Explícito Cuando era más joven

Tema en 'Relatos' iniciado por The Condesce, 6 Agosto 2019.

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    The Condesce

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    Escritora
    Título:
    Cuando era más joven
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Romance/Amor
    Total de capítulos:
    1
     
    Palabras:
    1411
    En aquel tiempo estaba estudiando la carrera. Rentaba un cuartucho barato por el metro Tasqueña, dentro de la casa de alguien más. La dueña era una señora mayor. Vivía con su hijo de treinta y tantos que parecía no dedicarse a nada. También había una muchacha que estudiaba comunicación. Su cuarto, uno independiente con puerta a la calle, era el mejor. Yo entraba por el zaguán, donde la bicicleta abandonada de un niño de los ochentas siempre me observaba al llegar; y caminaba por un pasillo largo demasiado estrecho con baldosas amarillas que daba al patio. Lo único agradable en toda la casa era el patio. Cuidar las plantas parecía la única alegría de su dueña. Más de la mitad de las paredes eran de cemento; grises, monócromas. Pero el patio… el patio era verde; verde con azul, o violeta, o rojo, naranja, amarillo. Veintisiete macetas de flores, de hojas secas y acuosas, conté una ocasión. En una esquina, rompiendo la jardinera de concreto, había un árbol de naranjas, y por los cuatro muros chuecos crecían enredaderas. Al fondo, estaba mi habitación.

    No me puedo quejar. Siempre he sido bueno con las manos. Cuando llegué, no había un solo mueble. Bastaron unas cuantas tablas y un taladro prestado para poner las repisas de los libros y algunas barras. Tenía un frigobar usado que apenas enfriaba, y una parrilla eléctrica de un quemador. No los usaba mucho. Vivía a base de naranjas que cortaba del árbol, tacos baratos y la comida que mi novia me llevaba en tuppers a veces. En algunas ocasiones salíamos a comer y ella pagaba. Otras, ninguno de los dos tenía dinero. Ella también estudiaba.

    La cama era un colchón vencido al que se le salían los resortes. Al menos, el cuarto tenía baño. Un baño como de metro y medio cuadrado. El excusado no tenía tapa y de la pared mal acabada salía un tubo por regadera. Los azulejos naranjas eran espantosos, y la pared estaba pintada con un amarillo chillón descarapelado por la humedad que penetraba los muros. Siempre lo tenía sucio. Lleno de manchas de la pintura que enjuagaba en el lavabo.

    Tenía que trabajar para pagarme la escuela, y la Esmeralda no es nada barata. Chambeaba algunas noches preparando bebidas en un bar, los fines de semana, mesereaba en un café. Cuando podía, vendía alguna pintura por aquí y por allá. La vida era un poco extraña en aquella época. Una ambivalencia agridulce entre la angustia y sentir que flotaba en la genuina libertad anarquista. O tal vez eso último era el influjo del aguarraz encerrado en el cuarto y los días de ayuno. Me acostumbré al olor concentrado de la pintura, y al desorden que nunca pude corregir. Había papeles de garabatos sinsentido tirados por todos lados, entre tubos vacíos de óleo, escuadras de plástico que rompí al pisar sin fijarme, y otras baratijas más.

    En esos días aún estaba con mi novia. Pasábamos las tardes desnudos, encerrados en mi habitación sobre la cama escuchando discos de vinilo. Dormíamos siestas y despertábamos a poner más música. Bastaba entonces un instante de mirada para acabar devorándonos la boca. Cansados, sudados tras el orgasmo, me acurrucaba en sus brazos y se dedicaba a recorrer mi espalda lentamente con las yemas de sus dedos. Luego se vestía para irse. Y me quedaba tumbado aún desnudo, viéndola, deseando agarrarla por atrás y aventarla de regreso a la cama. Algunas veces sí lo hacía. Acabábamos por hacer el amor de nuevo y se quedaba a dormir. Siempre tenía que irse temprano en la mañana. A la escuela, al trabajo, o cualquier otra cosa más, aunque tenía una debilidad por mí. Bastaba una petición mía para derretirla y hacerla ceder. Procuraba no usarlo tan a menudo a mi favor.

    A veces no la veía en algunas semanas. En ocasiones estaba demasiado ocupada. Con la escuela, con las lecturas, con las prácticas de campo, el trabajo, o sus amigos. Y yo también tenía cosas que hacer. Cuando podía, la iba a ver a su departamento, y al entrar a su habitación, la aventaba a la cama y rompiéndonos los labios a mordidas la penetraba con fuerza. Duro. Rápido. Sin parar. Entrando y saliendo, hasta el fondo, hasta sentir que no existía forma física posible de que nuestros cuerpos se fusionarán más. Sintiéndome deslizar por su cavidad estrecha, presionante, caliente; tan húmeda y mojada, chorreando; y ella gemía, y me mordía el hombro o el cuello para evitar gritar demasiado alto. Pero de a ratos no le importaba. Y gemía mi nombre una, y otra, y otra, y otra vez. No sé si lo hacía a propósito. Si sabía que haciéndolo me volvía loco. Y me susurraba al oído entre jadeos: "te amo, te amo, te amo". Entonces me venía adentro. A ella le gustaba que me viniera adentro.

