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Historia corta Fanfic - Historias para antes de crecer.

Tema en 'Originales' iniciado por RedAndYellow, 1 Octubre 2017.

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    RedAndYellow

    RedAndYellow Líder de Betas Líder de Betas Esbirro

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    Fanfic - Historias para antes de crecer.
    Clasificación:
    Para todas las edades
    Género:
    Amistad
    Total de capítulos:
    4
     
    Palabras:
    703
    Prologo.
    Un sentimiento a la vez.
    Para ti, Denisse.
    La lluvia dio torpes golpes ruidosos contra el cristal de la ventana empañada. La luna decoraba el negro de la atmosfera. El frío hacía doler los huesos de las edificaciones de ladrillo y los charcos rodeaban las entradas de manera melancólica. El viento silbaba acompañando a los perros callejeros que, de tanto en tanto, aullaban buscando a su familia, una familia que los extrañaba a pesar de solo ser tristes animales helándose en la soledad.

    Intentó dormirse con los sonidos aterrando sus tímpanos. Cuando cerraba delicadamente sus parpados, el golpe repetido del agua lo despertaba mientras lo aterraba; entonces entendió que no podría dormir, no hasta que el cielo cerrara las heridas que el tiempo y los gruesos pájaros metálicos hacían en su delicada piel. Apretó las cobijas con tanta fuerza que sentía que las terminaría arrancando, pero solo era su percepción, realmente el miedo hacía temblar sus manos tanto que le costaba atrapar precisamente la sedosa manta que se apegaba a su cuerpo. Sus ojos, resecos por tenerlos tanto tiempo abiertos, rodaban deslumbrándose con cada sombra que adornaba su cuarto lleno de chucherías de felpa; chucherías que le daban una especial sonrisa en el día mientras imaginaba historias de alienígenas y superhéroes en su cabeza. Entonces un escalofrió sistemático recorrió su cuerpo y lo puso atento de nuevo, un perro había ladrado con tal fuerza que pensó que era el anunció a algo, no estaba seguro el que, pero algo le estaba ocurriendo en el corazón: el miedo rozando contra sus sentimientos.

    Creyó entrar en un estado de trance emocional hasta que la puerta de su habitación, que le faltaban unas gotas de aceite en las oxidadas clavijas, se abrió dejando entrar parte del viento a su cama desatendida por sus temerosos movimientos. Su padre sonrió al verlo, estaba calmado pero tenía temblores involuntarios por el hielo guardado en su garganta y tobillos; se acercó tiernamente y con su voz suave, tanto como un violín en mitad de Paris, le habló a su hijo tratando de calmarlo.

    —Giorgio, es hora de dormir, ya es tarde y mañana debes asistir a la escuela —Dijo y acarició levemente el pie de su criatura —. ¿Ocurre algo que deba saber?

    Giorgio agitó su cabello marrón buscando una respuesta que ocultara el terror que tenía; pero no encontró ninguna. Se quedó callado esperando que el hielo de afuera y la sosegada situación alejaran a su padre y lo dejaran a él con sus fobias creciendo en su estómago.

    Pero su padre, con sus años de terror encima no se fue; pasaron tres eternos minutos y su sonrisa cálida y ojos apaciguados no se retiraron de los hombros de su primogénito, de hecho, parecía que tenía algo importante que decirle por la melodiosa forma que cerraba y abría los labios. Se rio del movimiento autónomo de su boca y se centró en Giorgio.

    —Veras, amor mío, yo también tuve tu edad —Se centró en que sus palabras, profundas y significantes, fueran amenas y divertidas para él —, también sentí ese extraño impulso interno que no te deja respirar. Aún más en las noches donde la lluvia golpeaba contra las ventanas y escuchaba mórbidos ruidos externos. Pero tú no tienes que sentir esos molestos golpes en el alma —Se puso cómodo en el pie de cama y lo miro a los ojos, disimulando el mensaje que quería transmitirle —, por eso necesito que me escuches; prometo te gustara, además, podrás entender mejor lo que se avecinara como una sombra hechizada queriéndose llevar tu amabilidad y amor.

