Golden Clock

Tema en 'One Piece' iniciado por Ela McDowell, 23 Abril 2014.

  1.  
    Ela McDowell

    Ela McDowell Entusiasta

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    Golden Clock
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    Aventura
    Total de capítulos:
    9
     
    Palabras:
    1325
    GOLDEN CLOCK
    CAPÍTULO 1: PRIMERA PARADA

    Tomó entre sus manos el mango de la espada, sosteniéndola firmemente mientras el frío penetraba desde sus callosidades hasta recorrerle la columna vertebral. Jamás había tenido las manos de una dama, ni siquiera se preocupaba por el aspecto que mostraran; uñas rotas y palmas sucias. Sin embargo, eran su arma más valiosa, lo sabía bien. Sin ellas ¿cómo podría labrar el camino que estaba dispuesta a seguir?

    Sonrió, intentando mantener una calma que no poseía. El aire gélido de la mañana le calaba los huesos y aún faltaban un par de horas para que los primeros rayos de sol despuntaran por el horizonte. No tenía tiempo que perder. Sin embargo, tiritaba inmóvil, observando el vaho de su respiración disiparse a pocos centímetros de distancia. El constante martilleo de su corazón provocaba un desorientador pitido en el interior de su cabeza. Quizás la falta de oxígeno y la adrenalina que recorría con furia sus venas fuera la causante.

    «¡Muévete!», le ordenaba a un cuerpo que hacía oídos sordos a sus súplicas.

    Alzó la mirada y la posó en la figura escondida más allá de la neblina, que parecía envolverla cual espectral aparición. Sus músculos se tensaron cuando ésta mostró una hilera de blanquecinos dientes, tan puntiagudos que, se dijo, no podían pertenecer a una boca humana. Y sus ojos, grandes y amarillos, le recordaron a los de un felino concentrado en su presa. Incluso las sombras parecían acariciarlo, transportándolo en la oscuridad.

    Debía encontrar la forma de huir de aquello que se aproximaba a su encuentro, pero temía perderse en las profundidades del bosque cuando sólo unos cuantos metros la separaban de su objetivo. Vaya mala suerte el haberse topado con semejante neandertal durante su trayecto, en el peor momento y lugar de la historia. El caprichoso destino se ufanaba de ella y del infortunio que la acompañaba fielmente.

    —No puedes escapar —dijo el hombre con un tono de voz gutural, similar al chillido de un animal al que le han destrozado la garganta.

    Detestaba que el enemigo estuviera en lo cierto. Corría el riesgo de ser perseguida por toda la isla si intentaba marcharse ahora, y ser cazada por un maníaco de rasgos gatunos no hacía parte de sus planes. Así pues, la única opción que le quedaba era luchar y ganar; una laboriosa tarea, teniendo en cuenta que sería su primer enfrentamiento en un campo de batalla real. Porque las peleas callejeras no contaban en lo absoluto al tener delante una mole de tres metros dispuesta a aplastarte como a un insecto.

    Centró su atención en el ligero hilillo carmesí que afloraba en el antebrazo del hombre, donde la pelirroja había tratado, sin éxito, de realizar una amputación con el instrumento al que se aferraba. El resultado fue un simple rasguño, por el cual recibió por recompensa un imparable puñetazo en el rostro, que seguramente estaría adornado de feos moratones. Temblando, descartó la idea de volver a intentarlo, sujetando con fuerza la empuñadura de la espada. Una fuerte capa de óxido la cubría, convirtiéndola en un artefacto inútil para la ocasión. De cualquier forma, ni siquiera sabía blandirla, lo que provocaba que sus movimientos fueran torpes e inseguros.

    Dejó caer el objeto sobre gélido suelo, donde la tierra se tragó el sonido emitido del metal al chocar contra ella. Apretó los puños y los alzó en posición defensiva, de la forma que aprendió tras los años de entrenamiento en casa, preparándose para responder ante cualquier acción de su adversario. Empero éste nunca llegó. La gran sombra proyectada fue desvaneciéndose a medida que se oían los pasos de un grupo de personas acercarse. La joven viró la cabeza hacia un lado lo suficientemente rápido para notar una patrulla que portaba en medio de sus uniformes blancos el emblema de la gaviota azul.

    «Así que huyó», pensó, no sin cierto alivio.

    Al final optó por escapar, aprovechando la bendita oportunidad que el universo le daba. Recogió la espada y se introdujo entre el follaje del salvaje bosque, cuyas hojas la envolvían en un espeso manto capaz de ocultarla en su interior. De vez en cuando las ramas de los árboles arañaban su piel o la mochila que transportaba en su espalda se colgaba de ellas, reteniéndola de su viaje hasta que lograba soltarla profiriendo mil palabrotas.

    En su caminar seguía un invisible sendero rectilíneo para evitar alejarse del límite de la inmensa aglomeración vegetal que la rodeaba y no extraviarse... de nuevo. ¿Cómo no hacerlo? Ante sus ojos todo era exactamente igual. Sólo le quedaba marcar cada tronco que pasaba con una mal tallada S que hacía con la punta de la espada cual cuchillo al manejarla.

    Agotada y sin una fuente hídrica a la que recurrir para saciar la infernal sed que la agobiaba, la joven dejó caer su lastimero cuerpo contra el roble más próximo. Fijó la vista en el horizonte, lugar en el cual el sol brillaba en todo su esplendor, supuso, pues las copas de los árboles no dejaban pasar más que opacos rayos dorados. No había animales para cazar ni frutos que recolectar. Bajo ella yacía únicamente el fangoso terreno que sepultaría su última esperanza, incrustando en sus muslos pequeñas piedras como dagas apuñalando su alma.

    —¿Lodo? —Se preguntó en voz alta—. ¡Seré idiota!

    La joven se arrastró con las escasas fuerzas que aún albergaba, secundando la senda de barro hasta encontrar a varios metros de su anterior paradero un lago de límpida agua. Casi cayó de cabeza al sumergir su boca en el cristalino líquido, refrescando el desierto en que se había convertido su lengua. También se lavó la cara, la ropa y cuerpo con premura, temiendo que en cualquier instante se evaporara el milagroso manantial. Bueno, es comprensible exagerar luego de estar a punto de morir deshidratada en medio de la nada.

    No pudo evitar sentir que era observada mientras fregaba sus prendas en medio del lago, con sus formas descubiertas al despojarse de sus vestiduras con la intensión de limpiarlas de la mugre acumulada. Tenía una figura de doncella, aunque algo musculosa debido al constante ejercicio que realizaba. Se enorgullecía al mostrar libremente su abdomen, tan bien marcado como el de un hombre, pero aborrecía a los pervertidos que fisgoneaban su ser.

    Intentó detectar la presencia de otra persona en medio de aquel paraje, acción que resultó vana y que la llevó a pensar que, tal vez, estaría delirando a causa del cansancio.

    —Tsk —soltó la pelirroja al cubrirse nuevamente con su empapado atuendo—. Juro que si pesco un resfriado mataré al tío de colmillos cuando lo vuelva a ver.

    Tomó sus pertenencias y reemprendió su viaje, decidida a emplear de la mejor forma posible la energía que le quedaba para andar. ¿Por qué iba a rendirse ahora? No pararía aunque sus pies sangraran, y menos estando tan cerca de su objetivo. «Soy una imparable ola en medio del basto océano, y nada ni nadie me detendrá», se recordó con una sonrisa.

    Sus oraciones fueron escuchadas al atravesar el denso bosque después de avanzar durante otro par de horas. A lo lejos se divisaban hileras de tejados coloridos, los cuales formaban un paisaje similar a un carnaval de festivas estructuras arquitectónicas. El sonido de las olas del mar llegaba hasta sus oídos, junto con el canto de las gaviotas y el parloteo de la gente de la ciudad. Por sus fosas nasales entraba el olor a sal, colándose en sus pulmones y embriagando a la pelirroja, quien torpemente corrió colina abajo en busca de la satisfacción de haber alcanzado uno de sus destinos.

    Al llegar, no pudo más que maravillarse ante cuanto se alzaba entorno a ella.

    —¡Aquí es! —gritó, rebosante de emoción—. ¡Llegué, Dégel!

    A partir de ese primer sentimiento de felicidad comenzó la historia que hoy día es leyenda en los mares del mundo; bajo ese enorme letrero que daba la bienvenida a Rucken Okeansky.
     
    Última edición: 24 Febrero 2016
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    Mikasa Ackerman

    Mikasa Ackerman Entusiasta

    Aries
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    Hola.
    Antes que nada, gracias por avisarme acerca de tu fanfic.
    debo decir que a pesar de que tu fic es largo para mi, no fue un limitante para dejar de leer, se me hace una trama demasiado buena, al igual que interesante
    debo decir que la joven se me ha sido valiente a pesar de todo, ademas yo no aguantaría ni la mitad que ella deshidratada hehe
    y que decir am.. realmente me gusto esta frase:

    Dejó caer el objeto sobre gélido suelo, donde la tierra se tragó el nunca emitido sonido del metal al chocar contra ella
    Me encanta la forma en que utilizaste la palabras dentro de todo el texto.
    sin nada mas que decir espero ver mas de lo que escribes.. vale?

    :) sayo0 :)
     
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  3.  
    GokechuKai

    GokechuKai ¡El emblema de fuego!

    Piscis
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    Bueno Ela...
    Debo decir que me gusto bastante el FanFic, el largo que tiene es decente además que es lo suficiente como para poder dejar a alguien con intriga de lo que puede suceder en el siguiente capítulo, a pesar de que la seriedad que tiene es la suficiente como para aburrir ligeramente a alguien menor, la edad colocada es la indicada.

    Por otra parte, no he logrado comprender muy bien la primera ubicación en la que se encuentra, por el frío pareciera una montaña pero luego describes un bosque, lo cual me confunde ligeramente. Otra cosa es la cosa con la que se encuentra, he de suponer que tiene forma humana, ¿No? Una ligera corrección, has escrito neardental, siendo neandertal, a no ser que lo hayas escrito así porque la criatura lleva ese nombre.

    Aun así, ha sido un muy buen capítulo, espero el siguiente y que me avises cuando este disponible.
     
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  4.  
    Uzuqui

    Uzuqui Entusiasta

    Escorpión
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    hola
    tu historia se me hace interesante, ademas de que para ser un primer capitulo uno se hace idea del personaje y eso me gusta, ademas amo su personalidad y soporte, me gusta la chica.
    amo a las protegonistas con personalidad, dime que ella tendra una y ya tienes una nueva seguidora a tu historia.
    en in esta interesante
    espero volver a leerte pronto.
     
