Tragedia La infancia de la Hidra

Tema en 'Relatos' iniciado por Elliot, 26 Junio 2020.

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    Elliot

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    Mensajes:
    79
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    Escritor
    Título:
    La infancia de la Hidra
    Clasificación:
    Para niños. 9 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    1581
    En una cueva perdida en Grecia, jugaban una madre y sus crías. El padre de la familia no había muerto, pero las esperanzas de volver a verlo se habían desvanecido hace ya mucho. La madre daba de mamar a un par de sus cachorros por vez mientras que rodeaba a las otras con su cuerpo serpentino para que no se alejaran mucho mientras jugaban entre sí.

    La familia no era nada convencional ni homogénea en aspecto. Casi cada cría tenía una anatomía única, muy diferenciadas entre si. Entre ellas habían un feroz cachorrito moteado con tres cabezas, de gran tamaño y ferocidad para su edad, que recibía constantes reprimendas de su madre por jugar demasiado duro con sus hermanos. Había otro cachorro, más pequeño, sin manchas y con solo dos cabezas, pero con una cola de serpiente, que parecía tener una especial relación de cariño mutuo con uno de sus hermanos más extraños, un ser tricéfalo como el otro cachorro pero que se diferenciaba de este en que cada cabeza pertenecía a un animal diferente y se ubicaba en una lugar distinto de su cuerpo; una cabeza de cachorro de león al frente de su cuerpo, una de cabrito en su espalda, y una de serpiente al final de una cola reptiliana similar a la de su madre o la de su hermano bicéfalo con el que se acurrucaba mucho. Habían otros pocos igual de raros también allí, y a saber las rarezas que aún quedaban por eclosionar de los huevos colocados en otra parte de la cueva e incubados por el calor de una fogata que la madre se encargaba de alimentar.

    Sin embargo, el miembro que más destacaba en esa exótica familia lo hacía, irónicamente, por lo normal y mundana que lucía. Se trataba de una pequeña serpiente, sin nada especial, ni cabezas extra ni partes de otros animales, podrías encontrártela en lo salvaje y no llamaría la atención más que cualquier otra serpiente. Y no solo en apariencia era menos destacable que el resto de su familia, sino también en comportamiento, hasta ahora se había dedicado a quedarse enrollada cerca de la cola de su madre esperando su turno para amamantar cuando tuviera apetito, el cual tenía menos a menudo que sus energéticos hermanos.

    Fue por esta poca presencia de su hija entre hermanos tan problemáticos que ni una madre tan protectora como la de esa cueva no se dio cuenta que la pequeña serpiente se había alejado de casa sino hasta un rato después.

    La pequeña reptil se aventuró curiosa al exterior, atraída por la presencia de pequeñas criaturas revoloteando entre le hierva a las que trató de cazar. Acostumbrada a su oscura cueva, sintió demasiado calurosos los rayos del sol que estaba en lo alto, por lo que se dirigió instintivamente al río cercano a darse un chapuzón. Se sentía grandiosa en el agua, más de lo jamás estuvo en tierra, sintió que pertenecía realmente allí. Fue a la otra orilla para recibir algo de sol, pues empezó a sentir demasiado frío entre las corrientes. Allí, se encontró con un ser extraño. Se trataba de la cría de una especie que le era rara y familiar a la vez. Su anatomía le recordaba a la de la parte superior de su madre pero con unas piernas extrañas y en general de mucho menor tamaño, pero que aún así empequeñecía a la serpiente. Se trataba de un niño humano.

    Por esta gran diferencia de tamaño, este niño no se vio intimidado por la pequeña criatura rastrera y se puso a jugar con ella. La pequeña reptil mostraba sus puntiagudos colmillos, siseaba agresivamente y hasta saltaba hacia adelante haciendo amagos de ataque, pero mantenía distancia tras recibir golpes de la vara que llevaba el niño. Cuando se irritó demasiado, trató de asestarle un verdadero mordisco a su inocente agresor, pero este fue salvado a último momento por un adulto de su especie que lo apartó violentamente del camino de la serpiente y de inmediato decapitó limpiamente a esta con una hoz.

    —¡Te he dicho que solo te dejaba alejarte de casa si tenías cuidado! ¡¿esto te parece cuidado?! —preguntaba furioso el adulto señalando al reptil muerto.

    —Lo siento papá... —respondió apenado el niño mirando al suelo.

    —Después de comer recibirás un castigo, vamos —ordenó mientras se dirigía a su hogar. Tras observar fascinado un momento el cadáver del animal, el chico tomó la cabeza de la serpiente. —. ¡Aléxandros! —gritó el padre sin mirar atrás. El niño escondió rápidamente la cabeza en sus ropajes, ensuciándose las manitas con su sangre, y se fue corriendo hacia su padre.

