Long-fic de Pokémon - La Historia de la Vida de Maquio, el Zorua, y de sus Tretas y Picardías

Tema en 'Fanfics de Pokémon' iniciado por Donna, 4 Agosto 2022.

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    La Historia de la Vida de Maquio, el Zorua, y de sus Tretas y Picardías
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Comedia
    Total de capítulos:
    2
     
    Palabras:
    1679
    La historia de la vida de Maquio, el Zorua, y de sus tretas y picardías

    Capítulo I​

    En donde doy cuenta de quién soy y quiénes fueron mis padres, y de las primeras travesuras que hice siendo un cachorro

    No querría yo contarte cómo es que llegué hasta este punto sin antes darte cuenta del cuento de mi vida, pues te aseguro que el oírlo te será de mucho gusto y provecho, según es de inusual y asimismo se hallan en él tantos buenos sucesos como, por el doble, otros más desventurados. Con esto, y para comenzar con el discurso de mis numerosas penumbras, primero te contaré la de mi nacimiento, que fue dentro del bosque al cual llaman el de los Perdidos, por ser este tan intrincado y plagado de asperezas. Fue allí donde mi madre me parió un día sobre una tronchada encina, y de ahí a otros treinta el huevo eclosionó, en el cual tiempo mi madre se acomodó de todo lo necesario para que viniese al mundo con toda comodidad y regalo. Siendo así, se podría decir que nací bajo mucho agasajo y buen cuidado, y que con ellos jamás me faltó cosa con que entretener el apetito, ni madriguera en que resguardarme, o sitio en do mantenerme calentito.

    De mis padres sé decir que fueron los más pícaros y artificiosos ladrones que conocí jamás; pues, ni aún hubiesen aunado fuerzas todas cuantas organizaciones del mal hay y hubo en el mundo, se les han de aparejar en maña ni astucia. Era mi madre una artera y valerosa Zoroark, que siempre fue uso en este nuestro siniestro linaje tener tales cualidades; y para acreditar esto diré que en mi vida vi humano que haya tenido tantas profesiones como las tuvo mi madre: según fue curandera, hilandera, cocinera, labradora, atleta, criada, dueña, oficial, pregonera, entrenadora, duquesa y vagamunda, y aunque esto último no sea oficio ni condición honrada, era el que más provecho le traía, porque cuando lo hacía de su habilidad de ilusión, se mudaba el rostro en el de alguna modelo o celebridad famosa, por cuya belleza y semejanza recibía luego tanta caridad como pretendientes, de los cuales también se aprovechaba para hurgarles la faldriquera.

    Mi padre tampoco se quedaba atrás en cuanto al arte del robo, mas estaba un tanto menos favorecido de su raza, ya que era un Liepard que tenía más garras de rapaz que lengua de mentiroso; y así decía él que no era ladrón, sino un recaudador de lo ajeno, y que era ejercicio muy honrado, por tener de natural su especie un no sé qué de maldad y de bellaquería; y con esto discurría el granuja de mi padre en estas fantasías, y yo procuraba imitarle en todo cuanto le oía decir hacía, de que no pocos sinsabores obtuve luego.