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    pinkgirl

    pinkgirl Entusiasta

    Leo
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    Desde el primer párrafo se nota tu extenso vocabulario, me alegra que no repitas palabras y que pintes con hermosas palabras las escenas n.n.
    Trata de hacer un poco más largo el capítulo la próxima vez, así puedo degustar (?) por más tiempo tus bellas palabras.
    Como crítica constructiva, mmmm veamos...Trata de no demorar tanto en explicar el escenario en lo que ocurre la historia sino imaginamos al personaje en la nada y no en su entorno ;).

    Avísame por privado cuando salga el próximo capítulo.
     
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  6.  
    Ela McDowell

    Ela McDowell Entusiasta

    Sagitario
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    2060
    CAPÍTULO 2: PROPÓSITO

    —¡Ay, ay, ay! —se quejó al sentir el gélido contacto del agua helada sobre la piel.

    Seera se hallaba frente al espejo observando sus primeras heridas de batalla. Bueno, sólo eran feos moratones en el rostro y cuerpo que posiblemente desaparecerían en uno o dos días. Aun así, sintió algo similar a orgullo con una mezcla de satisfacción personal al ver la imagen reflejada en el cristal. ¿Acaso se estaba volviendo masoquista? Posiblemente.

    Tras lavarse la cara con el agua del grifo, se sentó sobre la vieja cama que había en la habitación, cuyos resortes rechinaron por el peso que se vieron obligados a aguantar. Tomó una de las grandes botas café que descansaban junto a la mesa de noche, introdujo su níveo pie en ella y ató con fuerza las cuerdas en un firme nudo. Hizo lo mismo con la segunda. Le gustaba utilizar aquel calzado militar, siempre pensó que le daban un gran porte y presencia a los soldados de su país. También hacían juego con su pantalón camuflado y el verde top oscuro de tirantes carmesí que cubría sus redondos pechos.

    El recinto se hallaba sumergido en una oscuridad casi palpable. El día anterior había cerrado las cornisas, impidiendo que los cegadores rayos solares penetraran a raudales por la ventana y evitaran su reposo de dieciocho horas. La fatiga la noqueó en cuanto acomodó la cabeza sobre la acolchada almohada y cubrió su delgada figura con el monocromo edredón.

    Salió por la puerta de la habitación número catorce, girando la llave en el picaporte para evitar que intrusos indeseados fisgonearan entre sus pertenencias, las que se limitaban al morral que había dejado oculto bajo la colcha. Descendió hacia la planta inferior por la escalera ubicada al final del pasillo, donde su recorrido finalizó tan pronto entregó el pequeño objeto metálico al dueño del lugar para que lo cuidase con celo.

    La joven había empleado sus últimas energías para encontrar una posada en la ciudad la tarde previa, y fue afortunada de localizarla antes de derrumbarse por completo. El lugar era limpio, tenía clientela habitual y su propietario no le había cobrado demasiado por rentar un cuarto durante tres días. Al anciano de larga barba y grueso bigote casi se le habían caído las gafas al ver las condiciones de la muchacha que traspasaba el umbral en busca de un sitio en el cual descansar, acto que hizo que Seera confiara en él.

    —Disculpe —llamó la pelirroja al mayor, quien alzó la vista de unos documentos que repasaba para atenderla con una humilde sonrisa—. ¿Sabe dónde puedo hallar un Krouvi en los alrededores?

    —¿Un Krouvi? —Repitió, alzando una ceja de manera inquisidora, mientras su expresión se ensombrecía.

    Los hombres congregados a su espalda rieron estruendosamente, varios de ellos demostrando signos de reciente ebriedad. Su mirada endureció mientras apretaba los dientes en señal de notoria molestia. Detestaba oír las sonoras carcajadas que brotaban de sus gargantas a todo pulmón, resonando en su cerebro como martillazos dados a una gigantesca campana. ¿Por qué la gente siempre hacía lo mismo? Aún arrastraba consigo las burlas de los habitantes de donde provenía.

    —¿Qué haría una jovencita como usted en un Krouvi? —inquirió el posadero.

    —Estoy buscando personas que deseen unirse a mi tripulación —contestó Seera con seguridad, como si aquella fuera la respuesta a todas las incógnitas del universo.

    Nuevamente un mar de hilaridad se alzó desde el fondo del recinto. Sus mejillas se encendieron y apretó los puños a un costado para evitar destrozar algo, pues no tenía suficiente dinero a mano para indemnizar a nadie. La algarabía era más de lo que le era posible soportar, pero se abstuvo de patearles el trasero a esos tipos que tan grotescos le parecían.

    Giró sobre sus talones y gritó:

    —¿De qué mierda se ríen?

    —Un Krouvi es una de base secreta en la que se reúnen piratas veteranos de todas partes del mundo. Pocos conocen su ubicación exacta, otros creen que sólo se trata de una leyenda. Sea cual sea la verdad, no es lugar para una señorita —dijo el anciano de cabello canoso a sus espaldas, usando el mismo tono autoritario que emplea un padre que reprocha a su hijo por mal comportamiento.

    —Don Frost tiene razón, pequeña —soltó un borracho de amplios hombros entre carcajadas—. No serías más que carnada en un balde de pirañas —Dio un largo trago a su jarrón de cerveza, cuyo tono amarillento le recordaba la orina de perro.

    Ya hastiada, salió de la posada dando un portazo que bien podría haber causado que la madera se soltara de las bisagras que la sujetaban. Seera se recostó a una pared lateral al edificio e intentó calmar la furia que arremetía en su interior. Mas no era eso lo único que la embargaba, sino también la tristeza de saber que nadie la tomaba en serio, incluso estando tan lejos de casa.

    —Deberías escucharlos —dijo una voz en la cercanía.

    Seera, quien había estado abrazando sus rodillas y ocultando su rostro entre ellas, dio un brinco y trató de localizar al emisor de dichas palabras. Por fin lo divisó en el tejado. Se trataba de un joven de oscuro cabello carmesí, con una perilla descuidada del mismo color, que sujetaba una brocha y un recipiente de pintura en cada mano. La chica se sacudió el polvo del pantalón y aclaró su garganta, avergonzada se haber sido descubierta en un momento de debilidad.

    —¿Quién eres? —interrogó sin ánimo.

    —Vaya modales —Por el tono que empleaba, Seera comprendió que él tampoco quería tener una conversación del clima precisamente. Mostraba unas profundas ojeras bajo sus orbes castaños y su mirada era bastante atemorizante. La muchacha se preguntó si esa era su apariencia o sólo vivía enfadado con el mundo—. Da igual. Por aquí llegan muchos ilusos en busca de los Krouvi. Hombres y mujeres que juegan a ser piratas y que pronto se dan de cara con la cruda realidad; han llegado al lugar equivocado. ¿Por qué crees que no hay cuarteles de la marina cerca? Ningún bucanero desembarca por estos lares, sólo pierdes tu tiempo.

    Aquellas palabras le dolieron. No porque fuera un extraño el que las pronunciara en voz alta, sino porque el recuerdo del centenar de veces que las había escuchado dirigidas hacia ella se resistía a dejar de atormentarla. Sintió una fuerte punzada en el pecho, y se preguntó qué tan rápido podía morir un sueño o esperanza en los corazones frágiles como el suyo.

    El aire se volvió tenso entorno a ambos. El olor a pintura fresca inundaba el ambiente junto al lejano murmullo de los habitantes de Rucken Okeansky, los cuales se desplazaban libremente por la ciudad. Durante unos silentes minutos que parecieron eternos, Seera dio media vuelta, sumergida en su propio mutismo, y abandonó la protección brindada por las sombras. Las nubes descubrieron el sol al tiempo que ella alzaba la vista en dirección al infinito cielo, un distante mar del mismo azul que el océano.

    Había tomado su decisión.

    —El sonido de las olas —susurró.

    El joven, confundido por su actitud tranquila, pensó que probablemente se habría rendido ante su desinteresado discurso. En esos momentos no sabía cuán equivocado estaba.

    Seera llevaba horas corriendo de arriba abajo por la plaza comercial, sin saber adónde se dirigía o qué hacer para comenzar con su propósito. Había embarcado rumbo a la aventura sin detenerse a planear estrategia alguna. Ahora, con meros quince berries en el bolsillo y desconociendo la ubicación de los Krouvi, maldecía al pelirrojo del tejado. ¿Cómo se atrevía a hablarle de esa forma? ¡Que le den!

    Disminuyó la marcha para ojear con curiosidad los vitrales de los almacenes, rebosantes de diferentes objetos que le hacían odiar la pobreza en la que se encontraba sumergida. No había nada que no superara los cien berries. «¿Acaso todos en esta isla son ricos?» se preguntó mentalmente, dejando escapar un profundo suspiro. Sin embargo, el precio de un solo dígito dibujado en una estantería llamó su atención. Su cerebro trabajó tan rápido que la sorprendió con una idea perfecta que podría aprovechar estando en una situación como aquella.

    —¡Eso es! —Exclamó.

    Entró en el almacén y pagó lo correspondido a la mujer que atendía la miscelánea, la cual le entregó su compra guardada en una simple bolsa de papel. Después de agradecer con una reverencia, Seera se dispuso a regresar a la posada como alma que lleva el diablo.

    Tras perderse dos veces en el trayecto, alcanzó su destino cuando la luz solar se extinguía casi por completo en el poniente. Su sonrisa desapareció al ver al pelirrojo, a quien decidió llamar Chivo, limpiando los cristales de las ventanas exteriores. La emoción que la embargaba menguó, pero se convenció a sí misma que no se dejaría afectar por la negativa aura que éste emitía.

    El joven giró la vista hacia ella, para luego posarla en lo que portaba Seera entre sus manos. Alzó una ceja inquisitivamente, a lo que la chica le saco la lengua e hizo una mueca que resultó bastante tonta. Él no le dio importancia a su actitud infantil, por lo que siguió concentrado en su labor.

    —Oye, Gin, ¿por qué no terminas mañana? —El dueño del local salió sin compañía por la puerta de la posada. Al notar la presencia de la chica de escarlatas hebras, le dedicó una cálida sonrisa—. Tú también deberías entrar, no vaya a ser que pesques un resfriado, pequeña.

    —Papá, no creo que sea buena idea. Puede tener rabia o, incluso, lepra —le dijo Gin a Don Frost, señalando a Seera con su dedo pulgar.

    Dicho comentario la irritó, así que decidió contraatacar con la misma rudeza:

    —¿Quién me asegura que no tienes viruela marina, maldito Chivo?

    —¿De qué rayos hablas? No existe ninguna enfermedad llamada así. Sólo es una historia que los padres cuentan a sus hijos para que se tomen todo el caldo de mariscos —le corrigió él, pegándole una etiqueta imaginaria de "Idiota" en la frente a Seera con su razonable argumentación.

