Luna Bermeja [El llanero solitario]

Tema en 'Fanfics abandonados TV, Cine y Comics' iniciado por Andrea Sparrow, 21 Septiembre 2016.

  1.  
    Andrea Sparrow

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    Título:
    Luna Bermeja [El llanero solitario]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Comedia Romántica
    Total de capítulos:
    16
     
    Palabras:
    937
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    Capítulo 1



    Estaba atardeciendo.

    El viento fustigaba los cortos cabellos del Texas Ranger, quien avanzaba ya a paso lento por la llanura, seguido de Scout, quien llevaba en sus lomos a Toro, su fiel compañero.

    La llanura parecía estar en calma. Pero las cosas no iban tan bien en la línea que dibujaba la vía del tren.

    - ¿Pensativo, kimosabe?- preguntó Toro, con su característico acento.- Yo notarte algo intranquilo…

    - No es nada, Toro…por lo menos nada que sea inminente. Dime, ¿te gustan los atardeceres?

    - Fuego de la Tarde ser sagrado, kemosabe. En él haber fusión de almas de Madre Luna y Padre Sol.

    - Suena bien lo que dices. Qué…¿te lo contó alguna ave?

    - No burlarte- dijo el indio.- Abuelo contarme acerca de Gran Leyenda sobre la lluvia, la tierra, el Gran Atardecer…

    - ¿Ese es otro de tus cuentos como el del “Wendingo” de los Hombres Blancos?

    - Wendigo, Kemosabe- señaló Toro.- No todos los hombres blancos estar poseídos por ese espíritu, como tú. Tú…Gran Espíritu Errante…que no morir en batalla.

    El Texas Ranger sonrió con algo de tristeza. Su inmortalidad había sido adquirida a través de la pérdida de seres inocentes y con la finalidad de proteger a los otros.

    Siguieron avanzando. La llanura parecía tornarse café y rojiza cada vez más que se adentraban en ella.

    - Gustarme Fuego de Atardecer. Servir para quemar corazones de tositivo…

    - ¿Tu tribu quemaba los corazones…literalmente?

    - Así ser…cuando Hombre Blanco comenzar la Gran Lucha, tribu comanche tener que cazar tositivo y quemar sus corazones al Fuego del Atardecer…

    Entonces el Llanero recordó en una ocasión en que su hermano le escribió contándole acerca de las llamaradas que relumbraban al crepúsculo haciéndolo más intenso…pero ya no tenía miedo. Ni siquiera a los hombres que ocultaban sus verdaderas intenciones tras la máscara de la rectitud. Esa sí que era una verdadera forma de mentir y ocultar una identidad.

    Su amigo Toro disfrutaba contándole las historias de su pueblo, algunas ciertas, otras tantas mezcladas con la fantasía, pero le ayudaban a ver la vida y la naturaleza de otra forma, de la forma en la que los demás Hombres Blancos jamás la verían…



    Sus caballos descendieron por las Colinas para encontrarse cerca del Valle del Llanto. Los hombres de la West RailroadCompany utilizaban aquellos escarpados terrenos para observar a lo lejanos las distancias que los separaban de los caseríos cercanos al río. Tentaban a la suerte. Asentamientos comanches irregulares siempre estaban al acecho.

    Y no solamente ellos: la banda de asaltantes de James McKinley aprovechaba para esconderse detrás de esos montículos para estudiar los movimientos de las diligencias, del tren y del dinero de Colby, entre otros pueblos.



    Aquella tarde se acercaron a una montaña escarpada.

    - ¿Averiguaste bien qué pretendía la gente de McKinley, Toro?

    El indio aseguró.

    - Wendigo McKinley pretender deshacer trueque de gente del tren con alcalde de Colby- y añadió.- Mañana en la mañana llegarán antes de que abrir banco para vaciar las arcas y robar dinero del tren. Así, llevarse dinero y buscar mina de oro hacia los extremos de la Gran Llanura.

    - Eso es muy peligroso. Tendrían que atravesar…

    - Territorio comanche. Para ellos no haber riesgo…tositivo matar casi todos los comanches de esa región. Quedar muy pocos…-dijo con tristeza.

    - No te preocupes, Toro- respondió el Llanero.- Evitaremos que McKinley realice el robo y evitaremos de igual forma que atraviese el río.

    - Gran Padre decir que Wendigo esconderse bien, en territorio tabeho para preparar plan.

    - ¿Territorio Tabeho?

    - Sí…con su propia raza. Haber tribu de hombres perversos entre el río y el centro de Colby…gente de corazón negro y duro…peor que comanche herido…

    El Llanero estaba preocupado por eso, pero también por alguien más.

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    - ¡Margaret! Ya debías haber terminado de lavar.

    - ¡Ya voy, Mary Anne!- respondió aquella muchacha, mientras terminaba de tender.

    Sacudió un par de prendas más. Cuando reparó en un par de pantalones de hombre, su rostro se tornó sumamente triste. Tener que lavar la ropa de aquel hombre quien ahora era su padrastro.

    Mary Anne la observaba desde lejos. Venía un tanto afanosa y cansada, secándose las manos en las faldas de su vestimenta.

    - Escuché ruidos extraños, Margaret…-dijo su hermana Mary.- Como caballos…

    - No te preocupes…no son comanches.

    - Lo sé…pero…dicen que en ocasiones se atreven a cruzar el río.

    - Eso sucede solamente cuando se les ataca, cuando se sienten amenazados.

    - Y la gente de McKinley continuamente los molesta, ¿cierto?

    Margaret suspiró.

    - ¿Tienes miedo de que vuelva?

    - Claro…Jacob le debe mucho dinero. Yo no sé en qué clase de tratos estén pero…algo me dice que no son nada buenos.

    - Pues…nuestro padrastro debe tener problemas serios de dinero porque creo que tiene un trato que cerrar.

    Margaret dudó. Su hermana le preguntó.

    - Te molestó Benjamin, ¿no?

    - No le tengo tanto miedo a Benjamin McKinley como a Jacob.

    Esa aseveración era muy delicada.

    Ambas regresaron a su casa. Escucharon el aullido de un lobo en la lejanía.

    El crepúsculo parecía un conjunto de llamas que crepitaban y ahogaban con su calor y cegaban con su fulgor.

    El corazón de Margaret se sacudió extrañamente y su cuerpo sintió una conmoción que no podía explicar.

    - ¿Qué ocurre, Margaret?

    - No lo sé, Mary…es un miedo extraño…tengo miedo incluso de que llegue la noche…
     
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    Cap. 2

    Toro observó el crepúsculo. Le gustaba mirar las llamas que subían en el horizonte y notar cómo todo se tornaba rosa y rojizo, lentamente. Había que ser muy sensible para poder experimentar la emoción que el indio estaba percibiendo en esa maravilla de la naturaleza.

    El Llanero tenía dentro de sí también una pena escondida, a la que el bien que realizaba y la ayuda que prestaba a los necesitados no terminaría de calmar.

    Toro miraba hacia el cielo. El atardecer iba pasando con fuerza. El calor abochornaba pero su piel rojiza era tan fuerte, como la del búfalo en las llanuras.

    - Estás pensando en mujer de ojos índigo, ¿no es así?

    - ¿Cómo lo sabes?

    - Tus ojos brillar con la luz del crepúsculo. En ellos vi Tosa ehr-mahr…

    - ¿Qué es eso?- insistió el Llanero.

    - Lluvia de plata…

    El Llanero entendió que se trataba de las lágrimas.

    - No pasa nada…mientras ella esté bien…yo también lo estaré.

    - Entender.

    - Dime, Toro…¿tú no piensas en alguna mujer en especial?

    - Siempre soñé con una…la Koobe-mïa.

    - Alguna leyenda.

    - Quizás…la Cara de Luna…la mujer de un cuento que abuelo contar…

    El Texas Ranger enmascarado sonrió y dijo.

    - Tengo tiempo para escucharla.

    Toro se dio importancia y preparó café para los dos, poniendo a hervir algunos granos.

    - Estar cargado…hacer bien. Deber vigilar.

    - Bien…vamos, Toro, cuéntame sobre tu princesa Cara de Luna.

    El comanche comenzaría a contar. Pero primero miró al cielo, como pidiendo permiso al Gran Padre para contar, y empezó:

    “Hace muchas lunas, cuando los tosi-tivo todavía no llenar de sangre de los nuestros los ríos…llegó una dulce princesa, …quizás del Pahatï…de donde nació el Puha del Gran Padre…el Gran Espíritu…nadie lo sabía, sólo que era tan blanca…tan pálida…

    El príncipe Taabe enamorarse de ella. Él ser el dueño del fuego…del calor, de la vida. Taabe pedir permiso a los dioses menores que permitieran tomarla por esposa. Pero ellos negarse. Dijeron que si la tomaba por mujer, grandes desgracias caer sobre la Tierra.

    Pero Taabe quererla. Tukanni, la diosa de la noche, de cabellera negra y brillante, estar envidiosa porque Taabe no mirarla y hablarle de amor. Paa, hermana de Taabe, saber de aquel amor y ayudar a su hermano para ver a princesa Cara de Luna.

    Ella ser tímida y débil. Pero la debilidad de ella era lo que más gustar a Taabe. Y ella también quererlo. Enamorarse de su fuerza y fulgor…verse a escondidas…cuando los dioses cerrar el velo del cielo.

    - ¿Y qué sucedió?

    El rostro de Toro se tornó un poco triste.

    - Tukanni, envidiosa, seguirlos y espiarlos. Ellos no haberse dado cuenta. Y por fin…Taabe hizo su mujer a Mïa, así la llamó Taabe…él fundirse con ella en el cielo…y Mïa sangrar su virginidad y teñir la Paa (agua) del río. Y al fundirse, emerger un fuego rojizo y hermoso que Tukanni envidar aún más…el resto de los dioses darse cuenta, en especial Puha, el creador de todos los seres.

    - ¿Y qué sucedió entonces?- preguntó El Llanero, con la mirada de un niño tierno, esperando el final del cuento.

    Toro sonrió al ver aquel gesto en su amigo.

    - Tú querer saber final…

    - Ya hiciste que se me quitara el sueño, Toro.

    El comanche sonrió, al notar la atención que había generado en su compañero.

    - No ser necesario que ellos actuar. La fusión de Taabe y Mïa provocó ausencia de lluvias; hubo oscuridad…y la tierra temblar…entonces dioses querer apartarla de Taabe: intentar maldecir a Cara de Luna. Tukanni intentar matarla pero Taabe interponerse y ser herido.

    El comanche sonrió también. Pero luego terminó con algo de tristeza.

    - Los dioses ver el amor con el que Mïa sanó las heridas de Taabe y lo ocultó bajo ella. Puha dio orden. Taabe dar fuego y calor sólo por el día, y MÏa sólo por la noche. Puha hizo reina de la noche a Mïa por encima de Tukanni. Por eso ella brillar de noche…su rostro quedar iluminado por Taabe quien despedirse de ella al atardecer.

    - Ahora entiendo…pero…¿por qué te pones triste?

    Toro suspiró.

    - Cuando ser niño, yo soñar con que un día, una wa’ippe hacerme feliz. Pero desde que abuelo contar historia de Taabe y Mïa, yo siempre soñar con Koobe Mïa, la Cara de Luna que al fundirse con comanche, hiciera nacer el Gran Fuego…y cuando ver el atardecer, Ni creer que ella un día venir a buscarme, abuelo decir que poder pasar…historia repetirse un día…pero…tiempo pasar…y Koobe Mïa no venir…

    De los ojos de Toro brotar un par de lágrimas.

    - Mejor que no venir- dijo tratando de calmar su llanto- Toro no tener nada que ofrecer a cambio de su amor…no tener tipi, ni plata, ni caballos…

    El Llanero animó a su amigo, tras haberse conmovido con su historia.

    - No digas eso, Toro. Sólo mira: quizás no tengas tipi pero tienes toda la llanura por casa y el cielo…tu corazón es más valioso que la más valiosa plata en el mundo…no tienes caballos más que el que montas, pero la fuerza de tu espíritu es más grande que cientos de ellos…amigo mío. Eres digno de que la princesa comanche que anhelas venga a ti. De eso no te quepa duda. Tal vez un día te sorprendas de encontrarla. Y recordarás mis palabras…

    Toro se puso en pie y aspiró el aroma de la noche.

    - Tukanni ser amante envidiosa que querer robar corazón de Toro…pero Toro escuchar de Kemosabe palabras sabias. Toquet, kemosabe…Toro saber esperar…

    - Tratemos de dormir un poco, Toro. En un par de horas seguiremos el camino hacia el río.


    Mientras trataba de conciliar el sueño, el Llanero se sintió un poco culpable de alimentar aquel sueño de su amigo. Quizás no fue bueno alentarlo, pensaba para sí. Pero…¿quién puede negarle un poco de cielo a un pobre mortal?


    Margaret acomodó la reja de la cerca trasera. El ganado estaba seguro y los pocos caballos, resguardados.

    Pero aquel aullido de coyote era demasiado fuerte y se quedó grabado en su memoria.

    Mary Anne notó que su hermana estaba ida.

    - ¿Qué pasa?- preguntó, mientras su padrastro y su madre cenaban.

    - Nada…sólo estoy triste.

    - Y preocupada.

    - No me gusta que llegue la noche…detesto las horas nocturnas.

    - No las odiarías si tuvieras a tu lado a Thomas Reagan rondándote. Daría la mitad de su fortuna por ti.

    Margaret bajó los ojos.

    - ¿Ese hombre?

    - Es bien parecido y tiene dinero.

    - Pero es un borracho y un mujeriego. Ha perdido dinero en el juego y apesta a tabaco podrido y whiskey. Otro Jacob McGiver…

    - Lo sé…es un poco inculto pero muchas mujeres de Colby morirían por estar a su lado…

    - Pues que se decida por una de esas tantas…no pienso voltear a verlo.

    Pero Margaret recordó un suceso de hacía muchos años.

    Cuando era niña y apenas había llegado a Colby, empezó a sentar a sus muñecas de trapo en una tapia.

    Mientras eso pasaba, la poca gente del lugar se asustó al ver venir sobre el río a un grupo de comanches.

    Todos corrieron a esconderse.

    No lejos de ahí, una cabaña había sido quemada y varios disparos se escucharon. Gritos…olor a sangre…

    Tras el barullo y cuando ya todos los comanches se habían marchado, Margaret salió por un resquicio para rescatar a sus muñecas.

    Una de ellas estaba en la margen del río.

    Se acercaba cuando un muchacho comanche la miró y le tendió la muñeca.

    - Hi-tai…mah tao yo

    La niña no entendió nada. Pero recibió la muñeca. La niña dudó.

    - Ka- taikay, mah tao yo (no me temas, pequeña)- soltó el extraño jovenzuelo con marcas negras en la cara. Parecía un guerrero.

    - Pe-nan-de-pui (ojos de miel)- dijo el pequeño de nuevo.

    La niña entonces sonrió y cambió la muñeca por una pulsera del comanche.


    Margaret despertó de su sueño.

    - ¡Sírveme de cenar!- graznó Jacob McGiver desde la mesa.

    - Ya voy…-respondió Margaret resignada y doliente.


    Un tanto lejos de ahí, un comanche tenía visiones. Una mujer blanca rondaba su sueño y oprimía su corazón.

    Despertó sobresaltado.

    El Llanero se acercó.

    - Toro…despierta…

    Toro reaccionó.

    - Ser sueño solamente…

    - Así es…tranquilo…ven, vamos…

    - Keema- señaló Toro.- Vamos, kemosabe. Hay que seguir…

    Se levantaron, mientras Toro ocultaba a un costado de su pantalón una pequeña muñeca de trapo.

    - ¿Qué llevas ahí?

    - Nada…un buen trueque…- dijo Toro.

    El Llanero saludó a Silver y lo animaba.

    - Vamos, Silver…llévame como el viento…

    - Iremos con él, kemosabe.

    El Ranger enmascarado señaló.

    - Respecto a lo de la princesa Cara de Luna…lamento decepcionarte…quizás no la encuentres. No es que no quiera que pase…es que…no quiero que te ilusiones de más.

    Toro asintió.

    - Tener razón…quizás no deber pensar en ella…tal vez…no existir- respondió, apretando la muñeca contra su muslo con cariño.- Suvate, estar hecho- dijo Toro de nuevo.- Vamos a buscar la pista de Wendigo McKinley de una vez.


    Y mientras los dos amigos iban en busca de aquel forajido, éste con su gente se acercaba a las orillas del río.

    - ¿Crees que Jacob McGiver te reciba?

    - Lo hará…no tiene otra opción. Tiene una deuda conmigo. Y si no la salda…no importará. Tomaré lo que haya de valor…y eso incluye a sus mujeres.

    - ¿Mary Anne o…?

    - Mary Anne es una niña pero…podría pasar. Sin embargo…yo quiero tener conmigo a Margaret. Es la mayor…tiene la sangre de su odioso padre…si la domo, me quedaré con la herencia que le pertenece. Será un gran negocio, hermano…-sonrió voluptuosamente aquel hombre.


