1. This site uses cookies. By continuing to use this site, you are agreeing to our use of cookies. Learn More.


  2. Descartar aviso


  3. Descartar aviso
  4. ¡Importante!


    Recuerda que categorizar bien tu historia es muy importante. Para esto, debes utilizar alguno de los prefijos disponibles junto al título de tu historia antes de ser publicada.

    Estos prefijos indican la extensión aproximada del relato y así obtendrá lectores más específicos.

    La indicación sobre cómo utilizarla es la siguiente:

    • Nanorrelato para historias de 20 palabras o menos.
    • Microrrelato para historias de entre 21 a 100 palabras.
    • Drabble para historias de entre 101 a 500 palabras.
    • One-shot para historias de un solo capítulo, mayores a 500 palabras
    • Two-shot para historias de dos capítulos.
    • Long-fic para historias de más de dos capítulos

    Gracias por su contribución para mantener ordenado este sitio.

    Descartar aviso
Descartar aviso
¡Hey, Invitado ya te vimos! Regístrate y comenta a tu autor favorito, muéstranos tus historias, participa en juegos, concursos y mucho más :)

Fanfic - Pokémon: Heroicis. [Personajes originales]

Tema en 'Fanfics Abandonados Pokémon' iniciado por Firwe, 27 Febrero 2012.

Cargando...
Estado del tema:
No se permiten más respuestas.
  1.  
    Firwe

    Firwe Entusiasta

    Aries
    Miembro desde:
    27 Febrero 2012
    Mensajes:
    62
    Puntos en trofeos:
    53
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    Fanfic - Pokémon: Heroicis. [Personajes originales]
    Clasificación:
    Para niños. 9 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    10
     
    Palabras:
    1511
    Tal y como lo dice el título, si entraste buscando una historia con los personajes del Anime, Manga o los juegos, estás en el lugar equivocado. Esta "Introducción" (Que cuenta como un "capítulo cero") la terminé de escribir hace unos minutos, pido perdón si tiene errores, el sueño capaz los provoca. Mañana temprano o pasado mañana publico el primer capítulo.
    Aviso Nº 2 (?): Soy del norte de Argentina, por ende tengo un acento diferente al de muchos de ustedes, lectores. Esta historia tiene la marca personal del acento de mi región, está mejor explicado con un ejemplo: "Estoy aquí", pasará a ser "Estoy acá". Préstenle atención a las tildes que es lo que va marcar cómo se leen los verbos (que es lo que más se nota) y otras palabras.
    Último aviso: La historia trata de tener un toque más de realismo y seriedad, capaz eso no les guste a muchos (sinceramente no tengo muchas esperanzas que les guste u_u).
    Y acuérdense, es sólo una Introducción.

    ---------------------------------------------------​
    Introducción:
    Por televisión nacional, una meteoróloga anunciaba el clima para la región del sur. Parada delante de un mapa computarizado, explicaba que un frente frío se aproximaba a gran velocidad. -La primera zona afectada serán las ciudades Delta, y Río Blanco, una tormenta con granizos se espera, los primeros vientos podrían superar los setenta kilómetros por hora.- Indicaba apuntando con la mano dichos lugares mientras seguía hablando.
    Lejos, al norte, una madre miraba esas noticias en su hogar, acomplejada y algo preocupada. Cuando el informe finalizó, ella se levantó de la silla en la que se encontraba y caminó a la sala.
    El conductor del noticiero habló. -Los Intendentes de ambas ciudades solicitan con urgencia la ayuda de todos los Entrenadores que se encuentren en la zona. Se pronostica que el inicio de esta probable terrible tormenta será en tres horas, en ese lapso de tiempo se espera a los voluntarios en los Centros Pokémones, trabajarán a la par de los oficiales encargados.-
    -Justo ellos tenían que estar en Delta.- comentó la mujer, como enojada.
    -Ellos saben lo que hacen, si te preocupa demasiado, llamalos.- dijo su marido.
    Antes que pasara otro minuto, en las afueras de ciudad Delta, un celular comenzó a vibrar, el dueño lo sacó de su bolsillo. -Mamá.- murmuró luego de atender, seguido escuchó las típicas preocupaciones y recomendaciones de toda madre.
    -Tranquila, todo está bien, no te preocupes, Lean ya está en el Centro Pokémon.- Refiriéndose a su hermano -Yo estoy en camino.- guardó silencio, oyó cada palabra que su mamá le decía y contestó -Si, ya sé, no hace falta que te pongas así, te llamo más tarde cuando esté en el Centro.- tras despedirse, colgó y guardó su teléfono.
    Era un joven de diecinueve años, alto y delgado, de cabellos medianamente largos, ondulados y de color castaño oscuro. Sus ojos marrones mantenían una concentrada mirada a la lejanía, pues avanzaba a una velocidad impactante por la ruta. Su medio de transporte era un increíble can, criatura que medía poco más de dos metros de altura, de hermoso pelaje dorado y rayas negras en todo su cuerpo, con gran melena amarilla opaca que cubría parte de su cabeza, hocico y cuello, y de brillantes pupilas teñidas de ámbar: era un Arcanine brillante.
    La capacidad del Pokémon era tal, que alcanzaba una carrera de ciento treinta kilómetros por hora con facilidad.
    A medida que se acercaban a la ciudad, en el horizonte se apreciaban más y más nubes negras. Por encima de sus cabezas, había un cielo mezclado en celeste, blanco y gris, con los rayos del sol matutino apareciendo por donde podía.
    No tardaron en llegar a la población, la bestia se vio forzada a disminuir su velocidad al tener que cruzar su camino con autos y peatones. Aunque la gente se asustaba y algunos hasta insultaban, el muchacho no tenía consideración del miedo ajeno, le pedía a su Pokémon que acelerase.
    Al rato, se hallaban delante de un enorme edificio de tres pisos, con doble puerta corrediza y ventanas de vidrio laminado. En su mayoría, pintado de colores rojos y blanco, con un enorme cartel con una Pokéball en el centro, que decía “Centro Pokémon”.
    El chico se bajó de un salto y caminó junto al Arcanine hasta la entrada, la cual se abrió automáticamente para dejarlos entrar a una gran sala. La mirada de ocho Entrenadores más, varios oficiales, enfermeras y Pokémones se dirigieron a los protagonistas. Uno de entre todos se puso de pie, estaba sentado en un sofá muy cómodo, se acercó al chico y le palmeó el hombro.
    -Llegás tarde.- dijo, con tono serio.
    -El héroe acostumbra hacerlo.- le respondió Lisandro, presumiendo.
    Ese otro muchacho, un poco más bajo en altura, de cabello corto y negro, de ojos grises, era su hermano un año mayor: Leandro.

    Los entrenadores ahí presentes observaban impresionados al Arcanine, raro de ver, su altura y color eran algo único. Sin tardar, una chica se acercó corriendo al Pokémon, con los brazos alzados y gritando de emoción. La bestia rugió mirándola con furia. Ella se asustó y retrocedió.
    -Tranquilo.- murmuró Lisandro, tocándolo levemente.
    Apretando los dientes, la fiera se calmó, pero la muchacha no quería acercarse más.
    -Disculpá a mi Arcanine, odia a los humanos.- sonriendo, explicó.
    -¡Tratá de educarlo mejor!- gritó, muy enojada, ganándose el silencioso desprecio del entrenador.
    -¡Está bien entrenado!- habló una mujer de dulce voz, que se acercó lentamente al can. Mientras caminaba, su largo y lacio cabello castaño bailaba. Ella era de tez blanca y ojos miel, algo pequeña en altura, pero delgada y hermosa. Logró pararse delante del Pokémon sin que se genere discordia alguna. Extendió su mano para que la bestia la olfatease. Gracias a esa acción, ella pudo mover sus dedos hasta el hocico de la criatura y acariciarlo.
    -Tu Arcanine es hermoso.- Comentó. La primera chica se enojó y se retiró del lugar, adentrándose en el edificio.
    -Me gustaría saber tu nombre.- habló Lisandro. Ella lo miró, y él continuó -Cuando dije que odiaba a los humanos, no mentía.- sonriendo.
    La mujer soltó una pequeña risa, y respondió mirando a los ojos del Arcanine, como si a éste le hablara -Candela. Ese es mi nombre, no lo olvides nunca.- Hizo una ligera pausa, y miró a los dos entrenadores -Pero ustedes pueden decirme Cande, así me dicen mis amigos ¿Son hermanos?- Finalizó.
    -Soy Leandro, y él, Lisandro.- contestó el mayor.
    Ella volvió a reírse -Se parecen bastante.- Dando dos pasas atrás -¿Son Entrenadores Pokémon?-
    -Hace unos años ya, ¿y vos?- Volvió a responder, Leandro.
    Candela hizo una expresión de asombro, río otra vez y bastante, y exclamó -¡Felicidades! Entonces vamos a cruzarnos alguna vez, ¿tienen alguna medalla?-
    -Por ahora no, nuestro papá nos recomendó primero encontrar Pokémon fuertes antes de pensar en ir a los Gimnasios.-
    -Su papá hizo muy bien entonces.- Dio dos pasos más hacia atrás y se dio vuelta, su cabello castaño hizo un giro que acompañó la bella silueta de la muchacha -Nos vemos dentro de poco.- terminó, alejándose.
    Leandro se quedó observándola algunos segundos, estaba por emitir palabras cuando su hermano se adelantó un paso.
    -Lean… ella es una Líder de Gimnasio.-
    -¿En serio? ¿Estás seguro, Lisan?-
    -Sí, más que seguro.- Respondió -Candela del Gimnasio Ignis de Armanús.-
    -¡Candela!- gritó inmediatamente, Leandro, sus ojos denotaban emoción liberándose. Cuando la señorita volteó para observarlo, éste exclamó con euforia -¡Quiero un combate, ahora!-.
    Ella soltó carcajadas otra vez -¡Lo acepto! Pero no ahora, está por venir una tormenta y los ríos parecen desbordarse, quiero que mis Pokémon estén en plena forma porque va ser necesario, es la única razón por la que estoy en este lugar y no en Armanús.-
    Otros entrenadores miraban atónitos lo que ocurría, pero antes que la conmoción siguiese, dos bomberos entraron al edificio, miraron hacia todas direcciones y vieron a Candela.
    -¡Señorita Candela! ¡El río Primero está presentando una repentina crecida, si sigue así no tardará en inundar las casas próximas a la costa!- informó uno.
    -¡Entonces tenemos que empezar a movernos!- Dijo ella, caminando hacia la salida. -¡Necesito que todos los entrenadores estén al tanto y alertas, si los necesito, os haré llamar!- gritó con firmeza y determinación, como si su actitud cambiara radicalmente de un instante a otro. Oficiales de la policía acompañaron a la mujer junto a los bomberos, retirándose del edificio.
    Un profundo silencio inundó el Centro Pokémon. Luego, cada persona presente en el lugar siguió con lo que estaban haciendo anteriormente.
    Lisandro tenía una rara expresión, y no habló hasta que su hermano lo notó -Sinceramente, me impresionó la forma en que usó la palabra “os”…- Alejándose de la entrada, seguido por Arcanine, recitaba -“Os haré llamar”… Interesante.-
     
    • Me gusta Me gusta x 10
  2.  
    TomFlygon

    TomFlygon Iniciado

    Géminis
    Miembro desde:
    27 Diciembre 2011
    Mensajes:
    22
    Puntos en trofeos:
    13
    Pluma de
    Escritor
    Hola argentino!!!!! Buena historia, ya quisiera que todas tuvieran el detalle narrativo que tiene ésta, pero no se puede... Bueno, eso es lo que más me impresionó, la narración, aún no se sabe a dónde va esta historia, pero eso es excelentemente misterioso... Pocos pokemon (solo 1 XD) hacen pensar que esta historia va a ser mucho más que sólo batallas... espero la conti!
    PD= yo también soy de Argentina, pero de Buenos Aires.
     
    • Me gusta Me gusta x 1
  3.  
    The Makoto

    The Makoto Wireless Crítico

    Aries
    Miembro desde:
    28 Agosto 2004
    Mensajes:
    271
    Puntos en trofeos:
    148
    Pluma de
    Escritor
    Me encantó el shiny arcanine que odia a los humanos :)
    Pues sinceramente es cierto que la narración es un ponto muy a favor de tu fic. Los eventos son muy sencillos de imaginar y entender a su vez que son muy precisos. En cuanto a como tu mismo dijiste, el realismo que quieres plasmar me llama bastante la atención especialmente porque yo planeo también llevar al realismo un fic de pokemon (el cual lo subiré en unos segundos).
    La historia aún no revela nada importante pero es normal, es una introducción y a su vez, cumple muy bien la función de llamar la atención y despertar la necesidad de seguir leyendo así que... mee tendrás aquí en cuanto siga tu fic.
    Nos seguimos leyendo y sigue así.
     
    • Me gusta Me gusta x 2
  4.  
    Firwe

    Firwe Entusiasta

    Aries
    Miembro desde:
    27 Febrero 2012
    Mensajes:
    62
    Puntos en trofeos:
    53
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    Fanfic - Pokémon: Heroicis. [Personajes originales]
    Clasificación:
    Para niños. 9 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    10
     
    Palabras:
    2953
    Primero que nada, gracias a los que leyeron la Introducción, espero no ser una decepción ._. Es mi mayor miedo. Voy a esforzarme para que la narración no pierda ese estilo. A pesar que las batallas no son "el centro", van a ser algo muy importante u.u
    Ya para terminar, les explico que decidí dividir el Capítulo 1 en dos partes, puesto que es muy largo xD y no quiero abrumar a nadie. Voy a poner la segunda parte del Capítulo en unos días.
    Gracias por leer, y desde ya me disculpo si tengo errores de cohesión o ven algún error ortográfico (que seguro se me habrá pasado alguno). Si los ven, háganme saber.

    -----------------------------------------------------------​
    Por el final del último pasillo de la planta baja del Centro Pokémon, se podía llegar a un pequeño estadio techado. Butacas de madera, escalonadas, rodeaban el campo de combate, cuyo suelo estaba hecho de piedra maciza negra, para amortiguar y resistir casi cualquier ataque. Había varias ventanas que sólo podían alcanzarse estando de pie en los asientos más altos. Allí, observando a través del vidrio, el nublado cielo y la fuerte lluvia, un adolescente se mezclaba con el silencio.
    Interrumpiendo la armonía, ecos de voces hicieron su entrada. Los hermanos llegaron a ese lugar hablando sin parar. Al ingresar, Lisandro notó la presencia de ese otro muchacho, que lo miró fijamente por un instante, para luego desviar la vista hacia los rayos y el viento.
    Ninguno se dio importancia. Detrás de los humanos, el majestuoso Arcanine apareció, lento, acostándose a un lado del escenario de batallas, sin tocar con su enorme cuerpo las líneas de pintura blanca que indicaban los límites del mismo. Los Entrenadores se sentaron. Iban a continuar su animosa charla sobre Candela, hasta que una chica de largo cabello negro interrumpió.
    -¡Hola!- Dijo ella, desde la puerta.
    -Hola.- Contestó Leandro, luego de observarla por un instante. -¿Por qué te quedás tan lejos?- Finalizó. Ella no respondió, sólo miro a la bestia durmiente.
    -No tengas miedo.- Habló Lisandro. -Ella siente el miedo.-
    -¿Ella?- Impresionada. Aquel joven que observaba la ventana, a pesar de fingir desinterés, estaba escuchando con atención, y también se vio sorprendido.
    -Es hembra.- Retomó el chico. -Digamos que con unos amigos la “rescatamos” de un grupo de enfermos que la usaban para ganar dinero. Tiene un hermoso pelaje, lo cuido cada día, pero no porque me importe que sea un Pokémon para desfiles de modelaje, sino porque debajo de todo ese pelo dorado, hay cicatrices de golpes y latigazos. Que no te sea raro que odie a las personas.-
    -No te das una idea de lo mucho que nos costó educarla.- Se metió Leandro. -Al principio mordía mucho, aunque nunca nos lastimó realmente.-
    -Siente el miedo de la gente. No le demuestres cobardía, pero tampoco superioridad; como a todo Pokémon, respeto y cariño.- Finalizaba Lisandro, animando a la chica. -Acercate, extendé tu mano y dejá que la olfatee.-
    La chica avanzó un paso, Arcanine alzó la cabeza y clavó sus ojos ámbar sobre los de ella, obligándola a retroceder un paso. El aire parecía haber cambiado, tanto que incluso el desconocido muchacho volteó para prestar atención a lo que pasaba.
    -¿Cómo te llamás? Supongo que sos Entrenadora.- Preguntó Leandro.
    -Paola. Si, lo soy.-
    -Un Entrenador no puede tenerle miedo a los Pokémon.-
    Esas palabras tocaron el orgullo de Paola, que apretó los dientes. Anteriormente había desviado levemente la mirada para evitar un contacto visual. Movió la cabeza y encontró ese desafiante iris que debía superar.
    Un paso a la vez, como si el tiempo avanzara más lento, se posicionó delante del can y extendió el brazo, dejando que olfatee sus dedos, su mano, su muñeca, para después, muy despacio, acariciarle la oreja. Acto reflejo, como si se tratase de un pequeño felino, la Arcanine pegó la cabeza al cuerpo de la chica y se movió, buscando más cariño.
    -Paola.- Habló Lisandro, al notar el nerviosismo de la misma. -Lo que acabás de hacer no es algo fuera de lo común, es decir, sólo estás acariciando un Pokémon ¿Por qué tanto drama?-
    No había palabras, ella no sabía qué decir, por lo que él continuó. -Digamos que Arcanine solamente le ruge a aquellos humanos que no valen la pena.-
    -¡Te creés la gran cosa, ¿cierto?!- Se escuchó desde la entrada. Era esa niña hiperactiva que se había largado tras la aparición de Candela. -Venía a exigirte una disculpa por el comportamiento de tu “increíble criatura” cuando intenté ser amable…- Con tono despectivo. -…veo que sos demasiado creído, dudo que tengas algo de humildad.-
    -Y si es así, ¿qué?- Contestó él. Los otros tres personajes allí presentes se limitaron a guardar silencio (aunque uno nunca pensó emitir palabra alguna).
    -Me llamo Belén, soy de Monte Grande y quiero una batalla.- Exclamó, mientras caminaba hasta la otra punta del estadio, colocándose al final las líneas blancas del campo, en el centro de un cuadrado dibujado con color gris. Su expresión mostraba su enojo.
    -¡No tengo ganas!- Gritó Lisandro. Todos, a excepción de su hermano, se vieron desconcertados ante tal actitud.
    -¿Qué clase de entrenador rechaza un combate? ¿Tenés miedo acaso?- Incitaba.
    -Sí, tengo miedo.- Respondió él. Tan simple y directo.
    Leandro se puso de pie. -¡Como su hermano puedo representarlo! ¡Yo acepto tu reto!-
    -¡No tenés nada que ver en esto!- Más furiosa.
    -¡Te metes con mi hermano y te metés conmigo, así de simple!- Argumentó. Sin embargo Lisandro sabía que sólo eran excusas para pelear, su pariente se quedó con ganas de una batalla tras ser rechazado por la Líder de gimnasio.
    Segundos después, los dos entrenadores dispuestos al combate se encontraban uno en cada extremo del rectángulo, y los demás, sentados para observar el enfrentamiento. Acordaron que la reglas serían dos Pokémon cada uno sin posibilidad de cambio entre ambos. Lanzarían al primero al mismo tiempo.
    Ella tomó una Pokéball del bolsillo y él la imitó.
    -¡No lo pienses!- Interrumpió Lisandro al ver lo que su hermano tenía en la mano. No era una Pokéball normal. En la sección roja, arriba del botón de acción, poseía un pequeño dibujo que indicaba Fuego. -¿Qué vas a hacer si perdés el control? Habrás leído el cartel de la entrada. No tenemos tanto dinero.-
    La leyenda del afiche pegado a un lado del pasillo, explicaba claramente que cualquier daño que se hiciera al estadio debía ser pagado por los causantes sin excepción alguna, con riesgo de denuncia en caso de negarse.
    -¡No voy a perder el control!- Contestó Leandro.
    -Así dijiste la última vez… y a mi billetera le dolió mucho.-
    -¡No te metas!- Gritó Belén. -¿Vas a tirar a ese Pokémon o no?-
    -No…- Quisquilloso, el mayor de los hermanos reflexionó y cambió de Pokéball. -A este sí.-
    Antes que ambos comenzaran el combate, Paola se sacó la duda de qué criatura era la que Lisandro le prohibió lanzar.
    Luces rojas se dispararon de cada lado, tomando formas diferentes. Del lado de la niña, cien kilogramos de peso impactaron el suelo; hecho de pura roca sólida, grisácea y opaca, era un cuadrúpedo de ojos rojos y un cuerno sobresaliente en el extremo del hocico. Su nombre era Rhyhorn.
    Sin embargo no era el más pesado del estadio. Media tonelada aplastante y un leve ronquido de una redonda figura, características que indicaban un sano Snorlax de color azul eléctrico, que se babeaba.
    Lisandro sacó una Pokéball de su bolsillo e hizo regresar a su Arcanine, mientras decía. -En cuanto terminen, vuelvo a sacarte.-
    -¿Por qué hiciste eso?- Preguntó Paola.
    -Si tenés algo para taparte los oídos, te lo recomiendo.- Le contestó, mientras buscaba unos tapones en la pequeña mochila que había dejado a un lado nada más llegar.
    -Pensé que los Snorlax eran verdes.-
    -¡Tapones Pao! ¡Tapones!- Le gritó, dándole dos que tenía de sobra.
    -¡Ey! ¡Feo! ¡Despertate!- Leandro pateó la cabeza de su Pokémon. Que lentamente se sentó y miró al humano, observó el techo, la ventana para enterarse que llovía, giró la cabeza y se percató, casi sin tiempo, puesto que para Belén el combate ya había comenzado, que una piedra venía rodando hacia él. Tuvo que ponerse de pie y extender el brazo, abrir su pequeña mano y detener un impacto impresionante. El dolor de algo penetrando la piel de su mano lo despertó por completo, dándose cuenta que lo que tenía delante no era una roca gigante, sino un enemigo. El Rhyhorn se había lanzado en una embestida con todo su poder, haciendo temblar el suelo. El choque directo de su cuerpo, obligó al gordinflón a retroceder, arrastrar ambos pies por el piso.
    Ambas bestias emitían sonidos de enojo, pero Snorlax estaba más molesto por haber despertado de esa forma. A pesar que se vio resentido y herido por el cuerno de su rival, eso no le impidió usar toda su fuerza. Con sus diez dedos, trató de lanzar a su oponente, el peso sin embargo era demasiado, y sólo pudo levantarlo y hacerlo volar un metro de distancia, dejándolo caer en sus cuatro patas, sin problema alguno. La cara de impresión al ver lo poco capaz que fue, hizo que el desconocido chico sentado en los asientos más altos soltara una sonrisa.
    -¡Dale con Cornada!- Gritó Belén. Su Pokémon obedeció y se disparó nuevamente al ataque directo. Leandro tuvo que retroceder varios pasos para no verse involucrado en medio del combate, si no lo hacía, hubiera sido atropellado por Rhyhorn, ya que Snorlax se había limitado a esquivar ese último ataque; aún lento como era, seguía siendo más veloz que su contrincante. En otras palabras, la fiera de piedra se pasó de largo y casi se estrella contra las butacas.
    Esto le dio tiempo suficiente al joven Entrenador de dar una orden clara. -No pierdas tiempo, ¡Descanso!-
    Snorlax se echó a dormir. Lisandro se colocó la palma de la mano en la cara y murmuró. -Lo despertó para mandarlo a dormir de nuevo.-
    Efectivamente así fue, para cuando Rhyhorn recuperó posición, su oponente estaba entrando en sueños. Belén no soportó eso y ordenó a su Pokémon usar Pisotón. Un segundo antes que eso ocurra, el tal vez, mejor ataque del gordinflón, se llevó acabo.
    A pesar de ser pequeño, el estadio era lo suficientemente grande para generar mucho eco, por ende, el sonido emitido por las cuerdas vocales de Snorlax se vieron amplificados con tal magnitud, que se escucharon prácticamente por toda la planta baja del Centro Pokémon. Los vidrios de las ventanas del lugar vibraron, y los cinco humanos allí presentes se vieron obligados a taparse los oídos como podían. Incluyendo a Paola y Lisandro, que a pesar de tener tapones, los decibeles fueron tales, que molestaban mucho.
    El clima parecía haberse puesto más pesado, todo gracias a ese poderoso Ronquido. Si bien Rhyhorn era una criatura de gran defensa física, nada podía hacer contra un movimiento de ese tipo.
    El primer ronquido de Snorlax cesó a los nueve segundos. Tiempo en que todos tomaron aire, y Lisandro gritó. -Rhyhorn va sufrir demasiado si no lo metés a su Pokéball.-
    -¡No me digas qué hacer!- Enfurecida, respondió Belén. No pudo decir más, otro impacto sonoro retumbo por todo el lugar obligándola a ella a caer de rodillas. Rhyhorn no lo soportó y corrió hacia la entrada, buscando escapar. Sus pasos no coordinaron a causa de la fuerte molestia y casi se estrella contra la pared. Parando su carrera en seco.
    Esta vez el ataque duró ocho segundos, y cuando finalizó, Leandro se puso firme. -¡No pienso hacer regresar a Snorlax!- Exclamó glorioso, pero no se había escuchado ni él. Sus oídos estaban afectados por un fuerte zumbido.
    Antes del tercer ronquido, Belén hizo regresar a Rhyhorn.
    -¡Vos también hacelo regresar, por favor!- Gritó el muchacho que estaba cerca de la ventana.
    -¡¿Qué dijiste?!- Preguntó Leandro.
    Lisandro se bajó de los asientos y corrió hacia su hermano, indicándole con señas que devolviese su Pokémon a su Pokéball. Casi obligado, tuvo que hacerlo.
    El silencio fue la mejor compañera de cada uno de los que se hallaban presentes. Incluso parecía haber menos oxígeno que respirar. Un minuto fue necesario para que se recuperaran.
    -¡Dale, sacá tu segundo Pokémon!- Victorioso, el chico de cabello negro se mostraba firme con una sonrisa de oreja a oreja. Paola se tocaba los tímpanos muy despacio tras sacarse los tapones, se encontraba dolida.
    Belén no emitió palabra alguna. Estaba ahí, arrodillada y pensante.
    Las enormes lámparas que iluminaban el lugar parpadearon por unos segundos. La electricidad se había cortado; antes de que ocurriese un apagón, la energía de emergencia de los generadores del Centro tomó lugar para evitarlo. La derrotada Entrenadora aprovechó esa distracción para retirarse en silencio del estadio. Aunque todos la vieron irse, nadie dijo una sola palabra.
    -¿Eso significa que gané?- Soltó Leandro.
    -Que chica tan loca…- Comentó la ahora única mujer presente.
    El ambiente no tardó en volverse amistoso otra vez. Minutos más tarde, Snorlax tuvo que recibir atención médica de una enfermera. La palma de su mano izquierda fue levemente perforada y sangraba un poco.
    “No puede participar en ningún evento o competencia por cinco días mínimo.” Decía el papel que le dieron a su dueño tras finalizar la consulta.

    Las horas pasaron hasta que llegó la noche, eran cerca de las veintidós horas. El clima había mejorado levemente. Las estrellas no podían verse, todo estaba muy oscuro y una fría brisa recorría las desoladas calles de Delta. Cada tanto, una pequeña llovizna seguía mojando el asfalto y los edificios de la ciudad.
    El Centro Pokémon había cerrado ya sus puertas de atención general y la mayoría de los que allí trabajaban abandonaron el edificio. Sólo quedaban los médicos de guardia que tomaban café en el bar del primer piso, al compás del blues que sonaba en una radio, y a la espera de posibles urgencias. En el mismo lugar, los hermanos estaban cenando; hacía unos minutos finalizaron una llamada a su casa, para avisar que estaba todo bien.
    Al ser Entrenadores Pokémon, podían hospedarse en las habitaciones reservadas. Disponían de ese lujo y otros tantos más por el hecho de cumplir tal oficio. Todo Entrenador registrado en la Liga Nacional gozaba de ello siempre y cuando preste sus servicios a la comunidad, razón por la cual debieron permanecer ahí todo el día, para ser llamados por los bomberos u oficiales en caso de ser necesaria ayuda. Sentados en una punta con vista directa por una ventana, finalizaban su comida despacio, sin apuro alguno.
    Candela apareció entre ambos, parándose a un costado de la mesa. -¡Deberían estar descansando!- Sonriendo, como siempre, con un largo vestido rojo y una toalla envolviendo su cuello. Su cabello mojado daba a entender que había salido de bañarse recientemente.
    -¡Cande! ¿Qué hacés por acá?- Muy amistoso, Leandro.
    -Yo también me quedo en este lugar por si no sabías.- Acomodándose en una silla. -Fue un día muy cansador.-
    Lisandro pidió que le contase un poco de lo que había pasado. Ella narró que tuvo que evacuar varias familias por peligro a que las casas se inunden por culpa de la crecida de los ríos, hacerlo bajo la lluvia y el fuerte viento resultó más difícil de lo que pensó, sumado a que la mayoría de los Pokémon que entrena, son del tipo fuego. Por suerte nada grave ocurrió.
    -¿Y cuándo podemos tener nuestra pelea?- Preguntó Leandro, cambiando completamente el tema. Candela primero soltó una carcajada, después respondió. -Tengo que quedarme uno o dos días más acá. Mejor nos encontramos en una semana en el Gimnasio de Armanús.-
    -¿Una semana? ¿Tanto?-
    -Sí. A los dos, supongo que vos también vas a querer la Medalla Ignis.- Aputando con el dedo, a Lisandro, quien afirmo. Tras otra risa, continuó. -Los espero el veinticuatro de marzo en mi ciudad, entonces. Ahora necesito cenar.- Finalizó, llamando al único mozo que atendía el bar a esas horas. Pidió un café bien cargado y cuatro medialunas.
    Los Líderes de Gimnasio eran autoridades. Al tener Pokémon de gran fuerza y saber domarlos a la perfección, resultaban una gran utilidad en casos de emergencia. Candela reclamaba que su tarea era muy pesada, generando un amplio debate entre los tres. A pesar de haber terminado sus platos, siguieron charlando hasta casi las doce, momento en que un cuarto personaje apareció.
    Era aquel que había observado en silencio la batalla de esa mañana, se acercó a la mesa, tan silencioso como era, razón por la que no notaron su presencia hasta que movió su mano en forma de saludo. Lisandro soltó un gritó, fingiendo haberse asustado; Candela no aguantó la risa ante esa acción.
    Los hermanos y la Líder de Gimnasio observaron al alto chico de cabello castaño, que estaba ahí parado. Pasaron casi veinte segundos hasta que se decidió hablar. -Me llamo Matías, un gusto.- Fueron sus palabras.
    -¡Yo soy Candela!- Contestó ella, ganando lugar ante los otros dos. -Él es Lisandro, y él Leandro… ¿Cierto? ¿No me equivoco?- Ellos afirmaron.
    -Disculpen que moleste, pero necesito pedirles ayuda. Es importante.- Explicó Matías, bastante serio.


    Petición.-
    Capítulo 1, parte 1 de 2.
     
    • Me gusta Me gusta x 7
  5.  
    The Makoto

    The Makoto Wireless Crítico

    Aries
    Miembro desde:
    28 Agosto 2004
    Mensajes:
    271
    Puntos en trofeos:
    148
    Pluma de
    Escritor
    Me abstengo de momento a hacer observaciones mayores mientras el capítulo permanezca por la mitad. Pero debo decir que el nivel de realismo me llama mucho la atención y me agrada bastante. Sigue escribiendo que dejas con las ganas.
     
    • Me gusta Me gusta x 1
  6.  
    Firwe

    Firwe Entusiasta

    Aries
    Miembro desde:
    27 Febrero 2012
    Mensajes:
    62
    Puntos en trofeos:
    53
    Pluma de
    Escritor
    Perdón por tardar tantos días, estaba tratando de no hacer tan aburrida la segunda parte xD.
    Gracias por la opinión. Sólo me falta hacer la corrección final y ya puedo subir esta última mitad.
     
  7.  
    The Makoto

    The Makoto Wireless Crítico

    Aries
    Miembro desde:
    28 Agosto 2004
    Mensajes:
    271
    Puntos en trofeos:
    148
    Pluma de
    Escritor
    No te preocupes no te presiono. Además, yo también estaré demorando un poco con mi fic al fin de cuentas.
     
