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Explícito Fanfic - Tsunade. Camino a la corona

Tema en 'Naruto' iniciado por HokageLaura, 13 Noviembre 2017.

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    HokageLaura

    HokageLaura Entusiasta

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    Título:
    Fanfic - Tsunade. Camino a la corona
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    7
     
    Palabras:
    2349
    Los personajes pertenecen a Masashi Kisimoto. Yo los he cogido y los he adaptado a la serie de televisión Isabel (realizando algunos cambios).
    El capítulo es largo y he pensado en cortarlo, por si llega a aburrir, pero he preferido dejarlo así. Espero no equivocarme.


    Capítulo 1: La princesa Tsunade​

    Tensó el arco. La pequeña liebre se movía con soltura, pero ella era más lista. Con arrojo y tesón disparó y consiguió darle al animal. La joven de cabellos rubios se dirigió a recoger su premio.

    —¡Tsunade!

    La aludida se quedó quieta. Su madre, la reina madre Mito, acababa de sorprenderla haciendo lo que se supone que una joven princesa no debería hacer.

    La princesa se serenó y guardó a la presa cazada en su bolsa. Llevaba puesto un abrigo de pieles que disimulaban su cuerpo bien formado, ya de por sí delineado por la ropa de cazador que había cogido “prestado” de su tío.

    Mito suspiró. No sabía qué hacer con ella. No es que estuviera disgustada pues su hija destacaba en todas las artes como la ciencia, la literatura, la pintura y medicina, pero desaprobaba sus actitudes poco femeninas, pero el tiempo le había demostrado que su hija era un espíritu libre, como lo fue su querido Hashirama.

    Las dos volvieron andando al castillo. El silencio entre las dos se podía cortar con un cuchillo. Desde que recibieron la carta de la visita de los enviados del rey, se produjo una tensión en la familia. Nawaki se emocionó, pero Tobirama vio con recelo la misiva. Arrancó a sus sobrinos y cuñada casi a la fuerza para ponerlos a salvo en el País de las Olas. Mito, simplemente, prefirió no dar su opinión: estaba feliz de la noticia del alumbramiento del tan esperado heredero de Itama, pero sabía que la corte y la repentina llamada en forma de carta no podía ser buenos.

    Tsunade vio la reacción de los tres y no mostró la suya. Se prometió que no demostraría ningún indicio de debilidad y así lo hizo.

    —¡Señora!—una mujer entrada en años se acercó corriendo a la reina madre y la princesa.

    —¿Qué ocurre?—preguntó Mito.

    —Mi hija está de parto y no encontramos a la partera. Necesitamos ayuda.

    —Yo lo haré—dijo Tsunade. Mito intentó pararla pero sabía que la medicina era la pasión de su hija y no era la primera vez que atendía partos ante el estupor de su madre. Las dos siguieron a la mujer y llegaron a la aldea donde estaba la futura madre.

    —Necesito toallas y agua—Tsunade dejó sus utensilios de caza y su chaqueta de terciopelo al costado de la puerta. Mito ayudó a la joven a incorporarse y la anciana salió corriendo para buscar lo demandado. Poco a poco se había formado un corrillo con curiosos de la aldea y viajeros—. ¡Empuja!

    La chica hizo acopio de todas las fuerzas que tenía. El bebé asomó la cabeza y Tsunade lo atrajo hasta sí.

    —Es un niño—dijo sonriendo. Mito y la ahora madre sonrieron. La mujer llegó con lo encargado y recubrió al pequeño. Tsunade cortó el cordón umbilical y el niño fue entregado a la madre. Los habitantes de la aldea aplaudieron a la joven. No era la primera vez que la veían atendiendo un parto, pero aun así se sentían orgullosos de tener una princesa que se ocupara por el pueblo llano.

    Tsunade y Mito se despidieron y salieron directas al castillo. La princesa tenía sus ropajes cubiertos de sangre, pero le importó muy poco. Justo cuando divisaron el edificio, Mito se paró:

    —Están aquí.

    Tsunade no entendió a qué se refería hasta que vio a una persona con hábitos religiosos rodeado de dos caballos en el portón. Sabía que los enviados de la corte estaban a días de llegar, pero no imaginó que hubieran llegado ya.

    —Tsunade, cámbiate y ve al salón. Entra por las caballerizas.

    Obedeció a la orden su madre y anduvo por otro camino.

    No reconoció al hombre que estaba en la puerta del castillo. Salió de Konoha siendo muy pequeña para recordar a la gente con la que una vez convivió.

    Estuvo cavilando en sus pensamientos hasta que tropezó con algo o más bien alguien.

    —¡Auch!—cayó al suelo del choque.

    —¡Ten más cuidado, muchacho!—le dijo el hombre contra el que había chocado. Cuando Tsunade lo vio, se quedó parada. Ese hombre tenía media cara tapada por vendas y en la barbilla tenía una cicatriz en forma de X.

    Sabía que le sonaba de algo, pero no terminó de ubicarlo.

    —Lo siento. No miraba por donde iba—se puso de pie dispuesta a seguir su camino, pero ese hombre la paró por el hombre.

    —Los muchachos pobres como tú no tenéis modales—Tsunade se asustó al ver la expresión de enfado en el hombre—. Además me has manchado de sangre. Mereces un castigo—levantó la mano dispuesto a abofetearla pero un grito lo paró.

    —¡Danzo!—gritó Tobirama.

    Antes de estamparle la mano a Tsunade, vio a lo lejos a la reina madre, a Tobirama y al obispo Homura Mitokado, observando la escena.

    —Es mi hija Tsunade.

    El consejero del rey se echó hacia atrás y observó mejor a la chica. A pesar del abrigo, pudo hallar las formas curvilíneas de una mujer junto a un generoso busto debajo del cuello. Las ropas de hombre y el arco lo habían confundido.

    —Lo siento, princesa—Danzo se arrodilló.

    —“Ahora lo recuerdo”—pensó Tsunade, pero no se quedó para ver la situación. Entró corriendo al castillo y se internó en su alcoba. Aunque llevaban una vida austera, la joven tenía de todo para su educación.

    Se quitó los ropajes y ella misma preparó su baño. Su niñera Chiyo entró unos segundos después y la ayudó.

    —¿Qué ha ocurrido fuera?

    Tsunade no imaginó que la servidumbre había observado ese pequeño percance y que para colmo el chisme ya había volado por todo el castillo.

    —¿Te acuerdas que te conté que vendrían unos hombres de la corte de Konoha?—Chiyo asintió—. Pues cuando hemos llegado, me he tropezado con Danzo Shimura y me ha tomado por un chico y ha intentado pegarme.

    Chiyo sintió un sudor frío. No por saber que su pequeña niña había salido con ropajes de cazador (cosa que todo el mundo sabía), sino por saber que el temible Danzo estaba en el castillo. Nunca le cayó bien, ni cuando ella era la matrona de la reina Mito ni cuando Hashirama murió, moviendo a Itama como heredero.

    —Pero a mí no me molesta, Chiyo. Eso no va a perturbar lo que he hecho hoy. ¡He ayudado a traer un niño a este mundo! ¡Otra vez!—dijo mientras la anciana le ayudaba a salir de la bañera.

    Chiyo se alegró de la buena fe de su pequeña. Cuando vio en Tsunade una inteligencia e ingenio especial no dudó en enseñarle a atender a futuras madres. Mientras se secaba, Chiyo extrajo un vestido verde del baúl. Era sencillo, sin adornos pomposos lujos, y ayudaba a Tsunade a resaltar su belleza y atributos femeninos. Le colocó el colgante con el pequeño cristal que su padre le regaló al cumplir los 5 años y le recogió el pelo en un moño, dejando car algunos rezos por los lados.

    Se dirigió al salón principal y analizó la situación: Tobirama y el obispo hablaban frente a la ventana, mientras que Nawaki y Mito reían para distraerse. Cuando los cuatro percibieron la entrada de Tsunade, se dirigieron a ella.

    —Tsunade, no sé si recordarás al obispo Homura Mitokado.

    La princesa negó con la cabeza.

    —Su alteza era muy pequeña cuando se fue—el obispo sonrió. La primera apariencia le dijo a Tsunade que el obispo era un hombre afable y alegre. Pero no se fio.

    —¿Y el señor Shimura?—preguntó.

    —Marqués Danzo Shimura—la voz tenebrosa y áspera de ese hombre la asustó. Estaba detrás de ella. Tsunade lo dejó pasar y percibió la mirada lasciva que ese hombre le había echado. Pero eso no la iba a asustar.

    Tobirama mandó al servicio que hiciera entrar la cena y los allí presentes se sentaron. Al fondo, en la cabeza estaba Tobirama. A su derecha habían tomado asiento el obispo y el marqués y a su izquierda, estaban Tsunade, Mito y Nawaki.

    —¿Cómo se encuentra mi nieto Yukimaru?—Mito fue la primera en hablar.

    —Es un niño sano y fuerte, majestad. Es un orgullo para el país tener ya un heredero—dijo Danzo. A Tsunade no se le escapó ese comentario como al resto de la mesa.

    Homura intentó desviar la conversación:

    —¿Y sus altezas, la princesa Tsunade y el príncipe Nawaki? ¿En qué estáis versados?

    —Sé montar a caballo y lanzar flechas. Y últimamente he aprendido mucho de historia y de estrategias de guerra—se apresuró a decir Nawaki. Su ternura demostró a los invitados la inocencia que había en ese niño.

    —¿Y vos?—quiso saber Danzo. Tobirama y Mito sonrieron porque sabían cuál sería la respuesta.

    —Sé leer y escribir; domino la ciencia, la literatura, las matemáticas; toco cuatro instrumentos y me manejo con la espada y el arco.

    La retahíla de actividades asombraron a los invitados. El obispo se sintió maravillado ante las virtudes de la princesa, pero Shimura no se dejó embelesar por las palabras de la joven.

    —Le he dado a mi sobrina una educación exquisita digna de su rango. Hashirama estaría muy contento al ver de lo que es capaz de hacer su hija—dijo Tobirama, disfrutando de la reacción del marqués. Nunca le había caído bien y sabía de sus ideas anticuadas y tradicionalistas.

    —¿Y hoy por qué estabais manchada de sangre?—dijo mientras cortaba el filete de buey.

    —He ayudado a una mujer a parir—dijo con dignidad.

    —Las labores de una partera no pertenecen a una princesa.

    —Soy una princesa, pero considero a las gentes de las aldeas como iguales.

    Danzo cogió un trozo de carne y lo acompañó de un vaso de vino.

    —“Hay demasiado de Hashirama en ella pero eso va a cambiar”—pensó y aclaró sus ideas para reconducir la situación—. Me imagino que os habréis imaginado porque hemos adelantado nuestra visita—Tobirama se puso en alerta—. Los reyes están felices por el nacimiento de su heredero, pero eso los ha puesto en alerta ante posibles peligros. Por eso, su majestad el rey Itama quiere que su madre y hermanos vuelvan a la corte.

    La noticia cayó como un jarro de agua fría. El obispo suspiró, prefería haberlo contado con más tacto y en un ambiente más tranquilo, pero Danzo siempre iba por libre.

    —¿Por qué ahora y no antes?—Tobirama entró en acción—. Él sabe perfectamente que nos vinimos al sur por que el ambiente que se vivía ahí no era el más adecuado para que mis sobrinos crecieran. Aún, en estos ochos años, él no se ha acordado de ellos.

    —La situación es distinta, señor—interrumpió Homura—. Como ha dicho el marqués, hay un heredero a la corona y el rey quiere tener a su familia al completo—el obispo se notaba inquieto y empezó a sudar.

    Mito percibió la situación del religioso y tomó la palabra:

    —Creo que han sido demasiadas emociones por una noche. Ruego que descansemos todos. Mañana será otro día.

    Tobirama secundó la idea de su cuñada e indicó al servicio que recogiera la comida. Tsunade se llevó a su hermano y a su madre de ahí. No quería que respirarán la maldad que emanaba Danzo. Chiyo la ayudó desvestirse y se puso su camisón.

    En la cama, se tocó el colgante de cristal azul que una vez le regaló su padre. Lo echaba mucho de menos. Ahora era ella la que tenía que llevar las riendas de su familia y protegerla.

    —T—​

    Chiyo la despertó con los primeros rayos del alba. Le trajo un suculento desayuno y le preparó la ropa, pero apenas comió. Aunque mostrara una actitud fuerte y decidida, tenía miedo por dentro. Y Chiyo captó las emociones de la princesa.