    La llanura se había convertido en un océano de ruidos nocturnos y la oscuridad dominaba el campo. Las liebres comenzaron a salir de sus rincones al percibir el olor de la carne asada que el comanche tenía ya a las brasas.

    El Llanero echó un vistazo hacia el extremo. Un par de caballos se veía en la lejanía.

    - Esos dos caballos en el extremo de la montaña se ven sospechosos.

    - Haber forma de rastrear tosí mocho-rook (cruel).

    - Te refieres a McKinley.

    - No ser sólo él…esa kwasinabo (serpiente) no actuar sola.

    - ¿Crees que traten de dejar evidencia?

    - Evidencia equivocada…para que demás hombres blancos la crean…pero no ser así.

    La luna brilló en el cielo con uno dejo oscuro como halo.

    - ¿Pasa algo, Toro?

    - Luna bermeja…Kuuna Mïa.

    - Deja tus leyendas, Toro…

    - No ser leyenda, Kemosabe…cuando haber muertos, luna tornarse bermeja como sangre…

    El Llanero tuvo temor. McKinley era sanguinario y cruel. Toro debía tener razón.

    El Texas Ranger dijo.

    - Vamos, Toro…hagamos una emboscada. Iremos por extremos distintos y nos encontraremos a orillas del río.

    - Toquet, kemosabe. Meadro, vamos.

    Y mientras cabalgaban en direcciones opuestas, Toro miró al cielo y preguntó:

    - Hah-ich-ka ein,Koobe Mïa? ¿Dónde estás, Cara de Luna?
     
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    2160
    Cap. 3

    - ¿En qué piensas, Margaret?- preguntó Mary Anne sin poder conciliar el sueño.

    - En no mucho…en papá…en lo mucho que nos quería.

    - Yo apenas lo recuerdo- dijo Mary Anne con tristeza.

    - Eras sólo un bebé, pero te amaba mucho…-soltó con un suspiro Margaret. Por mucho que lo intentara no devolvería a su padre a la vida con sólo sus recuerdos.

    Un silencio que le pareció eterno la hizo escuchar ruidos a lo lejos.

    - ¿Crees que se trate de Thomas Reagan?

    - No, por favor…no a esta hora- suplicaba Margaret resignada.

    - Podrías bajar…y dejarte ver un poco.

    - ¿Estás loca, Mary? No bajaría aunque me obligaran. Sabes que no lo haría.

    - Pero si Jacob te obligara lo harías…

    - ¿Y por qué? Preferiría seguir a un guerrero comanche que a un animal como Thomas Reagan.

    Mary Anne rió.

    - Eso lo dices porque nunca has visto a un comanche que te amedrente…

    - No hables así, Mary…tú eras pequeña…mamá huyó contigo, mientras mataban a papá. Eran muchos…apenas lo recuerdo…

    Margaret recordaba más la cara de un pequeño comanche. Pero no se ajustaba a sus temores.

    - Aún así, Margaret. No seguirías a un comanche si pudieras…

    - Si Thomas Reagan insiste, tal vez me decida con tal de que Jacob deje de mirarme como lo hace…y tú deberías hacer lo mismo.

    No tuvo mucho tiempo para pensar. El ruido de caballos se hizo más intenso.

    Mary Anne se asomó por la ventana.

    - Ese no es Thomas…es…¡James McKinley y su gente!

    Margaret se asomó. Era verdad. Y ya sabía que con ellos venía Benjamin, uno de los forajidos más odiados por ella.

    - Rápido, Mary. Escóndete. Enciérrate. Voy a tapiar la ventana. De aquí no nos sacan más que muertas.

    - Pero querrá que salgas a atenderlos.

    - Lo haré, pero sólo si madre está ahí. En cuanto ella suba nadie me obligará a quedarme- respondió en tono imperativo.

    Mary Anne sugirió.

    - Ten cuidado o Jacob se molestará.

    Tomó ligeramente entre sus manos la pulsera que aún anudaba a su mano y pensó.

    - Este amuleto comanche debe darme algo de suerte…espero…

    Cobijó a su hermana y salió con bastante temor.


    En la pequeña estancia, McKinley bebía aparatosamente.

    - Sólo pasaremos la noche- dijo a Jacob.- Necesito hospedaje. Amaneceremos en el acantilado. El tren será nuestro y el dinero que lleva…también- dijo afilando su navaja.

    Jacob sudó frío.

    - No tengo todo lo que querías la vez anterior…sólo una parte.

    Los ojos verdosos de McKinley brillaron con odio.

    - Te dije que no quería errores esta vez. Apresúrate mientras tanto. Mi gente quiere cenar al igual que yo…y no sólo de comida…-dijo burlonamente mientras Margaret se acercaba.

    Jacob le dirigió una mirada impositiva. Esperaba de ella que se portara bien con los “caballeros”.


    Margaret no dijo una palabra. Su madre le pidió a solas.

    - Por favor, hija, trata de obedecer a tu padre en todo.

    - No me hagas llamarlo padre, madre- dijo Margaret.- Sabes que no lo es y…no me hagas hablar más.

    - Él ha sido muy bueno con nosotras…desde que estamos a su lado nada nos ha faltado.

    - ¿Y el respeto, qué, madre? ¿Eso no cuenta? Temo por Mary…ella es muy chica y no entiende. Pero yo no. Yo entiendo mejor de lo que piensas…

    - Procura no hacerlo enfadar o te castigará.

    - Prefiero su castigo a lo que esos hombres tienen pensado hacer…

    Su madre sabía que tenía razón.

    McKinley comía y bebía como un cerdo, mientras su gente hablaba en tono grotesco y terrible.

    - ¿Dónde está la mina de oro?

    - Aún no estamos seguros…pero lo que sí sabemos es que el tren nos va a llevar…quiera o no- dijo McKinley.

    - ¿Y los comanches?

    - Esos no son problema…ya no hay muchos de ellos en el camino…

    - Y…¿el Llanero Solitario?

    McKinley rió a carcajadas.

    - Ese es una leyenda que murió con los hermanos Butch y Latham…eso de la plata maldita y no sé qué más cuentos de viejas…

    - Dicen que existe…hace dos meses acabó con tres forajidos que venían de New Mexico y se refugiaban en la frontera con Colby. Pensaban que era una leyenda pero los envió a los tres a prisión…dicen que su amigo el comanche tiene poderes demoniacos…eso que los mexicanos llaman nahual…se vuelve águila y dicen que hasta saca los ojos.

    El forajido bebió otro trago.

    - Deja de hablar tonterías y dame más trago. Yo nunca los he visto y dudo que realmente se me vayan a aparecer. Tengo demasiada gente conmigo como para que ese par, si existe pueda hacer algo en mi contra…

    Pasó un buen rato mientras Margaret iba y venía con la comida y la bebida.

    De pronto, escuchó aullidos de lobo.

    - No puede ser…lo que nos faltaba…los coyotes se están acercando a esta parte del río.- dijo la madre.

    Margaret negó.

    - No son coyotes, madre…-señaló.- Son…indios…

    La madre se asustó.

    - No…no otra vez…-soltó con angustia.

    Margaret no tenía miedo. Quizás era mejor que los indios llegaran y dispersaran a esa banda, saldrían todos ganando.

    Pero McKinley y los suyos tampoco se asustaron. Esa era mala señal.


    A lo lejos, Toro suspiró. El fuego de la hoguera relampagueaba y hacía brillar su piel rojiza. Sus músculos marcados y su amplio pecho parecían un roble levantado en la llanura.

    Pensó en la Cara de Luna. Abuelo siempre había dicho que llegaban en noches como esa. Pero los años no habían cumplido su cometido.

    Sólo el recuerdo de aquella niña permanecía en su mente.

    De pronto bajó. Hizo silencio y escuchó murmullos.

    El Llanero y Silver dieron la señal de que estaban bien. No distaba mucho el espacio que los separaba.

    Toro se acercó a Scout y dijo en lengua comanche:

    - Toquet, tah-mah puuku- (tranquilo, hermano caballo). Ka-nuumu (no son comanches).Tenah-pï –kai (hombre malo).

    Luego aspiró hondamente el aire nocturno.

    - Siento tu perfume, mah- tao-yo. Kemosabe tiene que entender…

    Y cabalgando en Scout, avanzó ladera abajo hasta el borde del río, donde terminaba el territorio comanche.



    Ambos guerreros, el Texas Ranger de la llanura y el Comanche salieron disparados en sus corceles.

    Silver parecía llevar más que a un hombre, a un fantasma del desierto.

    Y Scout llevaba sobre sí a una fiera de las llanuras.

    El corazón de Toro no había consumado toda la justicia que buscaba. La muerte de aquellos que lo habían hecho salir de su tribu hacía tiempo no terminaba con toda la maldad que los Hombres Blancos eran capaces de demostrar. Y para eso se había unido al Llanero…para que la justicia brillara como la luna.

    - Otra vez tú, Cara de Luna. Tú dejar a este comanche pensar en otra cosa, ¿sí?- sonrió para sí.

    Pero a pesar de todo, sólo podía desear aquella noche entre sus brazos a una dulce princesa blanca que iluminara la oscuridad de su vida con su sonrisa, con la blancura de su piel, con la melodía de sus gemidos…de su dulce voz saturando sus oídos con la canción del amor.

    Sin embargo, no quería estar desorientado ni desprevenido. Era buen rastreador.


    Jacob trató de no beber demasiado. Pero quería favorecer que James y Benjamin bebieran más para poder evitar que le cobraran el dinero que les debía.

    Margaret tenía temor de que aquellos hombres bebieran de más.

    - ¿Por qué no buscaron mejor una cantina?- decía a su madre.

    - Jacob los atiende bien…eso es favorable.

    - ¿Favorable para quién, madre? ¿Para Jacob, para ti? Jacob los atiende demasiado bien…por eso no se van y por eso se sienten con derechos sobre nosotras.

    - No, eso no. Jacob las defendería con su vida.

    Margaret no quiso decir a su madre lo que había sucedido tiempo atrás.

    Tenía apenas los dieciséis. Su madre le había regalado un vestido de calicó azul.

    Le quedaba perfecto.

    - Es hermoso, madre- dijo, mientras Mary Anne revoloteaba como abeja en torno a ella.

    - Creo que es el que me ha quedado mejor. Pronto los chicos de las granjas vecinas se morirán por cortejarte, ya lo verás.

    - Yo sólo quiero vivir tranquila…-dijo con una sonrisa.

    Aquella mañana la dejaron en casa para ir a la misa.

    - Yo las alcanzo- dijo Margaret- voy a terminar de ordenar la casa para cuando volvamos e ir a pescar. ¿Les parece?

    Jacob se apresuró.

    - Adelántense. Margaret y yo llegaremos después.

    La madre se marchó con la pequeña.

    Mientras tanto, Jacob bebía una cerveza mientras miraba por el portillo a Margaret terminar de sacudir.

    Cuando la tuvo a solas fuera de la casa le dijo:

    - Te queda precioso el vestido, Margaret…

    - Gracias…-dijo ella incómoda.

    Pero Jacob insistió.

    - Eres toda una mujercita. No me había dado cuenta…pero ya eres una hermosa mujer…y me atraes mucho.

    Margaret se asustó.

    - No sabe lo que dice…

    - Claro que sí…ahora que puedo darme cuenta de lo que hay en casa…no pienso privarme de ello…

    Pero la chica le dio un golpe en la cabeza y salió corriendo rápidamente.

    Cuando llegó a la iglesia, su madre y su hermana la notaron extraña.

    Y al volver a la casa, Jacob dijo a su mujer que Margaret había sido rondada por un muchacho y que lo había golpeado. La madre trató de indagar más al respecto.

    - ¿Desde cuándo te ves con ese hombre?

    - ¿Cuál hombre? Yo no he visto a nadie, madre.

    - No mientas más. Tu padre dice que él lo golpeó. No quiero más problemas, Margaret. Si no eres capaz de respetar esta casa, sería mejor que te marcharas.

    Las duras palabras de su madre aún laceraban su alma.

    La madre insistió.

    - Ven, vamos con Jacob. Él nos dirá qué hacer.

    Pero su sorpresa fue que, cuando se acercaron, Benjamin jugueteaba con Mary Anne.

    - Deja a mi hermana, Ben- dijo Margaret con decisión.

    Benjamin sonrió.

    - Vamos, Maggie, no te pondrás quisquillosa. Vamos muchachos, toquen algo y alegren este velorio…

    James se adelantó.

    - Ven, linda…bailemos una pieza en honor del tiempo que tenemos de no vernos.

    - No ha de ser mucho puesto que todavía tu aliento sabe a vino fermentado de la última vez que bebiste aquí.

    James McKinley se enfureció.

    - No me exasperes, muchachita. Las consideraciones que tengo con tu padrastro tienen mucho que ver contigo y con tu hermanita. Así que será mejor que accedas a mis órdenes.

    - Lamento decepcionarte, Jimmy, pero yo no tengo nada que ver con las consideraciones que tengas o no con mi padrastro.

    Jacob insistió.

    - No hagas enojar a los señores, Margaret…

    - Tú no me das órdenes, Jacob McGiver…

    El hombre comenzó a forcejear con ella.

    - O atiendes a Jimmy o dejaré que todos sus hombres te toquen…

    - Si atiendo a este tipo eso sucederá.

    La madre dijo a Jacob.

    - No hables así a Maggie, por favor. Además, Mary es sólo una niña.

    - Las dos están creciditas y los muchachos no esperarán a que les pague.

    Margaret lanzó un grito a Mary para que buscara un arma, pero los hombres de McKinley forcejeaban para ultrajarla o llevársela.

    Un aullido llegó hasta la casa.

    - ¿Comanches?- preguntó la madre.

    - Sí, comanches…-sugirió burlón Jacob McGiver.- Amigos de Ben y Jimmy…¿cierto muchachos?

    Ambos hermanos sonrieron y se acercaron a las chicas.

    Los comanches descendieron y golpearon a Jacob, aunque no de gravedad.

    La casa comenzó a ser incendiada. Los caballos comanches relinchaban. Entraron, dos de ellos mataron a su madre y otro se llevó a su hermana.

    Ella corrió tras ellos pero no podía quitárselas.

    James McKinley instó.

    - Tú vas a ser mía, muñeca…

    - ¿Estás en combinación con los comanches?

    - No, linda…digamos que…nos gusta usar esa personalidad…sabe bien sentirse indio de vez en cuando…

    Aquella horda de bandidos iba tras ella. Corrió como mejor pudo.

    Cuando consiguió esconderse tras un arbusto, lanzó un disparo.

    Sin embargo, el vuelo de un águila sobre sus cabezas los hizo dispersarse.

    - Vámonos…esto se va a poner mal.

    James quería volver por Margaret.

    Benjamin negó.

    - Si está viva, no tardará en buscar a su hermanita. Y si no…ya nos enteraremos. Vámonos o no lo contaremos…

    La casa ardía terriblemente.

    Margaret cayó al tropezar con una gran piedra. Se asió de un viejo tronco y ahí permaneció escondida, temblando y tratando de no hacer ruido para que no regresaran por ella. Pero se habían llevado a su hermana…no eran comanches…eran de la banda de McKinley…una táctica que les seguía funcionando…
     
  4.  
    Andrea Sparrow

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    Luna Bermeja [El llanero solitario]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Comedia Romántica
    Total de capítulos:
    16
     
    Palabras:
    943
    Cap. 4

    El águila emprendió el vuelo y graznó.

    Toro siguió su graznido.

    - Gracias, hermana ave. Me has trazado el sendero donde andar Wendigo McKinley…

    Silbó. El Texas Ranger entendió la señal y se dirigió por otro rumbo hacia el mismo punto.

    Toro llegó. La casa ardía. No se escuchaban ruidos…

    El Llanero descendió del caballo.

    - Llegamos tarde…McKinley acaba de hacer una de las suyas…nos está tratando de distraer para que no lleguemos a tiempo a la salida del tren…

    Toro miró en derredor. Olía a sangre, carne quemada y vino…

    - Wendigo haber estado aquí…nabohe…mira, Kemosabe…luna tornarse bermeja…haber sangre derramada.

    Miraron la cuenca del río. El agua se teñía lentamente de rojo y se mezclaba en el reflejo con la luz de la luna.

    - Ahora entiendo- dijo el Llanero.- Ahora debemos seguir ese rastro…ven, vamos, Toro…ya nada tenemos que hacer aquí…

    Toro asentía. Miró el cuerpo de la madre muerta…el de un par de hombres de granja muertos…todo aparentaba un ataque comanche.

    - Ka-nuumu, kemosabe- dijo Toro.- No son comanches…pero ellos querer que parecer ataque comanche…

    - ¿Para qué?

    - ¿Para qué matar Wendigo McKinley a los hermanos comanche? Para culpar indios…ocultar fechorías…

    - Cierto…ya hemos visto esto antes…

    - Tú no intentar otra vez avisar a comanches…

    - Quizás no por ahora…no aceptarían ningún acuerdo. Será mejor usar nuestros propios medios, Toro…vamos…

    Toro aspiró el aroma.

    - Aguardar…

    - Vámonos, Toro…McKinley nos ganará la delantera.