    • Me gusta Me gusta x 1
  8.  
    Firwe

    Firwe Entusiasta

    Aries
    Miembro desde:
    27 Febrero 2012
    Mensajes:
    62
    Puntos en trofeos:
    53
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    Fanfic - Pokémon: Heroicis. [Personajes originales]
    Clasificación:
    Para niños. 9 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    10
     
    Palabras:
    4419
    Disculpen los errores que llegue a tener el escrito, me quedo más largo de lo que pensé (y creo que también, aburrido). Estoy seguro que algún error debe tener, y les pido que me lo hagan notar; estoy tan metido en la lectura que ya no sé discernir qué está bien y qué está mal, pero tampoco quiero esperar un día más.
    Y me acordé como se hacía el guión largo :p , así que Les dejo el final del capítulo 1, con el guión largo.

    ---------------------------------------------------------------------​
    Además de seriedad, Matías mostraba preocupación en sus castaños ojos. El sólo acto de ver la expresión de su rostro, era suficiente para entender que no se trataba de algo simple o irrelevante. Lisandro se percató que incluso su hermano lo había notado, siendo que éste siempre era el último en darse cuenta de tales cosas. Se le ofreció al muchacho sentarse y compartir la mesa.
    —Se trata de un amigo, creo que él está en peligro. — Dijo. Permaneció callado unos segundos, contemplando la extrema atención que los demás le prestaban. Elevó un poco más su débil tono de voz. —Su nombre es Alejandro, le decimos Alex. Él… fue al Bosque de los lamentos. —
    La mirada de Candela fue la primera en cambiar, golpeó la mesa con ambos puños y preguntó: —¡¿Solo?! — Matías se limitó a asentir con la cabeza.
    La Líder de Gimnasio no pudo evitar sentir cierto enojo. Rabia que se fundamentaba en el deseo de proteger una vida, entrar en tal peligroso lugar sin compañero alguno, implicaba una muerte casi segura. Los hermanos comenzaban a darse una idea de lo delicado del asunto.
    —¿Por qué decidió entrar a ese lugar? ¿Cuál es la razón? — Interrogó la mujer.
    —Nunca supe por qué. No me lo quería decir. Lo que sí sé, es que seguro algo le habrá pasado. Sus palabras fueron: “Voy a estar tres días ahí, y dame dos días más por si tengo algún problema. Si no te llamo para el sexto día, pensá lo peor”. —
    —¿Por cuál día vamos? — Habló Leandro.
    —Acaba de finalizar el sexto. — Informó, mirando el reloj colocado cerca de la barra de atención del bar, arriba de la puerta de entrada a la cocina. Eran las cero horas con dos minutos.
    —¿Y cuál es ese favor que querés pedirnos? —Siguió Lisandro. Aunque él ya sabía la respuesta, quería escucharla de la voz del muchacho.
    —Todos los Entrenadores amigos que tengo están muy lejos, y no quiero esperar uno o dos días, necesito ir urgente. Pensaba adentrarme solo, hasta que ustedes llegaron hoy a la mañana. Esa Arcanine tuyo y tú Snorlax son bastante fuertes. — Mirando respectivamente a cada entrenador. —No sé a quién más acudir. —
    Tras un incómodo minuto de silencio. Candela explicó —Yo estaría dispuesta a ayudar si mi obligación no fuese quedarme en este lugar. Lo más probable es que incluso me soliciten que espere uno o dos días más, ayudar a los afectados y esas cosas. — Cansada como estaba, apoyó el codo en la mesa y dejó caer su rostro en la palma de la mano del mismo brazo. —Como sea, sigue siendo un lugar peligroso sólo para tres. —
    —¡Yo quiero ir! — Gritó emocionado, Leandro. La joven lo miró con desconcierto, mientras él continuó. —El Bosque de los lamentos siempre fue un lugar que quise visitar. —
    —Si él va, yo estoy obligado a ir. — Dijo Lisandro, con desánimo. —¿Qué vamos a decirle a mamá y papá? Si se enteran que vamos a entrar ahí, son capaces de venir a buscarnos. —
    —Les decimos que vamos de caza unos días y fue. No necesitan saber todos los detalles. Como sea, yo te acompaño, Matías. — Sus palabras animaron un poco la situación. Aunque su hermano suspiro con cierta molestia.
    —¿Están seguros de esto? — Preguntaba Candela. —Las estadísticas del año pasado indicaban que sólo el veinte por ciento de los Entrenadores regresaban vivos, de los cuales, la mitad lo hacían con traumas psicológicos o físicos. ¿Cuántos Pokémon tiene cada uno? ¿Cuentan con lo suficiente para defenderse? —
    —Yo tengo cuatro. — Respondió el menor de los hermanos. El mayor indico “tres” con los dedos, al igual que Matías. La mujer se sorprendió un poco. —Ahora tengo más ganas de luchar contra ustedes. — Murmuró.
    —Como sea, si vamos a ir, es mejor que salgamos en la mañana temprano y no perder tiempo. Quería dormir bien hoy, pero dudo que se pueda. ¿Cuál es tu plan de acción? — Lisandro miró fijamente al cuarto personaje, pero éste no supo responderle; a causa de ello, volvió a hablar, con molestía —¿No pensaste en nada? — Al recibir una negativa, continuó. —¡Dios! Bueno, mejor me voy a dormir. Mañana a las siete te esperamos abajo, y ahí vamos a planificar nuestro accionar. — Levantándose de la mesa, fue hasta la barra para pagar lo que habían cenado, para luego dirigirse a las habitaciones del tercer piso. Leandro le siguió tras despedirse. Candela realizó las mismas acciones, dejando solo a Matías.

    Los hermanos subieron por las escaleras. Caminaron a la habitación número siete del tercer piso, y abrieron la puerta con la llave. Antes de ingresar, escucharon una voz femenina.
    —¡Esperen! — Fue lo primero que dijo ella, la Líder de Gimnasio, que los había seguido. —Antes que cierren la puerta, quería preguntarles. ¿Están seguros de acompañarlo a ese lugar? Es decir, ni siquiera lo conocen. No les está pidiendo una vuelta por el campo, el Bosque de los lamentos es uno de los lugares más peligrosos del país. —
    —A vos tampoco te conocemos bien. — Contestó Lisandro. —A penas nos presentamos esta mañana, si bien tuvimos una animada cena, no hace mucha diferencia, pero de igual forma hubiéramos depositado nuestra confianza en vos. —
    Ella se quedó callada, pensando una respuesta.
    —Además yo siempre tuve ganas de ir a ese lugar. — Intervino Leandro. —Creo que lo de salvar a su amigo es un extra. No te preocupes, no voy a morirme sin antes ganarte la medalla Ignis. —
    Candela sonrió. —Si se mueren no es culpa mía. — Soltó una carcajada, y bruscamente cambió su expresión, poniéndose sería. —El veintitrés de marzo voy a buscarlos en el Centro Pokémon de Armanús. Si no están ahí, y no me envían algún informe de por qué se retrasaron, voy a ir con un equipo especial a buscarlos en el Bosque de los lamentos. — Finalizadas esas palabras, caminó hasta su correspondiente cuarto, al final del largo pasillo. Los hermanos le gritaron que no se preocupe, y le agradecieron la amabilidad. Cerraron la puerta y se acomodaron en la pieza.
    No era un espacio muy grande. Tenía un baño privado, dos camas de una plaza, una mesita pequeña, un ropero de tamaño medio y aire acondicionado. Sin tardar mucho, se acomodaron, apagaron las luces y se acostaron a dormir.
    Minutos después, Matías llegó a la tercera planta con un vaso térmico cargado de café, y se dirigía a la puerta número quince cuando observó que la Líder lo estaba esperando recostada por la pared.
    —Tu habitación queda al lado de la mía. — Le dijo mientras lo veía venir. —¿De verdad no sabés cuál es la razón por la que tu amigo fue ahí? — El chico movió la cabeza en forma de “No”. —No noto malas intenciones en vos. Tal y como les acabo de decir a los otros dos. Si para el veintitrés no tengo informes de que están bien, voy a ir a rescatarlos. Ese lugar no es un juego. —
    —Sé eso. — Respondió, algo tímido. —Pero tampoco puedo seguir esperando. Agradezco tu oferta, y la voy a estar esperando si algo malo pasa. —
    —¡De acuerdo! — Exclamó, despegando su esbelto cuerpo de la pared. La muchacha sonriente se desplazó a la habitación dieciséis, saludó con la mano al chico, y entró.

    Las manecillas del reloj del bar indicaron las tres. La radio seguía en la misma emisora, dando entretenimiento tanto a los médicos que hacían guardia, como al cocinero y el mozo que atendían el lugar.
    Dos pisos arriba, en la habitación siete, Lisandro se había despertado repentinamente hacía unos minutos. Una pesadilla lo incomodó, se levantó de la cama y fue al baño a lavarse el rostro. Regresó al acolchado y cambió la almohada al extremo contrario, para cambiar de posición. Se acostó boca arriba, contemplando el techo. Sus ojos se habían acostumbrado a la oscuridad. En su mente repasaba las historias que desde pequeño le venían contando sobre el Bosque de los lamentos, uno de los pocos lugares “místicos” del país.
    “Jamás vayas solo, asegurate de olvidar a tus seres queridos, y nunca te duermas.”— Recitó muy despacio. Era una frase conocida que un tío le decía de pequeño, tanto a él como a su hermano. En ese mar de árboles, en la antigüedad (más de dos mil años), hubo una gran batalla donde murieron centenares de humanos y Pokémon; los espíritus de los caídos en combate jamás pudieron descansar en paz, convirtiéndose en fantasmas. Se sabe que todo el que entra debe enfrentarse a sus mayores miedos.
    A causa de los cientos de desaparecidos y muertos, La Liga Pokémon se hizo cargo del bosque, prohibiéndole la entrada a cualquier persona normal. Para ir, se es necesario cumplir requisitos, entre los cuales, uno es poseer una Licencia de Entrenador Pokémon.
    En pocas palabras, es un lugar maldito.
    Repasando las historias y cuentos de terror, el chico se quedó dormido. Volvió a despegar los ojos cuando el reloj despertador sonó a las seis y treinta, la luz matutina iluminaba levemente a través de la ventana, aunque el sol aún no se mostraba.
    Los hermanos se levantaron y apreciaron el hermoso celeste cielo, sin nubes. Se alegraron aún más al salir y enterarse que la tormenta dejó una fresca brisa en la zona, a pesar de estar en verano. Alistaron sus cosas y acudieron al bar a desayunar. Esta vez, Lisandro decidió no sacar a Arcanine de su Pokéball, era el turno de sus otros Pokémon. Candela ya se encontraba allí, acompañada de Paola y Matías. Tomaban chocolatada caliente.
    Sentada en la mesa, bebiendo algún tipo de líquido especial, estaba una tierna bolita rosada de veinte centímetros de alto, llamada Igglybuff, la cual pertenecía a la chica de cabello negro.
    Los tres vieron cuando los dos Entrenadores ingresaron al enorme salón, los llamaron con las manos. A la par de estos últimos, dos criaturas de un metro de altura promedio, caminaban una de cada lado. A la derecha, un mono de brillante piel naranja, largos brazos y una cola que finalizaba en fuego. A la izquierda, un reptil bípedo de cuerpo azul pálido con escamas rojas en forma de triángulo que sobresalían de su cuerpo, tres en la cabeza, como si fuera una cresta; dos en la espalda, y la última casi al final de su pequeña cola. Conocidos como Monferno y Croconaw, respectivamente.
    Cada uno buscó una silla para acomodarse junto a los demás.
    —¿De quién es el Monferno? — Fueron las primeras palabras de Candela, dejando de lado cualquier saludo mañanero, su curiosidad era más fuerte. Contempló concentrada al Pokémon. Éste sintió recelo por ello.
    —Buen día, primero. —Dijo Lisandro con una sonrisa. —Ambos son míos. —
    —Me encantan. — Soltó Paola, de forma inconsciente. Se tapó la boca y se sonrojó, ya que no quería que nadie lo supiese.
    —Gracias. No hace falta que tengas vergüenza. — Le respondió él.
    —¿Y vos por qué no dejás salir a los tuyos? — Le preguntó la Líder a Leandro. Éste hizo un gesto de incomodidad, y contestó —Digamos que… uno es un perezoso que odia caminar. El otro… es peligroso, la última vez destruyó todo lo que encontró por delante. Y el último… es un pájaro enorme que no se sentiría cómodo en un lugar cerrado. —
    —¿Lugia acaso? — Bromeó Matías. Sus tontas palabras desencadenaron una serie de chistes, causa de las primeras risas del día.
    Un desayuno pacífico. El tema del Bosque de los lamentos no se tocó. Entre tanta charla, se pasaron sus números de celular, y también se les pasó la hora. Se percataron cerca de las ocho. Sorpresa para los tres Entrenadores que debían ir a la estación terminal de ómnibus. Irían en colectivo hasta el pueblo más cercano al peligroso lugar.
    Cada uno fue a buscar sus cosas a su habitación, entregaron las llaves a la señora encargada de dar los cuartos de hospedaje, y se dirigieron a la salida del Centro Pokémon, acompañados de las chicas. Paola se limitó a exigirles extremo cuidado, aún no asimilaba del todo lo que sus nuevos amigos estaban a punto de hacer. Candela se comportó como una madre, dando instrucciones repetitivas veces y dejando en claro que si no aparecían para el veintitrés, iría a buscarlos.
    Sin tardar mucho más, comenzaron a correr.
    —¡¿Por qué no vamos en Arcanine?! —Gritó Leandro.
    —¡Porque está descansado! — Respondió Lisandro. La cara de sus dos compañeros expresaron desaprobación.
    Quince minutos tardaron en llegar a la enorme construcción. De cien metros cuadrados, tenía acceso directo desde la avenida principal de la ciudad, y veinte andenes pertenecientes a diferentes empresas de colectivos de larga distancia. Los personajes se acercaron a una de las tantas boleterías para comprar los pasajes. Perdieron el ómnibus que querían tomar, el cual salía a las ocho y veinte. El próximo salía a las diez. Maldijeron su distracción y se sentaron a esperar la hora y media faltante en uno de los bancos ubicados en diferentes puntos de la terminal.
    Casi noventa minutos de absoluto aburrimiento, temas de conversación que no aparecían, y sin que pasara nada interesante. Como si fuera un milagro, el móvil llegó lentamente, pudiendo éste apreciarse desde la lejanía.
    Avanzó a los últimos metros a diez kilómetros por hora y se detuvo entre dos líneas amarillas, su lugar de estacionamiento reglamentario, andén número cuatro. Al minuto los choferes descendieron e iniciaron la toma de boletos, permitiéndoles la entrada a los pasajeros.
    Asientos diecinueve, veinte y veintiuno, ubicados en el piso de arriba. Los hermanos se sentaban juntos, y Matías tuvo la mala suerte de ser acompañado por una anciana habladora, que no dejó de molestarlo en todo el camino, contándole las historias de vida de sus nietos.
    La tortura del pobre y silencioso muchacho finalizó a las once, cuando llegaron al destino. Fueron los únicos que bajaron en el pueblo, en la plaza principal (que era la única parada que hacía el colectivo, antes de seguir su camino más al sur). Cargando cada quien su mochila, contemplaron por primera vez el sereno Pueblo Aeris.
    El poblado tenía muy pocas calles asfaltadas y abundantes árboles de diferentes tamaños y especies que pintaban cada rincón, las pequeñas casas le daban ese toque final de pequeño paraíso.
    —¡Señor! — Gritó Lisandro, al salir del hipnotismo que le generó el bello paisaje. Se acercó a un hombre que pasaba caminando. —Disculpe, tengo una pregunta. — Finalizó.
    —Si buscás la entrada al Bosque, tenés que seguir hasta el final de la calle, hay una cabaña donde te lo explican todo. — Le contestó apuntando a una dirección. Después se alejó, ignorando todo a su alrededor.
    —Parece que por acá están acostumbrados a los turistas. — Dijo el chico, medio confundido, mirando a sus dos compañeros que le habían seguido.
    —No somos los primeros en venir, ni vamos a ser los últimos. — Comentó Matías.
    —¿Eso te lo contó tu veterana mujer? — Le preguntó Lisandro, con tono de burla.
    —Seguro le dio la dirección de su casa, y le dio una invitación especial para hoy a la noche. — Le continuó el hilo, Leandro. Siguieron gastándole bromas un largo rato.
    A paso lento llegaron al final del pueblo. Casi no se cruzaron con personas. Tanta paz y silencio era extraño para ellos, a pesar de que ninguno provenía de una gran y ruidosa ciudad.
    Terminado el cemento, la calle continuaba dos kilómetros más, todo de tierra. Ya no había construcción alguna, a excepción de dicha cabaña en la lejanía. Cuando llegaron a la puerta de ésta, golpearon.
    Hogar humilde, pero grande, desde fuera era predecible que tendría cinco o seis habitaciones; estaba rodeado de árboles altos que le daban sombra todo el tiempo, sin importar la posición del sol.
    Un hombre de avanzada edad, tal vez de cincuenta años, los atendió. Nada más ver la pinta de los recién llegados, los hizo pasar sin decir más que “adelante”. Ingresaron a un amplio salón con varios sofás, había estantes cargados de libros y cuadernos, y resaltaba un teléfono de azul fosforescente sobre una mesa en el rincón, por desentonar con el color ante tanto marrón de la madera.
    El señor les pidió que tomaran asiento y le esperaran, retirándose por la única puerta que llevaba más adentro de la casa. Ellos no entendían bien qué pasaba, sin embargo obedecían en silencio. Cinco minutos pasaron y el hombre volvió. Se apoyó en la pared y saludó.
    —Primero, buenos días. —
    —Buenos días. — Respondieron al unísono, con voz alta y con firme.
    El dueño del hogar hizo un gesto de extrañeza, sonrió. —No soy su profesor, ni estamos en una clase o algo por el estilo, no me hagan sentir viejo. Mi nombre es Gustavo, soy el encargado de la entrada al Bosque de los lamentos. —
    —¿Cómo sabe que estamos acá por eso? — Preguntó Leandro. Para los otros dos la respuesta era predecible, pero decidieron callar.
    —Este pueblo no recibe turistas desde hace años. Todos los que vienen al pueblo, que no hayan nacido acá, son Entrenadores, y al mismo tiempo, todos los Entrenadores vienen por una sola razón. — Explicó Gustavo. —Además, por tu edad, dudo que vengas a visitar a un familiar. — Sonrió. —Son muy pocos los jóvenes que viven en este pueblito. Digamos que a Aeris no le queda mucho tiempo de existencia. Todos deciden migrar a las ciudades. —
    Ese dato era algo que ninguno de los tres esperaba, pero antes que pudieran preguntar, el hombre exclamó. —¡Disculpen! ¡Soy muy hablador! No tengo por qué sacarles tiempo con mis aburridos cuentos, ustedes quieren entrar al Bosque. —
    —Exactamente, por eso venimos. — Contestó Lisandro.
    —No voy a dar más vueltas con el asunto, pero no deberían entrar hoy. — Recomendó. Al ver el desconcierto de ellos, siguió. —El Bosque por las noches se vuelve muy peligroso, si quieren entrar, deben hacerlo a primera hora, cuando el sol se está mostrando. Son las once y media de la mañana, ya perdieron cuatro o cinco horas de luz diurna. —
    Gustavo les dio una prolongada explicación. Cosas que sí o sí debían tener en cuenta. Comenzó presentándose formalmente, él pertenecía a la parte administrativa de la Liga Pokémon, tenía la Licencia oficial de Guardabosques, específicamente, del Bosque de los lamentos. Informó que desde que inicio el año, diez personas ya habían entrado, entre ellas, sólo dos eran Científicos y no Entrenadores. Nadie regresó.
    A pesar de saber las férreas intenciones de todos los que llegaban al lugar, él trataba siempre de convencerlos de no ir (cosa que también procuró esta vez). Su justificación era que valía la pena intentar salvar una vida.
    Mostrándoles algunos papeles que guardaba en los estantes, detalló que cada archivo en esa habitación eran informes de lo que solía ocurrir en el Bosque, y que se encontraba a completa disposición de quienes querían entrar. Para completar, les mostró el contrato que debían firmar, indicando el punto más importante que, en pocas palabras, decía que todo aquel que decida ingresar, bajo ningún motivo, sin excepciones, podía responsabilizar a terceros de cualquier hecho o daño que pudiese acontecerle, y que en caso de muerte, uno mismo era el único culpable. Además, debían realizar una redacción bajo ciertos estándares, donde narren las acciones a tomar en caso de que desaparezcan o mueran. “Un mini testamento”, lo bautizó Leandro.
    Terminada la charla que duró casi hora y media. Gustavo habló muy molesto. —¡Perdón, muchachos! ¡Siempre se me pasa! ¡No les pregunté sus nombres! — Ciertamente, a pesar de haber conversado tanto, el hombre olvidó pedirles que se presenten. Lo hicieron mientras reían.
    —Bueno. Ya saben todo lo que tienen que saber. Los dejaré meditar y pensar bien qué harán, porque… — No pudo terminar. Lisandro lo interrumpió. —Vamos a entrar. —
    —Pero… ¡Tómense su tiempo! —
    —No hay tiempo. — Intervino Leandro.
    —Un amigo mío… entró a ese Bosque. Tenemos que salvarlo. — Explicó Matías, sin alzar mucho la voz.
    El señor se quedó callado unos segundos. Suspiró y observó al último chico que le habló. —Tu amigo, por las dudas, ¿Se llamaba Alejandro? Fue el último en ir. — Tras recibir una afirmación gesticulada, siguió. —Recuerdo a ese chico, traté de pararlo, me pareció una locura que entre solo. Pero estaba decidido, como buscando algo. Solo rezo para que esté bien, si es que sigue vivo. — Con una triste mirada, se adentró en la cabaña, dejando a los tres para que hablaran.
    —Siento que todo esto está pasando muy rápido. — Comenzó Lisandro. —Ya casi son las trece, tengo hambre, quiero almorzar. No tenemos nada planeado, y encima tenemos que quedarnos hasta mañana. ¡Mierda! — Insultó al aire, haciendo notar su enojo.
    —¿Vamos a esperar hasta mañana? — Le preguntó su hermano.
    —Sinceramente no quiero, pero menos quiero ser imprudente. Si Gustavo dice que es arriesgado, por más que exagere, en algo debe tener razón. Como mínimo, deberíamos hacer caso en ese punto. Además, tomarnos el día nos va dar tiempo de leer todo esto. No pienso entrar sin informarme bien. — Finalizó. Mirando cada estante, cada conjunto de hojas, en su mente trató de estimar cuánto le tomaría leerlo todo.
    —Estoy de acuerdo. — Añadió Matías.
    —¡Bueno! — Aceptó Leandro, algo molesto. —Tenemos que preguntarle a Gustavo dónde conseguimos un almuerzo, y hospedaje. —
    Afortunadamente, esa Cabaña funcionaba como un Centro Pokémon. El hospedaje les salió gratis. Por otro lado, tuvieron que comprar los ingredientes para su almuerzo, merienda, cena, y algún que otro aperitivo entre horas, en una tienda del pueblo, que aparentemente era la única.
    Dividieron la tarea y se pasaron el día leyendo, estudiando con detalle cada página. Cada dos horas salían a tomarse un respiro, jugaban con sus Pokémon o hacían alguna que otra actividad para distenderse. Gustavo era una agradable compañía a pesar de perderse en sus discursos y no escuchar lo que le decían. Tras media hora de descanso volvían a los libros.

    Llegada la noche, el dueño de la cabaña los llevó al patio trasero, prendió una fogata con su único Pokémon, un Simisear de avanzada edad, hecho que se apreciaba en primer lugar, en el color de su pelaje rojo opaco, como si estuviera despintado; y en segundo, en su tierna mirada caída. El mono de fuego se había amigado con Monferno bastante rápido, y se la pasaron molestándose el uno al otro casi todo el día.
    Sentados en troncos cortados, rodearon la llama. La noche trajo consigo una brisa helada. Al no existir más luz que la de las flamas, las estrellas aparecieron por todo el firmamento, de un horizonte a otro. A lo lejos, tras seis kilómetros de extenso campo sin árbol alguno, se apreciaba el inicio del Bosque de los lamentos.
    Luego de que se acomodaran y que los Pokémon se acurrucaran en el cálido pelaje de una Arcanine acostada dos metros atrás de Lisandro, Leandro fue el que se animó a preguntar —¿Por qué nos haces cenar acá afuera? — Agarró su plato de arroz y pollo. Con un tenedor ingirió el primer bocado.
    —Quería que probaran algo. — Respondía Gustavo. —Me gustaría que miren fijamente el Bosque por unos segundos, y me digan qué ven. —
    Obedeciendo esa orden, los Entrenadores clavaron sus ojos más allá de la penumbra, sobre el oscuro mar de árboles. A pesar de la lejanía, había “algo” que acortaba la distancia. Pasaron tres segundos, y una presencia extraña parecía envolverlos. Lentamente se sintieron más cerca de la silueta de cada planta en ese misterioso lugar. Un murmuro débil ingresó por sus oídos, voz baja que parecía llorar, reclamar, gritar. Cinco segundos de mirada fija, los hizo entrar en todo ese verde. Verde oscuro, ni una sola luz en kilómetros. Sabían que estaban sentados delante del fuego, pero no sentían calor alguno, un horrible frío les recorría cada hueso comenzando por la espina dorsal. Como si ya no estuviesen seguros, se encontraban perdidos en la oscuridad, solos. Sin darse cuenta, ese bajo barullo se había convertido en gritos de desesperación, llanto descontrolado, y de alguna forma, en un deseo de morir. Alguien debía sucumbir, pero ya todos ahí estaban muertos, la única vida eran ellos, que nada podían hacer. Sentados esperando el juicio.

    —¿Tienes esperanza alguna? Jajaja. —

    Como una daga incrustándose en el pecho, esa larga y profunda risa de una frívola voz femenina, de una niña al borde la locura, les estremeció los músculos. Al querer observar los troncos, éstos se movían, bailaban, mostrando rostros de burla y sed de sangre. El aire parecía más pesado, algo los asesinaba lentamente, sin dejarlos escapar. No se tenían el uno al otro, como se suponía. Estaban muriendo sin quién los acompañe.
    —¡Muchachos! — Hablo fuerte, Gustavo. Los tres lo miraron automáticamente. La voz del señor los despertó de ese sueño. —¿Qué fue lo que vieron? — No sabían que responder, estaban paralizados. —Les dije unos segundos, no dos minutos. —
    —¿Usted sabe qué fue lo que ocurrió en ese Bosque? —Preguntó inmediatamente Lisandro, con extrema curiosidad. La velocidad de sus palabras fue una forma de desligarse del estado en el que entró.
    —Conozco la historia que se cuenta desde hace generaciones, pero se dice que no es lo que realmente pasó. ¿Quieren escucharla de igual forma? —
    —Por favor. — Volvió a hablar el chico, acelerado.
    No fue la gran cosa, o al menos no lo que esperaban. Parecía más un cuento para niños que un hecho verídico. Narraba la historia de dos antiguas tribus aborígenes que se refugiaba en ese bosque, y una guerra donde también se vieron involucrados los Pokémon. Nadie salió vivo del lugar, ninguna de sus almas pudo descansar en paz.
    Estuvieron hablando hasta las veintitrés horas, momento en que el Guardabosques ordenó a los jóvenes ir a dormir. Les decía que debían descansar bien, que él los levantaría a las cinco y treinta de la mañana. Les obligó a irse, él recogería todo; y así fue.
    A los diez minutos, cada cual se encontraba acostado en una cama diferente, en la misma habitación, tapados hasta el cuello a causa del fresco. Ninguno dormía, sus mentes estaban ocupadas recordando esa horrible sensación que sintieron al mirar el Bosque de los lamentos.



    Petición.-
    Capítulo 1, parte 2 de 2.
     
    • Me gusta Me gusta x 6
  9.  
    The Makoto

    The Makoto Wireless Crítico

    Aries
    Miembro desde:
    28 Agosto 2004
    Mensajes:
    271
    Puntos en trofeos:
    148
    Pluma de
    Escritor
    Pues esta genial.
    Como tu mismo has dicho, me he sumido tanto en la lectura y en la historia que me olvidé por completo de mi sentido crítico en cuanto a ubicar errores. Así que debo decir que no encontré ninguno aunque es probable que existan escondidos tras las palabras.
    Además como lo veo te andas desligando mucho de cualquier historia común en el mundo de pokemon y al tener más originalidad menos sé que va a ocurrir luego y tengo tantas ganas de seguir leyendo que no podre esperar demasiado tranquilo.
    lol
    Estaré pendiente y espero el siguiente capítulo sea tan bueno como este.

    PD: no importa lo largo, mientras más que leer (en este caso) es mejor.
     
    • Me gusta Me gusta x 1
  10.  
    Firwe

    Firwe Entusiasta

    Aries
    Miembro desde:
    27 Febrero 2012
    Mensajes:
    62
    Puntos en trofeos:
    53
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    Fanfic - Pokémon: Heroicis. [Personajes originales]
    Clasificación:
    Para niños. 9 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    10
     
    Palabras:
    3374
    -Quería postear el capítulo completo, pero ahora que lo estoy corrigiendo, me duele la cabeza y no puedo seguir leyendo. Seguro tiene muchos errores cohesivos y repeticiones innecesarias, así como también palabras mal ubicadas. Pido perdón, no quiero tardar más en publicarlo.
    -El capítulo va a estar dividido en parte 1 y 2 como el anterior u.u.
    -Sé que tiene errores, así que díganmelos así cuando hago la corrección de nuevo (para cuando lo compile en un libro (?).
    -Gracias, espero que se entienda.

    ---------------------------------------------------​
    El sol se perdía en el horizonte oeste, el ocaso se aproximaba. Gustavo salió de la cabaña acompañado de su compañero de fuego, para echarle un último vistazo a la entrada del Bosque de los lamentos. Sintió el fresco viento como el de la noche anterior. Se quedaron observando por más de cinco minutos, hasta que el humano decidió que era suficiente.
    —Será su primera noche. —Comentó, refiriéndose a los Entrenadores que fueron al peligroso lugar, esa mañana. —No podemos hacer mucho, vamos adentro, Simisear. —Finalizó, con mirada triste.
    Antes de entrar a la casa, escucharon el canto de un pájaro. Era extraño un sonido como ese en la zona, por lo que voltearon de inmediato para observar el firmamento.
    Un ave grande, cercana al metro y medio de altura, cuya cresta roja podía apreciarse aún en la distancia. Agitaba rítmicamente sus largas alas marrones, sobrevolando el terreno a quince metros de altura, descendiendo a medida que se acercaba. El señor identificó al Pokémon, era el Fearow de uno de los chicos.
    La criatura tocó el suelo y dejó que Leandro bajara de su espalda. El muchacho lo hizo a penas, se había lastimado gravemente el pie izquierdo y tenía varias heridas leves en su cuerpo. Cuando al fin pudo fijar posición en el suelo, miró al guardabosque y le habló.


    Supervivencia.
    Capítulo 02, parte 1 de 2.


    Firmar varias hojas después de leer más de veinte páginas de contrato, enseñar la Licencia de Entrenador y el Documento de Identificación Nacional, fueron los requisitos necesario para obtener el permiso de ingresar al Bosque los lamentos.
    Terminado el trámite, salieron de la cabaña rumbo a su destino. Los horizontes opuestos se teñían de colores diferentes. La temperatura era tal, que el aliento era visible.
    —Y una linda mañana de verano. —Recitó Lisandro. Mientras se alineaba a sus compañeros delante de la entrada al hogar. En la puerta, con cara preocupada, Gustavo los observaba. Éste guardó silencio un instante, para después hablar.
    —No es fácil este trabajo. —Hizo una ligera pausa para tomar aire, su voz parecía caída. —Muchos de los que viven en el pueblo creen que es una tontería. No es así. Me ha tocado ver jóvenes de su edad o más grandes, ir a ese Bosque y no volver. Son constantes despedidas, saber que no volverán. A veces tengo pesadillas, es como si yo fuera la entrada al Infierno, el último humano que ven antes de morir. —
    El sonido del viento tomó lugar tras esa frase. Parecía silbar levemente.
    —Tienen que irse ya, no pueden perder tiempo, el cielo está comenzando a brillar. —Ordenó firme.
    —No te preocupes por nosotros, Gustavo, vamos a volver sí o sí. Tené esperanza. —Le respondió Leandro, a la par que se alejaba a paso lento. Saludó con la mano y volteó, dándole la espalda al señor. Los otros dos repitieron el acto. Había llegado la hora de entrar en tal peligrosa área.

