One-shot Lazos eternos [Cuentos Udienses]

Tema en 'Mesa de Fanfics' iniciado por GalladeLucario, 9 Abril 2019.

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    GalladeLucario

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    Escritor
    Título:
    Lazos eternos [Cuentos Udienses]
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Amistad
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    1969
    Actividad para mi propia actividad (?), "Cuentos Udienses". Basado en el pokémon Honedge-Udan. ¡Espero que os guste! :D

    Aquel día amaneció como un día más. Uno de su agradable y tranquila rutina. Despertó con tranquilidad, vistiéndose con sus ropas sencillas y holgadas, descamisado completamente, y agarró uno de los cestos de mimbre donde guardaría las piezas del día.

    Era pescador, y diariamente, repetía el mismo ritual: despertaba en la mañana, cogía su cesto, y caminaba desde Kikabila, su ciudad, hasta Mkuu, atravesando su “lugar de trabajo”, las charcas. Acostumbraba a contemplar su figura en las cristalinas aguas de las charcas: era alto, musculado, de tez bastante oscura y ojos negros y profundos, con un cabello rizado, corto, amontonado en su cabeza. Siempre tenía un cinto de tela blanca colocado bajo su frente, eso sí, pues pasaba demasiadas horas bajo el incipiente sol, y el sudor terminaba por bañarle si no tomaba medidas.

    Como fuese, su objetivo, siempre, era la capital de Udan. Allí compraba, todos los días, entre tres y cinco anzuelos, dependiendo de cuántos le hubiesen quedado del día anterior. Ese día, por fortuna, le bastaría con comprar uno, ¡aún acumulaba cuatro del día anterior!

    —Me llevaré uno hoy, Duka. No creo que necesite más —le dijo al tendero del mercado a quien le compraba los anzuelos, colocando las joyas correspondientes en sus manos. Su rutina era tan repetitiva que aquel hombre, al que visitaba a diario, era ya como parte de su familia, ¡no en vano lo veía más que a cualquiera de sus amistades o familia!

    —Vaya, ¿buena pesca ayer? ¿Salieron buenos los anzuelos? —preguntó el tendero, curioso. Un asentimiento feliz de parte del comprador bastó para que, sonriente, diese media vuelta y buscase entre sus mercancías—. Me alegro, últimamente los pescadores se me quejan de que la tirada anterior se rompía mucho. Te daré este, pues. Está recién tallado, ¡primera calidad, solo para mis mejores clientes!

    Enfocó, pues, sus ojos en el anzuelo que tenía en las manos. Solía ser un anzuelo grande, de madera y roca, alargado y fino en la punta, con un largo trozo de tela atado al extremo superior. Tenían una funcionalidad rudimentaria, pero muy práctica: los pescadores agarraban la tela y arrojaban el anzuelo al agua, agachados para que llegase lo más profundo posible. Cuando alguna criatura subacuática picaba, tiraba de ella con fuerza, y lo sacaba del agua. Si era una presa válida, ¡genial! A la vuelta en Kikabila, le darían unas cuantas joyas por ella. Cuantas más piezas pescase, más vendería, más joyas ganaría, y más anzuelos podría seguir comprando. Era un ciclo que, a veces, dependía del azar en gran medida: el azar del número de clientes que querría su pescado, el azar de la durabilidad de los anzuelos de aquella jornada (que, dependiendo de la calidad o la fuerza del pez, solía romperse con el uso), del azar de los peces que picasen y su tamaño mayor o menor… pero ese azar, de algún modo, le daba cierta emoción a su trabajo.

    … o de eso trataba de convencerse, pues, en el fondo, esa rutina, para otros tediosa, no era especialmente divertida para él. Solo era su forma de poder soportar el transcurso de los días, que de otro modo serían lentos, tristes… cargados de profunda amargura.

    —Excelente, ¡muchas gracias, Duka! —exclamó con alegría, listo para regresar a las Charcas, con su nuevo anzuelo colgado de la cintura, junto a los otros cuatro que llevaba ese día.

    Siempre pescaba en el mismo y exacto punto de las grandes aguas que había en las Charcas Mabwawa: un lugar muy concreto, que significaba mucho para él. Y no porque fuese el mejor lugar de pesca; no le importaba pescar menos aquel día, él se negaría, en todo caso, a cambiar de sitio. Porque ese sitio, justo ese sitio, era tremendamente importante para él.

