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Fanfic - John Dillinger Tales (Basado en Public Enemies con Johnny Depp)

Tema en 'Personas Reales' iniciado por Andrea Sparrow, 15 Agosto 2016.

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    Andrea Sparrow

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    Fanfic - John Dillinger Tales (Basado en Public Enemies con Johnny Depp)
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    38
     
    Palabras:
    884
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    INTRODUCCION


    Es el verano de 1920. Todo parecía ir bien en ese entonces. Aunque…la gran tentación de asaltar al señor Graham era grande. John lo consideraba buen hombre, aunque no tan afortunado, puesto que él había pensado en robarle algo de lo mucho que parecía tener.

    ¿Cómplices? No tenía muchos aún. Sólo buenos amigos.

    Por momentos recordaba todo lo que había sido su vida. Aunque no muy larga, sí bastante agitada.

    Y en ese momento se empezaría a decidir lo que sería su vida más adelante. Empezando por su infancia, se decidió a recapitular lo que parecían ser algunos recuerdos vagos y otros que habían logrado definir lo que estaba por comenzar a ser…lo que le daría probablemente significado a su vida, sin imaginar siquiera cómo terminaría ésta.

    Es así como parecían comenzar las aventuras de un Enemigo Público.


    Cap. 1 Remembranzas

    Ahí estaba él, un tanto indeciso. El señor Grahams lo había ayudado en momentos difíciles. Le tenía fe…había dado la cara por él en más de una ocasión. Y él pensaba en pagarle de la manera contraria a la que aquel buen hombre esperaba. Ironías de la vida. Ya John podría pagar aquella especie de traición de forma cruel.

    Pero ahora por la cabeza de Dillinger sólo pasaba aquel asalto. Era joven…tenía toda la vida por delante para generar una trayectoria basada en la mentira y en el fraude. Se antojaba un ambiente económicamente duro y había que echar mano de la inteligencia de la que podía presumir.

    Desde niño parecía tener una habilidad para salirse con la suya, aunque la hermosa presencia de su madre limitaba sus pequeñas rabietas. Siendo único hijo, era razonable que fuera el consentido. Sin embargo, aquel tiempo de juegos, berrinches y despreocupaciones estaba a punto de terminarse.

    ¿Cómo era su madre? No la recordaba bien…sólo que la mayoría de las ocasiones era sensible, buena y un tanto sumisa. Y aunque una mujer ignorante y ruda, era realmente una dulce mujer, con un carácter afable que denotaba mucho amor. Y él, según recordaba, había sido feliz con ella. Aunque de su padre no podía decir lo mismo. Era un hombre bastante grosero e intransigente, gente de campo, ignorante e irreprensiblemente estricto, y más de una vez había visto a su madre entristecerse.

    Esa era la última visión de ella…y la de la caja de madera que habían dispuesto para llevarse el cuerpo de su madre.

    ¿Con qué se había quedado? Con una profunda soledad y con la mano de su padre sosteniendo su pequeña mano…sin embargo, aquélla no le había brindado el calor que hubiera deseado. Incluso, recordaba más calor en el féretro que albergaba el cadáver de su madre que en la cercanía del padre. Y esa visión, lo marcaría de por vida.

    Tenía tan sólo tres escasos años. Y en cuanto la imagen de su madre desapareció de su vida, la rebeldía empezó a asomarse por sus pequeñas pupilas.

    Y su padre fue quien pagó las consecuencias.

    Aquel niño fue realmente un verdadero dolor de cabeza para aquel hombre, burdo y sin instrucción, que no tenía la menor idea sobre cómo educar a un niño tan pequeño, solo, sin la presencia materna.

    Y como consecuencia de esa falta de comunicación, de respeto y hasta de cariño, el pequeño se sintió desplazado, incluso, por las mujeres que por la vida de su padre, pasaron aumentando la tristeza y dolor del pequeño John.

    Pero el tiempo no perdonaría y aquel pequeño niño de tres años tenía que crecer y darse cuenta de la realidad que lo rodeaba.

    Y a su rebeldía, la respuesta inmediata eran los golpes. Y la reticencia a obedecer por parte de Dillinger era cada vez mayor.

    Pero el padre consideraba que hacía lo correcto, temporalmente, y pensó que así su hijo lo respetaría. Aunque por instantes seguramente se sentía totalmente frustrado.

    Y lo peor llegó después. Un día el chico se metió a una huerta a robar fruta.

    Cuando salió, el padre lo recibió con una sarta de azotes que lo habían hecho llorar a lágrima abierta.

    Era verdad que era un muchacho rebelde. Pero la forma del padre de resolver ese problema no había sido la correcta. Y muy tarde se dieron cuenta los dos.

    En un par de días, el chico fue enviado con unos conocidos a una granja de Mooresville, Indiana.

    Para el pequeño John era una salida fácil. A partir de entonces, su vida ya no sería la misma.


    - Hey, John- preguntó uno de sus amigos.- ¿Estás listo? ¿Crees que lo haremos bien?

    - Seguro- respondió el joven Dillinger. Tenía armas suficientes para todos y una convicción interna que parecía estar a prueba de cualquier autoridad.- Esos policías no podrán alcanzarnos…

    - Bien…entonces…cuando tú nos digas.

    Las duras remembranzas sólo habían enardecido y reforzado las decisiones y la postura de Dillinger. Si no lo hacía ahora, pensaba, jamás habría tenido el valor para hacerlo después…y ya empezaba a tener a su gente incondicionalmente a su lado.

    - Vamos, muchachos- susurró.- Y que sea…lo que tenga que ser…

    Así empezó aquella aventura, que podía no terminar como ellos querían.
     
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    Cap. 2 Los doce sinvergüenzas. Parte I



    Pero…¿qué era lo que había generado en John Dillinger tanta aparente seguridad en el triunfo de aquellas hazañas? Tal vez, el hecho de que en ocasiones anteriores, las cosas no le habían salido tan mal del todo.

    Especialmente, sus recuerdos sobre aquel grupo llamado: “Los doce sinvergüenzas”. ¿Qué estaba orgulloso de haberlo creado? Realmente sí. Era importante para él sentirse el líder de un grupo de delincuentes juveniles, con muchas ganas de vivir emociones y dispuestos a arriesgar la libertad para asegurar lo que deseaban de la vida.

    Así que, de alguna manera, ese grupillo fue un buen inicio para él.

    Mientras se acercaba a la tienda de Grahams, recordaba el primer asalto junto a aquella pandilla. Su padre, para entonces, se había vuelto a casar.

    Aquel acontecimiento había fragmentado completamente su vida y su familia, porque, tras la muerte de la madre, un gran vacío seguía albergándose en su corazón.

    Ella había significado lo mejor que había tenido…todo lo que un hombre pudiera desear como consuelo y apoyo. Faltando ella, nada le habría importado, de no ser, el haber hallado un consuelillo en aquellos jóvenes inexpertos y desubicados, casi igual que él, que sólo deseaban vivir miles de aventuras, aunque no de la forma correcta.

    Cuando se enteró que su padre se volvía a casar, lo recibió en la finca, frente a quienes se habían encargado de criarlo.

    - ¡John! ¡Escúchame!

    - ¿Qué es lo que quieres que escuche?- replicaba Dillinger.- ¿El hecho de que por fin te decidieras a suplantar a mi madre con esa golfa?

    Tras aquella aseveración, recibió por respuesta una sonora bofetada que hizo eco en su interior más que en su cara.

    - No sabes lo que has hecho- dijo John.- Terminaste de una vez por todas con el poco respeto que todavía sentía por ti.

    - Tú nunca me has respetado.- se quejaba el hombre.- Tú sólo has aprendido de esos granjeros hoscos e inútiles, y has dejado de lado la educación que te di.

    - ¿Educación?- preguntaba John.- ¿Crees que las golpizas que me has propinado son la base de una buena educación?

    - No te atrevas a cuestionarme.- siguió su padre.- Tú eres quien menos podrías reclamarme algo. Así que sólo quiero que sepas que voy a traerla a vivir aquí.

    - ¿En la granja?- preguntó de nuevo DIllinger.- ¡Estás demente! Este es el único lugar donde he encontrado un poco de paz, lejos de ti, de tus monsergas, de tus golpes…no puedes culparme por no desear estar contigo. Y mucho menos con esa zorra que te has agenciado por mujer.

    El padre se atrevía de nuevo a golpearlo, pero fue John quien ahora le detuvo la mano.

    - Anda…sólo inténtalo…ya no tienes la fuerza para detenerme. Ni tampoco la autoridad para hacerlo. Quédate con esa golfa y olvídate de mí.


    Así fue como se realizó la ruptura definitiva de Dillinger con su padre, para dar paso a aquella forma tan alocada de vivir sin reglas, especialmente las paternas.


    Avanzó lentamente por detrás de unos autos. Antes de idear acercarse junto con el resto, estuvieron espiando los movimientos del buen comerciante.

    Aquellos amigos suyos eran los primeros compinches que lo habían seguido después de los primeros asaltos con “Los doce sinvergüenzas”: Pitt, Charles, Dean, Jack, Clark, Bob, George, Tony, Harry, Ralph y Richard, junto a él, habían conformado una pandilla, al parecer, bien organizada, especializada en robos y ¿por qué no? En uno que otro delito de carácter sexual.

    Por el momento, podía sentirse tranquilo, puesto que sólo un par de veces, se habían visto involucrados en asuntos policíacos. A excepción de la última ocasión.


    Habían ido a parar al tutelar de menores. ¿Qué habían hecho? Corría el año de 1915. La situación económica de Estados Unidos parecía buena.



    El mundo de John sólo había transcurrido entre animales: ovejas, cabras, gallinas…crecimiento de cosechas…festivales de hortalizas. Nada bastante interesante, a pesar de que su espíritu aventurero seguía enfebrecido con las noticias se desarrollaban en la ciudad.

    En los periódicos se narraban las hazañas que comenzaban a desempeñar Al Capone y otros de sus ayudantes. Y obviamente, la respuesta que se empezaba a generar, gracias a la influencia de Eliot Ness.

    En fin, John pensaba que él también podría generar su propio grupo y reinventar una historia mucho más valiente y aventurada que la que otros hombres con mayor tiempo hubieran desarrollado, e incluso, convertirse en una especie de leyenda.

    Sin embargo, parecía que él era aún muy joven, y de robos en pequeña escala, o uno que otro susto a los granjeros, no había pasado.

    Y el joven John Dillinger estaba hambriento de aventuras y de ser un verdadero héroe. Aunque, la forma de hacerlo podría ser mucho más interesante que sus hazañas.

    Un día, precisamente cuando cumplía los trece, se reunió con ellos, subieron a una camioneta de granja y con algunas armas que habían comprado en el mercado negro, se dirigieron por la carretera de Mooresville al centro de Indiana, empezaron a disparar hacia los federales.

    La policía, al principio, no hacía mucho caso de aquellos jóvenes. Pensaron que serían tan sólo unos niños jugando a ser asaltantes. Sin embargo, no era sólo eso y los oficiales, organizados, dispararon también hacia la camioneta.

    Ésta se desvió y empezaron a fallarle los frenos. Los jóvenes se bajaron de la camioneta, corrieron hacia el centro de la ciudad pero los policías los desarmaron y se los llevaron a resguardo.

    Días después, los padres fueron llamados a declarar y a hacerse responsables por los desmanes de sus hijos.

    Todos acudieron, excepto el padre de John, quien ya no tenía tiempo para él y ya no estaba dispuesto a responder por el joven renegado.

    Eso dolió enormemente a Dillinger, quien a partir de entonces, consideró que para ser alguien, tenía que ponerse él mismo por encima del resto, pero aliarse con sus amigos. Porque, en cuanto en el tutelar se vieron todos juntos, la unión entre ellos se hizo aún más fuerte.

    Dentro de las frías celdas donde en grupos de cinco o seis muchachos fumaban o jugaban cartas, John bebía a escondidas un poco de licor que habían conseguido de un policía.

    - ¿Qué le diste?- preguntaba John a otro.

    - Un poco de dinero que mi padre me trajo- replicó uno.

    - Vaya…tú siquiera puedes pedirle algo a tu padre…mi viejo ya se olvidó de mí- farfulló John Dillinger.

    - No te preocupes- dijo el joven- por ti lo que sea, John…prometiste que íbamos a salir de ésta pronto, ¿no es cierto?

    - Así es- sonrió el joven Dillinger- es seguro…sólo necesitamos un poco de tiempo…hay que planear bien esto. Y ustedes son parte importante en esto. Tranquilos muchachos, duerman y descansen ahora mientras pueden, que cuando se trate de salir hay que estar bien despiertos.

    - Claro, John- asintieron los demás.

    Así, Dillinger se convirtió en una especie de héroe aún anónimo de todos ellos y se especializó en la dirección de aquellos rebeldes.



    Ahora que estaba por asaltar aquel negocio, le parecía que todo lo sufrido y vivido en el tutelar era parte del pasado. Sólo la experiencia formaba parte de su cúmulo de conocimientos.

    Pero el nerviosismo podía hacer presa de todos ellos. Eso era innegable. Y aún faltaba la parte del escape. Por un momento la había olvidado. Y no se podía dar ese lujo. Tenía que tener todo bien calculado.


    Pero, mientras los demás distraían a Grahams, tuvo tiempo de recordar un poco más lo que llegó justo después: la huída del tutelar…


    La hora del asalto se aproximaba. Él ya estaba casi listo para mezclarse con algunos clientes y así evitar atraer la atención de la gente…
     
    Última edición: 15 Agosto 2016
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    Cap. 3 Los doce sinvergüenzas. Parte II



    Grahams seguía distraído charlando con los muchachos. No imaginaba siquiera lo que aquel grupo de vándalos estaba a punto de hacerle.

    John seguía vigilando detrás del auto para comenzar “la fiesta”. En cuanto él entrara, se organizaría el asalto. Cada uno de ellos ya tenía un punto de ataque estratégico.

    Tres entraría con John. Dos más subirían al mostrador hacia la caja registradora. Otros tres entraría a la bodega a sacar botellas y artículos de mayor precio, mientras que los restantes amagarían a la gente y los obligarían a permanecer en el suelo hasta que ellos se hubieran marchado.

    Sin embargo, el ir y venir de la gente impedía que pudieran actuar rápidamente. Debían esperar un momento en el que el acceso o salida de la gente se detuviera.

    Pero tampoco tenían mucho tiempo. Revisó su reloj. Un reloj que había pertenecido a un policía cuando salió del tutelar. Entonces empezó a recordar:

    “1915…la hora de reunión de todos. Pero ya estaban avisados. En todas las celdas el rumor se había corrido…estaban por fugarse los doce sinvergüenzas.

    Nadie evitaría el escape, a no ser los mismos custodios.

    Pero el resto de los compañeros habían aceptado. Pronto les tocaría a ellos que Dillinger se hiciera cargo de liberarlos de ese encierro.

    Por fin, el toque para ir a comer. Dillinger lanzó un disparo al aire y el resto salió corriendo. Los que no se iban con ellos bloquearon la entrada y lanzaron un par de explosivos que impidieron que los custodios fueran en su busca.

    Cuando se dieron cuenta, estaban todos fuera.

    Dillinger y sus secuaces tomaron un auto de los oficiales a cargo y marcharon por la carretera en dirección a Chicago.

    Pero primero hicieron una escala técnica cerca de una granja ya conocida por John.

    Ahí entró el joven vándalo con sus once “discípulos”.

    - Pueden pasar, muchachos. Mi tía Molly está dispuesta a ayudarnos.

    La tía Molly era una mujer de unos cuarenta años, ya viuda, pero dispuesta a hacer lo que fuera por su sobrino consentido.

    Al fin, se reabastecieron de armas y tomaron algo de comer.

    - Hey, tía Molly…¿por qué no vienes con nosotros?

    - No podría- comentó la mujer.- Espero que en cuanto lleguen a Chicago aprovechen el tiempo en divertirse un rato después de su primer trabajo.

    - Despreocúpate tía, que vendremos a verte en cuanto consigamos algo “decente”.

    En cuanto se marcharon viajaron un rato por la carretera vieja de Indianápolis a Illinois. Se detuvieron en un paraje un tanto inhóspito, cerca de una gasolinera.

    Había un bar donde un par de chicas atendían a los que llegaban a cargar combustible.



    Estando ahí se preparaban para el primer golpe en Chicago, cuando una joven de no mal ver se les acercó con el fin de atenderles.

    Todos empezaron a sentirse atraídos por la joven. Dillinger les orientaba.

    - Pueden divertirse con ella en un rato…será mejor que planeemos mejor el viaje a Chicago.

    Sólo uno de ellos atendía literalmente las indicaciones.

    En aquel bar se les unió un hombre de facciones recias llamado Walter Dietrich. Parecía conocer gente importante.

    - Hey, muchachos…¿quiénes son ustedes?

    - Somos “los doce sinvergüenzas”- comentó Dillinger.

    - Yo tengo algunos contactos en la policía de Chicago. Me gustaría poder acompañar a un grupo tan joven…créanme…se ve que tienen ustedes mucho futuro.

    - Gracias- comentó el joven John.- Pero trabajamos solos…

    - Bien…en ese caso…nos veremos en Chicago. Yo voy para allá.

    - Que haya suerte, viejo.

    Tal vez un día se volverían a encontrar.

    Sin embargo, los chicos bebieron un poco más. Dillinger tenía que estar despiertos si no querían que la policía los encontrara.

    Pero los muchachos estaban algo ebrios. Había que esperar a que se despejaran.

    A la mañana siguiente, cuando tendrían que salir de improviso, la mujer del bar los detuvo detrás del edificio.

    - Hey, muchachos…anoche se bebieron buena parte del establecimiento…si no quieren que le diga al dueño, van a tener que pagarme.

    - Ven, nena…que todos te vamos a pagar en especie…-dijo otro.

    - Esperen…que sea John quien decida lo que hacemos con ella.


    Dillinger se les acercó.

    - ¿Qué pasa?- preguntó.

    - Aquí la baby, que nos pone trabas para marcharnos.

    - Sólo quiero que me paguen.

    Dillinger contestó.

    - ¿Ya te dijeron los muchachos que te vamos a pagar, no? Ven acá…

    Y sin más arrinconó contra la pared y ahí mismo la tomó. Tocar a aquella mujer un poco mayor que él era un triunfo, porque nunca imaginó que podría hacer algo así. En cuanto la tuvo en plenitud, no pensaba más que en devorar y sentir una y otra vez a aquella mujer.

    Ella lloraba. No quería sentirse sometida por un jovenzuelo y menos un delincuente. Sin embargo, sus gritos se volvieron enajenantes.

    - ¡Está gritando!- dijo uno

    - Es de placer…-murmuró Dillinger.

