La hoja de caza

Tema en 'Relatos' iniciado por Lady Kyros, 23 Noviembre 2010.

  1.  
    Lady Kyros

    Lady Kyros Usuario popular

    Acuario
    Miembro desde:
    5 Julio 2005
    Mensajes:
    986
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    La hoja de caza
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    2814
    Se dirigió lentamente al baño, con el arma ensangrentada aún tomada con fuerza. Al estar frente al lavabo, depositó el cuchillo a un lado, contemplando fijamente su reflejo en el espejo. Su rostro lucía demacrado, había dejado atrás todo vestigio de su esplendorosa juventud, sus ojos estaban hundidos, como dos pequeños luceros en su blanquecino rostro, una barba descuidada se dejaba ver sobre su barbilla... Se pasó una mano por sus resplandecientes cabellos, dejando mechones rojos tras su paso; su reflejo le devolvió una sonrisa triste, mientras dejaba correr el agua del grifo.
    Se despojó de su camisa y la metió dentro de un bolso negro. Rápidamente comenzó a asearse con desenfreno, era tal su frenesí por querer quitar las manchas de sangre que lo bañaban, que no se percató de que se desgarraba la piel. Una vez se sintió inmaculado, recuperó su compostura y prosiguió a vestirse con lentitud.

    Cuando ya hubo terminado, volvió a la escena del crimen.

    Allí estaba, tendido en un ángulo extraño, el cuerpo de un hombre joven. Su cabeza quedaba oculta por las cortinas de raso que adornaban su departamento. Su torso estaba desnudo, dejando a la vista el profundo agujero en el cual se había alojado la hoja del cuchillo, sólo minutos antes. Una densa poza de sangre se extendía bajo su cuerpo, manchando la blanca alfombra en la que se hallaba.
    El victimario miró el cuerpo con indiferencia, le era una imagen bastante familiar. Se sentó en un mullido sofá, y se dispuso a fumar un cigarrillo, mientras su mente viajaba hasta un lugar muy recóndito de su memoria.

    ***

    Hacía frío en la oscura celda. Debido a su corta edad no le era permitido estar con los adultos, aunque no sabía si alegrarse por ello: al menos allí habría calor humano. Miró hacia los rincones de su prisión, aún esperanzado de que pudiese haber algún otro chiquillo allí, escondido entre las sombras. Pero no había nadie, estaba completamente sólo. Se cobijó contra la pared, manteniendo la vista fija en la puerta, a la espera de que pronto entrase un guardia y lo llevase a su destino final. La noche se hacía más profunda, induciendo al niño a un profundo letargo.
    El ruido metálico de las bisagras le hizo volver a la realidad. El chico se agazapó contra la pared, intentando fusionarse con las sombras que proyectaba la linterna del sujeto que había abierto la puerta. La luz del instrumento lo cegó momentáneamente.

    —Tienes compañía.

    Una silueta entró a la celda, quedando encerrado junto con él. Una vez pudo recuperar la visión, comprobó que se trataba de un niño un poco mayor. Vestía ropas deportivas, su cabello estaba cuidadosamente tomado por una coleta, poseía una mirada tranquila, como si el hecho de estar en la comisaría no le perturbase en especial.
    El recién llegado se dirigió hacia el niño, extendiéndole una bronceada mano.

    —Me llamo Bill, ¿y tú?

    —Mathew... ―contestó el chico, estrechándole la mano débilmente.

    ―¿Por qué estás aquí? ―preguntó con interés.

    ―No quiero hablar de eso ―respondió el niño secamente.

    ―Vale, vale, no te alteres ―se disculpó Bill―. A mí me trajeron por lanzarle una pedrada al alcalde —añadió.

    El niño lo miró con recelo. Bill parecía una persona extremadamente pacífica, sin contar que a juzgar por su apariencia, debía ser una persona de altos recursos. La luz de la luna se coló por entre las rejas de la ventana, dejándole ver los oscuros ojos de su acompañante, brillando en la oscuridad como dos pequeños escarabajos negros. El otro muchacho también pudo ver claramente el rostro del chico, intrigándose aún más por conocer el motivo por el cual alguien con una apariencia tan angelical como él podía estar allí. Mathew tenía una abundante y alborotada cabellera dorada, un rostro pálido y terso; dos resplandecientes ojos azules relucían como luceros en él. Simplemente parecía un ángel.
    A la mañana siguiente, ambos muchachos fueron sacados abruptamente de su sueño. El guardia los obligó a levantarse rápidamente para llevarlos ante la presencia del juez. Los hizo entrar por separado, para que cada uno conociera su sentencia. El primero en entrar fue el joven moreno, quien salió rápidamente con una sonrisa de satisfacción en su rostro. Estaba libre.

    —Otth, Mathew —llamó una voz autoritaria.

