Explícito de Naruto - EL BESO DEL HIGHLANDER [ADAPTACION]

Tema en 'Fanfics de Naruto' iniciado por quem, 29 Agosto 2022.

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    quem

    quem Orientador del Mes Orientador Lectora empedernida del 2022 Agasím Sasha & Ágata

    Virgo
    Miembro desde:
    21 Febrero 2021
    Mensajes:
    844
    Pluma de

    Inventory:

    Escritora
    Título:
    EL BESO DEL HIGHLANDER [ADAPTACION]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    6
     
    Palabras:
    2080
    EL BESO DEL HIGHLANDER

    Disclaimer:
    Esta historia no me pertenece es una adaptación para el fandom Naruto, sin fines de lucro o ganar algo no quiero enriquecerme con esta adaptación, me encanta escribir aprender más, y entretener al fandom, perdón por la faltas ortográficas que encuentren <3


    EL BESO DEL HIGHLANDER © Karen M. Moning.
    NARUTO © M. Kishimoto
    ADAPTACIÓN © Quem

    "No puedo creer que Dios juegue a los dados Con el cosmos."

    Albert Einstein

    "Dios no sólo juega a los dados. Él algunas veces lanza los dados donde No pueden verse."

    Stephen Hawking

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    Prólogo

    Highlands de Escocia 1518

    –¿De qué se trata esta vez, madre?

    Sari se asomó a la ventana y observó la hierba ondeando bajo los primero rayos del sol matutino, más allá de su cabaña. Su madre adivinaba la suerte, y si fuera lo suficientemente tonto como para darse la vuelta y encontrar la mirada de Chiyo, ella lo interpretaría como un signo de aliento, y lo introduciría en una conversación acerca de alguna desconcertante predicción. Las predicciones de su madre nunca eran demasiado acertadas y lo aburrían diariamente, erosionados por fantasías maliciosas.

    –Mis varas de tejo me han advertido que el laird representa un grave peligro para ti.

    –¿El laird? ¿Sasuke Uchiha? –Sari, alarmado, miró por encima de su hombro. Remetida detrás de la mesa cerca de la chimenea, su madre se enderezó en su silla, alisándose el vestido bajo su atención. Ahora sí que lo he hecho, él pensó con un suspiro interior. Se había enmarañado en su conversación tan tontamente como si se hubiera enredado las ropas en una zarza espinosa, y requeriría de toda su delicadeza separarse ahora, sin que las cosas degeneraran en una discusión muy antigua.

    Chiyo Akasuna había perdido tanto en su vida que se aferraba también ferozmente a lo que le había dejado: a Sari. Él reprimió el deseo de salir corriendo por la puerta y escapar hacia la serenidad de la mañana Highland, consciente de que ella lo acorralaría otra vez a la primera oportunidad.

    En lugar de eso, él dijo quedo:

    –Sasuke Uchiha no es un peligro para mí. Es un buen laird, y me siento honrado de haber sido seleccionado para supervisar la guía espiritual de su clan.

    Chiyo negó con la cabeza, sus labios temblando. Una mancha de baba hizo espuma en sus comisuras.

    –Tú ves con la vista estrecha de un sacerdote. No puedes ver lo que veo yo. Ciertamente es horrendo, Sari.

    Él le dirigió su sonrisa más reconfortante, una que, a despecho de su juventud, había aliviado los corazones atribulados de incontables pecadores.

    –¿Dejarás de intentar adivinar mi bienestar con tus varas y runas? Cada vez que me es asignada una posición nueva, empiezas a usar tus encantamientos.

    –¿Qué tipo de madre sería, si no estuviera interesada en tu futuro? –gritó ella.

    Apartando un mechón de cabello rubio de su cara, Sari cruzó el cuarto y besó su mejilla arrugada, luego barrió su mano a través de las varas de tejo, desordenando su diseño misterioso.

    –Soy un hombre de Dios ordenado, pero aquí te sientas, leyendo las fortunas –él tomó su mano y la palmeó conciliadoramente–. Debes olvidarte de las viejas costumbres. ¿Cómo lograré éxito con los aldeanos, si mi preciada madre se mantiene en los rituales paganos? –bromeó.

    Chiyo arrebató su mano de la de él y recogió sus varas defensivamente.

    –Estas son mucho más que simples varas. Te lo ordeno, concédeles el debido respeto. Él debe ser detenido.

    –¿Qué dicen tus varas que hará el laird, que sea tan terrible? –la curiosidad minó su determinación de acabar con la conversación tan limpiamente como fuera posible. No podía esperar dominar las divagaciones oscuras de la mente de su madre si no sabía lo que eran.

    –Él pronto tomará una mujer, y ella te hará daño. Creo que ella te matará.

    La boca de Sari se abrió y se cerró como una trucha varada en la ribera. Aunque sabía que no había nada de verdad en su ominosa predicción, el hecho de que ella tuviera esos pensamientos malvados confirmó sus miedos de que el tenue vínculo de ella con la realidad se debilitaba.

    –¿Por qué me mataría alguien? Soy un sacerdote, por amor del cielo.

    –No puedo ver el por qué. Puede que suceda que su nueva esposa se encapriche de ti, y la maldad provendrá de él.

    –Ahora verdaderamente imaginas cosas. ¿Encapricharse de mí, por sobre Sasuke Uchiha?

    Chiyo lo recorrió con la mirada, y rápidamente miró hacia otro lado.

    –Tú eres un muchacho de buena planta, Sari –mintió con aplomo maternal.

    Sari se rió. De los cinco hijos de Chiyo, sólo él había nacido delgado de constitución, con huesos finos y una quietud que le servía mejor a Dios que al rey y al país. Él sabía cuál era su apariencia. No había sido modelado como lo había sido Sasuke Uchiha, para guerrear, conquistar y seducir mujeres, y había aceptado mucho tiempo atrás sus defectos físicos. Dios tenía un propósito para él, y mientras el propósito espiritual podría parecer insignificante para otros, para Sari Akasuna era más que suficiente.

    –Guarda esas varas, madre, y no quiero oír más de esta tontería. No necesitas preocuparte por mi bienestar. Dios observa sobre... –se detuvo a mitad de una sentencia. Lo que había dicho casi animaba a un tema totalmente nuevo, y hacia el mismo debate tan viejo y tan largo de siempre.

    Los ojos de Chiyo se estrecharon.

    –Ah, sí. Tu Dios ciertamente observa sobre todo a mis hijos, ¿verdad?

    Su amargura era palpable y lo desanimaba. De todo su rebaño, él había frustrado más palpablemente las ambiciones de su madre.

    –Te podría recordar que muy recientemente era tu Dios, cuando a mí me fue concedido este puesto y estabas satisfecha con mi promoción –dijo Sari rápidamente–. Y no dañarás al Uchiha, madre.

    Chiyo alisó sus canas gruesas y alzó su nariz hacia el techo de paja.

    –¿No tienes confesiones para oír, Sari?

    –No debes poner en peligro nuestra posición aquí, madre –dijo él quedo–. Tenemos una casa sólida entre estas personas, y espero hacerlo permanente. Dame tu palabra.

    Chiyo dejó sus ojos fijos en el techo, en un silencio terco.

    –Mírame, madre. Debes prometerlo –cuando él se negó a irse sin su palabra o evitar su mirada fija, ella finalmente dio un encogimiento de hombros e inclinó la cabeza.

    –No dañaré al Uchiha, Sari. Ahora, continúa tu camino –dijo bruscamente–. Esta vieja tiene cosas que hacer.

    Complacido de que su madre no molestara al laird con su tontería pagana, Sari se fue hacia el castillo. Dios mediante, su madre olvidaría su última falsa ilusión cerca de la hora de la cena. Dios mediante.

    .

    .

    .​

    En los siguientes pocos días, Chiyo intentó hacer que Sari entendiera el peligro al que estaba expuesto, en vano. Él la regañó amablemente, la reprendió menos amablemente, y empezó a tener esas líneas amargas alrededor de la boca que a ella le repugnaba ver.

    Líneas que claramente proclamaban: mi madre está perdiendo la razón.

    La desesperación se apropió de sus rendidos huesos, y supo que dependía de ella hacer algo. No perdería al único hijo que le quedaba. No era justo que una madre debiese sobrevivir a todos sus niños, y confiarlo a Dios para protegerlo era, para empezar, lo que la había metido en ese problema. Se rehusaba a creer que había recibido el arte de prever los acontecimientos sólo para sentarse sobre su trasero y no hacer nada.

    Cuando, poco después de su alarmante visión, una banda de errantes Rom llegó al pueblo de Balanoch, Chiyo descubrió una solución.

    Llevó tiempo hacer trueques con las personas correctas; aunque "correctas" difícilmente sería la palabra con la cual describir a la gente con la que se había visto forzada a tratar. Chiyo podía leer las varas de tejo, pero sus sencillas adivinaciones palidecían en contraste con las prácticas de los salvajes gitanos que vagaban por las Highlands, realizando ventas de hechizos y sortilegios junto con sus mercancías ordinarias. Peor aún, había tenido que robar la preciosa Biblia iluminada de oro de Sari, la que él usaba sólo en los días más santos, para comerciar por los servicios que había comprado, y cuando su hijo descubriera la pérdida hacia la época de Navidad, estaría apesadumbrado.

    ¡Pero estaría vivo, por los tejos!

    Aunque Chiyo pasó muchas noches sin dormir meditando sobre su decisión, sabía que sus varas nunca le habían fallado. Si no hacía algo para impedirlo, Sasuke Uchiha tomaría una esposa y esa mujer mataría a su hijo. Eso era lo que hacía respetar tanto sus varas. Si sus varas hubieran dicho más –cómo lo haría la mujer, cuándo, o por qué– no habría sido asaltada por tal desesperación. ¿Cómo sobreviviría ella si Sari se fuera? ¿Quién socorrería a una mujer vieja y buena para nada? Sola, el gran bostezo de la oscuridad, con sus grandes fauces ávidas, la tragaría por completo. No tenía otra alternativa excepto deshacerse de Sasuke Uchiha.

    .

    .​

    Un plenilunio más tarde, Chiyo estaba de pie con los gitanos y su líder –un hombre de pelo color de plata llamado Bansai– en el claro cerca del lago pequeño, a alguna distancia al oeste del Castillo Uchiha.

    Sasuke Uchiha yacía inconsciente a sus pies.

    Ella lo miró cautelosamente. El Uchiha era un hombre grande, moreno y de altura imponente, una montaña de nervios y músculos bronceados, aún cuando yacía sin sentido tendido sobre su espalda. Cuando ella tembló y le dio un golpecito cautelosamente con el pie, los gitanos se rieron.

    –La luna podría caer sobre él y no despertaría –le informó Bansai, su oscura mirada divertida.

    –¿Estás seguro? –presionó Chiyo.

    –No se trata de un sueño natural.

    –No lo mataste, ¿verdad? –se inquietó la mujer–. Prometí a Sari que no lo dañaría.

    Bansai arqueó una ceja.

    –Tienes un código interesante, vieja –se burló–. No, no lo matamos, solamente duerme, y lo hará eternamente. Es un hechizo antiguo, seleccionado muy cuidadosamente.

    Cuando Bansai se marchó dando media vuelta, instruyendo a sus hombres para colocar al laird encantado en el carromato, Chiyo exhaló un suspiro de alivio. Había sido riesgoso deslizarse en el castillo, agregar un narcótico al vino del laird y atraerlo hasta el claro cerca del lago, pero todo había salido de acuerdo al plan. Él se había derrumbado a las orillas del lago vidrioso y los gitanos habían emprendido su ritual. Habían pintado símbolos extraños en su pecho, habían rociado hierbas y cantado.

    Aunque los gitanos la intranquilizaban y ella había deseado escapar de regreso a la seguridad de su choza, se había obligado a sí misma a observar, a estar segura de que los taimados gitanos mantendrían su palabra, y para asegurarse a sí misma de que Sari estaba finalmente protegido por siempre, más allá del alcance de Sasuke Uchiha. En el momento en que las palabras finales del hechizo habían sido pronunciadas, el mismo aire en el claro se había alterado: había sentido una frialdad rara, un cansancio repentino, abrumador, e incluso había vislumbrado una luz extraña asentándose alrededor del cuerpo del laird. Los gitanos ciertamente poseían magia poderosa.

    –¿De veras eternamente? –presionó Chiyo–. ¿Nunca se despertará?

    Bansai dijo impacientemente:

    –Te lo dije, vieja, el hombre dormirá, congelado, sin ser tocado en absoluto por el tiempo, sin nunca despertar, a menos que la sangre humana y el brillo del sol se mezclen en el hechizo grabado en su pecho.

    –¿La sangre y el brillo de sol lo despertarían? ¡Eso nunca debe ocurrir! –exclamó Chiyo, aterrorizándose una vez más.

    –No lo hará. Tienes mi palabra. No donde tenemos intención de esconder su cuerpo. La luz del sol nunca lo alcanzará en las cavernas subterráneas cerca de Loch Ness. Nadie lo encontrará nunca. Nadie sabe del lugar excepto nosotros.

    –Debes esconderlo muy profundo –presionó Chiyo–. Séllalo dentro. ¡Nunca debe ser encontrado!

    –Dije que tienes mi palabra –dijo Bansai penetrantemente.

    Cuando los gitanos, remolcando su carromato, desaparecieron en el bosque, Chiyo se hincó de rodillas en el claro, y murmuró una oración de gracias a cualquier deidad que pudiera oírla.

    El sentimiento de culpa la atenazaba, pero pesaba más el alivio, y se consoló con el pensamiento de que realmente no lo habían herido.

    Él estaba, como ella había prometido a Sari, ileso.

    En esencia.
     
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    Título:
    EL BESO DEL HIGHLANDER [ADAPTACION]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    6
     
    Palabras:
    3922
    EL BESO DEL HIGHLANDER
    Disclaimer: Esta historia no me pertenece es una adaptación para el fandom Naruto, sin fines de lucro o ganar algo no quiero enriquecerme con esta adaptación, me encanta escribir aprender más, y entretener al fandom, perdón por la faltas ortográficas que encuentren <3

    EL BESO DEL HIGHLANDER © Karen M. Moning.
    NARUTO © M. Kishimoto
    ADAPTACIÓN © Quem
    Highlands de Escocia

    15 de septiembre, Día Presente

    Sakura Haruno necesitaba un hombre.

    Desesperadamente.

    A falta de eso, se tranquilizaría con un cigarrillo. «Dios Santo, odio mi vida, —pensó—. Incluso ya no sé quién soy».

    Recorriendo con la mirada el interior abarrotado del autobús de excursión, Sakura hizo una respiración profunda y frotó el parche de nicotina bajo su brazo. Después de ese fiasco, ¿no merecía un cigarrillo? Aunque, aún cuando lograra escapar del horrible autobús y hallar un paquete, tuviera miedo de expirar de sobredosis de nicotina si fumaba uno. El parche la hacía sentirse temblorosa y enferma.

    Quizá, antes de dejarlo, debería haber esperado hasta haber encontrado su desmontadora de cerezas, reflexionó. Tampoco era como si los atrajera como moscas a la miel en su humor actual. Su virginidad apenas podía presentarse con su mejor luz mientras ella continuara gruñendo a cada hombre que encontraba.

    Se apoyó contra el asiento agrietado, sobresaltándose cuando el autobús golpeó un bache y provocó que los resortes metálicos del asiento se hincaran en su escápula.

    Incluso la superficie suave, misteriosa y gris como pizarra de Loch Ness, más allá de la ventana traqueteante, una ventana que no se cerraría aún cuando lloviera y no se quedaría abierta de otra manera, no pudo intrigarla.

    –Sakura, ¿te sientes bien? –preguntó bondadosamente Hiruzen Sarutobi desde al otro lado del pasillo.

    Sakura miró fijamente a Hiruzen a través de su flequillo Jennifer Aniston, costosamente biselado para atraer a su Brad Pitt "ahora mismo", que solamente le hacía cosquillas en la nariz y la molestaba. Hiruzen orgullosamente le había informado, cuando habían empezado la excursión una semana atrás, que tenía setenta y tres y el sexo nunca había sido mejor (esto mientras daba palmaditas a la mano de su recién casada, regordeta y ruborizada esposa Biwako). Sakura había sonreído amablemente y los había felicitado y, desde esa demostración serena de interés, se había convertido en la favorita de la pareja excesivamente amorosa: la muchacha americana.

    –Estoy bien, Hiruzen –lo reconfortó, preguntándose dónde había encontrado él la camisa de poliéster color limón y los pantalones verdes de golf, que discrepaban dolorosamente con el cuero blanco que adornaban sus zapatos y los calcetines cuadriculados. Completando el conjunto del arco iris, una chaqueta de punto, roja, estaba pulcramente abotonada en torno a su barriga.

    –No pareces tan bien allí, queridita –Biwako, irritada, ajustó un sombrero de paja de ala ancha encima de sus rizos plateados suavemente azules–. Un poco verde cerca de las orejas.

    –Es simplemente el paseo lleno de baches, Biwako.

    –Bien, estamos casi en el pueblo, y debes tomarte un bocado con nosotros antes de que salgamos de visita a los lugares de interés –dijo Hiruzen firmemente–. Podemos salir a ver esa casa, tú sabes, donde ese brujo Aleister Crowley solía vivir. Dicen que está embrujada –confió, meneando sus peludas cejas blancas.

    Sakura asintió con la cabeza apáticamente. Sabía que era inútil protestar, porque aunque sospechaba que Biwako podría haberse apiadado de ella, Hiruzen estaba determinado a asegurarse de que ella tuviera diversión. Se habían encariñado en sólo unos pocos días, sin imaginarse nunca por qué ella se había embarcado en esa búsqueda ridícula.

    Cómo había dejado su casa en Santa Fe, Nuevo México, cómo había contemplado con atención, tras la ventana de su cubículo en la Compañía de Seguros Allstate (mientras discutía con otro herido que aseguraba que había conseguido gastar un valor asombroso de nueve mil ochocientos veintisiete dólares de cuentas de quiropráctica por un accidente que había causado apenas ciento veintisiete dólares de daños en su parachoques trasero) la idea de ir a Escocia, o en todo caso a cualquier lado, y que había sido irresistible.

    Así que había dejado que un agente de viajes la convenciera que una excursión de catorce días a través de las románticas Lowlands e Highlands de Escocia era justo lo que necesitaba, a un precio de ganga de novecientos noventa y nueve dólares. El precio era aceptable; el mero pensamiento de hacer algo tan impulsivo la aterrorizaba, y eso era precisamente lo que necesitaba para sacudir con fuerza su vida.

