basa en una buena defensa, y para ello es necesario una buena estrategia.

    Y para terminar Kiva se llevará grandes sorpresas cuando llegue a tocar tierra, veremos que papel tendrá este joven en todo este conflicto.

    Nos vemos en la próxima oportunidad. Saludos
     
    Última edición: 23 Octubre 2017
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    Hada Negra

    Hada Negra Faith das Schwarze Fee

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    ¡Gracias, Zurel! Tal cual lo has dicho, ha sido un poco de ambas. En parte, la computadora se la pasa ocupada, dispongo muy poco de ella, pero no dejo mi libreta olvidada y siempre estoy apuntando lo que me viene a la mente. Y, por otro lado, había tantas cosas que quería resaltar, que me costó un poco el docificarlo de la manera adecuada, para no enmarañar tanto la historia. ¡Me da gusto saber que es de tu agrado! Nos vemos próximamente, ojalá puedas pasar por aquí de nuevo.
     
  3.  
    Hada Negra

    Hada Negra Faith das Schwarze Fee

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    Esto se ha vuelto complicado en muchos aspectos, entre temporadas pesadas en el trabajo y una triste sequedad creativa, les traigo esto. No sin antes disculparme por tener el fic tan olvidado. Pensaba avanzarme dos o tres capítulos más en caso de que me ocurra lo mismo de esta última ocasión, pero estaré de vacaciones una semana y creo que tendré el tiempo disponible para redactar. He tratado de no llenar con demasiado contenido innecesario el fic, creo que está en la ración justa para poder abrir nuevamente el camino hacia lo que viene. ¡Gracias a quienes se tomen la molestia de pasar por aquí!

    CAPÍTULO V

    Las primeras horas del día comienzan ya, las campanas de la Iglesia han repicado, llamando a los monjes a las oraciones correspondientes de la mañana. Lil ha salido desde muy temprano de la casa, está en las limítrofes de la propiedad, llenando un par de cántaros en el río. Su fiel perro, Lobo, que juguetea entre las altas hierbas, se encarga de acompañarla cada vez que ella debe dejar la propiedad, pues se encarga de advertirle cuando detecta un peligro. Eso es algo que el animal ha aprendido por sí sólo, pues desde muy cachorro ha recibido el afecto de su ama.
    Repentinamente, Lobo se levanta de un salto, olfateando con atención los alrededores. Comienza a ladrar nervioso, mirando al otro lado del río.

    — ¿Qué pasa, muchacho? — Le sonríe Lil, acomodándose un rebelde mechón de cabello tras la oreja. — ¿Quién es? ¿Qué viste?
    El perro trata de cruzar el río y retorna una y otra vez, como si no supiera si atacar, o quedarse al lado de su ama. — ¿Quién anda allí? — La sonrisa en su rostro comienza a desvanecerse lentamente, pues Lobo no está jugando. — ¿Es usted, dama Saeth? ¿Lord Chestibor? ¿Quién es? — Retrocede despacio, confundida. Para ser una broma, ya ha durado demasiado. Si de Lord Chestibor se tratara, se habría identificado de inmediato. Si fuera Saeth, el perro no estaría tan agresivo. — Por favor, no es divertido… ¿Quién está ahí?

    Un hombre alto, fornido, de tez morena clara y cabellera tan oscura y abundante como sus mismas barbas, le observa con atención. Viste ropas elegantes, capa y hombreras. Lleva un cinto con tahalí y una gran espada portada en ella. Los ojos de Lil se empañan en lágrimas, da la media vuelta, tropezando con algunas piedras, y camina cuan rápido puede, dejando los cántaros detrás suyo, sin pensarlo un segundo más.

    En casa, Saeth conversa tranquila con Beltane, de un tema y otro por igual. Se han acoplado muy bien las dos, pese a que, en un inicio, Beltane veía con malos ojos los comportamientos de Saeth y su “fallido papel como mujer”.

    — Creo que podría ir a buscar algunos conejos...— Comenta Saeth, apoyada en un codo sobre la mesa.

    — ¡Eso sería maravilloso! Hace tiempo que no tenemos un buen plato de carne de conejo, me apetece mucho. Seguro que a Azalea le agrada, también…

    En ese momento, Saeth mira hacia fuera, dándose cuenta que Lil ha tropezado cerca del granero. Sin perder más tiempo, sale corriendo hasta ella y le ayuda a levantarse. Beltane le sigue lentamente, levantando las largas enaguas para no correr la misma suerte que Lil.

    — ¡¿Qué pasa?! ¿Te has lastimado? — La toma casi en peso, llevándola a tomar asiento sobre una paca de rastrojo. — ¿Dónde está Lobo? ¿Qué sucedió?

    Sus manos tiemblan, está pálida. Se cubre el rostro tratando de contener el llanto.
    — Está de vuelta… — Responde, casi como un susurro imperceptible.
    — ¿Quién?

    Sobre el camino, desfila una caravana de caballeros, portando sus armaduras, espadas y escudos con gran orgullo.
    — Sir Jürgen… — Añade Beltane, mirando a los hombres con preocupación. — Sir Jürgen debe haber venido a participar en la competencia. — Saeth le mira, sin poder comprender aquello que tanto temen ambas. — Es el antiguo amo, el hombre de Lil.

    — ¿Su esposo?
    — Sí… — Responde la susodicha, entre sollozos. Se descubre el rostro y trata de sacar las lágrimas con las mangas. Saeth acaricia sus mejillas, que ya se ha irritado entre tantos tallones. La mira con angustia. — Había alguien del otro lado del río, Lobo estaba muy nervioso. Estoy segura que era él…

    — Tranquila, no pasa nada…

    — Sir Jürgen es un hombre nefasto— comenta Beltane. — Es envidioso, rencoroso, vengativo, egoísta y egocéntrico. Le dolió mucho tener que perder sus tierras y dárselas a Lord Chestibor...

    Hace años, cuando Lil era una muy joven doncella, se enamoró de un hombre galante y bien parecido, llamado Jürgen Zimmermann, dueño de gran parte de Tesenia. Un amor completamente imposible, pues la familia de Lil era muy pobre, una familia que no podía ofrecer poderío ni influencias extra para el alguien del linaje Zimmermann.

    El padre de Lil, que tuvo la desdicha de pedir un préstamo a Jürgen, se vio imposibilitado a pagar luego que éste le saturase con intereses absurdos. Viendo su vida en peligro, tuvo que aceptar una negociación con él y acatar, casi obligadamente, las condiciones que le daba. Tras tratar de un modo u otro, Jürgen comenzó a perder la paciencia, pues ninguna de las vías propuestas podía liquidar la deuda. La pobre familia Bauer apenas si tenía para comer cada día, poseían unos cuantos pasos de tierra, un pequeño ecuaro de hortalizas malogradas y un par de gallinas viejas. Nada de aquello podía siquiera cubrir una cuarta parte de su deuda con Zimmermann.

    En el momento más desafortunado, la pequeña Lil, de trece años en aquel entonces, hizo su aparición en la chocilla, descubriendo con infantil alegría que, aquel hombre apuesto que ella tanto admiraba, estaba de visita. La idea no tardó en llegar a la cabeza de ambos hombres. Bauer le estaría brindando un mejor futuro a su hija, por lo menos, alejado de la pobreza extrema. Zimmermann, se llevaría consigo a una doncella hermosa, que apenas rozaba el aspecto de mujer.

    Pese a las lágrimas de su madre, el trato procedió. La deuda fue condonada, librando a la familia de una muerte segura. Lil, que no conocía la maldad de aquel hombre, se vio sorprendida al ser vendida, pero, en cierto modo, se sintió afortunada de desposar al que ella veía como el hombre más hermoso e íntegro de Tanesi.

    La dicha fue durante un par de años. El despertar de Lil de niña a mujer, fue brusco, sin duda. Pero ella podía aceptarlo, pues realmente amaba a Jürgen. Se esmeró en ser una buena esposa y se forzó a madurar y ser de utilidad para él. A la edad de quince, Jürgen comenzaba a frustrarse, pues no le había concebido hijos aún. Un noble caballero, de renombre e impacto en la sociedad, ¿a su edad y sin hijos? Era una completa vergüenza, algo que él no pensaba aceptar. Y comenzó a buscar a su heredero en otras mujeres, dejando a su esposa en un segundo o tercer plano, humillándola cada vez que podía, pues no era una mujer completa. Estaba seca por dentro, era inservible.

    — Si cuando menos esa belleza infantil no se hubiera esfumado… — Le recriminaba abiertamente. Jürgen tuvo siempre una debilidad hacia los ojos de las mujeres, cosa que era bien sabida por Lil.

    Siguiendo los consejos de una vendedora de hierbas, quiso reconquistar a su esposo. Llevó consigo un frasco de extracto de belladona, pues, se decía, que dicha planta embellecía a las mujeres. Era fácil observar que las doncellas jóvenes poseían ojos inocentes y puros. Ese efecto lo lograría la belladona. Se suministró gotas en ellos, sin faltar un solo día en su tratamiento, logrando que sus pupilas se agrandasen y dieran la apariencia de juventud. Sin embargo, de poco le valió… Jürgen se sirvió de ella una y otra vez, para luego no dirigirle la palabra y seguir tan déspota como siempre. Al cabo de un tiempo, la situación empeoró. La vista de Lil se desvaneció de poco a poco, impidiéndole distinguir aquello que tenía frente a ella. Disimuló lo más que pudo, pues el trato a los ciegos es, por mucho, peor que a los indigentes o los sectores más bajos de la sociedad. Finalmente, su vista se oscureció, y, el día que ello ocurrió, Jürgen rabió como un loco. Ahora su vergüenza y desprestigio iba más allá de no tener herederos aún, pues desposaba a una ciega.

    Apenado y herido, acudió a Lord Chestibor, quien le autorizó el casarse con otra mujer, siempre y cuando no dejase desamparada a la primera. Así, Lil quedó relegada y rebajada a sirvienta. Siendo que no podía hacer lo que cualquier otra sirvienta podía, la nueva esposa de Jürgen la solicitó como asistente, pues al estar embarazada, había muchas cosas en las que necesitaba ayuda.

    Lo peor aún no pasaba… El día se llegó y la mujer de Jürgen comenzó labor de parto, siendo asistida por Azalea y Beltane. La labor se prolongó más de lo normal y hubo que llamar a una partera, quien poco pudo hacer. Las caderas de la primeriza eran demasiado angostas y su hijo demasiado grande como para caber en el canal de parto. El niño murió asfixiado y ella le acompañó inmediatamente al no soportar el dolor y el desangramiento.