    Al este se podía contemplar un hermoso paisaje de nubes teñidas en naranja. Detalle que los Entrenadores se quedaron observando pocos segundos, sin darle mayor importancia. Siguieron caminando hasta alcanzar los primeros árboles, en el suelo ya no existía un sendero qué seguir.
    —Esperen un momento. —Dijo Lisandro, con tono extraño. —Creo que deberíamos acordar un par de cosas. —Finalizó. Le miraron sin decir palabras.
    En resumen, estableció normas y reglas que debían obedecer de forma obligatoria, sin excepciones, para poder sobrevivir ahí dentro. Aunque a Leandro al principio le pareció una idiotez, comprendió la importancia de las palabras de su hermano a medida que éste se explayó en su discurso. Perdieron varios minutos, el sol no tardaría en aparecer, debían ser cerca de las siete de la mañana. Finiquitada la conversación, retomaron su andar.
    Según avanzaban, la cantidad de vegetación aumentaba, aunque nada extraño ocurría. Los primeros rayos solares atravesaban levemente las hojas de las ramas, creando sombra.
    —No parece que vaya a pasar algo. —Comentó Leandro.
    —Por las dudas no eleves mucho la voz. —Recomendó Lisandro.
    —Ni que fuera la gran cosa. —Con gesto de aburrimiento.
    —Un claro. —Habló Matías. No le entendieron hasta que miraron a su alrededor. Llegaron a un claro bastante grande, espacio circular de treinta metros de radio sin planta alguna.
    —¿Y ahora, qué camino tomamos? No podemos perdernos. — Decía el menor de los hermanos. Él se encontraba delante de los otros dos, giró para mirarlos, encontrándose con el primer problema.
    No tardó en entender que se trataba de ilusiones, era imposible que sus compañeros se “multiplicaran”. Ya estaba preparado para esto, lo había leído en los testimonios que se encontraban en la cabaña. Con temor, desvió la mirada a sus costados, notando que él también había sido “clonado”. En otras palabras, había cientos de Lisandro, Leandro y Matías; por todas partes, pegados el uno al otro.
    No se desesperó, era lo suficientemente tranquilo para saber resolver la situación.
    —Observá, analizá y actuá, rápido. —Pensó. —¿Cómo identifico a mi hermano de entre tantos clones? —
    —¡¿Dónde están?! —Un gritó perdido.
    —¡Aca estoy, ayuda! —Exclamó otro, en un punto distante.
    —¡No me dejen solo! —
    Progresivamente, cientos de voces iguales a la de los muchachos inundaron la zona. Los decibeles se elevaron, alcanzando la potencia de los Ronquidos de Snorlax.
    En respuesta, Lisandro se tapó los oídos con los dedos. Se alarmó al ver que sus clones repetían su actuar sin dejar de gritar.
    Halló una pista que en el caso de fallar, le costaría la unión del grupo. Actuó sin meditarlo dos veces; miró cada rostro, centrando sus ojos en los labios. Un punto importante del acuerdo que habían hecho era el de no separarse más de cinco metros, por ende, los reales no deberían estar tan lejos. En ese rango había cerca de cincuenta clones divididos entre los de él, los de su hermano y su otro compañero. No le tomaría más de dos minutos, sabía que la adrenalina que comenzaba a fluir por sus venas a causa del miedo, provocaría la dilatación de sus pupilas, dándole una mejor visión por segundos. Aprovechando esto, pudo identificar entre tantas caras lo que buscaba.
    Moviéndose tan veloz como le era posible, esquivó a los clones que se interponían en su camino, estiró la mano y tomó del brazo a su hermano, lo jaló con fuerza hacia sí. En cuanto sus ojos se cruzaron, le murmuró al oído. —Croconaw. —
    —Fearow. —Dijo Leandro.
    Estaban juntos y se habían identificado, no hubo error. Pero sus enemigos no eran tan ingenuos. Nada mas alzar la mirada, todos los dobles de ellos habían cambiado de forma.
    Sólo clones de Matías, miles, hasta donde la vista alcanzaba y tal vez, más allá de la misma. Todos giraron para observar fijo a los hermanos. Ojos rojos, profundos. Guardaron silencio y esbozaron una enorme sonrisa.
    —Matías ya está muerto. —Se escuchó al unísono.
    Desaparecieron todos dejando a los dos en medio de ese claro, quienes se agarraban fuerte del brazo el uno al otro. Su compañero ya no estaba.
    —A ver, ¿cuánto pasó? ¿Cinco minutos? —Dijo por lo bajo, el menor.

    En un punto lejano, los tres Entrenadores corrían evadiendo cada obstáculo. Escapaban de extraños entes que los perseguían. Los árboles, ramas y arbustos presentaban un gran problema. Pero no podían quedarse, debían avanzar.
    —¡Apurate, Mati! ¡No podés ir tan atrás! —Exclamó Leandro, girando levemente la cabeza para ver al joven que venía atrasado. Éste no emitió palabra alguna, únicamente trató de acelerar para alcanzar a sus dos compañeros.
    Terminaron en lo más profundo del Bosque. Ya a salvo, pararon y observaron cada esquina; recostándose en troncos, tomaron aire, respirando profundo.
    —A penas escapamos. —Comentó Lisandro. Él, en medio de la gran ilusión de hace un instante, perdidos entre tantos clones, se había acercado a Matías, diciendo “Croconaw” para demostrarle que era real y conseguir que lo siguiera. Leandro, prácticamente apareció de la nada, al mismo tiempo que algunos dobles habían tomado esa extraña forma gaseosa.
    —Escúchenme. —Habló el silencioso chico, dirigiéndose a los hermanos. Éstos le prestaron atención, sin mirarlo. —Lisandro. —Dictó entre jadeos. Clavó su mirada en los castaños ojos de su compañero. Un segundo después, murmuró. —Ustedes no son reales. —
    El profundo silencio tomó lugar. Por casi un minuto, sólo podía oírse al viento y el movimiento de las hojas. Tanta tranquilidad, heló la piel del único humano presente.
    A los otros dos se les desfiguró el rostro. Sus sonrisas se extendieron hasta las orejas a la par que sus ojos aumentaban de tamaño. El cuerpo de ambos se hizo invisible, dando como resultado dos cabezas flotantes con aire violeta rodeándolos. Eran dos Gastly que no cesaban su carcajada.
    —Así que tienen códigos para identificarse. —Se oyó una voz femenina a la distancia. Matías se preparó para correr.
    —Tus amigos están perdidos, buscando tu cadáver ¿No te da lástima? —Siguió el eco, sin recibir respuesta alguna. —Hay un chico que estuvo esperándote por días. —
    El muchacho no pudo evitar hace un leve gesto de impresión. Algo que no pudo pasar desapercibido por los fantasmas presentes.
    —Alejandro. Si, Alex. Su novia debe de extrañarlo. No puedo decidir, ¿dejar que te lo lleves y que sus seres amados vean que perdió su cordura? ¿O conseguir que tú y tus amigos tengan el mismo destino? —
    —¿Dónde está? — Preguntó él, elevando la voz.
    —Sigue las huellas. —Fueron las últimas palabras, seguidas por una risa sin fin que provenía de varias direcciones. Uno de los Gastly tomó la forma de un cadáver humano. Sólo huesos, un esqueleto completo, limpio. A paso lento, hacia una dirección fija, inició su andar.
    El Entrenador se vio obligado a decidir. Sabía que regresar al claro sería igual de peligroso que no hacerlo, debía apostar a reencontrarse con sus compañeros o a que esos seres de verdad lo guiarían a su amigo perdido. Decidió confiar en las habilidades de los hermanos, siguiendo al muerto.

    —Ahora tenemos que evitar que corten esto. — Murmuró Lisandro, terminando de ajustar la soga que se había atado en la muñeca derecha. De esa forma no se separarían, puesto que su hermano se hizo lo mismo en el brazo contrario.
    —¿Por dónde vamos? — Preguntó Leandro.
    —Recemos que Matías siga vivo y busquemos a Alex, para eso vinimos. No perdamos la orientación de la entrada. — Mirando hacia un punto fijo, que era la dirección por la que llegaron.
    —Te pregunté hacia dónde ir, no que me expliques la situación. — Con molestia.
    —¡Bueno, che! ¡No te pongas así! —Exclamó. —Sigamos derecho, caminando, sin apuros. —
    Así lo hicieron, despacio, abandonaron el claro, adentrándose en el mar de árboles. Esquivando los arbustos, raíces que sobresalían del suelo, pastos altos y demás, avanzaron hasta el corazón del bosque.
    Los minutos pasaban, desde esa primera jugarreta de los fantasmas, no ocurrió nada alarmante, salvo por los gritos y llantos que se escuchaban a lo lejos, que imitaban voces de ambos sexos, intentando hacer creer a los Entrenadores, que eran humanos rogando por sus vidas. Dos horas transcurrieron desde su entrada.
    Los dos sabían que no pasaría mucho para que fueran víctima de otro ataque, tratarían de mantenerse juntos lo más posible, sin embargo sería muy difícil de lograr. Leandro comentó que había leído una narración de un grupo de cinco personas, escrito hace diez años, que contaba lo primero y más importante que los espíritus trataban de hacer: separarlos, distanciar a los humanos, evitar que vuelvan a verse, y en el peor de los casos, enemistarlos. De este modo era más fácil enloquecerlos y hacer que se pierdan. Una de las razones por las que el dicho grupo del archivo había sobrevivido, era por los fuertes lazos de amistad que tenían el uno con el otro.
    En cualquier instante, las ilusiones de sus enemigos terminarían por dividir sus caminos, por lo que esperaban a que el momento llegase. Sin intercambiar palabras, llegaron a un desnivel. Parados en el borde miraron la caída de dos metros que tenían adelante.
    —Un pequeño acantilado. —Comentó Lisandro, observando esa falla geográfica. —Si seguimos por el borde capaz encontremos cómo bajar, o podemos volver y tomar otro camino. —
    —Creo que deberíamos seguir derecho, ¿no podemos bajar por acá? —Opinó Leandro.
    —Pueden tomar caminos diferentes. —Habló un pequeño niño, parado detrás de los chicos. Éstos voltearon al oír la voz para contemplar tal horrible cuerpo.
    Recordando a los zombis de las películas de terror, la criatura asemejaba un humano de siete años, sin ojos, con la ropa destrozada y la piel abierta, enseñando parte de su putrefacta carne, esbozando una tierna sonrisa. —Nosotros nos hacemos cargo de ello. —Finalizó.
    La tierra tembló, se sacudió abruptamente. Antes de perder el equilibrio, los chicos se tumbaron al suelo y apoyaron una mano en el hombro del otro. Los espíritus no eran principiantes, eso no les impediría cumplir su cometido. El movimiento de la tierra aumentó en magnitud y extensión, haciendo vibrar el suelo hasta a dos kilómetros de distancia. Varias enormes raíces sobresalieron de la tierra, los árboles más jóvenes cayeron y la tierra se quebró, generando más desnivel.
    El “pequeño acantilado” se elevó creando una caída de cuatro metros, notándose así el error de los hermanos. Se acercaron mucho al borde, peligrando su vida. La tierra no soportó el movimiento y se desprendió una gran parte. Leandro fue arrastrado por el desmoronamiento, cayendo junto a las rocas, sin embargo la soga cumplió el trabajo que debía, aunque no como esperaban.
    Mientras todo se sacudía, el hermano mayor colgaba atajado por la cuerda atada a su muñeca. El dolor era muy fuerte y su posición incómoda; no podía extenderse para aferrarse a algún lugar. Lisandro corrió con peor suerte, la forma en que fue arrastrado su compañero no le dio tiempo de tomar buena postura: había caído de espalda, boca arriba, y su brazo se estiró de mala forma, en otras palabras, estaba a punto de romperse. Si Leandro seguía colgando, los huesos del codo y hombro del primer chico, “explotarían”.
    Al escuchar los gritos de dolor del otro joven, el chico de cabello negro se vio obligado a actuar. Sin entender cómo obtuvo la fuerza para hacerlo, sacó una navaja que guardaba en el bolsillo de su pantalón, y cortó la soga. Su caída fue de poco más de dos metros, el tobillo izquierdo no resistió el impacto, obligándolo a caer de costado, impactando su sien contra una rama caída. Tal golpe, lo mareó.
    El temblor cesó al instante, con risas de fondo.
    —Existe solo un Fantasma que puede usar Terremoto. —Pensó Lisandro, mientras se reincorporaba. Se arrastró hasta el borde para ver si todo estaba bien.
    —¡Estoy bien! —Exclamó Leandro. Sentado, con una mano en la cabeza. Si bien no le dolía la frente, seguía aturdido.
    —¿Qué tal la caída? —Le preguntó el que se encontraba más arriba, mientras flexionaba el codo.
    —Creo que me lastimé el tobillo, pero nada grave. —
    —Ahora ya saben. —Interrumpió el niño. Apareciendo de la nada, flotando, a la vista de ambos. —Uno quería seguir derecho, el otro quería volver. Nosotros le facilitamos la tarea. Sigan sus caminos separados, ¿o quieren probar su suerte? —Riéndose.
    Los hermanos se miraron. Sin decir una palabra, cada uno siguió un rumbo distinto. El menor pudo pararse fácil y seguir, el dolor de su brazo era una molestia mínima.
    El mayor tuvo problemas. Su pie comenzaría a inflamarse en breve, parecía un esguince bastante fuerte. Recuperó su navaja, que había soltado en la caída, y como podía, apoyado en los árboles, avanzó lento.
    Separados y bajo amenaza constante, los tres iban en direcciones opuestas. Dudar sobre lo que hacían implicaría la perdición. Pasadas las diez de la mañana, la temperatura se elevó a los veinticinco grados y el sol era completamente visible.
    —Es pleno día, pero eso no los detiene. Me da miedo pensar cómo serán de noche. —Se planteó Lisandro.
    En una ubicación más al oeste, Matías seguía detrás del esqueleto, guardando distancia suficiente para salir a correr por cualquier peligro que pudiera presentarse, se cuestionaba sobre la veracidad de las palabras de los espectros. Tras horas de caminata, probablemente querían cansarlo.
    —Es contradictorio. —Se le escapó en voz baja. El muerto entonces se detuvo, giró el cráneo ciento ochenta grados y miró al humano. Al mover la mandíbula, se le escuchó decir. —¿Dijo algo, señor? —
    —No. Nada. —Contestó, mordiéndose el labio.
    —Eso pensé. —Regresando su cabeza a la posición normal, retomó el paso.
    La razón por la que el chico dijo lo primero, era otra idea que llegó a su mente. Si la intención de los fantasmas era agotarlo “¿Por qué el esqueleto camina tan lento? ¿No sería más fácil que corra?”.
    Transcurrió media hora más, finalmente el Gastly tomó su forma original, desapareciendo posteriormente, dejando solo al humano. En un principio el muchacho no entendió qué pasó, miró a lo lejos y pudo divisar una figura. Tan silencioso como era, se acercó.
    Era Alex. Recostado sobre un árbol, con la cabeza baja y los ojos abiertos, parecía inconsciente. Las marcadas ojeras de su rostro le daban un aire fúnebre, el cabello que lo llevaba siempre aplastado, estaba despeinado, lleno de hojas y ramas. Las ropas negras que vestía, poseían varios agujeros y se descocieron en muchos puntos. Todo el cuerpo lo tenía lastimado de diferentes formas, resaltando una herida infectada en su antebrazo derecho. Al sentir una presencia, alzó la mirada, fijándola en Matías.
    —Te encontré. —Dijo éste último, emocionado. Sin embargo, sólo recibió una larga risa irónica como respuesta. —Alex, soy Mati. —
    —Sí, el séptimo Matías que viene al rescate. O creo que fueron más. —Le contestó, a penas moviendo los labios.
    —No estás bien, tengo que sacarte de acá. —Intentando agarrar a su amigo. No lo logró, antes de ponerle una mano encima, el joven moribundo se apartó lo más rápido que pudo, tropezó y cayó.
    —¡Alejate! ¡No me toques! — Gritaba desesperado.
    —Alex, soy yo. —
    —No me hagas reír ¡¿Por qué no me matan de una vez?! —Exclamó con mucho dolor. Se puso de pie a penas, caminó apoyado en los troncos. —Si sos el Matías real, nunca te duermas. — Comenzó mientras se alejaba. Su amigo le seguía mientras escuchaba. —No pude resistir, me cansaron, me durmieron, entraron en mi cabeza. Pesadillas, muchas. Te leen la mente y es el fin ¿Sos el real? Tuve que vérmelas con más de quince personales “reales” que vinieron a rescatarme. Ilusiones, más ilusiones. No es la primera vez que te digo esto. —
    La última oración hizo dudar a Matías sobre si su compañero seguía cuerdo. Se le ocurrió la forma de averiguarlo. Con miedo, preguntó. —¿Y tus Pokémon? —
    —¿Para qué? ¿Para que los mates? No pienso sacarlos. —
    Aún había esperanzas. El que Alex siga preocupado por sus Pokémon, significaba que seguía siendo él mismo. Esto no implicaba la solución, había un problema mucho más grande.
    —¿Cómo hago para que me creas? —Preguntó el muchacho de cabello castaño.
    —Ya te dije, no sos real. —Respondió. Sin fuerzas para seguir a pie, cayó al suelo otra vez.
    Ambos se quedaron en la posición en la que estaban. Uno en el suelo, y el otro parado a su lado.
    Al fin lo entendió, el porqué los espíritus lo llevaron hasta donde estaba su amigo. Sin importar qué pasara, jugaron tanto con el pobre muchacho que éste ya no creía en nada, ni en nadie, siquiera en sí mismo. La trampa se basaba en eso, querían que Matías se esforzara para traer a su compañero a la realidad, y perdiera esperanza al ver que era imposible. Daba igual que estén juntos, ya todo estaba “perdido”.
    —No tengo idea de cómo demostrarte que soy real, pero no pienso dejarte solo. —Finalizó el muchacho, acercándose para ayudarlo a sentarse.
     
    • Me gusta Me gusta x 4
  11.  
    Firwe

    Firwe Entusiasta

    Aries
    Miembro desde:
    27 Febrero 2012
    Mensajes:
    62
    Puntos en trofeos:
    53
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    Fanfic - Pokémon: Heroicis. [Personajes originales]
    Clasificación:
    Para niños. 9 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    10
     
    Palabras:
    4453
    A todos los que leen esto y tienen historias que también sigo, les aviso que hoy me pongo al día con sus nuevos episodios y les comento xD. En el capítulo 3 se aclararán las dudas que les queden de este episodio (?).

    -----------------------------------------------------------​
    —El árbol marcado. — Dijo Lisandro, apuntando con el dedo un tronco metros más adelante, uno de los pocos árboles a su alrededor. —Según leí, es a partir de ese punto que el bosque obtiene “oídos”. — Refiriéndose a los espíritus.
    —¿Y qué tiene? — Preguntó Leandro, desorientado.
    —Creo que antes de entrar deberíamos establecer ciertas reglas a cumplir de forma obligatoria, guiándonos por lo que aprendimos de los archivos. —
    —¿Cuáles serían esas reglas? —
    —En primer lugar, se supone que el mayor peligro al que se enfrentaron todos los que sobrevivieron, fue la separación, ¿no? — Recibió la afirmación de sus dos compañeros. —Por ende, deberíamos establecer un código para saber reconocernos en caso de que nos separemos. Lastimosamente lo único que se me ocurre ahora, es utilizar a los Pokémon que tenemos. —
    —No entendí. — Nuevamente, su hermano.
    —¡Porque no me dejás terminar la explicación! —Con rabia. Suspiró, y siguió. —Primera regla. Tenemos prohibido utilizar nuestros Pokémon, salvo que sea exclusivamente necesario, que nuestra vida peligre. La razón supongo ya la entenderán. Ahí adentro, los fantasmas no pueden tocarnos, sólo atormentarnos mientras estemos despiertos, su mayor arma son las ilusiones y la hipnosis, no sé a qué grado. Si nos quedamos dormidos, pueden entrar en nuestra cabeza, y así como nos atacarán a nosotros, nuestros Pokémon también serán objetivos. Esta primera regla nos permite dos cosas: uno, protegerlos; y dos, evitar que “ellos” sepan qué Pokémon tenemos. Si llegamos a separarnos, al momento de reencontrarnos, basta con mirarnos a los ojos y decir el nombre de uno de los que tenemos. Por dar un ejemplo, si llegamos a separarnos con mi hermano, al momento del reencuentro, la primera palabra que debo decirle es “Arcanine”, si él no responde al instante siguiendo la misma norma, se trata de una ilusión. —
    —Entiendo. Estoy de acuerdo. — Dijo Matías. Leandro también lo dio como positivo. Lisandro prosiguió. —La segunda regla es algo obvia: no dormir, bajo ningún motivo. Esto creo que nos conllevaría a la tercera. Cuarenta horas, es todo el tiempo que vamos a usar. No sé si Mati está de acuerdo con esto, pero creo que es lo mejor. Hasta mañana antes del atardecer vamos a estar ahí dentro, en el caso de no encontrar a Alex, escapamos y regresamos a la cabaña, descansamos lo suficiente y volvemos a entrar. Supongo que no tengo que explayarme mucho en la razón de esto. — El silencio fue la respuesta. Sin problemas, continuó. —Los tres tenemos un Pokémon que puede sacarnos del bosque sin importar dónde estemos, y estamos o no separados. — Tomó aire. —Y por último. Si encontramos a Alex, sea cual fuere la situación, juntos o no, el objetivo es sacarlo. El primero que lo encuentre y confirme que realmente es él, debe utilizar cualquier medio para escapar de este lugar. Nosotros obligatoriamente vamos a volver para mañana antes del anochecer, así que no tenemos que preocuparnos mucho el uno por el otro. ¿Están de acuerdo con todo esto? —
    —Yo tengo una pregunta. — Habló Leandro. —¿Cómo identificamos al Alex verdadero? ¿Cómo sabemos que no es una ilusión? —
    —No tengo idea. — Le respondió Lisandro.
    Matías gestó desapruebo. Hasta ese momento pensó que su compañero ideó un plan maestro, para darse cuenta que estaba equivocado.
    —Suena interesante. — Murmuró Leandro, emocionado por la misión suicida que estaban por hacer.
    —Yo también tengo una duda. — Los hermanos observaron a Matías, quien había dicho eso con un tono de voz elevado, hecho raro en él. Le dejaron hablar. —¿Por qué tenés los ojos grises? — Mirando a Lisandro.
    Tal y como había interrogado, el chico tenía sus pupilas de un color diferente, ya no eran marrones, sino de un profundo y extraño gris.


    Supervivencia.
    Capítulo 2, parte 2 de 2.


    El sol recorrió la mitad del cielo, posicionándose en el centro de éste. Lisandro, quien no había dejado de caminar un segundo desde que se separó de su hermano, observó su celular marcar las doce horas y quince minutos. No tenía señal.
    No avanzaba rápido, porque no sabía a dónde ir. No lo habían vuelto a molestar, por lo que aprovechó el tiempo para ordenar su mente.
    Desde que entraron, él observó cada rincón, iniciando por los huecos de los troncos hasta los agujeros en el suelo. No vio ni un insecto, ni un pájaro, sólo existía vida vegetal, detalle que tenía muy en cuenta.
    Seguía su rumbo sin destino exacto por el simple hecho de que tal vez, tendría la suerte de encontrar a Alex. Leandro no era una preocupación mayor, de los tres, él tenía un Pokémon que le aseguraba el pasaje de salida, si sabía utilizarlo correctamente.
    Hundido en sus pensamientos, se vio forzado a volver a la realidad al ver lo que tenía delante.
    Flotaba a pocos centímetros del suelo, su cuerpo no medía más de metro y medio de altura, de cuerpo violeta en su totalidad, con varias “espinas” adornándole la espalda, de pequeñas extremidades y cola, ojos rojos, y una sonrisa grande, llamativa y burlona. Era un Gengar que se movía entre las sombras que daban las ramas y hojas.
    El humano se detuvo y fijó sus ojos grises en el movimiento del espectro. Éste, no dejaba de soltar risas entrecortadas mientras bailaba de un lado a otro.
    —Los espíritus tienen telepatía ¿Qué buscás con todo esto? —Habló el chico. No recibió respuesta. Su mente ideaba cuantos planes de escape podía, la situación no era buena. No se enfrentaba a un rival simple, si no al fanstama más poderoso y peligroso de todos. Su tensión iba en aumento, los latidos de su corazón se aceleraban, y sabía que su enemigo se percataba de ello. Nunca imaginó llegar al punto de ponerse tan nervioso que sudaría por ello, creyó que eso ocurría únicamente en las novelas o en los dibujos animados, pero en ese momento se enteró que era posible.
    Los segundos se alargaban y todo parecía moverse más despacio. No quería esperar más, por lo que tuvo que actuar, obedeciendo al mejor plan que se le ocurriese. Sin titubear, con la mano derecha buscó en su bolsillo una Pokéball diminuta, vacía. Mostrándola, presionó el botón de acción para agrandarla a un tamaño normal.
    El Pokémon enemigo se alarmó y paró todo movimiento en seco, descendió luego a la tierra y amplió su sonrisa. Lisandro predijo lo que pasaría. Gengar, por temor a ser capturado, se decidió a atacar. El espíritu extendió sus brazos y entre medio de las manos creó esferas negra, concentración de energía negativa pura, que lanzó al humano.
    Creyendo que podía esquivarlas todas, el muchacho actuó rápido y se desplazó de un lado a otro, sin embargo no fue lo suficientemente hábil, siendo golpeado tan duramente que cayó de espalda. Giró con intención de pararse, pero otra Bola sombra impactó en el suelo generando poder expansivo que lo impulsó contra un árbol. Su columna vertebral recibió un daño directo dos veces, obligándolo a caer boca abajo, con mucho dolor. Un ataque fue suficiente para dejarlo fuera de combate y herido.
    Entre carcajadas que venían de direcciones diferentes, de la boca de otros que observaban en la distancia, deseosos de ver al humano sufrir, Gengar se acercó a su víctima. Lo miró de frente, contemplando la furia de éste, abrió su mano e intentó su golpe maestro, sin conseguirlo.
    Lisandro no se dejaría vencer tan fácil, extendiendo su mano izquierda, estiró los dedos de la misma forma que su contendiente, y clavó sus brillantes pupilas grisáceas en los ojos rojos. Un aura extraña rodeó a ambos, y el chico gritó. —¡Maldición! —
    Impresionado por lo que sucedía, el fantasma intentó desaparecer, sin lograrlo, retrocedió flotando haciendo notar su nerviosismo. Cinco segundos después, tal misteriosa aura se desvaneció en su totalidad.
    Lisandro aprovechó la distracción de su enemigo, para intentar escapar, aún con un terrible dolor logró levantarse y correr. Los gritos de todos los espíritus que observaban la lucha inundaron cada rincón del bosque. Incluso Leandro, que se encontraba bastante lejos, lo escuchó.
    Ellos no dejarían que Lisandro escapara. Lo dejaron avanzar un poco, para luego aparecer delante de él en forma de niños. Tal y como aquel primer chico que separó a los hermanos en el desnivel, pero con diferencias. El humano no pudo evitar pensar que tal vez, esa era la forma de los pequeños que habrían muerto en ese lugar. Algunos eran de piel oscura, otros más blancos. Incluso vio una niña de larga cabellera roja. Lo único que compartían, era heridas, sangre y putrefacción.
    Él se detuvo al tener en frente tales atrocidades, quiso cambiar de camino y se percató que estaba rodeado. Quería responder al problema con la mayor rapidez posible, sin embargo nada venía a su mente. Estaba perdido.
    Uno de entre tantos niños brilló, llamando la atención. El aura gris lo rodeó, generándole inmenso sufrimiento. Ese espíritu recuperó su forma original accidentalmente, transformándose en Gengar mientras gritaba: los efectos del ataque Maldición que había sido utilizado en su contra, tuvieron efecto por primera vez.
    Una sonrisa se marcó en el rostro del humano, y con precisión tiró la Pokéball hacia el espíritu. Esas esferas tenían el dispositivo necesario para capturar incluso a los seres espectrales.
    Cuando el sufriente Pokémon entró en ella obligado por acción de la luz roja, todos los muertos desaparecieron. Abandonaron el lugar por el enorme miedo que tenían de ser capturados.
    Atrapar una criatura tan poderosa no sería fácil, ésta escapó de la prisión con tal fuerza que su contenedor no lo resistió, dañándose. En medio de gritos de furia, y tras echarle una mirada asesina a su rival, Gengar se dio a la fuga.
    El joven se dejó de caer de rodillas contra la blanda tierra. Respiraba agitado sin emitir sonido, mirando a todas direcciones. No había ruidos salvo el del viento y las hojas. Lentamente su corazón recuperó el ritmo normal, los latidos ya no golpeaban su pecho. Se secó el sudor y observó la Pokéball que se había partido al medio. La sección roja se encontraba un poco más alejada que la blanca.
    —Así que… le tienen miedo. —Murmuró. Cerró los ojos. Al abrirlos, sus pupilas castañas contemplaron el celeste cielo más allá de los árboles.
    —Gracias. Es la segunda vez que salvás mi vida. —Dijo él.
    A la altura de su estómago, flotando, un Pokémon salió, materializándose; éste había permanecido oculto dentro del cuerpo de su Entrenador desde hacía horas. Un ente que no medía más de treinta centímetros, pequeño, tierno y miedoso. Su rostro estaba hecho de hueso, sólo tenía un ojo de un fuerte color fosforescente rojo que movía entre los orificios visuales del cráneo. Su nombre era Duskull, diminuta criatura que parecía feliz.
    —Sería bueno que sigas escondiéndote, no quiero que te pase nada. —El fantasma aceptó, metiéndose en el cuerpo de su amo otra vez. Un escalofrió recorrió el cuerpo de este último, a la par que sus pupilas cambiaban de castaño a gris.
    —Todavía no me acostumbro a esto. —Murmuró. Alzó su cuerpo. Sabía que no lo molestarían por un largo rato, por lo que debía apresurarse. Caminando lo más rápido que podía, pensaba qué hacer.

    La situación de Leandro era completamente diferente. A pesar de haber escuchado los gritos espectrales hace pocos minutos, mucho no podía hacer para averiguar de dónde provinieron.
    Lo único que a él le interesaba en ese momento era sobrevivir, confiaba en que su hermano y Matías vivirían, y le daba igual producir un enorme incendio en el bosque.
    A su lado, usando una soga para no separarse de su entrenador, un lagarto bípedo de un metro y veinte centímetros de alto, de escamas rojo oscuro, pecho blanco, ojos azules y cola finalizada en una enorme y avivada flama, no paraba de lanzar fuego por su boca.
    —¡Charmeleon! ¡A tu derecha! — Gritó el chico. Su Pokémon obedeció de inmediato, girando su cabeza a esa dirección, para lanzar un mar de llamas directo a varias ilusiones.
    Algunos troncos estaban calcinados, hojas secas se prendían fuego y la temperatura se elevaba lentamente. No tardarían en afectar el ecosistema.
    —¡Prende todo, mata a todos! ¡Que las llamas maten a estos muertos! —Aún en lo ilógico de la frase, Charmeleon acompañaba el sentimiento de su compañero de batalla. Gritando y quemándolo todo.
    Leandro no le dejaría todo el trabajo, al igual que Lisandro, también había descubierto que los fantasmas le temían a las Pokéball. Ya había perdido tres de las diez que tenía; cargaba dos, una en cada mano. Cuando un enemigo se acercaba, la lanzaba para evitar que se aproxime aún más; luego iba a buscarla, siempre y cuando no se rompiese y no la perdiese de vista.
    —¡Déjense atrapar, mierda! ¡Quiero un Pokémon Fantasma! —Se enojaba.
    La razón por la que estaban luchando se fundamentaba en que el muchacho no podía caminar muy rápido. Intentaron atacarlo y él reaccionó en base a su enojo. Su amigo de fuego tenía una actitud muy orgullosa y era extremadamente activo, tanto que tendía a descontrolarse. Gracias a esto, no se cansaría aunque pasaran horas.
    —¡Qué Bosque de los lamentos ni nada! ¡Quiero ver qué hacen cuando el único árbol que les quede esté hecho carbón! —
    Por media hora siguieron así, destruyendo todo a su paso, quemando ramas y hojas, lanzando Pokéball y flamas por doquier. Hasta que de la nada, dejaron de ser agredidos.
    Silencio absoluto. Tardaron en darse cuenta que estaban a salvo.
    —No atrapé ninguno. —Murmuró Leandro. Charmeleon exhaló una pequeña llama en forma de disgusto.
    —No es mi culpa que estas pelotas de cuarta no sirvan. —Argumentó. —Como sea, deberías tomar agua y comer algo para recuperar energía, yo también muero de hambre. —Se sentó, abrió su mochila y sacó una bolsita. Al abrirla, descubrió que los sándwiches que llevaba ahí se habían aplastado y desarmado por culpa de la caída en el desnivel. No les importó. Se acomodaron uno al lado del otro y devoraron todo.