    El anciano rió entre dientes, causando que la pelirroja enrojeciera de vergüenza y furia en conjunto. No era una mala persona, pero le parecía divertida la forma en que se trataba aquel par mutuamente. Admitía que su hijo tendía a incordiar a la gente, aunque nunca con tanto empeño. De seguro se debía a las palabras que la pelirroja había emitido aquella mañana, acción que lo había dejado intranquilo a él durante el resto de la jornada.

    —Dime, jovencita —dijo el hombre para captar la atención de la muchacha—. ¿Qué cargas ahí?

    El rostro de Seera se iluminó con una radiante sonrisa que dejaba ver su perlada dentadura.

    —¡Mi método para conseguir una tripulación pirata! —contestó con entusiasmo, a lo que los dos varones quedaron perplejos.

    @Mikasa Ackerman : Me alegro mucho que te guste la forma en que escribo. A veces soy muy perfeccionista o hago las cosas a la carrera, pero intentaré mantenerme en una posición que sea para tu disfrute como lectora.

    @GokechuKai : En el universo de One Piece todo el mundo está compuesto por islas que son muy diversas entre sí. La protagonista se encuentra en una isla cualquiera donde hay un bosque y en torno a él se encuentran varias ciudades. El clima cerca a los lugares donde hay bosques pueden ser fríos, más en la madrugada donde la temperatura está baja porque el sol no ha salido. O al menos así ha sido en lugares a los que he viajado.

    Muchas gracias por la corrección, prometo que no me volveré a equivocar con esa palabra. Y me alegro que te haya entretenido el primer capítulo.

    @Uzuqui : Sí, la protagonista tendrá una personalidad, bastante rara, pero la tendrá. Qué bueno que te haya parecido interesante y me encantaría tenerte como seguidora.

    @pinkgirl : Gracias por la crítica constructiva. Intentaré esforzarme al máximo para seguir tu consejo. Gracias por las palabras tan lindas dedicadas.

    Espero que este capítulo haya sido de su agrado, y de los lectores anónimos que siguen mi historias. ¡Comenten que no muerdo! (?)

    Los Krouvi son un término de mi creación, por lo que no hace parte de la historia original, como tampoco los personajes o escenarios que aquí aparecen.
     
    Última edición: 24 Febrero 2016
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  7.  
    GokechuKai

    GokechuKai ¡El emblema de fuego!

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    ¡Cool!

    Ahora que específicas lo del universo One Piece, las islas, los piratas... He logrado comprender al 100% tu FanFic, llegando a interesarme muchísimo más que antes. Eres un monstruo dejando las cosas que intrigan para otro momento, como suelo hacerlo yo a veces (Me pregunto si dirán lo mismo de mí...), quiero saber que hay en esa bolsa de papel, a no ser que sea un cupón para un barco gratis no sé me ocurre que más puede ser xD

    Ese Chivo me suena a que terminara siendo un pirata, o un personaje casual bastante... Interesante.

    Esperando la siguiente parte, no tardes mucho o iré a buscarte yo mismo para poner tu cara en el cuaderno/computador y que escribas, porque es demasiada intriga.
     
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  8.  
    Hey Miguel

    Hey Miguel Sobrevivió al Arceus Emo

    Aries
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    Me encanta que tengas un vocabulario tan diverso y rico, es agradable a la vista y entretenido de leer, se nota que ya tienes una experiencia previa, ¿No?
    El capítulo 1 no me llamó tanto la atención como el 2, tal vez porque no hubo tantos dialogos, pero fué lo suficientemente bueno para que quiera leer la segunda parte. Por cierto, ¿El que seguía a Seera era un tritón? Digo... por lo de los dientes afilados (?)
    El segundo capitulo me convenció de seguir tu historia, te has ganado un seguidor más (?) jajajá. No sé porque, pero al ser pelirroja la protagonista, me viene a la cabeza Nami... ha de ser porque es un fanfic en el mundo de One Piece...
    Admiro tu forma de crear nombres, tanto a los personajes como a los lugares. Me quedé con ganas de saber más de Gin... xD
    Puede ser que se desarrolle en el universo de One Piece, pero es muy original, le falta más acción (?) pido mucho para un comienzo jajajá, ojalá se haga cada vez mas emocionante.
    Eso es todo, por lo general suelo comentar así, corto, pero lo hago porque creo que vale la pena elogiar tu historia ^^
    ¡Ánimos!
     
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  9.  
    ElyHaruKaa

    ElyHaruKaa Entusiasta

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    El primer capitulo fue un misterio entender de que tipo de historia se trataba, te hubiese aconsejado que anexaras más acciones y un poco de comedia para mi no hace daño, lo que trato de decir es que los primeros capítulos son muy importantes ya que es ahí donde enamoras al lector de tu historia, me gustó obviamente el segundo donde ya te das una idea en general.
    De ortografía creo que vas bien, y no comento más por que no soy experta en eso de guiones y tildes ajajaj soy regañada por esas cosas y trata de que hablen más los personajes, y cuando describas hazlo de una manera estratégica.
    Esa es mi opinión mucha suerte :)
     
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  10.  
    Ela McDowell

    Ela McDowell Entusiasta

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    CAPÍTULO 3: DELICIOSA VENGANZA

    Por la mañana, Seera ya había terminado de hacer los preparativos para aquel nuevo día. Salió por la puerta principal de la posada rumbo al pueblo, no sin antes robarle el desayuno al estúpido Chivo, colgándose su oscura mochila verde al hombro. Sólo se detuvo un momento para contemplar el cielo despejado que se erguía sobre ella en las alturas. Bañado en un hermoso color azul y orlado por níveas nubes similares a algodones flotantes, aquel paisaje prometía una jornada tranquila.

    —¿A dónde crees que vas, ladrona de comida? —Escuchó decir a alguien a sus espaldas. Cuando volteó, se topó con la sombría mirada de un pelirrojo irascible que portaba en su mano una escoba de madera. No pudo evitar temblar por la apariencia aterradora que mostraba el joven en aquel instante.

    —¿A dar un paseo? —Titubeó la muchacha, intentando mostrar una sonrisa inocente. Ese tipo sí que podía dar miedo si se lo proponía.

    —¡No me jodas! —Gin le lanzó el utensilio de limpieza y ella lo esquivó por poco. Seera le sacó la lengua, para después salir corriendo en dirección a la plaza comercial. A lo lejos podía oír cómo era maldecida por un furioso chico que planteaba mil formas en las que iba a morir cuando regresara.

    Estando a salvo del molesto Chivo, se detuvo a recuperar el aliento. No es que no estuviera en forma, pero tampoco se había recuperado por completo de la batalla con el fenómeno gatuno, siendo esa la razón por la que le costaba realizar actividades físicas pesadas. Tampoco le gustaba estar encerrada en una habitación sin hacer nada, y siempre rechazaba la oferta de llamar a un médico que le hacía Don Frost.

    —Tsk —chasqueó la lengua, un gesto muy típico de la chica.

    Observó raudamente los locales que la rodeaban. En el centro del lugar se hallaba ubicada una fuente de agua tallada en mármol, cuya figura de doncella le resultó bastante atractiva. Por allí iban y venían multitud de personas, así que se sentó en el borde de la escultura para analizar a todas ellas, evaluando quiénes podrían ser aptos para pertenecer a su tripulación.

    «Ese parece inteligente. Aquella tiene una expresión bastante compleja, a lo mejor es una estratega. El panzón no está nada mal. Ese anciano puede tener una identidad secreta», pensaba cada vez que aparecía alguien que llamaba su atención.

    Hurgó en su mochila hasta hallar los panfletos que tardó una noche completa en hacer. Sonrió nuevamente al recordar lo bien que le habían quedado. El posadero le consiguió unos crayones para realizar su trabajo, además de la cinta adhesiva. Así pues, Seera comenzó a colgar las coloridas hojas en cada rincón de la ciudad. Incluso llegó a pegarlas en la espalda de cualquier hombre grande que encontraba, con sumo cuidado de no ser descubierta, y al serlo debió pedir mil disculpas por su inapropiada conducta.

    En el momento que terminó de repartirlos, la pelirroja regresó a la posada a tomar un merecido descanso. Por el camino encontró una pequeña caja de cartón que le pareció perfecta para recibir las inscripciones de nuevos miembros, y se la llevó consigo. Sin duda, aquel era un plan perfecto; se felicitó mentalmente.

    —Pa', la leprosa volvió —dijo Gin a Don Frost, quien se encontraba regando las plantas de la entrada, al ver que la muchacha se acercaba.

    —Creo que los animales no están permitidos en la posada —contraatacó Seera, molestándose por la actitud del joven—. ¿O me equivoco, Don Frost?

    El viejo rió.

    —Definitivamente, eres una dulzura —comentó con notorio sarcasmo, a lo que la de orbes cafés le hizo una mueca infantil—. ¿Qué edad se supone que tienes? ¿Tres, dos?

    —Para tu información, hace dos semanas cumplí diecisiete.

    —Una niña —soltó Gin—. Yo tengo veintiuno, y como adulto merezco respeto.

    Seera miró a Gin de pies a cabeza. Tenía una postura un poco encorvada, lo que hacía que no fuera más de cuatro o cinco centímetros más alto que ella. Aunque, tomando en cuenta que medía un metro con setenta y dos centímetros, Seera era demasiado espigada en comparación con el resto de mujeres. Siendo sincera, lo había tomado por un chico de su edad.

    Suspiró.

    —Eres un enano.

    En la frente del chico apareció una oscura vena roja, que se esfumó rápidamente cuando éste se resignó a que pelear con una adolescente era sólo una pérdida de tiempo. Debía aprender a ignorar a los seres problemáticos, y ella era uno.

    Seera tampoco le prestó mayor atención al Chivo. Se dedicó a colgar un último anuncio en el muro exterior de la posada, cuyas palabras dejaron a Gin mudo: «¡Únanse a la tripulación pirata de Seera!» Orgullosa de culminar su labor, depositó la caja en el suelo y se sentó a esperar.

    —Oi, ¡quita eso de ahí! ¿Quién te crees que eres? —La reprendió el pelirrojo.

    —¿Algún problema, Don Frost? —Hizo caso omiso a las palabras del muchacho y dirigió la mirada hacia el dueño del lugar. El anciano se mantuvo en silencio durante un par de segundos, lo que la preocupó, pero finalmente accedió a dejar el letrero junto a su puerta.

    —Tsk —fue lo único que pronunció Gin antes de marcharse.

    Apenas era mediodía. Estaba convencida de que alguien acudiría en respuesta a su búsqueda, quería que así fuera. Cada vez que una persona pasaba cerca se ilusionaba al respecto, empero cuando seguía de largo una efímera decepción le punzaba el corazón. Aun así, Seera esperó y esperó. Incluso cuando el último rayo de sol se ocultó, extinguiéndose en el poniente, ella no había abandonado su posición.