    Debería haber sabido que catorce días en Escocia por unos mil dólares tenían que ser la excursión de autobús de unos jubilados. Pero había estado tan frenética por escapar del trabajo pesado y la vacuidad de su vida, que había examinado apresuradamente el itinerario y no le había dado a sus posibles compañeros de viaje un segundo pensamiento.

    Eran treinta y ocho personas de edades entre sesenta y dos hasta ochenta y nueve, que charlaban, reían, y discutían cada pormenor de sus movimientos de vientre en el pueblo o la cantina con entusiasmo infinito, y ella sabía que cuando regresaran a casa jugarían a los naipes y regalarían a sus viejas y envidiosas amistades con anécdotas interminables. Se preguntó qué historias dirían acerca de la virgen de veinticinco años que había viajado con ellos.

    ¿Espinosa como un puerco espín? ¿Lo suficientemente estúpida como para tratar de dejar de fumar en las primeras vacaciones reales de su vida y simultáneamente tratar de despojarse de su virginidad?

    Suspiró.

    Los ancianos realmente eran dulces, pero dulzura no era lo que estaba buscando.

    Ella buscaba sexo apasionado y salvaje.

    Sexo bajo y sucio, feroz, sudoroso y caliente.

    Últimamente ansiaba algo a lo que aún no podía poner nombre, algo que la inquietaba e incomodaba cuando miraba El Décimo Reino o la búsqueda de sus amantes desgraciados favoritos, en Ladyhawke. Si estuviera todavía viva, seguramente su madre, la renombrada física Dra. Mebuki Haruno, le aseguraría que no era nada más que un deseo biológico programado en sus genes.

    Siguiendo los pasos de su madre, Sakura se había especializado en Física, luego había trabajado brevemente como auxiliar de investigación en la Corporación Triton mientras perfeccionaba su Doctorado (antes de que su Gran Ataque de Rebelión la hubiera hecho aterrizar en Allstate). Algunas veces, cuando su cabeza había estado nadando en ecuaciones, se había preguntado si su madre no estaba en lo correcto, si todo lo que había en la vida podía ser clasificado por la ciencia y la programación genética.

    Haciendo estallar un pedazo de chicle en su boca, Sakura se quedó con la mirada fija fuera de la ventana. Ciertamente no iba a encontrar su "desmontadora" en este autobús. Ni había tenido una mínima cantidad de suerte en los pueblos anteriores. Tenía que hacer algo pronto, pues de otra manera terminaría de regreso a casa en nada diferente a como había llegado, y francamente ese pensamiento era más aterrador que la idea de seducir a un hombre que apenas conocía.

    El autobús dio bandazos al detenerse en una parada, lanzando a Sakura hacia delante, haciendo que se golpeara la boca contra el bastidor metálico del asiento delantero. Lanzó una mirada airada al conductor del bus, redondo y calvo, preguntándose cómo los ancianos siempre daban la impresión de anticipar cada parada en seco, cuando ella nunca podía. ¿Eran simplemente más cuidadosos por sus huesos quebradizos? ¿Estaban atados con correas en los mejores asientos? ¿Estaban conchabados con el conductor anciano y corpulento? Buscó su polvera dentro de su mochila e, indudablemente, vio que su labio inferior estaba hinchándose. Bien, tal vez eso seducirá a algún hombre, pensó, sacándolo un poco más hacia afuera, mientras obedientemente seguía a Hiruzen y Biwako fuera del autobús hacia la mañana soleada.

    Labios con morrito: ¿no se obsesionaban los hombres con los labios regordetes?

    –No puedo, Hiruzen –dijo ella, mientras el bondadoso hombre remetía su brazo en el de él–. Necesito estar sola un poco de tiempo –agregó con aire de disculpa.

    –¿Está tu labio hinchado otra vez, amor? –Hiruzen frunció el ceño–. ¿No traes puesto tu cinturón de seguridad? ¿Estás segura de que estás bien?

    Sakura ignoró las primeras dos preguntas.

    –Estoy bien. Simplemente estoy con ánimo de caminar y acomodar mis pensamientos –dijo, intentando no advertir que Biwako la evaluaba desde debajo del ala ancha de su sombrero con la intensidad inquietante de una mujer que había sobrevivido a hijas múltiples. Con efectividad, Biwako empujó a Hiruzen hacia los escalones de la parte delantera de la posada.

    –Sigue, Hiruzen –dijo a su nuevo marido–. Nosotras las chicas necesitamos charlar un momento.

    Mientras su marido desaparecía en la pintoresca posada, techada de paja, Biwako guió a Sakura hacia un banco de piedra y la haló hacia abajo, a su lado.

    –Hay un hombre para ti, Sakura Haruno –dijo Biwako.

    Los ojos de Sakura se ensancharon.

    –¿Cómo sabes que eso es lo que estoy buscando?

    Biwako sonrió, sus ojos negros de color carbón arrugando su cara regordeta.

    –Escucha a Biwako, queridita: olvida toda cautela. Si yo tuviera tu edad y me viera como tú, entonces menearía mi bom-bom en todos los lugares donde fuera.

    –¿Bom-bom? –las cejas de Sakura se levantaron.

    –La petunia, amor. El derrière, el trasero –dijo Biwako con un guiño–. Sal y encuentra a tu hombre. No nos dejes echarte a perder el viaje, arrastrándote con nosotros; no necesitas viejos alrededor. Tú necesitas que un joven atlético te eleve sobre tus pies. Y te mantenga fuera de ellos por un largo rato –dijo significativamente.

    –Pero no puedo encontrar un hombre, Biwako –Sakura resopló, frustrada–. He estado yendo en busca de mi "desmontadora" por meses...

    –¿Desmon...? ¡Oh! –los hombros redondos de Biwako, envuelto en lana rosada y perlas, temblaron de risa.

    Sakura se sobresaltó.

    –¡Oh, Dios Santo, qué bochornoso! No puedo creer que dije eso. Es... es que simplemente empecé a llamarlo así en mi mente porque soy la mujer más vieja que existe que todavía es...

    –Virgen –ayudó Biwako servicialmente, con otra risa.

    –Mm-hmm.

    –¿No hay hombres que le gusten a una mujer joven como tú en casa?

    Sakura suspiró.

    –En los pasados seis meses me he citado con montones de hombres... –se interrumpió completamente. Después de que sus prominentes padres hubieran muerto en un accidente de avión en marzo, regresando de un congreso en Hong Kong, ella se había convertido en una auténtica máquina de citas. Su único pariente, su abuelo paterno, tenía la enfermedad de Alzheimer y no la había reconocido desde hacía mucho tiempo. Últimamente, Sakura se sentía como el último Mohicano, andando de aquí para allá, desesperada por tener algún lugar al que llamar casa.

    –¿Y? –aguijoneó Biwako.

    –Y no soy virgen por no haberlo intentado –dijo Sakura gruñonamente–. No puedo encontrar a un hombre que desee, y he empezado a pensar que el problema está en mí. Tal vez espero demasiado. Tal vez espero algo que no existe.

    Había expresado por fin su miedo secreto. Tal vez la pasión extraordinaria simplemente era un sueño. Con todo el besuqueo que había experimentado en los pasados pocos meses, ni una vez había estado transida de deseo. Sus padres ciertamente no habían demostrado una gran pasión entre ellos. Puestos a pensar en eso, no estaba segura de haber visto alguna vez una pasión extraordinaria fuera del cine o un libro.

    –¡Oh, queridita, no pienses eso! –exclamó Biwako–. Tú eres demasiado joven y preciosa para flaquear: no pierdas la esperanza. Nunca sabes cuándo el Señor Correcto puede entrar andando. Simplemente mírame –dijo ella con una risa humilde–. En declive, con sobrepeso, en un mercado cada vez más pequeño de hombres, me había resignado a ser viuda. Había estado sola durante años, luego una mañana soleada mi Hiruzen bailó el vals en el pequeño restaurant en Elm Street donde las chicas y yo desayunamos cada jueves, y me enamoré de él tan fuertemente como cae la señora gorda en el circo. Soñadora como una muchachita otra vez, poniéndome rulos en el pelo y... –se sonrojó– hasta comprando algunas cosas en Victoria's Secret –bajó la voz y parpadeó–. Sabes que estás hanky-panky en tu mente cuando los respetables sostenes y las bragas perfectamente blancas repentinamente no lo son más, y te encuentras comprando los rosados, los lilas, los verde limón y cosas por el estilo.

    Sakura despejó su garganta y cambió de posición con inquietud, preguntándose si su sostén lila se revelaba a través de su top blanco. Pero Biwako estaba abstraída, charlando.

    –Y te diré, Hiruzen ciertamente no era lo que pensé que quería en un hombre. Siempre había pensado que me gustaban los hombres simples, honestos, trabajadores. Nunca pensé que me involucraría con un hombre peligroso como mi Hiruzen –confió. Su sonrisa se hizo tierna, soñadora–. Él estuvo con la CIA por treinta años antes de retirarse. Deberías oír algunas de sus historias. Emocionantes, positivamente emocionantes.

    Sakura se quedó con la boca abierta.

    –¿Hiruzen estaba en la CIA? ¿Hiruzen?

    –No puedes juzgar los contenidos del paquete por la envoltura, queridita –dijo Biwako, palmeando su mejilla–. Y un consejo más: no te des prisa en regalarlo, Sakura. Encuentra a un hombre que sea merecedor. Encuentra un hombre con quien quieras hablar en las horas pequeñitas, un hombre con el que puedas discutir cuando sea necesario, y un hombre que te haga chisporrotear cuando te toca.

    –¿Chisporrotear? –repitió Sakura dudosamente.

    –Confía en mí. Cuando sea el correcto, lo sabrás –dijo Biwako, radiante–. Lo sentirás. No podrás alejarte de él –satisfecha de haber expresado su opinión, Biwako plantó un beso de lápiz de labios rosa en la mejilla de Sakura, luego se levantó, alisando su suéter sobre sus caderas, antes de desaparecer en la posada alegremente pintada. Sakura miró su partida en un silencio pensativo.

    Biwako Sarutobi, de sesenta y nueve años y unas buenas cincuenta libras de sobrepeso, caminaba con confianza. Deslizándose con la gracia de una mujer de la mitad de su tamaño, blandía su trasero amplio, y, serenamente, exhibía su escote.

    De hecho, caminaba como si se sintiera bella.

    Merecedor. ¡Hmph!

    A esas alturas, Sakura Haruno se conformaría con un hombre que no requiriera una dosis de Viagra.

    .

    .

    .​

    Sakura hizo una pausa para descansar en la cima de la pequeña montaña de rocas que escalaba.

    Después de descubrir que no podría tomar su cuarto en la posada hasta después de las cuatro en punto, y firme en su determinación de no irse de compras a la tienda más próxima por un atado de eso-que-ella-no-iba-a-mencionar, había agarrado su mochila y una manzana y había trotado hacia las colinas para una caminata introspectiva.

    Las colinas por encima de Loch Ness estaban salpicadas de afloramientos de piedra, y el grupo de rocas en las cuales estaba parada se extendían por casi media milla, levantándose en colinas temerarias y cayendo en barrancos dentados. Había sido una subida difícil, pero había valorado el ejercicio después de estar enjaulada en el aire viciado del autobús por tanto tiempo.

    Desde allí, no podía negarse que Escocia era preciosa. Había rodeado cautelosamente parcelas de espinos y cardos puntiagudos para admirar las bayas rojo brillante de un árbol de serbal, cerca de unas cuantas castañas de Indias verdes cubiertas de púas que presagiaban el otoño con su caída al suelo. Había estado bastante rato admirando un campo de brezos que ascendía y hacía juego con una ladera de arbustos rosados casi púrpura. Un delicado ciervo y ella se habían asustado mutuamente cuando había atravesado el claro selvático en el cual el animal pastaba.

    La paz se había derramado sobre ella, más profunda mientras más subía por los prados exuberantes y las colinas rocosas. Lejos, bajo ella, Loch Ness se desperezaba en sus veinticuatro millas de largo y una milla de ancho, y, en algunos sitios, unos mil pies de profundidad, o algo así según el folleto que había leído en el autobús, resaltando el hecho de que el lago nunca se congelaba en invierno por su contenido turboso, ligeramente ácido. El lago era un espejo plateado enorme brillando tenuemente bajo el cielo despejado. El sol, casi en su cenit, marcaba la hora del medio día entrante y se sentía delicioso en su piel. El clima había sido extraordinariamente cálido durante los pasados pocos días y tenía intención de aprovecharlo.

    Se recostó en una roca plana y se desperezó, absorbiendo el brillo de sol. Su grupo estaba programado para quedarse en el pueblo hasta las siete treinta de la siguiente mañana, así que disponía de suficiente tiempo para relajarse y disfrutar de la naturaleza antes de reabordar la excursión en el autobús del infierno. Aunque nunca encontraría un prospecto elegible allí en las colinas, al menos no había teléfonos timbrando, con clientes airados en el otro extremo, y sin ancianos metiendo las narices en sus asuntos.

    Sabía que charlaban acerca de ella; los ancianos hablaban de todo. Sospechaba que compensaban todas las veces que habían sujetado sus lenguas cuando eran jóvenes, invocando la impunidad de la edad avanzada. Ella misma se encontraba esperando con ilusión la inmunidad de la ancianidad. Qué alivio sería decir exactamente lo que pensaba, para variar.

    ¿Y qué dirías tú, Sakura?

    Estoy sola –masculló suavemente–. Diría que estoy sola y condenadamente cansada de pretender que todo está bien.

    ¡Cómo deseaba que algo excitante ocurriera!

    Y precisamente pensó en que la única vez que había tratado de hacer que algo ocurriera, había terminado en la excursión en autobús de unos jubilados. Había que hacerle frente: estaba condenada a vivir una vida seca, sin incidentes, y sola. Con los ojos cerrados contra los rayos brillantes, buscó a tientas su mochila para alcanzar sus anteojos de sol, pero juzgó mal la distancia e hizo que el bolso cayera de la roca. Lo oyó ir dando tumbos por varios instantes en medio del rumor de piedras sueltas, luego un silencio prolongado, y finalmente un golpe sólido. Remetiendo su flequillo detrás de una oreja, se incorporó para ver dónde había caído. Quedó consternada al descubrir que se había desplomado fuera de la roca, detenido en una hondonada, y en el fondo de un precipicio estrecho e imponente.

    Se movió hacia el reborde de la abertura, atisbándola cautelosamente. Sus parches estaban en su mochila, y ella ciertamente no podía permanecer sin esa-palabra-en-la-que-no-estaba-pensando sin algo con qué ayudarse. Calibrando la profundidad de la rocosa hendidura en no más de veinticinco o treinta pies, decidió que era capaz de recuperarlo.

    No tenía alternativa; tenía que bajar en pos de eso.

    Bajándose por el borde, buscó palpando puntos de apoyo para sus pies. Las botas de excursionismo que se había puesto esa mañana tenían las suelas rugosas y prensoras que hacían el descenso un poco más fácil; sin embargo, mientras el pedrusco raspaba sus piernas desnudas, se encontró deseando haberse puesto los jeans en lugar de su par favorito de shorts caqui de Abercrombie & Fitch, los pantalones cortos que estaban tan de moda. Su top blanco de encaje era muy cómodo para dar largas caminatas, pero la camisa de mezclilla descolorida que se había atado alrededor de su cintura no dejaba de enredársele en las piernas, así que hizo una pausa un momento para desatarla y dejarla flotar en el aire hacia abajo, encima de su mochila. Una vez que alcanzara el fondo, la doblaría dentro de su bolso antes de trepar de regreso hacia arriba.

    Era lento, extenuante, pero la mitad de su vida estaba en el paquete y esa era discutiblemente la mejor mitad. Los cosméticos, el cepillo del pelo, la pasta dentífrica, hilo dental, las bragas, y muchos otros detalles que necesitaba para su persona en el caso de que su equipaje se perdiera. Oh, admítelo, Sakura, ella pensó, podrías vivir de esa mochila por semanas.

    El sol golpeaba sus hombros mientras descendía, y comenzó a sudar. Debía imaginarse que el sol tenía que brillar directamente en esa grieta en ese momento, pensó irritada. Media hora más temprano o más tarde, y no habría penetrado por allí.

    Cerca del fondo, se resbaló e inadvertidamente pateó la mochila, acuñándola firmemente al pie de la estrecha hendidura. Mirando de reojo arriba, hacia el sol, ella masculló:

    –Vamos, trato de dejar de fumar aquí abajo, me podrías ayudar un poco ahora.

    Deslizándose los últimos pies, colocó un pie en tierra. Allí. Lo había hecho. Había apenas suficiente espacio para dar la vuelta, pero estaba allí.

    Bajando su otro pie, Sakura atrapó la camisa y estiró sus dedos hacia la correa de su mochila.

    En ese momento exacto la tierra cedió bajo sus pies, tan repentina e inesperadamente que apenas tuvo tiempo de jadear antes de hundirse a través del fondo tambaleante de la hendidura. Cayó por unos aterradores pocos segundos, luego aterrizó con tal fuerza que el impacto la dejó sin aire en sus pulmones.

    Mientras luchaba por recobrar el aliento, la roca desintegrada y la suciedad llovieron donde se encontraba. Añadiendo ofensa al daño, la mochila cayó a través del hueco después de ella y la aporreó en el hombro antes de caerse rodando en la oscuridad. Finalmente, se las ingenió para emitir un suspiro derrotado, escupió pelo y suciedad de su boca, y mentalmente evaluó su condición antes de intentar moverse.

    Había caído duro y se sentía magullada de pies a cabeza. Sus manos sangraban de su intento aterrorizado de agarrarse a algo durante su caída a través de la abertura dentada, pero, felizmente, no parecía que se hubiera roto algún hueso.

    Cautelosamente, volvió su cabeza y contempló hacia arriba el hueco a través del cual había caído. Un rayo terco de sol se filtraba hacia abajo, sobre ella.

    No me aterrorizaré. Pero el hueco estaba una distancia imposible por encima de su cabeza. Peor aún, no había encontrado a ningún otro excursionista durante su subida. Podría gritar hasta ponerse ronca, pero nunca podrían encontrarla. Deshaciéndose de un temblor nervioso, miró con atención en la penumbra. La negrura oscura de una pared surgió amenazadoramente algunas yardas más allá, y podía oír el chorrito débil de agua a lo lejos. Obviamente, había desembocado en una caverna subterránea de cierto tipo.

    Pero el folleto no decía nada de ninguna cueva cerca de Loch Ness.

    Todo pensamiento cesó abruptamente a medida que caía en la cuenta de que yacía sobre alguna cosa que no era roca o suelo. Atontada por la caída abrupta, naturalmente había asumido que había aterrizado en el piso duro de una caverna. Pero aunque era duro, ciertamente no era frío. Caliente, más bien. Y dado que hasta hacía pocos momentos ninguna luz del sol penetraba en ese lugar, ¿qué probabilidades había de que algo pudiera estar caliente en esa caverna fría y húmeda?