    Cuando acabó tras una dura sesión de fuerte e intensa penetración, la mujer se desplomó un instante. La velocidad y la colocación así como los fuertes gritos de la mujer, les revelaron que Dillinger poseía una gran “arma”. Desde entonces, aquel rumor se regó entre ellos.


    - Vámonos- dijo Dillinger- la nena ya tuvo su paga…y aprendan esto de ahora en adelante…ninguno de nosotros volverá a hacer algo como esto. Además, no se manchen las manos con sangre inocente. Mantengan sus conciencias libres del fantasma de un muerto…¿entendieron?

    Todos asintieron…era momento de marchar a Chicago.



    -----------------------------------------------------------------------------------------------------------------------------


    De pronto, se dio cuenta que no había gente que pudiera impedir el robo.

    Por fin se dispuso. Dio un disparo y los muchachos se movilizaron. Dos se lanzaron sobre Graham y lo obligaron a saquear la caja registradora. Otros ya estaban sobre la bodega y empezaron a llevarse botellas finas y licores carísimos.

    Los demás mantuvieron a la gente amagada para que no pudieran salir de la licorería.

    Pero nadie estaba afuera vigilando el escape.

    Trataron de salir lo más rápido posible.


    Graham le gritó:

    - ¡Vas a pagarme ésta, Dillinger!

    El joven asaltante huyó con sus doce compañeros. Habían logrado huir por la carretera federal.

    Chicago les depararía bastantes sorpresas.
     
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    1032

    Cap. 4 Chicago

    Para John Dillinger, el arribo a Chicago había sido una gran aventura. Con aquellos muchachos se dirigieron a las mejores tiendas de ropa. Aunque no llegaron todos juntos. La mayoría se dispersó, tras el asalto a Graham, era mejor estar lejos temporalmente.

    Así que John Dillinger se sintió, por entonces, dueño de Chicago. Parecía que la ciudad estaba esperando por un joven inexperto, dispuesto a gozar de la vida.

    Era joven pero con ganas de aprender lo mejor posible. La ropa que había comprado lo hacía parecer de más edad. Eso le ayudaba, puesto que así, incluso podía encontrar mejores oportunidades.

    Había sido poco lo que habían robado. Pero para Dillinger era suficiente para poder vivir unos días.

    Salió de la tienda de ropa, con el ánimo bastante dispuesto, sacando de su bolsillo un par de cigarrillos finos. Se fumó el primero, observando el ir y venir de los autos hermosos que parecían estar esperando por él.

    Sin embargo, después del asalto a Grahams, pensó que dedicarse al robo no era buena opción. Los muchachos necesitaban de un ejemplo a seguir, si es que ejemplo se le podía llamar a su forma de haber sacado dinero fácil.

    Caminó por las aceras, reconociendo las calles, a fin de aprender las direcciones, los lugares y los establecimientos, en especial las licorerías, los bares, las tiendas de ropa, las de autos y los prostíbulos.

    Éstos últimos abundaban en la ciudad. Oportunidad excelente para Dillinger de “explorar” lo desconocido y comenzar a madurar de una vez por todas.

    ¡Si su viejo hubiera visto su escape y su tan afortunado asalto a la tienda de Grahams! Esperaba que él estuviera orgulloso de él. Sí…a pesar de que su padre lo había despreciado y lo había tratado tan mal…y lo había cambiado por una mujerzuela como esposa, él seguía preocupado y pendiente del hombre que en su momento, debía haber sido su apoyo y la figura masculina más importante en su vida.

    Ser como él…ni pensarlo. Si él alguna vez llegaba a ser padre, cosa que todavía veía como demasiado remota, no cometería los mismos errores que el suyo. Él le dedicaría su vida y no permitiría que su hijo tuviera elementos para recriminarle la forma de educarlo o haberlo abandonado a su suerte. Sería un buen ejemplo y pasaría todo el tiempo posible con él.

    Pero dejó esos pensamientos temporalmente. Ahora, quería reconocer la ciudad para sentirse temporalmente como el soberano de ese “paraíso”.


    Tras pasar un rato por el centro y comprarse algo de buena ropa, intentó cambiar la vieja camioneta en un depósito de autos por uno no tan viejo pero más elegante.

    Entró fumando y el dueño del depósito se acercó y le preguntó.

    - Oye, hijo…¿no crees que deberías estar ahora en la escuela?

    Dillinger se dio su importancia y explicó:

    - Parezco joven…pero tengo veinte.

    - Vaya…¡cómo crece esta juventud!- dijo el dueño.- ¿Qué puedo hacer por usted, joven?

    - Mire…tengo un problema con mi camioneta. No sé exactamente qué tiene…creo que es un detalle del motor, pero como no conozco mucho de mecánica, no puedo encontrar la falla. Y tengo que ir a una reunión urgente, pero no puedo ir con este cacharro, ¿entiende? Voy a casarme- dijo en voz baja.

    El dueño del depósito sonrió y dijo:

    - Siendo así, no se preocupe. Tengo este Ford que me acaban de traer…es último modelo. Mire…está en muy buen estado. Era una revisión de rutina. El dueño no puede molestarse por un poco de avance del kilometraje. Supongo que no se tardará usted mucho.

    - Claro que no, le aseguro que se lo devuelvo enseguida. ¿Cuánto me va a cobrar por el préstamo?

    - Nada…su camioneta está en buen estado- dijo revisándola.- Bien puede dejármela mientras va a resolver su asunto.

    - Muchas gracias- repuso el joven Dillinger.- Da gusto tratar con gente como usted.

    - De nada- añadió el hombre.

    Dillinger se quedó un rato en el depósito observando los autos que aquel hombre tenía y mirándolo trabajar.

    - Señor…

    - Michaels…Daniel Michaels- dijo el hombre- ¿qué desea?

    - Sr. Michaels…¿podría venir de vez en cuando aquí a que me enseñara un poco de…mecánica? Usted sabe, siempre es necesario conocer más al respecto.

    - Por supuesto, señor…

    - Dillinger…John DIllinger- dijo él sin empacho.

    - Sr. Dillinger, es usted bienvenido a mi depósito para aprender lo que guste. Sería un gusto enseñarle.

    - Por aquí me tendrá…

    Se marchó en el auto, dejando la vieja camioneta. Tal vez ya no volvería por ella, pero para devolver el auto, tenía que conseguir algo que lo valiera. El señor Michaels lo merecía.

    Y su día transcurrió recorriendo la ciudad, hasta que en la noche, dio con un bar renombrado.

    Parecía alcanzarle. Así fue como se decidió a entrar.




    Un par de mujeres hermosas, dispuestas a complacer los caprichos de cualquier hombre que tuviera para complacerla, deambulaban por el lugar.

    Dillinger se sentó, se le sirvió una copa, aunque con algo de reserva. Al fin, una de ellas se acercó.

    - ¿Puedo sentarme?

    - Con gusto, nena.

    - ¿De dónde vienes?- preguntó la muchacha.

    - ¿Tiene eso mucha importancia para ti?

    - No tanto…sin embargo…sólo quería saber si no era que…habías caído del cielo…

    - Tal vez…podríamos dejar en duda…

    Sin embargo, John no sabía bailar.

    - Te decepciono en eso, nena- dijo John.

    - No importa…con que no me decepciones en otros aspectos.

    - Por ese lado no puedes tener problema conmigo…tengo lo suficiente para atenderte bien.

    - Perfecto…ven…vamos a otro lado más tranquilo…


    Salieron del bar. Llegando a un hotel cercano, John dejó las llaves, buscó la bebida y ofreció una copa a la muchacha.

    Ella se quitó el abrigo y John le tendió la copa diciendo:

    - ¿Te gusta el lugar?

    - Mucho…pero más…tú…

    John se dejó llevar por el momento estrechando a la chica mientras la iba despojando de la ropa, a fin de encender de deseo aquel rincón escondido de Chicago…
     
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    Cap. 5 Los placeres de Dillinger


    Muchos placeres empezaban a atormentar el ánimo y ponían a prueba los instintos de DIllinger. Y uno de ellos era el que estaba por descubrir aquella noche en ese hotel de Chicago: las mujeres.

    Eran poco a poco una de sus grandes debilidades.

    Aún recordaba su primera vez. Había sido en aquel campo trigueño en Mooresville, Indiana. Ahí, una joven, amiga de sus tíos de la granja, había enardecido su persona. Sus ojos castaño claro, su tez blanca y su cabello color trigo encendieron y desorganizaron violentamente las hormonas no bien ordenadas de John. Y ya no pensaba más que en verla continuamente.

    En alguna ocasión, con motivo de las ferias, había cruzado un par de palabras con ella, causando así encuentros continuos con la joven, que tampoco había pasado por alto que John Dillinger, el rebelde de la granja vecina se convertía en un hombre.

    Una tarde, cuando el viento dispersaba los aromas del campo y mecía acompasadamente los trigales, como en una danza festiva, la chica paseaba por entre aquel campo dorado.

    La mies estaba en su punto, así como el cuerpo de la muchacha.

    Y Dillinger ya lo había notado.


    Avanzó sigilosamente por entre las espigas hacia donde la chica caminaba. Su voz sensual, que apenas comenzaba a engrosarse, puesto que aún tenía trece años. Pero ya era un joven robusto y atractivo.

    La chica se estremeció al escuchar la voz de John. Se volvió tímidamente.

    - Estabas aquí…no te sentí acercarte.

    - ¿Por qué estás aquí…tan sola?- preguntó John.

    - Estoy disfrutando del color de las espigas, sintiendo el viento golpear mi cara…-señaló la joven.

    - Yo también…vine a disfrutar del dorado del trigal y del fruto maduro de las espigas…-dijo acercándose a la joven.

    La muchacha sólo pudo sentir la mirada penetrante de Dillinger que parecía encantarla como a una serpiente.

    La estrechó por la cintura y la besó con pasión.

    La chica se estremeció. Nunca había sentido el abrazo de un hombre. Y aquella tarde, entre los trigales, John aprendió a ser hombre, desflorando a aquella muchacha…


    Después decidió aprender otras maneras de hacerlo con las mujeres que de vez en cuando buscaba junto a sus secuaces; aquellos “doce sinvergüenzas” empezaban a conocer lo que eran las mujeres y a disfrutar de los placeres prohibidos que eran capaces de experimentar sin inhibiciones. Aunque la clase de mujeres que habían conocido entonces eran de la peor calaña.


    Y ahora, estaba frente a una que no era mejor que las anteriores, pero sí era ardiente y decidida.


    En cuanto entraron a la habitación, John decidió mantener las luces apagadas. Le gustaba hacer el amor en esas circunstancias.

    La chica le pidió.

    - ¿Puedes ayudarme con el cierre?

    John buscó la cremallera y empezó a bajarla lentamente pero en cuanto sintió la piel de ella empezar a deslumbrar la oscuridad, la estrechó apartando su cabello para hundir su nariz y llenarla de placer…luego sus labios decoraron de gotas de saliva aquel espacio descendiendo por el canal de su espalda…

    Dos ganchos detuvieron su andanza…erizó sus hombros al tiempo que la chica se arqueaba hacia él gimiendo intensamente…entonces John soltó el vestido desatando con cuidado los límites de la prenda que sostenía sus evidentes formas femeninas.

    - Eres candente…-dijo Dilinger al tiempo que la llevaba hacia la cama.

    - Tú eres un semental…sólo con sentirte cerca…puedo notar que cierta parte de tu cuerpo está por estallar dentro…

    - Y no te he mostrado lo mejor- decía John al tiempo que succionaba aquellas cimas mientras buscaba como trofeo a su seducción la prenda que apartaba su intimidad.

    En cuanto llegaron a la cama, fue ella quien subió a su cuerpo para entreabrir su camisa y soltar el cinturón…se mordió los labios para entreabrir los seguros que ocultaban su virilidad…para así ayudarle con los pantalones…frente a ella estaba un montículo largo, dispuesto a retarla en cuanto apartara el resto de las prendas.

    - Príncipe Alberto- dijo John- saluda como debe ser a nuestra amiga.

    - Y vaya que es un príncipe…-susurró ella.

    Al punto, lo acarició furtiva, ocultando su cima entre los pliegues de su boca…la humedad estimulaba aquellas terminales que lo hicieron gemir…después la devoraba llenado de placer a Dillinger.

    - Sigue, nena…no pares…-sudaba.

    La mujer la hundió mostrando una técnica inusitada de colmarlo de gozo.


    Entonces fue cuando él ya no dejó pasar el tiempo y la lanzó hacia la cama. Estaba a punto de fundirse violento y candente.

    Quería llevar la batuta en todo: en aquel instante también quería ser él quien guiara el deseo.

    Y a ella parecía no disgustarle. A pesar de ser tan joven, su fuerza y su capacidad de ser todo un semental era única. Y así, John Dillinger se adentraba una y otra vez, sin compasión en aquella mujer que se desconocía totalmente.

    Dillinger la recostó de lado adentrándose hacia adentro y afuera sin conceder ninguna tregua. Ella ya no podía más y tuvo que culminar antes de que él pudiera terminar de gozar.

    Las posturas que buscó seguían siendo tan intensas, al grado que ella se encendió de nueva cuenta. John se convertía en dueño absoluto de su pasión y al tocar las estrellas bufó de gozo, mostrando así su fuerza.


    Un rato después, la chica dormitaba. John fumaba un cigarrillo mientras planeaba qué haría ahora que tenía un poco más de dinero y que el señor Michaels le había prometido enseñarle algo de mecánica. Podía pasar por un buen hombre durante un tiempo.


    Los días posteriores buscó un buen apartamento para alquilar.

    Con los arreglos que junto a Michaels podía llevar a cabo, sacaba para comer y para comprar de vez en cuando alguna botella de whiskey. Había probado entre diferentes bebidas y éste último se hizo su bebida favorita.

    Y un buen fin de semana logró conseguir un radio que se convirtió en un fiel compañero, especialmente durante las temporadas de béisbol. Ese deporte le parecía tan interesante, puesto que se requería fuerza y también algo de astucia para jugarlo.

    Y gracias a la mecánica empezó a familiarizarse también con otra de sus pasiones: los autos.

    La velocidad de los mismos era un aporte de adrenalina que le hacía falta para subsistir.

    Y la belleza que le atraía de ellos era comparable a la pasión que sentía por las mujeres.

    Y así, unos y otros, empezaban a convertirse en sus grandes delirios y placeres…
     
  6.  
    Andrea Sparrow

    Andrea Sparrow Usuario común

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    Título:
    Fanfic - John Dillinger Tales (Basado en Public Enemies con Johnny Depp)
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    38
     
    Palabras:
    1563
    Cap. 6 Volviendo a casa


    El señor Michaels le tenía ya mucha confianza a DIllinger como para ayudarle, no sólo en el arreglo de los autos, sino también en la selección de algunas piezas. Y para eso John solicitaba de vez en cuando con la colaboración de los “doce sinvergüenzas”, para conseguir de las mejores.

    - ¿Cómo haces para traerme las piezas de mejor calidad?- preguntaba el señor Michaels a John DIllinger mientras arreglaban un Ford 20

    - Pues…sólo es algo de cuidado, señor- decía John- tengo algunos amigos que me dan información acerca de dónde encontrar refacciones originales. Gracias a usted me he vuelto un experto.

    - Vaya que has aprendido mucho en este tiempo, muchacho. Y dime…¿qué piensas hacer? ¿Dedicarte a la mecánica por siempre?

    - No lo sé- repuso el joven DIllinger- esta es una actividad que me atrae…especialmente los nuevos autos pero…no sé si sea realmente mi vocación. Aunque me gusta divertirme, y para poder tener un auto como esto, necesito trabajar mucho.

    - Sabes que lo que yo te pago no es mucho pero te ha servido para poder ganarte la vida.

    - Eso es algo que siempre le voy a agradecer, señor Michaels. Créame: si un día puedo yo hacer algo por usted lo haré sin dudarlo.

    - Gracias, John. Bien…pues éste ya quedó…mañana ya llegarán algunos otros autos.

    John DIllinger dijo.

    - Señor Michaels…¿le molestaría que…le pidiera permiso este fin de semana para irme a mi pueblo? Tengo ánimos de ir a ver a mi viejo.

    - Pues…como gustes, John. Con tu ayuda he logrado sacar trabajo por adelantado. Así que creo que te has ganado este descanso.

    - Gracias, señor Michael. Ya me tendrá aquí el lunes a primera hora.


    Y así lo hizo. Aquella misma tarde, con su saco en mano, se dirigió a la terminal de autobuses y compró un boleto para Indiana. Regresó a su departamento y empezó a acomodar sus cosas.

    Tenía poca ropa pero la que tenía era bastante buena. La había elegido con cuidado. Tal vez la buena ropa también empezaba a convertirse en una de sus grandes aficiones. Aunque, para conseguirla tenía que trabajar mucho o dedicarse a realizar alguno que otro asalto. Pero por ahora quería saber lo que significaba ser un hombre honesto.

    ¿Por qué? Tal vez porque quería reinvindicarse temporalmente para poder ir a ver a su padre.

    Y lo había conseguido. A pesar de los robos a pequeña escala en los que había participado para llevarse alguna que otra pieza cara de auto, su principal actividad había sido la mecánica.

    Aquella tarde empezó a guardar en la maleta sacos rompevientos, pantalones de pinzas, cinturones de piel de víbora, sombreros de corte redondo…su reloj de leontina que había tenido a bien regalarle uno de sus amigos.

    Revisó las botellas de whiskey. Tenía suficientes como para realizar una pequeña velada con sus compañeros antes de marchar a Indiana.

    Los contactó y al poco rato, aquel departamento se había llenado de sus amigos y de algunas chicas que habían llevado para divertirse.


    Mientras brindaba, alguno de ellos le preguntó.

    - ¿Qué piensas hacer en Indiana?-

    - Pues…tal vez ir a recorrer las campiñas…ver qué hay de nuevo en la granja, ah…y de paso, escuchar los estúpidos reclamos de mi viejo.

    - Yo que tú no volvía…-dijo otro.

    - Tengo que hacerlo- añadió DIllinger- si no lo hago no cerraré ciclos…quién sabe si sea la última vez que vea Indiana. Aunque, ¿saben? Amo el lugar..ahí me crié…si a eso se le puede llamar crianza…ahí crecí…es un lugar apacible…incluso pensaría que es un buen escondite. Además, tengo ganas de ver viejos amigos…

    - Ya veo….quieres recuperar viejos tiempos.

    - Así es…-sonrió Dillinger pensando en todo lo que haría cuando volviese.


    Las risas y la depravación en aquel lugar resonaron hasta casi el amanecer en el que algunos autos lujosos alquilados iban y venían llevando chicas en diferentes direcciones de la ciudad.


    Al llegar la mañana, John ya estaba en la terminal de autobuses con su maleta y su sombrero en mano, dispuesto a arrostrar aquella aventura de vuelta a su hogar.

    Conforme pasaba el tiempo el autobús dejaba Chicago para adentrarse en la carretera interestatal.