    Del cuello cercenado de la pequeña criatura se iba formando lentamente lo que a primeras parecía un tumor sangriento. De esa protuberancia se asomaron, como si de un parto se tratase, dos cabezas igual de maduras que la que la serpiente había perdido. Mientras la recién renacida criatura bicéfala aún estaba observándose a si misma y su nueva condición, se sorprendió de escuchar un grito agudo de terror a lo lejos en dirección a donde se habían dirigido sus anteriores agresores. Cuando fue a arrastrarse a curiosear, fue tomada de sorpresa por unas manos extrañas pero conocidas para ella: Las de su madre, quien ,sin que nadie de la escena hubiera notado su presencia, había observado a su cría renacer tras el ataque.

    —Eras más especial de lo que creí después de todo, hija —dijo teniéndola en sus manos con un tono de alivio—. Volvamos a casa y deja que mami se encargue del resto —añadió mientras la regresaba a la cueva, dejando enormes rastros fácilmente rastreables con su cuerpo serpentino por el camino a propósito.

    Llegando casi a la entrada de la cueva, el par femenino de serpientes fue alcanzado por un hombre adulto que estaba siendo visiblemente consumido por la tristeza y la rabia.

    —Q-quién... ¡¿qué eres?!... ¡¿qué le hiciste a mi hijo?! —preguntó el hombre sosteniendo templorosamente su espada corta hacia las serpientes.

    La mujer sonrió macabramente y se dio la vuelta hacia su intento de adversario.

    —¿Yo? nada, jamás le quitaría el mérito a mi pequeña —respondió mostrando con delicadeza a la serpiente de dos cabezas entre sus manos.

    El hombre se sorprendió de lo que sus ojos veían. "Solo vine a cazar a una serpiente ¡¿y ahora resulta que era hija de un monstruo y tiene poderes?! Me he metido donde no debía..." pensó aterrado. "No, concéntrate. Esas cosas mataron a Aléxandros, ¡debo vengar a mi hijo!"

    —¡Esa criatura envenenó a mi hijo con su sangre y lo mató! ¡entrégamela para que pueda hacer justicia! —ordenó tratando de sonar imponente e intimidar a la mujer. Lastimosamente, solo logró hacerla soltar una pequeña risa.

    —Ay, ay —decía en tono irónico—, ahora podría justificarme diciendo algo del estilo "tu cría atacó primero a la mía, la mía solo esteba defendiendo" y tratar de darte lástima apelando al cariño incondicional que sentimos los padres por nuestros hijos... pero no será necesario —espetó con expresión presumida— Desde hace ya mucho acepté que mis queridos hijos están destinados a ser cazados uno por uno, solo por eso no te maté a ti y a tu niño al memento de que decapitaran a la mía... pero ahora tengo más claro que nunca que no se deben preocupar por enclenques como tú, sino que son dignos rivales para la más virtuosa progenie de nuestros mayores enemigos. El destino de nuestra familia es trágico pero honrado; seremos el bando perdedor en las historias de los hombres, ¡pero dejaremos una gran huella de terror en su mundo que no olvidarán jamás!

    —Suenas tan segura del futuro... ¿acaso eres alguna clase de pitonisa y tu apariencia actual es causa de una maldición?

    —No hace faltar serlo para saber lo que el mundo le depara a nuestro maldito linaje enemistado con el Olimpo mismo. Después de todo, el padre de mis pequeños derrotó a Zeus una vez y dominó toda Grecia hace no mucho.

    —No... no puede ser... ¡¿tú fuiste pareja de-?! —entró en pánico al finalmente conocer la identidad de su enemiga.

    —Mis hijos aún no han recibido nombres, pero yo soy conocida como Equidna —se presentó con tono y gestos presumidos—, ¡soy la orgullosa esposa del enorme y poderoso Tifón! —. Luego de gritarlo, lanzó a su hija bicéfala hacia el hombre, quien instintivamente se protegió cortándola en el aire. La sangre de la pequeña criatura salpicó en todo su rostro, entrándole por ojos, boca y nariz.

    Mientras el humano cegado trataba desesperada e inútilmente de limpiarse la sangre con las manos, Equidna se dirigió hacia el cuerpo nuevamente decapitado de su hija, de la que ya empezaban a formarse protuberancias sangrientas de sus dos cuellos.

    —Perdón por eso, hija mía, pero quería presumir de tus recién descubiertos talentos. Además, recuerda que cuando crezcas pasarás por cosas aún más duras —decía a la serpiente mientras la acariciaba entre sus manos a la vez que el hombre agonizaba tendido en el suelo del bosque—. Creo que tú y tus hermanos ya están en edad de comer sólidos —decía con una sonrisa macabra. Al oír al hombre soltar su último aliento, rodeó su cuello con su poderosa cola reptiliana sin dejar de darle la espalda o de mirar a su hija, y de un potente movimiento lo remató partiéndole el cuello. El crujido fue tan fuerte y repentino que la pequeña serpiente, ahora tetracéfala, saltó del susto—. Podrás elegir las mejores partes esta vez, te lo ganaste —añadió orgullosa.
     
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