Alexia y el Cuervo

Tema en 'Relatos' iniciado por Silte, 13 Octubre 2010.

  1.  
    Silte

    Silte Guest

    Título:
    Alexia y el Cuervo
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    1
     
    Palabras:
    7082
    Alexia y el Cuervo

    Advierto que esta historia contendrá escenas gore y subidas de tono, para que la gente sensible se abstenga o de leer, o prepare su estómago (tampoco soy tan sádica O.O)

    __________

    Prefacio

    Si Alexia pudiera regresar el tiempo y evitar la noche fatídica en que su existencia cambió por completo, lo haría sin dudarlo ni un sólo segundo.
    En sus noches de eterna agonía, pensaba si era correcto lo que había hecho en el transcurso de los años. Sometida a reglas que jamás hubiera querido aceptar si en ese tiempo hubiese tenido una opción y que ahora, para su propia desgracia, la obligaban a acabar con lo único que le había hecho pensar que estaba viva, que era parte importante del mundo aunque ella no lo creyera con firmeza.
    Estando allí, parada en medio de la habitación tan sólo iluminada por algunas velas y frente a la mirada expectante del clan que esperaba una respuesta concreta, Alexia sólo añoraba que al menos una lágrima fuera derramada por ella y por los que había asesinado por necesidad o tan sólo fuera derramada por aquél que esperaba una muerte segura esa noche.

    _________________


    Erase una vez una noche de fiesta

    La llamada llegó alrededor de las cinco y media de la tarde, mientras ella pintaba un dibujo cuya base había recién terminado, el que había trabajado con cuidado la última semana con el fin de dárselo de regalo a alguien especial y cuyo cumpleaños era la semana próxima, pero cuando escuchó el inconfundible y estridente sonido de su celular, dejó todo su trabajo de lado y se levantó de un salto de la cama para dirigirse casi corriendo al otro extremo de la habitación, hacia el librero donde reposaba el teléfono móvil. Apretó la tecla para aceptar la llamada y se llevó el comunicador a un costado de su cabeza.
    ― ¿Qué pasó al final? ―preguntó sin preámbulos mientras caminaba devuelta a la cama para poder sentarse.

    Créelo o no, pero el presidente de curso sirve para algo―la fémina, al otro lado de la línea, rió―Logró pagar todo, pero creo que nos sacará el dinero la próxima semana para devolverle todo lo que le hicimos gastar en la fiesta.

    ―Por eso no me preocupo, yo ya pagué mi parte―sonrió con suficiencia mientras apoyaba la mano libre sobre la colcha y se recargaba un poco hacia atrás.

    Te aseguro que nos harán pagar a todos por igual―se le escuchó bufar.

    ―Ya, de acuerdo―no tenía muchas ganas de discutir sobre ese punto, había estado susceptible, mejor dicho, propensa a enojarse por culpa de la menstruación toda esa semana y ahora que ya no la tenía, no quería volver a enojarse― ¿Y a qué hora será al final?

    Empieza a las diez y terminará a las cuatro de la mañana ¿Qué te parece?

    Ella respondió afirmativamente mientras comenzaba a mover el pie como si le estuviera dando un tic nervioso.

    ¿Crees que te dejarán?

    ― ¿A qué te refieres con eso? ―ella frunció el ceño, molesta por el comentario― ¿Por qué no habrían de dejarme?

    Bueno, tus padres no son de las personas que te dejan ir a fiestas por demasiado tiempo. Bueno, tú sabes.

    ―Camila, estaré allí―gruñó―Es la fiesta de fin de curso, no me la voy perder ¿entendido?

    No te discuto el que quieras ir, sólo digo si te dejarán. Sólo eso. No te enojes.

    ―Yo me encargo de eso―pronunció―De todas formas ¿Dónde nos encontramos?

    En la Plaza de Armas, junto a la pileta a las nueve y treinta, de ahí nos vamos al Nocturno.

    ―Hecho, no vemos ahí en unas…―su mirada se posó rápidamente en el reloj en forma de mariposa sobre su mesita de noche―… En unas cuatro horas y media.

    No se te olvide llevar el carné para que te dejen pasar, Alexia―rió.

    ―No me voy a olvidar―bufó, sabiendo de antemano el por qué de que su amiga riera―Y no me recrimines esa vez ¿quieres? Es molesto y sabes que no lo hice a propósito.

    Pero nos jodiste la noche―respondió en son de burla―De todas formas, fue una lata después de que estuvieras rogando una semana por esa salida ¿no te parece?

    Alexia maldijo para sus adentros al imaginarse a su amiga con una maligna sonrisa en su rostro y un oscuro y tétrico fondo haciéndole de escenario. Suspiró, debía dejar de ver tantas animaciones.

