Otro Etéreos

Tema en 'Novelas' iniciado por GalladeLucario, 19 Enero 2018.

  1.  
    GalladeLucario

    GalladeLucario Game Master Team Drabblines

    Capricornio
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    Inventory:

    Escritor
    Título:
    Etéreos
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    7
     
    Palabras:
    5555
    ¡Buenos días/tardes/noches!

    Tenía ganas de publicar este escrito, que es una de mis más recientes novelas, y de la que hablé hace algún tiempo en mi blog, cuando solo era una idea que querría desarrollar (aunque cambié bastante a la hora de empezar a escribirla, como suele pasarme siempre (?)). Os presento "Etéreos", una historia muy, muy especial y que, para mí, es una incomprendida dentro de todo lo que he escrito (porque mis más allegados/as, quienes han tenido la oportunidad de leerla, no la han considerado tan importante o destacable como otras que he escrito), pero que no por ello deja de gustarme: es más, me encantó escribirla y me sigue encantando. Ya que está completamente escrita, iré publicando periódicamente los capítulos aquí, pero tranquilos/as, que si la historia suscita un mínimo de interés, no tendréis que esperar mucho para un nuevo capítulo, porque solo tengo que copiarlo y pegarlo desde mi ordenador, no debo escribirlo xD

    Lo que voy a escribir a continuación no es más que una explicación breve de lo que os podréis encontrar en esta historia que va a comenzar, para preveniros un poco de que vais a ver algo a lo que probablemente no estáis en absoluto acostumbrados/as. De todas formas, tal y como digo, aunque gran parte de la idea ha cambiado conforme la he ido desarrollando, su esencia se mantiene tal y como la expliqué en “Ideas para libros”, un post de mi blog, así que, si quieres, hey… no seré yo el que te impida ir a echar un vistazo, por eso del spam gratis y tal (?). En todo caso, luego me repetiré diciendo esto, pero considero que es mejor leer esto sin saber nada, cuanto menos, mejor. Con todo, sé que hay mucha gente que se puede frustrar al leerlo por no entender nada y no comprender si es “normal” que no entiendan nada o si algo falla en todo esto. Por eso, dejo a vuestra elección seguir leyendo para enteraros más o menos de lo que consistirá Etéreos. Si queréis, aquí tenéis el pequeño resumen, que no hace grandes spoilers, pero sí contextualiza un poco la trama, cosa que podéis hacer vosotros mismos/as sin necesidad de que yo lo explique. ¡Pero en fin, dentro introducción!


    Bueno, explicar de qué trata esta historia... es complicado. Solo os anticipo que no esperéis encontrar nada sencillo, simple y lógico, con una estructura normal y una trama normal: Etéreos es un juego psicológico en sí mismo, una narración del subconsciente del joven Eric, un chico de diecisiete años que cursa el último año de instituto y su eterno debate entre lo real y lo ficticio, el sueño y la vigilia, la fantasía y el mundo real. Toda la novela se narra en tercera persona, pero desde la perspectiva de Eric, y estaremos viendo diferentes escenas que se entremezclarán entre ellas. El propio protagonista dudará de qué es real y qué no, dudará si está soñando o está viviendo aquellas cosas realmente, y tratará de comprender los eventos que le rodean y de darse cuenta de qué sucede realmente en su vida y su entorno. Y los lectores, que seguiréis siempre el punto de vista del chico, estaréis probablemente tan perdidos como él, tan confundidos como él, tan deseosos de entender algo como él. Por lo que no, no os preocupéis si no entendéis nada al principio: es la idea de todo esto. Por algo digo que es un juego psicológico.

    Etéreos, además, tiene muchísimas referencias a la cultura juvenil más de moda en los últimos años: puede que muchos/as incluso puedan llegar a verse reflejados/as en el protagonista hasta cierto punto. Hay continuas referencias a música, videojuegos y demás, y, como veréis, muchos de estos aspectos tienen bastante impacto en la vida de Eric, que, dicho sea de paso, es un chaval con bastantes y peculiares manías, rozando los trastornos obsesivo compulsivos, sino entrando de lleno en ellos.


    En un inicio, la novela se componía de cinco grandes capítulos, pero puede que los fragmente para que no quede tan extenso. La extensión total de la novela era de 35555 palabras en su versión original, con capítulos de bastantes más páginas que otro; por ello, es bastante probable que incluya en un solo capítulo aquí en fanficslandia un capítulo completo del libro si este es corto, o que un capítulo en el formato original llegue a ser dos o tres en FFL. En todo caso, no creo que llegue a haber mucho más de 10 capítulos aquí… motivo por el que no sé si debería catalogar esta historia como “historia larga” o “historia corta”, y por eso es que he escogido ese prefijo, y no otro referente a su extensión. Pero, ¿por qué “otro”? Pues porque, uf, es muy difícil catalogar esto, creedme. Diría que “suspense” cuadra más o menos, pero podría decirse que es en parte fantasía, o incluso tiene elementos de otros géneros, así que prefiero dejarlo así de indeterminado. En todo caso, solo quiero advertir de algo: en ningún momento llegará a ser explícito ni constituirá parte fundamental ni extensa de la trama, pero debo avisar de que puede que haya alguna escena algo “fuerte”… aunque dentro del límite.


    Y no quiero decir nada más, porque considero que es algo que debe ser leído sin mucha más información que esa: es un juego mental donde es mejor adentrarse sin conocer las reglas. ¡Espero que os guste... y que no os duela demasiado la cabeza tras leerlo!

    Y bueno... quien me conozca, sabrá que, por extraño que parezca todo, nada es casualidad.
    Capítulo 1

    Etéreo

    “Que es intangible o poco definido y, a la vez, sutil o sublime”


    Había escuchado las voces perderse en la lejanía. La suavidad de la brisa que azotaba su rostro era tan delicada como el tacto amoroso de la yema de unos dedos, y le proporcionaba una sensación de sosiego y calma que no podía definir con palabras. Cuando respiraba, sus pulmones se hinchaban de aire, de un aire que parecía estar hecho de miel, pues era suave y, de algún modo, dulce.

    Los pies descalzos daban pasos tímidos en la arena blanca y cálida que se encontraba pisando. Se encontraba siguiéndolas a ellas, a las dos figuras que había visto a lo lejos y que por algún motivo sabía que debía perseguir. La textura aterciopelada le abrazaba los pies, y la sensación de tranquilidad crecía más y más. Las olas rompían a tan solo unos metros de él, pero el rumor de éstas era tan tenue que, lejos de enturbiar el silencio, lo adornaban. Sólo las risas de las dos personas a quienes seguía rompían ese silencio; pero aquella risa le resultaba familiar y agradable.

    De pronto las figuras estaban muy próximas a él; tanto, que sentía que si extendía el brazo hacia el frente podría tocar el vestido blanco que llevaba aquella mujer, cuyos cabellos dorados y hermosos se mecían y flotaban en el aire, casi como si la gravedad no ejerciese ninguna influencia sobre ellos. Hilos de oro que desprendían un fortísimo y a la vez delicado olor, olor a rosas. La mujer que era dueña de aquella fragancia le daba la espalda entonces, pero reía. Algo en su risa le reconfortaba mucho. Algo en su semblante le hipnotizaba.

    Alcanzó a ver a la segunda figura, frente a la mujer de vestido blanco. Y vio allí, de pie sobre la arena blanca de la playa, a un niño de tez clara, cabellos lisos y cortos, del color de la madera de roble, abultados sobre su cabeza, grandes ojos del color del chocolate y una sonrisilla infantil dibujada en su rostro de rasgos pequeños. Pese a que nadie se lo había dicho y no reconocía a aquel niño, sabía que era el hijo de la mujer que jugaba con él. Y su aspecto le resultaba extrañamente familiar, aunque fuese incapaz de pronunciar un nombre.

    Como si hubiese escuchado sus pensamientos, la madre habló, agarrando la mano del pequeño y emprendiendo una marcha lenta y apaciguada hacia el horizonte.

    —Vamos, Eric. Ven conmigo. No pienso renunciar a ti.

    “Eric”. El nombre causó un extraño impacto en su interior, y al oírlo supo que algo en toda aquella tranquilidad, en toda aquella calma, en aquella imagen idílica de la madre y su hijo, aquella escena de pura ternura, escondía algo más oscuro. Y lo supo en cuanto oyó aquel nombre, sí, pero si le cabía alguna duda, ésta se despejó cuando la noche se vino encima sobre él, la arena de la playa se tornó fría de repente, y la brisa suave y delicada se transformó en una ola helada de viento.

    Con una sensación de desazón que le crecía en lo más hondo del pecho, comenzó a correr torpemente, casi como si los músculos no le respondiese, persiguiendo a las dos figuras que se alejaban, cada vez más distantes. Creyó firmemente que las estaba llamando desde lejos, pero lo cierto es que no dijo palabra alguna. Todo cuanto oía ahora era el sonido de las olas, que no emitían un rumor relajante, sino un estruendo desquiciado y revuelto.

    La piel se le erizó, tal vez por el frío, o tal vez por la sensación que notó cuando sus pies dejaron de pisar arena y la playa se transformó en asfalto. La mujer y Eric caminaban delante de él, ahora a pocos metros, y ella iba dejando en el suelo unas huellas rojas con sus pies descalzos. Una vez más, quiso llamarla, pero no conocía su nombre. Así que llamó al niño:

    —¡Eric!

    Y la que se giró fue la madre. Con una lentitud inquietante, los cabellos que antes le parecían sublimes y con olor a rosas se le hicieron telarañas doradas, y las rosas se marchitaron para dejar únicamente paso al olor de la sangre. Pudo ver por primera vez el rostro de la mujer, y casi prefería no haberlo visto jamás: en sus ojos no había iris, ni siquiera el color blanco se apreciaba alrededor de éste, sino que todo era oscuridad, puras tinieblas, como si sus ojos fuesen el reflejo de un eclipse solar. La nariz no estaba en su lugar, no estaba en ninguna parte, y sólo dos pequeños agujeros adornaban el centro de su cara. De su boca, de labios pintados de un intenso color rojo, goteaba una sustancia del mismo color, hasta el punto de que pensó que quizá no era pintalabios lo que él creía tal.

    La cabeza se inclinó con lentitud, giró y giró, mientras se oía un indescriptible crujido. La piel se le erizó aún más.

    —¿Acaso quieres arrebatármelo? —dijo ella, con una voz ahogada, inhumana.

    La mirada acusadora del niño fue lo último que quedó grabado en su retina, antes de que unas luces potentísimas le cegasen, y el sonido de un claxon alertase sus cinco sentidos. Un coche se aproximaba, a una velocidad tal que casi no pudo apreciar cómo arrollaba a la madre y al hijo. Instantes antes de que pudiese impactar contra él, el grito murió en su garganta.

    Y, abruptamente, despertó.

    —¡Joder! —exclamó, jadeante y tenso, exaltado por aquel sueño que inició hermoso pero que se había tornado tan desagradable. La imagen de aquel automóvil informe, del que solo recordaba dos luces penetrantes que manaban de los faros delanteros, estaba tan grabada en su retina que habría jurado que el vehículo estaba allí mismo, en su cuarto; pero, por suerte, no era así, y su habitación estaba completamente vacía. Desordenada, eso sí, pero sin ningún vehículo extraño en ella.

    Con ambas manos, retiró de su frente el cabello pegajoso por el sudor, liso y castaño, y lo recolocó tras sus orejas. Pensó que debía tener un aspecto deplorable, tal y como estaba, sudado, sin camiseta, aquellos ridículos vellos rebeldes en su pecho y bajo su ombligo, y los horribles calzoncillos con dibujos de los Looney Toons, que bien podría llevar un niño de diez años menos.

    Bostezó enérgicamente, y extendió sus delgados brazos a ambos lados. Meticulosamente sacó los pies de la cama, asegurándose de que era el pie derecho el que pisaba primero el suelo, caminó hasta el otro lado de la pequeña habitación y abrió el armario empotrado de madera oscura. Con cierta desgana agarró una sudadera celeste de cremallera blanca y capucha, así como unos vaqueros desgastados y claros, y los colocó sobre su escritorio.

    Las paredes eran azules y grises, dos a dos, en aquel habitáculo que era su espacio personal. No era precisamente el culmen del orden y la limpieza, y las grandes cantidades de prendas que había sobre su silla, amontonadas y muchas de ellas colocadas en el lugar erróneo, cuando les correspondería el cesto de ropa sucia, así como los calcetines que había, privados de su pareja, repartidos por el suelo negro de la habitación, eran indicativos de ello. La alfombra celeste, redonda y amplia, se extendía por casi todo el lugar, y las patas de su cama individual y del escritorio grisáceo pisaban ésta.

    Una vez vestido, mientras colocaba irregularmente aquella ropa en su cuerpo, cubrió con la capucha su cabello y se miró al espejo que había colocado en una de las puertas del armario. Observó su nariz chata y grande, que tan poco le gustaba, y las marcas de acné que le quedaron en el lateral izquierdo de su cara. Su cabello de longitud media solía ser muy grasiento, y al caer sobre su cara le llenaba ésta de impurezas, que habían acabado derivando en aquel rostro lleno de imperfecciones que tanto detestaba. Las cejas, espesas, gruesas y del color castaño de su pelo despeinado se alzaban sobre los grandes luceros marrones, la única parte de su cara que le resultaba agradable.

    No se extrañó cuando encontró la habitación de su padre cerrada a cal y canto, y tuvo que hacerse él mismo el café reglamentario de la mañana. Sentado en la mesa de cristal del modesto salón de su apartamento, daba pequeños sorbos de la bebida caliente mientras revisaba las notificaciones de sus redes sociales en su teléfono móvil, como era rutina en cada mañana. Mientras un dedo deslizaba la superficie táctil del aparato, el otro daba vueltas en sentido anti horario a la taza, alzándola de vez en cuando hasta sus labios. Probablemente ni siquiera él lo sabía, pero daba siempre la cantidad exacta de cinco vueltas antes de tomar un nuevo sorbo de café.

    Adecuar su cabello fue la última tarea de la mañana, y como de costumbre resultó bien ardua, pero terminó resultando en algo relativamente decente. De cualquier manera la sudadera seguía ocultando gracias a su capucha aquellos pelos, de modo que no le preocupaba en exceso. Se ató los cordones de sus zapatos azules, porque verdaderamente amaba ese color, ajustó los auriculares en su teléfono, lo guardó en el bolsillo de su pantalón y se aseguró de que sonaba Do I Wanna Know?, de Arctic Monkeys, desde el momento en que ponía un pie en la acera de la calle. Su camino al instituto duraba cinco canciones, siempre las mismas, siempre en el mismo tiempo. Cuando entraba por la puerta de aquel lugar, mochila a la espalda, debía estar sonando Boulevard Of Broken Dreams, del grupo Green Day; concretamente, apagaba el reproductor de música cuando oía a Billie Joe Armstrong pronunciar por quinta vez la frase “I walk alone”, justo antes de que el estribillo comenzase. Y, cuando acababa las clases y regresaba a casa, comenzaba la reproducción musical rutinaria donde lo había dejado por la mañana.

    El instituto era su particular “cárcel”, en cierto modo. Era un chico inconformista, tal vez demasiado, y nunca se sentía contento con nada, pues siempre lograba encontrar algo que emergía a la superficie de su aparente felicidad y la perturbaba de alguna manera, siempre había algún defecto en todas las personas junto a las que se sentía cómodo, siempre había algún problema en todos sus proyectos, y siempre había algo que faltaba en su interior, algo que no le dejaba descansar mentalmente. Y todos aquellos factores se aunaban y se concentraban allí, en el instituto, un sitio al que se veía obligado a asistir, donde veía diariamente a las mismas personas, a los mismos hipócritas tratando de agradar al resto, escuchaba a los mismos profesores hablar sobre los mismos temas, hablar sobre su futuro y exigir silencio a los mismos alumnos de siempre. Todo lo vacía que sentía habitualmente su vida se multiplicaba por dos cuando estaba en aquel sitio.

    Pero tenía que hacerlo, por su futuro. Y “futuro” era una palabra con la que su padre designaba el concepto “harás lo que yo te diga con tu vida”.

    —¡Eh, Eric! —“buenos días, pelo-fregona”, completó él en su mente al oír la voz estridente de su compañero—. ¡Buenos días, pelo-fregona! ¿Qué tal estás?

    La alegría natural de su amigo Daniel, Dan, como todos lo conocían, a veces era motivadora, pero usualmente le resultaba demasiado cargante. No obstante, él era el único amigo que tenía allí, en aquel modesto instituto. Era un chico agradable, siempre sonriente, y que no había tenido suerte integrándose en aquella vida de adolescentes que todos los chicos de su edad parecían buscar. Fue siempre el raro de la clase antes de su llegada, puesto que ahora que él mismo formaba parte de aquella microsociedad, el puesto de “raro” era compartido, por supuesto. Sus intereses, desde luego, eran bastante distintos a los del resto y bastante similares a los suyos propios, pues a él le gustaban los juegos de rol, los videojuegos, las películas de fantasía y, en definitiva, cosas que no era especialmente frecuente encontrar en los gustos de un chaval de diecisiete años.

    —Bien, supongo —mientras hablaba, se movía con gesto mecánico, colocando el estuche y el cuaderno sobre la mesa de dos personas, y extrayendo del primero un bolígrafo azul, presionando cinco veces exactas el botón que servía para sacar y guardar la punta de aquél, quedando al final del proceso en disposición para ser usado.

    —¿Qué tal el fin de semana? No me avistaste para jugar a nada por internet, ¡tuve que quemar el League of Legends yo solo!

    Suspiró, mientras miraba de reojo al chaval que se sentaba a su lado. Desde su punto de vista, era un joven muy atractivo, desde luego mucho más que él. Llevaba el pelo corto, sin peinar demasiado, de color rubio, y sus pequeños y arqueados ojos verdes se complementaban a la perfección con unas cejas finas, una nariz pequeña y unos labios carnosos. Algo de barba, pequeños brotes de vello punzante, dorados y discretos, se alzaba especialmente en su barbilla, en los laterales del rostro y bajo la nariz, dejando un curioso hueco desnudo en los pómulos.

    —No me apetecía jugar. Llevo todo el fin de semana con jaquecas. La puta migraña me está matando últimamente.

    —Vaya —comentó Dan, desalentado, mientras daba golpecitos suaves en la base del cuello de Eric—. ¿Te duele ahora? No tienes buena cara.

    Y lo cierto era que los dolores de cabeza eran tan fuertes que, a veces, sentía como si alguien le estuviese gritando desde dentro de su mente, raspando con un cuchillo los bordes de su cerebro. Aquellos dolores llevaban ya demasiado tiempo acompañándolo, y cada vez se hacían más fuertes. De hecho, fue pensar en ellos y, como si tuviesen voluntad propia, estos se rebelaron y se duplicaron en intensidad. El pinchazo que notó fue tal que agarró la cabeza con ambas manos. Incluso llegó a oír un pitido en sus oídos que eclipsó el resto del bullicio que había a su alrededor.

    Y miró a Dan, que le miraba preocupado. Estaba moviendo sus labios, pero casi no alcanzaba a oír lo que le estaba diciendo. “¿Estás bien, Eric?”, alcanzó a adivinar. Masajeó sus sienes con delicadeza, y, poco a poco, el pitido cesó y el pinchazo se hizo más suave, menos agresivo.

    —Sí —respondió, al fin, cuando volvió a escuchar el molesto rumor de las conversaciones entrecruzadas de todos sus hipócritas y presuntuosos compañeros de clase. Dan era el único que le miraba a él, todos los demás alumnos hacían un absoluto vacío a la existencia de ambos, y, si les miraban, era para reírse o burlarse—. He tenido una mala noche, y la migraña no se va.

    —¿Has pensado en decírselo a tu padre? Te podría dar alguna pastilla o algo que te sirva para calmar los dolores. Y así no tendrás que ir al médico, sé cuánto odias las salas de espera.

    Eric se encogió de hombros ante la propuesta de su amigo.

    —No creo que unas pastillas vayan a suponer mucha ayuda, pero de todas formas, mi padre ya no ejerce, ya lo sabes.

    —¡Tío! No será la primera vez que te da algún medicamento, aunque ya no sea médico —afirmó el rubio, sonriente, como siempre. Desprendiendo luz y alegría por todos sus poros, ajeno a cualquier mal. O, al menos, si no era ajeno a ellos, sabía ocultar sus inquietudes y preocupaciones muy bien, desde luego—. Aún tiene sus contactos y sus cosas.

    —No sé, Dan —afirmó Eric, echándose hacia atrás en la incomodísima silla rotatoria en la que se sentaban en aquellas aulas. Comenzó a impulsarse con los pies para que la silla girase sobre sí misma, dando giros pequeños de noventa grados, de forma repetida y mecánica—. Paso de hablar con mi padre del tema, se pone muy pesado.

    Daniel pareció incomodarse ante la respuesta, y frunció el ceño escaso, surgiendo graciosas arrugas entre sus cejas poco pobladas. La mirada verde del chico escrutaba con lentitud a Eric, que había dejado de mirarlo cara a cara y se dedicaba a hacer girar su silla, con brazos en la nuca, observando a una pizarra en blanco. Fue entonces cuando oyó, como en un susurro, las palabras de Dan:

    —Nunca pensé que haría algo así.

    —¿Eh?

    Fue todo cuanto contestó Eric, girándose repentinamente para ver a su interlocutor, cuando se dio cuenta de que éste no estaba sentado a su lado. Extrañado, notó cómo el bullicio volvía a cesar, esta vez para rellenarse el ambiente de un intensísimo sonido que parecía representar el latido magnificado de un corazón. Retumbaba el latido acompasado en toda la sala, en toda el aula, y no reparó hasta entonces en que la misma se encontraba completamente vacía. Ni rastro quedaba de ninguno de sus compañeros, de ninguno de aquellos hipócritas presuntuosos. Únicamente la visión de la silla del profesor, de espaldas a él, al fondo del aula, y girándose rítmicamente en ángulos pequeños de unos noventa grados llamó su atención, y con una pasmosa lentitud, se levantó del pupitre y comenzó a caminar, temeroso.

    Conforme más pasos daba, más notaba que la superficie que pisaba parecía ser casi líquida, como si se tratase de barro. Y cuando su mirada marrón se enfocó en el suelo donde sus pies rozaban ésta, se dio cuenta de que el suelo de losetas blancas era pegajoso, y que dichas losetas parecían actuar como una especie de gelatina que se adhería a sus zapatos azules. Comenzó a dar pasos más amplios, en zancadas grandes, oyendo con cada vez más intensidad el latido del corazón, que comenzaba a acelerarse. Habría jurado que la clase entera daba giros de noventa grados, y no sólo la silla del profesor.

    De pronto, miró a las ventanas, y éstas ya no transmitían el halo de luz tenue pero agradable, propio de aquellas horas de la mañana. En su lugar, el haz de luz se había transformado en uno de negra oscuridad, y el sonido de las ventanas rompiéndose se añadió al del corazón que latía, a punto de estallar. Se dio cuenta entonces de que era toda la clase la que la latía. Cada vez con más fuerza. Y giraba, cada vez con más velocidad.

    —¿Disculpe? —preguntó al profesor, que seguía dándole la espalda, sin parar en ningún momento de mecer su silla, ésta cubierta de una cómoda capa de tela que hacía ver la silla del docente mucho más confortable que la de los alumnos—. ¿Empezaremos pronto la clase?

    Ni siquiera supo por qué preguntaba aquello. Una pequeña parte de él le decía que aquello no era el aula realmente, que ni siquiera era el instituto. Incluso que no era real. Pero por otro lado, se sentía incapaz de pararse a reflexionar todo aquello con tranquilidad, de percatarse de que, realmente, no eran más que unas fantasías que su mente estaba creando. Por otro lado, seguía creyendo que aquello era real, que aquel hombre era su profesor y que le diría cuándo comenzaría la lección.

    Pero no había lección alguna que comenzar.

    —Eric, ¿cómo te encuentras hoy?

    La figura vestida de blanco le volvió a sorprender, y por una milésima de segundo creyó que aquel blanco era el del vestido de la señora que vio en la playa. No tardó demasiado en identificar esta vez a la figura como una masculina, de cabellos castaño cobrizo, lisos, peinados hacia atrás con abundante gomina. La analítica mirada castaña le observaba tras unas gruesas gafas con acusada graduación, y el bolígrafo que llevaba en su mano dejó entrever su punta tras cinco toques al botón de la parte superior del mismo. El “clic” que se oía cada vez que lo pulsaba le sonó extraño, irritante, especialmente molesto.

    —¿Papá? —preguntó, pues reconoció a su padre en aquel hombre. La placa de su pecho decía justo eso: “Doctor León”. Y era indiscutible que aquel ridículo bigotillo que decoraba la parte baja de su nariz, la abominable corbata negra con pequeñas anclas rojas como estampado que se apreciaba tras la bata de médico, las orejas diminutas y casi adheridas al cráneo y el anillo dorado en el dedo anular eran rasgos que definían a aquel hombre como a su padre.

    No obstante, sintió el impulso de sentarse en una silla que había frente a la mesa tras la que se sentaba, una silla que momentos antes ni siquiera estaba allí. No había reparado en que el área donde se encontraba distaba ahora mucho de ser el aula de un instituto, sino que se trataba, más bien, de una especie de consulta médica. Tras su padre, uno a cada lado, le observaban un esqueleto humano y un maniquí que representaba el tejido muscular. Habría jurado que el primero no tenía costillas y el segundo sangraba.

    —Tus migrañas no hacen más que empeorar. Sé que no te gusta la idea de tomar pastillas, pero créeme, las necesitas. Toma estos botes: deberás tomarte una pastilla del de la izquierda cada vez que sientas esos dolores, y una del de la derecha justo antes de dormir. Paliarán tus dolores y te permitirán tener un sueño más profundo en el que tu cabeza pueda descansar. Te hace verdadera falta descansar, créeme.

    Enarcó una de las tupidas cejas, y extendió sus manos, temeroso, hacia los dos frascos, translúcidos y con gruesas etiquetas cuyas letras no alcanzaba a distinguir. En uno se entreveían píldoras alargadas y de color rojo; en el otro, el color azul predominaba.

    Le gustaba el azul.

    Abrió el bote de la derecha con entusiasmo, como si, de pronto, supiese que toda su felicidad se concentraba en aquel. Su padre ya no estaba frente a él, y ni siquiera tenía una idea o una visión definida del lugar en el que se encontraba ahora. Sólo existían él y las hermosas pastillas de aquel intenso color azul cielo, redondas, pequeñas, sublimes. Agarró dos de ellas, y las colocó en la palma de su mano. Las observó: le parecía que brillaban. Lentamente, las acercó hacia él. La sensación que tenía al sentirlas cerca era casi mágica, indescriptible. Las olió: olían a rosas.

    Su tímida lengua se extendió hacia fuera, y con suma delicadeza, colocó las dos pastillas en la punta de ésta. Saboreó cada instante, cada momento, y las tragó sin ninguna dificultad. Tenían un sabor particular, intenso, dulce y a la vez amargo.

    Miró su mano, entonces, y analizó su puño cerrado, tembloroso, inquieto el pulso. Comenzó a sacar dedos, uno a uno, comenzando por el pulgar. “Uno, dos, tres, cuatro, cinco”, paró en el meñique. “Cinco, cuatro, tres, dos, uno”, contó hacia atrás, siendo el pulgar el último que volvió a llevar hacia la palma de la mano.

    Entonces fue cuando pudo darse cuenta de que estaba sentado en el sofá de su casa, frente a la televisión, mientras un programa carente de completo interés se reproducía en la misma, absolutamente silenciado. Los botes de pastillas rojas y azules estaban sobre la misma mesa, y allí reposaba el café que había tomado aquella mañana a modo de desayuno.

    —¿Qué hora es? —preguntó al aire, sin esperar respuesta.

    Fue su propia voz la que le respondió.

    —La hora de soñar —le dijo él mismo.

    Sonrió. Sobre la mesa estaba su portátil, de color negro y con una cantidad indecente de pegatinas de diversas series, videojuegos y películas, tales como La Guerra de las Galaxias, Final Fantasy, El Señor de los Anillos, Dragon Age o Star Trek. La marca del portátil casi no se podía apreciar, eclipsada por la enorme cantidad de logos y simbología de sus universos favoritos.

    Lo abrió con entusiasmo, especialmente contento. Hizo clic con el ratón cinco veces, rápidas y fugaces como un relámpago, sobre la casilla donde debía introducir la contraseña para acceder a su ordenador personal. Y la sesión se inició, mostrando una selección abundante de carpetas virtuales aparentemente aleatoria y sin lógica alguna agrupadas en el escritorio de su PC, sobre un fondo completamente azul que parecía estar brillando. No tuvo dudas acerca de que aquel era su fondo habitual, pese a que normalmente era la foto de portada de su disco favorito de Green Day la que decoraba el escritorio.

    Actuaba de forma casi mecánica, mientras su pierna derecha temblaba rítmica e intranquilamente, nervioso por la situación que, de algún modo, sabía que estaba a punto de suceder, pero que, al mismo tiempo, desconocía de qué se trataría.

    Y cuando dio un par de clics más, una foto enorme apareció en pantalla. Era una joven rubia, de cabellos ligeramente ondulados, labios carnosos, ojos azules y penetrantes, y una sonrisa de marfil que le resultaba verdaderamente apasionante. La foto era un selfie, de modo que la chica se la había hecho a sí misma, sin necesidad de nada parecido a un cámara que la ayudase. Se podía apreciar claramente, tras el rostro suavemente maquillado que cubría casi toda la imagen, cómo se encontraba en el que él reconocía como el patio de su instituto. Pulsó después en una flecha que aparecía junto a la fotografía, y vio otra de un estilo similar, esta vez en algún otro lugar, aparentemente un bar. Lo mismo hizo entonces, hasta encontrar otra fotografía parecida, ésta con una amiga que no le interesaba lo más mínimo, realizada en la calle.

    Así pasó varias fotos, y no fue hasta la sexta cuando reparó en una figura que se apreciaba en el fondo, distante, observando directamente a cámara. Confuso, notó cómo el corazón le latía con fuerza, y, pese a que su silla no era rotatoria y no se estaba impulsando con los pies, sintió los giros de noventa grados. Amplió la imagen con cuidado, todo para observar a un chico con cabellos lisos y pegados al rostro, nariz chata y marcas de acné en la cara, que se cubría la cabeza con la capucha de su sudadera celeste.

    “Me gusta el azul”, pensó Eric. Pero algo le inquietaba. Revisó todas las fotografías que acababa de ver, una vez más. Al fondo, siempre veía la misma figura. Siempre estaba ahí, ese chico con vaqueros desgastados y semblante silencioso. Algo en él le era… extrañamente familiar.

    —Eres tú —oyó que le decía su propia voz.

    Confuso, zarandeó su cabeza.

    —¿Yo? —preguntó al aire.

    —No lo sabía. No lo sabía. No podía saberlo —repitió la voz.

    Un sonido inesperado le hizo sobresaltarse, y se encontró tendido sobre la mesa en la que previamente se recordaba sentado, somnoliento y con los auriculares conectados al portátil y descansando en ambos oídos. Un sonido potente podía oírse, uno muy familiar para él; el aviso de una videollamada entrante.

    Bostezó con energía, y pensó: “menuda paranoia de sueño”. La hora que marcaba su ordenador indicaba que eran altas horas de la madrugada, en un sábado. Y la llamada entrante era insistente: “Daniel Strife”, era el nombre del interlocutor que solicitaba tan insistentemente su presencia. Comprendió entonces que debía de haberse quedado dormido justo antes de iniciar una nueva partida con su amigo al League of Legends, como solía ser habitual en los fines de semana por la noche. Así que, sin pararse a pensar demasiado, aceptó la llamada, y la imagen y la voz de Dan aparecieron entonces, como siempre. Eric comprendió que era un sábado, y que todo cuanto creía que había sido una mañana común de instituto había sido parte de su extraña ensoñación. Así que comenzó a jugar con Dan, ajeno a lo que había soñado.