    Los hermanos dejaron de ser atacados por horas, habían superado cualquier miedo a los fantasmas, logrando que éstos sean más débiles al no poder absorber energías negativas de ellos.
    Eso no impidió que los mantengan vigilados, como a Matías. Este chico estaba sentado al lado de Alex, el cual seguía sin creer una palabra a pesar de la insistencia ejercida en él. Explicó que el día anterior también se había relacionado con supuestos Entrenadores que venían a su rescate: la mentira duró medio día, hasta que notaron que el joven mostró un poco de esperanza, aprovechando para desanimarlo y acabar la fe que le quedaba.
    Las risas de fondo, como una fúnebre canción, no cesaban.
    —Es peor a la noche. —Soltó el moribundo muchacho, tras rechazar el agua que su amigo le ofreció beber.
    —¿Por qué? —Preguntó Matías.
    —Esas risas. Ahora las escuchás de lejos, se esconden en las sombras. Pero cuando todo está oscuro, se ríen en tu cara. No podés ver nada, la luz de la luna no pasa por culpa de las hojas, y no te dejan encender una puta fogata. —
    —¿Estos días llovió? —
    —La única razón por la que sigo vivo. Tuve que beber de la lluvia, no tengo más agua potable. —
    —Tomá de la mía. —Mostrando la botella. Alex al fin accedió, estiró la mano y la agarró con poca fuerza, pero antes de mojar sus labios, una ráfaga de viento púrpura le golpeó la mano, obligándolo a soltar el contenedor, que voló varios metros.
    Matías se alarmó e intentó acercarse a su compañero.
    —¡No te muevas! —Exclamó el moribundo muchacho, dejando caer su ahora herida mano al suelo. —Ya estoy acostumbrado. No es la primera vez que me lo hacen. Te aseguro que si me la pasás, la historia se va repetir. —Sin motivación, sin fuerzas, posó su rostro en la tierra, cerrando los ojos.
    El otro chico no podía hacer más que observar, cualquier acción provocaría un contraataque de los espíritus. Debía pensar una solución, una salida, sacar alguno de sus Pokémon y escapar sería inútil, de alguna forma los interceptarían. Incluso para intentarlo, primero tenía demostrar que él era real.
    De los tres, era el que en peor situación estaba. Cada minuto que pasaba, para Alex significaba una mayor cercanía a la muerte por deshidratación, además, la herida del brazo empeoraba. En el transcurso de esos siete días perdió mucha sangre, su pálido cuerpo era la mejor prueba. Lisandro encontró sangre seca en un punto de su travesía, lo que le hacía pensar que tal vez estaría cerca de encontrar al perdido Entrenador, y también creer que probablemente éste ya había pasado a mejor vida. Decidió mantener las esperanzas.
    Leandro, por otro lado, avanzaba lento, ayudado por su Pokémon de fuego. Charmeleon ya recuperó energías y denotaba ansiedad, deseaba que los fantasmas volvieran a aparecer. Para suerte del bosque, no llegaron a provocar un incendio.
    Lo único que funcionaba de los celulares eran los relojes. Marcaban las quince horas.
    —Es el octavo día. —Comentó Matías. Guardando su móvil. Alex alzó la cabeza y lo miró.
    —¿Cómo dijiste? —
    —Que es el octavo día. Me pediste que venga a buscarte cuando pasaran más de seis. —Ninguna de las ilusiones había tocado jamás ese tema, logrando motivar la creencia de que al fin la verdadera ayuda llegó, e incentivando la curiosidad de Alex.
    —Tiene que haber algo que vos sepas, que solamente vos sepas, y ninguna ilusión más. Por favor, ¡pensá! —Finalizó, apretando los dientes.
    Observar esa actitud fue bastante duro. Sentado al lado de su amigo, verlo hacer tal esfuerzo, luchar entre la lógica y el sentimiento. Se imaginaba lo difícil que habrían sido esas horas; arriesgarse a confiar luego de tanto sufrimiento. Como una obligación, se forzó a meditar, debía encontrar las palabras correctas.

    Kilómetros al norte, Leandro caminaba como podía. Animado, con ganas de más, esperaba el momento de ser atacado nuevamente. —Nos tienen miedo. —Habló, a lo que Charmeleon emitió sonidos de aprobación, opinaba lo mismo.
    Más al oeste, Lisandro, al contrario que su hermano, deseaba no volver a encontrarse con esos espíritus. No avanzaba, su hallazgo le llamó mucho la atención. Se trataba de una rama que sobresalía en forma de punta de un gran tronco. En la parte más filosa había sangre coagulada, y el suelo debajo aún permanecía levemente teñido en magenta, no pasó mucho tiempo desde que “algo” ocurrió en ese lugar. Aunque el chico no lo sabía, ahí fue donde Alex se cortó el brazo. Rogaba porque no esté muerto por ahí cerca.
    En ese momento, los hermanos se enfrentaron al mismo problema, la misma ilusión. Un clon de ellos mismos, se presentó ante el otro.
    Leandro vio a Lisandro aparecer de entre los arbustos altos, como buscando algo, demostrando sorpresa, y luego confiado, exclamando con felicidad. —¡Duskull! —
    —Sí, Llamarada. —Le respondió el humano, ordenando a su Pokémon atacar. Éste, ambicioso por pelear, poco le importo saber si su objetivo era real o no, inhalo aire y exhaló fuego a discreción.
    La ilusión poco pudo hacer, se vio envuelta en un infierno antes de poder actuar. —¡Soy tu hermano! ¡¿Por qué me hacés esto?! —
    —Más fuego. —Ordenó el muchacho. Sacó una Pokéball y trató de apuntar. Antes de lanzarla, el fantasma tomó su forma original, retrocedió y desapareció.
    —¡No escapes, hijo de puta! —Gritó enojado, tirando la esfera. No pudo atrapar a su blanco, sucesivos insultos procedieron lo sucedido. Charmeleon imitó a su Entrenador, cosa que a éste no le dio gracia.
    Por otro lado, Lisandro observó al falso Leandro llegar caminando. Se posicionaron uno frente al otro, pero antes de emitir una palabra, el chico echó una asesina mirada con sus pupilas grisáceas, estaba dispuesto a atacar.
    Ante tal hostilidad, el espectro, sin cambiar de forma, dio un salto retrocediendo varios metros. No tocó el suelo, flotó al metro de altura.
    —¿Cómo? —Preguntó.
    —¿Cómo qué? ¿Cómo sé que no sos real? Veinte años hacen que vivo al lado de mi hermano, sé reconocer al real sin siquiera hablar. —Finalizó, tomando dos Pokéball de sus bolsillos, una con cada mano. El espíritu desapareció instantáneamente.
    —Creo que es momento de hacer algo, no quiero seguir esperando. —Pensó. Tenía delante de suyo lo necesario para encontrar a Alex, debía actuar lo más rápido posible. Pero antes debía encontrar a su verdadero hermano.

    Los minutos parecían pasar más rápido a medida que avanzaba la tarde. Eran las dieciséis y treinta.
    Matías no dejaba de pensar mientras le hablaba a su amigo para que no durmiese. Cuanta tontería se le ocurría, la decía. Finalmente algo le vino a la mente, probablemente no ayudaría, pero quería sacarse la duda. —Hay algo que nunca me contaste. —Comentó.
    —¿El qué? —
    —¿Por qué viniste a este lugar? Y para más, ¿por qué solo? —
    Alex sonrió. —Creo que te debo esa explicación. Bueno, ahí va. —Buscó con la mano izquierda en su bolsillo un objeto, una piedra negra. —La razón que escribí en el contrato de la cabaña, era que buscaba muchas de las Piedra Noche. Las energías negativas de éste lugar las crea, no es necesario indagar mucho para encontrar una. El motivo verdadero es otro, que tiene que ver con mis antepasados. —El muchacho hizo una pausa, con intenciones de formular las frases antes de seguir. No pudo hacerlo. Sin poder realizar acción alguna, el moribundo muchacho fue envuelto por una energía azul, la cual lo hizo levitar a unos centímetros de la tierra.
    Los hechos parecieron transcurrir en cámara lenta, apreciándose los detalles del golpe. El impacto no fue muy potente, sin embargo, el agotado cuerpo de Alex no pudo soportarlo. Primero lo habían hecho flotar, a través del movimiento conocido como “Psíquico”, y segundo, lo azotaron con tal fuerza contra el suelo, que su mente entró en inconsciencia de forma inmediata. Sin dolor, sin sentimiento alguno.
    Apareciendo lentamente como una nube de gas, un Haunter rodeó la zona volando, disfrutando la escena que creó con ese ataque.
    Su siguiente objetivo era Matías. Creó una bola sombra en cada mano y las lanzó hacia los árboles que estaban a los lados del humano. El impacto fue suficientemente fuerte para destrozar sus troncos y hacerlos caer. Los dos Entrenadores corrieron el peligro de ser aplastados. Las carcajadas del fantasma sonaban al compás del ruido generado por la caída de las gigantes plantas.
    Segundos después, recorrió el terreno para ver qué había pasado y si habían o no muerto sus víctimas. No halló la escena esperada, sino algo parecido que le dio aún más alegría.
    Alex no recibió daños, el otro joven sí. Una rama se desprendió y se le incrustó en el muslo, como una enorme estaca. Atravesó su pantalón, piel y una diminuta parte del músculo. La sangre corría por toda su pierna, bañando el pasto de a gotas.
    Se había salvado de morir, pero no de sufrir. No podía centrar su nublado cerebro, el dolor lo confundía. No entendía qué debía hacer, si gritar, dejarse matar o arrancarse tal “espinita” y pelear.
    Dudó mucho en vez de haber actuar, tal vez si hacía algo más que estar ahí sentado la situación sería diferente. Delante de él se posó el sonriente espectro, el cual levantó el pulgar en señal de ataque.
    —Fallé. —Murmuró. Sabía que utilizarían Hipnosis en él y todo sería el fin.
    Aguantó el tiempo suficiente para seguir vivo. Como si de un milagro se tratase, sintió la presencia de un ser posicionarse detrás suyo, un ser que brindó calor con su enorme cuerpo y que lanzó un Rugido que hizo eco a kilómetros a la distancia.
    Todos los espíritus que rodeaban el lugar se alejaron, intimidados por la dorada imagen del Arcanine que prácticamente, apareció de la nada.
    El Haunter asustado quiso retroceder. No lo logró. Matías despertó del shock en el que se encontraba, sacó una Pokéball y la lanzó con sus últimas fuerzas al fantasma, acertando.
    Al tiempo que la esfera cayó y comenzó a girar, Lisandro se bajó de su Pokémon y preguntó. —¿Ese es Alex? Buena idea la tuya de dejarlo inconsciente, de esa forma no va molestar. —
    —Sí. Me costó idear ese plan. — Respondió sin pensar, entre jadeos.
    El can de fuego emitió otro terrible Rugido, creando una sonora fuerza expansiva que agitó las hojas cercanas.
    —Matí, sacá tu Rapidash y llevate a Alex, yo te cubro la espalda ¡Rápido! —Ordenó el muchacho. Usando la suficiente fuerza, removió la madera que su amigo tenía clavada en el muslo. Éste emitió un seco grito de dolor, pero a pesar del sufrimiento, pudo callar y actuar. Sacó a su majestuoso Pokémon blanco, y ayudado por su compañero, colgaron al desmayado chico en la espalda del corcel flameante.
    —¿Y tu hermano? —Preguntó Matías. No se le venía más a la mente, montándose en Rapidash con sus últimas energías.
    —Ya abandonó el Bosque, después te explico. No hay tiempo. —
    Sin saber cómo, sin instrumentos que le facilitaran la montura, tal vez por la inercia del momento, Matías pudo evitar que Alex cayera, y además, mantenerse firme para guiar el paso de su montura. Sabía que Arcanine corría detrás y que evitaría que lo tocasen. Confiaba en que saldría vivo.
    Todo transcurrió demasiado rápido. De un momento a otro se estaban dando a la fuga.
    —¡¿Es esta la dirección correcta?! —Preguntó el dueño del Rapidash, que cabalgaba por instinto, deseando escapar.
    —¡No pares! —Escuchó otra orden. Decidió no mirar atrás y avanzar. Lo último que escuchó de Lisandro, fue el increíble Rugido de su Pokémon.
    En medio de tantos árboles y sombra, con la luz diurna por acabarse en dos o tres horas máximo, sin miedo e inquebrantable decisión, el Entrenador de ojos grises decidió quedarse, desafiando a los espíritus a luchar, gritando amenazas, permitiéndole escapar a Matías.
    El silencio fue señal y respuesta de la peor situación, un clima pesado y frío, dado que la cantidad de fantasmas que lo rodeaban absorbían todo el calor. Observaban al humano y al Pokémon, desplazándose en la oscuridad y riendo.
    Así por cinco minutos, hasta que uno de ellos se apareció delante del joven. El can dorado se preparó para la pelea y rugía leve.
    Comunicándose a través de la telequinesis, Gengar, habló.
    —El sacrificio de uno para que los demás vivan. —
    —¿Algún problema con eso? —Respondió Lisandro.
    —Nos sentimos conformes con el cambio. No te preocupes, tus amigos vivirán, y tú, vivirás en la eterna pesadilla. —
    —Me gustaría ver eso. —Dijo confiado, sacando una Pokéball marcada.
     
    • Me gusta Me gusta x 4
  12.  
    Firwe

    Firwe Entusiasta

    Aries
    Miembro desde:
    27 Febrero 2012
    Mensajes:
    62
    Puntos en trofeos:
    53
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    Fanfic - Pokémon: Heroicis. [Personajes originales]
    Clasificación:
    Para niños. 9 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    10
     
    Palabras:
    662
    Después de tres meses xD volví con la introducción del Cap. 3, espero les llame la atención, digamos que un personaje interesante va aparecer.​

    --------------------------------------------------------------------​
    Un muchacho de traje golpeó repetidas veces una puerta. Se encontraba en el quinto piso de un gran edificio que pertenecía a las oficinas principales de la Liga Pokémon. Hacían cuatro minutos que intentaba que lo atendieran. Se estaba molestando.
    Esperó dos minutos más, y muy enojado, pateó la puerta. El impacto se sintió hasta en las paredes. Diez segundos después, un hombre la abrió bruscamente. A este segundo personaje se le notaba de sobra la cara de dormido.
    —¡¿Por qué osas molestarme cuando estoy trabajando?! —
    —¡¿Trabajando?! —Gritó el joven de traje. —¡Estaba durmiendo, señor Haido! —
    Haido se quedó en silencio. No tenía respuesta, por lo que optó desviar la conversación —¿Viniste a decirme qué tengo que hacer o a darme un informe? Pasá y cerrá la puerta. —Finalizó, caminando a su silla, detrás de una mesa. Estaban en una oficina con muchos muebles, libros y papeles archivados, y dos computadoras.
    —Usted nunca cambiará, señor. —Dijo el chico, ingresando al lugar, cerrando la puerta, y tomando asiento del otro lado del mueble. —Tengo una buena noticia que darle. —
    —¡Escupe chaval! —Decía animado, Haido.
    —Me llamo Daniel. —
    —Ya sé. “Chaval” es una palabra que usan los mexicanos. —Explicó con cara burlona.
    El incómodo silencio puso nervioso a Haido, tanto que terminó gritando. —¡Hablá de una puta vez, ser inferior, o te remuevo el cargo y vas a bailar por comida en la calle! —
    —¡Bueno, perdone, señor! Mire este informe. —Daniel entregó cinco papeles a Haido. El primero era una nota enviada por Gustavo, el hombre encargado de llevar el registro de las personas que entran y salen del Bosque de los lamentos.
    —Así que… tres entrenadores novatos no sólo salieron con vida del bosquecito, sino que también rescataron a uno que había entrado una semana antes. —Comentó tras leer toda la primera página, hojeando las demás. —Leandro, esguince en el pie izquierdo y cortadura en la sien. Matías, herida profunda en el muslo, pero sin consecuencias graves. Y Lisandro… ¿dolor de codo? ¡Vaya broma! ¡A éste le cobraron barato! Y por último, Alejandro, múltiples heridas en el cuerpo, herida profunda en el antebrazo, internado en el Hospital Central de ciudad Delta con tratamiento psicológico. —
    —Hace mucho tiempo no pasaba algo así. Señor, lea las “Observaciones” de la ficha de Lisandro. —
    —“Tuvo una visión de espíritus benignos en el Bosque de los lamentos”. Interesante. —
    —¿Qué significa eso, Haido? —Preguntó intrigado, Daniel.
    —Es una creencia que pocos conocen, no aparece en los archivos por cuestiones de seguridad. Te lo cuento porque confío que no se lo vas a decir a nadie. —
    —Prometo guardar silencio. ¿Por qué no aparece en los archivos? —
    —Se dice que todos los que murieron y mueren en ese bosque, se convierten en espíritus malignos, en Pokémon Fantasmas que juegan con la gente. Pero eso no es cierto; existen Entrenadores que al morir, si bien no descansan en paz, tratan de ayudar a todo el que entra. Por eso, Espíritus benignos. Tendría que hablar con Lisandro para entender en qué situación los vio. Ah… y no aparecen en los archivos de la cabaña por cuestiones de seguridad. Nunca falta el Entrenador engreído que dice… —Cambiando la voz por una gruesa y cómica. —“Así que hay Espíritus buenos, ellos me protegerán y saldré vivo”. Y así terminan muriendo como inútiles Caterpies. —
    —¡Entiendo! Y bueno, ¿qué haremos? —
    —Vos te vas a quedar haciendo el reporte en este momento, usa esa computadora. —Apuntando con el dedo. —Yo voy a dormir una siesta. Cuando me levante, hacemos nuestras maletas y vamos para Delta. Esos cuatro van a recibir la visita del grandioso Haido. —Levantándose del asiento y retirándose de la oficina. Daniel se quejaba, pero fue ignorado. Haido cerró la puerta y se fue caminando.

    Propuesta.-
    Capítulo 3, Introducción.
     
    • Me gusta Me gusta x 3
  13.  
    Firwe

    Firwe Entusiasta

    Aries
    Miembro desde:
    27 Febrero 2012
    Mensajes:
    62
    Puntos en trofeos:
    53
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    Fanfic - Pokémon: Heroicis. [Personajes originales]
    Clasificación:
    Para niños. 9 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    10
     
    Palabras:
    7621
    Disculpen la tardanza... Sinceramente para mi está feo el capítulo, encima no lo pude corregir bien porque me duele la cabeza; pero no quiero tardar más en publicarlo, para este año quiero terminarlo ya xD y no puedo seguir dando vueltas.

    --------------------------------------​

    —¡¿Se despertó?! —Preguntó Gustavo, emocionado, desde el otro lado del teléfono. Alex había llegado inconsciente a la cabaña, y no volvió a abrir los ojos hasta ese momento.
    —¡Si, tranquilo, che! Te dije que iba a estar bien. —Respondió Lisandro. Se encontraba en un bar, sentado frente a una mesa, tomando café, acompañado por Matías. Hablaba desde su celular. —Tengo que dejarte, Gusty, ya casi no tengo crédito; quería avisarte nada más. —
    —¡Gracias! Nos mantenemos en contacto. Cuídense. —
    —Igualmente, te mando mensajes ante las novedades. —Finalizó la llamada. Alzó la mirada, y mirando a su amigo, que estaba del otro lado de la mesa, tomó un sorbo. Exhaló posteriormente, y dejó la taza. —Se emocionó mucho. —
    —Hasta acá lo escuché. —Comentó Matías. —¿Tu hermano está mejor? —
    —Quejándose de las muletas, no como vos. —Dijo Lisandro, sonriendo, mirando a un costado de las sillas, donde estaban los apoyos que el otro muchacho debía usar.
    Se quedaron un rato hablando tras terminar su merienda. Eran pasadas las diecinueve horas. Pagaron la cuenta y se retiraron de local. Cruzaron la calle, el Hospital se encontraba en frente. Fueron hasta el segundo piso y entraron en la sala siete.
    Habían pasado dos días desde que llegaron, dos días en el que Alex estaba en una sala de constante observación, pero esa mañana lo llevaron a una sala de internación normal, con Leandro, el cual no entendía por qué le dieron tres días de internado, y a Matías lo dejaron ir sin más.
    Ambos estaban acostados. Leandro miraba la televisión. Alex hablaba con su hermana, Belén, y su novia, Noelia.
    —Sólo dos invitados por paciente. —Comentó Lisandro al ver el contexto.
    —Venimos a ver a Lean, entonces. —Dijo Matías.
    —Admitan que vienen a verme a mí, que me aman. —Reclamó con voz extraña, Alex.
    —¡Si, te amamos, Alex! —Gritó Lisandro. Iba seguir, pero notó la “amable” mirada de Noelia. Decidió guardar silencio y retroceder; caminó y se sentó en una silla al costado de la cama de su hermano. Belén esbozaba una sonrisa como si hubieran contado un millón de chistes.
    Si bien Noelia era de cuerpo pequeño, todos sabían que era la que mandaba en la pareja. Decidieron ignorar a ellos dos; la hermana del joven se acercó al grupo de los otros tres chicos dejando a su cuñada. Aunque era una sola habitación, parecían mundos distintos.
    —¿Y tus viejos? —Preguntó Lisandro, al ver al a chica acercarse. Ésta explicó que fueron a hacer compras, y hacer los arreglos necesarios para el traslado de Alex a su ciudad natal.
    —Hablando de eso, sigo sin saber por qué Alex fue al bosque. —Dijo Leandro. Estaba a punto de preguntárselo, pero Lisandro lo detuvo.
    —¡No seas gil! —
    —¿Por qué me decís eso? —
    —Los doctores recomendaron no hablar de eso aún. —
    —Lean. —Comenzó Matías. —Yo vivo a unas cuadras de su casa, en Dunkel. Cuando él esté en buenas condiciones para contarme, se los voy a hacer saber. —
    —Debe ser la oración más larga que escuche decir a Matías. —Interrumpió Lisandro, antes que nadie diga algo más. Belén soltó una larga risa.
    —Y otra cosa. —Recordó Leandro. —¿Qué dijeron Mami y Papi cuando se enteraron…? —Con voz temblorosa.
    El rostro de Lisandro se tornó oscuro, sus ojos fueron tapados por sus cabellos, y un profundo silencio inundó los alrededores. Con tono preocupante, comentó —Dijeron que… volvamos antes del primero de abril, y que van a… hablar… seriamente con nosotros. —Cuando concluyó la oración, los hermanos fueron rodeados por un aura de temor y arrepentimiento.
    Alguien golpeó la puerta cortando la inspiración de dramatización que tenían los dos. Tras en segundo golpe, entró el doctor que había atendido a Alex todos esos días. Cerró la puerta y miró a Leandro. Levantó el dedo pulgar, preguntando sin hablar si todo estaba bien, y recibió una confirmación con el mismo gesto. Seguido se acercó a su paciente.
    Matías se preguntaba por dentro si acaso él no era importante, después de la atención del primer día, los doctores no volvieron a hacerle caso.
    —¿Cómo estás, Alex? —Preguntó el médico.
    —Bien. Mejor. Ya no me duele la cabeza. —Dijo.
    —Hoy no tuvo pesadillas. —Habló Noelia.
    Los tres chicos que estaban en la sala se aguantaron la risa por razones que sólo ellos entendían.
    —¡Qué bien! Tus papás ya firmaron todos los papeles necesarios, acreditaron los pagos necesarios y…—Decía el hombre de bata blanca, buscando entre los papeles que llevaba en la mano. —Fijaron fecha. —Leyendo una hoja. —Mañana a las ocho de la mañana te trasladan a Dunkel. Tenés derecho a dos acompañantes en la ambulancia. Así que… no sé cómo vas a organizar a tus chicas. —Río el hombre.
    —Y veré hoy, hablaré con ellos. —Respondió Alex.
    —¡Aro Aro Aro! —Se escuchó un grito desde el pasillo. La puerta se abrió bruscamente y todos miraron fijamente a la entrada. —¡¿Cómo que te vas mañana?! —Preguntó enojado, Haido.
    —¡¿Quién es usted y por qué entra de esa manera?! —Molesto, el doctor interrogó.
    Haido sacó una licencia de su bolsillo y se la mostró. —Me conocen como Haido. —Al escucharle decir su nombre, todos en la sala comenzaron a cambiar sus expresiones. —Entrenador de Pokémones Fantasmas. Capo-mafia en cuanto al Departamento de Investigación Pokémon de la Liga Pokémon, y actual Segundo cargo de los miembros de la Élite Pokémon. —
    —¡Te desafío a un combate! —Gritó Leandro.
    —¡Acepto tu reto cuando quedes entre los ocho mejores de la Liga Pokémon! —
    —¡Señor Haido! ¡No es correcto que haga esto! —Regañó Daniel, llegando, cansado, con una gran maleta.
    —¡Callate o te despido! —Le respondió el miembro de la Élite.
    —Haido. Sé que es una celebridad, pero si no se calma, tendré que llamar a seguridad. —Explicó el Doctor. Haido se quedó callado. —Y una cosa más. ¿Podría firmar un autógrafo?, ¡Mi hijo lo admira muchísimo! —
    —¡Claro! ¡¿Cómo se llama?! —

    Alto, de buena musculatura, cabello medio largo y de color negro, ojos grises, tez pálida. A pesar de tener un cargo muy elevado, nunca se lo vio con ropas que no estén desgastadas o medianamente rotas. Cuando se tranquilizó, ordenó a Daniel hablar con quien sea que esté a cargo en el hospital en ese momento. El muchacho tuvo que irse acompañado del médico, en busca de tal persona.
    Haido entonces agarró una silla y se sentó en el medio de la sala. Suspiró.
    —Si alguno quiere un autógrafo como el Doc., ya va haber tiempo para eso, nos veremos más de una vez. Ahora quiero saber. ¿Quiénes de acá tienen licencia de Entrenador Pokémon? —
    Cuatro brazos masculinos se alzaron. —¿Y las chicas quienes son? —
    —La hermana y la novia de Alex. —Dijo Lisandro, apuntando a cada muchacha respectivamente.
    —Gente de confianza entonces. —Murmuró. Alzó la cabeza y notó que Leandro iba decirle algo, por lo que se adelantó y exhaló. —¡No quiero un duelo con vos! ¡Dejame hablar, carajo! —
    Leandro se quedó callado y se amoldó en su cama.
    —Supongo que el psicólogo que te atendió habrá dicho: “No le hablen del bosquecito al nene porque se va poner mal”. —Citó Haido, con un tono ahora serio. Había dejado el chiste de lado. Los chicos, al escucharlo hablar de esa manera, también cambiaron su ánimo. El miembro de la Élite siguió. —Antes que digas algo, Alex; o antes que alguno salga a defenderte, dejame explicarte una cosa. Si de verdad leíste los Términos y condiciones que hay que firmar para entrar al Bosque de los lamentos… cosa que nadie lee… Sabrás las consecuencias que acarrean los actos de las personas que entran ahí. Siendo puntuales, si yo quiero, usando determinados puntos de esa declaración que firmaste, y a través de ciertos decretos de la Liga Pokémon, yo puedo revocarte la Licencia de Entrenador si te negás a hablar o contestar las preguntas que yo te haga en este instante. —
    Si bien a los otros tres les molestaba escucharlo hablar de esa manera, sabían que no debían alzar la voz. Alex era quien debía hablar, y lo hizo antes que su novia o su hermana tuvieran tiempo de pensar en decir algo.
    —Lo sé. Si necesitás preguntar, preguntá. Pero te advierto que hay cosas que aún no recuerdo o no son claras. —Bastante serio.
    —Lo sé. No soy tu amigo, pero tampoco soy tu enemigo. No me importa si tu mente se destroza o si terminás loco, sos responsable de tus actos; pero tampoco soy una bestia insensible. —Poniéndose de pie. —Sé que no estás bien. Quería saber si tenías agallas, y las tenés. Andá tranquilo a tu casa, en dos semanas voy a ir a visitarte y vamos a hablar detalladamente del tema. Reponete. Ahora, necesito hablar con ustedes tres, a solas. —Finalizó.
    Los dos chicos con muleta se tomaron su tiempo. Lisandro y Haido los esperaron, y lentamente fueron hasta el ascensor. Llegaron a la planta baja y salieron a un gran patio que tenía el Hospital, al cual se llegaba desde una salida trasera.
    Extenso césped, árboles y sillas de madera bajo el cielo casi nocturno, con restos de atardecer que no tardarían en desaparecer.
    —Creo que se puede estar en este lugar hasta las 20.30. —Comentó Lisandro, mientras se acercaban a una de esas sillas largas donde su hermano y Matías se sentaron.
    —Entonces tenemos media hora. —Dijo Haido. Ojalá Daniel no nos encuentre.
    —¿Por qué es tu empleado si no lo querés? —Preguntó Matías.
    —Trabaja duro y es inteligente. Cuando me canse de él lo voy a despedir. Pero antes le voy a conseguir un alto cargo dentro de la parte administrativa de la Liga Pokémon. —
    —¿Por qué preguntaste quién era entrenador? —Murmuró Lisandro, como si se le hubiera escapado un pensamiento. Haido entendió hacia donde apuntaba la pregunta, sin embargo decidió escuchar más; pidió más precisión. —Reformulo entonces, Haido. Cuando llegamos a la cabaña, Gustavo llamó a ciertos contactos; hombres que llegaron inmediatamente en helicóptero para trasladarnos hasta acá, a Delta. Pero antes de venir, él me dijo que nos veríamos cara a cara con gente importante de la Liga Pokémon. Aunque no recuerdo qué palabras uso, nos hizo entender que alguien vendría a hablar con nosotros y que nos harían entrevistas. Casi nadie sale vivo de ahí, por lo que nosotros cuatro somos algo así como una mina oro. —Hizo una pausa, y miró el cielo. —Supongo que te habrá llegado mucha información nuestra. —
    —Y no sabés cuánta. Los que tenemos un alto cargo podemos saber todo de ustedes. Es como ser administrador de una red social. —Sonrió.
    —¿Entonces vas a tener un duelo conmigo? —Desentonó en el contexto, Leandro.
    —No. Cuando seas algo más que un sobreviviente del bosque. —
    Los dos estiraron la cara.
    —Ojos grises. —Comentó Matías. —Vos también… —
    Los cuatro quedaron en silencio. Los hermanos observaron las pupilas de Haido.
    —¿Yo también qué? —
    Matías miró a Lisandro, como si le pidiera él que hablase. Éste entendió el mensaje. —Cuando un Pokémon Fantasma toma posesión de tu cuerpo. —
    —¡Ah! ¡Eso! ¿Cómo saben eso? —
    —Lisan también lo hace con su Duskull. —Explicó Leandro. Lisandro se sintió algo incómodo, no quería que se supiera algo como eso. Haido sin embargo se impresionó.
    —Deberías mostrármelo. —Decía interesado. —No muchas personas son capaces de hacer tal cosa. —
    Un cómodo y cálido silencio se hizo lugar entre las palabras. El miembro de la Élite rompió con él, sintiendo la obligación de responderle a Matías.
    —No, actualmente no estoy posesionado por ninguno de mis Pokémon. Pero, usé y uso tanto esa “habilidad”, que ya mis pupilas se tiñeron de tal color. —Pensó un instante. —¡Dejen de hacerme perder tiempo con esas preguntas! ¡Yo vine para hablar de un tema específico, mierda, no tengo tiempo para esto! —
    Los tres entrenadores le reprocharon por distraído, logrando que se enfade más.
    —No respondiste mi pregunta. —Agregó Lisandro. Haido, que no recordaba tal pregunta, miró fijamente al chico y mostró los dientes, como Pokémon enojado.
    —Ya ni recuerdo tu preguntita, así que no me cambien más el tema. Especialmente vos. —Apuntando a Lisandro. —Quiero saber sobre los espíritus benignos. —
    El aire parecía haberse vuelto más pesado.
    —En serio pensé que iba a morir. —Comenzó Lisandro, a narrar los sucesos.