    Convencido de que las malas energías de Lil tenían que ver en lo ocurrido, devino una larga temporada de golpes, maltratos, humillaciones y abusos de todo tipo. Jürgen comenzó a beber descontroladamente, a malgastar su dinero y a adquirir deudas imposibles de pagar. Al final de cuentas, Chestibor no le tuvo más paciencia y le solicitó sus tierras como pago a la enorme deuda. Así, la casa, los animales, los sembradíos y la servidumbre, pasaron a ser del Lord de Tesenia. Jürgen se fue, herido en su orgullo y deseoso de saber muertos a todos aquellos que de sus tierras vivieran.

    Luego de que Beltane le contara todo esto a Saeth, la llama dentro de ella se encendió como nunca. Si Jürgen Zimmermann estaba de regreso, ella se encargaría de eliminarlo para siempre. Después de todo, no es extraño que, en eventos como las justas, los participantes fallezcan.

    Una vida arruinada, una juventud desperdiciada, un corazón noble y hermoso en las sucias manos de un indigno… Por Lil, por Rey, por La Villa, esos hombres sin corazón tendrían que ser erradicados, asesinados con sus propias manos. Ahora, su misión era todavía más grande. Si Lil alguna vez pudo ver, eso le daba esperanza. Saeth acabaría con Jürgen, para liberar a Lil del miedo, ganaría la justa, para enfilarse con Hervé y vengar a su gente, y… Osiris. El gran mago en la corte de Hervé… Si ella lograse ganar la justa, tendría que irse a vivir al castillo. Estaría cerca del mago y del rey, y podría solicitarle que cure los ojos de su dulce dama, de aquella que en su estandarte se había convertido.

    Asomó por la ventana, el sol ya estaba posado al horizonte, el cielo rayado de tonos rosados y anaranjados. La Doncella está a buen resguardo, en su lugar, lleva una espada bastarda común y corriente. No posee armadura ni escudo, ni tampoco la experiencia en el campo de batalla. Su apuesta es muy atrevida y muy alta, pero no se rendirá sin intentarlo. Y no lo intentará sin conseguirlo.

    Caoihim, que se ha enterado mediante rumores de lo ocurrido a La Villa, ya se encuentra casi en los límites de Cian y Cristenio, mas ha tenido que acampar, pues la noche le alcanzó a mitad de su trayecto. Conserva la esperanza de encontrar a alguien vivo, o, cuando menos, encontrar respuestas al por qué de tal masacre. Encierra en su puño un dije de metal con algunos gravados antiguos. Su misión, originalmente, era investigar la veracidad de aquellos rumores que aseguran la aparición de un mago en tierras cristenitas. Aquello tendría que esperar un tiempo.

    La justa ya está prácticamente encima, los participantes han llegado a Tesenia, sólo falta que la comitiva del rey se haga presente y de inicio a la batalla.
    Mientras tanto, en la torre este del castillo de Hervé, Osiris baja algunos de sus viejos grimorios y lee antentamente cada uno, buscando la solución a aquello que el rey le demanda. Hervé está convencido de que no es coincidencia que La Doncella reaparezca, encima, empuñada por una mujer. Ni lo es, tampoco, el despertar de los selenitas. El torneo tiene un fin mucho más profundo y pensado que simplemente despojar a Saeth de su legendaria espada; Hervé cree que sólo en un combate real podrá evaluar si la joven es, en efecto, quien debe blandir el arma. Todas las faltas cometidas por los Falkenhorst al separarse de la corona son nada, pues si el espíritu de Sadeh está renaciendo, más vale tener la espada divina de su lado.
    —¿Qué me tienes, Osiris? — Entra Hervé a la habitación del mago.
    —Los resultados son los mismos, mi señor. Nada habla ni profetiza el regreso de Sadeh, ni mucho menos.
    —Me has dicho lo mismo cada día, ¿no se supone que eres el único y auténtico heredero del Sello Rahman? ¿Dónde está tu poderío si no puedes con esta sencilla encomienda?
    Osiris, tratando de controlarse, respira profundo y cierra el grimorio. —Para poder mantener en mi vista y bajo vigilancia a alguien, requiero conocer su rostro, su nombre o, mínimo, una pertenencia suya. Sin nada de eso, estoy actuando a ciegas.
    —El nombre ya te lo he dado, Addaí Kaltemond. ¡Ese es el maldito nombre!
    —Mis guardianes dicen que Addaí Kaltemond ya no existe en este mundo.
    —¡Tus guardianes son inútiles, igual que tú! Es por eso que he tenido que hacerlo por mi cuenta.
    —Es muy probable que otro mago esté ayudando a Selenia, mi señor.
    —¡No digas estupideces! Mis ancestros se encargaron de erradicar a todos los malditos magos y brujas del reino, sólo quedas tú. — Refunfuña, da la media vuelta y se va.

    Osiris oculta su enojo, sin embargo, nada le haría más dichoso que ver a Hervé siendo aniquilado por otro mago. Después de todo, los reyes no han hecho más que reprimir y esclavizar al linaje Rahman desde hace varios cientos de años. Sus guardianes están seguros, dos fuerzas mágicas están en suelos cristenitas. Una más poderosa que la otra.
     
    Última edición: 15 Enero 2018
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    Zurel

    Zurel Camino a la Supremacía

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    No te preocupes es natural que aveces se nos va la inspiración y por eso nos tardamos en actualizar. Estoy seguro que aquí todos te comprenden, incluyéndome. ^-^
    El capitulo ha sido pequeño pero fue muy interesante. Ahora sabemos un poco más sobre Lil y la pobre vida que llevó por culpa de Jürgen Zimmermann. Un hombre de lo peor en todos los sentidos posibles. Me parece muy bien lo que hizo Lord Chestibor al solicitarle las tierras en favor a la enorme deuda que tenia con él.

    Ahora Saeth está decidida a acabar con Jürgen. Veremos si es capaz de hacerlo, ya que Lil bien puede negarse a que lo asesinen. Eso se verá cuando llegue el momento, por ahora el capitulo me pareció muy bonito, en especial porque me preguntaba cómo Lil terminó ciega y aquí se ha sabido sobre ello. La historia me ha hecho sentir algo de tristeza por ella, no se, me ha golpeado en el corazón. Si Saeth cree que puede ayudarla para que recupere la vista, creo que Lil estaría más que agradecida con ella. Espero que un futuro no muy lejano, eso se haga realidad.

    Nos vemos en la próxima. Saludos.
     
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    Reydelaperdicion

    Reydelaperdicion Equipo administrativo Comentarista empedernido

    Piscis
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    Hola. No te preocupes por no poder actualizar tu historia, a todos nos pasa alguna vez.

    El capítulo no me gustó tanto como los anteriores, tal vez por su corta duración, pero aun así estuvo muy bien. Se conoce por qué Lili quedó ciega, y se describe a su ex esposo como un hombre desgraciado. Espero que Saeth lo mate, dado a que alguien como él verdaderamente se merece que lo maten.

    Me gustaría ver un poco más sobre el entrenamiento de Saeth para la justa, así podría darme una idea de que tan bien preparada está para enfrentarse a algo así. Estoy seguro de que ella será la ganadora, y de que será algo bueno de ver el momento en el que se cruce con Arubino de vuelta. Me pregunto de qué manera reaccionarían si es que se reconocen en el momento en que lleguen a encontrarse.

    No he notado errores en el capítulo, aunque no hice una lectura muy profunda. Me despido hasta el siguiente capítulo.
     
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    Hada Negra

    Hada Negra Faith das Schwarze Fee

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    Capítulo VI
    (parte uno)

    Los rayos de sol recién tiñen el cielo matinal, el frescor de la montaña se disipa lentamente, dejando tras de sí una leve neblina cubriendo el paisaje. El pasto, recubierto por una fina capa de hielo, cruje bajo los pies de Saeth, que lleva ya varias horas afuera, en el campo. Ha colocado muñecos de paja en distintas zonas del labrantío, simulando ser enemigos. Algunos, ya destrozados, yacen en el suelo. Otros, todavía enteros, se bambolean con los vientos esporádicos de la montaña. Con la espada bien empuñada y frente a ella, se lanza a continuar sus ataques.

    Lleva atados a los tobillos un par de telas, cocidas por ella misma, rellenas de tierra. En sus muñecas, carga un peso similar, sumando en total tres kilos. Ejecuta algunas guardias y ataques antes de cortar cada muñeco, imaginando ser atacada por ellos. Realiza algunos molinetes, estocadas y mandobles. Sin nadie con quién practicar, teme que su improvisada rutina no le ayude de algo para el gran día, que ya está encima. Tras derrotar a sus enemigos de paja, corre por el perímetro del terreno con los pesos aún atados a ella.

    Chestibor, que pasa por el predio sin mayor asunto que atender, observa a la chica y se detiene un momento. Cuando Saeth, desconociendo que es observada, siente que el peso añadido no es suficiente, se le ocurre una nueva idea: va por el arado e improvisa un atado a su cintura, retomando inmediatamente su trote. El sudor baña su rostro y escurre por todo su cuerpo, pese a la baja temperatura del ambiente. El lord la sigue, en silencio total, hasta llegar a la limítrofe de la parcela. Allí, completamente exhausta, se deja caer de rodillas, respirando agitadamente.

    — Vaya ganas de torturarse a sí misma, dama Falkenhorst. Gran espectáculo, sin duda. — Ríe y aplaude, como si de una puesta teatral disfrutara.

    — ¿Lord Chestibor? ¿Qué hace aquí?

    — Me gusta salir a caminar cuando el sol es tierno aún. Lamento espiarte, es algo poco o nada común de ver. ¿Qué ha sido? ¿Una nueva técnica para trabajar la tierra? — Saeth sigue sin recuperar el aliento, todavía.

    Roy era un fiel creyente de que, para ser un gran caballero, había que mantener afilada no sólo la espada, sino el cuerpo mismo y la mente. Obligaba a sus subordinados a ejercitarse fuertemente cada día, y era esa excelente condición física y fuerza trabajada la que marcaba la diferencia entre sus tropas y las demás. Si bien, por razones que Saeth nunca entendió, ya no aplicaba esa filosofía con los hombres de su naciente aldea, a Rey sí que lo hacía trabajar de ese modo.