    —La reina madre me ha contado lo que pasó en la cena—se sentó al lado de Tsunade y la abrazó—. Estoy muy contenta de la templanza que mostraste frente a esa rata del marqués. Recuerda esto, mi niña: Nadie puede contigo.

    Tsunade quiso llorar pero las lágrimas no le salieron.

    —T—​

    Salió de su alcoba y paseó por el castillo. Desde los 10 años, ese había sido su hogar, su refugio. Se sentó en el quicio de una ventana y observó el mar.

    —Tsunade—Nawaki apareció adormilado. Lo acogió entre sus brazos—. ¿Debemos irnos de aquí? Yo no quiero.

    —Ni yo, pero es una orden de Itama y él es el rey.

    Eso no tranquilizó a su hermano ni mucho menos.

    —¿Pero estaremos juntos pase lo que pase?—preguntó Nawaki.

    Tsunade asintió. Su hermano recobró la compostura y fue directo a la alcoba de su madre.

    La princesa vio cuánto había crecido su hermano: solamente tenía dos años cuando abandonaron Konoha y ahora se había convertido en un hombre, pero en el fondo seguía siendo ese niño pequeño y regordete que lloraba en brazos de su madre cuando se fueron de Konoha.

    —T—​

    La noticia de que la familia real se marchaba corrió como la pólvora por el lugar. La servidumbre preparó los baúles y los enseres de la familia. El barco que los iba a llevar al continente estaba a punto de zarpar. La gente de la aldea se acercó para despedirse de los príncipes.

    La joven que acababa de ser madre se acercó a Tsunade y le agradeció su labor como matrona. La princesa la abrazó y le hizo carantoñas al recién nacido.

    Sus años en ese rincón aislado del mundo shinobi vivirían en su corazón para siempre.

    —T—​

    El viaje fue fácil, sin problemas. Tsunade no quitaba los ojos de su hermano, quien se había hecho, por desgracia, muy amigo de Danzo Shimura. Mito y Tobirama observaban esa relación con miedo. Danzo no daba un paso si no fuera para obtener algo a cambio.
     
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    InunoTaisho

    InunoTaisho 犬の大将 Comentarista destacado Сhrystos rozhdayetsya, God jul! ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria; dónde está tu aguijón?

    Leo
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    A mí me ha parecido bien que quedara de ese largo... yo he escrito capítulos de 5000 palabras así que esto en realidad no fue mucho, apenas una introducción a la trama principal... :kuku:

    Por lo demás no soy seguidora de Naruto así que hay varias cosas que tal vez no conozca y se me hagan difíciles, pero creo que hasta ahorita has manejado bien la personalidad de Tsunade y los demás personajes mencionados; tal vez pueda seguir leyendo un poco más dado que tu ortografía y presentación también son buenas sin motivo de queja... :eyebrow:. Sigue adelante que desde ya has ganado lectores, un saludo.
     
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    Haku Uchiha

    Haku Uchiha Iniciado

    Acuario
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    combinas dos ideas que me parecen muy interesantes q deseaba ver en naruto me gusta como va la trama espero que cpntinues y lo lleges a terminarlo sin mas que decir te deseo mucha suerte
     
    Última edición: 17 Noviembre 2017
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    HokageLaura

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    HokageLaura

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    Gracias por tu comentario. Tengo planeado 16 capítulos de los que llevo 11 ya escritos.
     
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    HokageLaura

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    Fanfic - Tsunade. Camino a la corona
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    7
     
    Palabras:
    2968

    Capítulo 2: Konoha​

    El viaje transcurrió sin incidentes, pero algo había alarmado a la reina madre. El País del Fuego había cambiado. Notó algo distinto en las aldeas y en las gentes. No es que estuvieran tristes, pero la paz de los tiempos de Hashirama ya no estaba.

    Tsunade miró a su madre y le agarró la mano para confortarla. Estando con ella, se olvidaba de los ojos inquisidores de Danzo Shimura que no hacían más que seguirla desde que salieron del País de las Olas. Claro que ella tampoco había dejado de observarlos, manteniendo los dos una lucha en el más absoluto silencio.

    En las paradas que realizaban para descansar, se invitó mil excusas para que Nawaki estuviera a su lado. Incluso cuando quería bañarse, lo obligó a estar con ella. A medida que se acercaban a Konoha, el camino se hacía más plano y sin tanta dificultades.

    Tobirama se adelantó con su caballo y Tsunade con Nawaki detrás de ella en la montura le siguieron. Tsunade pudo notar un brillo de melancolía en sus ojos. Entonces fue ella quien miró a la capital del reino:

    —“Aquí estoy”—se dijo así misma.

    En las grandes puertas de la ciudad, los esperaban caballeros del rey. Cuando entraron, los aldeanos y notables los saludaron con efusividad y lanzándoles flores. Mito se enterneció al ver tales muestras de cariño:

    —¡Es la reina madre!—vitoreaban algunos.

    Con respecto a Nawaki y Tsunade, muchos intuían quiénes eran, pero otros no y acabaron murmurando. Nawaki no se dio cuenta, pero Tsunade sí y mantuvo la compostura. El paseo a lomos del caballo duró la distancia de la entrada a los jardines del palacio. Allí descendieron de sus caballos y el mayordomo real los recibió:

    —Soy Yosuke Maruboshi—el anciano hizo una reverencia ante la familia del rey—. Seguidme.

    Mito y Tobirama fueron delante, mientras que los jóvenes príncipes cerraron la marcha. Cuando entraron, descubrieron cuánto había cambiado Konoha. Por dentro, los notables y burgueses del reino hablaban acaloradamente; los estudiosos y eruditos entraban y salían con pergaminos a medio leer o perseguían algún animal exótico que se había escapado de su jaula; las doncellas chismorreaban a espaldas de los nobles…

    Todos ellos se pararon cuando la familia del rey pasaba por su lado. Nawaki se maravillaba con cada cosa que veía. Tsunade también, ¿por qué no admitirlo? Las doncellas la miraban con envidia. Su piel blanca, su hermoso cabello rubio, su bien formado cuerpo y su generoso busto era algo que ninguna de ellas podría alcanzar.

    Finalmente, llegaron a la sala del trono. Los cuatro se colocaron delante de los reyes. El obispo se puso con el clero y Danzo marchó hacía el grupo de los nobles.

    —Estáis aquí—dijo el rey.

    Itama se levantó del trono y se lanzó a los brazos de su madre. Llevaba una capa dorada con dibujos representativos de los Senju. Tras ocho años, estaba más fuerte y tenía un cuerpo bien formado. Pero Mito vio tras esa fachada al niño que siempre estaba tras sus faldas escondido de todo el mundo. La reina madre lo abrazó y dejó que sus brazos envolvieran a su primogénito. Tenían mucho que contarse.

    A continuación miró a su tío Tobirama. Su tío le sonrió y lo abrazó. El abrazo no fue tan efusivo como el de su madre pero a Tobirama le bastó. Ya hablarían después.

    Después pasó a Nawaki, quien lo miraba con una sonrisa de oreja a oreja.

    —Has crecido muchísimo, Nawaki—dijo Itama. El pequeño asintió y se lanzó a los brazos de su hermano. Itama quiso llorar pero su puesto de rey se lo impedía. Había contado los días para ese abrazo.

    Finalmente, pasó a Tsunade. La miró desde la cabeza a los pies. Tsunade mantuvo la mirada.

    —Os habéis convertido en toda una mujer. Y muy hermosa—y la abrazó.

    Tsunade cerró los ojos. Rememoró, en aquel momento, aquellos recuerdos en los que ellos dos correteaban por el patio de armas o gastaban bromas a su padre.

    Sin embargo, algo enturbió ese momento o más bien alguien. Tsunade había notado a la entrada que una persona la taladraba con los ojos: la reina Guren. Itama le hizo señas y la reina se acercó. Portaba un moño que recogía su melena morada a juego con su larga capa. Saludó a la familia del rey hasta que llegó a Tsunade. Guardando las apariencias, la abrazó:

    —A partir de ahora somos hermanas.

    Tsunade no supo cómo tomarse esa afirmación, pero simplemente se dejó llevar por la conversación.

    —Espero que el viaje os haya ido bien. El rey y yo hemos velado por vuestra seguridad y hemos mandado preparar para esta noche una recepción en vuestro honor.

    —Hemos tenido un buen camino. Gracias por vuestras oraciones—dijo Mito. Era evidente que no sintonizaba con Guren, pero debía aguantar.

    Itama ignoró la situación y le hizo señas a la ama de cría quien trajo a un bebe con tres meses de vida.

    —Éste es mi hijo, Yukimaru.

    Mito miró al pequeño y se acordó de Hashirama y lo mucho que le habría gustado estar ahí ahora. Mito lo cargó y el bebé comenzó a reír. Se lo enseñó a Tobirama y Nawaki quien le hacía carantoñas. Tsunade lo observó y se acordó del bebé que había ayudado a traer al mundo y sintió una punzada de melancolía por el pasado.

    —Mi rey, es tarde y deben descansar— indicó la reina quien se acercó a su suegra para tomar al niño. Éste seguía sonriendo y su madre comenzó a acunarlo.

    El mayordomo real les pidió a los ahora inquilinos del castillo que los siguieran. Tsunade pudo ver cómo Itama y Guren jugaban con el bebé ante la atenta mirada de la corte, en especial de cierto caballero alto y cabello gris que no apartaba la mirada.

    —T—​

    La familia real fue alojada en los aposentos que una vez fueron suyos. Los reyes actuales se trasladaron al ala este del palacio mientras que Mito, Tobirama, Tsunade y Nawaki se quedaron en el ala este. Mito se internó en los aposentos que una vez compartió con Hashirama. La habían mantenido limpia y adecentada en esos ochos años, dejando la mayoría de los muebles en su sitio. Nada más poner un pie ahí, ordenó que no la molestaran hasta el día siguiente pues sus lágrimas amenazaban con caer y no parar.

    Tobirama se acomodó en su alcoba, que estaba más próxima a la biblioteca. Cuando Hashirama hizo de Konoha la capital, Tobirama hizo de esos aposentos su santuario del estudio y la meditación.

    A Nawaki le dieron la alcoba más próxima a la reina Mito. Él era un niño de dos años que aun dormía en los aposentos de sus padres, por lo que el niño no tenía recuerdos nuevos y enseguida se hizo con su habitación decorándola tal y como la había tenido en el País de las Olas.

    Tsunade entró en su alcoba y pudo comprobar que sus cosas estaban tal cual a cuando ella estuvo ahí. Su cama frente al gran balcón, su tocador, su baúl y las muñecas con las que una vez jugó. Sonrió al verlas y recordó cuando su padre se las regaló. Pero ahora ella no tenía tiempo para esas cosas. Las guardaría y daría paso a sus libros. El servicio había dejado sus enormes baúles y petates al lado de su cama y se habían encargado de dejar su ropa en los armarios.

    Entonces se dio cuenta de que encima de la cama había un vestido rojo. Lo agarró y lo observó con más detenimiento: la parte de las caderas estaba ajustada y dejaba que una de las piernas, al menos una parte, se vieran mientras que la parte del escote era demasiado vistosa. En cierto modo, el vestido era hermoso pero no eran de su estilo. Al lado había un papel que indicaba su pertenencia: Guren. Se lo imaginó.

    Pero ella aún no había dicho la última palabra.

    —T—​

    Los nobles mayores del reino se vistieron de sus mejores galas. No querían perderse a la familia real que, según los mentideros y los cuchicheos, había vuelto del “exilio”. Otros afirmaban que marcharon porque Danzo envenenó el oído del recién estrenado rey para que los echara. Tobirama ya se encargaría de dejar las cosas bien claras.

    Tsunade entró en la sala y todos los hombres la miraron. Llevaba puesto el vestido que “gentilmente” le había regalado la reina, pero desde el momento en que puso un pie en el salón mandó una indirecta a todo el mundo: “Si os pensáis que soy una puta, es que no me conocéis”.

    Itama se acercó a ella y se la presentó a la nobleza. Nawaki había optado por quedarse en su alcoba y Mito había dado orden de que no la molestaran. Solo estaban Tsunade y Tobirama.

    La princesa asimiló todos los nombres que su hermano le decía. Finalmente, fue con su tío y suspiró:

    —Respira, sobrina. La noche no ha hecho más que empezar.

    —Lo sé, tío. Lo sé.

