Long-fic [Touhou] [Relato de un híbrido]

Tema en 'Fanfics sobre Videojuegos y Visual Novels' iniciado por Geki, 6 Mayo 2026.

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    Geki

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    [Touhou] [Relato de un híbrido]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    11
     
    Palabras:
    420
    Buen día, buen día. Hace mucho que no veía este foro, cuando mi visita fue más bien pasajera por aquí. Decidí por locura, capricho o curiosidad, alguna de esas o una combinación de todas, venir a compartir esta historia otra vez, la cual antes se presentó por breves momentos. Una historia de Touhou Project. Antes de ponerme a ello, espero ocupar un momento para mencionar algunos puntos, si no es mucha molestia:
    ~~~
    Esta historia fue escrita por un fan (yo), para fans y no fans por igual. No es necesario conocer de la franquicia en su totalidad para leerla, mas intentaré hacer más amena esta para lectores nuevos. Como resaltando con un color determinado los nombres de personajes o conceptos originales que no son parte de la franquicia.

    La historia cuenta con ilustraciones varias de momentos determinados. Estas serán atribuidas a la respectiva ilustradora.

    Esta historia se encuentra completada, con
    83 capítulos/entradas + 8 publicaciones las cuales, una de ellas, es especial para este formato.
    ~~~​
    Esta historia será actualizada cada miércoles y viernes, sin un horario fijo más allá de dedicársele estos días en concreto. Si tienes una sugerencia o te gustaría que estos cambiaran, puedes sugerir otros días y de ser factible, con gusto los cambiaré.

    Sin más que agregar por el momento, espero puedan disfrutar de la lectura.




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    [​IMG]

    [東方] Relato de un híbrido: Eco de una vida.
    [東方] Hanyou no monogatari: Jinsei no hibiki.

    Soñé con la luna y el filo de su figura, con el aroma de las flores y el sereno de las mañanas. Conocía el nombre de la oscuridad. La llamaba y ella acudía a mí. Su nombre era suave y misterioso, terso y hermoso. Lo veía al adentrarme en las sombras, lo escuchaba en el claro del agua y en el viento de las temporadas. Lo encontraba en las noches al dormir y por las mañanas al despertar. Me cuidaba pese a que no lo quisiera. Sabía su nombre y ella el mío.


    Esta es mi historia.
     
    Última edición: 6 Mayo 2026
    • Adorable Adorable x 1
  2. Threadmarks: [Prólogo]
     
    Geki

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    [Touhou] [Relato de un híbrido]
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    11
     
    Palabras:
    244
    Música silenciosa

    El invierno regresó. Con el final del año su suave abrazo se apreció aletargado, cubriendo el rededor de blanca inocencia, de días que se fueron con la promesa de volver. Durante la quietud de la temporada, máxima en todo momento, resultaba ser escaso aquello que pudiera perturbar aquel sosiego. De haber aves ellas hubieran volado por entre los campos como una sola, con su suave aleteo acariciando esa calma que yacía imperturbable. Si el sonido de las pisadas incesantes sobre la nieve, de juegos y canciones invadiera aquel lugar, a esa calma no le quedaría más que retroceder tímidamente hasta desaparecer.

    Pero nadie más habitaba ese sitio en donde la paz reinaba absoluta. Nadie más que él.

    Le pertenecía a un hombre que miraba hacia el cielo como si este encerrara secretos. Agotado, maltrecho y sucio, descansaba al borde del camino. El silencio que le acompañaba era extenso y terrible, suave y gentil como el del viento susurrante. Como el fuego en su interior.

    El cansancio le evadía desde lo que aparentaban noches, siempre mirando hacia el mismo árbol. Y aun si la luna fuese su luz, él admiraba su sombra.

    Allí nada ni nadie perturbaba aquello que era suyo. Excepto él, puesto que le pertenecía. En su semblante se refleja la espera que con el tiempo arde, una cuyo resultado se ha vuelto inevitable.


     
  3. Threadmarks: [Capítulo 0]
     
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    [Touhou] [Relato de un híbrido]
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
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    Fantasía
    Total de capítulos:
    11
     
    Palabras:
    622
    Vidas taciturnas

    Si tuviera que optar por una introducción a quién soy, esta se encontraría en el justo momento que llegué al templo Hakurei, sitio en donde una mujer de larga y negra cabellera cuidó de mí. Aunque afirmar estas palabras sería un error pues aunque pudiera estar bajo su disciplina y guía, ella no hizo tal cosa. Esa mujer cuyo temple ante las adversidades era como el del acero al rojo vivo me hizo comprender que no era mi madre y que no tomaría ese papel en ninguna circunstancia. Así fuera que llegara herido, con raspones y ensangrentado por caer, no atendió mis heridas. Aun si aparecía enfermo bajo la incesante lluvia ella no reparó en mi presencia. Sin importar si era un niño de apenas diez años, aterrado de lo que la vida le había brindado, eso no fue motivo para voltear en mi dirección.

    No le recuerdo con cariño mas sí con gran respeto, pues en ella recaía el poder de ejercer el orden con un fuerte puño el cual no daba lugar a la vacilación. Y eso en un mundo en donde lo extraordinario es norma, es de admirar.

    Pese a no ser recibido con los brazos abiertos me vi regresando constantemente a ese templo día tras día. Al principio fui tímido, ganando la confianza para atravesar el claro punto en donde hacerle frente se trataba de una clara muestra de delirio. Si hice todo eso fue por una pequeña presencia que siempre le hizo compañía como su diminuta sombra. O quizá, como una luz que ansiaba poder brillar iluminando un camino el cual pronto sería suyo.

    La pequeña niña Hakurei.

    Ella no era ni remotamente parecida a su madre, aparentando ser frágil y de sonrisa fácil. Si una decía izquierda, la otra ya estaba mirando a la derecha. Si la figura más grande e imponente decidía ignorarme, la más pequeña le retaba, llevándole la contraria al acercarse a mí, abriéndome las puertas de su hogar. Por más insignificante que fuera la oportunidad la pequeña que seguía el camino para convertirse en una sacerdotisa me otorgó su amistad. Me la dio sin miramientos, curando mis heridas, atendiéndome en la enfermedad y escuchándome cuando intentaba ocultar mi llanto entre la lluvia.

    Crecimos relativamente juntos, jugando cuando podíamos como los niños de nuestra edad y cuando la situación lo permitiera, perdiendo el tiempo en esa clase de cosas que durante esos años de nostalgia nos atraían tanto. Ya fuera la llegada de la primavera, refrescándonos en verano, asando patatas en otoño o correteando por la nieve durante el invierno. Por un tiempo nos dejamos llevar por nuestra edad, olvidando nuestras propias vidas. Pero ella crecía hacia una dirección distinta a la mía. Cada uno tenía un futuro diferente delante suyo y pese a que no lo viéramos, debíamos cumplirlo.

    Ocurrió de la nada cuando mi amiga debía asumir ser la cabecilla del templo y yo, seguir con mi propio camino que aún me era incierto. Crecí apartándome de ella y del lugar que fue como casi un hogar para mí, mirando de lejos cómo es que con el tiempo se volvía más conocida entre todos. Ella era maravillosa, asombrosa y todo lo bueno que se puede apuntar a ser. Mi amiga crecía para volverse en la sombra de aquella mujer.

    Para mí las cosas igual cambiaron. Aprendí más sobre mí mismo en kilómetros recorridos que siendo el niño perdido que una vez apareció a las puertas de ese templo. Lo que era y en lo que me convertí, fueron frutos de esos años.

    Soy un híbrido. Soy un hanyou. Mi nombre es Kenro.

     
  4. Threadmarks: [Capítulo 01]
     
    Geki

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    [Touhou] [Relato de un híbrido]
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    Fantasía
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    11
     
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    2683
    Ansiamos con correr antes de poder caminar. Un comienzo apresurado siempre es complicado, puesto que despoja de esa dulce espontaneidad que inocentemente arranca más de una tierna sonrisa a quienes gustan de perderse entre recuerdos del pasado. Hay más verdad de la que se conoce. Y yo estoy aquí para mostrarte la diferencia.


    1
    Camino difícil

    Aquello que pude hallar en el templo Hakurei terminó perdiéndose con lentitud al pasar los días tras su repentina desaparición. La mujer de larga y negra cabellera no dejó rastro sobre su paradero, ni pista que dijera cuáles fueron sus decisiones y razón que aclararan los motivos para que de la nada, se esfumara. Lo que sí dejó sin embargo fueron dudas, la impresión de que aún seguía allí, sentada viendo en la distancia mientras que, la más pequeña, descansaba en su sombra. Dejó una calma incómoda y un silencio que le hacía compañía de manera dolorosa.

    Mientras tanto yo me mantuve al lado de mi amiga por el tiempo que me permitió y el que me fue posible. Traté de traer de vuelta su ánimo aunque sin ningún tipo de éxito. Y es que yo no lo entendía. Ambos habíamos crecido desde el día en que aparecí, de modo que a pesar de que los dos seguíamos siendo apenas un par de niños que no pasaban de los once, ella se vio obligada a no fijarse en su edad y continuar con la labor que al final siempre le perteneció. El momento solamente llegó antes y yo no estaba listo para semejante transición.

    Entonces pensé que si existía un momento en donde pudiera devolverle toda esa bondad que me entregó, era aquel. Es por eso que insistí en permanecer a su lado. Porque creí que eso nos completaba de cierto modo. Pero claro, esas son sólo las ideas de un niño que desconoce el lugar en donde se encuentra.

    Los primeros días fue difícil entablar una conversación. No iba más allá de limitarse a responder un o un no a secas. Reparaba en que yo estaba allí, sonreía con timidez si es que le obligaba a que nuestros rostros coincidieran y hasta solía darme un manotazo, apartándome si no la dejaba en paz. Pero ella sabía que estaba allí, por los años en donde me ayudó pese a que aquella mujer no moviera ni un dedo. Cuando por fin volvió a hablar, lo que decía eran partes de frases que murmuraba y las que aparentaban revolotear por su cabeza.

    «Debo encargarme» decía «continuar lo que quedó» repetía.

    Continuaba reconociendo mis intentos por sacarnos adelante, sea compartiendo una comida, golosinas o sólo un poco de té. Su sonrisa se hizo cada vez más evasiva, mas aún existente. Sea al verme llegar o al irme, me la mostraba como siempre recordé. Eso en ella no desapareció ni fue tomado por la fuerza de un arrebato. De ese mismo modo creí que sería sencillo continuar y mejorar para los dos.

    Pero en cierto modo sólo deseaba ignorar una realidad absoluta y que los dos conocíamos bien.

    El tiempo pasó hasta que empecé a ser testigo de cómo mi amiga daba comienzo a un gran cambio, empezando su transformación para convertirse en una verdadera sacerdotisa. Su temple, comportamiento y disposición continuaron en el mismo lugar. No obstante una nueva resolución nacía dentro de su persona. Esa era su responsabilidad después de todo, una que aceptó a llevar por el bien de su causa. Que se perdiera lo que con seguridad encontraba en aquel templo, en ella, no significaba que dejara de existir. Aún estaba allí, yo sabía que así era. Pero tal y como creía fervientemente en mis palabras, era una realidad que Reimu había dejado de ser la misma.

    Por el bien de nuestro recuerdo continué visitándola. El tiempo pasó fugaz pero remarcable, así hasta que nuestros encuentros se volvieron inexistentes. Le rodeaban nuevos rostros, presencias distintas que le regresaron esa expresión animada de antes, y que yo no pude hacer emerger. Veía en su semblante nuevas reacciones que no hicieron más que destruir la ilusión de un niño. Creí que para mí lo mejor sería partir, pues esa mujer ya me lo había dejado en claro. Ese templo no era mi hogar.

    Los días de deambular comenzaron, unos a los que no les tomé agrado. Había transcurrido más de un año desde entonces, mas seguía siendo un niño perdido quien sólo podía contarse más días por la suerte.

    Es así como años antes del incidente de la niebla escarlata, justo cuando empecé a vivir en la aldea de los humanos, decidí volverme en un ladrón. Solía vagar por las calles del gran asentamiento de los humanos en busca de cualquier oportunidad para sobrevivir. Cuando llegué a tan enorme lugar, no era nada más que un extraño. De hecho era menos, un despojo de la decencia, resultado de caminar hasta dar con la aldea. Como bien te debes de imaginar la aldea no se trataba de un pequeño lugar de paso. Era un sitio que los humanos hicieron suyo, levantando sus propias reglas y estableciendo el ritmo de ese lugar como el propio. Pronto la vida allí fue mejorando, hasta convertirse en el lugar por excelencia para aquellos que buscaran cobijo de las diferentes excentricidades que acechaban la tierra. Y si eras lo bastante astuto así como un youkai, podías pasar desapercibido bajo la seguridad de las distintas personalidades con las que cuenta la aldea. Aceptadas por la gente y referidas como sus guardianes.

    Como humano no existía mejor lugar para mí que una aldea con más gente como yo. O eso pensé. Como he mencionado, era un desconocido, alguien a quien jamás se le vio antes y a quien no se le entregaría una oportunidad tan fácilmente. Si era capaz de encontrar refugio fue por las calles y hogares que colisionaban formando callejones. Muchas veces traté de conseguir un trabajo, cualquier cosa que me asegurase un techo aunque fuese mugroso. Pero aun con los humanos no hallé esa ayuda. La vida de ladrón fue mi última opción porque sencillamente no me había quedado otra.

    Y así viví por una larga temporada. Como ladrón fui hallado numerosas veces en el acto, mas sin embargo, el ser azotado se trataba de la menor de mis preocupaciones. No era parte de mi día a día que me hallaran infraganti y claro, el dolor no me era ajeno. Pero tal y como he dicho, al ser humano el castigo no ascendía a más que eso.

    Sólo porque era humano.

    Se me daba bien escapar y en varias ocasiones hice gala y burla de ello. Sea colándome por lugares estrechos o trepándome en los techos en donde perdía vista de quienes me persiguieran. Contaba con zonas designadas para robar sea comida o dinero. No gastaba dinero en donde robaba comida y viceversa. Lo que me garantizó un disfraz entre el resto de ratas de la calle que como yo buscaban sobrevivir.

    Pero es un estilo de vida peligroso.

    En cierta ocasión llevaba días con el estómago dándome vueltas en el interior como un saco vacío. Había caído enfermo días antes, gastándome todo escaso suministro que había podido reunir. Para cuando pude volver a la calle no tuve éxito en nada. Trataba de llenarme el estómago con agua para palear esa terrible sensación, pero cada vez se volvía mucho más complicado de lidiar. Mi cuerpo gritaba por algo. Así fuera frío o sucio, necesitaba ingerir algo rápido.

    Me encontré en un estado en el que robar o escapar hubieran sido actos inútiles. Mis movimientos eran débiles y torpes, por lo que andaba más bien dando tumbos a los lados del camino. La visión me fallaba por el cansancio y con tan solo caminar un par de metros ya me faltaban las fuerzas. Estando en la zona este, lugar en donde compraba, desesperé. Si la calle hubiera estado un poco más atiborrada, con gente yendo y viniendo y no como aquella vez en donde se podía inclusive contar a quienes andaban, robarme cualquier cosa hubiera sido cuestión de un simple floreo de manos.

    No pensaba con claridad, quedando a la orden de los instintos primitivos que con la compañía de otras personas se olvidan. Saqué fuerza y vitalidad de lugares que desconocía y de formas que nuca supe era capaz. Empecé a correr cerca de los puestos sin mirar, estirando una mano para tomar lo primero que pudiera asir con fuerza.

    Corrí de ese sitio sin mirar atrás. Corrí olvidando mi aliento, ignorando el hambre que hasta entonces no se limitó y tomó cada gramo de fuerza en mí. Apreté contra el pecho lo que robé y entonces lo escuché. Venían tras de mí.

    Las pisadas veloces y con fuerza de las personas que gritaban enfurecidas por lo que les pertenecía. Noté que se acercaban con peligrosa rapidez. Desesperé más y me centré en sólo correr con la nueva fuerza que mi cuerpo me brindó en un capricho necesario. Aparté gente quienes ni siquiera sabían qué sucedía, que empezaban a acumularse con la distancia una vez recorrida para ver de dónde llegaban esos gritos. Las empujaba, halaba o tiraba para que interrumpieran a mis perseguidores. Pensé que estaría a salvo y cerca de escapar y si me vieron el rostro, pues no le di importancia. Planeé no visitar la zona hasta que el recuerdo de mi persona se desvaneciera como algo que nadie pudo evitar. Una noticia que no afectaría a nadie de un modo que mereciera ser contado.

    Desafortunadamente así no funcionan las historias.

    Cuando la seguridad por haber huido me abrazaba, en el instante que se me escapó una sonrisa, entonces encontré un alto súbito. Delante de mí un hombre fornido y con el rostro curtido, de altura intimidante y con la complexión de un oso, me embistió. No sólo caí sino que también rodé hasta golpearme la cabeza contra el suelo, soltando mi preciado botín que hasta entonces vi que se trataba de una jugosa rebanada de carne de res envuelta en papel. Aturdido intenté recuperarla, hallando una bota pisándome la mano.

    —¡Ladrón! —gritó una voz en la distancia— Maldita sea, corre como poseído el desgraciado.

    —Cierra el pico —decía alguien más que se acercaba—. De esta no se salva. Que sirva de ejemplo.

    Sabiendo lo que me esperaba no opuse resistencia, envolviéndome en un nudo para evitar la mayor cantidad de daño que pudiera. No significaba en realidad mucho para mí lo que estaría por ocurrir. De hecho me dolía más el pensar que me estaba muriendo de hambre. Ya no tenía fuerza, lo que en parte alivió un poco la situación. Tan débil no sentiría tanto dolor por la paliza que recibiría. Como mucho al despertar me dolería el cuerpo de una manera casi poética.

    Y ocurrió. Lo primero fue una patada que pude predecir directo en la boca del estómago. Quizá lo pudiera haber sentido de otro modo pues en vez de dolor, sentí que de pronto me faltaba el aire. El segundo impacto lo recibí en la cadera, pero al igual que el anterior el dolor apenas si ascendió a una leve molestia. Una punzada. Me costaría caminar, pero si no me resistía y me quedaba quieto, todo acabaría sin mayores inconvenientes.

    Fueron tres los entusiasmados en darme una lección por mis actos. Tres quienes se turnaron para patearme, invitando a la gente que pasara para desquitarse conmigo. Fue una suerte que los ignoraran y apartaran la vista, pues un cuarto me hubiera matado. Agradezco que el resto de las personas se llevaran a sus hijos o a otros que se empezaban a juntarse para tener algo de que hablar esa misma noche. Entonces creí que dejarme hecho una pulpa en el suelo era el final, que ya con eso se cobraron lo que querían, mas sentí cómo me alzaron. Uno de ellos estiró un brazo para sostenerme del cuello de mi lastimosa ropa, zarandeándome para que le mirase. Lo hizo con fuerza, asegurándose de que aún estaba consciente.

    —Abre los ojos o te los abro, inútil.

    —Que los abras —repitió uno de los tres, tomándome de la barbilla.

    Estaba en una posición peligrosa mas conocía los riesgos y sus consecuencias. Sin darle más vueltas al asunto, abrí los ojos que ya tenía hinchados por los golpes. Igual me pesaban por lo cansado y hambriento que estaba. Mi fuerza se terminó esfumando en el instante que caí. Cuando pude enfocar correctamente sólo pude distinguir la ira estallando en sus miradas. Me observaron con asco. El repentino repudio por mirarme me asustó, por lo que terminé abriendo los ojos aún más por la sorpresa.

    —Eres uno de esos —dijo el de rostro curtido como si escupiera esas palabras con cuidado.

    —Y pensar que uno de estos es tan estúpido como para haber entrado y robar —agregó el que me sostenía—. ¿A qué has venido? Responde o acabamos de molerte a golpes.

    Quise reír. Irónicamente, no porque me divirtiera la situación. Mucho menos porque quisiera burlarme de ellos. Me causaba gracia que la respuesta fuera tan evidente y que aun así, demandaran una. Si querían escucharme hablar, todo eso causó una gran risotada en mí ahogándose en mi garganta. No supe si era alguna clase de morbo para justificar lo que harían conmigo pero gracias a eso, unos tosidos sangrientos salieron con debilidad.

    —Quería comer... —respondí, trémulo y débil.

    No les agradó la respuesta y usando los puños el que me sostenía me golpeó en la cara, dejándome caer al suelo tras haberme soltado. Resbalé al tratar de reincorporarme, quedando en el suelo mirando hacia la nada.

    El paquete de carne que había intentado robar me azotó la cabeza, consiguiendo de ese modo que plantara el rostro entero en el suelo lleno de tierra. Pude apoyar los brazos para alzar la mirada, observando que los tres hombres se iban sin mirarme, dejándome a mi suerte. Sin tomar la decisión de cobrarse la justicia que muy probable otros creían que merecía. Lo vi como una pequeña victoria. Probablemente la carne ya no se encontraba en un estado digno para usarse en el comercio. O tal vez mi imagen como ladrón era tan repugnante, que incluso podía privar a un alimento de su valor. Aunque no era acertado, en ese momento celebré una pequeña victoria, tomando el trozo de carne para escabullirme de la vista de los presentes dentro de un callejón. Me tiré al final, hallando un espejo cuarteado con el cual tuve cuidado de no cortarme. Nunca podías saber qué tiraban las personas en su basura, por lo que no estaba de más intentar buscar en esta.

    Pero entonces tuve miedo.