    Ocultaba el rostro con los rebeldes mechones de cabello que caían sobre él, incapaz de apartar la mirada de sus manos y uñas, manchadas de brillantes colores que se hacían opacos en la penumbra. Una línea azul, otra verde, la tercera amarilla... Distantes entre sí. Estaban completamente solas, casi invisibles por lo borrosas que se hallaban.

    —¿Uh?

    En el respaldo de su mano, haciendo un gran esfuerzo visual, divisó dos curvas de diferentes tonos rojizos que se entrelazaban en el centro. Se parecían al hilo rojo del destino, lo que le robó una leve sonrisa, animándola brevemente.

    —Si permaneces ahí pescarás un resfriado.

    La voz resultó ser tan cercana que la sobresaltó. De pie, a unos cuantos metros de distancia, Gin la observaba con esa penetrante mirada a la que ya se estaba acostumbrando. Seera dio un respingo y desvió la vista a la caja vacía. No tenía ánimo para discutir. Se limitó a preguntar en un tono bajo:

    —¿Qué quieres?

    —¿De ti? Nada. Sólo hacía una sugerencia.

    —Tsk. Qué molesto eres —dijo Seera.

    Cuando quiso reaccionar ya era tarde. Gin la sujetaba por el brazo, obligándola a levantarse y penetrar en el interior del recinto. La pelirroja intentó zafarse de su agarre, acción que resultó vana debido a que, aunque no lo pareciera, el joven poseía una fuerza monstruosa. La sentó en una butaca, advirtiéndole claramente que permaneciera quieta, con el ceño tan fruncido que daba a entender que no bromeaba, y se retiró hacia la cocina.

    Seera infló los cachetes en señal de reproche cuando el chico volvió. Traía consigo un plato de mariscos, el cual olía tan bien que le lavó el cerebro durante los segundos que Gin tardó en dejarlo en la barra. Creyó escuchar que éste le decía algo acerca de lo terca que era, aunque no podía estar segura. Tardó sólo un minuto en engullir los alimentos, tras lo cual le pidió otra porción al hijo del posadero. Extrañado, éste sólo obedeció y le entregó un segundo plato cuyo contenido desapareció en cuestión de segundos. Seera nuevamente demandó más.

    —¿Qué clase de bestia glotona eres? —preguntó, temeroso de que su estómago estuviera formado por un agujero negro.

    —Qué descortés. Para que lo sepas —dio un trago a la bebida entregada—, soy una chica en crecimiento.

    —Eres la persona más extraña que he conocido —susurró, y al hacerlo, Seera notó cómo se sorprendía con sus propias palabras.

    Aunque la expresión del joven no se inmutaba, algo en sus ojos reflejaba cierta melancolía. Entonces, Seera pensó que no era una mala persona. Después de todo, le había regalado comida, ¿no? Ese era el mayor gesto de amabilidad que ella conocía. Fueron los catorce platos de mariscos más deliciosos que había probado jamás. Por otra parte, eran un seguro para evitar la viruela marina.

    Ninguno de los habló durante el resto de la silente noche. Sin embargo, los envolvía una calma que difícilmente compartirían otra vez. Llegó el punto en que su mente comenzó a divagar, ausentándola de cuanto la rodeaba. Se cuestionó si debería o no hacer de Gin su nakama, idea que descartó de inmediato. Él no se parecía en nada a los integrantes que buscaba, y ni que estuviera desesperada.

    La cena concluyó sin miramientos. Seera se dispuso a volver a sus aposentos para lanzarse al mar de sábanas que la esperaban. Empero Gin la retuvo un momento al llamar su atención.

    —¿No piensas pagar?

    —¿Uh?

    —¿Crees que vamos por el mundo alimentando a la gente a cambio de nada? —inquirió con frialdad.

    Seera sacó de su bolsillo el diminuto monedero que siempre cargaba. Lo abrió con parsimonia, rezando para sus adentros tener efectivo suficiente, pero Dios hizo oídos sordos a su súplica. Vacío. Ciertamente había olvidado el robo de desayuno cometido en la mañana.

    —Oh, vaya. No tienes cómo pagar, ¿cierto?

    «Es un verdadero demonio», pensó. Aquel desgraciado se la había jugado.

    —Tendrás que trabajar duro para salir de tus deudas para con nosotros.

    —Tsk —chasqueó la lengua—. ¿Y qué se supone que haga? —preguntó, exasperada.

    La maliciosa sonrisa torcida que se dibujó en los labios de Gin causó que una descarga de miedo recorriera su columna vertebral. No le esperaba nada fácil.

    @GokechuKai , LOL. Eso te lo responderé algún día. Y sí, soy un monstruo, pero uno muy sersy. (?)

    @Miguel Angel xx , me alegra que te haya gustado. ¿Un tritón? Hmm, no lo sé. Tendrás que esperar a ver qué clase de criatura es. Jeje, así te quedas con la intriga. Soy malvada, buajajajaja —se atraganta con su propia risa maléfica—. Necesito práctica. (?) Por cierto, yo me imagino a mis personajes con un estilo de dibujo a lo Fate Zero. No sé, no me termina de convencer el pintármelos como los de Oda.

    @ElyHaruKaa , muchas gracias por los consejos. Lo de comedia será difícil. Nunca he leído una y no tengo un verdadero sentido del humor. Sin embargo, intentaré esforzarme.

    Les agradezco muchos sus comentarios, pues me ayudan a saber qué piensan ustedes como lectores de mi trabajo. Además, me animan a hacer lo que hago. Muchas gracias.

    Nakama: Esta palabra es muy importante a través de la historia. Literalmente se traduce como "Camarada", pero en el universo de One Piece tiene un significado sentimental y de unión entre personajes más fuerte que simple compañerismo.
     
    Última edición: 24 Febrero 2016
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    GokechuKai

    GokechuKai ¡El emblema de fuego!

    Piscis
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    ¡Ese Gin! Justo en el momento en el que pensé "Tal vez él sea bueno, y se preocupa por lo demás a su manera", sale cobrando los catorce platos de camarones... No podía ser más desalmado... ¡Y estoy seguro que él sabía que ella estaba pobre!

    Me pregunto como se verán las personas grandes y gruesas con un letrero en su espalda... Sería como "Hey tú, traes algo en tu espalda... ¿Quién es Seera?". Algo... Extraño...

    Y volviste a dejarme con intriga, eres un monstruo... Y nada sersy e.e
     
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    Ela McDowell

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    CAPÍTULO 4: PEZ GATO

    —Dime, Jess, ¿lo estoy haciendo bien? —Susurró una chica de largos cabellos escarlata, sumergida en melancólicas memorias de un pasado nunca olvidado. En medio de la densa noche, sentada sobre el alféizar de la ventana abierta en la habitación que ahora ocupaba en la posada del viejo Frost, sus palabras eran barridas por el frío viento nocturno proveniente del mar.

    Alzó la vista en dirección al cielo, donde el firmamento era orlado por infinidad de perlas refulgentes; estrellas que contaban ancestrales historias y esperaban que algún día una persona fuese capaz de descifrarlas. Seera sentía el calor proyectado por ellas, una locura, sabiendo que se encontraban separadas por una insondable distancia.

    Entre sus manos se hallaba un reloj dorado, quizá hecho en oro, dato que desconocía, al que se aferraba como si de ello dependiera su vida. Era casi del tamaño de la palma de su mano y colgaba de una pequeña cadena unida por eslabones similares a los de un rosario. Se podía ver que era antiguo a simple vista, aunque no estaba deteriorado, y las manillas habían detenido su correr hacía mucho tiempo, fijas en una hora perpetua.

    Para Seera, aquel artefacto era un recuerdo al que no podía renunciar, una conexión con el ayer que la obligaba a seguir adelante a pesar del incierto mañana. A veces anhelaba oír nuevamente su constante tic tac, pero desde ese día su interior había quedado petrificado. No importaba a cuantos relojeros visitara, siempre decían que no existía daño alguno en él, por lo que se rindió a creer que era irreparable.

    Las comisuras de sus labios se elevaron un poco ante este último pensamiento, formando una leve sonrisa llena de tristeza.

    —Tan irremediable como yo, ¿no es así, Jess?



    El peso que cargaba provocaba que su marcha fuese más lenta. En la espalda portaba cuatro inmensas cestas de paja vacías, y en las manos, a los costados, sostenía unos pesados baldes repletos de carnada -asquerosas lombrices de tierra-, cuyo contenido no dejaba de salpicarla con cada movimiento brusco que realizaba accidentalmente.

    —¡Date prisa o no habrá paga! —La sermoneaba Gin, quien, en contraste, parecía no tener problemas con el equipo que llevaba e iba muy por delante de ella.

    —¡Cállate, me molestas! —gritó Seera, farfullando infinitas maldiciones hacia el Chivo que, engañándola de la manera más baja posible, la forzaba a transportar objetos de un lado a otro como si de una mula se tratase.

    Finalmente llegaron al muelle costero de la ciudad, en el cual había varios botes reposando a sus orillas o atados al puente de madera construido para uso de los pescadores. El sonido del oleaje y la suave brisa que refrescaba las gotas de sudor que inundaban partes de su cuerpo la premiaron con su compañía. Incluso, amaba sentir el olor a agua salada penetrar por sus fosas nasales e inundar sus pulmones. Desde niña tuvo por costumbre pasar los días cerca a los límites de la isla en que se crió, así que era gratificante encontrarse en aquel paraje. Bueno, lo sería de no estar en compañía de un irascible pelirrojo que la miraba con cara de pocos amigos cada vez que se dirigía a ella.

    —¿Qué? —preguntó Seera de mala gana.

    —No olvides que no te traje para descansar —contestó él, a lo que la chica chasqueó la lengua con irritación—. Aquí tienes —le lanzó una vieja y oxidada caña, mientras se enroscaba los pantalones y se adentraba al mar hasta que éste cubrió sus rodillas.

    Resignada, tomó el objeto e incrustó en el anzuelo una diminuta lombriz, haciendo una mueca al sentir la viscosidad de la misma en la punta de los dedos. Se dispuso a cumplir el trabajo que le fue asignado, ya que no quería seguir en deuda con un estúpido hombre, cruzando sus piernas para la larga espera venidera. Luego de treinta segundos comenzó a quejarse de la aburrida labor, provocando que Gin perdiera la paciencia y no pudiese concentrarse debidamente. Seera observó cómo se le escapaban un par de peces, por lo que no pudo evitar burlarse de ello.

    —Apestas en esto —dijo entre risas.

    —¿De quién crees que es la culpa? —Soltó Gin con un tono de voz que denotaba la irritación que ni se esforzaba en ocultar—. ¡Eres insufrible!

    —Gracias.