    —¿Estás seguro de esto? —Preguntó Leandro. Charmeleon y Arcanine vigilaban a todas direcciones mientras los hermanos conversaban.
    —Si. Arcanine olfateó la sangre de Alex, y con eso tengo suficiente para encontrar al real en medio de este laberinto. —Respondía Lisandro, mirando a su alrededor, al mar de árboles. —Vos no podés moverte bien parece. —Terminó, deteniendo sus ojos para contemplar el inflamado pie del otro chico.
    —Ni que fuera gran cosa, pero si es tu decisión. Te veo en la cabaña. —Afirmó con seguridad, y en forma de orden. Sacó una Pokéball de su bolsillo y la activó, de ella apareció una gran ave llamada Fearow.
    —Te prometo que nos veremos antes del anochecer. —Sonrío, Lisandro. Yo te cubro la espalda, seguro van a molestar mientras te elevás.
    Leandro se montó a su criatura y le ordenó que volase. Poco antes de que comenzara a ascender, Arcanine emitió un poderoso rugido para alejar a cualquier enemigo que estuviera cerca. Así fue como el hermano mayor llegó a una altura tal en la que no podría ser dañado.
    Mientras surcaba el cielo, observaba hacia abajo. Los árboles parecían tomar formas de rostros deprimidos y asustados.
    Varios minutos pasaron hasta que Lisandro encontró a Matías, lo ayudó y salvó. Antes de montarse en su can, vio una Pokéball en el suelo y la agarró, sin saber bien por qué estaba ahí.
    Los dos Entrenadores se dieron a la fuga en sus respectivas monturas por unos segundos, hasta que uno se dio cuenta que no escaparían a menos que se haga algo. Rapidash siguió corriendo, y Arcanine cambió de dirección luego de rugir.
    Cinco minutos después, un Gengar se apareció delante de los últimos seres vivos que quedaban en el bosque, cuando el sol comenzaba a caer.
    —El sacrificio de uno para que los demás vivan. —
    —¿Algún problema con eso? —Respondió Lisandro.
    —Nos sentimos conformes con el cambio. No te preocupes, tus amigos vivirán, y tú, vivirás en la eterna pesadilla. —
    —Me gustaría ver eso. —Dijo confiado, sacando una Pokéball marcada.
    El gran can se posicionó para el combate, como fiera salvaje que era, intimidaba a quien se intentara acercar. Todos los fantasmas presentes sabían que aproximarse a tal bestia, sería peligroso, por lo que decidieron atacar en conjunto a la distancia. Como si de meteoritos se tratasen, o de una horrible lluvia oscura, cientos de bolas de energía negra se desplazaron contra el humano. Nadie sería capaz de sobrevivir a tal impacto, y no había escapatoria; fue un ataque que provenía de todas direcciones.
    Lisandro, sin embargo, no necesitó huir. Las esferas colisionaron una tras otra, alzando polvo y tragando luz. Un efecto extraño a la vista. Tras algunos segundos, de entre la polvareda, Arcanine salió disparado como una bala, ahora si, huyendo. Alcanzarlo sería imposible, ya que usaba una habilidad conocida como Velocida extrema.
    Los espectros no entendían cómo sus víctimas sobrevivieron a tal situación, y nunca lo entenderían ya que no fueron capaces de ver al Pokémon que se escondía delante del chico.
    Lisandro había sacado a un lagarto azul de su Pokéball, la Pokéball marcada con el signo del agua. Un Croconaw que usó Protección en el momento exacto.

    —Ordené que deje de usar Velocidad extrema cuando creí haber creado ya cierta distancia. Creo que después de eso corrimos por dos o tres minutos más. Tenía fe en que Arcanine aguantaría. Croconaw nos ayudaba con Protección. Y Duskull era mis ojos en la espalda. —
    —Interesante combinación. —Sonrió Haido. —Me gusta tu estilo. —
    —Lo siguiente fue muy extraño. Y no recuerdo bien qué pasó exactamente. —Seguía, Lisandro. —Nos alcanzaron, nos rodearon nuevamente, y esta vez fueron más inteligentes. En vez de atacar todos juntos, digamos, se turnaron. Protección necesita cierto tiempo entre cada vez que se utiliza, y Croconaw no es tan hábil usando esa técnica. Así que nos tumbaron. Un golpe… en realidad varios golpes, de varias Bolas sombra directo a las patas de Arcanine, cayó de costado y eso me tiró a mí algo lejos. Caí mal, y si bien el codo y el hombro ya no me dolían, el impacto hizo que el dolor volviese. —Hizo una pausa, intentando recordar con exactitud. Su tono cambió inconscientemente, tornándose más nostálgica, como sucede cuando una persona cuenta historias muy pasadas, que traen cierta alegría. —Cuando reaccioné y me percaté que estaba tumbado en el suelo, pensé que terminaría como Alex. No podía dejar que le hagan nada a mis Pokémon. Primero regrese a Arcanine, que estaba más lejos. Croconaw había caído a sólo unos pasos; lo regresé en segundo lugar. Antes que hiciera nada más, me levitaron y me lanzaron. Dolió bastante. —
    —A Alex le habrán hecho eso varias veces. —Dijo Leandro.
    —Seguramente. Es una sensación horrenda. Como sea, la segunda vez que trataron de levitarme, Duskull salió de mi cuerpo y… —Lisandro suspiró. —En ese momento me desesperé. —
    —¿Por qué? —Preguntó Haido, muy extrañado.
    —Duskull es un prácticamente un bebé. Es muy tímido, miedoso, no le gusta salir cuando hay gente. Cuando lo saco de su Pokéball, hace berrinche pidiendo volver. —Riendo. —Y el hecho que él salga así, de esa manera, para defenderme. La sensación fue espantosa, era ver cómo ese ser que tanto querés proteger… —No encontraba las palabras exactas, movía las manos y los dedos, como buscando representarlo con gestos.
    —Lo entiendo. No hace falta que busques la palabra correcta. —Interrumpió el miembro de la Élite. —Por favor, continuá. —
    —Fue ahí cuando apareció… —Dudó. —O aparecieron. O no sé qué fue. El tema es que fui rodeado por muchos fantasmas, hubo como un efecto de luces. Y no me acuerdo más. —Murmuró Lisandro, poniendo cara rara. Haido abrió los ojos e imitó el gesto del chico.
    —Lo siguiente que me acuerdo, es que desperté montado en Arcanine, a pocos metros del árbol con la marca, ya volvíamos a la cabaña. —Finalizó.
    Tras guardar silencio por algunos segundos, el miembro de la Élite gritó. —¡¿Cómo que no te acordás de nada, inútil?! —Haciendo gestos obscenos.
    —No me acuerdo. —Comentó el chico, bajando la voz.
    —Me hiciste escuchar tu historia para terminar con un “No me acuerdo”. —Cambiando de voz, como burlándose. —¡Aish! ¡Mierda! —Gritó, alejándose unos pasos.
    Los tres Entrenadores se miraron e hicieron muecas hasta que Haido se acercó nuevamente. Éste suspiró y al fin comenzó a explicar la razón por la que había viajado desde la ciudad capital hasta Delta.
    —Muy a pesar de la memoria de pescado de Lisandro. Yo vine a este lugar para hacerles una propuesta bastante interesante. —Al notar que le prestaban suma atención, decidió no dar vueltas en el tema. —Voy ser preciso y conciso. Ustedes tres entraron al Bosque de los lamentos, dieron pelea, y salieron con vida. Hacer tal cosa requiere de gran capacidad, no cualquier lo logra. Incluso Entrenadores calificados, que han participado en Ligas y Torneos, han entrado ahí y no volvieron. Esto no quita que siguen siendo Novatos. Así que, la respuesta a lo que voy a plantearles, tiene un plazo de un año; en otras palabras, quiero que me respondan recién dentro de un año. ¿Entienden? —
    —Si, tenemos un año para pensar la respuesta. ¡Dah! —Habló Matías, cuya última expresión fue en burla.
    —Esto va en serio y es confidencial. Obviamente, todos se lo cuentan a su familia y amigos y etcétera, etcétera, pero traten de no hacerlo tan público. La Liga Pokémon está buscando formar un grupo de Entrenadores especializados, algo así como Rangers, pero más capaces. Los motivos son varios, va desde la exploración de tierras poco conocidas, como el Bosque de los lamentos; hasta diferentes operaciones especiales. El mundo en sí tiene cientos de regiones peligrosas en la que no puede ingresar maquinaria pesada, por la gran cantidad de Pokémon agresivos que existen ahí. Ahí radica el origen del grupo. —
    —Sería como un grupo de militares que hacen misiones, o algo así. —Comento Matías.
    —Exactamente. Pero los militares no utilizan Pokémon, nosotros si. Pero no se alegren tan rápido porque tiene una gran contra. —Haido hizo una pausa. —Al ser parte de este grupo especial, ustedes recibirían entrenamiento especializado, serían unas bestias. Por ende, este grupo tiene completamente prohibida su participación en cualquier festival, torneo o competencia organizada por cualquier Liga Pokémon del mundo. —
    Los tres Entrenadores cambiaron levemente su expresión. Ese era un dato muy relevante.
    —En fin. Eso era lo que quería decirles. Actualmente no puedo darles más explicaciones. Los altos mandos no me lo permiten. Así que voy a concluir: en un año, cuando adquieran más experiencia, vamos a citarlos para tener una larga charla. Si aceptan, entrarán en esta agrupación que se está por formar. —Suspiró. —De acuerdo banda de inútiles, estén atentos a cualquier llamado de mi parte. Aún necesitamos saber algunas cosas de su travesía por el Bosque de los lamentos, pero hoy ya no los molesto. —Haido volteó y se alejó, en dirección al Hospital. Leandro trató de decirle algo, pero fue ignorado.
    —¡Señor Haido! ¡¿Dónde estuvo?! El encargado… —Quiso continuar, Daniel, que se encontró a su jefe cuando éste apareció en la sala principal del edificio.
    —¡No me molestes Daniel, vamos al Hotel, necesito tomarme una buena cerveza! —
    —Pero, señor. —
    —¡Pero nada! Vamos rápido antes que las fans me molesten. —Aclaró. Caminando rápido. Su subordinado lo siguió. Los enfermeros y guardias del Hospital los miraban extrañados, sin decir nada. Se perdieron tras los vidrios de las puertas de ingreso. Algunos pacientes tardaron en darse cuenta de quien se trataba la persona que tuvieron a sólo unos metros de distancia. Esa noche, en las noticias locales, aparecerían fotos del miembro de la Élite, bajo el titular de “Se rumorea la presencia de Haido en la ciudad”. Nota que la mismísima celebridad, vería en su cuarto de Hotel, cenando junto a Daniel y dos chicas, con varias cervezas.
    Por otro lado, los tres entrenadores volvieron a su sala de hotel. No sabían que decir, estaban callados. Alex preguntaba qué habían hablado, y sólo respondieron que Lisandro contó lo que recordaba de ese día.

    Pasó la noche y la madrugada. Temprano a la mañana todos estaban en el hospital para despedir a Alex. A Leandro le dieron el alta, y ya no le eran necesarias las muletas. Matías seguía reprochando la mala atención que le brindaron a él.
    Una vez que la ambulancia partió llevando a uno de los chicos, a su novia y a su madre. Belén y su padre debían ir hasta la estación terminal de ómnibus para comprar sus pasajes de vuelta, Matías advirtió que quería volver a su ciudad también, detalle que desencadenó en que los hermanos los acompañasen.
    Delta no era una ciudad muy grande, por lo que se desplazaron caminando.
    —Once de la mañana. Tenemos tres horas en esta ciudad. —Dijo el padre de Belén. Los Entrenadores observaban un tanto alejados.
    —¿Puedo ir a visitar a un amigo entonces, papá? —Preguntó ella. —Hace un tiempo se mudó acá, y tenía la esperanza de verlo antes de irnos. —
    El rostro del hombre cambió repentinamente. Los tres jóvenes retrocedieron un paso, para alejarse de aquella situación. El incómodo momento en que un padre debe dejar a ir, sola, a su hija a verse con un muchacho.
    —¿Sola? —Interrogó el hombre. La mente de la chica entonces comenzó a trabajar a mil. Sabía que no podía responder que “si”, puesto que no recibiría el permiso. Sólo había una solución.
    —No, con ellos, ellos me van a acompañar. —Apuntando a los tres. Éstos, al caer en cuenta que fueron utilizados como carnada ante aquel violento ser, semejante a un Gyarados hambriento recién evolucionado, se congelaron, sin saber qué hacer.
    El padre dirigió una mirada fulminante a los, en ese momento, niños indefensos. —De acuerdo, sé que son de confianza. Cuiden a mi hija. Yo voy a recorrer los locales, quiero comprarme un traje nuevo. —Finalizó, retirándose del lugar.
    Belén sonrió.

    Aquella pequeña chica de dieciséis años, de aproximadamente metro y medio de altura, había conseguido tres guardaespaldas que la seguían por la calle. Caminaban lento a causa de las heridas de dos de ellos. Antes de ir a la casa del amigo de ella, debían pasar por el Centro Pokémon.
    Al llegar, fueron inmediatamente interrumpidos por los Entrenadores allí presentes. “Los héroes que rescataron a Alex” fueron tapa del diario el primer día que salieron con vida del Bosque, y fueron noticia el día siguiente. Así también aparecieron en la revista semanal que publicaba la Liga Pokémon.
    Los hermanos decidieron quedarse a responder las preguntas de los chicos, y para no perder tiempo, Matías y Belén fueron a recepción.
    —¿Cómo estás, Matías? —Preguntó la enfermera de turno. —¿Tu pierna va mejor? —
    —Si, puedo caminar un poco más rápido, por suerte. —
    —¡Que suerte! A ver… —Pensó un momento. —La mamá de Alex pasó temprano esta mañana a retirar los Pokémon de su hijo. En cuanto a los tuyos, necesito que firmes este papel y te los doy. —
    La hoja que debía firmar, era el documento que validaba que el dueño de los Pokémon que habían sido dejados tres días atrás para atenciones médicas, eran retirados del lugar. La enfermera le habilitó sus tres Pokéballs.
    —¿Tres? —Preguntó Matías, extrañado. —Yo tengo dos Pokémon. —
    —¿En serio? ¿De verdad? —Asustada, sin entender, la enfermera.
    —¡No! —Interrumpió Lisandro, gritó a lo lejos; pidió permiso a los en Entrenadores curiosos, y se acercó acompañado de Leandro. —Tenés tres Pokémon, Maty. Atrapaste uno en el Bosque. —
    Una imagen llegó a los recuerdos del chico, se había olvidado completamente de la Pokéball que lanzó en aquel lugar.
    Seguido, los hermanos retiraron su Pokémon; el menor, antes de firmar, preguntó si Arcanine no ocasionó problemas. Por suerte, no lo hizo.
    Tardaron en salir del edificio, tanto, que llegaron a la casa del amigo de Belén a las nueve de la mañana. Ella estaba disgustada por eso.

    Una casa enorme, con un gran portón blanco, detrás del cual un Pokémon negro de cuatro patas, ladraba. Era un Houndour de cincuenta centímetros de alto.
    Belén tocó el timbre. Al instante salió un señor preguntando quién era, la chica se identificó y pidió ver a Gianfranco.
    El nuevo personaje salió de la casa y se acercó a las rejas gritando un nombre: “Rex”. Era un muchacho igual de alto que Lisandro, pero de mayor contextura. A pesar de tener dieciséis años, era bastante grande; y aprovechaba su condición en el baloncesto.
    El canino se calló y se acercó a su dueño.
    Gianfranco abrió el portón y dejó pasar a los cuatro invitados. Mientras ingresaban, Lisandro le susurró a sus dos amigos.
    —¿Si a ustedes los visitan a las nueve de la mañana, van a estar despiertos? —Recibió una negativa de los dos. —¿Él no debería estar en el colegio? No tiene pinta de tener más de dieciocho. ¿Son cosas que jamás sabremos? —
    —Preguntale. —Dijo Matías. Lisandro se negó.
    Por media hora, los tres se mantuvieron murmurando en un rincón de la sala de la casa mientras los otros dos hablaban, gritaban y reían. Y así fue hasta que Gianfranco, por motivos de charla, mencionó algo que llamo la atención de todos.
    —Eso pasó cuando fui a firmar para sacar mi Licencia Pokémon. —Belén se río al oír esto. Y Leandro, como era costumbre, hizo notar su voz.
    —Así que sos Entrenador. —
    —Si, ¿por qué? —
    —¡Te reto a un duelo, entonces! —
    Matías y Lisandro soltaron una mueca de gracia, pensando que era la típica escena donde rechazarían al chico. Pero algo increíble pasó.
    —¡Acepto! ¡Vamos al Estadio! —Exclamó Gianfranco. —Pero cuando Belén se vaya. ¿Te vas en una hora más o menos, cierto? —
    La chica se reía de la cara de sus dos amigos y del festejo de Leandro. Por lo que tardó un poco en responder. —Si. A esa hora nos vamos con Matías. —Apuntándolo. —Pero yo no tengo problema de ver su pelea. —
    —No. Quiero terminar de hablar con mi amiga, primero. —Dijo, mirando a su futuro contrincante.
    —No hay problema. Te espero. —Le dijo el chico de cabello negro, y se sentó nuevamente en aquel rincón para reiniciar la charla secreta.
    Al llegar las diez y treinta, junto a Gianfranco fueron hasta la estación terminal. El padre de Belén agradeció de manera muy formal a los hermanos por haber ayudado a su hijo a salir del Bosque de los lamentos. Por otro lado, Matías simplemente soltó un “nos vemos pronto”, antes de subir al ómnibus. Para las once y cinco, el colectivo emprendió rumbo a Dunkel, eran cuatro horas de viaje hasta allá.
    Sin otro asunto que atender, los tres Entrenadores fueron hasta el supuesto estadio. Era una edificación grande, construida hacía tres años atrás para realizar combates. Tenía diez ambientes cerrados y cinco al aire libre para luchar; se alquilaban por hora. Desde que las batallas en lugares públicos se prohibieron por cuestiones de seguridad social, locales como ese surgieron como un buen negocio.
    Los dos que iban a luchar pagaron a medias e ingresaron a uno de esos terrenos. Bajo el ahora nublado cielo, se veía un campo de tierra firme de quince metros de ancho por veinte de largo. Lisandro fue hasta la única fila de butacas que había a un lado, detrás de un vidrio que, antes de sentarse, golpeó con un dedo.
    —No es tan resistente, un ataque poderoso puede romper esta cosa. —Dijo para sí mismo, en voz alta, algo temeroso. Tras acomodarse, sacó a su lindo Croconaw. —Creo que ver una pelea amistosa te va venir bien después de lo de la otra vez. —
    El Pokémon emitió sonidos de aprobación y se colocó al lado de su dueño, esbozando una hermosa sonrisa con su enorme mandíbula.
    Leandro a la izquierda, Gianfranco a la derecha.
    —Antes de empezar… —Decía el primero. —¿Cómo conseguiste una Licencia? ¿Cuántos años tenes? —
    —Dieciséis. A partir de mi edad, con autorización de tutores, un chico ya puede conseguir su Licencia. ¿Sos entrenador y no sabes eso? —
    —Yo sólo sé pelear. ¿Cuántos Pokémon tenés? —Preguntó. Su rival alzó dos dedos. —Que sea un combate a dos, entonces. Y como tengo más experiencia que vos, voy a lanzar un Pokémon primero. —Presumió, agarrando una Pokéball de su bolsillo con su mano derecha. Extendió el mismo brazo y accionó la esfera para que de la energía disparada, se forme un ave de buen tamaño: Fearow.
    —Igual, desde un principio sabía el orden que iba utilizar. —Murmuró Gianfranco. Agarró una Pokéball y la lanzó al aire, fuertemente y hacia adelante, luego de accionarla. Cuando el Pokémon salió de ella, la energía disparada hizo volver a la bola directo a su dueño, el cual la agarró con estilo.
    Lisandro soltó un “wow”, impresionado. Leandro sonrió y habló —¿Cuánto tiempo practicaste eso? —No recibió respuesta.
    El pájaro emitió un grito al ver al can negro: Rex.
    Como si de un duelo de videojuegos se tratase, los Entrenadores cruzaron miradas e inició el enfrentamiento.

    Fearow se alzó a lo alto para dibujar un círculo en el cielo. Su movimiento fue lo suficientemente rápido como para evitar acciones de su rival. Houndour observaba, hacia arriba, dando pasos al costado, esperando que su objetivo descendiera.
    El Pokémon volador, al recibir orden de su Entrenador, bajó en picada a buena velocidad.
    —¡Ascuas! —Exclamo Gianfranco. Rex se posicionó firme tras dar una gran inhalación y abrió la boca para lanzar, a montones, pequeñas bolas de fuego. Fearow, por instinto, desistió de atacar y giró en el aire para elevarse nuevamente. Las flamas ascendieron pocos metros. La escena volvió a repetirse, porque a pesar de su velocidad, la alada criatura no podía acercarse.
    Leandro se mantenía calmado, como si tuviera pensada una estrategia. Su decisiva miraba ponía nervioso al otro muchacho. —¡Esperá a que baje lo suficiente, Rex! —Ordenó entonces, el chico de dieciséis.
    Fearow ascendió y volvió a caer en picada, esta vez, pudo acercarse mucho más. Cinco metros antes de impactar, Houndour intentó lanzar Ascuas, pero el pájaro achicó su cuerpo; si bien su posición ya era aerodinámica, la postura para un descenso rápido no estaba completa, un simple movimiento de contracción de sus alas, lo hizo acelerar. Controlándose perfectamente, en cuestión de un segundo, se acercó a su oponente de fuego antes que éste pudiera lanzar su ataque, extendió sus extremidades y aleteó, de esa forma ascendió tras darle un fuerte golpe con el cuerpo a su objetivo.
    Houndour fue desplazado hacia atrás y cayó de costado, se levantó al instante para ver al ave varios metros por encima de su cabeza, volando en círculos.
    —La diferencia es simplemente enorme. —Murmuraba Lisandro, para Croconaw.
    Deducción cierta, el tamaño de los cuerpos y el entrenamiento de las criaturas que luchaban eran como extremos opuestos. A eso, se le sumaba la experiencia de Leandro, muy en contraposición de Gianfranco, que si bien no era uno de sus primeros enfrentamientos, aún tenía cierto rango de novato.
    —Aburrido… —Murmuró a los segundos, el chico que estaba sentado; miró a su Pokémon de agua bostezar. La batalla era monótona. Fearow que ascendía y caía en picada buscando golpear sucesivamente, asestando duros golpes cada tanto. Al poco tiempo, a Houndour le costaba ponerse de pie, a causa del cansancio y dolor. Gianfranco no tuvo otra opción que retirarlo de la batalla, algo enojado.
    El ave descendió y se posó delante de su Entrenador, lanzando un grito de gloria. Leandro lo felicitó y regresó a su Pokéball.
    —Despertate. —Dijo Lisandro, con tono serio, palmeando levemente en la cabeza a Croconaw. Éste estaba a punto de dormirse; se asustó, y se pasó la mano donde recibió el golpe, gruñendo. —No te enojes, ahora es necesario que estés atento. —
    —¡Ganaste la primera, pero no te emociones! —Exclamó quien iba perdiendo.
    —¡No me vas a ganar nunca! Como yo gané, voy a sacar a mi próximo Pokémon. —Dijo Leandro con una sonrisa. Antes de agarrar la Pokéball que quería, desvió sus ojos a su hermano. Cruzaron miradas, estableciendo cierta comunicación. Lisandro pareció afirmar algo.
    Una Pokéball marcada con el símbolo del fuego, del cual salió un rojo lagarto de cola flameante, que al pisar suelo, rugió de forma impactante estirando sus brazos y alzando la cabeza, disparando una bola de fuego al cielo.
    —¡Tranquilo, Charmeleon! —Exclamó Leandro, con cierta imposición. La bestia de fuego sin embargo pareció hacer burla e ignorar.
    Croconaw observó a Lisandro con los ojos achinados. El humano sintió tal mirada incriminadora y no soportó la presión. —¡Bueno! ¡No te saqué para que contemples un carajo! ¡Te saqué por las dudas! —La criatura azul mostró los dientes, parecía amenazar.
    Entre medio de esa euforia que desplegaba la fiera de fuego, Gianfranco habló con tono confiado. —Metiste a Fearow a su Pokéball, eso significa que lo retiraste del combate, por lo que si te gano esta, soy yo el que gana el duelo. —No recibió respuesta, sólo una sonrisa de su rival. —¡Voy a ganarte! ¡Tengo algo mucho más fuerte que tu Charmander! —
    Frase tonta pero ofensiva para Charmeleon. Los hermanos sintieron cierto escalofrío, y la mirada del Pokémon ofendido cambió radicalmente. Gianfranco repitió el movimiento que hizo al sacar a su primera criatura, lanzó la esfera al aire y la agarró cuando la energía de expulsión causó el retroceso de la misma.
    Largo y esbelto, de un brillante azul por arriba y blanco resplandeciente por debajo. Profundos ojos rojos, pequeño cuerno, orejas con formas de diminutas alas, y una esfera azul en su cuello y otras dos casi al final de su cola. Sin tocar el suelo, dio media vuelta en el aire emitiendo un tierno y legendario sonido dragónico.
    Los hermanos y sus Pokémon observaron, sus rostros mostraron la impresión. Un Dragonair delante de sus ojos, una criatura difícil de encontrar y difícil de atrapar; comparada, por lo más grandes Entrenadores del mundo, con un diamante.
    El clima se entintó de sorpresa y desentendimiento. Leandro lo rompió con la interrogante que su hermano no había podido formular aún. —¡¿Cómo conseguiste un Dragonair?! —
    —¡Herencia familiar! ¡Sabía que te ibas a impresionar! —
    Lisandro, si bien estaba algo desconcertado por el hecho de que Gianfranco tenga a ese dragón, lo que en verdad se preguntaba era cómo logró que evolucionase. Los Dratini son Pokémon tímidos, que evitan el contacto humano; él sabía que según estadísticas oficiales, sólo uno de entre cien evolucionaba si no se encontraban en estado salvaje.
    —Si evolucionó, significa que lo entrenaste bien. —Comentó alegre, Leandro. Iba continuar hablando, pero notó cierto calor en su entorno. La temperatura había crecido por un detalle que parecía mínimo, pero no lo era en absoluto: Charmeleon estaba emocionado, eufórico, la flama de su cola aumentó de tamaño.
    Bajo el cielo nublado, el pesado entorno de un lagarto rojo a punto de perder el control, la atención de Croconaw dispuesto a parar cualquier locura, y la imagen de un poderoso y hermoso dragón, el combate comenzó.

    Charmeleon se lanzó a gran velocidad, sin esperar órdenes, abriendo sus garras brillantes en metal, apuntando a la garganta de su rival. Pocos centímetros antes de alcanzar su objetivo, Dragonair emitió un sonido y se movió sutilmente, elevándose por encima de su oponente, colocándose detrás de él. El lagarto de fuego frenó como pudo, arrastrando sus pies en el suelo, levantando polvo, y girando, logró ver por un instante al dragón azul, pero no lo suficiente para apuntar y atacar: la larga criatura era muy veloz, repitió su primer acto de desplazarse por los cielos hasta colocarse detrás de Charmeleon.
    —¡Lanzate a un lado! —Ordenó Leandro, pero fue ignorado. Dragonair había acumulado energía en su boca, la cual lanzó como un potente Furia Dragón que impacto con potencia en la roja espalda de su contendiente.
    El Pokémon de fuego voló culpa del impacto, cayó al suelo y rodó, para levantarse como si nada gracias a la inercia. La flama de su cola se avivó aún más, se colocó en postura y lanzó un potente Lanzallamas. Gianfranco tuvo que moverse para no recibir el fuego directamente, se le aceleró el corazón. Por otro lado, la hermosa criatura azul no estaba nerviosa en lo más mínimo, con su armoniosa agilidad evadió las llamas y voló hacia Charmeleon.
    Croconaw estaba sumergido en la pelea, atendiendo para aparecer en cualquier momento y detenerla si algo malo pasara.
    —¡Repetición! —Exclamó Gianfranco. Y así sucedió. Charmeleon intentó finalizar su ofensa y posicionarse para un segundo ataque, pero no fue lo suficientemente rápido, Dragonair lo envolvió usándose a sí mismo como soga, y apretando lo más que podía.
    Mientras Leandro escuchaba el gemir de furia de su Pokémon, intentó idear un plan antes que su rival diera orden alguna, sin lograrlo.
    —¡Aliento de Dragón! —Ordenó Gianfranco. Dragonair, colocando su cabeza detrás de la de su contrincante, estaba a punto de atacar, sin embargo, el orgullo de Charmeleon fue más fuerte, su cola ardió como una enorme fogata, quemando el cuerpo de quien lo envolvía, a la par de rugir como una fiera indomable.
    El dragón se distrajo, dando oportunidad al lagarto rojo. Éste, entusiasmado, intentó abrir los brazos con mucha fuerza, logrando que Dragonair cediera.
    —¡Retrocedé! ¡Atacá de lejos con Furia dragón! —Dijo Gianfranco. Su Pokémon le obedeció y soltó a su víctima, y con un rápido vuelo intentó alejarse, sin conseguirlo.
    Charmeleon se movió lo suficientemente rápido como para tomar de la cola a Dragonair, y con temible furia contenida, lo revoleó en el aire, para luego hacerlo estrellar contra el suelo con brutalidad inexplicable. Tal golpe alertó a Lisandro, que empujó a Croconaw a atacar.
    Antes que Charmeleon repitiese el acto, de golpear a su enemigo contra el suelo como si de una simple alfombra se tratase, el Pokémon de agua lo golpeó de frente con una Hidrobomba, haciéndolo volar.
    Dragonair, aturdido como estaba, intentó levantarse, pero había recibido un impacto muy fuerte.
    Leandro regresó a su Pokémon a su Pokéball, y se quedó allí parado, observando la esfera, mientras los otros dos Entrenadores se acercaban al mareado dragón.
    Al minuto, Dragonair recuperó movilidad y ya parecía estar bien.
    —Igual, sería bueno que lo lleves ya, al Centro. —Decía Lisandro, mientras acariciaba la cabeza de Croconaw.
    —¿Por qué interrumpiste en el combate? Gané yo, porque él te ayudo,¡¿Cierto?!—Preguntó Gianfranco, completamente desentendido de la situación. Iba a continuar hasta que notó la seria expresión de Leandro, y los fijos ojos que éste clavaba a la Pokéball que tenía en su mano derecha.
    —Charmander es un gran Pokémon. —Comenzó a murmurar, Lisandro. —Pero cuando evoluciona a Charmeleon, su actitud cambia radicalmente, su orgullo los domina. No es la primera vez que pasa esto; se descontrola y es capaz de cualquier cosa. Por eso intervine. —
    —Ganaste. —Dijo Leandro, interrumpiendo, con voz imponente. Seguido, se alejó caminando rápido.
    Tras unos segundos de silencio. Gianfranco comentó enojado. —No siento como si hubiese ganado, Dragonair lo estaba dominando, hasta que su Charmeleon con un movimiento, ni siquiera con un ataque, lo deja medio noqueado a mi Pokémon. —
    —Si tenemos que basarnos en reglas, ganaste, pero por fuerza si, Charmeleon supera a Dragonair por mucho. Igual, tenemos mucho de qué hablar, quiero preguntarte algunas cosas. —Finalizó, Lisandro.

    Tras el combate, los Entrenadores fueron hasta el Centro Pokémon. Estuvieron allí una hora hasta que los enfermeros confirmaron que a Dragonair nada le pasaba. Seguido, almorzaron juntos y tuvieron un largo debate durante toda la siesta y tarde. Llegada la noche, se despidieron. Los hermanos le aseguraron a Gianfranco que volverían para un combate más equilibrado, y le pidieron que siguiera entrenando como lo estaba haciendo.
    Fueron hasta la terminal de ómnibus a comprar pasajes, y luego de regreso al Centro Pokémon a pasar su última noche en Delta.
    De camino, Leandro alzó la voz y detuvo el paso.
    —Lisan… Con respecto a lo que dijo Haido. —Hizo una pausa, y siguió. —Si aceptamos su propuesta, tal vez. —
    —Nada de eso. —Interrumpió Lisandro. —Creo que sé lo que querés decir. Yo también estoy asombrado por haber visto un Dragonair… —Sonrió. —Y también creo que si aceptamos su propuesta vamos a ver muchos Pokémon como ese; pero… ¿Para vos no sería mas emocionante enfrentarlos en torneos, ligas y competencias, que simplemente verlos y enfrentarlos en estado salvaje? —
    Leandro permaneció en silencio, esbozando una sonrisa.