    Ajeno al hecho de que el bote de pastillas azules y el de pastillas rojas estaban, ambos abiertos, al otro lado de la mesa.
     
    Última edición: 19 Enero 2018
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    Amane

    Amane Equipo administrativo Comentarista empedernido Crítico de Oro NEKO#ΦωΦ

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    Aquí entre nos, iba a leerme solo el spoiler para vez de que trataba y no empezar a leerlo porque sabía que me iba a enganchar y no sabía si podría estar atenta de las actualizaciones. Pero seamos sinceros: es un escrito tuyo y hablamos de mi persona. Te admiro, admiro lo que escribes y era imposible que no acabase leyendo esto.

    Para empezar debo decir que ya por el título me tienes enamorada, porque justamente "etéreo" es una palabra que me gusta mucho, por su forma, por su significado, por todo. Y entiendo que al final comprenderemos que todo el escrito tiene muchísimo más que ver con esta palabra, con su definición, más de lo que pensamos.

    Luego, pues me llama mucho la atención todo lo que has explicado. Por ahora solo con el primero capítulo he entendido porque dices que será una historia que nos confundirá, y bueno, sé que lo pasaré mal porque soy de hacerme muchísimas teorías (muchísimas, no te haces idea) y seguro me surgirán demasiadas ideas y demasiadas preguntas según vaya leyendo. Me imagino, por lo que te conozco y lo que he leído, que el final será bastante "abierto", en el sentido de que será fácil que cada persona le dé un significado diferente.

    Bueno, no tengo realmente mucho que decir. Este primer capítulo parece que ha sido una introducción, no solo a la historia sino a como va a ser su estructura, como va a parecer que siempre es un sueño y que no vamos a saber cuando será realidad y cuando no.

    Así que nada, estaré aquí, pensando en que nos depara esta historia mientras publicas y lo leo. Ha sido una grata sorpresa ver que habías publicado algo y no me arrepiento de haber empezado a leer aunque hecho de menos pokénronpa. Tengo ganas de ver como me haces flipar otra vez con esas ocurrencias tuyas tan mágicas.

    Y nada, creo que es obvio que no tengo queja alguna en cuanto a la forma de escribir o a la ortografía, no veo fallos y si los hay, no puedo fijarme por estar atenta en la trama. Eso sí, debo decir que me gusta mucho tu forma de describir aquí. No sé si igual es que hace mucho que no te leo pero siento que aquí has hecho unas descripciones diferentes, has usado otro vocabulario o no sé, pero me han gustado mucho.

    ¡Seguiré leyendo!
     
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  3.  
    Ichiinou

    Ichiinou Equipo administrativo Comentarista destacado

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    Conste en acta que yo he preferido no leerme el spoiler para ir descubriendo lo que ocurrirá en la historia poco a poco, que lo que acabo de leer me ha ido molando.
    En cuanto a la trama, realmente me encuentro algo desorientada, he notado cierto TOC en el personaje principal, ya que lo de pulsar cinco veces X cosa o levantarse con el pie derecho asegurándose de hacerlo, es una de las conductas que me indica que puede tenerlo. Por otra parte, los diversos saltos extraños me hacen pensar en que o bien la historia se entremezcla con sueños o bien, algo ocurre con el protagonista.
    No tengo mucho que decir, ya que el relato está muy bien escrito y bueno, ha suscitado mi interés totalmente. Espero el siguiente capítulo. Saludos. :/*-*\:
     
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  4.  
    GalladeLucario

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    Etéreos
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    Misterio/Suspenso
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    Traigo aquí el siguiente capítulo de Etéreos, el segundo de ellos, y un pequeño fragmento del tercero. Por ciertos motivos estructurales, he decidido incorporar el comienzo del tercer capítulo a este post; de manera que el siguiente que haga en este tema continuará dicho capítulo, aunque probablemente no acabe ahí, ya que el tercero es bastante más largo que los otros dos.

    Y nada, espero que también os guste este capítulo (y el trocito del siguiente). Esperaré encantado todos los comentarios que queráis dejarme
    Capítulo 2

    Onírico

    “Del sueño o relacionado con las imágenes y sucesos que se imaginan mientras se duerme.”

    Se suponía que ese día iba a ser un día normal, monótono, aburrido y tranquilo, como todos. Billie Joe Armstrong, como cada mañana, dijo I walk alone por quinta vez, y él paró la música en ese mismo instante. Ascendió a la planta superior del instituto, aún sin apartar los auriculares de sus orejas, y entró al aula de siempre. Tomó el sitio de siempre, aislado del resto de sus compañeros, y esperó a la llegada de Dan, que siempre acudía cinco minutos más tarde de lo que lo hacía él.

    —¡Buenos días, pelo-fregona! —saludó el rubio, una vez más, cuando se sentó junto a él aquella mañana de lunes. Siempre lo mismo, siempre la misma rutina. O eso creía Eric—. ¡Menuda partida la última que jugamos ayer! Aunque tío, tengo sueño. No debimos jugar hasta tan tarde.

    Eric esbozó una sonrisilla desganada, mientras apartaba los cabellos de su frente y los recolocaba en el sitio que correspondía: tras sus orejas.

    —Sí, fue una buena partida —aseguró, mientras sacaba del estuche el bolígrafo y presionaba el botón cinco veces seguidas, dando giros breves con la silla rotatoria, ayudado del impulso de los pies—. Aunque habría sido aún mejor si no te hubieses suicidado seis o siete veces, como hiciste.

    —¿Suicidarme, yo? ¡Qué dices! —espetó Dan, dándole un golpe amistoso en el hombro—. ¡Si nuestro equipo ganó con treinta y dos muertes sobre veintiséis!

    —Sí, y once de esas veintiséis fueron tuyas.

    —¡Bueno, me gusta arriesgarme! —terminó por resignarse Daniel, entre risillas.

    Todo el buen humor que se podía desprender de aquella vana conversación inofensiva se desvaneció tan pronto como el chico que se sentaba frente a ellos, de nombre Fernando (o Ferrán, como todos le llamaban), se giró exclusivamente para dirigirse a ellos, que no le habían hecho daño a nadie. Eric había observado que tenía una tendencia mayor a reírse de ellos e insultarles más cuanto menos días seguidos les viesen. Al regresar de un fin de semana, solía ser mucho más insistente con las bromas de mal gusto y los motes despectivos, él y todo su “séquito”; pero cuanto más avanzaba la semana, más parecían olvidarse de su existencia. Como si la broma, simplemente, dejase de tener gracia.

    Y claro, aquel día era lunes.

    —¡Tío! ¿Tan temprano y ya estáis hablando de esas mierdas frikis?

    Dan le dedicó una breve mirada a Eric, y luego agachó la cabeza. Solía ser muy tímido y muy sensible, y prefería evitar las confrontaciones con los demás, cuando éstos se disponían a insultarle o reírse de él.

    Y es que tan pronto como Fernando, el joven alto, corpulento, con barba oscura y tímida, ojos celestes, caídos y cabello rizado y muy corto, se dirigió a ellos en ese tono burlón, la amplia mayoría de la clase se giró con él, cesando en sus conversaciones para observar cómo les humillaba. Y, por supuesto, las ovaciones y las risas serían todas dedicadas a Ferrán.

    —¿No os cansáis de jugar a esa mierda de juego vuestro?

    Eric no apartó la mirada de Ferrán ni un segundo, y eso, para el más fuerte de los dos, era una especie de reto. No obstante, no se trataba, ni mucho menos, de algo así. Simplemente, Eric había abstraído su mente en ese preciso instante, y casi ni oía lo que Ferrán decía.

    —Os pasáis todas las noches jugando a eso, los dos solos. A saber qué es lo que hacéis en realidad en esas llamaditas.

    —¡Cibersexo, seguro! —gritó alguien entre la muchedumbre de alumnos, y tal comentario despertó risitas indiscretas y miradas burlonas que provenían de diferentes puntos del aula.

    —Corta ya, Ferrán —terminó espetando Eric—. Déjanos tranquilos.

    Fernando estuvo a punto de replicar e iniciar una confrontación más directa cuando la puerta de la sala se abrió, y todos se dispusieron a colocarse en sus pupitres respectivos, rectos y fingiendo un interés inexistente que se esfumaría a los quince minutos. No obstante, no fue ningún profesor quien entró por aquella puerta, sino una chica. Eric no pudo evitar observarla, y, nada más verla entrar, su corazón dio un vuelco, por alguna extraña razón.

    Llevaba una mochila a su espalda y una carpeta negra apoyada contra su pecho, entre sus brazos. Tenía el cabello rubio, ligeramente ondulado, con algunos destellos algo más castaños. Su nariz, pequeña y menuda, era lo suficientemente pequeña para no destacar pero no lo bastante como para resultar ridícula, y tenía unos labios gruesos y atractivos. Mientras caminaba tímidamente, analizada por la mirada indiscreta de todos los presentes, aquella chica a la que Eric no había visto en su vida caminó y caminó por el pequeño pasillo que había entre las mesas, y el pulso le temblaba al joven cuando se dio cuenta de que se dirigía hacia él.

    —Hola, disculpad —dijo, mostrando una sonrisa amplia y luminosa, y hablando con una voz serena. Casi no pudo apreciarlo desde lejos por culpa del maquillaje, pero cuando se agachó para hablarle y acercó su rostro al de Eric y Dan, el primero pudo notar que tenía algunas pecas en sus pómulos, bastante bien disimuladas—, ¿puedo sentarme a vuestro lado?

    Los susurros se sucedieron en seguida entre la gente. Eric miró a su izquierda, y pudo observar la mesa de dos personas que, en aquella última fila, siempre quedaba desolada y completamente vacía. Tuvo que ser Dan el que contestó a la joven, pues el chico castaño había quedado sorprendentemente enmudecido.

    —Sí, claro, claro, siéntate.

    Con una enorme tranquilidad y desprendiendo una delicada fragancia, la joven asintió serenamente y pasó junto a ellos, hasta sentarse y colocarse en el asiento inmediatamente a la izquierda de Eric. El chico no la miraba de frente, pero de reojo trataba de no perder detalle de todo cuanto hacía. No obstante, apenas tuvo tiempo de colocar un estuche oscuro sobre la mesa cuando Ferrán volvió a girarse y se dirigió a ella.

    —Guapa, ¿eres nueva? Nunca te he visto por aquí.

    Instintivamente, intercambió un cruce de miradas rápido con Dan, y ambos supieron en seguida qué querían transmitirse con aquel gesto. Los ojos verdes de Daniel le indicaban preocupación, hastío y hartazgo, todo en una simple expresión. Y es que, por supuesto, Ferrán no iba a dejar pasar la oportunidad de hablar con esa chica, llevarla a su terreno y sumarla a su lista de conquistas, a su séquito y a su grupo de “populares”. No tardaría en seducirla y ponerla en contra de los dos “frikis” de la clase.

    —Sí —comentó con algo de timidez, desviando las delicadas perlas azules, buscando por un fugaz instante apoyo visual en Eric—. Me llamo Paula, y he tenido que cambiarme de instituto por problemas familiares —tartamudeaba al hablar, denotando su enorme timidez. Pero Eric sabía que eso sólo lograba calentar más aún a Ferrán.

    Con gesto adulador, el otro colocó los codos sobre su mesa, balanceándose en su silla, que estaba a punto de ceder ante las leyes de la física y azotar el suelo, con él encima. Pensó Eric en cuán feliz sería si eso pasase; incluso se planteó darle un pequeño y discreto golpe él mismo para ayudar a la naturaleza a seguir su curso. Pero en seguida descartó la idea, probablemente ante miedo a las consecuencias.

    —Pobrecita, Paula. Ven, siéntate aquí conmigo, hay un sitio libre. Hoy mi colega Marcos no ha venido —la insistente palma de la mano izquierda de Ferrán golpeaba el lado izquierdo de su mesa, incitando a Paula a que se acercase y se sentase junto a él. Cierto era que Marcos, otro imbécil, no había venido ese día, pero no eran muchas las veces que él venía. Solía faltar a clases día sí y día también, suspendía todo y luego, con algo de presión de parte de sus padres, influyentes figuras de la Asociación de Madres y Padres de Alumnos y un ligero estudio para los exámenes de recuperaciones, lograba pasar todo sin mayores dificultades. Y chicos como Eric, mientras tanto, se encontraban repitiendo curso.

    Por un momento, Paula pareció dudar. Colocó la carpeta negra bocabajo sobre la mesa, y con la más cálida de sus sonrisas, dijo:

    —No, muchas gracias.

    Ferrán la observó desde su posición, irritado y molesto. No era de las personas que aceptaban un no por respuesta, ni mucho menos de aquellos que toleraban la derrota. Estuvo a punto de volver a hablar, hasta que Paula volteó la carpeta y dejó ver la parte frontal. Ni él, ni Dan ni Eric daban crédito de lo que vieron: la carpeta en cuestión, lejos de estar cubierta de recortes de absurdas revistas dedicadas a chicas adolescentes, estaba personalizada, sí, pero con unos adornos que ninguno de los tres involucrados en la recepción de la novata habría esperado. Oyeron Dan y Eric cómo Ferrán resoplaba antes de girarse una vez más, y el rubio no pudo evitar asomar su cabeza bajo la de Eric para preguntarle a la chica:

    —¿Te gusta El Señor de los Anillos? —estaba gratamente sorprendido, y no tenía intenciones de ocultarlo.

    Y es que el enorme título de la serie, lo que parecía ser una pegatina, estaba en el puro centro de su carpeta, rodeado de muchísimos otros elementos, que Dan no tardó en comenzar a señalar, uno a uno, exaltado.

    —¡Anda, y esa es la Espada Maestra de The Legend of Zelda! ¡Y esa imagen es el casco de un soldado imperial de Star Wars! ¡Hasta veo una pokéball por allí!

    —Sí, bueno, me gustan mucho los videojuegos y las películas de fantasía. ¿A vosotros os gustan?

    Eric se sobresaltó al verse incluido repentinamente en aquella conversación. Si bien es cierto que él estaba justo en medio de la misma, ni siquiera había abierto la boca para hacer un solo comentario. Él, mientras su despreocupado amigo hablaba con ella de sus gustos “frikis”, se había dedicado a observar cómo los demás compañeros se giraban de vez en cuando, comentándose cosas al oído unos a otros, probablemente burlándose de la recién llegada.

    No obstante, ella, así como Dan, parecían tan ajenos a los comentarios del resto, que hubiese deseado poder despreocuparse como ellos. Poder dejar de pensar en que todos le estaban mirando y cerrar su mundo para que éste se transformase únicamente en él, Paula y Daniel. Pero era incapaz, porque su cabeza siempre iba más allá, y sus cinco sentidos captaban todo cuanto le rodeaba en todo momento. Y por experiencia sabía que, a veces, aquello no era sano para él.

    El horario lectivo acabó, cansado Eric de escuchar cómo clase tras clase, descanso tras descanso y hora tras hora, Paula y Dan hablaban sin cesar entre ellos de las numerosas series, videojuegos y películas de las que ambos eran fanáticos. De vez en cuando, ambos hacían el esfuerzo por integrarlo en la conversación, pero Eric rápidamente notaba que quedaba atrás. Su personalidad no era tan altiva y dinámica como la de ellos dos, y al final todo se reducía en situarse entre dos personas que no paraban de hablar entre ellos, mientras él enfocaba su mirada en el infinito.

    Salió del instituto, y Boulevard of Broken Dreams continuó sonando justo desde el punto en el que lo dejó, en el punto de siempre.

    Los pies se movían ágiles y a ritmo acompasado. Las cinco canciones que debía durar el recorrido tenían que adecuarse al ritmo con el que caminaba, de modo que a veces, si notaba que se había excedido en la caminata o que había andado demasiado despacio, se preocupaba de acelerar o decelerarse, todo para que, al llegar a su casa, el sonido de los Arctic Monkeys hubiese acabado justo donde empezó en la mañana. Simétrico, perfecto.

    Pero aquel día había sido extraño, y lo cierto era que no había hecho más que empezar. Mientras caminaba distraído por sus pensamientos y por la música, las manos se deslizaron hacia el interior de los bolsillos de su sudadera, y notó algo extraño en lo que no había reparado hasta entonces; dentro de dichos bolsillos había un objeto pequeño y redondeado. De hecho, había dos. Los palpó con su mano, trató de adivinar por el tacto qué podrían ser, y los extrajo con cuidado. Fue entonces cuando vio frente a sí dos pequeñas pastillas azules.

    Recordaba que su padre se las había conseguido tras hablarle de sus migrañas, y recordaba que justo esas eran unas pastillas con un fuerte efecto relajante que le ayudaban a dormir. No obstante, le costaba visualizar el momento en el que las había obtenido por primera vez, el punto exacto en el que habló con su padre, y mucho menos el momento en el que guardó aquellas dos pastillas en el bolsillo. No obstante, no le dio demasiada importancia, y detuvo la música como estaba programado, en el momento exacto en que ponía un pie en el portal de su bloque de apartamentos.

    Sus piernas, ágiles, comenzaron a subir a trote las escaleras. Vivía en una segunda planta de un bloque sin ascensor, así que no había demasiadas opciones. Eran cuatro tramos de escaleras, con diez peldaños en cada uno, cuarenta escalones. Y, contando los dos que debía subir para entrar al portal, hacía un total de cuarenta y dos. Mentalmente, contaba hacia atrás todos y cada uno de los peldaños, y se detenía cuando llegaba a cero. Ni siquiera se paraba a mirar si efectivamente se encontraba frente a la puerta de su casa; sabía que, al llegar a cero, la primera puerta a la derecha era la de su apartamento.

    Aquel día también contó hacia atrás.

    —Cinco, cuatro, tres, dos, uno —pronunció en voz baja, casi en un susurro, cuando se encontraba en la recta final. Algo jadeante, sacó la llave de su pantalón, la introdujo en la puerta, y… —. Mierda —espetó, extrañado, cuando comprobó que la llave no giraba.

    La extrajo de la cerradura, la miró de cerca, pues estaba en un inicio convencido de que el problema era de la llave, que debía ser incorrecta, y no de la puerta. Su sistema de conteo no podía fallar, era imposible. Pero cuando comprobó que los dientes de la llave eran los correctos y que la forma coincidía, dio un par de pasos atrás y alzó la cabeza.

    La puerta que tenía frente a él era marrón oscura, casi negra, con un pomo dorado y redondeado. En la parte superior, un pequeño cartelito anunciaba “Bienvenido”, en letras pequeñas y blancas, y, por si no hubiese quedado claro, el felpudo de color negro mostraba esa misma palabra. Aquella no era la puerta de su casa; de hecho, habría jurado que era la puerta de la casa de su vecino de abajo, una pareja joven con un niño pequeño que solía llorar incesantemente.

    Fijó su mirada en el centro del rellano, y comprobó cuál era la planta en la que efectivamente se encontraba. “Primero”, rezaba el cartel.

    Con celeridad, desconcertado y confundido, volvió a subir las escaleras, a sabiendas de que sólo veinte peldaños debían separarle de su destino. Aunque contó exactamente veinte, como era previsible, la subida se le hizo tan pesada como si hubiesen sido cien. Y su rostro se desencajó cuando observó la nueva placa de la nueva planta a la que había llegado.

    “Primero”.

    —¿Qué demonios pasa?

    Volvió a mirar a la puerta de la derecha, y se percató de que era exactamente idéntica a la que momentos antes había tratado de abrir infructuosamente. La palabra “Bienvenido”, escrita dos veces, parecía estar riéndose de él. De hecho, oía risas. Risas que venían de alguna parte.

    Siguió subiendo, y contó veinte. Cada vez que ascendía veinte peldaños más, llegaba a una nueva planta, que debía ser otra, pero era la misma. Siempre el primero. Y el primero siempre le decía “Bienvenido”.

    Las risas se intensificaron cuando lo intentó una cuarta vez, con el mismo resultado. Víctima del cansancio, se sentó en el suelo, justo sobre el felpudo de la puerta, como si al sentarse sobre aquella palabra fuese a acallar las risas que ahora le atormentaban. Sentía como si quienquiera que se estuviese riendo de él lo estuviese haciendo desde dentro de la puerta. Y no era solo una persona, ahora que lo oía bien: eran varias.

    De modo que se levantó, enfurecido, y golpeó la puerta con ira.

    —¡Eh, vosotros! ¡Abridme! ¡Estoy harto de esta broma, no tiene gracia! —golpeaba la puerta con el puño derecho dando cinco golpes fuertes y seguidos, y luego colocaba la oreja en la madera, tratando de oír si había respuesta. Y luego, repetía los cinco golpes—. ¡Abridme, sé que hay alguien ahí!

    No hizo falta que nadie acudiese a abrir la puerta, pues ésta pareció hacerlo por sí misma, impulsada por una mano invisible. Con algo de temor, se atrevió a alzar su pie y pisar el interior de la casa. El sonido de un chapoteo le alertó: estaba pisando una sustancia roja. Olía a sangre.

    Caminó con lentitud, guiado por las risas. La casa no era más que un lugar vacío, y por algún motivo ni siquiera tenía techo, sino que las estrellas y la luna menguante podían apreciarse en el cielo desde su misma posición. Parecía, más que una casa, un edificio en ruinas. Las ventanas estaban rotas, los cristales y escombros distribuidos por todas partes. Incluso había alguna silla rota decorando algún rincón.

    —Conozco este sitio. He estado aquí antes —pudo oír su voz, pues había susurrado, aunque lo hizo sin mover los labios.

    Estaba siguiendo un camino entre las paredes a medio construir (o más bien a medio derrumbar) de aquel lugar tan extraño que al principio creyó un domicilio normal, pero que resultó ser una casa en ruinas, o algún edificio de otra índole. La cuestión es que sus pasos se dirigían hacia un lugar en concreto, manchándose la suela de sus zapatos de la película de sangre que impregnaba el suelo. Hasta algunas hierbas verdosas que brotaban en algunas zonas, así como el moho húmedo, estaban salpicadas de pequeñas gotas rojizas.

    Y las risas se hicieron intensísimas cuando dobló una esquina y vio a la muchedumbre de niños que rodeaban a otro igual. Todos excepto el que era el centro de atención se estaban riendo. Oyó las voces infantiles pronunciar frases que hacían que una enorme ira creciese en su interior.

    —¡Marica!

    —¡Eres un mariquita de mierda!

    —¡Maricón! ¡Vas a acabar como tus padres!

    Los insultos se hicieron más y más recurrentes, hasta que la voz de un niño eclipsaba la del siguiente, y todo se convirtió en una cascada de voces que sólo sabían pronunciar palabras ofensivas. De pronto, un llanto ahogado resonó por encima de todo insulto, y Eric hizo un esfuerzo increíble por tratar de moverse, de abalanzarse sobre aquellos abusones, pero la sangre del suelo parecía estar agarrándole los pies con inusitada fuerza; tanta, que era incapaz de levantarlos.

    Una patada procedió de alguno de los puntos del corro de niños, y el que estaba en el centro la recibió en el costado. Eric la sintió casi como si él mismo la hubiese recibido. Luego, el niño encajó un puñetazo en la mandíbula, una patada en el estómago, y cayó al suelo tras el cuarto golpe. Allí, todos comenzaron a patearlo sin parar, mientras se reían sin parar, y las risas le parecieron procedentes del propio infierno.

    Ante sus ojos marrones pudo observar cómo las figuras de los agresores comenzaban a difuminarse, a hacerse borrosas, hasta casi desaparecer. Cuando parecía que el niño que había sido víctima de aquella paliza quedó solo y libre de tamañas agresiones, con un ojo morado, nariz sangrante, moratones por todo su cuerpo y costras y rasguños en la ropa, sintió como si le estuviese mirando directamente. Los magullados ojos eran verdes y profundos. Algo en ellos tenía un semblante familiar. Eran…

    —Son los ojos de Dan —dijo en voz alta—. ¡Dan! —reparó entonces en que aquel niño era su amigo, de algún modo. Lo supo en cuanto le miró con las perlas verdes. Y corrió hacia él, alarmado y deseando socorrerle.

    El niño casi no era capaz de articular palabra, inundado de golpes. Todo cuanto alcanzaba a emitir eran horribles quejidos.

    —Dan, tranquilo, no te preocupes, todo va a salir bien, ¿vale? Te vas a curar, te lo prometo —le dijo, con lágrimas en los ojos.

    Justo entonces oyó más pasos, pero estos no chapoteaban en la sangre, por algún motivo. Puesto que estaba agachado junto al dañado cuerpo de Dan, tuvo que alzar su mirada para observar a la figura imponente que acababa de llegar, junto al cuerpo del niño. Llevaba unas gafas gruesas, el pelo peinado hacia atrás, y una bata blanca. Y, en la mano derecha, un ladrillo.

    —¿Qué estás haciendo? ¡Ayúdale, vamos! ¿Por qué no le ayudas? ¡Está herido! ¡Eres médico, joder! —exclamó, exaltado, con la respiración agitada.

    Aquel hombre agachó la mirada, con semblante sombrío. La placa de su pecho se pudo ver desde la posición de Eric: “Doctor León”.

    —Lo siento. No fue culpa mía.

    Y, alzando el ladrillo de su mano, dio un golpe seco. La explosión de sangre hizo que se sobresaltase, y volvió repentinamente al sofá de su casa, una vez más. Agitado, jadeante, con dificultad para respirar.

    —Otra vez te has quedado dormido.

    Su padre seguía allí, pero, al menos, ya no llevaba la antigua bata de doctor, ni portaba ningún ladrillo. Sólo estaba vestido con una camisa de rayas rojas y azules, desabrochada hasta la mitad de su torso, dejando entrever cabellos rizados, anaranjados, blancos y marrones. El pantalón vaquero que llevaba puesto estaba desabrochado, sus pies descalzos reposando en una silla que había colocado estratégicamente frente al sofá, y, un objeto en cada mano, el mando de la televisión y una lata de cerveza.

    —¿Qué hora es? —preguntó, confuso. Sentía que le pesaban los párpados, y la cabeza le palpitaba.

    —Las siete de la tarde. No es hora de dormir, pero te has quedado dormido. Es la segunda siesta que te echas hoy.

    Al otro lado del sofá, los ojos de su padre le analizaban con severidad. La barba era ya bastante espesa, desaliñada, e incluso desde su posición, Eric podía notar los pelos crecientes que asomaban por sus orificios nasales. El pelo tampoco estaba engominado, sino que se deslizaba a uno y otro lado, en mechones irregulares y con múltiples orientaciones.

    —¿Has estado tomando las pastillas más veces de lo acordado, Eric León? Dijimos que una azul antes de dormir, solo una, y solo entonces.

    ¿Pastillas? Por algún motivo, al pensar en las pastillas de las que su padre hablaba, se le vino a la mente una extraña imagen. Un bote de píldoras rojas, alargadas, y otro con pastillas azules, redondas, con un extraño sabor dulce y a la vez amargo. Le gustaba el azul.

    —¿Qué pastillas? —preguntó, somnoliento. Su padre frunció el ceño.

    —Con lo que me costó conseguírtelas para tus migrañas y lo insistente que fuiste en ello, no me creo que no las recuerdes, Eric.

    Los ojos de chocolate miraron a su padre con un semblante dudoso. Verdaderamente tenía un vaguísimo recuerdo de lo que su padre le estaba diciendo acerca de aquellas pastillas, y no estaba seguro de que lo que estaba contándole fuese cierto. ¿Insistirle en que le proporcionase medicamentos, él? Si trataba siempre de evitarlo tanto como podía.

    Confuso, comenzó a dudar demasiadas cosas. ¿Qué había sido real y qué no? Miró el puño de su mano, y fue sacando los dedos, uno a uno. “Uno, dos, tres, cuatro, cinco”. Luego los recogió, “cinco, cuatro, tres, dos, uno”. Aquello le hacía, por algún motivo, sentirse mejor. Más libre, más móvil, menos adormilado.

    —¿Qué día es hoy? —preguntó, ante lo que su padre no pudo sino alzar las cejas en gesto de pleno estupor.

    —Es domingo, Eric.

    —¿Domingo? Entonces, ¿no he ido hoy a clase?—¿y qué había de Paula? ¿Fue ella real? Su rostro le era tan familiar, como si lo hubiese visto antes en algún otro sitio.

    —En serio, voy a quitarte esas pastillas ahora mismo —espetó su padre mientras se levantaba del sillón—. Te dejaré sólo las de la migraña, pero se acabó, te vas a quedar medio tonto si sigues cayendo dormido en todos los rincones. Has perdido hasta la noción del tiempo.

    —¿Las de la migraña son las rojas? —preguntó, embobado con la imagen de la televisión, pese a que ni siquiera era capaz de distinguir qué era lo que estaba emitiéndose. El baile de colores, por sí mismo, le resultaba fascinante—. Pero… pero a mí me gusta el azul.



    Capítulo 3

    Lúcido

    “Que se encuentra en condiciones normales para pensar o discurrir correctamente, sin trastornos físicos o psicológicos”


    El sonido de la gota que caía incesantemente estaba haciendo que su cabeza casi explotase. Cada vez que la gota producía aquel ruido al impactar contra el pequeño charco, sentía como si un cuchillo atravesase su cerebro de lado a lado. El cráneo parecía cerrarse y apretar sus sesos, aquel dolor era indescriptible.

    Pero no podía apartar la vista del continuo y preciso caer de aquella sustancia negruzca. ¿Qué era lo que goteaba? Ni el mismo lo sabía, pero le fascinaba y al mismo tiempo le irritaba. Caía desde casi el techo, concentrada la sustancia dentro de una especie de bolsa de plástico.

    —¿Cómo estás, Dan? —le preguntó a su amigo.

    El rubio reposaba, con párpados pesados, cerrados los ojos del color del bosque. Se acercó hasta su cama con lentitud, y vio las sábanas blancas que le cubrían manchadas de rojo.

    —Bien —dijo Dan, sin mover los labios—. No. Mal. Muy mal.

    Tomó asiento lentamente junto a él, enarcando las cejas espesas en gesto de preocupación. Por algún motivo, miró su puño cerrado. “Uno, dos, tres, cuatro, cinco”, contó sus dedos mientras los sacaba uno a uno hacia fuera. Los recogió, y contó “Cinco, cuatro, tres…”.

    Las palabras se vieron interrumpidas bruscamente cuando la sábana que cubría a Dan comenzó a rajarse por la mitad, como si el propio aire fuese una afilada cuchilla que la cortaba de forma perfectamente simétrica y precisa. El cuerpo de Daniel quedó al descubierto, mostrando moratones en sendos lugares. Luego, Eric pudo ver cómo todo su cuerpo se iba llenando de cortes también, de los que manaban gotas de sangre.

    Y la sustancia negra de la bolsa siguió cayendo.

    —Eric, nunca pensé que harías algo así —comentó Dan, y desde su frente se fue abriendo una horripilante herida que comenzó a dividir su rostro en dos partes, poco a poco.

    Horrorizado por la escena, Eric apartó la mirada, y gritó con todas sus fuerzas. Antes de que pudiese siquiera darse cuenta, estaba agachado en el suelo, con los ojos cerrados y las manos en los oídos. El tacto de una mano en el hombro le hizo volver en sí.

    —¿Estás bien? —le preguntó Paula.