    Los postes de luz, los lugares donde se comían bien, las fábricas…empezaban a dar paso a las verdes campiñas.

    Aparecían los trigales, los valles, los riachuelos.

    A lo lejos se escuchaba el mugir de las vacas, los ruidos de los caballos y el ir y venir de las camionetas que deambulaban de granja en granja.

    Al llegar a la estación, buscó enseguida un auto alquilado para llegar de improviso a lo que en su momento fuera su casa.

    Y durante el trayecto, todo el tiempo se la pasó pensando en su madre.

    La recordaba, a pesar de todo, como una sombra débil y pasajera, pero que le dejaba una sensación de tranquilidad y seguridad.

    Aquella mujer le hacía sentir la poca ternura que aún era capaz de experimentar.

    Se recordaba pequeño, caminando de su mano, reconociendo aquellos valles, escuchando la voz fuerte del padre y sintiendo el viento golpear su pequeña cara.

    Pero también recordó la pobreza, las caras hambrientas de sus hermanos, los golpes que le diera su padre…y toda esa información se entremezcló en su mente, sin poder dejarlo.

    Pero volvía, volvía porque quería reordenar lo que había pasado y deshacerse de rencores pasados.

    El auto se iba internando en las veredas polvosas; uno que otro vecino que cruzaba apenas lo reconocía.

    - ¡John! ¡Es John DIllinger!

    - ¡Hola!

    Y a su paso, se iba corriendo la voz que el rebelde de la granja de Mooresville acababa de llegar.

    Algunas chicas le salían al paso y otros muchos amigos también se alegraban de su vuelta.

    Sin embargo, la vereda que llevaba a su casa se veía aún solitaria y abandonada.


    Cuando se detuvo el auto, abrió la portezuela y se quedó de pie, con las manos en los bolsillos.

    Avanzaba lentamente hasta llegar a la puerta.

    Pero no pasó mucho tiempo antes de que se diera cuenta que su viejo estaba dentro, con una mujer, borracho.

    Era aquella con la que se había casado tiempo atrás.

    John avanzó y se quedó justo en la puerta mirando hacia adentro.

    La mujer se le acercó y preguntó.

    - ¿No me digas que tú eres John DIllinger?

    - Mejor dime…¿quién eres tú?

    - Es mi mujer- dijo su padre- dime…¿a qué debo el honor de tu visita?

    John lo miró con dureza y dijo.

    - ¿Podríamos hablar tú y yo…a solas?

    El viejo hizo un ademán y la mujer se fue adentro.


    Su padre lo hizo pasar y al verlo así, ya convertido en casi un hombre, iba a estrecharlo en un gran abrazo pero se quedó con las manos en el aire.

    - Sabía que no lo harías- dijo John sonriendo con ironía.

    El viejo avanzó unos pasos lejos de él hasta darle la espalda. No esperaba la vuelta de aquel hijo rebelde.

    - ¿A qué has venido? ¿A ver cómo vive tu padre?

    - No…-dijo John- vine para ver si podíamos resolver las diferencias que tuvimos cuando yo apenas era un mocoso…han pasado muchas cosas…y quería reencontrarme contigo…tal vez sea la última vez que nos veamos…

    - Aprendí a vivir sin ti…-dijo el viejo.

    John revisó la casa. Le traía tantos recuerdos…

    - ¿Y mis hermanos?- preguntó con nostalgia.

    - Se han ido todos…tus dos hermanas se casaron…el resto se fue a trabajar lejos…¿y tú? ¿Tú qué has hecho?

    - Trabajar…es por eso que estoy aquí.

    El viejo lo miró con algo de duda.

    - Los diarios locales dijeron que te habían apresado.

    - Así fue…pasé por el tutelar- dijo mientras encendía un cigarrillo- aunque fui al único que sus padres no fueron a visitar ni un solo día. Pensé que todavía estabas molesto conmigo…y razones no te hubieran faltado.

    Se hizo silencio.


    John ofreció un cigarrillo a su padre y luego sacó una botella de buen whiskey.

    - La compré para ti…-dijo John.

    El viejo la tomó entre sus manos y derramó un par de lágrimas.


    Al poco rato ya bebían padre e hijo cual si hubieran sido buenos amigos. La mujer de su padre los atendía. Sin embargo, el rencor que se había acumulado en John se vería reflejado en sus actos poco tiempo después.

    Ahora no era momento de eso. Era un día de tranquilidad.

    Pero la noche cambió la jugada.

    John DIllinger, junto con algunos viejos amigos organizaron una fiesta.

    Ahí, aquellas chicas que lo habían reconocido se acercaron y todos bailaron y bebieron hasta tarde.

    Y entre ellas, John reconoció a la chica con quien hubiera tenido su primera experiencia.

    Sin embargo, ya no estaba sola. Se había casado.

    John se le acercó y le preguntó.

    - ¿Por qué no me esperaste?

    - Todos decían que no volverías…-dijo ella.

    Dillinger se culpó a sí mismo un poco. Pero al ver al hombre tratarla mal y ella permitirlo le dio ya poca importancia. No así a otra de las chicas que parecía estar pendiente de sus movimientos.

    Quizás ella podría ser quien atrajera su atención en aquella visita.
     
  7.  
    Andrea Sparrow

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    Fanfic - John Dillinger Tales (Basado en Public Enemies con Johnny Depp)
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
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    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    38
     
    Palabras:
    899
    Cap. 7 Destino al alcance de las manos


    Aquella joven lo había reconocido. Cuando era niña, siempre había sentido curiosidad de saber qué había detrás de aquel chico avispado y un tanto hosco de una de las granjas, con quien sólo había tenido contacto con una que otra palabra cuando iba o venía llevando vegetales o animales.

    Y ahora, aquel jovenzuelo estaba convertido casi en un hombre. En cuanto notó su presencia, le ofreció un poco de vino de frutas y sonriendo preguntó.

    - ¿Te acuerdas de mí?

    John sonriendo dijo.

    - Creo que sí…¿no eras tú aquella chiquilla de las trenzas a las que generalmente los chicos correteaban para jalarlas y hacerte llorar hasta volver a tu casa llena de barro y la carita mojada de lágrimas?- preguntó a su vez Dillinger.

    La muchacha se sentó junto a él y añadió.

    - Claro que sí…incluso, tú eras uno de ellos.

    - ¿Me guardas rencor?- instó John.

    - No- dijo ella- eso pasó hace ya tanto tiempo…lo que sí no te perdonaría, sería que no me contaras más de cómo te fue en Chicago…y que no quisieras bailar conmigo.

    - No sé bailar- dijo John- no se hizo para mí.

    - Bueno…¿por qué no lo intentas?

    Siguiendo aquella voz femenina y la música, trató de seguir los pasos de la chica.




    Y mientras bailaban siguieron conversando.


    - Y dime…¿tienes novia?- preguntó la chica.

    - ¿Por qué mejor no me contestas tú a mí? ¿Tienes novio?

    - Yo no…ahora contesta- señaló la joven.

    - Vaya…una mujer de carácter fuerte…-señaló John con una sonrisa.

    - ¿Te gustan así?- insistió Amber, que era el nombre que llevaba aquella muchacha de Mooresville.

    John la miró directo a los ojos y los labios.

    - No exactamente pero…podría intentarlo.


    Charlaron un rato mientras bebían un poco más, hasta que oscureció.

    La gente permaneció bailando un rato en el traspatio de la casa. John y Amber salieron al exterior.

    - ¿Extrañabas las noches en Mooresville, John?- preguntó Amber.

    - Un poco…aunque las noches de Chicago son luminosas…festivas…sonoras…excitantes.

    - Me imagino…y dime…¿qué te gusta más de aquí?

    John la miró tratando de adivinar por qué se lo preguntaba.

    - Hay muchas razones por las que puedo decir que Mooresville me encanta…pero sólo ahora puedo decir que hay una más…

    Tomó por la cintura a Amber decorando sus labios con un cálido y sensual beso que erizó la piel de ambos y que encendió aquella noche en las afueras de Indiana.


    Cuando ya todos se habían ido a su casa, John acompañó a Amber a la suya diciendo:

    - ¿Te veré mañana, John?

    - Claro…pienso quedarme un bien tiempo…vendré mañana en la tarde por ti…

    John se despidió dejando un suave beso de nuevo volviendo al interior.


    Su padre estaba dormido. La mujer de éste permaneció en la puerta, como aguardando a Dillinger.

    John la observó con duda.

    - ¿Puedo saber qué miras?- preguntó.

    Ella se le acercó y contestó.

    - Nada en particular…es que…tu padre me hablaba tanto de ti…que nunca imaginé que serías como eres…

    - Ah, ya veo…entonces…te habló de mí…¿y bien, o mal?- insistía John Dillinger.

    La mujer se sentó cerca de él.

    - Un tanto mal, pero…me agradaban las cosas que me contaba de ti…me emocionaba y deseaba conocerte…sentía profunda curiosidad.

    Sin embargo, John notó las intenciones de la mujer y se apartó diciendo.

    - Y yo voy conociéndote…pero ya me doy cuento de la clase de persona que eres…dime…¿cuánto quieres por largarte y alejarte de la vida de mi padre definitivamente?

    La mujer respondió.

    - Pues…no sólo se trataría de dinero…si tienes algo más que ofrecerme- añadió insinuándose.

    Pero John Dillinger la apartó definitivamente.

    - En ese caso…te irás…sin nada…quieras o no. Mañana en la mañana…ya no te quiero ver aquí…

    - Sólo tu padre me puede correr…-repuso la mujer altiva.

    Pero el padre de John salió tambaleándose, tras haber escuchado todo.

    - Así es…y yo quiero que te vayas ahora mismo.

    La mujer lloraba de rabia pero fue por sus cosas.


    John y su padre se quedaron a solas. Dillinger, el viejo, dijo a John:

    - Hijo…nunca supe entenderte…

    - Lo sé…y no es tu culpa pero…durante un tiempo te culpé de la muerte de mi madre…ahora creo que ya no tiene sentido. ¿Podríamos volverlo a intentar?

    El padre lo abrazó con algo de pena.

    John sentía que aquella pausa en el tiempo le hacía bien…tal vez más adelante el vínculo con el padre le serviría en el momento más inesperado…


    Un par de días después, John se dirigía a la casa de Amber.

    Los grillos encantaban las noches con sus chirridos. La joven salió sin saber exactamente cómo actuaría John frente a ella. Pero Dillinger se le acercó y la besó diciendo.

    - Nena…pronto me voy a ir de Mooresville…sólo voy a ayudar a mi padre en algunos asuntos pero…no quiero irme solo…

    - ¿De qué hablas?- preguntó ella.

    - De que…quiero hablar con tu familia…¿te casarías conmigo?

    La muchacha se abrazó a Dillinger. ¿Sería posible que aquel joven sentara cabeza con el matrimonio?
     
  8.  
    Andrea Sparrow

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    Total de capítulos:
    38
     
    Palabras:
    1068
    Cap. 8

    Dillinger estaba decidido a casarse. Había encontrado quizás una alternativa para dedicarse sin problemas a la mecánica y darse una que otra diversión. Con su esposa, viajaría a Chicago, recorrería algunos otros estados de la Unión, iría a Nueva York, a las Vegas.

    Empezaba a confiar en que la vida podría hacer de él una mejor persona. O al menos eso era lo que quería aparentar.

    Su padre lo observaba cuando venía de vuelta a su casa, después de haber ido a arreglar asuntos de escrituras. En cuanto pudo hablar con él le dijo.

    - ¿Qué piensas hacer, ahora que te vayas de Mooresville?

    - Pues…ir a trabajar…Chicago es una buena opción…y en cuanto pueda estabilizarme, vendré a casarme con Amber.

    - ¿Crees que podrás con esa responsabilidad?- preguntó su padre.

    John Dillinger repuso.

    - ¿Por qué no? Soy tan capaz como ninguno para llevar una familia, por lo menos sé perfectamente lo que no debo hacer…

    El padre replicó.

    - Lamento haber sido un mal ejemplo para ti.

    - No tiene caso que te lamentes- observó John.- El tiempo ya no se puede volver atrás…sólo no quieras decirme lo que debo o no hacer, ¿entendido?

    El padre de John guardó silencio. Su hijo tenía toda la razón.



    Dos días después, John volvió a buscar a Amber. Esta vez la llevó a conocer una de las granjas que pertenecían a su padre.

    - Esta podría ser nuestra casa, cuando viniéramos aquí…si te gusta.

    - Tal vez- dijo Amber- pero…¿sabes? No quisiera volverá a Mooresville…ya estoy un tanto cansada del campo, aunque el lugar es hermoso.

    - A mí me da mucha paz…cuando vuelvo aquí, me siento tranquilo. Aunque no puedo decir que aquí tengo los peores recuerdos de mi vida también.

    - Es por eso que no quiero que nos quedemos a vivir aquí, John…sería mejor buscar otros horizontes. Hazlo por mí.

    John sonrió y añadió.

    - Por ti…creo que haría casi cualquier cosa.

    Entonces la besó tiernamente para luego acorralarla hacia el interior de una habitación. Dentro, entre palabras intensas, fue despojándola despacio de la ropa, al tiempo que él le ofrecía su calor, excitándola.

    - No quiero irme de aquí sin haberte entregado lo que soy…quería sentirte mía…déjame tenerte como tanto soñé desde que llegué aquí.

    La chica gemía mientras él la levantaba en peso y la acomodaba sensualmente sobre su hombría a la que ella admiraba.

    - John…hazme tuya…-gimió la chica abrazándose a él.

    Y por fin, fue adentrándose despacio…los bordes de su cuerpo se humectaban tiernamente…mientras ella echaba su cabeza atrás…John la iba poseyendo una y otra vez…la fuerza fue incrementándose…Amber sólo sabía repetir su nombre…se fundían vertiginosamente, hasta que por fin ella se desplomó jadeante sobre su espalda.

    John se volcó con intensidad y la estrechó para que no cayera.


    Al poco rato, recostado sobre unos costales de trigo, veían la luna llegar al cielo de Mooresville.

    - ¿Tienes miedo de irte?- preguntó John.

    - No mucho…quizás le tengo miedo a lo desconocido pero…estando junto a ti, creo que todo saldrá bien…

    - Eres tan hermosa…creo que si tú no me ayudas a cambiar mi vida para ser mejor, nadie lo logrará.

    - Te lo juro, John…yo siempre estaré contigo y juntos haremos de nuestra vida algo muy interesante y divertido.

    La volvió a besar antes de salir de aquel lugar, antes de volver a su casa.



    Llegó por fin el esperado día en que John Dillinger volvería a Chicago.

    Había preparado varias cosas: el alquiler de un auto elegante, su pequeña maleta, algunas armas que había comprado con ayuda de algunos viejos amigos y dispuso algo de dinero para el viaje.

    En cuanto tuvo lista su maleta, fue donde su padre. Éste lo observó de reojo, sin quitar la mira del suelo.

    John se le acercó despacio.

    - Ya...ya me voy- dijo Dillinger.

    El padre se puso de pie, se acercó también al chico y tratando de ser un poco efusivo, dijo:

    - Bien...no hay más...¿qué puedo decirte?

    John Dillinger esperaba que su padre le diera siquiera un abrazo. Pero fue inútil. De aquel hombre no salió ninguna expresión, más que una advertencia.

    - Tengo un amigo en la finca Bohemia...si te sirve de algo...ésta es la dirección...

    Tomó la nota de manos de su padre y decidió guardarla. Ya la necesitaría en otro momento.

    Subió al auto que había alquilado y miró por última vez su casa.

    Al fin manejó un rato más y luego se fue a casa de Amber.

    Se detuvo justo frente a la puerta. La chica lloraba.

    - ¡John, llévame contigo!

    Dillinger dudaba. La chica quería viajar a Chicago. Pero él quería ofrecerle algo más.

    - Prometo volver por ti...es una promesa.

    La muchacha se abrazó a él. John la besó fervientemente y decidió irse al auto. No quiso volver la vista atrás...

    Manejó por toda la carretera camino a Chicago.

    Durante el trayecto, sólo podía pensar en la muchacha. ¿Sería buena idea casarse con ella? Por entonces pensaba que sí...que nada podría impedírselo.


    Horas más tarde, arribaba a Chicago. Tenía tantas cosas que comprar y que hacer.

    Pero para poder lograrlo, la primera sería un pequeño "entremés" en una tienda departamental.

    Esta vez iba a ir solo. Sin embargo, tal vez ahí, podría reencontrarse con sus antiguos compañeros.

    Curiosamente no lejos de ahí, en una vinatería, encontró a Walter Dietrich.

    - Walter- sonrió John.- ¿Tú por aquí?
    - Yo siempre estoy aquí- dijo el hombre.- Tú, John...eres la novedad.

    - Vengo a hacer algo de dinero...y quiero entrarle a ese almacén de ahí enfrente...¿crees que se pueda?

    - Tú déjame la parte de la distracción...cuando yo dé la señal, entras y sacas lo de la caja.

    - Bien...

    Dietrich se acercó con la idea de preguntar por el precio de algo. John arribó a la tienda y mientras Walter distraía a un dependiente, John se fue sobre el cajero y le ordenó que en silencio, le diera todo el dinero.

    Todo salió tan rápido que apenas si un disparo salió del lugar.

    Al poco rato, Walter y John ya iban camino a las afueras en aquel auto. Para estar recién llegado no era tan malo...
     
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    Andrea Sparrow

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    38
     
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    1173
    Cap. 9 Haciendo fama

    Durante unos días Walter y John se volvieron inseparables. Dietrich se convirtió en el guía de Dillinger, llevándolo a conocer gente y a experimentar cosas que el muchacho de Indiana no se imaginaba.

    - No pensé que habría cosas aquí tan interesantes- decía Dillinger.

    - Y no es nada a comparación de lo que todavía no ves, John- mostraba Dietrich, orgulloso de tener a semejante alumno.

    Fueron a una tienda de armas y cuando salieron se dispusieron a buscar algunas bodegas donde se vendían otras aún más poderosas.

    - Dime, hijo…¿qué pasó con esos doce sinvergüenzas que empezaron a hacerse famosos?

    - Pues…nada…algunos están en Ohio, otros están trabajando…yo decidí volver a casa un tiempo…y estoy por casarme.

    Dietrich movió la cabeza.

    - No lo hagas, hijo…las mujeres no son en ocasiones lo que parecen. SI lo sabré yo, que me he divorciado ya tres veces.

    Dillinger rió.

    - En mi caso es diferente, Walter- aseguró.- La muchacha con la que voy a casarme es de mi pueblo…es una chica sencilla, humilde, pero inteligente y bella. Sé que me hará feliz y si, en algún momento, cambio de vida, será por ella solamente.

    - Pues es extraño que pienses así, pero si eso es lo que quieres, tienes que hacerlo bien para que te funcione. No cometas las mismas equivocaciones que yo. Ni todo el amor…ni todo el dinero.