    Un guardia salió a buscar al aludido para llevarlo ante el juez. El pequeño era conducido por oscuros corredores, hacia un lugar en el que nunca antes había estado. Tenía las manos atadas detrás de su espalda, y el guardia le iba guiando lentamente por las penumbras. Mathew no había mencionado palabra alguna desde que comenzaron el trayecto. Se aborrecía. Se sentía como un monstruo, y estaba dispuesto a aceptar la sentencia.

    —Llegamos —le anunció el guardia.

    Se detuvieron frente a una gran puerta oxidada, cuya pintura comenzaba a descascararse. El sujeto tocó la puerta y luego se fue, dejando al niño solo en el oscuro corredor. Un hombre entrado en edad salió a recibirlo. Mathew sintió que se le erizaba el vello de la nuca al ver la expresión ruda de aquél hombre.

    —Entra —ordenó.

    El niño acató la orden e ingresó a la recámara. Era muy diferente a la estancia en la que había pasado la noche. Ésta estaba ostentosamente adornada con muebles finos y elegantes, mientras pinturas y esculturas de gran valor se distribuían por toda la habitación. Las murallas de ladrillo y los barrotes en las pequeñas ventanas de la celda contrastaban notoriamente con los amplios ventanales y las delicadas cortinas que los enmarcaban. En medio de la recámara se hallaba una silla alta, con cadenas y grilletes en sus mangos. El hombre le hizo un ademán para que se sentara en la silla, mientras él comenzaba a pasearse lentamente frente a sus ojos.

    —Me han dicho que eres un asesino, ¿es verdad?

    Mathew guardó silencio. En otras circunstancias hubiese gritado que no, que él jamás sería capaz de matar a alguien, pero ahora ya no estaba seguro. Accidente, casualidad o no, había acabado con la vida de un hombre.
    El juez siguió mirándolo fijamente por unos momentos más, para luego suspirar abatido.

    —No hay pruebas en tu contra, ni un solo indicio de que seas culpable —levantó su martillo y lo golpeó fuertemente contra la mesa—. Eres libre.

    El chico sintió cómo una ola de alegría inundaba su ser. Todo el aborrecimiento hacia sí mismo había desaparecido al oír el golpe del martillo. La vida le había dado otra oportunidad, y esta vez iba a hacer las cosas bien.
    A la salida le esperaba Bill, con quién rápidamente entabló una profunda amistad. Por fin la vida parecía sonreírle al chico rubio; todo lo hacía inmensamente feliz, pareciendo lejanos los días en que vivía con su padre, soportando sus malos tratos hasta cobrar venganza.
    Los años pasaron, y aquellos días quedaron en el olvido... O al menos eso quería creer.
    Sin embargo, nadie puede escapar de su pasado...

    ***

    Mathew había despertado sobresaltado una mañana de Abril al oír la voz histérica de su padre llamándolo a gritos. El niño se vistió rápidamente y salió al encuentro de su progenitor, quien con el rostro sonrojado por la cólera, embistió violentamente contra él.

    —¡Dónde... está... la perra... de tu madre! —exigió saber, descargando una serie de golpes acompañando cada palabra.

    —No... no lo sé —contestó el niño con voz temblorosa, ahogando el llanto que afloraba en su garganta.

    —¡Mientes! —vociferó el hombre, golpeándolo con más fuerza—. ¡Sé que tú y ella están confabulando para librarse de mí! ¡Pero no lo van a lograr!

    Dicho esto, descargó una potente patada hacia el estómago del chico, cortándole el aliento. Al ver que el niño ya no podía soportar más, dio media vuelta y se fue maldiciendo. Mathew se llevó las manos al abdomen, intentando respirar con normalidad, mientras gruesas lágrimas amenazaban por salir de sus ojos.
    Esa noche despertó al oír los gritos desesperados de su madre, aullando de dolor. El niño intentó ir en su ayuda, pero su padre se había encargado de encerrarlo con llave en su habitación. No pudo dormir hasta mucho después de que su madre se hubiese silenciado.
    A la mañana siguiente se dirigió a la habitación de sus padres. En la cama se hallaba tendida su progenitora, con el rostro sumamente hinchado debido a los golpes. Tenía moretones en todo el cuerpo, y a juzgar por la apariencia de su brazo, estaba roto. Una ola de ira se apoderó de su ser. Ya estaba acostumbrado a los malos tratos de su padre, pero esto lo sobrepasaba. Sin previo aviso un sentimiento abrasador surgía en su interior...
    Venganza.

    Aquél día asesinó brutalmente a su padre con un cuchillo de carnicería. Esperó a que saliera de la ducha, entonces saltó sobre su espalda y le enterró el arma, atravesando su pulmón. No tardó en fallecer, su agonía no duró lo que Mathew esperaba. Hubiese querido que sufriera más.
    Cuando su madre lo vio, retrocedió horrorizada y se alejó de la casa, sin decir palabra alguna. El chico sintió cómo un gran vacío se generaba en su corazón. Todo lo había hecho por su madre, pero ahora ella lo rechazaba.
    Nunca más la volvió a ver.