    ―Eso pasó hace dos años y no se repetirá de nuevo ¿de acuerdo?

    Ajá, bueno, ahora anda a pelear para que te dejen salir hoy en la noche.

    ―Mi papá es pan comido, con quien voy a pelear es con mi mamá―bufó.

    Arderá Troya, supongo.

    ―Supones bien, mi querido Watson―susurró―Mi madre es un ogro y además mi carcelera.

    Como digas, de todas formas, manda mensaje si no te dejan―Alexia bufó en respuesta―Te dejo o se me acaban los minutos.

    ―De acuerdo, nos vemos esta noche―insistió antes de colgar y dejar tirado el celular sobre la cama.

    Alexia salió de su habitación, preparándose mentalmente para la discusión que tendría con su progenitora y dirigiéndose hacia la cocina que se encontraba junto al comedor y que anexaba al patio posterior de la casa en la que habitaban en el centro de La Serena, cercana al Liceo de niñas. Su corazón latía desenfrenado mientras pasaba por la sala, odiaba la idea de tener que pelearse, de nuevo, con su progenitora para que le dejara ir a la bendita fiesta. Sabía que, aunque se la debía desde que se había quedado en casa para cuidar al monstruito de su hermana, ella no daría su brazo a torcer con tanta facilidad.

    El aroma de masa recién hecha y azúcar flor llegó a su nariz de golpe, increíblemente, su estómago hizo un leve sonido, indicándole el hambre que sentía. Claro, no había pensado en comer mientras trabajaba en el dibujo.

    Entró a la cocina silenciosamente, ésta era de un color amarillo suave, los muebles de un blanco que contrastaba con la cocina propiamente tal; el lavaplatos y el refrigerador que eran plateados, su madre estaba dándole la espalda, justo delante de ella, amasando con un rodillo la masa que Alexia había olido antes de entrar a la pequeña habitación.

    ―Mamá―llamó provocando que su madre diera un respingo y soltara el rodillo, el cual se desplazó sobre el mesón y se detuvo junto a un paquete de harina, asustada.

    ― ¡No te sentí! ―exclamó con la mano sobre el pecho, mientras se giraba―No vuelvas a hacer eso.

    ―No era mi intención―contestó.

    ―Estoy haciendo rosquillas para mañana ¿Qué te parece? ―comentó mientras se limpiaba las manos en el delantal de cocina.

    Su madre era una mujer de cuarenta y siete años, de cabello negro siempre sujeto en un moño alto para que no le estorbara y de piel morena, ella era ama de casa ya que, aunque terminó la enseñanza media exitosamente, sus padres no tenían el dinero para pagarle la universidad y en vista de que ellos necesitaban ayuda en casa con sus otros cinco hermanos, de los cuales ella era la mayor, se dedicó a cuidarlos y hacerle menos pesada la tarea a su progenitora que cada día parecía cansarse más. Su madre, a pesar de todo, era una mujer de carácter fuerte y a veces un poco intransigente, quizás se debía a las millares de cosas por las que había pasado en su vida, pero eso no la hacía una mala persona. Recordaba que, cuando ella era muy niña y su abuelo aún vivía, él hablaba de su madre con un orgullo inigualable. Hasta había escuchado un par de veces que su madre había dejado muchas oportunidades de lado sólo por ayudar a la familia, ya fuese trabajando vendiendo pollo o ayudando a sus hermanos en las tareas escolares. Alexia muchas veces se preguntó si su madre no habría querido otra vida, tal vez una más próspera de la que estaba viviendo, encerrada en esa pequeña casa, cocinando habitualmente algún manjar, pero no aspirando a nada más que cuidar a sus hijas.

    ― ¿Alexia? ―su madre le hablaba extrañada.

    ―Dime.

    ―Niña, parecías que estabas en alguna nube―sonrió. Alexia sólo pensaba en que esa dulce sonrisa desaparecería en unos instantes― ¿Quieres ayudarme? ―señaló la masa sobre el mesón cubierto de harina.

    ―No. En realidad, quería hablarte de algo―contestó presurosa.

    ― ¿De qué se trata? ―su progenitora cambió el switch rápidamente, pasando de madre cariñosa a recelosa. Sabía perfectamente que ella debía estar sospechando de lo que le hablaría.

    ―Hoy en la noche hay una fiesta del curso en el Nocturno―respondió.

    ― ¿El local nuevo? ―preguntó cautelosamente.

    ―Sí―afirmó―Es la fiesta de final de curso, empieza a las diez y terminará a las cuatro.

    ― ¿Y quieres que te deje ir? ―la pregunta fue sarcástica― ¿sabes dónde está ese local?

    ― En la avenida Aguirre―contestó.

    ― ¿Te parece bien?

