La leyenda del anillo de tinta

Tema en 'Historias Abandonadas Originales' iniciado por TuesdayCouple, 12 Junio 2012.

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    La leyenda del anillo de tinta
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    Comedia Romántica
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    12
     
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    1830, Inglaterra.

    Una leyenda, dos jóvenes casaderas, una mansión oculta en el bosque, diez aprendices y un maestro. Estos son todos los componentes de la historia en la que ambas muchachas se verán envueltas, ellas serán las víctimas y el objetivo de los diez hombres que tratarán de seducirlas hasta hacerlas caer en el pecado.
    Una comedia romántica, en la que las personalidades de los diez muchachos se desarrollarán hasta situaciones insospechables mientras las dos doncellas intentan resolver el misterio que envuelve todo su entorno.
    Marcus O'Donnell: un joven apuesto, brillante, inteligente, bello, extrovertido, sorprendente y bipolar; él iniciará toda esta situación con una simple apuesta, la misma de todos los años: "Quien consiga que la chica se rinda antes gana".

    “Cuenta la leyenda que en medio del frondoso bosque que rodea nuestro pueblo, existe una casa aparentemente abandonada en la que habitan unas criaturas mágicas. Todos los años esas horribles criaturas se enfundan en un difraz de hombre y bajan al llegar el equinocio de primavera. Vienen en busca de alimento, seducen a las muchachas casaderas con su bella apariencia y las corroen hasta que caen en sus temibles garras. Son monstrúos con rostro de ángeles, pero en el fondo de su alma solo existe odio, rencor y maldad. Son diablos que roban el honor de las ingenuas doncellas arrastrándolas hasta el infierno y condenándolas a una vida alejadas de la dignidad y la pureza que solo Dios puede darles. Aquellas jóvenes que han escogido el camino del pecado quedan marcadas de por vida y un anillo de tinta se cierne sobre su dedo anular desposándolas con el demonio.”

    -¿Y qué sucede si no consiguen seducir a las muchachas?-preguntó Loreen a su abuela dejando la taza de té sobre la mesa.

    Como todos los jueves por la tarde, Arianne acudía a casa de la abuela de Loreen a tomar el té con ambas y acompañar a la anciana. Loreen y Arianne habían viajado desde su ciudad hasta el pueblo para disfrutar de las fiestas que se celebraban todos los años ante la llegada de la primavera antes de que se iniciara la próxima temporada. Aquel era el primer año que viajaban sin sus padres, iban acompañadas únicamente por el hermano mayor de Arianne que quería ir a visitar a su prometida, la cual era del mismo pueblo.
    Los padres de Loreen y Arianne estaban trazando su futuro, buscando los pretendientes más adinerados que quisieran desposar a sus hijas. La abuela de Loreen ante el conocimiento de esto, sintió la fuerte obligación de advertir a las jóvenes del oscuro secreto que aguardaba un pueblo tan encantador y apacible como aquel.

    -Las jóvenes que no acceden a pasar la noche con ellos caen en un profundo sueño del que nunca despiertan y en su dedo se dibuja un pequeño anillo de plata como muestra de que han defendido su fé y su honor, al principio en su dedo solo se dibuja una pequeña mancha del tamaño de un punto depende de la contestación de la joven que esta se vuelva negra o plateada al enroscarse en su dedo pasada la primera noche-la anciana hizo una pausa y miró a su nieta y Arianne.
    “Muchos piensan que es una simple leyenda y no creen que esto sea cierto, pero en todo el tiempo que llevo viviendo aquí he visto decenas de jóvenes que ocultan sus dedos marcados por el desprestigio de tal infame delito, sus familias las trasladan y las envían fuera para que nadie sepa lo que ha sucedido en realidad. Pero estas cosas siempre son secretos a voces, por el contrario solo he conocido la historia de una joven que no despertara. Se llamaba Hélène, era una joven francesa que se iba a casar con un muchacho del pueblo, era hermosa y amable; todas las tardes acudía a la iglesia y solía hacer donaciones para la restauración después del incendio. Una tarde escuché como una vecina le contaba a mi madre que había sido embrujada, descartaron la posibilidad de que estuviera enferma al ver un anillo de tinta en su dedo anular, quedó para siempre dormida. Sus padres la encerraron en una habitación sin luz para que su cuerpo no se dañara ante los rayos del sol y una noche antes de que acabara la primavera su cuerpo desapareció.”

    -¿Entonces...-intentaba preguntar Loreen ahora que su atención y su expectación sobre el tema no podían ser más grandes.

    -¡No preguntes nada más!-la interrumpió Arianne elevando la voz- ¡Por favor señora, no siga contando esa leyenda en mi presencia! ¡No creo que pueda dormir esta noche!- se lamentó la joven.

    Al caer la tarde, Arianne se marchó apresuradamente a casa, atemorizada de que un monstrúo con cara de ángel pudiera acercarse a ella saliendo de la maleza. La abuela de Loreen les había alquilado a ella y a su hermano una casita próxima a la suya. Cuando entró por la puerta escuchó un ruido que provenía de la biblioteca, tras despojarse del ligero abrigo, subió para ver qué había sucedido. Al entrar en la biblioteca observó que su hemano se había dormido sobre el escritorio y había tirado con la mano un libro y unas plumas. Como había corriente de aire decidió cubrir a su hermano con una manta que había en el sillón en el que solía sentarse por las tardes a leer, cerró la ventana y se dispuso a recoger el libro. Suspirando al ver lo descuidado que era su hemano, recogió las plumas aún manchadas de tinta y las colocó sobre el tintero, dejando atrás el suelo manchado de tinta negra. Ojeó el libro y lo dejó en la estantería, pero mientras lo guardaba no pudo evitar fijarse en el libro de al lado. La cubierta del libro era de un morado intenso, nunca había visto ningún libro de ese color y sintió curiosidad sobre su contenido. Alargó la mano dispuesta a echarle un vistazo cuando su hemano se despertó sobresaltándola sin que le diera tiempo a cotillearlo.

    -¿Ya te has despertado?-preguntó Arianne disimulando mientras dejaba el libro de nuevo en su lugar.

    -Sí... ¿qué hora es?-preguntó él somnoliento mientras se pasaba la mano por el cabello peinándolo hacia atrás.

    -La hora de cenar, será mejor que bajemos- contestó sonriendo.

    A la mañana siguiente Arianne se despertó pronto pues había quedado con Loreen para ir a leer a una colina algo apartada del pueblo, les gustaba caminar hasta allí y luego refrescarse los pies en la fría agua del riachuelo que por allí pasaba. Esa mañana Arianne no dejaba de pensar en el libro morado, mientras se peinaba el cabello de color castaño oscuro ideaba en su mente un plan para poder cogerlo sin que su hermano se diera cuenta. Desde que era pequeña hurtaba temporalmente los libros de la estantería de su hermano, sabía que a sus padres no les gustaría descubrirlo pues algunos libros eran considerados “no apropiados para las doncellas” pero le apasionaba leer. Esa era una de las aficiones que compartía con Loreen, todos los días que podían agarraban algún libro de sus padres o hermanos y utilizaban la tapadera de que iban a hacer ganchillo. Escogían cuídadosamente los colores y luego tejían rápidamente algo sin importar el qué para que les sirviera de tapadera.
    Aquella mañana su hermano no estaba en casa, al parecer habría ido a casa de su prometida, así que le fue especialmente fácil deslizarse hasta la biblioteca y tomar prestado aquel extraño libro. Una vez tuvo todo preparado salió rápidamente de casa como si fuera una fugitiva, el corazón le latía con fuerza cada vez que agarraba un libro de su hermano pues era consciente de que la reñirían fuertemente y no podría continuar leyendo a escondidas si la vigilaban.
    De camino a la colina se encontró con su amiga Loreen, la reconoció enseguida por su voluminoso moño de color rubio ceniza, tan ceniza que en verano parecía blanco y la hacía parecer una señora mayor. Ella sin embargo tenía menos pelo y acostumbraba a recogérselo en una larga y fina trenza, siempre le quedaba algo despeinada pues era difícil domar su ondulado cabello, claro que seguía siendo mucho más fácil de tratar que el rebelde y rizado cabello de Loreen. Por las mañanas parecía un león salvaje y la única manera de disimularlo era en un alto moño.
    Ambas tenían la misma edad, Arianne era más bajita que Loreen y también estaba más desarrollada que esta. Recordaban estar juntas desde que nacieron y desde entonces nunca se habían separado, para ambas la idea del matrimonio podía suponer distanciarse y por ello las atemorizaba más que cualquier leyenda sobre monstrúos sedientos de sangre virgen.

    -Hoy has llegado pronto- comentó Loreen extrañada- normalmente tardas mucho más en distraer a tu hermano para robarle algún libro...

    -¡No lo robo! ¡Robar es pecado!-se escandalizó rápidamente la joven de cabello castaño- Solo lo tomo prestado si no lo devolviera sería un robo, pero en cuanto llegue a casa estará de vuelta en su sitio-explicó intentando serenarse y convencerse a sí misma.

    -Tranquila solo era una broma, aunque claro...-prosiguió Loreen intentando molestar a su amiga- si se te rompiera o perdieras el libro entonces... ¿eso significaría que si no lo devuelves serías una ladrona?

    Arianne titubeó durante unos instantes, como siempre su amiga le tomaba el pelo, pero ella se las arreglaba para contestar ingeniosamente haciéndola reir. Sacando cuidadosamente el libro desde debajo de los hilos de lana intentó enseñarle el color del libro.

    -¿Crees que podría perder un libro tan llamativo como este?-preguntó entre risas.

    La expectación que creó en su amiga era la esperada la joven de cabello rizado se quedó sorprendida, pronto se excitó y comenzó a hacerle preguntas sobre el libro. Después estuvieron largo rato tendidas en el cesped haciendo ganchillo para poder leer más tarde. Antes de que pudiera comenzar a leer Loreen tuvo que despedirse, pues había prometido a su abuela que esa tarde regresaría pronto para acompañarla. Arianne decidió que se quedaría para poder leer aunque fuera la introducción del libro.

    -Está bien, pero ten cuidado... ¡no quiero ver ninguna marca de tinta en tu dedo anular!-bromeó mientras recogía sus cosas.

    -¿Cómo iba a acceder ante sus juegos sucios? ¡Yo soy una joven honrada! No como otras...-dijo mirándola de reojo, sabiendo que eso haría enfurecer a su amiga.

    -Arianne, ¿qué estás insinuando?-preguntó fingiendo estar ofendida- Antes que ir con uno de esos prepotentes y malditos hombres me arrancó las venas a mordiscos-exageró como acostumbraba hacer mientras elevaba el tono de voz y dejaba que sus movimientos se volvieran cada vez más espasmódicos

    -Anda deja de infundarme miedos ridículos y ves antes de que tu abuela se enfade...-le aconsejó como siempre la prudente joven.

    Ambas sabían que de las dos Arianne era la obediente, la temerosa y la más sensata; Loreen por su parte era más impulsiva, nerviosa y soñadora. Arianne sufría en silencio ante la idea que uno de esos monstrúos pudiera engañar a su inocente y enamoradiza amiga, pero sabía también que con un hombre egocéntrico y mujeriego su amiga no accedería a intercambiar siquiera el saludo. Así que la paranoíca Loreen se alejó dejando sola a su amiga, sabía que ella era prudente pero temía que cualquier desalmado pudiera hacerle daño así que le hizo prometer cinco veces que regresaría una vez hubiera leído la primera página del libro.

    Una vez terminó de hacer el ganchillo, miró a su al rededor y al comprobar que no había nadie, sacó de su escondite el libro morado. Se quedó unos segundos contemplando maravillada su portada mientras acariciaba su tapa con la mano, parecía recubierto de terciopelo. Suspiró y abrió el libro, luego se lo acercó a la cara y como si de una droga se tratase aspiró profundamente el olor del libro. Olía a violetas, se dejó embriagar por aquel mágico olor que la transportó al lugar de la historia...

    “Un apuesto joven solía vestir enteramente de morado, portaba siempre consigo un bastón y gorro de copa, también morados. Aquella tarde el extraordinario joven se dejó caer cerca de un riachuelo donde una hermosa doncella reposaba bajo los rayos del sol mientras leía un libro de cubierta morada. Parecía obra del destino, así que el increíblemente brillante hombre se acercó a ella otorgándole el placer y el honor de dedicarle una arrebatadora sonrisa. Ella al principio se asustó pero inmediatamente quedó prendada del bello joven, no pudo evitar sonrojarse del mismo modo que no pudo resistirse a sus encantos y terminó fundiéndose ante el brillo de sus hermosos y grandes ojos negros.
    El joven solamente le había preguntado....”

    -¿Qué lee una señorita como usted?-preguntó una voz sorprendiéndola.

    Arianne cerró rápidamente el libro sin poder acabar de leer el segundo párrafo, sobresaltada lo escondió bajo su falda y alzó la cabeza en busca de aquella voz. No vio nada a su al rededor, no había nadie. Sintió como su corazón se aceleraba y un sudor frío recorría su espalda, presa del pánico se levantó rápidamente y comenzó a guardar las cosas en su cesta. Cuando se propuso guardar el libro se asombró al comprobar que no estaba en el trozo de cesped donde ella había estado sentada durante toda la tarde.

    -Un libro como este no debería de leerlo una joven casadera como usted...-comentó ojeando el libro- Aunque entiendo que no pueda negarse ante una lectura tan interesante como esta, el autor muestra mucha destreza con su pluma...

    -¿Quién... quién es usted?-preguntó la joven asustada sin percatarse aún del atuendo de aquel desconocido.

    -¿Yo?-preguntó entre risas y de rependete frenó en seco- Yo solamente soy un apuesto joven que ha decidido dar un paseo por estos lares-respondió completamente serio el hombre- se podría decir que ha sido obra del destino que nos encontremos- concluyó guiñando un ojo.

    Arianne frunció el ceño confundida por la respuesta del extraño y bipolar hombre, entonces se dio cuenta de que aquel hombre vestía todo de morado, de pies a cabeza. Llevaba un bastón de morado oscuro y una melena azabache recogida en una coleta baja. Durante un instante se asustó pero pensó que sería una simple coincidencia, además aquel hombre no llevaba gorro. Aún así no podía fiarse de aquel desconocido. Así que alargó el brazo intentando que se lo devolviera.

    -¡Oh! Creo que he perdido mi gorro- comentó el joven golpeándose la cabeza- debo de haberlo dejado en lo alto de este árbol...-dijo señalando el árbol más cercano a su posición actual.

    -¿Puede devolverme el libro?-insistió la joven.

    -¿Y que me darás a cambio?-preguntó el joven sonriendo.

    Arianne se detuvo a pensar, ahora sabía que debía haberse marchado a casa junto con la gafe de Loreen. ¿Qué podía hacer en aquella situación? Si regresaba a su casa sin el libro su hermano pensaría que lo había robado y la descubirían, no podía arriesgarse.

    -¡Pero si el libro es mío!- protestó ella cada vez más nerviosa.

    -¡Cómo osas mentir! ¿De dónde has sacado este libro pequeña ladrona?- la acusó mirándola severamente.

    -Es de mi hermano, ¡por favor devuévamelo!

    El joven comenzó a andar dando vueltas alrededor de la joven, se guardó el libro bajo su brazo sosteniéndolo fuertemente.
    -Este libro es mío, de hecho lleva mi nombre- aseguró mostrándole el borde de un página- ves, aquí mismo lo pone.

    Arianne pudo leerlo claramente: “Marcus O’Donnell”, pero por qué debía creer que ese era su verdadero nombre, no lo conocía y no podía mostrarle ninguna prueba que demostrara que se llamaba así.

    -No, es imposible que este sea su nombre real, el libro es de mi hermano... lo he cogido de su estantería esta misma mañana- declaró la muchacha extendiendo más su brazo.

    -¡Ah! ¿Así que le robaste el libro a tu propio hermano?- supuso el hombre- Qué irónico: una ladrona robó a su propio hermano que también es un ladrón, pues no sé cómo sino podría tener en su propiedad este libro...

    -¡Esas acusaciones son falsas!-gritó Arianne angustiada.

    -Los hombres apuestos nunca mienten-alegó en su defensa mirando fijamente a la joven.

    La joven observó si había alguien que pudiera ayudarla a salir de aquella situación, pero no había absolutamente nadie. Eso era lo que les gustaba de aquel lugar: su tranquilidad. En aquel momento la tranquilidad pasó a convertirse en miedo pues no estaba segura de poder librarse de aquel lunático ni de cuáles eran sus intenciones.

    -Entiende que no puedo darte mi libro sin nada a cambio... tenemos que llegar a un trato- añadió el hombre.

    -De acuerdo pero deme el libro, por favor- suplicó al borde del llanto la joven.

    En aquel momento el joven le dio el libro con una macabra y espeluznante sonrisa dibujada en su cara. Ante su incomprensión el hombre subió trepando al árbol y bajó al segundo con un gorro de copa alta morado cubriendo su cabeza. Se despidió cogiendo su gorro con la mano e inclinándolo hacia delante y mientras se alejaba gritó “hasta pronto”.