    Lo tuve porque entonces supe que tenía que saber lo que me había causado el encuentro con la justicia de los aldeanos. Me dolían los dientes y me aterraba que me hubieran botado algunos y tener que lidiar, para colmo, con una infección futura. En el espejo pude apreciar mi lastimosa apariencia que sirvió como un terrible golpe. El cabello que antes negro como la tinta, entonces llevaba desordenado y polvoroso, hecho una maraña de nudos. El rostro sucio, lleno de mugre y manchado de mi sangre. Al abrir la boca frente a ese espejo, pude sentir algo romperse. Los dientes me dolían no porque me faltara alguno, sino porque un par de colmillos sobresalían de mi boca. Lo suficientemente largos como para no poder ocultarlos al abrirla. Los ojos me estallaron en llanto y al enjuagar las lágrimas pude verme mejor. Esos ojos que alguna vez fueron cafés como el color de las avellanas, entonces eran ambarinos y atigrados. Comencé a reír y luego a llorar aún más. Las lágrimas que me corrieron por el rostro no se detuvieron al igual que la risa y el hambre. Al menos hasta que devoré aquel trozo de carne. Cruda y roja. Tan jugosa. En mucho, lo más sabroso que jamás probé.


     
    Última edición: 8 Mayo 2026
  5. Threadmarks: [Capítulo 02]
     
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    La lluvia repiqueteaba contra el tejado del pequeño callejón, en donde las diferentes construcciones coincidían, brindándome un refugio improvisado a salvo de los improvistos del clima. El agua no me alcanzaba, hecho que, sumado al estado de mi cuerpo, me hiciera decidir no llevar a cabo esfuerzo alguno por moverme. Gota a gota el débil "drip-drip" que caía al frío y húmedo suelo desaparecía en cuanto cerraba los ojos, tratando de olvidar el dolor que mi cuerpo sentía por la golpiza que me propinaron aquellos hombres.

    Mi mente se encontraba ausente, siendo poco lo que acudía a mí. Lo que lograba mantenerme en un estado de alerta pasiva de manera involuntaria. De ese modo escuchaba la lluvia y a los aldeanos quienes con prisa buscaban refugiarse por temor a empaparse. El mismo miedo del cual los infantes prescindían. Llegaba a mí el sonido de sus risas y cantos, salpicando entre los charcos con tremenda enjundia pese a las advertencias de los adultos.

    Me encontré moviendo los labios al son de su canto y de la lluvia, melodías que mecían mis sentidos, llevándolos hacia un lugar lejano y distinto, que yacía casi olvidado. Más allá de los años en un templo, más allá de los primeros pasos inseguros de un niño perdido.

    Más allá de mis recuerdos.


    2
    Lejos

    No parecía detenerse. La lluvia aumentaba conforme el tiempo transcurría, con gotas grandes y heladas que convirtieron una tarde de verano en una fría y húmeda. Abrigarme hubiera sido de gran ayuda para soportarlo pues aunque seco, sentía el viento pasar, helándome las extremidades que aún conservaban sensibilidad. Traté cubrirme los pies sucios con las manos, mas pronto descubrí lo inútil que sería pues apenas si conseguía moverme sin que una ola de dolor brotara desde el torso y volara por el resto de mi cuerpo.

    Maltrecho, frío y con el hambre atacando una vez más, intenté a toda costa no caer dormido, llevado por los ruidos conformados por la llovizna y el viento. Los silbidos de aire al pasar por entre los hogares, torrentes de agua atravesando las calles; luchaba con todo lo que me era capaz para evitar cerrar los ojos ya que en cuanto lo hacía, brotaban imágenes las cuales deseaba apartar con gran desesperación. Veía a un niño de ropas sucias y aspecto lastimoso. Herido, ese pequeño cojeaba entre la noche tratando de buscar de dónde apoyarse, siempre cayendo al intentar asir algo entre la oscuridad que pudiera soportar su cuerpo. Caminaba con ojos vacíos, lejos de tener convicción alguna reflejada en su mirada y más inundados de un instinto que le había mantenido con vida. Caminaba hacia la promesa de una oportunidad o un súbito fin a su corto recorrido. Lo hacía con cortos pasos hacia una puerta entreabierta de la cual la luz se escurría ahuyentando a la oscuridad.

    Tan pronto como abría los ojos me sorprendía el paisaje gris en el que estaba. Uno que pese a no mejorar mi situación, no se veía inundado por los dolorosos recuerdos que significaban el fin de un camino.

    No encontraría descanso alguno de tal forma, eso bien lo sabía. Aun si fuesen minutos durante los cuales me desvanecía, siempre despertaba más cansado. Concluí que dormir no me ayudaría, al menos no si me encontraba en ese lugar. No en el callejón o bajo la lluvia, sino que dentro de la aldea. De cualquier otro modo ocultarme hubiera sido sencillo. Pero el hecho era que esa ya no era una opción. Antes cuando los aldeanos estuvieron por cobrárselas todas, los mismos se refirieron a mí como uno de esos. No supe con exactitud a qué se referían, pero de algo estaba seguro. Mis ojos ya no eran los mismos a como recordé alguna vez. Entonces siendo yo un niño cualquiera podía fundirme con mi aspecto entre la multitud, sea de adultos u otros pequeños de mi edad. En mí no encontrabas mucho más que huesos y un poco de envoltorio, cabello y ojos del mismo color que un centenar de gente más. Encontrarme llevaba a una tarea infructuosa y frustrante, mas sin embargo, eso ya no era posible. Esa suerte me terminó abandonando cuando al entrar al callejón noté en el espejo un par de ojos ambarinos, de un increíble color entre amarillo y dorado bruñido. Los colmillos que no dejaban de dolerme igual me delataban. Era un hecho que ellos se percataron y uno mayor que ya se hablaba de mi aspecto con los vecinos, amigos y curiosos entrometidos.

    Si no hallaba la manera de huir andar por las calles se terminaría convirtiendo en una actividad peligrosa en la cual perdería mucho. Era el ladrón más fácil de identificar y por eso quedarme no era una opción.

    Tomé en consideración mis opciones, pero el frío y el hambre, así como el dolor y cansancio, no me dejaban pensar con claridad. Quise correr por las calles aprovechando la lluvia. Nadie me detendría. Pero claro, el inconveniente principal era que apenas si me podía levantar. Pensé en aprovechar el sigilo que la noche me daría. Pero la aldea se vigilaba constantemente. Con mis torpes movimientos no sería capaz de buscar una salida, sin mencionar el atravesar esta.

    Pues entonces, estaba atrapado. Sin respuestas o ideas me puse a llorar, soltando gimoteos que intentaba ahogar entre los ruidos de la calle.

    No sé cuánto tiempo pasé de esa forma pero cuando el rostro me ardía de tanto llorar, pude escuchar los pasos de alguien acercándose. Gritos en la cabeza me advirtieron de ello e intenté ocultarme tras los sacos de basura que detenían mi peso para sólo caer al suelo en donde me quedé quieto mirando hacia la entrada.

    Lo primero que vi fue un paraguas asomarse y un rostro cubierto por una capucha. Su cuerpo entero iba escondido por un impermeable, mas distinguí el porte de un adulto en sus manos desnudas.

    —Supe que podría hallarte aquí —dijo e identifiqué que se trataba de una mujer joven.

    No le respondí.

    Ella quiso dar un paso más y acercarse a mí, mas en respuesta mi cuerpo respondió por sí mismo buscando huir por mero instinto. Respiraba aterrado, temblando al desconocer sus intenciones. No supe si me haría algo o por qué es que siquiera estaba allí para empezar. Apartó rápidamente la mano ante mi reacción, como si de pronto hubiera sentido el calor de acercarla al fuego. La pegó a su cuerpo y bajó el rostro que seguía en sombras.

    —Claro. No confías en mí —rio, aunque no pareció burlarse—. Debes de estar aterrado.

    Nuevamente no respondí. Continuaba alerta ante cualquier movimiento que pudiera llevar a cabo. Lo único que podía hacer era gritar, y hasta eso sólo resultaría contraproducente dada mi situación. Miraba fijamente a la mujer, aguardando en silencio hasta que decidió moverse una vez más. Entonces esperó por cuál sería mi reacción, agitando una mano en ademán de tranquilizarme al verme apretándome como un nudo. Debajo de su impermeable sacó una pequeña caja negra que dejó en el suelo cerca de mí. No la apoyó, primero la puso frente de sí misma y luego la deslizó con mucho cuidado.

    —¿Me creerías si te digo que he estado buscándote? —preguntó, aunque volví a callar—. No he venido a lastimarte. Quiero ofrecerte ayuda. Sé que la necesitas y estoy dispuesta a brindártela.

    La mujer se levantó lentamente, procurando no asustarme. Había tomado el paraguas, abriéndolo antes de irse. Miró fuera del callejón, volviendo el rostro a la espera de que nadie la viera. A pesar de la llovizna las personas continuaban rondando por las calles. Me miró nuevamente, hablando con suavidad. Un timbre de voz que me parecía extraño de un adulto.

    —Espera a la noche. Vendré por ti.

    Y sin agregar otra palabra salió a paso veloz.

    Quedé atónito del repentino encuentro con esa misteriosa mujer. Quien admitió haberme estado buscando. No es impredecible que la primera impresión que tuve de ella es creer que mentía, que no era más que un engaño y que los aldeanos intentaban hacerme salir para mostrarme un verdadero escarmiento por osar robarles en los pasados meses.

    Aunque me detuve a pensarlo mejor. Carecía de sentido. De haberlo querido esa mujer los podría haber llevado hacia mí y acabar todo en la oscuridad y anonimato de un callejón. Otras personas me vieron entrar momentos después de la golpiza que recibí, así que cualquier idea de que aquello fuera una trampa perdía sentido de inmediato.

    Pero la realidad es que estaba confundido.

    Su amabilidad me había intrigado. Por qué lo había hecho, querer arriesgarse de esa manera por un paria sin escrúpulos. Un ladrón que en todo momento tras tomar esa vida, ignoró quien fuera su blanco. Jamás me detuve a pensarlo, si tomaba monedas de un herido o un enfermo. Si la situación de alguien más era incluso más precaria que la mía. El gentil tono de sus palabras, lo terso de su voz y la preocupación en esta. Lo que la llevó a ser así conmigo, eso que buscaba...

    Cada una de mis dudas fue acallada en cuanto el viento sopló, entrando al callejón y trayendo el exquisito aroma de la carne y el arroz hasta mí. Resultó ser un golpe especialmente cruel. Aún podía sentir el estómago y sus rincones vacíos siendo atacados por esa insidiosa sensación de la que no me libraba desde hacía días. Intenté ignorarla lo mejor que pude. Pero fue inútil e imposible, debido a que aquel olor provenía de la caja que aquella mujer dejó para mí.

    No pude creerlo, casi no quise hacerlo.

    Fue imposible pensar en aceptar algo así. O al menos lo habría sido tiempo atrás. La amabilidad en esos tiempos me resultaba ser hostil. Jamás recibí un trato similar si es que no provino de mi amiga del templo. Pero el hambre podía mucho más. Al abrir la caja observé su contenido sin poder compaginar lo que encontraba. No me molesté en usar los palillos, así que pasaron a ser algo sin importancia.

    Durante aquella tarde el hambre desapareció. Aunque no podía decir lo mismo de mi llanto.

    ——
    ——
    ——

    —En verdad esperaste a que regresara. Temí no encontrarte de nuevo, pero sigues aquí.

    Su voz cándida calmó mi respiración. Encontrarla de nuevo fue, pese a su previo aviso, inesperado.

    El alimento que me facilitó fue lo más cercano a un milagro. Cada bocado le devolvió a mi cuerpo energía y calor hasta puntos ilógicos. No sólo me vi poseído por una vitalidad y fuerza sorprendentes, sino que a la vez mis heridas sanaron. Aquellos cardenales ensangrentados que manchaban mis ropas no se encontraban más.

    Ese nuevo aliento me tomó desprevenido, pero no lo malgasté. Nuevamente pensé en escapar corriendo entre la lluvia y las calles, huyendo de la aldea para perderme entre los prados de su alrededor.

    No obstante me detuvo el simple impulso.

    ¿Adónde llegaría?

    No existía lugar al que pudiera regresar. Si hasta el campamento improvisado que compuse con ayuda de mi amiga cerca del templo lo terminé desbaratando antes de partir. Verme nuevamente al espejo hizo que me percatara de que mis opciones no eran limitadas. Eran inexistentes. Me quedaba confiar en una extraña quien me mostró gentileza, apostándolo todo en su presencia y promesa de regresar.

    Aun si prometió volver en la noche, terminé asomándome por el borde del callejón por el resto de la tarde. Al oscurecer en mi escondrijo no pude ver nada, sólo escuchar. Fue hasta que vi una luz acercarse, proveniente de una lámpara de papel que usaban las personas habitualmente, que volví a tensar el cuerpo.

    —Lamento mucho haberte dejado en esta lluvia, pero nadie más podía verme ayudándote. Al menos no en estas condiciones.

    No esperó por mi respuesta, avanzando con mayor seguridad que esa misma tarde. Me entregó un impermeable como el suyo, uno casi de mi tamaño. En esa ocasión no intenté separarme, mas el instinto me hizo saltar un poco. Ella rio.

    —Si alguien llega a encontrarnos y pregunta por ti, respondes que te perdiste y yo te llevaba a mi hogar para resguardarte de la lluvia —explicó, colocándome la capucha que me iba grande, aprovechando su tamaño para cubrirme la cara—. No alces el rostro, no corras. No te separes de mí. A decir verdad, será mejor si me tomas de la mano.

    Eso hice y apenas alcancé su palma ella tomó la mía con fuerza. No me lastimó, pues lo hizo para asegurarse de que no la dejara ir.

    —Por los dioses, estás frío —dijo a la par que me frotaba las manos con las suyas—. Pégate a mí, el paraguas es lo suficientemente grande para cubrirnos de quien nos mire. Sostén la lámpara si puedes.

    Todavía con un poco de miedo lo hice. Su proximidad me asustó, pero igual permanecí a su lado.

    —¿Listo para irnos? Serán unos minutos hasta que lleguemos donde vivo —asentí con energía—. Muy bien, te sacaré de aquí.

    Y caminamos entre la lluvia.

    ——
    ——
    ——

    Corrimos con suerte y sólo nos detuvieron un par de veces preguntando por quién era yo. De camino a su hogar una mujer se preocupó al escuchar de parte de mi rescatadora sobre cómo me había encontrado perdido en medio de la aldea, buscando un lugar para ocultarme de la lluvia. Le dijo y le insistió que no tendría problemas, pues conocía a mis padres desde que yo era más pequeño. Que ellos trabajaban cerca de la aldea, en donde se podía gozar de la protección de esta. Entre otros un rostro más detuvo a la señorita. Se trató del hombre que me había golpeado al final. No se había percatado de que estaba allí, explicándole a la joven que seguían buscando a ese repugnante hanyou. Ella insistió que detuvieran toda búsqueda, pues de seguro él ya habría escapado.

    Cuando por fin llegamos a su hogar soltó un resoplido de alivio. Dejó el impermeable colgado y me mostró que hiciera lo mismo. No le había visto con claridad antes, así que su cabello me asombró. Era blanco con mechones azules, lo cual le daba una tonalidad peculiar. Lo llevaba tan largo como para llegarle a la línea de la cintura, acomodado en una coleta. Su complexión la reveló como una joven de al menos dieciocho años. Ya al verme me volvió a sonreír, invitándome a pasar una vez que cerró la puerta.

    —Por lo regular no suele haber tanto jaleo en la aldea —empezó a decir, avanzando por un largo pasillo donde una puerta se ubicaba a la derecha—, aunque supongo que sabes por qué ahora lo hay.

    Agaché la cabeza, alargando un silencio incómodo. Ella se acercó y posó su mano en mi cabeza, agachándose para quedar a mi altura.

    —Esta tarde te vi muy malherido, mas ahora te veo libre de todo daño. Eso en parte me alivia, pero también me angustia un poco.

    Desde que entré intentaba hablar, pero no pude contener más todo lo que brotaba al ver su sonrisa llena de amabilidad. No pudiendo más, reventé en llanto nuevamente. Traté de decir algo, mas sólo me salieron gritos mezclados con balbuceos.

    —¡Gracias! —grité sorbiéndome la nariz en cuanto pude articular una palabra—. Usted... usted me ayudó y... la comida de antes... con su comida...

    Nada. Ni yo mismo comprendía lo que quería decir.

    —Ay pequeño —ella me tomó fuertemente, sobándome la espalda con lo que mi llanto se hizo más fuerte—. ¿Cómo te llamas?

    —Kenro —respondí entre gimoteos.

    Así que Kenro —dijo para sí misma, apartándome de su pecho con suavidad—. Mucho gusto Kenro, mi nombre es Kamishirasawa Keine. Te he observado desde hace meses, aunque no pude hacer nada para ayudarte. Por mi posición en la aldea supe que te metería en mayores problemas si hacía algún movimiento inoportuno. Siempre le decía a la gente que mirase hacia a otro lado cuando te encontraban. Pero hoy ya no pude más. Tuve que actuar. Esos hombres que te golpearon dijeron que el niño ladrón al que desconocían se trataba de un híbrido. Me advirtieron que no interviniera, dejándote a tu suerte, pues sabrían que no podrías huir con las heridas que te causaron. Encontré mi momento y quizá haya sido que los dioses nos dieron esta lluvia. Supe que tenía que acudir a ti.

    Mis lágrimas seguían, pero mis gimoteos ya sólo se vieron reducidos a un pequeño hipo impertinente que no podía hacer parar. El tono de desesperación que se apoderaba de su habla, la velocidad con la que expuso los hechos. A nada de eso pude tomarle el debido interés, al menos no tras escucharle decir algo que no entendí.

    —Señorita Keine —ella se sobresaltó, dándose cuenta de que no captaba ni la mitad de lo que decía. Sacudió la cabeza y ladeó esta en señal de que escuchaba —… ¿Qué es un híbrido?

    Primero me vio un poco de incrédula, sin desbaratar esa sonrisa. Es hasta que se percató de que iba en serio, que decidió mantener la calma. Tomó mi mano, guiándome al interior de su hogar. Dejó que tomara asiento en un extenso sillón, moviéndose con rapidez al tomar unas tazas y platos. Hablaba mientras realizaba cada acción, hirviendo el agua, sacando comida de un recipiente entre otras tareas. No perdió tiempo ni la oportunidad para adentrarme al mundo en el que vivía y que desconocía.

    —Un híbrido. Bueno Kenro, es lo que eres tú. Pero descuida, no debes temer. Ni pensar que es algo malo. Yo te explicaré y te ayudaré, tienes mi palabra. De hecho, tengo una idea. ¿Te parece si tenemos una pequeña clase?

    —¿Clase? —pregunté asombrado— ¿Escuela?

    —Sí, eso mismo. Mira, para empezar, un híbrido es...

    Quisiera la suerte que ella me encontrase. Que bajo su cuidado aprendiera tanto sobre lo que desconocía, sobre mí y la naturaleza de mi esencia. No obstante esos días no durarían. Esa no era mi vida y pronto lo descubriría.


     
    Última edición: 22 Mayo 2026 a las 12:04 PM
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    Geki

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    [Touhou] [Relato de un híbrido]
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    Fantasía
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    Palabras:
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    Jamás desesperó a pesar de las incesantes dudas que brotaban cuando tratamos el tema que tan ajeno me era. Le interrumpí un sinfín de veces, sin descanso. Como resultado ella respondió de manera cándida a cada una de mis inoportunas preguntas. La en ese entonces joven Keine entendió que si bien yo era un híbrido, también era apenas un niño que desconocía cuál era su lugar. Nunca me levantó la mano en señal de escarmiento, mostrándome por otro lado eso que ningún otro pensó siquiera enseñarme: Comprensión.

    Nunca me mostró nada que no fuera bondad. Inclusive si su temple era bañado por la oscuridad de la noche, pude hallar gentileza en su semblante. Así como el dolor que la misma le causaba.

    3
    Solución imprudente

    —Se le llama híbrido a todo ser cuya existencia la conformen dos mitades —explicaba—. Son conocidos por poseer las características de sus progenitores, sea en menor o mayor medida. Hablamos del aspecto físico al igual que aquello que se encuentra unido a la sangre. Un lazo que vincula a ambas mitades y que no es perceptible por quienes no poseen una naturaleza acorde o en su defecto, similar con la que el individuo fue dotado. El término hanyou, que es como te llamaron, es la manera de referirse a los híbridos cuyas mitades corresponden a las de un humano y una bestia.

    Por días le pedí repetir la misma lección ya que no lo podía creer. Era un humano. Estaba tercamente convencido de que esa se trataba de una realidad innegable, que me pertenecía sin ningún tipo de discusión. Mi mundo constaba de la sencilla división que pude definir como lo ordinario y lo extraordinario. Yo por supuesto formaba parte del primero. Y algunos habrán dicho que inclusive menos que eso.

    Saber que en mí existía una parte de semejante magnitud resultó ser inconcebible, en parte porque jamás escuché hablar de tales seres. Alguien como yo. Y sin embargo, era verdad que existían allí fuera. Pero siendo un niño esas cosas no suelen tener peso o relevancia. Apenas unos ciclos atrás moría de hambre en las calles tras días afiebrado y entonces con ella, hasta ropa limpia llevaba.

    Keine debió hallar mis expresiones como algo conmovedor y divertido. Ya se había levantado para observarme mejor, retrocediendo sin quitarme los ojos de encima, moviéndose hasta un librero del cual tomó un grueso libro. No hizo amago de verlo, volviendo a tomar asiento a mi lado. Me lo entregó con una tierna sonrisa.

    —¿Sabes leer algo como esto Kenro?

    —Sí —respondí entusiasmado—. Siempre me gustaron los libros.

    Entonces no lo noté, pero mis palabras le parecieron extrañas. Un segundo enmudecido bastó para reparar sus facciones que se detuvieron, decidiendo no indagar al respecto. Apuntó al libro ya en mis manos.

