Fantasía Alantasia

Tema en 'Novelas' iniciado por SilRock, 2 Mayo 2021 a las 1:41 PM.

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    SilRock

    SilRock Iniciado

    Libra
    Miembro desde:
    22 Abril 2021
    Mensajes:
    33
    Pluma de
    Escritora
    Título:
    Alantasia
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Aventura
    Total de capítulos:
    3
     
    Palabras:
    527
    Prólogo: Alantasia



    En Alantasia, los reyes del cielo eran los Dragones, que con sus inmensas alas doblegaban a los seres del cielo y gobernaban con su fuego. Vivían en lo alto de las montañas Crystal, donde se enfriaban con el invierno permanente que mágicamente pervivía en los picos. Y desde allí, se ocupaban de que todo a su alrededor, desde el Valle del Dragón hasta los Bosques Verdes de Random, estuviera en paz y tranquilidad. Dracus, su Dios y quien había creado a estas maravillosas criaturas de escamas brillantes y corazones ardientes, era venerado por los hombres que allí vivían, habiendo construido la ciudad Crys a los pies de sus montañas y una capilla perdida en las montañas donde hacían ofrendas al Dios Dracus.

    Igual que el Dragón era el rey de los cielos, el Unicornio, puro, frágil y hermoso era el rey de la tierra, entregándole su esencia para que creciera y se purificara. Su territorio recorría desde los Bosques Verdes de Random hasta la Costa Marfil, rodeado por el Río del Cuerno y la Llanura Niora. Ûnir era el creador de los majestuosos Unicornios, y los Elfos que vivían en los Bosques se ocupaban de proteger a tan digno animal de los que buscaban su sangre inmortal y cuerno mágico. Veneraban a su Dios por encima de todo, al igual que a los Unicornios con los cuales convivían.

    Por último, pero no menos importante, estaban los reyes de los océanos, los sabios Leviatanes, creados por el Dios acuático Levian, que había juntado a Elfos y Hombres por igual y les había entregado la Costa Marfil, donde convivían y pescaban con los Leviatanes, y la ciudad sumergida de Océano, una ciudad hermosa rodeada de una esfera mágica de oxígeno donde gobernaban los Sabios del Mar, jinetes de Leviatán. Les pertenecía todo el océano, y en él ofrecían a su Dios la mitad de sus pescas y la hermosura del océano.

    Pero no todas las regiones de Alantasia eran ricas y estaban regidas como debía ser. En el Desierto de Kônzul, los Escorpiones luchaban por hacerse con el control y poder del Desierto, animales carroñeros, sucios y malvados capaces de acabar con un semejante por conseguir lo que pretendían. Y allí, sin que nadie pudiera remediarlo o luchar contra él, surgió Kendral el montaraz, un hombre que había entregado su corazón al Dios Dôrka, el Dios de la oscuridad y los Escorpiones, y encabezando a estas horribles criaturas. En poco tiempo consiguió hacer caer la ciudad de Kon, capital del Desierto y estableció allí su sede dictatorial. Poco a poco sus tropas aumentaron y decidió, como el Dios Dôrka le había prometido, conquistar Alantasia y someter a Unicornios, Dragones y Leviatanes bajo su poder oscuro.


    Temerosos por lo que pudiera suceder, los verdaderos reyes de Alantasia decidieron crear a los Inmortales, Jinetes de Dragón con la sabiduría de los leviatanes y la magia de los unicornios para que la paz prevaleciera y para que velaran por la concordia de todo el continente, usando su espada solo cuando era estrictamente necesario.

    Así empezó una guerra que aún hoy perdura…
     
  2. Threadmarks: Capítulo 1: Costa Marfil.
     
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    Alantasia
    Clasificación:
    Para adolescentes. 13 años y mayores
    Género:
    Aventura
    Total de capítulos:
    3
     
    Palabras:
    5436
    Capítulo Primero: Costa Marfil.


    La marea subía cada noche y bajaba al amanecer y, cuando su padre le llevaba a pescar con él, observaba los regalos que había dejado tras de sí con maravilla. Un día era un zapato, otro día un banco de algas y el otro un trozo de mástil de un barco hundido mucho tiempo atrás y fantaseaba con el navío de un pirata acribillado por la Guardia Naval de Costa Marfil. Pero no siempre iba con su padre a pescar. Sabía que era peligroso y cuando el mar estaba picado, no podía evitar ponerse verde y vomitar, y era algo que le daba mucha vergüenza, ya que su padre era fuerte y vivía para el mar. Aquellos días se quedaba en la cabaña y esperaba mirando por la ventana como los barcos de pesca desplegaban sus redes, atrayendo el sustento.

    Su cabaña estaba a pie de playa, y era humilde y pequeña, lo justo para que vivieran dos personas. Su padre le había enseñado a ocuparse de ella y no se le daba nada mal, aunque solo tenía siete años y medio era todo un cocinero, sobre todo en hacer espetón. No tenía muchos amigos, porque allí en la playa vivían pocas personas, y las que vivían eran pescadores sin apenas familia, con lo cual se aburría mucho. Pero su madre le había enseñado a leer antes de marcharse y le había dejado muchos libros para que se entretuviera. Aún recordaba su sonrisa cuando leía dos líneas del tirón, y de cómo le frotaba la mejilla donde tenía la peca, y de cómo le llama “Pequita”. Tenía muchas ganas de verla, pero aún faltaba mucho para el invierno, y aquello le entristecía. Aún seguía sin comprender por qué no podía vivir con ellos en Costa Marfil, pero era joven para poder entenderlo, decía siempre su padre.

    Dejó de mirar por la ventana y se puso a arreglar la cabaña. Recogió los platos del desayuno y los fregó junto a los de la noche anterior. Más tarde, y después de un buen vaso de leche, hizo las camas y ventiló las mantas tendidas en el tendedero frente a la casa. Se sentó en los peldaños de la cabaña y miró hacia el mar, donde el barco de su padre se dejaba mecer por el viento. La Iril Feliz destacaba entre todas las demás por ser la más ancha. Llevaba el nombre de su madre, para que su padre le recordara cuando se hacía a alta mar y sus velas azules, como los ojos de su madre, brillaban con fulgor meciéndose. No pudo evitar sonreír al recordar cómo su madre había bordado las velas con dulzura durante muchas noches seguidas, y él la miraba, sentando frente a ella, mientras le cantaba una canción sobre reyes errantes de antaño.

    -Cada día cantas mejor, Pequita.-Le decía con dulzura.-Dentro de poco me dará vergüenza cantar a tu lado.

    Y él se sonrojaba y decía que no, que su voz era más tierna y bonita, y era cuando su madre explotaba en carcajadas. Sí, le echaba mucho de menos.

    Miró al sol, esperando que empezara a ponerse, pero aún era muy temprano, y quedaban muchas horas de sol que su padre aprovecharía para pescar. Suspiró y entró de nuevo para recoger la cesta y el monedero. Su padre había dicho que hacía mucho que no compraban manzanas y tenía ganas de comerlas. Aquel día había mercado en Marea y hacía allí se dirigió. Atajó por el puente y caminó con tranquilidad hacia la ciudad. El puesto de fruta era el más alejado, sin embargo, sabía que cuando llegara allí encontraría a la mujer de su tío Alan, con su sonrisa rolliza en el rostro y un pastel de carne preparado para él y su padre. Él nunca había conocido a su tío Alan, pero habían hablado tanto de él y le habían contado tantas cosas que era como si le hubiera conocido en vida. Había sido pescador como su padre, y había tenido su propio barco de pesca, la Sonrisa Divina, pero dos años antes de que él naciera se hizo al mar para la pesca del cangrejo y se hundió por una tormenta. Desde aquel entonces su padre no volvió a pescar cangrejos.

    Divisó el puesto de la tía Marian y se acercó corriendo los últimos metros. Su tía, de cabello pelirrojo y ojos verdes, era ancha de caderas y de pecho robusto. Había tenido tres hijos varones y dos hembras y estaba tan acostumbrada a tratar con niños, que no podía evitar tratar a los adultos como tal. De sus primos solo quedaban vivos tres, Gretel, Edric y Alan. Gretel hacía años que se había casado y se había mudado al Reino Azul con su marido e hijos, Edric era carnicero en las Islas del Rocío y estaba esperando su primer hijo, luego estaban los gemelos Edward y Edmund, que murieron de fiebre cuando eran más pequeños que él y no llegó a conocerlos tampoco, luego nació Estela, que se cayó a un pozo y se ahogó y por último nació Alan, dos meses después de que su padre muriera en el mar. Luego estaba la niña Akali, la protegida de la tía Marian, una chiquilla a la que habían encontrado al lado del cuerpo de su madre muerta, nunca hablaba y solo te miraba con sus grandes ojos oscuros. A veces le daba miedo, pero luego recordaba que no podía hacerle daño y lo olvidaba.