    — Mi señor, sabe usted que mi mayor desventaja en una competencia es mi fuerza. Todos serán mucho más fuertes que yo, eso se lo aseguro. Debo prepararme para resistir lo más posible y vencer.

    — ¿Realmente te tomas en serio esto? Saeth, tu estirpe es noble, pero no dejas de ser una doncella. Que vayas a luchar entre hombres es un completo suicidio…

    — Es peor vivir con la culpa de no haber ayudado a mi hermano, mi señor. Toda la fe y el orgullo de mi padre, estaban depositados en él, que sería el legítimo heredero de La Doncella y el apellido Falkenhorst. Toda la leyenda que mi padre quiso construir en hombros de mi hermano, murió junto con él. No digo que él no me amara, pero sabía que, conmigo, el linaje iba a perderse, porque llevaría el apellido de otro hombre al casarme. No puedo permitir que el nombre de mi padre y todos mis ancestros, sea simplemente olvidado a través del tiempo y ya. Cuando la gente recuerde nuestro apellido, tendrán que sentir el respeto y la admiración hacia él.

    — Saeht, por lo que entiendo, tu hermano murió protegiéndote. No te hagas peligrar, a él no le gustaría eso.

    — No insista, mi señor. Sé cuál es mi objetivo y voy a cumplirlo.

    Chestibor, viendo la inextinguible llamarada en el alma de la pelirroja, sabe que, efectivamente, nada podrá detenerla. Es una convicción que, muchos de los hombres de Hervé, carecen.

    — Entonces, déjame ayudarte un poco.

    Así, Chestibor manda llamar a cuatro de sus hombres y provee de algunas partes de armadura, escudo y espada de madera a la joven. No muy convencidos al inicio, los hombres se niegan a atacar de verdad.

    Uno de ellos, lanzando un muy débil tajo descendente a la joven, es bloqueado con tal fuerza que, incluso, se lastima las muñecas al rebote de las maderas. Saeth, seria y enfocada en sus movimientos, hace retroceder al sujeto con una patada al plexo. Otro de ellos, inconscientemente y viendo a su amigo en peligro, dirige un golpe real con la empuñadura de la espada en dirección al rostro de la muchacha que, inmediatamente, bloquea con el escudo.

    — ¡Ataquen o digan sus últimas palabras, bribones! — ríe Chestibor.

    Se miran entre sí y rodean a la joven, que permanece en guardia, cuidando cada movimiento. Entonces, comienza realmente el combate. Ni atacando de verdad, ni siendo compañeros de batalla de tantos años, consiguen doblegar a la mujer, que deja el alma en cada movimiento. Su combate cuerpo a cuerpo es impecable, cada patada, cada puño, cada esquive…

    Uno a uno, los enviados de Chestibor, caen, completamente adoloridos, heridos del cuerpo y el orgullo. Es verdad que Saeth ha recibido unos cuantos golpes y ya se han formado los moratones en sus brazos y piernas, pero su rostro no expresa dolencias.

    — El legendario estilo de combate de Falkenhorst, es maravilloso... — admira, casi con reverencia, a la mujer. — Un balance perfecto de cuerpo y arma, un dominio excelente de ambos. Saeth, no sé qué ocurrirá en el torneo, pero, si lo ganas, deseo apadrinarte.

    — Será un honor, mi señor.

    El sol ha bajado considerablemente en el cielo, pero todavía no oscurece. Beltane y Azalea le preparan agua caliente en la bañera, conociendo ya los gustos de su señora. Lil, por su parte, desgrana unos cuantos elotes para añadirlos a la sopa de vegetales y gallina que está ya al fuego. Saeth se encuentra despidiendo al lord, y le agradece el apoyo brindado. Una vez que este sale de la propiedad, se redirige al interior de la casa, dejando de lado su semblante inquebrantable y recio, para cojear por todo su camino a la habitación. Encorvada por el dolor en su abdomen y con los brazos totalmente abatidos, se deja caer en la cama, que ya ha hecho Beltane.

    — Mi señora, esto es demasiado… ¡Mírese! ¿Cómo combatirá si sigue así?

    — No te preocupes, estoy bien. Esto pasará pronto. —Se quita las botas y el pantalón.

    — No, no lo hará. Una cosa es estar aporreado por tanto correr, y otra, es estar molido a palos. — La chica hace el intento por quitarse la camisa, pero no puede levantar los brazos. Beltane se aproxima y le ayuda.

    — Ha sido un buen entrenamiento hoy, Chestibor tiene fe en mí. Si me apadrina, será más fácil unirme a las tropas de Hervé, en el castillo. — La mujer le acompaña, llevándola casi en peso, hasta la bañera. Entra con dificultad y se sienta. — Cuando escuches el nombre de Rey Falkenhorst, Beltane, sabrás que soy yo.

    — ¿Rey Falkenhorst?

    Ella sonríe, sin decir más a la anciana, teniendo en mente todos los sueños que cumplirá en el castillo.



    A muchos acres de distancia, cuando el sol ya se ha extinto una vez más, una niebla rara se extiende por el bosque. Presurosa, corre una doncella, de largo vestido negro y rojo, entre los árboles y matorrales. Mira tras de sí, aterrada, suplicando a sus dioses por no ser alcanzada. Los animales de la noche, alterados, huyen de igual manera, pues presienten que algo terrible es lo que la persigue. Finalmente, como consecuencia de su distracción, tropieza en las raíces de un árbol, y se arrastra, miserablemente, entre arbustos y matorrales. Las aguas del río resuenan más y más cerca, le corta el camino que lleva. A la orilla del mismo, hay un enorme árbol viejo, ahuecado en su base, lo suficiente como para albergarla dentro. Sin pensarlo dos veces, entra en el recoveco, estrechando contra su pecho las rodillas y recogiéndose la enagua tras las corvas. Se tapa la boca, queriendo controlar también su respiración. Cierra los ojos, temblorosa, y se concentra… Aquella niebla, hedionda, fría y espesa, se extiende por los suelos, llenando cada orilla que se encuentra. Sí, no es un fenómeno natural ni normal, se trata de un hechizo negro, que funciona como cazador o rastreador. Cuando esa bruma se topa con la señal que busca, se vuelve sólida y aprisiona a la persona, animal u objeto que se le haya ordenado encontrar.

    La joven, tan presurosamente como le es posible, comienza a descender su temperatura corporal. Debe hacerlo con cuidado, si lo hace demasiado rápido, la niebla se dará cuenta e irá directo a ella. Si lo hace demasiado lento, no alcanzará a mimetizarse cuando el conjuro la toque. Si su temperatura difiere, por poco que sea, a la temperatura ambiental, será suficiente para que la aprisione su enemigo. Su poder mágico deberá disminuirse a la par de su calor, para no llamar la atención de aquel que la está cazando con tal desesperación. La bruma le rodea, acariciando cada rincón del árbol. Se escucha un susurro fantasmagórico e ininteligible, una voz masculina que le llama por su nombre con gran insistencia...
    —Faith... das sch...ze... Faith... vend...Eb...ezer...— Tras interminables segundos, que parecieran haber sido horas, aquel extraño ente se desespera y emite un rugido tan demoníaco, que le hela la sangre por completo. Finalmente, se desvanece de a poco. Cuando ya se ha ido, la chica rompe en llanto.

    — Esta vez… casi me atrapas, Ebenezer… No puedo permitirlo, no puedo. Por eso… — saca de entre sus ropas un pedazo de hoja de acero, bien afilada, y abre una herida profunda en la palma de su mano izquierda. Deja caer lágrimas en ella, mezclándose éstas con la sangre. Empuña y sopla dentro del hueco, recitando su conjuro. — Si muero, renazca en este suelo, de esta sangre, mi esencia. — abre un hoyo en la tierra con su mano libre, dejando caer el chorro de sangre dentro de éste. Tapa el rastro, como quien cubre una semilla que acaba de plantar. Agotada, arranca una tira de tela de su vestido y se envuelve la mano, cayendo en un profundo sueño.


    Días han pasado, desde el primer duro entrenamiento de Saeth contra los hombres de Chestibor. Conjuntamente, se han modificado las condiciones de combate y la cede para el tan anunciado combate por La Doncella. Resulta, que tal noticia ha cruzado más allá de las fronteras de Cristenio, atrayendo la atención de cientos de guerreros foráneos, deseosos por hacerse de un lugar en la corte del rey. Muchos de ellos, mercenarios, ven tal evento como la oportunidad idónea para demostrar su fuerza y efectividad en combate, y sacar más dinero a sus contratistas. Es claro que, para dicho porcentaje, la leyenda de La Doncella, no tiene gran significado. Ante todo esto, Hervé ha ordenado que la campaña sea realizada en Tesenia, es decir, lo más lejos posible de la frontera con Cian y la entrada marítima. Así, se asegura que la mayor parte de contendientes sean súbditos suyos. También, ha seleccionado a los caballeros que tienen permitido participar. No así, los caballeros han de asistir como guardianes de la espada, ¿qué quiere decir el rey con ello? Que deben evitar, a toda costa, que el arma caiga en manos equivocadas, en el supuesto de que Saeth quedase fuera de combate. Si la recuperan, deben entregarla a su señor, no pueden conservarla.

    La plaza central de Tesenia está más llena de lo que nunca jamás sus pobladores han visto, los guerreros de cada rincón del reino y algunos caballeros y mercenarios, desfilan por las callejuelas con rumbo a la mesa del jurado, donde aquellos designados por el rey, registrarán a los participantes y harán el conteo final de los mismos. Hervé no quiere perderse el espectáculo, por lo cual, ha solicitado a uno de los hombres ricos del pueblo, que le preste su casa. Allí, en el segundo piso de la residencia, se oculta el rey, vestido en ropas harapientas y acompañado por Osiris, su mago.

    — ¡Mira cuánta gente hay allá, abajo, Osiris! — comenta maravillado a su fiel mago, que no da gran seña en respuesta. — Necesito que estés atento, en caso de ser necesaria tu intervención.

    — Como lo ordene, mi señor.

    — Fue una terrible sorpresa el saberte incapaz de rastrear al imbécil de Addaí, por fortuna, puedo encargarme por cuenta propia.

    — Me disculpo por ello, rey Hervé.

    — ¡Ya, ya! No importa ahora.