    La serenidad de los ojos azules y la naturalidad del rostro pecoso le cautivaron, y cuando ella, sonriente, le extendió la mano amablemente, no dudó en cogerla. Se dio cuenta de que Dan había desaparecido, y que su alrededor estaba lleno de bullicio, de un bullicio agradable. Gente. ¿Un bar?

    —¿Qué quieres tomar? ¿Un refresco? —quiso saber la chica, servicial, mostrando un billete de cinco euros que frotaba entre sus dedos—. Invito yo.

    —Vale. De naranja, por favor —contestó él, contento y aliviado de que aquella horrible pesadilla se hubiese acabado.

    Asumió que había quedado con Paula en algún momento, y por alguna razón. Lo cierto es que no lo recordaba del todo bien cuándo había quedado con ella, ni cómo había llegado a aquel bar. Pero algo dentro de él le decía que aquella situación era perfectamente normal, y que no debía sentirse extrañado. De modo que sonrió al verla llegar con los dos refrescos.

    —¿Y Dan? —preguntó él, que aún no podía borrar de su cabeza la imagen de su mejor amigo siendo lacerado por cuchillas imaginarias en aquella cama de hospital. ¿Por qué tenía aquella imagen grabada tan a fuego en su mente? Le pareció demasiado real, tanto que no sabía dilucidar si realmente lo fue o no. Aunque la lógica se imponía y le señalaba la segunda opción con vehemencia, desde luego—. ¿No viene?

    —¿Dan?

    La reacción sorpresa de Paula le resultó llamativa. Enarcó una ceja, confuso. Aún recordaba cuanto hablaron los dos el día en que ella llegó a clases por primera vez. El propio Eric casi se sintió excluido aquella mañana, pues Dan y ella parecieron encajar tanto que sentía casi como si sobrase. Y, por algún motivo, ahora Paula reaccionó como si no conociese o no recordase a Dan.

    No obstante, seguía estando muy confuso. Habría jurado que el primer día de Paula sucedió justo el día anterior, pero por algún motivo, no estaba seguro de eso. De modo que, discretamente, extrajo su teléfono móvil del bolsillo de su pantalón, sentado aún en la silla del bar frente a su acompañante, y se asomó agachando la cabeza para observar la fecha que en la pantalla de aquél se mostraba. Leyó “Jueves”. Y estaba convencido de que el primer día en que Paula vino a clase fue un lunes.

    —Dan es… ¿ese amigo tuyo? —terminó diciendo ella, inclinando ligeramente hacia un lado su cabeza, con rostro de preocupación. Eric asintió—. Me hablaste sobre él. Recuerdo haberlo visto en las noticias, fue terrible.

    —¿En las noticias? —por algún motivo, el pulso de Eric se aceleró. Notó cómo todo a su alrededor temblaba.

    Las uñas pintadas de azul eléctrico de la chica chocaban contra la mesa de modo rítmico y cronometrado. Primero la uña del pulgar, la del índice, la del corazón, anular y meñique. Y luego repetía en mismo sonido a la inversa. Eric comenzó, tenso y nervioso, a dar giros al vaso con refresco de naranja. Cinco giros, luego dio un sorbo.

    —¿Estás bien, Paula? —la chica no hablaba, sólo le miraba con una perturbadora sonrisa dibujada en su rostro y seguía tamborileando en la mesa redonda de madera. Aquel gesto le crispaba los nervios—. ¡Di algo!

    Comenzó a oír el latido. De pronto, la risa estridente de Paula. ¿Por qué se reía? ¿Qué era tan divertido? La sangre le hervía, el latido se hacía más potente, y el pitido en el oído regresaba. Alzó la mano, y, con puño cerrado, golpeó al frente. Paula cayó de espaldas desde su asiento.

    Alarmado, se levantó y corrió hasta agacharse al lado de la chica. Notaba como si todos los clientes de aquel bar a su alrededor estuviesen enfocando sus acusadoras miradas en él. “Abusón”, creyó que le gritaban. Un charco de sangre comenzaba a manar de la cabeza de Paula, con los hilos de oro esparcidos a su alrededor, haciéndola ver genuinamente hermosa.

    Cuando abrió los ojos y le miró, allí tumbada, aparentemente inconsciente, no tenía iris. Todo era oscuridad en su mirada, como… como dos eclipses de sol.

    —Abusón —le dijo, antes de reír, y cuando reía le brotaba sangre de la boca—. ¿Por qué no le ayudaste? ¿Por qué hiciste aquello? ¿Recuerdas a tu madre?

    El pitido se intensificó hasta niveles inhumanos, y no pudo sino caer al suelo, agarrando su cabeza por ambas sienes. Le perforaba el cerebro, de izquierda a derecha. Notaba casi como si alguien estuviese acuchillando sus sesos desde dentro. Pero Paula reía, y después seguía hablando. Sin moverse ni un ápice, con ojos negros como la noche.

    —Eric. ¿Recuerdas todo lo que pasó?

    Silencio. Le pareció que la segunda pregunta se la hizo al oído, susurrando.

    —¿Has tenido sueños extraños últimamente?

    Y entonces, dos fortísimas luces se apreciaron desde el otro lado de la ventana del bar, justo frente a él, y el sonido de un motor de vehículo se hizo estridente. Notó una fortísima sacudida cuando el coche impactó contra la pared del local y lo derribó al chocar contra él. Las alocadas ruedas arrollaron las mesas y las sillas, avanzaron hasta su posición y aplastaron la cabeza de Paula, su cabeza y sus hilos de oro. Cuando estaban demasiado cerca, las luces de los faros le cegaron.

    Cuando pudo volver a ver con claridad, se encontró en una sala completamente blanca, con utensilios extraños a ambos lados de la misma: sillas, frascos llenos de extraños contenidos, herramientas metálicas curiosas y cuya función no tenía nada clara. Sus manos estaban atadas a la espalda, rodeando los brazos el respaldo de una incomodísima silla. Y frente a él, al otro lado de la mesa llena de documentos, le escrutaba detenidamente una figura silente con rostro analítico y severo.

    “Doctor León”, decía la placa sobre su bata blanca.
     
    Última edición: 21 Enero 2018
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    Cygnus

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    Tenía que hacerme un tiempo para leer un relato como este, que parece prometer tanto. El problema es la longitud de los capítulos, desearía que fuesen más breves para poder ir dejando impresiones más cerradas en los comentarios.
    Aunque hay un par de cosas que no me gustaron, y que ya mencionaré, en general el concepto de la historia me parece atrapante. Me gustan los proyectos que involucran al lector para que éste comience a reconstruir un relato como si fueran piezas desperdigadas de un rompecabezas, o que al menos le sugieran un mínimo esfuerzo de su parte por entender las ideas e irlas hilando. En general, por eso es que he disfrutado hasta ahora de lo que llevo leído.
    Creo que el último fragmento mejoró muchísimo mis expectativas de toda la historia en su conjunto. Aunque creo que veo claro cuál es el problema de Eric (creo que, básicamente, tiene estas visiones por tomar las píldoras azules, que le hacen daño pero le traen recuerdos de su subconsciente que le ayudan a entender su pasado aun distorsionando el presente), me parece que la trama intenta manejar una historia subrepticia. Después de todo, aun considerando que Eric realmente lleva una vida real "normal", que todos los problemas estén en su mente y que su existencia es tan cotidiana como ir al colegio, jugar LoL con su amigo o engancharse con una niña nueva, puedo apreciar que detrás de esa fachada hay algo mucho más siniestro.
    Por lo pronto, puedo destacar que aparentemente hubo algún accidente automovilístico, seguramente el que se llevó la vida de su madre, y quizás a partir de ahí su padre enloqueció en su profesión como médico (lo cual explicaría que "ya no ejerce" porque le quitaron su licencia). Pienso que hay algo malo entre la relación de Eric con su padre, y es lo que me gustaría descubrir más adelante. Los otros recuerdos o "escenas" (quizás simplemente sean miedos, considerando lo apegado a las rutinas seguras que es Eric) son un poco menos vagos, y parecen hacer florecer los temores y amarguras que lleva en su interior. Todo el asunto de Dan que se menciona al final puede ser, por ejemplo, su simple miedo a perder a su amigo. Aunque no descarto que el padre haya tenido algo que ver en todos esos recuerdos-escenas mentales violentas. Esperaré a que la historia me sorprenda.

    El spoiler fue una de las cosas que menos me gustaron, debo decirlo. Creo que subestima un poco nuestra capacidad lectora. Cuando lo leí pensé que me enfrentaría a un escrito con influencias rulfianas, pero más allá de las alteraciones de la realidad (que en el relato son muy evidentes), la obra es bastante straight-forward.
    Lo otro que me hizo retorcer las manos fue la subtrama del colegio que me hizo una semblanza de la típica trama gringa juvenil (el protagonista friki, el mejor amigo friki, el bully enorme anti-frikis, la chica rubia, nueva, perfecta, soltera... y friki, etc). Honestamente sentí un bache muy cliché en ese apartado, y pienso que para darle un respiro fresco toda esa situación pudo haberse dado bajo circunstancias menos etiquetables.

    La narración es bonita, bastante entendible y sin ningún problema en el apartado ortográfico. El estilo también me parece cuidado y estético, aunque opino que tienes la capacidad de darle un poco más de juego a las situaciones oníricas, en donde la narración podría ser más críptica sin caer en lo sobreabundante o pretencioso.

    En fin, espero poder comentar en el siguiente capítulo sin que actualices tan pronto. Saludos.
     
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    GalladeLucario

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    Bueno, pues tal y como dije, el capítulo tres prosigue justo donde lo dejé, y, dado que es bastante largo, no terminará en este post tampoco, pero siempre intento cortar los capítulos por puntos que no dejen demasiado colgada la trama (y, dicho sea de paso, que sirvan un poco de cliffhangers, ya que estamos). En principio el siguiente post ya terminaría con el tercer capítulo e iniciaría el cuarto; calculo que al final me quedará la historia en unos 7 posts, donde se repartan los cinco capítulos, más o menos.
    Ante todo, dar las gracias a quienes me leen y comentan, las opiniones son siempre agradecidas, y al fin y al cabo, todo lo que uno quiere cuando escribe es que le lean, que disfrutan leyéndole y que opinen al respecto para poder tener en cuenta todas esas opiniones de cara al futuro.

    Aviso, como ya dije al principio de este tema, de que puede haber uso de lenguaje un poco soez y/o fuerte, además de que alguna que otra escena puede serlo también; pero creo que no es lo suficientemente explícito como para entrar dentro de los relatos +18. En cualquier caso, si me equivoco, ruego que me lo digáis sin ningún problema.

    Por otra parte, lamento un poco si este capítulo parece acabar de forma algo más abrupta que en el anterior corte, realmente he intentado por todos los medios ajustarlo a la estructura que quiero mantener lo máximo posible, y no es en absoluto sencillo xD Pero en fin, no tengo mucho más que añadir: solo que gracias por leer y que animo a que sigáis leyendo y comentando. ¡Estaré encantado de seguir leyendo sus opiniones y teorías! Quienes me conocen sabrán cuánto me gusta que en los relatos donde haya suspense (prácticamente todo lo que escribo (?)) los lectores cuenten sus teorías; eso me sirve para saber qué tan obvio es algún detalle que quiero esconder, o qué tan bien escondido está, además de que disfruto mucho viendo que suscito todas esas ideas con mi escrito.


    —Cuéntame lo que recuerdas —los cinco toques al botón del bolígrafo le hicieron tensarse enormemente, y su posición amordazada le dejaba en una situación de vulnerabilidad que le provocaba enorme inseguridad. Sentía como si en cualquier momento pudiese sufrir algún tipo de agresión.

    —¿Sobre qué? —le preguntó a su padre. El Doctor León sonrió, con gesto burlesco. Se le hizo incluso repulsivo.

    —Los sueños están cargados de simbología. Nuestra mente crea en su subconsciente imágenes con las que identifica la realidad. Y muchas veces, nuestro cerebro procesa, durante la fase del sueño, situaciones irreales que vienen a simbolizar, de un modo u otro, preocupaciones, traumas, recuerdos dolorosos… cuando uno sufre fuertes impactos en su vida que se niega a aceptar en la realidad, la mente utiliza el sueño como vía de escape.

    —¿Qué quieres decir?

    —Mira —alzó el bolígrafo, señalando hacia el suelo. Cuando su mirada siguió la trayectoria que el útil de escritura le indicaba, pudo ver cómo el suelo blanco se había convertido en asfalto. Estaban en medio de una carretera, obstaculizando el tráfico, sentados en mitad de una vía pública en algún centro urbano. Pero el Doctor León no parecía preocuparse por ello—. La carretera, el coche, los faros con luces penetrantes. Son meros símbolos.

    —¿Esto es real? —preguntó. La pregunta pareció divertir a su padre.

    —¿Qué es la realidad? —entrecruzó sus dedos, apoyando su barbilla sobre ellos, con los codos en la mesa—. Dime, ¿recuerdas a mamá?

    Eric agachó la cabeza. Claro que la recordaba, ¿cómo no recordarla? Todos los días pensaba en ella. Nunca podría olvidar lo que le sucedió, pues aquello fue el comienzo del fin. Recordaba sus cabellos, hermosos y resplandecientes como el oro, y sus ojos marrones como el color de la tierra.

    —Mamá murió —reconoció, con temblor en la voz—. La atropellaron.

    —No, no fue así. Nunca la atropellaron, Eric.

    El zarandeo le hizo despertar.

    —¡Eric, tío! —la voz suave y algo estridente de su amigo le hizo volver en sí, y por algún motivo le provocó una agradable sensación de tranquilidad—. ¿Sigues en la Tierra?

    Los párpados le pesaban, y tardó algo de tiempo en adaptar su vista a la luz del día. Estaba junto a Dan y junto a Paula, los tres sentados en el patio de recreo de su instituto. Se sintió algo desorientado, confuso y extraño. Tenía una desagradable sensación de no encontrarse en el lugar adecuado, como si corriese algún peligro allí. Lo notaba, de alguna forma.

    —Te has quedado completamente ido. ¿Estás bien? —preguntó el chico rubio, sonriente. Los luceros verdes desprendían esa bondad innata en él con cada parpadeo, con cada mirada.

    —Sí. Sólo tengo un poco de jaqueca, como siempre —“un poco” debía ser sinónimo de “extremadamente fuerte” para Eric. Lo cierto es que el dolor era agudo, persistente y severo. Y parecía no cesar nunca. Instintivamente, llevó su mano al bolsillo, y extrajo una píldora ovalada, rojiza. La observó—. Me tomaré una pastilla para la migraña y se me pasará un poco.

    “¿Y mis pastillas azules?”, se preguntó mientras forzaba su garganta para tragar aquella medicina sin necesidad de líquido.

    —Espero que con eso se alivien tus dolores —comentó Dan, sonriente, mientras apretaba el hombro de Eric con suavidad e, incluso, cierto cariño.

    El chico apartó los cabellos castaños de su frente y le devolvió la sonrisa. Sintió un escalofrío extraño cuando vio a Paula tras Dan, mirándole con esos ojos azules penetrantes. La sonrisa hermosa tenía un aire malévolo, por algún motivo. Era como si el resplandor del blanco de sus dientes fuese oscuro.

    Y de pronto, todo a su alrededor se volvió oscuridad repentinamente, sólo por una fracción de segundo, y los ojos de Paula se llenaron de ese negror, y gotearon sangre, que resbaló como si fuesen lágrimas. Incluso su voz se tornó macabra cuando le habló:

    —¿Por qué me haces esto?

    —¿Eh? —eso fue todo cuanto Eric alcanzó a pronunciar, impactado por la repentina situación.

    No obstante, en cuestión de segundos todo pareció volver a la normalidad, y Paula, con los ojos azules hermosos de siempre, le miraba extrañada.

    —¿Sucede algo, Eric?

    —Oh, no, nada —respondió él, aunque, francamente, estaba muy asustado. Empezaba a dudar él mismo si aquella situación era real o no. Hacía tiempo que no era capaz de distinguir qué cosas eran reales y cuáles no. Hacía tiempo que sentía que siempre estaba soñando—. ¿Decías algo? —creyó adivinar por la insistencia de la mirada de Paula y el desconcierto que se reflejaba en el rostro de Dan que estaban hablando de algo antes de que su “¿Eh?” les interrumpiese. Comprendió rápidamente que la tétrica escena de antes no había sido más que su imaginación.

    —Dan estaba hablándome de sus padres —afirmó la chica, parecía verdaderamente interesada.

    —Sí, estaba diciéndole que bueno, mis padres son dos hombres —la revelación parecía despertar la curiosidad de Paula, pero Eric no se sorprendió, pues era algo que ya sabía. No en vano el factor de que sus padres fuesen homosexuales había sido objeto de burla y acoso por parte de sus compañeros, que utilizaban ese hecho como arma contra el rubio, calificándolo a él mismo como “maricón”—. Me adoptaron cuando no era más que un bebé.

    —¿No sabes nada de tus padres biológicos, entonces?

    Dan negó vehementemente con la cabeza.

    —Y tampoco me interesa, realmente. Mis padres son solo dos, y aunque no sean quienes me engendraron biológicamente, para mí es como si lo fuesen. Aunque a veces es duro; la gente es cruel. Con ellos y conmigo mismo.

    Eric volvió a sentir, cuando Paula comenzó a expresar cuán horribles le parecían la falta de respeto y los insultos tan recurrentes y tan ilógicos por parte tanto de niños como de mayores por un tema que se suponía tan normalizado como ese, que sobraba en aquella conversación. Desconectó un poco de la misma, hasta que se percató de que los dos estaban tomándose una foto a sí mismos.

    Habría jurado que en ese selfie, en la pantalla del móvil de Paula, Dan no había aparecido, y en su lugar había una silueta encapuchada y con sudadera azul al fondo de la misma. Incluso miró hacia atrás, para cerciorarse de que esa entidad estaba efectivamente allí; no hubo ni rastro. En el rincón del patio donde solían sentarse casi nunca había nadie. No en vano los “frikis” de la clase tenían que resguardarse en lo que para ellos, muchas veces, no era más que un campo de batalla.

    —¿Y tú, Eric? —inquirió Paula repentinamente, despertándolo de su cavilación—. ¿Qué hay de tus padres?

    —Yo… mi padre… mi madre… —por algún motivo, las palabras no surgían de su boca. Dan pareció mirarlo con preocupación, siendo consciente del motivo por el que no se atrevía a hablar.

    —No es un tema que creo que debamos tratar —balbuceó ligeramente, antes de darle un brusco giro al tema de conversación—. ¡Hablemos, mejor, de los sueños!

    Eric casi emite un gritito al oír aquella palabra. ¿Sueños? ¿Por qué precisamente de los sueños? ¿Era acaso coincidencia que Dan hubiese decidido sacar semejante vía de debate en ese momento, cuando más se planteaba si era capaz de distinguir entre la vigilia y el sueño?

    —¿Habéis tenido alguna vez un sueño lúcido?

    —¿Qué es eso? —Paula parecía interesada también con ese tema. A Eric no le costó deducir que era una joven fácilmente impresionable.

    Y ni que decir tiene que Dan estaba encantado de poder hacer gala de sus conocimientos más profundos sobre la materia. Eric intentó no escucharle, pues por algún motivo intuía que lo que contaría no le iba a gustar, o iba a acabar causándole algún perjuicio. Como medida de distracción, contó los dedos de su mano, sacándolos hacia fuera. “Uno, dos, tres, cuatro, cinco”, y hacia atrás, llevándolos al centro, “cinco, cuatro, tres, dos, uno”. Pero no pudo evitar escuchar la explicación.

    —Resumidamente, alguien que tiene un sueño lúcido es consciente de que está soñando, se da cuenta de que, efectivamente, se encuentra dormido. Y al poder ser consciente de que todo cuanto te rodea es producto de tu propia mente, con un adecuado entrenamiento y sobre todo teniendo muy presente en todo momento qué es lo que sucede a tu alrededor, eres capaz de manipular el sueño a tu albedrío. ¡Tu mente, tus límites! ¡Podrías volar si quieres, y sentir en el propio sueño la sensación de estar volando!

    “Consciente de que está soñando”. Los ojos marrones de Eric se abrieron mucho, exaltado. Tal vez aquello, pensó, era la solución a todos sus problemas, la vía de escape de aquella espiral de locura en la que estaba convirtiéndose su vida. Así que preguntó, de forma bastante excitada:

    —¿Y hay alguna manera de lograr que eso pase? ¿Cómo puedo tener un sueño lúcido?

    —Vaya, se te ve interesado, ¿eh? —a Dan le parecía divertida la reacción del castaño, pero lo cierto es que para el otro distaba mucho de serlo—. Bueno, hay muchos métodos. Si consigues ser consciente del momento exacto en el que te quedas dormido, puedes ser consciente de que lo estás una vez empiece el sueño, pero es muy difícil lograrlo. También se puede ir apuntando todos los sueños que uno va teniendo, para así poder identificar los elementos más comunes de éstos; lo importante es saber encontrar puntos clave y repetitivos en el sueño, para que, al entrar en él y percibir dichos elementos, uno no tenga duda de que lo que está viviendo no es real. He leído, también, que hay gente que se acostumbra a tomar patrones repetitivos en su día a día, como por ejemplo, no sé, contarse los dedos de las manos.

    “Uno, dos, tres, cuatro, cinco”, pensó Eric. Entonces, el latido, potente y vibrante.

    —De ese modo —Dan hizo un gesto extraño con sus manos, tratando de expresar lo intrincado del asunto con éste. Mientas las movía, salpicaba gotas de una sustancia negra, como si sus manos estuviesen impregnadas de algún líquido extraño y oscuro—, te entrenas para “ponerte en contacto con la realidad” —hizo con los dedos el gesto de las comillas. Las yemas de sus dedos estaban húmedas y oscurecidas, Eric pudo verlo con claridad. El latido se hacía más fuerte, y su mundo daba giros de noventa grados—. La idea es que te acostumbres a hacer esos patrones, hasta el punto de que los reproduzcas en el sueño y… bueno, se supone que una vez lo logres, puede ser que tomes consciencia de tu realidad en el propio sueño. ¡Joder, tío, es muy complicado, no sé cómo puedo explicártelo!

    Paula comenzó a reír. La risa se le hizo, una vez más, espeluznante, perturbadora. “Cinco, cuatro, tres, dos, uno”. Eric no era capaz de comprenderlo del todo. ¿Contar los dedos de sus manos? No era la primera vez que él hacía aquello. Acostumbraba a hacerlo, a veces, por algún motivo. Cinco dedos, siempre contaba hasta cinco, luego hacia atrás. ¿Significaba eso que, de estar soñando en ese instante, podía tener control sobre su sueño?

    Se levantó repentinamente, y miró a Paula, amenazante.

    —¡Cuéntame la verdad! —por un segundo, se sintió con poder, con capacidad para ser el mismísimo dios de aquella realidad, fuese o no fuese real. Tal vez se sumió demasiado en su propio delirio, en su propia fantasía—. ¿Qué fue lo que dices que te hice? ¿Qué hice, eh? ¿¡Qué!?

    Paula no medió palabra. Simplemente, se levantó también, muy seria. Eric había perdido de vista a Dan, había desaparecido, o, al menos, no estaba en su campo de visión. Pero eso no importaba, todo cuanto tenía en mente en ese momento era a Paula. La chica agarró con fuerza la mano de Eric, y la llevó a su estómago. Tan pronto como hizo contacto con éste, sobre la tela de la camiseta que llevaba, creyó notar el latido dentro de ésta. Y todo su cuerpo comenzó a hincharse poco a poco, más y más.

    Dio varios pasos atrás, observando cómo la joven se había convertido, en su proceso de crecimiento errático y abominable, en una enorme pelota llena de aire, que parecía a punto de estallar en cualquier momento. Eric tenía la certeza de que iba a estallar. Estaba seguro de que lo haría en cualquier momento.

    Y un estruendoso sonido le sobresaltó, pero no fue el de Paula explotando, sino el de una bofetada. Se la habían dado a Dan, y él lo había observado en primera fila: era Ferrán.

    —¿Te crees muy listo, marica cabrón? ¿Eh? ¿Crees que Paula es solo tuya? —le agarró por el cuello, alzándolo mientras lo sostenía por su prenda superior. Llevaba una sudadera azul—. ¡Escúchame bien, trozo de mierda! Esa chica es nueva, y no pienso permitir que la lleves a tus mundos frikis, ¿me oyes?

    —Pero si ella quiere venir conmigo, está en su derecho —espetó Dan, con los ojos verdes llenos de furia. Esta vez no fue una bofetada, sino un puñetazo. Tan fuerte, que logró tumbarlo al suelo.

    —Imbécil, ¿quién te crees que eres? Deberías estar comiéndole el culo a tu amiguito Eric, y no tratando de ligar con esa tía. Vale demasiado para ti, ¡marica! —una patada en su estómago se sobrevino, sin que el castaño pudiese siquiera reaccionar. Y tras la primera, vinieron dos, y tres, y cuatro, y cinco.

    Notaba como si las patadas se las diesen a él mismo, y, a la vez, era como si él fuese el propio pateador. Y no podía hacer nada por socorrer a Dan, pues sus músculos no reaccionaban. Sólo pudo quedarse allí, mirando cómo Ferrán le daba aquella paliza, notando cómo las lágrimas se acumulaban en sus párpados.

    Sintió una mano en su hombro, y unas palabras susurrantes en su oído mientras contemplaba la violenta escena:

    —Al fin empiezas a darle forma. Pero sigues sin distinguir la simbología onírica de lo real.

    Se giró alarmado, y vio entonces el estampado de diminutas anclas rojas bajo la bata blanca de doctor. “Doctor León”. Eso decía la placa, sobre su pecho. Aunque sólo pudo mirarlo de reojo, pues seguía detrás de él, estaba convencido de que, una vez más, era su padre.

    —¿De qué hablas? —quiso preguntarle, aunque no tuvo muy claro si logró articular aquellas palabras. Su padre, en cualquier caso, no hizo demasiados esfuerzos por explicarse.

    —¿Recuerdas a la mujer de la playa? ¿Recuerdas el vestido blanco? ¿El olor a rosas? ¿El niño de nombre Eric?

    Y fue como si sus palabras se convirtiesen en una brisa suave, y húmedo frío del agua cubrió sus pies. Las olas se mecían suavemente, y Eric dio varios pasos que resonaron en un chapoteo por aquella orilla. Le seguía de cerca su padre, y, a lo lejos, al alcance de su vista, estaba ella. Con los hilos dorados que parecían levitar y dándole la mano a aquel niño.

    —¿Sabes quiénes son? —le preguntó el Doctor León, señalándolos en la lejanía—. ¿Los reconoces?

    —Es mi madre —aseguró Eric.

    —¿Y el niño?

    —Soy yo.

    —¿Sólo eso? ¿Nadie más? —su padre sonaba enigmático, con un tono de voz misterioso, como si en realidad él supiese ya el punto al que quería llegar en su extraño interrogatorio.

    —No entiendo. ¿Quién más pueden ser?

    El Doctor León se rio.

    —¿Qué le pasó a tu madre, Eric? ¿Lo recuerdas? No fue un atropello.

    —Sí que lo fue. A esa mujer la atropelló un coche —recordaba a la perfección las luces de los faros, el claxon, y el vehículo que se sobrevenía sobre ella y el niño—. Yo lo vi.

    —Es cierto —aseguró el padre—. A esa mujer la atropelló un coche, y tú lo viste. Pero a tu madre no la atropelló ningún coche.

    —Eso no tiene sentido —aseguró Eric, verdaderamente confuso—. Esa mujer es mi madre.

    —Lo es. Pero es alguien más.

    —¿Qué?

    —Aún eres incapaz de distinguir la simbología de lo real, ¿eh? Vamos a tardar más de lo que pensaba. Pero no te preocupes, no pienso rendirme.

    Eric notó cómo todo su mundo volvía, otra vez, a girar. La mujer se dio media vuelta, desde lejos, dando la mano al niño, quien se suponía que era un reflejo de él mismo. ¿O no? Ya no tenía nada claro, ya no sabía qué debía creer y qué no. Su pulso temblaba por algún motivo mientras observaba a su madre y a sí mismo acercarse a él. ¿Quiénes eran? ¿Eran alguien diferente a quienes él creía?

    Dos luces brillantes resplandecieron entonces tras ellos, atravesando el mar. Un coche iluminaba las dos siluetas, avanzando con rapidez. Su padre le zarandeó por los dos hombros mientras él lo veía todo enmudecido.

    —No. No fue así. ¿No lo recuerdas? —el Doctor León suspiró, apesadumbrado, desde la espalda de Eric. El coche se acercaba con una lentitud pasmosa, muriendo la angustia en su garganta. Sabía que iba a atropellar a su madre en algún momento, tarde o temprano, pero nunca llegaba a suceder. El coche no las alcanzaba por más que aceleraba y salpicaba agua en todas direcciones durante su avance por la costa—. Cuenta hasta cinco. Cuenta los dedos de tus manos. Toma el control.

    “Tomar el control”. Verdaderamente deseaba ser capaz de ello. Colocó su puño cerrado frente a él, mientras creía escuchar repetidamente la frase I walk alone, cantada por Billie Joe Armstrong. Y comenzó a sacar los dedos. “Uno, dos, tres, cuatro, cinco”. ¿De qué servía eso, realmente? ¿Tenía verdaderamente alguna utilidad? ¿Podría llegar a tener algún sueño lúcido, de esos de los que le habló Dan? ¿O acaso aquella conversación con Dan también era parte de su mente? “Cinco, cuatro, tres, dos, uno”, en orden contrario, volvió a cerrar el puño, dedo a dedo.

    —Intenta pensar en tu madre. Aísla a Dan y a Paula de tu mente —el Doctor León masajeaba sus hombros con suavidad, y aquello le relajó. Trató de hacerle caso, guiándose por sus palabras. Trató de pensar en su madre, sólo en ella. Tenía el recuerdo difuso, demasiado difuso, y el dolor de cabeza se intensificaba sólo al intentar rememorar su imagen.

    El latido comenzó a oírse.

    —Bisturí —oyó decir.

    Los ojos se abrieron otra vez, tan pronto como dejó de notar la brisa marina. El entorno verdoso le recordó a la mirada de Dan, grabada a fuego en su retina. Comprendió entonces de dónde provenían el pitido y el sonido del corazón: ambos se combinaban en una irritante melodía, proveniente de la máquina con líneas irregulares que había allí, frente a él. Un electrocardiograma, pudo reconocer cuando lo miró fijamente.

    La mirada pasó entonces al hombre que había pronunciado la palabra “bisturí”. Era un hombre que también estaba vestido de verde, salvo por una mascarilla blanca y unas gafas de grueso cristal transparente. Los guantes, por su parte, eran azules, azules como las pastillas que le ayudaban a dormir, y estaban manchados de rojo. El rojo aliviaba su migraña.

    Con lentitud, el hombre dejó de atender al cuerpo tapado por una manta verde que tenía frente a sí, enfocó su mirada en Eric y retiró la mascarilla para poder hablarle. Pese a que su ridículo pelo engominado estaba cubierto por un gorro no menos ridículo, pudo identificar fácilmente a aquel cirujano como su padre, el Doctor León. Miró hacia atrás, pues hasta hacía poco pensaba que su padre le estaba siguiendo. Pero no, no estaba ahí, ya no. Ahora estaba frente a él, y estaba operando a alguien, pero dejó esa labor sólo para hablarle.

    —¿Reconoces este momento? ¿Es real, o es ficticio? —daba vueltas al bisturí, que estaba manchado de sangre, justo entre sus dedos. Lo giraba y giraba, y Eric contó las veces que lo hizo: cinco.

    —No puede ser real. Tú ya no ejerces —afirmó, convencido de lo que decía—. Te echaron.