    Arianne aún confusa y asustada, sintió como la cabeza le pesaba y parecía que alguien le hubiera golpeado repetidas veces con un martillo en la cabeza; no habían llegado a ningún acuerdo de hecho no le había propuesto nada. No quiso detener al estrambótico hombre para preguntarle pues en su cabeza aún resonaba el “hasta pronto”, todo aquello le inspiraba un profundo temor. Regresó corriendo a su casa, después de haberse asegurado de llevarlo todo consigo.
    Cuando llegó a su casa se sintió por fin a salvo, las luces estaban apagadas lo que indicaba que su hermano no estaba en casa y que podría dejar el libro tranquilamente en la estantería sin que nadie sospechara nada. Sin embargo, al girar el pomo de la puerta y cruzar el umbral cayó al suelo sumida en un profundo sueño mientras en su dedo anular comenzaba a dibujarse una mancha de tinta.
     
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    La leyenda del anillo de tinta
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    Comedia Romántica
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    12
     
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    2000

    -¡Querido hermano!-exclamó efusivamente el mayor de los hermanos- ¿Ian, me estás escuchando?-preguntó al ver que el otro joven no le prestaba atención.


    Ian se encontraba tumbado leyendo un libro sobre historia oriental intentando pasar desapercibido para que sus hermanos no lo molestaran.

    -¡Ian! ¡IAN!- gritó el hombre corriendo hasta quedarse de cuclillas al lado del sofá donde se encontraba su hermano- ¡Por qué de todos los hombres malvados que habitan el mundo, tú que solo estás entre los diez más odiosos tuviste que perder el oído!-se lamentó exageradamente llevándose el dorso de la mano a la frente y dejando los ojos en blanco momentáneamente.

    -¡Hermano, me sorprende que estés aquí! ¿No deberías estar mirándote en el espejo como haces el resto del día?-preguntó Ian sin levantar la mirada del libro que llevaba entre sus manos.

    El hombre se quedó parado un momento sin contestar, luego sonrió recomponiéndose del golpe y se levantó dispuesto a molestar, todavía más, a su hermano.

    -Ian querido, si estoy aquí es porque se acerca el equinocio de primavera- comentó lleno de emoción mientras le quitaba el libro a su hermano y lo lanzaba hacia atrás.

    -¿Y qué más me da a mí? ¿Quién te has creído que eres para venir aquí a molestarme? ¡Devuelveme el libro!-bramó el joven perdiendo la compostura.

    El hombre se giró y miró despreocupadamente el libro destrozado en el suelo, luego se excusó añadiendo que “no había sido su culpa” haciendo un gesto con la mano restándole importancia al asunto.

    -¿Cómo que qué más te da?-exclamó incrédulo y acto seguido chasqueó varias veces la lengua algo ofendido- ¡Todos dejaréis que se pierdan los antiguos valores! ¿No os importa la tradición?

    -Hermano...-le frenó Ian pasándose la mano por su espesa mata de pelo negro- ¡Solo lo haces por las mujeres, si raptaramos hombres seguro que apoyabas una reforma!

    -¡NO RAPTAMOS! ¡Solo les ofrecemos una alternativa, una escapatoria a sus tristes y monótonas vidas!- se apresuró a corregir el hombre como si estuviera recitando una tragedia clásica.

    -¿Diciéndote eso por las noches consigues dar paz a tu alma y dormir mejor?- inquirió Ian rompiendo el momento de dramatismo de su hermano mayor.

    Todos los hermanos de la casa eran muy diferentes entre sí, Ian por su parte era el más arisco de todos y su personalidad chocaba bastante con la del hermano mayor, quien era totalmente lo contrario. Para sobrevivir a su aburrida estancia en la casa durante el equinocio de primavera disfrutaban retandose para ver quién conseguía conquistar o seducir a la dama más rápidamente.

    -No he venido a discutir, solo a proponerte un reto, claro que como no soportas la derrota tal vez prefieras no participar...-intentó convencerle “sutilmente”.

    -¿Alguna vez te ha funcionado ese método?-preguntó Ian arqueando una ceja.

    -¿Tú qué crees?-dijo mientras se marchaba misteriosamente.

    No pasaron más de diez segundos antes de que Ian se levantara apresuradamente y aclarara: “No te tengo miedo, cuando quieras podemos comenzar”. El trato era que debían seducir antes de que llegara la noche del segundo día desde que se había establecido el acuerdo a una joven dama casadera. El que lo consiguiera antes de que el tiempo llegara a su fin, ganaría.

    -He oído que han llegado visitas al pueblo Ian... gente nueva ajena a la tradición, ¿no crees que sería una pena que regresaran a su hogar sin haber probado el producto típico del lugar?-sugirió el hombre.

    -Está bien, que comience el juego Marcus.

    Como lo que en principio era un simple juego podía herir fuertemente su orgullo ambos hermanos se pusieron manos a la obra el mismo día, así que aprovecharon los dos el momento en el que las jóvenes se separaron cuando Loreen tuvo que irse a casa de su abuela antes.

    Como ya llegaba tarde Loreen se apresuró y decidió remangarse un poco el bajo del vestido para poder correr con mayor agilidad aunque sabía que no era lo más apropiado. Sin darse cuenta de cómo había sucedido, se encontró tirada en el suelo con toda la cesta y lo que había en su interior desparramado por la hierba y el tacón de su zapato roto.

    -¡Disculpe señorita!-exclamó una voz- ¡Ha sido mi culpa!-se lamentó el hombre.

    -¡Apártese, ya ha hecho bastante!-le interrumpió una segunda voz-Permítame que la ayude-añadió el joven ofreciéndole su mano.

    Loreen aceptó la ayuda levantándose del suelo e intentó arreglarse el bajo del vestido velozmente. Cuando alzó la vista vio a un joven pelirrojo, alto y delgado mirándola perplejo y vergonzoso y a otro joven, a su parecer más apuesto, que le sonreía mientras se inclinaba para saludarla cortésmente. El segundo hombre era moreno y tenía unos grandes ojos oscuros y caídos que le hacía parecer más inocente.

    -¿Se encuentra bien señorita Miller?-preguntó mientras le tendía el brazo para que andaran.

    -Sí gracias, espero que su amigo esté bien me he tropezado sin querer no quería importunarle- se disculpó volviendo la mirada hacia atrás intentando buscar al joven pelirrojo sin éxito.

    -¡Oh, no se preocupe! ¡No se preocupe por Damian, el pobre es un simple lacayo! Algo torpe todo hay que decirlo...-comentó despreocupadamente aún sabiendo la repercusión que tendría su comentario cuando llegara a casa- Por cierto, ¿hacia dónde va?

    -Me dirigía a casa de mi abuela, dos calles delante-aclaró ingenuamente Loreen.

    Ian sonrió al comprobar la inocencia de la joven, tenía el trabajo asegurado y ya saboreaba la victoria. Así que disimulando su alegría intentó parecer lo más sereno y formal posible al preguntarle si podía acompañarla a casa para protegerla de cualquier malintencionado.
    -¿Y ha venido a visitar a su prometido al pueblo? Porque usted no es de aquí, no me suena su cara y no olvidaría un rostro como el suyo-alardeó de galantería Ian.

    -¡Oh! No, solo he venido a visitar a mi abuela- se justificó vergonzosa Loreen sin poder evitar una risa nerviosa.

    Aunque ella contestaba inocentemente y parecía nerviosa, en su interior se mezclaban todo tipo de sentimientos adversos a lo que mostraba. “¡Qué cursi! Este tipo es muy raro, seguro que es un violador; me va a violar, luego me torturará y finalmente me volverá a violar hasta matarme. Es mejor que me marche ya o me conducirá hasta una trampa y no podré escapar nunca... nunca...¡NUNCA! ¡Voy a morir, asesino!”.

    -¿Querría acompañarme...-se quedó paralizado durante un instante- a la Iglesia? Soy el sobrino del pastor y me encantaría poder enseñarle nuestra humilde iglesia-concluyó sin poder disimular su sorpresa.

    -¡Oh, claro! Aunque no sé si mañana podré porque no debo dejar a mi abuela sola-se excusó apresuradamente.

    “¿Sobrino del pastor? ¡Seguro que luego intenta aprovecharse de mí cuando acabe la misa! Además hay rumores de que algunos parrocos intentan aprovecharse de los niños... ¡Voy a morir!”.

    Ian se detuvo instintivamente un momento y se quedó mirándola fijamente, ella se puso todavía más nerviosa. Él dudó durante unos instantes y luego añadió con seguridad:

    -¿Entonces accede a acompañarme? ¡No puede negarme el honor de su compañía durante unas horas!-intentó engañarla mientras fingía una mirada pura- Seguro que la señora Miller está de acuerdo, mi familia se lleva muy bien con ella, de hecho normalmente voy por las tardes a su casa para ayudarla en lo que necesite.

    -¡Oh...! Sí, claro... supongo que entonces podré acompañarle-dijo Loreen todavía algo confusa.

    -¿Entonces es un sí? ¿Acepta?-preguntó sonriendo tímidamente.

    -¡Sí! Le doy mi palabra, pero ahora debo irme- se despidió la joven con prisa para alejarse del extraño muchacho.

    -¡Hasta pronto!-gritó él añadiendo un gesto con la mano para despedirse.

    Ian se esperó para ver cómo se alejaba mientras no podía evitar sonreír. Había ganado la apuesta, o eso creía él, ahora solo quedaría esperar a que la joven sucumbiera totalmente a sus encantos, pero eso no sería difícil para él.
    Loreen llegó jadeando hasta la puerta de la casa, entró rápidamente dejando la estropeada cesta en la entrada y buscando a su abuela para avisarle de que ya estaba en casa.

    -¡Abu...!-comenzó a gritar Loreen.

    No pudo terminar la frase pues cayó desmayada al suelo mientras en su dedo anular se comenzaba a dibujar una mancha de tinta.
     
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    Espero que os guste, si veis algún error por favor comentadlo o si tenéis alguna duda u opinión.
    Gracias^^
     
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    Adentrándose en el oscuro y frondoso bosque, cruzando el lago de aguas cristalinas, entre las sombras que creaba la luz del sol proyectada sobre los árboles se intuía una casa. Por fuera parecía abandonada, la madera lucía desgastada y agrietada, la pintura se había apagado y había numerosas manchas de moho sobre la cubierta. El tejado estaba medio destruido y poco quedaba ya de lo que algún día habría sido una hermosa chimenea. Faltaban algunas contraventanas, de las pocas que quedaban las mayoría estaba colgando a un solo paso de caer, claro que tampoco quedaban muchos cristales intactos que cubrir. Sin embargo, no hay que dejarse llevar por las primeras impresiones ni por cómo luce algo por el exterior, al entrar aquella vieja casa abandonada lucía como la mansión que siempre fue.
    En el tercer piso, a mano derecha, se encontraba la sala de estar. Una habitación pequeña en relación al resto de la casa, pero no por ello menos lujosa. El papel que cubría la habitación era azul turquesa con un estampado floreado, tal vez algo femenino para una casa en la que solo habitaban hombres. Los muebles que la llenaban eran de madera de roble, había algunos cuadros de paisajes extraños que parecían sacados del mundo de Morfeo. Además había algunos elementos para decorarla: una escultura sin rostro, un jarrón de flores exóticas, unos tapices importados de Mesopotamia, una alfombra persa y cualquier objeto lo suficientemente estrambótico como para que Allan, el señor de la casa, quisiera obtenerlo en alguno de sus viajes.

    -¿Has visto a las nuevas invitadas?-preguntó Drake emocionado.

    Drake era un joven pelirrojo, alto y un poco más corpulento que el resto de sus hermanos. A diferencia de Damian su cabello era más oscuro, tirando hacia un tono caoba. Tenía los ojos de un color almendrado y una nariz prominente y con personalidad. Además como sello distintivo de la familia a cada hermano le correspondía un color, por eso Drake vestía siempre de granate.

    -¡¿Cómo voy a verlas?!-exclamó Lucien- Seguro que ni siquiera se han despertado todavía, además sabes que nos está prohibido acercarnos a ellas-añadió en tono de represalia.

    Lucien era algo más bajito que Drake, tenía el cabello oscuro y unos ojos finos y rasgados que le proporcionaban un aire exótico. Era el segundo más joven de la casa, siendo el más pequeño Michael con tan solo diez años, pues tenía veinte años. Drake era el segundo más mayor con 26 años, siendo el más mayor Marcus con 27. Eran una gran familia, llena de personalidades diferentes y caracteres en ocasiones incompatibles. Mientras que Lucien era más tranquilo, o al menos más prudente, Drake era impulsivo y todavía algo inmaduro; para Drake las normas no eran indispensables.

    -Además...-prosiguió Lucien mirando de reojo a su hermano mayor- no estarán aquí más de una noche.

    -¡Pero no es justo!-se quejó Drake haciendo pucheros intentando apelar a la sensibilidad de su hermano-¿Por qué no puedo intentarlo yo?

    -Esa es una pregunta absurda-inquirió Lucien destrozando la autoestima de su hermano.

    -¿Por qué? Las encandilaría con mis encantos y haría que no vieran a Marcus ni a Ian, quedarían eclipsados...-empezó a explicar andando de un lado a otro de la sala con la mirada perdida como si estuviera una obra de teatro.

    -¿Por tu nariz?-se escuchó una voz desde detrás de una cortina.

    -¡No! ¡Por mi belleza!-gritó enfadado Drake.

    -Eso es todavía, si cabe, más absurdo-dijo Lucien terminando de hundir a su hermano.

    Aquella voz era su otro hermano Ethan, era “algo” tímido y “un poco” tenebroso, si entendemos ese “algo” y ese “un poco” por tremendamente. Su color siempre había sido el negro, por su orden de llegada a la casa (pues tenía la misma edad que Ian, cuyo color era el azul marino) se le había asignado con anterioridad el color verde, pero como se negó, Allan se resignó a posponer el verde al siguiente más mayor.

    -¡Cállate! ¡Qué sepas que el gris no es tu color, no te queda bien!-le gritó a Lucien- Lo que quería decir es que no entiendo por qué tiene que ser así...

    -Tiene que ser así porque las mujeres que visitan esporádicamente nuestro hogar pasan solo una noche aquí, el tiempo necesario para que puedan conquistarlas y a la mañana siguiente se marchan, así volvemos a nuestra rutina, aunque para ellas sea diferente-explicó inocente Ethan.

    -Ya, Ethan era una pregunta retórica...-dijo resoplando Drake- Lo que me molesta es que no me hayan avisado para bajar al pueblo con ellos...

    -Drake, no hace falta que ellos te lo digan, podías haber bajado si tanto lo deseabas...-le contradijo Lucien.

    -Pero lo divertido de todo era la apuesta, si tuviera la oportunidad para demostrarles que yo también puedo hacer que una muchacha enloquezca de deseo por mí...-refunfuñó Drake mientras se sentaba en el sofá hundiendo su cabeza entre las rodillas.

    -El año que viene podrás- añadió Ethan de nuevo desde detrás de las cortinas.

    -Me vengaré este año sea como sea...
     
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    La leyenda del anillo de tinta
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    Comedia Romántica
    Total de capítulos:
    12
     
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    Abrió los ojos aturdida, intentando centrar la vista, se inclinó hacia delante con torpeza frotándose los ojos como si se hubiera despertado después de haber bebido cantidades desorbitantes de vino la noche anterior. Cuando pudo empezar a diferenciar las siluetas de los objetos que tenía a su alrededor sintió un gran mareo que comenzaba en lo alto del estómago. Aquella no era su habitación, de hecho aquella no era su cama, no eran sus cortinas, no era su moqueta, no era su armario y, definitivamente, lo más preocupante de todo es que aquel no era su camisón. Las paredes eran de color amarillo pastel, decoradas con una cenefa de cuadros de color ocre. Las cortinas, las sábanas, el edredón, la almohada, los cientos de cojines entre los que parecía estar nadando y que decoraban la cama, el dosel de la cama, así como su camisón iban a juego con el color de la pared. Parecía sumergida en un universo paralelo de tonalidades de amarillo.
    ¿Dónde estoy? ¿Cómo he llegado hasta aquí? ¡Dios mío! No recuerdo nada... Esta no es mi casa...”

    Decidió que debía investigar dónde estaba, así que se destapó y se puso las zapatillas que tenía junto a su cama cuidadosamente ordenadas (de amarillo pastel también). Al ponerse de pie sintió un fuerte mareo que le hizo dudar si estaba preparada para andar y apartarse de la cama, que le servía de punto de apoyo. Cuando parecía que había recobrado el equilibrio se colocó en el centro de la habitación y contempló asombrada el lujo que la rodeaba.

    Quien quiera que me haya traído hasta aquí no deber querer hacerme daño, tranquila Loreen, te están cuidando sino no te habrían alojado en una habitación tan hermosa como esta”- se intentó convencer a sí misma para no sucumbir presa del pánico.

    Tras admirar la elegante decoración del que era temporalmente su cuarto, se percató de que había una ventana al lado del tocador, se acercó tambaleándose y corrió con delicadeza las aterciopeladas cortinas que llegaban hasta el suelo. La casa estaba rodeada de árboles, su habitación estaba a una gran altura y comprobar la distancia a la que se encontraba respecto al suelo hizo que se mareara aún más por lo que se apoyó en el marcó de la ventana. Se quedó parada durante un instante hasta que levantó la vista y vio que tenía enfrente una puerta.
    Se decidió a caminar hasta ella, estaba algo nerviosa pues no sabía que se encontraría tras la puerta, pero fuera lo que fuera debía hacerlo tarde o temprano.
    Giró asustada el pomo de la puerta y se quedó medio escondida detrás de ella asomando cuidadosamente la cabeza hacia la izquierda. Cuando ni siquiera había sacado del todo la cabeza al pasillo le sorprendió una sombra que provenía de su derecha.