    Deseando aclarar una serie de dudas surgidas a raíz de la rebelión selenita, había ordenado el rey a su mago que siguiese el rastro del rey vecino, cosa que le fue por completo imposible. De haber tenido en su mente la imagen del mismo, o una prenda suya, habría sido capaz, incluso, de introducirse en sus más profundos deseos e intenciones. Sin embargo, ha sido una movida inteligente de parte de Arubino, el usar el nombre de su difunto padre y no el propio. Gracias a ello, todas las lecturas de Osiris, fallan. Pese a que ya se lo ha explicado de mil maneras, para Hervé, es una completa incompetencia de parte de su mago.



    Mientras tanto, sir Jürgen, observa con profundo rencor a la pelirroja. La ha estado investigando desde hace un par de semanas y está al día en todo lo que a ella, sus antiguas tierras y su, aún esposa, respecta. Molesto de saber que debe cuidar a la persona que, según él, se lo ha arrebatado todo, trata de contener sus deseos por destrozarla, pues ello le llevaría a una deliberada desobediencia de la orden que tiene por parte del mismísimo rey. No ama a Lil, ni necesita de las tierras, pero no puede soportar que alguien más las tenga. Seguirá la orden de su monarca, cuidará la espada y cuidará de la dueña. Sin embargo, eso no quita su intención de atacarle a traición.

    Finalmente, todos los contendientes cruzan el cerco de un muy basto terreno, propiedad de Chestibor. En tal aquelarre, han de combatir. Se les ha entregado, sin excepción, un medallón de madera, con alguna runa tallada. Deberán conservarla consigo, pues, de no hacerlo, se entenderá que han renunciado o han sido derrotados. Saeth, con la banda azul fuertemente sujeta en su mano, respira profundo y pausado, mirando al cielo. Ata la cinta alrededor de su frente y eleva una plegaria, desde lo más profundo de su corazón:

    — Padre mío, te pido perdón por mi atrevimiento y desobediencia. Te juro, por mi propia vida, que no será en vano. Ayúdame, por favor, a librar esta batalla; intercede por mí ante nuestro creador y padre celestial… — Sujetando la espada bastarda, lleva el pomo de la misma a la altura de su frente y comienza una vieja plegaria, ritualizada por todos sus ancestros antes de cada pelea. — Dios Padre, poderoso Señor, te entrego hoy hasta la última gota de mi sangre. Derrámese mi vida en los suelos de tu reino, dando más vida a los que están por venir. Que mi acero erradique desde la raíz el mal que se ha posado frente mío…
     
    Última edición: 23 Marzo 2018
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    Hada Negra

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    El primer track que incluí es demasiado extenso, no lo encontré más corto... Mis disculpas.
     
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    Hada Negra

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    Título:
    Moon Sons Reborn
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    3895
    Capítulo VI
    (parte dos)




    Los cuernos de guerra resuenan por todo el campo, comenzando así la refriega. Provista de lo más básico, sabe que no puede ser tan negligente de ir a plantarse frente a un caballero, pues le destrozarían en un abrir y cerrar de ojos. Observa con cuidado a cada rival, algunos son, incluso, más jóvenes que ella. Otros, la mayoría, son ya hombres recios y curtidos en la guerra. Los aceros chocan en todas direcciones, vuela sangre y se oyen los pujidos tras recibir los golpes del contrario. Un guerrero, de aspecto vikingo, llega de sorpresa con hacha en mano y ataca, a lo cual ella responde protegiéndose con su escudo y arrojándolo de una sola patada. Su cuerpo, cansado tras los últimos entrenamientos, desearía sólo retirarse y ya. Pero, su adrenalina, es la que le da el empuje suficiente para continuar.

    Cual fiera enardecida, el hombre golpea repetidamente sobre en escudo de la joven, que permanece fuerte y firme. Los azotes consiguen penetrar hasta su cuerpo, mas se prohíbe a sí misma cualquier gesto de dolor. Esperando el momento justo, pues, por muy coloso, su rival ha de colapsar en cualquier momento, observa con atención y alista una estocada certera, irrumpiendo bajo las costillas del sujeto con su espada. El aire se le escapa todo a la vez, doblegándose sin mayor opción. La guerrera alza su acero, apuntando entre el cuello y hombro del rival.

    — ¡Me rindo! — Grita antes de ser estocado nuevamente. Saeth le arranca del cuello el colgante y lo arroja fuera del ruedo. Son una parte de los jueces los que se encargan de levantar los medallones y tachar de la lista a los contendientes retirados. Sin perder el tiempo, corre a encontrarse con su siguiente enemigo.

    A mitad de su carrera y tras esquivar a los caídos, una flecha atraviesa su pierna izquierda, llevándole directo al suelo y apenas metiendo las manos. Su escudo cae lejos de ella, mas sostiene la espada bien empuñada. El rugir de un tipo enorme y robusto rompe sus oídos, le tiene tan cerca, que es casi imposible evadir su ataque. Aprovechando la débil posición de la guerrera, el sujeto está decidido a asesinarla si es que se niega a rendirse. No importa de quién se trate, sólo sabe que será una menos en su camino a poseer la espada legendaria.

    Eleva por sobre su cabeza un hacha pesada, Saeth se deja caer completamente de espalda al suelo, sujetando punta y empuñadura con firmeza, para defender de tan tremendo tajo. A poco está de ceder ante el impacto, el rebote de los aceros le lastima las muñecas.

    A lo lejos, Beltane mira la escena, aterrada y tapando su rostro parcialmente.

    — ¡Por piedad, pare ese enfrentamiento, va a matarla! — Suplica casi de rodillas a uno de los jueces.

    — Quien decide parar o seguir es ella. Que se rinda si es que quiere salvar la vida.

    Harto de no poder doblegar a la joven, aún con todo su peso y fuerza sobre ella, el pesado hombre se le monta encima, furioso y decidido a darle la peor paliza de su vida. Tal acción es innecesaria en un combate de esta índole, mas su orgullo de hombre se ve tocado por el atrevimiento y osadía de la mujer que se niega a ser menos. Ha de reventarle la cara a puños, ya tendrá tiempo para continuar con la pelea. Si quiere calzar entre hombres, deberá enfrentarse a uno sin miramientos. Los ásperos puños del guerrero buscan el rostro de la muchacha, que se cubre con ambos brazos. Uno de los golpes acierta justo sobre su nariz, provocándole un sangrado escandaloso y un dolor que, hasta ese entonces, no había experimentado jamás. La respiración se le dificulta, su vista se nubla, se desubica por fracción de segundos. Tiempo suficiente para que, el colérico hombre, arremeta otra tanda de puñetazos secos y efectivos. Escucha a lo lejos los gritos desesperados en voz conocida, pidiéndole que pare.

    — ¡Dama Saeth! ¡No sea necia, ríndase, por favor! — Beltane, desesperada y hecha una mar de llanto, grita con todas sus fuerzas.

    “Rendirme… Mi padre jamás tuvo esa palabra en sus labios. Mi madre, nunca la pronunció. Mi hermano no supo de su existencia… ¿Rendirme? ¿Yo?” Los golpes secos son cada vez más certeros, sus brazos ya no consiguen cubrirla. “¿Rendirme? Mi linaje va a desaparecer en el olvido, el esfuerzo de mi padre, y de su padre antes de él… El honor de mi familia… ¡Jamás! ¡Saeth Falkenhorst no será la primera en claudicar! ¡JAMÁS!”

    Finalmente, aprieta sus puños y acierta un golpe entre los ojos del tipo, destanteando su equilibrio.

    — ¡¡Saeth!! — Una voz masculina resuena atravesando el campo. Una voz que de momento no consigue identificar. — ¡¡Puedes librarte de eso, hermana!! ¡¡Recuerda cómo hacerlo!!

    Caoihim, que por fin ha llegado al pueblo y tras varios contratiempos, alienta a la muchacha desde el otro lado de la cerca.

    — ¡¡Vamos, mujercita loca!! — Sigue alentando a la pelirroja, con un profundo temor oculto en su pecho. Aquella niña con la que solía jugar y a quien siempre vió como su hermana pequeña, yace frente a él a nada de ser abatida.

    Años atrás, cuando eran todavía unos niños, Caoihim les enseñaba algunas de las técnicas de su ya difunta familia. Aquella técnica, basada en la mente más que en el cuerpo, consiste de romper los puntos de equilibrio y usar el peso del enemigo para hacerle daño. Un tanto oxidado aquel conocimiento, logra Saeth refrescar su memoria. Flexiona las piernas tanto como puede, pegando los talones a las sentaderas, para puentear de golpe su cuerpo. Su mano derecha se estira tanto como es posible hacia el lado opuesto, arrojando de lado al gañan. El dolor en su muslo izquierdo es punzante y ardiente, pero no se detendrá a analizarlo. Una vez libre, arranca de su carne la flecha. Sin querer, ha soltado su espada y no cuenta con más arma que la misma saeta que le hirió. No lo medita demasiado, se abalanza sobre su agresor, enterrando la flecha entre sus clavículas, ahogándolo en su propia sangre y arrancando el medallón de madera para arrojarlo fuera. Saeth le abandona y continúa en combate, no sin antes buscar con la mirada a quien le ha ayudado y dedicarle una sonrisa llena de gratitud.

    — Siempre supe que estaba loca…— dice Caoihim a una aterrada Beltane. — Pero, nunca pensé que tanto…

    — Si es verdad que ustedes se conocen desde hace tanto, convénzala de abandonar este absurdo…

    — Mejor hágase a la idea, mi estimada. El peor defecto de Saeth es que jamás se rinde.

    La jornada sigue, los gritos de dolor resuenan por todo el campo, se llena la tierra de sangre y miembros amputados. Los barberos sangradores no se dan abasto, pese a llevar consigo a sus aprendices. La mayoría de los que han decidido participar del combate, han sabido retirarse a tiempo. Sin embargo, aquellos necios que se niegan a todas luces a rendirse, son suficientes para volver del pintoresco paisaje una auténtica carnicería. Algunos caballeros, superados en número por grupos que decidieron unir fuerzas, se han visto forzados a renunciar al combate. Zimmerman es uno de los pocos que sigue de pie dentro del evento y, si ha logrado aguantar, es porque tiene a alguien en la mira…

    Tras horas de combate sin tregua, el campo se queda vacío, sólo quedan dos de pie: Zimmerman y Falkenhorst.