    Un reflejo de luz cruzó efímero frente a sus ojos, lo que hizo que la muchacha fijara su atención en el objeto del que provino. Gin sujetaba con su diestra un largo tridente de oscuro color azabache, el cual poseía una altura de casi ciento noventa centímetros, además de un grosor lo suficientemente amplio para perforar el estómago de cualquier bestia. La imagen del arma resultaba fascinante y a la vez intimidadora si se mezclaba con la apariencia de su portador. Había visto a los niños de la ciudad alejarse cada vez que él se aproximaba a sus lugares de juego, aunque sólo fuese por unos segundos, y se preguntó el porqué de sus reacciones. Ahora, ante ella se alzaba la respuesta. Sin embargo, lo que Seera encontraba en el pescador era una persona que mostraba seguridad y firmeza en aquel momento.

    «Pero... ¿ha sido siempre así?», pensó, comparando la figura erguida allí con la que discutía a diario.

    No supo cuánto tiempo estuvo observándolo, tampoco su expresión facial al hacerlo. Lo siguiente que supo es que Gin volteaba a mirarla, alzando una inquisidora ceja, un gesto que Seera descubrió como muy típico de su parte.

    El silencio que se formó entre ambos no era incómodo en lo absoluto. Al contrario, era la ayuda perfecta para que la pelirroja siguiera con la pesca sin rechistar, sumergida en profundas reflexiones. Lo que la obligó a regresar de Júpiter fue un jalón que por poco la hace caer de cabeza al agua.

    La caña que había estado utilizando quería escapar de su poder y perderse en el basto océano, empero la adolescente no estaba dispuesta a permitir que eso sucediera. Se aferró al utensilio para impedir su huida.

    —¡Creo que atrapé uno! —dijo con una sonrisa triunfante.

    —¡No lo dejes ir! —oyó la voz de Gin más cerca que antes. Tal vez corría a brindarle apoyo. Sin embargo, Seera estaba decidida a conseguir su cena por cuenta propia.

    Haló el sedal con todas sus fuerzas, afirmando los pies sobre la madera del puente para así evitar ser arrastrada. Era un duelo uno a uno, demasiado empatado para su gusto. Si no actuaba rápido, lo perdería, por lo que su única opción era liberar en una pequeña escala eso y rezar por que nadie se diera cuenta. Decidida, soltó un rugido humano en la que la palabra «Hands» se vio ahogada en el aire. A continuación, un gigantesco pez gato de cuatro metros salía cual proyectil desde el mar y caía a los pies de Gin, ubicado a considerable distancia.

    —¿Qué fue eso? —preguntó éste, completamente estupefacto.

    Seera se limitó a sonreír, satisfecha por su victoria.

    Siento mucho no haber actualizado. Últimamente he estado demasiado ocupada, además de que soy una perezosa irremediable. Por otra parte, vuestros primeros comentarios fueron los que me animaron a escribir tan seguido en el momento, como bien entenderán.

    @GokechuKai , realmente te agradezco de todo corazón el que me hayas dejado tu opinión al respecto y que digas mi FanFic. Y mi nivel de sensualidad no tiene discusión. (?)

    Díganme. ¿Qué piensan sobre el final del capítulo? ¿Qué creen que hizo Seera? ¿Creen ustedes que es usuaria y de qué tipo se la imaginan? Intentaré actualizar hoy mismo, si me es posible.

    Saludos.
     
    Última edición: 24 Febrero 2016
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    Hey Miguel

    Hey Miguel Sobrevivió al Arceus Emo

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    Un capítulo más breve y no tan cargado como los anteriores, pero bueno por el hecho de develar una pequeña parte de la trama de la historia; El reloj que puede o no ser la razón del nombre del fic, la misteriosa chica llamada Jess y el "poder" de Seera. Tengo ya más o menos una teoría del por qué quiere Seera ser pirata, pero por lo poco que sé hasta ahora no hay muchos datos como para armarla xD
    Por lo de "Hands" lo primero que me vino a la mente indudablemente fué Robin xD jajajá, pero me imagino que será un poder distinto... ¿Alguno que le da superfuerza, quizas? Eso fué lo primero que se me ocurrió.
     
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    Ela McDowell

    Ela McDowell Entusiasta

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    CAPÍTULO 5: GIN FROST

    El llanto de un niño resonaba en toda la estancia, inundando el lóbrego ambiente con el sufrimiento de un corazón inocente por la aflicción que deja una importante pérdida. El sonido rebotaba en las paredes, llevando la palabra "mami" a los oídos de las personas allí reunidas, quienes no podían hacer otra cosa que ofrecer sus sinceras condolencias al hombre que cargaba al infante de cinco años, portando, por primera vez en mucho tiempo, un elegante traje negro. El féretro ya había sido sellado y calcinado como en su día fue pedido por la difunta, para luego liberar las cenizas entre el viento que corre libre sin conocer fronteras.

    El anciano, en cuya melena de oscuro tono carmesí comenzaban aflorar las primeras canas, abrazaba con fuerza a su único hijo, el cual no cesaba de sollozar y llamar a voces a su progenitora, dejando impregnada su vestimenta de lágrimas y mucosidad. Pero no importaba, porque él mismo se estaba conteniendo, sabía que no debía quebrarse en aquel momento. Desde ese día seguiría criándolo por su cuenta. Sería sólo padre, porque a una madre jamás se le puede reemplazar.

    La tristeza ganó la lucha que en su interior se llevaba a cabo, y lloró... Lloró junto al pequeño que sostenía, hasta que sus sentimientos se fusionaron en un único pesar.

    ...

    —Oye, Frost, tu crío regresó —anunció uno de los clientes que se hallaba bebiendo licor en la recién convertida posada. Aunque el bar había sido reemplazado, las personas aún lo frecuentaban para consumir alcohol en conjunto con sus camaradas, cosa que al viejo no le importaba realmente. Por el contrario, se alegraba de ver casi a diario a esos bastardos.

    Retiró su atención de la pila de documentos que tenía sobre el escritorio y la fijó en el niño, de una década de vida, que ingresaba por la puerta delantera del local. El cabello rojo le recordaba al suyo cuando tenía esa edad. Sin embargo, éste poseía los orbes de la mujer que le dio a luz. Ya entonces su mirada era demasiado dura, tendiendo a asustar a algunas personas y creando malentendidos con respecto a su actitud. A pesar de que sus facciones le dieran un aire de enojo, Gin era un chaval que albergaba una profunda soledad por la que él nada podía hacer.

    Don Frost frunció el entrecejo al detallar los raspones y moretones que tenía el chico esparcidos entorno a las extremidades y rostro.

    —¿Peleando de nuevo? —inquirió con firmeza, a lo que el pequeño tragó en seco al sentarse en un banco frente a su padre. Estaba intentando mostrarse valiente, lo sabía, empero su frágil cuerpo no dejaba de tiritar levemente.

    Gin no respondió.

    —¿Qué voy a hacer contigo, mocoso? —Suspiró. Normalmente le habría dado un buen escarmiento, pero estaba informado de que su hijo era molestado por los demás niños de la ciudad, quienes comenzaban peleas estúpidas con el fin de divertirse a costa de sus intimidantes facciones. Sin duda, Gin era un cachorro de león que todavía no aprendía a defenderse.

    El anciano fue a la cocina y tomó un plato aún tibio de la sopa del almuerzo, sirviéndoselo al pelirrojo, cuyos rugidos estomacales hacían brotar carcajadas por parte de los hombres que allí se encontraban; eran conocidos suyos, y trataban a su hijo como si fuese el de ellos, gesto que agradecía enormemente.

    —Chico, ¿ya pensaste a qué te dedicarás cuando crezcas? —Le preguntó un sujeto de incipiente barba a Gin, mostrando una sonrisa amable, aunque le faltaban algunos dientes.

    Don Frost prestó especial atención a cualesquiera que fueran las palabras de su primogénito, disimulando su curiosidad con el montón de tareas que debía realizar antes de que acabase la jornada laboral.

    —Quiero ser un hombre respetado por los mares —respondió finalmente.

    Todos guardaron silencio, pues sólo su padre comprendía a qué se refería realmente. Desconcertados, se miraban los unos a los otros, encogiéndose de hombros en señal de haber perdido el hilo de la conversación.

    —¿Quieres que te dejen de fastidiar? Si es así, basta con atemorizarlos un poco y...

    —¡Nada de infligir temor!—exclamó Gin en un grito que interrumpió al mayor, liberando un oleaje de determinación que nunca se había visto en él—. Sueño con que conozcan mi nombre alrededor del mundo y que hablen de mí con respeto, no con miedo. ¡Quiero ser un héroe!

    Los labios de su padre se curvaron hacia arriba por el orgullo sentido, cosa que el pequeño no notó al estar concentrado en su improvisado discurso. Era la primera vez que oía a Gin hablar de sus expectativas, y supo, en su corazón, que llegaría lejos si no perdía esa firmeza en sus creencias. Gin podía ser un cobarde, demasiado negativo y tener una nula confianza en sí mismo, pero esas barreras podrían ser superadas con facilidad el día que una mano más segura le diera un empujón.

    —Bájate ya de esa mesa, enano —le dijo Don Frost—. Los héroes escasean en esta era. ¿Por qué has de ser tú la excepción?

    —Me basta sentirme como uno —replicó Gin, tragando el contenido de la sopa a gran velocidad, para después salir con mayor celeridad de la posada. Una sonrisa se dibujaba en su infantil rostro.

    ...

    Aquella mañana, el cielo de Rucken Okeansky estaba completamente despejado, sin una sola nube salpicando el pacífico océano de celeste color que se erguía en las alturas. El astro rey les brindaba su inigualable calidez, iluminando su empapado cuerpo, mientras realizaba trabajos pesados en la plaza comercial. La vieja Evak le había pedido ayuda en la mudanza de su local, por lo que estaba encargándose de mover cajas repletas de productos extranjeros al interior de la nueva tienda. Recibiría una buena paga, aunque lo hacía más como favor a la amiga de su padre.

    —¿Está bien si dejo la más pequeña aquí? —preguntó, recibiendo por respuesta un asentimiento de cabeza en señal de aprobación. Depositó el contenedor sobre el polvoriento suelo de madera. Le dolía bastante la espalda, pero no era nada que no pudiese soportar—. Vale, esa fue la última.

    —Eres muy amable, jovencito —dijo la anciana, entregándole la cantidad de berries acordada. Se quedó un incómodo momento analizándolo, y luego prosiguió—: Tienes un par de ojeras muy marcadas. ¿Es que no duermes lo suficiente?

    El chico, de en ese entonces diecisiete años, se llevó las manos al lugar bajo sus ojos, haciendo una ligera mueca de cansancio. Llevaba incontables noches en vela por pasar el tiempo efectuando oficios extra y así conseguir una suma suficiente que le permitiera comprarle un regalo decente a esa persona. No tenía nada más que empeñar, y últimamente la pesca no era competentemente productiva.

