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Fanfic - Naida (Mito inventado, Griego)

Tema en 'Mitología, leyendas y cuentos populares' iniciado por Athenos, 25 Febrero 2012.

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    Athenos

    Athenos Iniciado

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    Fanfic - Naida (Mito inventado, Griego)
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    Amplias son las costas de Europa, pero nadie ha sabido nunca dónde habitaba Naida, una bella ninfa, de cabellos dorados, tez fina y blanca y ojos azules como el mismísimo río que rodea el mundo.​
    Esta pequeña y joven náyade juega, con sus semejantes, despreocupada, sin conocer la gran tragedia que se avecinaba; pues el señor de los caballos la observa, desde el mar profundo.​
    Ante la visión de la bella mujer de la espuma de las olas comienza a surgir una figura, el terror se apodera de ella, pero no huye, sino que observa pacientemente. De la espuma surge un caballo, del mismo color que ésta, un blanco oceánico cuyos ojos son tan profundos como el mismo mar. El cuadrúpedo se acerca a ella, se presenta como un animal dócil; se aproxima con gesto encantador. Las flechas de oro volaron y acertaron en su objetivo. La dama sintió un irrefrenable deseo hacia el animal, deseos carnales, unirse al hermoso animal. Su deseo se vio cumplido con la penetración y el gozo de la unión. Mas el heredero del mar observo este acto y con la caracola llama a la esposa del caballo. Al oír la señal, el rey del mar cabalga hacia su elemento y desaparece en medio de lo que apareció, abandonando a su amante en la playa.​
    La reina, llena de celos ante lo acontecido manda a una jauría de perros que aparecen del manantial surgido de una roca cercano, unos perros que aterrorizarían al hijo más glorioso del rayo. Los podencos persiguieron a la joven, sus deseos, despedazarla hasta que no quedara ningún hueso, solo polvo.​
    La persecución fue eterna, las piernas de Naida comenzaron a cansarse, hasta sus pies sangraban. En un intento de que cesase la persecución se introdujo en un río de aguas claras y dulces. Flotaba sobre el líquido padre, agotada, expirando sus últimos suspiros. Viendo que aún la seguían por la orilla suplico ayuda, pero a nadie en concreto. Entonces las aguas se pararon; ella, asustada comenzó a mantenerse a flote con sus piernas, unas piernas que comenzaron a reducir de tamaño, incluso su rostro se transformaba, se tornó verde y no quedo más que una simple planta acuática, que se mantenía a flote, todavía huyendo de los canes. La planta es el nenúfar. Pero en esa planta crecía una flor, lentamente… ​
     
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    Dororo

    Dororo Usuario común

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    Bueno, es un comentario difícil, he tenido que leerlo varias veces antes de poder hacerlo. Verás, en sí la historia me gustó bastante, tienes mucha imaginación aunque, y es una opinión personal, creo que tal vez la sección de originales hubiera sido una elección más apropiada para su publicación. A no ser, que quisieras versionar la leyenda de Cupido y Ninfea, con lo cual retiro lo dicho anteriormente.

    Algo que no me quedó demasiado claro es si el señor de los caballos y el rey del mar son la misma figura mitológica, ya que haces referencia a los dos relacionándolos con el protagonista. Entiendo que el heredero del mar, que avisa a la celosa esposa, es el hijo de ambos y que el rey del mar toma la apariencia de un caballo para seducir a Naida. Pero es sólo una suposición, quizás deberías aclarar eso. También me pregunto de dónde salen las flechas doradas que despiertan la pasión de la náyade.

    Te agradezco y te felicito por el esfuerzo en buscar sinónimos para no repetir palabras, eso siempre hace la lectura mucho más fluida. Fue un ejemplo muy instructivo de que existen muchas maneras de decir lo mismo sin resultar redundante.

    Un consejo, cuida los tiempos verbales, la acción se está desarrollando en presente y de pronto las flechas vuelan y el deseo se enciende en pasado, el rey del mar desaparece en presente y los perros inician su persecución otra vez en pasado.

    Como no soy demasiado buena en ortografía, no me centré en eso, así que me abstengo de comentar nada, aunque sí observé algunos acentos que faltan.

    Bienvenido a la sección. Fue un placer leer y comentar tu primer fic de mitología y espero poder leerte de nuevo.
     