    ― ¡Voy a estar con mis compañeros! ―argumentó―Los conozco desde los cinco, a la mayoría ¿Qué podrían hacerme?

    ―Eres muy inocente, Alexia―refutó la mujer―Ahora no es como antes, los jóvenes de ahora son unos bastardos a veces―la joven siseó.

    ―Es una buena manera de llamar a mis amigos―comentó sarcásticamente― ¿Por qué habrían de hacerme daño? No seas paranoica.

    ―Tus amigos no, pero alguien del curso con el que hayas tenido alguna diferencia sí. Mira, no falta el que pone la pastillita en la bebida para dejar mal a uno.

    ―Eres una mal pensada―susurró enojada―No soy idiota, sé cuidarme.

    ― ¿Enserio? ―sonrió―Ni siquiera sabes cocinar y vas a saber cuidarte sola.

    ― ¡Eso no viene al caso!

    ―Sí viene. Uno puede hacer todo lo que sea necesario para no terminar mal, pero uno no maneja a los otros. Sólo un segundo de descuido basta.

    ― ¡Oh, por favor! ―bufó.

    ―La respuesta es no―y la mujer dio media vuelta para seguir amasando.

    ― ¡Va a estar sólo mi curso! ―exclamó― ¡Nunca me dejas salir y además me la debes!

    ―No seas melodramática y no te debo nada―respondió sin voltearse.

    ― ¡Claro que me la debes! ―exclamó―La última vez que quise salir me lo impediste porque tenía que cuidar a Magda, porque a ti y a mi papá se le ocurrió echarme a perder la noche de un momento a otro.

    ― ¡No hables como si tu hermana fuera menos importante que tus amigos! ―su madre se dio vuelta para mirarla severamente.

    ― ¡Yo no he dicho eso!

    ― ¿Entonces qué has dicho? Mira, Alexia, alguien tenía que cuidar a Magdalena esa noche.

    ―Sí, porque a ti y a mi papá se les ocurrió salir en una cita―bufó―Así que me la debes.

    ―No intentes chantajearme, jovencita.

    ―No lo hago, aplico mi derecho a la libertad.

    ― ¿Cómo la llaman ustedes? ―se preguntó, ignorando el comentario anterior de su hija― ¡Oh, sí, drama queen!

    ― ¡Una vez, sólo una vez! ―gritó― ¡Te pido salir cada mil años en la noche y no me dejas!, ¡en la universidad no estarás para mí siempre, tengo que aprender ahora!

    ― ¡Ya te dije que no!

    ― ¡Nunca me permites nada! ―exclamó― ¡Estoy segura de que si tuviera novio me armarías el mismo escándalo!

    ― ¡Claro que lo haría, ni ellos son confiables! ―exclamó― ¿Sabes acaso cuantos novios asesinan a su pareja, las obligan a abortar, las golpean o presionan para tener sexo?

    ― ¡Oh, por favor! ―bufó― ¡Llevas al límite la sobreprotección!

    ― ¡No…!

    La puerta de calle se cerró, llamando la atención de ambas féminas. Ninguna de las dos había oído las llaves ni el sonido de la puerta que, al ser vieja, rechinaba con fuerza.

    ― ¡Llegamos! ―la niña atravesó el portal de la puerta, pasando por el lado de Alexia sin dirigirle la mirada.

    ―Hola, cariño―saludó la mujer a la niña que sostenía un álbum de Hello Kitty en sus manos.

    ― ¡Mira lo que me compró, papá! ―exclamó mostrándole el álbum.

    Alexia bufó, ahora su madre no le pondría atención porque su hermanita se la pasaría hablando de Hello Kitty con ella. Monstruito, pensaba, justo cuando menos la necesitaba.

    ― ¡Alexia, ven y ayúdame con estas bolsas! ―la voz de su padre provino de la sala.

    La muchacha volvió a bufar y abandonó la cocina después de que su madre le preguntara a Magdalena si quería ayudarla con las rosquillas.

    ―Hola, papá―saludó sin mucho ánimo.

    Su padre tenía el cabello negro también, pero; a diferencia de su madre quien parecía mantener su juventud intacta, su progenitor poseía gran cantidad de canas, tanto en el cabello como en el bigote. Él era más afable que su madre, al menos no era tan duro y se podía mediar con él con facilidad, él decía que ella podía salir en las noches si respetaba un horario, lo cual no era ningún problema para ella, sin embargo, quien dictaba las órdenes era su madre. Era un matriarcado, definitivamente.

    ―Su discusión se escucha allá afuera―señaló un poco molesto, aunque no lo suficiente como para alarmarse.

    ―Quería salir esta noche―respondió ella mientras tomaba una de las bolsas que su padre le ofrecía.