    —Matías y Alejandro volvieron a su ciudad hoy a la mañana, señor. —Le comentó Daniel, a Haido, tras ingresar despacio a la habitación del hotel donde el miembro de la Élite miraba por el balcón, muy tranquilo.
    Como no hubo respuesta, el muchacho habló otra vez —Y al parecer a Leandro y a Lisandro, poco les importó que usted quisiera conversar con ellos, compraron pasajes para ir a Armanús mañana. —Finalizó. Guardó silencio. Pasó dos minutos, y algo molesto, gritó. —¡¿Me está escuchando?! —
    —¡Si, cállate! —Le respondió el otro. —¡Ya sé todo eso, Daniel! Tu información llega tarde. —
    —¿En serio? ¿Cómo se enteró? —
    —Candela me llamó hoy, espera a los hermanos; se supone que ellos le prometieron ir a su ciudad el veinticuatro de marzo. Cumplieron su promesa. Voy a dejarlos tranquilos por uno o dos meses; ahora tengo que volver a mi oficina para investigar algo más importante. En cuanto termine ese asunto, voy a ir a visitar Dunkel. —
    —¿Algo más importante que cuatro sobrevivientes…? —No pudo terminar.
    —Si. Es confidencial, así que no preguntes. —Con voz amargada. Parecía extremadamente preocupado, completamente distinto a como era siempre.
    —¿En verdad no le interesa lo que pasó en el Bosque de los lamentos? Aunque entiendo que Lisandro no recuerde nada, eso suele… —Nuevamente, Haido no lo dejó terminar. Alzó la voz.
    —¡Si me interesa! Pero actualmente no voy a conseguir información. No tengo prisa, tengo plazo de un año y poco más. Quiero dejar que las aguas se enfríen, y recién en ese momento voy a entrevistarlos uno a uno. Especialmente a Lisandro. —Sonriendo nerviosamente.
    Daniel notó un rostro extremadamente interesado. El miembro de la Élite apretó fuerte la baranda del balcón con ambas manos. —Lisandro… él es un mentiroso. —

    Duskull se adelantó, Lisandro sintió la desesperación incrementándose en su ser al ver cómo su pequeño y miedoso amigo se alejaba de él. Intentó gritar, pero no tenía energías, la voz no salía de su garganta.
    Los fantasmas, que los tenían rodeados, estaban a punto de atacar cuando una fuerte luz iluminó todo el lugar. Semejante a un flash de cámara, pero cien veces más potente. El humano dio dos pasos atrás y se pasó los dedos por los ojos.
    —¡Duskull! —Gritó varias veces, aterrado por lo que pudo haber pasado. A los pocos segundos su visión volvió, aunque borrosa, le permitió ver a su Pokémon, y no entendió la situación.
    Como si lo estuvieran protegiendo, varios entes sin forma lo observaban, estaban por doquier. Inmediatamente sacó una Pokéball y metió a su pequeño compañero en ella. Dio otros dos pasos hacia atrás mientras miraba a todas direcciones. Se asustó cuando una pequeña niña, de largo cabello negro, apareció delante de él.
    —Por esa dirección. —Le murmuró ella. —Nosotros te vamos a proteger. Corre. Y cuando Alex se reponga, dile que le voy a estar esperando. —
    Sin replicar nada. Lisandro sacó a Arcanine y le ordenó correr una vez lo montó. No miró atrás, sólo escapó.


    Propuesta.
    Capítulo 3, Fin.
     
    • Me gusta Me gusta x 3
  14.  
    Firwe

    Firwe Entusiasta

    Aries
    Miembro desde:
    27 Febrero 2012
    Mensajes:
    62
    Puntos en trofeos:
    53
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    Fanfic - Pokémon: Heroicis. [Personajes originales]
    Clasificación:
    Para niños. 9 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    10
     
    Palabras:
    3170
    Capítulo 4, primera parte, al fin en Armanús, para desafiar a Candela. Será un poco aburrido tal vez, la segunda parte es muchísimo mejor.

    -------------​

    —A dos horas de viaje al sur, desde Delta, ubicada en la zona mesopotámica, región noroeste del país. La ciudad del arte y las danzas, bendecida por grandes ríos que rodean el área. En toda su extensión, abundan Pokémon que adoran el agua, pero… —Haciendo una pausa antes de seguir. —la Líder de Gimnasio de esta ciudad, usa Pokémon de Fuego. —Finalizó Lisandro, sonriendo, mientras observaba a lo lejos a través de la ventana, desde la primera fila del ómnibus donde viajaba, un gran cartel que escribía “Bienvenidos a Armanús”.

    Ignis.
    Capítulo 4, Parte 1 de 2.

    Los hermanos llegaron a Armanús y se trasladaron inmediatamente a uno de los dos Centros Pokémon de esa gran ciudad. Se registraron y pidieron una habitación en la cual dejaron sus cosas; se turnaron para el baño y terminaron de instalarse. Dejaron a sus Pokémon al cuidado de los enfermeros del edificio y salieron a la calle, acompañados únicamente por Monferno.
    Caminaron por extensas calles y dos peatonales, viendo una gran variedad de artistas callejeros haciendo increíbles espectáculos. Cruzaron por delante del Teatro más famoso del país, y apreciaron la larga cola que había: más de doscientos metros de fila de personas esperando su turno para comprar las entradas de una obra que se estrenaría la semana entrante.
    Tras veinte minutos de camino, llegaron a su destino: un enorme estadio, una colosal construcción de cien metros cuadrados; cuya entrada doble de puertas de vidrio llevaba a un primer edificio de tres plantas. En lo más alto, brillaba un cartel pintado de manera extravagante con variaciones de colores rojos y naranjas que decía Gimnasio Ignis.
    Entraron y se encontraron con una recepcionista sentada delante de un escritorio con computadora, en un pequeño Hall que tenía varias puertas, una escalera y un ascensor al fondo. Un muchacho de largo y ondulado cabello castaño estaba hablando con la chica.
    —No… No sé, ¿qué fecha me… me recomendás vos? —Dijo éste, acomodándose los lentes.
    —Y mirá, Candela tiene ocupado hoy todo el día, y el lunes lo tiene reservado no sé para quién. —Respondía ella, mostrándole un calendario en la pantalla del ordenador. —Martes o miércoles, el día que más te guste. —
    —Y dame miércoles en… entonces. —Achinando los ojos, como para ver mejor, eligió el joven.
    —Miércoles a las diecisiete horas entonces, señor Gonzalo. —Aclaró ella, imprimiendo un papel, firmándolo y entregándoselo. —Que tenga muchísima suerte esta vez. —
    —Gra… gracias. —Agarrando la hoja y volteando para irse, parecía apurado. Caminó despistado sin darse cuenta que delante, tenía a los hermanos. Gonzalo chocó con ambos y casi cae de espalda. Se disculpó y salió rápido del lugar.
    Antes que los dos Entrenadores pudieran decirse algo, la recepcionista alzó la voz. —¡Buenos días! —
    —Buenos días… —Comenzó Lisandro. —Disculpe la curiosidad, pero, ¿quién era él? Parecía muy nervioso. —
    —Disculpe señor, no puedo dar esa información. —
    —Ah, bueno… —Iba a continuar; el sonido de las puertas de vidrio abriéndose lo hizo parar. Giró a mirar quién ingresó al edificio.
    Hermosa como siempre, haciendo notar su sedoso largo cabello con un movimiento de cabeza, Candela, tras quitarse un gorro y su gafa de sol, soltó una risa. —¡Bienvenidos! ¡Los esperaba!—
    Los hermanos saludaron cordialmente, y la recepcionista hizo algo semejante a una reverencia.
    —¡Me costó llegar! Mucha gente afuera, muchos fans, mucho todo. Tengo que andar disfrazada. —Decía ella, parecía histérica y apurada. Se dirigió a la recepcionista. —¿Qué día voy a luchar contra Gonzalo? Lo vi salir poco antes de llegar, el muy despistado ni me vio. —
    —Miércoles. —Se apresuró a contestar Lisandro, aprovechando una oportunidad única para satisfacer su curiosidad. —¿Quién es ese tal Gonzalo?, parece una persona muy nerviosa. —
    —No es posible dar tal información… —Quiso interrumpir la recepcionista, pero Candela alzó la voz. —Viene por su segundo reto, ya luchamos una vez, lo vencí. Es bastante bueno, ya tiene dos medallas bajo su manga. Igual, disculpen chicos, estoy apurada, si no tienen problemas, reservé el lunes para ustedes. Nos vemos ese día; y preparate para perder Leandro. —Finalizó ella, entrando al ascensor y despidiéndose con un gesto de mano.
    —¡Nos vemos ese día! —Exclamó Leandro, quien se animó de golpe. Hasta ese momento había estado muy callado. —Ya tenemos cita entonces, ¿el lunes a qué hora? —
    Muy confundida y algo molesta, la chica observó su ordenador y anotó el horario, repitió el protocolo de impresión y firmado, y entregó un papel a los Entrenadores. Éstos lo leyeron.
    —¿Combate Especial? —Preguntó Lisandro al leer.
    —Es un formato que se permite en las reglas oficiales de la Liga Pokémon ¿No saben de él? —Preguntó la recepcionista. Los hermanos negaron. —Pensé que ustedes lo habían acordado con ella. De acuerdo, si no es así, vayan a la Biblioteca del Centro Pokémon, busquen entre los libros de reglas, en la sección de Combates Especiales. —Sonreía, como si su enojo se hubiera esfumado.
    Agradecieron la amabilidad de la muchacha y se retiraron del edificio. Lisandro se despidió de la cámara de seguridad que se hallaba en una esquina y salieron a la calle. Monferno parecía disfrutar del paseo.
    Camino de regreso, ambos leyeron atentamente lo que decía el papel que se les había dado. Tenía muchas combinaciones de palabras que ellos no entendían y que debían descifrar antes del lunes. Tenían tiempo, era sábado de mañana.
    Poco antes de llegar, Leandro planteó una posibilidad. —En la ciudad hay dos Centros, ¿cuáles son las probabilidades de que ese tal Gonzalo esté quedándose en el mismo lugar que nosotros? —
    —También puede vivir acá, o quedarse en lo de un familiar. —Respondió Lisandro. —Igual si tiene dos medallas, no creo que sea así, lo que implicaría que hay una probabilidad de como el… cuarenta porciento. —Más que cálculo, lanzó un número por puro azar.
    Ingresaron al Centro Pokémon y lo vieron subiendo por las escaleras. Se miraron el uno al otro, sin hacer expresiones.
    —Quiero ganarle en un duelo. —Dijo Leandro.
    —Primero tenemos que ver cómo va ser nuestro duelo con Candela, después, podés hacerlo. —Le respondió su hermano.

    Sentados delante de una de las pocas mesas de la pequeña biblioteca ubicada en el primer piso del Centro Pokémon, los hermanos terminaban de entender las reglas del combate que tendrían en dos días. Con tres libros abiertos y papeles regados por doquier. Monferno dormía en el fresco suelo.
    —En resumen, primero lucha uno, y luego el otro, cada uno usa dos Pokémon en total contra la Líder, quien usará cuatro. Combate uno a uno. —Decía Lisandro, escribiendo en un cuaderno suyo. —Cada uno puede registrar tres Pokémon y elegir cuál de ellos usará a medida que avanza el enfrentamiento, dependiendo de la situación. —
    —Cada uno puede realizar un cambio en medio de la pelea, pero no podemos alternar turnos; es decir, el segundo podrá combatir únicamente cuando el primero pierda con sus dos Pokémon correspondientes. —Agregaba Leandro. —Entonces, ¿cuál de nosotros va primero? —
    —Creo que deberíamos decidir a quién usar. Candela usa Pokémon de fuego, el único que tiene cierta ventaja es mi Croconaw. —
    —A Croconaw usalo sí o sí, después… no sé. Yo igual voy a usar a Charmeleon, y seguramente a Snorlax. —
    Lisandro parpadeó un par de veces seguidas, achinó los ojos y buscó una página de uno de los libros. Su hermano observó ese apresurado interés por algo que el otro recordó. Un minuto fue lo que tardó en aparecer la información.
    —¿Qué tal te suena esto? —Inició el chico de cabello castaño. —Voy primero, vas segundo y después voy tercero. —
    Leandro no entendió.
    —Leete esta regla, sobre el préstamo autorizado de Pokémon. —
    Tardaron media hora más en finalizar la estrategia que usarían. Devolvieron el material bibliográfico a donde correspondía, despertaron al mono de fuego, y fueron hasta el bar del piso superior. Tomaron asientos al lado de la ventana y al fin, sintieron no tener ningún peso sobre sus hombros.
    No intercambiaron palabras por casi quince minutos, pidieron una botella de gaseosa y la tomaron lentamente. En la paz del despejado clima, y un sol que estaba colocándose en el centro del cielo, el celular de Lisandro sonó.
    —Un mensaje de Paola. —Comentó. —Pregunta cómo estamos. —
    —¿Qué le dijiste? —Con poca curiosidad y tras esperar unos segundos, habló Leandro.
    —¿Cómo te sentís? ¿Qué tal tu pie? —Preguntó su hermano menor, mirándolo de reojo. —Maty me dijo que ya están en su ciudad, llegaron bien; Alex ya camina sin sentir mucho dolor. —
    —¡Qué suerte! Yo estoy bien, ya no me duele nada. —Aclaró el chico de cabello negro.
    —Entonces eso voy a decirle a Pao. —
    Monferno gruñó despacio mientras, escondido debajo de la mesa entre las piernas de Lisandro, apuntaba disimuladamente hacia las escaleras. Los Entrenadores observaron sin girar las cabezas y volvieron a ver a Gonzalo, subir apresurado, con paso extraño.
    —Es tu oportunidad. —Murmuró Lisandro alzando su vaso cargado. Leandro se puso de pie emocionado y con paso firme se dirigió hacia quien quería fuese su próximo rival. Se detuvo al costado y cruzó miradas con su víctima.
    —Los videojuegos dicen que cuando dos entrenadores se miran fijamente, deben luchar. —Comentó Gonzalo, acomodándose las gafas. Todos los que estaban en el bar escucharon tal declaración. Lisandro no aguantó la risa y escupió la gaseosa que tomó y estaba a punto de tragar.
    Leandro tardó en formular una respuesta, pero cuando la tuvo y estuvo por decirla, el sujeto de largo cabello volvió a alzar la voz.
    —Pero no puedo aceptar tu desafío, en unos días tengo un combate con la Líder de Gimnasio, Candela. —Presumió.
    —Si, yo también tengo un duelo con ella el lunes. —Aclaró Leandro.
    —¿De verdad? ¿Cuántas medallas ya tenés? —Muy curioso, Gonzalo preguntaba como intentando sacar información valiosa.
    Los otros Entrenadores presentes prestaron atención a la conversación. Si bien la mayoría tenía el mismo objetivo de obtener las seis medallas reglamentarias para ingresar a la Liga Pokémon, retar a un Líder de Gimnasio siempre era un suceso importante y difícil; cualquier recomendación o información era más que bienvenida.
    —En realidad, va ser mi primera batalla de Gimnasio. —
    —¿Ah? ¿En serio? Como los Entrenadores suelen retar a alguien como Candela recién para su cuarta o quinta medalla, pensé que eras alguien experimentado. —Comentó, presumiendo, Gonzalo. Se acomodó las gafas e hizo un extraño movimiento con la mano.
    Lisandro se sintió un tanto molesto al notar esa actitud. Hubo un silencio de aproximadamente cinco segundos, hasta que Leandro habló.
    —¿De verdad los Entrenadores hacen eso? ¿Tanto miedo le tienen a una enana como para esperar a la quinta medalla? Eso es desconfianza y falta de entrenamiento, si no fuera por cuestiones geográficas, yo hubiera desafiado a Einar a la primera. —Finalizó, refiriéndose a un temido y anciano Líder de un Gimnasio en la región Sur.
    Una buena respuesta, como la que solía dar el muchacho de cabello negro. Gonzalo mostró cierta duda y trató de responder. —Si… si. Tenés ra… razón. Lo dije porque… como, suele ser así no… no más. Como sea, los dos tenemos que luchar contra Candela, ¿no sería mejor no forzar a nuestros Pokémon? —
    —No le veo el problema. —Contestó Leandro.
    Gonzalo no supo qué responder. Se acomodó su largo cabello y pensó un momento. —Yo prefiero que mis Pokémon no se cansen. Así… así que… Luchemos el jueves, cuando ya no tenga ningún compromiso. —
    Lisandro terminó su análisis, sacando conclusión de dos cosas en ese extraño personaje que habían conocido. La primera obedecía a la parte actitudinal: cada vez que se ponía nervioso, tartamudeaba. La segunda, que Leandro jamás había retado a Gonzalo a un combate, pero por algún motivo, tal vez por haberlo deducido o bien por puro despiste, éste último había “aceptado”. Luego de pensarlo un momento, el menor de los hermanos se levantó y caminó hasta donde estaban los otros dos.
    —Gonzalo, un gusto, me llamo Lisandro. —Aclaró, cambiando el ambiente, estirando la mano para saludar. Luego del apretón de manos, siguió. —Por las dudas te comento, él se llama Leandro, es mi hermano. —Sonrió. —Tengo entendido que ya tenés dos medallas. —
    Repitiendo esos movimientos extraños, el joven de pelo largo buscó en sus bolsillos hasta sacar una pequeña cajita. La abrió y enseñó lo que tenía dentro: dos Medallas.
    —Ajam, ajam… —Emitió sonidos de presunción.
    —También supe que ya perdiste una vez con Candela. —Habló Lisandro, arruinando todo aire de superioridad existente. —Esa es la parte que a mi me interesa. Si por favor, podés decirnos por qué perdiste. —
    Gonzalo cerró su caja y la guardó. Se acomodó las gafas y pidió que lo esperasen sentado. Compró un desayuno bastante cargado y se acomodó en un asiento en la misma mesa que los hermanos. Mientras esperaba su comida, intentó ponerse serio.
    —Bien, voy a explicarles porque… —Decía. El menor de los hermanos murmuró algo que el joven de cabello castaño largo no entendió. —por… porque per… perdí. —
    Y así siguió, tartamudeando un poco. En realidad, Lisandro no dijo nada coherente, simplemente lanzó un sonido al azar, para poner nervioso al pobre Gonzalo.
    Las anécdotas de alguien que ya había pasado por tres Gimnasios siempre eran bien recibidas. Por varios minutos, aquel muchacho contó algunas de sus experiencias, sin embargo la conversación fue perdiendo sentido a medida que otros Entrenadores se acercaban a la mesa para debatir e intercambiar ideas.
    Dicha mesa terminó rodeada de nueve chicos y dos chicas que hablaban y opinaban de variadas cosas. Los hermanos contaron su paso por el Bosque de los lamentos, y otros hicieron conocer algunas historias que les habían ocurrido en su vida. No pararon hasta cerca de las catorce horas.
    Ese sábado y domingo fueron muy movidos. Varios de esos Entrenadores con los que se conocieron en el bar, no se irían hasta pasados muchos días, por lo que en grupo recorrieron la ciudad del arte. Restaurantes, teatros, tiendas y cines; así como también pudieron apreciar muchas de las grandes exposiciones callejeras.

    El lunes llegó acompañado de un nublado cielo y fresco viento, desde la mañana los hermanos alistaron a sus Pokémon. Almorzaron bien y hablaron otra vez sobre su estrategia. Treinta minutos antes de la hora fijada, llegaron al Gimnasio. La recepcionista los derivó al primer piso, subieron en el ascensor únicamente para ahorrarse caminar por las escaleras. Fueron hasta una sala donde otra muchacha les pasó una planilla de registro: anotaron sus nombres completos, tres Pokémon cada uno y otros datos necesarios; mostraron sus Licencias y firmaron dos papales. Terminado el proceso burocrático, y cinco minutos antes de que sea la hora, fueron hasta el último piso.
    Al salir del ascensor, vieron a Candela esperando. Ella saludo con una sonrisa, y pidió que la siguieran, caminando tan elegante como siempre. Desde esa tercera planta, se seguía un largo camino que finalizaba en escaleras mecánicas, las cuales descendían hasta el estadio donde se realizaban los combates.
    Un campo de batalla de tierra firme, de cincuenta metros de largo y veinticinco de ancho. Rodeado de gradas protegidas por una pared de vidrio laminado. A cada lado del terreno de combate, había plataformas de tres metros cuadrados, elevados a dos metros de altura donde los Entrenadores debían permanecer mientras combatían, con una escalera para subir a ellas. Y a la altura del medio campo, al costado del área de pelea, un palco de gran tamaño, construido del mismo material que protegía a los espectadores, donde se ubicaban el árbitro y los tres jueces reglamentarios. Este excelente escenario, no estaba techado.
    Candela guio a los hermanos y ella se quedó de un lado. Mientras los dos muchachos caminaban, miraron que entre los espectadores, estaban Gonzalo y otros tres Entrenadores que conocieron en el Centro Pokémon; así como también muchas otras personas desconocidas que sólo iban a apreciar un buen espectáculo, haciendo un total de poco más de cien.
    —El árbitro no parece tan viejo, pero los jueces, son uno más anciano que el otro. —Murmuró Lisandro. El árbitro era un señor que aparentaba los cuarenta, portaba dos banderas, una roja y una azul, y estaba de pie. Los jueces eran dos hombres mayores de cincuenta, y una anciana de más o menos, sesenta años; los tres estaban sentados delante de una mesa, observando, desde dicho palco.
    —¿Cuál es su función? —Preguntó, Leandro.
    —Se supone que son antiguos árbitros. Aprobados por la Liga Pokémon, están ahí para analizar cosas como el rendimiento de los retadores y de la Líder; así también para ver si ella no se excede o sino usa Pokémon demasiado poderosos contra Entrenadores que buscan recién su primera o segunda medalla, onda nosotros. Tienen el poder de parar una pelea si ven que está sobrepasando ciertos límites, o si creen que el árbitro está haciendo un mal juicio. —Finalizó el menor.
    Ambos llegaron a su espacio designado, cuya elevación pretendía protegerlos de la mayoría de los ataques que los Pokémon podrían hacer en combate. En algún lugar, se escondía un micrófono, para que todo el estadio escuchara cuando hablasen.
    —¡Ahora si, muy buenas tardes! ¡Estuve esperando ansiosa este día! —Habló Candela.
    Los hermanos se miraron, Lisandro se animó a hablar. —Hola, hola, probando. Uno, dos, tres. ¡Hola, mamá! —Gritó. Algunos espectadores rieron. Como era su primera vez, estaban algo dudosos de cómo funcionaba.
    —¡Se los escucha bien! —Exclamó Candela, sonriente.
    El árbitro entonces hizo aparición con su voz, desde el palco, alzando los banderines.
    —Sean bienvenidos retadores. Sea bienvenida, señorita Candela. Si están listos, pasaré a explicar brevemente las reglas. —Los tres confirmaron. —Este es un combate por la Medalla Ignis, formato Especial, decidido por la Líder y aprobado por los Retadores. Enfrentamiento uno a uno. Candela utilizará un total de cuatro Pokémon, sin posibilidad de cambiarlos durante el combate. Los Retadores, se turnaran para usar dos Pokémon cada uno, lucharán en orden sin posibilidad de cambiar entre ellos, sin embargo, si podrán realizar un cambio entre los dos Pokémon que le corresponde a cada uno. Dicho esto, quien luche primero se quedará en su plataforma, el segundo, debe venir a mi lado. —
    Los hermanos intercambiaron miradas, Leandro bajó. Caminó sin apuro hasta el palco y entró, quedándose al lado del juez. Lisandro se posicionó y miró fijamente a Candela, quien sonreía.
    —Si los retadores logran vencer a los cuatro Pokémon de Candela, tendrán derecho a reclamar dos Medallas Ignis, uno para cada cual. Dicho esto, se puede dar comienzo al enfrentamiento. —Finalizó el árbitro.
    —Al fin, estaba harto de tanto preámbulo. —Pensó Lisandro, nervioso, sacó una Pokeball de su bolsillo y la sujeto fuerte con los dedos. Se dio cuenta que temblaba, por lo que se atajó de la muñeca con la otra mano. Era la primera vez que lucharía en un evento así, no podía darse el lujo de errores, deseaba la victoria más que otra cosa.
    —¡¿Estás listo?! —Gritó eufórica, la muchacha. Bajo la mirada de todos las personas allí presentes, el muchacho dijo que si.
     
    • Me gusta Me gusta x 3
  15.  
    Firwe

    Firwe Entusiasta

    Aries
    Miembro desde:
    27 Febrero 2012
    Mensajes:
    62
    Puntos en trofeos:
    53
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    Fanfic - Pokémon: Heroicis. [Personajes originales]
    Clasificación:
    Para niños. 9 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    10
     
    Palabras:
    6110
    Perdón por la tardanza e.e No tenía la inspiración suficiente para corregir la historia (en realidad nunca la tengo) así que se las dejo acá, medio corregida, así que perdón por los errores :D. Y después de ocho meses, al fin llegamos al final del capítulo 4! xD Espero les guste.