    Cojeando, encorvada de dolor, con la nariz rota y un ojo cerrado por la hinchazón, Saeth observa al último de sus oponentes. Saborea el gusto metálico que invade su boca, pues, por sus dientes, escurre sangre sin cesar.

    — Solos tú y yo, Falkenhorst… — ríe con malicia.

    El rey, dispuesto a bajar para dar la victoria a la joven, se da cuenta de que Zimmerman tiene otros planes consigo.

    — Espero que hallas disfrutado de mis tierras, de mis pertenencias, de mi servidumbre… Espero que te reciban bien en el otro mundo… — baja la visera de su casco y sujeta con firmeza una lanza enorme, que había estado reposando sobre la cerca. A todo galope y con la lanza asegurada bajo su brazo, apunta a la muchacha. Ella, ya casi sin fuerza, trata de verle con claridad. La sangre escurre de su cabeza y chorrea sobre su ojo derecho, nublando se vista. El caballero, completamente acorazado, sabe que la simple espada de su oponente no es capaz de derrotar su defensa. Saeth también lo sabe.

    Se da cuenta que, no muy lejos y frente a ella, hay un hacha. No es una arrojadiza, sino una muy pesada. Sin perder más tiempo, la recoge con gran dificultad y comienza a girar, dando vuelo al arma. Zimmerman, confiado en que ella no tendrá la fuerza suficiente para lanzarla lo suficientemente alto, prosigue en su carrera. Sin embargo, no es a él a quien le apunta, sino al caballo. Cuando calcula que es tiempo, suelta la enorme hacha y golpea las patas del caballo, la única zona que no está acorazada en tremendo animal. Entre berridos de dolor, pues le ha fracturado las patas, el animal va a dar al piso con todo y su jinete, lanzándolo por los aires. El aterrizaje es aún más estrepitoso, pues rueda todavía un tramo, golpeándose todo el cuerpo.

    — Qué bueno que seas tú mi último rival. Tengo mucho odio que desquitar contigo… —Declara la pelirroja, firme frente al caballero.

    — ¿De verdad? Pues qué coincidencia, porque estoy en la misma situación.— Se pone de pie lentamente, desfundando su espada.

    — Lo que le hiciste a Lil... no podré perdonártelo, aunque me lo supliques. Prepara su acero con ambas manos.

    — Creo que tienes un ego muy crecido, muchachita. Me encanta la idea que nos conocemos tan bien, a pesar de no habernos visto antes de todo este embrollo. ¿Sabes? No se necesita ser adivino para darse cuenta de que te traes algo con mi mujer…

    — ¿Tu mujer? ¿Ahora sí lo es? ¿Luego de destruirle la vida y abandonarla?

    — Eso no te incumbe a ti. La ley del rey me permite reclamarla como mi esposa, una vez más. Y eso mismo haré.

    — ¿Por qué? No la amas, eso es claro…

    — ¿Por qué? Pues… Porque puedo. — Dibuja una sonrisa perversa en su rostro. — Porque no permitiré que te quedes con lo que es mío. Prefiero matarla a golpes antes que saberte con ella, sucia zorra inmoral... Quemaré los plantíos con todo y animales. ¡Encerraré en la casa a ese par de ancianas inútiles y a esa ciega buena para nada, y le prenderé fuego!

    — Tendrás que matarme a mí, primero.

    — Tengo mejores ideas para ti...

    — Intenta poner una mano sobre Lil… — Lo mira con fiereza y sin el menor titubeo, al tiempo que se acerca a él. — Y TE JURO, que voy a romper cada hueso de tu miserable cuerpo con mis propias manos…

    Desde el balcón, Hervé observa la escena, consternado. Si bien, Zimmerman no es su caballero más obediente, es raro que se salte una orden por algo que no le traerá algún beneficio económico.
    —¿Desea mi señor que pare la pelea? — inquiere Osiris.
    —Todavía no... Quiero ver esto.

    Zimmerman hace un par de molinetes con su espada, amenazador y sonriente. Saeth no se deja intimidar, ni hace mayor alarde de agilidad. No le despega la vista de encima al caballero. Finalmente, Zimmerman ejecuta un tajo descendente, con toda su fuerza, siendo desviado a un costado por la espada de la pelirroja, que se mueve un paso largo, alejada del filo. El intercambio de ataques y contraataques no cesa, mas es Zimmerman quien da inicio a cada arremetida y Saeth quien marca el final. Su juego es sencillo: Contra alguien más fuerte y mejor armado que ella, fuera de sus cabales e iracundo, lo mejor es dejarle que se agote al tiempo que ella recupera el aliento y un poco de fuerza. Todos parecen notarlo, menos Jürgen, que se enfada más y más al no poder acercarse a la pelirroja.
    La armadura, que pesa cerca de veinticinco kilos, hará todo el trabajo por ella, sólo es cuestión de paciencia. No pasa mucho antes que el sudor bañe el rostro de Jürgen, su respiración es agitada y comienza a menguar. Entonces, Saeth comienza las arremetidas: avanza rápida y segura, blandiendo la espada a mano y media, atacando arriba, abajo, en medio… Zimmerman no sabe dónde defender, sólo se ampara a la dureza de su armadura para protegerle de los estoques que no logra frenar. Ya a altas horas de la tarde, el sol ha resecado la tierra. La polvareda se levanta a los pies de la guerrera, que arrastra las botas con toda la intención de hacer una gran nube. Cuando es suficiente la cortina de tierra, da un último giro completo a ras de suelo, dirigiendo una patada a los tobillos del caballero y haciéndole caer sin mayor remedio. Para cuando Jürgen consigue ubicarse, se da cuenta de que Saeth ya tiene la punta de la espada sobre su cuello. Ella, apoyada sobre la rodilla izquierda y luchando contra el intenso dolor de su herida, frunce el entrecejo y clava la mirada sobre él. Es claro que no le dará otra oportunidad, simplemente lo matará y ya. Antes que la joven termine de ejecutar el último golpe, aquel que le arrancará la vida, Jürgen da un grito potente y audible para todos los presentes:

    — ¡¡ME RINDO!!

    Saeth, sorprendida, se detiene. Los cuernos dan una nueva nota, la ovación no se hace esperar. Confundida, sigue observando al hombre, que le sonríe retorcidamente y con gran satisfacción.

    — No te voy a dar el gusto, Falkenhorst. Esta vez, ganas tú. Pero no creas que no nos volveremos a ver las caras.

    — ¡Maldito infeliz…! — Intenta concretar su estocada, pero es detenida, desintencionadamente, por Caoihim.

    — ¡Lo lograste! ¡Lo lograste, pedazo de mujer! — La lleva a sus brazos, estrujándola con fuerza. Zimmerman se pone de pie y sale del ruedo, aflojando el peto para luego lanzarlo al suelo. Sus vasallos se acercan a él y le ayudan a despojarse del resto de la armadura, le hacen llegar una gran jarra de cerveza helada y un pedazo de tela humedecido, para limpiar su rostro.

    — ¡Déjame en paz! ¡¿No ves que…?! — Empuja lejos de ella al joven, para luego ver mejor su rostro y descubrir de quién se trata — ¿Caoihim?

    — ¡¿Qué otro?! Saeth, no puedo creer las locuras que haces… ¡Mírate! Qué horror, ¡te han desfigurado! —Su ojo está tan hinchado que no puede abrirlo. Su nariz se ve desviada y no puede respirar bien, y la mitad de su rostro se baña en sangre a causa de una contusión en la cabeza.

    Los jueces entran en escena, junto a un grupo de soldados reales que llevan los pendones del rey. Forman una barricada humana desde la puerta de la casona que resguardó a su señor, hasta el campo de batalla. Hervé, acompañado por su mago, avanzan ante las miradas perplejas de la población. Caoihim ayuda a Saeth a ponerse de pie y se retira.

    — Felicidades, Saeth Falkenhorst. Has logrado defender la reliquia de tu familia: La Doncella. Y no sólo eso, sino que has elevado descomunalmente el nombre de toda tu dinastía. Mis respetos por eso. Ahora, tal como se prometió, la espada te será entregada. No hay duda que eres una gran guerrera y representante de tu estirpe, no habrá mejores manos que blandan la espada legendaria, que las tuyas…

    — Agradezco sus palabras, mi señor… — Interrumpe al monarca. — Sin embargo, no he hecho todo esto sólo por la espada. Usted ha prometido un lugar dentro de la corte a aquel que resultase vencedor en esta contienda.

    — Y sigue en pie mi palabra. Pero, primero es lo primero: irás con Osiris para que te cure. Esta noche la pasarás aquí, en Tesenia. Mañana, a primera hora, partirás escoltada por mis soldados al castillo. Toma en cuenta que sólo tus bienes personales pueden acompañarte. Por ahora, eso es todo. Descansa y recupérate pronto, yo me adelantaré al castillo. Cualquier cosa que necesites, dirígete a Osiris. Él sabrá ayudarte. Hasta pronto, Guerrera de Dios.

    Osiris la mira con fijeza, es difícil comprender su expresión: hace años que su rostro no dice algo. Terminada la faena, aquellos pocos que lograron secuestrar a algún oponente, no tardan en cobrar los rescates y organizan un banquete sin igual. Porque, claro, es la costumbre. Tesenia festeja sin limitaciones esa noche, entre bebidas, comida a morir, música y orgías en los rincones más oscuros del pueblo. El borlote incomoda a Osiris, que no consigue conciliar el sueño. Ya ha sanado a Saeth, sólo ha quedado con el cansancio propio del ajetreo físico.

    Mira por la ventana a la gente bebiendo y bailando entorno a la fogata. Su larga cabellera castaña reposa sobre sus hombros. De su cuello pende un collar muy antiguo, con el sello de su familia.

    — Eres de pocas palabras, mago. — Se aproxima Saeth. Osiris la voltea a ver por sobre el hombro sin dar respuesta. — Mi padre nos hablaba mucho acerca del mago real, pero nunca creí que llegaría a conocerte en persona. ¿Eres joven o es parte de tus cualidades mágicas?

    — ¿Hay algo que necesite, dama Falkenhorst? — pregunta ya sin mirarla.

    — Sí, hablar contigo.

    — No es algo que puede hacer.

    — ¿Qué dices? — Ríe extrañada. — ¿Puedes sanar fracturas con sólo pasar tus manos y no puedes hablar con alguien?

    — Son las ordenes de mi señor, lo lamento.