    —Bueno, quiero que consideres este libro tuyo. Consérvalo.

    La sonrisa que se me escapó reveló lo grandioso que esa noticia me pareció. Sentado allí incluso empecé a tamborilear con los pies al aire, sacudiéndolos de la enorme felicidad que fue recibir algo que consideraba un gran obsequio. Claro, era un libro algo viejo y un poco gastado. Pero entonces el gesto me pareció la cosa más linda del mundo. Ese libro se fue volviendo en una muy preciada posesión de la cual no me separaría. Aunque desvarío. Miré la portada al sostenerlo, repasando con mis dedos las letras que sobresalían en un gastado brillo dorado.

    —Me gustaría tener conmigo más que sólo libros de carácter académico y aunque ese no lo sea, ni siquiera tiene dibujos. Es probable que te cueste en un principio el leer los...

    'Obras, relatos y colección de cuentos cortos. Volumen II' —dije leyendo el título—. Me encanta. Es usted muy amable señorita Keine.

    —…O puede que no te cueste —suspiró aliviada.

    Al principio creí que haber comenzado una vida como profesora de la aldea fue la razón para acudir en mi auxilio. Que su posición como educadora y guardiana del mismo lugar fue lo que la impulsó a actuar en contra de quien se interpusiera entre el bien de otros. Y aunque en parte esa era una verdad, su guía, comprensión y cariño, no derivaron gracias a ello. La razón estaba más cercana a su propia naturaleza y sangre. Si bien no como humanos, pero como algo más.

    Con el tiempo aprendí más sobre Keine, sobre su vida y el camino que optó tomar por el bien de los pequeños. Cada mañana le ayudaba a preparar el desayuno, alistar papeles y documentos e incluso a limpiar el aula que se encontraba dentro del mismo edificio. Veía todos los días cómo otros jóvenes alrededor de mi edad llegaban entrando por la puerta, tomando lugar en cada asiento de manera natural, dando a entender que ese proceso lo repetían de manera continua.

    Mientras tanto yo permanecí oculto. Al menos a la vista de otros. Tomaba mi lugar del otro lado de la puerta del salón, apuntando en un cuadernillo cada lección que ella les enseñara a los jóvenes y a mí también. Siempre llevaba a cabo un esfuerzo extra para que su voz llegara del otro lado de la puerta, nunca gritando, pero potenciando su timbre para que cada palabra fuera clara. Allí sentado encontré un lugar para mí, con mi lápiz y cuaderno en mano, el cual se llenaba velozmente de lecciones, además de mi preciado libro a un lado mío. Siempre a salvo al alcance de mi vista.

    Descansábamos siempre dos días de la rutina. En esos días en donde el aula se desocupaba, ella me daba su tiempo. Pronto me percaté de que recibía un trato especial, asunto que me llenó de gratitud hacia su persona.

    Aunque claro, no siempre estudiábamos.

    Siempre solía preguntarle cosas. Sino de la aldea, sobre eso que yacía más lejos de esta. Entonces una duda me aquejaba, no la podía callar.

    —¿Por qué los humanos odian a los hanyou? Entendería si me odiaran por haberles robado, pero yo...

    Keine sólo carraspeó una vez, atenta a sus manos y eso que manipulaba en estas. Agua y tinta.

    —Te robaste las galletas que pensaba darle a la clase —dijo y esperó, severa. Al final y con rapidez soltó una risilla dulce—. Pero yo no te odio. De hecho me sorprende que lo hicieras.

    Intenté replicar compungido, mas la expresión de culpa me falló. Acabé riendo.

    —Tenía mucha hambre.

    —Sabes que puedes preparar lo que quieras, la cocina está a tu disposición.

    Cabe mencionar que así como era con la cocina, Keine me dio el permiso para tomar lo que fuera de su hogar siempre y cuando me quedara dentro. Libros, ropa, comida por ejemplo. De todo.

    Era una condición sencilla de cumplir pues aunque las semanas se convirtieron en meses, como híbrido era incapaz de andarme a mis anchas por un sitio donde se respiraba un agrio desdén hacia mi clase. El tiempo ciertamente mejora muchas cosas mas no las sana. Los aldeanos adoptaron una actitud reacia al saber que su tan preciada aldea pudiera tratarse de un cubil de híbridos y youkai, de modo que no sería bienvenido.

    En mis incursiones entre páginas pronto hallé textos que trataban temas los cuales hablaban sobre los híbridos como si no fueran una raza diferente del todo. Se les consideraba un mismo tipo de raza que se había separado de quienes le dieron una razón de ser, alejándose por ese mismo odio. Allí mismo y en compañía de Keine descubrimos el indicio que nos revelaría lo que yo era. Un hanyou quien poseía una parte de un tigre youkai. Parecía que contábamos con poco que nos pudiera guiar, pero eso bastó para descubrir aún más. Entre textos y volúmenes, dimos con referencias que apuntaban describiendo precisamente a los humanos con atributos dados por la esencia youkai que me correspondía. Todo lo que encontramos fue acertado, como ser capaz mirar en la oscuridad con apenas el despejo de luz de luna. Los colmillos alargados y los ojos ambarinos eran atributos comunes, así como no era anormal que las uñas actuaran como garras, aunque no fuera mi caso. El sentido de la audición aumentado y la predisposición a los atributos físicos que sobrepasaran a los humanos eran más aspectos en mí, pese a que mis capacidades físicas fueran las mismas a las de un niño de mi edad. Fue un gran alivio no necesitar referencias de terceros. El día en que rastreamos cada punto, fue como redescubrir mi propia identidad.

    —¿Entonces? —pregunté tras su silencio— ¿Qué hace que odien y les teman a los hanyou?

    —Son temas peligrosos —contestó conservando su perfil sereno.

    —Pero yo quiero saberlo —insistí—. Si esto es lo que soy debo saberlo. Creo que merezco saberlo.

    Era claro que no dejaría el tema, así como ella no podría mantenerse firme ante la necesidad de saber. Por eso suspiró sonriendo, sabiendo que no había otro remedio más que la verdad.

    —¿Sabes cuál es el fruto de la unión entre un hombre y una mujer?

    —Sí —dije avergonzado—… un bebé.

    —Muy bien. Un bebé es el fruto de la unión entre ambos géneros, una prueba que tras consumar el —se detuvo carraspeando—… el cruzar los genes de un humano y los de un youkai no garantiza que nazca un híbrido como resultado. Esos son cuentos que los ancianos les dicen a los niños para que se anden con cuidado. No obstante es una realidad que esa unión, fuera amor o capricho, pueda dar lugar a un híbrido. Pero no se trata de la única forma conocida. Existen lo que llamamos tabú.

    —¿Tabú?

    —Para que un hombre sea más que un hombre, y una bestia más que una bestia, se han realizado actos deplorables y de imprudencia. Un hombre de gentil y puro corazón no va por allí cometiendo esta clase de actos. Una bestia tampoco, pues su instinto es el de la supervivencia, no el de suplantar un lugar que no le pertenece.

    —¿Matan?

    —Hacen lo necesario por su cometido, aunque no es la única razón por la que los híbridos son vistos con ojos de odio. Se sabe de casos en donde quienes poseyeron ambas mitades han llevado todo tipo de tareas para pertenecer a una de las dos, sea bestia o humano.

    —Yo no haría nada de eso —dije casi en protesta, hecho que le hizo levantarse y apoyar su mano en mi cabeza, acariciándome para tranquilizarme.

    —Lo sé muy bien Kenro.

    ——
    ——
    ——

    El tiempo desde entonces transcurrió de manera apacible. Llevábamos nuestros días siempre de la misma forma, a veces con pequeñas variaciones. Yo le ayudaba a prepararse para las clases, prestaba atención a cada una de ellas y terminaba el día para pasarlo juntos. Fue un tiempo de sencillez absoluta donde también encontré tranquilidad similar a la que una vez perdí.

    Pero bien ese ritmo no podía mantenerse.

    Un día en particular en el cual la clase tomaba una prueba, me hallé leyendo con calma en el pasillo. Esperaba a que las clases terminaran como de costumbre cuando la puerta principal recibió un porrazo. Primero fue suave, intensificándose con dos tirones a conciencia. Me alarmé al pensar que quizás alguien estuviera tratando de allanar el hogar de Keine cuando su tiempo estaba centrado en las clases, pues todos conocían su horario.

    Los aldeanos sabían que durante ese periodo la puerta principal quedaba cerrada y desatendida. No había nadie más que yo allí, sentado con la espalda sobre la pared, temblando al ver la puerta sacudirse con más fuerza tras cada intento fallido por abrirla. La primera decisión que tuve fue la de asomarme por la puerta del aula, llamando la atención de Keine quien se encargaría de quien estaba del otro lado. Pero eso era ponernos en riesgo y en posiciones irreversibles. Al menos una veintena de niños se encontraban del otro lado, lo que me expondría y me haría perder todo lo que obtuve durante ese plazo de tiempo.

    También podía haberme escondido y dejar que quien estuviera del otro lado hiciera lo que le plazca. O hacer lo que estuviera a mi alcance para evitar se percatara quién era y conseguir ahuyentarle. Sería una victoria para Keine y para mí.

    Concentré toda la fuerza que podía permitirme en sujetar la puerta, observando cómo a poco de tomarla esta se vencía de los jaloneos de quien insistía entrar. Tan pronto como la primera franja de luz del exterior se coló, ya estaba cerrando esta de vuelta. Pero ya no había nada que la mantuviera cerrada, salvo yo mismo. Es por eso que el intruso volvió nuevamente a insistir, empujando con mayor fuerza con lo que contuve un grito de ayuda.

    El forcejeo se volvió cada vez más violento. Cada vez me resultaba más complicado mantener la puerta cerrada, viendo que mi peso ya no era suficiente para contrarrestar la fuerza del otro lado. Mis pies ya no sostenían nada y al cabo de casi medio minuto, resbalé y caí al abrirse la puerta. Me gustaría pensar que entonces di algo que pueda ser reconocido como pelea, pero en realidad no lo hice. La puerta se abrió azotándome contra el suelo, lo cual me lanzó hacia el pasillo en donde quedé recostado, cubriéndome el rostro con los brazos. Quien entró cerró la entrada tras de sí, andando con paso ligero. Deteniéndose al quedarse frente a mí.

    —Así que uno que se salta las clases —dijo la voz burlona de una chica—. Los niños malos merecen un castigo.

    Quien entró me tomó sin problema por el cuello de la ropa, alzándome y tomándome como peso muerto. Forcejé como pude, lanzando golpes al aire sin siquiera uno que atinase. También di patadas y cabezazos, pero nunca atiné.

    —Hombre, que eres una fiera en ciernes —dijo con una risotada—. Ay, cuidado. No me vayas a morder que te lo devuelvo, canijo.

    —Suéltame —dije conteniendo un grito—, suéltame o de verdad te muerdo.

    Nuevamente rio.

    —Esa es una posición bastante arrogante para un pequeñajo al que sostengo como si fuera un gato.

    Aparté el único brazo que me cubría, trincando los ojos con fuerza y mirando hacia abajo. Traté de zafarme al tomarle las mangas y hacerle daño, mas eso sólo hizo que me zarandeara en respuesta. Entre sus risas de diversión que tomé como burla y señal de humillarme, abrí los ojos. Su imagen era como la de nadie que hubiera visto antes. Incluso sobresalía en comparación a Keine. Llevaba una larga cabellera que le escurría por todos lados, blanca y adornada con decenas de moños los cuales no identifiqué como lo que eran. De toda su persona su cabello era lo más intrincado, pues su aspecto no iba más allá de una blusa blanca abotonada y unos pantalones que le iban enormes, de color beige con unas botas bastante toscas. La chica quien poseía unos ojos rojos intensos se me quedó viendo curiosa, sonriendo como la cómplice que apoya un crimen, pícara.

    —Dichosos son los ojos —empezó diciendo, retrocediendo— que hoy miran a alguien tan especial. Dichosos son los ojos que hoy te ven.

    Traté de calmarme, mirándole fijamente, casi de manera retadora. La chica se dio la vuelta de nuevo a la puerta, apoyándose sobre la misma para asegurarse de que estuviera cerrada. Volvió hacia mí con una mano en un bolsillo, dándome la otra. Llevaba una paleta.

    —Disculpa lo anterior —dijo, mas por su tono no supe si iba en serio—. Me han entrado las ganas de meterme contigo al creer que eras un alumno de Keine.

    —¿Quién eres?

    —Anda, me ofende que no te haya contado sobre mí. Acepta mis disculpas y pasemos dentro, quizá me dé por contarte una que otra cosa sobre ella.

    ——
    ——
    ——

    —Para dejar las cosas claras: llegaste con la intención de informarme sobre lo que se habla por los caminos pero en su lugar arruinas mi puerta y atemorizas a Kenro.

    —Si he de ser justa él y yo la arruinamos. Y no tiene miedo, sólo vele la cara. El chico está pasándola de lo lindo. ¿Hace cuánto que no sale?

    La chica de cabellos intrincados resultó ser amiga de Keine. Quien respondía por el nombre de Mokou, le mantenía al tanto de los eventos del exterior de la aldea. De modo que ambas siempre se encontraban para informarse de lo más pertinente de cualquier lado de la civilización humana.

    Por otro lado ella terminó congeniando de maravilla conmigo. Aclaró que no tenía las intenciones de manchar el buen nombre de Keine y que de hacerlo, ella me podría contar un par de historias embarazosas. Como fuera, lo más divertido fue encontrar un rostro nuevo y con aliento para platicar y escuchar.

    —Es complicado —dijo Keine—. Él...

    La interrumpió. Su rostro era simple y sin exaltaciones.

    —Es el híbrido ladrón, lo sé.

    Quisiera decir que me asustó escuchar que ella sabía quién era, pero en realidad es como me temía. Mi descripción me delataba con una gran facilidad. Ella estiró los brazos, apuntando a la puerta, a mí y luego a la habitación entera.

    —Descuida, no he venido a entregarlo a él ni a delatarte a ti. Algo me decía en estos huesos que bueno, qué te digo. "Esto".

    —Si sabes quién es él significa que los aldeanos...

    —Efectivamente —me miró—. La búsqueda por su cabeza lleva meses.

    No había tenido esa impresión tal vez por lo desesperado de mi situación, pero era cierto. El tiempo transcurrió y absuelto por la comodidad de una vida segura olvidé las consecuencias de los actos cometidos con mi nueva vida de híbrido. Entonces ni las voces o pisadas del exterior pudieron ocultar el silencio entre nosotros tres tras las palabras que se soltaron.

    —Kenro ha cambiado —dijo Keine avanzando a mi lado—. Que viviera aquí fue con ese fin, para que la gente olvidara los errores que cometió.

    —Errores que no pueden ser ignorados y que continúan apilándose —en silencio, ambos nos detuvimos incrédulos. Ella me miró—. Que tú te hayas abstenido de continuar con esa vida no significa que otros lo hicieran. En los exteriores los robos continúan e incluso se ha presentado el caso de una muerte que muestra signos de pelea. Heridas de garras y colmillos le cubren el torso, brazos y rostro. Cualquier youkai podría causarlo, pero conocen a un híbrido que se les escapó. Saben que tiene colmillos prominentes y que casualmente, es mitad bestia.

    —¿Cómo sabes todo eso? —preguntó Keine aterrada.

    —Me han pedido ayudar.

    —¿Y les dijiste que sí?

    —Dije que lo pensaría —la tranquilizó.

    No hubo más que silencio expectante. Todo se volvió cálido, de hecho asfixiante. La habitación entera daba la sensación de haberse caldeado pero que a la vez sólo yo lo notaba. Sudaba, y llevaba el estómago tan revuelto que cualquier palabra que me atreviera a sacar me habría hecho vomitar. Mokou soltó un suspiro de cansancio.

    —¿Qué piensan hacer?

    —Para empezar evitar que encuentren a Kenro. Él no es el causante de esos incidentes.

    —¿Y?

    —¿Cómo que "y"? Yo...

    —Le preguntaba a él —dijo apuntándome con la barbilla—. Dime, ¿qué piensas hacer?

    El calor que sentía se detuvo con su voz. Mi cuerpo se enfrió por completo. Ni porque lo pensara por horas la respuesta cambiaría. Por eso aunque me doliera supe de inmediato cuál era la respuesta.

    —No tengo opciones.

    Mokou asintió.

    —Lo sé, no las tienes.

    —¡Mokou!

    —Pero —volvió a tomar la palabra, no reparando en Keine—, esa es sólo una forma de ver las cosas. Cuando no te quedan opciones, te creas las tuyas. Cuando ya no sabes qué camino tomar, es ese momento cuando actuar es vital. Así que dime, ¿qué piensas hacer?

    Pensé con todo lo que mi propia existencia y mi corta edad me enseñaron. Miré alrededor, repasando la mirada de Keine quien miraba con dolor la escena que se formó. Pensé en aquel momento donde mi cuerpo adolorido pudo llevarme hacia un callejón solitario. Recordé el olor de mis manos con la carne, de la basura, la lluvia y el suelo mojado. En el canto de los niños. Eso me brindó la misma respuesta que antes concebí pero que no me atreví a tomar.

    —Debo huir —respondí.

    Mokou sólo dio una corta cabezada.

    —No es la mejor respuesta, pero es tu solución.

    —Pero —Keine me acercó a su pecho—, es sólo un niño.

    —Ante todo es un híbrido —atajó Mokou, suavizando su expresión—. En cualquier otro momento te daría refugio. Pese a no conocerte que Keine te haya extendido la mano me es suficiente para pensar bien de ti. Pero conoces los riesgos y sabes que el tiempo es sólo un factor para que el olvido llegue.

    Me doliera o no era cierto. Debí aceptar que mi mejor jugada era que todos olvidaran un poco.

    ——
    ——
    ——

    Desde ese momento fuimos testigos de la forma en que las palabras de Mokou mostraron una cruel realidad. Se hizo usual que vieras caminando a grupos de personas que iluminaban su camino con grandes lámparas, alegando que su trabajo servía para recuperar la seguridad de todos en la aldea. Iban armados y no precisamente todos eran granjeros inconformes. Se les veía blandiendo espadas y mazos, además de otros que cargaban arcos y flechas. Claramente buscaban a alguien. A mí.

    Huir se volvió una labor riesgosa, sobre todo si pensaba hacerlo solo. La posición que sosteníamos los tres no era menos a precaria. Apostábamos mucho y de fracasar, perderíamos a lo grande. Contábamos con la constante presencia de Mokou, quien siempre nos informaba de cada movimiento que los aldeanos decidieron en sus guardias. Sumando el puesto de Keine, logramos armar un calendario exacto con las rutas las cuales tomarían en días específicos. El aprender los horarios y caminos fue casi una bendición, pero no podíamos dejar que el tiempo avanzara. Conforme los días transcurrían corríamos el riesgo de que otras personas se sumaran a la causa.

    Planeamos la manera en que escaparía. Lo repasamos todos los días, tomando el lugar de las clases.

    Y aun así pese a nuestros esfuerzos, un punto crucial nos evadía. Un lugar en donde pudiera resguardarme. Entre las mismas dudas quedó una sola solución.

    El defecto de nuestro plan recaía en la muerte que tomó lugar en las afueras de la aldea. La gente pedía justicia a gritos. El hecho de vincularme con la causa de esta volvió impredecible a la masa de personas que se forma con el miedo. Si de pronto decidían tomar métodos menos ortodoxos y por ejemplo, catear de casa en casa en horas aleatorias, nadie los habría detenido.

    Por ello decidimos una fecha con tanta antelación como prioridad. Engañarlos una vez sonaba arriesgado pero plausible. Dos veces, no tanto.

    Cuando el día llegó no lo diferenciabas de otros, quizá salvo el hecho de que las clases fueron suspendidas desde días previos. La escuela te presentaba una inusual vista de un salón de clases vacío, donde desde dentro veías a los niños jugar. Nuestro plan ocurriría hasta el anochecer, lo cual hizo sentir cada hora entre nosotros tres. Pasamos estas cocinando, preparando mis provisiones y cada sencilla pieza de recuerdo que había recolectado estando allá. Así como mi llave, aquella pieza que me aseguraba una oportunidad una vez en el lugar al que me dirigía. Un cuadernos sencillo el cual Mokou muy específicamente dijo que garantizaba mi supervivencia. Si algo le hubiera pasado a este, se rasgase o manchase, el mismo acabaría convirtiéndose en mi segura perdición. Recibí más consejos de los que podría haber recordado, pero que igual agradecí.

    Nuestra despedida se acercaba. Allí sentado, buscaba la irracional manera de detenerlo todo con las manos.

    Mokou fue la primera en levantarse. Keine me abrazaba mientras tanto, sentados en el mismo lugar.

    —Supongo que sería mejor si me adelanto —dijo Mokou—. Nos veremos pronto Kenro.

    —Cuídate Mokou —pude decir con voz quebradiza. Ella sólo hizo un ademán despreocupado, marchándose.

    Ya sólo quedábamos Keine y yo. Allí sentados conversamos y vimos el día desvanecerse. Sabíamos que quedaba poco tiempo y que no teníamos la opción de cambiar las decisiones que tomamos. Quisimos decirnos más, reír aunque fuera un poco. Pero resultaba complicado siquiera pensarlo. Recuerdo su mentón en mis hombros y sus brazos cubriéndome. Con sus manos en mis ojos si parecía que iba a llorar.

    —La aldea cambiará —decía—. No se quedará así, te lo prometo.

    —Keine, todo esto ¿es mi culpa?

    Entonces quise mirarla, pero no pude. Su cuerpo sosteniendo al mío lo evitó.

    —No lo es. No lo es.

    Siempre me pregunté qué es lo que ella vio en mí para cuidarme, guiarme y enseñarme como lo hizo. Es por ella que tomé las decisiones futuras de mi vida, siempre recordando que si algo debía de hacer, tendría que ser lo correcto.