    -¿Ya has despertado?-le preguntó el joven.

    -¡Aahhh!-gritó Loreen entrando rápidamente a la habitación y cerrando de un portazo la puerta.

    Mientras tanto en otro lado de la casa, en el segundo piso, la biblioteca para concretar...

    -¿Has escuchado eso?-preguntó Keiran dejando de lado su libro algo alarmado.

    Keiran tenía 23 años, era el tercer hermano más joven de toda la casa. Era alegre y despreocupado, algo que se veía reflejado por su color: el naranja. Tenía una cara aniñada y bastante afeminada, tenía una melena ligeramente ondulada por encima de los hombros de una tonalidad casi dorada. Uno de los rasgos más impactantes de su rostro era el color de sus ojos, pues las mujeres que lo miraban fijamente caían presas de su encanto, su mirada era como el océano o como una noche sin estrellas. Por si fuera poco, pues toda su anatomía en sí le hacia parecer más afeminado y joven, solía recogerse el flequillo en una coletita alta que parecía una palmera, según sus hermanos.

    -No te sobresaltes hermano, simplemente es que una de ellas se ha despertado- explicó Michael sin despegar la mirada de su libro.

    -¡Ufff, menos mal! Me había asustado Mich-le contestó con una amplía y sincera sonrisa- ¿Qué haces leyendo a Cicerón? ¿No prefieres que te lea un cuento?-preguntó con un brillo de emoción en los ojos.

    -No, gracias Cicerón está bien por ahora- contestó con algo de resquemor ante lo que para él era una pregunta degradante.

    Michael, o como algunos de sus hermanos le llamaban “Mich” (también conocido como “enano”), era un niño muy inteligente. Era el menor de todos los hermanos y por eso siempre tenía que aguantar bromas y burlas, sobre todo de Ian y Damian, que además de inseparables eran malignos a su parecer (y al de toda la casa). Como pertenecía a otra generación se le otorgó el color blanco a expensas del color que le tocaba pues su antecesor aún estaba en la casa.

    Loreen seguía atrancando la puerta asustada, mientras Ian intentaba calmarla para que le dejara entrar. Por suerte para Ian, dada la retorcida y paranoica mente de Loreen, tenía la capacidad de adelantarse a sus acciones.

    -Loreen, no le voy a hacer daño, soy Ian... ¿no me recuerda?-fingió preocupación desde el otro lado de la puerta.

    Ian, es aquel hombre que conocí ayer... él me habrá traído hasta aquí... ¿pero por qué? ¿Qué es lo que sucedió?”

    -Seguramente no lo recuerdas, pero te desmayaste y te golpeaste con una roca al caer al suelo, no pude sujetarte a tiempo...-comentó como si por casualidad estuviera contestando a sus reflexiones mentales- supongo que el golpe fue más fuerte de lo que parecía superficialmente si no recuerda nada...

    ¿Me desmayé? ¡Mi abuela! ¡Tiene que estar muy preocupada si ayer no aparecí por casa! ¡Pensará que me han raptado! ¡O peor, que algún desalmado me habrá violado y luego matado! ¡O peor aún, que me habré escapado con un joven como Ian arrojando mi honor y mi castidad, despojándome de mi virtud! No, como Ian no...tendría que ser mucho más atractivo para que me fugara con él...”

    -Ayer te traje hasta aquí-comenzó a explicarle con un deje molesto e irritado- en brazos, espero que no estés preocupada el doctor dijo que era mejor que no te moviéramos así que avisé a tu abuela y dijo que no había problema, que sabía que yo cuidaría bien de ti...

    ¿Mi abuela ya lo sabe? ¡Menos mal! Pero es un poco raro que mi abuela me deje en manos de un joven soltero...”

    -Tu abuela confía plenamente en mi familia, ella y mi padre “EL PÁRROCO” han sido amigos desde hace muchos años- añadió Ian cansado ya de las desconfianzas de la joven- Será mejor que me dejes entrar, debo asegurarme de que tu herida en la cabeza está bien.

    Loreen accedió y dejó de hacer presión contra la puerta, así que él se decidió a entrar. Se quedaron cara a cara durante unos segundos. Él vestía todo de azul marino, tenía el cabello cuidadosamente peinado y la piel suave y algo bronceada. Él la miró sin poder disimular una pequeña sonrisa de triunfo, ella que seguía desconfiando lo notó y arqueó una ceja sin entender el por qué de aquella expresión.

    -Loreen... creo que debería cubrirse- dijo educadamente mientras se daba la vuelta.

    -¿Qué?-preguntó confusa la joven al mismo tiempo que comprobaba que seguía en camisón-¡Ah!

    -Al lado de la mesita de noche, sobre la cómoda tiene una bata...-aclaró Ian anticipándose de nuevo a los movimientos de la joven.

    Cuando ella ya se había puesto la bata, amarilla, él se giró y vio que ella seguía algo ruborizada . Se acercó para retirarle el cabello detrás de la oreja, cuando no había rozado aún uno de sus rizos, ella se echó para atrás con tanto ímpetu que chocó contra la cama cayendo sentada.

    -No se asuste necesito comprobar si el hinchazón a disminuido- explicó con una sonrisa cómplice.

    Se acercó a ella de nuevo comprobando como ella agarraba la colcha con fuerza. La situación para la joven no podía ser más incómoda: ella estaba sentada sobre la cama, en camisón y aquel joven se acercaba cada vez más a ella.
    Ian se acercó hasta que sus piernas rozaban la tela del camisón de Loreen, se inclinó suavemente y le retiró el mechón de pelo detrás de la oreja, acercándose más para observar la “herida”.

    -¡Oh ya está mucho mejor!-exclamó girando su cara hacia la de ella.

    Se quedaron un segundo suspendidos en el tiempo, él la miró con una sonrisa intentando tranquilizarla, ella lo miró perpleja. Estaban tan cerca que podía sentir latir su corazón que parecía descontrolado pues estaba realmente nerviosa. Él intentó alargar aquella situación todo lo que pudo pues dentro de poco sabía que empezarían a surgir efecto en ella sus encantos. Él alargó entonces la mano derecha y mirando fijamente el mechón que había colocado tras su oreja, lo acarició volviendo a dejarlo en libertad.

    ¡Que se aleje ya o gritaré, no puedo creer que el hijo del párroco esté haciendo esto! ¡¿Qué clase de doctrina enseñan aquí?!”

    Ian se apartó rápidamente, ¿cómo era posible que no sucumbiera a sus encantos? Normalmente se rendían a la primera, pero para las ocasiones más difíciles siempre guardaba otras opciones. Cualquier seductor que se precie debe tener un as en la manga.
     
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    En una habitación de la mansión, toda decorada de un tono rosa pastel, se despertó sin entender qué había sucedido. No recordaba lo que había hecho el día anterior pero se sentía profundamente cansada y con cierto dolor de cabeza como si se hubiera caído. Se asustó al ver aquella habitación que ni de lejos era la suya, no sabía dónde estaba y lo único que podía ayudarla a orientarse era lo que más le preocupaba: había alguien sentado en un sillón de la habitación. No podía verle la cara pues estaba de espaldas a ella pero parecía un hombre. Se veía sobresalir por el borde del respaldo una cabeza con un cabello oscuro y ligeramente ondulado.
    Estuvo durante unos minutos observando aquel sillón en un silencio sepulcral hasta que escuchó lo que parecía un ronquido, se sintió aliviada y decidió acercarse para ver quién era. Sin detenerse a pensarlo más bajó de la cama, aunque con cierta dificultad pues esta era muy alta, y se acercó sigilosamente. Conforme se acercaba su respiración se agitaba y tenía en todo momento presente dónde estaba la puerta por si era necesario salir corriendo. Se detuvo un instante justo detrás del sillón cuando ya podía ver prácticamente el perfil de aquel joven, estaba durmiendo tapado con una sábana. Aquel joven había pasado toda la noche allí sentado esperando a que despertara o eso es lo que él quería hacerle pensar, pero la mente de Arianne iba mucho más allá de lo galante que pudiera parecer aquel acto, ella pensaba que había sido raptada.

    Si no lo conoces, sal corriendo”-se repetía una y otra vez para sí misma.

    Respiró hondo, cerró los ojos con fuerza y dio un paso al frente colocándose justo enfrente del sillón, abrió los ojos temerosa y entonces sintió un escalofrío producto del terror que le recorrió todo el cuerpo dejándola algo mareada.

    Es aquel hombre de morado, ¡estoy en la casa de un lunático! ¡Hermano ven a salvarme de este loco!”

    En ese momento justo cuando movió un pie, detonante antes de que empezara a correr, Marcus abrió los ojos.

    -¡Ya has despertado!-exclamó sonriente- ¡Perdona que me haya dormido, al final el sueño me venció!-se disculpó levantándose rápidamente.

    ¡Cálmate! En esta situación contaría como una excepción, Dios lo entenderá... ¡coge la lámpara y estampasela en la cabeza!”

    -¿Qué te pasa? ¡Pareces nerviosa!-dijo dejando su gorro sobre la mesa y apartando la lámpara fuera del alcance de la joven- Siéntate anda, debes estar mareada después de aquella caída.

    -¿Me caí?-preguntó confusa Arianne viendo como su posibilidad de escape disminuía.

    Síguele el cuento y cuando se duerma huye por la ventana”

    Marcus hizo un movimiento frotándose su brazo indicando que había algo de corriente en la habitación y mientras cerraba la ventana y corría las cortinas, añadió “Lo siento, no tenía otra habitación libre, el tercer piso es el más fresco de todos, siempre hace más corriente”; enfatizando la palabra “tercer”.

    -Por cierto, he avisado a tu hermano esta mañana... me ha costado mucho localizarle pero finalmente ha merecido la pena-comenzó a explicarle mientras se acercaba cada vez más a ella- el pobre estaba muy preocupado...

    Arianne se deslizaba hacia atrás intentando evitarlo, él le hizo una seña para que se sentara en un sillón que había al lado del suyo. Accedió a sentarse sin dejar de observar las posibles escapatorias. Él se reía por dentro al ver lo asustada que estaba, mas no podía dejar que eso se notara tenía que seducirla hasta que cayera en sus brazos.

    Marcus la observó de reojo y vio como ella le observaba fijamente, no podía desviar su mirada de su rostro. Estaba acostumbrado, todos los hermanos eran extremadamente bellos y las mujeres caían rendidas a sus pies solo con verlos. Aunque ella era más difícil que el resto, por eso decidió utilizar una de sus tácticas, no fallaría. Nunca había fallado.

    -Tu hermano vendrá a por ti esta noche, hasta entonces debo cuidar de ti, ¿qué habría sucedido si no llego a estar allí cuando te caíste?-dijo fingiendo demasiada preocupación- Un rostro tan hermoso... no quiero pensar en lo que podría haberte sucedido...

    -Tuve suerte y me encontró-añadió ella sonrojada sin poder levantar la vista de sus manos.

    Llevaba unos guantes rosas, como todo lo que había en aquella habitación (todo menos Marcus). Se frotaba las manos vergonzosa sabiendo que él la observaba aunque solo fuera en aquel instante. No podía evitar sentirse dichosa de haber captado su atención y de que hubiera invertido su tiempo para ayudarla.

    -Sí...-afirmó él con una sonrisa tímida y nerviosa, que evidentemente era fingida.

    Era un maestro del engaño, el mejor actor de todos los hermanos y, sin duda, el mejor seductor. Sentía que ella ya empezaba a flaquear ante sus encantos.

    -Aunque creo que yo tuve más suerte, no todos los días un ángel cae del cielo-murmuró fingiendo sonrojarse.

    Ese era su ataque estrella, nunca había fallado. Vio como ella levantaba rápidamente su mirada para encontrarse con la suya, ella se llevó una mano a la boca tapándose el rostro intentando calmar sus emociones a flor de piel. No pudo evitar que se le escapara un suspiro de sorpresa ante lo que él le había dicho. De repente todo comenzaba a ir demasiado rápido para ella, siempre ocurría lo mismo: las jóvenes sentían algo que nunca antes habían experimentado, ese sentimiento que era una mezcla de amor y de deseo. Su corazón se agitaba y sus pulsaciones se disparaban, ella solo podía pensar en una cosa: en ese beso que pronto llegaría.

    -Arianne... yo...-comenzó a decir acercándose peligrosamente- No puedo aguantar más-reveló levantándose en el último momento antes de que sus rostros se rozaran- ¡Este sentimiento me abrasa el pecho!-dijo andando hasta la ventana y jugando con la cortina entre sus dedos.

    Ella se levantó tras de él, ya casi había saboreado la miel de sus labios, lo había tenido tan cerca que no podía esperar. Después de aquello necesitaba probarlo, necesitaba sus besos y sus abrazos.

    -No debe ser, no puede ser... tú eres una señorita honrada y seguramente ya tienes un prometido a quien honrar con tu amor... no puedo-prosiguió como si hablara para sí mismo- Desde el primer momento que vi tu rostro... tus ojos... lo supe y supe que debía alejarme de ti, pero fue como si el destino quisiera colocarte en mi camino... como un regalo divino-dijo girando la cabeza para mirarla como si fuera la última vez que fuera a verla.

    Ella se acercó más aún sintiendo como el corazón le estallaba, aquel torbellino de emociones que él despertaba en ella era totalmente desconocido; sabía perfectamente que, a pesar de su corta edad, nunca conocería a un hombre igual, nadie conseguiría despertar aquel volcán en su interior.

    -Yo... si pudiera hacerte mi esposa, si pudiera acariciar tu piel, solo un beso me bastaría para vivir cien años en el infierno sin notar pesar alguno.

    -Marcus, no diga eso... ¡me va a hacer sonrojar!-exclamó ella agarrándose fuertemente el cuello del camisón como si deseara que se lo arrancara- Además... yo sigo siendo casadera- dejó caer mientras se tapaba la boca con el dorso de la mano para no dejarle ver cuan ruborizada estaba.

    -¿Es eso cierto? ¿Aún puedo albergar alguna esperanza? ¡Te ruego que no juegues con este pobre corazón enamorado pues nada me haría más feliz!-se apresuró a decir Marcus agarrándola del brazo y tirando de ella hacia sí.

    Ella afirmó con la cabeza mirándole fijamente a los ojos, él sonrió sin poder evitar reír ante lo fácil que estaba siendo todo. Ella se paralizó durante un instante y él la rodeó con sus brazos, entonces ella lo rodeó también sintiendo sus músculos bajo sus guantes como si ninguna capa de ropa separara sus manos de la piel desnuda de él. Se miraron a los ojos nuevamente pero esta vez había una emoción diferente, un sentimiento flotaba en el aire. Ella tragó saliva salvajemente esperando aquel deseado final. Él se acercó suavemente, Arianne cerró los ojos con fuerza intentando disimular que disfrutaba del momento para no manchar su honor. Marcus se acercó y la besó dejando que sus labios se unieran. Tras el beso ella perdió el control y, poco a poco, el beso se tornó más apasionado. Él la abrazó y la fue conduciendo hasta la cama, aunque era ella quien tiraba de él ansiosa de su cuerpo y su sabor...

    -¿Entonces ya has ganado la apuesta?-preguntó Damian arqueando una ceja-¿Por qué tienes esa cara entonces?

    -¡No! ¡No he ganado!-se quejó Marcus cruzándose de brazos como un niño.

    -¿Entonces todo lo que nos has contado?-preguntó Keiran sin entender lo que sucedía.

    -Eso es lo que debía haber sucedido...-explicó Marcus ante la atónita mirada de sus cuatro hermanos.

    -¿Qué sucedió?-preguntó Jack extrañado de que su hermano fallara.

    Jack era uno de los más inocentes de toda la familia, Michael quien estaba sentado a su lado leyendo un libro era mucho más espabilado que él. Jack tenía 23 años y vestía de azul celeste, sus ojos también eran claros y parecían completamente azules salvo por un pequeño punto negro (su pupila) que era parecida a la de un husky. Por si eso fuera poco extraño también tenía el cabello azul debido a que cuando era pequeño, mientras Allan les enseñaba algunas pociones, Marcus comenzó a quejarse porque Ian y Damian se estaban metiendo con él y al cruzarse de brazos golpeó accidentalmente a Keiran quien vertió su poción derramándola sobre el cabello de Jack. El resultado fue un sedoso y azulado cabello para el resto de su vida.

    -¿Recordáis que le dije “Tu hermano vendrá a por ti esta noche, hasta entonces debo cuidar de ti, ¿qué habría sucedido si no llego a estar allí cuando te caíste? Un rostro tan hermoso... no quiero pensar en lo que podría haberte sucedido...” eso sucedió realmente pero su respuesta no fue la que esperaba-siguió quejándose.

    -¿Qué hizo?-preguntó divertido Damian.

    -Me dijo “Pero... señor ¿a qué hora llegará mi hermano?”-repitió lo que la joven había dicho imitándola con una voz y unos gestos exagerados.

    -¿Y?-preguntó el joven de cabello azul sin comprender.

    -¡Me llamó señor! ¡SEÑOR! -gritó estirándose del pelo- ¡¿Parezco viejo es eso?! ¡Keiran!-gritó mirándolo fijamente.