    — Él no está aquí ahora. Además, no es como si nos fuéramos a poner de acuerdo para asesinarlo, no exageres. Sólo quiero saber si puedes ayudarme a devolver la vista a alguien que…

    — Imposible. — interrumpe, dirigiéndose a su habitación.

    — ¿Por qué?

    — La magia de curación es sólo para el rey o para aquellos que él autorice.

    — No tiene por qué enterarse…

    — Pero lo hará. Por favor, vaya a descansar. Mañana nos espera un viaje largo.

    — ¿Esta persona puede acompañarme? Ella es muy importante para mí y no quiero desampararla…

    — No. El rey ha sido claro: sólo bienes personales.

    — Entonces, necesito ir con ella. Tengo que ir a poner en orden un par de cosas, antes de marcharme.

    — Lo hará escoltada por los guardias.

    — No importa, que me escolten. No haré nada indebido.

    A un par de terrenos de distancia está la finca Zimmerman, aquella que Saeth tomó de mano de Chestibor. Caoihim ha sido acogido en la casa por petición de Saeth, las dos mujeres se han puesto a ordenes suyas y le han preparado algo para cenar, pues no quiso él unirse a los excesos del resto de habitantes. Cuando Saeth llega, todos la reciben con gran júbilo, invitándole a unirse a la cena que apenas comienza. Sin embargo, con la legión esperándole afuera, le es imposible permanecer por demasiado tiempo. Lil, que está sentada casi a la entrada de la casa, escucha con atención y profunda tristeza, sin decir palabra alguna.

    — Pero… ¿Y la finca? — Reacciona preocupada Azalea. — Ni Beltane ni yo podremos atenderla como lo hace usted, somos muy viejas para ello…

    — Bueno, no estarán solas. Caoihim, ¿dónde piensas quedarte?

    — ¿Qué? ¿Yo? Pues yo sólo venía por ti, a salvarte y a ser tu héroe… Pero creo que eres suficiente héroe para ti, no me necesitas. Así que regresaré a mis asuntos.

    — ¿Cómo? ¿Te vas ya?

    — ¡¿A qué me quedo?! Lo lamento, pero Cristenio es el último lugar donde quiero vivir. Puedo llevarme a tus chicas, si quieres. Pero no sé cuándo te las regresaré, yo vivo en altamar.

    — No quiero vivir en el mar… — Dice Azalea, preocupada por lo que será de ellas.

    — No puedes hacerme eso, Caoihim… Necesito alguien de confianza que cuide de ellas.

    — ¿Qué harías si yo no hubiera llegado? Pues haz eso mismo. Mi ayuda era rescatarte y no lo necesitas.

    — Pero ellas sí. Te lo suplico, quédate unos meses más… Te pagaré por ello.

    — ¿Pagarme? ¿Qué? ¿Acaso soy tu puta?

    — ¡No, tonto! Eres mercader, ¿o no? Sé que te haré perder mucho dinero por quedarte aquí, por eso quiero llegar a un acuerdo contigo.

    — Bueno, soy mercader porque el destino me ha llevado a ello. Uno muy exitoso, por cierto... — Dice con orgullo, cruzado de brazos y con gesto soberano. Repentinamente, cambia de actitud y entonación. — ¡Pero mi negocio es otro! Uno que nadie puede pagarme o compensarme con nada.

    — ¡No te pongas complicado, Caoihim!

    — Maldita sea… ¡Bien! Me quedaré un par de meses, mientras encuentras a alguien más que se encargue de tus chivas. Y de los animales, también. — Beltane, Azalea y Lil reaccionan con sobresalto e indignación.

    — No seas grosero…
    — Nada de eso. Es parte del costo por tenerme con ustedes. ¿Quieren disfrutar de mi sacra compañía? Pues van a tener que aguantarme tal cual soy.
    — Por mí, no hay problema. — Habla Lil, finalmente, con una gran sonrisa en sus labios. Es verdad que su vista está totalmente oscurecida, pero sabe, por el tono en la voz de su señora, que está realmente preocupada por el destino de sus sirvientas.
    — Sólo prometa que va a regresar, dama Falken... — pedía con preocupación Beltane, antes de ser interrumpida por una estrepitosa carcajada de Caoihim.
    — ¡¡JA!! ¡Dama Falkenhorst...! ¿Ella, una dama? Parece que no la viste allá afuera, surtiéndose a golpes con ese sujeto, Beltane... Jajaja... Dama.
    Las tres mujeres se preocupan por tal irreverencia, esperando la reacción de su señora, pero ella sólo sonríe divertida, mirando con gran cariño a su amigo. Definitivamente los años no lo han cambiado en absuluto.

    La noche pasa casi desapercibida, pues la fiesta no cesó ni un momento. El amanecer es turbio, lleno de humo y aromas varios. Las calles rebosan de restos de comida y huesos por doquier, los perros aprovechan el festín. Saeth sale, escoltada por los guardias y acompañada por Osiris. Sus amigos la despiden a lo lejos, y mira con especial atención a Lil.

    — No te preocupes… — Dice para sí misma. — Yo me encargaré de que sanen tus ojos. La próxima vez que nos encontremos, podremos vernos frente a frente. Es una promesa.

    La caravana se pierde en el horizonte lentamente, ante las miradas tristes de Azalea y Beltane. Caoihim, preocupado muy en el fondo, mantiene su gesto irreverente y juguetón. Se da cuenta que las lagrimas llenan los ojos de las tres mujeres y un nudo se le comienza a formar en la garganta… No puede llorar. No debe…

    — ¡Qué bellos son Cristenio y sus perros gordos! ¿No lo creen? — Arroja un pedazo de pan duro a la cabeza de uno de ellos, que olfateaba buscando el lugar idóneo para descargar sus necesidades.

    Beltane y Azalea lo miran, sin comprender la razón de sus raros cambios de animo y comentarios fuera de lugar.

    — Mis primorosas damiselas, vayamos a casa y empecemos a trabajar, que esta finca no se mantendrá sola. ¡Niña de los ojos tristes! — Llama a Lil, que voltea en dirección a él. — ¡Tranquila! Saeth es fuerte e inteligente, va a estar bien. Cuando menos te des cuenta, ella estará de vuelta.

    El nuevo encargado de la casona no termina de agradar del todo a las viejas mujeres, que apenas se habían acostumbrado a todas las “raras manías” de Saeth. A saber, qué ideas locas trae este extranjero en la cabeza. Caminan tras de Caoihim, sin darse cuenta que Lil permanece en su mismo sitio.
    — Por favor... Cuídate mucho, Saeth...
     
    Última edición: 23 Marzo 2018
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  9.  
    Hada Negra

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    Este capítulo quedó dividido en dos, para no hacer tan aburrida la lectura. Espero y les guste esta actualización y, ojalá, tuviesen chance de comentar. ¡Gracias por su tiempo!
     
  10.  
    Reydelaperdicion

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    Hola, Hada Negra (me gustaba más el otro nick que tenías antes, pero bueno...) he leído los dos capítulos y pasaré a comentarlos.

    Primero me gustaría decir que la división es innecesaria. Un capítulo muestra el entrenamiento final de Saeth mientras que en el otro empieza la justa. El primero podría ser el capítulo VI y el segundo el VII sin problemas. Además de que no veo mucho sentido de que los dividieras y los publicaras el mismo día. Los usuarios pueden pausar en cualquier momento y luego retomar donde lo dejaron. Pero supongo que eso depende de ti.

    Hablando sobre el capítulo, me da gusto que Saeth haya conseguido ganar, aunque ya se sabía que lo haría, por momentos creí que incluso aunque gane, su cuerpo moriría cediendo ante el cansancio. Más aun después de la paliza que había recibido. Ahora ella tiene su espada y un lugar en el ejército del rey, lo cual quiere decir que ella se acerca cada vez más a encontrarse con Arubino.

    Hablando de eso, me gustaría ver un poco más de él, para recordar como era la situación de Selenia y de su reino, además de que la última vez que se mostró su punto de vista, recuerdo que un grupo de gente planeaba traicionarlo. El caso es que no recuerdo más detalles sobre eso. Así que sería bueno revisar su situación para refrescarnos la memoria.

    Me pregunto si Saeth le habrá advertido sobre Zimmerman a su amigo Caiohim, dado a que no se menciona, pero pudo ser algo off-screen. Igualmente, las doncellas seguro le advertirán sobre él. Como se mencionó en capítulos anteriores, él es un cobarde. Golpear a Lil hasta dejarla ciega, y luego rendirse ante Saeth y marcharse para atacar desde las sombras ya dicen todo de él. Me gustaría ver que pagara por eso.

    Me gusta la relacion de Saeth con Lil, y espero que ella cumpla con su promesa de devolverle la vista, o que al menos lo intente. Ahora ella tiene un deber que cumplir. Ya veremos como le va.

    No creo haber encontrado errores. La canción que dejaste al inicio del segundo capítulo fue muy buena y encajaba con el ambiente. Las otras dos, no digo que sean malas, pero para mí no encajaban del todo.

    Me despido por ahora. Saludos y suerte.
     
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    Hada Negra

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    ¡Muchas gracias, Rey! La división fue para no acosar con la extensión del capítulo... Ideas locas que tengo :v Sí tengo en planes para el capítulo próximo el regresar a Selenia y Arubino, descuida. Sólo que había que incluir a estos dos chicos (Caoihim y la morra misteriosa o__o)
    Mi antiguo nick lo cambié por razones que entenderás más adelante... -///- Ya te lo explicaré después. ¡Gracias por pasar a leer, Rey!
     
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    Título:
    Moon Sons Reborn
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    3113
    Capítulo VII



    El carruaje real, escoltado por un centenar de soldados bien entrenados, avanza por los terregosos caminos cristenitas con rumbo al castillo. En él, viajan los dos hombres más poderosos de Cristenio: Hervé y Jürgen, quien mira por la ventana del carro, apoyado en el marco de la misma y reposando la barbilla en su mano. Su mirada parece perdida, incómoda, disgustada… Aquella victoria a medias, aquel sabor a derrota, es algo que no podrá simplemente olvidar. Poco más grande que su envidia es su avaricia, que en ocasiones es una gran virtud, ya que gracias a ello es que ha logrado reconquistar su fortuna e, incluso, superarla por mucho.