    —Ah, eso creo —se limitó a contestar.

    Gin no era el tipo de persona enérgica. Siempre que hablaba lo hacía en un tono de voz demasiado desanimado. Verle sonreír era un milagro que casi nunca se daba. Algunos idiotas decían que vivía deprimido, lo llamaban "el hombre negativo". Se enojaba con facilidad, y aunque su temperamento contrastaba con el carácter fuerte de su progenitor, había quienes los comparaban en ocasiones. En fin, Gin era... Gin, así de simple. Sin embargo, hacía meses que se le notaba un poco más jovial, por decirlo de algún modo. ¿La razón?

    —¡Juka! —llamó éste a una hermosa dama que paseaba por el lugar, ocultando la parte superior de su cabellera dorada bajo un sombrero de playa. La nombrada volteó a mirarlo y le dedicó una radiante sonrisa, a la que Gin, para sorpresa de la anciana presente, correspondió con otra igual.

    Raudamente superó la distancia que los separaba a ambos y la estrechó entre sus brazos, alzándola en el aire, escuchando la melodiosa risa de su doncella. Era ligera cual pluma de ángel y poseía una belleza celestial. Muchos envidiaban lo afortunado que había sido al obtener un sitio en su corazón.

    La había conocido un día de trabajo caminando por la costa. Tropezaron, y Gin, ahora creyendo que fue la mejor de las suertes, la bañó con carnada accidentalmente. En esa época, Juka actuaba de manera mimada, demasiado caprichosa para su gusto, lo que hizo que en un comienzo su relación hacía quedar al perro y al gato como íntimos amigos. Con el tiempo, ignorando el cómo, sus sentimientos llegaron al punto en que podían llamarlo amor con total seguridad.

    —He ahorrado lo suficiente para conseguir una casa a las afueras de la ciudad —anunció el muchacho, dejando reposar suavemente su frente contra la de ella.

    —¿En serio? —Su voz reflejaba una felicidad auténtica—. ¡Gin, eso es maravilloso!

    Juka posó su mano afectuosamente sobre la mejilla de Gin, quien sintió el tacto frío del anillo de compromiso que le había regalado la primavera pasada. Cuando ambos cumplieran la mayoría de edad se casarían en la iglesia de Rucken, un festejo sencillo al que invitarían a sus conocidos y amigos. Lastimosamente, por parte de la familia de Juka jamás recibieron la bendición de pareja, empero ella decidió escapar para vivir en la posada de Don Frost, a su lado.

    Tenían planeado su futuro. Él conseguiría un buen empleo para mantener a su familia, dado que la rubia adoraba a los niños y anhelaba dar a luz uno propio, y ella podría montar un local para entretenerse, sin sentir la carga de los gastos sobre los hombros. Sería un sueño hecho realidad para estos jóvenes enamorados. Sin embargo, no tuvieron en cuenta que a veces las personas se ven obligadas a despertar.


    —Estarás bien, te lo prometo —decía el pelirrojo con cariño a la chica que yacía acostada en el único lecho de la estancia, la cual lo miraba con una sonrisa tan dulce que él no podía soportar observar a causa de la tristeza que lo agobiaba.

    Gin y Juka se habían trasladado a su casa de campo tres meses después del decimoctavo cumpleaños de ésta última. Habían iniciado los preparativos de la boda, decididos a contraer matrimonio y unirse hasta que la muerte los separara. Pero no pensaron que ésta predadora inmortal los acecharía tan pronto.

    Juka cayó gravemente enferma en cama durante unas semanas, luego meses. Ahora, su belleza se había opacado, dejándola con un cuerpo débil. La blancura de su piel era anormal, su cabello no tenía más color que un halo de luz atravesando un cristal, y había perdido tanto peso que Gin temía que el viento la arrastrara si dejaba la ventana abierta. Los médicos decían que no existía cura alguna en el mundo para su mal, que el que siguiera con vida era un milagro jamás visto.

    —¡Porque Juka es diferente al resto! —Había gritado, cargado de una insondable frustración.

    —Gin —lo llamó la muchacha con voz apagada—. Gin, amor, mírame —con gran esfuerzo llevó su mano al rostro del pescador, quien la sujetó antes de que cayera y se la llevó a los labios, depositando un beso en sus delgados dedos—. Aunque yo no esté...

    —¡No digas eso! —La interrumpió él. Temblaba considerablemente, y no lograba hablar sin que sus palabras se quebraran.

    —Aunque yo no esté —siguió—, quiero que cumplas tu sueño. Sí, ese del que me hablaba tu padre. No digas nada —comentó al ver cómo Gin se disponía a reprochar—. Sin importar cuán duro sea el camino, no te detengas. Sigue tu andar de la forma que creas correcta. Por nosotros, Gin. Por los dos.

    —Lo haré —Le fue imposible resistir más, por lo que las lágrimas inundaron sus ojos—. Lo haré, Juka... ¿Juka? ¡Juka!

    Lloró como no recordaba haberlo hecho, gritando el nombre de su amada entre sollozos. Ésta había fallecido en su hogar.

    Como prometí, terminé el quinto capítulo y lo publiqué el día de hoy. ¡Dos capítulos en menos de veinticuatro horas! Espero que eso compense las tres semanas que no actualicé. Éste último ha sido el más largo que he escrito, si mal no estoy.

    La separación es porque el primer pedazo, como vieron, está hecho desde el punto de vista de Don Frost y el siguiente a partir de Gin.

    Espero que lo disfruten. Y sí, lo sé, querían saber qué era ese "poder" de Seera, pero quiero dejarlos con la intriga un poco más. Cualquier duda, sugerencia, comentario, queja, reclamo, madreada, etcétera, es bien recibido. (?)

    @Hey Miguel , gracias por comentar. Y, muajajajaja, sigue adivinando.

    Berrie: Es la moneda oficial en el mundo en el que se desarrolla la historia.
     
    Última edición: 24 Febrero 2016
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    GokechuKai

    GokechuKai ¡El emblema de fuego!

    Piscis
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    Ejem... Ya ha pasado mucho tiempo desde que lo pusiste, te reprochó el hecho que no has actualizado. (A pesar de que puedes hacer lo mismo por hasta ahora leer...)

    Como sea~
    Me has roto el corazón sempai uwu
    "Juka no puede morir, apenas apareció"
    -Pasan unos segundos-
    "¡Juka, no!"

    Algo que me dijeron a mí cuando escribí lo último que escribí (Emmm... Suena raro, pero no logró hacer esa oración de otra manera) era que en las acciones después de las frases, no debía colocar una mayúscula.

    En este ejemplo usaré una frase que me rompió el corazón...

    Así fue como lo escribiste, pero~

    Así es como debería ir, según me corrigieron a mí.

    Ahora sí, esperando el sexto —y quizá cruel— capítulo.
     
    Última edición: 7 Junio 2014
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    Ela McDowell

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    CAPÍTULO 6: FUERA LUCES

    —¡Dilo! —Exigía cierto pelirrojo, no acabando de entender cómo su acompañante había capturado al animal de extravagante tamaño que ahora arrastraban por el camino rocoso en dirección a la posada.

    —Qué molesto eres —bufó Seera, cansada de la insistencia del chico.

    Ambos sostenían al enorme pez gato desde un extremo diferente, cabeza y cola, lo que le permitía evitar mantener contacto visual con él. Sentía una escalofriante descarga recorrerle la espina dorsal, sumado el tenso ambiente que los rodeaba. Estaba segura de que, en esos momentos, Gin la fulminaba con la mirada de la forma más aterradora existente. Así, pues, decidió que lo mejor era concentrarse en la imagen de la ciudad que se alzaba a lo lejos.

    —¿Cómo una niña es capaz de sacar de las profundidades del agua una criatura que supera cien veces su peso? —El sombrío tono implementado sólo logró que el nerviosismo de Seera aumentara.

    —¿Vitaminas? —dijo dudosa. Era una mala excusa, empero no la peor que había ofrecido.

    —¡Que te den! —rugió Gin, malhumorado.

    El cielo crepuscular estaba teñido de hermosos colores que hipnotizaron a la joven por completo. La tenue luz vespertina acariciaba el paisaje con gracilidad, brillante y opaca al tiempo, dando la señal de una jornada finalizada. Los pájaros acallaban lentamente su canto, listos para alojarse en sus respectivos nidos sobre las ramas de los árboles y acobijarse con el suave plumaje que los abrigaba. En la plaza, supuso, todos estarían concluyendo el trabajo y cerrando los locales como de costumbre. ¡Ah, cuánto deseaba regresar a su habitación con el estómago lleno y arrojarse voluntariamente a los brazos de Morfeo!

    Continuaron en un incómodo silencio durante la mitad del trayecto. El no discutir con Gin le causaba una extraña sensación de malestar, no pudiendo evitar pensar en ello como la calma que precede a una desastrosa tormenta.

    —Oe —llamó su atención—. ¿Por qué quieres ser pirata?

    La pregunta la tomó desprevenida. Sin encontrar las palabras exactas, se limitó a recitar aquellas que todavía llevaba grabadas en el corazón:

    —Una persona me dijo hace mucho tiempo —hizo una pequeña pausa, sumergiéndose en el nostálgico recuerdo—que encontraría la respuesta que busco en el sonido de las olas del mar.

    Gin no supo cómo debía interpretar aquello. Muy a su pesar, poseía una lengua que se rehusaba a mantener encerrado cualquier tipo de comentario despectivo que albergase en su interior. «Qué tontería», se oyó mencionar.

    Seera dio media vuelta, frunciendo el ceño.

    —¡No lo es! —Replicó la pelirroja, comenzando a molestarse por lo que le pareció un insulto a la memoria de quien le había incitado en el pasado—. ¿Acaso no tienes algo por lo que luchar? ¿Un sueño o expectativa de vida?

    —Esas son idioteces que no tienen nada que ver conmigo —repuso Gin, tomando una postura llena de pesimismo y desprecio entremezclados—. Los sueños no son más que eso. ¿Por qué lanzarme a una aventura perecedera sabiendo que terminaré con las manos vacías al final?

    La sangre de Seera hervía al escucharlo. Siempre había detestado la negativa hacia los deseos más humanos del mundo, anhelos que los hombres y mujeres tienen. Evitar odiarlo por sus débiles creencias sería ir en contra de las propias. Sin embargo, tampoco era bueno que se dejase llevar por la frustración que seguía acumulando la desagradable presencia en la que Gin se había convertido para ella.

    —¡Eres un cobarde! —gritó a todo pulmón.

    Seera no tuvo oportunidad de ver lo mucho que esa afirmación llegó a afectarlo, pues, antes de que se diera cuenta, el mundo entero fue tragado por una insondable oscuridad.
     
