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Fanfic - Untouchable

Tema en 'Historias Abandonadas Originales' iniciado por Yiemvi Shiraiwa, 4 Octubre 2014.

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    Yiemvi Shiraiwa

    Yiemvi Shiraiwa Iniciado

    Acuario
    Miembro desde:
    4 Noviembre 2013
    Mensajes:
    12
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    Fanfic - Untouchable
    Clasificación:
    Para niños. 9 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    1733
    Holis, me perdí por un montón de tiempo, pero ya vuelvo. tengo un par de capítulos escritos a mano solo me falta pasarlos a word, espero que les guste este nuevo fic.

    Sinopsis:


    Hay cuatro cosas que debes tener en cuenta si eres Krystal Blackmoore:
    1. No debes quedarse fuera de tu casa cuando haya luna llena.
    2. No tienes que escaparte de tu casa en plena noche por una rabieta.
    3. Que tú puedas tocar a los hombres no significa que ellos puedan tocarte a ti.

    4.Y sobre todo: por nada del mundo te enamores, eso solo te acarreara dolor y sufrimiento.

    Y también algo que tomar en cuenta: si un completo desconocido te ayuda a arreglar tu auto en plena lluvia, no significa que sea buena persona. Puede ser todo lo contrario.

    Prólogo
    Hace siete años.
    Las ramas de los árboles del jardín eran movidas inclementemente por el viento. Un viento furioso y silbando de manera escalofriante, digno de una película de terror. A pesar que el calendario mostraba que estaban a inicios de primavera aunque pareciera que acaban de entrar a invierno. La tormenta soplaba tan fuerte que amenazaba con abrir la ventana del fondo.
    Dentro de la habitación de Krystal no había objetos que hubieran entrado en contacto con el suelo. El piso apenas era visible ante la cantidad de libros, ropa y demás cosas que lo cubrían. En alguna parte de la habitación había una pequeña caja de música que al caerse se había abierto y con su melodía rompía el silencio de la habitación.
    Al fondo del cuarto una única ventana iluminaba levemente la habitación dejando entrar la luz de luna. Bajo ella había un bulto en el suelo cubierto por frazadas rosadas.
    -Ya no quiero- las sabanas rosadas se removieron dejando ver un pequeño rostro surcado por las lágrimas-Por favor, haz que pare.- la pequeña niña sorbió fuertemente tratando de evitar el dolor.
    Esa pequeña era Krystal. Estaba totalmente desnuda, de rodillas y con las manos atadas en la espalda. Rechinaba los dientes y lloraba silenciosamente mientras intentaba aguantar el gran dolor que sentía. Al principio pensó que podría aguantarlo pero con el pasar de las horas supo que estaba muy equivocada. A cada segundo deseaba soltarse de esas cadenas y causarse un dolor distinto que deje de atormentarla.
    La frazada que la cubría tenía ligeras manchas de sangre. En un nuevo dolor que sintió se retorció completamente dejando caer la frazada, dejara de cubrirla. Toda su espalda estaba llena surcos de sangre que se derramaban hasta alcanzar el suelo.
    Sus manos estaban hechas puños. Sus pequeñas uñas estaban llenas de sangre por internar de alguna forma calmar el dolor que sentía en la espalda.
    Desde que salió la luna que estaba en ese suplicio. Al principio el dolor fue tan difícil de sobrellevar que entro en pánico. Había tirado y pateado cuanto objeto se encontrara en su camino.
    Ahora estaba muy débil. Su respiración era muy suave y pausada, a pesar de las lágrimas que derramaba. La luz de la luna la bañaba completamente. Su madre le dijo que la iniciación duraría menos si se quedaba quieta y bajo la luz de la luna. Ella misma le había pedido a su madre que le atara las manos, ya que comenzó a rascarse la espalda, llenándola de pequeñas cortaduras.
    Lo que tanto dolor le causaba era algo parecido a un tatuaje. Era la primera noche con luna llena desde que cumplió diez años, no hace muchos días. Y cuando comenzó a sentir como su espalda empezaba a ser tatuada como con un pincel de agujas, supo que había llegado el momento del que tanto su madre le había hablado.
    Pero ahora todo eso no le parecía buena idea. Los trazos del par de alas que se estaban dibujando por si solas en su dorso le estaban acarreando mucho más dolor del que podía soportar.
    Alzo la cabeza débilmente y miro hacia la entrada de su habitación.
    -Por favor, haz que pare- le suplico a su madre.
    Ella había estado allí desde el primer momento. Desde que comenzó a sentir como agujas invisibles se clavaban en su piel. Tenía el rostro compungido por el dolor que veía en su hija. Las lágrimas se le derramaban de su rostro. Ni siquiera podía ir a tranquilizarla o arrullarla para alivianarle el sufrimiento, si lo hacia su hija sufriría más. Ella nunca quiso que algo así le pasara, preferiría mil veces sufrirlo ella en su lugar. Pero no podía hacer nada al respecto.
    No resistió mas verla así y soltó sin pensar:
    -Aguanta Krys, ya casi acaba.
    Krystal escuchó atentamente las palabras de su madre. Las primeras que le dirigía en toda la noche. El castigo llego inminente. Sintió una nueva punzada de dolor, una mucho más fuerte que las otras, si cabe, recorrerle el cuerpo entero. Su grito no se hizo esperar. Se escuchó en toda la casa y retumbo como eco en las habitaciones vacías.
    Un sonoro trueno acallo el grito de Krystal. Seguía llorando sin poder evitarlo y así de repente el dolor ceso.
    La habitación se oscureció cuando las nubes de la tormenta taparon momentáneamente la luna. Krystal confundida trago saliva y se humedeció los labios. Intento incorporarse pero solo llego a quedarse de rodillas. Su cabello negro estaba pegado a su rostro humedecido por las lágrimas que había derramado. Entre ese manto negro logro ver la silueta de su madre en la puerta. Vio que ella intentaba ayudarle a levantarse pero Krystal negro con la cabeza antes que ella le tocara.
    -Todavía mami, aún falta algo…
    Tras que termino de decir esas palabras la luna volvió a iluminar la habitación. Apenas llego en contacto con la piel de Kystal, esta se ilumino tenuemente, como si un manto de luz blanca la envolviera. Su madre al ver ese espectáculo retrocedió sorprendía hacia el lugar del cual había venido.
    Las alas que su hija llevaba tatuadas en toda la espalda y abarcaba parte de los hombros eran de seguro de algún ave. No sabía nada de animales alados, pero las alas que tenía Krys debían de ser de un animal hermoso y majestuoso. Las plumas estaban trazadas hasta el más mínimo detalle. Estaban superpuestas una por una, como si quisieran simular que estaban a punto de abrirse. Y eso fue lo que ocurrió.
    Las alas eran de un color negro pero según se iban abriendo iban cambiando a un dorado luminoso. El cuerpo de su hija se elevó poco a poco del suelo mientras aleteaba débilmente con esas hermosas alas.
    Krysta sorprendida por lo que estaba haciendo, no evito llorar de nuevo pero esta vez de alegría. Lo había conseguido. Finalmente, ya no seguiría atemorizada por el suplicio que acababa de vivir. La angustiosa espera había terminado. Ahora podría vivir tranquilamente con su madre en aquella casa, alejada de todo.
    Logro con mucho esfuerzo estabilizarse con sus alas. Tiró fuertemente de la atadura que oprimía sus muñecas y esta se desvaneció en el acto. Abrió y cerró las manos dejando que la sangre circulara por sus venas hacia esa zona que había estado bloqueada. Asombrada por que esta había desaparecido con tanta facilidad que ni con todas las horas que pasó tirando de ellas había logrado aflojarlas un poquito.
    Aun sentía como la sangre corría por las líneas del tatuaje y seguía su curso hasta llegar hasta el final de sus pies. Sonriso con burla cuando se imaginó a si misma de esa forma apareciendo en casa de alguna de sus compañeras. Con el aspecto que tenía seguro que hasta espantaría hasta a Evelin.
    Estar elevada en el aire era algo que siempre había querido, se elevó tan alto que su cabeza comenzó a tocar el techo. Se moría de ganas de hacer lo mismo en el bosque. A sus pies su madre, Sora la miraba sonriendo. Krys le devolvió la sonrisa y comenzó a descender. Tras que sus pies tocaron el suelo y sus alas de plegaron su madre la envolvió en un cálido abrazo.
    -Lo has logrado mi pequeña, sabía que podías con esto- le dijo mientras la atraía más hacia sí.
    Krystal bajo la mirada avergonzada. Su madre esperaba siempre muchas cosas de ello. Pero no le pensaba arruinar el momento diciéndole que había estado a punto de echar la toalla.
    Comenzó a pensar en todo lo que implicaba hacer aceptado ese destino al cual había estado atada desde que nació. Pensó en todas y cada una de las ventajas y desventajas. O al menos en las que conocía.
    Por un momento quería olvidarse de todo lo malo que había sufrido en esa noche. Porque el dolor había pasado y no tendría que enfrentarse a ninguna situación parecida hasta dentro de muchos años. Se prometió a si misma que llegaría a ser fuerte. Lo suficiente para defenderse a sí misma y a su madre.
    Que su padre no estuviera vivo no significaba que debía vivir atemorizada y oculta del mundo. Es cierto que faltaron muchos puntos de su estado actual que aclarar, pero esperaba resolverlo con el tiempo.
    Sora dejo de abrazarla y le agarro el rostro con ambas manos mirándola directamente a los ojos.
    -Eres la chica más valiente que he conocido en mi vida Krys, tu padre estaría muy orgulloso.
    Esas palabras llenaron a Krystal de una manera única. Para tener diez años había aguantado muchas cosas que una niña normal de su edad no podía aguantar. Y se sintió alegre y valiente por ello. Sus alas cerradas comenzaron a pasar del color dorado a un color carmín muy brillante. Hasta de a poco ir desapareciendo y quedar el tatuaje de alas al principio negro, ahora de color carmín.
    -Vaya, mira que tienes un arcoíris en tu espalda mi niña.
    Tras ese comentario ambas no aguantaron reír tímidamente. Sora saco a su hija de esa habitación. Tenía que curarle las heridas, cambiarla y hacer lo posible con tal que descanse.
    Krystal miro con pesar su espalda ahora libre de alas. Se apeno un poco, pero tenía la seguridad de que volverían a aparecer. Y de que ahora el futuro tanto de ella como su madre sería muy diferente.
    Y no se equivocaba, sería mucho más diferente de lo que jamás se hubiera imaginado.