    Aquel día no fue distinto, en absoluto. Al menos, no fue distinto hasta que se colocó en su lugar de siempre, lanzó su nuevo anzuelo, como siempre, se agachó, como siempre, y esperó… como siempre.


    Mientras estuvo esperando a que su presa picase, comenzó a perderse en sus recuerdos. También era algo que solía hacer siempre. Y pensó en el rostro de su mejor amigo, la persona que le daba vida. Su compañero de trabajo, de risas, de juergas, de alegrías, de penas. Recordaba cómo, todos los días, ambos paraban a pescar en las charcas, y competían por ver cuántos peces pescaban ese día. “¡El que atrape un Bruxish le da al otro la mitad de las ganancias del día!”, solían decir a veces: esos pescados se pagaban muy bien, pero eran tan feos que solían ponerse ese “hándicap”.

    … ah, con su amigo era todo mucho más emocionante. Mucho mejor. Su trabajo ya no era un trabajo, y su rutina no era una rutina. Él lo convertía en un juego, en una aventura, distinta cada día.

    Pero ya no estaba con él.



    —¡Auch! —exclamó, de pronto, al notar cómo el trozo de tela, enredado en su muñeca, parecía estar apretándole con fuerza. Extrañado, lo aflojó con ayuda de la otra mano, y sacó el anzuelo.

    Nada había picado.

    —Qué raro —dijo, en voz alta, antes de arrojar de nuevo el anzuelo.

    Y se volvió a perder en sus recuerdos, en sus sentimientos. En la memoria de su camarada.


    Fue un fatídico día cuando lo perdió. Estaban, como siempre, compitiendo, buscando los mejores lugares para pescar. Siempre que se cruzaban, al cambiar de posición de pesca, su amigo, que era increíblemente alto, le revolvía el pelo y le daba una colleja, y eso solía molestarlo, pero no podía sino reconocer, ahora, que lo echaba mortalmente de menos.

    Y fue justo aquel día, el último día en que lo vio, cuando, viéndolo desde lejos, ambos escogieron puntos muy distantes para su pesca. De pronto, tras un rato de aburrimiento en el que ninguna pieza picó, se percató de que su amigo, desde lejos, pugnaba con esfuerzo contra un pescado, que parecía tener más fuerza que él. No le prestó más atención de la que estimó necesaria, y se quedó preocupado por sus asuntos, sin acudir a ayudarle.

    Y aquel fue el peor de sus errores, el error que le perseguiría día tras día.



    —¿Eh? —salió entonces de sus pensamientos otra vez. Esta vez, algo parecía haber picado, pero, pese a que notaba la presión, la fuerza ejercida, él, pescador más que experimentado, notaba algo raro. No había ningún pez tirando, no notaba un mayor peso, ni un movimiento típico de los Magikarp, de los Wishiwashi, ni siquiera el peso de un Dhelmise.

    Volvió a sacar el anzuelo, y, como esperaba, se dio cuenta de que no había nada. ¿Qué tiraba de él, entonces?

    Por tercera vez tiró el anzuelo al agua, y por tercera vez, volvió a recordar.


    Su error. Su error fue no ayudar a su amigo. Pensar que no necesitaba ayuda. “Si le hubiese ayudado, ahora seguiría vivo”, ese era el pensamiento que le torturaba día tras día.

    Porque lo que salió del agua, lo que peleaba contra su camarada, no era un pez. Era un Pokémon que rara vez salía de las profundidades, que rara vez agredía a los humanos… pero que no dudó en salir, que no dudó en agredir a su amigo.

    … un Dragalge emergió, con un salto, y clavó su pico, su boca afilada, en el pecho de su amigo, perforándolo. Siguió picando, una y otra vez, su cuerpo, mientras azotaba con su cola el cuerpo del pescador, con gran hostilidad. Trató de correr, alarmado, para ayudarle, pero… fue demasiado tarde. Aquellos seres eran sanguinarios, maléficos, terriblemente malvados.

    No solían salir del agua. No solían picar en los anzuelos. No solían ser pescados. No solían atacar a humanos. No solían, pero… ese día, lo hicieron. Y el Dragalgue, morro incrustado en el cuerpo de su amigo, lo arrastró, lleno de heridas y de sangre como estaba, hacia el interior de aquel lago de las charcas, tiznando de rojo sus aguas. Dentro de su horror, él no pudo hacer más que caer de rodillas, impotente, y gritó al cielo, desesperado.