    Giorgio se sentó, recostando la espalda sobre una almohada y escuchando atentamente. El frío parecía haberse discernido entre ambos cuerpos. Entonces su padre abrió la boca para narrar aquellas historias que le envalentonarían el espíritu a su hijo; quizá con suerte quemando en él una marca de cariño única en su color.

    ---------------------
    ---------------------

    Gracias por terminar de leer el prologo; lo que le prosigue a este prologo son cinco capítulos medianos (1000 a 2000 palabras) donde espero ganar una pequeña parte de tu corazón con las historias que son narras para Giorgio. Espero te guste. <3
     
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    RedAndYellow

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    Miedo.
    Que forma de imponer más absurda... pero eficaz.
    El sin cesar sonido de su tren de juguete alertaba a su preocupada madre; quizá este mes no habría suficiente dinero como para comer tres veces al día. Él le restaba importancia de manera inocente a los problemas que perturbaban a su madre detrás del olor del café de las mañanas y las noches. Había misto a muchos adultos intentar esconder sus pequeños problemas en tacitas de café amargas en vez de ponerse a jugar con trenes de juguete; el ruido seguramente los tranquilizaría y la suavidad de la madera pintada les daría una cierta calidez única de los juguetes.

    Su madre observó de reojo el reloj; su preocupación cedió un momento para hablar a su hijo que era hora de que se fuera al colegio. Le dio un emparedado envuelto en plástico transparente y un pequeño termo rosado donde llevaba jugo de tomate. Luego el silenció de la trágica espera invadió la pequeña cocina de pisos blancos y paredes celestes.

    —Jorge, hoy tienes que irte solo a la escuela. Ya sabes como llegar, hoy mami está ocupada —Le dijo abriendo la puerta de metal que mantenía separados el exterior del interior; una preocupada solución a la creciente inseguridad nocturna que azotaba con fuerza el buen carisma de cualquiera.

    Jorge no salió tras el primer llamado, ni el segundo, tampoco el tercero; estaba paralizado por el paradójico miedo que se hacía pesado en sus rodillas y que le impedía pensar claramente. Dejó caer el trencito de juguete y se ocultó bajo su propia fachada. No quería salir. Su madre, de cabellos rojizos y ojos verdes pronunciados, tuvo que empujarlo para que pudiera emprender su camino hasta la escuela. Le deseó suerte y se encerró en la casa, planteando soluciones dramáticas para no morir de hambre en un aposento que parecía chiquero del que a penas y tenía posibilidades de salir.

    Jorge, con diez años encima de sus jóvenes hombros, no entendió la trágica situación de su madre y se concentró en el terror invasor que hacía retumbar su corazón y lo castigaba con un vacío espeluznante en el estómago y con un desierto en el esófago. No podía hablar. Pero sabía, como un bebé reconoce los colores, que no era el momento idóneo para quedarse quito esperando que el viento rozara con su nariz hasta lastimarla. Sus pensamientos, de manera irónica y subconsciente, lo llevaron a caminar las aceras mientras apretaba con fuerza su polo naranja. Se lo había comprado su padre antes de desaparecer sin dejar rastro ni huella. Caminó mientras los pies le ardían, el sol lo perseguía y escuchaba pasos a su espalda; a pesar de solo encontrar su sombra. Su instituto, pintado de blanco y reluciente a la vista, se encontraba después de una pequeña colina y ahí es donde estaban los jóvenes retirados; se decía que eran ladrones y asesinos. El temor llegó a tal grado que se ocultó del matutino sol en la sombra de un árbol de naranjas plantado en un reluciente campo de hierba verde y tierra fértil. Apoyó la cabeza contra el tronco y esperó lo inevitable: se quedó dormido arrullado por la temperatura placentera y el viento amable que palpaba su cuello. Entonces dejó de escuchar los alaridos de las personas.