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    Athenos

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    A tus preguntas, el señor de los caballos y el rey del mar son el mismo personaje, es Poseidón,. A mi me gusta mucho usar alegorías, no nombrarlos directamente sino nombrar uno de sus atributos, como el portador de la caracola sería Tritón, y la reina Anfitrite. Y las flechas es otra alegoría a Eros, que enamora a los dos con las flechas de oro.
    Y espero que este no sea mi ultimo fic, ya que estoy escribiendo una serie de mitos relacionados entre si, como la haría Ovidio, pero no me gusta compararme con una figura tan grande de la literatura.
    Gracias por leer y comentar.
     
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    Dororo

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    Gracias por contestar a mis preguntas y me retracto de lo dicho con anterioridad. Has publicado tu historia en el foro apropiado.
    Si he entendido bien, idearás una serie de mitos y leyendas originales a partir de la mitología griega. ¡Eso será interesante, muy interesante! Enseguida me di cuenta de que eres muy imaginativo.

    Te lo repito, será un placer poder leerte de nuevo.
     
  5.  
    Tarsis

    Tarsis Loading... Usuario VIP Comentarista supremo

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    Hola, tal como dijo Dororo, bienvenido a la sección.

    Un relato, realmente interesante, muy vívido y gráfico. *-* Me parecía ver sus piernas sangrar y el río teñirse de rojo... De verdad, muy buen escrito, usas muy bien la descripción y los sinónimos, sólo se te escaparon unos acentos diacríticos, nada grave. =) Tu imaginación es realmente genial, espero leerte nuevamente.

    Saludos.
     
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    Athenos

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    Aquí les dejo la segunda parte de una saga que espero no se alargue mucho, sólo se me ocurrió la idea de un mito y después me vino otra que enlazaba con el segundo, y así un par de historias. Espero que les guste.

    Dianze
    Pasaron estaciones, sin descanso, la reina muerta bajó y subió. Exactamente nueve meses. Sobre el nenúfar fue creciendo una pequeña flor. Flor que creció durante este tiempo, cada día más grande. Llego la primavera, el rey de Corinto, el rey Myles, recorría junto a una partida de hombres y de la reina sus tierras, cuando pasaron frente al pequeño río, justamente frente a la flor blanca, la cual, delante de todos los presentes se abrió y dejo ver a un bebé, un pequeño recién nacido. La señora de esa tierra decidió recoger el querubín, porque la joven pero atormentada señora no disponía hijo de propia sangre. El monarca estuvo de acuerdo, ya que al fin podrá tener un heredero, heredero que parecía un regalo de los dioses, y no estaban muy equivocados, porque era hijo de uno de los grandes. El niño sería llamado Dianze, nombre que delataba su naturaleza, y durante poco tiempo fue criado en la corte del rey, como un príncipe. Querido como un hijo propio para la soberana como hijo propio, fue cubierto con amor y lujos, pero como todo príncipe pasó por la piedra del Ónfalos. “El que acogió al fruto de la flor no verá la luz del día tras la larga noche.”. Myles, suponiendo que la profecía le señalaba decidió mandar abandonar al niño en medio del Ática, en el monte. Pero la emperatriz se negaba en rotundo a que esto sucediera, y el soberano, al ver que no podía convencerla y lamentándolo, no sólo exilió a la muerte al pequeño, sino que también a su esposa. Ambos serían atados y abandonados, y así fue. Pero los mensajeros no se conformaron sólo con eso, sino que violaron y llenaron de golpes a la protectora del bebé, que solo pronunciaba su nombre mientras le mancillaban las entrañas. Y así pues, yacían los dos en aquel paraje, alejado de todo.

    Ninguno habría sobrevivido de no haber sido por un pastor ateniense, que los llevo a su pequeña parcela, recibieron los cuidados que pudo darlos a ambos. Cuando pudieron valerse fueron llevados a la ciudad del Ática, al cuidado de las vírgenes, bajo el fuego del hogar. La reina no era capaz de recordar nada, quedó su mente en blanco al sufrir tal shock, solo recordaba el nombre de su hijo adoptivo. Transcurrieron años, y aunque no estaba permitido él convivió con ellas, quizás por la compasión al ver a la madre que no se separaba del infante. Durante estos años fue educado en el arte del conocimiento y la lógica y los ritos de las sacerdotisas, siempre junto a la que el creía su madre, renunciando a la figura paterna, al no haberla tenido. Pero la persona a la que el ya crecido joven desapareció en su adolescencia, en la noche, el muchacho no supo de ella. En un pan para buscarla abandonó Atenas, pero no tuvo éxito. A su vuelta le llegó la noticia de la desaparición de más personas en Corinto; pensando que tendría relación con lo que pasó a su madre partió hacia allí.