    Referida, pues, la condición y el ejercicio de mis padres, te diré que estando yo rodeado de tanta viveza y superchería, vine asimismo a ser la flor de la picardía y el espejo de sus maldades, y por momentos daba muestras de todas las diabluras que de ellos aprendía, siendo una de estas que, ya industriado de cómo había de usar mi habilidad de ilusión, mudaba mi forma a la de un humano porque aquellos no me quisiesen capturar, que harto sé yo cómo vienen a estos bosques en busca de todas cuantas especies pokémon pudiesen hallar, para después encerrarlas en aquellas negras esferas, (que Arceus les encierre luego en las bóvedas del infierno). Con esto, digo que estando yo instruido de cómo había de haberme entre humanos, y habiendo ya mudado mi aspecto al de uno, me llegaba hacia donde había algún grupete de ellos y, tan pronto como llegaba, huían luego con tanta alarma y espanto, que arrojaban todos sus pertrechos al suelo y echaban a correr en tercio y quinto. Luego conocí yo que toda aquella huida era porque, como aún era cachorro, y poco me curaba en esto de la notomía humana, tomaba el rostro, mas al cuerpo, ora por descuido o mocería mía, le tenía sin mudanza alguna, de modo que me semejaba más a un maldito endriago que a un auténtico humano. Pero, no curándome en apropiarme de todo cuanto por su temor los humanos desamparaban, menos me curaba del horror de mi figura; y así, me entregaba a todo aquello que hallaba dentro de las bolsas, comiéndomelo a dos carrillos, y lo que no me lo podía comer lo intercambiaba luego por cosas de mayor uso y provecho con los pokémon del lugar, diciéndoles que aquellos eran objetos de gran valor y beneficio, y como los veían tan exóticos y relucientes me los solicitaban a voz en cuello.

    Es, pues, que con la mucha picardía, y la poca vergüenza, iba hecho un malhechor, y andaba muy de repapo de loma en loma con una mi mochila viendo en qué robar, y fue que un día vi un nido de Unfezant sobre la rama de un olmo viejo, y con decirte que llevaba muchísimo antojo de huevos, (que hasta el día de hoy aún no entiendo por qué es que se me ríen cada vez que menciono esto), sin ser poderoso en otra cosa, me aferré con mucha presteza al tronco y presto me senté sobre la rama. Cabe luego mencionar que, en aquel mismo instante en que me hube subido, me vinieron unas ganas de hacer lo que nadie más podía hacer por mí, que al tiempo en que me proveía de los huevos, echándolos dentro de la mochila, me proveí asimismo sobre el nido, cosa que la mamá Unfezant no habría dejado de notar, ni de oler, pues te juro que a dos leguas se echaba de notar la peste, según era la variedad y la frecuencia con que había estado comiendo. Reí mucho mi picardía aquel día, y mis padres la celebraron por el doble tanto, mientras chupaban de los huevos como sanguijuelas, pero, como no hay en el mundo fechoría alguna que el cielo, quien dispone suavemente de todas las cosas, no castigue con otra peor, me aconteció luego tal desgracia, como oirás, que aún al día de hoy me sigue pesando:

    Resulta ser que, habiendo con mi madre ideado un artificio con que robar con más gracia e inventiva, (el cual consistía en mudar mi aspecto al de un niño, y mi madre, al de una desesperada y afligida mujer, y con esto irnos a la entrada del bosque, donde más frecuentaban los humanos, ado mi madre pedía ayuda a voces, diciendo que su hijo se había quedado con un pie atorado bajo una gran raíz, porque pronto alguna pobre ánima acudiese a socorrerme, a quien luego le hurtábamos hasta los zancajos), un día nos fuimos, como era usual, con mucha pompa a aquel sitio; yo venía repitiendo una y otra vez mis líneas en la memoria, que las había estado ensayando durante toda aquella mañana porque no se me olvidasen, puesto que en aquel entonces no hablaba ni entendía la lengua humana, cosa en que mi madre era una maestra, según oraba con una música y una elocuencia, que ni mil echacuervos le echaban la graja, e incluso oírle pedir limosna era cosa de admirar. Digo, pues, que para mi desventura, puesto que en aquel momento no la había echado de ver, mi madre había elegido aquel mismo olmo en cuyo nido había parido mi hediondez para que yo hiciese mi ceremonia; y yo, que me había aprendido mis versos de memoria, y asimismo los declaraba como cantados, encajé mi pata bajo una raíz que del árbol sobresalía, fingiendo estar atorado, con la diferencia que la había encajado de tal manera, que me atoré de veras, y no me había dado cuenta de ello sino hasta que mi madre volvió con nuestra víctima. Y pues, viendo no me podía zafar en tratando de acometerle, el humano finalmente cayó en el achaque de la burla, mal de mi grado y peor de mi suerte.