    Cuando despertó el medio día abría con su carta más potente: el sofocante calor en los techos laminados con zinc. Más personas habían salido de sus casas para caminar bajo el ardiente sol, otras cuantas se miraban despreocupadas mientras limpiaban sus casas. Metió la mano a su bolsillo hasta encontrar una pequeña figura de un tren pintada totalmente de naranja, tenía pequeños recuerdos de los dientes de él; se disculparía luego con el plástico anaranjado. Se reincorporó rápidamente, con la respiración lenta y con dolor en las rodillas por la posición en la que se había dormido continuó su camino hacia la escuela que debería estar a punto de acabarse por la hora. Subió la colina y la bajó lentamente con la delicadeza de un tren imaginario. Como lo sospechó, debajo de la colina donde casi había tocado las nubes con los dedos, estaban construidas unas fétidas casas de madera con moho y el suelo tenía tantos huecos que ahora eran pequeñas piscinas para juguetes. Las personas se resguardaban en sus casas a esperar que el sol se fuera para salir a tomar.

    Guardó su juguete y pasó con el temblar de un taladro por entre el extraño lugar, las manos le temblaban y los ojos viajaban entre todas las construcciones queriendo encontrar un resguardo en la mirada de alguien. Pero solo encontró la soledad y el frío de las almas forajidas de dos chicos que se le acercaron; uno por delante y otro a su espalda. Lo miraron sin armonía.

    —Ey, ¿qué haces por acá tan solito? —Dijo uno de los dos, el del frente, vistiendo una camisilla blanca sucia. El otro solo asentó con la cabeza.

    El miedo no le dejó contestar o explicarse, pero en el fondo sabía que igual eso no le valdría de nada y que la melancolía oculta y oscura en los corazones de los otros le sabría a cenizas resecas cuando terminaran su famélica conversación.

    Las palabras sobraron para explicar el dilema de volver a casa con un ojo morado, el brazo adolorido, sin zapatos ni juguetes; caminó con las lágrimas golpeando contra el caliente asfalto y evaporándose al tacto. Su corazón se guardó en una caja musical hasta que llegó a casa y en silencio tocó la puerta y antes de que su madre le hablara se derrumbó sobre su pequeña cama oculta tras una pared improvisada que dividía la cocina. Su madre se sentó en el suelo, la cama era pequeña y no tenía base, lo que le permitía acariciar felizmente los pies de su pequeño hijo. Él le dijo toda la verdad y sintió como un pétalo de rosa de su cuerpo caía y creía de nuevo, eso durante toda la eternidad de un segundo. Luego su madre le sonrió uniéndole el alma a la suya y le obsequió dos pequeños regalos impregnados de su aroma y de su amor maternal: una pequeña guitara bastante maltratada y con la madera despintada y una libreta anotada con canciones muy bonitas de la época.

    Cuando su madre salió del cuarto cargando con la pena otra vez, él se puso a llenarse el espíritu con suaves baladas que su madre bailaba mientras cocinaba.

    —Te amo, ma’ —Le gritó por debajo del sonido grave de la guitarra.

    El resto de día salió con la preocupación oculta bajo los silbidos de aquellas entonadas; salía media hora antes para poder rodear toda su vecindad y no pasar por aquella colina que con el tiempo se fue deteriorando cada vez más. Ojala aquel pequeño tren naranja le sirva a aquellos niños que necesitados se lo quitaron. Ojala signifique tanto para ellos como esa guitarra significada ahora para él.
     
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    RedAndYellow

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    Soñando con los ojos abiertos.
    Para ese sueño resguardado y cubierto.
    La lluvia lo resguardaba del resto de personas que lo juzgaban con la mirada al pasar a su lado; a su dramático lado, él, tirado en el suelo fumando un cigarro, se ocultaba de todos. Menos de aquellos lobos vestidos de cordero que lo invitaban a eventos donde el mayor placer y atracción era el alcohol o el cigarrillo en vena. Ya había años desde que empeñó la vieja guitarra de madera pura para recibir un par de cervezas y cigarrillos en una pequeña cajetilla negra con indicaciones para prender uno y con una imagen gráfica de las consecuencias de fumar. <<¿Y qué?>> Pensaba cuando su mente lo obligaba sistemáticamente a ver las duras consecuencias de su vicio, en un desesperado intento por no ahogarse en nicotina pura. Pero se había empezado a rendir frente a la adversidad del placer y el deseo ciego que impulsaba sus labios al amargo beso de una colilla ardiente de cigarro.