    Su tía acababa de despachar a una mujer y se estaba limpiando las manos en el delantal cuando le tiró de la manga para que le viera, le miró con sus ojos verdes y le abrazó, espachurrándole contra sus grandes pechos.

    -Me haces daño, tía Marian.-Se quejó, ahogándose con los senos.-Casi… no puedo respirar…

    -Mi pequeño bribón, tu padre no me dijo que vendrías hoy.-Le dijo, separándose de él y pellizcándole las mejillas.-No creces nada… deberías tomar más leche, ¿te tomas los tres vaso de leche diarios, corazón?

    -Sí, señora, antes de salir me tomé uno.

    -Muy bien, siéntate ahí,-y le señaló una silla detrás de su puesto.- ¡Alan, tu primo está aquí!-Gritó hacia la casa.- ¡Alan!

    -¡Ya voy, te he oído la primera vez!-Contestó su primo, que salió llevando un barril de manzanas medio llenas.-Hola, primo.

    Alan tenía diez años y era mucho más alto que él, le sacaba una cabeza y media y había heredado el cabello rojo de su madre y los ojos avellanados de su padre. Empezaba a tener la cara llena de granos de la pubertad y siempre estaba amargado por tener que ayudar a su madre con la fruta.

    -Hola, Alan.-Le saludó y se percató de que Akali estaba allí, junto a su primo.-Hola, Akali.

    La niña, como era de esperar no le contestó, solo le miró con sus ojos inquietantes y sin pestañear. Llevaba un vestido que había sido de Estela, de color marrón que le quedaba grande y llevaba arremangado.

    La tía Marian le llamó y él se acercó, notando la mirada de la niña en la nuca, se acercó al puesto y vio que su tía le había llenado la cesta de manzanas y otras frutas mientras su primo despachaba a los clientes con reticencia.

    -Anoche hice pastel de carne y sobró uno entero, que Alan y Akali te ayuden a llevarlo hasta la cabaña y dile a tu padre que la semana que viene empieza la recolecta del albaricoque y necesitaré ese par de brazos que tiene, ¿de acuerdo?

    -Sí, señora.

    -La señora Tina tiene preparado el encargo de carne que le hizo tu padre ayer, ve a buscarlo con Akali mientras termino aquí, ¿vale, cielo? Luego te daré un buen vaso de leche y un trozo de pastel de zanahoria.-Y le guiñó el ojo.- ¡Que tienes que crecer más, pequeño!

    Sonrió y cuando fue a girar vio que Akali ya estaba detrás de él, esperándole para acompañarle.

    -No tardéis mucho.-Les previno la tía Marian, mientras despachaba a un cliente.

    Echó a andar con Akali detrás de él hacia el puesto de la señora Tina, que estaba cruzando la calle y girando a la izquierda. El gentío del mercado les imposibilitaba el paso, y Akali le agarró la mano para no perderlo de vista. La gente no se apartaba y les empujaba, y aquello le incomodaba.

    -Daremos un rodeo por la plaza.-Le dijo a la niña muda.-Así tardaremos menos.-La niña le miró y negó con la cabeza, parándose.-Venga, no seas tonta, no van a dejarnos pasar.-Y le arrastró tras de sí.

    Cuando llegaron a la plaza, la cual estaba desierta, caminaron por los adoquines más tranquilos y sin estar apretujados, pero Akali no le soltó de la mano, y a él eso no le importó.

    Pero sí había alguien en la plaza y los había visto allí solos.

    No tardaron en llegar al puesto de carne y la señora Tina le entregó el paquete con una sonrisa y él le pagó sacando el dinero del monedero, el cual guardó después en su bolsillo. Volvieron sobre sus pasos otra vez a la plaza de adoquines. La carne pesaba mucho, y le costaba llevarle solo con una mano, pues Akali no le soltaba la otra.

    -Akali, necesito la otra mano para llevar esto o se me caerá…

    -No te preocupes, chico, nosotros lo llevamos a casa.-Dijo una voz.

    Dejó de mirar a Akali y miró al niño que había hablado. Se trataba de un niño de su misma edad, sucio y vestido con harapos con otros dos niños detrás de él.

    -No necesito ayuda, gracias.-Dijo, presuroso. Su padre siempre le había dicho que no se acercara a los niños sucios.-Seguiremos con nuestro camino.

    -No, no me has entendido. Nosotros lo llevaremos a casa, a nuestra casa.-Le dijo el niño mayor, con una sonrisa.

    Akali le aferró más fuerte la mano, hasta casi hacerle daño, pero no dijo nada, solo mantuvo firme la mirada del niño.

    -Oye… ¿qué le pasa a sus orejas?-Dijo uno de los niños de detrás.- ¿No las tiene raras?

    Tragó saliva, agarrando con fuerza la mano de Akali.

    -¡Es verdad! ¡Las tiene grandes y puntiagudas!-Dijo el otro.

    Los tres le miraron con desconfianza, y odiaba que le dijeran algo sobre sus orejas, eran como las de su madre, y estaba orgulloso de tenerlas.

    -¡Es un mestizo!-Le señaló uno de los niños de atrás.-Es un mestizo de elfo, por eso tiene las orejas de esa manera.

    -Qué asco… uno de sus padres es un elfo…

    -Debería darle vergüenza…

    -¡No me da vergüenza que mi madre sea una elfa!-Les gritó, enfadado.- ¡Ni me dan vergüenza mi orejas, al menos yo no voy todo sucio como vosotros!

    Sabía que no debía haberles dicho nada, pero ya era tarde. El primer puñetazo llegó rápido y le hizo soltar la bolsa de la carne, Akali gritó, para su sorpresa, pero se olvidó de ella cuando el siguiente puñetazo le dio en la sien y cayó al suelo. Buscó la bolsa y se aferró a ella hecha un ovillo, mientras le daban patadas y se reían de él y de sus orejas. Cerró con fuerza los ojos, y pensó en su madre. Nadie se reía de sus orejas cuando venía a Costa Marfil y paseaba de la mano de su padre nadie osaba decirles nada nunca, ¿por qué él no podía tener amigos por sus orejas? ¿Era algo que no debería tener para hacer amigos?

    Aguantó la paliza, agarrándose con fuerza a la carne, esperando a que se cansaran y terminara el dolor…


    -¡Rashek!

    Oía su nombre, y abrió los ojos, o abrió un ojo, ya que el otro estaba demasiado hinchado para poder hacerlo, seguía aferrando la bolsa de carne. Intento incorporarse, pero notó un pinchazo agudo en la costilla que le hizo gritar.

    -¡Rashek!

    ¿Era la voz de su padre? No, su padre aún estaba en el mar, con la Iril Feliz, pescando para ganar dinero y mantenerlo. Se dejó caer de nuevo al suelo, aferrando la maltrecha bolsa de carne que estaba sucia y llena de su sangre. Porque era su sangre ¿verdad? A su padre no le gustaría verla así de sucia. Y sin poder evitar se echó a llorar. Las lágrimas saladas llegaron al labio roto y le escocieron, pero le daba igual. Quería morirse y dejar atrás aquel cuerpo magullado y dolorido.

    -Mamá…-Sollozaba.-Quiero a mi mamá…

    Unos brazos fuertes le agarraron con brusquedad y el gritó, asustado. Le abrazaron con fuerza, dándole palabras de consuelo mientras lloraba llamando a su madre. El olor de su padre era inconfundible y se aferró a su cuello con fuerza, sin dejar de llorar.

    -Darakor, lo siento muchísimo… no pensé que le pasaría esto…-La voz de su tía Marian sonaba triste.-Cuando Akali llegó no entendimos lo que quería decirnos…

    Su padre alzó la mano, y fue suficiente para que su tía se callara. Se levantó con él en brazos, dejando la bolsa de carne atrás y empezando a caminar de vuelta a casa.

    -La carne…-Sollozó Rashek.-La carne que tú querías…

    -No la quiero.-Fue la única respuesta de su padre, que no miró atrás.