    Espero que les haya gustado, y les pido que me dejen algún comentario haciéndomelo saber.
    Nos vemos.
     
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    Yiemvi Shiraiwa

    Yiemvi Shiraiwa Iniciado

    Acuario
    Miembro desde:
    4 Noviembre 2013
    Mensajes:
    12
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    Fanfic - Untouchable
    Clasificación:
    Para niños. 9 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    3932
    Capítulo 1

    Alatise

    “Veinte seis, veintisiete…” contaba mentalmente mientras observaba a los patos salvajes volar alrededor del pequeño lago. “Veintiocho, veintinueve…” su atención se centró en un pato muy grande que estaba a unos diez metros de ella nadando tranquilamente en la orilla del lago. El cielo se hallaba nublado ese día y los pocos rayos de sol que lograban filtrarse a través de las nubes no eran lo suficientemente calientes como para dejar el frio atrás.

    “Treinta” su dedo se posó sobre el gatillo y apretó. El disparo se escuchó por todo el bosquecillo, casi todos los patos que estaban en el lago salieron volando despavoridos mientras graznaban asustados. Miro hacia el cielo mientras este se llenaba de patos volando. Salió corriendo de entre los matorrales en los que se ocultaba. Agarró el pato que por poco se le escapa pero había logrado darle en la cabeza. Lo agarro intentando no mancharse con la sangre que se derramaba de su cabeza.

    Su madre le había pedido tres patos y ya los tenía. Los colocó en el saco de tela y se lo hecho en el hombro. Un mechón de cabello negro se le escapó de su gorro y se lo acomodo como pudo. Recorrió el sendero que atravesaba aquel bosquecillo.

    Ese día no estaba tan frio como los anteriores días, pero igual ella era una verdadera friolenta así que estaba muy abrigada, más que cualquier otra persona común. Su gorro negro con estampados de flores le daban un aspecto muy infantil y el abrigo verde que tomo prestado de su madre al vuelo contrastaba totalmente con lo demás. Se había puesto unos guantes negros sin dedos.

    Cuando logró salir del bosquecillo se dirigió a la carretera. A cada paso que daba pisaba algunas hojas que aún seguían en suelo del bosque, a pesar de haber pasado el otoño. Aparcado le esperaba su auto. Cuando suspiró, de su boca salió un vaho que empaño ligeramente los lentes que llevaba. Con la mano que tenía libre sacó las llaves del abrigo y entro a su jeep celeste eléctrico. Como amaba ese auto.

    Colocó el saco de tela en una bolsa plástica dentro de una pequeña conservadora que estaba en el asiento del copiloto. Los patos se habían desangrado mucho y no quería que le mancharan el auto.

    Tras eso se sacó los guantes, se sopló las manos y se las froto intentando calentarlas. Alzo sus ojos y miró la carretera algo mojada por la llovizna de la noche anterior. A lo lejos se podían ver algunas montañas de color azul oscuro o gris, tan lejos que su punta se perdía entre las nubles y la niebla de la lejanía. La vista era hermosa y magnifica. Un divino paisaje de invierno. Los árboles que estaban a ambos lados de la carretera. Muchos estaban casi sin hojas mientras que otros aun luchaban por mantenerlas.

    Encendió el auto y el suave rugido del motor de cierta forma le lleno de alegría. Posó la mano en la palanca y comenzó a avanzar. Dio la vuelta al coche y tomo rumbo a la ciudad. Atrás quedaban aquellas montañas azuladas y grises que se veían a la lejanía. Acompasándose con el cielo gris.

    A ambos lados de la carretera el paisaje variaba sutilmente. Primero se veían arboles muy grandes muchos de ellos comenzando a tener hojas, después el paisaje cambiaba a algunas casas pero entre pequeños árboles. Eso significaba que comenzaba a entrar por las fronteras de la ciudad.

    Eran los últimos días de invierno y algunos árboles se preparaban para recibir la primavera después de soportar varios meses de frio. Raccone no tenía las estaciones muy marcadas razón por la cual podía haber un cambio abrupto de clima. Pero dejemos de hablar de clima que ya parecemos el programa meteorológico.

    Krys conducía mientras dejaba que un programa de música clásica rompiera el silencio que existía. Condujo tranquilamente por las primeras calles que le aparecieron. En la mayoría de ellas habían niños jugando a la pelota y tenía que hacer sonar el claxon para que se apartaran de la calle.

    Algo característico de Raccone era que mientras más lejos estuvieras del centro de la ciudad, mayor seria la cantidad de niños que se encuentran en la calle. Ahora ella estaba a las afueras. Había tomado el camino más largo a posta. Antes de llegar donde su madre quiso recordar por un momento su antigua escuela y su anterior casa.

    Llevo a la calle Verdad. Extraño nombre a su parecer. Estacionó en una tienda que había justo al frente de su antigua casa. Bajo del jeep comenzó a llamar a la vendedora. Salió una niña que no podía tener más de diez años. Pidió una coca cola, le pagó y se sentó en una de las bancas que había en la tienda.

    Desde donde estaba tenía una perfecta vista de su anterior casa. Ese lugar en el que había tenido tantas vivencias y experiencias. Los nuevos dueños habían cambiado el anterior color crema de las paredes a una extraña combinación de rojo y negro. Al igual que habían quitado cualquier vestigio de vegetación y lo reemplazaron por concreto. Claramente contrastaba con las demás casas de sencilla apariencia.

    Tras que su padre murió, su madre se había metido en una profunda depresión. Era desgarrador escucharla cada noche llorar por él. Enojarse con todo, maldecir a todos. Dejo de trabajar por varios días y cuando se sintió lo suficientemente “bien” como para hacerlo, cualquier cosa que veía o hacia le recordaba a él.

    Con el tiempo se convirtió en una muerta en vida. Hacia cualquier cosa pero parecía que estuviera en otro planeta. Como si sus emociones y carisma se hubieran transportado a un lugar lejano y ahí solamente permanecía una cáscara vacía. Completamente débil y sin vida.

    Lo único que logró sacarla de aquel estado, fue lo que ocurrió la primera noche de luna llena: el día de la conversión de Krystal.

    Krystal esbozó una sonrisa al recordar ese momento. Después de semanas de ver a su madre en un estado catatónico, que esta volviera a ser ella, fue algo que realmente le emocionó.

    Termino de beber la coca cola y dejo la botella de vidrio vacía en el mostrador de la tienda. Miró la hora en su celular y se dio cuenta que había tardado más de lo debido. La visita a su anterior colegio tendría que esperar.

    -Maldición…

    Bisbiso antes de volver a subir a su jeep e ir rápidamente donde su madre. Esos patos se pudrirían si no lo hacía ya. Y Sora entraría en crisis preparativa.

    ***

    Apenas logró cerrar la puerta de su habitación se desparramo sobre su cama sin siquiera sacarse los zapatos. Estaba muy cansada. Después de recibir una tratada por parte de su madre por llegar un poco atrasada, bueno, media hora era poco tiempo para Krys, se fue a su casa para estudiar química e inglés. Su colegio tenía la molesta manía de tomar exámenes bimestrales de todas las materias. Ya había dado de biología y literatura, le faltaban cerca de nueve materias por dar. Todo eso era un verdadero fastidio ya que esos exámenes llegaban a valer más que los mismos exámenes de todo el año.

    Un largo suspiro inundó la habitación. Se incorporó sobre sus codos y miro con rabia los cuadernos que había sobre su mesa y su escritorio.

    -Por su culpa me quede en casa…-les murmuro con rabia.

    Ese día había recibido la invitación de Tina para ir al nuevo cine que habían inaugurado, pero no podía dejas que por algo tan insignificante perdiera la beca que planeaba ganarse para la universidad o quizás para el extranjero.

    Volvió a echarse en su cama. Ya debían de ser cerca de las nueve de la noche y su madre todavía no se hacía acto de presencia. Al ser domingo tenía que sacar las cuentas ella misma, ya que solían manejar mucho más dinero que en un día común.

    Sintió una fría brisa colarse por alguna parte de la habitación. Muy a su pesar se levantó cansadamente, se acomodó el pequeño gorro que un poco más e iba a cubrirle toda la cara. Agarro la única gran ventana y con un empujón se cerró totalmente. Giro la cabeza y miro el pequeño parque del barrio que se asomaba de entre los barrotes de la reja. Tres solitarios columpios se movían mientras la fría brisa de la noche los movía con un suave compás.

    De pequeña siempre quiso vivir cerca de un parque para salir y jugar cuando le diera la gana. Pero su deseo no se cumplió. Vivía en esa casa desde los trece años, edad con la que recién pudo controlar sus alas en noche de luna llena. Ya era lo suficientemente grande como para andar jugando en columpios y toboganes.

    Su anterior casa estaba casi a las afueras de la ciudad así que fácilmente podía adentrarse al bosque, esperar allí su transformación y no llamar la atención de nadie. La mayoría de veces le acompañaba su madre. A ambas les fue difícil aceptar aquello. Que de un día para otro te convirtieras en un ¿ángel? Quizás…

    Tuvieron el acuerdo de que nadie debía de enterarse de aquello. Las únicas personas que lo sabían eran su madre y ella misma. Muchas veces le fue difícil decir porque faltaba algunos días al colegio mes tras mes. Los primeros meses después de tener las alas, estas se quedaban tatuadas en su espalda por varios días y se veían parte de estas por sus brazos u hombros.

