Self-insert Invencible

Tema en 'Literatura experimental' iniciado por Lariebel, 25 Abril 2019.

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    Lariebel

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    Escritora
    Título:
    Invencible
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    1308
    Invencible

    Sé que esto es mi pasado, pero no puedo dejar de estar inmersa en él. Mis ojos eran absorbidos por esa oscuridad que tanto me había devorado por años y años. Había estado hundida en ella desde tan pequeña que ya no puedo recordar el momento exacto en el que ya no podía ver ningún resquicio de luz. El silencio de mi lugar de encierro era mi paisaje diario. El único cielo que era capaz de calmarme era el que me cubría durante la noche, con el brillo de millones de estrellas que me consolaban.

    Dentro de esas paredes, era en donde la verdadera yo podía vivir sin pensar en lo que me perseguía todos los días. Cuando agarraba un libro y me perdía en su mundo, era el momento único en el que podía expresarme realmente. Luego de eso, todo terminaba. Yo no tenía permitido hacer nada que vaya en contra de las reglas de los demás. No tenía permitido hacer, ni hablar, ni pensar. Las cadenas que me ataban era el modo de sobrevivir todos los días en esa casa.

    Por eso es que ahora me cuesta tanto volver a mi realidad. Por eso es que las cuchillas vuelven a veces para abrir las viejas heridas que se están cicatrizando. Por eso es que mi respiración se entrecorta, mis piernas pierden fuerza y mi corazón palpita desbaratado. Aunque quisiera, no puedo despegarme de los recuerdos que me marcarán por siempre mi piel.

    Había perdido mi propia personalidad dentro de aquella historia recurrente de violencia. No era capaz de pensar en mí misma como “Florencia”. Yo únicamente era identificada como “la que su familia odia”, “la que no tiene amigos”, “la que es golpeada”, “la que es apartada”, “la que es usada”, “la que es manipulada” y “la que es ignorada”.

    Después de levantarme cada día con la idea del suicidio en mi cabeza, intentaba soportar cada golpe y cada comentario sin decir absolutamente nada. Después de descargar todos mis sentimientos y frustraciones a través de las letras, intentaba tapar mis brazos negros de tinta. Después de escuchar cada mentira, cada lazo que había construido se destruía y no me quedaba nada, nadie.

    Aunque intenté borrar cada retazo de mis memorias, sé que siempre estarán ahí y que tengo que aceptar cada cosa, porque termina siendo parte de mi propia historia.

    Las veces en las que mi pequeña yo lloraba frente a cada persona para decirle que la salve de su hermano violento. Las veces en las que era ridículamente ignorada y me tragaba mis sollozos. ¿Qué más hacía falta para desacreditar la voz de una niña que te está pidiendo que hagas algo?

    Y así es como terminó. Pareciera que yo era la única que sabía que había un problema en él.

    Ellos solo se dieron cuenta al regresar de una sesión con la psicóloga, con los rostros rendidos como si hubieran recibido la noticia de que el mundo se iba a terminar. Los gritos de mi papá diciendo que mi hermano no era un loco resuenan en mis oídos aún. Desde ese entonces, tuve que consolar a mi mamá incontables veces en el transcurso de encontrar un tratamiento adecuado para él. He tenido que apartar sus lágrimas cada vez que ella se derrumbaba silenciosamente en mi habitación porque necesitaba mi apoyo. He tenido que aguantar cada día la sarta de insultos de mi hermano que me seguía intentando hundir con su enorme odio y he tenido que ver su sangre corriendo por su piel, a la vez que me sonreía.

    Pero el hecho que me hizo estar acá, escondida en un ovillo fuera del aula de clases, no fue ese.

    Fue el día en el que la llamada de su novia nos sorprendió a mi mamá y a mí mientras íbamos a nuestra casa en el auto. Se escucharon sus gritos desesperados a la vez que nuestro vehículo iba aún más rápido por la calle para llegar lo más pronto posible. Al abrir la puerta, él estaba tirado, casi inconsciente, y la chica que lo acompañaba lloraba sin parar a su lado, sin saber qué hacer.

    En ese momento, me quedé de piedra. No podía reaccionar.

    No pude reaccionar cuando mi mamá encontró el envase de las pastillas y contó las que quedaban. No pude reaccionar cuando lo arrastraron hacia el auto y se lo llevaron al hospital. No pude reaccionar cuando me quedé sola en casa, mirando su habitación vacía. No pude reaccionar cuando, al volver dos días después, observé cómo mi abuela y el novio de mi mamá retenían a mi hermano en el sofá porque él estaba teniendo un ataque, gritando a todo pulmón que se quería matar. No pude reaccionar cuando vino la policía y le susurró a mi mamá que tenía que ser fuerte por mí y por él. No pude reaccionar cuando la ambulancia se lo llevó y, otra vez, quedé de nuevo a oscuras en medio de un silencio inabarcable.

    El aire de mis pulmones apenas podía entrar mientras mis lágrimas caían sobre mis mejillas. Los temblores reverberaban a través de mi cuerpo lleno de miedo. Los latidos de mi corazón amenazaban con romper la poca entereza que poseía.

    Mi mente rememoraba esos momentos como si realmente estuviera ahí, de nuevo, mirándolo. Aun sabiendo que él está acá todavía, en el presente, intentando vivir con normalidad a pesar de su trastorno… la reacción fue la misma. En esa época, una chica no fue capaz de salir de su casa al menos por un mes. Su mamá intentaba por todos los medios animarla, pero todos los días lloraba y no comía absolutamente nada. Durante las cenas, esperaba a su mamá para que contara acerca del estado de su hermano internado en la sección psiquiátrica del hospital. Después de eso, no pudo evitar el tener que sentarse en una silla frente a su nueva psicóloga, para comenzar con otro de los tantos tratamientos que había tenido en su vida.

    “Eso fue el año pasado”, me repetía. “Eso está en el pasado”, me decía. “El tratamiento sirvió”, me consolaba. “Tengo que volver al presente”, me reclamé. “No voy a dejarme vencer por la misma oscuridad otra vez”, me decidí.

    La luz volvió a interceptar mis sentidos y mis ojos se abrieron poco a poco. Fui relajando mi respiración a medida que iba dándome cuenta del lugar y en el momento en el que me encontraba. Sentí los dedos de mi profesora acariciándome la espalda suavemente, recordando que estábamos en el taller de mi escuela mirando una película acerca del ciberbullying. Un segundo antes de visualizar la imagen de la protagonista queriéndose suicidar tomando unas pastillas, yo estaba normal. Me apoyé contra la pared fuera del aula y le indiqué a Oriental, la encargada de la materia, que yo estaba bien y que quería quedarme ahí hasta que la terminaran de ver el filme. Ella asintió y volvió adentro. Yo levanté mi mirada hacia el techo iluminado y sonreí para mis adentros.

    Pude hacerlo. Por primera vez, pude salir yo sola del ataque de pánico que me había invadido durante la clase. Nunca se me había pasado por la cabeza que podía ser capaz, pero lo hice.

    Contemplé mis pequeñas manos mientras volvía a escuchar todos los consejos de mi psicóloga para evitar que la angustia me controle. Mi asombro no podría haber sido descrito de una manera que se pueda entender sin contar todo el trasfondo de cada átomo de mi cuerpo. Mi risa rebotó entre las paredes blancas del pasillo, dentro de una escuela cualquiera y en un lugar remoto del mundo entero. Nadie me vería, pero mi corazón estaba exclamando por expresarlo. Así era cómo se sentía alguien al hacer algo que creía imposible: Invencible.
     

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