    Tras esto, el humano echó correr tras mi madre, quien, hecha ya Zoroark, huía despavorida, no sin antes darme una coz más redonda que una pokébola, tan infernal, que aún porfío en tratar de recordar si fue aquello lo que luego me dio la mayor pesadumbre de aquel día, o si en cambio fue lo que en breves te diré. Digo esto porque así como me golpeó, el nido, cuya rama en do descansaba estaba sobre mi cabeza, me cayó de lleno en todo el rostro, embarrándomelo de mi propia caca, (aunque si a trueco me hubiesen caído encima los huevos, a lo mejor lo sufría más). Quedé con esto más hediondo que un Trubbish, y en lo gordo se me echaba de ver, (y te pido perdón por la palabra que voy a usar), lo cagado que estaba. Pero sin dudas el mayor error que cometí aquel día fue pensar que no iba a haber cosa peor con que mi fortuna habría de castigar mis malas obras, porque tan pronto como me hallé solo, en mala hora y peor sazón vino mamá Unfezant a terminar con la tarea que el humano con su patada había comenzado, y con esto me empezó a asestar de tantos picotazos, que quedé descalabrados los cascos, brumados los huesos y derrumbado el orgullo.

    Terminada, pues, la tanda y tunda picotesca, me fui adonde mis padres, con tanto dolor de mi cuerpo y pesadumbre de mi ánima, que acaso llegué antes que acabase el día dando tumbos y medio muerto. Yo me las daba al diablo y a la puta que me parió, renegando de la maldita hora en que hube nacido entretanto que hacía mil berrinches, y daba otras dos mil pataletas sobre el negro y sucio suelo de mi madriguera.

    Ahora, solo diré que, si es que aún no te ha quedado claro cuán mal me tuvo aquel suceso, te juro que de allí a los siguientes diez días no me atreví a robar migaja de cosa.
     
    Última edición: 10 Agosto 2022
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    Palabras:
    1774
    Capítulo II

    Donde prosigo con el cuento de mis numerosas picardías, y de cómo descubrí acaso los amores que mi madre tenía

    Con esto, y por no ser yo muy afín al aseo, me tomó los más días de mi deliberada penitencia deshacerme de la porquería que tenía impregnada en el hocico, de lo que luego aprovechaban mis amigos para llamarme de nombres que más le veniese a propósito a mi negra condición: como ser Zoruediondo o Zorrinmundo, que aunque con justa razón lo tuviesen, a mí eso me corría muchísimo, y no pocas veces les devolvía las burlas a pescozones, y que allá se las den al diablo con sus motes. Dicho esto, me he dado cuenta que, por la priesa que tenía de engolfarte en el cuento de mi vida, me había olvidado de contarte una cosa que no es de poca importancia a este el mío, que es el nombre que mis padres me dieron: el cual es Maquio, puesto que en dándomelo se imaginaban que habría de igualar en todas mis intenciones y designios las del mismo Maquiavelo, (que en mi vida escuché nombrar tal pokémon).

    Digo, pues, que pasados los días de mi temerosa enmienda, y estando prevenido, entre otras cosas, de no levantarme a mayores ni dar espuelas a mi levantisco ingenio, me estuve por un buen espacio tan quedo como un Metapod, al punto que a cada momento se me santiguaban y me pedían la bendición, de ver con cuánta santidad me comportaba; aunque poco me aprovechó el remedio, porque no habiendo poro ni filamento en todo mi cuerpo que no sea inquieto ni malvado, un día en que nos espaciábamos con unos mis amigos sobre una cuestecilla, que estaba en un muy real prado, conocimos a tiro de piedra un grupo de Pansear, los cuales cargaban en sus manos unos plátanos asaz gordos; y, entretanto que los echaban todos en el suelo con propósito de comérselos, yo ya estaba trazado el mío, el cual era con el de rebato. Y, así estando, y con mucha fianza de mis amigos, (quienes eran tan o más endiablados que yo), y de mi golosina, emprendí mi carrera a todo trote, que hasta mi sombra porfiaba en igualarme el paso, y en llegando se los arrebaté todos, y di a correr con tanta priesa, que no pudieron echar de ver quién ni de qué manera se los hurtaron. Quedé contentísimo con mi botín, y más aún viendo cuánta ventaja les llevaba a los despojados monitos, pues dos patas no corrían lo que cuatro; y en lo que se tardaban en averiguar hacia dónde había picado, yo ya me les aventajaba dos tiros de escopeta.