    El resto del tiempo que nos quedó hubiera deseado ocuparlo en nosotros. O hacerle más preguntas sobre el exterior, hacia el lugar al que me dirigiría. Pero no lo hice. Todo en lo que fui capaz de pensar es en que deseaba con todo mi corazón que ella no llorara.

    ——
    ——
    ——

    —Puedes regresar aquí. Así pase el tiempo, te recibiré con las puertas abiertas —rio—. Incluso puede que deje galletas para que robes.

    Traté de que la risa brotara en mí tal y como en ella, con esa facilidad pese al dolor que cubría mi semblante entero. Supe que en cuanto cruzara esa puerta pasarían años hasta que pudiera verla de nuevo. Estaba deseando desde entonces que me recordara, que me viera llegar de lejos y que me llamara por mi nombre. Era una vaga esperanza que tenía y avivaba conforme la noche terminaba de caer.

    Aun así mi sonrisa junto a mis palabras se negaron a salir. Estando de pie, viendo su figura hacia la puerta, tuve el vago anhelo de que nada de lo planeado continuara. Pero era demasiado tarde, pues una fuerte explosión resonó a lo lejos.

    —Tienes que prometerme que te cuidarás, es todo lo que necesito escucharte decir —quise hacerlo, pero no pude pronunciar ruido alguno. La miré a los ojos—. Por favor Kenro, sólo eso.

    El corazón se me estrujó. Una ráfaga de personas salieron corriendo en dirección a la salida del este. Iluminaron su rostro con el fuego que cargaban.

    —Me cuidaré. Lo haré.

    Ella cruzó la puerta con una sonrisa bañada en lágrimas. Nunca creí que incluso sabiéndolo, aquello causara tanto dolor.

    ——
    ——
    ——

    Tras las primera explosión se presentaron otras dos con la misma fuerza. En intervalos distintos. Mokou nos aclaró que estas marcarían el momento en el que cada uno debía tomar su lugar y moverse sin importar qué. La primera fue una señal mientras que la segunda era la marca.

    Nuestros movimientos se apoyaron del sigilo de la noche y mi mitad youkai para moverme por entre el silencio sin perturbarlo. Se trataban de una serie de decisiones peligrosas que perjudicarían a un gran número de otros youkai con tal de brindarme una salida. Y es que el movimiento que empezaron los humanos formó un tipo de guardia para conservar la seguridad, lo cual provocó que las entradas y salidas de la aldea estuvieran documentadas en listas. Al cuerpo de seguridad se le otorgó un propósito a cumplir, así como la labor de no dejar su cargo salvo a por ejemplo, un ataque. Y de eso se había encargado Mokou, de mover a un gran número de seres hostiles a quienes no les dejaría otra opción más que pasar por la aldea. Al encontrarse cerca y entrar, Keine los interceptaría. Como guardiana del lugar los humanos no tendrían otra opción más que la de obedecer sus órdenes respecto adónde ir y cómo moverse, con ella encargándose del asunto.

    Mientras las calles principales se ocupaban para llevar la lucha, yo recorrí las más alejadas. Aunque no evitaba que pudiera escuchar los rugidos y gritos de la gente, así como las luces provenir desde lejos. Aun así, eso no significó que nuestro plan de escape fuera perfecto. Ciertas personas me vieron andar por esa calle casi abandonada, llamándome con terror en sus voces para que regresara, pues me vieron dirigirme hacia la dirección contraria. La gente gritaba por mí, diciéndome que buscara refugio. Me obligué a no mirar atrás aun si me persiguieron, tratando de salvar al niño que no sabían era a quien querían colgar. Ignoré los gritos de pavor, así como todo lo que aprendí en sólo esa noche. Mi hogar, mi salvadora. Corrí apartando todo lo demás, aferrándome a lo que sucedería desde ese momento.

    Y corrí. Corrí, corrí y corrí.

    ——
    ——
    ——

    —Lograste salir —decía Mokou quien esperaba bajo un árbol con mis cosas—. ¿Tuviste que eludir a algún aldeano o youkai?

    No respondí. Ella vio mi rostro y se disculpó por lo bajo.

    —No sé lo que pasará ahora —comenté.

    —Te puedo decir que como tú, ella será joven. Pero no es una persona débil. Por algo es la guardiana de ese lugar.

    —Pero yo...

    —Es porque ella no es una persona débil —me interrumpió— que espera lo mismo de ti.

    Pensé en esas palabras y en lo que significarían si vinieran de Keine. No sonaba algo que ella dijera o al menos no de esa forma. Me colgué la mochila y un hondo suspiro se me escapó al ver el camino detrás.

    —Puede que en unos años las cosas mejoren, de eso se encargará ella. Tiene voz en la aldea, no dudes de eso.

    Nos quedamos de pie en una pequeña colina a lo lejos, mirando cada una de las luces encenderse al final del sendero. Las lámparas de las calles iluminaban una pequeña sección del interior, una que ya quedaba oculta de la vista.

    —Kenro —dijo Mokou—, la respuesta es sí.

    —¿Sí? ¿A qué? —pregunté confundido.

    —Lo vas a entender. Por ahora deja de mirar embobado, te acompañaré hasta que estemos cerca y luego estarás por tu cuenta.

    —Gracias Mokou.

    —Ni lo menciones, canijo.

    La noche sólo empezó pero eso no nos detuvo de ir a la siguiente fase de mi vida.

    A la Montaña Youkai.


     
    Última edición: 22 Mayo 2026 a las 12:04 PM
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    Geki

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    [Touhou] [Relato de un híbrido]
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    Desconocía todo respecto al lugar al que nos dirigíamos puesto que más allá de su nombre, aquello que pudiera ocultar me era por completo un misterio. Aquel sitio del cual se contaban historias por las noches se avistaba desde la aldea y aunque la cima fuera algo inalcanzable a la vista, se contaba que esta se alzaba desafiando a los cielos. Esas fueron la clase de historias que durante mis días en las calles escuché, formando una imagen por demás abstracta sobre la Montaña Youkai. Se contaba sobre gente adentrándose para no regresar, de seres cuya presencia es de temer y demás fruslerías que con el miedo y lo desconocido se arraigan. Entre todo, la montaña no era un sitio apto para los humanos.

    Lo cual en parte me intrigaba, ya que después de todo, yo no lo era.

    4
    El Bastión de los Vientos

    La seguridad que encontraba con la compañía de Mokou aligeró mi paso, permitiéndome andar pese a lo que se dejó atrás. Aunque no quisiera miraba hacia aquel lugar. Sin encontrar la silueta de la aldea o sus luces. Y cómo iba a ser, si llevábamos horas caminando sin detenernos salvo para confirmar que sí, nos dirigíamos rumbo al norte.

    Ella mientras tanto procuró que no hubiera demasiado silencio. Tal vez no fuera adepta en la enseñanza así como era Keine, pero hizo un genuino intento por explicar los aspectos de la montaña. Dijo que esta había sido habitada originalmente por los oni, quienes mantuvieron como sus subordinados a los kappa y los tengu. Quienes al hallar que los mismos oni se desplazaban hacia otras tierras, tomaron la montaña como suya. Los hechos exponían que la montaña jamás había sido habitada por humanos. Aseguró que en el pasado o el presente, quienes se adentraban a la montaña lo hacían buscando un fin.

    En ningún momento lidiamos con nada de lo que se nos había advertido, teniendo en nuestras manos un viaje nocturno en donde pequeñas hadas volaban a lo lejos. Si nos vieron o no les interesamos, igual no le di importancia. Decidí que así lo prefería.

    ——
    ——
    ——

    —Hasta aquí llego yo —mencionó Mokou.

    Habíamos llegado al territorio indicado dentro de la montaña. El terreno cambiaba desde ese punto, encontrando hileras de árboles de una especie en específico. Lo que aparentaba tratarse de una zona de crecimiento o una granja de árboles, era una señal. Si prestabas atención notabas que estos habían sido sembrados en posiciones exactas, entrelazando sus ramas unas con otras. Formando una red gigantesca entre sus copas. La luz que se filtraba apenas si dejaba ver el suelo con excepción de ciertos claros dentro del mismo bosque.

    —Desde este punto empieza otra zona —dijo y miró hacia lo alto—. No puedo acompañarte por este tramo aunque quisiera, te terminaría perjudicando. Lo lamento.

    Ella me miró. No pidió una respuesta de mi parte.

    —Sabes lo que debes esperar cuando te encuentren—agregó mientras se agachaba, explicando cuidadosamente—. No te atacarán si tú no les das una razón para hacerlo. No se fijarán en tu edad, en especial cuando descubran que eres un híbrido. Eso los pondrá alerta y dependiendo del número, es que tu situación podría variar. Si son muchos te harán preguntas e inclusive se repetirán. Son tercos, orgullosos y no querrás fastidiarlos en tu posición, de modo que ni se te ocurra corregirlos. Si es uno, es posible que te lleve a un grupo o intente intimidarte.

    —Si la encuentro...

    —Cuando la encuentres —me interrumpió—, te irá mejor. Te lo prometo —rio—. Yo debería volver ya, la gente de la aldea empezará a sospechar. Ya estoy deseando verte cuando regreses. Ella te esperará, tigre.

    Agitó un puño convencida, dándome un pequeño empujón. Sin palabras de más se dio la vuelta y me miró una última vez. Se marchó. Lo último que vi de ella fue su cabello blanco perdiéndose en la distancia y sea necedad o tristeza, por impotencia o el hecho de que todavía era un niño, es que me quedé mirando en su dirección con la vaga esperanza de verle volver. No sé qué es lo que hubiera hecho de haber sido el caso, pero recuerdo que lo deseé con hasta el último gramo de mi cuerpo. A mi espalda me esperaba un camino de pesadilla el cual no tenía otra opción más que recorrer.

    Conforme avanzaba los árboles se empezaban a verse todos iguales, comprendiendo que la razón de ser de estos es que se dispusieron para confundir a quien osara allanar ese territorio. En mi caso usé el viento como referencia, moviéndome hacia donde iba durante aquella noche, siempre hacia adelante. Aunque no ayudó a calmarme pues quizás uno de mis mayores miedos es que en ese instante por dondequiera que mirase, no hallaba sitio en el cual pudiera ocultarme. Era la presa perfecta, pues incluso con tanto árbol rodeándome me veía en la incapacidad de trepar alguno debido a mis carentes habilidades físicas. De lo poco con lo que contaba, nada me servía.

    Por si fuera poco los sentidos empezaron a traicionarme. No es que me fallaran, sino que en plena noche estos se agudizaron de un modo que jamás pude experimentar. El manto de la noche no resultó un inconveniente cuando la sangre bombeó por mi cuerpo con brío. Además de la visión que me permitía ver con claridad en la oscuridad, cada pequeño ruido en la distancia lo captaba retumbando en la tranquilidad.

    Quise creer que la ansiedad y el terror producían esos golpeteos a lo lejos, mas pronto se volvieron imposibles de ignorar. Un débil tap-tap resonaba en la tierra y los árboles. El silencio dominaba indiscutiblemente y por eso tras dar un paso, lograba escucharlos. Retrocediera o avanzara estos marcaban el ritmo de mis pisadas con las suyas. El escuchar cómo predecía mis movimientos, sea en carrera o en quietud, consiguió nublar mi juicio. Mi agitada cordura apenas lo soportó, llevándome al punto del desquicio cuando estos paraban. Como si quien los produjera estuviese delante de mí.

    Perdí toda pizca de sentido y eché a correr dominado por el temor. Deseé poder escapar, siempre lo quise hacer. Regresar a la aldea y encontrar a Keine, despertar de un absurdo sueño y saber que todo no era nada más que una ridícula pesadilla. Si tan sólo no hubiera huido de ese campamento, el que la niña de cabellos oscuros me ayudó a levantar cerca de su hogar, si tan sólo no hubiera tenido que caminar ese tramo de oscuridad, herido y perdido. Si tan sólo aquello hubiese sido el fin.

    Corrí como poseído escuchando detrás de mí ese golpeteo de pies que con celeridad seguían mis pasos. No tuve control sobre mis movimientos y al intentar descubrir al artífice de estos, miré atrás, tropezando y cayendo con brusquedad. Di una vuelta y me golpeé la espalda, callando toda duda al momento, tomando mi mochila entre los brazos para arrastrarme hasta el árbol más cercano con la espalda sobre su tronco.

    Ya sólo escuchaba mi propia respiración y el galope de mi corazón estallando. Si las pisadas que me seguían fueron terribles, el silencio que le siguió a mi caída, esos largos minutos de silencio, fue aún más cruel. Ni siquiera supe por qué pero traté de ponerme de pie.

    Fui detenido.

    —Querrás quedarte quieto, forastero.

    No le vi aparecer, sintiendo apenas si una brisa soplar y detenerse a mi lado. Y ahí la tenía. Una tengu con el aspecto de una muchacha de cabello blanco a media melena, ostentando un aspecto inusual. Con un sombrero rojo, uno muy pequeño que ocupaba su sitio perfecto en el centro de su cabeza, con dos largos cordeles en cada lado. Una falda oscura y prendas blancas tradicionales. Un par de orejas blancas de can sobresalían por encima de su cabeza. Plantó un pie frente al mío, deteniéndome con una espada a medio desenvainar. Verla a la altura del cuello me hizo sudar enormes gotas heladas.

    —Responde —unos colmillos largos y muy blancos se asomaron de su boca—. ¿Qué haces tan cerca del dominio de los tengu?

    No pude contestarle pues su enorme espada, cuyo peso hubiese bastado para aplastarme por sí sola, me seguía dejando mudo. Ella la cargaba como si nada. Dejó ver su filo un poco más, acercándomela.

    —No fue una sugerencia. ¡Habla!

    —Vi-vine bu-buscando a a-alguien —respondí aterrado.

    Ella no lo tomó bien. Terminó desenvainando su espada, apuntando con el final directo a mi pecho.

    —A solas, un ser imberbe como tú y que apenas si puede hablar. Ya me lo creo. Darás media vuelta y te sentirás afortunado de haberte marchado con una advertencia. Andando.

    Y así de simple terminó, componiendo su postura. Tomando aire exasperada, guardando su espada con un ligero floreo. Ni se molestó en mirar si me marchaba, pues daba por hecho que esa advertencia bastaba y sobraba para alguien como yo. De pronto olvidé cuál fue el plan ideado por Keine y Mokou, de cómo tratar con los tengu en caso de que determinadas situaciones se presentaran. La desesperación, furia y el temor que me produjo no tener otro lugar derivaba del mismo que sentí al estar tan cerca de aquella muchacha. Si no encontraba el lugar y a la persona que me dijeron igual y ya estaba muerto.

    —Necesito encontrar a alguien —repetí.

    Las palabras que pronuncié dieron la impresión de quitarle el sonido al ambiente, causando que ella se detuviera en un instante. Me miró por encima del hombro con un par de ojos rojos ardientes de ira, amenazadores y que brillaban con peligro. Se terminó de dar la vuelta, agachando la cabeza y haciendo sonar los nudillos de su mano dominante.

    —Eres un chiquillo estúpido —murmuró. Una vez más tomó su arma, acometiendo contra mí, atascándola en el mismo árbol. De nueva cuenta no pude verle y sólo hasta tenerle al lado y escuchar la madera crujir, con la espada clavada a la misma altura que la mantuvo antes es que lo noté—. Si estás aquí es por una de dos razones: O eres demasiado imbécil como para ver por tu propia cuenta el peligro en el que estás metido, o tienes un deseo suicida. Hazme un favor y escoge una. Hazme la noche, pequeño...

    Se detuvo. Sus ojos los tenía fijados en mí con la misma intensidad. Observaba mi boca y mis ojos. Puesto que no pude respirar por el impacto, mi boca se abrió, buscando aire con desesperación. Su brazo perdió fuerza y dejó de sostener la espada que en un ataque decisivo no dudó en usar contra mí. Su rostro rápidamente también perdió la dureza con la que me observaba, mostrando en su lugar incertidumbre. Tiró de la espada clavándola en la tierra, mostrándome una expresión diferente mas no amigable.

    —Eres un hanyou —dijo recolectando sus pensamientos, halando mi mejilla y tirándome del cabello. De esa misma manera me quitó la mochila—. ¿Qué hace uno de tu clase aquí?

    —Necesito encontrar a alguien —repetí con decisión, aún temblando.

    —Eso ya lo dijiste —dijo casi gritando—. Explícate o me veré en la necesidad de...

    Terminó sacudiendo la cabeza y poniendo los ojos en blanco, callándose y vaciando la mochila con unas buenas sacudidas.

    Cada una de mis pertenencias cayeron al suelo en una maraña golpeando unas contra otras. La ropa fue lo primero que cayó, quedando desdoblada para detener la caída de mis provisiones y el libro que Keine me regaló. Al verlo caer no pude reaccionar de otro modo más que abalanzándome sobre este para protegerlo. Fui detenido por la tengu en cuanto me vio lanzarme al suelo. Le dio una patada a su espada, haciendo que delineara un semicírculo en el aire para clavarse justo frente a mi rostro. Me miró con severidad, demostrando que ella era quien controlaba la situación. Nadie más.

    La muchacha tengu continuó ondeando la mochila aún vacía y al ver que lo último no salía, introdujo una mano para tomarlo. Terminó arrancando un parche que mantenía oculto a simple vista el objeto más importante de mi equipaje. Un cuadernillo, aquel que llamaron mi llave. Ella lo miró asombrada, pasando de la confusión a la furia, enseñando los colmillos afilados.

    —¿Qué haces con esto en tu posesión? —preguntó, mas no respondí. Haberlo hecho habría sido un error pues como demostró, no quería escuchar la respuesta.

    Frunciendo el ceño abrió con cuidado el cuadernillo para cerciorarse que le pertenecía a quien creía. No tardó en mostrarse asombrada cuando en la primera página, encontró palabras escritas que no coincidían con las del dueño de tan peculiar objeto.

    A quien corresponda: Este joven híbrido lleva consigo el cuaderno de notas perteneciente a Shameimaru Aya, tengu reportera y cabecilla de "El Bastión de los Vientos", zona cuya jurisdicción recae enteramente en su presencia. El híbrido mitad humano y mitad tigre, quien responde por el nombre de "Kenro", portador de este cuaderno, se ha visto en la necesidad de huir de la aldea humana para hallar a la tengu antes mencionada, misma que le brindará el apoyo y ayuda necesarios para adaptarse a su nueva vida.

    — Espero que recuerdes nuestra promesa, Aya.

    Kamishirasawa Keine.

    Debajo del texto sobresalía un sello con tinta roja, conformado por los caracteres del nombre de Keine y el símbolo que se usaba en las puertas de la aldea. Aprendí por mi tiempo asistiendo en la escuela que dicho sello se usaba en documentos escritos y validados por ella misma, haciéndolos oficiales bajo su nombre y posición de guardiana. Verlo plasmado en ese cuaderno, un documento extraoficial, significaba que aquello no podía ser falso. Sólo un tonto se atrevería a usar algo así y esperar salirse con la suya. La ira de la tengu se vio aplacaba al leer y releer el texto, pasando los dedos por el sello el cual trazaba con cuidado. Hasta entonces pude respirar normalmente. Casi.

    —Levanta tus cosas —dijo—. Sígueme, te escoltaré hacia El Bastión de los Vientos.

    ——
    ——
    ——

    «Tu plan consiste en entregarlo a los tengu»

    «Mi plan es darle la oportunidad de aprender con el mentor indicado»

    «Conoces a otro híbrido, tú misma lo dijiste. La gente de la aldea lo reconoce. A él deberías recurrir. Él debería ser tu primera opción»

    «Kenro necesita descubrir lo que es ser un hanyou y para ello hace falta otro hanyou»

    Terminé echando todas mis pertenencias sin orden dentro de la mochila, colgándomela nuevamente para alcanzar a la chica con paso veloz. Ella mostró indiferencia, guiándome con frialdad por el camino de árboles que se elevaban como agujas. Jamás regresó la mirada y claramente no iniciaría una conversación, mas me advirtió un par de veces en dónde pisar.

    Desconocía qué tan lejos debíamos continuar hasta aquel lugar, por lo que me esmeré en no perderle la pista hasta cuando empezó a acelerar su paso. Dejamos atrás los árboles y entramos a un terreno pedregoso bastante complicado de recorrer, pero que la chica pasó sin siquiera notarlo. Le siguió un puente y un sendero de rocas el cual no parecía habitar ni un alma. Debimos caminar por al menos dos horas hasta que avistamos un amplio terreno cubierto de verde, en donde yacía una pequeña cabaña. Bajamos hasta aquel lugar y sólo entonces pude ver que la cabaña era realmente diminuta. Igual y estaba bien equipada.

    La chica abrió la puerta, quedándose de pie a un lado de la entrada.

    —Adentro —ordenó—. Permanecerás aquí y no saldrás sin importar las circunstancias. ¿Entendido?

    —Lo entiendo —me limité a decir.

    —Te queda explícitamente prohibido dejar esta área —mencionó. A la vez se guardó el cuaderno en una bolsa que llevaba en la espalda, oculta por su espada. Por supuesto, nadie me creería al verme que estaba allí con el fin de encontrar a alguien sin esa prueba—. Si lo haces no me haré responsable de lo que te ocurra.

    —Lo entiendo.

    —Volveré cuando el sol esté por salir.

    Y dicho eso, se fue.

    La cabaña podía albergar a una sola persona cuyas exigencias no ascendieran a más de una estufa de leña sencilla, un balde de madera y una ventana sucia. Tal vez haberlo llamado hogar habría sido equivocado, pero el tiempo nos obliga a cambiar en más de un aspecto.