    —T—​

    Los manjares destinados a la cena fueron del paladar de sus excelencias y el vino hizo el resto. Con el paso de la noche, algún noble ya estaba embriagado y empezó a vociferar. Tsunade agradeció que su hermano y madre no estuvieran ahí para ver eso.

    Una mano la tocó por la espalda:

    —¿Me permitís este baile?—dijo el marqués Shimura.

    Tsunade buscó la mirada de su tío y él le apoyó. Él siempre la vigilaría y protegería. Danzo la guio al centro y puso la mano derecha de la princesa sobre su hombro y la izquierda sobre su cadera. Él hizo lo mismo con ella y comenzaron a moverse.

    —Creo que hemos empezado con mal pie, princesa.

    —Fue un malentendido, marqués—mintió Tsunade.

    —Espero que podamos llevarnos bien a partir de ahora.

    —Por mí no habrá ningún problema—volvió a mentir.

    Su tío no la perdía de vista.

    —¿Ha sido de agrado el castillo?—dijo el marqués.

    —Lo he recordado en algunos aspectos, pero en otros me ha sorprendido—aseguró la princesa—. Hay mucha vida.

    —El rey ha mejorado las relaciones con el resto de países y ha mejorado los tratados que en su día estableció vuestro padre.

    —Seguro que vos lo habéis ayudado mucho—dijo Tsunade con una sonrisa falsa.

    —Soy el marqués y consejero del rey. Me guía mi lealtad a los Senju y al reino.

    —“Eso ya lo veremos”—sentenció Tsunade.

    Itama se acercó a Tsunade y los dos pararon de bailar.

    —Os quiero presentar a alguien—la agarró del brazo y la guio hasta un caballeros que destacaba en altura y belleza—. Os presento a Hidan, el caballero más fuerte de mis ejércitos.

    El aludido se inclinó, causando sonrojo de ciertas damas que no le quitaban la vista de encima. Tsunade tuvo que levantar mucho la cabeza para alcanzar a verlo.

    —Me otorgáis cualidades que no me corresponden.

    —Os llaman “La Guadaña” (1) por algo, Hidan.

    —Yo solo sigo las oraciones a mi dios Jashin antes de entrar en una batalla—señaló su colgante con el símbolo de su religión.

    A Tsunade le recorrió un escalofrío por su cuerpo. El Jashinismo era una de las pequeñas religiones del País del Fuego con unos ideales bastante terroríficos. Tobirama se acercó a ellos e intentó tranquilizar a su sobrina. La mujer de Hidan, Yugito Nii, apareció y contribuyó a apaciguar el ambiente.

    La velada continuó hasta Tsunade decidió poner fin y marchar a sus aposentos.

    Cuando entró y cerró las puertas con llave, se quitó ese vestido y lo lanzó a la otra punta de la alcoba. No quería verlo pues notaba la maldad de la reina en él. Se colocó su camisón e intentó asimilar la información procesada: el rey era influenciable por cualquiera; la reina ejercía cierto control sobre él; Danzo era un misterio por resolver; la rectitud y principios de la Voluntad del Fuego eran papel mojado para los nobles quien no le habían quitado el ojo de encima a ella con intenciones poco honestas y que Hidan era la persona que había estado mirando a los reyes antes de salir de la sala del trono sin entender el porqué.

    —T—​

    A la mañana siguiente y con la ayuda de Chiyo, ordenó su alcoba con sus preciados libros y bajó a desayunar con un vestido de corte más simple. Los reyes estaban con Mito en los jardines desayunando. Nawaki estaba en la hierba jugando con Yukimaru.

    Tobirama se acercó a ella con una joven dama.

    —Te presento a Yakumo Kurama. Es la nieta del mayordomo real. A partir de ahora será tu doncella personal junto con Chiyo.

    La doncella hizo una reverencia elegante y Tsunade la analizó. Era más baja que ella y aún mostraba una inocencia y ternura. Le calculó quince años.

    —Encantada de conoceros, princesa.

    En el momento en que la saludó, Tsunade supo que tendría una amiga hasta el final. Tobirama se marchó con la excusa de revisar algunos asuntos y Tsunade y Yakumo hicieron un saludo fugaz a los reyes y su madre.

    Ya había desayunado en su habitación, por lo que se excusó de ellos y caminó por los pasillos de la mano de Yakumo. La joven muy pronto le demostró lo despierta que era y la sorprendió al hacerle ver que tenían la misma edad. Sin embargo, sus aficiones eran muy distintas:

    —Aunque sé leer y escribir, a lo máximo que una mujer puede aspirar es a tejer, bordar y leer poesía para los hombres y si te acercas a la biblioteca, te miran mal. Muy pocas mujeres han tenido el valor de ampliar sus conocimientos.

    Tsunade se entristeció ante tales palabras. Su tío Tobirama no había hecho distinciones con ella por ser mujer y le había puesto el conocimiento del que disponía a su disposición. Entonces, la llevó a su habitación y le enseñó sus libros:

    —Mi biblioteca estará abierta para ti siempre.

    Yakumo sonrió y comenzó a llorar. Tsunade se prometió así mismas que las cosas debían cambiar.

    —T—​

    Tras pasar algunos días de ese recibimiento, las aguas se tranquilizaron. Tsunade salió de su alcoba pero para su sorpresa, la reina Guren estaba fuera esperándola. Tsunade le hizo una reverencia:

    —No hemos tenido mucho para conversar. Venid conmigo al jardín. Quiero desayunar con vos.

    Para cuando Tsunade quiso responder, la reina ya la había arrastrado a los jardines del castillo. Unos guardias hacían la ronda en parejas de dos. Una criada les sirvió el suculento desayuno preparado para el momento. Tsunade al principio dudó pero su estómago comenzó a reclamarle y al final la princesa comió. Delante de ellas estaba el príncipe Yukimaru jugando con su ama de cría.

    La reina observaba a su primogénito con orgullo. Tsunade también lo miró. El pequeño vivía en un mundo de ternura que ojalá fuese para siempre:

    —¿Os gustó el traje que os regalé?

    —Agradezco vuestra gratitud, mi reina, pero soy de gustos más sencillos—concluyó Tsunade. La reina sonrió.

    —Se me había olvidado que te habías criado como una pueblerina. Lo siento—hizo una inclinación con la cabeza para sonar convincente. Nada más lejos de la realidad.

    —La vida en el País de las Olas es sencilla, tranquila y me ha hecho ver la vida de otra manera—dijo Tsunade con solemnidad.

    —En cierto modo me recuerdas a mí—Tsunade miró a su cuñada sorprendida por esa revelación—. La vida en el País de los Ríos también es tranquila y relajada. Sin embargo, cuando llegué a Konoha me di cuenta de que no sirven las buenas palabras y las buenas intenciones. Siempre te observan, pero también debes observar y analizar. Estar siempre varios pasos por delante.

    —Os agradezco el conse-

    —Por eso le pedí a Itama que os trajera a ti, a la reina madre y a vuestro hermano. He dado un heredero a la corona y consideré que la familia debía estar reunida por lo que pudiera pasar.

    Sin embargo, Tsunade vio mucho más en esas palabras. Mucho más:

    —Estáis aquí—el rey Itama se acercó a ellas sonriendo. Besó a la reina en la frente y se acercó a Yukimaru para hacerle algunos arrumacos—Hermanita, quiero que salgamos a cabalgar y a recuperar el tiempo perdido. Nawaki nos espera en las caballerizas.

    —Pero, mi señor, habíamos pensado en salir con Yukimaru a la ciudad—protestó la reina. Acto seguido se levantó y puso a su hijo entre sus brazos.

    —Puede esperar esa salida, Guren. Ahora quiero estar con mis hermanos—pasó su brazo por el cuello de Tsunade y se fueron directos a las caballerizas.

    La princesa quiso decirle a su hermano que podrían salir en otro momento, pero el rey ni siquiera la dejó hablar.

    La reina se quedó observando a la princesa y cómo captaba la atención del rey. Sonrió.

    —T—​

    Pasaron los días y Tsunade vio en Yakumo una hermana con la que contar. Chiyo se alegró al ver como la princesa había hecho una amiga.

    Ese día volvieron del bosque con algunas plantas medicinales. Tsunade le había prometido enseñarle la elaboración de algunas medicinas. Cuando entraron en el palacio, las dos notaron cómo las criadas murmuraban en los rincones. En cierta manera, lo veía normal desde que llegó pero ese día ambas notaron cierta crispación y tensión en el ambiente.

    Tsunade y Yakumo llegaron a la alcoba y las recibió Chiyo agitada:

    —¿Ha ocurrido algo, Chiyo?

    La anciana tragó saliva y habló:

    —Princesa, tengo malas noticias sobre usted.

    —¿Qué ocurre?—preguntó Yakumo.

    —Que el rey ha concertado vuestro matrimonio con el hermano de la reina Guren, el rey Zabuza Momochi del País de los Ríos.


    (1) Le he puesto ese apelativo porque usa una guadaña en la serie como arma.
     
    Última edición: 20 Noviembre 2017
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    Fanfic - Tsunade. Camino a la corona
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    Drama
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    Capítulo 3: La reina Guren​


    Tsunade se desmayó al oír esa noticia. Yakumo la sujetó por los brazos y Chiyo salió a pedir ayuda. La anciana regresó con Tobirama quien la cargó entre sus brazos hasta su alcoba. No preguntó el motivo del percance pues ya se lo imaginaba.

    Mito apareció tras enterarse del desmayo y corrió al lecho de su hija. Tsunade recobró el conocimiento a la tarde, pero la reina madre no se terminó de fiarse y se dedicó a cuidarla hasta el día siguiente. Nawaki no se separaba de su hermana en ningún momento. Con los rayos del alba, la princesa había recuperado ya el color de su piel y se animó a comer una sopa elaborada por la propia Chiyo. Mito prohibió a los demás mencionar el tema del matrimonio frente a Tsunade.

    Cuando Tsunade se quedó dormida, dejó a su hija al cuidado de la anciana, Nawaki y Yakumo y fue con Tobirama a ver al rey. Las insistencias de los guardias de que estaba en una reunión de consejo no pararon a la reina madre quien los empujó y entró en la sala. Los allí reunidos vieron a la mujer de Hashirama matando con los ojos al rey, quien ya se imaginaba porque estaba su madre de esa forma:

    —Podéis marcharos. Seguiremos en otro momento—los nobles se levantaron y tras una reverencia, salieron de la sala por otro puerta.

    Tobirama también entró y se puso a la altura de Mito:

    —¿Se puede saber por qué has decidido casar a Tsunade con Zabuza?

    —Está en edad de desposarse. Creo que tú tenías dos años menos cuando te casaron con padre—dijo Itama. El tono empleado le resultó a su madre y tío molesto.

    —Eran otros tiempos y bendigo cada día para que vosotros no los viváis—Mito se acercó y miró inquisitivamente a su hijo.

    —Y creo que salió bien vuestro matrimonio concertado. ¿Me equivoco?—Tobirama se sorprendió al ver la actitud fría de su sobrino.

    —No te equivocas. Tu padre y yo nos amamos hasta el final de sus días. Pero esa no es la cuestión. El ahora no es el pasado y el matrimonio de Tsunade no toca ahora. ¿Acaso has contado con su opinión?

    —No, he pensado en su bienestar. La reina y yo creemos que…

    —¿Guren ha tenido algo que ver con esto?—preguntó Mito.

    Itama no contestó. No hacía falta. La reina madre dio media vuelta y salió por donde había venido. Tobirama fue detrás de ella por miedo a que se encarara con la reina, pero no fue así. Se dirigió a la alcoba de Tsunade y se quedó velando a su hija hasta que la princesa pudo ponerse de pie.

    A la noche, más por remordimientos, Itama visitó a su hermana, pero sus obligaciones como rey no le permitieron estar tanto tiempo. Tsunade estaba enfadada. En cierto modo era una princesa y el tema del casamiento llegaría más pronto que tarde y se había prometido ser ella misma quien lo eligiera.

    Aunque Mito y Tobirama no dijeran nada, Tsunade sabía que la mano de la reina estaba detrás de todo, pero la sangre de la familia Uzumaki fluía por sus venas y demostraría a la corte y a la reina quién era ella.

    —T—​

    Yakumo ayudaba a la princesa a pasear por los jardines. Nawaki se había prometido ser el guardaespaldas de las dos y las seguía como si fuera una sombra. Sin embargo, esas escapadas finalizaron pues el rey del País de los Ríos quería viajar expresamente al País del Fuego a concretar los términos del matrimonio con Tsunade y de paso conocerla.