    .


    Parecía un día normal, excepto por que la lluvia se desprendió del cielo tan fuerte que hizo retumbar el metal de los autos que estacionados esperaban a las afueras de una gran iglesia, con cristales de vidrios y una enorme cruz de madera negra puesta en la punta. Las personas entraban inseguras, vistiendo trajes para ocultar sus falencias de personalidad y errores pasados que parecían dormir a su lado cada noche. Su delgado cuerpo que no había regresado a casa en la noche y se la pasó comiendo pan con las ratas y autodestruyendo su cuerpo con el tabaquismo que su sangre ya había aceptado. Y aun con esas se creía, por lo menos, levemente especial; más bien, sus ojos, bendecidos con un color verde esmeralda, podían reconocer el sudor de las personas al entrar en la iglesia. Pobres almas ilusas que buscaban encontrar respaldo en figuras de porcelana. Pero eso no le importaba realmente. Casi dos horas después, cuando el sol ya pegaba fuerte contra la piel, las personas salían, algunas sudadas y otras en un incómodo silencio dando pasos cortos para evitar caerse ante el deslumbramiento que creían haber recibido. Y ese deslumbramiento se transformaba en una bondad rara de ver en el ser humano, bondad que se recargaba cada siete días, y en siete se acababa hasta tocar suelo. Tomó todas las monedas recibidas y se fue a casa, con suerte, su madre tendría hecha una sopa de pollo que le gustaría.

    Al llegar, la puerta, ya oxidada por el paso de los años y las fuertes lluvias que azotaban el helado clima tenían consecuencias terribles dentro de su propio hogar; su madre, con canas que intentaba cubrir, le abrió la entrada que rechinaba y él se tomó aquella sopa de pollo que tanto le gustaba. El silencio parecía tocar alguna fibra de su pequeño corazón, pálido y helado por las situaciones bizarras que sus ojos, cansados de mirar, habían visualizado desde la distancia o a escasos centímetros de su propia nariz. Sea como sea, le habían herido las arterias que transportaban los sentimientos del corazón hacia cada trozo de cuerpo. Le entregó las monedas a su madre en sus lastimadas manos y salió de nuevo. Tenía un sueño que solo se haría realidad con el cochino dinero que inundaba su alma. Se metió un cigarrillo entre los labios, asimilando una de esas escenas eróticas que miraba distantes en las revistas que encontraba en los basureros de las casas ‘decentes’; alguna vez soñó con estar en esas situaciones tan imaginarias, pero luego, recordando su meta final, alejó la idea de su cabeza al igual que aquellas concubinas de dudosa procedencia que se ofrecían por algunos dólares.

    Sonrió aliviado de sus decisiones y tomó la opción de no aguardad más a su cruel destino. El frío helaba los postes que tenían en su cima los semáforos tricolor que aguardaban todo el dilema de los conductores afanados por llegar a su lugar y descasar, o amarse, o tomarse unas cervezas, o preparase, o viajar o simplemente disfrutar de su ciudad; aunque esa idea le parecía descabellada en todas las situaciones que la planteaba.

    El semáforo se plantó con un tono rojizo que le avisaba entre susurros que era hora de su magnífica entrada en escena. Le agradeció en su mente y tomó dos largos cuchillos. Se puso a hacer malabares enfrente de todos con el fin de recaudar unas cuantas monedas para cumplir una meta que estaba establecida. By my face, se decía al mirarse al espejo y recordarse su sueño incompleto. Algunos obsoletos señores panzones de lentes delgados lo miraban con malos ojos, creyendo ciegamente que al bajar la ventana él les robaría. Pero tenía un juramento de sangre consigo mismo y el reflectante espejo de nunca robar o lastimar a alguien. Así se puede, pensaba inocentemente antes de darse cuenta que para cuando tuviera suficiente dinero, ya estaría en un ataúd bajo la pesada tierra.