    Lo bueno es que con el pasar de los años logró controlar eso y decidía en que momento desplegarlas. Incluso si quería podía hacerlo en aquel mismo momento. Sin necesidad de que haiga luna llena. Desplegarlas en todo su esplendor y admirar las estrellas y el paisaje nocturno desde el cielo, como había hecho otras veces.

    Pero no podía, por una cosa muy sencilla, tenía que estudiar si quería inscribirse en una buena universidad, además, hacia demasiado frio como para ir con la espalda descubierta.

    Se volvió al instante cuando escuchó la puerta principal abrirse. Su madre siempre aprovechaba las noches de los domingos para ir de compras al súper y solía llegar muy cargada.

    Salió de su habitación y camino hasta la entrada. Tal como se lo esperaba su madre traía tantas bolsas que se preguntaba seriamente como había logrado abrir la puerta con una sola mano. Ese era un verdadero enigma que llevaba años sin respuesta.

    -Krys ven a echarme una mano.

    No hacía falta que se lo dijera. Tomó las dos bolsas más grandes y pesadas en una mano y en la otra, agarró una muy grande. Después de que su madre cerrara la puerta, ambas caminaron hasta la cocina y dejaron en el mesón todas las bolsas.

    -Mamá, ¿compraste atún?

    Espero una respuesta directa mientras rebatía las bolsas buscando el atún. Pero no la tuvo, se volcó confusa a buscar a su madre y la encontró justo a sus espaldas mirando una imagen pegada a la heladera. Volvió a llamarla y su madre ni se movió. Caminó hasta donde ella y espero una respuesta.

    -Ma, ¿ocurre algo?

    Ella se volteó tras escuchar la pregunta. Pero seguía teniendo la vista fija en el papel que tenía en su mano. Sus ojos rasgados mostraban una extraña expresión que no supo descifrar.

    -Sabes que el miercoles tengo que viajar ¿cierto?

    Krystal asintió lentamente. Estaba intrigada con la actitud de su madre, ella nunca se andaba con rodeos y decía las cosas de frente. Cosa que no estaba ocurriendo.

    -Creo que también sabes que voy a estar un poco más de dos semanas fuera ¿verdad?

    -Claro, me lo dijiste tras que te mandaron la solicitud- respondió extrañada.

    Su madre guardo silencio y tragó saliva.

    -¿Qué pasa mamá?

    Su madre saco una hoja del refrigerador para mostrarle una fecha concisa. Una uña de un llamativo color rosa oscuro apuntaba al diez de septiembre y bajo la fecha había un círculo completo que al lado citaba “100%”

    -El diez cae justo en el tiempo que yo no voy a estar. Sabes cómo me pone irme de viaje y dejarte sola.

    Krys miro atentamente el calendario. Mañana seria primero de septiembre. Lunes primero de septiembre. Levanto la mirada y su madre tenía una expresión estoica, ya sabía que es lo que ocurriría si no lograba hacer que se fuera. Con la mejor sonrisa que pudo hacer en ese momento le respondió a su madre.

    -Debes de estar tranquila, llevo años con esto y nunca me ha pasado nada.

    Sora la miro con el rabilo del ojo, su mente seguía concentrada en aquel pequeño papel ue tantos problemas le había causado.

    -Si pero, vas a estar sola y pues…agh esto está complicado-dijo Sora mientras se rascaba la cabeza inquieta.

    Unos incomodos minutos de silencio continuaron a esa respuesta. Ninguna se había movido siquiera un milímetro. La primera en reaccionar fue Sora, después de un largo suspiro, se acomodó un mechón rebelde detrás de la oreja.

    -Sabes que, creo que me quedare por ti.

    Con esas palabras Sora pensaba que zanjaría la cuestión. Pero como toda Blacmoore, Krys no cedería hasta obtener lo que quería.

    Tras dejar la hoja en el mesón sacó su celular. Krys le agarró la mano de su madre y no dejo que marcara numero alguno. Algo parecido habían pasado muchas veces. Hace dos años ocurrió lo mismo y su madre tuvo que quedarse en vez de ir al concurso de comida asiática. No podía permitir que eso ocurriera otra vez. Su madre se merecía aquello, merecía competir en algo que le gustara.

    -No es necesario mamá. Si quieres hago que Evelin se quede en mi casa o incluso Tinna. Sabes que ellas me han ayudado a esconderlo.

    Después de darle una mirada gélida, Sora sopeso las palabras. No pensaba darle una respuesta en ese momento. Tenía que pensarlo lentamente, en todos los pros y contras que podría haber si cedía a lo que quería su hija. Guardo el celular en el bolillo de su pantalón sin marcar ningún número. Retrasar su respuesta un par de días no le haría mal a nadie. Le dedicó un cálido “buenas noches” a su hija y se fue a su habitación, como si nada hubiera pasado.

    Krys suspiro rendida y comenzó a guardar todas las compras en el refrigerador. Justo cuando había terminado de guardarlo todo un maulló le llamo la atención.

    Sobre el refrigerador a unos treinta centímetros de su cabeza estaba su hermoso gato Menw. Un hermoso ragdoll de tres años. Desde encima le miraba con sus ojos suplicantes mientras movía la cola lentamente de un lado a otro. Krys maulló muy despacio haciendo que Menw bajara de la nevera.

    Sacó una lata de atún y la calentó. Volvió a maullar y Menw la esperaba sentado al lado de su plato vacío. Mientras aun calentaba el atún y lo servía el gatito desapareció tras escuchar que tocaban la puerta.

    -Menw, ven aquí pequeño.

    El minino corrió tras su llamado y comenzó a comer. Krys extrañada mira el reloj de la cocina. Marcaba las diez de la noche. Era demasiado tarde como para esperar una visita común. Cosa que era rara.

    Caminó hasta la puerta y miró por el ojillo de la puerta. Tras esta una sonriente Evelin la esperaba pacientemente. Eso solo significaba una cosa. No solo tenía examen de química e ingles, sino también de matemáticas. Magnifico.

    ***

    Todo el curso estaba sumido en fuertes conversaciones y uno que otro gritillo femenino al enterarse de la última novedad. Krys miraba distraídamente a todos sus compañeros mientras se dirigía a su asiendo, el tercero de la fila a la derecha. Ellos se apartaban al ver que ella iba a pasar, como cuando las pequeñas olas se alejan al sentir otra más grande. Una vez sentada comenzó a sacar sus cuadernos y sus lapiceros para la última clase del día.

    Algo realmente agotador de los miércoles es que pasaba clases hasta las una de la tarde, cuando normalmente solo eran hasta las doce. Pero por lo menos era una materia que le agradaba. Aunque daría cualquier cosa por irse inmediatamente del colegio en ese mismo momento.

    -Alatise- una muy delgada voz cantarina a sus espaldas le llamo por aquel apodo que odiaba.

    Esa simple palabra fue suficiente para que cualquier rastro de buen humor se esfumara de su rostro. Con la ira marcada en sus ojos se giró y encaro a Evelin. Tenía un rostro muy sonriente para las muy malas notas que se sacó ese día. No había tenido un buen día y encima Evelin tiene la excelente idea de comenzar a molestarla.

    Pareciera que Evelin quería regresar a su casa a pie.

    Con todo el control que podía tener fingió la mejor sonrisa que pudo, obviamente le salió chueca y le respondió con la pregunta habitual

    -¿Hasta cuándo tengo que decirte que dejes de llamarme así?- le susurró entre dientes. Como odiaba ese apodo.

    Evelin abrió sus ojos y se sentó al lado de ella haciendo sonar los asientos y las mesas de ambas. Su hermosa sonrisa de dientes completamente blancos contrastaba completamente con su cabello rubio y rojizo. Seguía con esa estúpida sonrisa en la cara, había ocasiones en que le encantaba ver esa expresión en su amiga, sin importar el estado en el que se encontrara, pero también había otras que deseaba sacárselas de un buen golpe, mejor con varios.

    -Hasta que me hagas volar.

    Algunos alumnos se volcaron y miraron a ambas. Claro, como no si Evelin lo había gritado. Krys lo único que hizo fue volcar el rostro y hacer que su cuaderno en blanco fuera la cosa más interesante en el mundo. Pensaba que de esa forma haría que Evelin dejara de molestarla por ese día pero no fue posible.

    Bueno, si lo fue. Lo único que lo logro fue la llegada del profesor de inglés y tras decir que lo que avanzaran entraría en el examen de la siguiente semana, fue más que suficiente para que Evelin prestara atención a la clase.

    Había una razón por la que odiaba ese horrible apodo, según ella. Para comenzar parecía un nombre de la época de las castañuelas. No le gustaba para nada. La segunda razón era su significado. Según Evelin alatise significaba “ser alado” en latín, según Evelin porque ni siquiera se había tomado la molestia de investigar sobre ello.

    Tras un suspiro general del curso, algunos por satisfacción otros por cansancio, la última clase llegó s su fin.

    Krystal se levantó sin decir nada a nadie. Como casi todos los días. Una vez salió del curso apresurada, unos cuantos muchachos se despidieron de ella. Generalmente le daba un aventón a Evelin o a Fiora pero ese día no estaba de humor, además no había visto a Fiora en ningún momento.

    Salió del colegio y se subió en su jeep azul. Unos segundos tras que arranco pudo ver por el espejo retrovisor como Evelin le sacaba el dedo del medio por haberla dejado plantada.

    Sonrió para sus adentros. Eso había sido mucho amedrentamiento por hoy, mañana se disculparía y asunto arreglado.

    Conducía de forma mecánica. Torciendo donde debía torcer, deteniéndose en cada cruce para ver si pasaba alguien y así. Solo tenía la mente puesta en un solo pensamiento. Su madre tenía que ir si o si al concurso de comida asiática.

    Una vez llego a su casa no había nadie. Como siempre. Almorzó sola, bueno casi. El único ser que la acompañaba era Menw que estaba a sus pies mientras se lamia las patas con parsimonia.