    -No Marcus, sigues siendo joven y hermoso-lo aduló con una sonrisa que denotaba el amor fraternal que sentía hacia el mayor de los hermanos.

    -¿Ian parece más mayor que yo verdad?-preguntó empezando a notar como se le acababa el aire.

    -Bueno... ambos empezáis a tener arrugas-bromeó Damian esperando la reacción de su hermano.

    -¡NO!-gritó fingiendo que alguien le había clavado un cuchillo en el estómago y dejándose caer al suelo con lágrimas de cocodrilo y una mano en la frente.

    En ese momento se escucharon unos pasos, eran Lucien e Ian. Marcus se levantó rápidamente para que su adversario no notara lo destrozado y hundido que se sentía.

    -¡La tengo comiendo de la palma de mi mano, pero le estoy dejando más tiempo al pobre Ian no quiero que se sienta triste cuando gane!-gritó intentando simular indiferencia.

    Ian se detuvo detrás de él sonriendo, todos sabían que Marcus sabía que estaba detrás, pero aún así era tan teatrero...

    -Tus llantos me parecen excesivos hermano, aveces eres demasiado barroco, demasiado recargado-lanzó Ian como si su lengua fuera un cuchillo que atravesaría el orgullo de su hermano.

    -¡Oh, estás aquí!-exclamó fingiendo sorpresa.

    -Debo irme ya, quiero descansar... esta noche tengo un cita especial ya sabes...-comentó Ian guiñándole un ojo.

    -¡Yo también debo irme a descansar!-gritó Marcus y tras hacerlo tiró a caminar hacia su cuarto.

    Ambos se marcharon sin dejar que el otro viera su preocupación, pero todos los demás lo notaron. Ninguno había obtenido la victoria tan fácil como era costumbre. Michael seguía leyendo sin hacerles caso a sus hermanos mayores, pero Damian disfrutaba tremendamente con toda esa situación, era divertida aquella nueva experiencia. Keiran hablaba con Jack sobre lo sucedido, nunca antes había pasado, y Lucien se unió a la conversación.

    -¿Quién creéis que lo conseguirá antes?-preguntó Lucien sonriendo.

    -No sé, ambos son muy buenos seductores- afirmó Keiran sonriendo como de costumbre, con una expresión despreocupada e infantil.

    -Pues...-Jack se detuvo un instante sin poder terminar su frase.

    Algunas veces sucedía, sin saber cómo veía cosas. A ninguno de sus hermanos les sucedía aunque todos tuvieran poderes. Todos lo miraron pues ya sabían que era lo que estaba sucediendo: una premonición que nunca fallaba. Aunque las cosas que siempre habían tomado por obvias comenzaban a flaquear ante sus ojos.

    -No lo conseguirán...-dijo en voz alta sin creer lo que decía.

    -¿Qué quieres decir Jack? ¿Has visto que van a fracasar ambos?-preguntó atónito Lucien.

    -¡Imposible! ¿En serio?-preguntó incrédulo Damian rascándose su rojizo cabello- ¡Eso sería genial!

    -Pobres... espero que te equivoques y lo consigan-expresó Keiran.

    -No sé, me parece raro pero nunca antes me he equivocado... llegará la noche y ninguno conseguirá nada-concluyó Jack serio.
     
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    Como si se tratara de un manto que alguien había dejado caer, la noche se abalanzó sobre la mansión. La luna se apoderó del cielo y brillaba por encima de cualquier estrella, una hermosa y redonda dama vestida de plata que reinaba en las alturas adornando la noche.
    Aquellas horas antes de la llegada de la medianoche parecían eternas, algunos anhelaban que llegara ya la hora, otros temían su llegada. Cuando las agujas del reloj se posaran sobre las 12 todo habría acabado, para bien o para mal. Nunca antes se había dado el caso en el que alguno de los hermanos no hubiera conseguido superar la prueba, pero esta vez ambos apostantes, incluso sin conocer la predicción de Jack, estaban nerviosos. Algo en todo aquello parecía fallar. ¿Era acaso su magia? ¿Acaso su encanto dejaba de atraer a las mujeres? ¿Eran aquellas mujeres las primeras a las que se verían obligados a dejar dormir por la eternidad?

    Caminaba con cautela hacia la habitación, llevaba un reloj de mano que guardaba en el bolsillo interno de la chaqueta, lo más próximo posible al corazón. Se había acicalado como si se tratara de una gran cita como si aquella noche fuera diferente a las demás, pero no lo era. Aquella preparación era la de todos los años, no cambió absolutamente nada: se bañó, se perfumó, se peinó, se vistió y, por último, se preocupó de guardar los detalles más ínfimos. Aquel ritual era tan sagrado como el respirar.
    Se detuvo un minuto justo antes de las once frente a su puerta, tenía exactamente una hora para hacer que la joven le rogara que la tomara allí mismo, tenía que hacerla enloquecer, despertar sus más secretos instintos y emociones; respiró hondo y llamó a la puerta.

    -Adelante- se escuchó desde el otro lado de la puerta.

    Giró el picaporte de la puerta y empujó suavemente hacia dentro dando un paso al frente y adentrándose en aquel universo amarillo.Era como un punto azul que destacaba entre un fondo uniforme: pues incluso el vestido y el cabello de Loreen entraban en esa escala de colores.

    -¿Cómo ha cenado?-preguntó fingiendo una sonrisa amable e inocente.

    En esa situación todos y cada uno de sus actos debía ser calculado y perfecto, el mínimo error podía hacer que todo cambiara y que se viera forzado a actuar de una manera menos ortodoxa.

    -Bien, gracias-contestó Loreen dejando a un lado las agujas.

    Como estaban recluidas sin que lo supieran, les habían llevado algunos objetos para que se entretuvieran y no intentaran salir o escapar. Aunque ellas preferían leer a coser, como esto no estaba bien visto, accedieron sin rechistar a aquel pasatiempo tan costoso elaborado especialmente por y para mujeres.

    -¿Puedo ver qué estaba tejiendo?-preguntó intentando mostrar un interés inexistente.

    -Oh... Sí bueno, aunque no soy muy buena cosiendo...-se excusó la joven avergonzada mientras le tendía el bordado que acababa de hacer.

    Era un tapiz en el que se mostraba la vista que ella tenía desde la ventana de su habitación en la mansión. No era un bordado perfecto, de hecho se podían observar errores a simple vista, pero aún así era de una suavidad exquisita. Ian acarició la superficie del bordado con sus dedos con delicadeza bajo la atenta mirada de la joven, luego suspiró y la miró con una sonrisa tímida.

    -Ha hecho un gran trabajo, es precioso- la aduló sin dejar de apretar aquel tapiz entre sus manos.

    -Gracias, pero he cometido fallos, debo perfeccionar mi técnica- contestó humildemente Loreen.

    “¿Qué hará ahora?”-pensaba Loreen que se sentía extrañamente incómoda.

    Ian permaneció en silencio bajo la temerosa mirada de Loreen, sentía sus ojos clavándose en él, podía escuchar sus pensamientos de temor, no el tipo de miedo que se le tiene a un loco ni a un asesino, ya no temía por su vida. Era extraño cómo en un mismo día su manera de verle había cambiado tanto sin que fuera necesario que él dijera nada. Ahora temía por su virtud, estaba en tensión constante, eso significaba que lo estaba consiguiendo: había hecho que ella sintiera que podía caer ante la tentación, por eso temía.
    Ahora comenzaría su plan: intentaría parecer inocente y tierno para ablandarle el corazón y que no temiera sobre si él la iba a utilizar o si solo la quería por el sexo.

    -Loreen, mis padres han hablado con su abuela, han ido a visitarla para decirle que ya se encuentra bien y que mañana mismo puede regresar a casa...-la avisó sosteniendo con fuerza el tapiz y sin dejar de observarlo.

    -¿En serio? ¿Cómo está?-preguntó la joven preocupada por su abuela.

    Loreen sabía que su anciana abuela se habría llevado un gran susto, cosa que a su edad no era muy recomendable y que tenía que evitar a toda costa. Se sentía triste al pensar que ella podría empeorar la salud de su abuela.

    -Está bien, desea que regreséis a casa...-dijo como si se deshinchara, como si perdiera el alma con aquella frase.

    Ian levantó la mirada furtivamente para encontrarse con la de Loreen. La joven se sobresaltó y rápidamente bajó la vista al suelo. Ian decidió atacar.

    -Loreen-pronunció su nombre como si de algo sagrado y prohibido se tratase- quisiera que volviéramos a vernos cuando se marche de la casa... sé lo que está pensando...-prosiguió adelantándose a la reacción de la joven- Es muy indecoroso que le diga esto en su habitación, no debería estar aquí con usted siendo ambos casaderos pero me aterra pensar que se marchará mañana y no volveré a verla.

    La joven no pudo evitar sonrojarse al oírlo, era inevitable que se sintiera abrumada y a la vez excitada ante aquellas palabras que nunca antes había escuchado. Recibía al fin una atención desconocida hasta entonces, pero sabía que aquello estaba mal y que debía seguir firme a la negativa. Ian que podía ver lo que ella pensaba cuando él gustara siguió con el ataque.

    -Permítame quedarme con algo suyo para sentir que sigue en la casa, que su esencia sigue aquí hasta que algún día vuelva a visitarme- le rogó acercando su mano para coger la suya.

    Sus dedos enfundados en un guante sintieron el pánico de aquel roce, su delicada piel sintió aquel calor sobre la tela que se apegaba contra su mano. Le miró aterrada, esperando en cierto modo aquel beso que no podía permitir y que deseaba que sucediera.
    Tanto Loreen como Arianne habían leído muchos libros sobre amores perdidos, destinados al fracaso y, al mismo tiempo, veían en su día a día parejas que no se amaban. Deseaban encontrar algo diferente y sabían que aquello lo era, Loreen pensaba en cómo cambiaría su vida si al menos una noche pudiera elegir ella, pero no. No podía, ella no elegiría a un hombre al que desconocía, ella quería un amor de novela. Aunque sabía que nunca lo obtendría.

    -Ian, por favor-suplicó ella apartando su mano con delicadeza.

    -Lo entiendo, no quería ofenderla discúlpeme-fingió sentirse arrepentido alejándose de ella.

    -Tranquilo, si lo desea puede quedarse con el tapiz-le ofreció ella flaqueando en su inocencia.

    Se sentía mal al rechazarlo, sabía que era lo que debía hacer pero aún así se sentía culpable. Demasiados sentimientos y emociones que se mezclaban en su interior bloqueándola temporalmente.

    -Muchas gracias, esto significa mucho para mí-aseguró Ian apretando el tapiz contra su pecho y observándolo de nuevo al apartarlo de su traje.

    -Quiero que lo guarde como agradecimiento por haberme tratado tan bien, han sido muy amables-aclaró ella intentando ser educada pero sin dejar esperanzas.

    -Loreen, lucharé por volver a verla, ¿vendrá a la Iglesia?-preguntó haciendo que pareciera todo más inocente.

    -No lo sé, supongo que sí para acompañar a mi abuela-contestó ella confusa.

    De pronto él se levantó, siempre sin dejar que ella reaccionara, él entendió que debía cambiar su táctica, debía dejar de palabras sentimentales y delicadas. Tenía que volverse el amante que toda mujer desearía: sutil, pasional y salvaje.

    La miró desde lo lejos primero entrecortando su mirada y finalmente alargando aquel diminuto e insignificante contacto, pues para él era insignificante, pero que causaba un efecto dispar en ella. Cada vez estaba más nerviosa y agitada. Fueron segundos en silencios, él se levantó y caminó hacia ella lentamente sin dejar de mirarla.

    -Loreen-dijo agarrándola de la mano- ambos sabemos que esta es la última noche que pasará en esta casa...

    -Sí...-contestó ella sonrojada intentando apartarse de él.

    -Quisiera que fuera especial-murmuró agachando su cabeza.

    -¿Especial?-preguntó casi sin poder respirar la joven.

    Él le acarició el pelo rizado suavemente, luego le pasó la mano por su mejilla sonrosada, le levantó la barbilla y se quedó mirándola fijamente a los ojos. Ella comenzó a andar hacia atrás instintivamente y él sin separarse de ella la agarró por la cintura apretando su cuerpo contra el de ella mientras ambos caminaban hacia atrás. Finalmente ella chocó contra la pared, no tenía escapatoria.

    -Ian...-suspiró ella sin saber cómo salir de la situación.

    Él intentó adentrarse una vez más en sus pensamientos pero esta vez estaba todo confuso, no podía sacar nada en claro. Se extrañó pero no dejó que se le notara, siguió mirándola fijamente como si la traspasara. La agarró más fuerte hasta que sentía su respiración entrecortada, estaban tan sumamente cerca. Son la otra mano le acarició la nuca y jugó con sus dedos entre su cabello. Le susurró al oído: “Dígame Loreen, hagamos de esta noche una noche especial”. Luego acercó sus labios a los de ella sin tocarlos, como mostrándole la miel que podría obtener si accedía y mientras la empujaba más contra la pared.
    Escuchó tras de sí el reloj, empezaba la cuenta atrás, sonó la primera campana. Él deslizó su mano hacia el corsé de ella para tirar de las cuerdas.
    Segunda campana, movió sus dedos para empezar a desatarlas mientras la subía delicadamente sobre él. Ella temblaba de miedo.
    Tercera campana, cuarta, quinta, sexta, séptima... una vez la cogió la llevó hasta la cama, la dejó tumbada con suma delicadeza y se sentó a su lado, quitándole primero un zapato y luego otro, disfrutando de aquella victoria. Luego subió otra vez para acabar de quitarle el corsé y dejarla en ropa interior.
    Octava, ella le detuvo y él entrelazó sus manos con las de ella, mirándola desde arriba suya, viendo en sus ojos el temor, se acercó a su rostro y le dijo: “Eres muy hermosa, la mujer más hermosa que nunca he visto y que nunca veré”.
    Novena, ella parpadeó rápidamente sin soltarle las manos, sabía que si le dejaba que le quitara el vestido no habría vuelta atrás.

    -El vestido no...-suplicó ella.

    Décima, el sonrió sin poder evitar una carcajada al ver la inocencia de la joven, aunque seguía sintiendo aquella llama que ella poseía en su interior y que no dejaba salir.

    Le acarició el pelo y le quitó poco a poco los ganchos y demás complementos hasta dejarle su melena rizada completamente suelta. Le caía por debajo de los hombros casi a media espalda. Se detuvo un momento para contemplarla, le pareció hermosa en ese instante.

    Onceava, se dirigió hacia sus manos para quitarle los guantes con sensualidad, ya estaba todo hecho la próxima campana y sería suya, la joven y la apuesta. Pero ella le apartó la mano.

    -Ian... no puedo, antes que ir con un hombre prepotente y maldito prefiero arrancarme las venas a mordiscos.

    Él se quedó perplejo y entendió en aquel momento dos cosas: la primera, que ella había descubierto ya la mancha en su dedo, y segundo, que tenía más agallas de las que mostraba porque aunque estuviera temblando había preferido morir en vida.
    Se sintió mal, era la primera vez que le había pasado eso, cuando tocara la última campana ella quedaría sumida para siempre en un profundo sueño, él la había empujado a aquella muerte. Un dolor amargo le recorrió el cuerpo y a la vez intentó echarle las culpas a ella por ser tan orgullosa e insultarle, pero vio sus ojos por última vez abiertos y supo que nunca olvidaría a aquella joven.
    Duodécima campana.

    A las once en punto, paralelamente en otra parte de la casa se desarrollaba la otra parte de la prueba, contando también con una hora. Marcus entró por segunda vez en el día a la habitación rosa, abriendo despacio y silenciosamente la puerta, su mirada vago por toda la habitación reparando en que el plato donde se le había servido la comida a la extraña joven descansaba vacío encima de la mesita de noche, la encontró apoyada en el alfeizar de la ventana abierta. El joven se tensó ante la idea de que la joven hubiera enloquecido y pensado mejor la idea de intentar saltar desde la ventana para escapar, aunque una caída desde esa altura era claramente mortal para cualquier persona humana. Se tranquilizó cuando entendió que solo estaba admirando la vista que el ventanal le proporcionaba y al mismo tiempo disfrutando del aire y el olor a hierba húmeda y tierra que entraba desde el oscuro exterior del dormitorio.

    -¿Has disfrutado de la cena?- preguntó con voz relajada a la joven castaña provocando un respingo en ella que no se había percatado aún de su presencia en la habitación- Disculpa, no quería importunarte - prosiguió él.

    -Aaah, no…no se preocupe simplemente no me di cuenta de que usted había entrado y me sobresalte cuando escuche su voz- dijo más tranquila la joven.

    A decir verdad Marcus la notaba más relajada que de costumbre cuando él se encontraba cerca, ahora se sentía más segura con él, como pudo notar el joven adentrándose en su mente, pero seguía sin fiarse totalmente. Marcus sabía que la joven lo encontraba atractivo, aunque si bien no lo hubiera hecho él la habría tachado de loca cuanto apenas. Sin embargo eso no parecía facilitarle mucho el trabajo al joven, por mucho que se negara a decirlo delante de su hermano o a creérselo él mismo, se le estaban acabando las opciones, debía trabajar deprisa porque también se le acababa el tiempo, y él lo sabía. No podía pensar prácticamente, secuestraban mujeres para seducirlas pero aunque algunos pensaran que ese era un comportamiento digno de un monstruo no podía dejar que una pobre joven se quedara durmiendo para el resto de la eternidad. Para Marcus lo que hacía era una especie de trabajo donde debía amar a las mujeres, no dejarlas prácticamente muertas en vida hasta el final de sus días. La decisión estaba tomada, nunca una mujer se le había resistido y caído en esa cárcel de Morfeo para estar cautiva allí, y ella no iba a ser la primera si él podía evitarlo.