    Pero Toro no se daba por vencido.

    - Espera…algo hay por aquí…

    - Como no sea un caballo muerto…o un Wendingo oculto.

    - Tú callar…en ocasiones, Kemosabe ser muy boca floja…

    - Tú no te quedas atrás…”último cazador del Wendingo…”


    Se acercó y miró hacia abajo del acantilado. Una mujer estaba ahí adherida al tronco.

    - ¿Alguna serpiente, Toro?

    - Ka, no…ser más linda…pero menos prudente que la kwasinabo a punto de cazar presa…linda…¿qué hacer tú ahí colgando…?

    Margaret jadeó. Lo miró. Un comanche frente a ella le dirigía la palabra. Se veía diferente a los otros. Pero su carácter ayudó para dirigirle la palabra.

    - Oh, nada…bajé para averiguar cuánto tiempo podía estar colgando del tronco sin caerme

    - Eso ser boisa…tonto…

    - Tú eres el imbécil aquí. …¿alguna vez te han dicho que eres tonto?

    - Tal vez pero…no gustar…y a quien decirlo yo golpear en la cara…

    - Anda, pégame si eres tan valiente…

    - Wa’ippo blanca ser más tonta…keemah…ven…

    Margaret se negó.

    - Tú nunca me pondrás una mano encima…que venga tu amigo, el del caballo blanco.

    - Tú venir conmigo, linda…comanche no hacerte daño…

    - ¿Cómo lo sé?

    - ¿Tú querer salir o no? Yo no esperar a mujer tonta toda la noche…

    - Pues vete, anda…no te he pedido que me saques…

    El Llanero se acercó.

    - ¿Qué sucede?

    - Mujer blanca bajar para probar fuerza del tronco- sonrió Toro burlonamente.

    - ¿Su amigo es estúpido o qué?- preguntó Margaret.

    - No, señorita. Mi amigo Toro la pone a prueba. Él dice que usted no quiere que la saque de ahí un comanche…es eso.

    - Está bien…señor comanche, sáqueme de aquí.

    - Toro…mi nombre es Toro…keemah…ven conmigo…

    Le alcanzó la mano y al verla a la luz de la una dijo con ojos sorprendidos y abiertos como un chiquillo ante una novedad.

    - Kemosabe…ella es…Koobe Mïa…

    - No, Toro…olvida ese asunto. La señorita no es tu Cara de Luna…

    - Sí serlo…sólo que ella no saberlo aún…

    - Deja eso por la paz, Toro y saca a la señorita, ¿quieres?

    Al sacarla le tendió la mano para que se pusiera en pie.

    - ¿Qué pasa?- preguntó el Llanero al ensillar el caballo.- ¿No tienes fuerza para ayudar a la señorita a caminar?

    - No ser irónico como Dan Reid, kemosabe. Yo poder recordar que quería a él y no a ti para cazar al Wendigo…

    - Ya pasó, Toro…ayuda a la señorita a montar.

    - Es que…no puedo caminar- dijo Margaret.

    Toro se inclinó. La acercó y le descubrió la pierna.

    - ¿Qué hace?- dijo ella tapándosela con el vestido rasgado.

    - Dejar ver herida…toquet, mah tao- yo- dijo Toro.

    Margaret recordó haber escuchado esas palabras mucho tiempo atrás…

    Toro dijo al Llanero.

    - Cara de Luna no poder caminar…

    Luego dijo a Margaret.

    - Meadro…vamos…yo cargarte.

    - No…intentaré andar.

    Como no pudiera, Toro la cargó en brazos y la subió al caballo.

    Luego subió él también.

    - No soy un bulto para que me cargues, ¿oíste?

    - Bulto ser más callado que Pelo Amarillo- sonrió Toro.

    - En cuanto pueda andar, te voy a hacer tragar tus palabras…

    - Palabras de comanche ser dulces como miel…palabras de tosí tivo ser amargas como ajenjo…

    Margaret sólo lo miró. Toro tenía razón.

    - Iremos al otro lado de Colby, señorita. La dejaremos en buen lugar y marcharemos al encuentro de una banda. ¿Usted sabe quién lo hizo?

    - McKinley…James McKinley. Se llevaron a mi hermana…¿me ayudarán a buscarla?

    - ¿Hermana ser menos tonta que Cara de Luna?- preguntó Toro.

    - Ten cuidado, Toro- dijo el Llanero- o tendrás que hacer el viaje a pie…

    - A veces, palabras de kemosabe ser torpes…como él…

    El viaje de los dos amigos y aquella joven comenzaba. Pero ella todavía no conocía los enigmas que había detrás de aquel comanche tan extraño.
     
  5.  
    Andrea Sparrow

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    1493
    Cap. 5

    Llevaban un rato de camino andado. Pero cada momento, el trayecto se iba haciendo más penoso y difícil para Margaret.

    - ¿No podrían ir más lento?

    - No poder- dijo Toro- Wendigo McKinley ser también rápido y tener que alcanzarlo.

    - Pero…no puedo más…mi cuerpo se está entumiendo al ir en este caballo.

    Toro se inclinó ligeramente hacia la cabeza de su caballo, oprimiendo el cuerpo de Margaret hacia la cruz del mismo.

    - Scout decir que él tampoco estar a gusto contigo encima…

    - ¿Ah, sí? Pues no estaría tan incómoda si tú no fueras tan rápido…

    - Yo poder ir más rápido aún si Cara de Luna no quejarse tanto- farfulló Toro.

    - Tú corres mucho.

    - Y tú pesar también…

    El Llanero sonrió para sí.

    En un paraje donde el sol declinaba, hicieron la marcha más lenta.

    - Ya veo que han hecho buenas migas…

    - Huy! sí, señor Llanero, no sabe cuán bien nos llevamos ya su amigo y yo…

    - De saber que tú quejarte tanto…Toro no haberte traído…

    - ¿Es broma, cierto?- preguntó Margaret.

    El Llanero completó.

    - Por supuesto, señorita, mi amigo es muy bromista.

    Toro se inclinó de nuevo hacia el caballo.

    - Scout decir que Cara de Luna hablar demasiado…

    - De seguro, prefieres hablar con tu caballo…

    Toro sonrió.

    - Mi tah-mah puuku hablar poco pero sabiamente.

    - Ah, con que hablas con los animales…supongo que te debes entender bien con ellos…

    - Animales sólo hablar con hombres sabios…no con mujeres tontas…

    - Si ser sabio significa hablar con los animales, prefiero ser tonta.

    Toro volvió a sonreír.

    - Cara de Luna ser graciosa…

    - Deja de llamarme Cara de Luna…si no fuera por esta pierna que me duele tanto, preferiría ir caminando.

    De momento Toro rejoneó el caballo y Margaret estuvo a punto de caer. Toro la apretó por la cintura hacia él.

    - ¿Qué haces?

    - Tú caerte…yo detener…

    El calor era abochornante.

    - ¿Creen que sirva de mucho cabalgar de noche?

    - No, señorita.- comentó el Llanero.- Sólo vamos a buscar un buen paraje donde pernoctar. McKinley salió rápidamente. Ellos no deben estar muy lejos. Pero no será quizás hoy cuando los alcancemos.

    - ¿Y mi hermana?

    - Si hermana de Cara de Luna ser menos tonta que ella, de seguro saber cuidarse…

    - ¡Eres un estúpido, Toro! Mi hermana es tan sólo una niña.

    - Mi hermano Toro tiene razón, señorita. La noche no ayuda de mucho a ninguno de los dos. Pero le aseguro que rescataremos con bien a su hermana, tenga confianza.

    - En usted sí la tengo, pero no en su amigo el comanche.

    - ¿Poder saber por qué?-preguntó Toro.

    Margaret bajó la cabeza.

    - Es largo de contar…además, no confío en ti porque me caes muy mal.

    - Tú no caerle mejor a este comanche…hablar demasiado…

    En un paraje determinado, decidieron bajar. Había una pequeña laguna y el área era muy agradable para pasar la noche.

    Toro bajó y extendió los brazos para bajar a Margaret. Pero ella se negaba.

    - Que me baje tu amigo.

    - Si no bajarte yo, nadie hacerlo. Además, mi hermano Scout ya estar cansado de llevarte en su lomo.

    - Pues no dejaré que tú me bajes.

    Como Toro se alejara un poco del caballo, Margaret le espetó.

    - Anda…vete…yo puedo sola.

    Entonces decidió bajar ella sola pero al tratar de hacerlo, se cayó.

    - ¡Toro!

    Toro fue donde ella.

    - No haber problema…tú poder bajar…Scout…¿estar bien?

    - Te preocupas por el maldito caballo. ¿No piensas levantarme?- observó Margaret tirada en el suelo, sin poder moverse.

    - Si poder bajar del caballo, poder levantarte…

    Toro se aproximó a un rincón para hacer una fogata.

    - Toro…por favor…ayúdame…

    El corazón del comanche se enterneció al escuchar aquel ruego.

    - Toquet, mah- tao-yo…tranquila…tú venir…-dijo mientras la cargaba para acomodarla en unas pieles que llevaba consigo.

    Margaret no pudo negar que el cuerpo de Toro era fuerte y le daba seguridad. Pero luego vio que la acomoda sobre las pieles que llevaba y sacó su nava.

    - ¿Qué vas a hacer.

    - Romper esta piel para extender…

    El Llanero desmontó a Silver.

    - ¿Escuchas algún ruido extraño?

    - No, nada por ahora, kemosabe. Pero presiento que tendremos noticias de McKinley. Por lo menos por rastro equivocado…pero por ahora no poder avanzar por Cara de Luna.

    - No deberían preocuparse por mí…sería mejor que se adelantaran para que dieran con mi hermana…-dijo Margaret, tratando de sentirse mejor.

    Pero Toro negó.

    - No poder quedarte sola…tú ser realmente tonta y extraña…

    - Tú también eres tonto…

    - Tú callar…yo tratar de curar…

    Levantó su falda de nueva cuenta.

    - ¡No me toques!

    - No ser necia…tener que curar o te pondrás peor…

    - No voy a dejar que me levantes la ropa.

    - Tu pitsikwina ser muy larga…Kemosabe…¿por qué mujer blanca usar tantos vestidos?

    El Llanero trató de explicar.

    - Es norma de pudor y decencia vestir así. Las mujeres deben vestir así.

    - Ser demasiada ropa…¿cómo caminar? ¿Cómo tener tantos hijos?

    - Deja mi ropa en paz…

    - Si no dejar que te cure, pierna pudrirse…gusanos roer…

    Eso sí asustó a Margaret.

    Entonces, ella mismo se levantó la falda lentamente.

    - Toquet…tranquila…ya pasar…

    Margaret preguntó al Llanero.

    - ¿Qué me va a hacer?

    - Nada malo, te lo aseguro. Él sabe curarte…

    - Cara de Luna ser demasiado tímida…-dijo mientras rociaba whiskey sobre la herida y le colocaba algunos ungüentos.

    Margaret echó hacia atrás la cabeza. No soportaba el dolor.

    - Tomar…morder…

    Ella tomó el lienzo que le ofrecía y lo mordió con todas sus fuerzas. Luego se tendió en el piso exhausta.

    Toro notó que la herida era profunda.

    - ¿Estará bien?- preguntó el Llanero.

    - No lo sé…ser grande la herida…y…ahora desmayarse del dolor… No saber si aguantará…

    - Es débil la muchacha, ¿cierto?

    - Débil…pero hermosa…-susurró Toro en un suspiro.

    Ellos bebieron café y comieron algo de la carne que habían llevado para el camino.

    Margaret estaba desmayada pero con el olor se despertó.

    - ¿Qué pasó?

    - Tú dormirte…¿dolerte mucho?- preguntó en tono más dulce.

    - Sí, Toro…todavía mucho…gracias…

    Toro asintió.

    - Toquet…tranquila…tú mejorar…

    Luego tomó un gran trozo de carne.

    - Tú…comer…

    - No tengo hambre…

    - Si no comer, ponerte más débil.

    Ella miró el trozo de carne. No le agradaba nada. Pero trató de masticar sólo un poco.

    Toro la miraba comer.

    - Señor…¿es usted …el Llanero Solitario?

    - Así es…y él es mi hermano Toro.

    Tras el agradable olor, decidió comer un poco más.

    - ¿Desde cuándo se conocen ustedes dos?

    - Es muy largo de contar pero si se lo dijera, señorita, quizás no nos creería.

    Toro vigilaba la llama. A la luz de la misma, el comanche se veía más fuerte y más atractivo, a pesar de la pintura que decoraba su rostro. Margaret no pudo dejar de reparar en su musculatura y en la proporción que guardaba el resto de su cuerpo. Pero lo que más llamó su atención fueron sus ojos. Estaban repletos de ternura y de una infinita tristeza.

    - Come, Toro…ya no quiero…

    - Ya comer, Cara de Luna. Bebe- dijo dándole agua.

    La miró beber. Tenía mucha sed por el calor y le pérdida de sangre, además de la gran cantidad de ropa que llevaba, aunque la mitad de ella estaba rasgada y sucia. La contempló. Era tan blanca como la nieve y tan pálida como la luna. Sí…quizás ella era su princesa…pero era tan parlanchina y testaruda…

    Tras beber, Toro sonrió y pidió.

    - Ahora…tú dormir…descansar…

    Cuando Margaret se durmió, el Llanero le dijo:

    - Toro…ella no es la princesa de tu cuento. Entiéndelo…es sólo una chica más…está asustada y por eso reacciona así. Tenemos que devolverle a su hermana y acabar con James McKinley y su gente.

    - Ella es mi Cara de Luna…ella entenderlo después…

    - Toro, será mejor que dejes eso por la paz.

    Toro se levantó y lo miró a los ojos.

    - Kemosabe…tú sigues tu camino siempre pensando en Mujer de Ojos índigo…y su hijo…ella ser tu destino…y si tú caer o hacer pausa…tú poder ir con ella. ¿Y yo? Yo no tener a quién volver, kemosabe…su rostro ir conmigo desde siempre…como una herida…y ahora…ella venir…tú dejarme soñar un poco…

    El Llanero asintió y le dijo:

    - Está bien…entonces…sueña esta noche, amigo mío…

    Al verla dormir, Toro se acercó ligeramente y le acarició la barbilla.

    - Koobe Mïa…pronto cantaremos juntos la canción del amor…
     
  6.  
    Andrea Sparrow

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    [​IMG]
    Cap. 6

    Toro trató de conciliar el sueño pero no podía porque el café había hecho estragos en su persona.

    Sin embargo, estaba acostumbrado. Y se sentía feliz de poder cuidar a su Cara Blanca.

    Se mantuvo aguardando a cualquier sonido y movimiento extraño. Había visto en el rostro de Margaret una sombra de angustia y preocupación. Su hermana estaba en poder de McKinley.

    Sabía perfectamente que su gente era realmente sanguinaria y cruel. Así que se decidió a hablar con el Llanero.

    - Kemosabe…ser mejor que apresurarnos. Hermana de Cara de Luna estar en poder de Wendigo McKinley.

    - Quizás tengas razón, Toro. Pero…no creo que les demos alcance tan rápido. Para llegar a la estación de Colby tendrían que atravesar…

    - Territorio Comanche. No haber peligro…yo hablar con hermanos comanches…ellos entender…

    - La última vez no nos fue tan bien con ellos- advirtió el Ranger de Texas.

    - Eso ser porque Toro no haber cumplido su promesa. Pero ahora, Ni haber quitado del camino a los Wendigo junto kemosabe. Comanches recibir bien…

    - Está bien, Toro. Pero recuerda que vamos acompañados de la muchacha.

    - Cara de Luna no ser problema…espero…

    Apenas comenzaba a clarear cuando ensillaron de nueva cuenta.

    Toro se acercó al cuerpo de Margaret. Entonces se dio cuenta que la muchacha estaba ardiendo en fiebre.

    Tocó su frente y se dio cuenta que estaba enrojecida y con los labios temblorosos.

    Se acercó a escuchar sus palabras.

    - Mary…Mary Anne…

    Toro llamó al Llanero.

    - Kemosabe…Cara de Luna tener calentura…herida ser grande…

    - Ya me lo imaginaba…tendremos que detenernos en territorio comanche queramos o no, Toro.

    - Ser bueno…Cara de Luna no estar bien…necesitar ayuda de comanches.


    Toro tomó en sus brazos a Margaret y la subió al caballo con mucho trabajo.

    - No gustarte ser bulto…pero pesar igual…

    La muchacha no reaccionaba. Estaba realmente delicada.

    El Llanero y el comanche se apresuraron y avanzaron por la zona más despejada y de mayor calor.

    Toro estaba preocupado por ella. La acomodó entre sus brazos, recostando su cabeza sobre uno de sus brazos, mientras el otro la sujetaba con fuerza contra las riendas.

    - ¿Cómo vas?

    - Yo bien pero Cara de Luna no mucho…seguir caliente…yo temer.

    - ¿Falta mucho?

    - No tanto…incluso…poder ver que nos vienen a recibir.

    En efecto, un grupo de comanches los escoltaba hacia el interior del campamento.