    Llegado el día de la reunión, Yakumo ayudó a Tsunade a vestirse. Chiyo se quedó en la alcoba llorando, pero nunca se imaginó la idea que tenía en mente su preciada princesa.

    Tsunade y su doncella fueron a la sala del trono, donde ya había llegado el hermano de la reina. Estaba vestido con ropajes normales, nada de atuendos normales, lo que le permitió analizarlo mejor: Zabuza era alto, más que su tío Tobirama, y poseía un cuerpo bien formado, contorneado por unos brazos bien desarrollados. Era atractivo, sin duda.

    —Debéis de ser Tsunade—le besó su mano en una reverencia—. Sois más hermosa de lo que me imaginaba.

    Guren sonrió ante las tácticas de su hermano.

    —Me halaga vuestros cumplidos—puso su mano sobre su pecho en un gesto coqueta—, pero no voy a casarme con vos.

    Todos en la sala del trono se callaron y Mito y Tobirama tuvieron que parpadear para creer que no estaban en un sueño. Algunos creían haber oído mal, pero no. La princesa rechazaba la mano de un rey sin miramientos. El semblante de Guren cambió por completo. Se levantó y pegó a Tsunade en la mejilla, enfadada. Zabuza paró a su hermana y se río:

    —No te preocupes, hermana. Es el calor del momento. Seguro que cuando nos conoz-

    —No, majestad. Me reafirmo en lo que he dicho y no me casaré con vos.

    Guren se adelantó pero Zabuza la paró:

    —Niña consentida, ¿cómo te atreves a tratarlo así?

    Tsunade se deleitó con el arranque de odio de la reina.

    —Tsunade, ya basta—Itama se levantó y se acercó a su hermana—. Os casaréis con Zabuza. Es mi deseo como rey.

    Miró descaradamente a su hermano y puso sus manos en las caderas:

    —Entonces, mi pretendiente deberá ganarse mi mano. Lo reto a duelo: quien consiga de los dos lanzar una flecha en el centro de la diana tras tres intentos, impondrá su voluntad. Si gano yo, no me casaré con el rey, pero si gana él, será vuestra esposa—hizo una reverencia con los bajos de su vestido y dedicó la mejor de sus sonrisas.

    Zabuza miró maravillado el encanto y la altanería de Tsunade y estalló a carcajadas:

    —Acepto. Que sea pues.

    —T—​

    La noticia de que el rey del País de los Ríos debía ganarle a la princesa con el arco y la flecha se extendió por toda Konoha. Los nobles se mofaban del capricho de la princesa y se imaginaban su derrota:

    —¡Una mujer con un arco!

    —Debería callar y obedecer.

    —Si fuera yo, le enseñaría mi umbría todas las noches para que aprendiera a no quejarse.

    Los comentarios volaron por el castillo y la ciudad, pero no perturbó a la princesa. Estaba sentada sobre su lecho con los ojos cerrados. Era consciente de lo que se jugaba con esa apuesta. Yakumo entró con agilidad felina a su alcoba:

    —¿Lo has hecho?—preguntó Tsunade.

    Yakumo asintió y la princesa sonrió.

    Las dos salieron y llegaron a los jardines reales. Las tres dianas habían dispuestas en el centro y Zabuza esperaba a su contrincante, ansioso. Ya estaba oliendo la victoria incluso antes de empezar. Los reyes y Mito estaban sentados en primera fila y Tobirama estaba junto con el obispo y Danzo. Sabía de la destreza de su sobrina, pero no podía perder de vista al rey de un país que dominaba cualquier tipo de arma y que se había curtido en mil batallas:

    Tsunade fue la primera. Con destreza colocó el arco entre sus brazos y enganchó la flecha. No titubeó en ningún momento y disparó. El tiro fue magnifico pero la puntería no tanta, pues se había quedado cerca del centro. Aun así el público se sorprendió de que la princesa entendiera de arcos y flechas y algunos aplaudieron, incluido Zabuza.

    La hermana de la reina realizó los mismos pasos que Tsunade. Al tensar la flecha sus músculos se marcaron, lo que causó el sonrojo de muchas doncellas y damas. Disparó y Tsunade se asustó. Había dado en el blanco. Guren quiso gritar de júbilo, pero se contuvo. Aun así pudo ver cómo la reina madre o Tobirama hicieron una mueca de disgusto.

    Tsunade recuperó la compostura. Se había mentalizado de ese contratiempo.

    Se acercó y agarró la siguiente flecha. Contó hasta diez; el mundo se paró para ella y tras esos segundos que fueron una eternidad, disparó y ganó. La flecha había dado en el centro mismo de la diana. La sonrisa de triunfo no se hizo esperar y Yakumo mostró su júbilo delante de todo el mundo. Ahora más gente se había sumado a aplaudirla. Mito le devolvió la mirada de triunfo a su nuera.

    Zabuza agarró su flecha y le guiñó el ojo a Tsunade y disparó. Volvió a ganar. El hermano del rey ganaba por un punto a la princesa y la última diana valía dos puntos.

    Tsunade se la jugaba a esa. Tensó la flecha y pensó en su padre. Si estuviera ahí con ella, primero no habría permitido ese matrimonio, y segundo, le habría dado un consejo: mirada al frente y gana.

    Tsunade disparó y volvió a ganar. Sin embargo, Zabuza sonrió. Si ganaba la siguiente él, habría ganado la apuesta. Tsunade vio cómo cogía la flecha y el rey la tensó. Lo que nadie se imaginaba era lo que ocurría después.

    Al soltar la parte de atrás, las plumas de las partes traseras pasaron por el ojo derecho del rey, provocando que este sangrara. El accidente hizo que Zabuza no calibrara bien el lanzamiento y la flecha acabó debajo de la diana. Todo ocurrió en unos segundos.

    El rey cayó al suelo con su ojo derecho sangrando. La reina se levantó y ordenó un médico. Todos los nobles se acercaron al rey que apenas entendía qué había pasado.

    Zabuza fue atendido por los médicos reales y ante la gravedad de la herida, acabaron por extraerle el ojo. Los gritos se oyeron en toda Konoha.

    Tsunade por su parte se quedó en su habitación, meditando. En ese momento, Yakumo entró, pero a los pocos segundos también entró Guren:

    —¿Habéis tenido algo que ver con esto?

    —No entiendo qué decís.

    —Las flechas fueron traídas de la armería real. Nunca han causado ningún daño y mi hermano tiene más experiencia que tú en el tiro con el arco. Te lo repito: ¿has tenido algo que ver con ello?

    —No—concluyó Tsunade.

    Guren se irguió y miró unos segundos a su cuñada hasta que salió. Yakumo permaneció unos segundos en las sombras de la alcoba hasta que se aseguró que nadie las oía:

    —¿Lo has traído?—preguntó Tsunade.

    Yakumo sacó de entre los bolsillos de su vestido la flecha ensangrentada que había dejado inútil un ojo al rey. Yakumo, por orden d Tsunade, había cambiado la flecha de la tercera ronda por una cuyo plumaje en la parte de atrás fuera afilado y tras el desgarro del ojo, cambió la flecha por otra con sangre falsa para que nadie sospechara.

    Tsunade no podía fiarse de la suerte ni de su agilidad con el arco cuando estaba en juego tanto. La idea que había tenido y el hecho de que Yakumo fuera la nieta del mayordomo real hicieron el resto.

    —T—​

    El resultado del duelo y el “accidente” del rey del país vecino corrieron por todo el País del Fuego. Zabuza Momochi había perdido frente a la hermana del rey. Su poder y respeto habían desaparecido. El rey por su parte renunció al compromiso con Tsunade pues había reconocido su derrota y lo único que quería era volver a su castillo y no pisar ese reino nunca más.

    A la semana, Tsunade sintió que sus fuerzas estaban plenamente recuperadas y salió con Yakumo y Nawaki a pasear con los caballos para disfrutar de su recuperada libertad. Poco se imaginaba ella que esos días idílicos estaba contados.
     
    Última edición: 27 Noviembre 2017
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    InunoTaisho

    InunoTaisho 犬の大将 Comentarista destacado Сhrystos rozhdayetsya, God jul! ¿Dónde está, oh muerte, tu victoria; dónde está tu aguijón?

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    Pobre Tsunade... imagino que eso del duelo con arco lo sacaste de la película de Disney sobre la princesa Merida y su madre osa (desconozco como le hayan puesto en tu país, sorry) , fue épico. Pero esa fue la vida de las mujeres en la realeza de época medieval, así que no podía decidir realmente por su cuenta.

    Ya veremos lo que sigue, continúa con ánimo.
     
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    Síi, en la serie Isabel, la princesa se libra del matrimonio con el rey de Portugal, pero no me daba juego para el fic, asi que lo cambié y se me vino a la cabeza la película Brave y la escena de Merida :P

     
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    InunoTaisho

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    Lo supuse... :D. Tú muy bien, sigue adelante
     
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    debo ser sincera y reafirmar q me encanto
     
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    ¡Hola!
    A partir de aquí la historia puede contener algunas escenas fuertes.

    Capítulo 4: Danzo Shimura


    Nawaki practicaba con su tío Tobirama en el patio de armas. Los dos luchaban con espadas de madera bajo la atenta mirada de Mito. Sin embargo, un siervo apareció e interrumpió el entrenamiento:

    —Señor, el rey os reclama para una reunión del consejo.

    Tobirama asintió y dejó su espada de madera en el armero. El rey Itama le había devuelto a su tío el puesto de consejero en la corte unos días atrás y ese día era reclamado por sorpresa, aunque Tobirama presintió que esas reuniones serían constantes a partir de ahora. Mientras Nawaki continuó practicando con la espada de madera, siendo observado por su madre, que deseaba que su hijo no tuviera que usar una de verdad.

    —T—​

    Tobirama entró en el consejo y el resto de nobles lo miró con indiferencia y suspicacia. El último en entrar fue el rey. Todos se levantaron de la mesa en señal de bienvenida e Itama dio por comenzado el consejo.

    —He estado leyendo vuestras exigencias.

    Desenrolló un pergamino y echó un vistazo rápido a las demandas de sus nobles. Tobirama había leído esos documentos y entendió que su vuelta al consejo para apoyar a su sobrino iba a ser muy necesaria:

    —Y no puedo cumplirlas.

    Los consejeros, encabezados por el marqués Danzo Shimura, se sobresaltaron. El marqués levantó la mano para hablar:

    —¿Podemos saber por qué?

    —Pedís ciertas cosas que exceden en vuestro cometido como nobles y altos cargos del reino—concluyó Itama.

    Shimura respiró profundamente y dijo:

    —Hasta el momento no ha habido ningún problema y siempre hemos tenido en cuenta la autoridad real.

    —Nuestros ejércitos os son leales, majestad—dijo el cabeza de familia de los Yamanaka.

    —Mantenemos un control férreo sobre el cumplimiento de los impuestos—añadió el cabeza de familia de los Nara.

    —Vuestra labor para con el reino es de sobre bien conocida, pero como rey debo saber dónde termina vuestra labor y empieza la mía. No puedo concederos más prebendas de las que tenéis ya.

    Los consejeros se sobresaltaron al oír esas palabras. Hasta el momento había sido fácil influenciar al rey, pero ahora demostraba una actitud poco conocida para ellos. Shimura se percató de cómo el tío del rey aprobaba cada cosa que decía:

    —Señor, ¿tenéis algo que decir al respecto?

    —Coincido con mi sobrino en que los nobles están realizando un trabajo muy importante, pero parece ser que no es perfecta.

    Los líderes de los clanes se miraron entre sí. Aunque Tobirama fuera también noble y poderoso, no podía tratarlos a ellos de esa manera:

    —Creo que su alteza ha pasado muchos años fuera de este país y no sabe cómo funcionan las cosas—dijo Gensui Amagiri. El noble se irguió en la silla y miró con firmeza a Tobirama. Su familia provenía de Yumegakure y gracias a su labor de protección en las fronteras del oeste del reino, Amagiri había ganado respeto, poder y un título para su familia.

    —Os equivocáis. Nunca he dejado de pensar en el País del Fuego y a mi vuelta he investigado y estudiado la situación del reino y parece ser que ha habido pequeñas revueltas civiles promovidas por un cacique llamado Hanzo la Salamandra. ¿Acaso no sabíais esto?—preguntó Tobirama, en señal de triunfo. Su pequeña red de espías e informantes lo mantenía informado de todo lo que ocurría en el país.