    Pero vio como Akali recogía la bolsa y con dificultad les seguía, igual que la tía Marian y la cesta con la fruta y Alan y el pastel de carne. El paseo de vuelta a la cabaña fue incómodo y en silencio, solo se oían los pasos y algún que otro quejido por parte de Rashek.


    El sol le despertó y al abrir los ojos se tuvo que tapar con la manta haciéndose daño en el ojo hinchado. Se incorporó, magullado, y observó su cabaña vacía. Ni rastro de su padre… pero sí que se encontró con los grandes e inquietantes ojos de Akali, que le sonrió.

    -Rashek.-Le llamó.

    El chico mestizo no sabía por qué estaba más sorprendido, de que hablara, de que dijera su nombre o de que estuviera en su casa. Pero antes de que pudiera preguntar nada su padre entró por la puerta con leña y al percatarse de que estaba despierto le sonrió.

    -Buenos días, dormilón.-Le saludó, y le llevó un vaso de leche a la cama.-El médico ha dicho que deberás pasar un par de días en cama.

    -¿El médico? Si estoy bien…-Pero antes de poder levantar el brazo, un aguijonazo de dolor le cruzó por el rostro.-Que daño…

    -Tienes dos costillas rotas, mendrugo, y mejor no hablar de tu cara…-Comentó su padre.- ¿Verdad, Akali?

    La niña asintió deprisa, y eso hizo que padre e hijo se rieran.

    -No se ha separado de ti desde que ayer perdiste el conocimiento, parece que tienes una buena amiga.

    Rashek miró a Akali, que se había sonrojado, desviando la mirada. Seguía llevando el vestido que le estaba grande marrón y tenía el pelo alborotado de haber dormido, pero seguía siendo una niña adorable.

    Su padre se puso a fregar los platos, y Rashek le miró extrañado, no se había percatado de que la casa estaba recogida y que en el fuego se estaba terminando de cocinar un estofado que olía realmente bien.

    -¿Hoy no pescas?-Preguntó, tras darle un sorbo a su vaso de leche.

    -Prefiero quedarme con mi hijo unos días.-Le respondió.

    -Pero luego tendrás que pescar el doble para compensar…

    -Pues pescaré el doble.-Terció Darakor, sin parar de fregar los platos.

    -Pero papá…

    -Estás malherido, Rash, no voy a dejarte solo.-Y esta vez le miró a los ojos.

    -Rash.-Repitió la niña.-Rash.

    -Parece que solo dice tu nombre.

    -Me lo va a gastar.

    -Rash.

    Disfrutó de aquellos días de tranquilidad con su padre. Hicieron galletas al más puro estilo pesquero, con formas grotescas de peces y algún que otro leviatán, que engulleron sin poder evitarlo en menos tiempo del que les había costado hacerlas. Cuando ya estaba oscuro, su padre se acostaba a su lado y le leía en voz alta sus partes preferida de los libros de su madre hasta que sus ojos no podían evitársele cerrar de cansancio. Y cuando despertaba, ahí estaba su padre para que desayunara. No era buen cocinero, eso lo sabía hasta el más tonto, pero solo por el cariño que ponía en hacerlo valía la pena comerlo.

    Más de una vez, su padre le dijo que le enviaría una carta a su madre para que viniera a pasar los días que estuviera solo con él, pero Rashek sabía que su madre no podía dejar Bosques Verdes antes de tiempo, y se negaba a que fuera molestada. Su padre farfullaba siempre que era la obligación de una madre estar con su hijo enfermo, pero sabía tan bien como él que si fuera por Iril allí estaría siempre. Ambos le echaban de menos, al igual que ella, pero prefirieron no comentarle nada y recibirla con una sonrisa cuando llegara. Recordó el pálido y hermoso rostro de su madre, su sonrisa dulce, los profundos ojos azules que le miraban siempre con calidez y más de una vez se entristeció, pero sabía que allí donde estuviera, ella también pensaba en él y su padre.

    En ningún momento dejó de disfrutar de la compañía de su padre, y de las visitas de su tía, su primo y Akali, que más de una noche se presentaron a cenar y no se marchaban hasta muy entrada la noche. Una familia humilde que compartía penas y alegrías, fuego y techo, comida y compañía.


    Ya era el cuarto día desde la mañana del accidente en la plaza y Rashek estaba casi recuperado, ya no llevaba el vendaje compresivo en las costillas, la herida del labio había curado bien y del cardenal en el ojo solo le quedaba un rastro de color amarillo. Se sentía cada día mejor y aquello permitía que pudiera seguir con sus tareas con tranquilidad.

    Tarareaba una canción mientras calentaba el espetón para él solo; su padre había salido el día anterior y no volvería hasta dos días después para compensar los días que había estado cuidando de él. Pero no había estado solo, Akali y Alan habían cenado con él la noche anterior, y aquella mañana había desayunado con la tía Marian y le había regalado un libro nuevo que había empezado un rato antes.

    Por la tarde se bañó en la playa con Akali donde jugaron horas y horas chapoteando en el agua y nadando, y cuando llegó la noche, Alan vino a buscar a la niña y trajo pastel de carne para que Rashek cenara. El segundo día solo se le pasó volando y cayó rendido muy entrada la noche.


    Se despertó varias horas antes del amanecer, por los relámpagos, y desde la ventana vio que caía una tormenta, la lluvia repiqueteaba contra el techo y hacía frío. Un sudor frío le caía por la espalda, y sentía el estómago revuelto. Tragó saliva y oyó un relámpago que iluminó la cabaña. Salió de la cama corriendo, preocupado y se asomó por la ventana, a los lejos se veían el barco de su padre y se quedó más tranquilo. Volvió a la cama, pero tardó en poder volver a dormirse y cuando lo hizo tuvo pesadillas.


    Siguió lloviendo todo el día siguiente y ni Akali ni Alan pudieron venir a visitarlo, aprovechó para leer y preparó caldo por si su padre volvía antes. El caldo le quedó aguado, pero estaba caliente y eso sentaba bien con el frío que se había levantado. No dejaba de asomarse a la ventana, para cerciorarse de que las velas azules seguían allí y no podía evitar sentirse preocupado por su padre. Aquel día era horripilantemente lento, no pasaban las horas, y Rashek no sabía en qué mantenerse ocupado para evitar preocuparse. Cada vez que leía el libro que la tía Marian le había regalado, volvía atrás, y ya había leído media docena de veces el mismo párrafo. Cerró el tomo y lo dejó en el estante junto a los otros, puso la mesa y se sentó a comer, pero apenas toco la sopa y la volvió a echar a la olla.

    La tarde no mejoró igual que el tiempo, siguió aburrido, sin poder evitarlo.


    Los golpes en la puerta le despertaron, golpes bruscos y pausados. Se levantó de la cama con estrépito, casi cayéndose y corrió descalzo hasta la puerta.

    -¿Quién va?-Preguntó, poniéndose de puntillas para poder llegar a la mirilla, pero aún le quedaba un buen palmo.- ¿Quién es?

    -Abre, chico.-Le contestó una voz que le resultaba familiar.

    -Mi padre me ha dicho que no abra a extraños.-Replicó Rashek, receloso.

    -Soy Ben, Ben el dueño de la Salitre Feliz. Me conoces, chico.

    Cuando hubo reconocido la voz como Ben, el amigo de su padre, abrió. Llovía, pero ni se había percatado de ello, ni del frío.

    -¿Qué ocurre, señor Ben?-le preguntó al pescador mientras le dejaba pasar.- ¿Va a volver mi padre por el mal tiempo?

    El pescador le miró durante un largo rato y pasó, mojando a su paso el suelo y salpicando al muchacho de agua de lluvia. Rashek vio por el rabillo del ojo que no solo estaba Ben, otros pescadores esperaban afuera bajo la lluvia.

    -¿Qué ocurre? ¿Por qué…?

    -Han encontrado a tu padre muerto.-Soltó la noticia sin esperar a que Rashek terminase de formular la pregunta.

    El muchacho empalideció de pronto, dio unos pasos hacia atrás y resbaló con el agua que el pescador Ben había dejado al entrar, pero recobró el equilibrio y no llegó a caer. No podía creerlo. Quería pensar que había oído mal, pero Ben había sido tan claro como duro.