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    Ela McDowell

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    CAPÍTULO 7: ATRAPADOS

    La cabeza le daba vueltas y una punzada de dolor latente la asaltaba cada vez que intentaba levantarla. En su estómago se libraba una batalla entre los mariscos de la noche anterior y la trucha del desayuno, quienes pugnaban por recorrer el camino de vuelta hacia el exterior. Seera no quería conocer al ganador, así que se encogió sobre sí misma y permaneció inmóvil a la espera de que el malestar menguara.

    Abrió los ojos para encontrarse con una insondable negrura, la cual poco a poco se fue desdibujando hasta transformarse en una bodega de víveres. El lugar carecía de ventanas y lámparas; sólo una luz parca penetraba a través de grietas en las tablas que componían el techo. En sus pulmones se mezclaban el olor del mar y el aroma que emanaba el ron resguardado en los grandes barriles que la rodeaban.

    Intentó levantarse, o al menos cambiar de posición, pero una nueva oleada de nauseas la embargó en el mismo momento en que notó la presencia de las cuerdas que envolvían sus muñecas y tobillos.

    «Genial», bufó.

    Acercó las manos a la boca y usó los dientes para desatar las sogas. No tuvo éxito. Los nudos estaban realizados por manos diestras y deshacerlos era una tarea imposible para ella, quien a duras penas sabía atarse las agujetas de las botas. Se empeñó en aflojarlas a la fuerza y para ello se retorció en todas las formas que su cuerpo permitió, obteniendo como único resultado el tener la piel a carne viva.

    —Deja de hacer eso —dijo una voz cercana, la cual poseía un tono molesto y cansino—. Sólo consigues lastimarte a ti misma.

    Alzó la mirada en dirección al joven de oscuras hebras carmesí. Estaba postrado en una esquina, envuelto en penumbras que no le permitían a Seera detallar qué expresión tendría su rostro en ese momento. Supuso que habría de estar atado igual que ella, conjetura que fue afirmada al ver la limitada movilidad de su compañero de cautiverio.

    —¿Por qué habría de escucharte? —replicó la chica, tratando de zafarse nuevamente.

    Él no respondió.

    Con gran esfuerzo se llevó las manos a la zona lateral de la cabeza, en la que sentía palpitar un segundo corazón, y un líquido espeso y oscuro se deslizó entre sus dedos. La sangre, que coagulaba con parsimonia y se adhería a su piel en delgadas capas, le recordó el cabello de Gin. No pudo evitar preguntarse si él también estaría herido.

    Dejó escapar un profundo suspiro antes de sentenciar:

    —Tenemos que salir de aquí.

    No recibió respuesta durante varios minutos.

    —Son piratas... —susurró Gin tras un largo mutismo—. Los que nos capturaron... son piratas —reiteró, escupiendo las palabras.

    —Lo sé.

    —¿Estás feliz? —espetó con desprecio—. Querías encontrar a unos malditos bucaneros y allí los tienes. Se ha hecho realidad tu estúpido deseo, ¿no es así? Ve con ellos, únete a su tripulación y luego lárgate de esta isla. Roba, asesina, engaña... haz lo que hacen ese tipo de personas. Al fin y al cabo, todos son la misma clase de alimañas.

    —¡Te equivocas!

    Seera luchaba por contener las lágrimas que pugnaban aflorar de sus ya humedecidos orbes. Sentía un nudo que apresaba las palabras en su garganta y que le impedía articular cualquiera de sus réplicas normales. Viejas heridas se abrían paso a través de su memoria, reviviendo situaciones que había enterrado en lo más recóndito de su pasado y que creía superadas.

    Las náuseas empeoraron y se tumbó boca abajo, sintiendo el frío tacto de la madera en la mejilla.

    —Es libertad —declaró en un susurro casi inaudible.

    Gin no se inmutó.

    —¡Ser pirata es convertirse en alguien libre! —gritó la pelirroja a todo pulmón, a pesar de tener la nariz obstruida por acuosa mucosidad.

    —Pues no lo pareces —repuso el varón, haciendo referencia al actual estado de ambos.

    Un golpe directo al orgullo.

    Luz se tornaba más clara con la llegada de un nuevo amanecer sobre sus cabezas, mas a ellos sólo se les permitía contemplar los tenues haces que se infiltraban en su lugar de reclusión. Les llegaba el sonido de pisadas en la superficie, hombres despertando e iniciando labores, junto con el canto de las gaviotas. La embarcación se mecía ora suavemente, ora con brusquedad, siempre al ritmo de las olas que chocaban contra ella. Así dedujeron que aún debían estar cerca de la costa.

    Seera se reprochaba su incapacidad para resolver el problema en el que estaba metida. Había entrenado tanto durante los últimos años, padecido y superado el sinfín de obstáculos que día a día Dégel le obligaba a afrontar... Todo para ser vencida por un simple par de cuerdas. Tal era la frustración que ese hecho le provocaba, agobiándola por completo, que no pudo reprimir más su silente llanto.

    Seguía siendo débil.

    Desde el oscuro rincón, Gin la observaba sin articular sonido alguno. Seera podía sentir su penetrante mirada sobre ella cual inquisidor taladro abriéndose paso hacia su interior. No quería darle una razón para que pensara que era una idiota que no sabía más que hablar, aunque tampoco tenía forma de demostrar lo contrario. Sólo disponía de una última opción. Sin embargo, de estar en lo correcto con respecto a su ubicación, de nada serviría si empleara eso, porque su escape sería obstruido por el mismo individuo que la derrotó la vez anterior.

    —Siempre hablas de perseguir tu sueño -la palabras proferidas por Gin la expulsaron fuera de sus pensamientos—, pero jamás me has dicho cuál es.

    Seera alzó la vista hacia la apartada figura envuelta en sombras. A duras penas alcanzaba a vislumbrar los cansados ojos del pescador. Sin embargo, el peso que oprimía su pecho se hizo más ligero cuando ambas miradas se encontraron. La creencia ciega que profesaba a sus palabras le devolvió la confianza perdida y despejó su mente de las tinieblas que la perturbaban.

    —Quiero una respuesta —dijo finalmente.

    —¿Una respuesta a qué? —interrogó el pelirrojo.

    —A mi existencia.
     
    Última edición: 24 Febrero 2016
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    Ela McDowell

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    CAPÍTULO 8: SUEÑOS

    Gin permaneció en silencio, observándola desde la penumbra con una inquisitiva y penetrante mirada. La revelación de Seera parecía no tener efecto alguno sobre él, aunque ésta tampoco estaba segura de que hubiese comprendido sus palabras, cuyo sentido le era un misterio incluso para sí misma.

    La pelirroja reanudó el intento por liberarse de las ataduras que rodeaban sus extremidades. La sangre bañaba sus dientes y el metálico sabor se deslizaba por su garganta como ardientes llamas. Se había lastimado la encía al pugnar por romper las cuerdas con los caninos. El nuevo y latente dolor se mezclaba con el malestar que la embargaba, pero no quería darse por vencida aún, necesitaba escapar y continuar su travesía.

    -Cuando era niño -empezó a decir el joven en voz casi inaudible- soñaba con convertirme en una persona respetable, cuyo nombre estuviera en boca de todos y que el mundo entero conociera mi imagen. Deseaba traspasar los límites de estos mares y adentrarme en las profundas aguas que hay más allá del muro rojo, realizar grandes hazañas con las que ser recordado para siempre.

    » Quería ser un héroe.

    Seera escuchó atentamente cada palabra pronunciada, sumergida en completo mutismo, pues no se atrevía a emitir ningún sonido que pudiera interrumpir la confesión de su acompañante. Le sorprendió el hecho de que el varón se sincerara ante ella, cosa que jamás imaginó posible debido a la no muy grata relación que mantenían.

    Vislumbró una pequeña aunque brillante chispa en los oscuros orbes del Chivo mientras éste hablaba. A pesar de que las declaraciones se hallaban en tiempo pasado, seguían vivas en su interior. Era una débil llama que necesitaba ser avivada para provocar un incendio jamás visto.

    Silencio.

    A la mirada del pelirrojo había retornado el habitual cansancio y oscuras sombras se cernían sobre su figura. Las ojeras se mostraban más marcadas que antes, sus hombros encorvados parecían soportar un terrible peso, y su tez, quemada por el sol, se tornó macilenta.

    —Anda, ríete —dijo de pronto.

    —¿Por qué habría de hacerlo? —replicó la chica, quien tenía una inusual actitud solemne—. No tengo derecho a burlarme del sueño de nadie cuando yo también tengo uno propio.

    —Soy consciente de que mis aspiraciones no son más que estupideces infantiles —musitó amargamente, ignorando su comentario—. ¿Cómo creer en un sueño imposible?

    —Lo que deberías cuestionarte en verdad es cómo los demás habrían de pensar en él seriamente cuando ni tú mismo lo haces —sentenció con firmeza—. Las personas que no luchan por sus metas son las únicas incapaces de alcanzarlas.

    Gin estaba desconcertado. Aquella persona frente a él le era desconocida. La niña caprichosa y molesta con la que discutía a diario había sido reemplazada por alguien muy diferente. Su mirada, su porte, el tono de su voz... todo era distinto.

    Una mujer a la que, quizá, estaría dispuesto a llamar capitana.
     
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    1994
    CAPÍTULO 9: CAVALONE

    Gin se levantó, lo que le dio a entender que no había sido privado por completo de su movilidad como ella, y abandonó el refugio de sombras en el que hasta ahora había permanecido. Seera tuvo que retener el desgarrador grito de horror que pugnaba aflorar por su garganta al ver el demacrado aspecto del pelirrojo. La nariz estaba levemente inclinada hacia un lado, rota, sin lugar a dudas; la sangre seca cubría sus labios y manchaba algunas zonas de su camisa blanca; tenía un ojo inflamado debido a un fuerte golpe recibido, y gran cantidad de moretones adornaban sus extremidades.

    Por la barba de Dégel, está claro que no lo ataron como cerdo porque casi lo dan por muerto.

    —¿Estás...?

    —Estoy bien —la interrumpió en tono cortante.

    Su porte altivo al caminar era contrastado por la parsimonia con que daba cada paso. Se evidenciaba que no se encontraba en condiciones para mantenerse en pie, pero aun así no profirió un solo quejido de dolor. Una persona normal sería incapaz siquiera de permanecer consiente con semejantes heridas. Al verlo, Seera se preguntó cuánto había estado subestimándolo hasta ahora.

    —¿Puedes levantarte? —Se acercó a ella y se dejó caer a su lado, sentado y con las piernas cruzadas.

    —Eso creo —respondió la pelirroja, quien tras varios intentos logró incorporarse en una mejor posición.