    Había perdido a su amigo. Y el Dragalge, dentro del agua, parecía estar devorándolo, pues pedazos de su cuerpo comenzaron a salir a flote, lentamente. Desde entonces… pescaría todos y cada
    uno de los días en el exacto punto en que su amigo murió, en su memoria, incapaz de superar su muerte.


    Y sus cavilaciones fueron otra vez interrumpidas por un extraño tirón procedente de su anzuelo. Molesto, tiró de la tela y lo lanzó al aire.

    —¿¡Qué demonios pasa!? —exclamó, molesto. Pero quedó petrificado cuando el anzuelo, de pronto, quedó flotando el aire, y abrió un extraño ojo en la parte superior del mismo—. ¡Uaaaaah!

    Cayó de espaldas, asustado. El anzuelo, que se reveló, en realidad, como un Pokémon, pareció divertirse, y se rio.

    El pescador, por su parte, no le vio la gracia en absoluto. Al principio el susto fue tremendo, pero poco a poco, comenzó a comprenderlo. ¡A-Aquel anzuelo era un Pokémon, en efecto! ¿C-Cómo era posible? ¡Nunca había visto a un Pokémon así! Y al principio, cuando lo compró, pareció totalmente inmóvil, como si fuera un anzuelo de verdad.

    Tuvo que preguntárselo.

    —¿E-Eres un Pokémon? —le preguntó.

    El Honedge, identidad de aquella criatura, inclinó la cabeza a un lado, imitando el movimiento del pescador, y rompió a reír con curiosos ruidos agudos. El pescador, irritado, exclamó:

    —¡¿De qué te ríes, eh?!

    El Honedge, juguetón, comenzó, entonces, a flotar alrededor del pescador. Él trató de seguirlo con la mirada, girando sobre su eje.

    —¡M-Me vas a marear! ¿Qué se supone que eres? ¿Un Pokémon fantasma? Tienes pinta de ser algo así. ¿¡Por qué tenías que meterte justo en mi anzuelo!? ¡D-Déjame pescar tranquilo!

    Aquella criatura había roto su rutina, y eso no le agradaba al pescador. Rompía con su monotonía, con su calma, con su… aburrida vida que repetía una y otra vez para tratar de llenar el vacío irreparable en su corazón.

    Pero la incomodidad y desconcierto del pescador no parecía importarle al Honedge, que, una vez más, rio. Se colocó, entonces, encima del pescador, y comenzó, con la tela que colgaba de él, que hacía las veces de mano, a acariciar su pelo, revolviéndolo. Luego, le dio un golpe en el cuello, a modo de dura colleja. El pescador, molesto, exclamó:

    —¡H-Hey, qué crees que…!

    Pero entonces, se paralizó. Los recuerdos se sucedieron en su mente, de pronto.


    —¡Te voy a ganar! —dijo su amigo, mientras caminaba hacia otro lago, acercándose a él.

    Hinchó los mofletes.

    —¡Ja! ¡Ya verás como pesco mucho más que tú! —replicó.

    —¡Eso lo veremos!

    Al cruzarse, su amigo le revolvió el pelo y le golpeó con fuerza en el cuello. Resentido, llevó la mano a la zona dañada y dijo:

    —¡H-Hey, qué crees que haces!

    Y su amigo rio, feliz, alegre.




    … aquel Honedge… aquel Pokémon… también estaba riendo. Feliz, alegre.

    Las leyendas comenzarían a contarse en Udan después de aquello. Leyendas que decían que algunos anzuelos se movían, que eran Pokémon ocultos en dicha forma. La gente lo cuchichearía, algunos más escépticos que otros, y nadie podía confirmar, a ciencia cierta, si aquello era verdad o un mito.

    Lo que sí que podría confirmar Duka, el tendero de Mkuu que atendía siempre a aquel pescador de Kikabila, era que su sonrisa brillaba más que nunca, que caminaba por el mercado con mucha más energía, y que ahora, le traía parte de sus ganancias sin requerir de la compra de ningún anzuelo, solo por altruismo, por generosidad, y por poder charlar con aquel tendero colega suyo.

    Porque ya no necesitaba más anzuelos. Ahora, tenía uno que nunca se rompía, y del que, desde luego, jamás se separaría.
     
    • Ganador Ganador x 5
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