    -No… no puede ser… el barco de mi padre está ahí, sí, lo vi anoche y…-Pero corrió hacia la ventana para verlo, porque ya no estaba seguro de nada. Allí lo vio, azotado por el viento, y la luz en el camarote.- ¡Está ahí, mi padre está ahí!-Gritó, señalándole el barco al pescador Ben, con una sonrisa, olvidando lo que Ben le había dicho.

    Ben negó con la cabeza, acercándose a él.

    -Durante la tormenta tu padre fue arrojado por el viento al agua y se ahogó…-Rashek no supo cuándo empezó a llorar, pero si notó las lágrimas recorriéndole las mejillas.-hoy hemos encontrado su cuerpo en la playa arrastrado por la marea.

    Estaba horrorizado ante la imagen que se había creado. Recordaba una vez como el gato de la señora Kimberley se había perdido y días más tarde la marea lo había arrastrado, todo hinchado, sin ojos ni lengua, a la playa. Sintió rabia, impotencia, pero sobre todo miedo. ¿Su padre había salido del mar hinchado, sin ojos ni lengua, sin vida, para no volver jamás?

    Todo se volvía negro para él, su vida cambiaría para siempre. Su padre ya no volvería a abrazarle nunca más, a revolverle el pelo, a sonreírle… Su vida se había echado a dormir, ya nunca despertaría, pernoctaría por toda la eternidad. Su cuerpo se pudriría en una tumba, bajo tierra, como otros miles de millones de cuerpos que ya lo hacían, junto con una lápida donde ponían nombres, nombres que no se recordaban, de personas que ya no existían, cosa que pasaría con su padre, nombres que se iban borrando con el paso del tiempo y las estaciones.

    -¿Por qué?-Preguntó, con aquella incertidumbre en el pecho, y aquél dolor que sentía a rabiar.

    Pero el pescador no contestó, y le miró con tristeza.

    La muerte le había arrebatado a su padre, quitándole la única familia que tenía allí. Se lo había llevado al Más Allá, un lugar que quizá ni existía, donde las almas de los que antaño estuvieron vivos vagaban, donde ya habitaba la de sus abuelos paternos, su tío Alan y sus primos.

    Tendría que aprender a vivir sin su padre…No sabría si podría hacerlo, y tenía tantísimo miedo, que no se veía capaz de hacerlo... pero debía intentarlo, por lo que aún le quedaba. No podía cerrarse al dolor... no debía hacerlo. Aunque un manto cubriera de lágrimas sus memorias con aquel derramamiento de agua salada. Ahora abrazaría los buenos recuerdos que le quedasen, y ataría bajo llave los malos. Intentaría no mirar atrás, no sentirse solo. Pues siempre le acompañaría a todas partes, aunque él no le viera.

    Pensó en su madre, a miles de kilómetros de allí, sin saber que su padre ya no volvería a sonreírle ni a mirarle con sus ojos almendrados, ahora si quería recordarlos, solo debería mirarle a él mismo, pues los había heredado. Ahora más que nunca la necesitaba, y ella, como siempre, no estaba, y aquello le puso aún más triste si cabía, lloró tanto y tan fuerte que llegó a asustar a Ben el pescador, que no tenía palabras de consuelo para regalarle.

    Volvieron a meterle en la cama, pero fue incapaz de dormir, y cuando llegó el amanecer estaba tan despierto como cuando lo acostaron. Pero no se levantó, no tenía fuerza, el llanto se las había robado todas. Quería a su mamá más que nunca y ella no estaba con él… y era lo que más le dolía. No supo cuando llego la tía Marian, solo se encontró abrazado contra su pecho mientras ella lloraba, y miraba a Akali y Alan, que le miraban sin saber qué decir. ¿Y qué podían decirle? Ni él mismo había sabido qué decirse. Su padre ya no estaría más, ahora tendría un nuevo hogar, bajo tierra, en un ataúd de madera donde sería devorado por gusanos hasta quedar hecho huesos. ¿Y qué pasaría con él? Veía un futuro negro...

    Cayó en un estado somnoliento, entre el sueño y la vigilia, y apenas comía. Solo soñaba que caía y caía en un túnel, y veía la luz a lo lejos, de la cual se alejaba cada vez más. No supo cuánto tiempo estuvo en aquel estado, únicamente recordaba la oscuridad.

    Hasta que un día unos brazos le ciñeron, supo en seguida que no era la tía Marian, pues los pechos no le ahogaron, y ella olía a canela y pan recién hecho. Aquellos brazos que le rodeaban olían a bosque, a flores, a polvo del camino. Reconoció el olor en seguida y abrió los ojos macilentos, para encontrarse con los iris azules de su madre, que le sonreían con tanta ternura que no pudo evitar soltar un jadeo.

    -M-mamá...-Los ojos se le llenaron de nuevo de lágrimas, y se aferró a su pecho con tanta fuerza como pudo, sollozando sin descanso.-Mami... Mami...-Repetía.

    -Calma, mi dulce Pequita, ya estoy aquí.-La voz de su madre siempre le había parecido dulce y amable, en aquella ocasión sintió la pena en sus palabras. El cabello azabache como ala de cuervo le cosquilleaba en las mejillas, pero no le importó, siguió aferrado a ella, y si a ella le importó, no lo demostró. Iril vestía de negro, algo inusual en ella, pero estaba de luto por su amor perdido y sus ropajes oscuros acentuaban aún más su palidez y el color de sus ojos. Abrazaba a su hijo, acariciándole la espalda con suavidad, susurrándole palabras de consuelo en el oído, acariciando con la nariz las orejas puntiagudas de su pequeño mestizo.

    Oyó a un hombre hablar en un idioma que no conocía, y a su madre contestar. Y fue cuando levantó la mirada. No estaban solos en la cabaña. Abrió mucho los ojos, había otros tres elfos a parte de su madre, y le sorprendió. Eran altos, y los tres llevaban el pelo largo hasta los hombros, aseado y bien peinado. Vestían del mismo color, verde con calzones marrones, y llevaban espadas tan largas que casi llegaban al suelo sucio de la cabaña, y llevaba cosido en el pecho de sus jubones tres espadas atravesando una corona a modo de blasón. No le gustaron, y parecía que ellos sentían lo mismo.

    -Mamá...

    -Tranquilo, tesoro, no te van a hacer daño.

    Pero los ojos que le miraban no decían lo mismo. Tragó saliva, separándose un poco de su madre. Iril se levantó y les dijo unas palabras a los elfos, que asintieron y empezaron a rebuscar por la cabaña.

    -¿Qué hacen?-Preguntó el niño, aferrando las mantas.

    -Les he dicho que recojan tus pertenencias, cariño, hay un carruaje esperándonos fuera. Me hubiera gustado partir cuando estuvieras un poco más fuerte, pero no se me permite estar más tiempo fuera de los Bosques.-Y le sonrió.-Por fin vas a conocer a tu abuelo...

    Rash, sintió miedo, no había conocido otra cosa que no fuera Costa Marfil, y ahora su madre le llevaba lejos.

    -¿Y la tía Marian? ¿Y el primo Alan? ¿Y Akali?-Preguntó el niño, reticente a marcharse.-El barco de papá aún está pescando, él lo quería mucho y...y...-Y se volvió a echar a llorar.

    Los elfos lo miraron con reproche, pero no se atrevieron a decir nada. Iril se agachó frente a su hijo, limpiándoles las lágrimas con un pañuelo de algodón de color verde que olía a lavanda y a lilas.

    -Ya no me ata nada aquí, Pequita, ahora vendrás conmigo a los Bosques, y crecerás como un elfo, tendrás muchos niños con los que jugar, podrás montar a caballo, y ¿quién sabe? Quizá te cases con alguna noble guapa, ¿qué te parece?-La sonrisa de su madre era radiante pese a la pérdida, y Rashek se enfadó por ello.

    -Si tan feliz eres en el Bosque, no tendrías que haberme venido a buscar. Podría haberme quedado con la tía Marian y...

    -Eres mi hijo, Rashek, y vendrás conmigo. Siempre he querido enseñarte los Bosques Verdes, quiero que veas la pureza de un unicornio, la hermosura con la que te mira, quiero que conozcas tu parte élfica. Tu padre nunca quiso llevarte y lo respeté en vida, ahora que ya no está, viviremos allí. Te encantará, eres parte de ello.

    -También soy parte de esto.-Replicó Rashek, señalando la cabaña con ambas manos.

    Iril fue a replicarle algo más, pero uno de los elfos habló y ella asintió.