    Su madre había sacrificado muchas cosas por ella. Demasiadas en realidad. El concurso era algo muy pequeño en comparación de muchas cosas que dejó por ella. No podía, se negaba a que se quedara.

    Todo el resto de la tarde limpió la casa. Cuando su madre llegaba de trabajar y encontraba todo limpio y en orden era más fácil de tratar.

    La casa era pequeña así que no tardó demasiado en terminarlo todo. Tras que tuvo intención de ir a limpiar algunas hojas del jardín trasero una fuerte lluvia comenzó a caer. Tuvo que resignarse a quedarse dentro y mirar como llovía afuera.

    En cierta parte estaría de acuerdo con su madre respecto a aquello. A ambas les costó mucho acostumbrarse a vivir de aquella manera y mucho más sin la ayuda de su padre que era la única persona que sabía lo que le pasaba a Krys.

    Él no les había dicho el año exacto en que ocurriría, pero si dijo lo que tendrían que hacer para hacerlo más fácil de soportar. Pero sin entrar en demasiados detalles.

    Primero la iniciación. Dio algunos detalles respecto a las noches de luna llena total o arriba del noventa y nueve por ciento. Lo que le ocurriría tras cumplir una edad específica que desconocía. Esa parte llego mucho más rápido de lo que hubiera querido.

    El nunca menciono que era él y Sora tampoco lo presionó, pensaba que con el tiempo lo diría, pero ¿Quién diría que le quedaba muy poco tiempo? Cuando apenas Krys había cumplido los nueve años, su padre había dejado de existir.

    Y segundo. Dejo muy claro que desde el momento en que ella sufriera la transformación no debía dejar que ningún hombre la tocara. Aunque ella si podría tocarlos sin causarse daño.

    Eso, ella misma lo había comprobado. A la hora de saludar a algún chico u hombre se cuidaba mucho que fuera ella la que hacia el primer contacto y que no hubiera ninguno siguiente. Hubo una época en que le entristeció ver como sus amigas salían con sus novios y demás, y comenzaba a querer eso. Con el tiempo se le paso, ya que no había encontrado a nadie que le gustara o que le hiciera tener deseos de querer y proteger. En realidad solo había alguien, Menw, ese gatito había sido declarado su compañero ideal. Era el único ser de sexo masculino que despertaba su lado tierno y mimoso.

    Kys carcajeo ante la idea de su gato convirtiendo en hombre cuidándola y queriéndola, como había leído en un libro. Por cierto el cual la escritora había dejado en medio camino.

    Tan distraída había estado en sus pensamientos que ni se había dado cuenta de que su madre había llegado. Solo alcanzo a escuchar el cerrar de la puerta de su habitación. Alzo la vista y miro afuera a través de su ventana. Ya era de noche y aún seguía lloviendo.

    Salió de su habitación y camino los pocos pasos que separaban su habitación de la de su madre. Toco con sus nudillos tres veces la fría madera de la puerta. Respiró profundamente sintiendo como si tuviera el corazón apretado. Una vez su madre abriera y preguntara que pasaba no habría marcha atrás.

    El sonido de pasos dentro del cuarto le alertó de que faltaba poco. Cerró los ojos y respiro calmadamente.

    “Vamos Krys, tu puedes”

    Tras ese pensamiento respiro profundamente por última vez y abrió los ojos justo en el momento en el que su madre aparecía tras la puerta.

    Su madre la miro extrañada. Tenía el uniforme de trabajo todavía puesto y su corto cabello negro estaba sostenido por una diadema.

    -¿Ocurre algo Krys?

    Krys pidió mentalmente ayuda a todo ser sobre natural existente (exceptuándose a ella misma, claro está). Dio un paso y cuando estuvo dentro de la habitación de Sora le dijo:

    -¿Recuerdas lo que te dije el domingo?
     
  3.  
    Yiemvi Shiraiwa

    Yiemvi Shiraiwa Iniciado

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    Capítulo 1

    Alatise

    “Veinte seis, veintisiete…” contaba mentalmente mientras observaba a los patos salvajes volar alrededor del pequeño lago. “Veintiocho, veintinueve…” su atención se centró en un pato muy grande que estaba a unos diez metros de ella nadando tranquilamente en la orilla del lago. El cielo se hallaba nublado ese día y los pocos rayos de sol que lograban filtrarse a través de las nubes no eran lo suficientemente calientes como para dejar el frio atrás.

    “Treinta” su dedo se posó sobre el gatillo y apretó. El disparo se escuchó por todo el bosquecillo, casi todos los patos que estaban en el lago salieron volando despavoridos mientras graznaban asustados. Miro hacia el cielo mientras este se llenaba de patos volando. Salió corriendo de entre los matorrales en los que se ocultaba. Agarró el pato que por poco se le escapa pero había logrado darle en la cabeza. Lo agarro intentando no mancharse con la sangre que se derramaba de su cabeza.

    Su madre le había pedido tres patos y ya los tenía. Los colocó en el saco de tela y se lo hecho en el hombro. Un mechón de cabello negro se le escapó de su gorro y se lo acomodo como pudo. Recorrió el sendero que atravesaba aquel bosquecillo.

    Ese día no estaba tan frio como los anteriores días, pero igual ella era una verdadera friolenta así que estaba muy abrigada, más que cualquier otra persona común. Su gorro negro con estampados de flores le daban un aspecto muy infantil y el abrigo verde que tomo prestado de su madre al vuelo contrastaba totalmente con lo demás. Se había puesto unos guantes negros sin dedos.

    Cuando logró salir del bosquecillo se dirigió a la carretera. A cada paso que daba pisaba algunas hojas que aún seguían en suelo del bosque, a pesar de haber pasado el otoño. Aparcado le esperaba su auto. Cuando suspiró, de su boca salió un vaho que empaño ligeramente los lentes que llevaba. Con la mano que tenía libre sacó las llaves del abrigo y entro a su jeep celeste eléctrico. Como amaba ese auto.

    Colocó el saco de tela en una bolsa plástica dentro de una pequeña conservadora que estaba en el asiento del copiloto. Los patos se habían desangrado mucho y no quería que le mancharan el auto.

    Tras eso se sacó los guantes, se sopló las manos y se las froto intentando calentarlas. Alzo sus ojos y miró la carretera algo mojada por la llovizna de la noche anterior. A lo lejos se podían ver algunas montañas de color azul oscuro o gris, tan lejos que su punta se perdía entre las nubles y la niebla de la lejanía. La vista era hermosa y magnifica. Un divino paisaje de invierno. Los árboles que estaban a ambos lados de la carretera. Muchos estaban casi sin hojas mientras que otros aun luchaban por mantenerlas.

    Encendió el auto y el suave rugido del motor de cierta forma le lleno de alegría. Posó la mano en la palanca y comenzó a avanzar. Dio la vuelta al coche y tomo rumbo a la ciudad. Atrás quedaban aquellas montañas azuladas y grises que se veían a la lejanía. Acompasándose con el cielo gris.

    A ambos lados de la carretera el paisaje variaba sutilmente. Primero se veían arboles muy grandes muchos de ellos comenzando a tener hojas, después el paisaje cambiaba a algunas casas pero entre pequeños árboles. Eso significaba que comenzaba a entrar por las fronteras de la ciudad.

    Eran los últimos días de invierno y algunos árboles se preparaban para recibir la primavera después de soportar varios meses de frio. Raccone no tenía las estaciones muy marcadas razón por la cual podía haber un cambio abrupto de clima. Pero dejemos de hablar de clima que ya parecemos el programa meteorológico.

    Krys conducía mientras dejaba que un programa de música clásica rompiera el silencio que existía. Condujo tranquilamente por las primeras calles que le aparecieron. En la mayoría de ellas habían niños jugando a la pelota y tenía que hacer sonar el claxon para que se apartaran de la calle.

    Algo característico de Raccone era que mientras más lejos estuvieras del centro de la ciudad, mayor seria la cantidad de niños que se encuentran en la calle. Ahora ella estaba a las afueras. Había tomado el camino más largo a posta. Antes de llegar donde su madre quiso recordar por un momento su antigua escuela y su anterior casa.

    Llevo a la calle Verdad. Extraño nombre a su parecer. Estacionó en una tienda que había justo al frente de su antigua casa. Bajo del jeep comenzó a llamar a la vendedora. Salió una niña que no podía tener más de diez años. Pidió una coca cola, le pagó y se sentó en una de las bancas que había en la tienda.

    Desde donde estaba tenía una perfecta vista de su anterior casa. Ese lugar en el que había tenido tantas vivencias y experiencias. Los nuevos dueños habían cambiado el anterior color crema de las paredes a una extraña combinación de rojo y negro. Al igual que habían quitado cualquier vestigio de vegetación y lo reemplazaron por concreto. Claramente contrastaba con las demás casas de sencilla apariencia.

    Tras que su padre murió, su madre se había metido en una profunda depresión. Era desgarrador escucharla cada noche llorar por él. Enojarse con todo, maldecir a todos. Dejo de trabajar por varios días y cuando se sintió lo suficientemente “bien” como para hacerlo, cualquier cosa que veía o hacia le recordaba a él.

    Con el tiempo se convirtió en una muerta en vida. Hacia cualquier cosa pero parecía que estuviera en otro planeta. Como si sus emociones y carisma se hubieran transportado a un lugar lejano y ahí solamente permanecía una cáscara vacía. Completamente débil y sin vida.

    Lo único que logró sacarla de aquel estado, fue lo que ocurrió la primera noche de luna llena: el día de la conversión de Krystal.

    Krystal esbozó una sonrisa al recordar ese momento. Después de semanas de ver a su madre en un estado catatónico, que esta volviera a ser ella, fue algo que realmente le emocionó.

    Termino de beber la coca cola y dejo la botella de vidrio vacía en el mostrador de la tienda. Miró la hora en su celular y se dio cuenta que había tardado más de lo debido. La visita a su anterior colegio tendría que esperar.