    ―Sí, eso supuse―contestó mientras tomaba un par de carpetas que seguramente había traído del trabajo y había olvidado bajar del auto la noche anterior―Siempre arman escándalos cuando se trata de eso.

    ― ¿No lo harías tú? ―bufó mientras recibía otra bolsa del supermercado―Hasta tú salías más a menudo a las fiestas de tus amigos.

    ―No se te olvide que corría el riesgo de terminar con un balazo en la cabeza―contestó.

    ―Y aún así salías―refutó.

    ―Intentaré convencerla―musitó―Pero el tiempo máximo es a las dos de la mañana.

    Alexia sonrió y asintió abiertamente. Tenía la batalla ganada.

    ―Es una hora razonable―decía su padre desde la cocina ante la negativa de su mujer.

    Alexia ignoraba la discusión lo más que podía mientras fingía que le interesaba el álbum nuevo de su hermanita, el cual; estaba segura, terminaría olvidado entre los cachivaches cuando encontrara otra cosa que la fascinara.

    ― ¡Ayúdame a pegar! ―exclamó Magdalena, señalado las láminas esparcidas en la alfombra de la sala.

    ―Bueno―contestó aburrida mientras tomaba una lámina en la que la dichosa gatita salía sosteniendo unas banderas británicas, la volteó para ver el número y volvió a hablar―Es la veintiocho.

    Magdalena hojeó bruscamente las páginas hasta encontrar la que contendría la lámina. Todas las páginas eran demasiado rosa, pensaba Alexia mientras despegaba la parte posterior para dejar al adhesivo expuesto.

    ― ¡Dame! ―extendió la mano Magdalena. Ella le dio la lámina con cuidado y, a cambio, su hermana la pegó chueca en el lugar correspondiente.

    ―Deberías usar una regla, monstruito―Magdalena la miró y le sacó la lengua en respuesta―Niñita―le respondió sutilmente mientras tomaba otra de las dichosas láminas y volvía a voltearla para ver el número―La treinta y tres.

    ―Ale―la susodicha se volteó para ver a su padre.

    ―Dime―sonrió abiertamente. Tras él estaba su madre con cara de pocos amigos.

    ―Sólo hasta las dos y con el celular prendido.

    Alexia se regodeó por dentro y se levantó del suelo sin prestar mucha atención a los reclamos de su hermana que la instaba a seguir pegando láminas.

    ―Gracias.

    ―Ayúdame a servir, Alexia―refunfuñó su madre antes de volver a la cocina.

    ―Gracias, papá―susurró al pasar al lado de él.

    ―Me debes una―contestó.

    Su madre siguió refunfuñando mientras tomaban la once, aún y cuando intentaron hacer amena la situación y cambiarle el ánimo, pero lo cierto era es que Julia pensaba que le habían arrebatado su autoridad.
    Tonterías, pensaba Alexia por su parte, lo que pasaba es que su madre no entendía que debía darle un poquito más de libertad. Tenía dieciséis, no ocho como su hermana y en un par de años estaría a las puertas de la universidad e irse de la casa. ¿Qué quería?, ¿Que se quedara en casa para siempre?

    Se peinó el cabello, del mismo color negro que el resto de la familia, hasta los hombros y se vistió de manera simple, tan sólo con sus zapatillas habituales, sus jeans y una camiseta sin mangas sobre la cual se puso un polerón a juego.
    Salió alrededor de las nueve, poniéndose el banano pequeño en el cual llevaba dinero, su celular y las llaves de la casa y se dirigió a paso presuroso hacia la plaza de armas de la ciudad.

    ―Estaba por llamarte―comentó Camila al verla.

    El grupo se componía de tres mujeres, incluida ella, y dos hombres. Estaba Camila, su mejor amiga y con la que había compartido casi toda una vida, pensando que se conocían desde el kínder, luego estaba Manuel, su amigo de anteojos que le metió el bichito del dibujo cuando tenía nueve años. Le seguía Huguito, como lo llamaban cariñosamente, era un poco loco y algo obsesionado con la revista playboy, cuestión que irritaba cuando llevaba la nueva del mes al colegio y lo ponía sobre la mesa a mitad de la clase sin reparos y, finalmente, estaba Solange con su pelirroja cabellera y el rostro cubierto de pecas, ella era la más nueva del grupo, había llegado hacia dos años al colegio, cuando comenzaban enseñanza media, ella era la más vergonzosa de los dos, le costaba tomar temas fuertes de conversación porque se ponía nerviosa o se sonrojaba por cualquier cosa.

    ―Te dije que vendría―susurró.

    ―Dudar es humano―contestó Camila.

    ―Errar también―refutó.