    -Tenemos que irnos, pequeño, dale una oportunidad a los elfos... dámela a mi.-Le pidió.

    -No he dicho que no...-Contestó Rashek, levantándose de la cama, pero las fuerzas les fallaron, y estuvo a punto de caer, pero uno de los elfos lo impidió.-Gr-gracias...-El elfo no contestó, apretó los labios y lo cogió en brazos, echándoselo a los hombros.-Mamá...

    -Tranquilo, cariño, Eldar no dejará que te caigas.-Y le acarició la mejilla donde tenía la peca.

    Iril terminó de recoger las pertenencias de Rash, se las dio a los otros dos elfos y se quedó sola en la cabaña mientras Eldar llevaba al niño al carruaje y lo tapaba con una manta con brusquedad. Rashek empezaba a pensar que todos los elfos eran unos tontos del culo, como decía Alan, buscó a su madre, y la encontró en la puerta de la cabaña. Iril tenía una mano en el pomo, y lo acariciaba con ternura.

    -Adiós, mi amor.-Se despidió. Se limpió las lágrimas de las mejillas y respiró hondo, dirigiéndose al carruaje.

    Rashek echó una última mirada a la cabaña donde había nacido y crecido aquellos años, y una lágrima solitaria y silenciosa resbaló por sus pálidas mejillas, se acurrucó junto a su madre, que le pasó un brazo por los hombros y le acomodó en su regazo y con una orden titubeante, ordenó que marcharan.

    El carro echó a andar, los caballos relincharon, y Rashek se quedó dormido con el traqueteo mientras su madre le acariciaba el pelo con dulzura, observando por última vez la Costa Marfil, y más tarde la ciudad de Marea, con sus altas murallas azules y emprendieron el camino hacia los Bosques Verdes de Random. Tomarían el mismo camino que por el que habían venido, pero a la inversa, así que siguieron el río Cuerno y se desviaron hacia el oeste, alejándose de la Llanura Noira hasta divisar a los lejos el verde de los bosques.

    Era un viaje que duraba tres días, pero ellos no pararon a descansar más que para abrevar a los caballos y recoger bayas silvestres para que Rashek comiera algo. Durmió durante todo el camino, y apenas tuvo ganas de observar por las ventanas del carruaje.
     
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    SilRock

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    Capítulo Segundo: Bosques Verdes.

    La luz de aquel día despejado entraba a raudales por los ventanales de la habitación, y la brisa mañanera le acarició el rostro, meciendo sus cabellos oscuros. Le gustaba aquel clima cálido, tan poco húmedo, y sobre todo el olor a flores, árboles frutales y hierba, en cuanto bajó del carruaje en el que venía con su madre, supo que le gustaría... Hasta que conoció a su abuelo.

    Llevaba ya una semana en Elander, capital de Random, y aunque le habían acomodado en una habitación que era más grande que su cabaña, no había visto más que esas cuatro paredes y lo que podía ver desde su balcón. Era una habitación enorme, con una cama tan grande que podrían caber cuatro personas y estar anchos, con un gran dosel con cortinas de seda azul. El colchón era de plumas, algo que le encantó, era tan cómodo que caía rápidamente en un sueño profundo cuando se tumbaba. Tenía un armario donde cabría un caballo sin estar estrecho y dos de las paredes estaban llenas de libros de tapa dura. Desde su ventana se veía a los lejos la Llanura Niora, y un trecho del río Cuerno, y decidió que algún día los exploraría.

    Al principio no le había importado estar allí encerrado, pasó dos días enfermo en cama, con su madre tumbada a su lado, tomando caldos de pollo y verduras y bebiendo zumo de frutas que ni conocía; dos días más recuperándose, empezó a caminar por la habitación, a interesarse por todos los lujos de la habitación, y los días siguientes a aburrirse. Los libros que había allí estaban en un idioma que no conocía, igual que los criados no hablaban otra cosa que no fuera élfico, idioma que él no sabía ni había aprendido, y se arrepentía de no haberle dicho a su madre que trajera la colección que tenía en la cabaña. Echaba de menos a Alan y Akali, y a las tardes enteras nadando en la playa. Allí no tenía más amiga que la soledad. Y a su madre, que le visitaba una vez al día y estaba tanto tiempo como podía, pues era una de las Damas de la Reina, y debían acompañarle en todo momento. Cuando le contó a lo que se dedicaba comprendió por qué pasaba solo una estación al año en la cabaña.

    -Nadie elije ser una Dama de la Reina, Pequita, solo ella las escoge. A mí me conoció cuando era apenas una niña un poco más grande que tú,-le contó el segundo día, su madre, mientras le daba de comer.-es todo un honor para mí y mi familia serlo. Tengo sus favores, he visto crecer a sus hijos, y algún día, te la presentaré... y a sus hijos, y así tendrás con quien jugar.-Aquello le sonó muy bien.

    Luego estaba su abuelo... nada más verle, supo que no le caía bien.

    Y es que Atore no le perdonaba a su madre que se hubiera casado con un humano en vez de con un elfo, en cuanto le puso los ojos encima al pobre mestizo, le miró con repulsión, como si fuera un engendro de la naturaleza. Tenía unos fríos ojos azules como el hielo, llevaba el pelo oscuro, que ya empezaba a clarear en las sienes, en una trenza muy larga y vestía de dorado. Era muy alto, tan alto que Rashek tuvo que alzar la vista para poder mirarlo.

    -Se parece a ti... pero también se parece a él.-Fue lo único que dijo, antes de darles la espalda y volver a sus asuntos.

    Rashek miró a su madre, que le sonrió como si no tuviera importancia. Pero la tenía, y siempre la tendría.

    El sexto día de su estancia en la habitación, su madre le visitó con regalos, ropas y zapatos élficos tan extraños y hermosos que Rashek los tocó tímidamente, y le explicó la historia de su familia. Pertenecían a la nobleza élfica, eran primos terceros por parte de madre del rey actual y, además, su padre era uno de los tres consejeros del Rey, además de su favorito y padrino del príncipe heredero. Cuando habían conspirado contra el Rey hacía veinte años, su padre desveló los planes de los traidores y salvó la vida del heredero y su hermana pequeña, ganando la gratitud del rey, cuando la reina perdió a su primer hijo y se sumió en la depresión, fueron los regalos de Atore los que le devolvieron las ganas de vivir y tener más hijos, y cuando el príncipe Fentus había encontrado la Marca del Unicornio en el dorso de su mano derecha, Atore había sido el primero al que había contado su bendición.

    -¿La marca del Unicornio?-Había preguntado, intrigado.- ¿Qué es eso?

    Su madre sonrió, y cuando se dispuso a contarle la historia de los Inmortales, Rubeus, su mayordomo personal, entró apresuradamente en la habitación, hizo una reverencia y empezó a hablar en elfo.

    -Lo siento, cariño, esa historia tendrá que esperar a mañana, la reina me reclama.-Le besó en la mejilla y se dirigió hacia la puerta.-Pruébate la ropa, y si te está grande, mañana vendré con la modista.-Y cerró la puerta tras él.

    Y allí estaba él, en su séptimo día, esperando la visita de su madre, aburrido, vestido como un elfo, incómodo, los pantalones le estaban bastante largos, y los zapatos le apretaban en el dedo pequeño del pie. Le tendría que decir a su madre que le enseñara a hablar elfo, a leerlo y escribirlo, y que le sacara de aquella habitación de una vez, que le enseñara Elander y el Palacio del Rey.

    Pero su madre no vino a desayunar, y esperó hasta que el pan recién hecho se enfrió. Espero hasta el mediodía, y tampoco vino para comer. Preocupado, abrió la puerta de su habitación, para encontrarse con dos altos guardas apostados a cada lado de la puerta. Le miraron con cierto interés, y él tragó saliva.

    -¿Dónde está mi madre?-Les preguntó.

    Los elfos se miraron entre ellos, el de la izquierda dijo unas palabras, y el otro se encogió de hombros para luego mirarle, negando con la cabeza. Rash bufó, cerró de nuevo la puerta y se sentó a esperar la comida, que no tardó en llegar. Lo probó de nuevo con la criada, pero la elfa le sonrió con dulzura, negando con la cabeza. Apenas probó bocado y se tumbó en la cama, cuando la elfa volvió a retirar el plato, le miró preocupada, pero no dijo nada.

    Por fin, cuando ya empezaba a ponerse el sol, su madre llegó junto con la cena. Se sentó en la silla, sonriéndole, sirviéndose vino.