    John rió de nuevo. Fueron a beber algo y mientras brindaban, vieron llegar a un grupo de hombres muy bien vestidos pero que tenían una actitud extraña.

    - ¿Quiénes son?- preguntó Dillinger.

    - Son Al Capone y su gente- respondió Walter.- Yo trabajé con ellos en una ocasión, cuando aún no eran tan famosos…pero ahora…se han vuelto tan rebeldes…han hecho cosas que no están muy bien del todo. Lo dicho, John. Nunca tengas sobre tu conciencia una vida. Es horrible…de pronto, se quedan mirándote, un segundo nada más…y cuando te das cuenta, nada…se van al vacío…

    John escuchaba a Dietrich, aún más que si fuera su propio padre. Sentía mucha confianza con aquel hombre que parecía tener mucha experiencia al respecto de la vida en Chicago y de las últimas aventuras de los gangters de moda.


    - ¿Qué es lo que se estila hoy día?- preguntó Dillinger, bebiendo aquella copa de buen whiskey, que John había aprendido a beber.

    - Pues…el tráfico de armas…de licor…aunque lo más común, recientemente, es el asalto a los bancos del Estado.

    - ¿Y deja eso?- preguntó Dillinger.

    - No del todo…no creas…la Reserva Federal es lo que de pronto llega a ser más útil.

    - ¿Y tú…a qué te estás dedicando últimamente?

    - Pues…a aleccionar a gente…quiero compartir experiencias con la gente joven, capaz de hacer cosas aún más importantes.

    John Dillinger asintió. Sonaba interesante descubrir aquel mundo. Pero ahora no podía ni quería hacerlo, porque pensaba en Amber y en el futuro que les esperaba.

    Así que pensó en aprender lo mejor que pudiera pero no dedicarse a las actividades de esa índole.


    El tiempo que pasó John Dillinger aprendiendo con Dietrich fue un tiempo corto, pero significativo.

    Dietrich realizó uno que otro asalto, acompañado de Dillinger, quien aprendió a manipular un poco a la policía, quienes, por una paga, en algunos casos, eran capaces de traicionar a sus compañeros y ocultar algunas de las hazañas realizadas.

    Pero Dillinger no quería eso para él. No estaba contento ni seguro de querer dedicarse a semejante actividad.

    Por eso, en cuanto juntó un poco más de dinero, decidió buscar un apartamento lujoso para llevar a Amber a vivir con él en cuanto se casara.

    Dietrich quería a John como a un hijo. Le había enseñado a utilizar diversidad de armas, de diferentes calibres; le había enseñado un truco para evitar que la policía lo siguiera en algún atraco; le había mostrado la forma de hacer amistades y contactar gente en diferentes sin ser demasiado evidente, consiguiendo de esa forma a las más leales, incapaces de traicionarlo.

    Y entre ellas, había mujeres de dudosa reputación que estaba dispuestas a ocultar en caso necesario a Dillinger, quien les pagaba una buena cantidad no sólo por sus servicios, sino por su fidelidad.


    Una tarde, fueron juntos hacia la finca Bohemia. El viaje era divertido e interesante. Iban bebiendo buen whiskey y escuchando algo de buena música en la radio.

    Una de las chicas, llamada Molly, iba camino a la finca besando de vez en vez a Dillinger, quien no podía olvidar a Amber, pero deseaba sólo pasar un rato agradable en compañía de Dietrich y de algunos de sus secuaces.

    Dietrich decía a Dillinger.

    - Después de ésta reunión, creo que tardaré en verte, John…con eso de que te vas a casar.

    - Así es, Walter- decía Dillinger- pero te prometo que volveré y pasaremos momentos inolvidables.

    Walter asintió. Lo que les esperaba sería emocionante.


    Y aquella noche, Dillinger se divertía jugueteando con las formas de aquella muchacha mientras bebían, al tiempo que John la besaba y buscaba aquel rincón prohibido para acomodarse y gozar intensamente dentro suyo.

    La mujer gemía aparatosamente…John tenía ya fama de ser un excelente amante y en esta ocasión no la defraudaría.

    - Sigue, John…

    - Siénteme, Molly…eres tan deliciosa…-susurraba Dillinger oprimiendo con fuerza los pliegues de aquel cuerpo femenino.

    Y justo cuando culminaba sintió la descarga de adrenalina más intensa. Era dependiente del calor y el deseo…era una de sus más grandes debilidades…y quién sabe si un día aquella debilidad lo arrastrara en su vorágine.


    En cuanto se repuso un poco platicó con Molly.

    - ¿Es cierto que te vas a casar?

    - Así es…es una mujer muy diferente a la mayoría- repuso Dillinger.

    - Esa mujer será muy afortunada.

    - Tú eres una mujer muy afortunada…tal vez un día tú y yo podamos volvernos a ver y disfrutar estos momentos.

    - Ojalá pueda yo estar para ti aquí entonces.


    Al día siguiente, John se dispuso a ir al centro. Quería empezar a preparar todo para el dinero que enviaría a Amber para que comprara su equipo de novia.

    Pero aún no era suficiente.


    La finca Bohemia era un lugar bastante cálido y acogedor, aunque se encontraba muy en las afueras de la ciudad.

    Pero era tranquila y eso era lo que John más deseaba después de algo de acción.

    Walter también se sintió bastante bien en aquel lugar.

    Aquella mañana dejaron descansar a las muchachas que habían llevado, cuando Dietrich se levantó a beber con John en aquella barra tan bien surtida.

    - ¿Quién te recomendó el lugar, John?- preguntó Walter.

    - Mi padre…un amigo suyo vive cerca de aquí.

    - Bien, pues espero un día volver aquí contigo para que disfrutemos una larga estancia.

    John sonrió al tiempo que brindaba con él.

    Quizás no fuera la última vez que Dillinger estuviera en esa finca.
     
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    Andrea Sparrow

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    Fanfic - John Dillinger Tales (Basado en Public Enemies con Johnny Depp)
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    38
     
    Palabras:
    766
    Cap. 10

    Tras la estancia en la finca Bohemia, John Dillinger y Dietrich recorrieron un poco del norte de la Unión. Durante uno de los largos recorridos que realizaban los fines de semana en algunas ciudades, vio pasar a algunos agentes de la Marina.

    La marcialidad con la que se dirigían le atrajo enormemente. El uniforme de los marines le parecía hermoso y elegante. Dietrich se dio cuenta y le comentó.

    - ¿Realmente serías capaz de mantener la compostura y ser un buen oficial de la marina?

    - ¿Por qué no?- sonrió Dillinger.- Puede ser una buena manera de recuperar parte de mi vida y que mi mujer se sienta orgullosa de mí.

    - Si tú lo dices…-señaló Dietrich.- Si es así, te deseo suerte, John.

    Dillinger sonrió. Aquella idea de ser parte de la Marina siguió gravitando en su cabeza un buen rato.


    Días después volvió al departamento que había decorado para Amber Bethel, su futura esposa. Sí, seguramente si perteneciera a la marina, Bethel se sentiría realmente orgulloso de ella. Quizás eso le serviría para ser mejor persona. Y vaya que le hacía falta.

    Su padre no había sido para él un buen ejemplo a seguir…se quejaba aún continuamente de eso. Pero de alguna manera, su madre no tenía la culpa de ello. ¿Por qué no intentaba ser mejor, haciendo honor al venerable recuerdo de la mujer que le dio la vida, y de la que estaba por ser, a su vez, la madre de sus hijos?

    Así que, en cuanto dejó algunas cosas colocadas en el nuevo apartamento, se dirigió a las oficinas del cuartel general.

    Se entrevistó con algunos oficiales y se dio cuenta que necesitaba alguna documentación.

    Tomó uno de los autos que le prestaban y se dirigió de nuevo a las afueras de la ciudad.


    Amber Bethel estaba barriendo, cuando escuchó el claxon de un auto.

    Al salir, reconoció enseguida al hombre que manejaba aquel lujoso auto.

    - ¡John!- gritó alcanzando a Dillinger.

    - Amber…-dijo el tiernamente estrechándola contra su corazón.


    Al poco rato, ya se perdían en el exterior de Indiana hacia un hotel donde pasar un buen rato juntos, antes de que él volviera a Chicago.


    Aquella noche, la chica volvió a gozar como demente entre los brazos de Dillinger, que guiaba el contacto y la llenaba de dulce placer. Bethel desconocía ya la noción del tiempo y se concentraba en contemplar la mirada de John, al tiempo que sentía dentro de ella las dulces y fuertes acometidas de él, que la traslada a un mundo de gozo indescriptible.

    John se sentía tan pleno en brazos de aquella joven tan sencilla pero gentil. La amaba demasiado y por ella era capaz de enfrentar cualquier problema. Y ahora, ella sería quien escucharía de sus labios la propuesta de Dillinger. Pero por entonces, sólo quería seguirla amando hasta el amanecer.

    El fogoso instante en que ambos vieron bajar las estrellas sirvió de intermedio para que Dillinger la estrechara y le preguntara.

    - ¿Qué te pareció?

    - Eres extraordinario, John…no sé cómo haces para ser tan intenso…

    - No te preocupes…sólo quiero que sepas que te amo demasiado…y por ti, tengo en mente un gran idea.

    - Dime, John…¿de qué se trata?- preguntó Bethel.

    - Me voy a enlistar en la marina…

    Amber no estaba tan contenta por la idea.

    John lo notó y le preguntó:

    - ¿Qué ocurre? ¿No te gusta?

    - Es que…tengo miedo por ti…dicen que la marina viaja mucho y es riesgoso.

    - No te preocupes…me enlistaré y cuando nos casemos quizás ya sea yo un buen oficial…

    - Te quiero demasiado, John- sugirió Amber.- Si eso es lo que tú quieres, yo te apoyaré en todo lo que desees.

    - Oh, Bether…por eso te amo tanto…-señaló mientras la besaba durante la madrugada.


    Al día siguiente se dispuso a preparar todo lo necesario para el ajuar de su futura esposa. Amber recibió el dinero que John le dio para que comprara todo. Ella sonrió y lo abrazó.

    - Cambiaría todo esto con tal de que pasaras ya más tiempo conmigo…

    - Así será en cuanto vuelva. Estaré en este apartamento…te dejo este número y cuando puedas llámame para que me digas a dónde puedo comunicarme contigo.

    Bethel lo besó hondamente sintiendo que pasaría mucho tiempo antes de que volvieran a verse.


    Y así fue. John se alistó poco tiempo después en la marina, pero quizás no duraría mucho tiempo siendo como tal. Ya la vida diría la última palabra…
     
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    Andrea Sparrow

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    Romance/Amor
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    38
     
    Palabras:
    1131
    CAP. 11

    Los problemas en la Marina

    La decisión de Dillinger de formar parte de la Marina parecía verse favorecida por su juventud y las ganas de trabajar arduamente por ello, a fin de construir un futuro promisorio al lado de Bethel.

    Sin embargo, en cuanto llegó, parece que las exigencias no fueron su fuerte.

    Entró con otros jóvenes y al llegar al dormitorio antes de las prácticas decisivas, iba mascando tabaco.

    Uno de los oficiales a cargo lo detuvo.

    - Dillinger...

    Él se dio la vuelta hacia el oficial en forma irónica mientras sólo levantaba la cabeza.

    - ¿Qué ocurre, oficial?
    - ¿En qué parte del reglamento dice que puede mascar tabaco durante de las horas de entrenamiento?
    - En ninguno...
    - ¿Y por qué lo hizo?- insistía el oficial.
    - Quería medir el grado de disciplina de los oficiales.

    El marino a cargo lo sostuvo por la solapa y le increpó.

    - No pretenda querer pasar por alto la autoridad...o me veré obligado a sancionarlo fuertemente.
    - No se preocupe...procuraré que no sea muy seguido...-sonrió de nuevo con un cinismo característico.
    - Tres días de arresto, Dillinger.

    John saludó marcialmente, aceptando su castigo, que fue sólo el primero de muchos.

    A veces era la bebida...en ocasiones el juego...en otras la presencia de chicas traídas sabríase de dónde...hasta que por fin, fue enviado a una base militar para realizar prácticas decisivas en una misión especial.

    John habría sido un buen militar. Poseía la fuerza física y el intelecto necesarios para poder desempeñar un cargo elevado en la marina. Sin embargo, su rebeldía y su negativa a obedecer órdenes superiores se convertían en un verdadero tormento para él.

    Estando en aquella base militar, fue enviado con un contramaestre a un navío para mostrarle algunas estrategias y maniobras navales que le permitieran tener a su cargo a algunos oficiales.

    Incluso, el mismo contramaestre le dijo.

    - Veo en ti, muchacho, muchas agallas...quizás demasiadas, para mi gusto. Pero tienes potencial...si tan sólo fueras un poco más disciplinado...

    - Quiero intentarlo, oficial- dijo John.- Realmente lo intento pero...creo que eso no es tan fácil de conseguir para mí.

    - Mira, hagamos un trato...si tú accedes a comportarte a la altura, yo te enseño todo lo que necesites saber y te hago almirante...no tendrás contrincantes y llevarás todo mi apoyo en las misiones.

    - Acepto- contestó John Dillinger gustoso.

    Por un tiempo, todo parecía estar bien. Su desempeño naval era admirable. Ninguno como él para manejar las armas y para arreglar desperfectos en algunos puntos críticos. Era hábil líder que podía llevar a su gente al éxito total. Pero como ésto podía suceder, también podía pasar lo contrario.

    En la siguiente misión que se le encomendó, sus compañeros tenían puestas en él todas sus expectativas. Confiaron ciegamente en la inteligencia y pericia del nuevo oficial que parecía guiarlos convenientemente al éxito total.

    Sin embargo, justo cuando la misión requería de la entrega del líder para la consecución de la victoria, Dillinger cometió el peor de los errores.

    Sus compañeros esperaban órdenes, y mientras ésto sucedía, John se bebió botella y media de whiskey, aturdiéndose y desviando un tiro que recayó en una de las mismas naves de la marina estadounidense.

    El resultado fue desastroso.

    Abrumado y asustado, en lugar de tomar sobre sí la responsabilidad y resolver el asunto, desertó, escondiéndose.

    Por más que lo buscaron por tres días, nadie lo había encontrado.

    Estaba frustrado. Sus negativas a querer obedecer órdenes eran evidentes. No, no había nacido para atender indicaciones ni para seguir las órdenes de ningún superior. Estaba hecho para guiar, sin límites, sin imposiciones. Quizás por eso se sentía un poco decepcionado de sí mismo. Ahora..¿qué pensaría Bethel de él?

    En cuanto se reportó, el oficial que le había enseñado todo lo que sabía le dijo.

    - ¿Por qué, Dillinger? Te di la confianza para que subieras muy alto y te apartaste de tu puesto.
    - Lo siento, oficial- dijo- creo que no sirvo para ésto.
    - ¿Te das cuenta que si hubiera sido algo más, te habrían hecho pasar por las armas por desertor?
    - Lo sé- contestó.
    - Sin embargo...no lo haré...porque sigo creyendo que tú estás llamado a ser algo importante...no sé por qué pero creo que tú vas a llegar muy lejos...serás una gran figura, una figura relevante, atraerás a mucha gente hacia ti. De eso no me cabe la menor duda.

    John Dillinger se alegró un poco por la respuesta de su oficial, y más al recibir la orden de baja, a pesar de que sería expulsado sin honor militar.

    En cuanto salió, lo primero que hizo fue llamar a su novia.

    - ¿Bethel?
    - John, mi amor...¿dónde estás?
    - Voy para allá...espérame en la que será nuestra casa.

    La chica estaba verdaderamente ilusionada por lo que pronto les sucedería.

    ----------------------------------------------------------------------------------------


    En cuanto llegó, en su pueblo natal todo fue algarabía. Muchos pensaron que había ido solamente de vacaciones pero Bethel bien sabía que había ido con la idea de casarse.

    Y esa noche, a la luz de la luna, le entregó el anillo de compromiso, haciendo de la chica la mujer más feliz de su vida.

    - ¿Crees que seré una buena esposa?- preguntó ella.
    - Por supuesto, tú serás una excelente esposa...por ti voy a cambiar y a ser mejor. Tendremos una casa...grandes cosas...
    - Y...muchos hijos.

    John sonrió. La idea de tener hijos lo animaba, aunque no era exactamente lo que deseara a corto plazo. Pero amaba a la chica y tener un hijo con ella era algo muy especial.

    Y de nuevo, aquella noche, la luna los encontró jadeantes, enamorados y deseosos de tenerse hasta el amanecer.

    -----------------------------------------------------------------------------------------


    Al día siguiente, John fue a visitar a su padre.

    El hombre, que ya había dejado un poco más la bebida lo recibió.

    - Supe que llegaste hace dos días.
    - Fui primero a ver a Amber...me voy a casar con ella...

    El padre asintió.

    - Ojalá que puedas seguir adelante con eso...espero que te sientas bien...que te estabilices y que construyas la familia que yo no pude construir.

    - No hablemos ahora del pasado...no tienes forma de darme consejos convenientes sobre eso. Sólo quiero que sepas que me casaré...no sé si pueda volver aquí, tal vez me vaya a Chicago y ahí me estabilice. Quizás pase mucho tiempo antes de que nos volvamos a ver.

    John Wilson Dillinger, su padre, asintió.

    - Está bien...ya no me queda nada más que decir.

    Ya todo estaba listo, pronto, John Dillinger contraería matrimonio con aquella joven de Indiana que parecía darle la seguridad y el amor que tanto buscaba.
     
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    Andrea Sparrow

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    1279
    Cap. 12 La boda de John Dillinger

    El tiempo le había parecido eterno desde el día en que le propuso matrimonio a Bethel. Realmente la amaba demasiado como para querer separarse de ella.

    Pero tuvo que hacerlo temporalmente, sólo hasta que fue a ver a su amigo Walter Dietrich, a quien encontró en un bar de Chicago.

    - Hola, mi buen amigo John...John Dillinger...¿cómo es que te dejas ver? ¿Que no eras militar?

    - Era- dijo John Dillinger sonriendo.- Ahora...soy sólo un civil a punto de ponerse la soga al cuello...

    Dietrich entornó ligeramente los ojos.

    - ¿Acaso...?
    - Sí- continuó John Dillinger- me voy a casar con una mujer hermosa y dulce. A ver si así puedo sentar cabeza de una vez por todas.

    - Pues...te deseo toda la suerte del mundo. Quizás tú sí puedas cumplir eso que a muchos de nosotros nos ha costado trabajo encontrar y sostener: el amor de una mujer.

    - Ella es especial...estoy seguro que con ella me sentiré totalmente feliz.

    - ¿Sabes? Hace poco encontró a tus amigos...aquellos que contigo se hacían llamar..."los doce sinvergüenzas".