    Tragando, permaneció completamente quieta, tratando de decidir sobre qué yacía sin realmente mirarlo.

    Lo tocó moviendo un poco más un hueso de la cadera. Cedía ligeramente, y no se sentía como si fuera el suelo. Voy a vomitar, pensó. Se siente como una persona.

    ¿Había caído en una vieja cripta? Pero, entonces, ¿no tendría que haber huesos? Mientras debatía su siguiente movimiento el sol alcanzó su cenit, y un eje brillante de luz bañó el lugar donde había caído.

    Reuniendo todo su coraje, se obligó a sí misma a mirar hacia abajo.

    Y gritó.
     
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    quem

    quem Orientador del Mes Orientador Lectora empedernida del 2022 Agasím Sasha & Ágata

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    Escritora
    Título:
    EL BESO DEL HIGHLANDER [ADAPTACION]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    6
     
    Palabras:
    4543
    EL BESO DEL HIGHLANDER
    Disclaimer: Esta historia no me pertenece es una adaptación para el fandom Naruto, sin fines de lucro o ganar algo no quiero enriquecerme con esta adaptación, me encanta escribir aprender más, y entretener al fandom, perdón por la faltas ortográficas que encuentren <3

    EL BESO DEL HIGHLANDER © Karen M. Moning.

    NARUTO © M. Kishimoto
    ADAPTACIÓN © Quem
    +18 Un poco.

    CAPITULO 2

    Había caído sobre un cuerpo. Uno que, visto que no lo había perturbado, debía estar muerto. O, se preocupó, quizá lo maté cuando caí.

    Cuando logró dejar de gritar, se encontró con que se había empujado hacia arriba y lo montaba a horcajadas, sus palmas apuntaladas en el pecho. No el pecho, ella se percató, sino su pecho. La figura inmóvil bajo ella era innegablemente masculina.

    Pecaminosamente masculina.

    Quitó de un tirón sus manos y sorbió en una respiración conmocionada.

    De cualquier forma que él hubiera logrado llegar allí, si estaba muerto, entonces su fallecimiento había sido muy reciente. Estaba en perfectas condiciones, y las manos de Sakura avanzaron a rastras de regreso a su caliente pecho. Tenía el físico esculpido de un jugador de fútbol profesional, con hombros anchos, bíceps y pectorales musculosos y abdominales como una tabla de lavar. Sus caderas, bajo ella, eran delgadas y poderosas. Símbolos extraños estaban tatuados por su pecho desnudo.

    Sakura hizo respiraciones lentas y profundas para aliviar la estrechez repentina en su pecho. Inclinándose cautelosamente hacia adelante, miró fijamente una cara salvajemente bella. La de él era el tipo de dominante virilidad masculina que las mujeres soñaban en la oscuridad, en las fantasías eróticas, sabiendo que realmente no existía. Las pestañas negras barrían su piel dorada, bajo unas cejas arqueadas y una caída sedosa de pelo negro y largo. Su mandíbula estaba espolvoreada con una sombra de barba azul negruzca; sus labios eran rosados y firmes y sensualmente llenos. Ella los rozó con sus dedos, luego se sintió ligeramente perversa, así que fingió que simplemente lo inspeccionaba para discernir si estaba vivo y lo sacudió, pero él no respondió. Ahuecando su nariz con su mano, se sintió aliviada al percibir un soplo suave de respiración. No está muerto, a Dios gracias. La hizo sentirse mejor acerca de encontrarlo tan atractivo. Apoyando sus palmas en su pecho, se sintió adicionalmente reconfortada por su latido fuerte. Aunque no palpitaba muy frecuentemente, al menos lo hacía. Debía estar profundamente inconsciente, quizás en un coma, decidió. Pero quienquiera que fuera, no podría ayudarla.

    Su mirada se lanzó de regreso arriba por el hueco. Aún si lograra despertarlo y luego ponerse de pie sobre sus hombros, todavía no alcanzaría el reborde del hueco. El brillo de sol fluyó sobre su cara, burlándose de ella con una libertad que estaba tan cerca y no obstante tan imposiblemente lejos, y tembló otra vez.

    –Y bien, ¿qué se supone que debo hacer ahora? –masculló.

    A pesar de que estaba inconsciente y no le era útil, su mirada rápidamente regresó hacia abajo. Él exudaba tal vitalidad que su estado la frustraba. No podía decidir si estaba molesta de que él estuviera inconsciente, o más bien la aliviaba. Con su apariencia, era seguramente un mujeriego, justamente el tipo de hombre de quien ella desviaba por instinto. Al haber crecido rodeada por científicos, no tenía experiencia con hombres de su clase. En las raras ocasiones en que había vislumbrado a un hombre como él paseando por el Gold's Gym, ella había mirado estúpida y furtivamente, agradecida de estar segura en su coche. Tanta testosterona la ponía nerviosa. Posiblemente no podría ser saludable.

    Un extraordinario desmontador.

    El pensamiento la tomó desprevenida. Mortificada, se regañó furiosamente, porque estaba herido y allí estaba ella, sentada sobre él, teniendo pensamientos lascivos. Consideró cuidadosamente la posibilidad de que hubiera desarrollado algún tipo de desequilibrio hormonal, quizá un exceso de pequeños óvulos vivaces.

    Contempló los diseños en el pecho del hombre más de cerca, preguntándose si alguno de ellos disimulaba una herida. Los símbolos extraños, a diferencia de cualquier tatuaje que ella alguna vez hubiera visto, estaban cubiertos con manchas de sangre de las rozaduras en sus palmas.

    Sakura retrocedió unas pocas pulgadas, y un rayo de sol se derramó a través del pecho del hombre. Mientras ella lo estudiaba, una cosa curiosa ocurrió: los diseños brillantemente coloreados se desdibujaron ante sus ojos, poniéndose borrosos, como si se desvanecieran, dejando sólo vetas de su propia sangre para arruinar su pecho musculoso. Pero eso no era posible...

    Sakura parpadeó a medida que, innegablemente, varios símbolos desaparecían en su totalidad. En cuestión de instantes todos se fueron, desvaneciéndose como si nunca hubieran existido.

    Perpleja, ella miró hacia arriba, hacia la cara del hombre y aspiró asombrada.

    Sus ojos estaban abiertos y él la observaba. Tenía ojos asombrosos, que brillaban intensamente como pedazos de vidrio roto de color carbón, ojos somnolientos que tenían un toque de diversión e inconfundible interés masculino. Él estiró su cuerpo bajo el de ella con la gracia descarriada de un gato prolongando el placer del despertar, y ella sospechó que aunque estaba despertando físicamente, su agudeza mental no estaba completamente a pleno. Sus pupilas eran grandes y oscuras, como si recientemente le hubieran dilatado los ojos para un examen o hubiera tomado alguna droga.

    ¡Oh, Dios Santo, está consciente y monto a horcajadas sobre él! Podía imaginarse lo que él pensaba y apenas lo podría culpar por eso. Estaba tan íntimamente acomodada como una mujer a horcajadas sobre su amante, las rodillas a cada lado de sus caderas, sus palmas aplanadas contra su estómago durísimo.

    Ella se tensó y trató de gatear fuera de él, pero las manos varoniles se cerraron alrededor de sus muslos y la inmovilizaron allí. Él no habló, solamente la sujetó y la contempló, evaluándola, sus ojos descendiendo y permaneciendo mucho tiempo apreciando sus pechos. Cuando él deslizó sus manos hacia arriba por sus muslos desnudos, ella seriamente lamentó haberse puesto sus pequeños pantalones cortos esa mañana. Un trozo de encaje lila era todo lo que había bajo ellos, y los dedos de él jugueteaban con el dobladillo de sus pantalones cortos, peligrosamente cerca de deslizarse adentro.

    Su mirada de párpados entrecerrados reflejaba una languidez que no tenía nada que ver precisamente con la languidez del sueño, y no había duda lo que tenía en mente. Pero ésta no es una desmontadora segura, pensó Sakura, preocupándose al momento. Este hombre se parece a una experiencia desalentadora de hacha, y no de desmontadora.

    –Mira, estaba precisamente a punto de quitarme de ti –balbuceó–. No tenía intención de sentarme... en ti. Caí a través del hueco y te aterricé encima. Daba una larga caminata y accidentalmente mi mochila cayó en una grieta, y cuando fui a rescatarla la tierra cedió debajo de mí y aquí estoy. Y ya que estamos, ¿por qué no te despertó mi caída? –y lo que era más importante, pensó, ¿cuánto tiempo había estado despierto? ¿Lo suficiente como para saber que ella había logrado obtener unas cuantas apreciaciones pervertidas?

    La confusión titiló en sus ojos hipnóticos, pero él no dijo nada.

    –Usualmente también estoy atontada apenas me despierto –dijo ella intentando hablar con un tono reconfortante.

    Él cambió de posición sus caderas, sutilmente recordándole que ella no estaba tan despierta como él. Algo había ocurrido bajo ella y, tanto como en el resto de él, se apreciaba en su rostro varonil.

    Cuando él le sonrió, revelando incluso sus dientes blancos y una hendidura partida en su barbilla, la parte de su cerebro que hacía las decisiones inteligentes se derritió como chocolate en un día caliente de verano. Su corazón corrió a toda velocidad, sus palmas se sintieron húmedas y pegajosas, y sus labios repentinamente secos. Por un momento, estuvo demasiado aturdida para sentir cualquier cosa excepto alivio. Entonces ésta era la atracción sexual instintiva. ¡Existía! ¡Igual que en el cine!

    Su alivio se extinguió por la ansiedad cuando él la arrastró hacia adelante contra su pecho, ahuecó su trasero con ambas manos, y acomodó su pelvis contra la de él. Él enterró su cara en su cabello y se empujó hacia arriba, rozándose contra ella como un animal esplendente y poderoso. Un siseo de respiración escapó de la joven, una reacción involuntaria por una oleada de deseo demasiado intensa para ser sensata. Se ahogaba en sensaciones: el apretujón posesivo de sus brazos, la fragancia inundada en testosterona del hombre, la raspadura sensual de la sombra de su barba contra su mejilla cuando él atrapó el lóbulo de su oreja con sus dientes, y oh... ese ritmo salvajemente erótico de sus caderas...

    Él apretó su trasero, amasando y acariciando, luego una mano se deslizó hacia arriba, demorándose deliciosamente sobre el hueco donde su columna vertebral se encontraba con sus caderas, avanzando lentamente siempre hacia arriba hasta que ahuecó su nuca en la palma de la mano y guio sus labios más cerca de él.

    –Buenos días, inglesa –dijo él, a una respiración de sus labios. Las palabras fueron entregadas en un acento grueso que sonó áspero como por demasiado whisky o demasiado humo de turba.

    –Déjame ir –ella se las ingenió para decir, apartando la cara.

    Él había calzado su erección cómodamente entre sus muslos, y una mano firme, extendida a través de su trasero, la mantenía aprisionada precisamente donde él la quería. Se sentía durísimo y ardiente a través la tela ligera de sus pantalones cortos. Expertamente, empujó contra el lugar más perfecto que la naturaleza había otorgado a una mujer, y Sakura tosió para camuflar un gemido. Si él le convidara con unos cuantos más de esos golpes atrevidos, ella podría haber tenido su primer orgasmo real sin siquiera sacrificar su cereza.

    –Bésame –él murmuró en su oreja. Sus labios abrasaron lentamente su cuello; su lengua saboreó su piel con sensualidad perezosa.

    –No te besaré. Puedo entender cómo podrías tener la impresión equivocada, despertando para encontrarme tumbada encima de ti, pero te dije que no tenía la intención de aterrizar sobre ti. Fue un accidente –aww, bésalo, Sakura, clamaron cientos de óvulos desvergonzados. Cállense, ella reprendió. Aún no lo conocemos, y hasta hace unos momentos pensaba que estaba muerto. Esa no es forma de iniciar una relación. ¿Quién pide una relación? ¡Bésalobésalobésalo! insistieron sus bebés en espera.

    –Muchacha preciosa, bésame –él plantó un beso hambriento, con la boca abierta, en el área sensitiva entre su clavícula y la base de su garganta. Sus dientes se cerraron delicadamente en su piel, su lengua se demoró, enviando escalofríos por su columna vertebral–. En mi boca.

    Ella se estremeció mientras la caricia aterciopelada convertía en perlas sus pezones contra su pecho.

    –Uh-uh –dijo ella, no confiando en sí misma para decir demasiado.

    –¿No? –él sonó asombrado. E imperturbable. Mordió la parte inferior de su barbilla mientras extendía su mano íntimamente y con habilidad sobre sus nalgas.

    –No. Nada de eso. No. ¿Entiendes? Y saca tu mano de mi trasero –agregó ella con un chirrido, cuándo él apretó otra vez–. Oooh. ¡Detente!

    Perezosamente, él deslizó su mano hacia arriba de sus caderas hacia su cabeza, aprovechando la oportunidad para acariciar a fondo cada pulgada entremedias. Enterrando ambas manos en su pelo, él la agarró del cuero cabelludo y retiró su cabeza amablemente hacia atrás para poder escudriñar sus ojos.

    –Lo digo en serio.

    Él arqueó que una ceja dudosa pero, para su sorpresa, resultó ser un caballero y lentamente renunció a su sujeción. Ella gateó fuera de él. Inconsciente de que había estado descansando sobre una losa de piedra varios pies por encima del piso de la caverna, ella cayó sobre sus rodillas en el suelo. Él se incorporó en la losa cautelosamente, como si cada músculo de su cuerpo estuviera agarrotado. Pasó rápidamente su mirada en torno a la caverna, negó con la cabeza con el vigor de un perro empapado quitándose de encima la lluvia, luego dio al interior de la caverna una segunda mirada minuciosa. Lanzó su largo pelo oscuro sobre su hombro y entrecerró los ojos. Sakura presenció el momento preciso en que la confusión del letargo abandonó su mente. El brillo tentador en su mirada se desvaneció, y dobló sus brazos musculosos a través de su pecho. La recorrió con la mirada con una expresión al mismo tiempo alarmada y enojada.

    –No recuerdo haber venido aquí –dijo acusadoramente–. ¿Qué has hecho? ¿Me trajiste aquí? ¿Es esto brujería, muchacha?

    ¿Brujería?

    –No –dijo ella precipitadamente–. Ya te lo dije, me desplomé por ese agujero –agitó con fuerza su pulgar hacia arriba, señalando el eje de luz del sol–... y tú ya estabas aquí. Aterricé en ti. No tengo idea de qué modo llegaste.

    Su mirada fría vagó por sobre la abertura dentada, la suciedad y piedras sueltas desperdigadas alrededor de la losa, la sangre en sus manos, su estado desarreglado. Después de vacilar un momento, él pareció evaluarla como una historia plausible.

    –Si no viniste buscando mis atenciones personales, ¿por qué estás tan desvergonzadamente vestida? –dijo él rotundamente.

    –¿Quizá porque hace calor afuera? –ella devolvió el disparo, tirando defensivamente del dobladillo de sus caquis. Sus pantalones cortos no eran tan pequeños–. No es que tú mismo lleves mucho más.

    –Esto es natural para un hombre. No es natural para una para mujer cortar su chemisse en la cintura y quitarse el vestido. Cualquier hombre haría la suposición que hice. Estás vestida depravadamente, y estabas montada de manera íntima sobre mis caderas. Cuando un hombre se despierta, algunas veces le toma varios minutos empezar a pensar claramente.

    –Y yo aquí pensando que le tomaba varios años, quizá una vida entera a juzgar por el intelecto del americano promedio –dijo ella sarcásticamente. ¿Chemisse? ¿Cortada a la cintura?

    Él bufó, negando con la cabeza otra vez, tan vigorosamente que le daba a ella dolor de cabeza.

    –¿Dónde estoy? –demandó él.

    –En una caverna –masculló la muchacha, sintiéndose menos que caritativa hacia él. Primero, él había tratado de tener relaciones sexuales con ella, luego había insultado su ropa, y ahora se comportaba como si ella hubiera hecho algo incorrecto–. Y me deberías pedir perdón.

    Sus cejas se arquearon con sorpresa.

    –¿Por despertarme para encontrar a una mujer medio vestida yaciendo sobre mí y por pensar que ella deseaba que le diera placer? Creo que no. Y no soy tonto –regañó–. Sé, querida, que estoy en una caverna. ¿En qué parte de Escocia se asienta esta caverna?

    –Cerca de Loch Ness. Cerca de Inverness –dijo ella. Retrocedió lejos de él unos pocos pasos.

    Él resopló, aliviado.

    –Por Amergin, esto no es demasiado fankle. Estoy solamente a unos pocos días y no muchas leguas de casa.

    (Fankle: gaélico; forma familiar de llamar a los problemas)

    ¿Amergin? ¿Fankle? ¿Quién había enseñado inglés a ese hombre? Su acento era tan cerrado que tenía que escuchar atentamente para descifrar lo que decía, y aún así no todo tenía sentido. ¿Podía haber crecido ese hombre glorioso en algún pueblo oscuro de las Highlands donde el tiempo se hubiera detenido, los coches estuvieran veinte años pasados de moda, y las antiguas costumbres y la forma de hablar fueran todavía respetadas?

    Cuando guardó silencio por varios minutos, ella se preguntó si quizá él realmente estaba herido de algún modo y había estado descansando en la caverna. Tal vez se había golpeado la cabeza; no había explorado esa parte de él. Diablos, la única parte que no lo hiciste, pensó. Sakura frunció el entrecejo, sintiéndose vulnerable en la caverna con ese hombre moreno y sexy que ocupaba demasiado espacio y usaba más que su parte justa de oxígeno. La confusión de él sólo acrecentaba la ansiedad de la joven.

    –¿Por qué no me indicas el camino hacia fuera, y podemos hablar en el exterior? –lo animó. Quizá él sería menos atractivo a plena luz del día. Quizá era solamente la atmósfera oscura y restringida de la caverna lo que lo hacía parecer tan grande y perturbadoramente masculino.

    –¿Juras que no tuviste nada que ver con cómo llegué aquí?

    Ella levantó sus manos en un gesto que decía, ¿Por qué no me echas un buen vistazo y simplemente ves lo pequeña que soy, y luego mírate?

    –Es cierto –él estuvo de acuerdo con su reprensión muda–. No puedes hacer demasiado.