    —No es la primera vez que oímos de él—dijo Shimura—, pero necesitamos que el rey nos dé más poder para que elementos como Hanzo no surjan. Según mis informantes, se trata de un guerrero exiliado de Amegakure, del País de la Lluvia.

    —Os veo muy seguro, marqués. Curiosamente, este cacique reclama que se impondrá frente a los abusos de la nobleza del País del Fuego. ¿Sabéis a qué se refiere?

    Los nobles volvieron a murmurar. Tobirama percibió cómo habían cambiado las cosas en su retiro en el País de las Olas.

    —Es evidente que habéis abusado de mi buena voluntad y eso no volverá a ocurrir—dijo Itama.

    Shimura deseó lanzarse al cuello del rey pero se contuvo. La tensión en el ambiente se podía cortar con una espada.

    Itama se levantó y dio por concluida la reunión. Algunos de los nobles siguieron a Shimura y oyeron las maldiciones que soltaba sobre el rey:

    —¡He apoyado a ese mocoso que no tiene altura de rey y así nos lo paga!—de un empujón abrió las puertas del jardín. Los líderes que lo seguían le dieron la razón. Habían hecho demasiado por el rey y hasta ahora él les había recompensado sin miramientos. Sin embargo, todos eran conscientes que la situación había cambiado desde la llegada de la familia real.

    —Propongo pactar con el rey—dijo uno de los nobles. Muchos se quejaron pues no querían ceder ninguno de sus privilegios, pero todos acordaron que quizá estaban en una situacion ventajosa que debía ser aprovechada.

    Shimura se quedó meditando hasta que descubrió a la princesa Tsunade por las ventanas de la gran biblioteca. La joven se deslizaba por la gran biblioteca con delicadeza y agilidad y recordó el intercambio de palabras que tuvieron en aquella cena el día que llegaron al País de los Ríos. Entonces, la idea del pacto no le pareció tan mala.


    —T—​

    Tsunade salió de la biblioteca con dos tomos sobre medicina bastante gordos. Desde el episodio con el rey del País de los Ríos había distraído su mente en otros asuntos, deseando no encontrarse con la reina en ningún momento. Uno de los tomos se le resbaló y cayó al suelo. Cuando iba a cogerlo, Shimura apareció y se le adelantó:

    —No deberíais cargar con tanto peso, princesa.

    Tsunade se sobresaltó ante el marqués pero recuperó la compostura. Shimura la acompañó hasta su alcoba y le ofreció una sonrisa. Cuando la puerta de la alcoba se cerró se dirigió a los aposentos reales dispuesto a ofrecerle un pacto al rey.

    La princesa dejó sus preciados tomos en el lecho y Yakumo se dispuso a buscar la información que necesitaba. Olvidó enseguida el encontronazo con el marqués.

    —T—​

    El rey no volvió a convocar al consejo y eso inquietó a algunos nobles. Tobirama revisaba en sus aposentos algunos documentos monetarios sobre la situación de las arcas facilitado por el tesorero real, Kakuzu y había cifras que no encajaba. En el momento en que Itama se convirtió en rey, se produjeron partidas sin justificar, dinero que desaparecía por arte de magia o préstamos que eran pedido por personas cuyos nombres nunca había oído, siendo posiblemente falsos. Se levantó y fue directamente a los aposentos reales, dispuesto a tener audiencia con el rey.

    Sin embargo, cuando llegó a la puerta vio a Itama hablar con Danzo. Ambos sonreían y eso no le gustó a Tobirama. La razón de tan tranquilo reencuentro muy pronto le fue revelada:

    —Señor, muy pronto seremos familia—dijo Danzo Shimura.

    —¿Perdón?—preguntó Tobirama.

    —Tío, casaré a Tsunade con el sobrino de Danzo Shimura, Orochimaru.

    Tobirama se sujetó en la pared ante las palabras de su sobrino. Si Zabuza fue un mal un sueño, Orochimaru se convirtió en una pesadilla grotesca.

    —Vamos a comentárselo a Tsunade ahora mismo—dijo Itama.

    El rey y su futuro familiar se encaminaron a la alcoba de Tsunade. Tobirama aún estaba intentando asimilar la nueva información. Gracias a su red de espías, tenía controlados a los familiares de la noble de Konoha y la sola mención de Orochimaru provocaba en la gente un miedo y un pánico muy difíciles de curar. Unos minutos después, los lloros de la princesa fueron oídos por todo el palacio.

    —T—​

    La reina Guren mostró una extraña felicidad ante la noticia del nuevo casamiento de Tsunade. Incluso encargó a su modista personal que diseñara el vestido de novia de su cuñada. Justo en ese momento estaba la reina observando a la futura novia cómo le tomaban las medidas del traje. Tsunade estaba ida, medio muerta ante la nueva de que debería casarse de nuevo. Si la primera vez era para desaparecer de la vista de la reina, ahora era usada para negociar con la nobleza. De nada sirvió sus llantos o los gritos de Mito Uzumaki con su hijo o los intentos de Tobirama de buscar otra solución. Nunca se había sentido tan miserable como en ese lugar frente al espejo.

    Guren se levantó y observó a la princesa, sonriendo.

    —Seréis la novia más hermosa. Me ocuparé yo misma de que vuestro marido os desee en el momento en que os vea en el altar—la voz susurrante de la reina asustó a Tsunade. Guren se acercó más y puso su cara a la altura de la de Tsunade—. Aunque no será la primera vez que el pase por un matrimonio.

    —¿No os entiendo?

    —Te creía más lista, pero veo que nadie te ha contado nada de tu futuro marido. No es la primera vez que Danzo intenta casarlo. La primera mujer con la que se casó apareció desmembrada en el bosque de Konoha. Aunque no encontraron al culpable, muchos conocían el gusto de Orochimaru por los rituales sangrientos—Tsunade quiso no creerla—. Y a la segunda esposa la encontraron ahogada en un río con moratones por todo el cuerpo. Las malas lenguas decían que Orochimaru la hacía sufrir todas las noches y que sus gritos se oían por todo el castillo.

    Guren se alejó de Tsunade y volvió a su asiento:

    —Sin olvidar, claro está, los innumerables bastardos que pululan por los suburbios de Konoha y que guardan un gran parecido con Orochimaru.

    Tsunade observó a las doncellas que le tomaban las medidas. Todas rehuían mirarla. Tsunade vio el miedo en sus caras.

    —Te ofrecí un rey, Tsunade, y lo rechazaste. Mi hermano te habría hecho feliz, pero tú quisiste ser más lista que todos con ese jueguecito del arco y la flecha. Mi querida Tsunade, si alguna vez no has sentido el miedo, ahora lo tendrás.

    —T—​

    Danzo llegó a su castillo y dejó el caballo a su mayordomo. Se quitó la capa y le entregó su espada a uno de sus siervos. Se internó en los grandes pasillos de su palacio hasta llegar al ala sur, la parte en la que ningún miembro del servicio quería estar. Abrió la puerta y halló el cuerpo de una mujer rubia sobre el lecho. Respiraba con dificultad y algunos lametones por el cuello, sin contar los cardenales del cuerpo.

    Su sobrino estaba en el escritorio tomando algunas anotaciones:

    —Orochimaru, muy pronto te casarás con la princesa Tsunade, la hermana del rey. Así que vete olvidando de tus jueguecitos sangrientos, porque este enlace nos beneficiará a todos.

    Orochimaru estalló a carcajadas.

    —Haré lo que me ordenes, tío.

    Danzo Shimura salió de la alcoba de su sobrino. No le gustaba estar en ella y respirar el mismo aire que él. El joven dejó la pluma en la mesa y se levantó. Observó a la pobre desgraciada que estaba sobre su lecho con la luz de la vela. Se quitó la capa que recubría y alto y blanco cuerpo y dejó la vela a un lado. No se había divertido aún lo suficiente.

    —T—​

    Tsunade estaba en los brazos de su madre. En su salida del País de las Olas se había prometido no llorar pero ante la noticia que le había dado su hermano, rompió a llorar hasta que los ojos se le habían secado. Mito había hecho lo imposible por evitar el casamiento, pero Itama fue firme en ello. Con el matrimonio, parte de la nobleza que apoyaba a Danzo se calmaría.

    Yakumo entró en la alcoba de Mito y abrazó a su amiga. Ella había oído historias sobre Orochimaru, cada cual más horrible que la anterior, y no quería ver a su amiga cortada en trozos o en el lecho de un río. Sacó de entre sus faldas una daga. La sacó de su funda y miró a la princesa:

    —Os juro que mataré a ese monstruo, Tsunade.

    —T—​

    Los días para el enlace iban pasando. A solo dos días de la boda, Orochimaru salió con algunos soldados a las tabernas y tugurios donde el famoso sobrino del marqués era conocido. Quería brindar por todo lo alto por su real matrimonio con la princesa Tsunade, de quien se decía que era la joven más hermosa de los cinco reinos y que poseía unos atributos femeninos que hacían de la envidia de muchas jóvenes.

    Orochimaru se relamió los labios de solo pensar en su futura presa. Le había prometido a su tío ser un niño bueno, por lo que sus obsesiones y jueguecitos debían desaparecer con Tsunade o pasar desapercibidos.

    El sobrino de Danzo y los soldados observaron con lujuria a las prostitutas que enseñaban sus encantos sin pudor. Justo en ese momento, apareció ante ellos una mujer de mirada angelical y ojos verdes. Llevaba un vestido de seda roja que le permitía enseñar sus virtudes como mujer, dejando poco a la imaginación. Miró a Orochimaru y salió de la taberna.

    El joven dejó a los soldados y la siguió. La encontró en una esquina y la chica comenzó a correr, dejando que Orochimaru la siguiera.

    —“Te gusta jugar, zorra”—pensó Orochimaru—. “A mí también”.

    La mujer se deslizó entre los árboles del bosque de Konoha. Orochimaru hizo lo mismo y se guio por las risas que emitía la chica para que no se perdiera. Encontró una pequeña cabaña de aspecto ruinoso y entró.

    —No hace falta este jueguecito del gato y el ratón.

    —Yo creía que tú eras más de la serpiente y el conejo—la mujer apareció detrás de él apoyada en la puerta de la entrada.

    Le sonrió de manera coqueta y se acercó a Orochimaru.

    —¿Y cuál de los dos sería la serpiente?—preguntó él.

    La mujer se acercó y lo besó. Orochimaru no pudo reprimir sus ganas y la respondió con violencia quitándole la parte de arriba del vestido.

    —Yo—la mujer desconocida le cercenó la garganta de un corte perfecto. Orochimaru cayó al suelo entre gritos de dolor y sangre.

    La mujer se acomodó el vestido y se acercó a Orochimaru. Pasó un dedo por la sangre del cuchillo y la chupó:

    —Hace dos días encontramos el cuerpo de mi hermana en el lodazal. Si la hubiéramos encontrado más tarde, los cerdos se la habrían comido. No hacía falta ser un genio para saber que fuiste tú quien se la llevó, hijo del diablo—le clavó el cuchillo varias veces en el estómago hasta que Orochimaru dejó de moverse.

    La mujer envolvió el cuchillo y salió de la cabaña. Fuera le esperaba uno de los soldados que había salido con Orochimaru y que no había dudado en vengarse de ese monstruo que tenía por señor. Muchos años callando las atrocidades de esa bestia.

    Al ver a Orochimaru salir de la taberna, se había deslizado sigilosamente y lo había seguido, a la espera de que la mujer lo matara. Le entregó un caballo y la mujer huyó de la cabaña.

    El soldado encendió una tea y la lanzó a la cabaña. Comprobó que Orochimaru estuviera muerto en el suelo e incendió el lugar. Nadie vio nada y nadie sabría nada.

    —T—​

    Yakumo y Tsunade estaban rezando a los dioses de la Voluntad del Fuego cuando Mito entró por sorpresa en la habitación de su hija. La expresión de su cara confundió a las dos jóvenes.

    —¿Qué ocurre, madre?

    —No os podéis imaginar lo que ha pasado.

    La reina madre reveló que habían encontrado el cuerpo de Orochimaru quemado en unas ruinas a las fueras de Konoha. Tsunade respiró profundamente. Sintió que su corazón se le salía del pecho ante la noticia. Yakumo lloró y agradeció a los dioses que no permitieran esa boda.