    Había caído en una grave adicción a los juegos de azar, dejando de lado sus negocios reales y campañas millonarias. Poco a poco, lo fue perdiendo todo. Culpa suya, completamente, mas no lo aceptaría jamás: si alguien había tenido la culpa de su miseria, era Chestibor. Aquel hombre, falto de coraje y oportunista a ojos suyos, pagaría el agravio de decomisar sus antiguas propiedades y, peor aún, de dejarlas en manos de una doncella.

    — Me preocupó, por un momento, tu enfrentamiento contra Saeth, Jürgen. — Rompe aquel incomodo silencio, el rey.

    — No veo por qué, mi señor. No iba a matarla. —Hervé, completamente incrédulo de aquella confesión, deja escapar una risa sarcástica. — Mi señor, lamento que tenga tan poca confianza en mi proceder. Entiendo que mis errores limiten su percepción de mí…

    — Bueno, como caballero, eres un campeón indiscutible. Me admira mucho ver hasta dónde has llegado, tu impulso es asombroso y algo fuera de este mundo. Pasaste de ser un señor feudal, poseedor de gran fortuna, a un mendigo. Y, después, pasaste de ser el más miserable mendigo, a ser todo un caballero real. Es por tu esfuerzo que hoy posees el título que tienes. Quiero creer que has tenido algún buen motivo.

    — Ser comandante de sus fuerzas de elite es todo un honor, mi rey. Es por ello que debo vigilar que mis hombres sean sólo los más capaces. Usted querrá que Falkenhorst se una a mis tropas, ¿me equivoco?

    — Eres muy avispado. Dime, ¿cuáles son tus planes?

    Lejos de allí, interno en el bosque selenita, el resplandeciente reino sigue creciendo a pasos agigantados. Superficialmente, podría decirse que es un reino con un gran futuro y poseedor de las riquezas suficientes para prosperar y florecer como nunca. La paz parece un hecho entre los pobladores, sin embargo, la desconfianza entre nuevos selenos y selenitas es enorme. Athalwolf, que sigue en su papel de falso rey, hace todo lo posible por mantener unida y tranquila a la población entera, aunque no está ajeno a las ideas conspirativas de un pequeño grupo, conformado por los antiguos líderes tribales de los nuevos selenos. El ejército, dirigido por Eisen Mond, se ha ido a explorar las zonas paganas de Cristenio. El auténtico rey, Arubino, ha hecho muy pocas apariciones en todo este tiempo. Sale, de vez en cuando, escoltado por un par de guardias, tan sólo a revisar las bodegas. Sólo él conoce las cantidades exactas de alimento con el que aún cuentan. Athalwolf, que ve cómo se llenan los estómagos de la población a plena saciedad cada noche, teme por una muy probable hambruna. Sin más comercio con los pueblos cristenitas, el dinero no fluye como debería y los recursos se agotan lentamente. Decidido a hablar al respecto con Arubino, se adentra en la zona sur del castillo, lugar donde se encuentra el torreón. Desea hablar con el inexperto rey lo antes posible.

    Para sorpresa suya, y a pesar que él mismo le vio entrar a la torre, Arubino no se halla en el lugar. En vez de eso, divisa por la ventana, un área muy bien oculta desde cualquier otro ángulo del castillo. En él, una estatua, de algunos dos metros, se yergue rodeada de vegetación. Cansado y confundido, sale del castillo con rumbo al manantial sagrado de la diosa, aquel donde reposa la efigie de Selene. Se arrodilla a orillas del manto, observando con atención la estatua. Aquella bella figura, pese a su hermosura, no consigue transmitirle nada más que vacío. Esa que ve ante él no es su diosa, es una falsa imagen, inventada en una noche y ostentando un lugar que no le corresponde. Un simple trozo de roca esculpido por alguien muy talentoso.

    — ¿De cuándo acá necesitamos ver un rostro para creer en ti, mi señora? —Suspira, sin desapartar la mirada de la efigie. — Esa que está frente a mí…no eres tú. Yo sé que no eres tú. Ayúdame, madre celestial, a entenderlo todo. ¿Qué debo hacer?

    — ¿Qué haces aquí? — Llama, repentinamente, una voz muy conocida. No es otro más que Arubino.

    — Mi señor… Yo…Sólo quería tomar un poco de aire…

    — Necesito que muevas a la población esta misma noche. — Interrumpe, con gesto vacío.

    — ¿A qué se refiere?

    — Reúnelos a todos aquí, en el manantial. He ordenado que se haga un gran banquete, comerán aquí mismo. Deberás hablarles de la diosa y de su voluntad, Athalwolf.

    — ¿Qué desea que les diga?

    — Habla de su bondad y de su infinita sabiduría, recita el Poema de la Diosa.

    — ¿El poema de la diosa? Esos son versos que sólo sus hijos verdaderos debemos saber…

    — Sólo hazlo. Estaré presente, también.

    — Sí, mi señor.

    Tan misterioso como llegó, se retiró el joven rey, dejando tras de sí aún más confundido a Athalwolf. Los banquetes fueron preparados y dispuestos en torno a la efigie. Los pobladores llegaron, llenos de júbilo, a buscar un buen lugar para sentarse. No es que a los nuevos selenos les llame tanto la atención la comunión con la diosa, sino que su hambre ha sido tanta durante tantos años, que hacen lo que sea que el nuevo rey les pida. Así, procedió Athalwolf, una vez acomodados todos, a cumplir la orden de Arubino, que se sentó en una roca alta, expectante a cada detalle.

    “Nuestra Santa Madre Celestial, Selene, nos convoca esta noche a reunirnos en su nombre. Ella, señora misericordiosa y conocedora de todo aquello que a nuestros corazones acongoja, dará a cada uno de sus hijos todo lo que necesita para superar las dificultades del camino.” El dolor y el sentimiento de traición golpean fuerte el pecho de Athalwolf. Su garganta intenta cerrarse, pues no quiere recitar el Poema de la Diosa frente a todos los impuros que están presentes. Sin embargo, la mirada acosante de Arubino, pesa sobre sus hombros más que una tonelada de rocas.

    “Bebe, hijo mío, de las aguas de este manantial sagrado, que lo he creado para ti y sólo para ti. Cuando te sientas abatido, hijo mío, recuerda su pureza y su frescor, en ellos vivo yo. Vivo en el aire que respiras, en las plantas sobre las que caminas. Estoy en el río y la montaña, en el águila y el conejo, en ti y en tu hermano…”

    Los selenos y los selenitas, escuchando con solemnidad tal discurso, permanecen callados y atentos. Prosiguió el Poema de la Diosa, al tiempo que la voz de Athalwolf trataba de quebrarse. Cuando concluyó, la gente alabó a la diosa y cerró su comunión con la comilona ofrecida. Athalwolf, molesto con todo lo hecho, se negó a comer, moviendo de un lado a otro las piezas de carne y vegetales que se le habían proporcionado. Repentinamente, la gente fue cesando la fiesta y el alboroto. Arubino, que había permanecido en absoluto silencio, se pone de pie sobre la roca y comienza un discurso:

    — Mi madre, Selene, llora esta noche. Llora, porque a pesar de su infinita bondad y amor, existen traidores entre nosotros. ¿Puedes escucharla? Sí, tú, impuro y traidor. Ella ha entrado a ti, y sufre al no encontrar alojo ni en tu mente ni en tu corazón. ¿La escuchas tú, que realmente has aprendido a amarla? ¡Oye su llanto! ¡Llora, porque no puedes ocultarle que proteges al traidor!

    Los pobladores, aterrados, miran a la nada en diferentes direcciones, como si algo se posara delante suyo y les recriminara por guardar secretos.

    — ¡Mi padre, Sadeh, arde en ira cada vez que a su dama hieren! ¡Mi madre es absoluta bondad y misericordia, pero no mi padre! ¡PADRE, TE OFRENDO A TODOS LOS IMPUROS QUE ENSUCIAN ESTE CAMPO SAGRADO!

    Algunos de los presentes sufren de una repentina falta de aire. Sus ojos se desorbitan y entran en pánico, aferrándose a quien más cerca tienen en una miserable súplica por auxilio que nadie puede entender. Los gritos y rezos resuenan como un enardecido enjambre y se vuelve una reacción en cadena, pues a más escándalo, más temor y viceversa. Athalwolf observa la escena, sin poder comprender lo que ocurre. Parece como si realmente algo o alguien se hubiera aparecido y todos pudieran verlo, menos él. En un acto reflejo, finge un éxtasis profundo cuando se da cuenta que Arubino lo mira. Sea lo que sea que su rey haya hecho, queda claro que ni él, como su más cercano ayudante, tendría que haber salvado del sucio ataque. Caen docenas de muertos, de diferentes edades, hombres y mujeres. Tras eternos minutos de sufrimiento, se va calmando todo poco a poco, dejando sólo un profundo sentimiento de temor y un puñado de muertos. Aquellos desafortunados que no sobrevivieron, yacen en el suelo en miserables condiciones: han perdido las uñas al arrastrarse desesperadamente, han fracturado o luxado sus huesos al intentar huir o pedir ayuda… Para Athalwolf, la única causa es obvia: los han envenenado a todos. Sin embargo, ¿qué pudo haber usado el rey? Ninguna de las yerbas, ni combinaciones conocidas, tienen el efecto que ha visto frente a él. Ha sido una alucinación colectiva, una de la cual Arubino parecía tener pleno control. Además, el veneno o droga usado sólo ha matado a unos cuántos, y ha dejado de surtir efecto, sin mayor complicación, en la gran mayoría de los presentes. Sin poder controlarse, comienza a temblar de pies a cabeza, un frío de ultratumba le invade… Arubino está experimentando con todos, sin miramiento ni distinción alguna entre amigos o enemigos.

    Durante los días posteriores, la población se sintió completamente acosada y temerosa. No había quién saliera de su casa sin la preocupación de errar y sufrir un nuevo ataque, y no era para menos. Al día, dos o tres personas solían salir corriendo, como si algo les persiguiera, suplicando por sus vidas. Todos los casos tenían el mismo factor común: Sadeh como supuesto autor de los ataques. Quienes le veían y sobrevivían, aseguraban que Sadeh era un hombre enorme, de más de dos y medio metros de altura, de cuerpo bien trabajado, hombros fuertes y larga melena blanca, con dos cuernos gruesos saliendo de su cabeza. Decían que de él venían los tan conocidos rasgos selenitas, pues estaban presentes todos y en mayor proporción.