    ---------------​
    El árbitro dejó alzado el banderín rojo con su mano izquierda, apuntando a Candela. Esto significaba que ella debía lanzar su Pokémon primero. Y así lo hizo, con determinación y elegancia, dejó salir de la Pokéball a un Combusken de brillante pelaje rojo y dorado, sus garras reflejaban la luz como espejos, haciendo notar su filo.
    Lisandro hizo un gesto extraño y miró a su hermano de reojo. El árbitro alzó la bandera azul con su mano derecha, indicando el turno del retador. El joven de cabello castaño guardó la Pokéball que había sacado primero y agarró otra. Suspiró, y dejó salir a su compañero de cola flameante: Monferno.
    Las dos criaturas de fuego se vieron las caras, a la altura del medio campo, y como guerreros que eran tomaron postura de combate. La Líder notó esto y se puso seria; al igual que la primera vez, su entorno parecía ponerse más pesado.
    Gonzalo, que miraba con atención, se acomodó el anteojo dos veces seguidas, se puso impaciente, la razón por la que él había perdido fue el Combusken que ahora estaba por luchar. Por otro lado, Leandro sonreía, confiado.
    —¿Líder lista? —Preguntó el árbitro. Recibió una afirmación. —¿Retador listo? —El segundo “sí” fue dado. —¡Peleen! —Declaró, bajando las banderas a la vez.
    Al segundo, se concretó el primer puñetazo del combate. Combusken acertó al rostro de su enemigo con la mano cerrada y envuelta en fuego. Monferno se vio obligado a retroceder un paso y recuperar equilibrio para no caer, el daño no fue tan fuerte como aparentó, el mono no giró la cabeza a causa del impacto, mantuvo los ojos en su rival y pudo esquivar la segunda ofensiva que venía en camino. Saltó hacia atrás y giró en el aire. Para cuando cayó, el pájaro que ya se encontraba delante suyo pero no fue problema, recuperó postura y desvió varios ataques, se agachó para evadir y lanzó un gancho directo al mentón de Combusken con Ultra puño, aunque tampoco causó gran efecto. Estaban igualados, un acierto cada uno.
    —¡Mantené distancia! —Aclaró Lisandro. Orden necesaria. Monferno era ágil y fuerte, sin mucha resistencia. Si creaba un margen para desplazarse como quería, no tardaría en obtener ventaja.
    Los dos Pokémon hicieron muestra de su capacidad de pelea. Los nervios de Candela comenzaron a aparecer al notar que su criatura estaba teniendo dificultades; hacía mucho tiempo no se enfrentaba contra un tipo Lucha que supiera moverse tan bien. Se preguntaba si Monferno habría recibido entrenamiento especial.
    Tras ver cómo Combusken no podía asestar ningún golpe, ni siquiera sus potentes patadas, se dio cuenta que debía hacer algo contra esa estrategia oponente de “esquivar y golpear”.
    —¡Diez pasos atrás, Combusken! —Exclamó ella, denotando seguridad. Su Pokémon le obedeció. —¡Foco de energía! —Ordenó luego.
    Lisandro no dejaría que ocurriese, con voz firme, dejando de lado la inseguridad que había tenido un minuto atrás, habló. —¡Mofa! —
    Simples palabras que destruyeron los planes de Candela. Monferno emitió un sonido de burla a la par que alzó el dedo medio de su mano derecha, logrando que su rival fuera rodeado por un aura roja de furia.
    La muchacha mordió su labio inferior, sabía que nada podía hacer mientras Mofa tuviera efecto. —¡Sólo Doble patada! —Ordenó ella.
    Utilizando sólo las piernas, Combusken inicio un feroz ataque contra su objetivo. Saltando y cayendo con ambas piernas, o girando en el aire y girando como un trompo; usando patadas laterales sucesivas. Todo era en vano, Monferno esquivaba con impresionante velocidad y tranquilidad. “Un Pokémon tan ágil que no necesita resistencia”, recitaba Lisandro en su mente muchas veces. Le daba tranquilidad recordarse a sí mismo esa frase que su padre, quien entrenó al mono, le había dicho.
    Tras dos minutos de combate, ante la emocionada mirada de los espectadores, Combusken comenzó a flaquear. Monferno aprovechó tal situación: esperó en su posición y esquivó una primera patada de su enemigo, la segunda, la recibió con el estómago, resistió, y envolvió la pata con sus brazos, con gran fuerza, alzó a su víctima por los aires y la lanzó.
    El pájaro de fuego poseía una gran aerodinámica. Pudo girar y caer de pie, pero perdió atención de Monferno, el cual, lo envistió de lleno con Giro Fuego.
    Como una gran bola de flama, se desplazaron juntos varios metros hasta que Combusken rodó hacia un lado, herido. Se levantó a duras penas y gritó enojado.
    —¡Mantené la calma, Combusken! ¡Estás en tu mejor momento! —Tranquilizó Candela.
    Tal cual dijo, su Pokémon poseía una habilidad natural que lo fortalecía a pesar de estar lastimado. Combusken extendió los brazos y los rodeó de un brillante y potente fuego, dispuesto a atacar. Cuando la muchacha estaba por emitir otra orden, Lisandro se adelantó.
    —¡Creo que no te Mofaste lo suficiente! —
    Generando aún más odio, Monferno golpeó su trasero alevosamente.
    Al ver cómo su Pokémon se enfurecía, la joven dio un fuerte pisotón en el suelo. Sentía estar en un callejón sin salida, posición en la que no había estado en mucho tiempo. Combusken solía ganar sus combates por su gran capacidad de lucha y la combinación instantánea que lograba entre sus golpes y habilidades especiales; enfrentarse con alguien de su calibre era desconcertante, tanto para él como para su Entrenadora. Con furia, se lanzó contra su contrincante, quien muy tranquilo, seguía esquivando con su velocidad superior.
    Monferno esquivaba dos o tres puñetazos, y lanzaba un Ultra puño a puntos clave como estómago, costillas y muslos. Incluso sin hacer mucho daño, por su entrenamiento, sabía que golpear muchas veces en un mismo lugar causaría un efecto a la larga, y lo estaba logrando.
    Se desplazaron tanto en el campo de batalla, que se encontraban luchando delante de Candela. Tras dos minutos más, Combusken resbaló y cayó culpa del cansancio.
    Monferno saltó y se envolvió en llamas, cayendo sobre su rival como un meteoro flameante; luego del impacto, recibió una patada en el estómago y voló algunos metros, hasta caer de espalda.
    —¡Monferno! ¡Girá y retrocedé! —Ordenó Lisandro, al ver que algo extraño había sucedido.
    —¡Es tu última oportunidad, vos podés! —Dijo Candela a la par.
    El mono giró rápido y se alzó sin perder movimiento. Su estómago y columna estaban muy resentidos por el golpe, pero no dejaría que eso lo detuviera. Combusken se levantó con un rápido movimiento y corrió para atacar. Lanzó dos patadas que Monferno esquivó.
    —¡Giro fuego! —Gritó, desesperado, Lisandro. Su Pokémon fue más veloz que cualquier ofensiva que pudiese recibir, y arrastrando a su rival entre flamas, lo dejó tirado a mitad de campo. En el lugar donde habían comenzado. Seguidamente saltó hacia atrás, giró en el aire y cayó con paso firme. Estaba agitado.
    Combusken se hallaba peleando contra el dolor y cansancio, intentando ponerse de pie.
    —¡Monferno gana el primer combate! —Declaró el árbitro. Palabras que fueron un peso para Candela y un alivio para Lisandro. El mono gritó eufórico y corrió hacia su Entrenador, el cual, lo recibió con un abrazo. —¡Sos grande, sabelo! —Le dijo.
    Candela, por otro lado, bajó y corrió hacia Combusken. Se arrodilló delante de él, y lo levantó un poco con los brazos. —No perdías hace mucho tiempo. —Comentó, murmurando. —Te felicito por esto, tu esfuerzo no va ser en vano. —Finalizó, regresándolo a su Pokéball. Se puso de pie, y mientras caminaba de regreso a su lugar reglamentario, llamo a uno de los tantos enfermeros que se encontraban en el lugar y le entregó la esfera. —Atiéndanlo rápido. —Ordenó.
    Subió a la plataforma y miró a Lisandro. —Buena pelea. —Con tono serio, no parecía la misma. Estaba enojada. —Sigamos. —
    —¡Antes! —Exclamó el chico. —Retiro a Monferno del combate. —Dijo. Poniéndole una mano en la cabeza a su Pokémon, que estaba al lado de su pierna derecha.
    Tanto a los espectadores como a Candela, tal decisión les resultó muy extraña.
    —Vamos uno a uno. —Continuó él.
    El árbitro alzó las banderas y declaró tal decisión como válida.
    —¡¿Por qué haces eso?! ¡Monferno puede seguir luchando! —Preguntó la chica.
    —Lo sé. —Comenzó a responder él, esbozando una gran sonrisa. —Pero ya cumplió su trabajo. Pensamos ganarte uno a uno, derrotarte Fuego contra Fuego. —El público pareció enloquecer de repente, gritando y alentando.
    —Silencio, por favor. —Pidió el árbitro, alzando la bandera roja.
    Las personas tardaron cinco segundos en callarse, suficiente tiempo para que Candela, mirando fijamente los ojos de Lisandro, pensase.
    —Fuego con fuego. Es obvio, él va usar a Arcanine. —Agarrando una Pokéball de su cinto. —Pero no puedo lanzarlo aún, Leandro también es fuerte. Voy a tener que elegir otra estrategia. —Dejó la primera esfera y tomó otra, de la cual dejó salir su segundo Pokémon.
    De un metro de altura, brillante piel roja, melena y cola marrón clara, y hermosos ojos verdes, Flareon hizo aparición. Para muchos, era la primera vez que veían a esta criatura, la Líder lo había usado tres veces en todo el tiempo que estuvo al frente del Gimnasio Ignis, por lo que algunos murmullos de curiosidad se escucharon.
    Al árbitro alzó la bandera azul. Lisandro sacó una Pokéball y dejó salir a una pequeña y tierna criatura llamada Duskull. Al aparecer en medio del campo de batalla, se asustó y se movió de un lado a otro, sin entender.
    Candela apretó los dientes y puños, enfurecida. —¡¿Por qué?! —Pensó. —¿Por qué no lanzó a Arcanine? —Ella, creyendo que ese sería su rival, dejó salir a su Flareon, que si bien no era muy rápido, sabía mover su cuerpo y era pequeño, ideal para la estrategia que tenía pensada.
    —Señor Lisandro. —Se oyó una voz nueva, de la anciana jueza, dirigiéndose al retador. —Ese Duskull parece demasiado pequeño y asustado. Puede salir lastimado de un combate contra el Pokémon de la Líder, ¿está seguro que desea continuar? —
    Leandro sonrió.
    —No se preocupe, señora jueza, el otro día le ganó a un Gengar. —Respondió seguro, el muchacho de cabello castaño.
    Tales palabras causaron conmoción. Hasta el árbitro dudó si continuar o no. Aunque nada podía hacer, preguntó si los luchadores estaban listos, y al recibir la confirmación, declaró el inicio de batalla. Al hacerlo, Duskull desapareció.
    —¡Bien hecho! —Exclamó el chico.
    —¡Atento, Flareon! ¡Postura de combate! —Ordenó Candela; mientras ella repasaba ideas en su mente, su Pokémon se agachó levemente y observó a su alrededor. —¡Tranquila! —Se decía ella, en su mente. —Encima que nerviosa por la primera derrota, Lisandro rompió mi estrategia. “Fuego contra Fuego”, fue solamente una trampa en la que caí redonda. —Suspiró. —No es la primera vez que lucho contra un fantasma, será fácil ganarle. —
    Aire de misterio envolvía la escena. El roce de las garras de Flaeron contra el suelo se oía perfectamente ante la falta de cualquier otro sonido. La criatura de fuego observaba cada dirección y se movía despacio. Lisandro, a diferencia de su ansiosa rival, no aparentaba querer dar órdenes, solo estaba ahí parado junto a Monferno, esperando.
    Energía oscura se acumuló dos metros detrás de Flareon, y tomó la forma de Duskull. El fantasma parecía estar preparado para realizar un ataque, pero no contó con el tiempo suficiente, el Pokémon rojo se movió rápido, girando la cabeza y abriendo el hocico, lanzó una Bola sombra que casi golpeó a su objetivo.
    Duskull se desplazado a un lado e inmediatamente desapareció. Lisandro apretó los dientes y puños.
    —¡Bien Flareon! ¡Mantené postura! —Felicitó Candela.
    Nuevamente un clima tenso se hizo presente. Aunque daba idea de ser una situación de combate aburrida, era todo lo contrario. Semejante a un juego, se basaba en la espera y precisión, atacar en el momento justo. El espectro debía realizar un movimiento que era desconocido para todos, excepto para los hermanos que ya lo habían planeado. La Líder sabía que darle una chance de hacerlo, podría implicar una derrota.
    —¿Qué ataque es lo suficientemente fuerte para derrotarme a la primera? —Preguntó en voz alta, consiguiendo en su mente, una respuesta instantánea gracias a su experiencia.
    —Supongo ya lo sabés. —Contestó Lisandro.
    —Un Pokémon tan pequeño con una habilidad tan poderosa. —Comentó Candela, con tono de cierre, prestando atención al campo de batalla.
    Duskull volvió a aparecer a un costado de su objetivo, a tres metros. Flareon se percató al instante y generó una Bola sombra. Antes de lanzarla, el fantasma se atemorizó y estaba a punto de desaparecer.
    —¡Quieto ahí! —Ordenó el muchacho. Su Pokémon, confundido, no supo que hacer. Recibió el golpe de lleno y voló hacia atrás, emitiendo sonido de dolor. Antes que alguien pudiese formular alguna teoría que justificara tal acción, el chico alzó la voz. —¡Anulación! —
    El fantasmita, dolido como estaba, demostró ser fuerte, se reincorporó y extendió sus bracitos hacia su rival, generando con su cuerpo, una onda expansiva invisible que chocó con Flareon, sin herirlo ni moverlo de su lugar. —¡Ahora! ¡Maldición! —
    Tras asestar el primer movimiento, quiso realizar el segundo.
    —¡Llamarada! —Exclamó Candela.
    El Pokémon rojo abrió el hocico y escupió una bola de fuego, la cual, a medida que se desplazó hacia su objetivo con impresionante velocidad, tomó la característica forma de cinco puntas. El símbolo flameante de impresionante calor, arrasó y desapareció poco antes de golpear el palco. La temperatura se elevó bastante, haciendo notar el poder del movimiento utilizado.
    Todos los presentes observaron cada rincón del escenario sin encontrar nada. Los murmullos de los espectadores se elevaron como gritos de temor, como creencia que Duskull había sido aniquilado por el fuego. El árbitro estaba apresurado por encontrarlo, ya que si la criatura realmente hubiera sufrido tal horroroso destino, el combate debía ser cancelado.
    —Victoria. —Murmuró Lisandro, sonriente. Todos lo escucharon, dirigiendo sus miradas hacía él, pero pocos entendieron lo que dijo.
    El temor ante ese posible trágico final, generó suficiente distracción para que el plan que el muchacho había armado y explicado a su Duskull esa mañana, funcionase. Candela, quien no creía al fantasma acabado, centró su atención al campo de batalla, y tras oír las palabras del retador, automáticamente desvió sus ojos hacia su Pokémon.
    Rodeado de aura gris, Flareon se sacudió dos veces y saltó hacia atrás, disparó desde el aire una Llamarada que golpeó el suelo. Al caer, su cuerpo dejó de brillar.
    —Ahora sólo es cuestión de tiempo. —Dijo alegre, el muchacho, con aires de superioridad.
    Nadie entendía lo que había ocurrida, nadie sabía dónde estaba el espectro y nadie podía deducir cómo logró asestar su ataque. Lo que si se sabía, es que en minutos el combate terminara.
    Sorprendiendo a todos los presentes, Candela regresó a su Pokémon a su Pokéball correspondiente. El árbitro automáticamente la declaró como derrotada. Duskull apareció en el medio del campo, celebrando su victoria. Lisandro y Monferno corrieron a buscarlo para celebrar.
    La Líder elevó la voz, su tono era diferente al de siempre, notoriamente se sentía humillada. —¿Cómo lo hiciste? —
    El joven sonrió, camino hacia su plataforma para que todo el estadio lo escuchara, y explicó. —Era obvio que tu Pokémon tendría más de un ataque a distancia, anular uno era parte de la distracción. Sinceramente, mi plan era un poco diferente, pero Duskull fue más inteligente al aprovechar el miedo que generó su ficticia muerte. —Hizo una pausa, para mirar a al fantasmita. —Todos mirando el escenario, esperando que apareciese, creyendo que murió. El hecho que sea tan pequeño fue lo que me hizo ingeniar tal plan, y el hecho que hayas utilizado un Pokémon de cuatro patas, ayudó aún más. —
    —¿De qué hablás? —
    —Debajo de Flareon. Un punto ciego donde, si estabas distraída, jamás se te hubiese ocurrido mirar. Duskull se tomó su tiempo para desaparecer, y reaparecer debajo de él, utilizó Maldición y se fue ¿Ahora entendés por qué Flareon saltó y atacó al suelo? Él fue el único que vio a Duskull. —
    Casi automático, los aplausos de los espectadores elevaron decibeles.
    —¡No lo entiendo! ¡¿Cómo sabías que iba a usar un Pokémon de cuatro patas?! —
    —¡Estas confundiendo las cosas! Yo no lo sabía, solamente dije que eso ayudó. En realidad, había armado un plan por cada tipo de Pokémon que podríamos haber enfrentado. En total, fueron nueve planes distintos, uno por cada “silueta”. —
    Lisandro bajó las escaleras junto a sus acompañantes, y caminó hacia el palco. Leandro salió del mismo y se dirigió a su hermano. Al encontrarse a mitad de camino, estrecharon sus manos.
    —Te la dejé servida. —Murmuró el menor. El mayor afirmó y se dirigió a la plataforma.
    —Señor Lisandro, ¿ha retirado a Duskull del combate? —Se escuchó la voz del árbitro. El muchacho alzó el dedo pulgar en forma de afirmación mientras movía la cabeza.
    —Tiempo fuera. —Dijo Candela. Bajando de su plataforma y dirigiéndose a los baños, que se hallaban en una esquina. El público emitió sonidos de asombro.
    —Candela ha solicitado Tiempo fuera. El combate se reanudará en cinco minutos. —Declaró el árbitro.

    Sin importar lo que estaba ocurriendo afuera, hundida en sus pensamientos, con su cara cerca del grifo de agua, mojada anteriormente con ambas manos; estirando los brazos, sujetándose del vidrio, en el baño de mujeres, y con los ojos cerrados, Candela se concentraba en lo ocurrido.
    Más que enojada, estaba decepcionada de sí misma. Desesperada, anhelaba la victoria. Nunca le había pasado, en sus cuatro años de Líder, jamás se había sentido de esa manera.
    Su mente repetía frases: “Tengo que ganar”, “No pude haber sido humillada así”, “No son mejores que yo”, “Son demasiado buenos”, “Voy a perder”, “No quiero perder”, “Quiero ganar”.
    Suspiró intentando calmarse. Volvió a abrir el grifo para que saliera agua, y usando ambas manos se mojó el rostro otra vez. Abrió sus ojos para mirarse a través del espejo con sus pupilas color miel. Su suave rostro, sus rojos labios y su boca semiabierta.
    Se paró firme y bien erguida. Le quedaban cerca de dos minutos, debía recuperarse y demostrar que el título de “Líder” no le quedaba grande.
    —Puede que me ganen… —Pensó. —Pero aun así, no puedo demostrarme furiosa o triste; no es la primera vez que te derrotan ni será la última. —Ya con la mente clara, tranquila y armoniosa como siempre fue, ensayó una sonrisa para su reflejo.
    Salió caminando apresurada del baño, y se dirigió a su plataforma. Subió a ella y dirigió su mirada a su nuevo rival, Leandro, quien ya estaba en su lugar, esperándola.
    —Perdonen muchachos, necesitaba despejarme un poco. —Dijo ella. —Estoy lista para seguir. —
    —¡Por fin puedo pelear con vos! —Exclamó Leandro. Sus palabras fueron pesadas, llenas de euforia y deseo de ganar. Lisandro estaba en el palco, contento, confiando en su hermano, junto a sus victoriosas criaturas.
    El árbitro alzó el banderín rojo. Candela sacó un imponente Pokémon bípedo de cola flameante, cuyo rostro daba a creer cierta pereza. Algunos espectadores que ya conocían a esa criatura, gritaron desaforados al verla aparecer. Un Magmar hembra, causante de decenas de derrotas de varios retadores.
    El banderín azul se levantó. De la mano de Leandro, una Pokéball marcada con el símbolo de fuego dejó salir al orgulloso Charmeleon.
    —¿Luchadores listos? —Preguntó al árbitro. Recibió dos respuestas positivas. —¡Peleen! —.

    El lagarto rojo emitió un grito de guerra y miró fijamente a su rival a los ojos, sus garras se iluminaron en metal y avanzó corriendo. Magmar, se había concentrado en su estrategia desde el principio, una táctica armada con anterioridad por Candela, tras cruzar su mirada con su enemigo, comenzó: abrió la boca lo más que pudo y lanzó humo en gran cantidad. Exhalando ese tóxico gas tan rápido y de tal abundancia, que Charmeleon se vio obligado a detener su avance y tapar su rostro. Una humareda negra envolvió el escenario.
    Los jueces, el equipo médico que estaba en una cabina a un lado del campo, Lisandro y el atónito público estaban a salvo, pero los Entrenadores corrían riesgo de aspirar tal venenosa sustancia. Leandro se tapó la cara con su camiseta, la chica tenía un pañuelo preparado en su bolsillo. Era la primera vez que la Líder usaba esa maniobra, desconocida para quienes seguían sus batallas.
    Todo el área de batalla estaba cubierta en negro, aunque no duraría mucho tiempo gracias al viento frío que llegó con la mañana de ese día. Candela sabía que tenía tiempo límite para vencer, pero no estaba preocupada.
    —¡Comenzá la segunda parte de la estrategia! —Gritó.
    El muchacho se alarmó. —¡Retrocedé Charmeleon, atento a los lados! —Ordenó rápido, necesitaba ganar tiempo para pensar una estrategia. El hecho que tenía una barrera de humo delante, le impedía saber la ubicación de su Pokémon. Pasaron unos segundos bastante extraños, sólo el murmullo de los espectadores inundaba el área con escaso sonido.
    —El humo no se dispersa. —Pensaron los hermanos, casi al mismo tiempo, como si tuvieran ideas semejantes. La situación se tornó aún más peligrosa, de entre tanto negro, un pilar de fuego se alzó hacia los cielos, a la par que se oyó un rugido de furia. Charmeleon se cansó de esperar y decidió tomar la situación en sus manos, a un paso de descontrolarse. Ráfagas de fuego aparecían de entre la humareda, apuntando a cualquier dirección. Una de ellas colisionó contra el vidrio del palco, asustando al árbitro. Los dos retadores sabían que de seguir así, el combate se declararía de alto riesgo y posiblemente los jueces lo pararían.
    A pesar de todo eso, Candela se mantenía tranquila. —¡Ya es suficiente! —Gritó ella.
    Su voz, firme y suave, como una canción en medio de una tormenta, pareció calmar todo, las torres de flamas dejaron de aparecer, y lentamente, el viento despejó el escenario.
    Aún con leves rastros negros en el aire, la silueta de los que se enfrentaban fueron las primeras en aparecer a la vista de todos los demás: Magmar, quien no se había movido de su lugar, y el lagarto de fuego, tumbado sobre sus rodillas respirando agitado. Nadie entendía bien qué había ocurrido en esos veinte largos segundos, lo que si entendían, era que en el estado que se podía apreciar, Charmeleon no aguantaría mucho tiempo, algo le había ocurrido.
    —¡¿Qué te pasa, Char?! ¡¿Estás bien?! —Gritó, muy molesto a causa de su desconcierto, Leandro. Su Pokémon respondió con un leve rugido de dolor.
    La mente de Lisandro trabajaba tanto como podía, intentando descifrar qué había pasado, “¿cómo Magmar lo tumbó sin acercársele?, es imposible, aún con mucho entrenamiento, incluso si tuviera tal preparación, Charmeleon hubiera emitido algún grito de dolor a causa del daño.”
    —¡Termina con él! —Exclamó Candela.
    —¡Char! ¡Tenés que pararte! ¡Vos podés! —Alentó Leandro.
    El Pokémon de lava extendió ambos brazos y abrió la boca, sus ojos se volvieron morados, y de su cuerpo una onda expansiva arrasó sobre el lagarto, sin herirlo.
    Ninguno de los presentes comprendió lo ocurrido hasta que la chica lanzó un presumido comentario que pareció devastarlo todo. —Es hora que retires a Charmeleon, no sólo está confundido, si no que está envenenado. —
    Si bien muchos espectadores siguieron sin comprender, algunos lo captaron. El primero en hacerlo fue Lisandro, que cerró los puños y apretó los molares.
    —¡Sé lo del Rayo Confuso, pero ¿cómo lo envenenaste?! —Muy enfurecido, Leandro.
    —Polución. —Dijo ella, con tono macabro. —Retirá a tu Pokémon antes que hayan daños mayores. —Casi ordenando.
    El joven sin embargo, no quería hacerlo, bajó la mirada para observar a su Pokémon, quien luchando contra su estado, intentaba ponerse de pie, con las pupilas dilatadas, resentido por un veneno que inhaló hacía unos segundos, y viendo doble, mareado, sin poder conectar correctamente la información en su cerebro: su orgullo estaba destrozado, estaba a punto de perder, derrotado por un enemigo que no se había movido de su lugar.
    Al ver que Leandro no daba señales de dar órdenes, el árbitro tomó una decisión. Alzó la bandera roja.
    —¡No! —Gritó Lisandro. —¡Charmeleon sigue ahí! ¡Aún puede pelear! —
    El hombre miró al chico.
    —Señor Lisandro, ¡No interrumpa una orden del árbitro! —Habló inmediatamente, la jueza.
    —¡Y ustedes no detengan un combate que puede seguir! —Respondió él.
    —No puedo hacer nada, Lisandro. —Aclaró el señor con el banderín arriba, como entiendo al joven. —¡Charme…! —Intentó decir, sin finalizar, Charmeleon lo interrumpió con una demostración de fortaleza.
    Incluso en el mal estado en el que estaba, el Pokémon se puso de pie, alzó la cabeza, y lanzó un mar de llamas al aire.
    —¡No pierdas tu orgullo! —Ordenó Leandro, enfurecido, sabiendo que perdería, pero recordando lo importante.
    —¡Mantenete en tu lugar, Magmar, el fuego no puede dañarte! —Dijo Candela, al ver que la criatura enemiga parecía tener en mente atacar.
    El lagarto rojo detuvo las flamas de su boca, cerró los ojos y tomó firme postura para no caer, acumuló energía en su garganta, apuntó como pudo y lanzó su ofensiva lo más violentamente que pudo. Flameante rayo azul que impacto de lleno en su objetivo, haciéndolo elevar, volar y estrellar contra la plataforma de su dueña, un golpe terriblemente fuerte que mareó a la víctima nada más caer al suelo.
    Al finalizar su movimiento, Charmeleon cayó. El público gritó en ovación al lagarto. Magmar se puso de pie, asustado. Los luchadores corrieron a asistir a sus Pokémon, el equipo médico acudió a ayudar a la criatura envenenada. Y el árbitro, en cuanto salió de su impresión, declaró la victoria de Candela.
    —Pudo haber perdido, pero su orgullo sigue intacto. —Murmuró Lisandro, para que el árbitro lo escuchase. Salió del palco trotando para acercarse a su hermano, y pudo escuchar que los médicos le dijeron a éste último, que todo iba a estar bien y llevarían a la caída criatura al Centro Pokémon lo más rápido posible.
    Leandro se tranquilizó mientras veía como trasladaban a su inconsciente amigo en una camilla. Dirigió su mirada a la Líder y a Magmar, y luego hacia su hermano. —No sé cómo o de dónde, aprendió Furia Dragón. —
    —Es Charmeleon, desde que era pequeño que hacía cosas increíbles. —Comentó el menor. —Con el que sigue podés vencerla, ganá la medalla de una vez. —Finalizó, volviendo lentamente al palco.
    El retador regresó a su plataforma y miró como su contendiente volvía a la suya. Una vez ambos estuvieron en posición, el árbitro pidió silencio al público, y alzó la bandera azul.
    —¡Espere! —Gritó Candela. —Retiro a Magmar del combate. —Dijo, dando una sorpresa. —Yo tampoco quiero perder mi orgullo. Lisandro retiró a dos Pokémon que aún podían seguir luchando, y para mí, con eso estableció una nueva regla. No voy a sacar ventaja. —Finalizó con una hermosa y gran sonrisa, regresando a la bestia de lava a su Pokéball.
    Los espectadores aplaudieron y silbaron tal honorífico acto, y Leandro se sumó con las manos.

    Luego de unas palabras del árbitro llegó la última ronda, a los dos luchadores les quedaba un Pokémon. El clima parecía mucho más frío que hacía unos minutos, tal vez por una ilusión causada por los cambios repentinos de temperatura. Las nubes se abultaron en el cielo y el viento se hizo un poco más fuerte.
    Mientras que los espectadores estaban esperando el enfrentamiento final, Lisandro observaba a los jueces escribiendo en papeles, anotando cada detalle. Él desconfiaba de la capacidad crítica de ellos, en especial de la anciana, los tildaba de anticuados y amargados. Devolvió la vista al escenario, y luego al árbitro para verlo levantar el primer banderín, ordenando a Candela lanzar su Pokémon.
    Ella acató la orden y buscó una Pokéball, la agarró firme con su mano y meditó un instante. Si bien fue solo un segundo, cientos de ideas recorrieron su cabeza. Estaba luchando contra Leandro, quien ya había usando a Charmeleon, sólo le quedaban Snorlax y Fearow. “¿Contra cuál?” se preguntó. Si elegía mal perdería, por lo que optó por algo que podría enfrentarse a ambos sin dificultades.
    Sacó a su bestia de la Pokéball, y ésta apareció luciendo su hermoso pelaje azul y amarillo; tomó postura cuadrúpeda y gruñó mientras las flamas de su espalda crecían.
    Inmediatamente la jueza anciana elevó la voz al escenario. —Señorita Candela, los jueces presentes necesitamos la justificación del uso de un Pokémon tan fuerte como lo es su Typhlosion. —
    —Si bien ellos dos son Entrenadores sin medallas… —Comenzó ella, esa frase impresionó a varios en el público, que pensaban que los retadores ya contaban con experiencia. —…poseen Pokémon de gran fuerza y habilidad. Es obvio que entrenaron por mucho antes de retar al primer Líder. Mis argumentos se validan ante los hechos recientes de su escape con vida del Bosque de los lamentos. —Un nuevo dato que hizo que los espectadores se emocionaran más.
    —Muchas gracias. —Contestó la señora, tomando nota a la par de los otros dos a su lado.
    El árbitro prosiguió y alzó el segundo banderín.
    Leandro sonrió de oreja a oreja, a lo que Candela, al verlo, sintió un terrible escalofrío en su espalda. La muchacha miró a Lisandro, quien también denotaba una gran felicidad.

    —¿Qué tal te suena esto? —Inició el chico de cabello castaño. —Voy primero, vas segundo y después voy tercero. —
    Leandro no entendió.
    —Leete esta regla, sobre el préstamo autorizado de Pokémon. —

    Rugiendo con imposición, intimando a su rival, Arcanine, tras salir de su Pokéball, clavó sus ojos ámbar en Typhlosion, dispuesto a acabarlo.
    —No pude haber caído en una trampa así. —Pensó la Líder, enfurecida. Apretó los puños y dientes, cambiando su mirada a una llena de deseos de ganar. —¡Ese Arcanine es tuyo! —Exclamó, hablándole a Lisandro.
    —Siempre que el dueño real esté presente y se hagan los papeleos necesarios, cualquier Entrenador puede usar los Pokémon de otro. Eso dicen las reglas. —Respondió el muchacho.
    —Luchadores, ¿listos? —Preguntó el árbitro, interrumpiendo. Recibió dos instantáneas respuestas llenas de euforia. Leandro notó la rabia de su contrincante y se emocionó tal vez, más de lo que debía.
    —¡Peleen! —

    Nada más recibir la orden, Typhlosion lanzó con la boca un Hiper rayo directo a Arcanine. Éste último pudo evadirlo gracias a su agilidad, si fuese un poco más lento lo hubiera recibido completamente. El ataque impacto en la plataforma donde estaba Leandro, haciendo temblar la estructura de acero a causa del gran poder.
    El can no esperaría una orden, entendió que estaba luchando contra un enemigo implacable, por lo que se lanzó golpeando con su enorme cuerpo a su objetivo, alzándolo por los aires hacia atrás. En plena caída, el Pokémon de Candela giró y se acomodó como un felino, logrando pisar en cuatro patas, preparó otro Hiper rayo y lo lanzó casi al instante. El nuevo ataque rozó a Arcanine.
    Todos se dieron cuenta de la capacidad de Typhlosion, pudiendo utilizar tal ofensiva sin recargar ni descansar.
    —¡Arcanine, no retrocedas! —Ordenó Leandro.
    —¡Hacelo retroceder! —Contrarió Candela.
    Tras dar un pequeño rugido, la bestia cuadrúpeda avivó las flamas de su cuerpo y hundió las garras en la tierra, con su energía hizo brillar varios segmentos del suelo a su alrededor, los cuales se partieran y se elevaran en forma de rocas alcanzando los cinco metros de altura; desde esa posición, dichas piedras cayeron como meteoros en dirección a Arcanine. Ésta, asustada, comenzó a retroceder, evadiendo los escombros que se partían en pedazos al chocar contra el piso.
    —¿Qué carajo…? —Se preguntó Leandro. Aunque Lisandro se percató que era el movimiento Avalancha, se limitó a no decirlo. Con esa ofensiva, el Pokémon de la Líder logró crear espacio suficiente para usar su siguiente ataque: el escenario comenzó a temblar.
    —¡Tratá de mantener tu posición, Arcanine! —Ordenó el chico de cabello negro tan rápido como se dio cuenta del Terremoto.
    Los pocos espectadores que estaban de pie se vieron obligados a sentarse ante el brusco mover del suelo, Candela cayó sobre sus nalgas y se sintió un poco dolida. Leandro parecía estar bailando zamba pero pudo aguantar. Un segundo antes que el movimiento terminase, el can de fuego cayó de costado al suelo. Typhlosion no desaprovecharía la oportunidad, saltó y disparó hacia su enemigo, el cual estaba intentando levantarse. El Hiper rayo golpeó con todo al blanco y generó una polvareda. En tal sólo diez segundos, el campo de batalla estaba destrozado. Escombros por todos lados y una nube de tierra tapando levemente la visión.
    El público presente tuvo sensaciones de eternidad al ver lo despacio que el campo de batalla se despejaba. Por otro lado, los hermanos estaban tranquilos, sabían que la Arcanine no sucumbiría ante tal cosa, y así fue.
    Cuando aún quedaba una fina capa de polvo, la silueta de la fiera dorada se hizo ver, y como saliendo del infierno, un torrente de flamas que elevó la temperatura como nunca en el enfrentamiento había ocurrido anteriormente, salió con intención de golpear a Typhlosion. Aunque falló, estrellándose contra el vidrio que protegía a los espectadores, tanto Candela como su Pokémon se dieron cuenta que sería muy peligroso recibir eso de frente.
    Después de rugir y detener el fuego, el can cerró su enorme mandíbula. Pudo verse que en su costado derecho, poco detrás de su pata delantera, su pelaje fue calcinado por el Hiper rayo dejando ver su piel, razón por la que estaba furiosa.
    —¡No le des tiempo! —Ordenó la chica.
    Typhlosion volvió a tomar postura y elevó todos las escombros a su alrededor, repitiendo su movimiento Avalancha. Arcanine si bien se vio obligado a retroceder hasta delante de la plataforma de Leandro, no tuvo problema alguno en esquivar cada roca.
    El Pokémon de la muchacha iba a utilizar Terremoto otra vez, sin conseguirlo esta vez.
    —¡No le des tiempo! —Gritó el retador, repitiendo y burlándose de la orden de su enemiga, enfurecido por lo que le habían hecho al hermoso pelaje de su criatura.
    Gracias a Velocidad extrema, la fiera dorada pudo colocarse delante de su pronta víctima, abrió sus mandíbulas y exhaló flamas. Cinco segundos después, finalizó su ofensiva y cerró el hocico, miró a todas direcciones para ver hacia dónde había escapado su rival. Si bien tal elemento le afectaba, Typhlosion también era una criatura de tipo Fuego, por lo que pudo desplazarse en medio del mar rojo, sin recibir mucho daño, hasta un rincón del campo de batalla, punto desde el cual lanzó Hiper rayo nuevamente.
    Arcanine esquivó fácilmente la energía.
    Candela estaba perdiendo terreno, perdería de seguir así, debía hacer algo. En su mente se recitaba a sí misma que no podía ser vencida por dos Entrenadores novatos que luchaban por primera vez en un gimnasio. Delante tenía a una verdadera abominación, una guerrera negra y dorada casi o tal vez más fuerte que su Pokémon en batalla. “¿Cómo lo venzo?” Se preguntó. Se respondió que debía utilizar su ataque más poderoso. No había otra opción, tenía que doblegar a su contrincante, hacerlo caer de una vez.
    —¡Typhlosion, Anillo ígneo! —Gritó con desesperación.
    Los hermanos, los jueces y unos pocos espectadores se sorprendieron ante tal orden, quedando totalmente desconcertados.
    El Pokémon obedeció a su entrenadora, hizo brillar su cuerpo con aura roja y lanzó con la boca una gran flama que al golpear al Arcanine, la rodeó en una esfera de puro fuego, formando un círculo. El calor fue tal que todos pudieron sentir un gran cambio.
    Mientras eso ocurría, Candela pareció darse cuenta del gran error que había cometido. Se congeló, atónita, sorprendida de sí misma por lo que había hecho.
    Arcanine hizo un simple movimiento de cabeza y su cuerpo comenzó a absorber el fuego hasta extinguirlo. —¡Quieta Arcanine! —Exclamó Lisandro, interrumpiendo la batalla.
    Casi como esperando para reclamarle, la jueza habló fuerte. —¿Por qué interrumpe el combate, señor…? —No pudo terminar.
    —¡Candela no puede pelear más! —Dijo el muchacho, con aires de superioridad. Y así era, la Líder estaba mirando hacia abajo, enfurecida, molesta consigo misma. Tomó la Pokéball de Typhlosion y lo hizo regresar murmurándole unas disculpas. Suspiró, y miró a Leandro. —Felicidades. —Dijo.
    El público estalló en gritos y aplausos. Si bien muchos estaban impresionados y otros tantos no entendieron qué ocurrió, no podían dejar de ovacionar la batalla.
    —¡Candela se ha retirado, los Retadores ganan! —Declaró el árbitro.
    Lisandro salió inmediatamente del palco y caminó hasta donde su hermano. Ellos, tras darse una mirada de gratificación, estrecharon sus manos, para después dirigirse a abrazar Arcanine.
    Ganaron su primer combate de Gimnasio.