    Ella rehusó dignificar su comentario con una respuesta. Cuando él se levantó de la losa, Sakura se dio cuenta de que, a pesar de su impresión inicial, él no traía puestos unos pantalones cortos a cuadros pasados de moda, como una parte de sus ancianos compañeros de tour lucían, sino que estaba vestido con un pedazo de tela estampada prendida en torno a su cintura. Lo llevaba por encima de las rodillas, y sus pies y sus pantorrillas estaban encajonados en botas suaves. Ella inclinó su cabeza hacia atrás para contemplarlo y, desconcertada por cómo se elevaba por encima de ella, barbulló:

    –¿Qué tan alto eres tú? –pudo haberse dado de puntapiés cuando pareció sonar intimidada. Estando de pie al lado de él, pocas personas podrían hacer demasiado. Aunque ella nunca se involucraría con un hombre como él, era imposible no sentirse afectada por su altura increíble y su cuerpo poderosamente desarrollado.

    Él se encogió de hombros.

    –Más alto que la chimenea.

    –¿La... chimenea?

    Él terminó su examen atento de la caverna y la recorrió con la mirada.

    –¿Cómo puedo reflexionar contigo hablando hasta por los codos? La chimenea en el Gran Hall, lo único por lo que Izuna y yo competimos: para crecer más altos que... –una expresión de tristeza profunda cruzó su cara con la mención de Izuna. Permaneció silencioso un momento, luego meneó su cabeza–. Él nunca lo hizo. Apenas por una pequeña cantidad –indicó el espacio de una pulgada entre su dedo y su pulgar–. Soy más alto que mi padre, y más alto que dos de las piedras en Ban Drochaid.

    –Quise decir en pies –ella aclaró. Hablar mundanamente le daba una medida de calma.

    Él contempló sus botas un momento y pareció estar haciendo algunos cálculos rápidos.

    –Olvídalo. Caigo en la cuenta –seis pies y medio, quizá más alto. Y para una mujer de cinco pies veintitrés pulgadas en su mejor día, intimidante. Ella se inclinó y agarró su mochila, deslizando una correa sobre su hombro–. Vamos.

    –Espera. No estoy aún preparado para la marcha, chica –él se movió hacia un amontonamiento cerca de la pared, que Sakura había pensado era una confusión de rocas. Observó nerviosamente cómo él recuperaba sus pertenencias. Él hizo algo que la joven realmente no siguió con la manta que traía puesta, para que una parte terminara por sobre un hombro. Después de sujetar una bolsita en torno a su cintura, acomodó bandas anchas de cuero sobre cada hombro a fin de que atravesaran en una X su pecho. Los aseguró en su cintura con otra banda ancha que las ciñeron cómodamente en el lugar, luego se envolvió una cuarta banda que rodeó sus pectorales.

    ¿Estaba vistiéndose con algún disfraz viejo?, se preguntó Sakura. Ella había visto algo similar a su atuendo en un castillo que su grupo había recorrido el día anterior, en uno de los bocetos medievales de una armería. Su guía había explicado que las bandas formaban un tipo de armadura, protegiendo lugares críticos, como el corazón y el abdomen, con los discos de metal adornados meticulosamente.

    Mientras ella lo observaba, él sujetó bandas similares de cuero que se estiraban desde la muñeca hasta el codo, alrededor de sus potentes antebrazos. Se quedó con la mirada fija en silencio cuando él empezó a entremeter docenas de cuchillos y fundas de cuchillos, que se veían alarmantemente auténticos. Dos entraron en cada muñequera, con la empuñadura hacia su palma, diez en cada banda cruzada. Cuando él se inclinó sobre montón cada vez más pequeño de armas y levantó una maciza hacha de cuchilla doble, ella se sobresaltó. Un desalentador desmontador de cereza, ciertamente. Definitivamente no un hombre con el que una mujer pudiera arriesgarse. Él levantó un brazo y lo bajó detrás de su hombro derecho, deslizando el mango del hacha en las bandas que atravesaban su espalda Por último, enfundó una espada en su cintura.

    Cuando él hubo terminado, ella estaba consternada.

    –¿Son... son reales?

    Él le dirigió una mirada fría.

    –Sí. No podrías matar a un hombre de otra manera.

    –¿Matar a un hombre? –ella repitió débilmente.

    Él se encogió de hombros y contempló el hueco por encima de ellos y no dijo nada por mucho tiempo. Cuando Sakura comenzaba a pensar que la había olvidado completamente, él dijo:

    –Te podría lanzar a esa altura.

    Oh, sí, él probablemente podría. Con un brazo.

    –No, gracias –dijo ella fríamente. Pequeña podría ser, pero una pelota de básquet no.

    Él sonrió abiertamente ante su tono.

    –Pero me temo que eso podría hacer que más rocas se derrumbaran sobre nosotros. Ven, encontraremos una salida.

    Ella tragó.

    –¿Tú realmente no recuerdas por dónde entraste?

    –No, muchacha, me temo que no lo hago –él la midió por un momento–. Ni recuerdo por qué –agregó a regañadientes.

    Su respuesta la preocupó. ¿Cómo podría él no saber cómo o por qué había entrado en la caverna, cuando obviamente había entrado, se había quitado las armas, y las había amontonado pulcramente antes de acostarse? ¿Tendría amnesia?

    –Ven. Debemos darnos prisa. No me importaría salir de este lugar. Debes volver a ponerte tus ropas encima.

    Los pelillos de su nuca se erizaron, y ella apenas resistió el deseo de sisear como un gato.

    –Mis ropas ya están puestas.

    Él levantó una ceja, luego se encogió de hombros.

    –Como quieras. Si estás a gusto paseándote de esa manera, lejos está de mí el quejarme.

    Cruzando la cámara, él tomó su muñeca y empezó a llevarla a rastras.

    Sakura le permitió jalarla detrás a él por una corta distancia, pero una vez que habían dejado la caverna, toda la luz desapareció. Él los conducía al tacto, palpando un camino a lo largo de la pared del túnel, su otra mano cerrada en torno a su muñeca, y ella comenzó a temer que pudieran hundirse en otra grieta, escondida por la oscuridad.

    –¿Conoces estas cuevas? –preguntó Sakura. La negrura era tan absoluta que la estaba oprimiendo, sofocándola. Necesitaba luz y la necesitaba ahora.

    –No, y si me dices la verdad y caíste a través del hueco, entonces tú tampoco –recordó él–. ¿Tienes una idea mejor?

    –Sí –ella tiró fuertemente de su mano–. Si tú simplemente te detuvieras un momento, entonces podría ayudar.

    –¿Tienes fuego para iluminar nuestro camino, inglesita? Porque eso es lo que necesitamos.

    Su voz era divertida, y la irritó. Él la había evaluado, estimándola indefensa, y eso la disgustó mucho. ¿Y por qué continuaba él llamándola inglesa? ¿Era la versión escocesa de americana, y quizá llamaban a las personas de Inglaterra británicos? Ella sabía que tenía un dejo de acento inglés porque su madre había sido criada y educada en Inglaterra, pero no era tan pronunciado.

    –Sí, lo tengo –ella se burló.

    Él se detuvo tan repentinamente que ella chocó contra su espalda, golpeándose la mejilla con la empuñadura de su hacha. Aunque no podía verlo, lo sintió volverse, olió el perfume masculino y picante de su piel, y luego sus enormes manos estuvieron sobre sus hombros.

    –¿Dónde tienes el fuego? ¿Aquí? –él pasó sus dedos a través de su pelo largo–. No, quizá aquí –su mano frotó sus labios a oscuras, y si ella no los hubiera mantenido cerrados, él habría deslizado ligeramente su dedo entre ellos. El hombre era realmente salvaje, empeñado en su seducción con una franqueza que la hacía temer por su determinación–. Ah, he aquí –él ronroneó, deslizando su mano sobre su trasero, luego jalándola bruscamente contra él. Estaba todavía erecto. Increíble, pensó ella, fascinada a su pesar. Él rió, un sonido ronco, confiado–. No dudo que tengas fuego, pero esta clase no nos podría ayudar a escapar de la caverna, aunque indudablemente la haría enormemente más placentera.

    Oh, definitivamente se estaba burlando ahora. Ella se contorsionó fuera de sus manos.

    –Eres tan arrogante. ¿Todos esos esteroides han desgastado poco a poco tus células cerebrales?

    Él guardó silencio un momento, y su falta de respuesta la enervó. La joven no podía verlo y se preguntaba qué pensaría él. ¿Estaba disponiéndose a saltar sobre ella otra vez? Por fin, el hombre dijo lentamente:

    –No entiendo tu pregunta, muchacha.

    –Olvídalo. Simplemente deja de empujarme contra ti, así puedo sacar algo de mi mochila –dijo ella rígidamente. Deslizó una correa fuera de su hombro y la empujó hacia él–. Sostén esto un minuto –mientras que había estado dispuesta a descartar sus cigarrillos, la exclusión de un encendedor perfectamente utilizable le había parecido antieconómico. Además, ella había abandonado antes, y luego, cuando había comenzado de nuevo, había tenido que comprar un encendedor flamante. Hurgando en uno de los bolsillos externos, suspiró aliviada cuando sus dedos se cerraron sobre el plateado Bic. Cuando presionó el botón pequeño, el hombre rugió y brincó hacia atrás. Sus ojos entrecerrados, brillantes, con ese toque de sensualidad, se ampliaron con asombro.

    –Tienes fuego...

    –Tengo un encendedor –lo interrumpió defensivamente–. Pero no fumo –se apresuró a agregar, sin el humor suficiente para soportar el desdén de un hombre que era claramente un atleta de algún tipo. Había empezado a fumar dos años atrás, durante el Gran Ataque de Rebelión, justo después de que ella y sus padres habían dejado de hablarse permanentemente, y luego había terminado siendo adicta. Ahora, por tercera vez, lo había dejado, y por Dios que iba a salir triunfante esta vez. Los dedos masculinos se cerraron sobre el encendedor, y asumió la posesión de él. Mientras estaba de pie en la oscuridad, él le quitaba el encendedor y la llama titilaba hasta apagarse, Sakura tuvo la sospecha de que él haría lo mismo con cualquier cosa que quisiera. Las circunstancias otorgan la posesión. Envuelve tu mano firme alrededor de algo que quieras y reclámalo.

    Se sorprendió de que él buscara palpando varios momentos antes de que lograse presionar el botón pequeño que encendía la llama. ¿Cómo podía no saber cómo usar un encendedor? Aún un fanático de la salud habría visto a alguien encender un cigarro puro o una pipa, aunque fuera solamente en la TV o en una película. Sufrió otro ataque de escalofríos. Cuando él reanudó el paso, ella lo siguió porque la única alternativa era quedarse a oscuras, y esa no era alternativa en absoluto.

    –¿Inglesa? –dijo él suavemente.

    –¿Por qué me llamas de esa manera?

    –No me has dicho tu nombre.

    –Yo no te llamo escocés, ¿verdad? –dijo ella irritada. Irritada por su fuerza, su arrogancia, su evidente sensualidad.

    Él se rió, pero no sonó como si su corazón estuviese de ello.

    –Inglesa, ¿qué mes es?

    Oh, chico, aquí vamos, ella pensó. Caí en uno de los huecos del conejo de Alicia en el País de las Maravillas.
     
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    EL BESO DEL HIGHLANDER [ADAPTACION]
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
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    EL BESO DEL HIGHLANDER
    Disclaimer: Esta historia no me pertenece es una adaptación para el fandom Naruto, sin fines de lucro o ganar algo no quiero enriquecerme con esta adaptación, me encanta escribir aprender más, y entretener al fandom, perdón por la faltas ortográficas que encuentren <3

    EL BESO DEL HIGHLANDER © Karen M. Moning.​


    NARUTO © M. Kishimoto
    ADAPTACIÓN © Quem​
    CAPITULO 3

    Sasuke Uchiha estaba preocupado. Aunque no había nada que pudiera señalar –aparte del fuego notable que ella poseía, su atavío desvergonzado y su manera inusual de hablar–, no podía sacudirse el sentimiento de que un hecho aún más significativo lo eludía. Inicialmente, había pensado que tal vez ya no estaba en Escocia, pero entonces ella le había informado que estaba a una caminata de tres días escasos de su casa.

    Quizá había perdido varios días, incluso una semana. Negó con la cabeza, tratando de aclararse. Se sentía igual a aquella vez antes, cuando de niño había tenido una fiebre alta y se había despertado alrededor de una semana más tarde: confundido, estúpido, sus instintos, normalmente veloces como el rayo, aletargados. Sus reacciones estaban adicionalmente embotadas porque la lujuria tronaba en sus venas. Un hombre no podía pensar claramente cuando estaba excitado. Toda su sangre estaba siendo absorbida hacia una parte de su cuerpo, y aunque era una de sus mejores partes, la calma y la lógica ciertamente no la caracterizaban.

    Lo último que recordaba, antes de despertar con la muchacha inglesa tumbada tan lascivamente encima de él, era que había estado corriendo hacia el lago pequeño en el valle detrás de su castillo y sintiéndose inusualmente cansado. Desde allí, sus recuerdos eran borrosos. ¿Cómo había acabado en una caverna, a un viaje de tres días de distancia de su casa? ¿Por qué no podía recordar cómo había llegado? No le parecía haber sufrido daño alguno; ciertamente, se sentía saludable y sano.

    Luchó por recordar por qué había corrido hacia el lago. Hizo una pausa, mientras una marea de recuerdos fragmentados caía en olas sobre él.

    Un sentido de urgencia... incienso... un coro de voces distantes... y los trozos de conversación: Él nunca debe ser encontrado, y una respuesta curiosa, lo esconderemos adecuadamente.

    ¿Su inglesita había estado allí? No. Las voces habían tenido un acento curioso, pero no como el de ella. Rápidamente descartó la posibilidad de que ella tuviera algo que ver con su aprieto. No parecía una muchacha brillante, ni particularmente fuerte. Aún así, una mujer de su belleza no necesitaba serlo; la naturaleza le había dado todos los dones que necesitaba para sobrevivir. Un hombre usaría todas sus habilidades como guerrero para proteger a tal lujuriosa beldad, aunque fuera sorda y muda.

    –¿Estás bien? –la inglesita lo golpeó suavemente en el hombro–. ¿Por qué te detuviste?, y por favor no dejes que la luz se apague. Me pone nerviosa.

    Ella era caprichosa como un potro. Sasuke presionó el botón diminuto otra vez y se sobresaltó sólo suavemente en esa ocasión cuando la llama surgió.

    –¿El mes? –él preguntó toscamente.

    –Septiembre.

    Su respuesta lo golpeó como un puño en su estómago: la última tarde que él recordaba había sido el decimoctavo día de agosto.

    –¿Qué tan cerca de Mabon?

    Ella lo evaluó extrañamente, y su voz estaba tensa cuando dijo:

    –¿Mabon?

    –El equinoccio de otoño.

    Ella se aclaró la voz con inquietud.

    –Hoy es diecinueve de septiembre. El equinoccio es el veintiuno.

    ¡Cristo, él había perdido casi un mes! ¿Cómo podía ser? Consideró cuidadosamente las posibilidades, ordenando y descartando hasta encontró una que lo horrorizó, porque en apariencia era la única explicación que se adaptaba a las circunstancias: una vez que él había sido atraído con engaños hacia el claro, había sido secuestrado. Pero asumiendo que había sido secuestrado, ¿cómo había perdido un mes entero? El cansancio excesivo anormal que había experimentado mientras corría hacia el valle, repentinamente tuvo sentido.

    ¡Alguien lo había drogado en su castillo! De esa manera, sus secuestradores habían logrado llevarlo, y aparentemente lo habían estado manteniendo drogado.

    Y alguien podría igualmente regresar entonces a la caverna para obligarlo a dormir otra vez. No encontrarían tan fácil apresarme una segunda vez, juró silenciosamente.

    –¿Estás bien? –ella preguntó con vacilación.

    Él negó con la cabeza, sus pensamientos sombríos.

    –Ven –indicó antes de llevársela a rastras tras de sí.

    Ella era tan pequeña que habría sido más fácil lanzarla sobre su hombro y correr con ella, pero tenía la sospecha de que la muchacha se resistiría ruidosamente a tal tratamiento y no necesitaba perder el tiempo discutiendo. La joven era de finos huesos y menudita, pero peliaguda como un jabalí hambriento. Era también exuberantemente curvilínea y estaba escandalosamente vestida y agitaba un caldero de deseos lujuriosos en él.

    La miró por encima de su hombro. Quienquiera que fuera, de dondequiera que fuera, estaba sola cerca de un hombre, lo que quería decir que iría a casa con él. La muchacha hacía a su corazón martillar y su sangre rugir. Cuando había despertado para encontrarla encima de él, había respondido ferozmente. Desde el momento en que la había tocado, había sido renuente a dejar de empujar, de deslizar sus manos arriba de sus piernas sedosas, cautivado por la imagen de que tal vez ella no tuviera vello en todo el cuerpo. Se enteraría tan pronto como su aprieto se lo permitiera.

    En las feroces Highlands de Escocia, la posesión era nueve décimas partes de la ley, y Sasuke Uchiha era la décima parte restante: Sasuke era brehon, o legislador. Él podía recitar el linaje de su clan hacia atrás por milenios, directamente hasta los antiguos druidas irlandeses del Tuatha de Danaan, un hecho digno de un bardo Druida. Nadie cuestionaba su autoridad. Él había nacido para dominar.

    –¿De dónde eres, inglesa?

    –Mi nombre es Sakura Haruno –dijo ella rígidamente.

    Él repitió su nombre.

    –Ese es un buen nombre; Sakura es irlandés. Soy Sasuke Uchiha, laird de los Uchiha. Mi gente tuvo su hogar en Irlanda por muchos siglos, antes de tomar estas Highlands como nuestra casa. ¿Conoces mi clan?

    ¿Por qué había sido secuestrado? Y una vez tomado, ¿por qué no lo habían asesinado? ¿Qué habría hecho su padre ante su desaparición? Luego un peor pensamiento se le ocurrió: ¿estaba su padre todavía vivo y sano y salvo? El temor por la seguridad de su padre lo capturó, y repitió su pregunta impacientemente.

    –¿Tienes noticias de mi clan?

    –Nunca he oído de tu cl... familia.

    –Debes vivir cerca de la frontera. ¿Cómo viniste aquí?

    –Estoy de vacaciones.

    –¿De qué?

    –Vacaciones. Estoy de visita –aclaró.

    –¿Tienes clan en Escocia?

    –No.

    –Entonces, ¿a quién haces una visita? ¿Quién te acompaña? –las mujeres no viajaban sin escolta o clan, y seguramente no se vestían como ella. Aunque había anudado una tela azul alrededor de su cintura antes de que hubieran dejado la caverna principal, no podía ocultar sus prendas de ropa interior escandalosas. La mujer no tenía vergüenza en absoluto.