    -Maldición…

    Bisbiso antes de volver a subir a su jeep e ir rápidamente donde su madre. Esos patos se pudrirían si no lo hacía ya. Y Sora entraría en crisis preparativa.

    ***

    Apenas logró cerrar la puerta de su habitación se desparramo sobre su cama sin siquiera sacarse los zapatos. Estaba muy cansada. Después de recibir una tratada por parte de su madre por llegar un poco atrasada, bueno, media hora era poco tiempo para Krys, se fue a su casa para estudiar química e inglés. Su colegio tenía la molesta manía de tomar exámenes bimestrales de todas las materias. Ya había dado de biología y literatura, le faltaban cerca de nueve materias por dar. Todo eso era un verdadero fastidio ya que esos exámenes llegaban a valer más que los mismos exámenes de todo el año.

    Un largo suspiro inundó la habitación. Se incorporó sobre sus codos y miro con rabia los cuadernos que había sobre su mesa y su escritorio.

    -Por su culpa me quede en casa…-les murmuro con rabia.

    Ese día había recibido la invitación de Tina para ir al nuevo cine que habían inaugurado, pero no podía dejas que por algo tan insignificante perdiera la beca que planeaba ganarse para la universidad o quizás para el extranjero.

    Volvió a echarse en su cama. Ya debían de ser cerca de las nueve de la noche y su madre todavía no se hacía acto de presencia. Al ser domingo tenía que sacar las cuentas ella misma, ya que solían manejar mucho más dinero que en un día común.

    Sintió una fría brisa colarse por alguna parte de la habitación. Muy a su pesar se levantó cansadamente, se acomodó el pequeño gorro que un poco más e iba a cubrirle toda la cara. Agarro la única gran ventana y con un empujón se cerró totalmente. Giro la cabeza y miro el pequeño parque del barrio que se asomaba de entre los barrotes de la reja. Tres solitarios columpios se movían mientras la fría brisa de la noche los movía con un suave compás.

    De pequeña siempre quiso vivir cerca de un parque para salir y jugar cuando le diera la gana. Pero su deseo no se cumplió. Vivía en esa casa desde los trece años, edad con la que recién pudo controlar sus alas en noche de luna llena. Ya era lo suficientemente grande como para andar jugando en columpios y toboganes.

    Su anterior casa estaba casi a las afueras de la ciudad así que fácilmente podía adentrarse al bosque, esperar allí su transformación y no llamar la atención de nadie. La mayoría de veces le acompañaba su madre. A ambas les fue difícil aceptar aquello. Que de un día para otro te convirtieras en un ¿ángel? Quizás…

    Tuvieron el acuerdo de que nadie debía de enterarse de aquello. Las únicas personas que lo sabían eran su madre y ella misma. Muchas veces le fue difícil decir porque faltaba algunos días al colegio mes tras mes. Los primeros meses después de tener las alas, estas se quedaban tatuadas en su espalda por varios días y se veían parte de estas por sus brazos u hombros.

    Lo bueno es que con el pasar de los años logró controlar eso y decidía en que momento desplegarlas. Incluso si quería podía hacerlo en aquel mismo momento. Sin necesidad de que haiga luna llena. Desplegarlas en todo su esplendor y admirar las estrellas y el paisaje nocturno desde el cielo, como había hecho otras veces.

    Pero no podía, por una cosa muy sencilla, tenía que estudiar si quería inscribirse en una buena universidad, además, hacia demasiado frio como para ir con la espalda descubierta.

    Se volvió al instante cuando escuchó la puerta principal abrirse. Su madre siempre aprovechaba las noches de los domingos para ir de compras al súper y solía llegar muy cargada.

    Salió de su habitación y camino hasta la entrada. Tal como se lo esperaba su madre traía tantas bolsas que se preguntaba seriamente como había logrado abrir la puerta con una sola mano. Ese era un verdadero enigma que llevaba años sin respuesta.

    -Krys ven a echarme una mano.

    No hacía falta que se lo dijera. Tomó las dos bolsas más grandes y pesadas en una mano y en la otra, agarró una muy grande. Después de que su madre cerrara la puerta, ambas caminaron hasta la cocina y dejaron en el mesón todas las bolsas.

    -Mamá, ¿compraste atún?

    Espero una respuesta directa mientras rebatía las bolsas buscando el atún. Pero no la tuvo, se volcó confusa a buscar a su madre y la encontró justo a sus espaldas mirando una imagen pegada a la heladera. Volvió a llamarla y su madre ni se movió. Caminó hasta donde ella y espero una respuesta.

    -Ma, ¿ocurre algo?

    Ella se volteó tras escuchar la pregunta. Pero seguía teniendo la vista fija en el papel que tenía en su mano. Sus ojos rasgados mostraban una extraña expresión que no supo descifrar.

    -Sabes que el miercoles tengo que viajar ¿cierto?

    Krystal asintió lentamente. Estaba intrigada con la actitud de su madre, ella nunca se andaba con rodeos y decía las cosas de frente. Cosa que no estaba ocurriendo.

    -Creo que también sabes que voy a estar un poco más de dos semanas fuera ¿verdad?

    -Claro, me lo dijiste tras que te mandaron la solicitud- respondió extrañada.

    Su madre guardo silencio y tragó saliva.

    -¿Qué pasa mamá?

    Su madre saco una hoja del refrigerador para mostrarle una fecha concisa. Una uña de un llamativo color rosa oscuro apuntaba al diez de septiembre y bajo la fecha había un círculo completo que al lado citaba “100%”

    -El diez cae justo en el tiempo que yo no voy a estar. Sabes cómo me pone irme de viaje y dejarte sola.

    Krys miro atentamente el calendario. Mañana seria primero de septiembre. Lunes primero de septiembre. Levanto la mirada y su madre tenía una expresión estoica, ya sabía que es lo que ocurriría si no lograba hacer que se fuera. Con la mejor sonrisa que pudo hacer en ese momento le respondió a su madre.

    -Debes de estar tranquila, llevo años con esto y nunca me ha pasado nada.

    Sora la miro con el rabilo del ojo, su mente seguía concentrada en aquel pequeño papel ue tantos problemas le había causado.

    -Si pero, vas a estar sola y pues…agh esto está complicado-dijo Sora mientras se rascaba la cabeza inquieta.

    Unos incomodos minutos de silencio continuaron a esa respuesta. Ninguna se había movido siquiera un milímetro. La primera en reaccionar fue Sora, después de un largo suspiro, se acomodó un mechón rebelde detrás de la oreja.

    -Sabes que, creo que me quedare por ti.

    Con esas palabras Sora pensaba que zanjaría la cuestión. Pero como toda Blacmoore, Krys no cedería hasta obtener lo que quería.

    Tras dejar la hoja en el mesón sacó su celular. Krys le agarró la mano de su madre y no dejo que marcara numero alguno. Algo parecido habían pasado muchas veces. Hace dos años ocurrió lo mismo y su madre tuvo que quedarse en vez de ir al concurso de comida asiática. No podía permitir que eso ocurriera otra vez. Su madre se merecía aquello, merecía competir en algo que le gustara.

    -No es necesario mamá. Si quieres hago que Evelin se quede en mi casa o incluso Tinna. Sabes que ellas me han ayudado a esconderlo.

    Después de darle una mirada gélida, Sora sopeso las palabras. No pensaba darle una respuesta en ese momento. Tenía que pensarlo lentamente, en todos los pros y contras que podría haber si cedía a lo que quería su hija. Guardo el celular en el bolillo de su pantalón sin marcar ningún número. Retrasar su respuesta un par de días no le haría mal a nadie. Le dedicó un cálido “buenas noches” a su hija y se fue a su habitación, como si nada hubiera pasado.

    Krys suspiro rendida y comenzó a guardar todas las compras en el refrigerador. Justo cuando había terminado de guardarlo todo un maulló le llamo la atención.

    Sobre el refrigerador a unos treinta centímetros de su cabeza estaba su hermoso gato Menw. Un hermoso ragdoll de tres años. Desde encima le miraba con sus ojos suplicantes mientras movía la cola lentamente de un lado a otro. Krys maulló muy despacio haciendo que Menw bajara de la nevera.

    Sacó una lata de atún y la calentó. Volvió a maullar y Menw la esperaba sentado al lado de su plato vacío. Mientras aun calentaba el atún y lo servía el gatito desapareció tras escuchar que tocaban la puerta.

    -Menw, ven aquí pequeño.

    El minino corrió tras su llamado y comenzó a comer. Krys extrañada mira el reloj de la cocina. Marcaba las diez de la noche. Era demasiado tarde como para esperar una visita común. Cosa que era rara.

    Caminó hasta la puerta y miró por el ojillo de la puerta. Tras esta una sonriente Evelin la esperaba pacientemente. Eso solo significaba una cosa. No solo tenía examen de química e ingles, sino también de matemáticas. Magnifico.

    ***

    Todo el curso estaba sumido en fuertes conversaciones y uno que otro gritillo femenino al enterarse de la última novedad. Krys miraba distraídamente a todos sus compañeros mientras se dirigía a su asiendo, el tercero de la fila a la derecha. Ellos se apartaban al ver que ella iba a pasar, como cuando las pequeñas olas se alejan al sentir otra más grande. Una vez sentada comenzó a sacar sus cuadernos y sus lapiceros para la última clase del día.

    Algo realmente agotador de los miércoles es que pasaba clases hasta las una de la tarde, cuando normalmente solo eran hasta las doce. Pero por lo menos era una materia que le agradaba. Aunque daría cualquier cosa por irse inmediatamente del colegio en ese mismo momento.

    -Alatise- una muy delgada voz cantarina a sus espaldas le llamo por aquel apodo que odiaba.

    Esa simple palabra fue suficiente para que cualquier rastro de buen humor se esfumara de su rostro. Con la ira marcada en sus ojos se giró y encaro a Evelin. Tenía un rostro muy sonriente para las muy malas notas que se sacó ese día. No había tenido un buen día y encima Evelin tiene la excelente idea de comenzar a molestarla.

    Pareciera que Evelin quería regresar a su casa a pie.