    Marchó como sacerdote de la diosa hacia la ciudad de Corinto, el viaje fue largo, sólo llevaba lo imprescindible, tomo una ruta directa, sin ningún sobresalto por el camino. Pero durante el camino, en las aldeas alejadas de las grandes polis, oyó que un monstruo provocaba la desaparición de ciudadanos, mujeres y hombres, sin discriminación, al amanecer. Dianze continuó su marcha. Llegó a su destino, allí preguntó a los sabios de la ciudad, pero no obtuvo ninguna información nueva. Así que cuando llegaba la noche decidió alojarse cerca, pero no había ningún lugar donde dormir, así que acampó en las afueras. La noche caía y no disponía de ningún elemento que le diera luz, hasta que otro sacerdote como él le cedió una antorcha y le prendió una hoguera. En ese momento se dispuso a dormir, y así fue como cayó en el sueño.
    La mente del joven se ve perturbada por una pesadilla, y ésta le produce un sobresalto, despertándolo. La luz del fuego produce un coro alrededor de él, pero se da cuenta de algo las luces de la ciudad están apagadas, no hay ni una sola llama, acontecimiento extraño pues la ciudad permanecía siempre a la luz por decreto. El muchacho agarró su antorcha, la prendió, se armó de valor y marchó a la ciudad.

    Cuando llegó al linde de la población observó que del cielo caían estrellas, o eso parecía, el cielo derramaba polvo estelar pero se deshacía en contacto con la luz de su fuego, esto le extraña mucho, pero continúa. Al fin, a lo lejos, divisa una luz, eso sube su ánimo y le incita a seguir hacia ella. La noche todo lo cierra, no hay nadie, o eso cree pues ve como de entre las sombras aparece una silueta. Pero no es humano lo que ve, es una bestia, cuadrúpeda, negra y de ojos dorados. El muchacho contempla que el hocico del ser está manchado de sangre; mientras observa esto la criatura se le acerca, lentamente; cada paso suyo equivale a una eternidad, está asustado, piensa en huir, pero el recuerdo de que ese puede haber sido el mismo animal que hizo desaparecer a su ser querido revivo las llamas del valor. Pacientemente esperó, hasta que estuviera lo suficientemente cerca. El monstruo seguía su paso, no tenía postura agresiva. Ya estaba lo suficiente cerca, el joven se abalanzo contra él, e intentó herirlo, mas no ofrecía resistencia. Así pues, cogió la antorcha y la acerco al pelaje del engendro, que ardió nada más estar en contacto con el fuego. Mientras se quemaba en el suelo, la aberración se retorcía, hasta quedar el fuego extinto. Esto lo contempló el sacerdote, el cual, por fin vio cumplida su venganza, acabo con el asesino de su criadora. Sin el fulgor de la llama, el ambiente comenzó a llenarse del polvo de estrella y él, cayó en un profundo sueño.

    La luz del carro solar le iluminó la cara, y esta luz molestó a sus ojos todavía no abiertos, pero que se desperezaron al contacto con el resplandor. A su lado yacía un cuerpo calcinado, cenizas. Durante la mañana corrió la voz del nuevo héroe que había librado a la ciudad de su maldición, maldición que según corrían las voces acabó con el rey Myles. Los ciudadanos alabaron a la figura del libertador, concediéndosele el honor de ocupar el trono de Corinto, al no haber dejado descendencia alguna el legítimo rey.

    El linaje del nuevo rey continuó, ignorando su ascendencia divina, adorando a la diosa virgen. Signo de su devoción por ella, en palacio siempre brillaba una amplia hoguera, día y noche.