    –Nadie me acompaña. Soy una chica grande. Viajo perfectamente bien yo sola.

    Había una nota desafiante en su voz.

    –¿Tienes algún miembro vivo en tu clan, muchacha? –preguntó él más amablemente. Quizás su familia había sido masacrada y ella exhibía su cuerpo a su pesar, con la esperanza de encontrar un protector.

    Se comportaba con la bravuconería inflexible de un cachorro de lobo huérfano, condicionado por el salvajismo y la inanición a lanzar una dentellada a cualquier mano, sin importar que pudiera contener comida.

    Ella lo miró furiosamente.

    –Mis padres están muertos.

    –Och, muchacha, lo siento.

    –¿Tú no deberías estar ocupado tratando de encontrar una salida? –la joven cambió de tema velozmente.

    Él encontró ese despliegue de dureza, afectado como estaba por una mujer tan obviamente pequeñita e indefensa, realmente conmovedora. Era obvio que la pérdida de su clan era todavía algo de lo que le resultaba difícil hablar, y estaba lejos de su intención apresurar una discusión sobre eso. Él conocía demasiado bien el dolor de perder a alguien amado.

    –Och, pero si está precisamente adelante. ¿Ves la luz del día filtrándose a través de las piedras? Podemos abrirnos paso allí.

    Él dejó que la llama se apagara, y fueron tragados por la oscuridad, quebrada por unos cuantos chorritos delgados de luz a una docena de yardas de distancia.

    Cuando se acercaron más, Sakura divisó con incredulidad los escombros bloqueando el túnel.

    –Ni siquiera tú puedes mover esas piedras colosales.

    Sasuke la miró. Ella sabía tan poco acerca de él. La única pregunta era si él usaría su cuerpo o sus otras... artes. Ansioso por abandonar la caverna, supo que usar sus habilidades druidas sería la forma más rápida de salir.

    También sería la forma más rápida de asegurar que él nunca la metería en su cama. Un despliegue de tal poder sobrenatural había alejado de su vida a tres prometidas. La cuarta había sido asesinada dos semanas atrás... no, enmendó, un mes y medio atrás si estaba verdaderamente en Mabon... con su hermano Izuna, quien la había escoltado hacia el Castillo Uchiha para la boda. Él cerró sus ojos contra una naciente ola de pena. Todavía se sentía como si fueran dos semanas para él.

    Nunca había conocido a su futura esposa. Aunque se apenó por su muerte, por la pérdida de una esposa potencial, lo apenó más el final abrupto de una vida tan joven, no la mujer en sí misma.

    Izuna, por otra parte... Ah, esa era una pena amarga y ardiente dentro de su pecho. Él cerró los ojos firmemente, acorralando el dolor para encargarse de él después.

    Desde que su hermano había muerto, era aún más crucial que él engendrara un heredero. Y pronto. Él era el último Uchiha sobrante para engendrar hijos.

    Recorrió especulativamente con la mirada a Sakura.

    No. No usaría magia druida para mover las piedras en su presencia.

    Estudió el bloqueo de piedras por unos pocos instantes antes de emprender un asalto físico simple. Pero no metió simplemente sus brazos en el trabajo: metió su cuerpo entero en él, consciente que ella se había dejado caer de rodillas en el piso del túnel y observaba cada movimiento. Él podría haberse doblado un poco más de lo que era necesario, pero era para demostrar qué premio ella podría disfrutar en su cama. La anticipación era una parte importante de los juegos de alcoba y aumentaba la satisfacción final de la mujer inconmensurablemente. Nunca podría decirse que él no era un amante experto y atento. La seducción comenzaba mucho antes de que él quitara la ropa a una mujer. A las mujeres podría no gustarles el pensamiento de casarse con él, pero competían por el placer de compartir su cama.

    Excavar era una pérdida de tiempo. Observando cuán apretadamente las piedras estaban apiñadas, las hendiduras entre ellas selladas con el polvo de los años, él especuló que esa rama del túnel había colapsado hacía mucho tiempo y pasado al olvido. Cavó y sacudió las rocas más pequeñas antes de fijar su atención en las mayores, usando su hacha como palanca para empujarlas y hacerlas rodar. En poco tiempo, había despejado un pasaje pequeño. El follaje grueso camuflaba la abertura, y podía ver que el túnel había sido abandonado. Lo que una vez había sido una entrada yacía aislado entre grandes rocas redondas y al amparo de las zarzas. ¿A quién se le ocurriría buscar una caverna en tal lugar? Era evidente que él no había sido introducido por ese túnel. Tanto follaje no podía haber crecido en un mes.

    Él la miró por encima de su hombro. Ella levantó una mirada culpable de sus piernas, y él sonrió abiertamente.

    –No tienes nada que temer –la reconfortó–. Liberarnos es fácil. Pero la caminata será fatigosa.

    –¿Qué caminata?

    Él no se molestó en contestarle, sino que regresó a su trabajo. Mientras más pronto salieran, más pronto podría dedicar su atención a seducirla. Por supuesto, tenía que ocurrir mientras viajaban de regreso a su castillo, pues no se arriesgaría a perder el tiempo.

    Después de ensanchar la abertura, usó su espada para hacer tajos a través del denso matorral que ensombrecía la entrada. Cuando finalmente había despejado un pasaje que estimó lo suficientemente seguro para permitirles pasar, ella se apresuró a ir a su lado. Se percató de que ella escaparía por la abertura y correría a toda velocidad lejos de él, si le diese la oportunidad.

    –Da un paso atrás mientras lo atravieso –ordenó.

    –Las damas primero –dijo ella dulcemente.

    Él negó con la cabeza.

    –Te alejarías más rápido que una liebre si fuera tan tonto –él asió sus hombros y la jaló un poco–. Te desaconsejaría que huyeras de mí. Te atraparía fácilmente, y la persecución sólo me incitaría –cuando ella trató de sacudirse sus manos fuera de sus hombros, él dijo–: ¿Es esta la manera en la cual me agradeces por liberarte? –bromeó–. Me podrías conceder una recompensa por mis esfuerzos.

    Él reposó su mirada sobre sus labios, dejando en claro qué regalo tenía en mente. Cuando ella se los mojó nerviosamente, el hombre dejó caer su cabeza más cerca, tomándolo como señal de docilidad.

    Pero la contradictoria muchacha aplastó sus palmas pequeñitas en sus mejillas y lo mantuvo a raya.

    –Muy bien. Ve primero, entonces. La edad antes que la belleza –agregó dulcemente.

    –Muchacha arrogante –dijo él con un bufido, admirando a regañadientes su audacia–. Dame tu bolsa –después de producir el asombroso fuego desde adentro de eso, confiaba en que ella no trataría de huir de él sin su preciada posesión.

    –No te daré mi mochila.

    –Entonces no te moverás –dijo él rotundamente–. Y no sé por cuánto tiempo resistiré aquí, en tal proximidad tentadora...

    Ella lo golpeó en el pecho con eso, duramente, y él rió. Las mejillas de la chica se sonrojaron cuando el hombre dijo:

    –Qué genio, qué genio, inglesita. Eso es verdaderamente más adecuado para ti –qué fiera tan adorable era, apenas más alta que un niño, pero voluptuosamente curvilínea y lo suficientemente mayor para el placer carnal.

    Sí, él la llevaría de regreso al Castillo Uchiha; tal vez resultaría ser una compañera agradable, tal vez más... tal vez podría ser su quinta prometida, pensó sardónicamente, y quizá realmente la llevaría hasta el altar. Nunca había encontrado a una mujer que no se amedrentara ante él. Era refrescante. Con su altura y tamaño, sin mencionar los rumores que circulaban acerca del Uchiha en las Highlands, a menudo atemorizaba a las muchachas.

    Él se arrastró a través de la abertura, luego tomó las manos de la chica y la ayudó a gatear a través del hueco, disfrutando la sensación de sus manos pequeñas en las de él. Trasladando su apretón hacia su cintura, la sacó. No la puso sobre sus pies de inmediato, sino que miró desafiantemente sus ojos mientras la deslizaba hacia abajo rozando su cuerpo, disfrutando del empuje firme de sus pezones contra su pecho. La fricción era deliciosa, y él sintió que las rodillas de la mujer se tambaleaban por un momento antes de que ella pudiera enderezarse.

    Si la retirada era la medida de su deseo, entonces ella lo deseaba ferozmente. Se alejó de él con una expresión alarmada en el momento en que los dedos de sus pies tocaron la tierra. Él clavó los ojos en sus pezones, sus cumbres ahora arrugadas bajo su chemisse. Ella bajó la mirada y provocativamente cruzó sus brazos a través de sus preciosos pechos, enseñando los dientes en un enfurruñamiento pequeño y feroz. Él se rió, porque ella logró sólo empujar los montículos generosos más juntos y levantados, aumentando diez veces su deseo de enterrar la cara en su regordeta hendidura.

    –Dije que no corras de mí –le acordó–. No podías esperar dejarme atrás –él la miró de arriba a abajo. Su piel –y él veía una cantidad espléndida de ella– era suave y sin cicatrices, sin signos de enfermedad. Su cintura era delgada, su vientre tenía la oleada leve que él adoraba en una chica, y aunque sus caderas eran exuberantes, sospechó que nunca había tenido un niño. La luz brutal del día, a menudo poco halagadora para una chica, esta vez no le rendía sino tributo, y él refrenó un gemido. No se había sentido tan intensamente excitado por una mujer en toda su vida.

    –Deja de mirarme de esa manera –ella contestó bruscamente. Su mirada chocó con la suya; ella tenía ojos del color de un salvaje mar escocés, y había evidencias claras de una tormenta fraguándose en las heladas profundidades verdes.

    –¿Por qué eres tan espinosa, inglesita? ¿Es porque soy escocés?

    –Es porque eres arrogante, mandón y agresivo.

    –Soy un hombre –él contestó con demasiada facilidad.

    –Si los hombres tienen permiso de comportarse de una manera tan atroz, ¿cómo deben actuar supuestamente las mujeres?

    –Agradecidas. Y en mi clan nos gusta que sean exigentes en la cama –él agregó con una sonrisa. Cuando la mirada de ella se hizo aún más fría, dijo–: No sabes responder adecuadamente a una broma. Cálmate, Sakura Haruno, no busco sino aliviar tus miedos. No necesitas temer nada, muchacha. Cuidaré de ti, a pesar de tu mala disposición. Aún hasta los ingleses pueden aprender. En ocasiones –agregó, simplemente para provocarla.

    Ella gruñó –realmente gruñó– quedo en su garganta, como si él la hubiera irritado de tal manera que nada le gustaría más que patearlo. Él se encontró esperando que ella lo hiciera: ansiaba una excusa para pelearse con ella y colocar su cuerpo suave bajo el de él. Entonces la haría gruñir quedo en su garganta por una razón enteramente diferente: un gemido de deseo mientras él se sepultaba entre sus muslos.

    Pero lenta de entendimiento como podía ser, tuvo mejor criterio que provocar un contacto con él: lo podía ver en sus ojos llenos de tormenta. Su falta de inteligencia no parecía haber excluido el sentido común. Él hizo una respiración profunda de aire fresco y sonrió. Estaba libre de la caverna, vivo, y pronto estaría en casa. Descubriría a los traidores y se premiaría a sí mismo con la inglesa llena de energía. La vida era exquisita, pensó el laird de los Uchiha.
     
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    EL BESO DEL HIGHLANDER [ADAPTACION]
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    Romance/Amor
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    EL BESO DEL HIGHLANDER
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    EL BESO DEL HIGHLANDER © Karen M. Moning.
    NARUTO © M. Kishimoto
    ADAPTACIÓN © Quem​
    CAPITULO 4

    Para ser una mujer no propensa a la violencia, Sakura se quedó estupefacta por su deseo de patear a Sasuke Uchiha.

    No para rebanarlo y cortarlo en pedacitos verbalmente, lo cual habría sido la cosa más madura para hacer, sino darle puñetazos, tal vez hasta morderlo la siguiente vez que la tocara. Su mente se puso en blanco un instante, en un descanso sabático, solamente mirándolo. Nunca había encontrado a un hombre tan perdidamente chauvinista. Sacaba lo peor de ella, rebajándola a un nivel tan primitivo como el de él. Le dieron ganas de arrojarse contra él y golpearlo con los puños. Él se comportaba como si, porque la había encontrado encima de él, la poseyera. Los lords escoceses obviamente no habían cambiado mucho a través de los siglos.

    No había pasado por alto su proclamación que él era un auténtico laird; más bien, había preferido ignorarlo. Él parecía esperar una reverencia o un desmayo virginal, y no alimentaría su vanidad. Parecía que los siglos de sumisión hacia los ingleses no habían enseñado a los escoceses ni un bledo acerca del respeto. Probablemente fuera de esos aristócratas tediosos que estaban peleando para restaurar la independencia de Escocia, así podría pavonearse en su falda escocesa y sus privilegios como un pequeño rey. Incluso prefería la afectada forma de hablar arcaica de siglos pasados. Y era definitivamente un Don Juan. La conversación fácil y sexy habían alertado sus susceptibles radares. Probablemente tan estúpido como un cofre de rocas, sin embargo, porque toda esa fuerza muscular no podía dejar lugar para tener mucho cerebro.

    –Tengo que regresar a la posada ahora –le informó ella.

    –No hay necesidad para que busques refugio en una taberna común y corriente. Estarás generosamente alojada en mi propiedad. Me ocuparé de tus necesidades –posesivamente, él ahuecó su mano en la nuca, enredando los dedos en su cabellera–. Me gusta la forma en que llevas el pelo. Es inusual, pero lo encuentro más... sensual.

    Encrespándose, ella removió su flequillo fuera de sus ojos.

    –Pongamos algo en claro, Uchiha. No voy a ir a casa contigo. No voy a compartir la cama contigo, y no desperdiciaré un momento más riñendo contigo.

    –Prometo no burlarme de ti cuando cambies de idea, muchacha.

    –Oooh. Contrario a lo que tú pudieras pensar, la arrogancia no funciona como afrodisíaco para mí –era sólo una pequeña mentira. La arrogancia de por sí no lo hacía, pero ese hombre arrogante en particular era una piruleta andante, y estaba segura de que poner sus labios encima de cualquier parte de él satisfaría el anhelo oral inexorable contra el que había estado luchando por diez días, siete horas y cuarenta y tres minutos, que por supuesto ella no contaba.

    Afro-di-sía-co –él repitió lentamente, las cejas arrugadas. Guardó silencio un momento, luego dijo–: Ah, griego: Afrodita y akos. ¿Quieres decir una poción de amor?

    –Algo así –¿Cómo podría él no conocer esa palabra?, se preguntó, mirándolo cautelosamente. ¿Y por qué partía la palabra griega?

    Cuando él sonrió, abiertamente arrogante, ella dejó caer su mirada y fingió una fascinación repentina por sus cutículas. El hombre era demasiado condenadamente sexy para su bien. Y más estando tan cerca.

    Él deslizó sus manos en su pelo y tiró con gentileza, obligándola a mirarlo. Sus ojos ónix brillaban intensamente.

    –Dime que no adviertes el calor entre nosotros. Dime que no me deseas, Sakura Haruno –su mirada la desafiaba a mentir.

    Desalentada, ella se percató que él podría sentir cuánto lo deseaba, tal como sospechaba que él ansiaba tenderse encima de ella, así que hizo lo que las engañosas reclamaciones de seguro le habían enseñado a hacer mejor: Negar, negar, negar.

    –No te deseo –ella se burló ligeramente. Bravo. Correcto. La tensión sexual entre ellos casi calificaba como una quinta fuerza de la naturaleza.

    Él movió hacia un lado la cabeza. Una ceja oscura se levantó y su mirada fue divertida, como si estuviera en cierta forma al tanto de su debate interno. Una esquina de su boca se elevó en una sonrisa débil.

    –Cuando finalmente digas la verdad, será tan dulce, inglesita. Me endurecerá como la piedra, escuchar simplemente las palabras en tus labios.

    Ella consideró imprudente señalar que él ya lo estaba. Cuando había sepultado sus manos en su pelo, había rozado esa parte de él contra ella. Se escandalizó al percatarse de que realmente contemplaba tener sexo casual con él, mientras trataba de juzgar qué era lo peor que podría ocurrir entonces, si como muchas personas que conocía lo hacían, brincaba a la cama con un desconocido. Dios, él era tan tentador. Ella quería experimentar pasión, y cuando ese hombre la contemplaba de la manera en que lo hacía en ese momento, sentía que el Cielo podría ser simplemente un beso caliente y lúbrico.

    Pero era terco, demasiado bello para la tranquilidad de espíritu de cualquiera, una variable salvajemente imprevisible en una ecuación riesgosa, y ella sabía que esos eran los que podrían hacer estallar el caos. El revoloteo nervioso en su estómago, el deseo que sentía, eran sensaciones demasiado nuevas para actuar sin reflexionar.

    Aunque quería cambiar su vida y estaba determinada a perder su virginidad, comenzaba a darse cuenta de que no era tan fácil como había pensado que sería. Pensar en tener relaciones sexuales con un virtual desconocido era por completo diferente a realmente zambullirse directamente en el ardor y la desnudez y su falta de experiencia de ella. Especialmente cuando ese virtual desconocido era tan hombre, un poco extraño, y bastante abrumador. Sus recién descubiertos sentimientos de deseo la asustaron. La intensidad de la reacción de su cuerpo hacia él la asustaba.

    Quizá ella lo podría hacer con él en el último día de su viaje, caviló. Él estaba ciertamente dispuesto. Podría tener lo que conocía por sexo casual, luego volver volando a casa y nunca tener que verlo otra vez. Había comprado condones antes de dejar los Estados Unidos, y estaban remetidos en un lugar seguro en su mochila.

    ¡Shh! ¿Era la locura contagiosa? ¿Qué demonios estaba pensando?

    Una sacudida enérgica de cabeza restauró su cordura.

    –Sigamos –dijo él.

    Me gustaría, pero tú eres demasiado peligroso, ella pensó con un suspiro.

    Dado que él se dirigía hacia abajo de la colina en dirección general a la posada, ella lo siguió.

    –No tienes que sostener mi mano –protestó la joven–. No voy a irme corriendo.

    Sus ojos se arrugaron con diversión silenciosa mientras él la soltaba.

    –Disfruto de sostener tu mano. Pero puedes caminar junto a mí –le informó.

    –No caminaría en ningún otro sitio –ella masculló. Ir detrás alimentaría su ego, aunque ella lograría observar su cuerpo increíble, inadvertida. Adelante, se sentiría miserable, sintiendo su mirada fija en ella. A su lado era el único lugar aceptable.