    Entonces decidió asaltar un par, o algunas más, de personas para obtener ese preciado papel. Luego entró a una universidad realmente barata con miras a las becas. Dejo de fumar por primera vez y se concentró en su nueva guitarra. Se hizo otro juramento.
     
    Última edición: 7 Octubre 2017
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    Traición.
    Hay tantos nombres por poner, que me parece injusto dedicárselo a alguien.
    El día de la graduación había llegado tan rápido como rápidas sus ganas de graduarse. Era una paradoja que lo envolvía en un entorno difícil de entender: sus pensamientos más obsoletos. El pensar cómo llegó hasta ese punto y a cuantos niños ricos, con Iphone y celulares de gama alta tuvo que robar. Se lamentó en la cama de su casa durante varios días previos a vestir de blanco para decir al mundo que era un abogado de bien que esperaba tener los bolsillos repletos de dinero. Esos dos pensamientos, contradiciéndose el uno ante el otro, jugando al juego de las luces y las sombras, le dejaron un hueco en su corazón que solo llenó pensando que, después de todo, no era tan mala persona.

    El salón tenía un suelo pulido de madera puesta en cuadrados repartidos uniformemente por todo el lugar, dejando espacio a pequeños juegos de ajedrez gigante gracias a los tonos antagónicos que habían escogido para ese salón en específico. Se pusieron por lo menos cien sillas, todas de color blanco hueso con las patas de un azul oscuro donde los más chicos dibujaban su nombre o los más inmaduros corazones y miembros masculinos en una eterna búsqueda de su virilidad. Era gracioso pensado así. Al fondo del salón, donde estaría la vista de todo el mundo, se hallaba incrustada una tarima de madera recubierta en tela de color azul oscuro con globos pegados a la pared y papeles publicitarios de la universidad. Unos pocos metros más adelante, en las primeras filas, los estudiantes que se graduarían y luego arreglarían el salón con sus manos para dar espacio a unas pistas de baile dignas de coreógrafos expertos. Había dos filas llenas de alumnos vestidos de blanco, con su birrete de color homónimo y una pluma azul pegada en él.

    No se podía quitar la idea de ser un asqueroso ladrón hasta que el rector de la universidad, un hombre viejo, panzón y usando una camiseta café habló por el micrófono refiriéndose a todos con un saludo que intento ser cálido pero se convirtió rápidamente en una broma gracias a su ensalivaba pronunciación.

    —Bienvenidos al día más importante de la vida de muchos —tragó saliva—, esperamos que estén preparados para ver la gala del futuro de nuestro país —tragó saliva—; es por eso que hemos preparado un pequeño horario que finaliza con un baile al más estilo de los 70´s —apagó el micrófono pero su salivaba se seguía escuchando.

    No quería escuchar más. Miró a su lado y se encontró con la cara de facciones delicadas de Rubí, una chica de ojos verde esmeralda y pecas anaranjadas puestas como decoración en todo su rostro; su delicado cuello y esbelta figura sugerían una mujer practica y sencilla pero tierna por dentro, sus uñas, aun conservando un tamaño adecuado, le recordaban a un felino en caza. Era una mujer hermosa que tenía una vista conservadora que evocaba años más felices en la vida de cualquiera. Y hoy era el tiempo de hacer un momento de felicidad propio, le pediría, de la mejor manera, que bailara con él. Se la imaginó bailando con su delicado cuerpo, dando vueltas cual doncella con su traje blanco y unos tacones negros que le daban más altura, pero no la necesaria para alcanzarlo. Zapateó un par de veces el suelo y se dedicó a esperar a que el tiempo rozara con sus intereses y pasara más rápidamente. El cabello de Rubí, rojo cual pasión en ignición, le dio un palpito fuerte en el corazón que terminó por volverlo loco desde el primer día que deslumbro esa cabellera.