    —¿Por qué me echaron, Eric?

    La sonrisa ególatra dibujada en los labios de su padre le dio miedo. Pero sintió aún más miedo cuando se percató de que no conocía la respuesta a la pregunta que acababa de hacerle. Él mismo se dio cuenta de cuán ilógico era que no supiese por qué su padre fue expulsado de la profesión. ¡Claro que lo sabía, debía saberlo! Pero no lo recordaba. Era incapaz de visualizarlo, incapaz de rememorarlo. Y no entendía por qué.

    Tenso, Eric sólo sabía que odiaba a su padre. En ese momento se dio cuenta de que no lo soportaba, de que era una mala persona. La ira creció en su interior. Sabía que su padre hizo algo malo, de pronto lo sabía muy bien. Tenerlo delante le enfurecía, sus palabras le enfurecían, su sola existencia le enfurecía. Y le pegó un puñetazo, directamente en la cara, haciendo que cayese de espaldas.

    El padre, sangrando por la nariz, alzó la cabeza desde el suelo, y comenzó a reírse de forma espeluznante y macabra. Los ojos desencajados le miraban a través de unas gafas que habían desafiado a la gravedad y no se habían separado del cuerpo durante la caída.

    —Me golpeas. ¿Tampoco te suena esta escena, Eric? —susurró entonces, perforando la voz los tímpanos del muchacho—. “¿Por qué me haces esto?”.

    No lo soportó más. El electrocardiograma comenzó a pitar descontroladamente, y la línea irregular se fue alisando poco a poco. Eric gritó con tanta fuerza como pudo, pues esa era la única forma en que se veía capaz de expulsar el dolor de cabeza, las confusas imágenes que se dibujaban en su mente y la ira que le llenaba los pulmones. Pero su grito cesó tan pronto como fue eclipsado por el pitido, que se hizo continuo y estridente, y la línea, completamente recta.

    Despertó, sudoroso. Tenía frío.

    Las mantas se habían desprendido de la cama y se extendían a su albedrío por el suelo de la habitación. Pese a que el clima era especialmente cálido aún, y se permitía el lujo de dormir en ropa interior, tenía frío, muchísimo frío, así que se abrazó a sí mismo, haciendo una pelota con su cuerpo. También tenía miedo. Estaba confuso, más de lo que nunca había estado.

    —¿Cómo sé que esto no es otro sueño? —habló en voz alta, como si alguien le estuviese escuchando. Lo cierto es que nadie podía hacerlo.

    Tras un rato temblando en su cama, el sonido del despertador le alarmó, y comprendió que era el momento de ir a clases, pues no era más que un jueves como otro cualquiera. Pese a que seguía sin estar seguro de no estar soñando, optó por levantarse, asegurándose de que empezaba el descenso con la colocación del pie derecho descalzo sobre el suelo, y se vistió rápidamente. Una vez más, se puso la sudadera azul, los zapatos a juego, y el vaquero desgastado. No se encontraba con ánimos para meditar demasiado sobre cómo vestirse o cómo no hacerlo.

    Caminó hasta el salón, y miró a la puerta cerrada de la que era la habitación de su padre. Un escalofrío recorrió su espina dorsal. Sin saber bien por qué, comenzó a caminar lentamente hacia ella, con la sombra de la duda dibujada en su semblante. El pomo de la puerta reaccionó al notar la presión de su mano, y la puerta se deslizó, apartándose para dejarle ver el contenido del interior del dormitorio.

    —No está —observó, en voz alta.

    No estaba. La habitación estaba completamente impecable, vacía, y no había ni rastro de su padre. Una gran cama de matrimonio, perfectamente hecha y sin un solo desperfecto, ocupaba gran parte de la habitación, colocada sobre un suelo de tablones de madera de pino, claros y resplandecientes. Las paredes, grises, transmitían una extraña y melancólica paz, y el regio armario de dos puertas se ubicaba en una esquina, en diagonal respecto a la cama. Dos mesitas de noche tan blancas como el armario, una a cada lado del colchón, tenían sobre su superficie, en perfecta simetría, una lámpara pequeña y una fotografía de la madre y el padre de Eric, junto a él mismo cuando era pequeño. En ambas fotos, ella llevaba un vestido blanco.

    Caminó con una fuerte sensación de inseguridad, y abrió los cajones de las mesitas. Los encontró totalmente vacíos, salvo por algún que otro paquete de pañuelos de papel. Luego, se colocó frente al armario, y en los dos grandes espejos que éste lucía sobre sus puertas pudo verse doblemente reflejado. Su cabello era un completo desastre, pero se dijo a sí mismo que ya lo arreglaría luego. Abrió el armario con lentitud, y dentro sólo encontró algo de ropa de su padre, entre otras cosas, la corbata con anclas y la camisa de rayas rojas y azules. Pero, entre todas esas cosas, destacaba la única prenda femenina que había allí: un vestido blanco.

    —Era su favorito —alcanzó a recordar con ternura, mientras lo tocaba con delicadeza—. Y siempre olía a rosas. A su perfume.

    Con algo de melancolía, agachó la cabeza, al darse cuenta de que estaba solo. Claro que estaba solo; su padre tampoco estaba allí, tanto su madre como él tuvieron que marcharse, porque ella murió, y él… ¿por qué se fue él? ¿Por qué Eric estaba sólo? La migraña volvió a azotarle mientras se esforzaba por recordar. Frustrado por verse incapaz de lograrlo, terminó cerrando las puertas del armario de un golpe seco, y su mirada marrón contempló entonces una imagen inquietante en los espejos.

    No era él el que aparecía en ellos, sino un joven de cabellos rubios y muy cortos, profundos ojos de iris verdes y un aspecto mucho más agraciado que el suyo propio.

    —¿Dan? —asustado, palpó su rostro, y pudo ver cómo el reflejo hacía lo propio. Notó su nariz chata que tanto odiaba, y los relieves del lateral de su cara eran indicativos de esas marcas de acné que en el reflejo eran inexistentes—. Ya veo —terminó por decir, furioso, observando con ceño fruncido a ambos espejos. Dan le miraba desde ambos lados, con rostro enfadado—. Esto es otro sueño. Siempre es un puto sueño.

    Estuvo tentado de golpear los espejos con toda la rabia que cabía en su ser, pero se controló cuando creyó ver un brillo de miedo en los ojos del muchacho que aparecía retratado frente a él. Con lentitud, se apartó, dio varios pasos hacia atrás, y dijo, cerrando los ojos:

    —Si esto es un sueño, bien. Yo lo controlaré —volvió a abrirlos, solo para mirar de cerca su mano. E hizo el procedimiento de siempre, esta vez hablando casi a gritos—. Uno, dos, tres, cuatro, cinco… cinco, cuatro, tres, dos, uno. ¡Estoy soñando, y soy consciente de ello!

    Miró a los espejos una vez más. Dan se había ido, y nuevamente era Eric el que se mostraba en ellos. El chico se acercó un poco a los mismos, los escrutó con detenimiento, y observó que efectivamente seguían todos y cada uno de sus movimientos. Asintió, orgulloso, y dio media vuelta. Si estaba soñando, parecía empezar a ser capaz de controlar el sueño. ¿Cómo se llamaba aquello? ¿”Sueño lúcido”?

    Se aseguró de que cerraba su puerta con llave cuando salió de la casa, dándole vueltas al misterioso vacío que había en su mente respecto a lo que sucedió con su padre, y aún confuso por la extraña conversación que tuvo con la ensoñación de éste. Pero prefirió no pensar en ello demasiado, pues era consciente de que si estaba teniendo un sueño lúcido, todo lo que pensase podía acabar siendo parte de su sueño. Y lo que menos deseaba en ese momento era hablar con su padre, pues lo único que ahora por fin tenía claro era cuánto le odiaba.

    Así que decidió tomarse el sueño con la rutina diaria con la que más cómodo se sentía. Tal vez su día a día era monótono, aburrido e incluso vacío, pero se había dado cuenta de que prefería esa monotonía cargante mil veces antes que la aleatoriedad y naturaleza errática de aquello sueños y paranoias. De modo que, buscando esa monotonía y esa calma que ahora se le antojaban tan hermosas, salió de su bloque de pisos, no sin antes asegurarse de estar escuchando a los Arctic Monkeys. Como debía ser. Como era todas las mañanas.

    Pero cuando llegó, la presencia de Paula volvió a dejarlo en un segundo plano. Con hastío, observó cómo Dan parecía tener ojos sólo para ella, y ella sólo para Dan. Vio pasar hora tras hora con gesto hastiado y aburrido, mientras los otros dos se divertían contándose cada detalle de sus vidas. Eric no era más que un mero oyente en aquel supuesto trío de amigos.

    —Una vez me pegaron cuando era pequeño, ¿sabes? —admitió, en uno de los descansos entre la salida de un profesor y la entrada del siguiente, Dan, aprovechando que la mayoría de los compañeros estaba ocupado charlando con el resto, y ellos tres habían quedado atrás, apartados y alejados—. Fue una paliza bastante seria, de hecho.

    Paula llevó la mano a su boca, sorprendida, pero Eric no reaccionó de forma menos brusca, pues a él también le impactó oír esas palabras. En el fondo conocía bien la historia que el chico estaba a punto de contar, pero no podía evitar que todo su cuerpo temblase ligeramente, por alguna extraña razón. Estaba tenso, muy tenso.

    —¿Qué sucedió? Si puedo preguntar —se atrevió a decir Paula.

    —Tranquila, he sido yo el que ha empezado a contarlo, ¿no? —Dan sonrió amablemente, aunque en su sonrisa se podía apreciar un resplandor de tristeza—. Fue un día poco después de haber comenzado el instituto. Tenía doce o trece años, y casi no conocía a nadie, pues me había mudado de mi anterior pueblo, precisamente huyendo del acoso que continuamente recibía por parte de mis compañeros en el colegio. Mis padres decidieron que lo mejor para mí y para ellos era cambiar de aires. Pero de poco sirvió, honestamente.

    Paula acarició el brazo de Dan al notar que la voz de éste tembló ligeramente. Pero el chico continuó hablando.

    —Conocí a Eric, y los dos encajamos bastante bien desde el primer momento. No obstante, tan pronto como en el instituto comenzó a correrse la voz de que yo no tenía madre, sino que en su lugar tenía dos padres… las burlas comenzaron. Me insultaban cuando íbamos por el patio del recreo, me gritaban cosas, en fin.

    Cuando Eric se esforzó por recordarlo, le pareció oír esos gritos de los que el rubio hablaba con total nitidez, casi como si se los estuviesen gritando al oído:

    —¡Marica!

    —¡Tus padres se dan por culo!

    —¿Quién de los dos es la madre, eh? ¿Papá uno, o papá dos?

    —¡Maricón!

    Siempre lo mismo, constantemente, casi todos los días, una y otra vez. Eric lo recordaba muy bien, demasiado bien.

    —Yo trataba de ignorarlos, de verdad que lo intentaba —los ojos verdes se empañaron ligeramente—, pero era muy duro soportar eso constantemente. A veces, sobre todo cuando iba solo, me arrinconaban, me empujaban, se reían de mí. Me daba miedo hasta ir al baño en solitario, y Eric solía acompañarme.

    —Y entonces los insultos se extendieron a mí también —completó él, que recordaba cómo todos aludían a que ellos tenían algún tipo de relación por ir juntos a todas partes.

    Sin embargo, Paula y Daniel ni siquiera le respondieron. Es más, parecieron hacer caso omiso a la breve intervención del castaño, y Dan continuó su historia sin dudarlo demasiado.
     
    Última edición: 25 Enero 2018
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    Amane

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    No tengo perdón, te debo este comentario desde hace siglos, dios. A ver, le pegaré una releída al capítulos dos y me leeré el tres e intentaré hacer un comentario de los dos~

    [...]

    Era de esperarse que nos presentaras un antagonista, por así decirlo, a la historia y por supuesto no podía imaginarlo de otra forma. Sinceramente, espero que se muera, pero así lenta y dolorosamente. Pero dejando de lado mi odio hacia este tipo de personas, pues has conseguido plasmar bien su personalidad. Es gracioso porque, en realidad, creo que hoy en día lo "friki" es que no juegues a LOL, no sé (?).

    La chica nueva, Paula (:omg<3:) es super adorable, y vaya, no me esperaba que se sentase con los dos chicos y encima tuviese sus mismo gustos, ella y Dan tienen toda la pinta de acabar juntos o algo así, no sé, pero los shippeo.

    Y bien, todo normal, un día de instituto como cualquiera para Eric hasta que llega a su casa y ya todo vuelve a ser demasiado onírico e irreal. Y eso se relaciono un poco con el inicio de la siguiente parte, que muestra a Dan también en la cama y mal. Yo creo que Eric tiene miedo de perder o ver como su amigo sufre, y creo que logro entenderlo, tener una persona que te entiende y no querer perderla es normal.

    La escena con Paula de después, en el bar con el accidente de coche... creo que ella es una representación de su madre, o algo así. O al menos me recuerda mucho a la chica que presentas en el primer sueño y el hecho del accidente de coche también me recuerda a ese primer sueño, ¿y asumo que será su madre? Y presiento que su padre, y sobre todo, su profesión de médico es muy importante también a lo largo del relato. ¿Puede que la obsesión de Eric por el azul tenga que ver con el mar? También lo pusiste en el primer capítulo, supongo que será importante (o ya me emparanoio yo con que todo es importante porque te conozco (?)

    Ahora, el capítulo 3...

    Vale, según voy leyendo tengo más la sensación de que todo es un sueño de Eric, no sé, quizás está en coma por culpa de su padre tras el accidente y realmente nunca se recuperó. TODO parece un sueño, es demasiado extraño.

    No me sorprende lo de Dan, aw, pero dios is too cute, socorro, lo quiero para mí. No merece nada malo, istg.

    Y pues, la escena con el padre en el quirófano ha sido casi igual que la de Paula antes y lo de la barriga de ella y el hecho de que se hinchase, no sé, me hizo pensar en un embarazo.

    Omg, y si la chica rubia estaba embarazada de Eric y no era su madre y el padre la operó y mató al niño y a ella. No sé si tiene sentido, pero a estas alturas ya no sé, se me ocurren cosas disparatadas. Me espero cualquier cosa.

    El final me deja muy expectante. Si de verdad es un sueño lúcido y Eric tiene el control... ¿porque Dan y Paula lo ignoraron como si no estuviese? Vale que "tengan solo ojos el uno para el otro" pero... aun así... creo que tiene que ver algo importante. Pero yo ya no sé, no doy a más.

    Y nada, al fin me puse al día, espero el siguiente capítulo con ansías, no queda mucho para el final pero creo que me vas a rayar mucho hasta entonces y cada vez va a ser más complejo y extraño. ¡Pero lo estoy deseando! Prometo no dejarlo más de lado~
     
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    GalladeLucario

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    Total de capítulos:
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    Seguimos donde lo dejé, en el capítulo 3. En este caso, terminaremos el capítulo 3 y comenzará el 4. Dicho capítulo, si no me equivoco, es algo más corto que el 3, pero bastante revelador. Tras este, vendrá otro donde acabaré el capítulo y quizás empiece el 5... y, por su longitud, este último ocupará varios post distintos. ¡Espero que lo disfruten, y gracias por leer!

    —El acoso se extendió incluso a internet. Había algunos chicos, algo más mayores, que me grababan desde lejos, cuando me arrinconaban y demás, y hacían montajes y videos ofensivos sobre mí y sobre mi orientación sexual y la de mis padres. Incluso llegaron a hacerme fotos junto a ellos, fuera del instituto, y subieron a varias redes sociales las fotos, aludiendo a que mis padres me violaban entre ambos, y cosas así.

    —Debió ser horrible —comentó Paula, y el otro asintió.

    —Lo fue. Pero un día... un día había quedado con Eric por la tarde, tras las clases, para ir a su casa y jugar a videojuegos. Emprendí el camino, tomando un atajo por las afueras del pueblo. Era un camino de tierra, rodeado de árboles y había hasta varias casas y demás edificios en ruinas. Se suponía que no debía cruzarme con nadie si iba por ahí, pero no fue así. Había al menos diez chicos esperándome. Me atraparon, me acorralaron, me llevaron a uno de esos edificios en ruinas y... me dieron una paliza entre todos.

    Eric agarró un bolígrafo con nerviosismo, y empezó a sacar y guardar la punta del mismo, presionando a impresionante velocidad el botón, en tandas de cinco en cinco toques. Trató de desconectarse desesperadamente de la conversación, esforzándose por no oír lo que Dan decía. No quería escucharlo; le causaba una extraña sensación en el pecho rememorar aquellas imágenes. No podía evitar visualizar un charco de sangre, un ladrillo y una sábana blanca teñida de rojo.

    Antes de que pudiese darse cuenta, la reglamentaria sirena sonó y el momento de salir al patio llegó. Eric observó con amargura cómo su mejor y único amigo se levantaba de su asiento, sin dejar de hablar con Paula, y ambos se marchaban hacia el exterior sin siquiera esperarle. Frustrado, no pudo hacer más que dirigirse, en solitario, hacia algún lugar del patio donde pudiese estar en solitario. Si aquello era un sueño, soñaba días de mierda.

    Colocado bajo un árbol de los muchos que decoraban el patio de aquel instituto, observaba a la gente que caminaba por allí mientras oía música, repitiendo una y otra vez In the end, del grupo Linkin Park. Era la quinta vez que la escuchaba cuando vio a lo lejos a Paula y a Dan, paseando juntos, charlando con tranquilidad, sonriendo.

    Y entonces escuchó una voz especialmente conocida.

    —Dan mucho asco, ¿verdad? Estoy seguro de que tú también lo piensas.

    Notó una leve sacudida cuando el chico con barba escasa se dejó caer hasta sentarse junto a él. Ferrán estaba ahí, mirándole con una sonrisa, y pasó un brazo en gesto amistoso por los hombros de Eric.

    —No sé de qué hablas, Ferrán.

    —Claro que lo sabes. Esa chica, Paula, la nueva, te está quitando a tu querido amigo. Mírate, no puedes apartar el ojo de ellos.

    Eric no pudo sino desviar la mirada, incómodo, y oyó cómo Ferrán se reía.

    —No hace falta que me mientas, tío. Mira, los dos tenemos algo personal contra el puñetero Daniel Strife y la nueva ahora, ¿cierto? A ti tu amigo te ha dejado de lado por Paula, y a mí… bueno, aparte de que nunca me ha caído bien, ahora mismo está siendo un obstáculo para conseguir algo que me interesa bastante.

    —Ligarte a Paula, ¿cierto?

    —Es que mírala, joder —comentó, sonriente, mientras señalaba a la pareja a lo lejos—, ¿crees que hay derecho para que ese tío ande con semejante chica? Ambos saldríamos beneficiados si destrozamos esa relación, ¿me entiendes?

    Eric no quiso escucharlo en un primer momento, pues conocía bien a Ferrán, y sabía que era una persona simple, egocéntrica, que tendía a usar a los demás en su propio beneficio. De hecho, nunca los había tratado precisamente bien a Dan y a él mismo; es más, él era uno de los principales promotores de los insultos y burlas, los motes, los acosos. No obstante, le escuchó. Y, por algún motivo, dijo:

    —¿Cómo, exactamente, pretendes hacerlo?

    Satisfecho, Fernando se echó hacia atrás y sacó de sus bolsillos una pequeña bolsa de plástico lleno de una especie de hierba machada de color verde. Durante unos segundos, Eric pensó que era de color azul. Tras mirar a ambos lados y verificar que no había ningún profesor en los alrededores, Ferrán sacó parte de esas hierbas de la bolsa, un cigarrillo, y comenzó a realizar una meticulosa operación que parecía tener totalmente automatizada. Combinó lo verde con el cigarrillo, guardó la bolsa, extrajo un mechero de alguna parte de su pantalón y encendió la punta de aquél; luego, dio una profunda calada, y le ofreció a Eric hacer lo mismo con un gesto. Él no dudó en negarse vehementemente con la cabeza.

    —He pensado —comenzó, al fin, a explicarse— que precisamente tú eres el candidato idóneo para llevar a cabo la ejecución del plan. Es sencillo, yo sólo necesito que siembres algo de duda entre ellos. Cuéntale algún secreto turbio sobre Paula a Daniel, o invéntate que uno de ellos ha dicho algo sobre el otro —dio una nueva calada, expulsando tras ello una generosa cantidad de humo, que llenó la atmósfera a su alrededor con un intenso olor—. Que haya tensión entre ellos. Después de todo se conocen desde hace menos de una semana, no debería ser difícil hacer que desconfíen el uno del otro.

    —¿Y luego? —Eric estaba impaciente por conocer el plan completo de Ferrán, porque lo cierto era que no comprendía cómo podría eso beneficiarle a él.

    —La pobre Paula quedaría dolida, y, nueva como es en este instituto, se verá sola y vulnerable. Tú volverás a poder hacer mariconadas con tu amigo del alma, sin nadie que os moleste, y yo podré consolar a una pobre dama desvalida. Fácil, sencillo. ¿Cómo lo ves?

    Lo meditó en silencio, por unos segundos, y levantó la capucha de la sudadera hasta que ésta cubrió su cabello de longitud media. También lo apartó de su frente, pegajoso y desagradable. Notó cómo Ferrán le dio dos suaves golpecitos en la espalda, de forma amistosa, y se levantó justo después de expulsar otra nube de humo perfumado.

    —Entenderé eso como un sí —dijo desde arriba—. Iremos hablando, pelo-fregona.

    Aquellas últimas palabras le inquietaron mucho, y alzó una ceja con desconcierto mientras le veía perderse en la distancia, con manos en los bolsillos y una forma de caminar que mostraba puro desinterés. ¿Tan sencillo como eso? Debía, según Ferrán, tratar de crear tensión entre ellos, sólo eso, y Paula desaparecería de su vida, lo necesario para que Dan volviese a preferirle a él. Antes de que ella llegase, ellos dos eran uña y carne, y pasaban prácticamente todo el tiempo juntos, casi sin separarse. Desde que Dan apareció, al comenzar ambos el instituto, encajaron, como bien él mismo explicó. ¿Es que esa amistad importaba ahora menos que su relación con una chica nueva? ¿Ella iba a echar por tierra todo lo que habían compartido, toda la confianza mutua que se tenían?

    Apretó el puño con fuerza, se aseguró de que la capucha cubría bien su expresión, y se levantó. Le apetecía dar un paseo, aunque tuviese que ser solo. Las jaquecas volvían a azotarle con fuerza, y ya comenzaba a comprender que aquello no era una buena señal: lo próximo era oír el latido y notar cómo todo giraba, y los delirios, sueños, o lo que quiera que fuesen todas aquellas cosas extrañas que constantemente visualizaba y sentía.

    En su paseo por el patio, observó a las distintas personas que reían, se sentaban en las escaleras a charlar, caminaban juntos, algunos se besaban, otros se daban la mano, incluso alguno lloraba, y varios discutían. Cada una de esas personas tenía una vida, cada uno de ellos contaba con sus amigos, familia, problemas… sin embargo, ¿qué tenía él? Nada. Sólo tenía a Dan, y nada más. Estaba solo, muy solo en el mundo, y cada vez era más consciente de ello.

    Sonó una vez más la sirena, indicativa de que el largo descanso al que denominaban recreo llegaba a su fin. Con parsimonia y tras dar un hondo suspiro, Eric subió las escaleras y abrió la puerta del aula, siendo probablemente uno de los primeros en regresar a clase.

    Mas, cuando descubrió lo que había al otro lado, la puerta tras de sí se cerró sin necesidad de que él la impulsase para ello, y lo que tuvo frente a sí no eran mesas y sillas, sino un largo pasillo estrecho con paredes blancas que desembocaba en una sala amplia y vacía, salvo por un enorme escritorio y tres grandes pantallas que decoraban la pared tras éste. Alguien se sentaba frente al escritorio, lleno de papeles, pero Eric no era capaz de distinguirlo desde la distancia. Aun así, sabía bien quién era.

    Caminó, contando durante el trayecto los dedos de sus manos una y otra vez. Estaba seguro de que aquello debía ser otro sueño, pese a que no fuese capaz de comprender en qué punto del día se quedó dormido. ¿Tal vez cuando se sentó bajo el árbol? ¿Puede que nunca hubiese llegado a estar despierto? La cuestión es que, paso a paso, fue enfocando cada vez más al hombre vestido de blanco que le esperaba. Efectivamente, era su padre, tal y como creía. ¿Quién si no?

    —Pensaba que habíamos avanzado —le dijo, girando el bolígrafo en sentido anti horario entre sus dedos. Tras cinco vueltas completas, repetía el procedimiento en el sentido contrario—, pero veo que mis expectativas eran demasiado altas, Eric.

    —Déjame en paz de una puta vez —le escupió, más que decirle.

    El Doctor León pulsó el botón del bolígrafo cinco veces antes de empezar a apuntar algo sobre unos papeles. Recolocó con el dedo índice de la otra mano las gafas, y luego recorrió su cabello peinado hacia atrás, como si no estuviese ya lo suficientemente peinado.

    —Vamos por partes —suspiró—. Tres personas, tres momentos. Todos tus… “sueños” —representó las comillas gestualmente— se basan en tres traumas, ¿cierto? Tu madre, Dan, Paula. La calzada, el edificio en ruinas, el hospital. Y las frases… “Nunca pensé que haría algo así”, “¿Por qué me haces esto?”, “¿Acaso quieres arrebatármelo?”. Todo ello está grabado a fuego en tu mente. Ahora bien, ¿cómo se relacionan entre sí? He ahí el quid de la cuestión.

    —No sé de qué “traumas” me hablas.

    —Sí que lo sabes —su padre fue contundente, dando un golpe en la mesa, e inclinándose poco a poco hacia delante, mirándolo a los ojos—. Ya es hora de que despiertes.

    Acarició el Doctor León su barbilla en actitud pensativa. Luego, señaló hacia arriba. En las grandes pantallas de televisión aparecieron distintas imágenes: la de la izquierda mostró la cara de su madre, sonriente, hermosa, con los hilos dorados flotando a su alrededor; en la de la derecha, aparecía Paula, y se podían apreciar perfectamente la naturalidad de sus pecas, la belleza de su sonrisa y la profundidad de los ojos; y en el centro, Dan, desprendiendo ese aura de felicidad tan característica, despiertos los dos luceros verdes como la hierba.

    —Vamos a empezar la rutina diaria… pero, esta vez, intentaremos tratarlo todo paso a paso.

    —No quiero hacer nada contigo. No quiero que estés en mi vida —fue él, esta vez, el que dio un golpe en la mesa, mucho más brusco que el anterior. Los papeles saltaron ligeramente cuando lo hizo, y su voz se alzó por encima de las posibilidades que sus cuerdas vocales preveían—. ¡Desaparece de mi mente!

    Los televisores se apagaron, las luces tenues que iluminaban el pasillo se fundieron, y todo a su alrededor se transformó en oscuridad después de dar aquel grito desesperado. Miró a ambos lados sin ver nada. No estaba seguro de si seguía en el mismo sitio o no. Lo único que perturbaba el inquietante silencio era el sonido leve de unos pasos que se aproximaban.

    Luego, el aire caliente penetró en su oído.

    —Cinco, cuatro, tres, dos, uno —le dijo la voz.

    Y despertó, una vez más, rodeado en sudor. Tumbado en la cama, con las mantas tiradas por el suelo, y muerto de frío.

    Una vez más, se hizo un ovillo, aún sobre el colchón.

    Capítulo 4

    Recuerdo

    “Memoria que se hace o aviso que se da de algo pasado o de que ya se habló”


    La sensación era agradable en un primer momento. Sus ojos se movieron a uno y otro lado, como seducidos por un baile repetitivo y oscilante. No sabía bien dónde estaba, ni por qué tenía esa sensación. Lo único que sabía con certeza era que estaba tumbado en lo que él creía su cama, y todo daba pequeños giros a su alrededor, encantadores giros de noventa grados.

    —Uno, dos, tres, cuatro, cinco… —oyó que alguien contaba, y supo que se trataba de su padre.

    Cuando la cuenta finalizó, lo agradable dejó paso a la inquietud. El silencio era abrumador, y parecía absorberle. Todo a su alrededor se tornó oscuro, pero ya estaba acostumbrado a eso. Se incorporó, aún tapado por las sábanas de su cama; supo que estaba soñando.

    —Hola de nuevo.

    Su padre se sentaba en aquella misma mesa, sobre él las tres pantallas con las tres caras: mamá, Dan, Paula. El bolígrafo en las manos del hombre engominado giraba cinco veces en una dirección, cinco en la contraria, y de cuando en cuando pulsaba el botón de éste otras cinco veces, fugaces e irritantes.

    —¿Tú otra vez? —inquirió Eric, cruzando las piernas sobre la cama.

    —Yo otra vez. Tantas veces como sea necesario —soltó el bolígrafo sobre la mesa, encima de unos documentos escritos, y comenzó a usar su silla rotatoria para dar pequeños giros, impulsado por sus pies.

    —Estoy harto de verte en todos mis sueños. ¿Por qué no te largas de ellos, como hiciste en la vida real? —escupía las palabras más que decirlas.

    Pero su padre, el Doctor León, no hizo más que reír.

    —Un sueño, dices. Es curioso. Has pasado de creer que todo era real a pensar que todo es un sueño. Tal vez en parte haya sido mi culpa; te pido perdón por ello. Esta vez haremos las cosas de modo mucho más directo, pero pausado, ¿sí?

    Dio una vuelta completa en su silla y miró hacia arriba, dándole la espalda a Eric. Las tres pantallas seguían mostrando las imágenes de las tres personas. Con una especie de mando a distancia en su mano, apuntó a la primera, y pareció pulsar un botón del mismo. La imagen de su madre se desdibujó con lentitud, y dio paso a otra proyección aparentemente estática: era una playa.

    —La playa. ¿Recuerdas?

    —¿Recordar?

    —Sí… recordar. O soñar. No sé cómo valorarás tú las imágenes. ¿Son reales o no? Depende de tu criterio, Eric. Sólo de tu criterio.

    Los ojos marrones se habían quedado hipnotizados por la imagen de la arena blanca. De forma mecánica y sin poder siquiera controlarlo, la mano derecha del castaño se extendió hasta el frente, como si estuviese buscando alcanzar algo con la yema de sus dedos. Fue entonces cuando se dio cuenta de que, de la pantalla de televisión, el agua estaba comenzando a brotar, inundándolo todo.

    Él tuvo la fortuna de flotar, aún sobre su cama, pero el Doctor León no corrió la misma suerte, y cuando la oscura sala quedó inundada, él siguió sentado sobre su silla, sin siquiera inmutarse. De hecho, le miraba desde la profundidad del agua salada, sonriente.

    El techo fue abriéndose con lentitud, dejando paso a una potente luz: el sol brillaba, justo sobre él. Se encontraba en el mar, alejado de la costa, y visualizó a dos siluetas a lo lejos, caminando por ella. Una de ellas iba de blanco. Rápidamente se lanzó al agua, y comenzó a nadar, dando largas brazadas y pataleando de forma nerviosa. El suave oleaje le impulsaba; aunque no fuese precisamente potente, él sentía como si alcanzase velocidades inverosímiles en su nado gracias a éste.

    Pudo poner un pie en tierra firme a los pocos minutos, notando aún la arena húmeda bajo el agua con sus pies descalzos. Y comenzó a correr, siguiendo a las dos figuras que se perdían en la distancia. La figura blanca estaba alejada, pero podía observar cómo el traje de dicho color se mecía hacia atrás por el viento.

    Cuando se acercó, supo que el vestido no era el de su madre. Que no se trataba de su madre.