    -Veo que estás más relajada, verás a tu hermano pronto- le aseguró el joven sin que ninguna muestra de su inquietud se mostrara en su voz.

    Ella se quedó un corto momento en silencio, mientras pensaba la frase en su mente.

    -Gracias por ocuparse de todo-dijo con una sonrisa franca en su rostro.

    -Aunque me costará verte partir… ya me había acostumbrado a tu presencia, por lo menos me has concedido esa hermosa sonrisa antes de marchar, no sabes lo que significa para mí, pensaba que me destetabas de sobremanera- exclamó mientras se hacia el herido por los actos de la joven.

    -¡Oh Dios no!-casi gritó la joven nerviosa por lo que él podía pensar- no lo detesto en absoluto señor…

    - Llámame Marcus-la interrumpió haciendo acopio de todas sus fuerzas para pasar por alto su comentario, lo consiguió, aunque no recordaba un momento que le hubiera costado tanto mantener la boca cerrada desde hacía años.

    -Lo que quiero decir… es que simplemente estaba asustada por los acontecimientos pasados y al no conocerlo no sabía, evidentemente, lo que podía pasar, no quiero decir que usted tenga el perfil de un delincuente, ni muchos menos, pero una no se puede fiar en los tiempos que corren, y mi madre dice que es mejor prevenir que curar y yo pienso exactamente igual …así que le pido disculpas si ha podido malinterpretar mis acciones, realmente no las hice con la intención de molestarlo -continuó atropelladamente y prácticamente tan rápido que ni siquiera tuvo la necesidad de respirar una sola vez ante la larga parrafada.
    Hablaba con cuidado de no llamarle por su nombre de pila como él había insinuado, porque le parecía de una intimidad que ni le estaba permitida ni quería tener con aquel joven de cabellos oscuros, al igual que de no llamarle señor ya que parecía conmocionarle de sobremanera.

    -¿No te desagrado entonces?- preguntó mientras se le formaba una sonrisa perezosa en los labios pero igualmente provocativa que por lo que la joven pensó habría dejado sin habla a más de una, igual que le había pasado a ella en ese preciso instante, era realmente y endiabladamente bello, pero lo que más le perturbó fue la extraña conciencia de que él también lo sabía.

    Ni siquiera supo cuánto tiempo estuvo callada antes de responderle con un simple “exacto” junto a una sonrisa nerviosa. Ella lo vio mirar el reloj de la pared y ponerse inquieto prácticamente al instante, le pareció algo extraño aunque pensó que igual que ella estaba pensado que si alguien los viera a ambos juntos en la habitación y sin carabina estarían en graves problemas, aunque acabó por no pensarlo ya que el único que los vería sería su hermano cuando viniera a recogerla y no habría mayor revuelo.

    -Ya es prácticamente la hora de que se marche…-dijo él acercándose a Arianne.

    -Sí…-dijo la joven alargando las palabras mientras retrocedía hasta toparse con la pared .

    Faltaban menos de cinco minutos para que dieran las doce, no se había dado cuenta de lo rápido que había pasado el tiempo mientras charlaban. Tenia solo una última opción… no podía fallar.

    “Cómo se me ha podido pasar el tiempo tan rápido mientras charlaba con ella, parece que al que están hechizando es a mí, he perdido un tiempo valioso, me he dejado llevar leyendo sus sentimientos a través de sus ojos”- pensó Marcus.

    -Arianne…mi corazón me está matando debo decirte algo antes de que te vayas…- notó que ella lo miraba fijamente y en silencio esperando lo que fuera que iba a decirle, guardó el silencio durante un rato para dar más suspense a su revelación.- quiero pedir tu mano- dijo finalmente agarrando la mano de esta mientras lo decía y mirándola fijamente a los ojos.

    -¿Queeé?- dijo con los abiertos como platos, mientras intentaba zafarse del agarre de Marcus.- pero…no, no…no -intentaba recobrar la calma para hablar pero no sabía qué debía decir en esos momentos, se sentía muy halagada de que un hombre tan apuesto, no solo se fijara en ella, sino que además la pidiera en compromiso, estaba realmente sonrojada y nerviosa, normalmente los pretendientes debían decirlo a los padres de las jóvenes o a los hermanos en su defecto antes que a la dama en cuestión.

    Marcus no sabía qué hacer, estaba cerca de la histeria, tenía apenas unos segundos, se estaba sintiendo realmente mal con la situación no quería que ella sufriera por sus fallos y lo más curioso es que cuanto más tiempo pasaba con ella menos le gustaba la idea de que eso ocurriera, prácticamente sin pesar y como último recurso puso sus manos a ambos lados de la cara de la joven obligándola a alzar su cara al mismo tiempo que se agachaba para unir sus labios en un beso. El reloj sonó fuerte, como dejando claro a todos que era la hora esperada, sus labios apenas se habían llegado a rozar cuando él abrió lentamente los ojos para encontrarla con la cara descompuesta por la mezcla de sensaciones donde podía apreciar claramente el miedo, la vergüenza y sobre todo la irá en los ojos de la joven, mientras esta le apartaba de un empujón no tan eficaz por la fuerza empleada como por la sorpresa. Seguía despierta ¿cómo podía ser?, podría haber pensado que estaba soñando si no fuera porque Arianne le estaba lanzando todo lo que tenía al alcance para evitar que se le acercara de nuevo, podía jurarlo ya que el libro de cubierta morada que anteriormente se encontraba en la mesa de la joven había acertado en el blanco esperado, en él, y por lo que Marcus sabía la marca iba a dolerle durante días. Salió todo lo rápido de la habitación como pudo esquivando los proyectiles con una mezcla de suerte y experiencia, cerró la puerta, se apoyo en esta cogiendo una gran bocanada de aire.

    -¡ESTÁ DESPIERTAAAA!-Chilló mientras bajaba corriendo las escaleras como si el demonio mismo le estuviera persiguiendo.
     
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    TuesdayCouple

    TuesdayCouple Iniciado

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    Marcus bajó corriendo irrumpiendo en el comedor donde estaban todos sus hermanos reunidos. Parecía totalmente fuera de sí, como si hubiera visto un fantasma y en cierto modo no sabía qué era lo que había sucedido pero no parecía normal. Al entrar vio que todos estaban sentados salvo Ian, que se encontraba apoyado en frente de la mesa del centro con las manos a los lados y la cabeza gacha.

    -Marcus, siéntate...-le ofreció y ordenó Ian- ¿Estáis seguros? Es la única posibilidad...

    -No Ian, todos los relojes de la casa están en hora, todos marcan las doce-aclaró Damian mostrándole su reloj de mano.

    ¿Cómo podía ser cierto? Eso significaba que algo había sucedido, era imposible que siguieran despiertas tras las 12. Pero allí estaban cada una en su respectiva habitación, con los ojos abiertos como platos y sin la mínima intención de dormir.
    Ian sentía que no podía pensar correctamente, seguía sin poder concentrarse, todo había sido tan surrealista: aquella joven le había rechazado e insultado incluso sabiendo las consecuencias que ello podría causarle. Cada vez que recordaba cómo le había mirado en ese momento se enfadaba más consigo mismo, Loreen mostraba una mezcla de miedo y asco. Lo miró como si fuera un ser repugnante y él en aquel momento cuando sonó la duodécima campanada simplemente pudo pensar “Lo siento”. No le deseaba aquel final a nadie y menos sabiendo que era por su culpa, pero esta vez era tan diferente a las demás.

    -¡Chicos es imposible!-gritó Marcus que seguía nervioso y sin control.

    -Vamos tranquilízate hermano...-aconsejó la voz suave de Keiran mientras sonreía amablemente.

    Todos estaban reunidos, esta vez también estaba Anthony el más cordial y caballeroso de todos los hermanos, le llamaban “el príncipe” pues eso es lo que aparentaba ser. Su rostro, su porte, sus palabras siempre acertadas y su encanto personal le hacían irresistible para las mujeres. Todos los padres deseaban ver casadas a sus hijas con un hombre así, todas las madres soñaban ver a sus hijas con el hombre que ellas habrían querido para sí mismas y, evidentemente, todas las muchachas tenían la esperanza de que su prometido se pareciera a él. Aunque como todos los hermanos tenía un fallo: muchas veces lo que mostraban, su papel, no era lo que realmente había en su interior. Todos tenían una personalidad especial que era lo que les hacía destacar entre los demás, pero muchas veces mostraban una seguridad y una confianza que en algunas ocasiones no era más que una fachada; Anthony aunque parecía siempre correcto en el fondo era bastante inocente y no solía acceder a esos juegos que ya le parecían infantiles.

    -Esto debe servir para que no vuelva a pasar...-murmuró en voz baja preocupado.

    -Anthony tampoco hay que ponerse así, es la primera vez que ocurre algo semejante-le contradijo Drake intentando quitarle importancia.

    -¿Qué haremos con ellas?-preguntó una voz tenebrosa desde el anonimato de las sombras.

    -¡Ethan tiene razón!-exclamó Anthony- No se trata de echarnos las culpas, ni de si es la primera vez o no que ocurre; ahí arriba hay dos jóvenes damas asustadas porque no saben dónde están y tenemos que devolverlas a su hogar.

    -Muy bien genio de la lógica, ¿y cómo has pensado llevarlas hasta su hogar?-preguntó Damian divertido de ver agitados a sus hermanos.

    Damian era muy calculador y serio, solía mantener la calma y no podía evitar disfrutar en las situaciones en las que la gente de su alrededor perdía la paciencia. Jack seguía callado, no solía hablar mucho cuando estaban todos reunidos porque Marcus y Drake solían acaparar la atención, pero en ese momento sintió un escalofrío y luego cerró los ojos instintivamente. Todos enmudecieron, ¿qué sería esta vez?

    -¿Qué has visto?-le preguntó Ian que seguía sin poder serenarse.

    Aunque Ian pareciera sereno en comparación con la obra de teatro andante que era Marcus, llevaba el nervio por dentro y le costaba trabajo permanecer tranquilo cuando perdía el control o cuando sus planes se desbarataban.

    -No... no estoy seguro...-contestó sin poder disimular su asombro.

    Su cara se descompuso en un momento, no estaba seguro de lo que había visto, ni siquiera podía reorganizar sus pensamientos para traspasarle la información a sus hermanos. Esta vez debía haberse equivocado, la noticia causaría sin duda un gran alboroto en la casa como no los había desde hacía mucho tiempo.
    Reflexionó durante unos minutos concentrándose en aquella ventana al mar que eran los ojos de Keiran, que le daban tanta serenidad, finalmente a duras penas consiguió estructurar la información omitiendo algunas cosas para no sonar tan radical, las palabras no salían.

    -Puede que me equivoque pero creo que pasarán un tiempo en esta casa...-pronunció finalmente observando con cautela la expresión de sus hermanos.

    El asombro fue general, todas sus caras mostraban la consternación que había causado en su interior la noticia. Como si de una bomba se tratara, había caído sorprendiéndolos a todos en mitad de la noche. Solamente Drake parecía alegre, todos los demás incluso Damian, quien dudó durante un instante, estaban preocupados.

    -¡Es imposible!-rompió el silencio finalmente Marcus.

    -Tendremos que intentar que acepten una de las dos opciones, es la única salida...-propuso Drake ideando su plan perfecto.

    -¡Sí! ¡Debe ser la única opción!-exclamó Keiran sorprendido- ¡Muy bien Drake!

    Marcus resopló desde su posición y, cuando obtuvo toda la atención, miró de reojo a su hermano Drake, pestañeó lentamente y finalmente andando hacia Ian estalló.

    -¿¡Qué te hace pensar que si no lo hemos conseguido nosotros lo conseguiréis vosotros!?

    -Nadie ha dicho eso Marcus, pero es la mejor opción que lo intentemos todos...-dijo finalmente Lucien quien había permanecido ausente durante todo el rato.

    -¡Yo me niego a intentarlo!-se quejó Anthony.

    -¡Prefieres que vivan aquí sufriendo eternamente! ¡Qué cruel hermano!-gritó Drake señalando acusadoramente a Anthony.

    -A ver... lo intentaréis todos, es lo único que podemos hacer-se resignó Ian- En caso de que falléis deberemos llamar a Allan y a él no le hará gracia toda esta historia.

    Drake sonrió al ver que lo había conseguido, sin pensar en lo difícil que era para sus hermanos aquella decisión pues, aunque no a todos, era especialmente difícil para: Anthony, Ethan y Jack.
    La reunión se disolvió, todos necesitaban descansar. Cada uno se marchó a su respectiva habitación excepto Anthony que dormía temporalmente en la habitación con Jack, ya que cedió su habitación a Loreen. Él no necesitaba ninguna razón para actuar así, simplemente su moral caballeresca le ordenaba hacer este tipo de gestos galanes.
    Drake se durmió pensando en todo lo que podía hacer, ansioso ante las expectativas y las posibilidades. Tardó bastante en conciliar el sueño pues estaba obsesionado con lo que depararía el mañana, quedaban unas horas para que conociera a las chicas y eligiera a la primera a la que intentaría conquistar. Cada uno elegiría a una, si fallaba lo intentaría con la otra. Así hasta que desaparecieran, Anthony creía que eso era una barbaridad, pues lo era. Tratarlas como si fueran objetos inanimados: sin sentimientos, dignidad, sin empatía alguna... Aunque sabía que era más cruel dejarlas allí para siempre.
    Mientras caminaban hacia su cuarto, Damian charlaba con Ian, intentaba calmar a su decepcionado amigo con su peculiar humor.

    -Te haces mayor, debes entenderlo, ahora es la generación de Michael nosotros ya tenemos que retirarnos a vivir del campo, aunque bueno yo aún estoy irresistible-bromeó peinándose el cabello hacia atrás.

    -Uff... Damian vaya noche, me duele la cabeza creo que me va a estallar- se lamentó el joven de azul marino.

    -¡Vamos deja de rechistar! Te estás convirtiendo en un viejo gruñón, anda entra y acuéstate en la cama-sugirió Damian masajeándole los hombros- yo bajo en un momento a por un té y subo, tú intenta olvidar tu bochornoso fracaso hasta que yo vuelva.

    Así fue como dejó a Ian destrozado en su cuarto, esperando a su amigo para que “en teoría” le siguiera animando. Damian bajó rápidamente casi levitando, se dio prisa en preparar el té y cuando a los minutos ya tenía todo preparado se vio en la obligación de detenerse un momento antes de reunirse con aquella alma en pena que era en estos momentos su hermano diabólico, al que consideraba como un siamés.

    -¿Ethan?-preguntó al escuchar un ruido en el salón.

    Las luces estaban apagadas, no había ni un ápice de luz en la habitación y solo había una persona que se sintiera tan cómoda en aquella oscuridad. Realmente Ethan solo se sentía a gusto de esa forma.
    Sin embargo, para su sorpresa se encendió una luz y poco a poco se fue dibujando la silueta de Lucien sentado en el sillón. Estaba ahí sentado solo, en silencio, sin hacer nada más que mirar a la nada.

    -¿Lucien?-preguntó asustado por aquella conducta tan extraña en su hermano menor.

    -Sí, perdona no quería preocuparte-se disculpó avergonzado.

    -¿Qué te ocurre?-preguntó Damian arqueando una ceja.

    -Es que no puedo dormir... mi habitación es pared con pared de la de Anthony...-balbuceó sin querer explicar del todo lo ocurrido pues sentía vergüenza.

    -¿Y? ¿Te da miedo que una de ellas te asalte por la noche? ¡Nos ahorraría muchos problemas!-soltó sin tacto alguno el pelirrojo.

    -La joven no ha parado de llorar en horas.

    -Ven conmigo, tengo té e Ian nos espera sediento de sexo, seguro que te anima-bromeó Damian-Mañana hablaremos de esto, no lo hables con los demás- ordenó bajo la atenta mirada de Lucien- Solo les hundiría más, ahora lo mejor es dejarlos, tanto a ellos como a ellas, dormir.

    -Siento haberte preocupado...-insistió el joven de gris.

    -¿Preocuparme? Querido Lucien necesitas aprender mucho de tus hermanos mayores, esto solo es un juego y cada vez está más interesante. No sé si podré dormir ante la idea de otra de las premoniciones de Jack y de todo lo que ha callado esta noche.

    -¿Cómo que “lo que ha callado”?-preguntó siguiendo a Damian escaleras arriba.

    -Pues claro, casi se le salen los ojos de las órbitas. A Ethan se le ha escapado un grito de angustia desde detrás de la cortina, Marcus e Ian se sienten humillados, los demás o preocupados o entusiasmados. Yo impaciente aunque creo saber lo que ocurrirá y tú, que ahora te muestras reacio, sabes que eres uno de los mejores seductores de la casa aunque nadie ni siquiera tú lo haya reconocido. Pero cómo ya he dicho antes, esto es un juego y ganará el que mejor mueva sus fichas.
     