    En cuanto llegaron, algunas mujeres comanches se acercaron a Toro. Pero al ver que llevaba a una mujer blanca sobre su caballo, se apartaron.

    Los escoltaron hacia donde el jefe de aquel grupo se encontraba.

    Toro se acercó y saludó:

    - Hites…

    - Hi- tai, Huutsu-Tenahpï (Hombre-pájaro)- dijo el jefe.

    Le ofrecieron de su pipa y fumó un par de probadas frente a otro de los comanches.

    El Llanero también fue invitado.

    - Gran Espíritu Errante y Wendigo-haabe (Cazador del Wendigo), haber entrado a territorio comanche con Tosi mah-ocu-ah (Mujer Blanca). Hein ein mah-su-ite?(Qué quieren?)

    El Texas Ranger hizo una señal a Toro para que le explicara al jefe en comanche.

    Toro explicó. Todos permanecieron en silencio un rato. El jefe dijo a Toro:

    - Ka (no). Y continuó explicándole en comanche.

    Toro mostró preocupación.

    - ¿Qué quiere decir?- preguntó el Llanero.

    Toro explicaba.

    - El jefe Pukahut decir que no poder ayudarnos. Él apreciar a Espíritu Errante y no rechazarme tampoco, pero no poder conseguir que comanches ayudarnos para atrapar a Wendigo McKinley, porque Cara de Luna venir con nosotros.

    - Explícale que la muchacha perdió a su familia y que su hermana está en poder de McKinley.

    Toro explicó al jefe.

    El anciano Pukahut respondió al Llanero.

    - Toro creer que la mujer blanca ser Cara de Luna, la Koobe Mïa de los cuentos que contarles a los niños. Pero no ser así. No poder exponer a comanches por causa de Mujer Blanca. Comanches no tener armas como las de los tosí tivo. Pero confiar en Gran Espíritu Errante y en Wendigo-Haabe para atraparlo.

    El Llanero agradeció al jefe al igual que Toro.

    Éste preguntó al jefe si alguien podía ayudarlo con la muchacha que estaba enferma.

    - Si mujeres comanches querer ayudar, tú poder cuidarla aquí…

    Toro agradeció al jefe y fue a ver a Margaret.

    Luego mirar a las mujeres. Pero ninguna querer ayudarlo de momento.

    Sólo una de ellas se apiadó y le dio ropa limpia y lienzos para que le bajara la fiebre.

    - Yo tener que cuidarla- dijo Toro.- Yo traerla…yo cuidar de ella…

    El Llanero lo miraba con algo de preocupación. Pero Toro respondió.

    - Toquet, kemosabe. Cara de Luna ponerse bien. Yo sólo cuidar de ella…tú echar vistazo y cuidar límites mientras que Cara de Luna mejorar.

    - Tienes razón, Toro. Yo confío en ti.

    Toro se llevó a Margaret a un tipi un poco alejado del resto de la gente.

    Ahí la recostó con cuidado y notó que su ropa estaba pegada a la piel y estaba un poco quemada y herida de las piernas por la montura.

    - Pobre pequeña- susurró en comanche.

    Sonrió al verla tan débil e indefensa. La muchacha había entrado en una estadía de inconciencia.

    - Yo quitarte ropa…

    Toro se imaginaba los remilgos y gritos de Margaret si hubiera estado consciente cuando le quitara la ropa.

    El comanche retiraba las prendas sintiendo un dolor en el vientre, producto de las sensaciones que le provocaba su cuerpo. Pero era mayor la ternura y la preocupación que el deseo que pudiera experimentar.

    Las prendas estaban sucias y desgarradas por la caída. La sangre había manchado su sobrefalda y evitaba que la herida pudiera sanar mejor.

    Colocó algunos paños mientras estaba por untar el cuerpo con grasa de oso para aliviar las quemaduras y las heridas en los pliegues internos de sus piernas.

    Tan linda y tener que pasar por esto, se decía a sí mismo. En cuanto retiró la última prenda, suspiró hondamente y comenzó la operación.

    Miró sus hombros, remarcados y sus brazos, esbeltos y gráciles. Sus caderas eran un poco anchas pero su cintura era breve.

    - Este corsé ser inútil…boisa (tonto), tú ser linda así…

    Acarició levemente su cintura…parecía un niño con juguete nuevo. Acarició sus piernas, tan blancas como la leche…como la luna. Sus pechos…nunca había visto cimas como aquellas en mujer alguna…sólo conocía a las mujeres de Red que eran voluptuosas…usaban maquillaje para aparentar mayor belleza y volumen. Pero los pechos de Margaret eran tan hermosos…sus cimas rosadas eran como botones en flor…los rozó levemente con la mano…tuvo miedo de que se diera cuenta…pero notó que, al hacerlo, el cuerpo de Margaret respondió ante la caricia, traicionándola.

    Luego acarició su vientre…la línea de fuego que llevaba a su intimidad…deseaba tocarla…se tuvo miedo. Y al hacerlo, el cuerpo de Margaret gimió dulcemente. Entonces, Toro se dio cuenta que no sólo el cuerpo de la muchacha respondía ante aquellas caricias.

    Se apresuró a curarla y la cubrió con unas pieles que encontró ahí.

    Salió un rato. Necesita respirar un poco.

    Cuando volvió, notó que la muchacha seguía caliente.

    Una chica se acercó y le dijo que no podrían volver a cabalgar si la muchacha no se ponía bien.

    Toro se angustió más.

    Entonces la cargó y la introdujo en el agua de un arroyo que cruzaba por aquel camino.

    El agua fresca serviría para hacer descender la fiebre. Y Margaret parecía responder al tratamiento, no así Toro quien parecía entrar en calor con mayor facilidad…
     
  7.  
    Andrea Sparrow

    Andrea Sparrow Usuario común

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    Luna Bermeja [El llanero solitario]
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Comedia Romántica
    Total de capítulos:
    16
     
    Palabras:
    1351
    Cap. 7

    Tras haberla hecho entrar en el agua se dio cuenta que estaba un poco mejor. La sacó del agua pero ella pronto despertaría. La dejó dentro del tipi y la cobijó con las pieles que llevaba.

    Al poco rato salió hacia el fuego central.

    Una comanche le preguntó por la joven blanca.

    - Tosi mah-ocu-ah?(Y la mujer blanca?)

    -Ai-ee(bien).

    - Ha-hich-ka po-mea?(A dónde van?)

    - Pah-gat-su(Corriente arriba). To-hobt Pah-e-hona(Río Azul)

    - Ein mea mon-ach(eso está lejos)

    - Koobe-mïa. Ein mah-heepicut (Para Cara de Luna- es suya- dijo la chica dándole un traje comanche para la muchacha.

    - Suvate (Está hecho)- dijo a la chica y sonrió alejándose.


    Al poco rato escuchó el grito de la muchacha.

    - ¡Toro!...

    - Ya venir…

    Toro fue donde estaba Margaret.

    - ¿Puedo saber por qué estoy desnuda bajo estas pieles?

    - Tú enferma…calentura…pero ya pasar…ahora estar mejor.

    - ¿Dónde está el Llanero?

    - Ir a vigilar…pendiente de Wendigo McKinley. Nabonc (mira), traerte ropa comanche.

    - ¿Esperas que me ponga esa ropa?

    Toro la miró con dureza.

    - Tu pitsikwina estar rota y sucia…no poder usarla. Ropa comanche estar bien hecha. Ser cómoda…señal de respeto de mujer comanche.

    - ¿Ella fue quien me desvistió, verdad?- insistió Margaret.

    - No preocupar…toquet (tranquila)…

    Margaret ya no quiso ahondar pero Toro le dirigía una mirada sublime de amor y de deseo. Ella bajó los ojos.

    - De igual modo, no puedo usarla…

    - ¿Por qué? Porque…¿ser ropa de salvajes?- preguntó dolido Toro.

    Margaret respiró hondo. Se sintió muy culpable.

    - No, Toro… no es eso…es demasiado. Yo no merezco esto…

    - Tú ponerla…no querer salir ante tribu…desnuda…

    Margaret entreabrió los ojos.

    - Está bien…pero date la vuelta…

    Toro sonrió. Si ella supiera que realmente había sido él quien la había desnudado para curarla…

    - ¿Ya?- preguntó Toro.

    - Ya…

    En cuanto se vistió se veía muy hermosa.

    - Tú parecer…lirio del campo…

    Margaret se sonrojó un poco.

    Toro sonrió de nuevo.

    - Keemah…ven…hay que ir con jefe Pukahut…comer…

    Margaret aún dudaba.

    Después de haber comido y de darse cuenta que poco entendía de las palabras de los comanches, se sentía mejor pero aún preocupada por su hermana.

    - ¿Qué pasar?- preguntó Toro.

    - Me siento triste…

    - Tu corazón yacer por tierra a causa de hermana…

    - Sí…-dijo Margaret dándose cuenta que Toro la entendía mejor de lo que creía.

    - Entender…llevarte fin de Colby…allá quedarte, mientras Kemosabe y yo ir por Wendigo McKinley…

    - ¿Me dejarán en el pueblo?

    - Yo preferir dejarte con comanches, pero comanches no querer cuidarte…ellos tener miedo…

    El jefe Pukahut dijo.

    - Confía en Toro, mah-tao-yo-él ser tonto, no mentiroso…

    Margaret sonrió. Toro miraba con afectación al jefe pero al ver el rostro risueño de su Cara de Luna se tranquilizó.


    Al poco rato, cuando vio que ya amanecía de nuevo, escuchó el relinchar de Silver.

    - Kemosabe estar de vuelta…seguro tener pista de Wendigo McKinley.

    - Vámonos, entonces.

    Toro habló con el jefe Pukahut

    - Koobe-Mïa ein mah-heepicut- dijo Toro.

    - Tosi mah-ocu-ah to-ho-ba-ka(mujer blanca enemigo).

    - Ka…yo cuidar y querer mucho…

    - Toquet, tah-mah…ve con el Gran Espíritu…él decidir destino de tu Cara de Luna…

    - Suvate…(hecho).- contestó Toro.

    Se acercó a Margaret.

    - ¿Tú poder cabalgar?

    - Sí…sí que puedo, Toro.

    Al ayudarla a montar, Toro la sostuvo con fuerza. Ella sintió su abrazo alrededor de su cintura. Eran tan fuerte y cálido sentir su pecho tras su espalda que se recostó instintivamente en él. Cada momento se sentía más unida a aquel comanche tan especial.


    Cabalgaron un rato más.

    - McKinley no debe estar lejos, señorita- dijo el Llanero.- Hay huellas cerca de aquí.

    - ¿Tardarán más que nosotros?

    - Sí…ellos no entrar en territorio comanche.

    - ¿Por qué los comanches no nos quisieron ayudar?

    - Porque ellos temer que culparlos de ataques a los bordes de río…no querer más muertes de los nuestros..

    Margaret asintió. Era lógico. Pero también estaba confundida.

    - Hace años…los comanches atacaron mi casa…mataron a mi padre…mi hermana y mi madre huyeron…yo me quedé sola y luego volvió mi madre por mí…

    - Probablemente tu padre haber hecho algo contra comanches.

    - No puede ser…mi padre era bueno, Toro. Era un hombre íntegro…era un Texas Ranger…

    El corazón del Llanero se estremeció.

    - Aún entre los Texas Rangers hay traidores, señorita…

    Toro entendía perfectamente sus palabras.

    Descendieron por una ladera.

    Una fogata estaba encendida.

    - Quizás estuvieron aquí…

    - Si así fue…tuvieron que pasar demasiado rápido- dijo el Llanero.

    En efecto, habían pasado y dejado una fogata. Pero no sólo eso. El cuerpo de una joven ultrajada, ya sin vida yacía a unos pasos.

    Margaret se cubrió la boca y ocultó el rostro en el pecho de Toro.

    - ¿Qué pasa?- preguntó el Llanero.

    - Es…mi hermana…

    El corazón del comanche se contrajo duramente. Descendió y pidió a Margaret que se quedara ahí.

    Se acercó…revisaron el cuerpo…

    - Creo que fue ella quien accionó el arma- dijo el Llanero.- Se suicidó.

    - Habbe wen-ich-ket-dijo Toro.

    - ¿Qué es eso?- preguntó Margaret.

    - Buscar la muerte- contestó el Llanero. Cuando alguien no soporta lo sucedido…prefiere morir…quitándose la vida…o haciendo que alguien más lo haga.

    Margaret entendió.

    - Esos hombres pagarán lo que han hecho.

    Toro negó.

    - Justicia, mah-tao-yo…venganza no devolverle la vida a tu hermana…¿cierto, kemosabe?

    El Llanero asintió.

    - Toro tiene razón, señorita. Pagará, pero de acuerdo con la ley. Y no descansaremos hasta que eso haya sucedido…se lo aseguramos…

    Margaret se soltó a llorar en el pecho de Toro quien trataba de calmarla.

    Avanzaron con más lentitud. Margaret no soportaba demasiado el calor.

    Al sentarse junto a un riachuelo, Toro le dio agua.

    - Ahora sí que estoy sola- dijo Margaret.

    - Ka- dijo Toro- tienes a Toro…

    - Gracias, Toro pero…ya no tengo familia…estoy sola en la vida…

    Toro explicó.

    - Hace tiempo, Toro estar solo en el mundo…tribu echar fuera…es largo de contar…pero luego volver, y no encontrar padre, ni madre…ni hermanos. Único hermano ser kemosabe…

    - Entiendo, Toro…

    - No mucho…Kemosabe también perder ser querido…entender también…

    Luego, al escucharlo, jugueteó con la pulsera que llevaba en la mano.

    - Me alegra no haberla perdido…es un objeto muy preciado para mí…

    Toro tembló. Reconoció la pulsera comanche.

    - ¿Por qué ser tan importante?

    - Me la dio un niño comanche hace años…era tan dulce…tenía unos ojos preciosos…reflejaba algo de tristeza…su cara estaba pintada como la de un guerrero…yo tuve miedo. Cuando vi cómo los comanches habían atacado mi casa sufrí. Pero él no parecía uno de ellos…entonces…rescató a una de mis muñecas del río…me la dio…dijo un par de palabras que no entendí…-dijo mirando a Toro…sus ojos también eran dulces y hermosos. Desde entonces, esa mirada me ha acompañado durante años…esperaba poder volver a verlo…y a veces soñaba con él…con que sería algún guerrero comanche que me llevaría con los suyos a caballo…pero mi realidad se tornó distinta…perdí la esperanza de volverlo a ver…

    Toro suspiró hondamente. La miró de nuevo y dijo:

    - Toquet…mah- tao-yo…

    Margaret tembló. Toro entonces sacó la muñeca de trapo de entre sus cosas y la puso en manos de Margaret…

    No hubo necesidad de decir más. Margaret abrazó a Toro con fuerza. Él sintió un gran calor en su corazón que lo hacía cantar una canción de amor dentro del pecho. Margaret había vuelto a ver a aquel niño comanche, ahora convertido en un hombre…sin embargo, Toro pensó que las cosas serían ahora más fáciles para él…¿se estaría equivocando?
     
  8.  
    Andrea Sparrow

    Andrea Sparrow Usuario común

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    16
     
    Palabras:
    1238
    Cap. 8

    De pronto, el rostro de Margaret se tornó molesto. Se apartó con ligera brusquedad de Toro y negó.

    - No…no es justo. ¿Te das cuenta? Tú eres un comanche…los comanches mataron a mis padres. ¿Qué hacías ahí, sino acompañar a los cazadores?

    Toro negó.

    - No, Cara de Luna…yo no participar en eso…yo ser un niño…yo no ir con ellos. Yo llegar después de que comanches marcharse. Recordar que yo haber salido de mi tribu entonces…

    - ¿Y cómo lo sé? ¿Cómo sé que no me estás mintiendo?

    - ¿Haberte mentido hasta ahora? ¿Hacerte daño?

    Margaret lo miró. Los ojos de Toro emanaban tan sólo confusión pero también dulzura hacia ella.

    - No…no me has mentido pero…eres un comanche- dijo con el llanto a flor de piel- perteneces a la gente que me dejó sin mi padre, sin casa…y por eso he tenido que vivir con mi padrastro…ese hombre tan horrible que ha sido capaz de…

    Toro la tomó por los hombros.

    - Decirme…¿qué haberte hecho ese hombre?

    - Olvídalo, Toro…no tiene caso.

    - Sí tenerlo. Toro querer saber si él haberte hecho daño…Toro hacer justicia.

    Margaret tomó las manos del comanche.

    - No me ha hecho nada grave, es sólo que…siempre quiso…abusar de mí. Pero no lo consiguió. Y ahora está prófugo.

    Luego miró a Toro. Bajó los ojos y dijo:

    - Lo siento, Toro…eres un comanche. No puedo olvidar eso.


    Toro no le dijo más. El resto del camino lo pasaron en completo silencio.

    El Llanero intervino.

    - ¿Qué, ya no tienen ganas de discutir?

    - Creo que Cara de Luna estar cansada…pero si tornarse testaruda, yo obligar a obedecer.

    - ¿Tú y quién más?

    - Sólo yo, Cara de Luna. Yo encontrarte…tú obedecer a Toro…

    El Texas Ranger movió la cabeza.