    John sintió nostalgia de lo que escuchaba.

    - No lo dije para que te pusieras así, hombre. Sólo quería contarte acerca de ellos. Pero si no quieres...

    - No...claro que quiero...habla, Walter, por favor...-pidió John.

    Walter asintió y comenzó a contar.

    - Bueno...algunos de ellos pasaron un buen rato en la correccional, otros se dedicaron a trabajar en las fábricas...pero otros volvieron a delinquir y otros más se unieron a Al Capone y sus muchachos. Dos de ellos...ya murieron.

    John movió la cabeza y comentó.

    - Por eso es por lo que yo quiero un vida distinta, Walter...quizás, al lado de mi mujer, pueda estabilizarme...no quiero terminar muerto o ser sentenciado a la silla eléctrica el día menos pensado.

    - Te admiro por tener el valor de volar más alto y buscar nuevos horizontes.

    - Gracias...aunque...no me iré tan lejos...pasaré un tiempo en Indiana y luego vendré para acá.

    - No creo que sea buena idea que vivas aquí en Chicado, John...esta ciudad está llena de tentaciones para los hombres como tú.

    - Procuraré no caer en sus redes.


    Tras despedirse, se dispuso a poner en orden su casa. Había enviado a colocar un gran ventanal en su habitación, para que entrara el sol.

    Era una pequeña casa, un tanto sobria, pero digna de una esposa que pudiera darle alegría y colorido.

    Revisó la estancia. La cama parecía perfecta. Alisó las sábanas imaginando que ella ya estaba ahí, recostada junto a él. Empezó a imaginarse cómo serían las mañanas junto a ella, los días...cómo pasarían...y ahora, lo que más le preocupaba, era encontrar un buen trabajo.


    Justo cuando salía, pasó la licorería que estaba casi a media cuadra.

    Avanzó hacia la puerta y miró alrededor. El dependiente le recibió.

    - Buenos días, caballero...¿en qué puedo servirle?
    - Buen día...¿sabe? Estoy buscando empleo...estoy por casarme, viviré a una cuadra de aquí.

    - Perfecto, de hecho, estaba buscando un ayudante inteligente y capaz. Y usted se ve que es de esos...

    - Pues no es por jactarme pero...lo soy...conozco de bebidas como el que más, en especial de whiskeys.

    - Perfecto, entonces, usted va a asesorar a nuestros clientes y llevará algunas entregas a los hoteles, especialmente, que es quienes nos consumen más.

    - Muchas gracias, ¿cuándo empiezo?

    - ¿Ya vive usted cerca?

    - Me mudaré en un par de días. De hecho, el fin de semana me caso.

    - Perfecto. Le espero...el miércoles de la semana siguiente. Tengo que realizar inventario y hasta entonces no necesitaré ayuda.

    - Aquí estaré a primera hora.

    John estaba contento. Ya tenía trabajo y se sentía muy feliz.

    Al poco rato, abordó el autobús que iba a Indiana. Ya quería llegar a ver a su futura esposa.

    --------------------------------------------------------------------


    Por fin, el día de la boda llegó.

    Bethel estaba hermosa y fue llevada por algunos parientes hasta la casa que habían destinado para ellos.

    John la esperó en la iglesia de la comunidad y ahí pronunció los votos de fidelidad hacia aquella mujer que él consideraba la mujer más hermosa del mundo.

    Ella, por su parte, se sentía sumamente afortunada de ser la esposa de John Dillinger, a quien siempre había querido desde que era una niña.

    El reverendo pronunció la bendición formal y John Dillinger se convirtió en flamante esposo.

    -------------------------------------------------------------------

    La fiesta se celebró en la casa de su padre. Éste había dispuesto lo mejor posible la finca para recibir a su hijo menor y así, ofrecerle una fiesta digna de su boda.

    John bebía con varios de sus amigos más cercanos, mientras que la novia departía con sus amigas.

    John habló con su padre.

    - Probablemente no nos volvamos a ver en buen tiempo. Por eso...quiero pedirte que...llevemos ya la fiesta en paz...que nos quedemos con lo bueno, que fue muy poco, pero que sólo sea eso el recuerdo que tengamos el uno del otro. Yo voy ahora a empezar una nueva vida y me gustaría mucho que tú y yo...olvidáramos el pasado...


    Su padre sonrió. Al parecer, su hijo iba a hacer mejor las cosas que como él las había hecho. Por eso decidió darle un abrazo y desearle toda la felicidad del mundo.

    - Suerte...

    Esa noche, los esposos pasaron la noche en la casita que habían escogido los padrinos y los padres de la muchacha.

    John entró con ella en brazos y, al colocarla sobre el sillón mullido le robó un tierno beso que la hizo muy feliz.

    Luego descorchó la botella y ofreció un poco a su esposa.

    - Bebe un poco...

    - Casi nunca bebo...
    - Ahora estás con tu esposo...y no tienes nada que temer...

    Ella tomó la copa y cruzándola con la de él bebieron lentamente.

    Luego él tomó ambas copas y le dijo tiernamente sobre los labios.

    - No sabes...cuánto deseaba tenerte así...a mi lado...esta noche...

    Esa frase suave fue el detonador para que ella lo abrazara con ternura y él la besara repetidamente pero con delicadeza. Los besos cortos se iban haciendo cada segundo más intensos...sus lenguas iban encontrando refugio una con otra...danzando cadenciosas...la chica se entregaba poco a poco, al tiempo que John la descubría despacio.

    - Quiero que esta noche sea...inolvidable para ti...

    - Lo será...te amo, John...

    - Y yo a ti...

    Y así, despacio, apartó su vestido dejando estelas de saliva en el cuello de ella, descendiendo despacio por su hombro para luego soltar las uniones de su sostén, que salió con cuidado de su cuerpo, dejando al descubierto aquel par de formas que para John eran un delicia...su sabor lo enardeció, mientras ella se consumía de placer empezando a sentirlo. Descendió por su vientre haciéndola temblar.

    Momentos más tarde, John ya degustaba de la totalidad de la fisonomía de su mujer, bebiendo de su elíxir femenino, para luego irse adentrando despacio...lentamente...mejor que nunca...ella degustaba aquella noche también de forma especial...aquel hombre ya era totalmente suyo...y ya nunca se iban a separar...

    John se adentraba una y otra vez...mordiendo, besando, delineando segundo a segundo su piel, mientras su cuerpo la socavaba con pasión.

    Juntos encontraron el momento culminante, excitados y totalmente enfebrecidos.

    - John...te adoro...
    - Bethel...soy tan feliz...

    Aquella hermosa noche de bodas se vio coronada por una lluvia de estrellas que los envolvía.

    ¿Sería que aquella mujer sería por siempre el amor de su vida?
     
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    Andrea Sparrow

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    Cap. 13 Tras la boda


    John Dillinger se había casado. Era feliz. Tenía una hermosa esposa y un trabajo. Todo parecía estar saliendo a pedir de boca. Pero sentía que algo estaba faltando.

    Tras que Dietrich le hablara de los doce sinvergüenzas, una nostalgia extraña se apoderó del corazón de Dillinger. Bethel lo miraba de vez en vez, cuando viajaban ya hacia Chicago.

    - ¿Te preocupa algo, John?- preguntaba ella.

    - Nada, linda- contestó- es sólo que…estaba recordando a algunos viejos amigos que dejé en Chicago.

    - No te arrepentirás de ya no verlos- sugirió ella.

    - Para nada…no es eso…fueron tan importantes…seguramente a algunos de ellos tú los conociste.

    - Sí…aquellos doce sinvergüenzas que arrasaron todo Indianápolis, ¿cierto?

    Dillinger sonrió. Saber que aquella fama no le era del todo desagradable a su mujer, lo hacía sentir tranquilo.

    - Espero que esos recuerdos no te afecten, Bethee- observó acariciando el cabello de su mujer.

    - No, John…porque sé que voy a imprimir nuevos recuerdos en tu memoria.

    Tras un beso robado, se adentraron despacio en la carretera.


    El trayecto era un tanto largo, pero juntos iban pensando acerca de todo lo que harían en la ciudad, John le iba contando parte de lo que encontraría, emocionándola. Ella comenzaba a imaginar que Chicago era una especie de paraíso que compartiría con el hombre de su vida. Sin embargo, ella era una mujer campirana, y John tenía miedo de que la ciudad la deslumbrara. Pero para eso estaba él: para explicarle que no todo lo que brillaba era oro.

    Aún así, John no había dejado de lado algunos de sus afectos anteriores, como el whiskey, los autos y el juego de béisbol. Éste último se convertiría quizás después, en un gran dolor de cabeza para Bethel.

    Por el momento, el viaje que estaban disfrutando era lo más importante.

    Durmieron un rato en la noche descansando en una hostería, cerca de la finca Bohemia. Su padre en una ocasión se la había mencionado. Y también, con Dietrich habían ido a parar ahí un par de veces. Era apacible, pero John entonces no se imaginaba lo importante que llegaría a ser esa finca para él.

    Al despertar y volver a viajar en aquel auto que John había conseguido, continuaron la travesía hasta llegar por fin a Illinois.

    Las campiñas iban dando paso al interior de la ciudad. Y por fin, Chicago se abría paso antes sus asombrados ojos.

    Para Bethel era una nueva y total experiencia. Nunca había visto una ciudad tan grande…ni siquiera había conocido bien Indiana como para poder opinar al respecto de ésta, pero seguramente era mucho más grande que Indiana.

    Y John se divertía observando el asombro de su mujer al descubrir lo que sucedía.

    - ¿Dónde está nuestra casa, John?

    - No muy lejos de aquí, linda- contestó Dillinger.- Por cierto…¿qué sientes ahora de ser la señora Dillinger?

    - Soy muy feliz- contestó ella.

    John pensó entonces que si él hubiera seguido en la delincuencia, como cuando joven, quizás Bethel no habría estado tan feliz de llevar su apellido. Pero no debía pensar en eso ya…era mejor disfrutar su nueva vida de casado.

    - Iremos a pasear un poco…y te llevaré a un lugar muy ameno y donde se bebe bien.

    - Como tú digas, John- observó ella.

    John se sentía bien de que su mujer estuviera de acuerdo con él en todo. Sin embargo, también quería que su mujer tuviera la oportunidad de expresarle sus más profundos sentimientos y deseos. No quería una muñeca de aparador como esposa. Eso se lo dejaba a los gangsters, que se vanagloriaban de tener a su disposición mujeres hermosas pero completamente huecas.

    Su esposa no era así. Era una chica dócil, pero a la vez inteligente. Pasó por su cabeza que estando en Chicago podría volver a reunirse con Dietrich. Pero…¿para qué? ¿No sería eso tanto como traicionar la confianza de Bethel? Sería como engañarla…y las mujeres…quizás ahora, ya casado, esa afición por pasar el rato con alguna que otra mujer también terminaría.


    Por fin llegó con su mujer a aquel lugar. El ambiente era agradable, pero estaba saturado de gangsters y malvivientes. Para John no había ningún problema. Estaba acostumbrado. Pero para ella era complicado pisar un sitio como ese.

    Aún así, John la llevó a sentar y ahí pidió algo para cenar. Además, la música era sugerente para poder bailar un poco:

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    Bethel quería bailar.

    - Vamos, John…¿por qué no bailas?

    - Es que…no sé mucho, linda.

    - Anda…sólo hoy…

    John asintió. Se levantó para intentar dar un paso junto con ella en el baile, aunque de vez en cuando le diera un ligero pisotón. Pero eso no importaba. Estaban disfrutando enormemente de todo lo que aquel lugar les ofrecía.

    Sin embargo, poco después de que ellos se habían levantado a bailar, notó algunas miradas extrañas. Seguramente había gangsters que se preguntaban quién era él.

    Uno de ellos se le acercó.

    - Perdona…¿te conozco?

    - No lo creo- dijo Dillinger.

    - Buenas noches, señorita- dijo el hombre.

    - Es mi esposa- contestó John.

    Aquel hombre dijo.

    - En ese caso…¿puedo hablar con usted a solas?

    - Está bien.

    En cuanto llevó a sentar a Bethel, John se sentó junto a aquel hombre disimuladamente.

    - ¿De dónde me conoce?- advirtió Dillinger.

    - Walter Dietrich…¿le dice algo ese nombre?

    - Depende…

    El hombre le tendió la mano.

    - Soy Edward Morgan, señor…no se preocupe…soy amigo de Dietrich, ellos son mis colaboradores James, Howart y Dan…

    John repasó sus caras. Dos de ellos eran los viejos amigos del grupo de sinvergüenzas.

    - Apenas los reconocí.

    - Pero tú no has cambiado nada.- dijo otro.

    - ¿Qué haces aquí?- preguntó aquel hombre.

    - Me acabo de casar…he venido con mi mujer a este lugar, solamente.

    - Seguramente…piensas sentar cabeza.- dijo James.

    - Así es- sugirió John.

    Howart miró a Dan y éste último dijo.

    - John…las bandas están muy dispersas…necesitamos un verdadero líder…y tú en su momento lo fuiste. Tú serías una carta fuerte.

    - Lo siento, muchachos, pero…yo ya soy harina de otro costal…en su momento hice cosas…no muy difíciles, pero ya no es momento…ella me espera…así que…con permiso. Fue un gusto volver a verlos.

    - Igual para nosotros, John. Pero no lo olvides…si un día necesitas de nosotros…quizás podamos volver a encontrarnos aquí.

    John se despidió de ellos. Howart le dijo.

    - Por cierto…es mejor que tu mujer y tú se vayan ahora…va a haber enfrentamiento en un rato. Dicen que la gente de Al Capone anda por aquí…y parece ser que el desgraciado de Elliot está vigilando. No sea que los confundan…a ti con un gangster y a ella con…tú sabes.

    Eso asustó a Dillinger.

    - Seguiré tu consejo.

    Cuando llegó a la mesa, Bethel le preguntó.

    - ¿Dónde estabas, John?

    - Saludando a algunos viejos amigos, linda.

    - John…este lugar no me gusta- señaló Bethel.- Hay hombres con caras muy feas.

    - Eso te iba a proponer…que nos fuéramos…parece que pronto habrá problemas.

    Juntos se marcharon a su departamento mientras conversaban. Bethel le contaba lo maravillada que estaba de haber visto tantas cosas. John tenía la mente puesta en otro asunto.

    Bethel le preguntó.

    - John…¿qué te ocurre?

    - Linda…quería hacerte una pregunta…si yo hubiera sido siempre un delincuente…perseguido por la justicia…¿me habrías amado igual?

    Ella asintió.

    - Claro…yo siempre te amé…y te amaré igual toda la vida…pero no eres un delincuente…ahora eres mío…y nada…ni nadie te va a apartar de mi lado…-soltó sobre los labios de él, incitando a que el tiempo desapareciera entre sus brazos.

    Y así sucedió. El tiempo de aquella noche se vio truncado con la pasión y el gran amor que sentían el uno por el otro. Pero también el tiempo se encargó de tomar otro curso conforme los meses pasaron…
     
  14.  
    Andrea Sparrow

    Andrea Sparrow Usuario común

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    Fanfic - John Dillinger Tales (Basado en Public Enemies con Johnny Depp)
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    38
     
    Palabras:
    1932
    Cap. 14 Tormentas en el horizonte

    Tras la boda, el nuevo matrimonio se estableció sin problemas en Chicago. Bethel estaba encantada con el estilo de vida de la ciudad. Para una joven campirana como ella, todo era novedad. Todo era emocionante, todo era atrayente y disponible.

    John observaba la lenta transformación de su mujer. De la joven inexperta y sin ambiciones, pasaba lentamente a ser una mujer deseosa de aprender y de experimentar. Quería ser una mujer importante, poco a poco buscaba gente con quien codearse y tener nuevas amistades. Era ahora una mujer casada que quería disfrutar de las novedades de Chicago y de todo lo que parecía tener al alcance de la mano.

    John quería convertirse en un hombre hogareño, cosa que le estaba costando demasiado trabajo, puesto que él nunca había sabido lo que significaba tener un hogar estable. Desde niño se enfrentó a la soledad, al abandono, al rechazo por parte de su padre, cuando su madre faltó…él nunca había sabido lo que era el calor de una familia verdadera…lo que significa sentirse parte de un verdadero círculo familiar. Por lo tanto, iba a ser casi imposible que él imprimiera estabilidad a su matrimonio, a fin de generar el fundamento de una familia.

    Bethel amanecía diariamente encargándose de atenderlo. John siempre salía: prácticamente a diario tenía pendientes fuera, tenía que ir a trabajar, tenía que frecuentar a sus amigos. Al menos, esas eran obligaciones que Dillinger consideraba apropiadas y necesarias para su nueva condición. Sin embargo, Bethel quería que John pasara más tiempo con ella. Lo necesitaba: no había viajado desde tan lejos para sólo ser una ama de casa.

    John lo notó y al principio las cosas fueron manejables.

    Cuando Dillinger se dio cuenta que Bethel necesitaba más de él, no dudó en estar ahí. No quería que su esposa interpretara sus constantes salidas con otro tipo de faltas. La amaba demasiado como para traicionarla o engañarla. Pensó que ese tipo de cosas no iban bien con él. Sí, a pesar de que Dillinger tenía como debilidad las mujeres, no era su fuerte traicionarse a sí mismo, engañando a la mujer que decía amar con alguna otra. Era fiel, dentro de lo que cabía.

    Bethel notó el interés de John por hacer de aquel matrimonio algo armonioso y hermoso.

    - John…perdona que intervenga tanto en tus cosas pero…me hace falta estar a tu lado. En ocasiones me siento triste si tú no estás. Me siento sola.

    - No te preocupes, linda. Estamos recién casados…supongo que es normal. Yo también te amo y quiero estar junto a ti. Así que vamos a divertirnos lo mejor posible.

    Así fue como John comenzó a llevar a Bethel a los mejores lugares. Se comía bien y se escuchaba buena música. Bethel cada día se tornaba más vaga y eso no le gustaba del todo a John.

    Conforme frecuentaban ese tipo de lugares, Bethel comenzaba a preocuparse por estar al tono de las mujeres de esos sitios.

    - ¿Te das cuenta? Muchas de ellas acaban de estrenar vestidos carísimos.

    - Linda…tú estás hermosa así…no necesitas vestirte como ellas…esa gente hace eso porque no le importa lo que la gente sea, sino lo que tenga.

    - Lo sé pero…si vas a llevarme a esos sitios, sería mejor que vistiera y me comportara como ellas.

    Dillinger movió la cabeza.

    - Tú eres mi esposa y no me gusta ese tipo de gente…no me gusta la forma en que son, como se comportan. No cambies, por favor, nena…no seas como ellas. Te escogí a ti por ser así, tan tierna…tan noble.

    Al principio, las voces de John no fueron oídas. Bethel sólo quería estar a tono con la gente con la que se codeaban.