    ——
    ——
    ——

    Estaba convencido de que no dormiría dadas las condiciones por las que cursaba. Pero estaba abatido por el viaje de la noche anterior. Desperté antes de la hora acordada, esperando con los pies hinchados por el amanecer y que la luz empezara asomarse por las colinas a lo lejos. Fue hasta poco después de que la luz se coló por la desalineada puerta que llamaron a esta.

    —Soy yo —era la muchacha—. Abre, han venido a verte.

    Le obedecí sin retraso, siendo cegado por un gran destello que me estalló en la cara. Los ojos me escocieron tanto que me los tuve que restregar repentinamente mientras retrocedía.

    —Lástima —dijo una voz diferente, otra chica—. Tiene el potencial para convertirse en una gran foto, aunque me temo que no me sirve para el periódico. Un encabezado perdido. ¿Qué dices Momiji?

    —Digo que debería centrarse en el problema que ha surgido —respondió Momiji, la voz que reconocía. Suspiró.

    —No veo ningún problema aquí —agregó la primera voz, jugueteando algo con sus uñas—. ¿Qué opinas Takeno?

    —Opino lo mismo que tú, Aya.

    La tercera voz le pertenecía a un hombre. Cuando los ojos por fin dejaron de arderme, miré a quienes se encontraban ya dentro de la cabaña. Además de Momiji Aya poseía un atuendo similar. Como si se tratase de un uniforme. Su cabello era negro, algo más largo que el de Momiji. Llevaba una expresión de jovialidad que no parecía fuera a desaparecer. Algo así como una sonrisa con la que piensas en tu siguiente travesura. Aya a diferencia de los otros dos se había apoyado cerca de una esquina del interior, encogiéndose de hombros al igual que a un par de alas negras como su cabello. El tercero, el hombre tengu, era el más alto de los tres. Ostentaba un cabello igual de oscuro que el de Aya, además de unas orejas como las de Momiji. Vestía sencillo, nada ostentoso ni muy simple. Los tres tenían ojos rojos, lo cual atribuí como un rasgo para su raza.

    —Así que Kenro —dijo Aya. Miraba su cuaderno—. Un híbrido mitad humano y mitad tigre. De serte honesta, esto pega para un notición. Como pocos que ha visto Gensokyo.

    —Compórtese —irrumpió Momiji, aporreando un puño contra la pared—. Se le confió a este niño. Si la señorita Keine se enterase que lo usa para sus periódicos...

    —¿No que era un problema? —atajó Aya, apartando el brazo de Momiji, acercándose a mí—. Además iba en broma. Aunque quisiera negarme no tengo con qué razones hacerlo. Se lo debo a ella.

    Tras ellas Takeno se había doblado de brazos y apoyado sobre la puerta. Con los tres y conmigo de pie, el espacio dentro ya se comprometía. Para que un quinto hubiese entrado habría tenido que echarse por encima de los demás.

    Aya dejó salir aire por la boca.

    —Aun así necesito saber qué le llevó a recurrir a mí para confiarme a un hanyou. Así que Kenro, dime lo que sabes. Familiarízate. Habla un poco —miró a sus compañeros y de vuelta a mí—. Cuéntame un cuento.

    Lo dije todo. Y quizá omitiera detalles o enteramente mintiera sobre otros. Una vez que nos presentamos hablé de todo lo que vi fuera necesario para explicar mi situación tras vagar y vivir en la aldea humana. Supieron todo lo relacionado a mi vida antes del gran asentamiento humano, mas no sobre el templo Hakurei. De mi vida como ladrón, acerca del incidente del hanyou asesino, de la búsqueda que se le dio y la confusión que varias inoportunas coincidencias crearon. Los tres escucharon.

    —Creo que hiciste lo correcto —dijo Aya al final—. Los humanos suelen ser bastante sensibles cuando se convencen de que sus actos son para asegurar la seguridad y protección de los suyos.

    —Para ser tan joven —continuó Momiji—, que llegaras a esa conclusión es un tanto difícil de creer.

    —Fue la elección que tuve que tomar.

    —Eso en alguien de tu edad es inusual, por decir poco. Pero no me disgusta —dijo Aya—. Es difícil porque te viste obligado a separarte de ese estilo de vida, pero fue para remediar algo mayor. Además por lo que nuestra querida amiga Keine describe, existe otro motivo.

    Entonces ambas miraron a Takeno quien no participó en la conversación. Me observaba con algo más profundo que curiosidad.

    '...misma que le brindará apoyo y ayuda necesarios para adaptarse a su vida' —citó Aya—. El resguardarte como el fugitivo que eres es una clara ventaja, pero en realidad ella se refiere a tu naturaleza como hanyou.

    No supe exactamente a qué se refería, lo cual se me notó en la cara. Las dos apuntaron a Takeno de pie frente a la puerta.

    —Keine te ha enviado a este territorio para dar conmigo. Después de todo, yo también soy un hanyou. Mitad humano, mitad lobo tengu. Una parte de mí esperaba que lo notaras, pero el hecho de que no lo hicieras me hace comprender por qué te ha enviado con nosotros. Permíteme contarte sobre lo que ocurrió unos años atrás, cuando ella aún no asumía su cargo como educadora y guardiana. Te hablaré un poco sobre cómo es que llegué a este lugar. El Bastión de los Vientos.

    Has sido testigo de la forma de vida de los humanos, de cómo suelen verse en conflicto al interactuar con los diferentes ideales y naturalezas que amenazan en alterar eso que conocen como la norma. Lo ordinario. Los humanos muestran una aversión natural hacia lo extraordinario, sea en menor o mayor medida. Hay quienes pueden soportar una existencia como esta por determinadas condiciones. Los híbridos somos vistos como parte de un fragmento discordante entre ambos mundos y más que ser un punto neutral, se nos ve con desdén por alterar el balance que consideran como absoluto.

    Mi vida en la aldea humana fue interesante pues pese a que viví básicamente apartado de su gente, pude convivir con ellos al saber cómo integrarme. Llevaba una vida que se podría llamar despreocupada, pues esta era como la de los demás. Hasta donde tenía idea, claro. No obstante, eran tiempos de conflictos. Los youkai se volvieron una gran amenaza y solían revelarse en contra del gran asentamiento de los humanos, volviéndolos en el enemigo público. Mi propia sangre, misma que aprendí a aceptar, se volvió en mi contra con cada día que vivía allí. Mi madre y yo nos vimos obligados a movernos. Trabajábamos la tierra, lo que nos favoreció en escala social.

    Conforme crecía más de lo que vez en mí se presentaba. Los dientes me crecieron de pronto y aún puedo recordar el dolor que me provocaba en las encías el masticar durante ese proceso. Mis ojos se tornaron rojos sin que lo notara, lo cual agitaba los nervios de quien los viera. Como si las orejas no bastaran.

    Y aun así, esa chiquilla quiso acercarse a mí desde el primer día que la conocí. Si fuimos vecinos, amigos de escuela o si sólo coincidimos por allí, no lo sé. Pero recuerdo haber estado junto a ella desde muy pequeño.

    Pero no importa cuánto tiempo pasáramos juntos.

    Mi estilo de vida como humano terminó de un modo injusto, si se me permite decirlo. Ocurrió una noche en particular, momento en el cual cierta presencia allanó la tranquilidad de la aldea. Un grito como ningún otro nos despertó, desquebrajando el silencio de la oscuridad. Yo lo vi. Una criatura desconocida, de apariencia humana pero con los movimientos de una pesadilla. Nada podría describirlo más que un cuerpo ennegrecido como la tinta, cubierto de heridas. Por mis años de dificultades en ese sitio es que decidí actuar. Después de todo, con esfuerzo y llanto fui aceptado como uno de los suyos.

    Los dioses saben que fue una noche terrible, donde el olor a la piel quemada y a la sangre se notaban en el aire. Los cuerpos regados ofrecían una vista clara para quien viera tal escena. Un solo culpable yacía en medio de todo, mirando al cielo nocturno, con una mujer sin vida entre sus brazos.

    La Keine de entonces, sólo una muchacha, la chiquilla que creyó en mí, me brindó su ayuda desinteresada. Pero su voz no tenía peso de ningún tipo. Siendo su única solución una que sería absoluta. Me olvidarían. Y yo encontraría un comienzo con ese recuerdo perdido. Una nueva vida.

    Takeno se removió en su lugar, entrecerrando los ojos al contarme esa etapa de su vida. Él, quien al final fue repudiado por los humanos, encontró una bienvenida con los tengu. Una raza que vio su naturaleza como un cambio distinto.

    Para el bien mayor.




    Ilustraciones:
    Ilustración correspondiente a Takeno, personaje original propio.
    Crédito para Somnuski, hoy reconocida como Releart, ilustradora de esta obra.

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    Última edición: 22 Mayo 2026 a las 12:03 PM
  8. Threadmarks: [Capítulo 05]
     
    Geki

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    Para entender la forma en que mi vida cambiaría primero debía comprender que el ritmo que una vez conocí desapareció y que jamás regresaría. Aun si lo ansiaba con cada latido de mi corazón, no sería posible. Y eso es porque aquello que encontraría en El Bastión de los Vientos se trataba de una oportunidad para vivir. Para empezar. Para aprender. Y lo hice, por supuesto. Que relate estas memorias de esta manera, con melancolía y alegría en partes iguales, significa que esos años fueron provechosos de un modo que desconocí entonces tan joven. El transcurso de los años me mostró más dolor del que creí poder soportar. Pero a la vez otros caminos que me brindaron una mejor y más brillante perspectiva de lo que se formaba en mí. Eso que con el tiempo podemos enorgullecernos de llamar una vida. Sí, aprendí a verlo así.

    5
    Liberosis. Primera parte


    Responder cómo es que Takeno fue bienvenido en el territorio tengu tras su fracaso en proteger la aldea, iba más allá de mi entendimiento. Conocía a los tengu por nombre y contadas menciones, sobre que se trataban de una raza orgullosa y con una historia repleta de secretos los cuales no podían ser revelados de boca a boca hacia alguien como yo. Pero era una realidad que estaba allí, compartiendo un momento crucial.

    Imaginar que callé compungido ante lo que escuchaba quizá fuera una imagen por demás adecuada debido a mi origen, pero lo cierto es que no fue así. No del todo por lo menos. Takeno se recostó sobre la puerta, cerrando los ojos y tomando aire con tranquilidad. Aya mientras tanto tomó la oportunidad para hablar, explicándome la razón de que me hallara en aquel lugar.

    Me contó con gran enjundia que el mismísimo regente supremo de su comunidad le había otorgado esa zona para así, disponer con esta de la forma que quisiera. La montaña se hallaba lejos de pertenecerle a alguien en concreto, mas ciertamente el líder de los tengu poseía control sobre cada una de las decisiones de su territorio. Aya no habló de méritos ni nada por el estilo, regodeándose en su lugar de la importancia de semejante labor. Momiji y Takeno le dieron la razón, confirmando que donde nos hallábamos se trataba del área con mayor extensión de suelo, sin contar el de la villa tengu. Sin embargo, esa información no se me podía revelar tan fácilmente. Lo anterior se dijo y por encontrarme allí, lo supe. Nada más, nada menos.

    Imaginé que había mucho más por saber, de por qué estábamos todos allí. Exactamente ellos tres. No se hizo tardar para que Momiji ahora más amable, preguntara sobre cómo es que acabé de la manera que ellos apenas si atisbaban por mis palabras. No les reproché el repentino interés, pues apenas si les dejé saber los sucesos de la aldea. No antes. Recordar el desenlace de todo aquello seguía siendo doloroso, confuso y frustrante. Aun con los años rebotaba causando daño cada vez que lo intentara hacer lúcido y por consecuencia mío. Pues sin más, silencio fue lo que pude entregarles junto a una sonrisa forzada.

    Gentilmente los tres captaron se trataba de algo que no quise compartir, aceptando mi silencio como la respuesta más sensata. Vi reflejarse en la mirada del trío eso que quise callar y que me consumía desde hacía tanto, que era cruel para un niño, pero a la vez necesario para crecer.

    Entonces no supe qué hacer para agradecerles. Quizá pensara que ocultar mi debilidad sería un comienzo para ello. Contuve las lágrimas bajando el rostro, trincando los ojos con fuerza. Manteniendo a raya todos los recuerdos que acudieron a mí.

    No lloré.

    Ingenuo. Creí que podría ganar un tipo de fortaleza haciéndome el fuerte, sin saber que con eso apuntaba a lo contrario. Me arrebataba de todo lo que debía ser y a la vez, me hacía alguien frágil ante las adversidades que aún tenía por delante.

    Oportunamente, no tuve que resistirme. El peso y calidez de una mano en la cabeza me hizo abrir los ojos.

    —Pronto superarás ese miedo —dijo Takeno.

    Había retirado su mano lentamente, permitiéndome apreciar unas cuantas cicatrices en esta.

    —Debo preguntar respecto a eso —intervino Aya—. Eso que dices. ¿Es cierto que los perros pueden oler el miedo? Porque me parece dramático.

    Tal comentario no pasó por alto. Le había vuelto acreedora de una mirada de desdén por parte de Momiji y el silencio de Takeno. No hubo risas, salvo quizá las de Aya. Soltó el aire por la nariz como si esa fuera el resultado de una broma exitosa. Los otros dos decidieron desentenderse del hecho y así no argumentarle.

    Takeno carraspeó.

    —Vamos, pregunta eso que quieres. Nadie se molestará.

    Escucharle me hizo tensar el cuerpo. El tiempo en que lo dijo además, fue acertado. Tomé la oportunidad.

    —¿Por qué los tengu te aceptaron?

    Hasta que esas palabras salieron de mí no me parecieron tan insolentes. Quise corregir y volver a formular la duda, pero ya estaba siendo detenido con un lento ademán.

    —Decir que fui aceptado es implicar en parte, que yo busqué mi camino hacia la comunidad. No fue así. No fue muy distinto a como tú fuiste traído —suspiró—. Cuando mis días en la aldea acabaron, la niña que creció junto a mí me ofreció su mano y el tiempo para entender ambos lados de la situación. Intentó darme refugio, un lugar donde todo pudiera solucionarse. Pero resultó ser demasiado para ella. Creo que no necesito explicártelo.

    —Te salvó el pellejo conocerla —comentó Aya.

    —No lo discuto —contestó—. Y con más razón Kenro fue afortunado de conocerla. Es pedir mucho que los humanos cambiaran en tan poco tiempo, aunque una parte de mí quiso creer que podría ocurrir. Es por lo mismo Kenro, que debo decirte que no debes odiarlos a ellos.

    Eso me descolocó. La sorpresa de que dijera algo que ni se me había ocurrido. Empecé a negarlo, pero igual y eso no lo detuvo.

    —No es su culpa que las antiguas generaciones les hayan crecido para ser miedosos y timoratos hacia nosotros, pese a que vivan en un mundo como lo es Gensokyo. Desafortunadamente, eso existirá en todas partes.

    —Yo sólo hago mi trabajo —dijo Momiji tras el comentario, cruzándose de brazos al mismo tiempo que se encorvaba.

    —No usaba como ejemplo su pequeño encuentro contigo —rio—. Es algo que aprenderás, aunque no es el punto que vinimos a tratar. Aun no sabes por qué estoy aquí, pese a que vinieras buscando a Aya en primer lugar. Y es que cuando yo aún descubría mi propia naturaleza surgir, los tengu ya tenían los ojos puestos en mí. Un híbrido más allá de ser una aberración a los ojos de los ignorantes, se trata de una existencia formada de dos partes diferentes. Somos un completo, no un rompecabezas a medias. Para los tengu...

    —Para nosotros —atajó Aya—, Takeno es alguien con una excepcional oportunidad de causar un cambio en los humanos y en otras razas. Es una visión radical que nuestro líder aceptó y en la cual no iba a permitirse otra opinión.

    —Ciertamente. Nuestro líder expresó sus ideales y por lo mismo, me invitó a formar parte de ellos.

    Eso cubría de un modo superficial la manera en que Takeno llegó al territorio tengu. No obstante, las repercusiones de cómo es que fue así continuaban en blanco para mí. Lo ignoraba, pero era imperativo supiera qué fue eso que acabó con su vida.

    —Eso que atacó la aldea...

    —No creo que sea buena idea hablar de ello —dijo Momiji, mirándolos fijamente.

    Aya se desperezó.

    —Ha pasado el tiempo suficiente. No es como si el artículo pudiera colarse. Ya sabes, es información privilegiada; pero a fin de cuentas, yo rijo esta zona.

    —Hable con la posición que se le ha confiado.

    La tengu le miró directamente, apretando los labios y dando cortas cabezadas de afirmación. Se llevó la mano la blusa y de esta, sacó un cuaderno diferente al que antes llevaba. Me lo aventó.

    —Ahí tienes Kenro.

    Momiji se quedó muda por unos segundos.

    —¿Qué cree que hace?

    —Haciendo lo que me plazca —se encogió de hombros—. No nos hará daño dejarle saber.

    Ambas no dejaron pasar ni un instante para empezar a arrojarse puyas por encima de mí. Sobre todo Momiji. El cuaderno en mis manos estaba desgastado, con páginas saliéndosele y otras más que habían sido anexadas en algún momento de otro lado. Estaba separado por un cordel casi al final, lugar por donde lo abrí. El apartado en este decía escrito "Anzen".

    —¿Aún conservas eso? —preguntó Takeno.

    —No debería y mucho menos debería divulgarlo como cotilleo —agregó Momiji, molesta.

    —Se me ordenó no escribir al respecto. En ningún artículo de ningún periódico. Me hicieron jurarlo por todos los medios. Sin embargo, no dijeron nada sobre mostrar el material en crudo —me guiñó—. La noticia en sí. Adelante, lee.

    » ¿Incidente? Territorio tengu. Primera entrada.

    Tal y como ha informado el alto mando, nuestro señor Tenma ha detectado la presencia inusual de un tengu empezar a emanar desde los últimos años. Como una vela, afirma que su luz se extingue y enciende constantemente, atrapando el interés de lo que pudiera tratarse. ¿Los humanos se han hecho con alguno de los nuestros? Los tengu temen que se trate de un infante quien haya sido capturado con fines desconocidos, mismos que sólo los humanos conocen y que nuestra comunidad prefiere no especular. La sensatez en el caso es vital. Las decisiones no se deberán tomar a base de capricho o sentimientos personales. Es solamente que con el permiso se podrá tomar acción. Observar y aprender. Observar y aprender.

    » Incidente Hanyou, aldea humana. Segunda entrada.

    Andarse por la aldea de los humanos no es complicado con las medidas correctas, mas no convierte la labor en algo ameno. El alto mando ha revelado a los rangos superiores la noticia sobre un hanyou en Gensokyo, uno cuyas mitades corresponden a la tengu y humana. Se han esparcido rumores respecto a los deseos de nuestro líder. Sobre que ha tomado interés en este híbrido. Aunque no con qué fin o cuáles son las medidas que se deberán tomar para conseguirlo de ser cierto. Se respira duda en el territorio tengu y sobre ello, en la comunidad de los humanos parece ser que el viento siempre cambia su dirección. Podría afirmar que es un caos, pero los humanos no muestran prestarle atención a ello.

    » Incidente Hanyou, aldea humana. Tercera entrada.

    Hoy se ha hablado sobre una extraña presencia que merodea en los alrededores de la aldea. Desconocen su naturaleza, aunque se afirma que es común de hallar rondando por las noches. En las próximas semanas tomaré el riesgo y cubriré las oportunidades. Una noche sin luna se acerca y creo que podré hallar al híbrido.

    » Incidente Hanyou, aldea humana. Cuarta entrada.

    Los humanos más importantes y de mayor presencia en la aldea se han reunido a deliberar sobre las decisiones que giran alrededor de los casos donde han sido avistadas diferentes entidades no-humanas en las calles. Quienes discutían sobre el tema también demostraron gran disgusto hacia la asamblea, alegando que se deberían tratar los casos como uno solo. Aparentemente, el híbrido y aquello que se ha avistado en las noches no tienen vínculo alguno.

    » Incidente Hanyou, montaña youkai. Quinta entrada.

    Que arda el cielo. Un día sin progreso. La sacerdotisa Hakurei ha tomado cartas en el asunto, afirmando que todo acabará en la misma noche de luna nueva. He decidido que esa será mi noche y así mismo, la de los demás tengu.

    » Incidente hanyou, montaña youkai. Última entrada.

    El desenlace de esta noche falta por ser revelado, pero al menos puedo afirmar que el caos se encontró a poco de tomar las riendas. La aldea se encontraba bañada en sombras, con cuerpos inertes y quemados en los alrededores. El olor de la sangre y el silencio ante tal escena sólo pueden ser referidos como una matanza. En medio de esta escena yacía el híbrido quien aún no ha revelado su nombre. Las sombras de lo ocurrido inundan su rostro. El joven, quien fue tomado por una chica sobreviviente, se negó a entablar conversación. Más tarde acordaré el tratado con la joven quien responde por el nombre de Kamishirasawa Keine.

    » Incidente Luna Nueva. El Bastión de los Vientos. Primera entrada.

    Tras días de reuniones con el resto de los tengu de alto rango, se llegó a la conclusión de que el sujeto, Anzen Takeno, mitad humano y mitad tengu, vivirá en nuestro territorio, más específicamente en El Bastión de los Vientos. Sitio cuya responsabilidad se me fue entregada. Gozará de todos los beneficios de cualquiera otro tengu sin excepciones. Takeno, a quien entrevisté horas más tarde, habló un poco sobre lo ocurrido. Todo apunta a que un youkai de naturaleza desconocida atacó sin miramientos el asentamiento de los humanos. No se le ha asignado una raza a este misterioso ser, pues se le describió como una entidad compuesta de negrura pura, sin rostro o alguna otra facción resaltante. Aunque discrepe, pues esa característica en sí le hace resaltar. Tras el incidente se reportó la desaparición de la cabecilla del templo Hakurei, dejando a la niña que tenía a su cargo como la sucesora a su causa. No se sabe nada más al respecto. Al final, en este día de recados y labores, visité a la muchacha llamada Keine quien le brindó refugio a Takeno. La joven dijo que ella misma se ha hecho cargo de todo lo que tomó lugar en esa noche y personalmente, le creo. Los humanos niegan hayan ocurrido los desastres por la mano de un ser desconocido, atribuyendo el incendio y las muertes a una catástrofe causada por un descuido o acto de la naturaleza. La joven Keine afirma que no es necesario saber más y que es perfectamente capaz de cargar el peso del incidente Luna Nueva por sí sola.