    - Sigues con esa fijación.

    - No ser fijación…Cara de Luna tener por destino obedecer a Toro, kemosabe.

    - ¿Mi destino? – terció Margaret.- ¿Estás loco? Seguramente es la insolación. Yo no te seguiría aunque fueras el último hombre sobre la tierra.

    - Entonces…preferir seguir a Wendigo McKinley…-continuó Toro.

    - Claro que no…

    - Yo decir…suvate, estar hecho…Cara de Luna seguir a comanche…ser destino…


    Margaret pasó de la tristeza y la decepción al enojo. El Llanero apresuró la marcha. Casi llegaba al otro lado del río, muy cerca de Colby.

    - Habrá que asegurarnos que esté con bien, señorita. Esta casa es segura.- dijo mostrándole la pequeña casa de Willows Crick. Aquí vivían mi cuñada y su hijo…

    - Kemosabe desear engendrar hijo con Rebecca Ojos índigo…-siguió Toro muy seguro de sí.

    - No digas eso, ¿quieres?

    - Yo no mentir…ser verdad.

    Margaret la miró. Le recordaba la casa de sus padres.

    - ¿Hay alguien viviendo aquí ahora?

    - No, señorita…mi cuñada y su hijo Danny están en Colby. Pero ahora también me preocupa saber si McKinley no ha hecho nada grave…

    - Wendigo McKinley no pasar por aquí, kemosabe- dijo.- No hay huellas ni boñigas frescas de caballo…

    - Tienes razón, Toro. Es lugar seguro para usted.

    Toro la ayudó a bajar esta vez. Margaret trató de dar unos pasos.

    - No esforzarte demasiado, Cara de Luna…

    Pero la muchacha no le respondió.

    El Llanero dijo a Toro.

    - Tenemos que ir tras ese hombre, Toro…es necesario ahora.

    - ¿Entonces me van a dejar aquí sola?- preguntó Margaret.

    Toro respondió con ironía.

    - Tú no querer estar con Toro, Cara de Luna. Mejor sola que con salvaje, ¿no?

    - Yo no dije eso, Toro. Entiéndeme…

    - Yo sólo darme cuenta que tú juzgar a Toro por todos los comanches…entonces, yo juzgar a Cara de Luna como a todos los tosí tivo, incluyendo a Wendigo McKinley…

    - Eso es tonto…

    - Tú decirlo…entonces…¿por qué guardar odio en tu corazón, mah-tao-yo?- preguntó dulcemente.

    Margaret bajó la cabeza.

    - Es hora de irnos- dijo El Llanero.

    Toro se despidió.

    - Yo ir con kemosabe por Wendigo McKinley. Cuando volver, traer vestido del pueblo…¿sí?

    Margaret asintió.

    - Está bien…

    - ¿Tú estar bien?- preguntó Toro de nuevo.

    - Sí, Toro, voy a estar bien.

    - Yo volver pronto…quizás para entonces…Cara de Luna aceptar ser mujer de comanche Toro…

    La muchacha movió la cabeza.

    - Eso es demasiado, Toro…

    - ¿Por qué? Yo sólo esperar que Cara de Luna estar con guerrero…como decir historia…

    - Toro…tú eres muy bueno…y muy inteligente…y tú sabes que yo no soy esa princesa Cara de Luna que dices…yo no podría ser tu mujer…

    - Porque Toro ser salvaje…

    - No…no es eso…pertenecemos a mundos diferentes. Tú eres un guerrero…persigues la justicia…

    - Kemosabe también perseguirla…y amar a Mujer Ojos índigo…

    - Pero no puede estar con ella…cuando mira hacia allá, los ojos le centellean porque sabe que su misión está primero…

    - Quizás un día Kemosabe reunirse con ella…-insistió Toro.

    - Quizás…pero en este caso…es distinto…

    Toro movió la cabeza.

    - Tú no ver más allá de tu nariz…ser terca y necia…pero Toro…quererte mucho…tú creerme…yo no haber estado en el ataque a tu familia…yo ya no pertenecer a tribu entonces…yo estar solo como el aire…ir a donde querer…pero ahora…Toro querer volver siempre a ojos de Cara de Luna…

    - Te creo…ahora…será mejor que te vayas…y cumple con la justicia, Toro. Que McKinley pague justamente sus crímenes. Entonces… Cara de Luna estará orgullosa de ti…

    Toro sonrió.

    - Yo volver victorioso, Koobe Mïa.

    El comanche subió a su caballo. Margaret se quedó llorando un largo rato.


    Cuando iban de camino, el Llanero preguntó.

    - ¿Por qué vienes tan cabizbajo, amigo mío?

    - Cara de Luna no querer ser mujer de Toro…

    - Eso ya lo sabías…sólo que no has querido aceptarlo. Entiende, Toro. Esa muchacha ha sufrido mucho. Lo que menos quiere es estar al lado de un hombre ahora.

    - Yo entender que su corazón yacer por tierra…pero pasar…tiempo sanar heridas…ella volver a sonreír al lado de Toro…la historia decir…

    - Tu historia dice que la luna y el sol no podían estar juntos porque si lo estaban atraerían desgracias…al menos eso fue lo que te escuché decir…

    Toro asintió.

    - Entonces…quizás lo mismo pase contigo y con ella…tal vez no puedan estar juntos porque…si lo estuvieran, pasaría lo mismo que entre el día y la noche. Quizás debe ser mejor así…por el bien de los dos. Porque…yo creo que ella sí te quiere, Toro.

    - ¿Verdad?

    - Claro…sus ojos la delatan…ella está enamorada de ti…

    - Yo preguntarme…

    - ¿Qué cosa, Toro?- preguntó el Llanero.

    - ¿Eso también aprenderlo en la escuela?- preguntó el comanche.

    - ¿De qué hablas?

    - ¿Desde cuándo Kemosabe ser experto en mujeres?- sonrió.

    El Llanero sonrió.

    - Intuición, amigo mío…mira allá…¿te dije que hoy sería buen día para morir?

    - No aun- dijo Toro.

    - Entonces…vamos a decírselos a la banda de McKinley…el tren llegará pronto…y nosotros evitaremos que ellos se adueñen del dinero y que den con la mina de oro…

    - Keemah, kemosabe- sonrió Toro al fin.
     
  9.  
    Andrea Sparrow

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    Total de capítulos:
    16
     
    Palabras:
    1320
    Cap. 9

    Algunos caballos relinchaban no muy lejos de la estación de Colby.

    - ¿De veras vamos a asaltar el tren, James?- preguntó un hombre.

    James McKinley sonrió de lado.

    - ¿Qué parte del “asalto al tren” no entendiste, Jacob McGiver? Trata de captar rápidamente la idea y no me exasperes, o voy a olvidar que me suplicaste que te trajera a cambio de respetar tu vida.

    - Sabes que te prometí ayudarte- dijo Jacob.

    - Lo prometiste y lo vas a hacer, si es que quieres seguir teniendo el pellejo pegado a la carne…cuando me haces molestar me pongo más furioso. Me hiciste perder tiempo cuando quisiste buscar a Margaret y nos tuvimos que conformar con su hermanita…

    - Eres un cerdo…era sólo una niña.

    - Ay, ya cállate, ¿quieres? No necesito ya tus lecciones de moral…ahora será mejor que te apresures o no estaremos a tiempo para la llegada del tren…

    Llegaron a Colby. El Llanero y Toro se encontraban trepados en una escarpada montaña, desde donde podían visualizar perfectamente la llegada del tren.

    - Arribará a la estación en diez minutos, Toro. Pero sabemos que lo intentarán desviar hacía el Fuerte Carlson donde se encuentra la mina.

    - Yo averiguar en qué vagón ir el dinero y quitar la conexión de máquina antes de que tren estrellarse.

    - Yo buscaré a McKinley directamente.

    - Buena suerte, kemosabe.

    - Lo mismo digo, Toro.

    Así fue como emprendieron la carrera.

    Al llegar a la parte central de la llanura. El Llanero gritó y el relincho de Silver resonó en todo el espacio. Era capaz de poner o cualquiera los pelos de punta.

    Al fin, Toro subió a los vagones y se fue adentrando en cada uno de ellos. Algunos pasajeros se asustaron. Luego, se encontró frente a frente a Jacob McGiver.

    - Vaya, ¿qué tenemos aquí? Un comanche loco y extraviado.

    Un puntapié de Toro lo lanzó al extremo del tren.

    - Tú estar con Wendigo McKinley. No negarlo.

    - Por supuesto, comanche. Y tú debes ser…el comanche que acompaña al Ranger Solitario.

    - Toro…para ti…¿tú saber qué día es hoy?

    - ¿Eso qué tiene que ver?

    - Ser importante. Hoy ser día para acabar contigo y con Wendigo McKinley.

    - Maldito comanche…yo acabaré contigo…

    Pero Toro se adelantó y con otro puntapié lo lanzó del tren. Jacob quedó colgado de un extremo.

    Toro se fue adelantando hasta dar con la cabina donde se resguardaba el dinero. Soltó los ganchos que detenían el vagón y disparó a Jacob para que corriera hacia donde él estaba.

    La lucha se hizo encarnizada mientras alcanzaban la máquina.

    Ahí, Toro tomó el mando y alcanzó a detenerlo.

    McKinley y su gente disparaban desde abajo hacia donde estaba Toro.

    Pero el Llanero llegó en su ayuda y consiguió cercarlos y deponer sus armas.

    - ¡Deténganse en nombre de la ley!

    McKinley le gritaba.

    - Será mejor que estudies mejor poder de convencimiento…no pienso entregarme hoy.

    Toro le lanzó dinamita y por fin aquellos hombre salieron volando hacia un acantilado.

    Ahí, pendientes de un barranco, gritaban.

    - ¡Llanero! Sálvanos…nos entregaremos…no dispares…no nos mates…

    Toro los observó. Estaban asustados.

    - Dicen verdad, kemosabe. No tener ánimos de huir…

    - Está bien, mi amigo Toro les salvó la vida.

    Atados a Silver salieron de ahí y el Llanero los llevó hacia la comisaría.

    - Faltar uno…-dijo Toro.

    - ¿Dónde está?

    - No saber…creo que poder escapar. Pero yo encontrarlo…

    - Ve a buscarlo, mientras hablo con el alguacil de Colby.

    Toro corrió en Scout hasta donde creía estaba aquel hombre, pero sólo podía hacerlo siguiendo las huellas del caballo.

    Un rato después se asustó. Las huellas llevaban directamente hacia la casa donde Margaret se había quedado.

    Entonces decidió apresurar el paso.


    Margaret trató de preparar algo que pudiera comerse pero casi no había nada.

    Lo poco que le sirvió sólo le produjo más hambre.

    La ropa, sin embargo, la abrigaba bien. Pero esperaba que Toro regresara cuanto antes con algo para poder cubrirse.

    De pronto, escuchó caballos. Seguramente era Toro.

    Pero cuando se dio cuenta, no podía creerlo. Era Jacob McGiver, su padrastro.

    La muchacha corrió a esconderse.

    - ¿Hay alguien aquí?- preguntó el hombre.

    Margaret intentó no hacer ruido pero estaba asustada y la cabaña no era muy grande.

    - ¿Qué tenemos aquí? ¿Un animalito asustado?

    Cuando la vio sonrió lascivamente.

    - Hola, reinita…cuánto tiempo sin verte…creí que no te volvería a encontrar.

    - Será mejor que me deje en paz o se arrepentirá- dijo ella.

    - Vamos, corazón…no seas tan quisquillosa…en una ocasión estuvimos a punto de pasarla bien…¿o ya no te acuerdas?

    - Váyase…créame, no podrá esta vez…

    - ¡Cómo que no!- dijo forcejando con ella.

    Pero un látigo le cruzó la cara y lo tiró al suelo.

    - Tú dejar a mujer de comanche.

    - Estás loco…esa no es tu mujer…

    - Toro…él es mi padrastro…

    - Tú dejarla…ser mujer de comanche…-dijo Toro haciendo una señal a Margaret para que guardara silencio. Ya le explicaría.

    - Nunca creí que fueras capaz de acostarte con un sucio comanche en lugar de estar conmigo.

    - Tú largarte o yo…matarte…-dijo Toro de nuevo.

    Jacob se carcajeó.

    - ¿Tú, matarme a mí?

    Margaret asintió.

    - Si no te mata él…lo haré yo. Reconoce que quisiste violarme una vez…mi pobre madre confiaba en ti.

    - Y como no pude tenerte…fui yo quien se conformó con tu hermanita…también era un bocado…

    Margaret sollozó.

    - Tú irte, Sombra Venenosa…-dijo Toro- o dejar que ella matarte o hacerlo yo…o quizás…tribu comanche…

    Hizo un ademán de llamar a los demás. Pero Jacob movió la cabeza.

    - No lo hagas…me marcharé…de verdad…

    Subió al caballo e intentaba marcharse pero se giró ligeramente y apuntó con un arma al corazón de Toro. Margaret lo movió hacia abajo. El disparo reventó en el aire. Toro iba a caer. Pero se incorporó y mató a Jacob.


    Margaret sollozó buscando el calor del pecho de Toro.

    - ¿Estás bien?

    - Sí…¿tú estar bien, mah tao-yo?- preguntó Toro a su vez.

    - Sí…no pudo hacerme nada…llegaste a tiempo…

    Toro sintió las manos de Margaret en su pecho. Sonrió y la abrazó. Ella recorrió sus ojos y besó sus labios ligeramente…como un sueño. Pero Toro los degustó con mayor profundidad.

    - Ser dulces…como miel…lengua destilar miel pura…-dijo Toro a su oído.

    La piel de Margaret se erizó. Toro la volvió a besar. Él no hacia eso. Pero probar los labios de ella era agradable.

    Margaret degustó el beso de Toro. Suspiró y dijo.

    - Toro…tuve miedo de que te matara…

    - Ser tonto…no poder sorprender comanche.

    - Pero tuve miedo…

    - No preocuparte…quedarte tranquila. No salir de casa de paredes de madera…yo volver mañana temprano. Nosotros atrapar a Wendigo McKinley.

    - Me alegro…tendrá que pagar por el crimen que cometió con mi hermana.

    - Con todos, Cara de Luna. Entonces…comanche esperar que Cara de Luna…acepte dormir con él…

    - Toro…

    - Porque tú quererme…¿verdad?

    Margaret asintió.

    - No sabía cuánto pero ahora ya lo sé…

    - Yo también…quererte, Cara de Luna…desde siempre. Yo cazar algo para comer…para ti y para mí…

    - ¿Y el Llanero?

    Toro sonrió.

    - Kemosabe pasar noche con Mujer Ojos Índigo…mañana juicio con Wendigo…enviar a prisión del Estado…

    - Ya veo…

    Toro se adentró ligeramente en el campo y cogió una presa.

    Lo asó al fuego y le dio a probar a Margaret.

    - Comer…ser bueno…

    La muchacha comenzó a comerlo.

    - ¿Qué es?

    - Tlacuache- dijo Toro.

    Margaret hizo un gesto pero vio a Toro tan contento comiendo que no tuvo corazón para despreciar aquel platillo.
     
  10.  
    Andrea Sparrow

    Andrea Sparrow Usuario común

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    Título:
    Luna Bermeja [El llanero solitario]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Comedia Romántica
    Total de capítulos:
    16
     
    Palabras:
    925
    Cap. 10

    Después de comer, Margaret y Toro permanecieron al fuego un rato, como si no pudieran conciliar el sueño. Toro miraba en lontananza. Lo poco que se podía vislumbrar al caer de la tarde puso el corazón del comanche en flor.

    Margaret no cesaba de contemplarlo veladamente, sin darse cuenta que Toro sabía perfectamente lo que estaba haciendo. Se volvía ligeramente hacia ella y la miraba sonriente. Ella bajaba la mirada. Toro se divertía con ese gesto.

    - Toro…gracias de verdad por lo de hoy…no sé cómo pagarlo…

    - Tú conocer forma…tu y yo saber forma de pagar lo del Wendigo…decirme, el no…

    - No, Toro…él no alcanzó a hacerme daño…pero tú lo oíste…abusó de mi hermana…

    Margaret comenzó a llorar.

    Toro se acercó a ella y le levantó el rostro por la barbilla.

    - No, Koobe Mïa…no llorar…hermana estar con Gran Espíritu…ella, Espíritu Puro…

    Margaret sonrió entre lágrimas.

    - Hablas muy bonito, Toro…

    - Es…sabiduría de abuelos…ellos reconocer a grandes Espíritus y decirnos forma de llegar a ellos…todo lo que tú ver llevar dentro un Gran Espíritu…las rocas…el viento…la Madre Tierra…las aves…el agua…todos…tener Gran Espíritu dentro…

    - ¿También los…tosí tivo?

    Toro la miró.

    - Ya empezar a aprender comanche…

    - No es así…sólo he escuchado que así llaman a los blancos…

    - También tosí tivo, Cara de Luna…ustedes tener Espíritu del Desierto…pero cambiarlo por dinero…

    - Dime…¿por qué tuviste que dejar tu tribu?