    En una ocasión fueron a un sitio donde se reunieron algunos examigos de John y de Dietrich. Dillinger los saludó, si bien le dio el lugar a su mujer.

    Uno de ellos le reclamó.

    - Por eso ya no te saludamos en ocasiones…te la pasas pendiente de tu mujer.

    - Para eso me casé con ella- argumentó Dillinger sonriendo. Era feliz de estar al lado de Bethel y se sentía orgulloso de haberse casado con ella…de haberla elegido.

    Mientras él bebía un par de copas con sus amigos, un hombre se acercó para tratar de formar una conversación con ella, sin saber que esa mujer era casada.

    John pensó que su mujer estaba coqueteando con otro. Fue donde ella y dijo al tipo:

    - ¿No interrumpo?

    El hombre se disculpó.

    - Lo siento…pensé que la dama estaba sola…

    - Pues no lo está…soy su esposo y no quiero que nadie la moleste.

    - Discúlpeme, en ningún momento le falté a la señora.

    John lo miró con dureza. Difícilmente iba a cambiar de forma de pensar.

    Bethel se quejó.

    - ¿Por qué, John? Ese hombre se equivocó, en ningún momento me faltó…

    - Porque lo evité…¿acaso te atraía su conversación? ¿Acaso te gustó?

    - No me hables así, John- dijo Bethel- creí que me conocías…que sabías cómo soy y lo que no soy capaz de hacer.

    - Eso es lo que creí…vámonos.

    - Pues yo no me voy…me gusta la música de este lugar.

    - Vámonos, he dicho…

    Ella permaneció sentada escuchando la música que había de fondo. Hasta que uno de los amigos de Dillinger se acercó y preguntó.

    - ¿Podrías permitirme bailar con tu esposa?

    Dillinger negó.

    - Lo siento pero…ya nos vamos…

    Sin embargo, Bethel dijo.

    - Claro que no…por supuesto que bailo.

    Dillinger permaneció sentado esperándola. Cuando terminó la pieza se la llevó de allí.


    Llegaron a su departamento. Dillinger estaba más que molesto.

    - Me descuido un momento y ya estás coqueteando con otro…

    - Eso es mentira, John…tú sabes que yo nunca te he faltado.

    - No mientas…-dijo zarandeándola.

    Ella se asustó y comenzó a llorar. Al ver que nada ganaba con ese arranque de celos, decidió salir.

    - Ya vuelvo…

    - John…por favor…no te vayas…

    Ella suplicó con lágrimas. John entonces soltó el sombrero, se quitó el saco y se volvió frente a ella.

    - Perdóname, linda…soy un tonto…no debí hablarte así…te amo tanto que sólo pensar que cambies me asusta. No quiero que te vuelvas como una de esas mujeres frívolas de sociedad. Tú eres una muchacha sencilla y buena. La mujer que yo necesito para ser completamente feliz.

    Hicieron una pausa, hasta que ella dejó de llorar y tras abrazarlo, John la besó tiernamente y acorralándola en el lecho, comenzó a despojarla de las prendas.

    Bethel desconoció su nombre en los brazos de su esposo…ese momento era ideal para ella, por él podía dejar todo de lado, olvidarse de lo que había conocido hasta entonces y ser ella misma…sólo para él y por él. La cintura de John encajada tiernamente entre sus caderas, con movimientos extáticos y deliciosos, la llevaba al colmo del placer más ardiente e intenso. Era sumamente feliz y no necesitaba nada más para serlo.

    John se incorporó tras haber desbordado su hombría y cobijarla entre sus brazos.

    - Bethel…prométeme que no vas a cambiar…eso me causaría mucho dolor.

    - Te lo prometo, John- dijo ella.

    Así fue como durmió dulcemente junto a su mujer.


    Los días posteriores eran más agradables. Ya se llevaban mejor y los altibajos parecían sobrellevarse sin problemas.

    Pero uno de los graves contratiempos de Dillinger fue perder su trabajo.

    Entonces Bethel lo instaba para que buscara algo mejor.

    - John…tú eres un hombre sumamente inteligente…no puedes dejar las oportunidades…que no se te escapen de las manos.

    - Lo sé- aseguró John- sólo que…necesito repensar las cosas…quizás el trabajo perfecto para mí esté en otro lado.

    Y sin tomar totalmente en cuenta los ruegos de Bethel, volvió a ver a sus amigos de Chicago…esos buenos muchachos que conformaran su primera banda.

    En ocasiones, volvía ebrio a su departamento. Ella se turbaba y molestaba sobremanera.

    - ¡John! ¿Cómo es posible que las cosas se te estén saliendo de las manos?

    John, por toda respuesta decía:

    - Lo siento, nena…creo que hay cosas que no han nacido para mí.

    Bethel intentaba hacerlo entrar en razón y por momentos conseguía que John volviera a la cordura.

    Pero en otros, Dillinger cambiaba de forma de pensar e impredeciblemente escapaba por la puerta del alcohol. Bethel estaba preocupada…ya no sabía en ocasiones con qué nuevo problema se enfrentaría Dillinger. En más de dos ocasiones fue a la preventiva. Ella se estaba cansando.


    Unos meses después, Dillinger seguía sin conseguir trabajo. Un poco porque no se daba a la tarea de buscar uno que le permitiera vivir honradamente, otro poco porque quizás prefería pasar más tiempo con los amigos.

    Una tarde, bebía de nuevo afanosamente en aquel bar. Uno de los amigos de Dietrich le dijo:

    - John…te lo hemos dicho muchas veces…tú estás hecho para liderar una banda como la que teníamos antes. ¿Por qué no volvemos a los inicios?

    La tentación estuvo de nuevo presente para él. Por un instante accedía.

    - Quizás lo voy a tomar en cuenta…el trabajo escasea…ya no tengo dinero y Bethel está cada día más preocupada por las cosas materiales.

    - ¿Qué es de ella?- preguntó su amigo.

    Dillinger empezó a contar.


    - Hace unos meses, hablamos sobre esto…le pedí que no cambiara…al parecer no lo había hecho. Pero Chicago le ha afectado…ya no es la misma que llegó aquí, llena de ilusiones, pero inocente, incapaz de depender de lo material. Ahora…todo tiene signo de dólar…todo lo ve con valor monetario. Para ella, lo mejor es vestir bien, vivir bien…y yo ya no puedo darle la vida que ella quiere…temo que mi mujer se está volviendo una típica mujer de Chicago…una mujer frívola e interesada…

    La copa que había bebido se vació. Su amigo se encargó de volverla a llenar.

    - Si hicieras caso de lo que te digo…seguramente podrías darle los gustos que pide.

    - No es eso lo que quiero- señaló Dillinger.- Quiero a la chica hermosa, a la joven de Indiana que se me entregó una noche iluminada por la luna…a la que idolatré y que juré que por ella sería otro. Es a ella a quien quiero…y voy a luchar por recuperarla.

    - ¿Y cómo piensas hacer?

    - Si es preciso, volveré a Indiana y nos estableceremos en el campo. Volveré a ese lugar de donde nunca debí salir…y de donde nunca debió salir ella tampoco. Y sé que ahí sí seremos totalmente felices.

    - Te deseo suerte entonces, John- dijo aquel amigo tras terminar de brindar.

    John volvió con el corazón dispuesto a recobrar el amor de su mujer.

    Cuando tocó la puerta, ella no abrió. Buscó sus llaves y entreabrió. Quizás estaba dormida…así que pensó en no despertarla con la puerta. Se sentó en la sala, dispuesto a dormir ahí un rato pero escuchó murmullos…gemidos…risas…se acercó a la habitación…entonces…descubrió a su mujer con otro hombre…vio cómo Bethel gozaba con el contacto carnal de otro hombre en su propia cama.

    Entonces…decidió no hablar. Decidió no comentar ni hacer un escándalo.

    Salió de ahí, dolorido, dispuesto a regresar al día siguiente y exigirle el divorcio. Todos sus sueños de recuperarla se habían ido a la nada en un segundo. Aquella separación marcaría temporalmente su vida.
     
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    Andrea Sparrow

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    Fanfic - John Dillinger Tales (Basado en Public Enemies con Johnny Depp)
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    1475
    Cap. 15 Recuperando la libertad

    Al día siguiente, John llegó a su casa, tratando de no llegar tan temprano para no encontrar a Bethel en brazos de otro.

    Cuando llegó, ella ya estaba sentada en la sala, en actitud demasiado digna.

    - ¿Se puede saber de dónde vienes, John Dillinger?- preguntó fingiendo molestia.

    John contuvo la rabia temporalmente.

    - ¿No vas a responderme? Dime…¿acaso vienes de verte con alguna mujer?

    Aquella pregunta fue el detonador para que Dillinger por fin estallara.

    - ¡No puedo creer tu cinismo! ¿Cómo me haces esa pregunta, después de lo que hiciste anoche?

    - No te entiendo…-pretendió mentir.

    Pero la mirada acusadora de John le explicó que él ya lo sabía todo.

    - Tú tienes la culpa- aseveraba ella.- Me dejabas mucho tiempo sola…además, tú no estabas bien…siempre te ibas a divertir…y todo porque no habías encontrado trabajo.

    - Eso no justificaba que hicieras lo que hiciste…-después se tornó más sereno- ¿por qué, Bethel? ¿Por qué lo hiciste? Si sabes que…yo te quiero…que yo te quería más que a mi vida…y te supliqué que no cambiaras…que fueras siempre la chica inocente de la que me había enamorado.

    Bethel respondió.

    - Tú me hiciste cambiar. Me ofreciste un mundo al que yo no estaba acostumbrada…yo había crecido en el campo…entre los trigales…sencillamente…sin malicia…ese era mi mundo y tú…tú pretendiste cambiarlo. Ahora…no te quejes del resultado.

    - ¿Por qué no podías ser como siempre? Te dije que no debías ser como el resto…¿tenías que amoldarte a ese modus vivendi?

    - Era inevitable…me pusiste en un mundo donde podía tener acceso a lo que fuera…¿cómo te quejas de lo que obtuviste?

    John asintió y dijo:

    - Bien…tal vez tengas razón…sólo que…no he venido a eso…vengo a hablar contigo para el acuerdo que tomaremos para el divorcio.

    Aquella reacción de Dillinger no era algo que Bethel esperara. Quizás esperaba que él le rogara que se arreglaran, y que la perdonaría por aquel desliz. Pero no fue así.

    - John…no estarás hablando en serio…-empezó.

    - ¿Por qué no? Tú y yo no vamos a entendernos…tú fuiste capaz de engañarme con otro…tú, quien pensé que eras diferente…así que…tú y yo ya no vamos a volver. En cuanto nos divorciemos, te pasaré una cuantiosa pensión y podrás, si quieres, volver a Indiana…a menos de que…tu amante quiera casarse contigo.

    Bethel dio por respuesta a John una bofetada que a él no le dolió tanto como el engaño de ella. Así que, como despedida, John besó aparatosa y ardientemente a Bethel, casi lastimándola.

    - ¿Por qué, John?

    - Para que sepas a qué categoría de mujer pienso que perteneces de hoy en adelante. Que seas feliz, Bethel, si puedes.


    John marchó de allí con el corazón destrozado. Se fue hacia la primera licorería que encontró y buscó dos botellas del mejor whiskey.

    Luego se sentó a beber en uno de los bares del centro. Ahí encontró a Dietrich.

    - ¿John?

    - Ven amigo…ven a beber conmigo…

    Dietrich no sabía si aceptar.

    - Bueno…aquí estoy…aunque pienso que no debería hacerlo…dime…¿qué ocurrió?

    John Dillinger se bebió una senda copa de whiskey de un sorbo y respondió:

    - Me engañó, Walter…me engañó con otro…

    Walter no sabía qué responderle.

    - Pues…realmente en Chicago eso no es una novedad pero…viniendo de una mujer como ella…sí es de asombrarse.

    - Ella argumenta que yo tuve la culpa- seguía mientras bebía- ella dice que la dejé mucho tiempo sola…que no debí traerla…que la vida en Chicago es difícil y que ella aprendió muy rápido a ser como las demás…

    - Quizás en eso tenga razón…las mujeres del campo aprenden demasiado bien las artimañas de las mujeres de la ciudad.

    - Pero…ella tenía mi amor…no debió haberlo hecho…

    - Lo sé, John, pero…quizás ella quería tener algo más…de cualquier forma…¿no podrías perdonarla?

    John negó.

    - No puedo…esto no tiene que ver con ella…ya no podría confiar en Bethel…yo la amaba tal y como era…la mujer en la que se ha convertido ya no es ella…ya no la puedo amar. Será mejor que sigamos bebiendo…anda, traje mucho para los dos.

    Walter y él bebieron hasta que oscureció.

    A partir de entonces, John se dedicó a recorrer con Dietrich a algunos viejos amigos.

    Sus actividades principales sólo consistían en vincularse con ellos en la ayuda en algún local de armas ilícitas, o en compra-venta de licores.

    Todo parecía ir bien de momento, puesto que mucha gente lo conocía y lo ayudaban. Con lo que conseguía podía solventar sus propios gastos y de paso, entregarle a Bethel suficiente para su manutención.

    Walter era su principal consejero…era casi como el padre que no había tenido. Y en Dietrich encontró el apoyo que buscaba en esos momentos de su vida tan difícil.

    Pero tampoco era lo mejor que Dilinger debió haber hecho. Si bien, económicamente le iba bien, aquellas actividades no le darían estabilidad. Su libertad pendía de un hilo.

    Sin embargo, para Dillinger aquella actitud era una incesante búsqueda de libertad. Y él así la consideraba, sin darse cuenta del juego peligroso en el que empezaría a caer.


    Un mes después, viajó a Indiana. Fue a visitar a su padre, pero primero pasó por alguna de las granjas.

    Aquel lugar le traía recuerdos dolorosos…la casa donde había planeado ir a vivir con Bethel…la campiña donde sus hijos habrían crecido.

    Avanzó hacia la casa de su padre. Ahí lo encontró de nuevo bebiendo.

    - Sabía que estarías aquí…y quizás también sabía que estarías así, como siempre…

    - Aquí estoy…¿Y Bethel?

    - Ella y yo…nos separamos…

    - Su padre se molestará contigo.

    - Fue ella la que me engañó…al parecer…le gustó demasiado Chicago.

    - Así son algunas mujeres…por eso yo ya no confío en ellas. ¿Y a qué viniste?

    - A verte…a respirar un poco…el aire de Chicago me asfixia. Últimamente la gente está muy acelerada… se teme una recesión…todos están preocupados por sus bienes, por lo que van a perder si se declara estado de quiebra por parte del Estado.

    - Si es necesario, puedes quedarte todo el tiempo que quieras…

    - Gracias- argumentó Dillinger.

    Durante el tiempo que estuvo en Mooresville, aprovechó para ayudar a algunos granjeros; de lo que había obtenido en esas actividades “ilícitas”, lo puso a disposición de mucha gente para que sus pequeños negocios prosperaran. Por eso, para muchos de ellos llegó a ser un héroe.

    Pero el tiempo empezaba a hacer estragos en él. Había pasado ya mucho tiempo en provincia. Quería volver a estar en contacto con la adrenalina.

    Y así, regresó con el resto de sus amigos. Pero la recesión estaba en puerta, la llamada “gran depresión”.

    En cuanto llegó, lo primero que hizo fue buscar un pequeño departamento donde quedarse, que no llamara demasiado la atención.

    Salió hacia uno de los bares y ahí le ofrecieron de beber. Mientras bebía, una mujer de mala fama, que atendía una casa de citas le dijo.

    - ¿John?

    - Sí…soy yo.

    - Hola…Walter me dijo que estabas solo…¿te interesaría ver a alguna de mis chicas?

    - Por supuesto…seguramente hay muchas muy hermosas ¿cierto?

    - Claro, mis chicas son las más hermosas de Chicago. Ven…te presentaré a alguna.

    Mientras le servían, aquella mujer le presentó a una joven llamada Mildred. John la llevó a su mesa, bebió con ella y de vez en vez, trató de aprender a bailar.

    Pero mientras estaba en la pista junto a Mildred, vio a Bethel que bebía en otra mesa con dos hombres. John se sintió mal por haberla visto así. Aunque ya no era su esposa, él aún sentía algo en su corazón por ella.

    Sin embargo, se prometió que no dejaría que eso le afectara. Mildred era una mujer sumamente hermosa y capaz de hacerlo olvidar por entonces cualquier cosa.

    Así que, tras haber bebido un rato, la llevó a su departamento y ahí se dejó llevar por el deseo, colmando aquel cuerpo de caricias, fundiéndose con ella en una pasión salvaje y ansiosa.

    Pero cuando el éxtasis terminó, salió y le dejó sobre el buró algunos billetes, mientras él se despejaba fuera y se iba temporalmente para no verla salir.


    El destino de Dillinger comenzaba a escribirse con letras rojas: lentamente se iba infiltrando en asuntos complicados, que implicaban robos y tráfico de armas. Aunque su nombre todavía no era conocido. Sin embargo, ya pronto un suceso provocaría que John DIllinger se convirtiera en un fuerte dolor de cabeza para el gobierno federal.
     
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    Andrea Sparrow

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    Fanfic - John Dillinger Tales (Basado en Public Enemies con Johnny Depp)
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    Romance/Amor
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    Cap. 16 El nacimiento de una leyenda.

    En aquella habitación de uno de los mejores hoteles de Chicago, se escuchaban seseos…gemidos…susurros ardientes.

    En la penumbra se observaba a John Dillinger acometer sin piedad a una chica rubia que repetía incesante su nombre:

    - Johnny…Johnny…oh…¡Johnny!

    Él con firmeza, sostenía aquellas caderas a la altura de su cintura, balanceándola continua y acompasadamente para que su placer fuera excesivo y perfecto.

    Tenía el corazón totalmente desconectado del cuerpo…sólo quería disfrutar…de la vida, de las mujeres…del dinero…del sexo. Ese hombre no tenía sentimientos…no los necesitaba, pensaba. Sin embargo, sabía que la única forma de conseguirlo sin tener que dar cuentas de lo que tenía era a través del robo.

    Estaba cansado de los robos sencillos…aquellos que no implicaban un despliegue de movimientos. Sin embargo, detestaba la violencia. No le gustaba ver en acción heridos ni muertos. Sólo pensaba en intimidar y dominar.

    Y en aquel momento, su dominación estaba enfocada en el cuerpo voluptuoso de aquella prostituta hermosa y cara que había podido tener en la cama.

    Un grito violento le entregó el orgasmo más excesivo y voluminoso que recordara hasta entonces.

    - Te moviste como una diosa- sugirió al oído de la muchacha.

    Pasado un rato, le dejó en el buró un fajo de billetes.

    - ¿Te veré pronto?- preguntó ella.