    El banquete que luego nos dimos, oh cuerpo de San Banano, fue tal que ni los del rey le iban en zaga, y mis tripas lo celebraban con tanta fiesta, que quedaron hinchadas como una piñata, pues te juro que, en aquel punto, un Munchlax y yo nos parecíamos como un güevo al otro.

    Habiéndonoslo, pues, comido todo, quedamos al cabo ahítos y con harto contento de nuestro buche, y en aquella sazón nos fuimos de allí rodando como los Electrode; pero aún temiendo nos hallasen, y nos sea todo mal contado, tomamos la vía del otro lado de la ribera, en do vimos en un pradecillo estar tejiendo a una Leavanny tan sin malestar alguno, que nos determinamos en molestarle. En fin, que en cuanto más nos llegábamos, más nos daba cata ella de su vejez, pues paso ante paso íbamosle añadiendo un año más a la cuenta de su edad, según nos la iba mostrando ser numerosa. Doy fe en que la edad de la vieja debe haber sido la del último número, o, en todo caso, más de lo que yo podía contar.

    Digo, pues, que la vieja era archivieja, y que asimismo tenía amarrado entre dos alcornoques uno de esos desagradables hilillos que los bichos suelen escupir, a modo de tendedero, en donde colgaba una suerte de vestidura hecha a partir de muchas hojas tupidas; y, puesto que las hacía algo extravagantes, que no parecía sino que iba a vestir con ellas a un Ditto deformado antes que a un Sewaddle, ya comenzábamos a tener algunos barruntos de su ceguera. Y terminando la vieja de componer una de ellas, iba y la colgaba sobre el hilillo, y yo iba y se las descolgaba con mucho tiento; y así lo hizo con cada una de ellas, y yo a todas se las descolgué, con que luego, al no hallarlas, daba tan graciosas muestras de enojo, que me movió a hacerle más burlas; y fue tal que, a trueco de los vestidos, colgué sobre el hilillo los sobrantes de nuestro banquete, quiero decir las cáscaras; pero, entretanto que cometía esta diablura, vino un enjambre de Sewaddle quienes al parecer acudían a ser vestidos por su agüela. Yo con esto me sobresalté sobremodo, y lo primero que atiné a hacer fue mudar mi forma a la de uno de esos asquerosos bichos porque no fuese notado. Y digo que me fue bien, porque los más no compusieron gesto ni visaje alguno, y pues aun parecía que ninguno de ellos estaba al tanto de lo que sucedía a su alrededor.

    Vino luego la vieja y comenzó a repartirles a cada uno de ellos unas muy grandes hojas para que las comiesen; y cuando llegó hacia mí le dije que no tenía gana, que me estaban dando en la barriga unos torzones infernales. ¡Oh, y en tan mala hora y peor sazón hube dicho yo aquello! Que así como lo oyó, me asió la muy zurrada y me empezó a mirar de hito en hito, como si de veras ver pudiese, a lo que luego se determinó en echarme sendas gaitas, (que sendos puñetazos le de luego Giratina en el averno). Yo, por más que pataleaba, la vieja me tenía asido con una fuerza que su complexión no la demostraba; y, tentándome el rabo, decía la maldita: «En mi vida conocí un Sewaddle que tenga esa suerte de pelo, ni aún rabo alguno», (y esto decía porque las ilusiones de nosotros los Zorua solo afectan a la vista, y con el primer roce ya se echa de ver el embuste). Yo maldecía a la vieja entre mí, puesto que, además de ciega, parecía ser también medio sorda, porque ni se curaba de mis porfías.