    Hablar de eso entristecía a Toro.

    - Ser largo de contar…hace muchos taum…tiempo…pequeño comanche ser engañado con objeto sin valor…ser tarde…él…ya no poder volver…hasta que conocer a Kemosabe…y recuperar honor comanche.

    - Me alegro por ti. Me pude dar cuenta cómo te miraba el jefe Pukahut…como si estuviera orgulloso de ti.

    Toro sonrió. Margaret continuó.

    - Y también me di cuenta de que las mujeres comanches te miraban de forma…especial…

    Toro movió la cabeza.

    - No ser así…ellas estar interesadas en guerreros jóvenes…no comanches locos…

    Margaret se acercó y le dijo suavemente.

    - No digas eso, Toro…tú eres un hombre valiente y fuerte…lleno de virtudes…

    - No entender bien pero…sí sentir lo que tú decir…

    Acercó sus labios ligeramente. Margaret degustó aquella boca que se ofrecía tan pura y salvaje…sus besos alocados le revelaron el fuego de su corazón. Pero tuvo miedo porque sabía también que Toro deseaba más de ella.

    Se apartó ligeramente. Toro se acercó.

    - Tú decirme…¿querer a comanche Toro?

    - Te quiero pero…no estoy segura de poder estar siempre contigo…pertenecemos a mundos distintos.

    - Tosí tivo y nuumu ser distintos- dijo Toro.- Pero…Cara de Luna sólo pertenecer a Toro…yo saberlo…destino reunirnos…muñeca…pulsera…

    Ella suspiró.

    - Mi corazón siente por algo que no puedo comprender, Toro pero…tengo miedo. Después de todo…los comanches mataron a mi padre…

    - Yo insistir…tu padre tener deuda con comanches…¿cómo llamar?

    - David…David Thompson…

    Toro miró hacia el exterior como pretendiendo recordar algún detalle…

    - Lengua de víbora…

    - Toro…

    - Sí…Wendigo Thompson…matar comanches…liberar a Wendigo Cavendish…afortunadamente…él estar muerto…pero Thompson Lengua de Víbora mentir…él decir que proteger comanches…él…mentir…hace mucho, hizo trato con jefe comanche…pero Thompson traicionar…entregar tribu a Cavendish…quedar muy pocos…dañar mujeres…niños…

    - Eso no puede ser…

    - Sí serlo…no ser mi tribu pero ser comanches…hermanos…¿y yo deber odiarte por eso?

    Margaret se sintió un poco avergonzada.

    - Quizás sí…-dijo ella poniéndose en pie.

    Toro la siguió y la estrechó por la cintura. Ella dudó. Aquella caricia le prometía otras más intensas…pero no quería ceder. No ahora. Ya había explicado a Toro lo que pensaba. No iba a dejar de aferrarse a lo que ella creía tan sólo por las exquisitas sensaciones que él le provocaba.

    - Déjame, Toro…por favor…

    Toro se apartó. Ella entró en la casa.

    Toro se quedó afuera.

    Trató de no pensar. Pero sabía que quizás Toro tenía más derecho de odiarla que ella a los comanches…eso le impedía en cierto modo sentir por él lo que comenzaba a sentir, fuera lo que fuera ese sentimiento.

    Se pudo dormir solamente hasta que la llama de la fogata se apagó. Toro iba a tratar de dormir.


    Al día siguiente se levantó temprano.

    Ella lo alcanzó cuando se iba.

    - Yo ir a Colby…juicio contra Wendigo McKinley…Kemosabe estar ahí…tú quizás deber estar también.

    - No podría…

    - Yo defender tu honor…y el de hermana…no temer…volver con prendas tosí…para ti…e irme con Kemosabe…y no volver a vernos más…

    Margaret trató de aclararlo…

    - Toro…

    - Toquet…mah-tao-yo- susurró dulce y sensualmente.

    Scout avanzó un par de metros hasta que su jinete lo arengó a que acelerara el paso.


    Margaret no se movería. No tenía forma de irse. No había comida, ni dinero, ni ropa. ¿Y a dónde iría? ¿Tenía más familia? El resto de la gente no entendería fácilmente. Era mejor esperar a Toro…aunque fuera la última vez que lo viera…

    Y la impotencia la hizo llorar un poco. Aunque no tuvo mucho tiempo para llorar. Había una noria cerca y una pequeña huerta de la que aún quedaban algunas verduras…aprovecharía aquellos recursos mientras el comanche volvía. Y quizás entonces…las cosas se verían diferentes…
     
  11.  
    Andrea Sparrow

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    Luna Bermeja [El llanero solitario]
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    Comedia Romántica
    Total de capítulos:
    16
     
    Palabras:
    2603
    Cap. 11

    Toro se reunió con el Llanero en la comisaría.

    Había algo de gente. Ambos permanecieron afuera un rato con los caballos.

    - Yo creer que Wendigo McKinley deber muchas vidas, kemosabe.

    El Llanero asintió.

    - De esta nadie salva a James y a Benjamin McKinley. ¿Cómo dejaste a la señorita Margaret?

    - Ella estar bien…

    El rostro de Toro se notaba triste.

    - La quieres mucho, ¿verdad?

    - Sí pero…haber muchas cosas que separarnos…ya contarte…ahora, keemah.

    Entraron a la sala. La gente estaba algo preocupada y molesta por la presencia de Toro entre ellos.

    - ¡Un comanche!- murmuraron.

    El alguacil dijo.

    - El Llanero y su amigo Toro han traído a la corte a la banda de James y Benjamin McKinley, cuatreros, asesinos y forajidos buscados desde hace ya mucho tiempo en todo Texas.

    - Queremos que se vaya el comanche- dijo uno de los presentes

    El Llanero intervino.

    - Si me permite, señor alguacil. Señores…mi amigo Toro es de fiar, además, él ayudó en la captura de esta banda de asesinos. Está aquí como testigo y su testimonio es tan valioso como el de cualquier otro de los presentes…

    El alguacil aceptó.

    - Si el señor Llanero lo dice, es verdad. Comencemos.

    El juicio empezó. De la banda McKinley no quedaría nada de todo lo que se le había imputado. La gente más que juzgarlo, quería ahorcarlo ya o lincharlo. Pero el alguacil decretó.

    - El testimonio de quienes han intervenido en la diligencia es fiel y probable. Se enviará para la consumación de sentencia a James McKinley y su banda a la prisión del Estado.

    La audiencia terminó.

    El Llanero y Toro tenían que marcharse.

    - ¿A dónde ir, kemosabe?

    - Debemos seguir el tren que llevará a la banda de McKinley a la prisión para escoltar y evitar una fuga durante el trayecto.

    Toro dijo.

    - Te alcanzaré en un momento. Tengo que hablar con alguien.

    - ¿Con quién?

    - Yo explicarte después, kemosabe.


    Toro avanzó entre la gente y miró a su alrededor. Las mujeres de la vida fácil de la casa de Red. Algunas ya lo conocían y lo miraban con interés. No era la primera vez que Toro visitaba aquella casa ni que tomaba algo de lo que ahí se daba.

    Sin embargo, subió a buscar a Red directamente.

    - Señora- dijo Toro.

    Red levantó su rostro.

    - Ah, eres tú…¿dónde está el Llanero?

    - Nosotros ir a llevar a McKinley a prisión…

    - Ya veo…seguramente vienes a pasarla bien antes de irte…

    - No…yo venir a pedir otro favor…

    - ¿Favor? Espero poder ayudarte de nuevo.

    - Yo necesitar…comprar…vestidos…

    Red entornó los ojos.

    - No me digas que tú.

    - No, no comprenderme…yo querer vestidos para una mujer blanca…

    - Ah ya veo…seguramente para un regalo.

    - Eso…re-ga-lo. Yo darle vestidos…lucir hermosa…

    - Bien…¿cómo es la chica?

    - Blanca como la luna…rubia como el trigo…

    - ¿Tienes dinero?

    Toro le mostró unas monedas que les dieron de la recompensa pasada.

    - No es mucho pero alcanzará para un vestido decente. Pasa por aquí mañana y te lo entregaré. Ahora…¿puedo saber qué tienes tú que ver con ella?

    - No poder decirlo…¿hacerme favor?

    - Claro…tú y tu amigo limpian de alimañas el oeste, yo estoy muy agradecida por eso.

    Toro sonrió y se despidió.


    El trayecto hacia la prisión del Estado fue un poco pesado pero ambos amigos cumplieron con su cometido.

    Cuando entregaron a la banda, el juez quería entregar un reconocimiento pero ambos se marcharon rápidamente sin recibir ningún premio.

    Sin embargo, conforme subían una cuesta, el Llanero notó que Toro llevaba ya un reloj en mano.

    - ¿Qué fue eso, otro buen trueque?

    - Así ser…

    - ¿Y esta vez, fueron semillas de nuevo?

    - No…un ala de pájaro.

    - Por lo visto, el pájaro no se cansa de hacer trueques…

    - Quizás no pero esta vez…ser por una buena causa…

    El Llanero no entendió nada.

    Ambos volvieron a Colby. El Llanero se despidió de Rebecca. Toro le dijo.

    - Yo ir a ver como estar Margaret…

    - Toro…tienes que traerla a Colby, a la civilización. Habrá que traerla con alguien de confianza. Con Rebecca, por ejemplo.

    - Si ella querer venir…yo traerla…prometerlo.

    - Está bien. Entonces, ve.

    Toro se dirigió hacia la cabaña del río y ahí encontró a Margaret sacando agua de la noria.

    El comanche descendió del caballo y se acercó.

    - Hi-tai (hola).

    Margaret entendió eso como un saludo.

    - Volviste…-dijo ella.

    Toro descendió del caballo y la miró dulcemente:

    - Te traje…ropa tosí… Ein mah-heepicut…es tuya.

    Margaret sonrió. El rostro de Toro denotaba tristeza, de suerte que no se notaba muy contento.

    - Tú…vestirte…yo…vigilar…

    Salió mientras trataba de aguardar a que se vistiera mientras buscaba algo para comer.

    De pronto, escuchó un grito.

    - ¡Estás loco, indio Toro, si piensas que voy a ponerme esta ropa!

    Toro se acercó.

    - Yo creer que gustarte…

    - Pues no…no me gusta…especialmente porque no sé a qué clase de mujerzuela perteneció.

    El comanche estaba desconcertado.

    - Yo no entender…

    - ¿Ah, no? ¿Y me quieres decir entonces qué hace este papel de un tal “Red”. Aquí dice claramente: Teatro del absurdo…noches de placer y locura como no las encontrará en otro lugar…no soy tan tonta como para no saber de qué se trata.

    Toro giró ligeramente los ojos.

    - Cara de Luna ser testaruda, necia y tonta.

    - ¡Vuelve a llamarme tonta y…!

    - ¿Y qué? ¿Qué pensar hacerme? ¿Matarme? Yo no tener miedo a la muerte…además, ropa ser nueva…

    - ¿Puedo saber entonces por qué traes este papel? Claro…seguramente te fuiste a meter con alguna de esas mujeres y me trajiste su ropa, ya sé, quizás en un trueque.

    - ¿Por qué no comprender?- gritó Toro.- Yo comprar ropa, no hacer trueque. Yo jamás traerte ropa de otra tosí…yo tener dinero y con él pedir a Red ayuda para comprar ropa…y ahora…yo darme cuenta de dos cosas.

    - ¿Qué cosas?

    - Que tú ser testaruda y muy necia- dijo Toro con algo de molestia.

    Margaret se cruzó de brazos.

    - Creo que de eso ya te habías dado cuenta. Y yo acabo de darme cuenta también de que no eres el hombre bueno que creí…

    - ¿Estar con mujeres de todos ser malo? Yo no tener mujer…estar lejos de tribu…mujeres comanches no acercarse…yo tener que tomar mujeres que cobran…

    La muchacha hizo una pausa.

    - Todos son iguales…¿y de qué otra cosa te diste cuenta?

    Toro sonrió.

    - De que tú…estar celosa…

    - ¿Yo, celosa de esas mujeres? Por favor…ellas son unas mujeres sin clase…sólo son…prostitutas…no se pueden comparar con una mujer decente…

    - Ser verdad…Cara de Luna ser decente…y yo amarla…jamás comparar con nadie…keemah…ponerte ropa…ser tuya…sólo tuya…como corazón de Toro que yacer por tierra por ti…yo estar afuera, bañando caballo…

    Margaret se sintió mal por aquellas palabras. Toro era bueno y la quería y ella no había hecho más que juzgarlo.

    <iframe width="420" height="315" src="//Comanche RIding Song - American Indian Flute Music - YouTube" frameborder="0" allowfullscreen></iframe>

    Al poco rato salió Margaret vestida con la ropa que Toro le había llevado. Se acercó a él. Contempló su espalda ancha mientras bañaba el caballo. Toro la vio en el reflejo del agua.

    - Pe-nen-de pui (ojos de miel)

    - ¿Cómo me veo?

    - Como flor de primavera…

    Ella bajó los ojos. Toro se acercó y ella le dijo entonces:

    - Gracias, Toro…

    El comanche suspiró hondamente.

    - Ser tarde…nei- utsa-e-tah

    - ¿Qué quiere decir?

    - Tengo hambre…

    Eso hizo sonreír a Margaret.

    - Eso es fácil. He cortado algunas verduras de la hortaliza de la familia que vivía antes aquí.

    - Yo cazaré un animal.

    - Por favor, Toro…tlacuache no…

    - Entonces…perro…

    - No…

    - Ser broma…yo cazar liebre…

    La muchacha sonrió y asintió.

    Entrada la noche, ya estaban cenando.

    - ¿Qué sucedió con la banda de McKinley?

    - Nosotros llevar hasta prisión…allá juicio…terminar…colgados…

    Margaret suspiró.

    - Fue terrible lo que hicieron…bueno…también mi padre, si viviera, era justo que terminara así, ¿cierto?

    - Yo no poder decirlo pero…no poder pensar así…toquet…no pasar nada ya…-dijo Toro, acariciando levemente su barbilla.

    <iframe width="420" height="315" src="//Don&#39;t Let Go - Spirit Stallion of the Cimarron - YouTube" frameborder="0" allowfullscreen></iframe>

    Margaret no retiró el rostro…luego miró a Toro. Éste se acercó aún más y colocó su cabeza justo en el cuello de la chica diciendo a su oído:

    -Topsannah, tani-har-ro…flor de pradera en primavera…

    Margaret gimió ligeramente al sentir sus labios rozar su cuello suavemente. Trató de contener la respiración y no suspirar, pero no podía. Toro tenía razón…había estado celosa…y ahora era ella el sujeto predilecto de aquellos besos suaves en su piel…

    - Toro…

    - Toquet…no tener miedo…no lastimarte…tú dejarme…hacerte mía…

    Margaret cerró los ojos y dudó un poco…Toro paseó sus dedos sobre su ropa, a la altura de su pecho…pudo sentir su corazón agitado…los de la otra mano pasearon por sus labios…probó su saliva y la pasó por sus propios labios…

    - Pe-nen-de- (miel)

    Luego con caricias suaves apartaba las manos de Margaret para tener acceso a sus suaves senos. Margaret sentía una opresión en el vientre que la sometía a los deseos del comanche.

    Cuando sintió que su piel estaba siendo invadida por las manos expertas de Toro respingó y se incorporó.

    - Toro…no está bien.

    - ¿Por qué?

    - Porque…no sé…imagino que un hombre decente no toca a una mujer así.

    - Los tosí tivo que yo conocer no ser nada decentes…Toro no cree que hacer bien las cosas…¿tú saber cómo hacerlo?

    - No…-se apresuró ella a decir.

    - Entonces…si no saber cómo hacerlo los tosí tivo…tú dejar que comanche lo haga a su modo…

    Toro apretó ligeramente la piel de su cintura para subir despacio por sus senos. Despacio le quitó la blusa de algodón que cubría su pecho y pudo contemplar aquellos pechos dulces cuyos botones asomaban rosados y ligeramente levantados.

    - Yo mirarlos una vez…no olvidarlos…

    - Toro…-dijo ella tratando de que le explicara…

    Pero Toro no le dio tiempo…acercó sus labios al primero y lo succionó suavemente disfrutando la reacción de Margaret…luego fue hacia el otro y realizó la misma ardiente operación…momentos después pudo repetirla, esta vez con mayor fuerza hasta que ambos quedaron hinchados y erguidos como montañas altas…

    - Taabaa- dijo Toro- las montañas altas del horizonte…

    Margaret llevó la cabeza de Toro de nuevo a sus pechos…aquel glorioso contacto sólo producía en ella un efecto placentero y agradable que ya no quería dejar de sentir. Toro tomó posesión de sus labios y los beso apasionada e intensamente.

    Poco a poco fue recorriendo despacio y lentamente cada punto de su cuerpo…

    - La luna bañar tu cuerpo…yo cambiarte nombre…ser Cuerpo de Luna.