    Él daba zancadas largas, su paso natural demasiado largo para ella, pero se rehusó a quejarse. Mientras más rápido caminaran, más rápidamente se podría rodear en la seguridad del tumultuoso pueblo. Ella no había soñado nunca que estaría tan agradecida de ver un bus de ancianos en su vida.

    Ocupada tramando su retirada educada pero apresurada de su presencia, no se percató de que él se había detenido hasta que estuvo a alguna distancia detrás de ella. La muchacha se volvió y gesticuló impacientemente, pero los ojos del hombre estaban en el pueblo debajo.

    –Vamos –gritó ella. Él no pareció oírla. Lo llamó otra vez, agitando los brazos para llamar la atención, pero él permaneció inmóvil, su mirada fija sujeta en el panorama.

    Estupendo, decidió, éste es un buen momento para irse, y tengo ventaja. Arrancó en una carrera rápida hacia abajo de la ladera sesgada. Estirando sus piernas al máximo, como si corriera por su vida, repentinamente se sintió tonta. Si el hombre verdaderamente había tenido intención de dañarla, entonces podría haberlo hecho hacía mucho tiempo. A pesar de eso, no podía sacudirse el sentimiento de que estaba dejando algo increíblemente peligroso detrás a ella, más que un hombre común y corriente, y que era más sabio que se alejara ahora.

    Corrió por varios segundos antes de que el misil la bombardera desde atrás. Ella tropezó y aterrizó en su estómago en un cantero bailarín de arvejas púrpuras, atrapada bajo su cuerpo. Él estiró sus manos por encima de su cabeza y la presionó contra el suelo.

    –Dije que no corrieras de mí –la advirtió–. ¿Cuál palabra es la que encuentras difícil de entender?

    –Pues bien, tú te congelaste –discutió Sakura–. Te llamé. Y ay, demonios, ahora estoy magullada en todas partes.

    Cuando él no respondió, y sólo apartó su cuerpo ligeramente fuera del de ella para que pudiera respirar, ella cayó en la cuenta de un cambio sutil en él. Su corazón sonaba estruendoso contra su espalda, su respiración era superficial, y sus manos temblaban encima de las de ella.

    –¿Q-qué está mal? –preguntó débilmente. ¿Qué horror podría hacerle temblar las manos tan fuertemente?

    Él apuntó hacia un coche que desaparecía en la carretera sinuosa bajo ellos.

    –¿Qué en nombre de todo lo que es santo es eso?

    Sakura miró de reojo.

    –Se parece a un VW pero que no puedo asegurarlo desde esta distancia. El sol me da en los ojos.

    –¿Un qué?

    –Volkswagen.

    –¿Un... qué vaguen?

    –Volkswagen. Un coche –¿se había vuelto el hombre sordo?

    –¿Y eso?

    La mejilla del hombre rozó su sien mientras ella volteaba su cabeza para contemplar donde él apuntaba.

    –¿Qué? –ella parpadeó con seriedad. Él parecía señalar la posada–. ¿La posada?

    –No, esa cosa brillante con colores como nunca he visto. ¿Y qué de todos esos árboles deshojados? ¿Qué le ha ocurrido a los árboles? ¿Y por qué han atado cordones entre ellos? ¿Piensas que se escaparán en caso de que no los aten con una correa? ¡Nunca he visto robles tan abominables!

    Sakura contempló el signo del neón por encima de la posada y los postes telefónicos en un silencio cauteloso.

    –¿Pues bien, muchacha? –él hizo varias profundas y lentas inspiraciones, luego dijo inestablemente–. Nada de esto estaba aquí antes. Nunca he visto tales rarezas. Se ve como si la mitad de los clanes de Escocia se hubieran reacomodado cerca del lago de Madara Brodie, y estoy realmente seguro de que él no aprobaría todo esto. Es un hombre muy reservado –él comenzó a rodar fuera de ella y la volvió de cara al cielo, luego la levantó hasta que estuvo de rodillas de frente a él. Él ahuecó las manos sobre sus hombros y la sacudió–. ¿Qué es un coche? ¿Qué propósito tiene?

    –¡Oh, por el amor de Dios, sabes lo que es un coche! Deja de fingir. Has estado bonito actuando como el lord arcaico, pero no juegues más conmigo –Sakura lo miró furiosamente, pero bajo su cólera, él la asustaba. Tenía una expresión desconcertada en su cara, y creyó vislumbrar un indicio de miedo en sus ojos brillantes.

    –¿Qué es un coche? –él repitió suavemente.

    Sakura comenzó a hacer un comentario cáustico, luego vaciló. Quizá estaba enfermo. Quizá esa situación fuera infinitamente más peligrosa de lo que había pensado.

    –Es una máquina accionada por... baterías y... er... y gas –abruptamente se decidió a llevarle la corriente, dándole una respuesta corta–. Las personas se transportan en ellos.

    Silenciosamente, sus labios formaron las palabras batería y gas. Permaneció muy quieto un momento, y luego dijo:

    –¿Inglesa?

    –Sakura –ella corrigió.

    –¿Eres verdaderamente inglesa?

    –No. Soy americana.

    Americano. Sé que parece... verdaderamente, pero... ¿Sakura?

    –¿Qué? –sus preguntas comenzaban a asustarla.

    –¿En qué el siglo me encuentro?

    La respiración se le atoró en la garganta. Ella se masajeó las sienes, atacada por un dolor de cabeza repentino. Debería haberse imaginado que un hombre que emanaba tan crudo sex-appeal tenía que ser fatalmente defectuoso. No tenía idea de qué decirle. ¿Cómo contestaba uno a esa pregunta? ¿Se atrevería ella a hacerlo y simplemente alejarse, o la acometería él otra vez?

    –Dije, ¿qué siglo es este? –él repitió suavemente.

    –Veintiuno –dijo ella, entrecerrando los ojos. ¿Estaba jugando? Las letras mayúsculas remarcadas de un titular de periódico florecieron contra el interior de sus párpados, excluyendo todo pensamiento racional:

    UNA UNIVERSITARIA QUE NO COMPLETÓ SUS ESTUDIOS, HIJA DE FÍSICOS RENOMBRADOS EN EL MUNDO, SECUESTRADA POR ENFERMO MENTAL FUGADO. Subtitulado: DEBERÍA HABER ESCUCHADO A SUS PADRES Y HABER PERMANECIDO EN EL LABORATORIO.

    Él permaneció silencioso, y cuando ella abrió los ojos, escudriñaba el pueblo debajo: los botes en el lago, los edificios, los coches, las luces brillantes y los letreros, los ciclistas en las calles. Irguió la cabeza, escuchando las bocinas, el zumbido de las motocicletas, y, de algún café, el bajo rítmico de un rock and roll. Frotó su mandíbula, su mirada fija y cautelosa. Después de algún tiempo asintió con la cabeza, como si hubiera resuelto un debate interno que había estado sosteniendo.

    –Cristo –medio murmuró, sus aristocráticas fosas nasales dilatándose como los de un animal arrinconado–. No he perdido una luna escasa. He perdido siglos.

    ¿Una luna escasa? ¿Siglos? Sakura pellizcó su labio inferior entre su dedo y el pulgar, pensando.

    Luego él la miró de nuevo, observó su camisa, su mochila, su pelo, sus pantalones cortos y finalmente sus botas de excursionismo. Él sacó su pie fuera de ella, lo sostuvo en sus manos y lo estudió para un momento largo antes de levantar sus ojos hacia ella otra vez. Sus cejas oscuras se hundieron.

    –¿Tú nombras tus medias?

    –¿Qué?

    Él pasó su dedo sobre la palabra Polo Sport cosido en el puño de su calcetín de lana gruesa. Luego su mirada se fijó en la etiqueta pequeña de sus botas: Timberland. Antes de que ella pudiera formar una respuesta, dijo él:

    –Dame tu bolso.

    Sakura suspiró y comenzó a dárselo, luego bajó la cremallera principal de la mochila, sin humor para entrar en un debate acerca de las cremalleras. Considerando la que tenía en sus pantalones cortos, si él verdaderamente no sabía cómo funcionaban, no iba a apresurarse en enseñarle. Las mujeres deberían coser candados en sus cremalleras con él alrededor. Él tomó la mochila y echó el contenido sobre el terreno.

    Cuando su teléfono celular cayó, ella se sintió momentáneamente furiosa consigo misma por olvidarlo, hasta que recordó que no funcionaría en Escocia de cualquier manera. Mientras él lo extraía de la confusión de sus pertenencias, Sakura se percató que no funcionaría nunca más en la vida. La envoltura plástica había sido aplastada en una de sus muchas caídas, y se hizo pedazos en las manos masculinas. Él contempló la tecnología diminuta de adentro con fascinación.

    Buscó desordenadamente en sus cosméticos, abrió su polvera, y se contempló a sí mismo en el pequeño espejo. Sus barras de proteínas fueron arrojadas a un lado junto con la caja de condones, (gracias a Dios) y cuando él curioseó su cepillo de dientes, su mirada desconcertada pasó rápidamente desde el pelo largo y espeso de la muchacha hasta el cepillo diminuto y de regreso a su pelo otra vez. Una ceja se arqueó en una expresión de duda. Él recogió la última edición de Cosmopolitan, contempló la imagen de la modelo medio desnuda en la cubierta, luego pasó rápidamente las páginas, mirando estúpidamente las fotos brillantemente coloreadas. Pasó sus dedos sobre las hojas como si estuviera estupefacto.

    –Y Fugaku piensa que sus tomos iluminados son preciosos –masculló. Cuando empezó a buscar desordenadamente entre sus bragas de distintos colores, la joven consideró que ya había tenido bastante. Puso su puño sobre la braguita de seda lima que él examinaba entonces y firmemente meneó su cabeza.

    Pero cuando él la miró, ella se dio cuenta de que por la primera vez desde que se habían encontrado, la seducción no estaba en su mente. Su deseo de escapar fue abruptamente vencido por el aspecto de angustia en su cara, y ya no estuvo tan segura de que él estaba jugando. Si lo estaba, entonces era un actor consumado.

    Arrancando la revista de sus manos, ella señaló la fecha en la esquina. Los ojos de Sasuke se ampliaron incluso más aún.

    –¿En qué siglo creías estar? –preguntó ella, disgustada consigo misma por ser tomada como tonta por ese hombre tan guapo. No estaba en sus cabales, no tenía ninguna cualidad redentora, pero la atraía como una polilla suicida hacia una llama, ¿y qué ocurriría si hacía cenizas sus alas?

    –El dieciséis –contestó huecamente.

    Sonó tan perturbado que ella lo tocó, rozando con sus dedos la mandíbula cincelada, permaneciendo allí mucho más tiempo de lo que era sensato.

    –Uchiha, necesitas ayuda –lo consoló–. Y encontraremos ayuda para ti.

    Él cerró su mano sobre la de ella, volteó su cabeza, y besó su palma.

    –Mis gracias. Estoy encantado de que acudas tan velozmente en mi ayuda.

    Ella retiró su mano rápidamente.

    –Ven conmigo al pueblo y te conseguiré un doctor. Probablemente caíste y tienes una contusión –dijo Sakura, esperando que fuese cierto. La alternativa era que él hubiera estado vagabundeando, sólo Dios sabía cuánto tiempo, pensando que era algún lord medieval, y ella francamente no podía reconciliar al hombre poderoso y arrogante con un mentiroso paranoico y esquizofrénico. Ella no quería que él estuviera enfermo. Quería que fuera tal como parecía ser: competente y fuerte y saludable. Parecía mentira que un caso mental pudiera ser tan... dominante, tan regio.

    –No –dijo él suavemente, su mirada flotando mansamente hacia la fecha en la revista otra vez–. No iremos a tu pueblo, sino a Ban Drochaid –dijo finalmente–. Y no tenemos mucho tiempo. Será un viaje duro, pero te compensaré cuando lleguemos. Serás generosamente premiada por tu ayuda.

    Oh, Dios Santo, él tenía la intención de llevarla a su castillo. Realmente estaba de la cabeza.

    –No iré a esas piedras contigo –dijo ella tan serenamente como pudo dadas las circunstancias–. Déjame llevarte a un doctor. Confía en mí.

    –Confía en mí –dijo él, mientras la jalaba hasta ponerla de pie a su lado–. Necesito de ti, Sakura. Necesito tu ayuda.

    –Y trato de dártela...

    –Pero tú no entiendes.

    –¡Sé que estás enfermo!

    Él meneó su cabeza oscura, y en la luz del atardecer sus ojos de negros eran claros, ecuánimes e inteligentes. Ningún indicio de locura acechaba allí, sólo preocupación y determinación.

    –No. Estoy sano y de ningún modo loco como piensas. Simplemente tendrás que verlo por ti misma.

    –No iré contigo –dijo ella firmemente–. Tengo otras cosas que hacer.

    –Debes olvidarlo. El Uchiha tiene prioridad, y con el tiempo entenderás. Ahora te pregunto una última vez, ¿vendrás conmigo por propia voluntad?

    –Ni cuando se hiele el infierno, bárbaro.

    Cuando él envolvió su mano en torno a su muñeca, ella se dio cuenta de que mientras discutían había quitado una cadena de cierto tipo de alguna parte de su cuerpo. Cuando él cerró los enlaces de metal alrededor de su muñeca y la sujetó a él, abrió su boca para gritar, pero el hombre aseguró una mano poderosa sobre su boca.

    –Entonces vendrás conmigo por mi única voluntad. Así sea.
     
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    quem

    quem Orientador del Mes Orientador Lectora empedernida del 2022 Agasím Sasha & Ágata

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    Título:
    EL BESO DEL HIGHLANDER [ADAPTACION]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    6
     
    Palabras:
    6834
    EL BESO DEL HIGHLANDER
    Disclaimer: Esta historia no me pertenece es una adaptación para el fandom Naruto, sin fines de lucro o ganar algo no quiero enriquecerme con esta adaptación, me encanta escribir aprender más, y entretener al fandom, perdón por la faltas ortográficas que encuentren <3


    EL BESO DEL HIGHLANDER © Karen M. Moning.
    NARUTO © M. Kishimoto
    ADAPTACIÓN © Quem
    CAPITULO 5

    Casi quinientos años, cavilaba Sasuke. ¿Cómo podía ser eso? Sentía como si sólo el día anterior hubiera salido a cabalgar en los prados cargados de brezos de su hogar en las Highlands. Su mente se tambaleó de alarma, y aunque hizo un intento de negarlo, sabía que era cierto. Lo sabía con una conciencia visceral que era incuestionable. El tiempo de Sakura se sentía diferente, el ritmo natural de los elementos era frenético, quebrado. Su mundo no era un mundo sano.

    Los siglos habían pasado, y no tenía idea de cómo había ocurrido. Explorar su memoria no había proporcionado nuevos indicios. Cinco siglos de somnolencia parecían haber enmudecido su memoria, atenuando los acontecimientos que habían ocurrido justamente antes de su secuestro. Todo lo que sabía era que había sido atraído a algún tipo de emboscada en la cual un número indeterminado de personas había participado. Había habido hombres armados. Había habido cánticos y humo perfumado, lo cual apestaba a brujería o druidismo. Obviamente había sido drogado, ¿pero después qué? ¿Encantado por un hechizo de sueño? Y si había sido embrujado, ¿entonces por quién? Aún más importante, ¿por qué? Saber el por qué le diría si su clan entero había sido víctima también.

    Un dedo helado de temor rozó su columna vertebral mientras consideraba la posibilidad de que hubieran sido atacados por la tradición que protegían. ¿Alguien finalmente había creído en los rumores y había ido buscando pruebas?

    Los varones Uchiha eran druidas, como sus antepasados lo habían sido a través de milenios. Pero lo que pocos sabían era que no eran druidas comunes, que basaban la mayor parte de sus artes en la tradición incompleta, desde la pérdida de cierta cantidad de ésta en las nefastas guerras de milenios atrás. Los Uchiha poseían toda la tradición y eran los únicos guardianes de las piedras estáticas.

    Si después de que él hubiera sido secuestrado, su padre, Fugaku, había sido asesinado por sus secuestradores, la tradición sagrada estaría perdida para siempre, y el conocimiento que protegían –para ser usado sólo cuando el mundo lo necesitara– se habría desvanecido completamente.

    Recorrió con la mirada a Sakura. ¡Si ella no lo hubiera despertado, bien podría haber dormitado por toda la eternidad! Murmuró una oración silenciosa de agradecimiento.

    Considerando cuidadosamente su situación, comprendió que por ahora el cómo y por qué de su secuestro eran irrelevantes. No encontraría respuestas en ese tiempo. Lo que importaba era proceder: había sido lo suficientemente afortunado como para haber sido despertado y tenía la oportunidad y el poder para corregir las cosas. Aunque para hacer eso, debía estar en Ban Drochaid la medianoche de Mabon.

    Él la recorrió con la mirada otra vez, pero ella se rehusó a mirarlo. El crepúsculo hacía tiempo había caído, y habían hecho buen tiempo, poniendo muchas millas entre ellos y el pueblo horrendo y ruidoso. A la luz de la luna, su piel suave brilló tenuemente con la cálida riqueza de las perlas. Él se permitió el placer de imaginársela desnuda, lo cual no era difícil cuando ella traía puesto tan poco. Era toda una mujer y sacaba a la luz al hombre más primitivo que dormía en él, con una necesidad aguda de poseer y aparearse. Sus pezones eran claramente visibles bajo su camisa delgada, y él deseó succionarlos dentro de su boca. Era una muchachita apasionada con una voluntad de acero y curvas que tentarían la mirada incluso de su devoto sacerdote Sari. Había sido difícil reprimirse desde el momento en que había abierto los ojos y la había contemplado, y había estado incómodamente erecto desde entonces. Una mirada provocativa de ella lo regresaría a una condición dolorosa, pero no se preocupó demasiado de que pudiera lanzarle semejante mirada.

    Lo intrigó que ella no hubiera gritado, ni se hubiera desmayado o implorado su liberación. Su primera impresión de ella no había sido enteramente precisa; aunque era difícil de percibir, debido a su manera extraña de hablar, poseía una cantidad muy pequeña de inteligencia. Había demostrado habilidades sutiles de razonamiento al tratar de hacerle cambiar de opinión acerca de llevarla consigo, y cuando se había percatado de que no había posibilidad de hacerlo desistir, lo había tratado como si simplemente no existiera. Bravo, Sakura, pensó él. Haruno en irlandés significa listo. Sakura significa diosa de la luna. Realmente resultas ser una muchacha fascinante.