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    Estrella Solitaria

    Estrella Solitaria Lirio del ocaso

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    Hola tu escrito me ha parecido muy interesante, e intrigante a la vez, sobre todo porque muestra las distintas técnicas que poseen estos hermanos para intentar seducirlas, y el miedo de ellas, pude sentir las emociones y me ha encantado la descripción tanto de espacios como de personajes, la narración también es clara y me ha gustado mucho, sin embargo tienes errores como todos cometemos los que son superables n.n
    Noté que el solo lo repetías muchas veces y que la mayoría de ellos debería ir acentuado: sólo, ya que es de solamente no de soledad, también observé que luego por ejemplo: -¡Disculpe señorita! -exclamó una voz- ¡Ha sido mi culpa!-se lamentó el hombre.
    La primera parte marcada considero que debe existir un espacio entre voz y ese guión y que la siguiente palabra debería comenzar con minúscula porque se continúa la idea y luego la segunda parte marcada, "se" no es un verbo por lo cual se comienza con mayúscula. Ese es un error que se reitero muchas veces pero es muy fácil de corregir. :3 al igual que:
    -Anda deja de infundarme miedos ridículos y ves antes de que tu abuela se enfade...-le aconsejó
    En donde la "s", "de" están de más y "le" o debe comenzar con mayúscula o simplemente no colocarse.

    ¿Era acaso su magia? ¿Acaso su encanto dejaba de atraer a las mujeres? ¿Eran aquellas mujeres las primeras a las que se verían obligados a dejar dormir por la eternidad?
    Creo que deberían ir separadas por comas y comenzar con minúscula.
    Como se desarrolla el guió es —Sí, no quería preocuparte —mencionó alejándose.
    Espero ver el desenlace de esta historia ya que me da mucha curiosidad saber si alguno de esos hermanos será capaz de conquistar a alguna de las dos chicas, espero continúes escribiendo por mucho tiempo y no dudes invitarme a leer tanto la continuación como alguna otra historia que realices n.n
    Saludos!!!! a sido un placer leer :3
     
  10.  
    Kirah Isoro Nyan

    Kirah Isoro Nyan Entusiasta

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    Hola!! te dire que me encanta tu fic. es muy bueno e interesante... me deja emocionada y fascinada la manera q describes, pues ni es mucha descripcion, lo cual a veces es aburrido, ni te los saltas como oveja a una cerca...

    Pero te sere sincera, hay algo que me deja un tanto confundida.... y son los guiones, linda, usa guiones largos en el dialogo (—) si no sabes como colocarlos... usa alt + 0151 ^^ de otras cosas me pareces esplendida!! sigue así... ah, si tienes duda con el uso de los guiones... pide el link!! por aquí esta una reseña sobre ello :D

    Suerte!! te felicito!! ♥
     
  11.  
    TuesdayCouple

    TuesdayCouple Iniciado

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    El día amaneció como otro cualquiera para todos aquellos ajenos a la casa, en el pueblo la gente ya estaba en alza desde el primer canto del gallo viviendo en la ignorancia ante las artes oscuras que acechaban a sus familias. Solo dos familias eran conscientes pero no podían decir nada, no debían manchar la reputación de las jóvenes. Era mejor callar y esperar a que llegarán a casa, aunque eso significaba la pérdida del honor.


    ¡No, debe estar bromeando!—gritó el hermano de Arianne ¿En serio pretende que me quede aquí sentado mientras mi hermana se ve obligada a... a acostarse con un siervo de Lucifer?


    Enfrente de él, con la pesadez de los años y la sabiduría que da la experiencia se encontraba la abuela de Loreen, que observaba cómo la juventud del joven le gastaba una mala pasada con su impaciencia y su imprudencia.


    Si la quieres, deberás esperar por ella... ahora que está en manos de esos demonios, solo ellos pueden devolvérnoslas. Creo que enfadarlos no es la mejor opción—concluyó la anciana sin dejar que el joven continuara con sus alocadas ideas.


    Sin embargo, las cosas no estaban saliendo según lo planeado pues, tanto por parte de las familias como de los jóvenes magos, se esperaba que las muchachas hubieran regresado ya, ese era el segundo día y tenían que conseguir que aceptaran o rechazaran el pacto. No podían prolongar esa situación ni un minuto más.
    En la mansión las cosas no estaban tan tranquilas como en el resto del mundo, todos los hermanos (salvo Ian y Marcus) se despertaron temprano para acicalarse y pasar a la acción. Durante el desayuno se decidiría a qué joven tendría que seducir cada hermano. Aún no habían hablado con ellas pero debían ser consecuentes con sus decisiones y de esta forma iba a ser mucho más fácil.
    Como no estaban seguros de quién debería intentar seducir a quién se decidió mediante un “juego” en el que el nombre de la joven estaba escrito en un papel y cada uno debía escoger un papel, dependiendo del que escogiera le tocaría seducir a Loreen o Arianne. Como eran impares se decidió por mayoría absoluta que Anthony lo intentaría con ambas, muy a su pesar.


    Un joven se detuvo ante la puerta de Arianne, simultáneamente otro hacia lo propio en la habitación de Loreen, era temprano pero no podían derrochar más tiempo. Se repasó superficialmente para observar que todo estuviera en su sitio y finalmente tras respirar hondo se decidió a llamar.


    ¡Buenos días!—entró felizmente Keiran con una amplia sonrisa.


    Al entrar se vio decepcionado, sintió como el viento lo barría de nuevo fuera de la habitación. Su gran entrada había quedado reducida a cenizas: la joven seguía durmiendo. Se paró dudando durante unos instantes sobre qué hacer, ¿era mejor que la despertara o debía esperar a que ella se despertara?, ¿esperaría dentro del cuarto o fuera? Decidió esperar fuera, pues según le había dicho Marcus la joven era muy asustadiza, pero justo antes de salir sintió la tremenda curiosidad de acercarse para verla dormir. Nunca antes había visto a una joven dormir así, es decir, naturalmente. Las únicas jóvenes que habían dormido allí siempre habían estado presas del hechizo. Esta vez vio en aquel rostro moreno una expresión diferente. Sus párpados cerrados y su boca ligeramente abierta dejando entrever la posibilidad de un beso, parecía lo idóneo para despertarla de aquel sueño como sucedía en los cuentos. Se acercó sigilosamente pensando que podría ser una buena idea, siguió contemplándola mientras se acercaba cada vez más a su piel y justo antes de que pudiera rozar sus labios la joven se movió para cambiar de postura. Él, al ver que se movía, se separó rápidamente para no despertarla, se asustó y se tuvo que apartar de la cama unos pasos para respirar tranquilamente después de abortar aquel primer paso de la misión. La miró desde la lejanía, parecía tan tranquila sin saber lo que le esperaba...
    Decidió marcharse y volver más tarde, se giró directo hacia la puerta pero tropezó con la silla que estaba justo detrás de él y cayó al suelo creando un gran alboroto. Permaneció sin moverse en el suelo. ¡Pero qué diablos! ¿Por qué aquel día le venía toda la mala suerte? Él no era ni de lejos el más patoso de la casa, siendo esa la posición de Jack, pero hoy parecía que la sombra de su hermano le acompañaba por donde fuera. Al levantarse observó que ella seguía durmiendo, no podía creer que fuera cierto, así que decidió salir de la habitación antes de enloquecer por los nervios y la tensión.
    Al lado de la puerta estaban las pertenencias de Arianne, con las que llegó a la casa, se detuvo un momento mirando antes a la joven que seguía plácidamente dormida y se agachó luego para verlas. Agarró una capa y permaneció un rato sosteniéndola, sintió curiosidad y la olió para conocer el aroma de la muchacha, fue entonces cuando se fijó en que había una etiqueta que llevaba algo bordado.


    A...Arianne—leyó en voz alta intentando descifrar aquella caligrafía curvada.


    Dejó la capa otra vez con el resto de cosas y siguió mirando tranquilamente sus pertenencias.


    ¿Quién eres?—le sorprendió la joven que había despertado al escuchar su nombre.


    ¿Qué?—gritó asustado el pobre Keiran— ¡Me ha asustado!—exclamó sonriente— Permita que me presente: soy Keiran el hermano menor de Marcus—dijo acercándose a ella.

    ¡Oh! ¡No se parecen en nada!—dijo ella aún medio dormida— ¡Oh perdón! ¡Qué descortés!—se disculpó cuando reparó de su error.


    Tranquila, nos lo dicen muy a menudo— la serenó entre risas.


    Keiran le gustó desde el primer momento, su sonrisa la tranquilizaba y siempre parecía estar feliz. Sus ojos le parecieron los más hermosos que jamás había visto y pensó que los padres eran afortunados de tener dos hijos tan apuestos. “Seguro que los casaran pronto”—se sorprendió pensando incluso en aquel estado de poca lucidez mental.


    ¿Qué le gustaría desayunar?—le preguntó el joven mirándola fijamente a los ojos.


    No se preocupe, no tengo gana recién levantada—contestó Arianne siendo educada.


    Keiran rió para sus adentros pues podía ver en su mente que estaba muerta de ganas de comer, era tan gracioso ver como decían una cosa para seguir el protocolo y las formas pulcras y educadas, aunque luego pensaran totalmente lo contrario.

    No diga tonterías, ¡en un minuto estoy aquí con el desayuno!—exclamó sonriente— ¿Me permitiría acompañarla? No he tenido aún tiempo de desayunar y así podré conocerla mejor.


    Claro, pero antes permítame que me asee— comentó ella algo pudorosa y vergonzosa.


    Tras decir eso Keiran salió disparado de la habitación, solo tendría unas horas para acercarse a ella antes de la noche. Siempre era igual, no tenían más de un día para seducir a las jóvenes y si no la conquistaba en unas horas la joven permanecería otro día en la casa y pasaría a ser problema de sus hermanos.
    Pasó media hora y justo en el segundo exacto en el que ella acabó de arreglarse él entró por la puerta como si supiera cuándo podía entrar, con una gran bandeja entre las manos. Ella se sentó en la mesa que tenía en el cuarto y él en la otra parte, dejó la bandeja sobre la mesa y vio como el rostro de la joven se iluminaba. Había un jarrón con flores, leche, zumo de manzana, zumo de naranja, tostadas, fruta, bizcocho de chocolate y lo más sorprendente de todo: pastel de limón, el favorito de Arianne.


    Espero que le guste, no sabía qué le gustaría así que he decidido traerle un poco de todo y mi postre favorito: pastel de limón—mintió él rascándose el cabeza.


    ¡Es mi favorito también! No debería haberse molestado tanto...—dijo mientras solo pensaba en comer el delicioso pastel.


    Keiran haciendo gala de sus modales le sirvió un trozo de pastel primero y luego un vaso de zumo de naranja, a sabiendas que el de manzana no le gustaba (lo había traído para quedar mejor). Ella lo miraba de reojo, intentando ser discreta, parecía el hombre perfecto: atento, con buen gusto culinario, amable y siempre lo hacía todo con una sonrisa.


    ¡Pruebe el pastel! Si no le gusta me decepcionará mucho, tardé meses en pillarle el punto de cocción para poder hacerlo...—fingió Keiran sonrojándose.


    ¡Voy!—exclamó ella llevándose la primera cucharada a la boca.


    Cuando probó aquel minúsculo trozo de pastel sintió como si estuviera muerta, sí ya sabía cómo era el sabor que debía tener el cielo. Sin duda debía ser algo parecido pero sin superar aquel pastel. Estaba en el punto justo o directamente en un punto inexistente hasta ese momento, no podía calificarlo era indescriptible. Lo mejor que había probado hasta el momento.


    ¿Qué tal?—preguntó él fingiendo entusiasmo aunque ya conocía la respuesta.


    Jugaba con ventaja pues había preparado una poción que luego vertió sobre el pastel para crear esa sensación en ella, pero todo era una ilusión, pues el pastel era uno normal y corriente que ni siquiera era de limón.


    ¡Magnífico!—casi gritó la joven sin poder creer que hubiera probado manjar semejante.


    ¿En serio?—preguntó él divertido—Si quiere puedo darle la receta, aunque preferiría que viniera a merendar aquí cuando quisiera volver a comer un poco, así podría disfrutar de su compañía...

    Dijo asegurándose así de que la joven tendría de nuevo ganas de verlo, pues aquel pastel se podría convertir en una droga para ella si comía dos veces más un pedazo de él. Esto carecía de valor aparentemente, pues ella se iría esa noche si todo salía bien. Pero el sabor del pastel le atraería a todas horas, se pasaría todo el día en el pastel cuando estuviera a solas y eso le haría acordarse de él. Produciendo así una gran alegría en la joven cuando volviera a verlo por la noche, todo eso le facilitaría el trabajo.
    Solo había una manera de romper aquella ilusión, de borrar aquel sentimiento de necesidad, pero evidentemente Keiran no iba a dejar que eso pasara y menos de su mano; la única manera de que la joven se deshiciera de aquel encantamiento era que se diera cuenta tan solo una vez de que él la había mentido.
    Haciendo aquella jugada maestra consiguió en la muchacha la reacción deseada pues ahora tenía su atención.

    ¡Pero antes tendrán que venir usted y Marcus a visitarnos a mi hermano y a mí para invitarles a comer por las molestias!—exclamó ella aceptando de la manera más educada posible la propuesta.


    ¡Me encantaría!—contestó, como siempre, sonriendo.


    Siguieron charlando sobre sus intereses comunes: a ambos les gustaba leer, eso era lo más importante, ambos tenían una gran pasión por la cocina y ambos parecían encantados con la presencia del otro. Lástima que de las tres cosas solo la última fuera parcialmente verdadera en el caso de él ya que, a pesar de que ella le agradaba, sentía la presión de que si fallaba ella permanecería un día más en la casa, hasta que a la mañana siguiente lo intentara otro de sus hermanos.
    Esa era la idea, pues no podían intentarlo los cuatro en un día, era demasiado. Cuando acabaron de comer, él se levantó para retirar las bandejas prometiéndole que regresaría pronto.
    Al entrar de nuevo en la habitación llegó con un libro: su “favorito”. Quería prestarselo a ella para que leyera lo que para él era “una gran obra” (que en realidad ni había leído), pero sabía que a ella le agradaría. De hecho ella ya lo había leído, estuvieron horas hablando del libro, buscando él en la mente de la joven las respuestas a las preguntas que ella le hacía. Era imposible desagradarle de esta manera así que cuando llegó la hora se marchó para esperar a que cayera la noche, el último paso lo daría en apenas unas horas.

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    ¡Gracias por los comentarios! Estoy muy contenta de que os agrade la historia y espero que os gusten también los cambios que pronto sucederán. También he de agradecer las críticas, que son lo que me harán mejorar.
    Lo primero de todo quiero aclarar que "solo" desde hace unos años no se acentúa en ningún caso según la RAE (aunque poca gente se ha enterado del cambio, pero en la Universidad me lo explicaron así); sucede lo mismo con este/ esta/ estos... es decir, ya no se debe acentuar, lo que me parece un error pues pretenden simplificar la lengua cuando hacen más difícil su comprensión (pero esto ya es meterme en otros asuntos jeje).
    Lo segundo: lo de los guiones ¡tenéis razón!, pero es que no me aclaro para ponerlos lo siento, espero que esta vez esté todo más claro. Cambiaré los anteriores para que si alguien nuevo lo lee se entere mejor. Si aún siguiera mal en este último ¡avisadme!
    Bueno, como siempre gracias por comentar y espero que os guste la continuación.
    Para todos los lectores: ¿cuál de los hermanos os cae mejor, os gusta más o el carácter os parece más interesante?
    Soy consciente de que aún no se ha desarrollado bien la personalidad de cada uno, pero más adelante iréis viendo cómo son y descubriendo más cosas sobre ellos y me gustaría saber si existe algún favorito entre los lectores.
    ¡GRACIAS! :D
     
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    Sentía sudores fríos por todo el cuerpo, las manos parecían chorrear y tenía que secárselas constantemente con un pañuelo que llevaba guardado en el forro interior de la chaqueta azul celeste. Llevaba el pelo repeinado hacia atrás, tenía miedo de la reacción de la joven cuando viera su pelo celeste. Casi no había podido dormir, de hecho tuvo que acudir a Keiran en busca de ayuda, este le hizo una de sus pociones para dormir. La última vez que uno de ellos tomó una de sus pociones para dormir se pasó tres días durmiendo, así que esta vez con sumo cuidado la hizo mucho más suave. Le quedó perfecta. Consiguió dormir ocho horas, luego se levantó y pronto sintió dolor en la boca del estómago, eran los nervios.
    Comenzó a resecársele la garganta antes incluso de haber entrado, desconocía cómo era la joven pues Ian no había dado demasiadas descripciones; todos sabían que tanto para Marcus como para Ian aquel había sido un golpe duro y preferían no recordárselo con preguntas.
    Contó hacia atrás desde el 5.


    — Cinco... cuatro... tres... dos...— suspiró profundamente y cerrando los ojos se decidió a ponerle fin a aquella situación— uno— concluyó abriendo la puerta.


    Al abrir los ojos vio que la joven lo miraba confusa, todas las cortinas estaban corridas dejando que los primeros rayos de luz iluminaran la habitación. Las ventanas estaban abiertas de par en par de manera que el viento mecía suavemente el cabello rizado de la joven. Él dudó un instante y luego, fingiendo confianza, entró cerrando la puerta tras de sí.
    Ella parecía estar cosiendo, no sabía bien el qué pero no podía descubrir qué intentaba trazar en el tapiz desde la lejanía. Ella reposó su tarea sobre su regazo expectante ante la llegada del joven.