    Me pregunto qué será cierto aquí.

    » Incidente Luna Nueva. Templo Hakurei.
    ...


    —Keine supo que traería a Takeno al territorio tengu —dijo Aya en cuanto levanté el rostro—. Comprendió que tomaría un mejor rumbo y recibiría un mejor juicio en su vida.

    —¿Por qué los humanos olvidaron lo que ese youkai causó?

    —Keine es capaz de grandes cosas —dijo Takeno—. Si es lo correcto para ella, puedes tener por seguro que lo hará. Es Keine después de todo.

    El cuaderno terminó con una última entrada tachada, dejándome sólo más preguntas de las que tenía al haber llegado a El Bastión de los Vientos. Al cerrarlo pronto empezó a arder el nombre Hakurei en mí, no dejando de pensar que todo eso había ocurrido mientras yo no tenía la menor idea, pasando mis días con mi amiga. Me estrujó el corazón recordarla, pero pronto pude hacer a un lado parte de ella.

    Ese fue mi primer día en el territorio de los tengu. El primero de muchos años. Pero me estoy apresurando, pues aún hace falta contar un poco más de lo que pocos conocen.



     
  9. Threadmarks: [Capítulo 06]
     
    Geki

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    Vi su silueta moverse en la oscuridad, acercándose hacia la cabaña. Guiado por el instinto más que por decisión propia. Era esa criatura de pesadilla, con el rostro en donde ninguna facción se distinguía, ni siquiera el vestigio de lo que pudo ser. Sólo negrura. Mostraba un cuerpo maltrecho mismo que si bien aparentaba ser humano, carecía de las características de uno. Un par de brazos huesudos y larguiruchos se aferraban en su camino al andar, incrustando unos dedos retorcidos por el suelo. Sus piernas, aunque frágiles de aspecto, le impulsaban con fuerza, haciéndole dar zancadas como un animal. Y allí estaba yo, viéndole acercarse a prisa con movimientos de una naturaleza indescriptible. Terribles alaridos escapaban con una voz desgarradora. Recuerdo la aflicción que causaba escucharle, como un centenar de agujas heladas clavándose en el centro del pecho. Y entonces desperté.

    6
    Liberosis. Segunda parte
    Pasé la noche en vela, convenciéndome de que aquellas imágenes no eran más que una pesadilla. Aunque la realización de que me encontraba en una solitaria cabaña en medio de la montaña, con mis insidiosos temores e inseguridades haciéndome compañía, no ayudó mucho. Entonces allí no supe qué podría devolverme un poco de la seguridad que un sueño pudo arrebatarme. En mi pequeño espacio, lo poco a lo que pude recurrir fue reemplazarla de alguna manera. Con tan pocos métodos a mi alcance me quedó el exterior, por más extraño o contraproducente que pareciera. Mirar hacia la montaña y al bosque de cerca, ese prado y las colinas a lo lejos, su calma sorpresivamente me tranquilizó gratamente. Logrando serenar mi acelerado corazón al percatarme de que allí solamente estaba yo.

    Volviendo al momento con mi introducción al territorio tengu se habló respecto a lo que sería de mí y mis días como miembro honorario de su comunidad. Se acordó no celebrar ninguna clase de bienvenida compleja u ostentosa pues para empezar, no recibiría ni la más simple. Aun si lo di por hecho, lo repitieron. Sin embargo se pasaría la voz respecto a que un hanyou de mi naturaleza viviría en sus tierras por tiempo indefinido. Mis días de permanecer confinado dentro de esa pequeña cabaña estaban medidos. Contaba con Aya y Takeno para hacer correr la noticia de mi estadía y con ello poder empezar una vida diferente sin que mi cuello fuera el que peligrara.

    Lo que quedó de la tarde tuvimos una comida improvisada tras escuchar a mi estómago chillar en protesta. Fui el único que no lo encontró chistoso, mas los tres me calmaron y me alentaron a comer. Me cargaron de suministros y cuando el último saco se asentó, el trío se empezó a retirar.

    Aya tomó una foto de mi rostro antes de partir, sonriendo. Alegando que esta sería para la futura suerte. Momiji prometió estar allí mismo al día siguiente, así como Takeno imitando sus palabras antes de partir en una dirección diferente.

    La noche resultó pesada mas sólo por mis particularidades. Y para qué intentar ocultarlo si ya lo he dicho. No pude dormir.

    ——
    ——
    ——

    —¿Cuántas horas dormiste? —preguntaba Takeno.

    —Mírale el rostro. Está claro que no pudo pegar los ojos ni cinco minutos.

    Sólo él rio. Momiji veía alrededor de la cabaña como si buscara algo.

    —Por supuesto. No es sencilla una transición como la que pasas ahora, Kenro. Tengas la edad que tengas.

    No me encontraba con mucha motivación para hablar, siendo que sólo me separé de la puerta murmurando lo que en principio debió de ser un saludo. Cuando volví al lugar donde intenté dormir, lo hice aplastado unas bolsas que Momiji dejó. Resultó ser tan cómodo que no pude evitar cerrar los ojos de manera inconsciente.

    —Deberías levantarte —dijo ella—. Las arrugarás.

    —O podría dormir encima de ellas, lo que le parezca mejor.

    Me costó quitarme lo espeso. Takeno tomó la iniciativa y empezó a buscar entre los fardos que dejaron para mí el día anterior, poniendo a hervir agua con la cual preparó una bebida que confundí con café. El color, aroma y sabor eran similares, aunque aquella bebida dejaba un regusto complejo de detallar. Al final me terminó despertando el sabor por el cual no pude darle un segundo trago.

    —Ya que despertaste deberías probártelas. Estoy segura de que di con tu talla.

    —¿Probármelas?

    —Oficialmente vives aquí —dijo Momiji sacando el contenido de las bolsas—, lo que significa que si piensas andarte por nuestras zonas, deberás lucir como un tengu pese a que no lo seas. Aya aún está acordando todos los detalles con los rangos superiores, pero mientras podemos iniciar con esto.

    No recuerdo haberme emocionado por aquel momento, mas es seguro que sonreía mientras mis manos desdoblaban las prendas que Momiji me llevó en esa ocasión. Ella me ayudó a disponer de cada pieza, doblándolas para hacerlas a un lado con el resto. Me enseñó cómo usarlas y cómo guardarlas, en qué sitios de la cabaña y hasta consejos sobre cómo lavarlas. Todo me lo repitió un par de veces, asegurándose de que lo recordara.

    Es posible que por la primera imagen que ella me dio es que esa acción desinteresada me fuera difícil de creer. No me quería hacer de una imagen de ella tan pronto, pero debo admitir que esta iba encaminada a ser una intimidante.

    Me tardé un poco más por pedirle permiso para probarme la ropa. El atuendo era muy similar al que ella misma usaba, salvo que en vez de una falda, yo llevaba unos pantalones hakama. Entre las prendas además dispuso de una capa de viajero y un par de getas. Salí en cuanto pude pararme sin caerme, sosteniéndome de las paredes.

    —Míralo —apuntó Takeno—. Pasando por alto que es mitad tigre los demás se convencerían de que es tu hermano pequeño.

    —Hace falta más que un poco de ropa para poder buscarle parentesco a alguien —respondió con una sonrisa—. De este modo será más fácil explicarle al resto que lo vea el motivo de su estadía con nosotros.

    —Así que planeabas llevártelo con tu escuadra a él también.

    —Sí, eso pensaba hacer. ¿Algún inconveniente?

    —Es oportuno, además de beneficioso para los dos —dijo Takeno—. Pero no te lo llevarás. Pienso que es más prudente esperar por las noticias de Aya o las mías, saber que es seguro llevarlo más allá de este punto.

    Hubo silencio entre ambos. No comprendía de qué hablaban o al menos el tema que buscaba tratar Momiji, pero resultó ser simple. Que viviera allí desde ese día era una cosa, pero el hacerlo despreocupadamente era algo totalmente diferente. En algo debía ser útil y si no era así, caía en ellos, quienes estaban a cargo de mí que fuese lo contrario.

    —Se pierde de una oportunidad quedándose aquí —dijo ella.

    —Gana una mayor al hacerlo —contestó él—. Lo verás con el tiempo, Momiji. Yo no tuve quien pudiera enseñarme, mas él no debe pasar por lo mismo —me miró—. Como híbrido lo comprenderás. Vamos, se acabaron las visitas.

    Podría decir que fue entonces que mi vida empezaba.

    ——
    ——
    ——

    Takeno sabía que para que Momiji pudiera ir a dejarme todos esos cambios de ropa tuvo que haberse dado el lujo de faltar momentáneamente a su labor como guardiana de la montaña. Al estar al mando del grupo conocido como los Hoja Roja podía hacerse la vista gorda. Es por eso que al ver que no iría con ella, terminó retirándose, prometiendo que regresaría de visita a la pequeña cabaña. Según ella, como la líder se lo podía permitir.

    —No te creerías su edad —dijo en cuanto ella se alejó—. Pero más importante, ¿qué edad tienes tú?

    —Doce —respondí—. No me vayas a decir pequeño.

    No esperó mi comentario, lo cual le hizo soltar una carcajada exagerada. Comencé a enfadarme.

    —No era mi intención usar tu edad como algo para echarte en cara —se detuvo y pensó—. Tampoco tu estatura.

    La cara se me puso roja de lo molesto. Era consciente de mi estatura, pero traía una fijación por esta en especial. Me causaba tremendo fastidio el hecho que de todos los otros niños que conocí en situación de calle o jóvenes con un hogar, yo fuera el más bajo de todos. Incluso la pequeña Reimu me superaba por una mano entera y en la aldea si me podía ocultar con facilidad, era por mi estatura.

    —Lo que quiero decir es que tienes tiempo por delante para aprender lo que te define como un híbrido.

    —Sé lo que soy —agregué de inmediato—. Keine me dijo todo lo que ella sabe sobre los híbridos.

    —Por supuesto. Te introdujo a parte de sus conocimientos sobre lo que eres, como humano y como bestia. Pero tómalo como lo que es, una introducción. Lo que yo te enseñaré irá más allá de eso. Un tipo de conocimiento que pocos como tú o como yo pueden tener a su alcance.

    Por supuesto. No comprendí lo complicado que sería de aceptar. Y es que desde el momento en que la esencia youkai surgió en mí, siempre me sentí como el de todos los días. Con el tiempo fluyendo, los únicos cambios que podía presenciar eran aquellos ligados a lo físico. Los principales habían sido mi visión en la oscuridad y mi oído agudizándose más allá de los límites humanos. Y sólo si me centraba en ello. Ya que se trataban de aspectos mínimos, jamás les presté la debida atención como un verdadero cambio y por eso, no entendía cuál era la insistencia y el extremo de haberme dado caza.

    —Ante todo, he de admitir que es inusual ver la manifestación de un tigre youkai. En especial en forma de un híbrido y sin rayas. Como mitad tengu conozco mis límites y fortalezas. Pero un tigre...

    —No me digas raro —repliqué.

    —Yo no pensé eso —suspiró—. Y de haberlo hecho no te lo diría. Pero Kenro, muchos youkai tienen grandes similitudes con inclusive los humanos, pudiendo una de estas ser su aspecto físico. Sin diferencias resaltantes. Pero bien, son totalmente diferentes. Comparándolo con una bestia, el humano es listo y astuto. La bestia sigue su instinto y es poderosa. Estas fortalezas marcan una vital diferencia entre los humanos comunes y las bestias ordinarias.

    —No entiendo —solté, mirándole fijamente.

    Takeno contuvo el aliento, sin mudar la expresión.

    —Imagina juntar las virtudes y defectos de ambas partes. No como mitades, sino que como completos.

    —Sigo sin entenderlo.

    Soltó aire por la nariz mas no desesperó.

    —Lo que es un humano con ese instinto perdido, con ese poder en sus manos, es lo mismo que una bestia con ese intelecto y astucia de su lado. Pero el humano es débil, así como la bestia es tonta.

    —Suenas como Keine —comenté, dejando en evidencia que de hecho no le prestaba atención.

    —Tal vez —dijo—. Es posible que se me pegara un poco de ella cuando me hablaba sobre cómo se haría cargo de los pequeños de la aldea; pero Kenro, ¿entiendes a lo que me refiero?

    —Entiendo tus palabras pero no lo que quieres decir.

    —Ya. Figuré que eso pasaría.

    Permaneció pensativo unos instantes, colocando una mano en mi cabeza para hacerme girar y echar a andar hacia otro lado. Al final chasqueó los dedos.

    —De acuerdo. Tu primera lección será comprender.

    —¿El qué?

    —Comprender cada parte en ti. A las mitades de tu esencia. La forma en que estas se afectan la una a la otra y al mismo tiempo, superar esa separación para convertirte en un ser entero. En un híbrido.

    ——
    ——
    ——

    Era un hecho que serían días por completo distintos a los que alguna vez reconocí. Pero es importante llame a este punto como uno sin retorno. Cada mañana Takeno llegaba a primera hora, llevando consigo algo para comer. A veces sólo llevaba verduras, otras veces hongos mas nunca carne. Esto no lo hacía con la intención de que comiéramos en sí, sino con la de enseñarme sobre lo que podía tomar de la montaña para así abastecerme cuando lo necesitase. Aprendí a diferenciar todo lo que podía tomar del suelo y que literalmente podía meterme a la boca sin acabar envenenado.

    Sus enseñanzas principales se basaron en adiestrarme en la localización de alimento, dejándome a veces sin piza de algo para comer. Esperando a que sobreviviera por mi cuenta. Mencionó que varios tengu de alrededor de mi edad solían cazar por sí mismos e incluso, competían entre ellos.

    Pero bien por mi complexión y costumbres, hasta un conejo silvestre habría sido una presa demasiado dura para mí. Tiernos y adorables, sí. Pero a veces la gente ignora que aquellas bolas de pelo son capaces de morder. Y que lo harán.

    Cazar a un animal más grande lo vimos imposible.

    Y quizás él no quisiera reconocer el mérito, pero yo sentí gran orgullo cuando encontré un lago en el cual pude recurrir a la pesca. Jamás en la vida lo había hecho, mas pronto descubrí que no se me daba del todo mal. El primer pez se me escapó y lo mismo sucedió con el segundo, tercero además del cuarto. La frustración que causó que cada uno se liberara de la línea ayudó a que me hiciera de uno tarde o temprano.

    Fue sólo uno, pero bastó para alimentarme por un día entero y parte del segundo. Odiaba el caldo de pescado, pero entonces lo hallé como una delicia poder comerlo con arroz por las noches.

    Era gratificante pensar que podría encontrar un ritmo pasadas unas semanas del inicio. Y aun si Takeno no lo vio como una victoria, me felicitó con un saco entero de papas a la vez que me incitaba a seguir adelante. A mejorar. Me alentó a seguir recolectando y cazando, que siguiera con el ritmo para que con mis avances, recibiera mejores recompensas que solo papas.

    Durante aquel periodo de tiempo Aya se apareció sin anunciarse, haciendo aviso de que en la villa ya se hablaba sobre que formaría parte del territorio tengu. Lo que me daba la posibilidad de expandir mis zonas de caza y recolecta. Gané acceso a la comunidad, aunque realmente no me asomara más allá del interior del Bastión de los Vientos. Los muros, o el vestigio de estos, delimitaban hasta donde me atrevía a cruzar.

    Decidí dejar que se acostumbraran a mí.

    Los días fueron extensos y difíciles, aunque siempre buscaba algo con que ocuparme. De modo que al menos nunca estuve aburrido. Contaba con las visitas esporádicas de Aya y Momiji, lo que me hizo notar que podía dar un paso inicial a cazar tal y como Takeno me continuaba alentando. Pescar me abastecía con el alimento necesario, aunque ya estaba hastiado del pescado. Y el caldo. Sin mencionar que el agua de los lagos se congelaría con el invierno.

    El día en que ya no pude soportar el pescado no supe si atribuírselo a lo repetitivo de mi rutina o a mi esencia youkai. Aunque era verdad que un extraño instinto me gritaba que buscara algo más sustancioso.

    No me lancé a la intemperie esperando tener suerte. Vaya historia de haber sido esa la manera en que ocurrió. Decir que mi lado youkai tomó toda razón en mí, haciéndome adentrarme a la naturaleza como un cazador nato, saliendo victorioso sin más. Pero no, no fue así.

    Takeno me había instruido en diferentes conocimientos además de la recolecta. Sabía cómo elaborar trampas sencillas, las cuales solía repetir en mis ratos libres los cuales fueron abundantes. Las montaba y desarmaba cuantas veces fueran necesarias. Con el tiempo gané la práctica y facilidad para armarlas tan rápido como para irlas dejando en mi camino de ser necesario. Y lo haría.

    Salí durante una mañana y me encaminé al bosque cercano con un cuchillo, soga y un saco en los hombros. Lo demás me lo daría la naturaleza.

    Dentro del bosque y entre sus claros desconocí el flujo del tiempo. Pasé horas distribuyendo las trampas conforme recolectaba alimento y usaba el mismo esparcido entre estas por el suelo de hojas y ramas. Acabé durmiéndome entre las ramas de un árbol al que me trepé para no perder de vista el tramo hacia un par de trampas.

    Cuando la luz que se filtraba entre las copas empezó a amainar, el chillido de un animal fue lo que me despertó.

    Funcionó. Había conseguido atrapar algo. Bajé a toda prisa al suelo, entusiasmado por ver eso que cayó. Me llevé una gran sorpresa encontrar a un pequeño ciervo alzado por una de sus patas traseras. El pobre animal se zarandeaba como loco tan pronto como me miró, bramando al intentar hacer que sus patas tocaran el suelo, sacando la lengua y dejando su cuerpo lánguido del cansancio. Sabiendo que aquel era su final.

    No alargaré innecesariamente esta pequeña derrota. Dejé ir a aquel animal al contemplar que sin importar cuánto lo intentase, no sería capaz de matarlo. Me había roto el corazón verlo aceptando el resultado de un juego perdido. Verlo y encontrar a uno más a lo lejos, aguardando por mi decisión. Fue terrible. Corté la soga que le ataba, pisando el suelo con fuerza para que huyera de allí. El pequeño corrió hasta reunirse con el otro y sin ver hacia atrás, ambos huyeron.

    ——
    ——
    ——

    —Repítelo —decía Takeno, furioso—. ¿Por qué lo dejaste escapar?

    —No pude —respondí aterrado.

    Me esperaba en la cabaña. Takeno llevaba una expresión severa, de decepción e ira, con la cual me vio llegar. No dejó pasar ni un segundo para casi saltarme encima, cambiando el amable timbre de su voz por uno intimidante.

    Por supuesto que lo había visto.

    —¿Y por qué no pudiste hacerlo?

    —No sé —contesté evitando su mirada.

    —Así que matar es difícil —me espetó. Temblé encogiéndome en llanto—. Pero adivina qué, niño. Antes mataste a docenas de peces sin detenerte a pensarlo. ¿Es que para ti su existencia significa menos?

    —No... no es lo mismo.

    —Claro, no lo es. El pez no podía verte a la cara mientras le cortabas la cabeza o lo azotabas contra las rocas. Eso es, esa es la gran diferencia.

    Gruñó. Entonces la expresión austera que recibí de su parte fue más que bien merecida. No había nada que pudiera haber dicho para resolver mi error, pues lo reconocía. Supe que haber dejado ir a ambos animales fue un paso más para poder sentir los contornos de mi estómago. Había dejado la recolecta en las trampas, las cuales no había desarmado. Traté de no pensar en cualquier otro animal atrapado en estas, además de que lo único que disponía como alimento era un saco de arroz casi vacío.

    —Discúlpame, es que...

    —Es nada —replicó, hundiéndome un dedo en el pecho—. He soportado ver cómo te contienes durante meses, pero he tenido suficiente. Si no quieres aprender yo no te enseñaré.

    Terminó retirándose de la cabaña en plena noche. No creí que verlo marcharse con esa expresión furibunda aterrara tanto, pero lo hizo. Él tenía razón y como en todo, la verdad pesa. Esa noche la empecé terrible. Comí un puño de arroz, lo cual no se trataba de una porción adecuada dado el tamaño de mis manos entonces. Esperé a que el agua hirviera para echarlo a la olla con la esperanza de apaciguar el hambre que ya empezaba a apoderarse de mí.

    Conforme vi el agua burbujear, me percaté de que ese puño de arroz no me serviría en lo mínimo. El hambre gritaba por más. Lo hacía desde semanas atrás.

    Empecé a temblar al mirar hacia unas horas atrás, a mi propia incompetencia cuando sin poder soportarlo, tiré la olla hacia un lado. ¿Hasta dónde dejaría avanzar al hambre para que tomara el control nuevamente? Como aquella vez en la aldea, cuando mi esencia youkai emergió. Si lo permitía, empezaría a tomar decisiones irracionales una vez más.

    Pero existía una diferencia.

    Aquella noche salí con solamente mi cuchillo. Fui armado de un poco de ingenio y hambre. Me adentré al bosque con una nueva resolución, permaneciendo allí hasta ver el amanecer con otro color.