    ―Bueno, antes de que comiencen a discutir sobre cómo es que te dejaron venir ¿Por qué no vamos caminando? Se hará la hora pronto. Nos quedan…―Manuel revisó su reloj de muñeca―… veinte minutos para llegar. Así que andando.

    Bajaron hacia Pedro Pablo Muñoz y caminaron un par de cuadras hasta llegar a la avenida en la cual se encontraba el local, sin embargo, debían bajar más allá de José Joaquín Latorre, así que apresuraron el paso.
    Daban las diez con quince minutos cuando vieron el letrero luminoso del local y la fachada negra y azul que iba a juego con el nombre que le habían dado, la fila no llegaba muy lejos por ser una fiesta privada, vio a sus compañeros de curso mostrar uno por uno el carné a media que avanzaban hasta llegar a la puerta donde el guardia miraba y comprobaba los nombres en libreta.

    ― ¿Cómo crees que será? ―preguntó Solange tras ella mientras saludaban al pasar.

    ―Espero que sea buena―le contestó mientras tomaba lugar tras Huguito, quien de pequeño no tenía nada.

    ―Haré una lista de por qué hay que organizar este tipo de cosas más seguido―comentó.

    ―Ni siquiera sabes si todo será fantástico―refunfuñó Camila.

    ―Oh, no me refería a la fiesta en sí.

    ―Cerdo―musitó Alexia.

    El antro por dentro era toda una maravilla, las paredes oscuras le daban un toque lúgubre, los mesones de madera barnizada y brillante le contrastaban, las luces que cambiaban de color y la música que, aunque salía del estilo que el lugar tenía, hacía la perfecta combinación. El barman servía a los chicos aunque no pudieran beber licor legalmente, siempre ocurría esas cosas en los antros, el Dj cambiaba el estilo musical de vez en cuando, algunos fumaban y otros, simplemente, bailaban en la pista… algunos más tiesos que otros, algunos más atolondrados y otros haciendo movimientos alocados que sacaban carcajadas de repente.

    Alexia se divertía y, aunque no era muy diestra bailando, se dejaba llevar por los movimientos de Huguito que se movía de un lado a otro como una máquina incansable. Ella no sabía de dónde sacaba tanta energía, pero sospechaba que se debía a que se quedaba hasta tarde jugando en la PlayStation o mirando películas no aptas para menores hasta que casi se hacía de día.

    ― ¡Mi turno, comadre! ―Camila apareció de repente y palmoteó su hombro izquierdo.

    ― ¡Ve con Manu! ―exclamó de regreso.

    ― ¡¿Estás loca?!

    Huguito detuvo su danza egipcia y preguntó.

    ― ¿Por qué?

    ―Miren hacia allá―señaló haciendo un movimiento de cabeza hacia la derecha.

    Ambos voltearon a ver en aquella dirección, Solange y Manuel se encontraban apoyados en la pared, muy cerca el uno del otro mientras se decían Dios sabe qué cosa.

    ― ¿No parecen acaramelados? ―preguntó sarcásticamente―No pienso hacer mal tercio ahí, así que vine a robarte la pareja por unos minutos.

    ―Oh, por supuesto―bufó mientras seguía mirando a la pareja que coqueteaba descaradamente― ¿Y con quién se supone que bailo yo?

    ― ¡Un ratito! ―exclamó Camila mientras tomaba del brazo a Huguito― ¡Te pagaré un vaso de ron!

    ― ¡Ni siquiera me gusta el alcohol! ―reprochó.

    ―Una bebida, entonces―siguió.

    ―De acuerdo, pero no te olvides―aceptó sin muchas ganas.

    ―Podríamos bailar los tres juntos y ya―propuso el muchacho.

    ―No, está bien, quiero descansar un poco.

    ¿Solange y Manuel? Se preguntaba mientras iba al baño a mojarse la cara, no se lo había ni imaginado hasta que Camila lo señaló. Solange era una muchacha muy tímida, hablaba sí y se comunicaba con los otros, pero le costaba hacer amigos y se enmudecía con frecuencia por cuestiones que muy pocos entendían, pero al menos ellos y los profesores lo sabían. Ella había tenido la suerte de nacer en una buena familia, pero Solange no. Su amiga tenía a un padre controlador y sobre exigente, la oprimía a tal sentido que estaba segura que en su casa debía ser aún más reservada de lo que era en el colegio. Muchas veces la había escuchado decir las cosas que su progenitor quería escuchar, como si nada más importara y, ahora, estaba segura que había mentido para poder venir a la fiesta, quizás le había dicho a su familia que se quedaría a dormir en la casa de Camila o la suya ¿Quién sabía?
    Por otro lado, Manuel era más espontaneo y un artista, le gustaba conversar temas polémicos, algunos de los cuales eran difíciles de tomar para la muchacha, pero también era correcto y sabía cómo no incomodarla en demasía. Ahora recordaba que, una vez, él le había comentado que deseaba pedirle a Solange que fuera su modelo para una pintura ¿en qué habría terminado aquello? Quizás ella había aceptado y desde ese entonces su relación se había afianzado hasta convertirse en algo más que simple amistad o quizás fue antes. ¿Cómo es que nunca se dio cuenta de todos modos?, ¿Y Huguito y Camila, hace cuánto lo sabían? Tal vez se venían recién enterando o…