    Con todo el control que podía tener fingió la mejor sonrisa que pudo, obviamente le salió chueca y le respondió con la pregunta habitual

    -¿Hasta cuándo tengo que decirte que dejes de llamarme así?- le susurró entre dientes. Como odiaba ese apodo.

    Evelin abrió sus ojos y se sentó al lado de ella haciendo sonar los asientos y las mesas de ambas. Su hermosa sonrisa de dientes completamente blancos contrastaba completamente con su cabello rubio y rojizo. Seguía con esa estúpida sonrisa en la cara, había ocasiones en que le encantaba ver esa expresión en su amiga, sin importar el estado en el que se encontrara, pero también había otras que deseaba sacárselas de un buen golpe, mejor con varios.

    -Hasta que me hagas volar.

    Algunos alumnos se volcaron y miraron a ambas. Claro, como no si Evelin lo había gritado. Krys lo único que hizo fue volcar el rostro y hacer que su cuaderno en blanco fuera la cosa más interesante en el mundo. Pensaba que de esa forma haría que Evelin dejara de molestarla por ese día pero no fue posible.

    Bueno, si lo fue. Lo único que lo logro fue la llegada del profesor de inglés y tras decir que lo que avanzaran entraría en el examen de la siguiente semana, fue más que suficiente para que Evelin prestara atención a la clase.

    Había una razón por la que odiaba ese horrible apodo, según ella. Para comenzar parecía un nombre de la época de las castañuelas. No le gustaba para nada. La segunda razón era su significado. Según Evelin alatise significaba “ser alado” en latín, según Evelin porque ni siquiera se había tomado la molestia de investigar sobre ello.

    Tras un suspiro general del curso, algunos por satisfacción otros por cansancio, la última clase llegó s su fin.

    Krystal se levantó sin decir nada a nadie. Como casi todos los días. Una vez salió del curso apresurada, unos cuantos muchachos se despidieron de ella. Generalmente le daba un aventón a Evelin o a Fiora pero ese día no estaba de humor, además no había visto a Fiora en ningún momento.

    Salió del colegio y se subió en su jeep azul. Unos segundos tras que arranco pudo ver por el espejo retrovisor como Evelin le sacaba el dedo del medio por haberla dejado plantada.

    Sonrió para sus adentros. Eso había sido mucho amedrentamiento por hoy, mañana se disculparía y asunto arreglado.

    Conducía de forma mecánica. Torciendo donde debía torcer, deteniéndose en cada cruce para ver si pasaba alguien y así. Solo tenía la mente puesta en un solo pensamiento. Su madre tenía que ir si o si al concurso de comida asiática.

    Una vez llego a su casa no había nadie. Como siempre. Almorzó sola, bueno casi. El único ser que la acompañaba era Menw que estaba a sus pies mientras se lamia las patas con parsimonia.

    Su madre había sacrificado muchas cosas por ella. Demasiadas en realidad. El concurso era algo muy pequeño en comparación de muchas cosas que dejó por ella. No podía, se negaba a que se quedara.

    Todo el resto de la tarde limpió la casa. Cuando su madre llegaba de trabajar y encontraba todo limpio y en orden era más fácil de tratar.

    La casa era pequeña así que no tardó demasiado en terminarlo todo. Tras que tuvo intención de ir a limpiar algunas hojas del jardín trasero una fuerte lluvia comenzó a caer. Tuvo que resignarse a quedarse dentro y mirar como llovía afuera.

    En cierta parte estaría de acuerdo con su madre respecto a aquello. A ambas les costó mucho acostumbrarse a vivir de aquella manera y mucho más sin la ayuda de su padre que era la única persona que sabía lo que le pasaba a Krys.

    Él no les había dicho el año exacto en que ocurriría, pero si dijo lo que tendrían que hacer para hacerlo más fácil de soportar. Pero sin entrar en demasiados detalles.

    Primero la iniciación. Dio algunos detalles respecto a las noches de luna llena total o arriba del noventa y nueve por ciento. Lo que le ocurriría tras cumplir una edad específica que desconocía. Esa parte llego mucho más rápido de lo que hubiera querido.

    El nunca menciono que era él y Sora tampoco lo presionó, pensaba que con el tiempo lo diría, pero ¿Quién diría que le quedaba muy poco tiempo? Cuando apenas Krys había cumplido los nueve años, su padre había dejado de existir.

    Y segundo. Dejo muy claro que desde el momento en que ella sufriera la transformación no debía dejar que ningún hombre la tocara. Aunque ella si podría tocarlos sin causarse daño.

    Eso, ella misma lo había comprobado. A la hora de saludar a algún chico u hombre se cuidaba mucho que fuera ella la que hacia el primer contacto y que no hubiera ninguno siguiente. Hubo una época en que le entristeció ver como sus amigas salían con sus novios y demás, y comenzaba a querer eso. Con el tiempo se le paso, ya que no había encontrado a nadie que le gustara o que le hiciera tener deseos de querer y proteger. En realidad solo había alguien, Menw, ese gatito había sido declarado su compañero ideal. Era el único ser de sexo masculino que despertaba su lado tierno y mimoso.

    Kys carcajeo ante la idea de su gato convirtiendo en hombre cuidándola y queriéndola, como había leído en un libro. Por cierto el cual la escritora había dejado en medio camino.

    Tan distraída había estado en sus pensamientos que ni se había dado cuenta de que su madre había llegado. Solo alcanzo a escuchar el cerrar de la puerta de su habitación. Alzo la vista y miro afuera a través de su ventana. Ya era de noche y aún seguía lloviendo.

    Salió de su habitación y camino los pocos pasos que separaban su habitación de la de su madre. Toco con sus nudillos tres veces la fría madera de la puerta. Respiró profundamente sintiendo como si tuviera el corazón apretado. Una vez su madre abriera y preguntara que pasaba no habría marcha atrás.

    El sonido de pasos dentro del cuarto le alertó de que faltaba poco. Cerró los ojos y respiro calmadamente.

    “Vamos Krys, tu puedes”

    Tras ese pensamiento respiro profundamente por última vez y abrió los ojos justo en el momento en el que su madre aparecía tras la puerta.

    Su madre la miro extrañada. Tenía el uniforme de trabajo todavía puesto y su corto cabello negro estaba sostenido por una diadema.

    -¿Ocurre algo Krys?

    Krys pidió mentalmente ayuda a todo ser sobre natural existente (exceptuándose a ella misma, claro está). Dio un paso y cuando estuvo dentro de la habitación de Sora le dijo:

    -¿Recuerdas lo que te dije el domingo?
     
  4.  
    Yiemvi Shiraiwa

    Yiemvi Shiraiwa Iniciado

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    Capítulo 2 ¿Un buen samaritano?
    La luz de las bombillas atravesaba la lámpara de cristal, formando sinuosas sombras en la habitación. A pesar de tener un modelo antiguo no desentonaba para nada con el modernismo presente en toda la habitación.

    Sobre la cama, desparramados había distintos fólderes con papeles dentro. Uno de estos dejaba entrever un pasaporte e identificaciones. La persona que estaba sentada en el borde de la cama no paraba de revisar rápidamente cada uno de los papeles. Al mismo tiempo revisaba de vez en cuando la información que recibía de su laptop, que estaba a su derecha.

    Lo único que interrumpió su tarea fue el sonoro chirrido de la puerta de su habitación.

    Molesto, levanto la vista de las hojas y poso su mirada en su compañero. Bryan estaba de brazos cruzados, apoyado sobre el marco de la puerta blanca. Al parecer ya había vuelto de “inspeccionar la ciudad”, aunque claro, esto solo significaba que había ido a buscar que bar o discoteca de las cercanías tenía el whisky más barato.

    Descruzo los brazos y avanzo hasta él con fuertes pisadas que resonaban en el piso de madera. Elyar no había despegado la mirada furiosa de encima de su compañero, el cual sin ningún permiso volteo la laptop y comenzó a mirarla el.

    -Querido Ely, si quieres llegar a los cuarenta y tener ni una sola cana no deberías sobre esforzarte- le dijo Bryan sin despegar la vista de la pantalla de la laptop.

    Ese comentario molesto más aun a Elyar. ¿Acaso no era Bryan el que estaba a cargo de la investigación? Maldijo el momento en que le toco ser su compañero. Bryan podía ser su mejor amigo, pero definitivamente no servía para las misiones de búsqueda. Y ser su compañero le perjudicaría mucho.

    -Si yo no trabajo, ¿acaso tú lo harás?-respondió entre dientes.

    -Touché.

    Sin decir nada más Bryan se alejó de allí, ni si quiera se molestó de colocar la laptop en su antigua posición. Justo cuando estaba a punto de irse golpeó la puerta con sus nudillos, volviendo a tomar la atención de Elyar.

    -¿Ahora qué quieres?

    Bryan se rascó disimuladamente el mentón mientras pensaba que responderle a Elyar.

    -Pues, creo que ya deberías de acostarte. Son cerca de las doce y mañana nos tendremos que despertar temprano.

    Con esas últimas palabras Bryan salió de la habitación y no volvió a entrar.

    Elyar no sentía cansado, ni un poquito. Había dormido casi todo el viaje en el avión y de donde él venía recién debían de ser las cuatro de la tarde. O al menos esa era la única explicación a su insomnio.

    Decidió aprovechar esas horas que se quedaría despierto. Cogió las llaves que tenía en su cama al lado de la laptop. Ordeno todos los papeles que tenía desperdigados de la mejor manera posible y los colocó en su escritorio junto a su laptop cerrada.

    Según la información que tenía, los essere solían estar en lugares cercanos a civilizaciones pero donde hubiera mucha presencia de vegetación. Que Raccone estuviera rodeada de bosques y que les hubieran informado de la presencia de un essere por las cercanías no podían ser solo coincidencias.