    —Verás, Eric…

    Y quien iba junto a la otra persona había desaparecido. Cuando quiso darse cuenta, estaba acelerando el ritmo y se había colocado a la altura de aquella mujer de cabellos dorados que no era su madre.

    —No soy estúpido. No tienes que llevarme hasta aquí para contarme todo esto. Soy lo suficientemente mayor como para entenderlo —dijo él mismo, aunque no estaba seguro de por qué articulaba aquellas palabras.

    Se sintió confuso mientras la mujer que no era su madre secaba sus lágrimas. Supo entonces que se trataba no ya de su madre, sino de la hermana de aquélla. Pero, ¿no eran dos figuras las que vio desde la lejanía, cuando flotaba en medio del mar? ¿No corrió tras dos personas? ¿Dónde estaba entonces la segunda? Por algún extraño motivo, conocía bien la respuesta: la segunda era él mismo.

    —Lo siento mucho, sobrino, en serio.

    —¿Qué sucederá ahora? —respondió él—. ¿Qué pasará conmigo? ¿Tendré que venir a vivir aquí?

    Su tía se esforzaba por mantenerse fuerte mientras los delicados pasos tocaban la arena cálida y fina. Eric sentía una extrañísima sensación en la garganta y el pecho al mirarla a los ojos empañados, y cuando ella desviaba la mirada, creía entrever en lo más profundo de sus recuerdos la nítida imagen de su madre. Ciertamente, no en vano las dos eran hermanas: los hilos dorados eran algo más rizados, tenía unos ojos ligeramente más oscuros y la cara algo más afilada, con la nariz, quizá, un poco más grande. Probablemente la prominente nariz del castaño era herencia de aquella mujer, pues nadie en la familia tenía semejante protuberancia como la suya en el centro de su rostro.

    —Si quieres, tu tío y yo estaremos encantados de acogerte.

    —¿Segura? —en el fondo, él sabía que se había precipitado al decir aquello. Le constaba que su tío no iba a estar especialmente contento ante aquella idea, no en vano era un hombre egoísta y machista que casi había absorbido y apartado a su tía de su familia—. ¿Lo has hablado con él?

    —No. Pero no te puedo dejar solo —sentenció ella, decidida, parando en seco y colocando su mano derecha en la mejilla de Eric. El tacto de ésta se le hizo irreal, ficticio, como si el roce de la yema de sus dedos no fuese más firme que el contacto del aire. Y justo en ese instante se preguntó si seguiría soñando.

    Al final, el gesto mecánico y automatizado se volvió a reproducir, y negó de forma vehemente con la cabeza.

    —Prefiero seguir en casa. Será mejor para todos. Tengo casi diecisiete años, y ya tengo edad suficiente para emanciparme, ¿no?

    —Pero… —no hubo lugar para peros. Eric sabía bien qué era lo que quería, aunque en el fondo no entendiese del todo la implicación de aquella situación.

    —Lo he decidido. Si quieres ayudar, tía, te estaré agradecido, pero me bastará con dinero para poder vivir solo. No quiero ser un estorbo para nadie.

    Él mismo comenzó a replantearse las palabras que acababa de pronunciar. ¿”Solo”? Su pulso tembló, por algún motivo, y de pronto escuchó el latido del corazón, una vez más. Su tía quedó completa y absolutamente inmóvil frente a él. Extrañado, sintió deseos de estirar su mano para tocar su mejilla, igual que ella había hecho momentos antes. De manera que los dedos, tímidos, se alzaron hacia la figura estática, y conforme más se acercaban, lenta pero inexorablemente, la silueta y el contorno de aquella mujer fueron mutando, empequeñeciéndose la nariz, aclarándose los ojos, redondeándose la forma de la cara y alisándose los cabellos dorados. Aquella, ahora, era su madre.

    Tan pronto como el índice la rozó, ella se deshizo en una sustancia líquida que cayó al suelo, produciendo un fuerte ruido al salpicar contra una arena que ahora, más que tal, parecía puro hormigón, duro, frío, desagradable al tacto de un pie descalzo. Efectivamente, había dejado de estar en la playa. Caminó algunos pasos más, hasta llevarse la desagradable sorpresa de que había vuelto a reencontrarse con su padre, frente a aquella mesa, frente a la placa que rezaba: “Doctor León”, colgando del blanco de su bata.

    Ni siquiera se dignó a cuestionarse por qué estaba allí de nuevo. Fue al grano, pues la escena con su tía había sido interrumpida bruscamente justo cuando parecía que iban a hablar de su situación actual, de la propia situación de Eric. Y por algún motivo, estaba seguro de que el culpable de aquella interrupción no era otro que su padre.

    —Entonces, ¿se supone que vivo solo?

    —Creía que ya habías recordado eso —el Doctor León crujió sus dedos de una forma tan desagradable que Eric no pudo sino fruncir el ceño con algo de repulsión.

    —Tenía la suposición de que era así —afirmó—, pero sigo confuso al respecto.

    —¿A qué se debe tal confusión?

    —Dan me habló de mi padre cuando mencioné las jaquecas. Me dijo que se lo comentase, ya que él era médico. Y además, recuerdo que mi padre, estando en casa, me mencionó que las pastillas azules, las que tomaba para dormir, no me estaban haciendo ningún bien, y que iba a quitármelas si seguía así. Entonces, ¿mi padre está realmente en casa, o no? ¿Vives conmigo aún?

    Su padre sonrió con solo la mitad izquierda de su boca, malicioso y con aspecto de conocer todas las respuestas, pero estar disfrutando del desconcierto de Eric. Por un momento, el joven se dio cuenta de que, poco a poco, estaba cayendo en su juego, en la locura. Comenzaba a tomarse en serio aquellas imágenes sobre las cuáles ni él mismo podía discernir qué era real y qué no.

    —La respuesta a esa pregunta ya la conoces, Eric. Simplemente la has hecho borrosa en tus recuerdos, porque es demasiado dura para ti. Has asumido que tu padre no ejerce porque lo echaron de la profesión, incluso has asumido que tu madre murió; pero no has sido capaz de aceptar el motivo de lo primero y la relación que tiene eso con lo segundo. Y eso se traduce en que te niegas a recordar dónde está tu padre ahora, por qué ya no está contigo y qué fue lo que hizo, y lo sustituyes con su presencia en tu día a día.

    —No —sentenció Eric. La furia crecía por momentos—. No, eso no es cierto, no puede serlo. ¿Qué relación puede existir entre la marcha de mi padre y la muerte de mi madre? ¡Oh, vamos, pero si te tengo justo delante! ¡Dímelo tú! ¡Dime dónde te fuiste! ¡Dime la verdad de una puta vez!

    El Doctor León tomó una profunda bocanada de aire, que posteriormente expulsó con lentitud. Se masajeó las sienes, como si aquella conversación estuviese causándole excesivo cansancio. Sin más, hizo caso omiso a las últimas declaraciones de Eric, y su mano se deslizó sobre la mesa hasta el mando a distancia que controlaba los tres monitores.

    Eric logró interceptar dicha mano, golpeándola con un fuerte puñetazo.

    —¡No! Vas a responderme ahora, ¡vamos! —estaba verdaderamente exaltado, tanto, que casi no se reconocía a sí mismo.

    —Esa violencia tuya —le contestó su padre, sin inmutarse ante el golpe, con tono serio, monocorde y escalofriante, casi como si hubiese leído la mente del chico—, ¿de dónde surge? Creía que eras un chico pacífico, víctima de los abusos y no abusador, ¿no?

    Inmediatamente, se calló. El puño cerrado retrocedió hacia atrás, y su expresión se tornó sumisa y asustada, como si fuese un perro amedrentado ante la vara de su agresivo dueño. Su padre, al observar el cambio de actitud, se dispuso finalmente a terminar el recorrido de su mano hasta el mando a distancia, lo cogió, y Eric vio cómo pulsaba el botón “2”. Inmediatamente, la pantalla donde aparecía Dan dejó de mostrar su imagen, y en su lugar mostró un cuarto de baño que le era especialmente familiar: uno de los baños de su instituto.

    —Esto es… el baño.

    —El baño —afirmó rotundamente su padre—. ¿Recuerdas lo que sucedió ahí?

    Trató de agudizar su mirada para percibir hasta el más mínimo detalle de cuanto acontecía en aquella pantalla, y, con ojos entrecerrados, trató de identificar a las figuras que se veían en la escena. Estaba borroso y el plano era alejado, como si se tratase de una cámara de seguridad, de modo que no era nada fácil definir las caras de quienes protagonizaban el video.

    —Creo que esto me lo contó Dan una vez. Fue cuando le amenazaron.

    —¿Recuerdas quién le amenazó, y cómo fue? ¿Qué le dijeron? ¿Recuerdas algo, Eric?

    El pulso volvía a temblar. Oía las risas, que ya no le sonaban aniñadas, sino algo más adolescentes. Y, entre aquellos ecos jocosos, burlones, el llanto apesadumbrado de Dan, que le perforaba el tímpano y le acrecentaba la migraña. Casi parecía que era el propio Dan el que exprimía su cerebro con sus propias manos cuando oía aquel quejido.

    —Dan —susurró, anhelando ayudarle.

    La mesa frente a él, donde su padre extendía los documentos que no había alcanzado nunca siquiera a leer, comenzó a resquebrajarse, y se sobresaltó al ver cómo la madera crujía y los papeles bailaban, deslizándose sobre ella y cayendo como hojas de un árbol hacia el suelo. Su padre había desaparecido, y aquello parecía ser un terremoto, pues todo a su alrededor temblaba. No obstante, divisó una puerta frente a él, y, tambaleándose y pugnando por conservar el equilibrio, se dirigió presto hacia ella. La puerta en cuestión tenía un pequeño hueco que la separaba del suelo bajo la misma, así que, al comprobar tras tratar de girar el pomo repetidas veces que estaba cerrada, se agachó para tratar de pasar por dicho hueco.

    Fue tan solo asomar su cabeza al exterior, y sintió que nunca debería haber mirado lo que allí había. Su lengua notó un amargo sabor, y había algo en aquella escena, que no era sino la que acababa de visualizar en el segundo monitor de los que su padre insistía en mostrarle, que no parecía encajar. Y es que no era Dan el que estaba siendo golpeado: en su lugar, un chico de nariz chata y pelos sudorosos y adheridos a su cara, cargada de acné, sollozaba infantilmente mientras unos cinco chicos le daban agresivos empujones.

    —¿Hoy no acompañas a tu novio al baño? —le espetó uno de ellos.

    Cuando le dio el segundo empujón a aquel chico, Eric lo sintió en sus propias carnes. Y es que antes de que pudiese darse cuenta, tomó consciencia de que se encontraba rodeado por los cinco abusones, y ya no estaba husmeando bajo la puerta de uno de los váteres.

    —Dejadme en paz —susurró, con voz queda, conteniendo las lágrimas de impotencia.

    Todos se rieron, como si aquello fuese especialmente divertido. Eric pudo observar la cabeza rapada de uno de los chicos, que parecía ser el que llevaba la voz cantante de aquel grupo. Uno de los cinco estaba manteniendo cerrada la puerta que suponía que conectaba con el resto del instituto, para asegurarse de que nadie más les molestaba.

    —Dais puto asco. ¿Me oyes? —el jefazo era quien hablaba, agarrando ahora del cabello a Eric, forzándole a inclinar su cuello hacia atrás. Le hablaba casi directamente al oído, y el daño que sentía debido al tirón comenzaba a ser indescriptible—. Malditos maricones.

    —No somos novios —trató de defenderse él—, es mi amigo.

    —Sí, claro, pero bien que los padres se dan por el culo —añadió entre risas uno de los secuaces.

    —Calla un momento, joder, estoy hablando yo —vociferó de forma imponente el líder, que retorció los pelos entre sus manos—. Escúchame, friki marica. Ese niño amigo tuyo ha venido aquí con su maldita familia de mierda —el desdén pudo notarse en su voz cuando pronunció la palabra “familia”. Sin duda, para él Dan y sus padres distaban mucho de ser el prototipo familiar que aquel chico de unos dieciocho o diecisiete años consideraba válido—. Y no son bien recibidos aquí, ¿estamos? Así que si andas con él, tú tampoco vas a ser bien recibido aquí, ¿queda claro?

    El agarre del joven hacía que las posibilidades de defensa de Eric se redujesen al absurdo, y no pudo sino balbucear un casi ininteligible “sí”. Mientras, los otros cuatro chicos le miraban y analizaban sus movimientos, de modo que hubiesen frustrado cualquier posibilidad de un contraataque; el castaño había asumido que no había opciones de salir ileso de aquella situación, así que, resignado, decidió rendirse y simplemente desear que acabase lo antes posible. Oía las risas de los jóvenes, pese a que, en ese momento, ninguno de ellos estaba riendo.

    —No obstante, tú no formas parte de esa familia. De momento.

    Soltó entonces los cabellos, permitiendo al cuello de Eric descansar. Se incorporó, dando un ligero paso hacia atrás, con miedo. La mirada ceñuda del chico rapado se combinaba con su sonrisa malévola, y Eric sabía que iba a sugerir alguna especie de trato, pues se notaba en el brillo oscuro de su mirada.

    —Así que, si nos demuestras que no eres como ellos, igual te dejo tranquilo, quién sabe.

    —¿Qué quieres decir? —alcanzó a preguntar Eric, con voz débil y asustadiza.

    —Es sencillo. Puedes ayudarnos a hacer justicia. Si lo haces, consideraremos que eres justo; si no lo haces, estarás demostrando ser tan tóxico como esos maricones.

    Le tembló el pulso, y no fue capaz de abrir la boca para responder en un primer momento. Notó como si todo le diese vueltas, como si la sala a su alrededor temblase. El chico rapado habló, agarrándole con mayor suavidad de lo habitual de su camiseta. Vio que movía la boca, pero no alcanzó a oír su propuesta, pues le pareció que movía los labios sin realmente decir nada. No obstante, escuchó con absoluta nitidez, casi a cámara lenta, cómo el joven decía:

    —¿Aceptas?

    Y fue como si los otros cuatro chicos le rodeasen, todo a su alrededor se volviese negro, y sólo existiesen ellos, mirándolo, formando un círculo perfecto, sin dejarle siquiera espacio vital, zarandeándolo, empujándolo, como si fuese una pelota que se pasaban de unos a otros:

    —¿Aceptas? —dijo otro.

    —¿Aceptas? —un tercero.

    —¿Aceptas? ¿Aceptas? ¿Aceptas?

    El grito que profirió le hizo despertar. O eso creía, porque tuvo la sensación de haber despertado, el sobresalto, la impresión de que abría los ojos. Todo le indicaba que por fin habían acabado sus sueños, y había regresado al mundo de la vigilia. Pero descartó la opción tan pronto como oyó el ruido del bolígrafo de su padre siendo golpeado contra la mesa en cinco toques rápidos y continuados y vio las tres pantallas sobre él. En el reflejo de las espesas gafas podía observarse a sí mismo. Se veía cansado, sucio, con ojeras y el cabello pegajoso adherido a la frente. Pensó en lo irónico que era que tuviese ojeras, cuando parecía pasar toda la vida durmiendo. Incluso rio amargamente al meditar aquello, sintiéndose atrapado, atrapado en su propia mente.

    —Otra vez tú —ni siquiera era una pregunta, sino una afirmación. Su padre volvía a mirarle por encima de las gafas.

    —Exacto —contestó él, con una mezcla de indiferencia y burla—. Ibas bien, ibas muy bien. Pero nuevamente, no has sido capaz de llegar hasta el final. ¿Es que no te das cuenta de que tarde o temprano tendrás que hacer frente a esos recuerdos?

    —A la mierda los recuerdos —afirmó con contundencia—. Estoy ya harto, ¿por qué no me dejas despertarme de una vez y vivir mi vida? Me da igual si recuerdo o no recuerdo uno u otro trauma, todo lo que quiero es despertar.

    —Precisamente lo que estamos buscando es hacerte despertar. Hacerte despertar de modo definitivo —se aclaró la voz, ante la mirada cansada de Eric—. En fin. Procedamos al último punto, ¿quieres? Probablemente el más importante, en tanto que es el que sucedió hace menos tiempo. Y es el motivo por el que ahora estás aquí.

    —¿Aquí? ¿Aquí dónde?

    Hizo completo caso omiso a su pregunta.

    —Paula —sentenció, y, con una sola palabra, bastó para acallar todas sus quejas y preguntas—. Veamos qué encontramos en la tercera pantalla, ¿de acuerdo?

    El Doctor León pulsó el botón que tenía grabado un “3” del mando a distancia, y pudo apreciar cómo la pantalla dejaba de mostrar el rostro pecoso de la chica, y en su lugar mostró lo que parecía ser el interior de un coche. Sintió que su corazón se oprimía y le faltaba el aire al mirar a ese vehículo. Le resultaba muy familiar, de hecho.
     
    Última edición: 3 Febrero 2018
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    Amane

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    Estoy empezando a pensar lo peor, sinceramente.

    De nuevo, tengo cada vez más teorías y cada vez son más raras e ilógicas, aunque sé que todo tendrá lógica al final y todo estará relacionado y me quedaré muy impactada por como consigues relacionarlo todo de manera tan perfecta... como siempre.

    En fin, en cuanto al capítulo, me gusta que Eric esté siguiendo el juego de su padre/doctor León porque así descubrimos más de lo que sucede y qué onda con todo. Es interesante, además, porque... ¿qué ha sucedido con él? Realmente se fue o no, o algo le ha sucedido y Eric no es capaz de procesarlo. Claramente, han pasado muchas cosas, tiene muchos traumas, pero... ¿y si el origen común de todos es su padre? No sé, suena raro pero quizás podría ser.

    No sabría que más decirte, sinceramente Vale, lo admito, me fui a ver una serie y se me olvidó un poco lo que iba a comentarte, pero la única teoría que más o menos tendría sentido para mí ahora mismo es que Eric ha alterado de alguna forma sus recuerdos para no superar sus traumas y en realidad es culpable pero se hace la víctima. No sé, lo veo plausible, aunque quién sabe con qué me sorprendes, ja.

    Nunca dejes de escribir estas maravillas, eh. Seguiré esperando~
     
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    GalladeLucario

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    Bien, ¡esto empieza a terminarse! Solo un par capítulos restan, además del presente, y en este ya entraremos de lleno en el capítulo cinco, el último, y terminaremos lo poco que quedó del cuatro. Las cosas irán tomando forma... espero que disfrutéis del final que comienza a desarrollarse, ¡así que no dudéis en hacerme saber vuestra opinión!

    Y cuando enfocó su mirada en el parabrisas del coche, que se podía ver en la imagen (la cámara parecía estar enfocando el coche desde el centro de los asientos traseros, ofreciendo una buena panorámica de la carretera oscura frente al vehículo), se dio cuenta de que el cristal estaba a tan solo unos centímetros de él, quien se inclinaba hacia delante para mirar bien lo que había allí. Ni un segundo había pasado desde que el televisor cambió la imagen retransmitida cuando se pudo percatar de que estaba sentado en el asiento del copiloto.

    Una rápida mirada a la persona que conducía, sentada a su lado, le bastó para obligarse a retener un grito de horror. Quien conducía no era otro que Ferrán, con ambas manos aferradas con dureza al volante y los dientes apretados. Tuvo que mirar al contador de velocidad para ver que sobrepasaban los noventa kilómetros por hora.

    —¡Frena! —exclamó, alarmado, cuando el coche dio un giro brusco en una curva, casi rozando una farola que había situado en la esquina de la oscura calle—. ¿Estás loco? ¡Estamos en mitad de la calle, no en una autopista, maldita sea!

    —¡Cállate, gilipollas! —espetó el chico, furioso como pocas veces lo había visto Eric. Comprendió que el asunto que se traía entre manos era realmente importante, pero no alcanzaba ni a recordarlo ni a entender por qué él estaba allí sentado, donde el copiloto—. ¡No voy a dejar que esa perra vaya a la policía, ¿me oyes?!

    “Esa perra”. ¿De quién hablaba? Por algún motivo, pese a que no sabía a quién se refería, en su mente estaba dibujada la imagen de Paula, el rostro asustado de ella, gritos de dolor, y una sonora pregunta que decía entre sollozos, derramando lágrimas saladas que casi podía saborear: “¿por qué me haces esto?”, susurraba Paula, casi sin voz, en su mente.

    —¡Cuidado! —exclamó al ver que un coche venía de frente, deslumbrándole con sus faros. Ferrán tuvo que dar un fuerte giro al volante para esquivar al coche que venía en sentido opuesto, y no faltaron los toques del claxon del contrario.

    El rostro concentrado de Ferrán le daba miedo. Se le veía completamente empecinado en llegar a su objetivo, y no parecía dispuesto a dar marcha atrás en él. No tenía del todo claro qué sucedía; lo último que recordaba en relación con Ferrán era aquel acuerdo que hizo con él, relativo a romper la relación entre Paula y Dan para el beneficio de ambos, ¿y ahora andaba persiguiéndola para evitar que acudiese a la policía? ¿Por qué? Sentía que iba a colapsar, sólo deseaba salir de aquel coche, pero no podía. La puerta estaba cerrada, y si se lanzaba del coche a esa velocidad probablemente acabaría con varios huesos rotos. Desde luego, lo que sí que podía descartarse era que Fernando fuese a parar el coche; era consciente de que esa posibilidad era prácticamente inexistente.

    —¡Allí está! —gritó Ferrán, al ver a lo lejos, al fondo de una calle, a la chica en cuestión. Los cabellos rubios brillaban a lo lejos con el reflejo de las tenues luces urbanas de la noche. La chica se giró al oír el sonido de las ruedas al derrapar y del motor excedido en sus capacidades—. ¡Para, hija de puta! ¡Para! —gritaba él, pero no estaba seguro de si era consciente de que no la escuchaba.

    Vio a Paula correr alarmada, cruzando la calle para continuar su camino, y el rostro suplicante fue apreciable cuando los faros del coche le iluminaron.

    —¿Qué vas a hacer para evitarlo? —preguntó Eric, decidiendo que tenía que hacer algo para parar aquella locura—. ¿Eh? ¡No puedes hacer nada por retenerla! ¿O es que vas a cargártela?

    —¡No lo sé, tío, cierra la puta boca! —el pie derecho de Ferrán seguía pisando a fondo el pedal del acelerador, y Eric creía oír cómo sus dientes chirriaban ante la fuerza con lo que apretaba los mismos—. De momento voy a hacer que pare, se va a montar en el coche y… ¡ya veremos qué sucede luego!

    Tuvo que girar abruptamente una vez más cuando Paula dobló una esquina. Corrió con tanta velocidad como sus piernas delgadas le permitían, y los ojos oscuros de Ferrán brillaron con ira cuando vio que, al llegar a la mitad de la calle, Paula intentaba tomar un atajo por una estrecha calle peatonal.

    —¡Ni se te ocurra, perra! —gritó Ferrán, al que no le importó las dimensiones de la vía, y giró a toda velocidad, sin importarle tampoco las señales que indicaban claramente que no era posible circular por allí. Abrió la ventanilla, cada vez más cerca el coche de la chica que huía—. ¡Paula! —gritó, sacando la cabeza del vehículo—. ¡Para, o…!

    Entonces, el sonido de un golpe. El coche frenó en seco, derrapando una vez más, y fue gracias al cinturón de seguridad que Eric no salió disparado hacia el frente. Ferrán, tras asomar la cabeza, ya con el motor parado, para observar el exterior, giró su mirada hasta enfocar a Eric. Éste, pulso tembloroso y ojos empañados, tragó saliva.

    —La has atropellado, tío. La has atropellado —tuvo que repetirlo para ser capaz de asimilarlo.

    —No… —susurró Ferrán, negando vehementemente con la cabeza—. No. No la he atropellado. Has sido tú.

    Y se desplomó al sentir el puñetazo en la cara.




    Capítulo 5

    Realidad

    Existencia real y efectiva de algo; lo que es efectivo o tiene valor práctico, en contraposición con lo fantástico e ilusorio.


    El puñetazo le desorientó. Cuando recobró la consciencia, no sabía bien dónde estaba. Sentía un indescriptible dolor en el ojo izquierdo, que era el punto en el que recibió la mayor parte del impacto. Pese a que todo a su alrededor le resultaba difuso y desconocido, sí que sabía que estaba en el suelo, tumbado. Se preguntó si Ferrán le habría llevado hasta allí. Lo último que recordaba era cómo decía que el autor del atropello era él, mientras le golpeaba y lo dejaba inconsciente.

    Así que se levantó. También le dolía la pierna, pese a que no había recibido, en teoría, ningún golpe ahí. Caminó con esfuerzo, y no dio más de dos pasos cuando el cuello le crujió de forma muy desagradable, indicando el inicio de otro agudo dolor punzante que surgía de repente. Luego, fue el estómago el que rugió y se revolvió de forma extraña, como nunca antes había sentido sus tripas. Se preguntó con qué clase de fuerzas podría alguien golpearle como para dejarle en ese estado tan lamentable. ¿Qué era Ferrán, una especie de dios? ¿Era Hércules, Sefirot, o el modo definitivo de Freezer, de Dragon Ball Z? Sonrió él mismo por lo absurdo de sus pensamientos. Incluso entonces seguía manteniendo una chispa de humor.

    La música comenzó a dejarse oír, de repente, y Eric palpó sus oídos, buscando averiguar si tenía los auriculares puestos; todo lo que logró fue percatarse de que sangraba por los oídos, tiznándose la yema de los dedos de aquella sustancia rojiza. Do I Wanna Know? sonaba a todo volumen, casi como si procediese desde el interior de su mente, y los acordes de la guitarra eléctrica y el bajo creaban la banda sonora de su avance por aquel largo y estrecho pasillo. Miró a sus lados, y pudo ver cómo una especie de rejas se alzaban a su alrededor, barrotes de hierro, grandes, gruesos y firmes. Asustado, casi grita cuando una mano, justo en el punto en el que el estribillo sonaba, le agarraba desde el otro lado de los barrotes. Lo curioso es que no había ninguna figura al otro lado del brazo.

    Las manos comenzaban a surgir, incesantes y agresivas. Le intentaban agarrar el pie, el hombro, incluso la cabeza, informes los brazos, delgados y con afilados dedos en su extremo, al compás de la música que tanto le gustaba antes y que, sin embargo, ahora le parecía tétrica. Decidió correr, huyendo de aquellas extrañas garras. Conforme más corría, más creía oír a su espalda voces ahogadas gritándole: “¡Abusón! ¡Abusón! ¡Abusón!”. Miró atrás, y no vio a nadie… así como tampoco vio las escaleras frente a sí, y tropezó, y cayó, rodando, rodando y rodando.

    —Oh, pobre criatura —era como un eco lo que escuchaba mientras descendía por aquellas horribles escaleras, girando sin cesar, golpeándose en cada peldaño un punto nuevo de su cuerpo. Se preguntó por qué tenía que soportar todo aquello. Si era un sueño, el dolor desde luego era muy real—. Sometido a tanto sufrimiento. Perdido en el vasto mundo onírico. Incapaz de diferenciar cuál es la imagen real y cuál es la falsa.

    Llegó al fin al final de aquellas escaleras, todo para volver a levantarse, más dolorido que antes, si cabía, y volver a observar el interminable camino que aguardaba frente a él. El sonido de un reloj se apoderó de sus oídos, y vio a lo lejos un gigantesco péndulo que giraba a uno y otro lado. Oscilando casi noventa grados a la izquierda, y casi noventa a la derecha. Embelesado por aquella danza repetitiva, comenzó a caminar hacia él. Y la voz siguió hablándole.

    —Es lo que sucede cuando se combinan tantos factores de riesgo como los tuyos. Los traumas que viviste, la medicación que tomabas, la obsesión por los sueños lúcidos. Puede ser fantástico manejar tu propia mente, moverte por tus sueños libremente. Pero, ¿y si llegases a tal punto que no pudieses diferenciar cuál es un sueño y cuál es una realidad? ¿Y si, quizá, en tus sueños eres más feliz que en tu realidad, y prefieres resguardarte en ellos y convertirlos en tu realidad? Todos cometemos errores. El problema es que no todos los aceptamos. Algunos huyen, como tú.

    No respondió. No sabía a quién responder, en cualquier caso. La voz le era familiar, y a la vez no. Además, su mente sólo se preocupaba de observar aquel péndulo, mirándolo desde lejos, siguiéndolo con la vista, llegando, incluso, a girar su cuello para poder analizar todo el recorrido que éste hacía. Tenía algo fascinante, sin duda era fascinante.

    —En un sueño, se reproducen eventos de los recuerdos de una persona, fantasías que nunca se llegaron a cumplir, pensamientos que se albergan en lo más profundo del ser de uno mismo. Pero usualmente no aparecen con la forma con la que deberían, sino camuflados en otra forma. Símbolos. La simbología de los sueños, un campo de estudio fascinante, magnífico, etéreo. Cada persona identifica cada símbolo de una forma. Quizá tú tengas una forma de simbolizar tu subconsciente completamente distinta a la de los demás, y por eso para ti es tan real todo, ¿no?

    —Uno, dos, tres, cuatro, cinco —oyó la otra voz, en sintonía con la anterior, repitiendo la cuenta hasta cinco, superponiéndose a la anterior, como si fuese un eco lejano. Un eco del eco.

    —Pues no —sentenció la primera voz—. Por supuesto, no es tan simple como eso. Tus símbolos no son nada sobrenatural. El problema lo tienes tú. ¿Eres consciente de la cantidad de veces que has forzado uno de esos sueños lúcidos? ¿No recuerdas tu obsesión con ellos?

    —Uno, dos, tres, cuatro, cinco.

    Eric siguió caminando, sin mediar palabra, sin dar respuesta a las preguntas. Comenzaba a sentirse mareado, frágil, y el péndulo no dejaba de girar, ni el tic-tac del reloj de sonar. Vio en el cielo, que tenía un extraño e intenso color morado oscuro, la imagen translúcida de sí mismo, repetida decenas de veces. Podía observar como si aquel enfermizo cielo que había sobre él mostrase proyecciones de su propio aspecto. En alguna de dichas proyecciones se podía observar contando sus dedos, en otras se veía apuntando algo en una libreta. “También se puede ir apuntando todos los sueños que uno va teniendo”, recordó las palabras de Dan. Aparecía también, girando a conciencia la taza de su café, o pulsando el botón del bolígrafo en ráfagas de cinco toques. “Hay gente que se acostumbra a tomar patrones repetitivos en su día a día”, meditó. Todo aquello, ¿eran técnicas para forzar los sueños lúcidos? No recordaba que hubiese tenido tanto interés en el tema, pues él había asumido todas esas conductas como manías y conductas involuntarias que tenía desde quién sabe cuándo. Nunca pensó que pudiese ser él mismo el que generó, conscientemente, todas aquellas manías repetitivas.

    La voz continuó su monólogo.

    —Sí, Eric. Llevas demasiado tiempo provocándote sueños lúcidos, evadiéndote de tu realidad. Querías convertir lo que soñabas en tu vida, porque tu vida no te gustaba. Así que manipulabas tus sueños, hasta el punto de que los eventos que acontecieron y la constante exposición a la lucidez en el sueño derivaron en que fueses mezclando la vigilia y lo que no lo es. El problema se agravó y agravó. Hasta hoy. Y todo comenzó

    —Uno, dos, tres, cuatro, cinco —resonaba el eco lejano, una y otra vez.

    —Pero hoy, Eric, hoy voy a hacer que retomes la conciencia.

    La voz se le hizo, poco a poco, algo más nítida, clara e identificable. Poco a poco, comenzó a deducir que se trataba de la voz de su padre, otra vez él. Con todo, aún notaba algo en su timbre que no le era familiar.