    Gin dio media vuelta y quedaron espalda contra espalda. Estando tan cerca el uno del otro, sintió la elevada temperatura corporal del pescador. Estaba ardiendo y respiraba con dificultad por la boca. Tosió en reiteradas ocasiones debido a la obstrucción de la sangre en sus vías nasales y Seera se preocupó de que se derrumbara en cualquier momento. Si dejaba de respirar, ¿qué haría? No quería ni pensarlo.

    —No te muevas —le ordenó.

    Los músculos de su cuerpo se tensaron al sentir el roce de las manos de Gin sobre las suyas. Aquel contacto le pareció nuevo, diferente al brusco agarrón de la última vez. Sus palmas estaban sudadas y temblaban ligeramente, pero trabajan con destreza y celeridad mientras intentaba desatar las cuerdas que envolvían las muñecas de Seera.

    —Un poco más... —Uno de los nudos que formaba el amarre le estaba dando más problemas de lo esperado.

    Seera escuchó el sonido de varios pasos sobre el suelo de madera, a los que se le sumaron un par de voces a medida que se iban acercando en su dirección. Gin soltó una maldición y apresuró su labor. Las sogas se negaban a ceder sin importar cuánto tirara de ellas.

    —Vaya, vaya, ¿qué tenemos aquí? —La voz poseía un tono carrasposo, soltando palabras guturales que les era difícil a ambos pelirrojos comprender si no prestaban atención—. Las ratas están intentando escapar.

    Dos hombres corpulentos cruzaron el oscuro umbral que formaban las sombras de los barriles apilados en las esquinas. Seera hizo una mueca de asco cuando el hedor a ratas y orines que desprendían las vestimentas de aquellos sujetos golpeó sus fosas nasales. Su aspecto era igual de nauseabundo. Les faltaban varios dientes en las maliciosas sonrisas que mostraban abiertamente; de sus cabellos caían gotas de grasa que rodaban por sus rostros y relamían con los labios; las prendas que llevaban no eran más que harapos mal puestos o tres tallas más pequeños que ellos, por lo que mostraban la piel cubierta por incontables capas de suciedad y sus prominentes y peludas barrigas.

    —El capitán quiere que los llevemos con él —dijo el hombretón de elevada estatura; le sacaba por lo menos dos cabezas a Seera. Se aproximó a ella y le apretó el rostro con sus grandes y sucias manos, forzándola a mirarlo de frente—. Es una pena que no podamos divertirnos un poco. Ha pasado un tiempo desde que una mujer estuvo en este barco.

    Su acompañante y él profirieron estruendosas carcajadas, cómplices de un chiste que nadie más compartía.

    El sonido de sus risas molestaba profundamente a la joven, pues el hecho de que aquellas personas se hicieran llamar piratas le causaba una repugnancia jamás sentida. Intentó apartar el rostro, pero el agarre que mantenía entorno a ella era demasiado fuerte.

    Lo mordió, enterrando los caninos en la gruesa carne de su mano.

    —¡Hija de puta! —gruñó el sujeto, quien aferró entre sus dedos las largas hebras de la pelirroja y la obligó a volver la vista a él. Seera le propinaba golpes en el brazo para que la soltara, mas era inútil; estaba cansada, débil y, lo peor, hambrienta—. Veremos si sigues igual de temeraria ante la presencia de nuestro capitán.

    —¡Suéltala! —demandó Gin, lanzándose hacia el hombre para derrumbarlo con su propio peso. Sin embargo, el pirata que lo acompañaba, de rizos negros que formaban una maraña en su cabeza, lo interceptó y le propinó un puñetazo en el estómago.

    Gin se dobló al sentir el impacto en tan maltrecho estado y apretó los dientes para no soltar quejido alguno. No iba a darles el gusto de oírlo gritar.

    Llevaron al par de jóvenes a rastras a través del oscuro pasillo hacia la cubierta. Tuvieron que parpadear reiteradamente hasta adaptarse a la luz proyectada por el astro rey en las alturas. Sus escoltas los lanzaron de bruces en el suelo, en el centro de un círculo de cuerpos de diversos tamaños y formas. Estaban rodeados. A la tripulación parecían pertenecer, por lo que pudieron juzgar con na rápida inspección de su entorno, un total de treinta bucaneros.

    Las burlas continuaron resonando en el aire, no obstante, Seera no sentía ni pizca de humillación. El enojo eclipsaba el resto de emociones que la embargaban.

    —¡Silencio! —rugió alguien al fondo, fuera del alcance visual de la joven, y la multitud calló de inmediato.

    Un hombre de larga barba azabache, despeinada y con contadas canas asomándose cual estrellas en el negro firmamento, hizo acto de presencia ante los presentes. Su ropa estaba en mejores condiciones que la de los demás corsarios, de terciopelo rojo y camisas de lino, dando a entender el alto rango que éste ocupaba en el barco. También poseía un espada que colgaba de su cinturón, cuya vaina era adornada con piedras preciosas que habrían sido adquiridas por medios que es mejor ignorar. Lo que más resaltaba de su figura era la larga y gruesa pierna de madera, un palo tallado con la figura de un cañón.

    —¿Qué tenemos aquí? —Sus oscuros orbes pasaron raudos sobre el pescador, por quien no tenía el menor interés, para posarse en la muchacha de escarlata cabellera.

    Seera lo reconoció luego de hurgar durante unos segundos en su memoria.

    —Caballo Ne —soltó.

    —¡Cavalone! —bramó el pirata, perdiendo momentáneamente la compostura—. Capitán Cavalone. –repitió, aclarándose la garganta para no parecer alterado.

    Los tablones de madera crujían bajo él a cada paso que daba, y su prominente panza se balanceaba de lado a lado, siguiendo sus movimientos, mientras acariciaba el mango del arma. Observaba a su prisionera con notable desprecio y ésta correspondía de igual manera. Gin se percató la muda batalla de miradas y se preguntó que habría acontecido entre ellos.

    —¿Por qué nos trajeron aquí? —exigió saber el pescador.

    El hombre le propinó una patada en el vientre con su extremidad sana, la cual le cortó la respiración por un breve instante. Gin se dobló sobre sí mismo y se dejó caer sobre el suelo, aspirando bocanadas de aire como un pez fuera del agua. La bota diestra del capitán se posó en su mejilla, aplastando su rostro contra la superficie de la cubierta.

    —Qué imprudencia la de este mocoso —dijo, restregando la suela de su calzado en él—. Debieron enseñarle a no hablar a menos que sea para pronunciar sus últimas palabras.

    —¡Déjalo en paz! —ordenó Seera.

    Fue ignorada.

    La sangre hervía en su interior, corriendo con furia por sus venas, y tuvo que esforzarse en controlar los instintos que la impulsaban a saltar sobre Cavalone para romperle la retaguardia. Sentía el cosquilleo en la piel que precedía el cambio, el hormigueo que se extendía a por cada fibra de su ser y el ardor en los ojos que comenzaba a nublarle la vista. «¡Los ojos no!», se reprimió enseguida.

    No podía permitirlo.

    —¿Qué hiciste? —murmuró Gin, apenas moviendo los labios.

    —¡Ja! —rió Cavalone, y los demás tripulantes se sumaron con nuevas y estridentes carcajadas. Gotas de saliva volaban por todas partes como una lluvia de inmundicias—. Esa maldita lagartija apareció de la nada y demandó que le indemnizáramos la mierda de bote que estaba amarrado en la orilla. Ese trozo de madera flotante no resistió el más mínimo roce de un verdadero galeón.

    «¿En serio?», leyó en la expresión de Gin, mezcla de perplejidad y reproche.

    Ella respondió encogiéndose de hombros, como si sus acciones no fueran nada especial.

    Seera seguía molesta por la destrucción de su pequeño navío, el cual había usado para recorrer las aguas que separaban aquella isla de su tierra natal. Las personas de su aldea se lo habían obsequiado en la partida. Cuando la embarcación pasó por encima de él, reduciéndolo a escombros que el oleaje barrió, no dudó a la hora de ir a reclamarles en cuanto se acercaron a tierra firme.

    La discusión se convirtió en una pelea de la que debió huir, para su vergüenza, al encontrarse en clara desventaja. Sin embargo, antes de correr a salvar su vida, hizo pedazos el timón del barco, provocando la ira del capitán. Su orgullo aún no le permitía olvidar la injuria sufrida, así que estaba dispuesta a enfrentarse a ellos una vez más para saldar la cuenta pendiente.

    —¿Uh?

    Un efímero destello de luz captó su atención. Algo sobresalía de uno de los bolsillos del Cavalone. Parecía una cadena de eslabones dorados, mas no alcanzó a vislumbrar su origen. Al principio creyó que se trataba de alguna especie de collar, pero no dejaba de pensar en lo familiar que se le hacía.

    Fue entonces cuando sintió la ausencia del peso que siempre llevaba encima. El pánico la abordó al rebuscar entre sus ropas, aún con las manos atadas, el preciado objeto, y al no encontrarlo la desesperación de su pérdida fue en aumento. Su mirada recorrió rauda a todos los presentes hasta posarse nuevamente en el abrigo del corsario.

    —¡Mi reloj! —gritó a pleno pulmón.

    Cavalone volteó en su dirección, sin entender a qué se refería. Pronto recordó el viejo instrumento que sus subordinados habían encontrado al registrar a la muchacha y una sonrisa burlona se dibujó en su arrugado rostro. Sacó el artefacto y lo detalló sin interés alguno, declarándolo obsoleto y sin valor aparente.

    —¿Te refieres a esto? —dijo, haciendo girar la pieza entorno a su dedo con la cadena de la que pendía. Disfrutaba la expresión de pánico que se apreciaba en las facciones de la joven ante tan simple acción—. Considero que sólo me darían un par de monedas por semejante baratija, pero siempre hay alguien dispuesto a dar más, sobre todo si posee un valor... ¿cómo diría? Ah, sí: sentimental.

    De nuevo, las burlas llenaron el ambiente (¿acaso era no sabían hacer otra cosa?), pero Seera ya no las oída. Lo único que le importaba en ese momento era el reloj.

    El reloj de Jess.

    —¡Devuélvelo! —chilló la pelirroja. Su corazón latía con frenesí, temiendo que la preciada memoria de esa persona fuera estropeada por un hombre de baja calaña—. ¡Se va a romper!

    Y, efectivamente, los eslabones que conformaban la cadena no resistieron mucho más. El artefacto cayó al suelo con un sonoro golpe que retumbó sin cesar en la mente de Seera. El mundo entero pareció disminuir la marcha ante sus ojos mientras se sumergía en un mutismo absoluto... mientras las manecillas, petrificadas durante años en una misma hora, avanzaban un segundo en el tiempo para enseguida recobrar su perpetua inmovilidad.

    Ya no había forma de contenerlo.

    No podía detener el cambio.

    Las sogas que envolvían sus extremidades, las mismas de las que había intentado librarse toda la mañana... finalmente se rompieron.
     

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