    Considerando que inicialmente había pensado que era una huérfana o la única sobreviviente de la masacre de su clan, una mujer que estaba dispuesta a canjear su cuerpo para asegurarse un protector porque ello explicaría su ropa y su conducta, desde entonces se le había ocurrido que ella simplemente podría ser normal en su tiempo. Podía ser que en cinco siglos las mujeres hubieran cambiado mucho más, convirtiéndose en tenazmente independientes. Entonces, ¿por qué, se preguntó, sentía él una tristeza muda, un ligero toque de vulnerabilidad en ella que desmentía sus bravatas?

    Sabía que la chica pensaba que se la había llevado a la fuerza porque la deseaba, y ojalá fuera tan simple. No podía negar que la encontraba tentadora y estaba impaciente por compartir la cama con ella, pero las cosas eran, repentinamente, mucho más complicadas. Una vez que había descubierto que estaba atrapado en el futuro, había entendido que la necesitaba. Cuando llegaran a las piedras, si lo peor era cierto y su castillo estaba perdido, había un ritual que debía realizar con sus condenados conocimientos. Había una posibilidad de que el ritual saliera mal, y si eso ocurría, necesitaba a Sakura Haruno junto a él.

    Ella estaba fatigada, y Sasuke sintió una punzada de arrepentimiento por haberlo causado. Cuando ella se tropezó con una raíz y cayó contra él, sólo para sisear y avanzar dando tumbos para alejarse, se ablandó. Le cedería esa única noche, pero al día siguiente no habría descansos. Ella casi cayó donde estaba parada; entonces él ahuecó un brazo detrás de sus hombros, el otro detrás de sus rodillas, y la depositó en el tronco musgoso de un árbol enorme que había caído en el bosque. Sentada al borde del tronco macizo, con sus pies colgando varias pulgadas por encima del suelo, se veía pequeñita y delicada. Los corazones guerreros no siempre venían en cuerpos fuertes de guerrero, y aunque él podía caminar tres días sin descanso o comida, ella no soportaría tales condiciones.

    Se dejó caer encima del tronco, a su lado.

    —Sakura —dijo él quedo.

    No hubo respuesta.

    —Sakura, verdaderamente no te haré daño —dijo él.

    —Ya lo hiciste —replicó ella.

    —¿Me hablas otra vez?

    —Estoy encadenada a ti. Tenía la intención de no volver a hablarte nunca, pero he decidido que no tengo ganas de hacerte las cosas fáciles, así que voy a decirte incesantemente y con vívidos detalles qué tan miserable me siento. Voy a atiborrarte las orejas con mis quejas. Voy a hacerte desear haber perdido el oído cuando naciste.

    Él rió.

    Ésa era su inglesa desdeñosa otra vez.

    —Estás en libertad de atormentarme en cualquier oportunidad. Lamento causarte incomodidades, pero debo hacerlo. No tengo alternativa.

    Ella arqueó una ceja y lo contempló con desdén.

    —Déjame estar segura de que entiendo la situación. Piensas que eres del siglo dieciséis. ¿Qué año, exactamente?

    —Mil quinientos dieciocho.

    —Y en mil quinientos dieciocho, ¿tú viviste cerca de aquí?

    —Sí.

    —¿Y eras un lord?

    —Sí.

    —¿Y cómo es que terminaste en estado de letargo en una caverna en el siglo veintiuno?

    —Eso es lo que debo descubrir.

    —Uchiha, es imposible. Me pareces relativamente cuerdo, esta falsa ilusión excluida. Un poco chauvinista, pero no demasiado anormal. No hay forma de que un hombre pueda quedarse dormido y despertar casi cinco siglos más tarde. Fisiológicamente, es imposible. He tenido noticias de Rip Van Winkle y la Bella Durmiente, pero esos son cuentos de hadas.

    —Dudo que las hadas tengan que ver con esto. Sospecho de los gitanos o la brujería –confió él.

    —Oh, bueno, eso es más reconfortante —dijo ella, también dulcemente—. Gracias por aclararlo.

    —¿Te burlas de mí?

    —¿Tú crees en hadas? —ella contrarrestó.

    —Hada es solamente otro nombre para los Tuatha de Danaan. Y sí, existen, aunque guardan sus distancias con el hombre mortal. Nosotros los escoceses siempre hemos sabido eso. Has vivido una vida protegida, ¿verdad? —cuando ella cerró sus ojos, él sonrió.

    Era tan ingenua.

    Cuando la muchacha abrió los ojos otra vez, lo privilegió con una sonrisa condescendiente, y cambió el tema como si no quisiera presionar demasiado su mente frágil. Él se mordió los labios para impedir un bufido sarcástico. Al menos le dirigía la palabra otra vez.

    —¿Por qué vas a Ban Drochaid, y por qué insistes en llevarme contigo?

    Él sopesó lo que podría decirle con seguridad sin ahuyentarla.

    —Debo llegar a las piedras porque es donde mi castillo está...

    —¿Está, o estaba? Si planeas convencerme de que eres verdaderamente del siglo dieciséis, vas a tener que engañarme un poco mejor con tus tiempos verbales.

    Él la recorrió con la mirada con reprobación.

    —Estaba, Sakura. Rezo por que perdure todavía —tenía que estar, pues si llegaban a las piedras y no había señal de su castillo, su situación ciertamente sería escalofriante.

    —¿Así que esperas visitar a tus descendientes? Asumiendo, claro está, que te sigo la corriente en este juego absurdo —agregó ella.

    No, no a menos que su padre, a los sesenta y dos años, en cierta forma hubiera logrado engendrar otro niño luego de que Sasuke hubiera sido secuestrado, lo cual era altamente improbable, ya que Fugaku no había estado con una mujer desde que la madre de sus hijos había muerto, hasta donde sabía. Lo que esperaba era que perduraran algunos artefactos del castillo. Pero no le podía decir más que eso. No podía arriesgarse a ahuyentarla cuando la necesitaba tan desesperadamente.

    No debería haberse molestado buscando una respuesta convenientemente evasiva, porque al vacilar demasiado tiempo para que ella le creyera, la muchacha simplemente siguió adelante con otra pregunta.

    —¿Por qué me necesitas?

    —No conozco tu siglo, y la región entre aquí y mi casa pudo haberse alterado —él ofreció serenamente la verdad incompleta—. Necesito un guía que tenga conocimientos de los caminos de este siglo. Puedo necesitar atravesar tus pueblos, y podría haber peligros que no percibiría hasta que fuera demasiado tarde —eso había sonado bastante convincente, pensó él.

    Ella lo evaluaba con patente escepticismo.

    —Sakura, sé que piensas que me ha flaqueado la memoria, o estoy enfermo, y tengo fantasías febriles, pero considera esto: ¿qué ocurriría si tú estás equivocada, y yo digo la verdad? ¿Te he dañado? Aparte de hacerte venir junto conmigo, ¿te he herido de alguna forma?

    —No —la chica hizo la concesión a regañadientes.

    —Mírame, Sakura —él ahuecó su cara con sus manos, así que ella tuvo que mirar directamente sus ojos. La cadena traqueteó entre ambas muñecas—. ¿Crees verdaderamente que yo te haría daño?

    Ella sopló una hebra de pelo de su cara con una bocanada suave de respiración.

    —Estoy atada con cadenas a ti. Eso me preocupa.

    Él tomó un riesgo calculado. Con un movimiento impaciente soltó los eslabones, contando con el lascivo calor entre ellos para continuar uniéndolos.

    —Muy bien. Eres libre. Te juzgué mal. Creí que eras una mujer amable y compasiva, no una muchacha cobarde que no puede soportar nada que no entienda de inmediato...

    —¡No soy cobarde!

    —... Y que si un hecho no se apega a su apreciación de cómo deberían ser las cosas, entonces no es posible —él dio un bufido burlón—. Qué visión estrecha del mundo tienes.

    —¡Oh! —Sakura frunció el entrecejo, alejándose de él en el tronco del árbol caído. Columpió una pierna a cada lado, montando a horcajadas el tronco macizo, y sentándose para enfrentarlo—. ¿Cómo te atreves a tratar de hacerme sentir mal por no creer en tu historia? Te lo aseguro, no tengo una visión estrecha del mundo. Debo de ser una de las pocas personas que no lo tiene. Podrías asombrarte de qué tan amplia y bien informada es mi visión del mundo —ella dio masaje a la piel en su muñeca, mirándolo furiosamente.

    —Qué contradictoria eres —dijo él suavemente—. En algunos momentos pienso que veo coraje en ti, luego en otros no veo nada excepto cobardía. Dime, ¿eres siempre tan paradójica contigo misma?

    Una mano voló hacia la garganta femenina y sus ojos se ampliaron. Él había golpeado algo sensible. Cruelmente, continuó esa veta:

    —¿Sería demasiado pedir que des un poco de tu precioso tiempo para ayudar a alguien que lo necesita, de la manera en que quiere ser ayudado, en vez de la forma en que piensas que debería serlo?

    —Lo haces sonar como si todo fuera mi culpa. Lo haces sonar como que si fuera yo la que está loca —protestó ella.

    —Si lo que digo es cierto, y juro que lo es, entonces me pareces más irrazonable a mí —dijo él serenamente—. ¿Se te ha ocurrido que encuentro tu mundo, sin ningún conocimiento del pasado, con árboles desmembrados, sin hojas, y ropa con nombres formales, tan antinatural como tú encuentras mi historia?

    Duda. Él la podía ver en su cara expresiva. Sus ojos tempestuosos se ensancharon más aún, y vislumbró ese destello misterioso de vulnerabilidad bajo su exterior duro. Le desagradó provocarla, pero la joven no sabía cuánto había en juego y posiblemente no podría decírselo. No tenía tiempo para salir en su mundo y buscar a otra persona. Además, no deseaba a ninguna otra persona. Él la quería a ella. Ella lo había descubierto, lo había despertado, y su convicción de que estaba de alguna manera destinada a ayudarlo a corregir las cosas, aumentaba con cada hora que pasaba. No hay coincidencias en este mundo, Sasuke, su padre le había dicho. Debes ver con el ojo de un águila. Debes abstraerte, debes levantarte por encima del acertijo, y trazar un mapa de él. Todo ocurre por una razón, aunque al principio no puedas percibir el patrón.

    Ella se dio un masaje en las sienes, frunciendo el entrecejo.

    —Me das dolor de cabeza —después de un momento, hizo estallar un suspiro resignado, apartándose el flequillo de los ojos—. Okay, me doy por vencida. ¿Por qué no me cuentas sobre ti? Digo, quién piensas que eres.

    Una invitación más bien dada de mala gana, pero trabajaría con lo que pudiera obtener. No se había percatado de qué tenso había estado, aguardando su respuesta, hasta que sus músculos se relajaron bajo su piel.

    —Te he dicho que soy el laird de mi clan, a pesar del hecho de que mi padre, Fugaku, todavía vive. Él se rehúsa a seguir siendo laird, y con sesenta y dos años apenas puedo culparlo. Es un tiempo demasiado largo para soportar tal responsabilidad —él cerró sus ojos y aspiró profundamente—. Tenía un hermano, Izuna, pero murió recientemente.

    Él no mencionó que su prometida había sido asesinada mientras viajaba con Izuna de regreso al Castillo Uchiha para la boda. Mientras menos dijera acerca de cualquiera de sus prometidas a otra mujer, mejor. Él era muy susceptible acerca del tema.

    —¿Cómo? —preguntó ella con delicadeza.

    —Él regresaba de la propiedad Yamanaka cuando fue asesinado en una batalla entre clanes, que ni siquiera era nuestra, sino entre los Hōzuki y los Kamizuru. Probablemente, él vio que los Kamizuru estaban severamente excedidos en número e intentó hacer la diferencia.

    —Lo siento tanto —dijo ella suavemente.

    Él abrió sus ojos para encontrar la compasión brillando tenuemente en su mirada, y eso lo entibió por dentro. Cuando se bajó del tronco del árbol caído y sacó la pierna de ella de sobre el tronco para que lo enfrentara, la joven no se resistió. Con él de pie sobre la tierra y ella sentada al borde del tronco, estaban en un nivel de visión igual, y pareció hacerla sentirse más cómoda.

    —Izuna era así —le dijo con una mezcla de pesar y orgullo—. Él era siempre el primero en librar las batallas de otros. Recibió una espada que le atravesó el corazón, y un amanecer amargo desperté para ver a mi hermano, amarrado a través del lomo de su caballo, siendo escoltado a casa por el capitán de la guardia Yamanaka —y la pena rompió mi corazón. Hermano mío, les fallé a ambos, a ti y a pa.

    Las cejas de ella se arrugaron, reflejando su pesar.

    —¿Tu madre? —preguntó amablemente.

    —Mi padre es viudo. Ella murió en el parto cuando yo tenía quince años de edad; ni ella ni el bebé sobrevivieron. Él no se ha vuelto a casar. Jura que hubo un único amor verdadero para él —Sasuke sonrió. El sentimiento de su pa era uno que él entendía. El encuentro de sus padres había sido hecho en el cielo: él, un Druida, y ella, la hija de un inventor excéntrico que se había mofado de las conveniencias y educado a su hija mejor que a la mayoría de los hijos varones. Desafortunadamente, las muchachas educadas no abundaban en las Highlands, o en cualquier otra parte si se pusiera a pensarlo. Fugaku había tenido suerte indudablemente. Sasuke había anhelado un encuentro parecido para sí mismo, pero el tiempo se había agotado, y él había desistido de la esperanza de encontrar a tal mujer.

    —¿Estás casado?

    Sasuke negó con la cabeza.

    —No. No habría tratado de besarte si estuviste prometido o casado.

    —Bien, acumulas un punto para los hombres en general —dijo ella secamente—. ¿No estás demasiado mayor para no haber estado casado nunca? Usualmente cuando un hombre no se ha casado a tu edad, hay algo mal con él —ella lo provocó.

    —He estado prometido —protestó él indignado, sin decirle el número de veces. No era una buena manera de impresionarla, y ella estaba más cerca de la verdad de lo que a él le habría gustado. Había ciertamente algo malo en él. Una vez que las mujeres pasaban un poco de tiempo a su lado, empacaban sus cosas y se iban. Eso era suficiente para hacer a un hombre sentirse dudoso de sus encantos. Podía ver que ella estaba a punto de presionar sobre el asunto, así que dijo precipitadamente, esperando acabar el debate del tema:

    —Ella murió antes de la boda.

    Sakura se sobresaltó.

    —Lo siento mucho.

    Estuvieron silenciosos unos pocos momentos, luego ella dijo:

    –¿Tú quieres casarte?

    Él arqueó una ceja burlona.

    —¿Me lo estás ofreciendo, muchacha? —ronroneó. Si solamente lo hiciera, le encantaría tomarla y casarse con ella antes de que pudiera cambiar de idea. Se encontraba más intrigado por ella de lo que alguna vez había estado con cualquiera de sus prometidas.

    Ella se sonrojó.

    —Claro que no. Es simple curiosidad. Sólo trato de sacar en claro qué tipo de hombre eres.

    —Sí, tengo el deseo de casarme y tener niños. Simplemente necesito una buena mujer —dijo él, regalándole su sonrisa más encantadora.

    Ella no era inmune a eso. Vio sus ojos ampliarse ligeramente en respuesta y pareció olvidar la pregunta que había hecho. Él suspiró un agradecimiento mudo a los dioses que lo habían dotado de una cara bien parecida y dientes blancos.

    —¿Y qué considera un hombre como tú una buena mujer? —dijo ella después de un momento. Levantó una mano cuando él empezó a hablar—: Espera... déjame adivinar. Obediente. Fiel. Definitivamente no demasiado brillante —se burló—. Oh, y deberá ser la mujer más bella de los alrededores, ¿verdad?

    Él irguió su cabeza, encontrando su mirada al mismo nivel.

    —No. Mi idea de una buena mujer sería una que adorara mirar, no porque otro la encontrara preciosa, sino porque sus rasgos únicos significaran algo para mí —él rozó la esquina de la boca femenina con sus dedos. Deslizó su mano hasta el lunar pequeño en su pómulo derecho—. Tal vez tendría un hoyuelo al lado de su boca cuando sonriera. Puede que tuviera una marca de bruja en una mejilla. Tal vez tendría ojos verdes tempestuosos que me recuerden al mar que tanto amo. Pero hay otras características mucho más importantes que su apariencia. Mi mujer sería alguien curiosa acerca del mundo, y a la que le gustara aprender. Querría a los niños y los amaría cueste lo que cueste. Tendría un corazón valiente, coraje y compasión.

    Él habló desde el corazón, su voz haciéndose más honda con la pasión. Liberó lo que estaba reprimido dentro de él y le dijo exactamente lo que deseaba.

    —Ella sería quien hablaría conmigo en las horas pequeñitas acerca de cualquier cosa y todo, quien saborearía todos los climas de las Highlands, quien apreciaría la familia. Una mujer que pudiera encontrar belleza en el mundo, en mí, y en el mundo que construiríamos juntos. Ella sería mi compañera venerada, mi amante adorada, y mi preciosa esposa.

    Sakura inspiró profundamente. El aire escéptico en sus ojos se desvaneció. Cambió de posición con inquietud, apartó la vista de él, y guardó silencio por un tiempo. Sasuke no la interrumpió, curioso por ver cómo ella respondería a su declaración honesta.

    Sonrió sardónicamente cuando ella despejó su garganta y decididamente cambió de tema.

    —Bien, si eres de las Highlands del siglo dieciséis, ¿por qué no hablas gaélico?

    No cedes en nada, muchacha, él pensó. ¿Quién o qué te causó tanto daño que te obligas así a ocultar tus sentimientos?

    —¿Gaélico? ¿Tú quieres gaélico? —con una sonrisa lobuna, él le dijo exactamente lo que deseaba hacerle una vez que le quitara la ropa, primero en gaélico, luego en latín, y finalmente en un lenguaje que no había sido hablado en siglos incluso en su tiempo. Lo hizo endurecer sólo decir las palabras.

    —Esa podría ser jerigonza —ella contestó bruscamente. Pero tembló, como si hubiera sentido la intención detrás de sus palabras.

    —¿Entonces por qué me probaste? —preguntó él quedamente.

    —Necesito alguna prueba —respondió ella—. Simplemente no puedo seguirte con fe ciega.

    —No —él estuvo de acuerdo—. No pareces una mujer que pudiera hacerlo.

    —Bueno, tienes pruebas de mi mundo —contestó, luego agregó precipitadamente—: Por supuesto, pretendiendo que lo que afirmas es cierto. Viste los coches, el pueblo, mi teléfono, mi ropa.

    Él gesticuló hacia su propio atavío, su espada, y se encogió de hombros.

    —Eso podría ser un disfraz.

    —¿Qué considerarías suficiente prueba?

    Ella se cruzó de brazos.