    Su celular comenzó a sonar justo en el momento en que cerraba la llave del lavabo. Secó sus manos rápidamente con el polerón y buscó su teléfono móvil en el banano atado a su cadera.

    ―Mierda…―pronunció al ver quién llamaba. Era su madre―Hola, mamá―dijo al contestar.

    ― ¿Sabes qué hora es? ―le preguntó desde el otro lado.

    ― ¿Se me ha pasado la hora, verdad? ―se mordió el labio en un acto reflejo.

    ― ¡Quiero que te vengas ahora mismo! ―exigió.

    Alexia suspiró.

    ―Voy para allá.

    Lo siguiente que hizo después de colgar, fue salir de baño frustrada por no poder quedarse más tiempo.

    ― ¡¿Ale, quieres bailar?! ―la susodicha dirigió la vista a su compañero de curso, Gabriel.

    ―Me gustaría, pero no puedo, Gabo―contestó.

    ― ¿Por qué no? ―preguntó más curioso que decepcionado.

    ―Porque me han dado toque de queda como la cenicienta―contestó casi con el enojo plasmado.

    ―Que lata, tus viejos deberían darte más espacio.

    ―Se los he intentado decir―contestó―Nos vemos el lunes.

    ―Cuidado de regreso―le advirtió el muchacho. Ella sonrió y contestó que tendría cuidado.

    Debo irme, despídanme de los demás. Esas eran las palabras que les había dicho a Camila y Huguito, los cuales se habían ofrecido acompañarla hasta su casa sin chistar, sin embargo, la muchacha negó rápidamente el ofrecimiento pidiéndoles que se divirtieran por ella.
    Ahora, caminando por la casi desierta avenida que comenzaba a atraer a ciertos personajes que ya eran comunes en las ciudades y que se paraban en las esquinas de las calles y se paseaban esperando a que algún automovilista se detuviera y las hiciera subir. Sólo esperaba que no se le acercaran en ningún concepto.

    En una esquina, por su cabeza cruzó la idea de desviarse un poco e ir al Telepizza a comprarse una individual para darle a su estómago. Se empezaba sentir un poquito vacía y el hambre no le ayudaría a caminar más rápido. Abrió nuevamente su mágico banano y contó rápidamente el dinero que tenía. El suficiente para comprarse una. Se le hizo agua la boca al pensar en el sabor de su pizza favorita y cerró el banano con todas sus cosas adentro en el preciso momento en el que el sonido de una lata al ser pateada atrajo su atención.
    Alexia miró hacia el frente, al otro lado de la calle había un hombre de piel pálida, mortuoria, de facciones serias y cuya mirada llegó a helarle la sangre, inmediatamente el instinto le dijo que aquel tipo no era de buenos trigos y que debía alejarse lo más pronto posible de él.
    El hombre de cabellos oscuros le sonrió lascivamente cuando le sostuvo la mirada más de lo que ella deseaba y dio un paso adelante para cruzar hacia donde se encontraba. Alexia dio un paso atrás en un acto reflejo y un escalofrío subió por su columna vertebral al momento en que él dio otro paso. ¡Tenía que irse!

    La bocina de un auto rompió el encanto amenazador, el automóvil pasó justo en el momento indicado para que ella se decidiera a tomar el camino hacia el local de pizza, el cual le refugiaría de ese tipo si es que tenía malas intenciones.

    Y las tenía.

    Los pasos retumbaban en sus oídos mientras avanzaba a mayor velocidad y ladeó el rostro para mirar hacia atrás, sólo unos segundos tardó para darse cuenta de que él realmente la seguía y que al parecer no tenía intenciones de dejarla escapar. Entonces no pensó dos veces en comenzar a correr hacia cualquier parte, un local abierto, hasta los cafés con piernas podrían servirle de refugio si pedía ayuda a algún guardia. Cualquiera que fuera, sólo deseaba quitarse al tipo de encima.
    Dobló en una esquina, donde sabía que unos metros más allá había un local nocturno, ahí pediría ayuda a quien fuera y luego se iría a casa cuando sintiera que estaba fuera de peligro. Sus pasos se hicieron más largos y rápidos, podía ver la puerta del local y la música retumbante. Estaba cerca, lo suficiente como para acelerar el paso como para largarse una corrida estilo atleta y salvarse.