    Sin embargo, quien no estaba tan feliz era Danzo Shimura. Al descubrir el cuerpo de su sobrino mandó a todos sus soldados a que peinaran Konoha, pero nadie descubrió nada.

    Danzo montó en cólera ante la falta de pistas sobre quien podría haber hecho:

    —Descubriremos quién ha hecho esto, marqués—dijo el rey, pero tras una semana de investigación nadie consiguió dar algún indicio.

    Tsunade intentó asimilar el golpe de suerte que había tenido. Le informaron que el cuerpo tenía una herida profunda en el cuello y varias puñaladas en el estómago. La princesa agradeció a la persona anónima que había matado a ese monstruo. Posiblemente sería una víctima o familiar de las crueldades de esa persona.

    Con la muerte de Orochimaru, el matrimonio fue cancelado. Shimura empezó a pensar en que alguien de la familia real podría haber movido los hilos para asesinar a su sobrino. Su pérdida lo dejaba en un lugar vulnerable. Había jugado todo a la carta del matrimonio para atar al rey al pacto, pero ahora sin pretendiente, no había nada que pactar.

    Lanzó la copa de vino a la pared. Dio orden de que nadie lo molestara en sus aposentos. Tenía que pensar en alguna forma de minar el poder del rey, de dejarla en entredicho de una vez por todas.

    Reflexionó y dejó que su mente fluyera. Habría alguna manera de ganarle al rey.

    —T—​

    Tras una semana de la muerte de Orochimaru, nadie lloró por él. Tsunade retomó su rutina. Había escapado dos veces de un matrimonio concertado, la primera de ellas mediante un ardid y la segunda mediante la venganza de un ángel justiciero anónimo. Eso le dio fuerzas para luchar ante cualquier eventualidad, la cual llegó demasiado pronto.

    Una tarde mientras volvía con Yakumo con algunas plantas medicinales, notó en los jardines del palacio algo raro. Los soldados, guardias y siervos murmuraban. Las dos jóvenes se dieron cuenta de ello y se extrañaron.

    Cuando cruzaron la puerta de la alcoba, vieron a Chiyo sentada en la cama de Tsunade con la mirada perdida. La anciana reaccionó al verlas y se aseguró de que la puerta de la alcoba estuviera bien cerrada:

    —¿Qué ocurre, Chiyo?—preguntó Tsunade.

    —Se ha extendido un rumor por toda la corte, princesa.

    —¿Qué dice ese rumor?

    —Que Yukimaru no es hijo del rey sino del caballero Hidan.
     
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    Escritora
    Título:
    Fanfic - Tsunade. Camino a la corona
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    7
     
    Palabras:
    1801

    A partir de aquí la historia puede contener algunas escenas fuertes.
    AVISO: Hay una explicación un poco asquerosilla sobre una cuestión.


    Yakumo y Tsunade oyeron sorprendidas ese rumor. Recordé entonces cómo Hidan había mirado a mi hermano, Guren y Yukimaru. ¿Había una historia oculta entre ellos?

    —Yakumo, conoces a la reina mejor que yo. ¿Tú crees que puede ser verdad?

    —No lo sé, princesa. La relación entre los reyes siempre ha sido extraña y mucha gente se sorprendió al ver que la reina quedaba encinta tras ocho años de matrimonio. Además, está aquello que ocurrió durante la noche de bodas.

    —¿Qué ocurrió?—preguntó Chiyo.

    —Mi abuelo me contó que cuando terminó el banquete los reyes fueron a su alcoba a consumar el matrimonio. Ese acto es de vital importancia para comprobar si la reina había llegado virgen al matrimonio. Como muestra de su pureza, tras la consumación las doncellas deben sacar de la alcoba las mantas manchadas con sangre que indican que la reina ya no es virgen. La cuestión es que Itama dejó bien claro que no quería que lo molestaran ni a él ni a la reina tras la noche de bodas. Por lo tanto, los nobles no pudieron confirmar nada y desde aquello, la nobleza analizó cada acto del rey y de la reina. Incluso se llegó a decir que los reyes pasaban semanas e incluso meses sin compartir lecho.

    Tsunade se sentó ante tales descubrimientos. Ella sabía de esa antigua costumbre de comprobar si el virgo de la mujer había sido roto y su madre una vez le habló de él cuando fue su noche de bodas con Hashirama. Ante tales sospechas, la tardanza de la reina en quedarse embarazada y la cercanía de Hidan a los reyes, era cuestión de tiempo que el rumor surgiera. Pero ahora quedaba una cuestión, ¿quién lo había creado?

    —T—​

    Tsunade enseñó a Yakumo las medicinas prometidas y la mandó a descansar. Recostada en la cama analizó la situación. Por la posición de su hermano, muchos deseaban aprovecharse de su buena voluntad y ante la negativa, cualquier podría haberse vengado de Itama. Sin embargo, eran demasiadas las pruebas que apoyaban el chisme.

    —Princesa—Chiyo entró precipitadamente en la alcoba—. Vuestro hermano ha convocado a la corte en la sala del trono.

    Se levantó corriendo y fue hasta el lugar indicado. Cuando llegó, los nobles estaban en corrillos murmurando. Entre ellos estaba Danzo Shimura. Mito observaba la situación desde su sillón cercano al trono con el gesto serio.

    Tsunade se puso al lado de Tobirama, quien observaba con los brazos cruzados a la gente intentando comprender cómo se había llegado hasta esa situación:

    —Tío, ¿creéis de verdad ese rumor?

    —No, pero poco importa lo que yo crea sino lo que piensen ellos—con su dedo señaló a la nobleza.

    Los reyes llegaron y los murmullos cesaron. La reina se sentó en su trono. El maquillaje que llevaba puesto no pudo tapar los ojos llorosos que tenía. Itama se puso en medio del salón y tomó aire:

    —Han circulado ciertos rumores sobre la paternidad de mi hijo y me siento consternado. Creía que vivía entre amigos y ahora me doy cuenta de que vivo entre buitres. Yukimaru es mi hijo. Yo me encamé con la reina y como resultado fuimos padres. Es cierto que tardamos ocho años en poder dar un heredero, pero posiblemente esa fuera la voluntad de los dioses, no la nuestra. Por lo tanto—en este momento alzó la voz—, tacharé de traidor a cualquier persona que insulte a la reina o al caballero Hidan. ¿Está claro?

    Los nobles asintieron y fueron marchándose uno a uno. La reina se levantó y salió del salón, directa, a la alcoba real, mientras que Itama le pidió a la reina madre que la acompañara a los jardines. Tsunade sintió pena por la reina. Quizá la habría juzgado mal y necesitaba el apoyo de alguien.

    —“Esto no ha hecho más que empezar”—pensó Tobirama.

    —T—​

    Tsunade salió del salón y deambuló por los pasillos del castillo hasta que se decidió ir a la alcoba real. Al llegar tocó la puerta pero nadie la respondió. Abrió la puerta y descubrió que Guren no estaba ahí. Solamente estaba la ama de cría y Yukimaru. Se acercó a su sobrino y lo examinó buscando parecidos con su hermano: el niño tenía los ojos de color violeta como su madre y el pelo de un color verdoso. Examinó los rasgos faciales detenidamente creyendo ver quizá algo de su hermano en ellos pero Yukimaru era aún muy pequeño para que su rostro se desarrollara.

    —¿Qué hacéis aquí?—Guren estaba en la puerta con el maquillaje descorrido.

    —Venía a consolaros, majestad, yo creo que-que…

    —No me interesa lo que pienses, Tsunade. No te acerques a mi hijo—agarró su brazo y la empujó fuera de la estancia. Cerró la puerta delante de sus narices.

    Cuando la princesa giró la cabeza, vio al caballero Hidan al fondo del pasillo, lugar del que posiblemente habría venido la reina. Hidan observó a la princesa con su rostro tranquilo y serio y Tsunade no supo que interpretar qué pasaba en ese momento.

    La princesa buscó a Yakumo y la encontró hablando animadamente con su tío Tobirama. Los espió desde la esquina y vio cómo los dos intercambiaban palabras con plena confianza. Incluso observó a su tío susurrándole algo a Yakumo que hizo que se sonrojara.

    Tsunade salió de su escondite y llamó a su doncella:

    —Debo atender unos asuntos. Tened un buen día—Tobirama se despidió y Tsunade intuyó mucho más de lo que los dos querían aparentar. Yakumo se sonrojó pero no dijo nada más. Las dos salieron del castillo y pasearon por el bosque sobre unos caballos.

    Tsunade le comentó qué había ocurrido con Guren cuando quería consolarla y de cómo la había echado, sin olvidar el encontronazo con Hidan.

    —Mi hermano ha querido dejar claro su paternidad sobre Yukimaru, pero hay algo que me escama en todo esto—confesó Tsunade.

    —El rey desde siempre ha confiado en Hidan. Lo ve como un hermano y quizá no puede concebir que la reina le haya sido infiel con él.

    Intentó sacar algo de todo ello pero solamente veía sombras.

    —T—​

    Mito tenía la cabeza de su hijo sobre su regazo. Acababa de escuchar a su hijo y él no podía aguantar más sus lágrimas. Se maldijo por no haber visto en su momento el nido de cucarachas que era la corte en los últimos años de vida de Hashirama y ahora su hijo le acababa de confesar muchas cosas que debía él soportar.

    —T—​

    Tsunade intentó coincidir lo justo con Guren y si Nawaki quería acercarse a Yukimaru, siempre era bajo su supervisión o la de su madre. Ante ellos Guren no perdería la calma como con ella.

    Tsunade se puso a preparar algunos brebajes mientras Yakumo se sentó al caer de la cama de la princesa a leer. La princesa dio orden a Chiyo para que le subiera la cena de las dos a la alcoba. Justo cuando se pusieron a degustar la comida, Tobirama entró en la habitación. Yakumo se puso como un tomate y Tsunade tuvo una idea:

    —Tío, quedaros a cenar con nosotras—Tobirama se sobresaltó ante el ofrecimiento de su sobrina, pero accedió. Se sentó al lado de Yakumo y los dos por la proximidad se rozaron. Tsunade disfrutó de la situación. Poco a poco los ánimos se tranquilizaron y los tres disfrutaron de una amena cena.

    Sin embargo, esa aparente calma desapareció un mes después cuando Tsunade, Yakumo y Tobirama salieron de caza. Tsunade les ayudaba a los dos a que tuvieran momentos de intimidad y relación. Sabía que su tío siempre se había dedicado al estudio y el bienestar del reino en tiempos de su pare y que se dedicó en cuerpo y alma a cuidarla a ella y a su hermano en el País de las Olas. Jamás tuvo tiempo para sí mismo y para desposar a una mujer y si con Yakumo había llegado el momento (Tobirama, aunque fuera mayor, no había perdido su atractivo), ella iba a ayudarles.

    Tras dar cazas a algunos conejos, Yakumo y la princesa descansaron en al lado de un pequeño lago mientras Tobirama fue a recoger las presas. En ese momento, un ruido las sorprendió. Tobirama se acercó corriendo y los tres vieron a Danzo Shimura y a otro caballero acercarse a ellos. El gesto que llevaban les delató que había problemas:

    —¿Qué ocurre?—dijo Tobirama.

    —Algunas familias y parte del ejército se han sublevado contra el rey y no lo reconocen como tal—dijo Shimura.

    —¿¡Qué!?—preguntó Tobirama.

    —No puedo daros más detalles, pero debemos irnos a las afueras donde mis ejércitos nos esperan. La reina madre Mito y Nawaki están allí protegidos—dijo Shimura.

    Esas palabras no me reconfortaron. Había algo que no me cuadraba.

    —¿Y mi abuelo?—preguntó Yakumo.

    —Cuando se produjo la sublevación, Itama con ayuda de los soldados y nobles que aún le son fieles cerró las puertas del castillo y la ciudad. El samurái Mifune—señaló al otro caballero quien levantó la mano al verse aludido— y yo conseguimos sacar a la reina Madre y al príncipe Nawaki junto con Chiyo y algunos más, pero tu abuelo no estaba entre ellos.

    Yakumo palideció y se desmayó. Tobirama la sujetó ente sus brazos y subió al otro caballo que habían traído el marqués y Mifune. Tsunade de un salto se puso detrás del samurái y a una velocidad sobrehumana, los caballos los sacaron de los bosques reales hasta las afueras.