    Para agravar más la situación, aparecieron con cierta regularidad huellas enormes por todo Selenia. Huellas aparentemente humanas, pero de proporciones imposibles de compararse a cualquiera de los habitantes. Aquellos que Arubino había observado e investigado, y que había descubierto como traidores o conspiracioncitas, llevaron la peor parte al ser quemados en vida. Así, de la nada, se encendían en llamarada viva y ardían hasta consumirse. La efigie de la diosa se vio más y más frecuentada, recibiendo ofrendas varias y oraciones, tal como el rey lo tenía planeado.

    Una vez más, fueron todos congregados en torno a la efigie, convocados por el oráculo mismo, Arubino. En esta ocasión, el mensaje fue sólo a través de él, sin cobrar más vidas. Selene, que había sido testigo de la justicia de su esposo, Sadeh, había intercedido en defensa de sus hijos. La manda para conseguir el perdón absoluto del gran Sadeh, sería superar las más terribles pruebas imaginadas, con el fin de tentar su fe y firmeza en el amor a la propia Selene. Así, fue anunciada una terrible hambruna, una que duraría tanto como la infidelidad de aquellos que se negaran a entregarse a los dioses.

    Pero no había mayor misterio tras la hambruna predicha, que el decrecimiento de los víveres almacenados con tanto recelo en las bodegas. Pese a ello, el terror era tal, que la gente lo aceptó sin más cuestiones, pues no querían descubrirse infieles o traidores frente al nada compasivo Padre de Selenia: Sadeh.

    Durante este tiempo, Eisen Mond había arrasado con siete aldeas paganas, sometiendo a los jefes y doblegando la voluntad de los moradores. Al igual que en Selenia, un pequeño grupo de selenitas puros, se encargaba de adoctrinar a los conquistados en la fe a Selene. Había en mira aún cerca de cuarenta pueblos paganos por tomar, y Eisen Mond se entregaría religiosamente a la encomienda de su rey, aprovechando al máximo la distracción y negligencia de Hervé.

    A la par de todos aquellos que se han entregado a las mentiras del joven rey, Athalwolf se siente cada vez más dubitativo con respecto a seguir apoyando al hijo de Addaí. Le queda claro que no es más que una pieza en el tablero, una que podría fácilmente ser reemplazada por cualquier otra.

    Ensimismado y pensativo, recorre los rincones del castillo, hasta dar accidentalmente con una puerta muy bien escondida en las murallas. Entra y sigue un largo corredizo, saliendo luego de larga caminata a un jardín secreto, el mismo que levemente pudo observar desde la ventana de la torre. En el jardín reposan dos tumbas, una de ellas adornada con una estatua, en la cual posa un joven guerrero, con una cinta atada a la frente y su espada bien empuñada. Lleva en su base una inscripción: En honor al gran guerrero, Rey, hijo legítimo en el corazón de Selene.

    — Yo… Yo a ti te conozco… — lo mira con detenimiento, sin poder dar claramente con el recuerdo que esclarezca la identidad del muchacho. La otra tumba, que aún no posee su estatua, lleva el epitafio en una lápida temporal. — En honor a Saeth, princesa de Selenia, eterna… ¿protectora de la justicia?… ¿qué? Princesa de Selenia… ¿qué es todo esto?

    Un golpe sordo retumba en el muro detrás de él. Camina hasta el sitio y pone atención, los golpes continúan. Busca a tientas por las rocas que forman la pared, tratando de dar con cualquier anormalidad que le conduzca a una segunda entrada oculta. Tras mucho batallar, da con lo que espera. Retira, ayudado con su daga, algunas piedras y logra divisar una cerradura. Preocupado por ser descubierto, decide volver a ocultar el pasadizo para regresar durante la noche, cuando la oscuridad sea su aliada. Athalwolf tiene un mal presentimiento, y no se equivoca. Aquello que le aguarda tras la puerta del torreón es más de lo que, probablemente, pueda soportar…


    Arubino, cuidadoso de no ser descubierto, se adentra en el torreón siguiendo la ruta que sólo él conoce. Tras activar una puerta oculta en su habitación,
    desciende por una escalinata en espiral, hasta llegar a una galera bien iluminada por antorchas. En cada rincón de la misma, yacen cuerpos encadenados y torturados, en avanzado estado de descomposición; no son otros más que aquellos hombres capturados en la primera afrenta contra Cristenio. El pútrido olor es insoportable...De cincuenta hombres capturados, sólo sobreviven dos. Camina Arubino hasta una gran mesa, donde tiene recipientes con extrañas mezclas de yerbajos y venenos, clasificados y ordenados cuidadosamente. Cerca de ellos, hay un libro a media escritura, donde apunta cada receta, efecto y deficiencia de las combinaciones que hace. Tomando una copa de hierro, redirige su marcha hasta uno de los desgraciados prisioneros, que ya no tiene más fuerza para pelear. Ciego, débil y casi en los huesos, le es imposible defenderse del joven monarca, que le obliga a beber lo que contiene la copa. Tose asqueado, intentando arrojar lo más posible del brebaje que le han dado. Sin embargo, el efecto se llega pese a ello. Arubino, en cuclillas frente a él, le da indicaciones.

    — Rompe tus cadenas, a como dé lugar. Libérate y corre a la salida, ¿puedes sentir los rayos del sol en tu rostro? — El desdichado, sonríe ante las mentiras. Realmente siente el calor sobre su piel. — Que no te detenga nada, anda.

    El prisionero tironea de las cadenas con una fuerza que, hace unos breves instantes atrás, no poseía. Sus muñecas comienzan a sangrar sin que él se percate y truenan sus huesos al dislocarse. Arubino le libera de los grilletes y el hombre corre hasta donde le han dicho que está la salida, estrellándose contra el muro violentamente.

    — Rompe esa barrera, golpéala hasta derribarla. — Obediente, el hombre azota su cuerpo en múltiples ocasiones, incluso con sus manos completamente deformadas. La sangre mancha el muro. Patea con toda su fuerza, al grado tal de fracturar sus dedos y rodilla.

    Viviendo la ya tan frecuente pesadilla, el otro prisionero se limita a llorar de tan sólo escuchar la suerte de su compañero.

    — Piedad… — Pide con debilidad y ahogado en un sollozo. — Piedad, por favor…

    Rotas sus manos y piernas, el desquiciado hombre continúa en su intento de romper el muro usando su cabeza. Los golpes son violentos y secos, al grado tal que, tras cuatro impactos, termina fracturando su cráneo. El cuerpo se desliza sobre el muro, ya sin vida.

    — El nivel de obediencia es extremo… — Anota Arubino en el libro de la mesa. — La combinación perfecta para lograrlo…ya está. Creo que ya no me sirves de mucho, deberías estar feliz por ello.

    — Piedad, piedad, mi señor… Haré lo que sea, lo que sea…

    — Muere y ya. Disfruta tu agonía. — Sin más, sube nuevamente por la escalinata. No se ha dado cuenta, pero Athalwolf logró seguirlo hasta la mazmorra. Ha observado, con terror, los crueles experimentos del rey. Cuando éste se ha ido, sale de su escondite y procede a leer las notas que ha registrado. Entre los escritos, encuentra una receta titulada “la muerte acechante”, que indica la fórmula de un veneno poderoso pero discreto. Según la descripción de su efecto, el veneno procederá secando cada órgano de quien lo consuma.

    — Primera prueba: muerte dramática, bajar la dosis suministrada… — Lee en voz alta. — Segunda prueba: el sujeto ha escupido demasiada sangre, replantear cantidades de yerba de Sadeh… Tercera, cuarta, quinta…— Hojeó dos páginas más, hasta dar con la última anotación. — Primera dosis, sin complicación. Segunda dosis, debilidad notoria. Tercera dosis, falta de equilibrio…Cuarta dosis, se ha logrado la… ¿ejecución?

    — Es el demonio mismo… — Dice el prisionero al percatarse de la presencia de Athalwolf. — Lo ha matado, fue él, lo confesó…

    — ¿De qué hablas?

    — El rey, el auténtico rey…

    — ¿Addaí? — Lo mira con gran atención, temiendo lo que dirá.

    — Fue envenenado… Su hijo lo ha provocado…

    — No… No es verdad, no…
     
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    Reydelaperdicion

    Reydelaperdicion Equipo administrativo Comentarista empedernido

    Piscis
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    Hola, paso a comentar el capítulo. Creo que lo has logrado llevar muy bien. Finalmente, después de un largo tiempo, volvemos a ver el punto de vista de Arubino.

    Realmente, yo creí que Athalwolf empezaría a acostumbrarse al poder y buscaría la forma de traicionar a su rey. Luego de que Arubino decidiera llevar a los "impuros" a ver la estatua de la madre, ese pensamiento se me hizo más probable. Ahora que ha descubierto sus experimentos no sé que es lo que va a hacer. Creo que está empezando a tener la idea de que el poder lo está volviendo loco, y que probablemente tenga que ser detenido de una forma u otra.

    Me conmueve como Arubino, a pesar de su enojo, y de haber llegado incluso a envenenar a su padre (hablaré de eso después), haya mantenido a Rey y a Saeth en su memoria. Pero eso no quita el hecho de que debió haber sido más precavido al momento de organizar el ataque.

    Sus experimentos realmente son crueles, y me imagino que ese preso que está con vida está deseando la muerte. Me pregunto que otras cosas tendrá preparadas Arubino bajo la manga, dado a que, si hacía experimentos en secreto con los prisioneros, podría tener más cosas ocultas.

    El hecho de que haya envenenado a su padre es un verdadero giro a la historia. Probablemente se cansó de sus métodos pacíficos y se decidió a tomar el control por su cuenta. No creo que Athalwolf se crea que Arubino lo envenenó solo porque un prisionero se lo haya dicho. No sería tan loco de pensar, dado a que él vio como Arubino experimentó con la gente, pero creo que debería investigarlo y descubrirlo por su cuenta. Por alguna razón, veo a Eisen ejecutandolo y luego quedando él como la mano derecha del joven rey. Pero eso ya estará por verse.

    Eso será todo por ahora. Este capítulo me gustó mucho y fue entretenido de leer, además de que se vio finalmente el otro punto de vista de la historia. Saludos.
     
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    Hada Negra

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    ¡Gracias, Rey! Tus comentarios siempre me motivan a seguir escribiendo ¡Me emociona leer tus opiniones y me encanta cada vez que te acercas a mis perversos planes!
     
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