    En resolución, yo me atajé tanto, sobre todo al notar cómo la vieja se iba dando lugar entre mis posaderas, que, en lo que me echaba el líquido, (que sepa Arceus qué clase de agua infernal fue la que me echó), comencé a darle de tantos mojicones, que por poco no le horadaba el rostro. Terminado aquel desquijarramiento, volvime con mis amigos, quienes no podían tener la risa que a borbotones se les escapaba por los ojos. Los míos lloraban lágrimas de tormento, entretanto que me desaguaba por detrás como un Stunky, pero ni siquiera aquello fue suficiente para amancillarles el ánimo, que ya andaban perdidos de risa.

    Si la vieja feneció con ese ataque, nunca lo he sabido, ni tampoco se me da nada en saberlo, antes sé que aquel día volví a mi lugar, como dicen, con el rabo entre las patas, pues tan mal me supo aquel negro caldo en el culo, (que juro que me besó desde lo más granado hasta lo más menudo), que aún a día de hoy me trae tormento recordarlo.

    Confiésote además que, además de haber pecado de travieso, asimismo lo hice de curioso, porque, no siendo estas que ahora te contaré cosas que me tocaban ni atañían, sino a mi madre, a quien en aquel tiempo tañían y retocaban otras patas que no eran las de mi padre, una noche en que la hambre me tenía en muy mala guisa, me fui a emboscar con aval de mis tripas en un encinar ribera a un muy ancho río, a do iba con achaque de buscar bellotas, las cuales hallé muy a mi sazón; y en lo que estas visitaban mi panza, oí unos muy tiernos aullidos, que luego conocí ser los de mi madre, a los cuales acudí con tanto sobresalto de mi ánima, por pensar que estaba metida en algún mal trance, que decidí mudar mi pequeño cuerpo al del más grande y corpulento Liepard, por ver si así lograba engendrar el miedo en cualquiera sea la criatura que contra el de mi madre acometía. Pero lo que finalmente vi entretanto que llegaba, pues, prefiero no decirlo, aunque ya podrás imaginártelo, y te pido disculpas por ello, que aunque más quisiera echar tela a mis deshilados recuerdos de aquella noche, me resulta labor muy engorrosa, y quédese esto aquí. Lo que sí te puedo asegurar de buena parte es que, por aquel tiempo, se sospechaba que mi madre andaba requiriendo de otros amores fuera del amancebamiento que con mi padre tenía, y acabándome de certificar de aquella verdad, vi que, de hecho, el miedo que sintió el enemigo de mi madre había sido tanto que, siendo él también un Zoroark, y teniéndome a mí por mi padre, enseguida se mudó, como si hubiese sido cosa trazada, en la figura de un Zorua; y tras esto dijo el muy bellaco: «Ole, papa, y en buena hora nos hallastes, que harto perdidos estábamos». A lo que mi madre añadía: «Zoroark, digo, Maquio tiene razón, que además con el frío que habemos, andamos cosidos», excusándose de esta y otras maneras mientras que porfiaban en desunirse.

    Yo, al escucharme conjurar de aquella suerte y de aquel impostor, quedé corridísimo, con que luego luego cogí una bellota que acaso traía y se la arrojé en la cabeza, escalabrándosela toda, de suerte que por poco no se la escondí dentro. Todo esto hacía al tiempo que, cegado de mi simpleza, decía: «¡Oxte, puto, que yo soy el verdadero Maquio!». Y digo que me vio tan resuelto en matarle, que presto se dio a huir el muy castroso, y aun le habría seguido, si mi madre no me hubiese asido del rabo y traído hacia ella, la cual luego me hizo prometerle jamás darle cuenta a mi padre de lo que enhoramala vi aquella noche, cosa que mal de mi grado hasta el día de hoy he cumplido, por no quitarle más honra al que ya no tiene ninguna, aunque bien le hube vengado con el bellotazo. Con esto, digo que el pobre quedó tan dulcísimamente engañado, que mal año para los Absol y sus cuernos, que a mi padre se los pusieron mejores y más grandes.
     
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