    Esperó y esperó, golpeando la suela blanca de sus zapatos de gala contra la bien formada madera a que uno a uno de los alumnos, con notas medias o malas, pasaran. A él le tocaba al final, junto con Rubí y sus calificaciones alucinantes en casi todo; pero él la superaba por bastante ya, y aunque nunca se lo dijo, ni en broma, sabía que él era más inteligente que ella. O eso parecía. Al final, después de la insaciable espera, su turno había llegado. Se levantó de la silla, intentó no tropezar. Llegó a la tarima cubierta en tela, recibió las ovaciones por sus notas, un diploma amarillezco y se sentó de nuevo. Todo había pasado tan rápido que el ensalivado del director le dijo que se tomara una foto con él para no perder el momento del mejor alumno tan rápidamente. El fotógrafo notó la desdicha en los ojos de Jorge pero no dijo nada.

    —Rubí —le susurró antes de que el discurso final se terminara y el baile tomara lugar en medio del salón con la música más clásica que podrían poner, —Rubí, quiero que bailes conmigo.

    Ella sonrió mirándolo con sus verdes ojos que demostraban un desinterés interesado en su rostro poético de un hombre afanado por estrenar su corazón. Ella notó eso y también se desconectó del discurso, y de las sillas blancas, y de los trajes claros y de la tela azul. —¿Yo que ganare? —Dijo juguetona, aunque él no lo sabía, eso era un sí disfrazado de juego.

    —Bueno, no siempre tienes que ganar algo —Respondió risueño viéndola a los ojos. Ella solo aceptó y el tiempo empezó a volar a la par que las mariposas irresponsables volaban por sus tripas creándole nervios que atravesaban desde su columna vertebral hasta sus pies; no sabía bailar bien, pero lo suficiente como para moverse frente a una canción lenta o de composición medianamente rápida que no afectara demasiado su propia masa corporal que era lo que movería en frente de Rubí. Rubí, Rubí, Rubí… le fascinaba su nombre.

    —Oye —Volvió a susurrar él.

    —¿Qué?

    —Me encanta tu nombre.

    Y de rubí a Rubí, sus mejillas se pusieron rojas y se río disimuladamente para no llamar demasiado la intención de algún espectador sapo que pudiera tomarle una foto y publicarla en una página indiscriminada donde le dirían prostituta. Los rumores son como una pequeña chispa, depende de donde caigan, se hará más o menos fuerte el fuego. Parecía que a su extensa y chispeante cabellera los materiales inflamables la seguían a donde fuera. No gozaba exactamente de una reputación que hiciera juego con la inocencia de sus ojos; algunos decían, sin temor a equivocarse, que era una puta de babilonia y que no dudaría en acostarse con cada chico. Él no creía eso, lo que sus prismáticos humanos miraban era un texto regado por kilómetros y kilómetros de delicada piel sensible al toque de su mano. Jorge notó eso al tomarla de la mano para dedicarse mutuamente la primera canción en un salón que ahora gozaba de una climatización mucho más fresca, un espacio extenso y un centro de baile que parecía un espectáculo a puertas cerradas. Tuvieron algún tiempo antes para cambiarse el atuendo, él, le pidió un traje negro oscuro a su amigo y se lo puso rápidamente para que la mano tierna de Rubí no se enfriara en su ausencia. La suave melodía movía sus cuerpos en un desfile de emociones sistemáticas. Que bien se sentía.

    —Tus pies son muy lentos, Stuadd —Lo llamó por su apellido en una forma románticamente burlesca y lo tentó a moverse más rápido.

    —Los tuyos más, Cooper.

    Se abrazaron cuando la primera entonada terminó y se miraron a los ojos. El suave tacto de sus labios rosados lo llevaron a un mundo fantasioso donde casi podía sentir el olor a clavel y a rosa esparcido por el lugar; estaba lleno de árboles de naranja y tenía pequeñas casas pintadas de color rojo donde Rubí lo esperaba con otro beso y así durante el eterno transcurso de un beso de adolecente en su noche más importante. Por primera vez en mucho tiempo olvido sus metas para centrarse en su corazón. Su corazón se prendió tras el interruptor de los labios.