    Otras veces lo hacíamos lento. Empezaba besando sus pies y subía por sus pantorrillas, y sus muslos. Me empapaba la lengua de sus sabores y subía por su vientre dejando a mi paso el camino de mis labios, hasta llegar a sus senos. Suaves, tersos. Me detenía a besarlos y la escuchaba suspirar. Se deshacía con el tacto de mi boca sobre su cuello y dejaba de pensar. Entraba entonces quieto y acercábamos nuestros cuerpos más. Ella me tomaba el rostro con ambas manos, y me miraba tan hondo, que no me cabía duda alguna de que me estaba amando. Y mis manos se deslizaban pausado por toda su piel, delineando sus contornos; me perdía en el aroma que emanaba su pelo y sus poros; le acariciaba la mejilla y no retiraba mis ojos de los suyos; nos abrazábamos sentados, incapaces de separarnos. Al acabar, nos quedábamos así, conmigo adentro, y dejaba caer mi peso sobre su cuerpo menudo. Me estrechaba en sus brazos con fuerza y me besaba la frente mientras me acariciaba los cabellos. Hundía mi rostro en su pecho y de manera suave, como una madre con su niño, me abrazaba la cabeza y dibujaba círculos con un dedo sobre mi hombro. Me gustaba sentirla así, su ser completo contra el mío, su calidez. Tangible, física, ahí.

    Luego nos separábamos y me dedicaba a buscar con la vista todos sus lunares. A memorizar cada línea, cada color.

    En ocasiones me leía textos larguísimos de arqueología, historia y antropología. Decía que así se concentraba mejor. Yo sólo la observaba y escuchaba su voz, y formaba imágenes en mi mente sobre cómo pintaría esta vez su cara, cómo dibujaría esa vez su cuerpo, cómo trazaría su largo, largo cabello negro. Estando ahí, siempre me parecía que no quería irme nunca. Que esta vez no volvería a salir de su casa y me mudaría ahí. Que viviríamos juntos y podría amanecer cada mañana con ella en la cama, sonriéndome adormilada y dándome un beso, por el resto de mi vida, como todas las veces que me quedaba a dormir. Permanecía entonces algunos días ahí. Para regresar después de nuevo al cuartucho encerrado de las paredes descarapeladas.

    Salíamos cuando tenía algún sábado o domingo libres del trabajo a los museos de la Ciudad, a las exposiciones de arte. Visitábamos el jardín del convento del Carmen en San Ángel y nos acostábamos en la banca frente a la fuente a leer cuentos de Lovecraft, de Tolkien y de Borges. En vacaciones descargábamos películas en su computadora y las veíamos por las noches comiendo pizza. Caminábamos en la lluvia hasta empaparnos. Subíamos al Ajusco a besarnos. Jugábamos strip póker tomando cerveza.

    Habían momentos en que todo se volvía increíblemente difícil. La Ciudad de México como un monstruo enorme parecía engullirme entre difusas sombras sucias. El ruido se volvía una esquizofrenia de espectros. El aire, veneno. La gravedad aumentaba y todo parecía dar vueltas desquiciantes, como si estuviera ebrio en un carnaval asqueroso. Las personas en las calles, en el metro, se volvían grotescas criaturas sin rostro, deformes, infectas. El asfalto, podredumbre.

    Pero estaba ella. Estaba ella y en el ámbar de sus ojos parecía proyectarse una imagen diferente. Había algo purificador en la curva de sus labios al sonreír. Y me tomaba de la mano, para mirarme con infinita ternura, y me decía, que tenía fe en mí.

    Me juró, que mi dolor era el suyo, y con escogidas palabras embelesantes me aseguró, que aún si pasaran más de diez años, jamás me dejaría de querer.

    Yo le hacía dibujos, y ella, me escribía versos.
     
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    Tarsis

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    No sé porqué, pero esto tiene tanto tinte a ti. Es como si estuviese leyendo de ti.

    Me ha encantado, primero como narras la experiencia de sentirte sin nada, a la vez con todo. O a la vez con todo, pero sentirte sin nada. Todos los comienzos son difíciles, y en esa etapa de la vida usualmente debes sacrificar algo en pro de lo que quieres. Luego viene una relación como la de ellos. Perfecta dirían algunos, haciendose espacio para el otro en sus vidas, como caminándola juntos pero sin ser tropiezo el uno para el otro.


    Y esa frase final... *-------------------*
     
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