    ——
    ——
    ——

    —Dicen que cuando es controlada por el hambre, hasta el instinto de la bestia más mansa y pequeña despertará. He escuchado que es lo mismo con algunos humanos, que de seguir sus instintos, consiguen algo que sólo los animales pueden lograr. No lo sé, me parece que les gusta adornar las palabras. En realidad no es nada extraordinario.

    —¿Estás aquí para regañarme otra vez?

    Observaba a Takeno desde la rama más baja de un árbol, en un refugio improvisado de último minuto.

    La noche había sido como pocas. Al adentrarme al bosque revisé cada una de las trampas que dejé, desarmándolas y cambiándolas de lugar conforme avanzaba. Corrí con suerte y conseguí atrapar un ciervo diferente. Quizá, todos se veían iguales, mas este iba por allá solo. No fue más sencillo ni me produjo menor remordimiento saber lo que hacía, pero no me contuve. Tomé el cuchillo y puede que todo el bosque me escuchara agradecerle a la tierra en nombre del animal por su sacrificio, de lo que su vida significaba para mí. Me sentí afortunado de haber necesitado un solo tajo.

    Me lastimé los brazos cortando la carne, así como me pelé los codos y rodillas subiendo el árbol. No sólo eso, pues igual me había sacado ampollas tratando de encender el fuego para cocinar la carne. Pero al final pude llevarme esta a lo alto para comerla despreocupado.

    Intenté comer esta cruda, pero le encontré un sabor tan desagradable que no supe cómo lo había logrado hacer antes. No quise desperdiciar la carne y supe que no la podría llevarla tan fácilmente, de modo que cociné toda la que pude.

    —¿Te lo comiste entero? —preguntó entre asombrado y divertido.

    —Te guardé un poco —respondí, arrojándole un trozo. Aproveché para bajar también.

    —No es exactamente un desayuno gourmet. ¿Fue fácil?

    —No, para nada.

    —Excelente —dijo—. Entonces ya podemos regresar.

    En el camino de regreso Takeno habló sobre la lección que en un inicio no comprendía. La mencionó ya no como algo serio y en vez, la trató con un timbre casual. En ese último día me percaté de que era más sencillo. Me sentí ligeramente inútil, como si todo ese proceso no hubiera sido relevante o necesario.

    «Un híbrido es tan fuerte y tan débil como sus mitades lo sean.
    Hallar la fortaleza de una no significa tener que privar ni callar a la otra,
    pues esa es la verdadera separación de una existencia.»


    Resultó que lo que aprendí en ese tiempo se trataba de una verdad que correspondía a mis dos mitades. Mis respuestas alegraron a Takeno, pues al fin empezaba a ver las cosas de un modo distinto. Lo primero que experimenté fue mi lado youkai volver a emerger cuando mi mitad humana falló. Un humano es capaz de sobrevivir en la intemperie, pero según las condiciones, esto puede volverse en una tarea más allá de sus límites. Yo nunca corrí peligro inminente, aunque en varias ocasiones sentí que sí lo hacía. Tuve control de mis alimentos y de casi todo aspecto que me confería seguridad.

    Aquello que obligó a mi mitad youkai surgir con mayor fuerza que antes fue la necesidad y la debilidad de mi parte humana. Durante las noches debía hacer uso de todo lo que tenía, afinando mis sentidos a los de la montaña. La noche necesitaba volverse en algo que pudiera producirme seguridad y tras meses, lo conseguiría. No obstante una de mis mitades pedía algo más y eso era claro. La carne. Por instantes juraba que me dominaban las ansias por su sabor, mas rápidamente cedía de todo impulso. Inevitablemente pasó lo que debía ocurrir.

    Eso es todo.

    Mi desarrollo iba por el buen camino, aunque mi transición a un híbrido completo aún estaba lejos de ver su fin.

    Takeno decidió que tras mi éxito en la primera lección sería buena idea si descansaba y me acostumbraba a cazar, continuando conmigo consiguiendo mis propios alimentos. Claro, al menos hasta un punto el cual no debía cruzar. Ya que vivía en el territorio de los tengu a pesar de no haberme aventurado a las otras zonas, corría el riesgo de invadir otras del resto de la comunidad. Casi todos eran cazadores natos y como en la aldea que conocí, los mismos contaban con sus propios mercaderes y negocios. Eventualmente algún tengu bajaría de la montaña para entablar comercio con los humanos, pero de eso yo sólo sabía unas cuantas palabras e historias. No se trataba de algo que le contabas a un niño o un extraño. O a ambos.

    Durante ese periodo fui capaz de ver a los otros tengu en su día a día, pese a que al principio no fue del todo placentero. Algunos eran huraños en su trato, mirándome por encima del hombro o ignorándome deliberadamente. Fue común que me apuntaran, no tomándose la molestia de siquiera ocultarlo. Pero se trataba de un ambiente totalmente distinto a la aldea humana. Todo lo que decían a mis espaldas no era ni remotamente diferente a lo que me decían de frente. Y así como había quienes me miraban con cierto aire de inconformidad, los había otros que expresaban su curiosidad abiertamente por mí. Concluí que los tengu sólo eran un poco más amistosos hacia mí siendo un híbrido de lo que pudo ser un humano.

    No me hice de ningún amigo pero tampoco de ningún enemigo. Con eso me daba por bien servido. Pronto pasó el tiempo y el otoño perezoso que teníamos encima se convirtió en invierno letárgico.

    ——
    ——
    ——

    Había nevado más de lo esperado en cierto día. El constante ajetreo y prisas de la temporada me mantuvieron ocupados hasta que el sol se ocultó. Takeno había decidido visitarme muy oportunamente aquella vez. No solía ver a nadie por las noches, por lo que no me molesté en ocultar el desagrado de tener que trabajar a esas horas. Pero iba cargado con sacos de sal, fruta seca y otros más de alimentos para el invierno. Se le caían de los brazos y recuerdo que sólo por eso es que invertí tiempo y esfuerzo en aquella ocasión para quitar la nieve de la entrada.

    El invierno sería terrible y de no estar listo, este sería peligroso.

    Su visita se convirtió en una estancia extendida cuando la nevada creció. Él tomó la decisión de esperar a que pasara y de no hacerlo, pasaría la noche allí. Cada uno tomó su lado en el pequeño interior, respetando el espacio al extremo opuesto del fuego y la olla que nos apartaba. Abrí el libro que Keine me regaló, leyéndolo contento. No me cansaba de hojearlo como si fuera la primera vez que lo sostenía.

    Takeno me vio cambiar las páginas.

    —Siempre te veo con ese libro —mencionó por encima de la olla, abriéndola para picar lo que había dentro.

    —Me gustan los libros —respondí—. Las buenas historias.

    —¿Y esa historia lo es?

    —Son un conjunto de historias —dije—. Algunas felices, otras trágicas. Refranes y poemas. Keine me lo dio porque una trata sobre un híbrido.

    —¿Y es trágica? —preguntó con interés—. Si lo escribió un humano creo saber la respuesta.
    Pasé un dedo por las hojas, en silencio mientras miraba a Takeno.

    —Es una historia. Deja muchas interpretaciones sobre lo que pudo o podría ocurrir al protagonista.

    Él se tocó la sien. Dos pequeños golpecitos.

    —Ese tipo de historias que dependen del lector más que del escritor.

    —Así es. Te lo puedo prestar, pero sólo si prometes cuidarlo.

    —Vale, vale —asentó y estiró un brazo para tomar el libro—. Me parece justo que a cambio yo te dé una historia.

    —¿Colecciones historias? —pregunté con algo de sorpresa irónica.

    —No conmigo —dijo mirando la portada—. No aquí.

    —Puedo esperar si te parece.

    —No hace falta. Me sé una historia como la que dices de ese híbrido. Tú la puedes interpretar como gustes.

    —¿En serio? —reí para mis adentros, un tanto burlón—. Pues soy todo oídos.

    —Estoy seguro de que te gustará.

    . . .

    Tanto se especula del final. Se cuentan historias de eso que nos espera tras el marchitar de nuestras vidas, mas no se cantan mentiras sobre lo que una vez fue y se convirtió en el ahora. Pese a que las historias que envuelven a este hecho sean tantas como astros en el cielo nocturno, sólo una atisba su verdad.

    Podemos ver al comienzo como una forma de vida, algo que siempre estuvo presente y de lo cual nadie se percató hasta que no pudo permanecer más oculto. Podría ser humano, pero sería ordinario y su existencia un corto ciclo. Podría ser una excentricidad, pero sería enigmático y su existencia por ende, ambigua. Podría ser un árbol, uno cuyo tronco fuera fuerte y orgulloso, con tantas ramas como caminos pueda tomar la vida. Con un follaje siempre verde, radiante de vitalidad y energía. Sí, un árbol es ideal. Soportando el paso de los tiempos, viviendo sólo para bien. Un árbol es el dueño de esta historia, un comienzo y sus caminos.

    Irradiaba vida y energía, y nada existía que le contradijera aquella verdad. Nuestro árbol vivía cada uno de sus infinitos días como una entidad que observa y espera, paciente. En su entorno no existió nada más que prados verdes. Nadie le hacía compañía más que su sombra, una imagen oscura que siempre le cuidaba sin importar el momento.

    Entonces no existía nada, salvo el prado mencionado. Verdeante e interminable. La noche no existía y en su luz, el día no era sino la eternidad misma. No existía el tiempo o el concepto tras este, pues todo era perfecto. El flujo de la eternidad era si acaso algo vagamente reconocido pues como he mencionado, todo era perfecto. El árbol sabía cuando las cosas empezaban y cuándo es que terminaban. Todo con un ritmo irremplazable, único y cadencioso.

    Lo sabía y eso también era perfecto.

    —Mi sombra —decía en su infinidad—. Al mirarte y saber que me observas. Al admirarte y saber que me añoras. Tan cerca, protegiéndome. No necesito de nada.

    Y su vida era perfecta, atrapado por su sombra. Enfatuado por esta la cual, aunque incapaz de devolverle la palabra, siempre estaba allí. Aguardando al igual que él, imperturbable.

    Pero no todo es bello y perfecto. No puede serlo, no por siempre. El árbol de pronto pudo sentir el flujo de eso que llamamos tiempo y mientras admiraba a su sombra, encontró su silueta empezar a menguar.

    —Mi sombra —decía consternado—. Mi sombra, ¿por qué desapareces? ¿Por qué te ocultas? ¿Por qué no te muestras más?

    No lo comprendería. Pese a tener el infinito para sí mismo, no era capaz de entender el cambio que ocurría en su vida. La luz que una vez brilló en su prado entonces cesó de existir por sobre todas las cosas, escapándose sin permiso hasta dejar a la oscuridad que se apoderó sin más de la eternidad. La noche surgió y temeroso, el árbol no pudo hacer más que aguardar destrozado en las tinieblas por lo que parecía un castigo.

    A él, a quien la eternidad le pertenecía.

    Roto por dentro, por primera vez pudo percibir el tiempo en sí mismo. Como una carga que lo sumió en la desesperación de encontrar eso que estaba perdido.

    Y esperó.

    Esperó por lo que creyó sería imposible. Esperó en la noche mirando hacia el cielo y al lugar que alguna vez perteneció a su amor. Y al hacerlo, vio surgir eso que creyó perdido. La luz que se alzó apartó a la oscuridad de su prado. Una vez más el árbol apreció a su tesoro, a su amor y su esencia. La sombra se dibujó nuevamente y así, todo era perfecto.

    Pero no lo sabía. No poseía el conocimiento consigo. El día y la noche. El ciclo interminable se repetiría y como fue una vez, este le arrebataría su sombra.

    Pero fue cuando la oscuridad actuó invadiendo su prado, llevándose consigo a su sombra, que pensó y concibió una solución. Una sola acción para resistir la llegada de la noche. Su sombra debía quedarse a su lado, lo soportaría todo si ella le acompañaba.

    Y así fue.

    Cuando su sombra estuvo por fundirse con la noche, cuando una inminente despedida debió tomar lugar entre los dos. Entonces él hizo que su sombra se moviera como si cobrara vida. Su figura al alzarse no desapareció y en su lugar, dio forma a algo más. De sus ramas, las lianas, hojas y el tronco, se formaron cuatro siluetas.

    Cuatro tesoros que le harían compañía durante cada noche eterna.


    . . .

    Acabé inquieto en mi lugar, a la expectativa de lo que Takeno me había relatado. Al contar su historia, la noche dio la impresión de haberse detenido. Poseía encanto a su manera y de un modo por demás inusual. Acabé intrigado, pues no parecía contar un final. Tampoco parecía tener un comienzo formal. A pesar de que contaba algo, no poseía ni pies ni cabeza.

    —Dime qué te pareció —comentó.

    —¿Dónde leíste esa historia?

    Él sólo echó a reír.

    —No me creerías aun si te lo dijera.

    Takeno se quedó hasta que la nevada pasó una hora después. Desde ese punto sólo aumentó su fuerza. Fue por un poco de leña antes y me dejó con más consejos de los que habría querido escuchar esa noche. Se fue tras despedirse con decir que volvería al día siguiente.

    Dejándome pensando si acaso había dejado mi libro en buenas manos.



     
    Última edición: 22 Mayo 2026 a las 12:22 PM
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    Geki

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    Escritor
    Título:
    [Touhou] [Relato de un híbrido]
    Clasificación:
    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    11
     
    Palabras:
    4661
    El peso de mis actos acabó esfumándose cuando, pensando en la aldea humana, me percaté de los terribles errores que una vez realizados empezaron a trazar el camino que recorría con decisión a tan temprana edad. Conforme los días transcurrían estos daban lugar a que el pasado se convirtiera en un severo maestro. Me encontraba dispuesto en aprender del mismo.

    Una nueva resolución se formó en mí con el tiempo. Una que aún no ardería, pues apenas si se trataba de una débil llama a la que le faltaba vida para iluminar aquel camino.

    Y yo estaba allí para hacerle crecer.

    7
    Liberosis. Tercera parte


    Las nevadas continuaron por el resto de la temporada. Durante aquella noche olvidada, las noches avanzaban lentas y en silenciosa transición delante de los vestigios de un fuego dormido. Me gustase o no, estaba acostumbrado al pequeño espacio de la cabaña que acabó convirtiéndose en mi hogar. Lo era todo para mí. Cada una de mis pertenencias que iban en aumento ocupaban su respectivo puesto alrededor, colgadas del techo o de las paredes. Algunas en el suelo. Transformando aquel sitio en algo distinto de lo que fue. Triste, oscuro y solitario, así lo recordaba; mas en esa noche al mirar las herramientas y demás cachivaches, hallé lo contrario.

    Solía trasnochar leyendo los libros que en mi estadía logré juntar con los tengu, así como otros que fueron obsequios de Aya. Ella solía repetir lo asfixiante que le resultaba pensar que en ciertos días elegía quedarme encerrado. Y que en respuesta, eso le impulsaba a entregarme libros y periódicos. Aunque sólo los últimos eran escritos por ella. Fue gracias a tan peculiar gesto desinteresado y la singular manera en que se expresaba en sus artículos, que pude mantenerme al tanto de lo que ocurría fuera y dentro de la montaña.

    Era tarde cuando leyendo de pasada las hojas, decidiera arrojar un último leño a las brasas ya casi extintas. Dejando que el calor creciera y que el interior se iluminara con las ascuas del trozo de madera seca. Su chisporroteo hizo oscilar en mí un recuerdo engañoso, llevándome a pasos de caer en sueños y hacia los matices de aquella memoria. Puedo verlo y sentirlo aún, lo tarde que era cuando ocurrió. La calidez de la pequeña hoguera abrazándome, consolándome en una noche fría y vacía cuando leía un verso del fuego entre las hojas ardientes del periódico, atrapando el nombre Hakurei en estas. No supe qué pensar con certeza. Sentí un extraño calor ajeno a las brasas que se apagaban. Es quizá por eso que no me causó remordimiento arrojar el resto del periódico al fuego y luego caer dormido.

    ——
    ——
    ——

    —Sigues siendo humano —decía Takeno—. Eres débil, conformista y si has podido sobrevivir hasta la fecha, es sólo por esas trampas que conseguiste armar y esparcir por tus zonas de caza.

    La mañana llegó dejando la zona entera cubierta por una gruesa manta de nieve. La puerta había quedado bloqueada por un muro el cual, sin ayuda, no habría podido quitar solo. Estuve genuinamente tentado en ignorar a Takeno quien gritaba desde fuera con lo que parecían ser apenas débiles murmullos. Aunque no significa que pudiese ignorar los golpeteos y dejarle fuera. Pero sabía cuál era mi responsabilidad. No que por esta no le dejase hacer la mayor parte del trabajo, pues no me apetecía helarme tan temprano.

    Lo menos que hice fue recibirlo con una bebida caliente una vez que entró cubierto de nieve hasta las orejas. Se sacudió sin reparar en dónde caía esta, avanzando para tomar el té y extender las manos hacia el fuego. En cuanto se hubo calentado empezó a tratar el tema que seguía siendo mi transición de humano a hanyou. Pero tras tanto tiempo desde que habíamos empezado, sus palabras me causaron fastidio. Él no demoró en notarlo, como era usual.

    —Moléstate todo lo que quieras. Sabes que es la realidad —sentenció.

    Si lo sabía no lo tuve en cuenta.

    —¿Y por qué no decírmelo directamente?

    Takeno era un tutor excelente. Pero a esa edad tendía a verlo de un modo arrogante y fastidioso. nunca me enseñó ni entregó nada del modo sencillo. Sus lecciones las debía descubrir por mi cuenta, sin ayuda de terceros. A veces él estaba conmigo y en ocasiones pasaban días e incluso semanas en donde no tenía ni la menor idea de su rastro. Borraba el mismo y me dejaba a mi suerte. O eso aparentaba hacer. Estuvo siempre pendiente de cada una de mis acciones, vigilando y listo para intervenir si ameritaba hacerlo. Jamás corrí peligro con él de por medio, mas en ocasiones era necesario que creyera lo contrario. Se repetían las veces en que si no cazaba y pasaba hambre, maldecía su nombre hasta que me asqueara de gritarlo. Pero en general Takeno resultó ser más que un amigo. Cuando él estaba cerca pude encontrar un poco de seguridad y calma. Incluso sentía que era prudente bajar la guardia. Casi como un hermano.

    Aun así tantas incógnitas y sorpresas ya no las soportaba. Una vez al descubrir aquello que hacía, empezó a parecerme ridículo el actuar tan reservado. Aya y Momiji estaban en lo suyo y en consecuencia, desesperaba con lentitud.

    —Supongo que será necesario decirlo.

    —Pues estoy listo para escuchar.

    —Más te vale —dijo apuntándome de manera retadora—. Sigues siendo humano, tanto como en la noche que llegaste. Claro, aprendiste a valerte por ti mismo. Lograste desprenderte de lo que fue de ti en la aldea, superar esa etapa y avanzar por el bien del recuerdo que armaste con Keine. Quizá ya no seas un niñito llorón que se cansaba de chillar hasta la noche, durmiendo entre sollozos. Pero eso es todo. Para lo que importa no eres diferente a un gatito destetado.

    Le escuché atento, en silencio y con una quietud artificial mientras mancillaba mi orgullo con palabras que llevaban una verdad detrás de otra. Fui incapaz de refutarlas, decir que no eran sino inventos suyos. Que desde entonces había conseguido más de lo que aparentaba escupirme a la cara como si fueran meros hechos banales. La furia empezó a brotar en mí al escucharle y conforme más déspota era el deje en su voz, más burbujeaba la ira en mí.

    Todo se tornó blanco y poco faltó para que acabara abalanzándome sobre él en un torbellino de golpes y patadas. Pude verle alzar una mano, deteniéndome a la par que sonreía. De no haberlo hecho habría seguido y muy seguramente, no lo hubiera escuchado.

    No me hubiera escuchado.

    —Eso es lo que buscamos —dijo.

    Un rugido. De mí había salido el estallido de un poderoso rugido que se escapó de la cabaña hacia la montaña, dejándome irremediablemente confundido. Me cubrí la boca apresurado, mirando hacia todos lados con los ojos abiertos, descolocado y tratando de hallar una explicación para que tan feroz vozarrón saliera de mí.

    Takeno suspiró.

    —Desconoces tu propia naturaleza. Te es terriblemente ajena pese a que sepas cómo tomar los pequeños aspectos de esta —meneó la cabeza—. Lo es todo o nada. Ahora vamos, empezaremos hoy mismo.

    Demoré en salir. Las partes en mi cabeza que se desmoronaron continuaron tratando de comprender lo que acababa de ocurrir.

    ——
    ——
    ——

    —Aun si tratases de repetir el rugido anterior, no serías capaz de hacerlo. Y eso está bien.

    —No entiendo qué es lo que buscamos —repliqué—. ¿Es el rugido?

    —En base sí, lo es. Hasta ahora la única razón por la cual has conseguido mostrar los aspectos de tu esencia youkai, es debido a que te has visto sometido a experiencias intensas en donde tu vida ha corrido peligro. El miedo y la debilidad de tu esencia humana hacen que la youkai crezca en un intento por compensarlo, porque no existe un balance.

    No hubiera sido difícil notarlo. La respuesta estaba ahí.

    Fui consciente del peligro por el que mi vida corría cuando había sido detenido por los aldeanos a quienes robé. Algo más allá del miedo me invadió cuando tuve la realización de que entonces, las cosas no serían como siempre. Mis ojos entonces se tornaron amarillos. Meses más tarde cuando me vi en la necesidad de huir, envuelto de ese mismo temor por mi vida, mis ojos mostraron adaptarse a la oscuridad de la intemperie. Fui capaz de ver como si del día se tratase.