    -Hola, Pequita, Clyda me ha dicho que no has comido...

    -¿Dónde estabas?-Preguntó, levantándose de la cama, algo enojado.

    -La Reina quería ir de paseo por el mercado.-Fue su única contestación.

    Rashek se sentó en la mesa, frente a ella, callado, cogió su copa con zumo de naranja y se la bebió entera.

    -¿Ocurre algo, pequeño?-Iril cortaba sus verduras con gracia, seguía vistiendo el luto, aunque hoy llevaba un pañuelo azul, a juego con sus ojos, alrededor del cuello.

    -Me aburro mucho. Quiero salir....-Rashek, aplastaba las patatas, que estaban muy hechas, para hacerlas una pasta.

    -¿Salir?

    -Sí, estoy cansado de estar todo el día aquí metido. En Costa Marfil podía pasear por la playa, tenía libros para leer y tenía más visitas.

    Iril dejó el cuchillo de plata junto al plato y sirvió más zumo a su hijo.

    -¿No te gustan mis visitas?-Preguntó.

    -Yo no he dicho eso...

    -Rashek...

    -¿Por qué tengo guardias en la puerta? No voy a escaparme... no conozco el lugar, podría perderme. ¿Voy a vivir aquí encerrado toda mi vida? Es un aburrimiento... ¿Por qué ningún elfo habla mi lengua? ¿No hay nadie que pueda venir a hablar conmigo? ¿Y no tenéis libros que yo entienda?

    Iril observó largos segundos a su hijo en silencio, comprendía su enfado, pero ella no había elegido que su hijo estuviera encerrado en la habitación.

    -Si quieres aprender el idioma, mañana te traeré un maestro.-Dijo, con voz neutra.-Que te de algunas lecciones sobre el reino, de historia y protocolo. Pero aprovéchalas, deberás aprenderlo si quieres salir de aquí y ser uno más. Los guardias son para tu seguridad, nuestra familia tiene muchos enemigos y podrían hacerte daño. Y si te sientes solo... estaba esperando a tu cumpleaños, pero supongo que puedo entregarte el regalo antes de tiempo.

    -¿Un regalo?-Pregunto el niño, con sospecha.

    Iril asintió, se levantó de la mesa, se alisó la falda y fue a decirle unas palabras a los guardias.

    -Mi gata, Misha, ha parido crías, y una de ellas es tuya.-Explicó.-Como aún maman, será tu responsabilidad darle leche todos los días cada pocas horas, eso hará que te hagas más responsable.

    -¿Un bebé gatito?

    -Sí, un gatito precioso, peludo y adorable.

    Y el guardia apareció con un bulto envuelto en mantas. Iril lo despachó en cuanto tuvo el bulto entre los brazos y se sentó, apartó la manta y un gatito gris con las patas y la punta de la cola blancas, empezó a maullar pidiendo a su madre. Rashek se levantó de su silla y se acercó, mirando al pequeño gato.

    -Es... muy pequeño.-Fue lo único que dijo.

    Iril sonrió, acariciando la barbilla del gatito, que abrió los ojos, amarillos, y observó a Rashek con aburrimiento.

    -Tiene apenas semanas, abrió los ojos hace unos días. Es una hembra... ¿tienes ya un nombre?

    Rashek negó con la cabeza, observando los inquietantes ojos de la gata, que por la manera en que le miraba le recordaba a Akali... pero no podía llamarle así. Observó el pelaje gris de la gata, las patas blancas.

    -¿Calcetines?-Su madre se rió.-Es horrible, lo sé... ¿Sombra?

    -¿A una gata gris?

    -¿Grisa?

    -¿Qué clase de nombre es ese?

    -Me lo acabo de inventar...

    -Es... original.

    -No te gusta...

    -¿Qué tal Sombragris?

    -Es muy largo...

    -Es tu gata, llámale como te apetezca.

    -Sombragris está bien. Se llamará así.

    Iril sonrió, se levantó dejó a la gata en la cama y volvió a sentar para terminar de cenar.

    -¿Podrás quedarte hasta que me vaya a dormir?-Preguntó el niño.-Me tienes que contar la historia de la Marca del Unicornio.

    -Claro, te la contaré cuando terminemos de cenar, nos tumbaremos en la cama y te relataré la historia de los Inmortales.

    -¿Los Inmortales?-Preguntó Rash, con curiosidad.

    -Son los valientes que se ocupan de mantener la paz en Alantasia y luchar contra las fuerzas del mal. Son hombres y elfos que vinculan su vida a un Unicornio, Dragón, Leviatán o Escorpión, forjando un vínculo de por vida que les aporta sabiduría, magia e inmortalidad. Cada jinete tiene poderes distintos, y es capaz de mover rocas, volar, respirar bajo el agua o correr tan rápido como una flecha.

    -¿Y pueden volar tan alto como los dragones?

    -Sí, y son muy fuertes, pueden partir un tronco con sus manos desnudas. Tienes un tío que no conoces, Pequita, mi hermano, Irul es Jinete de Leviatán.

    -¿Y tiene un Leviatán?-Preguntó con sorpresa. No conocía a aquel tío suyo, pero estaba deseoso de conocerlo a él y su majestuoso leviatán.- ¿Y puede respirar bajo el agua? ¿Volar? ¿Correr tan rápido como una flecha?

    Iril se rió.

    -No, cariño, lo que Irul puede hacer es respirar bajo al agua, como Devy, su Leviatán. Es enorme... yo me asusté la primera vez que la vi, es del color del mar, y tiene los ojos rojos como las brasas de una chimenea. Cuando Irul fue bendecido con la Marca del Leviatán, se puso muy contento y triste...

    -¿Triste? ¡Pero si tiene un leviatán!

    -Sí, cariño, pero debía marcharse lejos, a Territorio Inmortal para aprender a usar sus poderes y conocer a su montura. Debía dejar a su familia atrás... y eso le dolía mucho, pero lo hizo. Y se convirtió en uno de los Jinetes de Leviatán más famosos.

    Rashek, que ya había terminado de cenar y se apresuraba a tumbarse en la cama.

    -¿Cuándo conoceré a mi tío, mamá?-Preguntó, tapándose.

    -Pronto,-le contestó su madre, arropándole a él y a Sombragris y tumbándose a su lado-le he enviado una carta para que venga a visitarnos... hace mucho que no habla con tu abuelo y ya viene siendo hora. El príncipe heredero Fentus también es un Jinete.

    -¿De leviatán?

    -No, cariño, de Unicornio, todo un orgullo para Random y su familia.

    -Un leviatán mola más que un unicornio...

    -¿Alguna vez has visto un unicornio?

    -No...

    -Cuando lo veas lo comprenderás.-Iril se acercó a una de las paredes repletas de libro y cogió un libro grande y antiguo, se sentó junto a su hijo y se acomodó.

    -¿Cuándo podré ver uno?-Preguntó Rash, abrazando a su madre.

    -Pronto, pequeño.-Dijo ella, buscando algo en el libro.

    -¿Puedo ser yo un Jinete?

    -Solo si los Dioses te bendicen con su marca... mira, esto es un unicornio.

    Rashek miró la ilustración en el libro, las cuatro criaturas dibujadas en las hojas le fascinaron. El unicornio salía representado con sus crines al viento y galopando, el cuerno era hermoso y brillante. El leviatán, sumergido en el mar, con las fauces abiertas y sus ojos brillando, tenía unas aletas enormes y su cuello era largo y las escamas brillaban. Los escorpiones eran enormes, como su aguijón, sus pinzas parecían letales y los ojos eran oscuros. Y cuando vio a los dragones... majestuosos, hermosos, poderosos, eran increíbles, echando fuego por la boca, con sus grandes alas membranosas y esas garras mortíferas.

    -Dragones...

    -Son enormes, ¿verdad?

    Rashek asintió, tocando con su pequeña mano la ilustración del dragón macho, un poco más grande que el de la hembra. Aquel era completamente negro y tenía los ojos negros, daba incluso miedo... pero a él no, a Rash le infundió respeto. Era una de las criaturas más hermosas que había visto en su vida... algún día, cuando fuera mayor, viajaría lejos, en busca de dragones, y los tocaría.

    -¿Cuál es la Marca del Dragón, mami?-Preguntó, embelesado, no dejaba de mirar al dragón negro.

    -Una llama para los dragones, una gota de agua para los leviatanes, una hoja para los unicornios y una duna para los escorpiones.