    El péndulo comenzó a oscilar de forma más brusca, como descontrolada, rápidamente. Se dio cuenta cuando estuvo lo bastante cerca de que, tras él, una enorme figura masculina, sentada en una posición relajada sobre lo que parecía ser una especie de trono, con una pierna sobre la rodilla de la otra y la barbilla descansando en el puño cerrado de la mano izquierda. Desde su posición, su padre se veía como un rey gigante, o más bien un colosal demonio, que podía tener perfectamente el tamaño de ocho hombres de estatura media. Le vio moverse y aclararse la garganta, antes de seguir hablando.

    —He logrado entrar en tu realidad. Me sigues identificando como la esencia de todos tus males, representados en la figura de tu padre, porque me consideras cruel por intentar hacerte salir de tu mundo ideal, tu rutina perfectamente monótona y aburrida, pero pacífica y sin problemas. No obstante, que me odies no me importa. Me vale con lograr que seas consciente de dónde estás, de qué ha pasado y de quién eres. Así que empecemos, si te parece.

    Agitó su enormísima mano, y Eric notó como si el giro de su dedo índice en el aire estuviese haciendo orbitar todo el mundo a velocidad acelerada. Fue a cruzar el paso del alocado péndulo, que ya oscilaba a un ritmo alarmante, pero no se vio con valor para hacerlo. El suelo temblaba, el tic-tac del reloj se volvía enfermizo, y tenía miedo de no ser lo suficientemente rápido como para evitar que lo que ya parecía más una guadaña mortal le golpease y arrojase al eterno y oscuro vacío. Así que se quedó en pie, mareado y confuso, mirando a su enorme padre al otro lado, al final del tétrico camino.

    —Empecemos por el comienzo de todo, Eric. Y sabes cuál fue el comienzo, ¿verdad? Aquello que supuso un giro enorme en tu vida, lo que fomentó tu caída en este esquizofrénico mundo de realidad mezclada con ficción, de eventos difusos y simbología alterada y manipulada por tu propia mente. ¿Sabes de qué hablo? ¿Sabes de quién hablo?

    Sus labios se movieron solo.

    —Dan.

    Y fue como si al pronunciar su nombre, la imagen de su amigo apareciese frente a él, invocada por aquel corto pseudónimo. Los ojos verdes estaban entristecidos, amoratados. Eric pudo observar centenares de heridas en todas partes de su cuerpo desnudo, cortes, moratones, hematomas, sangre, mucha sangre. Incluso notó que el iris estaba mucho más claro, carente de vida, con una frialdad

    —Nunca pensé que haría algo así —susurró, con una voz particularmente infantil, mucho más aniñada de lo que habitualmente ya era. Un timbre suave, pero, a la vez, suplicante y ahogado por las lágrimas que resbalaban por sus mejillas.

    —¿Qué le pasó a Dan? —preguntó su padre. Cada vez estaba más convencido de que era un demonio, un ser infernal que le hablaba desde lo más profundo del averno—. ¿Puedes recordarlo?

    Imágenes salteadas y confusas recorrieron su mente en un orden no definido. El propio Eric era consciente de que algo no cuadraba, de que había alguna laguna en sus pensamientos, en su memoria. Con labios temblorosos, logró articular algunas palabras, tartamudeando con miedo en el proceso:

    —Dan llegó al instituto cuando éste comenzó, y nos hicimos muy amigos. Teníamos doce o trece años por aquel entonces, y yo nunca había sido un chico muy sociable, así como no lo era Dan. Pero…

    —¿Pero…? —preguntó su padre, incitándole a seguir.

    —Nunca pensé que haría algo así —le espetó en voz baja Dan, como si fuese una acusación.

    —Sus padres eran homosexuales, y la gente del instituto no tardó en descubrirlo —continuó el discurso, atemorizado por desconocer él mismo cómo acabaría aquella charla—. De hecho, escaparon de su antiguo lugar de residencia precisamente por los constantes acosos a los que Dan era sometido en su viejo colegio. Y aquellos acosos no tardaron en volver a aparecer también en el instituto, extendiéndose incluso por la calle, y salpicando a sus padres.

    —Era un asunto grave —corroboró su padre, que de pronto tenía un periódico en sus manos—. Lo que sucedió después apareció en todos los medios de comunicación, en periódicos, en noticias. Fue un caso muy sonado mediáticamente, puesto que la víctima fue un niño tan pequeño, y los autores fueron jóvenes, algunos poco mayores que él. Con la enorme repercusión que tuvo, me cuesta entender cómo has sido posible de ignorar en tu mente tal evento. El trauma que debió dejar en ti, el sentimiento de culpabilidad… entiendo que todo fue un mecanismo de defensa.

    Quiso pensar que no sabía de qué estaba hablando aquel hombre al que cada vez odiaba más, pero él mismo era consciente de que lo que estaba diciendo no era ninguna locura, no era ninguna mentira.

    —¿Recuerdas la charla con Paula en la cafetería? —siguió hablando el gigante demoníaco—. En su mayor parte, ese evento fue real. Paula te habló de Dan cuando supo que aquel chico que apareció en tantos periódicos y medios de comunicación era tu amigo. Aunque ellos dos nunca llegaron a conocerse, ¿verdad que no? ¿Qué pasó con Dan, Eric? ¿Recuerdas al chico de cabeza rapada?

    Eric miró de cerca a Dan, a la figura que cada vez se hacía más infantil de su amigo. Ahora casi parecía un niño de doce años, el niño que recordaba que era cuando se conocieron, pero no dejaba de tener aquellas heridas, aquellas marcas de golpes. Y volvió a repetir el mismo comentario:

    —Nunca pensé que haría algo así.

    —Lo recuerdo —acabó diciendo, cerrando con fuerza sus ojos—. Los acosos y la violencia acabaron salpicándome a mí, ya que yo siempre andaba con Dan, y sentía miedo. Un día, cuando Dan no asistió al colegio, uno de los chicos mayores del instituto, un tipo violento con una enorme cantidad de seguidores radicales, me abordó junto a algunos de los suyos en el baño, y me empujaron y golpearon.

    —Era un skinhead, ya había tenido problemas con la justicia en otras ocasiones —completó su padre, en relación al joven rapado—. Bueno, no creo que llegase a formar una banda como tal, pero los periódicos lo catalogaron como tal. Ya era mayor de edad cuando ocurrió aquello. Ahora mismo estará en la cárcel por lo que hizo, aunque muchos de los coautores eran menores y no pudieron ser castigados de igual forma.

    Sintió cómo su cerebro palpitaba, y quedó callado, enmudecido. Miró al suelo, y por un momento tuvo la sensación de estar siendo tragado por éste. Pero antes de que sus pies se hundiesen, Dan puso las manos sobre sus hombros.

    —Recuerda —susurró.

    —Afronta la realidad —apoyó el demonio.

    Todo a su alrededor se volvió oscuro. La lengua le pesaba cuando la movía para articular palabras, y era como sus labios ejerciesen un fuerte magnetismo el uno hacia el otro, forzándose mutuamente a permanecer cerrados. Verdaderamente hizo un esfuerzo enorme por hablar, tanto que creyó que lo hacía de forma entrecortada. Pero, con todo, habló.

    —El chico skinhead me abordó en el baño y me amenazó con hacerme daño a mí y a mi familia por ser amigo de Dan. Pero… me hizo una oferta. Dijo que si demostraba que no estaba del lado de esos “maricones”, como constantemente llamaba a Dan y a sus padres, no me haría nada.

    La figura borrosa de Dan volvió a alzarse ante él, y dijo algo, con la voz de ultratumba de su padre gigantesco.

    —Y llegasteis a un trato.

    —Así fue —confirmó Eric—. Lo hice por miedo.

    Todo a su alrededor se volvió difuso, y sólo la figura del pequeño Dan frente a sí le permitía seguir consciente, hacía que su mente no se consumiese a sí misma, y que el dolor de cabeza no acabase por hacerla estallar. La mano que extendió el pequeño hacia Eric fue recibida con calidez por él, que la agarró con ambas manos. El niño sonrió, amoratado, golpeado, con labios blanquecinos. Y la luz se abrió paso.

    Aun sujetando la mano de Dan, se vio a sí mismo, cuando era más pequeño, con un teléfono en sus manos y pulso tembloroso. Su propio pulso se volvió tembloroso antes de que pudiese escuchar la conversación, allí sentado, frente a su escritorio. Estuvo tentado de salir corriendo, de taparse sus orejas y hacerse un ovillo en el suelo, pero notó cómo Dan le apretaba la mano, y aquel gesto cariñoso le dio fuerzas. Así pues, se oyó a sí mismo:

    —Sí, ¿Dan? Hola, Dan. ¿Vas a venir a mi casa al final? ¡Tengo el Age Of Empires II a punto de terminar de descargarse! ¿Sí? ¿Vienes? ¡Genial!

    Notó cómo la mirada del pequeño y magullado Dan se ensombrecía, y la presión que ejercía en su mano disminuía. Fue él, entonces, el que decidió apretarla. Ahora le tocaba darle fuerzas él mismo. Instintivamente, las lágrimas inundaron su rostro.

    —¿Cómo? —seguía hablando por teléfono, con un gesto que reflejaba el miedo—. Oh, sí, puedes venir por esa calle, pero, ¿sabes qué? Si yo fuese tú, vendría por las afueras. Hay un pequeño camino junto al bosquecillo, ¿sabes el sitio que te digo? ¡Sí, exacto, ese es! Ven por ahí, he oído que los macarras esos que siempre están metiéndose con nosotros andan por el centro, y no quiero que te hagan nada. Vale. Vale, sí, te espero aquí en veinte minutos. Adiós.

    Colgó, y la mano se aferró al teléfono, como si fuese a romperlo a la mitad. El Eric mayor ya llevaba tiempo llorando, pero fue justo en ese momento en el que el pequeño también se derrumbó, y comenzó a sollozar. Subió a la cama, se hizo un ovillo, y dejó que las lágrimas le consumiesen y mojasen su rostro.

    —Nunca pensé que haría algo así —le dijo el pequeño Dan, soltando su mano y alejándose de él, caminando de espaldas y analizándolo con gesto de reproche—. Nunca pensé que haría algo así —repitió.

    —¡No tenía más remedio! —gritó él, sintiendo como si su corazón se rompiese dentro de su pecho cada vez que Dan decía esa palabra—. Me amenazaron, ¡me asustaron! Cuando pasó un tiempo, me arrepentí, y salí corriendo a buscarte. ¡Sabía que te estarían esperando y te guie directo hasta la trampa, lo sé! Lo sé, pero… yo no quería que pasase lo que pasó. Y llegué demasiado tarde.

    —Nunca pensé que haría algo así.

    Se secó las lágrimas con la manga de su sudadera azul, tomó aire de forma entrecortada y trató de evitar el acusador contacto visual con Dan.

    —Perdóname —le dijo, con esfuerzo y entre sollozos—. No sabes cuánto lo siento —visualizó entonces en su mente la imagen de su amigo Dan, del Dan mayor y sonriente, siempre feliz y con fulgor en sus ojos verdes. Aquel Dan no le guardaba rencor—. ¿Me perdonaste, Dan? ¿Alguna vez lo hiciste?

    Y entonces todo volvió a mutar en el ambiente a su alrededor, tornándose oscura su habitación, volviendo a pisar el terreno inestable de aquel estrecho pasillo inestable. El rostro sangrante de Dan se tornó vacío, y Eric pudo observar cómo ya no tenía ojos en las cuencas, y todo cuanto había en su cara eran huecos negros y profundos, sin alma, sin nada. Solo oscuridad. Y la voz resonante y demoníaca de su padre gigante volvió a hacerse eco hasta sus oídos.

    —No te perdonó. No pudo hacerlo. Eric, ¿es que acaso recuerdas lo que le pasó a Dan?

    —Nunca pensé que haría algo así —repitió Dan. Eric no pudo contener más la rabia, y las lágrimas no dejaban de manar, como una cascada incesante.

    —¡Ya lo sé, joder! ¡Fui un capullo, vale! ¡Lo siento mucho! —le gritó Eric a Dan, ante lo que el niño sólo hizo negar con la cabeza incesantemente—. No quería que te hicieran daño, pero, ¡entiéndelo! Si no lo hacía, me harían daño a mí. Te dieron una paliza muy seria, y aún recuerdo lo que me dijiste cuando llegué y ya estabas en el suelo, tan herido…

    —Nunca pensé que haría algo así —le recordó Dan.

    Eric asintió.

    —Sí. Ni siquiera sabías si era yo o era otra persona el que llegó, pero esos macarras te dijeron que yo había sido el que te tendió esa trampa, y no parabas de repetir la frase cuando te encontré allí tirado.

    Dan, entonces, alzando la cabeza, comenzó a chorrear litros de sangre por los ojos vacíos, a tal presión que salpicó la cara de Eric, y éste tuvo que taparse con el antebrazo. Cuando la cascada paró, oyó el sonido de un cuerpo cayendo, y Dan se encontraba en el suelo. Su padre, con un golpe de voz potente, le impidió acercarse.

    —Quieto. Aún no me has dicho qué fue lo que le pasó a Dan. Aún no me respondiste.

    —¿Qué le pasó a Dan, dices? ¡Que le pegaron una paliza por mi culpa y le hicieron mucho daño! Acabas de hacer que lo vea.

    —No “le hicieron mucho daño”, Eric. No sólo eso. Murió.

    La palabra impactó con tal dureza en su mente que sintió cómo se tambaleaba y casi caía también él, junto a Dan, al suelo. “Murió”, se repitió. No podía ser posible, no tenía coherencia alguna. Recordaba perfectamente cómo los dos estaban en clase, juntos, jugaban a juegos por ordenador, y todo eso fue hacía poco tiempo. Dan no podía haber muerto con tan solo trece años, pues entonces no lo recordaría mayor, con sus ojos verdes, con su cabello rubio y liso… ¡él siempre le decía “pelo-fregona” todos los días al llegar a clase! ¿Eran esos recuerdos falsos? No quería creerlo, pero, por algún motivo, tembló, mareado.

    —Es curioso. ¿Cómo se llama el usuario que utilizas normalmente en tus redes sociales y en internet? Hmm, ¿cómo era ese apellido? —le preguntó su padre, a lo lejos, al otro lado del péndulo, con su voz de ultratumba.

    —¿Mi usuario? —Eric no podía recordarlo. No entendía la relevancia de aquella pregunta, pero Eric no podía encontrar la respuesta a su pregunta en su mente.

    —Bueno, te lo diré yo si no lo recuerdas. Desde que tu mejor amigo, Daniel Cruz, murió, usaste, en su honor, su nombre junto con el apellido de uno de esos personajes de Final Fantasy que tanto te gustan, Strife. Daniel Strife. Lo curioso de todo esto es el mecanismo de defensa que tus sueños y tu mente han creado a raíz de aquel evento tan trágico por el que nunca te perdonaste a ti mismo.

    Eric estaba tenso, mucho. Comenzó a contar los dedos de sus manos, deseando poder tomar el control de aquel sueño y escapar de esa situación. Pero todo se le hacía tan real que no creía ser capaz de controlarlo.

    —La verdad era tan dura para ti que comenzaste a huir a tus sueños, a sueños que tú convertías en lúcidos. Y poco a poco fuiste perdiendo la noción de la realidad, y en tus recuerdos y tus sueños obviaste la muerte de Dan. Claro que, para suplir su ausencia, tenías que crear un personaje ficticio en tu mente. Para combatir tu culpa, su soledad y todo tu trauma, surgió el nuevo Dan en esos recuerdos falsos, en tu día a día. Daniel Strife. ¡Sustituiste su apellido, como si Strife fuese el verdadero nombre de tu amigo, Eric!

    Eric estaba paralizado, incapaz de articular palabra.

    —Mi teoría, tras todo el tiempo que hemos estado trabajando en esto juntos, es que el personaje del Dan mayor no sólo es parte de tu mecanismo de defensa, sino que representa tu lado sensible, tu lado débil, pero sonriente, alegre e inocente. En tus sueños representa a la víctima de los acosos que fuiste y al chico alegre que solías ser.

    —Pero —logró decir, cuando halló las fuerzas y los argumentos. No iba a creer a su padre: Dan no podía estar muerto, y tenía evidencias que apoyaban esa teoría. Frunció el ceño antes de hablar—, ¿qué hay de Paula? Recuerdo perfectamente la relación que Dan y ella establecieron y lo celoso que me puse por ello. Incluso recuerdo cómo saboteé dicha relación.

    El demonio comenzó a reír.

    —A estas alturas, dudo que puedas “recordar perfectamente” nada, Eric. Pero tranquilo, iremos paso a paso —se aclaró la voz, y el péndulo pareció ralentizarse enormemente conforme lo hacía—. Tu mente, tus sueños, son fascinantes. Me ha costado muchísimo encontrar una simbología a todos los elementos oníricos que iba descubriendo, pero poco a poco he podido delimitarlos. Cuando recordabas la escena de la paliza, solías visualizar a niños muy pequeños, incluso el propio Dan era excesivamente pequeño; eso es símbolo de la vulnerabilidad e impotencia que sentiste y que sigues sintiendo, así como es la forma en la que tu subconsciente te dice que Dan nunca llegó a crecer. ¿Recuerdas las interminables escaleras de tu bloque, esas que acabaron haciéndote llegar a la escena de la paliza? Un reflejo de lo difícil que te resulta avanzar, superar tu trauma, un reflejo de que sigues estancado en el pasado… en la primera planta. Incapaz de subir a la segunda. Al menos esas son mis interpretaciones.

    —Qué coño sabrás tú —espetó, furioso—. Además, en ese sueño vi cómo mi padre golpeaba a Dan con un ladrillo, ¿me estás diciendo que eso también representa algo?

    —Oh, claro que sí —expresó de forma contundente—. Se debe a que mezclas acontecimientos en tus recuerdos; te pasa mucho. Y eso me lleva al siguiente punto.

    Dio un chasquido, que resonó casi como si fuese una explosión, forzando a Eric a taparse los oídos. Frente a él, el cuerpo magullado del pequeño Dan se incorporó abruptamente, habiéndose transformado ahora en una mujer con vestido blanco. Eric cayó de espaldas, arrastrándose hacia atrás levemente. Salían lombrices de los orificios nasales de aquella figura, insectos por sus ojos vacíos, y su piel era verdosa. Desprendía un olor nauseabundo, y al chico le resultó verdaderamente atemorizante. Con todo, sabía bien quién era.

    —Ah, tu madre. El olor a rosas, ¿eh? El perfume que ella usaba. Todo lo agradable, femenino y bello que hay en tus sueños tiene olor a rosas, porque para ti, tu madre representa lo bueno, lo puro, lo hermoso; y tu padre, por el contrario, representa lo malo, lo hosco, lo desagradable. Por eso es que lo mezclas con todo aquello que consideras villanesco, malvado. Conmigo, por ejemplo. O con el chico de cabeza rapada que mató a Dan de un ladrillazo, ¿eh?

    Eric siguió desplazándose hacia atrás, verdaderamente asustado, y su madre dio varios pasos al frente, lo cual le hizo desear gritar de auténtico pavor. No obstante, las palabras no salían de su boca y el sabor amargo recorría cada uno de sus sentidos, como si pudiese oler, tocar, ver y escuchar ese amargor. No podía gritar, ni siquiera podía seguir retrocediendo más. Estaba acorralado, por algún motivo, inmovilizado por una fuerza invisible.

    —Sin embargo, fíjate en algo —siguió diciendo el demonio. Pese a que tenía la cara de su padre, cada vez estaba más convencido de que no lo era, como él mismo parecía afirmar. Era, verdaderamente, eso, un demonio, un diablo—. Siempre que aparecía en tus sueños y en tus recuerdos la figura de tu madre, ésta aparecía de espaldas, le faltaban los ojos, o algo en ella era antinatural. Justo como la ves ahora. ¿Por qué es eso?

    —No lo sé. ¡No lo sé, joder!

    Volvió a reír.

    —Sencillo. Tu mente tiene una idea de tu madre completamente falsa, pero tu subconsciente sabe la verdad, y esa es su manera de intentar hacértelo ver. Ella no era, ni mucho menos, la santa que quieres recordar, la “buena” en todo el asunto que la envolvió a ella y a tu padre.
     
    Última edición: 13 Febrero 2018
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    Amane

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    ¿Por qué te gusta hacerme sufrir tanto?

    Ya te dije, me leí un poco del capítulo, hasta acabar el cuatro de hecho, antes de salir de casa y ya me habías atacado. Maldito Ferrán, cómo puede haber acosado así a Paula y... dios que luego la atropella, en serio, ¿qué le pasa a la gente? (Aunque supongo que también es un símbolo o algo parecido, ¿no? pero para entonces no lo sabía, ya me disculpas).

    Ahora finalmente estoy en la cama y te he podido leer tranquilamente y... me arrepiento. Osea, no lo hago porque estaba deseando saber de una vez que cojines pasaba e ir descubriendo la verdad, pero la verdad está siendo demasiado dolorosa.

    En definitiva, este capítulo va a ser para hacernos entender todo y supongo que va a ser mucho más doloroso hasta que llegue el final pero dios, a mi el principio ya me ha dolido. Es que a ver, descubrimos que en realidad Eric estaba intentando entrar en sueños lúcidos, por esos sus trastornos, porque pretendía huir de la culpa. Cuando pusiste la escena de los que lo acosaban en el baño, me imaginé que le pediría que le pegase él mismo a Dan, no eso. Y luego me imaginaba que acabaría muy mal y que nunca lo perdonaría, yo que sé, pero que muriese... ay no, pobre Dan, mi pobre Dan, mi niño puro e inocente.

    Imagino que debió ser un trauma demasiado grande. Dios, es que me imagino que por algún casual me veo envuelta en algo así y creo que sería capaz de algo mucho peor, no sería capaz de superar la culpabilidad y la tristeza de ninguna manera. Claro, cada uno tiene su manera de escapar de la realidad.

    Estoy emocionada por saber qué nos vas a seguir explicando, qué es lo que realmente ha sucedido con su madre y después supongo que también nos explicarás lo de Paula y Ferrán. Oh, y a ver quien es realmente el Doctor León y que pasa con él. Ay, de verdad tengo ya muchas ganas de saber que gran final le vas a dar a esta gran historia <3

    También espero que te venga a leer y comentar más gente porque esta historia se lo merece, en serio, todo lo que tú haces se lo merece pero ya qué, espero que pronto no veas solo mis comentarios que debe ser algo triste (?) porque tú te lo mereces más que nadie. ¡Seguiré leyendo!
     
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  12.  
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    Misterio/Suspenso
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    —Indudablemente lo que él hizo fue imperdonable, eso no puede negarlo nadie, pero tu madre no fue una buena persona, tampoco. Y el suceso marcó el punto de inflexión, sumándose el trauma de Dan a este nuevo. A partir de ahí empezó tu verdadera psicosis, tu verdadero problema.

    Eric no lo entendía, y no quería entenderlo. Sin embargo, no tenía lugar para huír; ni siquiera tenía capacidad para ello. Sus músculos no le obedecían, únicamente temblaban ligeramente, pero se negaban a moverse. De modo que no podía hacer más que seguir escuchando.

    —En casi todos tus sueños parecen estar presentes, aunque sea de forma leve, la simbología con la que identificas a tu madre. El olor a rosas. El pitido. El latido. O el vestido blanco, y el color blanco en general, que relacionas con éste. El líquido negro, el hospital. ¿Te acuerdas del sueño en el que fuiste a visitar a Dan al hospital? Realmente Dan nunca estuvo ingresado en un sitio así, fue tu madre la que lo estuvo.

    —Vamos —le dijo su madre, con su voz adorable y cercana, pese a ser un completo engendro. Incluso el putrefacto olor se fue desvaneciendo y dando paso al característico aroma floral—. Recuérdalo. Levántate. Sígueme. Y dime: ¿acaso quieres arrebatármelo?

    Repentinamente, cerró los ojos, y cuando los abrió, tenía un pijama puesto, se sentía somnoliento, y oía voces a lo lejos. Dos personas parecían estar manteniendo una acalorada discusión. Se levantó de la cama, sabiendo que se encontraba en su dormitorio, y con el corazón en un puño, se desplazó por el pasillo, a hurtadillas, en silencio.

    —¡Eres una guarra! —le espetaba su padre a su madre, tal y como pudo oír, agazapado en una esquina, justo antes de entrar en el salón en el que ambos charlaban o, más bien, se gritaban.

    —Sí, como quieras —decía ella, altiva, orgullosa, con una malicia en su timbre que no era capaz de recordar en su delicada madre—. Estas fotos no demuestran nada, cariño.

    —¡El detective privado te ha visto! ¡Y tienes la prueba justo delante! No puedo creer que sigas negándolo, ¿cómo puedes ser tan cínica?

    Ella comenzó a reír. En su tono de voz se notaba tan ególatra, tan confiado… y las palabras manipuladoras de su madre no dejaron atrás la forma en que las decía.

    —Hablemos claramente, cariño. Estas fotos no prueban nada. Tan solo soy yo con un compañero de trabajo, tomando algo, ¿o acaso ves alguna muestra clara de afecto entre nosotros?

    —¡Me da igual! —espetó su padre—. A mí me valen, porque me confirman las sospechas que tanto tiempo llevo teniendo. El detective no pudo fotografiaros, pero os vio cogidos de la mano en un punto determinado.

    —Nadie lo creerá.

    —Yo lo creo.

    Ella se encogió de hombros.

    —Muy bien. Créelo. Pero no te valdrá como prueba en un juicio, así que no cambiará nada, cielo. Porque, ¿qué harás ahora? ¿Dejarme y llevarte al niño para castigarme? ¿A mi pequeño Eric? —de pronto cambió su forma de hablar, y su voz se tornó suplicante y débil, aunque bien sabía Eric, sin siquiera planteárselo, que solo era una fachada—. ¿Acaso quieres arrebatármelo?

    Su padre quedó inmovilizado, así como quedó él mismo. Miró su pijama, por alguna extraña razón, como si supiese que algo fallaba en aquella escena, y vio los dibujos y estampados infantiles que tenía en aquella ropa de dormir que tanto le gustaba utilizar cuando aún iba al colegio. ¿Qué edad se supone que debía tener? Se sorprendió al plantearse seriamente aquella cuestión, como si dudar de la propia edad de uno fuese lo más habitual.

    —Eres una bruja —insultó su padre.

    —Tal vez —afirmó ella, sin ningún tipo de pudor, y con una voz donde no parecía caber el más mínimo cariño o afecto hacia su interlocutor, quien era su marido. Eric sentía unas intensas ganas de llorar, pero no lo hizo. Aun así, la pena le invadía, una pena que surgía al descubrir que el recuerdo que tenía de su madre era completamente falso. Aquella mujer buena, amable y pura que recordaba no existía—. Pero sea como sea, estás acabado. Si te atreves a intentar dejarme, serás tú el que salga perdiendo. Me llevaré a Eric, te quitaré la mitad de tu clínica y todo lo que tengas. Así que sales ganando si miras para otro lado, y punto. Asume que nuestro matrimonio está muerto.

    —Y si está muerto, ¿por qué no quieres romperlo de mutuo acuerdo? Y serás libre para acostarte con quien te dé la puta gana. Yo ya no quiero ni verte.

    —Oh, pues tendrás que verme, cariño. Verás, que el matrimonio esté muerto no quiere decir que quiera divorciarme. Estoy cómoda así, a decir verdad.

    —¡Pues yo no! —gritó su padre, tan alto que, si hubiese seguido durmiendo, probablemente habría dado un salto de la cama—. ¡Quiero el divorcio!

    —¿Quieres que te quite todo, entonces? —amenazó ella.

    —Tengo pruebas de tu infidelidad, y conseguiré más.

    —Entonces yo conseguiré pruebas de que eres un maltratador. A ver a quién creen —ella se levantó del asiento, caminando con elegancia hacia el pasillo, mientras su padre quedaba allí, mirando al suelo con gesto conmocionado, asustado, vulnerable.

    Al ver que se acercaba, Eric correteó sin hacer demasiado ruido, y saltó hacia la cama, se cubrió con las sábanas y se acurrucó en una esquina del colchón, fingiendo estar dormido. Se sentía verdaderamente asustado, tembloroso, como un verdadero niño que temía las represalias de sus padres si éstos descubriesen que estaba despierto y lo había oído todo.

    Notó cómo la puerta se abría, y abrió él los ojos de par en par en la oscuridad. Pudo ver la silueta oscura de su madre gracias a la luz del pasillo, y la observó caminando con lentitud hasta él. Ella se agachó junto a su cabeza, acarició el cabello castaño y besó su frente con ternura. La oyó pronunciar palabras en un susurro:

    —No dejaré que me separen de ti. Estarás siempre conmigo, cariño.

    Y sonrió, pese a haber visto y oído antes a la verdadera mujer que se escondía tras la máscara de su madre. Porque él la seguía queriendo, y esa imagen maternal y tierna de ella era la que recordaba, la que le gustaba; en cierto modo, la que él quería recordar. Cerró los ojos conforme vio que cerraba la puerta, y dejó que el sueño se cerniese sobre él.

    No obstante, algo le hizo despertarse, y habría jurado que no habían pasado más de dos minutos desde que cerró los ojos. Se levantó de la cama al notar una desagradable sensación, y tan pronto como puso un pie en el suelo fue consciente de que estaba rodeado de rejas, y un péndulo gigante oscilaba frente a él.

    El demonio que había al otro lado volvió a hablarle.

    —¿Qué tal tu visita a tus recuerdos más profundos?

    Miró sus ropas, todo para observar que el pijama infantil había desaparecido y que la sudadera azul volvía a cubrir su torso. Apartó los mechones pegajosos de su frente, y miró hacia delante, analizando a la figura horripilante de su padre a lo lejos. Sabía que no era él, lo sabía con certeza, y con todo, no podía dejar de identificarlo como tal, no podía dejar de ver sus rasgos reflejados en aquel rostro gigante.

    —¿Cuándo sucedió eso? —preguntó él.

    —Supongo que hace mucho tiempo. Tu padre descubrió la infidelidad de tu madre muchísimo tiempo antes de que ésta muriese, y se vio forzado a mantener el matrimonio con ella bajo chantaje de ésta. Es una verdadera pena que, por culpa de personas como ella, que abusan de las leyes, las situaciones de maltrato reales se invisibilicen y la gente actúe reacia ante la ley —reflexionó entonces, dando un hondo suspiro tras ello—. Tu madre amenazó a tu padre con arrebatarle la mitad de todo cuanto poseía; no sé si recuerdas que él era dueño de una clínica privada, que no trabajaba en un hospital público.

    —No —confesó—, no lo recordaba.

    —Pues así era. Una de bastante éxito, debo decir. A tu madre no le interesaba dejar el matrimonio, ya que si lo hacía, dejaría de recibir los beneficios que obtenía tu padre de su trabajo, y no eran pocos, créeme.

    Eric agachó la cabeza.

    —También me quería a mí —dijo, en un susurro.

    —Sí, indudablemente lo hacía. Pero independientemente del amor que tuviese hacia su hijo, tu madre parecía pensar sólo en sí misma y en su propio beneficio. O al menos eso es lo que tu padre alegó en el juicio.

    Un escalofrío recorrió la espina dorsal de Eric. Agitó sus cabellos al alzar la cabeza con presteza, y los ojos marrones miraron con confusión al demonio. Una vez más, no sabía por qué, pero algo dentro de él le decía que las cosas no iban bien, que en aquella última frase que su interlocutor pronunció había una historia oscura que debería conocer pero que no recordaba y que, probablemente, deseaba olvidar con todas sus fuerzas. Y pese a saber que no quería rememorar los eventos escondidos tras la frase, preguntó por ella:

    —¿Juicio? ¿Qué juicio?