    Ignis.
    Capítulo 4, parte 2 de 2.
    En el capítulo 5 empieza un nuevo arco argumental, el cual será algo sangriento e.e preparaos (?)​
     
    • Me gusta Me gusta x 3
  16.  
    Firwe

    Firwe Entusiasta

    Aries
    Miembro desde:
    27 Febrero 2012
    Mensajes:
    62
    Puntos en trofeos:
    53
    Pluma de
    Escritor
    Título:
    Fanfic - Pokémon: Heroicis. [Personajes originales]
    Clasificación:
    Para niños. 9 años y mayores
    Género:
    Acción/Épica
    Total de capítulos:
    10
     
    Palabras:
    4775
    No pude editarlo/corregirlo correctamente, pero quiero publicarlo ya u.u

    --------​

    —¡¿Por qué no me dijiste antes?! —Le gritó Candela a Lisandro. Se encontraban en el despacho de la Líder, donde había dos largos sofás y una mesa de escritorio con una notebook encima. La muchacha se acercó al chico a quién le alzó la voz y le dio un sorpresivo abrazo. Éste quedo desconcertado, pero al instante respondió al gesto.
    Ella se apartó y felicitó —¡Feliz cumpleaños! ¿Cuántos ya? —
    —Veinte. —Respondió Lisandro con vergüenza. El veintiséis de marzo, hacia dos décadas, él había nacido.
    —Como sea, toma esto entonces como un regalo. —Continuó ella, acercándose a la mesa y tomando de una pequeña caja, dos medallas, la cual entrego una a cada hermano.
    Éstas tenían la forma del símbolo de fuego y estaban hechas de plata pura.
    —Merecedores de la medalla Ignis. Felicidades, chicos. —
    —¡Pero en realidad no es un regalo, nosotros nos la ganamos! —Refutó Leandro.
    —No me interesa, Lisandro está feliz y eso es lo único que importa. —Contestó la chica, con una amplia sonrisa. Seguido acudió a la silla tras el escritorio y encendió el ordenador. —Tomen asiento. —Ambos se acomodaron en los sofás. Candela tecleó algunas veces con ambas manos y tras una mirada extraña a la pantalla, anotó algo en un papel y dio la orden a la máquina para que se imprimiese algo. Se puso de pie, camino a la impresora que estaba en un mueble en una esquina, y tomó lo impreso. Eran tres hojas, las cuales una dejó al lado de su notebook, y las otras entregó una a cada hermano.
    —¿Qué es esto? —Preguntó Lisandro.
    —Cada vez que un Líder se enfrenta con algún Retador, los jueces emiten una puntuación justificada del combate. Es del uno al diez. Para que un Líder mantenga su posición, debe mantener una puntuación promedio por año superior a siete, en el caso de fallar dos años consecutivos, se le remueve del cargo. Los Entrenadores sin embargo, tienen puntos acumulativos. —
    —¡Ah! —Exclamó Lisandro. —¡De ahí provienen los puntos! ¡El ranking nacional! —
    La chica se limitó a sonreír y observar. A los pocos segundos, en cuanto terminaron de leer su informe personal, los muchachos explotaron en furia.
    —¡¿Pero qué carajo es esto, Cande?! —Interrogó Leandro. Lisandro estiró la cara y mantuvo la boca abierta.
    Candela se rio a carcajadas, cuando pudo calmarse, explicó —Siempre pasa eso. Los jueces son todos unos idiotas. —Regresó a su asiento, para hablar del informe que le hicieron a ella. —Obviando las justificaciones, a mí me pusieron un seis. —
    —¿Por qué? Eso está por debajo del promedio. ¿No es malo? —Habló Lisandro.
    —No te preocupes, tengo varios dieces. —Sonreía ella.
    —“Tres puntos menos por obligar a un Pokémon (Charmeleon) a seguir luchando a pesar del terrible estado en el que se encontraba.” —Leía en voz alta, Leandro. —“Un punto menos por dar una orden innecesaria”. ¡¿Qué orden?! —
    —¿”No pierdas tu orgullo”? —Habló Lisandro. —¿Será por esa orden? —
    —Más que seguro. —Afirmó Candela, concentrada en algo que hacía en su ordenador.
    —“Un punto menos por usar un Pokémon no propio (Arcanine).” ¿Qué tienen esos jueces en la cabeza? Me pusieron un puto cinco. —
    —A mi me pusieron seis. Dos puntos menos por usar un Pokémon “temeroso y no preparado para la pelea”, por Duskull; y dos puntos menos, uno por cada Pokémon “retirado innecesariamente del combate”. —Explicó Lisandro.
    —Siempre buscan excusas tontas para bajarte puntos. —La Líder, detonando molestia. —En cuanto a su forma de luchar no hay nada que reclamarles, chicos, pero tenían que bajarles puntos de alguna forma. —Se paró de golpe, apagando la notebook y cerrándola. —Bueno, tengo que irme a hacer unos trámites burocráticos. Supongo que ya es hora que se vayan. —Finalizó, con melancólica sonrisa.

    Los hermanos se despidieron de Candela, dejando el Gimnasio Ignis con la gloriosa medalla en sus bolsillos. Acudieron al Centro Pokémon y se tomaron el día para que sus Pokémon se recuperaran. Esa noche se quedaron hasta tarde en el bar, hablando con otros Entrenadores de su experiencia y festejando el cumpleaños del hermano menor.
    Durmieron poco, a las ocho de la mañana estaban en la estación terminal de ómnibus, esperando que llegase su colectivo de larga distancia para volver al fin, a su ciudad natal. Gonzalo había ido un rato antes para despedirse de los hermanos. Éstos le desearon suerte al joven de cabello largo, y Lisandro le dio una recomendación de cómo vencer a Combusken.
    “Espero volverlos a ver. Así también podemos tener la pelea pendiente que tenemos” recitó Gonzalo, dirigiéndose a Leandro.
    A las ocho y quince minutos, los dos Entrenadores subieron al bus, y cinco minutos después, dicho móvil comenzó su viaje, el cual tardaría cerca de cuatro horas.

    Peligro.
    Capítulo 5, Parte 1 de 2.


    Tomándola firme con ambas manos, él intento que ella estuviese tranquila, pero era imposible. Aterrorizada, el corazón de esa pobre criatura palpitaba a mil, quería escapar. Cuando él la tuvo entre sus brazos, ella lo mordió, queriendo que la soltasen.

    —Confiá en mí. Prometo jamás hacerte daño. No voy a soltarte nunca. —


    Eran casi las once horas cuando el ómnibus cruzaba por una angosta ruta rodeada de campos verdes de pastos que se presentaban en forma creciente a mayor distancia, y unos pocos árboles. Dentro del móvil el clima era agradable, pero por fuera, la presión atmosférica era insoportable, los restos del verano que había terminado pegaban con fuerza, elevando la temperatura a más de treinta y cinco grados.
    Alcanzando los noventa kilómetros por hora, al bus le faltaba recorrer poco para alcanzar una importante ciudad llamada Fortaleza, donde habría movimiento de pasajeros. Era la última escala del camino y luego irían directo a Ferus, el lugar donde los hermanos nacieron.
    El tan tranquilo viaje se vio interrumpido por un hecho extraño y peligroso. Todas las ruedas del colectivo, por algún motivo, estallaron. Todos los que iban dentro sintieron el fuerte impacto, sorpresivo, que no dio tiempo a nada.
    El móvil, sin un sustento y sin poder detener la inercia con la que avanzaba, se giró de costado luego de arrastrarse por el asfalto, volcando posteriormente. Se deslizó varios metros, pero antes de ponerse de cabeza, una brillante energía azul lo envolvió y lo hizo flotar un poco, parando en seco su movimiento. Tras estar suspendido dos segundos, el aura desapareció, y el bus cayó al suelo. Tras el ómnibus que reposaba en medio de la ruta, había una polvareda y trozos de vidrios rotos por todas partes.
    Hubo un breve silencio en la ruta que culminó cuando Monferno, de una patada, rompió la puerta de ingreso del colectivo que estaba de costado. El mono de fuego escaló y se paró sobre el móvil, ayudando a salir a su entrenador. El muchacho, una vez fuera, se acercó al borde del carro y saltó al asfalto, giró la cabeza y dejó a su Pokémon encargarse de sacar a los demás, mientras él caminó hasta los pastos, sacó a Duskull y le ordenó entrar en su cuerpo.
    El pequeño fantasma desapareció, y Lisandro, tras sentir un escalofrío, cerró los ojos. Al abrirlos, éstos cambiaron al característico color gris.
    Leandro salió del móvil y ayudó a un muchacho de cabello negro y lacio, medianamente largo. Una vez fuera, este nuevo personaje bajó a la ruta y sacó de su Pokéball al Pokémon que anteriormente había salvado la situación elevando el colectivo con el movimiento Psíquico.
    —¿Cómo es tu nombre? —Preguntó Lisandro, volteando a mirar a ese muchacho.
    —Elías. —Respondió.
    —Deberías mover el colectivo antes de sacar a las personas de adentro, si viene otro colectivo de cualquier dirección dudo que tengan tiempo de frenar. —Le recomendó, el chico de cabello castaño.
    Así se hizo, Monferno y Leandro se aferraron tras avisarle a los que estaban dentro que no se movieran. Kadabra, el Pokémon de Elías, colocó la cuchara que portaba en su mano en dirección al enorme objeto que debía mover y se concentró; sus ojos brillaron en azul al igual que el ómnibus, y usando su gran poder mental, lo elevó y desplazó sobre los altos pastos, dejándolo caer de una altura de treinta centímetros. Acto seguido, dio por finalizada su habilidad y se apoyó con ambos brazos sobre el suelo, estaba agotado, respirando cansadamente.
    Elías se agachó para estar a la altura de su Pokémon y lo felicitó, le acarició su dorado pelaje y lo regresó a su Pokéball luego de darle un poco de agua de una botella que tenía en su mochila.
    Desde adentro del colectivo, Mario, como se llama un cuarto Entrenador también joven de gran barba, ayudaba a las personas a caminar hasta la entrada. Afuera, Monferno junto a Leandro, los ayudaba a salir. Elías se encargaba que todos pudieran bajar a la tierra sin dificultad. Lisandro, por otro lado, caminaba por la zona mirando en todas direcciones, con atención y sin disimulo; se había percatado que su frente sangraba, se había cortado tal vez con un vidrio. Sacó un pañuelo y se lo puso donde creía estaba la herida.
    Casi media hora después, la conmoción pasó, todos los pasajeros se habían acomodado a un costado de la ruta, algunos estaban heridos, pero nadie sufrió daños mayores. Los cuatro Entrenadores acudieron como autoridades a hablar con los conductores, quienes anteriormente ya habían llamado a emergencias.
    —Todas las ruedas reventaron. —Comenzó Lisandro indicando con la mirada al volcado ómnibus. —No puede ser una coincidencia, alguien lo hizo apropósito. —
    —¿Por qué estabas caminando por todas partes? ¿Qué buscabas? —Preguntó Elías.
    —Si alguien lo hizo desde afuera, ese alguien no puede estar muy lejos, seguro observa desde algún punto cercano. —Explicó el chico. Ahí, uno de los dos conductores alzó la voz. —¿Querés decir que alguien atentó contra nosotros? Qué mala gente. ¿Pueden encontrarlos? Deberíamos hacerles aprender. —
    —Tampoco se emocione. —Volvió a hablar, Lisandro. —Nuestra misión ahora como Entrenadores es cuidar a los pasajeros con nuestros Pokémon. No podemos alejarnos mucho, o al menos no los cuatro. —
    —Además no hay ganas de ir a explorar por todo ese pasto alto. —Habló Mario, indicando con el dedo a lo lejos, al mar verde, que parecía imposible sortear.
    —Mientras más lejos, más difícil explorar. —Se reía, Elías.
    Lisandro se dio cuenta que Monferno estaba parado a su lado, como esperando alguna orden, por lo que lo hizo regresar tras agradecerle.
    —¿Entonces qué hacemos? —Preguntó el otro conductor.
    —Usted espere con los otros pasajeros a que llegue la ayuda, nosotros veremos qué hacer. —Explicó Leandro.
    Los dos conductores entonces se separaron de los Entrenadores y acudieron donde las otras personas para explicarles que la ayuda tardaría cerca de veinte minutos más en llegar y que sean pacientes. Los bolsos y maletines permanecerían en el gran baúl del colectivo por cuestiones de seguridad y organización.
    —Tu nombre es Mario, ¿cierto? —Preguntó Lisandro. Recibió una confirmación. Tras dicha pregunta, tanto Mario como Elías se percataron del color extraño de los ojos del Entrenador de cabello castaño, pero no preguntaron nada.
    —¿Ya se conocen? —Dudó Leandro. Elías y Mario se presentaron como dos amigos, conocidos hace más de un año.
    Sin más que decirse, y como si se hubiesen puesto de acuerdo, se separaron en grupos de dos. Los hermanos cruzaron la ruta para investigar el otro lado de la calzada.
    —¿Por qué no sacás a Arcanine? Con su olfato podría darse cuenta si hay alguien por estos lados. —Comentó Leandro, que estaba enojado. No se animaba a sumergirse en esos pastos de poco más de un metro de altura.
    —Primero porque debe seguir cansado por el combate con Candela, y segundo: supongamos que hay tipos escondidos por ahí con armas de fuego, pistolas y esas cosas. ¿Cómo hago para defender a Arcanine? —Contestó el otro chico. Al primero, tal respuesta le pareció muy paranoica, y con cierto aire de presunción, sacó a su Fearow, se montó en él y le ordenó volar. Lisandro estiró la cara y miró a su hermano elevarse. —¡Avisá si ves algo! —Le gritó, para después seguir caminando por el borde de la ruta, mirando hasta donde la vista le alcanzaba.
    ¿Qué pasó? Era la pregunta base de donde partían sus pensamientos, dar un paso tras otro le ayudaba a pensar. Se preguntaba si lo que ocurrió fue algo pre armado, como una bomba de tiempo, o algo que se hizo en ese lugar por alguien que permanecía oculto. Si fuera lo primero, sería una gran coincidencia que justo ocurriese en un lugar donde alguien podría esconderse fácilmente, refiriéndose a los pastos altos. Por otro lado si fue algo que se hizo en ese lugar, si tal vez sean piratas del asfalto, ¿Por qué no atacan? Había pasado más de media hora desde que volcaron y nada más ocurrió. Por su cabeza hizo aparición la idea de que quizá solo estén buscando asustar a un pasajero, lo que implicaría que hay un motivo personal, alguien queriendo hacerle daño a uno de los presentes. ¿A quién? Fue lo último que se preguntó, mirando a las personas que estaban al borde de la ruta.
    Iba seguir meditando cuando el chillido de Fearow lo distrajo. Giró la cabeza para divisar a la bestia voladora bastante lejos. No dudó, y tras murmurarle a Duskull para pedirle que lo cuidase si un Pokémon salvaje intentara atacarlo en esos pastos altos, corrió a donde se encontraba aquella ave.
    Los otros dos Entrenadores también oyeron el sonido. Mario se movió más rápido, cruzó la ruta gritándole a Elías que cuidase a los pasajeros y sacó a su mejor Pokémon lanzando el rayo rojo de la Pokéball varios metros más adelante. De brillante cuerpo azul, mirada teñida de siniestro ámbar y cuerpo bípedo, un Gabite de metro y medio de altura hizo aparición en medio de los pastos. Molesto porque el verde cubría más de la mitad de su cuerpo, con las cuchillas de sus brazos cortó una gran porción de las plantas.
    —¡Abrime un camino, Gabite! —Ordenó Mario. Su Pokémon lo miró un segundo y continuó, a través de un fluido y rápido movimiento, usando corte para crear un sendero limpio y seguro.
    Lisandro, que fue fácilmente alcanzado, aprovechó para usar la misma ruta, posicionándose detrás del otro Entrenador.
    Mientras avanzaban, Fearow se alejaba cada vez más, como si estuviese persiguiendo a alguien. Tal hecho hizo dudar al chico de cabello castaño, generándole el pensamiento de que tal vez sería una trampa para emboscar a uno de los que dejaron atrás. Sin embargo no quería regresar, su hermano era más importante.
    Casi dos cientos metros más adelante, el pájaro descendió en picada entre medio de unos árboles que obstaculizaban la visión a lo lejos, y al segundo un rayo eléctrico se elevó por los cielos, emitiendo un fuerte estruendo y un molesto relámpago. Los dos Entrenadores parecieron acelerar el paso tras ver tal suceso, llegando poco antes que pasara un minuto.
    Allí, sentado bajo la sombra de un alto árbol, Leandro estaba al lado de Fearow, el cual también estaba en posición de descanso.
    —¡¿Qué carajo pasó?! ¿Estás bien? —Preguntó Lisandro, tras ver a su hermano. Se le paró al lado, lo miró y luego observó al Pokémon volador.
    —Si, todo bien. —Respondió el chico de cabello negro, tranquilo.
    —¿Qué fue ese rayo? —Habló Mario, poniendo una mano sobre la cabeza de Gabite.
    —Fue Trueno. —Comenzó Leandro. —Fearow vio una sombra y la seguimos, se movía muy rápido. Cuando pensé que podía alcanzarla, le dije que baje en picada, rápido, para sorprenderlo, pero de la nada un rayo nos rozó a los dos. Sinceramente me asusté y no quise seguirlo más. —Se reía. —Parecía un hombre, es todo lo que puedo decir. Se fue hacia allá. —Apuntando a lo lejos.
    —¿Te asustaste? —Preguntó Lisandro.
    —Digamos que me disparó a matar, si ese Trueno nos golpeaba seguro estaríamos muertos. —Acariciando a Fearow.
    —Volvamos, Elías está solo. —Ordenó Lisandro, ayudando a su hermano a levantarse. Leandro regresó a su ave al igual que Mario a Gabite. Los tres corrieron por el sendero limpio hasta donde estaba el último Entrenador esperando.
    Por suerte nada más ocurrió, al instante una ambulancia se presentó en el lugar, acompañada de otro colectivo vacío, un poco más pequeño y menos cómodo, que llegó para trasladar a los pasajeros hasta Fortaleza. Ya tranquilos, Lisandro hizo regresar a Duskull.
    Veinte minutos después llegaron a la estación terminal de esa ciudad. El calor iba en aumento y el cielo comenzaba a nublarse.
    Cuando los cuatro entrenadores bajaron del ómnibus, le entregaron sus mochilas más grandes, que se guardaban en el baúl del colectivo. Varios oficiales de la policía aparecieron delante de ellos y les pidieron que los acompañen a la comisaría. Aunque molestos, se veían en la obligación de acceder, ya que sus declaraciones serían parte importante de la investigación que se abriría.
    Un enorme edificio en el centro de la población lleno de oficiales. Les dieron comida, hecho que les hizo cambiar de humor. Los dejaron almorzar tranquilos. Durante esa media hora pudieron hablar e intercambiar opiniones. Lisandro alabó al Gabite de Mario por su agilidad y fuerza, razón por la que Leandro se vio interesado. —¿Cuán rápido es tu Gabite? —Preguntó.
    —Lo suficiente. —Con presunción, Mario.
    —¡Te pregunté cuánto! Esa respuesta no me satisface. —
    —¡No es mi problema! Es lo suficientemente rápido y punto. —
    —¡Entonces quiero una pelea! ¡Tu Gabite contra mi Charmeleon! —
    —¡Ey! ¡No me dejen afuera! —Se entrometió Elías. Lisandro se vio sorprendido al escucharlo, parecía haber encontrado a otro luchador compulsivo.
    —Combate doble entonces, nosotros dos contra ustedes dos. —Dijo Leandro. Su hermano lo miró algo molesto, pero no se quejó, su silencio significó, más que aceptación, su resignación.
    —Señores, disculpen las molestias. —Apareció la voz de una oficial, un poco baja, uniformada hasta la gorra. —Necesitamos que terminen pronto su almuerzo y salgan a la calle en tres minutos. Nos acaban de llamar de varias empresas, hay un problema grave y necesitamos que vengan. —
    Extrañados por la situación, los cuatro se apresuraron y solicitaron que dejaran sus mochilas en un lugar seguro para aligerar carga. Se subieron a una camioneta de policía y fueron con varios patrulleros hasta el local de una de las empresas que prestaba servicio de transporte a distancia. Al entrar al gran estacionamiento donde estaban todos los colectivos, vieron el problema.
    Todas y cada una de las empresas habían sufrido un “misterioso ataque”: desde ruedas pinchadas hasta motores destrozados, frenos que habían sido cortados y vidrios rotos. La primera duda de los Entrenadores fue expresada por Lisandro a uno de los policías que los acompañó: ¿Cómo pueden entrar a todas las empresas y destrozar todos los colectivos sin que nadie vea ni sepa nada? No hubo respuesta a tal cuestionamiento.
    Las siguientes horas fueron escandalosas, no había colectivos de larga distancia en toda la ciudad. Las autoridades se hicieron escuchar hasta por los medios locales y nacionales, informando que habría un detenimiento total de viajes por como mínimo veinticuatro horas. Los reclamos no tardaron en aparecer. Si bien la ciudad no era muy grande, eran muchas las personas que necesitaban con urgencia el traslado, técnicamente, el poblado entró en estado de caos.
    Los cuatro Entrenadores trataron de desligarse de todo lo ocurrido, informando a la policía que los sucesos escapaban de sus manos y que si necesitaban alguna ayuda, acudiesen a la Liga Pokémon directamente. No tuvieron otra opción que pedir hospedaje al Centro Pokémon de Fortaleza. Una vez en ese lugar, dejaron sus cosas y se acomodaron. Para las siete de la tarde, Lisandro estaba hablando por un teléfono público con su madre.
    —Fortaleza es un caos prácticamente. Había varios Entrenadores que querían viajar hoy, así que el Centro Pokémon está lleno. —
    —¿Pero ustedes están bien? ¿Ustedes estaban en el colectivo que sufrió ese ataque? Sus nombres figuran en la lista que sale por las noticias. ¿Les pasó algo? —Muy preocupada.
    —Si estábamos, y no, no nos pasó nada. ¿Podrías calmarte? Escuchame. —Decía el chico, mirando a un costado, notando que habían dos Entrenadoras esperando usar el teléfono. —Tengo un poco de crédito aún en mi celular, te mando mensajes para informarte cómo está la situación. Si para mañana el servicio no se restablece vamos a encontrar una forma de ir a casa. No te preocupes. —
    —Pero hijo, ¿les devuelven lo que gastaron en pasaje? ¿Les pagan el hotel? —
    —Mamá, estamos en el Centro Pokémon, por servicio social tenemos ¡todo gratuito! —
    La mujer soltó una risa, por culpa de sus nervios se había olvidado de ese detalle. Decidió despedirse de su hijo y quedarse tranquila. La llamada finalizó y Lisandro les hizo un gesto a las muchachas para que usaran el dispositivo. Acto seguido bajó las escaleras y se dirigió al pequeño bar donde estaba su hermano, hablando con Elías.
    El muchacho de cabello castaño se sentó después de pedirle al mozo una gaseosa bien fría. Tiró su cabeza hacia atrás y suspiró. —Ya quería estar en casa. Que cumpleaños de mierda. —
    —¿Es tu cumpleaños? Felicidades. —Dijo Elías, sonriendo por la curiosa información.
    —Si, cumplo veinte. Gracias. —Miró a Leandro. —Ya hablé con Mamá, está todo bien. Si mañana no hay colectivos vamos en Arcanine. Lo dejé para que los enfermeros le hagan una revisión y vean si ya puede correr. —
    —Dale, no hay problema. —Contestó Leandro. —Mario viene en un rato, y vamos a tener nuestra pelea. —Cambió el tema. —Por eso estamos acá. —
    —Por las dudas. —Comenzó Elías. —¿Ustedes son los hermanos que sobrevivieron en el Bosque de los lamentos recientemente? —
    —Los mismos. —Dijo Lisandro.
    —¿Podrían contarme un poco más de eso? —
    Los hermanos se miraron. Debía ser la sexta o séptima vez que debían contar su historia en menos de una semana, y no sería la última. Se turnaron para hablar, casi como si lo tuvieran ensayado. Omitieron información para no hacerlo muy extenso, y poco después de contar todo lo que querían, a quien esperaban llegó. Lisandro no aguantó reírse de él al verlo llegar, Leandro hizo una cara rara y Elías empezó a burlársele. La razón, era que Mario se afeitó, y se lo veía muy raro.
    Un chiste con respecto al muchacho conllevo a otros, desencadenando en una intensa rivalidad entre los hermanos y los otros dos Entrenadores. Ese Centro Pokémon no tenía un estado interno, pero si un amplio terreno detrás del edificio donde se permitían los combates.
    En pleno nublado atardecer, y tras obtener los permisos de las autoridades del lugar, los cuatro se encontraron parados sobre el césped, a punto de comenzar su enfrentamiento.
    —Ahora van a sufrir el poder de un Entrenador tan pro como yo. —Comentó Mario, riendo bajo y entrecortado.
    Había un fuerte viento que anunciaba una próxima lluvia, que tal vez interrumpiría el combate, por lo que debían apresurarse. Elías se acomodó su cabello luego de quejarse porque no le dejaría ver bien.
    Tal y como acordaron hacia unos minutos sería un combate doble donde sólo usarían un Pokémon cada uno. Los cuatro agarraron una de sus Pokéball y la mostraron delante, lanzándolas simultáneamente.
    Como era obvio, Charmeleon y Gabite serían dos de los combatientes. Lisandro sacó a Croconaw. Elías envió a una criatura que no pertenecía a la región, tal vez ni siquiera era un Pokémon que habitaba en la nación. Los hermanos nunca lo habían visto salvo por televisión e Internet: de medio metro de altura, cuerpo de un tono celeste grisáceo, enorme cabeza y grandes ojos verdes fosforescentes, conocido como Elgyem.

    Gabite rugió al igual que Croconaw, Elgyem se despegó del suelo, flotando; y Charmeleon se limitó a observar a sus contrincantes. Lisandro, que estaba un poco preocupado porque no hacía más de veinticuatro horas que el lagarto de fuego había perdido un combate de mala manera, pasó a preocuparse mucho al darse cuenta que era la primera vez que esa criatura no gritaba al entrar en combate desde que evolucionó. Leandro también se percató de ello.
    Mario no dio tiempo a pensamientos, ordenó a su Pokémon atacar.
    —¡Defendé como sea! —Ordenó Lisandro.
    Ágil y hábil, Gabite colocó sus cuchillas adelante, se impulsó con sus poderosas piernas en dirección a Charmeleon para utilizar corte en él, pero Croconaw se puso en medio, estirando su corto brazo para crear una barrera con su movimiento Protección. El Pokémon dragón se estrelló contra ese muro de energía.
    Elgyem aprovechó para rodear a sus contrincantes moviéndose por los aires, muy rápido. Desde una posición satisfactoria, intentó atacar, pero el lagarto de fuego actuó primero, lanzando flamas por la boca. La criatura psíquica esquivó esa ofensiva fácilmente y se dispuso a atacar al fin, así también, Gabite, que retrocedió luego de verse impedido, saltó para caer con Cuchillada sobre sus enemigos.
    —¡Apártense! —Gritó Leandro. Su Pokémon y el de su hermano saltaron en direcciones opuestas, evitando la ofensiva que iba hacia ellos. El Pokémon de Mario se estrelló contra el suelo, levantando una nube de tierra y destrozando parte del cuidado césped.
    Elgyem se posicionó detrás de Croconaw, creó una bola oscura con sus manos y la lanzó contra éste último, el cual logró evadirla agachándose.
    —¡Dividamos el combate! —Dijo Elías.
    La flotante criatura le hizo un gesto a la bestia de agua y comenzó a alejarse bastante velozmente, siendo perseguida. Lisandro corrió detrás de su Pokémon, dejando a los demás; a mitad de camino, se dio cuenta que Elías no se había movido de su lugar, ni siquiera miraba hacia esa dirección, tenía los ojos fijos en Charmeleon. Algo extraño pasaba, de detenerse, jamás averiguaría qué era, por lo que debía correr el riesgo de seguir.
    Para cuando estuvieron bastante alejados, Croconaw intentó golpear con Pistola agua, sin embargo, su objetivo, Elgyem, desapareció.
    Lisandro se volteó y miró a donde estaban los demás y allí vio al Pokémon psíquico.
    —Teletransportación. —Murmuró. —Croconaw, necesito que apuntes bien, esto es de vida o muerte, confío en vos. —Dijo, nervioso.
    Charmeleon quien había luchado mano a mano contra Gabite por unos segundos, en ese momento estaba en problemas, tenía a un rival delante y otro detrás, no tenía escapatoria. Leandro se enojó al ver que su hermano cayó en una trampa tan tonta, pero nada podía hacer. El lagarto de fuego sufrió de dos ataques que impactaron al mismo tiempo en su cuerpo: Psico rayo y Pulso dragón.
    Tras un gruñido de dolor, Charmeleon cayó al suelo de rodillas, casi sin fuerzas.
    —¡Terminalo! —Ordenó Mario. Su Pokémon colocó sus cuchillas al frente para terminar el enfrentamiento, sin conseguirlo, fue golpeado por una Pistola agua que Croconaw disparó certeramente a mucha distancia. Gabite voló, cayó al suelo y rodó.
    —¡Elgyem, Psico rayo otra vez! —Dictó Elías.
    —¡Levantate, mierda! —Dijo Leandro.
    Si bien la mente del lagarto rojo estaba hecha un desastre, desilusionado consigo mismo por haber perdido su último combate, no se dejaría vencer nuevamente. Al ver que otro rayo estaba por golpearlo, se acostó en el suelo y giró, evadiendo la energía enemiga. Se puso de pie. A pesar de estar herido seguiría luchando, debía recuperar su orgullo. Acumuló energía y lanzó de su hocico Furia dragón. Elgyem, para esquivarlo, se teletransportó a la espalda de su enemigo, en maleficio para Mario.
    El ataque de Charmeleon siguió su camino y golpeó a un Gabite que estaba levantándose, haciéndolo volar aún más lejos.
    —¡Inteligente lo tuyo! —Reclamó Mario. Elias lo ignoró.
    El Pokémon psíquico, sin darle importancia a nadie, iba a atacar desde donde se hallaba, una perfecta posición, sin percatarse que también tenía algo detrás. Grandes fauces envolvieron su cabeza, lo revolearon y lo lanzaron a un costado contra el suelo: un gran Mordisco de Croconaw.
    Charmeleon dio dos pasos rápidos y golpeó con Garras de metal a un tirado Elgyem, luego le puso un pie encima y acumuló fuego en su boca, mirándolo tan fríamente como le era posible. Por otro lado, el Pokémon de agua se encontró con Gabite. Éste último tenía como objetivo golpear a la bestia de fuego, por lo que debía sortear el obstáculo que tenía delante. Intentó sobrepasar a su contrincante con Corte, estrellándose nuevamente contra una muralla de Protección. Retrocedió perdiendo el equilibrio, y antes de caer de espaldas recibió un potente y frio impacto en el pecho, un Puño hielo que además de resultar súper efectivo, congeló parte del cuerpo de su víctima.
    Dos Pokémon tirados en el suelo, siendo observados por otros dos que permanecían de pie, quienes estaban preparados para golpear, dio como resultado la victoria de los hermanos. Aunque Elgyem usase Teletranportación para escapar, Gabite ya se encontraba fuera de combate, poniéndolo en gran desventaja.
     
    • Me gusta Me gusta x 3
  17.  
    Hns

    Hns Entusiasta

    Aries
    Miembro desde:
    5 Febrero 2013
    Mensajes:
    140
    Puntos en trofeos:
    75
    Pluma de
    Escritor
    Recién acabo de terminar de ponerme al día. uff! Debo confesar que es lo que siempre espere de un ff de pokémon T_T esta buenísimo! Disfrute cada mitad de capítulo, intro y por sobre todo las batallas muy bien descritas! Me encanta que los personajes vayan a su propio ritmo sin apuros y con los pokemones justos, la forma realista en que lo cuentas es super. Debo confesar que ame la burocracia X'D en cada capitulo que se vio, antes de entrar al bosque, el sistema de trabajo de la elite, la policia y el peritaje, antes y despues del gym, los puntos de batalla aagh! es muy "odiosarealidad" . Creo que eso eso le dio mucha gravedad a la fantasía. Estaré al tanto de la actualización y por supuesto felicitaciones por estar acá en el salón de la fama, es un fic muy cul :B
     
    • Me gusta Me gusta x 1
Estado del tema:
No se permiten más respuestas.

Comparte esta página