    Se fue del hotel sin informárselo a nadie. Se felicitó a si mismo por traer una chaqueta, ya que el cielo estaba nublado. Quizás llovería a medio camino de su búsqueda. Antes de ir por su auto se detuvo al ver su reflejo en una vitrina. Su pelo negro estaba totalmente despeinado y apuntaba a todas partes y bajo sus ojos del mismo color se podían ver unas ligeras ojeras. Se rio ante aquel ser que veía frente a él.

    De su chaqueta sacó un gorro gris y se lo puso. Buscó con su mirada su auto que estaba aparcado al frente del hotel.

    Lo bueno de haber escogido un hotel del centro de la ciudad es que no debía de preocuparse por su auto, esa zona siempre estaba siendo vigilada por guardias y policías. Lo malo es que estaba a kilómetros de los bosques y tendría que recorrer todo eso.

    Se dirigió al auto mientras lo abría a distancia. El sonido de la alarma le indico que ya tenía las puertas abiertas. Lo único que esperaba es que no perdiera su tiempo en vano.

    ***

    Sabía que esto no iba a terminar bien.

    El pensamiento que tuvo Krys segundos antes fue seguido de un sonoro portazo. Desde adentro podía escuchar como su madre le trataba diciendo que era una desconsiderada. Que aun con todo lo que había hecho por ella se atrevía a recriminarle por algo tan insignificante.

    Pero no, Krys apenas pudo decir lo que pensaba, Sora comenzó a hallarle contra a todo.

    Ninguna de las palabras que dijera su madre le harían regresar, o al menos no por esa noche. Estaba sumamente molesta, ella que pensaba darle un gusto a su madre, como unas pequeñas vacaciones y ya comenzaba a tergiversar cada una de sus palabras.

    Lo que más le había dolido fue que su madre pensaba que quería que se fuera solamente para tener más tiempo sola y con sus amigas. ¿Cómo había llegado a esa conclusión? Y esa fue la gota que derramó el vaso.

    Como casi todos los días traía las llaves del auto encima. Salió por la puerta de entrada, llegó a la reja, comenzó a sacar su auto y justo cuando iba a cerrarla escucho las palabras que tanto quería oír de su madre pero de una manera muy distinta.

    -¡Ya, si tantos quieres que me vaya me iré, espero que lo disfrutes!

    Tras eso Sora cerró la puerta con un fuerte estruendo que hizo temblar los vidrios de la misma.

    Esbozó una sonrisa amarga después de esas últimas palabras. No esperaba que su plan diera resultado. Pero tampoco pensaba que saldría tan mal.

    Las lágrimas se le agolparon a los ojos sin poder evitarlo. En ese momento quería olvidarse de todo. Nunca, jamás se discutía con su madre. Las pocas veces que ocurrió eso fue por Evelin o por sus notas, eso ya hace bastantes años.

    Instó a su mente que no debía de alejar la mirada de la avenida, no importaba cuantas lágrimas se amontonara, no importaba que tan mal se sintiera en ese momento.

    En momentos como esos solo conocía un lugar que podía darle la paz que tanto anhelaba y buscaba. Un sitio que solo ella conocía y era lo bastante alejado como para calmar sus nervios en ese momento.

    Con una mano se secó las lágrimas que no le dejaban ver bien. Con un último suspiro se concentró en el camino, intentando de esa forma alejar sus pensamientos de lo que acababa de ocurrir.



    Tras escuchar el ruido de la sirena, detuvo el auto a un costado de la carretera. Había salido tan rápido de su casa que ni siquiera se había percatado de la hora que era. Sorbió la nariz para de alguna manera parecer normal.

    Se miró en el espejo retrovisor y vio que sus ojos verde oliva no combinaban con el rojo que le rodeaba de tanto llorar. Su cabello negro era un desastre que infructuosamente intento arreglar.

    El oficial hizo repicar sus nudillos en la ventana del auto. Lentamente la bajo para encontrarse con la linterna apuntándole al rostro.

    La luz cegó momentáneamente a Krys, que intentaba ver quién era el oficial que la había detenido.

    -¿Si oficial?

    Parpadeando varias veces logró ver más allá de la luz de la linterna. La piel oscura por el sol y los ojos claros que vio no la hicieron dudar ni por un momento de quien se trataba. Era Alex, uno de los mejores amigos de su padre.

    -Hola Krys, ¿Qué haces por aquí tan tarde?- su voz suave y paternal le quito el nido inicial que había tenido.

    Además ahora se sentía más cómoda sin la linterna apuntándole los ojos. Pensó un momento que debería de responder. La lluvia ya había parado y se encontraba muy lejos del lugar al que quería llegar. Si le decía la verdad era más que seguro que Alex la escoltara hasta su casa.

    -Escuche que las perdices estarían por el bosque al amanecer. Y me dije ¿Cómo desperdiciar esta oportunidad? Si quiere le puedo regalar algunas cuando vuelva.

    -Bueno, solo espero que no estés mucho tiempo fuera. No quisiera tener a tu madre reclamándome por su única hija.

    Krys asintió ante las palabras de Alex. Este le pidió su licencia y su permiso de caza, cosas que tenía y le dejo continuar.



    El recorrido de su casa hasta el claro llegaba a durar casi hora y media. Maldijo una y otra vez el momento en el que se le ocurrió tomar el camino largo. ¿Por qué lo hacía?

    Fácil, había terminado atascada en medio camino. Volvió a girar la llave para encenderlo. Pareciera que iba a avanzar pero en ese instante se movía violentamente y se apagaba todo.

    Ya había intentado hacerle arrancar como cinco veces sin ningún éxito. Frustrada se bajó del auto. No tenía la mínima idea de que le pasaba a su auto. Quizás podía dejarlo ahí aparcado y caminar el trecho que le quedaba hasta llegar al claro. Aunque no era buena idea, faltaba aún mucho camino.

    La idea de llamar al mecánico le tentaba, pero ¿Qué mecánico estaría despierto a las doce de la noche? Ninguno.

    También la posibilidad de que alguien pasara por allí y le ayudara era casi nula. Con un suspiro de derrota admitió que se quedaría estancada allí hasta que amaneciera. Faltaba mucho para eso.

    Dió un recorrido a lo largo de la carretera. Si su memoria no le fallaba, el hotel más cercano se encontraba a unos tres kilómetros. Los ruidos del bosque comenzaban a hacer acto de presencia. Las decenas de grillos, las hojas siendo mecidas por el viento, y el olor a naturaleza que le rodeaba.

    Todo eso formaba el mejor cuadro de relajación que podía llegar a tener.

    El lugar al que quería ir era una pequeña hacienda abandonada que estaba en medio de la nada. Todo el ambiente era muy natural y sin intervención del humano recientemente. Estaba rodeada de grandes árboles frutales y distintos tipos de plantas silvestres que habían tomado propiedad de las construcciones. Y lambien había un pequeño lago.

    Pero al parecer no iba a poder ir a aquel hermoso lugar.

    Rendida se subió a su auto. No podía hacer nada en ese estado, lo mejor que podía hacer era esperar por si alguien llegaba por ahí.



    Una suave melodía de piano la acompañaba. Dio un suspiro que le hizo preguntarse cuantas veces en la noche había suspirado. Volvió a mirar la hora en su celular por quincuagésima vez. Los números blancos mostraban que eran la una de la mañana.

    Tras eso cerró los ojos. Se sentía terriblemente cansada por alguna razón que desconocía. Cerrar los ojos no le hizo para nada bien. Comenzó a ver puntos rojos por los parpados. Un fuerte pitido arremetió contra sus oídos y su cabeza. Con ambas manos se la agarró intentando que el dolor cediera, pero con cualquier movimiento que hiciera el pitido lo único que hacía era aumentar. Sentía que la cabeza le iba a estallar en mil pedazos. No lograba formar ningún pensamiento coherente.

    Y después como si nada, el pitido desapareció.

    Dejo de existir el pitido y el fuerte dolor en su cabeza se había esfumado. La única prueba que de que eso había sido real eran algunas lagrimas que derramo a causa del dolor.

    Lo primero que hizo fue mirar la carretera. Se había formado una densa niebla a lo largo de ella. No se dio cuenta en que momento apareció. Aunque Raccone puede ser un lugar frio cuando le da la gana, no es común ver niebla en los alrededores.

    Las luces del alumbrado parpadearon como respuesta a sus pensamientos. Con la esperanza renovada de alguna parte intento encender el auto, el resultado fue el mismo que tuvo en toda la noche.

    El sonido de unos pasos le hizo salir del auto. Estaba segura de haber escuchado algo.

    -¿Hola?

    Pregunto en la dirección del sonido. Nada. No hubo ningún sonido de respuesta. No se escuchaba nada, ni los sonidos de las aves nocturnas o el de los grillos. Hasta parecía que el mismo viento había dejado de soplar. El bosque que la rodeaba estaba en tal silencio como si estuviera conteniendo el aliento.

    Las luces volvieron a parpadear. Un escalofrió le recorrió la nuca y sintió un hormigueo en los brazos. Todos sus sentidos se pusieron alerta. Se subió al auto y tranco todas las puertas con el molesto pensamiento de que alguien la estaba vigilando. Miro por el retrovisor y no diferenció nada fuera de lo normal. Tampoco había nada raro delante de ella. Su única compañera era la niebla.

    Estaba sola. No era un bonito pensamiento.

    Estaba sintiendo algo que nunca sentía: terror y miedo. No era agradable estar en ese estado. A ella nada le asustaba, nunca se perdía por el miedo.

    Puso las manos en el volante. Apretándolo tanto que sus nudillos se volvieron blancos. Su respiración se volvía acompasada poco a poco. Gradualmente. Cerró los ojos y lleno su cabeza de cualquier cosa menos de lugar de donde estaba. Cualquier cosa que pidiera alejarla por un momento de aquel lugar.

    Estaba tan ensimismada en sus pensamientos que no escuchó que un auto se estacionaba justo detrás de ella. Tampoco escuchó como alguien bajaba de él y cerraba la puerta. Ni siquiera como los faroles del auto de atrás iluminaban todo el lugar.