    -Genial.


    Ya había pasado medio año desde que había llegado desde Costa Marfil y ya le habían dejado salir de la habitación. El maestro Siward le había enseñado el idioma, y aunque aún tenía un forzado acento, podía desenvolverse bastante bien con otros elfos. También le había enseñado protocolo, a como referirse a los señores y señoras nobles que podría encontrarse y a comportarse, sus nuevos modales eran un requisito que su abuelo había exigido para dejarle salir de la habitación.

    Había cumplido nueve años y había crecido dos dedos desde que estaba allí, aprendido a montar a caballo y a bailar como un noble. Aquello último le había parecido una estupidez, su abuelo no le permitía acudir a los banquetes que organizaba en la Gran Sala, pero aun así sabía bailar. Tampoco le dejaba salir de la hacienda, y había días en los que no veía a su madre y solo tenía la compañía de su gata Sombragris y el maestro Siward, que era tan mayor que cuando se quedaba sentado y cerraba los ojos, no tardaba en dormirse sin remedio. Había dejado de enfadarse por no ver a su madre, resignándose, ella no tenía la culpa, la reina le tenía en gran estima y siempre solicitaba su presencia. Y con su abuelo... cada vez que le hablaba parecía que se obligaba a contestarle, y lo hacía de manera forzada y ruda. Nunca le sonreía, y no era porque no lo hiciera, veía como sonreía a los nobles que le visitaban y a su madre, cuando les espiaba desde la ventana, pero parecía que no tenía ninguna sonrisa para Rashek.

    Había discutido ya tres veces con él, y siempre con castigo después por levantarle la voz a su abuelo. La primera vez fue por culpa de Sombragris, se le había escapado de la habitación, colándose en el despacho de su abuelo y arañando las cortinas. Aguantó la reprimenda en silencio, y volvió a su habitación en silencio, su madre no fue a visitarle aquella noche. La segunda vez que su abuelo y el discutieron, no se quedó callado. Se estaba preparando un banquete para el príncipe, y su madre le dijo que le pediría permiso a su padre para que el niño pudiera acudir, y empezó a emocionarse por poder hablar con el príncipe y preguntarle cosas sobre su unicornio... pero su abuelo se negó a que él acudiera al banquete.

    -¿Un mestizo en mi banquete y ante el príncipe? Ni lo sueñes, querida. Prefiero mantener a ese muchacho escondido. No acudirá a este banquete ni a ninguno...

    Y Rashek, lejos de sentirse triste, se enfadó y salió de su escondrijo. Su madre se sorprendió al verle, pero su abuelo mostró su más sincera indiferencia.

    -¿Ahora escuchas a hurtadillas las conversaciones de tus mayores?-Preguntó Atore.

    -Escucho a mi madre hablar con un hombre que es padre, que no es nada mío.-Contestó el mestizo, encarándose.

    Iril se sorprendió.

    -Rashek...

    -Veo que entiendes perfectamente tu lugar.-Le interrumpió Atore.-Y ahora, vuelve a tu habitación, aquí no se te ha perdido nada.

    -No.

    -¿Cómo?

    -Tú no me mandas, me iré cuando quiera.

    Atore se rió.

    -¿Así agradeces que te alimente y te vista? Vaya desagradecido.

    -Estoy aquí porque mi madre quiso, yo en ningún momento vine suplicando.

    -Rashek, por favor.-Le rogó su madre.

    Pero el niño no se marchó al momento, le sostuvo largo rato la mirada a su abuelo, retándole. Unos ojos almendrados contra unos ojos azules. Al final, se dio la vuelta y se marchó a su habitación. Estuvo castigado sin salir una semana, pero no se arrepintió. La tercera vez fue mucho peor... Antes que al maestro Siward, tuvo una maestra elfa que le despreciaba cada vez que no le salía algo, le golpeaba las manos y no paraba de gritar cosas que no llegaba a entender. Un día se cansó de sus gritos en una clase de protocolo y le lanzó el contenido de su copa a la cara, la elfa estalló en alaridos y la guardia que vigilaba ante su puerta entró. Su madre y su abuelo no tardaron en llegar e Iril empezó a reñirle.

    -Déjale, es cosa de la sangre, la tiene sucia.-Dijo su abuelo, con repulsión.-No tiene remedio...

    Y Rashek explotó... no se había dado cuenta de que cada vez que la elfa estallaba en gritos encolerizados y malas palabras él también las aprendía. Le lavaron la boca con jabón, algo muy desagradable, y estuvo casi un mes castigado sin salir, al día siguiente su madre le presentó al maestro Siward, que gracias a los cielos, no era elfo sino humano y no tenía nada contra los mestizos. Desde entonces, cuando se topaba con su abuelo, le ignoraba, igual que hacía Atore.

    Aquel día, el maestro Siward le estaba dando la clase de historia en el jardín, a la sombra de un gran manzano, y Rash garabateaba en su pergamino mientras escuchaba al anciano maestro.

    -... fue cuando Aramis II le declaró la guerra a los rebeldes de Bolus, en el 123 antes de los Inmortales, apunta esa fecha, chico, fue importante. Como te decía, fue una guerra que se libró en la Llanura Noira, que por aquel entonces se llamaba Llanura Pezuña de Unicornio.

    -¿Pezuña de Unicornio?

    -Sí, los elfos nunca han tenido demasiada originalidad para los nombres... no hay más que echarle un ojo al Río Cuerno. Pero sigamos con la guerra, Bolus era el rebelde que había secuestrado a su única hija, y Aramis II era temido por los arrebatos de ira que se apoderaban de él, así que marchó con su ejército hacia la Llanura y cuando llegó Sucio Bolus, come le llamaban, le respondió. Lucharon durante tres años, hasta que la reina le suplicó al rey que volviera a casa y acabara con tanta guerra. Pero el rey no lo hizo, y siguió luchando, llevando al reino a la pobreza. Hasta un día del año 126, cuando apareció en escena Noira, era un joven que había vivido toda su vida en los bosques, y había sido tocado por los unicornios. Se alió con el rey Aramis II y los unicornios se unieron a la guerra...

    -¿Los unicornios?

    -Sí, el animal más sagrado de los elfos. Los rebeldes de Bolus no pudieron hacer nada... nadie levanta la mano contra un ser tan bello y puro... y subido a un unicornio, Noira rescató a la princesa de las garras del rebelde y lo mató con su espada. Así acabó la guerra, y el rey Aramis II le ofreció a Noira la mano de su hija y rebautizó la Llanura. ¿Tomaste apuntes? Esto caerá en el examen.

    -Sí, maestro.

    -Bien... Mañana hablaremos del rey Eldar I y como se unieron los elfos a la guerra de los 100 años.

    -¿En dónde se crearon los Inmortales?

    -Exacto, chico, veo que estudias.

    -Me gustan los Inmortales, mi tío Irul es Jinete.

    -Sí... enseñé a ese muchacho unos años, era un poco cabeza de chorlito. Tuvo suerte de que le saliera la Marca... no le veía yo mucho futuro.

    Rashek sonrió, comprendía por qué. Meses atrás su tío le había visitado, pero no Devy, su leviatán, ya que, en su última aventura, un tiburón le había mordido y se estaba recuperando del mordisco. Era un elfo demasiado... extravagante, llevaba el pelo corto y le gustaban demasiado las mujeres. Su abuelo dio una cena en su honor, a la que él no pudo asistir, pero su hijo ni se molestó en ir, algo que le enfureció.

    -Ayúdame a levantarme, chico, la clase ha acabado por hoy, estas piernas cansadas ya no son lo que eran.

    Rashek ayudó a levantarse a su maestro.

    -Lee la lección en voz alta, aún tienes demasiado acento, chico.

    -Lo haré, ¿queréis cenar esta noche conmigo, maestro? Podéis contarme otra vez como enseñasteis a Ser Royal a nadar antes de aquella gran batalla en las Islsas de los Titanes.

    -Claro. Ser Royal... era un hombre enorme, flotaba muy bien, pero no tenía ni idea de qué demonios hacer con sus piernas... no tenía sesera.

    El mestizo se despidió de su maestro y se dirigió a los establos. Allí, los mozos le saludaron mientras echaban una partida de cartas y bebían zumo de manzana, ensilló su caballo, un palafrén pardo, con ayuda de uno de ellos y montó, dirigiéndole hacia la parte sur.