    — Me... me llamo Jack— se presentó el joven sintiendo cómo gastaba el último aire que le quedaba.


    — Es un placer, mi nombre es Loreen... ¿pero quién es usted?— preguntó la joven sin darle apenas tiempo para reponerse.


    —Verá soy el hermano menor de Ian...—aclaró nervioso.


    Todavía permanecía estático al lado de la puerta, no había avanzado apenas dos pasos, la joven asintió con la cabeza mientras trataba de digerir la información. Entonces ella le hizo un gesto con la cabeza en dirección a la silla que tenía delante de ella, invitándolo a sentarse. Loreen desconocía qué se traían esta vez entre manos pero desconfiaba de todas y cada una de las personas que podría conocer en aquella situación. Jack, tan torpe como siempre, no percibió la señal y se quedó en silencio retorciéndose las manos de tanto apretarse los dedos.


    — Siéntese— le ofreció finalmente la joven señalando directamente la silla al ver que el joven no la había entendido.


    Jack caminaba muy lentamente, como apesadumbrado, al lugar que ella le había indicado mientras Loreen lo miraba fijamente, estaba alerta de cualquier cosa que pudiera suceder, las cosas podían ponerse peor si no se andaba con cuidado. Loreen se percató de que ese hombre era bastante más alto que Ian y, si bien este último superaba la altura media de los hombres que había conocido, el peliazulado superaba al moreno por aproximadamente unos diez centímetros. Loreen pensó en esperar a ver el porqué de la visita del joven y después contestarle mordazmente en cualquier momento que se le diera una oportunidad, por mínima que fuera.


    Cuando el joven llegó al lado de la silla se quedó un momento confuso, mirando a Loreen con una mirada pensativa, cosa que la joven no interpretó del todo bien, no iban a engañarla otra vez. Lo miró fijamente a los ojos y, demostrando lo irascible que estaba en esos momentos, se dirigió de nuevo al visitante que acaba de aparecer.


    — Tome asiento, por favor— recitó la joven.


    Aunque en sus palabras no había nada que pudiera hacer pensar ni al jurado más duro y disciplinado del mundo que no estuviera haciendo nada más que la típica falsa cortesía de la época, tanto en su rostro como en su voz se podía apreciar una furia mal disimulada que parecía apunto de estallar.


    “¿Dónde me he metido?, Dios, ¿Por qué tuvo que decir Damian que yo era el más adecuado para empezar?”— pensó el joven con evidente nerviosismo mientras se sentaba a unos metros de ella. Normalmente él podía mentir como cualquiera de sus hermanos aunque junto con Ethan eran los que menos salían de la casa, normalmente estaba menos nervioso y más seguro de sí mismo ya que nunca había pensado que pudiera pasar lo que estaba pasando en estos momentos en la casa.


    Loreen carraspeó lo bastante fuerte como para que él pudiera oírla pero no lo suficiente para parecer descortés, Jack sacudió su cabeza como si de esa forma pudiera borrar todos los pensamientos que se arremolinaban en su cabeza, era el momento tenía que hablar con ella.


    — Mmm.....— empezó antes de quedarse trabado, tenía la sensación de que su lengua no le funcionaba del todo bien hoy.


    — Con que es usted el hermano de Ian — dijo interrumpiendo el largo silencio provocado por Jack, aunque no se fiaba del todo no pudo evitar sentir una cierta simpatía por ese joven, parecía estar pasando un rato verdaderamente malo.


    — ¿Eeeh?...sí, sí soy su hermano menor, me llamo Jack O’Donnell — hizo una corta pausa para coger aire y darse tiempo a estructurar bien la frase con la que iba a seguir— Mi hermano me ha mandado ocuparme personalmente de que no tiene ningún problema durante su estancia en nuestro hogar, Ian no ha podido venir ya que está ocupado con algunos asuntos...— dicho esto la miró esperando una respuesta de esta.


    — ¡Oh! qué cortés por su parte señor O’donnell— contestó ella sinceramente y aguantandose la risa ya que él ni siquiera se había percatado de que se había vuelto a presentar.


    Tras un asentimiento con la cabeza de Jack el silencio volvió a reinar en la estancia, cosa que ponía nerviosos a ambos. Jack sentía cómo no cesaba de sudar de los nervios, algo que ella no percibía. Él estaba siempre alerta, esperando como si fuera a suceder una catástrofe. Ella que permanecía en silencio hasta que él, pues era lo lógico, dijera algo, no pudo evitar levantar su mirada y apartarla momentáneamente del hermoso rostro del joven. Tenía unos ojos grandes con unas pequeñas bolsas debajo de los ojos que le daban una apariencia más graciosa e infantil cuando sonreía. Su boca era fina y su mandíbula fina pero varonil. Sin embargo, no era eso lo que llamaba la atención de Loreen, ella dejó que sus ojos y su curiosidad se posaran sobre el fruto prohibido: su cabello. Observó cuidadosamente los mechones azules peinados cautelosamente, sentía unas ganas enormes de acariciarle el pelo y hundir sus dedos entre aquellos remolinos rebeldes que tenía en el nacimiento del cabello. Era realmente hermoso, algo nunca antes visto, algo imposible. No obstante, no solo su pelo era diferente, pues cuando bajó de nuevo la vista observó a un joven tímido que ni siquiera la miraba. Jack se había percatado de que ella le miraba, sabía qué estaba observando de él, así que había intentando dejar que su mente volara lejos de allí para poder serenarse. Tras un largo silencio, en el que él todavía se sentía más cohibido, finalmente Loreen volvió a hablar, pues tampoco tenía ya mucho que perder.


    — ¿Es su color natural?, nunca había visto a alguien con ese tono, ¿pudiera ser que sea usted extranjero? — preguntó ella para sacar algún tema de conversación ya que el joven parecía que no iba a marcharse y tal vez después se aventurara a comentar lo que al parecer quería decir a la joven.


    Él casi saltó de la silla a causa de la pregunta que había llegado a sus oídos cuando estaba distraído en sus pensamientos, había tenido problemas con su cabello de niño y eso había desencadenado un trauma por el cual no le gustaba salir de su casa ni el día en que los hermanos bajaban al pueblo a por las que serían las nuevas víctimas de su seducción. El movimiento no pasó por alto ante la fija mirada de Loreen que prácticamente estudiaba todas sus acciones con lupa.


    — Es un color inusual, aunque permítame decirle que le sienta de maravilla, es un color precioso, uno de mis colores favoritos. Pero nunca hubiera pensado que a alguien le quedara bien como a usted— concluyó la joven sintiéndose, extrañamente, cada vez más segura con ese extraño y torpe joven que no parecía mucho mayor que ella.


    Las palabras de la joven no dejaban de resonar en la cabeza de Jack, ¿había dicho que le gustaba su pelo o lo había interpretado incorrectamente?¿Tal vez se estuviera burlando de él como había pasado antes? Incluso sus hermanos se metían de vez en cuando con él por eso. ¿Entonces cómo podía ella pensar que era “hermoso”? Algunas mujeres a las que había estado seduciendo le habían hecho despreciar en cierto modo su color, aunque ya estaba acostumbrado, al principio se veían embrujadas por el aspecto exótico y fantasioso que contrastaba normalmente con sus monótonas vidas pero finalmente todas hacían algún comentario al respecto, “te verías mucho más apuesto si fueras moreno, rubio, si no tuvieras un pelo tan raro, si tuvieras un cabello normal”. En algunas ocasiones había sido todavía peor, pues en la mayoría de los casos las mujeres se asustaban al ver un joven con el cabello de un azul celeste tan intenso. Aquellos primeros años le crearon un problema personal que no había hecho que se sintiera como un monstruo y solo se sentía cómodo en casa con sus hermanos, pues estos le querían y le aceptaban tal y como era sin importar de qué color fuera su pelo. Pero en aquella situación se sentía extraño no sabía qué hacer ni qué decir pues nunca antes le había sucedido, solo sabía que tenía que salir de esa habitación lo antes posible y volver más tarde cuando se hubiera tranquilizado del shock.


    — Discúlpeme como veo que se encuentra bien la dejaré descansar, volveré más tarde con la cena... si necesita algo toque la campanilla de encima de la mesita de noche y vendré personalmente o alguno de mis hermanos a ocuparnos — dijo mientras salía rápidamente de la habitación chocando con varias cosas antes de llegar a la puerta y desaparecer tras ella.


    “Ha dicho mis hermanos...Osea que por lo menos son tres hermanos, ¿cuántos vivirán en esta casa?”— se preguntó ella para sus adentros, sabía que necesitaba respuestas y sabía quién sería el único que podría dárselas. Jack O’donnell, esperaría hasta esa noche para empezar con su plan.
     
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    En la biblioteca reinaba un silencio sepulcral, una luz atenuada iluminaba la estancia a causa de las velas que había desperdigadas por las estanterías y las mesas. En su interior solo había una persona: vestía un traje de azul marino a rayas diminutas, casi imperceptibles si uno no se detenía a observarlo. Llevaba desatada la corbata de un color verde pistacho y tenía la camisa abrochada hasta el último botón. Enfrascado en un libro sobre poesía medieval apenas gesticulaba, la poesía no le desagradaba pero tampoco era santo de su devoción, normalmente no le prestaba mucha atención pero aquel libro sobre poesía erótica captó todos sus pensamientos desde el primer momento que lo vio.
    En la gran mansión solo había una cosa asegurada: la calma duraba poco; ya parecía una rutina que Marcus o Drake sorprendieran a los demás hermanos, bien con sus excentricidades bien con sus alocadas e inesperadas ideas. Esta vez, para alterar el orden natural de las cosas fue Marcus quien tuvo una alocada idea, algo que Anthony hubiera desaprobado desde el primer momento. Anthony, Jack y Damian solían ser los hermanos más prudentes; Anthony era así por naturaleza, siempre pensaba qué era lo correcto, Jack por timidez repensaba las cosas mil veces antes de pronunciarlas o actuar, Damian por el contrario era prudente por su inteligencia, demasiada para una persona tan calculadora y fácil de sucumbir a la tentación como él.

    Marcus entró en la habitación con una mirada perversa, fue directo hasta el sillón y se sentó enfrente de Ian, su hermanó levantó la vista de su libro y arqueó una ceja al ver el rostro de Marcus.

    —¿Qué tramas?— preguntó esbozando una media sonrisa mientras se peinaba hacia atrás un mechón rebelde que le caía a la frente.

    —¿Por qué he de tramar algo? ¿¡Desconfías de mí!?—exclamó indignado.

    Ian cerró el libro sin poder evitar reírse, lo dejó a un lado y se incorporó hacia delante expectante. Una fuerte curiosidad se apoderó de él: qué le querría decir su hermano. Le resultó extremadamente gracioso que él pudiera notar que su hermano tenía algo entre manos y que Marcus no percibiera y ni siquiera sospechara lo que sucedía en realidad.

    —Marcus no desconfío de ti, simplemente te conozco demasiado bien—aclaró para evitar que su hermano se fuera por las ramas.

    Como hermano mayor Marcus siempre se sentía un fracaso, pues era el que más cuidados necesitaba; era como un niño pequeño en muchos aspectos y lo que él consideraba virtudes muchas veces eran sus mayores defectos. Sus hermanos le querían sin importarles ninguno de sus defectos, podían ver detrás de su egocentrismo, de su egoísmo y de su personalidad infantil. Marcus era en realidad el que más lucharía por uno de sus hermanos si alguno se viera en peligro y todos sabían que eso era así. Marcus siempre era el que enredaba las situaciones, el que creaba problemas y el que quería ponerse retos y apuestas con sus hermanos para divertirse; era un gran seductor y muy buen mentiroso, pero para sus hermanos era un libro abierto.

    —Ian… he estado pensando— comenzó haciéndose el interesante y dejando una pausa para crear más suspense.

    Su hermano volvió a esbozar una media sonrisa, Marcus era demasiado gracioso pretendiendo llamar su atención de esa manera. Quería que su hermano sintiera que él sabía algo que los demás desconocían cuando era del revés.

    —¿No crees que como hermanos mayores hemos de dar una imagen de confianza y cierta superioridad?—preguntó cruzando sus manos— Por el bien de los más pequeños evidentemente, para que ellos se sientan protegidos y vean en nosotros un modelo a seguir.

    Con esto último alzó el puño mirando a la nada lleno de orgullo y convicción, un brillo extraño se apoderó de su mirada en ese momento y luego hasta se ruborizó levemente de pensar que podían tomarle como ejemplo. Ian se limitó a asentir con la cabeza mientras se volvía a recostar sobre el sillón pasando una pierna por encima de la otra sin dejar de observar a su hermano atentamente.

    —Pienso que si fracasamos en esto ellos se decepcionaran mucho, se hundirán— enfatizó esto último comenzando a mover las manos espasmódicamente como si se encontrara inmerso en una función de teatro— Se verán sumidos en una depresión al ver que sus hermanos mayores, que ellos creían perfectos, han fallado…

    Su hermano observaba cada detalle que sus movimientos delataban, cada expresión, cada énfasis, cada movimiento de mano y sobre todo atendía sus palabras; creía poder adivinar ya por dónde iba.

    —Por su bien, creo que es mejor que ellos vean a esas chicas como “intocables”, como monjas a las que nunca podrán conseguir… porque si todos fallan no pensarán que nosotros fallamos, sino que esas chicas son unas santas— aclaró mirando a su hermano esperando una respuesta.

    Pero la respuesta no apareció, se quedaron unos minutos sin pestañear mirándose sin pronunciar palabra hasta que Marcus estalló.

    —¿No te interesa velar por el bien de tus hermanos?— intentó chantajearle psicológicamente.

    —¿Qué me propones?—preguntó Ian sin cambiar su expresión seria.

    —Nosotros podemos ayudarles, podemos hacer que fallen para que no se sientan mal…—explicó alisándose el pantalón morado.

    Su hermano pensó que lo que decía no tenía lógica alguna, solo en su mente se podía concebir aquello. Intentaba excusar sus acciones egoístas diciendo que era “por el bien de sus hermanos”, pero salvar su orgullo parecía ser el verdadero objetivo. No se enfadó al escuchar lo que pretendía, entendía que era Marcus y a él todo aquello le traía sin cuidado.

    —¿Pretendes sabotearlos?—preguntó finalmente atándose la corbata.

    —¡No utilices la palabra “sabotear” suena muy mal!—se quejó Marcus mientras parecía hipnotizado por el reflejo pistacho de la corbata.

    —Está bien, tú puedes hacerlo pero yo no colaboraré…

    —¿Por qué?—preguntó alterado.

    —Creo que si ambos intentamos sabotearles se notará, así puedo encubrirte mejor, pero recuerda que no debemos hablar de nuevo de esto o pueden escucharnos… sabes que a Ethan le gusta mucho moverse entre las cortinas, así que vete ya y prepárate, yo te cubro hermano— concluyó guiñándole un ojo.

    Marcus sonrió de satisfacción y sin pronunciar palabra salió de la biblioteca dejando a su hermano solo. Cuando ya se encontraba solo en la habitación, y el joven morado estaba lejos, se quitó de nuevo la corbata y comenzó a reír. ¡Marcus era tan inocente! Miró la corbata y se levantó, caminó hasta el primer espejo que encontró y se miró en él. En su reflejo se veían unos cabellos cobrizos, incluso parecía más alto y sus rasgos se suavizaron y alargaron. Dentro del espejo llevaba un traje verde a juego son la corbata, ¿cómo era posible que el espejo mostrara algo totalmente diferente a la realidad? ¿O aquella no era la realidad?

    Cinco minutos más tarde ya había recobrado su apariencia original, aquellas transformaciones le divertían enormemente y más aquel día, pues si no lo hubiera hecho nunca se hubiera enterado de lo que planeaba Marcus o al menos no de una forma tan graciosa. A Damian le encantaba transformarse de hecho era su especialidad y cada día se le daba mejor, aquel día decidió llevar una corbata verde para que despuntara. Quería tentar su suerte y comprobar si sus hermanos lo notaban, pero salvo un par de veces en las que se junto con la persona a la que imitaba nunca lo habían descubierto y aquella no fue una ocasión diferente. Ahora tenía que estar preparado para el sabotaje de su hermano Marcus, aunque no le asustaba demasiado.