    Unos ligeros golpes en la ventanilla la hicieron volver a la realidad. Lentamente movió la cabeza hasta el lugar exacto donde se había producido el ruido.

    A escasos centímetros de su ventana estaba un chico que no había visto nunca. Lo primero que se le quedo gravado fueron sus ojos profundamente negros. Eran los ojos más negros que había visto en su vida entera.

    Se quedó estática mirándolo. No podía escuchar nada. Solo podía ver como el chico movía los labios formulando palabras que Krys no lograba oír. Poco a poco comenzó a percibir pequeños sonidos. Primero el latir desenfrenado de su corazón, y después algunas palabras inconexas que logro entender del desconocido.

    “Ayudo”, “auto”, “yo”

    Esas fueron las únicas palabras que logro comprender al salir de su estupor.

    -¿Se encuentra bien?

    Krys respondió con un asentimiento de cabeza. Al parecer ese chico quería ayudarla con su auto. Miro de reojo a los asientos traseros. En algún lugar de ellos se encontraba su escopeta. Ya sabía que sonaba descabellado, sin embargo si ese joven que se encontraba afuera podría ser un ladrón, un violador e incluso un asesino. No estaba de más ser precavida.

    Saco las llaves del auto. Después de todo no servía de nada ya que ni los faroles estaban encendidos. Las tumbo a propósito en el suelo para poder sacar un cuchillo con dientes de doble filo y esconderlo en su bolso.

    Salió del auto. Apenas lo hizo el extraño le dio una enorme sonrisa.

    -Que bien que saliste, pensé que te había asustado- el extraño le dedico una pequeña sonrisa apenas perceptible.

    -No, solo que me sorprendiste. Mph ¿dices que podrías ayudarme con mi auto?

    El chico la miro extrañado por la pregunta. Los anteriores cinco minutos se los había pasado diciéndole que podía ayudarla. Tal vez la noche para Elyar no estaba del todo perdida. ¿Qué tipo de hombre seria si no ayudara a aquella belleza? Siempre le gustaron las pelinegras. Y mucho mejor si tenían unos ojos verdes tan hermosos como los de ella.

    -Claro preciosa – le respondió él con una voz muy grave- aunque sería más agradable saber tu nombre.

    -Krystal.

    -Bonito nombre, yo soy Elyar.

    Elyar camino hasta detenerse frente al capo del jeep y pedirle a Krystal que lo destrabara. Ella asintió y apretó un botón al lado del volante. Con un ligero Crick el capo se destrabo y Elyar comenzó a buscar que podría estar mal.

    Ella se quedó junto a él. Por más que la hubiera tratado bien, eso no le quitaba las posibilidades de ser un asesino o un ladrón. Esa era la razón por la que mantenía una mano dentro de su bolso.

    Pasaron unos minutos mientras él seguía revisando el auto. Krys rodo los ojos molesta. ¿Cuánto tiempo más podría tardar? Por primera vez desde que lo vio, Krys puso su atención en él. Y no, no en el sentido de hacer suposiciones sobre las razones por las que le ayudaba. Si no más bien en su físico de él.

    Parecía unos años mayor que ella. Quizás estuviera en la universidad, y sin lugar a dudas era extranjero. Tenía un extraño acento que le quedaba de maravilla. Su cabello negro con un corte corto apenas se dejaba ver a través de ese gorro de lana que traía puesto. Tenía un cuerpo musculo al parecer. Quería seguir creando ideas sobre porque él podría estar a esas horas por ahí pero él se volteó dejando sus pensamientos en medio camino.

    -Bueno querida Krystal, al parecer tu auto sufre de una descarga…

    -De batería, si lo supuse. Coloca tu auto en frente del mío y enseguida te paso las pinzas pasa corriente- le respondió con una sonrisa triunfante en la cara para después buscar las famosas pinzas en su auto.

    Lo que él tardo minutos en descubrir ella lo supo mucho antes que él.

    Si había una palabra para describir el estado en el que se encontraba Elyar era anonadado. Y él que creía que Krystal era una de esas damiselas en peligro. Estaba muy equivocado. Sus palabras fueron un golpe a su orgullo. En ese momento deseo estar buscando a esos esseres alados.

    Hizo tal como ella decía. Se sentía estúpido al ver que el hacia las cosas al mismo tiempo que ella las decía. Como si le estuviera mandando. Otro golpe a su orgullo. Ya se había dado cuenta que esa muchacha no era como las que él conocía. En el momento en que ella bajaba de su auto vio un destello plateado. Pensó que era una pulsera o algo, pero al darse cuenta que ella no sacaba la mano del bolso supo que no podía ser una simple pulsera.

    Se enteró que se trataba de un cuchillo. No uno cualquiera, como un simple cuchillo de cocina. Esa cosa era una monstruosidad que él también tenía. Y no solo eso, sino que logró ver en el asiento trasero una escopeta de calibre 22. ¿Qué hacia una jovencita que quizás aún estaba en el colegio con aquellas armas? Simplemente, no era una chica normal.

    Ni siquiera fue necesario que el moviera un dedo. Kristal hizo todo lo demás. Conecto las pinzas a las baterías de ambos autos. El positivo con el positivo y el negativo con el negativo. No dudo en ningún momento de lo que hacía. Después ella se subió a su auto y lo encendió mientras se recargaba la betería.

    Al parecer ella no necesitaba tanta ayuda como pensaba Elyar.

    Después de que su auto recargara la batería suficiente, Krys desconecto las pinzas, cerró su capo y le dio una frio gracias para luego irse de allí, en dirección contraria a Raccone. Eso sorprendió a Elyar. Ella se había largado de allí sin dejarle despedirse. Ni un adiós o algo parecido.

    Se quedó mirando como el jeep azul desaparecía internándose en la niebla, hasta que ya no pudo ver nada. Esbozo una sonrisa que no tenía nada de tierna ni amistosa. Más bien parecía una de un cazador al elegir una indefensa presa. Era una sonrisa que anunciaba problemas, y de los grandes.

    Al parecer su noche no había salido tan mal, exceptuando los momentos en que su ego fue herido.

    Subió a su auto mientras se fijaba en la hora de su reloj. Eran más de las dos de la madrugada. Demasiado tarde para seguir con su búsqueda y demasiado temprano como para volver al hotel.

    Por un momento sintió el deseo de seguir a Krystal y saber que hacia una chica por ese lugar a esas horas. Desistió de la idea. No llevaba ni una semana en la ciudad y no quería que le sentaran una denuncia de acoso, cosa de la que Krystal parecía muy capaz.

    Son un suspiro comenzó la vuelta a la ciudad. Mañana seguiría con su búsqueda de los esseres. Solo esperaba que mañana hiciera buen tiempo.



    La luna brillaba dejando entreverse entre la niebla y las nubes. No se podía ver ni una estrella en el cielo. En el horizonte se avistaban los primeros rayos del amanecer. Ambos formaban una hermosa combinación de azules y naranjas. Creando una imagen digna de un cuadro.

    Krystal tenía los ojos cerrados mientras escuchaba todos los sonidos del claro. Sus pies descalzos se movían en el pequeño lago que había justo al centro. Finalmente había logrado llegar a ese lugar con varias horas de retraso. No tenía noción del tiempo y desconocía cuanto tiempo llevaba en el claro.

    Lo único que traía puesto era su pantalón arremangado hasta las rodillas y una blusa negra con un gran escote en la espalda que dejaba lugar libre para tener sus alas totalmente desplegadas. Se había desecho del abrigo que traía. Sus alas cambiaban constantemente del rojo al amarillo.

    Desde hace meses se había dado cuenta que sus alas cambiaban según las emociones que sentía. En ese momento solo era consciente de la rabia y la tristeza que sentía. Había decidido ir a aquel lugar con tal de olvidar la discusión con su madre. Algo que no lograba.

    Sin pensarlo venían a su mente cada una de las palabras que había mencionado su madre al igual que las expresiones que tenían al decirlas. Eso solo hacía que se sintiera más culpable. Su rostro estaba lleno de lágrimas que no pudo detener.

    Inútilmente se las secaba para que al instante otras nuevas las reemplazaran.

    Odiaba sentirse así. Lo detestaba de sobre manera.

    Y después el estúpido de Elyar. Si, estúpido porque así lo había considerado ella. Al parecer pensaba que necesitaría su ayuda desesperadamente. Pero lo que en realidad quería era que un coche se detuviera y hacer el traspaso de energía.

    Cosa que logró.

    Desde su celular escucho una música muy ruidosa y movida que mientras se reproducía aumentaba de volumen. Eso solo significaba una cosa. Era momento de volver. Apagó la alarma del celular y se levantó de la inmensa roca en la que estaba sentada. Toda su ropa se encontraba en su auto. Incluyendo sus zapatos.

    Miro el trecho que debía recorrer. Todo el pasto estaba húmedo debido al sereno y no le apetecía ensuciarse los pues de lodo.

    Movió sus alas varias veces hasta que se elevó unos metros del suelo. Sus alas se movían acompasadamente. Como si estuvieran interpretando una lenta canción que solo ellas podían entender. El aleteo movía ligeramente las hojas de los árboles y las hojas secas del suelo.

    Mientras volaba intentaba no chocar con ningún árbol. Llego sana y salva a su auto. Dentro se encontraba cálido. Poco a poco fue dejando de ver ondas a la lejanía. Se puso los lentes de montura color negro con fucsia. Esos eran los únicos lentes que le habían durado más de un año.

    Al llegar a su casa se enfrentaría a la realidad. Sabía que estaría un buen tanto deprimida y tendría unos inmensos deseos de hacer regresar a su madre debido a la culpa.

    Negó con la cabeza varias veces. Estaba completamente convencida que eso sería lo mejor para su madre. Ahora lo único que debía de hacer en las próximas horas era asistir al colegio y tragarse la culpa. Y eso es lo único que haría.

    Arrancó el auto y tomo rumbo a su casa. Le quedaba poco tiempo para prepararse para el colegio.
     

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