    - No lo sé…si vuelvo pronto aquí, serás tal vez la primera a la que busque…

    - Bien- dijo ella- ojalá lo hagas porque…dice Penny que eres un semental en potencia…y acabo de descubrir que es cierto.

    - Aún no has visto mucho, linda…he tenido momentos más interesantes- guiñó el ojo, tomando su saco y saliendo.

    El cigarrillo en su boca le recordó que debía apresurarse antes de que la mañana lo sorprendiera. Tenía una reunión con Dietrich y otros colegas en una de las licorerías más tranquilas de aquella zona de Chicago.

    - Veamos, Dillinger- dijo Dietrich- suponiendo que te decidas por fin a esto…¿cómo organizarías a todos?

    John realizó una mirada rápida a los presentes.

    - Saben que a todos los conozco…todos tienen capacidades especiales…así que…alguno de ustedes puede ser el “vigía”- dijo soltando el cigarrillo.- Otro se puede encargar de “tranquilizar a la gente”, mientras otro dispara al aire…y yo me encargaría de amagar al gerente del banco. Otro más estaría en el auto esperando por nosotros, a fin de llevarnos a toda prisa a lugar seguro.

    - Suena bien tu plan- dijo Dietrich.- Sólo debes tomar una cosa en cuenta: tu gente debe estar tranquila y segura de que todo saldrá bien. Nunca trabajes con gente desesperada: recuérdalo muy bien.- siguió Walter.

    - Despreocúpate, Walter- siguió Dillinger.- Eso es algo que queda más que claro.

    - ¿Entonces? ¿Te decidirás?

    John soltó una voluta de humo del segundo cigarrillo.

    - No estoy seguro- observó.- La situación económica del país es crítica…los bancos están en quiebra…se espera una gran recesión…dudo que la cuestión de los bancos sea algo que por ahora deje mucho. Quizás el tráfico de armas sea algo más…rentable.

    Walter y los demás estuvieron de acuerdo.


    A partir de aquel día, los desvíos de Dillinger comenzaban a ser más famosos y notorios. Empezó un tiempo de delitos de pequeños alcances, hasta que por fin, el momento más importante llegó con un asalto a una licorería fina.

    John se encargó de mirar a todos lados…dio un par de golpes al mostrador y mandó a la gente al suelo. Los de afuera vigilaban, mientras otros de adentro se encargaban de cuidar que nadie saliera, en tanto John amagaba al dueño y lo hacía entregarle lo mejor de su reserva.

    En cuanto salieron, una parte de los licores iría a la venta clandestina, mientras otra iría al consumo de quienes habían decidido llevárselo.

    Walter estaba orgulloso de su chico. Él, principalmente, le había dado los consejos que ahora John comenzaba a poner en práctica.

    Las cosas no podían ir mejor entonces. Aunque quizás lo único que le hacía falta a Dillinger era la fama. Él quería ser tan famoso como Al Capone. Y eso de tener a la policía corriendo tras de él todo el tiempo era algo que lo emocionaba. Quería saber qué se sentía tener a la policía de Chicago pendiente de sus movimientos, tratando de acorralarlo.

    Así que decidió que, la única forma de conseguirlo, era a través de mejorar la calidad de sus robos.

    Por fin un asalto a un banco, le dio la fama que necesitaba.

    Aquel robo maestro fue el gran comienzo de su carrera delictiva.

    En cuanto pudo, se posicionó cerca del gerente y le hizo algunas observaciones.

    - Si sabe lo que le conviene…tiene dos minutos para abrir la caja fuerte…mis muchachos no tienen mucha paciencia…y yo también tengo mucha prisa.

    El gerente se apresuró a abrir. El dinero ya casi estaba a su disposición.

    El resto de sus muchachos estaban colocados en lugares estratégicos. Al sonido de un disparo, todos fueron al suelo.

    Dillinger entraba por el dinero, vigilando al resto, daba la orden y la gente no se movía hasta después de un rato. Los de afuera daban la indicación de que no había moros en la costa y salían a toda marcha del V8 o el Plymouth que tuvieran a la mano.

    John sentía la adrenalina enajenándolo en la sangre…dos rehenes temporales viajaban en los espejos retrovisores, en espera de ser dejados amarrados en algún lugar cercano, con la consigna de no desatarse en menos de dos horas.

    Los rehenes eran seleccionados de tal forma que no tuvieran problemas para ser alcanzados por la policía y mucho menos, tiroteados.

    La técnica comenzaba a funcionar. Los movimientos rápidos y precisos de Dillinger le daban ventaja y le hacían ganar simpatía no solamente entre sus propios compañeros, sino entre otros criminales que comenzaban a saber de él, y entre la misma gente, que se admiraba de que nunca dejara a alguien herido de muerte.

    Eso también se lo había enseñado Dietrich.

    Por el momento, Dillinger tenía suerte.

    Los asaltos que realizaba le entregaban suficiente dinero como para poder beber, comprar ropa de marca, ir al beisbol sin ser reconocido, viajar en autos de modelo reciente y disfrutar de las mujeres que quisiera.

    Pero…esa fortuna quizás no le sonreiría siempre, después de todo…
     
  17.  
    Andrea Sparrow

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    Cap. 17 Un error de Dillinger

    La mayoría de los atracos que Dillinger realizaba se desarrollaban sin mayor problema. Los roles que cada uno de ellos desempeñaba en los asaltos iban cambiando de acuerdo a las capacidades de cada quien. Dillinger era un gran líder en ese aspecto, “potencializando” las fortalezas de su gente y dándoles la oportunidad de estar en diferente lugar.

    Eso hizo de ellos gente más diestra y a la vez más organizada, evitando así los errores causados por desconocer o dejar descubierto algún aspecto del asalto en cuestión.

    Dillinger ya manejaba mucho mejor lo que había sucedido con Bethel. Ella era realmente ya un recuerdo lejano. Dietrich observaba con suma alegría que John estuviera mucho más despejado.

    E incluso veía con agrado que John, a pesar de ese gran vicio de las mujeres hermosas, no se había hecho esclavo de visitar con asiduidad los burdeles de Chicago.

    John había logrado encontrar, aparentem ente, un justo medio entre los vicios y el “trabajo”. Y su gente lo respetaba por ello cada vez más.

    Ahora ya tenía más gente a su cuidado: un nuevo muchacho apellidado Homer se había unido a la banda y se ponía totalmente a disposición de John Dillinger.

    Sin embargo, John tenía bien claro con quién o con quienes no debería aliarse. Le habían propuesto compartir experiencia con Al Capone, e incluso, en algún momento, seguir los pasos de Pretty Boy Floyd…pero no…esa no era su línea…Boy Floyd era un muchacho inexperto y voluntarioso que se preocupaba principalmente por él mismo. Y si algo tenía claro Dillinger, era que no podía trabajar solo. Confiaba completamente en la gente que tenía con él y trataba de ayudarles en los momentos precisos.

    Algunos de ellos ofrecían incluso, sus propios recursos para ponerlos a disposición de John DIllinger y de todos: fueran casas, dinero, propiedades, o personas. Las familias también se convertían en cómplices de cada uno de ellos, garantizando su seguridad y su integridad.

    Los contactos de Dietrich ayudaron también para incrementar el círculo de “amistades” de John DIllinger. Entre ellos se encontraba un matrimonio de inmigrantes rumanos, que encabezaba una mujer llamada Anna y su esposo Robert. Ellos se encargaban de indagar con las autoridades qué lugares eran los más recomendables y los más seguros para los “muchachos”, mientras DIllinger y su gente se esmeraban en pagarles convenientemente en cada uno de los atracos.

    Dillinger se notaba mucho más maduro. En muy poco tiempo su fisonomía se había vuelto más recia y rígida, pero mucho más atractiva para las mujeres, haciéndolo también carismático para la población y llamativo para las autoridades.

    Sin embargo, no todo podía estar bien para él. Porque, a pesar de que, incluso policías estaban coludidos y vinculados a sus actividades, no todos podían garantizar la inmunidad total.

    Y Dillinger cometió un gran error.

    Un atraco al Banco Central estaba planeado. Todo parecía estar en orden. Sin embargo, uno de los integrantes del grupo recibió una bala perdida. Era precisamente el que estaba más expuesto, frente a las oficinas de la policía de Chicago.

    Cuando él cayó, uno de los que estaban vigilando avisó al que disparaba. La gente corrió desesperada. La banda perdió el control. Dillinger ya tenía el dinero, pero no tuvo tiempo de huir rápido, porque la gente salió despavorida. Eso alertó a la policía y enseguida se realizó una movilización para detener a Dillinger.

    Y así fue. Sin más preámbulo, lo capturaron y lo subieron a una patrulla. Su gente se replegó. Se quedaron temporalmente sin líder. Pero quizás, la unidad que mantendría entre todos, aseguraría la permanencia de la banda en el marco delictivo.


    Cuando era trasladado al penal de su ciudad natal, la primera idea era el recuerdo del pasado. ¡Qué diferente sería para él volver a ver Indiana! Lo que significaba un retiro y un escape emocional, se convertía, en ocasiones, también un escape físico. Pero ahora, aquel escape era nulo. Era llevado prisionero a su propio paraíso. Era una verdadera ironía.

    El trayecto dentro de la ciudad lo hizo sentir nostálgico y dolorido. Bethel apareció de nuevo en su mente. Pero ya no como la mujer que tanto amaba…que había amado, sino, más bien, como un recuerdo frustrante…un fracaso inmediato…por un momento se sintió desmembrado, roto…por un momento se sintió un cero a la izquierda.

    No miraba a los policías…era como tratar de mirarse en el espejo de la culpabilidad. Sólo decidió mirar su ciudad como si se tratara de un cuadro antiguo…sin embargo, tenía la esperanza de volver a recorrer sus calles en libertad, tanto él como su gente.

    Y lo primero que hizo llegando a la prisión, después de haber sido objeto del registro y “marcación” como él le llamaba, fue tratar de contactar a su gente…a los que, dentro de la prisión, estarían más que esperanzados de volver a verlo, aunque deseosos de averiguar cómo había sido posible que la policía encerrara a John Dillinger.

    En cuanto entró a la prisión, algunos lo miraban extrañamente. Otros lo saludaban respetuosamente. Y otros más, no sabían de quién se trataba.

    Uno de ellos lo miró con interés. John Dillinger se preguntaba por qué aquel muchacho lo miraba de esa manera. Hasta que lo amagó contra una pared. John lo miró.

    - Hey, dime…¿de qué se trata, amigo?

    - Nada, Mr. Dillinger…sólo quiero…conocerle…y hacerle saber que estamos con usted.

    - No se alegren tanto- señaló Dillinger- porque si alguno me exaspera, podría no vivir para contarlo…

    - Despreocúpese…aquí nadie le dará problemas. Se lo aseguro.

    - Bien…entonces…es momento de dejarme en paz…tengo que pensar…ponerme al día, tú sabes- tranquilizó John.- En cuanto eso suceda…reciban instrucciones mías.


    Dillinger pasó durante un mes completo los peores momentos de su vida. No tenía ánimos de nada…sólo quería pasar su tiempo a solas, dedicarse a los trabajos más complicados, casi no hablaba con nadie. Muchos de ellos comenzaban a desconocerlo o a desconfiar de todo lo que les habían hablado de él.

    Sin embargo, en cuanto se recuperó y aprendió de memoria todos los movimientos de la prisión se puso en contacto con ellos.

    Empezó a explicarles muchas cosas sobre lo que había hecho fuera. Y también les hizo ver que para poder salir, iban a tener que esperar mucho tiempo.

    Algunos ya empezaban a desesperarse. Pero Dillinger trató de tranquilizarlos.

    - Descuiden…todo va a salir bien pero…no podemos arriesgarnos. Puede pasar mucho tiempo para poder salir de aquí. Esto no va a ser trabajo de uno o dos días…incluso, algunos de ustedes pueden irse mucho antes.

    Aquella esperanza los hizo aguardar al plan de Dillinger.

    Y en efecto, fue fácil para algunos irse, puesto que no había mucho problema con sus delitos. Sin embargo, para DIllinger fue mucho más complicado.

    Durante una revisión de casos, varios de ellos pudieron pagar fianzas o conseguir un buen abogado.

    Dillinger tuvo que permanecer durante más de cinco años en prisión. Un tiempo largo, pero bien aprovechado por el asaltabancos.
     
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    Andrea Sparrow

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    Cap. 18 Dillinger, el preso

    John recordaba día a día, los momentos vividos junto a Bethel. Pero el dolor de su traición fue disminuyendo lentamente, conforme su condena aumentaba.

    En la pared iba anotando los días que pasaban. Su estadía se hacía por momentos más tediosa, salvo cuando presenciaba alguna riña entre los presos.

    En una ocasión, un par de internos peleaban entre sí sin motivo, cuando Dillinger se les acercó.

    - Hey…¿qué les pasa?

    Uno de ellos intentó enfrentarlo diciendo:

    - Tú no te metas o te irá mal.

    Pero el otro le dijo:

    - Tú, imbécil, será mejor que no le hables así a Mr. Dillinger, o te irá mal con el resto.

    El que agredía sintió la mirada penetrante de Dillinger. Al ver que había intervenido, y que los demás internos lo miraban también con odio, apenas pudo sentir cuando John Dillinger le propinó un fuerte puñetazo en la cara que lo dejó casi inconsciente.

    El resto de los presos se mantuvo en silencio. El que estaba en el pleito dijo:

    - Discúlpelos, Mr. Dillinger…ellos no saben con quién tratan.

    - No te preocupes…igual, si tienes algún problema, ya sabes a quién recurrir.

    - Por usted, lo que sea, Mr. Dillinger- agregó el muchacho.

    Y a partir de entonces, John Dillinger se convirtió casi en maestro de los ahí encerrados. No importaba qué clase de delito hubieran cometido. Él estaba dispuesto a ayudarlos a defenderse y a conformar un grupo bien organizado.

    En una ocasión organizaban un motín. Sin embargo, John les dijo que no era buen momento.

    - Oigan, escúchenme bien- comenzó- no es momento de organizar un motín en estas circunstancias. Los perros policías redoblaron la vigilancia y ahora es más difícil que nos podamos organizar para salir. Créanme…no es el momento adecuado.

    Uno de ellos apellidado Morgan replicó.

    - ¿Tú nos vas a decir a nosotros, que llevamos un tiempo en prisión y conocemos mejor los movimientos?

    - Si no quieres creerme, no lo hagas-sugirió John- pero después no se quejen si al poco tiempo regresan, o si no regresan porque están en el cementerio. Entiendan, la vigilancia se ha redoblado. Están preparados y no dudarán en matar al que intente salir.

    - ¿Y tú cómo lo sabes?- inquirió otro preso.

    - Escuché que hace unos días intentaron hacer un traslado de presos a Ohio. Seguramente es por eso que reorganizarán la vigilancia. Están preparándose por si llega a haber algún motín con motivo de la salida de esos compañeros. Lo primero que harían sería escapar.

    Todos se miraron. Sin embargo, sus palabras no fueron escuchadas por todos los presos.

    La siguiente noche, mientras él dormía, escuchó ruido en una de las celdas contiguas.

    Otro de los que lo acompañaban, dijo:

    - ¿Escuchó usted, Mr. Dillinger?-

    - Sí, Ronald- contestó John- son esos estúpidos...por más que les dije que no se arriesgaran no quisieron oírme.

    - ¿Y si necesitan ayuda?

    John sonrió de lado.

    - Que se las arreglen como puedan…verás que en poco minutos va a sonar la alarma y varios disparos también. No intentes siquiera moverte…los perros policías ya vienen para acá. Finge que duermes y ni siquiera te molestarán.

    La actitud de Dillinger parecía ser fría y calculadora. Siempre los había defendido y ahora que podía ayudarlos, evitaba hacerlo. Así como podía ayudarlos, les daba la espalda, cuando él consideraba que aquello no era conveniente a sus intereses.

    Y tenía razón. Al poco rato sonó la alarma y los disparos resonaron en el interior del penal. Dillinger recibió noticia de que algunos de sus compañeros habían sido balaceados y muertos, por aquella imprudencia.

    Otros se lo agradecieron totalmente, tratando de ayudarlo cuando se necesitaba, o consiguiendo a un buen abogado para él.

    Sin embargo, su estancia se hizo menos aburrida, cuando por equivocación, fue encerrado su incondicional Homer. Por un momento se sintió mal, pero por otro, pensó que ya no estaría tan solo.

    Y así fue. La presencia de Homer le sirvió de mucho. Era una especie de “secretario particular”.

    El resto lo obedecía ciegamente y esperaban el momento de recibir las órdenes de Dillinger para poder escapar. Y mientras eso sucedía, John les enseñaba ocultamente a usar las armas de diferentes calibres; les enseñó a manejar un par de veces con autos que sacaba a escondidas del garaje de la prisión y sobre todo, era un buen jugador de beisbol que gustaba de enseñarles a sus compañeros los mejores movimientos que un buen umpire debería conocer.

    Eso ayudó también a los presos para que ese tiempo les fuera menos tedioso y desesperante.

    Mientras tanto el tiempo transcurría para todos. Y el caso de Dillinger se revisaba lentamente.

    Administración tras administración, Dillinger sentía cada vez más el paso del tiempo sobre él, pudiendo estar afuera disfrutando de los cambios de la sociedad.

    Éstos fueron realmente lentos, puesto que Estados Unidos vivió una gran recesión. La gran depresión empobreció a la mayoría de los norteamericanos, y varios banqueros se suicidaron y tuvieron que venderse a los grandes capitalistas para no perder todo lo que tenían.

    Y tras diez años, la tranquilidad comenzó a llegar a los demás, a través de la fundación de la Reserva Federal, que impedía que volviera a suceder una caída de las bolsas tan estrepitosas como entonces.

    Y justo, diez años después, el caso Dillinger se resolvió y John pudo salir prácticamente sin problemas.
     
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    Andrea Sparrow

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    Cap. 19 Un gran amigo en prisión.






    Poco antes de que se cumplieran los diez años de que Dillinger fuera preso por segunda vez, las cosas en el penal parecían estar mejor para toda la comitiva de protegidos de John.

    Cada día que pasaba poseían más derechos y mejores garantías. Los juicios en algunos casos se hicieron sumamente expeditos y se resolvían con celeridad.

    Incluso, llegaron algunos compañeros nuevos, que inmediatamente llamaron la atención de John Dillinger.

    Uno de ellos fue un joven rubio que se arriesgó en una riña y decidió arrostrar todo peligro por impedir que golpearan a otro muchacho.

    John se acercó cuando el joven rubio decía:

    - ¡Evítame tener que golpearte de nuevo, si no entiendes con quién no debes meterte!

    Dillinger preguntó con curiosidad:

    - ¿Quién eres, muchacho?

    El joven rubio se acercó y con prontitud respondió:

    - Primero dime…quién eres tú.

    Otro preso respondió por él.