    Un gemido escapó de los labios de Margaret para ser apagado por la boca de Toro en los pliegues de su intimidad. Un beso suave erizó su piel…Margaret se mordía los labios de deseo…y tenía miedo. Toro se aventuró y lamió los pliegues en un beso ardoroso…ella estrujó la yerba para luego arañar la espalda del comanche al sentirlo socavándola suave y delicadamente…

    - Toro…no hagas eso…te lo suplico…

    Pero Toro no la obedeció…los labios del indio saboreaban a placer ese sitio, tan ardiente como sus labios…las protestas de Margaret cambiaron a gemidos de pasión.

    Sus dedos tocaron el sitio…

    - Estar húmedo…como el arroyo…tan cálido…como la del manantial cuando el sol la calienta…

    El gemido de Margaret fue acompañado esta vez de una súplica.

    - Toro…quiero ser tuya…hazlo despacio…por favor…

    Los ojos de ambos se encontraron…una sonrisa traviesa y tierna cruzó por los labios del comanche. Un beso suave a sus labios soltó la promesa.

    - Toquet…tranquila…confía en mí…tú temblar de miedo…pero también de deseo…tu rostro no mentir…tú desear a este comanche…y Toro también…morir de deseo…por ti…Koobe Mïa…

    Toro paseó de nuevo por toda su piel…sus pechos volvieron a ser devorados por él…y esta vez Toro se colocó justo frente a aquel manantial de pasión…su cuerpo fue buscando el punto exacto…sus dedos hurgaron un segundo…probó su sabor ardiente y su cuerpo comenzó a acomodarse…a amoldarse tiernamente…fue lento…Margaret lloraba…Toro también…pero fue entrando despacio…seguro de lo que hacía y también ansioso y feliz por poder tener entre sus brazos a su princesa de luna.

    Al fin, sus movimientos aseguraron el placer de ella…y de pronto, aquel obstáculo llegó. Toro se detuvo. Margaret lo abrazó…

    - Mi luna estar sangrando…-dijo tiernamente- esperar…

    Cuando pasó aquel torrente de dolor, Toro la besó de nuevo…buscó el momento exacto de entrar un poco más profundo…su forma de hacerlo generaba un placer intenso en ella…el dolor se transformó en oleadas dulces de placer…Toro saboreó de nuevo sus cimas al tiempo que se adentraba con mayor fuerza…Margaret gemía ya de lo lindo…ya no sabía lo que sucedía; sólo que estaba viviendo un momento muy hermoso…

    - ¡Toro! Te amo…sigue así…por favor…

    Toro gimió y dijo un par de palabras en comanche…parecía como un conjuro …uno más, como si suplicara a la noche que no le quitara a su Cara de Luna…y otro más, soltado al viento, para agradecerle al Gran Espíritu por aquel regalo.

    Ella lo apretaba contra su cuerpo hasta que nombró a Toro y gritó sin poder contenerse.

    Sólo entonces, Toro dio un último empujón y soltó aquella esencia candente que había guardado para ella.

    Momentos después, escuchaban tan sólo a las cigarras cantar y a los coyotes aullar a lo lejos.

    - Me siento muy feliz, Toro…

    El indio preguntó.

    - Entre comanches recién casados, el esposo preguntar a la esposa…si gustarle estar juntos…para él ser importante…dime…¿a ti…gustarte?

    Margaret sonrió.

    - Muchísimo…nunca pensé que se pudiera experimentar algo tan hermoso…

    - Ser la primera vez…quizás no haber sido tan hermoso…pero…poder ser aún más…claro…si tú…querer…

    La muchacha agregó.

    - Quiero…quiero que me hagas tuya, Toro, de nuevo.

    Él asintió.

    - No poder ser ahora…tú empezar…yo esperarte…

    - No será por mucho…le has dado a mi ser un giro inesperado…y yo sólo quiero estar a tu lado.

    - Yo llenarte de mi semilla…jamás abandonarte…si tú querer…poder llevarte con jefe Pukahut y ahí, frente al fuego…ser marido y mujer…

    - ¿Tú…harías eso?

    - Sí…¿y tú?

    - Yo…si pudiera…te llevaría con un cura y le pediría que nos convirtiera también en esposos…¿te gustaría?

    - Sí…estar bien…

    - Ahora…sólo quiero soñar entre tus brazos…Toro- dijo quedándose dormida poco a poco.

    Toro la acarició hasta que él también consiguió conciliar el sueño estrechándola contra su propio cuerpo desnudo.
     
    Última edición por un moderador: 27 Octubre 2016
  12.  
    Andrea Sparrow

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    Comedia Romántica
    Total de capítulos:
    16
     
    Palabras:
    1070
    Cap. 12

    La mañana los sorprendió. Toro despertó primero, y al notar que la luz incidía en el cuerpo de su bella Cara de Luna, buscó una manta y la cubrió. Se colocó el pantalón y se recostó junto a ella, mientras la cuidaba.

    Margaret despertó. Se miró desnuda bajo la manta. Se dio cuenta que había sido Toro quien la había cubierto y sonrió. Respiró el aroma del aire matutino. Se sentía un poco adolorida y algo hambrienta, pero había evidencia de que había pasado por ella un torbellino de pasión.

    Toro salió y regresó con algo para desayunar.

    - Buenos-días- dijo a Margaret.- Tú…comer…y vestir.

    - ¿Tú no vas a comer?

    - Yo…acompañarte…

    Se miraron profundamente. Margaret sonrió.

    - Me siento tan feliz, Toro…

    - Yo…también- dijo él con la mano.- Nunca haber sentido tan bien…comer…para tener fuerzas…

    Ella comenzó a comer. Él la contemplaba puesto que aún no se terminaba de poner la ropa.

    Margaret enrojeció.

    - Por favor, Toro…aún no me he vestido…

    - Tú decir…¿sentir pena de estar sin ropa frente a mí?

    - No es eso, Toro…es que…es algo incómodo.

    Toro sonrió.

    - Yo entender…ir dentro de casa…yo ir comiendo.

    Ella se levantó cubriéndose con la manta. Tomó el plato de verdura y le dio ligeramente la espalda.

    Se vistió y siguió comiendo.

    Toro se dio cuenta que se había vestido ya y entró a la cabaña.

    Las puertas tenían postigos que se cerraban con cerrojos de metal.

    Margaret se había terminado de vestir pero estaba de espaldas a la puerta. Toro se acercó, tras haber cerrado los postigos sin hacer ruido. Se colocó tras de Margaret y la abrazó por la cintura.

    Ella entrecerró los ojos sintiendo aquellas manos que la habían acariciado tan bien.

    - Toro…

    - Keemah…vamos…yo querer llevarte a un lugar hermoso…

    Margaret asintió.

    Toro añadió.

    - Pero primero…

    Apartó su cabellera y empezó a desabotonar la blusa estampada. Besó sus pliegues y pasó sus manos por los costados suavemente diciendo palabras dulces y fuertes a Margaret…

    - Sentirme…bella Cara de Luna…entregarte en mis brazos de nuevo…

    Ella arqueó su cabeza ligeramente hacia atrás. Toro la despojó de la falda lentamente y cubrió aquel cuerpo con el suyo, oprimiendo su virilidad contra su piel desnuda. Margaret notó aquel volumen y bajó una mano. Quería sentir su pecho. Se volvió frente a él y se abrazó a su espalda ancha besando sus labios.

    Toro la tomó en sus brazos y la llevó a un camastro que había en el interior de la cabaña. Ahí acomodó unas mantas y se despojó del resto de su ropa.

    - Mi luna…por fin…estar entre mis brazos…ser mía…

    Margaret gimió. Ahora que la luz era un poco más intensa, pudo ver aquel cuerpo moreno y rojizo tan sensual y encendido que casi muere de placer.

    Pero Toro no la dejó pensar…la besó apasionadamente para después recorrer su cuerpo sin descanso. Besó, saboreó, devoró cada poro de su piel. Los sonidos que ambos generaban eran exquisitos y placenteros.

    Muy pronto la acomodó sentada en aquellas mantas y le mostró una forma muy ardiente de acometerla.

    - Toro…

    - Tranquila…gustarte…

    Y así, enfebrecidos, acalorados por las caricias, se fueron uniendo, mientras Toro le enseñaba a poseerse así, sin tapujos…

    - Es muy delicioso…

    - Sí…ser dulce y rico- gemía Toro ardiendo de placer, mientras la observaba gemir ante su contacto.


    Bien pronto, era ella ya quien estaba sobre aquel cuerpo intentando moverse para él. Toro la sostenía para que no cayera al tiempo que le enseñaba a encontrar puntos de gozo extremo.

    Al fin ella gritó su nombre y se desplomó sobre el pecho del comanche quien temblando liberó la tensión tras ella y la sintió soltarse con lasitud y serenidad.

    - Ha sido hermoso- dijo ella.- Más hermoso…cada vez…

    - Ser verdad…-respondió Toro, jadeante.- Yo no creer que poder dejar de hacer esto…tú robarme el corazón, mah- tao- yo…

    Aquel día, Margaret y Toro corrieron sobre Scout por la campiña, nadaron en el río…volvieron a hacer el amor en el campo, sobre una escarpada roca. El universo entero compartía aquel vínculo que los fundía en uno solo.

    Sin embargo…faltaba la otra parte de la historia de amor…como todas, debía haber algo de dolor más allá de tanto placer…


    Toro volvió a caballo con Margaret a la cabaña. Tras cenar, a punto de irse a dormir juntos y felices, tras un beso de amor, Toro le dijo.

    - Cara de Luna…Mar-ga-ret…tener que llevarte a Colby…con tosí tivo.

    - ¿Por qué?

    - Porque…deber ser así…kemosabe decirlo…

    - Tu kemosabe no sabe nada del amor…pudiendo ser feliz al lado de la mujer que quiere, prefiere seguir sufriendo.

    - No decir eso…Kemosabe saber amar mucho a Rebecca Ojos índigo. Justicia ser más importante…

    - ¿Para ti también?

    - En corazón mío luchar juntos amor y justicia…las dos vencerme…

    Margaret sonrió.

    - Te entiendo, Toro…mi amor…

    El indio sonrió.

    - Entonces…llevarte…con Rebecca Ojos índigo…

    - No…primero…quiero que hagas algo por mí. Sal un momento y entras cuando te llame.

    - Ai-ee- (bien).

    Cuando Toro fue llamado, ella estaba vestida con la ropa comanche que le había regalado.

    - ¿Por qué ponértela…?

    - Llévame con los comanches…ahí…te diré lo que haré.

    La subió al caballo. Llegaron de noche a la tribu. Ahí, el jefe Pukahut saludó.

    - ¿Qué hacer aquí, Toro, con mujer tosí tivo?

    - Leyenda hacerse realidad…Koobe Mïa ser del comanche…

    - Tú sufrir, Toro…mucho…

    - Ella querer decir algo…

    Margaret se acercó y le dijo al jefe algo que hizo sonreír al anciano.

    - ¿Qué decirle?

    El jefe le dijo a Toro.

    - Tu tosí mah-co-hua- decir que querer…ser tu esposa frente a tribu…¿tú estar de acuerdo?

    Toro le tomó la mano emocionado.

    - Sí…yo querer…keemah…venir…

    Entonces Toro la acercó al fuego. El jefe Pukahut llamó a la gente.

    Ahí frente al fuego, Toro dijo:

    - Suvate…tosí mah coh-hu –eeh-mah-heepicut- está hecho. La mujer tosí es mía.

    La tribu contestó.

    - Suvate…

    Entonces, todos comenzaron a danzar en círculo alrededor del fuego.

    Margaret y Toro eran ahora oficialmente marido y mujer frente a los comanches…
     
  13.  
    Andrea Sparrow

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    Luna Bermeja [El llanero solitario]
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    Comedia Romántica
    Total de capítulos:
    16
     
    Palabras:
    1016
    Cap. 13

    Toro suspiraba dentro de aquel teepee abrazando a Margaret, quien yacía entre sus brazos, sobre algunas pieles, acariciando el pecho del comanche.

    No había palabras de momento. Sólo suspiros y besos suaves.
    - Cara de Luna, yo querer contarte secreto…
    - Dime, Toro…
    - Tú…enseñarme a besar…
    Ella sonrió.
    - ¿Ustedes no besan a sus mujeres?
    - Sí…pero no en la boca…
    - ¿Por qué?
    - Quizás pensar que de ahí salir espíritu del alma…
    - Es razonable…y dime…¿te gusta que te bese?
    Toro saboreó sus labios alocada y tiernamente.
    - ¿Eso responder tu pregunta?
    - Sí…-susurró dulcemente.
    Ambos seguían pensando en los momentos que acababan de vivir.

    Momentos antes, Toro había enseñado a Margaret formas dulces y tiernas de amar…le había mostrado lo dulce que es apretar la piel de ella hasta enrojecerla ligeramente a fin de tensar el músculo y así provocar en ella un deseo importante.


    Luego, saborear su piel hasta el paroxismo, de tal forma que ella sólo pensara en sentirlo dentro.


    Pero lo más hermoso, fue mirar a cada instante la ternura de sus ojos. La mirada pura de Toro era algo que ella no cambiaría por la mirada de ningún blanco. Los ojos del comanche eran cristalinos y llenos de fuego. Eran sinceros e inocentes. Sin embargo, también tenía la fiereza del ave que sobrevuela las altas montañas.


    Su voz ronca decía cosas tiernas y ardientes que la enamoraban. Como los rugidos de un animal en celo. Todo en él era salvaje y pleno como la tierra, como el agua…natural.


    Margaret aprendió a satisfacer a su comanche mostrando su cuerpo de luna y entrecerrar su propia piel sobre su cuerpo a fin de soportar la presión hasta hacerlo casi estallar y así generar espasmos placenteros en los dos.


    Leves golpes en sus glúteos provocaban emociones incontenibles, hasta conseguir que la semilla de él se desbordara tras haber visto la piel de ella enrojecida y su respiración agitada encontrar un estallido tremendo.


    Habían respirando hondamente hasta encontrar la calma.


    Momentos después, Toro le decía:


    - ¿Qué me hiciste, Cara de Luna? Yo no poder dejar de pensar en ti…
    - Ni yo en ti…Toro…
    Tras los besos tibios y caricias que hablaban más que las palabras, mientras Toro la sostenía por la cintura, el comanche comenzó a balbucir:
    - Linda…tener que llevarte con Mujer de ojos índigo…claro, si tú querer…
    Ella suspiró.
    - Si voy con ella…¿volveré a verte pronto?
    - No saber si muy pronto, pero sí volver a verme…yo ser tu esposo…tú mía…ser uno solo…
    Esas palabras causaron en ella la necesidad de volver a besarlo.

    Al poco rato, salieron juntos montados a caballo. La distancia era larga. Sólo se detuvieron para bañarse juntos y para comer algo antes de llegar a Colby.


    Toro la dejó justo en la entrada del pueblo. Ella lo abrazó con fuerza.
    - Te voy a estar esperando…
    - Yo volver…-dijo él serena pero tristemente.
    Un beso los unió, para luego ver Margaret cómo desaparecía el comanche en Scout para encontrarse con el Llanero.

    Dos meses después…


    El Llanero y Toro seguían la pista a un forajido que parecía había estado junto a la banda de McKinley.


    - No entiendo…este tipo debió haber escapado quizás.
    - O tal vez estar escondido…actuar como la kwasinabo- dijo Toro.
    - Seguramente, amigo. Vamos a seguir sus huellas.
    Toro estaba un poco pensativo.
    - Ya sé en quién estas pensando, Toro- dijo el Llanero.
    - Ahora leerme el pensamiento, kemosabe…
    - Será porque yo también pienso en alguien, como tú…
    Toro miró con tristeza hacia la cabaña, donde había estado con Margaret. ¡Cuánto daría por volver a estar junto a ella!
    Margaret había decidido ocupar la casa junto al río para no ocupar demasiado espacio en el pueblo junto a Rebecca. Sin embargo, podía ir y venir cuando quisiera.
    Una tarde, mientras terminaba de tender algo de ropa, se dio cuenta que algo en su vientre se movía.
    - Estoy segura que es cierto- pensó.
    No había dejado de pensar cuando alguien llegó por el camino. Venía algo cansado y sediento.
    - Mujer…¿puedes darme un poco de agua?- preguntó aquel hombre.
    Margaret se acercó.
    - ¡Thomas Reagan! ¿Qué haces aquí?
    - Vengo de un largo viaje…¿y tú, qué haces aquí, Margaret?
    - Es largo de contar…pasa..
    Thomas se apeó del caballo y recibió el agua que pedía, tanto él como el animal.
    - Está muy bonita esta cabaña.
    - Aquí vivo desde que mi madre y mi hermana murió. McKinley se encargó de ello.
    Thomas movió la cabeza.
    - Infeliz…algo supe…no estuve mucho tiempo en Texas. Dime…¿sabes si podría hospedarme en Colby?
    - Probablemente.
    Reagan la miró sonriendo.
    - Te ves muy linda, Margaret. Siempre me has gustado mucho…
    Ella le dio la espalda.
    - Thomas…no hables de eso, por favor. No tienes derecho…
    Thomas cambió de tema.
    - Perdóname…bueno…pues, gracias por el agua…voy hacia Colby. Tal vez nos veamos pronto…
    Margaret lo dejó marchar. Pero algo dentro de ella le decía que aquel hombre no era de confianza.