    Incluso en la noche más oscura…
     
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    Athenos

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    Alizeia

    Una noche oscura, faltan meses para el comienzo del reinado de Dianze. El manto de oscuridad cubría Atenas. El antiguo, y esquivo dios alado esparcía su sombra, mas vio, en medio de la ciudad una mujer, duerme. Es una mujer bella, con rostro fino, casi como si fuese de la realeza, con larga melena negra. El dios hipnótico se queda prendado de tal belleza y al acorde de su vuelo la recoge suavemente, llevándola con él. La mujer permanece dormida en los brazos del sueño, hasta que su vuelo se para en una cueva, desconocida aún. El viejo infante deposita a la dama, ésta, por fin despierta. Está aterrorizada, la visión del ser alado la horroriza, pero él se aproxima y la acaricia, la besa suavemente. Alizeia, pues así se llamaba, al sentir el amor se dejó llevar y se unió al ser divino. Ambos se amaron, retorciéndose juntos, cargando mutuamente, hasta llegar al éxtasis. El antiguo dios, al ver por fin satisfecho su deseo se aleja, pero ella intenta retenerlo, se aferra a su cadera, le suplica que se quede, que la ame más. Él intenta acabar con sus palabras mandándola al invisible, pero se apiada de la figura suplicante. Un dolor comienza a apoderarse del cuerpo de la mortal, su cuerpo se tizna de negro, comienza a cubrirse de pelo aún más oscuro, sus piernas menguan, sus pies y manos se vuelven garras, los ojos tornados ahora dorados, la cara se alarga para formar ahora un hocico, ya ahora anda a cuatro patas. Se ha transformado en un zorro, un zorro negro. Así la contempla por última vez, sigue siendo hermosa, pero ya no es humana. Ya no puede retenerlo y parte volando a lugares inhóspitos, no sin antes concederle el don de dormir a todo aquel que esté cerca de ella en la noche.

    El animal ahora se ve solo, abandonado otra vez. Pero un deseo tiene en mente, volver a ver a su hijo, estar junto a él, y va tras este anhelo.

    Durante meses recorre tierras desconocidas para ella, aprovecha su don para la caza nocturna de lo que son ahora sus semejantes, bestias y animales. Sigue su camino hacia lo desconocido, hasta llegar finalmente a una ciudad, le resulta muy familiar. Con precaución se interna en la población, observando desde las sombras y los callejones. Para su sorpresa encontró una figura que lentamente le invade de recuerdos. Myles, está en su ciudad, en Corinto. Una rabia le invade en ese momento, pero debe huir, alguien la ha visto, la persiguen hasta las afueras de la ciudad, consigue esquivarlos. Permanece alejada hasta que cae la noche, vuelve al reinado, llenando así a la ciudad de un profundo sueño, tan profundo que hasta las antorchas de las calles son apagadas. Vaga unos minutos por las calles, pero se detiene cuando ve a la figura que la atormentó en el pasado, está en el templo de la diosa virgen, a la luz del fuego, no duermen, están protegidos por un fuego divino. Alizeia observa en la oscuridad como el rey y sus secuaces intentan raptar a las protectoras de la llama. Ella ciega de ira, se lanza contra el cuello del monarca, sus fauces lo rodean, mientras la sangre brota de la herida fatal, los cobardes de sus partidarios escapan corriendo hacia la noche presos del miedo. El acto sangriento no acabó ahí, la fiera se ensaña con el cadáver, lo desmenuza, lo despedaza, no queda ya nada que reconozca al tirano, nada más que el anillo real, y las testigos del acontecimiento, que lo observaron aterrorizadas.

    Viendo lo que ha hecho, el zorro se aleja, pasando por encima de los cuerpos inconscientes de los vasallos del rey. Huye del lugar, lejos del crimen de sangre, pero en su huida algo la detiene, un individuo con una antorcha, se acerca lentamente al él, y ve algo que hace tiempo buscaba. Era su hijo, al que hacía tanto que no veía, pero él interrumpe su paso, y la madre por su gran deseo se aproxima a él, quiere volver a abrazarle, ya ha olvidado su figura salvaje.

    Mas en ese momento, el hijo se abalanza sobre el animal negro, ella cree que lo tiene, que lo ha encontrado, es feliz. Pero un fuego comienza a invadirla, fuego físico, el joven había prendido la bestia. Un grito sordo salió de sus fauces, pero nadie la oyó. Su cuerpo ya yace en el suelo, y su asesino, en el suelo, cae en un profundo sueño.

    Poco queda ya del zorro negro, solo las cenizas, y el polvo que sigue en el ambiente, un polvo que comienza a viajar, se desplaza, a lugares incognitos.
     
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