    Y de repente todo se fue por el caño.

    Su cuerpo fue lanzado hacia un callejón, golpeando contra algunos basureros. Alexia sintió el impacto doloroso contra su espalda y, sin embargo, evitó llorar para concentrarse en ponerse de pie y escapar adonde fuera, aunque no sabía exactamente qué había ocurrido y cómo demonios la había lanzado con esa brutalidad inhumana. Sus ojos intentaron acostumbrarse a la oscuridad, pero no lo hicieron con la rapidez que ella deseaba, buscó con desespero la luz, allá donde los faroles estaban encendidos, pero no pudo hacer nada más que añorar poder llegar a ella porque la sombra amenazante del atacante estaba demasiado cerca como para lograr escapar sin que él la golpeara de nuevo.
    Las manos de aquel tipo la tomaron con fuerza nuevamente y la estamparon contra el suelo sin piedad por su frágil cuerpo. La cabeza le dolió por el impacto con el cemento duro y juró que se había hecho alguna herida porque sentía calor en la nuca y un líquido espeso que pegoteaba sus cabellos.

    ― ¡Pervertido! ―gritó sin mirarle a la cara, intentando buscar en vano una salida para evitar que la violara― ¡Mi padre trabaja para la PDI, te va a patear el trasero en prisión! ―mintió lo mejor que pudo, sin embargo, él le sonrió como si aquello fuera un chiste.

    Eran rojos, rojo sangre. Sus ojos eran más perturbadores de cerca que de lejos, al otro lado de la calle ni siquiera había podido notar su color, pero ahora era diferente, podía ver cada detalle de ellos. Eran llamas ardiendo, danzando anhelantes. Un baile hipnótico y atrayente.
    No supo cuando dejó de luchar y gritar, pero si fue consciente de cuando él dejó de ejercer fuerza sobre ella y comenzó a tocarla delicadamente, aunque con un toque de lujuria en sus movimientos.

    Sus manos eran heladas, llegaban a quemar como cuando sostienes por demasiado tiempo un cubito de hielo del congelador. Sus dedos acariciaron deliciosamente su estómago, presionando en lugares precisos antes de comenzar a subir lenta y tortuosamente para encontrarse con los pechos de la muchacha. Ella dio un respingo cuando sintió las manos heladas masajeando sus montes por sobre la tela del sujetador.
    Dejó escapar un gemido agónico, arqueándose al acto.

    El hombre le sonrió y buscó su cuello, lamió sucesivamente mientras una de sus atrevidas manos dejaba el pecho que ocupaba y bajaba hasta sus pantalones.
    Dios, era como una muñeca, no podía reaccionar como se suponía que debía hacer, él la manejaba como si no tuviera control de sí misma.
    El agresor le quitó el banano de un solo tirón y lo arrojó entre las bolsas de basura que se acomodaban en un rincón, a ella le pareció curioso que no viera lo que llevaba dentro, pero aquel pensamiento desapareció de su mente rápidamente.

    ― ¡No! ―exclamó al sentir como esa mano lasciva se hacía paso entre sus pantalones, buscando lo que ella jamás había mostrado a un hombre.

    Acarició esa zona sin reparos y ella gimió suavemente mientras se removía bajo él. Las cosas no iban bien. Él jugueteó un poco más mientras seguía lamiendo aquella zona de su cuello que comenzaba a adormecerse por toda la atención recibida. La otra mano sobre su pecho se volvió más exigente y brutal, y las caricias en su zona íntima se volvieron violentas, desesperadas. Gimió en respuesta a las renovadas atenciones, su cuerpo era un volcán en erupción.

    Sus colmillos traspasaron la carne blanda y se albergaron en la arteria más cercana, donde la sangre limpia circulaba.
    Ella gritó en respuesta ante la dolorosa intrusión.
    Pero él los retiró rápidamente y comenzó a succionar el delicioso néctar rojo que surgía de la herida previamente hecha. La muchacha gemía y se retorcía bajo sus brazos sin saber que en unos minutos la dejaría seca y muerta en ese callejón, y los movimientos rítmicos de sus manos lo ayudaban a distraerla y le entregaban un sabor más dulce a aquella sangre.

    ― ¡No…!―Gimió nuevamente ella mientras apretaba las piernas, atrapando la atrevida mano de su asaltante en el acto, el cual respondió moviéndola en círculos― ¡Basta…!―suspiró.

    Una canción conocida y estridente llegó a su cabeza.

    Aquelarre de Mägo de Oz. Su celular.

    Alexia recuperó la cordura, y se desesperó al sentir como él la succionaba y ultrajaba. ¿En qué momento lo había permitido?