    La felicidad de despertar de un sueño donde lo único realmente importante era una meta en concreto le pareció tan fascinante que le robó otro beso y otro después de ese. Las escena, romántica en la intimidad de los pensamientos de ellos, se había convertido en un comidillo para el resto de personas que esperaban impacientes para que ella o lo cacheteara o le dijera algo para llevárselo a su casa, jugar y abandonarlo, como narraban algunas páginas que estaban dirigidas a ella, generalmente en Facebook. Pero nada de eso ocurrió. Mientras los ojos de los espectadores, oscuros y fríos, carcomían como cuervos la escena, Rubí realmente disfrutaba un beso así; por primera vez no sintió culpa o remordimiento por sentirse como se sentía, por dar un beso tan rápido o por el latir de su corazón. Él tampoco lo hacía y no encontraba razón para hacerlo entre las telarañas del momento. La situación le recordaba una película romántica y tierna.

    —¡Puta! —Se escuchó un alarido del fondo, lo suficientemente alto para que los besos pararan y todas las personas giraran a ver lo ocurrido —, no sabía que besabas así de rápido y así de rico —se acercó a la pareja, pero estaba lo suficientemente lejos para no parecer una amenaza que los acorralaría. Sobre todo porque era Justin, aquel cuasi hermano que le había prestado el traje a Jorge, dado consejos y enseñado a bailar tan suave como él sabía. El momento adoptó una nueva faceta tensa en la que cualquier respiración deslumbrara un destello de confrontación. Justin, rubio y más alto que Jorge, usaba un traje azul oscuro en compañía de una simpática corbata roja y unos músculos que lo acompañaban a cada lugar.

    —Viejo, ¿qué te pasa? —Se levantó Jorge.

    —Qué te pasa a ti, viejo. Si me pediste el traje para bailar con una cualquiera, te hubiera reglado una bolsa de la basura. Déjala y vente por unos tragos.

    Él no contestó, negó con la cabeza resentido y se volvió a sentar con Rubí. Tomó su mano.

    —¿No me crees? —Se acercó a él, esta vez con la agresividad marcando las pulsaciones de sus manos y la precisa respiración. Tomó el hombro de Rubí, bajó por sus omoplatos y se regresó hacía su ante brazo, acarició y se pasó hacía su cuello dando tumbos y suaves toques hasta terminar en uno de sus perfectos y estilizados pechos. Luego, apretó con los cinco dedos buscando seguir bajando por su abdomen.

    El primer golpe lo soltó Jorge y con las enseñanzas de la calle le pegó otro en el estómago sacándole el aire. Pero su desventaja en fuerza, altura y seguridad le jugaron en contra haciendo que los golpes, certeros y seguros de su amigo fueran como ráfagas atravesando hojas de cerezo. Hojas que se marchitaron y terminaron por caer al piso.

    Rubí le tomó la mano, tan fuerte que parecía que se la arrancaría y unas gotas de agua salada cayeron sobre los lastimados labios de él. Respondió el apretón de manos con la misma fuerza y, aunque viendo borroso, reconoció las facciones hermosas del rostro de Rubí y alcanzó a diferenciar las lágrimas brotando de ojos.

    Apretó fuerte su mano. La apretó tan fuerte como el día que recibió su guitarra, la tomó así solo para jurar bajó el lago salado de la tristeza que nunca más dejaría que alguien la lastimara.

    Rubí cuidó sus heridas.
     
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    IMilok

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    Hmmmm, no voy a contestar los demas capitulos porque meh paso, yo solo voy a comentar este capitulo, y quizas los demás :) primero que todo queria decirte que en la ortografia estaba bastante bien, no me di cuenta de ver ningun error ortografico así que por esa parte no me voy a meter, creo que no debiste utilizar apellidos ingleses y utilizar palabras colombianas como sapo xd cuando lo lei me quede como "¿Hey no se suponia que eran ingleses o algo así?", pero bueno eso supongo que esta bien porque fueron muy pocas veces y no es tan grave. En lo demás de la trama creo que estuvo bastante bien, me gusto esa tonalidad oscura del escrito, y me gusto el principio, describio perfectamente las condiciones de ese sujeto. Luego lo de la chica que le decian "Puta" es lo más usual que hay en el colegio asi que creo que es una historia que esta muy bien lograda... eso es todo lo que tengo que decir ¡un saludo! :D
     

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