    El hombre gigante y abominable con la cara de su padre le miró desde aquella lejanía, con una mezcla de compasión y burla en los ojos. Comenzó, una vez más, a hacer girar su dedo índice en el aire, y, de nuevo una vez más, Eric sintió que hacía girar el mundo entero. Y fue consciente de que en breves momentos iba a presenciar una nueva escena, teóricamente del interior de sus recuerdos, de memorias que su propia mente se negaba a aceptar.

    —En el juicio sobre el asesinato de tu madre, claro. Tu padre fue el acusado.

    Miró hacia arriba, mientras todo daba vueltas, pues había notado el tacto húmedo de una gota que cayó del cielo oscuro. Pudo observar cómo llovía. Pero no eran gotas de lluvia, aquello no era agua, sino una sustancia negra y pegajosa. Colocó la palma de la mano extendida, y observó el color oscuro de aquel líquido que olía a rosas, pero, sin probarlo, le sabía amargo. Comenzó a oír el pitido, superpuesto al sonido incesante del latido. Y la vio frente a él, en una camilla de hospital.

    —Mamá —susurró, caminando hacia ella. Supo entonces que aquello no era un hospital, sino la clínica de su padre. Y no necesitó ver ningún indicio de ello; simplemente, lo sabía.

    Lo que no sabía, o mejor dicho, no recordaba, era por qué ella estaba en aquella camilla, dormida, con los hilos dorados extendidos sobre las sábanas y ligeramente apagado su brillo en la mirada. Cuando oyó cómo una puerta se cerró a su espalda, se giró abruptamente y observó cómo su padre, vestido con su larga bata blanca y con la plaquita al pecho, rezando “Doctor León”, se acercaba a él, sonriente, y le ponía la mano en el hombro. Cuando habló, lo hizo no con la voz de su padre, sino con la de aquel demonio.

    —¿Sabes qué sucedió?

    —Tuvo que operarse… de algo, ¿cierto? —imágenes sutiles y dispersas se aglomeraban en la mente del joven, en sucesión una detrás de la otra, tratando de unirlas de forma lógica para que tuviesen algún tipo de cohesión en su cabeza.

    El Doctor León asintió, observándola descansar junto a Eric.

    —Fue un pequeño tumor. Por suerte logró detectarse a tiempo, y tu madre acudió, por supuesto, a la clínica de tu padre, ya que la operación era mucho más rápida, confiable y, por supuesto, económica.

    —Pero falló algo durante la operación y ella murió, ¿no es así?

    El Doctor comenzó a reír de forma estridente. La risa sonaba con un eco lejano, pese a que solo se encontraba a pocos centímetros de distancia de él.

    —¿Falló algo? Oh, no, por favor. Tu padre no llevó la operación, por suerte.

    Le miró con gesto extrañado. Ya ni siquiera se planteó lo absurdo que era el hecho de que alguien con el aspecto físico de su progenitor hiciese referencia al mismo en tercera persona, pues, pese a que no lo entendía, era consciente de que aquel hombre no era su padre aunque lo pareciese. Era alguien desconocido, alguien que parecía saberlo todo sobre su vida.

    —Eso que dijiste fue extraño —preguntó, con miedo en la voz—. ¿Qué quieres decir?

    —Tanto tiempo de chantaje, años viviendo una mentira y forzado a seguir con una mujer que no le quería y sólo se aprovechaba de él… francamente, tu padre me causa cierta lástima, pese a que lo que hizo fuese imperdonable.

    Comenzó a caminar hacia su madre. El sonido del pitido, como el de un electrocardiograma, y el sonido del latido del corazón de su madre se acrecentaban por momentos. Eric tenía la sensación, la certeza, de que iba a suceder algo malo.

    —¿Qué haces?

    —Mostrarte la imagen mental que has construido sobre los acontecimientos que sucedieron. No lo viste en persona, así que puede ser algo difuso, porque sólo lo conoces en base a lo que te contaron. Y quizá por eso te fue más sencillo camuflarlo y tratar de ignorar este trágico evento.

    El Doctor León sacó de algún sitio una jeringuilla con una sustancia negra. Eric casi sintió cómo el pulso se le detenía.

    —Estoy casi seguro de que el veneno utilizado en el crimen no era de color negro, pero supongo que, como muchas otras personas, lo asocias a la muerte, y por eso el líquido que mató a tu madre tiene ese color en tus sueños —pinchó la vía que llevaba algún tipo de suero a las venas de su madre, e introdujo el líquido presionando en la jeringuilla. Eric lo observó con amargura, mientras sentía como si alguien le agarrase los pies con suma fuerza, impidiéndole correr.

    —¡No! ¡No lo hagas!

    —Tu padre —siguió hablando el Doctor León, tras hacerse constante el pitido y cesar los latidos— no pudo aguantarlo más. Aprovechó la ocasión, pues era el mejor momento del que disponía para tratar de eliminar el problema, arrancarlo de raíz: ¡tu madre estaba desprotegida, a su merced, en su propia clínica! Era sencillo entrar en la sala en la que descansaba y administrarle un sutil veneno. Claro que no lo pensó demasiado, y actuó movido por un impulso, sin demasiada planificación.

    Cayó al suelo, y sintió como si hubiese caído por un agujero. Mientras descendía en aquella infinita caída, centenares de imágenes de su padre aparecían a su alrededor, hablándole al mismo tiempo, todas a la vez, acumulándose las múltiples voces en una sola.

    —Tu padre mató a tu madre, y fue condenado por su asesinato. Actualmente cumple condena en prisión. En el juicio, aludió a la miserable situación matrimonial en la que se veía forzado a vivir por culpa de chantajes a los que, presuntamente, ella le sometía; aun así, eso no sirvió para excusar su acto o disminuir su condena. Por supuesto, la clínica también se hundió tras aquello.

    Comenzó a girar sobre sí mismo en su descenso, mientras veía a las distintas figuras con aspecto de su padre sonreír mientras contaban aquella terrible historia.

    —Cuando todo sucedió, la hermana de tu madre te acogió por unas semanas, hasta que fue el momento en el que decidiste emanciparte y vivir por tu cuenta, quedando solo en tu casa con la edad de dieciséis años, únicamente con apoyo económico para tu subsistencia.

    Comenzó a notar cómo las lágrimas resbalaban y parecían volar, pero lo cierto era que, simplemente, él bajaba a ritmo mucho más rápido que aquellos fragmentos de líquido. Observó bajo él el suelo, distante, lejano, y supo que la caída era inminente. No obstante, no tuvo miedo de morir, porque sabía que aquello era un sueño. Y con todo, también sabía que la historia sobre sus padres era muy real.

    —Aquel evento fue el principal determinante de que tu mente comenzase a colapsar —le dijeron sus innumerables padres vestidos de doctor—. Tu madre murió, tu padre la mató y cumplía condena por ello, estabas solo, y el que fue tu único amigo había muerto también, por tu culpa. Si ya antes te parecía que en tus sueños encontrabas el único lugar donde podías ser feliz, tras esto comenzaron a convertirse poco a poco en tu única realidad.

    Fue a impactar contra el suelo, pero cuando su nariz rozó la dureza de éste, se detuvo completamente, quedando inmóvil, flotando, en paralelo a la tierra. Y oyó el último susurro con la voz de su padre:

    —Pero no fue hasta más adelante cuando sucedió el tercer acontecimiento traumático, el que terminaría por desencadenar tu desconexión total con la realidad. Paula.

    Y finalmente, cayó, pero lo hizo sin impulso y a tan poca distancia del suelo que casi no sufrió daños, salvo por un par de rasguños y un punzante dolor en el codo izquierdo. Rodó un poco sobre sí mismo, y se levantó, todo para ver la misma imagen de antes una vez más: el péndulo y el demonio que era su padre al otro lado. Seguía teniendo demasiado miedo como para acercarse, como para atravesar lo que le parecía una guadaña mortal, pero sí que fue capaz de dar algunos pasos más, hasta que el viento que el movimiento oscilante emanaba pudo despeinarle el cabello con cada giro.

    —Adelante —fue él mismo el que habló, pues sabía qué sería lo que vendría—. Estoy preparado para recordar qué es lo que le sucedió a Paula.

    El demonio pareció sorprenderse de su actitud asertiva y colaboradora, y reaccionó unos cuantos segundos más tarde, aplaudiendo ligeramente. Emitió un silbido de admiración, y Eric sintió que de nuevo se burlaba de él.

    —Bravo, Eric, bravo. Veo que por fin estamos logrando resultados. Si estás preparado, entonces, te haré la siguiente pregunta sin demora —se aclaró la afilada y horripilante voz antes de formularla—. ¿Cómo definirías tu día a día en el instituto según tus recuerdos?

    Por algún motivo, dudó acerca de cuál debía ser la respuesta a esa pregunta. ¿Su día a día? Desde luego, bien sabía que había algún tipo de trampa, debía haberla. Le tembló la voz al hablar, y no supo bien qué iba a decir cuando ya se percató de que lo estaba diciendo.

    —Aburrido, monótono. Iba todos los días caminando a aquella aula, me sentaba allí y veía pasar el tiempo, junto a Dan. No era precisamente una algo digno de contar, la verdad.

    —Pero ahora sabes que Dan no existía, que ya había muerto en aquel momento, ¿verdad? —le comentó con cierta saña.

    —Ya, ya. Lo sé —no pudo evitar agachar la cabeza y contener las ganas de llorar. Pese a que fuese algo que sucedió años atrás, para él era una noticia en cierto modo reciente, y sentía un enorme vacío al pensar que todo cuanto había vivido junto a Dan en los últimos momentos que podía recordar había sido una ficción onírica—. Entonces supongo que mi día a día era incluso más aburrido, si cabe.

    Su padre demoníaco le observó desde lejos, en silencio, por unos instantes. El péndulo oscilaba a gran ritmo frente a él, y el viento que provocaba al pasar junto a él soplaba con tal fuerza que casi no podía mantener el equilibro. Aquella tensa situación le provocaba una sensación de malestar y tensión, un fuerte mareo. El demonio abrió la boca lentamente, dispuesto a hablar, pero lo hizo con tanta lentitud que sintió que pasaron horas hasta que pronunció la primera palabra.

    —¿Te consideras víctima de abusos o… abusador?

    Quedó helado ante la pregunta. Confuso, impactado, asustado. Su vello se había erizado por completo ante la pregunta, y, desconcertado, tragó saliva con esfuerzo. Una vez más, le sucedía lo mismo de siempre: tenía la impresión de que conocía, en lo más profundo de su mente, la respuesta a la pregunta, pero tenía miedo de recordarla. Con la voz helada, finalmente logró articular la única respuesta que se atrevía a pronunciar:

    —Víctima —pese a que no estaba excesivamente seguro de ello, por algún motivo—. Siempre se han reído de mí, llamándome friki por pasar el día jugando a videojuegos con Dan, e incluso a veces maricón, todo por pasar tiempo con él.

    —Pero ya sabes que Dan no existía en esos recuerdos realmente, ¿no?

    —Sí, ya lo sé. No necesito que me lo recuerdes constantemente —sintió ganas de agregar un “capullo” al final de su frase, pero sabía que probablemente se arrepentiría de hacerlo, así que se limitó a mirarle con indignación y recelo.

    —Entonces —comenzó el padre a frotar su barbilla, y le vio los dedos alargados, huesudos y con largas uñas. Verdaderamente comenzaba a tomar una imagen repulsiva, cada vez más alejada de su padre y más similar a un verdadero demonio—, si según tú Dan es el motivo principal por el que eres víctima de esas burlas y acosos, y acabas de aceptar que Dan lleva realmente años muerto, ¿no te das cuenta de que algo falla en esa lógica?

    Quedó callado, meditando sobre ello. No se había parado a reflexionar en ese punto hasta que se lo dijo, y ahora le hacía tambalearse el hecho de que, una vez más, toda su vida estuviese basada en una idea falsa.

    —Según tú, el principal precursor de esos abusos es un tal Ferrán, ¿cierto?

    —Así es —le recordó al volante de aquel coche, aquel coche que conducía a toda velocidad en mitad de la noche, persiguiendo a la pobre e inocente Paula, que quién sabe qué había hecho para merecer ser atropellada de esa forma. Le hirvió la sangre sólo de recordar a Ferrán.

    —Es curioso —afirmó el demonio, analizando unos documentos que habían aparecido de la nada entre sus espeluznantes garras—. He estado mirando a las distintas personas de tu clase, de tu entorno, y no hay nadie que tenga ese nombre. ¿Sabes? La única persona que he encontrado con ese nombre mínimamente conectada contigo es un chico llamado Fernando Lobo, que justamente era llamado por sus compañeros “Ferrán”. ¿Y sabes qué es lo mejor? Que ese tal Ferrán era el chico con cabeza rapada que dio el ladrillazo que acabaría con la vida de tu amigo Dan. Te suena, ¿verdad?

    No supo responder. No quería responder. Simplemente se dedicó a seguir indagando sobre el tema, nervioso y asustado.

    —¿Qué es lo que quieres decir con eso? ¿Qué insinúas? —agachó la cabeza, y, tras unos segundos de reflexión, la alzó con vehemencia, una vez más aferrándose a los confusos recuerdos que se revolvían en su mente—. Yo recuerdo perfectamente a Ferrán. Era un chico alto, moreno, de ojos castaños y con algo de barba tan negra como su cabello. Hasta puedo visualizar su sonrisa socarrona, llena de orgullo y de confianza. Ese chico que recuerdo no puede ser una ilusión.

    —Y no lo es, Eric. Pero ese chico que recuerdas, o mejor dicho, el aspecto físico que tu mente le da al mismo… no es el de Ferrán. Es el de otro compañero de clase, el que en teoría era tu mejor amigo.

    —Mi mejor amigo era Dan.

    —Sí, hasta que murió, hace casi cuatro años —sentenció con dureza—. Desde entonces, cambiaste radicalmente. Si bien interiormente seguías siendo un chico cobarde, propenso al aislamiento y vergonzoso, que se refugiaba en los videojuegos y en otros mundos (entre ellos, y principalmente, tus propios sueños) para tratar de alejarse del tuyo, los eventos de la muerte de Dan te marcaron, y comenzaste a mostrar un comportamiento muy distinto cuando estabas en el instituto. Había un chico, un repetidor, que entró en tu clase al año siguiente de la muerte de Dan. ¿Te suena el nombre de “Marcos”? Es curioso, tengo apuntado que en alguno de tus sueños es mencionado de manera puntual, pero muy escasamente. Y jamás ha aparecido físicamente en ellos, ni siquiera existe ahora en tus recuerdos. Lo has sustituido por la persona ficticia de “Ferrán”.

    —¿Qué cojones dices? —espetó, casi sin fuerzas—. ¿Marcos? —recordaba vagamente a Marcos. Era un joven que no solía ir a clase, un buen amigo de Ferrán que era tan estúpido como él—. Marcos no es Ferrán.

    —No, no lo es. No se trata de eso —el padre demoníaco carraspeó ligeramente, cansado y meditativo. Se frotó los ojos—. ¿Cómo te explico esto? Veamos. Con el tiempo, comenzaste a relacionarte con ese tal Marcos, ¿de acuerdo? El chico no era precisamente buena compañía, pero te sentías tremendamente desprotegido después de lo de tu amigo, y tu manera de sentirte a salvo fue asociarte a un chico que representaba todo aquello que te daba miedo. Y con el tiempo, te convertiste en uno de ellos. Eras un abusón, Eric. Es cierto que solías permanecer a la sombra de Marcos, obedeciendo sus mandatos y siguiéndole a todas partes y en todas sus “andanzas”. Pero que fueses el segundón no es excusa; eras tan bully como él, Eric. Y eso es algo que tu mente se niega a aceptar; justo por eso nace Ferrán en tus sueños.

    —Explícate —exigió.

    El demonio rio.

    —Esa mirada desafiante, esa es justo la mirada que tantos pobres chavales como Dan temían. Pero una parte de ti, incapaz de aceptar este hecho, comenzó a aislar ese recuerdo, a rechazar esa realidad. Y, a través de tus sueños, simbolizaste en la figura de Ferrán esa parte de ti. Ferrán nunca existió, no era más que la representación de tu faceta de abusón, una faceta que rechazabas. Y tu mente usó como símbolo de la misma la imagen de tu amigo Marcos y el nombre del chico de cabeza rapada, el supuesto skinhead que fue el causante del comienzo de tus desgracias.

    Lo recordaba con tanta claridad que se negaba a creerlo. Podía rememorar conversaciones completas con aquel chico. Recordaba el plan que desarrollaron en conjunto para boicotear la relación entre Paula, la chica nueva, y Dan. Recordaba el momento de la persecución en coche, y recordaba cuando, prácticamente todas las mañanas, el chico moreno se daba la vuelta en su asiento para dirigirse a él y a Daniel y reírse de ellos con comentarios sobre cuán frikis eran y demás insultos. Sin embargo, había aceptado que Dan ya no existía, que todo fue una ilusión en su mente. Y la ausencia de Dan en sus recuerdos hacía que muchos de éstos en relación a Ferrán fuesen, ciertamente, extraños. Aun así, se negaba, se negaba a aceptar que él mismo fuese una manifestación todo aquello cuanto odiaba y tanto daño le había hecho.

    —¿Qué hay del plan que trazamos Ferrán y yo? ¿Y qué hay del atropello?

    —¡Ajá! —gritó a un alto volumen el demonio, señalándole con un dedo, tan largo que casi parecía que iba a arañarlo desde la distancia—. Por fin llegamos al punto álgido, el accidente. Pero antes, zanjemos el tema de Ferrán. Debes asumir que ese Ferrán no es más que una forma de simbolizar tu lado “malo”, la parte de ti que tú mismo repudias y odias. Tu verdadero amigo era Marcos. De hecho, es gracioso, mezclabas tanto tus recuerdos y sueños… —rio ligeramente, y secó una lágrima que pareció manar de su ojo derecho, fruto de la risa. Eric juraría que la lágrima era de lava, y no de agua—. ¿Sabes cómo te decía siempre Marcos cuando llegabas a clase y te sentabas a tu lado? “Pelo-fregona”. ¿Acaso te suena, Eric?

    Eric volvió a quedar paralizado, pero esta vez no pudo alzar la voz ni lo más mínimo para protestar. Estaba comenzando a desear salir corriendo de allí, recluirse en su falsa realidad, su realidad irreal, y olvidar todo aquello que ahora había descubierto y le estaba destrozando por dentro. Cada dato que descubría era una terrible puñalada que sentía en el pecho. Y su padre no se callaba, seguía hablando, dispuesto a acabar de rematarle.

    —Partiendo de esa base, Eric, todas las conversaciones que has tenido en tus sueños con Ferrán no son más que representaciones de dilemas que tú mismo te has planteado. Se trata del enfrentamiento entre tu parte “buena” y tu parte “mala”. Aquel plan del que hablas, de hecho, es mi parte favorita. La parte que realmente nos atañe y el punto donde surge el hecho por el cual estás aquí ahora.

    —¿Aquí? ¿Dónde? —alcanzó a preguntar.

    —Todo a su debido tiempo. Primero, recuerdas a Paula, ¿cierto?

    Alguien le tocó el hombro en ese preciso instante, lo cual le sobresaltó enormemente, hasta el punto de que estuvo a punto de saltar hacia la trayectoria del péndulo, lo cual sabía que sería una muerte segura… si es que en el sitio en el que estaba podía morir. Quien sabe, quizá si “moría” allí, en lugar de morir, despertaría. No obstante, no tuvo valor de comprobarlo, y la chica que le tocó el hombro le hizo olvidarse de aquel tema tan pronto como observó su semblante cálido y sonriente, su rostro pecoso y su cabello rubio y hermoso. Sin embargo, cuando parpadeó, su imagen cambió bruscamente. Seguía sonriendo, con el rostro lleno de pecas y los hilos dorados cayendo en sus hombros, pero tenía largas marcas de neumáticos recorriendo todo su rostro y el cuello que dejaba al descubierto, y su rostro estaba aplastado, así como todo su cuerpo. Cuando movió ligeramente la cabeza aplanada, Eric pudo ver cómo parte de sus sesos sobresalían por un lateral de su cabeza, así como por su cadera se entreveían huesos rotos y supuraba sustancias indefinidas por todas partes, como si hubiese sido tan brutalmente apisonada que su interior se estuviese desparramando por ambos lados.

    No pudo evitar darle un empujón que la hizo retroceder, y contuvo sus náuseas ante la imagen, sufriendo varias arcadas. El demonio parecía ser ajeno a la repugnancia de aquella situación, y continuó hablando como si tal cosa.

    —Paula fue esa chica nueva que llegó este año a clases. Era muy guapa, se la veía inocente, y ciertamente, era algo “friki”, como soléis decir vosotros. Probablemente era una niña que nunca había roto un plato, tímida y sin valor para acercarse a nadie. No supo encajar muy bien en clase, y no hizo ningún amigo en los primeros días, si bien poco a poco comenzó a desarrollar vínculos con otras chicas de otras clases del instituto, que vivían cerca de donde ella residía.

    Se aclaró la voz. Eric, mientras tanto, hacía un enorme esfuerzo por escucharle y, al mismo tiempo, no vomitar al mirar a Paula. Pese a que podría, simplemente, apartar su vista de ella, algo extraño se lo impedía. Como si su mirada estuviese completamente fija en ella.

    —Marcos se encaprichó de la belleza de esa chica. En tus sueños, es el tal Ferrán el que lo hace, pero al fin y al cabo ya sabemos que él no existe, y que es parte tú mismo, parte el chico de la cabeza rapada, y parte Marcos. Estuvisteis espiándola durante mucho tiempo, usualmente, de hecho, lo hacías tú. ¿Recuerdas las fotos de ella misma donde siempre veías a un chico con sudadera azul? Esas fotos son la forma en que tu mente te trataba, en cierto modo, de avisar de que tú no estabas realmente presente cuando ella hablaba con Dan. Ella, en realidad, ni siquiera hablaba con Dan, hablaba con sus otras amigas, y tú no estabas a su lado, sino agazapado, espiando, por “orden” de tu jefe.

    Recordó las imágenes que mencionaba su padre y supo en seguida que, efectivamente, el chico de la sudadera azul era él mismo. Aquello era algo que, de hecho, ya suponía desde hacía tiempo, pero no lograba encontrarle la lógica. Cuando valoraba la posibilidad que ahora su interlocutor le proponía, no veía motivos para descartarla, no aquella vez. Supo que era cierto, porque él mismo era consciente de la incongruencia que suponían sus recuerdos, y, en parte, se sentía satisfecho de lograr encontrarle una lógica a éstos… aunque, por otra, detestaba asumir que dicha lógica le posicionaba a él en una situación tan penosa. Y detestaba asumir que, para que esa lógica fuese correcta, la teoría de que Ferrán no existía como tal también debía serlo.

    Sin más, dejó que siguiese el argumento:

    —Por supuesto, cuando descubriste que gustaba de videojuegos y de todas las cosas que casualmente también te gustan a ti, iniciasteis, Marcos y tú, el famoso plan. Aunque dicho plan no consistió precisamente en boicotear una relación, sino en todo lo contrario. Consistió en crear una entre vosotros dos. Tú te harías su amigo aprovechando la cantidad de cosas que teníais en común, y posteriormente servirías de puente para presentarle a Marcos y “ponérsela en bandeja”. Ese era el verdadero plan, aunque bueno, en realidad no es del todo diferente del que tú habías creado en tu tergiversación de tus recuerdos, ¿no?

    —Pero, como dices, yo recuerdo que ese plan consistía en boicotear la relación entre Dan y Paula —protestó al fin—. Sí, sé que Dan no estaba ahí realmente y lo imaginé, pero te empeñas en que todo tiene un significado en mis sueños y recuerdos, una simbología. Si esto que dices es cierto, ¿qué representa entonces que recuerde el plan de esa forma? ¿Hay alguna simbología también respecto a eso, o no?

    El otro chasqueó los enormes dedos y le señaló, asintiendo en gesto de aprobación al razonamiento, como si Eric fuese un alumno del que el profesor se sentía orgulloso.
     
    Última edición: 11 Marzo 2018
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  13.  
    Amane

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    Vale, so, cuando lo publicaste, no tenía mucho tiempo pero tenía ganas de saber de que iba el capítulo así que me leí las conversaciones solo. Ahora decidí leerme entero así que puedo comentarte.

    Wow, me encanta la intensidad de estos capítulos, me encanta ver cómo todo se está descubriendo y cómo de lógico es todo una vez lo sabes. Bueno, e impresionante, porque te juro que no me esperaba en absoluto que la madre fuese en realidad tan mala. Joder, que manipuladora, pobre padre. Sinceramente, no es la solución que yo hubiese pensado pero no lo culpo por haberla tomado, en una situación como esa cualquier hubiera hecho lo mismo.

    Siento mucho que Eric tenga la mala imagen del padre, es normal que le tenga rencor porque ha matado a su madre, pero el pobre hombre debía vivir de pena, en realidad. Seguro vive mejor en la cárcel y todo (?)

    Cuando el demonio explica que es un abusador, me lo imaginaba, porque creo que ya lo dejaste caer en un capítulo anterior, que quizás Eric no era tan víctima como parecía así que me imaginé que algo así sería. Obviamente, sigue sin ser malvado, no le pega cambiar tanto, así que ser como el secuaz le pega bastante. Te juro que ni me había dado cuenta que Marcos era el compañero de Ferrán que menciona, había olvidado completamente esa existencia.

    Finalmente, ¿quizás haya sido Eric quien haya atropellado a Paula? Teniendo en cuenta que Ferrán es casi todo su parte mal, es lo más lógico que puedo pensar.

    De todas formas, pobre chico, de verdad que ha tenido una vida muy dura y es normal que quiera estar en un mundo ideal aunque sea falso. Es decir, su mejor amigo ha muerto por su culpa, su padre ha matado a su madre y está en la cárcel, y ahora a saber que ha pasado con Paula y qué papel tiene él. Cualquiera estaría muchísimo peor que él, créeme.

    Ay, no me puedo creer que quede solo un capítulo. Será genial leer el desenlace, comprender de una vez todo y ver que hace Eric, porque sinceramente, si vuelve a la realidad, no creo que aguante mucho, pero a ver, a ver.
     
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  14.  
    GalladeLucario

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    Título:
    Etéreos
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Misterio/Suspenso
    Total de capítulos:
    7
     
    Palabras:
    5555
    Bien, pues este es el último capítulo de Etéreos, donde se resuelve todo y se descifran las pocas incógnitas que quedaban por resolverse. Al ser este capítulo tan corto ya, para mantener la "estructura" (de la que supongo que cualquiera que haya seguido la historia se habrá dado cuenta), me voy a tomar la libertad de repetir parte del final del capítulo anterior, más que nada por no llenar este spoiler de texto sin sentido.
    En cualquier caso, espero que les haya gustado mi enrevesada historia onírica, y me gustaría saber las opiniones que os ha suscitado, lo que os ha parecido y, en particular, la interpretación que le dais al final, así como estaré encantado de leer cualquier crítica o pregunta de algo que siga siendo confuso o que no haya quedado bien explicado o cualquier otra cosa.
    ¡Gracias por leer!

    —Sí, hasta que murió, hace casi cuatro años —sentenció con dureza—. Desde entonces, cambiaste radicalmente. Si bien interiormente seguías siendo un chico cobarde, propenso al aislamiento y vergonzoso, que se refugiaba en los videojuegos y en otros mundos (entre ellos, y principalmente, tus propios sueños) para tratar de alejarse del tuyo, los eventos de la muerte de Dan te marcaron, y comenzaste a mostrar un comportamiento muy distinto cuando estabas en el instituto. Había un chico, un repetidor, que entró en tu clase al año siguiente de la muerte de Dan. ¿Te suena el nombre de “Marcos”? Es curioso, tengo apuntado que en alguno de tus sueños es mencionado de manera puntual, pero muy escasamente. Y jamás ha aparecido físicamente en ellos, ni siquiera existe ahora en tus recuerdos. Lo has sustituido por la persona ficticia de “Ferrán”.

    —¿Qué cojones dices? —espetó, casi sin fuerzas—. ¿Marcos? —recordaba vagamente a Marcos. Era un joven que no solía ir a clase, un buen amigo de Ferrán que era tan estúpido como él—. Marcos no es Ferrán.

    —No, no lo es. No se trata de eso —el padre demoníaco carraspeó ligeramente, cansado y meditativo. Se frotó los ojos—. ¿Cómo te explico esto? Veamos. Con el tiempo, comenzaste a relacionarte con ese tal Marcos, ¿de acuerdo? El chico no era precisamente buena compañía, pero te sentías tremendamente desprotegido después de lo de tu amigo, y tu manera de sentirte a salvo fue asociarte a un chico que representaba todo aquello que te daba miedo. Y con el tiempo, te convertiste en uno de ellos. Eras un abusón, Eric. Es cierto que solías permanecer a la sombra de Marcos, obedeciendo sus mandatos y siguiéndole a todas partes y en todas sus “andanzas”. Pero que fueses el segundón no es excusa; eras tan bully como él, Eric. Y eso es algo que tu mente se niega a aceptar; justo por eso nace Ferrán en tus sueños.

    —Explícate —exigió.

    El demonio rio.

    —Esa mirada desafiante, esa es justo la mirada que tantos pobres chavales como Dan temían. Pero una parte de ti, incapaz de aceptar este hecho, comenzó a aislar ese recuerdo, a rechazar esa realidad. Y, a través de tus sueños, simbolizaste en la figura de Ferrán esa parte de ti. Ferrán nunca existió, no era más que la representación de tu faceta de abusón, una faceta que rechazabas. Y tu mente usó como símbolo de la misma la imagen de tu amigo Marcos y el nombre del chico de cabeza rapada, el supuesto skinhead que fue el causante del comienzo de tus desgracias.

    Lo recordaba con tanta claridad que se negaba a creerlo. Podía rememorar conversaciones completas con aquel chico. Recordaba el plan que desarrollaron en conjunto para boicotear la relación entre Paula, la chica nueva, y Dan. Recordaba el momento de la persecución en coche, y recordaba cuando, prácticamente todas las mañanas, el chico moreno se daba la vuelta en su asiento para dirigirse a él y a Daniel y reírse de ellos con comentarios sobre cuán frikis eran y demás insultos. Sin embargo, había aceptado que Dan ya no existía, que todo fue una ilusión en su mente. Y la ausencia de Dan en sus recuerdos hacía que muchos de éstos en relación a Ferrán fuesen, ciertamente, extraños. Aun así, se negaba, se negaba a aceptar que él mismo fuese una manifestación todo aquello cuanto odiaba y tanto daño le había hecho.

    —¿Qué hay del plan que trazamos Ferrán y yo? ¿Y qué hay del atropello?

    —¡Ajá! —gritó a un alto volumen el demonio, señalándole con un dedo, tan largo que casi parecía que iba a arañarlo desde la distancia—. Por fin llegamos al punto álgido, el accidente. Pero antes, zanjemos el tema de Ferrán. Debes asumir que ese Ferrán no es más que una forma de simbolizar tu lado “malo”, la parte de ti que tú mismo repudias y odias. Tu verdadero amigo era Marcos. De hecho, es gracioso, mezclabas tanto tus recuerdos y sueños… —rio ligeramente, y secó una lágrima que pareció manar de su ojo derecho, fruto de la risa. Eric juraría que la lágrima era de lava, y no de agua—. ¿Sabes cómo te decía siempre Marcos cuando llegabas a clase y te sentabas a tu lado? “Pelo-fregona”. ¿Acaso te suena, Eric?