    La hacienda de su abuelo era enorme, el Río Cuerno la atravesaba y había un pequeño puente que lo cruzaba, tras el puente había terreno forestal, y empezaba el Bosque de los Unicornios. Y hacia allí se dirigió para dar un paseo, como cada tarde, dejando atrás la gran mansión de tres pisos y el establo.

    El invierno se acercaba, y el cielo se había cubierto de nubes grises que amenazaban con tormenta. Olía a lluvia y hacía un viento tan espantoso, que se oía incluso desde su habitación con las ventanas cerradas. Las criadas habían puesto una manta más en su cama, y los desayunos pasaron de ser de frutas, a leche caliente con chocolate. No era un invierno como en Costa Marfil, con sus tormentas devastadoras, el frío que te calaba los huesos y la humedad se podía soportar, y su madre había dicho que en aquella estación solían tener algo de nieve durante algunas semanas. Nunca había visto la nieve, y tenía ganas de tocarla para ver lo que se sentía.

    Rashek se había cubierto con la capa negra de piel que le había regalado su madre, y llevaba ropa abrigada, echándose la capucha. El palafrén, al que llamaba Fin, relinchó cuando llegó al puente y vio que el agua lo salpicaba. El río estaba revuelto por el viento, y amenazaba con desbordarse.

    Rashek le acarició el cuello con una mano enguantada y el palafrén siguió, dando pasos vacilantes sobre el puente de madera. Fue cuando lo atravesó que empezó a llover.

    -Genial...

    Pero no dio la vuelta, quería recoger naranjas para el Maestro Siward y su madre, pues les encantaban comerlas después de cenar, y a él le gustaba como olía su habitación después. Así que guio a Fin hacia los árboles y recogió unas cuantas en uno de los sacos de las alforjas del caballo. Se bajó, orinó frente a un árbol y escuchó el primer trueno. El caballo relinchó, asustado.

    -Tranquilo, Fin.-Le cogió por las riendas y lo llevó bajo un gran árbol para resguardarse de la lluvia.-Esperaremos a que amaine un poco...

    Pero empezó a llover aún más fuerte, y los relámpagos se sucedían con sus truenos uno tras otro y llovía tanto que no se veía nada a su alrededor. Empezó a contar los segundos para ver si caían lejos, y no muy lejos precisamente. Subió al caballo, acariciándolo para tranquilizarlo, pero el palafrén estaba muy nervioso y asustado.

    Un rayo cayó dentro del Bosque de los Unicornios y asustó al caballo, que se encabritó, lo tiró al suelo y salió a galope tendido en la oscuridad.

    -¡Fin! ¡Fin, ven aquí!-Lo llamó en balde.

    Pero el caballo ignoró sus gritos y derrotado, se dejó caer al suelo, prefería no caminar bajo aquella terrible lluvia, se acurrucó junto al tronco y esperó, esperó horas y aquella tormenta no amainaba. Estaba mojado y tenía frío, el hambre no tardó en aparecer en escena y se comió un par de naranjas. Se cubrió cuanto pudo en la capa y poco a poco se le fueron cerrando los ojos del cansancio.


    Abrió los ojos, y era noche cerrada, seguía lloviendo, y tenía los brazos y las piernas entumecidos por el frío. Se levantó, y se adentró un poco más en el bosque sin perder de vista la linde del bosque, pues era tan espeso que la lluvia apenas podía atravesar la copa de los árboles y llegar al suelo. Se rasgó la túnica con una rama y se enfureció, ahora su madre tendría otro motivo para reñirle... eso si se presentaba a verle. Bufó y se sentó en un tocón de un árbol, estaba cansado, y quería volver a la mansión ¿Pero debía arriesgarse a salir a campo abierto? ¿Podría atravesar el puente de madera sin que la corriente se lo llevara? Tampoco podría llover eternamente. Además, pensó, su madre mandaría alguien a buscarlo si no aparecía, es lo que haría cualquier madre... Pero su madre llevaba dos días en el Palacio con la reina, que estaba enferma y puede que esta noche tampoco volviera. ¿Lo haría su abuelo? Sabía que no, así que allí se quedó, observando la lluvia caer.

    Oyó un ruido de arbustos tras él y se volvió.

    -No... puede ser...

    Ante él, un hermoso y puro unicornio pastaba, con el cuerno brillando en la oscuridad. Se levantó y estuvo a punto de tropezar y caer de bruces, pero rectificó y cayó de rodillas ante el unicornio, que levantó la cabeza y lo observó. Era completamente blanco, sus crines eran negras y sus ojos, de un pálido color violeta, y era tan impactante la pureza que desprendía, que los ojos de Rashek lloraron sin que pudiera remediarlo. El unicornio se acercó, le olfateó la cara, y bajó hacia sus manos, donde las chupó. Rashek se quedó completamente quieto, como si fuera una estatua, sin dejar de observar el cuerno afilado del unicornio.

    Cuando el niño dejó de interesarle, dio la vuelta y se marchó tan tranquilo, pero Rashek le siguió sin poder evitarlo. No se podía creer que un unicornio se hubiera acercado a él, y menos que le hubiera lamido las manos... y recordó que había comido naranjas, y por eso se las habría lamido. Le siguió por el oscuro bosque, que era iluminado por el cuerno del unicornio, durante minutos larguísimos, sin poder evitarlo.

    Llegaron a un claro del bosque y el unicornio relinchó, se sacudió algunas gotas de lluvia y empezó a pastar sin interés, sin dejar de observar al niño, que seguía mirándole embelesado. Después de un rato, Rashek se sentó en la hierba, cansado, de repente tenía mucho sueño, casi no podía evitar que sus párpados se cerrasen, le pesaban toneladas. Se tumbó, bostezando, poco a poco se vencía al sueño, echó una última mirada al unicornio, pero no estaba solo, de la nada habían salido otros tres unicornios más, pero sin poder evitarlo se quedó dormido.


    Un relinche le despertó, y la luz le molestó en los ojos, los cuales se frotó, bostezando. Miró a su alrededor, aún seguía en el claro del bosque, y el unicornio al que había seguido estaba tumbado a su lado, mirándole con aquellos extraños ojos violetas.

    -Buenos días.

    El unicornio inclinó la cabeza y se levantó, desperezándose. Rashek le imitó, estaba un poco entumecido de haber dormido en el suelo, pero no había pasado frío gracias al unicornio y su magia.

    Se percató de que había fruta sobre un tocón y se acercó a ella, hambriento, recordando que no había cenado más que dos naranjas la noche anterior. Había dos manzanas, frambuesas y albaricoques, lo engulló casi todo y le ofreció al unicornio, que se acercó a comer moviendo la cola. Cuando los dos hubieron acabado, el unicornio le guió hasta una pequeña charca para que bebiera, y Rashek se inclinó, y con las dos manos bebió. El agua estaba fresca y muy sabrosa, sabía a bosque, y aquello le encantó a Rashek. Una vez saciado, se lavó la cara, cosa que le refrescó y observó como el unicornio bebía con delicadeza.

    -Eres precioso... mi madre mataría por poder verte.

    El unicornio le miró, inclinó la cabeza y movió la cabeza enérgicamente. Rashek sonrió y siguió de nuevo al unicornio, que le guio hasta la linde del bosque de nuevo, con tranquilidad y él volvió a seguirlo, maravillado por la pose de tal bello animal. Una vez estuvieron fuera, el unicornio lo dejó allí desapareció y entre el follaje.

    Rashek observó durante varios minutos por donde se había marchado el unicornio, y sin comprenderlo, un dolor atroz le recorrió el brazo derecho, se agarró la muñeca con fuerza y una mancha empezó a formarse en el dorso de la mano, le escocía y dolía tanto que cayó de rodillas al suelo con lágrimas en los ojos. El dolor era tan atroz que le impedía respirar. Una vez el dolor cesó, respiró con calma y se miró la mano...

    Allí donde antes no había nada más que carne lisa y blanca, ahora había una llama naranja y amarilla, brillante y caliente. Se la tocó con miedo con las puntas de los dedos y le sorprendió que ya no le doliera. Tardó unos minutos más en comprender qué era aquello y qué significaba.

    -La... leche... Soy un Jinete de Dragón...-Y de un salto, soltó un grito de júbilo que hizo echar a volar a las aves que estaban posadas en los árboles.

    Echó a correr hacia la mansión, cruzando el puente a toda prisa, sin dejar de mirarse la mano con una alegría infinita.
     
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