    En esa misma noche en la montaña al permanecer al filo de mis emociones, mi oído se agudizó siendo capaz de captar una frecuencia imposible para los humanos. Algo que se repitió al adentrarme al bosque para cazar a mi primera presa. La determinación que corría por mí hizo que una vez más mi esencia youkai se mostrara.

    Por último estaba el rugido de la cabaña. En mí sólo corrió furia descarriada, no pensando en nada más que el resultado que quise ver realizado por mis manos. La fuerza que le faltaba a mi esencia humana, de la que sentía carencia para afrontar lo que tenía frente a mí, fue reemplazada por la del tigre. Ese rugido brotó por la ira y el orgullo herido.

    —Debes hacer algo al respecto. Despertar la verdadera esencia hanyou.

    Escucharle de pronto me hizo volver del ligero ensimismamiento por el que pasaba.

    Le sostuve la mirada con mordacidad, escupiendo cada palabra hacia su persona.

    —Por supuesto. ¿Cómo no se me pudo ocurrir? Comencemos de una buena vez. Si lo que debo hacer es despertar a mi esencia youkai, hagámoslo de una maldita vez. Si es que cazar por mi cuenta no es suficiente, y la supervivencia a diario es sólo una distracción; entonces pelea contra mí. Aquí y ahora, luchemos. Entre dos hanyou. Enséñame lo que necesito para entender lo que es ser un híbrido.

    Claramente había dicho aquello en el calor del momento, mirándole aún con una expresión de inmenso desdén. Conocía si acaso lo básico del combate, pero nada verdaderamente brillante o para defenderme.

    Takeno me observó sin comentarios y aunque en un principio parecería dejarse llevar, sin convencerse por el tono de mi voz, al final asintió a gusto.

    —Así que después de todo lo entiendes. Debo admitir que por el más ínfimo instante, creí que estabas tomándome el pelo. Pero no fue así. Luchar —repitió, asumiendo pose de combate—. Si no empiezas tú, lo haré yo.

    Le miré estupefacto e incrédulo conforme se acercó.

    —No, Takeno. Espera...

    —Vamos Kenro. Luchemos.

    ——
    ——
    ——

    Existen híbridos cuyas mitades se encuentran tan entrelazadas que los mismos no demuestran ser una entidad distinta. En los humanos por ejemplo existen casos donde los padres, ambos de distintas naturaleza, tienen hijos que demuestran razas contrarias. Hablamos de un padre tengu y una madre humana. El hijo mayor es un humano, mientras que el menor un tengu en todo su esplendor. Sus hijos pueden no mostrar signos de poseer un lado youkai o humano para lo que importa.

    Así pues, un híbrido es una existencia de lo más singular. Incluso se puede afirmar que se tratan de seres únicos.

    Concebir a uno es incluso algo complicado. Aquellos que nacen siendo híbridos pueden que no lleguen a vivir muchos años; hablamos de una apuesta. Pero no le decimos de ese modo.

    Los humanos con descendencia youkai directa son un caso similar. Han aceptado su propia humanidad y saben que les pertenece. Sin embargo cuando es enteramente necesario, cuando la supervivencia se encuentra por encima de todo lo demás, es entonces cuando la mitad dormida puede surgir y adaptarse lentamente al cuerpo.

    ——
    ——
    ——

    Quisiera decir que entonces descansaba sobre la nieve, mas la realidad es que yacía botado. Adolorido, agotado y con la visión borrosa, apoyando la cabeza sobre el montículo para mirar al cielo grisáceo. Recordaba lo que Takeno me contó alguna vez, cerrando los ojos cada que comprendía lo que ocurría.

    En ningún momento asestó un golpe contra mí. Aseguró que en mi estado, siendo tan humano, uno solo habría bastado para que no me volviera a levantar. Sólo uno. En todo combate interceptó cada una de mis acometidas, mandándome al suelo de donde me levantaba para continuar. Eventualmente acababa inmóvil, herido y sin la motivación o fuerzas para seguir moviéndome. Aunque de todo lo que más me dolía, era el orgullo. Perder de esa manera era humillante.

    Él no solía ocupar tiempo innecesario. Solía marcharse sin muchas palabras, siempre diciendo que volvería al día siguiente y que mientras tanto, pensara en lo que aprendí de nuestros encuentros. Está de más decirlo, pero cada día no hacía más que dormir.

    Pero el tiempo avanzó y mi desarrollo también lo hacía. Pese a que esa fuera una lección para aprender sobre mi naturaleza, también me vi instruido en el combate marcial de los tengu. Takeno nuevamente demostró ser un excelente tutor, mostrándome las posibilidades, entendimiento y control sobre mi cuerpo con la extensión de un arte marcial. Aun no representaba una amenaza para él, pero es cierto que también improvisaba al ir creciendo.

    Tratando esta transición de este modo me parece correcto adelantarse al momento en el que aquel rugido se repitió.

    —Lucha —decía él—. Lucha como si en verdad significase algo. No luches como un humano, hazlo como una bestia. Domina ese instinto, hazlo tuyo y dirígelo hacia tu presa. Ahora levántate y repítelo.

    Quizá no sea del todo claro la dureza de aquel reto. Tras medio año combatiendo de ese modo, día tras día sin detenernos, pese a que no demostrara un cambio extraordinario, él se convenció a luchar con mayor eficacia. Sus golpes aunque no fueran certeros causaban cardenales en donde los pusiera. A veces me los debía curar y en ocasiones, ni podía dormir por el dolor de estos al rosar con la ropa.

    Pero tras seis meses sin parar, pude capturar el ritmo de un combate. Pese a que continuara siendo humano, hice gritar a mi esencia para capturar ese ritmo.

    Nuestros encuentros siempre terminaban del mismo modo. Si ya no podía acometer contra él, esa era una señal para detenernos. De inmediato desistía en sus ataques, parándose en seco y tendiéndome una mano en señal amistosa. Minutos más tarde nos encontrábamos conversando en la cabaña, descansando para continuar al día siguiente.

    Salvo entonces en donde se rompió el patrón.

    En el preciso momento en donde me mostró la mano abierta, yo se la aparté de un manotazo. Me impulsé nuevamente hacia él, golpeando cada una de las aperturas que había dejado por abandonar la posición de combate. Atacaba sin ceder, apuntando a sus pies y cintura para deshacer la base y centro de sus posiciones. Conforme incrementaba la velocidad mi vigor también regresaba, brindándome el aliento para cambiar el curso. Takeno se mantuvo imperturbable a la par que proseguía, pero fue evidente que aquella secuencia de movimientos le había quitado el balance. Lo había sorprendido. Retrocedía, incapaz de romper mi defensa porque en primer lugar, no recurría a esta.

    Continué, me exigí más allá del límite que por días delimité. Mi cuerpo ya no se podía detener. No planeaba hacerlo; mas sin embargo, como se dijo, seguía siendo humano.

    Sucedió en apenas si la fracción de una exhalación. Mi cuerpo se vio invadido por una ola de intenso dolor, dándole un alto súbito y definitivo a cada uno de mis movimientos a la par que se esparcía por cada fibra de mi ser. Empezó desde la boca del estómago y como un temblor, lo sentí resonar en los brazos y piernas. Fue un dolor indescriptible, como un millar de astillas rompiéndose dentro de mí, dejando mi cuerpo ardiendo en carne viva.

    Lo más que recuerdo desde ese punto es que grité hasta desmayarme.

    ——
    ——
    ——

    «Sí, fue él. Sí, fue inesperado»

    Pausa. Una pregunta. Un breve instante de silencio. Un carraspeo, otra pregunta.

    «Los animales regresarán, de eso no se preocupen. Por ahora es muy pronto. No puede dejar este lugar hasta haber aprendido a controlarse. Hasta entonces seguirá siendo su decisión»

    Nueva pregunta. Silencio. Alguien entra y se acomoda, se mantiene callado.

    «Su cuerpo entero, sí. El brazo y la pierna son los más dañados, pero no corre peligro»

    Exaltación, enfado. Muchas preguntas. Ninguna se atiende salvo la última. Un suspiro se escapa.

    «Estará bien. Después de todo, Kenro es un hanyou»

    El silencio se prolonga. Las voces se desvanecen.

    ——
    ——
    ——

    Durante dos días me mantuve botado sobre el futón, reposando mientras despertaba y caía dormido a causa de las medicinas que se me administraron. En esos cortos periodos de tiempo donde apenas si lograba captar la mitad de lo que me rodeaba, aprovechaba para beber agua y llevar a cabo otras necesidades. Alguien se mantuvo a mi lado en todo momento, aunque no pude dar con quién pudo ser. A Takeno no le iba el papel de niñera y Momiji y Aya no figuraban mucho en ello según mi punto de vista. Aunque a veces me parecía una figura femenina, delicada y de hombros desnudos, muy pequeña, lo que era una imagen extraña para los tengu que conocía. Si quien se mantuvo a mi lado fue alguna de las dos, nunca se lo agradecí. Aunque tampoco mencionaron haberlo hecho.

    Cuando desperté me sorprendió no verme abrumado por el mismo dolor que pude experimentar a tan sólo dos días. El cuerpo lo sentía ausente y con eso quiero decir que no me era posible moverme del todo. En vez de acelerarme, decidí observar el brazo y la pierna que se hallaban entablillados. Supe que sufrí fracturas, aunque mis pensamientos estaban tan espesos, que no supe si trataba de mirar por el cristal de la cabaña o recordar qué había desayunado el mes pasado. Me relajé y esperé a que me encontrase más atento.

    Cuando eso empezaba a ocurrir Takeno apareció junto a Momiji. Ambos entraron sin tocar.

    —¿Cómo te encuentras? —preguntó ella, haciendo a un lado una bolsa llena de ungüentos que cargaba.

    —Espeso —respondí—, cansado. Con mucha sed.

    Enseguida acudió a mí, ayudando a que me sentara para acercarme un cuenco con agua.

    —¿Alguna molestia? ¿Dolor?

    —Trata de cerrar la mano —le interrumpió Takeno. Le miré e intenté hacerlo con expresión irónica, algo que no supe si conseguí—. Inténtalo.

    Primero bebí el agua con ayuda de Momiji tratando de no atragantarme. Cuando me la acabé ella sostuvo el cuenco dando una cabezada para mostrarme que todo estaba bien. Alcé el brazo entablillado con temor, estirándolo para formar un puño mientras cerraba los ojos.

    No me dolió.

    —¿Qué sucedió?

    Estaba asombrado. La mano la sentía entumecida, pero no me dolía en lo más mínimo.

    —Tu lado youkai —respondió—. Al fin conseguiste que tu esencia despertara. Lo que ahora sucede es que está en proceso de unificarse con la esencia humana y por último, a ti como un ser entero.

    Aunque agotado pude ejercer el tono de furia necesaria a mi voz. Momiji me recostó al notar que intentaba levantarme, colocando su mano en mi hombro.

    —Me pudiste advertir de esto. Estoy harto de tener que soportar tus secretos. Si esto tenía que suceder...

    —No debía —atajó—. Y no lo sabía. No del modo que ocurrió.

    —Habla.

    —Admitiré mi error de mantenerte en secreto varios aspectos de tus lecciones para ser un hanyou completo —cuando lo dijo le mostré mi dedo cordial del brazo que se había roto y la expresión más rígida que pude mostrar—… de acuerdo, lo merezco. Te pediré disculpas, aunque no esperaré que las aceptes tan fácilmente. Ya tenía previsto que sucediera algo similar, mas nuevamente no a tal grado. Cuando mi esencia youkai despertó resultó ser normal que mi cuerpo el cual continuaba siendo humano terminara herido, molido y en general agotado. Mi propia existencia humana debía unirse con la tengu, pero para que eso ocurriera mi esencia más débil tenía que fortalecerse.

    —Los tengu somos una raza poderosa —agregó Momiji—. Poner a un humano en nuestro lugar es en principio, ridículo. Hablando de nuestras aptitudes físicas en comparación a las de un humano común, nosotros somos claramente superiores.

    —Y por eso mismo usar tu lado youkai resultó en esto. Aunque mis heridas no fueron ni remotamente cercanas a las tuyas. Es ahora que entiendo por qué.

    —La fuerza de un tigre es mayor —dijo ella—. La diferencia entre los dos es indiscutible y si fueras a usar esa fuerza, la de un tigre youkai en un cuerpo humano...

    —Consigues este resultado —contesté, marcando el principio de un extenso silencio.

    Miré el brazo y la mano que formaba en un puño. La pierna y el lugar donde descansaba también. Intenté levantarme, pero las cosas no iban por ese camino. No podía hacer nada más que descansar hasta que mi maltrecho cuerpo se recuperase.

    He de aclarar que la razón por la cual no me explayo más de lo necesario en lo que sigue, es debido a que no veo tal necesidad. Desde el día en que mis fracturas tomaron lugar, la verdadera transición de humano a hanyou comenzó. Este hecho me abrió el camino hacia nuevos orígenes de lo que mi existencia se refiere, pues incluso la curación natural de mi cuerpo ya no era la misma. Había sufrido fracturas múltiples. Por lo regular un humano se habría visto incapacitado por meses en el mejor de los casos. Pero para mí bastaron cinco días. Al término de estos no sólo las extremidades dañadas sanaron, sino que mi cuerpo entero empezó a responder de un modo diferente. Aún era débil, pero me encaminaba a dejar de serlo.

    Con el tiempo Takeno me enseñó la manera en que debía hacer a mi cuerpo actuar. Si quería que este fuera el contenedor de las esencias humana y youkai, debía ser uno fuerte y resistente. A veces luchábamos para poner a prueba mi propio poder y vigor, sea hacia los ataques recibidos o los que yo ejecutaba. Me rompí todos los dedos, mas ninguno más de una vez. Sufrí un desgarre en uno de los brazos, pero su recuperación fue de apenas medio día. Cada que algo en mí sanaba, se volvía mucho más poderoso de lo que antes pudo haber sido.

    De a poco mi cuerpo se transformó en el indicado, moldeándose para darle la bienvenida a una nueva forma de vida. Al final, el momento de reconocer que era un hanyou pleno llegó. Tras el transcurso de tres años entre los tengu aprendí y crecí con su comunidad para más que sólo aceptar mi naturaleza. También aprendí distintas disciplinas bajo la tutela de otros. Él me enseñó el combate desarmado hasta que lo dominé. A valerme por mi cuenta y aceptar en lo que me convertía. Pero en esta historia hay alguien que también jugó un papel importante.

    Hablo de Momiji.

    Al final de los días en que aprendía a ser un hanyou ella me ofreció una nueva oportunidad con la disciplina con la espada.

    Aprender con ella fue una experiencia feroz mas increíble, de la cual no tuve remordimientos de ninguna clase. Con grandes recompensas además. Y es que para empezar, Momiji jamás me entregó una espada con la intención de que la blandiera. Primero tuve que demostrarle que era digno de portar una.

    Todo comenzó cuando me invitó a ser parte de su escuadrón.

    Me envió a buscar una rama. Una que fuera al menos tan larga como mi brazo, además de resistente como para soportar el dar y recibir golpes. Esa labor me tomó unos cuantos minutos. Fui por allí colgándome de los árboles y buscando por el suelo de los bosques, hasta que por fin me hice con una rama recta y firme. La puse a prueba contra las rocas en mi camino, para así cerciorarme de que esta no se desbarataría tras soltar el primer golpe. Es entonces que contento de mi hallazgo volví con Momiji sólo para entregarle mi nueva arma improvisada. Ella sólo la tomó por un extremo sin cambiar la expresión.

    —Desde este momento comienza tu entrenamiento como un Hoja Roja y como mi estudiante. No te dejaré usar ni una sola arma hasta que me quites la rama que tú mismo me has dado, lo que tras conseguir, representará que te encuentras listo para avanzar. Usa cualquier método que creas necesario para quitármela. No te limites ni te contengas.

    No me la puso fácil.

    Momiji, a diferencia de Takeno, jamás flaqueó en sus métodos. Habría muerto si aquella rama se hubiese tratado de una espada. Me azotó con esta sin medirse, nombrando en toda ocasión el efecto que tendría una hoja verdadera en sus manos. Nombró arterias, huesos y músculos que de haber cercenado, me habrían convertido en nada más que un cuerpo inerte a merced de su juicio. Acercarme a ella se trataba de una cosa, pero querer despojarla de la rama, ese era una historia enteramente distinta. Una muy frustrante.

    Me tomó un arduo e incesante mes ver mi objetivo cumplido. En ocasiones ella me retaba a tomar la iniciativa, sea ordenándolo o provocándome cuando descansaba, haciéndome pensar que sería más fácil. Pero fue necesario. Aprendería a luchar contra alguien armado a través de un terreno como lo era la montaña.

    Con la llegada del verano le hice retroceder y reclamar la rama.

    —Felicidades —decía ella—. Me parece excepcional que lo consiguieras. Y más aún que me siguieras el paso. Tu recompensa pues, es recibirte con el siguiente nivel. Ahora tú portarás el arma que me lograste quitar y yo, usaré una espada de entrenamiento. El principio es el mismo. Tendrás que desarmarme con tu arma.

    —¿Lo dices en serio?

    —Sí. Ahora ven, esto no es un juego.

    Aprendí los movimientos básicos e intuitivos que se lograban al portar un arma, así como lidiar contra un oponente que blandiera una. Desde esa etapa en adelante las enseñanzas de Momiji fueron más específicas, corrigiéndome si me veía fallar. Ella me enseñó a pelear como un tengu.

    Lograría superar la prueba que se me impuso, por supuesto. Pero a tan sólo haber dado inicio el verano, durante mis dieciséis años, la vida en Gensokyo cambiaría con el desarrollo de una historia diferente.

    Todo fue repentino, casi instantáneo. Una oscuridad desconocida cubrió el cielo del medio día, una que Momiji afirmó provenía de un bosque alejado de las montañas, cercano a un enorme lago de hecho. Todo de pronto se tiñó con el rojo de la sangre, por una niebla de color escarlata sobre nuestras cabezas. Aquel día regresamos con brío al territorio principal con el resto de la comunidad, mas nadie sabía qué ocurría. Buscamos a Takeno quien nos entregó las mismas palabras, sin conclusiones o especulaciones.

    También buscamos a Aya, pero pronto recibimos noticias sobre que momentos antes había volado al sur sin perder un segundo.

    Tras ese incidente la vida diaria dio la impresión de haber vuelto a su normalidad. Aunque no había forma de que lo supiéramos. Gensokyo se vio como el epicentro de los eventos traídos por personalidades que funcionaban como sus protagonistas. Desde el invierno eterno hasta el avistamiento de objetos extraños en el cielo.

    Fueron cuatro años desde la niebla escarlata, con noticias yendo y viniendo por todas partes. Se decían tantos nombres de quienes formaban parte de estos acontecimientos. Culpables y quienes les detenían. En repetidas ocasiones encontraba el nombre de la sacerdotisa Hakurei. Hakurei Reimu. De la forma en que lograba darle un alto a la mayoría de estos.

    A mis veinte años su nombre formaba parte de un pasado que aparentaba ser distinto. A esa edad las cosas darían un giro drástico. Lo que años atrás se trató de una débil llama, entonces iluminaría un camino por completo distinto.



    — Fin del arco: Infancia
    Continúa en Segundo Arco, Capítulo 8.
     
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    Geki

    Geki Iniciado

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    Título:
    [Touhou] [Relato de un híbrido]
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    Para adolescentes maduros. 16 años y mayores
    Género:
    Fantasía
    Total de capítulos:
    11
     
    Palabras:
    421
    Remembranza

    Su silencio marcó el comienzo de una extensa y profunda pausa en donde sus palabras se acoplaron una sobre la otra, formando un espacio de quien era en realidad. Sintió su peso, aferrándose a ellas con la fuerza de un último aliento. Componían su vida, aquello que tanto apreciaba. El calor que provenía de estas, la luz que traían ante aquel escenario ofuscado que era su realidad que aparentaba ser un sueño difuminándose, le terminó brindando un sutil momento de retrospectiva. Alcanzaron el centro de su existencia.

    Nadie parecía acompañarle en aquel lugar. En donde la calma pese a ser falsa, era suya. En donde el silencio se alargaba con lentitud, dando lugar a uno más grande. Y hueco. Nada lo formaba y si bien no era el precursor de las discusiones y el llanto, tampoco lo era de las risas y juegos. Tantas cosas las podía recordar.

    Es así que allí en su soledad el día transcurrió. Vio salir el sol, sintió su calor reavivar a su cuerpo aun con la nieve acercándose a lo lejos, imperturbable y hermosa. Derrochó la tarde mirando hacia el mismo lugar y eventualmente, la noche cayó.

    Miraba al cielo melancólico, haciéndose tantas preguntas hasta desagradarse a sí mismo.

    Y rio.

    Su risa brotó como la tos, dolida y oxidada. La forma en que emanó desde su interior le hizo recordar lo olvidada que yacía. Su eco se escuchó a lo lejos, despertando a la tierra con su voz.

    Una pequeña esfera de luz acompañada de tantas otras despertaron para hacerle compañía. Todas y cada una le rodearon, con excepción de una que se posó a su lado.

    «Me alegra haber aguardado» dijo con el vestigio de una sonrisa.

    Pudo tomarla entre sus manos. Imposible e ilógico. Impensable. La luz que se escurría por los bordes de todas las cosas permaneció en sus manos, adaptándose a la forma de sus dedos y palmas que contenían. Descansando sobre él cuando al levantarse con esta, la apoyara sobre su pecho.

    Caminó con el resto siguiéndole el paso por dondequiera que anduviera. Juntos cruzaron un río, un puente roto y una pequeña arboleda. Caminó a pesar del cansancio, ignorando el dolor en sus pies. Caminó hasta que la noche les dejó atrás.

    «Terminaré» dijo. En su rostro se dibujó el amago de una sonrisa abatida. «A su debido tiempo».

    Caminó. No se detendría, pues tan sólo había empezado.


     
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