    Eric volvió a quedar paralizado, pero esta vez no pudo alzar la voz ni lo más mínimo para protestar. Estaba comenzando a desear salir corriendo de allí, recluirse en su falsa realidad, su realidad irreal, y olvidar todo aquello que ahora había descubierto y le estaba destrozando por dentro. Cada dato que descubría era una terrible puñalada que sentía en el pecho. Y su padre no se callaba, seguía hablando, dispuesto a acabar de rematarle.

    —Partiendo de esa base, Eric, todas las conversaciones que has tenido en tus sueños con Ferrán no son más que representaciones de dilemas que tú mismo te has planteado. Se trata del enfrentamiento entre tu parte “buena” y tu parte “mala”. Aquel plan del que hablas, de hecho, es mi parte favorita. La parte que realmente nos atañe y el punto donde surge el hecho por el cual estás aquí ahora.

    —¿Aquí? ¿Dónde? —alcanzó a preguntar.

    —Todo a su debido tiempo. Primero, recuerdas a Paula, ¿cierto?

    Alguien le tocó el hombro en ese preciso instante, lo cual le sobresaltó enormemente, hasta el punto de que estuvo a punto de saltar hacia la trayectoria del péndulo, lo cual sabía que sería una muerte segura… si es que en el sitio en el que estaba podía morir. Quien sabe, quizá si “moría” allí, en lugar de morir, despertaría. No obstante, no tuvo valor de comprobarlo, y la chica que le tocó el hombro le hizo olvidarse de aquel tema tan pronto como observó su semblante cálido y sonriente, su rostro pecoso y su cabello rubio y hermoso. Sin embargo, cuando parpadeó, su imagen cambió bruscamente. Seguía sonriendo, con el rostro lleno de pecas y los hilos dorados cayendo en sus hombros, pero tenía largas marcas de neumáticos recorriendo todo su rostro y el cuello que dejaba al descubierto, y su rostro estaba aplastado, así como todo su cuerpo. Cuando movió ligeramente la cabeza aplanada, Eric pudo ver cómo parte de sus sesos sobresalían por un lateral de su cabeza, así como por su cadera se entreveían huesos rotos y supuraba sustancias indefinidas por todas partes, como si hubiese sido tan brutalmente apisonada que su interior se estuviese desparramando por ambos lados.

    No pudo evitar darle un empujón que la hizo retroceder, y contuvo sus náuseas ante la imagen, sufriendo varias arcadas. El demonio parecía ser ajeno a la repugnancia de aquella situación, y continuó hablando como si tal cosa.

    —Paula fue esa chica nueva que llegó este año a clases. Era muy guapa, se la veía inocente, y ciertamente, era algo “friki”, como soléis decir vosotros. Probablemente era una niña que nunca había roto un plato, tímida y sin valor para acercarse a nadie. No supo encajar muy bien en clase, y no hizo ningún amigo en los primeros días, si bien poco a poco comenzó a desarrollar vínculos con otras chicas de otras clases del instituto, que vivían cerca de donde ella residía.

    Se aclaró la voz. Eric, mientras tanto, hacía un enorme esfuerzo por escucharle y, al mismo tiempo, no vomitar al mirar a Paula. Pese a que podría, simplemente, apartar su vista de ella, algo extraño se lo impedía. Como si su mirada estuviese completamente fija en ella.

    —Marcos se encaprichó de la belleza de esa chica. En tus sueños, es el tal Ferrán el que lo hace, pero al fin y al cabo ya sabemos que él no existe, y que es parte tú mismo, parte el chico de la cabeza rapada, y parte Marcos. Estuvisteis espiándola durante mucho tiempo, usualmente, de hecho, lo hacías tú. ¿Recuerdas las fotos de ella misma donde siempre veías a un chico con sudadera azul? Esas fotos son la forma en que tu mente te trataba, en cierto modo, de avisar de que tú no estabas realmente presente cuando ella hablaba con Dan. Ella, en realidad, ni siquiera hablaba con Dan, hablaba con sus otras amigas, y tú no estabas a su lado, sino agazapado, espiando, por “orden” de tu jefe.

    Recordó las imágenes que mencionaba su padre y supo en seguida que, efectivamente, el chico de la sudadera azul era él mismo. Aquello era algo que, de hecho, ya suponía desde hacía tiempo, pero no lograba encontrarle la lógica. Cuando valoraba la posibilidad que ahora su interlocutor le proponía, no veía motivos para descartarla, no aquella vez. Supo que era cierto, porque él mismo era consciente de la incongruencia que suponían sus recuerdos, y, en parte, se sentía satisfecho de lograr encontrarle una lógica a éstos… aunque, por otra, detestaba asumir que dicha lógica le posicionaba a él en una situación tan penosa. Y detestaba asumir que, para que esa lógica fuese correcta, la teoría de que Ferrán no existía como tal también debía serlo.

    Sin más, dejó que siguiese el argumento:

    —Por supuesto, cuando descubriste que gustaba de videojuegos y de todas las cosas que casualmente también te gustan a ti, iniciasteis, Marcos y tú, el famoso plan. Aunque dicho plan no consistió precisamente en boicotear una relación, sino en todo lo contrario. Consistió en crear una entre vosotros dos. Tú te harías su amigo aprovechando la cantidad de cosas que teníais en común, y posteriormente servirías de puente para presentarle a Marcos y “ponérsela en bandeja”. Ese era el verdadero plan, aunque bueno, en realidad no es del todo diferente del que tú habías creado en tu tergiversación de tus recuerdos, ¿no?

    —Pero, como dices, yo recuerdo que ese plan consistía en boicotear la relación entre Dan y Paula —protestó al fin—. Sí, sé que Dan no estaba ahí realmente y lo imaginé, pero te empeñas en que todo tiene un significado en mis sueños y recuerdos, una simbología. Si esto que dices es cierto, ¿qué representa entonces que recuerde el plan de esa forma? ¿Hay alguna simbología también respecto a eso, o no?

    El otro chasqueó los enormes dedos y le señaló, asintiendo repetidamente en gesto de aprobación, como si Eric fuese un alumno del que el profesor se sentía orgulloso.

    —Buena pregunta, muy buena pregunta. Verás, tengo una teoría al respecto. Antes te dije que el falso Dan, Daniel Strife, representaba en tus sueños la “parte buena”, sensible, vulnerable, de ti, además de ser un sustituto del propio Dan que tu mente creó para poder ignorar lo que le sucedió, ¿cierto? —Eric asintió, atento, habiendo logrado por fin apartar la mirada de la horrible Paula, que seguía sonriendo de un modo que ya le parecía aterrador—. Si ese Dan representa tu yo víctima y “bueno” y el Ferrán onírico representa todo lo contrario, tu faceta de “malvado”, de abusón y no abusado, toda la trama de tu relación con Paula, la relación de Dan y ésta, y el plan, se entremezclan en una sola línea. Es decir, esa relación que recuerdas era real, pero no sucedió entre tus dos amigos, sino entre tú mismo y Paula. Te acercaste a ella, tal y como te dijo Marcos, para lograr esos fines sexuales que tanto deseaba. Creo que una parte de ti simpatizaba mucho con Paula, aunque supieses que todo lo hacías por órdenes e intereses particulares. Por eso, el hecho de que en tus sueños estuvieses tramando romper esa relación es una analogía del hecho de que, realmente, sabías que tú mismo ibas a acabar fragmentando tu amistad con Paula. Y esa es la teoría que considero más probable.

    —¿Es realmente mi mente tan… compleja? —se preguntó, cabeza gacha. Paula parecía asentir, con su cuerpo arrollado y su cabeza aplastada.

    —Mucho, Eric. No tienes idea de lo que me ha costado llegar hasta aquí. Así que, por favor, sigamos. Es hora de que aclaremos todo. ¿Sabes cómo terminó el plan?

    —No. No recuerdo nada sobre eso, más allá de la conversación con Ferrán —confesó. Se sentía, en cierto modo, inútil e impotente por no ser capaz de recordar nada.

    —Bien, no te preocupes. Vamos a tratar de rememorarlo.

    De pronto, Paula se abalanzó sobre él y le abrazó. Notó como si le rodease con todo su cuerpo, extendiéndose éste como si fuese papel. Oía el sonido de los huesos fragmentándose y de la carne despegándose de aquellos mientras se extendía, envolviéndolo en su piel. Cerró los ojos, confuso, atemorizado, tenso. Incluso comenzó a llorar, derramando incansables lágrimas de frustración.

    Hubo un momento en el que dejó de sentir el tacto continuo del cuerpo de Paula, y en su lugar sólo notó el roce de su brazo. Decidió abrir los ojos, y se dio cuenta de que estaba sentado en el sofá de su casa, y a su lado estaba Paula, con su aspecto normal. Fue un alivio para Eric ver que la chica había recuperado su aspecto y ya no lucía tan atemorizante, tan inquietante y perturbadora. Cuando llegó a mirar algo más allá, vio que al otro lado de Paula, también en el mismo sofá, se sentaba Ferrán… o no, no era Ferrán, era Marcos.

    —Menudo coñazo de película, ¿no?

    —Pero si es El Retorno del Jedi—comentó Paula en un susurro, sin atreverse a decirlo en voz alta. Aun así, Marcos la oyó, y comenzó a acariciar su pelo.

    —Vamos, no te enfades, guapa —le dijo, acercándose sutilmente, ante lo que ella reaccionó alejándose más de él, y por consiguiente pegando su cuerpo al costado de Eric. Tuvo que contener la respiración al notar cómo su organismo reaccionaba, notando un calor que crecía ante el contacto de la chica.

    Recordó entonces por qué estaban allí. Recordó la escena en la cafetería, cuando ambos hablaron. Llevaban algún tiempo conociéndose, y justo aquel día habían tenido algo parecido a una cita. Ciertamente, él era consciente de que su objetivo no era conquistarla, sino abrir una vía de “ataque” para Marcos, pero… no pudo evitarlo, y, de algún modo, acabaron quedando para ver un maratón de sus películas favoritas, la saga de La Guerra de las Galaxias. Eric estaba realmente feliz e ilusionado, en realidad.

    Claro que Marcos terminó enterándose, pues no era capaz de negarle la respuesta a una sola pregunta, y no tenía valor para oponerse a sus órdenes. Así que los planes de su segunda cita terminaron cambiando mucho, y Marcos apareció poco después de que Luke Skywalker llegase ante Jabba para pedirle que liberase a Han Solo, y se invitó él mismo a aquella cita, interrumpiendo la interesante maratón de películas y sin mostrar demasiado interés en éstas. Porque todo el interés que tenía pasaba por acostarse con Paula, y eso bien lo sabía Eric. Marcos se había encaprichado de ella desde el principio.

    No supo bien cómo, pero durante el épico duelo entre Darth Vader y Luke, un movimiento brusco de Marcos le hizo perder toda la atención que tenía en la película, y se encontró con que estaba besando a Paula, que no parecía muy contenta con ello, pues se retorcía en el asiento y trataba de empujar al otro. Decidió ignorar aquello y continuar viendo la película con rostro cabizbajo, pues pensaba que en breve acabaría sucumbiendo y ambos se dirigirían al dormitorio a acabar lo que habían empezado. No obstante, el ruido de una bofetada lo cambió todo.

    —¡Apártate! —gritó Paula, y ella no acostumbraba a alzar mucho la voz—. ¡No quiero nada contigo!

    Aquella noche, la tenue luz de la televisión era todo cuanto iluminaba el rostro de Marcos y de Paula, y Eric los pudo ver con dificultad, pero notó cómo ella se aferraba a su brazo con ambas manos. Se sintió un verdadero enfermo cuando, al rozarle el antebrazo con sus pechos y notar su respiración alterada, se excitó.

    —Eric, dile a este pesado que me deje.

    El rostro de Marcos, si bien casi inapreciable entre la oscuridad, era algo que difícilmente olvidaría en mucho tiempo. Se le veía furioso, tanto como pocas veces lo había visto antes. El ambiente en su salón aún olía a aquellos desagradables cigarros cargados de marihuana que solía fumar y que había fumado sin el consentimiento expreso de Eric minutos antes en su propia casa, y los ojos enrojecidos del chico indicaban que el efecto de los mismos estaba empezando a dejarse notar. Se abalanzó entonces sobre Paula, sin mediar palabra, tirando de ella y forzándola a separarse de Eric. Él, por su parte, seguía inmóvil, estático, simplemente observando mientras aquello sucedía.

    —¡Eric, ayuda! —suplicó ella, pero Eric simplemente enfocaba la mirada en el suelo, mientras frente a él pasaban imágenes fugaces. Imágenes de Dan, indefenso, siendo rodeado de aquellos abusones. De su madre muerta, de su padre encarcelado. Él, arrinconado en una esquina de la cama, vulnerable, indefenso, mientras sabía que todo a su alrededor se desmoronaba. Nunca había podido hacer nada por evitar sus desgracias, y aquella vez sentía que no era distinto.

    Marcos devolvió la bofetada con doble fuerza, y la chica dejó de patalear durante unos segundos, segundos que el moreno no dudó en aprovechar.

    —Cállate, ¿quieres? Cállate —con presteza, no dudó en desabrochar su pantalón y bajar la falda de la chica, tumbándose con todo el peso de su cuerpo sobre ella.

    —¡Eric! —volvió a gritar ella, sollozando, incapaz de moverse—. ¡Por favor, Eric! ¡Haz algo, por favor, haz algo! ¡Ayúdame, Eric!

    Entonces tuvo que retener los gritos, porque mientras una mano aferraba a Paula por el cuello, la otra mano de Marcos le tapó la boca. Y la segunda debió mancharse con las lágrimas de la chica, que no paraban de manar de sus ojos azules. Marcos comenzó entonces a penetrarla, completamente fuera de sí, embistiendo con un ritmo alarmante, y Eric habría jurado que la chica perdía las fuerzas tan pronto como comenzó a hacerlo. Él tan solo miraba de reojo, tan asustado que era incapaz incluso de parpadear, pero no podía dejar de torturarse a sí mismo por notar, ante tan grotesca y denunciable escena, un bulto en su pantalón.

    Y Marcos no tardó en decir la frase que marcaría su futuro, sin dejar de embestir a la chica.

    —¿Vas a quedarte ahí quieto, pelo-fregona? ¿Eres marica, acaso?

    —No… —tartamudeó, hablando en voz baja, sumiso. Incapaz de plantarle cara.

    —Pues si no lo eres ya sabes lo que tienes que hacer —le dijo Marcos. No era capaz de reconocerle en aquella mirada. No veía en él al chico al que llevaba tanto tiempo siguiendo, al que era, de algún modo, su “amigo”. Lo único que veía era a un animal.

    Pero no tuvo que insistir mucho más. Con pulso tembloroso, se levantó, sin poder evitar que varias lágrimas resbalasen por su rostro, y bajó también sus pantalones. Cuando se giró, sin ninguna prenda en su tren inferior, y se colocó frente a la cara de Paula, notó cómo esta le miró alarmada, con los ojos desencajados. Marcos destapó su boca por unos segundos, y ella negó con la cabeza y dijo, antes de que volviese a ser incapaz de hablar, esta vez por culpa de Eric:

    —¿Por qué me haces esto?

    El placer recorrió cada una de las fibras de su cuerpo cuando empezó a moverse rítmicamente hacia delante y hacia atrás, mientras con sus manos sujetaba el cuerpo de la chica por orden de Marcos.

    No fue consciente del todo del tiempo que pasó, ni siquiera de lo que hizo de ahí en adelante, aunque creía recordar que cambiaron de posición en un par de ocasiones. La cuestión es que, cuando volvió en sí, se encontró apartándose de Paula y observando cómo Marcos le sujetaba el pelo con dureza mientras la obligaba a practicarle sexo oral de manera ciertamente brutal. Quizá no se daba cuenta ni siquiera él mismo de la gravedad de toda aquella situación, pero reaccionó por un impulso, y sujetó algún objeto que pudo encontrar a su alcance. Sin ni siquiera pensar, golpeó la cabeza de Marcos, y pudo ver cómo caía al suelo abruptamente, rodeándose de un charco de sangre tan pronto como el crack sonó al golpear la cabeza contra el suelo.

    Aquello le dejó inmóvil, y no pudo apartar la mirada de Marcos, ahora inconsciente. Paula, por su parte, asustada, se arrastraba, ya libre del agarre de sus violadores, por el suelo, alejándose de Eric, que ni siquiera reaccionaba. Logró apoyarse en una estantería para levantarse, y con dificultad, abrió la puerta de la casa, correteando torpemente, y alcanzó a escapar.

    Eric seguía mirando, de pie, el cuerpo de Marcos. Y no fue hasta que pasaron un par de minutos en los que no hizo más que mirar, un estado de shock, cuando se dio cuenta de que Paula se había marchado.

    Miró la mesita que había frente al sofá con tensión, y ubicó entonces unas pequeñas llaves que rápidamente identificó con las llaves del coche de Marcos. Las cogió sin pensar, y habría jurado que debía tener más de cuarenta grados de fiebre, pues la cabeza le iba a explotar y todo a su alrededor daba vueltas. Era casi como si la vida sucediese a un ritmo vertiginoso en aquel momento.

    Presto, se dispuso a bajar las escaleras de su casa, acelerado, y encontró aparcado cerca de su puerta el coche de Marcos. Se montó en él, asustado y tembloroso. Era menor de edad y nunca había conducido un coche, pero conocía su funcionamiento teórico. Torpemente, logró arrancarlo, y una música que su amigo debía haber dejado programada comenzó a sonar, sorprendiéndole con una canción de Arctic Monkeys, una de sus favoritas: Do I Wanna Know. No obstante, dio fuertes tirones que derivaron en un motor calado repetidas veces. No desistió, pese a que la frustración se apoderaba de él cada vez que el intento era en vano. Sin embargo, logró manejar el vehículo antes de lo que pensaba, y las revoluciones se hicieron exacerbadas cuando el coche, sin cambiar de marcha, alcanzó los casi cuarenta kilómetros por hora. Se las apañó, de algún modo, para cambiar a la segunda marcha, tras observar la palanca con incertidumbre por unos escasos momentos, y se colocó rápidamente en sesenta kilómetros, mientras giraba por las nocturnas calles, desiertas a aquellas altas horas de la noche. Conocía el camino que habría tomado Paula, pues sabía que probablemente habría ido a su casa. Tan solo quería pararla antes de que contase nada, porque sabía que, si lo denunciaba, Marcos estaría en un problema, y él también, y no reflexionó mucho en ello, tan solo pensó fugazmente que, quizá, podría convencerla, de algún modo.

    Así logró alcanzar los casi ochenta kilómetros por hora, cuando vio a Paula a lo lejos, y la alumbró con los faros el coche, poniendo por accidente las luces de largo alcance. La chica, con un aspecto deplorable y aún casi desnuda de cintura hacia abajo, se alarmó al notar que la seguían y comenzó a correr con pasos torpes.

    Boulevard Of Broken Dreams comenzó a sonar entonces, y Billie Joe Armstrong se hizo eco en la mente de Eric cuando éste chocó la parte trasera del coche con la pared de la calle peatonal en la que se introdujo cuando vio que Paula tomó ese atajo, debido al brusco giro, y el coche se tambaleó. No era inconsciente de que, a la segunda vez que oía la frase I walk alone, la máquina ya le conducía a él, y no él a la máquina. Vio a Paula cerca, muy cerca, y oyó un cuarto I walk alone. Fue entonces cuando escuchó el golpe, el segundo crack que oía aquel día, giró el volante con brusquedad, y notó cómo su mundo se apagaba cuando el coche volvía a chocar, esta vez de frente, contra otra pared.

    Lo último que oyó fue el quinto I walk alone de la boca del vocalista de Green Day. Y luego, tras la oscuridad, abrió los ojos, y vio el péndulo. Oscilaba lentamente, y al otro lado esperaba el demonio, que ya no tenía aspecto de demonio, y tampoco tenía el aspecto de su padre. Ahora tenía la forma de un hombre de tez tostada, cabello castaño e incisivos ojos marrones, que se levantó de su asiento y comenzó a caminar hacia él, vestido con una camisa gris metida dentro de sus pantalones marrones, luciendo una corbata negra sobre el pecho, y con un cinturón a juego sobresaliendo y desviando la atención de todas las miradas Sus zapatos también negros pisaban el suelo con dureza, haciéndolo a cada paso más y más pequeño, hasta que alcanzó a tener el tamaño aproximado de Eric. El chico caminó también, atraído por la voz de aquel hombre, que ya no le parecía un eco malévolo, sino una voz suave y calmada. El péndulo ahora iba casi a cámara lenta, y encontró en algún sitio el valor para cruzar al otro lado y acercarse al hombre.

    —Creo que ya lo comprendes, ¿no, Eric? Comprendes todo lo que ha pasado, el funcionamiento de tu mente y el motivo de tu confusión. Y comprendes dónde estás y por qué estás aquí, ¿no?

    —Sí —dijo, aún algo inseguro de sus palabras—. Estoy en un centro penitenciario de menores, ¿cierto? Violé a Paula, maté a Marcos y luego atropellé a la primera.

    El hombre asintió, parándose en el sitio, mientras Eric seguía caminando hacia él.

    —Así es. Me alegro de que tú mismo hayas conseguido entenderlo. Ahora solo espero que, cuando despiertes, mantengas esta consciencia de la realidad, ¿sí?

    —¿Cuando… despierte? ¿Estoy dormido? ¿Soñando, una vez más?

    —Algo así —le confesó—. Lo llaman hipnosis terapéutica. Era la última de mis esperanzas para poder rescatarte del infierno que era tu mente. ¿No te has preguntado qué significaba ese péndulo tan grande que dices ver, o por qué en muchos de tus sueños todo oscila noventa grados? ¿No te has preguntado… por qué todo es cinco en tus sueños?

    Eric meditó por un momento. Alzó la cabeza, decidido, una vez más, y esta vez de verdad, a afrontar la realidad. Con los ojos marrones cargados de energía, dijo:

    —Así que eso es todo.

    —Así es. Eso es todo. Ahora, contaré hacia atrás desde cinco. El sueño acabará, y despertarás cuando termine de contar. Cinco, cuatro, tres, dos, uno…

    La luz inundó los ojos de Eric. Sintió una pesadez en su cuerpo similar a la que siente uno cuando lleva demasiadas horas durmiendo. Pudo lograr ver tras unos segundos de adaptación a la luz, y pudo ver entonces el lugar en el que se encontraba: una sala mayormente blanca, con poca decoración, minimalista y sin ventanas. Él estaba tumbado en un diván, y logró incorporarse lentamente. El hombre, con los laterales de su cabeza decorados de canas, le sonrió amigablemente cuando le vio mirarle.

    —¿Así que es cierto? —preguntó él—. ¿Estoy en un centro penitenciario?

    —Me alegro de que parezcas haberte recuperado, Eric. Ha sido un tratamiento muy lento y costoso, y he tenido que estudiar a fondo tus sueños y tu vida. Me complace poder presentarme ante ti finalmente como quien soy, y no como la imagen de tu padre. Soy Samuel Lozano, psicólogo de este centro, y llevo ocupado de tu caso varios meses.

    —¿Meses? —se preguntó Eric.

    —Sí, meses. Tras los eventos que acabamos de rememorar, fuiste condenado a ingresar aquí. Al ver tu estado de psicosis total, tu desconexión completa con la realidad, se decidió ingresarte en este centro. Estás en un centro psiquiátrico, Eric.

    —Ya veo… —le miró, algo confuso aún— ¿Cómo puedo estar seguro de que esto no es también un sueño?

    —No, chico, puedes estar tranquilo. Eso ya acabó. He necesitado muchas sesiones, he necesitado introducirme poco a poco en tus propios sueños, que se mezclaban con tus recuerdos, pero parece que al fin lo he logrado. ¿Estás seguro de que lo recuerdas todo, cierto? Sé que es algo extremadamente duro para ti, no tienes por qué decirme qué es lo que recuerdas. Me basta con oír tus palabras sinceras, me basta con un “sí, lo recuerdo”.

    Eric miró a su alrededor una vez más, aún incrédulo.

    —Sí. Lo recuerdo —terminó diciendo, casi de forma mecánica, mientras asentía.

    —Bien. Muy bien. ¿Crees que podrías levantarte y acompañarme hasta mi mesa?

    Asintió con torpeza, y luego puso un pie en el suelo, y luego otro, y logró alzarse. En su mente, aún le daba vueltas a todo lo que había vivido momentos antes. Repasaba, uno a uno, los retazos de sus recuerdos, de sus sueños, de lo que quiera que fuesen, y se decía a sí mismo cuál era la realidad que escondían. Y logró atar, poco a poco, todos los cabos una vez más, pero… había algo que seguía perturbándole. Algo que no había logrado aclarar aún. Lo entendió cuando tomó asiento y el señor Lozano comenzó a hablarle de su futuro tratamiento. Dos botes se alzaban frente a él, uno a la izquierda, otro a la derecha. Se veían, de algún modo, imponentes sobre aquella mesa pulcra y ordenada, con un orden que se le hacía casi enfermizo, estando todos los documentos perfectamente apilados y todos los bolígrafos correctamente alineados. Por algún motivo le ponía nervioso tanto orden.

    —Mira, Eric, esto va en contra del procedimiento. Técnicamente, debo respetar las decisiones de la Junta de Tratamiento y no será hasta que no se apruebe mi nueva propuesta cuando podamos cambiar oficialmente tu tratamiento, pero… entre tú y yo, podemos hacer la vista gorda, si te parece. Sólo si estás de acuerdo.

    —Vale —susurró, casi inánime.

    —Bien. Mira —señaló a un bote de pastillas, pronunciando un nombre técnico que casi no era capaz de repetir—. Estas son las pastillas que se supone que debes seguir tomando por el momento. Simplemente son unas pastillas que te ayudan a conciliar el sueño, y en teoría te permitirán tener un sueño profundo, en el que ni tú serías capaz de provocarte un sueño lúcido, para que así tu mente pueda descansar. Ya he dicho por activa y por pasiva que eso no solucionará nada, que seguirás siendo capaz de manejar tus sueños y acrecentarás aún más tu problema, pero no se me ha oído. Luego, tras tomar aire, miró el otro bote. Sus dedos golpearon la mesa de forma rítmica mientras hablaba, y aquello también lograba crisparle los nervios, pero pudo respirar hondo y relajarse.

    —Por su parte, estas otras… son las que he propuesto para ti. Son parte del tratamiento habitual de un esquizofrénico, y te ayudarán a mantenerte en contacto con la realidad, Eric. Como psiquiatra, creo que es lo mejor para ti, y aunque no esté aprobado aún en la Junta, sólo si tú me das el consentimiento podemos empezar ya el tratamiento nuevo. Temo que si sigues sin cambiar de pastillas, puedas volver a recaer.

    Quedó en silencio un momento, observándolo. Ese era el punto que aún no quedaba claro: las pastillas. Las famosas pastillas. Pero no sabía si eran rojas y azules, pues los botes eran opacos, blancos, sobrios. Los ojos del señor Lozano le miraban con ansiedad, anhelando una respuesta rápida de parte del joven. Y, con lentitud, fue a mover la boca para articular palabras, pero se arrepintió a mitad de camino, cuando pudo ver algo raro en el semblante del psiquiatra.

    —¿Y bien? —preguntó éste—. ¿Confiarás en mí? ¿Cuál es tu decisión?

    Rápidamente, un nuevo vistazo a los botes le permitió comprobar que, ahora, se veían translúcidos. En las que eran las de su tratamiento anterior, el que supuestamente no iba a solucionar su problema, vio las pastillas de color azul; y en el bote que el psiquiatra le ofrecía como nuevo tratamiento las vio rojas, brillantes, candentes. Luego, tras alzar la cabeza, vio cómo la piel del psiquiatra se aclaraba, su camisa ahora era de rayas y había pequeñas anclas en su corbata. Frunció el ceño, con recelo. Y preguntó:

    —Dices que conoces bien todos mis sueños y mi vida en general, ¿no?

    El psiquiatra no parecía entender la pregunta de Eric, y por una vez los papeles se invertían. El chico sonrió con saña, orgulloso de haber logrado descubrir toda aquella trampa. Su mano se extendió hacia uno de los botes, y antes de agarrarlo, dijo:

    —Entonces deberías conocer ya la respuesta a esa pregunta, papá. Deberías saberla —la mano agarró el bote de pastillas azules, y dijo—: me gusta el azul.
     
    Última edición: 29 Marzo 2018
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    Escritora
    Un poquito tarde, pero al fin voy a intentar hacer un comentario del último capítulo que debo decir, aun me deja impactadísima.

    Para empezar, debo decir que he tenido que leérmelo un poco de nuevo para recordar detalles y he vuelto a sufrir como la primera vez. No sé exactamente por qué, quizás porque soy chica y se ve diferente desde ese punto de vista, pero la violación de Paula es lo peor que he leído, de verdad, tenía un nudo en el pecho mientras lo leía, incluso la segunda vez que ya lo sabía, me sentía angustiada y he tenido que hacer pausas entre la lectura.

    Me parece terrible, de verdad, porque parecía que al fin Eric había encontrado a una persona con la que recuperarse de lo que había perdido, pero era obvio que iba a salir todo mal por culpa de Marcos. Y tuvo que interrumpirle y ser un cabrón, porque es lo único que es, y hacerle eso a la pobre chica que no ha hecho nada malo. De verdad, que asco de persona (aunque, personalmente, no lo considero persona). Ahora, eso sí, por muchos traumas y problemas que haya tenido Eric, su actitud me repatea también, joder, ¿tan importante es no ser un "marica" que eres capaz de violar a tu amiga y una chica que ha sido tan dulce? Ugh, si hubiese querido hubiese podido hacer algo para que eso no sucediese. Vale que estaba intentando sobrevivir, pero... ¿a costa de alguien más? Porque ya sacrificó a su mejor amigo por sobrevivir y ahora ha sacrificado a una amiga por lo mismo, y no ha aprendido, podía haberlo hecho diferente desde el principio.

    En fin, después de la violación ya los cabos se van atando y parece lógico que es él quien la atropella. También parecía obvio que iban a meterlo en algún sitio de rehabilitación y que estaban intentando hacerlo ver la realidad. Así es el caso...

    O eso parece, porque el final me deja muy loca. No sé qué pensar. Quizás una parte de él quiere salir de los sueños pero otra no, y así en el final acaba cayendo de nuevo en la vórtice. O igual está de verdad esquizofrénico y es todo una alucinación (?) Idk, de verdad, me dejas loquísima. Si se me ocurren más teorías (que estoy ya que me quiero dormir, me entiendes (?), te diré por privado.

    Admito que este final abierto tiene un sabor agridulce. Por una parte, me encanta que me sorprendas y hagas algo poco común, incluso en el final, dejándolo a la imaginación del lector, pero por otra parte sí que me hubiese gustado tener un final más claro después de ir descubriendo la vida de Eric y la verdad tras sus traumas, no sé, se siente un poco... ¿triste? ¿desesperante? Porque nos tiramos aquí 5 capítulos, 7 en ffl, leyendo, haciendo teorías, descubriendo la verdad y cuando todo parece tener lógica, ledas las vuelta a todo y parece que nada de lo que hemos leído tiene sentido, no sé si me explico.

    De todas formas, no te negaré que he amado todo lo que ha habido en esta historia: ha sido algo super diferente con tu narración que es tan genial y que amo tanto, que me ha tenido en vilo esperando a qué subieras más y que he disfrutado muchísimo. Se lo he recomendado a Paula también, espero que le eche un vistazo porque te lo mereces~ Y ya está, creo que lo he dicho todo más o menos, si me olvido de algo, pues mala suerte.

    ¡Sigue así!
     
    • Adorable Adorable x 1

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