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    Quería pedir disculpas por la tardanza he estado unos días fuera de casa y no tenía acceso al ordenador, ahora os recompensaré por ello y me pondré de lleno con la historia para poder subir más seguido ^^
     
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    La hora había llegado, Keiran tenía que lanzar sus cartas sin saber que su hermano Marcus escondía un as en la manga. Conforme a lo previsto se acicaló e intentó lucir su mejor sonrisa, pues esta nunca le había fallado. Preparó otro trozo del mágico pastel de limón para conseguir que Arianne estuviera más “cómoda” en su compañía.
    Caminó algo impaciente hasta la puerta de la habitación. Resultaba curioso ver cómo vivía cada hermano aquel mismo momento, esos pasos hacia la habitación de una joven a la que tenían que seducir. Aquel juego que a algunos les parecía divertido a otros les parecía un sacrificio. Ian y Marcus habían caminado con seguridad, ni un paso en falso, aunque eso no significaba que no hubieran experimentado nervios. Los mismos nervios que se sienten antes de comenzar algo nuevo. Marcus había entrado seguro de sí mismo, con un brillo en la mirada digno de alguien que ha conseguido la victoria y el éxito, sentía un cosquilleo en la boca del estómago a causa de la emoción que le producía ganar a su hermano Ian pues tenía claro que lo iba a conseguir. Ian llegó seguro de sí mismo también, aunque por su seriedad pareciera tenso pues apenas mostraba sus sentimientos, parecía llevar una máscara hasta alcanzar aquel trozo de madera que le separaba de la joven. Keiran entró bandeja en mano y se adentró en aquel universo rosa luciendo una dentadura resplandeciente y perfectamente alineada.
    Arianne no pudo disimular su entusiasmo e inocentemente dejó que sus emociones se reflejaran en su rostro que de golpe se iluminó. Había perdido la noción del tiempo, no sabía cuánto tiempo llevaba en la casa (ellos se habían encargado de que así fuera), pero se sentía pesada y agobiada como si le faltara la luz del sol y el aire fresco. Las horas pasaban, sucediéndose una tras otra, mientras ella no hacía nada más que esperar a que se presentara Keiran. Era lo único bueno de la jornada, un rato en el que charlar con alguien. El ambiente había sido bastante íntimo desde su primera visita, pues pronto se habían sentido como viejos amigos que se rencontraban..

    —¡Keiran!—exclamó Arianne levantándose para ayudarle a abrir la puerta.

    Él asintió con la cabeza intentando que no se le cayera la bandeja, pues era su arma secreta. Ella agarró la bandeja y la dejó sobre la mesa, sin poder evitar aspirar el mágico olor del pastel. Keiran cerró la puerta tras de sí, ella parecía radiante, rebosaba felicidad y él, en cierto modo también.

    —¿Cómo ha estado?—preguntó él sentándose después de ella.

    —Bien, ustedes me están tratando muy bien, no sé cómo podré agradecerles todas las molestias que se están tomando por mí— dijo dejando caer la cabeza ligeramente hacia la derecha y juntando sus manos.

    —¿Qué molestias? ¡Para nosotros es un placer tenerla en casa! ¡Desde que ha llegado todo parece más alegre, ha llenado nuestra morada de felicidad!—exageró y mintió colocando suavemente su mano sobre las de ella.

    Arianne no pudo evitar sobresaltarse al sentir que solo una fina capa de tela separaban sus manos de la de él, se ruborizó y le miró fijamente a los ojos para luego bajar la mirada rápidamente. Keiran acarició suavemente sus manos con una tierna e inocente sonrisa, intentando transmitirle serenidad y cariño. Ese siempre había sido su punto fuerte, a diferencia de algunos de sus hermanos que tenían el perfil de amante salvaje, Keiran se mostraba siempre cariñoso y amable. Una mezcla de inocencia con un toque, en ocasiones, infantil y caballerosidad que hacía que las mujeres se sintieran cómodas con él y creyeran todas sus palabras como si fueran sagradas.

    —¡Le he preparado un poco más de pastel!— indicó señalando la bandeja y destapándola para dejar que su hechizo se esparciera por toda la habitación.

    —¡No tenía que haberse molestado!— reprochó la joven sintiéndose algo violenta por aquellas atenciones.

    —¡No es ninguna molestia! Quiero que se sienta cómoda durante su estancia en la casa por corta que sea.

    Keiran le regaló una mirada, aquellos ojos tan azules, la joven se sintió embriagada. Sus pupilas parecían hipnóticas y ella se estaba perdiendo en ellas, aquel era un viaje sin retorno.

    —Arianne… permítame hacerle una pregunta…—dijo el joven fingiendo timidez.

    Al oír su nombre despertó de aquel sueño, al ver cómo el joven se sonrojaba ligeramente se asustó y se limitó a asentir con la cabeza. ¿Por qué estaría nervioso? Existían tantas posibilidades, toda aquella situación la abrumaba.

    —¿Usted ha viajado alguna vez al mar?

    Aquella pregunta fue acompañada de otra fulminante e hipnótica mirada, fue como si un foco se posara sobre ella. Aquellas dos perfectas ventanas con vistas al mar se posaban directamente en ella. Arianne parecía perdida en una dimensión entre la habitación y el océano. Como si estuviera fuera de sí, suspiró sin apartar la mirada como debería haber hecho cualquier joven casadera.

    —Me gustaría poder llevarla algún día para que lo vea, es tan hermoso… tan azul…—dijo sin darle tiempo a reaccionar.

    Azul. Parecía resonar en su cabeza como un eco. Keiran aprovechó el momento y se acercó a ella sin dejar de mirarla. Se arrodilló enfrente de la joven, quien seguía mirándole sin poder reaccionar, agarró su mano y le dedicó una sonrisa, poco a poco fue subiendo su mano derecha hasta la mejilla de la joven quien parecía estar despertando de un sueño para sumergirse en otro todavía mejor. Lentamente se fue alzando buscando aquel beso que ambos deseaban, ella lo miraba nerviosa pero sin poder actuar.
    ¿Qué le estaba sucediendo? Sabía que no era correcto pero era como si su cuerpo se hubiera paralizado y obedeciera a sus deseos más oscuros mientras su mente gritaba que le detuviera. Cuando él ya estaba frente a ella, mirándola fijamente ella cerró los ojos apretándolos y cerrando con fuerza sus manos que seguían bajo el suave abrazo de las de Keiran.

    “Ya está”— pensó Keiran orgulloso de sí mismo. Se lanzó y rápidamente quiso obtener el beso que desataría la pasión de la joven haciéndola caer rendida ante él.

    —¡Hermano!—gritó Marcus entrando por la puerta.

    Arianne abrió los ojos asustada y empujó, instintivamente, a Keiran lejos de ella. Se había salvado por los pelos. Keiran quien cayó al suelo, se quedó mirando a su hermano con una expresión de confusión extrema.

    —¡Te he estado buscando por toda la casa!—exclamó Marcus sentándose frente a Arianne.

    Keiran se levantó sin ayuda alguna, mientras la joven miraba con cierto miedo a su espasmódico hermano. Marcus no cesaba de hablar tan rápido que a duras penas podían comprenderle y de pronto calló. Su mirada se posó sobre el pastel, Keiran arqueó una ceja temiendo qué iba a decir su hermano a continuación.

    —¿Es de limón?—preguntó sonriente.

    —Sí— afirmó la joven todavía tensa.

    —¡Pero si Keiran es alérgico! ¿Acaso intentas matarlo?—exclamó Marcus mirando fijamente a la joven.

    —¿Disculpe?

    —¡Marcus! ¿No crees que deberías ir a leer un rato?— dijo Keiran irritado.

    En un momento Arianne empezó a sentirse mareada, algo estaba cambiando. Era como si se rompiera el encanto, la luz parecía menos intensa, los colores se volvían algo más sombríos y el brillo de sus ojos desapareció. Miró confusa a Keiran esperando una respuesta, no quería ninguna excusa: quería la verdad. Marcus miraba a su hermano con cara inocente, como si estuviera desconcertado. ¿Acaso había dicho algo que no debía? Se llevó un dedo a los labios mientras torcía levemente la cara hacia un lado. Pero aquello no despistaba a Keiran, era imposible que después de tantos años no supiera lo que ocurría.

    —Marcus te has equivocado, yo soy alérgico a la naranja…—mintió intentando parecer calmado.

    Sin embargo, por alguna extraña razón la joven ya no creía sus palabras. Se había roto el hechizo y ahora no podía confiar en él, además se había percatado del nerviosismo que se había apoderado de él cuando Marcus había confesado su alergia. ¿Pero cómo podía haber comido él también pastel de limón? Había una gran incógnita que inclinaba la balanza hacia Keiran, pues si se atenía a la lógica le había visto comer pastel; mas ahora parecía no conocerlo, como si estuviera segura de que le había mentido aunque no existieran pruebas totalmente fiables.

    —Keiran yo juraría que es al limón…—insistió testarudo su hermano.

    —Marcus… Creo que deberíamos marcharnos Arianne parece mareada tal vez necesite descansar—sugirió Keiran al ver el rostro de la joven y cerciorar que ya no tenía nada que hacer.

    La joven se limitó a asentir con la cabeza. Todo era tan extraño. Los hermanos salieron de la habitación mientras ella se recostaba en la cama, el hermano de morado salió como si no hubiera sucedido nada pero el hermano de naranja no podría olvidar tan fácilmente el “despiste” de su hermano. Keiran supo que no serviría de nada hablarlo con él, así que salió de la habitación y se dirigió directamente a su cuarto, ya hablaría más tarde con Anthony para comentarle lo sucedido y esperar algún consejo.

    Paralelamente a esto en otra parte de la casa Jack se preparaba para su cita con Loreen, sin saber aún que todo estaba a punto de cambiar pues la misión iba a dar un giro enorme.
     
  15.  
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    Escorpión
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    La leyenda del anillo de tinta
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    Jack lo sabía, la hora había llegado, estaba listo para la misión que tenía asignada. Caminaba lentamente hacia la habitación de la joven, como si de esa manera pudiera evitar la llegada, aunque sabía que lo que estaba haciendo era retrasar lo inevitable. Hacía ya un largo rato que su hermano Keiran había entrado a la habitación de la otra joven con una sonrisa vencedora en los labios. Eso lo había puesto más nervioso, notaba el peso de la presión en sus hombros, también sabía que ella intentaría sonsacarle la máxima información posible, algo que sin lugar a dudas no pensaba otorgar a esa extraña joven.

    Se paró delante de la puerta, cerró los ojos y resopló con fuerza. En ese momento, dos de sus hermanos pasaban por allí y lo observaron minuciosamente; Anthony estaba preocupado por su hermano peliazul, Jack había estado con mucho estrés durante todo el día, no había salido de su habitación prácticamente ni para comer.

    —Jack, hermano...¿te encuentras bien?—preguntó Anthony haciendo sobresaltarse al joven que aún mantenía sus ojos fuertemente cerrados.

    —¿Ehhh...? Sí...es solo que...¿crees que saldrá bien Anthony?—la preocupación se filtraba en las palabras del hermano menor mientras miraba los ojos del otro joven de cabellera oscura esperando algunas palabras de aliento.

    —Jack.. no debes obsesionarte, hazlo lo mejor que puedas, somos muchos seguro que alguno de nosotros podrá hacerlo, tal vez no eres su prototipo—la voz del pequeño Michael le llegaba como desde la distancia, aunque tuvo que admitir que para su escasa edad solía dar muy buenos consejos.

    —¡Claro que sí!, no hay que desesperarse por esto, si tú no lo consigues —dijo Anthony sumándose a la idea de Michael para intentar tranquilizar y animar a su hermano aunque todavía no estaba muy convencido con el asusto.

    —¡Sí, sí! Además, Damian no lo ha intentado aún y, aunque me cueste reconocerlo, es uno de los mejores de la casa e incluso en el caso hipotético de que ninguno lo lograse Allan vendrá y lo solucionará todo—se apresuró a decir el niño mientras veía como la cara de su hermano se iba relajando un poco.

    Jack asintió y se dispuso a entrar a la habitación de Loreen, cuando su mano se posó en el frío metal del pomo de la puerta y mientras su cuerpo iba adentrándose en aquel mundo amarillo dejando así a sus hermanos a la parte de la pared que los separaba, por su cuerpo empezó a recorrerlo de nuevo ese sudor frío, tuvo que recordarse varias veces lo que acababan de decirle sus hermanos para poder finalmente tranquilizarse.

    Ella parecía seguir cosiendo lo mismo que aquella mañana, levantó la cabeza al verlo entrar y lo miró larga y fijamente durante unos segundos que al joven se le hicieron eternos, pero para lo que no estaba preparado era para la sonrisa que le mostró la joven al verlo de nuevo.

    —¡Buenos días! —lo saludó cordialmente la joven.

    —...Buenos días...—concluyó intentando parecer seguro él aunque sin mucho éxito.

    —¿Qué tal sus hermanos?—se interesó la joven.

    —¡Oohh! Ocupados con sus quehaceres—le respondió rápidamente Jack.

    —Por cierto, ¿me tacharía de maleducada si le preguntara cuántos hermanos son los que se encuentran en esta casa?—preguntó Loreen mirándolo fijamente y olvidando un poco su sentido común.

    El joven no sabía si debía o no dar esa información a la joven, ¿debería mentirle?, ¿debería decir simplemente la verdad?, ¿no contestarle tal vez?

    —Somos diez hermanos ¿lo pregunta por algo en concreto?— le contestó el del traje azul.

    "¡Diez! ¡Oh señor creo que me va ser más difícil de lo que esperaba salir de aquí..aunque...tal vez"—pensaba la joven mientras él se inmiscuía en su mente desprotegida.

    —¿Y viven todos en esta casa juntos?— recitó la joven lo más dulcemente posible como si así fuera posible cambiar la respuesta.

    —Sí, vivimos todos aquí— expuso él

    "Y por qué viene él a la habitación si son tantos, siempre parece que lo esté pasando realmente mal" —los pensamientos de Loreen se arremolinaban en su cabeza mientras la sala se llenaba de un silencio incómodo.

    —¿Por qué no viene ninguna de sus hermanas, tal vez así sería menos problemática para todos ¿no cree?— mientras hablaba Loreen lo miraba fijamente haciendo énfasis en cada una de sus palabras.

    —Somos todos hombres, no tengo ninguna hermana— le dijo él asombrado como si le hubiera preguntado la cosa más rara del mundo.

    —Qué extraño, ¿de diez hermanos ni una sola mujer?, ¿y os lleváis mucha edad entre vosotros?—preguntó siendo consciente de que se embarcaba en una especie de charla trivial con aquel joven desconocido.

    —Marcus, el mayor, se lleva 17 años con Michael que es el menor de la casa— le contestó el aún un poco escéptico.

    En ese momento un pensamiento llegó a la mente de Loreen, no lo había pensado antes, tal vez no tuvieran ninguna hermana pero ciertamente tendrían que tener una madre.

    —¿Y vuestra madre, no sería lo normal que fuera ella la que viniera a hacerme compañía?—apuntó Loreen intrigada.

    —¿Mi madre?, no vive aquí, ni siquiera la conocí— le contestó el peliazulado pausadamente.

    Realmente nunca le había dado mucha importancia a ese aspecto de su vida, estaba acostumbrado y no conocía nada diferente.

    —Ooh, ya veo, lo siento mucho no quería inportunarlo con la pregunta—dijo la joven sacando conclusiones equivocadas.

    — No es molestia, la verdad....—se paró el joven de pronto mirando fijamente la cortina, aunque lo dejó pasar.

    "¡Ooh vaya, la acabas de liar Loreen! ¡Rápido di algo!"—pensó la joven sacando de nuevo sus propias conclusiones.

    —Bueno...—continuó la joven alargando varios segundos más de los necesarios esa simple palabra.

    —¿Ethan...?—le cortó el joven que miraba estático hacia la cortina.

    —¿Qué? No, Loreen acaso lo ha olvida..— le corrigió la joven antes de ser de nuevo interrumpida por otra voz.

    —Jack... lo siento...es que...—balbuceó el otro joven entre la penunbra.

    Loreen estaba estupefacta, en otras circunstancias habría gritado hasta quedarse totalmente afónica pero la escena que se estaba representando delante suya era tan sumamente extraña que lo único que pudo hacer fue girarse y mirar con una ceja enarcada al joven del que solo podía diferenciar su perfil.

    —¿Michael?—preguntó de nuevo incluso aún más asombrado que antes.

    —Jack... verás esto tiene una explicación... Ian...—intentó explicarle el niño.

    En ese mismo instante esa voz infantil fue anulada por el sonido de la puerta de la habitación abriéndose los cuatro que se hallaban en el interior de esta giraron al mismo tiempo sus cabezas para obserbar a la persona que parecía estar dispuesta a entrar en ese momento.

    —¿Damian?—dijeron los tres hermanos al unisono mientras la pobre Loreen se encontraba perdida entre tanto nombre y agitación.

    —¿Chicos? ¿qué haceís aquí aún?— dijo el pelirrojo a sus hermanos con una bien fingida cara de ignoracia.

    —Deberiais bajar, Marcus quiere hablar sobre la casa con vosotros, yo me ocuparé de tener a la joven dama entretenida—continuó el joven con una sonrisa mientras miraba a sus hermanos fijamente para que entendieran el significado de sus palabras.

    Realmente Marcus no diría nada en referencia a la casa, era simplemente una escusa, ellos lo sabían y Jack le dio las gracias con la mirada por ponerse en su lugar, la chica le caía bien, habría sido agradable hablar con ella en otras circunstancias y por eso mismo notaba cierta quemazón en el pecho por lo que pudiera ocurrir cada vez que pensaba en el tema.

    —Sí, será mejor—dijo Jack mientras todos a excepción de Loreen y Damian salían de la habitación.

    Cuando se cerró la puerta se hicieron unos segundos de silencio donde el joven Damian observaba a Loreen que lo miraba en silencio todavía sentada en la silla.

    —¿Bueno y qué le apetecería hacer?—preguntó con una devastadora sonrisa burlona en sus labios.

    Loreen lo miró largamente mientras él le sonreía, no sabía porqué pero sentía que ahora volvía a tener esa molesta sensación de estar en terreno peligroso.
     

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