    —No sé —admitió.

    —Te lo puedo probar en las piedras —dijo él finalmente—. Más allá de cualquier duda, te lo puedo probar allí.

    —¿Cómo?

    Él negó con la cabeza.

    —Debes venir y verlo.

    —¿Piensas que tus antepasados podrían tener algún registro de ti, un retrato o algo por el estilo? —ella adivinó.

    —Sakura, tú debes decidir si estoy loco o digo la verdad. No te lo puedo probar hasta que alcancemos nuestro destino. Una vez que lleguemos a Ban Drochaid, si todavía no crees en mí, allí en las piedras, cuando haya hecho lo que pueda para ofrecerte evidencias, entonces no te pediré nada más. ¿Qué tienes que perder, Sakura Haruno? ¿Tu vida es tan exigente y llena que no le puedes ceder nada a un hombre que necesita algunos días de tu tiempo?

    Él había ganado. Lo podía ver en sus ojos.

    Ella lo miró en silencio por mucho tiempo. Él encontró su mirada firmemente, esperando. Finalmente ella inclinó la cabeza.

    —Me aseguraré de que llegas a tus piedras sin ningún problema, pero eso no significa ni por un minuto que creo en ti. Siento curiosidad por ver qué prueba me puedes ofrecer de que tu cuento increíble es cierto, porque si es... —se interrumpió completamente y negó con la cabeza—. Es suficiente decir que esa prueba valdría atravesar las Highlands para verlo. Pero en el momento que me muestres lo que sea que tienes que mostrarme, si todavía no creyera en ti, he terminado contigo. ¿Okay?

    —¿Okay? —él repitió. La palabra no significaba nada para él en cualquier idioma.

    –¿Estás de acuerdo con nuestro trato? –ella aclaró–. Un trato que estás de acuerdo en honrar completamente –acentuó.

    —Sí. En el momento que te muestre la prueba, si tú todavía no crees, te librarás de mí. Pero debes prometer quedarte conmigo hasta que realmente veas la prueba —profundo en su interior, Sasuke se sobresaltó, odiando el uso equívoco del lenguaje cuidadosamente expresado.

    —Acepto. Pero no me encadenarás, y debo comer. Y ahora mismo voy hacia un camino pequeño en el bosque, y si tú me sigues me harás muy, muy infeliz —ella brincó hacia abajo del tronco del árbol caído y dio un rodeo alrededor de él.

    —Como gustes, Sakura Haruno.

    Ella se inclinó y trató de alcanzar su mochila, pero él se movió velozmente y envolvió su mano alrededor de su muñeca.

    —No. Si tú vas, entonces esto se queda conmigo.

    —Necesito algunas cosas –ella siseó.

    —Puedes llevar un artículo contigo, entonces —dijo él, renuente a interferir si ella tenía necesidades femeninas. Podría ser su ciclo lunar.

    Rabiosamente, ella buscó dentro del bolso y retiró dos artículos. Una barra de algo y una bolsa. Provocadoramente, ella metió la barra en la bolsita y dijo:

    —¿Ves? Es una sola cosa ahora —se volvió abruptamente y se dirigió hacia el bosque.

    —Lo siento, muchacha —él murmuró cuando estuvo seguro de que estaba fuera de su alcance.

    No tenía alternativa excepto hacerla su víctima involuntaria. Asuntos más importantes que su vida dependían de ello.

    Sakura rápidamente usó las instalaciones, escudriñando ansiosamente el bosque alrededor de ella, pero no parecía que él la hubiera seguido. A pesar de ello, no confiaba en nada acerca de su situación presente. Después de desahogarse, devoró la barra de proteínas que había tomado. Registró su carterita de cosméticos, luego untó un poco de pasta dentífrica en su lengua. El sabor a menta revivió su estado de ánimo cada vez más débil. Un golpetazo del parche medicado sobre su nariz, sus mejillas y la frente casi la hizo desmayarse de placer. Sudorosa y exhausta, se sintió más viva que en toda su vida. Comenzaba a temer por su cordura, porque había una parte de ella que quería creer en él, quería desesperadamente experimentar algo que no estuviera clarificado por la existencia de la ciencia. Ella quería creer en la magia, en hombres que la hicieran sentir caliente y con las rodillas temblorosas, y en cosas locas como los hechizos.

    La naturaleza o la educación: ¿cuál era el factor determinante? Ella había estado obsesionada con esa pregunta últimamente. Sabía lo que la educación le había hecho. A los veinticinco, tenía un serio problema con la intimidad. Ansiaba algo que no podía nombrar, y que la aterrorizaba al mismo tiempo.

    ¿Pero cuál era su naturaleza? ¿Era verdaderamente brillante y fría como sus padres? Recordaba demasiado bien el tiempo en que había sido lo suficientemente tonta como para preguntarle a su padre qué era el amor. El amor es una ilusión para cambiar fiscalmente de estado civil, Sakura. Les hace sentir que la vida podría tener valor para vivirla. Escoge a tu consorte por el cociente intelectual, la ambición y los recursos. Mejor aún, escojámoslo por ti. Ya tengo en mente varias parejas adecuadas.

    Antes de que ella se hubiera permitido el gusto de su Gran Ataque de Rebelión, obedientemente había salido con unos cuantos de los elegidos de sus padres. Esos hombres áridos e intelectuales la habían evaluado, la mayoría de las veces, a través de ojos enrojecidos de estar constantemente mirando en un microscopio o un libro de texto, con poco interés en ella como persona, y un gran interés en lo que podrían hacer sus formidables padres por sus carreras. No habían habido apasionadas declaraciones de amor imperecedero, sólo confirmaciones fervientes de que harían un equipo brillante.

    Sakura Haruno, la privilegiada hija de científicos famosos que se habían elevado por sí mismos de la pobreza extrema de su niñez hasta los codiciados puestos en Los Álamos National Laboratory haciendo investigación cuántica altamente secreta para el Departamento de Defensa, había tenido por casi imposible obtener una cita fuera de la elitista comunidad científica en la que se había criado. En la universidad había sido incluso peor. Los hombres se habían citado con ella por tres razones: para tratar de congraciarse con sus padres, para ver si tenía cualquier teoría que valiera la pena robar, y, no menos importante, por el prestigio de salir con el prodigio. Esos pocos a los que les habían llamado la atención sus otras cualidades (traducido: la generosa talla C de su sujetador) no se habían detenido demasiado después de saber quién era y qué cursos aprobaba con honores mientras ellos apenas lograban arañar para aprobarlos.

    Se había hecho temiblemente cínica a los veintiuno.

    Se había dado de baja del programa de doctorado a los veintitrés, abriendo un cisma irrevocable entre ella y sus padres.

    Sola como el infierno a los veinticinco. Una auténtica isla.

    Dos años atrás, había pensado que con cambiar de empleo, con tener un trabajo bonito, normal y común con personas agradables, normales y comunes que no eran científicos se vengaría de sus problemas. Había hecho un duro intento para encajar y construir una vida nueva. Pero finalmente se había percatado de que no era su elección de carrera el problema.

    Aunque se había dicho a sí misma que había ido a Escocia para perder su virginidad, la cruel verdad era que había ocultado sus motivos más profundos y mucho más frágiles.

    El problema era que Sakura Haruno no sabía si tenía corazón.

    Cuando Sasuke había hablado tan apasionadamente acerca de lo que buscaba en una mujer, casi se había arrojado sobre él, loco o no. La familia... hablar... obtener placer de la belleza exuberante de las Highlands... tener niños que serían amados. La fidelidad, la unión, y un hombre que no besaría a otra mujer si estuviera casado. Sospechaba que Sasuke era un poco como una isla también.

    Oh, ella sabía por qué realmente había ido a Escocia: necesitaba saber si amor realmente era una ilusión. Estaba desesperada por cambiar, encontrar algo que la sacudiera con fuerza y la hiciera sentir.

    Bien, esto ciertamente calificaba. Si ella quería convertirse en una persona nueva, entonces qué mejor forma de empezar que obligarse a suspender completamente la incredulidad, lanzando la cautela al viento. Echar a un lado todo lo que había sido educada para creer y zambullirse en la vida, tan desordenada como ésta fuera. Para rescindir el control sobre lo que ocurría a su alrededor y confiar ese control a un loco. Criada en un ambiente donde el intelecto era apreciado por sobre todo lo demás, allí estaba su oportunidad para actuar impulsivamente, con instinto visceral.

    Con un loco guapísimo, si fuera el caso.

    Sería bueno para ella. ¿Quién sabía qué podría salir de eso? Era como sentir un cigarrillo divinamente perverso llamándola.

    —Ven —dijo él, cuando ella regresó. Había encendido fuego en su ausencia, y la joven consideró pedirle su encendedor, pero estaba demasiado exhausta para armarse de la energía suficiente para una potencial disputa sobre la propiedad. Violando totalmente su privacidad, él había registrado su mochila y había creado una cama insignificante esparciendo su previamente limpia ropa sobre el suelo. Una reciente adquisición, una vibrante tanga carmín, adornada con siluetas del terciopelo negras de gatitos que retozaban, asomaba entre una sudadera y un par de pantalones vaqueros. Ella pasó un momento calculando las posibilidades por las que él expondría la única tanga que había comprado en su vida, pero nunca había usado: la tanga que tenía la intención de llevar puesta cuando perdiera la virginidad.

    Inconcebible. Lo miró suspicazmente, segura de que había exhibido sus bragas a propósito, pero si era así, era la imagen de la inocencia.

    —No puedo obtener comida para ti esta noche —él se disculpó—, pero comeremos en la mañana. Por ahora, debes dormir.

    Ella no dijo nada, solamente lanzó una mirada irritada en sus ropas, esparcida a través de varitas de leña, hojas y tierra. Irritándola todavía más, él permanecía de pie en el perímetro de luz lanzado por las llamas, dificultando que ella lo viera claramente. Pero no se perdió esa sacudida leonina y perezosamente sensual de la cabeza masculina, echando hacia atrás su pelo oscuro y sedoso por sobre su hombro. Gritaba ven aquí, y la tentaba a pedir más.

    Él encontró su mirada furiosa con una sonrisa provocativa y gesticuló hacia su ropa.

    —Te hice un camastro para dormir. En mi época, extendería mi plaid para ti. Pero también te calentaría con el calor de mi cuerpo desnudo. ¿Me quito el plaid?

    —No hay ninguna necesidad de tomarse la molestia —ella barbotó precipitadamente—. Mis ropas están bien. Maravillosas. Realmente.

    A pesar de las tierras bajas abismales de sus emociones y las tierras altas febriles de sus hormonas, estaba rendida hasta los huesos y desesperada por alcanzar la altiplanicie del sueño. Sakura había hecho más ejercicio ese día que en un mes en casa. El montón pequeño de ropa cerca del fuego repentinamente parecía tan invitador como una cama.

    —¿Y tú? —preguntó ella, renuente a dormir si él iba a estar despierto.

    —Aunque no me creas, dormí por un tiempo larguísimo y encuentro que estoy más que renuente a cerrar mis ojos otra vez. Mantendré la vigilancia.

    Ella lo evaluó recelosamente y no se movió.

    —Me agradaría darte algo para ayudar a que te relajes —ofreció él.

    Las cejas de la mujer se unieron.

    —¿Como qué? ¿Una droga o algo por el estilo? —preguntó indignada.

    —Me han dicho que tengo un efecto tranquilizador con mis manos. Frotaría tu espalda, acariciaría tu pelo hasta que flotaras pacíficamente...

    —Creo que no —dijo ella con frialdad.

    Un destello rápido de dientes blancos fue la única indicación que tuvo de que se estaba divirtiendo.

    —Entonces recuerda que te lo ofrecí. Acuéstate antes de que te caigas. Debemos cubrir una gran cantidad de superficie mañana. Aunque te podría cargar, siento que tú no lo apreciarías.

    —Condenadamente correcto, Uchiha —ella masculló, mientras se dejaba caer al suelo cerca del fuego. Arrugó su camisa convirtiéndola en una especie de almohada y la acolchó bajo su cabeza.

    —¿Estás lo suficientemente caliente? –él preguntó suavemente en la oscuridad.

    —Estoy definitivamente tostada —mintió ella.

    Y en verdad, tembló sólo un poco antes de avanzar lentamente más cerca del fuego y caer en una profunda inconsciencia sin sueños.

    Sasuke observó el sueño de Sakura Haruno.

    Su cabello rosa, veteado con toques de luz más oscuros y más claros, brillaba tenuemente a la luz del fuego. Su piel era suave, sus labios exuberantes y rosados, el inferior mucho más lleno que el superior. Para besarlos de lleno. Por encima de sus ojos en forma de almendra, sus cejas rosas se arqueaban hacia arriba en los bordes exteriores, añadiendo una arrogancia aristocrática al semblante ceñudo que tan frecuentemente exhibía. Yacía sobre su costado, y sus pechos generosos se presionaban juntos en curvas peligrosamente tentadoras, pero no eran sus atributos físicos por sí solos los que lo conmovían.

    Era la mujer más inusual que alguna vez había encontrado. Lo que fuere que hubiera forjado su temperamento, era una aleación curiosa de audacia y cautela, y había comenzado a percibir que tenía una mente lista y rápida. Tan pequeñita, y sin embargo sin miedo de empujar su barbilla en el aire y gritarle. Él sospechaba que la audacia era más propia de su naturaleza, mientras su cautela era una cosa aprendida.

    La audacia le serviría bien en las pruebas que llegarían, y habría muchas. Sasuke escarbó en sus fragmentos de memoria, que era aún frustrantemente incompleta. Tenía dos días para recuperar perfectamente sus recuerdos. Era imperativo que aislara y estudiara cada detalle de qué había ocurrido antes de su encantamiento.

    Con un suspiro pesado, dio su espalda al fuego y se quedó mirando la noche en un mundo que no comprendía y del que no tenía deseo de formar parte. Encontraba ese siglo inquietante, sus sentidos hostigados por el ritmo antinatural de ese mundo, y estaba animado por la idea de que no tendría que pasar demasiado tiempo en él. A medida que escuchaba los sonidos poco familiares de la noche –un zumbido en el aire que pocos lograrían oír, un trueno intermitente extraño en el cielo– reflexionaba en su entrenamiento, examinando cuidadosamente los compartimentos de información almacenada en su mente.

    La precisión era necesaria, y se sobrepuso a un arranque de ansiedad. Nunca había hecho lo que pronto tendría que hacer, y aunque su educación lo había preparado para eso, la posibilidad de cometer un error era inmensa. Su memoria era formidable, pero el propósito para el cual había sido adiestrado nunca había tenido en cuenta la posibilidad de que no estuviera en el Castillo Uchiha cuando realizara el rito, y que no tendría acceso a las tablillas o cualquiera de los libros. Aunque se creía ampliamente que el Druidismo había languidecido –dejando sólo practicantes ineptos de hechizos inferiores– y que los estudiosos antiguos habían prohibido escribir algo de ellos, ambas creencias eran mitos que habían sido cultivados y propagados por los mismos pocos druidas restantes. Eso era lo que deseaban que el mundo creyera, y los druidas habían sido siempre expertos en la ilusión.

    Al contrario de esa creencia, el Druidismo había prosperado, aunque los druidas británicos, propensos al melodrama, apenas poseían el conocimiento para lanzar un hechizo efectivo de sueño, según los cálculos de Sasuke.

    Muchos milenios atrás, después de que los Tuatha de Danaan hubieran dejado el mundo mortal por lugares más excepcionales, sus druidas, mortales e incapaces de acompañarlos, habían competido entre ellos mismos por el poder.

    Entonces había acaecido una batalla prolongada que casi había destruido el mundo. En la secuela espeluznante, una estirpe había sido seleccionada para conservar lo más sacro de la tradición Druida. Y así el propósito de los Uchiha había sido diseñado. Sanar, enseñar, proteger. Enriquecer el mundo por el mal que ellos le habían hecho.

    El conocimiento fabuloso y peligroso, incluyendo las guías estelares y la geometría sacra, había sido cuidadosamente entintado en trece volúmenes y en siete tablillas de piedra, y los druidas Uchiha guardaban ese banco de conocimiento con sus almas. Cuidaban de Escocia, usaban las piedras sólo cuando era necesario para el mayor bien del mundo, y hacían lo mejor para sofocar los rumores acerca de ellos.

    El ritual que realizaría en Ban Drochaid precisaba ciertas fórmulas que debían recitarse sin error, y estaba inseguro de tres de ellas. Las tres más cruciales. ¿Pero quién habría creído que estaría atrapado en un siglo futuro? Si arribaban a las piedras, si el Castillo Uchiha ya no existiera y las tablillas estuvieran perdidas... bien, por eso él necesitaba a Sakura Haruno.

    Ban Drochaid, sus piedras tremendamente amadas, eran el puente blanco, el puente de la cuarta dimensión: el tiempo. Milenios atrás, los druidas habían observado que el hombre podía moverse en tres formas: hacia adelante y hacia atrás, de lado a lado, arriba y abajo. Luego habían descubierto el puente blanco, después de lo cual podían moverse en una cuarta dirección. Cuatro veces al año el puente podría ser abierto: los dos equinoccios y los dos solsticios. Ningún hombre común podía valerse del puente blanco, pero ningún Uchiha jamás había sido común. Desde el principio del tiempo, habían sido educados para hacer cualquier cosa, excepto poseer tal poder: la habilidad para viajar a través del tiempo, pues era una responsabilidad inmensa. Estaban obligados a obedecer infaliblemente sus muchos juramentos.

    Ella pensaba estaba loco ahora; seguramente lo abandonaría si sobrecargara su mente con más de sus planes. No podía arriesgarse a decirle nada. Sus métodos druidas ya habían hecho huir de él a demasiadas mujeres.

    Durante el tiempo que permanecieran juntos en el siglo de ella, le gustaría seguir viendo esa luz tenue de deseo en su mirada, no de repulsión. Le gustaría sentirse como un hombre sencillo con una mujer preciosa que lo deseaba. Porque en el momento en que terminara el ritual, ella le temería, y tal vez... no, seguramente, lo odiaría.

    Pero no tenía otra elección. Sólo el ritual y las esperanzas de un tonto. Sus juramentos exigían que retornara para evitar la destrucción de su clan. Sus juramentos exigían que hiciera todo lo que hiciera falta para lograrlo.

    Él cerró sus ojos, odiando sus opciones.

    Si Sakura hubiera despertado durante la noche, entonces lo habría visto, la cabeza echada hacia atrás, contemplando el cielo, hablándose suavemente en un lenguaje muerto por miles de años.

    Pero una vez que él había dicho las palabras del hechizo para intensificar el sueño, ella durmió pacíficamente hasta la mañana siguiente.
     
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