    Llegaron a un campamento muy rudimentario custodiado por los soldados más fieles de Shimura. Nada más ver a Chiyo, Tobirama fue con ella para que tratara a Yakumo. Sin embargo, Tsunade siguió al marqués y a Mifune hasta la tienda del centro del campamento.

    —¡Tsunade!—su madre la abrazó con fuerza y lloró.

    —¿Qué ha ocurrido, madre? ¿Cómo es que se han revelado frente a Itama?

    —Porque no lo reconocemos como nuestro rey—dijo Shimura.

    En ese momento Tsunade cayó en la cuenta de que Shimura en un momento no se incluyó entre los sublevados en la explicación posiblemente para no alterarla.

    —Itama es un rey débil que no controla ni a su propia esposa ni con quien folla. No podemos estar obedeciendo a un hombre que no se hace respetar entre los muros de su alcoba ni tiene altura de miras para dirigir un reino.

    —Por eso, hemos decidido encumbrar a Nawaki como nuestro verdadero rey.

    Los nobles presentes sacaron sus espadas y se la ofrecieron mediante una reverencia a mi hermano pequeño que no entendía nada de lo que pasaba.

    En ese momento, mi madre estalló a llorar.
     
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    Título:
    Fanfic - Tsunade. Camino a la corona
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Drama
    Total de capítulos:
    7
     
    Palabras:
    1877
    Los personajes pertenecen a Masashi Kisimoto. Yo los he cogido y los he adaptado a la serie de televisión Isabel (realizando algunos cambios).

    Edades de los protagonistas:

    Mito Uzumaki: 40 años.

    Itama Senju: 24 años.

    Tsunade: 18 años.

    Nawaki: 12 años.

    Tobirama: 42 años.

    Yakumo: 18 años.

    AVISO: ESCENA FUERTE AL FINAL


    Desde que Tsunade había dejado el País de las Olas hasta la rebelión habían pasados dos meses. En ese tiempo, ella había descubierto que la corte era un nido de víboras cada cual esperando su momento oportuno: Guren, Danzo… y ella había crecido en sabiduría e ingenio. El problema era que Nawaki seguía siendo un niño y los nobles favorecedores de la insurrección querían hacerlo un rey.

    Bajo la tutela de Danzo Shimura, Nawaki se entrenó en combate a marchas forzadas. Los ejércitos rebeldes que no reconocían a Itama estaban al sur del país, mientras que los aliados del rey se concentraban en el norte y este, mientras que el oeste era azotado por el cacique de Hanzo la Salamandra. El rey necesitaba un equilibrio de fuerzas para acabar con ese hombre y conservar la corona.

    Tsunade y Mito sentían que Nawaki se les escapaba de las manos. Habían intentado convencer a Danzo de que pactara una paz con Itama, pero nadie cejaba en su intento. Aunque Mito fuera la reina madre y tuviera el respeto de la nobleza, su posición solamente era espiritual para las fuerzas guerreras. En las primeras escaramuzas, la victoria fue para los sublevados, lo que hizo que Nawaki se dejara llevar por la victoria y entrara en un mundo que debería estar vedado para él por ser tan joven.

    Tsunade lo encontró ebrio una noche en uno de los campamentos. Yakumo se había convertido en la sombra de Mito, por orden de Tsunade, y la propia princesa intentaba que el ahora convertido en rey no se perdiera del camino correcto. Shimura había reclamado la ayuda de Tobirama como general del ejército, hecho que tuvo que aceptar a regañadientes por su sobrino Nawaki.

    Por lo tanto, estaba Tsunade sola con Nawaki. Esa noche intentó llevárselo a un lugar apartado para que vomitara todo lo ingerido.

    —Nawaki, no vuelvas a beber con ellos.

    —Hermana, soy-soy el re-rey del País-País del Fuego. Debo brindar con mis sol-soldados.

    —¿Tú te has visto? Solamente eres un niño.

    —Danzo dice que soy un hombre, hermanita—Nawaki cayó encima de Tsunade confundido por su estado.

    Como pudo lo arrastró a su tienda y Chiyo le ayudó. Velaron su sueño hasta que llegó el alba. Con los primeros rayos de luz, el campamento fue levantado y por órdenes de Shimura, se dirigieron al templo de Fuego.

    —Tsunade, ¿puedo hablar contigo?—dijo Yakumo.

    Las dos montaban sus caballos e iban a la altura de las provisiones del ejército. Estaban alejadas de los soldados y Tobirama iba con Nawaki y Shimura a la cabeza. Chiyo estaba con la reina madre Mito custodiada por los samuráis de Mifune un poco más adelante.

    —¿Qué ocurre?

    Yakumo se cercioró de que nadie las escuchaba y habló:

    —No sangro.

    Tsunade paró su caballo de golpe y miró a Yakumo quien intentaba rehuirle de la mirada.

    —¿Desde cuándo?

    —Desde hace un mes.

    La princesa miró a su amiga quien ocultaba su barriga con los brazos.

    —No puede ser—dijo Tsunade, quien enseguida miró a Tobirama que estaba lejos—. ¿Vosotros dos lo habéis…

    Yakumo le tapó la boca para que no terminar la pregunta. Simplemente, asintió con la cabeza.

    —En los primeros días, yo estaba triste ante la falta de noticias de sobre la gente que no pudo salir de Konoha. Tobirama me apoyó y me consoló. No es la primera vez que él y yo estábamos a solas. Siempre que podía venía a mi tienda a cuidarme hasta que hace un mes y medio me encontró llorando en el lecho de un río y me abrazó. Ahí fue donde lo hicimos por primera vez.

    Tsunade no podía asimilar todo lo que decía su amiga. Con la situación de caos y guerra y ella no había percibido nada.

    —Espera un momento, Yakumo. ¿Él te hizo daño?

    —No. Tobirama es un caballero. Ojalá los hombres de la corte le llegaran a la suela de los zapatos. Cuando me abrazó, nos dejamos llevar. No podíamos aguantar más. Desde entonces, nos hemos estado viendo a escondida para poder estar juntos, pero de verdad.

    —¿Él lo sabe?

    Yakumo lo negó.

    —Estamos en guerra, no sé nada de mi abuelo. Cuando esto se sepa, me acusarán de haberlo seducido y me tacharán de bruja. Ni siquiera estamos casados—empezó a llorar.

    Tsunade respiró y tomó el mando de la situación:

    —Cuando lleguemos al Templo del Fuego, le pediremos a Chiyo que te examines para estar seguras. Entonces se lo diremos a Tobirama.

    —Tsunade, si resulta que no es un retraso y estoy encinta, yo quiero tenerlo, aunque el mundo se ponga en mi contra.

    —Y yo te ayudaré, amiga. Las dos estaremos juntas hasta el final.

    —T—​

    Llegaron al Templo del Fuego al atardecer. Los monjes ofrecieron agua, comida y alojamiento, pero el tamaño de los ejércitos obligó a levantar campamentos alrededor del santuario. La reina madre, Nawaki, Shimura, Tsunade y Tobirama llevaron flores a la tumba de Hashirama Senju, quien fue enterrado en aquel templo. Tsunade quiso quedarse más tiempo, pero fue con Yakumo a consultar a Chiyo. Tras un breve examen, la anciana le confirmó la noticia: estaba encinta.

    Yakumo rompió a llorar. Estaba feliz por la noticia pero estaba en un mundo de hombres que no iban a entenderla. Las tres salieron del Templo y pasearon por el campamento hasta que llegaron al bosque. Quedaba poco para que oscureciera, pero necesitaban que les diera aire.

    —¿Y si Tobirama no lo quiere?—dijo Yakumo.

    —Mi tío me ha criado como si fuera la hija que nunca pudo tener. Él quiere tener ese bebe y tú debes cuidarte.

    —Tsunade, ¿has visto cómo nos miran a las dos? Incluso a Mito, la madre de Nawaki. Sé lo que dicen y lo que harían con nosotras si no estuviéramos tan protegidas por Tobirama. Créeme, no te gustaría saberlo.

    Claro que Tsunade sabía que las dos y su madre eran objeto de los comentarios más lujuriosos del campamento. Si no fuera por la férrea disciplina de Shimura y la protección de Shimura, algo podría haber pasado. Como iba a ocurrir en ese momento.

    Cuando quisieron darse cuenta, se habían perdido en el bosque. El destello de las teas del campamento había desaparecido. Oyeron un ruido y descubrieron a dos soldados sin la armadura puesta y con varias copas demás.

    —Nos han seguido—dijo Tsunade, poniéndose delante de las dos.

    —Encima de zorras, listas—dijo uno de los soldados.

    —Hemos escuchado vuestra conversación—dijo el otro.

    Yakumo palideció, pero Tsunade no se asustó.

    —Si nos hacéis algo, seréis castigados—amenazó Tsunade.

    —La princesita tiene agallas. Me gustas. Creo que me divertiré contigo—dijo de nuevo uno de los dos.

    —Ni muerta—dijo Tsunade.

    Los dos soldados se rieron y un tercero que estaba escondido golpeó a Chiyo. Del susto, el otro soldado agarró de los pelos a Yakumo y la arrastró hasta el árbol. Tsunade quiso separarlos pero el otro soldado la agarró del brazo y la tiró al suelo. Yakumo gritó y golpeó a su secuestrador, quien apenas se inmutó. Le dio un puñetazo y esta cayó aturdida.

    Tsunade quiso levantarse pero su atacador le metió una patada en el vientre y se abalanzó sobre ella. Pudo notar el aliento en su cuello, momento que aprovechó para agarrar una piedra y golpear al soldador. El golpe lo enfureció más y la pegó. Tsunade volvió a caer al suelo y vio que parte de su vestido había sido desgarrado por el cuello, dejando parte de sus pechos a la vista. El soldado los lamió y empezó a subirle la mano por las piernas,

    Justo antes de llegar a la zona íntima de Tsunade, un golpe lo lanzó al suelo con fuerza. Tobirama había llegado en el momento justo. Un soldado libró a Chiyo de su atacante. Cuando Tobirama vio que Yakumo estaba a punto de correr la misma suerte, se lanzó al soldado y le destrozó completamente la cara. Yakumo paró a Tobirama abrazándole por detrás.

    Danzo y Nawaki llegaron poco después. Tsunade se recubrió con la capa de Nawaki y entre ella y Yakumo ayudaron a Chiyo.

    —En los ejércitos del rey Nawaki no hay lugar para la escoria como vosotros—dijo Danzo. Un grupo de leales soldados llegó y se llevaron apresados a los tres soldados que las habían atacado.

    Sin embargo, Yakumo sintió que sus fuerzas se iban de su cuerpo y se desmayó. Tobirama la sujetó y vio como sangraba por abajo. Fue llevada en el caballo de Tobirama hasta la tienda de Chiyo y ahí fue atendida.

    Mito entró corriendo y abrazó a su hija, quien tenía la cara masacrada por golpes. Nadie de ellos durmió en la noche, salvo Yakumo. Entonces Tobirama descubrió que esperaba un hijo suyo y se maldijo por haberse despistado un momento en la noche anterior. Estaba tan centrado en Danzo y las alianzas que planeaba que no vio nada más. si hubiera llegado a más ese soldado, posiblemente habría perdido el bebé y el hombre sí que habría muerto a manos suyas.

    Muy pronto, todo el campamento se enteró de lo que había sucedido. Mito no se separó de su hija ni de la doncella. Incluyo Chiyo, que tenía algunos rasguños, las vigilaba.

    —Creo que deberíais ver esto. Vuestros captores van a ser castigados—dijo Shimura desde la entrada de la tienda.

    Yakumo quiso levantarse pero Tobirama se lo impidió. El bebé estaba fuera de peligro, pero no quería arriesgarse por lo que Tsunade y Mito salieron y acompañaron a Shimura. En el centro del campamento, estaban los tres soldados atados por la espalda. La princesa supo quién era el atacante de Yakumo por el estado de su cara, cortesía de Tobirama.

    —Estos hombres atacaron a la princesa y sus doncellas ayer. Todos sabéis que exigimos disciplinas y buen comportamiento y ellos han infligido las normas. Deben ser castigados—dijo Shimura frente a los soldados quien jalaron al marqués.

    Los tres soldados, que estaban con la boca tapada, se asustaron y negaron con la cabeza. Tsunade vio en sus rostros algo más. Había algo en sus miradas que le daba mala espina. Los tres suplicaban con lágrimas al marqués quien sonrió:

    —Majestad—le dijo a Nawaki quien miraba con odio a los soldados—. ¿Qué opináis?