    ― ¡No! ―y ésta vez no fue un gemido, el grito fue de protesta y aborrecimiento. Sus manos se movieron como no lo habían hecho antes y apartó bruscamente la cabeza de él de un solo golpe.

    El hombre, sorprendido por el actuar de ella, abrió la boca y le mostró los amenazantes colmillos.

    ― ¡Monstruo! ―exclamó y lo golpeó en la quijada para quitarlo de encima.

    Gotas de sangre cayeron inesperadamente en el interior de su boca mientras seguía forcejeando con la criatura que parecía no inmutarse con nada. Entonces reunió sus fuerzas y golpeó con la rodilla la entrepierna del agresor.
    Fue instantáneo, él dejó escapar un gruñido molesto y se apartó. Eso siempre funcionaba.

    Alexia aprovechó el momento, se levantó de un salto y corrió lejos de aquel monstruoso sujeto. Volvió sobre sus pasos lo más rápido que pudieron sus piernas temblorosas. Se sentía sucia, no podía creer lo que había hecho o, más bien, lo que había dejado que le hicieran. Las lágrimas se acumularon en sus ojos y un doloroso ardor se acumuló en la zona en la que él había clavado sus colmillos. ¿Qué demonios era?, ¿Un vampiro? No, imposible, el tipo debía estar lo suficientemente loco como para hacerse colmillos gigantes con un dentista. Debía ser un desquiciado fanático de lo esotérico.

    La calles estaban casi desiertas, ¿Qué hora era? No lo sabía, su celular había quedado en el callejón junto a su dinero.

    Dios, debió quedarse en casa esa noche o, por lo menos, debió hacer caso a sus amigos y permitir que la acompañaran.

    ― ¡Ah! ―gimió. Una de sus manos buscó los orificios que el tipo le había hecho y los sobó. Le dolían demasiado.

    La cabeza le comenzó a dar vueltas a mitad de camino, cuando se dio cuenta de que el agresor no la seguía. Pensó que se trataba de la conmoción y del golpe que se había dado contra el suelo, todo su cuerpo temblaba irrefrenablemente, sentía gotas de sudor surcar su estómago y su cabeza. Se le dificultaba respirar a cada paso que daba, los colores se hicieron más intensos y hubo un momento en que la luz de los faroles le parecieron soles que, para su desgracia, estaban demasiado cerca de ella. El sonido de los autos se hizo más y más fuerte, como si estuvieran metidos en su cabeza y los olores nauseabundos llegaban a su nariz de tal manera que debió detenerse para vomitar. Se tambaleó un par de veces y cayó al suelo otras tantas como si estuviera borracha, la poca gente que transitaba la miraba curiosa, pero no le tomaba mucho en cuenta. Ella deseó hablar y contarles lo sucedido, pero tan pronto abría la boca sentía que debía salir huyendo por el temor a que la consideraran loca.

    Finalmente, los temblores fueron demasiado para ella y caminó hacia el callejón más cercano donde pudiera pasar desapercibida y estuviera a salvo. No creía poder soportar seguir caminando a su casa y rogó por que sus padres hubieran salidos a buscarla por su retraso.

    Jadeante, se dejó caer entre los cartones viejos, esperando a que el dolor menguara y pudiera moverse, pero este hizo todo lo contrario. Se magnificó hasta límites insospechados, la luz de los faroles se hizo insoportable mientras ella miraba hacia el frente, hacia la calle y los negocios al otro lado de la misma y, de un momento a otro, ya no supo dónde estaba porque todo se había vuelto blanco.

    ______________

    Próximo Capítulo: Miedo de uno mismo.
     
  2.  
    blackrose18

    blackrose18 Usuario VIP Comentarista Top

    Piscis
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    Re: Alexia y el Cuervo

    Sólo debo recordar que el gore excesivo.. y el lemmon o sexo explícito no se permite.
     
  3.  
    Quelconque

    Quelconque Usuario popular

    Virgo
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    Re: Alexia y el Cuervo

    Sé que cuando se trata de vampiros es una parte importante la seducción de la víctima, pero mientras sean insinuaciones como las que manejas aquí (y no te pases) y el gore lo mantengas al mismo nivel, puedes continuar si quieres.

    Como dice blackrose, no está permitido, pero mientras te moderes, todo bien :)
     
  4.  
    Silte

    Silte Guest

    Re: Alexia y el Cuervo

    Por supuesto, si veo que hay una escena demasiado subida la corto, avisando (si es que se puede) que lo subiré en el blog personal de cz (se puede) y el que quiera leer esa 'escena' en cuestión puede ir directo ahí.

    Claro, todo esto si no tienen ningún problema ustedes con esto.
     

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