    ***

    Terminó de fumar su cigarrillo. Nuevamente dirigió su mirada hacia el hombre que yacía en el suelo, con el pulmón perforado. Una sonrisa vaga se dibujó en su rostro. Un repentino deseo de asesinar a aquél individuo le había llevado a cometer aquél delito. Sin embargo, ya no se arrepentía. Justo momentos antes de que le llegase su hora final, le había dado motivos ya suficientes para justificar su proceder. Aún podía escuchar sus gritos pidiendo misericordia

    —¡No, Mathew, no lo hagas! ¡Te juro que iba a decírtelo!

    El joven de cabellos dorados no se imaginaba a qué se refería, sólo sabía que debía asesinarlo. Avanzó con el arma en alto, dispuesto a dar la puñalada final. El sujeto ya se estaba desangrando por un primer golpe en el abdomen.
    De esta forma se enteró de las mentiras que le había dicho, del dinero que le había sacado a sus espaldas, de las novias que le había quitado, de los trabajos que le había plagiado...
    No le importaron sus súplicas. Personas capaces de hundir a los demás sólo para obtener un poco de reconocimiento no merecían seguir respirando el mismo aire de quienes se esforzaban para tener lo poco que poseían... Y asestó su golpe final.
    El grito del hombre sólo fue opacado por la horrorizada exclamación de una voz femenina a sus espaldas. Mathew alcanzó a ver a una mujer en bata de levantarse, salir apresuradamente por la puerta de la habitación. No le dio importancia, ya había llevado a cabo su cometido.
    Se levantó del sillón y apartó la cortina que cubría el rostro de su víctima, esperando ver allí el rostro de su padre. Pero no fue así. En su lugar se hallaba un joven de cabellos recogidos en una coleta, cuyos oscuros ojos estaban desmesuradamente abiertos.

    —Oh, Bill... Realmente me has desilusionado, amigo —comentó Mathew con indiferencia—. Pero has sido útil... Llevaba meses sin asesinar a alguien, y ya me estaba volviendo loco.

    El joven de cabellos dorados guardó el cuchillo carnicero en el bolso negro y salió lentamente del edificio, al momento que se disponía a marcar un número en su teléfono celular. Una voz femenina le contestó al otro lado de la línea.

    Comisaría, ¿en qué puedo servirle?

    —Llamo para reportar la muerte de una persona, enseguida le doy la dirección... Fue víctima del Cazador.

    Luego de un breve intercambio de información, Mathew colgó el teléfono. El Cazador, así lo había nombrado la prensa. Pero tenía sentido. Sus víctimas eran escogidas con sumo cuidado, para luego ser asesinadas con un cuchillo de carnicería, como los animales que eran.
    Tomó el ascensor, deseando dirigirse a la azotea del edificio. Allí se encaminó hacia el vértice de la superficie, mirando vagamente las luces de los autos que transitaban veinticinco pisos más abajo. Sólo un paso lo separaba del precipicio.

    —He tomado la justicia en mis manos, librando al mundo de personas indeseables —se dijo a sí mismo—. Pero ahora es mi turno de ser juzgado. Dios, me entrego a tu voluntad, para que me condenes no por lo que fui, sino por el fin por el que me convertí en quien soy.

    Y lentamente dio un paso hacia delante. Su cuerpo rápidamente cobró una velocidad vertiginosa, acercándolo cada vez más al oscuro pavimento de la avenida...

    Abrió los ojos sobresaltado. Miró a su alrededor, pero no había rastro de la calle ni del departamento. No había despertado por la fuerza del impacto, sino por los aullidos de dolor de una mujer...: de su madre.
    Mathew se apresuró a correr hacia la puerta, sin embargo ésta estaba cerrada con llave. No podía hacer nada. Cayó al suelo de rodillas, tomándose la cabeza con ambas manos, con frustración... Anhelaba poder ayudar a su madre, librarla de los tormentos que su padre le hacía vivir.
    La luz de la luna se reflejó débilmente en un objeto plateado. El niño se acercó con sigilo, sin entender qué podía ser aquello. Escondido bajo un montón de papeles, una hoja de metal relucía débilmente. Mathew la retiró con cuidado, quedando asombrado al reconocer el cuchillo de su sueño.
    Mientras en la habitación contigua, los gritos de su madre ya se habían extinguido por completo...



    -------
    Para el reto mensual de Noviembre: historia de terror/suspenso.
    Cantidad de palabras: 2,235 + título

    El título hace referencia a la hoja del cuchillo de carnicería, con el cual el protagonista cazaba a sus víctimas.
    No soy muy buena con ellos. xD
    Muchas gracias a Plangman y Sandritah por betear este escrito.
     

Comparte esta página

  1. This site uses cookies to help personalise content, tailor your experience and to keep you logged in if you register.
    By continuing to use this site, you are consenting to our use of cookies.
    Descartar aviso