    Mientras tanto, Toro y el Llanero fueron hacia un campamento comanche. Le habían prendido fuego y había comanches muertos.
    - Seguramente ser ese maldito tosí- dijo Toro- Wendigo Reagan.
    - Sí, Toro. Debemos averiguar qué lo motivó.
    Toro se acercó hacia el jefe.
    - Fue el oro…mina de oro estar cerca de aquí…
    - Vamos entonces hacia allá- dijo el Llanero.
    Cabalgaron hacia un montículo donde parecía haber rocas grandes.
    De pronto, un balazo de la nada cruzó por el cielo y se fue a encarnar cerca del corazón de Toro.
    - ¡Toro! Resiste, amigo mío- dijo el Llanero.
    Lo ató a su caballo y lo vendó, jalando a Scout con Silver camino a la sierra.
    - Tú me salvaste un día la vida, Toro. Yo voy a hacer lo mismo contigo, amigo mío- dijo el Llanero…
    El indio sangraba profusamente…quién sabe si podría soportar mucho tiempo más…
     
  14.  
    Andrea Sparrow

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    Comedia Romántica
    Total de capítulos:
    16
     
    Palabras:
    1290
    Cap. 14

    Toro estaba casi inconsciente. Deliraba y nombrara a su Cara de Luna. El Llanero lo curó de la forma que el comanche le había enseñado a hacerlo.

    - Tranquilo, Toro…resiste…tienes que ponerte bien…me haces falta…le haces falta a Margaret también…respira, trata de recuperarte, por favor- solicitó casi en una súplica.

    Mientras tanto, Margaret volvió a casa de Rebecca para ayudarle a cuidar a Daniel, cuando escuchó rumores en el pueblo.

    Un hombre bajaba por el centro, algo cansado.

    - ¿Quién es usted?- preguntaron.

    Margaret se asomó. Lo reconoció.

    - Hay un prófugo de la justicia…-dijo jadeante- dicen que libró un combate con el Llanero y su amigo el comanche…les dispararon, nadie sabe dónde están.

    Ambas mujeres se preocuparon en demasía.

    - ¿No pudieron verlos?- preguntó Margaret.

    El hombre negó.

    - No…el forajido atacó a una tribu comanche…le prendieron fuego a las casas…es un asaltante…yo me libré de milagro- observó.

    Margaret dijo a Rebecca.

    - Permítele pasar. Se llama Thomas… es un amigo mío de la infancia.

    Rebecca accedió a recibirlo en su casa mientras se recuperaba del susto.

    Margaret conversaba con Rebecca.

    - ¿Dónde podrán estar?

    - No lo sé…si tan sólo pudiéramos encontrar a sus caballos…


    Toro seguía delicado. La bala había entrado en su carne profundamente.

    - Iría a buscar a los comanches pero…no puedo dejarte solo…tengo que hacerlo yo- dijo tratando de sacar la bala de su pecho.

    Toro jadeaba profundamente y deliraba en su lengua, llamando a su Koobe Mïa.


    En tanto, Margaret despertó asustada, bañada en sudor.

    Rebecca se acercó.

    - ¿Qué tienes, Margaret?

    - Tengo miedo…escuché la voz de Toro en mi cabeza…

    - No digas eso…debe ser tu imaginación…

    Margaret la abrazó.

    - Rebecca…estoy esperando un hijo de Toro.

    Rebecca la estrechó.

    - Margaret…es hermoso pero…también es delicado…no cualquiera aceptaría a un hijo de un indio…

    - Lo sé…pero él…no puede estar vivo…escuché que ese hombre dijo al alguacil que estaba muerto…

    - ¡No! No puede ser…

    - Tranquila, Margaret….debes descansar, ahora más que nunca…


    Al día siguiente, se hizo oficial. El Llanero y Toro estaban muertos. Nadie había encontrado sus cuerpos.

    Thomas fue a ver a Margaret.

    - Linda…¿puedo hablar contigo?

    - Dime…

    - Ahora que ese forajido anda suelto y que ha acabado con los héroes de Colby…no tienes nada que hacer sola…será mejor que…vengas conmigo…quiero casarme contigo…

    Margaret negó.

    - No podría…perdóname…tengo que contarte algo pero espero que seas prudente.

    - Dime…

    - Estoy…esperando un hijo de Toro, el comanche…

    Thomas entreabrió los labios y dijo.

    - No me lo esperaba…es algo…delicado…lo amabas, supongo…

    - Mucho- dijo ella.

    - No te preocupes…si él está muerto…ahora yo podría hacerme cargo de ti y del niño. Para mí sería como un hijo, de verdad…

    - ¿En serio?- preguntó Margaret.

    - Así es…tranquila…será mejor que nos casemos y nos vayamos pronto de Colby antes de que ese hombre regrese. Igual y si sabe que tú vas a tener un hijo de Toro, quiera deshacerse de ti…

    Margaret pensó que quizás ese hombre tenía razón.

    - Está bien…sólo dame un par de días y nos casaremos…

    - Claro, Margaret…eso haremos…gracias por aceptarme…

    En tanto, Toro se recuperaba. El Llanero lo acompañó hasta las afueras de Colby.

    - Ese hombre está más cerca- dijo el Llanero.

    - Y habrá que cazarlo- comentó Toro.

    - Me enteré que Margaret…va a casarse…con Thomas Reagan…

    - ¿Casarse? No poder…ella ser mi mujer…además, Wendigo Reagan ser malo…ella correr peligro…

    - Lo sé pero…quizás ella tenía miedo. Debes ir a impedirlo…

    - Yo no permitir que ella ser mujer de Wendigo Reagan…

    Tres días después…


    En aquella comunidad, una boda estaba a punto de celebrarse.

    Rebecca estaba muy triste…tenía miedo de lo que pudiera pasar. Habló con Margaret y le preguntó.

    - ¿Estás segura de lo que vas a hacer?

    - No lo sé…sólo que…no puedo arriesgar la vida de mi bebé, teniendo a ese forajido libre…

    Rebecca asintió, aunque no convencida.

    Thomas llegó a la boda, confiado, seguro y demasiado tranquilo. Quizás porque tenía evidencias de la mina de oro, y había ya enviado gente a trabajar para extraer lingotes del metal.

    La boda comenzó.

    - Estamos aquí reunidos para celebrar el matrimonio de Margaret y Thomas. Ahora pregunto a Thomas: ¿aceptas a esta mujer como tu legítima esposa?

    - Acepto- dijo Thomas.

    - Margaret…¿aceptas a Thomas como tu legítimo esposo…?

    Margaret lo miró…no sabía qué contestar…de pronto, escuchó un balazo y el relincho de un caballo.

    <iframe width="560" height="315" src="//YouTube" frameborder="0" allowfullscreen></iframe>

    - Tú…rendirte, Thomas Reagan…

    Margaret salió.

    - ¡Toro!

    - ¿Por qué estar vestida así, Koobe Mïa? ¿Tú…casarte con ese tosí? Tú…ser mi mujer…

    - Creí que estabas muerto…tanto tú como el Llanero.

    - Pues ya vio que no, señorita Thompson. Y tú, Reagan…ríndete por robo y asesinato…

    Thomas sacó su arma.

    - No me voy a entregar…y si intentan atraparme…la mataré…

    Margaret se volvió frente a él.

    - Creí que eras bueno, Thomas…pero eres un asesino…

    - Ahora que ya sabes lo que soy, será mejor que no hables o puedo matarte antes de tiempo…

    Subió al caballo y salió corriendo llevando a Margaret consigo.

    Toro y el Llanero salieron corriendo tras de él.

    Avanzaron hacia un monte muy alto. Reagan disparaba desde arriba.

    Toro esquivaba las balas y esperaba.

    - Habrá que esperar a que acabársele balas…

    - Mientras tanto yo voy a cercarlo…

    Margaret lloraba.

    - Por favor, Thomas…déjame ir…estoy embarazada, lo sabes…

    - Sí…estás esperando un bastardo de ese indio…si quiere atraparme tendrá que venir por ti primero…

    - Déjame…te lo pido…

    Pero el hombre estaba molesto. Por fin, las balas se le terminaron.

    Margaret se quedó en el picacho.

    Toro subió despacio, mientras pedía ayuda al Gran Espíritu del Ave.

    El Llanero llamó a los comanches haciendo una señal y cuando todos descendieron lo atacaron y se desbarrancó.

    Pero Margaret no podía bajar.

    Toro la miró con ansiedad.

    - Cara de Luna no poder bajar…

    - Espera…sube con cuidado por ella…

    Toro subió despacio. Tenía miedo. Margaret se sentía mareada. Estaba detenida de una gran roca.

    - Toro…por favor…ayúdame…me voy a caer…

    - Esperar…ya ir por ti- dijo Toro.

    Los minutos se hicieron eternos, hasta que Toro pudo sostener el cuerpo frágil de Margaret que pendía de la roca.

    En cuanto la sostuvo la abrazó con amor. Margaret sintió sus brazos sostenerla y bajar con ella.

    - Ahora no bajar para probar fuerzas…

    - No- dijo ella con lágrimas en los ojos.

    Cuando estaban tranquilos, Margaret le dijo.

    - Ven, Toro…coloca aquí tu mano…

    Toro tocó suavemente su vientre…

    - No…tú estar…

    - Sí…hay un hijo tuyo dentro de mí…

    El Llanero no lo sabía.

    - ¿Por qué están tan contentos?

    Toro no quiso contarle todavía.

    - Es que…pensar que casi no contarla…

    Pasado un rato, el Llanero dijo a Toro.

    - Amigo…tú debes entender. Ella no puede ir contigo porque tú y yo siempre estamos expuesto a los peligros. Debes ser consciente…ella tiene derecho a ser feliz.

    - Yo saberlo…-dijo Toro.

    - Aún así…ella, si quiere, podría esperarte…

    - Tú tener razón…yo hablar con ella…tranquilo, kemosabe. Mañana temprano marcharnos…

    Toro fue donde Margaret y hablaron largo y tendido casi hasta que amaneció.
     
    Última edición por un moderador: 27 Octubre 2016
  15.  
    Andrea Sparrow

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    16
     
    Palabras:
    1035
    Cap. 15

    Aquella noche, más que hablar, Margaret y Toro la pasaron besándose y enamorándose frente a la naturaleza.

    - Has sido muy valiente- dijo ella- creí que te iba a perder para siempre.

    - Tú no tener miedo, Koobe Mïa…Gran Espíritu siempre saberte guiar hasta mí…si yo faltar…

    - No digas eso- susurró Margaret suavemente abrazándolo.

    - Si yo faltar…tú estar bien…y yo saberlo, Gran Espíritu decirme que mujer de Toro estar bien…

    - Tengo miedo de estar lejos de ti…

    - Yo llevarte mañana a Colby…

    - No quiero irme…

    Se echó en brazos del comanche. Y él, volvió a llorar como cuando era niño.

    Y así, llorando, permitieron que las emociones los desbordaran. Tenía que ser así. Era el momento oportuno.

    Y aquella noche, la pasaron por fin amándose tierna y dulcemente.

    Toro la besaba alocadamente y ella perdió el suelo. El comanche la despojó despacio de su ropa y acariciando su vientre rozó su cuerpo, percibiendo la vida que ahora crecía dentro de él.

    - Ser mestizo…él sufrir…los tuyos y los míos no quererlo…pero tú y yo, sí.

    Margaret susurró entre lágrimas y deseo:

    - Con eso le bastará y ambos daremos nuestra vida para que él sea feliz…

    Y así lentamente Toro fue buscando sus labios para rozarlos y luego descender hasta sus pechos que ya lo esperaban para sentir su sabor.

    Margaret guió su boca para que encontrar el lugar. Las manos de él fueron las primeras en rodearlos suavemente hasta conseguir su elevación. Ella burlaba su mirada tratando de distraerlo pero el comanche era hábil.

    - No ser traviesa…yo verlos ya…ahora…querer probarlos…

    Entonces sus labios y sus dientes apresaron aquellas cimas, generando en ella jadeos y susurros dulces.

    Pronto sus labios pasearon por toda su piel, bordeando con su boca también sus glúteos…sus piernas…los pliegues femeninos que ya lo anhelaban.

    Fueron momentos de indecible placer…Toro la sostenía por la cintura para ayudarla a moverse lentamente…no quería lastimarla ni presionarla. Sin embargo, esa forma de seducirla era tan deliciosa que él mismo favoreció el contacto para que Margaret jamás olvidara aquella noche.

    El éxtasis les llegó casi al mismo tiempo.

    Abrazados temblaban por algo de frío y ella preguntó.

    - ¿A dónde irás?

    - Con kemosabe…nosotros estar siempre pendientes de la justicia…nunca terminar de encontrarla…

    - Te admiro…

    - Tú estar bien…yo saberlo…quizás ser verdad lo que decir leyenda…

    - ¿Ahora sí me la contarás?

    - Sí- dijo Toro.

    Entonces le contó la historia en la que Taabe y Mïa tenían que vivir separados.

    - Tienes razón…quizás tenga que ser así…pero siempre unidos, pendientes el uno del otro…

    Un largo beso mantuvo a los amantes unidos hasta el amanecer…


    El Llanero bajó hasta donde estaba Rebecca.

    - ¿Ya te vas?- preguntó ella tratando de que no se marchara.

    - Sí…es sólo que Toro no ha regresado.

    - Ya lo hará…se está despidiendo de Margaret. Creo que la llevó a ver a alguien…

    - ¿A quién?

    - No lo sé…ya no quise preguntar más. Déjalos…será duro para ellos estar separados.

    El Llanero, John Reid también estrechó a Rebecca.

    - Como nosotros…eso lo entiendo. Danny, por favor, cuida a tu madre…

    - Sí, tío John- dijo el muchacho, abrazando al Llanero.

    A solas, Rebecca dio un beso a John diciendo.

    - Johnny…cuídate mucho…

    - Lo haré por ti y por Danny…quisiera poder saber que hay alguien más con ustedes que nos espera…

    - Lo sé pero…no sería bien visto que eso sucediera.

    - Un día, Rebecca…te lo aseguro…te haré mi esposa…

    Rebecca le dejó marchar con el corazón dolorido.


    Un rato después, Toro lo alcanzó en la cañada.

    - Pensé que te quedarías…

    - No poder…yo seguir mi destino- dijo muy seguro.

    - ¿Dónde te metiste toda la mañana?

    - Yo tener que despedirme de Cara de Luna…ella quedarse sola…tener que asegurarme que estar bien…

    Vio brillar en su mano un anillo.

    - ¿Y eso?

    - Me lo dio Cara de Luna…es prenda de que yo volver…

    - Algo así como un buen trueque- sonrió el Llanero.

    - Ser más que eso- aseguró el comanche.


    Había pasado ya un año.

    El Llanero y Toro tenían mucho que hacer. Había forajidos que no terminaban de buscarse problemas.

    Pero la leyenda de ambos seguía viva. Algunos decían que estaban vivos…otros, que eran fantasmas. Mas ellos se encargaban de nutrirla con nuevas aventuras.

    Tras llevar a dos cuatreros a prisión, Toro llevó al Llanero por la pradera hasta la cabaña.

    - Pudimos haber cruzado la llanura por el otro extremo, Toro.

    - Esta vez no, kemosabe. Tú venir conmigo…yo mostrarte algo…

    Avanzaron lentamente. Llegar al borde del río los alejaba del otro extremo de Texas.

    - Si nosotros tardar…volver en tren- rió Toro.

    El Llanero negó.

    - Nunca cambiarás…

    De pronto, una figura femenina asomaba por la puerta.

    - Ahí está tu Cara de Luna…

    - Sí…estar ella…pero ya verás…

    Avanzaron hasta ahí y entonces el Llanero distinguió bien. En los brazos de la joven había un pequeño moreno de ojos claros.

    - Toro…-dijo el Llanero…

    - Él ser pe-nan-de-pui (Ojos de Miel). Da-vid…

    El Llanero sonrió a Margaret.

    - Dijo que se llamara como mi padre…ya lo ha perdonado, como yo.

    - Me alegro por ustedes…

    - Tú quedarte…pasar noche aquí, kemosabe- dijo Toro.

    - Por supuesto…gracias, Toro- asintió su gran amigo.

    Se apearon del caballo. Avanzaron hacia el interior mientras desmontaban y amarraban los caballos.

    Margaret bajó lo que el comanche llevaba.

    - ¿Otra vez?- preguntó.

    - ¿Otra vez, qué?- insistió el comanche.

    - Traes el papel de Red. ¿Acaso crees que soy tonta?

    - Tú ser tonta…y necia- dijo Toro.- ¿Cuándo no pensar mal?

    - Te vas mucho tiempo y regresas con esto…

    El Llanero rió. Aquellos dos siempre pelearían pero siempre se reconciliarían.

    - Tal vez esos dos no pueden estar mucho tiempo juntos…-dijo quitándose la máscara. Por el momento, no era necesario portarla. Pero quizás no por mucho tiempo…
     
  16.  
    Andrea Sparrow

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    Palabras:
    8
    FIN. No avisé pero ya estoy de vuelta!
     

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