    - Lamento tener que decirte que has hecho una pregunta muy equivocada. Este señor es nada menos…que John DIllinger…así que ten mucho cuidado en cómo te refieres a él- señaló Homer apuntando al cuello de él con un puñal.

    El joven jadeó un segundo, cuando John Dillinger sonriendo dijo a Homer:

    - Apártate, Homer…hoy traes los ánimos muy caldeados, será mejor que te calmes…este muchacho me cae bien. Dime, ¿cuál es tu nombre?

    - Mi nombres e Harry…pero las chicas me llaman “Pete” Pierpont.

    Todos rieron.

    John añadió.

    - Bien…lástima que aquí no haya chicas pero…en virtud de que me imagino que te ha costado mucho sostener ese mote, te llamaré…Pete.

    - Usted sí puede, señor Dillinger- dijo Harry- pero el resto de estos imbéciles buenos para nada no…-

    - Y no lo harán- dijo John- no tienen permiso hasta que yo se los permita. Bienvenido a esta pocilga inmunda, Pete.

    Así fue como se fueron haciendo amigos. Pete tenía mucha experiencia en el manejo de autos, cosa que a John le fascinaba.

    - Tengo contactos allá afuera- dijo Pete- que nos pueden proporcionar los mejores y más costosos, Mr. Dillinger, sólo hay que esperar el momento adecuado de salir de aquí.

    Dllinger sonrió de soslayo y respondió.

    - Mi caso se está revisando…creo que a esta partida de policías estúpidos ya no les sirvo encerrado, quizá piensan que ya no tengo ganas de dedicarme a lo mismo- señaló- pero creo que son ellos los que ya se olvidaron con quién tratan. Así que…es mejor, muchachos que se preparen, incluyéndote a ti, Pierpont. En cuanto salga, organizaremos un buen plan para salir de aquí. Tengo un buen contacto en la policía que será capaz de venderle su alma al diablo.

    Homer sonrió.

    - No creo que sea preciso, eso, ¿verdad, señor?

    Todos se carcajearon mientras aprendían ocultamente el manejo de armas de varios calibres, clase impartida gratuitamente por el “Robin Hood”, como muchos le llamaban.

    Sin embargo, Dillinger no era nada de eso. Él no robaba a los ricos para darle a los pobres. Solamente robaba a los banqueros y a todo lo que representaba dinero del gobierno pero el dinero de los pobres lo respetaba, aunque no incrementa el capital de éstos y no hiciera nada por mejorar su situación económica. Pero la gente de Indiana lo admiraba y cuando retornara, seguramente su gente estaría muy orgullosa de él.


    Antes de que John pudiera salir, algo ensombreció ligeramente las esperanzas de John Dillinger.

    Una tarde de verano, las puertas rechinaron. Los oficiales entraron y salieron, dejando detrás de los muros a un hombre de edad que llegaba en calidad de preso.

    John y los demás fueron donde estaba él. Dilllinger lo reconoció enseguida.

    - Antes de que intenten averiguar nada…-comenzó- este hombre, considérenlo casi un padre. Para mí lo ha sido y quiero que para todos los que están conmigo también lo sea. Su nombre es Walter…Walter Dietrich.

    El hombre saludó a John y lo abrazó. Luego a solas pudo hablar con él.

    - ¿Qué ocurrió, Walter?

    Dietrich contestó.

    - Intentaron deportarme a Alemania…primero me resistí, estuvieron a punto de hacerlo pero…mi historial delictivo determinó que no estaba en posibilidades de hacerse, así que aquí estoy…no me mandaron de vuelta a Alemania, y lo agradezco, tengo entendido que las cosas están muy mal en Europa.

    - Eso dicen- comentó Dillinger- aunque no creo que sea algo muy grave. Apenas se recuperan de una guerra…creo que serían demasiado tontos los políticos norteamericanos si participan en una segunda- comentaba.

    - John…hay hombres que no cambian…estoy seguro que Estados Unidos estará involucrado en muchas guerras más…

    - ¿Y qué piensas hacer?- preguntó Dillinger.

    - Pues…pasarme un rato a la sombra…pero vengo por ti, John…tú tienes que levantarnos del fango…hacernos saber que podemos salir adelante…que no somos solamente una escoria para la sociedad. Hay mucha gente afuera que te admira y que estaría dispuesta a unírsete, con tal de aprender y de aprovechar las oportunidades.

    John miró al suelo un segundo.

    - Estoy por salir, Walter…me indultaron y en un mes me voy de aquí…pero en cuanto salga, voy a sacarlos a todos…

    Dietrich negó con la cabeza.

    - Algo me dice que…a mí sólo me sacarás de aquí muerto.

    - Por supuesto que no, Walter- comentó John con seguridad- tú estarás con nosotros durante mucho tiempo más…eso es un hecho…

    - Eso es lo que me gusta de ti, John- comentó Dietrich- tu optimismo y el amor que le tienes a los tuyos.

    John interrumpió.

    - ¿Sabes algo de Bethel?

    Dietrich asintió.

    - Es una de las mujerzuelas que tiene una tal Anna en una de sus casas…

    Eso le dolió muchísimo a John, ya que Bethel había sido su esposa y eso no era algo que le agradara saber.

    - Aún así…cuando la veas…en cualquier circunstancia…hazle saber que la perdono.

    - Si es que salgo de aquí, John…si no…tendrás que decírselo tú mismo. Aunque hay muchas de las chicas que te recuerdan con emoción…por ejemplo, Mary…

    John sonrió. Mary McHoney era una de las chicas de una de las mujeres que conocía en Chicago.

    - La conocí siendo casi una niña…pero se convirtió en toda una mujer…en realidad la extraño.

    - Y ella a ti…creo que ella te puede ser de mucha utilidad en tu plan.

    - Eso espero…es realmente un bombón…¿has visto a Rojo?

    - Rojo está trabajando en la policía, pero sigue pendiente de nuestro trabajo. Dice que pronto se pondrá en contacto contigo.

    - Sí- asintió John- me envió una carta hace unos días…me felicitaba por el hecho de salir pronto y dijo que todo estaba en orden en la granja para cuando quisiéramos refugiarnos ahí.

    - Entonces- continuó Dietrich- en cuanto salgas…es momento de poner manos a la obra, John…tu gente te espera para devolverle el movimiento a Chicago.

    - Yo suponía que deberían estar muy movidos con Pretty Boy Floyd, o con Baby Face Nelson…-rezongó ligeramente John.

    Dietrich negó con una carcajada.

    - No, John…esos dos pronto van a caer…ellos sirven para que la gente no se aburra en los diarios. Pretty Boy Floyd intenta copiarte pero no puede…es demasiado joven…es una lástima.

    Dillinger asintió sintiendo un profundo dolor en el corazón. Él quería volver unos días a casa de su padre y tratar de recuperar el amor de su gente.

    Así fue como Dietrich compartió con varios de ellos su experiencia junto a John, de tal forma que le tuvieran verdadera confianza para el momento de escapar.

    Días después llegó Rojo para entrevistarse con John, aparentemente en calidad de policía a cargo.

    - John- dijo Rojo- te cité a solas porque no quería que los demás escucharan.

    - Gracias, Rojo…haces bien las cosas…tú y yo siempre seremos amigos, viejo…

    Mientras conversaban, salió a flote un tema particular.

    - ¿Y qué hay de tu hermana?- preguntó John.

    - Ella también me pregunta por ti, John- contestó Rojo.- Sin embargo, hay momentos en que temo por ella…no me agrada para nada la vida que lleva. Yo no quisiera que ella estuviera vinculada con esa gente.

    - Despreocúpate- dijo John- que si en mis manos está sacarla de eso, te juro que lo haré. Tu hermana ha sido muy buena conmigo…una muchacha encantadora y tú te estás arriesgando demasiado por mí en muchos aspectos, justo es que yo te devuelva el favor.

    - No espero que te intereses en ella más de los debido, John- aseguró Rojo- sólo te agradezco que la cuidaras cuando yo estuve cesado…

    - No tienes nada que agradecer. En cuanto salga, sólo te pido que me ayudes un poco con el plan.

    - Soy tu incondicional- dijo Rojo- sabes que mi familia y yo estamos a tu disposición.

    - Y yo a la de ustedes, Rojo, no lo dudes.

    Por fin, llegó el día en que John salió. Entonces hizo una promesa a todos.

    - En menos de un mes estaré aquí por ustedes para ponerle movimiento a Chicago.

    - No tardes, Dillinger- dijo Dietrich.

    - No, se los prometo. Cuídense unos a otros, entretanto.


    Dillinger cruzó la puerta del penal. Miró por última vez hacia la torre. Se había propuesto volver pero no precisamente en calidad de preso, sino libertando a sus amigos.
     
  20.  
    Andrea Sparrow

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    Cap. 20 El retorno de John Dillinger




    Pasó un mes desde el día que John Dillinger cruzó las puertas de la cárcel de Michigan. ¿Qué hizo desde entonces?

    Se dedicó un tiempo a vender licores en Chicago. Recuperó el antiguo puesto que tenía en aquella tienda, que ahora ya era más grande y donde él tenía un puesto mucho mejor.

    - Eres un buen elemento- dijo uno de los dueños- John Douglas…

    Sí, se había cambiado el nombre temporalmente.

    - Gracias, señor- dijo John- es bueno que usted lo diga. Eso me hace sentir mejor.

    - Y dime, muchacho, ¿tienes familia?

    - Algo queda de ella- comentó pensando en su padre.- Algunos de ellos viven en Indiana…tiene mucho que no voy a verlos.

    - Has trabajado lo suficiente para que te pueda dar unas vacaciones. Tómate una semana para que vayas a tu casa y visites a los tuyos. Después regresarás con más ánimos y seguirás trabajando mejor que antes.

    - Bien, entonces…no puedo negarme, señor…gracias de nuevo.

    Al día siguiente, John se preparaba para volver a su casa. Pero antes de eso, se estuvo entrevistando con varios amigos suyos que podían ayudarlo en momentos críticos. Tenía que asegurarse en su próximo plan.

    - Voy a atacar la fábrica textil…hay mucho dinero de por medio- señaló Dillinger.- Ahora quiero que ustedes se comprometan a asegurarme que todo saldrá bien. Los muchachos no me seguirán a menos de que les dé garantías de que nada malo les sucederá.

    Anna y su esposo estaban de acuerdo.

    - Cuenta con nosotros, John- señaló él- mientras podamos, te aseguro que no habrá problemas.

    Otro de ellos, Larry Higgs, también estaba de su parte.

    - Tenemos que asegurarnos que el Buró de Investigación continué buscando a Pretty Boy Floyd…que cada cosa que él haga sea vista como que es el causante, y apartar la vista de ti.

    - Si pueden conseguir eso, se los agradeceré el resto de mi vida.

    - ¿Cuándo tienes pensado el siguiente golpe?

    - Será la próxima semana…mi especialidad son los bancos pero…creo que en este caso me aventuraré a hacer algo diferente.

    Todos brindaron con las bebidas que Dillinger les había proporcionado.


    Aquella noche varias chicas engalanaron la “celebración” del próximo atraco. Algunos de ellas eran provenientes del grupo de Anna, inmigrante rumana, que era experta en seleccionar a las chicas más ardientes en el medio.

    John sonreía hasta que Anna le presentó a una, que lo esperaba en una habitación.

    - Johnny, mi chica te está esperando en la habitación…-dijo en tono malévolo.

    - Gracias, Anna…ah…¿cómo se llama?

    - Berenice…-dijo Anna- Está en la habitación número 10.

    John Dilinger agradeció y se fue adentrando en el pasillo tratando de ubicar donde se encontraba la chica. Ahí estaba la puerta, con el número 10 en la parte central. Tocó ligeramente la puerta. Una voz femenina respondió por dentro:

    - Adelante…

    John entró, dio un par de pasos, cerró la cortina. Ella permanecía de espaldas con un vestido rojo que mostraba un escote en su espalda. Una vez que cerró la cortina se acercó y la tomó por la cintura, acariciando sus formas…deslizó sus manos sobre sus perfiladas caderas, sin decir una palabra…la chica arqueó ligeramente su cabeza y con las manos acarició el cabello de él. Entonces, John habló.

    - Dulzura…eres muy linda…voy a retirarte el vestido…lentamente…antes de que venga tu turno…

    Entonces ella se volvió bruscamente. Lo miró frente a frente.

    - John…

    - Bethel- dijo él moviendo los ojos.

    La lanzó sobre la cama y le dio la espalda.

    - ¿Por qué? ¿Por qué precisamente tenías que ser tú? ¿Por qué tenía que volverte a ver…y así?

    Bethel acarició su espalda.

    - Cuánto tiempo sin verte, cariño…sé que no era la forma en que esperabas nos reencontráramos pero…el destino se encargó de ponernos exactamente a uno frente al otro…¿le negarás a la vida la oportunidad de volver a tenernos?

    John se volvió hacia ella y la tomó de la cintura diciendo:

    - Pues…ahora que lo dices…es la oportunidad perfecta para tratarte como lo que eres…una sucia ramera, que cambió mi amor por el placer y el dinero de muchos…

    Entonces, con algo de violencia la fue despojando de la ropa…la miró en las prendas íntimas, y un hermoso liguero negro, la hizo sentir en la cama, le fue quitando los zapatos y despacio acarició sus piernas sobre las medias de seda…se mordió los labios cuando ella arqueaba su cuerpo y ocultaba las lágrimas. Ella lo seguía queriendo y le dolía lo que estaba a punto de pasar.

    John le quitó el liguero y fue retirando una a una las medias para luego llenar de besos cada punto de sus piernas, subiendo despacio por su ingle para acariciar con la mano sobre la prenda su pubis…luego avanzó por sus caderas hasta llegar a su pecho. La aprisionó con un beso intenso para después devorar su vientre…ella lo miró con ardor y luego lo hizo sentar, inclinándose a la altura de su miembro…sí, lo iba a hacer…entreabrió su pantalón, mientras le iba desabrochando la camisa. Él se dejaba arrastrar por las caricias mientras ella ubicaba su virilidad que ya erguida y ardiente, se elevaba…ella decoró la punta con un beso fugaz para luego apretar sus gónadas y arrancarle un gemido ardiente…después, sus labios se acomodaron para lamer despacio la base y subir y bajar succionando con fuerzas, mientras John jadeaba incesantemente…él se recostó para degustar aquella felación sin control…


    Al poco rato, era él quien le desataba el sostén de encaje y la devoraba a placer…descendió un poco entre sus piernas y lamió como loco, como nunca lo había hecho con ella, para encenderla sin compasión…sus pechos fueron mordisqueados y besados una y otra vez…éstos, duros y húmedos, se erguían anhelantes de su contacto.

    Él la recostó sin piedad y se fue adentrando en su cuerpo, cada vez con mayor rapidez…Berenice o Bethel, lo sentía tan profundamente que creía morir con el volumen de su penetración…él quería enloquecerla, al tiempo que sacaba en ese intento de placer todas las energías y el coraje que sentía por haberla perdido.

    Luego la subió a su cintura, encajándola sobre su miembro, subiéndola y bajándola a espaldas de él para acariciar sus glúteos, mientras la movía a su incesante ritmo.

    - Ah…John…no pares…- sin embargo quien gozaba aún más era él.

    La recostó a un lado de él para acomodarse entre sus piernas, levantando una de ellas a un costado de su cabeza y se adentraba profundamente al tiempo que acariciaba su botón femenino, humectando intensamente aquel lugar…acariciaba su vientre…sus pechos…sus labios, encajándose una y otra vez.

    Al fin la vio arquearse y gritar sin compasión. Él se volcó en ella y terminó sintiendo que su cuerpo se debilitaba momentáneamente.


    El silencio reinó en aquella habitación. Él fumaba mientras ella seguía recostada. John no quería volver a verla. Le dejó suficiente dinero y una nota.

    - Querida Bethel…porque sólo yo sé que ése es tu nombre…te dejo suficiente dinero, en recuerdo del amor que nos unió…sé que con él no pagaré tu honra…pero quiero que te ayudes…y de ser posible…deja esta vida…no quiero volver a encontrarme contigo en calidad de mujerzuela…Bethel…despide a Berenice y encuentra la felicidad…hasta siempre…John Dillinger…


    Apagó el último cigarrillo, dejó un beso en la frente de ella, la arropó y cerró bien la habitación, dejando en el tocador el fajo de billetes.


    La semana siguiente, John buscó a dos de sus compañeros y les dio instrucciones precisas. Llegó a las oficinas de la empresa. Buscó al dueño, con la idea de proponerle una inversión, cuando entonces, lo amagó con un puñal y le dijo.

    - Ábreme la caja fuerte…o te mueres…-¿entendiste?

    El hombre se movió rápidamente, abrió la caja fuerte y lo dejó entrar. John agradeció con un gesto irónico y pronto sacó la bolsa.

    - Ahora, señor…usted y yo…vamos a dar un paseo por ahí.

    Lo tomó por el brazo, moviéndolo con la pistola que lo amenazaba. Lo hizo subir al auto y se dirigieron todos al campo.

    Ahí amarraron a aquel hombre y lo dejaron ahí por máximo diez minutos.

    Todos volvieron al centro de la ciudad. John les repartió lo convenido y se dirigió hacia la carretera, manejando hacia Indiana.

    Iba conversando con Rojo en el trayecto.

    - ¿Qué harás ahora, John?

    - Visitar a mi padre…quiero saber qué ha sido de mi viejo en todo este tiempo…y pronto voy a regresar a las andadas. Pero ahora…quiero ayudarlo un poco.

    Rojo accedió y lo acompañó un rato.


    Después de un rato de camino, Rojo le dijo:

    - La granja de la que te hablé no está muy lejos de aquí. Cuando quieras, puedo llevarte directamente ahí.

    - Gracias, Rojo…los Hamilton estamos a tus órdenes, hermano.

    John le dio una parte del dinero.

    - No, John…no es necesario.

    - Claro que sí, Rojo- dijo John- tú te has portado tan bien que no puedo menos que darte una parte. Además…estoy seguro que Polly va a necesitar algo…

    Rojo bajó los ojos.

    - Arriba el rostro, hombre…Polly es una buena chica…cuando la veas, dile que la aprecio mucho.

    - Gracias, John…bueno…pues buena suerte.

    - Hasta pronto, Rojo.

    John arrancó el auto y siguió manejando hasta la casa de su padre.

    Cuando llegó, lo encontró sentado en su sillón. Su viejo estaba enfermo y solo. Aquellas granjas crecían en gente y en movimiento, pero la casa de su padre seguía en un ser.

    En cuanto el viejo lo vio venir, se levantó como pudo y trató de caminar hacia su hijo. Los pasos fueron lentos pero por fin, el padre llegó hasta John. Éste se enterneció profundamente, como quizás nunca lo había hecho.

    - Aquí estoy, viejo- sonrió- por un tiempo, nadamás…
     

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