    Tsunade observó a su hermano. Se dio cuenta de lo crecido que estaba.

    —Muerte—decretó Nawaki.

    Shimura le dio la orden al verdugo y cortó la cabeza a los tres soldados. El resto de los ejércitos jalaron a Nawaki. Sin embargo, Tsunade y Mito se quedaron estupefactas ante la frialdad que habían percibido en Nawaki.
    -
    Cuando el verdugo terminó, todos animaron a su joven rey. Ya no lo veían como un niño.
    La escena del ataque a Tsunade, Yakumo y Chiyo es muy cliché pero necesitaba esta escena como pretexto para presentar al personaje que aparece en el título del siguiente capítulo. Y para una cosita más que no puedo decir ahora. :P
     
  15.  
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    Fanfic - Tsunade. Camino a la corona
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    7
     
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    Los personajes pertenecen a Masashi Kisimoto. Yo los he cogido y los he adaptado a la serie de televisión Isabel (realizando algunos cambios).

    Edades de los protagonistas:

    Mito Uzumaki: 40 años.

    Itama Senju: 24 años.

    Tsunade: 18 años.

    Nawaki: 12 años.

    Tobirama: 42 años.

    Yakumo: 18 años.


    Capítulo 7. El capitán Dan Kato


    Los monjes del Templo del Fuego se mostraron neutrales. No querían tomar partido por ninguno de los bandos en la guerra. Pero tenían bien clara una cosa: las sagradas puertas del templo darían comida y cama a cualquiera que lo pidiera.

    Tras el castigo público de los tres soldados, Tobirama tomó una decisión: no podía dejarlas solas en ningún momento. El escarmiento público había levantado una barrera entre los soldados y la princesa y Yakumo, pero no quería arriesgarse. Sabía lo que tenía que hacer.

    Por orden de Mito, Tsunade y Yakumo dormirían en su tienda, que siempre estaba custodiada por samuráis.

    —Los samuráis son mercenarios, guerreros sin amo. ¿Por qué iban a defendernos? O mejor aún, ¿por qué participan en esta guerra?—preguntó Tsunade.

    Justo en ese momento entró Mifune, el jefe de los samuráis.

    —Porqué Itama no es un buen rey, princesa. Reconocemos que tiene valía, pero en estos años ha sido un rey blando, indiferente a los problemas de un pueblo que ha llegado hasta nuestras fronteras huyendo de los problemas que vuestro hermano no ha querido resolver.

    Eso dejó perpleja a Tsunade.

    —Mi hermano puede ser muchas cosas, pero él ama a su pueblo.

    —Habéis estado muchos años fuera del País del Fuego, excelencia. Las decisiones que ha tomado el rey en su mayoría no han ayudado al pueblo.

    —He estado fuera diez años, pero no soy tonta. Sé que mi hermano ha estado rodeado de buitres y carroñeros que se han aprovechado de él.

    —Basta—dijo Mito. Los dos se separaron y miraron a Mito que había escuchado toda la conversación desde su silla.

    —Lo siento, madre.

    —Mis disculpas, alteza.

    Mifune se inclinó y salió de la tienda. Al poco entró Tobirama con una persona cubierta por una capa:

    —Yakumo, Tsunade, os presento al capitán Dan Kato.

    El aludido se retiró la capucha y las jóvenes pudieron adivinar cómo era. De rasgos faciales hermosos, era alto, casi tanto como Tobirama, y tenía el cabello de color azul como el cielo. Se inclinó ante las dos.

    —Será vuestra guardia personal.

    —Para mí será un honor protegeros a las dos.

    —No necesitamos niñera, tío—dijo Tsunade.

    —La guerra saca lo peor de las personas, Tsunade. Quiero que estéis protegidas hasta que acabe esto—concluyó Tobirama y fue hasta Yakumo para consultar su estado.

    Tsunade miró a Dan y lo examinó. Era atractivo y desprendía un aura de confianza y bondad. Aun así, Tsunade se mosqueó. Nunca había necesitado a nadie que la protegiera. Suspiró y salió de la tienda para traer agua. Cuando quiso darse cuenta, Dan estaba suya.

    —No tienes que ser mi sombra.

    —Discrepo. Las órdenes de vuestro tío son seguiros y guardar vuestras espaldas.

    —Sé luchar—dijo Tsunade encarándosele.

    —Nadie lo duda. Había oído historias sobre la princesa Tsunade y su apuesta con el rey del País de los Ríos y cómo “ganó”—lo último lo dijo entre comillas.

    Tsunade se sonrojó al recordarle aquel episodio. Sin embargo, se percató del último comentario que le había hecho.

    —Fue una victoria limpia. Si él no sabe tensar un arco y tener cuidado, no es mi culpa

    Llenó la el barreño de agua y se dirigió a la tienda. Dan Kato sintió curiosidad ante la fuerza de la princesa. Nunca había visto a alguien que desafiara a un rey o se encarara con un soldado. La ayudó con el barreño a lo que ella se negó. Al intentar demostrar que podía cargar con él, se tropezó y el agua cayó, manchándolos a los dos. A los pocos segundos, los dos comenzaron a reír a carcajada limpia.

    Con el paso de los días, Tsunade fue haciéndose a la compañía de Kato y Yakumo era consciente de cómo el capitán la miraba. Solo le quedaba saber si ese sentimiento era recíproco. Sin embargo, la aparente felicidad duró poco. Los ejércitos del rey habían avanzado y estaban cerca de su posición. Itama estaba a la cabeza de las guarniciones y había reforzado el número de soldados. Dan, aunque fuera el guardaespaldas de las dos, tenía que pelear y se dirigió a la tienda de Nawaki. Sin embargo, el joven no estaba preparado para la batalla.

    —Alteza, debéis prepararos.

    —No, puedo Dan.

    El capitán lo observó. La actitud fría de días pasados había desaparecido; tenía miedo y se notaba.

    —No puedo luchar contra Itama. Es mi hermano.

    —Majestad, muchos esperan de vos fuerza, no debilidad.

    Nawaki negó con la cabeza y empezó a llorar. Sin pensárselo dos veces, cogió la armadura y el yelmo de Nawaki y se los puso.

    —No salgáis de la tienda hasta que volvamos, alteza.

    Dan Kato, vestido con el traje de Nawaki y ocultando su cara, salió de la tienda y ocupó el puesto del joven. Ante ese gesto, Nawaki se sintió el ser más miserable y cobarde de todos.

    —T—​

    La pelea fue encarnizada. No hubo un claro vencedor, pero los soldados observaron como el rey Nawaki había luchado con fuerza y valentía. Hasta Shimura y Tobirama se habían quedado sorprendidos. A la noche, cuando llegaron los ejércitos con los heridos, Dan prácticamente voló hasta la tienda de Nawaki y se cambió rápidamente. Desaliñó la apariencia de Nawaki y lo vistió con la armadura.

    —Si preguntan, yo contestaré.

    Nawaki asintió y los dos salieron de la tienda. Tal y como había dicho Dan, solamente él respondía a las preguntas y felicitaciones dirigidas Nawaki bajo el pretexto de que había estado con él y lo había visto todo.

    Mientras Tsunade, Yakumo, Mito y Chiyo ayudaban a los heridos. Tras terminar de cambiar las vendas a un soldados, vio a Nawaki y Dan y salió corriendo hacia donde estaban. Se lanzó a los brazos de su hermano, llorando.

    —He pasado mucho miedo, Nawaki.

    Sin embargo, Dan no respondió. A ella no podía mentirle.

    —No ha sido nada, hermana—dijo Nawaki. Después abrazó a Dan.

    —Gracias por haber estado con mi hermano, Dan.

    Le dio un beso en la mejilla y volvió con su madre y Yakumo a curar a los heridos.

    El capitán sintió un cosquilleo en su estómago ante el gesto de la princesa. Se tocó donde ella lo había besado y se sonrojó. Dio gracias a los dioses de que nadie se hubiera dado cuenta de ellos.

    —T—​

    En Konoha, los ánimos eran muy distintos. Eran superiores en número, pero las proezas de Nawaki habían calado en el ejército real y para colmo, habían sido repartidos de manera furtiva por todo el reino libelos (1) que declaraban la ilegitimidad del hijo del rey Itama. Esa pérdida de “virilidad”, caló en los soldados y sabía que debía tomar una decisión al respecto, por mucho que le doliera.
    —T—

    —El rey ha exiliado a la reina Guren—dijo Shimura.

    En la mesa de reuniones, estaban Nawaki, Tobirama, Mifune, algunos líderes de clanes, Dan Kato, Tsunade y Shimura. La treta de dispersar el rumor había sido idea de Shimura y había surtido efecto.

    —He de suponer que el rumor en Konoha lo esparcisteis vos, ¿marqués?

    Shimura sonrió:

    —El rumor ya estaba de antes, princesa. Yo me limité a poner las palabras exactas. Ahora, el rey ha visto en entredicho su posición y ha tomado una decisión. Eso nos beneficia pues indica que está nervioso.

    —Eso es jugar sucio—dijo Tsunade.

    —Es política, princesa, y vuestro hermano, nuestro verdadero rey, estuvo de acuerdo.

    Tsunade miró a Nawaki quien le rehuía la mirada.

    —Yo-yo creía que era lo mejor, Tsunade.

    Tsunade se maldijo. Debía haber tomado partido en las decisiones mucho antes.

    —Nawaki ha luchado valientemente en esta guerra. Muy pronto, ceñirá la corona del País del Fuego—concluyó Shimura.

    La reunión dio por concluida y Danzo se llevó a Nawaki de allí para tratar asuntos relacionados con las alianzas formadas.

    Ahí sintió Tsunade que cuánto más se acercaba a Nawaki, éste era alejado cada vez más.

    Salió de la tienda y se escondió entre las murallas del Templo para que no la vieran flaquear. Dan la observó a lo lejos y quiso ir a abrazarla, darle su consuelo, pero él era un soldado y ella una princesa.

    —T—​

    Al día siguiente, todos amanecieron con multitud de refugiados de la guerra a las puertas del campamento. Por orden de los religiosos, todos los refugiados fueron ayudados pero eran demasiados y las provisiones escasas. Tsunade, Mito, Chiyo y Yakumo, a pesar de Tobirama, ayudaron a curar a los enfermos, pero no era suficiente.

    Tsunade fue directa a la tienda de Nawaki, pero unos gritos la pararon. Dentro de la tienda estaban Danzo y Nawaki hablando entre gritos y voces. Nawaki quería ayudar a los heridos y Shimura quería echarlos, pues no podían atender a tantos.

    El joven salió de la tienda, sin ver a Tsunade, quien intentó pararlo, pero no tuvo suerte. Quiso seguirlo, pero la reclamaron para ayudar a los heridos y no tuvo más remedio que quedarse.

    Mucho tiempo después, se preguntaría si las cosas habrían sido distintas de haberlo seguido.

    Al caer la noche, Mito se dio cuenta de que Nawaki no estaba y se alarmó. Avisó a Tobirama quien salió a buscarlo con algunos hombres de confianza, entre los que estaba Dan Kato y Tsunade. Con ayuda de teas encendidas se internaron en el bosque hasta que alguien gritó.

    Tsunade llegó hacia el origen de la llamada y lo que vio la dejó paralizada. Su hermano estaba desangrándose en el lecho de un río. Entre algunos soldados lo cogieron y lo llevaron al campamento. Mito se desmayó al ver a su hijo en tal estado. Los doctores le aplicaron los mejores cuidados pero era tarde.

    Tsunade entre lágrima agarró la mano de su hermano, quien le pedía que se acercara:

    —No confíes en nadie, solo en Dan Kato, Tobirama y Mifune.

    Con los primeros rayos del alba, Nawaki murió por la profundidad de sus heridas. Según los médicos, esas heridas solamente se las podía haber hecho él mismo con su espada, información que no saldría de las cuatro paredes de la tienda donde fue atendido.

    Para los ejércitos, Nawaki había muerto de una enfermedad producida por unas fiebres.

    Mito se lanzó al cuerpo de su hijo y Tobirama, entre lágrimas, y Dan Kato la separaron a la fuerza del cuerpo de su hijo.

    Por su parte, Tsunade no lloró. Quiso hacerlo pero no pudo. Su hermano estaba sin vida delante suya y lo único que sentía era impotencia.



    (1). Según la RAE, es un escrito que difama a una persona.
     

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